Imago: La Metamorfosis de los Construidos
Imago: La Metamorfosis de los Construidos
[Link] - Página 2
Octavia Butler
Imago
Xenogénesis III
ePUB v1.0
Zacarias 01.08.12
[Link] - Página 3
Título original: Xenogenesis: III - Imago.
Octavia Butler, 1989
Traducción: Luís Vigil
Ilustraciones: Antoni Garcés
[Link] - Página 4
A Irie Isaacs
[Link] - Página 5
I - METAMORFOSIS
1
Caí en mi primera metamorfosis de un modo tan suave que nadie se dio cuenta.
Se supone que las metamorfosis no deben de comenzar de esta manera. En la mayoría
de personas se inician con pequeños, pero obvios, cambios físicos: la pérdida de
dedos en las manos y los pies, por ejemplo, o la aparición de nuevos dedos, de
diferente diseño.
¡Ojalá mi experiencia hubiera sido tan normal, tan segura!
Durante varios días estuve cambiando sin llamar la atención. Normalmente, los
estadios primarios de la metamorfosis no duran varios días sin provocar un sueño
profundo, pero en mí sí que lo hicieron. Mis primeros cambios fueron sensoriales.
Los sabores, los olores…, de repente, todas las sensaciones se convirtieron en
complejas, confusas y, sin embargo, inesperadamente seductoras.
Tuve que volverlo a aprender todo. Por ejemplo, ahí está el agua del río: cuando
nadaba en ella, observaba que tenía dos principales sabores distintivos —¿hidrógeno
y oxígeno?—, y muchos otros sabores secundarios. Ahora podía diferenciarlos y
saborear cada uno de ellos por separado. De hecho, no podía evitar el separarlos. Pero
los aprendí con rapidez y los acepté en su nueva complejidad, de modo que sólo me
llamaban la atención los cambios ocasionales en los pequeños sabores.
En Lo, el agua del río siempre nos llegaba enturbiada por el sedimento.
—Rica —la definían los oankali.
—Embarrada —la llamaban los humanos, y la filtraban, para que la arcilla se
depositase en el fondo, antes de bebérsela.
—Simplemente agua —decíamos nosotros, los construidos, encogiéndonos de
hombros. No habíamos conocido otra clase de agua.
Tan rápidamente como pude, aprendí de nuevo a comprender y aceptar mis
impresiones sensoriales sobre la gente y las cosas que me rodeaban. Esta experiencia
absorbió tanto de mi atención que no pude entender cómo mi familia no veía que me
estaba pasando algo raro. Pero, aparte de mencionar que soñaba demasiado con los
[Link] - Página 6
ojos abiertos, ni siquiera mis padres se dieron cuenta de las señales.
Después de todo, eran señales equívocas. Y, como nadie las estaba esperando,
nadie se fijó en ellas.
Cuando yo nací, mis cinco progenitores, todos ellos, eran ya viejos.
Naturalmente, no parecían tener más edad que mis hermanos y hermanas mayores,
pero lo cierto es que habían ayudado a la fundación de Lo. Tenían nietos que también
eran ya viejos. No creo que yo los hubiera sorprendido nunca antes, y no estaba
seguro de que me gustase sorprenderlos ahora. No quería decírselo. En especial, no
deseaba decírselo a Tino, mi padre humano. Se suponía que él debía de permanecer
conmigo durante toda mi metamorfosis…, dado que era mi progenitor humano del
mismo sexo; pero yo no me sentía atraído hacia él, como debiera haberme sentido. Ni
tampoco me sentía atraído por Lilith, mi madre de nacimiento. Ella también era
humana, y lo que me estaba pasando, desde luego, no era humano. Cosa extraña,
tampoco deseaba acudir a mi padre oankali, Dichaan, y eso que él era la elección
lógica después de Tino. Mi madre oankali, Ahajas, habría hablado por mí con uno de
mis padres: ya lo había hecho por dos de mis hermanos, que le tenían miedo a la
metamorfosis…, que temían cambiar demasiado, perder todo rastro de su humanidad.
Esto podía sucederme a mí, a pesar de que era algo que jamás me había preocupado.
Ahajas me hubiera hablado a mí, y hubiese hablado por mí, sin importarle cuál fuese
el problema. De todos mis progenitores, era con ella con quien me resultaba más fácil
hablar. Hubiera ido con ella, si me hubiese parecido más apetecible tal idea… o si
hubiera comprendido por qué no me lo parecía. ¿Qué andaba mal en mí? No es que
yo fuera tímido o tuviese miedo, pero, cuando pensaba en ir a verla, en un primer
momento me sentía atraído por la idea, pero luego… casi me repelía.
Finalmente, estaba mi progenitor ooloi, Nikanj.
Él me diría que me fuese con uno de mis progenitores de mi mismo sexo. ¿Qué
otra cosa podía decirme? Yo sabía perfectamente que me hallaba en la metamorfosis,
y que ésa era una de las pocas cosas en las que los padres ooloi no podían ayudar.
Algunos humanos insistían aún en ver a los ooloi como algún tipo de combinación
macho-hembra, pero no eran tal cosa. Eran lo que eran: un sexo distinto, totalmente
diferente a los otros dos.
Así que me fui a ver a Nikanj, esperando disfrutar un rato de su compañía. Él
terminaría por darse cuenta de lo que me estaba pasando y me mandaría con mis
padres. Pero, hasta que lo hiciese, descansaría a su lado. Yo estaba cansado,
adormilado. La metamorfosis era, por encima de todo, sueño.
Encontré a Nikanj dentro de la casa de la familia, hablando con una pareja de
desconocidos, humanos. Estos humanos se mantenían apartados de Nikanj: la hembra
se protegía tras del macho, y éste llevaba a cabo un doloroso esfuerzo por parecer
valiente. Ambos parecieron alarmados cuando abrí una pared y entré en la habitación.
[Link] - Página 7
Luego, cuando me hubieron echado una mirada, parecieron relajarse un tanto. Yo
tenía un aspecto muy humano…, sobre todo si me comparaban con Nikanj, que no lo
era nada.
Estos humanos olían, demasiado obviamente, a sudor y adrenalina, a comida y
sexo. Me senté en el suelo y me puse a desentrañar la compleja combinación de
olores. Mi nueva percepción no me permitía hacer otra cosa. Para cuando hube
terminado, pensé que sería capaz de seguirles la pista a aquellos dos humanos por
cualquier parte.
Nikanj no me prestó atención, excepto para ver quién entraba. Estaba
acostumbrado a que sus niños entrasen y saliesen a su libre albedrío, acostumbrado a
que todos pasásemos algún tiempo con él, aprendiendo lo que estuviera dispuesto a
enseñarnos.
Tenía un aroma increíblemente complejo, porque era un ooloi. Había recogido
dentro de sí no sólo el material reproductor de los otros miembros de la familia, sino
también células de otras especies animales y vegetales, con las que recientemente se
había encontrado. Cuando pudiera las estudiaría, memorizaría y, o bien las
consumiría, o las almacenaría. Consumiría aquellas que sabía que podía recrear de
memoria, utilizando su propio ADN. Mantendría a las otras vivas en una especie de
estasis, hasta que fueran necesitadas.
El subaroma más fácil de notar en él era Kaal, el grupo familiar en el que había
nacido. Yo no conocía a los padres de Nikanj, pero conocía el aroma Kaal de otros
miembros de ese grupo familiar. No obstante, por algún motivo, nunca me había
fijado en ese aroma en Nikanj, jamás lo había diferenciado de este modo.
Naturalmente, el aroma principal era Lo. Se había unido a cónyuges oankali del
grupo familiar Lo y, al atriarse, había cambiado su aroma como debía hacer todo
ooloi. El término «ooloi» no tenía una traducción exacta en los idiomas terrestres,
porque su significado era tan complejo como el aroma de Nikanj… «Forastero
precioso», «Puente», «Comerciante de vida», «Tejedor», «Imán».
Imán es como lo llama mi madre de nacimiento. La gente se siente atraída hacia
el ooloi y no le puede escapar. Desde luego, ella no podía…, aunque también es
verdad que tampoco Nikanj podía escapar de ella o de ninguno de sus cónyuges. Los
oankali decían que los nexos químicos del atriamiento eran tan difíciles de romper
como pudiera serlo el dejar el hábito de respirar.
Aromas…, los dos humanos visitantes eran compañeros desde hacía largo tiempo,
y cada uno olía al otro.
—Aún no sabemos si queremos emigrar —estaba diciendo la hembra—. Hemos
venido a ver cómo sería eso, tanto para nosotros como para nuestro pueblo.
—Os lo enseñaremos todo —les dijo Nikanj—. No hay secretos acerca de la
colonia de Marte o los viajes a la misma. Aunque, justo en este momento, todos los
[Link] - Página 8
transbordadores destinados a la emigración se hallan en uso. Pero tenemos una zona
para invitados, que los humanos pueden usar para esperar.
Los dos humanos se miraron el uno al otro. Aún olían a asustados, pero ambos
estaban haciendo un esfuerzo por aparentar valentía. Sus rostros casi no registraban
expresión alguna.
—No queremos quedarnos aquí —dijo el macho—. Volveremos cuando haya una
nave.
Nikanj se puso en pie…, o, como dicen los humanos, se desplegó.
—No puedo deciros cuándo habrá una nave —les explicó—. Llegan cuando
llegan. Dejadme mostraros la zona de invitados. No es como esta casa: los humanos
construyeron el edificio con madera cortada.
La pareja trastabilló, apartándose de Nikanj.
Los tentáculos del ooloi se aplastaron contra su cuerpo, mostrando su jocosidad.
Se volvió a sentar.
—Hay otros humanos aguardando en la zona de invitados —les dijo con suavidad
—. Son como vosotros: quieren tener su mundo, totalmente humano. Viajarán con
vosotros cuando os marchéis.
Hizo una pausa y me miró.
—Eka, ¿por qué no se lo enseñas tú?
Ahora más que nunca deseaba quedarme con él, pero pude ver que los humanos
parecían más tranquilos al ser confiados a alguien que se parecía tanto a ellos. Me
alcé y les di la cara.
—Éste es Khodahs —les dijo Nikanj—. Uno de mis hijos más pequeños.
La mujer me lanzó una mirada que yo ya había visto demasiadas veces como para
no reconocerla.
—Pero, pensé… —tartamudeó.
—No —le dije, y le sonreí—. No soy humano. Soy un construido, nacido de
humana. Venid conmigo. La zona de invitados no está lejos.
No me siguieron a través de la pared hasta que ésta no estuvo totalmente
abierta…, como si creyesen que la pared se les iba a cerrar mientras pasaban, como si
les pudiese hacer daño.
—Sería como si os aferrase suavemente una gran mano —les dije, cuando
estuvimos fuera.
—¿Cómo? —me preguntó el macho.
—Si la pared se cerrase sobre vosotros… No os haría daño, porque estáis vivos.
Aunque quizá se os comiese la ropa.
—¡No, gracias!
Me eché a reír.
—Nunca he visto que pasase eso, pero he oído que puede suceder.
[Link] - Página 9
—¿Cuál es tu nombre? —me preguntó la hembra.
—¿Entero? —Parecía interesada en mí: olía a sexualmente atraída, lo cual, a su
vez, la convertía en interesante para mí. Yo acostumbraba a gustarles a las hembras
humanas, siempre que mantuviese cubiertos con ropa los pocos tentáculos de mi
cuerpo y mi cabello ocultase los de mi cabeza. En cuanto a los puntos sensibles de mi
cara y brazos, parecían piel normal, pese a que para mí no lo eran, en absoluto.
—Tu nombre humano —me dijo la hembra—. Ya sé que te llamas… Eka y
Khodahs, pero no estoy muy segura de por cuál de ellos te he de llamar.
—Eka es sólo un apelativo cariñoso para los niños pequeños —le expliqué—,
como lo es lelka para los niños casados y chka entre los cónyuges. Khodahs es mi
nombre propio. La versión humana de mi nombre completo es Khodahs lyapo Leal
Kaalnikanjlo. O sea mi nombre, los apellidos de mi madre de nacimiento y mi padre
humano, y el nombre de Nikanj, precedido por el grupo familiar en el que él nació y
terminado por el grupo familiar de sus cónyuges oankali. Si yo fuera nacido de
oankali o te diera la versión oankali de mi nombre, sería mucho más largo y
complicado.
—He oído algunos de ellos —dijo la mujer—. Supongo que, con el tiempo, los
dejaréis correr.
—No. Los cambiaremos para que se adapten a nuestras necesidades, pero no los
abandonaremos. Dan una información útil, sobre todo para la gente que anda
buscando atriarse.
—Khodahs no se parece a ningún nombre que yo haya oído antes —intervino el
hombre.
—Es un nombre oankali. Un oankali llamado Khodahs murió por ayudar a la
emigración a Marte. Mi madre de nacimiento dijo que merecía ser recordado. Los
oankali no tienen una tradición de recordar a los muertos a base de poner su nombre a
los niños, pero mi madre de nacimiento insistió en ello. Eso es algo que hace de vez
en cuando: el insistir en guardar las costumbres humanas.
—Tú tienes un aspecto muy humano —dijo con voz queda la mujer.
Sonreí.
—Soy un niño. De lo que tengo aspecto es de inacabado.
—¿Qué edad tienes?
—Veintinueve.
—¡Buen Dios! ¿Y cuándo te considerarán un adulto?
—Después de la metamorfosis. —Sonreí para mí. Pronto—. Tengo un hermano
que la pasó a los veintiuno, y una hermana que no llegó a ella hasta los treinta y tres.
La gente cambia cuando sus cuerpos están dispuestos, y no a una edad específica.
Guardó silencio durante un rato. Llegamos a la última de las verdaderas casas de
Lo…, las casas que habían crecido a partir de la sustancia viva de ese ser que era Lo.
[Link] - Página 10
En tales casas, los humanos sin cónyuges oankali no podían abrir paredes o alzar
plataformas para tener mesas, camas o sillas. Dejados a solas en las mismas, esos
humanos se convertían en prisioneros, hasta que algún construido, oankali o humano
atriado los liberaba. Por ello se les había dado primero una casa, y luego toda una
zona, para invitados. En esa parte habían edificado sus casas muertas, con madera
cortada y paja trenzada. Usaban fuego para cocinar y tener luz y, de vez en cuando,
les ardía alguna de las casas. Las casas que no ardían se infectaban de roedores e
insectos, que devoraban los alimentos de los humanos e incluso les mordían o
picaban. Periódicamente, los oankali entraban en esas casas y echaban de ellas a la
vida no humana. Pero ésta siempre regresaba: había estado alimentándose de los
humanos, comiendo su comida y viviendo en sus casas, desde mucho antes que
llegaran los oankali. De todos modos, la zona para invitados seguía siendo
razonablemente confortable. Los invitados comían de árboles y plantas que no eran lo
que parecían ser, sino que eran extensiones de la entidad Lo. Ésta había sido inducida
a sintetizar frutas y verduras en formas, sabores y texturas que los humanos pudiesen
reconocer. Los alimentos crecían en lo que parecían ser sus árboles y arbustos
correctos. Y Lo se ocupaba de los desechos humanos, manteniendo limpia su zona, a
pesar de que ellos acostumbraban a mostrarse descuidados acerca de donde tiraban
los desperdicios en aquél su hogar temporal.
—Ahí hay una casa vacía —les dije, señalando.
La mujer miró mi mano en vez del lugar donde señalaba. Desde un punto de vista
humano, yo tenía demasiados dedos, tanto en las manos como en los pies: siete en
cada uno. Pero, dado que formaban parte de manos y pies de aspecto totalmente
humanos, los seres humanos no acostumbraban a fijarse en ellos, al principio.
Mantuve en alto mi mano abierta, con la palma hacia arriba, para que pudiese
verla, y su expresión pasó de una de curiosidad y sorpresa a otra de azaramiento, para
volver a ser de curiosidad.
—¿Cambiarás mucho en la metamorfosis? —me preguntó.
—Probablemente. Los nacidos de humana nos hacemos más oankali y los nacidos
de oankali más humanos. Yo soy un primera generación. Si queréis ver qué nos
depara el futuro, dad una ojeada a los construidos de tercera o cuarta generación.
Desde el principio al fin son mucho más uniformes.
—Ése no es nuestro futuro —dijo el macho.
—Vosotros escogéis —les dije. El hombre se alejó, en dirección a la casa vacía.
La hembra dudó.
—¿Qué es lo que piensas de nuestra emigración? —me preguntó.
La miré y, como me caía bien, deseé no tener que contestarle. Pero estas
preguntas debían ser contestadas. Y, sin embargo, ¿por qué las hembras humanas que
insistían en hacerlas eran, tan a menudo, pequeñas y débiles? El ambiente al que se
[Link] - Página 11
dirigían, en Marte, era mucho más duro que cualquier otra cosa que hubiesen
conocido. Nos ocuparíamos de que tuviesen las mayores posibilidades de sobrevivir,
y muchas resistirían y tendrían sus hijos en su nuevo mundo. ¡Pero sufrirían tanto! Y,
al cabo, todo sería para nada. Su propio conflicto genético los había traicionado y
destruido en una ocasión. Y lo volvería a hacer.
—Deberíais quedaros —le dije a la mujer—. Y uniros a nosotros.
—¿Por qué?
¡Sentía tales deseos de no mirarla, de alejarme de ella! Pero seguí dándole cara.
—Comprendo que los humanos deben de ser libres para irse, si así lo desean —le
dije con voz baja—. En mi cuerpo hay lo bastante de humano como para poder
comprender eso. Pero también hay lo bastante de oankali como para saber que, con el
tiempo, os volveréis a destruir a vosotros mismos.
Frunció el ceño, arrugando su lisa frente.
—¿Quieres decir que habrá otra guerra?
—Quizás. O tal vez halléis otro modo de hacerlo. Antes de vuestra guerra ya
estabais trabajando en varios métodos para lograrlo.
—No puedes saber nada de eso; eres demasiado joven.
—Deberíais quedaros y juntaros con construidos o con oankali —le dije—. Los
niños que nosotros construimos están libres de las taras inherentes. Lo que nosotros
construimos durará…
—¡No eres más que un niño, que repite lo que le han dicho!
Negué con la cabeza.
—Percibo lo que percibo. Nadie tuvo que explicarme cómo usar mis sentidos, del
mismo modo que no tuvieron que decirte a ti cómo ver o cómo oír. En la Humanidad
hay un conflicto genético letal, y eso también tú lo sabes.
—Lo único que sabemos es lo que nos han dicho los oankali. —El macho había
vuelto. Rodeó con su brazo a la hembra, apartándola de mí, como si yo representase
alguna amenaza—. Podrían estar mintiéndonos…, sus motivos tendrán.
Pasé mi atención a él.
—Sabes que no mienten —le dije, con suavidad—. Vuestra propia historia os lo
explica: vuestro pueblo es inteligente, y eso es bueno. Los oankali dicen que,
potencialmente, sois una de las especies más inteligentes que jamás hayan hallado;
pero también sois jerárquicos…, vosotros, vuestros más próximos parientes animales,
y vuestros más lejanos antepasados animales. La inteligencia es una cosa
relativamente nueva para la vida en la Tierra, pero sus tendencias jerárquicas vienen
de muy antiguo. Lo nuevo ha sido puesto muy a menudo al servicio de lo viejo. Y
esto volverá a suceder. Sois lo bastante listos como para aprender a vivir en vuestro
nuevo mundo, pero sois tan jerárquicos que os destruiréis tratando de dominarlo y de
dominaros los unos a los otros. Quizá duréis largo tiempo, pero al final acabaréis por
[Link] - Página 12
destruiros.
—Podemos durar un millar de años —dijo el macho—. No lo hicimos tan mal en
la Tierra, hasta la guerra.
—Quizá. Vuestro nuevo mundo será difícil y os exigirá la mayor parte de vuestra
atención, quizás incluso ocupe vuestras tendencias jerárquicas por un tiempo,
convirtiéndolas en inofensivas.
—Seremos libres: nosotros, nuestros hijos, los hijos de nuestros hijos.
—Quizá.
—Seremos totalmente humanos y libres. Ya es suficiente. Quizás incluso algún
día volvamos al espacio por nuestra cuenta. Puede que tu gente se equivoque por
completo con nosotros.
—No. —Él no podía leer las combinaciones genéticas como yo. Era como si
fuera a saltar por un precipicio, simplemente porque no lo podía ver o, lo que aún era
peor, porque hasta pasado mucho tiempo él, o mejor dicho su descendencia, no iba a
estrellarse contra las rocas de abajo. Y, ¿qué era lo que estábamos haciendo, nosotros
que sabíamos la verdad? Le estábamos ayudando a llegar hasta el borde del
abismo…, le llevábamos allí en los transbordadores.
—Quizá duremos más que lo que dure tu gente aquí en la Tierra —dijo.
—¡Ojalá! —Su expresión me decía que no creía en mis buenos deseos, pero eran
auténticos. No estaríamos aquí…, la Tierra que él conocía no seguiría aquí, más que
unos pocos siglos. Nosotros, los oankali y los construidos, éramos un pueblo de
navegantes espaciales, tan curiosos acerca de las otras formas de vida, y tan
adquisitivos de las mismas, como jerárquicos eran los humanos. Llegaría un día en el
que tendríamos que iniciar la larga, larga búsqueda de nuevas especies con las que
combinarnos, con las que construir nuevas formas de vida. Buena parte de la
existencia de los oankali se empleaba en esas búsquedas. Dejaríamos este sistema
solar más o menos dentro de unos tres siglos. Yo mismo viviría para ver este adiós. Y,
cuando nos separásemos y nos dispersásemos, dejaríamos tras de nosotros un despojo
de rocas esquilmadas, que se parecería más a la Luna que a la azul Tierra de antaño.
Naturalmente, él no sabía esto; y el decírselo sería una crueldad.
—¿Alguna vez piensas en ti o en tu especie como humanos? —me preguntó la
hembra—. ¡Algunos de vosotros tenéis un aspecto tan humano!
—Sentimos nuestra humanidad. Nos ayuda a comprenderos tanto a vosotros
como a los oankali. Por sí solos, los oankali no os hubieran dejado jamás tener
vuestra colonia en Marte.
—¡Me habían dicho que nos estaban ayudando! —dijo el macho—. ¡Tu…, tu
padre ha dicho que nos estaban ayudando!
—Os ayudan por lo que les decimos nosotros los construidos: que debe de seros
permitido el ir allí, incluso a pesar de que, al final, acabaréis por destruiros. Los
[Link] - Página 13
oankali creen…, no, los oankali saben en lo más profundo de su ser que es un error
ayudar a la especie humana a regenerarse incambiada, porque se destruirá de nuevo a
sí misma. Para ellos, es como causar deliberadamente la concepción de un niño que
es tan defectuoso que, indefectiblemente, morirá en su infancia.
—Se equivocan. Algún día les demostraremos lo mucho que se equivocan.
Era una amenaza. No tenía sentido, pero a él le daba algún tipo de satisfacción el
proferirla.
—Los otros humanos os enseñarán dónde encontrar comida —le dije—. Si
necesitáis alguna otra cosa, pedidla a uno de nosotros.
Me di la vuelta para irme.
—¡Tan jodidamente prepotentes! —murmuró el macho.
Me volví de nuevo, sin pensármelo.
—¿Realmente lo soy?
El macho frunció el ceño, murmuró una maldición y regresó al interior de la casa.
Entonces me di cuenta de que, simplemente, estaba irritado. Me preocupaba el que, a
veces, yo los irritaba…, y nunca queriéndolo hacer.
La mujer se me acercó, me tocó la cara, me examinó el cabello. Los humanos que
no se habían atriado entre nosotros jamás aprendían a tocarnos de un modo correcto.
En el mejor de los casos, nos molestaban, frotándonos con sus manos las zonas
sensoriales, y, una vez sus manos se hallaban con dichos puntos, jamás les gustaba su
tacto.
La mujer apartó la mano con un estremecimiento cuando sus dedos descubrieron
el punto que tengo bajo mi oreja izquierda.
—Son algo así como unos ojos que no se pueden cerrar para protegerse —le dije
—. No es que nos hagan daño cuando nos los tocan, pero no nos gusta mucho que lo
hagan.
—¿Y qué pasa, pues? ¿Acaso tenéis que enseñarle a la gente a tocaros?
Le sonreí y tomé su mano entre las mías.
—Con las manos nunca hay problemas —le dije. Y la dejé allí en pie,
mirándome. La podía ver mediante los tentáculos sensoriales que había entre mi
cabello. Se quedó allí, hasta que el macho salió de la casa y se la llevó dentro.
[Link] - Página 14
2
Regresé con Nikanj y me senté cerca de él, mientras se ocupaba de cuestiones
familiares, mientras se reunía con gente de la nave-hogar de los oankali,
Chkahichdahk, que giraba alrededor de la Tierra más allá de la órbita de la Luna,
mientras intercambiaba información con otros ooloi o recibía información biológica
de mis compañeros de camada. Todos le traíamos a Nikanj pedacitos de piel, carne,
polen, hojas, semillas, esporas u otras células, vivas o muertas, de plantas y animales
sobre los que teníamos preguntas, o que eran nuevos para nosotros.
Nadie me prestaba atención. En eso hallaba una extraña tranquilidad. Los podía
examinar a todos con mis nuevos sentidos agudizados, para ver lo que nunca antes
había visto, oler aquello en lo que antes jamás me había fijado. Supongo que parecía
que me estaba echando una siestecilla. Al cabo de un tiempo, Aaor, mi compañera de
camada más próxima, mi hermana nacida de oankali, vino a sentarse a mi lado. Era
hija de mi madre oankali y todavía no era totalmente hembra, pero yo siempre había
pensado en ella como en una hermana. Tenía un aspecto tan femenino…, o me lo
había parecido antes de que yo empezase a cambiar. Ahora ella…, ahora ello tenía el
aspecto que siempre debería haber tenido para mí. Se la veía eka, en el auténtico
significado del término: un niño demasiado pequeño como para haber desarrollado ya
el sexo. Esto era lo que ambos éramos…, por el momento. Aor olía a eka y,
literalmente, podría en un sentido u otro, convertirse en macho o hembra.
Naturalmente, yo siempre había sabido esto, que era válido para los dos. Pero ahora,
de repente, ya no podía ni siquiera pensar en Aor en femenino. Probablemente algún
día sería una hembra, del mismo modo que yo, posiblemente, me convertiría en el
macho que parecía. Los nacidos de humana rara vez cambiaban su sexo aparente. En
mi familia, sólo un nacido de humana había cambiado de hembra aparente a macho
real. Varios nacidos de oankali habían cambiado, pero la mayoría de ellos sabían,
mucho antes de su metamorfosis, que se sentían más atraídos a convertirse en lo
opuesto de lo que aparentaban.
Aaor se me acercó y me examinó con unos pocos de sus tentáculos de la cabeza y
cuerpo.
—Creo que ya estás próximo a tu metamorfosis —me dijo. No había hablado en
voz alta. Los niños aprendían bien pronto que no era educado el hablar vocalmente
entre ellos, si había alguien cerca enfrascado en una conversación en voz alta.
Hablábamos mediante señales de tacto, señas e ilusiones multisensoriales
transmitidas a través de los tentáculos corporales o craneales…, estimulación neural
directa.
—Lo estoy —le contesté en silencio—. Pero me siento… diferente.
—Muéstramelo.
[Link] - Página 15
Traté de recrear para Aaor mi incrementada capacidad sensorial, pero se apartó.
Al cabo de un tiempo me volvió a tocar, suavemente. Utilizando sólo señales
táctiles, me dijo:
—No me gusta. Algo anda mal. Deberías enseñárselo a Dichaan.
Yo no quería enseñárselo a Dichaan. Y esto era raro. No me había importado
enseñárselo a Aor. No sentía aversión alguna a mostrárselo a Nikanj…, exceptuando,
claro está, que lo más probable era que éste me mandase con mis padres.
—¿Qué es lo que te molesta de mí? —le pregunté a Aaor.
—No lo sé —me contestó—. Pero no me gusta. Nunca antes lo había notado…,
algo anda mal.
Tenía miedo, y eso era extraño. Normalmente, las cosas nuevas le llamaban la
atención. Pero esta cosa nueva le repelía.
—No es nada que te vaya a hacer daño —le tranquilicé—. No te preocupes.
Se levantó y se marchó. No dijo nada: simplemente se fue. Esto no era propio de
su carácter. Aaor y yo siempre habíamos estado muy próximos. Sólo era tres meses
más joven que yo, y habíamos estado juntos desde que ella había nacido. Nunca antes
se había marchado, dejándome de aquella manera. Uno sólo se apartaba así de la
gente con la que ya no podía comunicarse.
Fui a donde estaba Nikanj. Ahora estaba solo. Uno de nuestros vecinos acababa
de marcharse. Enfocó un cono de sus largos tentáculos craneales hacia mí, dándose
cuenta al fin de que había algo distinto en mi persona.
—¿Metamorfosis, Eka?
—Eso creo.
—Déjame comprobarlo. Tu olor es… extraño.
El tono de su voz sí era extraño. Yo había estado presente cuando compañeros de
camada míos habían iniciado su metamorfosis, y Nikanj jamás había sonado de aquel
modo.
Enrolló la punta de uno de sus brazos sensoriales alrededor de mi brazo y
extendió su mano sensorial. Las manos sensoriales eran unos apéndices únicos de los
ooloi, y Nikanj no las usaba normalmente para comprobar una metamorfosis. Podría
haber usado sus tentáculos craneales o corporales, como todo el mundo; pero estaba
lo bastante preocupado como para querer ser más preciso, para estar más seguro.
Traté de notar los filamentos de la mano sensorial mientras se deslizaban dentro
de mi carne. Nunca antes había sido capaz de ello, pero ahora los notaba claramente.
Como es natural, no había dolor en ello. Ni comunicación. Pero noté como si hubiera
hallado lo que yo andaba buscando: el toque profundo de la mano sensorial era como
aire tras una larga y desesperada zambullida bajo las aguas. Sin pensarlo, tomé su
segundo brazo sensorial entre mis manos.
Entonces, algo fue mal: Nikanj no me aguijoneó, nunca haría tal cosa; pero algo
[Link] - Página 16
pasó…, le causé un sobresalto. No, más: le produje un shock profundo…, y me
transmitió la totalidad del impacto de ese shock. Sus ilusiones multisensoriales
parecían más reales que las cosas que verdaderamente sucedían, y esto era peor que
una ilusión. Esto había sido el reciclado, repentino y rápido, de su intensa sorpresa y
de su miedo. De mí a él y de vuelta a mí. Un circuito cerrado.
Perdí el contacto con cualquier otra cosa. No me di cuenta de que me desplomaba
o de que era atrapado por los dos brazos de fuerza, de aspecto casi humano, de
Nikanj. Luego, cuando examiné mis recuerdos latentes de ese momento supe que,
durante algunos segundos, había sido sostenido por los cuatro brazos del ooloi. Y,
mientras tanto, Nikanj había permanecido quieto como una estatua, congelado por el
shock y el miedo.
Finalmente, a medida que iba disminuyendo su shock y creciendo su miedo, me
depositó en una ancha plataforma. Enfocó un aguzado cono de los tentáculos de su
cabeza en mí, y de nuevo se quedó quieto como una piedra, observándome. Después
de un rato, se tendió junto a mí y me ayudó a comprender por qué se había
sobresaltado tanto.
Pero, por aquel entonces, yo ya sabía lo que pasaba.
—Te estás convirtiendo en un ooloi —me dijo en voz baja.
Empecé a sentir miedo por mi persona. Nikanj estaba tendido a mi lado. Sus
tentáculos corporales y craneales no me tocaban. No me ofrecía ni seguridad ni
tranquilidad; no se movía, ni siquiera daba señales de estar consciente.
—¿Ooan? —le dije. Hacía años que no le llamaba así. Mis compañeros de
camada de más edad llamaban a nuestros progenitores por sus nombres propios, y yo
había empezado bien pronto a imitarlos. Sin embargo, ahora, yo tenía miedo. No
quería a «Nikanj», quería a mi «Ooan», el progenitor al que yo había acudido más a
menudo, o al que más me habían llevado, para que me curase o para que me educase
—. Ooan, ¿no puedes volverme a cambiar? Aún parezco un macho.
—Tú sabes que no —me contestó en voz alta.
—Pero…
—Nunca fuiste macho, sin importar el aspecto que tenías. Eras eka. Lo sabes.
No dije nada. Toda mi vida me habían considerado un macho, y como tal había
sido tratado por mis progenitores humanos, por todos los humanos de Lo. Incluso los
oankali me llamaban a menudo «él». Y todo el mundo había asumido que Dichaan y
Tino iban a ser mis progenitores del mismo sexo. Se suponía que la gente debía sentir
eso, para que yo estuviera preparado para el cambio que debería haberse producido.
Pero el cambio se había torcido. Hasta el momento, ningún construido se había
convertido en ooloi. Cuando la gente llegaba a su estado adulto y estaba dispuesta a
atriarse, iban a la nave y hallaban un ooloi oankali, o mandaban una señal a
Chkahichdahk y desde allá les llegaba el ooloi.
[Link] - Página 17
Los machos nacidos de humana aún eran considerados como experimentales y
potencialmente peligrosos. Unos pocos machos de otras poblaciones habían sido
esterilizados y exiliados a la nave. Nadie estaba preparado para un ooloi construido y,
desde luego, nadie estaba preparado para un ooloi construido nacido de humana.
¿Acaso podía haber un ser potencialmente más mortífero?
—¡Ooan! —exclamé, presa de la desesperación.
Me atrajo contra él, con sus tentáculos de cabeza y cuerpo tocándome, luego
penetrando mi piel. Su brazo sensorial se enroscó alrededor de mi cuello, de modo
que su mano sensorial pudiera colocarse en mi nuca. Éste era el modo preferido por
los ooloi para agarrar a los humanos y a buena parte de los construidos. Así, tanto el
cerebro como la médula espinal eran fácilmente accesibles a los sutiles, muy sutiles,
filamentos de la mano sensorial.
Por primera vez desde que dejé de mamar, Nikanj me drogó…, me inmovilizó,
como si no confiase en que fuera a quedarme quieto. Yo estaba demasiado asustado
como para ofenderme siquiera. Quizá tuviera razón en no confiar en mí.
Y, no obstante, no me hizo daño. Y no me calmó. ¿Por qué debería calmarme? Yo
tenía buenos motivos para estar asustado.
—Debería haberme dado cuenta de esto —dijo en voz alta—. Debería… Te
construí para que tuvieras un aspecto muy masculino…, tan masculino que las
hembras se sintiesen atraídas hacia ti y te ayudasen a convencerte de que eras macho.
Hasta hoy pensé que lo habían logrado. Ahora sé que yo fui el único convencido. Me
engañé a mí mismo, y caí en el descuido y la ceguera.
—Siempre me noté macho —le dije—. Nunca pensé ser otra cosa.
—Debería haberte mandado a pasar más tiempo con Tino y Dichaan. —Hizo una
momentánea pausa, haciendo sonar sus tentáculos corporales no ocupados. Una
docena, más o menos, de tentáculos frotándose unos con otros sonaban como el
viento soplando por entre los árboles—. Me gustaba tanto el tenerte por aquí… Todos
mis hijos crecen y se apartan de mí, se van con sus progenitores del mismo sexo.
Pensé que tú también lo harías, cuando llegase el momento.
—Eso era lo que yo pensaba…, y, sin embargo, jamás me apeteció hacerlo.
—¿No querías ir con tus padres?
—No. Sólo me apartaba de ti cuando sabía que iba a molestarte.
—Jamás noté que me molestaras.
—Traté de ir con cuidado.
Volvió a hacer sonar sus tentáculos y repitió:
—Debería de haberme dado cuenta…
—Siempre estabas solo —le dije—. Tenías cónyuges e hijos, pero a mí siempre
me sabías…, cuando te probaba, de algún modo te notaba vacío…, como si estuvieras
hambriento, casi muerto de hambre.
[Link] - Página 18
Durante un tiempo no dijo nada ni se movió; pero yo me noté envuelto por él,
seguro. Algunos humanos trataban de transmitirte esta sensación cuando te daban un
abrazo de oso y te frotaban de mala manera en las zonas sensoriales, irritándolas, o
pellizcando tus tentáculos sensoriales. En realidad, sólo los oankali podían darla. Y,
justo en este momento, sólo Nikanj me la podía dar a mí. En toda su larga vida, jamás
había tenido un hijo de su mismo sexo. Había usado de todos sus trucos para
protegernos y que no nos convirtiésemos en ooloi. Había empleado todas sus
artimañas para mantenerse agónicamente solitario.
Creo que yo siempre había sabido lo muy solo que estaba. Sin duda alguna era, de
mis cinco progenitores, al que más había amado. Al parecer, mi cuerpo había
respondido a esto en el modo en que lo haría un niño oankali: yo estaba tomando el
sexo del progenitor por el que más atraído me había sentido.
—¿Qué me pasará? —le pregunté, tras un largo silencio.
—Estás sano —me contestó—. Tu desarrollo es totalmente correcto. No puedo
hallar ninguna tara en ti.
Y esto significaba, exactamente, que no había ninguna tara en mí: él era un buen
ooloi, y otros ooloi acudían a él cuando se encontraban con problemas que iban más
allá de su percepción o comprensión.
—¿Qué me pasará? —repetí.
—Te quedarás con nosotros.
Sin paliativos. No permitiría que me mandasen a ninguna parte. Y eso que, un
siglo antes, había estado de acuerdo con los otros oankali en tomar la decisión de que
cualquier ooloi construido que surgiese accidentalmente sería mandado a la nave. Allí
podría ser observado, vigilado, y cualquier daño que hiciera podría ser descubierto y
corregido de inmediato. En Chkahichdahk, cada uno de sus movimientos sería
controlado. En la Tierra, podía causar muchos daños antes de que nadie lo
descubriese.
Pero Nikanj no permitiría que me mandasen allí. Así lo había dicho.
[Link] - Página 19
3
Nikanj reunió rápidamente a todos mis progenitores. Yo me quedaría pronto
dormido: la metamorfosis es, sobre todo, sueño, mientras el cuerpo cambia y madura.
Nikanj deseaba contárselo a los demás mientras yo aún estuviese despierto.
Mi madre humana llegó, miró a Nikanj y me miró a mí, luego se me acercó y me
tomó las manos. Nadie había dicho nada aún, pero ella sabía que algo andaba mal.
Desde luego, sabía que yo estaba en mi metamorfosis…, ése era un proceso que había
visto ya muchísimas veces.
Me observó de cerca, situando su rostro cerca del mío, dado que sus ojos eran sus
únicos órganos de vista. Luego miró a Nikanj:
—¿Qué es lo que le pasa? Esto no es una simple metamorfosis.
Yo había empezado a estudiar su carne a través de sus manos de un modo que
nunca antes había hecho. Conocía su carne mejor que la de ningún otro, pero ahora
había en ella algo…, un sabor, en el que jamás antes me había fijado.
Apartó sus manos de mí, de un modo brusco, y dio un paso atrás.
—¡Oh, buen Dios…!
Nadie había hablado aún con ella. Y, sin embargo, lo sabía.
—¿Qué sucede? —preguntó mi padre humano.
Mi madre miró a Nikanj. Cuando éste no habló, ella dijo:
—Khodahs…, Khodahs se está convirtiendo en un ooloi.
Mi padre humano frunció el entrecejo.
—Pero eso es impo… —se detuvo, siguió la mirada de mi madre hasta Nikanj—.
Es imposible, ¿no?
—No —dijo con voz queda el ooloi.
Se fue hasta Nikanj y se quedó de pie a su lado, muy tieso. Parecía más asustado
que airado.
—¿Cómo has podido dejar que pasase esto? —exigió saber—. ¡Maldita sea, esto
significa el exilio! ¡El exilio para tu propio hijo!
—No, Chka —susurró Nikanj.
—¡El exilio! ¡Lo dice vuestra Ley, so ooloi!
—No. —Enfocó un cono de tentáculos craneales en sus cónyuges oankali—. El
niño es perfecto. Mi descuido ha permitido que se convirtiera en ooloi, pero no he
fallado en ninguna otra cosa.
Dudó.
—Venid. Aseguraos. Aseguraos en nombre del pueblo.
Mi padre y mi madre oankali se unieron con él en una maraña de tentáculos
corporales y craneales. No los tocó con sus brazos sensoriales, ni siquiera los
desenrolló, hasta que Dichaan le tomó un brazo y Ahajas el otro. Entonces, al
[Link] - Página 20
unísono, los tres enfocaron conos de tentáculos de sus cabezas hacia mis dos padres
humanos. Éstos los miraron aviesamente. Al cabo de un rato, Lilith fue hasta los
oankali, pero no los tocó. Se volvió, y tendió un brazo hacia Tino. Él no se movió.
—¡Vuestra maldita Ley! —le repitió a Nikanj.
Pero fue Lilith quien le contestó:
—No es una Ley, es un consenso. Acordaron enviar a la nave a los ooloi que
surgieran por accidente. Nika cree que puede cambiar ese acuerdo.
—¿Ahora? ¿En pleno lío?
—Sí.
—¿Y si no puede?
Lilith tragó saliva. Podía verse el movimiento de su garganta.
—Entonces, quizá tengamos que abandonar Lo por un tiempo…, vivir separados
de los demás, en el bosque.
Él fue hasta ella, la miró del modo en que lo hace a veces, cuando desea tocarla,
quizá abrazarla de la manera en que se abrazan los humanos entre sí en la zona de
invitados. Pero los humanos que aceptan cónyuges oankali han de olvidarse de ese
tipo de contacto. No lo hacen voluntariamente…, pero, una vez se atrían con los
oankali, descubren que el contacto entre ellos les resulta repulsivo.
Tino trasladó su atención a Nikanj.
—¿Por qué no hablas conmigo? ¿Por qué dejas que sea ella la que me diga lo que
está pasando?
Nikanj tendió un brazo sensorial hacia él.
—¡No! ¡Maldita sea, háblame! ¡Háblame con palabras!
—De acuerdo —susurró Nikanj, con su cuerpo doblado en un gesto de profunda
vergüenza.
Tino lo miró con expresión asesina.
—No puedo devolverte… a tu hijo del mismo sexo —dijo el ooloi.
—¿Por qué has hecho esto? ¿Cómo has podido hacerlo?
—Cometí un error. Hasta hace un rato no me di cuenta de lo que he permitido que
suceda. No…, no podría haber dejado que sucediese deliberadamente. Chka, nada
podría haberme llevado a hacer una cosa así. Ha sucedido porque, después de tantos
años, empecé a relajarme en el cuidado de nuestros hijos. Las cosas siempre habían
ido bien, así que me descuidé.
Mi padre humano me miró. Era como si me mirase desde muy, muy lejos. Sus
manos se movieron, y supe que también deseaba tocarme a mí. Pero, si lo hacía, vería
que no podía, como le había sucedido antes con mi madre. En el seno de las familias,
la gente podía tocar a sus hijos del mismo sexo, a sus hijos asexuados, a sus cónyuges
del mismo sexo, y a sus compañeros ooloi.
Ahora, bruscamente, mi padre humano se volvió y aferró el brazo sensorial que le
[Link] - Página 21
ofrecía Nikanj. Este brazo era un órgano resistente y musculoso, que existía para
contener y proteger los órganos sensoriales y reproductores esenciales de los ooloi.
Probablemente no pudiesen ser dañados por las manos humanas desnudas, pero creo
que Tino lo intentó. Estaba irritado y dolido, y eso le hacía desear hacer daño a
alguien. De mis dos padres humanos, sólo él tendía a reaccionar de este modo. Y
ahora se encontraba con que el único ser hacia el que podía volverse para que lo
reconfortara era el que le había causado todos estos problemas. Un oankali hubiera
abierto una pared y se hubiera ido por un tiempo. Incluso Lilith lo hubiese hecho.
Tino intentó causar daño…, daño por el puro daño.
Nikanj lo atrajo contra su cuerpo y lo mantuvo inmóvil, mientras lo reconfortaba
y hablaba en silencio con él. Lo mantuvo así tanto tiempo que mis padres oankali
alzaron plataformas y se sentaron en ellas para esperar. Lilith vino a compartir la mía,
a pesar de que podría haberse alzado una propia. Mi aroma debía de haberla
perturbado, pero se sentó cerca de mí y me miró.
—¿Te sientes bien? —me preguntó.
—Sí. Creo que pronto me quedaré dormido.
—Pareces preparado para eso. ¿Te molesta el que yo esté aquí?
—Aún no. Pero debe de molestarte a ti.
—Puedo soportarlo.
Se quedó donde estaba. Yo podía recordar cuando había estado dentro de ella.
Podía recordar cuando no había en mi universo nada más que ella. Me encontré
deseando poder tocarla. Nunca antes había sentido este deseo…, nunca antes había
sido incapaz de tocarla. Ahora descubrí un poco de ese hambre que sentían los
humanos por tocar lo que no les estaba permitido.
—¿Tienes miedo? —me preguntó Lilith.
—Lo tenía, pero ahora que sé que estoy bien, y que me mantendréis aquí, me
encuentro perfectamente.
Ella sonrió un poco.
—El primer hijo del mismo sexo de Nika… ¡Ha estado tan solo!
—Lo sé.
—Todos lo sabíamos —dijo Dichaan desde su plataforma—. Todos los ooloi de la
Tierra deben de estar sintiendo la misma desesperación que sentía Nikanj. La gente
va a tener que cambiar el viejo acuerdo antes de que se produzcan más accidentes. El
próximo podría ser un ooloi tarado.
Un ingeniero genético natural, tarado…, alguien capaz de distorsionar o destruir
con su simple tacto. Nada podría salvar a un ser así del confinamiento a bordo de la
nave. Quizás incluso tuviese que ser alterado físicamente, para impedirle funcionar,
en cualquier modo, como un ooloi. Quizá fuese tan peligroso que tuviese que pasar
toda su existencia en animación suspendida, mientras su cuerpo era utilizado por
[Link] - Página 22
otros para una experimentación indolora y su mente permanecía permanentemente
desconectada.
Me estremecí y me volví a sentar. De inmediato, tanto Nikanj como Tino
estuvieron junto a mí, aparentemente reconciliados por su preocupación por mí.
Nikanj me tocó con un brazo sensorial, pero sin dejar al descubierto la mano del
mismo.
—Escúchame, Khodahs…
Enfoqué en él, sin abrir los ojos.
—Aquí estarás bien. Me quedaré contigo. Hablaré con el pueblo desde aquí y,
cuando hayas alcanzado el final de esta primera metamorfosis, recordarás todo lo que
yo les haya dicho a ellos…, y todo lo que ellos me hayan dicho a mí. —Me pasó un
brazo sensorial alrededor del cuello, y el tacto del mismo me reconfortó—. Nos
ocuparemos de ti.
Me metieron algo en la boca. Tenía el sabor y la textura de trozos de piña, pero yo
sabía, por pequeñas diferencias en su aroma, que era una creación de Lo.
Prácticamente era pura proteína…, exactamente lo que mi cuerpo necesitaba. Cuando
hube comido varios pedazos, fui capaz de hundirme bajo la superficie del sueño.
[Link] - Página 23
4
La metamorfosis es sueño. Días, semanas, meses de sueño, interrumpidos, de vez
en cuando, por unas pocas horas de despertarse, comer, hablar… Los machos y las
hembras aún dormían más, pero ellos tenían sólo una metamorfosis. Los ooloi
teníamos que pasar por aquello en dos ocasiones distintas.
Había ocasiones en las que estaba lo bastante consciente como para ver cómo se
desarrollaba mi cuerpo. En mi garganta me estaba creciendo un sair, de modo que
llegaría un momento en que podría respirar con la misma facilidad en el agua que en
el aire. Mi nariz no fue absorbida por mi cara, pero se convirtió en poco más que un
adorno.
No perdí el cabello, pero me salieron muchos más tentáculos craneales y
corporales. No desarrollaría brazos sensoriales hasta mi segunda metamorfosis, pero
mi sensibilidad ya se había incrementado, y pronto sería capaz de dar y recibir
ilusiones multisensoriales mucho más complejas, y manejarlas con mucha mayor
rapidez.
Y algo estaba creciendo entre mis corazones.
Puesto que yo era nacido de humana, mi constitución interna era básicamente
humana. Los ooloi tenían buen cuidado de no construir niños que fueran a provocar
reacciones incontrolables de inmunidad en sus madres de nacimiento. Claro que
incluso el tener dos corazones ya les parece a los humanos una variante radical. A
veces nos pegan un tiro en donde piensan que debe estar un corazón humano…, y
luego salen huyendo, presas del pánico, porque eso no nos detiene. No creo que
muchos humanos hayan visto qué aspecto tiene un oankali por dentro…, o el que
tenemos los construidos. Dos corazones son justo el doble de la dotación humana,
pero el órgano que ahora me estaba creciendo entre los dos corazones no era, ni con
mucho, humano.
Todo construido tenía alguna versión del mismo. Los machos y las hembras lo
usaban para almacenar y mantener viables las células de los seres vivos novedosos
que ellos buscaban y llevaban de vuelta a casa, a su padre o cónyuge ooloi. En los
ooloi, este órgano era mayor y más complejo y, en su interior, manipulaban las
moléculas de ADN con mayor habilidad que la que tenían las mujeres humanas para
manipular los pedazos de hilo que usaban para coser sus ropas. Yo había sido
construido dentro de un órgano así, montado a partir de las contribuciones genéticas
de mis dos madres y mis dos padres. La construcción en sí misma y una única
organela oankali eran las únicas contribuciones ooloi a mi existencia. La organela se
había dividido dentro de cada una de mis células, a medida que éstas se dividían a su
vez. Y se había convertido en una parte esencial de mi cuerpo. Éramos lo que éramos
a causa de esa organela. Los ooloi decían que éramos esa organela…, que los oankali
[Link] - Página 24
originales habían evolucionado a causa de la invasión, adquisición, duplicación y
simbiosis de la tal organela. A veces, en mundos que no tenían vida inteligente
basada en el carbono con la que comerciar, los oankali dejaban tras de sí,
deliberadamente, grandes cantidades de dicha organela. Abandonada, buscaría un
hogar en las más increíbles formas de vida nativas y provocaría cambios en ella…,
era la evolución a borbotones. Cientos de millones de años después, quizás alguna
gente oankali pasaría por allí y hallaría a unos interesantes socios comerciales
esperándoles. Las organelas creaban o hallaban compatibilidad con formas de vida
tan completamente diferentes, que serían incapaces incluso de percibirse unas a otras
como una forma viva.
En cierto momento yo había estado totalmente encerrado en Nikanj, dentro de su
versión madura del órgano que estaba creciendo entre mis corazones. Eso no lo
recordaba; la consciencia me llegó dentro del útero de mi madre humana.
Yashi, llamaban los ooloi a su órgano de manipulación genética. A veces
hablaban de él como si fuera una persona diferente:
—Voy a salir a probar el río y el bosque. Yashi está tan hambriento de algo nuevo,
que no para de girar.
¿Realmente giraba? Probablemente no lo descubriría hasta que se produjese mi
segunda metamorfosis y me creciesen los brazos sensoriales. Hasta ese momento, el
yashi iría creciendo y desarrollándose, para convertirse en algo mucho más útil que el
órgano de los machos y las hembras.
Otros órganos oankali comenzaron a desarrollarse ahora en mí, a medida que
genes, durmientes desde el instante de mi concepción, se convertían en activos y
estimulaban el crecimiento de nuevos tejidos, altamente especializados. Los ooloi
adultos eran más diferentes de lo que se daban cuenta los humanos. Más allá de su
inserción de la organela oankali, no hacían ninguna otra contribución genética a sus
hijos. Dejaban a su familias de nacimiento y se atriaban con desconocidos, para así
no verse enfrentados a una familiaridad excesiva. Los humanos decían que de la
familiaridad nacía el desprecio. Entre los ooloi, hacía nacer errores. Los machos y
hembras compañeros de camada podían atriarse sin problemas, siempre que el tercer
componente del trío, el ooloi, viniese de un grupo familiar totalmente diferente.
Así que, para un ooloi, un hijo del mismo sexo era lo más parecido a sí mismo
que jamás llegaría a ver reflejado en sus descendientes.
Por esta razón, entre otras, Nikanj me escudó del pueblo.
Lo noté como si se colocase entre mí y la gente, para que no pudieran pasar por
encima de él y llevárseme.
Absorbí todo lo que pasó en la habitación conmigo, y todo lo que me llegó de Lo
a través de la plataforma.
—¿Cómo podemos confiar en ti? —le preguntaba el pueblo a Nikanj. Sus
[Link] - Página 25
mensajes nos llegaban a través de Lo, y llegaban a Lo ya fuese directamente, en el
caso de nuestros vecinos, o mediante señales de radio desde las otras ciudades,
señales que eran retransmitidas a Lo, vía la nave. Y también oímos a la gente que
vivía en Chkahichdahk, la nave. Algunos de los mensajes nos llegaban directamente
de poblaciones cercanas, que tenían un contacto directo, por crecimientos
subterráneos, con Lo. Y todos los mensajes eran prácticamente el mismo—: ¿Cómo
vamos a poder confiar en ti? Ningún otro ha cometido un error tan peligroso.
A través de Lo, Nikanj invitó al pueblo a examinarle y a examinar sus hallazgos,
como si se tratase de alguna especie recién descubierta. Les invitó a que supiesen
todo lo que él sabía de mí. Soportó todas las pruebas que se le ocurrieron a la gente y
sobre las que se pusieron de acuerdo. Pero siguió impidiéndoles tocarme.
Y, a pesar de sus errores, él seguía siendo mi progenitor del mismo sexo. Dado
que decía que yo no debía de ser perturbado en mi metamorfosis, y dado que aún no
estaban convencidos de que hubiese perdido toda su competencia, aceptaron no
perturbarme. Los humanos pensaban en este tipo de cosas como una cuestión de
autoridad…, de quién tenía autoridad sobre el niño. Los oankali y los construidos
sabían que era una cuestión de fisiología. El cuerpo de Nikanj «comprendía» lo que el
mío estaba pasando…, lo que necesitaba y lo que no necesitaba. Nikanj me hizo saber
que todo iba bien, y me tranquilizó, mostrándome que no estaba solo. En el modo
usual entre los padres del mismo sexo, oankali y construidos, pasó la metamorfosis
conmigo. Sabía exactamente lo que me perturbaría y lo que no ocasionaría
problemas. Su cuerpo lo sabía, y nadie iba a discutirle tal conocimiento. Incluso los
progenitores humanos del mismo sexo parecían alcanzar con sus hijos una empatía
que el pueblo respetaba. Por no tener esa empatía, algunos machos y hembras en
desarrollo habían pasado por momentos muy extraños. Uno de mis hermanos había
quedado totalmente separado de la familia y de toda compañía oankali o construida
durante su metamorfosis. Y había reaccionado ante sus compañeros, que eran
totalmente humanos y no tenían ninguna relación familiar con él, perdiendo todas las
trazas visibles de su propia herencia humana. Desde luego, había sobrevivido: los
humanos se habían ocupado de él lo mejor que habían sabido; pero, tras la
metamorfosis, había tenido que aceptar que la gente lo tratase como si fuera una
persona totalmente distinta. Era nacido de humana, pero nuestros padres humanos no
lo habían reconocido cuando había vuelto a casa.
—No quiero empujarte ni hacia el extremo humano, ni hacia el oankali —me dijo
Nikanj en una ocasión, cuando la gente le había dejado unas pocas horas de paz. A
menudo me hablaba, sabiendo que, estuviera consciente o no, lo oiría y luego lo
recordaría. Su presencia y su voz me reconfortaban—. Quiero que te desarrolles
como debieras, en todo. Cuanto más normales sean tus cambios, más pronto te
aceptará el pueblo como normal.
[Link] - Página 26
Aún no había convencido al pueblo para que aceptase nada sobre mí. Ni siquiera
de que debía de permitírseme permanecer en la Tierra y vivir en Lo, durante mi
estadio de subadulto y mi segunda metamorfosis. En aquel momento, el consenso era
de que debía de ser subido a la nave en cuanto completase esta mi primera
metamorfosis. Los subadultos seguían siendo vistos como niños, pero podían trabajar
como ooloi en asuntos que no implicasen la reproducción. Los subadultos no sólo
podían curar o provocar enfermedades, sino que también podían causar cambios
genéticos…, mutaciones, en plantas y animales. Podían hacer todo lo que pudiese ser
hecho sin cónyuges. Y podían ser inintencionadamente mortíferos, cambiando
insectos y microorganismos en modos inesperados.
—Yo no quiero hacer daño alguno —dije, hacia el final de mis muchos meses de
cambio, cuando pude hablar de nuevo—. No me dejes hacer ningún daño a nada ni a
nadie.
—Ningún daño, Oeka —me dijo Nikanj con voz queda. Se había recostado junto
a mí, tal como hacía a menudo, mientras yo dormía. Así podía estar conmigo y, sin
embargo, hundir sus tentáculos corporales y craneales en la plataforma, en la carne de
Lo, y de ese modo comunicarse con el pueblo. Continuó hablándome—: No hay tara
ninguna en ti. Deberías darte cuenta de todo lo que haces; puedes cometer errores,
pero también puedes percibirlos. Y puedes corregirlos. Yo te ayudaré.
Sus palabras me dieron una seguridad que ninguna otra cosa me podría haber
dado. Había comenzado a sentirme como uno de esos volcanes dormidos que hay en
lo alto de las montañas de más allá del bosque…, como algo que podía estallar en
cualquier momento, destruyendo todo lo que casualmente se encontrase cerca.
—No obstante, hay algo de lo que tienes que darte cuenta —añadió Nikanj.
—¿Sí?
—Tú estarás completo en formas en las que aún no lo han estado los construidos,
tanto machos como hembras. Finalmente, tú y los otros como tú despertaréis en los
machos y las hembras habilidades que están ahora en letargo. Pero tú, como ooloi que
eres, no puedes tener habilidades durmientes.
—Estar completo…, ¿qué es lo que significará eso?
—Que serás capaz de cambiarte a ti mismo. Lo que nosotros podemos hacer de
una generación a la siguiente: cambiar nuestra forma, revertir a formas anteriores o a
combinaciones de formas…, tú serás capaz de hacerlo en el interior de ti mismo.
Superficialmente, incluso quizá seas capaz de crear nuevas formas, nuevos
envoltorios de camuflaje. Eso era lo que pretendíamos.
—Si puedo cambiar mi forma… —enfoqué fijamente en Nikanj—, ¿podría
convertirme en macho?
Nikanj dudó.
—¿Aún quieres ser macho?
[Link] - Página 27
¿Alguna vez había deseado ser macho? Simplemente, había supuesto que era
macho, y que no tenía elección en el asunto.
—El pueblo no sería tan duro contigo si yo fuera un macho —le dije.
No me contestó.
—Aún no me han aceptado —argumenté—. Podrían seguir rechazándome hasta
que la familia tuviera que abandonar Lo…, todo por culpa mía.
Continuó enfocado en mí, en silencio. Había ocasiones en las que envidiaba a los
humanos su habilidad para bloquear su visión, a base de cerrar sus ojos, de negar su
comprensión mediante algún acto consciente de negación, que a mí me resultaba
incomprensible.
Cerré mi garganta, luego inspiré y exhalé un suspiro muy humano por mi boca.
Ahora, cuando no estaba hablando, aquello ya no me resultaba necesario, pero
ayudaba a cortar el azorado silencio.
—¡Tengo unos sentimientos tan contradictorios! —le dije—. Quiero ser tu hijo
del mismo sexo, pero no quiero causarle problemas a la familia.
—¿Y qué es lo que quieres para ti?
Ahora yo no podía hablar. Dijera lo que dijese, le haría daño.
—Oeka, debo saber lo que deseas, lo que sientes…, y, por tu propio bien, debes
decírmelo. Sería mejor para ti si, hasta que tu metamorfosis esté terminada, el pueblo
sólo te viera a través de mí.
Tenía razón. La idea de que un montón de otra gente interfiriese ahora conmigo
me resultaba aterradora, apabullante. No había pensado que fuese a ser así, pero así
era.
—No querría tener que dejar de ser lo que soy —le expliqué—. Quiero ser un
ooloi. Realmente lo deseo. Y me gustaría que no fuese así. ¿Cómo iba a querer
causarle tantos problemas a la familia?
—Quieres ser lo que eres. Eso es sano y bueno para ti Lo que nosotros hagamos
al respecto es nuestra decisión nuestra responsabilidad. A ti no te concierne.
Si hubiera sido un humano el que hubiera dicho aquello, quizá no se lo hubiese
creído. Los humanos decían una cosa con sus cuerpos y otra con sus lenguas, y todo
el mundo debía gastar tiempo y energías imaginándose lo que realmente querían
decir. Y, una vez los comprendías, los humanos se irritaban y actuaban como si les
hubieses robado los pensamientos de sus mentes.
En cambio, Nikanj pensaba realmente lo que decía: su cuerpo y sus labios decían
lo mismo: creía que yo debía desear ser lo que era. Pero…
—Ooan, si lo desease, ¿podría cambiar?
Aplastó sus tentáculos corporales y craneales, dejándolos lisos contra su piel,
aceptando divertido mi curiosidad.
—Ahora no. Pero, cuando hayas madurado, serás capaz de hacer que tu cuerpo
[Link] - Página 28
parezca ser el de un macho. Naturalmente, no podrás sentirte satisfecho con el rol
sexual del macho, ni podrás hacer la contribución que hace el macho a la
reproducción.
Traté de moverme, traté de tender una mano hacia él, pero aún estaba demasiado
débil. El hablar ya me dejaba exhausto, y la mayoría de los movimientos me
resultaban imposibles. Los tentáculos de mi cabeza sí se estiraron hacia él.
Él se acercó más y me dejó tocarle, me dejó examinar su carne, para que pudiese
empezar a comprender las diferencias que había entre su carne y la mía. Yo iba a ser
la versión más extremada de un construido…, no sólo una simple mezcla de
características humanas y oankali, sino alguien capaz de usar su cuerpo en modos que
no podían ni los humanos ni los oankali. Sinergia.
Estudié una única célula del brazo de Nikanj, comparándola con mis propias
células. Aparte de mi mezcla humana añadida, la principal diferencia parecía estar en
que ciertos genes míos se habían activado y habían causado mi metamorfosis. Me
pregunté que podría pasar si esos genes se activaban en Nikanj. Él ya era maduro…,
¿acaso sufriría otros cambios?
—Basta —dijo Nikanj suavemente. Me hizo señas silenciosas y me habló en voz
alta. Sus señas silenciosas parecían urgentes. ¿Qué era lo que yo estaba haciendo?
—Mira lo que has hecho. —Ahora sólo me habló silenciosamente.
Volví a examinar la célula que había tocado y me di cuenta de que, de algún
modo, yo había localizado y activado los genes que habían atraído mi curiosidad.
Esos genes estaban tratando de activar otros de su especie en otras células, intentando
causar que el cuerpo de Nikanj iniciase la secreción de hormonas inadecuadas, que
provocarían un crecimiento inadecuado.
¿Qué hubiera crecido?
—Nada crecerá en mí —dijo Nikanj, y me di cuenta de que había percibido mi
curiosidad—. La célula morirá. ¿Lo ves?
Mientras la contemplaba, la célula murió.
—Podría haberla mantenido con vida —me explicó Nikanj—. Mediante un acto
volitivo, podría haber impedido que mi cuerpo la rechazase. Sin embargo, sin tu
intervención, yo no podría haber activado los genes durmientes. Mi cuerpo rechaza
ese tipo de comportamiento como… profundamente autodestructivo.
—Pero a mí no me pareció nada malo o peligroso —argumenté—. Sólo me
pareció… fuera de lugar.
—Fuera de lugar y en un momento que no es el adecuado. En un humano, esto
hubiera sido suficiente para matarlo.
No se me ocurrió nada que decir. Mi curiosidad desapareció, barrida por el miedo.
—Cuando los toques, nunca te retires sin comprobar que no les has causado algún
daño.
[Link] - Página 29
—Ni los tocaré…
—No serás capaz de resistirlo.
No lo dudaba, ni lo sospechaba, ni lo imaginaba…, lo sabía.
—¿Y qué puedo hacer? —susurré en voz alta. No podía equivocarse en estas
cosas: había vivido mucho, visto demasiado.
—Por el momento, lo único que puedes hacer es andarte con pies de plomo. Tras
tu segunda metamorfosis te atriarás, y ya no estarás tan interesado en investigar a
gente que no sean tus cónyuges.
—¡Pero eso puede suceder dentro de dos o tres años…!
—Pienso que menos. Noto tu cuerpo como si, de ahora en adelante, fuera a
desarrollarse con rapidez. Ahora ya sabes lo cuidadoso que vas a tener que ser, hasta
que se haya desarrollado.
—No sé si lo podré hacer. El ser tan cuidadoso en cada toque…
—Sólo los toques profundos. —Los toques que penetraban la carne, hechos con
los tentáculos sensoriales o, más tarde, con los brazos sensoriales. Claro que sólo los
humanos podían conformarse con menos que estos toques profundos.
—No veo cómo voy a poder ser tan cuidadoso —le dije—. Pero voy a tener que
serlo.
—Sí.
—Entonces, lo seré.
Tocó mis tentáculos de la cabeza con varios de los suyos, mostrándome su
acuerdo. Luego examinó detenidamente el resto de mi cuerpo, comprobando de
nuevo la ausencia de taras peligrosas, reuniendo información para el pueblo. Me
relajé y le dejé trabajar y, al instante, me dijo:
—¡No!
—¿Qué pasa? —le pregunté. Esta vez no había hecho nada malo, estaba seguro.
Sabía que no había hecho nada.
—Hasta que te conozcas muchísimo mejor a ti mismo no puedes permitirte el lujo
de relajarte de este modo mientras estés en contacto con otra persona. Ni siquiera
conmigo. Eres demasiado competente, demasiado capaz de hacer pequeños cambios,
potencialmente mortíferos, en los genes, en las células, en los órganos. Lo que los
machos, hembras e incluso algunos ooloi, deben esforzarse para lograr percibir, tú no
puedes dejar de percibirlo, a un nivel u otro. Aquello que a ellos debe enseñárseles a
hacer, tú casi lo puedes hacer sin pensar. Tienes toda la sensitividad que pude darte, y
eso es mucho. Y tienes las habilidades latentes de tus antepasados humanos. En ti,
esas habilidades ya no son latentes. Es por eso por lo que fuiste capaz de activar en
mí genes que ni siquiera yo puedo despertar. Es por eso por lo que los humanos son
un tesoro tan grande. Nos han dado habilidades regenerativas que nunca antes
habíamos sido capaces de lograr en nuestro comercio, pese a que ya habíamos
[Link] - Página 30
hallado anteriormente otras especies con tal habilidad. Y yo sigo aquí, porque un
humano fue capaz de compartir esta habilidad conmigo.
Se refería a Lilith, mi madre de nacimiento. Todo niño de la familia había oído
aquella historia: uno de los brazos sensoriales de Nikanj había sido, prácticamente,
cortado de un tajo; pero Lilith le había dejado a Nikanj conectarse a su cuerpo y
activar algunos de los genes, altamente especializados, que estaban dentro de ella. Y
el ooloi había usado lo que había aprendido de ellos para animar a sus propias células
a crecer y volver a unir las complejas estructuras de su brazo. Aquello era algo que no
hubiese podido hacer sin el efecto iniciador de la ayuda genética de Lilith.
La habilidad de Lilith ya venía de su familia, aunque ni ella ni sus antepasados
habían sido capaces de controlarla. En ellos había permanecido durmiente, o se había
activado en una loca y desordenada manera que había provocado el crecimiento de
nuevos e inútiles tejidos. Nuevos tejidos que habían tomado un camino obscenamente
erróneo.
Los humanos llamaban cáncer a esta condición de sus cuerpos y, para ellos, era
una enfermedad odiosa. Para los oankali, era un tesoro. Era algo de una belleza que
estaba más allá de la comprensión humana.
Sin la ayuda de Lilith, Nikanj hubiera podido morir…, y, si hubiese sobrevivido,
mutilado, no podría haber funcionado como ooloi. Sus cónyuges se tendrían que
haber buscado otro ooloi. Entonces eran jóvenes; quizá podrían haber superado la
ruptura y aceptado al otro, pero entonces nosotros no habríamos existido…, nosotros,
los hijos que Nikanj había construido gene por gene, cromosoma por cromosoma.
Otro ooloi habría elegido otra mezcla, habría manufacturado una serie distinta de
genes que mezclar, para crear así un conjunto viable. Toda nuestra especial esencia de
construidos era obra de nuestro padre ooloi. Hasta cometer el error conmigo, Nikanj
había sido famoso por la belleza de sus hijos. Y había compartido con los demás todo
lo que sabía de mezclar niños construidos, y probablemente había salvado a otra
gente del dolor, los problemas y los errores mortíferos. Y había sido capaz de hacer
todo aquello porque, gracias a Lilith, tenía dos brazos sensoriales que le funcionaban.
—Podrías volver a darles el cáncer a los humanos —me dijo, apartándome de mis
pensamientos—. O podrías afectarles genéticamente. Podrías dañar sus sistemas
inmunológicos, causarles alteraciones neurológicas, problemas glandulares… Podrías
darles enfermedades para las que ni siquiera tienen nombres. Y podrías hacer todo
eso con sólo un momento de no prestar atención.
Hizo una pausa, totalmente enfocado en mí.
—Los humanos te atraerán y te seducirán, sin darse cuenta de lo que están
haciendo. Pero no tendrán defensa alguna contra ti. Y probablemente serás tan
sexualmente precoz como cualquier otro construido nacido de humana.
—No tengo brazos sensoriales —le dije—. ¿Qué es lo que puedo hacer
[Link] - Página 31
sexualmente hasta que me crezcan?
Además, tampoco tenía ya nada entre mis piernas. Nadie podía verme desnudo y
confundirme con un macho… o con una hembra. Yo era un subadulto ooloi, y lo
seguiría siendo durante años…, o durante meses, si Nikanj tenía razón en cuanto a lo
de la velocidad de mi maduración.
—Serás capaz de obtener placer de la nueva sensación —me explicó Nikanj—.
Especialmente en el complejo, aterrador, prometedor sabor de los humanos. Yo no los
disfruté demasiado a menudo cuando era subadulto, porque podía darles bien poco a
cambio. Probé a Lilith cuando pude curarla o hacerle cambios que resultaban
necesarios; pero no podía dar placer hasta convertirme en adulto. Tú quizá ya puedas
darlo ahora con los tentáculos sensoriales.
Apreté con fuerza los tentáculos sensoriales contra mi cuerpo, preguntándome si
sería así. Pensaba en aquella pareja de humanos que había conocido hacía meses,
antes de caer dormido. Ahora ya estaban camino a Marte. Pero, ¿cuál debía de ser su
sabor? Quizá la mujer me hubiera dejado probarla, pero el macho… ¿Cómo se las
apañaban los ooloi para seducir a los machos humanos? Los machos eran suspicaces,
hostiles, peligrosos. De repente, sentí grandes deseos de probar uno. Antes de mi
cambio había tocado a mi padre humano y a otros machos atriados; pero entonces no
era tan perceptivo. Y quería tocar a un desconocido no atriado…, alguien que quizá
fuera un cónyuge potencial.
—Precoz —me dijo Nikanj, en un tono que no admitía discusión—. Por un
tiempo, limítate a los construidos. Ellos no son indefensos, pero aun así se les puede
hacer daño. Tú puedes dañarlos tan sutilmente que nadie se dé cuenta del problema
hasta que se haya convertido en grave. Ten mucho más cuidado del que nunca hayas
tenido.
—¿Me dejarán tocarles?
—No lo sé. El pueblo no ha decidido nada todavía.
Pensé acerca de lo que podría ser el pasar toda mi subadultez solitario en el
bosque, con mis padres y mis compañeros de camada no atriados como única
compañía, y un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Nikanj unió sus tentáculos
sensoriales con los míos, preocupado.
—Quiero que me acepten —dije, innecesariamente.
—Sí. Puedo ver que cualquier tipo de exilio te iba a resultar muy duro, iba a ser
malo para ti. Pero…, quizá el exilio en Chkahichdahk te resultase lo menos malo. Mis
padres aún siguen allí. Ellos te aceptarían.
Exilio en la nave…
—¡Dijiste que no dejarías que se me llevasen!
—No les dejaré. Te quedarás con nosotros durante tanto tiempo como desees
quedarte.
[Link] - Página 32
Quería decir durante tanto tiempo como creyese estar mejor encontrándome
aislado, sólo con mi familia, de lo que me encontraría separado de mi familia, si me
mandasen a la nave. Los humanos acostumbraban a no entender a los ooloi, cuando
los ooloi decían cosas como ésta. Los humanos pensaban que los ooloi les estaban
prometiendo que no harían nada, hasta que los humanos les dijesen que habían
cambiado de idea…, hasta que ellos se lo dijeran a los ooloi con sus bocas, con
palabras. Pero los ooloi percibían todo lo que un ser vivo decía…, todas sus palabras,
y también sus gestos, y un amplio abanico de otras respuestas corporales, internas y
externas. Los ooloi lo absorbían todo, y actuaban de acuerdo con el consenso que así
descubrían. De esta manera, los ooloi trataban a los individuos del mismo modo en
que trataban a los grupos de seres: buscaban un consenso. Y, si no lo había, esto
significaba que el ser estaba confundido, estaba en la ignorancia, asustado; o, por
algún otro motivo, aún no era capaz de darse cuenta de lo que era mejor para él. Los
ooloi le daban información y, quizá, algo de calma, hasta que podían percibir un
consenso en él. Entonces actuaban.
Si, algún día, Nikanj veía que yo necesitaba cónyuges más de lo que necesitaba a
mi familia, me enviaría a la nave, por mucho que yo me opusiese a ello.
[Link] - Página 33
5
A medida que pasaban los días fui haciéndome más fuerte. Esperaba, confiaba,
deseaba, incluso me suplicaba a mí mismo, que Nikanj no tuviera jamás razón alguna
para buscar un consenso dentro de mí. ¡Si al menos el pueblo confiase en mí,
percibiese que yo no estaba más interesado en usar mis nuevas habilidades para hacer
daño a otros seres vivos de lo que pudiera estarlo en hacérmelo a mí mismo!
Desgraciadamente, a menudo hacía ambas cosas. Al menos una vez al día, Nikanj
tenía que corregir algún daño que yo le había causado a Lo…, a la plataforma viva en
la que me movía. El color natural de Lo era gris-marrón. Por debajo de mí se volvía
amarillo. Le salían ampollas. Aparecían pedazos ásperos, enfermizos. Su olor
cambiaba, se hacía hediondo. Partes de Lo se desprendieron. A veces le surgían
profundas y supurantes heridas.
Y todo lo que le hacía a Lo me lo hacía también a mí mismo. Pero era por Lo por
quien me sentía culpable: Lo era progenitor, compañero de camada, hogar. Era el
mundo en el que yo había nacido. Como ooloi, tendría que abandonarlo cuando me
atriase. Pero, entretejida, tanto en su estructura genética como en la mía, estaba la
inconfundible firma del grupo familiar Lo. Yo hubiera hecho cualquier cosa con tal
de no causarle dolor a Lo.
Así que, tan pronto como pude, me levanté de mi plataforma y fui a buscar
madera muerta sobre la que dormir.
Lo se comió la madera: aún no era lo bastante inteligente como para poder
razonar con él… no lo sería hasta, posiblemente, dentro de unos cien años. Pero tenía
conciencia de sí mismo: sabía lo que era parte de él y lo que no. Yo era parte de él…,
una de sus muchas partes. No aceptaba tenerme en él y que sin embargo estuviera tan
distante, separado por tanta materia muerta. Prefería el daño que yo le pudiera causar,
fuera el que fuese, a la nada natural comezón del aparente rechazo.
De modo que seguí causándole daño hasta que estuve totalmente recuperado. Por
aquel entonces yo ya sabía, tan bien como cualquier otro, que tenía que irme. El
pueblo aún quería que yo fuese a Chkahichdahk, porque la nave era un organismo de
mayor edad, más resistente. Como sucedía con casi todos los ooloi, la nave era capaz
de protegerse y curarse. Algún día, Lo sería igualmente resistente, pero no antes de
otro medio siglo. Y, en la nave, yo podría ser vigilado por muchos más ooloi
maduros.
O podía irme al exilio, aquí mismo en la Tierra…, antes de que le hiciera más
daño a Lo, o a alguien de Lo. Ésas eran mis únicas posibilidades de elección. A través
de Lo, Nikanj había mantenido un control del aire de mi habitación. Se había
ocupado de que yo no transformase los microorganismos con los que entrase en
contacto. Y, fuera, los insectos me evitaban, del mismo modo que evitaban a todo
[Link] - Página 34
oankali o construido. De modo que el pueblo me permitiría el exilio en la Tierra.
Sin llegar realmente a hablar de ello en serio, nos preparamos para partir. Mis
progenitores humanos hicieron su equipaje, tomando libros de antes de la guerra,
herramientas, mudas de ropa y alimentos del huerto de Lilith (alimentos criados en el
suelo de la Tierra, no surgidos de la sustancia de Lo), y envolviéndolo todo en
hamacas de tela de Lo. Tanto Tino como Lilith sabían que sus cónyuges oankali les
podían suministrar todo lo preciso para cubrir sus necesidades físicas, pero no podían
aceptar tan fácilmente esa dependencia. Ésta era una característica de los humanos
adultos que los oankali jamás lograban entender. Así que, simplemente, la aceptaban
lo mejor que les era posible, y se sentían complacidos al ver que los construidos sí
que lo entendíamos.
Fui donde estaba mi madre humana y la contemplé hacer su equipaje. No la
toqué…, no había tocado a ningún humano desde que había terminado mi
metamorfosis. Como recuerdo permanente de mi condición inestable se me había
desarrollado un burdo crecimiento rugoso en mi mano derecha. Ya lo había
reabsorbido dos veces, pero cada noche me volvía a crecer. Vi que Lilith me lo estaba
mirando.
—Se curará —le dije—. Nikanj me ayudará.
—¿Te duele? —preguntó ella.
—No. Sólo lo noto… fuera de lugar. Como un peso muerto que cuelga de un sitio
en que no debiera.
—¿Por qué está fuera de lugar?
Miré el crecimiento. Era rojizo y estaba agrietado en algunos puntos, rugoso con
piel distorsionada y sangre seca. Siempre parecía estar supurando algo de sangre.
—Yo lo causé —le dije—, pero no entiendo cómo lo hice. Arreglé un par de
problemas obvios, pero el crecimiento siempre vuelve.
—Por lo demás, ¿cómo te encuentras?
—Bien, creo. Y, una vez que Ooan me muestre cómo ocuparme de este
crecimiento, ya no lo olvidaré.
Pienso que mi olor estaba empezando a molestarla. Dio un paso atrás, pero me
miró como si sintiese deseos de tocarme.
—¿Qué quieres que haga por ti?
—Prepárame el equipaje.
Ella pareció sorprendida.
—¿Y qué quieres que te meta en él?
Dudé, temeroso de que mi respuesta fuera a hacerle daño. Pero yo quería llevarme
equipaje, y sólo ella podía prepararlo como yo deseaba.
—Quizá ya no vuelva a vivir aquí —le dije.
Parpadeó, y me miró con el dolor que yo había confiado evitarle.
[Link] - Página 35
—Quiero cosas humanas —le dije—. Pequeñas cosas humanas que tú y Tino
dejaríais atrás. Y quiero batatas de tu huerto…, y mandioca, y frutos y semillas.
Muestras de todas las semillas que se necesitan para hacer crecer tus plantas.
—Nikanj te puede dar muestras de células.
—Lo sé…, pero, ¿lo harás tú?
—Sí.
Dudé de nuevo.
—¿Sabes?, de todos modos tendría que abandonar Lo. Incluso sin este exilio. No
podría buscar cónyuges aquí, porque estoy emparentado con casi todo el mundo.
—Lo sé. Pero aún pasará un tiempo hasta que te atríes. Y, si te fueras por ese
motivo, te volveríamos a ver de nuevo. Pero, si tienes que ir a la nave…, quizá ya no
te volvamos a ver.
—Pertenezco a este mundo —le dije—. Y pretendo quedarme en él. Pero, aun así,
quiero tener algo vuestro: tuyo y de Tino.
—De acuerdo.
Nos miramos el uno al otro, como si ya nos estuviésemos diciendo adiós…, como
si yo fuese el único que se marchase. Entonces la dejé para ir a dar el último paseo
por Lo, para despedirme de la gente con la que siempre había vivido. Lo era algo más
que un pueblo grande: era un grupo familiar. Todos los machos y hembras oankali
estaban relacionados de un modo u otro. Todos los construidos estábamos
relacionados también, a excepción de los pocos machos que habían llegado, en su
errar por los caminos, de otras poblaciones. Y todos los ooloi se habían convertido en
parte de Lo cuando habían tomado cónyuges aquí. Y cualquier humano que se
quedaba una larga temporada, unido a una familia oankali, estaba más relacionado
con Lo de lo que se imaginaban la mayoría de los humanos.
Era duro tener que decirle adiós a aquella gente, saber que probablemente no iba a
volver a verla nunca más.
Era duro no atreverse a tocarlos, ni permitirles a ellos que me tocaran a mí. Pero,
de consentirlo, posiblemente le hiciera a alguno de ellos lo que le estaba haciendo
constantemente a Lo: cambiarlo, dañarlo… al fin y al cabo era también lo que me
estaba haciendo a mí mismo de continuo: cambiarme y dañarme. Claro que, siendo
yo un ooloi, teóricamente podía sobrevivir a mayores daños que ellos. Así las cosas,
si tocaba a alguien tenía que hacérselo saber a Nikanj.
Por todas partes que ándase, los ooloi me miraban con una terrible mezcla de
sospecha y esperanza, miedo y necesidad. Si yo no aprendía a controlarme, ¿cuánto
tiempo pasaría antes de que ellos pudieran tener hijos de su mismo sexo? Yo podía
hacerles más daño que cualquier otro al que conociesen. Los aguzados y atentos
conos de sus tentáculos craneales me seguían a donde quiera que yo fuese, y pesaban
sobre mis espaldas como si fueran tremendas cargas. Si había algo de lo que me
[Link] - Página 36
gustaría alejarme, era de su intensa y sostenida atención.
Fui a visitar a nuestro vecino Tehkorahs, un ooloi cuyos cónyuges humanos eran
amigos íntimos de mis padres humanos.
—¿Crees que debería ir al exilio en la nave? —le pregunté.
—Sí. —Su voz era más suave que la mayoría de las voces de ooloi. Y prefería no
utilizarla nunca para hablar. Pero los signos de nada valían sin los toques que los
acompañaran, e incluso el mismo Tehkorahs no se atrevía a tocarme. Esto me dolía,
pues él era un ooloi y, por consiguiente, estaba a salvo de cualquier cosa que yo
pudiera hacerle. Repitió su afirmación, cosa rara en él—: Sí.
—¿Y por qué? ¡Me conoces…, no tocaré a la gente! ¡Y aprenderé a controlarme!
—Si puedes.
—…Sí.
—En el bosque hay resistentes. Si estás allí el tiempo suficiente, te encontrarán.
—La mayoría de ellos han emigrado.
—Muchos. No la mayoría.
—No los tocaré.
—Naturalmente que lo harás.
Abrí la boca, luego la cerré, vista la certidumbre mostrada por Tehkorahs. En su
afirmación no había reservas ni ocultaciones. Estaba diciendo lo que él creía que era
la verdad.
Tras un tiempo, me preguntó:
—¿Tienes mucha hambre…?
No le contesté. No me estaba preguntando si deseaba alimentos, sino si notaba
mucha necesidad de ser tocado. Y, justo en el instante antes de que yo me marchase,
me abrió sus cuatro brazos. Dudé, luego me adelanté y me abracé con él.
No me tenía miedo. Era como un fuego en el bosque: inflamado de curiosidad,
ansias y miedo, y yo me encontré reconfortado y tranquilizado, mientras él me
examinaba con cada uno de sus tentáculos con los que podía tocarme, así como con
sus dos brazos sensoriales.
Nos alimentamos el uno al otro: mi hambre era de ser tocado, y la suya de saberlo
todo, de primera mano, y entenderlo. Observándole, entendí que, sobre todo, estaba
buscando el tranquilizarse a sí mismo. Comprendiendo mi cuerpo, quería asegurarse
de que yo lograría controlarme. Quería que yo fuese un éxito tan evidente, que a él se
le permitiese tener su hijo de su propio sexo. Y pronto.
Cuando me dejó ir, aún no comprendía…
—Tenías mucha hambre —me dijo—. Y eso sólo después de uno o dos días de
ser evitado.
Anudó apretadamente sus tentáculos, contra la piel.
—Sabes algo de lo que nosotros, los ooloi, podemos hacer —prosiguió—. Pero
[Link] - Página 37
creo que no tenías ni idea de lo mucho que necesitamos el contacto con la otra gente.
Y tú aún pareces necesitarlo más que nosotros. Pasa más tiempo con tu compañera de
camada emparejada, o puedes llegar a convertirte en peligroso.
—No querría hacerle daño a Aaor.
—Nikanj puede curarla hasta que aprendas a hacerlo tú mismo. Si es que lo llegas
a aprender.
—Aun así, no quiero hacerle daño.
—No creo que le puedas hacer mucho daño. Y, en cambio, si no tienes parte
alguna a la que ir a reconfortarte, puedes acabar siendo como el rayo cuando cae…,
que lo hace al azar y casi siempre es mortífero.
Le miré, con mis propios tentáculos de la cabeza tendidos hacia delante,
enfocados en él.
—¿De qué te enteraste cuando me examinaste? No quedaste satisfecho. ¿Quiere
eso decir que piensas que no aprenderé a controlarme?
—No sé si podrás hacerlo o no. No lo puedo averiguar. Nikanj dice que sí lo
podrás hacer, pero que te resultará muy duro. No sé qué es lo que él ve en ti para
sacar esa conclusión. Quizá sólo ve a su primer hijo de su mismo sexo.
—¿Aún crees que debería ir a la nave?
—Sí. Por tu propio bien. Por el de todos. —Se frotó su mano derecha, y vi que le
había salido en ella un duplicado de mi rugoso y supurante tumor.
—Lo siento —le dije—. ¿Sabes qué es lo que hice mal para causar eso?
—Una combinación de cosas. Aún no las comprendo todas. Deberías de ir a
enseñárselo a Nikanj. Ahora mismo.
—¿No te pasará nada a ti?
—No.
Lo miré, echándole ya a faltar…, un ooloi gris pálido, más pequeño de lo normal,
del grupo familiar Jah. Desenrolló uno de sus brazos sensoriales y tocó un punto
sensorial en mi rostro. Podía ver esos puntos…, igual que podía verlos yo, ahora. Su
textura era un poco más rugosa que la piel que los rodeaba. Tehkorahs hizo que el
contacto fuera un agudo y dulce estremecimiento de placer, que cayó por encima de
mí como una repentina lluvia fresca. Lentamente se fue disipando. Era un adiós.
[Link] - Página 38
6
Cuando nos fuimos estaba lloviendo. Una breve cascada de agua que caía del
cielo. Lilith decía que las lluvias como ésta ocurrían sólo para recordarnos que
vivíamos en una floresta tropical, y que en éstas llueve mucho. Ella había nacido en
un lugar desértico llamado Los Ángeles. Y le encantaban las lluvias repentinas, de
ésas que le calaban a uno hasta los huesos.
Éramos once en total. Mis cinco padres, Aor y yo, Oni y Hozh, Ayodele y Yedik.
Estos cuatro últimos eran mis compañeros de camada más jóvenes. Podrían haber
sido dejados atrás, con algunos de los compañeros de camada más adultos, pero ellos
no quisieron quedarse. No los culpaba por esto: tampoco a mí me hubiese gustado
separarme de mis progenitores, en un estado premetamórfico. Yo mismo, ahora, entre
mis dos metamorfosis, los necesitaba. Y la familia no hubiera sido la misma sin los
más pequeños. Mis padres ya sólo tenían una pareja de hijos por década. En una
situación normal, ya habrían empezado a trabajar en los siguientes, pero, durante los
meses de mi metamorfosis, habían decidido esperar hasta que pudieran regresar a
Lo…, conmigo o sin mí.
Primero nos dirigimos al huerto de Lilith para recoger algunas frutas y verduras
frescas más. Aunque creo que, en realidad, lo que ella y Tino querían era verlo una
vez más.
—De todos modos, ya es tiempo de dejar descansar estas tierras —dijo Lilith
mientras caminábamos. Cada pocos años cambiaba el asentamiento de su huerto, y
dejaba que la selva recuperase el antiguo terreno. Con esos cambios, y con su
costumbre de usar fertilizantes y limo del río, había estado utilizando y reutilizando
las tierras de los alrededores de Lo durante más de un siglo. Sólo abandonaba sus
huertos cuando Lo crecía y se acercaba demasiado a ellos.
Pero este huerto había sido destruido.
No había sido simplemente saqueado. Ocasionalmente, se producían incursiones:
los resistentes tenían miedo de atacar a las poblaciones oankali…, tenían miedo de
que los oankali comenzasen a considerarlos como verdaderas amenazas y los
trasladasen de un modo permanente a la nave. Pero los huertos de Lilith no eran, eso
estaba claro, oankali. Los resistentes lo sabían, y parecían sentirse en libertad de
robar en ellos frutos o árboles enteros. A Lilith nunca parecía importarle. Sabía lo que
los resistentes pensaban de ella o de cualquier humano atriado: que eran traidores a la
Humanidad; pero nunca parecía tenérselo en cuenta.
Esta vez, todo aquello que no había sido robado había sido destruido. Los
melones habían sido pisoteados o aplastados contra el suelo y los árboles. La hilera
de árboles de papaya que se hallaba en el centro del huerto había sido talada. Las
matas de judías, guisantes, el maíz, la batata, la mandioca y las piñas habían sido
[Link] - Página 39
arrancadas y pisoteadas. Los cercanos árboles del pan, nogales e higueras, que casi
tenían un centenar de años, habían sido cortados a hachazos y quemados, a pesar de
que el fuego no había destruido más que a algunos de ellos. Los plataneros habían
sido derribados.
—¡Mierda! —murmuró Lilith. Contempló por un momento la destrucción, luego
se apartó y fue hasta el borde del claro del huerto. Allí se quedó de espaldas a
nosotros, el cuerpo muy tenso. Pensé que Nikanj iría hasta ella para ofrecerle
consuelo. Pero, en lugar de eso, comenzó a recoger y limpiar los tallos de mandioca
menos dañados. Podían ser replantados. Ahajas halló una mano de plátanos maduros
en buen estado, Dichaan encontró y desenterró varias batatas, a pesar de que las
partes de las plantas que había sobre tierra habían sido cortadas y desperdigadas. Los
oankali y los construidos podían hallar raíces comestibles y tubérculos con facilidad,
a base de sentarse en el suelo y perforar en él con los tentáculos sensoriales. Esos
cortos tentáculos corporales podían extender varias veces su longitud en posición de
descanso.
Fue Tino quien se acercó a Lilith. La rodeó, se puso frente a ella y le dijo:
—¡Qué infiernos, sabes que tendrás otros huertos!
Ella asintió con la cabeza.
La voz de él se dulcificó:
—Creo que nos conocimos en éste, ¿recuerdas?
Ella asintió de nuevo, y algo de rigidez desapareció de su postura.
—¿Cuántos hijos hace de eso? —preguntó con voz queda. El humor en su tono
me sorprendió.
—Más de los que nunca esperé tener —le contestó él—. Y, no obstante, quizá no
sean bastantes.
Y ella se echó a reír. Le acarició el cabello, que él llevaba largo y atado con una
cuerdecilla de hierbas, para formar una larga cola de caballo que le colgaba por la
espalda. Él acarició a su vez el de la mujer, una suave nube negra alrededor de su
cara. Podían tocarse sin dificultad el cabello porque, esencialmente, era tejido muerto.
A menudo antes les había visto acariciarse de este modo, el único que les quedaba.
—A pesar de lo mucho que he querido a mis huertos —le dijo—, jamás los he
cuidado sólo para mí, o para nosotros. Siempre he deseado que los resistentes
tomasen de ellos lo que necesitasen.
Tino apartó la vista y se encontró mirando a los derribados árboles de papaya, y
volvió a girar la cabeza. Él había sido un resistente…, había pasado una buena parte
de su vida entre gente que había creído que los humanos que se habían atriado con
oankali eran traidores, y que todo lo que se pudiera hacer para causarles daño era
bueno. Él había abandonado a su gente porque deseaba tener hijos. Entonces no
existía la colonia de Marte, y los humanos o se iban a vivir con los oankali o tenían
[Link] - Página 40
una existencia sin descendencia. En cierta ocasión, Lilith me había dicho que Tino no
había abandonado del todo sus creencias de resistente hasta que había empezado a
funcionar la colonia de Marte y su gente había podido escapar de los oankali. Ella
nunca había sido una resistente: había sido puesta con Nikanj cuando tenía más o
menos mi edad y estaba en la nave. En aquel tiempo no había comprendido lo que
esto representaba, y nadie se lo explicó. Nikanj me dijo que ella no dejó de tratar de
liberarse hasta que uno de mis hermanos convenció al pueblo para que permitiese que
los resistentes humanos se establecieran en Marte.
En cierta manera, la colonia de Marte había liberado a mis dos progenitores
humanos permitiéndoles que hallasen en sus vidas todo el placer que les fuera
posible. Aparte esto, no les había ayudado en nada: aún seguían notándose culpables,
sintiendo que habían abandonado a su pueblo por los alienígenas, como si todavía
temiesen ser, realmente, los traidores que les acusaban ser los resistentes. Ningún
humano podía ver el conflicto genético que los hacía ser una especie tan volcánica…,
que con tanta seguridad iba a destruirse a sí misma. Por ello, seguramente ningún
humano acababa de creérselo del todo.
—Siempre que se llevaban plantas enteras me alegraba —estaba diciendo Lilith
—: Algo con que alimentarse ahora, y algo que trasplantar luego.
—Aquí hay algunos cacahuetes que han sobrevivido —le dijo Tino—. ¿Los
quieres?
Se inclinó para tirar de algunas pequeñas plantas, arrancándolas de la tierra suelta
que yo había visto preparar para ellas a Lilith.
—Déjalos —le dijo ésta—. Ya tengo algunos.
Se volvió para mirar de frente al huerto, contemplando cómo los miembros
oankali de la familia colocaban lo que habían recogido sobre una alfombra de hojas
sobrepuestas de platanero. Ahajas detuvo a Oni cuando iba a comerse una de las
papayas salvadas y la mandó que dijese lo ocurrido a Lo, y que dejaban allí aquella
comida. Oni era nacida de humana y de un aspecto tan engañosamente humano que
yo no había dejado de pensar en ella como hembra…, pese a que aún pasarían diez
años antes de que tuviese un sexo definido.
—Espera —le dijo Lilith.
Oni se detuvo cerca de ella y se quedó mirándola.
Lilith caminó hasta donde se hallaba Dichaan.
—¿Por qué no vas tú? —le pidió.
—La gente que hizo esto ya se fue, Lilith —le contestó él—. Se fueron hace más
de un día. No hay sonidos de ellos, ni un olor reciente.
—Ya lo sé…, pero, aunque sólo sea para que me quede tranquila, ¿irás?
—Sí. —Se dio la vuelta y se marchó. Solamente iría hasta el borde de Lo, en
donde algunos de los árboles y arbustos no eran lo que parecían ser. Allí podría hacer
[Link] - Página 41
señales por tacto a Lo, y Lo pasaría su mensaje, tal cual, a las siguientes personas que
abriesen una pared, solicitasen comida o, en algún otro modo, entrasen en contacto
directo con la entidad Lo. Ésta pasaría el mensaje ocho o diez veces, luego lo
almacenaría. Como nosotros, Lo no podía olvidar, pero, a menos que alguien le
pidiese recordarlo, no volvería ya a molestar a nadie con el mensaje. Los humanos no
podían ni dejar ni recibir mensajes así. A pesar de que Lilith y algunos otros habían
aprendido un poco de lo que ellos llamaban los códigos oankali, sus dedos no eran lo
bastante sensibles como para recibir mensajes, ni lo suficientemente finos y
penetrantes como para enviarlos.
Oni contempló irse a Dichaan, luego regresó con Hozh, que había acabado su
papaya. Se quedó cerca de él. No es que Hozh fuera más macho de lo que ella era
hembra, pero me resultaba más fácil seguir pensando en ellos con los mismos géneros
que les había atribuido siempre. Ambos entraron de inmediato en comunicación
silenciosa. Siempre que se encontraban juntos de esa manera, los tentáculos de Hozh
hallaban de inmediato los puntos sensoriales de Oni, pues ella tenía muy pocos
tentáculos sensoriales propios, y establecía comunicación. Eran compañeros de
camada emparejados.
El contemplarlos me hacía sentir solitario, y miré en derredor, buscando a Aaor.
La descubrí contemplándome. Desde que me había levantado, tras mi metamorfosis,
había estado evitándome cuidadosamente. A pesar de lo que me había dicho
Tehkorahs, yo la había dejado mantener las distancias, porque era evidente que no
deseaba contacto conmigo. No parecía necesitarme del modo que yo la necesitaba a
ella. Mientras la miraba, me dio la espalda y enfocó su atención en un gran
escarabajo.
Lilith y Tino se reunieron con el grupo familiar allá donde éste se había detenido
para esperar a Dichaan.
—Esto es sólo el principio —dijo Lilith, sin hablar con nadie en especial—. Nos
encontraremos con gente como la que destruyó el huerto. Más pronto o más tarde nos
descubrirán y vendrán tras de nosotros.
—Tienes tu machete —le dijo Nikanj.
No podría haber conseguido una mayor atención de los demás, ni aunque se
hubiera puesto a lanzar alaridos. Yo le enfoqué, excluyendo cualquier otra cosa,
notándome atraído e incluso girándome para darle la cara. Los oankali no podían
sugerir actos violentos. Los humanos decían que la violencia iba en contra de las
creencias oankali. En realidad, iban en contra de su misma carne y huesos, en contra
de todas y cada una de sus células. Los humanos habían evolucionado desde una
forma de vida jerárquica, que dominaba y a menudo mataba a otras formas de vida.
Los oankali habían evolucionado desde una forma de vida adquisitiva, que
coleccionaba y se combinaba con otras formas de vida. Para los oankali, el matar no
[Link] - Página 42
era sólo un despilfarro…, era tan inaceptable como el amputarse sus propios
miembros sanos. Luchaban únicamente para salvar sus vidas y las vidas de otros. E,
incluso entonces, luchaban para someter, no para matar. Y, si se veían obligados a
matar, recurrían a armas biológicas recogidas genéticamente en millares de mundos.
Podían ser absolutamente mortíferos, pero más tarde lo pagaban caro. Lo pagaban tan
caro, que no tenían en su historia ningún recuerdo de haber atacado movidos por el
odio, la ira, la frustración, los celos o alguna otra emoción, sin importar lo muy
fuertemente que la sintieran. Cuando mataban, aunque fuese para salvar una vida,
también ellos morían un poco.
Yo sabía todo esto porque formaba parte de mí tanto como de ellos. La vida era
un tesoro. El único tesoro. Nikanj era quien había hecho que esta idea formase parte
de mí. ¿Cómo podía ser ahora Nikanj quien sugiriese matar?
—…¿Nika? —susurró Ahajas. Sonaba del mismo modo en que yo me sentía: sin
comprenderlo, sin poder creérselo.
—Los humanos tienen que proteger sus vidas y su familia —dijo con voz queda
Nikanj—. Si esto sólo fuera un viaje, nosotros los protegeríamos. Ya lo hemos hecho
antes, pero esta vez estamos yéndonos de casa. Viviremos separados de los otros…,
no sé por cuánto tiempo, quizá mucho. Habrá momentos en los que no estemos con
ellos. Y hay resistentes que los matarían nada más verlos.
—No quiero que nadie muera por culpa mía —dije yo—. Pensé que nos íbamos
para salvar vidas.
Enfocó en mí, tendió un brazo sensorial y me atrajo a su lado:
—Nos vamos porque el bosque es el único lugar en el que podemos vivir como
una familia —me dijo—. Nadie va a morir por tu causa.
—Pero…
—Si alguien muere, será porque se esfuerce mucho por hacer que lo matemos.
Mis compañeros de camada y los otros progenitores empezaron a retirar sus
enfoques de él. Nunca antes había dicho tales cosas. Yo le miré, y vi lo que ellos no
habían sabido ver: que el hablar así le estaba poniendo enfermo. Hubiera sido más
feliz metiendo la mano en el fuego.
—Hay formas más fáciles de decir estas cosas —admitió—, pero algunas cosas
no deben de ser dichas fácilmente.
Dudó cuando Dichaan se unió a nosotros.
—Sólo dejaremos el grupo por parejas. Y, si no es necesario, no lo dejaremos.
Vosotros los niños…, todos vosotros, deberéis cuidaros los unos de los otros. Por
todas partes habrá cosas nuevas para probar y comprender. Si un compañero de
camada está probando algo, el otro monta guardia. Si veis u oléis humanos, os
escondéis. Si os encuentran a campo abierto, corréis, aunque esto pueda representar
que os peguen un tiro. Si os derriban, gritad. Haced tanto ruido como os resulte
[Link] - Página 43
posible. No dejéis que se os lleven. Debatíos. Haced que no sea fácil teneros
agarrados. Y, si parece que estén decididos a mataros, aguijonead.
Mis compañeros de camada se quedaron con los tentáculos del cuerpo y la cabeza
colgando, sin dirigirlos a parte alguna. Los aguijonazos de los machos, hembras y
niños son mortales.
—Una vez estéis libres, venid a mí o llamadme. Quizá yo sea capaz de salvar a
quien vosotros hayáis aguijoneado. —Hizo una pausa—. Éstas son cosas terribles,
pero si os quedáis con el grupo y permanecéis alerta, no tendréis que hacerlas.
De nuevo comenzaron a dar signos de vida, enfocando en él unos pocos
tentáculos, y comprendiendo por qué les estaba hablando tan rudamente. Todos
éramos difíciles de matar. Incluso nuestros padres humanos habían sido modificados,
hechos más fuertes, más capaces de soportar heridas. El principal peligro estaba en
ser dominados y raptados. Una vez éramos separados de la familia, se nos podía
hacer cualquier cosa. Quizás Oni y Hozh sólo fueran adoptados por un tiempo por los
humanos que estaban desesperados por tener hijos. El resto de nosotros nos
parecíamos demasiado a unos adultos humanos…, u oankali. Aquellos que parecían
hembras serían violadas. Aquellos que parecían machos serían asesinados. Los
humanos tendrían todo el tiempo que necesitasen para golpearnos, cortarnos o
dispararnos. A menos que los matásemos.
Mejor no encontrarse nunca en esa situación.
Nikanj enfocó en Lilith y Tino durante varios segundos, pero no dijo nada. Los
conocía. Sabía que harían los máximos esfuerzos para no matar a alguien de su
propio pueblo…, y sabía también que no les gustaría que les dijera que se anduviesen
con cuidado. Yo había visto a algunos oankali cometer el error de tratar a los
humanos como si fuesen niños. Era un error fácil de cometer: la mayoría de los
humanos eran más vulnerables que los niños oankali a medio crecer, y los adultos
oankali los trataban de proteger. Los humanos reaccionaban con resentimiento, ira y
apartándose. El sistema de Nikanj era mejor.
Nikanj enfocó por un momento en mí. Yo seguía a su lado, con su brazo sensorial
derecho rodeándome el cuello. Con su brazo sensorial izquierdo le hizo un gesto a
Aaor.
—¡No! —susurré yo.
Me ignoró. Aaor se acercó lentamente, con todo su cuerpo haciéndose eco de mi
negativa. Me temía. ¿Tenía miedo de que yo le hiciera daño?
—¿Comprendes lo que sientes? —le preguntó Nikanj cuando estuvo lo bastante
cerca como para enroscarle el otro brazo al cuello.
Aaor negó con la cabeza, con un gesto muy humano.
—No, y no quiero evitar a Khodahs. No sé por qué lo hago.
—Te comprendo —dijo Nikanj—, pero no sé si podré ayudarte. Esto es algo
[Link] - Página 44
nuevo.
Esto atrajo la atención de Aaor. Cualquier cosa nueva era interesante.
—Piensa, Eka. ¿Cuándo ha tenido un ooloi un compañero de camada
emparejado?
Casi me perdí ver la sorpresa de Aaor, por lo muy ensimismado que estaba en la
mía. Naturalmente, los ooloi no tienen compañeros de camada emparejados, en el
sentido tradicional. En las familias oankali, las mujeres tenían tres hijos, uno tras
otro; uno se convertía en macho, otro en hembra y el tercero en ooloi. Sus propias
inclinaciones decidían quién se convertía en qué. El macho y la hembra se
metamorfoseaban y hallaban un ooloi, no relacionado con ellos, para atriarse. Por su
parte, el ooloi tenía todavía que pasar por su segunda metamorfosis. Aún se le
llamaba niño, y era el único caso de niño que conocía su sexo. Y estaba solo hasta
que llegaba a su segunda metamorfosis y hallaba compañeros. Yo, ahora, únicamente
debería de haber tenido a mis padres alrededor. Pero, ¿en qué situación hubiera
dejado eso a Aaor?
—Dejad de huir el uno del otro —nos dijo Nikanj—. Descubrid qué es lo que os
resulta cómodo. Haced lo que vuestros cuerpos os digan que es lo correcto. Ésta es
una relación nueva, y vais a tener que hallar el camino, tanto por vosotros mismos
como por los que os seguirán.
—Si me toca, vas a tener que curarla —comenté.
—Lo sé. —Aplastó los tentáculos de su cuerpo y cabeza en algo que no era
diversión—. O, al menos, creo que lo sé… Esto también es nuevo para mí. Aaor, ven
a mí cada día, para que te examine y cure. Ven, aunque creas que nada anda mal.
Khodahs puede provocar cambios importantes, aunque muy sutiles. Ven de inmediato
si notas dolor o algo que te parezca raro.
—¡Ooan, ayúdame a comprenderlo! —le dijo Aaor—. ¡Déjame llegar a él a
través de ti!
—¿Puedo? —me preguntó en silencio Nikanj.
—Sí —le contesté, del mismo modo.
Nos entretejió en una unión neurosensorial sin discontinuidades.
Y fue como si Aaor y yo nos estuviéramos tocando de nuevo, sin que hubiese
nada entre nosotros. Saboreé el sabor único de mi compañera de camada. Era como si
una parte de mí, largo tiempo amodorrada, largo tiempo fuera de mi alcance, hubiese
regresado ahora y, en mi incrédula bienvenida, ya sólo fuese capaz de sumergirme en
ella.
Aaor no me dijo nada. Sólo quería volver a conocerme…, conocerme como lo
podía hacer un ooloi. Quería comprender, tan profundamente como le fuera posible,
los cambios que habían tenido lugar en mí. Y, sin palabras, yo supe de ella lo solitaria
que había estado, lo mucho que quería tenerme de vuelta. Era totalmente antinatural
[Link] - Página 45
para un par de compañeros de camada el estar uno junto al otro y, no obstante, evitar
tocarse.
Al fin, Aaor pidió, sin palabras, ser soltada, y Nikanj nos soltó a los dos. Durante
un segundo sólo me di cuenta de los sonidos de los insectos y del cantar de las ranas,
de la lluvia que goteaba de los árboles, del sol abriéndose paso por entre las hojas.
Nadie de la familia se movió o habló. No me había dado cuenta de que todos estaban
enfocados en nosotros. Empecé a mirar a mi alrededor, y entonces Aaor dio un paso
hacia mí y me tocó. Tendí hacia ella todos y cada uno de mis tentáculos sensoriales, y
los de ella, más numerosos, también se tensaron hacia mí. Esto era normal: esto era lo
que se suponía que debían de hacer los compañeros de camada apareados, siempre
que sintiesen deseos de hacerlo.
Por un momento, la sensación de alivio volvió a desbordarme. Me picaban los
sobacos justo allí donde me crecerían algún día los brazos sensoriales. Si ya hubiese
tenido esos brazos, no hubiera podido evitar rodear a Aaor con ellos.
—Ya era hora —comentó Ahajas—. Vosotros dos, cuidaos el uno del otro.
—Vamos —dijo Tino.
Le seguimos, saliendo del arruinado huerto, caminando en fila india a través de la
selva. Sabía de un lugar que, al parecer, sería un buen sitio para acampar… con
mucho espacio, lejos de cualquier población. El miedo de todos era que yo provocase
cambios en la vida animal o vegetal. Y esos cambios podían extenderse como
epidemias…, podían, incluso, llegar a ser auténticas epidemias. Los adultos de mi
familia no sabían si podrían detectar y deshacer cualquiera de ellos; así que, más
pronto o más tarde, otra gente tendría que enfrentarse a algunos de esos cambios. La
idea era, pues, que nos aisláramos, para minimizar y localizar cualquier operación de
limpieza que debiera ser hecha después. El lugar que Tino había hallado años antes
era una isla…, una gran isla, con una extensión de árboles jóvenes en uno de sus
extremos y una gran variedad de árboles viejos al otro. Estaba moviéndose
lentamente, río abajo, en ese modo que tienen de hacerlo las islas de río: el cieno
tomado de un extremo se deposita en el otro, según el sentido de la corriente. Todos
los adultos recordaban un lugar como ése, que había sido creado a bordo de la nave y
usado para entrenar a los humanos a vivir en la floresta tropical.
A ninguno de ellos les había gustado. Y, ahora, iban camino de lo mismo, pero en
la realidad…, a causa de mí.
En algún momento de la tarde, a Aaor le comenzaron a picar y doler los sobacos.
Cuando fue a Nikanj para que la curase, ya habían comenzado a aparecerle
hinchazones. Al parecer, yo había ocasionado que el cuerpo asexuado e inmaduro de
Aaor tratase de hacer brotar brazos sensoriales. Pero, en lugar de ellos, lo que le
estaba creciendo eran tumores potencialmente peligrosos.
—Lo lamento —le dije, cuando Nikanj hubo terminado con ella.
[Link] - Página 46
—Tú descubre qué es lo que hiciste mal —me dijo ella, disgustada—, y cómo
puedes evitar hacerlo otra vez.
Ése era el problema: no me había dado cuenta de que le hubiese hecho algo malo
a Aaor. Si me hubiera notado haciéndole algo, yo mismo me hubiera detenido. Creía
haber ido con mucho cuidado… Era como un humano ciego, que pisotea todo lo que
no ve. Pero a un humano ciego se le puede devolver la visión. En cambio, lo que me
faltaba a mí era algo que nunca había tenido…, o, al menos, algo que nunca había
descubierto.
—Aprende tan rápido como puedas, y así nos podremos volver pronto a casa —
me dijo Aaor.
Enfoqué en el sendero que teníamos delante…, para oler o escuchar a posibles
desconocidos con los que nos pudiésemos topar. No se me ocurría nada que decir.
[Link] - Página 47
7
La isla debería haberse encontrado a tres días de camino, río arriba. Pensamos que
podríamos llegar a ella en cinco días, dado que teníamos que rodear Pascual, una
población ribereña de resistentes inusualmente hostiles. Probablemente fueran
pascualeños los que habían destruido el huerto de Lilith. Y, sin embargo, nosotros
daríamos un tremendo rodeo para evitar vengarnos de ellos: demasiados resistentes
podrían no sobrevivir a un contacto conmigo.
Nunca pensamos que Pascual representase algún peligro para nosotros, porque su
gente sabía, mejor que la mayoría de resistentes, lo que le pasaba a cualquiera que
nos atacase. Su poblado, que ya había disminuido de tamaño a causa de la
emigración, sería gaseado, y los atacantes rastreados por su olor. Serían hallados y
exiliados a la nave. Allí, si habían matado, o bien serían mantenidos inconscientes o
placenteramente drogados. Nunca se les permitiría despertarse del todo. Serían
empleados como instrumentos de enseñanza, conejillos de indias para experimentos
biológicos o suministros de material genético humano. Los pascualeños lo sabían, y
por tanto sólo cometían lo que Lilith llamaba crímenes contra la propiedad. Robaban,
quemaban, destruían. Nunca antes se habían acercado tanto a Lo como cuando habían
llegado al huerto. Habían limitado sus atenciones a los viajeros.
Pero no comprendimos cuan extremo había llegado a ser realmente su
comportamiento hasta que nos encontramos a algunos de ellos en nuestra primera
noche fuera de Lo. Habíamos dejado de caminar a la caída del sol, y habíamos
cocinado y comido algo de la comida que Lilith y Tino habían traído y colgado
nuestras hamacas entre los árboles. No nos molestamos en construir un refugio, visto
que los mayores habían estado de acuerdo en que no iba a llover.
Sólo Nikanj limpió un pedazo de suelo y estiró su hamaca sobre la tierra desnuda.
Debido a las conexiones que debía hacer con brazos sensoriales y tentáculos, no le
resultaba cómodo compartir su hamaca con alguien más. Y quería que nos
sintiésemos libres de acudir a él ante cualquier dolor, herida o molestia que
notásemos. Me hizo un gesto para que yo fuese el primero en ir, a pesar de que no
había pensado hacerlo.
—Ven cada noche, hasta que aprendas a controlar tus habilidades —me dijo—.
Observa lo que hago contigo. No te quedes adormilado.
—De acuerdo.
No podía curar sin dar placer. Cuando estaban con él, la gente tendía simplemente
a relajarse y disfrutar. Pero, en lugar de hacer eso, esta vez le observé, tal como él
deseaba, viéndole examinarme casi célula por célula, corrigiendo los fallos que
hallaba…, fallos de los que yo no me había dado cuenta. Era como si yo hubiese
logrado percibir la complejidad del mundo exterior y, en cambio, perdido incluso la
[Link] - Página 48
percepción que, de niño, tenía de mi propio ser interior. Antes, me daba cuenta en
seguida de cuándo algo andaba mal en mí. Ahora, mi peor problema era la
innecesaria e incontrolada división celular: el cáncer. Unos tipos de cáncer que se
iniciaban y desarrollaban con celeridad…, mucho, muchísimo más deprisa de lo que
lo harían en un humano. Se suponía que yo debía ser capaz de controlarlos y usarlos,
tanto en mí mismo como en los demás. Y, por el contrario, ni siquiera podía
descubrirlos en mi propio cuerpo cuando se iniciaban. Y comenzaban sin el menor
deseo por mi parte, sin que yo los animase a desarrollarse.
—¿Lo ves? —me preguntó Nikanj.
—Sí. Pero no lo veía antes de que tú me lo mostrases.
—He dejado uno.
Lo busqué y, al cabo de un tiempo, lo hallé creciendo en mi garganta, donde, con
toda seguridad, me mataría si se le permitía continuar. No reajusté el mensaje
genético de las células ni desactivé la parte que estaba errada. Eso era lo que Nikanj
les había hecho a los otros, pero yo no confiaba tener la habilidad necesaria para
seguir su ejemplo. Podía, accidentalmente, reprogramar otros genes. En lugar de ello,
destruí las pocas células malignas.
Luego acerqué mi cabeza a la del ooloi, dejando que mis tentáculos se
entremezclasen con los suyos. Le hablé en silencio.
—No estoy aprendiendo. No sé qué hacer.
—Espera.
—No quiero seguir siendo peligroso, haciéndole daño a Aaor, teniendo miedo de
mí mismo.
—Date tiempo a ti mismo. Eres un nuevo tipo de ser. Nunca antes ha habido uno
como tú. Pero no hay tara alguna en ti. Lo único que necesitas es tiempo para
descubrir más cosas acerca de ti mismo.
Su certidumbre me animó. Descansé, apoyado contra él, unos momentos,
disfrutando del fácil y seguro contacto…, el único que ahora me resultaba así. Al
cabo de un tiempo me empujó con un codo y me fui a mi hamaca. Lilith estaba
yaciendo con él cuando los resistentes nos dejaron saber que estaban allí.
Primero gritaron: una mujer humana lanzó alarido tras alarido, primero
maldiciendo a alguien, luego suplicando, más tarde produciendo roncos sonidos sin
palabras. También había voces masculinas…, al menos tres de ellos gritando, riendo,
maldiciendo.
—Real y no real —dijo Dichaan cuando empezaron los gritos.
—¿Qué significa eso? —le preguntó Oni.
—Ahora le están haciendo daño a la hembra, y ésta tiene miedo. Pero hay algo
raro en todo ello: sus primeros gritos eran falsos…, entonces no tenía miedo.
—¡Si ahora le están haciendo daño, ya es suficiente! —dijo Tino. Estaba en pie,
[Link] - Página 49
mirando a Nikanj, toda su postura urgencia y amenaza.
—Quédate aquí —le dijo Nikanj. Se puso en pie y agarró a Tino con sus cuatro
brazos—. Protege a los niños.
Le dio una sacudida para enfatizar sus palabras, y corrió hacia el bosque. Ahajas
y Dichaan le siguieron. Era mucho menos probable que matasen a los oankali, aunque
los humanos que gritaban se esforzasen en intentarlo.
Nuestros padres humanos nos reunieron y nos llevaron hacia lo más espeso del
bosque, allá donde nosotros podíamos ver, pero los resistentes no. Lilith y Tino
habían sido modificados para que, al igual que nosotros, pudieran ver a la luz de los
rayos infrarrojos, a la luz del calor. Para todos nosotros, aquel bosque vivo estaba
lleno de luz.
Y el aire estaba lleno de aromas. De humanos que se acercaban. Aún no estaban
cerca, pero se acercaban. Eran bastantes: ocho o nueve. Machos.
Lilith y Tino desenfundaron sus machetes y nos hicieron meternos aún más
adentro en el bosque.
—No hagáis nada, a menos de que vengan a por nosotros —nos dijo Lilith—. Si
vienen, corred; si os atrapan, matad.
Sonaba como Nikanj. Pero, en el caso de éste, las palabras habían parecido
gemidos de dolor, mientras que en ella eran gritos de temor. Sentía pánico por
nosotros: yo no podía recordar haberla visto jamás temer por ella misma. Años antes,
oculto en lo alto de un árbol, la había visto luchar con tres machos resistentes que
querían violarla. En cuanto se había dado cuenta de que no tenían ni idea de que yo
estuviera allí, ya no había tenido miedo alguno, incluso había conseguido no hacerles
demasiado daño. Y ellos habían escapado con el rabo entre las piernas, seguros de
que era una construida.
Los resistentes que nos estaban cazando ahora no iban a escapar de nosotros, y
tanto Lilith como Tino lo sabían. Se quedaron mirando mientras los resistentes
descubrían el campamento, y trataban primero de hacer trizas las hamacas, luego de
quemarlas. Pero la tela de Lo no ardía, y ningún humano normal podía ni cortarla ni
rasgarla.
Robaron las mochilas de Lilith y de Tino, talaron los arbolillos a los que
habíamos atado nuestras hamacas, pisotearon la comida que había a la vista y
prendieron fuego a los árboles. Trataron de descubrirnos a la luz del fuego, pero les
daba miedo tanto el adentrarse demasiado en la selva como el dispersarse mucho…,
aunque también parecía no gustarles demasiado el amontonarse unos junto a otros.
Quizá supiesen lo que les pasaría si nos encontraban. Tal vez les bastase con destruir
nuestras cosas…, a pesar de sus armas de fuego.
No habían conseguido la mochila que Lilith me había preparado: mientras ella y
Tino estaban reuniendo a los niños, yo había agarrado mi mochila y me había puesto
[Link] - Página 50
a correr. Si había lucha, yo quería ayudar, no iba a escapar con mis compañeros de
camada; pero también quería conservar lo que podía ser mi último retazo de Lo.
Nadie iba a robármelo.
El fuego se extendió lentamente, y los resistentes tuvieron que abandonar nuestro
campamento. Volvieron a meterse entre los árboles, en la misma dirección en que
habían venido. Nosotros nos quedamos donde estábamos, sabiendo que el río se
hallaba cerca. Si era preciso, correríamos hacia él.
Pero el fuego no se extendió mucho: chamuscó algunos árboles de los que estaban
en pie y consumió los que habían sido cortados. Mis padres oankali regresaron,
heridos y ya en proceso de curación, y llevando un fardo viviente.
El peligro parecía haber pasado. No olíamos nada más que el humo, no oíamos
nada más que los chasquidos del moribundo fuego y otros sonidos naturales. Fuimos
en busca de los tres oankali.
Cuando salimos al abierto, hacia la luz del fuego, yo iba al frente de mis padres
humanos y de mis compañeros de camada. Esto era lo correcto, puesto que, como
ooloi, era más probable, teóricamente, que yo sobreviviese a heridas de arma de
fuego que ninguno de ellos. Y ahora iba a descubrir si esto era cierto.
Me alcanzaron tres veces. Los dos primeros disparos llegaron de direcciones
ligeramente distintas, casi al mismo tiempo. Para mí fueron casi como un único
golpe, y golpearon mi cuerpo con tremenda fuerza, haciéndome girar sobre mí
mismo. Los dos primeros disparos me alcanzaron en el hombro izquierdo y en la
parte baja del lado izquierdo de la espalda. El tercero me dio en el pecho, cuando
giraba, y me derribó al suelo.
Rodé y volví a ponerme en pie, justo a tiempo para ver a mis padres oankali ir
tras los resistentes. Estos dejaron de disparar al momento y se desperdigaron. Los
pude escuchar: nueve machos huyendo en nueve direcciones distintas, sabiendo que
tres oankali no podían agarrarlos a todos.
Nikanj y Dichaan atraparon cada uno a uno. Ahajas, que era más grande y,
aparentemente, no estaba herida, cazó a dos. Todos los atrapados habían disparado
con su rifle. Olían a la pólvora que usaban para dispararlos. Y también olían a
aterrorizados. Estaban siendo retenidos por la gente a la que más temían. Y se
debatían con desesperación. Uno de ellos lloraba y maldecía, y hedía mucho más que
los otros. Era uno de los agarrados por Ahajas.
En silencio, Nikanj tomó a ése de manos de Ahajas y le pasó a ella el que había
capturado él. El hombre que había sido entregado a Nikanj comenzó a aullar. Le
brotaba sangre de la nariz, pese a que nadie le había golpeado el rostro.
Nikanj le tocó el cuello con un tentáculo sensorial y le inyectó calma.
El macho gritaba:
—No, no, no, no —pero el último «no» fue un débil gemido. Inspiró
[Link] - Página 51
profundamente, se ahogó con su propia voz, tosió varias veces. Al cabo de poco
estuvo tranquilo y quieto. El ooloi le dejó limpiarse la sangre de la nariz con la tela
del hombro de su camisa. Le volvió a tocar el cuello, y el hombre sonrió. Nikanj lo
llevó entonces hasta un gran árbol y le hizo sentarse, con la espalda apoyada contra el
tronco.
—Quédate aquí —le dijo el oankali.
El macho le miró, sonrió y asintió con la cabeza. Incluso entre las saltarinas
sombras del fuego se le veía pacífico y relajado.
—¡Corre! —le gritó uno de sus compañeros.
El hombre recostó la cabeza contra el tronco y cerró los ojos. No estaba
inconsciente. Sólo era que se encontraba demasiado cómodo, demasiado relajado
para preocuparse por nada.
Nikanj fue a cada prisionero y le administró calma y descanso. Cuando ya no
hubo necesidad de que nadie siguiera reteniéndolos, vino a verme a mí.
También yo me había sentado, apoyado contra un árbol, feliz del respaldo que me
ofrecía. Estaba sintiendo mucho dolor, pero ya había expulsado las dos balas que no
me habían atravesado por completo y había detenido la hemorragia. Para cuando
Nikanj vino a verme, yo estaba animando a mi cuerpo, lenta y cuidadosamente, a que
se repararse a sí mismo. Nunca antes había sido herido tan gravemente, pero mi
cuerpo parecía estar pudiendo copar con la situación. Ahora tenía la posibilidad de
hacer crecer tejidos con rapidez, pero para cubrir una necesidad, en vez de para
causar problemas.
—Bien —me dijo Nikanj—. Ahora no me necesitas.
Se apartó de mí.
—¿Alguien más está herido?
Nadie lo estaba, excepto la mujer humana que mis padres oankali habían
rescatado. A mí me habría venido bien algo de ayuda con el dolor, pero Nikanj lo
había percibido y lo había ignorado. Deseaba saber qué era lo que yo podía hacer por
mí mismo.
Nikanj fue hasta la ensangrentada e inconsciente mujer humana y se tumbó a su
lado.
A la mujer la habían golpeado en el rostro y, por su olor, dos machos habían
tenido recientemente relaciones sexuales con ella. Yo estaba demasiado metido en mi
propia curación como para captar nada más.
Aaor vino a sentarse a mi lado. No me tocó, pero me alegró que estuviera allí.
Mis otros compañeros de camada y Dichaan hacían guardia, por si volvían los
resistentes.
Ahajas habló con uno de los cautivos…, el que había estado tan aterrado.
—¿Por qué nos habéis atacado? —le preguntó, sentándose frente a él.
[Link] - Página 52
El macho la miró, pareció examinarla muy cuidadosamente con sus ojos.
Finalmente tendió una mano y tocó uno de los tentáculos sensoriales de su brazo.
Ahajas le dejó hacerlo. No había sido capaz de hacerla daño cuando lo había
capturado, y ahora que estaba drogado incluso era improbable que lo intentase.
Al cabo de un rato soltó el tentáculo, como si le disgustase. Los humanos
comparaban los brazos de los ooloi a los apéndices de unos animales extintos: las
trompas de los elefantes. Y comparaban los tentáculos sensoriales a grandes gusanos
o serpientes…, como las delgadas y venenosas serpientes-liana de la selva tal vez; a
pesar de que los tentáculos sensoriales podían ser mucho más peligrosos, más
sensibles y más flexibles que los serpientes-liana, sin contar que no eran, en absoluto,
independientes del cuerpo.
—Veníais a hacer una incursión de castigo contra nuestro pueblo —dijo el macho
—. Uno de nuestros cazadores os vio y nos avisó.
—No os hubiésemos atacado —protestó Ahajas—. Jamás hemos hecho una cosa
así.
—Sí. Nos avisaron. Una partida de oankali y semioankali venían a vengarse por
lo del huerto.
—¿Destruisteis vosotros el huerto?
—Algunos de los nuestros fueron. Yo no. —Eso era cierto. La gente drogada del
modo que lo estaba él no se molestaba en mentir. Ni se les ocurría—. Pensamos que
vuestros animales no debían de tener verdadera comida humana.
—¿Animales…?
—¡Ésos! —Señaló con un gesto de la mano a Lilith y Tino.
Ahajas sabía a lo que se refería; pero, simplemente, había querido ver si lo decía.
Miró con interés a Oni y Ayodele. Desde mi metamorfosis, eran los miembros con
aspecto más humano de la familia. Niños nacidos de Lilith, la animal.
Aaor y yo nos alzamos al unísono y pasamos al otro lado del árbol contra el que
habíamos estado recostados. A mí aún me dolían las heridas y tenía que vigilar muy
de cerca mi carne mientras se iba curando, para asegurarme de que nada iba mal. Y
podía ir mal, si seguía prestando atención al cautivo y a sus ofensivas estupideces.
[Link] - Página 53
8
Algún tiempo después, la mujer rescatada emitió un débil sonido sin palabras.
Dejé a Aaor y fui al lugar donde yacía en el suelo, al lado de Nikanj. Permanecí en
pie, mirándolos a ambos. La mujer estaba ahora totalmente inconsciente, y Nikanj se
hallaba muy atareado curándola. Casi me tendí al otro lado, pero Lilith pronunció mi
nombre y me contuve. Me quedé donde estaba, confuso, no sabiendo por qué estaba
allí pero no deseando marcharme.
Algunos de los tentáculos corporales de Nikanj se alzaron hacia mí.
Gradualmente, se fue separando de la mujer y enfocó en mí. Se sentó y extendió en
mi dirección sus tentáculos sensoriales.
—Déjame ver lo que has hecho por ti mismo —me dijo.
Rodeé a la mujer, que aún estaba inconsciente, y dejé que Nikanj me examinase.
—Bien —dijo al cabo de un momento—. Sin fallos.
Estaba claramente sorprendido.
—Déjame tocarla —le pedí.
—Aún no he acabado con ella. —Nikanj aplastó los tentáculos contra su cuerpo
—. Si quieres, hay trabajo para ti.
Quería. Era exactamente lo que quería. Y, sin embargo, sabía que no debería
permitirme tocarla. Dudé, enfocando agudamente en Nikanj.
—Tendré que comprobar luego lo que hayas hecho —me dijo—. Descubrirás que
eso es algo que no te gusta; pero, en bien de su salud, tendré que hacerlo. Ahora ve:
ayúdala.
Me acosté junto a la mujer. No creo que pudiese haber rechazado la proposición
de Nikanj. La atracción que ejercía sobre mí la mujer herida, sola y en ningún modo
relacionada conmigo, me resultaba irresistible.
Yo era demasiado joven para darle placer. Eso me preocupaba, pero no había nada
que pudiese hacer al respecto. Cuando tuviese algo con lo que trabajar, además de los
tentáculos, podría dar placer. Claro que ahora, al menos, podía dar alivio al dolor.
La cara, cabeza, pechos y abdomen de la mujer estaban amoratados por los
golpes, y le dolerían si la despertaba. No podía hallar otros daños. Nikanj no me
había dejado nada grave. Comencé a trabajar en los moretones.
Mantuve a la hembra cerca de mí y le hundí tantos tentáculos de la cabeza y el
cuerpo como me fue posible, pero no podía quitarme la idea de que, de algún modo,
no estaba suficientemente cerca de ella, de que no estaba unido lo bastante
profundamente a su sistema nervioso, de que algo fallaba.
Naturalmente, así era…, y seguiría siéndolo hasta mi segunda metamorfosis.
Comprendía la sensación, pero no podía deshacerme de ella. Tenía que mostrarme
especialmente cuidadoso en no abrazarla demasiado fuerte, para no interferir con su
[Link] - Página 54
respiración.
La belleza de su carne era mi recompensa. Un humano desconocido, tan complejo
como cualquier otro humano, tan lleno de su Conflicto Humano…, peligroso,
aterrador e intrigante…, como cualquier otro humano. Aquella mujer era como el
fuego: deseable y peligrosa, bella y letal. Los humanos nunca comprendían por qué
los oankali los hallaban tan interesantes.
No fui con prisas para terminar con la mujer. Nadie me urgía. Y fue todo un
esfuerzo el apartarme para dejarle el sitio a Nikanj, que tenía que examinarla. No
quería que la tocase, no quería compartirla con él. Nunca antes había sentido aquellas
cosas.
Me quedé en pie, con los brazos cruzados, muy apretados, y con toda mi atención
en los ahora silenciosos prisioneros machos. Creo que Nikanj trabajó deprisa para
hacerme un favor. Al cabo de muy poco tiempo, se levantó y dijo:
—Creo que ella te ha inspirado a que te hicieras con el control de tus habilidades.
Quédate con ella hasta que despierte. No me llames a menos que parezca probable
que se vaya a hacer daño o a escapar.
—¿Colaboraba con ellos? —le pregunté, haciendo un gesto en dirección a los
prisioneros.
—Los amigos de ésos la tenían cautiva. No creo que supiese lo que le iba a pasar.
—Dudó—. Ellos ya saben que los gritos falsos no nos hacen acudir. Sus primeros
alaridos sonaron a falsos, porque aún no estaba asustada; probablemente le dijeron
que gritase. Luego, empezaron a pegarle.
La hembra gimió. Nikanj se dio la vuelta y fue a ayudar a Lilith y Tino, que
habían empezado a sacar de entre las cenizas las no dañadas hamacas de Lo y otras
piezas de vestimenta. El fuego aún no se había apagado, pero estaba en franca
recesión, y no se extendía. No parecíamos estar en ningún peligro. Fui hasta donde
estaban ellos y tomé una de las rescatadas camisas de Tino. Él las usaba más bien
poco pero, ahora, ésta me serviría para ocultar por un tiempo mis nuevos tentáculos.
Cuanto más familiar le resultase a la hembra, menos probable era que se dejase llevar
por el pánico. Yo, ahora, tenía una tonalidad de piel grisácea amarronada, así que ella
sabría que era un construido…, pero, al menos, no sería un construido tan
sobresaltante.
Se despertó, se sentó bruscamente y miró a su alrededor, casi dominada por el
pánico.
—Estás a salvo —le dije—. No estás herida, y nadie de aquí te hará daño.
Se echó hacia atrás, apartándose de mí; iba a echar a correr, alejándose, pero se
quedó helada cuando vio a mis padres y a mis compañeros de camada.
—Estás a salvo —le repetí—. La gente que te hizo daño no está aquí.
Esto pareció atraer su atención. Después de todo, eran humanos los que la habían
[Link] - Página 55
golpeado, no oankali. Miró a su alrededor con más detenimiento, y dio un respingo
cuando vio a los machos humanos sentados cerca.
—No pueden hacerte daño —le dije—. Aunque antes te lo hayan hecho, ya no
pueden hacértelo ahora.
Me miró, estudiando mi boca mientras yo hablaba.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté.
No me contestó.
Suspiré y la contemplé un rato, sin decir nada. Me entendía, pero era como si, de
repente, se le hubiese ocurrido el hacer ver que no me comprendía. Yo le había
hablado en inglés, y sus reacciones me habían mostrado que sí me entendía.
Tenía el cabello muy negro, me recordaba el de Tino. Pero ella lo llevaba suelto y
sin peinar, colgándole en greñas a ambos lados de su rostro estrecho, angular y
moreno. Hacía muchos días que no tenía suficiente que comer, eso era algo que su
cuerpo me decía con claridad. Pero, durante la mayor parte de su vida, la mujer había
tenido una nutrición confortablemente adecuada. Su cuerpo era pequeño, rápido, más
musculado que la mayoría de los cuerpos de hembra humana. No sólo había hecho
trabajos duros, sino que probablemente se sentía a gusto haciéndolos. Le gustaba
moverse con rapidez y comer con frecuencia. Ahora tenía hambre.
Fui hasta el árbol contra el que me había recostado mientras me estaba curando:
había dejado allí mi mochila. La hallé y la traje hasta donde estaba la mujer, sentada
sobre sus rodillas, contemplándome. Saqué de dentro y le di dos plátanos y un
puñado de nueces sin cascara. Ella ni siquiera hizo ver que no los quería.
La contemplé comer, y me pregunté cómo sería estar en contacto con ella
mientras comía. ¿Cómo notaba la comida, cómo le sabía?
—¿Por qué me estás mirando? —preguntó. Con un inglés rápido y entrecortado,
como los disparos de armas de fuego.
—Me llamo Khodahs —le ofrecí—. ¿Y tú?
—Marina Rivas. Y quiero ir a Marte.
Aparté la vista de ella, sintiéndome repentinamente cansado. Una mujer pequeña
y de huesos finos más a ser sacrificada a la testarudez humana. Habiéndola
examinado, yo había comprobado que nunca había tenido hijos. Eso era bueno,
porque sus estrechas caderas no eran adecuadas para la maternidad. Si se le devolvía
la fertilidad y no se le cambiaba nada más, posiblemente muriese tratando de dar a
luz a su primer hijo. Claro que podía ser rediseñada, cambiada. Yo no confiaría en mí
mismo para hacer un trabajo tan importante, pero era algo que habría que hacerle.
—¿Ibas camino de Lo? —le pregunté.
—Sí. Las naves salen de allí, ¿no?
—Sí.
—¿Sois de allí?
[Link] - Página 56
—Sí.
—¿Puedo volver allí con vosotros?
—Nos ocuparemos de que llegues allí. ¿Te dio esa paliza tu gente porque querías
ir a Marte? —Cosas así habían pasado antes: algunos resistentes mataban a sus
«desertores», que era como llamaban a aquellos que deseaban emigrar.
—¿Es que ésos parecen ser mi gente? —exigió saber, indignada, la mujer—. Yo
iba de camino a Lo, y cuando pasé por su poblado me robaron la canoa, me violaron,
me llamaron estupideces y me hicieron quedarme en esa pocilga de poblado suyo.
Los hombres me tenían encerrada en un corral, donde entraban para violarme, y las
mujeres me escupían y me ponían tierra y mierda en la comida, irritadas porque sus
hombres me jodían.
Había tanto odio e ira en su rostro y voz que di un paso atrás.
—Sé que los humanos hacen cosas así —le dije—. Comprendo los motivos
biológicos por los que lo hacen, pero…, jamás lo he visto hacer.
—Mejor. ¿Para qué ibas a querer verlo? ¿Tienes algo más de comer?
Le di lo que tenía. Lo necesitaba.
—¿En dónde vivías antes de la guerra? —le pregunté. Era muy morena y de ojos
sesgados, y su inglés tenía un acento que nunca antes había oído. Yo tenía
compañeros de camada que se parecían un poco a ella: los hijos del primer
compañero de después de la guerra de Lilith, que provenía de China. Había sido
asesinado por gente parecida a los resistentes que me habían disparado a mí.
Aaor se acercó y se situó junto a mí, para así poder unirse conmigo. Sentía una
gran curiosidad por la hembra. Ésta la miró con idéntica curiosidad, pero me habló a
mí.
—Soy de Manila. —Su voz había vuelto a endurecerse, como si las palabras le
hicieran daño—. Pero, ¿qué puede significar eso para ti?
—¿De las Filipinas? —le pregunté.
Pareció sorprendida.
—¿Qué es lo que sabes tú de mi país?
Pensé por un instante, recordando:
—Que estaba constituido por un gran número de islas, cálidas y verdes…,
algunas de ellas parecidas a este lugar, pienso. —Hice un gesto abarcando la floresta
—. Que podría haber alimentado sin problemas a todos sus habitantes, pero que no
era así, porque algunos humanos se quedaban con más de lo que necesitaban. Que no
tomó parte de la última guerra, pero que de todos modos murió…
—Todo murió —dijo la mujer amargamente—. Pero, ¿cómo sabes tanto? ¿Es que
has conocido a otros filipinos?
—No, pero alguna gente de las Filipinas ha pasado por Lo. Mis compañeros de
camada mayores me han hablado de ellos.
[Link] - Página 57
—¿Sabes sus nombres?
—No.
Suspiró.
—Quizá los vea en Marte. —Miró a Aaor—. ¿Quién es?
—Mi más próxima compañera de camada, Aaor.
Nos miró a ambos y agitó la cabeza.
—Casi podría quedarme en la Tierra —dijo—. Todo eso de los oankali, la idea de
tener… niños diferentes…, ya no me parece tan malo como me pareció en otro
tiempo.
—Deberías quedarte —le dije—. Posiblemente Marte no será verde en todo lo
que te queda a ti de existencia. Nunca podrás salir de los refugios sin protección.
Marte es frío y seco.
—Marte es humano. Ahora lo es.
No dije nada.
—Estoy cansada —dijo al poco rato—. ¿Le molestará a alguien si me duermo?
Limpié para ella algo de terreno y extendí uno de los trozos de tela de Lo.
—Vosotros dos sois niños, ¿no? —le preguntó a Aaor.
—Sí.
—Y bien…, algún día, ¿serás una mujer?
—No lo sé.
—No entiendo eso. Es algo que me da más mal cuerpo que la mayoría de cosas
acerca de vuestro pueblo. Ven y échate aquí. Sé que a tu gente le gusta tocar a todo el
mundo. Si lo deseas, puedes tocarme.
Creí que eso me incluía a mí, y coloqué dos trozos de tela de Lo borde con borde,
para que así tuviéramos una superficie mayor en la que dormir.
—A ti no te he invitado —me dijo—. Te pareces demasiado a un hombre.
—No lo soy —le dije.
—No me importa. Lo pareces.
—Déjale dormir ahí —le dijo Aaor—. Con uno de nosotros a cada lado, los
insectos no se te acercarán.
La mujer me miró.
—¿Es verdad? ¿Repeléis a los bichos?
—Nuestro aroma los repele.
Olisqueó, tratando de olemos. En realidad, inconscientemente, me olió a mí. Mi
aroma era de ooloi: interesante, quizá atractivo para una persona sin cónyuges.
—De acuerdo —dijo—. Aún no he atrapado a un oankali o a un construido
diciendo una mentira. Ven a dormir aquí. ¿De verdad no eres un macho?
—De verdad no soy un macho.
—Entonces, ven a mantener alejados a los bichos.
[Link] - Página 58
Mantuvimos alejados a los insectos y a ella caliente, y la investigamos a
conciencia, aunque tuvimos buen cuidado de no tocarla en ningún modo que pudiera
alarmarla. Pensé que las manos la incomodarían, así que sólo la toqué con mis
tentáculos sensoriales más largos. Al principio esto la sobresaltó, pero en cuanto se
dio cuenta de que no le hacía daño aceptó nuestra curiosidad. No supo que la
ayudamos a quedarse dormida.
Y nunca sabré por qué, durante la noche, ella se movió de forma que perdió
totalmente el contacto con Aaor y se apretó contra mí, de modo que pudiera llegar a
ella con la mayoría de mis tentáculos de la cabeza y el cuerpo.
Descubrí que, durante la noche, había alterado un poco la estructura de su pelvis.
No había pensado intentar una cosa así…, jamás se me hubiera ocurrido intentarlo. Y,
sin embargo, ya estaba hecho. Ahora, la mujer podía tener hijos.
Me solté de ella y me senté, notando de inmediato la carencia de ya no sentirla.
Era el alba, y mis padres ya estaban levantados. Nikanj y Ahajas estaban cocinando
algo en una olla suspendida, hecha con varias capas de tela de Lo. Lilith estaba
rebuscando entre las cenizas del fuego de la noche. A Tino y Dichaan no se les veía,
pero podía oírles y olerles, estaban cerca. La pasada noche, una vez mi atención
centrada en Marina Rivas, casi había dejado de sentir a los demás. No me había dado
cuenta de lo totalmente que ella había absorbido mi atención.
Nikanj dejó el recipiente de tela y su carga de comida cocinándose: gachas de
nueces. Los humanos no querrían comerlas hasta que las probasen. Entonces les
parecería que no les dábamos bastantes, por muchas veces que les dejásemos repetir.
Realmente, las gachas podían contener cualquier tipo de semillas silvestres que Lilith
y Tino hubiesen podido hallar. Aunque lo más probable era que las nueces hubiesen
sido sintetizadas por Nikanj y Ahajas a partir de la sustancia del cuerpo de Ahajas.
Nosotros podíamos comer un montón de cosas que los humanos, o no podían, o
preferían no comer. Y luego podíamos usar lo que habíamos comido para crear algo
de mejor sabor para los humanos. Mis padres humanos se encogían de hombros y
decían que esto no era diferente a lo que Lo hacía diariamente…, cosa que era
absolutamente cierta. Pero, si lo sabían, los resistentes siempre se sentían repelidos.
Así que no se lo decíamos, a menos que nos lo preguntasen directamente.
Nikanj se me acercó y me estudió detenidamente.
—Estás bien —me dijo—. Y lo estás haciendo muy bien. La mujer es buena para
ti.
—Se va a Marte.
—Eso he oído.
—Me gustaría poder hacer que se quedase aquí.
—Es muy fuerte. Creo que sobrevivirá a Marte.
—La he cambiado un poco. No quería hacerlo, pero…
[Link] - Página 59
—Lo sé. Antes de que la dejemos voy a hacerle un examen muy, muy detenido;
pero, por lo que he visto en ti, has hecho un buen trabajo en ella. Me gustaría que no
fuese tan mayor…, si fuera más joven, te ayudaría a persuadirla de que se quedase.
Era tan mayor como mi madre humana. Podría vivir un siglo más, aquí en la
Tierra, donde había mucho que comer, beber y respirar, donde había oankali para
reparar el daño que se hiciese. Yo podría vivir cinco veces eso…, a menos que me
atriase con alguien como Marina. Entonces viviría únicamente tanto tiempo como
pudiera mantenerla con vida a ella.
—Si fuera más joven, yo mismo la persuadiría.
Nikanj enroscó un brazo sensorial alrededor de mi cuello, brevemente, y luego se
fue para darles a los cautivos humanos su ración matutina de droga. Mejor hacerlo
antes de que se despertasen.
Marina ya estaba despierta y mirándome.
—Ahí hay comida —le dije—. No tiene un aspecto muy apetitoso, pero tiene
buen sabor.
Ella tendió una mano, yo la tomé y tiré de ella para ponerla en pie. Cuatro
cuencos de Lo habían sido salvados del fuego. Tomamos dos, fuimos al río a lavarlos,
nos lavamos nosotros también, y nadamos un poco. Ésta era mi primera experiencia
con el respirar bajo el agua. Lo pasé a hacer de un modo tan sencillo y natural, me
sentí tan a gusto, que casi ni me di cuenta de que estaba haciendo algo nuevo.
Oí la voz de Marina que me llamaba, y me di cuenta de que me había dejado
arrastrar hasta una cierta distancia río abajo. Volví nadando hacia ella. No se había
quitado la ropa: pantalones cortos que en otro tiempo habían sido más largos, y una
camisa que era demasiado grande para ella.
Yo me había quitado la mía. Entonces me había mirado, y ahora me miró de
nuevo: yo no tenía partes genitales visibles; de hecho, no tenía ningún tipo de órganos
reproductores.
—No lo entiendo —me dijo cuando salí del agua—. No debe de importarte lo que
yo vea, o no te habrías desnudado. No comprendo como puedes… no tener nada.
—Aún no soy un adulto.
—Pero…
Me volví a poner mis pantalones cortos y la camisa de Tino.
—¿Por qué llevas ropa?
—Por los humanos. ¿No te sientes más cómoda ahora?
Se echó a reír. Aún no la había escuchado reír. Era un grito de alegría, seco y
agudo. Me dijo:
—¡Sí, me siento más cómoda! Pero, si lo deseas, quítate la ropa. ¿Qué diferencia
hay en que la lleves o no?
Mis sobacos me picaban dolorosamente. Dado que no había otra cosa que hacer,
[Link] - Página 60
la tomé de la mano, recogí los cuencos, y volvimos hacia el campamento y el
desayuno.
Caminaba cerca de mí, y no trataba de apartarse de los tentáculos sensoriales.
—No creo que tengas que preocuparte de que puedas convertirte en una mujer —
me dijo.
—No.
—Ya casi eres un hombre.
Me puse ante ella y me detuve. Ella se detuvo a su vez y se me quedó mirando,
aguardando.
—No soy un macho, nunca lo seré. Soy un ooloi.
Casi saltó para apartarse de mí. Vi la intención del repentino movimiento, no
acabado de completar, en sus músculos.
—¿Y cómo puedes serlo? —me preguntó—. Tienes dos brazos, no cuatro.
—Por el momento —le indiqué.
Miró mis brazos.
—¿Realmente…, realmente eres un ooloi?
—Sí.
Sacudió la cabeza.
—No me extraña que anoche soñara contigo.
—¿Cómo? ¿Y fue un buen sueño?
—Naturalmente, me gustó. Me gustabas. Y no debería de ser así; tienes un
aspecto demasiado masculino, y anoche no debería de haberme atraído nada
masculino…, no después de lo que me hicieron esos bastardos. Nada masculino
debería de atraerme durante largo, largo tiempo.
—Estás curada.
—Sí. ¿Eso lo has hecho tú?
—En parte.
—En el curar hay más que sólo cerrar heridas.
—Estás curada.
Me miró por un tiempo, luego apartó la vista hacia los árboles.
—Debo estarlo —comentó.
—Más que curada.
Inclinó la cabeza hacia un lado.
—¿Cómo?
—Cuando te devuelvan la fertilidad, serás capaz de tener hijos sin problemas. Eso
es algo que antes no podrías haber hecho.
Su expresión cambió a una de dolor recordado.
—Mi madre murió cuando yo nací. La gente me dijo que deberían haberle hecho
una cesárea. ¿Sabes lo que es eso?
[Link] - Página 61
—Sí.
—No se la hicieron. No sé por qué.
—Tendrás que ser cambiada un poco, genéticamente, para que tus hijas puedan
dar a luz con seguridad.
—¿Puedes hacer tú eso?
—No tendré tiempo. Os escoltaremos hoy, a ti y a los hombres prisioneros, hasta
Lo. Y, de todos modos, no soy lo bastante experto como para hacer eso.
—¿Quién puede hacerlo?
—Un ooloi adulto.
—¡No!
—Sí —le dije, tomándola en brazos—. Sí. No puedes condenar a tus hijas a morir
del modo en que murió tu madre. ¿Por qué te asustan los ooloi adultos?
—No me asustan. Lo que me asusta es la respuesta que producen en mí. Me
siento… como si ya no tuviera el control de mí misma. Me noto como drogada…,
como si pudieran hacerme hacer cualquier cosa.
—No serías su prisionera. Y no tendrías que tratar con un ooloi no atriado: el
ooloi que te cambiase no querría nada de ti.
—Preferiría que me lo hicieras tú…, o alguien como tú.
—Yo soy un ooloi construido. El primero. No hay nadie más como yo.
Me miró un rato más, luego tiró de mí para acercarme a ella e inspiró larga y
cansinamente.
—Eres guapo, ¿sabes? Me recuerdas a un hombre que conocí en otro tiempo. —
Suspiró de nuevo—. Maldita sea.
[Link] - Página 62
9
De vuelta a Lo.
Entregamos los prisioneros drogados a la gente de Lo. Harían que creciese para
ellos una casa, usando la sustancia de Lo, y no se les dejaría salir de ella hasta que
llegase a por ellos un transbordador. Entonces, serían enviados a la nave.
Comprendían lo que les iba a pasar y, aún drogados, suplicaron que les
perdonásemos, que los soltásemos. El que había llamado animales a Lilith y Tino
comenzó a llorar. Nikanj lo drogó un poco más, y pareció olvidarse del motivo por el
que había estado tan entristecido. Así sería su vida de ahora en adelante: una vez
estuviera en la nave, un ooloi lo iría drogando de modo regular. Acabaría esperando
con ansia ese momento…, y no le importaría qué otra cosa hicieran con él.
Llevé a Marina a la zona de invitados antes de que Nikanj estuviera libre para
examinarla. No quería ver cómo lo hacía. Aunque tuve la impresión de que él estaba
claramente poco dispuesto a tocarla. Ya debía de haber en ella demasiado de mi
aroma, suficiente como para que ya no pareciese sola y sin relaciones.
Me besó antes de que la dejase. Creo que, para ella, eso era un experimento. Para
mí fue un gozo: me permitió tocarla un poco más, hundir filamentos de mis
tentáculos sensoriales en ella, a lo largo de todos nuestros cuerpos. Eso la gustó. No
debería de haber sido así. Se suponía que yo era demasiado joven para dar placer.
Pero el caso es que la gustó.
—Mandaré a alguien para que te cambie genéticamente —le dije al cabo de un
tiempo—. No tengas miedo. Deja que tus hijas tengan la misma oportunidad que tú
tienes.
—De acuerdo.
La mantuve abrazada un poco más, luego la dejé. Le pedí a Tehkorahs que la
examinase e hiciese los cambios necesarios.
Éste se hallaba con Wray Ordway, su cónyuge macho humano, y Wray me sonrió
y me lanzó una mirada de comprensión y diversión. Él había sido uno de los pocos en
Lo que había hablado en mi favor cuando se había tomado la decisión del exilio. «Un
niño es un niño», dijo, a través de Tehkorahs. «Cuanto más lo tratéis como un
fenómeno de circo, más se comportará como tal.» Creo que la gente como él me
facilitó las cosas. Ellos hicieron que el exilio en la Tierra le pareciese menos
objetable a la gente realmente asustada, que deseaba que me encerrasen en la
seguridad de la nave.
—Sabes que me ocuparé de la hembra —me dijo Tehkorahs—. Parecía tenerte
mucho afecto.
Noté como los tentáculos de mi cabeza y cuerpo se aplastaban por el placer
recordado.
[Link] - Página 63
—Mucho.
Wray se echó a reír.
—Te dije que sería sexualmente precoz…, exactamente igual que los machos y
hembras construidos.
Tehkorahs le pasó un brazo sensorial alrededor del cuello.
—No me sorprende. Cada comercio de genes trae cambios. Khodahs, déjame
examinarte. La mujer no querrá verme durante un tiempo: has dejado demasiado de ti
en ella.
Me acerqué, y él soltó a Wray y me examinó con rapidez, pero
concienzudamente. Noté su sorpresa, aun antes de que me soltase.
—Ahora estás muy controlado —me dijo—, no encuentro nada malo en ti. Y, si
tus recuerdos de la hembra son correctos…
—¡Naturalmente que lo son!
—Entonces, probablemente no halle nada malo en ella. Excepto el problema
genético.
—Ella cooperará, cuando estés dispuesto a corregir eso.
—Bien. Te pareces a ella, ¿lo sabías?
—¿Cómo?
—Tu cuerpo ha estado tratando de complacerla. Ahora tienes un tono de piel más
oliváceo…, menos gris. Y tu cara ha cambiado de un modo sutil.
—Pareces una versión masculina de esa mujer —intervino Wray—.
Probablemente pensó que eras muy guapo.
—Lo dijo —admití, entre las carcajadas de Wray—. No sabía que estuviese
cambiando.
—Los ooloi cambian un poco cuando se atrían —me explicó Tehkorahs—.
Nuestros aromas cambian. Nos adaptamos al grupo familiar de nuestros cónyuges.
Puede que tú te adaptes mejor que la mayoría de nosotros…, del mismo modo que tus
descendientes también se adaptarán mejor, cuando encuentren una nueva especie para
el intercambio de genes.
Si es que alguna vez tenía descendientes.
Al día siguiente, la familia recogió nuevos suministros y abandonó Lo por
segunda vez. Yo había dormido una noche más en la casa familiar. Dormí con Aaor,
tal como acostumbraba a hacerlo antes de mi metamorfosis. Creo que la hice sentirse
tan solitaria como yo mismo me sentía, ahora que Marina se había ido. Y esa noche
provoqué en Aaor, en Lo y en mí mismo, grandes pústulas malolientes.
[Link] - Página 64
II - EXILIO
1
No nos detuvimos en la isla en la que habíamos planeado vivir. Estaba demasiado
cerca de Pascual. El vivir allí nos convertiría en blanco de más temores y
frustraciones humanas. Seguimos el río hacia el oeste, luego hacia el sur, viajando
cuando nos apetecía, descansando cuando estábamos cansados…, errando, en
realidad. Yo estaba inquieto, y el andar sin rumbo fijo me iba bien. Los otros
simplemente no parecían estar contentos con ningún lugar de acampada de los que
hallábamos. Yo sospechaba que no volverían a estar a gusto hasta que regresasen a
Lo para quedarse.
Rodeamos con mucho cuidado las aglomeraciones humanas. Los humanos que
nos vieron, se nos quedaron mirando desde la distancia o nos siguieron hasta que
hubimos salido de su territorio. Pero ninguno se acercó a nosotros.
A doce días de distancia de Lo, aún seguíamos vagando. El río era largo y con
muchos tributarios, muchas curvas y giros. Era bueno caminar a lo largo del
sombreado suelo del bosque, siguiendo el sonido y el aroma del río, sin pensar en
nada más. Al tercer día me habían salido membranas entre los dedos de las manos y
los pies, y no me molesté en corregirlo: estaba mojado durante casi tanto tiempo
como estaba seco. Me cayó el cabello y se me desarrollaron unos pocos tentáculos
sensoriales más. Dejé de usar ropas, y mi color cambió a grisverdoso.
—¿Qué es lo que estás haciendo? —me preguntó mi madre humana—. ¿Le dejas
a tu cuerpo hacer lo que le plazca?
Su voz y su gesto indicaban una clara desaprobación.
—Mientras no desarrolle una enfermedad… —le contesté.
Ella frunció el entrecejo.
—Desearía que te vieses a través de mis ojos: la deformidad es tan mala como la
enfermedad.
Me alejé de ella. Jamás me había reñido así antes.
A quince días de distancia de Lo, alguien nos disparó flechas. Sólo fue alcanzada
[Link] - Página 65
Lilith. Nikanj atrapó al arquero, lo drogó, dejándolo inconsciente, destruyó todas sus
armas, y cambió el color de su cabello: éste había sido marrón oscuro, pero desde
ahora sería incoloro y parecería absolutamente blanco. Finalmente, Nikanj animó a su
rostro a formar las arrugas permanentes que el comportamiento y la herencia
biológica de aquel macho habían dictado para su vejez. Tendría un aspecto de
anciano; no sería más débil ni estaría disminuido por la senilidad, pero el aspecto era
algo muy importante para los humanos. Cuando aquel hombre se despertase, en algún
momento del siguiente día, sus ojos y sus dedos le dirían que había pagado un terrible
precio por atacarnos. Y, lo que aún era más importante, su gente lo vería. Entenderían
de un modo erróneo lo sucedido, y eso los asustaría lo bastante como para que nos
dejasen en paz.
Lilith no tuvo problemas especiales con la herida de la flecha: le había dañado
uno de sus riñónes y le causaba un dolor considerable, pero no ponía en peligro su
vida. Su cuerpo mejorado se hubiera curado con rapidez aunque no hubiese contado
con la ayuda de Nikanj, visto que la flecha no estaba envenenada. Pero Nikanj no
dejó que se curase sola: se recostó junto a ella y la curó del todo antes de volver con
el arquero para blanquearle el cabello y arrugarle el rostro. Los cónyuges se cuidaban
los unos a los otros.
Los contemplé, preguntándome de quién me ocuparía yo…, y quién se ocuparía
de mí.
A veintidós días de distancia de Lo, el curso del río giró hacia el sur, y nosotros
giramos con él. Dichaan se apartó del sendero y nos dejó por un tiempo, regresando
con un macho humano que se había roto una pierna. El miembro tenía un aspecto
grotesco: hinchado, descolorido y cubierto de ampollas. El olor que desprendía hizo
que Nikanj y yo nos mirásemos el uno al otro.
Acampamos, y preparamos un jergón para el humano herido. Nikanj me habló
antes de ir a su lado.
—Deshazte de esas membranas. Trata de parecerte menos a una rana, o lo
asustarás.
—¿Vas a dejarme curarlo?
—Sí. Y te llevará un tiempo el hacerlo bien. Tu primera regeneración… Ve a
comer algo, mientras yo alivio su dolor.
—Déjame hacer eso —le dije. Pero ya se había dado la vuelta y dirigido hacia el
humano. La pierna del hombre era peor que inútil: estaba envenenando su cuerpo. Y
algunas porciones de la misma ya estaban muertas. Sin embargo, la idea de quitársela
me alteraba.
Ahajas y Aaor me trajeron comida antes de que pudiera ir a buscarla, y Aaor se
sentó junto a mí mientras yo comía.
—¿Por qué tienes miedo? —me preguntó.
[Link] - Página 66
—No es que tenga miedo exactamente…, pero, quitarle la pierna…
—Sí. Eso te dará oportunidad de hacer crecer otras cosas, además de membranas
y tentáculos sensoriales.
—No quiero hacerlo. Es viejo, como Marina. ¡Y no sabes lo mal que me supo
tener que dejarla marchar!
—¿No lo sé?
Enfoqué en Aaor.
—No pensaba que lo supieses. No me dijiste nada.
—No querías que te lo dijese. Ahora deberías comer.
Cuando vio que no lo hacía, se acercó más y se apoyó en mí, uniéndose
cómodamente a mi sistema nervioso.
Hacía tiempo que no había hecho esto. Ya no sentía miedo de mí. Y no era
exactamente que me hubiese abandonado: me había permitido aislarme…, dado que
eso era lo que yo parecía desear. Me hizo saber esto mediante simples impresiones
neurosensoriales.
—Me sentía solitario —protesté en voz alta.
—Lo sé. Pero no era a mí a quien echabas a faltar. —Hablaba con una alegría y
una seguridad que me confundió.
—Estás cambiando —le dije.
—Aún no. Pero creo que será pronto.
—¿La metamorfosis? Nos perderemos el uno al otro cuando cambies.
—Lo sé. Comparte el humano conmigo. Eso nos dará a ambos más tiempo de
estar juntos.
—De acuerdo.
Entonces tuve que ir al humano. Tenía que curarlo solo. Después de eso, Aaor y
yo podríamos compartirlo.
La gente recordaba a sus compañeros de camada ooloi. Yo había oído a Ahajas y
Dichaan hablar del suyo. Pero no lo habían visto desde hacía décadas. Un ooloi
pertenecía al grupo familiar de sus cónyuges. Perdía a sus compañeros de camada.
Cuando me acosté a su lado, el hombre había perdido ya el conocimiento. En el
mismo momento en que lo toqué supe que debía de haberse roto la pierna en una
caída…, posiblemente desde un árbol. Tenía heridas de pinchazos y moretones muy
grandes en el lado izquierdo de su cuerpo. Tal cual había supuesto, la pierna izquierda
estaba totalmente perdida, gangrenada y venenosa. La separé del resto de su cuerpo,
por encima de los tejidos dañados. Primero detuve la circulación de los fluidos
corporales y de los venenos, desde y hacia la pierna. Luego animé al crecimiento de
una barrera de piel en la cadera. Finalmente ayudé al cuerpo a deshacerse del
putrefacto miembro.
Cuando la pierna cayó, aparté la suficiente atención del macho como para pedirle
[Link] - Página 67
a la familia que se deshiciese de ella. No deseaba que el hombre la viese.
Luego me dediqué a curar las muchas y pequeñas heridas y a neutralizar los
venenos que ya habían empezado a destruir la salud de su cuerpo. Pasé la mayor parte
de aquella tarde curándole. Finalmente volví a enfocar de nuevo en su pierna y
comencé a reprogramar algunas células. Tenía que despertar genes que no habían
estado activos desde mucho antes de que el hombre naciese, y ponerlos a trabajar
para decirle al cuerpo cómo hacer crecer una pierna. Una pierna, no un cáncer. La
regeneración llevaría muchos días, y debería ser vigilada de cerca. Podíamos acampar
allí y mantener al hombre con nosotros hasta que la regeneración se hubiera
completado.
Ya hacía un rato que había oscurecido cuando, finalmente, me desconecté del
macho. Mis padres humanos y mis compañeros de camada estaban durmiendo cerca.
Ahajas y Dichaan se hallaban sentados uno al lado del otro, guardando el
campamento y conversando vocalmente, pero en un tono tan bajo que ni siquiera yo
podía oír todo lo que decían. Un intruso humano no hubiese escuchado nada en
absoluto. El sentido auditivo de los oankali y los construidos era tan agudo, que
algunos resistentes llegaban a creerse que podíamos leer sus pensamientos. Yo
deseaba haberlo podido hacer, para así poder tener alguna idea de cómo reaccionaría,
al verme, el macho al que había curado. Tendría que pasar con él casi tanto tiempo
como el que pasaban los cónyuges recién atriados. Y eso sería muy duro si me odiaba
o me temía.
—¿Te gusta, Oeka? —me preguntó con voz suave Nikanj.
Yo sabía que se hallaba tras de mí, sentado, esperando para comprobar mi trabajo.
Ahora vino a mi lado y colocó un brazo sensorial alrededor de mi cuello. Yo aún
disfrutaba con sus abrazos, pero esta vez me quedé rígido porque pensé que, a
continuación, tocaría al hombre.
—Descastado y posesivo niño ooloi —me dijo, apretándome contra él, pese a mi
envaramiento—. Debo examinarlo, al menos esta vez, pero si me explicas lo que has
hecho, y lo que veo en él concuerda, no volveré a tocarlo ya hasta que llegue el
momento en que deba irse…, a menos que algo vaya mal.
—¡Nada irá mal!
—Bien. Enséñamelo todo.
Le obedecí, embrollándome de vez en cuando, porque conocía mejor el
funcionamiento del cuerpo del humano que el vocabulario, silencioso o vocal, que
había que emplear para hablar del mismo. Pero, con las ilusiones neurosensoriales,
podía mostrarle qué era, exactamente, lo que le quería decir.
—No hay palabras para algunas cosas —me explicó Nikanj cuando hube
terminado—. Tú y tus hijos las crearéis, si las necesitáis. Nosotros nunca tuvimos
necesidad de ellas.
[Link] - Página 68
—¿Lo he hecho bien con él?
—Lárgate. Ahora lo averiguaré con toda seguridad.
Fui a sentarme con Ahajas y Dichaan, que me dieron parte de los higos silvestres
y las nueces que habían estado comiendo. La comida no lograba sacarme de la cabeza
la idea de Nikanj tocando al humano, pero de todos modos comí, y escuché cómo
Ahajas me contaba lo duro que le había resultado a Nikanj cuando su ooan,
Kahguyaht, había tenido que examinar a Lilith.
—Kahguyaht dijo una vez que la posesividad durante el estadio de subadulto es
un puente que ayuda a los ooloi a entender a los humanos —me dijo Ahajas—. Es
como si las emociones humanas estuvieran permanentemente encerradas en la
subadultez ooloi. Los humanos son posesivos hacia sus cónyuges, sus cónyuges
potenciales y hacia la propiedad, porque todo eso puede serles arrebatado.
—Puede serle arrebatado a cualquiera —dije—. Los seres vivos pueden morir.
Las cosas no vivientes pueden ser destruidas.
—Pero los cónyuges humanos pueden separarse uno de otro —dijo Dichaan—.
Nunca pierden la habilidad de hacer eso. Pueden dejarse el uno al otro, de modo
permanente, y hallar nuevos compañeros. Los humanos pueden tomar los cónyuges
de otros humanos. No hay un nexo físico. Ni seguridad. Y, dado que los humanos son
jerárquicos, tienden a competir entre ellos por los cónyuges y por la propiedad.
—Pero eso es algo que está en ellos a causa de su propia genética —protesté—.
No lo está en mí.
—No —me aceptó Ahajas—, pero, Oeka…, no serás capaz de unirte con un
macho, sea humano, construido u oankali, hasta que seas adulto. Puedes sentir
necesidades y afectos. Sé que, en este estadio, tus sentimientos son más fuertes de los
que tendría un oankali. Pero, hasta que hayas madurado, no podrás formar un nexo
auténtico. Otros ooloi pueden, mientras tanto, seducir a potenciales cónyuges tuyos y
arrebatártelos…, es por eso por lo que todos los ooloi te resultan sospechosos.
Eso sonaba bien…, o, mejor dicho, sonaba a verdad. No me hacía sentir mejor,
pero me ayudaba a entender por qué yo sentía deseos de apartar a Nikanj, de un
empujón, de al lado del macho y montar guardia allí, para asegurarme de que no
volvía a acercarse más.
Al cabo de un rato se me acercó Nikanj y, cuando me tocó, olía al macho y sabía
a él. Resentido, tuve un movimiento de rechazo.
—Has hecho un buen trabajo —me dijo—. ¿Cómo puedes hacer tan buen trabajo
con los humanos, y tan malo con Aaor y contigo mismo?
—No lo sé —le contesté, desalentado—. Pero, de algún modo, los humanos me
estabilizan. Quizá sea porque tanto Marina como este macho estaban solos…, sin
cónyuge.
—Vete a descansar a su lado. Si quieres dormir, duerme unido a él, para que no se
[Link] - Página 69
despierte hasta que tú lo hagas.
Me alcé para ir.
—Oeka.
Enfoqué en Nikanj, sin volverme.
—Tino le ha hecho unas muletas, para que las use durante los próximos días.
Están a sus pies.
—De acuerdo. —Yo nunca había visto una muleta, pero había oído hablar de ellas
a los humanos de Lo.
—Junto a las muletas hay ropa. Lilith dice que deberías ponerte algo, y darle el
resto a él.
Ahora sí me volví para mirarle.
—Ponte la ropa, Khodahs. Es un macho resistente. Ya le va a costar bastante el
aceptarte.
Naturalmente, tenía razón. Yo ni siquiera estaba muy seguro del motivo por el
que había dejado de usar ropas…, excepto, quizá, porque no tenía a nadie por quien
usarlas. Me vestí y me eché al lado del macho.
[Link] - Página 70
2
El macho y yo nos despertarnos al mismo tiempo. Me vio, y de inmediato trató de
apartarse de mí. Lo agarré y le hablé con suavidad.
—Estás a salvo —le dije—. Aquí nadie te hará daño. Te estamos ayudando.
Frunció el ceño y contempló mi boca. No pude leer comprensión en su expresión,
pese a que la suavidad de mi voz parecía tranquilizarlo.
—¿Español? —le pregunté.
—¿Portugués? —me interrogó, esperanzado.
Alivio.
—Sim. Falo portugués.
Suspiró, aliviado a su vez.
—¿Dónde estoy? ¿Qué me pasó?
Me senté, pero, poniéndole una mano en el hombro, lo animé a seguir tendido.
—Te encontramos malherido, solo en la selva. Creemos que debiste caerte de un
árbol.
—Recuerdo…, mi pierna. Traté de llegar a casa.
—Podrás volver a casa dentro de unos pocos días. Ahora aún estás curándote. —
Hice una pausa—. Te hiciste mucho daño, pero podemos curarte totalmente.
—¿Quién eres?
—Khodahs lyapo Lilitheal Kaalnikanjlo. Yo soy quien tiene que ocuparse de que
puedas caminar de vuelta a casa sobre dos buenas piernas.
—Me rompí la pierna…, ¿me quedará deformada?
—No. Te quedará recta y nueva. ¿Cómo te llamas?
—Perdóname por no habértelo dicho antes. Soy João. João Villas da Silva.
—João, tu pierna estaba demasiado dañada para que pudiéramos salvarla. Pero tu
nueva pierna ya ha comenzado a crecer.
Tanteó, presa de repentino terror, buscando la pierna que le faltaba. Me miró. De
repente, trató de escapar de nuevo, a gatas.
Lo agarré por los brazos y lo mantuve quieto, inmovilizándolo hasta que dejó de
debatirse.
—Estás bien y tienes salud —le dije con voz tranquila—. En unos pocos días
tendrás una pierna nueva. Ahora, no te hagas más daño. Estás bien.
Miró mi cara, agitó la cabeza y me volvió a mirar.
—Es cierto —le dije—. Unos días de ir con muletas, luego una nueva pierna
entera. Míratela.
Miró, girándose para que yo no se la pudiera ver…, como si su cuerpo aún tuviese
algún secreto para mí.
—No parece una pierna nueva —me dijo.
[Link] - Página 71
—Sólo tiene unas horas de edad. Dale tiempo a que crezca.
Se sentó en donde estaba y miró en derredor, al resto de la familia.
—¿Quiénes sois todos vosotros? ¿Qué hacéis aquí?
—Somos viajeros. Una familia de Lo, que viaja hacia el sur.
—Mi casa está al oeste, en las colinas.
—No nos iremos hasta que puedas volver allí.
—Gracias. —Me miró un rato más—. No quiero ofenderte, pero…, he conocido a
muy pocos de los de tu pueblo…, humanos y no humanos.
—Soy un construido.
—Sí, pero no sé…, ¿eres un hombre o una mujer?
—Aún no soy adulto.
—¿No? Pues pareces un adulto. Pareces una mujer joven…, quizá demasiado
delgada, pero muy guapa.
Esta vez no me sorprendió. Mi cuerpo lo deseaba. Y mi cuerpo deseaba
complacerle. Pero, ¿qué me pasaría cuando tuviese dos o más compañeros? ¿Sería
como el cielo, cambiando constantemente: nublado, claro, nublado, claro? ¿Tendría
que resultarle odioso a uno de mis cónyuges para agradarle al otro? Nikanj tenía
siempre el mismo aspecto y, sin embargo, todos y cada uno de mis otros padres lo
tenían por un verdadero tesoro. ¿Qué les parecería a los otros mi aspecto, cuando
tuviese cuatro brazos en lugar de dos?
—Ningún macho o hembra podría regenerar tu pierna —le dije a João—. Yo sí:
soy un ooloi.
Fue como si el aire que había entre nosotros se convirtiese en una pared de
cristal…, transparente pero impenetrable. Ya no podía atravesarla para llegar a él.
Había buscado refugio tras ella y, aunque le tocase, ya no lo alcanzaría.
—No tienes nada que temer de nosotros —le dije, queriendo explicarle, en
realidad, que no tenía nada que temer de mí—. Y, aunque no soy un adulto, puedo
completar tu regeneración.
—Gracias —dijo, desde detrás de su nuevo y gélido escudo—. Os estoy muy
agradecido.
No lo estaba. No me creía.
Los tentáculos de mi cabeza y cuerpo se enredaron en duros y apretados nudos, y
me aparté de João. Me hubiera resultado más fácil si me hubiera rehuido de un salto,
tal cual casi había hecho Marina. Era más fácil enfrentarse al miedo que a este… frío
rechazo…, a esta repulsión.
—¿Por qué me odias? —susurré—. Podrías haber muerto, si un ooloi no te
hubiese salvado la vida. ¿Por qué me odias tanto, si he salvado tu vida?
El rostro de João sufrió varios cambios: sorpresa, remordimiento, vergüenza, ira,
odio y repulsión renovados.
[Link] - Página 72
—Yo no te pedí que me salvaras.
—¿Por qué me odias?
—Sé lo que hacéis… los de tu especie: ¡abusáis de los hombres, como si fueran
mujeres!
—¡No! Nosotros…
—¡Sí! ¡Tu especie y vuestras putas humanas sois la causa de todos nuestros
problemas! ¡Tratáis a la Humanidad entera como si fuera vuestra concubina!
—¿Es así como te he tratado a ti?
Se tornó hosco.
—No sé lo que me has hecho.
—Tu cuerpo te dice lo que te he hecho. —Me quedé un rato sentado, y le miré
con mis ojos. Cuando él apartó la vista, le dije—: Ese macho que está allá es mi padre
humano. La hembra es mi madre humana. Yo salí de dentro de su cuerpo. Y no te he
curado para que pudieras insultar a esa gente.
Se limitó a mirarme; pero ahora había una duda en él. Lilith estaba echando algo
en la olla de tela de Lo, que había colgado de dos árboles. Aún no había prendido un
fuego debajo. Tino estaba algo más allá, cortando ramas de palmera. Construiríamos
un refugio con arbolillos, tela de Lo y ramas de palmera, y colgaríamos dentro
nuestras hamacas. Hacía bastante que no hacíamos esto.
Mis padres humanos debían de haberse parecido mucho a la gente del poblado de
João. Cuando algún resistente solitario se quedaba a vivir entre nosotros,
habitualmente acababa identificándose con los humanos atriados que había a su
alrededor, y eligiendo un «protector» oankali o construido. Se convertía en cónyuge
temporal o en compañero de camada, temporalmente adoptado. Así, Marina había
elegido una especie de estatus temporal de cónyuge, quedándose conmigo y apenas si
hablado con nadie, a excepción de Aaor. Eso mismo era lo que yo quería de João.
Pero aún tendría que animarlo más, y al mismo tiempo convencerle de que su
masculinidad no estaba amenazada. Había oído que, a menudo, los hombres sentían
eso respecto a los ooloi. Tendría que hablar con Tino; él me ayudaría a comprender
ese miedo de João y a hacérselo superar. Estaba claro que con la razón no habría
bastante.
—Nadie va a vigilarte —le dije a João—; no eres un prisionero. Pero tengo que
mantener tu pierna en observación. Si te vas antes de que la regeneración esté
completada, antes de que me asegure de que se ha detenido el proceso de
crecimiento, podrías acabar teniendo un tumor monstruoso. Que terminaría
matándote. Y, si alguien te lo extirpase, volvería a crecer.
No deseaba creerme, pero lo había asustado. Era lo que deseaba. Y todo lo que le
había dicho era cierto.
Me alcé y señalé:
[Link] - Página 73
—Ahí están tus muletas. Y mi madre humana te ha dejado ropa limpia. —Hice
una pausa—. Si necesitas algo, cualquiera de los que están aquí te facilitará todo tipo
de ayuda…, si no lo insultas.
Deseaba tenderle la mano, pero su lenguaje corporal me decía que él no haría
como Marina, que no la aceptaría. Se quedó sentado donde estaba, contemplando el
lugar que había ocupado su pierna. No hizo esfuerzo alguno por levantarse.
Le traje un cuenco con fruta y gachas de nueces y se limitó a seguir sentado,
mirándolo. Yo me senté junto a él y comí mi parte, pero él casi ni se movió. No, se
movió en una ocasión: cuando lo toqué, tuvo un escalofrío y se volvió para mirarme.
No había más que odio en su expresión.
Me fui al río, a bañarme. Aaor estaba con João cuando regresé al campamento.
No estaban hablando, pero la rigidez había desaparecido de la espalda de João. Quizá,
simplemente, fuera que estaba cansado.
Vi a Aaor empujar el cuenco de gachas hacia él. Lo tomó y comió. Y, cuando
Aaor le tocó, no mostró ningún estremecimiento.
[Link] - Página 74
3
João eligió a Aaor. Aceptaba su ayuda, le hablaba, y le acariciaba sus pequeños
senos, cuando vio que esto ni la molestaba a ella ni a ninguno de los otros. Esos
pechos no eran verdaderas glándulas mamarias. Probablemente Aaor los perdería
cuando se metamorfosease. Era lo que les ocurría a la mayoría de los construidos,
incluso cuando su transformación era a hembras. Pero a João le encantaban. Y a
Aaor, simplemente, le gustaba el contacto.
Por la noche, João me soportaba. Creo que su mayor vergüenza era el que su
cuerpo no me hallase tan repelente como su mente deseaba creer que era. Esto le
asustaba casi tanto como le avergonzaba. Quizá le decía lo que yo ya había
descubierto…, que, dado el tiempo necesario, él podría llegar a aceptarme, a disfrutar
mucho de mí. Creo que me odiaba más por esto que por todo lo demás.
En veintiún días, la pierna de João ya hubo crecido. Yo le había hecho comer
enormes cantidades de alimentos…, había estimulado su apetito de modo que no
pudiera ponerse testarudo y rehusar la comida. Asimismo, le había animado
químicamente a ser sedentario. Necesitaba de todas sus energías para hacer crecer su
pierna.
Por mi parte, a mí me habían salido pechos, y había ido desarrollando una
apariencia aún mucho más claramente femenina. Yo no dirigía mi cuerpo ni trataba
de controlarlo. Claro que éste ya no desarrollaba ni enfermedades ni crecimientos ni
cambios anormales. Parecía estar totalmente enfocado en João, que me ignoraba
durante el día, pero me acariciaba por la noche, e investigaba mi cuerpo antes de que
yo le hiciera dormirse.
Lo mantuve conmigo durante tres días extra, para ayudarle a recuperar sus fuerzas
y para estar absolutamente seguro de que la pierna había dejado de crecer y trabajaba
tan bien como la vieja. Era suave, de piel lisa y muy pálida. La suela del pie era tan
tierna, que doblé unos trozos de tela de Lo y los pegué para hacerle unas sandalias.
—No he usado nada en los pies desde mucho antes de que tú nacieras —me dijo.
—Usa esto hasta que llegues a tu casa, o te harás mucho daño en los pies.
—¿Realmente vais a dejarme ir?
—Mañana. —Era nuestra vigesimoquinta noche juntos. Aún pretendía ignorarme
durante el día; pero, aparentemente, se había convertido en demasiado difícil para él
mantener su odio contra mí por las noches. Además, aceptaba lo que hacía por él, y
no me insultaba. Ya no insultaba a nadie. En una ocasión lo encontré hablándoles a
Aaor, Lilith y Tino acerca de Sao Paulo, que era donde había nacido. Sólo tenía
diecinueve años cuando había estallado la guerra, y era estudiante. De haber ido todo
bien se habría convertido en médico, como su padre.
—Al principio, la gente agitaba la cabeza cuando hablaba de la guerra —les
[Link] - Página 75
explicó—. Decían que matarían a todo el Norte: a Europa, Asia, América del Norte.
Decían que los del Norte habían perdido la cabeza. Nadie se daba cuenta de que, a
consecuencia de la guerra, también nosotros íbamos a sufrir enfermedades, hambre,
cegueras…
Descubrió que yo le estaba escuchando. No le había importado, pero a mí no me
hubiera contado, por su propia voluntad, nada de su pasado. Contestaba a mis
preguntas, pero no me hablaba de motu propio.
El nombre de su poblado de resistentes era Sao Paulo, en recuerdo a su ciudad
natal, que en otros tiempos se había alzado muy al este. Cuando lo encontramos, justo
acababa de viajar hasta el lugar en que estaba la ciudad… Antes de la guerra y de la
llegada de los oankali, Sao Paulo había sido una ciudad de muchos millones de
habitantes, un auténtico laberinto de edificios, grandes y pequeños. Pero lo que no
había destruido la guerra y sus consecuencias había sido devorado por los
transbordadores de los oankali. Estas naves podían comer cualquier cosa sobre la que
se posasen. Sí, quedaban algunas ruinas, pero la selva cubría ahora la mayor parte de
lo que en otro tiempo fuera Sao Paulo.
João también había hablado de su pasado con Ahajas y Dichaan. Al menos,
evitaba a Nikanj. Yo podía aceptar cualquier cosa que hiciera, mientras evitase a
Nikanj.
—Mañana —repitió ahora, tendido junto a mí. Se movió, avisándome, luego se
sentó. Yo le había dicho que siempre se moviese un poquito para avisarme de que
pensaba cambiar de posición o levantarse…, por si yo tenía algunos tentáculos
sensoriales unidos a él. Había ignorado esto en una ocasión. El dolor resultante le
había hecho lanzar un alarido y acurrucarse en un apretado nudo fetal, quedándose así
durante un rato, sudando y jadeando. Yo me había hecho tanto daño a mí mismo
como se lo había hecho a él, pero conseguí no reaccionar tan aparatosamente. Nunca
le dije nada al respecto, pero después de aquello siempre hacía un pequeño
movimiento de advertencia.
Me miró desde arriba.
—No te creo.
—Tu pierna está completa y sana. Es tierna y deberás protegerla, pero está
completa. ¿Por qué no te ibas a ir?
Su boca no me dijo nada. Su rostro me dijo que no estaba seguro de querer irse.
Ni siquiera estaba seguro de si le gustaba que yo le dijese que podía irse. Pero su
orgullo lo mantenía en silencio.
—¡De acuerdo! —dijo al fin—. Mañana me voy. Mañana por la mañana.
Lo atraje hacia nuestro jergón y le besé el rostro, luego la boca.
—No me alegrará el que te vayas —le dije—. Si fueras más joven…
Froté su nuca. Mis sobacos ya no me picaban…, ahora me dolían.
[Link] - Página 76
—No sabía que mi edad fuera importante —dijo. Suspiró—. No debería
importarme. Debería estarte agradecido. Pero no he cambiado mi opinión… sobre los
ooloi.
—Creo que sí.
—No, sólo he cambiado mis sentimientos hacia ti. Y eso que, antes, ni tal cosa
hubiera creído posible.
—Antes de irte, ve a ver a Nikanj. Haz que te revise, para estar seguros de que no
me he dejado nada.
—¡No!
—Sólo te tocará un instante. Sólo un instante. Luego ven a mí…, para decirme
adiós.
—No. No puedo dejar que esa cosa me toque. Prefiero confiar en ti.
—Es uno de mis padres.
—Lo sé. No quiero ofenderte, pero no puedo hacer eso.
—No permitiré que te vayas para que luego mueras por algún error mío que
podría haber sido corregido. Dejarás que te toque.
Silencio.
—Hazlo por mí, João. No me dejes en la duda de si te he mandado a la muerte.
Suspiró. Al cabo de un momento, asintió con la cabeza.
Le hice quedarse dormido. Él no se daba cuenta, pero yo era responsable de
aquella situación al haber reforzado su aversión hacia Nikanj. Ningún macho o
hembra que pasase tanto tiempo con un ooloi, como él lo había pasado conmigo,
podía sentirse cómodo tocando a otro ooloi. João no estaba unido a mí, pero se
hallaba químicamente orientado hacia mí y alejado de los demás. Un ooloi adulto
podría seducirlo y arrebatármelo, si él realmente me detestara y estuviera interesado
en hallar otro ooloi. Pero, de otro modo, se quedaría conmigo. Lilith había empezado
así con Nikanj.
A la mañana siguiente le llevé João a Nikanj. Tal cual le había prometido, Nikanj
lo tocó muy brevemente, y luego lo dejó ir.
—No has cometido ningún error en él —me dijo—. Me gustaría que pudiese
quedarse, para que impidiera que te vuelvas a convertir en una rana.
Agradecí que me hablase en inglés y que João no lo entendiera.
Le di a João comida, una hamaca y mi machete. Cuando se había caído, había
perdido el equipo que llevaba consigo.
—Hay oankali de más edad que se atriarían contigo —le dije—. Te podrían dar
placer. Podrías tener hijos.
—¿Cuál de ellos se parecería a alguien con quien acostumbraba a soñar cuando
era joven? —me preguntó.
—João, realmente no tengo este aspecto. Sabes que no. No lo tenía el día que nos
[Link] - Página 77
conocimos.
—Tienes este aspecto para mí —me dijo—. Dime quién otro haría eso por mí…
Negué con la cabeza.
—Nadie.
—¿Lo ves?
—Entonces, vete a Marte. Encuentra a alguien que realmente tenga este aspecto.
Ten hijos humanos.
—He pensado acerca de Marte. Siempre me ha parecido una fantasía. Vivir en
otro mundo…
—Los oankali han vivido en muchos otros mundos. ¿Por qué no iban a vivir los
humanos al menos en otro?
—¿Por qué tienen que quedarse los oankali con el único que es nuestro?
—Ya se lo han quedado. Y vosotros no vais a poder recuperarlo de ellos. Podéis
quedaros aquí y morir inútilmente, resistiendo. O podéis ir a Marte y ayudar a fundar
una nueva sociedad humana. También podéis uniros a nosotros, en el comercio. Con
el tiempo, nosotros iremos a las estrellas y, si os unís a nosotros, vuestros hijos nos
acompañarán.
Agitó la cabeza.
—No sé. Ya he estado antes entre los oankali. Todos nosotros, los resistentes,
hemos estado. Y los oankali nunca me hicieron tener dudas sobre qué era lo que debía
de hacer. —Sonrió—. Antes de conocerte, me conocía mucho mejor a mí mismo.
Se alejó, indeciso.
—Ni siquiera sé lo que deseo de ti —me dijo, mientras se marchaba—. Desde
luego no es lo usual, pero el caso es que no quiero dejarte.
Y se fue.
[Link] - Página 78
4
Dos días después de que João se fuese, Aaor entró en su metamorfosis. No me
pareció que se hubiese hundido en ella tan lentamente como lo había hecho yo…,
aunque lo cierto es que yo había estado tan preocupado por João que fácilmente
podría no haberme dado cuenta de los signos precursores de la misma. Simplemente,
Aaor se fue a su jergón y se echó a dormir. Yo fui quien me di cuenta de que estaba
en la metamorfosis. Y de que se estaba convirtiendo en un ooloi.
Así que habría dos de nosotros. Dos peligrosas incertidumbres, a las que quizá
jamás se nos permitiese atriarnos normalmente, que quizá pasásemos el resto de
nuestras vidas en un tipo u otro de exilio.
El día en que João nos dejó no habíamos reiniciado todavía el viaje. Ahora ya no
podíamos. No había ninguna buena razón para llevar a Aaor a través de la selva,
forzándole a asimilar nuevas sensaciones, cuando debería de estar aislado y
enfocándose hacia dentro, cuidando sólo del crecimiento y reajuste de su propio
cuerpo.
Podríamos haber construido una balsa y navegado río abajo, hasta Lo, en sólo una
fracción del tiempo que nos había costado llegar hasta allí. Incluso, en una
emergencia, Nikanj podría haber mandado una señal pidiendo ayuda. Pero, ¿qué clase
de ayuda? ¿Un transbordador para llevarnos de vuelta a Lo, en donde no nos
podíamos quedar? ¿Un transbordador para llevarnos a Chkahichdahk, a donde no
queríamos ir?
Nos sentarnos, agrupados en torno al dormido Aaor, y acordamos hacer la única
cosa que podíamos hacer: trasladarnos a tierras más altas, para evitar las inundaciones
de la estación de las lluvias, y construir una casa más permanente. Mi madre humana
dijo que ya era hora de plantar un huerto.
Nikanj y yo nos quedamos con Aaor, mientras los otros iban en busca del lugar en
que edificar nuestra futura casa.
—¿Te das cuenta de que ya has perdido otra vez la mayor parte de tu cabello? —
me preguntó Nikanj mientras permanecíamos sentados, uno a cada lado del dormido
cuerpo de Aaor.
Toqué mi cráneo. Aún tenía una escasa pelusilla de cabellos pero, como decía
Nikanj, estaba casi calvo. De nuevo. Y no me había dado cuenta. Y también podía ver
que mi piel estaba cambiando, perdiendo la suavidad que había tomado para João,
incluso perdiendo su coloración marrón. Aún no podía saber si volvería a mi color
gris amarronado natural, o si tomaría la coloración verdosa que había tenido justo
antes de conocer a João.
—Al menos, deberías ser tan bueno en mantener controlado tu cuerpo como lo
eres en controlar el de un humano —me regañó Nikanj.
[Link] - Página 79
—¿Será Aaor como yo? —le pregunté.
Dejó que todos sus tentáculos sensoriales colgasen inertes.
—Me temo que lo será. —Guardó silencio por un tiempo, y luego dijo,
finalmente—: Sí, creo que lo será.
—Así que, finalmente, tendrás a dos hijos de tu mismo sexo que te necesitarán…,
y que estarán resentidos contigo.
Enfocó en mí por largo tiempo, con una intensidad que, al principio, me
asombró…, y luego empezó a asustarme. Tenía un brazo sensorial apoyado sobre el
pecho de Aaor, examinando, comprobando.
—¿Está bien? —le pregunté.
—Tanto como lo estás tú. —Hizo sonar sus tentáculos—. Perfecto, pero al mismo
tiempo imperfecto. Tiene todo lo que ha de tener. Puede hacer todo lo que debería
poder hacer. Pero esto no será suficiente. Tendréis que ir a la nave, Oeka. Aaor y tú.
—¡No! —Me sentía del mismo modo que me había sentido en la ocasión en que
un humano, aparentemente amistoso, me había dado un bofetón, sin previo aviso.
—Necesitáis cónyuges —me dijo con voz suave—. Y aquí nadie se atriará con
vosotros, a excepción de unos viejos humanos, que quizás os robarían cuatro quintas
partes de vuestras vidas. En la nave podréis lograr cónyuges jóvenes…, quizás
incluso jóvenes humanos.
—¿Y podremos traerlos de regreso a la Tierra?
—No lo sé.
—Entonces, si no lo sabes, no iré. No correré el riesgo de ser retenido allí. Y no
creo que Aaor vaya tampoco.
—Lo hará. Lo haréis ambos, cuando termine su metamorfosis.
—¡No!
—Oeka, lo has visto por ti mismo: con un cónyuge potencial…, incluso con uno
muy poco viable, tu control es impecable. Sin un cónyuge potencial, no tienes ningún
control. Te has quedado sorprendido cuando te he dicho que estabas perdiendo el
cabello. Tu cuerpo te ha estado dando sorpresas, una y otra vez. Y eso que nada de lo
que hace debería sorprenderte. Nada de lo que hace debería escapar a tu control.
—Pero si ni siquiera hice crecer ese cabello deliberadamente. Ocurrió que…, a
algún nivel, me di cuenta de que a João le gustaría. Creo que me convertí en todas las
cosas que a él le gustaban, a pesar de que él nunca me dijo cuáles eran.
—Su cuerpo te lo dijo. Cada una de sus miradas, sus reacciones, su tacto, su olor.
Nunca dejó de decirte lo que deseaba. Y, dado que era el único foco de tu atención, le
diste todo lo que te pidió. —Se recostó al lado de Aaor—. Eso es algo que nosotros
hacemos, Khodahs. Les complacemos, para que se queden y nos complazcan a
nosotros. Eres mejor en eso, con los humanos, de lo que yo lo fui jamás. Yo fui criado
para este comercio, pero tú…, tú eres parte del comercio. Puedes comprender tanto a
[Link] - Página 80
los humanos como a los oankali, sólo con mirar dentro de ti.
Hizo una pausa y resonó sus tentáculos.
—No creo que hubiésemos tenido tantos resistentes si hubiéramos contado antes
con ooloi construidos.
—¿Crees eso, y aun así quieres mandarme lejos?
—Lo creo, sí. Pero nadie más lo cree. Deberíamos enseñarles la verdad.
—Yo no quiero enseñar…, ¿deberíamos? ¿Nosotros, Ooan?
—Por un tiempo, tendríamos que irnos a vivir a la nave.
Casi volví a decir que no, pero no me hubiera prestado la más mínima atención.
Cuando empezaba por decirme deberíamos, era porque ya lo había decidido.
Decidido que nuestros intereses, los de Aaor y los míos, y nuestras necesidades,
podrían ser cubiertos mejor en Chkahichdahk, incluso aunque jamás se nos
permitiese regresar ya a casa. La familia se quedaría con nosotros hasta que fuésemos
adultos, pero luego nos dejaría en la nave y se iría. Y, para nosotros, ya no habrían
más selvas ni ríos. Ya no más tierras salvajes llenas de cosas que yo aún no había
probado. El planeta mismo era como uno de mis padres. Lo perdería, y no ganaría
nada a cambio de ello.
No, aquello no era cierto. Ganaría cónyuges. Con el tiempo. Quizá. Nikanj haría
todo lo que pudiera por conseguirme cónyuges. Había humanos jóvenes, que habían
nacido y sido criados en la nave; porque, debido a su guerra y a las enfermedades
resultantes de la misma, habían sido tan pocos los humanos salvables, que no eran los
suficientes para un buen comercio. Además, a la mayoría de aquellos que habían
querido regresar a la Tierra se les había permitido regresar. Eso había dejado a los
oankali Toaht —aquellos que deseaban comerciar y marcharse con la nave—, con
demasiados pocos cónyuges humanos. Y habían estado criando más humanos, al
tiempo que aceptaban recoger a los más violentos de la Tierra. Pero, aun así, no había
bastantes para todos aquellos que los deseaban. Aún no. ¿Qué probabilidad había de
que los Toaht me dejasen tener aunque sólo fuera un cónyuge humano?
Agité la cabeza:
—No me abandones, Ooan.
Él me enfocó, con aspecto inquisitivo.
—Sabes que no lo haré.
—No iré a Chkahichdahk. No voy a conformarme con lo que me quieran dar allí,
ni quedarme, si deciden que debo quedarme. Prefiero permanecer aquí y atriarme con
viejos humanos.
No me gritó, como hubieran hecho mis padres humanos. No me dijo lo que ya
sabía. Ni siquiera me dio la espalda.
—Échate aquí conmigo —me dijo, con voz suave.
Fui con él y me eché a su lado, noté cómo se unía a mí con más tentáculos
[Link] - Página 81
sensoriales de los que yo tenía en todo mi cuerpo. Luego rodeó mi cuello con un
brazo sensorial.
—¡Hay tanta desesperación en ti! —me dijo en silencio—. ¡No puedes
desperdiciar tanta vida!
—Tu vida será más corta, a causa de Tino y Lilith —le dije—. ¿Crees estar
desperdiciando algo?
—En Chkahichdahk hay humanos que vivirán tanto tiempo como tú podrías vivir
de un modo natural.
—¿Son tantos como para que permitan que un par de ellos se vengan conmigo?
¿Y qué me dices de Aaor, le darán otro par a él?
Nikanj comenzó a sentir su propia desesperación:
—No lo sé.
—No lo sabes, pero imaginas que no. Yo también lo imagino.
—Sabes que abogaré por vosotros.
—Ooan…
—Sí, lo sé. He producido dos niños ooloi construidos. Nadie más ha hecho una
cosa así. ¿Quién me va a escuchar?
—¿Lo hará alguien?
—No demasiados.
—Entonces, ¿por qué me amenazas con mandarme a Chkahichdahk?
—Irás, Oeka. Aquí no hay lugar para ti, y lo sabes.
—¡No!
—Allí hay vida para ti. ¡Vida! —Hizo una pausa—. Eres más adaptable de lo que
crees. Yo te hice, lo sé. Podrías vivir allí, podrías hallar cónyuges oankali o
construidos y aprender a ser feliz con la vida de a bordo.
Le contesté en voz alta:
—Probablemente tengas razón. Antes había humanos que se adaptaban a no
poder ver u oír, caminar o moverse. Se adaptaban…, pero no creo que ninguno de
ellos eligiese voluntariamente el estar tan limitado.
—Pero, ¡piensa! —Apretó el brazo con el que me rodeaba—. ¿Dónde vivirías con
tus viejos cónyuges humanos? ¿Te dejarían los resistentes irte con ellos a uno de sus
poblados? ¿Cuántos ataques más serían precisos por su parte para provocar una
respuesta mortal en ti? ¿Y qué pasaría entonces? Y, Khodahs, ¿qué pasaría con tus
hijos…, tus hijos humanos? ¿Los construirías para que fuesen estériles, o los dejarías
aparearse entre ellos sin un ooloi, los dejarías crear deformidades y enfermedades?
¿O tratarías de obligarles a ir a uno de nuestros poblados? Quizá no deseasen ir a
ellos, del mismo modo que tú no deseas ir a Chkahichdahk. Quizá quieran seguir en
la Tierra, con la gente que conozcan. Y, si haces un buen trabajo cuando los
construyas, podrán vivir más que sus resistentes. Incluso tal vez podrán vivir más que
[Link] - Página 82
este mundo. Si consiguiesen eludirnos, incluso podrían morir cuando despedacemos
la Tierra y nos vayamos cada cual por nuestro lado.
Me desconecté de él, haciéndole una señal para que también se desconectase de
mí. Cuando la Tierra fuese dividida entre todos, y los nuevos seres-nave se
desperdigasen por las estrellas, Nikanj ya llevaría mucho tiempo muerto. Si yo me
atriaba con humanos viejos, también yo estaría muerto. No podría, pues, salvaguardar
a mis hijos, ni aun en el caso que, de adultos, estuviesen dispuestos a dejarse guiar
por su padre.
Me alejé de Nikanj, adentrándome en el bosque. No fui muy lejos. Aaor estaba
indefenso, y Nikanj podía necesitar ayuda para protegerlo. Ahora, más que nunca,
Aaor era mi compañero de camada emparejado. ¿Habría sabido lo que le estaba
pasando? ¿Habría deseado ser un ooloi? Dado que era nacido de oankali, ¿estaría
dispuesto a vivir en Chkahichdahk?
Y, ¿qué importaba lo que Aaor estuviese dispuesto a hacer…, o lo que estuviese
dispuesto a hacer yo? Iríamos a Chkahichdahk. Y, probablemente, no se nos
permitiría volver a casa.
Cuando mis padres y mis compañeros de camada regresaron para trasladar a Aaor
al nuevo lugar que habían elegido para nuestra vivienda, yo me fui al río, me hundí
en él y crucé al otro lado.
Vagué durante tres días, con mi cuerpo verdoso, cubierto de escamas y extraño.
Nadie se me acercó. Vivía de las plantas que hallaba, buscándolas y eligiéndolas
según las necesidades de mi cuerpo. Lo comía todo crudo. A los humanos les gustaba
el fuego. Valoraban la comida cocinada, mucho más que nosotros. Claro que,
también, era menos probable que los humanos lograsen la nutrición que necesitaban
de las hojas, semillas y hongos que se daban con tanta abundancia en la floresta
tropical. Nosotros, si era preciso, hasta podíamos digerir lo que necesitábamos de la
misma madera.
Vagué, probando el bosque, probando la Tierra de la que pronto sería arrancado.
Al cabo de los tres días regresé con la familia, me pasé un par de días montando
guardia junto a Aaor, y luego me volví a marchar.
Esto fue lo que estuve haciendo durante el tiempo que duró la metamorfosis de
Aaor. A veces, le llevaba a Nikanj unas pocas células de una planta o un animal con
los que me había topado por primera vez. Todos hacíamos esto…, le llevábamos al
ooloi adulto de la familia muestras vivas de aquello con lo que nos encontrábamos.
Por lo general, los ooloi aprendían mucho de aquello que les llevaban sus cónyuges y
sus hijos aún no atriados. Y, todo lo que nosotros le dábamos a Nikanj, él lo
recordaba. Aún podía recordar y recrear una rara planta de las montañas que uno de
mis hermanos le había mostrado hacía más de cincuenta años. Se suponía que algún
día duplicaría las células de su amplio almacén de información biológica y pasaría las
[Link] - Página 83
copias del mismo a sus hijos del mismo sexo. Recibiríamos aquel legado cuando
fuésemos adultos y estuviéramos atriados. ¿Cuándo sería eso para Aaor y para mí?
¿Dónde sería…, en Chkahichdahk? ¿O no ocurriría nunca?
Yo siempre había disfrutado llevándole cosas a Nikanj. Había disfrutado
compartiendo el placer que sentía él en las nuevas pruebas de sabor, en las nuevas
sensaciones. Ahora, necesitaba más que nunca el contacto con él, pero ya no
disfrutaba con el mismo. No le culpaba por mostrarme lo más obvio: que Aaor y yo
debíamos ir a la nave. Era nuestro padre del mismo sexo, que estaba cumpliendo con
su deber. Pero, cada vez que me tocaba, lo único que podía notar era tensión.
Preocupación. Por su parte y por la mía. Yo había sacado al exterior lo peor que había
en él.
Comencé a permanecer alejado aún más tiempo.
De vez en cuando me encontraba con resistentes, pero yo parecía tan inhumano y
tan no oankali que la mayoría de las veces salían huyendo. En un par de ocasiones me
dispararon y luego escaparon. Pero, sin importar lo mucho que se distorsionase mi
cuerpo, aún podía curar sus heridas.
Mi familia nunca trató de controlar mis idas y venidas. Aceptaban mis
sentimientos, los comprendiera yo mismo o no. Querían ayudarme, y sufrían porque
no podían hacerlo. Cuando estaba en casa, a veces me sentaba con ellos…, con
Ayodele y Yedik mientras estaban de guardia por la noche. Exceptuando a Nikanj,
que permanecía con Aaor, los demás hacían las guardias por parejas…, todos menos
Oni y Hozh, que eran demasiado pequeños para montar guardia.
Pero yo podía tocar a Oni y Hozh. Podía tocar a Ayodele y Yedik. Todavía eran
niños, de aroma neutral, todavía no me estaban prohibidos. Cuando yo salía de la
selva, con un aspecto que nadie en la Tierra hubiera reconocido, una u otra pareja de
niños me tomaba a su cargo, me colocaba entre ellos, y permanecía conmigo hasta
que volvía a parecer yo mismo. Si yo tocaba a uno solo de ellos, lo cambiaba,
convirtiéndolo en lo que yo era. Pero si ambos se quedaban conmigo, eran ellos los
que me cambiaban a mí.
—No deberíamos ser capaces de hacerte esto —me dijo Yedik una noche,
mientras estaba de guardia.
—Hacéis que me resulte fácil no andar errante —le dije—. Mi cuerpo vaga;
incluso cuando estoy regresando a casa, ya quiere volver a ir por ahí, caminando sin
rumbo.
—No deberíamos de ser capaces de detenerlo —insistió Yedik—. No deberíamos
de poder influenciarte, somos demasiado jóvenes.
—Yo quiero que me influenciéis. —Miré a uno de ellos, luego al otro. Ayodele
parecía hembra, y Yedik tenía aspecto de macho. Esperaba que fuesen más
influenciados en su transformación por el aspecto que tenían de lo que lo había sido
[Link] - Página 84
yo.
Los humanos decían que eran unos chicos guapos.
—Puedo cambiarme yo mismo —les expliqué—, pero es todo un esfuerzo. Y no
dura. Es más fácil hacer lo que hace el agua: permitirme a mí mismo ser contenido, y
tomar la forma de mis contenedores.
—No lo entiendo —me dijo Ayodele.
—Vosotros me ayudáis a hacer lo que yo quiero hacer.
—¿Y qué es lo que hacen los humanos?
—Ellos me cambian, en consonancia con sus deseos y con sus recuerdos.
—Pero… —Ambos hablaron a un tiempo. Luego, por consentimiento mutuo,
sólo habló Ayodele—: Entonces, o tú estás fuera de control, o estás contenido por
nosotros, o estás forzado a una falsa forma humana.
—No soy forzado.
—Pero, ¿cuándo puedes ser tú mismo?
Pensé en aquello. Lo comprendía, porque me acordaba de cuando había tenido su
edad y poseído un profundo conocimiento del aspecto que tenían mi cuerpo y mi
rostro, y sabido que aquel aspecto era yo. Y, en realidad, nunca lo había sido.
—El cambiar ya no me preocupa —les dije—. Al menos, no esa especie de
cambio, deliberado y controlado. Me gustaría que tampoco les molestase a los demás.
Y nunca he deformado las plantas o los animales, como decían que haría.
—Sólo a la gente —dijo con voz calmada Yedik—. A la gente y a Lo.
—A Lo apenas si lo molesté. ¡Lo incluso podría haber sobrevivido a esa guerra
con la que los humanos se mataron unos a otros!
—Es parte de ti, y es vulnerable ante ti. Le haces daño.
—Lo sé. Y lo confundí. Pero no creo que pudiese hacerle un daño grave, ni
aunque lo intentase…, y no lo intentaría. En cuanto a la gente, ¿os habéis dado cuenta
de que los humanos, la gente para la que se suponía que yo iba a representar el mayor
peligro, son la gente a los que nunca he hecho daño?
Silencio.
—¿Os molesta el tenerme aquí con vosotros?
—Antes sí —reconoció Ayodele—. Pensamos que tu vida debe de ser terrible.
Podemos notar tu incomodidad cuando nos conectamos contigo.
—Éste es mi lugar —le dije—. Este mundo. Yo no pertenezco a la nave…, no
quiero ir allí, excepto quizá para visitarla. A veces, la gente va allí a absorber más de
nuestro pasado. Eso no me importaría hacerlo. Pero no puedo vivir allí. No me
importa lo que diga Ooan: no puedo vivir allí. Es un lugar acabado. La gente aún se
está haciendo, pero el lugar…
—Aún se está dividiendo en dos, para hacer una nave para los Toaht y otra para
los Akjai.
[Link] - Página 85
—Y las dos mitades serán dos lugares más pequeños, pero acabados. No habrá
allí lugares salvajes. Nada nuevo. Yo soy Dinso como vosotros, no Toaht ni Akjai.
De nuevo guardaron silencio.
—Sentaos los dos juntos. —Me retiré de entre ellos y empecé a ponerme en pie.
Me miraron con sus ojos y con sus pocos tentáculos sensoriales. En silencio, me
tomaron de las manos y tiraron de ellas para volverme a sentar entre los dos.
Actuaban en una unión más perfecta que cualesquiera otros de mis compañeros de
camada. Ahajas decía que, sin lugar a dudas, se convertirían en cónyuges, si se
desarrollaban como macho y hembra. No me querían entre ellos: los hacía sentirse
incómodos, porque deseaban ayudarme y no podían ayudarme mucho. Por otra parte,
me querían tener entre ellos, porque me podían ayudar un poco, y porque sabían que
pronto me perderían, y les gustaba el modo en que hacía sentirse a sus cuerpos. Yo no
era tan capaz de hacer que la gente se sintiese bien como lo era Nikanj, pero podía
darles algo. Y era lo bastante mayor como para leer el lenguaje corporal, interno o
externo, y comprender más de lo que estaban sintiendo.
Me gustaba aquello. Me gustaba mucho de aquello que había sido capaz de hacer
recientemente. Lo único que me hacía poner frenético y sentirme como enjaulado era
la idea de ir a Chkahichdahk y ser retenido allí.
A la mañana siguiente, esa idea volvió a empujarme hacia lo más profundo del
bosque.
[Link] - Página 86
5
Aaor tuvo una larga metamorfosis: once meses. Y, cada vez que volvía a casa,
tenía miedo de que lo encontraría despierto, y que la familia estaría fabricando una
balsa.
Comencé a buscar a los humanos. Evitaba los grupos numerosos, pero me
resultaba fácil hallar individuos solitarios y pequeños grupos.
Los seguía en silencio, diseccionando y disfrutando sus aromas, escuchando sus
conversaciones. A veces se daban cuenta de que estaban siendo seguidos, aunque
jamás me vieron. Mi color se había oscurecido, y me ocultaba con facilidad entre las
sombras. El suelo de la selva siempre estaba mojado, o al menos húmedo, y me
resultaba fácil moverme en silencio. A menudo, los humanos a los que seguía hacían
mucho más ruido que yo. Vi cómo un cazador humano hacía tanto estrépito que el
pécari al que seguía le oyó y huyó. El humano fue hasta el lugar en que había estado,
alimentándose, el pécari, y allí maldijo y le dio una patada a la fruta que se había
estado comiendo el animal. Ni se le ocurrió comerse aquella fruta, o recoger algunas
otras para su gente. Comí unas pocas cuando se hubo ido.
En una ocasión, tres personas me siguieron la pista. Pensé en si dejarles que me
atraparan, pero di un rodeo para observarles antes, y les escuché hablando de rajarme
para ver qué aspecto tenía por dentro. Y, visto que todos ellos llevaban armas de
fuego y machetes, decidí evitarlos. Eran demasiados para que un subadulto pudiese
dominarlos sin problemas.
Estaba yendo río arriba…, mucho más arriba de lo que nunca antes había ido…,
bien dentro de las colinas. El bosque era menos variado aquí, pero no tuve problemas
para hallar lo suficiente que comer, así como, ocasionalmente, animales y plantas que
eran nuevos para mí. Pero hallé poca gente en las colinas. Durante varios días no
hallé a nadie: la brisa no me traía ningún aroma humano.
Comencé a notar la soledad casi como un dolor físico. No me había dado cuenta
de lo mucho que representaba para mí el ver seres humanos cada pocos días.
Ahora tenía que volver a casa. Y no quería. Seguro que, esta vez, Aaor estaría
despierto. La sola idea me daba pánico, me causaba una sensación de encerrona tan
fuerte que no me permitía pensar.
Me quedé un rato donde estaba, limpié un espacio, prendí un fuego a pesar de que
no lo necesitaba. Me reconfortaba y me recordaba a los humanos. Dejé que el fuego
se consumiese y asé varios tubérculos silvestres en las brasas. El olor de comida no
bastó para enmascarar el de los dos humanos cuando se acercaron, y sin duda fue el
aroma de lo que se cocinaba lo que los atrajo.
Eran un hombre y una mujer, y olían… muy raro. Era un olor equivocado. Quizá
fuese que estuvieran heridos. Iban armados: podía oler la pólvora. Así que quizá me
[Link] - Página 87
disparasen. Decidí arriesgarme: no me movería, dejaría que me sorprendieran.
En aquel momento mi cuerpo estaba cubierto por escamas superpuestas, del
tamaño de una uña. También me sentía inclinado a ser cuadrúpedo, pero a eso me
había resistido: las manos eran mucho más útiles que unas patas delanteras con
zarpas.
Ahora, mientras los humanos se aproximaban muy cuidadosamente, con gran
silencio, me preparé para ellos. Mi cabeza, calva y cubierta de escamas, mi escamoso
rostro, tenían que tener un aspecto más humano. No tenía tiempo para cambiar el
resto de mi cuerpo. Quizá pudiera parecer que estaba llevando alguna rara ropa. De
hecho, jamás vestía nada en aquellos viajes: la ropa sólo servía para molestar.
Los humanos se mantuvieron a cubierto y trazaron un círculo a mi alrededor,
estudiándome. Deseaban colocarse a mis espaldas. Decidí que, si me disparaban, me
haría el muerto. Era mejor atraerlos y desarmarlos tan pronto como fuese posible.
Quizá no me disparasen. Usé un palito para desenterrar uno de los tubérculos y
hacerlo rodar fuera de las brasas. Estaba demasiado caliente para comerlo, pero lo
limpié por fuera y lo partí en dos. Estaba en su punto, humeantemente caliente,
sabroso y dulce. Era algún tipo de vegetal que no había existido antes de que los
hombres hubiesen hecho su guerra. Lilith decía que era una de las pocas mutaciones
con buen sabor que había probado, y la llamaba la fruta de salsa de manzana: las
manzanas eran una fruta extinta, que a ella la había gustado muchísimo. No le
gustaba el sabor de los tubérculos crudos, pero a veces, cuando asaba uno, se
marchaba a comérselo sola y recordar otros tiempos.
Tras de mí, uno de los humanos lanzo un débil sonido: un gemido.
Me pasé una mano por la cara. La mano era más parecida a una garra de lo que
me habría gustado, pero al menos mi cara era ahora clara y lisa. Si no era atractivo, al
menos no resultaba aterrador.
—Venid aquí conmigo —dije en voz alta. Me resultaba poco natural hablar, pues
no lo había hecho desde hacía al menos treinta días—. Aquí hay más comida;
tomadla, por favor.
Repetí mis palabras en español, portugués y swahili. Estos idiomas, junto con el
francés y el inglés, eran los más comunes. La mayoría de la gente era fluente en al
menos uno de ellos. La mayoría de los supervivientes eran de África, Australia y
América del Sur.
Los dos humanos no me contestaron. No se movieron, pero sus corazones
aceleraron su ritmo. Me habían oído, y probablemente habían comprendido mis
palabras. ¿Cuándo habían aumentado los latidos de sus corazones? Enfoqué por un
momento mis recuerdos. Se habían sobresaltado al oírme hablar, pero aún les había
excitado más mi español. Mis otros idiomas no habían provocado ninguna otra
reacción. Así pues, el español. Repetí mi invitación en ese idioma.
[Link] - Página 88
No vinieron. Supuse que me entendían, pero no me contestaron y siguieron
ocultos.
Saqué el resto de los tubérculos de entre las cenizas, y los coloqué sobre una
bandeja hecha con hojas grandes.
—Si los queréis, son para vosotros —les dije. Limpié un lugar, bien lejos de la
comida, y me tumbé a descansar. No había dormido en dos días. A los humanos les
gustaban los períodos de sueño regulares, y preferiblemente de noche. Los oankali
dormían cuando necesitaban dormir. Y yo ahora necesitaba descanso, pero no
dormiría hasta que los humanos tomasen alguna decisión…, ya fuese la de irse, o la
de venir a satisfacer su hambre y su curiosidad. Pero yo podía quedarme quieto, al
modo oankali. Podía permanecer despierto, utilizando el mínimo de energía posible y
haciéndome, como decían Lilith y Tino, el muerto. Podía hacer esto, sintiéndome
confortable, durante mucho más tiempo del que la mayoría de los humanos estarían
dispuestos, voluntariamente, a permanecer sentados y esperar.
El macho fue el primero en salir a descubierto. Lo contemplé con unos pocos de
mis tentáculos sensoriales. Todo su lenguaje corporal me decía que pensaba agarrar la
comida y salir huyendo. Y yo estaba dispuesto a dejarle hacer hasta que hubiera
podido echarle una buena ojeada.
Estaba enfermo. Su rostro estaba medio cubierto por un enorme crecimiento. No
llevaba camisa, y podía ver que su pecho y espalda estaban también cubiertos por
numerosos tumores, grandes y pequeños. Uno de sus ojos estaba totalmente cubierto,
el otro parecía en peligro. Si el tumor facial seguía creciendo, pronto no podría ver en
absoluto.
No podía dejarlo ir. No creo que ningún ooloi lo hubiese dejado ir. No debía de
dejarse andar por ahí a ningún ser viviente en esas condiciones sin prestarle ayuda.
Esperé hasta que su atención estuviese totalmente enfocada en la comida. Al
principio no dejaba de mariposear, de aquí para allá, entre la comida y yo. Pero, al
fin, la comida estuvo a su alcance. Tendió las manos para cogerla.
Lo tenía atrapado antes de que se diese cuenta de que me había levantado. De
inmediato lo hice girar para ponerlo cara a la hembra, a la que ahora ya podía ver: me
estaba apuntando con un rifle. Que lo apuntase a él, si quería.
Se debatió, primero de un modo enloquecido, luego calculadamente, buscando
hacerme daño y liberarse. Lo mantuve aferrado y lo investigué con rapidez.
Tenía un problema genético. Sus efectos estaban empeorando lentamente. Tal y
como había supuesto, se quedaría ciego si se permitía que aquello siguiese adelante.
La enfermedad incluso había deformado los huesos de su cara. Estaba sordo de un
oído y, con el tiempo, se quedaría sordo del otro. Y la enfermedad estaba afectándole
la columna vertebral: ya no podía girar libremente la cabeza. Uno de sus hombros
estaba totalmente cubierto por los crecimientos carnosos. El brazo aún le resultaba
[Link] - Página 89
útil, pero no lo iba a ser por mucho tiempo. Y había algo más que estaba mal, algo
que no comprendía. Este hombre ya estaba muriéndose. Estaba usando su vida del
modo que lo hacen los ratones: engulléndola en unos pocos sorbos rápidos, y luego
muriendo. La enfermedad amenazaba con invadir su cerebro y su espina dorsal; pero,
aun sin el continuado crecimiento del tumor, el hombre moriría en unas pocas
décadas. Estaba genéticamente programado para usarse a sí mismo de un modo
obscenamente rápido.
¿Cómo podía tener aquel problema? Un ooloi lo había examinado antes de que
fuese dejado en libertad: los ooloi habían examinado a cada humano, corrigiendo sus
defectos, frenando su envejecimiento, reforzando su resistencia a las enfermedades.
Pero quizá ese ooloi hubiera controlado la enfermedad de un modo imperfecto,
aliviándola pero sin tratar de corregirla. A veces, con algunos problemas genéticos,
los ooloi lo habían hecho así. Tales problemas eran complicados, y quienes mejor
podían corregirlos eran los cónyuges. Los resistentes habían sido alterados de modo
que no pudiesen tener hijos sin la cooperación de cónyuges ooloi, de modo que no
podían pasar sus enfermedades a sus descendientes. El controlarlos debería de haber
sido suficiente.
Mientras lo mantenía agarrado, le hablé al oído bueno:
—Pronto estarás totalmente ciego. Después de eso te quedarás sordo. Con el
tiempo no podrás usar tu brazo derecho…, y ése es el brazo que prefieres usar. Y eso
no es todo. Ni siquiera es lo peor. ¿Me entiendes?
No había dejado de debatirse. Ahora se echó hacia atrás, tratando de lanzarme una
mirada, a pesar de la falta de cooperación de su cuello.
—Puedo ayudarte —le dije—. Te ayudaré si me dejas…, y si tu amiga no me
dispara.
Le ayudaría de todos modos, me disparase o no; pero, si me era posible, deseaba
evitar que lo hicieran. Las heridas de bala dolían más de lo que me gustaba recordar,
y aún no era muy bueno en controlar mi propio dolor.
El hombre ya se sentía más tranquilo. No me atrevía a drogarlo demasiado: podía
darle un poco de placer, relajarlo un poco, pero no podía ponerlo a dormir. Si perdía
el conocimiento entre mis brazos, seguro que la mujer tomaría esto por lo que no era
y me dispararía.
—Puedo ayudarte —repetí—. Lo único que os pido a cambio es que no tratéis de
matarme.
—¿Y por qué ibas a hacer algo por mí? —me preguntó—. ¡Déjame ir!
Varié mi llave a una más confortable.
—¿Y por qué quieres irte, para volverte más y más inútil? —inquirí—. ¿Por qué
has de morir, cuando puedes vivir y estar sano? Déjame ayudarte.
—¡Suéltame!
[Link] - Página 90
—¿Te quedarás y, por lo menos, me escucharás?
Dudó.
—Sí, de acuerdo —su cuerpo estaba tenso, dispuesto a echar a correr.
Lancé un sonoro suspiro, para que lo escuchase.
—Si me mientes, no puedo dejar de saberlo.
Eso lo asustó, y lo noté rígidamente resentido entre mis brazos, pero no dijo nada.
La mujer salió totalmente al descubierto y se colocó frente a los dos. Mantuve el
cuerpo del hombre entre el mío y el cañón del fusil. Mirándola, no me cabía la menor
duda de que dispararía, pero necesitaba unos momentos más con el hombre antes de
que pudiera disponer de algo significativo que mostrarles. La mujer también tenía
tumores, aunque los de ella no eran tan importantes como los del hombre. Su cara,
sus brazos y sus piernas…, todo lo que en ella era visible, estaba cubierto por
pequeños crecimientos, irregularmente espaciados.
—Suéltalo —me dijo en voz baja—. No te dispararé si lo sueltas.
Eso, al menos, era cierto. Tenía miedo, pero lo que decía era verdad.
Le hice una seña con la cabeza, asintiendo, y luego le hablé al macho:
—No te he hecho daño alguno. ¿Qué es lo que harás tú si te suelto?
Ahora, el hombre lanzó un auténtico suspiro.
—Me iré.
—Tienes hambre. Si quieres, llévate la comida.
—No la quiero. —Ya no se fiaba de la comida…, probablemente porque yo
quería que la cogiese.
—Haz una cosa más, antes de que te suelte.
—¿Qué?
—Mueve el cuello.
Seguí manteniéndolo apresado con una fuerte llave, pero me eché ligeramente
hacia atrás para dejarle girar y balancear un cuello que había estado prácticamente
soldado, inmóvil, antes de que yo lo tocara. Maldijo en voz baja.
—¿Qué pasa, Tomás? —preguntó la mujer, con una voz llena de dudas.
—Puedo moverlo —respondió él, innecesariamente. No había dejado de moverlo.
—¿Te duele?
—No. Sólo lo noto… normal. Ya me había olvidado de cómo se siente uno al
poder moverlo así.
Lo solté, y le hablé con voz tranquila:
—Quizá, cuando lleves un tiempo ciego, te olvides de cómo se siente uno cuando
ve.
Casi se cayó en su premura por darse la vuelta y mirarme. Cuando me hubo dado
una buena ojeada, dio un paso atrás.
—No me volverás a tocar hasta que te vea curarte a ti mismo —me dijo—.
[Link] - Página 91
¿Qué…, qué eres?
—Soy Khodahs —contesté—. Soy un construido, humano y oankali.
Pareció sobresaltarse, luego se movió a mi alrededor, para poder verme bien por
todos lados.
—Nunca había oído decir que tuvieseis escamas. —Agitó la cabeza—. ¡Dios…,
no debemos de ser los únicos a los que has asustado!
Me eché a reír, podía notar cómo mis tentáculos se aplanaban contra las escamas.
—No siempre tengo este aspecto —le expliqué—. Si os quedáis conmigo para
que te cure, comenzaré a parecerme más a ti. A los dos, con el aspecto que tendréis
cuando estéis curados.
—No se nos puede curar —intervino la mujer—. Los tumores pueden ser
extirpados, pero vuelven a crecer. Esta enfermedad…, nacimos con ella, nadie puede
curarla.
—Sé que nacisteis con ella. Y, si os decidís a ir a un lugar en el que podáis tener
hijos, se la pasaréis al menos a algunos de ellos. Pero yo puedo corregir ese
problema.
Se miraron el uno al otro.
—No es posible —dijo el macho.
Enfoqué en él. Había sido un placer tocarle. Ahora ya no corría tanta prisa
regresar a casa. No había necesidad alguna de apresurarse en nada. Dos de ellos…,
¡un tesoro!
—Mueve el cuello —le ordené nuevamente.
El hombre lo movió, agitando su deforme cabeza.
—No lo entiendo —afirmó—. ¿Cómo dices que te llamas?
—Khodahs.
—Yo soy Tomás, y ella es Jesusa. —Sin apellidos. Muy deliberadamente, sin
apellidos—. Dinos cómo has hecho esto.
Tomé ramitas del montón que había recogido y fui alimentando el fuego. Como
era natural, los dos humanos se sentaron al otro lado del mismo. El hombre tomó uno
de los tubérculos asados. La mujer sujetó su brazo y lo miró, pero él se limitó a
sonreírle, partir el tubérculo en dos, y darle un mordisco. Su único ojo visible se
dilató por la sorpresa y el placer. Ese alimento era nuevo para él. Comió un poco más,
y luego le dio un pedazo a la mujer. Ésta recogió un poco con la yema de un dedo y lo
probó. No puso la misma cara de sorprendido placer, pero se comió el pedazo, y
luego examinó cuidadosamente la piel a la luz del fuego. Ahora ya era oscuro para
los resistentes. El Sol se había puesto.
—No había probado esto antes. ¿Es una planta que sólo se da en las tierras bajas?
—Crece aquí. Os la mostraré por la mañana.
Hubo un silencio. Naturalmente, se quedarían a pasar la noche. ¿Adonde podían ir
[Link] - Página 92
en la oscuridad?
—¿Sois de las montañas? —les pregunté con suavidad.
Más silencio.
—Yo no llegaré a las montañas. Aunque me gustaría poder ir.
Ahora, ambos estaban comiendo tubérculos, y parecían no desear hablar. Eso
resultaba sorprendente. El mismo nerviosismo debería de haber hecho hablador, al
menos, a uno de ellos. ¿Cuántas veces habían estado sentados a solas con un
construido escamoso, en medio de la selva y en plena noche?
—¿Me dejarás que empiece a curarte esta noche? —le pregunté a Tomás.
—Gracias por curarme el cuello —dijo en voz alta Tomás, mientras todo su
cuerpo se apartaba de mí con diminutos movimientos.
—Puede volver a solidificarse, si tu enfermedad no es curada de raíz.
Se encogió de hombros.
—Eso no era tan malo. Jesusa dice que me hacía trabajar, en lugar de estar todo el
día por ahí, papando moscas.
Jesusa le acarició el antebrazo y sonrió.
—Nada puede impedir que te pases el día soñando despierto, hermano.
¿Hermano? No compañero…, o esposo, como dirían los humanos.
—La ceguera será mala cosa —le dije—. La sordera aún será peor.
—¿Por qué dices que se quedará ciego o sordo? —inquirió Jesusa—. Puede que
no sea así. No lo sabes.
—¡Claro que lo sé! Después de tocarlo, lo sé. Y sé que hubo un tiempo en el que
podía ver con su ojo derecho y oír con su oído derecho. Y hubo un tiempo en que la
masa en su hombro era más pequeña, y su brazo no estaba afectado en lo más
mínimo. Se quedará ciego y sordo y no podrá utilizar el brazo derecho…, él lo sabe.
Y tú también.
Hubo un muy largo silencio. Me tendí en el terreno que había limpiado y cerré los
ojos. Aun así, podía seguir viendo perfectamente bien, y muchos humanos lo sabían.
No obstante, de algún modo, se sentían más a gusto cuando sólo eran observados con
los tentáculos sensoriales. Se sentían como no observados.
—¿Por qué quieres curarnos? —preguntó Jesusa—. Nos atraes a una trampa, nos
alimentas, y quieres curarnos. ¿Por qué?
Abrí los ojos.
—Me estaba sintiendo muy solitario —le dije—. Me habría alegrado ver… casi a
cualquier persona. Pero, cuando me di cuenta de que os pasaba algo malo, quise
ayudaros. Necesitáis ayuda. Aún no soy un adulto, pero no puedo desentenderme de
las enfermedades: soy un ooloi.
Su escasa reacción me sorprendió. Había esperado cualquier cosa, desde el
rechazo cargado de prejuicios de João hasta incluso un escaparse a la carrera hacia el
[Link] - Página 93
interior del bosque. Sólo los ooloi se interrelacionaban directamente con los humanos
y producían niños. Sólo los ooloi se interrelacionaban con los humanos de un modo
absolutamente no humano.
Y sólo los ooloi necesitaban curar. Los machos y las hembras podían aprender a
curar, si estaban interesados en ello. Los ooloi no teníamos elección: existíamos para
crear el pueblo, para unirlo y para mantenerlo.
Jesusa tomó la mano de Tomás y me miró con terror. Tomás la miró, se tocó
pensativamente el cuello y la volvió a mirar.
—Así que no es cierto lo que dicen —susurró.
Ella le lanzó una mirada que era más expresiva que un alarido.
Él se echó un poco hacia atrás, se volvió a tocar el cuello y no dijo nada más.
—Pensaba… —La voz de Jesusa tembló, y hubo un momento de pausa. Cuando
empezó a hablar de nuevo, el temblor había desaparecido—. Pensaba que todos los
ooloi tenían cuatro brazos…, dos con huesos y otros dos sin.
—Brazos de fuerza y brazos sensoriales —expliqué—. Los brazos sensoriales
llegan con la madurez. Aún no soy lo bastante mayor para tenerlos.
—¿Eres un niño? ¿Un niño tan alto como un adulto?
—Ya no creceré más, a excepción de los brazos que me saldrán. Pero me
desarrollaré en otras cosas. Sin embargo, no soy exactamente un niño: los niños más
pequeños no tienen un sexo definido, potencialmente pueden ser de cualquiera de los
tres sexos. Y yo soy definidamente un ooloi…, un subadulto, como dirían mis padres;
un chico ooloi.
—Un adolescente —decidió Jesusa.
—No. Los adolescentes humanos son sexualmente maduros. Se pueden
reproducir. Yo no puedo. —Dije esto para tranquilizarles, pero no parecieron
tranquilizarse.
—¿Y cómo puedes curarnos, si sólo eres un chico?
Sonreí.
—Para eso sí que soy lo bastante mayor. —Mi mirada parecía confundirlo a él,
pero a ella sólo la molestaba. Jesusa me frunció el ceño: ella sería la difícil de tratar.
Tenía ya deseos de tocarla, de aprender su cuerpo, de curar la enfermedad que nunca
debería haber tenido. Algún ooloi les había hecho un flaco favor a ella y a Tomás,
tratándolos más descuidadamente de lo que hubiera imaginado posible.
Cambié de tema de modo súbito:
—Mañana os enseñaré algunas de las cosas que podéis comer aquí en el bosque.
Ese tubérculo es sólo una de tantas. Si os mantenéis en movimiento, la selva os puede
sustentar de un modo muy confortable. —Hice una pausa—. ¿Podéis aún ver lo
bastante como para haceros jergones, o vais a dormir sobre el suelo desnudo?
Tomás suspiró y miró en derredor.
[Link] - Página 94
—Supongo que en el puro suelo. Les vamos a hacer un buen favor a los insectos
de los alrededores. —La pupila de su ojo era grande, pero yo dudaba de que pudiera
ver más allá de la luz del fuego. La luna aún no se había alzado, y la luz de las
estrellas sólo les era útil a los humanos cuando iban en bote por un río: poca de ella
llegaba al suelo de la selva, bajo la cúpula verde.
Me levanté y di la vuelta al fuego para ir hasta donde estaban ellos.
—Déjame usar tu machete unos instantes.
Jesusa agarró el brazo de Tomás para detenerlo, pero éste se limitó a tenderme su
machete. Lo tomé y me metí en el bosque. En aquella zona había muchísimo bambú,
así que corté unos cuantos tallos de brotes jóvenes. Los cubriría con hojas de palmera
y plátano silvestre. También tomé una mano de plátanos: podríamos cocerlos para el
desayuno, pues aún no estaban lo bastante maduros como para ser comidos crudos
por los humanos. Y había un nogal próximo…, por no mencionar más tubérculos.
Todo esto muy cerca y, sin embargo, Tomás estaba muy hambriento cuando yo lo
había tocado.
—No has cortado nada para ti —me dijo Jesusa cuando les devolví el machete.
Para ella suponía mucho el que le devolviese el cuchillo y, además, que le hiciera un
jergón confortable sobre el que dormir. Aún seguía desconfiando, pero no estaba tan
al borde del histerismo.
—Estoy acostumbrado a dormir en el suelo —le expliqué—. Y ningún insecto me
molestará a mí.
—¿Por qué?
—No huelo bien para los insectos. Y aún les sabría peor.
Ella se lo pensó un instante.
—Eso te puede proteger contra los insectos que muerden, pero, ¿y contra los que
aguijonean?
—Incluso contra ésos. Huelo de un modo molesto y peligroso. Los humanos no
captan ese olor en ningún modo negativo, pero los insectos sí, siempre.
—¡Oh, yo estaría dispuesto a ser hediondo, si eso los mantuviese lejos! ¿Podrías
hacerme inmune a ellos?
Jesusa se volvió para lanzarle a Tomás una mirada cortante.
Yo sonreí para mí.
—No, en eso no puedo ayudarte. —No hasta que me dejasen dormir entre ellos.
Pero los insectos les molestarían menos mientras los estuviera curando. Y, si algún
día se atriaban con un ooloi adulto, los insectos prácticamente ya no los molestarían.
Pero ya llegaría el momento en que se enterasen de aquello. Así que me acosté de
nuevo junto al moribundo fuego.
Jesusa y Tomás yacieron en silencio, primero despiertos, luego cayendo en el
sueño. Yo no dormí, pese a que me quedé quieto, descansando. El aroma de los
[Link] - Página 95
humanos era un pequeño tormento para mí, porque no podía tocarlos…, no iba a
tocarlos hasta que hubieran aprendido a confiar en mí. Había algo extraño en ellos, al
menos en Tomás…, algo que todavía no entendía. Y el que yo no lograse entender
algo era poco habitual. Normalmente, si tocaba a alguien para corregir algún fallo,
comprendía por completo el cuerpo de esa persona. Tenía que volver a ponerle las
manos encima a Tomás. Y tenía que tocar a Jesusa. Pero deseaba que fueran ellos
quienes me autorizasen a hacerlo. A pesar de ser inmaduro, mi aroma debía de estar
actuando en ellos. Y el cuello curado de Tomás también debía de estar actuando en él.
No era posible que le gustasen sus otros crecientes problemas…, y, desde luego,
seguro que a los otros humanos no les gustaba el aspecto que tenía. A los humanos
les preocupaba mucho el aspecto corporal de las personas: incluso Jesusa les debía de
parecer grotescamente distinta…, a pesar de que ni Tomás ni Jesusa parecían actuar
de un modo que sugiriese que les importaba el aspecto que tenían. Lo cual era muy
poco usual. Quizá fuese porque ellos eran dos. Si eran compañeros de camada,
aquello significaba que habían estado juntos la mayor parte de sus vidas. Quizá se
apoyaban el uno al otro.
[Link] - Página 96
6
A la mañana siguiente, se despertaron justo antes del alba. Jesusa fue la primera
en hacerlo. Sacudió a Tomás para despertarlo, luego le puso una mano sobre la boca
para que no hablase. Él le apartó la mano de la boca y se puso en pie. ¿Cuánto podían
ver? Aún era muy oscuro.
Jesusa señaló río abajo, a través de la selva.
Tomás agitó la cabeza, luego me miró y volvió a agitar la cabeza.
Jesusa tiró de él, expresándole terror y súplica, tanto con su rostro como su
cuerpo. Él volvió a agitar la cabeza, tratando de asirle los brazos. Su comportamiento
era tranquilizador, pero ella le eludió. Se alzó y lo miró desde arriba. Él no quería
levantarse.
Ella se volvió a sentar, tocándole, con su boca contra la oreja de él. Era más como
si respirase que no dijese las palabras. Las escuché, pero quizá no lo habría hecho si
no hubiera estado esforzándome en ello.
—¡Por los otros! —susurró—. ¡Por todos los otros, tenemos que irnos!
Cerró los ojos por un momento, como si las suaves palabras le hicieran daño.
—Lo siento —respiró ella—. De veras que lo siento.
Él se alzó y la siguió a la floresta. No se volvió a mirar. Cuando ya no pude
verles, también yo me levanté. Estaba bien descansado y dispuesto a seguirles la
pista…, a mantenerme fuera de su vista, a escucharles, a enterarme de cosas. Para ir a
casa tenían que ir río abajo, igual que yo. Esto me resultaba conveniente, a pesar de
que, en realidad, los hubiera seguido a cualquier parte. Y, cuando volviese a hablar
con ellos, sabría las cosas que ellos no habían querido que supiese.
Los seguí durante la mayor parte del día. Fuera lo que fuese lo que les empujaba,
no les permitía detenerse más que unos pocos minutos, de vez en cuando, para
descansar. Casi no comieron nada hasta el final del día, cuando, con unos anzuelos de
metal que no me habían enseñado, lograron pescar unos pocos peces pequeños. El
olor de esos peces cocinándose me resultó molesto, pero al menos la conversación
fue interesante.
—Deberíamos regresar —decía Tomás—. Tendríamos que cruzar el río para
evitar a Khodahs, y luego deberíamos regresar.
—Lo sé —aceptó Jesusa—. ¿Quieres hacerlo?
—No.
—Pronto lloverá. Hagámonos un refugio.
—Una vez estemos en casa, ya nunca más volveremos a ser libres —dijo él—.
Nos vigilarán continuamente, y es muy probable que nos tengan encerrados un
tiempo.
—Lo sé. Corta hojas de esa planta y de esa otra. Son lo bastante grandes para
[Link] - Página 97
poderlas usar en el techo.
Silencio. Sonidos de un machete golpeando. Y, algo más tarde, la voz de Tomás:
—Preferiría quedarme aquí, aunque cada día me calase la lluvia y tuviera que
seguir pasando hambre todos los días. —Hubo una pausa—. Casi me cortaría el
cuello antes que volver.
—Volveremos —dijo Jesusa en voz queda.
—Lo sé —suspiró Tomás—. De todos modos, ¿quién si no nos iba a aceptar…,
como no fuese la gente de Khodahs?
Jesusa no dijo nada sobre ese tema. Trabajaron durante un rato en silencio,
probablemente erigiendo su refugio. A mí no me importaba que me calase la lluvia,
así que me tendí en silencio y yací con la mayor parte de mi atención enfocada en los
dos humanos. Si alguien se me acercaba desde una dirección diferente me daría
cuenta de ello, pero si los animales o la gente se limitaban a andar por los
alrededores, no acercándose en mi dirección, no me daría cuenta consciente de ellos.
—Deberíamos haber dejado que Khodahs nos enseñase cuáles son las plantas
comestibles de por aquí —dijo Tomás por fin—. Probablemente hay comida por
todas partes a nuestro alrededor, pero no la reconocemos. Y estoy lo bastante
hambriento como para comerme ese insecto tan grande de ahí.
—Hermano —dijo Jesusa con voz divertida—, ésa es una gran cucaracha roja
muy hermosa. Yo no creo que me la pudiese comer.
—Al menos, cuando volvamos a casa, allí habrá menos insectos.
—Nos separarán. —La voz de Jesusa se hizo de nuevo amarga—. Me harán
casarme con Darío. Él tiene la cara sin marcas, quizá tengamos más niños con la cara
sin marcas que de los otros.
Suspiró.
—Tú tendrás que escoger entre Virida y Alma.
—Alma —dijo él, cansinamente—. Ella me quiere. ¿Qué te parece que pensará de
tener que llevarme a todas partes de la mano? ¿Y cómo nos hablaremos el uno al otro
cuando me quede sordo?
—Calla, hermanito. ¿Por qué pensar en ello?
—Tú no tienes por qué…, a ti no te pasará. —Hizo una pausa, y luego continuó,
con triste ironía—: Eso te deja libre para preocuparte tan sólo de tener hijo tras hijo
tras hijo; ver cómo la mayor parte de ellos mueren, y escuchar cómo alguna anciana
de cara sin marcas, que parece más joven que tú, te dice que ya estás dispuesta para
volver a hacerlo…, cuando ella no lo ha hecho en su vida.
Silencio.
—Jesusita.
—¿Sí?
—Lo siento.
[Link] - Página 98
—¿Por qué? Lo que dices es cierto, le pasó a mamá. Y me pasará a mí.
—Puede que ya no sea tan malo. Ahora somos más.
En un tono que desmentía cada palabra que decía, Jesusa lo aceptó:
—Sí, hermanito. Quizá las cosas sean mejores para nuestra generación.
Guardaron silencio durante tanto tiempo que pensé que ya no volverían a hablar,
pero él dijo al cabo:
—Me alegra haber visto la floresta de las tierras bajas. A pesar de todos sus
insectos y otras molestias, es un buen lugar, henchido de vida, borracho de vida.
—A mí me gustan más las montañas —contestó ella—. Allí el aire no es tan
denso ni tan húmedo. El hogar siempre es lo mejor.
—Quizá no, si no lo puedes ver ni oír. No quiero esa vida, Jesusa. No creo que la
pueda soportar. ¿Por qué tengo que ayudar a darle al pueblo más feos seres deformes?
¿Me lo agradecerán mis hijos? No creo que lo hagan…
Jesusa no hizo comentario alguno.
—Me cuidaré de que regreses —dijo él—. Eso te lo prometo.
—Ambos regresaremos —cortó ella, con una sequedad no habitual—. Conoces
cuál es tu deber tan bien como yo sé cuál es el mío.
Ya no hubo más charla.
Ya no hubo más necesidad de charla. ¡Eran fértiles! Los dos. Aquello era lo que
yo había encontrado en Tomás…, encontrado, pero no reconocido: que era fértil y era
joven. ¡Era joven! Nunca antes había tocado a un humano como él…, y él nunca
había tocado a un ooloi. Yo había pensado que el envejecimiento rápido formaba
parte de su problema genético, pero ahora podía darme cuenta de que estaba
envejeciendo en la forma en que envejecían los humanos antes de su guerra…, antes
de que los oankali llegasen para rescatar a los supervivientes y prolongar sus vidas.
Probablemente, Tomás era más joven que yo. Probablemente, ambos eran más
jóvenes que yo. ¡Podía atriarme con ellos!
Jóvenes humanos, nacidos en la Tierra, fértiles entre ellos. ¡Una colonia de
ellos…, enfermos, deformes, pero capaces de tener hijos!
Vida.
Me quedé completamente quieto. Tuve que esforzarme para no levantarme e ir de
inmediato a su encuentro. Quería ligarlos a mí, absoluta y permanentemente. Quería
acostarme entre ellos esta noche. Ahora. Y, no obstante, si no me andaba con cuidado,
me rechazarían, escaparían de mí. Lo que era peor, tenía que encontrar su pueblo
oculto. Tendría que traicionarlos a mi familia, y mi familia tendría que decírselo a
otros. Había que hallar esa colonia de humanos fértiles y capturar a la gente que la
formaba. Se les permitiría escoger entre Marte, unirse a nosotros, o la esterilidad aquí
en la Tierra. No podía permitírseles que siguiesen reproduciéndose en este mundo
para morir más tarde, cuando nosotros nos separásemos y dejásemos tras nosotros
[Link] - Página 99
una roca inhabitable.
Esto último no se le decía a ningún humano que no hubiese tomado la decisión de
vivir con nosotros. Se les daba a elegir, pero no se les explicaba el motivo de la
elección.
¿Qué se les podía decir a Tomás y Jesusa? ¿Qué se les podía decir para que
aceptasen que su pueblo no podía seguir viviendo tal como lo había hecho hasta
ahora? Era obvio que a Jesusa, en especial, le importaba muy intensamente lo que le
pudiera pasar a ese pueblo; tanto, que estaba a punto de sacrificarse por ellos. Y a
Tomás le importaba lo suficiente como para alejarse de una segura curación, cuando
era eso lo que más desesperadamente deseaba. Ahora, resultaba claro, estaba
pensando en la muerte, en acabar definitivamente. No deseaba volver de nuevo a su
casa.
¿Cómo podría ninguno de ellos ser mi cónyuge, sabiendo lo que le haría mi
pueblo al suyo?
Y, ¿cómo iba a acercarme a ellos? Si hubieran sido unos cónyuges potenciales y
nada más, hubiera ido a ellos ahora mismo. Pero, una vez que Jesusa comprendiese
que yo conocía su secreto, su primera pregunta sería: «¿Qué le pasará a nuestro
pueblo?». Y no aceptaría evasivas. Si le mentía, acabaría por enterarse de la verdad, y
no creo que fuera a perdonarme una tal mentira. Pero, ¿me perdonaría por una tal
verdad?
Cuando ella y Tomás supiesen que el secreto de su pueblo había sido descubierto,
¿decidirían matarme a mí, matarse ellos, o ambas cosas?
1
Durante mi metamorfosis, Aaor perdió su pelambrera gris. Su piel tomó el mismo
tono dorado que las de Jesusa, Tomás o la mía misma. Le creció un cabello largo, de
aspecto humano, y comenzó a llevarlo peinado como Tino: en una larga cola de
caballo, atada con una brizna de hierba trenzada. Yo llevaba el mío suelto.
—Aparte eso —me explicó Jesusa durante uno de los períodos en que permanecí
despierto—, los dos podríais ser gemelos.
Y, no obstante, ella evitaba a Aaor…, del mismo modo que lo hacía Tomás. Aaor
olía lo más parecido a mí que podía hacerlo cualquier ser vivo, pero ese olor no era
exactamente igual al mío. Sus olfatos humanos no tenían problemas para captar las
diferencias. No sabían qué era lo que estaban percibiendo, pero el caso era que
evitaban a Aaor.
Y él no quería ser evitado.
Descubrí que su soledad y su necesidad eran agónicos cuando me tocó. Me
despertó varias veces mientras yo yacía en pleno cambio. Él no quería hacerlo, pero
mi cuerpo lo percibía como una herida no curada, y no podía descansar hasta que
había aliviado su dolor y le había proporcionado…, no la cura, pero sí al menos un
descanso momentáneo. Lo que yo le daba era inadecuado y duraba poco, pero Aaor
volvía a por ello, una y otra vez.
En una ocasión, mientras yacía unido a mí, me preguntó si no podría darle uno de
los jóvenes humanos.
Le hice daño. No deseaba hacerlo, pero lo que él me dijo provocó en mí una
reacción antes de que pudiera controlarme. Fue estimulación neural directa. Dolor
puro. Tan puro como pueda ser una sensación. Conseguí no cerrar el círculo de dolor
entre nosotros y evitar que continuase; pero, luego, Aaor necesitó de más curación.
Lo retuve conmigo para proporcionarle tranquilidad y alivio a su soledad. Se quedó
hasta que caí dormido.
Nunca le di a Aaor una respuesta verbal a su pregunta. Nunca la repitió. Pareció