Etapas de la Fundación de la Iglesia
Etapas de la Fundación de la Iglesia
(1984)
ÍNDICE
3. Texto del documento aprobado «in forma specifica» por la Comisión Teológica
Internacional
Introducción
1. Estado de la cuestión
2. Los diferentes sentidos de la palabra Ekklesia
3. Noción y punto de partida de la fundación de la Iglesia
4. Progresos y etapas en el proceso de fundación de la Iglesia
5. El origen permanente de la Iglesia en Jesucristo
Ya antes de que Juan Pablo II, a los veinte años de la clausura del Concilio Ecuménico
Vaticano II, anunciara un Sínodo extraordinario, la Comisión Teológica Internacional había
mirado ese acontecimiento como objeto de su propio trabajo. Había decidido leer de nuevo
y repensar con atención el texto fundamental del Concilio —la Constitución sobre la Iglesia
— teniendo ciertamente en cuenta la experiencia de estos años. En su tarea, la Comisión
era plenamente consciente de los límites de sus posibilidades: los documentos de los que
disponía para su trabajo eran fruto de los debates de unos treinta expertos procedentes de
todas las partes del mundo; éstos representaban, a la vez, las diversas disciplinas teológicas
y modos de pensar muy diferentes. Las declaraciones comunes de la Comisión exigen un
largo proceso de elaboración colectiva; lo cual las obliga a una reducción tanto en la
extensión como en los contenidos.
Igualmente, desde este punto de vista, no era en modo alguno posible exponer íntegra y
ampliamente la riqueza teológica y espiritual del texto conciliar o elaborar un comentario
de él. Por ello, hemos seleccionado bastantes cuestiones principales que han planteado
nuevos interrogantes en el debate posconciliar y que exigen clarificación o también
integración e investigación más profunda. Así, por ejemplo, señalemos la cuestión de si la
Iglesia puede verdaderamente remontarse a una voluntad primaria de Jesús o si existe más
bien sólo como efecto de una evolución sociológica no prevista por él; es una cuestión que
antes y durante mucho tiempo se discutió entre los no católicos, pero que sólo después del
Concilio ha revestido toda su importancia para los teólogos católicos, a causa de ciertas
tomas de posición individuales sobre el Jesús histórico. Por ello, había que colocar este
tema en el mismo comienzo de nuestra reflexión. La noción de «Pueblo de Dios», que el
Concilio colocó con razón en una clara luz, integrada sin duda en la imagen que el Nuevo
Testamento y los Padres tienen de la Iglesia, se ha convertido, poco a poco, en un «slogan»
de contenido bastante superficial; allí también era necesario aportar precisiones.
Ulteriormente la cuestión de la relación entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares,
que ha sido objeto, en el Concilio, de una nueva presentación en la óptica de una
eclesiología de «comunión», ha tropezado en la práctica con bastantes puntos oscuros.
También el problema de la inculturación se ha hecho más urgente y más actual. Y podría
citar otros muchos ejemplos.
El texto de esta relación conclusiva ha sido preparado, según los estatutos y las costumbres
de la Comisión Teológica Internacional, por la elaboración de diversos estudios, por dos
reuniones especiales de la subcomisión (París y Friburgo de Suiza) y por las discusiones de
la sesión plenaria del mes de octubre del año 1984.
El presidente de esta subcomisión «De Ecclesia» y redactor del texto último ha sido el
Rvmo. Sr. P. Eyt, Rector del Instituto Católico de París. En diversa medida, por título
diverso y de maneras diversas han colaborado los miembros de la subcomisión y los
consejeros del grupo de trabajo: los Excmos. Sres. K. Lehmann, J. Medina Estévez, y B.
Kloppenburg, y los Rvmos. profesores o doctores C. Arévalo, G. Colombo, H.U. von
Balthasar, E. Khalifé, M. Ledwith, H. Schürmann, B. Sesboüé, J. Thornhill, Chr.
Schönborn.
Esta relación sintética ha sido aprobada en forma especifica por el sufragio positivo de la
mayoría absoluta de los miembros de la Comisión Teológica Internacional, el 2 de octubre
de 1985, según las normas de la Comisión Teológica Internacional y del Código de
Derecho Canónico (canon 119, § 3). Esta votación ha sido confirmada por el Emmo. Sr.
Presidente Card. J. Ratzinger, el 4 de octubre. Con su paternal tutela, el Papa Juan Pablo II,
felizmente reinante, el 5 de octubre, declaró, de modo ciertamente peculiar, este texto
aprobado y que debía ser editado cuanto antes.
Hace relación de estos hechos, según la norma de los Estatutos de la Comisión teológica
internacional (V, 2), el secretario general, al que corresponde «divulgar los escritos de la
misma Comisión».
3. Texto del documento aprobado «in forma specifica»
por la Comisión Teológica Internacional
INTRODUCCIÓN
Por ello, son, en primer lugar, esencialmente los capítulos I, II, III y VII de Lumen
gentium los que constituyen el objeto de los estudios presentados en nuestra relación.
Ha sido además necesario examinar otras cuestiones poco presentes, a primera vista, en la
Constitución como, por ejemplo, la inculturación del evangelio y de la Iglesia, o también la
fundación de la Iglesia por Cristo. En efecto, estos temas han alcanzado un gran relieve en
los debates ulteriores.
Finalmente, sin pensar en modo alguno que el Código de Derecho Canónico de 1983 sea
un documento de la misma naturaleza o de la misma importancia que una Constitución
conciliar, hemos recurrido frecuentemente a él para hacer resaltar, sobre los puntos en
debate, la convergencia y la aclaración recíproca de estas dos grandes disposiciones
eclesiológicas.
No se nos oculta que en vísperas del Sínodo extraordinario de noviembre de 1985, nuestro
trabajo puede constituir una contribución a la tarea que incumbirá a esta Asamblea.
7 de octubre de 1985
1. Estado de la cuestión
Por el contrario, ciertos representantes de la crítica histórica moderna de los evangelios han
podido, a veces, sostener la tesis según la cual Jesús no ha fundado, de hecho, la Iglesia y
que, por la prioridad dada al anuncio del Reino de Dios, Jesús no ha querido tampoco
fundarla. Esta manera de ver tuvo como consecuencia disociar la fundación de la Iglesia del
«Jesús histórico». Se renunció incluso a las palabras «fundación» o «institución» y se retiró
su alcance a los actos que se refieren a ellas. El nacimiento de la Iglesia, como se prefiere
decir hoy, fue entonces considerado como un acontecimiento pospascual. Éste fue, cada
vez más frecuentemente, interpretado como puramente histórico y/o sociológico.
1. La asamblea de la comunidad.
2. Cada una de las comunidades locales.
3. La Iglesia universal.
En los evangelios hay dos acontecimientos que, de modo muy particular, expresan la
convicción de que la Iglesia ha sido fundada por Jesús de Nazaret. Por una parte, la
atribución a san Pedro de su nombre (cf Mc 3, 16), a continuación de su profesión de fe
mesiánica y con referencia a la fundación de la Iglesia (cf. Mt 16, 16ss). Por otra, la
institución de la Eucaristía (cf. Mc 14, 22ss; Mt 26, 26ss; Lc 22, 14ss; 1 Cor 11, 23ss).
Los logia de Jesús que conciernen a Pedro, como también el relato de la Cena, juegan
ciertamente un papel primordial en la discusión sobre el problema de la fundación de la
Iglesia. Sin embargo, hoy es preferible no ligar la respuesta a la cuestión que se pone a
propósito de la fundación de la Iglesia por Jesucristo, únicamente a una palabra de Jesús o a
un acontecimiento particular de su vida.
Los progresos y las etapas que acabamos de mencionar testifican ya separadamente, pero
de manera todavía más clara en su orientación de conjunto, una significativa dinámica que
conduce a la Iglesia. El cristiano reconoce en ella el designio salvífico del Padre y la acción
redentora del Hijo, que se comunican al hombre por el Espíritu Santo[5]. En detalle se
pueden descubrir y describir los elementos preparatorios, los progresos y etapas. Se
encuentran así.
Ninguna etapa, tomada aparte, es totalmente significativa, pero todas las etapas, puestas
una tras otra, muestran bien que la fundación de la Iglesia debe comprenderse como un
proceso histórico de la revelación. El Padre, por tanto, «determinó convocar en la santa
Iglesia a los creyentes en Cristo, la cual, prefigurada ya desde el origen del mundo,
preparada maravillosamente en la historia del pueblo de Israel y la antigua alianza,
constituida en los últimos tiempos, se manifestó por la efusión del Espíritu y será
consumada gloriosamente al fin de los siglos»[6]. Simultáneamente, en este desarrollo se
constituye la estructura fundamental permanente y definitiva de la Iglesia. La Iglesia
terrestre misma es ya el lugar de reunión del pueblo escatológico de Dios. Ella continúa la
misión confiada por Jesús a sus discípulos. En esta perspectiva, se puede llamar a la Iglesia
«germen y comienzo en la tierra, del Reino de Dios y de Cristo»[7].
La Iglesia que resplandece por la claridad de Cristo[10], manifiesta a todos los hombres «la
disposición absolutamente libre y misteriosa de la sabiduría y del amor» del eterno Padre,
de salvar a todos los hombres por el Hijo y en el Espíritu[11]. Para subrayar, a la vez, la
presencia en la Iglesia, de esta realidad divina transcendente, y la expresión histórica que la
manifiesta, el Concilio ha designado a la Iglesia con la palabra «misterio». Porque sólo
Dios conoce el nombre propio que expresaría toda la realidad de la Iglesia, el lenguaje de
los hombres experimenta su inadecuación radical para la expresión total del «misterio» de
la Iglesia. Debe, por ello, recurrir a múltiples imágenes, representaciones y analogías que,
por lo demás, no podrán designar jamás más que aspectos parciales de la realidad.
Así, el Nuevo Testamento nos presenta «imágenes [que están] tomadas o de la vida pastoril
o de la agricultura o del trabajo de la construcción o también de la familia y de los
esponsales», y que ya «están preparadas en los libros de los profetas»[14].
Ciertamente no todas estas imágenes tienen la misma fuerza evocadora. Algunas, como la
del «cuerpo», revisten una importancia primordial.
Se estará fácilmente de acuerdo en que sin recurrir a la comparación de «cuerpo de Cristo»
aplicada a la comunidad de los discípulos de Jesús, la realidad «Iglesia» no puede ser
abordada de ninguna manera.
En efecto, el conjunto de las cartas de san Pablo desarrolla esta comparación en muchas
direcciones como lo señala la Constitución conciliar Lumen gentium en su n. 7[15]. Sin
embargo, aunque el Concilio da todo su lugar a la imagen de «cuerpo de Cristo», ha sido
más bien la de «pueblo de Dios» la que ha ocupado el primer plano, aunque sólo sea
porque constituye el título mismo del capítulo II de la Constitución. La expresión «pueblo
de Dios» ha llegado incluso a designar la eclesiología del Concilio. De hecho, se puede
decir que «pueblo de Dios» ha sido retenido preferentemente con respecto a expresiones
como «cuerpo de Cristo» o «templo del Espíritu Santo», a las que el Concilio recurre
equivalentemente.
2. «Pueblo de Dios»
Sin embargo, en sí misma, la expresión «pueblo de Dios» tiene una significación que no se
descubre con un primer examen. Como toda expresión teológica, exige reflexión,
profundización y clarificación para evitar las interpretaciones falsas. Ya a nivel lingüístico
el término latino «populus» no parece ser capaz de traducir directamente el laos griego de
la Biblia de los «Setenta».
Laos es un término que en los «Setenta» tiene un sentido muy preciso, sentido no sólo
religioso, sino incluso directamente soteriológico y destinado a encontrar su cumplimiento
en el Nuevo Testamento.
Así la expresión «pueblo de Dios» recibe su sentido propio, de una referencia constitutiva
al misterio trinitaria revelado por Jesucristo en el Espíritu Santo[18]. El nuevo pueblo de
Dios se presenta como la «comunidad de fe, de esperanza y de caridad»[19], de la que la
Eucaristía es la fuente[20]: la unión íntima de cada creyente con su Salvador y también la
unidad de los fieles entre sí constituyen el fruto indivisible de la pertenencia activa a la
Iglesia y transforman toda la existencia del cristiano en «culto espiritual». La dimensión
comunitaria es esencial en la Iglesia para que en ella puedan ser vividas y compartidas la
fe, la esperanza y la caridad, y para que esa comunión, habiendo alcanzado el «corazón» de
cada creyente, se extienda también a un plano de realización comunitaria objetivo e
institucional. La Iglesia está también llamada a vivir, en este plano social, en la memoria y
la espera de Jesucristo, y a anunciar la buena nueva a todos los hombres.
En este acto divino tiene su origen la creación y también la historia de los hombres, puesto
que ésta tiene su «principio», en el sentido más pleno del término (Jn 1, 1), en Jesucristo, el
Verbo hecho carne.
Éste, exaltado a la derecha del Padre, dará y derramará el Espíritu Santo que se hace así
principio de la Iglesia constituyéndola como Cuerpo y Esposa de Cristo y, de este modo, en
una relación particular, única y exclusiva con respecto a Cristo, y consecuentemente, no
extensible indefinidamente.
Se sigue también de ello que el misterio trinitario se hace presente y operante en la Iglesia.
En efecto, si desde cierto punto de vista el misterio de Cristo-Cabeza, en el sentido del
principio universalmente totalizante del Christus totus, «comprende» y envuelve el misterio
de la Iglesia, desde otro punto de vista el misterio de Cristo no engloba pura y simplemente
a la Iglesia, a la que es necesario reconocer un carácter escatológico.
La voluntad por parte del Concilio de subrayar este aspecto de la Iglesia aparece
claramente, como lo hemos referido ya, en el recurso a la categoría de «pueblo de Dios».
Ésta encuentra en sus antecedentes veterotestamentarios una connotación precisa de sujeto
histórico de la alianza con Dios. Esta característica está, además, confirmada en el
cumplimiento neotestamentario de la noción, cuando refiriéndose a Cristo por el Espíritu,
el «nuevo» pueblo de Dios amplía sus dimensiones, confiriéndoles un alcance universal.
Ahora bien, precisamente porque se refiere a Jesucristo y al Espíritu, el nuevo pueblo de
Dios se constituye en su identidad de sujeto histórico.
Lo fundamentalmente propio de este pueblo y que, por ello, lo distingue de todo otro
pueblo, es vivir ejerciendo simultáneamente la memoria y la espera de Jesucristo y, por
ello, el compromiso de la misión. El pueblo de Dios lo realiza ciertamente por la adhesión
libre y responsable de cada uno de sus miembros, pero gracias al apoyo de una estructura
institucional establecida para este fin (palabra de Dios y ley nueva, Eucaristía y
sacramentos, carismas y ministerios).
En todo caso, memoria y espera dan una especificación precisa al pueblo de Dios,
confiriéndole una identidad histórica que, por su misma estructuración, lo preserva, en toda
situación, de la dispersión y del anonimato. Memoria y espera tampoco pueden estar
disociadas de la misión para la que el pueblo de Dios es convocado permanentemente.
Desde este ángulo, la misión que constituye el objetivo histórico del pueblo de Dios
desencadena una acción especifica que ninguna otra acción humana puede sustituir, acción
a la vez crítica, estimuladora y realizadora del modo de vivir de los hombres, dentro del
cual cada uno acepta o rechaza su salvación. Subestimar la función propia de la misión y,
en consecuencia, reducirla, sólo podría agravar el conjunto de los problemas y de las
desgracias del mundo.
Por otro lado, la insistencia en la designación del pueblo de Dios como sujeto histórico, y
también la referencia constitutiva a la memoria y la espera de Jesucristo, permitirán atraer
la atención sobre las notas de relatividad e incompleción que son inherentes al pueblo de
Dios. En efecto, «memoria» y «espera» expresan simultáneamente, por una parte,
«identidad», y por otra «diferencia». «Memoria» y «espera» expresan «identidad» en el
sentido de que la referencia del nuevo pueblo de Dios a Jesucristo por el Espíritu no hace
de este pueblo «otra» realidad, independiente o diversa, sino muy simplemente una realidad
llena de la «memoria» y de la «espera» que la unen a Jesucristo. Desde este ángulo, la
realidad completamente relativa del nuevo pueblo de Dios resalta claramente, ya que sin
poder cerrarse sobre sí mismo está en total dependencia de Jesucristo. Se sigue de ello que
el nuevo pueblo de Dios no tiene genio propio que hacer valer, imponer o proponer al
mundo, sino que sólo puede comunicar la memoria y la espera de Jesucristo, de que vive:
«Ya no soy yo el que vive, sino que Cristo es el que vive en mí» (Gál 2, 20).
Del Espíritu Santo el nuevo pueblo de Dios recibe su «consistencia» de pueblo. Según las
palabras del apóstol Pedro, «lo que no es un pueblo» no puede llegar a ser un «pueblo» (cf.
1 Pe 2, 10) más que por aquel que lo une desde arriba y por dentro en orden a realizar la
unión en Dios. El Espíritu Santo hace vivir al nuevo pueblo de Dios en la memoria y la
espera de Jesucristo y le confiere la misión de anunciar la buena nueva de esta memoria y
de esta espera a todos los hombres. Con esta memoria, esta espera y esta misión no se trata
de una realidad que se superpondría o se sobreañadiría a una existencia y a actividades ya
vividas. A este respecto, los miembros del pueblo de Dios no constituyen un grupo
particular que se diferenciaría de otros grupos humanos en el plano de las actividades
cotidianas. Las actividades de los cristianos no son diferentes de las actividades por las que
los hombres, sean los que sean, «humanizan» el mundo. Para los miembros del pueblo de
Dios, como para todos los demás hombres, no hay más que las condiciones ordinarias y
comunes de la vida humana que todos, según la diversidad de su vocación, están llamados a
compartir en solidaridad.
Sin embargo, el hecho de ser miembros del pueblo de Dios da a los cristianos una
responsabilidad específica con respecto al mundo: «¡Lo que el alma es en el cuerpo, sean
los cristianos en el mundo!»[21]. Ya que al mismo Espíritu Santo se le llama alma de la
Iglesia[22], los cristianos reciben, en este mismo Espíritu, la misión de realizar en el mundo
algo tan vital como lo que él lleva a término en la Iglesia. Esta acción no es una acción
técnica, artística o social más, sino más bien la confrontación de la acción humana en todas
sus formas, con la esperanza cristiana o, para conservar nuestro vocabulario, con las
exigencias de la memoria y de la espera de Jesucristo. En las tareas humanas, los cristianos
y entre ellos más particularmente los seglares, «llevados por el espíritu evangélico, a modo
de fermento, [trabajan] por la santificación del mundo, como desde dentro, y así, ante todo
por el testimonio de la vida, resplandecientes por la fe, la esperanza y la caridad,
[manifiestan] a Cristo a los otros»[23].
El nuevo pueblo de Dios no está, por tanto, caracterizado por un modo de existencia o una
misión que sustituirían a una existencia y a proyectos humanos ya presentes. La memoria y
la espera de Jesucristo deben, por el contrarío, convertir o transformar, desde el interior, el
modo de existencia y los proyectos humanos ya vividos en un grupo de hombres. Se podría
decir a este respecto que la memoria y la espera de Jesucristo, de las que vive el nuevo
pueblo de Dios, constituyen como el elemento «formal» (en el sentido escolástico del
término) que viene a estructurar la existencia concreta de los hombres. Esta que es como la
«materia» (igualmente en sentido escolástico), evidentemente responsable y libre, recibe
esta o aquella determinación para constituir un modo de vida «según el Espíritu Santo».
Estos modos de vida no existen a priori y no se pueden determinar anticipadamente, se
presentan en una gran diversidad y, por tanto, son siempre imprevisibles, aunque se los
pueda referir a la acción constante de un único Espíritu Santo. Por el contrario, lo que estos
diversos modos de vida tienen de común y de constante, es expresar «en las condiciones
ordinarias de la vida familiar y social, de las que está como tejida la existencia
[humana]»[24], las exigencias y las alegrías del Evangelio de Cristo.
1. Necesidad de la inculturación
A la vez como «misterio» y como «sujeto histórico», el nuevo pueblo de Dios «se compone
de hombres que, reunidos en Cristo, son conducidos por el Espíritu Santo en su
peregrinación al Reino del Padre y han recibido un mensaje de salvación que han de
proponer a todos. Por esta razón, ella [la comunidad de los cristianos] se siente real e
íntimamente unida al género humano y a su historia»[25]. Siendo la misión de la Iglesia
entre los hombres hacer «que se introduzca este Reino [de Dios], el [nuevo] pueblo de Dios
no sustrae nada al bien temporal de cada pueblo, sino que, por el contrario, fomenta y
asume los valores y las riquezas y las costumbres de los pueblos en lo que tienen de bueno,
pero, asumiéndolos, los purifica, fortalece y eleva»[26]. El término general de «cultura»
parece poder resumir, como lo propone la Constitución pastoral Gaudium et spes, este
conjunto de datos personales y sociales que marcan al hombre, permitiéndole asumir y
dominar su condición y su destino[27].
Se trata, por tanto, para la Iglesia en su misión de evangelizar, de «introducir la fuerza del
Evangelio en lo más íntimo de la cultura humana y de las formas de la misma cultura»[28].
Si esto faltara, el hombre no sería alcanzado verdaderamente por el mensaje de salvación
que la Iglesia le comunica. La reflexión sobre la evangelización hace tomar una conciencia
cada vez más viva de ello en la medida misma del progreso que realiza la humanidad en el
conocimiento que puede tener de sí misma. La evangelización no alcanza su objetivo más
que cuando el hombre, a la vez como persona única y como miembro de una comunidad
que lo marca en profundidad, acepta recibir la Palabra de Dios y hacerla fructificar en su
vida. De manera que Pablo VI ha podido escribir en Evangelii nuntiandi: «Decimos grupos
del género humano que han de ser transformados: para la Iglesia no se trata sólo de
predicar el evangelio en zonas geográficas cada vez más amplias o a multitudes cada vez
mayores, sino de tocar y, por así decirlo, de revolucionar, por la fuerza del evangelio, los
criterios de juicio, los valores que tienen más importancia, los anhelos y modos de pensar,
los movimientos impulsores y los modelos de vida del género humano, que están en
contraste con la palabra de Dios y el designio de salvación»[29]. En efecto, como lo señala
el Papa en este mismo documento: «La escisión entre Evangelio y cultura es, sin duda, el
drama de nuestra época»[30].
Para designar esta perspectiva y esta acción, por las que el evangelio pretende alcanzar el
corazón de las culturas, se recurre hoy al término «inculturación». El término
«aculturación» o «inculturación», «es ciertamente un neologismo que, sin embargo,
expresa de modo egregio uno de los elementos del gran misterio de la encarnación»[31].
Juan Pablo II subraya en Corea la dinámica de la inculturación: «Es necesario que la Iglesia
asuma todo en los pueblos. Tenemos delante de nosotros un largo e importante proceso de
inculturación para que el evangelio pueda penetrar en el fondo del alma de las culturas
vivas. Alentar este proceso es responder a las aspiraciones profundas de los pueblos y
ayudarlos a venir a la esfera de la misma fe»[32].
Sin pretender dar aquí una doctrina completa de la inculturación, querríamos simplemente
recordar su fundamento en el misterio de Dios y de Cristo, en orden a investigar su
significación para la misión de la Iglesia. Sin duda, la exigencia de inculturación se impone
a todas las comunidades cristianas, pero tenemos que estar hoy más particularmente atentos
a las situaciones vividas por las Iglesias de Asia, de África, de Oceanía, de América del Sur
o de América del Norte, tanto si se trata de nuevas Iglesias o de cristiandades ya
antiguas[33].
En efecto, de la misma manera que el Verbo de Dios ha asumido en su propia persona una
humanidad concreta y ha vivido todas las particularidades de la condición humana en un
lugar, en un tiempo y en el seno de un pueblo, la Iglesia, a ejemplo de Cristo y por el don
de su Espíritu, debe encarnarse en cada lugar, en cada tiempo y en cada pueblo (cf. Hech 2,
5-11).
Si las culturas son diversas, la condición humana es una; por ello, la comunicación entre las
culturas no sólo es posible, sino necesaria. Así, el evangelio, que se dirige a
lo más profundo del hombre, tiene un valor transcultural y su identidad debe poder ser
reconocida de cultura en cultura. Esto requiere la apertura de cada cultura a las otras
culturas. Baste recordar aquí estas palabras de la exhortación apostólica Catechesi
tradendae: «Podemos aseverar que tanto a la catequesis como a la evangelización en
general se le propone introducir la fuerza del evangelio en lo más íntimo de la cultura y de
las formas de la misma cultura»[36].
En esta tarea global, la promoción de la justicia, sin duda, no es más que un elemento, pero
un elemento importante y urgente. El anuncio del evangelio debe asumir el reto tanto de las
injusticias locales como de la injusticia planetaria. Es verdad que en este campo se han
manifestado ciertas desviaciones de naturaleza político-religiosa. Pero tales desviaciones
no deben llevar al recelo o al olvido de la tarea necesaria de la promoción de la justicia.
Muestran más bien la urgencia de un discernimiento teológico fundado en instrumentos de
análisis tan científicos como sea posible, sometidos siempre a la luz de la fe[38]. Por otra
parte, como las injusticias locales son muy frecuentemente solidarias de la injusticia
planetaria sobre la que llamó vigorosamente la atención el papa Pablo VI en Populorum
progressio, la promoción de la justicia concierne a la Iglesia católica extendida en el
universo entero, es decir, requiere la ayuda mutua de todas las Iglesias particulares y la
ayuda de la Sede de Roma.
Siguiendo el uso mas corriente del Concilio Vaticano II, retomado por el nuevo Código de
Derecho Canónico, mantenemos en la presente exposición la siguiente distinción: la
«Iglesia particular» (Ecclesia peculiaris aut particularis) es, en primer lugar, la
diócesis[39] «unida a su Pastor y congregada por el en el Espíritu Santo mediante el
evangelio y la eucaristía»[40]. El criterio es aquí esencialmente teológico. Según un cierto
uso que, por lo demás, no ha sido mantenido por el Código, la «Iglesia local» (Ecclesia
localis) puede designar un conjunto más o menos homogéneo de Iglesias particulares, cuya
constitución resulta, muy frecuentemente, de datos geográficos, históricos, lingüísticos o
culturales. Bajo la acción de la Providencia, estas Iglesias han desarrollado, también en
nuestros días, un patrimonio propio de orden teológico, jurídico, litúrgico y espiritual. El
criterio es aquí, primariamente, de orden socio-cultural.
2. Unidad y diversidad
Puestas estas distinciones, es necesario subrayar aquí que para la teología católica de la
unidad y de la diversidad se impone una referencia originaria: la de la Trinidad
diferenciada de las personas en la Unidad misma de Dios. La distinción de las Personas no
divide en nada la naturaleza. La teología de la Trinidad nos muestra que las verdaderas
diferencias no pueden existir más que en la unidad. Al contrario, lo que no tiene unidad no
soporta la diferencia (cf. J. A. Moehler). Podemos aplicar analógicamente estas reflexiones
a la teología de la Iglesia.
La Iglesia de la Trinidad[41], cuya diversidad es múltiple, recibe su unidad del don del
Espíritu Santo, que es, él mismo, lazo de unidad entre el Padre y el Hijo.
Lo universal «católico» debe, por tanto, distinguirse de las falsas figuras de lo universal,
ligadas sea a las doctrinas totalitarias, sea a los sistemas materialistas, sea a las falsas
ideologías de la ciencia y de la técnica, sea también a las estrategias imperialistas de
cualquier origen. Tampoco puede confundirse con una uniformidad que destruiría las
particularidades legítimas ni se lo podría asimilar a una reivindicación sistemática de
singularidad que amenazase la unidad esencial.
Podemos notar también que las Conferencias Episcopales desarrollan frecuentemente entre
ellas relaciones de vecindad, de colaboración y de solidaridad, especialmente a escala de
los continentes. Así, asambleas episcopales continentales reagrupan a delegados de las
diversas Conferencias en el cuadro de los grandes conjuntos geográficos del mundo; por
ejemplo, el Consejo Episcopal Latino-Americano (CELAM); el Symposium de las
Conferencias Episcopales de África y de Madagascar (SECAM); la Federation of Asian
Bishop's Conferences (FABC); el Consejo de las Conferencias Episcopales
Europeas (CCEE). Tales asambleas proponen a nuestro tiempo, que ve la unificación y la
organización de grandes conjuntos geopolíticos, una figura concreta de la unidad de la
Iglesia en la diversidad de las culturas y de las situaciones humanas.
La utilidad e incluso la necesidad pastoral de las Conferencias Episcopales, así como de sus
reagrupaciones a escala continental, es indiscutible. ¿Habría que ver consecuentemente en
ellas, como se hace a veces a causa de que efectúan un trabajo en común, instancias
específicas «colegiales», entendidas en el sentido estricto utilizado por Lumen
gentium [57] y Christus Dominus?[58]. Estos textos no permiten que se pueda, en rigor del
término, atribuir a las Conferencias Episcopales y a sus reagrupaciones continentales el
calificativo de «colegial» (la palabra «colegialidad», en cuanto tal, no ha sido empleada por
el Concilio). En efecto, la colegialidad episcopal, que sucede a la colegialidad de los
Apóstoles, es universal y se entiende de la totalidad del cuerpo episcopal en comunión
jerárquica con el Romano Pontífice con respecto a la totalidad de la Iglesia. Estas
condiciones se verifican plenamente en el Concilio Ecuménico y pueden verificarse en la
acción unida de los Obispos dispersos en toda la tierra, en las condiciones que determina el
decreto Christus Dominus[59]. En cierto modo, pueden verificarse también en el Sínodo de
los Obispos, que puede tenerse corno expresión verdadera, aunque parcial, de colegialidad
universal, porque, «en cuanto representación de todo el Episcopado católico, significa a la
vez que todos los Obispos en la comunión jerárquica son partícipes de la solicitud por la
Iglesia universal»[60]. Por el contrario, instituciones como las Conferencias Episcopales (y
sus reagrupaciones continentales) pertenecen a la organización o figura concreta de la
Iglesia (iure ecclesiastico); con respecto a ellas, el empleo de los términos «colegio»,
«colegialidad», «colegial» no puede tener, por tanto, más que un sentido analógico,
teológicamente impropio.
Estas afirmaciones no disminuyen en nada la importancia del papel práctico que las
Conferencias Episcopales y sus reagrupaciones continentales deben jugar en el futuro,
especialmente en lo que se refiere a las relaciones entre las Iglesias particulares, las Iglesias
«locales» y la Iglesia universal. Los resultados ya obtenidos permiten abrigar, a este
respecto, una confianza fundada.
Resta que, en nuestra situación peregrinante, las relaciones entre Iglesias particulares, como
las relaciones de estas Iglesias con la Sede de Roma, encargada del ministerio de la unidad
y de la comunión universales, pueden, a veces, resultar difíciles. La tendencia pecadora de
los hombres los lleva a transformar las dificultades en oposiciones. Es, por ello, necesario
buscar, sin cesar, en comunión con la Sede de Roma y bajo su autoridad, las mejores
modalidades de expresión de la universalidad católica que permitan la compenetración de
los más diversos elementos humanos en la unidad de la fe.
Desde que aparece en la historia, el nuevo pueblo de Dios está estructurado en torno a los
pastores que Jesucristo mismo ha elegido haciendo de ellos sus Apóstoles (Mt 10,1-42) y
poniendo a Pedro a su cabeza (Jn 21,15-17). «Aquella misión divina, confiada por Cristo a
los Apóstoles, durará hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20), ya que el evangelio que ellos
han de transmitir ha de ser en todo tiempo, para la Iglesia, principio de toda vida. Por ello,
los Apóstoles tuvieron cuidado de instituir sucesores en esta sociedad ordenada
jerárquicamente»[61]. No es, por ello, posible disociar el pueblo de Dios, que es la Iglesia,
de los ministerios que la estructuran, y especialmente del episcopado. Éste se hace, a la
muerte de los Apóstoles, el verdadero «ministerio de la comunidad» que los Obispos
ejercen con la ayuda ele los presbíteros y de los diáconos[62]. Desde entonces, si la Iglesia
se presenta como un pueblo y una comunión de fe, de esperanza y de caridad, en el seno de
la cual los fieles de Cristo «todos [...] gozan de verdadera dignidad cristiana»[63], este
pueblo y esta comunión han sido provistos de ministerios y de medios de crecimiento que
aseguran el bien de todo el cuerpo. No se pueden, por tanto, separar en la Iglesia los
aspectos de una estructura y de una vida que están en ella profundamente asociados entre
sí. «El único mediador, Cristo, instituyó y mantiene continuamente en la tierra a su Iglesia
santa, comunidad de fe, esperanza y caridad, como un todo visible, mediante la cual
difunde la verdad y la gracia. Pues la sociedad provista de órganos jerárquicos y el Cuerpo
místico de Cristo, la asamblea visible y la comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la
Iglesia enriquecida con los bienes celestiales, no deben considerarse como dos cosas, sino
que forman una sola realidad compleja que consta de un elemento humano y otro
divino»[64].
La comunión que define al nuevo pueblo de Dios es, por tanto, una comunión social
ordenada jerárquicamente. Como lo precisa la Nota explicativa previa, de 16 de noviembre
de 1964: «La comunión es una noción que en la antigua Iglesia (como también hoy, sobre
todo en Oriente) se tiene en gran honor. Pero no se entiende de un cierto sentimiento vago,
sino de una realidad orgánica que exige una forma jurídica que, al mismo tiempo, está
animada por la caridad»[65].
2. El fin de la legislación eclesial no puede ser sino el bien común de la Iglesia. Este
comprende inseparablemente la salvaguardia del depósito de la fe, recibido de Cristo, y el
progreso espiritual de los hijos de Dios, hechos miembros del Cuerpo de Cristo.
El Concilio pone en conexión el sacerdocio común de los fieles con el sacramento del
bautismo. Del mismo modo se indica que tal sacerdocio implica para los fieles y tiene
como finalidad «que ofrezcan hostias espirituales por medio de todas las obras del hombre
cristiano»[77], o ulteriormente que en él se trata —como ya san Pablo determinaba más
concretamente— de que se muestren a sí mismos como «hostia viva, santa, agradable a
Dios...» (Rom 12,1). Así, la vida cristiana se considera como alabanza ofrecida a Dios y
culto tributado a él por cada persona y por toda la Iglesia. La sagrada Liturgia[78], el
testimonio de la fe y el anuncio del evangelio[79], a partir del sentido sobrenatural de la fe,
que participan todos los fieles[80], constituyen una expresión de este sacerdocio. Este
sacerdocio se ejercita concretamente en la vida cotidiana del bautizado cuando la misma
existencia se hace oblación de sí por la inserción en el misterio pascual de Cristo. El
sacerdocio común de los fieles (o de los bautizados) manifiesta claramente la profunda
unidad entre el culto litúrgico y el culto espiritual y concreto de la vida cotidiana. Debemos
subrayar también aquí que tal sacerdocio no puede entenderse sino corno participación del
sacerdocio de Cristo: ninguna alabanza asciende al Padre a no ser por intervención de
Cristo. En realidad, en la economía cristiana, la oblación de la vida no se realiza
plenamente más que por los sacramentos y, de modo completamente singular, por la
Eucaristía. ¿No son los sacramentos, a la vez, fuente de gracia y expresión de la oblación
cultual?
Porque ambos se refieren a una única fuente, es decir, al sacerdocio de Cristo, y porque
ambos pretenden, en último término, una única finalidad: la oblación de todo el Cuerpo de
Cristo, el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial de los Obispos y
presbíteros son estrictamente correlativos. De modo que san Ignacio de Antioquía afirmó
que sin Obispo, presbíteros y diáconos no se puede hablar de la Iglesia[84]. La Iglesia no
existe más que como Iglesia dotada de estructura, y esta afirmación es igualmente válida
cuando se utiliza la categoría «pueblo de Dios», que sería erróneo identificar con sólo los
laicos, haciendo abstracción de los Obispos y presbíteros.
Dentro del único pueblo de Dios, el sacerdocio común y el sacerdocio ministerial de los
Obispos y presbíteros son inseparables. El sacerdocio común alcanza la plenitud de su
importancia eclesial por el sacerdocio ministerial, mientras que, por su parte, éste no existe
más que en orden al ejercicio del sacerdocio común. Los Obispos y presbíteros son
necesarios en la vida de la Iglesia y de los bautizados, pero también los Obispos y
presbíteros están llamados a vivir plenamente este mismo sacerdocio común y, en este
aspecto, tienen necesidad del sacerdocio ministerial. «Pues para vosotros soy Obispo, con
vosotros soy cristiano», dice san Agustín[87].
El sacerdocio común de todos los fieles y el sacerdocio ministerial de los Obispos y
presbíteros, ordenados el uno al otro, tienen entre sí una diferencia esencial (diferencia que
no es sólo diferencia de grado) por la finalidad a que están destinados. Así, el sacerdocio
del Obispo y del presbítero es representativo. Actuando «en persona de Cristo», el Obispo
y el presbítero lo hacen presente al pueblo; pero, al mismo tiempo, el Obispo y el presbítero
representan también a todo el pueblo ante el Padre.
Hay, ciertamente, algunos actos sacramentales cuya validez depende de que aquel que los
celebra, en virtud de su ordenación, tenga potestad de actuar «en persona de Cristo» o «en
papel de Cristo». Sin embargo, no sería lícito limitarse a esta advertencia para legitimar la
existencia del ministerio ordenado en la Iglesia. Este ministerio pertenece a la estructura
esencial de la Iglesia y, por ello, a su rostro y visibilidad. La estructura esencial de la
Iglesia, como su rostro, implica la dimensión «vertical», signo e instrumento de la
iniciativa y de la prioridad de la acción divina en la economía cristiana.
La reflexión que hemos hecho hasta ahora se muestra útil para explicar ciertas
disposiciones del nuevo Código de Derecho Canónico, que se refieren al sacerdocio común
de los fieles. El canon 204, § 1, siguiendo al número 31 de la constitución
dogmática Lumen gentium, pone la participación de los cristianos en el oficio sacerdotal,
profético y real de Cristo, en conexión con el bautismo. «Los fieles cristianos que, en
cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, están constituidos como pueblo de Dios y
que, por esta razón, son hechos partícipes, a su manera, del oficio sacerdotal, profético y
real de Cristo, son llamados, según la condición propia de cada uno, a ejercitar la misión
que Dios confió a la Iglesia para que la cumpliera en el mundo»[88]. En el espíritu de la
misión que los laicos ejercen en la Iglesia y en el mundo, misión que es la de todo el pueblo
de Dios, los cánones 228, § 1 y 230, § 1 y 3, contemplan la admisión de laicos a oficios y
cargos eclesiásticos, por ejemplo, a los ministerios de lector, acólito y otros[89]. Sin
embargo, sólo abusivamente se podría considerar que estas concesiones establecen una
igualdad entre los oficios respectivos de los Obispos, presbíteros, diáconos y los de los
laicos. La función del laico en los oficios y cargos eclesiásticos que se consideran en los
cánones citados más arriba ciertamente es plenamente legítima y, por lo demás, aparece
absolutamente necesaria en ciertas circunstancias; sin embargo, no puede tener la plenitud
y la amplitud del signo eclesial que reside en los ministros ordenados, en virtud de su
cualidad propia de representantes sacramentales de Cristo. La apertura de oficios y cargos
eclesiásticos a los laicos no debería tener como efecto oscurecer el signo visible de la
Iglesia, pueblo de Dios jerárquicamente ordenado a partir de Cristo-Cabeza.
Por otra parte, esta misma apertura tampoco debería conducir al olvido de la vocación
propia de los laicos en el conjunto de la misión de la Iglesia que ellos comparten con todos
los otros fieles, como también los Obispos, los presbíteros, los diáconos o, en otro plano,
los religiosos y religiosas tienen también una vocación propia. Como el Concilio en el
número 31 de la constitución dogmática Lumen gentium lo ha establecido: «Es propio de
los laicos, por vocación propia, buscar el reino de Dios gestionando las cosas temporales y
ordenándolas según
Dios. Viven en el mundo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y trabajos del mundo
y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, por las que su existencia está
como entretejida. Allí están llamados por Dios para que, ejercitando su oficio propio,
llevados por el espíritu evangélico, a manera de fermento, trabajen por la santificación del
mundo, como desde dentro, y así, ante todo por el testimonio de la vida, resplandecientes
por la fe, la esperanza y la caridad, manifiesten a Cristo a los otros»[90].
1. Sacramento y misterio
2. Cristo y la Iglesia
Sin duda, es necesario no olvidar que la expresión «sacramento», como cualquier otra
palabra, figura, imagen, analogía y comparación, no puede definir estrictamente o describir
adecuadamente la realidad de la Iglesia. Sin embargo, la denominación de la Iglesia como
sacramento subraya, en primer lugar y con gran claridad, el vínculo de la Iglesia con Cristo.
Así, es posible aproximar a esta expresión las imágenes bíblicas de la Iglesia Cuerpo de
Cristo y de Esposa. Lo mismo sucede con la fórmula «nuevo pueblo de Dios» en cuanto
que se refleja en las dos direcciones inseparables de misterio y sujeto histórico. Realmente,
todas las imágenes bíblicas de la Iglesia que se enumeran en el capítulo primero de la
constitución dogmática Lumen gentium y que ponen de relieve, respectivamente, las notas
complementarias de identificación y de diferencia entre Cristo y la Iglesia, pueden
encontrar en este termino de sacramento como una transcripción formal. En la Iglesia
habita verdaderamente la presencia de Cristo, de modo que el que la ha encontrado, ha
encontrado a Cristo. Tal es la presencia de Cristo en el bautismo y la Eucaristía, en la
palabra de Dios, en la asamblea de los cristianos (Mt 18,20), en el testimonio del ministerio
apostólico (Lc 10,16; Jn 15,18.20), en el servicio de los pobres (Mt 25,40), en el
apostolado... Pero, al mismo tiempo, la Iglesia, que está hecha de hombres y pecadores,
tiene necesidad de convertirse, purificarse y pedir a su Señor los dones espirituales
necesarios para su misión en el mundo. La Iglesia es, a la vez, sacramento eficaz de la
unión con Dios y de la unidad del género humano, y debe pedir incesantemente, en primer
lugar para sus miembros, la misericordia de Dios y la unidad de sus hijos. Con otras
palabras, el Señor está presente en la Iglesia (Ap 21,3.22), pero no deja, por ello, de
mantenerse delante de ella, para atraerla en el Espíritu Santo a las realidades todavía
mayores (cf. Jn 5,20) de la presencia definitiva de Dios, que será «todo en todas las cosas»
(1 Cor15,28; Col 3,11).
En la espera de la venida ele Cristo al fin de los tiempos, la Iglesia experimenta, a través de
sus miembros, el pecado y conoce el dolor de la división. Los hombres y mujeres que
constituyen la Iglesia pueden, a veces, poner impedimento a la acción del Espíritu Santo.
Los Pastores, por el hecho de la legitimidad de su autoridad, no están más inmunes que los
otros de los abusos y errores. Desde un punto de vista mas estructural, porque el
sacramento es «signo e instrumento», la realidad simbólica y social que lo constituye (res
et sacramentum) remite siempre a una realidad mayor y más fundamental, a saber, divina
(res tantum). Esto es verdad también de la Iglesia, que depende totalmente de Cristo, al que
tiende, sin confundirse nunca con aquel que es su Señor.
«Hay una única Iglesia de Cristo que en el Símbolo confesamos una, santa, católica y
apostólica, que nuestro Salvador, después de su resurrección, confió a Pedro para que la
apacentara (cf. Jn 21,17), y encomendó a el y a los demás Apóstoles para que la propagaran
y rigieran (cf. Mt 28,18ss), y a la que erigió como “columna y fundamento de la verdad” (1
Tim 3,15). Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como sociedad, subsiste en
la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con
él, aunque fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santificación y de
verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, impulsan a la unidad católica»[96].
En primer lugar, conviene decir una palabra de «la misma plenitud de gracia y de verdad
que ha sido confiada a la Iglesia católica»[98]. Esto se deduce rectamente, porque
«creemos, en efecto, que el Señor ha encomendado al único colegio apostólico, que preside
Pedro, todos los bienes de la Nueva Alianza para constituir un único cuerpo de Cristo en la
tierra, al que deben incorporarse plenamente los que ya pertenecen, de alguna manera, al
pueblo de Dios»[99]. La dimensión espiritual de la Iglesia no puede separarse de su
dimensión visible. La Iglesia una, única y universal, la Iglesia de Jesucristo, puede
conocerse históricamente en la Iglesia visible constituida en torno al colegio de los Obispos
y su cabeza, el Romano Pontífice[100]. La Iglesia se encuentra allí donde los sucesores del
apóstol Pedro y de los otros Apóstoles conservan visiblemente la continuidad con los
orígenes. En realidad, con la continuidad apostólica vienen inseparablemente los otros
elementos esenciales: la Sagrada Escritura, la doctrina de la fe y el magisterio, los
sacramentos y los ministerios. Tales elementos ayudan al nacimiento y al aumento de la
existencia según Cristo. Del mismo modo que la afirmación de la fe ortodoxa, constituyen
el instrumento esencial y el medio específico por los que se fomenta el incremento de la
vida de Dios entre los hombres. De hecho, estos elementos constituyen lo que es la
verdadera Iglesia. Es legítimo ver que toda la obra salvífica de Dios en el mundo se refiere
a la Iglesia en cuanto que los medios para crecer en la vida de Cristo alcanzan en la Iglesia
su culmen y perfección.
El Decreto sobre el ecumenismo puede hablar, con razón, del «sagrado misterio de la
unidad de la Iglesia», cuyos elementos esenciales enumera: «Jesucristo quiere que, por la
fiel predicación del evangelio y la administración de los sacramentos y por el gobierno en
el amor, realizados por los Apóstoles y sus sucesores, es decir, los Obispos con su cabeza el
sucesor de Pedro, actuando el Espíritu Santo, crezca su pueblo; y consuma su comunión en
la unidad: en la confesión de una sola fe, en la celebración común del culto divino y en la
concordia fraterna de la familia de Dios»[101]. Siendo la Iglesia la proposición de la vida
total del Señor resucitado, consecuentemente el nombre de Iglesia se puede aplicar con
plenitud donde esta vida sacramental y esta fe apostólica existen en su integridad y
continuidad. Ahora bien, creemos que tales elementos existen con plenitud y por excelencia
en la Iglesia católica. Esto es lo que quiere subrayar la primera frase del número 8 de la
constitución dogmática Lumen gentium con estas palabras: «Esta Iglesia, constituida y
ordenada en este mundo como sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el
sucesor de Pedro y los Obispos en comunión con él...»[102]. La Iglesia se encuentra donde
los sucesores de Pedro y de los otros Apóstoles conservan visiblemente la unidad con los
orígenes. A esta Iglesia se ha concedido la unidad, y «creemos que [ella] subsiste
inamisible en la Iglesia católica»[103]. La Iglesia se realiza en toda su plenitud en la
sociedad que es regida por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él.
3. Elementos de santificación
De nuestro examen aparece que la «verdadera Iglesia» no puede entenderse como una
utopía que todas las comunidades cristianas hoy separadas y divididas buscarían alcanzar.
La «verdadera Iglesia», como su unidad, no se encuentran sólo «en el futuro». Ya se dan en
la Iglesia católica, en la que está realmente presente la Iglesia de Cristo. «Por lo cual, no
pueden los fieles cristianos imaginarse que la Iglesia de Cristo no es sino una suma —
ciertamente dividida, pero todavía, de algún modo, una— de Iglesias y comunidades
eclesiales; y de ningún modo les es permitido mantener que la Iglesia de Cristo hoy ya no
subsiste verdaderamente en ninguna parte, de modo que sólo deba ser considerada como el
fin que todas las Iglesias y comunidades deben buscar»[111]. La voluntad de Jesús: «Que
todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean en nosotros, para
que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21), es cada vez más urgente. Como cada
vez es más urgente la obligación, que de ella se deriva para todos los cristianos y todas las
comunidades cristianas, de tender ya ahora, con todas sus fuerzas, a esta unidad, objeto de
nuestra esperanza.
Pero este fin hacia el cual el Espíritu Santo mueve a la Iglesia determina la vida profunda
de la Iglesia peregrinante. Por esto, los creyentes tienen desde ahora su ciudadanía
(politeuma) «en los cielos» (Flp 3,20)[117]; ya «la Jerusalén de arriba es nuestra Madre»
(Gál 4,26)[118]. Pertenece al misterio mismo de la Iglesia que este fin esté ya presente, de
una manera escondida, en la Iglesia peregrinante. Este carácter escatológico de la Iglesia no
puede conducir a subestimar las responsabilidades temporales; muy al contrario, conduce a
la Iglesia hacia el camino de imitación de Cristo pobre y servidor. De su unión íntima con
Cristo y de los dones de su Espíritu, la Iglesia recibe la fuerza de entregarse al servicio de
todo hombre y de todo el hombre. Pero, «en su peregrinación al Reino del Padre»[119], la
Iglesia mide la distancia que ha de franquear hasta su consumación final; reconoce, por
ello, que cuenta en su seno con pecadores y que tiene constantemente necesidad de
penitencia[120]. Esta distancia, sentida con frecuencia dolorosamente, no debe hacer
olvidar, sin embargo, que la Iglesia es esencialmente una en sus diferentes estadios: se trate
de su prefiguración en la creación, de su preparación en la Antigua Alianza, de su
constitución «en estos tiempos que son los últimos», de su manifestación por el Espíritu
Santo y, finalmente, de su consumación al fin de los siglos en la gloria[121]. Además, si la
Iglesia es una en los diferentes estadios de la economía divina, es también una en sus tres
dimensiones de peregrinación, de purificación y de glorificación: «Todos los que son de
Cristo, poseyendo su Espíritu, constituyen una sola Iglesia y mutuamente se unen en él (cf.
Ef 4,16)»[122].
Mientras que muchos Padres de la iglesia, muchos teólogos medievales o los Reformadores
del siglo XVI identifican generalmente la Iglesia y el Reino, se tiende, sobre todo desde
hace dos siglos, a poner entre ambos una distancia más o menos grande, acentuando
unilateralmente el aspecto escatológico para el Reino y el aspecto histórico para la Iglesia.
El Concilio no ha tratado explícitamente esta cuestión, pero relacionando los diferentes
textos podremos discernir la enseñanza de Lumen gentium a este propósito.
Cuando se examinan los textos que tratan de la consumación final, no se puede encontrar
allí diferencia entre la Iglesia y el Reino: por una parte, se dice que «ella [la Iglesia]...
mientras crece poco a poco, aspira al Reino consumado»[123]; mientras que, por otro lado,
es la Iglesia la que tendrá, ella misma, su consumación en la gloria celeste[124]. Por una
parte, la consumación final se realizara «cuando Cristo devuelva a su Padre un Reino
eterno y universal»[125]; por otra, el Concilio afirma que la Iglesia «al final de los siglos
será consumada gloriosamente. Entonces, como se lee en los Santos Padres, todos los
justos desde Adán, “desde el justo Abel hasta el último elegido”, se congregarán en la
Iglesia universal en la casa del Padre»[126], El Espíritu Santo «lleva a la Iglesia a la unión
consumada con su Esposo»[127]. También la Iglesia «aspira al Reino consumado y, con
todas las fuerzas, espera y desea unirse con su Rey en la gloria»[128] mientras que, en otra
parte, el Concilio puede decir que el pueblo de Dios tiene como fin el Reino de Dios,
añadiendo «hasta que al fin de los tiempos [el Reino] sea también consumado por él mismo
[por Dios]»[129].
Es, por tanto, evidente que, en la enseñanza del Concilio, no puede haber diferencia, en
cuanto a la realidad futura al fin de los tiempos, entre la Iglesia acabada (consummata) y el
Reino acabado (consummatum).