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Gotman

El documento habla sobre la investigación del autor sobre las causas del fracaso matrimonial. A través de 20 estudios con 2000 parejas, el autor descubrió que las parejas felices tenían una proporción de 5 interacciones positivas por cada interacción negativa. También encontró que técnicas de apaciguamiento aplicadas antes de la terapia podrían ayudar a parejas desavenidas a escucharse mejor y entenderse para la terapia. El autor concluye que se necesita más investigación empírica sobre los procesos emocionales dentro del
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El documento habla sobre la investigación del autor sobre las causas del fracaso matrimonial. A través de 20 estudios con 2000 parejas, el autor descubrió que las parejas felices tenían una proporción de 5 interacciones positivas por cada interacción negativa. También encontró que técnicas de apaciguamiento aplicadas antes de la terapia podrían ayudar a parejas desavenidas a escucharse mejor y entenderse para la terapia. El autor concluye que se necesita más investigación empírica sobre los procesos emocionales dentro del
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Por qué fracasan los matrimonios

John Gottman
Diversas investigaciones sobre el efecto de la terapia marital en el matrimonio demostraron que suele sera
menudo ineficaz: alrededor de la mitad de las parejas no mejoran con el tratamiento, y muchas de ellas utilizan la
terapia como vía hacia el divorcio. Muy poco se sabe para predecir qué parejas se separarán o permanecerán
juntas. El autor realizó estudios empíricos desde una temprana época del matrimonio para determinar qué
costumbres protegían a la pareja del divorcio y cuáles otras las situaban al borde de la separación. Sobre la base
de veinte estudios realizados con un total de dos mil parejas, correlacionados con reacciones fisiológicas medidas en
forma electrónica y respaldados por cuestionarios y entrevistas, estableció una pauta que permite predecir cuáles
son las parejas con mayores probabilidades de divorciarse. Las parejas satisfechas eran aquellas que
presentaban, como saldo global de sus interacciones, una proporción de cinco momentos positivos por cada
momento negativo. Analizando tres tipos de matrimonios diferentes (convalidante, explosivo y evitador del
conflicto), verificó una congruencia tal del
éxito del matrimonio si se mantiene la proporción cinco a uno, que la considera una constante universal. Finalmente,
para los matrimonios desavenidos, afectados fisiológicamente por su beligerancia e incapaces de aprovechar el tra-
tamiento, el autor propone una "terapia marital mínima": técnicas de apaciguamiento, previas a la terapia, que
ambos cónyuges pueden aplicar para estar en mejores condiciones de escucharse y comprenderse.

Todo terapeuta sabe qué misterioso es el matrimonio. En un extremo, hay parejas en apariencia
incompatibles, que tienen cada semana más peleas que la mayoría de las parejas en un año, y sin
embargo siguen juntos toda la vida. En el otro extremo, hay parejas que ante cada posible conflicto
proceden como si se tratara de un virus mortal, escudándose, eludiendo los temas polémicos y evitando
discutir francamente lo que parecerían ser los problemas críticos de su matrimonio (no hablemos de
resolverlos), pese a lo cual estas parejas —a las que los terapeutas familiares suelen llamar "negadoras"
o "reprimidas"— crean familias y celebran felices sus treinta o cuarenta años de casados, dando por
tierra con todos los pronósticos fatales.
La verdad es que, a despecho de nuestras teorizaciones acerca de cómo se organiza un buen
matrimonio o cómo se desenreda la maraña de uno malo, pocos de nosotros podemos hacer gala de
muchos conocimientos sobre el misterioso funcionamiento interno de esta relación, la más íntima de
todas. La sustancia cotidiana real del matrimonio, esa lenta acumulación, a lo largo de los años, de
incontables, pequeñas, sutiles pero profundas y elocuentes pautas de interacción que conforman o
rompen un matrimonio sigue siendo para la mayoría, cónyuges y terapeutas incluidos, una térra
incógnita.
Lo cierto es que hasta hace muy poco, no sabíamos mucho más sobre los procesos emocionales y
conductales del matrimonio que sobre la fisiología de la sexualidad antes de Masters y Johnson.
Teniendo en cuenta la plétora de recetas psicológicas para arreglar matrimonios desavenidos, tal vez
esto resulte chocante, pero es así. Y la mayor parte de lo que pretendemos saber proviene de
lucubraciones personales, basadas en la práctica singular de terapeutas aislados: nuestra teoría y
práctica no se funda para nada en investigaciones científicas empíricas. Esto no quiere decir que los
terapeutas no hayan ayudado a innumerables parejas a salvar su matrimonio, o que no hayan reunido
con el tiempo un cúmulo de conocimientos informales sobre la vida matrimonial; pero las razones por
las cuales ciertos matrimonios tienen éxito o fracasan continúan siendo un enigma, y en gran medida el
asesoramiento matrimonial (funcione o no funcione) tiene muy débiles cimientos empíricos.
Ahora bien: ¿acaso importa que la terapia marital esté desligada, en general, de las investigaciones
empíricas? Después de todo, se las arregla bastante bien sin apelar a la ciencia, ¿o no? Por desgracia,
no tanto como nos gustaría creer. A pesar del gran número de matrimonios que probablemente mejoran
o incluso son "salvados" con diversas formas de terapia, los estudios realizados al respecto indican, en
líneas generales, que el tratamiento suele ser a menudo ineficaz o inútil. Por ejemplo, una investigación
llevada a cabo en 1993 por mis colegas Neil Jacobson y M.E. Addis, de la Universidad de Washington,
señala que alrededor de la mitad de las parejas que recibieron algún tipo de terapia marital no

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mejoraron. Mis propios estudios con parejas sometidas a terapia marital también demostraron que la
correlación entre ésta y el divorcio es consistentemente de alrededor del 50 %; en otras palabras,
parecería que muchas parejas utilizan la terapia como vía hacia el divorcio.
Estos datos no son muy alentadores para los profesionales que realmente están interesados en
cambiar la vida de sus clientes, ni constituyen un alegato muy favorable para la terapia marital ante los
sistemas de seguros de salud. Por si no bastara la obligación ética de suministrar resultados probados y
reproducibles en la terapia, los incentivos profesionales y económicos (la creciente demanda de resulta-
dos demostrables por parte de las compañías aseguradoras) tendrían que hacer de cada terapeuta
marital un devoto de la investigación empírica.
Si la deprimente situación del matrimonio norteamericano sirve de indicación, podríamos decir que a
pesar de la difusión de los enfoques psicológicos convencionales en seminarios para el enriquecimiento
de la pareja, libros de autoayuda matrimonial, revistas de circulación masiva y programas televisivos
especializados, la población estadounidense en general no se ha beneficiado mucho. Si en la década del
ochenta el índice de divorcios parecía haberse nivelado, datos más recientes sugieren lo contrario. En la
actualidad, más de la mitad del total de los primeros matrimonios y el 60 % de los segundos terminan en
el divorcio, en tanto que de los primeros matrimonios más recientes, un 65 % se disolvió.

Se han vertido ríos de tinta con el objeto de identificar los diversos factores sociales culpables de
esto, corno la creciente incorporación de mujeres a la fuerza de trabajo, el traslado de una parte de la
población de pequeñas comunidades agrarias a grandes medios urbanos industriales, la creciente
violencia social, la decadencia de la religión y la moral, la excesiva indulgencia de las leyes de divorcio o
el excesivo valor asignado a la libertad personal y el individualismo (por nombrar sólo unos pocos
factores); no obstante, muy poco se sabe aún sobre lo que sucede dentro de la privacidad del
matrimonio que lo hace subsistir o morir. Los estudios sociológicos, que tal vez sean útiles para explicar
las pautas globales del divorcio, no sirven para predecir qué parejas se separarán o permanecerán juntas,
cuáles serán fatalmente vulnerables a las tensiones sociales y cuáles exhibirán una estructura interna
que obre como una suerte de inmunización contra los embates de la mala fortuna social.
Si la explicación de algunos de los misterios de la estabilidad o la disociación de un matrimonio ha
de hallarse en los mensajes privados que las parejas no pueden dejar de intercambiarse
permanentemente —su modo de hablar, de escucharse y mirarse uno al otro, lo que cada uno piensa y
siente sobre el otro y sobre su matrimonio—, ¿no habría que observar y examinar de manera sistemática
estos elementos? Obviamente, la respuesta es afirmativa, y el modo de lograrlo consiste en realizar
experimentos sólidos, que investiguen a lo largo del tiempo tanto a los matrimonios estables como a los
perturbados, sondeando con cuidado las corrientes emocionales que llevan a algunos a separarse y a
otros a cimentar uniones fortalecidas. En el caso ideal, así como los estudios fisiológicos han
demostrado que el exceso de peso, el abuso de alcohol o de tabaco, la inactividad física, la alta presión
arterial y el estrés guardan una intensa correlación con una cardiopatía varios años antes de que estalle
una crisis coronaria, también las investigaciones iniciadas en una temprana época del matrimonio, antes
de conocer su "desenlace", podrían determinar qué costumbres protegen a la pareja del divorcio y
cuáles otras las sitúan ante un riesgo mayor.
Hace veinte años, hice mis primeras incursiones en este nuevo mundo de las investigaciones
maritales. Como terapeuta joven, estaba atendiendo a una pareja particularmente perturbada, cuyas
sesiones desembocaban inevitablemente en amargas disputas. Me sentía ante un callejón sin salida en
mis tentativas de ayudarla. Dejándome llevar por la intuición, filmé en videocinta una serie de sesiones y
les pedí que las miráramos juntos y me contaran qué habían pensado y sentido en determinados
momentos de su interacción filmada.
Tanto ellos como yo quedamos sorprendidos por la vivacidad y nitidez con que se reflejaba en la filmación
la pauta de críticas mutuas, menosprecio y actitudes defensivas en la que recaían reiteradamente —
pauta de la que ellos no se habían percatado, y que ni siquiera yo había notado con claridad en la
sesión—. Aunque yo seguía sin saber qué hacer para ayudarlos a pegar un vuelco en su vida, la cinta
actuó como una especie de catalizador positivo para ellos, ya que los impulsó a empeñarse en
escucharse mejor uno al otro y tratar de fomentar su comunicación mutua; en cuanto a mí, esta filmación
me marcó, además, el rumbo que seguiría mi trabajo futuro. Mi propósito era desarrollar una ciencia de la
interacción marital, un conjunto de datos reproducibles acerca de los procesos emocionales destructivos

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entre marido y mujer que, si no se les pone término en una etapa precoz, podrían constituir un seguro
factor predictivo de la disolución del matrimonio. En suma, yo quería identificar estas pautas específicas
observables y poder intervenir en ellas antes de que alcanzaran la masa crítica. A partir de este inicio
más o menos adhoc, poco a poco fui desarrollando, junto con varios colegas, un complejo modelo de
investigación a través de múltiples métodos para estudiar los intersticios del matrimonio. En las dos
últimas décadas, nuestra base de datos se formó sobre la base de veinte estudios diferentes fundados en
tres diálogos videofilmados con un total de dos mil parejas, correlacionados con reacciones fisiológicas
medidas en forma electrónica y respaldados por cuestionarios y entrevistas. Hemos utilizado un código
para relacionar las expresiones faciales con la emoción y medir otros índices de expresión emocional,
incluida la voz y el lenguaje, a fin de poner de relieve los niveles de afecto, interés, diversión y alegría
durante los diálogos, así como los de ira, tristeza, temor, desdén o repulsa. También hemos observado y
escuchado determinadas conductas verbales y físicas que transmitían, verbigracia, quejas, inculpaciones,
críticas, lamentos, actitudes defensivas, beligerantes o dominantes. Se sincronizó la obtención de datos
fisiológicos (ritmo cardíaco, índice de irrigación sanguínea, sudor en momentos de estrés, movimientos
de la musculatura gruesa, y, a veces, presencia en orina o sangre de hormonas ligadas al estrés) con las
interacciones observadas en la pareja. Luego se entrevistaba a los esposos a fin de averiguar qué habían
pensado y sentido en momentos específicos de la filmación (y qué suponían que su respectivo esposo
había pensado y sentido). Por último, reunimos sus relatos orales y su respuesta a los
cuestionarios sobre el estado actual de su matrimonio, sus sentimientos de soledad o de unión, lo que
cada cual pensaba y sentía sobre el otro, y lo que suponían que los demás pensaban sobre ellos.
Aún debemos recorrer un largo camino antes de comprender cabalmente los complejos procesos
del matrimonio, pero hemos reunido datos suficientes sobre la forma en que interactúan las parejas como
para formular una teoría acerca de los factores que, si no se les pone fin, conducen a la pareja al
divorcio, en una trayectoria cuya pendiente es cada vez más aguda y resbaladiza. Creemos que hay
pruebas evidentes de que si estas pautas de interacción negativas no se revierten a tiempo, se alcanza
un punto de no retorno, tras el cual no es mucho lo que puede hacer para rescatar el matrimonio.
Por más que aún no hemos podido identificar y analizar plenamente los miles de factores que intervienen
en la sutil y compleja comunicación de una pareja, pensamos que ya estamos en condiciones de
predecir, sobre la base de nuestros datos, qué parejas tienen mayores probabilidades de divorciarse. De
las dos mil parejas de nuestra base de datos, hemos seguido en el tiempo a 484, a muchas de ellas
durante diez años, indagándolas cuatro años después de la entrevista inicial a fin de averiguar la
repercusión de aquellos factores que, a nuestro juicio, podían predecir un divorcio, y continuando con la
verificación posterior. Encontramos unos vínculos tan fuertes entre la información reunida originalmente
y el estado marital de la pareja cuatro o más años después (o sea, si se había divorciado o no), que en la
actualidad confiamos en nuestra capacidad de predecir en determinados matrimonios la posibilidad de
divorcio. Más aún, a partir de una breve entrevista con la pareja, unos pocos cuestionarios y un
fragmento de videocinta, hoy puedo asegurar cuál será el destino probable del matrimonio. En rigor,
bastan seis variables de nuestra entrevista común de "historia oral" para predecir, con una precisión del
94 %, cuáles son los matrimonios que se encaminan al divorcio.

Ya contamos con datos suficientes como para desterrar algunas de las trivialidades más veneradas
de la terapia marital, entre ellas qué es lo que constituye un "buen" matrimonio. Según el saber
terapéutico convencional, una pareja satisfecha con su matrimonio es, ante todo, aquella cuyos
integrantes son profundamente compatibles: no es forzoso que los esposos tengan el mismo origen
étnico, religioso y de clase (aunque esto ayuda), pero sí deben concordar en cuestiones importantes (el
sexo, el dinero, la religión, la crianza de los hijos) y ser capaces de transar en todo lo demás. No es que
una pareja así no discuta nunca: lo hace, pero sus discusiones jamás se vuelven ruines o sórdidas, ni
siquiera muy acaloradas. Cuando discrepan, hacen exactamente lo que los terapeutas aconsejan a otras
parejas menos compatibles y más perturbadas: reconocen sus conflictos y diferencias abiertamente, pero
los enfocan con calma y sinceridad, antes de que degeneren en torneos para ver quién grita más que el
otro. El saber convencional agrega que estos esposos se escuchan respetuosamente y comprenden cada
cual el punto de vista del otro; no interrumpen al otro cuando habla, y si ninguno es capaz de persuadir al
otro sobre tal o cual aspecto, negocian una solución de compromiso viable. Nada tiene de extraño que el
intercambio verbal en estas parejas suene muy parecido al diálogo entre dos psicoterapeutas.
Sin duda, este tipo de unión (que nosotros denominamos el estilo matrimonial convalidante) suele

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funcionar muy bien. Por lo tanto, no ha de sorprendernos que una amplia gama de teorías y terapias
maritales (centradas en el insight, o conductuales, o psicoeducativas) apunten a que todos los
matrimonios perturbados se aproximen a este modelo. Por cierto, el hecho de concebir este estilo
matrimonial como el ideal ha simplificado la tarea de los terapeutas maritales: su objetivo fundamental
consiste en ayudar a las parejas infelices para que retornen a la compatibilidad básica de la que el
matrimonio presumiblemente tendría que haber partido si era viable de entrada. De ello se sigue que
tanto las peleas permanentes como la ausencia de peleas en la pareja eran tomadas como signo de que
el matrimonio estaba a punto de irse a la ruina, que ambas cosas indicaban cursos de acción
individuales ocultos y conflictos simbólicos no reconocidos por la pareja que la estaban socavando. Ya
sea que la pareja se pelease o no se pelease, lo que necesitaba era poner sobre el tapete sus diver-
gencias y discutirlas a fondo, para llegar a una transacción que les permitiera alcanzar el tipo de
equilibrio idílico representado por la pareja convalidante.
Sin embargo, por lo que vimos en el laboratorio, la idea de que el matrimonio verdaderamente
satisfactorio es el que sigue el molde del estilo convalidante es equivocada. Asimismo, las creencias
ortodoxas de que la compatibilidad es indispensable para la felicidad conyugal y de que la reducción del
conflicto es decisiva para salvar a un matrimonio perturbado son un mito.
Nuestra investigación indica que no es la falta de compatibilidad la que predice el divorcio, sino la forma
en que la pareja maneja sus incompatibilidades inevitables; no el hecho de que peleen todo el tiempo o no se
peleen nunca, sino su manera de resolver los conflictos y el carácter global de sus interacciones
emocionales. Más aún, nuestros datos sugieren que lo que determina el bienestar de una pareja es el
saldo de las interacciones emocionales positivas y negativas, o sea, que los buenos momentos de pasión,
placer mutuo, buen humor, apoyo, bondad y generosidad hacia el otro sobrepasen a los malos momentos
de crítica, lamentación, ira, disgusto, desdén, defensividad y frialdad. De hecho, luego de estudiar, tabular
y analizar probablemente decenas de miles de interacciones maritales en nuestra base de datos, hemos
llegado a la conclusión de que efectivamente somos capaces de cuantificar la proporción de interacciones
positivas y negativas necesaria para mantener en forma al matrimonio. Comprobamos que las parejas
satisfechas, no importa el parangón que guardara su relación matrimonial con la ideal, eran aquellas en
las que había una proporción de cinco momentos positivos por cada momento negativo. Poco importaba
que se peleasen mucho o nada, que parecieran apasionados o distantes, y, sobre todo, que fueran o no
compatibles en el plano social, económico o sexual: lo que contaba era el saldo global entre sus
interacciones positivas y negativas.
Esta fórmula parece totalmente presuntuosa: ¿cómo es posible reducir a un simple cociente de
interacciones la voluble, singular y laberíntica dinámica de un matrimonio? No obstante, y ante nuestra
propia sorpresa, hallamos que ciertos tipos de matrimonio condenados al fracaso de acuerdo con los
pronósticos terapéuticos corrientes eran, en rigor, muy felices; y lo que diferenciaba a estos buenos
matrimonios de los demás era su congruencia con la proporción cinco a uno.
Quizás el ejemplo más clásico de matrimonio presuntamente en peligro sea el del tipo explosivo,
esos esposos que parecen vivir peleándose. Estas parejas, parecidas a las de Punch y Judy, * son
intensamente emocionales; se caracterizan por épicas reyertas, muchos celos, diálogos espinosos,
porfías por menudencias, indirectas sarcásticas y descargas impulsivas. A diferencia de las parejas
"compatibles" que son el sueño de los terapeutas familiares, estas parejas excitables no tienen peleas
caballerescas. Cuando discuten, se atacan ferozmente, rara vez escuchan al otro o procuran
comprenderlo, y hacen lo posible por imponerle su propio punto de vista para aplastarlo.
Pero el hecho de que estos cónyuges se enreden en una Sturm undDrangmuy superior a lo que
resultaría soportable para la mayoría de las parejas (y para muchos terapeutas) no significa en sí mismo
que no constituyan buenos matrimonios. En una pareja exitosa de este tipo, hay, por así decir, cinco
caricias por cada bofetada. En verdad, los integrantes de matrimonios explosivos tienen propensión a ser
mucho más románticos, y con frecuencia más dramáticos, que los otros. Y dado que, como es de prever,
son personas de vida intensa y apasionada, su relación —cuando es satisfactoria— puede ser mucho
más excitante y profundamente íntima que la de los matrimonios de individuos menos comprometidos en
lo emocional.
Por supuesto, estas parejas explosivas tienen defectos. Ninguno de los esposos se preocupa demasiado
por no herir los sentimientos del otro, ninguno cree que la discreción sea el elemento más positivo de la
fuerza anímica. Así, en el caso de estos cónyuges, que fácilmente caen en la controversia y en la afrenta,
la proporción cinco a uno corre más riesgos de ser vulnerada que en las parejas más precavidas, y al
lanzarse uno contra el otro sin pensarlo dos veces, como suele ocurrir, pueden infligirse heridas

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imperdonables. Frente a ciertas tensiones externas (p.ej., el nacimiento de un bebé), el estilo
normalmente beligerante del matrimonio suele degradarse en porfías y disputas interminables y aun en
hechos de violencia.
En el extremo opuesto del espectro de los matrimonios presuntamente «disfuncionales», al menos
según el saber convencional adquirido, están las parejas imperturbables que no toleran la lucha: los
evitadores del conflicto. Cuando una potencial desavenencia alza su cabeza de serpiente, estas parejas
que evitan o minimizan sus conflictos probablemente la sortearán desviando la mirada. Al entrevistar a
estas parejas, nos es sumamente dificultoso incluso encontrar un tema permanente de discrepancia, y
debemos zanjar problemas comparativamente triviales que puedan haberles causado una ocasional
punzada de escozor. (En un caso, la pareja admitió que había discrepado en una oportunidad acerca de si
era mejor comer pollo o pizza en la cena.) Si no pueden mitigar o ignorar sus diferencias (p.ej., su in-
compatibilidad sexual), es probable que su procedimiento para resolverlas consista en no resolverlas; si
bien admiten la existencia del conflicto, llegan a la conclusión de que éste no es tan importante como su
gran cantidad de coincidencias. En cierto sentido, todas sus conversaciones (no puede llamárselas
discusiones) con nosotros acerca de sus discrepancias terminan en un empate: están de acuerdo en
que están en desacuerdo, pero ninguno procura persuadir al otro, ni negocian alguna transacción.
Simplemente coinciden en seguir sin coincidir, y pasan a otro tema.
Según las teorías corrientes de terapia marital, la unión de estas parejas está aún más destinada al
fracaso que la de las antes mencionadas. Su compatibilidad parece haberse transformado en algo
demasiado bueno, por decirlo así, y tienen terror de discrepar. Sus conflictos no reconocidos, que
permanecen "reprimidos" y "negados" —así reza la teoría estándar—, van alimentando en lo profundo
una tóxica corriente subterránea de hostilidad y furia. El pronóstico es que o bien los esposos se
convertirán en serenos antagonistas, extraños uno al otro, que viven bajo un mismo techo vidas
paralelas, o bien, según la teoría "volcánica" de la interacción conyugal, su furia reprimida (que, según
suele suponerse, inevitablemente tiene que existir) puede estallar en violencia lisa y llana en cualquier
momento.
Nuestro estudio muestra que estos matrimonios "condenados" sobreviven. La razón es que, lo
mismo que los explosivos, tienen una proporción de cinco momentos positivos a uno negativo en sus
interacciones. Es verdad que sus interacciones negativas son menores, pero también lo son las positivas;
la diferencia es que su vínculo es menos emocional que el de los matrimonios explosivos. Es menos
probable que entablen luchas apasionadas, pero también que se amen con pasión. Su vida matrimonial
semeja un lago en calma, en lugar de un torrente arrollador. Es muy posible que sean verdaderamente
compatibles, tan iguales entre sí como dos sujetalibros colocados a uno y otro lado de una serie de
volúmenes sobre un escritorio. Suelen provenir del mismo ambiente social y económico, tienen creencias
similares acerca de la religión, los valores, las prácticas de crianza, las cuestiones financieras, etc. El
matrimonio es para ambos una especie de seguro bastión, la sólida fortaleza del "nosotros", un lazo tan
fuerte que pueden darse el lujo de dejar de lado sus discrepancias. Los matrimonios tradicionales se
asemejaron, probablemente durante muchos siglos, a este tipo: la pareja casada, institución social tan in-
conmovible como la Iglesia y el Estado lo determinaran, no necesitaba de una relación romántica, ni
siquiera de una buena camaradería, para apuntalar una unión que por naturaleza, por ley y por religión
se juzgaba indisoluble.

Desde luego, estos matrimonios también tienen fallas. Como estas parejas dan tan poco lugar en
sus interacciones a su negatividad, es posible que no sepan abordar con eficacia sus desacuerdos
cuando éstos no pueden soslayarse ni eludirse, en cuyo caso deben convivir con una buena dosis de
desdichas y de frustraciones irresueltas. En su empeño por evitar todo enfrentamiento, tienden a
socavar su intimidad, como consecuencia de lo cual se convierten en una pareja más bien fría y distante.
Si bien mantienen menos interacciones negativas, también son menores sus interacciones positivas.
Pese a todo, al igual que las parejas explosivas, las minimizadoras del conflicto consiguen con
frecuencia establecer y conservar un sólido matrimonio de por vida —aunque tampoco ellas se atienen
a las "reglas" maritales del comercio terapéutico—.
En efecto, en los tres tipos de matrimonios (convalidante, explosivo y evitador del conflicto)
comprobamos una congruencia tal de su éxito si se mantenía la proporción cinco a uno, que nos
inclinamos a considerar a esta última como una constante universal. Del mismo modo que cualquier otro
ser vivo, el matrimonio debe mantener una suerte de equilibrio emocional ecológico si pretende sobrevivir.

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Los matrimonios parecen prosperar cuando se da en ellos, proporcionalmente, un poco de negatividad y
mucha positividad. Las cantidades totales varían en forma sustancial de un estilo matrimonial al otro,
pero la proporción de interacciones positivas y negativas debe ser la misma. Un matrimonio exitoso
mostrará gran cantidad de afecto positivo y negativo, otro mostrará un monto moderado de ambos, y un
tercero, una pequeña cantidad, pero en todos existirá la misma proporción.
No menos notable, de acuerdo con nuestros estudios, es la gran posibilidad de que solamente las
parejas que corresponden a estos tres estilos afectivos sean capaces de mantener la proporción
indispensable para una relación satisfactoria. En síntesis, los matrimonios duraderos parecerían
corresponder a tres tipos separados, y no hay ningún otro tipo intermedio que funcione bien o dure
mucho. Es probable que las modalidades de cada esposo en materia de peleas conyugales reflejen ras-
gos de personalidad y cosmovisiones profundamente arraigados; un conflicto entre dos estilos distintos
bien puede representar una discrepancia básica acerca de lo que constituye una pareja feliz o
desdichada. Así, si un convalidante (un individuo temperalmente dispuesto a tratar racionalmente y con
calma los problemas de la pareja) o un minimizador de conflictos (a quien no le importa dejar los proble-
mas sin resolver) se casa con un explosivo (que medra al calor de las batallas apasionadas), es casi
seguro que el matrimonio tendrá serias dificultades. Típicamente, el cónyuge explosivo (que a menudo
es la esposa) se siente al principio desconcertado e impaciente, luego frustrado y tratado con
condescendencia, y finalmente enloquecido por la negativa del otro cónyuge, convalidante o minimizador
del conflicto, a entrar en una pelea "mano a mano" con él (o ella). Por ejemplo, cuanto más razonable y
prudente se muestra el marido, más irritable, furiosa y agraviante se torna la esposa, lo que hace que
su marido se repliegue, pasando a la defensiva, y adopte un desdén silencioso o una fría hostilidad.
Nuestros estudios nos indican que en este caso uno o el otro tendrá que hacer un intento muy
concertado, y probablemente difícil, de modificar su estilo de pelear, lo que puede implicarle transformar
también algunas actitudes personales muy básicas.
Paradójicamente, las parejas que logran éxito matrimonial son compatibles, pero no en la forma en que
lo sugiere tradicionalmente la teoría de la terapia marital. Se comprueba que los esposos, cada uno
según su estilo, son peleadores compatibles: concuerdan tácitamente en su modo de discrepar, o sea,
de atravesar el escabroso terreno que inevitablemente deben recorrer en su tránsito por el matrimonio.

Nuestra investigación indica que si bien las discrepancias y peleas no son agradables, y ninguna
pareja (salvo las explosivas) parece disfrutar de ellas, resultan indispensables en cierto grado en todo
matrimonio. El reconocimiento de la discrepancia y su abordaje, por más que no se zanje o nunca se
alcance una solución de compromiso, ayuda a las parejas a hacer frente a las cuestiones difíciles, a la
vez que las enriquece y las estimula. Pensamos que la función de la negatividad (incluida la ira) en el
matrimonio es crear un equilibrio dinámico entre los esposos, en lugar de un equilibrio estático; y que
ciertas formas de negatividad son como especias que sazonan la relación matrimonial e impiden que se
vuelva insípida. La ira, cuando se la dirige a una cuestión particular y se la expresa sin desdén o sin una
crítica global del otro, es saludable, tal vez incluso necesaria. Nuestros estudios revelaron que si bien
durante el período en que los cónyuges mantenían una relación airada se sentían infelices, esos
intercambios airados guardaban correlación con la satisfacción del matrimonio a largo plazo. La ira franca
y directa parece inmunizar al matrimonio contra la decadencia.
Sin embargo, no todas las formas de negatividad son iguales en la ecología del matrimonio, y hemos
observado que algunas son a todas luces más peligrosas o tóxicas que otras. La proporción cinco a uno
es una medida de un matrimonio satisfactorio, pero el hecho de que una pareja la experimente en un
momento de su vida matrimonial no es garantía de que pueda contar con ella para siempre. Por lo que
hemos podido apreciar, no hay ningún matrimonio, de ningún tipo (ni siquiera entre los que exhiben una
saludable proporción cinco a uno de sus interacciones positivas respecto de las negativas), que se pueda
sustentar una vez que se han insinuado en la relación cuatro intercambios particularmente corrosivos: la
crítica, la defensividad, el desdén y el "amurallamiento" [stonewalling]. A estos cuatro procesos los he-
mos denominado "los cuatro jinetes del Apocalipsis", pues parecen tener el poder destructivo inherente a
un virus o a un cáncer: si no se los controla, invaden y a la postre destruyen la relación.
Si bien toda pareja incurre de tanto en tanto en "los terribles cuatro", es preciso que esté alerta para
que no comiencen poco a poco a ocupar una proporción cada vez mayor de sus disputas y desavenencias
normales. Por consiguiente, tanto las parejas como los terapeutas deben comprender la diferencia (a

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veces sutil, pero siempre decisiva) entre otras formas menos dañinas de negatividad y "los terribles cua-
tro". La ira y la discrepancia, por ejemplo, son muy diferentes de la crítica y del desdén. En el primer caso,
un marido puede reprocharle a su mujer: "Me molesta que no hayas controlado nuestra cuenta corriente.
Hoy me llamaron del banco para decirme que debieron rechazar dos cheques sin fondos, y me sentí muy
fastidiado". En el segundo caso, sus observaciones serán menos específicos, más generales, y apunta-
rán no tanto al proceder" de la esposa como a su ser. "Como de costumbre, hiciste un lío con nuestro
saldo en la cuenta corriente y me humillaste ante el banco. Es verdad que no eres una experta en
matemáticas, pero creo que aprender a sumar y restar no es tan difícil." Lo que vuelve destructivo a este
ataque no es tanto la ira que lo acompaña, sino la burla y el insulto gratuito. La esposa no cometió un
error sino que siempre comete errores y, para colmo, es una incapaz y una estúpida.
Es evidente que en este segundo caso se estarán cerrando los canales de comunicación sin dejar
margen de maniobra para un intercambio más tolerable. Lo típico es que cada cónyuge ataque al otro a cambio
del ataque recibido; probablemente la esposa pegue unos gritos y el marido recurra entonces al jinete número
cuatro: el amurallamiento. Se apartará de ella, emocional o físicamente, se negará a prestarle atención o
saldrá del cuarto echando pestes.
El amurallamiento es una conducta característicamente masculina: en una de nuestras muestras de
parejas, hallamos que el 85 % de los que incurrían en ella eran hombres. En el curso de nuestra investigación
hicimos algunos notables descubrimientos acerca de las diferencias fisiológicas entre el hombre y la mujer,
que dan cuenta de esta desproporción.
Las reyertas conyugales tienen, junto a su componente psicológico, un significativo componente fisiológico,
diferente en el hombre y la mujer, como hemos podido comprobar. Al principio de una pelea, el hombre muestra
mayores señales fisiológicas de perturbación (medida por el ritmo cardíaco y la presión arterial) y permanece
angustiado durante más tiempo, mucho después que su mujer se haya calmado. Es probable que esta diferente
excitación haya tenido ventajas para la supervivencia en el plano evolutivo: a fin de proteger a su hembra y cría,
el macho prehistórico de nuestra especie debió estar más alerta y más sensible fisiológicamente ante el
peligro exterior que la hembra; o sea, más dispuesto a atacar, y a pelear o huir frente a un peligro ambiental.
En la vida moderna, esta propensión a una mayor activación corporal no cumple el mismo papel adaptativo,
produce malestar y un agudo desasosiego, y para evitarlo es más probable que el hombre se encierre en sí
mismo, se rehuse a responder y trate en lo posible de convertirse en una piedra insensible. Pero esta
estrategia de reducción del dolor es terrible para el matrimonio. El amurallamiento aumenta los sentimientos de
activación fisiológica desagradable en la mujer mucho más que cualquier otra cosa que pueda hacer su marido
—más que el hecho de que le conteste gritándole, por ejemplo—.
Esta diferencia fisiológica genérica quizás explique algunas verdades de perogrullo sobre el estilo
masculino y femenino de pelear en el matrimonio, como que la mujer es mucho más propensa a tener una
conducta "emocional" durante las peleas y a perseguir a su marido con lamentaciones, críticas y exigencias, en
tanto que el hombre es más dado a las racionalizaciones, a eludir la cuestión, a replegarse en silencio y
quedar impasible, o a retirarse físicamente. Nuestra investigación confirmó que los hombres participan en este
tipo de conductas evitativas enloquecedoras (al menos para sus esposas) precisamente porque las peleas los
activan fisiológicamente en forma desagradable mucho más que a ellas.
Por otro lado, también pudimos ver que nuestra investigación no confirmaba la muy difundida teoría de que los
hombres son menos expresivos, emocionalmente hablando, que las mujeres; más aún, en los matrimonios
satisfactorios no encontramos, en general, diferencias de expresión emocional asociadas al género: es tan
probable que un hombre comparta sus emociones íntimas como que lo haga una mujer. Sorprendentemente,
en estos matrimonios es más probable que los hombres revelen, en mayor medida que sus esposas,
información personal sobre sí mismos (insatisfacción consigo mismos, heridas recibidas, sueños, aspiraciones,
reminiscencias). Y cuando estos hombres se enfurecen, no se amurallan sino que le hacen saber francamente
a su mujer lo que sienten —lo cual, repitámoslo, es para ella mucho menos tensionante que un obstinado
retraimiento—. Por desgracia, el matrimonio sigue siendo, para la mayoría de los hombres, una de las
únicas vías de salida de su expresión emocional. Las mujeres habitualmente cuentan con una amplia red
de apoyo externo a la pareja entre sus amigos y parientes, en tanto que el hombre, en esencia, sólo se
confía a su esposa y a nadie más. De ahí que no deba sorprendernos que los hombres casados
insatisfechos sean profundamente solitarios.

Lo llamativo es esto: pudimos comprobar que si el hombre participaba en los quehaceres hogareños,
era más probable que, cuatro años después de la primera entrevista en el laboratorio, fuese más feliz y
estuviese más comprometido con su matrimonio, menos solitario, tensionado y propenso a contraer

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enfermedades. Los quehaceres hogareños, por sí solos, cuando se los examinaba como factor aislado
en los hombres, se vinculaban con un menor ritmo cardíaco, una menor activación fisiológica en general
y una mayor salud cuatro años después. A todas luces, lo que aquí se estaba midiendo no es el fabuloso
poder curativo de las tareas hogareñas, sino la participación y el apoyo mutuo de los cónyuges en un
buen matrimonio, lo cual en sí mismo no es nada novedoso, pero sí llama la atención que se exprese
con tanta nitidez en la fisiología, o sea, en la propia vida y bienestar del organismo.
Un matrimonio infeliz no le hace físicamente bien a ninguno de los cónyuges, pero sus efectos
difieren en uno y otro género. Los hombres se inclinan a replegarse y apartarse de la interacción
conyugal y de la tensión que les provoca la activación física, y hasta cierto punto este mecanismo los
protege; pero luego de eludir durante años la sensación física y emocional de ser invadidos por la ira de
su esposa, el empleo de un monto tan enorme de energía para aislarse y amurallarse permanentemente
se cobra un alto precio en su salud física.
A la inversa, las mujeres efectivamente se enferman después de dar topetazos durante muchos
años contra un muro de piedra,* tratando de obtener respuesta de alguien que se niega implacablamente
a contestar. De hecho, encontramos que el desdén del marido por su esposa predecía, con el tiempo, la
tendencia de ésta a enfermar. Por ejemplo, contando la cantidad de expresiones faciales de desdén que
presentaba un marido hacia su esposa pudimos estimar correctamente la cantidad de enfermedades
infecciosas que ella habría de sufrir en los cuatro años siguientes.
Una verdad desagradable, pero ineludible, es que algunos matrimonios no pueden ni deben ser
salvados. No sólo porque las pautas de interacción marital tóxica mantienen al cuerpo en un estado
insalubre de activación física sino porque crean un clima psicológico de desdicha impotente: ninguno
de los cónyuges es capaz de superar la negatividad y la hostilidad que han impregnado virtualmente
todas las interacciones de la pareja. Nuestro estudio muestra un vínculo fisiológico entre los cónyuges:
en el laboratorio, es dable predecir las reacciones fisiológicas de cada uno a partir de las del otro. En
otras palabras, en las interacciones negativas se establece algo así como un complejo circuito de
realimentación que incluye un ir y venir de activaciones fisiológicas negativas, padecimiento psíquico y
conducta destructiva. El trauma reiterado de estas interacciones maritales no sólo se ha "materializado",
por decirlo así, incorporándose a la fisiología, sino que estos arraigados estados de activación ya no son
controlables a voluntad. Al término de estas relaciones de pareja, los cónyuges ya no pueden dominar
las aptitudes cognitivas y sociales que, en otras relaciones menos dañadas, los ayudarían a superar la
situación hasta que sobrevengan tiempos mejores.

En los buenos matrimonios, la pareja puede reparar sin grandes dificultades las lesiones sufridas
durante sus peleas y en los inevitables períodos de paciente espera, "en barbecho", que les siguen (es
probable que en ciertos momentos cada uno de los cónyuges se pregunte, íntimamente, si contraer
matrimonio no fue un error terrible), gracias al intercambio confortante que hace fluir toda relación; pero
en los matrimonios muy dañados, estos mecanismos de reparación ya no funcionan; no hay literalmente
nada de lo que la pareja pueda hablar, ningún tema, ningún interés común, que no esté invadido por su
generalizado estado de desdén y defensividad mutua. La gama de intercambios positivos accesibles se
ha reducido tanto y el crecimiento de la negatividad se ha vuelto tan cancerígeno, que ambos han perdi-
do, literalmente, su capacidad para respirar y moverse libremente en presencia del otro: sus músculos
se ponen tensos, su corazón late con fuerza excesiva, se sienten ahogados.
Creemos que en este punto es más probable que los empeños por salvar el matrimonio sean
catastróficos y no una ayuda. Los cónyuges están sobrecogidos por su sentimiento de fracaso,
desesperanza y mutua enajenación; estuvieron en guerra durante tanto tiempo que ya no queda entre
ambos territorio alguno a compartir. En esas circunstancias, sugerirles que traten de hacer "un mayor
esfuerzo" no sólo es presuntuoso sino que puede ser perjudicial para su salud. En tal sentido, nuestros
datos señalan que la permanencia en un matrimonio hostil y distante compromete de hecho al sistema
inmunitario del organismo, aumentando la vulnerabilidad del sujeto a la enfermedad.
Por otra parte, si bien el divorcio nunca es deseable, las investigaciones de Andrew Cherlin, Mavis
Hetheríngton y otros sugieren que, en la medida en que las tareas propias de la coparentalidad estén
bien manejadas, para los hijos es mejor el divorcio que un matrimonio reducido a una mezcla viciosa de
agresión mutua y soledad. Los datos provenientes de investigaciones que estoy realizando actualmente
confirman este punto de vista. Parecería ser que un divorcio bien gestionado, en el que se ayude
terapéuticamente a ambos progenitores a separarse con cierta calma y dignidad y a establecer acuerdos

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razonables sobre el cuidado de sus hijos, es mejor para éstos que forzarlos a vivir en medio de las
horribles trifulcas de sus padres.
¿Cómo puede el terapeuta, entonces, contribuir a preservar y mejorar un matrimonio? Sospechamos que
una de las grandes dificultades de la terapia marital en general es que aun las parejas infelices con
probabilidades de salvar su matrimonio pueden estarían movilizadas fisiológicamente por el cónyuge que
son incapaces, de hecho, de asimilar intelectual o emocionalmente las indicaciones que les imparten los
terapeutas. El mejor enfoque terapéutico para todas las parejas afectadas fisiológica y emocionalmente,
ya sea que terminen divorciándose o que su matrimonio se reencamine, podría ser lo que he dado en
llamar una "terapia marital mínima": una especie de entrenamiento en técnicas de apaciguamiento,
previo a la terapia, que ambos cónyuges pueden aplicar para calmarse a sí mismos y al otro.
Recomiendo que en el curso de alguna interacción particularmente ardua, las parejas controlen su ritmo
cardíaco e interrumpan el diálogo tan pronto el corazón empiece a latir a diez pulsaciones por minuto
por encima del pulso de base. En ese momento, la pareja realizará un ritual de apaciguamiento; por
ejemplo, se establecerá una pausa predeterminada (no menos de 20 minutos, ya que un lapso menor no
sirve de nada) durante la cual ambos evitarán pensar en los defectos del otro. El propósito de esta
técnica, que podría parecer un mero artilugio, es disminuir el ritmo de acción de la pareja y amortiguar la
activación fisiológica que les impide escucharse. En el mismo sentido, puede indicárseles que sustituyan
las ideas de airada indignación, que mantienen su estado de angustia, por otras de autoapaciguamiento,
del tipo de aquellas en las que normalmente descuellan las mujeres: "Él no cree en el fondo que sea
cierto lo que me está diciendo", "Sé que me quiere a pesar de su rabia", "Relájate un poco y no lo tomes
como una afrenta personal".
En algún punto de este proceso, puede enseñársele a los cónyuges a apaciguarse uno al otro,
escuchándose sin ceder a la tentación de interrumpir al otro con quejas defensivas, negaciones y
contraacusaciones, por ejemplo; o bien puede enseñársele el empleo deliberado de respuestas
"convalidantes": mirarse a los ojos, relajar el rostro, respirar suave y profundamente, y responder con
breves comentarios que indiquen que el otro es al menos escuchado y comprendido ("Ya veo", "Está
bien", "Aja"). En un nivel más avanzado, pueden aprender a transmitirse simples expresiones de cariño,
como ésta: "Mira, el problema económico no es tuyo solamente, es de ambos, y lo resolveremos juntos
como siempre lo hemos hecho".
Esta terapia mínima puede parecer insustancial a muchos terapeutas, en especial a los formados en
una terapia familiar sistémica, una terapia psicodinámica o una terapia marital conductal de alto grado de
sofisticación, pero ni siquiera la terapia más sutil y brillante del mundo desde el punto de vista filosófico
tendrá efectos en una pareja que no esté preparada corporalmente para escucharla, y mucho menos
para ponerla en práctica. La idea es que si los esposos practican este conjunto simple de técnicas una y
otra vez, hasta que se conviertan en su segunda naturaleza, podrán poner término en forma temporaria a
la sobrecarga fisiológica en apariencia indetenible que les impide controlar sus interacciones sociales.
Una vez que hayan comenzado a respirar más normalmente y que estén en mejores condiciones de
pensar y de procesar la información que reciben, podrán aprovechar la terapia o recurrir a sus aptitudes,
momentáneamente perdidas, para reparar la relación. Es importante, desde luego, que sean los
cónyuges quienes realicen esta tarea de reparación, y no el terapeuta.
Las conclusiones que surgen de nuestro gran conjunto de investigaciones muestran que "lo que
todo el mundo sabe" no es siempre válido: el intento de transformar los matrimonios explosivos o
minimizadores del conflicto, que pueden ser perfectamente satisfactorios, en los matrimonios del tipo
convalidante preferidos por los terapeutas no es adecuado para los esposos reales en sus relaciones
reales.
Una buena teoría de la disolución del matrimonio, capaz de explicar por qué se produce, debe predecir
con precisión cuáles son las parejas que corren mayor riesgo mucho antes de que inicien su precipitada
caída. Hasta hace poco, parecía tonto suponer que algo tan complejo, personal e idiosincrásico como el
matrimonio se rigiera por pautas predecibles; sin embargo, parece ser así. Cuando formulamos
suficientes preguntas, cuando observamos profunda y cuidadosamente los más pequeños fragmentos
de conducta, hallamos que aun en los matrimonios en apariencia más caóticos opera una trama de pautas
intrincada pero en definitiva predecible. A medida que analizamos el matrimonio con el mismo respeto y
la misma atención por los detalles que los especialistas en historia natural aplican a la confusión
aparentemente informe de la naturaleza, llegamos al mismo sorprendente descubrimiento: las relaciones
humanas, al igual que otros procesos naturales, no son aleatorias e incognoscibles, sino que parecen
obedecer ciertas leyes. La ciencia, que podría definirse como el estudio de las leyes naturales, no
comprometerá el misterio esencial del corazón humano, como el hecho de que se conozcan mejor los

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procesos de la germinación y la fotosíntesis no elimina el misterio de la primavera. Por el contrario, con
cada fragmento de conocimiento acerca de las parejas que vienen a nuestro laboratorio, se incrementa
nuestra posibilidad de ayudarlas y ayudarnos a consumar en toda nuestra vida la promesa original conte-
nida en los inicios del amor.

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Common questions

Con tecnología de IA

El estudio identificó tres tipos de matrimonios: convalidante, explosivo y evitador del conflicto. Los matrimonios convalidantes son aquellos en los que las parejas son compatibles y suelen evitar conflictos, manteniendo su relación estable. Los matrimonios explosivos se caracterizan por intensas peleas pero también por una relación apasionada. Finalmente, los matrimonios evitadores del conflicto tratan de evadir las confrontaciones, manteniendo una relación más tranquila y menos apasionada. Todos estos tipos de matrimonios exitosos comparten la proporción de cinco a uno de interacciones positivas a negativas .

La satisfacción y longevidad de los matrimonios 'explosivos' se explica por la alta proporción de interacciones positivas que compensan sus frecuentes peleas. Aunque están caracterizados por intensas emociones y conflictos, mantienen una proporción de cinco momentos positivos por cada negativo. Esta dinámica intensa y apasionada, a menudo acompañada por más romance que en matrimonios más tranquilos, resulta en relaciones que pueden ser profundamente íntimas y satisfactorias, desafiando las expectativas terapéuticas convencionales .

En matrimonios 'evitadores de conflicto', las discrepancias no resueltas suelen ser minimizadas o ignoradas, lo que les permite mantener un cierto tipo de estabilidad. Sin embargo, esta evitación puede impedir la discusión abierta de problemas críticos, llevando a soluciones superficiales donde las desavenencias potencialmente dañinas son negadas o reprimidas. A pesar de esto, si la proporción de interacciones positivas a negativas se mantiene en cinco a uno, estas parejas pueden seguir siendo felices a largo plazo .

La proporción universalmente necesaria para el éxito matrimonial es de cinco interacciones positivas por cada negativa. Esta constante fue determinada a partir de veinte estudios empíricos realizados con un total de dos mil parejas, donde se observaron y correlacionaron sus reacciones fisiológicas y se respaldaron con cuestionarios y entrevistas. Las parejas que mantenían esta proporción de interacciones eran las que mostraban mayor satisfacción con su matrimonio .

Los factores sociales identificados como contribuyentes al incremento del índice de divorcios incluyen la incorporación de mujeres a la fuerza laboral, el traslado a medios urbanos, la creciente violencia social, la decadencia de la religión y la moral, leyes de divorcio indulgentes y el alto valor asignado a la libertad personal e individualismo .

Los estudios proponen que la estabilidad a largo plazo de un matrimonio está relacionada con un saldo positivo en las interacciones emocionales. Sin importar el estilo de interacción, ya sea convalidante, explosivo o evitador de conflictos, las parejas que logran mantener una proporción de cinco interacciones positivas por cada negativa tienden a ser más estables. Las formas de interacción emocional, como hablar, escuchar, y el modo de expresarse mutuamente, juegan un papel fundamental en la cimentación o ruptura del matrimonio .

Las técnicas de apaciguamiento preterapia pueden ayudar a las parejas al mejorar su disposición para escuchar y comprenderse mutuamente antes de iniciar la terapia formal. Estas técnicas están destinadas a reducir la beligerancia emocional, permitiendo a las partes que se encuentren en un mejor estado para aprovechar el tratamiento. Esto es especialmente útil para parejas afectadas fisiológicamente por altos niveles de conflicto que podrían obstruir el proceso terapéutico .

El texto plantea que a pesar de la gran cantidad de teorías y enfoques terapéuticos, nuestro conocimiento sobre los procesos emocionales y conductuales del matrimonio sigue siendo limitado. Mucho del saber que tenemos proviene de experiencias personales más que de investigaciones empíricas, subrayando que, hasta hace poco, no conocíamos más sobre el matrimonio que sobre la fisiología de la sexualidad antes de Masters y Johnson .

Los estudios empíricos indican que la terapia marital es a menudo ineficaz. Alrededor de la mitad de las parejas no mejoran con la terapia, y muchas utilizan la terapia como paso hacia el divorcio. Esta falta de eficacia se debe, en parte, a que la mayoría de las teorías matrimoniales carecen de fundamentos empíricos sólidos, siendo más bien el resultado de experiencias personales de terapeutas aislados .

Las interacciones emocionales positivas, como momentos de pasión, buen humor y apoyo, superan a las negativas y son cruciales para el bienestar de una pareja. Estas interacciones contribuyen a crear un equilibrio emocional que se traduce en un saldo positivo en la relación, lo cual es determinante para que el matrimonio funcione satisfactoriamente. La proporción de cinco a uno en las interacciones positivas y negativas es clave para este bienestar .

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