Citas del Espíritu de Profecía
“Es el amor a uno mismo lo que destruye nuestra paz. Mientras viva el yo, estaremos siempre
dispuestos a protegerlo contra los insultos y la mortificación; pero cuando hayamos muerto al
yo y nuestra vida esté escondida con Cristo en Dios, no tomaremos a pecho los desdenes y
desaires. Seremos sordos a los vituperios y ciegos al escarnio y al ultraje.” DMJ, 19
“La mansedumbre de Cristo manifestada en el hogar hará felices a los miembros de la familia;
no incita a los altercados, no responde con ira, sino que calma el mal humor y difunde una
amabilidad que sienten todos los que están dentro de su círculo encantado. Dondequiera que
se la abrigue, hace de las familias de la tierra una parte de la gran familia celestial. Mucho
mejor sería para nosotros sufrir bajo una falsa acusación que infligirnos la tortura de
vengarnos de nuestros enemigos. El espíritu de odio y venganza tuvo su origen en Satanás, y
sólo puede reportar mal a quien lo abrigue. La humildad del corazón, esa mansedumbre
resultante de vivir en Cristo, es el verdadero secreto de la bendición. “Hermoseará a los
humildes con la salvación” DMJ, 19
“Sin una fe viva en Cristo como Salvador personal, nos es imposible ejercer influencia eficaz
sobre un mundo escéptico. No podemos dar a nuestros prójimos lo que nosotros mismos no
poseemos. La influencia que ejercemos para bendecir y elevar a los seres humanos se mide
por la devoción y la consagración a Cristo que nosotros mismos tenemos.” DMJ, 34
“Cuando el amor llena el corazón, fluye hacia los demás, no por los favores recibidos de ellos,
sino porque el amor es el principio de la acción. El amor cambia el carácter, domina los
impulsos, vence la enemistad y ennoblece los afectos. Tal amor es tan ancho como el universo
y está en armonía con el amor de los ángeles que obran. Cuando se lo alberga en el corazón,
este amor endulza la vida entera y vierte sus bendiciones en derredor. Esto, y únicamente
esto, puede convertirnos en la sal de la tierra.” DMJ, 35
“La humanidad por sí misma no tiene luz. Aparte de Cristo somos un cirio que todavía no se ha
encendido, como la luna cuando su cara no mira hacia el sol; no tenemos un solo rayo de luz
para disipar la oscuridad del mundo. Pero cuando nos volvemos hacia el Sol de justicia, cuando
nos relacionamos con Cristo, el alma entera fulgura con el brillo de la presencia divina.” DMJ,
36
“Jesús no dijo a sus discípulos: Esforzaos por hacer que brille la luz; sino: “Alumbre vuestra
luz”. Si Cristo mora en el corazón, es imposible ocultar la luz de su presencia.” DMJ, 37