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La Amígdala y las Emociones de LeDoux

El documento describe el papel clave de la amígdala en las emociones, especialmente el miedo. Explica que la investigación de Joseph LeDoux reveló que la amígdala puede recibir señales sensoriales directamente y activar respuestas emocionales antes de que el neocórtex procese la información. También describe cómo la amígdala coordina las respuestas fisiológicas y conductuales al miedo a través de la liberación de neurotransmisores y la activación de otras regiones cerebrales.

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La Amígdala y las Emociones de LeDoux

El documento describe el papel clave de la amígdala en las emociones, especialmente el miedo. Explica que la investigación de Joseph LeDoux reveló que la amígdala puede recibir señales sensoriales directamente y activar respuestas emocionales antes de que el neocórtex procese la información. También describe cómo la amígdala coordina las respuestas fisiológicas y conductuales al miedo a través de la liberación de neurotransmisores y la activación de otras regiones cerebrales.

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LA AMÍGDALA, SEDE DE TODAS LAS EMOCIONES1

Joseph LeDoux, un neurocientífico del Center for Neural Science de la Universidad de


Nueva York, fue el primero en descubrir el importante papel desempeñado por la amígdala
en el cerebro emocional.

La investigación llevada a cabo por LeDoux explica la forma en que la amígdala asume el
control cuando el cerebro pensante, el neocórtex, todavía no ha llegado a tomar ninguna
decisión.

Los momentos más interesantes para comprender el poder de las emociones en nuestra vida
mental son aquéllos en los que nos vemos inmersos en acciones pasionales de las que más
tarde, una vez las aguas han vuelto a su cauce, nos arrepentimos. ¿Cómo podemos
volvernos irracionales con tanta facilidad?

Una de las funciones de la amígdala consiste en escudriñar las percepciones en busca de


alguna clase de amenaza. De este modo, la amígdala se convierte en un importante vigía de
la vida mental, una especie de centinela psicológico que afronta toda situación, toda
percepción, considerando una sola cuestión, la más primitiva de todas:

“¿Es algo que odio? ¿Qué me puede herir? ¿A lo que temo?”. En el caso de que la respuesta
a estas preguntas sea positiva, la amígdala reaccionará al momento poniendo en
funcionamiento todos sus recursos neurales y cablegrafiando un mensaje urgente a todas las
regiones del cerebro.

En el caso de que, por ejemplo, suene la alarma de miedo, la amígdala envía mensajes
urgentes a cada uno de los centros fundamentales del cerebro, disparando la secreción de
las hormonas corporales que predisponen a la lucha o a la huida.

La investigación realizada por LeDoux constituye una auténtica revolución en nuestra


comprensión de la vida emocional que revela por vez primera la existencia de vías
nerviosas para los sentimientos que eluden el neocórtex. Este circuito explicaría el gran
poder de las emociones para desbordar a la razón porque los sentimientos que siguen este
camino directo a la amígdala son los más intensos y primitivos.

Hasta hace poco, la visión convencional de la neurociencia ha sido que el ojo, el oído y
otros órganos sensoriales transmiten señales al tálamo y, desde ahí, a las regiones del
neocórtex encargadas de procesar las impresiones sensoriales y organizarlas tal y como las
percibimos.

En el neocórtex, las señales se interpretan para reconocer lo que es cada objeto y lo que
significa su presencia. Desde el neocórtex -sostiene la vieja teoría- las señales se envían al
sistema límbico y, desde ahí, las vías eferentes irradian las respuestas apropiadas al resto
del cuerpo.

1
Tomado de: [Link]/2008/12/09/la-amigdala-sede-de-todas-las-emociones/
Ésta es la forma en la que funciona la mayor parte del tiempo, pero LeDoux descubrió,
junto a la larga vía neuronal que va al córtex, la existencia de una pequeña estructura
neuronal que comunica directamente el tálamo con la amígdala. Esta vía secundaria y más
corta -una especie de atajo- permite que la amígdala reciba algunas señales directamente de
los sentidos y emita una respuesta antes de que sean registradas por el neocórtex.

Este descubrimiento ha dejado obsoleta la antigua noción de que la amígdala depende de


las señales procedentes del neocórtex, es por ello que ésta puede llevarnos a actuar antes
incluso de que el más lento -aunque más informado- neocórtex despliegue sus también más
refinados planes de acción.

Aunque los neurocientíficos hayan cartografiado detalladamente los circuitos neuronales


del miedo, la verdad es que, en el estado actual, la investigación al respecto de cualquiera
de las emociones está en sus inicios. (Téngase en cuenta que la obra de Goleman es de
1995).

En cualquier caso, la especial prominencia del miedo -tal vez la emoción más sobresaliente
para la evolución- lo convierte en un ejemplo idóneo para comprender la dinámica neural
de la emoción.

Obviamente, también es cierto que, en los tiempos modernos, el miedo generalizado se ha


convertido en la ruina de la vida cotidiana, arrojándonos al nerviosismo, la angustia y una
amplia variedad de preocupaciones o -en los casos patológicos- a los ataques de pánico, las
fobias o los trastornos obsesivo-compulsivos.

Supongamos que una noche estás leyendo tranquilamente un libro en tu hogar cuando de
repente oyes un ruido en otra habitación. El hipocampo -una región clave para el
almacenaje de la memoria- compara rápidamente este “ruido” con otros sonidos similares
que puedas haber escuchado, tratando de descubrir si se trata de un sonido familiar.

Si la conclusión es tranquilizadora (no es más que el ruido de la ventana movida por el


viento), el estado de alerta general se paraliza. Si, por el contrario, la conclusión es dudosa,
se pone en marcha otro bucle resonante entre las amígdalas, el hipocampo y los lóbulos
prefrontales, elevando más la incertidumbre y fijando tu atención para tratar de identificar
la fuente del ruido.

Finalmente, en el caso de que este análisis más preciso tampoco llegue a proporcionarte
ninguna respuesta satisfactoria, entran en funcionamiento las amígdalas lanzando una señal
de alarma que activa el hipocampo, el tallo cerebral y el sistema nervioso autónomo.

En estos momentos de miedo y ansiedad resulta evidente la extraordinaria arquitectura de


las amígdalas como sistema central de alarma. Los diversos grupos de neuronas que
componen las amígdalas están diseñados para liberar determinados neurotransmisores.

Cada una de las distintas partes de la amígdala recibe diferente tipo de información. A su
núcleo lateral, por ejemplo, llegan proyecciones procedentes del tálamo y del córtex visual
y auditivo.
Los olores, por su parte, llegan, después de pasar por el bulbo olfativo, al área
corticomedial de la amígdala, mientras que los sabores y los mensajes viscerales llegan a su
región central. De este modo, la recepción de todo tipo de señales convierte a la amígdala
en un centinela que escudriña continuamente toda la experiencia sensorial.

Las señales procedentes de la amígdala también se proyectan a diversas partes del cerebro.
Por ejemplo, la rama procedente de las áreas central y medial se dirige a la región del
hipotálamo encargada de segregar una substancia que activa la respuesta de urgencia
corporal -la hormona corticotrópica (HTC)- que, a través de la liberación de otras
hormonas, moviliza la reacción de lucha o huida.

Huida

Por su parte, el área basal de la amígdala, envía ramificaciones al cuerpo estriado, que está
relacionado con las regiones cerebrales encargadas del movimiento. Otras ramificaciones
neuronales de la amígdala envían señales a través del núcleo central hasta la médula y,
desde ella, al sistema nervioso autónomo, activando una amplia variedad de respuestas en
el sistema cardiovascular, los músculos y los intestinos.

Otras ramificaciones procedentes del área basolateral de la amígdala, se dirigen al córtex


cingulado y a otras fibras que regulan la musculatura esquelética. Son estas células,
precisamente, las que hacen gruñir a un perro o arquean la espalda de un gato cuando estos
animales se ven amenazados por la presencia de un intruso en su territorio. En los seres
humanos, estos mismos circuitos son los encargados de tensar la musculatura de las cuerdas
vocales responsables del tono de voz agudo propio de quien está muerto de miedo.

Hay otro camino que conduce desde la amígdala hasta el locus ceruleus -una estructura
ubicada en el tallo encefálico- que, a su vez, manufactura noradrenalina (también llamada
“norepinefrina”) y la dispersa por todo el cerebro.

El efecto neto de la noradrenalina aumenta la reactividad global de las áreas cerebrales que
la reciben, sensibilizando los circuitos sensoriales. La noradrenalina baña el córtex, el tallo
encefálico y el mismo sistema límbico, poniendo al cerebro en estado de alerta.

Noradrenalina

En tales condiciones, hasta el más común de los crujidos de la casa puede hacerle temblar
de miedo. La mayor parte de estos cambios tienen lugar de modo inconsciente, de modo
que uno todavía no sabe siquiera que experimenta miedo.

Mientras tanto, la amígdala -y el hipocampo ligado a ella- ordena a las células que envíen
neurotransmisores clave, por ejemplo, para liberar dopamina que lleva a concentrar la
atención sobre la fuente del miedo -el sonido extraño- y predispone a los músculos a
reaccionar en consecuencia. Al mismo tiempo, la amígdala activa las áreas sensoriales de la
visión asegurándose de que los ojos enfocan lo que es más importante para la urgencia
presente.

Dopamina

Una vez que estas señales han sido enviadas, usted se halla atrapado por el miedo: se torna
consciente de la tensión característica de su abdomen, su corazón acelerado, la tensión de
los músculos que rodean su cuello y sus hombros o el temblor de sus extremidades, su
cuerpo inmóvil, mientras aplica toda su atención a escuchar cualquier sonido nuevo y su
mente se dispara al acecho de posibles peligros y formas de respuesta. Toda esta secuencia
-desde la sorpresa a la incertidumbre, la aprensión y el miedo- puede desplegarse a lo largo
de un proceso que dura aproximadamente un segundo.

FUENTE: INTELIGENCIA EMOCIONAL (Daniel Goleman).

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