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Anne Rice

“Anne Rice”, publicado en Orión Literaria, suplemento de diario Despertar de Oaxaca, México, el 27 de enero de 2018.
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“Anne Rice”, publicado en Orión Literaria, suplemento de diario Despertar de Oaxaca, México, el 27 de enero de 2018.
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Anne Rice

Anne Rice es una escritora norteamericana cuyo éxito internacional le llegó gracias a una serie de
novelas sobre vampiros llamada Las crónicas vampíricas. Ha publicado bajo diversos seudónimos
como Anne Rampling o A. N. Roquelaure.

Nacida en Nueva Orleans con el nombre de Howard Allen O'Brien, se mudó a San Francisco, donde
conoció a su marido Stan Rice y asistió a la universidad de Texas, Woman’s College, en Denton,
Texas, para estudiar Filosofía y Letras en la Universidad de San Francisco, doctorándose en 1972
en Escritura Creativa.

Cuando nació su hija Michelle en el año 1966 Anne y Stan se marcharon a Berkeley, donde
Michelle falleció a causa de una leucemia pocos años después, en 1972. En ese momento, Anne se
volcó en la literatura y comenzó a gestar sus Crónicas vampíricas que fueron iniciadas con la
novela Entrevista con el vampiro (1976). En el año 1978 tuvo un hijo al que llamó Christopher.

Posteriormente, y dentro de la citada serie Crónicas vampíricas, escribió Lestat el vampiro (1985),
La reina de los condenados (1988), El ladrón de cuerpos (1992), Memnoch el diablo (1995),
Armand el vampiro (1998), Merrick (2000), Sangre y oro (2001), El santuario (2002), Cánticos de
sangre (2003) y El príncipe Lestat (2014).

Fuera de la saga, pero con el mismo tema vampírico, Anne Rice publicó títulos como Pandora
(1998) y Vittorio, el vampiro (1999).

Otra serie de Rice fue la dedicada a Las Brujas de Mayfair, compuesta por las novelas La hora de
las brujas (1990), La voz del diablo (1993) y Taltos (1994).

La novela Entrevista con el vampiro (1976) fue llevada al cine por el director Neil Jordan, Brad Pitt
y Tom Cruise. La reina de los condenados (1988) también fue adaptada a la pantalla grande,
aunque con peor suerte.

Entrevista con el vampiro


(Fragmento)

Ya veo... — dijo el vampiro, pensativo, y lentamente cruzó la habitación hacia la ventana.


Durante largo rato, se quedó allí contra la luz mortecina de la calle Divisadero y los focos
intermitentes del tránsito. El muchacho pudo ver entonces los muebles del cuarto con mayor
claridad: la mesa redonda de roble, las sillas. Una palangana colgaba de una pared con un espejo.
Puso su portafolio en la mesa y esperó.
—Pero, ¿cuánta cinta tienes aquí?— preguntó el vampiro y se dio la vuelta para que el
muchacho pudiera verle el perfil—. ¿Suficiente para la historia de una vida?
— Desde luego, sí es una buena vida. A veces entrevisto hasta tres o cuatro personas en
una noche si tengo suerte. Pero tiene que ser una buena historia. Eso es justo, ¿no le parece?
— Sumamente justo— contestó el vampiro—. Me gustaría contarte la historia de mi vida.
Me gustaría mucho.
— Estupendo— dijo el muchacho. Y rápidamente sacó el magnetófono de su portafolio y
verificó las pilas y la cinta. Realmente tengo muchas ganas de saber por qué cree usted en esto,
por qué usted...
— No — dijo abruptamente el vampiro—. No podemos empezar de esa manera. ¿Tienes
ya el equipo dispuesto?
— Sí — dijo el muchacho.
— Entonces, siéntate. Voy a encender la luz.
— Yo pensaba que a los vampiros no les gustaba la luz— dijo el muchacho—. Sí usted cree
que la oscuridad ayuda al ambiente...— Pero en ese momento dejó de hablar. El vampiro lo
miraba dando la espalda a la ventana. El muchacho ahora no podía distinguir la cara e incluso
había algo en su figura que lo distraía. Empezó a decir algo, pero no dijo nada. Y luego echó un
suspiro de alivio cuando el vampiro se acercó a la mesa y extendió la mano al cordón de la luz.
De inmediato la habitación se inundó de una dura luz amarilla. Y el muchacho, mirando al
vampiro, no pudo reprimir una exclamación. Sus dedos bailotearon por la mesa para asirse al
borde.
— ¡Dios santo!— susurró, y luego, contempló, estupefacto, al vampiro.
El vampiro era totalmente blanco y terso como si estuviera esculpido en hueso
blanqueado; y su rostro parecía tan exánime como el de una estatua, salvo por los dos brillantes
ojos verdes, que miraban al muchacho tan intensamente como llamaradas en una calavera. Pero,
entonces, el vampiro sonrió, casi anhelante, y la sustancia blanca y tersa de su rostro se movió con
las líneas infinitamente flexibles pero mínimas de los dibujos animados.
— ¿Ves? — preguntó en voz queda.
El muchacho tembló y levantó una mano como para defenderse de una luz demasiado
poderosa. Sus ojos se movieron lentamente sobre el abrigo negro elegantemente cortado que sólo
había podido vislumbrar en el bar, los extensos pliegues de la capa, la corbata de seda negra
anudada al cuello y el resplandor del cuello blanco, que era tan blanco como la piel del vampiro.
Miró el abundante pelo negro del vampiro, las ondas que estaban peinadas hacia atrás encima de
las orejas, los rizos que apenas tocaban los bordes del cuello blanco.
— Bien, ¿aún me quieres entrevistar? — preguntó el vampiro.
El muchacho abrió la boca antes de poder contestar. Movió afirmativamente la cabeza.
— Sí — dijo por fin.
El vampiro tomó asiento lentamente frente a él e, inclinándose, le dijo cortés, confidencialmente:
— No tengas miedo. Simplemente haz funcionar las cintas.

Lestat, el vampiro
(Fragmento)

Soy el vampiro Lestat. Soy inmortal. Más o menos. La luz del sol, el calor prolongado de un
fuego intenso... tales cosas podrían acabar conmigo. Pero también podrían no hacerlo.
Mido un metro ochenta, una estatura que resultaba bastante impresionante hacia 1780, cuando
yo era un joven mortal. Ahora no está mal. Tengo el cabello rubio y tupido, largo hasta casi los
hombros y bastante rizado, que parece blanco bajo una luz fluorescente. Mis ojos son grises pero
absorben con facilidad los tonos azules o violáceos de la piel que los rodea.
También tengo una nariz fina y bastante corta, y una boca bien formada, aunque resulta
demasiado grande para el resto del rostro. Una boca que puede parecer muy mezquina, o
extremadamente generosa, pero siempre sensual. Mis emociones y estados de ánimo se reflejan
siempre en mi expresión. Mi rostro está continuamente animado.
Mi condición de vampiro se pone de relieve en la piel, extremadamente blanca y que
refleja excesivamente la luz: ello me obliga a maquillarme para aparecer ante cualquier tipo de
cámara.
Cuando estoy sediento de sangre, mi aspecto produce verdadero horror: la piel contraída,
las venas como sogas sobre los contornos de mis huesos... Pero ya no permito que tal cosa suceda,
y el único indicio firme de que no soy humano son las uñas de mis dedos. A todos los vampiros nos
sucede lo mismo: nuestras uñas parecen de cristal. Y hay gente que se fija sólo en eso aunque no
advierta nada más.
Ahora soy lo que en Norteamérica llaman una superestrella del rock. He vendido cuatro
millones de copias de mi primer álbum y voy camino de San Francisco para dar el primer concierto
de una gira nacional que me llevará de costa a costa con mi grupo. MTV, el canal por cable de
música rock, lleva dos semanas pasando mis video— clips día y noche. También los pasan en el
«Top of the Pops» inglés y en el continente, así como en algunas partes de Asia además de en el
Japón. Las cintas que recogen la serie completa de video— clips se están vendiendo por todo el
mundo.
También soy autor de una autobiografía que se publicó la semana pasada.
Respecto a mi inglés, idioma que utilizo en la autobiografía, lo empecé a aprender de boca
de los marineros que conducían las barcazas por el Mississippi hasta Nueva Orleans, doscientos
años atrás. Después, aumenté mis conocimientos con las obras de los escritores anglosajones,
desde Shakespeare a Mark Twain y Rider Haggard, a quienes leí con el transcurso de las décadas.
El último aporte lo recibí de los relatos policíacos de la revista Black Mask, a principios del siglo XX.
Eso fue en Nueva Orleans, en 1929.
Cuando escribo, tiendo a emplear un vocabulario que me habría resultado natural en el
siglo XVIII, a utilizar frases en el estilo de los autores que he leído. Cuando hablo, en cambio, a
pesar de mi acento francés, parezco una mezcla entre marinero fluvial y el detective Sam Spade.
Por lo tanto, espero que no me lo tengáis en cuenta si a veces mi estilo resulta contradictorio. Si,
de vez en cuando, hago añicos la atmósfera de alguna escena dieciochesca.
Desperté en el siglo XX el año pasado.

Armand, el vampiro
(Fragmento)

Decían que una niña había muerto en el último piso. Habían encontrado su ropa en la
pared. Yo quería subir allí, tumbarme junto a la pared y estar solo.

Habían visto algunas veces al fantasma de la niña, pero ninguno de esos vampiros podía
ver a espíritus, al menos no como los veía yo. Da lo mismo, no era la compañía de la niña lo que yo
buscaba, sino estar en ese lugar.

No ganaba nada permaneciendo junto a Lestat. Yo había acudido puntualmente; había


cumplido mi propósito. No podía ayudarle. Sus ojos de mirada fija, inmóviles, me ponían nervioso.
Me sentía sereno y rebosante de amor hacia mis seres queridos, mis criaturas humanas, mi
pequeño Benji de pelo oscuro y mi dulce y esbelta Sybelle, pero aún no era lo suficientemente
fuerte para llevármelos conmigo.

Salí de la capilla sin reparar siquiera en quién estaba allí. Todo el convento se había
convertido en la morada de vampiros. No era un lugar desordenado, ni abandonado, pero no me
fijé en los seres que había en la capilla cuando me marché.

Lestat seguía tendido en el suelo de mármol de la capilla, frente a un gigantesco crucifijo,


de costado, con las manos inertes, la izquierda justo debajo de la derecha. Sus dedos rozaban
levemente el mármol, como si lo tanteara, aunque no era así. Tenía los dedos de la mano derecha
crispados, formando un pequeño hueco en la palma sobre la que incidía la luz, lo cual también
parecía encerrar algún significado, pero no significaba nada.

Se trataba simplemente de un cuerpo sobrenatural que yacía privado de voluntad,


exangüe, tan inerte como su rostro, cuya expresión parecía asombrosamente inteligente, teniendo
en cuenta los meses durante los cuales Lestat no había movido un músculo.Las grandes vidrieras
se habían cubierto para que la luz del alba no le hiriera.

Por la noche resplandecían a la luz de las maravillosas velas colocadas alrededor de las
hermosas estatuas y reliquias que abundaban en ese otrora santo y bendito lugar. Unos niños
mortales habían asistido a misa bajo este elevado techo; un sacerdote había entonado ante el
altar las palabras en latín.

Ahora era nuestro, pertenecía a Lestat, el hombre que yacía inmóvil sobre el suelo de
mármol. Hombre, vampiro, criatura de las tinieblas. Cualquiera de estos apelativos sirve para
describirle. Al volver la cabeza para observarlo, me sentí como un niño. Eso es lo que soy. Esta
definición me cuadra como si fuera el único rasgo que contuviera mi código genético. Yo tenía
unos diecisiete años cuando Marius me convirtió en vampiro. Para entonces, ya había dejado de
crecer. Hacía un año que medía un metro y sesenta y ocho centímetros. Tenía las manos delicadas
como las de una damisela y era imberbe, como solíamos decir en aquella época, el siglo XVI. No
era un eunuco, no, sino un jovencito.

En aquel tiempo se estilaba que los chicos fueran tan bellos como las muchachas. Ahora se
me antoja una característica útil, y ello se debe a que amo a los demás, a mis seres queridos:
Sybelle, con sus pechos de mujer y sus piernas largas y juveniles, y Benji, con su carita redonda e
intensa, típicamente árabe.

Me detuve a los pies de la escalera. Aquí no hay espejos, sólo elevados muros de ladrillo
desprovistos de yeso, unos muros viejos sólo a ojos de los mortales, oscurecidos por la humedad
que invade el convento. Todas las texturas y los elementos habían sido suavizados por los
sofocantes veranos de Nueva Orleans y sus húmedos e insidiosos inviernos, unos inviernos verdes,
según los llamo yo, porque los árboles aquí casi nunca aparecen desprovistos de hojas.
Nací en un lugar donde el invierno es eterno en comparación con este lugar. No es de
extrañar que en la soleada Italia olvidara mis orígenes y creara mi vida a partir del presente de mis
años con Marius. «No lo recuerdo.» Ello se debía a mi pasión por el vicio, a mi afición al vino y la
suculenta comida italiana, al tacto del cálido mármol bajo mis pies desnudos cuando las estancias
del palacio se hallaban perversa, pecaminosamente caldeadas por los fuegos exorbitantes de
Marius.

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