La realización de deseos inconscientes. El papel de los restos diurnos.
El
problema de los sueños traumáticos.
El sueño como realización de deseos inconscientes es la idea básica que sostiene
la teoría freudiana. El sueño se inscribe en sus conceptos de la pulsión y
descarga, es decir, como un proceso de descarga de estímulos pulsionales cuyo
trasfondo hay que buscarlo en el mundo del cumplimiento de los deseos infantiles.
Al acabar de interpretar el sueño de la inyección de Irma, sueño que como
sabemos inaugura su método interpretativo, afirma que "una vez llevada a cabo la
interpretación completa de un sueño, se nos revela éste como una realización de
deseos" (Freud, 1900, p.141), seguidamente dedica un capítulo explícitamente a
desarrollar esta idea (Freud, 1900, p.142 y ss.). Desde la fácil comprobación de
esta aseveración en los sueños infantiles, hasta su reafirmación en los sueños de
angustia, no estableció excepciones a esta regla. Habla de dividir los sueños en
aquellos que mostraban francamente la realización de deseos, especialmente los
infantiles, y aquellos otros en los que la censura provocaba que apareciesen
disfrazados (Freud, 1900, p.543), ofreciendo diversas interpretaciones a los casos
que parecían constituir excepciones a la regla; por ejemplo, aquellos sueños en
los que la no realización de un deseo significa la realización de otro (Freud, 1900,
p.169), también plantea la posibilidad de la coexistencia de varios sentidos en los
sueños (Freud, 1900, p.232), de modo que podrían yuxtaponerse varias
realizaciones de deseos, o habla de los sueños como defensa frente a la angustia
en aquellos sueños angustiosos que provocaban el despertar del soñante. De
cualquier modo, sobre su procedencia tampoco deja lugar a dudas, habla del
origen inconsciente e infantil del deseo representado en el sueño (Freud, 1900,
p.546).
Esta concepción condiciona su visión sobre el papel del resto diurno en la
formación del sueño. Para Freud, los deseos insatisfechos de la vigilia contribuyen
a provocar el sueño, pero no pueden formarlo por sí solos, para ello siempre sería
necesaria su conexión con deseos inconscientes. La fuerza del sueño viene
siempre de lo pulsional inconsciente. El deseo consciente que el sueño realiza va
a descubrir, mediante la interpretación, el deseo inconsciente que subyace. En
este sentido los restos diurnos son, en todos los casos, de una importancia
secundaria, siendo la fuerza pulsional inconsciente el motor de la formación del
sueño.
Freud habla de los tipos de restos diurnos, según sean conscientes, insatisfechos,
o reprimidos. En cualquiera de los casos, les atribuye el papel de meros
desencadenantes o acompañantes de los deseos inconscientes infantiles,
"imagino que el deseo consciente sólo se constituye en estímulo del sueño
cuando consigue despertar un deseo inconsciente de efecto paralelo con el que
reforzar su energía". A este respecto y como ejemplificación de su distinción entre
fuente y motor del sueño, elabora su curiosa metáfora del socio industrial y el
capitalista (Freud, 1900, p.553), como explicación del diferente papel de los restos
diurnos y los deseos infantiles en la formación del sueño. El resto diurno sería el
socio que aporta la idea y que desea explotarla, pero nada puede hacer sin que el
capitalista, los deseos infantiles, corra con los gastos, en nuestro caso los gastos
psíquicos necesarios para la formación del sueño. Afirma que se produce una
transacción mediante la cual los restos diurnos toman del deseo inconsciente la
fuerza necesaria y, a su vez, éstos los utilizan como el medio imprescindible para
acceder a la conciencia, esto es, serían objetos de la transferencia (Freud, 1900,
p.555). En este sentido, en un artículo posterior (Freud, 1923a), plantea la
existencia de sueños de arriba y sueños de abajo, según que provengan de
pensamientos diurnos que durante la noche se refuerzan a partir de lo reprimido
inconsciente o los que provienen de un intenso deseo inconsciente que se ha
procurado una subrogación en restos diurnos cualesquiera.
Veremos cómo algunos autores han atribuido a los restos diurnos un diferente
papel, sin embargo, para Freud la cosa no ofrece dudas "...el gasto psíquico
necesario para la formación del sueño es siempre, cualquiera que sea la idea
diurna, un deseo de lo inconsciente" (Freud, 1900, p.553). Para afianzar aún más
esta afirmación, recurre al concepto de indestructibilidad de los deseos
inconscientes, "que permanecen siempre en actividad" (Freud, 1900, p.569).
Ofrece además una concepción restringida de los restos diurnos cuando afirma
que siempre existe un enlace (estímulo) con los acontecimientos del día anterior al
sueño (Freud, 1900, p.182), y que el resto de las impresiones de tiempos
anteriores pueden ser recientes o de tiempos pretéritos (Freud, 1900, p.185).
Para Freud, se hace evidente que esta teoría de la realización de deseos tiene
una importante dificultad cuando tenemos que confrontarnos con los muy
frecuentes sueños de angustia. Él mismo se apresura a reconocer que ofrecen
graves resistencia para la aceptación de su teoría del deseo, pero lo resuelve
ofreciendo diferentes explicaciones a medida que plantea los posibles problemas.
En general, va a remitir al problema general de la angustia neurótica, aunque no
podemos olvidar que estamos lejos del modelo complejo que sobre la angustia
ofrece en Inhibición, síntoma y angustia (Freud, 1926), así como de su teoría
estructural del aparato psíquico. Para Freud, este tipo de sueños serían,
generalmente, la representación de una angustia de contenido sexual, "cuya líbido
correspondiente ha experimentado una transformación en angustia" (Freud, 1900,
p.178). Otra explicación, es la existencia de deseos reprimidos que no son
tolerados en la conciencia y que al expresarse provocan displacer. En una nota de
1919, incide en esta actitud de rechazo y censura ante determinados deseos
inconscientes. Estos sueños, y su angustia acompañante, son considerados como
equivalentes al síntoma neurótico (Freud, 1900, p.248). También explica algunos
sueños negativos de deseos, haciendo alusión al componente masoquista que
surge de transformar en su contrario los componentes agresivos sádicos, se
trataría entonces de cubrir la satisfacción de deseos masoquistas (Freud, 1900,
p.176).
Ofrece una explicación para el corriente fenómeno de los sueños de contenido
angustioso pero que se acompañan de un afecto indiferente, para él, en este tipo
de sueños se produciría un equilibrio entre la realización de un deseo y la
realización de algo temido (Freud, 1900, p.549). Finalmente, plantea el problema
de los sueños punitivos (de castigo), que tampoco escaparían a la ley de la
realización de deseos, en este caso la realización de un deseo de castigo por un
deseo rechazado desde la conciencia. Para este tipo de sueños aventura un
diferente origen de los deseos inconscientes, en ese momento de 1900, ante la
ausencia de su modelo estructural y su concepto de superyó, habla de "mayor
participación del yo". Posteriormente, a medida que desarrolla su modelo
estructural, va referirse a ellos como la realización del deseo del superyó en tanto
instancia que ejerce las funciones de la auto-observación la crítica y contiene el
ideal (Freud, 1923b).
La única excepción en Freud a la proposición del sueño como realización de
deseos aparece cuando se confronta con los sueños traumáticos al estudiar,
en Más allá del principio del placer (Freud, 1920), el problema de la neurosis
traumática. Explica el efecto de ésta por la ruptura de la protección que defiende el
psiquismo contra las excitaciones, por no estar preparado el sistema para la
aparición de un trauma que supere un cierto límite de energía: "si los sueños de
los enfermos de neurosis traumáticas reintegran tan regularmente a los pacientes
a los pacientes a la situación del accidente, no sirve con ello a la realización de
deseos...su función peculiar" (Freud, 1920, p.31). Ofrece la explicación de que el
sueño, en estos casos, tiene la función de desarrollar la angustia, como modo de
dominar la excitación, "los sueños antes mencionados...no pueden incluirse en el
punto de vista de la realización de deseos, y mucho menos los que aparecen en el
psicoanálisis, que nos vuelven a traer el recuerdo de los traumas psíquicos de la
niñez. Obedecen más bien a la obsesión de repetición, que en el análisis es
apoyada por el deseo – no inconsciente- de hacer surgir lo olvidado y reprimido"
(la misma). Esta función sería la condición previa e indispensable para que el
principio del placer pueda volver a ser el eje del sujeto, "si existe un más allá del
principio del placer, será lógico admitir también una prehistoria para la tendencia
realizadora de deseos del sueño, cosa que no contradice en nada su posterior
función" ((Freud, 1920, p.32). Por lo tanto, para Freud, esta aceptación de sueños
que no tienen como motor principal la realización de deseos, no representa más
que una antesala, una concesión meramente temporal, que en nada cambia su
teoría.
En este sentido, estos sueños alterarían la función que Freud atribuye al sueño,
que es la del defensor del reposo "el proceso onírico permite que el producto de
semejante cooperación desemboque en una vivencia alucinatoria inocua, y así
asegura la continuación del dormir" (Freud, 1933, p.16). Lo presenta entonces
como una formación de compromiso con la doble función de preservar el dormir de
acuerdo con el yo, y permitir una cierta satisfacción a una pulsión reprimida
mediante un cumplimiento alucinatorio de deseo.