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Certeza y Verdad

Este documento discute las nociones de certeza y verdad. Explica que la certeza se refiere a la posesión de la verdad por parte de un sujeto, mientras que la verdad se refiere a la conformidad del juicio con la realidad. También analiza cómo en la cultura moderna se ha priorizado la búsqueda de certeza sobre la evidencia de la verdad, lo que ha llevado al racionalismo y a la aceptación de ideologías sin fundamentos. Finalmente, resalta que la fe teológica implica una relación entre evid
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Certeza y Verdad

Este documento discute las nociones de certeza y verdad. Explica que la certeza se refiere a la posesión de la verdad por parte de un sujeto, mientras que la verdad se refiere a la conformidad del juicio con la realidad. También analiza cómo en la cultura moderna se ha priorizado la búsqueda de certeza sobre la evidencia de la verdad, lo que ha llevado al racionalismo y a la aceptación de ideologías sin fundamentos. Finalmente, resalta que la fe teológica implica una relación entre evid
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Certeza y verdad

La noción de certeza es distinta de la de verdad:


alguien posee certeza de una verdad. La certeza
indica la cualidad de la posesión, de la asimilación de
la verdad por parte de un sujeto. Una verdad cierta es
una verdad que ningún argumento podría arrancar del
espíritu. De este modo, certeza significa la propiedad
de la verdad por la que ésta puede imponerse de
manera inapelable al espíritu. Mientras la verdad
expresa la relación de conformidad del juicio con la
realidad conocida, la certeza constituye el efecto de la
verdad, la naturaleza de su radicación en el sujeto que
conoce: existen verdades ciertas y verdades
probables.
La verdad se impone con certeza cuando el espíritu
descubre su evidencia, inmediata o mediata. Entonces
el objeto se hace presente al espíritu.
Ahora bien, en la cultura moderna se ha producido un
desplazamiento de acento, cuya importancia no
debería minusvalorarse: oponiéndose a la naturaleza
misma de las cosas, la certeza ha tomado la delantera
sobre la evidencia de la verdad. Antes que nada se ha
buscado la certeza.
De aquí han derivado dos consecuencias. La primera,
una forma característica de racionalismo. Se ha
buscado antes que nada el cómo del conocimiento, la
posesión perfecta del objeto se ha transformado en
criterio de verdad, excluyendo de esta suerte, del
campo del saber, todo conocimiento imperfecto de la
verdad. Y este es el motivo de que la razón humana se
haya cerrado en sí misma.
La segunda consecuencia puede encontrarse en la
dirección opuesta. La búsqueda prioritaria de la
certeza, que pone en primer plano el aspecto subjetivo
del conocimiento, ha abierto el camino a los
sucedáneos psicológicos de la certeza. Desprovista de
cualquier nexo con la verdad, la certeza se ha
convertido en una actitud subjetiva tranquilizadora. Y
por esta puerta han entrado las ideologías1. Sin
preguntarse jamás por sus fundamentos, se ha
perseguido lo indudable, sólo porque resulta
consolador. La cuestión interesa de manera directa al
testigo de la verdad. En efecto, la fe teologal lleva
consigo una relación entre evidencia y certeza que no
tiene equivalente en el orden de las cosas humanas.
Por lo común, el grado de certeza depende del grado
de evidencia. En la fe teologal conviven la ausencia de
evidencia y la perfecta firmeza de la certeza: y esto,
porque el acto de fe se apoya en un motivo más fuerte
que las evidencias naturales de la razón, a saber, la
autoridad de Dios que revela y su suprema veracidad.
De forma que, sin duda, existe una evidencia como
fundamento de la fe, pero una evidencia que se nos da
a través de un mediador: “A Dios nadie lo ha visto
nunca; el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre,
El lo ha revelado” (Io 1,18).
El testigo de la verdad debe ser plenamente
consciente de la especificidad de la fe teologal. San
Josemaría Escrivá enseña: “La fe es virtud
sobrenatural que dispone nuestra inteligencia a asentir
a las verdades reveladas, a responder que sí a Cristo,
que nos ha dado a conocer plenamente el designio
salvador de la Trinidad Beatísima” (Amigos de Dios, n.
191). Estas líneas iluminan el comportamiento que se
espera de nosotros.
El reino de las ideologías ha sido el de las “certezas”
que no tenían ya como causa la verdad. De ahí que
hayan sido interpretadas como respuestas, en el
ámbito individual y social, a una necesidad de
seguridad. Las “certezas” serían de esta suerte
mentiras gracias a las que nos defenderíamos de lo
trágico de nuestra existencia, sometida a la ley
inexorable del tiempo y de la caducidad. Habiendo
fallado este recurso, el hombre debería aprender a
vivir sin certezas; el escepticismo y el relativismo
constituirían, así, los cimientos de una nueva
sabiduría.
En nombre de semejante actitud, la de la
desesperación resignada, se acusa a los creyentes de
ser o fanáticos o seres anacrónicos que se esfuerzan
por agarrarse a las viejas certezas. Este nuevo
contexto cultural reclama un testimonio notable de la fe
y de su novedad. Es menester que resulte evidente
que las certezas del creyente provienen de la verdad
divina, fuente de significado, de paz y de alegría.
Semejante testimonio disipará prejuicios y obstáculos,
si su expresión es auténticamente evangélica. En
efecto, el testigo de la verdad ha de afrontar un doble
escollo: el de la certeza tranquilizadora que ya no
resulta referida a la verdad, y el del correlativo rechazo
de las certezas como ilusiones de las que el hombre
ha de aprender a prescindir.
* * *Cfr. “La oración y la estructura fundamental de la
fe”. Georges Cottier, Teólogo de la Casa Pontificia, p.
105 en “SANTIDAD Y MUNDO”, M. Belda, J.
Escudero, J. L. Illanes, P. O’Callagahn (Ed.). Estudios
en torno a las enseñanzas del Beato Josemaría
Escrivá (Actas del Simposio teológico de estudio en
torno a las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá,
Roma 12-14 de octubre de 1993). Eunsa, Pamplona
1996.

1
 El término ideología, en el período de la Ilustración,
indica aquel sector de la filosofía que se basa en la
búsqueda del origen de las ideas y de su diversa
organización. Este significado se abandonó
posteriormente. En el lenguaje corriente,
especialmente a partir de Marx, se entiende por
ideología la doctrina que recibe su fuerza, no ya de la
verificación objetiva de sus afirmaciones, sino más
bien de los intereses que la sostienen y de los fines
prácticos que persigue. La razón de ser de la ideología
consiste en asegurar una justificación del sistema y del
poder que allí se ejerce.

TEORIAS DE LA CORRESPONDECIA:
Teoría de la correspondencia.
La teoría de la correspondencia fue desarrollada por
Bowles y Gintis, en ella afirman que las relaciones que
se producen en la escuela se corresponden con las
relaciones que existen en los ambientes sociales de
producción.
Aquí podemos hacer referencia a otro autor que ya
hemos analizado, que es Becker, el cual exponía su
idea de que la escuela era equiparable a una empresa,
ya que esta producía bienes y productos, mientras que
la escuela producía mano de obra.
Siguiendo con la teoría de la correspondencia, los
autores apoyan la idea de que las reformas educativas
hechas en  norteamérica fracasan porque en lugar de
ser complementarias a la reforma económica son
sustitutivas, eso quiere decir que el gobierno en lugar
de arreglar o modificar la economía reformando la
parte productiva, lo pretende hacer modificando
solamente la parte educativa.
Sostienen la idea de que la escuela es el medio de
reproducción de la desigualdad en el sistema
capitalista. También podemos hacer referencia a
Baudelot y Establet partidarios de que la escuela sirve
como medio de reproducción social, es decir que
reproducen el discurso de la burguesía, en este caso
la escuela reproduciría el esquema capitalista,  nos
llevaría a la reproducción social a la que Berstein hacía
referencia.
Continuando, encontramos que los autores de la teoría
de la correspondencia opinan que la escuela guía al
éxito a aquellos alumnos que considera que cumplen
los objetivos, y por tanto pueden acceder a mejores
estudios, y en un futuro a puestos de trabajo más
remunerados.
Para Bowles y Gintis la solución a este sistema
educativo y esta forma de reproducción cultural está
en instaurar una mayor democracia en el lugar de
trabajo, y transmitirla a la escuela.
Trayendo este tema a la actualidad, es muy fácil
encontrar una comparación válida, en España hay
reformas educativas continuamente  (normalmente
cuando cambia el partido que gobierna), el objetivo de
estas reformas es disminuir el paro juvenil, acabar con
el fracaso escolar, etc... en definitiva reforman la
educación para obtener mejores resultados
económicos.
Con la última reforma, la LOMCE, el gobierno realiza
pruebas en determinados cursos para encaminar a los
alumnos según sus notas hacia un camino académico
u otro según convenga a los intereses de la economía
del país, por ejemplo di un chico saca un 10 en esa
prueba le dirigirán hacia una enseñanza de grado, con
el objetivo de que en un futuro obtenga un buen puesto
de trabajo en el cobre una gran cantidad de dinero,
mientras que si otro chico saca un 3 probablemente le
incitarán a estudiar una FP para que en el futuro sea
mano de obra y no confía en que él también podría
ocupar u puesto tan importante como el anterior si se
lo propusiera o la escuela fuera capaz de incidir en él y
conseguir que mejorase sus resultados.

Teoría pragmatista de la verdad.


La teoría pragmática de la verdad se refiere a esas cuentas, definiciones y teorías de la verdad,

concepto que distingue la filosofía del pragmatismo y pragmatismo. La concepción de la verdad en

cuestión varía a lo largo de las líneas que reflejan la influencia de varios pensadores, en un principio,

y sobre todo, Charles Sanders Peirce, William James y John Dewey, pero una serie de características

comunes se pueden identificar. Los rasgos más característicos son la dependencia de la máxima

pragmática como un medio para aclarar el significado de los conceptos difíciles, la verdad,

en particular, y un énfasis en el hecho de que el producto de diversas maneras con la marca de la

creencia, la certeza, el conocimiento o la verdad es el resultado de un proceso, a saber, la

investigación.

Teoría coherentista de la verdad


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La teoría coherentista de la verdad, o teoría de la verdad como
coherencia, es una teoría de la verdad que sostiene que
una proposición es verdadera solo si es coherente con el resto de las
proposiciones del sistema del que forma parte. Así, la proposición «3 +
5 = 8» es verdadera en la medida que es coherente con las reglas de
la matemática elemental.
Un principio dominante de estas concepciones es que la verdad es
sobre todo una propiedad de sistemas de proposiciones y que sólo se
puede atribuir verdad a proposiciones individuales derivativamente, de
acuerdo con su coherencia con el conjunto. 1 Los teorizadores difieren
principalmente en si la coherencia da lugar a muchos sistemas
verdaderos posibles o si sólo hay un sistema verdadero. Por lo tanto,
en general la verdad requiere la adecuación de los elementos en el
sistema completo. Ideas como esta forman parte de la perspectiva
filosófica conocida como holismo teorético.
En general se considera que la coherencia implica algo más que la
simple consistencia lógica. Así, se considera que la completitud y la
inteligibilidad de los conceptos son dos factores críticos a la hora de
juzgar su utilidad y validez. Las teorías coherentistas de la verdad no
consideran que la coherencia y la consistencia sean meramente
factores importantes de un sistema, sino que estas propiedades deben
de ser suficientes para su verdad.

La teoría Hermenéutica

La hermenéutica (del griego hermenia, que quiere


decir “palabra, habla, don de la palabra, interpretación 
y explicación “) es el conocimiento y arte de la
interpretación, sobre todo de textos, para determinar el
significado exacto de las palabras mediante las cuales
se ha expresado un pensamiento.

A rasgos más sencillos la hermenéutica es la


pretensión de explicar las relaciones existentes entre
un hecho y el contexto en el que acontece.

En sentido teológico, la hermenéutica significa el arte


de la correcta exposición de la sagrada escritura. En la
hermenéutica teológica tanto en la humanística de la
edad moderna se busca la correcta interpretación de
aquellos textos que contienen lo decisivo, lo que es
preciso recuperar. En este sentido la motivación de la
labor de la  hermenéutica no es tanto entender la
dificultad de una tradición y los malentendidos, sino el
deseo de búsqueda de una nueva comprensión,
rompiendo o transformando una tradición establecida
mediante el descubrimiento de sus orígenes olvidados.
La hermenéutica intenta alcanzar una nueva
comprensión volviendo a las fuentes originales.

La hermenéutica fundamenta la separación entre las


llamadas ciencias naturales y las ciencias sociales, y
dadas sus características originales, cedió mucho
terreno frente a la postura positivista del análisis de
contenido norteamericano.

Existen algunas ramas de la hermenéutica:


 
Hermenéutica bíblica
Pretende averiguar el significado histórico del texto
(bíblico), y “darle” la relación, conveniencia y
relevancia, teniendo en cuenta el contexto actual. Es el
puente directo entre el pasaje bíblico (Palabra escrita)
y la realidad protagónica del presente. La
hermenéutica Bíblica, siempre respeta el sentido
histórico y literario del texto, pero abre las puertas para
una interpretación sólida y pertinente, sin violentar en
absoluto lo que se quiso decir inicialmente.

 
Hermenéutica filosófica
Por otra parte, es independiente de la lingüística y
busca determinar las condiciones trascendentales de
toda interpretación. Es decir, interpreta las actividades
del hombre culto.

TEORIA CONSENTUALISTA:

Las teorías consensualista, hacen referencia a los


conflictos sociales como situaciones anómalas de la
sociedad, que se dan ante la alteración del curso
normal de la vida colectiva, mientras que las teorías
conflictivistas, se refieren al conflicto como las
contradicciones de la vida en sociedad, entendidas
estas como contraposición de objetivos que provocan
confrontación de intereses. Esta teoría, asociada a la
mirada positiva del conflicto social, comprende el
conflicto como imperativo estructural y motor del
cambio social. A continuación se abordarán las
grandes teorías del conflicto, haciendo primero una
introducción a la teoría marxista, que a pesar que no
es sobre el estudio del conflicto, sino sobre la
estructura social, brinda un soporte teórico importante
en las teorías del conflicto

). División de la Certeza (Física, metafísica y moral):


 La certeza. [136]

a) Decimos que hay certeza en nuestro entendimiento cuando éste,


conociendo o creyendo conocer algún objeto con toda claridad y
evidencia, forma acerca de él algún juicio acompañado de tal firmeza y
seguridad, que excluye todo temor de que sea falso o erróneo. He
dicho o creyendo conocer, porque sucede alguna vez que el
entendimiento se adhiere y asiente con entera firmeza o seguridad a
alguna cosa, la cual, no obstante esto, no es realidad como expresa el
juicio cierto. Ésta es la que se llama certeza falsa, o falaz, cuyas
causas más frecuentes y poderosas son: 1º la precipitación en juzgar
sin haber examinado el objeto con la atención que merece, atendidas
sus condiciones: 2º y acaso lo principal y más frecuente, la influencia
de la voluntad, la cual, como dueña y causa de los actos
humanos quoad exercitium, mueve, induce y aplica al entendimiento a
asentir con firmeza, sin que preceda la evidencia necesaria al efecto.

Así, pues, la certeza, considerada como estado determinado del


entendimiento con respecto a la verdad, puede definirse: la adhesión
firme y estable del entendimiento a alguna cosa, de manera que
excluya todo temor de lo contrario.

b) Además de esta certeza que podemos llamar subjetiva, porque


denota un estado determinado del entendimiento con respecto a la
verdad, es preciso admitir otra certeza relativa al objeto de dicha
adhesión del entendimiento, y que por lo mismo puede
llamarse objetiva. Esta certeza no es más que la capacidad o aptitud
del objeto para producir en el entendimiento asenso firme y estable. Y
digo en el entendimiento humano, porque una cosa que es dudosa o
probable para el entendimiento humano, puede ser cierta para una
inteligencia superior. Llámase con razón objetiva, porque se refiere
principalmente a la condición del objeto o verdad cognoscible; pues ya
sea que el entendimiento asienta o no asienta con firmeza a esta
proposición, el todo es mayor que la parte, siempre será innegable que
dicha proposición es cierta con certeza objetiva, o lo que es lo mismo,
que por su misma naturaleza exige producir asenso firme en el
entendimiento del hombre. [137]

c) La certeza se divide en metafísica, física y moral. Habrá


certeza metafísica, cuando el asenso del entendimiento y el motivo
que lo determina radican en la esencia del objeto, de manera que la
conexión o repugnancia entre el predicado y el sujeto es inmutable y
necesaria. Física es la certeza que estriba en las leyes constantes de
la naturaleza, y por lo mismo sólo envuelve necesidad e inmutabilidad
hipotética, pero no absoluta, como la metafísica. La certeza moral es
la que, o estriba en las leyes morales a que obedece generalmente la
naturaleza humana, las cuales pueden faltar en algún caso singular y
concreto, o la que estriba en el testimonio de otros hombres. Ésta es la
más imperfecta; porque la no existencia de la conexión o repugnancia
entre el predicado y el sujeto, no lleva consigo ni la suspensión o
defecto de las leyes físicas y constantes de la naturaleza, como
sucede en la física, ni la destrucción de la esencia, ni del principio de
contradicción, como la metafísica. Sin embargo, la certeza moral que
estriba en el testimonio de los hombres, algunas veces va
acompañada de tales condiciones y circunstancias, que equivale a la
física; así, por ejemplo, la existencia de París es para mi tan cierta
como pueda serlo la caída de la piedra abandonada a sí misma en el
aire; porque la falsedad de lo primero llevaría consigo o exigiría que
faltasen simultáneamente varias leyes morales relativas al hombre.
Las proposiciones: el todo es mayor que la parte: los radios tirados
desde el centro a la circunferencia en un círculo son iguales, pueden
servir de ejemplos para la certeza metafísica.

d) Aunque esta división de la certeza se puede acomodar a la


subjetiva, según se desprende de lo que acabamos de exponer,
conviene, sin embargo, y se refiere con más propiedad a la objetiva;
porque la verdad es que lo que separa y distingue principalmente la
certeza moral de la física, y ésta de la metafísica, son los motivos o
fundamentos que inducen a asentir con mayor o menor firmeza, en
relación con la naturaleza y condiciones del objeto.

e) La certeza subjetiva, si se toma adecuadamente, puede decirse


indivisible, en atención a que cualquiera que sea su [138] condición o
especie, es preciso que excluya el temor de la parte contraria. Mas si
se considera la certeza subjetiva parcialmente, inadaequate, o sea
bajo un punto de vista determinado, no hay inconveniente en decir que
es divisible, según que la adhesión al objeto se realiza con mayor o
menor celeridad, ímpetu y firmeza. Para mejor inteligencia de esto
téngase presente que la certeza subjetiva consta, por decirlo así, de
dos elementos, uno positivo, que es la adhesión del entendimiento, y
otro negativo, que es la negación o exclusión de temor por la parte
contraria. Por parte del elemento negativo la certeza es indivisible y no
admite grados; por parte del positivo, no veo inconveniente en decir
que es susceptible de grados.

B) Por lo que hace a los demás estados posibles del entendimiento


al orden a la verdad, pueden reducirse a los siguientes:

a) El error que viene a ser la adhesión del entendimiento a una


cosa falsa que aprende como verdadera. Esta adhesión unas veces va
acompañada de certeza subjetiva, pero nunca de la objetiva, porque
ésta es incompatible con la adhesión a una cosa falsa: otras veces va
acompañada de sólo probabilidad y entonces resultan las opiniones
falsas.

b) La duda se opone diametralmente a la certeza, y es aquel


estado de entendimiento en el cual éste suspende el juicio acerca de
un objeto o proposición sin asentir ni disentir. Si esta suspensión de
juicio acerca de una proposición procede de la carencia de razones o
motivos en pro y en contra, habrá duda negativa; v.g., en esta
proposición: las estrellas son pares, si suspendo el juicio porque no
tengo razón alguna para afirmar que son pares ni para afirmar que no
lo son, tendré duda negativa. Si la suspensión del juicio reconoce por
causa la igualdad de razones en pro y en contra de una proposición,
entonces la duda se llama positiva.

c) La opinión viene a ser como un estado intermedio entre la duda y


la certeza, y puede definirse: el asenso del entendimiento a una
proposición con temor de que la contradictoria sea verdadera. Claro es
que este estado del entendimiento [139] es susceptible de grados;
pues cuanto más fundado y firme sea el asenso a una parte de la
contradicción, menor será el temor de la parte opuesta y viceversa.
La sospecha puede considerarse como un principio o primer grado de
la opinión.

d) Finalmente, la ignorancia es la privación o carencia de


conocimiento. Si esta carencia se refiere a todos los objetos, como
acontece al niño recién nacido, será ignorancia absoluta; si tiene lugar
con respecto a algún objeto, se dirá relativa. Ésta última, si es de tal
naturaleza que nada conocemos acerca de un objeto determinado, se
podrá decir completa con respecto a aquél objeto; si conocemos
algunas cosas de él, por ejemplo, la existencia, sin conocer otras, se
dirá incompleta.

LA EVIDENCIA OBJETIVA COMO CRITERIO DE


CERTEZA:
Como entre el entendimiento y lo verdadero existe una relación
trascendental, relación inseparable e identificada con el primero,
puesto que al concebir entendimiento lo concebimos necesariamente
como facultad de la verdad o de lo verdadero, de aquí es que las
afecciones y atributos que convienen al uno, suelen convenir
también per participationem y atribuirse al otro de una manera más o
menos perfecta y propia. Hemos visto que
la certeza conviene primari o al entendimiento, y secundario o minus
proprie al objeto. En la evidencia sucede lo contrario;
porque primario, y según su significación directa y propia se refiere al
objeto o verdad que se trata de conocer: secundariamente, y como ex
consequenti se refiere y se atribuye al entendimiento.

2ª De aquí la división de la evidencia en objetiva y subjetiva. La


primera puede definirse: la aptitud del objeto para presentarse al
entendimiento con tal viveza y lucidez de verdad, que le obliga a un
asenso vehemente e irresistible. La viveza y lucidez con que se
presenta la verdad al entendimiento en esta posición u objeto
complejo: el todo es mayor que la parte, es de tal condición que impele
al entendiendo a asentir de una manera irresistible. Así, pues, la
evidencia objetiva no es más que el resplandor vivo, enérgico y
avasallador de la verdad en el objeto. La evidencia subjetiva es la luz
innata con la cual el entendimiento percibe con viveza y claridad los
objetos dotados de evidencia objetiva.

3ª La evidencia objetiva es invariable, como lo son los objetos en


que existe: la subjetiva varía en diferentes sujetos, según el grado de
poder y energía intelectual de que se hallan dotados. Por eso
observamos que lo que es evidente para un talento superior, no lo es
para otro inferior o para un entendimiento no cultivado.
LA EVIDENCIA GENERAL COMO CRITERIO DE
CERTEZA:
CRITERIO DE VERDAD (O DE EVIDENCIA)

CRITERIO QUE NOS PERMITE DECIDIR LA VERDAD DE NUESTRAS


CREENCIAS: SON VERDADERAS AQUELLAS PROPOSICIONES EVIDENTES, ES
DECIR, LAS PROPOSICIONES “CLARAS Y DISTINTAS”.

      Llamamos criterio al requisito o requisitos que podemos utilizar


para la valoración de algo; por ejemplo, podemos utilizar como criterio
para la corrección de un examen que todos aquellos alumnos que
lleguen al cuatro aprueban, y el resto suspenden. Cuando utilizamos
un criterio las cosas que valoramos con él quedan divididas al menos
en dos grupos: las que lo cumplen y las que no lo cumplen. Cabría
pensar que también es posible utilizar un criterio para valorar la
perfección de nuestros conocimientos en relación a su pretensión de
verdad, en relación a la verdad que de ellos podemos esperar. Esto
es precisamente lo que ocurre con la regla de evidencia. El
cumplimiento de la regla de evidencia permite asegurar la certeza.
Descartes obtiene el criterio de verdad a partir de la primera verdad
descubierta con el ejercicio de la duda metódica. Lo que garantiza la
verdad de la proposición “pienso, luego existo” es su claridad y
distinción, por lo que podemos aceptar como “una regla general
que todas las cosas que percibo muy clara y distintamente son
verdaderas” (“Tercera Meditación”).
      De todos modos este “criterio de verdad” no tiene total garantía
hasta que no se demuestra la existencia de Dios y su bondad, y ello,
básicamente, por la radicalidad de la duda metódica: la hipótesis del
genio maligno pone en cuestión incluso la veracidad de aquello que
parece mostrarse como más evidente (con claridad y distinción), por
ejemplo que dos más tres sean realmente cinco,  y llega a cuestionar la
propia matemática, tanto las proposiciones matemáticas a las que se
llega por deducción, como las verdades más simples a las que parece
llegarse por intuición. Muchos lectores de las “Meditaciones
metafísicas” han señalado que en este punto Descartes parece caer
en un círculo vicioso: podemos llegar a la demostración de la
existencia de Dios si vemos con “claridad y distinción” que cada uno
de los pasos que seguimos en la argumentación es verdadero. Pero, a
su vez, la claridad y distinción como criterio de verdad para
conocimientos que no son los del cogito, sólo queda suficientemente
justificada si Dios existe. El mismo Descartes intenta dar una
respuesta a esta cuestión, pero no lo hace de un modo totalmente
satisfactorio. En su respuesta indica que Dios se utiliza como garantía
solamente de aquellas ciencias que aprehenden conclusiones y
necesitan de la memoria. La veracidad divina garantiza que no me
engaño al pensar que son verdaderas aquellas proposiciones que
recuerdo haber percibido clara y distintamente. Algunos interpretes
intentan resolver esta cuestión indicando que Descartes distinguió
entre el simple acto de visión mental de la verdad de algo (la
evidencia) y el conocer ese algo con ciencia perfecta. Podemos tener
claridad y distinción de la verdad “los tres ángulos de un triángulo son
iguales a dos ángulos rectos”, pero no tenemos ciencia perfecta hasta
que no hayamos demostrado que Dios existe y es bueno. En este
sentido dice Descartes que un ateo puede conocer claramente que los
tres ángulos de un triángulo son iguales a dos rectos pero que “tal
conocimiento, de su parte, no puede constituir verdadera ciencia”
(“Respuesta a las Segundas Objeciones”).

OPINIÓN

Del latín opinio, una opinión es un juicio que se forma sobre algo


cuestionable. La opinión también es el concepto que se tiene
respecto a algo o alguien. Por ejemplo: “En mi opinión y a pesar de
ciertas críticas, se trata de un gran pianista”, “Paula tiene una opinión
poco favorable sobre mis amigos”, “Manuel me dio su opinión acerca
del problema y creo que tiene razón”.

Se conoce como opinión pública a la estimación general de


una población acerca de un asunto determinado. La opinión pública
es algo abstracta, ya que sólo puede recogerse mediante encuestas o
trabajos similares. Los medios de comunicación son uno de los
principales formadores de opinión pública dado que el tratamiento que
realizan de la actualidad incide en el pensamiento de la sociedad: “El
presidente no ha escuchado a la opinión pública”, “La opinión pública
exige respuestas ante los problemas de inseguridad”.

Para la filosofía, la opinión es una proposición donde no se tiene la


confianza total sobre la verdad del conocimiento. Esto supone que la
opinión admite la posibilidad de error ya que no hay evidencia plena.
En este sentido, la opinión se considera como una afirmación con
menor evidencia de la verdad que una certeza.

La opinión, de todas maneras, suele asociarse a los juicios


subjetivos. La frase “Este coche tiene cuatro ruedas” no es una
opinión ya que puede contrastarse frente a la realidad del coche. En
cambio, una frase del tipo “Este es el mejor coche de la actualidad” es
una opinión porque depende de lo que el emisor de dichas palabras
espere de un coche, de sus conocimientos técnicos y de una serie de
cuestiones muy personales.

DUDA

Una duda es una indeterminación entre dos decisiones o dos


juicios. Se trata de una vacilación que puede experimentarse ante un
hecho, una noticia o una creencia. Por ejemplo: “La versión oficial de
esta historia me genera una gran duda”, “Profesora, tengo una duda
respecto al tema que acaba de explicar”, “No hay duda: se trata de un
gran jugador que beneficiará al equipo”.

En el ámbito del Derecho también existe otra locución verbal que usa
el término que estamos abordando ahora. Nos estamos refiriendo a la
expresión “el beneficio de la duda”, que viene a referirse a aquella
absolución de un imputado que lleva a cabo un juez por considerar
que no existen pruebas fundadas que hayan podido demostrar la
culpabilidad del mismo.
La duda supone un estado de incertidumbre: donde hay dudas no
hay certezas. Si una persona duda sobre algo, no está seguro de la
validez de esa cuestión. La duda es un límite a la confianza ya que,
donde hay dudas, no existe la creencia en la verdad de
un conocimiento.

La duda puede afectar a una creencia o pensamiento o proyectarse


hacia la acción. Un hombre puede dudar sobre la fidelidad de su
esposa y seguir actuando sin cambios, o puede transformar esa duda
en una decisión y plantearle el problema a la mujer.

En otros casos, la duda puede implicar una suspensión de la


decisión: “Tenía pensado invertir mis ahorros en un campo pero ahora
tengo una duda: ¿será una buena decisión ante este contexto
económico?”

Los filósofos destacan que, cuando una duda es aceptada como


ignorancia (el sujeto duda porque no sabe o, al menos, carece de
certezas), puede convertirse en una fuente de conocimiento ya que
impulsa a la reflexión, el estudio y la investigación.

El Error. Podemos entender como la representación parcial e


inapropiada de objetos y fenómenos de la realidad en la conciencia
humana. El error no puede ser considerado como la mentira, esto es
como la deformación intencional del auténtico estado de las cosas.
Alguien que yerra, piensa con naturalidad que se acerca a la verdad.
El problema del error se inscribe en el contexto de la problemática
clásica de la filosofía. Los antiguos filósofos veían la fuente del error
en la imperfección de la escala sensorial del conocimiento humano y
en común por las facultades cognoscitivas del ser humano..

Diversos filó sofos y el error


 Bacon hurgaba la raíz del error en las ideas falsas que llamaba fantasmas o
ídolos, que puede se superado acudiendo a la experiencia y la inducción.
 Leibniz consideraba como sustentos del error, la carencia de pruebas, la fe en
las autoridades, los sentidos y las emociones.
 Kant tomaba como causa del error la imperfección moral ínsita en la naturaleza
humana.
 Hegel se aproximó fecunda y certeramente al planteamiento moderno del error,
expresando que el error es un peldaño o un momntoen el desarrollo de la verdad.

Errores ló gicos
Respecto a la tesis demostrada

Respecto a los argumentos de la demostració n

Respecto a la forma de demostració n

LA CERTEZA Y LA VERDAD EN EL DERECHO:


CERTEZA Y VERDAD EN EL DERECHO SUMARIO: I. LA POSIBLE
ESCISIÓN ENTRE CERTEZA Y VERDAD: 1. Unas referencias
doctrinales como punto de partida.- 2. Las certezas públicas de las
verdades oficiales.- 3. Consistencia y variedad de las verdades
oficiales.- 4. La justificada asunción instrumental de las verdades
oficiales. II. LA CERTEZA DE LAS VERDADES OFICIALES: 5. Breves
indicaciones taxonómicas.- 6. Las verdades judiciales revestidas de
autoridad.- 7. Las verdades presuntas.- 8. Las verdades
presupuestas.- 9. Las verdades aparentes.- 10. Las verdades
simuladas.- 11. Las verdades fiduciarias.- 12. Las verdades ficticias.-
13. Las verdades falsas. III. APRECIACIONES CONCLUSIVAS: 14. La
razonable divergencia entre certeza y verdad.- 15. Colofón. 4 I. LA
POSIBLE ESCISIÓN ENTRE CERTEZA Y VERDAD 1. Unas
referencias doctrinales como punto de partida. Un notable filósofo
jurista de nuestro tiempo, italiano de indudable ascendencia hispana,
Flavio Lopez de Oñate, ha señalado con precisión, en un libro
devenido famoso, que cada uno de los individuos recibe del
ordenamiento, impuesto por la autoridad, “la certeza de sí mismo y la
garantía de su acción, que es garantía de su individualidad, de su
realidad y de su persona”, de manera que, en cuanto que “la exigencia
más viva de defensa del sujeto es su individualidad, precisa, singular e
irreductible”, “la exigencia de certeza del derecho es por eso la más
ineliminable exigencia ética, de su específica eticidad, que el derecho
encuentra en nuestra época”, por lo que, al atribuir el derecho
facultades a cada individuo, le otorga también “la certeza de que su
voluntad puede ser realmente querida” y entonces “el sujeto, con la
certeza, conquista la seguridad”. Ahora bien, otro asimismo notable
filósofo, el napolitano Giambattista Vico (1668-1744), que ya había
expresado en alguna ocasión la profunda reflexión de que cuando los
hombres no pueden alcanzar la verdad se atienen a lo cierto, vino
también a afirmar, en una línea argumental que puede superponerse,
que certum ab auctoritate est mientras que verum (est) a ratione,
añadiendo a esta consideración la de que auctoritas cum ratione
omnino pugnare non potest, nam ita non leges essent, sed mostra
legum, que ha sido considerada por algunos como contradictoria con
la anterior afirmación. Es posible, sin embargo, según creo, coordinar
con cierta facilidad los dos pasajes relativos al derecho acabados de
transcribir, puesto que, usando las mismas palabras latinas en su
traducción directa, se puede significar que, si es cierto que “la
autoridad no puede pugnar enteramente con la razón”, porque, en su
caso, las leyes “no son leyes sino monstruos de leyes”, también lo es
que, si lo que afirman las normas es “cierto por autoridad”, puede
perfectamente suceder que lo que digan las leyes no se asiente en la
verdad, ya que ésta no depende de lo que se diga con autoridad
puesto que la “verdad es -o, lo que es lo mismo, se aprecia- por la
razón”. Sobre la inicial base de estas por lo demás bastante sencillas
indicaciones, debemos tener en cuenta que el derecho, tratando de
propiciar la conservación de la sociedad y, por tanto, una convivencia
ordenada y en el mayor grado posible pacífica, busca
fundamentalmente proporcionar a 5 los consociados, en el aspecto
objetivo, seguridad jurídica o estable y precisa fijeza del régimen que
determina el alcance de las situaciones que les afectan y, en el
aspecto subjetivo, certeza y predecibilidad sobre la juridicidad y sus
consecuencias aplicativas, ya que sin la implantación de ambas no
podría alcanzarse el mejoramiento o perfeccionamiento social que da
lugar al valor de la justicia, proclamado como superior por el art. 1.1 de
nuestra Constitución. En relación a estas mismas indicaciones hemos
de considerar también, como ha puesto magistralmente de relieve, en
su magnífica obra de teoría general del derecho, el procesalista
español Jaime Guasp, que tal seguridad se coordina
complementariamente con la certeza que asimismo deriva del
ordenamiento y en función de las cuales los ciudadanos se conducen
y se deciden respecto de sus actividades. Lo que ocurre es que, ya a
partir de estas primeras y breves referencias doctrinales, no puede
dejar de apreciarse que, según es constatable, lo que el derecho dice
y afirma como cierto, en función de su autoridad, no siempre se
corresponde con la verdad, que se percibe o se descubre por la razón,
de manera que, si bien en la mayoría de los casos el ordenamiento
dispensa seguridad a través de la certeza que se deriva de la realidad
de una manera directa y natural, no faltan ocasiones en que las leyes,
debiendo proporcionar certeza para cumplir -publice interest- su
función de organización de la vida social, han de recurrir, de manera
indirecta y artificial, a provocar ellas mismas, creando esa particular
realidad jurídica que es fruto de la dimensión constitutiva del derecho,
la certeza que procura certidumbre y seguridad a los ciudadanos. En
función de este particular modo de operar del ordenamiento, se puede
entender, por ejemplo, que una cosa sea considerada indivisible por el
derecho porque “esencialmente” lo es en la realidad, pero que también
se la pueda tener por indivisible porque así lo ha decidido la ley, como
es el caso de la llamada unidad mínima de cultivo, de la parcela
mínima urbanística o de la extensión mínima de explotación forestal, y
que asimismo se afirme legalmente que es indivisible la cosa que
dividida resultaría inservible para el uso a que se destina o, incluso, la
cosa que desmerecería mucho por su división. Por otra parte, esa
misma dimensión constitutiva mediante la cual tiende el derecho a
organizar la vida social determina que una cosa es inmueble porque lo
es “por naturaleza”, pero también que se consideran inmuebles,
porque así se considera que conviene, los tractores o los sacos de
abono destinados a la explotación de una heredad. Ello puede ser así,
en definitiva, porque, mientras que “la verdad es” por si misma, “la
certeza se asevera” y porque la aserción de la certeza lo mismo puede
proceder de una 6 contemplación o de una verificación de la realidad
-que es res quidem vera- que agotarse -pro certo o pro veritate
habetur- en una mera, aunque eventualmente justificada, declaración.
2. Las certezas públicas de las verdades oficiales. Aunque pueda
decirse, según una apreciación doctrinal muy extendida, que, a
diferencia de los enunciados sobre hechos que pueden ser verdaderos
o falsos -“apofánticos”, según la terminología de los expertos- las
reglas del derecho no son, en cuanto proposiciones normativas que
expresan discursos directivos, ni verdaderas ni falsas, “la ley hace
saber a cada uno lo que puede querer”, de modo que “precisamente
en ello se realiza el beneficio que se hace posible con su certeza”. De
este modo las normas proporcionan las vías a través de las cuales -y
en razón de la seguridad derivada de la certeza que aquéllas
proponen- pueden transitar útilmente los particulares. En este sentido,
y de una parte, la observancia de las reglas establecidas como
portadoras de certeza otorga validez y eficacia a los actos de los
ciudadanos y su inobservancia determina para ellos una sanción
desfavorable y, de otra, la misma finalidad de orientación jurídica que
de las normas deriva suministra certezas sobre los otros consociados,
sobre la trascendencia de sus actos o sobre los derechos que les
corresponden y las situaciones que les afectan o señala los medios de
averiguación determinativa de tales derechos y situaciones en caso de
controversia. Con estas últimas finalidades apuntadas, que germinan
en el seno del iluminismo como respuesta a la exigencia de
racionalidad jurídica, se corresponden las que por algunos se ha dado
en llamar “certezas públicas”, que proporciona el poder ejecutivo -así
las certificaciones, las escrituras notariales, los asientos de los
registros civil, de la propiedad o mercantil, las resolución
administrativas, las cédulas de habitabilidad o las determinaciones
municipales de uso de los inmuebles-, que proclama el poder
legislativo -así la determinación de las posiciones jurídicas de los
ciudadanos con la consiguiente atribución de acciones en defensa de
sus derechos- o que provoca con su actuación el poder judicial por
medio de la autoridad de cosa juzgada que adorna a la sentencia
firme. Se ha llegado incluso a decir que algunas de dichas actividades
públicas no son sino expresiones del hecho de que, “por siglos, los
operadores jurídicos se han encontrado como fascinados por lo que
podría llamarse el «mito de la verdad» y han creído que el uso
adecuado de determinados instrumentos materiales y jurídicos podría
proporcionar representaciones exactas de la verdad, tanto de la
verdad histórica como de la verdad científica”. 3. Consistencia y
variedad de las verdades oficiales. 7 Es cierto que la perfecta
coincidencia con la realidad de las aludidas certezas o
representaciones oficiales de la verdad se resiente o se encuentra
mediatizada frecuentemente por los propios mecanismos internos que
se desenvuelven dinámicamente en la vida social y que
necesariamente se reflejan en la configuración de la realidad jurídica.
Piénsese, en cuanto al primero de los aspectos de la formulación de
las denominadas “certezas públicas” a que se acaba de hacer
referencia, que el registro civil puede manifestar que están casados
quienes han simulado, según no es infrecuente, la celebración de una
boda como expresión del llamado matrimonio de complacencia o que
un sujeto es hijo de quien ha llevado a cabo un mero reconocimiento
de los igualmente conocidos con la misma denominación; que el
contenido de la escritura notarial puede ser la expresión de una venta
de alcance solamente fiduciario y hecha en garantía de un acreedor
que aparece como comprador; o bien que lo que dice el registro de la
propiedad no se ajusta a la realidad, según ponen de relieve los
abundantes supuestos de aplicación por los tribunales del art. 34 de la
ley hipotecaria. Por otra parte, las leyes recurren en no pocos casos a
ficciones, como la de considerar decisión positiva o negativa de la
Administración al llamado silencio administrativo, y a presunciones,
como la que atribuye la paternidad del hijo al marido de la madre por
consecuencia de cuanto dispuesto en el art. 116 del Código civil. En
cuanto al proceso, cuya finalidad se ordena -pro re certa- a la
apreciación reconstructiva, plausible y razonable de unos hechos
verificados mediante la pertinente prueba y a tomar en consideración,
en función de dicha apreciación o discretio veritatis y de la calificación
jurídica que convenga a tales hechos, una “verdad” sobre la que
decidir aplicando las normas, puede perfectamente ocurrir que cuanto
decide el juez, que, en la tradición de la regla ulpianea de que res
judicata pro veritate habetur y como “verdad judicial”, está adornado -si
su sentencia ya es firme- de “certeza”, no se corresponda con la
“verdad objetiva”, pero que, aún sin “ser verdadero”, deba “ser tenido
por verdadero o ser aceptado como verdadero”. Se trataría, en suma,
de un “subrogado de la verdad” o de una “verdad suficiente” a los fines
de la aplicación de la norma jurídica, verdad únicamente verificable en
el ámbito del discurso propio del proceso y que, cuando la sentencia
que la determina deviene firme, adquiere, en aras de la seguridad
jurídica y como conveniente aceptación del “mal menor”, la eficacia de
la “certeza” o de “hacer creer verdadero” lo que acaso no es tal en la
realidad. Se da lugar así a una “convencionalidad de la verdad” de las
decisiones judiciales, de modo que, por eso, puede decirse, en
conclusión, que lo definitivamente juzgado “es verdad, pero (que) 8
aunque no lo fuera produce los mismos efectos que si lo fuera”, de
modo que, “tanto si es verdad como si no lo es, es como si fuera
verdad”. De aquí que a la decisión del juez se le denomine “veredicto”,
palabra que procede de una latinización que significa “dicho
verdadero”. Es en razón de todo ello por lo que en el derecho
encontramos certezas que se constituyen sobre verdades que
efectivamente lo son pero también, necesariamente, certezas que se
asientan, al no poderse amparar en verdades que se corresponden
indudablemente con la realidad, sobre verdades que acaso
únicamente lo son en cuanto verdades judiciales revestidas de
autoridad, verdades presuntas, verdades presupuestas, verdades
aparentes, verdades simuladas, verdades fiduciarias, verdades
fingidas o incluso verdades eventual o seguramente falsas, pero que
para el derecho podemos también decir que dan lugar a “certezas
públicas” basadas en “verdades oficiales”. En todos estos casos se
asiste a supuestos que el derecho acoge como “ciertos”, por razones
pragmáticas de utilidad o de conveniencia -de política legislativa, se
podría decir más técnicamente-, y que acaso no son ciertos o que son
seguramente inciertos, pero que son formalmente constituidos como
“verdades putativas” y, como tales, “creíbles como ciertas” a los fines
organizadores del ordenamiento, que las asume -siempre sobre el
sustrato o denominador común de proporcionar seguridad jurídica- ya
sea en función de atender a la equidad, como en el caso de las
verdades aparentes o de las verdades ficticias, ya en función de
atender a la llamada economía procesal o de favorecer la tranquilidad
social y aprovechar para ello la inferencia que proporcionan los datos
de la experiencia o la que sugiere la normalidad, como en el caso de
las verdades presuntas, ya en función de dar cauce a los intereses
lícitos de los consociados, como en el caso de las verdades simuladas
o de las verdades fiduciarias, o ya en función de justificar y no sólo
dictar una regla positiva o una solución jurisprudencial, como en el
caso de las verdades presupuestas. De la manera expuesta, resulta,
pues, que, si las más de las veces la norma de derecho reconoce y
consagra la realidad histórica o material, otras manipula y “modifica su
sentido en función de la conveniencia social” y “otras, en fin, su
preocupación por la conveniencia social le decide a desconocer esta
realidad hasta en su evidencia”. Se puede decir, con palabras de un
ilustre jurista francés, que, “en el primer caso, el derecho busca la
verdad material, que, en el segundo, la deforma y que, en el tercero, la
rechaza”, si bien “es siempre la misma preocupación de oportunidad la
que inspira su preferencia y la que dirige su actitud”. 4. La justificada
asunción instrumental de las verdades oficiales. 9 Estas indicaciones
no nos deben sorprender, puesto que topamos en muchas ocasiones
con supuestos de la realidad práctica que nos rodea que las avalan, y
puesto que, como juristas, somos bien conscientes de que a tales
supuestos, y con independencia de que sean o no verdaderos, el
ordenamiento les otorga certeza -como explicitaremos mediante
ejemplos- y a los que consiguientemente adorna de efectividad, como
si se asentaran en una verdad histórica o material. La simple
enumeración que anteriormente se ha hecho del elenco de la variada
tipología de las diversas verdades que acoge el derecho -las
“verdades verdaderas” o históricas y las diferentes “verdades
oficiales”- nos muestra que, al igual de lo que ocurre en la vida social,
también en relación al derecho se puede decir, como ya enseñara en
sus reflexiones morales Michel de Montaigne (1533- 1592), que “el
reverso de la verdad tiene cien mil caras y un campo indefinido” de
plasmación. Por lo demás, no es arbitrario decir que “no existe una
realidad absoluta objetiva y única” en cuanto que el lenguaje que la
representa “no es un retrato o una fotografía de los hechos”, puesto
que “nuestras descripciones están empapadas de teoría hasta el punto
de poderse considerar que el mundo está contaminado de las palabras
que usamos para describirlo”. Piénsese, por poner un ejemplo que
puede considerarse banal, por referirse a supuestos habituales en la
actividad económica, en los reversos de la verdad que suponen la
sociedad -anónima o de responsabilidad limitada- denominada
unipersonal o la sociedad de varios socios del todo dominada, acaso
mediante los sutiles instrumentos de la llamada ingeniería financiera,
por una sola persona: la primera, según razón, no podría existir ni
responder a la verdad, en cuanto que sociedad y unipersonalidad son
conceptos contradictorios que respectivamente se excluyen, pero que
para el derecho constituye una entidad indudablemente cierta; y en
cuanto a la segunda, su apariencia de sociedad es tranquilamente
admitida como certeza por el derecho, que sólo intenta descubrir la
verdad que bajo ella se oculta, mediante el llamado “levantamiento del
velo”, cuando considera que tal reverso de la verdad resulta dañino e
intolerable y con “el fin de evitar -según expresión de que se sirve
habitualmente la jurisprudencia- que, bajo la protección de esta ficción
o forma legal, puedan ser perjudicados intereses públicos o privados
en términos de fraude”. Todo ello sin abundar en la consideración de
que las persona jurídicas, por más que se quiera ver en ellas una
realidad original directamente derivada de la existencia de hecho de
un grupo de personas, de una convergencia de intereses o incluso de
un simple objetivo independiente a satisfacer, no dejan de tener un
carácter artificial y ficticio y, en definitiva, puramente formal, aunque
estén postuladas por atendibles exigencias económicas o sociales. 10
Como se indicaba antes, no nos debe sorprender a los juristas este
desdoblamiento entre “certeza” y “verdad”, si advertimos que, aunque
la realidad es más compleja, el derecho no toma propiamente en
cuenta sino un universo depurado, “lo que corresponde a la diferencia
entre el universo real y su representación”; si consideramos la posible
utilidad del recurso a la representación de tal escisión por parte del
legislador, como evidencia de manera ejemplar el art. 460, 4º, del
Código civil -en cuya regla conviven casos de posesión que responden
a una “verdad histórica o real” y otros que se reportan a una “realidad
virtual o jurídica”, que, sin ser verdadera, se presenta legalmente como
“cierta” -; y si pensamos también, en el concreto plano de la praxis,
que en un pleito cada parte alega, relata e intenta probar unos hechos
y defiende, a través de la argumentación persuasiva de su abogado,
“su propia verdad” y rebate y contradice lo que para la parte adversa
es asimismo “su verdad”, de cuyas dos opuestas “verdades” o
hipótesis de decisión será en definitiva “cierta” o “verdad oficial” la que,
a través del proceso y mediante la “interpretación de los hechos” que
ante él se presentan o de las normas legales que debe aplicar decida
el juez, aunque acaso su sentencia no acoja, ya sea un función de la
aludida interpretación de los hechos y de las normas o ya sea por
consecuencia de incurrir en el llamado error judicial o en una actuación
prevaricadora, la verdad de la parte que la tiene sino precisamente la
tesis de la parte a la que no asiste la verdad. De las anteriormente
relacionadas “certezas públicas” derivadas de “verdades oficiales” se
puede decir, en definitiva, que constituyen el resultado materializado
de una representación deformada de la realidad -o incluso de un
rechazo de la misma- que es eficiente desde el punto de vista
normativo y organizador de la sociedad y que, desde la perspectiva de
tal finalidad y en cuanto que provienen de los poderes públicos o son
consentidas por ellos, participan tales “certezas” de una especial
autoridad, si bien, en cuanto que lo que se expresa a través de las
mismas es el buscado resultado de dicha deformación o del aludido
rechazo de la realidad meramente conveniente desde el punto de vista
preceptivo, se constituyen -salvo en algunos casos, como, en
particular, el de las verdades ficticias- como “certezas reversibles” para
el caso de que tal desviación de la verdad, en principio adoptada como
útil, se manifieste como inadecuada o contraproducente. En este
sentido, no se trata de ordinario y necesariamente de meras
invenciones o de puros sucedáneos de la verdad, de modo que, si con
ellas se prefiere, de entrada, obviar el descubrimiento de la verdad o
no se quiere aportar lo verdadero, también se pretende mediante ellas
construir entidades que no sean del todo extrañas al entramado social
-cuyo desenvolvimiento se pretende propiciar mediante la provocación
de la certeza y de la seguridad jurídicas ya antes indicadas- y que 11
sean solamente “verdades vicarias” o instrumentales, sino que se
constituyen, por tanto, en “cuanto más probablemente verdaderas
posibles”. Es en razón de estas mismas consideraciones de utilidad
normativa -y de manera consecuente- por lo que tales entidades, sólo
en algún sentido instrumental artificiales, se configuran precisamente
como transformables o reversibles, por si su persistente artificialidad
puede llegar a ser perniciosa o inconveniente, para cuyo caso
-mediante, verbi gratia, la prueba destructora de la presunción iuris
tantum o la demostración de la simulación- se pueden desmoronar a
través de una oportuna “verificación”. En definitiva, y en un contexto
descriptivo más general, pero en el que se incardinan perfectamente
las indicaciones anteriores, se puede afirmar que las mismas inducen
directamente la idea de que el jurista -y, por tanto, el legislador- es, en
cuanto “artista de la razón”, también artista de la palabra y nos hacen
recordar las brillantes expresiones de un gran dramaturgo francés
contemporáneo cuando afirmaba que “el derecho es la más potente de
las escuelas de la imaginación” y que “jamás un poeta ha interpretado
tan libremente la naturaleza como un jurista la realidad”. II. LA
CERTEZA DE LAS VERDADES OFICIALES 5. Breves indicaciones
taxonómicas. Las verdades oficiales a las que nos venimos refiriendo,
de las que jurídicamente se deriva certeza con independencia de su
correspondencia con la realidad, se afirman, unas veces, directamente
por las normas, como es el caso de las verdades judiciales revestidas
legalmente de autoridad, el caso de las verdades presupuestas -que
descienden de la ley o de los principios generales detectados por la
jurisprudencia-, el caso de las verdades aparentes, el caso de las
verdades ficticias -salvo los escasos supuestos de ficciones
negociales-, el caso de las verdades presuntas y, desde luego, el caso
de las denominadas verdades falsas. En otras ocasiones tales
verdades alcanzan relevancia en cuanto constituidas, en ejercicio de la
autonomía que les compete, por los particulares, como son los
supuestos de las verdades simuladas y de las verdades fiduciarias.
Desde otro punto de vista, las verdades oficiales -que aquí se
examinan fundamentalmente en la circunscrita perspectiva del
derecho civil- pueden ser, según ya se ha sugerido antes, reversibles,
por poder ser descabalgada su transcendencia en orden a reconducir
las cosas a la verdad sustancial, o, por el contrario irreversibles, en
cuyo caso es persistente la divergencia entre la verdad 12 oficial
constituida en certeza por las normas y la realidad histórica o material.
En este sentido, son reversibles las verdades judiciales transidas de
autoridad -siquiera lo sean en supuestos muy tasados-, las verdades
aparentes, las presuntas, las simuladas y las fiduciarias; e
irreversibles, en cambio, las verdades presupuestas, las ficticias y las
falsas. En efecto, mientras la presunción es una suposición de verdad
que autoriza a dar paso a la prueba contraria, la ficción es decisiva
independientemente de su falta de exactitud. Tras la expresión de
estas sucintas precisiones clasificatorias, respecto de las que las
figuras diferenciadas no siempre son entre sí excluyentes,se hace a
continuación un esbozo de las “verdades oficiales” más
características, limitadamente a aquéllas -entia non sunt multiplicanda
praeter necessitatem- que pueden considerarse como más
nítidamente configuradas. 6. Las verdades judiciales revestidas de
autoridad Sobre el sentido de la verdad oficial en que se constituye lo
decidido por el juez cuando su sentencia deviene firme y pasa, como
se dice tradicionalmente, en autoridad de cosa juzgada, se han hecho
ya algunas consideraciones a propósito de su significación, por lo que
ahora parece suficiente hacer algunas breves indicaciones sobre el
alcance objetivo que conviene a la misma. La cosa juzgada a la que la
verdad oficial declarada por el juez se contrae es el objeto propio de la
resolución que con su firmeza se reviste de autoridad y que no es otro
que lo juzgado -esto es, lo enjuiciado y judicialmente decidido-, que
coincide, a su vez y salvo eventuales supuestos de incongruencia, con
el objeto mismo del proceso. Con criterio plausible que no parece estar
en contraste con las vigentes normas positivas, la jurisprudencia viene
a considerar que la autoridad que adorna a la sentencia firme ampara
también a las cuestiones que, aunque no explicitadas en su
formulación literal, se contienen implícitamente afirmadas en la misma.
A propósito de la dimensión material o preclusiva de la cosa juzgada,
se sostiene asimismo con habitualidad que la autoridad que le es
propia alcanza tanto a lo que se ha deducido en el proceso como a
todo lo que, en relación al petitum demandado, podría también
haberse deducido como hecho o como fundamento jurídico
justificativos de lo solicitado. Esta opinión encuentra sufragio en el art.
400 de la ley de enjuiciamiento civil, que, en relación a los hechos y a
los fundamentos o títulos jurídicos en que puede basarse lo solicitado
en la demanda, impone que se aduzcan en ella “cuantos resulten
conocidos o puedan invocarse al tiempo de interponerla, sin que sea
posible reservar su alegación para un ulterior proceso”, regla que se
relaciona y conmisura con el art. 218. 1 13 de la propia ley rituaria, que
acoge y precisa, en cuanto a su virtualidad operativa, el viejo principio
iura novit curia. 7. Las verdades presuntas. Entre las ya antes
indicadas verdades oficiales, las verdades presuntas se proclaman
frecuentemente por el derecho mediante las normas que consideran
verificados ciertos hechos cuya verdad no es segura y cuya
averiguación el derecho ni siquiera promueve directamente. Tal ocurre
con las numerosas presunciones legales, aún en el caso de las
llamadas iuris tantum, a las que con tanta habitualidad recurre el
ordenamiento positivo, con la determinación, de economía procesal,
de aligerar el onus probandi o bien con la intención de excluir del
contenido de dicha carga aquello que es difícil de probar o conviene
presumir en atención a las conveniencias del tráfico. Las presunciones
constituyen, en efecto, en cuanto adoptadas por el legislador “al
considerar que en ocasiones es posible cruzar sin imprudencia la
frontera teórica que separa la probabilidad de la certidumbre”, una
“verdad suficiente” de la que se tiene necesidad, una “suposición de
verdad” que da lugar, en definitiva, a una “certeza”, aunque el valor de
ésta pueda eventualmente claudicar, ya que, como se conviene desde
antiguo, praesumptum esse debet nisi contrarium approbetur,
pudiéndose decir que la posibilidad de la prueba contraria es la nota
característica de la presunción legal. Los ejemplos de afirmaciones de
certezas legales basadas únicamente en verdades presuntas, que se
asientan en la probabilidad que se infiere de datos conocidos con el
apoyo de la experiencia o en la verosimilitud de los mismos en su
correspondencia con la normalidad del id quod plerunque accidit y
que, en cuanto tales, pueden o no corresponderse con la realidad,
podrían multiplicarse. Se pueden recordar aquí desde el caso de la
presunción de la muerte de una persona desaparecida o ausente al de
la presunta consideración de que el mandato es gratuito; desde la
presunción de continuidad posesoria o de posesión intermedia a la
que considera que el arrendatario recibe en buen estado la cosa
arrendada; desde la presunción de comunidad a la opuesta de
pertenencia exclusiva de la pared medianera; desde la presunción de
culpa del deudor de la cosa que se pierde en su poder y debe entregar
a la de la voluntariedad de la entrega por el acreedor del documento
acreditativo de la deuda que se halla en poder del deudor; desde la
presunción de que todas las obras, siembras y plantaciones han sido
hechas por el propietario a la presunción de la ganancialidad de los
bienes existentes en el matrimonio; desde la presunción de igualdad
de las porciones de los partícipes en una comunidad de bienes a las
numerosas presunciones posesorias referidas al mantenimiento del
título 14 con que se posee, a la justicia de dicho título o a que posee
quien tiene su derecho inscrito en el registro de la propiedad,
presumida posesión que, a su vez, se presume pública, pacífica,
ininterrumpida y de buena fe. Puede también recordarse aquí la
presunción de paternidad del marido del hijo al que su esposa da a
luz. Otra presunción legal que supone una verdad oficial, coincidente o
no con la realidad histórica o material, es la que afirma la certeza de
cuanto -aunque, como puede ocurrir, no se corresponda con la
verdad- consta en los libros del registro, por estar establecido que “a
todos los efectos legales se presumirá que los derechos reales
inscritos en el registro existen y pertenecen a su titular en la forma
determinada en el asiento respectivo”. En todos estos casos el
legislador, siguiendo las reglas que se derivan de la probabilidad
basada en la experiencia o de la verosimilitud, deduce plausiblemente
que es lo más probable que de unos hechos ciertos y conocidos, por
admitidos o probados se sigan otros no conocidos que, en
consecuencia de aquéllos, pueden ser presumidos, de manera que
respecto de estos hechos presuntos se dispensa de su prueba a la
parte litigante a la que la presunción favorece. Para no abusar de
enumeraciones que sería bien fácil ampliar, haré una simple mención
de la ideológica “presunción de inocencia”, tan importante en el ámbito
del derecho penal, así sustantivo como procesal, y me entretendré
brevemente en las llamadas presunciones de buena fe, tenidas
también frecuentemente en cuenta por el ordenamiento en relación al
matrimonio, a la posesión o a la adquisición a non domino. A
diferencia de lo que ocurre en la mayoría de las presunciones legales,
cuyo establecimiento por parte del legislador supone, como hemos
visto y en correspondencia con el concepto de presunción adoptado
por el ordenamiento, una deducción lógica -basada en las ideas de
probabilidad o de verosimilitud- que infiere de un hecho indicio que es
procesalmente cierto, por conocido, probado o admitido, la existencia
de un hecho ignorado, la presunción de buena fe no la formula el
legislador en función, como establece la propia ley, del “enlace que ha
de haber entre el hecho que se presume y el hecho probado o
admitido que fundamenta la presunción”, sino que la establece
directamente y sin referencia a hecho conocido alguno de que parta
una deducción, si bien por plausibles razones de pragmática
oportunidad o de seguridad jurídica cuyas implicaciones sería ahora
muy largo de explicar. Por tal circunstancia, me ha parecido que a la
presunción de buena fe se la puede calificar de irregular, por no ser
deducida de un indicio consistente en un hecho previamente
considerado cierto o conocido por admitido o probado, frente a la
calificación de regulares que 15 conviene a las presunciones, como las
anteriormente enumeradas, que se corresponden, en cambio, con el
concepto de presunción legal que ha confeccionado el propio
legislador. En razón de poder afirmar las presunciones legales
certidumbres sobre hechos que acaso no se corresponden con la
realidad, todas ellas -salvo las conocidas como praesumptiones iuris et
de iure, de las que luego se hace mención- pueden rebatirse mediante
la prueba en contrario. Es por ello por lo que se ha dicho desde
antiguo que las presunciones legales se caracterizan por ser
“verdades provisionales”, si bien, cuando no se rebaten
oportunamente, se convierten, aunque no respondan a la verdad, en
“certezas definitivas”. La presunción de un hecho del que no sabe si
existe puede ser también indicada -según ocurre en la
tradicionalmente llamada praesumptio facti, luego praesumptio hominis
o también “presunción simple” y ahora denominada legalmente
“presunción judicial”- como establecida por el juzgador, puesto que, “a
partir de un hecho admitido o probado”, “el tribunal podrá presumir la
certeza, a los efectos del proceso, de otro hecho, si entre el admitido o
demostrado y el presunto existe un enlace preciso y directo según las
reglas del criterio humano”. En relación a esta presunción judicial,
cuya base se encuentra en las que pueden llamarse “reglas de la
vida”, es claro que, aunque se exija en el juez que su razonamiento
sea lógico, no puede de ello derivarse que lo decidido por el juzgador
responda realmente a la verdad, aunque, como dice el texto legal,
comporte “certeza, a los efectos del proceso”. Como se observa con
facilidad, también se da aquí por presupuesto, en efecto, que, en
derecho, “certeza” y “verdad” no tienen necesariamente que coincidir:
por si fuera necesaria una mayor argumentación, obsérvese que es la
propia ley la que admite la posibilidad de que la certeza que deriva de
la presunción judicial, obtenida mediante una deducción lógica que ha
de ser debidamente razonada, no se corresponda con la verdad, en
cuanto que permite, aunque no hay acuerdo doctrinal sobre la vía
procesal apta para practicarla, la prueba en contrario que destruya
dicha presunción. 8. Las verdades presupuestas. A veces, el derecho
presupone, de manera intuitiva, la existencia de ciertas situaciones y
opera en consecuencia como si tales situaciones o circunstancias se
hubieran dado en la realidad, otorgándoles la virtualidad de elementos
de integración de las previsiones del ordenamiento. La calificación de
estos supuestos de diferenciación entre “certeza” y “verdad” se reporta
al concepto de la denominada “presuposición” que se constituiría
sobre la “base del negocio” y que, en cuanto a su posible valencia
averiguadora de la voluntad negocial, podría enlazarse con la vieja 16
categoría interpretativa de las conjecturae. Aunque en la actualidad no
alcanzan particular relieve en la disciplina normativa ni su concepto
suscita excesiva atención doctrinal, no dejan de estar presentes en
nuestra legislación ni de recurrir a ellos la jurisprudencia. En el ámbito
legislativo, basta recordar al respecto que el muy importante art. 1124
del Código civil se apoya en una verdad presupuesta cuando afirma
que “se entiende implícita en las recíprocas” la facultad de resolver por
incumplimiento las obligaciones, precepto que, muy razonablemente,
se ampara en la idea, tan sencilla como profunda, de que “no es
normal, salvo en situaciones de beneficencia, compasión o caridad,
que un ser humano, de natural egoísta, sacrifique una parte de su
patrimonio, o asuma una carga obligacional, y se avenga a
empobrecerse en beneficio de otro sin justificación alguna, sin recibir
algo que para él valga más, o lo prefiera a lo que sacrifica”, pues es
claro que “nadie se sacrifica sino es por causa de que va a recibir la
contrapartida”, de modo que, si tal habitual creencia actúa
subjetivamente, ella “objetivamente exige que la contrapartida sea
real”. Por lo demás, y aunque en estos supuestos no se haga
referencia a ninguna cláusula condicional implícita, es también de
considerar que la idea de la presuposición se encuentra en la base de
las normas que, frente al principio general de irrevocabilidad de las
donaciones, previenen excepcionalmente la revocación, a iniciativa del
donante, de las mismas y que se contienen en los arts. 644 y 648 del
Código civil. Por su parte, la jurisprudencia, aunque con continuas
llamadas de atención a la cautela y a la prudencia, no deja de acudir,
recordando a veces la teoría de la presuposición o de la base del
negocio, a una hipotética y presupuesta condición tácita o “no
desarrollada” y, en concreto, a una “implícita cláusula rebus sic
stantibus et aliquo de novo non emergentibus” en orden a corregir, a
través de una suerte de reductio ad equitatem, los sobrevenidos e
imprevisibles desequilibrios que se producen, con carácter grave, en
las relaciones contractuales. 9. Las verdades aparentes. Mayor interés
pueden suscitar las verdades aparentes, frecuentemente tenidas en
cuenta por el derecho con el fin de establecer “certeza” por parte del
ordenamiento, que, como es bien sabido, suele tener muy en cuenta el
statu quo y, en consecuencia con ello, las apariencias. En el caso de
las verdades aparentes es indudable, como vamos a ver, que el
derecho se fija atentamente en la realidad, pero es igualmente cierto
que “prefiere la realidad superficial a la profunda realidad”, es 17 decir,
que se contenta con lo que “aparece” y, por razones de utilidad que
reclama la organización de la vida social, sin exigirse la averiguación
de lo que realmente “es”. Es indudable, como ha puesto de relieve
nuestra mejor doctrina, la apariencia de titularidad de las cosas que se
desprende de su posesión, en particular de la posesión que se disfruta
en los bienes muebles. El ejemplo más significativo de la virtualidad de
la apariencia de propiedad que se desprende de la posesión es la
figura de la adquisición a non domino a que se refiere el tan estudiado
por la doctrina art. 464 del Código civil, a tenor del cual y siguiendo la
vieja regla originada en el derecho consuetudinario francés de que “en
fait de meubles possession vaut titre”, recogida literalmente en el art.
2279 del Código de Napoleón, se dispone que “la posesión de los
bienes muebles adquiridos de buena fe equivale al título”, precepto
que es mayoritariamente entendido en el sentido de que el título a que
se refiere la norma es el título de propiedad. También en razón de la
virtualidad de la apariencia dispone el artículo 85 de Código de
comercio que “la compra de mercaderías en almacenes o tiendas
abiertos al público causará prescripción de derecho a favor del
comprador”, aunque el vendedor no sea propietario, sino mero
tenedor, de las mismas. La idea de protección de la apariencia
subyace también a la consideración de la creencia de que el contenido
en los asientos registrales se corresponde con la verdad que se deriva
de la realidad y de que, en tal sentido, suministra a quien consulta el
registro de la propiedad una certeza que cuando sirve de base a una
decisión que se toma en función de ella no se puede defraudar: en
virtud del art. 34 de la ley hipotecaria, en efecto, quien adquiere de
buena fe un inmueble de quien, según el registro, se lo puede
transmitir y paga por dicha adquisición e inscribe la misma “será
mantenido en su adquisición”. Piénsese asimismo en la trascendencia
del llamado “signo aparente” de la servidumbre, que determina, de una
parte, que no se pueda alegar desconocimiento de la existencia del
gravamen cuando se adquiere la finca sirviente sin que aquél conste
en los libros del registro -al tener la apariencia que se desprende del
signo tanto o más valor que la publicidad registral- y, de otra, que, si el
signo no se destruye o se le priva de relevancia, puede dar lugar al
supuesto de la llamada constitución de servidumbre por destino del
padre de familia. Por lo demás, con el hecho de poseer se conectan o
derivan otras numerosas presunciones legales, a las cuales se ha
hecho referencia con anterioridad. Debe hacerse también referencia
aquí a los supuestos del valor de la apariencia de la llamada posesión
de estado -cifrada por los clásicos en el nomen, el tractatus o la fama-
respecto de la reclamación de la filiación o de la que se entraña en la
figura mercantil del “factor notorio”, en la 18 figura administrativa del
“funcionario de hecho” -que, sin nombramiento legal, ejerce
aparentemente funciones públicas- o en la figura del juez, alcalde o
funcionario incompetente o falto de legítimo nombramiento que no se
presenta como tal, sino que ejerce sus funciones públicamente, y
autoriza un matrimonio civil. En cierto modo, se comunica aquí y
subyace en todos estos casos la idea de la transcendencia aparencial
de la posesión de los bienes, categoría conceptual a semejanza de la
cual, como ya demuestra la indicada referencia a la posesión de
estado, se han configurado los otros supuestos de consideración de la
apariencia por parte del legislador. En este sentido, alcanza especial
relieve en el derecho la figura de la posesión del crédito, en el sentido
de que el pago hecho al acreedor aparente, que aunque sin serlo es
apreciado socialmente como tal, “liberará -como dice el art. 1164 del
Código civil- al deudor”. Juntamente con la figura del acreedor
aparente alcanzan también especial relieve en la práctica la figura del
propietario aparente, la del heredero aparente, la del mandatario
aparente o también la de la llamada sociedad irregular o de hecho,
que, a ciertos efectos, se tiene por constituida en cuanto basada en
una agrupación de personas que reúne todas las condiciones que
serían necesarias para su plena existencia jurídica pero que no ha
conseguido adquirir el necesario marchamo constitutivo previsto
legalmente. En todos los casos indicados, en que hay un defecto de
derecho o un defecto de poder, la apariencia es fuente de una
creencia errónea derivada de una situación de hecho, que es fruto de
un déficit de información y que el ordenamiento no deja de considerar
-se ha hablado a esto propósito en la doctrina francesa de una
“apparence légalisée” - si el que se fía de dicha apariencia opera
consecuentemente, es decir, con “creencia legítima” o de buena fe.
Dado que el fundamento de la protección de la apariencia se basa en
un déficit de información, la categoría de las “verdades aparentes”, en
función de las cuales se orientan las conductas, alcanza en la
actualidad un especial interés en materia de contratación con los
consumidores y ello en el doble sentido -y al margen de los deberes
de información, que son propios de todo contratante, pero que tienen
una particular incidencia en tal suerte de contratación- de que, por una
parte, la legislación de defensa de los consumidores suele otorgar
fuerza obligatoria al contenido aparente del contrato, cuando es
insuficiente la información, y de que, por otra parte, se da en ella
transcendencia, para integrar el contenido del contrato, a los
documentos publicitarios. En este sentido, el art. 61.2 del texto
refundido de la ley general para la defensa de consumidores y
usuarios, aprobado por el Real Decreto Legislativo 1/2007, de 16 de
noviembre, establece que, tanto las “prestaciones propias de cada
bien o servicio” como el “contenido de la oferta, promoción o 19
publicidad” y las “condiciones jurídicas o económicas y garantías
ofrecidas”, “serán exigibles por los consumidores y usuarios, aún
cuando no figuren expresamente en el contrato celebrado o en el
documento o comprobante recibido y deberán tenerse en cuenta en la
determinación del principio de conformidad del contrato”. El indicio de
verdad que reside en la apariencia es, por lo demás, tan relevante
para el derecho que sobre su base se asientan y formulan tanto el
principio general de tutela de la confianza como el también principio
general, que no es sino reverso del anterior, de la autoresponsabilidad,
de los que ambos se aprovecha en sus resoluciones nuestra
jurisprudencia. A la protección de la confianza que se basa en la
conducta exteriorizada por una persona se ordena también el -tantas
veces aprovechado por la jurisprudencia- llamado principio general de
non venire contra factum proprium, que se ordena a la exigencia de
que la conducta observada por un sujeto sea coherente, de manera
que los actos que realiza y que son percibidos por los demás no
pueden ser modificados en perjuicio de quienes han puesto su
confianza en lo que dichos actos significan. 10. Las verdades
simuladas. Otros supuestos de verdades oficiales consisten en las
verdades simuladas, que son verdades putativas cuya credibilidad
radica en la verosimilitud de mezclar la exteriorización de lo falso con
la ocultación de lo verdadero. admitidas en nuestro ordenamiento a
propósito de la contratación, en el ámbito de la cual la simulación
llamada relativa es admitida sin ninguna dificultad. La simulación
relativa es la que tiene lugar, con bastante frecuencia, cuando se dice
celebrar un contrato (contrato simulado) cuando en realidad se quiere
celebrar otro (contrato disimulado), tanto en el sentido de concluir
efectivamente un contrato pero manifestar que se hace otro -por
ejemplo, según es muy usual, una donación que se enmascara de
compraventa-, como en el de consignar en el documento en el que el
contrato consta una fecha distinta de la real, en el de hacer figurar en
dicho documento condiciones, plazos o términos que no se quieren o
en el de señalar en el mismo un precio de venta diferente del
efectivamente querido y satisfecho. En estos casos de simulación
relativa decían los antiguos que el contrato colorem habet,
substantiam vero alteram, en cuanto que está “destinado a ocultar otro
contrato diferente, que es el verdaderamente querido por las partes”,
de manera que, por eso, debía valer, siempre que pueda probarse su
conclusión, el contrato disimulado, careciendo de transcendencia el
disfraz del mismo en que consiste el contrato simulado, 20 si bien este
contrato, en cuanto exteriorizado, seguiría, en principio, apareciendo
como verdadero -en decir, como cierto- respecto de terceras personas.
También podría ocurrir que se simule celebrar un contrato cuando en
realidad no se quiere celebrar ninguno, en cuyo caso, que configura la
llamada simulación absoluta, habría de decirse que el contrato
colorem habet, substantiam vero nullam, por lo cual no se daría ningún
efecto a lo realizado por los simulados contratantes. En este caso,
desde luego, como “las partes están de acuerdo en que el contrato no
existe a pesar de su apariencia”, lo que quieren es que “detrás de tal
apariencia subsista la realidad jurídica anterior”. En el campo de la
simulación cabe también situar la que, en el ámbito procesal relativo a
la prueba, se puede llamar “verdad negociada” y que tiene lugar
cuando frente a la alegación de un hecho por el actor se conviene con
el demandado que no formule oposición, de modo que, en
consecuencia, tal hecho alcance la consideración de “hecho pacífico”
y, en función de tal calificación, sea tenido en cuenta por el juez. 11.
Las verdades fiduciarias. Cercanas a las verdades simuladas, en
cuanto que el contrato simulado es a veces el vehículo del fiduciario,
son aquellas que resultan de la celebración de un contrato para el que,
en base a la relación de confianza o causa fiduciae que existe entre
los interesados, se quiere un efecto distinto, más tenue o más limitado,
del efecto más intenso que corresponde al tipo contractual utilizado,
efecto éste que es el que, aunque no querido ni por tanto “verdadero”,
aparece al exterior y, por tanto, se tiene oficialmente por “cierto”. Estos
supuestos de verdades fiduciarias que lo son únicamente en cuanto
queridos por los contratantes que confían entre ellos, no están
contemplados expresamente en nuestra legislación, pero se han
presentado siempre en las relaciones entre particulares, aparecen
continuamente en la vida social -con particular incidencia en el ámbito
mercantil- y, desde luego, son admitidos, siempre que con ellos no se
incurra en fraude, por la jurisprudencia, particularmente copiosa en
tema de relaciones jurídicas fiduciarias. Los ejemplos que se cuentan
en la experiencia suelen agruparse, por común referencia a una causa
fiduciae en la que se vierte la confianza que une a los contratantes,
bajo las denominaciones de fiducia cum amico y de fiducia cum
creditore. Al primer tipo de fiducia se adscribe el contrato, bastante
corriente, por el que un bien -una cosa o un derecho- se transmite, se
adjudica o se pone a 21 nombre de otra persona, distinta a la de
quien, sin embargo, quiere continuar siendo verdadero titular o
propietario: por ejemplo, y para formar una sola finca con las dos que
pertenecen a dos socios, vendiendo uno al otro la suya para facilitar
así la obtención de un único y más cuantioso préstamo hipotecario; o
atribuyendo al adjudicatario de ciertos bienes en la división de una
herencia no para que los reciba y se los quede sino para que los
aplique al pago de las deudas hereditarias; o bien cediendo una
persona sus bienes a otra para aparecer como menos pudiente; o,
incluso, como a veces ha ocurrido, para sortear el riesgo de una
eventual incautación de bienes. El caso de la llamada fiducia cum
creditore es más interesante y también más usual. Se da en la llamada
“venta en garantía”, que se concierta, para tener la seguridad de evitar
el riesgo de que el dinero que en realidad se presta no se devuelva,
configurando a dicha cantidad prestada como precio de compra de un
bien que se entrega a quien en verdad es prestamista con pacto de
retrocesión del bien al prestatario en el momento de la devolución de
la cantidad objeto del préstamo. De esta manera, y con la indicada
finalidad de garantía, se hace aparecer a quien pide dinero como
vendedor y a quien lo presta como comprador del bien. Es
precisamente para alejar el supuesto de la tacha de ser el contrato
descrito contrario a la prohibición del pacto comisorio o de incurrir en
prácticas usurarias, por lo que suele, en efecto, acompañarse la
“venta” con la concesión a favor del “vendedor” y en realidad
prestatario de un derecho de recompra o de retracto convencional a
ejercitar en el momento del vencimiento y abono de la deuda. En
definitiva, se da en estos supuestos la atribución patrimonial que uno
de los contratantes, llamado fiduciante, realiza a favor de otro, llamado
fiduciario, para que éste utilice la cosa o derecho adquirido para la
finalidad que ambos pactaron, con la obligación de retransmitirlos al
fiduciante o a un tercero cuando se hubiere cumplido la finalidad
prevista. Como se ve, en todos los casos indicados se advierte, de una
parte, una propiedad verdadera o material y, de otra, una propiedad
fiduciaria o formal, de manera que, no obstante la diversa “verdad” que
subyace en el supuesto, es la titularidad fiduciaria la que, hacia el
exterior, alcanza oficialmente “certeza”. 12. Las verdades ficticias. Se
ha llegado a decir, en alguna ocasión, que el derecho es un saber
sobre la ficción, en cuanto que traduce la estructura en norma, o bien
un saber sobre esta transformación y, por inmediata consecuencia, un
saber sobre la palabra, y también que debe entenderse ahora desde
esta perspectiva la vieja imagen medieval de que la fictio (est) figura
veritatis. En todo caso, en cuanto que las 22 ficciones son instrumento
o “arte insuprimible de la actividad intelectiva del hombre” -idea ya
sugerida por la antigua consideración de que fictio est interpretatio-, el
recurso a las mismas es bastante corriente en el discurso de los
juristas y en la composición de la normativa del mismo ordenamiento
positivo, considerando en ellas a lo existente “como si” no existiera o a
lo inexistente “como si” existiera. Las ficciones a que se recurre en el
derecho son, en efecto, lo mismo ficciones doctrinales que ficciones
convencionales y lo mismo ficciones jurisprudenciales como, sobre
todo, ficciones legales. De ahí que el tema de las ficciones constituya
uno de los tópicos o lugares comunes de la teoría general del derecho.
En todos los supuestos de ficción se persigue una cierta finalidad
práctica cuyo logro se alcanza mediante el establecimiento, la fijación
o la determinación de unos hechos que se llegan a obtener mediante
la interesada formalización de una verdad artificial a costa de
abandonar la verdad histórica o material. Dejando aparte las ficciones
doctrinales, las convencionales y las jurisprudenciales -de cuyas
últimas la más llamativa ha sido en su día la denominada “ficción de
hembra” construida por el Tribunal Supremo-, las ficciones legales se
encuentran en los más variados campos normativos de que se
compone el sistema del ordenamiento. Así ocurre en el derecho
administrativo con el “silencio positivo o negativo”, en el derecho penal
con el “delito continuado”, en el derecho internacional con los “edificios
extraterritoriales” o con la “territorialidad” en alta mar o en el espacio
aéreo abierto de los buques abanderados o de las aeronaves de
bandera o, en el derecho tributario, las normas del cual están cuajadas
tanto de presunciones como de ficciones, pero aquí sólo se hará
mención, en aras de la brevedad, a algunas de las ficciones a las que
recurre el Código civil. En relación a la persona en sí misma se
encuentran en el Código dos clásicas ficciones: la primera, de
ascendencia romana, es la de considerar nacido al nascituro y la
segunda la que establece que el domicilio de los diplomáticos que
sirven en el extranjero es el último que han tenido en territorio español.
También puede considerarse una ficción la llamada presunción de
comoriencia, en cuanto que su presupuesto es precisamente, contra lo
que ocurre en el caso de las presunciones, que no sea posible ningún
tipo de prueba sobre quien murió primero de dos personas que
mueren, por ejemplo, en el mismo accidente. En relación al
matrimonio, también se decreta legalmente la ficción de que la
condición, el término o el modo que se han puesto se consideran
como no puestos. Por lo demás, entre las instituciones que
manifiestan con mayor claridad la divergencia entre la realidad y el
derecho hay evidentemente que citar, según una compartida y
autorizada doctrina, a la adopción. 23 Por lo que se refiere a los
bienes, un caso ejemplar de ficción está constituido por la catalogación
de los bienes inmuebles, de los que se enumeran diez tipos, no siendo
más que uno de ellos referible a cosas verdaderamente inmuebles e
indicándose otros varios que sólo son inmuebles por razón de pura
ficción, al punto, verbi gratia, de considerar bienes inmuebles a las
concesiones administrativas. Siempre en relación a los bienes son de
particular interés ciertas ficciones relacionadas con su posesión y su
adquisición: a este respecto se pueden citar el supuesto ficticio de la
llamada “posesión civilísima” o transmitida al heredero sin interrupción
y desde el momento de la muerte del causante, que ha dado lugar por
cierto al pleito económicamente más importante suscitado en España;
la norma que obliga a entender que la parte del bien que se divide y
que se entrega a cada uno de los partícipes en la comunidad ha sido
individualmente poseído mientras dura la indivisión; o bien los
supuestos de la llamada ficta traditio, pensados por nuestro legislador
para atenuar la rigidez de la aplicación mecánica de la llamada teoría
del título y el modo en la transmisión de la propiedad. Otros supuestos
de ficción, siempre fundamentados en la equidad, se refieren en tema
de derechos reales a la ficticia subsistencia del usufructo extinguido
objeto de hipoteca y a la ficticia subsistencia independiente de los
reunidos derechos de propiedad del suelo y de superficie sobre los
que recae un gravamen. En materia de obligaciones y contratos se
establece ficticiamente que la condición de hacer una cosa imposible
se tiene por no puesta, que los efectos de la obligación condicionada
de dar se retrotraen, una vez cumplida la condición, al día de la
constitución de la obligación o bien que está cumplida una condición
cuando el obligado por ella impide su cumplimiento. En tema de
derecho sucesorio, y en cuanto a las condiciones testamentarias, han
de entenderse ficticiamente por no puestas las condiciones imposibles
y las contrarias a las leyes o a las buenas costumbres así como la
costumbre absoluta de no contraer matrimonio. Siempre en materia
sucesoria, una interesante ficción es la de entender que tienen efectos
retroactivos al momento de la muerte del causante la aceptación o la
repudiación de la herencia. Aunque algunos discuten su equiparación,
es posible considerar asimilables a las ficciones las llamadas
presunciones iuris et de iure, frente a las cuales no cabe prueba en
contrario y respecto de las cuales no puede decirse, como en el caso
de las presunciones iuris tantum, que sean “verdades provisionales”
sino que, lo mismo que las ficciones y aunque no respondan a la
realidad, se constituyen en derecho como “verdades definitivas”, por lo
que deben considerarse como “ciertas”. Sirvan al efecto dos supuestos
presentados como presunciones que en realidad configuran
verdaderas 24 ficciones, en cuanto que, como el ordenamiento no
consiente saber si responden o no a la verdad, se deben aceptar y
tener, aunque sean “falsas”, como si fueran “ciertas”. El Código civil
establece, en este sentido, que se presume siempre hecha una
donación en fraude de acreedores, si al hacerla no se ha reservado el
donante bienes para pagar sus deudas anteriores e igualmente
establece la presunción de que incurren en fraude de acreedores las
enajenaciones hechas a título gratuito por el deudor y, por su parte y
de manera aún más radical, la legislación concursal establece,
respecto de las donaciones en perjuicio de la masa activa del conjunto
de los derechos de los acreedores, que dicho perjuicio, aunque no
exista,se presume, sin admitirse prueba en contrario, cuando se trate
de actos de disposición a título gratuito y de pagos u otros actos de
extinción de obligaciones cuyo vencimiento fuera posterior a la
declaración del concurso. 13. Las verdades falsas. Por lo demás, y del
modo indicado, si es claro, desde luego, que hay hechos a los que el
ordenamiento reconoce “certeza” porque, según ocurre de ordinario,
responden a la “verdad”, también es perfectamente posible que el
ordenamiento contemple como “ciertos” hechos que, en definitiva y
mediante comprobación a posteriori, pueden resultar ser “verdades
falsas” o que ya son “verdades falsas” a priori pero que el
ordenamiento no permite o ya no consiente desvirtuar. A pesar de ello
y todo y ser falsos, tales hechos constituirán “certezas” desde el punto
de vista del derecho positivo. Al margen de los casos, no imaginarios,
de irregularidades respecto de la producción normativa que, por obvias
razones de simplicidad y de certeza, no se tienen en cuenta aunque
encierren una falsedad, basta pensar en las verdades presuntas que
no se corresponden con la realidad pero que, por no presentarse
frente a la presunción iuris tantum que las sostiene una prueba
contraria que las desvirtúe, pasan de ser “verdades provisionales”,
aunque sean falsas, a ser “certezas” o “verdades definitivas”; en las
verdades aparentes, que no son reales pero que, cuando generan la
confianza ajena, el ordenamiento tiene definitivamente por ciertas; en
las verdades simuladas que se mantienen como verdaderas, bien
porque así se desea por los interesados o bien porque quien quiere
desmentirlas ha perdido la ocasión o carece de prueba para
denunciarlas; o también en las verdades ficticias en las que la mentira
es evidente; o en las verdades amparadas por presunciones iuris et de
iure, que hay que soportar necesariamente aunque se sepa que no se
corresponden con la verdad; o, asimismo, en las verdades fiduciarias,
que por necesidad conceptual no se corresponden con la realidad,
pero que aparecen como verdaderas y generan “certeza” mientras los
que las constituyen y 25 crean están interesados en que
permanezcan; o en los casos en que un hombre se hace aparecer
legalmente, constando como tal en el registro civil, como mujer, en
razón del llamado “sexo psicosocial”; o bien, en los casos en que
legalmente se atribuye, al margen del caso de la adopción, la
condición legal de padre a quien ciertamente no lo es desde el punto
de vista biológico, por haber sido sometida su esposa o conviviente a
las técnicas de procreación médicamente asistida con inseminación
heteróloga; o incluso en el caso, más llamativo, de la atribución de la
condición legal de madre a la mujer casada civilmente con la mujer
inseminada que da a luz un hijo concebido artificialmente,
constituyéndose así un caso de doble maternidad, en parte no
biológica sino legal. En el aludido caso de la adopción, aparte del
supuesto habitual de ser jurídicamente considerados como padre y
madre los adoptantes que biológicamente no lo son, como la eventual
“determinación de la filiación que por naturaleza corresponda al
adoptado no afecta a la adopción”, podría darse la paradójica situación
de que los adoptantes, que no son biológicamente progenitores, sean
considerados jurídicamente como padres y de que,
contemporáneamente, quienes biológicamente lo son, de manera
comprobada, dejen de ser, por regla general, considerados por el
derecho como tales. III. APRECIACIONES CONCLUSIVAS 14. La
razonable divergencia entre certeza y verdad. Como se ve, certeza y
verdad no necesariamente coinciden en el derecho, de manera,
además, que es a veces difícil tomar partido, en derecho positivo,
entre las dos exigencias de verdad y de seguridad que pueden
enfrentarse entre sí. Ello es así, sencillamente, porque el
ordenamiento -cuya función es organizar como mejor puede y sabe la
vida social- es un conjunto de reglas y de soluciones que se expresan
mediante palabras y porque con la palabra pueden hacerse, cuando
así conviene -en nuestro caso para generar “certeza” y “seguridad” a
los consociados- toda suerte de figuras, de contrafiguras, de
combinaciones, de metamorfosis en que lo falso toma el disfraz de lo
cierto e incluso de mixtificaciones. En este sentido, aunque se puede,
desde luego, pensar que las “certezas” o verdades oficiales a que se
ha venido haciendo referencia no suponen sino la aceptación
conformista y resignada de la autoridad del legislador, en cuanto que
poco o nada tienen que ver con las seguras “verdades” que se derivan
de la realidad y que son descubiertas por la ciencia y por la razón,
también 26 hay que reconocer que tales “certezas” se insertan
instrumentalmente, sin mayor dificultad, como útiles mecanismos de la
eficiencia del complejo entramado director de la vida social -pleno de
claroscuros e imperfecto como toda obra humana- que es el
ordenamiento jurídico. Ocurre, en efecto, que las normas se
constituyen con frecuencia sobre una mezcla de variados elementos
en que se funden y combinan los datos de la vida que emergen de la
realidad natural o social con invenciones y construcciones artificiales
que contribuyen a posibilitar las consecución más perfecta o más
directa de la justicia. Sería ciertamente de desear que el derecho, en
la búsqueda del equilibrio que conviene a la organización social para
su conservación y su perfeccionamiento, encontrara algún tipo de
acuerdo estable y constante entre los testimonios de la realidad
material y las solicitaciones que surgen de la sociedad, pero
seguramente tal unificación es poco concebible “en cuanto que uno de
sus términos - el respeto de los hechos- es fijo y preciso, mientras que
el otro -las necesidades de la sociedad- es movedizo y discutible”. En
este contexto se plantean, cada vez más, en el derecho, supuestos en
que la dicotomía entre “verdad real” o “verité sans prhase” y “verdad
oficial” o “verdad legal” o la contraposición entre “naturalidad” y
“artificialidad” -disyuntiva esta última no desconocida, desde luego, a
nivel doctrinal- se presentan, incluso a veces de manera radical, como
legalmente poco superables. El derecho, en efecto, no sólo cambia y
se desenvuelve sino que en su evolución se sirve de recursos como
las examinadas verdades oficiales, cuya técnica no es, por lo demás,
en absoluto novedosa, puesto que hasta hace relativamente poco
tiempo se conoció una categoría tan sorprendente como la “muerte
civil”, que daba por muerto para el derecho a quien seguía viviendo, y
ahora se permite, como hace nuestro derecho, cambiar al hombre en
mujer o se consiente, como en el derecho francés, ya que no resucitar
a los muertos, al menos que puedan, con posterioridad a su muerte,
contraer póstumo matrimonio.

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