ECONOMÍA SOLIDARIA
PAUL SINGER
1. El concepto de economía solidaria
Economía solidaria es hoy un concepto ampliamente utilizado de los
dos lados del Atlántico, con variadas acepciones, pero que rondan siem-
pre la idea de solidaridad, en contraste con el individualismo competitivo
característico del comportamiento económico de las sociedades capitalis-
tas. El concepto se refiere a las organizaciones de productores, consumi-
dores, ahorristas, etc., que se distinguen por dos especificidades: (a) estimulan
la solidaridad entre los miembros a través de la práctica de la autogestión
y (b) practican la solidaridad hacia la población trabajadora en general,
con especial énfasis en la ayuda a los más desfavorecidos.
Autogestión significa que debe imperar la más completa igualdad
de derechos de todos los miembros en las organizaciones de la econo-
mía solidaria. Si la organización es productiva (una cooperativa o aso-
ciación de producción agrícola, extractiva o industrial, por ejemplo),
la propiedad del capital debe estar repartida entre todos los socios por
igual, quienes en consecuencia tendrán los mismos derechos de parti-
cipar en las decisiones y en la elección de los responsables de los
diversos sectores administrativos de la misma. Otra modalidad de or-
ganización solidaria es la cooperativa (u otra forma de asociación),
que reúne a pequeños productores autónomos (agricultores, taxistas,
recicladores de residuos, etc.) quienes hacen sus compras y/o ventas
en común. A ella también se aplican las reglas de la autogestión. Lo
mismo pasa con los clubes de trueque, clubes de ahorro, cooperativas
de consumo, de crédito, habitacionales entre otros4 .
4. Para facilitar la lectura, esta frase “u otra forma de asociación” será omitida
en este texto, pero debe ser sobrentendida cada vez que el término cooperativa es
usado como ejemplo concreto de iniciativa de la economía solidaria. Cooperativa es
la forma clásica de ese tipo de emprendimiento, pero por diversos motivos es a veces
sustituida por otras formas asociativas.
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LA OTRA ECONOMÍA
La solidaridad con los menos favorecidos significa que las entida-
des que promueven la economía solidaria dan prioridad a la organi-
zación de cooperativas formadas por desempleados, trabajadores en
vías de perder el empleo debido a crisis en la empresa que les paga
los salarios y pobres en general. La economía solidaria, tal como
reaparece a fines del siglo XX, es una respuesta al estrangulamiento
financiero del desarrollo, a la desregulación de la economía y a la
liberación de los movimientos del capital, que conllevan, en diversos
países, al desempleo en masa, cierre de firmas y creciente
marginalización de los desempleados crónicos y de los que saben
que no tienen posibilidad de volver a encontrar trabajo debido a la
edad, falta de calificación o de experiencia profesional, discrimina-
ción de raza o género, etc.
La solidaridad hacia los desfavorecidos también se manifiesta
en la formación de cooperativas de prestación de servicios, dirigi-
das a la protección de los niños en situación de riesgo, personas
mayores sin medios materiales para satisfacer sus necesidades vita-
les, adictos al alcohol u otras drogas, personas portadoras de defi-
ciencias físicas o mentales, etc. Esta modalidad de economía solidaria
es más común e importante en países de Europa occidental, los que
poseían un Estado de bienestar desarrollado, pero cuyos gobiernos
no están dispuestos a ampliar el gasto social frente al rápido incre-
mento de la demanda de asistencia. El desempleo masivo, de carác-
ter estructural, viene asolando esos países desde hace décadas e
inevitablemente se multiplican los agrupamientos sociales
carenciados y el ejército de jóvenes con alta escolaridad sin pers-
pectiva de empleo.
La economía solidaria a menudo cumple, en esos contextos,
un papel importante de combate al desempleo y en la inserción
social al organizar a estos jóvenes en cooperativas, en algunos
lugares llamados “sociales”, que desarrollan funciones que, an-
tes del auge del neoliberalismo, eran ejecutadas por funciona-
rios públicos. En esas condiciones, la economía solidaria forma
parte del tercer sector en tanto organizaciones no-gubernamen-
tales (ONGs), sostenidas principalmente por el poder público a
través de contratos.
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ECONOMÍA SOLIDARIA
2. Historia de los antecedentes de la actual economía solidaria
La economía solidaria, tal como la vivimos hoy en día a princi-
pios del siglo XXI en numerosos países, tiene al cooperativismo obrero
como antecedente principal, surgido de las luchas de resistencia contra
la Revolución Industrial, a lo largo del siglo XIX y XX. Éste fue
concebido y practicado por Robert Owen (1771-1859), posiblemente
el más importante iniciador de lo que hoy es el movimiento socialis-
ta. Al contrario de sus contemporáneos Charles Fourier (1772-1827)
y Claude-Henry de Rouvroy, Conde de Saint Simon (1760-1825),
quienes se limitaron a escribir obras y, con base en ellas, fundar
escuelas de pensamiento, Owen siempre se caracterizó por testear sus
proposiciones en la práctica social y económica, primero en la gran
industria textil en New Lanark, luego en la colonia cooperativa de
New Harmony, en los Estados Unidos, más tarde frente al potente
movimiento sindical, preconizando la formación de cooperativas para
tomar a los mercados de los capitalistas. En esa lucha épica entre los
sindicatos, había pocos rescatados de la clandestinidad, y la emer-
gente burguesía industrial se unió entre 1831 y 1834 y terminó en la
victoria del patronato y el aplastamiento del movimiento obrero.
En el auge del movimiento, Owen creó el Labour Exchange (Bolsa
de Trabajo), en 1832, donde se intercambiaban productos de las coo-
perativas, a precios justos, calculados según el número de horas de
trabajo gastadas en su producción. La bolsa emitía su propia moneda
en forma de billetes que valían horas de trabajo. Cada producto puesto
en venta era evaluado por un comité de sindicalistas, tomando como
patrón una hora que valía seis billetes. “El éxito fue enorme: el
Exchange quedó abarrotado de bienes y de compradores y sus ‘bille-
tes de trabajo’ eran aceptados incluso fuera de sus locales. Owen dejó
la administración para los delegados de cooperativas obreras de pro-
ducción: en el ejercicio de noviembre de 1832 a 1833, fue alcanzado
un nítido lucro” (Cole y Postgate, 1956). La bolsa fundada por Owen
estaba ubicada en Londres, pero otras surgieron, en el mismo forma-
to, en Birmingham, Liverpool y Glasgow.
El experimento de Owen terminó cuando el cooperativismo revo-
lucionario, que fue liderado por él, empezó a colapsar, juntamente
con los sindicatos que sufrieron los lock-outs (paros patronales), en
1834. Pero la misma estructura de intercambio de mercaderías, con
uso de una moneda social, resurgió en los años 1980, en Canadá
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LA OTRA ECONOMÍA
(Vancouver), bajo la denominación de LETS, Local Employment and
Trade Systems (sistemas locales de empleo y comercio) y en la déca-
da siguiente en Argentina (Bernal, Provincia de Buenos Aires), con la
denominación de Clubes de Trueque. Diferentemente de la bolsa de
Owen, los productos intercambiados en LETS y en los Clubes de True-
que no provienen necesariamente de cooperativas, y son en general
elaborados por pequeños productores o prestadores autónomos de
servicios.
Otro antecedente, que también se vincula a Owen (¡siempre él!),
es el movimiento de las comunas, generalmente agrícolas, en las
cuales se busca practicar el principio de la repartición, “a cada uno
de acuerdo a sus necesidades, de cada uno de acuerdo a su capaci-
dad”. Las comunas se distinguen de las demás formas de economía
solidaria porque practican simultáneamente la solidaridad en la pro-
ducción, en el consumo, en el ahorro y en todas las áreas de la vida
social. Para ello, las personas que componen la comuna tienen que
vivir juntas. La comuna es, ante todo, una aldea que desarrolla
poco a poco todas las funciones que la sociabilidad urbana impo-
ne: provisión de servicios públicos, de energía, transporte y comu-
nicación, educación y salud, de seguridad pública, etc. Todo el
patrimonio de la comuna es colectivo y es administrado con la
participación de todos, las decisiones son tomadas en asamblea,
etc. A diferencia de las demás organizaciones solidarias, la comuna
lleva el igualitarismo hasta las últimas consecuencias: las ganan-
cias de los miembros son colocadas en un fondo del cual cada uno
puede sacar de acuerdo a sus necesidades. No hace falta decir que
la vida en comuna exige un altísimo grado de confianza y afecto
entre los comuneros, compartiendo muchos aspectos de la vida en
familia.
Las comunas se han ido difundiendo por el mundo desde antes
del siglo XIX y practican ideologías distintas: religiosas (de las más
diversas iglesias y sectas), anarquista, la filosofía de los “falansterios”
de Fourier, nacionalistas y socialistas (como los Kibbutzim en Israel),
etc. Hay hoy un emergente movimiento de comunas, en diferentes
países, muchas de ellas fundadas por participantes de la gran insu-
rrección estudiantil, cuyo epítome es el Mayo francés de 1968, pero
que ocurrió en muchos países, incluso en Brasil. Esas comunas son
fuertemente motivadas por las aspiraciones de una sociedad iguali-
taria y libre e involucradas en movimientos pacifistas y ambientalistas.
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ECONOMÍA SOLIDARIA
Las comunas perdieron el glamour que solían tener en la época de los
hippies, pero siguen multiplicándose activamente porque conforman
una alternativa válida de vida, en una época pobre de ideas que, en
la mejor de las hipótesis, ofrece a los jóvenes la perspectiva de una
carrera victoriosa en los negocios y el uso exhibicionista de ingresos
elevados.
Otro antecedente importante de la economía solidaria actual es la
cooperativa de consumo. En 1844, algunas decenas de obreros for-
maron una cooperativa llamada Pioneros Equitativos de Rochdale.
Empezó como cooperativa de consumo y de aplicación de ahorro y
tuvo gran éxito social y comercial. En pocos años se expandió por
toda la región, absorbiendo otras cooperativas que se convirtieron
en sus sucursales. En 1864 tenía 4.747 miembros y su capital llegaba
a 62 mil libras. Con el dinero depositado en la Cooperativa de Rochdale,
fueron creadas diversas cooperativas de producción, entre ellas un
molino de trigo y varias fábricas textiles (Cole, 1944).
Lo que marcó la cooperativa de Rochdale fueron los principios
que adoptó desde su fundación. Hasta entonces, las cooperativas te-
nían valores comunes, pero cada una de ellas procuraba convertirlos
en práctica, según sus miembros lo entendían. No había un modelo
común. Muchas entidades que se autodenominaban “cooperativas”
quizás se parecían a sociedades de cuotas, un modelo frecuentemen-
te practicado, pero que no siempre era autogestionario. Los princi-
pios de Rochdale definen con precisión lo que es una auténtica
cooperativa autogestionaria: igualdad política (cada cabeza un voto),
libre entrada y salida del marco social, neutralidad política y religio-
sa y prioridad a la educación cooperativa.
Un principio, que fue mayormente responsable por el éxito de los
Pioneros de Rochdale, es la división trimestral o semestral de los
excedentes (el resultado neto de las operaciones comerciales) entre
los socios, de acuerdo al valor de sus compras en la cooperativa en el
periodo. Este principio sólo se aplica genéricamente a las cooperati-
vas de consumo y representa un gran incentivo a los socios para que
compren preferiblemente a su cooperativa, haciéndola más competi-
tiva que los locales convencionales. Aun pagando un poco más en la
cooperativa, el socio estaba seguro de que no tendría pérdidas, pues
en poco tiempo recuperaría el dinero en la forma de una proporción
mayor del excedente. Otros principios de Rochdale, tales como ven-
der sólo productos no adulterados (que predominaban, entonces, con
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LA OTRA ECONOMÍA
graves consecuencias sobre la salud de los consumidores) y sólo los
que están a la vista, quedaron con el pasar del tiempo obsoletos.
La cooperativa de Rochdale es considerada la “madre de las coo-
perativas”, ya que sus principios fueron adoptados por varias coope-
rativas que empezaron a ser creadas, no sólo en Inglaterra, sino
también en los demás países. Al final del siglo XIX, el cooperativis-
mo se convirtió en un importante movimiento social y potente modo
de producción, inserto en un sistema social en el cual el capitalismo
se convertía cada vez en más dominante. A la par de las cooperativas
de consumo y de producción, surgieron cooperativas de crédito, in-
ventadas en los años 1850 por Schulze-Delitsch (1808-1883) y
Raiffeisen (1818-1888), autoridades locales en Alemania que delibe-
radamente adoptaron los principios de Rochdale. Las primeras res-
pondían a las necesidades de los artesanos urbanos, las últimas a las
de los campesinos. Otras modalidades de cooperativas de crédito fue-
ron concebidas por Luzzatti, en Italia, y por Desjardin en Québec, en
el Canadá francés.
Las cooperativas de consumo se federaron en cooperativas de se-
gundo grado (cuyos miembros son las cooperativas de primer grado
o singulares), para que sirvieran de mayoristas a las cooperativas
asociadas. En un momento cuando, en Europa, aún predominaba el
pequeño comercio, el cooperativismo de consumo introdujo la co-
mercialización a gran escala, con la correspondiente reducción de
precios de los productos. Las cooperativas mayoristas inglesas ad-
quirieron flotas para traer productos de otros mares y fundaron mu-
chas industrias que les permitieron vender productos de calidad a
precios competitivos. Incluso llegaron a adquirir plantaciones de té
en Asia e industrializaban los alimentos que importaban en los paí-
ses de origen. Pero sería falso contabilizar todo este éxito en el acti-
vo de la economía solidaria, pues las cooperativas de consumo no
eran totalmente autogestionarias y sus variadas iniciativas indus-
triales y agrícolas eran administradas como firmas capitalistas, de
propiedad de los miembros de las cooperativas de consumo.
Desde los comienzos, la cooperativa de Rochdale había
profesionalizado a sus dirigentes, que eran elegidos por los demás
miembros. A medida que la cooperativa crecía y requería de más
funcionarios, éstos no eran elegidos entre los socios (como prescribe
la autogestión), sino que eran asalariados comunes, naturalmente
sujetos a la autoridad de los dirigentes electos. Las cooperativas de
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ECONOMÍA SOLIDARIA
producción, fundadas por los Pioneros Equitativos, eran gobernadas
a través de la co-gestión: los miembros de la cooperativa-madre po-
seían gran parte del capital y por lo tanto de los votos en la asam-
blea; los trabajadores podían adquirir cuotas del capital y, en esta
misma proporción, también tenían posiciones garantizadas en la asam-
blea. Ayudaban, así, a elegir a la dirección de la cooperativa de pro-
ducción y recibían un “dividendo” a título de participación en los
excedentes. Cuando Rochdale abrió sus puertas en 1844, todas las
tareas eran ejecutadas por los dirigentes, sin que les pagaran para
hacerlas. Luego, decidieron que el funcionamiento del establecimiento
tenía que ser efectuado a través de la rotación entre todos los miem-
bros, y los que se rehusaran a hacerlo serían multados. En 1851,
contrataron como secretario, con un sueldo de 15 libras por año, a
James Smithies, uno de los miembros fundadores. Él tendría como
staff a un supervisor y dos vendedores, todos asalariados. Se decidió
que ningún asalariado de la cooperativa podría ser del consejo direc-
tivo y ningún miembro del consejo podría ser asalariado de la coo-
perativa. Más tarde, esa separación entre los directores electos y los
empleados se profundizó, debido a la resolución de que ningún em-
pleado votaría en las elecciones para el consejo directivo (Potter,
1987).
En 1864, luego de intensas controversias, la mayoría de los socios
de Rochdale resolvió abolir las últimas huellas de la participación
obrera en sus cooperativas de producción: abolieron el “dividendo”
y el derecho de los trabajadores de tener participación en el capital
de la cooperativa, que de hecho se convirtió en una empresa conven-
cional, con la particularidad de que era propiedad de los cooperado-
res. Su administración estaba lejos de llevar a cabo el principio central
de la autogestión: “Todos los que trabajan en la empresa participan
de su gestión y todos los que participan de la gestión trabajan en la
empresa”. Las cooperativas mayoristas siguieron creando numerosas
empresas, en el convencional formato capitalista, aunque de propie-
dad de los cooperadores.
La autogestión también fue dejada de lado por las otras modali-
dades de cooperativismo. Las cooperativas agrícolas de comerciali-
zación se volvieron gigantes en todos los países adelantados, operadas
por asalariados seleccionados por la dirección, elegida por los socios.
Pero los socios (en su mayoría pequeños agricultores) no trabajaban
en la cooperativa y los que allí trabajaban no eran socios. Lo mismo
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LA OTRA ECONOMÍA
pasaba con las cooperativas de crédito, que se difundieron en mu-
chos países y se federaron en cooperativas de segundo grado, que se
convirtieron en poderosos bancos cooperativos. En sus comienzos,
las cooperativas de crédito eran comunitarias y quienes las operaban
eran los socios, en general sin percibir un sueldo. Luego prosperaron
y se multiplicaron y la administración empezó a ser profesionalizada.
Las únicas cooperativas que, en gran parte, se mantuvieron fieles
a la autogestión en lo que se refiere a su práctica fueron las coopera-
tivas de producción. Sin embargo, fueron las que menos crecieron,
excepto el caso notorio de Mondragón, sobre el cual hablaremos más
adelante. En la primera mitad del siglo XX, la mayor parte del coo-
perativismo se estaba transformando en empresas convencionales,
aunque ostentaba su nombre “cooperativa” y en eventos solemnes
alardeaba su mito de origen: la autogestión. La gran excepción eran
los kibbutzim, los que seguían practicando sus principios, pero años
después de la fundación del Estado de Israel, por insistencia del pri-
mer ministro Bem Gurion (él mismo era miembro de un Kibbutz),
terminaron por aceptar inmigrantes nuevos como asalariados para
facilitar su inserción productiva.
Por lo tanto, hubo un largo intervalo entre los antecedentes histó-
ricos de la economía solidaria, en el siglo XIX, y su resurgimiento en
las últimas décadas del siglo siguiente. Las cooperativas aún se desa-
rrollaban en tanto modo de producción, en un creciente número de
países, pero su clasificación como modo de producción diferenciado
(o como economía social, como se hace en Francia) es ambigua.
Muchos sostienen que fue el éxito económico del cooperativismo el
que posibilitó su transformación o degeneración, desde el punto de
vista de la economía solidaria, como si grandes organizaciones eco-
nómicas no pudieran resistir el llamado “isomorfismo institucional”.
De hecho, el crecimiento del tamaño de la cooperativa y de la canti-
dad de sus miembros dificulta la vigencia de la democracia partici-
pativa, pero este factor jamás sería suficiente, por sí mismo, para
realizar el cambio. La autogestión fue dejada de lado, básicamente,
debido a la pasividad o falta de interés de los expropiados, es decir,
de los miembros de la base de las cooperativas.
En verdad, fueron los miembros quienes cambiaron antes que la
misma cooperativa. Hasta el último cuarto del siglo XIX, las condi-
ciones de vida y de trabajo del proletariado eran tan malas y deses-
peradas que sus únicas opciones eran sublevarse (incluso porque no
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ECONOMÍA SOLIDARIA
tenían el derecho de votar y de ser votado) o someterse. El uso de
motines y gigantescas manifestaciones de masa, habitualmente di-
sueltas con mucho derramamiento de sangre, eran frecuentes; épo-
cas como el 1° de Mayo (día internacional del trabajo) y 8 de marzo
(día internacional de la mujer) atestiguan: ambas rememoran ma-
sacres de manifestantes y de los trabajadores en paro, respectiva-
mente. Pero, a partir de los años 1870, la situación de la clase
trabajadora empezó a cambiar: los salarios reales aumentaban en las
fases de alza del ciclo de coyuntura, el derecho a la organización
sindical y al paro empezó a ser reconocido y las primeras bases del
Estado de bienestar fueron aprobadas.
Lo más fundamental fue la conquista del sufragio universal, que
se dio paulatinamente desde el principio del siglo XX. El proletaria-
do se vio incluido política y socialmente en la sociedad capitalista,
aunque su bienestar continuara amenazado por el desempleo. Esa
profunda transformación reconcilió al proletariado con su situación
de asalariado, es decir, que pasó a ser pieza del engranaje fabril o
comercial, sin voluntad propia y sin responsabilidad por el conjunto,
sino sólo por el cumplimiento de su tarea. El empleo asalariado, de
oprobio pasó a ser una condición social envidiable, condición de
ciudadanía del trabajador y objeto del deseo de la gran masa de los
excluidos, de los condenados, debido a que, ante la falta de quien los
quisiera emplear, tuvieron que sostenerse por cuenta propia.
Reconciliados con la forma salarial, gran parte de los trabajado-
res perdieron el entusiasmo y el interés por la autogestión. El coope-
rativismo empezó a ser evaluado por sus miembros, sólo por los
servicios que aquél les pudiera ofrecer. La reconciliación del trabaja-
dor con el trabajo asalariado marca un salto de época del movimien-
to socialista, que empezó a ver en el Estado el único instrumento
institucional para lograr realizar su programa, habiendo diferencias
sólo en lo que se refiere a los medios para llegar al poder del Estado,
por elecciones y por el juego político partidario normal o por la
insurrección armada. Socialdemócratas y comunistas se hermana-
ban en la misma creencia de que podían construir, desde arriba hacia
abajo, a través de medidas políticas (como la estatización de los me-
dios de producción) una nueva sociedad y un nuevo hombre. La vía
de la construcción del socialismo desde abajo hacia arriba, a partir
de iniciativas de trabajadores, era desechada y prácticamente dejó de
ser considerada como una posibilidad real. El cooperativismo pierde
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LA OTRA ECONOMÍA
así su misión transformadora y se convierte en una modalidad de
empresa participativa, en la cual la participación efectiva de los so-
cios se vuelve cada vez más formal y vacía de sentido.
3. El resurgimiento de la economía solidaria
a partir de la contra-revolución neoliberal
La reconciliación de la clase trabajadora con el sistema salarial
fue indudablemente facilitada por el pleno empleo, que reinó duran-
te los 30 años dorados que siguieron a la Segunda Guerra Mundial.
El derecho a la ciudadanía fue otorgado a todos los que vivían de su
propio trabajo, ya que en los países más desarrollados había falta de
mano de obra, que fue luego suplida por los inmigrantes, a menudo
ilegales, provenientes del Tercer Mundo. La situación cambió otra
vez, en la primera mitad de los años 1980, cuando Thatcher y Re-
agan inauguraron la retirada de la mayoría de las concesiones otor-
gadas al proletariado en las décadas anteriores: el mercado financiero
se volvió hegemónico y empezó a imponer sucesivos ajustes fiscales
y monetarios, lo que redujo a la mitad el ritmo de crecimiento de las
economías centrales; el libre comercio y el flujo irrestricto de capita-
les permitió a las multinacionales transferir gradualmente cada vez
más cadenas de producción a países de bajos salarios y sin un Estado
de bienestar digno de este nombre; y finalmente reformas fiscales
disminuyeron la carga tributaria de los ricos y el monto del gasto
social, ocasionando una redistribución del ingreso al revés.
De a poco quedó claro que el enorme desempleo era estructural,
que la presión para “flexibilizar” los derechos del trabajador tendría
como arma la amenaza de que cada vez más empresas cerraran sus
puertas en el país, para reabrirlas donde la libertad de echar personal
y la inexistencia de un sueldo mínimo reducen los costos de la fuerza
laboral a una fracción insignificante de las vigentes en los países
industrializados. Además, quedó patente que las clases dominantes
se habían convertido completamente al neoliberalismo, arrastrando
con ella los medios de comunicación y la opinión pública, e incluso
a parte de los dirigentes de los partidos tradicionales de la clase
trabajadora.
Otro desarrollo hacia la misma dirección se dio en la gestión em-
presarial capitalista. La administración científica, creada por Taylor
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ECONOMÍA SOLIDARIA
y perfeccionada por Ford, intentó hacer que la separación entre el
trabajo manual y el trabajo de elaboración, planeamiento estratégico
y desarrollo tecnológico fuera insuperable. Toda actividad creativa
que exigía una mayor responsabilidad estaba concentrada en las
manos de una burocracia de carrera, mientras la alienación del obre-
ro era llevada hasta las últimas consecuencias. Todo ello cambió
cuando la industria automotriz japonesa se mostró invencible en el
mercado mundial, aplicando métodos participativos en su gestión. El
“toyotismo” se propagó rápidamente por el mundo, juntamente con
la revolución microelectrónica, que de a poco eliminó el trabajo rutina-
rio, repetitivo y pesado, que hasta ese momento había sido el destino
del obrero.
Por primera vez, desde la revolución industrial, el desarrollo tec-
nológico favoreció al trabajador. Las grandes empresas se reestruc-
turaron por completo, transfiriendo poder desde la cima hacia la
base. En vez de permanecer junto a la cadena de montaje, intentando
seguir la velocidad de la cinta, los obreros ahora se organizaban en
células de producción, dentro de la cual había una rotación de tareas
para que cada empleado fuera polivalente. Además de ello, la célula
ganó autonomía en relación con la jefatura, adquiriendo libertad
para planear el trabajo, siempre que las metas fijadas por la alta
administración fueran alcanzadas. El trabajador asalariado tiene cada
vez mayor escolaridad, debido a la necesidad de cuidar equipos más
complejos y más caros; y está obligado a asumir la responsabilidad
por el desempeño de la célula, sección o departamento en el cual
actúa. Para los trabajadores de este nivel, la búsqueda de mayor par-
ticipación en las tomas de decisión y de más poder es natural. El
horizonte de dicha búsqueda es la autogestión, es decir, la elimina-
ción total de la jerarquía.
A partir de esa nueva situación se explica el resurgimiento de la
economía solidaria en los días actuales. Ello significa principalmente
el regreso a los principios, la valorización de la democracia y de la
igualdad en el campo de la producción, distribución y de la interme-
diación financiera. Como hay un incremento en la cantidad de gente
que se encuentra excluida del empleo asalariado regular y, por lo
tanto, de la ciudadanía obrera hace más de dos décadas, sus compo-
nentes no tienen porqué seguir poniendo sus esperanzas en una res-
tauración del pleno empleo y de los derechos sociales que sus padres
habían conquistado. Forzados a procurar su supervivencia en la pe-
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LA OTRA ECONOMÍA
queña producción de mercaderías, los nuevos excluidos afrontan
nuevas frustraciones, ya que los mercados donde los denominados
auto-empleados son verdaderamente competitivos ya están
sobresaturados, por motivos obvios.
Es difícil establecer una fecha para el rebrote de la economía so-
lidaria, pues ocurre en momentos diferentes en cada país. Tal vez
una fecha aceptable sea el año 1956, cuando el padre José Maria
Arizmendiarreta fundó, con algunos discípulos, la primera coopera-
tiva de producción, que vendría a ser la semilla del gran complejo
cooperativo de Mondragón, en el país vasco, en España. La España
de Franco no ofrecía, en esa época, oportunidades a los trabajadores
para que se consideraran ciudadanos por el asalariamiento. En la
región de Mondragón, el desempleo era alto y el padre, cariñosa-
mente llamado de Arismendi, era un entusiasta de la solidaridad cris-
tiana. Lo importante no es tanto el hecho de que la cooperativa –una
montadora de cocinas y heladeras– fue increíblemente exitosa, con-
virtiéndose en una de las más grandes empresas del país, sino por
haber retornado a la práctica de la autogestión, con mucha autenti-
cidad. Nuevas cooperativas fueron formadas a partir del desmem-
bramiento de las más antiguas y la creación de un banco cooperativo
–la Caja Laboral Popular– permitió unificar, en un único complejo, a
cooperativas de producción industrial, de investigación tecnológica,
de seguridad social y de minoristas. Esta se convirtió en una de las
mayores cadenas de supermercados de España.
El complejo cooperativo de Mondragón, aunque ya cuente con
más de 100 cooperativas, sigue creciendo, tanto debido a la forma-
ción de nuevas cooperativas a través de su incubación por la Caja
como por la incorporación de cooperativas ya existentes. El número
de asalariados es limitado y es formado, en su mayoría, por candida-
tos a miembros de las cooperativas en las que trabajan. Las coopera-
tivas de segundo grado, como la Caja, la cooperativa de seguridad
social y las de investigación, son administradas en co-gestión por
sus propios trabajadores y por las cooperativas asociadas. En cada
cooperativa, a la par de su dirección electa, hay un consejo social,
formado por representantes de los diferentes departamentos o sec-
ciones y que se mantienen en la producción para estar en contacto
cotidiano con sus representados.
El complejo fundado por Arismendi hoy es un elemento vital de
un nuevo movimiento que busca, en la economía solidaria, una al-
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ECONOMÍA SOLIDARIA
ternativa viable al capitalismo y no sólo al desempleo y a la margi-
nación. Otro elemento vital son los clubes de trueque y las nuevas
cooperativas de crédito, orientadas a la población carenciada. El
microcrédito es una invención actual (de los años 1970) del econo-
mista y profesor Yunus, de Bangladesh, que formó junto a sus alum-
nos un banco de los pobres, el Grameen Bank, que atiende casi sólo
a mujeres, las aldeanas más pobres, en general explotadas por los
comerciantes/usureros que les proveen de trabajo y financiamiento.
Hay muchos aspectos originales en el microcrédito, pero lo más im-
portante, desde el punto de vista de la economía solidaria es el crédi-
to otorgado a grupos de mujeres, formados para esta finalidad, que
destinan el dinero a una de ellas, sirviendo también como garantes.
La garantía solidaria fue inventada por Schulze-Delitsch y Raiffeisen
hace un siglo y medio, pero fue relegada en el olvido cuando los
miembros de las cooperativas de crédito dejaran de ser pobres y así
fueron integrados al mercado normal de mediación financiera. Yunus
la redescubrió y hoy es utilizada en todo el mundo para rescatar a la
masa de excluidos de la pobreza, cuyo volumen no para de crecer
debido a los efectos de las políticas económicas practicadas.
El resurgimiento de la economía solidaria sólo se hace posible por
el apoyo de instituciones gubernamentales y de la sociedad civil. En
Brasil, donde este movimiento ya alcanzó dimensiones que motivan,
una abundancia de nuevas entidades fue literalmente inventada en
los últimos cinco a diez años. Sin entrar en los detalles, podemos
mencionar las organizaciones vinculadas a la Iglesia como Cáritas y
Fase, movimientos por la reforma agraria como el Movimiento de los
Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) y la Confederación de los Tra-
bajadores en la Agricultura (CONTAG), agencias formadas por el
movimiento sindical urbano, como la Asociación de los Trabajado-
res en Empresas de Autogestión (ANTEAG) y la Agencia de Desarro-
llo Solidaria (ADS), formada por la CUT (Central Única de los
Trabajadores), además de las universidades.
La participación de las universidades en la construcción de la
economía solidaria resulta particularmente importante, debido a la
capacidad de investigación y de elaboración teórica que tienen. Es-
tudiantes, docentes y técnicos se involucran en la formación e
incubación de cooperativas populares, los recién graduados crean
sus propias cooperativas, experiencias autogestionarias (como coo-
perativas de crédito) en el mismo campus donde surgen espacios no
211
LA OTRA ECONOMÍA
sólo de aprendizaje, sino también de observación y reflexión acerca
de ese modo de producción y su papel en la sociedad contemporá-
nea. Aunque el vínculo de la economía solidaria con sus anteceden-
tes sea claro, el medio social en el cual ella ahora se desarrolla es sin
duda muy diferente de aquél que favoreció su primera aparición,
hace casi dos siglos. El movimiento por la economía solidaria ha sido
guiado sobre todo por las necesidades inmediatas. Ahora, hace falta
que sea analizado críticamente para que teorías bien fundamentadas
permitan delinear su posible trayectoria futura y la transformación
social y económica que podrá producir. En analogía a un célebre
debate, hace falta una teoría de “transición a la economía solidaria”
como modo de producción dominante. Para esa tarea, la contribu-
ción de las universidades podrá ser inestimable.
Bibliografía
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