Bárbara de Braganza. Lisboa (Portugal), 4.XII.1711 – Aranjuez (Madrid), 27.VIII.1758.
Reina de
España, esposa de Fernando VI.
Era la hija mayor del rey de Portugal Juan V y de su esposa María Ana de Austria —hija del
emperador Leopoldo I y de su tercera esposa Leonor Magdalena de Neoburgo—. No era muy
agraciada, pero era una joven bondadosa, piadosa, inteligente, de fina sensibilidad y muy culta.
Hablaba, además de portugués, español, francés, italiano, alemán y latín. Era muy aficionada a la
lectura y a los libros. Su gran pasión era la música, que había estudiado desde pequeña, llegando a
ser una excelente intérprete de clavicémbalo y una compositora discretamente hábil, digna alumna
de su maestro Domenico Scarlatti. Bárbara era un significativo exponente del alto nivel artístico y
cultural de la corte portuguesa de Juan V.
Su matrimonio con Fernando, entonces príncipe de Asturias, se negoció como consecuencia del
interés de la corte española, especialmente de la reina Isabel de Farnesio, por convertir a la infanta
María Ana Victoria en futura reina de Portugal, casándola con el heredero del trono, José. Las
capitulaciones se firmaron en enero de 1728 y un año más tarde, el 19 de enero de 1729 se celebró
el solemne intercambio de princesas en la frontera hispano-lusitana, en el río Caya. Con estas
dobles bodas se quería abrir un nuevo capítulo en las relaciones hispano-portuguesas, dos pueblos
que tanto tenían en común, colindantes en la península ibérica y en América. Los monarcas
españoles, con sus hijos, el príncipe de Asturias, Fernando, la infanta María Ana Victoria, ya
princesa del Brasil, y los infantes Carlos y Felipe, acompañados de un gran séquito, se desplazaron
hasta la frontera. Allí acudió igualmente la familia real portuguesa, el rey Juan V y su esposa la
reina María Ana de Austria, el príncipe del Brasil, José, la ya princesa de Asturias, Bárbara, y los
infantes Pedro, hijo de los reyes, y Francisco y Antonio, hermanos del rey Juan V. En esta ocasión el
habitual “viaje de entrega”, por el que una novia real era acompañada con todo ceremonial al
encuentro de su esposo, alcanzó la máxima solemnidad y publicidad.
José del Campo-Raso en sus Memorias relataba el acontecimiento desde la perspectiva familiar:
“Entrando todos a un tiempo en el salón dispuesto para este efecto, ambas Casas Reales se
cumplimentaron recíprocamente. La conversación duró cerca de tres cuartos de hora, después de la
cual se sentaron y firmaron los contratos matrimoniales. Concluida la ceremonia, ambos Reyes y
Príncipes se levantaron y volvieron a la conversación. [...] los jóvenes esposos se miraban con suma
atención sin decirse palabra alguna. [...] Ya se encendían luces sin pensar a retirarse. Esta
circunstancia dando lugar de advertir que era tiempo, las dos princesas se echaron a los pies de los
Reyes y Reinas para despedirse de Sus Majestades, cuyo lance fue tan tierno que conmovió a todos.
La princesa del Brasil volvía a cada instante el rostro bañado en lágrimas a besar las manos de Sus
Majestades Católicas. La princesa de Asturias parecía no poder dejar las rodillas del Rey su padre y
de la Reina su madre, y este Monarca, como asimismo el rey y reinas de España y Portugal, no
pudiendo, no obstante la violencia que se hacían, detener sus lágrimas, y haciéndose la escena
difícil de sostener, tomaron el partido de retirarse luego, después de terminadas las entregas; y
saliendo ambos Reyes a un tiempo de la casa, entraron en sus coches, para volverse a Badajoz y
Yelves”.
Se hallaba la corte en Badajoz, cuando se anunció que Felipe V y la familia real, en lugar de
regresar a Madrid, marcharían hacia Sevilla. El 3 de febrero llegaron a la capital andaluza. La
ciudad les dispensó un magnífico recibimiento. Para los jóvenes príncipes de Asturias, recién
casados, su nueva vida en los alcázares sevillanos representaba una grata novedad. Las fiestas y
diversiones eran continuas, se organizaban grandes partidas de caza, y se distraían pescando y
paseando en góndola por el río Guadalquivir. Después de residir un lustro en Andalucía, el mes de
mayo de 1733 la familia regresó a Madrid y a los Sitios Reales, de donde ya no se movería doña
Bárbara.
Comenzó así un matrimonio muy unido y feliz. El aislamiento en que los dejó Isabel de Farnesio
cuando eran príncipes de Asturias no hizo sino unirlos más profundamente y al heredar el trono
constituían una pareja muy compenetrada. Su principal motivo de insatisfacción fue la falta de
hijos. La reina, aunque era físicamente poco agraciada —una sátira la calificaba de “fea, gorda y
con viruela”—, tenía un porte gentil y majestuoso, que todos coincidían en alabar. Era una mujer
muy amable y de grandes cualidades morales. El embajador británico Benjamín Keene ensalzaba la
amabilidad de su trato: “La reina nos hace saber cuándo se propone pasear por los jardines y
nosotros acudimos. Yo llegaría a deciros que aunque ella fuera una persona particular, tiene tantas
cualidades y tan agradables, que yo buscaría su compañía. Nadie se ha mostrado nunca tan libre, tan
dispuesta hasta a las más sutiles indicaciones y tan sumamente condescendiente como ella”.
La llegada al trono de Fernando y Bárbara en julio de 1746 abrió muchas expectativas. El
embajador francés informaba a la corte de Versalles sobre la personalidad de los nuevos monarcas:
“El nuevo rey es muy piadoso y posee bondad, dulzura y justicia, pero no tiene ninguna instrucción
de los negocios; es no solamente tímido sino muy escrupuloso [...].
La nueva reina tiene mucha inteligencia, vivacidad y penetración; piensa con nobleza y habla con
gracia. Es altiva y orgullosa, pero buena y caritativa. Durante el reinado que acaba de transcurrir ha
manifestado algunas veces que no sentía ningún gusto por el gobierno, no obstante lo cual empieza
a preverse que por el cambio ocurrido es más María Bárbara quien sucede a Isabel que Fernando a
Felipe”.
Doña Bárbara supo ganarse el amor y la confianza de su marido, alcanzando un gran ascendiente
sobre su ánimo, y don Fernando le correspondió con gran afecto y fidelidad durante toda su vida. La
reina llegaría a tener una gran influencia política. Ambos cónyuges vivieron siempre en la mayor
armonía y la nueva Reina logró que su esposo compartiera con ella las responsabilidades del
gobierno. No tenían los nuevos reyes un gran talento político, pero sabían escuchar y dejarse
aconsejar por sus ministros. El embajador inglés Keene decía de ellos: “No ha habido nunca
príncipes más razonables, e incluso puedo afirmar, dóciles.” A pesar de su carácter bondadoso, al
acceder al trono supieron mostrar firmeza, apartando del gobierno a la Reina viuda.
La influencia de doña Bárbara fue muy grande durante todo el reinado. Su opinión era muy
considerada y respetada por su marido. En el ámbito en que se evidenciaría más claramente fue en
la política internacional, pues los lazos diplomáticos entre España y Portugal se estrecharon mucho,
debido a la influencia de la reina que era portuguesa y se inclinó a favor de fomentar las buenas
relaciones entre los dos países, secundada por el ministro Carvajal, que era partidario de la amistad
hispano-lusa, a costa incluso de los intereses españoles, como se evidenció en el Tratado de Límites
de enero de 1750, que resultó tan polémico. Al tratar de llevar el acuerdo diplomático a la práctica
comenzaron a surgir múltiples problemas. Aunque los Reyes, especialmente la Reina, y Carvajal se
sentían satisfechos, el Tratado suscitó muchas críticas y resistencias, y de él derivarían graves
conflictos en América.
La cultura tuvo siempre en su vida gran importancia. Con el paso del tiempo aumentó su inclinación
hacia la lectura y los libros. Reunió una importante biblioteca de unos mil seiscientos volúmenes,
con obras clásicas y de actualidad de los más diversos temas: religión, filosofía, historia, política,
matemáticas, ciencias naturales, medicina, viajes. Pero las preferencias de la Reina, secundada por
el Rey, iban claramente dirigidas hacia la música, protegiendo a numerosos compositores e
intérpretes, especialmente a Scarlatti, que la había seguido a su nuevo reino, y también a Farinelli,
Carlo Broschi, el famoso cantante castrado, que había llegado a la corte española en el reinado
anterior, pero cuya posición se encumbró mucho más en tiempos de Fernando y Bárbara, llegando a
gozar de la plena confianza real. La ópera se convirtió en la distracción por excelencia de la Corte.
Farinelli organizaba, para entretenimiento de los Reyes y de los cortesanos, fiestas, bailes,
serenatas, temporadas de ópera italiana en el palacio de Buen Retiro y paseos en barca, amenizados
con música, por el río Tajo en los jardines del Real Sitio de Aranjuez, la residencia predilecta de los
monarcas. La música no era sólo un entretenimiento para los momentos de ocio, sino que
acompañaba las más variadas celebraciones y ceremonias. Bárbara de Braganza se preocupó mucho
por la capilla real y por el coro de niños cantores, componiendo ella misma una Salve y cuidándose
personalmente del esplendor de las celebraciones religiosas. Era muy devota y participaba con
frecuencia en actos litúrgicos y procesiones.
Entre las diversas obras artísticas propiciadas por los monarcas resulta especialmente representativa
la construcción de las Salesas Reales. La iglesia y el convento de las Salesas Reales, puestos bajo la
advocación de la Visitación de la Virgen a su prima santa Isabel, fueron una fundación real bajo el
patrocinio de Bárbara de Braganza. El terreno elegido para levantar el edificio lindaba con la puerta
de Recoletos. Obra de Francisco Carlier, las Salesas se edificaron entre 1750 y 1757, bajo la
dirección del arquitecto madrileño Francisco Moradillo. En la decoración de la fachada del templo
destaca el relieve de la Visitación, de Juan Domingo Olivieri. Adjunto a la iglesia se hallaba el
convento, destinado a la vida religiosa y la enseñanza femenina, pues la reina, siguiendo la
preocupación de los ilustrados por la educación de la mujer, deseaba que las hijas de la nobleza
recibieran en aquel convento una educación cristiana, pero moderna, adecuada a su rango y a su
tiempo. El encargo se confió a la orden de la Visitación de Santa María, creada en Francia por la
baronesa de Chantal y promovida por san Francisco de Sales, de donde procede la advocación
mariana y el nombre de Salesas que recibió la fundación. Al lado del convento se construyó un
pequeño palacio para la reina. La suntuosidad de la iglesia manifiesta la importancia que le
concedía la soberana como panteón regio. Como doña Bárbara no era madre de rey, no tenía
derecho a ocupar un lugar en el panteón real de El Escorial, por lo que prefirió construir un lugar
nuevo en el que pudiera reposar junto a su amado esposo. La reina fue criticada por los grandes
gastos ocasionados a la hacienda real, pues el coste se calculaba en ochenta y tres millones de
reales, y por la apariencia grandiosa del monumento, que no resultó del agrado de todo el mundo.
Una sátira de la época era cruel con la reina y con su obra: “Bárbaro edificio, bárbara renta, bárbaro
gasto, bárbara reina.” Doña Bárbara estuvo siempre muy preocupada por su salud y la de su esposo.
El asma que padecía le hacía sufrir mucho y le ocasionaba una gran ansiedad. El rey se preocupaba
mucho por la salud de su esposa y mandó consultar a los mejores médicos de España y de Europa,
en busca de un remedio para sus males. Con motivo de una crisis padecida en 1748, Fernando VI
solicitó la opinión de numerosos especialistas. Los informes coincidían en el diagnóstico, la reina
padecía asma, y proponían diversos tratamientos. Todos los médicos aconsejaban un estilo de vida
más saludable, evitando los excesos en la comida, cosa nada fácil de cumplir por doña Bárbara,
muy aficionada a los placeres de la buena mesa. En los últimos años de la vida de la reina la
preocupación por la salud llegaría al extremo. Doña Bárbara vivía obsesionada por la enfermedad y
la muerte. El asma que padecía desde hacía tiempo se había ido agravando y complicando con otras
enfermedades y sentía pánico de morir repentinamente.
Y no sólo le obsesionaba su propia muerte, sino que estaba también muy angustiada por la
posibilidad de quedarse viuda, por el gran amor que profesaba a su marido, pero también por temor
a quedar desvalida. Esta inquietud la convirtió en una mujer avariciosa, ansiosa de acumular
riquezas, siempre dispuesta a recibir toda clase de regalos. Ahorraba de una manera exagerada. Eso
la hizo muy impopular. Cuando murió hallaron la fortuna que había ido acumulando. En el
momento de su fallecimiento doña Bárbara tenía en su tesorería más de diez millones de reales, en
varias bolsas había otros once mil y en acciones había invertidos más de ochocientos mil doblones.
Todavía se criticó más que en el testamento, otorgado el 24 de marzo de 1756, legara su fortuna a su
hermano el infante Pedro de Portugal, lo que se interpretó como un afán de sustraer sus bienes a
España y a los españoles. Dejaba varios legados a algunos miembros de la familia real y a sus
servidores, entre ellos recordaba a Farinelli y a Scarlatti. A su esposo el rey le legaba una imagen de
la Virgen de su especial devoción y algunas joyas. También asignaba cantidades importantes para
limosnas y para misas en sufragio por su alma. Descontados estos legados, que superaban los cuatro
millones de reales, más el coste del funeral y las misas, el hermano de la reina, instituido como
único y universal heredero, recibió unos siete millones de reales.
Bárbara de Braganza murió en Aranjuez la madrugada del 27 de agosto de 1758. El informe médico
relata sus últimos momentos: “Dos días antes de morir se le quitó la voz del todo, no por embarazo
de la lengua, sino por defecto de la respiración; [...] las fuerzas se le debilitaron hasta tal punto, que
no podía hacer en la cama el más mínimo movimiento sin tener un desmayo. Tuvo algunas
lipotimias ligeras, y su cuerpo estaba tan pesado como un mármol. Oprimida de todos estos
síntomas, a las dos y media de la mañana del día 27 de agosto, se privó de repente de todos los
sentidos [...] y en este estado murió a las cuatro de la mañana”.
El cuerpo de doña Bárbara, amortajado con el hábito franciscano, tal como ella había dispuesto en
su testamento, fue expuesto en un salón del palacio de Aranjuez y ante él se celebraron varias misas
y responsos. La tarde del día 28 fue trasladada a Madrid, para ser enterrada en la iglesia de las
Salesas Reales, que ella había fundado. Allí se celebraron los solemnes funerales y el cuerpo fue
depositado bajo la cripta, en espera de descansar en el sepulcro definitivo, entonces todavía por
construir. El mismo día del fallecimiento de su esposa, Fernando VI se retiró al castillo de
Villaviciosa de Odón y allí permaneció hasta su muerte en agosto de 1759.