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Sobre las antiguas montañas de Sicilia, hace mucho,
mucho tiempo, dos cazadores capturan al osezno Tonio,
hijo del rey de los osos, Leoncio. Pero esto sucede algunos
años antes del comienzo de nuestra historia.
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LOS PERSONAJES
Rey Leoncio. Es el rey de los osos: hijo de un
rey que, a su vez, tenía un rey por padre; oso,
por tanto, nobilísimo. Es grande, fuerte,
valeroso, bueno (y además inteligente, aunque
no más de la cuenta). Esperamos que le queráis
mucho. Su piel es magnífica y él está
justificadamente orgulloso de ella. ¿Defectos?
Quizá es un poco demasiado incauto y, en
diversas circunstancias, se mostrará más bien
ambicioso. No lleva corona en la cabeza: se
distingue de los otros osos, además de por su
aspecto general, porque lleva en bandolera un
gran sable pendiente de un tahalí. Precisamente
por haber guiado a sus animales en la invasión
de Sicilia alcanzará la inmortalidad; o por lo
menos lo merecería.
Tonio. Hijito del Rey Leoncio. Poco se
puede decir de él. Era aún muy pequeñito
cuando dos cazadores desconocidos lo
capturaron en las montañas y lo llevaron a la
llanura. Desde entonces no hemos sabido nada
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más. ¿Qué habrá sido de él?
El Gran Duque. Tirano de Sicilia y enemigo
jurado de los osos. Extraordinariamente
orgulloso, se cambia de traje siete u ocho veces
al día; no por eso consigue parecer menos feo de
lo que es. Los niños le hacen burla a escondidas
por su gran nariz ganchuda. ¡Ay de ellos si se
enterase!
Profesor De Ambrósiis. Personaje importantísimo del
que haríais bien en aprenderos enseguida el nombre. Era
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astrólogo de la Corte, es decir, en palabras más sencillas,
estudiaba todas las noches las estrellas (a menos que
estuviese nublado), y según su posición anunciaba al Gran
Duque las cosas antes de que sucedieran; todo esto
mediante dificilísimos cálculos, o al menos eso decía él.
Naturalmente, no todo le salía bien: algunas veces
acertaba y otras no; y entonces venían los disgustos. Hace
poco, aun habiendo adivinado exactamente, hizo rabiar
terriblemente al Gran Duque —ya veremos por qué—, y
fue arrojado de mala manera del palacio. De Ambrósiis
además dice ser mago y saber hacer encantamientos; hasta
ahora, sin embargo, no los ha hecho. En realidad, posee
una varita mágica que guarda con todo cuidado y que
nunca ha utilizado. Parece, en efecto, que esta varita puede
ser usada solamente dos veces, después de lo cual pierde
su virtud y puede ser tirada a la basura. Exteriormente,
¿qué aspecto tiene el profesor De Ambrósiis? Altísimo,
flaco, seco, con una larga barbita en punta. En la cabeza
una chistera desmejorada, sobre los hombros un
larguísimo balandrán sucio y mugriento. ¿Bueno? ¿Malo?
Vosotros juzgaréis.
Oso Salitre. Uno de los más distinguidos, íntimo del Rey
Leoncio. Es guapísimo y gusta mucho a las ositas.
Siempre elegante, buen orador, le gustaría alcanzar los
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más altos cargos del Estado. Pero ¿qué cargos le puede
confiar Leoncio en la soledad de las montañas? No, no
está hecho para la áspera vida de las peñas y los neveros;
Salitre solamente se sentiría a gusto en el gran mundo,
entre recepciones, bailes y festines.
Oso Padrazo. Gigantesco, quizá el más alto de todos (se
dice que le saca una cabeza al Rey Leoncio); además, es
muy valiente en la guerra. Sin su intervención
providencial, la invasión de Sicilia hubiera acabado, el
mismo primer día, en un chasco terrible.
Oso Teófilo. ¿Quién hay más sabio que él? Con los años
ha aprendido muchas cosas. El Rey Leoncio le pide
frecuentemente consejo. En nuestra historia aparecerá
solamente unos minutos; y ni siquiera en carne y hueso,
como veréis. Pero es tan bueno que sería una perversidad
no recordarlo.
Oso Esmeril. De baja condición pero de ánimo generoso
y de muy buena voluntad. Suele permanecer apartado,
abstraído en algún maravilloso sueño de batallas y gloria.
¿Lo logrará? Quizá nos equivoquemos, pero cualquier día
dará que hablar.
Oso Frangipán. En apariencia, nada de particular. Pero
admirable por su agudo ingenio. Se divierte proyectando
una gran cantidad de ingenios y máquinas
indiscutiblemente geniales; sin embargo, en las montañas
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le falta material, así que hasta ahora no ha podido
prácticamente combinar nada notable. Quizá más adelante.
Oso Jazmín. Dotado de un espíritu de observación muy
especial, consigue ver lo que otras gentes mucho más
instruidas que él no saben percibir. Un buen día va a
convertirse en una especie de detective aficionado. Es un
buen animal, en quien podemos confiar totalmente.
Señor de Molfetta. Príncipe de cierta importancia, primo
y aliado del Gran Duque. Tiene a sus órdenes un ejército
verdaderamente extraño y temible, como ningún otro
monarca posee. Por ahora no podemos deciros más; y es
inútil que insistáis.
Troll. Viejo y pérfido ogro que vive en el castillo de
Tremontano. Se alimenta preferiblemente de carne
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humana, en especial tierna (pero también de oso, se
entiende). Por sí solo, como es tan viejo, no conseguiría
agenciársela; pero tiene a su servicio, justamente para eso,
al Gato Macaco en persona.
Gato Macaco. Monstruo legendario y ferocísimo.
Consideramos oportuno no hablar extensamente de él
aquí. Ya os entrará bastante miedo cuando entre en escena
de improviso. Es inútil asustarse ahora. Para las tristezas
siempre hay tiempo, como decía precisamente el oso
Teófilo, tan buena persona.
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La Serpiente de Mar. Otro monstruo, aún más
gigantesco y no menos peligroso. En compensación, es
mucho más limpio, ya que vive siempre en el agua. Tiene
forma de serpiente, como su propio nombre indica; pero
con cabeza y dientes de dragón.
Lobo Furioso. Tercer monstruo. Puede ser que no
aparezca en la historia, incluso no tendría por qué aparecer
nunca, si estamos bien informados. Pero nunca se sabe,
podría llegar de un momento a otro. Y entonces, ¿qué
papel hacemos nosotros, sin haberlo anunciado?
Fantasmas diversos. De feo aspecto, pero inofensivos.
Son los espíritus de los hombres y de los osos muertos. Es
difícil distinguir entre unos y otros. De hecho, cuando se
transforman en espectros, los osos pierden el pelo y el
hocico se les acorta; así que poca es la diferencia con los
humanos; los fantasmas de los osos son, no obstante, más
gorditos. En la historia saldrá también, muy poquito, el
espíritu de un antiguo reloj.
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El Viejo de la Montaña. Genio poderosísimo de los
peñascos y los glaciares. De temperamento propenso a la
ira. Ninguno de nosotros lo ha visto y nadie sabe con
exactitud dónde está, pero podemos estar seguros de que
existe. Por eso, siempre es mejor tenerlo de buenas.
Un búho. Se oirá su voz, unos momentos, en el capítulo
segundo. Escondido en el fondo de la floresta, no lo
podremos ver, sobre todo porque ya habrá caído el
crepúsculo. El retrato aquí impreso es, por lo tanto,
totalmente imaginario. El búho no hará más que entonar
una de sus melancólicas cancioncillas, como hemos dicho.
Después nada.
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LOS ESCENARIOS
Al principio veremos las majestuosas montañas de
Sicilia que, sin embargo, en Sicilia ahora ya no existen
(¡han pasado tantísimos años!). Todas cubiertas de nieve.
Después se descenderá al verdeante valle, con
aldeas, arroyuelos, bosques llenos de pajarillos y casitas
esparcidas aquí y allá: un paisaje bellísimo.
Pero a los lados del valle se alzan siempre los
montes, menos altos y escarpados que los que vimos al
principio, pero también llenos de asechanzas; por ejemplo:
castillos embrujados, grutas con dragones venenosos,
otros castillos donde viven los ogros, y así sucesivamente.
Hay que estar, pues, siempre atentos, sobre todo de noche.
Poco a poco nos iremos acercando a la fabulosa
capital de Sicilia, de la que hoy no queda ni el recuerdo
(¡han pasado tantos años!). Está circundada por montañas
altísimas y provista de fortalezas. La fortaleza principal se
llama Castillo del Cormorán. Y allí nos las vamos a ver
buenas.
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Entraremos por fin en la capital, famosa en todo el
mundo por sus palacios de mármol oscuro, sus torres que
llegan al cielo, sus iglesias recubiertas de oro, sus jardines
siempre floridos, sus circos ecuestres, sus parques de
atracciones, sus teatros. El Gran Teatro Excelsior es el
más hermoso de todos.
¿Y las montañas de las que hemos salido? ¿No
volveremos nunca más a nuestras viejas montañas?
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CAPÍTULO PRIMERO
Oigamos ahora, sin mover ni un ojo,
la famosa invasión de Sicilia por los osos.
Sucedió en los tiempos de Maricastaña
cuando las bestias son buenas y el hombre no
engaña.
En aquellos tiempos Sicilia no era como ahora,
sino de otra manera:
altas montañas se alzaban al cielo
con la cima cubierta de hielo,
y en medio de las montañas, los volcanes
que tenían la forma de panes.
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Especialmente había uno
que formaba una bandera con el humo
y de noche aullaba como un loco
(no ha dejado de aullar ni siquiera un poco).
En las oscuras cuevas de las montañas
vivían los osos comiendo castañas;
setas, trufas y brotes de enebro buscaban,
comían sin parar hasta que se hartaban.
Bien. Muchos años antes, mientras el Rey de los
osos, Leoncio, con su hijuelo Tonio, buscaba setas por sus
montes, dos cazadores le habían robado al pequeño. El
padre se había alejado un momento por un despeñadero y
ellos habían sorprendido al osezno solo e indefenso, le
habían atado como un paquete y le habían bajado por los
precipicios hasta el fondo del valle.
Tonio, Tonio, llama fuerte
pero las horas pasan eternas.
Responde al eco de las cavernas
y alrededor un silencio de muerte.
Se pregunta ¿dónde estará?
¿Le habrán llevado a la ciudad?
Finalmente, el Rey volvió a su guarida y contó que
su hijo había muerto, despeñado desde una roca. No
habría tenido valor para decir la verdad; hubiera sido una
vergüenza para un oso, figuraos para el Rey. A fin de
cuentas, se lo había dejado capturar.
Desde aquel día no había vuelto a tener paz.
Cuántas veces había pensado en bajar entre los hombres a
buscar a su hijito. Pero ¿cómo hacerlo solo? ¿Un oso en
medio de los hombres? Lo matarían y encadenarían, y
entonces adiós. Así pasaban los años.
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Y he aquí que llegó el invierno más terrible de
todos los inviernos. Un frío tal que hacía castañetear los
dientes a los mismos osos bajo sus espesas pieles. Una
nieve que cubría todas las plantitas; y no había nada que
comer. Un hambre que hacía gemir noches enteras a los
ositos más jóvenes y a los osos delicados de los nervios.
No aguantaban más. Hasta que uno dijo: «¿Y por qué no
bajamos a la llanura?». Se veía, en las mañanas claras, el
fondo del valle limpio de nieve, con las casas de los
hombres y los humos que salían de las chimeneas, señal
de que se preparaba alguna cosa de comer. El paraíso
estaba allí, parecía. Y los osos, desde las altas peñas, se
pasaban horas contemplándolo, exhalando profundos
suspiros.
«Bajemos al llano. Mejor luchar contra los
hombres que morir de hambre aquí arriba», decían los
osos más animosos. Y a su Rey, Leoncio, a decir verdad,
no le disgustaba la idea: sería una buena ocasión para
buscar a su hijito. El peligro, si todo el pueblo bajaba en
masa, sería mucho menor. Los hombres se lo pensarían
dos veces antes de afrontar un ejército así.
Ignoraban los osos, incluso el Rey Leoncio, cómo
eran en realidad los hombres, cuán malos y astutos, qué
armas tan terribles poseían, qué trampas sabían elegir para
aprisionar a los animales. Los osos no lo sabían, los osos
no tenían miedo. Y decidieron dejar las montañas para
bajar a la llanura.
Reinaba en aquella época el Gran Duque,
del que oiremos hablar tanto.
Villano, feo y dominante,
seco y delgado como un palo.
Pero ¿quién podrá nunca apreciar
al Gran Duque, cruel tirano?
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Habría que decir ahora que unos meses antes el
profesor De Ambrósiis, el astrólogo de la Corte, había
profetizado que de las montañas descendería un ejército
invencible, que el Gran Duque sería derrotado y que el
enemigo se apoderaría de todo el país.
El profesor habló así porque estaba seguro del
asunto, basándose en cálculos hechos con las estrellas.
Pero ¡figuraos el Gran Duque! Lleno de rabia, hizo arrojar
al astrólogo del palacio después de haberle apaleado. No
obstante, como era supersticioso, ordenó a sus soldados
subir a las montañas y matar a todos los seres vivientes
que encontrasen. Así, pensaba, no quedaría nadie en los
montes y nadie podría bajar para conquistar su reino.
Los soldados partieron, armados hasta los dientes,
y mataron sin misericordia a todos los seres vivientes que
encontraron allá arriba: eran viejos leñadores, pastorcillos,
ardillas, lirones, marmotas y hasta inocentes pajarillos.
Tan sólo se salvaron los osos, escondidos en sus
profundísimas cavernas, y el Viejo de la Montaña, el gran
viejo misterioso que nunca podrá morir y que nadie sabe
con certeza dónde pueda estar.
Pero una tarde un heraldo llega.
Anuncia: «¡En los montes hay una sierpe negra!»
La serpiente resulta hecha de puntitos:
los forman los osos, las osas y ositos.
«¿Los osos?», ríe el Gran Duque. «¡Ja, ja!
¡Ya veremos quién vencerá!»
Pronto se oye una fanfarria:
es el ejército que se prepara.
¡Adelante! ¡March! ¡Gentuza!
¡Mañana será la lucha!
Se puede ver la batalla
en el dibujo de la otra página.
El Gran Duque desde abajo, los osos desde arriba
y comienza la degollina.
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Pero ¿qué pueden los osos armados con lanzas,
flechas y arpones
contra fusiles, escopetas, culebrinas y cañones?
Llueve el plomo, enrojece la nieve,
¿quién a tantos muertos cavar la fosa puede?
El Gran Duque que por prudencia se quedó más
lejos
observa la escena con un catalejo.
Y los cortesanos, por verle contento,
le han pintado en la lente un oso muerto.
Así, a cualquier sitio que vuelva la mirada
no ve más que fieras caer descuartizadas.
«Excelencia, ¿qué se ve?»
«Veo un oso sin un pie».
«Y ahora, excelencia, ¿hay novedad?»
«Siempre osos muertos, uno aquí, otro allá».
Entonces el Gran Duque, como dictador,
envía a sus oficiales recompensas al valor.
«¡Estupendo», exclama, «Chachi,
extraordinario!»
Pero no había contado con el oso Padrazo.
En efecto, el oso Padrazo, de miembros
gigantescos y de corazón intrépido, ha trepado, con
algunos compañeros dignos de él, a un peñasco que da
vértigo, sin preocuparse del peligro, y, una vez alcanzada
la cima, construye inmensas bolas de nieve que precipita a
manera de aludes sobre las escuadras del Gran Duque.
Con sordo ruido, los blancos proyectiles se abaten
justamente sobre lo más denso del ejército del Gran
Duque. Allá por donde pasan, las terribles masas de nieve
se llevan todo por delante.
Tales golpes, ruina, escarmiento,
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como para aterrorizar a un regimiento.
Y la tropa desvaría aturullada:
«¡Debe de ser el Viejo de la Montaña!»
La avalancha de bolas de nieve
helados de horror a los soldados mantiene.
¡Huye, huye! ¿Quién lo prohíbe?
El mismo miedo se lo impide.
Basta que el pánico se declare
para que no haya quien lo pare.
Los muertos se transforman en gusanos
y de rabia el Gran Duque se muerde las manos.
Los osos gritan victoria:
el día acabó con gloria.
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CAPÍTULO SEGUNDO
Si observáis muy lentamente
el dibujo del combate,
veréis un tipo sorprendente
en el paisaje que el viento bate.
Ese triste tipo es el profesor De Ambrósiis
pero no se me ocurre qué rimar con ósiis.
Venga, arriba, ¿no eres hechicero?
¿No cambias, si quieres, las piedras en huevos,
las plantas en piedras preciosas
y los cerdos en rosas?
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¡Ay de mí! No están los tiempos
como cuando Berta hilaba
y una varita bastaba
para tener a todos contentos.
La varita del profesor
sirve dos veces y basta;
después para siempre se gasta
y su fuerza no tiene valor.
Inútil es la sangre del dragón
o el pico de cuervo asado,
dos veces y después todo se acabó
y el mago ya no es tal mago.
Pero De Ambrósiis tiene una obsesión;
piensa siempre en las enfermedades.
Sus dos únicas oportunidades
las reserva para su curación.
Podría ser rico, hacer
montones de dinero, comer
tres veces en un momento.
Pero todo le importa un pimiento.
Y ahora que os lo hemos presentado,
volvamos al relato comenzado.
Cuando el ejército del Gran Duque partió a la
guerra con los osos, De Ambrósiis se había preguntado si
no sería aquélla una buena ocasión para ganarse de nuevo
el favor del tirano y hacerse readmitir en la Corte. Bastaba
con que consumiese uno de sus dos encantamientos; los
osos serían barridos de en medio y el Gran Duque le
levantaría, sin más, un monumento. Por eso había rondado
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sin ser visto por los alrededores del campo de batalla,
dispuesto a intervenir en el momento oportuno.
La derrota del Gran Duque había sido tan súbita y
fulminante que sorprendió al mismo mago. Cuando sacó
del bolsillo la varita mágica para salvar al Gran Duque, ya
los osos irrumpían desde la montaña cantando victoria y el
Gran Duque había puesto pies en polvorosa. Así que el
mago se quedó con la varita levantada, atraído por un
nuevo pensamiento: «¿Y por qué ayudar a aquel imbécil
del Gran Duque, que me ha echado como a un perro? —
meditaba el profesor—, ¿por qué no hacerme en cambio
amigo de los osos, que deben de ser unos simplones?, ¿por
qué no hacerme nombrar ministro suyo? Con los osos no
hay necesidad de hacer encantamiento, bastará con
algunas palabras difíciles y se quedarán con la boca
abierta como unos babiecas. ¡Ésta sí que es una buena
ocasión!».
Entonces guardó la varita y, por la noche, cuando
los osos victoriosos estaban acampados en un bosque,
banqueteándose con las provisiones abandonadas en su
fuga por el Gran Duque, cuando entre los pinos apareció
la luna iluminando dulcemente las praderas (porque en el
valle no había nieve), cuando empezó a oírse en la soledad
de la noche la melancólica llamada del búho, el profesor
De Ambrósiis se armó de valor, se dirigió hacia los osos y
se presentó al Rey Leoncio.
Oíd ahora cómo habla, cuánta sabiduría sale de su
boca.
Explica que es mago, nigromante (que es más o
menos lo mismo), adivino, profeta, hechicero. Dice que
sabe hacer magia blanca y magia negra, leer en el curso de
los astros; en suma, conoce una gran cantidad de cosas
extraordinarias.
«Bien», responde el Rey Leoncio con mucha
cordialidad. «Estoy contento de que hayas venido; porque
ahora me encontrarás a mi hijito».
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«¿Y dónde está ese hijito tuyo?», pregunta el
mago, dándose cuenta de que el asunto no es tan simple
como había imaginado.
«¡Hombre!», exclama Leoncio. «Si lo supiese,
¿qué necesidad tendría de preguntártelo a ti?».
«O sea, ¿tú querrías un encantamiento?», balbucea
el profesor, confuso.
«¡Pues claro, exactamente eso, un encantamiento!
¿Y qué es eso para un sabiondo como tú? ¡No te estoy
pidiendo la luna!».
«Majestad», suplica entonces De Ambrósiis,
olvidando los aires que se había dado un momento antes.
«Majestad, ¡me quieres arruinar! ¡Yo sólo puedo hacer un
encantamiento, uno sólo en toda la vida!» (decía,
mintiendo como un bellaco). «¡Tú quieres arruinarme
realmente!».
Empezaron, por tanto, a discutir; Leoncio, decidido
a que le dijeran dónde había ido a parar su hijito, el mago
obstinado en no soltar prenda. Los osos, cansados y
satisfechos, se durmieron, y ellos dos discutían aún.
La luna alcanzó la cúspide del cielo y empezó a
descender por el otro lado, y ellos dos discutían.
La noche se consumió pedacito a pedacito, y la
discusión no acababa todavía. El alba despuntó, mientras
el mago y el Rey seguían aún disputando.
Pero como las cosas en esta vida suceden cuando
menos se las espera, así, con los primeros rayos del sol, de
una colina cercana se levantó un nubarrón negro y
amenazante, como un ejército que avanzase.
«¡Los jabalíes!», gritó un centinela apostado en el
límite del bosque.
«¿Los jabalíes?», preguntó Leoncio sorprendido.
«¡Exactamente, los jabalíes, Majestad!», respondió
el oso centinela, entendido como todos los buenos
centinelas.
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Eran realmente los jabalíes del señor de Molfetta,
primo del Gran Duque, que buscaban la revancha. En
lugar de soldados, este importante príncipe había
adiestrado para la guerra un ejército de grandes puercos
salvajes, que eran fieros y muy valientes además de
famosos en todo el mundo. Agitaba el látigo el señor de
Molfetta desde lo alto de la colina (en donde permanecía
apartado para evitarse disgustos), ¡y los terribles cerdos al
galope! ¡Los colmillos silbaban al viento!
¡Ay de mí, los osos dormían aún! Dispersos aquí y
allá por el bosque, en torno a los apagados fuegos del
vivac, estaban soñando los dulces sueños de la mañana,
que siempre son los más bonitos. También dormía el
corneta, y no podía dar la alarma. En su trompeta,
abandonada sobre la hierba, el fresco viento de la floresta
soplaba gentilmente, ejecutando débiles melodías con un
sonido suave que no llegaba a despertar a los animales.
Con Leoncio vigilaba solamente un escaso pelotón
de osos fusileros; eran los centinelas de servicio, armados
con las escopetas arrebatadas al Gran Duque; y nadie más.
Los jabalíes, con la cabeza baja, se precipitaban al
asalto.
«¿Y ahora?», balbuceó el profesor De Ambrósiis.
«¿No lo ves?», contestó con cierta amargura el Rey
Leoncio. «Nos hemos quedado solos. Y ahora nos toca
morir. ¡Intentemos, al menos, morir decentemente!».
Desenvainó la espada. «¡Moriremos como valientes
soldados!».
«¿Y yo?», suplicaba el astrólogo. «¿Y yo?».
¿Morir también él, De Ambrósiis? ¿Y por una
cuestión tan estúpida? No tenía, ciertamente, ningún
deseo. Pero los jabalíes estaban ya a poco más de cien
metros, parecían una avalancha.
Y entonces el mago rebuscó en sus bolsillos, sacó
la varita, pronunció en voz baja algunas extrañas palabras,
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trazó unos signos en el aire. ¡Qué fácil era hacer un
encantamiento con tanto miedo en el cuerpo!
Y he aquí un jabalí, el primero, el más gordo de
todos, que se separa de repente de la tierra, inflándose e
inflándose, transformándose en un verdadero y auténtico
globo: un hermosísimo globo aerostático que volaba hacia
el cielo. Después un segundo, después un tercero y
después un cuarto.
A medida que iban llegando, los fatales cochinos
quedaban misteriosamente embrujados, se hinchaban
como vejigas.
¡Eh!, cómo despegan; van con los céfiros y los
pajaritos, acunados dulcemente por la brisa.
Así lo había querido el destino. Había habido que
gastar el primero de los dos encantamientos y a De
Ambrósiis no le quedaba más que uno: otro golpe de
varita mágica y se convertiría en un hombre como
cualquier otro, viejo y feo por añadidura. ¿Para qué había
servido entonces tanta avaricia?
Pero entretanto el encantamiento había salvado a
los osos. Se veía desaparecer el último de los jabalíes, ya
no era más que un puntito negro en lo alto de la bóveda
celeste.
De ahí los conocidos relatos ya lejanos
de los jabalíes voladores molfetanos.
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CAPÍTULO TERCERO
Había en la vecindad un viejo castillo. Por allí
había más bien muchos en aquellos tiempos, pero nosotros
queremos decir precisamente la Roca Diabla, que estaba
totalmente en ruinas, fea y llena de alimañas; era el más
famoso porque allí habitaban los fantasmas. En todos los
castillos antiguos, como vosotros sabéis muy bien, vive
generalmente un fantasma, o como máximo dos o tres. En
la Roca Diabla ni se podían contar, eran centenares, o
quizá millares, escondidos durante el día hasta en el
agujero de la cerradura.
Hay madres que dicen: «No consigo entender qué
gusto puede haber en contar a los niños historias de
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fantasmas; luego se asustan y de noche se ponen a gritar
porque han oído el ruido de un ratón». Y quizá las mamás
tengan razón. Pero hay que considerar tres cosas: primero,
que los espíritus, admitiendo que existan, jamás han hecho
mal a los niños; ni siquiera han hecho daño a nadie. Son
los hombres los que los quieren tener miedo; los espíritus
o los fantasmas, si es que existen (y hoy día prácticamente
han desaparecido de la faz de la tierra), son como el
viento, la lluvia, las sombras de los árboles, la voz del
cuco por la noche, cosas naturales e inocentes; y
probablemente están tristes por tener que estar solitos en
viejas casas melancólicas y deshabitadas; probablemente,
como no los ven casi nunca, tienen miedo de los hombres,
y si demostrásemos un poco más de confianza, se
volverían amables o se pondrían a jugar encantados; por
ejemplo, al escondite.
En segundo lugar, debemos decir que la Roca ya
no existe, que ya no existe la ciudad del Gran Duque, que
ya no hay osos en Sicilia y que la historia está ya tan
lejana que no hay por qué impresionarse.
Surgía triste, taciturno y sombrío
sobre un precipicio el castillo aludido,
y fuese ignorancia o superstición
gozaba de muy mala reputación.
Se decía que quien durmiera entre sus muros
muerto de espanto amanecía de seguro.
¡Fantasmas, larvas, espíritus, espectros,
apariciones,
había de noche a montones!
Muerto y tieso había sido encontrado hasta el
Martonella, famoso bandido que se jactaba de no tener
temor ni de Dios. El hecho es que era fanfarrón y
prepotente cuando le rodeaban sus esbirros o cuando
estaba borracho. Pero en el castillo derruido y desierto, sin
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un tabernero que le llevase las jarras de vino una tras otra,
sin camaradas con los que poder bromear y darse valor, al
encontrarse por primera vez completamente solo, el
Martonella empezó a pensar en sus cosas, se acordó de
pronto de todas las canalladas que había hecho y ya
empezaba a sentir en su cuerpo una inquietud jamás
sentida antes, cuando casualmente pasaron por delante
de él los espíritus de dos viejos barqueros a los que había
matado para robarles. Los fantasmas ni siquiera le
miraron, no se dignaron ni darse cuenta de su presencia;
pero el terror del bandido fue tanto que se le paró la
respiración. Y desde aquel día la gente pudo circular de
nuevo de noche por los caminos, sin temor a ser asaltada.
Ahora el profesor De Ambrósiis, enfadadísimo con
el Rey Leoncio y con los osos por haber tenido que
desperdiciar uno de sus dos hechizos disponibles, quería
vengarse. Y pensó que sería magnífico llevar a las fieras a
la Roca Diabla: como eran tan ingenuos, a la vista de los
fantasmas los osos se quedarían, como mínimo, muertos
de repente.
Dicho y hecho. De Ambrósiis aconsejó al Rey
Leoncio que llevara a sus animales a pasarla noche en el
castillo: encontrarían donde dormir, comer y divertirse.
«Mientras tanto, yo voy por delante para hacer los
preparativos».
Y corrió por delante de ellos a la Roca para poner
sobre aviso a los fantasmas. Como mago, tenía gran
confianza con los espíritus, sabía muy bien que no eran
peligrosos y les trataba sin excesivos miramientos.
«¡Arriba, arriba, amigos!», gritaba el profesor,
corriendo por los salones ruinosos, invadidos ya por el
crepúsculo. «¡Despertad, que llegan los huéspedes!».
Y de los cortinajes polvorientos, de las armaduras
herrumbrosas, de las tiznadas chimeneas, de los viejos
libros, de las botellas, hasta de los tubos del órgano de la
capilla, salían en tropel los fantasmas. Feas caras, a decir
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verdad; cualquier cosa menos alentadoras para quien no
tuviese práctica. Pero a él, De Ambrósiis, personalmente
le traían sin cuidado, él era como de la familia.
¡Pero con esto no se contenta
y con el fuelle de la chimenea
va soplando por los intersticios
despertando a los nobles espíritus!
«¡Arriba, condesa», susurra, «es el día requerido
para imitar del gato el maullido!
Y también vosotros, ilustres señores,
hacedme el favor de ir a los salones.
Esta noche habrá gran fiesta de espantos
maullidos, gemidos, estridor y llantos.
Cuanto más miedo deis, más bello será
y el Rey Leoncio reventará».
¡Medianoche, la hora de las brujas! Desde la torre
más alta, el espíritu de un antiguo reloj, ahora totalmente
desvencijado, emitió doce débiles «¡deng! ¡deng!» y nubes
de murciélagos se desprendieron de las ruinosas bóvedas,
desparramándose por el castillo. Justo en aquel momento,
el Rey Leoncio, a la cabeza de su pueblo, avanzaba por los
desolados corredores, maravillándose de no encontrar
luces encendidas, ni mesas servidas, ni orquestas de
músicos (como De Ambrósiis había prometido).
¡Sí, sí, músicos!
De una gran telaraña que colgaba de un rincón se
desprendieron, avanzando hacia Leoncio, una docena de
espectros que gemían y hacían muecas.
«Los osos, animales ingenuos —había pensado De
Ambrósiis—, tendrían un miedo de mil demonios». Pero
el cálculo había fallado. Precisamente por ser simples e
ingenuos, los osos contemplaron aquellas extrañas
apariciones con curiosidad y nada más. ¿Por qué
34
atemorizarse? No tenían dientes, ni colmillos, ni uñas; y
sus voces se parecían a la de la lechuza.
«¡Vaya, mira, unas sábanas que bailan solas!»,
exclamó un osezno.
«Y tú, hermoso pañuelito, ¿por qué giras de ese
modo?» preguntó otra fiera de un pálido espiritillo que
daba vueltas a la altura de su hocico.
Pero ved también que los espíritus se detienen,
dejando los gemidos y las locuras.
«¿Qué es esto?», grita uno de ellos con voz débil,
pero ansiosa, cambiando completamente de tono.
«¡Nuestro buen Rey! Pero ¿cómo?, ¿no me reconocéis?».
«Pues… no sé… verdaderamente…», murmura
Leoncio azorado.
«Soy Teófilo», dice el espíritu, y después,
indicando a sus compañeros: «y éstos son Gedeón, Bafis,
Narizotas, Patillas, tus fieles osos. ¿No los reconoces?».
Finalmente, el Rey los reconoció. Sus osos caídos
en la batalla se habían transformado ya en espectros.
Refugiados en el castillo, se habían hecho enseguida
amigos de los fantasmas de los hombres y vivían en buena
compañía. Pero ¡cómo habían cambiado! ¿Dónde estaban
el simpático hocico, las robustas patas, la suntuosa piel?
¡Se habían hecho diáfanos, débiles, pálidos, como velos
evanescentes!
«¡Mis bravos osos!», dice Leoncio conmovido,
tendiendo las garras.
Se abrazaron, o al menos intentaron abrazarse,
porque la cosa no es tan fácil entre un oso de carne y
hueso y un fantasma hecho de materia impalpable.
Entretanto llegaban más osos por una parte, más
fantasmas por otra. Entre estallidos de risas y
exclamaciones de alegría se sucedían nuevos
reconocimientos. También los espíritus de los hombres,
pasado el primer momento, acudían festivamente. No les
parecía verdad a los espectros que, por fin, hubieran
35
conseguido encontrar una ocasión para alegrarse un poco.
Encendidas las hogueras, empezaron sin más las danzas a
los sones de una improvisada orquestina: había un
violoncelo, un violín y una flauta, por no hablar de los
cantantes y de los bailarines.
¿Y De Ambrósiis? ¿Cómo no se le ve? Se ha
escondido en un rincón oscuro y desde allí observa la
escena, maldiciendo la estupidez de los espíritus, que no
han conseguido meter miedo a los osos. Pero por esta
noche ya no hay nada que hacer.
Bailaron, cantaron y se quisieron osos y fantasmas.
Un viejo espectro, en el colmo del regocijo, bajó a
rebuscar en las bodegas del castillo, entre esqueletos,
arañas y enormes ratones, una cuba de un vino tan viejo
que ni siquiera el Gran Duque poseía otra igual. Leoncio,
como Rey, después de haber participado en el primer baile
en corro, prefirió apartarse con el fantasma de Teófilo, que
había sido un oso sabio y prudente. Y con él discutió
largamente la situación y la posibilidad o no de encontrar
a su hijito raptado.
«¡Ah, tu Tonio!», dijo en ese punto Teófilo. «¡Me
olvidaba de decírtelo! ¿Sabes que aquí he tenido noticias
suyas? ¿Sabes que se encuentra en el T…?».
No pudo acabar la palabra. «¡Deng! ¡Deng!
¡Deng!», hizo el espíritu del antiguo reloj.
¡Las tres de la mañana! ¡La hora de acabar el
encantamiento! De repente, los espíritus se disolvieron
como el vapor que sale de las ollas, se transformaron en
una ligera nubecilla que tembló un poco en los salones,
con ligeros susurros, y luego desapareció.
Leoncio había llorado de rabia. ¡Y pensar que
estaba a punto de saber dónde estaba su Tonio! Pero tenía
que resignarse. Sería inútil esperar a la noche siguiente.
Porque una antigua ley establece que los fantasmas no
pueden verse más que una vez al año.
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37
CAPÍTULO CUARTO
El pequeño Tonio, hijo del Rey Leoncio, se
encontraba, pues, «en el T…». Pero ¿qué diablos de
palabra podría ser ésa? ¿Qué quería decir el fantasma del
viejo Teófilo? Leoncio trataba de adivinar… ¡Cuántas
cosas empezaban por «T»! ¿Tablero de las fichas? ¿Tiro al
blanco? ¿Teatro? ¿Trópico? ¿Tribunal? ¿Tarima? ¡Oh, era
inútil empeñarse! Acaso Teófilo quería decir que Tonio
estaba en el «término» de sus problemas, por ejemplo, o
en el término de su vida (pero qué horrible idea). Hasta
que uno dijo: «¿Y si el viejo quiso aludir al Tremontano,
el castillo cercano a éste?».
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El Rey Leoncio no lo había oído nombrar nunca,
pero algunos osos, de esos que siempre lo saben todo, se
le explicaron: el Tremontano era un castillo situado en el
fondo de un estrecho valle de los montes Peloritanos,
distante como máximo tres o cuatro leguas. El castillo
estaba habitado por un ogro llamado Troll, que vivía solo.
¿Y si el ogro Troll había hecho prisionero al
osezno? Había que ir a ver. Y el Rey Leoncio, con un
batallón, organizó la marcha.
El ogro dormía. Era ya viejo y pasaba los días en la
cama, levantándose solamente unos momentos para
comer. En cuanto a la comida, se había organizado bien.
Habéis de saber que hacía mucho tiempo había
conseguido capturar al famoso Gato Macaco, que era casi
tan grande como una casa de las nuestras. Encerrado en
una inmensa jaula en el patio del castillo, el Gato Macaco
se veía obligado a trabajar para el ogro.
¿Quién de vosotros no había oído hablar nunca del
Gato Macaco? En una ocasión había recorrido de arriba
abajo Europa devorando hombres y caballos. De vez en
cuando corría la voz: «¡Llega el Macaco!». Entonces los
aldeanos huían a las montañas o se encerraban en casa.
Pero él corría como el viento y siempre había alguno al
que no le daba tiempo a esconderse. Hasta que un día cayó
por la garganta del Tremontano, y allí estaba el ogro al
acecho, con una gran red hecha de cabellos de brujas. El
Gato fue hecho prisionero y encerrado en el jaulón.
Y así estaban ahora las cosas.
A la entrada del valle el ogro había puesto falsos
carteles indicadores, con letreros así:
«A la posada de Jauja, comida y alojamiento
gratis, a veinte minutos de camino». O bien:
«¡Niños! ¡Distribución de preciosísimos
juguetes!», y una flecha indicaba el camino. O también:
«Caza prohibida», e inmediatamente los cazadores se
dirigían a aquel sitio.
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Caminantes, niños desobedientes que retozaban
por los campos en lugar de estudiar, cazadores furtivos en
busca de caza, llegaban de esa forma al Tremontano.
En ese momento, las cornejas de guardia se
precipitaban en la habitación del ogro, le despertaban a
picotazos, el ogro Troll abría un portillo de la jaula del
Gato Macaco, el Gato Macaco sacaba una zarpa y
trituraba al forastero. Después Troll escogía con cuidado
las carnes más tiernas y sabrosas y el resto se lo echaba al
Macaco.
El ogro, pues, dormía. Acababa de engullir a un
apetitoso chiquillo llamado Beppino Malinverni, alumno
de tercero de Primaria, que aquella mañana había hecho
novillos.
Pero una corneja entró veloz por la ventana, voló
hasta la cama del ogro y, con la mayor diligencia, se puso
a picotearle la nariz.
«¿Qué haces, animalucho?», refunfuñó Troll sin
abrir siquiera los ojos.
«Visitas, mi señor, visitas», graznó la corneja.
«¡Maldición! ¿Por qué no se podrá nunca dormir
tranquilo?», renegó el ogro saltando del lecho.
¿Y qué ve acercarse al castillo por el camino
cortado a pico en la roca? ¿Caminantes, niños, cazadores,
algo apetitoso para comer? Ve al profesor De Ambrósiis,
que subía todo apresurado.
«¡Eh, esqueleto andante!», gritó el ogro, que lo
conocía desde hace años. «¿Qué casualidad te trae por
aquí?».
«Despierta, Troll», dice el mago, poniéndose bajo
las ventanas. «¡Llegan los osos!».
«Bien, bien», responde el ogro. «El oso: buenísima
carne. Un poco durilla, si se quiere, pero llena de sabor.
¿Y cuántos son? ¿Un par de ellos?».
«Sí, sí, un par», se carcajeó el mago. «Alguno
más».
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«¿Diez, quieres decir? ¡Mi Gato tendrá para
hartarse!».
«Sí, sí, diez», y De Ambrósiis, cosa rara, se
retorcía de risa. «¡Verás qué hermosa compañía!».
«¿Quieres hablar, brujo del infierno?», gritó el
ogro con una voz como para hacer temblar las montañas.
«Rápido, ¿cuántos son?».
«Un batallón, si lo quieres saber. Serán doscientos
o trescientos. Y vienen a hacerte una pequeña visita».
«¡Por el diablo!», exclamó Troll, impresionado al
fin. «Y entonces, ¿qué hacemos?».
«¡Tú libera al Gato! ¡Ábrele la jaula! Ya sabrá él
arreglar las cosas».
¿Liberar al Gato Macaco? ¿Y si después se iba a
sus asuntos? La idea, no obstante, era excelente.
Y había poco tiempo que perder. Allá por el fondo
del valle, donde el camino empezaba a trepar por la ladera
de la montaña, se veía avanzar ya una larga fila de
puntitos negros, una fila que no acababa nunca.
Troll salió al patio y abrió la jaula.
Hacía un día estupendo. Jadeando un poco, los
osos subían a buen paso. Cuando, de pronto, los rayos del
sol se apagaron como por un temporal repentino.
Los osos levantaron la vista.
¡Dios mío! Aquello no eran tinieblas ni temporal,
sino la sombra del Gato Macaco, que se precipitaba ya
desde las peñas.
Garzas, tábanos,
puercos, grillos,
grullas, nematóceros,
perros y vampiros,
arañas, tarántulas,
pulgas y armadillos,
¡todo es buen bocado
para el Gato Macaco!
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Jesuses, Antonios, Pedros, Evaristos,
fregonas, marqueses y niños muy listos,
Bernardos, Carlos, Césares, Macarios,
condes, jueces, notarios,
¡todo es buen bocado
para el Gato Macaco!
Sangre y carnicería,
aullidos y gritería,
temblores, ruina, caídas enormes,
masacres y hecatombes,
¡todo es buen trabajo
para el Gato Macaco!
Los osos no habían visto nunca nada igual.
Hay quien, entonces, pide ayuda; quien huye;
quien intenta hacerse pequeño y esconderse en las grietas
de las rocas; quien dispara en una defensa inútil; quien
directamente se arroja al abismo, no queriendo ser pasto
del legendario monstruo.
Sólo uno pierde la cabeza. Es un oso de familia
humilde denominado Esmeril, considerado hasta ahora por
la mayoría como algo tonto, quizá porque es un poco duro
de oído. Pero en esta ocasión no es necesario oír. Cuando
ve que el Gato Macaco hace estragos entre sus
compañeros, Esmeril extrae de un saco una hermosa
bomba de las que cogieron al Gran Duque y, llevándola
bien apretada entre las garras, corre hacia las fauces del
monstruo.
«¡Esmeril, estás loco! ¿Qué haces?», le grita
alguno. Pero él, derecho hacia la muerte.
El Gato no tiene ni siquiera necesidad de agarrarlo.
Se lo encuentra justo bajo la boca y se lo traga
vorazmente, con piel y todo. Cae dando vueltas en el
42
estómago del monstruo. Cuando llega al fondo, prende
fuego a la mecha.
Un relámpago cegador, un nubarrón negro, un
maullido que hiela la sangre. Durante un instante no se
entiende nada. Después el viento hace desaparecer el
humo y como locos los osos se ponen a bailar y a entonar
alegres canciones.
En el fondo del barranco yace el Gato con la panza
reventada, muerto. Y un poco más allá, todo chamuscado
y molido, el bravo oso Esmeril, que se ha sacrificado por
sus compañeros. La explosión lo ha lanzado fuera del
vientre del Macaco y, por suerte, ha ido a caer en una gran
poza de agua, que ha amortiguado la caída y apagado el
pelo, que ya le ardía. Se levanta por sí solo, consigue aún
caminar, ¡viva!
No obstante, se oye a alguien que llama: «¡Tonio,
Tonio mío! ¿Dónde estás?». Es el Rey Leoncio, que se
lanza hacia el castillo con la esperanza de encontrar a su
hijo. Entra en el patio, vaga de sala en sala. No se ve alma
viviente. No hay rastros del osezno. Por doquier, vacío y
silencio.
¡Ay!, cuántas fatigas por nada, cuántos osos
muertos inútilmente; hubiera sido mejor no hacerse
ilusiones.
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44
CAPÍTULO QUINTO
A las puertas de la capital estaba el enorme
Castillo del Cormorán, la fortaleza de las fortalezas, la
más fuerte de las fortalezas conocidas en aquel tiempo. El
camino que llevaba a la ciudad pasaba a través de él. Pero
si sus puertas, puertas de hierro macizo, estaban cerradas,
nadie podía entrar. Ejércitos enteros lo habían intentado,
durante largos meses habían acampado a las puertas de la
capital disparando continuamente sus cañones para
destrozar las murallas; pero como si nada. Cansados y
decepcionados habían tenido que resignarse a emprender
el camino de la retirada.
45
Así que el Gran Duque estaba al resguardo de la
fortaleza, tranquilo como un canónigo.
¡Los osos! Que vinieran los osos a hacer la prueba,
estaríamos encantados, montañas de proyectiles estaban
preparadas contra sus pellejos. Y los centinelas paseaban
arriba y abajo por el camino de ronda de las murallas, con
la escopeta al hombro. «¡Alerta! ¡Alerta!», se gritaban
unos a otros cada media hora, y todo marchaba
divinamente.
Pero los osos seguían adelante por el camino del
valle, cantando sus rudas canciones, y pensaban que ya se
habían acabado las batallas. Las puertas de aquella gran
ciudad (se imaginan) les serían abiertas, el pueblo les
saldría al encuentro llevándoles tortas y jarros llenos de
miel. ¡Animales valientes y buenos como ellos! ¿Por qué
los hombres no iban a hacer enseguida amistad con los
osos?
Y una tarde aparecen en el horizonte las torres y
las cúpulas de la ciudad totalmente iluminadas, los
blancos palacios, los maravillosos jardines. Pero delante
de ellos, altísimos y espantosos como peñascos, los muros
de la fortaleza. Desde una torreta de ángulo un centinela
les divisa: «¿Quién vive?», gritó a toda voz. Y como los
osos continuaban avanzando, disparó un tiro de fusil. Un
osito de tres años fue herido en una pierna y se desplomó
sobre el polvo. Entonces todo el ejército se detuvo,
sorprendido y un poco atemorizado. Y los jefes se
reunieron para tomar una decisión.
Valor, osos. Hay que superar aún este obstáculo y
después todo habrá acabado. Detrás del castillo hay cosas
para poder comer, beber y divertirse, y podría también
suceder que en la ciudad se encuentre el hijo del Rey
Leoncio, el osezno raptado por los cazadores en las
montañas. Mañana será jornada de batalla. Mañana por la
noche, victoria.
46
Pero el castillo tiene altos muros, cada uno de ellos
de tanto espesor como veinte de los corrientes; centenares
de guerreros armados hasta los dientes están en su puesto
en lo alto de los bastiones; los cañones muestran sus
negras bocas por las troneras y el Gran Duque, que suele
ser muy avaro, ha hecho distribuir a los soldados, para
animarles, toneles de vino, aguardiente y cazalla, cosa que
ni los más viejos del lugar recordaban, ni siquiera en días
de fiesta nacional.
A las seis de la mañana siguiente, las trompetas
dieron la señal a una y otra parte. Los osos, cantando
himnos patrióticos, se lanzaron al asalto. Pero ¿cómo?
¿Cómo? ¿Con escopetas y sables contra murallas de
piedra y portones de hierro? Desde arriba hubo un crepitar
de disparos, llamas, humo y gritos; aquello parecía el fin
del mundo. Y alguien arrojaba incluso pedruscos desde lo
alto de la fortaleza.
«¡Adelante, mis valientes!», gritaba el Rey
Leoncio, animando a la lucha.
Pero era gritar en balde. Uno a uno caían en torno
suyo los mejores guerreros, exhalando el último suspiro.
Los famosos osos de la montaña caían como moscas y
Leoncio mismo no tenía ni idea de cómo se las iba a
arreglar. Algunos, clavando las uñas en las grietas,
intentaban escalar por las esquinas; subían diez o quince
metros, después una bala les hacía caer.
Un completo desastre.
Y entonces, ¿por qué en el dibujo, que ciertamente
corresponde a la verdad, se ve, por el contrario, a los osos
alcanzar la cima de las murallas y algunos hasta los
tejados de la fortaleza, por encima incluso de los soldados
granducales? ¿Por qué en el dibujo parece que los osos
están a punto de vencer? ¿Por qué, pues, esta guasa?
Porque mientras, han pasado siete días, ésta es la
razón, y los osos, después de haberse batido en retirada de
mala manera en el primer intento, se han preparado para
47
un segundo asalto. Un viejo oso, llamado Frangipán,
especialmente versado en artes mecánicas, fue hasta el
Rey y le dijo:
«Majestad, las cosas se ponen mal. En la primera
batalla nos han sacudido. En la segunda nos pasará igual,
Majestad…».
«Lo sé, querido Frangipán», respondió Leoncio.
«Mal, muy mal».
«Nos hemos ganado una tunda con toda la razón»,
repitió Frangipán, que no gastaba tantos cumplidos, «y nos
ganaremos otra, a menos que…».
«A menos que… ¿qué cosa?».
«A menos que encontremos una cincuentena de
osos que no padezcan vértigo. Ven a ver, Majestad. He
fabricado una cosilla…». Y le llevó a verla.
En un rincón apartado, el ingenioso Frangipán, con
trastos encontrados por aquí y por allá durante el viaje,
había montado un taller y fabricado algunas extrañas
máquinas. Había un mortero inmenso, por cuya boca
podía entrar un ternero con todos sus cuernos, había una
catapulta gigantesca, había larguísimas escalas y muchas
otras diabluras.
«Con estas cosas», dijo Frangipán después de
haber explicado su uso, «verás la que podremos
organizar».
Y, en efecto, la organizaron. Cuando los osos
volvieron al ataque, el Gran Duque ni se movió de sus
habitaciones para ver qué pasaba, tan seguro estaba de que
serían definitivamente derrotados; al contrario, se cambió
de uniforme, poniéndose uno blanco con bordados
plateados y violetas, porque aquella noche tenía la
intención de ir al teatro. Se limitó a ordenar una nueva
distribución de bebidas a los soldados con el fin de que
avivaran su valor.
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Vino y aguardiente, sin embargo, no fueron
suficientes hasta la mañana. Porque vosotros mismos os
daréis cuenta de lo que pasó:
Dispara el gran cañón
y fuera va un oso como una exhalación
montado sobre la bala
como si fuera en una cabalgata
(lo mismo que en otra época habrá de contarse
del famoso barón de Münchausen).
Mirad ahora la catapulta
cómo a un segundo oso impulsa
(¿no habrá pasado algo malo
en el cucharón preparado?)
Así, ¡sale proyectado
hacia la inmensidad de lo creado!
Vuelan como pájaros alados
por encima de los tejados.
¿Y las escalas? Sube por algunas
como cangrejos en salud.
Alguna se hace astillas
y los que caen se hacen tortilla.
(Veréis abajo, a la derecha
algunos grupos derrotados.
Hay un guerrero con un golpe en la cabeza
que se ha quedado algo atontado;
pero estará dentro de poco l
anzándose al ataque como un loco).
Moraleja: el cerco
tendrá éxito cierto.
Mientras el mando del castillo hace consultas,
49
27 lanza la catapulta.
Otros 23 dispara el cañón
y suben por la escalera en proporción.
Los granducales, ebrios y alcohólicos,
no obedecen los mandatos diabólicos.
Con demasiado aguardiente en la barriga
han perdido la osadía.
Explicarlo mejor quisiera;
uno grita: «¡Sálvese quien pueda!»
Otro escapa, y desde el edificio
otro se lanza al precipicio.
Así, pues: de una parte vanagloria
y de la otra ¡victoria!
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51
CAPÍTULO SEXTO
Entretanto, en el Gran Teatro Excelsior,
mundanidad, lujo, elegancia, triunfaban aquella noche en
el espectáculo de gala en honor del Gran Duque. Siete días
antes los osos habían sido rechazados desde las murallas,
valía la pena festejar el acontecimiento. La sala fulguraba
verdaderamente de preciosas sedas y uniformes suntuosos.
Había un príncipe indio con su princesa, había oficiales de
todas las armas en traje de gala, había condes, vizcondes,
marqueses y barones, y hasta un Langravio, lo que nadie
sabía con exactitud qué significaba. Había dos altos
dignatarios de la corte persa, y estaba el profesor De
52
Ambrósiis de incógnito (pero ¿cómo se puede estar de
incógnito con una cara como esa que se reconoce a cien
metros de distancia?); estaba completamente solo en un
palco, con su inseparable chistera de un metro veinticinco
de alta en la cabeza.
El programa, organizado expresamente para
complacer al Gran Duque, comprendía:
—La danza del sicomoro
con seis bailarinas y un moro.
—Los payasos con sus tonterías.
—Tragadores de sables, de fuego
y de barajas de cartas de juego
con bocas que parecían alcancías.
—Leones y tigres, pero inocuos.
—Prestidigitadores y ventrílocuos
(que son esos que hablan con la panza).
—Veinte bailarinas llegadas de Francia.
—Ejercicios de focas y caballos.
—Ocho elefantes negros y blancos.
—Después: con chisteras y guantes
pulgas amaestradas y parlantes.
—Al final un prodigio sin igual,
nada menos que el osezno Goliat,
pequeño, es verdad, pero no obstante
un número muy importante;
tanto es así, que en millas y millas
no se ha visto tal maravilla.
El público había oído decir, por la mañana, que los
osos habían vuelto al asalto de la ciudad, y había, a decir
verdad, cierta inquietud. Pero la entrada en el teatro del
Gran Duque y la Gran Duquesa, con gran pompa, disipó el
temor: si sus Altezas se dignaban contemplar el
espectáculo, quería decir, vive Dios, que las cosas iban
bien. Y la orquesta tocaba, las bailarinas bailaban como
53
libélulas y el ventrílocuo sacó de las tripas, ante la
incredulidad de los patanes convencidos de que era un
truco, sacó, decíamos, una voz como no había salido ni
siquiera de los sepulcros.
De vez en cuando el Gran Duque hacía un gesto y
un oficial se precipitaba a su lado para recibir órdenes.
«¿Novedades?», preguntaba el Gran Duque.
«Todo bien, Alteza Serenísima», respondía el
oficial, no teniendo valor para decirle la verdad, que era
muy diferente.
Y la orquesta continuaba tocando, las danzarinas
bailaban, el prestidigitador extraía conejos vivos de
calabazas huecas y el ventrílocuo hablaba con la panza de
diversos temas y hasta entonó una cancioncilla que fue
aplaudida.
Sonreía el Gran Duque, se divertía. ¿Acaso no iba
todo viento en popa?
En realidad, todo era desorden, los osos se habían
apoderado ya de la fortaleza e irrumpían por las calles de
la capital.
Hasta que la catástrofe se reveló de la forma más
sensacional en el mismo teatro. Entre los aplausos
frenéticos de la multitud, el osezno Goliat había iniciado
ya sus sorprendentes ejercicios, en equilibrio sobre una
cuerda a veinte metros del suelo del escenario, dando
vueltas a una sombrilla china, cuando se oyeron extrañas
voces, se descorrió una cortina y el Rey Leoncio en
persona, seguido por un pelotón de osos armados, apareció
en el patio de butacas.
«¡Ay, los osos!», gimió desde un palco de tercera
fila la mujer del Langravio, y con un suspiro cayó
desvanecida.
«¡Manos arriba!», amenazaron las fieras a aquel
público tan elegante.
Y todos, helados de terror, levantaron las manos (a
excepción de las bailarinas que, de tanto miedo que les
54
entró, quedaron convertidas en estatuas, así como estaban,
con una pierna levantada, y algunas de ellas fueron
posteriormente colocadas en la fachada del teatro, donde
se pueden admirar aún hoy como perpetua memoria de
aquel acontecimiento histórico).
Pero ¿qué hace Leoncio? ¿Por qué en vez de caer
sobre el Gran Duque, su mortal enemigo, mira de esa
manera al osezno equilibrista? ¿Por qué tiende sus zarpas
hacia el escenario y se tambalea como si estuviese
borracho?
Pues ahora, en el momento de más importancia,
¿por qué no proponer una adivinanza?
Ahí va: ¿quién conoce de vista
a este osezno equilibrista?
Juro que ya me lo habéis oído nombrar
y ahora mismo alguien os lo va a soplar.
Pensad un poco. Probad con tesón
y encontraréis la solución;
hay alguno más listo que el demonio.
Así que ¿quién será? No es otro que…
«¡Tonio!», gritó al fin Leoncio con voz
indescriptible, reconociendo a su hijito raptado.
Y también el osezno reconoció la voz de su padre,
aunque hubieran pasado los años. Casi tropezó de la
sorpresa, arriesgándose a caer desde lo alto, pero, como
excelente artista que era, recobró enseguida el equilibrio y
continuó la peligrosa travesía sin olvidarse de dar vueltas
a la sombrilla.
«Papá, papá», balbuceaba suspendido entre las mil
luces del teatro el buen osezno, al cual, por motivos de
propaganda, habían puesto aquel ridículo nombre de
Goliat.
Pero, de repente, se oye «¡pum!», y todos sufren
un sobresalto. El Gran Duque, que lo había comprendido
55
todo, acaba de disparar sobre Tonio para vengarse, con su
infalible pistola de empuñadura de ónice incrustado en
piedras preciosas. Podía haberla tomado contra Leoncio,
su adversario directo. Pero no, su maldad es mucho mayor
de lo que se suele imaginar: ha preferido matarle a su hijo.
¡Escándalo de escándalos! No describiremos el lío
que se armó para no perder el tiempo. Todos gritan,
maldicen, lloran. Naturalmente, los osos hacen fuego
desde el patio de butacas inmediatamente, acribillando al
Gran Duque, que cae desplomado, tieso. Y por la sala se
extiende el olor penetrante de la pólvora de los disparos,
que los viejos soldados olfatean con satisfacción, pero
que, por el contrario, hace toser a damas y damiselas.
¿Y Tonio? ¡Ay! Tonio está herido y cae de cabeza
al escenario, en medio de las bailarinas que se habían
petrificado anteriormente. Cae sobre el escenario y queda
allí desvanecido, mientras el padre corre en su ayuda.
Leoncio tiene en brazos a su hijo
mientras solloza muy afligido:
«Tonio, hijo mío adorado,
¿me dejas cuando apenas te he encontrado?»
Y lo aprieta entre sus brazos con cariño.
Entonces la criatura abre un ojillo
y le responde: «Padre, esto es el fin;
ya sólo adiós te puedo decir».
Llora el Rey como si fuera un niño:
«No digas eso, Tonio mío.
Verás como pasa el mal momento
y volverán los buenos tiempos.
Desaparecerán pronto tus dolores
y no habrá más que juegos y flores».
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¡Juegos y flores! Pero nadie lo puede creer. Con
los ojos brillantes, dignatarios e importantes personajes
descubren su cabeza en silencio. Hasta al profesor De
Ambrósiis, miradlo, le tiembla un poco la barba. ¿Morirá,
pues, el osezno? ¿Habrán sido vanas todas las fatigas de
su padre? ¿La desgracia envenenará la gran victoria? ¿Tan
cruel es el destino?
Un dos tres cuatro
en el silencio del teatro
vagan siniestros
estos pensamientos.
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58
CAPÍTULO SÉPTIMO
Y cuando el osezno yacía bañado en su propia
sangre, cuando el Rey Leoncio prorrumpía en
desesperados sollozos, cuando el público, ante la terrible
escena, permanecía en su sitio lleno de piedad y espanto,
cuando en el Gran Teatro, habituado a los cantos, la
música y los aplausos, se hizo un gran silencio, entonces,
por una ventanita que había quedado abierta por olvido,
entró una blanca paloma que se puso a revolotear
alegremente por la sala.
Era la paloma de la bondad y de la paz; y como
sabía muchísimas cosas, creía haber llegado en el
momento justo para celebrar también ella el hallazgo del
59
osito raptado. Pero mirando a su alrededor, se dio cuenta
enseguida, por la expresión de los rostros, de que, por el
contrario, estaba sucediendo algo malo. Inmediatamente
vio al Rey Leoncio que estrechaba entre sus brazos al
hijito herido.
La paloma se quedó desconcertada. Así, pues,
sus revoloteos eran inoportunos en aquel momento. El
público la miraba con evidente fastidio. ¿Irse ahora?
¿Esconderse en algún rinconcillo oscuro? Pero una feliz
inspiración la indujo a posarse justo en la cima de la
chistera del profesor De Ambrósiis, que asistía azorado a
la lacrimosa escena.
Todos los ojos se volvieron entonces hacia el
viejo astrólogo. También el Rey Leoncio miró a De
Ambrósiis. Y De Ambrósiis miró al Rey Leoncio. Un
pensamiento dominaba el teatro: sólo el mago, con un
golpe de su varita mágica, podía salvar al osezno; ¿por
qué, pues, no se decidía?
No se decidía porque, después del episodio de
los jabalíes molfetanos, sólo le quedaba un encantamiento
disponible. Y si gastaba también éste, ¡adiós carrera de
mago! Se volvería un pobre viejo cualquiera, pobre y feo
por añadidura; y si enfermaba tendría que llamar al
médico y tomar las más nauseabundas medicinas como
cualquier otro enfermo, en vez de ponerse sano y robusto
en un momento. ¿Se le podía pedir entonces semejante
sacrificio? El Rey Leoncio mismo, aun teniendo muchas
cuentas que ajustar con el mago, como era de tan buena
pasta no se atrevía a pedirle un regalo semejante; y se
limitaba a mirar a De Ambrósiis en silencio.
Pero en el silencio se escuchó un tac tic
que parecía de un pequeño corazón el batir.
Con el pico la paloma sacudía
un poquito la chistera; parecía
querer decir al profesor:
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¿qué tienes en lugar de corazón?
¿Por qué perder esta maravillosa ocasión
de redención?
¡Sólo el egoísmo te puede retener
para impedirte hacer el bien!
Y ahora vosotros, claro, no me creeréis, diréis
que son cuentos, que estas cosas solamente pasan en los
libros y así sucesivamente. Pero a la vista del osezno
moribundo, el astrólogo sintió un repentino disgusto por
todas las canalladas que había cometido por odio al Rey
Leoncio y a sus osos (¡los fantasmas, el Gato Macaco!),
sintió la impresión de que algo le quemaba en el pecho y,
quizá también por el gusto de hacer un buen papel y
convertirse en una especie de héroe, sacó de debajo de su
balandrán la famosa varita mágica —pero ¡qué poca
gracia le hacía!— y comenzó el encantamiento, el último
de su vida. Podía conseguir montañas de oro y castillos,
convertirse en rey y emperador, destruir flotas y ejércitos,
casarse con princesas indias; todo lo habría podido tener
con aquel último sacrificio. Y, por el contrario:
«Hareté», dice largamente, separando las sílabas.
«Hareté finkete gamorré
ábil fábil dominé
brun stin maiela prit
furu toro fifferit».
Entonces el osezno abrió del todo los ojos y se
puso en pie sin señales del agujero hecho por la bala (sólo
se sentía un poco débil por la pérdida de sangre), mientras
el Rey Leoncio, como enloquecido por la alegría, se ponía
a bailar él solo en el escenario. Y la paloma, satisfecha,
volvía a revolotear por aquí y por allá más contenta que
nunca. Un grito se elevó altísimo: «¡Viva el profesor De
Ambrósiis!».
61
Pero ya el astrólogo había desaparecido
escabullándose por la portezuela del palco; corría hacia su
casa apretando la varita, inútil ya, y él mismo no habría
podido decir si estaba melancólico o extrañamente
dichoso.
Y ahora, señoras y señores, es el momento de
celebrar la fiesta. Uno quería un desfile militar, otro un
baile nocturno. Después de grandes discusiones acabaron
por escoger: por la mañana, desfile militar, y por la noche,
baile con luminarias. Al primero, el osezno Tonio, todavía
un poco débil, asistió sentado en una litera, envuelto en
mantas suaves; pero en el baile pudo ya participar e
iniciar, de la mano de su padre, el gran corro que giraba a
ritmo de polca, ya que durante el día se había robustecido
a base de pasteles y chuletas.
Se inicia al principio
en la plaza del municipio
por donde desfilan los batallones
bajo aguerridos pendones.
Después músicas y fanfarrias d
esde los montes hasta las playas.
Sigue la gran comilona
con azúcar; miel, chocolate,
mazapán, almendrados, hojaldre relleno
(de crema o nata a escoger),
frutas escarchadas y hasta flores de eletaria..
Turrones, pestiños, pastafloras, un derroche,
y mucho más hasta que llegue la noche.
Después, en los jardincillos
se encienden los farolillos,
a los sones de la orquesta
desde la izquierda a la derecha.
(El viejo hechicero
espiaba tras los setos).
Y tanto se bailó
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que la aurora despuntó,
y la única tristeza
fue que acabara con tanta presteza.
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65
CAPÍTULO OCTAVO
¡Ay, así es la vida! ¡Nos imaginamos
tener tanto tiempo…! Así descuidados
pasamos los días; pero, en un suspiro,
más de trece años van transcurridos.
Nos volvemos a encontrar, como si no hubiese
pasado nada, trece años después de la última vez que nos
vimos, y el Rey Leoncio reina aún tranquilo en Sicilia
porque nadie ha tenido nunca el valor de desafiarle.
Hombres y osos están perfectamente de acuerdo y los días
pasan plácidos; se diría que la serenidad habita el corazón
de todos y que podría ser eterna. Como, además,
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estudiando y trabajando se hacen progresos, son
edificados muchos y nuevos hermosos palacios en la
capital y se construyen máquinas cada vez más
complicadas, así como magníficas carrozas y
extraordinarias cometas de colores. Y hasta se dice que el
profesor De Ambrósiis, aunque sea más viejo que las
campanas de la catedral, ha empezado desde el principio
sus elucubraciones y se ha construido (a su edad, ¿os dais
cuenta?) una nueva varita mágica, menos poderosa que la
que ya gastó en los osos, pero así y todo bastante buena; el
astrólogo espera arrancarle por lo menos un pequeño
encantamiento para curarse en el caso de que agarrase una
enfermedad, si no gravísima, regular por lo menos.
No obstante, mirad al Rey a los ojos y os daréis
cuenta de que no es feliz. Demasiadas veces sus miradas, a
través de los ventanales de su palacio, se dirigen
tristemente a las lejanas montañas que se elevan más allá
de las más altas torres de la ciudad. ¿No eran quizá más
bellos —se pregunta en secreto— los tiempos
transcurridos allá arriba, en la solemne soledad de las
peñas?
Entonces, tenían suficiente
para comer, con bayas; dormían sobre ramas
y bebían tranquilos de bruces en la fuente.
Hoy beben en copas de cristal
no les basta con el más fino fuá-gras
y duermen en sus lujosas camas.
¡Oh! Qué mal vivían allí arriba
y en cambio ahora todos viven contentos.
Pero qué lástima que, como en otros tiempos,
ya no soporten vientos, piedras y espinas,
hielos o tormentas bajo el cielo negro
con el corazón ligero.
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Y además a Leoncio le desagradaba ver a los
osos cambiar a ojos vista. En otros tiempos, modestos,
sencillos, pacientes, bonachones; ahora soberbios,
ambiciosos, llenos de envidia y de caprichos. No por nada
han vivido trece años en medio de los hombres.
Especialmente le desagradaba al Rey que, en
lugar de contentarse como en otros tiempos con su
hermosa piel, ahora la mayor parte de sus animales se
pusieran trajes, uniformes y abrigos copiados de los
hombres, creyendo ser elegantes; y no vacilaban en
cubrirse de ridículo. A costa de reventar de calor, se les
veía de paseo hasta con gruesos abrigos de piel, como para
hacer saber al mundo entero que el dinero no les faltaba.
Y si fuese sólo por eso. Pero discutían por la
menor tontería, decían palabrotas, se levantaban tarde por
la mañana, fumaban cigarros y pipas, echaban barriga y se
ponían de día en día más feos. No obstante, el Rey se
aguantaba; se limitaba a alguna regañina de vez en cuando
y prefería, en general, cerrar los ojos. A fin de cuentas,
unas migajas no eran delito. Pero ¿cuánto tiempo se podía
seguir así? ¿Dónde irían a parar a este paso? El Rey
Leoncio estaba inquieto, tenía la oscura impresión de que
algo se preparaba.
Y comenzaron, en efecto, algunos hechos
extraños:
El primer hecho misterioso fue
el hurto de la nueva varita mágica
del profesor De Ambrósiis.
El nigromante había acabado ya de prepararla
con todas las brujerías necesarias; estaba justo dándole los
últimos toques cuando le fue robada de improviso. Busca
por aquí, busca por allá: nada. Investigaciones de la
policía: nada. Entonces, el mago acudió al Rey Leoncio
para contarle lo ocurrido.
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Leoncio se inquietó. Un hurto tan grave no había
sucedido desde que él reinaba.
Leoncio consultó con el gran chambelán Salitre
(oso muy inteligente que tenía, sin embargo, la debilidad
de creerse guapísimo y llevaba una larga pluma en el
sombrero), y decidieron convocar a la población de los
hombres, a los cuales el Rey, desde el balcón, dirigió un
hermoso discursito:
«Señoras y señores», les dijo, «al profesor De
Ambrósiis, que es tan bueno, algún malintencionado le ha
quitado una varita mágica de reciente construcción.
¡Ciudadanos!», continuó, «¡esto es un desorden! ¡Quien la
haya robado que levante la mano!».
Pero nadie levantó la mano.
«Pues bien», dijo Leoncio, «puede ser que el
culpable no esté presente. Yo, entonces, os voy a decir una
cosa: si dentro de diez días el ladrón, de un modo u otro,
no se descubre, os haré responsables a todos y pagaréis al
astrólogo un doblón por cabeza».
«¡Uuuuuuhhh!», murmuró espantada la
multitud. Y hasta hubo alguno que quiso insultar al
soberano.
«¿Ah, sí?», replicó Leoncio, sintiendo que se le
subía la sangre a la cabeza. «Entonces serán dos doblones
por cabeza. ¡Y estaréis arreglados!».
Dicho esto, se retiró a sus apartamentos,
mientras hombres y mujeres se alejaban entre comentarios
diversos.
Pero el astrólogo fue al palacio y le dijo:
«Majestad, has convocado a los hombres y te lo
agradezco. Pero ¿por qué no has hablado también a los
osos?».
«¿A los osos? ¿Qué les habría de decir?».
«Habría que decir que mi varita pudo ser robada
por un hombre, pero también por un oso».
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«¿Por un oso?», exclamó Leoncio sorprendido.
«¿Desde cuándo los animales hacen cosas así?».
«Sí, señor, por un oso», replicó el astrólogo
resentido. «¿Quizá es que tú crees a los osos mejores que a
los hombres?».
«¡Pues claro que lo creo! Los osos no saben ni
siquiera qué significa la palabra “robar”».
«¡Ja, ja!», se burló el mago.
«¿Te burlas, profesor?».
«Me burlo, sí señor», respondió De Ambrósiis.
«Buenas te las podría contar, si quisiera, sobre tus
inocentes animalitos».
Y aquí oiréis, niños y niñas,
el misterio del parque de globigerinas.
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CAPÍTULO NOVENO
El segundo misterio fue, en efecto:
El secreto del parque de globigerinas.
«Una noche», contó, justamente, el profesor,
«mientras iba a dar una vuelta por el parque de
globigerinas…».
«¿Dónde vive mi chambelán Salitre?»,
interrumpió el Rey Leoncio.
«Eso no lo sé», dijo el mago, «yo sé solamente
que mientras me paseaba entre las plantas, levanté un
72
momento la vista por encima de los árboles y adivina qué
es lo que veo».
«¿Un pájaro?», sugirió Leoncio, atenazado por
la curiosidad. «¿O quizá un monstruo?».
«Veo un palacio todo de mármol, iluminado
como para un sarao, que resplandecía en la noche.
Interesado, me acerco. De las ventanas salen músicas y
risas, como si hubiese una gran fiesta. Después, percibo a
ras del suelo otras aberturas iluminadas. Me agacho para
curiosear. Y veo una inmensa bodega, más grande que una
iglesia, y, a lo largo de las paredes, mastodónticas cubas
de las que sale a chorros el vino. Y mesas servidas, y por
todas partes valiosas botellas, y músicos que tocan, y
camareros que van y vienen llevando tartas
monumentales, y sentados a la mesa…».
«¿Quién? ¿Pero quién?», interrumpió de nuevo
Leoncio.
«¡Tus osos, Majestad, tus osos! ¡Borrachos
perdidos del primero al último, desgañitándose con
obscenas canciones! ¡Unos, vestidos con ricos mantos,
otros con chaqué, otros tumbados en posturas indecentes,
otros agujereando las cubas para beber luego del chorro,
otros caídos bajo las mesas!».
«¡Es una calumnia!», jadeó el Rey Leoncio.
«¡Lo he visto con mis propios ojos, te lo juro!»,
protestó el mago.
«¡Bien, voy inmediatamente a verlo! Y si has
dicho una mentira, ¡me las pagarás!».
El Rey no se lo pensó ni un momento. Ya había
caído la noche. Acompañado por un batallón de guardias,
se dirigió al bosque de las globigerinas y vio resplandecer,
sobre la masa oscura de los árboles, la cúpula de un
palacio fantástico, constelado de luces. Espumeando de
ira, se adelantó para sorprender in fraganti a los
borrachuzos. Pero en cuanto salió de la espesura del
bosque y apareció en el claro, el palacio maravilloso había
73
desaparecido. En su lugar, había una mísera casucha con
una ventanuca iluminada. El Rey quiso entrar a ver.
Abriendo de repente la puerta, encontró al
chambelán Salitre que leía un gran libro a la luz de un
candil.
«¿Qué haces aquí a estas horas, Salitre?».
«Estudio el gran libro de las leyes, Majestad, y
ésta es mi humilde casa».
Pero Leoncio olfateaba alrededor. Había en el
aire un curioso olor… Qué extraño, se diría que era un
perfume de flores, de manjares, de buenos vinos. Una
sospecha nació en el Rey.
¿Qué podría decir, sin embargo, en esos
momentos?
«Buenas noches, Salitre», barbotó. «¿Sabes?
Pasaba por aquí, por casualidad, y he entrado a hacerte
una visita».
Se fue, entonces, más bien avergonzado, y
volvió al palacio meditando aquel enigma.
En toda la noche no pudo dormir. Tormentosas
preguntas asaltaban borrascosamente su cerebro.
¿Había mentido el mago?
¿Pero cómo también él, Leoncio, había
descubierto el palacio más allá de las plantas?
¿Pero cómo había podido el palacio desaparecer
después de repente?
¿Sería un palacio encantado?
¿Pero quién podía hacer encantamientos si no
era el mago?
¿Pero no le habían robado al mago la varita?
¿Quién entonces podía hacer brujerías sino el
ladrón?
¿Y cómo, por cierto, estaba Salitre en aquella
solitaria casucha?
¿Y cómo explicar aquellos extraños olores de
asados y vinos?
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¿Estaría implicado Salitre en aquel turbio
asunto?
Pero la indignación de Leoncio llegó al colmo
cuando al alba le vinieron a anunciar el tercer hecho
misterioso, esto es
el saqueo de la Gran Banca Universal.
Bandidos armados y enmascarados habían
asaltado durante la noche el edificio, matando a los
guardianes, forzando la puerta blindada y robando el
tesoro entero. Las cajas del Estado no tenían ya ni un
céntimo.
¿Y el culpable? Salitre explicó con magníficas
argumentaciones que no podían haber sido delincuentes
vulgares. Habían sido, sin duda, maleantes guiados por un
hombre astuto, hábil en lo manual y profundo en la
ciencia. Sólo uno, sostenía en suma el chambelán, podía
haber organizado un golpe semejante. Y su nombre era De
Ambrósiis.
A Leoncio le pareció que se le caía una venda de
los ojos: ¿pero cómo no lo había comprendido antes?
¿Pero cómo no se había dado cuenta por sí mismo? Ahora
se lo explicaba todo: De Ambrósiis tenía envidia de los
osos, por los que había malgastado sus dos
encantamientos; De Ambrósiis había inventado el robo de
la varita para evitar que el Rey pudiera pedirle otros
servicios y para desacreditar a las fieras; De Ambrósiis,
siempre para calumniar a los osos, había puesto en escena
la fábula del banquete nocturno en la bodega (y si él,
Leoncio, había creído por un instante percibir el palacio,
había sido por autosugestión). En fin, De Ambrósiis
sediento de poder y de oro, maquinó el saqueo de la
Banca.
De Ambrósiis fue detenido media hora después
por orden expresa del Rey, aunque protestó de lo lindo. Lo
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cargaron de cadenas y lo encerraron en la celda más
profunda y tenebrosa de la prisión.
Pero, entretanto —nos preguntamos—, ¿qué va
curioseando en la sede de la Banca, tras lasidas y venidas
de los policías encargados de las indagaciones, cierto oso
Jazmín, que suele vagabundear por la ciudad con aspecto
estúpido, hasta el punto de que se le cree un poco tocado
de la cabeza?
«¡Andando! ¡Fuera de aquí!», le gritan los
guardias.
Él, en cambio, ni caso. Pone una sonrisita boba
como si no hubiese entendido y, mientras tanto, continúa
mirando a hurtadillas a su alrededor, especialmente allí
donde eran más evidentes las huellas de los ladrones: la
puerta blindada de la cámara del tesoro, que yace por
tierra arrancada de sus goznes.
«¿Ha sido De Ambrósiis?», se pregunta Jazmín
incrédulo, y se agacha para recoger del suelo seis o siete
pelos que han escapado a los ojos de la policía
gubernativa. Los huele, los mira a contraluz.
«¡Suelta eso, entrometido!», le grita un guardia.
«¿Qué es lo que has recogido del suelo?».
«Nada, sólo unos pelos».
«¿Pelos? ¡Déjame ver inmediatamente!», y
apenas los ve, el policía se pone a gritar como un grajo.
«¡Los pelos de la barba del mago! ¡Los pelos del mago!
¡Comisario, comisario!
¡Aquí está la prueba decisiva!».
Sin embargo, Jazmín ríe aún con aire estúpido.
Sí, sí, barba; sí, sí, mago. Él los ha reconocido enseguida:
son pelos de oso, apostaría la cabeza.
¡Ay! Han sido, pues, los osos los que han dado
el golpe delictivo. Y De Ambrósiis es inocente. Pero
ahora, ¿cómo poner sobre aviso al Rey Leoncio? ¿Cómo
convencerle? ¿Cómo salvar a De Ambrósiis de la horca?
Desde hace algún tiempo Jazmín vive con los ojos
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siempre abiertos. ¡Sabe tantas cosas, además de este
asunto del tesoro, que Leoncio ni se imagina! Y ahora no
hay tiempo que perder. Incluso a costa de darle un enorme
disgusto, es necesario advertir al Rey. Jazmín debe
enviarle una carta.
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79
CAPÍTULO DÉCIMO
Con el correo de la mañana le llega al Rey la
siguiente misiva, que transcribimos textualmente, con
todas las faltas de ortografía (porque Jazmín ha sido
siempre bastante burro en la escuela).
Buen Rey, tienes cerca una bíbora
que te ace cometer hinjusticias.
Un hinocente está encerrado en prisión
y el ladrón está por eso contentón.
Tú: «y si lo sabes, ¿por qué no lo dizes?»
Yo: «¡Porque no quiero piyarme las narizes!»
Pero una noche de estas
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pasa por la calle de La Bruyère 40
y acuérdate del esmoquin ponerte,
o el elegante chaqué.
Antes de que la noche llegue a su fin
se lo agradecerás a
JAZMÍN
¿Qué nueva diablura era aquélla? ¿Un nuevo
misterio? ¿No había ya bastantes? El Rey no se aclaraba.
Sin embargo, Jazmín le había sido siempre simpático y
quiso seguir su consejo.
En cuanto se hizo de noche, poniéndose por
primera vez en su vida un traje de gala (porque odiaba las
ropas de cualquier clase), se dirigió completamente solo al
lugar indicado. Las calles estaban desiertas.
El número 40 de la calle de La Bruyère era un
elegante chalet. El Rey llamó, se abrió la puerta, un
mayordomo galoneado le acompañó hasta arriba por una
escalerilla y al final de la escalera divisó, ¡oh, maravilla!,
una gran sala, en la que Leoncio, paralizado de estupor,
vio docenas de osos elegantísimos —y alguno hasta con
un monóculo— que jugaban a juegos de azar. Voces
confusas se entremezclaban. «¡Buen golpe! ¡Capote!»,
gritaba uno.
«¡A mí diez mil, veinte mil!». Y otro:
«¡Desbancado, maldición! ¡Estoy arruinado! ¡Canallas!».
Montones de oro pasaban, en el caprichoso juego de la
fortuna, de unos a otros, con una rapidez extraordinaria.
De aquí y allá surgían risas. ¡Qué depravación, qué
vergüenza! Pero se le heló la sangre en las venas cuando
su mirada se dirigió al fondo de la sala. ¿Sabéis quién
estaba allí? Tonio, su hijo, que estaba dilapidando su
sueldo de príncipe, del que sólo le quedaban ya unas
monedas. Sentados a su mesa había tres osazos de aspecto
patibulario. Uno de ellos decía: «Adelante, jovencito, me
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debes todavía 500 ducados». Y lo decía de tal modo que
Tonio, espantado, a quien no le quedaba ya ni un real, se
arrancó del cuello un precioso colgante de oro, regalo de
su padre por su cumpleaños, y lo arrojó sobre el tapete
verde.
«¡Desgraciado!», gritó en ese momento el Rey
desde la entrada, y se precipitó a través de la sala, aferró
por el cuello a su hijo, sin escuchar las protestas de los
jugadores que no lo habían reconocido, lo arrastró a la
salida y después afuera, sin decir una palabra, hasta el
palacio. Tonio, avergonzado, sollozaba.
Y ahora, medidas enérgicas. Esa misma mañana,
el innoble garito fue invadido por la policía, pero no se
encontró más que al personal de servicio, y ninguno sabía
quién era el patrón. La casa de juego tenía tres pisos:
En la planta baja: sala de ruleta, bar y
guardarropa.
En el primer piso: gran salón para juegos de
cartas y escondrijo en donde el misterioso tahúr
amontonaba las ganancias.
En el segundo piso: cocina y sala de banquetes.
En el tercero y último: despensa, sala de
descanso para la servidumbre con juego de bolos y saleta
de castigo, donde a los jugadores sorprendidos haciendo
trampas les azotaban primero y luego les obligaban a
aprenderse de memoria poesías educativas, como «La
cigarra y la hormiga» (y todo esto porque, con gran
hipocresía, la dirección quería dar a entender que la casa
sólo era frecuentada por osos de las mejores familias).
Todo esto desconcertó al Rey Leoncio. Así que
la detención del mago no había bastado para acabar con
todo lo corrompido. ¿Quién era realmente el propietario
de la casa de juego? ¿Y por qué Jazmín no había tenido
valor de explicarse mejor? Cuanto más pensaba el Rey
más le confundían las ideas. Pero siempre tenía que llegar
a la misma conclusión: alguien, que no era el profesor De
82
Ambrósiis, estaba sembrando entre los osos la corrupción
y el delito. Debía de ser una persona rica, poderosa y muy
astuta, que trabajaba en la sombra, preocupada de no
hacerse descubrir. Si no se la desenmascaraba cuanto
antes, ¡adiós paz y tranquilidad!
Entonces el Rey Leoncio, para pedir consejo y
tantear el terreno, convocó una asamblea general. Osos y
hombres, dejando diversiones y negocios, se reunieron en
la plaza. Allí se desarrolló el siguiente diálogo:
El Rey, con voz trágica:
«¿Quién ha robado la varita mágica?»
Los hombres, a coro:
«Nosotros no, nosotros no».
Los osos, a coro:
«Nosotros no, nosotros no».
El Rey:
«Salitre, ¿tú sospecharías
quién está organizando las orgías?»
Salitre:
«Me maravilla, Majestad, que tengas estos
pensamientos
cuando deberíamos ocuparnos de asuntos más
serios».
El Rey:
«Y bien, Salitre, ¿crees que han usado
encantamientos
para robar en la Banca hasta el último céntimo?»
Salitre:
«¡Basta, basta, Majestad, de todas estas cuitas!
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He venido a traerte una buena noticia».
El Rey:
«¡Oh, no! Déjame concluir con mi investigación:
¿quién creéis que será del garito el patrón?»
Los hombres, a coro:
«Rey, es mejor olvidar.
¿Para qué te quieres amargar?»
Salitre (mostrándole un papel):
«Mejor contempla, Majestad, este monumento.
¡Espero que estarás contento!»
Era el dibujo de una estatua inmensa que
representaba justamente a él, al Rey Leoncio. Y como
también los osos están hechos de carne y vanidad, todas
las preocupaciones del Rey desvaneciéronse de un golpe.
«¡Oh, mi buen Salitre!», exclamó conmovido. «Sólo ahora
comprendo cuánto me quieres. ¡Pensar que por un
momento he dudado de ti!». E inmediatamente olvidó
todos los problemas.
Esta vez —nos disgusta admitirlo, pero es así—,
el Rey Leoncio se comportó como un simplón. La idea del
monumento le hizo perder literalmente la cabeza. Las
demás preocupaciones desaparecieron como por encanto.
¡Qué importaban De Ambrósiis, o los delitos, o la timba!
Leoncio envió inmediatamente un batallón de osos a las
montañas para buscar el mármol, contrató ingenieros,
albañiles y picapedreros, e hizo dar comienzo a los
trabajos.
En breve, la inmensa estatua empezó a surgir
piedra a piedra, en la cima de una colina que dominaba la
ciudad. Se la podría ver a decenas de kilómetros de
distancia. Centenares de osos trabajaban día y noche y
cada poco tiempo el Rey visitaba las obras, donde el
84
chambelán le daba toda clase de explicaciones. Muy
pronto, piedra a piedra, se llegó a la cabeza. El hocico del
gigantesco oso comenzaba a perfilarse contra el azul del
cielo. A bordo de globos aerostáticos y pequeños
dirigibles los ingenieros volaban sobre la ciudad para
juzgar el efecto.
«Pero ¿por qué un hocico tan largo?», pensaba
Leoncio. «Yo no tengo de ninguna manera un hocico tan
largo. Se diría más bien que se va pareciendo a Salitre,
vista desde lejos».
No obstante, no tenía valor para decirlo
abiertamente, para no disgustar a nadie. Y la estatua
dominaba ya majestuosamente la ciudad, el golfo y el mar
lejano; dentro de pocos días se podría hacer la
inauguración.
Pero como está escrito que en la vida no se
puede nunca estar tranquilo, un pequeño grupo de
pescadores irrumpió en la plaza, presos de terror:
«¡Socorro, socorro!», gritaban. «¡Es el fin del
mundo!».
Ha aparecido una inmensa serpiente de mar,
cuentan, que, sacando fuera de las olas su desmesurado
cuello hasta la ribera, se ha tragado ya tres casas y una
iglesia, incluidos el párroco y el sacristán.
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CAPÍTULO UNDÉCIMO
Los hombres:
«Serpentón de mar
del mundo lejano,
¿lágrimas o flores
vienes a entregarnos?»
La serpiente:
«Oh, no, esta voz mía
os trae el misterio
que nadie conoce
del abismo negro.»
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Los hombres:
«Del profundo abismo
nos salvó el amor
del Crucificado
que murió por nos.»
La serpiente:
«Muerte y desolación;
sobre vosotros, eterno,
el veneno de los dientes
de la boca del infierno.»
Los hombres:
«Peste y llamaradas
en nuestros cobijos.
¡Deprisa, las madres,
salvad a vuestros hijos!»
¡Y entonces las madres escaparon de las casas
de la costa llevando en brazos a sus niños, y huyeron
también los hombres, los perros y los pajarillos, que son
capaces de volar! Pero para salvar la ciudad, el Rey
Leoncio salió al mar con los osos más valientes y subió a
bordo de un esquife para combatir al monstruo. Iba
armado de un fuerte arpón y los otros de escopetas y
arcabuces. También estaba Salitre, armado de un gran
fusil: aunque el Rey le había dicho que se podía quedar en
casa, se había empeñado en venir también él.
Mientras desde la costa una inmensa multitud
los contemplaba conteniendo la respiración, la
barquichuela, empujada gallardamente por los remeros, se
separó de la Ribera acercándose a la terrible culebra, que
alzaba y escondía alternativamente la cabeza entre el
oleaje espantoso de espuma.
Leoncio, de pie en lo alto de la proa, levantó el
arpón pronto para asestar el primer golpe.
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Y he aquí que de una de las ondas surge
vibrando un cuello alto como una encina, sosteniendo la
cabeza más horripilante que se pueda imaginar. La
serpiente abrió de par en par las fauces, que parecían una
cueva, y se lanzó sobre la frágil barca. Entonces Leoncio
arrojó el arpón.
Silbando, el arpón voló como un rayo y se
hundió al menos tres palmos en la garganta del monstruo.
Siguió una fragorosa detonación: los compañeros del Rey
habían descargado a la vez sus armas para asestar el golpe
de gracia.
Durante un minuto el esquife quedó envuelto en
una densa nube de humo a causa de los disparos. Después,
mientras la serpiente de mar se hundía entre borbotones de
sangre y un altísimo grito de alegría retumbaba de ribera a
ribera, el viento se llevó el humo y se pudo ver.
Se vio en la proa de la pequeña embarcación al
Rey Leoncio caído boca abajo. Un arroyuelo de sangre
brotaba de su espalda. Al mismo tiempo, uno de los
remeros, dejando el remo, saltó en pie blandiendo un
hacha, se lanzó contra el chambelán Salitre y le separó de
un solo tajo la cabeza del cuerpo. Era el oso Jazmín.
¡Qué tragedia!
Embarcándose expresamente para no perder de
vista a Salitre, el valiente oso detective lo había visto todo:
aprovechándose del tiroteo general, el chambelán había
disparado, no contra el monstruo, sino contra su Rey. ¡Ay,
el tímido Jazmín sospechaba la verdad desde hacía algún
tiempo, pero no había tenido valor para confesarle todo al
Soberano! Esto es, que la varita mágica había sido robada
por Salitre, que a Salitre se debían los banquetes en la
bodega del palacio embrujado; Salitre había saqueado la
Banca; Salitre había organizado el garito; Salitre
conspiraba para suprimir a Leoncio y arrebatarle la
corona. Hasta el monumento le estaba destinado a él, a
Salitre, y no al Rey, que jamás había tenido el hocico tan
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largo. Pero Jazmín, esperando siempre que el chambelán
se traicionase a sí mismo, no había indicado a Leoncio
más que el asunto de la timba. Y ahora era ya demasiado
tarde.
Con el Rey mortalmente herido a bordo, la
navecilla se apresuró hacia la ribera en un inmenso
silencio, porque la multitud, petrificada por el dolor, no
podía ni siquiera llorar.
Desembarcado en la playa, Leoncio fue llevado
al palacio; los médicos acudieron a curarlo, pero no se
atrevieron a decir nada. Alguno sólo movía la cabeza,
dejando entender que cualquier esperanza parecía perdida.
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CAPÍTULO DUODÉCIMO
Y hemos llegado a la noche en la cual el Rey
Leoncio llamó a su hijo y a los osos más fieles porque se
sentía próximo a la muerte. Por el pequeño agujero hecho
por la bala huía poco a poco la vida.
Para no amargarlo más, ninguno tuvo el valor de
decirle que la varita mágica y el oro sustraído a la Banca
habían sido encontrados en el palacio del mismo Salitre,
que efectivamente este magnífico palacio existía y que, en
aquella noche famosa, dándose cuenta de que el Rey se
acercaba, el chambelán lo había hecho desaparecer
momentáneamente mediante un golpe de la varita mágica
robada.
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Pero el Soberano se alegró mucho de ver
aparecer en su cuarto al profesor De Ambrósiis, mandado
desencarcelar enseguida.
«No nos dejes, papá», imploraba su hijito Tonio.
«Sin ti, ¿qué haremos? Tú nos has conducido desde las
montañas, nos has librado de los enemigos y de la
serpiente de mar.
¿Quién dirigirá ahora a nuestro pueblo?».
«No te atormentes, Tonio», murmuró el Sire.
«Nadie es necesario en este mundo. Partido yo, habrá
algún otro caballero capaz de custodiar la corona. Pero
para vuestra salvación, hermanos, habréis de prometerme
una cosa».
«Habla, oh Rey», dijeron todos cayendo de
rodillas. «Nosotros te escuchamos».
«Volved a las montañas», dijo lentamente
Leoncio. «Dejad esta ciudad donde habéis encontrado la
riqueza, pero no la paz del espíritu. Quitaos de encima
estos vestidos ridículos. Tirad el oro. Arrojad los cañones,
los fusiles y todas las demás cosas diabólicas que los
hombres os han enseñado. Volved a ser los que erais
antes. ¡Qué felices vivíamos en aquellas solitarias
cavernas abiertas a los vientos y no en estos melancólicos
palacios llenos de cucarachas y de polvo! Las setas del
bosque y la miel silvestre os parecían entonces el manjar
más exquisito. ¡Oh, bebed otra vez el agua pura de los
manantiales y no el vino, que arruina la salud! Será triste
separarse de tantas cosas bellas, lo sé, pero luego os
sentiréis más contentos y seréis también más hermosos.
Estamos gordos, amigos, ésta es la verdad, y hemos
echado barriga».
«¡Oh, perdónanos buen Rey!», dijeron todos.
«¡Ya verás como te obedeceremos!».
El Rey Leoncio se levantó sobre las almohadas
para respirar el aire perfumado del atardecer. Estaba
cayendo la noche. Y por las ventanas abiertas de par en
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par se veía la ciudad que resplandecía maravillosamente
bajo los últimos rayos del sol, los jardines floridos y, al
fondo, una franja de mar celeste que parecía un sueño.
Se hizo un gran silencio. Y de repente los
pajarillos se pusieron a cantar. Entraban por la ventana
llevando cada uno en el pico una florecilla y, revoloteando
graciosamente, la dejaban caer sobre el lecho del oso
moribundo.
«Adiós, Tonio», susurró aún el Rey. «Ahora
tengo que partir. Os ruego, si no es demasiado trabajo,
que me llevéis también a las montañas. Adiós, amigos.
Adiós, amado pueblo. Adiós también a ti, De Ambrósiis;
¡un golpecito de tu varita mágica quizá no sería inútil para
devolver la razón a mis buenos animales!».
Cerró los ojos. Le pareció como si desde las
amables sombras, los espíritus de los antiguos osos, de los
parientes, de su padre, de los compañeros caídos en
combate, se acercaban a él para acompañarlo al lejano
paraíso de los osos, donde florece eterna la primavera. Y
acabó su vida con una sonrisa.
Y al día siguiente los osos partieron.
Ante el estupor de los hombres (y también cierto
disgusto, porque en general aquellas bestias habían
resultado simpáticas), los osos dejaron los palacios y las
casas tal como estaban, sin llevarse siquiera un alfiler,
amontonaron en una plaza todas las armas, los vestidos,
las condecoraciones, los penachos, los uniformes, etc., y
lo prendieron fuego. Distribuyeron entre los pobres todo el
dinero, hasta el último céntimo. Y en silencio desfilaron
en columna por el camino que trece años antes habían
descendido de victoria en victoria.
Dicen que la muchedumbre de los hombres,
apiñada en lo alto de las murallas, prorrumpió en lamentos
y sollozos cuando el cuerpo del Rey Leoncio, llevado a
hombros por cuatro hercúleos osos, salió por la puerta
mayor rodeado de una selva de antorchas y banderas (y
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quizá también a vosotros os disguste un poco verlo partir
para siempre).
Los niños:
Oseznos amigos, no nos dejéis tristes.
Pronto será noche y oscura la vía.
Por vuestro camino las brujas terribles
irán acosándoos hasta el nuevo día.
Quedaos al menos algún tiempo más
que os enseñaremos divertidos juegos
y nunca os haremos volver a enfadar;
os daremos nueces, frutas, caramelos,
jugaremos juntos a indios y vaqueros.
Haremos cometas, volcanes de arena;
con barcos y trenes, por días enteros
nos divertiremos jugando a la guerra.
Luego, cada tarde contaremos cuentos
y cada día que pase estaréis más contentos.
Los oseznos:
Adiós, niños, ya nos vamos.
No nos digáis esas cosas.
Estamos tristes. Viajamos
hacia tierras misteriosas.
También querríamos quedarnos
jugando con los amigos
aquí, en el alegre prado,
hasta que haya anochecido.
Pero ¡ay!, nunca más podremos.
Dios nos llama a las montañas.
Así acaban, como un sueño,
nuestra historia y nuestras hazañas.
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Y así, a lo largo de la blanca carretera que se
perdía hacia las montañas, se alejaba el inmenso cortejo,
hasta que el último batallón dejó la ciudad, volviéndose
para saludar.
Poquito a poco la larguísima fila se hacía más
pequeña y tenue. Hacia el ocaso ya no era más que una
sutil línea negra sobre el lomo de una colina lejana. (Pero
más remotas, a una distancia incalculable, refulgían las
altísimas cimas, rodeadas de hielo y soledad). Después ya
no se vio más.
¿Dónde fue enterrado el Rey Leoncio? ¿En qué
bosque de abetos, en qué verde prado, en el corazón de
qué peñasco? Nadie lo ha sabido nunca, probablemente no
lo sabremos jamás.
¿Y qué hicieron después los osos en su antiguo reino? Son
secretos custodiados por la eternidad de las montañas.
Para recordar la estancia de los osos entre
nosotros, sólo quedó el monumento inacabado, con la
mitad de la cabeza construida, dominando los tejados de la
capital. Pero las tempestades, el viento, los siglos, han
destruido poco a poco también aquello. El año pasado no
quedaban más que algunas piedras, erosionadas e
irreconocibles, amontonadas en el rincón de un jardín.
«¿Qué son esos extraños pedruscos?»,
preguntamos a un viejo patriarca que pasaba por allí.
«Pero ¿cómo?», dijo amablemente. «¿No lo
sabéis, señor? Son los restos de una antigua estatua. ¿Ve?
En los tiempos de Maricastaña…».
Y empezó a contar.
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