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Mateo Solo PDF

Este documento es el primer capítulo de la novela "Mateo Solo" del autor Evelio Rosero, publicada en 1984. Narra la historia de Mateo, un niño de 10 años que vive con su hermana y su tía Cecilia. En este capítulo, Mateo describe una tarde en la que su tía dice que alguien los está señalando desde la calle, por lo que ella y la hermana de Mateo se sientan contra la pared y se tapan los oídos, dejando a Mateo solo y confundido.

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Mateo Solo PDF

Este documento es el primer capítulo de la novela "Mateo Solo" del autor Evelio Rosero, publicada en 1984. Narra la historia de Mateo, un niño de 10 años que vive con su hermana y su tía Cecilia. En este capítulo, Mateo describe una tarde en la que su tía dice que alguien los está señalando desde la calle, por lo que ella y la hermana de Mateo se sientan contra la pared y se tapan los oídos, dejando a Mateo solo y confundido.

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Volumen

inicial de la trilogía titula Primera vez y cuya primera edición fue publicada
en 1984. En este libro breve pero intenso, Evelio Rosero nos revela a través de Mateo
y sus intrincadas relaciones familiares, el claroscuro mundo de infancia.
Seres que deambulan en una densa atmósfera de irrealidad y Mateo arrebujado en sus
ganas de salir huyendo a través de la ventana. Quizás sólo la lluvia lave el alma de
este chiquillo condenado a vagar por entre habitaciones como un gato.

Página 2
Evelio Rosero

Mateo Solo
ePub r1.0
oronet 16.11.2019

Página 3
Título original: Mateo Solo
Evelio Rosero, 1984

Editor digital: oronet
ePub base r2.1

Página 4
Para
Jaime Fernández
Once años después

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Todos estábamos de pie, frente a la ventana.
El frío de la tarde empañaba ligeramente el cristal de la ventana: parecía una
pizarra grande y blanquísima, y en ese momento yo hubiera deseado acercar la yema
entumecida de mis dedos para pintar los ojos aterrados de tía Cecilia cuando dijo:
«Han comenzado a señalarnos». El rostro de mi tía es huesudo y alargado, lleno de
manchas, sobre un cuello también largo, con muchos lunares. Su voz había sonado de
pronto, como el lloro agudo y lento de los gatos, como un grito de fantasmas que me
erizó de miedo. Mi hermana dijo: «Es mejor que cerremos las cortinas, tía», y la tía
no respondió, lo que quería decir que estaba de acuerdo. Yo me aproximé rápido a la
ventana y me alcé en la punta de los pies, para ver mejor. Desempañé un círculo en el
vidrio. No vi a nadie. Nadie nos ha estado señalando, tía, eso pensé. «Tú quédate
quieto, niño», dijo la tía. Mi hermana, mientras tanto, cerraba presurosamente las
cortinas. Miré a mi hermana, para que me defendiera, para que confirmara la verdad:
Nadie había señalándonos. Pero mi hermana guardó silencio, su rostro, de perfil,
parecía una hoja suavemente blanca, mi hermana es tan pálida, casi azul, como las
paredes, y es bastante más alta que la tía, pero cuando las dos hablan se me antoja que
mi hermana intenta empequeñecer su cuerpo, dobla la espalda y la cabeza y es por
eso que parece más pequeña, menos fuerte. De pronto, cuando hubo acabado de
cerrar las cortinas, mi hermana se recostó de espaldas, contra la pared, y empezó a
caer, a resbalar lentamente, mientras se apretaba los oídos con las manos. Entonces
tía Cecilia hizo lo mismo, y yo pensé que ambas debían sentir mucho frío en las
espaldas, ya que las paredes de esta casa son igual que un hielo largo de color azul. Vi
sus rostros más opacos y delgados que nunca, como si gritaran lo mismo y en
idéntico silencio, las vi esconder la cabeza entre las rodillas, las manos largas y
rojizas de la tía se retorcían entre la maraña roja de su pelo. Mi hermana, en cambio,
ya no tiene el mismo pelo de antes, se rasuró completamente y es debido a esa
desgracia que no se parece a lo que era; yo tengo mi cabello algo más largo que el de
mi hermana, y fue por eso que un día José Luis, mi amigo el de la escuela, me, dijo
en broma que mi hermana parecía un hermano mayor, pero yo no tengo más
hermanos que ella, a no ser que la abuela tenga razón cuando me dice que no somos
hermanos sino hasta la mitad, ya que yo no tengo el pelo rubio sino negro y mi piel es
tan oscura que no podría ser azul.
Igual que siempre, no supe qué hacer, pero me estuve quieto. Lo más probable era
que si me movía, o intentaba apartarme, tía Cecilia me hubiera devuelto de un solo
grito, de una sola mirada paralizante. Cada día experimento más miedo de la tía, no
sé por qué a mamá se le ocurrió mandarnos a vivir con tía Cecilia. Sólo nos dijo, al
despedirnos, hoy hace poco más de tres años: «Voy a enviarlos con Cecilia. Yo ya no
puedo con ustedes». Y nada más dijo, nos subió en la flota y ni siquiera esperó a que
partiéramos, sino que se fue corriendo como alguien que está retrasado, como
corríamos mi hermana y yo cuando nos retrasábamos antes de llegar a la escuela.
Sólo que ahora no nos retrasamos porque mi hermana no quiere ir a la escuela, y eso

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que a ella únicamente le faltan dos años para que nadie le pida que vuelva. Yo sí
quiero ir, yo apenas tengo diez años, pero sucede que no me dejan.
A mamá la vi una única vez, al año de nuestra marcha. Llegó con un hombre que
no conocíamos. Y como siempre, desde que me acuerdo, iba de prisa. Llegó a
visitarnos, nos trajo una caja de galletas, nos sonrió, nos dio un beso a cada uno y
volvió a marcharse. Ni siquiera pasó a saludar a la abuela. Pero yo me sentí orgulloso
de ella, su olor de jardín nos rodeaba, era igual que una extraña, me gustó su pelo —
que no era rojo como el de tía sino dorado— como un sol largo cuando se mueve,
como un sol que se disuelve, no sé explicarlo. El hombre que iba con ella también
estaba impaciente. Tenía sombrero, lo estrujaba en sus manos. A mí ni siquiera me
miró. A mi hermana sí que la miraba, y de una manera que daba rabia. Pero a ella y a
mamá no parecía importarles eso. O acaso fue por ese motivo que mamá se despidió
tan pronto. No la volví a ver y fue precisamente desde su marcha que las cosas
empezaron a cambiar tanto en esta casa. Recuerdo que al irse me pareció feliz,
suspiraba al dejarnos, muy tranquila.
Se fue.
Viéndola de espaldas se me antojó más joven que mi hermana, como si también
ella fuera una niña de quince años. Ahora mi hermana tiene dieciocho y no s si
mamá, también ahora, mirándola de espaldas, parezca de dieciocho. Andará con otro
hombre, supongo, u negro, nos dijo la tía alguna vez, y espero que así sea. El último,
el del sombrero, la miraba a ella y a mi hermana de un modo tan raro, que daba rabia.
Sólo uno de los hombres de mamá fue bueno conmigo. Jugábamos al fútbol, nos
llevaba a las carreras de caballos. Me preguntaba si ya sabía leer. Me decía: «Lee».
Me regaló una historia de Simbad. No sé si era mi padre. Nunca quise preguntárselo,
no quería que me dijera que no, que él no era mi padre. Pero no duró mucho con
mamá, y en su lugar apareció otro hombre, tocaba la guitarra y gritaba al hablar y era
imposible estar cerca de él porque olía a colilla y cenicero. Tampoco él perduraría.
Ver cómo llegaban y se iban rapidito los hombres de mamá, ver aquello y otras cosas,
ver todo eso era tan triste.

Así pasaron las horas, ellas dos apretándose la cabeza, yo de pie, mirándolas.
Estiré el brazo cuidadosamente hasta tocar las cortinas, ellas dos no se movieron.
Separé los pliegues de la cortina, un poco, sólo un poco, para ver si alguien de verdad
nos señalaba. Únicamente estaba la calle, igual que todos los días, negra de lodo. El
perro de José Luis orinaba contra una puerta. Tuve que esforzarme para verlo, los
tobillos me dolían, sentí un calor profundo subiéndome desde los tobillos, una
especie de fuego en los huesos que golpeaba en mi corazón y entre mis venas, pero al
mismo tiempo dejé de sentir frío, y eso era bueno. No puedo creer que existan lugares
donde nunca llueve, donde hace sol y las calles están siempre secas y los hombres no

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necesitan zapatos: En las dos ciudades donde he vivido hace frío y llueve y la niebla
es un abrigo negro que aparece por las tardes desde un cerro y casi nunca se despide.
Las piernas empezaron a temblarme, pero resistí un buen tiempo, deseaba que
alguien pasara y me viera, sólo eso, que alguien dijera: «Ese niño no sale desde hace
días», que alguien comprendiera la verdad: «Seguramente su tía y su hermana y la
muchacha del servicio no lo dejan salir, pobre niño». Pero nadie pasó, y el perro de
José Luis terminó alejándose corriendo. Corría de lado, entre el barro, igual que todos
los perros. Fue una lástima que no se acercara a la casa. Por un momento me imaginé
atrayéndolo a la puerta, me imaginé atrapándolo de un salto y por último, después de
acariciarlo, me imaginé enviando, atado a su cola, un mensaje a José Luis: Ven a
buscarme. Pero hay varios problemas: Primero, no tengo llaves para abrir la puerta.
Segundo, ese es un perro sin nombre, no hay modo de llamarlo. Es tan sólo un perro
fiel que se la pasa cada noche frente a la casa de José, que ladra cuando un forastero
se acerca y bate la cola cuando alguien de la casa sale a la puerta. Es por todo eso que
los padres de José lo alimentan. Pero no tiene nombre. Acaso el nombre del perro de
José Luis sea ése, precisamente: El perro de José Luis. Pero así no sería posible
llamarlo. No entendería. Por otra parte, y esto es lo más importante, José Luis no ha
querido venir a buscarme desde aquella última vez, cuando jugábamos al
desaparecido y de pronto tía Cecilia se nos acercó llorando y lo pellizcó en una
mejilla sin motivo alguno, y le dijo llorando que yo me había transformado en gato,
que en esta casa estaba prohibido jugar con los gatos, y que si él volvía a visitarme
también él se transformaría. Lo peor de todo es que se lo dijo conmigo enfrente, y
José se me quedó mirando asombrado, como si de veras yo tuviera un cuerpo de gato.
Fue un error de José creerle a mi tía, pues tanto él como yo sabemos muy bien que yo
no tengo ningún parecido con los gatos. Yo tengo dos brazos y dos piernas, yo respiro
por la nariz, tengo dos ojos, lloro de vez en cuando, me río, como todos. Yo no soy
gato, yo soy un niño. Tengo que convencerme de eso.

Llegó Pastora y empezó a llover. Se me ocurre que siempre que aparece Pastora y
su bandeja con las tazas de chocolate, siempre que eso ocurre, empieza a llover. Hace
tiempos que no hablo con Pastora. Y bueno, no era mucho lo que hablábamos, pero
algo nos decíamos cuando yo era apenas un recién llegado en esta casa. Ahora
Pastora no me mira, o finge no mirarme. Algún día contaré por qué Pastora no me
mira.
Eso sí, Pastora continúa con su risa tan larga y acentuada que parece una mueca
inacabable. Al principio eso resultaba muy extraño y yo no dejaba de asustarme ante
alguien que con seguridad no había dejado de reír durante toda su vida. Pero no
demoré en entender que acaso esa risa suya no era alegre sino una especie de
desesperación. Después comprendí mejor: A veces la sonrisa grande de Pastora era
una completa burla, y a veces algo parecido al dolor, igual que cuando tú caías de

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espalda en el patio de tu escuela y tus rivales empezaban a vencerte a punta de
cosquillas y entonces tú reías, pero no de alegría, sino de rencor y de dolor, hasta las
lágrimas. Era por eso que la risa de Pastora nos aterraba a mí y a mi hermana. No
sabíamos en qué momento iba a empezar a llorar. Otra causa del miedo que le
teníamos cuando llegamos era su joroba cubierta siempre por el mismo chal. Y su
olor de desperdicios, de remedio viejo, y su mirada brillante que siempre estaba
persiguiéndonos desde cualquier rincón. Pastora era el esqueleto malo de la historia
de Simbad. Pastora era un sueño malo. No sabíamos su edad. De pronto parecía más
vieja que la abuela, de pronto era más niña que nosotros. Recuerdo el día que
llegamos a esta casa: Nos miró desde muy lejos y en vez de saludarnos, como debía
ser, soltó una carcajada y se escondió detrás de tía Cecilia. A tía Cecilia eso no le
importó, sabía muy bien que tarde o temprano terminaríamos acostumbrándonos. Nos
condujo al cuarto de la abuela para que saludáramos y después nos llevó hasta nuestra
habitación. Aún faltaba mucho para que el gato de mi tía desapareciera de la casa. Tía
Cecilia terminaba por entonces su trabajo en el banco. Un día llegó a decirnos muy
contenta que por fin estaba jubilada, que eso era un regalo de Dios, que debíamos
agradecerlo en la misa de ese mismo día. Fue una de las pocas ocasiones que la vi tan
alegre y parecida a mamá. Nos explicó que jubilarse quería decir que le estaba
permitido no volver a trabajar, pero que continuaría de todos modos recibiendo el
mismo sueldo cada mes. Yo no entendí por qué los señores del banco seguirían
pagándole a la tía sin que ella madrugara a trabajar. Pero no quise preguntárselo
porque desde que llegué a esta casa me di cuenta que tía a Cecilia es de las mujeres
que se enojan al tener que responder una pregunta, por más simple que sea, por j
ejemplo: Qué día es hoy. Fue meses después de mi llegada que tía Cecilia decidiría
no volverme a responder, sólo me diría, desde entonces: «Tú cállate, niño», o:
«Quédate donde estás». Y aún faltaban sin embargo muchos otros meses para que el
gato de mi tía desapareciera de la casa y entonces ella me mirara de un modo raro,
como cuando pellizcó a José en una mejilla, y me dijera que yo era en realidad ese
gato y que de seguro también yo no tardaría en desaparecerme de la casa. Yo le diría
que no, que eso no iba a suceder porque mamá había ordenado que no me separara de
mi hermana. Tía tampoco esa vez me respondió, y Pastora soltó otra de sus
carcajadas, y mi hermana, como siempre, tampoco quiso salir en mi ayuda.
Ahora entiendo que lo que tía deseaba era que yo me hiera como el gato y no
volviera nunca más.

Pastora llevó el chocolate a la mesita de la sala. Igual que yo, parecía


acostumbrada a esos repentinos dolores de cabeza de tía Cecilia y de mi hermana.
Puso las tazas del chocolate en la mesita, miró un momento a tía Cecilia y apretó los
labios antes de decir —con el acento desesperado de los que hablan mientras a duras
penas logran contener la risa—: «Está servido el chocolate». Después desapareció

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para reírse finalmente en el pasillo. Y yo adiviné que aquella vez no era de angustia
que reía sino burla, sólo burla, seguramente por mirar el cuadro de mi tía y de mi
hermana casi acostadas en la alfombra, quietas y sin decir nada, y aún con las manos
en la cabeza. Yo me indigné por esa burla y hubiera querido —con el permiso de la
tía— alcanzar a la Pastora y empujarla fuertemente por la espalda y gritarle: «No te
burles de mi hermana». Y digo de mi hermana porque soy sincero y no me importa
que se burlen de mi tía. Si tía Cecilia saliera a la calle y de repente todos los hombres
y mujeres de este barrio comenzaran a burlarse de ella, no me importaría. Los
ayudaría a reír. Y si alguien de mi edad decide lanzar un par de piedras hacia el rostro
de mi tía, también ayudaba. No porque yo sea cobarde, no, sino porque no me
importan las desgracias que le caigan a mi tía, siempre y cuando no le caigan a mi
hermana. El problema consiste en que todo lo que ordena mi tía es obedecido por mi
hermana, ella no es como antes, no es la misma que subió conmigo a la flota, cuando
mamá salió corriendo sin esperar a que partiéramos. No es la misma. No. En ese
entonces mi hermana reía conmigo de la gente, le gustaba burlarse de la cara de la
gente y compararla con la otra cara de los animales. La vez del viaje la pasamos muy
bueno: El conductor, según ella, era un chivo tristísimo y sin dientes. Había una
mujer que parecía un conejo. Otra era un ratón hambriento. Y había un viejo idéntico
a un caballo que se muere: Relinchaba al sonarse las narices. Así de feliz era mi
hermana, imaginando cosas. Mamá nos había dado algún dinero y mi hermana
compró dulces en el primer descanso, y cuando yo le dije que me comprara el avión
de plástico que vendían en la tienda, ella lo compró sin rechistar y me dio un beso en
la frente y me dijo que yo era el hermanito más inteligente de la tierra, que ambos
íbamos a estudiar mucho en la escuela y que después, cuando creciéramos,
compraríamos una casa grande con calentador de agua y cocina con despensa para
que mamá no necesitara tener tantos amigos. Aquello tampoco lo entendí mucho. Es
ahora cuando creo que ya empiezo a comprender.
Cuánto hubiera querido acercarme a la mesita y probar el chocolate. Un sólo
sorbo, cuando menos. Pero es que el miedo que le tuve y que le tengo a tía Cecilia ha
sido tan grande que no pude moverme de mi sitio y así estuve hasta que llegó la
noche y el frío fue más frío y la lluvia empezó a crecer y recrecer como una mano
que trata de romper una ventana y sólo entonces tía Cecilia me miró, cuando el viento
y la lluvia palmoteaban como la mano larga sobre el vidrio, sólo en ese instante me
miró. Parecía alguien que despierta desde un sueño, y así me estuvo viendo, como si
yo no fuera yo. Aquello tampoco me asombró. La verdad es que desde mucho antes
yo ya estaba acostumbrado a que mi hermana y tía Cecilia me miraran de ese modo,
como si yo no fuera yo, como si yo fuera aquel gato que hace tanto tiempo se fue de
la casa. Pero yo no soy un gato. Soy un niño como cualquier otro. Tengo que
convencerme de eso. Y es que tantas veces ellas dos me miran serias y en silencio y
luego se van hasta cualquier sitio de la casa y vuelven después para volver a mirarme
y se van otra vez, que ya estoy acostumbrado a eso. Así fue como tía Cecilia continuó

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mirándome, quieta y sin decir palabra. Por fin le dije, lo más rápido que pude, y casi
conteniendo la respiración: «Pastora ha venido y ha servido el chocolate y ha dicho
que el chocolate está servido y después se ha ido riéndose de ti». La tía no respondió,
eso ya lo suponía; lo que me pareció extraordinario fue que no me haya interrumpido
para decirme que callara.
Después que hube hablado, mi hermana levantó los ojos y me miró desde otro
sueño, el sueño suyo. Cuánto deseaba yo que me dijera algo, pronto, pronto, que
volviera a ser la de antes y me tranquilizara con una sola de sus miradas, con una sola
palabra, como cuando yo le pedía que me explicara nuevamente las clases de
aritmética que nunca pude entender a la maestra. No fue así. Mi hermana seguía
mirándome, y fue esa la primera vez que yo pensé que parecía dormida y atontada de
verdad, con esa boca abierta y luminosa de saliva y la cabeza rasurada como si
realmente se tratara de un hermano mayor. Me arrepentí al momento de creer eso de
ella, pero aún así continué pensando que mi hermana no era mi hermana sino Pastora,
iguales las dos, la misma risa mojada, una risa lenta y sin motivo que mi hermana
sacaba de su boca como un grito doloroso entre un pañuelo y en el preciso momento
en que mi tía señalaba hacia las tazas del chocolate y se acercaba a la mesita como si
no tuviera piernas para caminar y empezaba a beber de cada taza sin usar las manos
—igual que el perro de José Luis— y entonces mi hermana la imitaba. Yo quise
tomar mi taza como siempre, usando las manos, pero tía no lo permitió, sino que
señaló a mi hermana, como dándome a entender que yo debía hacer lo mismo. Tuve
que hacerlo, porque el hambre era mucha.
El chocolate estaba frío.
Siempre que ocurren esta clase de cosas a mí me ha dado por pensar que a lo
mejor mi hermana y tía Cecilia se burlan de mí. Me duele creerlo, pero puede ser así.
Hacen estas cosas conmigo y luego van a esconderse las dos en el baño y empiezan a
reírse de la cara que yo debo poner cuando ellas hacen eso. Esa vez, la vez del
chocolate, yo pensaba que así serían las cosas, y quise irme de la sala pero tía no me
dejó. Yo le dije: «Voy donde la abuela».
«No», me respondió.
«Voy a ver si la Pastora ya le dio su chocolate».
«No», me respondió.
«Voy al baño entonces», dije. «Que no, gato» respondió la tía, y esta vez sus ojos
sí que me miraron de verdad, sin esa larga lejanía que tienen las personas cuando
acaban de despertar.
Cualquiera pensaría que cuando una tía le dice a uno «gato» lo dice riéndose y en
bromas. En este caso no era igual. Tía decía gato como si de verdad estuviera
hablándole a un gato. Ponía los ojos grandes y levantaba una de sus manos como si
fuera a castigarme —amenazándome al igual que se hace con los gatos—. Yo decidí
no insistir. Traté de acabar con el chocolate. Era difícil estirar el cuello en esa
posición, y luego los labios y la lengua, y es que uno corría el peligro de que la taza

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se fuera a caer, aparte de que sólo se podía beber la mitad del chocolate. Y el hambre
era tanta. Mi hermana ni siquiera había sorbido algo de su taza, sólo dijo: «Me duele
la cabeza, me duelen los oídos, esto es extraño», pero fue difícil entenderle cuando
habló, pues su voz sonó distante, parecía la voz de alguien que habla desde muy lejos,
a través de un teléfono en la lluvia. En esta casa no hay teléfono porque desde que
llegamos tía Cecilia dejó de pagar las cuotas y por eso el teléfono también dejó de
sonar. No sonaba mucho, cierto, y ahora sólo es una especie de juguete que no suena,
pero que yo imagino que suena y que entonces lo descuelgo y me convenzo de que
escucho las voces de mi amigo José Luis que llama a saludar y preguntarme por qué
no volví a la escuela. No respondo en voz alta porque temo la burla desafiante de
Pastora; respondo en silencio y silenciosamente me despido, con dos o tres susurros.
Siento lástima y vergüenza al decir esto, pero es así: Soy un sólo miedo cuando hablo
solo por teléfono. Pero ese es un juego que aburre, a qué otro niño puede gustarle
hablar con un teléfono en silencio, a pesar de que se piense que dentro del teléfono
estén las voces de un amigo. Parece un juego bueno, pero no lo es. Termina uno
sintiéndose más solo.
Tía dejó de pagar las cuotas por varias razones. Primero —nos dijo— es mejor
comprar una libra de arroz para que coman ustedes, estómagos de vaca. Segundo —
nos dijo— estos sueldos de hoy ya no alcanzan para nada. Todo sube. Nada baja. Eso
nos lo dijo hace tanto tiempo, pues desde que dejó de madrugar para ir al banco —y a
pesar de que pensaba que su sueldo iba a alcanzarle para todo— las cosas empezaron
a subir y subir más, pero su sueldo no subía.
De todos modos, a mí me parece que realmente tía Cecilia dejó de pagar el
teléfono porque nadie la llamaba a ella y ella no tenía nadie a quién llamar. La última
vez que llamó a alguien fue al médico, fue una noche, ella nos contó. Pensó que la
abuela se moría (la abuela daba gritos y rezaba y lloraba diciendo: «Atrás, atrás»), y
entonces tía llamó al médico y el médico vino y dijo que sí, que la abuela se estaba
muriendo, pero que esa noche no se iba a morir. Que aún le quedaban otras noches, y
que no lo volvieran a llamar en una noche como esa, con tanta lluvia y frío. Que
mejor llamar al padre Sáenz para adelantar aquello de los óleos. Escuchando eso yo
me pregunté si el teléfono del padre sería distinto al teléfono del médico, de otro
color. Y si acaso el padre Sáenz también se enfadaría al ser llamado cualquier noche
de frío. Me pregunté por qué tener teléfono si a uno no le gusta que lo llamen cuando
llueve. A mí me gustaría que un amigo me llamara a media noche para pedirme que
fuera a mirar cómo se muere su abuela. Aún no he visto a nadie a punto de morir. Y
es que me parece que mi abuela no está a punto, a pesar de las medicinas que tiene
que tomar todos los días, a pesar de aquellas largas inyecciones que tía le pone cada
noche para evitarle más dolor. No me gustaría que nadie se muriera, no. Pero si
alguien se está muriendo… Me gustaría ver cómo es que se muere alguien, sólo eso.
Y es que dicen que a un lado de la cama del que muere se sitúa un ángel con su
espada, y a otro lado el demonio armado con su enorme tenedor. Y que luchan por el

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alma del que muere. Me gustaría verlos pelear. José decía que casi siempre vence el
demonio, pues las alas grandes impiden al ángel moverse con velocidad, ya que las
alas del ángel se hicieron para volar, no para pelear sobre la tierra. En cambio el
demonio tiene sus alas pequeñitas, como de murciélago, afiladas y envenenadas,
rápidas, convenientemente preparadas para derrotar al ángel. Quién sabe qué puede
suceder. En fin, a mí sí me gustaría caminar de noche y en la lluvia, siempre y cuando
tuviese la seguridad de dirigirme hacia la casa de un amigo, José Luis, por ejemplo.
Aunque no, José no, no hay una abuela muriéndose en la casa de José. Por otra parte,
tía no permitiría que yo fuera hasta la casa de un amigo cuya abuela se va a morir.
Tendré que esperar a que pasen los años y yo crezca y entonces pueda decidir por mí
mismo hacia dónde y cuándo debo caminar. Pero en ese caso tendré que tener otro
amigo con abuela próxima a morir, y puede que para entonces sea demasiado tarde y
todas las abuelas de todos los amigos ya estén muertas.
Ahora me pregunto por qué si tía desea que yo me vaya de esta casa, por qué
entonces la puerta está con llave y nadie puede salir. Por qué. Por qué. Por qué no es
posible llamar a nadie por teléfono. La primera y última vez que me llamaron,
recuerdo, fue José Luis. Llamó a decirme, precisamente, que acababan de instalar
teléfono en su casa y que por eso me llamaba, para decirme que llamaba desde su
teléfono, color gris. Que este era el número, me dijo: 67 02 77. Y que había olvidado
el número de mi teléfono, 67 10 85, pero que por fin lo consiguió en la lista de la
escuela. La voz de José Luis sonaba tan distinta en el teléfono. Llovían relámpagos
azules y era como si sintiéramos dentro de los cuerpos los golpes del granizo en las
ventanas. De pronto imaginé que José Luis debía sentirse tan incómodo metido
dentro del teléfono, que no podía hablar de otra manera. Por eso cuando juego al
teléfono que llama pienso tanto en José Luis. José Luis se llama mi teléfono. Mi
teléfono se llama José Luis. En aquella última llamada losé me dijo que en su casa no
tardarían en comprar un televisor. «¡Un televisor!», pensé, asombrado. «Debe ser
como la radio negra de la abuela, sólo que más grande y con un vidrio donde uno
pueda mirar el rostro de los que hablan. Es como si la abuela y yo pudiéramos mirar a
eso de las diez y media de la noche lo que de verdad sucede en las radionovelas. No
sólo escucharíamos llorar a las mujeres, sino que veríamos las lágrimas». Eso pensé.
Sin embargo, tía Cecilia nunca pensaría en la compra de un televisor, pues los precios
empezaron a subir desde hace tanto y yo supongo que aún siguen subiendo y nunca
van a dejar de subir, subían y subían y era por eso que tía Cecilia llegaba siempre del
mercado con el rostro como de otra mujer, roja de cansancio y enfadada, dando
gritos, y las emprendía conmigo y con Pastora y con mi hermana y empezaba a dar
reclamos y llamarnos los culpables de su desgracia y después que terminaba con
nosotros se llegaba hasta la cama de la abuela y empezaba a lamentarse con más
fuerza, hasta que un día, comprendiendo que la abuela ni siquiera parecía escuchar —
yo me acuerdo— no pudo resistirse más y le gritó: «Ojalá te mueras, pero rápido», y
agitaba frente a ella las facturas y las cuentas que tenía que pagar, y eran gastos sobre

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todo de las tantas inyecciones y jarabes y pastillas que cada día aumentaban más y
más en la mesita de la abuela, como una extraña colección de frascos y algodones
mojados en alcohol y merthiolate, como un armario de cristales olorosos a cebolla y a
remedio, a sábanas de abuela, a la ropa sucia de nosotros, «Muérete ya» gritaba tía
llorando, y mi hermana detrás también lloraba, y Pastora reía con angustia y yo
únicamente las miraba, sin saber qué hacer para decirles que silencio, silencio, la
abuela se muere. Pero no, la abuela no se estaba muriendo, no —yo lo recuerdo—, la
abuela no respondió, esperó prudentemente a que tía Cecilia terminara de llorar y de
gritar. Después le dijo: «Si sigues gritando así no llegarás a vieja, como yo. El secreto
de la vida consiste en no gritar y no escuchar lo que nos gritan». Tía Cecilia entonces
enfureció más, verdaderamente era otra mujer, las venas duras y azuladas de su frente
y de su cuello parecía que se iban a romper, y sin embargo los cansancios del
mercado le impidieron continuar. Se dejó caer en el asiento y suspiró y habló más
bajo, como los susurros míos por teléfono, y se quejó de que mamá nos haya enviado
hasta su casa; decía que nosotros éramos su cruz, que mamá había elegido el peor de
los caminos y que tarde o temprano iba a arrepentirse, pero que ya sería demasiado
tarde. Y que lo peor de todo era que mamá había dejado de mandar dinero como
antes, «Supe que se fue» decía, «acompañada por un negro». «¡Fugada con un
negro!», gritó de pronto, «¡Una hermana mía, tu hija, mamá, raptada por un negro!»,
y se golpeaba las piernas con fuerza mientras yo sentía únicamente unas ganas
terribles de llorar por todo aquello que escuchaba de mamá, no lograba entender, no
lograba imaginarla corriendo por las calles con un negro, seguidos por el mundo, no
lograba comprender qué era una mujer huyendo con un negro, y ni siquiera imaginé
que a lo mejor aquello no era cierto, no, yo sólo miraba a mi hermana, pero ella no
tomaba la palabra, corría a encerrarse como siempre, bajo llave, y una vez ahí no
quería salir aunque yo corriera a llamarla y contarle que la tía seguía gritando como
otra mujer y que si era posible que eso ocasionara la muerte de la abuela. «No», me
respondió, «Tranquilízate que nadie de nosotros va a morir». Y yo con esas ganas
terribles de llorar, descolgaba el teléfono un instante, como para hablar con alguien,
pero me desanimaba el silencio de José, y entonces me sentaba en el baúl de la cocina
y pensaba en las charlas con mi hermana —que desde entonces ya empezaba a
enmudecer— y repasaba cada una de esas charlas como si se tratara de una lección,
buscando la posible clave de todo; recordaba por ejemplo la charla de una tarde
cuando ella me buscó para decirme, llorando: «Y la abuela, qué será de la abuela».
«Pues se va a morir» le respondí, «Nada podemos hacer».
«Esa pobre mujer» insistía, sin dejar de llorar, «Toda su vida la pasó entre las
cuatro paredes de una cocina, preparando la comida para sus hijos, sólo acompañada
por su radio, pobrecita, y hoy, cuando necesita de todos, la abandonan. Ni siquiera
nosotros la queremos».
«Pero a nosotros nunca nos preparó la comida» dije. Y mi hermana me miró
enfadada: «Porque ya estaba enferma, tonto. Además, debes saber que si tía Cecilia

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no nos ha echado de aquí es por la abuela. La abuela ha intercedido por nosotros. Y
debes saber que el día que la abuela se muera, nos quedamos solos». Entonces mi
hermana aproximó despacio su rostro hasta mi oreja, se aproximó tanto que sus
lágrimas mojaban mis mejillas, y dijo, con mucho miedo: «Debes saber que un día las
escuché hablando. Tía decía, como siempre, que ella no tenía por qué soportar
nuestra carga. Que nosotros no éramos sus hijos. Que estaba pensando en la
posibilidad, aunque le doliera mucho, de enviarnos a una casa de huérfanos, a una
granja, para que yo barriera y tú trabajaras en la carpintería. Abuela le respondió que
tenía razón, que no éramos sus hijos, pero que éramos los hijos de su hermana, y que
eso era otra razón. Que otra razón si los dos fuéramos hijos de una desconocida: en
ese caso desde mucho antes ella misma se hubiese levantado de la cama para
echarnos de la casa a golpes de escoba. Pero que no pensara más en el pecado de
mandarnos a una granja. Que si eso sucedía yo terminaría convirtiéndome en mujer
de mala vida, y tú en ladrón. Y que además el remordimiento de nuestro recuerdo iba
a perseguirla por entre todos los rincones de esta casa y que nunca más podría dormir.
Que lo pensara bien. Y que de todos modos, para enviarnos a una granja había que
pagar, que lo pensara mejor, nosotros dos seríamos útiles ayudándole a Pastora en los
quehaceres. Tía respondió riéndose, dijo que nosotros éramos inútiles, y que sólo
faltaba que creciéramos otro poco para empezar a mostrar las uñas. Pero que eso no
lo iba a tolerar y que al primer indicio de desorden llamaría a la policía para sacarnos
de la casa. Ponte a pensar en lo que dijo: ¿A dónde iríamos los dos si tía cumple lo
que piensa?».
«Adonde mamá» le dije.
«Mamá. Mamá. Linda mamá. Nadie sabe dónde está. A lo mejor ya se murió».
Esa tarde, la idea de imaginar que mamá había muerto me hizo sentir frío. Frío
muy adentro, en el corazón. Pero no era un frío de tristeza. Era el frío de la
desilusión. Si mamá estaba muerta eso quería decir que, lo más seguro, ya la habían
enterrado. Y entonces no era posible verla. Y ya expliqué que yo quisiera ver cómo se
ve alguien que uno ha conocido cuando está muerto. Y la abuela aún no ha muerto
para verla. Pero el verdadero frío que sentí se debe a que la posible muerte de mamá
no me entristeció, no. A lo mejor cuando vivíamos con mamá su muerte me hubiese
entristecido. Hoy no. Sólo pensé que me gustaría verla. El rostro de los muertos tiene
que ser distinto. De lo contrario estarían vivos. Otra cosa que me dio frío fue saber
que si la tía nos echaba, como dijo mi hermana, no teníamos a dónde ir. La mamá de
José Luis no iba a aceptarnos. Y tampoco los de la escuela. Yo solo. Me imaginé yo
solo en la calle. Debajo de la lluvia. Las manos en los bolsillos. Pensando: «A dónde
puedo ir, qué amigos tengo». Pero bueno, la vez aquella de los gritos tía Cecilia había
dicho otra cosa. Que mamá huía con un negro. Eso quería decir que mamá no estaba
muerta aún, que estaba viva, huyendo. Mi hermana no tenía razón. Lo que siempre ha
sucedido es que mi hermana sufre mucho por nosotros, que todos los problemas de
todos nosotros ella los vive por el doble, «Pobre Pastora» decía, por ejemplo, «Con

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esa risa miedosa nunca se podrá casar». Fue por eso que mi hermana no logró resistir
y entonces se dedicó a cerrar los ojos, a taparse los oídos para no escucharnos y no
volvernos a ver, sin seguir el buen consejo de la abuela, su secreto para llegar a viejo.
Es por eso que mi hermana es ahora lo que es. Aunque, pensándolo muy bien, de esta
manera yo tampoco quisiera vivir. Y no quisiera llegar a viejo de igual forma que la
abuela, con un médico viniendo cada tantos meses a decir y repetir que uno va a
morir tarde o temprano, y entonces uno espera dos y tres y cuatro meses, y nada, uno
no se muere. Y es que debe ser difícil estarse uno esperando el día de la muerte, así,
quieto y acostado, sin defenderse. Puede ser que a la abuela no le importe morir, y
sólo se lamente de las cosas que no hizo, como lo dijo esa vez cuando escuchábamos
el último episodio de la novela de la noche: Era una historia de dos que se querían
mucho pero que nunca terminaron de quererse porque él se fue a otro país y cuando
regresó ya ella estaba muerta. «Por tontos» dijo la abuela, «Por no hacer lo que
debieron cuando aún era posible hacerlo». Entonces me llamó con una de sus manos,
me acercó suavemente a ella, y, de pronto, desdobló las sábanas que la cubrían y me
mostró un tumor muy grande, como una manzana que se pudre metida entre la piel,
negra y azul, y me dijo mira, mira bien, esto es lo que queda de una por haber sido
tan buena; a lo mejor, si yo hubiera sido mala hoy estaría de pie, fuerte y rozagante,
sin este globo que me crece y nunca acaba de crecer, lamento que yo no supiera vivir,
lamento que no fui mala todo el tiempo, cuántas veces tuve la oportunidad de ser
mala y feliz, cuatro o cinco veces, y no lo fui, porque deseaba ser una santa, por
tonta, eso es lo que yo fui, mi marido me dejó, te cuento, igual que en la novela, sólo
que yo quedé con dos hijas y él nunca regresó y yo nunca me morí, cuántas veces
quise entonces despojarme de las sábanas, como ahora, sólo que no para mostrar esta
pelota que me duele sino otra cosa, pero claro, no era a ti a quien iba a mostrarte la
otra cosa, no era a ti. Y dijo eso y finalizó tratando de reír con un suspiro y volvió a
decir: «Apaga la radio. Y vigila que no haya nadie detrás de la puerta». Yo sabía a
qué se refería. Fui a vigilar, pero antes abrí las ventanas para que la abuela pudiera
fumar tranquila y el humo del tabaco no la fuera a delatar. Y es que poco antes que la
abuela debiera empezar a guardar cama decidió emplear todo su ahorro en la compra
de una caja grande de cigarros que sólo ella y yo sabíamos dónde se encontraba. La
abuela sólo fumaba a medianoche, después de las novelas, cuando todos dormían,
pero aún así yo abría las ventanas —a pesar del frío y de la lluvia— y después me
estaba quieto como árbol en la puerta, vigilando que tía Cecilia no llegara a darse
cuenta. No se daba cuenta. No. Entraban solamente los fantasmas de los dos de la
novela, pálidos y largos, fríos. Los seguía el ave negra que él en la novela veía volar
sobre la tumba de ella, los seguía el ave negra que él oía cantar cuando pensaba en
ella, los seguía el ave negra. La abuela fumaba en silencio, yo quería gritar: Abuela,
¿no los ves? Y ella seguía fumando, y yo la veía fumar desde mi sitio, como un árbol
en la puerta, sin lograr evitar que los fantasmas la rodearan a mi abuela, sin lograr
evitar que se acostaran con ella —uno a cada lado— sin lograr evitar que el ave negra

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se posara lentamente sobre el humo negro del tabaco, sin lograr evitarla. Hoy me da
por suponer que tía Cecilia siempre supo que la abuela fumaba a escondidas, y que
después de una veintena de cigarros la manzana olía peor y comenzaba a hincharse
más, y era más negra, casi a punto de romper la piel vieja de la abuela y después toda
su cama y el cuarto y las mesas y después la casa entera, el mundo entero. La abuela
se señalaba sonriendo a duras penas y me decía: «Qué tonta fui». Después parecía
apenarse de decírmelo y entonces empezaba a asegurarme que morir no le importaba,
que, de todas formas, morir —como explicaba el padre Sáenz— era el principio de
otra vida, y que no hay por qué temer. Pero una cosa es lo que piensa la abuela y otra
lo que pienso yo. No quiero morir todavía, no, pero tampoco quiero llegar a viejo;
sólo deseo por lo menos saber si es cierto que hay lugares en el mundo donde los
hombres caminan descalzos porque no llueve y no hay goteras repentinas en los
techos y tampoco charcos debajo de las camas y tampoco niebla cada tarde. Yo no
puedo creerlo. En esta ciudad nunca deja de llover. Un día de estos me asomo a la
ventana y doy un grito: ¿Por qué no deja de llover? En la casa donde vivo el frío es
más frío que en la calle, y eso debe ser por tía Cecilia que parece de hielo al caminar
entre nosotros; en esta casa el frío sólo desaparece cuando yo me voy hasta la estufa
en la cocina y me quedo cerca, muy cerca, mientras Pastora en un rincón no deja de
reír mirándome, yo no veo que me mira, no, pero siento su mirada como un peso
palpitante en las espaldas, no deja de reír, pero entonces su risa es tremenda porque
no es de burla y alegría sino única tristeza por aquello que tuve que hacer, aquello
que logró definitivamente que ella terminara de hablar y de mirarme a los ojos para
siempre. Y tuve que hacerlo porque una cosa es tía Cecilia y otra muy distinta
Pastora —que no es dueña de esta casa y tampoco hermana de mamá—. Algún día
contaré qué fue lo que pasó. Y es que mucho antes que pasara Pastora y yo nos
entendíamos, éramos idénticos: Sufríamos por el hambre. Y cuando tía dejó de
comprar harina, y pan, y maíz pira, los dos nos poníamos de acuerdo y luego de que
abuela escuchaba conmigo la novela y fumaba sus cigarros y dormía, y todos como
ella estaban dormidos, nos íbamos a la cocina, caminando en la punta de los pies, y,
sin encender las luces, prendíamos la estufa y deslizábamos una cucharada de
manteca en una olleta. Después de derretida la manteca, arrojábamos una cebolla
dividida, y después que la cebolla se quemara, una taza de agua. (Ése era el momento
más terrible, porque el agua hacía más ruido que nosotros, como una voz extraña que
quisiera delatarnos). Pero finalmente el agua se callaba, sonaba más bajo, al hervir, y
nosotros la revolvíamos con media cucharada de sal y entonces lanzábamos media
taza de arroz, y nos sentábamos a esperar, muy cerca los dos, para evitar el frío, a
veces tomados de la mano, a veces no, pero siempre aterrados por el miedo de pensar
que de un momento a otro podía aparecer tía Cecilia con una vela encendida en la
mano, iluminando nuestras caras, preguntando: Qué hacen aquí.
Pastora permitía que yo comiera más arroz. Comíamos sin necesidad de cuchara,
a manotadas, pues las manos son de carne y no hacen ruido. Recuerdo que esas

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noches aún estaba con nosotros el gato de la tía; nos miraba desde el rincón donde
vivía, sus ojos duros y chispeantes como los otros ojos de la tía, pero no le dábamos
arroz, porque sabíamos muy bien que si alguien había bien alimentado en esta casa,
ese alguien era el gato de la tía. Ella le daba de todo, hasta pan. Un pan cada domingo
para el gato. Y sin añadir que el gato tenía de vez en cuando sus ratones.
Esas noches del arroz más podía el hambre que el miedo: Yo no sentía miedo de
Pastora. Olvidaba su joroba y el susurro temeroso de su risa acompañándome en la
noche, olvidaba su olor. Aún no me explico cómo era que olvidaba que esa sombra a
mi lado era nada menos que Pastora. Pero como —por la oscuridad— yo no la veía,
me imaginaba que era otra persona, que era otra mano la que me aferraba. Por todo
eso, siempre que hay arroz, o lo huelo, me acuerdo de esas noches con Pastora. Acaso
ella fue la única que alcanzó a comprender cómo me sentí cuando mi hermana
empezó a cambiar de cara, poco a poco, y ya no nos miraba como antes. Lo de mi
hermana fue tan extraño como rápido, y comenzó desde esa vez cuando llegó
contenta de la escuela, pues la maestra había dicho frente a todos que mi hermana era
más inteligente que todos, que siguiéramos su ejemplo, que era una lástima que no se
pudiera enviarla a estudiar en otro sitio, con otros niños aplicados, pero que de una u
otra forma mi hermana llegaría lejos, haciéndose valer por lo que era. Al escuchar
aquello, tía Cecilia meneó de un lado para otro la cabeza y dijo que no creía.
—Pero es cierto —respondió mi hermana, con más asombro que rabia. Y era esa
la primera vez que se enfrentaba a la tía, después de tanto soportar. Estaba más pálida
que nunca. Casi azul. Como las paredes. Y temblaba. Yo hubiera querido que en ese
momento, entre todos, entre Pastora, la abuela, mi hermana y yo, como en aquella
película que vimos con mi hermana y con José, tomáramos a tía Cecilia por los
hombros y la cargáramos y entonces, a la cuenta de uno, de dos, de tres, la
arrojáramos de cabeza a la basura. Pero eso no era posible, pensé, porque Pastora
nunca sería capaz de enfrentar a mi tía, porque la abuela estaba débil como su cama,
y porque de todos modos yo ya iba comprendiendo que esas victorias sólo ocurren en
el cine.
—No es cierto —había repetido, entonces, tía Cecilia.
—Es cierto —siguió diciendo mi hermana, y ocurrió lo que yo no quería, que mi
hermana se pusiera a llorar. Las lágrimas no defienden nada. Por el contrario, tía
aprovechó esa debilidad para gritar como nunca antes, le dijo mentirosa, ingrata,
idiota le dijo, y le dijo, por último, que fuera o no verdad, debía comprender primero
que si los dos íbamos a la escuela era por ella, por su dinero que le robábamos, pero
que de todos modos no era eso lo importante, sino que cada día que íbamos a la
escuela, era un día menos de vida para la abuela, pues se tenían que dejar de comprar
muchos remedios importantes para con eso alcanzar a pagar la escuela. «Ustedes
están matando a mamá» dijo al finalizar tía Cecilia.
Al escuchar eso mi hermana hizo un gran esfuerzo para dejar de llorar. Entonces
dijo: «No vuelvo». Y se puso a llorar nuevamente. «¡No vuelvo, no vuelvo!» repitió,

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«No vuelvo a la escuela». Y el resultado fue peor, pues no sólo ella, sino yo, dejamos
de ir a la escuela. Desde esa vez mi hermana empezó a cambiar de cara. Pero lo peor
ocurrió cuando una noche se llegó a mi cama y me despertó para decir que ella no era
de este mundo, así lo dijo: «No soy de este mundo».
No soy de este mundo, fue lo que me dijo, y lo repito para que me crean; yo no lo
creía y le dije que si eso era una broma, que no me hablara, que yo tenía sueño.
Entonces lo pensó mucho y volvió a despertarme sacudiéndome por los hombros para
decirme: «Tú sí eres del mundo, te duermes», y como yo abriera los ojos, mirándola
indefenso, empezó a contarme a tropezones que ella estaba segura que nos había
imaginado a todos, que nosotros éramos una invención de ella, pero que, además, no
podía evitar desde hace tiempos que al encontrarse charlando con alguien, la maestra,
o tía Cecilia, o Pastora y la abuela, o conmigo, empezara a imitar los gestos nuestros,
nuestros labios y ademanes, nuestras voces y miradas, a ser idéntica a nosotros, pero
que de todas formas nosotros teníamos el rostro partido por la mitad, una mitad de un
color que no se ve y la otra mitad de otro color, decía, y que eso le causaba dolor y
lástima porque ella no era de este mundo sino de otro y por tal motivo aún no estaba
preparada a comprendernos, estaba encantada, adivinaba el pensamiento de la tía y de
la abuela, y sabía que Pastora y yo y la abuela y tía Cecilia hablábamos de ella a sus
espaldas, y que si ella se volvía a mirarnos, nosotros dejábamos de hablar, sin
nosotros saber que ella ya sabía lo que hablábamos, y aún con eso no estaba
preparada a entendernos, entendía más a sus amigas que a nosotros, y un día se
entretuvo acariciándose con Laura, o Aura, creo, pero se puso a llorar al descubrir
que en realidad no eran idénticas, pues ella era de otro mundo, no de éste, y podía
oler más allá de la piel, más allá del aire, y sólo quería a los animales, sólo con ellos
lograba entenderse, y puso por ejemplo al gato de la tía, con él charlaba mucho, es
una lástima que se haya ido, dijo, pero dijo también que fue ella quien le ordenó que
se marchara, «Vete», me dijo que le dijo, y que el gato dijo: «Me voy», pero me pidió
que no la delatara con la tía, había que cuidarse de ella, y de la abuela, la abuela está
desnuda debajo de las cobijas, dijo, y un día vendrá volando horriblemente desnuda
sobre dos almohadas de piedra para matarnos de mal olor, decía, pues nosotros la
hemos estado matando a ella sin que ella lo supiera, pero ella ya lo sabe, y querrá
vengarse, y dijo llorando que mientras ella hablaba con nosotros se veía ella misma
en otro sitio, mirándose a sí misma mientras ella misma en otro sitio hablaba con
nosotros, me he salido del cuerpo, decía, y que eso la angustiaba mucho, pues sus
mejillas —en esos momentos— empezaban a temblar como si no le pertenecieran, y
sus párpados, y sentía que se ahogaba como si estuviera tragándose todos los gritos
de todos nosotros, y era entonces cuando veía los dos colores en nuestras caras
partidas, y nuestras narices eran insectos batiendo las alas, eso me contó que veía,
ayúdame, ayúdame, decía a veces, con otra voz, y de pronto preguntaba con un
susurro dulce que por qué yo tenía tantos gestos en los ojos, eso me decía, y así
siguió hablando aquella noche, y muchas otras noches siguió así, y a veces lloraba

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mientras contaba esas cosas, y yo lloraba con ella sin saber qué hacer para ayudarla, y
yo lloraba porque sabía que ella sufría contándome esas cosas y que contar eso estaba
mal, mi hermana se estaba olvidando de ella, de ella y de mí, y de que ella era
inteligente —como dijo la maestra— y que era imprudente dejarse derrotar tan pronto
por la tía, se olvidaba de mí, me abandonaba, y todo eso porque tuvo la mala
ocurrencia de no seguir el consejo de la abuela y empezó a sufrir por la ausencia de
mamá y por cada grito de la tía y también por la vergüenza de Pastora riéndose de
todos, empezó a sufrir demasiado por todos nosotros, y debió ser seguramente por eso
que desde mucho antes yo la vi llorando en cada sitio de la casa, llorando mientras
trataba de leer, o mientras miraba llover en la ventana, llorando siempre, sólo dejaba
de llorar cuando dormía, dejándose perder sin luchar, sin ser lo que ella habría sido
siempre, una valiente, porque eso era ella sobre todo, una valiente, antes de que
llegáramos a esta casa, una valiente, y, además, sabía reír. Aún no había perdido la
alegría.
Yo le dije a la abuela todo aquello que mi hermana me contó, y mi abuela nada
dijo, pero escuchó atentamente y me hizo repetir la historia, como para acabar de
convencerse, me escuchó así, sin moverse, y levantó por fin sus ojos y aún sin
decirme nada yo sentí que fue esto lo que dijo: «No es posible». Pero después de
varias noches, cuando yo iba a repetirle todo aquello que escuchaba, la abuela
terminó cansándose de oírme y se enojó y me pidió que le jurara, primero, que nunca
más volvería a repetirle eso, y, segundo, que le jurara que nunca más volvería a
escuchar a mi hermana, que cuando ella me despertara para hablarme de esas cosas
yo debía cantar o hablar en voz alta, pero no escucharla más, ni responderle, nunca
más, porque eso era igual de peligroso para mí que para ellas —la abuela y mi
hermana— y que hiciera de cuenta que mi hermana había muerto, «No tiene
remedio», dijo la abuela, y después que yo juré —con mis manos en sus manos— me
despidió recomendándome que guardara de mi hermana lo mejor de su recuerdo, «Es
lo único que puedes hacer» dijo, y yo recordé entonces ese viaje que los dos hicimos
hace tiempos en la flota, cuando íbamos riendo y de pronto ella dijo que algún día
compraríamos una casa grande con calentador de agua y cocina para mamá, cuando
habló de un hombre relinchando y una mujer como un conejo, cuando ella me
compró ese avión de plástico que aún tengo. Pero precisamente a causa de ese
recuerdo me fue imposible ponerme a creer que mi hermana había muerto. Era
imposible, además, porque todos los días la veía. La veía viva. Respirando.
Moviéndose. La veía ir y venir barriendo la casa, o la veía detenida como otra
ventana mirando hacia la calle. No pude seguir ese consejo de la abuela, pero seguí el
otro consejo, el de no escuchar más a mi hermana cuando empezaba a hablarme cada
noche y lloraba mirándome. Sólo me preocupaba no tener como antes a la abuela para
contar y repetirle todo eso hasta el cansancio, y es que por entonces yo no lograba
hablar con el teléfono, había olvidado cómo sonaba la voz de José Luis, no lograba
imaginarla, lo único que escuchaba era mi propia voz.

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No continué escuchando a mi hermana porque finalmente cada vez que se
acercaba a hablarme yo ya estaba profundo y me era difícil salir de mis sueños
porque desde los sueños yo sabía que era mi hermana hablándome y entonces yo
prefería seguir hablando conmigo en los sueños, hasta que mi hermana pareció
acostumbrarse a creer que yo la escuchaba, pero yo continuaba lejos, en el patio
grande de la escuela, acompañado por Camacho y José Luis, esperando a que tocaran
la campana de la salida. Y eran sueños donde yo repetía lo vivido en el patio grande
de la escuela, o en las calles, como si nuevamente viviera por fuera de casa, como si
finalmente viviera otra vez. Hoy me acuerdo por ejemplo de ese sueño que fue
verdad, con Camacho y José Luis escapando de mi hermana que debía encontrarse
conmigo para ir juntos a la casa, sólo que esa vez y muchas otras ella no iba a
encontrarme pues yo decidía quedarme con Camacho y José Luis en algún parque, o
en el patio grande, jugando a la guerra. Andábamos con Camacho porque era el único
de los tres que tenía dinero. Su padre era el panadero del barrio y Camacho muchas
veces entraba furtivo al almacén y robaba seis o diez roscones de veinte que vendía
por mitad de precio a las hermanas del convento cuando iban al mercado. Pero un
mal día lo descubrieron y Camacho tuvo que aguantar una paliza y confesarse siete
veces con el cura y esperar a que pasara el tiempo y todo se olvidara. Entonces se
hizo el grande, y sus padres empezaron a confiar en él: Lo pusieron a atender la caja
registradora cada sábado y domingo, sólo que él no registraba todo lo que se
compraba, y no guardaba todo lo que le pagaban. Por ser capaz de eso lo
respetábamos, pero no sentíamos apego por él. Era mayor que nosotros, tenía un
defecto en la mirada: Pestañeaba rápido, perpetuamente, sin querer. Fue él quien nos
convenció de que entráramos al cine de hombres, un teatro viejo y sucio, de tres
pisos, que no quedaba muy lejos de la escuela. Recuerdo que fuimos muchas tardes
—cuando lográbamos escapar de mi hermana— pero nunca nos atrevíamos a entrar.
Por lo demás, a José y a mí no era que nos importara gran cosa, no, sólo a Camacho,
y lo bueno de aquellos momentos era que después de intentarlo Camacho nos invitaba
a una barra de chocolate en la tienda, o dos, si había suerte. Así que las incursiones al
cine de hombres siempre finalizaban en eso, un chocolate para José, un chocolate
para mí, y otro para Camacho, afligido y de mal humor. Durante esos paseos
Camacho nos contaba siempre la misma cosa, sólo que con distintas palabras, nos
contaba cómo era la vecina de su casa cuando él se asomaba en la noche para verla
antes de dormir. Parece que Camacho no tenía ninguna otra cosa que contar. «Gorda
y roja», nos decía, «La veo antes de que cierre las persianas, es gorda y rojísima,
blandísima, todo le tiembla», y se abría de brazos, pestañeando feliz, sin darse cuenta
que nosotros lo único que esperábamos era la hora del chocolate, nuestra recompensa
por acompañarlo a pasar y pasar nuevamente frente a las puertas del cine de hombres,
sin atrevernos a entrar. Claro que ya mucho antes conocíamos el cine, pero el cine de
todos. Y fuimos con José y con mi hermana. Ella nos invitó. Se había rasurado el pelo
por primera vez. Había vendido su pulsera, y nos invitó. Vimos la película aquella

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donde cuatro muchachos a la cuenta de uno, de dos y de tres, lanzaban a otro por una
ventana y el otro caía preciso de cabeza en el tarro de basura, y entonces todos los
que estábamos en el cine nos reíamos. Recuerdo que esa vez cuando llegamos a casa
tía Cecilia nos dijo que no dijéramos nada, que no rechistáramos, que nos había visto
entrar en el cine y que lo mejor que pudimos hacer era entregarle el dinero para
comprar más drogas para la abuela. Mi hermana volvió a llorar, y yo no quise imitarla
porque sabía que si lloraba mi tía Cecilia se sentiría feliz.
Fue poco antes de que dejara para siempre de ir a la escuela cuando volvió
Camacho a insistir. Tenía el dinero reunido. Había averiguado que era posible que nos
dejaran entrar si le pagábamos propina a la mujer de las boletas y al portero. Nosotros
lo seguimos, y ya no pensábamos en el chocolate porque intuimos que esa vez
Camacho sí estaba decidido a entrar.
Recuerdo que yo soñaba con eso porque eso era igual que volver a vivir.
Lo terrible empezó cuando ya estábamos cerca. Acaso todos deseábamos entrar,
pero íbamos tomados de la mano. No sé a quién se le ocurrió tomarse de la mano.
Aún no lo sé. Todas las manos como hielo, la niebla de la tarde nos defendía, llovía
bastante y nadie miraba a nadie. Los que iban caminando por la calle procuraban
protegerse debajo de los aleros. Pasaban junto a nosotros como sombras, temerosos
de algo, sin imaginar que nosotros éramos tres más temerosos que ellos. Yo me
preguntaba en mi sueño por qué tanto miedo, por qué tanto miedo; pero es que eso
era todo lo que teníamos, miedo. Único miedo, y frío en las mejillas, mucho frío.
Ya era la tercera vuelta que dábamos en torno a las puertas del cine —igual que
otras veces— sólo que ahora cada vuelta era un sufrimiento porque de verdad
estábamos decididos. Sobre todo Camacho, que caminaba delante, seguido por José
Luis. Yo iba de último, a tropezones. Nos habíamos desatado de las manos cuando
dimos la primera vuelta a la manzana. Ya sabíamos que aquello terminaría por
atemorizarnos, y más aún por el hecho de que las puertas del cine eran amplias y
estaban iluminadas, de modo que siempre que pasábamos frente a las puertas se nos
veía perfectamente detrás de la lluvia, empapados, y entonces nosotros apretábamos
los labios y resolvíamos seguir caminando, rápido, hasta que aquello parecía una
carrera y nosotros ya no lográbamos contener el llanto de la vergüenza que
guardábamos en la garganta desde horas antes, cuando escapamos de mi hermana.
Oscurecía, a pesar de que no era la noche. En esta ciudad hay sol, y luz, pero el
viento no les permite acercarse a nosotros. «Hemos venido con el uniforme de la
primaria» había dicho de pronto José Luis. Camacho y yo nos miramos. «Cualquiera
sabrá quiénes somos» siguió diciendo José. Camacho respondió, riendo: «Sigamos.
Aquí no es posible cambiarnos de vestido».
«Entremos, entonces», replicó José Luis, como un reto, disminuyendo la marcha,
pero ya era demasiado tarde, las puertas metálicas y los grandes carteles que
anunciaban la película quedaban atrás. Yo no quise intervenir. Me distraía el agua
terrosa corriendo debajo de nosotros, el agua larga y ruidosa que bajaba desde Ciudad

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Alta y recubría casi totalmente nuestros zapatos. Recordé que en la segunda vuelta —
ahora íbamos para la cuarta— cuando pasamos frente a las puertas del teatro,
Camacho se había lanzado de pronto hacia la ventanilla de las boletas. Pero ni José ni
yo fuimos capaces de seguirlo: Doblamos la esquina, casi corriendo, y Camacho,
indefenso, sin nuestra compañía, no tuvo otra alternativa que seguirnos. Ya era la
cuarta vez que pasábamos frente a la dentistería. Miré al dentista, sentado como una
estatua en una salita, mirándonos a nosotros. Tenía una revista sobre las rodillas y se
veía rígido, casi muerto. Yo me pregunté por qué no nos detenía a preguntarnos
quiénes éramos y qué hacíamos bajo ese aguacero, yendo y viniendo, mirándolo
siempre que pasábamos frente a su puerta. Por qué no nos detiene, me preguntaba, si
era la cuarta vez que él nos veía a nosotros y nosotros lo veíamos a él, y aquello ya
parecía ridículo. Continuamos caminando, con la angustia de las lágrimas en la
garganta. Sé muy bien que todos deseábamos llorar por la vergüenza, por la
impaciencia de vernos aún en la calle, cuando todo se nos antojaba tan sencillo.
Ya nos aproximábamos a las puertas de metal; nos tomamos de la mano pero al
poco tiempo volvimos a soltarnos, como si ya no nos perteneciéramos, como
desconocidos. Ese momento lo aprovechó Camacho —acaso deseando distraernos de
la cercanía del teatro— para decirnos que nos había mentido con aquello de la vecina.
«Quería confesarles eso, sólo eso», dijo, como si se quitara un peso de mucho tiempo,
pero luego agregó: «Nunca la veo, cierra las persianas antes de que yo pueda verla.
Pero la imagino como dije, gorda y rojísima. Es que es fea, ella, y tiene una cara
como un tomate, así es ella». No le dijimos nada, ¿qué podíamos decirle? El cine
estaba cerca…, en otro momento nos hubiéramos reído. Le hubiéramos dicho: «Si es
gorda, y fea, como un tomate, por qué quieres mirarla, Camacho, ¿por qué entonces
te la imaginas?». No le dijimos nada. Únicamente habló José Luis: «Si no entramos
ahora, no entramos nunca; o entramos, o nos ahogamos debajo de esta lluvia». Un
mismo escalofrío nos recubrió. Debía ser la lluvia que continuaba cayendo en
nuestros cuellos, atravesándonos de frío. Después de las palabras de José no fuimos
capaces de mirarnos, la ciudad entera parecía venirse hacia nosotros como un idéntico
puño de ruidos que nos aplastaba. Ya estábamos detenidos frente a la ventanilla,
Camacho pagaba. ¿Acaso no iban a detenernos? Sentí que lloraba en silencio, sin
poderlo evitar: Y es que de pronto me puse a pensar en la cara que estaría haciendo
tía Cecilia al ver que yo no llegaba de la escuela. Me dolía comprender que mi
hermana pagaría por eso.
Camacho pasó frente a nosotros, escurriendo agua, arrugando las tres boletas en
sus dedos. «Estoy encalambrado» dijo. Y me miró con rabia, con miedo, con lástima.
Muchos sentimientos revueltos. Yo cerré los ojos. Las lágrimas ardían. Sentí que José
Luis se aproximaba. «Qué pasa», dijo. Y pensé que al decir eso me había alargado su
mano, pero que después la dejaba caer, arrepentido. Yo no supe cómo explicar que de
pronto empecé a sentir la presencia de tía Cecilia, los ojos de la tía mirándome… y
después mi abuela que no acababa de morirse y Pastora riendo y mi hermana mirando

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llover en la ventana. «Deja de llorar» gritó Camacho con un susurro. Su voz parecía
un papel cuando se rasga. Y pensar que todo eso ocurría tan rápido. «Nos están
mirando» les dije, sin abrir los ojos. «Quiénes, quiénes» preguntó José Luis, y supuse
que él en ese momento debía encontrarse mirando hacia todos los sitios. Yo los había
visto: Hombres sin rostro, lentos y solos, apacibles como un madero flotante, un
madero encorvado, un oscuro madero con forma humana, derivando silenciosamente
hacia la entrada. «Ya le he pagado a la mujer» nos informó Camacho, «era la única
manera», siguió diciendo, «y ahora tú te pones a llorar y cierras los ojos». Aquello
estaba mal; yo mismo no podía creer lo que me estaba pasando. Hasta ese punto los
ojos de tía Cecilia me perseguían, hasta en la calle, cuando me encontraba tan lejos de
ella. «Nos están mirando» volví a decirles, y Camacho se acercó más, yo sentí su
aliento húmedo en mi rostro, golpeándome con fuerza. «Quiénes» me dijo. «Los ojos
de la tía» le respondí. Ahora Camacho parecía el más débil de nosotros, escuché que
balbuceaba algo. Abrí los ojos y lo vi, y me asombró la forma como temblaban las
boletas en su mano. Me asombró, además, cómo aún ninguno de los hombres se
detenía a decirnos algo. Todos continuaban pasando solos, en silencio. Y Camacho no
se decidía a dar el segundo paso: El Portero. Había que hablar con él, y pagarle. Pero
José Luis no pensaba en eso. Empezó a recordar nuevamente lo de los uniformes.
Nos recordó al profesor Pedroza, el director de la escuela. El solo nombre de Pedroza
hizo que todos pensáramos lo mismo. Recordamos a Pedroza, la larga gabardina de
Pedroza agitándose como una bandera negra frente al patio grande. Nosotros en fila.
Con Pedroza en el patio nos sentíamos desamparados. Era mejor el salón o el patio
grande, sin Pedroza, claro. Recordábamos: Silencio. Desolación. La voz fuerte y
velluda de Pedroza amenazándonos. Ya eran doce los alumnos mayores expulsados
por asistir al cine de hombres. Lo mejor era entrar al teatro, pero rápido. Todo
empezaba a resultar tan fácil, sólo que en esos momentos yo me había puesto a llorar
por el recuerdo de la tía, y a lo mejor José Luis empezaba también a recordar las
cosas malas de su casa, y después Camacho, al que únicamente el recuerdo de su
padre lo hacía vibrar como la hoja de un árbol al viento. De modo que todos nos
miramos, y la lluvia empezó a golpear con más fuerza en la calle, y el vapor de la
lluvia pintaba de blanco nuestras bocas, y la lluvia en la calle era como una voz que
se burla, llamándonos. Temblábamos de frío. De rabia. De miedo. «Abre bien los
ojos» me dijo Camacho, «Tu mamá no nos está mirando». «No tengo mamá» le dije,
«Tengo una tía». Pero Camacho no me escuchó; él y José ya estaban frente al portero,
y le pagaban. Seguí tras ellos, pasamos así la puerta, el portero nos azuzó: «Rápido,
rápido». Era un muchacho escuálido, la gorra azul de portero parecía quedarle
demasiado grande.
Entramos. La sala ya estaba a oscuras. Alguien de nosotros tropezó con alguien, y
eso hizo que, al momento, sin darnos cuenta, nos tomáramos de la mano,
desamparados. Un olor espeso nos seguía por todas partes, como si en el cine una
lluvia invisible siguiera cayendo y un frío más hondo nos recibiera. Era una lluvia

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oscura en el cine. Eso era. Nos sentamos. Silencio. Silencio en los bancos, y en la
pantalla. No eran los ruidos del cine de todos, niños que lloran, nosotros comiendo
maíz pira, nosotros felices. No. Todos estábamos solos. En la pantalla una mujer
detrás de una mesa de vidrio. Sentada. Parecía sufrir. Empezaba a subirse la falda. O
parecía a punto de reír. Se despojaba de la falda. O suspiraba. La mano larga de la
mujer se deslizaba apretándose ella misma, buscándose ahí. Sentí que la mano de
Camacho sudaba, pero estaba fría. Entonces volvimos a desanudar nuestras manos,
como si no nos perteneciéramos, como desconocidos. La mujer desnuda. Ahora
parecía sufrir y reír al mismo tiempo, apretándose. Estaba tan cerca de nosotros.
«Es la primera vez que veo lo que tienen» dijo Camacho, o José. Yo pensé que
no, que no era la primera vez que yo veía lo que tienen. Y otra vez el recuerdo era un
cuchillo frío en las pestañas que me hacía cerrar los ojos y mirar sin quererlo a tía
Cecilia en medio de la noche, blanca como la cera, en su cuarto de sábanas calientes,
donde dormía también Pastora, en un colchón, muy cerca. Tía Cecilia diciéndome:
«Contigo empezó el pecado»… «Contigo empecé a pecar».
Cuando salimos del teatro ya la lluvia se había ido, sólo estaban la niebla y el frío
esperándonos, y la tarde, tan oscura como una noche. «No quisiera olvidarme nunca»
decía Camacho pestañeando rápido. Temblaban sus manos. Quería irse pronto, se
notaba, pronto y solo. José Luis se acercó a él. Entonces miró hacia abajo, hacia el
cierre de los pantalones de Camacho. «Camacho», le dijo, «Qué hiciste en el cine».
Pasábamos por la tienda. José Luis empezó a reír. Pero su risa no me gustó. No era su
risa de siempre. Camacho guardó silencio y encogió los hombros. Después dijo:
«Hoy no hay para el chocolate», o dijo: «No alcanzará para más chocolates». No
recuerdo exactamente qué fue lo que dijo. Pero recuerdo que yo me sentí más fuerte.
Y es que yo he soñado con eso una y otra vez, hasta no saber en realidad cuál era el
sueño, y cuál la verdad. Tal vez eran idénticos.

No me fue posible acabar de tomar el chocolate porque de pronto tía Cecilia y mi


hermana me tomaron de los brazos y me levantaron como si yo fuera una silla que es
necesario cambiar de lugar y entonces me sacaron de la sala y empezaron a pasearme
lentamente a través de la casa, sin que entráramos jamás al cuarto de la abuela. Yo no
me opuse a sus deseos, aunque no dejaba de inquietarme eso de ir con ellas de un
lado para otro, como si no acabaran de decidir qué hacer conmigo o en qué sitio
dejarme para siempre. No dejaba de inquietarme aquello, a pesar de que todo ese
tiempo me la pasé pensando en ellas y en mis sueños y en todo lo que es esto. Me
inquietaba sobre todo que a tía Cecilia no le importara comprobar si la abuela había
bebido o no su chocolate, o si Pastora le dio el jarabe y las pastillas de cada día. Me
inquietaba, también, que Pastora no se apareciera por ahí, entre un rincón a media
luz, riéndose, o siguiéndonos despacio, mientras ellas me empujaban, me llevaban,
me traían. Y es que a ratos yo extrañaba la presencia de Pastora, su risa y su joroba,

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su vestido verde de todos los días. Estaba seguro que si en esos momentos yo le
hubiese preguntado a Pastora por qué mi hermana y tía Cecilia me llevaban de esa
forma, ella, Pastora, me hubiese respondido. Me hubiese hablado, a pesar de todo, a
pesar de lo sucedido entre nosotros. Me hubiese hablado, de todos modos, ya que era
imposible que durante esas vueltas sin motivo ni razón por la casa mi hermana y tía
Cecilia —con esas caras suyas tan metidas en el miedo y en el sueño— dijeran algo.
A veces, aunque no la veía a Pastora, varias veces, yo sentí que nos miraba escondida,
desde algún sitio; y que sus ojos brillaban, rápidos, sin atreverse a salir de entre la
sombra. Pero su risa no la escuchaba. Sólo sus ojos. Y recuerdo, ahora que hablo de
ojos, que a mí me gustaba pintar a la gente, y que la última vez que pinté fue a
Pastora. Lo hice lo mejor que pude, y empleé tres colores. Me quedó bien, eso creo, y
hasta le puse los ojos azules —en lugar de los ojos oscuros, que así son en realidad
los ojos de Pastora—. Cuando ella entendió que yo empezaba a pintarla —estábamos
en la cocina— sucedió algo raro: Me pareció que a medida que yo pintaba en el
papel, pintaba también en su rostro, porque se puso roja y no dejó de pasarse la mano
por la boca y el pelo y los ojos, como si alguien invisible la molestara acercando los
dedos a sus pestañas, como si alguien tratara de darle escalofríos hundiéndole una
pluma entre los labios, o como si una mariposa grande revoloteara frente a ella,
intentando posarse en sus mejillas. Eso ocurrió mucho antes de que Pastora decidiera
no volver a hablarme, por aquello que yo tuve que hacer. Era la época en que
comíamos arroz a escondidas. Recuerdo que le mostré el papel y ella lo vio y soltó
una risotada —que no era exactamente de burla sino de perplejidad— y yo le dije
«Ríete, Pastora, ríete, no importa», y ella siguió riendo con fuerza, sin dejar de mirar
la pintura, y es que acaso la disgustaba ver ella misma su propia joroba —o ver en su
rostro esos ojos azules que no eran de ella— y acaso fue por eso que empezó,
finalmente, a romper el papel. Entonces yo le dije: «Rómpelo, Pastora, rómpelo, que
yo te pintaré otra vez, cuando yo quiera». Y sin embargo no volví a pintar nunca, ni
las ventanas de esta casa ni la casa, ni mi hermana mirando llover en la ventana, ni
Pastora con ojos azules, ni tía Cecilia gritando, ni la abuela muriéndose en su cama,
ni el gato de tía, ni el perro de José, ni José, ni yo mismo. Una noche me senté frente
al papel y lo único que hice fue un montón de rayas y más rayas y de pronto me dio
tanta rabia y cansancio de mí mismo y de todo lo que sucede entre estas paredes que
rompí el papel con la punta del lápiz, y luego el lápiz, y después, con lo que quedaba
del lápiz, a manera de cuchillo, rasgué sin saber para qué los manteles de la mesa, y
después rayé las paredes, como si una fuerza que yo no conozco me dominara, y sólo
me detuve cuando escuché las sandalias arrastrándose de tía Cecilia que se acercaba a
buscarme. Huí de ella, furioso aún, donde la abuela.
La abuela me vio entrar sin moverse de su sitio. Siempre que me ve llegar cambia
de posición, para descansar alguno de sus costados y entonces disponerse a una buena
charla conmigo. Esa vez no se movió. No se qué rostro debía tener yo, porque me
miró como si no me conociera y de pronto dijo: «También tú, lo suponía». Yo la

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estuve mirando largo tiempo sin decir nada, y ella ya parecía que iba a dormirse, pero
al momento abría los ojos, con susto, como si le aterrara tener que dormirse conmigo
mirándola. A mí ese temor me tranquilizó, y me dio por pensar que era bueno que
alguien aparte del mundo me temiera, o se venciera ante mis miradas, como lo hacía
en ese momento la abuela. Por fin descansó la abuela, al ver que era yo el que
empezaba a dormirse. Me acarició el pelo, me dijo: «Ve a dormir».
«No», le dije, «En este momento me busca la tía. Óyela. Siempre que voy a la
cama, casi siempre, sale ella y me llama, y yo no puedo decirle que no, que no me
llame, porque ella responde que sí, y vuelve a llamarme, y se indispone conmigo si
no voy. Óyela. Así es ella. Óyela. Debe pensar que yo ando escondiéndome otra vez».
«Entiendo eso», me dijo, «ya me contaste». «Pero no me crees» le dije. Y ella
respondió con un gesto de tristeza, me dijo: «Sí. Hoy sí te creo».
Mi hermana no me creyó cuando se lo conté, y eso que ella lo supo mucho antes
que la abuela. Mi hermana se me quedó mirando en silencio, y así durante muchos
minutos, y después me recordó eso de que nosotros éramos un invento de ella, y que
ella nada podía hacer. «Eso», pensé, «No tiene que ver con lo que yo le he contado»,
y desde entonces nunca volví a repetirle aquello a mi hermana, a pesar de que a veces
ella sí parecía escuchar de verdad, como cuando tía nos dijo en la ventana: «Han
comenzado a señalarnos» y entonces mi hermana respondió: «Es mejor que cerremos
las cortinas, tía». De todos modos era mejor no hablar con mi hermana para no
entristecerse. Fue por ese motivo que me hice tan solo, sin ella, sin mi hermana, que
en la última época ya no lloraba tanto sino que parecía una sonámbula, como si
soñara de pie, o mientras comía. Se la pasaba durmiendo y mientras tanto yo
aguantaba los regaños de tía Cecilia reclamando que mi hermana no soltaba el
desagüe de la letrina cuando acababa de usarla, que era una sucia pues nunca se
bañaba y además no intentaba trabajar para pagar lo que ella y yo comíamos. Pero los
reclamos sólo eran conmigo, no con mi hermana o con la abuela. Yo tenía que
pagarlo todo, hasta la ausencia de mamá: «Intenté encontrarla» decía tía Cecilia, «Se
hizo la muerta, tu mamá». Y, sin embargo, fue también en esa última época que tía
Cecilia comenzó a charlar a medias con mi hermana. La escuchó con curiosidad, al
principio, sin entender desde luego todo eso de que nosotros éramos un invento de
ella, y que ella se veía a sí misma mientras hablaba con nosotros, la escuchó sin creer
nada en absoluto, pero a fin de cuentas la escuchó, y a veces se la pasaban juntas
hablando en un sofá, conversando como amigas, y de pronto no sólo era mi hermana
la que hablaba, sino tía Cecilia, que empezó a regresar en su vida y contarle a mi
hermana cómo eran ella y mamá cuando niñas y cómo fueron los hombres que ellas
habían conocido y cómo la abuela antes de que el abuelo se marchara a otro país; le
contó de los trabajos y los días en el banco y le dijo llorando que ella tuvo un hijo
pero que no acabó de tenerlo porque no pudo, así se lo dijo: «Tuve un hijo, pero no
acabé de tenerlo, entiendes, y ahora no es posible tenerlo porque las mujeres de más
de cuarenta, dicen, son como un edificio público». A veces mi hermana lloraba

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escuchándola, y a mí me parecía absurdo todo eso porque estaba seguro que cuando
hablaba la tía mi hermana no la escuchaba de verdad, y cuando hablaba mi hermana
la tía miraba a la ventana, o suspiraba por otros recuerdos, o llamaba a la Pastora y le
decía que preparara el chocolate, que no se fuera a olvidar de echar el agua a los
helechos. Pero terminó también la tía olvidándose de dar órdenes tan simples como
ésas, y Pastora empezó a hacer lo que quería; a veces no era chocolate sino agua
dulce lo que bebíamos, y recuerdo que entre menos comíamos a mi hermana le daba
por empalidecer más y soñar más y en voz alta, y taparse los oídos diciendo que toda
su sangre se salía lentamente por ahí, que se estaba muriendo y que todo eso era tan
extraño, y fue entonces cuando tía Cecilia empezó a mentir, eso creo, por lo menos, y
dijo que también a ella le dolían los oídos, que le sangraban, y después ambas
repetían aterradas que era mejor que Pastora no saliera a la calle porque la señalaban,
y yo me preguntaba entonces cómo vamos a comer, si Pastora no sale a comprar el
pan, cómo comemos. Y no sé cómo Pastora convenció a tía Cecilia para que la dejara
salir a comprar el pan y la panela, no se cómo. A lo mejor mi tía pensaba que como
Pastora era Pastora nadie la señalaba, pero si se trataba de ella misma o de mi
hermana, con seguridad todos los vecinos en fila hubieran empezado a señalarlas. De
manera que por lo menos siguió saliendo Pastora, a pesar de que yo tampoco pude
salir a acompañarla, y así empecé a vivir con tía y con mi hermana de pie frente a la
ventana, atisbando a los que pasaban y escondiéndonos, no fuera a ser que de pronto
alguno volteara a mirar y nos descubriera, y así empecé a vivir, siempre los tres en la
ventana, y siempre así hasta que a tía Cecilia le entrara la gana de decir algo y
entonces mi hermana cerrara las cortinas.
Un día la abuela las bendijo, como si fuera una santa, una santa bendiciendo, pero
una santa asombrada, mientras ellas dos hablaban al mismo tiempo en el sofá y no se
daban cuenta que la abuela estaba ahí, de pie, escuchándolas. La abuela nada dijo,
sino que descubrió resignada cómo ellas dos se tomaban las pastillas y remedios que
sólo eran para ella, la abuela, pero que ya en la última época ellas dos bebían cada
tarde seguramente para evitar que la sangre que yo nunca vi se regara por sus oídos.
Era la primera vez en mucho tiempo que la abuela abandonaba su cama y se acercaba
a escucharlas, y por eso yo sentí deseos de llorar, porque pensé que la abuela se iba a
morir y se encontraba recogiendo sus pasos por la casa, y la seguí —al verla
retroceder como un lamento mudo hasta su cuarto— y detrás de mí siguió la tía,
únicamente, y yo con esas ganas de llorar porque de verdad estaba convencido que la
abuela iba para santa, tenía la mirada blanca y yo creí ver un círculo de humo en
torno a su cabeza, igual que ese círculo que tienen los ángeles y santos. Pero no pude
seguir pensando eso porque después la abuela pidió con un quejido largo que le
llamaran a Pastora, y yo la fui a llamar, y cuando llegó Pastora me di cuenta que lo
que la abuela quería era que Pastora la ayudara a orinar. Recibió la bacinilla y lo hizo
enfrente de nosotros, y tía Cecilia, decepcionada —pues a lo mejor había pensado
como yo en eso de los pasos recogiéndose— rompió el silencio y empezó a gritar

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mientras la abuela orinaba y nos enviaba sin quererlo el ruidoso olor caliente y
amarillo de la bacinilla, que se muera esta vieja, gritaba, muérete, muérete, mamá,
toda una vida soportándote, pero la abuela siguió haciéndolo enfrente de nosotros, sin
escucharla, aparentemente, y de vez en cuando me miraba melancólica como
dándome a entender que recordara su advertencia para llegar a viejo, y fue por eso
que la dejé a merced de tía Cecilia y empecé a salir despacio de su cuarto, primero en
la punta de los pies, después corriendo, para no escuchar. Me preguntaba, escondido
en el sitio más distante, cómo hacía la abuela para no escuchar si le era tan difícil
caminar y salir huyendo hacia otra sitio, cómo hacía. Entonces pensé: «Seguramente
recuerda las novelas de la noche, y las repite por dentro, de memoria».

Muchas noches, cuando tía Cecilia me descubría escondido en algún rincón del
pasillo, o debajo de la mesa, parecía despertar desde lo más profundo de su sueño y
me llamaba, y yo no sabía decir que no, que no debía ir, me llamaba como alguien
triste cuando se lamenta y yo tenía que dejar mi cama, o la mesa, o el sitio donde me
encontrara, y seguirla hasta su cuarto donde ya Pastora estaba en su colchón,
durmiendo, aunque sólo yo sabía que Pastora no dormía sino que nos miraba oculta
entre la sombra del colchón, pues se sentían flotar por encima de la noche sus dos
ojos brillantes y resueltos como dos piedras de luz fijas en nosotros, persiguiéndonos;
eran esas noches cuando entonces tía Cecilia se acostaba boca arriba en su lecho y me
llamaba y yo debía hacerme encima, con mi rostro más abajo de su ombligo, ahí
donde el calor era intolerable, un paño de agua oscura hirviendo entre los labios, sus
manos frías y largas me apretaban contra ella, hundían mi cabeza, mi rostro entero
contra ella, ahí, pero era muy difícil soportarlo porque aquel era un olor que me dolía,
y me ahogaba de un sabor amargo mientras ella no dejaba de moverse, ella igual que
los que sufren por la sed, sollozante, ella igual que una esponja blanda muy profunda
que goteaba resbalando entre mi boca y en mi cuello, pero el más terrible sufrimiento
consistía en que desde ese recoveco de la asfixia yo alcanzaba a escuchar la risa leve
de Pastora a mis espaldas, y su risa en ese instante era burla y desesperación al mismo
tiempo, ambas cosas juntas o pegadas o revueltas como dos alas agitándose, y no
dejaba de reír y reía más y sobre todo cuando tía quedaba inmóvil y yo abandonaba el
cuarto, el rostro mareado de calor —pero el cuerpo frío— dando tumbos como un
ciego, hasta el cuarto donde mi hermana seguía hablando sola, como si yo hubiese
estado ahí, escuchándola, todo el tiempo. Acaso el recuerdo más difícil de esas
noches sea la risa de Pastora, persiguiéndome. Durante esa época los dos ya no
repetíamos las noches del arroz en la cocina, no éramos cómplices, y sólo nos
hablábamos a ratos. Dejamos de hablarnos para siempre desde esa vez cuando mi
hermana y tía Cecilia se encontraban en el cuarto de la abuela y entonces Pastora vino
a mí y me dijo, riéndose, que ahora ella me había pintado, y que si acaso yo quería
verme retratado en un papel. Entonces me llevó riéndose a su cuarto —que era el

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mismo de la tía— y de pronto me abrazó con fuerza y se lanzó al colchón —sin dejar
de abrazarme— y quiso obligarme a lo mismo que la tía, pero yo no lo permití, cerré
los puños y apenas me sentí libre de sus brazos la golpeé en el rostro y en el cuello,
donde mejor pudiera, mientras ella me empujaba por los hombros hacia abajo. Sólo
que empecé a cansarme y sentí —desesperado como en una pesadilla— que mis
brazos no eran míos, estaban débiles, eran de caucho, y me pesaban, y que así no era
posible evitar que Pastora me doblegara. «No, Pastora, no», le dije, pero ella parecía
no escucharme, estaba pálida del esfuerzo, pálida de una sonrisa extraña que por
primera vez en la vida yo escuchaba, pálida como la piel de todo su cuerpo que se
alargaba como una raíz anudándome. Me pareció que aquello era una pelea de las que
uno tiene con otro amigo en la escuela, sólo que yo ya me daba por rendido y Pastora
continuaba venciéndome: «Estoy vencido, déjame», le decía. Ella era más fuerte, más
fuerte que tía Cecilia cuando intentó doblegarme la primera noche, más fuerte que yo,
claro, y más fuerte —imagino— que la abuela y tía y mi hermana juntas. Me agarró
de los cabellos y se acomodó, de espaldas, con la falda cubriéndola en el rostro,
diciéndome: «Soy tu tía, soy la hermana de tu tía y de tu madre, entiéndelo», y
mientras tanto me apretaba más y más contra el centro de ella. Estaba desnuda por
debajo, y yo empecé a llorar de rabia y ahogo, de rabia porque aquello era tolerable
con la tía, pero no con Pastora, a quien entonces yo siempre había supuesto una
víctima de mis pinturas, casi una única amiga. Hizo lo que quería, yo tenía aplastado
mi rostro sobre ella, y a pesar de mi lucha sorda, de mis lágrimas, tuve tiempo de
asombrarme pues Pastora olía igual que tía Cecilia, y tuve tiempo también de seguir
pensando, en el colmo de la desesperación, humillado por ella, tuve tiempo de pensar
qué tenía que hacer para salvarme, y fue así como empecé a morderla, y al principio
ella pareció desperezarse complacida, como si morderla fuera la mejor de mis
derrotas, pero yo seguí mordiendo, sin soltarla, hasta que sentí que desmayaba, que
ya no procuraba apretarme contra ella sino que me halaba de los pelos hacia arriba,
«niño, niño» me decía, y en ese momento su risa era como si llorara en mis oídos, y
sus uñas las tenía clavadas en mi espalda, pero yo seguí mordiendo, más, más, y su
voz sonaba como un ruego cuando ya no tuve fuerzas de seguir apretando. Entonces
me incorporé, desfallecido, todavía débil, pero ella estaba más débil que yo, porque
se quedó más quieta que la tía, rígida, sollozando en la penumbra. Salí corriendo
hasta el baño y me encerré, bajo llave. Y ya en el baño lo primero que miré fue el
espejo, y yo estaba ahí, en el espejo, mirándome, sin saber cómo creerlo, porque
sencillamente ése no era yo, en el espejo. Tenía su sangre en mis labios, tema sus
vellos. Fue por eso que no me reconocí. Pensé que yo era otro, que era otro el del
espejo, y ese pensamiento me aterró, pues —a pesar de todo— el otro era idéntico.
Pero después empecé a reconocerme, ése era yo, limpiando mi propio rostro con mis
manos. Me sentía enfermo de un olor que me dolía, que no me abandonaba, el
recuerdo de Pastora era ese olor como de tierra cuando llueve, un olor idéntico al de
tía, un olor que se metía en la piel, que me dolía en los ojos. Desde entonces preferí

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no mirar nunca más a la Pastora, para no recordar. Pasaron las semanas y la desgracia
de mi hermana llorando en cada sitio hizo que olvidara o creyera olvidar lo sucedido,
sólo que Pastora no olvidó, me miraba sin mirarme, yo sentía sus ojos indignados, su
resuelta voluntad de no volver a dirigirme una palabra. Todo eso era lo que yo tenía
que contar, y no me atrevía, pero fue sin darme cuenta como lo conté, y ya lo he
contado.

Entramos otra vez al cuarto de la tía. Ya eran muchas las veces que entrábamos.
Yo iba en medio de las dos, de tía Cecilia y de mi hermana; era un viaje interminable,
nadie parecía saber en dónde o hacia dónde estaba el fin. Me puse a pensar otra vez
que era muy extraño que la tía no hubiese comprobado si Pastora había servido algo
de comer para la abuela. «Algo le ha pasado a la abuela» dije, pero ellas no me
oyeron, o acaso no les importaba conocer qué pasaba con la abuela. Y es que desde
esa vez, cuando yo creí ver un círculo de humo en la cabeza de la abuela, cuando
pensé que iba para santa, la abuela siguió orinando, sólo que agua, incansablemente,
y eran muchas las bacinillas que Pastora llevaba y traía sin detenerse, porque la
abuela parecía tener un río por dentro y no era posible saber cómo no se ahogaba ella
misma dentro de ella, cómo, hacía la abuela para no ahogarse en ella misma, si su piel
era transparente como agua, si dentro de ella no había sangre sino agua y a veces
parecía que iba a terminar disuelta en agua, sólo agua, una última ola de agua tibia
que Pastora finalmente desocuparía. «Algo le ha pasado a la abuela» repetí, en voz
muy alta, para confirmar si acaso la primera vez yo no había hablado sino únicamente
pensado que algo le pasaba a la abuela; pero tampoco esa vez me atendieron.
Entonces miré a mi hermana. Yo sé que ella no me escuchaba, y de pronto descubrí
que verdaderamente estaba en otro sitio, quizá en otro de sus sueños, pero que lo
mismo no ocurría con la tía. Tía Cecilia sí que me escuchaba. Me pareció que fingía
vivir idéntico, entre sueños. Me pareció que tía Cecilia imitaba por su propio gusto
los gestos de mi hermana, y que lo hacía para pasar el tiempo, o tal^vez para
convencerse de sentir ella misma la otra cara del sueño, y el dolor de cabeza
imaginario, y la sangre sin color regándose desde los oídos. Pero por un momento
empecé a creer que lo que tía buscaba era que mi hermana misma acabara consigo
misma, y que entonces realmente la sangre se le empezara a regar por los oídos, y que
sus gestos de dolor no sólo fueran como otro sueño sino sueños de verdad, de dolor,
de pena y desconsuelo, con los ojos abiertos. Y eso me atemorizó, y no había manera
de prevenir a mi hermana, sobre todo en ese momento, cuando las dos empezaban a
quedarse quietas y mudas mirando hacia el techo, pero sin dejar de estrecharme,
como si yo fuera el culpable de todas las desgracias, como si yo fuera el culpable de
que ellas vivieran tan tristes mirando a la ventana, como si yo fuera el culpable de
que la abuela necesitara más drogas y jarabe para ablandar el dolor de la muerte,
como si yo fuera el culpable de la risa inacabable de Pastora persiguiéndonos, como

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si yo fuera el culpable. En todo eso empecé a pensar mientras las dos miraban hacia
el techo, a las paredes, y sufrían temblando por el frío, y me apretaban las mejillas
reconociéndome entre sus dedos tan duros como un hielo, y yo empecé a
desesperarme ante eso, detenido, empujado, detenido, empujado y atajado por sus
brazos y sus cuerpos que imposibilitaban mi deseo de huir pero que al mismo tiempo
me alentaban a hacerlo.
La abuela. Cómo llamarla. Cómo gritar pidiendo su ayuda si la mano de tía
Cecilia hacía de mordaza entre mis labios, cómo llamarla si detrás de nosotros se
escuchaba la risa cómplice de Pastora, o se la veía a ratos, asomada a la puerta,
acezante, atenta, buscando otro pretexto para soltar la risa más grande, la última risa,
que no tuviera final. No. No era posible que la abuela se acercara a ayudarme, la
abuela no podía sostenerse, la abuela nunca quiso escuchar, debía encontrarse como
una sombra de agua en su cama, sin querer escuchar, sin querer escucharme, sin
querer escuchar el desespero de nuestras pisadas en círculo, sin poder entender en la
distancia los ruidos grandes de nuestra respiración. Comprendí que era imposible que
viniera en mi ayuda. Entonces quise correr, correr, pero otra vez me sentí como dueño
de un cuerpo que nunca fue mío, un cuerpo de caucho, ajeno, pesado, mientras
seguíamos los tres juntos a través de la casa, con la risa de Pastora persiguiéndonos, y
sin que llegara un final, un sitio para el fin. Entonces pensé que a lo mejor mi
hermana y tía Cecilia habían resuelto nuevamente alimentarse del jarabe y las
pastillas de la abuela y que por eso caminaban tanto, sin cansarse, y que seguramente
por esa misma razón no acudían al cuarto de la abuela, para que ella no descubriera
que otra vez habían bebido sus remedios, los remedios que sólo eran de ella, de la
abuela, la abuela muriéndose, la abuela que no quiso volver a verme desde esa vez
cuando otra vez me mostró la llaga enorme de su pecho, el tumor agrio que seguía
creciéndole y parecía latir con corazón propio. Me mostró la llaga y me llamó con
gran esfuerzo, me acercó muy a su lado, pues la voz apenas le sonaba, y me pidió que
me inclinara ante ella, ante su boca, y dijo, con urgencia: «Cómo estás, qué te ha
sucedido». Me lo dijo como cuando uno se encuentra con un amigo que tiene atados
los pies y entonces uno se asombra y quiere saber qué le ha sucedido. Y yo ya iba a
responder algo, cuando sonó desde la calle el lloro lento de un gato, y me acerqué a la
ventana, pues pensé que podía tratarse del gato de tía, sólo que no era, y entonces
volví donde la abuela y comencé a decirle que era un gato negro llorando frente a la
puerta, abuela, pero que no era el gato que pensábamos, le dije, aunque, abuela, si yo
fuera un gato, sería un gato como ése, un gato negro, abuela, y es claro que los gatos
puedan parecerse a mí en la manera como se limpian la cara, seguí diciendo, o en la
forma como se desperezan, por ejemplo, y le dije riéndome que en ese caso yo sí
podría ser un gato, yo soy un gato cuando camino por la casa, abuela, despacio, con
cuidado, para no llamar la atención, para no despertar a nadie, para que no me vean,
abuela, y le dije, también, que soy un gato inmóvil cuando miro a la calle desde la
ventana, abuela, soy ese gato muerto en el tejado que un día José Luis y yo vimos

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desde el patio grande de la escuela, soy ese gato, abuela, soy un gato, eso soy, claro.
Y la abuela nuevamente me acercó a ella, me tomó del pelo con fuerza, y sus ojos
brillaban igual que una última gota de agua cuando dijo: «Escapa», pero yo no la
entendí en ese momento, la miré dudando, para que repitiera esa palabra, pero la
abuela hizo entonces un gesto de cansancio y me pidió con un solo movimiento de
manos que me fuera, y antes de irme vi que desde hacía mucho la Pastora no llevaba
más bacinillas a su cuarto y que por eso la abuela estaba fría como agua y olía tan
mal como el agua negra de los caños, y además tenía casi todas las cobijas regadas
por el suelo, y con ese frío, con ese frío…, no sentí la fuerza de acobijarla o preguntar
si deseaba otra bacinilla, o si le llamaba a la Pastora para que cambiara las sábanas.
Sólo después, durante este viaje interminable por entre los pasillos de la casa, he
comprendido que Pastora tiene todos los permisos de la tía para nunca más acercarse
a ayudar a morir tranquilamente a la abuela. No. No sería posible entonces esperar
una última y probable ayuda de la abuela, a quien tía Cecilia debe odiar de verdad,
como yo empiezo a odiarla a ella y a mamá, que nos envió a vivir con tía Cecilia sin
pedir nuestra opinión. Ésa era la palabra, escapa, escapa, y yo la he ido repitiendo
mientras vamos hacia un sitio y volvemos hasta otro para después volver a irnos,
escapa, escapa, he ido repitiendo la palabra a medida que volvemos al cuarto de la tía,
qué puedo hacer, pienso, qué estamos haciendo, los dedos de la tía continúan en mi
boca, me quitan el aire, yo vuelvo a preguntarme hasta cuándo dura esto y cuándo
vamos a morirnos, qué puedo hacer, pienso, y ya no es posible resistir a las preguntas,
a la desesperación de un viaje por los mismos sitios sin detenerse nunca, qué puedo
hacer, pienso, y he vuelto a llorar, a morder con fuerza, he vuelto a hacerlo, y sólo así
me ha soltado la tía, y entonces yo no he podido más y me he puesto a gritar, a gritar
más, para que todo el mundo me escuche y venga a ayudarme.

Bogotá, 1984

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EVELIO ROSERO DIAGO (Bogotá, 1958). Dedicado por completo a la literatura,
ha vivido entre Francia, España y Colombia. Evelio Rosero hace parte de la
generación de escritores nacidos después de 1950 y su narrativa oscila entre un
realismo evidente y un realismo kafkiano absurdo, revelación y expresión del
universo más o menos desgraciado de los hombres.
Novelas: Primera vez (trilogía compuesta por Mateo solo, Juliana los mira y El
incendiado), Papá es santo y sabio, El eterno monologo de Llo, Señor que no conoce
la luna. Las muertes de fiesta. Además, libros de cuentos como Cuentos para matar
un perro y otros cuentos, El capitán de las tres cabezas y Pelea en el parque.

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