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Atrapar A Un Asesino

El documento presenta una obra de teatro titulada "Atrapar a un asesino". Describe brevemente la trama, que involucra a un comisario llamado Louis Anton investigando un asesinato. También presenta al elenco principal y proporciona algunos extractos de diálogo entre Louis, su esposa Mariel, y su criada española Aniceta.
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Atrapar A Un Asesino

El documento presenta una obra de teatro titulada "Atrapar a un asesino". Describe brevemente la trama, que involucra a un comisario llamado Louis Anton investigando un asesinato. También presenta al elenco principal y proporciona algunos extractos de diálogo entre Louis, su esposa Mariel, y su criada española Aniceta.
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ATRAPAR A UN ASESINO

Original de

ALFONSO PASO
AUTOCRÍTICA

“Atrapar a un asesino” es una obra que gustará mucho —así lo espero— a los aficionados al
género policiaco y más concretamente a los que gusten del llamado “suspense” en el teatro o el cine.
Obra clara, sencilla, sin otra pretensión que la de mantener interesado y entretenido al espectador
por medios nobles; enclavada en un género muy definido y respetando la ortodoxia en forma y fondo
que ese género parece exigir. A toda intención he introducido un personaje cómico que alivia la
tensión en ciertos momentos y del que algún día escribiré más largamente. Me refiero a la “bonne”;
o sea, la criada española emigrada a París para servir a los franceses. Espero que se di vertirán
ustedes con ella. Tal vez sea preciso aclararles que la gran tortura del policía o del investigador, en
líneas generales, es, y siempre será, la falta de pruebas. En la mayoría de los casos sabemos que se ha
cometido un hecho y sabemos quién lo ha cometido. Lo que resulta arduo y difícil es probarlo. Para
probar un asesinato, en ocasiones, hay que seguir caminos inexplicables, senderos espantosos.

Con “Atrapar a un asesino” vuelve al teatro Arniches su Compañía titular, encabezada por
ese magnífico intérprete que es Pastor Serrador, magistral en su versión del comisario Louis Anton.
Junto a Pastor, Marisol Ayuso, bella, sensible, delicada. Al lado de ellos, Francisco Marsó, uno de
nuestros actores jóvenes más cuajados, y la encantadora Beatriz Savón. José Segura está eficaz y
brillante en su comprometido papel. Punto y aparte para Encarna Paso, que es hoy ya una de
nuestras mejores actrices cómicas y que enriquece y agranda el papel que representa. El autor ya ha
dicho su opinión, ahora falta por saber la opinión de público y crítica, que es, en el fondo, la que más
vale. Muchas gracias a todos y una súplica. Con la más absoluta sinceridad, sin ganas de publicitar
la obra: por favor, los que vean la comedia no cuenten a nadie el final. En los ensayos hemos tomado
la precaución de no representar la auténtica escena final de la obra. Sé que harán eso por mí. Mu-
chas gracias otra vez.

Alfonso PASO
REPARTO

(Por orden de aparición


en escena)

Louis

Mariel

Aniceta

Víctor

Marta

Harum

Acción: Un salón en la casa del comisario Louis Anton, en París.

Época: Nuestro tiempo.

Lados: Los del público.


ACTO PRIMERO

Un pequeño salón en casa de LOUIS ANTÓN comisario de la “Sureté”. Hay una


puerta a la derecha y otra a la izquierda, en primer término, que comunican con el resto de
las habitaciones. Una puerta de arco al foro hacia la derecha que da paso al recibimiento
de la casa. Un pequeño ventanal hacia la izquierda, desde el que contemplamos un
panorama urbano. La parte de la derecha está acondicionada como salón, con un sofá, una
pequeña librería, un aparato de radio, una mesita con bebidas. A la izquierda hay una
pequeña mesa que pudiera ser muy bien de despacho, llena de papeles, con un par de
ficheros de mesa. En la pared, frente al espectador, un mapa de la ciudad. En ese rincón, el
comisario LOUIS ANTÓN ha trabajado durante veinte años al servicio de la policía francesa.
Está hablando por teléfono. Es un hombre de mediana edad, pongamos que cuarenta y
cinco años, simpático, atractivo, con cierta tendencia a reprimir sus emociones y una
mirada viva.

LOUIS.— No, no oíste mal. Me enteré de ello al venir de Frejus. Me habían


mandado para hacer algo en el caso de Martel. Según el inspector general, a Martel no
podía haberle asesinado quien todos sospechaban. Me dijo: “Antón: el asesino no es nunca
de quien se sospecha”. Yo contesté: “A sus órdenes”. Hemos estado cerca de mes y medio
deteniendo a toda la buena gente de Frejus por culpa de este inspector... No; al asesino lo
teníamos en la cárcel desde el primer día, pero no podía ser, ya sabes. ¡Faltaría más!

Para eso se ha leído el inspector todas las novelas policíacas del mundo. (Ríe.)
Parece ser que el chico, muerto de risa, le dijo al inspector: “Oiga, no meta más gente en la
cárcel. Fui yo”. Como yo me reí un poco también, me señaló con el dedo y dijo: “Antón:
voy a abrirle un expediente”. (Por la derecha sale una mujer bonita vestida con elegancia. Es
MARIEL, la esposa de LOUIS. Sirve una bebida y se la ofrece a su marido, mientras le da un beso en
la mejilla.) Figúrate. Estuvimos cerca de una hora discutiendo. “No podía acusar al
muchacho, Anton”, me decía, “no tenía pruebas”. Se me ocurrió contestar: “Señor
Inspector general: primero sabe uno quién es el asesino; después se inventan las pruebas”.
Según él, esto, en buena ética, policíaca, es infame, y cuando nos hallábamos en plena
discusión, entró Goulard diciéndome; “Enhorabuena, Anton. Cuatro millones de francos
en la lotería de Arras. Jugábamos el mismo número”. Cuando quise seguir discutiendo, el
inspector general había desaparecido... No, no; dejo el Cuerpo decididamente. Soy policía
hasta esta noche a la una y diez minutos de la madrugada. Ni un minuto más... De
acuerdo, vente luego si quieres. Voy a tomar café con unos amigos aquí en casa. Un
abrazo. (Cuelga el teléfono. Bebe y le dice, a su mujer.) Ese pobre Simón... Lo mandaron a Brest
para atrapar a un ladrón que estaba en Niza. Increíble. Todavía no me explico por qué
caen los maleantes en las redes del señor inspector general. AI pobre Simón se le ocurrió
pensar que el ladrón estaba en Niza. Ya te podrá figurar lo que le dijo el inspector general:
“No tenemos pruebas de que esté en Niza”.

MARIEL.— ¿Y si no se tienen pruebas?


LOUIS.— ¿Tú tienes pruebas exactas de que haya existido Carlomagno?

MARIEL.— Lo dice la Historia.

LOUIS.— Pero la Historia también dice que a lo mejor no existió Carlomagno


sino una especie de comité de reyes que crearon el Sacro Imperio.

MARIEL.— Las crónicas hablan...

LOUIS.— Como hablan los periódicos. Ponen un veinte por ciento de verdad y
un ochenta por ciento de aproximación. Lo importante, Mariel, es saber ver a los asesinos.
Después se les inventan las pruebas. (Sonríe.) ¿Tú no bebes?

MARIEL.— No me encuentro bien.

LOUIS.— ¿Otra vez la jaqueca?

MARIEL.— ¿Por qué te diviertes tanto con mis jaquecas?

LOUIS.— Me costó dos años descubrir los antecedentes penales de tus jaquecas,
Mariel. Cuando nos casamos y volvíamos a casa por la noche, tú tenías jaquecas.

MARIEL.— Pero la tenía realmente.

LOUIS.— Falta de pruebas.

MARIEL.— Te aseguro que la tenía.

LOUIS.— El crimen era que no querías que hiciéramos el amor. La jaqueca era la
protesta. Que fuera verdad o mentira, ya no me meto en ello.

MARIEL.— ¿A qué viene ahora eso? Se superó todo aquello, ¿no?

LOUIS.— Claro, por Dios. ¿Cómo no va a superarse? Eres tan bonita y te quiero
tanto... Bueno, Mariel, ahora soy un hombre rico que va a vivir de sus rentas y son un
excelente partido. Cuídame. (Ella enciende un cigarro.) Cuando te veo tan bonita pienso que
hubo un instante en que quise pedir el divorcio.

MARIEL.— Y yo no quise nunca concedértelo.

LOUIS.— Gracias a Dios.

LOUIS.— Gracias a Dios. ¿Qué ocurre con la “bonne”?

MARIEL.— ¡Oh!, no te puedes dar idea. Tiene un disgusto tremendo. En primer


lugar, no ha habido manera de que se aprendiera las calles de Paris. Las cosas que dice en
vez de Rué Wagram son increíbles. La llama, no sé por qué, Rubinstein. Estas españolas
que se vienen a servir a París san excepcionales como criadas, pero muy pintorescas como
mujeres.

LOUIS.— Anda, llámala. ¿Cuándo ha dicho el doctor que venía?

MARIEL.— Debe estar al llegar.

LOUIS.— Llámala.

MARIEL.— Anisette... Anisette...

(Por el foro aparece, vestida de negro, con cofia y delantal, ANICETA, una española guapa y
un poco paleta, que lleva un año sirviendo en París.)

ANICETA.— Mande.

MARIEL.— Anisette...

ANICETA.— Si no le molesta, señora, mata usted la ce. Yo sé que para


ustedes los franceses es muy difícil, pero Anisette me suena a apodo. Me llamo Aniceta.
Ce, ce; mata usted la ce.

MARIEL.— Vamos allá: Ani-ce-ta.

ANICETA.— ¿Ve qué fácil? ¿Mandaba?

LOUIS.— Era yo.

ANICETA.— Dígame, señorito.

LOUIS.— Bueno, casi no hemos comentado. El primer día que entró usted aquí
dijo que yo era un hombre de suerte. ¿Qué le han parecido esos cuatro millones de
francos?

ANICETA.— Lo tenía usted en los ojitos. ¿Pero quién le dijo que jugara a la
lotería? ¿Quién le dijo que metiera el dinero en apuestas?

LOUIS.— Usted.

ANICETA.— Si yo calo a la gente por la mirada.

LOUIS.— Ah, eso es cierto. ¿Tú no lo sabes? Cuando te fuiste a ver a tus padres a
Travigni, Aniceta y yo nos pasábamos la tarde mirando los periódicos. “Dígame usted,
Aniceta, ¿de todos éstos, quién cree usted que tiene cara de criminal? Aniceta ponía un
dedo y decía: “Este”. Casi siempre lo teníamos fichado.
MARIEL.— No es nada agradable la policía, Aniceta. Yo llevo muchos años casada
con un comisario. El ambiente no me gusta.

ANICETA.— Porque no ha vivido usted en Cabra, que hasta el nombre suena


a locura. Yo he vivido en Cabra. Más bien que en Cabra, en un pueblo de al lado que le
dicen Sotillo de la Redonda, y que por mal nombre lo llaman “la madera”, porque es de
donde sale el tarugo. Usted me entiende, ¿verdad, señor comisario? A usted le he
enseñado yo español.

LOUIS.— El tarugo es un pedazo de madera.

ANICETA.— El tarugo es un pedazo de bestia, que los de Sotillo a esgalla


como usted no se puede figurar. En mi pueblo fue donde hicieron aquel concurso de a ver
quién se comía más carne en un día, y lo ganó el tío Piporro, que se comió una vaca viva.
No se puede usted figurar qué espectáculo. Según malas lenguas, como todos los de allí se
van Alemania o a Francia, la vaca se quería ir a Suiza.

LOUIS.— Estaría muerta.

ANICETA.— No, don Luis, no, que estaba viva.

LOUIS.— Pero se quejaría.

ANICETA.— Pues no. porque el gachó empezó por el rabo y el bicho al


principio creyó que era de broma.

LOUIS.— ¡Qué salvaje! Se moriría.

ANICETA.— No. Al llegar a los cuernos, dijo: “Con esto no puedo”, pero
aludiendo a que no podía aguantar que le engañase su mujer, que por cierto se los ponía y
muy bonitos, con un viajante de horquillas, que la pobre para justificar las citas tenía la
cabeza que parecía que le iban a hacer un electroencefalograma. En mi vida he visto tanto
hierro.

(LOUIS se está riendo.)

LOUIS.— Naturalmente, no se le podía probar.

ANICETA.— ¿Qué?

LOUIS.— Que no se le podría probar el engaño. A la mujer, digo.

ANICETA.— Ustedes son muy civilizados, pero en Sotillo basta con la


sospecha o con que se le pase a uno por la cabeza un vaho, como dice el señor alcalde, se
lían a estacazos con la parienta, porque en mi pueblo gobierna el “por si acaso”.
LOUIS.— ¿Un apellido?

ANICETA.— Una forma de ser. Yo salía con un muchacho, Para hablar


solamente. Se lo dije a mi padre y mi padre me partió un puchero en la cabeza. Yo le dije:
“¡Pero si no me ha tocado un pelo de la ropa!” Y mi padre saltó: “Por si acaso”. El alcalde,
cuando hay junta, dice: “Señores concejales...”, y saca una navaja de siete muelles,
explicando después: “Me traigo esto por si acaso”. Por si acaso le discuten, vamos. Y a la
mujer del tío Piporro la tiró su marido al pozo, por si acaso.

MARIEL.— Vaya barbaridad.

ANICETA.— Verá usted, señora: lo malo del “por si acaso” es que de cada
diez veces nueve da resultado, porque la gente es muy mala y muy fraudulenta.

MARIEL.— Aniceta haría buena policía.

LOUIS.— Pero todo lo que dice es cierto.

ANICETA.— ¿Usted se acuerda, don Luis, cuando me vino usted comando lo


de aquel señor que mí había suicidado y le dije yo: “Don Luis: a ése se lo ha jamao su
mujer”?

LOUIS.— Sí, lo recuerdo, porque lo de “jamao” no lo conocía en


absoluto.

ANICETA.— Si estaba más claro que el agua. Un hombre feliz, lleno de


dinero, que había conducido prácticamente desde los dieciocho años y se cae por un
precipicio con el coche, y el coche se prende fuego, y la mujer había salido a dar una
vuelta. Pues, “por si acaso”, a la cárcel. ¿Y yo qué le dije?

LOUIS.— Que la interrogara hábilmente.

ANICETA.— Todo eso quiere decir “leña”. Mire usted, la gente es muy mala
y muy fraudulenta, ya se lo he dicho yo. Aquí, en este valle de lágrimas, ni el Potito dice la
verdad como no le casquen. Y con eso de que no hay pruebas y no hay pruebas, se tiene
uno que aguantar con que la gentuza pasee por mitad de la acera y a uno lo echen a la
calle. ¿Que no hay pruebas? Bofetada y tente tieso, ya verá usted la de pruebas que salen.

LOUIS.— Sí; a veces más de las que son necesarias.

ANICETA.— ¿Pero usted le cascó a la señora, sí o no?

MARIEL.— ¿Pero de veras pegaste a esa mujer?


LOUIS.— Yo no, por Dios. La deje en libertad. Pero inesperadamente apareció
una extraña mujer que al parecer estaba muy enamorada del marido muerto y que empezó
a pegarle y pegarle, diciendo: “Confiesa, confiesa”. La esposa pidió protección a la policía.

MARIEL.— ¿Y tú?

LOUIS.— Estaba tan ocupado recogiendo pruebas...

ANICETA.— A las tres palizas la señora cantó cómo había dejado sin sentido
al marido, cómo lo había metido en el coche, y de paso refirió cómo se había llevado un
sostén de los Almacenes Lafayette sin ser vista y cómo de chiquitina le robó unas
calcomanías a una compañera del colegio. Y si siguen pegándola nos cuenta que es la que
mató a Kennedy. ¿Es verdad, sí o no?

MARIEL.— Pero eso es una coacción vergonzosa.

LOUIS.— Mariel: era una asesina. Yo no la pegué. Ningún policía la pegó.

MARIEL.— Pero contratasteis a una mujer para que la pegara.

LOUIS.— ¿Quién puede probarme eso? A los asesinos, Mariel, hay que hablarles
en su idioma. Puedo hacer que los despedacen y no habrá pruebas contra mí.

ANICETA.— Que sí, señor, que tiene usted mucha razón. ¿Se acuerda usted
de la “gacholis” aquella que venía diciendo que no sabía nada de un argelino que mataron
en los Campos, que yo la vi la cara y le dije: “De cuatro meses y el padre era el argelino”.

MARIEL.— ¿Y qué?

LOUIS.— De cuatro meses y el padre era el argelino. Le había matado ella.

MARIEL.— ¡Vaya! Tus brillantes éxitos en la carrera tú los debes a una criada
española.

ANICETA.— Por cierto, mañana es fiesta.

MARIEL.— ¿Pero qué es mañana?

ANICETA.— Dieciocho de julio.

MARIEL.— Pero hemos celebrado el catorce de julio, que es la fiesta nacional


francesa.

ANICETA.— Bueno, pero es que yo celebro también el dieciocho, que es la


fiesta nacional española. Y el veinticinco también es fiesta, porque es Santiago Apóstol.
¡Ah!, y el quince de agosto la Virgen de la Paloma, que es una Virgen muy querida por
todos los españoles, también fiesta.

MARIEL.— Dígame; ¿cuándo trabajan ustedes en España?

ANICETA.— El dieciséis de noviembre si no llueve.

(LOUIS se está riendo.)

MARIEL.— Muy bien. Lo tendré en cuenta. (Suena un timbre.) Vaya a abrir. Será el
doctor Separd. ¡Ah!, y tráiganos usted el café.

ANICETA.— Sí, señora.

(Sale por el foro.)

MARIEL.— No debes reírle las gracias constantemente. Se va n hacer la dueña de


la casa.

LOUIS.— Es muy inteligente. Si se cultivara un poco no sé dónde iba a ir el


pobre inspector general.

MARIEL.— ¿De verdad te dijo todas esas cosas sobre la que mató a su marido y la
que mató al argelino?

LOUIS.— Es completamente cierto.

MARIEL.— ¿Y por qué no le das tu puesto ahora?

LOUIS.— Amor mío: Sí Aniceta entra en la policía francesa es capaz de arrestar


al Presidente de la República. Con ella no cuentan las pruebas. Las consigue.

(Por el foro entra VÍCTOR SEPARD; joven, elegante. Le sigue MARTA, su esposa, también
joven, elegante y bonita. ANICETA les ha precedido y mira fijamente al doctor.)

VÍCTOR.— Hola, Mariel. Nos hemos retrasado un poco.

MARIEL.— Lo normal. Sería un milagro que un médico llegara a tiempo.

(Se dan la mano.)

LOUIS.— Y mucho menos un médico que va camino de ser una eminencia.

(Le estrecha la mano. MARIEL y MARTA se dan un beso.)

VÍCTOR.— Aquí no hay más eminencia que tú, comisario. Cuatro millones de
francos son mucho dinero.
LOUIS.— Pero no he tenido que hacer prácticas de anatomía para
conseguirlos, te lo juro. (Estrechando la mano de MARTA.) Hola. Marta. ¿Cómo estás?

MARTA.— No solamente no dejas en paz a los criminales de Francia, sino que,


además, te llevas el dinero de la lotería. ¿No te da vergüenza?

LOUIS.— Bueno, en realidad me interesa mucho más la lotería que los


criminales. Sólo uno puede acertar el primer premio. Y criminales lo podemos ser todos.

MARIEL.— No digas tonterías, ¿quieres?

ANICETA.— Con su permiso, señora, eso no es ninguna tontería. Eso es la


pura verdad.

VÍCTOR.— (De buen humor.) Hola, Aniceta, ¿Qué tal por España?

ANICETA.— Mejor que por aquí por lo que estoy viendo.

VÍCTOR.— Pues sí; preciso es reconocerlo que, de momento, mejor que por aquí.
¿Decía usted?

ANICETA.— Decía que el premio gordo...

VÍCTOR.— ¿El premio gordo?

LOUIS.— El primer premio, Víctor. Para los españoles es el premio gordo.

VÍCTOR.— ¡Ah!

ANICETA.— Pues decía que el premio gordo sólo lo puede sacar uno, y
criminales podemos ser todos.

MARIEL.— Yo no.

ANICETA.— ¿No? Supóngase usted ahora que tiene ocasión de matar a


alguien y sacar veinte millones.

MARIEL.— ¡Qué tontería!

ANICETA.— Treinta.

MARIEL.— Bueno, bueno, dejémoslo.

ANICETA.— Cien mil millones.

MARIEL.— Ni aun así.


ANICETA.— Es que al que va usted a matar es un asesino peligroso que ha
liquidado a su padre hace cuatro años.

MARIEL.— Pues...

ANICETA.— Y, además, no se va a enterar nadie.

MARIEL.— ¿Nadie?

ANICETA.— Nunca.

MARIEL.— De ese modo...

ANICETA.— ¿Lo ve? Ya tenemos el criminal; faltan los millones, el asesino de


su padre y el que no se entere nadie.

VÍCTOR.— ¿Esta chica en España qué hacía?

LOUIS.— Parece que cuidaba de un ganado. Si llega a estudiar bachiller y es


francesa, la tenemos de ministro de Educación Nacional.

VÍCTOR.— Verdaderamente.

MARIEL.— ¿Quiere traer el café?

ANICETA.— Sí, señora.

(ANICETA sale por el foro, VÍCTOR toma asiento cómodamente y LOUIS le tiende una caja de
puros.)

VÍCTOR.— ¡Vaya! Y precisamente “Montecristo”. Te habrán costado un dineral.

LOUIS.— Te esperaba a tomar café y sabía que sólo fumas cigarros habanos y
tienen que ser “Montecristo”.

VÍCTOR.— Pues sí, eso es cierto. Muchas gracias.

MARTA.— Figúrate que toda la casa huele a cigarros habanos “Montecristo”. Yo


no lo entiendo bien.

LOUIS.— Fúmate tú uno y verás cómo lo entiendes. Cuando alguien tiene el


dinero que tiene tu marido, Marta, puede permitirse esos lujos.

VÍCTOR.— Ahora tienes tú más dinero que yo.

LOUIS.— Pero muy poco más. (Enciende un cigarro.) Verdaderamente es


formidable. Dime, ¿qué haces con las colillas?
VÍCTOR.— (Riendo.) Las tiro.

LOUIS.— ¿Seguro que no las reúnes todas y se las vendes a Guerlain para que
haga un perfume?

MARTA.— ¡Qué disparate!

LOUIS.— De verdad, Marta. Mira cómo huele.

(Le pasa el puro por la nariz.)

MARTA.— No lo puedo soportar.

LOUIS.— Bueno, mi joven médico, ¿qué piensas hacer con una mujer que no
puede soportar que fumes puros?

MARTA.— A él se lo soporto todo; eso y todo.

LOUIS.— Así me gusta.

VÍCTOR.— Es muy curioso. Cuando se ha fumado una vez “Montecristo” no se


puede fumar ninguna otra marca. Es como el tigre, ¿sabes? Si come una vez carne humana,
desdeñará las cabras, los venados y perseguirá tenazmente a los hombres.

(Echa el humo a la cara de MARTA.)

LOUIS.— Cuidado, Víctor. Un juez decidiría que eso es causa de divorcio.


Crueldad fumatoria.

MARTA.— Ni pensar en el divorcio.

LOUIS.— Ahora estábamos Mariel y yo acordándonos de una época en que yo


se lo pedí.

MARIEL.— Bueno, déjalo.

LOUIS.— Mujer, no hace tanto.

MARTA.— ¿Os conocíamos ya?

LOUIS.— Sí, claro. Claro que os conocíamos.

VÍCTOR.— ¿Cuándo estuviste en Arles?

LOUIS.— Precisamente.

VÍCTOR.— ¿Te digo el día?


LOUIS.— Dímelo.

VÍCTOR.— El uno de septiembre de mil novecientos sesenta y seis. ¿Es ése?

LOUIS.— Exactamente. Yo tuve que ir por ahí y cuando volví me encontré con
que mi querido inspector general me esperaba con uno de sus horribles casos. La pobre
Mariel se fue a pasar la noche anterior, la del treinta y uno de agosto, con su madre. Ya
sabes, estaban en Boileau, a treinta kilómetros de aquí. Nos habíamos enfadado tanto que
ella aprovechó que yo me marchaba a Arles para marcharse a Boileau. El uno de
septiembre regresó, por la tarde, y a mí se me ocurrió decirle: “Será preciso divorciarnos”

MARTA.— Y ella, con muy buen sentido te dijo: “No me divorciaré nunca”...

LOUIS.— Tanto como nunca..., pero me dijo algo parecido.

MARTA.— (Riendo.) Estás bien metidito en el cesto, Louis. No se puede uno


escapar así como así del matrimonio. Para que un juez conceda el divorcio se necesitan
pruebas. Y pruebas graves. De adulterio.

LOUIS.— Bueno, eso no es tan difícil.

MARTA.— ¡Que gracioso! Que no es tan difícil... ¿Has oído, Víctor? Di, ¿si tú
cometieses un adulterio, lo ibas a confesar?

VÍCTOR.— No sé... Yo... soy tan sincero...

MARTA.— Nadie confiesa eso. (En el foro está ANICETA con una bandeja y un servicio
de café.) Es preciso encontrar a la pareja infraganti.

ANICETA.— No, no; ni mucho menos. Basta con que el interesado lo confiese
ante notario.

VÍCTOR.— ¿Ah, sí?

ANICETA.— Don Luís: Si yo me presento ante un notario y admito que el día


de tal estuve en tal sitio con un hombre haciendo tal cosa, ¿vale como prueba?

LOUIS.— Eso es rotundo.

VÍCTOR.— ¿Pero quién puede admitir eso?

LOUIS.— Verdaderamente. ¿Quién puede admitirlo?

(ANICETA empieza a servir el café. Al llegar a LOUIS comenta en voz baja.)

ANICETA.— ¿A usted le cae bien este médico?


LOUIS.— Sí. ¿Por qué?

ANICETA.— Este es un sádico.

LOUIS.— ¿En qué lo has notado?

ANICETA.— Me da el vaho. Este es de los que reconocen a las enfermas, y si


las enfermas no se andan listas se las come vivas.

LOUIS.— Como el tío Piporro.

ANICETA.— ¿Se juega usted algo?

LOUIS.— Lo que tú quieras. Es una excelente persona.

ANICETA.— ¿Qué se juega?

LOUIS.— ¿Van cien francos?

ANICETA.— Vale. (Le sirve el café a VÍCTOR.) ¿De modo que usted es el doctor
Separd?

VÍCTOR.— ¡Pero qué gracioso es esto! Me estás viendo aquí en esta casa
constantemente y ahora me lo preguntas.

ANICETA.— ¿Y atiende usted a los pacientes de “La Homologue”?

VÍCTOR.— Bueno, es una de las sociedades que están dentro del servicio de
asistencia.

ANICETA.— Hay muchas chicas allí, ¿verdad?

VÍCTOR.— Desde luego que sí.

ANICETA.— Dígame usted nombres.

VÍCTOR.— (Divertido.) Pues qué sé yo... No me acuerdo. Sé de una que se llama


Vilard, y otra que se llama Mary, y otra que se llama Luisa.

ANICETA.— Pare. A ésa es a la que conozco.

VÍCTOR.— ¡Ah! ¿Conoces a Luisa? Una muchacha muy eficiente. “La


Homologue” no andaría si esa muchacha no se tomara el trabajo de hacerla andar. Es
insustituible en la oficina. Precisamente la he recomendado descanso. La última vez que la
visité tenía un agotamiento nervioso completo.

ANICETA.— Diga, ¿no san ellas las que tienen que visitarle a usted?
VÍCTOR.— ¿Qué?

ANICETA.— No existe en “La Homologue”, ni en ninguna sociedad de este


tipo, la visita domiciliaria nada más que en casos urgentes.

VÍCTOR.— Pues... sí..., claro.

ANICETA.— ¿Visitaba usted a las otras?

VÍCTOR.— Pues... no.

ANICETA.— ¿Y a ésta sí?

VÍCTOR.— Pues… sí.

ANICETA.— ¿Sólo porque tenía un agotamiento nervioso? No se trataba de


operarla urgentemente ni de nada al corazón. Sólo de un agotamiento nervioso, ¿verdad?

VÍCTOR.— (Fastidiado.) Pues sí; sólo por eso.

ANICETA.— Gracias. (Se acerca a LOUIS y susurra.) ¿Se entendía con ella o no
se entendía con ella?

LOUIS.— (Divertido.) No tenemos pruebas.

ANICETA.— ¿Las quiere usted?

LOUIS.— No le irás a pegar.

ANICETA.— Digo que si las quiere usted.

LOUIS.— No, no, ten los cien francos. Yo también estoy seguro de que se
entendía con ella.

(Le da un billete y ANICETA va hacia el foro, donde se vuelve y dice:)

ANICETA.— Que aproveche.

VÍCTOR.— (Inquieto.) Qué tipo más pintoresco, ¿verdad?

MARIEL.— Demasiado. Además, Louis le ha dado unas confianzas que dentro de


poco yo no sé qué va a decir. El otro día subió el vecino de abajo para pedirnos que
bajáramos la televisión. Nunca lo había hecho. ¿Qué diréis que hizo esta señorita? Le dijo:
“¿Es sábado?” “Pues sí”, contestó el vecino. “Ande, dígale usted a la que tiene en casa que
no se queje que se lo voy a contar a su mujer.” Al vecino un color se le iba y otro se le
venía.
LOUIS.— Ya me acuerdo. Pero la deducción es clarísima: la mujer es sorda, a él
no le molestan los ruidos. Se acababa de morir un hermano de la mujer en Pau. La chica
pensó, “lo lógico es que la mujer esté en el funeral. Este ha aprovechado la ausencia de la
mujer para traerse una palomita. Si a él no le molestan los ruidos, ¿a quién le molestan? A
la palomita”.

MARTA.— Oye, ¿qué pasa con esa chica?

VÍCTOR.— ¿Con cuál?

MARTA.— Esa Luisa. ¿Es cierto que ibas a visitarla a su casa?

VÍCTOR.— ¡Diablos, sí! Es una empleada distinguida.

MARTA.— Pero no has visitado a ninguna empleada por muy distinguida que
fuera. Ni siquiera en casos graves; no tienes obligación.

VÍCTOR.— ¿Qué hay de malo en ello? Le cogí simpatía.

MARTA.— ¿Sólo simpatía?

LOUIS.— No insistas, Marta. Falta de pruebas.

MARTA.— ¿Qué?

LOUIS.— Que cuando no se puede probar una cosa se escoge uno de dos
caminos: callarse o probarlo.

MARTA.— ¡Qué risa! ¿Pero cómo puede uno probar eso? ¿Es que voy a verlos en
la cama?

LOUIS.— Él puede decírtelo.

MARTA.— ¿Él? Él no me lo diría nunca.

LOUIS.— Es asombroso lo que uno puede decir en determinadas ocasiones,


Marta. ¿Sabes que a veces han llegado a la comisaria individuos a confesar un crimen? La
cárcel puede ser, en ocasiones, mucho mejor que otras cosas. (Se vuelve repentinamente a
VÍCTOR.) ¿Jugamos a eso?

VÍCTOR.— ¿A qué?

LOUIS.— Vamos a probar que te entendías con la empleada distinguida.

VÍCTOR.— Muy bien, sí. Vamos a probarlo.


MARIEL.— Oye, Louis: dentro de una hora dejas de ser policía. ¿Por qué no...?

VÍCTOR.— Déjale, Mariel. Al fin y al cabo es un juego. Como el póquer. Venga,


señor comisario, pruébeme que me entendía con ella.

LOUIS.— Vamos por partes. Aproximadamente, ¿qué día fuiste a verla a su


domicilio?

VÍCTOR.— Tengo una memoria excelente, ya lo sabes, señor comisario. Fue una
víspera del día seis de enero. Un cinco de enero, concretamente.

LOUIS.— ¿Por la noche?

VÍCTOR.— Sí.

LOUIS.— ¿Después de las diez?

VÍCTOR.— Pongamos las once.

LOUIS.— Fuiste a visitar a una enferma a las once de la noche porque tenía
agotamiento nervioso. ¿No es un poco exagerado?

VÍCTOR.— No; la chica me llamó. Estaba alarmada.

LOUIS.— Marta: tú te has extrañado al oír eso de Luisa ¿La conocías?

MARTA.— En absoluto.

LOUIS.— ¿Quién toma los recados telefónicos en casa?

MARTA.— Siempre yo. Es lo normal.

LOUIS.— ¿Recuerdas que haya llamado Luisa?

MARTA.— En absoluto.

VÍCTOR.— Me llamó a la clínica.

LOUIS.— ¿A qué hora sales de la clínica?

VÍCTOR.— A las seis de la tarde.

LOUIS.— De acuerdo. Te llama para un asunto muy urgente antes de las seis de
la tarde y tú no fuiste a verla hasta las once.

VÍCTOR.— Bien. El caso es que... no recuerdo por qué me demoré. Algo debió
surgir.
LOUIS.— Luego la enfermedad no era tan urgente.

VÍCTOR.— En fin... urgente, lo que se dice urgente...

LOUIS.— Si no era urgente, ¿por qué no le dijiste que fuera a visitarte al otro día
a la clínica?

MARTA.— Un momento. Fue exactamente el cinco de enero. La noche del cinco


de enero. Había venido el doctor Vicks a operar, ¿no te acuerdas? El día seis tenía yo que
levantarme muy temprano y tú me dijiste: “Es preferible que no duermas. Espérame
despierta. El doctor Vicks va a estar operando toda la noche”. Llegaste a casa a las cuatro y
media de la madrugada.

LOUIS.— ¿Es cierto eso?

VÍCTOR.— Bueno, sí... fui a ver a Luisa y después estuve en el quirófano con el
doctor Vicks.

LOUIS.— ¿A qué hora empezaba a operar el doctor Vicks?

VÍCTOR.— Fue un trasplante de corazón.

LOUIS.— ¿Lo viste por entero?

VÍCTOR.— Claro.

LOUIS.— Salvo en casos de urgencia, ¿a qué hora cierran la clínica?

MARTA.— A las doce. A esa hora entra el equipo de guardia.

LOUIS.— Hay algo aquí que no casa. A las once fuiste a ver a Luisa, asististe a la
operación del doctor Vicks... ¿O sea, que el doctor Vicks hizo un trasplante en veinticinco
minutos? Bien, bien, bien.

VÍCTOR.— No es eso. La operación empezó después.

LOUIS.— ¿Con el equipo de guardia?

VÍCTOR.— Pues con algunos de los elementos del equipo de guardia.

LOUIS.— ¿Cuáles, di?

VÍCTOR.— El doctor Armand, el doctor Surd...


LOUIS.— ¿No es maravilloso? Precisamente mi médico. ¿Pero no es una
coincidencia formidable? Surd me ha atendido esta última época. Si le llamamos por
teléfono, él nos dirá que estuviste allí.

(Toma el teléfono, VÍCTOR pone los dedos en la horquilla.)

VÍCTOR.— Déjalo. No estuve viendo la operación.

LOUIS.— Confesión por confesión: no conozco a Surd.

MARTA.— ¿Quieres decir que estuviste todo el tiempo, desde las once de la noche
hasta las cuatro de la mañana con esa muchacha?

VÍCTOR.— Es muy complicado de entender, Marta.


No había nada de particular. Tenía un problema sentimental; a alguien se lo tenía que
contar. A mí. Sus familiares no se preocupaban de eso. Pensé que la chiquilla se iba a
suicidar. Hasta que no me quedé convencido de que la había calmado del
todo no abandoné su casa. Si te puse el pretexto de la operación de corazón fue porque
temí tus celos.

MARTA.— ¿Qué hago, señor comisario? ¿Me lo


creo?

LOUIS.— Ahí entra el terreno de la falta de


pruebas, Marta. Cuando se dice la media verdad. Una mentira es facilísima de descubrir;
una verdad, más difícil. Lo verdaderamente difícil es algo que no es verdad ni mentira,
pero que participa de las dos cosas.

MARTA.— ¿Y qué se puede hacer en ese caso?

LOUIS.— (Encogiéndose de hombros.) Obligar al asesino a que confiese.

MARTA.— Venga, dame una pistola. Este tipo va a confesar ahora mismo. (Abraza
a VÍCTOR.) ¿Qué hiciste esa noche, eh? Consolar a una chica, ¿verdad? ¿Sólo consolarla?
Anda, júrame que sólo fue eso. Estoy dispuesta a creérmelo de arriba a abajo.

VÍCTOR.— Por favor... Pues claro que tienes que creerme. Pero si llegué rendido a
casa andando y andando. No es nada agradable andar un cinco de enero, ¿eh?

LOUIS.— Al menos dormirías tranquilo.

VÍCTOR.— Si me haces recordar te puedo decir incluso con lo que soñé.

MARTA.— Yo sé que fui al otro día a la clínica. Víctor se había dejado unos
papeles importantes en el abrigo. Se los traje y a la una de la tarde todavía no se había
levantado.
LOUIS.— Mira, en eso coincidimos. El cinco de enero estaba yo intentando cazar
al asesino de Mylene, aquella chica que mataron en el bosque de Boulogne. Es un
problema, todo el bosque está lleno de parejas de enamorados; se meten en los coches y
uno se muere de vergüenza cuando tiene que golpear la ventanilla para ver si son un
hombre y una mujer o un hombre solo.

MARIEL.— ¡Ahí eso es cierto. Los coches se llenan de vaho.

LOUIS.— Yo suelo decir en voz alta: “No enciendan la luz del coche. Saquen la
mano derecha los dos”.

MARTA.— (Riendo.) Un día vas a tener un disgusto; te sacarán la mano de un


maniquí.

LOUIS.— ¡Qué estupidez!

VÍCTOR.— ¿Qué te pasa?

LOUIS.— Aquí se ha dicho algo que no casa.

MARIEL.— Vas a dejarnos en paz, ¿no?

LOUIS.— Te aseguro que se ha dicho algo que no casa. Es una tontería, pero
aquí se ha dicho una mentira fenomenal. No sé aún qué es.

MARIEL.— Luego lo piensas. ¿Te parece?

VÍCTOR.— ¿Qué fue de esa Mylene?

LOUIS.— Ya sabes: asesino sádico que vaga por los bosques. Hay muchas
parejas dentro de los coches. Parece ser que Mylene tuvo que atravesar Boulogne para ir
hacia su casa. Lo hacía en bicicleta, pero se le rompió el piñón. Anduvo un rato y un
hombre le salió al encuentro. Catorce puñaladas exactamente.

VÍCTOR.— ¡Vaya! ¿Quién fue?

LOUIS.— No me lo preguntes.

VÍCTOR.— ¿Por qué?

LOUIS.— Más de veinte años de servicio, Víctor. Es el único crimen impune que
me he apuntado. No sé quién la mató. Lo único que sabemos es que la asesinaron con un
objeto punzante que no hemos podido determinar aún; lo único que sabemos es que la
violentaron después de muerta y no antes. Un crimen horrible. Lo único que sabemos es
que, en la agonía, la muchacha trazó con su dedo en el barro una inicial confusa.
VÍCTOR.— ¿Que inicial?

LOUIS.— Una be. Sí, sí; no sigas. Su novio se llamaba Juan. No encontré ni un
solo nombre cuyo apellido empezara por be.

VÍCTOR.— Pudo haber querido significar otra cosa.

LOUIS.— Está bien claro. Quiso decirnos quién era el asesino, Una be
simplemente. Tras esa be he andado desde aquel cinco de enero tiempo y tiempo. No he
podido nunca tener pruebas. Me retiro de la policía y ése criminal anda suelto por París.

VÍCTOR.— Es curioso. ¿Dónde fue exactamente el crimen?

LOUIS.— (Señalando en el mapa.) Aquí: en la fuente de los Alces.

MARTA.— ¿Me quieres decir por qué te interesa tanto todo esto, Bobosse?

VÍCTOR.— No sé. Un crimen impune siempre interesa. (LOUIS le está mirando


fijamente.) Además, ya sabes, siento auténtico terror por los criminales sádicos. En mi
familia ha habido uno. Un tío-abuelo. Me parece que ya te lo conté. Estranguló a una
muchacha después de torturarla. ¿Por qué me miras así?

LOUIS.— ¿Bobosse, con be?

VÍCTOR.— ¿A qué viene eso? Sí, con be, claro. No me digas que es la primera vez
que oyes que me llaman Bobosse.

LOUIS.— ¡Qué tontería! ¡Qué tontería tan ridícula!, pero… es gracioso. Lo he


oído siempre, pero sólo hoy he caído en ello. Bobosse...

MARIEL.— Es suficiente. Louis ha comprado un auto nuevo, ¿te has enterado?

MARTA.— No.

MARIEL.— Sí; un “Jaguar”.

LOUIS.— Para que lo conduzca ella. El viejo “Renault” lo llevaba también


Mariel. Yo siempre cojo el “Metro”. Es la única manera de llegar a tiempo. (Está mirando
las fichas que hay en los ficheros sobre la mesa.) Supongo que lo primero que tiene que hacer
un millonario es comprarse un coche. Me ha mandado un cuadro horrible Picasso. Aniceta
se ha hecha amiga de él, ¿no lo sabes? Y como los dos son españoles y a este viejo Picasso
no se le va de la cabeza que nació en España... ¿qué pasa con ese sitio? Cuando Ani ceta ve
a Picasso le dice: “Hola, majo”. Y el tipo se lo traga. (La voz le tiembla en la garganta.)
Víctor... Tú atiendes a varias sociedades, ¿no es cierto?... “L’Homologue” es una de ellas.

VÍCTOR.— Sí.
LOUIS.— ¿”L’Abaille”?

VÍCTOR.— Sí.

LOUIS.— ¿”La France Temps”?

(Un silencio.)

MARTA.— Sí, también atiende ése; ¿por qué?

LOUIS.— Mylene trabajaba en “La France Temps”.

(Otro silencio.)

VÍCTOR.— Es una casualidad, ¿no crees?

LOUIS.— Sí. ¿Viste alguna vez a Mylene?

VÍCTOR.— No sé, no recuerdo. Supongo que iría por la clínica, o tal vez. ¿Cómo
puedo recordar a todas las muchachas que van por la clínica?

LOUIS.— ¿Y si te enseño un retrato?

VÍCTOR.— Pues tal vez no.

(ANICETA está en el foro.)

ANICETA.— Seguro que recordará, doctor. Usted tiene muy buena memoria.

(Trae una cafetera en las manos.)

ANICETA.— ¿Más café?

MARIEL.— No me gusta nada que escuche detrás de las puertas.

ANICETA.— ¿Dónde está la puerta, señora? Ahí hay un arco. Yo estoy en el


pasillo por si me necesitan. Si ustedes hablan alto me entero. ¿Más café?

LOUIS.— Yo sí.

ANICETA.— (Mientras le sirve.) Enséñele la fotografía.

LOUIS.— ¿Por qué?

ANICETA.— Porque hay un precedente en la familia y porque no se les


ocurrió a ninguno de los técnicos pensar que las heridas pudieron haber sido hechas con
un bisturí. ¿Y quién distrae un bisturí de un quirófano? ¿Y cómo puede justificar todo lo
que hizo durante ese tiempo aquella noche?

LOUIS.— ¡Por Dios, qué barbaridad!

ANICETA.— ¿O sea, que Dios, o la Virgen del Romeral, que para el caso es lo
mismo, le ponen a usted al asesino de Mylene en las manos para que se despida como los
buenos toreros cortando las orejas, y usted se da por vencido?

LOUIS.— En realidad, estuvo acostándose con esa chica.

ANICETA.— ¿Sí? Llámela.

LOUIS.— Pero...

ANICETA.— Llámela.

MARIEL.— Está bien; necesitamos café nosotros también.

ANICETA.— Ya voy, ya voy. Sin prisas, que las prisas les matan a ustedes.
Que esto ni es Europa ni es nada. Que esto es un manicomio, diga lo que diga Servent-
Schereiber.

(Sigue sirviendo café.)

VÍCTOR.— ¿Qué te decía?

ANICETA.— ¿Y a usted qué le importa?

VÍCTOR.— Discúlpame. Es pura curiosidad.

LOUIS.— Víctor... ¿Quieres mirar esto?

(Le muestra un retrato.)

VÍCTOR.— No la conozco en absoluto.

LOUIS.— ¿Seguro?

VÍCTOR.— Y tan seguro.

LOUIS.— Júralo.

VÍCTOR.— ¡Qué tontería! ¿Por qué tengo que jurar eso? Está bien, te juro que no
la he visto en mi vida.

LOUIS.— Pues es Luisa, la chica de “L’Homologue”.


VÍCTOR.— ¿Qué estás diciendo?

LOUIS.— De verdad; es Luisa. Mylene es esta otra. (Le muestra otra fotografía.)
Cuando estuvimos investigando la muerte de Mylene, acudimos, naturalmente, al bloc de
señas que Mylene tenía. Ya sabes que “L’Homologue” y “La France Temps” son
sociedades casi filiales. Luisa y Mylene se conocían. En este sobre, (Le muestra un sobre
abultado.) tengo fotografías de toda la gente que llamé al despacho. Y el bloc de señas de
Mylene. (Tiende un bloc a VÍCTOR. Este, nervioso, lo abre.) ¿Por qué por la be, doctor?

VÍCTOR.— Te juro que ha sido casual.

MARTA.— ¿Me dejas ver?

(VÍCTOR le tiende el bloc.)

LOUIS.— Sí, míralo, míralo. Eso figura ya entre los casos sin solución. Y bien,
querido Víctor...

(VÍCTOR está mirando los retratos.)

VÍCTOR.— Desde luego a Mylene no la reconozco. Y ahora que pienso, esta otra
puede ser Luisa. Tal vez teñida. Sí, es posible que se tiñera el pelo.

LOUIS.— En efecto, se lo tiñó. Pero exactamente el veintitrés de febrero.

VÍCTOR.— ¿Quieres decir...?

LOUIS.— Quiero decir, Víctor, que el cinco de enero conservaba su pelo, y que sí
tú fuiste a verla el cinco de enero tuviste que verla con este pelo y no morena como está
ahora o como estaba hasta hace poco.

ANICETA.— Pero, claro, los médicos no se fijan en el pelo de las pacientes.

MARIEL.— ¿Queréis pasar un momento conmigo? Quiero enseñaros unos regalos


que me ha hecho Louis.

MARTA.— ¡Un instante! ¡Aquí está nuestro teléfono!

VÍCTOR.— ¿Qué estás diciendo?

MARTA.— Sí nuestro teléfono. El tuyo y el mío. El teléfono de casa.

LOUIS.— ¿Y delante qué pone?

MARTA.— Separd, Víctor. Doctor.


VÍCTOR.— Bueno, lo lógico es que si la chica me tenía como médico apuntara mi
teléfono.

ANICETA.— (Mientras sirve el café.) No, no; lo lógico es que tuviera el teléfono
de la clínica.

LOUIS.— ¿Qué, Víctor?

VÍCTOR.— ¿Cómo qué?

LOUIS.— Mi criada acaba de hacer una pregunta bastante interesante. Lo lógico


es tener el teléfono de la clínica, no el teléfono personal.

VÍCTOR.— En efecto; no atiendo en casa más que a los enfermos que no son de
sociedades. A los otros los despacho en la clínica.

ANICETA.— Eso de despacho se dice en España de los toros.

VÍCTOR.— Pero te diré que todas las empleadas de “L’Homologue” o de “La


France Temps” se proporcionan mi teléfono particular. Lo hacen por estar más seguras,
qué sé yo. ¿Es cierto o no, Marta, que algunas veces han llamado a casa?

MARTA.— Sí, eso es cierto.

LOUIS.— ¿Estás sudando porque hace calor?

VÍCTOR.— ¿A qué viene esa pregunta?

LOUIS.— Para abrir la ventana.

VÍCTOR.— No, no hace calor.

MARIEL.— Suficiente. ¿Queréis pasar conmigo?

VÍCTOR.— Sí; encantado.

MARIEL.— Por aquí.

(Le indica ¡a derecha. Indudablemente trata de romper la violencia que se ha creado en la


conversación. MARTA devuelve a LOUIS el bloc de notas. Mira la fotografía.)

MARTA.— ¿La mataron? ¿En Boulagne? ¿Realmente? ¿Es eso real, Louis?

LOUIS.— (Con una sonrisa.) Pues claro. Anda, ve con ellos.

(Sale MARTA detrás de VÍCTOR y MARIEL, que han desaparecido por la derecha.)
ANICETA.— ¿Sabe usted lo que se hace en España cuando uno está a punto
de conseguir una cosa?

LOUIS.— No.

ANICETA.— Pues se le dice: “Anda, macho, que ya es tuyo”.

LOUIS.— ¿Y bien?

ANICETA.— Anda, macho, que ya es tuyo.

LOUIS.— ¿Qué es mío, Aniceta?

ANICETA.— El asesino de Mylene. Lo tiene usted en las manos. Si se lo deja


escapar se va a arrepentir toda su vida de esto.

LOUIS.— Pero en realidad yo he dejado ya de ser policía.

ANICETA.— Hasta la una y diez le queda a usted más de una hora. Macho,
que ya es tuyo.

LOUIS.— Procedamos con calma. Sabemos una cosa: que Mylene fue asesinada
la noche del cinco al seis de enero, exactamente entre las doce de la noche y las dos de la
madrugada. Sabemos que las heridas las produjo un objeto punzante que pudo ser una
pequeña navaja o un bisturí. No hemos podido probar absolutamente nada del asunto, y
Víctor es un viejo conocido de casa; lo queremos mucho. Ya has visto que a mi mujer la
atiende siempre, y la mujer de Víctor y la mía son íntimas amigas desde hace tiempo,

ANICETA.— ¿Cómo se llamaba aquel inglés que se cargaba a las señoras


atándolas una media al cuello?

LOUIS.— Christie.

ANICETA.— ¿Tenía papá?

LOUIS.— Pues no sé.

ANICETA.— ¿Algún hermanito?

LOUIS.— Alguno tendría,

ANICETA.— ¿A que alguna vez acarició a un perro?

LOUIS.— ¡Aniceta, por Dios! ¿A qué viene todo esto?


ANICETA.— ¿A qué se puede ser un asesino y tener muy buenos
sentimientos. Una cosa no quita la otra. En mi pueblo había un señor que organizó una
tómbola de caridad y porque le colgaron mal los farolillos se lio a guantazos con dos
obreros y los despanzurró en la plaza del pueblo. Que era lo que decía mi madre: “Y eso
que quería poner una tómbola de caridad. Si llega a querer poner un cabaret se carga al
pueblo”.

LOUIS.— No; no; es una tontería.

ANICETA.— ¿Pero qué inconveniente ve usted en que un médico por muy


universitario y por mucho que se duche dos veces al día, sea un asesino?

LOUIS.— Pero no un asesino de ese tipo, Aniceta.

ANICETA.— Escuche usted. ¿Qué es lo que hacían las chicas de


“L’HomoIogue” y de “Le France Temps” cuando este doctor las obligaba a desnudarse
porque tenían anginas?

LOUIS.— Sí; la mayoría de ellas salían corriendo.

ANICETA.— ¿Es un mujeriego o no es un mujeriego?

LOUIS.— Lo admito; pero un mujeriego no es un sádico.

ANICETA.— Mire usted, don Luis: cuando un gachó está harto de carne y de
desvestir mozas, ya no le hace gracia más que pegar puñaladas, y no digo ver sangre
porque ésa la verá en la clínica a puñados. Está ahí; acósele usted, rodéele, cérquele.

LOUIS.— Escucha: él tiene una coartada perfecta. Esa noche estuvo con Luisa.

ANICETA.— ¿Seguro ?

LOUIS.— Y tan seguro. Creo recordar que la muchacha cuando yo la interrogué,


me dijo que había pasarlo la noche en la cama. Naturalmente, no me va a decir que con un
hombre, pero si llega el caso lo dirá.

ANICETA.— Pruebe usted a ver si lo dice.

LOUIS.— Lo dirá, Aniceta.

ANICETA.— ¡Un momento! ¿No fue el uno de septiembre cuando usted se


marchó a Arles?

LOUIS.— Sí; he estado hablando de ello y...

ANICETA.— ¿Qué fue usted a hacer a Arles?


LOUIS.— ¡Dios santo! Habían matado a una muchacha con un objeto punzante.
Ocho puñaladas exactamente. ¿Quieres mirar ahí? Caso Demonge.

(ANICETA empieza a mirar en los ficheros. Mecánicamente LOUIS enciende un cigarro


puro.)

ANICETA.— ¡Caray, qué carita tiene este muerto! Eso es ser feo. ¿Ha visto
usted señor comisario, que hay muertos feísimos?

LOUIS.— No siempre.

ANICETA.— Pues tiene usted razón, que hay algunos que prosperan cuando
se mueren. El tío Ventura, alias “Cachito de Cielo”, era un maestro en eso de poner el cazo
y se casó, con una tía muy fea del pueblo. Y como lodos los chulos tienen suerte, la pobre
señora se murió a los dos años. Y entraron a darle el pésame a “Cachito de Cielo”, y le
dijeron: “Hay que ver cómo la ha cambiado la muerte”. Y “Cachito de Cielo” dijo: “A
favor”. ¡Aquí está! (Le tiende un sobre al comisario. Luego se acerca a la derecha para ver si viene
alguien.) Doña Mariel no quería que siguiéramos hablando de crímenes, ¿eh?

LOUIS.— Ocho puñaladas. Sí... La chica volvía de noche, de trabajar en un


almacén. Antes de cruzar el puente la salió al encuentro un hombre. Bien, aquí tienes el
inventario de lo que la chica llevaba. Bien... ¡Dios mío! ¡Mira eso!

ANICETA.— ¿Está claro o no? La chica dibujó una be en el suelo. ¿Pero la


dibujó ella o la dibujó el propio asesino?

LOUIS.— ¡Calla! Déjame un momento. ¿En qué novela de las que te he dejado yo
para leer hay alguien que pone su marca al lado de cada asesinato?

ANICETA.— Sí. “Haz pronto mi cama”.

LOUIS.— No, otra.

ANICETA.— ”El asesinato de Dums”.

LOUIS.— Exacto. Sigue.

ANICETA.— El criminal ponía la inicial del nombre de su madre junto a las


mujeres que estrangulaba.

LOUIS.— Muy bien. ¿Quién era el criminal?

ANICETA.— Un médico.

LOUIS.— ¿Cómo se llamaba?


ANICETA.— Aston.

LOUIS.— ¿Qué nacionalidad tenía?

ANICETA.— ¿Me equivoco mucho si digo que era judío?

LOUIS.— Era judío, en efecto. ¿Pero qué clase de judío?

ANICETA.— No sé.

LOUIS.— Sefardita. ¿Qué se te ocurre si yo te digo sefardita?

ANICETA.— Nada.

LOUIS.— ¿Y si te digo separdita?

ANICETA.— Pues...

LOUIS.— ¿Y si te digo Separd?

ANICETA.— Oiga, está claro.

LOUIS.— No tan claro. Vamos despacio. El asesino de esa novela era hijo de una
mujer de la vida y pretendía castigar la culpa de su madre en el resto de las mujeres. Es
muy posible que el asesino de Mylene hiciera lo mismo; es muy posible que el asesino de
Demonge hiciera lo mismo. Si es un criminal sádico, no tenemos por qué descartar que
obra a efectos de un impulso. Las dos preguntas son éstas: ¿Ha leído el doctor Separd la
novela “El asesinato de Dums”? ¿Qué hacía el doctor Separd la noche del treinta y uno de
agosto al uno de septiembre? Y aún una tercera pregunta.

ANICETA.— ¿Cómo se llamaba la madre del doctor Separd?

LOUIS.— De acuerdo. Voy a echarles una mirada a estas fotografías. Se trata del
cadáver de Mylene, en el sitio donde la asesinaron, en Boulogne.

ANICETA.— Yo voy a encargarme de lo otro. (Va a la derecha y, a gritos,


pregunta.) Doctor... ¿Cómo se llamaba su madre?

(Una pausa y entra VÍCTOR seguido de MARTA y MARIEL, por la derecha.)

MARIEL.— Ya es bastante, ¿no? Son excesivas confianzas.

ANICETA.— Mire usted, señora: Según el general De Gaulle, estamos en un


término medio entre el comunismo y el capitalismo. El capitalismo es que yo les sirvo café,
y el comunismo es que yo pregunte: “Doctor, ¿cómo se llamaba su madre?” O sea, que o
nos avenimos a las consignas oficiales o rompemos la baraja.
MARIEL.— Mira, muchacha...

ANICETA.— De verdad que se está acabando el servicio en el mundo, y si no


fuera por las españolas que emigran a Francia y a Inglaterra, estaban ustedes barriendo el
suelo con la liberté, l’égalité y la fraternité...

MARIEL.— Pero es que...

VÍCTOR.— Déjalo. Si de verdad encuentra usted interesante el nombre de mi


madre se llamaba Bernardina.

ANICETA.— Pobrecito. ¿Usted se da cuenta de que en el fondo su madre no


era culpable?

VÍCTOR.— ¿Qué?

ANICETA.— Sí. ¿Que tuvo un pasado?, es cierto. ¿Que no se comportó


decentemente?, también es cierto. ¿Que se vendía a los señores?, ciertísimo. Pero las
circunstancias mandan.

MARIEL.— ¡Haz, el favor de salir inmediatamente de esta habitación!

VÍCTOR.— Estate quieta. ¿Cómo sabe usted todo eso?

ANICETA.— Ya ve.

VÍCTOR.— ¿Ha hablado usted con mi madre? ¿La ha visto?

MARTA.— Pero, Víctor. Tu madre ha muerto.

VÍCTOR.— No, no ha muerto. (Un silencio.) Te dije que había muerto. Se lo he


dicho a todo el mundo. Está en Italia, con un hombre. Este parece ser que le dura un poco
más. Mamá era una... bien, digamos que ha sido una mujer muy desgraciada.

ANICETA.— (Dándole palmadas en la espalda.) ¿Y qué culpa tienen las demás


mujeres de que su madre saliera torcida?

LOUIS.— Está bien, Aniceta. Ya te llamaré si te necesito.

ANICETA.— Pero... don Luis...

LOUIS.— Ya te llamaré, anda.

ANICETA.— Macho, que ya es tuyo.

(Desaparece por el foro.)


MARTA.— Víctor, ¿por qué no me lo has dicho? ¿Por qué no me contaste eso?
¿Por qué tienes secretos conmigo?

VÍCTOR.— Me avergüenza un poco.

MARTA.— Pero no debe uno avergonzarse de su propia madre.

VÍCTOR.— ¿Es que no lo entiendes? Era casi una mujer pública.

MARTA.— Pero tú me has hablado de tu padre.

VÍCTOR.— Mi padre fue uno de sus amantes, simplemente. Un médico del que
ella logró que me reconociera.

LOUIS.— ¿Judío?

VÍCTOR.— Sí.

LOUIS.— Porque Separd es una deformación de Sefarad.

VÍCTOR.— Eso creo. (Inquieto.) Bueno, ¿pero qué ocurre? ¿A qué viene todo
esto? ¿De qué habéis estado hablando? ¿Cómo puede saber esa chica todo lo que sabe?

LOUIS.— Víctor: el organismo humano es una gran trampa. Si tú diagnosticas


una enfermedad del hígado, a lo mejor has caído en la trampa que te acaba de tender una
vesícula nerviosa. La realidad es los nervios; la trampa, la vesícula. La vida está llena de
trampas y tú caes en ellas inocentemente. La chica no sabía nada respecto a tu madre ni a
su pasado. No sé por qué dijo eso.

MARIEL.— ¿Estás seguro?

LOUIS.— Completamente. Ya sabes que es muy aficionada a la literatura


policíaca y estuvimos hablando de novelas. De una de ellas que la dejé hace poco, “El
asesinato de Duras”. ¿La conoces, Víctor?

VÍCTOR.— Sí; creo que la leí. Hace mucho tiempo, cuando estaba haciendo las
prácticas de Anatomía, al principio de la carrera. Me llamó la atención precisamente
porque el asesino era un médico judío. ¿Me equivoco?

LOUIS.— No, no te equivocas. Pero Mariel ya sabe cómo desprecio todos los
relatos policíacos. Nunca son reales. Oye, Mariel, ¿te acuerdas de aquel treinta y uno de
agosto, aquella noche que yo estuve fuera y tú te marchaste a Boíleau, con tus padres?

MARIEL.— Volví al día siguiente.


LOUIS.— Sí, ya lo hemos hablado. Cuando se me ocurrió el disparate de pedirte
el divorcio.

MARIEL.— Bien, ¿qué?

LOUIS.— Tú estabas aquí en París, ¿no es cierto, Víctor?

VÍCTOR.— Pues...

MARTA.— No.

VÍCTOR.— ¿Cómo qué no?

MARTA.— Yo recuerdo que Mariel me llamó por teléfono y me dijo que Louis
quería divorciarse de ella. Yo pensé que te lo contaría cuando llegaras.

VÍCTOR.— ¿Y de dónde diablos tenía que llegar yo?

MARTA.— Tú me dijiste que habías ido a ver a Clement y que no pudiste


llamarme por teléfono porque para hacerlo te habrías tenido que trasladar a la ciudad más
próxima.

LOUIS.— ¿Qué ciudad era ésa?

MARTA.— Arles.

LOUIS.— Pero es una magnifica casualidad, ¿no crees? Tú y yo estábamos, sin


saberlo, a pocos kilómetros de distancia la noche del treinta y uno de agosto al uno de
septiembre.

VÍCTOR.— Sí; recuerdo que fui a ver a un amigo, Clement. Vive en un caserío, a
unos cuantos kilómetros de Aries. Es, en efecto, una casualidad.

LOUIS.— ¿Sabes a qué había ido yo a Arles?

VÍCTOR.— No.

LOUIS.— A investigar sobre el caso de una muchacha asesinada de ocho


puñaladas, cerca del puente. Una muchacha víctima de un criminal sádico. (VÍCTOR se
inquieta.) Una muchacha que dibujó una be, exactamente igual que la chica de Boulogne.
Una pobre mujer asaltada y violentada en mitad de la noche. Bobosse.

VÍCTOR.— (Perdiendo los nervios.) Es suficiente, ¿no? ¿Pero qué demonios significa
todo esto? Parece como si me hubieras traído aquí, a tu casa, para acusarme de un crimen,
o de des crímenes que sólo pudo cometer un loco. Vamos, Louis, nos conocemos hace
mucho tiempo. Es increíble.
MARTA.— Pero, Louis, no pretenderás que... (Se ríe.) Es absurdo.

LOUIS.— Sí; completamente. Yo no pretendo nada. Sin contar con que en el caso
de la chica de Arles detuvimos a un tipo que se confesó autor del crimen.

VÍCTOR.— Vaya.

LOUIS.— Sin contar con que estoy seguro de que no lo era. Se trataba de un
pobre tonto que apenas sabía hablar y que incluso se jactaba del asesinato. Pero Víctor, no
te pongas nervioso, aunque tú fueras el autor de ambos asesinatos, o al menos de uno de
ellos, no podría acusarte. No tengo pruebas en absoluto. Y dentro de muy poco tiempo no
podré acusarte oficialmente. Ceso como policía a la una y diez. Me tendría que dar mucha
prisa.

VÍCTOR.— Hay bromas que no entiendo. (LOUIS está mirando con una lupa una
fotografía.) Oye, Marta: somos marido y mujer. ¿Te he tratado yo alguna vez como si fuera
un sádico? ¿Te he pegado? ¿Te he maltratado?

MARTA.— Todo lo contrario.

VÍCTOR.— ¿Te quiero?

MARTA.— ¡Pues claro que me quieres! Y no haces más que corresponder, porque
yo te quiero mucho más.

(LOUIS se deja caer en una silla.)

VÍCTOR.— ¿Qué pasa ahora?

LOUIS.— Sorprendente. La policía suele investigar a fondo el terreno del crimen.


No hagas caso. Son apenas cinco metros los que investiga; luego busca sospechosos. Pero
en las proximidades del crimen hay siempre algo que se nos escapa. A mí se me escapó
esta vez.

VÍCTOR.— ¿Qué?

LOUIS.— Una colilla. Mírala.

(Le tiende la fotografía y la lupa.)

VÍCTOR.— ¿Dónde está?

LOUIS.— Allá arriba.

VÍCTOR.— Sí, parece una colilla. En efecto.


MARIEL.— ¿De qué?

VÍCTOR.— ¿De cigarro puro?

LOUIS.— De cigarro puro. (Le ofrece la caja de “Montecristos”. Mientras dice:) ¿Otro
cigarro de los tuyos? ¿De los que, prácticamente, sólo fumas tú en toda Francia? Bueno y
de los que fumaba el Agha-Khan y Getty. (VÍCTOR toma con mano temblorosa el cigarro.)
Figúrate, Víctor, lo que ocurriría si mando ampliar esta foto y la vitola de esos puros dice
“Montecrísto”.

VÍCTOR.— ¿Qué ocurriría?

LOUIS.— Nada, hombre, ¿qué puede ocurrir? Tú esa noche estabas atendiendo a
Luisa. Luisa lo puede declarar. (Una pausa.) ¿Puede declararlo?

MARTA.— Déjalo ya, Louis. Estoy completamente segura de que estuvo allí. En
realidad, no me ha mentido nunca. Si algo ha hecho me lo ha dicho después. Ha tardado
más o menos. ¿Qué es lo que pretendes? ¿A qué estás jugando? Por mi parte se ha
terminado el juego. Buenas noches.

(Va hacia el foro y desaparece.)

VÍCTOR.— ¡Marta!... ¡Marta!

LOUIS.— Perdonadme, yo he sido el culpable. Yo la traigo, es un instante.

(Sale darás de ella por el foro. Un silencio. MARIEL se abraza con todas sus fuerzas a VÍC-
TOR y dice:)

MARIEL.— ¡Amor mío! Amor de mi vida, no te preocupes.

(Cae rápidamente el

TELÓN
ACTO SEGUNDO

CUADRO PRIMERO

(Al levantarse el telón, MARIEL está aún abrazada a VÍCTOR.)

VÍCTOR.— Cuidado, pueden volver.

MARIEL.— Es curioso. Llevamos dos años así, ¿verdad? Dos años con las mismas
palabras. “Cuidado, pueden volver”. “Ten cuidado que no nos vean”, Y cuando nos
citamos tiene que ser de una manera clandestina, dentro de un coche, sin que tu mujer ni
mi marido se enteren.

VÍCTOR.— No es culpa mía.

MARIEL.— En efecto. No te he pedido que te separes de ella.

VÍCTOR.— Ni yo te he pedido que te separes de Louis.

MARIEL.— Sí; no tenemos seguridad en nuestros sentimientos. La pobre tonta de


Marta te adora y te perdona que desnudes a las chicas para ver si tienen anginas. Si tú le
dijeras que ahora mismo le pides el divorcio, se negaría tercamente a dártelo.

VÍCTOR.— Tú se lo negaste a Louis.

MARIEL.— Qué sabía yo... ¿Sabía yo si tú te ibas a divorciar de tu mujer? ¿Sabía si


querías vivir conmigo? No, no sabía nada. Todo demasiado inseguro para mí. (Con una
risa un poco cínica.) En el fondo, Louis era la comida diaria, el vestir medianamente.

VÍCTOR.— Bien; eso es asunto arreglado. Ahora nunca pediría el divorcio. Te


tendría que dar dos millones de francos.

MARIEL.— ¿Y si lo pidiera yo?

VÍCTOR.— No te tendría que dar nada. Sólo en el caso de que pudieras probarle
un adulterio que el pobre Louis no ha cometido en su vida.

MARIEL.— Dejémoslo estar. No voy a pedir el divorcio nunca. Al menos no lo voy


a pedir hasta que tú te separes de ella.

VÍCTOR.— ¿Pero qué puede ser? ¿Qué puede ser? ¿Detrás de qué anda? ¿Cree de
verdad que yo he matado...? ¿Me crees tú capaz de matar?

MARIEL.— Qué sé yo... No, claro.


VÍCTOR.— Pero figúrate, es un crimen impune. Puede echarme la culpa a mí.

MARIEL.— ¡Por Dios, no seas estúpido! A Louis, en el fondo, le encanta su


profesión y siempre anda a vueltas con lo de la falta de pruebas. Como sabes, es la
tragedia de todos los investigadores: se conocen los hechos, pero no se pueden probar.
Figúrate, yo le digo ahora, “me entiendo con Víctor”. Se lo digo a solas, ¿Puede probarlo?
No. ¿De qué le sirve saberlo? Está jugando a policías y ladrones. No conoces lo estúpido
que es.

VÍCTOR.— Me alarma, no puedo evitarlo.

MARIEL.— Pero no seas simple.

(Por la puerta del foro aparece LOUIS con MARTA.)

LOUIS.— Tienes una mujer muy ágil, Víctor. Y que te quiere demasiado. Creí
que no podía cogerla. Mis excusas otra vez, señora. Víctor, ¿qué te ocurre que estás tan
pálido?

(VÍCTOR, encendiendo un cigarro puro, dice:)

VÍCTOR.— ¿Me dejas que te pregunte una cosa?

LOUIS.— Lo que tú quieras.

VÍCTOR.— A esa muchacha la encontraron...

LOUIS.— ¿A qué muchacha?

VÍCTOR.— Mylene, ¿no?

LOUIS.— ¡Ah, sí! Ya te lo dije. Junto a la fuente de los Alces. (VÍCTOR señala en el
mapa.)

VÍCTOR.— ¿Pongamos que aquí?

LOUIS.— No, no pongamos. Ahí precisamente. Caramba, cómo se sabe la


topografía de Boulogne este doctor.

VÍCTOR.— Y este...

LOUIS.— Seguro que un principiante no hace eso. No es un golpe mortal, pero


se evita que la víctima grite y se la puede matar a placer, poco a poco. Y contemplar su
agonía.

VÍCTOR.— ¡Cállate!
LOUIS.— Y sólo al final, cuando ya está muriendo, liberarla de un golpe certero,
un golpe que busque el corazón. Por aquí.

(Con el dedo oprime violentamente las costillas izquierdas de VÍCTOR, que le coge de las so-
lapas.)

VÍCTOR.— ¿Qué estás queriendo decir? ¿Qué quieres decir? ¡Habla! ¡Habla de
una vez!

MARTA.— Por favor, Víctor.

VÍCTOR.— ¡Va a hablar! ¡Este pobre funcionario público va a hablar de una vez!

(ANICETA está en el umbral del foro.)

ANICETA.— ¿Me necesita, don Luis?

(LOUIS se quita las manos de VÍCTOR de las solapas y, con una frialdad impresionante,
dice:)

LOUIS.— Un poco de tila para el doctor. Yo voy a tomar coñac. ¿Quieres coñac,
Mariel? (MARIEL asiente. LOUIS sigue.) Marta, perdóname. Yo creo que con una copa nos
sentiremos mejor.

ANICETA.— Desde luego. (Confidencialmente.) ¿Ya?

LOUIS.— Es una locura, Aniceta. Y vas a tener tú la culpa de ella. Pero, no sé...
Me has puesto... ¿cómo decís en España?... ¿Banderillas de fuego?

ANICETA.— Sí.

LOUIS.— Pues me las has puesto. No sé por qué siento por todo el cuerpo las
ganas de probar ese crimen y seguramente estoy perdiendo el tiempo.

ANICETA.— ¿Usted me permite que diga una cosa o se me va a ofender?

LOUIS.— Lo que tú quieras.

ANICETA.— El médico le tira los tejos a su mujer.

LOUIS.— Es probable; le tira los tejos a todas.

ANICETA.— ¿Y usted está seguro de su mujer?

LOUIS.— Sí.

ANICETA.— Pues valiente primo es usted.


LOUIS.— ¿Por qué?

ANICETA.— El que está seguro de una mujer es como el que está seguro de
un quitamanchas. Todavía no he visto a un quitamanchas quitar las manchas, pero dejar
cerco..., eso, todos. Cuidadito, don Luis.

LOUIS.— Anda, ve por el coñac.

ANICETA.— (A VÍCTOR.) ¿Usted va a tomar tila?

VÍCTOR.— No; coñac también, por favor.

ANICETA.— (Riéndose.) ¿Napoleón?

MARIEL.— ¿Qué gracia tiene eso?

ANICETA.— Que cada vez que piden coñac Napoleón me figuro al tío con la
mano en la tripa y me hace gracia. (Medio mutis. Se vuelve.) ¿Usted sabe lo que hacen los
moros?

MARIEL.— No.

ANICETA.— Cuando van al lado de una mujer, la sueltan de pronto un


guantazo. La mujer se queja. “¿Por qué me pegas?”, pregunta. Y el moro contesta: “Por lo
que tú sabes”. Todavía no ha habido una mora que diga: “¿Y qué es lo que yo sé?” Todas
se callan.

MARIEL.— Bueno, ¿y qué?

ANICETA.— Nada, por echar un cuento antes de irme.

MARIEL.— Bueno, pues márchate.

(ANICETA hace mutis por el foro y MARIEL mira cómo sale. VÍCTOR se vuelve a LOUIS.)

VÍCTOR.— ¿Me perdonas?

LOUIS.— No tiene importancia. Perdóname tú a mí. (Le pasa la mano por el


hombro.) Víctor, ¿alguna vez te has encontrado ante un enfermo que no sabía lo que
padecía?

VÍCTOR.— Muchas veces.

LOUIS.— ¿Y qué sentiste?

VÍCTOR.— No sé. Responsabilidad.


LOUIS.— ¿Y no sentiste también una ira espantosa por aquel secreto? ¿Unas
ganas de desvelar el enigma fuera como fuese?

VÍCTOR.— Tal vez.

LOUIS.— Pues si lo has sentido, compréndeme.

VÍCTOR.— Louis: si es que has estado casi acusándome de asesinato. ¿Tú no te


das cuenta?

LOUIS.— No tanto.

VÍCTOR.— Es que has estado diciendo que yo fui capaz de matar a una pobre
mujer que ni siquiera podía defenderse, que ni siquiera podía correr.

LOUIS.— ¿Qué?

VÍCTOR.— Sí; una muchacha a quien tú supones que yo seccioné las cuerdas
vocales.

LOUIS.— ¿Por qué no podía correr?

VÍCTOR.— No sé...

LOUIS.— ¡Pero esto es fantástico! Yo no te he dicho que Mylene fuera coja.

VÍCTOR.— ¿Era coja?

LOUIS.— Era coja en aquel momento. No coja antes ni después. El día en que la
asesinaron fue a reducirse una luxación en el tobillo y le atendió un compañero tuyo, el
doctor Herman. Aquella noche no podía correr.

VÍCTOR.— Pues no sé por qué he dicho que no podía correr. Es lo primero que se
piensa de un ser indefenso. Se dice que no puede gritar, que no puede correr, que no
puede llamar a nadie.

LOUIS.— ¿Y no es fantástico que no pudiera gritar, ni correr, ni llamar a nadie


verdaderamente? ¿No son demasiadas coincidencias?

MARIEL.— Y tantas. ¿De modo que una chica que puede andar en bicicleta, no
podía correr?

LOUIS.— Tesoro: con una luxación en el tobillo puedes perfectamente andar en


bicicleta, pero no puedes correr. Seguramente te debió hablar Herman de que había
reducido la luxación a la chica.
VÍCTOR.— (Pasándose la mano por la frente.) Herman no me habló de nada. Aquella
mañana había tenido yo un disgusto en casa y estaba para pocas bromas. No hablé con
ningún compañero.

MARTA.— Sí; fue el día que murió Gogó.

LOUIS.— ¿Quién es Gogó?

MARTA.— Nuestro gato siamés, ya os hablé de él. Se mató.

LOUIS.— Vaya, lo siento. Ahora me acuerdo de que me lo dijiste. ¿Cómo


fue?

MARIEL.— ¡Es el colmo! Te interesa saber cómo ha muerto un gato.

VÍCTOR.— Se partió la cabeza al caerse de una silla.

LOUIS.— Ah, ah.

MARTA.— La noche anterior tuve que ir a recogerlo. Había saltado desde nuestro
balcón al balcón de la casa de enfrente para hacerle el amor a una gata. Yo lo quería
mucho. Sí lo hubiera dejado allí con su gata querida no hubiera muerto.

LOUIS.— ¿Qué distancia había de balcón a balcón?

MARTA.— Cinco metros.

LOUIS.— Pero es graciosísimo. Un gato que salta cinco metros limpiamente se


desnuca al saltar setenta centímetros. ¿Tú te lo explicas, Víctor?

VÍCTOR.— (Frenético.) ¡Era un gato! ¡No era un ser humano!, ¿comprendes?


Simplemente un gato.

LOUIS.— (Encendiendo un cigarro.) A veces, cuando uno está muy excitado y no


se tiene una mujer a mano, se mata a un gato.

(MARIEL suelta una gran risa.)

MARIEL.— De esto sí que no había habido. ¿Quién mató al gato? El comisario


Louis Anton investiga activamente la muerte de Gogó.

LOUIS.— Y claro que investigo. La muerte de un gato de forma violenta puede


ser también un asesinato.

VÍCTOR.— El gato se mató. Eso está claro.


LOUIS.— ¿Pero cómo puede matarse un gato por saltar setenta centímetros?

VÍCTOR.— Saltaría mal.

MARTA.— Eso fue lo que pensamos.

LOUIS.— ¿Dónde murió?

VÍCTOR.— En mi despacho.

(LOUIS se dirige a la mesa que hay a la izquierda. Señala la silla.)

LOUIS.— Supongamos que ésta es la silla. ¿Quieres decir que Gogó se mató
saltando de la silla al suelo?

VÍCTOR.— Naturalmente.

LOUIS.— ¿Dónde estabas tú?

VÍCTOR.— Leyendo en la biblioteca.

LOUIS.— Que es la habitación contigua al despacho.

VÍCTOR.— Exactamente.

LOUIS.— ¿No oíste nada? ¿Ni el menor quejido? ¿Ni el ruido de la silla al
apartarse?

VÍCTOR.— Absolutamente nada.

LOUIS.— Marta: ¿hay algún detalle que recuerdes referente a ese día?

MARTA.— Pues...

LOUIS.— ¿A qué hora murió el gato?

MARTA.— Pongamos que eran las ocho de la noche.

LOUIS.— ¿Pasó algo antes?

MARTA.— Nada. Lo encontramos muerto al pie de la silla; eso es todo.

LOUIS.— ¿Quién dijo que se había roto la cabeza?

MARTA.— Víctor.

LOUIS.— ¿Te habló de algo más?


MARTA.— No hasta la noche. Cenamos en silencio y cuando nos acostamos me
consoló un poco. Yo quería mucho a Gogó y… Bueno, ahora recuerdo una cosa; pero es
una tontería...

LOUIS.— ¿Qué tontería?

MARTA.— Creo que le dolía la mano.

LOUIS.— ¿A quién?

MARTA.— A Víctor. Sí, eso es. Antes de que Gogó muriera, Víctor no tenía la
mano vendada.

LOUIS.— ¿Te vendaste la mano, Víctor?

VÍCTOR.— No recuerdo.

LOUIS.— Pero tú lo recuerdas todo. Tienes una memoria excelente.

VÍCTOR.— Sí, me la vendé.

LOUIS.— ¿Por qué?

VÍCTOR.— Pues...

LOUIS.— ¿Por qué?

VÍCTOR.— Escucha, esto es una tontería.

LOUIS.— ¿Me quieres decir de una vez por qué te vendaste la mano?

VÍCTOR.— Pues es para echarse a reír. ¿No os dan ganas de reíros? Este
extravagante está pensando que yo maté al gato.

LOUIS.— Este extravagante lo único que quiere saber es por qué te vendaste
la mano.

VÍCTOR.— De acuerdo; tiene razón Marta. Sí, me vendé la mano, me dolía la


muñeca.

MARTA.— Le ha ocurrido alguna otra vez. Se le abre la muñeca con mucha


facilidad.

LOUIS.— ¿Y qué hace cuando se le abre la muñeca?

MARTA.— Le vendamos la mano.


VÍCTOR.— ¿Contento?

LOUIS.— Descontento. Cuando se te abre la muñeca, te vendan la mano. Te la


venda tu mujer. ¿Por qué te la vendaste aquella noche tú solo?

VÍCTOR.— No iba a fastidiar a Marta; estaba hecha polvo con la muerte de Gogó.

LOUIS.— Siéntese, doctor. Como en los juicios. ¿No es más cierto, doctor Separd,
que se vendó usted la mano porque tenía heridas en ella?

VÍCTOR.— Pero...

LOUIS.— ¿No es más cierto, doctor Separd, que esas heridas se las produjo un
gato en el momento que usted lo cogió para estrangularlo?

VÍCTOR.— Yo...

LOUIS.— ¿No es más cierto, doctor, que hizo usted todo eso bajo el influjo de un
impulso irresistible que de vez en cuando le lleva a desear la muerte de un ser viviente?

VÍCTOR.— (Poniéndose en pie.) ¡Te advierto que...!

LOUIS.— ¿No es más cierto que todo lo que estoy diciendo es mentira y se trata
sólo de una broma?

(Una pausa.)

MARTA.— ¿Por qué no me dejaste apenas acercarme al gato?

VÍCTOR.— No era agradable para ti, ¿verdad?

MARTA.— Pero yo no pude verle bien.

VÍCTOR.— ¿Qué crees, que le estrangulé?

LOUIS.— Vamos, Marta: si has salido corriendo antes, ¿por qué no sales
corriendo ahora? Figúrate que en vez de marido tienes un estrangulador en casa.

(ANICETA sale con el servicio de coñac.)

ANICETA.— Napoleón.

(Y se echa a reír.)

LOUIS.— No debes reírte de Napoleón, Aniceta. Fue una gloria nacional.


ANICETA.— Pero no tienen ustedes cara ni nada, llamarle Napoleón a un
coñac. A un coñac se le llama Veterano, como a un anís se le llama Machaquito.

LOUIS.— He probado un coñac español que se llama Carlos I.

ANICETA.— Pero ése era un tío “salao”. (Mientras sirve a LOUIS.) ¿Le traigo el
gato?

LOUIS.— ¿Cuál?

ANICETA.— El nuestro: Pardiñas. Está hermosísimo.

LOUIS.— Es todavía muy joven.

ANICETA.— ¿Se lo traigo o no se lo traigo?

LOUIS.— Hoy riño con el doctor, y para siempre. Y la culpa la vas a tener tú. Si
llega el momento, tú testificas que me has empujado a todo esto, ¿eh?

ANICETA.— Y tan contenta. Este se ha cargado al gato, a Mylene, a la chica


de Arles y se me carga a mí y a la madre que me parió a mí si no andamos con cuidado.
Está como una cabra.

LOUIS.— No, mujer, no.

ANICETA.— Que le digo yo a usted que sí, don Luis. Y teniendo la facilidad
que tiene de matar con receta, hacerlo con las manos es de “chalao”, se lo digo yo. ¿Le
traigo el gato?

LOUIS.— El gato es tuyo. Te lo encontraste en la calle, le pusiste Pardiñas, aún no


sé por qué. ¿No querrás que corra peligro, no?

ANICETA.— ¿Y si el gato lo resuelve todo?

LOUIS.— (Tras una pausa.) Tráete al gato.

(ANICETA asiente y se dispone a servir coñac a los demás)

ANICETA.— Hasta ahí nada más, doña Mariel, que luego dice usted
tonterías.

MARIEL.— ¿Qué tonterías digo?

ANICETA.— Que se ocupa usted de la casa. (MARIEL va a hablar, pero ANICETA


le está echando coñac a MARTA.) ¿Así está bien?
MARTA.— Muy bien, gracias.

(Ahora se enfrenta ANICETA a VÍCTOR. Empieza a servirle el coñac. Inopinadamente deja la


botella en el suelo, se arrodilla y pregunta:)

ANICETA.— ¿Quiere usted ver lo que tengo en el cuello?

MARIEL.— ¡Haz el favor de levantarte, Aniceta!

LOUIS.— Pero a la chica le molesta el cuello. Si tenemos el médico en casa no


hace nada malo preguntándoselo.

MARIEL.— No de esa manera.

(VÍCTOR toma la cabeza de ANICETA. Un silencio. Las manos le tiemblan.)

VÍCTOR.— Así, a simple vista...

ANICETA.— Aquí.

(Se señala la garganta. VÍCTOR se pone en pie.)

VÍCTOR.— No creo que tenga usted nada.

ANICETA.— Me duele.

(VÍCTOR se vuelve y la mira. Avanza hacia ella, la toma el cuello, palpa la garganta.)

VÍCTOR.— Tal vez algo de tiroides.

ANICETA.— ¿Tiene arreglo?

VÍCTOR.— Vaya a hacerse un análisis a la clínica.

ANICETA.— ¿Cuándo?

VÍCTOR.— Mañana.

ANICETA.— Gracias. (Le ofrece la copa.) Su coñac. (Hace mutis por el foro.)

LOUIS.— Tienes que perdonarla. La conoces lo suficiente. Yo creo que no anda


bien de los nervios. Es lo natural. París enloquece a cualquiera; demasiados coches,
demasiados ruidos.

MARIEL.— Es una mal educada a quien tú estás dando siempre plaza para que se
burle de todos nosotros.
LOUIS.— A veces se ha burlado también de mí. (Observa el reloj.) Bien, ya queda
mucho menos para que deje de ser policía. Si quisiera detenerte, Víctor, tendría que
hacerlo en cuarenta minutos exactos. Todavía tengo el poder de coacción de un policía.
Dentro de cuarenta minutos lo único que podré hacer es presentar una denuncia en la
Inspección General.

VÍCTOR.— Me parece que voy a irme y volveré dentro de cuarenta minutos.

MARTA.— Sí, es mejor.

MARIEL.— ¿Te parece algo bonito esto, di? ¿Cómo puedes haber hecho lo que has
hecho esta noche? ¿Hasta qué punto vas a llegar con tus estupideces? Han sido años y
años viviendo a tu lado y viéndote hacer las mismas cosas. ¿Tú sabes una cosa, Víctor?
Cuando el señor Comisario Anton no puede probar una cosa, deja que la prueben los
demás. Sí, supón que yo fuera una asesina, supón que a esa chica de Boulogne la hubiera
matado yo. Como el comisario Anton no tendría pruebas seguiría una técnica tortuosa:
echaría la culpa del asesinato a alguien a quien yo quisiera para que al cabo terminara
cantando y diciendo que fui yo quien cometió el crimen.

LOUIS.— Son bandidos, amor mío. Los que no hablan, los que mienten y
ocultan, son bandidos. Los que engañan, son bandidos, y hay que hacerles hablar cueste lo
que cueste. La Ley nos prohíbe pegarles, pero la Ley no nos prohíbe volverlos locos. Yo
consigo una confesión aunque tenga que poner delante del criminal a su propia madre y
acusarla de asesinato. Contra el chantaje del secreto, el chantaje de la trampa.

VÍCTOR.— No es muy moral que digamos.

LOUIS.— Callarse es menos moral. Odio con toda mi alma a los que se callan. Yo
los he visto sentados, sonriendo. “Pruébelo, señor comisario; pruébelo”. No, no había
modo de probarlo. Pero Louis Anton terminó probando siempre todo. Y cuando el
criminal, aturdido, me miraba con los ojos fuera de las órbitas, yo le decía: “Muchacho:
probar un asesinato es como ir a Roma. Existen mil caminos, trescientos mil atajos. El caso
es seguirlos”. Ni uno se me escapó Víctor. Sólo el asesino de Mylene. (Se vuelve de pronto a
su mujer.) O la asesina.

MARIEL.— Quedamos en que era un hombre, ¿no?

LOUIS.— Lo normal en estos casos es que sea un hombre. Y yo creo que fue un
hombre, pero no debemos descartar nunca la posibilidad de que una mujer mate también
del mismo modo.

MARIEL.— Tendría que tener mucha fuerza.

LOUIS.— En efecto.

MARIEL.— Y dejaría huellas.


LOUIS.— No había huellas ni de mujer ni de hombre alrededor del cadáver de
Mylene.

VÍCTOR.— ¿Así que pudo ser una mujer?

LOUIS.— O un hombre.

VÍCTOR.— (Sentándose.) No se me había ocurrido. Una vez tuve una paciente...,


vivía en una granja. Las noches de luna llena le entraba una especie de delirio y
estrangulaba conejos.

LOUIS.— ¿Cómo terminó?

VÍCTOR.— Creo que ahogó a una cuñada suya.

LOUIS.— Sí; se suele empezar por los animales y se termina por las personas.

(ANICETA, que ha aparecido en el foro con un gato blanco y negro en las manos, se lo deja al
doctor en el regazo.)

VÍCTOR.— ¿Qué?

ANICETA.— Es muy rico. Un poco inquieto. Acarícielo para que se calme.

VÍCTOR.— (Tartamudeando.) No... No lo había visto en esta casa.

ANICETA.— Lo recogí yo. Acarícielo. Su aspirina, don Luis.

LOUIS.— Yo no te he pedido ninguna aspirina.

ANICETA.— Pero yo se la traigo. (Se vuelve a MARIEL y dice:) Señora, ¿las


neveras arden?

MARIEL.— Pues...

ANICETA.— Es que la nuestra está echando humo.

MARIEL.— ¡Dios bendito! ¿Por qué?

ANICETA.— No lo sé. Tengo enchufado al mismo tiempo la nevera, la placa


de la cocina, el termo eléctrico y el lavaplatos.

MARIEL.— ¡Vamos a explotar!

(Sale corriendo por el foro. ANICETA le hace una seña a LOUIS como diciendo que no es
cierto)
LOUIS.— ¡Qué imprudencia! ¿Quieres venir, Marta?

(Salen. VÍCTOR ha quedado con el gato en las manos, frente a ANICETA.)

ANICETA.— Ya lo ve usted; estos animales, tan resistentes, que dicen que


tienen siete vidas, mueren golpeándolos simplemente con el dorso de la mano en la nuca.
Es una pena.

(Y desaparece por el foro. VÍCTOR queda solo con el gato. Le mira; intenta tranquilizarse, le
acaricia, le pasa la mano por el lomo, por el cuello. Se lleva la mano a la frente; está sudan do. De
pronto se pone en pie y grita:)

VÍCTOR.— ¡Marta...! ¡Marta...! ¡Marta, por Dios, venid! ¡Venid de una vez!

(ANICETA sale la primera. Le quita el gato de las manos.)

ANICETA.— De buena le has librado, Pardiñas.

MARTA.— (Entrando.) ¿Qué pasa?

(MARIEL entra discutiendo con LOUIS.)

MARIEL.— ¡Por Dios, ha estropeado la nevera! ¡La ha estropeado! ¿Cómo puede


calentar una nevera, di? ¡Sí parece un horno!

LOUIS.— Tiene arreglo; no te preocupes.

VÍCTOR.— Marta: quisiera hablarte de...

LOUIS.— ¿Te estorbamos?

VÍCTOR.— No; ni muchísimo menos.

(ANICETA pasando, le dice confidencialmente a LOUIS.)

ANICETA.— ¿Quito los tres pucheros de agua hirviendo que he metido


dentro de la nevera?

LOUIS.— Sí, por favor. Y si sale bien lo del gato, mañana ocupas mi puesto con
toda seguridad.

ANICETA.— Pues voy haciéndome un uniforme. Está a punto de cantar.

(ANICETA desaparece por el foro.)

MARTA.— ¿Pero qué te pasa, Víctor?


VÍCTOR.— (Con la respiración anhelante.) Marta yo... yo maté a Gogó.

MARTA.— ¿Qué?

VÍCTOR.— Esperad un poco, no me miréis así. No soy ningún salvaje. El gato no


estaba estrangulado. Se rompió la cabeza, es cierto. (Tras una pausa.) Marta, por lo más
santo, perdóname. Yo se la rompí. El bicho andaba estorbando, yo estaba demasiado
nervioso aquella tarde; se me enredó en las piernas, se agarró al pantalón, le di una
patada. Fue a estrellarse contra la mesa. Vi que se estaba revolviendo, me acerqué, y
entonces el gato se agarró a mi mano. Lo solté con todas mis fuerzas y fue entonces
cuando se golpeó contra los tubos de la calefacción. No quise hacerlo.

LOUIS.— Sigue.

VÍCTOR.— ¿Qué más tengo que decir? No obré bien, me dejé llevar por un
impulso. Marta: yo no quería a Gogó; no me gustan los bichos, en particular los gatos.

LOUIS.— Sigue.

VÍCTOR.— ¡Diablos! ¿Pero qué más tengo que decir? Era un gato, no una persona.

LOUIS.— ¿Por qué le ocultaste eso a tu mujer?

VÍCTOR.— Porque quería mucho a Gogó. Yo sabía que le disgustaría.

LOUIS.— No tamo la muerte del gato como tu


manera de matarlo.

VÍCTOR.— Es todo como te lo cuento, te juro que es


así, Marta. Tú me perdonas, ¿no es cierto?

(LOUIS se sienta, encendiendo un cigarro, dice:)

LOUIS.— Bueno; todo lo que he hablado antes de Mylene era sólo para probar
que tú habías matado al gato.

VÍCTOR.— ¿Qué?

LOUIS.— Sí, sí; me acordaba de Gogó y pensé que tú lo habías matado. Había
que probarlo de alguna manera. Está probado, ¿no?

MARIEL.— ¿Pero tú le has vuelto loco?

LOUIS.— Tesoro: las cosas hay que probarlas así.


Para probar que un hombre robó en una tienda, a
veces es preciso incendiar el Museo del Louvre. Pues se incendia. El caso es que no quede
ni una sola mentira sobre la faz de la tierra.

(Todos le miran. LOUIS se echa a reír.)

VÍCTOR.— ¿A qué hora me dijiste que murió Mylene?

LOUIS.— Pongamos las doce de la noche, pongamos la una; las dos como muy
tarde. Tal vez antes.

VÍCTOR.— ¿Y qué hacías tú a esas horas?

LOUIS.— (Retrocediendo angustiado.) Pues...

VÍCTOR.— ¿Qué estabas haciendo tú?

LOUIS.— Llegué a la Inspección y me dijeron que se había cometido un crimen


en Boulogne.

VÍCTOR.— ¿De dónde venías?

LOUIS.— Estuve tomando un café.

VÍCTOR.— ¿Dónde?

LOUIS.— En el bar Ampur.

VÍCTOR.— ¿Conoces al dueño?

LOUIS.— El bar Ampur se cerró hace seis meses y el dueño desapareció.

VÍCTOR.— ¿Dónde está?

LOUIS.— ¿Cómo quieres que yo lo sepa? Desapareció. Supongo que se iría al


extranjero.

VÍCTOR.— ¿Se fue al extranjero o forma parte de esa serie de personas que
desaparecen diariamente en París, de las que no se vuelve a saber nunca nada más, y que,
en realidad, han sido asesinadas y su cadáver se ha ocultado cuidadosamente?

LOUIS.— Pero...

VÍCTOR.— Como en los juicios, comisario Anton. ¿No es más cierto que usted no
puede probar qué estaba haciendo cuando mataron a Mylene en Boulogne?

LOUIS.— Pero...
VÍCTOR.— ¿No es más cierto que un hombre capaz de desarrollar todas esas ideas
contra los criminales es a su vez un sádico capaz de asaltar a una muchacha en plena
noche y asesinarla?

LOUIS.— (Con serenidad.) Señor fiscal: ¿me permite dos palabras? Se llama
Brunette. Julio Brunette.

VÍCTOR.— ¿Quién?

LOUIS.— El subinspector que estuvo conmigo tomando café en el bar Ampur.


Su teléfono puede usted encontrarlo en eso agenda. Debe telefonearle.

(VÍCTOR duda un instante. LOUIS ríe.)

MARTA.— Vámonos, Víctor. Disculpadme, creo que no me encuentro bien.

LOUIS.— Cómo lo siento.

VÍCTOR.— Es mejor que nos marchemos.

LOUIS.— De acuerdo. ¿No queréis otra copa de coñac?

MARTA.— No. por favor. Buenas noches. Disculpadme.

(Suena el teléfono. Toma el aparato LOUIS.)

LOUIS.— ¿Sí?... Oye, estúpido; tengo cuatro millones de francos. Prácticamente


dentro de media hora dejo de ser policía. ¿Quieres no molestarme?... Sí..., sí... ¿Quieres
hablar a solas conmigo?... No, no; en la Inspección no. Aquí. Dile que venga y que tenga
cuidado... Sí. (Cuelga. Le estén mirando.) Un hombre vio el asesinato de Mylene. Un hombre
vio al asesino de la muchacha. Viene hacia aquí.

(Un profundo silencio.)

MARTA.— Vámonos.

VÍCTOR.— ¿Me das otra copa de coñac. Louis?

LOUIS.— Con mucho gusto.

(Cae el

TELON
CUADRO SEGUNDO

La misma decoración. Han pasado unos minutos. Louis está mirando por la
ventana.

(Por la izquierda aparece VÍCTOR. LOUIS, sin volverse, dice:)

LOUIS.— No dejes a las mujeres solas.

VÍCTOR.— Apenas hablan. Se las puede dejar solas impunemente.

LOUIS.— (Volviéndose.) Nada se puede hacer impunemente, Víctor. ¿Estás


nervioso?

VÍCTOR.— No.

LOUIS.— Creí que sí.

VÍCTOR.— Me ha despertado curiosidad. Va a venir a verte, por fin, un testigo del


único crimen que no has logrado saldar. Me gustaría verlo.

LOUIS.— ¿Para qué?

VÍCTOR.— No sé... Has logrado que me interese la historia.

LOUIS.— (Consultando su reloj.) He de darme prisa. Un poco más y no podré


actuar como policía.

VÍCTOR.— Te interesaría detener al criminal, ¿verdad?

LOUIS.— Mucho. Figúrate, es irse del Cuerpo sin una sola derrota. Claro que me
interesa. A quien no debía interesar es a ti.

VÍCTOR.— Sin embargo... (Le mira con recelo. LOUIS está detrás de la mesa. VÍCTOR
dice:) Supón que tú fueras el criminal. ¿Qué harías?

(LOUIS saca un revólver de un cajón de la mesa y dice:)

LOUIS.— Mataría a ese testigo.

VÍCTOR.— ¿Matarle?

LOUIS.— A la policía le quedaría entonces una labor mucho más dura. Probar
que yo fui el asesino del testigo.
(Juguetea con el revólver.)

VÍCTOR.— ¿Has disparado alguna vez sobre alguien?

LOUIS.— Qué gracioso. ¿Has abierto alguna vez una herida infectada? Sí; he
disparado.

VÍCTOR.— Pero era matar.

LOUIS.— No; era matar a un criminal.

VÍCTOR.— ¿Cómo mueren los criminales?

LOUIS.— Ese es el enigma, Víctor. Igual que las personas honradas. Todos
morimos poco más o menos igual. Vivimos de distinta manera.

VÍCTOR.— Ya entiendo. Bien, suponte que ese testigo entra y dice que tú eres el
asesino de Mylene.

LOUIS.— Puede decirlo. Pero tendríamos entonces que escuchar a Brunette que
estuvo conmigo en el bar Ampur. (Rápidamente.) Supón que dice que el asesino eres tú.
Está Luisa, claro. Tú puedes llamar a Luisa y en todo caso declarará que tú estuviste con
ella la noche del cinco al seis de enero.

VÍCTOR.— Sí, claro. Pienso yo que tal vez la chica no se acuerde.

LOUIS.— Las mujeres tienen una memoria portentosa para esta ciase de asuntos.
Una vez le pregunté a una muchacha: “Bien, ¿y cuándo salió su novio de casa?” La chica
contestó: “A las nueve y diez. ¡Oh, no, perdón! Tendría que ser más tarde, a las nueve y
diez se levantó de la cama”.

VÍCTOR.— ¿Quieres decir que si esa muchacha no recuerda o no se atreve a


declarar que yo estuve con ella la noche del cinco al seis y el testigo que va a venir dice que
el asesino soy yo...?

LOUIS.— Te guillotinamos, Víctor.

VÍCTOR.— ¡Pero es absurdo!

LOUIS.— No; no es absurdo.

VÍCTOR.— No tengo pruebas de mi inocencia.

LOUIS.— Búscalas. Nosotros tendremos pruebas de tu culpabilidad.


VÍCTOR.— ¿Qué hacéis, Louis? ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué desde que
entré esta noche por esa puerta me estás acorralando y acorralando?

LOUIS.— ¿Yo? Qué simpleza. Ha dado la casualidad de que estábamos


hablando de un asesinato y que se presenta un testigo. Eso es todo.

VÍCTOR.— Pero ese testigo puede ser un borracho.

LOUIS.— Por supuesto.

VÍCTOR.— O un loco.

LOUIS.— Claro. Pero si te señalara como culpable, de momento te procesaría,


Víctor. Y me temo que en un caso como éste no habría fianza para tu libertad. Iba a ser un
golpe duro en tu carrera. Un golpe del que no podrías reponerte aunque luego la defensa
nos echara abajo el testigo.

VÍCTOR.— ¿Por qué ha tardado tanto tiempo en presentarse?

LOUIS.— Los testigos tardan a veces años en decidirse. Supón, por ejemplo, que
quien vio cómo asesinaban a Mylene no es eso que se llama trigo limpio. Muchas veces los
testigos odian a la policía. Cuando dan el paso lo hacen empujados por su propia
conciencia. Es un proceso largo.

(Deja el revólver sobre la mesa. Lo toma VÍCTOR. Mira a LOUIS.)

VÍCTOR.— Manos arriba, señor comisario. Estoy harto de usted, de su indecente


manera de tratar a la gente, de su cerebro estúpido, de su presunción; estoy harto de que
crea que lo sabe todo. Y estoy harto de que me tenga usted sin coñac tanto tiempo.

LOUIS.— Por supuesto.

(Sirve coñac en la copa de VÍCTOR. VÍCTOR toma la copa mientras LOUIS está marcando un
número de teléfono.)

VÍCTOR.— ¿Qué pides, protección para el testigo?

LOUIS.— Te allano el camino. (Ha consultado antes un papel.) Es el número de


Luisa, la chica que trabaja en “L’Homologue”.

VÍCTOR.— Pero...

LOUIS.— Vamos a jugar un poco, hombre. Dile que si recuerda que estuviste
con ella lo noche del cinco al seis de enero. Que lo necesitas. (LOUIS enchufa en el teléfono un
pequeño auricular.) Yo escucharé. Me encantan las historias verdes.
VÍCTOR.— No me gusta comprometer a nadie.

LOUIS.— En todo caso, cuelga.

(VÍCTOR mantiene el teléfono pegado al oído. Un momento de tensión. VÍCTOR cuelga.)

VÍCTOR.— No hace falta.

LOUIS.— ¿Tú crees?

VÍCTOR.— Ya te he dicho todo lo que tenía que decir respecto a aquella noche.

LOUIS.— No estuviste con Luisa.

VÍCTOR.— ¡Qué estupidez! ¡Claro que sí! Y vine luego paseando. Te lo he contado
ya.

VÍCTOR.— No paseaste ni un solo instante.

VÍCTOR.— ¿Pero cómo te atreves a decir eso?

LOUIS.— Víctor: Marta madrugó el seis de enero y fue a la clínica a recoger unos
papeles que tú te habías dejado en el abrigo. Porque el abrigo, Víctor, te lo habías dejado
en la clínica. Saliste de la clínica en un coche y volviste a tu casa en un coche. No anduviste
ni un solo paso.

VÍCTOR.— ¿Me quieres decir qué obligación tengo yo de contarte lo que hice la
noche del cinco al seis de enero?

LOUIS.— Es que esa noche, querido Víctor, si no me equivoco, tú no tenías aún


el coche.

VÍCTOR.— ¡Pues claro que lo tenía!

LOUIS.— Ni mucho menos. Días antes, y me acuerdo perfectamente porque fue


en la Navidad, te diste un porrazo con tu coche a la entrada de Rue Balzac. Y no solamente
el coche quedó casi hecho chatarra, sino que te quitaron el carnet de conducir por un año.
Vamos, recuérdalo bien; viniste a verme a la Inspección para ver si yo lograba recobrar
aquel carnet, que por cierto no lo conseguí. Querido Víctor: tú saliste de la clínica,
montaste en un coche, fuiste a alguna parte y volviste en un coche a tu casa.

VÍCTOR.— Sí, sí; ahora recuerdo que tomé un taxi.

LOUIS.— ¿Un taxi?

VÍCTOR.— Sí; estoy casi seguro.


LOUIS.— ¿Te esperó?

VÍCTOR.— No, no quiso esperar. Pero a la salida de casa de Luisa...

(LOUIS marca lentamente en el teléfono.)

LOUIS.— Sí, sigue. A la salida de casa de Luisa...

VÍCTOR.— ¿A quién llamas?

LOUIS.— A Luisa.

VÍCTOR.— ¡Pero es curioso! ¿Pero es que no te das cuenta? Aunque no me lo


digas, te has empeñado en que yo maté a aquella chica.

LOUIS.— Señorita: la va a hablar el doctor Separd. No se retire, por favor. Al


teléfono la señorita Luisa. (LOUIS cierra la puerta de la izquierda.) Estamos a solas, puedes
decir lo que quieras. Es decir, puedes comportarte como un inocente o como un culpable.
(Consulta su reloj.) Date prisa.

VÍCTOR.— ¿Es Luisa?.., Soy el doctor Separd... Una hora muy intempestiva. ¿La
he hecho levantarse de la cama?... ¿Qué?

(LOUIS, que está escuchando con el otro auricular, dice:)

LOUIS.— Te acaba de decir que tiene el teléfono a la cabecera de la cama. ¿No te


diste cuenta de eso, Víctor?

VÍCTOR.— El caso, Luisa, es que me haría falta que usted me hiciese un favor.

LOUIS.— Bien: la chica está dispuesta a todo.

VÍCTOR.— La noche del cinco al seis de enero yo fui a su casa, ¿recuerda?... No,
no; no quiero que lo diga. Quiero que lo recuerde... Si he estado, Luisa. He estado una vez
en su casa. Esa precisamente. Y algunas más... ¡Diablos, no quiero que lo diga! ¡No quiero
que invente una mentira! Quiero sólo que... Sí..., sí... No, no: si no quiero ir ahora. Es usted
muy amable, Luisa. Se trata de la noche del cinco al seis de enero. Esa noche yo estuve ahí
con usted... ¿Qué?... ¿Seguro?... Sí; debo estar equivocado. Gracias, discúlpeme.

(LOUIS desenchufa su auricular.)

LOUIS.— Es increíble, ¿verdad? Una muchacha coge un avión el día cinco de


enero, se marcha a pasar tres días a Bruselas y está ausente de París el cinco, el seis y el
siete de enero.

VÍCTOR.— Lo sabías ya, ¿no?


LOUIS.— Querido Víctor: eso no se sabe nunca. Cuando interrogué a la chica no
le pregunté por dónde estuvo o no estuvo. Lo único que quise es que me hablara de
Mylene, de los hombres que podía conocer o de los peligros que, según ella, podría correr.
Lo que pasa, querido Víctor, es que es peligrosísimo dar fechas. ¿No sabías eso? Recuerdo
una vez que un criminal me dijo: “Estuve sentado en el café Angulema los menos dos
horas”. En el café le conocían, podía haber ocurrido perfectamente que estuviese sentado,
salvo la noche de autos en que estaban tapizando los sofás del café. Y a eso me agarré yo.
“¿Por qué me dijo usted sentado? No pudo sentarse. De trescientos sesenta y cinco días
que tiene el año, sólo esa noche no podía usted sentarse”. Es peligrosísimo dar fechas, muy
peligroso. Al fin y al cabo, la fecha y la hora es lo único con lo que contamos para detener a
la gentuza. (Consulta su reloj.) ¿Qué luciste aquella noche?

VÍCTOR.— ¿Como policía?

LOUIS.— No, no; como amigo.

VÍCTOR.— Pues como amigo no te contesto.

LOUIS.— ¿Y como policía?

VÍCTOR.— Tienes que detenerme antes. Y yo no voy a hablar sino en presencia de


mi abogado.

LOUIS.— Claro, claro. Discúlpame.

VÍCTOR.— No, no, no; perdóname tú a mí. Estuve algún rato en la clínica, en mi
despacho. Tenía un pequeño romance con una enfermera. Sobre las doce salí. A pesar del
frío, necesitaba pasear.

LOUIS.— ¿A dónde fuiste?

VÍCTOR.— No lo sé bien. Esas cosas no se recuerdan nunca. Creo que estuve por
los alrededores de una fábrica de coches.

LOUIS.— ¿Qué fábrica?

VÍCTOR.— No sé... La Renault tal vez.

LOUIS.— Lejos, ¿no?

VÍCTOR.— Sí; anduve mucho.

LOUIS.— ¿Y si escogiste los alrededores de una fábrica de coches para pasear,


por qué no te fuiste a la Citroën, que está más cerca?
VÍCTOR.— Qué sé yo... Tenía un conflicto en la cabeza. Ya sabes, Marta me quiere
mucho y la verdad es que yo estoy siempre engañándola. Quería recapacitar. La mujer de
aquella noche me gustaba mucho. Pensé por un momento en separarme de Marta, pero
luego medité que si dejaba a Marta ella terminaría suicidándose. Y con todas estas ideas en
la cabeza y medio helado volví a casa. Eso es todo. Ya sé; vas a preguntarme que por qué
he insistido tanto en lo de Luisa. Pues, sencillamente, porque tenía miedo.

LOUIS.— ¿Miedo a qué?

VÍCTOR.— No sé. De pronto me he dado cuenta de que un inocente puede


parecer culpable en cualquier instante.

LOUIS.— Sí; pero cuando alguien parece culpable, lo es. A veces no del crimen
que se le achaca, pero tal vez de otro. (Suena el teléfono) ¿Me perdonas un instante?

VÍCTOR.— Desde luego.

(Sale VÍCTOR por la izquierda.)

LOUIS.— ¿Sí?... Sí... Me entero perfectamente... ¿Está usted en la acera de


enfrente? Bien; suba. Tenga cuidado al cruzar la calle... Sí, le aguardo. Estaremos
completamente solos.

(Cuelga. ANICETA está en el foro.)

ANICETA.— ¿Qué?

LOUIS.— (Consultando su reloj.) Ya sube. Tengo apenas veinte minutos.

ANICETA.— ¿Pero qué diferencia hay?

LOUIS.— Una muy importante. A la una y diez son repartidos los despachos en
la Inspección General. A partir de esa hora, todos los papeles que han de verse mañana a
las siete de la mañana están ya sobre las mesas y los despachos cerrados con llave. Hasta la
una y diez puedo perfectamente detener a un asesino; a partir de la una y diez puedo solo
denunciarle.

ANICETA.— Le detengo yo.

LOUIS.— Atenta, Aniceta. Sabes en todo lo que hemos quedado, ¿no es cierto?

ANICETA.— Sí, don Luis.

LOUIS.— ¿Sabes perfectamente lo que tienes que hacer?


ANICETA.— Don Luis: a mí no se me escapa una. Mire usted que le mataron
al sargento de la guardia civil de mi pueblo un perro que tenía, y cuando había que
rastrear me ponía un collar, me ataba una soga y me iba yo a cuatro patas, campo traviesa,
y siempre encontrábamos lo que queríamos.

LOUIS.— No lo dudo.

ANICETA.— Es él, ¿verdad?

LOUIS.— Puede ser. Resultaría una tremenda casualidad. Pero los policías
estamos acostumbrados a trabajar con la casualidad.

ANICETA.— ¿Y si es él?

LOUIS.— Haré lo posible para que sea castigado. Fue un crimen horrible. Sólo
un loco o un malvado espantoso pudo cometerlo. Pero quiero que quede una cosa bien
clara, Aniceta: has sido tú la que me has empujado a todo esto. Tú tienes tu
responsabilidad.

ANICETA.— Pues claro que la tengo. Y con la cabeza bien alta.

LOUIS.— Con la cabeza como quieras, pero tienes tu responsabilidad.

ANICETA.— ¿Y esa mujer está tan ciega que no ve que su marido, aparte de
ser un golfo piripi, que eso tampoco es muy malo, porque en España los únicos que no se
la “pegan” a su mujer son los solteros y ahí estamos desde hace veinte siglos, no ve esa
pobre mujer que él es un loco? ¿Tan enamorada está?

LOUIS.— Sí; muy enamorada.

ANICETA.— El testigo corre peligro, ¿verdad?

LOUIS.— De muerte.

ANICETA.— ¿Y no le va a proteger usted?

LOUIS.— A los testigos no se les protege, Aniceta. Si Víctor matara a ese testigo
no habría nadie que lo salvase ya. Por eso le he hecho venir aquí. ¿De acuerdo en todo?

ANICETA.— De acuerdo.

(Suena el timbre de la puerta. LOUIS consulta su reloj.)

LOUIS.— ¡De prisa! Casi no tengo tiempo. (ANICETA sale por el foro y, tras una
pausa, por el propio foro entra Harum. Es un argelino muy joven, vestido con modestia, que parece
temeroso.) ¡Vaya! Esto sí que no lo esperaba, Harum.
HARUM.— ¿Seguro que estamos solos?

LOUIS.— Sí. Pero dime, ¿qué ocurre? ¿Tú de confidente ahora? Cuando robaron
la joyería de Amiette tú eras un cómplice y no un confidente.

HARUM.— De aquello hace tiempo, comisario. Y esto es distinto. He estado


muerto de miedo tiempo y tiempo. Estoy muerto de miedo. El asesino de la muchacha ésa
anda detrás de mí; estoy completamente seguro.

LOUIS.— Siéntate.

HARUM.— No me cree usted, ¿verdad?

LOUIS.— Va sabes que un buen policía está obligado, a creer en todo y a no


creer en nada.

HARUM.— ¿Me da un poco de coñac? (LOUIS le sirve.) Gracias.

LOUIS.— ¿Quieres un cigarro? Son habanos.

HARUM.— No; no fumo puros.

LOUIS.— Muy bien. Habla.

HARUM.— Señor comisario: la noche del cinco de enero... Fue el cinco de enero
cuando mataron a esa chica, ¿no?

LOUIS.— Entre el cinco y el seis.

HARUM.— Bueno, un grupo de argelinos volvíamos de Pachard. Habíamos


andado mucho y habían bebido.

LOUIS.— ¿Tú también?

HARUM.— No, no; yo no. Desde que salí de la cárcel me he regenerado.

LOUIS.— Sigue.

HARUM.— Tuve la idea de visitar a una antigua patrona nuestra. Quería vivir un
poco lejos de la ciudad. Tenía que atravesar Boulogne. Vi una muchacha andando. Llevaba
una bicicleta. Me acerqué; le dije dos o tres frases.

LOUIS.— ¿Un piropo?

HARUM.— No; no exactamente. Creo que le dije que no me gustaba atravesar


Boulogne a solas. La chica me dijo que no la molestara.
LOUIS.— ¿Y te enfadaste por eso?

HARUM.— No, comisario. Desde lo de la joyería mido muy bien lo que hago.
Apreté el paso, me puse un cigarrillo en la boca y de pronto descubrí que no tenía cerillas.
Estábamos cerca de la fuente de los Alces.

LOUIS.— Sigue.

HARUM.— Pues...

LOUIS.— ¡De prisa!

HARUM.— Pensé que aquella chica tal vez tendría fósforos y pensé que sí la
aguardaba parado creería que llevaba otras intenciones, así que di la vuelta y caminé hacia
ella.

LOUIS.— ¿A qué distancia estabas?

HARUM.— Pongamos que a unos cincuenta metros escasos de la chica.

LOUIS.— Adelante.

HARUM.— De pronto alguien apareció de entre los árboles.

LOUIS.— ¿Alguien?

HARUM.— Sí.

LOUIS.— ¿Un hombre o una mujer?

HARUM.— Pues... un hombre. Se acercó a la chica y con un objeto brillante, un


cuchillo tal vez, le dio una puñalada en el cuello. Entiende el cuchillo, comisario. Fue un
golpe maestro. La chica no pudo ni gritar. El tipo siguió apuñalándola. Yo me escondí
entre los árboles, y luego, el tipo, cuando la chica estaba en el suelo, muerta ya
seguramente... es asqueroso, repugnante...

LOUIS.— Cincuenta metros y en una noche de enero no me bastan.

HARUM.— Verá comisario: me refugié en los árboles, ya se lo he dicho. No hice


nada por salvar a la chiquilla, pero... cuando se ha estado en la cárcel por cualquier cosa
cree uno que puede volver allí. Sentí miedo.

LOUIS.— Sigue.
HARUM.— Apenas respiraba. El criminal empezó a caminar hacia donde estaba
yo precisamente. Me apreté contra un árbol, aterrado. Creí que no me veía. Lo tuve a dos
metros de distancia.

LOUIS.— ¿Y te vio?

HARUM.— Sí, sí me vio. Y yo le vi perfectamente a él. Salió corriendo detrás de


mí. Le aseguro que corrí como en mi vida lo he hecho. Llegué a la carretera donde estaban
los coches de las parejas. Salté al otro lado. Al final, me metí detrás de unos arbustos. El
tipo siguió buscándome cerca de una hora, luego desistió. Cuando me sentí un poco más
seguro, dejé Boulogne y tomé un taxi.

LOUIS.— ¿Puedes justificar que aquella noche no habías bebido?

HARUM.— Puedo.

LOUIS.— ¿Tenías novia por entonces?

HARUM.— Y ahora. Voy a casarme con ella.

LOUIS.— ¿Trabajabas?

HARUM.— En “Chez Voisin”. Sigo trabajando allí.

LOUIS.— Bueno, no cabe la menor duda de que tu testimonio puede valer.


¿Sabes a lo que te expones por haber tardado tanto tiempo en acudir a nosotros?

HARUM.— Estaba muerto de miedo. No quería tratos con la policía. No


entienden. Podían acusarme a mí del crimen. Al fin y al cabo, yo estuve a cincuenta
metros del lugar del asesinato. Pero es preferible que detengan a ese hombre cuanto antes.
No vivo tranquilo mientras esa bestia ande suelta por París.

LOUIS.— ¿Entonces tú aseguras que si vieras a ese hombre deljante de ti podrías


señalarlo como el asesino de Mylene?

HARUM.— Sin ninguna duda.

LOUIS.— ¿Sin ninguna duda?

HARUM.— Absolutamente.

LOUIS.— Está bien. Voy a darte una ocasión. (En ese momento se apaga la luz.)
¡Quieto! ¡Quieto! ¡Harum, detrás de la mesa! ¡La luz! ¿Qué ha ocurrido? ¿Quién ha abierto
la puerta?

MARTA.— ¡Víctor!
MARIEL.— ¿Qué pasa?

(Un silencio. La luz vuelve a hacerse. VÍCTOR está junto a la mesa y tiene la mano
extendida. El revolver está en la mano de LOUIS. MARTA y MARIEL se hallan en la izquierda.
ANICETA en el foro.)

LOUIS.— ¿Buscabas el revolver?

(VÍCTOR, tomando una caja de cerillas de la mesa dice:)

VÍCTOR.— Buscaba las cerillas.

LOUIS.— Ah, ah. Bien. Tengo una noticia para ti. El testigo que esperamos está
aquí Sal, Harum. (HARUM aparece desde detrás de la mesa.) Él vio al hombre que cometió el
crimen. Ese hombre le persiguió después. Estuvieron a dos metros de distancia. Su
testimonio será perfectamente válido en un juicio. (Consulta el reloj.) Harum: ¿es éste el
hombre que viste en Boulogne? ¿Es éste el asesino de Mylene? ¿Es éste el que te persiguió
para darte muerte? (HARUM mira a VÍCTOR y entorna los parpadas. LOUIS consulta de nuevo su
reloj.) ¡De prisa! ¡Vamos, Harum! ¿Es él?

HARUM.— Sí, señor comisario. Este es.

VÍCTOR.— ¡No!

HARUM.— Es él, señor comisario. Puedo jurárselo.

ÍCTOR.— ¡Está mintiendo!

HARUM.— Usted asesinó a la chica en Boulogne aquella noche. Fue usted. Estoy
seguro. Puedo jurarlo.

(VÍCTOR se abalanza sobre HARUM, pero LOUIS se pone en medio.)

LOUIS.— ¡Quieto, Víctor! Quedas detenido en nombre de la Ley acusado del


asesinato de Mylene, en la noche del cinco al seis de enero. Cuanto pronuncies a partir de
este momento puede ser tenido en cuenta en contra tuya.

(Levanta el teléfono, entrega la pistola a ANICETA, que apunta a VÍCTOR, y empieza a


marcar un número de teléfono)

ANICETA.— Las manos arriba, doc. Bien arribita.

MARIEL.— Pero esto es...

ANICETA.— Señora: el criminal está prácticamente incomunicado. Le ruego


que no hable.
LOUIS.— (Al teléfono.) ¿Brunette?... Tengo en las manos al asesino de Mylene.
Mándame un coche, por favor. ¿Qué hora es?... La una y ocho minutos. De acuerdo, que
quede constancia de que es mi último servicio. (Cuelga.) Lo siento, Víctor.

VÍCTOR.— ¿Pero qué es esto? ¿Eres capaz de...? ¡Van a llevarme a la cárcel! ¡Van a
juzgarme por un asesinato!

LOUIS.— Sí.

VÍCTOR.— ¿Y tú crees a éste? He oído perfectamente detrás de la puerta. Robó en


una joyería.

LOUIS.— Has oído detrás de la puerta, ¿verdad? Tenías mucho interés en saber
lo que se decía aquí. No te preocupes, es un testigo perfectamente válido. Cuenta saldada.
Me retiro del Cuerpo sin un solo crimen impune en mi haber. Precisamente lo que yo
quería. Siéntate.

VÍCTOR.— ¡No! ¡No, no, escucha! Yo no cometí ese crimen. Este muchacho está
ofuscado. Lo haría seguramente alguien que se parecería a mí, pero yo no cometí aquel
crimen.

LOUIS.— Querido Víctor: no tienes un solo testigo de dónde estabas desde las
once de la noche a las cuatro de la madrugada del cinco y el seis de enero. Para colmo, hay
un testigo que afirma haberte visto matar a Mylene. ¿Cuál es tu salvación?

VÍCTOR.— (Desesperado.) ¡Tengo un testigo! ¡Louis, por Dios! Yo estuve en


Boulogne. Sí, precisamente; pero dentro de un coche, con una mujer.

LOUIS.— ¿Haciendo el amor?

VÍCTOR.— Sosteníamos relaciones desde hace tiempo. Yo estaba dentro del coche.
Ella me recogió con el coche y me llevó luego hasta mi casa. Por eso olvidé el abrigo.

LOUIS.— No me lo creo.

VÍCTOR.— ¡Créeme! ¡Por lo más santo créeme! Este muchacho se equivoca.

LOUIS.— Bien. ¿Quién es esa mujer? ¿Dónde está? Se fue de viaje, ¿no? Ha
muerto. ¿No puedes presentarla? Es mejor que te rindas, Víctor.

VÍCTOR.— Si puedo presentarla. Está viva. Ella no va a dejar que me lleven a la


cárcel; no va a dejarlo. No puede dejar que me guillotinen por un crimen que no he
cometido. (Se vuelve a MARIEL y dice:) Mariel, ¡por Dios! la noche del cinco al seis de enero
estuvimos juntos en el “Renault”, en Boulogne. Tú me recogiste en la clínica y me llevaste
luego a cusa. ¿No es cierto? Exactamente igual que cuando tú te fuiste a Arles, Louis, yo
me fui a Boileau, al hotel, y Mariel pasó la noche conmigo. Hace tiempo ya que
sostenemos relaciones.

LOUIS.— Vaya. ¿Quieres que me crea eso?

VÍCTOR.— ¡Mariel, por lo más santo! ¡Dilo, por lo que más quieras! No vas a dejar
que me maten, ¿verdad?

(Un silencio.)

MARIEL.— Es cierto.

LOUIS.— ¿Es cierto?

MARIEL.— Sí. Pero...

LOUIS.— Ah, no, no. No quiero explicaciones. ¿Sostenías relaciones con este
hombre?

MARIEL.— Sí.

LOUIS.— Está bien. Ni una palabra más Mariel. Quiero advertirte, Víctor, que
esa misma declaración la tiene que hacer Mariel, y tú, por supuesto, en la Inspección
General. De momento estás acusado del crimen de Mylene. Tienes que declarar que no
pudiste hacerlo parque estabas en compañía de mi mujer, en un viejo “Renault”, la noche
del cinco al seis de enero. Sólo así podrás salvarte: es tu única coartada. Mientras tanto hay
un testigo de que cometiste el crimen y una serie de datos que pueden probarlo. El coche
de la policía vendrá en seguida. Aniceta: estate atenta. Tú bajarás con ellos.

ANICETA.— A sus órdenes.

(Desaparece por el foro.)

VÍCTOR.— Louis: yo tendría que...

LOUIS.— ¡Oh, no, no!

VÍCTOR.— Pero yo no cometí el crimen.

LOUIS.— (Con una sonrisa.) Ya lo sé. Lo he sabido siempre, Víctor. Siempre lo


supe, doctor Separd. (Sin mirarle.) Voy a interponer una demanda de divorcio por
adulterio reiterado y probado perfectamente. La declaración de los dos ante la Inspección
General será más que suficiente. Me concederán el divorcio, y me lo concederán, Mariel,
sin que tengas derecho a uno solo de mis bienes.

VÍCTOR.— ¿Quieres decir que...?


LOUIS.— (Sonriendo.) Es muy difícil; muy difícil probar un adulterio. Hay que
encontrar a los culpables prácticamente en el hecho, pero por todos los caminos se va a
Roma. Para probar un adulterio, a veces, basta con acusar de asesinato.

VÍCTOR.— ¡Dios mío! ¡Qué trampa! ¡Qué horrible trampa! Está bien claro. Y
seguro que esas fotografías estaban preparadas por ti. Y seguro que casi todos los datos
que has dado no eran exactos. Y seguro que este testigo...

LOUIS.— No olvides, Víctor, que cuanto digas a partir de ahora puede ser
utilizado en contra tuya por la justicia. No tienes más remedio: o dices la verdad o te
llevamos a la guillotina.

VÍCTOR.— ¡Por un crimen que no he cometido!

LOUIS.— Es igual. Has cometido otro. Y debías saber que siempre, siempre se
está cometiendo un hecho delictivo a doscientos metros de nosotros. Y que pueden
condenarnos por él.

MARIEL.— Y se te ocurrió todo cuando ganaste los cuatro millones, ¿verdad? Has
estado agazapado aguantando el engaño y has saltado sobre los dos pobrecitos conejos
cuando te interesaba.

LOUIS.— Lo lamento. Mariel. Ahora no está en tu mano concederme el divorcio.


Ahora me lo concederá cualquier juez limpiamente. (Suena un timbre.) Buena suerte, doctor
Separd. No olvides jamás que para diagnosticar una vesícula enferma hay que pensar en
un sistema nervioso desequilibrado, Adiós. Mariel.

(ANICETA está en la puerta.)

ANICETA.— El coche de la policía.

LOUIS.— ¿Quieres bajar con ellos?

VÍCTOR.— Marta, yo...

MARTA.— Es demasiado. (Se cubre el rostro con las manos.) Demasiado. Preferible
también el divorcio, Víctor. Preferible que no volvamos a vernos más.

VÍCTOR.— Lo comprendo. Perdóname.

(Hacen mutis por el foro VÍCTOR, ANICETA y MARIEL. LOUIS se vuelve a HARUM. Sonríe.
Le da la mano.)

LOUIS.— Harum: si necesitas algo...

HARUM.— Gracias, señor comisario.


LOUIS.— Gracias a ti, Harum.

(Sale HARUM por el foro.)

MARTA.— ¡Asombroso! ¡Asombroso!

LOUIS.— No tiene importancia, Marta. He hecho esto muchas veces. La falta de


pruebas, ya sabes. Hay que probar las cosas como sea y a costa de lo que sea. Lo que no sé
es cómo no se le ha ocurrido pensar que tú y yo llevábamos ya bastante tiempo
entendiéndonos a espaldas de él. (La toma de la cintura.) ¿Cómo no se le ha ocurrido eso
con lo sencillo que era? Supongo que se dará cuenta cuando dentro de unos meses nos
casemos, amor mío.

(La besa, mientras va cayendo el

TELÓN

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