Un amor sin prejuicios
Cuenta mi abuela que muchos años atrás había conocido un lindo hombre en unas
circunstancias muy extrañas, cuando de un momento a otro él, de un porte alto, cabello
rubio oscuro y unos ojos grandes de color azul claros entro por aquella puerta del café que
se encontraba en la esquina de la plaza Dell’ Amour, se quedó de una sola pieza mirándola,
el gusto fue mutuo pues ambos sintieron que sus corazones habían hecho (clip). Él se
acercó a ella y muy dulcemente le comenzó hablar. Una palabra llevo a la otra y así
pasaron rápidas las horas de la tarde, al marcar el reloj las 6:oo ella tuvo que salir de prisa.
Pasaron los días y aquel chico iba sin falta todos los días al café a la misma hora y en la
misma mesa, solo con el fin de volver a ver una vez más a aquella mujer que lo había
cautivado con su mirada. Por fin, uno de los tantos días que el salía triste del café por no
haberla encontrado, caminando por la plaza se la encontró y un fuerte abrazo le dio.
Así transcurrieron los días, cada vez se conocieron más y más, hasta que un buen día él se
decidió a pedir la mano de ella.
La mujer estaba dichosa, la felicidad le invadía el corazón, pues por fin se casaría con ese
hombre con el que tanto había soñado, pero, algo tempestivo pasó, algo que nadie se
esperaba, ya en la cena de compromiso la madre de aquella mujer se interpuso
rotundamente a la boda de ellos, argumentando que ese compromiso era totalmente
imposible, pues sus religiones así lo dictaban, todos muy desconcertados no entendían muy
bien lo que pasaba, se preguntaban los unos a los otros porqué la mamá de la futura novia
se interponía, cuando por fin hablo la mamá bastante enojada diciendo que él era
descendiente de asesinos, porque era de religión Musulmana, y que su hija no era digna de
casarse con él, puesto que la familia de la novia era Hindú.
La mujer sin importar eso tomó la mano de su prometido y salió a correr, el corazón no
paraba de latir, y la respiración cada vez se hacía más escasa, pero eso no fue impedimento
para huir de aquellas personas que se interponían en su amor, cuando al fin llegaron al
pueblo se dirigieron a una mezquita, y rogándole al cura que los casara, el accedió a
casarlos, y mientras cada uno decía sus votos al otro se iban jurando un amor eterno e
incondicional, donde a pesar de sus diferencias religiosas, ellos serían capaces de aceptar al
otro como fuese, pues su amor traspasaba todos esos paradigmas sociales, y cada uno haría
todo lo posible por respetar las ideologías del otro.
Fin
Presentado por: Paola Arciniegas Ramírez