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Amor Supremo

El documento describe el amor supremo de Dios revelado a través de la naturaleza y Jesucristo. Jesús vivió como hombre para revelar el carácter de Dios como amoroso y compasivo, no severo. Dios entregó a su Hijo unigénito para que muriera por la humanidad y redimirla, manifestando así su amor infinito.

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Amor Supremo

El documento describe el amor supremo de Dios revelado a través de la naturaleza y Jesucristo. Jesús vivió como hombre para revelar el carácter de Dios como amoroso y compasivo, no severo. Dios entregó a su Hijo unigénito para que muriera por la humanidad y redimirla, manifestando así su amor infinito.

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Capítulo 1— Amor supremo

La Naturaleza y la revelación a una dan testimonio del amor


de Dios. Nuestro Padre Celestial es la fuente de vida, sabiduría
y gozo. Mirad las maravillas y bellezas de la naturaleza. Pensad
en su prodigiosa adaptación a las necesidades y a la felicidad, no
solamente del hombre, sino de todos los seres vivientes. El sol y la
lluvia que alegran y refrescan la tierra; los montes, los mares y los
valles, todos nos hablan del amor del Creador. Dios es el que suple
las necesidades diarias de todas sus criaturas. Ya el salmista lo dijo
en las bellas palabras siguientes:
“Los ojos de todos miran a ti,
Y tú les das su alimento a su tiempo.
Abres tu mano,
Y satisfaces el deseo de todo ser viviente.”1
Dios hizo al hombre perfectamente santo y feliz; y la hermosa
tierra no tenía, al salir de la mano del Creador, mancha de
decadencia,
ni sombra de maldición. La transgresión de la ley de Dios, de la ley
de amor, fué lo que trajo consigo dolor y muerte. Sin embargo, en
medio del sufrimiento resultante del pecado se manifiesta el amor
de
Dios. Está escrito que Dios maldijo la tierra por causa del hombre.2
[10] Los cardos y espinas,* las dificultades y pruebas que colman su
vida
de afán y cuidado, le fueron asignados para su bien, como parte de
la preparación necesaria, según el plan de Dios, para levantarle de
la
ruina y degradación que el pecado había causado. El mundo,
aunque
caído, no es todo tristeza y miseria. En la naturaleza misma hay
mensajes de esperanza y consuelo. Hay flores en los cardos, y las
espinas están cubiertas de rosas.
“Dios es amor” está escrito en cada capullo de flor que se abre,
en cada tallo de la naciente hierba. Los hermosos pájaros que con
sus
*Nota.—A menos que se indique otra cosa, los textos bíblicos usados en esta traducción
se han transcrito de la Versión Moderna, publicada por la Sociedad Bíblica
Americana.
6
Amor supremo 7
preciosos cantos llenan el aire de melodías, las flores
exquisitamente
matizadas que en su perfección lo perfuman, los elevados árboles
del bosque con su rico follaje de viviente verdor, todos atestiguan el
tierno y paternal cuidado de nuestro Dios y su deseo de hacer
felices
a sus hijos.
La Palabra de Dios revela su carácter. El mismo declaró su infinito
amor y piedad. Cuando Moisés dijo a Dios: “Ruégote me
permitas ver tu gloria,” Jehová respondió: “Yo haré que pase toda
mi benignidad ante tu vista.”3 Tal es su gloria. El Señor pasó delante
de Moisés y clamó: “Jehová, Jehová, Dios compasivo y clemente,
lento en iras y grande en misericordia y en fidelidad; que usa de
misericordia hasta la milésima generación; que perdona la iniquidad,
la transgresión y el pecado.”4 El es “lento en iras y grande en
misericordia,”5 “porque se deleita en la misericordia.”6
Dios unió consigo nuestros corazones, mediante innumerables
pruebas de amor en los cielos y en la tierra. Valiéndose de las cosas
de la naturaleza y los más profundos y tiernos lazos que el corazón
humano pueda conocer en la tierra, procuró revelársenos. Con todo,
[11]
estas cosas sólo representan imperfectamente su amor. Aunque se
dieron todas estas pruebas evidentes, el enemigo del bien cegó el
entendimiento de los hombres, para que éstos mirasen a Dios con
temor y le considerasen severo e implacable. Satanás indujo a los
hombres a concebir a Dios como un ser cuyo principal atributo es
una justicia inexorable, como un juez severo, un acreedor duro y
exigente. Representó al Creador como un ser que velase con ojo
celoso para discernir los errores y las faltas de los hombres y hacer
caer juicios sobre ellos. A fin de disipar esta densa sombra vino el
Señor Jesús a vivir entre los hombres, y manifestó al mundo el amor
infinito de Dios.
El Hijo de Dios descendió del cielo para revelar al Padre. “A Dios
nadie jamás le ha visto: el Hijo unigénito, que está en el seno del
Padre, él le ha dado a conocer.”7 “Ni al Padre conoce nadie, sino el
Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar.”8 Cuando uno de sus
discípulos le dijo: “Muéstranos al Padre,” Jesús respondió: “Tanto
tiempo hace que estoy con vosotros, ¿y todavía no me conoces,
Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo pues
dices
tú: Muéstranos al Padre?”9
8 El Camino a Cristo
Jesús dijo, describiendo su misión terrenal: Jehová “me ha ungido
para anunciar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado para
proclamar libertad a los cautivos, y a los ciegos recobro de la vista;
para poner en libertad a los oprimidos.”10 Esta era su obra. Anduvo
haciendo bien y sanando a todos los oprimidos de Satanás.
Había aldeas enteras donde no se oía un gemido de dolor en
[12] casa alguna, porque El había pasado por ellas y sanado a todos
sus
enfermos. Su obra demostraba su unción divina. En cada acto de su
vida revelaba amor, misericordia y compasión; su corazón rebosaba
de tierna simpatía por los hijos de los hombres. Se revistió de la
naturaleza del hombre para poder simpatizar con sus necesidades.
Los más pobres y humildes no tenían temor de allegársele. Aun los
niñitos se sentían atraídos hacia él. Les gustaba subir a sus rodillas
y
contemplar su rostro pensativo, que irradiaba benignidad y amor.
Jesús no suprimía una palabra de la verdad, pero siempre la
expresaba con amor. En su trato con la gente hablaba con el mayor
tacto, cuidado y misericordiosa atención. Nunca fué áspero ni
pronunció innecesariamente una palabra severa, ni ocasionó a un
alma sensible una pena inútil. No censuraba la debilidad humana.
Decía la verdad, pero siempre con amor. Denunciaba la hipocresía,
la incredulidad y la iniquidad; pero las lágrimas velaban su voz
cuando profería sus penetrantes reprensiones. Lloró sobre
Jerusalén,
la ciudad amada, que rehusó recibirle, a El, que era el Camino, la
Verdad y la Vida. Sus habitantes habían rechazado al Salvador,
mas
El los consideraba con piadosa ternura. Fué la suya una vida de
abnegación y preocupación por los demás. Toda alma era preciosa
a sus ojos. A la vez que se condujo siempre con dignidad divina,
se inclinaba con la más tierna consideración sobre cada uno de los
miembros de la familia de Dios. En todos los hombres veía almas
caídas a quienes era su misión salvar.
Tal fué el carácter que Cristo reveló en su vida. Tal es el carácter
de Dios. Del corazón del Padre es de donde manan para todos los
[13] hijos de los hombres los ríos de la compasión divina,
demostrada por
Cristo. Jesús, el tierno y piadoso Salvador, era Dios “manifestado
en la carne.”11
Jesús vivió, sufrió y murió para redimirnos. Se hizo “Varón de
dolores” para que nosotros fuésemos hechos participantes del gozo
eterno. Dios permitió que su Hijo amado, lleno de gracia y de
verdad,
Amor supremo 9
viniese de un mundo de indescriptible gloria a esta tierra corrompida
y manchada por el pecado, obscurecida por la sombra de muerte
y maldición. Permitió que dejase el seno de su amor, la adoración
de los ángeles, para sufrir vergüenza, insultos, humillación, odio y
muerte. “El castigo de nuestra paz cayó sobre él, y por sus llagas
nosotros sanamos.”12 ¡Miradlo en el desierto, en el Getsemaní,
sobre
la cruz! El Hijo inmaculado de Dios tomó sobre sí la carga del
pecado. El que había sido uno con Dios sintió en su alma la terrible
separación que el pecado crea entre Dios y el hombre. Esto arrancó
de sus labios el angustioso clamor: “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿por qué
me has desamparado?”13 Fué la carga del pecado, el
reconocimiento
de su terrible enormidad y de la separación que causa entre el alma
y Dios, lo que quebrantó el corazón del Hijo de Dios.
Pero este gran sacrificio no fué hecho para crear amor en el corazón
del Padre hacia el hombre, ni para moverle a salvarnos. ¡No!
¡No! “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dió a su Hijo
unigénito.”14 Si el Padre nos ama no es a causa de la gran
propiciación,
sino que El proveyó la propiciación porque nos ama. Cristo fué
el medio por el cual el Padre pudo derramar su amor infinito sobre
un
mundo caído. “Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo mismo
al mundo.”15 Dios sufrió con su Hijo. En la agonía del Getsemaní, en
[14]
la muerte del Calvario, el corazón del Amor infinito pagó el precio
de nuestra redención.
Jesús declaró: “Por esto el Padre me ama, por cuanto yo pongo
mi vida para volverla a tomar.”16 Es decir: “De tal manera os amaba
mi Padre, que me ama tanto más porque dí mi vida por redimiros.
Porque me hice vuestro Substituto y Fianza, y porque entregué mi
vida y asumí vuestras responsabilidades y transgresiones, resulto
más caro a mi Padre; mediante mi sacrificio, Dios, sin dejar de ser
justo, es quien justifica al que cree en mí.”
Nadie sino el Hijo de Dios podía efectuar nuestra redención;
porque sólo El, que estaba en el seno del Padre, podía darle a
conocer.
Sólo El, que conocía la altura y la profundidad del amor de Dios,
podía manifestarlo. Nada que fuese inferior al infinito sacrificio
hecho por Cristo en favor del hombre podía expresar el amor del
Padre hacia la perdida humanidad.
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dió a su Hijo
unigénito.” Lo dió, no sólo para que viviese entre los hombres, lle10
El Camino a Cristo
vase los pecados de ellos y muriese para expiarlos, sino que lo dió a
la raza caída. Cristo debía identificarse con los intereses y las
necesidades
de la humanidad. El que era uno con Dios se vinculó con los
hijos de los hombres mediante lazos que jamás serán
quebrantados.
Jesús “no se avergüenza de llamarlos hermanos.”17 Es nuestro
Sacrificio,
nuestro Abogado, nuestro Hermano, que lleva nuestra forma
humana delante del trono del Padre, y por las edades eternas será
uno con la raza a la cual redimió: es el Hijo del hombre. Y todo esto
[15] para que el hombre fuese levantado de la ruina y degradación
del
pecado, para que reflejase el amor de Dios y compartiese el gozo
de
la santidad.
El precio pagado por nuestra redención, el sacrificio infinito que
hizo nuestro Padre Celestial al entregar a su Hijo para que muriese
por nosotros, debe darnos un concepto elevado de lo que podemos
llegar a ser por intermedio de Cristo. Al considerar el inspirado
apóstol Juan la “altura,” la “profundidad” y la “anchura” del amor del
Padre hacia la raza que perecía, se llena de alabanzas y reverencia,
y no pudiendo encontrar lenguaje adecuado con que expresar la
grandeza y ternura de ese amor, exhorta al mundo a contemplarlo.
“¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos
de Dios!”18 ¡Cuán valioso hace esto al hombre! Por la transgresión,
los hijos de los hombres son hechos súbditos de Satanás. Por la fe
en el sacrificio expiatorio de Cristo, los hijos de Adán pueden llegar
a ser hijos de Dios. Al revestirse de la naturaleza humana, Cristo
eleva a la humanidad. Al vincularse con Cristo, los hombres caídos
son colocados donde pueden llegar a ser en verdad dignos del título
de “hijos de Dios.”
Tal amor es incomparable. ¡Que podamos ser hijos del Rey
celestial! ¡Promesa preciosa! ¡Tema digno de la más profunda
meditación!
¡Incomparable amor de Dios para con un mundo que no le
amaba! Este pensamiento ejerce un poder subyugador que somete
el entendimiento a la voluntad de Dios. Cuanto más estudiamos el
carácter divino a la luz de la cruz, mejor vemos la misericordia, la
ternura y el perdón unidos a la equidad y la justicia, y más claramen[
16] te discernimos las pruebas innumerables de un amor infinito y
de
una tierna piedad que sobrepuja la ardiente simpatía y los
anhelosos
sentimientos de la madre para con su hijo extraviado.
Amor supremo 11
“Romperse puede todo lazo humano,
Separarse el hermano del hermano,
Olvidarse la madre de sus hijos,
Variar los astros sus senderos fijos;
Mas ciertamente nunca cambiará
El amor providente de Jehová.”
[17]
1Salmos 145:15, 16.
2Génesis 3:17.
3Éxodo 33:18.
4Éxodo 34:6, 7.
5Jonás 4:2.
6Miqueas 7:18.
7Juan 1:18.
8Mateo 11:27.
9Juan 14:8, 9.
10Lucas 4:18.
111 Timoteo 3:16.
12Isaías 53:5.
13Mateo 27:46.
14Juan 3:16.
152 Corintios 5:19.
16Juan 10:17.
17Hebreos 2:11.
181 Juan 3:1 (V. Hispanoamericana).

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