Módulo 2
2.1. QUÉ ES SER HOMBRE
Por Octavio Salazar Benítez
Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba
“No se nace mujer se llega a serlo”. La sentencia de Simone de Beauvoir, que desarrolla en su obra
fundamental El segundo sexo (1949), se ha convertido en una de esas referencias imprescindibles
cuando tratamos de explicar un concepto que, en la segunda mitad del siglo XX, se consolidó en el
ámbito de las Ciencias Sociales y las Humanidades, e incluso traspasó esas fronteras para llegar a
también a las leyes y a las políticas públicas. Me refiero al concepto de “género” que, de alguna
manera, Beauvoir ya alumbraba en su célebre enunciado, aunque no sería hasta unos años después
cuando se consolidaría primero en el ámbito de la Psicología y posteriormente en las investigaciones
de tipo social y humanista. De ahí que, por ejemplo, se haya extendido el uso de expresiones como
“igualdad de género”, “violencia de género” o el mainstreaming de género, concepto éste último
con el que nos referimos a como la igualdad de mujeres y hombres debe estar presente como un
criterio transversal y principal en todas las políticas públicas. Cuando hablamos del género, y a
diferencia de lo que el sexo supone en cuanto dimensión puramente biológica del individuo, nos
estamos refiriendo a cómo social y culturalmente se nos ha construido como hombres y como
mujeres, a como desde que somos niños y niñas se nos lanzan una serie de mensajes socializadores
que nos diferencian en cuanto a roles, actitudes y comportamientos. Cuando hablamos del género,
estamos hablando pues de algo “construido”, que no es natural, ni que está conectado a nuestra
biología o a nuestro ADN, sino que tiene que ver con cómo desde las distintas instancias
socializadoras – la familia, la escuela, los medios de comunicación, la cultura en general – se nos
educa y forma para que asumamos una serie de directrices que nos van diciendo lo que debemos
hacer y, en paralelo, lo que no, para convertirnos en mujeres y en hombres “de verdad”. Es decir,
en lo que de manera generalizada, y en cada momento histórico, la sociedad entiende por tal
identidad. De ahí que podamos hablar de “expectativas de género”, que serían todas esas
referencias que nos marcan desde pequeños y pequeñas y a las que hemos de ir respondiendo lo
más fielmente posible ya que quien no lo hace o se desvía de ellas corre el riesgo de ser excluido,
estigmatizado y, por supuesto, en muchos casos incluso, objeto de discriminación. Esa construcción
que supone el género se traduce por ejemplo en una serie de roles que vamos aprendiendo desde
que apenas tenemos conciencia, así como en un conjunto de estereotipos que son esas ideas fijas
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y preconcebidas, absolutamente simplistas, que sirven para caracterizarnos como un todo. Los
estereotipos, que sin darnos cuentas reproducimos cada día, y que se proyectan en todos los
ámbitos de la vida, contribuyen a mantener esa construcción cerrada que es el género y nos
mantienen a mujeres y hombres en esferas separadas, como si habitáramos en distintos planetas,
cada uno con sus reglas del juego. A todo ello habría que añadir una idea esencial que la teoría
feminista se ha encargado de poner al descubierto: esa construcción diferenciada que supone el
género implica también una jerarquía, es decir, nos coloca a los hombres, y a todo lo masculino, en
una posición de poder y de supremacía, mientras que las mujeres y todo lo que entiende como
femenino propio de ellas queda en un nivel inferior. El género implica pues también una relación
de poder, una relación asimétrica, en la que históricamente los hombres hemos tenido una posición
dominante y las mujeres han ocupado un lugar subordinado.
Al estar en una posición subordinada, y por lo tanto no disfrutar de los mismos derechos y
oportunidades que los hombres, las mujeres se han visto obligadas a cuestionar su lugar en el
mundo, han sido ellas las que llevan siglos analizando y debatiendo la identidad que les otorgaba el
género, justamente para liberarse de ella. Han sido pues las mujeres, y en este proceso ha sido clave
la lucha y la reflexión feministas, las que fueron asumiendo lo que podríamos llamar “conciencia de
género” y, a partir de ahí, han elaborado toda una rica teoría política y han nutrido un movimiento
social imparable mediante los cuales: a) critican un mundo hecho a imagen y semejanza de los
hombres; b) plantean alternativas de cómo construirnos como seres humanos igualitarios y de
cómo articular un modelo de sociedad que no esté basada en la oposición masculino/femenino.
Los hombres no hemos sentido nunca la necesidad de cuestionar esa construcción genérica ni el
orden político y social en la que se sustentaba. La razón es evidente: hemos sido siempre los sujetos
privilegiados, quienes nunca en función de nuestro sexo hemos tenido limitado el acceso a los
derechos o el disfrute de nuestros planes de vida, los que hemos tenido abiertas todas las
posibilidades de desarrollo personal y los que, no lo olvidemos, siempre hemos detentado el poder.
Tanto en lo público como en lo privado. En consecuencia, nunca hemos sentido la necesidad de
ponernos delante del espejo y preguntarnos qué significa ser hombre, salvo en aquellos casos de
sujetos varones que no han respondido al estereotipo o a la “norma” y en consecuencia han tenido
que plantearse su identidad. Sería el caso evidente de los hombres homosexuales o de los que en
determinados contextos históricos o culturales han formado parte de una minoría. Pero, insisto,
como regla general, y a diferencia de las mujeres, al no sufrir un estatus subordinado nos hemos
sentido cómodos cumpliendo con lo que se esperaba de nosotros. Porque, entre otras cosas, ser
un hombre de verdad era la puerta que nos habría todas las oportunidades y que nos legitimaba
como los sujetos poderosos. Y es que cuando hablamos de las desigualdades de género lo estamos
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haciendo de una estructura social y política, a la que conocemos como patriarcado, en la que el
poder siempre ha estado en nuestras manos y se ha ejercido de forma masculina, y en la que todo
lo relacionado con nosotros ha gozado de un valor, de un prestigio y de una autoridad, que no lo
han tenido ni las mujeres ni lo vinculado con ellas. Esa estructura de poder se sustenta a su vez en
una cultura, el machismo, que hoy por hoy sigue siendo en gran medida la que condiciona no solo
nuestras subjetividades sino también, y muy especialmente, la manera en que nos relacionamos los
hombres, entre nosotros y con las mujeres.
Me temo pues que solo algunos hombres, a estas alturas del siglo XXI, han llegado a la conclusión
de que nosotros también tenemos género (Salazar, 2013). Es decir, que al igual que ocurre con las
mujeres, nosotros no nacemos, sino que nos vamos haciendo como hombres en función de lo que
la sociedad nos va marcando desde recién nacidos. Desde el momento en que a nosotros nos visten
de un color y a las niñas de otro, o desde que a ellas les hacen un agujero en las orejas y a nosotros
no, o desde que cuando nos inscriben en el Registro Civil todavía hoy mayoritariamente es el
apellido del padre el que figura como primero. A partir de ahí, vamos recibiendo toda una serie de
estímulos, enseñanzas y adoctrinamientos que nos van diciendo cómo tenemos que actuar si
queremos ser hombre hechos y derechos. Unos machotes. Y así nos pasamos toda la vida, con
etapas especialmente conflictivas e intensas en este sentido como es la adolescencia, tratando de
ajustarnos a este patrón, porque además sabemos que si nos separamos de él recibiremos algún
tipo de castigo o de sanción, en muchos casos de nuestros iguales, es decir, de los otros hombres,
que acaban convertidos así en una especie de “policía de género”.
Si tuviéramos que esquematizar cómo se produce esa construcción de la masculinidad podríamos
concretarla en tres aspectos esenciales que, como veremos, tienen una estrecha relación con esa
estructura de poder y/o forma de organizarnos como sociedad que es el patriarcado y con esa
cultura a la que hemos identificado como machismo. Esos tres aspectos que a continuación vamos
a explicar están a su vez interconectados, forman parte de un mismo “sistema” con el que
podríamos identificar lo que algunos teóricos han denominado “masculinidad hegemónica”
(Connell,2003), pero que de manera más descriptiva podríamos identificar como “masculinidad
patriarcal”.
1. Una de las características esenciales del orden patriarcal es la articulación de una serie de
binomios jerárquicos a través de los cuales se ordena la sociedad, el pensamiento y nuestras
propias subjetividades, y que parten de la distinción entre los hombres/lo masculino y las
mujeres/lo femenino. A partir de este doble eje podríamos deducir todos los demás:
público/privado, trabajos productivos/trabajos reproductivos, razón/emoción, … En todos
estos pares hay que tener presente que la parte más valorada, social y hasta
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económicamente, es la identificada con los hombres, mientras que la femenina siempre ha
gozado de un menor reconocimiento y de incluso en ciertos aspectos hasta de falta de
visibilidad (Lorente, 2018). Desde el punto de vista de la construcción de la masculinidad, a
los hombres se nos socializa, se nos educa, se nos prepara, para ocupar el espacio público,
para hacer los trabajos con mayor reconocimiento y valor social y económico, para ocupar
todas las instancias de poder (político, económico, cultural, científico…) Por lo tanto, y de
entrada, tenemos una primera características que nos define: la proyección en lo público.
Nos hacemos hombre en función del papel que desempeñamos en esa esfera, al tiempo que
huimos de la privada, que entendemos que es la propia de las mujeres (y de ellas son
también, por supuesto, todos los trabajos y responsabilidades que se dan en el ámbito
doméstico y familiar). La justificación de este reparto asimétrico siempre tuvo una base
biologicista y podríamos decir que esencialista: dado que las mujeres son biológicamente
las reproductoras, parecía una lógica consecuencia que ellas se ocuparan de todos trabajos
vinculados con esa función. Que los hombres nos convirtiéramos en los proveedores y ellas
en las cuidadoras. Este esquema será avalado durante siglos incluso a nivel filosófico y
apoyado por los esquemas organizativos de nuestra sociedad. No hace falta más que
recordar a un clásico como Rousseau que dibujó dos prototipos, el Emilio y la Sofía, dejando
muy claro que el primero debía ser educado para la ciudadanía, para el ejercicio de los
derechos, para desarrollarse profesionalmente, mientras que ella no debería tener otro
papel que agradar al marido, cuidarlo y hasta soportarlo. Los hombres somos educados para
la acción, para el movimiento, para la aventura, mientras que ellas lo hacían para ser el
reposo del guerrero. La cultura clásica está llena de estas referencias: desde el Ulises y la
Penélope de La Odisea al Dios omnipotente que se hace hombre y la Virgen María del
cristianismo.
2. En íntima conexión con esa dimensión pública, los hombres hemos sido siempre educados
y socializados para ocupar y ejercer el poder. Basta con repasar cualquier manual de historia
para comprobar quiénes han sido mayoritariamente los que han liderado gobiernos,
revoluciones y aventuras, los que han hecho las leyes y han administrado justicia, los que
han dirigido bancos y empresas, o los que todavía hoy siguen siendo los máximos dirigentes
de ámbitos tan diversos como las Universidades, los medios de comunicación o las redes
sociales. Hay un término, que tiene connotaciones teológicas, que define a la perfección
esta caracterización de la masculinidad. Me refiero a la idea de omnipotencia, muy ligada a
los dioses, pero también a los superhéroes, que nos marca como seres que podemos hacerlo
todo, que no le tememos a nada, que nos enfrentamos a cualquier peligro o adversidad y
que siempre tenemos respuesta para todo.
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Y no solo se nos ha forjado como hombres (Subirats, 2013) para ejercer el poder en lo
público, sino que también lo hemos hecho en el ámbito privado. Durante siglos, el
matrimonio fue un contrato en el que nosotros teníamos las riendas y ellas la sumisión. El
hombre debe protección a la mujer y está obediencia al marido, decían los Códigos Civiles
del siglo XIX, los cuales era la máxima expresión de un estatus jurídico de las mujeres que
hasta hace bien poco tiempo las mantenían en una especie de minoría de edad. Ello no
quiere decir que todos los hombres hayan accedido a las mismas cuotas de poder, pero sí
que se nos ha educado con esa expectativa y, por el hecho de ser hombres, en ningún caso
hemos tenido limitaciones para acceder a cualquier instancia. Algo que las mujeres han
tenido que pelear, dado que, durante siglos, ni siquiera pudieron votar, o incluso acceder a
los mismos niveles educativos que sus compañeros varones.
Esta conexión masculinidad/poder ha tenido y tiene dos proyecciones singularmente
dramáticas desde el punto de vista de la igualdad y de la autonomía de las mujeres. La
primera ha sido y es el reconocimiento de la voz masculina como la que representa los
intereses universales, la que se identifica con la racionalidad, la que tiene todo el derecho
del mundo a hacerse presente y a establecer las normas. En paralelo, las mujeres han estado
siempre condenadas al silencio, a no tener voz, a no tener el uso de la palabra. De nuevo la
cultura clásica nos ofrece referencias básicas en este sentido. El “He aquí la esclava del
Señor, hágase en mí según tu palabra” mediante el que María acepta el mandato de Dios,
un Dios hombre que es el que tiene la palabra y por tanto el poder. Con anterioridad, y como
bien lo relata la historiadora Mary Beard (2018), el mandato de silencio que Telémaco le
lanza a su madre Penélope en La Odisea.
La segunda es la íntima relación que existe entre masculinidad, poder y violencia. Es decir,
esa socialización para el poder y, de manera más específica aún, para el ejercicio del dominio
sobre las mujeres, ha legitimado que los hombres usemos la violencia como una
herramienta habitual de relación con los otros y con las otras, como un mecanismo
tradicional de resolución de conflictos e, incluso, como una manera de confirmar nuestra
hombría. Ello no debe llevarnos a la conclusión simplista de que todos los hombres seamos
violentos, sino a que cultural y políticamente tenemos una sociedad en la que está
normalizado y legitimado que los hombres usemos la violencia. En muchos casos para
acceder al poder o para mantenernos en él. El control, la dominación, la conquista (Segato,
2016) son términos que definen a la perfección cómo hemos actuado históricamente sobre
otros seres humanos, sobre la Naturaleza, sobre los territorios, sobre los pueblos. No hace
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falta más que comprobar las estadísticas de hombres que están en la cárcel por delitos
violentos (hacia otros hombres), y de manera más específica los datos dramáticos de la
violencia específica que se ejerce sobre las mujeres. Desde pequeños, a los hombres se nos
socializa en esa normalización de la violencia, de la agresividad, del uso de nuestra fuerza
física para hacernos valer y respetar (Sambade, 2020). Los imaginarios que nos rodean están
llenos de referentes masculinos violentos y agresivos: desde la cultura más clásica hasta el
cine más reciente, las series de televisión o los videojuegos en los que quien obtiene más
puntos es aquel que mata más soldados enemigos.
Esta construcción del eje poder/violencia ha sido y especialmente lesiva para las mujeres en
cuanto que se ha proyectado también en los ámbitos más personales e íntimos, en cómo los
hombres entendemos el amor (control) y la sexualidad (dominio). Y justamente esta
violencia, la ejercida en estos contextos, ha sido la que durante más tiempo ha sido invisible,
no ha interesado a los poderes públicos y se ha justificado a partir de la construcción
asimétrica de los géneros. De ahí que fuera tan importante que cuando en España se aprobó
la Ley Orgánica 1/2004, de medidas integrales de protección contra la violencia de género,
quedara muy clara su caracterización: “La presente Ley tiene por objeto actuar contra la
violencia que, como manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las
relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres… “(art.1).
3. El tercer factor que, entrelazado a los anteriores, nos sirve para identificar la masculinidad
patriarcal es la que podríamos llamar “construcción en negativo”, es decir, ser un hombre
ha significado básicamente no ser una mujer. Nos hemos construido como sujetos negando
todo lo que tiene que ver con ellas, con sus actitudes, sus comportamientos, sus gustos, sus
habilidades: los hombres no lloran, los chicos no son románticos y tiernos, los machotes no
tienen una actitud pasiva, a los tíos de verdad no les interesa lo relacionado con lo estético,
los varones no estamos preparados para cuidar… Esta construcción en negativo ha tenido
a su vez dos consecuencias negativas, tanto para las mujeres como para nosotros mismos.
La primera ha sido y es todavía hoy en gran medida la negación de valor y reconocimiento a
lo hecho por las mujeres, a sus capacidades y habilidades, a sus esferas tradicionales de
actuación. Todo lo “femenino” vale menos, de ahí que no hay peor insulto para un hombre
que ser tachado de maricón, de nenaza, de blandengue. Con eso estamos diciéndole que
no responde a las expectativas de género. Esta negación se traduce no solo en determinados
hábitos y prácticas en los entornos más personales, sino también por ejemplo en el contexto
laboral donde tradicionalmente los trabajos ocupados por mujeres han sido y son los menos
valorados, los peor pagados, los más precarios. En este sentido, es muy curioso detectar
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cómo cuando un hombre entra en un espacio tradicionalmente femenino, le da valor (por
ejemplo, un cocinero que se convierte en un “máster chef” o un diseñador de moda que
alcanza un estatus que nunca tuvieron las costureras), mientras que al contrario, en muchos
casos, eso supone un cuestionamiento de la capacidad e idoneidad de las mujeres (por
ejemplo, las mujeres que se dedican a la política).
La segunda consecuencia negativa, y en este caso muy singularmente negativa para
nosotros mismos, ha sido el rechazo de toda una serie de capacidades, habilidades y
herramientas que, por estimarlas propias de las mujeres, los hombres las hemos negado, no
las hemos incorporado a nuestra subjetividad y nos ha convertido, por tanto, en seres
incompletos (Salazar, 2018). Pensemos, por ejemplo, en todo lo relativo a la dimensión
emocional de la que huimos, desde pequeños, por estimarla “de mujeres”. Eso, entre otras
consecuencias, nos ha llevado a convertirnos en individuos con una mala gestión de nuestras
debilidades, de nuestras carencias y fragilidades, que como seres humanos tenemos. Todo
ello se traduce a su vez en relaciones interpersonales con frecuencia tóxicas y en las que no
sabemos cómo gestionar el fracaso, o la debilidad o simplemente el final del amor. Como
dice el cómico británico Grayson Perry (2018), somos “estreñidos emocionales” y eso da
lugar a consecuencias terribles hacia nosotros mismos, pero también hacia las personas con
las que convivimos o tenemos una determinada relación. Pensemos en con qué frecuencia
los hombres reaccionamos con ira o agresividad ante situaciones que nos desbordan, que
entendemos como un fracaso, que no controlamos o que ponen en peligro nuestro lugar de
dominio.
Los tres elementos que hemos analizado son a su vez amparados y consolidados por los
múltiples instrumentos que ordenan nuestra convivencia y que configuran la Cultura. Es
decir, el Derecho, por ejemplo, ha avalado durante siglos esa construcción generalizada de
las mujeres y los hombres. De ahí que buena parte de la lucha feminista tuvo que darse, y
todavía hoy lo sigue haciendo, contra unas normas y una Justicia hecha a nuestra imagen y
semejanza. Pero también cualquier ámbito en el que pensemos vinculado con la creación,
la ciencia, los saberes, la Cultura en sentido amplio, contribuye a mantener roles y
estereotipos. Pensemos sin ir más lejos en cómo ha funcionado y funciona la división
jerárquica entre “genios” y “musas”.
Todo este sistema se apoya en múltiples violencias que se ejercen por parte de quienes
ocupan el poder – hombres- sobre quienes están en una posición devaluada – mujeres.
Podemos afirmar, por tanto, que la discriminación que sufren las mujeres, y las violencias
que sufren, y que son de todo tipo (sexuales, laborales, físicas, psicológicas,), tiene carácter
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estructural, y que las estructuras patriarcales en que se apoyan no hacen sino legitimar el
dominio masculino. Y para mantener esta posición de hegemonía, es fundamental, como ya
advirtiera Pierre Bourdieu (2000), una permanente violencia simbólica, que es la más difícil
de detectar y combatir, y que encuentra en muchos casos entre las propias oprimidas
complicidades y justificaciones. Una violencia simbólica que los hombres amparamos y
mantenemos cuando, entre otras cosas, guardamos un silencio cómplice ante el machismo
que detectamos en nosotros mismos y en quienes nos rodean.
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BIBLIOGRAFÍA
• Beard, Mary (2018), Mujeres y poder: un manifiesto, Barcelona, Crítica.
• Bourdieu, Pierre (2000), La dominación masculina, Barcelona, Anagrama.
• Cobo Bedía, Rosa (1995), Fundamentos del patriarcado moderno. Jean Jacques Rousseau,
Madrid, Cátedra.
• Connell, R.W. (2003), Masculinidades, México, Universidad Nacional Autónoma de México.
• De Beauvoir, Simone (2017), El segundo sexo, Madrid, Cátedra.
• Lorente Acosta, Miguel (2018), Tú haz la comida que yo cuelgo los cuadros, Barcelona,
Crítica.
• Perry, Grayson (2018), La caída del hombre, Barcelona, Malpaso.
• Salazar Benítez, Octavio (2013), Masculinidades y ciudadanía. Los hombres también tenemos
género, Madrid, Dykinson; (2018), El hombre que no deberíamos ser, Madrid, Planeta.
• Sambade, Iván (2020), Masculinidades, violencia e igualdad. El (auto)control de los hombres
como estrategia de poder social, Valladolid, Universidad de Valladolid.
• Segato, Rita (2016), La guerra contra las mujeres, Madrid, Traficantes de Sueños.
• Subirats, Marina (2013), Forjar un hombre, moldear una mujer, Barcelona, Aresta.