La ética comunicativa
Esta teoría ética, también llamada dialógica o discursiva, nace en los años 70
del siglo XX y son sus creadores dos profesores alemanes, amigos y se
podría decir "socios intelectuales", de la Universidad de Frankfurt, Jurgen
Habermas (1929 -) y Karl-Otto Apel (1922-), ambos fuertemente influidos por la
ética kantiana.
Para caracterizarla inicialmente diremos que intenta responder a la
pregunta sobre el fundamento de los juicios morales y que el criterio que
propone para esa fundamentación no está limitado a un determinado contexto
cultural sino que pretende tener validez universal.
Habermas considera que la tarea del filósofo moral no es proponer normas
morales, ya que estas surgen en el mundo de la vida influidas por factores
culturales, sino reflexionar acerca de los procedimientos que permiten
determinar la corrección de las normas existentes. En ese sentido la ética
comunicativa es procedimental, como lo es la kantiana, y tiene la misma pretensión
de validez universal que esta.
Por otra parte, los hombres viven en una comunidad de habla, de modo tal
que lo fundamental en el lenguaje es su aspecto pragmático, esto es, el empleo
de las reglas lingüísticas que permiten el diálogo. Tan importante es este último
que incluso el monólogo de quien habla consigo mismo se puede considerar un
diálogo internalizado. Con esto Habermas recoge una larga tradición filosófica
que se remonta sobre todo a Sócrates, en la que el diálogo aparece en un lugar
privilegiado.
Así, en el ámbito moral lo que es correcto debe determinarse a partir de un diá-
logo entre todos aquellos a quienes la norma afecta, pero no se trata aquí de un
diálogo cualquiera sino del que se sujeta a ciertas reglas y se denomina, así, "dis-
curso práctico". Dice Habermas:
"En la ética del discurso, el lugar del imperativo categórico pasa a estar ocupado por el
procedimiento de la argumentación moral. Esta ética establece el principio "D": 'sólo pueden
reivindicar lícitamente validez aquellas normas que puedan recibir la aquiescencia
(aceptación) de todos los afectados en tanto que participantes de un discurso práctico'. Al
mismo tiempo el imperativo categórico desciende al nivel de un principio de universalización
"U", que en los discursos prácticos se convierte en una regla de argumentación: 'en las
normas válidas, los resultados y los efectos secundarios que se derivan de su seguimiento
universal para la satisfacción de los intereses de todos y cada uno tienen que poder ser
aceptados por todos sin coacción alguna'. "57
Esto implica que no habrá voces privilegiadas, de este o de otro mundo, que
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dicten al hombre lo que debe hacer: por el contrario, valiéndose de su autonomía,
los seres humanos que viven en comunidad podrán determinar la corrección o
incorrección de las normas que rigen su conducta. Mientras en la ética kantiana
se parte de la conciencia del imperativo moral, en la ética del discurso se parte de
la acción comunicativa; mientras en la ética kantiana se llega a una voluntad
individual que quiere la norma por ser universal, en la ética del discurso se parte
de una conjunción de voluntades, articuladas por un discurso del que todas
pueden participar, garantizando de este modo la universalidad de la norma.
Desde el punto de vista moral la voluntad es autónoma cuando se orienta por lo
que todos podrían querer y esto se puede establecer a través del diálogo.
"Todos los seres capaces de comunicación lingüística deben ser reconocidos como perso-
nas, puesto que en todas sus acciones y expresiones son interlocutores virtuales y la justi-
ficación ilimitada del pensamiento no puede renunciar a ningún interlocutor y a ninguna de
sus aportaciones virtuales a la discusión. A mi juicio, no es, pues, el uso lógicamente
correcto del entendimiento individual sino esta exigencia de reconocimiento recíproco de
las personas como sujetos de la argumentación lógica la que justifica el discurso sobre la
Ética (...)."
Aquí se tornan centrales las nociones de persona, vista ahora como un
interloutor válido con un permanente derecho a réplica frente a cualquier
argumentación, y de consenso, que es el acuerdo que se logra a partir de
definiciones comunes de la situación. En ese sentido el consenso difiere del
pacto estratégico, que lleva a los individuos a coordinar planes de acción
calculando el éxito que cada uno podrá obtener a partir de su implementación.
¿Y cuáles son las reglas del discurso que propone Habermas? Las siguientes
son las que constituyen una situación ideal de habla:
1. "Cualquier sujeto capaz de lenguaje y acción puede participar en los discursos".
2. "Cualquiera puede problematizar cualquier afirmación".
3. "Cualquiera puede introducir en el discurso cualquier afirmación".
4. "Cualquiera puede expresar sus posiciones, deseos y necesidades".
5. "No puede impedirse a ningún hablante hacer valer sus derechos, establecidos en las
reglas anteriores, mediante coacción interna o externa al discurso"
Leyendo cuidadosamente estas reglas se advierte que necesariamente quien
esté dispuesto a seguirlas:
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1. estará considerando a los otros como sus iguales, pues todos tienen la mis-
ma posibilidad de participar del diálogo y de hacerlo de la misma manera.
2. se estará comprometiendo a respetar los derechos de los otros.
3. rechazará toda forma de violencia para imponer sus puntos de vista,
pues es prioritaria la argumentación, que constituye la única salida racional para los
desacuerdos.
4. no podrá tomar decisiones que defiendan intereses particulares con perjui-
cio de otros.
De ahí que la ética comunicativa se encuentre en la base de cualquier moral cívica
contemporánea que considere como valores prioritarios en una sociedad la autonomía
de los ciudadanos, la solidaridad y la justicia. Recordemos que en un Estado de dere-
cho, genuinamente democrático, no hay más leyes legítimas que aquellas que todos
los ciudadanos pueden querer como tales, es decir que ningún ciudadano debería
dejar de ser tenido en cuenta como interlocutor de un diálogo de modo que las
normas pudiesen satisfacer intereses universalizables y no meros intereses
sectoriales pasibles de perjudicar a los grupos políticamente menos influyentes. Dice
Habermas:
"La pretensión de los principios universalistas, que como tal pretensión trasciende todas las
barreras locales, es algo que un participante en el discurso no puede eludir mientras (...) tome en
serio el sentido de la validez (...) [necesaria] de las normas (...) [y no las considere] como algo que
simplemente aparece en el mundo. (...) Un ejemplo en que esto puede demostrar lo ofrece la
implantación progresiva de los derechos del hombre en los Estados constitucionales
modernos. Si bien es verdad que normas básicas como son el derecho relativo a la libertad de
expresión o el derecho a participar en elecciones generales, libres y secretas, , sólo empiezan
siendo conocidas e institucionalmente reconocidas como cuestiones de principio, también lo es
que sus aplicaciones en modo alguno oscilan de forma arbitraria de situación a situación sino
que adoptan, al menos cuando se consideran espacios de tiempo suficientemente amplios, el
decurso orientado de una realización cada vez más consecuente de su contenido universal. Pues
es el propio contenido de los derechos fundamentales el que retrospectivamente pone ante la
conciencia de los afectados, y ello a la luz de experiencias históricas, la selectividad de las
aplicaciones unilaterales que se habían hecho de ese contenido. Las mudanzas en las
constelaciones de intereses se encargan de abrirnos los ojos haciéndonos ver que tales
aplicaciones, recortadas por la parcialidad, son incompatibles con el sentido de esas mismas
normas. Es, pues, claro que también en la dimensión de la aplicación inteligente podemos
obrar con mayor o menor soltura y decisión y recorrer procesos de aprendizaje. (...)
Aprendemos con tanta mayor facilidad a hacer una aplicación imparcial de principios
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universales cuanto mayor es el grado en que ideas jurídicas y morales de tipo
universalista vienen encarnadas ya en las propias instituciones sociales (...)."
Algunas de las objeciones a la ética de la-comunicación han sido las siguientes:
1. "[Habermas y Apel sostienen que] más allá de las diferencias culturales, los inter-
locutores deben aceptar las reglas de juego si quieren verdaderamente comunicarse y no
utilizar la violencia. Y es cierto que este imperativo vale, en principio, para cualquier cultura,
de modo que se trata de una ley universal a la manera kantiana. Sin embargo, sólo podría
ponerse en práctica, paradójicamente, dentro de cada cultura: por más que se proponga
respetar esta ética comunicativa, ¿cómo podría hacerlo un individuo cuando trata de
discutir con un miembro de otra cultura? ¿A partir de qué reglas podrían establecer ese
diálogo, o incluso criticarse mutuamente? De alguna manera (lo que) sucede con la
comunicación ínter-étnica (...) [es lo siguiente]: faltan las reglas que puedan ser aceptadas
por los dos interlocutores". .-..-
2. "Que las reglas de juego valgan para todos los participantes por igual y que estos las
acepten libremente -en el sentido de que no fueron amenazados para obedecer- no excluye (...)
que los roles no sean siempre igualitarios, aun cuando las partes respondan a las mismas re-
glas; (...) La mujer (por ejemplo) puede aceptar libremente participar del juego matrimonial.
Las reglas de este juego deben ser aceptadas igualmente por ambas partes. Sin embargo, el re-
parto de papeles o de tareas será sumamente desigual dentro del matrimonio."