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Batalla de las Termópilas: Heroísmo Griego

La batalla de las Termópilas en 480 a.C. resultó en una victoria para el ejército persa de Jerjes. Aunque los 300 espartanos liderados por el rey Leónidas resistieron valientemente el ataque persa durante varios días, finalmente fueron rodeados y aniquilados cuando tropas persas llegaron por un paso de montaña. La resistencia griega en las Termópilas es recordada como un ejemplo heroico de sacrificio por la libertad de Grecia.

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Batalla de las Termópilas: Heroísmo Griego

La batalla de las Termópilas en 480 a.C. resultó en una victoria para el ejército persa de Jerjes. Aunque los 300 espartanos liderados por el rey Leónidas resistieron valientemente el ataque persa durante varios días, finalmente fueron rodeados y aniquilados cuando tropas persas llegaron por un paso de montaña. La resistencia griega en las Termópilas es recordada como un ejemplo heroico de sacrificio por la libertad de Grecia.

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Las Guerras Médicas; La batalla de las Termópilas

La invasión de Grecia iniciada


por Jerjes en 480 a.C. obtiene
su primer éxito de importancia
en el desfiladero de las
Termópilas. El resultado
indeciso de la batalla naval
celebrada poco antes en el
cabo Artemisio y la maniobra
envolvente que las tropas
persas realizaron gracias a la
ayuda de un traidor impulsó al
ejército griego a retirarse del
desfiladero mientras el rey
espartano Leónidas, 300 de los suyos y 700 tespios resistían el ataque persa hasta su
total aniquilación.
Denominado tradicionalmente el «padre de la Historia», Heródoto (ca. 485-425 a.C.) nació
en Halicarnaso, en la costa suroccidental de Asia Menor, viajó a Egipto, Fenicia,
Mesopotamia y Escitia, y residió en la Atenas de Pericles, donde formó parte en 444/443
a.C. de la expedición destinada a fundar la colonia panhelénica de Thurios en Magna
Grecia. Dedicando cada uno de los nueve libros que la componen a una de las Musas
redactó su Historia, una obra inacabada que alcanza desde la época mítica hasta la
Segunda Guerra Médica (479 a.C.), centrada en el enfrentamiento entre Europa y Asia, y
salpicada de excursos de carácter etnográfico referidos a las tierras por las que viajó su
autor. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

A los griegos que se hallaban en las Termópilas el primero que les anunció que iban a
morir al rayar el día fue el adivino Megistias, pues lo había observado en las entrañas de
las víctimas; posteriormente, hubo asimismo unos desertores que les informaron de la
maniobra envolvente de los persas (esos sujetos dieron la alarma cuando todavía era de
noche); mientras que, en tercer lugar, lo hicieron los vigías, que bajaron corriendo de las
cumbres cuando ya alboreaba el día.
Los griegos, entonces, estudiaron la
situación y sus pareceres
discreparon: unos se negaban a
abandonar la posición, en tanto que
otros se oponían a ese plan.
Finalmente, los efectivos griegos se
separaron y mientras que unos se
retiraron, dispersándose en dirección
a sus respectivas ciudades, otros se
mostraron dispuestos a quedarse allí
con Leónidas (...)
Entretanto, al salir el sol, Jerjes
efectuó unas libaciones y, tras
aguardar cierto tiempo, poco más o
menos hasta la hora en la que el ágora se ve concurrida, inició finalmente su ataque (pues
era eso precisamente lo que le había recomendado Epialtes, ya que para bajar desde la
montaña se necesitaba menos tiempo, y el trecho a salvar era mucho más corto que para
subir a ella dando un rodeo).
Los bárbaros de Jerjes se lanzaron, pues, al asalto y, en aquellos instantes, los griegos de
Leónidas, como personas que iban al encuentro de la muerte, se aventuraron, mucho más
que en los primeros combates, a salir a la zona más ancha del desfiladero. Durante los
días precedentes, como lo que se defendía era el muro que protegía la posición, se
limitaban a realizar tímidas salidas y a combatir en las zonas más angostas. Pero en
aquellos momentos, trabaron combate fuera del paso y los bárbaros sufrieron cuantiosas
bajas, pues, situados detrás de sus unidades, los oficiales, provistos de látigos, azotaban
a todo el mundo, obligando a sus hombres a proseguir sin cesar su avance. De ahí que
muchos soldados cayeran al mar, perdiendo la vida, y muchísimos más perecieron al ser
pisoteados vivos por sus propios camaradas; sin embargo, nadie se preocupaba del que
sucumbía. Los griegos, como sabían que iban a morir debido a la maniobra envolvente de
los persas por la montaña, desplegaron contra los bárbaros todas las energías que les
quedaban con un furor temerario.
Llegó, finalmente, un momento en que la mayoría de ellos tenían ya sus lanzas rotas,
pero siguieron matando a los persas con sus espadas. En el transcurso de esta gesta
cayó Leónidas, tras un heroico comportamiento, y con él otros destacados espartiatas,
cuyos nombres he conseguido averiguar, ya que fueron personajes dignos de ser
recordados, y, asimismo, he logrado averiguar, en su totalidad, los nombres de los
trescientos.
Como es natural, allí también cayeron muchos persas de renombre, entre quienes,
concretamente, se contaban dos hijos de Darío, Abrócomas e Hiperantes, a quienes el
monarca tuvo con la hija de Artanes, Fratagune. (Artanes era hermano del rey Darío, e
hijo de Histaspes y nieto de Arsames; y, cuando le dio a Darío la mano de su hija, de paso
la dotó con la totalidad de su hacienda, dado que la muchacha era su única
descendencia.)
Como digo, allí cayeron luchando dos hermanos de Jerjes. Por el cadáver de Leónidas se
suscitó una encarnizada pugna entre persas y lacedemonios, hasta que los griegos,
merced a su valentía, lograron hacerse con él y en cuatro ocasiones obligaron a
retroceder a sus adversarios.
Esa fase de la batalla se prolongó hasta que se presentaron los persas que iban con
Epialtes; pues, cuando los griegos se percataron de que dichos efectivos habían llegado,
la lucha cambió radicalmente de aspecto: los griegos se batieron en retirada hacia la zona
más estrecha del paso y, después de rebasar el muro, fueron a apostarse sobre la colina
todos ellos juntos a excepción de los tebanos. (La colina está a la entrada, donde en la
actualidad se alza el león de mármol erigido en honor de Leónidas.) En dicho lugar se
defendían con sus dagas quienes tenían la suerte de conservarlas todavía en su poder, y
hasta con las manos y los dientes, cuando los bárbaros los sepultaron bajo una lluvia de
proyectiles, ya que unos se lanzaron en su persecución y, tras demoler el muro que
protegía la posición, los hostigaban de frente, mientras que otros, después de la maniobra
envolvente, los acosaban por todas partes (...)
Los griegos fueron sepultados en el mismo lugar en que cayeron, al igual que quienes
murieron antes de que se retiraran los que habían sido autorizados a ello por Leónidas, y
sobre sus tumbas figura grabada una inscripción que reza así:
Aquí lucharon cierto día, contra tres millones,
cuatro mil hombres venidos del Peloponeso.
Como digo, esta inscripción hace referencia a la totalidad de los caídos, mientras que a
los espartiatas en particular se refiere esta otra:
Caminante, informa a los lacedemonios
que aquí yacemos por haber obedecido sus mandatos.
Heródoto, Historia, VII 219-228 (selección), traducción de Carlos Schrader, Biblioteca
Clásica Gredos, Madrid, 1985.

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