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Fundaciones: Concepto y Características

1) La fundación es una organización creada mediante un acto jurídico unilateral del fundador para administrar un patrimonio con fines de interés social. 2) Carece de titulares u miembros y está dirigida por una junta de administradores dependiente de la voluntad del fundador. 3) Su objetivo es beneficiar a terceros de forma desinteresada, no pudiendo tener fines individuales o familiares.

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Fundaciones: Concepto y Características

1) La fundación es una organización creada mediante un acto jurídico unilateral del fundador para administrar un patrimonio con fines de interés social. 2) Carece de titulares u miembros y está dirigida por una junta de administradores dependiente de la voluntad del fundador. 3) Su objetivo es beneficiar a terceros de forma desinteresada, no pudiendo tener fines individuales o familiares.

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LA FUNDACIÓN

5. Concepto y características

De las dos personas jurídicas reguladas en la legislación civil, la fundación es aquélla que ha sufrido
mayores transformaciones (21).

Frente a la laxa y escueta definición del art. 64 del Código Civil de 1936 que la concebía como un
patrimonio afectado a un fin especial se erige una nueva definición que contempla una serie de
modificaciones y que, a la postre, rescata la verdadera naturaleza y propósitos de las fundaciones.

En efecto, el Código derogado concedía, absurdamente, personalidad jurídica a un patrimonio, lo cual


representa un contrasentido en la medida que ese expediente sólo puede ser concedido a los seres
humanos que se organizan para desarrollar una actividad en conjunto (22).

El art. 99 destaca por la referencia a la organización instituida por el fundador a través de la afectación


de bienes para realizar fines de interés social.

En primer lugar, con ello se descarta la concesión de la personalidad a los bienes aportados por el
fundador. En verdad, la fundación es un acto de organización para la administración del patrimonio
afectado (23). De esta manera el patrimonio pasa a tener un fin instrumental y no un papel primordial
como se creía (24), poniéndose énfasis sobre el elemento personal que da vida a este ente (25). Por ello
no se puede centrar la definición de la fundación en la masa patrimonial sino en la concurrencia de los
hombres que se encargan de la gestión y aplicación de los bienes entregados a ella (26) (27) (28) (29).

Otro cambio de suma importancia en la conceptuación de la fundación, y que la caracteriza de modo


adecuado, es la asignación de fines de interés social. Como bien se ha señalado, el Código de 1936
apenas se limitaba a señalar que cumplía fines especiales, lo cual podía dar pie a que ella cumpliera
cualquier fin particular, del más variado tipo, individual, familiar o social (30) (31).

El art. 99 del Código precisa, sin lugar a dudas, que el fin debe ser de interés social, proscribiendo, en
consecuencia, la consecución de objetivos individuales o familiares, para los cuales el ordenamiento
arbitra otros medios (p. ej. fideicomiso). Ese, por lo demás, fue el sentido de creación de una figura como
la fundación en la historia (32).

Luego veremos los aspectos vinculados con el acto de constitución de la fundación y las características
de su patrimonio. Por ahora nos interesa señalar alguna de sus características.

Una nota importante es que la fundación carece de titulares. En efecto, a diferencia de lo que sucede
con la asociación en la que los asociados son los que, reunidos en asamblea, definen todo lo
concerniente a dicha organización, en el caso de la fundación no existen titulares que puedan disponer de
ella o de su patrimonio a su libre albedrío (33). En estricto, la fundación es un nuevo sujeto de derecho
distinto del fundador que administra, a través de la organización creada, el patrimonio aportado por el
fundador y, en consecuencia, se desvincula de éste, quien queda al margen de ella (34).

Otra característica de la fundación es que carece de miembros (35). En realidad, la fundación tiene


órganos que se encargan de su administración, ya sea individual o colegiadamente, pero no tiene
integrantes por ser una persona jurídica cerrada a la afiliación. Siendo así, es claro que la única
integración a ella se da a través de la asunción de las tareas del administrador.

Con relación a los fines de la fundación, ella se caracteriza por ser una organización que realiza
objetivos que favorecen a terceros que no son ni el fundador ni los administradores. No son
concebibles, al menos en nuestro ordenamiento, fundaciones que persigan objetivos que beneficien a
quien la ha creado o a quienes la administran. Usualmente se ha señalado que se debe conseguir
resultados en favor de categorías indeterminadas de personas, no con otro sentido que el de precisar que
los beneficiarios no pueden ser sujetos individuales o señalados. La fundación, por ser producto de un
acto de liberalidad, de desprendimiento, de preocupación del entorno, de los problemas que afectan a
grupos o categorías concretas de la población, cumple un evidente fin social que no puede disolverse en
motivaciones particulares. Como bien se ha dicho, una razón que puede encontrarse en su creación es
realizar una buena acción en beneficio de los demás, queriendo compartir el bienestar propio con las
necesidades de otros, intentando. nivelar así las desigualdades sociales. Quienes crean fundaciones
pueden estar movidos por razones como el amor, la solidaridad o el deseo de ayudar a los demás (36).
Así lo demuestran las actividades en las cuales se desempeñan estas instituciones (37).

6. El acto constitutivo de la fundación y sus características. (38) Diferencias con la donación

Es interesante anotar que la fundación es una excepción, en el derecho civil, a la regla que exige
pluralidad de seres humanos para constituir una persona jurídica.

La fundación, en este sentido, nace de un negocio jurídico unilateral que puede ser otorgado por uno o
más sujetos. En el caso en que se constituya por más de una persona, dado que los fundadores quedan
al margen de la fundación, entre ellos no se constituye ninguna relación contractual o asociativa (39).

Cuando es así, el acto con el cual se formaliza la creación de esta organización contiene diversas
declaraciones que coinciden en cuanto a su contenido y objetivo (salvo en cuanto al patrimonio que
aporta cada cual), pero todas esas manifestaciones de voluntad no dejan de ser negocios unilaterales.

El acto de creación, además, tiene diversas aristas.

Es, en primer término, y como bien dice Galgano, un acto de creación de un nuevo sujeto de
derecho. En efecto, con la decisión de los fundadores se da vida a un nuevo individuo (formal) distinto a
ellos.

Es, adicionalmente, un acto de dotación (40), pues con él se afectan bienes, generalmente de modo
perpetuo, a la consecución de fines sociales. No es concebible una fundación sin un patrimonio inicial (41)
(42), a diferencia de lo que puede ocurrir con la asociación. Por lo demás, la fundación, una vez
constituida, puede realizar todo tipo de actividad que le genere recursos para cumplir con sus objetivos,
aun cuando esas actividades sean económicas o lucrativas (actuando como empresa), pues el fin es
distinto al medio y su obtención no significa que los excedentes deban distribuirse entre sus
administradores, sino que deben ser aplicados a los motivos últimos de su creación (43) (44).

Igualmente, el acto constitutivo es un acto de “organización”, en la medida que el fundador asigna a la


administración de los bienes un conjunto de personas que, reunidas de manera colegiada, se encargan
de la aplicación del patrimonio afectado (45).

Finalmente, es importante destacar que el acto de constitución es un acto de asignación a fines de


relevancia social, sin cuya precisión es imposible hablar de una fundación. También se dice que es un
acto de determinación (46). Es más, el patrimonio inicial debe ser adecuado para los fines perseguidos
(47).

En cuanto a la forma que debe seguirse, para que ella sea persona jurídica debe la constitución ser
otorgada por escritura pública o por testamento e inscribirse en el registro. No interesa qué clase de
testamento sea.

En cuanto a las diferencias entre el acto de constitución de una fundación y la donación, Cocca ha


sentado algunas muy agudas distinciones(48) que reseñamos seguidamente.

En primer lugar, la donación se hace en favor de una persona determinada, en tanto que la fundación
tiene un destinatario general, integrado por sujetos indeterminados. En la donación, por ende, se requiere
de la determinación del donatario, sobre todo porque su individualización reviste interés para el donante.

En segundo término, en la donación se precisa de la aceptación, no así en la fundación(49).

La donación, además, es un acto aislado. La fundación, dado que implica un acto de organización,


exige una esmerada administración permanente, para cumplir con sus fines.

A ello agregamos que la donación es un contrato. La fundación es un negocio jurídico unilateral.

Igualmente añadimos que la donación puede tener fines egoístas. La fundación, no(50).
Finalmente, la donación es revocable por las mismas razones que motivan la indignidad para suceder y la
desheredación. La fundación, una vez inscrita, no(51).

7. Organos de la fundación

Siquiera brevemente debemos precisar que la fundación es dirigida por un grupo de administradores que
se reúnen en una Junta.

Como bien ha dicho Galgano, comparando lo que acontece entre una asociación y una fundación, en esta
última los administradores no son un “órgano dominante”, como en cambio lo es la asamblea de
asociados en la primera de las nombradas.

La Junta de Administradores, al no ser titular de la fundación, pues, solamente, es el órgano que gestiona
el patrimonio aportado por el fundador para el cumplimiento de los fines de la institución, es un “órgano
dependiente” de la voluntad del fundador expresada en el acto constitutivo. A tal grado llega su sujeción
que los administradores no pueden disolver la organización (la que solicita al Poder Judicial el Consejo de
Supervigilancia de Fundaciones, en caso de imposibilidad de cumplimiento de sus fines, art. 109 del
Código civil) ni pueden, tampoco, ampliar o modificar sus fines, pues en este caso, además de la solicitud
del órgano contralor, debe mediar autorización judicial (art. 108 del mismo Código).

La razón de estas limitaciones obedece a que, como regla general, el fundador, una vez creada la
fundación, queda al margen de ella. Los administradores, al ser terceros, y al estar obligados a la
prosecución de fines en favor de otros sujetos, deben quedar sometidos al control de un organismo
(estatal) que vele por el cumplimiento de los fines propuestos por el fundador. Inclusive esta regla es
válida en el caso que los fundadores se reserven la condición de administrador de la fundación, pues
tarde o temprano, ya sea con su alejamiento o con su muerte, la fundación pasará a ser administrada por
otros individuos.

Inclusive, a fin de evitar una gestión interesada en la administración de una fundación, la ley contempla
que los administradores, así como sus parientes hasta el cuarto grado de consanguinidad y segundo de
afinidad, no pueden celebrar contratos con aquélla, salvo que medie expresa autorización del Consejo de
Supervigilancia de Fundaciones. La prohibición se hace extensiva a las personas jurídicas de las cuales
sean socios tanto el administrador como sus parientes en los grados señalados (art. 108 del Código civil)
(52).

Por otro lado, nada impide que la fundación cuente con otros órganos, como puede ser una gerencia.

En torno a este tema, debo recalcar una propuesta sumamente sugerente de Javier de Belaúnde, que fue
recogida en el Anteproyecto de Ley de Fundaciones elaborado por una Comisión Oficial, integrada por
especialistas(53).

En opinión del autor mencionado, existen casos en que el fundador desea participar en la vida
institucional pero sin asumir tareas propias de un administrador. Para esta posibilidad, de Belaúnde
planteó la creación de una Junta de Fundadores que estaría integrada por los fundadores en vida y que
tendrían ingerencia en la vida de la fundación, especialmente para velar por el cumplimiento de sus fines
y controlar la actuación de los administradores. De aprobarse su propuesta, es evidente que la labor del
Consejo de Supervigilancia de Fundaciones sería, al menos durante el tiempo de vida de los fundadores o
mientras integren dicha junta, mejor cumplida dada la intervención de los propios creadores de la
fundación.

8. Control de las fundaciones

Como bien ha sido señalado, en la fundación la administración de los bienes corre a cargo de personas
que no han contribuido a la formación del patrimonio de la organización y que no son beneficiarios de ella.
El fundador, generalmente, no tiene ingerencia en las decisiones. Además, la fundación puede ser creada
por testamento, en cuyo caso se presenta la imposibilidad de la participación del fundador dada su
inexistencia al instituirse la fundación. A ello se añade que los beneficiarios de la fundación no tienen
intervención en la administración de la fundación(54).

Estas razones abonan en pro de la necesidad de la existencia de un organismo que controle las labores
cumplidas por los administradores de las fundaciones.
A este respecto, debe señalarse que desde octubre de 1955 nuestra legislación contempla la presencia
del ahora denominado Consejo de Supervigilancia de Fundaciones, CSF: Esta instancia, actualmente
dependiente del Ministerio de Justicia(55), se encarga de las funciones establecidas tanto en el Código
civil como en los Reglamentos aprobados por Decretos Supremos Nºs 00394JUS y 00494JUS.

Lo fundamental de las atribuciones asignadas al CSF radica en velar por la adecuada aplicación de los
recursos de la fundación a sus fines institucionales.

En esta perspectiva, el CSF toma conocimiento de los planes y presupuestos de las fundaciones, aprueba
sus balances, cuentas y memorias, dispone las auditorías que considere necesarias, puede impugnar los
actos o acuerdos contrarios a la ley o al estatuto de la fundación, etc.(56)

Asimismo, en el caso de las fundaciones constituidas mortis causa, en las que basta el acto de dotación
patrimonial y la determinación de los fines, el CSF puede dar nombre y domicilio a la fundación, designar
a sus administradores, establecer su régimen económico y administrativo, etc. En síntesis, en estos casos
puede otorgar la norma estatutaria de la fundación (ver arts. 103 a 105 del Código civil).

Adicionalmente, dado que los administradores se encuentran sujetos a la voluntad fundacional y no son ni
titulares ni aportantes, y por ende carecen de la capacidad para ampliar o modificar los fines de la
fundación, así como de la atribución de darle término a su existencia, estas vías son sólo posibles si
media autorización judicial obtenida en base a una solicitud del CSF (arts. 108 y 109 del Código civil).

Para concluir, baste señalar que el incumplimiento de cualesquiera de los deberes de los administradores
puede dar lugar a que el CSF solicite su remoción al Poder Judicial (art. 106 del Código civil).

9. Disolución y destino del patrimonio

Como ya hemos anotado, la fundación no puede ser disuelta por los administradores. En verdad tampoco
podría ser extinguida por voluntad del fundador.

Para que se disuelva una fundación es indispensable que ella no pueda cumplir sus fines. Lo contrario
sería atentar contra la estabilidad de las funciones de interés social que aporta a la colectividad.

La disolución, además, es necesariamente judicial y sólo es conocida por el Poder Judicial a instancia del
CSF (art. 109 del Código civil). En no pocos casos la solicitud del CSF es consecuencia del pedido de los
administradores. Para saber si tiene o no sustento, el CSF debe ordenar una auditoría o bien realizar las
indagaciones que corresponda.

Si el Poder Judicial ordena la disolución debe designarse a los liquidadores para que, cubiertas las
obligaciones de la institución, destinen el haber neto resultante al fin previsto en el acto constitutivo. Si ello
no fuera posible, se destina, a propuesta del CSF, a incrementar el patrimonio de otra u otras fundaciones
de finalidad análoga o, en su defecto a la Beneficencia Pública de la localidad en la que la fundación tuvo
su sede, para satisfacer propósitos similares (art. 110 del Código civil).

III. EL COMITE

10. Definición y características

El artículo 111 del Código civil define al comité como la organización de personas naturales o jurídicas, o
de ambas, dedicada a la recaudación pública de aportes destinados a una finalidad altruista.

El comité es una de las novedades que trajo el Código al ser promulgado. La ley de 1936 no lo
contemplaba como una de las personas jurídicas del derecho civil.

El legislador se inspiró en el Codice civile italiano de 1942 para introducir esta figura; sin embargo, le dio
un alcance distinto dado que en Italia el comité no es una persona jurídica sino un ente no
personificado(57). (58)
El Código de 1984 concibe de una manera más amplia al comité, sobre todo porque le acuerda la
posibilidad de adquirir personalidad jurídica. Es más, prevé un régimen especial para los comités no
inscritos.

El comité tiene características muy bien definidas. Es, en primer lugar, una organización de
temperamento asociativo, al igual que la asociación. En esa medida, su constitución exige la presencia
de cuando menos dos personas, entre las que se crea, al igual que entre ellas y el comité, un vínculo de
“necesidad”. Es, en este aspecto, tan similar a la asociación que en los países que no tienen un
tratamiento especial se denomina a los comités como asociaciones de hecho o asociaciones temporales.

Sus miembros también realizan actividades en común, pareciéndose, nuevamente, a la asociación. No


obstante, la participación excede ampliamente la actuación de quienes hacen parte de él, pues el fondo
de aportes que se forma es producto de la solidaridad comunitaria, gracias a las contribuciones del
público en la colecta que se lleva a cabo.

También se asemeja a la asociación (y se distingue, por ende, de la fundación) por ser una organización
abierta a la afiliación. Cualquier persona puede integrarse a ella siempre que cumplan con las
previsiones estatutarias para la admisión de nuevos miembros.

El comité se distingue de las demás personas jurídicas por su existencia efímera. Después de la


recaudación de fondos del público y de aplicar los recursos captados a un fin altruista, se disuelve. Se
organiza para una colecta pública y nada más.

Por ello, para facilitar el recurso a este expediente, el legislador ha sido flexible en su forma de
constitución, pues puede ser creado por medio de un documento privado con la firma legalizada por
notario, que es suficiente para su inscripción en el registro. Nada impide que sus fundadores opten por
instrumentar el acto en escritura pública; sin embargo, ello desvirtúa la concesión de la ley.

Los objetivos del comité son caracterizado como fines altruistas. ¿Cómo se diferencian los fines de un
comité con los de una fundación, que son de interés social?. Intentemos una respuesta.

Digamos, en principio, que todo fin altruista es de interés social, pero no siempre los fines de interés
social son altruistas.

El altruismo del propósito se revela a través de acciones de corte humanitario, filantrópico. El comité es
una muestra del interés de quienes se juntan con el objeto de hacer participar a los demás, al público, en
un fondo de aportes, en tómbolas, rifas, etc., que servirán para paliar alguna situación ajena que espera
una demostración de solidaridad, muchas veces con relativa urgencia. Por lo general, quienes se
encuentran atravesando determinadas circunstancias derivadas de su escasez de recursos, de un sismo
o hecho fortuito, no se encuentran en aptitud ni espiritual ni económica de emprender, por sí mismos, la
tarea de organizarse y solicitar ayuda a la colectividad. Inclusive el pedido formulado por los propios
afectados suele ser visto, egoístamente, con desconfianza. Es, entonces, cuando surge la acción solidaria
de los demás, de quienes están dispuesto a entregar su esfuerzo y tiempo para apelar a la cooperación
ciudadana(59) (60).

Una fundación que, por ejemplo, se constituye para la investigación de las bondades de una especie
vegetal y su posible aplicación a terapias curativas tiene un fin abiertamente social, mas no filantrópico.

Dadas estas características, es claro que el comité persigue fines en bien de terceros, que no son ni en
favor de sus instituyentes y miembros, ni de aquéllos que lo administran, diferenciándose así de la
asociación y asemejándose a la fundación(61).

11. Patrimonio del comité. Destino del patrimonio en caso de disolución.

Al comité no le importa tanto tener un patrimonio propio formado por los instituyentes (promotores) y
miembros del mismo, cuanto recaudar dinero u otros bienes del público.

En verdad, su patrimonio proviene del público y se destina a un fin altruista, aspecto que lo diferencia de
la asociación por cuanto en ésta es formado en base a los aportes de sus integrantes y es aplicado a
satisfacer fines de ellos mismos(62).
En principio, una vez captada la recaudación prevista y planificada por el comité y aplicados los fondos
obtenidos a la finalidad motivadora, éste debe disolverse por acuerdo de los miembros de la persona
jurídica. Se entiende que los recursos resultantes de la colecta, rifa, tómbola, etc., son enteramente
destinados a los objetivos promocionados. Ocurrido ello, ha de exinguirse el comité haciendo de
conocimiento del Ministerio Público las cuentas finales y balances.

No obstante, puede ocurrir que, después de haber pagado las deudas sociales y aplicado los recursos
entregados por los erogantes, de la liquidación realizada resulte un remanente. En estos raros casos, y en
la medida que el Ministerio Público no objete los balances, el haber neto se adjudica a los erogantes, es
decir, se distribuye entre quienes contribuyeron a la formación del fondo de fin altruista. Dado que ello no
es usualmente posible, el art. 122 del Código civil establece que dicho haber neto resultante de la
liquidación ha de ser entregado a la Beneficencia del lugar en el cual tuvo su sede el comité. La misma
solución ha de aplicarse si el comité se disuelve y liquida por no poder satisfacer sus propósitos, según se
desprende del art. 121 del mencionado Código.

12. Organos del comité

El comité presenta algunos rasgos similares con la estructura orgánica de la asociación, en cuanto cuenta
con una asamblea y un Consejo Directivo.

El Código se ha cuidado en no señalar que se trata de una asamblea de “asociados”. Pese a ello se trata
del órgano máximo del comité que está integrado por los promotores y por quienes se integren con
posterioridad.

La asamblea del comité no goza de las mismas libertades de las que puede gozar la asamblea de una
asociación. La limitación más importante que colorea y condiciona sus decisiones es que sus integrantes
no tienen, en conjunto, la capacidad para transformar al comité con el objeto que persiga otros fines
diversos a los propuestos (una vez realizada la colecta o la obra prevista), dado que los erogantes o
contribuyentes han destinado parte de su patrimonio al comité, salvo que sea imposible que se pueda
alcanzar el objetivo. Y es que, como bien ha sido señalado, el comité, a través de sus administradores, se
convierte en una suerte de gestor de los fondos recibidos del público para su aplicación al fin
anunciado(63). De modo que aunque esta obligación recaiga fundamentalmente en los administradores,
ello impide a la asamblea tomar decisiones que alteren el sentido de su creación.

En la acertada concepción originaria del Código civil, de la lectura del art. 121 se desprendía que la
asamblea general del comité carecía de la facultad de aprobar las cuentas y balance por la labor realizada
por los administradores(64). Para ello, debían, según dicha norma rendir cuentas judicialmente. Era
evidente que se requería de la intervención de un tercero (distinto a los promotores y gestores del comité,
así como de los beneficiarios) que se encargase de velar por la exacta y fiel asignación de los recursos a
los fines publicitados(65), con conocimiento del Ministerio Público.

Cuando se promulgó el nuevo Código Procesal civil, esta norma introdujo cambios sustanciales en el
Código civil, bajo el insostenible argumento de que sólo modificaría normas de orden procesal contenidas
por este último.

A riesgo de ser considerada una posición intolerante, y exceptuando las reformas de las normas
procesales indebidamente recogidas por el Código civil, debo confesar que quienes convinieron en
plantear la modificación del art. 121 desconocían abiertamente la esencia del comité y la realidad de las
cosas.

El nuevo texto del art. 121 eliminó la rendición judicial de las cuentas e introdujo implícitamente la facultad
de la asamblea del comité para aprobar sus resultados. El único paliativo a esta inaceptable solución fue
conceder (también implícitamente, en una serie de errores evidentes de técnica legislativa) al Ministerio
Público la posibilidad de aprobar, con su silencio, las cuentas del comité y, en caso contrario, solicitar la
desaprobación judicial de aquéllas, tal como fluye del también reformado (por obra del Código Procesal
civil) art. 122 del Código civil.

Entre los hombres de derecho sabemos, por duro que parezca, que la intervención del Ministerio Público
en estos menesteres es mínima, por no decir nula. De modo que esperar la posible acción del Ministerio
Público para solicitar la desaprobación judicial de las cuentas del comité se ha convertido en una vana
seguridad. El silencio de este ente después de treinta días de que el comité le hubiere presentado las
cuentas se convertirá en una aprobación inatacable.
A ello se debe añadir que, como luego veremos, en los hechos la mayoría de los comités que se conocen
públicamente son comités no inscritos, respecto de los cuales no se sabe de acción alguna del Ministerio
Público.

Es interesante anotar que la asamblea de los miembros del comité no tiene funciones contraloras que
agoten la fiscalización que se debe poner en torno a la gestión del consejo directivo del mismo. El control
corresponde, más bien, al Ministerio Público. Al menos en la buena intención del legislador (art. 119).

Pasando a otro tema, debemos señalar que el comité es administrado por un Consejo Directivo que, al
igual que el de la asociación, tiene funciones de gestión y de representación.

Pero, debido a que los administradores se encargan de la recaudación de aportes de los erogantes y
éstos son aplicados en favor de terceros, el legislador ha considerado que los gestores responden
solidariamente de la conservación y aplicación de los fondos recaudados, estableciendo una excepción a
lo dispuesto por el art. 78 del Código civil(66).

Su responsabilidad, por ende, es mucho más severa que en el caso de la asociación, dados los fines
perseguidos por el comité.

IV. LAS ORGANIZACIONES NO INSCRITAS

13. Consideraciones generales

Una muestra del claro acercamiento del Código de 1984 hacia la experiencia jurídica se da con la
novedosa regulación de las asociaciones, fundaciones y comités no inscritos. La observación de la
realidad no podía tener otro resultado que el de dispensar a estas organizaciones un tratamiento especial.

Es cierto que en ellas la carencia del dato registral impide alcanzar el ropaje dado por la personalidad
jurídica. No son, por ello, personas jurídicas. Sin embargo actúan como tales. A diferencia del Código de
1936, cuyos autores evadieron conscientemente el tema, la norma vigente contiene un somero
tratamiento de sumo interés para el estudioso.

Al carecer de personalidad jurídica es evidente que no son personas colectivas. Son, en la novedosa
consideración del legislador, organizaciones de personas no inscritas. A éstas les concede la calidad de
sujeto de derecho, lo que supone algunos efectos. En primer término, si bien no se produce la reducción
formal de la pluralidad de individuos que las conforman a una unidad normativa que actúa como centro
unificado de imputación de situaciones jurídicas subjetivas, no se puede negar que poseen capacidad
jurídica o también subjetividad.

El reconocerles subjetividad implica una cierta y relativa unitariedad en la atribución y titularidad de


consecuencias de derecho. A pesar que la imputación de derechos y deberes no se produzca sobre un
elemento formal (que nace de la inscripción, de la cual surge la personalidad jurídica), las situaciones
jurídicas que se derivan de la actuación del sujeto de derecho “organización no inscrita” no inciden en
cabeza de quienes las han creado o de quienes actúan en nombre de ella. En rigor, los efectos jurídicos
deducibles de su actividad se imputan al ente no personificado, es decir, a la organización.

Esa relativa unitariedad a la que nos referimos incide también en el tratamiento del patrimonio del ente. Si
es cierto, como ya lo hemos anotado, que la personalidad jurídica tiene el efecto mágico de separar y no
confundir los patrimonios de la persona colectiva con aquéllos que la conforman, no puede desconocerse
que, igualmente, los entes carentes de la condición de persona jurídica también son capaces para ser
titulares de un patrimonio propio. Ello es, inclusive, de mayor evidencia en la fundación no inscrita, en la
medida que en el trance que atraviesa antes de alcanzar el registro es ya poseedora de una masa
patrimonial proveniente de la dotación contenida en su acto de creación.

El hecho de que la responsabilidad de los gestores de las organizaciones no inscritas se encuentre


claramente agravada obedece a diversas razones, una de las cuales es la imposibilidad en que se
encuentran los terceros de saber qué o cuáles bienes son de propiedad de la organización y cuáles son
de los integrantes. Se trata de una garantía en favor de dichos terceros(67). Pero, reiteramos, ello no
niega su capacidad para que, en tanto sujeto de derecho, pueda adquirir todo tipo de bienes.
Por otro lado, en todos los casos de estas organizaciones no inscritas, el legislador ha contemplado la
regulación de estos entes en base a la disciplina que corresponde a las personas jurídicas asociación,
fundación y comité. Esta manifiesta remisión a la normativa de las tres personas jurídicas revela no sólo el
propósito del codificador de evitar dificultades al intérprete al momento de saber y determinar cuáles son
los parámetros normativos con los que habrá de contar, sobre todo en lo que atañe a la estructura interna
de las organizaciones.

14. La asociación no inscrita

El art. 124 del Código civil establece que el ordenamiento interno y la administración de la asociación no
inscrita se regula por los acuerdos de sus miembros, aplicándose las reglas de los artículos 80 a 98 en
cuanto sean pertinentes.

La norma en cuestión no debe dar a pensar que sólo bastan los acuerdos de los asociados para
establecer el régimen de administración y su estructura interna. La referencia a los “acuerdos” es una
forma de dar fuerza al deseo y compromiso que deriva de haber dado nacimiento a la asociación. Los
“acuerdos”, además, no son cualquier convenio o pacto. Ellos deben ser entendidos como los pactos o
decisiones adoptados por los asociados reunidos en asamblea, ya que el hecho de carecer de la
condición de persona jurídica no los exime de observar las normas sobre la organización (y órganos) que
debe tener una asociación.

En todo caso, la expresión “acuerdos” puede comprender otras decisiones que no hayan pasado por el
tamiz de una reunión asamblearia, pero en esa hipótesis será necesario analizar sus alcances y los
compromisos que pueden implicar para quienes no participan de él pero que integran la asociación, lo que
sin duda resulta altamente delicado.

Es interesante anotar que el art. 124 señala que la asociación no inscrita comparece en proceso por el
presidente del consejo directivo o por quien haga sus veces.

La precisión, se ha dicho, tiene como finalidad poner a los terceros que intervienen en el proceso en
condiciones de saber a quién corresponde la representación procesal, a falta de un sistema de publicidad
como aquél propio del régimen normativo de las personas jurídicas(68).

La asociación no inscrita en tanto carece de personalidad jurídica da lugar a que ella cuente con un
patrimonio formado por los aportes de los asociados al cual se califica como fondo común. La
denominación, sin embargo, no debe entenderse como una especie de copropiedad de los miembros
sobre dichos bienes, pues la titular es la asociación. (69) (70)

La calificación, que proviene del Codice civile, se emplea con el propósito de evitar que, al carecer de
personalidad jurídica (y su subsecuente y perfecta separación de responsabilidades patrimoniales frente a
terceros), los asociados entiendan que pueden exigir su restitución, pues esto es imposible, no sólo
mientras se mantenga vigente la asociación (dada la redacción del art. 125 del Código civil), sino inclusive
cuando ella es disuelta y liquidada(71).

El fondo común es el que responde de las deudas sociales, es la garantía de los acreedores de la
asociación no inscrita, de las obligaciones contraídas por quienes actúan en nombre de ella (art. 126).

El propio art. 126 agrava la responsabilidad de quienes actúan en nombre de la asociación, aun cuando
no sean sus representantes, al prescribir que responden solidariamente de las obligaciones que
contraigan en cabeza de la asociación.

Es interesante anotar que al legislador no le importa que sea o no representante quien hubiere actuado en
nombre de la asociación por tratarse de una norma que funge de garantía en favor de los terceros con los
cuales contrata la asociación, quienes, al no estar registrada la organización, carecen de la posibilidad de
comprobar si aquéllos que obran tomando el nombre de la asociación son o no sus verdaderos
representantes. Y es también una norma de tutela en razón que dichos terceros acreedores de la
asociación también están desprovistos de un sistema de publicidad que les permita saber cuáles son los
bienes de la organización y cuáles de quienes actúan por ella.

La responsabilidad antes que solidaria es, en rigor, subsidiaria (pero que entra, de todos modos, en el
esquema de la solidaridad(72)), pues si el fondo común basta para pagar las deudas sociales, el
patrimonio de los gestores no es atacado.
15. La fundación no inscrita

Es infrecuente pero no imposible la existencia de una fundación no inscrita. En todo caso, la previsión del
Código civil reviste suma importancia por ser el primero en la legislación comparada. Ha sido conveniente
adoptar un marco legal en este tema sobre todo para el caso de aquellas fundaciones que inician sus
actividades antes de alcanzar el registro y que, por tanto, no son aún personas jurídicas.

En este caso y en cualquier otro en el que se verifique la falta de inscripción de una fundación, el art. 127
establece que corresponde al Consejo de Supervigilancia de Fundaciones, al Ministerio Público o a quien
tenga legítimo interés realizar las acciones para lograr su inscripción.

Si la fundación ha iniciado sus actividades ese hecho es demostrativo de su actuación real como sujeto
de derecho en la experiencia jurídica y en la trama de relaciones económicas. En este supuesto, pese a
que no se encuentra inscrita como persona jurídica, debe rechazarse la posibilidad de que el fundador
tenga capacidad para revocar el acto constitutivo(73).

El agravamiento de la situación de los administradores de la fundación no inscrita, al hacerlos


solidariamente responsables por la conservación de los bienes afectados a un fin especial y por las
obligaciones que contraigan en nombre de ella, obedece a varios motivos. El primero es instarlos a lograr
la obtención del ropaje de persona jurídica. El segundo argumento es similar al mencionado en sede de
asociación no inscrita. Los terceros no saben cuál es la masa patrimonial con la que se ha dotado a la
fundación y no saben si quienes obran en su nombre son representantes, pues se adolece de publicidad
registral.

El Código no establece si su responsabilidad es subsidiaria, en el sentido de si los bienes con los cuales
se ha dotado a la fundación también responden de las obligaciones contraidas. En este caso, es de
necesidad precisar que la masa patrimonial de la fundación no inscrita sí podrá ser atacada por los
acreedores de ésta, siempre que las deudas asumidas no contravengan la voluntad fundacional, aunque
esta circunstancia no le es oponible a los terceros que no pueden acceder a una información completa de
la fundación.

16. El comité no inscrito

En la realidad hemos advertido que la iniciativa individual de organizar colectividades para satisfacer fines
altruistas es común, especialmente en el caso de objetivos abiertamente nobles (colectas para niños
carentes de recursos, para beneficiar a personas afectadas por desastres climatológicos, realizar una
excursión científica, construir un puente derribado, etc.)

A tal grado llega el recurso al comité que no llega a ser persona jurídica, que bien puede decirse que es
una práctica que existe desde siempre, y a la cual el legislador de 1984, afortunada e imaginativamente,
quiso adherir a través de un trato particular.

El art. 130 del Código civil tiene alcances similares a los establecidos por el art. 124 para la asociación y
por ello remitimos a lo dicho al respecto.

Por su parte, el art. 131 amplía la responsabilidad solidaria de los administradores a quienes actúan en
nombre del comité no inscrito. Las razones son semejantes a las que hemos anotado en relación al art.
126 para la asociación no inscrita, con el añadido de que se trata de una responsabilidad que debe
entenderse como más severa en la medida que el comité capta y gestiona recursos que provienen de
terceros.

También el Ministerio Público se encarga de la vigilancia de los comités no inscritos.

Finalmente, debemos señalar una razón adicional por la que rechazamos los cambios que el Código
Procesal civil introdujo en el comité persona jurídica al modificar los arts. 121 y 122 del Código civil.

Tal como lo expresamos, con la reforma de dichos artículos se cercenó al Poder Judicial la facultad de
aprobar las cuentas de la gestión del comité, confiriendo de manera tácita dicha prerrogativa a los
miembros de la asamblea, con conocimiento del Ministerio Público, cuyo silencio en el lapso de 30 días
convierte en inatacable el balance y gestión de los responsables de la administración del comité y del
cumplimiento de sus fines.
Curiosamente, por haber invadido terrenos que no conocía, el legislador procesal olvidó el texto del art.
132, el mismo que al mantenerse en su versión original contempla que el Ministerio Público solicita la
rendición judicial de las cuentas cuando el comité se disuelve porque haya cumplido sus fines o no
hubiere sido posible satisfacerlos, proponiendo el haber neto que resulte de la aplicación a fines análogos.
Con ello, dentro del Código civil se ha introducido una innecesaria y desconcertante diversidad de
regímenes en materia de aprobación de cuentas, pues el comité persona jurídica puede aprobarlas por
medio de una asamblea de sus miembros, en tanto que el comité no inscrito no puede ver aprobada su
gestión si el Ministerio Público no exige la rendición judicial de las cuentas de dicha organización. No
sabemos si esa diferencia que resultó de la reforma fue deliberadamente querida por los reformadores del
Código Procesal civil que invadieron temas sustanciales y no sólo procesales al modificar el Código civil.
Algún día tendremos una respuesta.

NOTAS:

(3) Para Beatriz Boza Dibós, “La persona jurídica sin fines de lucro: su regulación a la luz del nuevo rol
que desempeña”, en Themis, Nº 12, PUC, Lima, p. 78, no basta la prohibición de distribuir las utilidades
entre los miembros, directores o funcionarios. El reto del legislador en esta materia radica, en su opinión,
en diseñar los mecanismos necesarios para reforzar y hacer cumplir el propósito que inspira esta
prohibición, franqueando el acceso al Poder Judicial en caso de malos manejos, aplicar sanciones a los
administradores, exigir la publicación de los estados financieros, etc. Pensamos que no le falta razón en la
medida que los conceptos no agotan la realidad de las cosas. No obstante, la legislación en esta materia
no es muy proficua.

(4) Ver Ennecerus, Ludwig, “Derecho civil”, Bosch, Barcelona, 1953, Tomo I, Parte General, I, p. 450.

(5) Fernández Sessarego, Carlos, “Doctrina y legislación peruana sobre la persona en el siglo XX”, en


AAVV, “Instituciones del Derecho Civil Peruano”, Víctor Guevara Pezo, Coordinador, Fundación M.J.
Bustamante de la Fuente Universidad Femenina del Sagrado Corazón, Lima, 1996, Tomo I, p. 421.

(6) Ver De Belaúnde, Javier, “Personas jurídicas: propuestas de enmienda” en “Diez años del Código
civil peruano. Balance y perspectivas”, Ponencias, Universidad de Lima, 1995, T. I, p. 267.

(7) Rescigno, Pietro, “Manuale del Diritto civile italianc”. Jovene Editore, Napoli, 1981. p. 165.

(8) Véase, útilmente, Fernández Sessarego, Carlos, “Definición de asociación, fundación y comité en el


proyecto de Código civil peruano” en la obra del mismo autor “La persona en la doctrina jurídica
contemporánea”, Universidad de Lima, 1982, pp. 90 ss.

(9) Fernández Sessarego, Carlos, “Derecho de las Personas. Exposición de motivos y comentarios.


Libro Primero del Código Civil Peruano”. Studium, Lima, 1986, p. 159.

(10) Vega Mere, Yuri, “La fundación: Un tema de derecho vivo” en “Gaceta Jurídica”. Legislación,
Doctrina y Jurisprudencia, Tomo 33, Abril de 1996. p. 44A.

(11) De Castro y Bravo, Federico, “La persona jurídica”. Civitas, Madrid, 1984. p. 277.

(12) Cuando en nuestro país se inició el auge de las denominadas “organizaciones no gubernamentales”
que, como se ha dicho, no son un tipo más de persona jurídica sino una calificación que se otorga a
las nonprofit organizations (ver Vega Mere, Yuri y Hormazábal, Inés “[La fundación en el] Perú”. en “Las
fundaciones en Iberoamérica”, José Luis Piñar (Director) y Juan Andrés García (Coordinador), Mc Graw
Hill, Madrid, 1997. p. 430, nota 16). Los hombres de derecho más atentos se cuestionaron en torno a los
fines perseguidos por una serie de asociaciones que perseguían y persiguen fines que favorecen a
terceros, p. ej., aquéllas que velan por el respeto a los derechos humanos o que canalizan cooperación
técnica. Se pensó, inicialmente, que no debían ser asociaciones sino fundaciones. Repensando con
mayor detenimiento en estos hechos, encuentro que los asociados de esas ONG’s sí reciben un beneficio
de la asociación, de pertenecer a ella: prestar ayuda a los demás les da la posibilidad de satisfacer sus
intereses de orden moral. Sobre las ONG’s puede verse el interesante trabajo de Javier de Belaúnde L.
de R., “En torno al marco legal de las organizaciones No Gubernamentales de Desarrollo en el Perú” en
“Cooperación Internacional: ONGD’S y Desarrollo”, Sase, Lima, pp. 103 ss.

(13) Corvetto Vargas, Aníbal, “Manual elemental de Derecho civil peruano”, Ediciones Librería Studium


S.A., Lima, 1954, Tomo I. p. 127.
(14) Breccia, U; Bigliazzi Geri, L; Natoli, U y Busnelli, F.D.. “Derecho civil” T. I, Vol. I, Universidad
Externado de Colombia, Bogotá, 1992, p. 309.

(15) Breccia, U; Bigliazzi Geri, L; Natoli, U y Busnelli, F.D., “Derecho civil” T. I, Vol. I, cit., p. 309

(16) Vega Mere, Yuri y Hormazábal, Inés, “[La fundación en el] Perú”, en “Las fundaciones en
Iberoamérica”, cit., p. 417.

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(17) Ese carácter personalísimo se relativiza cuando los asociados son personas jurídicas, salvo que se
trate de una especial consideración hacia dicha persona jurídica para que haga parte de la asociación.

(18) Corvetto Vargas, Aníbal, “Manual elemental de Derecho Civil Peruano” cit., Tomo I, p. 127.

(19) Traviesas, Miguel, “Las personas jurídicas”, en Revista de Derecho Privado, Madrid, julioago., 1921,
p 197.

(20) Advertimos al lector que la fundación, además del Código civil, encuentra regulación en los
Reglamentos del Consejo de Supervigilancia de Fundaciones y del Fondo de dicho Consejo, aprobados
por Decretos Supremos Nºs 00394JUS y 00494JUS, respectivamente.

(21) Puede verse Vega Mere, Yuri, “La fundación: un tema de derecho vivo”, cit., pp. 36A ss.

(22) Incurrió en dicho error Corvetto Vargas, Aníbal, “Manual elemental de Derecho civil peruano” cit.,
Tomo I, p. 129, quien afirmaba que mientras las asociaciones son conglomerados de seres humanos que
persiguen un fin ideal, las fundaciones son sujetos de derecho que tienen vida jurídica fuera de toda
personalidad humana, como si la organización de personas que la administrara no tuviera ninguna
importancia.

(23) En este sentido Galgano, Francesco, “Associazioni non riconosciute Comitati” en “Commentario del


Codice Civile”, a cura di Scialoja Branca, RomaBologna, 1972, p. 282. Igualmente, Breccia, U; Bigliazzi
Geri, L; Natoli, U y Busnelli, F.D., “Derecho civil”, T. I, Vol. I, cit., p. 256.

(24) Por ejemplo, por León Barandiarán, José, “Tratado de Derecho civil” WG Editor, Lima, 1991, pp.
262.

(25) Ver Alpa, Guido, “II regime delle fondazioni in Italia e in Francia” en “Le fondazioni. Tradizione e
modernitá”, Cedam, Padova, 1988, pp. 7 y 8.

(26) Fernández Sessarego, Carlos, “Definición de asociación, fundación y comité en el proyecto de


Código civil peruano” en “La persona en la doctrina jurídica contemporánea”, pp. 103 y 104.

(27) Cocca, Aldo Armando, “Las fundaciones”, Plus Ultra, Buenos Aires, 1981, pp. 102 y 103.

(28) No basta, pues, la asignación de bienes, señala, comentando las leyes suecas Strömholm, Stig, “Le
régime juridique des fondations en droit suédois” en “Le fondazioni. Tradizione e modernitá”, cit., p. 129.
(29) Dice Ennecerus, “Derecho civil”, cit., Tomo I, Parte General I, pp. 505 y 506: “Mientras la asociación
debe considerarse como una reunión de personas dotada de capacidad jurídica, en la fundación falta esa
pluralidad de personas que pueda pensarse como soporte de la personalidad jurídica. Pues incluso
cuando la fundación, cosa que por lo demás no ocurre con frecuencia, es administrada por una pluralidad
de personas, esta pluralidad no es la persona jurídica, sino únicamente un administrador de asuntos
ajenos (de la fundación). Tampoco es portador de la personalidad jurídica el patrimonio de la fundación,
que es objeto y no sujeto de derecho, sino sólo la organización misma en virtud de la cual se realiza un
determinado fin permanente con la mediación de fuerzas humanas. La fundación es una organización,
dotada de personalidad jurídica que no consiste en una alianza de personas para la realización de
determinados fines”. Es imprescindible acotar que para Ennecerus los bienes no reciben personalidad
jurídica. Quienes reciben dicha investidura son los fines (?).

(30) Ver Fernández Sessarego, “Definición de asociación, fundación y comité en el proyecto de Código


civil peruano” en “La persona en la doctrina jurídica contemporánea”, p. 104. Asimismo, Vega Mere,
Yuri, “La fundación: un tema de derecho vivo” cit., p. 38A.

(31) En el debate de la fórmula que contuvo el art. 64 del Código civil de 1936 Juan José Calle propuso
una fórmula en la que se precisaban los fines que debía perseguir la fundación, los cuales serían
reveladores de sentimientos nobles. Sin embargo, Manuel A. Olaechea objetó el anteproyecto señalando
que no debía prescindirse de toda enumeración susceptible de restringir la erección de fundaciones que,
estimulando nobles ideas y sentimientos, sean dignas de protección, para lo cual debía imitarse la fórmula
del Código civil suizo (Art. 80. La fondation a pour objet l’affectation de biens en faveur d ‘un but
spécial). Oliveira coincidió con dicho parecer y Calle cedió al planteamiento. Aun cuando el parecer de
los legisladores de 1936 no fue suficientemente claro, parece que pensaron en una fundación de fines
sociales. La copia del texto suizo los traicionó de manera rotunda. En verdad, se dejaron traicionar ellos
mismos. Ver Aparicio y Gómez Sánchez, Germán, “Código civil. Concordancias” Tomo III, La Reforma
(Motivos), Lima, 1942, pp. 149 ss.

(32) A pesar que en sus inicios la fundación pudo haber sido concebida como una forma de prolongar la
existencia y la memoria de una persona (o bien como forma de purgar sus pecados) según
comenta Pietro Rescigno, “La fine della vita umana” en Rivista di Diritto civile, NovDic. 1982, Padova, p.
636 ss lo cierto es que fue cobrando sentido para obras de interés público. Vid. Imbert, Jean, “Apercu
historique sur les fondations en droit francais” en “Le fondazioni. Tradizione e modernitá”, cit., pp. 19 ss.

(33) Agudamente, Angel Gustavo Cornejo, “Código civil. Exposición sistemática y comentario” Tomo I,


Librería e Imprenta Gil, Lima, 1937, p. 203, dijo en su momento que en la fundación, a diferencia de otras
personas jurídicas, no hay “sujeto propietario”.

(34) Fernández Sessarego, “Definición de asociación, fundación y comité en el proyecto de Código civil


peruano”  en “La persona en la doctrina jurídica contemporánea”, p. 100.

(35) Estoy seguro que al Profesor Fernández Sessarego esta afirmación le parecerá una herejía, pues
en su concepto los miembros son los administradores. Pese a esta disidencia, que me la ha expresado en
más de una oportunidad, insisto tercamente en que la fundación carece de integrantes por no ser una
organización a la cual pueden incorporarse terceros.

(36) Rico Pérez, Francisco, “Las fundaciones en la Constitución española”, Ilustre Colegio de Abogados


de Toledo, 1982, p. 156 ss.

(37) Sobre lo cual, Vega Mere, Yuri y Hormazábal, Inés, “[La fundación en el] Perú” en “Las fundaciones
en Iberoamérica”, cit., pp. 409 y 410.

(38) Vid. Ennecerus, “Derecho civil” cit., Tomo I, Parte General, I, pp. 507 y 508.

(39) Galgano, Francesco, “Le associazioni lefondazioni i comitati”, Cedam, Padova, 1987, pp.365 ss.

(40) Coincide Rico Pérez, Francisco, “Las fundaciones en la Constitución española”, cit., p. 110.

(41) Pomey, Michel, “L’acte de fondation en droit francais” en Etudes et documents, Conseil d’ Etat,


Fascicule Nº 2, Imprimerie National, Paris, 1969, pp. 29 ss.
(42) Curiosamente, Ennecerus, “Derecho civil” cit., Tomo I, Parte General, I, pp. 507 y 508, estima que
una fundación puede nacer sin patrimonio, cuestión que rechazamos.

(43) Véase las interesantes líneas de Piñar, José Luis; Real Pérez, Alicia y García García, Juan
Andrés, “[La fundación en] España” en “Las fundaciones en Iberoamérica”, cit., pp. 245 a 247.

(44) Coinciden Esguerra Portocarrero, Leonor y Molina Grau, Fernando, “[La fundación en]


Colombia” en “Las fundaciones en Iberoamérica”, cit., p. 124, así como Manavella Cavallero,
Carlos A., “[La fundación en] Costa Rica” en Ibidem, pp. 162 y 163, que sostiene que por lo general no
suele comprenderse que las actividades económicas de la fundación sirven para acrecentar sus recursos.
Asimismo, Méndez de Montero, Margarita, “[La fundación en] Venezuela” en Ibidem, pp. 514, para quien
si las fundaciones no tuvieran la posibilidad de realizar actividades económicas, estarían condenadas a la
mendicidad y dádivas de las personas e instituciones que creen en la labor que desempeñan estas
organizaciones, sin poderse procurar los medios que necesitan para la realización de su objetivo, sin
atentar contra su no afán de lucro.

(45) El acto de organización es enteramente exigible en el caso de las fundaciones constituidas por
fundadores en vida, no así en el caso de las fundaciones mortis causa.

(46) Ver Badenes Gasset, Ramón, “El negocio jurídico de fundación”, en Revista Jurídica de Cataluña,
enefeb, 1959, pp. 152 y 153.

(47) Rico Pérez, Francisco, “[Las fundaciones en la constitución] española”, cit., p. 111.

(48) Cocca. Aldo Armando, “Las fundaciones”, cit., pp. 97 y 98.

(49) La declaración del fundador no es recepticia, según indica Ennecerus, “Derecho civil”. cit., Tomo I,
Parte General, I, p. 508.

(50) A pesar que ambas estén motivadas por el ánimo de liberalidad.

(51) Como bien ha dicho Fernández Sessarego, el acto constitutivo de la fundación no sólo no debe
revocarse cuando se halle inscrita sino, inclusive, cuando faltando tal dato ella hubiere iniciado sus
actividades. Suscribimos este parecer.

(52) En los últimos cuatro años el Consejo de Supervigilancia de Fundaciones sólo ha conocido de una
sola solicitud, y que fue autorizada.

(53) La Comisión, designada por el Ministro de Justicia, Fernando Vega Santa Gadea, fue presidida por
Carlos Fernández Sessarego e integrada por Carlos Enrique Becerra Palomino, Javier de Belaúnde, Juan
Guillermo Lohmann, así como por Yuri Vega Mere, por entonces Presidente del Consejo de
Supervigilancia de Fundaciones. El texto del Anteproyecto y su exposición de motivos fueron publicados
en separata especial del diario “El Peruano” el día 26 de mayo de 1995.

(54) Fernández Sessarego, Carlos, “Derecho de las Personas. Exposición de motivos y comentarios


Libro Primero del Código Civil Peruano” cit.. pp. 188 y 189.

(55) Su composición está definida en el art. 3 de su Reglamento, aprobado por el Decreto Supremo Nº
00394JUS.

(56) Vid. Vega Mere, Yuri y Hormazábal, Inés, “[La fundación en el] Perú” en “Las fundaciones en
Iberoamérica”, cit., pp. 427 a 431.

(57) Dicen Breccia, U; Bigliazzi Geri, L; Natoli, U y Busnelli, F.D., “Derecho civil”, T. I, Vol. I, cit., p. 262,
el rasgo de temporalidad del comité es lo que justifica, en Italia, su configuración normativa como ente
desprovisto de personalidad jurídica. Para el conocido jurista Pietro Rescigno, “Comentarios al Libro
Primero del nuevo Código Civil Peruano de 1984” en “El Código civil peruano y el sistema jurídico
latinoamericano”, Cultural Cuzco Editores S.A., Lima, 1986, p. 241, fue motivo de sorpresa que el
legislador peruano hubiere incorporado, por vez primera en la legislación comparada, al comité como
persona jurídica, dado que nuestro codificador dio un paso adelante frente al Codice civile. Igual asombro
causó a Guillermo Allende, “La persona jurídica comité” en Ibidem, pp. 247 ss.

(58) Dice Juan Espinoza Espinoza. “Sobre la necesidad de reclasificar a las personas jurídicas sin fines
de lucro” en su libro “Ensayos sobre teoría general del derecho y los derechos de las personas”, Editorial
Huallaga, Lima, 1996, nota 9, que el Código civil griego (1946) establece que si el comité (que gestiona, al
igual que la fundación, patrimonio proveniente de terceros) pasa a tener una un fin preciso y permanente,
debe constituirse una fundación. Para Espinoza la diferencia entre comité y fundación no debe radicar en
la estabilidad de la segunda y la transitoriedad del primero. Su parecer es favorable a la fusión de ambas
figuras en una sola, opinión que no compartimos. En verdad, existen notas adicionales que las distinguen.
Por otro lado, no encontramos mayor obstáculo para que en el Perú un comité realice colectas para
constituir una fundación, como bien lo señaló Fernández Sessarego, Carlos, en “Derecho de las
personas. Exposición de motivos y comentarios al Libro Primero del Código civil peruano” cit., p. 204.

(59) Ver in extenso Fernández Sessarego, Carlos, “Derecho de las personas. Exposición de motivos y


comentarios al Libro Primero del Código civil peruano”, cit., pp. 202 ss.

(60) Existen otros supuestos para los cuales se constituye un comité, que son quizá menos solidarios,
como por ejemplo construir un busto o una estatua de un personaje público fallecido. En todo caso se
trata de una muestra de reconocimiento que es un acto desinteresado. Los comités que se forman para
fines como exposiciones culturales, viajes científicos o similares, trasuntan un evidente fin filantrópico en
la medida que tratan de paliar la carencia de recursos para llevar a cabo esos objetivos mediante la
convocatoria a la ciudadanía.

(61) Fernández Sessarego, Carlos, “Derecho de las personas. Exposición de motivos y comentarios al


Libro Primero del Código civil peruano”, cit., p.p. 203 y 204. Es interesantísima la observación de Breccia,
U; Bigliazzi Geri, L; Natoli, U y Busnelli, F.D., “Derecho civil” T. I Vol. I, cit., p. 261, cuando señalan que
el comité se caracteriza por tener una estructura organizacional que se aproxima unas veces a la
asociación y otras a la fundación. Según expresan. en tanto que las semejanzas estructurales con la
asociación se refieren a una primera fase de la actividad del comité (la del recaudo de fondos), las
similitudes estructurales con la fundación atañen a una segunda fase (la de la gestión de los fondos
recaudados).

(62) Fernández Sessarego, Carlos, “Derecho de las personas. Exposición de motivos y comentarios al


Libro Primero del Código civil peruano”, cit., p. 203. Igualmente, Fernández Sessarego,
Carlos, “Definición de asociación, fundación y comité en el proyecto de Código civil peruano”, cit., pp. 106
y 107.

(63) Fernández Sessarego, Carlos, “Derecho de las personas. Exposición de motivos y comentarios al


Libro Primero del Código civil peruano”, cit. p. 207.

(64) Fernández Sessarego, Carlos, “Derecho de las personas. Exposición de motivos y comentarios al


Libro Primero del Código civil peruano”, cit., p. 211.

(65) En ello se presenta un rasgo similar al de la fundación, pues es el Consejo de Supervigilancia de


Fundaciones quien aprueba los balances y cuentas de las fundaciones.

(66) Ver Fernández Sessarego, Carlos, “Derecho de las personas. Exposición de motivos y comentarios


al Libro Primero del Código civil peruano” cit. pp. 212 y 213.

(67) Ver Rescigno, P., “Manuale del Diritto civile italiano” cit., p. 195.

(68) Breccia, U; Bigliazzi Geri, L; Natoli, U y Busnelli, F.D., “Derecho civil” T. I Vol. I, cit., p. 321.

(69) Fernández Sessarego, Carlos, “Derecho de las personas. Exposición de motivos y comentarios al


Libro Primero del Código civil peruano” cit., p. 223.

(70) Breccia, U; Bigliazzi Geri, L; Natoli, U y Busnelli, F.D., “Derecho civil” T. I Vol. I, Cit., p. 322,
señalan que en el caso de la copropiedad y en general en las meras colectividades, no existe un
patrimonio distinto de los propios de las personas físicas que lo componen, en tanto que en el caso de la
asociación no inscrita (que llaman no reconocida, ajustándose al reconocimiento que es necesario en
Italia para gozar de personalidad jurídica) ella tiene un patrimonio propio, destinado exclusivamente a
realizar el fin del ente y, por ello, no es aprehendible por parte de los acreedores particulares de sus
miembros.

(71) Fernández Sessarego, Carlos, “Derecho de las personas. Exposición de motivos y comentarios al


Libro Printero del Código civil peruano” cit., pp. 225 y 226. Curiosamente Rescigno, “Manuale del diritto
privato italiano”, cit. p. 197, admite la posibilidad del reembolso, de la cual disentimos.

(72) Rescigno, P. “Manuale del diritto privato italiano”. cit., p. 196.

(73) Hipótesis que Fernández Sessarego, Carlos, “Derecho de las personas. Exposición de motivos y


comentarios al Libro Primero del Código civil peruano”. cit., p. 229, propuso a la denominada Comisión Revisora del
Código civil, en tanto fue Ponente de esta parte del Código, pero que, como otras más, fue desoída por la mencionada
Comisión.

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