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Las Pasiones

El documento examina las pasiones humanas según la perspectiva de Santo Tomás, destacando su papel en la vida moral y su clasificación en apetitos concupiscibles e irascibles. Las pasiones son vistas como componentes naturales de la psique que pueden motivar acciones voluntarias, y su regulación por la razón es esencial para el desarrollo moral. Además, se aborda la educación moral de la afectividad, enfatizando la importancia de interpretar y dirigir los sentimientos para que contribuyan al bien moral.

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Las Pasiones

El documento examina las pasiones humanas según la perspectiva de Santo Tomás, destacando su papel en la vida moral y su clasificación en apetitos concupiscibles e irascibles. Las pasiones son vistas como componentes naturales de la psique que pueden motivar acciones voluntarias, y su regulación por la razón es esencial para el desarrollo moral. Además, se aborda la educación moral de la afectividad, enfatizando la importancia de interpretar y dirigir los sentimientos para que contribuyan al bien moral.

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INTRODUCCIÓN

En los seres vivos que tienen conocimiento, las inclinaciones naturales se


manifiestan como apetito elícito (para la psicología, como tendencia), que actúa en
dependencia del objeto intencionalmente captado por los sentidos (apetitos
sensitivos) o por la inteligencia (voluntad).
Santo Tomás llama pasiones a los actos de los apetitos sensitivos. El concepto
tomista de pasión no tiene el significado negativo que posteriormente se ha dado al
término.
Son pasiones todos los actos de los apetitos sensitivos (alegría, deseo, fuga, etc.),
con independencia de si son actos positivos o negativos, violentos o no violentos,
causados por la voluntad, aceptados por ella o completamente involuntarios. La
pasión no es de por sí un impulso violento hacia una acción inmoral que dificulta el
gobierno racional de la conducta. Es una componente normal de la vida humana,
que constituye a menudo la base motivacional de la acción. El término “pasión”
implica, sin embargo, la idea de pasividad, de algo que el sujeto padece o que le
ocurre sin que él haya tomado la iniciativa (aunque no siempre es así).
El Aquinate dedica un amplio espacio al estudio de las pasiones, por su importancia
para la vida moral: las pasiones mueven al sujeto hacia objetivos concretos
convenientes, aquí y ahora, para sus facultades sensitivas y que, por tanto, se
captan como bienes; en este sentido las pasiones constituyen un notable apoyo u
oposición al bien global de la persona
CRITERIOS DE LAS PASIONES:
A. Su diversidad genérica se basa en la distinción de dos facultades apetitivas en
la sensibilidad humana: el apetito concupiscible o impulso al placer, que tiene
como objeto el bien sensitivo deleitable, y el apetito irascible o impulso agresivo,
cuyo objeto es el bien deleitable difícil de conseguir o el mal difícil de evitar, y
que por ende requiere esfuerzo y lucha. Según este criterio, las pasiones del
apetito concupiscible siempre son diversas de las del apetito irascible.
B. Las diferencias entre los objetos de las pasiones según el bien y el mal, y
también según la presencia o ausencia del bien o del mal. Las pasiones que
miran al bien deleitable ausente (deseo) son diversas de las que miran al bien
deleitable presente (gozo) y de las que reaccionan ante el mal presente(tristeza)
o ausente(aversión).
C. Solo para el apetito irascible se emplea un tercer criterio, que consiste en el
diferente tipo de movimiento ante un mismo objeto: tendencia hacia un bien
arduo posible de alcanzar (esperanza) o renuncia del mismo bien en cuanto
considerado imposible de lograr (desesperación).
Componiendo estos tres criterios Santo Tomás enumera las siguientes pasiones:
a. En el apetito concupiscible:
i. haciendo abstracción de la presencia o ausencia del objeto, tenemos el
amor hacia el bien y el odio hacia el mal.
ii. respecto a un objeto ausente: deseo del bien y fuga o aversión del mal.
iii. respecto de un objeto presente: gozo (o alegría) del bien y tristeza ante el
mal.
b. En el apetito irascible:
i. respecto a un bien arduo ausente considerado como posible de alcanzar:
esperanza; si parece imposible de alcanzar: desesperación.
ii. respecto a un mal inminente que se supone evitable: audacia; si se estima
inevitable: temor.
iii. respecto a un mal presente: la ira.
Esta clasificación quiere poner de relieve las diferencias formales entre los
diferentes actos de los apetitos sensitivos, dejando de lado la diversidad de bienes y
males, es decir, la temática de las tendencias. Es, por tanto, una clasificación
extremamente formal, de poca utilidad descriptiva. El deseo es para el Aquinate una
pasión, pero desde el punto de vista fenomenológico resulta muy diferente el deseo
de comer, el deseo de saber, el deseo de venganza y el deseo de hacer sufrir a otra
persona. Sin embargo, este formalismo es intencional y consciente. El punto de
vista tomista no responde al propósito de describir los diferentes temas o contenidos
de los fenómenos del alma, sino al propósito de distinguir la tarea que estos
fenómenos plantean a la razón. Su objetivo es diferenciar las pasiones que mueven,
de las pasiones que frenan, porque es muy diverso el modo en que inciden sobre la
libertad. Téngase en cuenta, por ejemplo, el dispar influjo que tienen en el
consentimiento matrimonial el deseo y el temor: el consentimiento dado por temor
no es plenamente voluntario y fácilmente puede ser canónicamente nulo; un
profundo deseo de contraer matrimonio hace que el consenso sea más voluntario,
salvo en el caso que dificultase el uso de la razón.
Se ha de añadir, por otra parte, que Santo Tomás, al tratar de las virtudes que
ordenan las pasiones, introducirá ulteriores distinciones según los diversos tipos de
bienes y males. Así, por ejemplo, distingue la virtud que regula el deseo de comer
(templanza) de la que se refiere al deseo de saber (studiositas)y de la que regula el
deseo ser estimado (humildad). Esto muestra que el estudio de las virtudes morales
tiene en cuenta las temáticas de las diferentes tendencias, como hace la psicología.
LAS PASIONES EN LA VIDA MORAL
A. El papel de las pasiones en la vida moral
La presencia de las pasiones en la vida humana es un hecho absolutamente normal,
que pertenece a la condición psicológica humana. Más bien sería anormal la
ausencia de las pasiones y los sentimientos; tal ausencia, de hecho, es una de las
características de las personalidades psicopáticas. Así como es natural que cada
ser viviente reaccione de algún modo ante lo que favorece o dificulta el propio
desarrollo, es también natural que el hombre, como ser dotado de sensibilidad,
“reviva” interiormente estas reacciones. El desarrollo armónico del propio ser y la
consecución de los objetivos vitales marcan la vivencia interior con una tonalidad
afectiva de signo positivo; en cambio, la frustración de estas tendencias provoca un
estado afectivo de signo negativo.
Tampoco es exacta la idea de que las pasiones son en sí mismas un obstáculo a la
voluntariedad de la acción humana. Al contrario, las pasiones de normal intensidad
son una de las motivaciones más frecuentes de las acciones voluntarias. Las
pasiones y los sentimientos constituyen la base que, ulteriormente elaborada y
cuando es necesario moderada por el yo, impulsa muchas acciones humanas y
desarrolla el carácter psicológico y moral de la persona. Las pasiones no deben
considerarse fundamentalmente como un enemigo que hay que combatir o suprimir,
sino como parte del propio ser que se debe integrar y regular según las exigencias
del bien de la persona.
La esfera tendencial y sentimental no es, por ende, algo que de por síimpida la libre
expresión de la persona. La estructura afectiva es, más bien, una de las expresiones
más claras y, a veces, también más inmediatas de la personalidad moral del
hombre. Salvo en el caso de enfermedades mentales o de trastornos de la
personalidad, cada persona tiene, en definitiva, la estructura afectiva que poco a
poco se ha dado a sí misma. Es verdad que el temperamento innato y ciertos
condicionamientos educativos, culturales y sociales, muchas veces ejercen un
influjo notable sobre la persona. Pero, en último término, esta conserva siempre la
capacidad de tomar posición frente a esos condicionamientos, y de controlar –
secundándolos o contrastándolos– su influjo en el propio carácter. El hecho de que
la personalidad se forme y se modifique poco a poco, y que, llegado un momento,
no resulte fácil modificarla no contradice en absoluto que la causa de ciertos rasgos
caracteriales positivos o negativos sea fundamentalmente la propia libertad, bajo la
forma de esfuerzo o también de descuido por formar la afectividad.
También debe enfatizarse el papel de los sentimientos en el desarrollo de nuestras
relaciones con los demás y con el mundo. Los sentimientos muestran que los
demás y el mundo no nos son indiferentes. Más aún, causan en nosotros reacciones
interiores que permiten evaluar su incidencia en nuestra vida y en nuestras tareas.
La alegría cuando se encuentra un ser querido, el miedo de enfrentarse a una nueva
situación, la vergüenza causada por un error responde a la manera de sentir y de
vivir el encuentro con el mundo y con los demás. En los sentimientos el mundo se
considera en la perspectiva de valor, y por eso los sentimientos oscilan entre lo
positivo y lo negativo: placer-dolor, simpatía-antipatía, respeto-burla, etc. Debido a
esta tonalidad positiva o negativa, nunca neutral, los sentimientos desempeñan un
papel importante en la percepción del bien y del mal en sentido moral.
Esta tarea de los sentimientos es, a su vez, muy delicada, ya que son o pueden ser
moralmente ambiguos. Tal ambigüedad moral responde:
• a que la resonancia que tienen los sentimientos en la persona depende de su
grado de educación de la afectividad.
• a que el sentimiento se refiere a una o a varias tendencias, sin ser capaz de
expresar en su contenido de valor la función que tienen esas tendencias en el
bien integral de la persona. Los sentimientos no se integran por sí mismos,
necesitan para ello la actividad propia de la razón y de la voluntad.

B. Las pasiones en la antropología cristiana


La enseñanza moral cristiana considera las pasiones como componentes naturales
de la psique humana. La Sagrada Escritura, al ofrecer un retrato del hombre tal
como es, pone de relieve también el elemento emocional y pasional. A primera vista
podría parecer que San Pablo considere las pasiones en una perspectiva
éticamente negativa: «Los que son de Jesucristo han crucificado su carne con sus
pasiones y sus concupiscencias»; pero esta impresión no es del todo exacta. El
Apóstol valora negativamente las «pasiones deshonrosas» que dominan a los que
no conocen a Dios. De hecho, en el contexto de la Escritura, las pasiones no
reciben una valoración únicamente negativa, pues se atribuyen al mismo Dios y a
Jesús.
Según la doctrina de la Iglesia, las pasiones son positivas o negativas desde el
punto de vista moral «en la medida en que dependen de la razón y de la voluntad.
[...]. Pertenece a la perfección del bien moral o humano el que las pasiones estén
reguladas por la razón». En el estado de justicia original existía una perfecta
armonía entre las tendencias sensitivas y la voluntad; el pecado original alteró esta
armonía, ya que la naturaleza humana resultó herida por la concupiscencia o fomes
peccati que proviene del pecado e inclina a pecar. La gracia no ha restaurado
plenamente la armonía perdida, por lo cual el hombre caído, aunque redimido, no
posee un total dominio de los propios movimientos sensitivos, si bien –con la
gracia– es capaz de vencer los desórdenes graves.
C. Educación moral de la afectividad
Los sentimientos y las pasiones son actos morales (buenos o pecaminosos) solo
cuando se provocan o se consienten deliberadamente; sin embargo, estos
fenómenos, considerados en sí mismos, no son realidades moralmente neutras. Ya
hemos visto que los sentimientos desempeñan un papel en la percepción de lo
bueno y de lo malo, contienen una primera valoración, esbozan una toma de
posición y sugieren una posible línea de conducta ante lo percibido. Su valor moral
depende de la verdad o falsedad de la valoración que contienen, de la corrección o
incorrección moral de la toma de posición que esbozan y de la moralidad de la
conducta que sugieren o a la que impulsan. La cualidad de los sentimientos
depende, por tanto, de su contenido y de su intensidad. Es positivo alegrarse o
sentirse espontáneamente atraído por lo que es realmente bueno, y es negativo
alegrarse o sentirse espontáneamente atraído por lo que es malo. De hecho, los
sentimientos positivos son una gran ayuda en la vida moral, aunque si alcanzan una
intensidad exagerada podrían resultar nocivos; por su parte, los sentimientos
negativos constituyen un grave obstáculo, ciertamente no insuperable, pero
importante a largo plazo.
El objetivo de la educación moral de la afectividad es superar la ambigüedad de los
fenómenos emocionales ya indicada, confiriéndoles un orden habitual (las virtudes
morales), para que no solo no sean un obstáculo, sino que su rapidez e inmediatez
estén al servicio del bien moral. El sentimiento ordenado permite juzgar y actuar con
prontitud, facilidad y penetración, con una profunda intuición de lo bueno.
La educación moral de los sentimientos supone una triple tarea: interpretar, valorar y
dirigir o corregir. Interpretar quiere decir entender el significado de lo que se
experimenta. Esto es a veces sumamente fácil: si, por ejemplo, a causa de un dolor
de muelas se duerme poco y mal durante algunos días, no es difícil entender cuál es
la causa del cansancio o la desgana que hace ver cualquier tarea como ardua y
fastidiosa. Otras veces, en cambio, es más difícil captar el exacto significado de un
sentimiento: una persona, a quien aparentemente todo va bien, puede experimentar
un profundo malestar, amargura o vacío interior, del que no encuentra explicación.
Y, mientras ignore lo que le sucede, no es posible aplicar el remedio oportuno.
D. El influjo de los sentimientos y las pasiones en la voluntad
Es normal que las pasiones ocurran con independencia de la voluntad. En algunos
casos, pueden provocar un acto externo absolutamente involuntario que, como
consecuencia, no tendría valor moral; por eso se afirma que la moralidad no
consiste en “sentir”, sino en “consentir” un determinado impulso pasional. Sin
embargo, ordinariamente la voluntad está en condiciones de ejercer un control o
dominio “político” sobre las pasiones; se llama “político” porque no es un dominio
pleno: la tendencia de la sensibilidad hacia su propio objeto no puede eliminarse,
aunque la voluntad puede reconducirla hacia el bien del hombre. Por eso,
normalmente, el influjo de las pasiones sobre el obrar depende del consentimiento
de la voluntad.
Los afectos que se sienten antes de que la voluntad tome una decisión sobre ellos
se llaman pasiones antecedentes. A veces aparecen espontáneamente sin ser
advertidas, y aún menos aprobadas por la voluntad (motus primo primi); incluso
cuando son advertidas, pueden preceder a la libre decisión (motus secundo primi).
Un movimiento pasional puede, también, perdurar en el tiempo sin que la voluntad lo
consienta; en tal caso continúa siendo una pasión antecedente. Las pasiones
antecedentes influyen sobre la voluntad de dos modos:
1) Condicionando el juicio práctico de la razón, para que acepte como conveniente,
aquí y ahora, lo que la pasión desea; cuando la pasión es desordenada puede
presentar como adecuado un “bien aparente”, incluso contrario a una virtud que
se posee; en este sentido, la pasión influye sobre la razón práctica haciéndole
juzgar una acción concreta en sentido contrario a lo que se piensa de una
manera habitual y general; cuando la pasión es ordenada refuerza el juicio
práctico para buscar el bien real.
2) El otro modo en que las pasiones antecedentes influyen sobre la voluntad es
debilitándola: la energía interior de la persona no es ilimitada, y cuando una
pasión es muy fuerte, se apropia de la capacidad de atención y de las energías
operativas, dejando poco espacio para una acción de control por parte de la
voluntad. No surge un gran problema cuando la pasión y la voluntad están
orientadas en la misma dirección; en cambio, cuando lo están en dirección
contraria, o al menos divergente, una pasión fuerte puede sobreponerse a la
voluntad.

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