El niño y el significante (Rodulfo)
Capitulo 7: Las tesis sobre el jugar: Mas aca del juego del carretel.
En los distintos momentos de la estructuración subjetiva observaremos variantes, transformaciones, en la función
del jugar. Insisto en la importancia de decir jugar y no juego, para acentuar el carácter de práctica significante que
tiene para nosotros esta función.
Para nosotros el concepto de jugar es el hilo conductor del cual podemos tomarnos para no perdernos en la
compleja problemática de la constitución subjetiva. Partimos de un descubrimiento: no hay ninguna actividad
significativa en el desarrollo de la simbolización del niño que no pase vertebralmente por aquel. No es una catarsis
entre otras, no es una actividad más, no es un divertimento, ni se limita a una descarga fantasmatica compensatoria
o a una actividad regulada por las defensas, así como tampoco se lo puede reducir a una formación del
inconsciente. Cada vez que quiero evaluar el estado de desarrollo simbólico de un chico, no hay ningún índice q lo
brinde más claramente q el estado de sus posibilidades en cuanto al jugar. No hay ninguna perturbación severa o de
cuidado o significativa en la infancia q no se espeje de alguna manera en el jugar.
Con respecto al fort-da, durante mucho tiempo este juego de aparición y desaparición quedo consagrado como
siendo también la manifestación de la actividad lúdica en su originariedad, al tiempo q función primera asignable al
juego, nada menos que poder simbolizar una desaparición, una perdida, dar representación a la ausencia.
A partir del jugar, el chico se obsequia un cuerpo a sí mismo, apuntalando en el medio. Todo lo que hace el entorno
posibilita u obstruye, acelera o bloquea, ayuda a la construcción o ayuda a la destrucción de ciertos procesos del
sujeto, pero este no es un eco o un reflejo pasivo de ese medio, como creen las teorías ambientalistas, si no que,
apoyado en las modalidades de aquel (fundamentalmente el mito familiar, la estructuración de la pareja paterna, la
circulación del deseo), el niño va produciendo sus diferencias.
La idea de q el niño es pasivo al mamar es de por si absurda en aquel primer nivel, porque sabemos que al mamar
trabaja para fabricar la leche que toma, mediante la estimulación de las glándulas mamarias. En cierta forma el
pequeño se da de comer a sí mismo a través de la madre. Por otra parte, nada de lo q se ve en psicoanálisis avala la
concepción del infans como ente pasivo. Si hay una etapa en q no corresponde en absoluto el termino pasividad es
en los primeros años de la vida e incluso durante la vida prenatal.
El niño, a través del jugar, durante el primer año de vida y apoyado en las funciones. Hace lo q hemos ya señalado.
El analista no analiza al paciente, y si es usual escuchar esa fórmula conviene recordar q su cómoda simplicidad
involucra un error: uno no analiza a ningún paciente, es el paciente quien se analiza a si mismo a través del analista,
usando de este, circuito de la transferencia mediante.
La problemática de la edificación del cuerpo durante el primer año de vida. No hay que olvidar q el niño, antes de
disponer de manos ya cuenta con ojos y con boca, que son también y en grado extremo órganos de incorporación;
con ellos empieza la tarea de arrancar a lo que, para no simplificar, corresponde agregar la piel. Hay entonces una
actividad múltiplemente extractiva q empieza mucho antes que las manos, actividad q dijimos horadante, “el
perverso polimorfo” empieza por ser un arrancador, un agujereador nato, practica con la que produce cosillas,
desechos, pequeños objetos. ¿Qué es lo que va haciendo con esos materiales extraídos? Una observación de alcance
universal constata la regularidad de una secuencia: extraer-fabricar superficies continuas, extensiones, trazados sin
solución de continuidad. La actividad q hay que pensar como jugar primero es una combinación de dos momentos:
agujerear-hacer superficie, agujerear-hacer superficie.
Otro ángulo para abordar la compleja constitución y función temprana de superficies es una observación bastante
común en el dibujo de niños psicóticos: me refiero al contorno “en flecos”. En lugar de hacer un borde firme,
ininterrumpido de la silueta, esta parece deshilacharse, con temblorosa consistencia.
Es importante, llegando a este punto, escapar a cierto lugar común, de une estado inicial de fragmentación
angustiosa, del cual nos salvaríamos casi por milagro o por la buena letra de la posición depresiva. Parece más justo
decir, siguiendo a Winnicott, que “en el principio” era un estado de no integración. Este estado de no integración se
sostiene bien en la medida en q acudan funciones q aporten la integración faltante, lo cual examine al bebe de
esfuerzos especiales por juntarse; ya existe un lugar, el cuerpo del Otro que lo dona. En cambio, el pasaje de la no
integración a una desintegración q podría ser caótica y aniquillante se da cuando hay fallos graves y sostenidos en
las funciones primordiales. Esta seudo objetividad nos devuelve al problema originario de fabricarse una superficie
para ser o parecer.
Otra referencia crucial, hablo de las membranas placentarias como primer objeto perdido, objeto cuyo
desprendimiento al nacer condensan ciertos discursos al recogerlo en diversas fabulaciones y creencias q ligar la
buena o mala fortuna esperable con el efecto “cofia” o con la precedencia de las membranas en salir del vientre
materno. Como siempre, el rio del mito suena, localizando algo subjetivamente significante en este particular
objeto que hay q separar de si para salir a la vida extrauterina. Pero, notemos, su función de envoltura nos pone de
nuevo sobre la pista de lo q hemos detectado como superficie.
En efecto, las rutinas que un bebe necesita suponen ciertas regularidades y ciertas previsiones para un sujeto en
condiciones tales q todo le es imprevisible o peor aún, impensable, dado que está en un mundo absolutamente
nuevo. Las rutinas son otros tantos nombres de la fabricación de superficies: cabe al otro primordial ofrecer por
medio de ellas los medios para armar una cotidianidad. Y ¿qué es esta, si no un sistema de continuidades
unificantes? Su validez se extiende lo menos hasta la estructuración del fort/da, que posibilita simbolizar la
ausencia (discontinuidad). Antes de “educar” la formación de hábitos, forma cuerpo. Vemos como no hay bebe que
no se resista denodada e indignamente a q se le desprenda cualquier pegote de la cara. El enojo es universal.
Es nuestro abono ¿Cómo no entender el llanto airado y la repulsa del pequeño a la mano q le saca los mocos o le
jabona la cabeza? Para su nivel de simbolización no se trata de ningún pegote externo, forma intrínsecamente su
unificación en trámite.
Pero lo q hay que entender es que no son solo posesiones en el sentido yo/no-yo, aunque también llegue un
momento en que esto entre en ju8ego: en un nivel más primitivo no es tanto “esto es mío, no es tuyo”, sino “con
esto es mi: lo soy”.
¿Cómo alguien pude ser tan mal nacido que rechace elementos de confort nuevo y sobre todo limpio,
anteponiéndose a sus viejas porquerías?
Era por buenas razones q Winnicot insistía en el punto de no tirar indiscriminadamente esos elementos a los que un
pequeño se aferra, aunque suelan oler mal u ofendan visiblemente la estática familiar. Hay que andar con más
cuidado, lo podemos tirar a él. Es objeto en todo caso en el psicoanalítico, objeto paradójico porque bien podemos
descubrir q en realidad es el sujeto mismo en su corporeidad libidinal. Por lo tanto, su perdida traumática provoca
desde una ruptura narcisista hasta una devastación de tipo psicótico. E una familiar así, se descarga con gran
violencia esa temática delirante sobre el hijo sometido demasiado pronto a políticas higienistas, cuyo principal
efecto es destruir una y otra vez lo q de superficie el niño ha ido levantando. Los residuos q se lleva el agua no son
sino el mismo en su subjetivación mas espontanea. En los niños autistas, estamos habituados a encontrar esbozos
amputados restos de superficies mal formadas, por ejemplo, lo q psiquiátricamente se llaman estereotipias; vemos
allí lo q quedo de un niño jugando, índice además de q todavía subsiste algo de un n8iño, ardiendo débilmente en el
fragmento mutilado de lo q seria en otras circunstancias un movimiento plenamente extendido en el tiempo y en el
espacio.
Pregnante durante el primer año de la actividad de hacer bandas queda luego resignificada y recubierta por otras
estructuras, puesta al servicio de ellas, pasando entonces totalmente desapercibidas. En principio, nadie está
cubierto de q la intensidad regrediente de una situación vuelva al primer plano la problemática de hacer superficie.
Los testimonios de quienes pasaron por campos de concentración u otras formas de detención sin derechos legales
nos aportan suplementos de prueba. ¿Qué es lo primero q se organiza en esa coyuntura, cuando se desea seguir
viviendo, cuando no se han bajado los brazos y entregado a la muerte? Nada más y nada menos que una rutina, es
decir, algún tipo de banda, una superficie de rutina, armada la cual puede pasarse a otra cosa. Siempre hay un lapso
en el q por sobre todo se privilegia el restablecimeinto de la vieja continuidad en donde el sujeto habita y se
reconoce. Lo que la antigua psicología estudiaba bajo el nombre de habitos, para nosotros, psicoanalistas, es parte
de una función mucho mas trascendente porque constituye una reticula de soportes narcisistas en los que toda
subjetividad necesita apuntalarse. Es esencial a esa función que no se piende en ellos, se hacen otras cosas, tal cual
el bebe no se preocupa por su madre.
Y con esto apunto a su génesis: son los herederos de la función materna. Arriesgaría decir q toda la cotidianidad en
su sentido de plataforma, de apoyo, es heredera de la función materna, y al insistri en esta nominación estoy
diciendo q la cotidianidad presupone además un desarrollo simbolico ya muy sofisticado.
En cambio, tanto en funcionamientos como en diversos trastornos narcisistas, la rutina es valorada de otra manera.
Cuando no ha quedado una superficie organizada, hay que construirla (restitutivamente) día por día y con lo q se
pueda. La continuidad es un rasgo diferencial del tratamiento psicoanalítico. Creo q ningún análisis se puede
realizar sin ese elemento: el apuntalamiento en la continuidad. Para esto no se requiere q el analista se imposte
como se opcional: apenas q sea previsible, “confiable”, así como lo imprevisible debe ser un elemento fundamental
para q su intervención tenga efectos interpretativos.
Capitulo 8: el espacio de las distancias abolidas.
Debemos seguir adelante con nuestros descubrimientos sobre funciones del jugar mucho mas tempranas y
fundantes que el célebre fort/da, ligadas a la edificación del cuerpo propio. Hemos ya logrado establecer una
primera donde se trata, en definitiva, del trazado y la inscripción de una superficie sin volumen y sin solución de
continuidad: superficie sin agujeros.
Cuando vemos a un chico, por ejemplo, embadurnado con papilla el sitio donde come, no hay q pensar q esta
efectuando una intervención sobre un objeto del mundo externo; lo nuevo q aporta el psicoanálisis en la
comprensión, la revelación, de q en realidad trabaja como un albañil de su propio cuerpo. Es erróneo imaginar una
separación, q todavía está lejos de constituirse, del orden de cuerpo/espacio, cuerpo/no cuerpo, etc.; todo lo
contrario, en ese tiempo luego remoto el espacio es el cuerpo, cuerpo y espacio coinciden sin desdoblamiento. Por
lo tanto, toda operación q el niño efectúa sobre un objeto externo, involucra su ser mas intimo, vale decir corpóreo.
La oposición interno/externo en este nivel de desarrollo es una ilusión q el observador adulto proyecta en la
situación.
Debe subrayarse muy especialmente, entonces, que para un niño muy pequeño no hay ninguna operación sobre el
espacio q no sea una operación sobre su cuerpo. La idea de modificación aloplastica es totalmente inaplicable aquí.
Este singular régimen de espacialidad lo conocemos como la forma de espacialidad inconsciente narcisista
originaria por excelencia, conceptualmente enriquecida bajo el nombre de espacio de inclusiones reciprocas,
espacialidad donde ninguna de las polaridades q luego van organizando la vida del psiquismo están vigentes
(yo/no-yo, sujeto/objeto, externo/interno); ninguna está constituida. Espacialidad también bidimensional, puesta
está claro q para la constitución de polaridades se necesita un espesor q para la constitución de polaridades se
necesita un espesor, la dimensión tridimensional. Aplastado el espacio en una bidimension, los dos puntos de
cualquier polaridad coinciden.
Retorna el viajeo esfuerzo analítico para romper con la noción tenaz de un espacio de originariamente naciese
interno y externo. La adquisición de lo interno/externo se hace por un proceso de simbolización bastante trabajoso.
Debería bastarnos con registrar todas las luchas q los niños libran por sus propiedades y por delimitarlas de las
propiedades ajenas. El niño no se posee a si mismo, demasiado incrustado en el cuerpo del Otro como esta.
Además, este espacio de inclusiones reciprocas es simultáneamente tiempo de inclusiones reciprocas en la medida
en q enfrentamos un orden en donde las categoría del tipo pasado/futuro, por ejemplo, no han empezado a
funcionar. Tampoco es cierto q haya un perpetuo presente; esta es otra formulación defectuosa y excesivamente
influida por el proceso secundario. Acaso la mejor manera de representar este régimen temporal es toman el
gerundio habitual en ingles que supone algo que está continuamente siendo, un sucediendo.
Tras esta nueva ampliación podemos ya presentar la segunda función del jugar concerniente al segundo momento
en la estructuración del cuerpo. El segundo tipo de actividad a la q se puede ver a un bebe entregado, no mucho
tiempo después su arranque del de la formulación de superficies, produciéndose así un encabalgamiento parcial,
involucra una serie de juegos de relación continente/contenido; por ejemplo, se podrá observar en esta época al
niño intentando agarrar la cartera de la madre, sacar cosas de allí, o descubrir el interior de una caja. Nos
equivocamos, si pensamos q supone, contenido interno diferenciado del continente “externo”. Nuevamente sirve
aquí apelar al auxilio del concepto de inclusiones reciprocas, dado q la relación entre contenido y continente q
descubrimos es totalmente reversible. La afirmación preconsciente de q el continente debe ser más grande q el
contenido no tiene validez en este nivel arcaico. Dentro del esquema de inclusiones reciprocas cabe perfectamente
concebir q el contenido q es mas pequeño que el continente pueda, sin embargo, albergarlo a su vez. Es lo q el
psicoanálisis se acostumbro a reconocer en los fantasmas de devoracion; por ejemplo, la incorporación del cuerpo
materno por parte del bebe q a la vez funciona incluido en aquel.
En otros términos, la espacialidad prosigue bidimensional. La reversibilidad, tanto espacial como temporal, de las
relaciones de continente7contenido, permite q la fantasía proceda con toda naturalidad a esta clase de operaciones,
q se hallan en la base de lo q denominamos omnipotencia en el imaginario infantil. Pero son muchos y muy
importantes los procesos psíquicos q llevan este sello especifico de la segunda función del jugar en el coito: toda
vez q se alcance un punto real de intensidad erótica, no es subjetivamente decidible quien está dentro de quien.
En muchos juegos q traen los niños a sesión, la equiparación de lo pequeño y lo grande funda esas escenas en q el
sujeto derrota fácilmente a un continente gigantesco. A posteriori, esto sufre la infiltración de lo edipico, pero en
realidad, en los niveles mas arcaicos se trata de otra cosa, pues las relaciones chico/grande no significan nada
demasiado consistente. Esto mismo se repite en fenómenos q luego, en procesos psicóticos, pueden tener una
enorme intensificación como, por ejemplo, las fantasías de ser succionado por el inodoro, donde nuevamente
extrañamos una discriminación, esta vez entre parte y todo.
Desde el punto de vista teórico debemos poner todo en relación con lo q llamo la segunda paradoja de Winnicott, y
q reza más o menos así; para poder separarse hay q está muy unido, muy en fusión, es la fusión lo q permite (la
condición de) la separación y no al contrario. La clínica abunda en testimonios de los efectos negativos de la
separación prematura entre yo y no-yo q fuerza a categorizar esa diferencia de algún modo. Esto altera la
espontaneidad del pequeño sujeto, y la orienta compulsivamente a adaptarse al deseo del Otro que no es lo mismo q
un genuino desarrollo simbólico. Hay q pensar q la dependencia del bebe es tan extrema y polimorfa, q la única
forma de soportarla es qno sea requerido tomar conciencia de ella hasta no haber logrado cierto mínimo de
autonomía. La función estructurante de la omnipotencia temprana es justamente en tanto protege al infans de
percatarse tan precozmente de q es el Otro el q lo sostiene y q ese Otro podría desaparecer, lo cual, si genera crisis
de angustia cuando cerca del año empieza a reconocerlo, se tornaría decididamente aniquilante a los pocos meses
de vida.
Por obra y gracia de ese orden paradójico característico del inconsciente, la segunda función del jugar pone de
manifiesto, en un espacio bidimensional, cierta dimensión de volumen, contradicción q no hay mas remedio q
aceptar. En un espacio plano donde aun no se ha producido lo diferencial del espesor, se acusa inesperadamente un
modo extraño del volumen, volumen reversible, q tan pronto surge como se desvanece, donde sin transición se pasa
del continente con contenidos a la desaparición del continente tragado, engullido por ellos.
Cuando esta segunda función no puede desplegarse por causa de imposición de la diferenciación, el niño
nuevamente resulta agujereador; así lo encontramos a través de diversos fantasmas psicóticos, acribillado,
perforado de un modo irremediable muchas veces. Que esa irreversibilidad resulte limitada a vivencia subjetiva del
paciente q la sufre o quede confirmada por el tratamiento analítico, es cosa solo contestable caso por casi, entre
otros factores por depender tanto del momento en q el análisis interviene en la situación.
Considero fundamental oponerse a la correlación apresurada q establece una proporcionalidad, donde la neurosis es
a la curabilidad como la psicosis a lo inmodificable, a lo q no tiene remedio. Esta proposición es demasiado
rectilínea. Igualmente, creo q debemos rechazar el hacer de la neurosis un ideal, olvidar q se trata de una patología
y q un sujeto puede quedar absolutamente imposibilitado de hacer nada libidinalmente productivo en su vida a
causa de una severa neurosis, y confundir lo difundido, lo q es común con la dimensión problemática y
suplementaria de lo saludable.
Una circunstancia excepcional nos fuerza a volver al estudio de aspectos de la función parental q permiten,
sostienen o interfieren en esta segunda inflexión del jugar. Varios analistas han tenido la ocasión de caracterizar a
través de su trabajo con niños, un tipo de función materna descrita como errática, que ya provoca problemas en la
construcción de superficies, al especificarla el no estar allí donde (y cuando) se la busca. Este comportamiento
inconsciente de la función es por lo demás más patógeno, en lo que hace al menos al narcisismo temprano, que una
movilidad mas continua pero menos errática, estilo de la intervención del Otro que trae sus perjuicios, pero al
menos mas pronosticable. En el contexto de la errancia, el chico se ve coaccionado a adaptarse a una diferenciación
prematura entre él y el cuerpo materno; pasa demasiado pronto por experiencias de agujereamiento, en la medida
en q no existe fluida reversibilidad del continente a contenido.
La clínica psicoanalítica, a través del trabajo en sus nuevos territorios, evidencia q la diferencia yo (no-yo forzada
de modo prematuro, obtura y complica el desarrollo.
Un ejemplo trivial es cierta interferencia en el jugar ligada al estar pendiente de aquel a quien el niño esta como
colgado, lo q bloquea seriamente la espontaneidad o por lo menos reduce su alcance. El análisis demuestra q
muchos de estos sujetos vivieron la imposición de la diferencia cuando esta era aun insoportable.
La pregunta por lo soportable, por lo que se tolera sin alteración patológica es muy importante en la clínica con
niños y adolescentes. Sabemos q el trabajo histórico de la simbolización siempre debe considerarse sobre la base de
un fondo de angustia, trátese de inscribir la diferencia sexual, constituir la separación del yo/no-yo, o tomar las
primeras distancias al cuerpo de la madre.
Si alguien no logro hacer una superficie lo suficientemente continua ¿Cómo y con que emprenderá una
diferenciación radical del cuerpo materno q amenaza desintegrarlo?
Es por eso mismo q el jugar representa una función tan esencial, en el ejercicio de la cual el niño se va curando por
si solo respecto de una serie de puntos potencialmente traumáticos. Allí donde las fracturas, las interferencias del
mito familiar dislocan las simbolizaciones incipientes atacando el proceso del jugar, el sujeto ya no dispone de ese
único recurso de asimilación, gravedad q supone un impedimento a tal extremo q se enuncia en una relación
directamente proporcional: a mayor deterioro patológico, mayor es también la imposibilidad en el juego; el caso
limite es el autismo donde la función se anula y se deforma casi por completo.
A lo largo del proceso de estructuración y en la medida de ella, el jugar se va resignificando, lo q debemos recordar
para no interpretar mecánicamente situaciones lúdicas sobre la base de lo que “vemos”, es decir, sobre la base de
un reduccionismo conductista del significado q aísla secuencias del contexto q las esclarecería. Por ejemplo, la
fabricación de continuidades en superficie pasa luego a ser material de la angustia de castración; el daño al cuerpo
en banda se transforma en injuria imaginaria en el nivel fálico, básicamente referida a los genitales. Por su parte, la
relación de indiscriminación continente contenido se puede convertir en otro tiempo soporte de la fantasmatica
edipica bajo el imperativo deseante de recibir un hijo del padre. Por todo esto, tanto más esencial es q no se
produzcan interferencias de importancia q también obstaculizarían el trabajo futuro de la resignificacion.
El método q hacemos nuestro se procesa de modo más fecundo apartándose de nominaciones globales y masivas.
Aprehender, por ejemplo, si el niño al q asistimos tiene o no cuerpo, si este está solo parcialmente separado, si está
implantado en una demasía de falizacion del cual no puede salir, es mucho más operativo q discurrir por los
monótonos carriles de neurosis, perversión, psicosis, especialmente cuando hay poco tiempo, como en el trabajo
institucional, donde el analista se ve presionado y debe evitar q la vocación nosológica de todo sujeto devenga un
primer acto de iatrogenia.
Capitulo 9: La desaparición simbolizada
La segunda función del jugar conduce a la formación de un tubo, tubo caracterizado por una relación de continente
a contenido, en cuyas particularidades nos hemos detenido a fin de dejar en claro como no coincide con la
tradicional delimitación imaginaria interno/externo. El efecto de entubamiento se pone de manifiesto en infinitos
juegos de inclusiones de unos objetos en otros, modalidad del agujero descubierta por el psicoanálisis y
fundamentalmente en la construcción del cuerpo.
Simultáneamente localizamos una actividad primordial de horadamiento y de extracción practicada sobre el cuerpo
del Otro (por lo tanto, del mito familiar) por parte del pequeño sujeto, praxis en cuya originariedad se forma la
pulsión; la pulsión está estrechamente enlazada a esa actividad de arrancamiento.
Tercera función, tercer viaje: su punto de partida o su plataforma de arranque lo da encontrar el cuerpo en un estado
de relativa continuidad como superficie y además entubado a través de ciertas relaciones oscilatorias continente
contenido, q insinúan el pasaje al volumen, aun que de una sorprendente rebatibilidad: todos estos logros son fruto
de un intenso trabajo subjetivo durante el primer año de vida y, de plasmarse consistentemente, dejan al infans
bastante a cubierto de destrucciones autísticas, depresivas o psicóticas.
La tercera función del jugar aparece generalmente en el último cuarto del primer año; conviene señalarlo porque,
por supuesto, como todos los fenómenos, tiene un periodo de aparición más o menos fluctuante, y luego uno de
despliegue en el q se da una serie de repeticiones, impasses, saltos hacia adelante, destinos, según esa función se
consolide o no. Cuando nos traen un niño de cierta edad tengo derecho a suponer q se han cumplido en el
determinadas funciones dentro de ciertos límites. Si no las encuentro realizadas debo aplicar mi escucha en ese
punto específico para descubrir q sucede.
La forma mas sencilla y segura de detección de esta tercera función del jugar es a través de juegos de escondite,
pequeñas practicas de aparición y desaparición. Son el principio de un largo camino q desemboca en juegos mas
complejos, reglados inclusive, en los q el goce en ocultarse se mantiene esencial. Merece insistirse sobre lo
significativo del viraje: la desaparición q hasta ese momento no provocaba ningún placer o bien causaba angustia,
pasa ahora a ser un acontecimiento libidinal, el niño “se mata de risa” y reclama la repetición.
En torno a esta operación simbólica se despliega una multiplicidad de jugare q conviene inventariar: por ejemplo,
“dejar caer cosas”, primero soltándolas, más adelante, cuando ya se alcanzo un cierto dominio de la motricidad por
un lado y de ese tipo de simbolización por el otro, el placer de arrojarlas con fuerza se vuelve preeminente. Por una
parte, ese juego está ligado al destete.
Es el niño quien se desteta, cuando encuentra el mínimo necesario de colaboración por el lado de la función; contra
los clichés míticos q lo imaginan solo deseado la fusión, espontáneamente la va haciendo a un costado de modo
imperceptible:; es una acontecimiento muy poco dramático si nadie lo interfiere; sucede finalmente en fechas q
pueden estar cerca de los dos años, depende del niño y de una serie de situaciones.
El otro gran avance en esta concepción del destete es no centrarlo exclusivamente en el acontecimiento oral, pues
es mucho mas q eso, cubre toda una serie de aspectos en la vida del sujeto. Tan legítimo como en su
circunscripción primera es localizarlo también en los juegos de “taparse” ya mencionados, q tematizan una
desaparición ahora gozada y el desprendimiento trascendental de la mirada del Otro y de su ligadura fuerte con el
ser: soy mirado, existo. La mirada tiene tanta importancia como lo oral q se priorizo mas en psicoanálisis. Hoy ya
no es del todo correcto el concepto de una primera etapa oral. Parecería más exacto referirse, a un tiempo de la
constitución designable como oral visual q hace mayor justicia al intrincamiento pulsional. Existe entonces también
un destetarse de la mirada materna: esos momentos fugaces, escenas q en lo factico duran segundos, cuando un
chico se deja caer o deja caer la mirada q lo sostiene, escapa y reaparece con el goce duplicado del escondite y del
reencuentro. Trátese aquí de un verdadero fenómeno de destete porque se esta produciendo una separación
fundamental yo/no-yo, participación simbólica, escisión básica de la q depende toda la proliferación imaginaria
sobre lo extremo y lo interno. Triple desprendimiento, podríamos decir; ruedan por el suelo la mirada, el seno… y
el sujeto mismo.
Esta nueva adquisición, la capacidad de desaparecer, se vuelve decisiva para la cuestión de q haya algo real: algo es
real solo a partir de q demuestra y hace vale la posibilidad efectiva de su desaparición, tanto desde el lado del sujeto
como del objeto.
Antes de q exista la categoría presente/ausente, el hecho de la separación no puede simbolizarse, y por ende va a
retornar como real en bruto, bajo la forma de destrucción corporal o alguna otra suerte de agujereamiento
patológico.
Por el contrario, esbozada la nueva operación simbólica, la angustia lentamente vira hacia su utilización posible
como señal, una de cuyas primeras aplicaciones en su apronte a los menos indicios de que el Otro se dispone a
partir. La nueva simbolización de la separación solo se sostiene por periodos limitados.
El primer fenómenos regularmente destacable de esta época o de este tiempo lógico, es la angustia del octavo mes,
exteriorizable ante el extraño. Mas q lo q la descripción connota, esta angustia es un índice de que se está
inscribiendo por primera vez algo como extraño a la madre. En efecto, un bebe pasa de brazo en brazo sin
inmutarse mayormente por la diferencia: para el todos los brazos son los de la madre. Hay aquí una confusión a
evitar. Dado q la relación del padre con el infans puede ser muy activa desde el comienzo de la vida siempre q el
padre así lo quiera, un bebe lo reconoce muy pronto, de hecho casi tan pronto como a su madre, y da señales
inequívocas a los pocos meses de diferenciar muy bien entre uno y otro en tanto personas. Todos son madre; todo
es madre.
La escritura psíquica del extraño, la mutación q experimenta el mismo al q poco antes sonreía y q ahora le provoca
llanto, configura otro trazo fundamental en la operación destete, forma parte de su esencia. Dice algo del tenor de
“si no todo es madre, si hay elementos no madre, al menos uno, basta con uno, yo no soy ella tampoco y ella no es
yo”. Un solo extraño es suficiente para introducir el derrumbe en el conjunto “todo madre”, q así pierde de un único
golpe su vigencia y su validez universal.
¿A qué dificultad lógica tiene el chico q enfrentarse en determinados momento y que con su jugar intenta resolver?
Cada punto crítico en la estructuración subjetiva es susceptible de esta aproximación. La pregunta a la q el pequeño
necesita dar curso a través de múltiples jugares es: 2¿Cómo puede existir algo en calidad de ausente? ¿Cómo puede
tener estatuto de existencia algo q no se otorga como visible? ¿Cómo se puede ir a lo q no está?”.
Otro tipo de fenómeno lúdico fácilmente reconocible por su proliferación en el segundo año de vida y en el q la
operación de fort/da se pone enteramente en juego, nos conduce al descubrimiento de la puerta, en particular en su
función de cierre. Es interesante observar q en tiempo de la formación del tubo, cuando el niño encuentra cosas
tales como la cartera de su madre como continente de extracción, o bien el interior de un placard al cual se acerco
gateando, la puerta es ahí simplemente el borde de un entubamiento y sin verdadera exterioridad; no tiene ninguna
otra importancia y carece de relieve psíquico, pues no ha sido investida. Con esos mismos materiales durante el
segundo año lo q sucede es algo enteramente distinto: una dedicación incansable a cerrar cuanta puerta encuentre,
desapareciendo así o haciendo desaparecer al Otro o a lo q fuere. De un modo más sutil, esto mismo se repite al
descubrir el vidrio: fascinado, el pequeño va tomando nota de una característica esencial en este, la de q a su través
algo se ve pero no se puede tocar, propiedad q abre un jugar a agarrar la nada, jugar a manotear a otro, por ejemplo,
chocar con ese vidrio pero no como una torpeza sino a propósito. Ahora, en cambio, se pone en acción otra índole
de lo escopico y lo q se desprende por el camino es lo táctil, desaparición q produce la demasía de placer inherente
a este jugar.
Toda esta compleja gama de fenómenos es susceptible de ser reagrupada bajo el nombre de denegación originaria o
protodenegacion, si consideramos q acompaña, preludia o es coextensiva a la aparición en el lenguaje verbal del no.
En el segundo año de vida también se hace sentir la irrupción del jugar con el no, de jugar al no, diría incluso de
jugar a ser no, respondiendo el niño con él a toda solicitación del Otro, aunque luego toma lo q se le ofrece. Este
tiempo de jugar a no querer, es decisivo en la constitución subjetiva, trascendental al realizar la articulación teórica
entre la formulación denegatoria y lo pulsional, plasmada en el par opositivo “lo largo/lo escupo”.
Aquello inexpulsable, aquello q no puede pasar a la categoría de ausente, se vulve extremadamente persecutorio.
Por otra parte, no basta constatar la tridimensionalidad, los alcances van más hondo: trátese de un espacio ya
resueltamente exterior al cuerpo materno, una modificación sustancial con respecto al espacio primordial de
inclusiones reciprocas desde q no se vive ahora en el cuerpo del Otro, o por lo menos ya no se vive solo en el, en
cambio emerge la alternancia, la escansión entre el aquí y el allá.
El relativo fracaso en lograr el fort/da inevitablemente complica toda la problemática edipica del niño. Si no puede
franquear la denegación originaria, todo en aquella queda empastado por un pegoteo fusional, dando por resultado
manifestaciones seudo edipicas.
Cuando el niño está en plena elaboración de lo jugares fort/da, lo encontramos también en una situación crítica de
ambivalencia al respecto, claramente reconocible en la alternancia entre momentos, a lo mejor muy breves pero
siempre significativos, en los cuales desaparece en un sentido metafórico, desaparece en su jugar a solas, unos
pocos pero precisos minutos, tiempo en q se olvido de abrocharse al Otro primordial y momentos de vivos
estallidos de angustia relativos a su desaparecer o a que desaparezca la madre, sobre todo esto último.
Otro aspecto de envergadura q la clínica no ha enseñado concierne a la magnitud de la resignificacion sobre el
material anterior, una falla importante a nivel de la construcción de la superficie continua, falla q pudo haber
pasado inadvertida hasta el momento, se manifiesta al llegar al segundo año de vida en toda su dimensión.
Cualquier destrucción producida en la superficie corporal va a perjudicar sobremanera la operación fort/da,
sencillamente porque separación quedara implicada como sinónimo de destrucción de sí mismo por ejemplo,
destrucción de su propio cuerpo.
Ocurre q para q se cumpla con éxito lo q se tramita en esta multiplicidad de juegos q se despliegan como función de
fort/da o negación originaria, es absolutamente necesario simbolizar la diferencia entre separar y destruir del modo
más rotundo, ya q en el momento mismo en q diferenciación se homologa a destrucción, toda separación, aun
mínima, es imposible, obligando al niño a fusionarse desesperadamente para evitar el caos.
Capitulo 10: Pequeños comienzos de grandes patologías
Subsiste, en lo que al fort/da concierne, un aspecto fundamental sobre el cual es buena y valida la insistencia, la
repetición, a fin de que la complejidad de las funciones de esta operación quede esclarecida: es que al tirar el
carretel el niño crea un espacio que antes no existía. No es q el objeto se ve arrojado afuera, sino q al arrojar el
objeto se produce un afuera; después si se podrían arrojar cosas a ese afuera, pero hay un acto inaugural a localizar
teóricamente y q es la fabricación de ese afuera. Este aparatito q el pequeño se inventa tiene antes q otra cosa esa
función, y le permite simbolizar lo q antes era para él impensable: la partida de la madre. A partir de la producción
de este espacio inaugura una manera de pensarlo, se vuelve imaginarizable, representable y, por lo tanto, da curso a
una regulación diferente de la angustia.
Así será por un lapso muy reducido, un pequeño empieza su autosostenimiento cuando dispone de cierto quantum
de capacidad para fabricar imagos. Fabricar imagos quiere decir que cuando el otro se va, no se va todo para él, en
especial no se le va su cuerpo, es capaz de armar imagos q le ayuden a esperar. Es irremediable: cuando no dispone
aún de este recurso, la ausencia del Otro equivale a su destrucción, sobre todo en los primerísimos tiempos de su
vida posnatal, porque no cuenta con los tipos de defensa que más tarde se instrumentan.
A partir de su desarrollo, medianamente el niño puede ir disponiendo poco a poco de la capacidad simbólica de
autosustentarse; así es cuando lo sorprendemos en fenómenos espontáneos observables alrededor de los dos años:
de pronto, inopinadamente, separarse unos momentos del adulto o ir a jugar solo un ratito, o estar con alguien por
ahí, alguien q está apoyando la situación pero sin conexión directa con él. Por esto mismo, la patología ligada al
fort/da es de pegoteo. El chico, en lugar de fabricar sus propias imagos y con ellas esa nueva espacialidad fuera del
cuerpo materno, solo atina a existir intentando refusionarse continuamente al Otro, anexarse a él.
Es también un hecho clínicamente frecuente e interesante el planteado por situaciones manifiestamente inversas, en
las cuales el niño se vincula fácilmente a cualquiera, y se muestra centrífugo en exceso y desapegado desde
bastante pequeño. Como aquella inversión podría denunciarlo o hacerlo sospechar, el punto de estructura es
exactamente el mismo; no se ha construido verdaderamente el fort/da, no siquiera se ha simbolizado el extraño en
tanto tal, simplemente la situación de adherencia, de anexión al cuerpo del Otro esta disimulada en lo fenoménico
porque se reparte entre muchos. Multiplicidad engañosa: todos son madre, lo familiar campea por doquier.
La complicación en este caso deriva de los beneficios secundarios q acarrea: el niño, por lo general, es muy querido
socialmente, establece relaciones con rapidez y facilidad. Esta adaptación tan aceitada, tan aconflictiva, tan
despojada de ambivalencia y angustia, enmascara fundamentalmente la absoluta incapacidad para estar solo. Es el
típico niño o adolescente que hará crisis el día q le fallen todos los amigos.
Hay un cierto fracaso de la situación edipica, no es una verdadera falla del fort7da, es un fort7da trastornado por
regresión, pero el punto de crisis no es el fort/da, es el Edipo q lo resignifica.
Pero podemos afirmar q el interjuego entre los conflictos no resueltos en el nivel edipico y el grado de
consolidación del fort/da es muy variable, tanto como sus desenlaces.
Que no hay verdadera diferenciación del Otro primordial, que en el fondo se esta viviendo siempre en un espacio q
es el cuerpo de la madre, es de lo más corriente q se mantenga disimulado por la adaptación social. Clínicamente,
tal condición estructural se descubre taponada por un fluido irse encajando del sujeto en carriles prefijados: de la
casa a la escuela, de la escuela al trabajo, del trabajo l casamiento, de alguno de estos lugares a la muerte, en fin. El
trabajo preconsciente de normalización regulada por los ideales del yo muchas veces lo cubre todo, si no es por una
crisis coyuntural que viene a romper la calma de la adaptación y da pie a distinguir una falla a ese nivel constitutivo
y aun algo mas q una falla: un retorno a la situación del fort/da por dificultades en salir de la situación edipica.
Pero aun nos falta desarrollar la otra dirección q desde fort/da se alcanza y se vislumbra: la del no, y tras él, la
función toda de la palabra, del nombrar ahora activamente tomado a su cargo por el pequeño sujeto.
Capitulo 11: transicionalidades
Un estudio mínimamente minucioso de las funciones del jugar no puede detenerse en los umbrales de la
adolescencia, como si esta no le concerniera. Si esto suele ocurrir es debido probablemente a la excesiva ligazón q
se ha hecho entre jugar y juguetes, lo q hizo lo suyo para q la función del jugar en la adolescencia quedase
marginada. Para no incurrir en la misma equivocación, por de pronto hay dos órdenes de cuestiones q es preciso
considerar. La primera es la crisis de la pubertad golpea con sus repercusiones todos y absolutamente cada uno de
los niveles previos de la estructuración subjetiva, retomándolos, dislocándolos, en otro nivel, a otra altura de aguas
del desarrollo simbólico. No hay adquisición q no deba replantearse.
Esto implica q todas las funciones del jugar se vuelven a desplegar y son llamadas a nuevas exigencias de trabajo,
con prescindencia de cuestiones psicopatológicas de fondo. En segundo lugar, hay un cambio radical en los
materiales mismos q se utilizan a lo largo de los momentos de la subjetivación q hemos ido punteando. De hecho,
esto no ceso nunca de ocurrir, desde el bebe q jugaba con las propias partes de su cuerpo y las del Otro, hasta aquel
pequeño q lo hacía con una puerta. Pero en tiempos de la adolescencia se da un salto de especial magnitud.
Veamos, por ejemplo, q ocurre en relación con la primera función del jugar, o sea la problemática de armar
superficies, hanida cuenta de la profunda crisis en la especularidad. Hasta ese momento el espejo funcionaba como
promesa como anticipo de una cierta unificación lejos aún de la experiencia del propio sujeto. A partir de la
metamorfosis de la pubertad, esta función del espejo se desarticula y se subvierte; lo q de el retorna no sirve ya
como realización adelantada de unificación individuante.
No le devuelve por tanto ninguna promesa de fusión al ideal ni de estabilización. ¿a través de que, ahora, generar
nuevas superficies?. Pero lo corriente es q la adherencia al cuerpo materno en absoluto retorne como tal. En
cambio, es de lo más regular q nuevas bandas se fabriquen en relación con nuevas personificaciones o
encarnaciones del yo ideal o al grupo de pertenencia tomando en su conjunto: barras, bandas, diversos fenómenos y
modos de conglomeración, de nucleamiento, cuya descripción sociológica o conductista no deja entrever su honda
penetración en la reimplantación corporal, es lo mas intimo de la subjetividad. Por eso mismo, la relación del
adolescente con su grupo no es una relación q pueda entenderse por el lado de externo/interno.
Tampoco es cosa rara el retorno pasajero de prácticas más arcaicas en cuanto a formaciones de superficies; por
ejemplo, periodos de suciedad q a veces al adulto le cuesta tolerar.
También el fort/da entendido como operación constituyente experimenta un agudo replanteo sobre nuevas bases.
En particular, el registro del par familiar/extrafamiliar es completamente resignificado. Para el adolescente se trata
de desaparecer, pero no solo en relación con la familia como entidad concreta o literalmente concebida, sino
respecto de todas las categorías familiares q organizaba su vida en lo simbólico, sus núcleos de identidad, de
reconocimiento habitual.
Todas las cosas q parecen poblar el espacio de la vida del adulto (trabajo, política, decisiones y elecciones) las toma
la adolescencia y las vuelca en el suyo, lo cual produce una mutación en ellas, sutilmente penetradas en tanto
jugares por el proceso primario.
Cuando por los más diversos factores esta transicionalidad no tiene lugar, tropezamos con fenómenos del orden del
falso self: alienación en la demanda social o en el caso del Otro precipitación de decisiones q aplastan el jugar
reemplazandolo por trabajo puramente adaptativo. La severa dificultad o la severidad de la interferencia para jugar
es la precondición metapsicológica del acting.
Esto nos acerca a lo más específico en la función del jugar durante este tiempo de la constitución subjetiva.
Dijimos por una parte q se vuelven a plantear viejas funciones en nuevos niveles, pero hay también algo diferencial
en aquella, aprehensible en el itinerario de identificaciones q hemos destacado. Lo mas importante en mi concepto
es volver materia de juego algo q de otro modo quedaría inevitablemente inscripto en la dimensión de significante
del superyó, sobre todo porque no cesan las múltiples demandas del Otro, presionando para q normalice su posición
sexual y tantas otras cosas q hacen a su ubicación y rendimiento social. Si el sujeto no consigue metabolizar estas
demandas y transformarlas en algo propio a través del jugar, queda atrapado en lo que funciona como mandamiento
superyoico de adaptación al ideal, conminado a gozar, entregado en suma a una existencia en la q ya no tal o cual
deseo, sino su desear mismo es rechazado y desconocido.
Solo si consigue transformar eso q viene desde el Otro como significante del superyó en material de juego, material
para construir su diferencia, agujereando, extrayendo, aceptando, dejando caer aquello q venia en el modo de la
violencia de la imposición deviene, transfigurado, significante del sujeto, o sea q lo representa a el y no meramente
a lo q lo ordena, en todos los sentidos de la palabra. Con esto rozamos otra dimensión de la función del jugar en la
adolescencia: lograr q el trabajo, cualquiera sea, pueda investirse como juego: función capital entonces para
derrumbar por anticipado la dicotomía jugar/trabajar, q hace estragos en la existencia del adulto
Sea lo q fuere, el caso es q instancias muy decisivas para el desenlace, para los destinos de este proceso, se definen
en la adolescencia, no pocas veces de un modo q a la postre ya no sufrirá alteraciones de importancia.
El psicoanálisis comprueba q el adolescente, angustiado ante el rebote polimorfo, incapaz de soportar su
ambigüedad, apurado por reunificarse bajo una bandera significante socialmente viable, reprime sin quererlo el
potencial de juego para normalizarse sin estorbos. Así, el pasaje de la vida sexual del “segundo despertar” a la del
adulto nos confirma por su cuenta la trascendencia de las funciones del jugar en la adolescencia.
Digamos q el jugar con las identidades sexuales y con la pluralidad de los dispositivos pulsionales es una de las
tareas q en este tiempo de la estructuración subjetiva recibe una decisiva intensificación.
Lo mismo en términos generales cabe decir de las adicciones. Pero no todo adolescente q en un momento dado
atraviesa una fase en q recurre al alcohol o a otra droga está destinado a estabilizarse como adicto. Se trata de un
terreno especialmente resbaladizo por el peso de lo contingente en cuanto al objeto de la adicción: en efecto, en
muchas situaciones en q el sujeto esta en el filo de la navaja, la clase de droga y su incidencia biológica vuélvanse
decisorias. Por ejemplo, vemos pacientes q , en pro de hacer superficie con un grupo de pares se aficionan a beber.
Si se quiere conocer acerca del deseo de un niño, lo conseguiremos a través de sorprender sus jugares. Pero aun en
el terreno de lo que describimos al decir “este chico está jugando”, la detección de la presencia o ausencia de la
espontaneidad es imprescindible al diagnóstico diferencial, pues el niño bien puede estar haciendo los gestos del
jugar, incluso en nuestro consultorio, y en realidad aplicarse a llevar las demandas q descifra o supone en el adulto.
En este caso, hará todos los movimientos del que juega, pero eso no quiere decir q haya sujeto jugante allí; no ha de
ser tampoco la presencia de juguetes lo q de garantías. El único criterio valido para decir q algo pertenece al
registro lúdico es descubrir allí circulación libidinal, despliegue y no solo deseo familiar q toma al sujeto de blanco.