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Leccion 04

El documento resume los principales puntos de fe sobre Jesucristo según el Credo y el Catecismo de la Iglesia Católica. Explica que Jesús descendió a los infiernos para proclamar la Buena Nueva a los justos que le precedieron, resucitó al tercer día con un cuerpo glorioso, subió a los cielos donde intercede por nosotros, y desde allí vendrá a juzgar a los vivos y los muertos. También resume brevemente la doctrina sobre el Espíritu Santo y sus símbol

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Leccion 04

El documento resume los principales puntos de fe sobre Jesucristo según el Credo y el Catecismo de la Iglesia Católica. Explica que Jesús descendió a los infiernos para proclamar la Buena Nueva a los justos que le precedieron, resucitó al tercer día con un cuerpo glorioso, subió a los cielos donde intercede por nosotros, y desde allí vendrá a juzgar a los vivos y los muertos. También resume brevemente la doctrina sobre el Espíritu Santo y sus símbol

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LECCIÓN 04

EL CREDO EXPLICADO SIGUIENDO EL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

El credo explicado. (Basado en el Catecismo de la Iglesia Católica)

“Descendió a los infiernos”: Jesús conoció la muerte, gustó de la muerte… Fue a la


morada de los muertos, descendiendo como Salvador, proclamando la buena nueva a los
espíritus que estaban detenidos, como dice San Pedro: “Hasta a los muertos ha sido
anunciada la Buena Nueva” (1 Pe 4,6). Esta “morada de los muertos”, es la que nosotros en
el Credo llamamos “infiernos”, lugar en donde se hallaban los que estaban privados de la
visión de Dios. Jesús no libra a los condenados, ni destruye el infierno de la condenación,
sino que libra a los justos que le precedieron.
Este descenso a los infiernos es la última fase de la misión mesiánica. Fase que está
condensada en el tiempo, pero muy amplia en su significado real de la extensión de la
redención, dado que ésta llega a todos los hombres, de todos los tiempos.
“Al tercer día resucitó de entre los muertos”: La Resurrección es la verdad
culminante de nuestra fe en Cristo. Ya desde un principio, en la primera comunidad
cristiana era creída y vivida como verdad central. En la Tradición es un aspecto
fundamental; en el Nuevo Testamento, está establecido; y en lo que es el misterio Pascual,
es una parte esencial. Una prueba de esto es el mismo sepulcro vacío, que ni los guardias
podían explicar.
La fe en la Resurrección nace de una experiencia directa de la realidad de Jesús
resucitado. No es un “producto” de la fe o mera credulidad; de hecho, los apóstoles
dudaban hasta viendo: “Atónitos y llenos de temor creían ver un espíritu, pero Jesús les
preguntó: ‘¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis
pies, soy yo mismo.” (Lc 24, 37-39). El mismo Tomás hasta que no tocara con sus propias
manos no iba a creer. Y justamente, este era un aspecto de Jesús resucitado: el tacto, los
sentidos; no era un espíritu.
Es el mismo cuerpo martirizado y crucificado, pero también glorioso. El cuerpo no está
situado ni en el tiempo ni en el espacio, ya que no pertenece más a la tierra (distinto de la
resurrección de Lázaro por ejemplo, que resucitó en este mundo), sino que está bajo el
dominio divino del Padre. Aparece como quiere, cuando quiere, donde quiere, bajo cualquier
apariencia, como a María Magdalena, cuando ella lo confundió por jardinero (Jn 20, 14-15).
La Resurrección es la justificación que nos devuelve la gracia de Dios. Como dice San
Pablo: “Fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rm
4,25). Él es el “primogénito de entre los muertos” (Col 1,18), y por tanto es el principio de
nuestra propia resurrección. Ahora, por medio de la justificación de nuestra alma, y luego,
por la vivificación de nuestro cuerpo, que se dará cuando vuelva por segunda y última vez.
“Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso”: El
cuerpo de Cristo fue glorificado en el mismo instante de la Resurrección. Durante los
siguientes 40 días su gloria queda velada con rasgos de una humanidad ordinaria…
“Después se mostró con otro aspecto a dos de ellos” (Mc 16,12). Pero en su última aparición,
se da la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina, bajo dos símbolos: la
nube (“Una nube lo ocultó de la vista de ellos” (Hch 1,9) ) y el cielo (“… se separó de ellos y
fue llevado al cielo.” (Lc 24,52). Jesús se sienta para siempre a la derecha del Padre. Esta
“derecha del Padre”, lo explica bien San Juan Damasceno, que dice que es la “Gloria y
honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos, como
Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de
que su carne fue glorificada”. Es la inauguración del Reino del Mesías… del “Reino que no
tendrá fin” (Hch 1,11). Ahora Cristo permanece escondido a los ojos de los hombres.
Pero hay una diferencia entre el Cristo resucitado y el Cristo exaltado a la diestra de
Dios. Él mismo le dice a María Magdalena: “Todavía no he subido al Padre” (Jn 20,17). La
1
Ascensión es un acontecimiento único e histórico, que marca la transición de una gloria a
otra. Está íntimamente unido a la Encarnación: “Nadie ha subido al cielo sino el que bajó
del cielo, el Hijo del hombre” (Jn 3,13). La humanidad no tiene acceso por sus propias
fuerzas, sino que sólo Cristo pudo abrir el acceso al hombre.
Desde el Cielo intercede constantemente por nosotros, como mediador que asegura la
efusión del Espíritu Santo, ejerciendo permanentemente su sacerdocio: “De ahí que pueda
salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para
interceder en su favor.” (Hb 7,25).
“Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”: Jesucristo es Señor, Él
está “por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación”, porque El Padre “bajo
sus pies sometió todas las cosas” (Ef 1,20-22). Él es la Cabeza de la Iglesia (su Cuerpo,
donde permanece en tierra), y la fuente de la autoridad sobre la Iglesia es, en virtud del
Espíritu Santo, la Redención.
Desde Su Ascensión a los Cielos, el designio de Dios entró en consumación, estamos en
“la última hora” (1 Jn 2,18). En la Misa decimos “Ven, Señor Jesús” (Ap 22,20), es que
vivimos en el mundo que gime en dolores de parto, bajo los ataques de los poderes del
mal… ya San Pablo decía “Estos tiempos son malos” (Ef 5,16). Pero también es el tiempo
del Espíritu y del testimonio: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre
ustedes y serán mis testigos”. Es un tiempo de espera y de vigilia (Mc 13, 33-37). La Iglesia
debe someterse aún a una prueba final, que va a sacudir la fe de muchos, bajo una
impostura religiosa que, bajo una aparente solución a los problemas, hará apostatar de la
verdad, entrando en un pseudo-mesianismo, donde el hombre se glorifica a sí mismo y se
coloca en lugar de Dios. No será un triunfo histórico el de la Iglesia, como un proceso
creciente, sino que será la victoria de Dios (“Juicio final”) sobre el último
desencadenamiento del mal: “Entonces se consumirán los cielos y los elementos quedarán
fundidos por el fuego. Pero nosotros, de acuerdo con la promesa del Señor, esperamos un
cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia” (2 Pe 3,12-13). En el Juicio del
último día, seremos juzgados “por nuestras obras” (Ap 20,13), por la actitud respecto al
prójimo: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo
hicisteis” (Mt 25,40). Se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los
corazones. Cristo “adquirió” este derecho por su cruz, y el Padre también entregó “todo
juicio al Hijo” (Jn 5,22). Aunque cada uno se juzga a sí mismo al rechazar la gracia: “Dios
no envió a su Hijo para juzgar el mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3,17).
“Creo en el Espíritu Santo”: San Pablo dice, de forma clara: “Nadie puede decir: ‘Jesús
es el Señor’ sino por influjo del Espíritu Santo” (1 Co 12,3). El conocimiento de la fe nos
viene por el Espíritu Santo, y en el Bautismo se nos da la gracia, por Jesús en el Espíritu
Santo, del nuevo nacimiento en el Padre. Los portadores del Espíritu Santo somos
conducidos al Verbo, quien, a su vez, nos presenta al Padre, que finalmente nos concede la
incorruptibilidad. Es evidente la unión inquebrantable e íntima de las Tres Personas de la
Santísima Trinidad. En cuanto a sus revelaciones a lo largo de la historia, San Gregorio
Nacianceno dice que en el Antiguo Testamento, se nos proclama el Padre de forma clara, y
al Hijo oscuramente; en el Nuevo Testamento se revela al Hijo, y se hace entrever el Espíritu
Santo; ahora, es el Espíritu Santo el que adquiere el derecho de ciudadanía entre nosotros.
No era prudente proclamar abiertamente la divinidad del Hijo cuando aún no se confesaba
la del Padre, al igual que la del Espíritu Santo con la del Hijo. Es decir, que por avances y
progresos “de gloria en gloria”, la luz de la Trinidad estalla en resplandores más
espléndidos.
“Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Co 2,11). Quien habló por los
profetas hace oír la Palabra del Padre, no habla de sí mismo. Y es por este ocultamiento que
“El mundo no puede recibirle porque no lo ve ni lo conoce” (Jn 14,17). Pero sí lo conocen los
que creen en Cristo, porque él mora en ellos.

2
El Espíritu Santo nos viene en las Escrituras, Él las inspiró; en la Tradición, los Padres
de la Iglesia son testigos siempre actuales; en el Magisterio de la Iglesia, Él lo asiste; en la
liturgia sacramental, Él nos pone en comunión con Cristo; en la oración, intercede por
nosotros; en el testimonio de los santos; en los carismas y ministerios que se edifica la
Iglesia; en los signos de la vida apostólica.
Veamos los símbolos del Espíritu Santo:
 Agua: en el Bautismo. En nuestro primer nacimiento nos gestamos en el agua, y en
el nacimiento a la vida nueva, por medio del agua se nos da el Espíritu Santo.
 Unción: óleo. En la confirmación. El Mesías (que significa Ungido) y la Unción
misma, que es el Espíritu Santo.
 Fuego: es la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El Espíritu
Santo bajó bajo el aspecto de “lenguas como de fuego” (Hch 2,3)
 Nube y luz: a la Virgen el Ángel le dijo: “el Poder del Altísimo te cubrirá con su
sumbra”; en la Transfiguración: “vino en una nube y cubrió con su sombra”; en la Ascensión:
una nube “ocultó a Jesús a los ojos” de los discípulos.
 Sello: es cercano a la unción. Es Cristo a quien “Dios ha marcado con su sello” (Jn
6,27)
 Mano: Jesús bendice a los niños y cura a los enfermos, mediante la imposición de
las manos.
 Dedo: “Por el dedo de Dios expulso yo [Jesús] los demonios” (Lc 11,20). La Ley de
Dios se nos dice que fue “escrita por el dedo de Dios” (Ex 31,18).
 Paloma: En el final del diluvio universal (que es símbolo del bautismo), la paloma
soltada por Noé vuelve con una rama en el pico, indicando que la tierra está habilitada;
también después del bautismo de Jesús, el Espíritu Santo viene como una paloma y baja y
posa sobre él.

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