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Ernst Röthlisberger PDF

Este documento es el prólogo a la primera edición del libro "El Dorado" escrito por el autor Ernst Rothlisberger. Explica cómo llegó a ser profesor de filosofía e historia en la Universidad Nacional de Colombia en 1882 y describe sus experiencias y observaciones durante los años que vivió en el país. También expresa su gratitud a quienes lo apoyaron en esta misión y por qué decidió publicar el libro después de varios años de haber regresado a Suiza.
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Ernst Röthlisberger PDF

Este documento es el prólogo a la primera edición del libro "El Dorado" escrito por el autor Ernst Rothlisberger. Explica cómo llegó a ser profesor de filosofía e historia en la Universidad Nacional de Colombia en 1882 y describe sus experiencias y observaciones durante los años que vivió en el país. También expresa su gratitud a quienes lo apoyaron en esta misión y por qué decidió publicar el libro después de varios años de haber regresado a Suiza.
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Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
El Dorado

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
EL DORADO
Estampas de viaje y cultura

de la Colombia suramericana
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.:j- Por el

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PRIMERA VERSION CASTELLANA DE

ANTONIO DE ZUBIAURRE

CON PREFACIO DE
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WAL TER ROTHLISBERGER

PUBLICACIONES DEL BANCO DE LA REPUBLICA


ARCHIVO DE LA ECONOMIA NACIONAL

BOGOTA - 1963

TALlERES GRAFICOS DEL BANCO DE LA REI'UBLICA

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ARCHIVO DE LA ECONOMIA NACIONAL

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Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
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Primera edición alem-a'1ia con,. prólogo del atitór .


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Berna. - Editorial.. ~.ch~~~ .& Francke - 1891. }

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Segunda edición alemana - Revisada y anotada por Manuel, Walter y


Blanca Rothlisberger - Stuttgart - Editorial Strecker und Schroder.
1929.

Primera edición castellana por Anto.nio de Zubiaurre.

Con p1·efacio de Walter Rolthlisberger.

Banco de la República.

Bogotá - Colombia.

1968.

Los nuevos artículos, escritos por Manuel, Walter y Blanca Rothlisberger,


hijos del autor de esta obra, se refieren a la época anterior a 1928.

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A mi querida mad.r e

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
PREFACIO
Con gran beneplácito acogieron los descendientes del Profe-
sor doctor h.c. Ernesto Rothlisberger la iniciativa del Banco de
la República de hacer traducir del alemán al español su libro
El Dorado, aparecido por primera vez en el año de 1898 en Berna
y editado por segunda vez, con profusos fotograbados de Co-
lombia, en el año de 1929 en Stuttgart. La primera edición espa-
ñola, -traducción que se debe al doctor Antonio de Zubiaurre-,
será incorporada a la serie denominada "Archivo de la Econo-
mía Nacional" con cuyas ediciones se hizo el Banco de la Re-
pública hondamente acreedor del lector colombiano.
Será esta la ocasión para que nosotros, sus hijos, podamos
subrayar el amor que durante toda su vida conservó nuestro
padre a su segunda patria que fue Colombia, en donde pasó años
muy felices, pero donde también tuvo que darse cuenta del devas-
tador influjo que la política desenfrenada puede ocasionar a
un país que por sus dotes naturales y culturales debería ser
muy próspero y feliz.
Poco tiempo después de haber regresado a Suiza se casó
nuestro padre en el año de 1888, con doña Inés Ancizar, única
hija del ilustre escritor y preclaro patriota, don Manuel Ancizar,
quien había muerto en Bogotá, en el mes de mayo del año 1882
y cuya familia había emigrado a Europa a consecuencia de los
cambios políticos de la era de regeneración. Por este matrimonio,
sobre todo, quedó nuestra familia ligada íntimamente a Colom-
bia y no había colombiano que llegara a Suiza, que no pasara

- XI -

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
por nuestra casa, siendo conservador o liberal, a refrescar me-
morias del pasado o esbozar horizontes futuros. Desgraciada-
mente las ocupaciones de nuestro padre, quien ascendió a muy
importante posición internacional, no le permitieron hacer un
segundo viaje a Colombia, en donde tantos amigos en vano lo
esperaban. Como Director de la Oficina Internacional para la
Protección de la Propiedad Intelectual y de las Patentes Indus-
triales anhelaba de todo corazón que Colombia adhiriese a la
convención internacional de Berna; pero este deseo no pudo verlo
cumplirse y Colombia, como varios otros países suramericanos,
tiene hoy día su propio derecho de protección de autores y pa-
tentes.
Para volver al libro El Dorado, lo reconoce todo el mundo
como una obra clásica de la era colombiana de los 1880, y, a
pesar de su absoluta imparcialidad, lucen por todo el tomo un
amor y una fe en el destino de Colombia que ni un genuino
colombiano hubiese podido superar. La evolución de Colombia,
durante los primeros decenios del presente siglo, había sido más
bien lenta, de manera que el libro conservó durante años toda
su actualidad y la segunda edición alemana se agotó muy pronto.
Hoy día las cosas han cambiado. Por todas partes del país se
construyen carreteras y vuelan por los cielos avione colom-
bianos. El intercambio de los Departamentos con la Capital s
ha vuelto intenso. Los grandes bancos colombianos abren sucur-
sales por donde quiera y ayudan a un resurgimiento industrial
poderoso. Sobre todo la posición internacional de Colombia se ha
reforzado enormemente. El libro de nuestro padre puede haber
perdido parte de su actualidad; pero le queda su valor histórico
y su radiante simpatía para Colombia. Van nuevamente nues-
tros sinceros agradecimientos al Banco de la República por ha-
berlo incorporado en español a la serie de los Archivos de la
Economía Nacional.
Walter Rothlisberger Ancízar
Bogotá, abril de 1963.
- XII -

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PROLOGO A LA PRIMERA EDICION

En el verano de 1881, don Carlos Holguín, Ministro Pleni-


potenciario acreditado ante las cortes española e inglesa, y luego
Vicepresidente de la República suramericana de Colombia habló
en Berna ante el Bundesrat (Consejo Federal) de Suiza y en
tal ocasión solicitó a dicho Consejo, en nombre del Gobierno de
su país designara a un joven suizo, que debería hacerse cargo
de la cátedra de Filosofía e Historia de la Universidad Nacional,
en Bogotá, capital del Estado.
En el Bundesrat estuvieron divididas las opiniones sobre
la aceptación de ese cometido. Algunos de sus miembro no
querían tomar sobre sí la responsabilidad de una misión seme-
jante y del riesgo a que se exponía a quien hubiera de desem-
peñarla; otros, en cambio, creían se debería corresponder con
amabilidad y en un sentido positivo a la confianza demostrada
a nuestro país por un Estado extranjero, confianza que encerra-
ba en si una honrosa preferencia con respecto a Suiza. Los defen-
sores de este último criterio fueron concretamente los señores
Consejeros doctor E. Welti y Bavier.
Por recomendación del doctor Hibder, Profesor de Historia
en la Universidad de Berna y del entonces Rector de la misma,
profesor Dr. Nippold, fui propuesto a las autoridades federales

- XIII -

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como persona indicada para aquella m1s1on, y así, inesperada-
mente, comencé a ver en vías de realización mi cordial anhelo
de conocer mundo.

Tras largas negociaciones, y "bajo los auspicios del alto


Bundesrat suizo", llegó a redactarse un contrato, con la salva-
guardia de todos los justos intereses, proyectado de su puño y
letra por el señor Consejero Federal Welti, quien a todo proveyó
con su asesoría y su ayuda. El contrato fue firmado por el Minis-
tro y por mí en París, en octubre del año mencionado. A princi-
pios del curso académico de 1882 debería tomar posesión de
mi cargo en aquella lejana parte del mundo.

Quiero expresar públicamente aquí mi más profunda grati-


tud a cuantos favorecieron el logro de aquella misión, tan deci-
siva para todo mi futuro.

Las andanzas, experiencias y observaciones de mi actividad


de varios años en Colombia aparecen expuestas en el presente
libro. Hace mucho, en lo esencial se hallaba terminado. De su
publicación me había abstenido hasta ahora por la acumulación
de trabajo a mi regreso a la patria, así como por el temor de
ofrecer a los lectores una visión no depurada todavía y demasiado
influida, en parte, por amargas pruebas. Sin embargo, no puede
decirse que este libro resulte ya anticuado en el momento de su
publicación. El relato de los viajes, por ejemplo, lo he puesto
en manos de más recientes viajeros a Bogotá, y me han parti-
cipado que aquél conserva hoy la validez más plena. Además,
un pais como Colombia es menos rico en acontecimientos que
un Estado de Europa. Por otra parte, el desarrollo de los hechos
se ha estabilizado por algún tiempo desde la memorable trans-
formación de 1885, cuyo escenario fue Colombia. Finalmente,
las continuas relaciones mantenidas con mis parientes de allí,

- XIV -

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
con estudiantes y amigos, así como el trato con colombianos en
viaje por Europa, me han permitido mantenerme al día y trazar
un cuadro que, para el presente y el futuro inmediato, pueda
corresponder suficientemente a la realidad, tanto más cuanto
que lo he considerado con calma y lo he proyectado sin apasio-
namiento.
El Dorado, reza el título principal del libro. Aquel fabuloso
país del oro, que los conquistadores españoles, deseosos de botín,
esperaban alcanzar en temerarias campañas, fue buscado prime-
ramente en la altiplanicie de Bogotá. La leyenda recibió su pri-
mer aliento en la desarrollada civilización de los primitivos habi-
tantes de la Sabana. El cacique cubierto de polvo de oro, "dorado"
en cierta manera, "El Dorado", se ha bañado en uno de los
pequeños lagos de montaña de los Andes colombianos en home-
naje a la divinidad. Solo más tarde, en la fantasía febril de los
aventureros, se iría desplazando paulatinamente hacia el Este
del continente suramericano el lugar del nunca alcanzado país.
Colombia fue para mí, aunque no un El Dorado, sí un país
al que, con sus bellezas naturales, su notable evolución histórica,
sus contrastes, sus gentes, he cobrado mucho cariño y al que,
con toda el alma, deseo un porvenir mejor. Allí se me descubrió
una rica fuente de observaciones y experiencias, que invito a
compartir conmigo a los propicios lectores.
Exposiciones más vivas alternan aquí con descripciones
reposadas. Los hechos y destinos del tiempo pasado solo son
presentados en estampas culturales cuando, mediante el conoci-
miento de la vida del pueblo en la actualidad, llega a despertarse
el interés por el fluir histórico de los fenómenos.
Al muchacho gustoso de correrías, al joven ávido de gloria,
al hombre maduro, al maestro, al investigador, lo mismo que a
aquellas que injustamente son llamadas "la mitad curiosona del

- XV -

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género humano", confío en poder ofrecer aquí un pequeño obse-
quio; que no es, ciertamente, un tratado erudito, sino un libro
surgido de la vida misma.

Berna, en la noche de San Silvestre de 1896.

El Autor

- XVI -

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PROLOGO A LA SEGUNDA EDICION,
REFUNDIDA Y AMPLIADA

Desde la primera aparición de El Dorado en la editorial


Schmid & Francke, Berna, han transcurrido más de treinta años.
Nuestro padre pensaba haber publicado él mismo una segunda
edición ampliada del libro, ya agotado, y escribir un epílogo
para esta obra. Pero entre el propósito y la realización, sobrevino
su rápida muerte el 29 de enero de 1926. Al concebir nosotros
la idea de una nueva edición, nos hallábamos ciertamente con-
vencidos de no poder llevar a término esa tarea con la misma
autenticidad y tono con que nuestro padre lo hubiera hecho.
Estamos obligados, pues, a dar algunas explicaciones de por qué,
no obstante, nos hemos atrevido a tal empresa.

Ante todo, deseamos honrar la memoria de nuestro padre.


El amó a Colombia, y anheló siempre para cuando llegara el
ocaso de su edad, visitar de nuevo el país en cuya Universidad
alcanzara sus primeros éxitos de profesor, siendo todavía muy
joven. Pero no solo nos guía el propósito de perpetuar el recuerdo
de la actividad académica de nuestro padre, pues el Profesor Dr.
Ernst Rothlisberger conquistó más tarde un prestigio duradero
por su trabajo profesional y sus obras en el campo científico
del derecho de autor y como Director de la Oficina Internacional
de la Propiedad Intelectual. Por el contrario, estamos conven-

- XVII ...

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
cidos de que los países florecientes como Colombia, aunque se
hallen en período de pujante crecimiento económico, solo pueden
ser realmente entendidos por medio de una profunda penetración
en el carácter y cultura del pueblo.
En esa comprensión de lo esencial, en la magistral expo-
sición de la Historia de Colombia, de la vida espiritual de la
clase superior y culta, como de la ingenua sencillez de los estra-
tos populares, reside en verdad el valor permanente de El Dorado.
Este libro no puede envejecer, porque va al fondo mismo de las
cosas. Su tema ha sido agotado con una intención tan cordial y,
al mismo tiempo, tan imperturbablemente justa, que ninguna
de las obras desde entonces escritas sobre Colombia puede me-
dirse con ella en ese aspecto.
En este nuestro tiempo del progreso técnico y económico,
la índole y mentalidad de los hombres se ha desarrollado en
Suramérica de modo apenas diferente que en el Viejo Mundo.
Pero allí la penetración de los últimos logros se produce de una
manera más discontinua y brusca que en Europa, y por eso lo
viejo y lo nuevo permanecen frecuentemente uno al lado de lo
ctro y sin mezclarse, y por eso también se presentan más mar-
cadamente los contrastes entre civilización externa y cultura
interna, aumentado esto por otros contrastes: los que existen
entre las diversas clases sociales y entre las diferentes razas.
La pintura de estas variadas relaciones pudimos enriquecerla
nosotros, sobre el propio conocimiento del país, completando el
desarrollo hasta nuestros días y colocando estas referencias, en
cada caso, junto a lo que conserva vigencia desde el tiempo de
nuestro padre y que constituye el valor imperecedero del libro.
La mencionada ampliación se efectúa agregando a los capítulos
apéndices especiales que enlazan con la exposición primitiva y
describen la situación en la actualidad. Estos textos complemen-
tarios se distinguen de la versión original por medio de una
clara separación.

- XVIII -

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
Viene en abono nuestro el que Walter Rothlisberger haya
fijado su residencia en Bogotá, desde 1920 como comerciante
y en el desempeño del cargo de Cónsul de su nación y que, gra-
cias a los largos viajes realizados, conozca a fondo tierras y
gentes de Colombia. Así, El Dorado, de modo espontáneo, y con
particular encanto para algunos lectores, refleja los distintos
aspectos del país tal como padre e hijos, cada cual en su época,
los contemplaron. En la valoración de las observaciones comple-
mentarias, y en especial en el apéndice acerca de los nuevos
problemas económicos, debería tenerse presente el acusado per-
sonalismo de las jóvenes repúblicas de Suramérica, que fre-
cuentemente rechazan como abusiva intromisión los reparos
críticos formulados por extranjeros. El colombiano de nuestros
días, en efecto, es sumamente sensible a toda crítica que se haga
a su país. Pero no toda crítica encierra una censura. Hay cosas
en Colombia que, si se les aplicara de continuo un serio examen,
podrían mejorarse con poco esfuerzo. Pero el inmigrante pre-
fiere reservarse su opinión antes que ser catalogado como ex-
tranjero descontentadizo.
Expresamos nuestra máxima gratitud a cuantos han con-
tribuído a hacer realidad esta nueva edición, y especialmente
a la Editorial Strecker und Schroder, cuyo nombre es ya una
garantía de que la segunda versión de El Dorado habrá de res-
ponder a muy altas exigencias. Cordial agradecimiento debemos
además a los señores Dr. Hermann Eugster, Paul Forrer, Dr.
Ernst Ritter y Erns Muhs, que han enriquecido nuestra colec-
ción de fotografías con otras muchas, en parte originales. Por
último, con la inclusión de un mapa lo bastante fiel, para el
cual nos facilitó gentilmente sus materias la Casa Kümmerly &
Frey, de Berna, creemos corresponder a un deseo, repetidamente
expresado, cuanto más que la Editorial, lo mismo en este caso
que en lo tocante a los grabados, se esmeró en conseguir una
presentación ejemplar.

- XIX -

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
El Dorado es algo más que un libro de viaJes, puramente
recreativo, o una guía económica. Con toda la viveza y detalle
de la descripción, la obra se dirige, en efecto, a las personas
cultas que desean formarse un juicio a fondo sobre Colombia.
Apoyándose en el maduro saber del padre, y completado por las
propias experiencias de los hijos,* este libro apunta, por encima
de nuestro tiempo, hacia el futuro de un país rico y progresivo.

Berna, 19 de agosto de 1929.

Manuel, Walter y Blanca Rothlisberger

*El texto de los editores, en cada caso, aparece separado del texto
original por una línea al centro.
(N. del T.): En los índices de los capítulos el nuevo texto figura
ba jo la palabra Apéndice.

- XX -

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l. -A COLOMBIA

... El mar, cuando permanece tranquilo y bello, se hace


pronto monótono. Pese a que el tiempo no se nos hacía largo,
todos experimentamos una íntima alegría al descubrir tierra
aquel domingo de diciembre a las 8 de la mañana. Era la isla
La Désirade, de costas amarillas, faltas de vegetación, precipi-
tándose abruptas hacia el batiente mar. A la izquierda se ex-
tiende la faja alargada, envuelta en azul, de la isla Mari e Ga-
lante, del grupo de la Guadeloupe. En primer término, la isla
Le Saintes, sobre la que se alza el Fort N apoleon, llamado por
u reciedumbre "el Gibraltar de las Antillas". Navegando por
ielante del extremo de esta isla, que denominan "Pointe des
chateaux", y ante los tres islotes fortificados que cierran la en-
trada, penetramos en el puerto. El fondeadero de Pointe-a-Pitre
en Guadaloupe es uno de los más hermosos y pintorescos del
mundo. En el centro del semicírculo, pegada a la orilla, está la
ciuda<.l, cercada por una vegetación de extrema exuberancia.
Las palmas se delínean en el quieto horizonte. N uestro buque
es rodeado inmediatamente por pequeños botes. Llega un grupo
de negros hasta la cubierta, y con una insistencia a la que a
veces no cabe oponer más que gestos violentos, como alzar el
bastón, declaran, en un griterío ensordecedor y en un francés
horrible, que desean llevarnos a tierra. Hicimos dos visitas a la
ciudad, porque esperábamos encontrar allí más frescor que en el
buque, cosa en la que, ciertamente nos equivocamos por entero.

- 1 -

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Pointe-a-Pitre, edificada sobre un volcán y expuesta siem-
pre a sacudidas sísmicas más o menos fuertes, fue destruida
en 1843 por un terremoto, y en 1871 por un incendio; luego vol-
vieron a construirla. Sus feas casas están separadas por del-
gados muros de piedra, sostenidos a su vez por barras de hierro.
También la iglesia de St. J ulien se apoya en recios pilares de
hierro, de un estilo semigótico, y tiene escaleras de caracol que
llevan a una galería de aspecto románico, cuya pintura imita
madera. El empedrado de las calles brilla por su ausencia en
casi todas partes, y allí donde existe sería mejor que no lo hu-
biera. Especialmente animada aparece la plaza del mercado,
donde se ven negros y negras, lo mismo que mulatos en todas
las gamas, y mujeres indias de cabellos lisos, ataviadas con los
trajes más diversos, no faltando los de color rojo vivísimo. Las
negras, engalanadas con pesados adornos de poco precio, llevan
en su mayoría un vestido de tela indiana, sujeto con un cinturón
por debajo del pecho. Otras se ufanan de su indumentaria euro-
pea. Se nos ofrece frecuentemente caña de azúcar cortada en
pequeñas varas huecas, que están consideradas como bocado
exquisito para el postre, lo que exigiría tener los dientes de los
negros. El viajero haría bien visitando siempre en primer lugar
la plaza de mercado de toda ciudad, y luego las librerías, al
objeto de conocer por aquélla la vida material y por éstas la
espiritual. La espiritual no debe ser gran cosa en Pointe-a-Pitre,
pues, aparte de una infinidad de novelas espeluznantes, solo
estaban allí representados autores como Alejandro Dumas, Julio
Verne, Musset y Lamartine. De libros extranjeros ni de obras
históricas, que yo pedí, no existía nada.

Después de veinticuatro horas que duró la escala, al medio-


día del 12 de diciembre suena un cañonazo como aviso de la
partida para los pasajeros que se encuentran en tierra. N uestro
buque pone proa a la mar abierta, que brilla plateada en la
lejanía rizándose suavemente, y que, separada por una línea de

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Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
nuestra lisa bahía, se asemeja casi a una cadena montañosa que
se empinara bruscamente. El barco se desliza ahora junto a las
fértiles orillas cubiertas de amarillas plantaciones de caña de
azúcar, sobre las que se alza espesa selva virgen a lo largo de
las elevadas crestas (la cumbre más alta alcanza 1.570 metros).
Pasamos junto al "río salado" que parte en dos la isla, y rodean-
do un picudo acantilado, nos acercamos a la ciudad de los funcio-
narios de Guadaloupe, Basse-Terre, a la que arribamos hacia las
cinco de la tarde. Los mejores edificios están bastante arriba,
ocultos entre palmeras. A la orilla no se han construído muelles;
las casas descienden directamente hasta el mar con sus sombríos
muros. El resto de la ciudad es exíguo y feo. A media hora de
camino, por encima del poblado y a 800 metros de altura, está
el campamento de la guarnición. La vida fluye reposada en esta
ciudad de funcionarios, pues, como nos dice el Mayor de las
tropas, raramente hay de órdenes de carácter político; los negros
son buenos y respetuosos.
Después de media hora, levamos anclas. Pronto se echa
encima la oscuridad. Caen aguaceros, sin que eso llegue a enfriar
la atmósfera. Pasamos ante la isla Dominique, que se levanta
allí como una masa negra. Hacia las dos y media de la madrugada
atracamos en el golfo de la ciudad comercial de St. Pierre en
la isla Martinique. Resulta encantador el espectáculo del desem-
barco de los pasajeros bajo el brillo titilante de las estrellas y
la luz soñadora de la luna en menguante, en medio de la ince-
sante gritería de los negros y el deslizarse de las barcas por el
agua tranquila, en la que se reflejan algunas luces de la ciudad,
construída en anfiteatro. (Desgraciadamente, en 1902 St. Pierre
quedó completamente destruída a causa de la erupción del Mont-
Pelé, muriendo 25.000 de sus habitantes).
Navegamos hacia la parte oriental de la isla, y después de
hora y media llegamos a la ciudad, residencia del Gobernador de
Martinique, Fort-de-France. La población está emplazada sobre

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Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
una enorme bahía, distribuida en varios puertos menores y flan-
queada a la derecha por varios fuertes, rodeados éstos por una
rica vegetación, como si la enconada guerra quisiera coquetear
con la paz en medio de esta suave naturaleza, escondiendo su
crudo aspecto bajo una túnica virginal. Todavía más a la derecha
está nuestro puerto, una bahía que parece cerrarse por entero,
circundada de palmas, semejantes a los lagos italianos, y de tal
profundidad que los barcos llegan hasta la misma orilla, a la
que se puede pasar por medio de un puente. Este hecho nos libera
de la impertinencia de los negros, que en otras partes quieren
hacernos desembarcar por la fuerza. En cambio, se nos muestran
en un nuevo aspecto; apenas nuestros ojos se han adaptado un
poco a la contemplación del espectáculo natural, una docena de
negros, muchachotes de unos catorce a diecisiete años, fornidos,
musculosos y de excelente contextura, se lanzan al agua, nadan
en torno al buque y pordiosean algunos céntimos entre un repug-
nante croar, "angvá, angvá", que trata de significar "envoi".
Si se arrojan unas monedas desde la borda, aquella caterva se
sumerge como posesa, con sorprendente flexibilidad y rapidez,
y allí cabeza abajo, forman con sus piernas un revoltijo curiosí-
simo, dejando ver las blancas plantas de los pies. El siempre
seguro buceador toma la moneda en la boca y la enseña entre
muecas al salir a la superficie.

Nos complació mucho una visita que hicimos a la ciudad.


Llegamos primero a un lugar de la bahía que está a la derecha
del fuerte, y allí, enmarcando el libre espacio cubierto de yerbas,
había unos viejos árboles, ejemplares verdaderamente magní-
ficos. En medio, la estatua en mármol de la Emperatriz Josefina,
esposa de Napoleón Bonaparte, aquí nacida y aquí sacrificada
a la ambición, miraba melancólica al mar rodeada por seis esbel-
tas palmeras. Junto a este lugar pasa la via más bella de la
ciudad, con las casas del Gobernador y del Procurador, circunda-
das de lindos jardines. En todas sus partes la ciudad está bien

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construida, es amplia, limpia y posee una aceptable pavimen-
tación. Pero al fondo del valle se ven las miserables barracas
de madera de los negros. En el borde de la meseta que domina
la ciudad están los cuarteles de la Artillería de Marina. Y,
realmente, la protección militar es necesaria aquí para los euro-
peos. Lo negros, por sumisos que, ante mis ojos, se entreguen
presos al servidor de la justicia, armado de un simple bastón
de caña y siendo suficiente para ello un mínimo contacto, consti-
tuyen, sin embargo, enorme mayoría frente a los blancos y los
indios. En el fondo son de natural maliciosos y alimentan un
odio mortal contra el blanco, que como a mercancía los trató y
maltrató hasta el año 1848. Desde 1870 los negros envían prin-
cipalmente mulatos como representantes a la Cámara francesa,
pues los blancos ya no se atreven a acudir a las urnas.

Del de amparo de los negros se nos ofreció un convincente


cuadro. Nuestro buque tenía que tomar un nuevo cargamento de
carbón, que en grandes montones se hallaba ya acumulado en
la orilla. Se organizaron dos o tres cuadrillas de negros, en su
mayor parte mujeres, y cada uno de ambos grupos constituía
una columna, una que bajaba y otra que subía, una que se apre-
uraba hacia el barco y otra que corría por la carga, llevando
ésta desde diversos lados. ¡ Qué visión de infierno! Se precipitan
aquellas figuras negras, jadeando por el peso que sobre la cabeza
traen. Un sudor fangoso cubre sus feas facciones. Las negras
de más baja condición se envuelven en una mezquina camisa,
que les llega a la rodilla, y en algunas prendas harapientas para
cubrirse el busto. La prisa por volcar el mayor número posible
de cestos en la negra panza del buque es de una ansiedad febril ;
y para que ésta no se paralice, un negro viejo va golpeando in-
cesantemente con sus dedos largos y extendidos un tambor del
aspecto de un tronco de árbol, sobre el cual se halla montado a
horcajadas. En una especie de éxtasis, producido acaso por ebrie-
dad o alucinación, el negro acompaña su satánico redoble con un

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aullido inarticulado, con muecas del rostro y contorsiones del
cuerpo. Su grito, en el que se distingue de cuando en cuando el
canto, o, por mejor decir, el balido, de las sílabas "be, be", es
repetido por las negras que van y vienen, y las más exaltadas de
ellas lo acompañan con estremecimientos y lascivo danzar. Así
trabajan febrilmente durante unas tres horas; entonces, toda
aquella turba se desploma unánimemente, como segada por la em-
briaguez. A las tres horas se reanuda de igual manera el trabajo.
El control se practica con sumo sentido práctico, recibiendo cada
cargadora una ficha por carga llevada, además de lo cual debe
pasar por una máquina contadora, o una báscula, que marca el
número de los viajes. Especialmente siniestra resultaba la alu-
cinante escena al contemplarla durante la noche. Seis lámparas
iluminaban vivamente el barco y la orilla, mientras lo encanta-
doramente mágico de la Naturaleza se aplastaba bajo lo diabóli-
co y fantasmal de los hombres. Como las ventanillas de los ca-
marotes habían sido cerradas para evitar la entrada del polvo
del carbón, a causa del insoportable calor no nos quedó otro
remedio que pasar la noche sobre cubierta; pero el ruido que
movían aquellos monstruos de carbón hacía imposible todo re-
poso.

Al día siguiente, a las doce, salimos de Fort-de-France. Des-


pué de veinte horas de travesía, aparece la costa del continente
suramericano, una línea azul que se parece a la de las montañas
del Jura. Al navegar más cerca vemos que estas estribaciones
de la Cordillera Oriental de los Andes descienden en abruptos
promontorios cubiertos de bosque para dar directamente en el
mar, sin transición, dejando de trecho en trecho algún espacio
para angosta fajas de terreno y cortándose solo por estrechas
y secas torrenteras. No hay, pues, allí verdaderos valles longi-
tudinales, y también falta la vivienda. Después de una arribada a
Carúpano, en la costa de Venezuela, donde perdemos toda una
tarde, salimos de nuevo a alta mar con el fin de evitar la multi-

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tud de islas y escollos prox1mos a aquella costa. Los delfines
saltan desde hace algunos días en torno a nuestro barco, tan
pronto elevándose hasta varios pies sobre el agua como sumer-
giéndose con pareja rapidez y nadando bajo la superficie cual
si quisieran competir en celeridad con el buque. Al otro día, las
plantaciones de caña de azúcar junto a la costa, fábricas de
muros encalados con altos hornos, y luego los bellos balnearios
de Macuto, magníficas villas y, por fin, un camposanto pinto-
rescamente engarzado entre los cultivos de caña que le rodean,
todo esto nos anuncia la cercanía de una población de mayor im-
portancia. Hacia el atardecer anclamos ante la ciudad portuaria
de la Guaira, en Venezuela.
La Guaira, encajonada en un valle muy estrecho y apre-
tada contra escarpadas peñas revestidas de verdor, debe su im-
portancia a la proximidad de la capital venezolana, Caracas, que
se oculta arriba en la planicie (912 metros de altura) en situa-
ción sana y protegida. El puerto de la Guaira es muy célebre
por sus vientos poco favorables; la mar está allí casi siempre
movida y azota con vehemencia contra los muelles, contra el
dique de protección y contra los propios muros de la ciudad. Lo
que hace aún má perentorias estas circunstancias es la gran
cantidad de tiburones, que con las dificultades del desembarco
encuentran propicia ocasión de botín. Por lo demás, no puede
decirse que sea feo el aspecto de la población, con su iglesia
-caracterizada por una torre visible bien de lejos, pero también
por la informe fábrica del edificio- y con sus casas de tejados
rojos y de muros enjalbegados de blanco o amarillo. En la altura
hay un puesto de defensa, cuyos cañones dirigen hacia abajo sus
bocas amenazadoras. El insufrible calor (¡ alrededor de 36° C a
la sombra!), así como las fiebres, hacen de aquella escala una
de las más tristes y duras. Afortunadamente, ahora funciona un
ferrocarril que sube a Caracas, de modo que la capital resulta
accesible en unas pocas horas, enorme ventaja de la cual no
goza Colombia.

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Ahora navegamos a lo largo de la costa de Venezuela, y el
17 de diciembre, día en que deberíamos haber desembarcado ya
en Colombia, llegamos a otro puerto venezolano, Puerto Cabe-
llo, así llamado porque el mar se considera aquí tan manso que
los barcos pueden amarrarse con un pelo. También aquí, como
en Fort-de-France, penetramos hasta el final de la bahía y pa-
samos a tierra por un puente de desembarco. Puerto Cabello es
una población bastante agradable, bien situada y punto de par-
tida del camino que conduce a la metrópoli mercantil, Valencia,
en el interior del país. Un pequeño jardín botánico situado en
la costa da ocasión para un paseo placentero y, por lo menos,
testimonia hasta cierto punto el sentido artístico de las autori-
dades. A la izquierda de la boca del puerto, y solo separada de
la costa por un pequeño brazo de mar, hay una isla -que dista
de nosotros un tiro de arco- sobre la que se alza una antiquísi-
ma y baja fortaleza medio en ruinas. Tiene unos muros ama-
rillentos que miran sobre el mar a la altura de un primer piso
y que, guarnecidos de bocas de fuego, suscitan más bien la im-
presión de desamparo que la de poderío. Esta fortaleza es un
venerable monumento de la Guerra de la Independencia. Objeto
de muchas luchas, primero sirvió de continuo a los españoles
para sus operaciones navales y en el interior. Aquí ha vertido
su sangre, o gemido bajo las oscuras bóvedas, más de algún
republicano y patriota. Con la entrega de esta fortificación,
desalojaron los españoles, el 1Q de diciembre de 1823, el terri-
torio del ya libre Estado de Colombia.

El martes, 20 de diciembre, nuestro vapor "Saint Simon",


aunque con tres días de demora, navegó ya a lo largo de la costa
colombiana. Hacia las diez nos detuvimos en alta mar. Para
sorpresa nuestra, se nos comunicó que aquel era el final de la
travesía marítima, que aquel era nuestro punto de destino. La
mirada se tendió vagamente en busca de alguna referencia que
pudiera servir de fundamento a tal enigma. Nada. En torno a

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nosotros se veían riberas cubiertas de boscaje. De viviendas hu-
manas, ni rastro; salvo que se tuviera en cuenta un faro que se
alza allí a la derecha. En lontananza, por el lado izquierdo, se
extiende una llanura negra y pelada, que se nos señala como el
delta del río Magdalena, que aquí desemboca. Este era, pues, el
país en el que por algunos años debía yo enseñar ciencia . . . Y
que comenzaba con semejante desierto. ¿Cómo podía imaginar-
me allí una cultura, una vida intelectual altamente desarrollada,
tal como me la habían pintado?
Por fin, saliendo de la oscuridad, fue avanzando hacia
nosotros un pequeño vapor remolcador ; de él salieron algunos
funcionarios que comprobaron los papeles y volvieron a partir
hacia tierra, serían las horas del mediodía, con los cuatro pasa-
jeros que allí querían desembarcar. Esos funcionarios eran, los
más, gente muy esbelta, bien parecida, de ojos brillantes y ras-
gos enérgicos, que tenían en sí algo simpático, de modo que me
fuí tranquilizando poco a poco. Pero entre ellos había también
algunos individuo cuyas heridas, recibidas en las guerras ci-
viles, no despertaban una especial confianza; así el cobrador
del vaporcito, que se había sujetado con un pañuelo su mandí-
bula artificial.
Bajo la opresión de una temperatura ciertamente aniquila-
dora, llegamos al puerto de Sabanilla. ¡ Nueva sorpresa ! Solo
que aquí se veían ya unos rieles que se prolongaban hacia el
puente de desembarco; pero era en vano buscar una ciudad
portuaria. Sobre el calvo suelo arenoso de la bahía había algu-
nas cabañas de bambú con techo de paja; miserables barracas
de pescadores. Y la estación de la vía férrea que aquí tenía su
origen podía llamarse mejor un tinglado para mercancías, una
especie de corral. Pero nos sentíamos felices de librarnos algo
de los rayos del sol, si bien es verdad que nos ahogábamos de
sed. La gentileza con que nos ofreció unos vasos de agua el Co-
mandante del puerto -el luego, en una de las últimas revolu-

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ciones, famoso General Fr. Palacios- la dignidad y firme espí-
ritu con que se expresó, fueron cosas que me impresionaron no
poco. Al fin llegó el tren. Tiraba de él una locomotora del más
extraño tipo, de ténder panzudo y grandes ruedas. Los vagones
tenían solo dos filas de asientos continuos y gozaban de la máxi-
ma ventilación. Montamos y, en medio de un formidable traque-
teo a causa del mal fundamento de la vía, al cabo de hora Y
media llegamos a Barranquilla. La región del trayecto era llana,
y la relativa pobreza de la vegetación, los desmedrados árboles,
los muchos arbustos y matojos espinosos no dejaban por eso de
acrecentar la admiración ante aquella flora tropical.
Al fin, sobre las dos de la tarde se nos hizo bajar en la
estación de Barranquilla. Seguidamente nos mandaron a la
Aduana, donde hube de abrir todas mis maletas, pese a la carta
de recomendación del señor Ministro Plenipotenciario Holguin,
o tal vez a causa de la carta de recomendación, pues entre el
severo señor funcionario administrativo y el señor Ministro no
debían estar las cosas del todo bien in politicis. Después de una
hora de baño de sudor, consecuencia del abrir y cerrar mis de-
masiado llenas maletas, sin más molestia fuí despachado. Los
aduaneros no podían contener la risa de cuando en cuando ante
los objetos que lleva consigo un viajero poco conocedor de aque-
llos países. Hacia el atardecer nos hallábamos en el Hotel Co-
lombia, excelentemente atendidos; después de veintisiete días
pude volver a dormir tranquilamente en una cama sobre tierra
firme.
En la actualidad el desembarco se realiza, ciertamente, en
forma mucho más cómoda. La línea férrea se prolongó un trozo
más hacia el Noroeste desde la ahora ya un tanto abandonada
Sabanilla, en la bahía del mismo nombre, y tiene su terminal
en Puerto Colombia, donde hasta los vapores más grandes pue-
den atracar junto a un enorme puente de desembarco, siendo ya
innecesarios los remolcadores. Por ello también, los viajeros

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pondrán pie en tierra con menos sorpresas que antaño. Barran-
quilla, fundada en 1669, es cabeza de un distrito; hoy día, del
Departamento del Atlántico. Se halla situada a la orilla izquier-
da del río Magdalena, en un brazo del mismo, que se asemeja a
un lago, el llamado Caño. El auge experimentado por esta ciudad
en los últimos años es un fenómeno típicamente americano, ha-
biéndose debido concretamente al establecimiento de la navega-
ción a vapor por el Magdalena y al traslado de la estación adua-
nera de Sabanilla. Pero la prosperidad de este emporio de Co-
lombia será todavía mayor cuando las llamadas "Bocas de Ceni-
za", las desembocaduras del Magdalena obstaculizadas por arenas
v lodo, puedan ser abiertas, mediante métodos artificiales, hasta
a los barcos de máximo calado, cosa proyectada hace mucho, y
cuando se mejoren las instalaciones ferroviarias. En efecto, son
necesarias todavía grandes mejoras en las comunicaciones, si es
que Barranquilla no quiere perder la supremacía, toda vez que
su rival, Santa Marta, al Este, tiene un puerto mucho más so-
segado y está construyendo también un ferrocarril que debe
llegar hasta el Magdalena. Igualmente Cartagena, al Occidente,
trata de aumentar su prosperidad. Pero hoy día la mayor parte
del tráfico pasa por Barranquilla, y de sus aduanas proceden
anualmente los principales ingresos del país.

Bajo el influjo del comercio, la ciudad ha crecido conside-


rablement e. En el año 1866 no se había establecido aquí ni una
sola panadería, pues todo el mundo cocía patriarcalmente el pan
en su propia casa. Un viajero de entonces, Hulls, no encontró
en la oficina de correos pluma, tinta ni papel. Todas las casas
tenían cubierta de paja; pero ahora, contemplada la ciudad des-
de la torre de la iglesia de San Nicolás, ofrece una excelente
impresión. En los barrios principales, donde vive la aristocracia
del comercio, están las grandes casas de mampostería de la más
importante gente de negocios, edificios de dos plantas, por lo
común, de recia arquitectura y al viejo estilo español: abajo,

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dando a la calle, el gran almacén lleno de mercancías, abierto
a todo el mundo, aireado, sin ventanas; arriba, las habitaciones.
Los techos de estas casas de gente notable son llanos y consti-
tuyen verdaderas terrazas de piedra, por las que, de mañanita,
puede uno pasearse. A través de un gran portón se penetra en
la casa; primero hay un vestíbulo y luego viene el patio, donde
arbustos y flores dan gozo a los ojos. En torno al patio corre
una galería, y arriba una balconada de madera, en la cual se
toma el fresco y donde también se come. En los cuartos hay
mecedoras y esteras de paja; la instalación es, en algunos ca-
sos, elegante y cómoda. Las afueras, por el contrario, no resul-
tan muy seductoras; en su mayor parte, no hay allí sino casas
de una sola planta, cuyas puertas se hallan siempre abiertas,
de modo que se puede alcanzar a ver la primera pieza, una pe-
queña sala generalmente. Muchas de estas viviendas situadas
fuera del casco de la población tienen cubierta de paja y sus
materiales de construcción se reducen, por lo demás, a adobes
y ladrillos, con su revoque blanco. El suelo es de tierra apisonada.
Enteramente en la periferia se encuentran las cabañas de las
clases más bajas, cuyo mobiliario lo forman, poco más o menos,
una mesa, algunas sillas de madera con tapizado de piel, y es-
teras en lugar de colchones. Niños desnudos o semidesnudos son
allí elemento propio del ambiente. Pero por todas partes encuen-
tran los ojos benéfico sosiego, y compensación de mirar las ca-
lles de arena, con el verdor de los jardines, las muchas palmas
y arbustos que abren en toda su extensión la llanura sobre que
se asienta la ciudad. Por la tarde el cuadro es encantador: en
la lejanía, desde la torre de la iglesia, se ve el mar; a la derecha,
el ancho río plateado; hacia el Sur, la llanura inmensa, y hacia
el Oriente, las gigantescas cumbres de la Sierra Nevada de San-
ta Marta, de 5.800 a 6.000 metros de altitud, que dora el cre-
púsculo y que arden en luz como si fueran nuestros Alpes.

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La vida en Barranquilla es monótona para aquel que busque
diversiones exquisitas; pero la acogida que se encuentra en las
mejores familias es por demás amable. Durante el día se traba-
ja muchísimo en los negocios. Por las anchas calles, a menudo
cubiertas todavía de ardiente arena, pasan a gran velocidad los
ligeros coches de caballos, que le ahorran a uno el caminar por
aquellos arenales. Pero así que se da por concluída la jornada a
las seis, y llega la noche con su agradable frescor, se empieza a
hacer una vida muy diferente. Todo el mundo se sienta a la
puerta de casa. Las mujeres, ya compuestas, se mecen en sus
sillas con auténtica nonchalance tropical. Por todas partes resue-
na alguna música, bien sea el tañido de los instrumentos nacio-
nales -la guitarra o, los más pequeños, vihuela y tiple-, bien
el canto de las alegres melodías y sentimentales canciones amo-
rosas (en modo menor) que se escuchan de continuo en la sonora
lengua española. Tienen lugar bailes y veladas, y el barranqui-
llero castizo trata de divertirse, bromear y amar cuanto le es
posible.

En Barranquilla me encontré también con algunos suizos


(comerciantes y relojeros) en cuya compañía vi con detalle las
cosas notables de la ciudad. Estas eran, en primer lugar, el Hos-
pital, situado en las afueras de la población y regentado ejem-
plarmente por piadosas hermanas francesas, donde se atiende
con carácter gratuito a enfermos de todos los países; vi también
el cementerio y luego la instalación de distribución de aguas,
mal llamada "acueducto". Antes, el agua para beber debía ser
sacada del sucio Caño, para filtrarla seguidamente; las enfer-
medades eran por ello endémicas. Pero ahora el agua ya some-
tida a depuración se sube por medio de bomba a un depósito
situado sobre una pequeña altura que domina la ciudad, y desde
allí se la conduce a las diversas fuentes; un progreso de incal-
culable trascendencia. N o obstante, el agua sigue siendo no del
todo clara, y por esa razón es necesario filtrarla en las casas

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por medio de gruesas piedras porosas. Cierto que con ello ha
desaparecido de Barranquilla una figura bastante poética, la del
aguador, o, mejor dicho, el arriero (y jinete) de los borriquillos
que, en número de cinco mil, cargados con dos barrilitos de
agua, hacían el servicio con notable presteza e inteligencia. Es-
tos asnillos se ven hoy todavía transportando grandes cargas
de yerba o caña de azúcar destinadas para pienso del ganado,
y es curioso y enternecedor a un tiempo contemplar la agilidad
y viveza con que se mueven por las calles bajo el sol tropical.
Por la noche se les deja en libertad y vagan de un lado para
otro; dada :.u sobriedad, se contentan con hallar un poco de
alimento.

Las visitas a nuestros compatriotas acabaron por ponernos


en situación de conocer más en detalles sus respectivos nego-
cios. En Barranquilla, lo mismo que en la n1ayor parte de las
ciudades de Colombia, todo negociante debe tener, o debería te-
ner, en sus almacenes la máxima diversidad de artículos. Solo
en los últimos años se ha impuesto algo más la división del tra-
bajo, estructurándose de forma más unitaria el depósito de mer-
cancías. Pero en aquel tiempo se aparecían unas al lado de las
otras todas las cosas que se encontrarían en una de nuestra
ciudades si juntaran las tiendas de una calle entera. Por su-
puesto, el comercio ha sufrido también mucho bajo las revolu-
ciones, no haciendo todos los progresos que hubieran sido de
desear porque todo partido, al producirse un levantamiento,
quiere apoderarse de Barranquilla y, por tanto, de los ingresos
de sus aduanas, y porque el gobierno ha impuesto contribucio-
nes muy considerables. Pero, pese a todo, la ciudad tiene un
gran futuro, y ello se lo debe no en último lugar al influjo de
los acreditados comerciantes extranjeros. Barranquilla es la
plaza donde los inmigrantes se han adaptado más rápidamente,
contribuyendo mucho a su embellecimiento y mejoras. El clima
no es precisamente insalubre, siempre que se haga una vida de-

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bidamente moderada; sin embargo, el fuerte calor produce efec-
tos agotadores. El recién llegado debe ser muy precavido en
comer frutas, pues, de lo contrario, enferma con facilidad. El
tiempo de lluvias es, sin duda, peligroso para personas enfer-
mas; y concretamente los meses de septiembre y octubre, la
época de los vientos fuertes, son en extremo desagradables.

La travesía marítima por las Antillas francesas tal como


nuestro padre la describe tiene, en especial, una significación
histórica para el viajero que hoy llega directamente a Colom-
bia, ya que las grandes compañías · de vapores prefieren ahora
hace1· el viaje por Trinidad, La Guaira y Curazao. El desembar-
co en la costa colombiana ha perdido mucho de sú ambiente ro-
mántico; en la actualidad todo se hace de manera más rápida
y adecuada. Pero la apertura de las bocas del Magdalena a la
navegación de gran tonelaje, así como la ampliación de las ins-
talaciones marítimas de Barranquilla para hacer de ellas un
puerto moderno, son cosas que hoy día están aún por realizar,
pese a los muchos planes y proyectos existentes, si bien desde
hace algún tiempo trabaja en ello una firma constructora 1wr-
teamericana con ayuda estatal. Para el comercio y el tráfico ha-
cia el interior del país, la comunicación directa de Barranquilla
con el mar sería, naturalmente, un verdadero beneficio. Hasta
tanto . se sigue desembarcando en Puerto Colombia, pero se es-
tán multiplicando ya las quejas de que también este sitio se
halla a punto de obstruirse con la arena. Allí se realiza pues, el
primero de los muchos trasbordos del barco al tren, y viceversa,
que tanto dificultan y encarecen el transporte de mercancías a
causa de la falta de un enlace continuo por carretera o po1·
carril.
Según el censo de 1928, Barranquilla tiene unos 11,.0.000
habitantes, y es una de las ciudades de Colombia que se han

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desarrollado con mayo'r rapidez; basta considerar que su pobla-
ción se calculaba el año 1880 solo en 20.000 o 30.000 almas. El
incremento de la construcción, otra cosa no era de esperar, no
pudo mantenerse a la par del crecimiento de población, y todas
las pequeñas cabañas que como hongos surgen del suelo en las
afueras, ofrecen un triste cuadro cu.ando se lLega a la ciudad.
Dentro del mismo casco urbano, la impresión no es precisamen-
te favorable, pues las calles siguen faltas de un pavimento du-
radero. Durante los meses secos se asfixia uno con el polvo, y
en la estación lluviosa las calles tienen una espesa capa de barro.
Actualmente se trabaja en el alcantarillado, imprescindible pa-
ra la mejora de las condiciones de salubridad. Cu.ando esta obra
esté lista, las calles deberán ser cementadas, pues el simple as-
falto no soporta el sol tropical. Pero, pese a tales desventajas,
Barranquilla tiene el encanto de una ciudad en la que se tra-
baja de firme. Los extranjeros que llevan ya algún tiempo es-
tablecidos allí, se han adaptado muy bien. Habitan en el barrio
residencial, El Prado, establecido por norteamericanos, hace
unos años, en el alto de una colina y con arreglo a modernos
principios. A causa de su elevado emplazamiento, El Prado re-
cibe muy bien la brisa marina y tiene una temperatura de unos
2° C más baja que Barranquilla, donde el termómetro marca de
30° a 36° e hacia la hora del mediodía.

Dado que en Barranquilla tiene lugar el movimiento adua-


nero principal, pasando seguidamente las mercancías a los va-
pores fluviales, florece precisamente aquí un activo comercio
de intermediarios. Esto se hace expresivo también en el hecho
de que todos los grandes bancos colombianos mantienen sucur-
sales en Barranquilla. Son dignos de mención, como instituciones
bancarias nacionales, el Banco de la República y el de Colom-
bia, y como bancos extranjeros, actualmente, el Banco Alemán
Antioqueño, con su central en Bremen, así como el South Ame-
rican Bank Ltd. y el Banco de Londres y Suramérica, residen-

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tes ambos en Londres. Como indust1-ias propias posee Barran-
quilla fáb1icas de jabón, hilatu1 as de algodón y cervecerías.
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Como empresa de comunicaciones, que hoy ocupa el centro del


general interés, merece ya citarse aquí, y muy destacadamente,
la Sociedad Colombo-Alemana de Transportes Aéreos (en abre-
viatura ~~ Scadta"), pues en Barranquilla se encuentran su ae-
ropuerto y su base principal.
La población de Barranquilla, como la de las demás ciuda,..
des portuarias de Suramérica, se halla rnuy mezclada. En las
mejores clases sociales, la ajetreada vida de aquí, dirigida más
a la ganancia que a la inst?~ción, ha dejado mo1-ir algunas vie-
jas costumbres españolas que se conservan todavía en el inte-
rior. Esto se aprecia también en el idioma; el español clásico,
como ocurre, por ejemplo, al tragarse la "s" de las terminacio-
nes de plural, queda mutilado por negligencia, habiendo perdi-
do mucho de su armonía. En la gente baja llama desagradable-
mente la atención el gran mestizaje, pues los muchos cruces
entre negros e indios han p1·oducido, por desgracia, una raza
feísima y además bastante díscola.
La impo·rtancia de Barranquilla como pu-nto de acceso en la
costa atlántica de Colombia, crecerá todavía enormemente cuan-
do lleguen a 1·ealizarse el enlace con la ma1· abierta y la amplia,..
ción del puerto. Entonces sería posible que la ciudad, hoy todavía
joven, tomara un potente auge, asegurándose definitivamente
la primacía sobre la mucho más antigua urbe de Cartagena.
Cartagena, construida como fortaleza spañola en una de
las islas extendidas ante el litoral, hace grandes esfuerzos para
reconquista?' su anterior posición preminente. Cartagena man-
tiene su enlace con el Magdalena por medio de la vía férrea a
Calamar y por un canal, el llamado Dique. Pero, además, en
Cartagena tiene su inicio otra vía que, con el nombre de Ferro-
carril Central, deberá alcanzar las anchas llanuras del Departa-

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mento de Bolivar, especialmente adecuadas para la ganadería,
y Uegar más tarde hasta el Departamento de A ntioquia con sus
importantes minas de oro y mineral de hierro. Posiblemente,
esta línea, hoy en construcción, dará también nuevo impulso a
las industrias elabo1·adas de carnes, rama que un packing-house
intentó introducir en Coveñas, cerca de Cartagena. Con razón
se hace notar que las distancias desde la costa Nordeste de Co-
lombia a Europa, como también a los Estados Unidos, son notar
blemente más cortas que desde la Argentina y el Uruguay.
Santa Marta, la tercera ciudad del litoral atlántico colom-
biano, parece dar poco valor, por ahora, a una comunicación
directa con el interior del pais, pese a posee1· un buen puerto
natural. La constntcción de una vía fér1·ea hasta el Magdalena,
comenzada en tiempos, no fue llevada a cabo. Pero esta línea,
con su trozo de unos 50 kilómetros, ha servido para acceder a
terrenos que se mostraron extraordinariamente apropiados par
ra el cultivo del banano, y Santa Marta se ha convertido ahora
en el centro de una importante zona de plantaciones. La United
Fruits Co., que ocupa una posición de monopolio en la exportar
ción del banano de América Central, y cuyas plantaciones en
Colombia, Guatemala, Honduras y Ja~maica proveen al Viejo
y Nuevo Mundo, se ha apoderado del puerto y el ferrocarril de
Santa Marta. Desde allí se efectúa la exportación a Europa de
este apreciado fruto tropical por medio de barcos refrigerados,
de propia construcción, de la línea Elders & Fyffes Ltd.
Al desembarcar en Colombia, el recién llegado no recibe ya
la impresión de monotonía o de aislamiento del mundo. Las mo-
dernas comunicaciones han influído aquí con una velocidad casi
norteamericana, inundando de vida internacional las regiones
costeras. Pero los antiguos contrastes respecto de las tierras al-
tas del interior, con las cuales sigue siendo dificultoso el enlace,
antes se han aumentado que disminuído en virtud de este pro-
ceso desdibujador de la raza y la lengua.

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2. -POR EL MAGDALENA. -ASCENSO A LOS ANDES

Entretanto, había llegado el día de partir para el interior.


La pequeña sociedad viajera para Bogotá debía embarcarse en
el Magdalena el día 24 de diciembre, víspera de Navidad, de
1881. A causa del retraso de nuestro "Saint Simon", habíamos
perdido el vapor correo del 20 de diciembre y aprovechábamos
ahora la mejor ocasión que se presentaba de emprender el viaje
río arriba, y ello después de escuchar muchas palabras de disua-
ión y muchos consejos, como luego se vería, bastante acertados.
Yo, que a gusto hubiera querido celebrar con los suizos la noche
del 24 con una fiesta del árbol de Navidad (de la palma más
bien que del abeto), hube de plegarme a la voluntad de los otros
compañeros de viaje, ya que, todavía ignorante de la lengua
española, deseaba agregarme a alguien para la travesía.
Eramos solo cuatro viajeros: un comerciante de Bogotá,
Ed. París, algo impedido a consecuencia de un tiro que recibiera
en la pierna durante una revolución, persona muy amable y
de lo más servicial ; el señor Miguel Cané, primer Ministro argen-
tino que desde Caracas viajaba en misión diplomática a Bogotá,
de unos treinta y cinco años de edad, hombre de mundo, chis-
toso, deferente, educado según todas las reglas de los más refi-
nados salones de París y conocedor en particular de la literatura
francesa, cuyo sprit se había asimilado; el tercer compañero
de viaje era el joven secretario del anterior, García Mérou,

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como él también de Buenos Aires, un muchacho esbelto y bien
parecido, de nariz aguileña, negra barba recortada y ojos fogosos
de mirar profundo, un camarada despreocupado y gozador de
la vida en todos sus órdenes, además de un auténtico tempera-
mento poético. Era autor de bellas poesías, si bien algo inma-
turas, y un tanto superficialmente instruído, cosa que él a me-
nudo deploraba, apenas leído en lo que no fuese literatura fran-
cesa (Balzac y Musset, sobre todo).

El 24 de diciembre por la tarde subimos a bordo del vapor


"Antioquia" en el puerto de la ciudad. Este barco, ya afortu-
nadamente destruido, era uno de los peores, si no el peor, de
todos los vapores fluviales, que sumaban entonces unos veinti-
cinco y estaban repartidos en cinco sociedades de navegación.
Esas embarcaciones están contruídas según un modelo muy pe-
culiar, que jamás he visto en Europa. Su casco forma como un
bote ancho, parecido a una balsa del estilo ferry-boat, y cuyo
calado alcanza a lo sumo 5 pies (en los mejores barcos, solo
2 o 3). Sobre esta parte de la obra se levanta, sostenida por
columnas, una cubierta en cuya mitad o en cuya porción de
popa han sido dispuestos algunos camarotes para pasajeros. Otro
piso más pequeño, en el que están los camarotes del capitán
y los pilotos, se levanta sobre esta primera cubierta, techada
solo por delante y abierta a los costados. Finalmente, constitu-
yendo el piso más alto, hay una caseta para el piloto de servicio,
desde donde este domina el río, gobierna el barco e imparte
órdenes a las máquinas. Estas se encuentran en la parte inferior
del barco ; en torno suyo están almacenadas grandes cantidades
de leña para alimentar las calderas. Y al lado se ven los bultos
de mercancías tirados en desorden y en parte apilados. Por de-
lante y por detrás ascienden chimeneas atravesando los pisos
del barco, y aumentando así el calor, ya de suyo suficientemente
fuerte. La mayoría de los vapores tienen una sola rueda, de
notables proporciones, dispuesta en la popa y protegida contra

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la posible introducción de troncos de árbol. Pero nuestro pobre
"Antioquia" llevaba, según el viejo sistema, dos ruedas laterales,
y era además de mucho calado, de suerte que avanzaba muy
torpemente y usando de las máximas precauciones. El espacio
disponible para moverse los pasajeros era muy limitado, pues
si bien estaba permitido subir al segundo piso, los pasos que
allí arriba se dieran tenían número muy contado, habida cuenta
de que esa parte estaba descubierta y el suelo se hallaba reves-
tido de lata.
A las cuatro el "Antioquia" hizo resonar su sordo pitido,
que anunciaba la marcha a todo Barranquilla, y empezó a mo-
verse, primero por el brazo de río, hasta penetrar en el cauce
principal. Era el anochecer. Barranquilla nos miraba seductora
desde sus palmares, en tanto que nosotros navegábamos Mag-
dalena arriba; y cuando llegó la noche, y el resplandor de las
luces de la ciudad daba sobre nosotros, creí reconocer clara-
mente la casa donde lucía el árbol de Navidad de los suizos.
Pero a cambio de ello gocé de un espectáculo por entero diferente,
aunque me hizo pensar en un sábado de aquelarre. Bajé a las
máquinas y me dediqué a mirar cómo los fogoneros iban echando
madera sin cesar, salpicando chispas en torno. La cruda luz
iluminaba fantasmagóricamente a la tripulación del barco que
había venido a tenderse por el suelo. Se veían allí todos los
matices de piel: blancos, negros, indios y las muchas mezclas de
e tas tres razas, mestizos y zambos; todas las estaturas y todas
las edades y todas las formas del cuerpo humano. Cuando aque-
lla gente se ponía a comer, sentados todos en torno a un gran
cubo que contenía un sucio caldo, introduciendo allí las escudillas
o metiendo los dedos, era fácil de reconocer su estado de semi-
barbarie, pero había que estimar también su laboriosidad y su
natural sobrio y sufrido.
También nuestras comidas eran notables. En primer lugar,
se servían sobre la cubierta superior, exactamente encima del

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abrasador local de las máquinas, de modo que uno comía su
pan materialmente bañado en el sudor de su frente. Con cere-
moniosa cortesía se sentaba a la mesa el Capitán, una faz es-
pantable de barba negra y en punta, que él, sin cesar, se acari-
ciaba mefistofélicamente. Luego, los sudorosos y mugrientos ser-
vidores traían a un tiempo todas las viandas, ya medio frías,
y cada cual se servía de lo que le venía más en gana, poniéndolo
todo junto en un plato. Solo el roastbeef, tan duro como una
suela, -o, según expresión del señor Cané, como piel de hipo-
pótamo -era cortado por el propio Capitán y repartido por él
a los comensales. Salsas de colores indefinidos flotaban en los
platos, y todo estaba aderezado con ají, la pimienta española,
así que nos ardía la garganta. Puede decirse, en verdad, que
si nos acercábamos a la mesa era siempre por hambr e -cuando
ésta, pese al terrible calor, se dejaba sentir- y con el propósito
de ir sobreviviendo. Solo a una determinada señal del Capitán
estaba permitido levantarse de la mesa, y a menudo el tiempo
de espera resultaba harto largo. Pero con todo se iba uno confor-
mando, incluso con el agua sucia que para el lavatorio matutino
se distribuía, directamente extraída del río.
Pero había un arte que solo con esfuerzo llegaba a apren-
derse: el arte de dormir. A eso de las nueve comenzábamos a
prepararnos el lecho. Como no era posible permanecer en el cama-
rote de tanto calor como en él hacía, dormíamos fuera, sobre
cubierta. Para tal fin se montaba un armazón, semejante a una
cama de campaña, provisto de una lona grosera; era el lecho
que el barco facilitaba. Por encima se extendía la estera, un
tejido hecho de fibras apropiado para contrarrestar el calor
y luego las sábanas, que, al igual que la estera, traía consigo
el pasajero. Se escogía un apoyo cualquiera que se tuviera a
mano par a hacer las veces de almohada, y luego se pasaba a lo
más esencial, la colocación del mosquitero, un gran velo cuadran-
gular de ordinaria muselina. Con la máxima precaución se desli-

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zaba uno, medio vestido, bajo aquella tienda de campaña y se
trataba de cerrarla hacia afuera lo mejor posible. ¡Pobre de
aquel que al introducirse en la cama dejara alguna pequeña
abertura por la que pudiera penetrar un mosquito! Apenas había
cerrado los ojos, oía un zumbido monótono y sentía también muy
pronto el aguijón del despiadado huésped. Imposible cazarlo.
Después de infructuosas luchas, el atormentado viajero solía
caer muerto de cansancio para despertarse a la mañana siguien-
te con las manos y pies hinchados y con la cabeza febril; tan
venenoso es el pinchazo de estos torturadores. Pero a las seis de
de la mañana, inapelablemente, había que levantarse, pues era
la hora de limpiar la cubierta. Al dormilón se le arrojaba, sin
más, de su pseudo-cama.

Sin embargo, una compensación de todas estas molestias


ería para nosotros en los primeros días la novedad del estilo
de vida y la belleza del ambÍente. En verdad, el viaje por el
Magdalena es delicioso. Este río, tan modesto como resulta en
el mapa en proporción con las tremendas extensiones del conti-
nente, es una formidable arteria de comunicación de Sur a Norte.
Constituye por su magnitud la cuarta corriente fluvial de Sur-
américa. Su longitud es de 1.800 kilómetros, o de l. 700 si se
descuentan las ondulaciones de su curso. En el último tramo
alcanza a menudo los 1.500 metros de anchura, y a veces se
dilata formando un pequeño lago. Las orillas no son tan monó-
tonas como se ha dicho, sino, por el contrario, llenas de variedad,
y solo raramente presentan un aspecto desértico. Primero se
suceden interminables trechos de marisma, de carácter tropical
y muy fecunda; aqui se crían los numerosos ganados de los
Departamentos de Bolívar y Magdalena, que luego son llevados
a Jamaica. A veces se ve a las vacas entre un pasto tan alto
que las oculta hasta el cuello. En el río aparecen grandes islas.
Otras se están formando ahora. Y hay algunas que, por el choque
de las aguas que van abriéndose al paso del barco, se remueven

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y se derrumban parcialmente. Pero muchas de estas islas parecen
verdaderas avenidas, pues a lo largo de sus riberas corren hileras
de árboles -cauchos y ceibas- y entre ellas se ven verdes
cintas de yerba. Por otra parte, los pastos, frecuentemente inun-
dados, se interrumpen por pedazos de impenetrable espesura,
siempre bajo formas diferentes , y solo de vez en cuando surge
una solitaria cabaña de paja en medio de una pequeña planta-
ción de tabaco o de un grupo de palmas bananeras.
Los indígenas navegan en canoas, desnudos o semidesnudos,
a lo largo de las márgenes. A veces también encontramos bongos,
o sea grandes botes cubiertos de hojas de palma secas, que los
negros impulsan río arriba por medio de pértigas, para lo cual
clavan estas en el fondo del río, las apoyan contra el pecho y en
tal posición corren luego, con agilidad felina, sobre la borda de
la embarcación. Estos bongos eran, antes de la navegación a
vapor, el único medio de transporte para remontar el río, necesi-
tando a veces, por supuesto, varios meses de viaje. Así es que
estos barqueros del río, los llamados bogas, llevan una existencia
de las más duras, pero caracterizada también por una cruda
sensualidad, por bestiales costumbres, pues cuanto allegan con
faena tan ruda lo despilfarran luego en báquicos excesos.
Se ven pasar también barcos en cuyos flancos, como en los
tiempos homéricos, van sujetos cueros inflados, que ayudan a
transportar más fácilmente la carga .. Y a veces se ve deslizarse
río abajo alguna balsa de bambú, abandonada y sin timón, de
las que se utilizan para transportar frutos.
De vez en cuando aparece una misérrima aldea de simples
chozas agrupadas en torno a una pequeña iglesia, que es más
bien un cobertizo algo mayor que las viviendas y en el que
cuelgan algunas campanitas bajo un techo de empajado. Pero
también otros poblados más grandes ofrecen la deseada ocasión
de mirar cosas y de descansar; así, por ejemplo, Calamar, que

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presenta por lo menos dos casas de piedra construídas por entero
al estilo moruno, junto al resto del caserío, consistente en meras
cabañas. Aquí desemboca el llamado Dique, o canal, que une al
rio con la ciudad de Cartagena. Esta, un tiempo "reina de las
Antillas", solo a duras penas se salva de la ruina, desbordada
ya por Barranquilla. Cierto que recientemente la ha aliviado algo
el ferrocarril que, a lo largo del canal, llega a Calamar. Pero
la mayor parte de los viajeros de Europa prefieren, naturalmente,
desembarcar en Puerto Colombia.

Sigue el viaje río arriba. Las un1cas interrupciones a que


nos vemos obligados son las paradas, bastante frecuentes, para
cargar madera, pues el vapor devora una enorme cantidad de
combustible. La madera está puesta a secar, apilada, en las ori-
llas, y la tripulación se encarga de traerla a cuestas hasta el
barco. Varias veces vi salir reptando de los montones de madera
serpientes venenosas que, o bien eran muertas inmediatamente
por los negros, o bien éstos las arrojaban al agua con sus propias
manos; otras veces los reptiles se deslizaban rápidamente hacia
la espesura. Las paradas del vapor nos daban siempre ocasión
de admirar la magnífica vegetación de aquellas riberas y de visi-
tar las cabañas de los leñadores. Estas cabañas están hechas de
simples cañas de bambú, y ante la puerta cuelga una red, bas-
tante agujereada, para defenderse de los mosquitos. En el inte-
rior de la cabaña suele haber un camastro cubierto de paja,
algunos útiles de pesca (chinchorro o atarraya), la lanza, y a
veces hasta el lujo de un viejo fusil ya medio inútil. Son curio-
sas unas flechas de caña de casi dos metros y medio de longitud
y provistas de dos puntas muy afiladas, las cuales se lanzan
contra los peces por medio de un arco que llega casi a la altura
del pecho, duro como el hierro y casi imposible de desplazar de
su posición. Fuera de esto corresponden al sencillo ajuar la piedra
para rallar el maíz, o bien una tremenda maza para triturarlo,
y la olla (vasija de barro en la que se prepara la sobria comida,

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colocándola al fuego sobre algunas piedras). Maíz, que aquí mul-
tiplica doscientas veces la cantidad sembrada, bananos, tal vez
algo de yuca (tubérculo que llaman "el pan del pobre"), pescado
y arroz constituyen la alimentación de estos granjeros del Mag-
dalena. Cuando necesitan sal, plomos para sus redes, y carabinas
o cuchillos, llenan sus piraguas de bananos o de pescado seco y
navegan río abajo hasta alguna aldea; allí venden sus productos,
compran lo necesario y se vuelven a hundir en su nada. En la
indolencia, sin religión, sin educación social, en total ignorancia,
van viviendo estas gentes, no sujetas a autoridad y, sin embargo
felices a su manera. No sufren contratiempos, salvo que, por
acaso, el jaguar se acerque hasta la casita y se les lleve su
riqueza (un cerdo), o que el caimán ande al acecho para hacer
u botín, o que una serpiente se les meta en la cabaña. En
medio de tales peligro , en un estado primitivo, verdaderamente
rousseauniano, pasan su existencia estos hombres, sin formación,
instrucción ni ilustración, cosas de las que nosotros tanto nos
envanecemos, y no trabajan más de lo necesario ...
Más arriba de Calamar, el río recibe una corriente tributaria
que duplica casi su caudal; es el Cauca, el cual corre separado
del Magdalena por la Cordillera Central y que, partiendo del
valle de su nombre, atraviesa Antioquia y, después de recorridos
1.350 kilómetros, afluye al Magdalena en dos brazos principales.
La misma desembocadura parece un lago enorme. Por su parte
el Magdalena se cambia aquí de la forma más caprichosa, de
tal modo que la navegación necesita buscarse de continuo nuevos
canales. Así, por ejemplo, la ciudad de Mompós -famosa por
su heroísmo durante la guerra de Independecia- se halla com-
pletamente aislada del tráfico a vapor porque el brazo de río
en que ella se encuentra se ha llenado de arena y no permite
ya el paso.
Después de admirar varias noches magníficas y de gozar
la vista de las cimas de la Sierra Nevada, que refulgían a nues-

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tra izquierda con el sol del crepúsculo, disfrutamos el espectáculo
de otro ocaso tropical, el más bello y singular que pueda darse.
Fue en Magangué, ciudad provinciana con algunos buenos alma-
cenes y donde anualmente se celebra una gran feria a la que
concurren especialmente Barranquilla y todo Bolívar. El río
tiene allí 800 metros de anchura, y mirado hacia el Sur parece
no tener límite, lo que aumenta la magnificencia del fenómeno
que presenciamos.

Nubes rosadas, rojas y púrpuras se destacan sobre el fondo


anaranjado del poniente. Este se va haciendo cada vez más ama-
rillo, cada vez más dorado, mientras el zenit resplandece todavía
con el más profundo azul. El agua, en otras ocasiones tan amari-
llenta, turbia y cenagosa, va pasando del color rosado al rojo vivo
y de este al pardo, como jamás pintor alguno pudiera imitarlo
con su pincel. Y al propio tiempo está todo tan nítidamente claro
y tan en profundo reposo, que hasta las alas de los pájaros que
revuelan sobre el río se destacan limpias y exactas. Poco a poco
van palideciendo los colores: el rojizo se torna lila; el rosa, viole-
ta, y las nubes purpúreas se hacen de un gris azulado con orlas de
oro. Otras nubes son de un blanco deslumbrador, virginalmente,
nupcialmente puras y luminosas. Al cabo de algunos minutos, todo
ha quedado ya envuelto en oscuridad, después que la solar bola de
fuego parecía querer incendiar la tierra y abrasarla. Pero por el
otro lado del horizonte se levanta ahora un nuevo resplandor.
Es el disco de la luna, ca i del mismo tamaño que el sol, pero
tenue y blanca. Se dibuja en la superficie del agua, primero
angulosa, en líneas bruscas y trémulas, hasta que, alta ya en el
cielo, queda enteramente reflejada en el río como deseosa de
tomar en él un baño confortador. Las capas superiores del aire
son todavía más claras; los verdes bosques del primer término
se vuelven azulados; las densas sombras del horizonte, más oscu-
ras y espantables. Nubecillas de plata, ligeras como la espuma,
se deslizan cielo arriba y juegan con las estrellas, cuyo brillo

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en el aire diáfano es cuatro veces más intenso que en nuestro
país. Por un breve tiempo todo permanece en calma, como si
la Naturaleza se dispusiera a entregarse al sueño; pero entonces
comienzan una vida y un movimiento, una lucha y un amor que
despiertan en el ánimo mil sentimientos distintos. El griterío
de los pájaros y el ruido que mueven otros muchos animales
llega sin cesar a nuestros oídos. El grillo hace resonar su estri-
dente música; en la lejanía lanza el jaguar su áspero rugido, y
grandes tropeles de monos aulladores llenan los bosques con sus
quejas, cuya intensidad es comparable al rodar de los truenos
en la tempestad. ¡Ah, las inolvidables noches del Trópico! ¡ Qué
diferentes de las nuestras! Aquí, quietud silenciosa, tiniebla y
frío. Allí, el inagotable tejer, crear y agitarse de todas las cria-
turas. Soplan aires tibios y nos traen balsámicos aromas. Un
inefable bienestar corre por nuestros cansados miembros, y so-
ñadoramente se hunde el espíritu en la esencia primigenia de
la Naturaleza.

Adelante, adelante sin cesar. Allí donde los retorcidos brazos


del Magdalena vuelven a juntarse, para muy pronto separarse
otra vez y formar las numerosas islas de la confluencia con el
río César, un poblado se alza sobre una colina, pequeña pero
muy perceptible en medio de la total lisura de la región. El lugar
se denomina El Banco. Se trata de una posición militar de primer
orden, pues quien domina esta altura, domina también toda la
navegación del bajo Magdalena. Por tal motivo, en toda revolu-
ción se pelea tenazmente, por ambas partes, por la posesión de
este punto. ¡Y la naturaleza es, sin embargo, tan pacífica! Muy
de lejos, refulge ya El Banco, con su iglesia, sobre la superficie
del río. Los habitantes, que acuden a la llegada del barco para
ofrecernos toda clase de esteras y tejidos semejantes, parecen
ser de un natural inofensivo y tranquilo. De cuando en cuando
se tiende en señal de paz un arco iris que llega desde el horizonte

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hasta casi la quilla del vapor. ¡Qué contrastes tan grandes en
este magnífico país !

Por un rato, las orillas no presentan ningún encanto especial,


a menos que consideremos como tal a los caimanes que a partir
de nuestro tercer día de viaje contemplan el barco, con sus ojos
saltones, desde las playas o los bancos de arena. A veces están
formando un grupo de más de una docena. Perezosos, permanecen
quietos allí con las fauces abiertas. De cuando en cuando, la
alimaña junta los dientes con un sonoro crujido. Pero las más
de las veces se adormece en prolongado sueño. Desde el barco
le envían muchas balas, pero estas rebotan en sus duras esca-
mas; solo bajo los omoplatos es vulnerable. Cuando se siente
molestado, va arrastrándose indolente y tardo hasta el agua.
Incluso cuando está mortalmente herido (por ejemplo, cuando
se le ha alcanzado en un ojo) ejecuta todavía el mismo movi-
miento, de modo mecánico, para fenecer dentro del agua. Aquí
y allá, se ve flotar uno de estos cadáveres, panza arriba, descen-
diendo por el río. Hay caimanes que miden hasta 20 pies. Sobre
la voracidad de este animal se cuentan las más curiosas historias ;
por ejemplo, la anécdota de que un caimán se tragó una vez una
olla que atascándosele en el estómago, recogía todo el alimento
hasta acabar por hambre con la bestia. La autopsia había puesto
en claro los hechos, aunque nadie dice, por supuesto, quién se
encargó de la diligencia. Una cosa es cierta: que el que cae al
agua y va río abajo, es atrapado irremediablemente por estos
monstruos. Los casos de salvación se dan solo raramente. A este
respecto se dice del caimán que prefiere la carne del blanco a
la del negro. Peligroso es sobre todo el animal que ha comido
ya carne humana (el "cebado", como los colombianos dicen) ;
ese está siempre en la playa al acecho de niños o mujeres. Por
fortuna, la hembra se come la mitad, aproximadamente, de sus
mismas crías recién salidas del huevo; una vez que ha derra-
mado por ellas las consabidas lágrimas, es para los supervi-

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vientes la más tierna de las madres. A pesar de los estragos
que hacen entre ellos los viajeros, por ser el único deporte que
muchos conocen para que resulte más corta la travesía por el
Magdalena, los caimanes siguen siendo los amos y señores de
estas aguas.
Pasamos por Bodega Central y Puerto Nacional, de donde
sale el camino para Ocaña, en Santander. Luego damos vista
a Puerto Wilches; partiendo de aquí se construyó un trayecto
de vía férrea que debía llegar hasta el interior de Santander.
Según los cálculos de los políticos, que despilfarraron millones
de francos o los emplearon en beneficio propio, ese ferrocarril
debería estar terminado hace ya mucho tiempo. Ahora, los pocos
kilómetros de vía construidos están en el más completo y lamen-
table abandono. ¡Triste cuadro el de un ferrocarril político!
La N a tu raleza vuelve a desplegar toda su magnificencia.
Los montes, sin que uno se de cuenta, van acercándose progre-
sivamente por ambos lados. El bosque virgen se hace cada vez
más alto ; grandes plantas trepadoras, de las formas más extra-
ñas y con las flores más curiosas, cuelgan sobre el agua hasta
sumergirse en ella, impidiendo mirar por entre la impenetrable
espesura. Troncos de árbol van acumulándose en el río, que
se convierte en un laberinto de innumerables ramificaciones y
meandros. Las islas, verdaderas islas de Calipso, se multiplican.
La navegación se hace más difícil.
Entre tanto, ha llegado el día de San Silvestre. Por la tarde,
a las seis y tres cuartos, el termómetro marca en el camarote
35° C ; fuera, a la sombra, 37° N os detenemos junto a un pue-
blecillo escondido entre la selva virgen, pues luego de los prime-
ros días, el viaje no puede proseguirse durante la noche. Inme-
diatamente de sonar la pitada del vapor, salen del bosque los
más variados tipos de gente, y corren a lo largo de la ribera,
que ahora se ha hecho más alta, o se acercan en ligeras canoas.

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Llegan las negras, las mulatas e indias con un andar rápido,
no exento de gracia y delicadeza, y echados hacia atrás la cabeza
y el cuerpo. Las madres llevan a sus pequeños a horcajadas
sobre las caderas. Estas gentes ofrecen a los del barco diferentes
cosas de comer, y, acurrucados en el suelo, cambian con ellos
algunas palabras, sin impertinencia ni descortesía alguna. Pero
cuando algún forastero se les dirige en mala forma, saben repli-
car con doble crudeza; luego desaparecen detrás de uno de aque-
llos magníficos árboles, y tengo la sensación de que se retiraran
a un mundo desconocido.

Se encienden teas, y a su luz temblorosa se va acarreando


leña al barco. Con García Mérou hago un recorrido por la ribera
llevando por guía a un negro. Vamos armados de largas varas
por si se nos cruza alguna serpiente en el camino ; partiéndoles
de un golpe el espinazo, ya no hay peligro. N os metemos por
una oscura senda entre plátanos, árboles que alcanzan una altura
de más de seis metros y cuyas boj as son tan grandes que en
una de ellas puede envolverse una persona. Llegamos al fin a
un claro donde hombres, mujeres y niños se hallan reunidos en
torno a una hoguera. Pronto, y ya que, después de algunas pala-
bras, se despreocupan de nosotros, comienza el currulao, danza
negra, expresiva de toda la brutal energía del boga y del zambo.
El baile se ejecuta al son de la gajta, que repite melancólica-
mente las mismas nota , y con el acompañamiento del tamboril.
Alrededor del fuego se mueven las parejas como fantasmas de
delirio, en tanto los espectadores se alzan allí inmóviles, iguales
a los troncos de una arboleda que devorasen las llamas. Pero el
bosque en torno se aparece como una negra caverna. No entraré
en la descripción de la danza, con sus salvajes movimientos, tan
pronto sensuales como lánguidos o apasionados. Aquí no se baila
con entusiasmo o con el corazón, sino con el instinto puramente
mecánico que habita la carne. Existe una profunda diferencia
entre nuestro trabajo social, apoyado en esfuerzos mentales, en

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comunes sacrificios, padecimientos y gozos, y este oscuro vege-
tar, este predominio de todas las fuerzas fisicas en el hombre,
que debe luchar contra la Naturaleza y contra un siglo de viejo
despotismo. Es un estado de barbarie, con el que solo en un
futuro lejano podrá acabarse. Consternados por aquella escena
retornamos al barco. Por mucho tiempo, no conseguí tranqui-
Hzarme. La imagen de mi patria, de mi ciudad, surgía ante mí
en aquella noche de San Silvestre, otras veces tan feliz. Escu-
chaba las campanas anunciando solemnes el Año Nuevo, las
voces del vibrante coro, felicitaciones por doquier ... Un blando
sueño cerró al fin mis ojos fatigados.
El día de Año Nuevo de 1882 transcurre lentamente. El río
está escaso de caudal y avanzamos poco; el barco tiene que ir
tanteando el rumbo. Navega a poquísima velocidad por el canal
practicable, y un marinero desde la popa va introduciendo conti-
nuamente una pértiga en el agua para medir la profundidad.
¡"Siete pies! -grita-, ¡cinco!, ¡cuatro!, ¡cinco!" ... Hasta que,
de pronto, se escucha: "¡tres!" (¡tres pies solamente!). El barco
se detiene, y debe empezar a retroceder para buscar una nueva
vía. A las cinco de la tarde tenemos ya que interrumpir la tra-
vesía y amarrar nuestro barco a una isla cubierta de alta yerba,
en medio del río. En torno, ni rastro de vida humana. N o podemos
saltar a tierra, pues las serpientes son muy peligrosas. En las
primeras horas del 2 de enero tratamos de proseguir el viaje.
Tras muchos esfuerzos inútiles, que nosotros observamos teme-
rosamente, el Capitán declara que es imposible el paso y comien-
za a buscar algún punto de la ribera junto al que podamos anclar.
Estamos en el Magdalena, dentro de nuestra calurosa cárcel,
abandonados en medio de la más absoluta desolación. No hay
más remedio.
Aquí aparece en mi diario un gran paréntesis. Cuatro días
eternamente largos duró aquel martirio, a una temperatura suge-
ridora de ideas suicidas, ¡ entre los 38 y 39° a la sombra ! Ya no sé

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bxactamente cómo pasé todo aquello; mis compañeros d~ viaje, en
particular el señor Ministro Cané, estaban del más negro humor.
Solo confusamente, recuerdo que dormí mucho, a pesar del con-
siguiente y fuerte dolor de cabeza, y que en las horas restantes
me dedicaba a leer a Shakespeare, que afortunadamente había
llevado conmigo.
Por fin, el día 6 de enero, damos vista a un barco. Es el
ligero "Francisco Montoya", de escasísimo calado y de una sola
rueda, que avanza con los pasajeros que partieron de Barran-
quilla el 31 de diciembre, o sea seis días más tarde que nosotros.
Izamos la bandera de socorro y se detiene a nuestro lado. Des-
pués de algunas negociaciones, se nos hace pasar de nuestro viejo
cajón, el "Antioquia", al rápido vapor en que vamos a seguir la
travesía. Jamás un barco me ha parecido tan magnífico como
me pareció entonces el "Montoya", ni nunca me resultó más
grato y apetecible el trato humano, tras de aquellos días de
sofoco y modorra mental en la soledad, en medio de la grandio-
sidad del trópico.
Pero el barco iba atestado de gente. Bajo una escalera hube
de montar mi campamento como me fue posible, y el aseo ma-
tutino era cada día mayor problema, ya que solo se disponía, para
todo , de un gran balde y de dos toallas sucias. Pero, a pesar de
tan mezquina toilette, me encontraba satisfecho. Los tres siguien-
tes días de viaje pasaron muy rápidamente. Se hacían descargas
contra los caimanes y los monos --estos últimos saltaban de un
árbol a otro entre muecas y graciosos movimientos- y sobre las
blancas garzas que orgullosamente se paseaban por la arena.
Teníamos charlas de lo más agradable, y yo hacía todo lo posible
por ir chapurreando el español.
Llegamos a Puerto Berrío, de donde parte un ferrocarril
hacia el interior de Antioquia. Allí tuvo que desembarcar un nor-
teamericano al que por el río había acometido la fiebre. Dificul-

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tosamente, sostenido por dos hombres, pudo llegar hasta la casa
en que quedó. N os dolió en el alma.
El río se hace ahora más estrecho: la ribera, más alta ; la
vegetación, menos exuberante; la corriente, más rápida. Hacia
el atardecer estamos en Nare, donde existe un tinglado (bodega
le llaman) para la descarga de mercancías con destino a Antio-
quia. Aquí descienden algunos de nuestros nuevos compañeros
de viaje. Con espanto los veo desaparecer en la oscura noche;
¿ a dónde se dirigirán ahora? La bodega no tiene si tio donde
pernoctar, y el insalubre pueblo de Nare está a media hora de
distancia. Ya empiezo a notar los encantos de viajar por estas
regiones ...
El domingo, 8 de enero, fue el día en que, al fin, habríamos
de superar las últimas dificultades: los tres saltos (chorros)
formados por el estrechamiento del río hasta 150 y aun hasta
125 metros, y por los arrecifes. El agua corre aquí a unos 2'4
metros por segundo. Los dos primeros saltos, uno de ellos el
peligroso Guarinó, fueron superados con relativa facilidad. En
cambio el tercero, el Mesuno, costó indecible esfuerzo. El barco
toma impulso por varias veces. No avanza lo más mínimo. Se
inyecta más vapor. En vano. El Capitán, de pie en la más alta
cubierta, la que hace de puente, grita de continuo a los maqui-
nistas que aumenten el vapor. Las válvulas de seguridad se abren
y silban inquietantemente. El barco todo tiembla y oscila y ame-
naza desvencijarse. Los pasajeros van inquietos de un lado para
otro. Muchos de ellos se han quedado muy pálidos, y con motivo,
pues a no mucha distancia de nosotros emerge del río la destro-
zada caldera de vapor de un barco que voló en una maniobra se-
mejante. Y ese barco tuvo luego varios imitadores de su salto
mortal. Ahora ha fracasado la última arrancada. El Capitán
hace arrimar el barco a la orilla y envía gente a tierra con la
misión de amarrar un recio cabo que va desde nuestra embarca-
ción hasta unos árboles situados más arriba del lugar peligroso.

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De nuevo se pone la máquina a todo vapor y al propio tiempo se
va arrollando con una máquina la cuerda, que tres hombres
mojan de continuo con baldes de agua. El chorro no resiste ya a
tanta fuerza reunida. Después de cinco minutos, largos y difíciles,
nos encontramos felizmente arriba. Resuena un potente hurra.
Todavía una hora escasa de viaje, durante la cual pasamos ante
los más hermosos palmares y bosques y ante los más lozanos
pastos (potreros) , y hemos arribado a Bodega de Bogotá, (en la
ribera derecha del Magdalena, frente a Caracoli), que constituye
el puerto de la capital. Nuestro viaje fluvial ha llegado a su tér-
mino, después de diecieseis días completos ; ¡ dieciseis días para
cubrir 209 leguas de recorrido!

Así que comenzó a refrescar algo la atmósfera, pasamos el


río y empezamos a andar por un arenoso camino que conduce a
la ciudad de Honda, situada a unos tres kilómetros aguas arriba,
a la margen izquierda del Magdalena. Allí tuvimos cordial aco-
gida por parte de algunos cónsules. Honda era punto de escala
de los conquistadores españoles; modernamente sirve para el
transbordo de numerosos productos del Tolima y de Caldas, y
es lugar de partida para el viaje por tierra a Bogotá y de embar-
que para la travesía río abajo. Edificada en un valle de gran her-
mosura, Honda mira hacia el mundo románticamente, pero con
altanería, en medio de sus palmas y cocoteros, con su aire de
vieja ciudad española, yo diría casi oriental, casi árabe. La rodean
altas cumbres cubiertas de verdor (no precisamente de bosque).
Por un puente de hierro sobre el Guali, un espumeante tributa-
rio del Magdalena, penetramos en la pequeña ciudad, situada a
210 metros sobre el nivel del mar y con una temperatura media
de 29° C. Honda, restablecida ya en parte de los estragos de los
terremotos y de las guerras, es tan fea por dentro como poética
se nos aparecía al contemplarla desde fuera. Muchos edificios con
aspecto de fortaleza nos hacen recordar que Honda fue base de
operaciones para las correrías contra los indios de la comarca.

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Otras casas se hallan medio en ruinas, muchos muros están en-
negrecidos por el humo. Viejos conventos e irregulares plazas,
torcidas calles y angostos callejones, sucios lugares de la parte
del río engendradores de la fiebre . . . todo esto impide consolidar
la buena impresión que hacen algunas casas españolas, grandes
y ventiladas, y en especial la animada Calle del Comercio. En
Honda aparece de nuevo el aguador, sentado con las piernas
cruzadas sobre su burro cargado con dos barrilitos. Las honde-
ñas, en particular las de las clases populares, son altas y esbeltas
y se distinguen por su elegante porte y gracioso andar. Los esta-
blecimientos comerciales, en los que hay bastante actividad, son
aquí también verdaderos bazares turcos. Honda, en su pujante
naturaleza, en su industrioso ajetreo, es una estampa de vida;
en sus ruinas y en su casi entera soledad es una estampa de
muerte; en toda ocasión es un contraste vivo. Cuidando de ob-
servar las reglas de la moderación y el aseo, tampoco aquí ha
de temerse demasiado el contraer unas fiebres intermitentes.

Como plaza comercial Honda tiene un buen porvenir. Casi


frente a la ciudad, el Magdalena forma el llamado Salto, un
impetuoso descenso en el que, al angostarse el río hasta los 150
metros, experimenta una caída de 9 metros y medio en un tra-
yecto de 260. La corriente se precipita entre peñascos, y en re-
tumbante estruendo desciende en cascada, torciendo allí total-
mente su curso hacia el Norte. Si se suma a esta caida la que se
produce un trecho más adelante, se alcanza un total de descenso
de 14 metros y medio en una longitud de 1.400 metros. Este salto
de Honda separa las dos regiones, por entero diferentes, del
Alto y el Bajo Magdalena. Los 1.000 kilómetros, aproximadamen-
te, que comprende el le~to Bajo Magdalena, por el que nosotros
hicimos el viaje, son de una gran riqueza tropical, si bien cons-
tituyen regiones inhóspitas. En cambio hacia el Sur, se abren
las maravillosas regiones del Alto Magdalena: llanuras, colinas,

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bosques, montañas, en la más abundante variedad de formas,
colores y climas, con una población relativamente grande de
gentes activas, bastante civilizadas, dedicadas al comercio, la
agricultura y la ganadería, y con un vivaz desarrollo y una ale-
gre vida social, semejantes en su ímpetu a los 182 ríos y 1.590
arroyos que en el Alto Magdalena desembocan. El Salto fue su-
perado por un alemán, el señor Weckbecker, hombre enérgico que
ya con la cabeza cana, remontó allí la corriente, con riesgo de su
vida, en un pequeño vapor, el "Moltke", en el año de 1875.

Ya a muy avanzada hora del domingo, regresamos al barco,


en el que íbamos a pasar la noche decimaséptima, pues los hote-
les de Honda son malos y el recién llegado se expone a coger en
ellos unas fiebres. Puesto que nuestro vapor se hallaba atracado
a la orilla opuesta, hubimos de hacernos transportar en una
canoa; pero solo con esfuerzos pudimos hallar un barquero que
estuviera dispuesto a hacer aquel recorrido en la oscuridad de
la noche a través de la rápida corriente del río. Acurrucados en
la concavidad de la canoa, sin hablar ni hacer ruido alguno, nos
deslizamos por las aguas sobre las que danzaba el reflejo de
millares de estrellas, y arribamo felizmente a la otra orilla pro-
metiéndonos no cruzar jamás el río a tan alta horas. Al llegar
a bordo, aquello era como un hospital de campaña, extendidas
por la cubierta tantas camas, con sus mosquiteros, parecía un
campamento volante o un fantasmal camposanto.

El día 9 de enero, de mañana, comenzó el viaje por tierra


para ascender hasta Bogotá. La linea directa entre Honda y la
capital tiene 95 kilómetros de longitud, pero el camino a recorrer
e de 135 kilómetros. Cabalgando necesitaríamos, pues, tres días.
Mi compañero bogotano de viaje, el señor París, había pedido
gentilmente para mí, mulas, sillas y aparejos. Después de envol-
ver todas nuestras maletas en fuerte y grosero hule, a fin de
protegerlas de los repentinos aguaceros del trópico, se puso el

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equipaje sobre las bestias de carga. Ordinariamente se cuelga a
cada flanco del animal una maleta, cuyo peso no debería rebasar
los 70 kilos.
También en Bodega de Bogotá se había construído un pe-
queño trecho de vía férrea, que un día debería alargarse hasta
la capital. Entonces estaban trabajando precisamente allí donde
las primeras alturas de la cordillera oriental se desploman abrup-
tamente hacia el río. El estrecho camino transcurría entre cas-
cote y rocas, entre piedra arenisca y tierras arcillosas. Era asom-
broso mirar la prudencia y agilidad con que nuestras cabalgadu-
ras iban salvando los obstáculos, como cabras monteses, y facili-
tando así su quehacer al poco acostumbrado jinete, que, con ad-
miración y algo de angustia, contemplaba esta modalidad de
subir y bajar vericuetos.
Hacia el mediodía almorzamos en uno de los albergues,
o ventas, que tropezábamos con frecuencia por el camino. Son
pequeñas cabañas, construidas de barro y revocadas de blanco
con cubierta de paja y amuebladas del modo más primitivo. El
almuerzo consta por lo común, en u tierra caliente", de una sopa,
casi siempre de arroz, con algo de carne salada (del tasajo, o sea
carne que ponen a secar al sol en largas tiras, para cocerla
después) y de un huevo; en el mejor caso, un bistec. Como
postre hay una taza de chocolate con un pedazo de queso blanco
que los colombianos, para sorpresa mía, van desmigando y echán.
dolo a la taza para saborearlo todo junto, como extraño bocado
agridulce. El mantel servía y sirve como servilleta para todos.
La ruta se separa ahora del Magdalena hacia el interior.
Por un llano camino arenoso, sombreado a menudo por árbole
magníficos, nos vamos acercando cada vez más a la primera
cadena de la cordillera Oriental. Pasamos el río Seco, arroyuelo
inofensivo en la época de sequía, y formidable corriente con el
tiempo de las lluvias, que a menudo hace detenerse uno :> más

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días a los viajeros porque aquí no existe puente alguno que lo
cruce. Ahora el camino comienza a ascender en cerrado zig-zag.
Piedras redondas dificultan el andar de las mulas, la silla se
desliza hacia atrás con la violenta subida. Frecuentemente el
angosto camino queda cerrado por reatas de mulas que llevan
pesadas cargas, de por lo menos 250 libras, atizadas por el
fuerte y ronco griterío de los arrieros, indios casi siempre, des-
calzos y cubiertos de polvo. Las bestias se tambalean bajo los
pesados cajones o barriles; fatigadas, se tienden aquí y allí, y
solo los despiadados golpes las hacen levantarse. El lomo de estos
animales es a menudo una gran herida abierta, pero ellos cum-
plen con su obligación, pese a la suma escasez del alimento. Con
harta frecuencia se halla el cadáver de uno de estos mártires de
los malos caminos de Colombia, allí en medio de la carretera,
pudriéndose, sin que nadie se haya tomado el trabajo de apartar
a un lado la carroña, lo que sería tanto más prudente cuanto
que las cabalgaduras se echan a galopar con sobresalto y al
pasar luego por aquel sitio, si es que no les da por hacer una
espantada y negarse a caminar. Los gallinazos son los que se
encargan del oficio de enterradores.
No solo los animales, también los seres humanos llevan aquí
terribles pesos ; indios e indias marchan apoyándose en largos
palos, curvadas las espaldas bajo su carga, sostenida sobre la
frente por medio de una recia faja de tela. Pero el más extraño
espectáculo para el extranj ero e el encuentro con una cuadrilla,
doce a dieciseis peones que transportan sobre sus hombros un
pesado objeto no desmontable, como una gran máquina o un
piano. Ciertamente, el transporte dura dos semanas enteras,
pues los cargueros tienen que descansar cada pocos minutos, de
modo que el transporte de un piano hasta Bogotá viene a costar
unos 2.000 fuertes (otros tantos dólares).
Después de varias horas de viaje, alcanzamos la altura de
la primera cresta de la cordillera, el Alto del Sargento (1.400

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metros), a lo largo del cual cabalgamos durante un rato. Uno
de los más maravillosos panoramas que jamás he visto, y que
se me quedó grabado imborrablemente, se extiende ante mis
ojos atónitos y fascinados. Delante de nosotros, la llanura del
Magdalena, que, de cierto, no se cruza en menos de quince horas,
boscosa y aparentemente inhóspita, atravesada por el río, que
desenrolla como una cinta de plata. Enfrente, abrupta, surgien-
do sin transición desde la llanura, está la Cordillera Central, y
en medio el imponente macizo del Tolima, cuya cónica cima,
cubierta de nieves perpetuas, se eleva en el aire azul hasta
5.616 metros. Junto a este macizo se ven las otras cúspides ne-
vadas, del Ruiz (5.300 metros), de Santa Isabel (5.100) y del
Herveo ( 5.590), en larga y variada sucesión. Hacia el Norte,
las azulencas y bajas montañas de Honda con sus cumbres en
cono. Al Sur, siguiendo aguas arriba, el valle del Magdalena,
una lejanía azul, plateada, fulgente, en la que el ojo, como ocu-
rre en las pampas, se pierde buscando en vano un punto de re-
poso. . . Ese punto no corresponde a la hermosura armónica,
finamente estructurada, mesurada y justa de nuestros paisajes
alpinos, a los que supera con su majestad abrumadora, con sus
fabulosas proporciones, con su pujanza gigantesca.

Por el otro lado (al Oriente) miramos hacia un ameno va-


lle, vestido de verdor, en el que se halla la ciudad de Guaduas,
que debe su nombre a los muchos bambús que crecen a lo largo
de sus ríos y demás corrientes. A eso de las seis de la tarde,
fuimos a parar al Hotel del Valle, situado a la entrada de la
pequeña ciudad. Antes de esto, mis bromistas compañeros de
viaje arrearon mi mula hasta ponerla al galope, y así pasamos
a toda carrera ante una magnífica plantación de café llamada
"Tusculum". El Hotel del Valle constituye para todo viajero
un verdadero alivio, pues la comida es sabrosa, la mesa está
limpia y adornada con flores, y las camas, si bien muy primiti-
vas, se hallan, al menos, libres de bichos.

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Guaduas posee industria propia, como, por ejemplo, fabri-
cación de sombreros de paja; tiene también casas muy limpias
y una bien construída iglesia. Es, en fin, lugar simpático, con
una temperatura muy agradable (24° C. de media), próxima a
las de la zona templada. Todo elogio es poco para la delicia de
bañarse en las claras y cristalinas aguas del pequeño río que
por allí discurre o en la piscina de alguna casa. Un gozo insu-
perable después del viaje por el Magdalena.

El segundo día, más penoso que el primero para el poco


ejercitado jinete, un pedregoso, cálido y mal camino nos llevó
hasta la segunda cadena de la Cordillera, al Alto del Raizal
(1.478 metros) desde el cual, más allá del valle de Guaduas, en
cuyo centro se asienta tan plácidamente la pequeña población,
miramos de nuevo la Cordillera Central. Luego, por un curio-
sísimo valle transversal, o mejor una depresión alargada, va-
mos hacia el Alto del Trigo (1.872 metros). Algunos años más
tarde, en este mismo lugar, vi agitarse vorazmente unos gran-
des enjambres de langostas, que allá habían llegado pese a la
altura de la montaña, considerada como un obstáculo insalvable
para esos insectos. Frente a nosotros surge de nuevo un cuadro
encantador: entre amarillas plantaciones de caña, en medio de
las cuales unas chimeneas lanzan su humo a la altura, y entre
algunos ríos festoneados de boscaje, está la pequeña ciudad de
Villeta. El llegar a ella, sin embargo, solo se logra después de
largo y trabajoso descenso. En las muchas ventas que se en-
cuentran en el camino a Villeta probamos algunas bebidas del
país, como el anisado, un aguardiente de almíbar destilado y per-
fumado con anís; se le llama también, de modo general, aguar-
diente. Degustamos además el guarapo, que se prepara de al-
míbar y azúcar de caña haciendo fermentar el líquido resultan-
te._ El guarapo ha de beberse en su punto. A pesar del sabor
refrescante y ligeramente agrio, resulta un tanto soso y no llega
a gustarme. Además, el guarapo sienta mal, frecuentemente, al

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estómago del viajero. Si está casi sin fermentar se le llama dulce;
si se encuentra en el grado justo, regular, y si la fermentación
es muy avanzada, bravo, guarapo que embriaga fácilmente. Por
pocos centavos le dan a uno una totuma llena (la totuma es co-
mo una calabaza), que va pasando de mano en mano entre los
bebedores.
A las dos de la tarde estábamos en Villeta (839 metros de
altitud). Fundada ya en 1558, esta ciudad era antes famosa
como balneario, pues posee excelentes fuentes termales de aguas
sulforosas. Pero hoy día ofrece un aspecto de bastante abando-
no y tristeza, con sus pálidos habitantes, a los que solo intrigas
y procesos son capaces de sacudir. La única cosa notable es la
gran ceiba de la plaza mayor.
Después de cruzar un puente sobre el Río N egro, se avanza
un rato valle adentro, pasando junto a hermosas ventas. Los
indios e indias que encontramos se distinguen por su tez mo-
rena menos oscura y por sus magníficos ojos negros, y las mu-
jeres, en particular, por su pelo abundante y de un negror azu-
lado, y por sus rostros verdaderamente bellos. Más tarde, el
DQmingo de Ramos de 1885, tuve ocasión de ver a estas mujeres
cuando se dirigían a la iglesia, y pude apreciar toda su gracia
y su atuendo relativamente rico.
Ahora e inicia ya la última subida por un camino, en al-
gunas porciones bien trazado, bien pavimentado y cuidado, que
se parece a una de las carreteras de nuestros pasos alpinos (por
ejemplo, el Gemmi). Pero en la mayor parte de su recorrido
este supuesto camino resulta harto deficiente, y en tiempo de
lluvias es a menudo, bastante peligroso a causa de la gran pen-
diente, y se encuentra lleno de piedras y barro y con muchas
hendiduras. Naturalmente, en tales situaciones indaga uno si
realmente sería necesario subir por los flancos de dos cordille-
ras a una tercera cade~a montañosa para ir del Magdalena a

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Bogotá. Entonces se sabe que desde la primera cadena encima
de Honda se podría abrir un camino que, pasando por crestas
transversales que unen a estos montes, alcanzara casi hasta el
mismo tercer tramo de la Cordillera Oriental. Y entonces se
entera uno también, con sorpresa y hasta con cierta indigna-
ción, de que hace ya treinta años un ingeniero francés, un tal
Poncet, trazó una carretera desde el Magdalena (bastante más
abajo de Honda y de los saltos) hasta Villeta, vía que tampoco
hubiera tenido grandes subidas, de manera que la pendiente
habría comprendido solo el trayecto de Villeta a Bogotá. Pero,
¿de qué sirven los mejores planes cuando han de enfrentarse
. con la rutina, con las costumbres viejas y con la falta de dinero
y tiempo a causa de tantas revoluciones? ¿Cuándo el Camino
Poncet, en el cual trabaja de nuevo actualmente una empresa
particular, podrá ser abierto realmente al tráfico? N o obstante,
en 1886 fue "inaugurado" el camino. Pero como entretanto se
las habían arreglado con el nuevo ferrocarril de la Dorada, cer-
ca de Honda, se continuó haciendo el recorrido por carretera
desde Honda a Bogotá. El camino Poncet está prácticamente
abandonado y parece, por ahora, no tener porvenir alguno.

Por fin, después de muy costoso ascenso, alcanzamos una


importante estribación de la última cadena de la Cordillera
Oriental. Detrás está Chimbe, en cuya sucia venta, plagada de
bichos, se nos dio sencillísima cena y muy poco agradable cama.
En este lugar hace ya fresco. Atraen la atención grandes plan-
taciones de café, con magníficas casas de campo (pertenecien-
tes a bogotanos ricos) y ganados de raza hermosa y fuerte.
Poco a poco va transformándose también la vegetación. Las
dmas más altas se hallan envueltas en niebla. Llegamos a Agua
Larga, donde han establecido una fábrica de zapatos. Numero-
::;as carretas, grandes, pesadas, chirriantes, tiradas por bueyes
encorvados bajo el yugo, se congregan aquí aguardando la mer-
cancía que han de transportar a Bogotá por la carretera (pa-

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rece ancha y bien trazada) que lleva a la capital. En la gran
posada que hace las veces de hotel tomamos un copioso desayuno.
Luego empezamos a encaramarnos hacia la última altura de
las cordilleras. Es una mañana magnífica, fresca. Empiezan a
verse desnudas rocas sobre las que aparecen robledos y pina-
res. Agua fría y clara discurre saltarina y en gran abundan-
cia. Detrás de nosotros se ve el interminable laberinto de las
cordilleras ; delante, un angosto desfiladero entre rocas. Es el
único paisaje que presenta un considerable parecido con nues-
tros paisajes de montaña suizos. Casi sin darme cuenta, de mi
pecho, finalmente libertado del calor agobiante del trópico, se
escapó un entusiástico grito de júbilo que resonó en aquellos
peñascos y produjo no poco asombro en mis compañeros de
viaje.
La subida ha sido coronada. N os hallamos en el Alto del
Roble (2.745 metros -según otros, 2.767- sobre el nivel del
mar). Un espectáculo inusitado aguarda al viajero. Ante él se
extiende una llanura gris y verde, cuya anchura equivale casi
a nueve horas de camino. Su límite oriental se halla bordeado
por una cadena montañosa, de escasa altura en apariencia. Es
la muy añorada Sabana, la altiplanicie de Bogotá, formada de
un antiguo lago andino, cubierta hoy de pastos y de campos de
;ereales y otros frutos. Solo el que ha contemplado esta llanura,
allí arriba, tan alta, escondida entre los montes andinos, en-
tiende la grandiosa impresión que hace cuando el cielo claro
ríe sobre ella, cuando el sol la ilumina y hace aparecer las cosas
tan nítidas, tan puramente delimitadas; solo ese comprende la
densación de nueva vitalidad, de frescura mental y de ligereza,
que se experimenta otra vez en nuestro pensamiento, casi ador-
mecido por los calores.
Al galope, llegamos pronto a los Manzanos, donde nos es-
pera un coche de caballos. Este nos conduce a la pequeña ciudad
de Facatativá, situada a solo media hora de distancia y que

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constituye la verdadera entrada a la Sabana. Es día de mercado,
la plaza, ante la iglesia y el hotel, se halla atestada de grupos
de gente blanca y de indios ; los vestidos que todos llevan en esta
región son ya más pesados, calientes y oscuros. En una esquina
de la plaza está la iglesia, bastante pobre y sin campanario pro-
piamente dicho, pues en su lugar figura un muro de fachada,
y las campanas cuelgan en los huecos de sus ventanas. Hoy se
construye aliado de este un nuevo templo de mampostería, pero
que se parece más a un edificio escolar que a una iglesia cató-
lica. Detrás del hotel de la plaza estaba ya entonces la estación
de la línea férrea de la Sabana, inaugurada muchos años más
tarde. El tendido de vía, sin embargo, solo se había realizado
entonces en una extensión de uno o dos kilómetros. Se ha calcu-
lado que los gastos de transporte de estos pocos raíles desde
Europa hasta las alturas de Facatativá, en parte por tan malos
caminos, encarecieron de tal manera los costos de la vía, que
por el mismo precio se podría haber hecho fundir en oro. U na
jocosa, pero significativa exageración, aunque, en todo caso, se
incluirían también las sumas disipadas entre funcionarios y em-
presa.
Afortunadamente, esta vez no tenemos que alquilar los po-
cos habitables y fríos dormitorios del hotel de Facatativá, ya
que nuestro coche sigue rodando hacia la capital del país, de
donde todavía nos separan cinco horas de viaje. Por suerte tam-
bién, la ancha y poco lisa carretera se halla seca, si bien un
tanto polvorienta, como corresponde a esta época del año. Des-
pués de dos horas de camino, brillan ya en la lejanía, con el
sol de la tarde, las torres y edificios de Bogotá, como si dentro
de muy poco rato hubiéramos de estar alli. La situación de la
ciudad, recostada en la Cordillera Central, ofrece un encanta-
dor aspecto.
Es ya noche cerrada cuando nuestro coche, el 11 de enero
de 1882, hace su entrada en Bogotá. Mi compañero de viaje, el

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señor París, me lleva por mal pavimentadas calles hasta un
hotel, me entrega allí, como se entrega un objeto, a la patrona,
de habla española, se me conduce a un pequeño y frío cuarto, y
me encuentro solo al cabo de un viaje que ha durado cincuenta
y un días.

¿Qué digo? ¿Solo? Los recuerdos de la familia y los amigos


se agitaban en torno mío. Todo lo bueno que mi patria, Suiza,
ha operado en mi espíritu y mi cuerpo, por la educación, la
cultura, sus libertades y su belleza, se me reveló entonces, por
vez primera con conciencia plena y clarísima. Y mi patria se
me apareció en una luz de transfiguración, como un cuadro de
Rafael o del Tiziano, con su armonía, la pureza de sus rasgos
y sus magistrales y equilibradas proporciones.

Raramente la coexistencia de lo viejo y lo nuevo se hace en


ocasión algun.a tan patente como en el viaje desde la costa al
interior de Colombia y hasta la altiplanicie de Bogotá. En tarv-
to que, arriba, el av·i6n cruza rápido sobre los caliginosos bos-
ques, cubriendo en pocas horas el recorrido, abajo, el V()IJJor
sigue dibujando, pausado y jadeante, las innumerables vueltas
y revueltas del río. Y hoy día, al igual que hace cuarenta años,
puede suceder que un traicionero banco de arena interrumpa el
viaje por varios días. Según los medios del viajero, son, pues,
diferentes la especie y duraci6n del desplazamiento al interior
del país. Por ello se justifica presentar por separado las diver-
sas posibilidades de viaje, porque, en efecto, apenas hay perso-
na que llegue a Bogotá en igual tiempo o de la misma forma. que
otro cualquier viajero.

El viaje por el río-La navegaci6n por el Magdalena sigue


efectuándose todavía por una considerable flota de vapores de

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escaso calado, provistos de una gran rueda de palas y que sola
en las proporciones difieren del tipo tradicional. V apares ma,.
yores, con una capacidad de hasta 400 toneladas, navegan pm·
el bajo Magdalena desde BarranquiUa a la Dorada (783 kilóme-
tros), lugar de embarque más abajo de los Chorros. Los barcos
más pequeños, que, aparte cierto-s detalles, se parecen todavía al
viejo Antioquia", suben por el alto Magdalena desde Arranca,.
11

plumas, más arriba de Honda, o desde Beltrán, hasta Girardot


(unos 100 kilómetros), y pueden transportar hasta 120 tonela-
das de carga. Los vapores para el tráfico de pasajeros pertene-
cen a varias sociedades privadas, entre las que citaremos la
Colombia Railways & Navigation Co. Ltd., así como la Campa,.
ñía Antioqueña de Transportes y la Naviera. El Gobierno tiene
por el bajo Magdalena líneas de vapores correo especiales, y
también algunas lanchas cañoneras para el mantenimiento del
orden público. Los vapores correo, que se hallan liberados del
transporte de mercancías y que, por lo tanto, pueden efectuar
la travesía en el tiempo más breve, están considerados en la ac-
tualidad como el mejor medio de comunicación para el viaje
fluvial, por razón de su rapidez y limpieza y pese al superior
precio del pasaje. Todavía, en su mayor parte, utilizan los va-
pores la combustión por leña, que, recogida por los habitantes
ribereños, se apila en determinados puntos de embarque. Pero
después de que la Tropical Oil Co. ha instalado tanques a lo
largo del río, todos los vapores modernos están acondicionados
para la combustión por petróleo, lo que para el viajero se re-
fleja en una mayor comodidad y en un nuevo ahorro de tiempo.

Hoy día existe aún l(l¡ diferencia entre el buque que se de-
tiene en todos los habituales puntos de parada, y el buque rá-
pido, que hace menos escalas y se mueve sin servirse de las dos
lanchas remolcadoras laterales, así que es ventajoso esperar en
Barranquilla la partida del u expreso" en vez de confiarse al
primer u ordinario" que salga. La instalación de los vapores, na-

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turalmente, ha hecho ciet·tos progresos: luz eléctrica, · baños, dis-
posit'ivos de ventilación, camarotes con ventanas protegidas
contra los mosquitos por medio de tela metálica. En cambio
persiste el uso de que el viajero aporte su propia ropa de ca-
ma; y en lo tocante a la limpieza del servicio y a la calidad de
los alimentos, las opiniones, con razón, se hallan divididas.

El que desee contemplar de cerca la vida y movimiento del


Magdalena, debería preferir el pintoresco viaje fluvial. El ob-
servador se dará cuenta, con asombro, de lo poco que han va-
riado en general las circunstancias. Ciertamente, los puntos de
embarque de Calamar, M ompós y El Banco deben de presentar
ahora un tráfico más intenso, pero mayor interés reclama Ga-
marra (Puerto Nacional), desde donde partirá un funicular
aéreo, ahora en construcción, hasta Ocaña, en la Cordillera
Oriental. El funicular servirá para el transporte de pasaieros y
carga. Y hay el proyecto d€ prolongar pronto la instalación so-
bre la cordillera hasta Cúcuta, con el fin de que el Departamen-
to de Santander del Norte, que ahora debe enviar sus productos
a través de territorio venezolano por el Golfo de Maracaibo,
pueda establece1· contacto con la red colombiana de comunica-
ciones. El Gobierno impulsa esta empresa, también por razones
de índole militar, para garantizar el enlace entre las diferentes
regiones del país.

Lo mismo que el Departamento de Santander del Norte,


Santander del Sur, con su capital, Bucaramanga ( 1.020 me-
tros), reclama imperiosamente una mejor comunicación con el
Magdalena. Por eso se reanudaron en 1922 los trabaios, comen-
zados hace cuarenta años y paralizados luego en la selva vir-
gen, del ferrocarril de Puet·to Wilches hacia el interior. Pero
este plan parece hallarse en desgracia, pues, pese a la inversión
de más de 10 millones de pesos oro, la línea solo ha progresado
unos 60 kilómetros por el valle del Magdalena, bastante llano,

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hasta el 1·ío Lebt-ija por Puerto Santos, habiéndose comenzado
solo ah<Yra la subida hacia el macizo montañoso de Bucaraman-
ga. El dinero gastado no está, de ningún modo, en relación con
el trabajo realizado hasta la fecha.
Al tercero o cuarto día, el viajero queda prendado de la
factoría not·teamericana de Barranca-Bermeja, donde formida-
bles instalaciones de depósito reciben el petróleo obtenido más
hacia el inte1-ior. En Barranca-BermeJ·a se han explotado por
p-rimera vez en gran escala las riquezas petrolíferas de Colo?n-
bia, al parecer 1nuy importantes, y de aquí pa-rte también un con-
ducto (pipe-line) de más de 600 kilómetros hasta el puerto de
Cartagena, lo que permite proveer directamente de petróleo crudo
a los vapores de altura. BatYanca-Bermeja, sin emba-rgo, pro-
porciona también la convicción de que no son solo beneficios lo
que la posesión de petróleo acarrea a un país. Apenas si en Co-
lombia existe otra región en que las luchas económicas revistan
caracteres tan agudos y amenazadores como allí, donde, por lo
demás, hace sus primeros ensayos de poder el partido socialista-
comunista, que acaba de surgir en el país. Por otra parte hay
que admitir que en Barranca-Bermeja, de modo parecido a la
Zona del Ca-nal de Panamá, los nortea.mericanos han establecido
colonias ejemplares por su const1'UCci6n y su limpieza. Los fun-
cionarios habitan en lindos bungalows, y también los obreros
auxiliares indígenas disfrutan de satisfactorias condiciones en
cuanto a viviendas y hospitales.
A un día de viaje agu.as arriba se halla Puerto Berrío, don-
de conecta con el río Magdalena todo el tráfico procedente ie
la activa provincia de Antioquia. De Puerto Berrío parte el Fe-
rrocarril de Antioquia, que, pasando por Cisneros y la Quiebra,
lleva a Medellín, en importancia la segunda ciudad de Colombia.
La Quiebra es una alta y abrupta cresta montañosa, que, levan-
tándose en rápida subida, interrumpe la vía a mitad de su re-
corrido y determina que mercancías y viajeros hayan de ser

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traru;portados por la carretera de montaña a ese efecto coru;-
truída y que se caracteriza por sus muy numerosas curvas. El
transporte se hace con mulas, cabaUos o automóviles. Una com-
pañia constructora canadiense trabaja ahora en la excavación
de un túnel a través de la Quiebra, empresa cuyas dificultades
técnicas fueron presentadas durante años -con determinada
intención, por supuesto- como extraordinariamente grandes.
Cuando toda una comarca vive del tráfico por un paso de mon-
taña, no puede esperarse allí un gran entusiasmo por la cons-
trucción del túnel. Puerto Berrío fue arrasado totalmente por
un incendio el año 1927, y al reconstruirlo se ha convertido en
una población limpia y sana; nadie reconocería hoy el célebre
foco de fiebres que constituyó antaño. Un buen hotel edificado
.sobre una pequeña altura da aquí testimonio del conocido espí-
ritu emprendedor de los antioqueños.

Después de Puerto Berrío siguen horas y días, de navega-


ción sin que apenas una plantación o un poblado interrumpa la
zona de selva virgen que bordea el río. Allí donde finalmente
las montañas se van aproximando, y donde las peñas compri-
men el curso de las aguas, termina ante los saltos de Honda la
travesía por el bajo Magdalena. Una línea férrea ha esquivado
los anteriores riesgo·s de los bancos de 'tocas, pues el tren lleva
ahora desde la Dorada, a lo largo de los saltos y por delante de
Honda, hasta Beltrán, donde comienza la navegación por el alto
Magdalena. El viaje de varias horas en tren, en medio del calor
abrasador del valle de Honda, es temido por todos, pero no lo
es menos la travesía en vapor, peligrosa aunque romántica, que
constituyen los100 kilómetros de Beltrán a Girardot. Nadie com-
prende tampoco por qué el ferrocarril de Bogotá al Magdalena,
al fin ya construido, no tuvo como terminal a Honda o algún
otro lugar más al Norte. Por supuesto, Girardot es un impor-
tante mercado y punto central de una de las grandes zonas ca-
feteras, más, para enlace entre la costa y Bogotá, se encuentra

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demasiado al Sur. Las razones de habérsele elegido como punto
de transbordo para el tráfico hacia la Sabana apenas sí podrían
explicarse del todo.

El alto Magdalena, con su impetuosa corriente y su varia-


ble nivel, se encuentra tan lleno de dificultades que la navega-
ción se paraliza, a menudo, durante semanas enteras, con lo que
se originan eno'rmes pérdidas al comercio, y se acaba por mal-
decir la elección de esa vía de tráfico. Verdadero remedio sería
solamente una carretera o un ferrocarril que hiciera innecesa-
ria la navegación por el alto Magdalena. Estas esperanzas no
las colma todavía, desgraciadamente, una carretera que se ka
construído desde Facatativá, en el límite de la Sabana hasta
Cambao, en el alto Magdalena, toda vez que esa vía se acaba de
pronto al llegar al río, y sin puente alguno. Pero pronto se la
piensa prolongar hasta Honda a lo largo de la orilla derecha.

De un tiempo a esta pm·te e ha ido creando la costumbre


de evitar el viaje en vapor po1· el alto Magdalena, y así se toma
un coche de alq'uil ?' que le lleva a uno desde B elt1·án hasta la
pequeña ciudad de lb agué ( 1.250 m.), en la falda de la Cordi-
llera Central. Si se llega en t1'en a Beltrán hacia el mediodía, a
la noche se debería de estar ya en Ibagué. Desde aquí se va a
Girardot en el f en·ocarril del Tolima; el viaje dura medio día
!J se tiene ocasión de cont mplar 1nuy bellos paisajes.

El viejo cam,ino que sube de Honda a la Sabana pasando


por Guaduas y Villeta., adquiere excepcionalmente una redoblada .
importancia cuando se trata de lleva1· rápidamente a Bogotá,
sin reparar en costos, artículos valiosos e imprescindibles, y al
no poder realizarse el transporte por Girardot a causa de la
acumulación de mercancías, dificultad que allí es crónica, o por
motivo del inconveniente nivel de las aguas en el alto Magda-
lena.

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·El viaje en avión. Lo que hoy nos parece algo casi obvio,
et·a cosa que hace todavía pocos años resultaba una temeridad:
la utilización del aeroplano para superar todas las dificultades
y molestias en un viaje fluvial desde la costa al interior. La
magnitud de esas dificultades, que se estaba acostumbrando a
aceptar como cosa inmodificable, puede explicar, sin duda, por
qué el tráfico aéreo tropezó al principio con serios reparos. Y,
sin embargo, hubo de reconocerse que el avión era superior a
los demás medios de comunicación precisamente allí donde fal-
tan can·eteras y ferro carriles, siendo necesario además salvar
largas distancias. Tanto más es, pues, de valorar como un alto
hecho cultural el que algunas destacadas personalidades de la
colonia alemana en Colombia, y en primer lugar el explorador
y geógrafo austriaco doctor P. von Bauer, hicieran suya en Bo-
gotá, y en fecha muy temprana, la idea de poner el avión, con
carácter regular, al servicio del desarrollo económico de Colom-
bia. Así fue fundada en 1920 la HSociedad Colombo-Alemana
de Transp01·tes Aéreos" (en abreviatura, según las iniciales,
"Scadta") que quiso realizar como sociedad privada lo que ahora
los colombianos reivindican como un logro nacional.

La audacia de tal empresa es tanto -más notable cuanto que


entonces no se contaba con experiencia sobre las condiciones
atmosféricas en las regiones tropicales, teniendo que adaptarse
los aviones poco a poco a las especiales circunstancias de Co-
lombia. Desde un principio, los fundadores entendieron que ante
todo habían de crea1· confianza en el nuevo medio de transporte
y ganar de este modo al público. Por ello establecieron como
directiva máxima la seguridad y garantía en el servicio de vue-
los. Estos principios, sin duda, eran decisivos desde el momento
mismo de elegir el tipo de los aparatos, pues en una zona fluvial
apenas habitada, y cubierta en su mayor parte por selva virgen,
solo los hidroplanos podrían descender con seguridad en todos
los casos sobre el Magdalena. Sin embargo, la "Scadta" hubo

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de · renunciar a la comunicación aérea directa entre la· costa y
Bogotá, debido a que en la Sabana faltan las adecuadas exten-
siones de agua. Pero los pasajeros, en cambio, se libran así de
las imprevisibles corrientes de aire que se soportan al subir de
la depresión tropical a la fría altiplanicie. Por razones de segu-
ridad, la compañía ha elegido, pues, el Magdalena como eje de
su red de tráfico, estableciendo en principio una línea que sigue
el curso del río desde Barranquilla a Girardot, y más al Sur
hasta N eiva. Partiendo de esta línea central, se enlaza en la
costa con líneas secundarias de hidroav~ones. {lJ CartageruJJ y
Santa Marta. Más arriba, una sociedad aparte, "Cosada", esta-
blece la comunicación entre Puerto Wilches y la región monta-
ñosa de Bucaramanga, mientras que M edellín y Bogotá se al-
canzan desde Puerto Berrío y desde Girardot, respectivamente,
con el ordinario y breve viaje en ferrocarril. Esta red de tráfico
de la "Scadta" se mantuvo invariable durante los primeros años,
pero pronto empezó a producirse un inesperado desarrollo en
cuanto a la frecuencia del servicio. En seis años se ha centupli-
cado el núme·ro de los kilómetros de vuelo (en 1920, 1,.325 kiló-
metros, y en 1926, 1,86.337) y desde entonces ha seguido aumen-
tando. En luga1~ de los vuelos semanales, lo usual al principio,
hoy apenas se da abasto con un vuelo diario. Pero todavía más
asombroso es el desarrollo del servicio postal aéreo. Por medio
de la "Scadta" el correo es llevado en brevísimo tiempo desde la
costa al interior, de modo que el tiempo de recorrido de las car-
tas de Europa con destino a Bogotá se ha reducido ya a tres
semanas. Las ventajas de este ahorro de tiempo son tan eviden-
tes, que el mundo de los negocios se sirve de continuo de las
comunicaciones aeropostales. Al lado de esto hay que anotar
que existe un departamento científico de la "Scadta" para la
medición topográfica, proporcionando tomas fotogramétricas
para trabajos cartográficos sobre zonas fronterizas inaccesibles,
concesiones petroleras, etc.

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Ultimamente, la u Sociedad Colo'n'ltbo'"'Alemana de Transpor-
tes Aéreos" ha ampliado 1nucho su campo de acción, y aún así
no se han agotado las posibilidades de su tarea de avanzada.
Tras audaces vuelos de pruebas sobre la Cordillera Central, se
estudió un posible enlace del Atlántico y el Pacífico, y en 1927
se inauguró, con el nombre de u Servicio interoceánico", la línea
regular entre Barranquilla y el pue'rto de Buenaventura. Con
ello, en este último punto obtuvo conexión con el tráfico aéreo
el fértil y pujante Valle del Cauca (con su capital comercial,
Cali). Después de breve pausa, se produjo otro avance hacia el
Sur: la ampliación de la línea citada, a través de Tumaco y al-
gunas etapas intermedias, hasta Guayaquil, puerto de acceso al
Ecuador; como consecuencia natural, ahora se ha convertido ya
en un hecho la comunicación aérea con el Perú. Hace poco, los
norteamericanos han concedido permiso para el aterrizaje de
aviones en la Zona del Canal, concretamente en Cristóbal-Colón,
de modo que en la actualidad la u Scadta" sirve ya a las cuatro
repúblicas, Colombia, Ecuador, Panamá y Perú. Esta amplia-
ción del radio de actividades hi zo pat·ecer oportuno, por lo to-
cante al exterior, una modificación del nomb're de la compañía.
En homenaje al común héroe nacional de estas 'repúblicas, el
Libertadot· Simón Bolíva1·, el nuevo servicio fue bautizado como
"Servicio Bolivariano de T1·ansportes Aéreos" e inaugurado so-
lemnemen te a principios del año 1929.

La compañía, declat·ada por el Gobierno empresa pa-ra el


fomento del bienestar público, ha dotado al país, ?"'ealmente, del
medio de comunicación que inicialmente ayudara a superar las
grandes distancias y a olvidar por algún tiempo la escasez de
carreteras y ferrocarriles. El avión, con sus amplias posibilida-
des de desarrollo, sabrá con ervar, sin duda, la ventaja que ya
lleva por delante, aunque en Colombia, con la p'rogresiva mejora
del país, se lleguen a difundir más tarde los medios tradiciona-
les de transporte.

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Cuando, viajando de la costa al interior, queda al fin cu-
bierto el largo recorrido fluvial o se acaba la travesía aérea y
hemos llegado ya a Girardot, cabe acariciar la grata esperanza
de arribar a Bogotá por ter1·ocarril en viaje directo. La línea
de Girardot a la capital pasando por Facatativá, construída en
principio po1· una compañía inglesa, fue comprada luego por
Colombia y ahora funciona como servicio del Estado. El tren,
en recorrido pintoresco por dilatados valles, nos conduce prime-
ro hasta la estación climática de Juntas de Apulo, donde el Go-
bierno mantiene un buen hoteL La línea sigue luego el curso del
río Apulo, monte arriba, para alcanzar después de unas horas,
a 1.800 metros de altitud, La Esperanza, lugar de cura de aires.
En la temperatura de tierra templada buscan preferentemente
su descanso los bogotanos, ya sea en el buen hotel de La Espe-
ranza o en sus lindas y agradables casas de campo. Se recomien-
da intercalar en el viaje un día de reposo en La Esperanza para
adaptar paulatinamente la actividad del corazón a la distinta
presión atmosférica y tomat· nuevos alientos con la limpieza y
excelentes atenciones de aquel sitio. Aquí también convendría
sustituír los vestidos tropicales po1· la ropa de lana, para al día
siguiente no llegar desprevenido a Bogotá, que es lugar fresco,
y, a menudo, trio.

El tren, después de un trayecto a'rticulado en numerosas


curvas, corona ya la altura de los montes que bordean la Saba-
na, a más de 2.700 metros; luego se precipita hacia Facatativá
y recorre los últimos 40 kilómetros que median hasta la capital,
atravesando en línea recta la altiplanicie.

La impresión que, con su marcada unidad, produce hoy to-


davía esta verde llanu1·a en el viajero que asciende de la profun-
didad tropical, no ha perdido nada de su original grandeza, y
se comprende bien al bogotano que no sabe encontrar en el mun-
do entero nada comparable a la visión de su Sabana.

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3. -COLOMBIA Y SU CAPITAL

El extranjero que, después de un largo y costoso viaje,


llega a la Sabana de Bogotá experimenta, antes que todo, una
justificada sorpresa. Se ha dicho con acierto que la impresión
que recibe una persona en tales circunstancias debe de parecerse
a lo que se sentiría al pasar rapidísimamente de una selva del
centro de Africa a una llanura de la N ormandía. ¿Cómo es
posible que tan penosos caminos conduzcan a una de las más
importantes ciudades de Suramérica, donde habitan tantas per-
sonas ricas y cultas y donde se acumulan tantos capitales y
tantos tesoros del espíritu? Ya en esto se muestra que Colombia
es un país de violentos contrastes. Estos contrastes se hacen
visibles en su misma configuración física, en las variedades cli-
máticas, en las diferencias raciales, en su desarrollo etnográ-
fico y político.

Antes de entrar en la descripción de la capital, incluiremos


aquí algunas referencias geográficas de carácter general que
parecen convenientes para la comprensión de lo que ha de se-
guir. No se entienda por ello que este libro tiene el propósito
de reunir toda clase de datos sacados de las obras científicas
sobre el país para ofrecérselos al lector. Este, más bien, habrá
de ampliar sus conocimientos acerca de Colombia sin más que
seguir nuestras correrías, observar con nosotros y compartir

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nuestras propias experiencias. Valgan las indicaciones que si-
guen como mera preparación de estas excursiones.

La República de Colombia se halla muy favorablemente


situada, entre el Atlántico y el Pacífico, en el extremo Noroeste
de Suramérica. Por el Este, Sudeste y Sur limita con Venezuela,
Brasil, Perú y Ecuador. Colombia comprende un territorio de
1.283.400 kilómetros cuadrados (Justus Perthes, 1926), con un
perímetro de 9.915 kilómetros. Este territorio es, pues, unas
dos veces y media mayor que Francia, veintitrés mayor que
Suiza y cuarenta mayor que Bélgica. La longitud del litoral
atlántico, incluído el Golfo del Darién, es de 2.252 kilómetros,
y la del litoral pacífico alcanza los 2.595 kilómetros. Al país
corresponden además una serie de islas con una superficie total
de 6.525 kilómetros cuadrados.

Toda la configuración de Colombia está condicionada por


la. peculiar estructura de sus montañas, especialmente por las
cordilleras, o Andes, si prescindimos del macizo, completamente
aislado, de la Sierra Nevada de Santa Marta, junto a la costa
del Atlántico. Partiendo del Sur, desde Ecuador, estos Andes
avanzan hacia Colombia en dos cadenas, que en la meseta de
Pasto se aproximan mucho entre sí, pero sin llegar a unirse,
por lo que resulta inexacto haber hablado de Pasto como de
un único nudo montañoso, el San Gotardo andino. Y como ade-
más la cordillera Oriental de las dos citadas vuelve a bifurcarse
algo más al Norte, en el Páramo de las Papas ( 4.400 metros de
altitud, donde las papas crecen espontáneamente), para Colom-
bia se da una tripartición de los Andes en forma de abanico.
La más occidental de estas tres cordilleras, separada del Pací-
fico por los valles de los ríos San Juan y Atrato, va a morir
en el Norte, al borde del golfo del Darién. Las montañas que
rodean este golfo, al igual que las alturas del istmo de Panamá,
no pertenecen ya a esa cadena, sino que se trata de sistemas

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aislados. La cordillera Central es la más enorme y la más rica
en metales; ella presenta las más altas cumbres, como son los
volcanes de Puracé (4.900 metros) y Huila (5.700 metros) y la
cima que ya admiramos cuando nuestra subida por Honda. Esta
cordillera atraviesa el Estado de Antioquia y se pierde en el
Estado litoral de Bolívar. Por último, la cordillera Oriental es
la única que presenta el sistema de las altiplanicies (entre ellas,
la de Bogotá), por partirse en el nudo de Sumapaz (4.560 metros)
y ramificarse luego, en especial en el Estado de Santander. Más
al Norte, una parte de esa cordillera separa al l\1:agdalena del
valle del Zulia y la zona de la Bahía de Maracaibo, y se pierde
en la península de la Goajira; otra parte avanza en dirección a
Venezuela, en la que se introduce profundamente. La cordillera
Oriental es la más salubre y también la más poblada. En ella
se levantan montes verdaderamente gigantescos. Así, según
algunos, la Sierra N evada del Cocuy o Chita sería la montaña
más elevada de Colombia.

Los Andes, casi por todas partes, atesoran metales diversos


(hierro, cobre, plomo, etc.) ; especialmente grandes son las minas
de oro y plata, en particular en el Estado de Antioquia. Pero
falta mucho aún hasta que esas minas sean explotadas por me-
dio de la maquinaria más perfeccionada, que aplica la moderna
técnica. Dignas de mención son todavía las minas de esmeraldas
de Muzo (Departamento de Boyacá), las más importantes del
mundo.

Las aguas cuyo curso determinan esas formaciones monta-


ñosas vierten en parte en el océano Pacifico --son unos pocos
ríos, como el San Juan y el Patía- y en parte en el Atlántico.
Cierto que algunos de los ríos que corren en dirección Norte
no van a desaguar en el mismo Atlántico, sino al Golfo de México
o al Mar de las Antillas. Ejemplo de esto, aparte del caudaloso
Atrato es el Magdalena, con su gran afluente, el Cauca --enea-

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jado este último entre la cordillera Occidental y la Central, pro-
fundamente incrustado el primero entre la Central y la Orien-
tal-. Esta cordillera Oriental separa también el territorio an-
dino de las inmensas extensiones de los Llanos o pampas, por
donde se reparten la cuenca del Orinoco con sus afluentes princi-
pales, el Apure, el Arauca, el Meta y el Guaviare, y la del Ama-
zónas con sus tributarios, Río Negro, Caquetá o Yupura y Napo.
Esta red fluvial es extraordinariamente rica; las cuencas del
Orinoco y el Amazonas llegan a unirse, incluso, en la frontera
de Colombia, por medio del Casiquiare.
Condicionada por esta articulación orográfica e hidrográ-
fica, la distribución del país se ha calculado como sigue: 805.640
kilómetros cuadrados, o sea casi dos tercios de la superficie
total, corresponden a los Llanos; 408.875, o sea casi un tercio,
constituyen terreno montañoso, con clima variable; 32.700 son
las altiplanicies propiamente dichas; 24.600, las montañas frías
e inhóspitas, o páramos; 52.685, lagos, lagunas y pantanos.
La situación ecuatorial del país, unida a la presencia de
tan enormes cadenas montañosas cubiertas de nieves perpetuas,
determina las más diversas gamas de posibilidades climáticas.
Según las altitudes, predomina el paisaje tropical o el de mon-
taña. Si bien las circunstancias locales de cada sitio dificultan
realmente la división, se han distinguido tres grandes regiones:
la región alta y fría (Tierra fría); la región media y de mode-
rada temperatura (Tierra templada), y la región baja y cálida
(Tierra caliente).
Esta región tropical, que comprende las tierras de hasta
1.000 metros de altitud y cuya temperatura oscila entre los 23°
y 30° C., pero que a veces, especialmente en los Llanos, se eleva
por encima de ese límite, la conocimos ya al realizar el viaje
por el Magdalena, Aquí crecen las enormes palmeras, los gran-
des bananos, los mangos, la caña, el tabaco ; aquí se cultiva el

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mejor maíz y el mejor arroz, el índigo, el algodón, el caucho, el
marfil vegetal, la vainilla, las especies nobles y útiles de ceiba,
higuerón, caracolí, guayacán, cumulá, los cedros ... ; todos estos
árboles se presentan rodeados por monstruosas lianas, formando
un conjunto abigarrado y revuelto. Aquí se encuentran también
gran cantidad de plantas medicinales: la zarzaparrilla, el bálsamo
de copaiba, el bálsamo de Tolú, la ipecacuana ... Esta zona es
el país de las selvas vírgenes, de las grandes plantaciones y pa -
tos, de los bellos naranjos y limoneros.
A la segunda región, la central, corresponden todas las co-
marcas que están, poco más o menos, a una altura entre 1.000
y 2.300 metros, o sea que se encuentran principalmente en las
vertientes de las cordilleras. La temperatura media es de 17° a
23° C. En esta tierra templada, parecida a Italia, el clima es suave
y uniforme, sano y tonificante. Se asemeja algo al que reina
entre nosotros hacia fines da mayo, cuando el año es cálido y
hace bueno. En dicha zona media el cielo es radiante y el aire
está saturado de los aromas de los frutales. Una rica flora,
que incluye las orquídeas, nos llena de embeleso. Aquí encontra-
mos los grandes helechos, la quinquina o árbol de la quina. En
lugar de la papa o patata, se come la arracacha (algo entre nabo
y zanahoria), y en vez de los cereales, la yuca. Esta zona es la
patria del café, de la caña de azúcar, de la batata, del maíz blan-
co, de la especie de banana llamada .p látano guineo. Caracterís-
ticos de aquí son los grandes bambúes (guaduas).
Si avanzamos aún más hacia la altura, llegamos a la tercera
zona, a tierra fría, que abarca en Colombia las partes del país
comprendidas entre los 2.300 y los 4.300 metros. La temperatura
media va aquí de los 5° a los 15° C. La Sabana de Bogotá es un
ejemplo típico de la llamada tierra fría. Aquí reina una eterna
prima vera; los días se parecen a los nuestros, tan magníficos,
del tiempo fresco a principios de abril o de octubre. Aunque el
cielo no resplandezca, está en todo caso, transparente y claro.

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Pero a veces ascienden de los valles vientos fríos y húmedos y
las nieblas se deslizan a lo largo de las crestas montañosas. Esta
zona es particularmente rica en plantas herbáceas y legumino-
sas, traídas aquí por los conquistadores españoles. Es el país
clásico de la papa o patata, que en 1563 fue llevada a Europa
por el inglés Hawkins. Aquí crecen el trigo, la cebada, la avena,
la alfalfa, el trébol. . . Aquí florecen las· rosas, los lirios, los
claveles, las violetas, los geranios. . . Aquí se hallan también en
su ambiente los sauces (salix Humboldtii), los nogales, los cere-
zos, los manzanos y los melocotoneros.

Pero ya a una altura de 3.000 metros resultan raras las


plantas que hemos citado. En las comarcas despobladas de hom-
bres, en las que solo habitan las tempestades, surgen tan solo
pequeños helechos, líquenes, achicorias enanas, y esa planta de
extraña forma, de la que se extrae trementina y que llaman
frailejón. A los 4.300 metros de altitud se acaba toda clase de
vegetación. Pero hasta los 4. 700 o 4.800 metros, o sea por encima
de nuestros altivos Alpes, no comienza el límite de las nieves,
el cual dominan algunos majestuosos gigantes de las cordilleras
Central y Oriental. Sobt·e el blanco sudario de estos paisajes
tropicales de montaña, solo el cóndor flota audaz en los aires.

Por lo que toca a las excelencias o desventajas del clima de


las diferentes regiones, y también en cuanto a las distintas en-
fermedades endémicas, queremos guardarnos de generalizar en
demasía, y así traeremos solo nuestras observaciones con refe-
rencia a las descripciones de los puntos y comarcas que visita-
mos. De un modo amplio puede decirse, sin embargo, que el
país es sano allí donde el hombre lo ha hecho sano mediante su
trabajo y civilización. Regiones propiamente insalubres, peligro-
sas en tal sentido, solo las hay en Colombia en el Chocó, en la
porción septentrional del valle del Magdalena, en el Estado de
Bolívar y en los Llanos.

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Como es natural, la mayor o menor protección del hombre
contra las enfermedades depende también, en gran parte, de las
estaciones del año. En los textos escolares se suele simplificar
mucho este capítulo de la Geografía cuando se escribe que en
Colombia alternan, y ello dos veces al año, dos estaciones: el
tiempo seco y el de lluvias. El verano reinaría en los meses de
diciembre, enero y febrero, y luego otra vez en junio, julio y
agosto; el invierno o estación lluviosa sería durante marzo, abril
y mayo, y después en septiembre, octubre y noviembre. Ni si-
quiera ese relevo de verano e invierno es, en modo alguno, cosa
de tanta regularidad. Según veremos, existen regiones, como los
Llanos, donde llueve mucho más de seis meses al año ; y por el
contrario, hay comarcas que son relativamente secas durante el
tiempo considerado como lluvioso. Hasta en un mismo y deter-
minado lugar se producen grandes oscilaciones y desplazamientos
de las estaciones del año.
La población de este enorme territorio llega solo a unos
ocho millones. Pero hay que considerar que, de toda la extensión
del país, solo un tercio, aproximadamente, se halla más o menos
habitado y cultivado ; casi un millón de kilómetros cuadrados son
tierra deshabitada y baldía. Así acontece que algunos lugares
tienen tanta densidad de población como Francia, que la mayor
parte de los habitantes se reparten entre los 800 y los 2.800
metros de altitud, en tanto que grandes superficies, en especial
las depresiones, están cubiertas de selva.
La población se compone de tre razas y us diferente
mezclas. Las razas son:
La americana o india, cuyo origen se busca en el propio
continente o también en la raza chino-mongólica. Estos aborí-
genes constituyen del 30 al 35 por ciento de la población total
y se encuentran principalmente en las altiplanicies y en las faldas
de las cordilleras. La mayor parte de ellos están civilizados ;

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solo 200.000 indios viven en estado de primitividad y son los
salvajes de los llanos, de las llanuras pantanosas del Chocó, al
Norte, en los valles del Atrato y en torno al Golfo del Darién,
y, por último, en la península de la Goajira.

El segundo lugar corresponde a la raza negra. Los negros,


traídos de Africa como esclavos a principios del siglo XVI para
realizar en minas y plantaciones los trabajos que resultaban
insanos para los indios, representan aproximadamente una dé-
cima parte de la población del país y se hallan en las depresiones
y en las regjones más cálidas, en la costa y en las riberas de
los ríos.
La tercera raza, finalmente, son los blancos, o sea los euro-
peos inmigrados desde la Conquista, especialmente españoles y
sus descendientes. Como falta toda estadística sobre la cifra
de los inmigrantes (y más aún de las mujeres europeas llegadas
al continente, si bien el número será relativamente bajo), y
como también muchos españoles regresaron a su patria después
de enriquecerse, no es posible determinar con certidumbre la
proporción numérica de la raza blanca. En todo caso, existe mu-
cha menos población blanca pura de lo que el orgullo de los
colombianos quiere admitir. Algunos suponen tan solo un 5 por
ciento, aproximadamente, del total de los habitantes. De seguro
que el cálculo es bastante alto cuando se estima en una décima
parte de la población el número de los criollos, o sea la gente
de pura ascendencia europea, pero nacida en América. Tampoco
hay que pasar por alto a este respecto que los inmigrantes eran
asimismo muy diversos en cuanto a su origen y carácter. Los
mismos españoles no son en absoluto una raza unitaria. Sangre
árabe y judía se mezcló a la base étnica, especialmente en el
centro y sur de España, y, por lo demás, andaluces, castellanos,
aragoneses, catalanes, vascos, navarros, gallegos. . . son tipos
fundamentalmente distintos.

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El resto de los habitantes, del 45 al 50 por ciento, está inte-
grado por la población de mestizaje: · mulatos, mezcla de raza
blanca y negra; mestizos, de raza blanca e india, y zambos, de
raza negra e india. Los más numerosos, naturalmente, son los
mestizos.
Ya disponemos, pues, del marco de generalidades en el que
puede aparecer con claridad la imagen de la situación, del aspec-
to exterior y de la vida de la capital, Bogotá.
Fundada en 1538 por uno de los conquistadores españoles,
Quesada -sobre esta admirable fundación volveremos más ade-
lante-, la ciudad, ya en 1540, recibió de Carlos V su fuero
urbano con el título de "Muy noble, muy leal y más antigua",
así como el nombre de Santa Fe de Bogotá, este último en
recuerdo del lugar de recreo de los Zipas, jefes de los chibchas,
o sea los aborígenes, y que se llamó Bacatá ("Límite extremo
de los campos"?) Después de ciento treinta y cinco años, Bogotá
tenía 3.000 habitantes, y solo en 1797 alcanzaría la cifra de
17.000. Pero en 1881, una guía directorio calculaba la población
en 84.000, repartida en 39.000 hombres y 45.000 mujeres. Según
el último censo, 1929, los habitantes eran ya 224.000.
Bogotá se halla a 4° 36' 6" de latitud Norte y a 67° 34' 8"
de longitud Este del meridiano de París. La diferencia entre
Bogotá y París es de cinco horas, seis minutos y diecisiete
segundos. Bogotá es la capital de la República y, al propio tiem-
po, del Estado de Cundinamarca. Este último nombre, de origen
indio, parece significar "región alta donde impera el cóndor o
el águila". De este modo quisieron los habitantes primitivos
designar a los conquistadores la Sabana de Bogotá y el imperio
de los chibchas. Bogotá es además sede archiepiscopal. La ciudad
se halla a una altura de 2.611 a 2.700 metros sobre el nivel del
mar, o sea unos 300 metros más alta que el Niesen, en los
Alpes Berneses. La temperatura media de 13°C. La máxima, 22°;

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la m1n1ma, 6°. Solo excepcionalmente desciende el termómetro
a cero grados y el agua se condensa un poquito. Las chimeneas,
por ello, no son necesarias en Bogotá.

Hacia el Oeste se extiende la ancha Sabana. Bogotá, pegada


a la cordillera Oriental de los Andes, que la separa de los Llanos,
de la cuenca del Meta y Orinoco, se extiende principalmente
hacia el Norte y el Sur. Sobre Bogotá la cordillera parece hacerse
más compacta y más elevada; allí se forman cortos valles trans-
versales y depresiones, de los que salen cuatro torrentes que
atraviesan o bordean la ciudad: los ríos de Fucha, San Agustín,
San Francisco y del Arzobispo. Sobre estos ríos o torrentes, que,
según la estación del año, llevan un potente caudal o están casi
secos, existen algunos puentes que unen los diferentes barrios
de la ciudad. La principal de estas depresiones, la formada por
el río San Francisco, deja abierta una brecha o boquerón. La
elevación rocosa situada al Norte de él, que se levanta en pen-
diente muy empinada, se llama Monserrate. Está a 521 metros
sobre la ciudad, o sea a 3.165 metros sobre el nivel del mar,
en tanto que el monte del Sur se denomina Guadalupe, y tiene
una altitud de 3.255 metros (610 metros sobre la ciudad). En
lo alto de cada una de ambas montañas, que descienden al valle
con vegetación y formas semejantes a las de los Pirineos, existe
una capilla, visible a mucha distancia. Pero de ambas, solo la
de Monserrate que tiene un Cristo milagroso, convoca el domingo
a los fieles y penitentes, o una vez al año a los que allí se reunen
en romería; las campanas se escuchan desde el valle. Inmediato
a la salida del Boquerón se halla el barrio del Norte, llamado
Las Nieves. La ciudad propiamente dicha se ha extendido más
hacia el Sur, recostada en el Guadalupe, cuya pendiente desciende
de modo mucho menos abrupto, formando además diversas coli-
nas intermedias antes de entregarse definitivamente a su destino,
la llanura, que todo lo iguala y nivela. Sobre esas colinas se
alzan también algunas capillitas de blancos muros, que contero-

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piadas desde abajo hacen la impresión de pequeños castillos o
palacetes y constituyen en el paisaje un aliciente muy poético
y gracioso.

De acuerdo con esta topografía, la división y demarcación


de la urbe se configura de un modo sencillo y casi monótono
en su regularidad. Las vías que se dirigen de Sur a Norte, y
por las cuales se desenvuelve principalmente el tránsito, se llaman
carreras; las que cortan a éstas en ángulo recto y que van del
Oeste al Este, ascendiendo hacia el monte en cuestas bastante
acentuadas, reciben el nombre de calles. Todas las vias son es-
trechas, para nuestros módulos habituales; tienen solo cinco a
ocho metros de anchura y sus aceras son angostísimas. Por el
centro de casi todas las calles que bajan del monte corría enton-
ces el llamado caño, una zanja de desagüe, descubierta, pequeña
y de escasa profundidad. Estos caños, especialmente durante
las sequías prolongadas, exhalan horribles olores y se desbordan
frecuentemente con los formidables aguaceros, convirtiéndose
en verdaderos torrentes y dificultando también el tránsito. Por
la mitad de los años ochenta se comenzó poco a poco con la
canalización de la ciudad, obra, por supuesto, muy costosa, al
tiempo que se construía un sistema de cloacas. Hoy día han
desaparecido en su mayor parte aquellos caños, si bien se escu-
chan continuamente quejas sobre lo reducido de la red de tu-
berías.

Las casas, vistas por fuera, son en su mayor parte feas e


insignificantes. Sus ventanas están provistas de rejas combadas
hacia afuera en su parte inferior. Algunas pocas tienen mira-
dores. Casi exclusivamente en las dos vías principales, la Calle
Real y la Calle Florián, hay que destacar una serie de bonitos
edificios, aunque, por lo angosto de esas calles, no lucen como
debieran. La mayoría de las casas constan de una planta única,
hay también bastantes de dos pisos, pero pocas de tres. Las

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casas de mayor altura son excepción en Bogotá, por miedo a
los terremotos y temblores. Durante mi permanencia allí, se
produjeron dos temblores de tierra de cierta intensidad y du-
ración, y noté con bastante claridad esa sacudida del cerebelo
que Bain considera y diferencia como una especial sensación
fisiológica.
En los barrios extremos las casas no son sino cabañas, de
modo que el que hace su entrada a Bogotá por cualquiera de sus
cuatro costados no puede substraerse a la penosa impresión que
provocó la exclamación del señor Cané: "Mais c'est un faubourg
indien !" De puerta de esas cabañas hace una pared, realmente
muy española ( *), de lienzo tensado en un marco, que permite
tener una idea del triste interior. De ventanas encristaladas, no
hay que hablar; los agujeros de ventilación se cierran con ba-
tientes de madera. La gente pobre construye sus viviendas con
bloques de tierra desecada (adobes); la mayor parte de las ca-
sas son de ladrillo, ya que la piedra, debido a los malos me-
dios de transporte, ofrece grandes dificultades para ser traída
a lomo de mula. Por esta misma razón, solo las calles princi-
pales disfrutan el privilegio de un empedrado sólido. Las cu-
biertas son de tejas curvas superpuestas en dos hiladas.
En el centro de la ciudad se halla la Plaza de Bolívar, o de
la Constitución, un cuadrado de 80 metros de lado. En medio
se alza la muy lograda estatua en bronce del gran Simón Boli-
var, el Libertador (t 1830). Tenerani modeló en Europa esta
escultura ( •) . En torno al monumento se han dispuesto unos

( *) El autor se permite aqui u n pequeño chiste jugando con la expre-


sión " spanische Wand" (pared española), que designa en alemán al
biombo. (N. del T.)
( •) Cuando mi permanencia en Bogotá, cierto habitante de los Llanos
se perdió un día por la ciudad, pero pudo orientarse al llegar a la plaza,
tal cual él se expresó, 11 donde está el negro aquel". Se refería a la estatua
del Libertador.

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bellos jardines, donde crecen flores durante todo el año. La pla-
za ofrece un excelente aspecto. Por el Este la limita la Catedral,
de amplia fachada y con dos torres, coronada por una cúpula.
El interior, para mi gusto, no puede llamarse magnífico ni bello.
Las tres naves se hallan separadas por poco graciosas columnas
de 13 metros de altura con capiteles dorados, lo que parece un
escenario sobre la ornamentación corintia, lo único que por su
belleza de formas produce algún efecto. Lateralmente se han
dispuesto además seis diferentes capillas y muchos altares y cua-
dros. Separada solo por una casa cural, se alza la Capilla del
Sagrario, cuya cúpula se hundió a causa del terremoto de 1827,
destruyendo desgraciadamente el altar mayor con sus columnas
adornadas por conchas de tortuga y mármoles. Por supuesto,
ha sido bastante restaurado. En la capilla cuelgan cuadros del
pintor colombiano Vásquez (t 1711).
Ante la Catedral y a lo largo de todo el frente oriental de
la Plaza de Bolívar, corre una especie de terraza a la que se
asciende por escalones. Es el Altozano, lugar de encuentro y
mentidero de todos los políticos y charlatanes de la ciudad.
La parte Norte está limitada por casas particulares. Fren-
te a la Catedral, o sea al lado occidental de la plaza, estaba:n los
Portales, un vasto edificio de no mucha altura (tres plantas),
bastante imponente al contemplarlo a distancia, pero, de cerca,
muy tosco y mal hecho; en 1900 fue destruído por un incendio.
Al lado Sur está el edificio del Gobierno, el Capitolio, co-
menzado ya en 1849, pero no terminado todavía. Y tampoco es
muy fácil que se lleve pronto a feliz término, pues la obra ame-
naza ya ruinas por algunas partes. La arquitectura es del más
extraño gusto. Las dos alas del edificio estarían muy bien para
alguna de nuestras construcciones escolares, pero el tejado (no
sabemos si se trata de algo provisional) es plano y lleva un alto
friso sobre cuyo extremo Sur, solitaria y tediosa, se ve una es-

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tatua que anhela soñadoramente la llegada de sus vecinas. Uni-
da por medio del friso con las prosaicas alas laterales, se alza
en el centro una serie de columnas, en forma de pórtico y tras
ellas se ven otras hileras más. Se pensó en construír este vestí-
bulo de modo que penetrara en la plaza, pero la fealdad e im-
perfección de todo el edificio no hubiera desaparecido con ello.
En el patio, al que se llega a través de las hileras de columnas,
hay una buena estatua en bronce del General Mosquera, quien
después de tres años de sangrienta guerra civil dio la victoria
el partido liberal el año 1863. En las alas laterales se hallan ins-
taladas diversas oficinas del Gobierno. Se trata de salas de ele-
vado techo, frecuentemente ornamentadas con muy bellos estu-
cos y magníficas pinturas. En la planta baja, detrás del patio,
estuvo durante bastante tiempo el salón de sesiones del Senado,
y en el primer piso el Salón de la Cámara de Diputados, que
esta hubo de abandonar en vista de sus malas condiciones acús-
ticas. No se han regateado en esta construcción grandes sumas
ni buena voluntad, pero solo un mediano resultado logró alcan-
zarse. Esta es la plaza principal de la ciudad.

De las restantes plazas, enumeramos las que siguen: la de


San Victorino, que se distingue por una gran fuente; la de los
Mártires, rodeada de casas muy humildes, pero que tiene un bello
jardín. En el centro se alza un obelisco con las estatuas de la
justicia, de la paz, de la libertad y de la fama y rodeado de
urnas. En el obelisco figuran lápidas de mármol en recuerdo de
los mártires de la guerra de Independencia. Al que modeló estas
estatuas, más vale que no le pida cuentas la Diosa de las Artes.
Sin embargo, aquella plaza me hizo siempre una impresión so-
lemne. Se halla santificada por la sangre de los luchadores de
la libertad. Después de que la ciudad, el 20 de julio de 1810, se
alzara en abierta rebelión, expulsando al Virrey y estableciendo
un gobierno provisional, en 1816 fue conquistada de nuevo por
los españoles, que pasaron aquí por las armas a ciento treinta

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y cinco ilustres ciudadanos, entre ellos también algunas muje-
res. El 20 de julio es hasta hoy la principal fiesta nacional co-
lombiana.
Un agradable contraste con lo anterior es el que presenta
la Plaza de Santander, un pequeño, pero muy bien cuidado par-
que con bellas verjas, en el centro del cual se halla el monumen-
to del General Santander, bizarro y enérgico organizador de la
nueva República, y presidente de la misma hasta 1837. Es asom-
broso ver con la rapidez que crecen los árboles de estos parques.
Hay que anotar que en Bogotá y sus cercanías se planta en es-
pecial el eucalipto, por razón de su frondosidad y porque en
pocos años alcanza gran altura. Este árbol, con el que deberían
repoblarse también las peladas alturas que dominan la ciudad,
tiene el único inconveniente de echar raíces demasiado fuertes
y extensas, las cuales minan materialmente los cimientos de
las casas.
Muy linda también es la Plaza del Centenario, o de San
Diego, sita en el sector Norte de la ciudad, y que forma un
bello jardín en cuyo centro se erigió un pequeño templete de la
Victoria, destinado a cobijar una estatua del Libertador.
Bogotá no tiene, pues, edificios especialmente notables, a
no ser que se cuenten entre ellos, desde el punto de vista confe-
sional, las iglesias, que son treinta y dos, además de doce capi-
llas y oratorios, así como una pequeña capilla presbiteriana.
Exteriormente son, en su mayor parte, construcciones feas, que
no presentan, en absoluto, ningún estilo arquitectónico. Solo
San Carlos (hoy San Ignacio) se distingue por su magnífica
nave, y la iglesia La Tercera, por sus tallas, que un bárbaro
cabildo hizo cubrir de revoque. Merecen citarse, por lo demás,
los grandes edificios conventuales. En el afio 1861 había en Bo-
gotá ocho conventos de frailes y seis de monjas; todos ellos
fueron suprimidos. El General Mosquera los destinó a alojar

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organismos y dependencias oficiales. De este modo se instala-
ron: la Biblioteca Nacional, en cuya planta baja se encuentran
el Aula Máxima de la Universidad y el Museo; la Universidad
misma, repartida entre el antiguo convento de Jesuítas (San
Bartolomé) y Santa Inés; la Escuela de Maestras, en Santa
Clara; el Correo y el Banco Nacional, en Santo Domingo. San
Agustín y San Francisco se convirtieron en cuarteles. Estos dos
últimos edificios fueron utilizados también por la Gobernación
del Estado de Cundinamarca. Todos los conventos citados tienen
igual carácter en cuanto a la construcción. Rodean uno o varios
patios cuadrados, en torno a los cuales corren galerías seme-
jantes a claustros. Algunos de estos patios, como por ejemplo
el de Correos, están adornados por bellos jardines.
Mencionaremos finalmente el Observatorio, una torre con
aspecto de fortificación, situado según unos a 2.615 metros de
altitud, según otros a 2.632, y fundado en 1802 por Mutis. Toda
vez que su situación es extraordinariamente favorable para la
observación del firmamento, tanto al Norte como al Sur, este
observatorio debió haber dado mucha fama a Bogotá; pero es
solo una estación meteorológica. Faltan los instrumentos nece-
sarios, y la publicación "Papel periódico" decía acertadamente
en 1884 : "Encontramos inadecuado y deshonroso vanagloriar-
nos de un observatorio donde falta casi todo lo que se precisa.
Pudiera ocurrir que de pronto subiera una comisión astronómi-
ca a Bogotá y se encontrara con nuestra abandonada torre".
Tan modesto como el Observatorio es el Palacio del Presi-
dente, mansión que este debía habitar entonces con carácter
oficial. Se halla en una calle lateral, y exteriormente no hace
ningún especial honor a su denominación, pues se trata de una
sencilla casa blanqueada de ventanas pequeñas e irregulares y
una entrada de ciertas proporciones. En la planta baja hay un
cuerpo de guardia. En la inmediación de este edificio se encuen-
tra el teatro, en aquel entonces insignificante y hoy convertido

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en un lujoso coliseo, en el que se hicieron exageradas inversio.
nes (*). Debemos hacer mención todavía de una diminuta casa
situada en la esquina de la Plaza de las Nieves, con un balcón
muy característico de la época de Felipe II. Fue en tiempos el
"Palacio" de los Virreyes ( **).

Cerramos esta descripción con el Panóptico, o presidio, a


un cuarto de hora de la ciudad, y que presenta la traza de una
construcción circular con rotonda y alas confluentes en forma
de estrella, según el modelo de la prisión celular de Filadelfia.
Quien contempla la ciudad desde un camino que discurre
a unos cien metros de la misma, no puede sustraerse a una sen-
sación de melancolía ante la vista de aquella confusión de te-
jados, de aquel apiñamiento de calles, de plazas relativamente
pequeñas. En verdad, la distancia entre esto y nuestras abiertas
y claras ciudades europeas produce un efecto de opresión. Pero
la situación de Bogotá tiene también sus bellezas. En particular
la luz que da sobre la cadena montañosa que se desploma hacia
el valle, es muy cambiante a cualquier hora del día y constituye
un verdadero deleite para la mirada del suizo. A veces se ofrece
el mismo espectáculo de luces que es propio del verano en nues-
tro país, cuando los montes parecen retirarse y se presentan
menos fuertemente modelados. Otras veces, hacia la caída del
sol, las alturas se envuelven en un particular ambiente otoñal,
y las formas de los peñascos destacan nítidas como los Alpes en
los días septembrinos. Y otras veces, también, las montañas res-
piran frescura primaveral y apacible resplandor de mayo. Esta
variedad de las luces, que en Bogotá puede gozarse en el espacio
de un solo día, mientras que en nuestras .tierras se halla repar-
tida en las diferentes estaciones del año, desagravia en cierto

( *) También el Palacio se ha reconstruído desde entonces.


(**) Hoy, por desgracia, derribado.

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modo a los montes por la pérdida del adorno de sus árboles,
total y bárbaramente talados, y también por lo mezquino de la
vegetación que los viste apenas de una delgada capa verde.

Después de este recorrido, volvamos a las calles de Bogo-


tá en busca de ambientes y tipos.

¡Qué gran diversidad, sobre todo en los carruajes! Gran-


des bueyes, la cerviz uncida bajo recio yugo, tiran emparejados
de las carretas usuales en la Sabana, esos pesados vehí_culos
provistos de dos ruedas grandes ~- macizas. En especial la calle
que conduce al mercado, se encuentra atestada de estos vehícu-
los. Los demás medios de transporte son poco numerosos. De
cuando en cuando se ve un enorme ómnibus que lleva al campo
una familia o un grupo de amigos; son monstruos con capacidad
hasta para doce personas y en los que existe el peligro de ma-
rearse. Hay también unos viejos cajones con aspecto de coches,
en los cuales se hacinan cuatro personas. Coches modernos o
calesas, eran muy escasos en Bogotá por aquella época. El Pre-
sidente de la República salía en una vehículo de apariencia bas-
tante noble, semejante a lo coches de bodas. Recuerdo todavía
muy bien el revuelo que provocó la aparición de un coche de
verdadera calidad ante la casa del Cónsul alemán, señor Koppel,
d año 1882, y la gran admiración que despertó. ¿Qué hay en
eso de extraño si se considera que en Bogotá se ve todavía hoy
un artefacto, la litera o silla de manos, que fue honra singular
de tiempos remotos? Estos cajones, sin más claridad interior
que la mezquina luz que otorga una ventanita -encortinada,
para colmo--, los transportan dos hombres fornidos y sirven
para llevar a personas enfermas o delicadas, a damas y ancia-
nos. En la revolución de 1885 -así me lo refirieron- los cabe-
cillas del partido radical que dirigían el movimiento revolucio-
nario contra el gobierno, y los cuales no se pudo capturar pese
a todas las pesquisas, hacían visitas a sus partidarios sirvién-

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dose de estas literas. El secreto, como es natural, estaba en po-
der de solo unos pocos; de lo contrario, hubiera sido detenida
el arca de los conjurados y apresados sus ocupantes.
Como revancha de la curiosidad con que es observado, exa-
minado y criticado todo forastero y recién venido, deberán aho-
ra desfilar ante nosotros los diferentes personajes callejeros de
la ciudad. La vida en las calles es muy animada, ya por el hecho
de que los comercios se hallan abiertos a la vía pública por una
o dos puertas muy anchas. Las tiendas y almacenes de pequeña
o mediana categoría carecen de escaparates, de manera que una
parte de su actividad se desarrolla en la calle misma.
Es notable, ante todo, que en Bogotá raramente se ven ne-
gros. A ello hay que agregar -yo he observado efectivamente
este fenómeno y podría citar nombres- que cuando un negro
permanece largo tiempo en la sabana, el color de ébano de su
piel se substituye por un tono achocolatado o por un oscuro gris
ceniciento. Semejante influjo empalidecedor de la tez lo ejerce,
por lo demás, en todos los otros casos la considerable altitud de
Bogotá. Como ya vimos, la raza blanca no se halla representada
aquí en número muy grande. A menudo hube de sonreirme cuan-
do alguna familia bogotana me detallaba su blanco árbol ge-
nealógico y entraba de repente un miembro de la familia que
presentaba un color de la piel o un matiz del pelo acreditativos
de raza india, deshaciendo así toda la teoría. En efecto, la gran
mayoría de los habitantes de Bogotá que se ven por sus princi-
pales calles son mestizos de indio y blanco ; mas el grado de mez-
cla no destaca demasiado marcadamente, pues la mitad de las
personas tienen la faz bastante blanca o blanca del todo y no
se diferencian por ese detalle de nuestros rostros europeos, que
también presentan muchos y variados tintes.
Estas gentes, cuya sangre española se halla mezclada con
más o menos gotas de sangre india, tampoco en la indumentaria

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se distinguen en modo alguno de los europeos, y, por el contra-
rio, tratan de superar a éstos en el refinamiento de su aspecto
exterior. En efecto, al extranjero le llama inmediatamente la
atención el gran número de señores ataviados con elegancia y
finamente compuestos. Allí se ve a los comerciantes, reunidos
en grupos en la calle, ante los edificios del gobierno o a la en-
trada de los bancos. Y luego la caterva de los políticos, gentes
desocupadas y sin profesión, la plaga de este hermoso y buen
país, que acaso antes, bajo aquella o la otra administración, han
ostentado un cargo oficial y que ahora están a la espera y urden
intrigas hasta que un nuevo período, de los que ordinariamente
cambian la provisión de todos los cargos, les vuelva a colocar
en algún empleillo. Se ve también a los estudiantes universita-
rios y alumnos de los diferentes centros de enseñanza media;
todos ellos gustan de vestir bien y no les desagrada la vida ca-
llejera. Hay que agregar la gran legión de los poetas, los mu-
chos maestros y catedráticos, los periodistas, abogados, médicos,
agentes, etc., sin olvidar a aquellos privilegiados que no hacen
nada absolutamente y cuya atildada y compuesta apariencia es
el mayor misterio del mundo. Menos monótono resulta el atuen-
do de los que se envuelven en la capa española y saben 11evarla
bien, cosa no muy fácil. Entre los criollos abundan las figuras
nobles y hermosas; hombres de complexión fuerte, pero fina,
de tez transparente, ligeramente tostada, bella nariz, abundoso
cabello negro y oscura barba; de cuando en cuando se ven tam-
bién rubios (monos) de aspecto normando. Su paso es elegante.
su voz agradable, su habla vivaz, teñida de cierta indolencia.
En todo su ~specto hay algo sereno, abierto, cordial, simpático.

De vez en cuando pasan jinetes, con su pintoresco traje de


montar o con indumentaria de viaje, cabalgando sobre corceles,
las más de las veces, de buena raza, pequeños, esbeltos y de so-
berbios cuellos.

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El traje de montar europeo empieza a introducirse poco a
poco y solo se lleva para cabalgadas por las cercanías de la ciu-
dad. Otras personas montan sin ningún atavío especial, como
hacen los médicos, que se sirven del caballo, incluso por las mis-
mas calles de Bogotá, para realizar más prontamente su visita.
Y también alguna vez se ven amazonas, elegantes y diestras en
el dominio de sus cabalgaduras.
Las jóvenes bogotanas de raza blanc~ que encontramos
cuando van de compras o a la iglesia, pueden calificarse, en su
mayoría, de muy hermosas. Son pequeñas, pero de elegante fi-
gura, la que, sin embargo, no se manifiesta suficientemente,
debido a que la bogotana viste por la calle de modo muy sencillo;
y de negro. Sus atavíos más lujosos los reservan para el salón
o el teatro. Del torso a la cabeza, a veces envolviendo a esta en-
teramente, cumple su cometido la inevitable mantilla, frecuen-
temente ornada de preciosos encajes, y cuyos delicados pliegues
insinúan lo inaccesible, accesible al propi~ tiempo, de su condi-
ción. A través de esta negra veladura, mira el expresivo rostro.
El cutis de las auténticas bogotanas, cuyas familias residen des-
de mucho tiempo en la capital, es pálido, transparente y mate.
Las muchachitas cuyos padres se desplazaron del campo a la
ciudad desde hace una o dos generaciones, se distinguen por sus
mejillas rojas y de suma delicadeza, que florecen como rosas
sobre la tez blanca. Los ojos, siempre fascinadoramente bellos,
amables y un algo burlones, son castaños o negros y muy bri-
llantes. Las trigueñas y las rubias abundan menos.
Las señoras mayores y las matronas, a las que desatenta-
mente no he nombrado hasta aquí, van también de negro, co-
lor que, por supuesto, les sienta muy bien, y no tienen nada que
envidiar a las europeas ni en dignidad ni en nobleza de talante.
Mucha menos atención dedica el forastero a los pobres in-
dios de raza pura, atraído principalmente por la contemplación

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de la gente blanca o mestiza. El forastero siente instintivamen-
te que se encuentra, más que frente a seres individuales, frente
a una masa que gusta de deslizarse lo más silenciosa y humilde-
mente. El indio, "civilizado" y "convertido" al cristianismo, lle-
va toscos calzones de un tejido de fabricación casera. Su camisa
está casi siempre sucia. Sobre ella viste la ruana, prenda cua-
drada, fuerte y de color oscuro, con una abertura en medio, por
donde se introduce la cabeza (el poncho mejicano). El indio va
descalzo o lleva una especie de sandalias (alpargates). Predo-
minan los hombres de constitución fuerte, de tez de tono cobrizo
o aceitunado, cabello lacio y corto, escasa o ninguna barba y
ojos vivos que expresan su carácter astuto, algo indolente y muy
desconfiado. Las indias jóvenes raramente rebasan la estatura
mediana, pero tienen bastante buena figura, si bien son algo tos-
cas y torpes. Los rasgos y expresión del rostro presentan carac-
teres de gran regularidad y hasta de hermosura, y el pelo, aun-
que no muy cuidado, es bello y negrísimo. Su indumento es de
lo más sencillo; el torso se cubre con una simple camisa, o a ve-
ces con una tosca mantilla negra.
En la ciudad las indias trabajan como sirvientas y lavan-
deras, y entonces van mejor vestidas y más limpias. Pero las
viejas presentan un aspecto de lamentable abandono y de suma
fealdad.
A los indios se les ve en los barrios extremos, agrupados a
docenas en algunas de las muchas tabernas o tiendas, de pie
junto al mostrador tomando la bebida popular, la chicha, un lí-
quido amarillo y espeso, parecido al vino nuevo y hecho de maíz
fermentado ; es de fuertes efectos embriagantes. A veces los
vemos conduciendo por la ciudad sus mulas, estas bajo el peso
de grandes cargas. Otros llevan a cuestas jaulones con gallinas
o cargamentos de leña, carbón u otras mercancías. El correspon-
diente fardo lo sujetan con una correa que se apoya sobre la
frente. Curvados, con un paso ligero y corto como un trotecillo,

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caminan hacia la plaza del mercado, donde constituyen el ele-
mento humano más numeroso y donde se muestran en su am-
biente y algo más desenvueltos. El ruido que reina allí se pa-
rece al zumbido de una colmena.
La plaza del mercado nos da ocasión de pasar a la pintura
de la vida material en Bogotá. Esta se halla en dependencia,
naturalmente, de las especiales condiciones climatológicas. Y a
señalamos brevemente que en Colombia se suceden, en general,
dos únicas estaciones : la seca y la lluviosa. En la altiplanicie
bogotana, la primera época de lluvias comienza a mediados o
finales de febrero. Pero sería erróneo suponer que durante ese
tiempo esté cayendo agua continuamente. Lo que suele produ-
cirse son violentas precipitaciones en forma de aguaceros entre
truenos y relámpagos. Durante una hora el cielo suelta todas
sus esclusas; luego, por lo común, aclara completamente. Solo
una vez, en toda mi permanencia, llovió ininterrumpidamente
en Bogotá durante unas treinta y seis horas. A veces cae tam-
bién granizo de gran tamaño, así que algunos de los cerros que
dominan la ciudad quedan revestidos de blancor, bajando mu-
cho la temperatura. Un dia vi en los patios de varias casas una
capa de granizo de un pie de espesor. Es curioso anotar que la
gente pobre recoge el producto de la granizada, y entonce.s hay
helado en Bogotá, pero no procedente de ninguna de las fábricas
de hielo.
Este tiempo de las tempestades de lluvia se prolonga hasta
entrado el mes de mayo. En junio, julio y agosto, por lo común,
hace buen tiempo; pero en esa época caen sobre Bogotá, espe-
cialmente en junio y julio, los llamados páramos, lloviznas extre-
madamente frías. Las densas masas de humedad que se elevan
de los llanos son empujadas sobre las cordilleras por los vientos
del Este. Alli, con el frfo reinante sobre las cumbres, esas ma-
sas adquieren la suficiente condensación y peso y se convierten
en finas precipitaciones en forma de chubascos. En septiembre

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debería iniciarse de nuevo el verdadero tiempo de lluvias; pero
a menudo la época seca se continúa hasta el mismo mes de oc-
tubre, de modo que la sabana aparece agostada y los ganados se
debilitan y enflaquecen terriblemente a causa de la falta de
agua. Mas en circunstancias normales el invierno, o estación
lluviosa, llega en septiembre y dura los meses de octubre y no-
viembre hasta principios de diciembre. Este último, así como
enero y febrero, son los meses más bellos y claros de todos, pero
sus mañanas son también las más frías del año. En diciembre
la temperatura media es de 14° C; en febrero, de 16°. En estos
meses el cielo brilla con un azul soberbio y de suma diafanidad.
En el resto del año, la atmósfera experimenta las más variadas
transformaciones, pues como Bogotá recibe además, traídos por
el viento, los vapores que se levantan sobre las cálidas zonas del
Magdalena, tan pronto densas nubes oscurecen una parte de la
sabana como vuelve a aclararse el cielo, radiante y limpio.

De acuerdo con las dos estaciones del año, en la sabana se


dan también dos cosechas. Se siembra a fines de febrero para
recoger en julio; se vuelve a sembrar en septiembre y se cosecha
nuevamente en enero. Si a esta riqueza natural de la sabana se
agrega la circunstancia de que a la capital pueden ser traídos
los productos, no solo de la zona templada, sino también de la
tórrida de las vertientes de la cordillera que descienden hacia el
Magdalena, lo mismo que de los cálidos valles de los afluentes del
Orinoco, y ello en tiempo relativamente breve mediante el trans-
porte a lomo de mulas, se comprenderá que el mercado de Bogotá
es uno de los más ricos que puede poseer ciudad alguna del mun-
do. Encontramos allí fresas silvestres y gruesos fresones, moras
de zarza, una especie de cerezas salvajes, melocotones y ciruelas,
manzanas, piñas, mangos, cocos, melones, sandías, pepinos, gra-
nadas, granadillas (fruto sabrosísimo, que es lástima no tenga-
mos en Europa), chirimoyas (con su rico perfume) . . . toda una

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larga serie de frutos de nombres enteramente exóticos * ; y ade-
más, higos, naranjas abundantísimas, limones, dátiles, el rico
aguacate (o "manteca vegetal", que recibe su nombre del francés
Avocat), tomates, tamarindos, calabazas, y toda suerte de flores
y plantas medicinales. Y hay cebollas, ajo, col, coliflor, espárra-
gos, nabos, zanahorias, remolachas, rábanos, chicorias, pimientos,
lechuga, alcachofas, etc. Junto al trigo se vende maíz, estu-
pendas papas y batatas, arracachas, yuca y maní o cacahué, ade-
más de arroz, guisantes, alubias o fríjoles, lentejas, avena, caña
de azúcar, cacao, café, tabaco, anís, linaza, lo mismo que man-
tequilla, queso blanco y salado, huevos, grasa, cera, jabón. Está
allí también a la venta la excelente carne de Zipaquirá, una
enorme cantidad de aves, pescado seco del Magdalena y el pes-
cado fresco llamado capitán, del río Funza, y que bien prepara-
do resulta bastante sabroso. Se venden liebres y conejos; azúcar,
panela, sal ; y paños de fabricación campesina, y cintas de las
clases más diversas, y pañuelos, sombreros de paja, velas de
sebo en grandes cantidades, espejitos, juguetes para los niños
indios . . . Y, en abigarrado desorden, vajilla, cordones, sacos,
sandalias, correas ... El trato y el regateo se desenvuelven con
gran viveza. El lenguaje de las vendedoras es aquí, como en
otras partes, un tanto subido de tono. Mucha importancia tiene
también el aguardiente que se bebe en las tabernitas vecinas.
El mercado se halla establecido bajo grandes cobertizos y
está en bastante buen estado de limpieza, pero se echa en falta
a los gallinazos, que se encargarían de acabar con todas las so-
bras y desperdicios. Esos dignos representantes de la policía
sanitaria en Suramérica, han sido casi eliminados en Bogotá
por las pedradas de los traviesos muchachos, y la ciudad sufre

• Curubas, tunas, nísperos, mameyes, zapotes, anones, uchuvas, pa-


payas, guanábanas, mortiños, guamas, guayabas, caimitos, madroños, hi-
cacos, etc.

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de su ausencia. En general, faltan allí los pájaros; solo el pe-
queño y pardo gorrión, tan confiado, puede verse por la ciudad.
Con este abundante mercado resulta fácil preparar una mesa
verdaderamente buena; en efecto, en las casas de las familias
acomodadas se come excelentemente. Deliciosos son en especial
los postres, por la variedad de los frutos conservados, (dulces)
y de los frutos frescos. Los muchos platos azucarados o golosi-
nas que al principio resultan extraños al europeo, terminan sa-
biendo muy bien, particularmente si se toma a continuación un
vaso de agua fría, que a su vez halaga como exquisto comple-
mento al paladar.
El desayuno lo toman los auténticos bogotanos entre las
diez y las once. Consiste en la sopa habitual, bananos, arroz y un
bistec, u otra clase de carne, acompañado de algún guiso de
huevos. Para terminar, una taza de chocolate. La comida se
sirve entre las cuatro y las cinco. A las ocho de la noche toman
como refresco una taza de chocolate o también té, con pastas,
bollos, etc., o con fruta. Ha desaparecido la vieja costumbre es-
pañola de tomar todas las comidas temprano y echar la siesta
después de la comida principal.
Como bebida hay que considerar en primer término el agua,
que, afortunadamente, brota de una clara fuente del Monserrate
y que los extranjeros, después de un breve período de aclimata-
ción, pueden saborear con deleite. Sigue luego en importancia la
cerveza, que elaboran varias cervecerías pertenecientes a socie-
dades alemanas. El vino, en comparación, es carísimo. El vino
español, el llamado catalán, es más barato, pero por su mucha
agregación alcohólica resulta demasiado fuerte. Por lo demás, en
Bogotá se toman muchos licores finos como aperitivos. Con mo-
tivo de cualquier solemnidad, se saca el champaña, antonomasia
de las bebidas nobles, y cada cual lo ingiere, aunque sea de mala
calidad. El hombre sensato debería practicar en Bogotá la virtud

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de la más estricta templanza, pues se bebe más de lo que la sed
reclama, y el alcohol constituye un amigo seductor y peligroso en
medio de aquella eterna primavera, con la consiguiente debilita-
ción que en sus fuerzas experimenta aquí el europeo.
La general carestía de la vida tiene por principal causa el
mismo carácter de la ciudad. Bogotá. no es propiamente un cen-
tro comercial, por muchos comerciantes que en ella haya. Hasta
finar los años ochenta la mayor parte de las mercancías se
subían a la Sabana para enviarlas luego a los Estados del Norte
y del Sur; hoy día, con muy buen acuerdo, las vías de trans-
porte se han desplazado más hacia el valle del Magdalena, de
donde reciben directamente sus productos los distintos Estados.
Bogotá, pues, es en realidad una ciudad consumidora, que solo
gasta y nada produce.
Como es natural, las clases pobres y las paupérrimas son
las que sufren en mayor medida los elevados precios de los pro-
ductos alimenticos y estimulantes, así como los del vestuario.
Por tal razón el estado sanitario de Bogotá no es precisamente
óptimo. Hay que anotar que los indios viven muy sobriamente
y que la naturaleza suministra plátanos baratos, así como papa ,
yuca, arroz y maíz. Con las muchas privaciones por que esta
gente pasa, con sus vestidos malos e insuficientes, pues falta
la adecuada ropa de abrigo, y con la escasez de buenos aloja-
mientos a semejante altitud, la alimentación resulta casi siem-
pre incompleta -carencia casi absoluta de verduras, poquísima
y mala carne, y en cambio mucho licor de maíz-, siendo ade-
más excesivo el desgaste físico por el trabajo. Por último, como
el aseo corporal es deficente, las enfermedades pueden fácil-
mente hacer de las suyas en estas masas humanas hacinadas en
cabañas miserables.
Muchas personas, precisamente de esa clase, padecen de tisis.
Durante largo tiempo se puso en duda la existencia de la tu-

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berculosis en la Sabana, y supuestas luminarias de la ciencia
médica negaron abiertamente que se diera allí dicha enferme-
dad. Mediando ya los años ochenta, se produjo por pirmera vez
un cambio radical en las opiniones al respecto. Por entonces
llegó a Bogotá, llamado po~ el Gobierno, el veterinario francés
Véricel, quien pudo descubrir en el mercado de la ciudad una
gran cantidad de carne atacada por el "mal perlado". Se trataba
de entrañas y pulmones, partes que consumen los pobres, de
reses en su mayoría traídas de tierra caliente y que no habían
conseguido adaptarse a las nuevas condiciones de vida en la fria
y rigurosa Sabana. (El ganado, por otra parte, suele ser orde-
ñado en exceso, se encuentra día y noche al aire libre en casi
todos los casos y además se le obliga a trabajan mucho). Des-
pués de lo dicho se hicieron detenidos exámenes microscópicos
y el joven doctor Alberto Restrepo publicó sus exactas observa-
ciones en el mismo sentido. Según estos investigadores, la trai-
dora dolencia está incluso muy extendida, pero solo entre las
clases más pobres ; al parecer la mitad de las personas muertas
en el hospital y pertenecientes a esas clases presentan lesiones
y alteraciones tuberculosas más o menos graves. En cambio
gracias al clima de la altura el curso de la enfermedad es más
lento y latente, presentando síntomas poco acusados, y el doctor
Restrepo cree poder asegurar que son pocas las personas cuya
muerte tiene por causa directa la tisis.

En general será bueno que el extranjero no insista mucho


en persuadirse de que vive en un clima de primavera eterna.
Efectivament€, al principio es necesario hacer un gran esfuerzo
para pasar de la mullida cama al aire sensiblemente frío, tan
distinto del que se ha respirado en las regiones tórridas del país.
El sol nos quema, es cierto, pero ya no nos acalora y abrasa. La
opresión respiratoria que se suele notar durante los ocho pri-
meros días, es cosa pasajera. Como el aire es de mayor ligereza
que el que estamos acostumbrados a respirar, la presión atmo -

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férica es menor, consecuentemente, y hay que realizar más ins-
piraciones para proveerse de la necesaria cantidad de oxígeno.
Pero la calidad del aire, tan pronto muy seco como extrema-
mente húmedo, los fuertes vientos y los aguaceros, y muy espe-
cialmente la diferencia entre la temperatura a la sombra y al
sol, diferencia que puede llegar a veces hasta los 15° C, todo ello
aconseja prevenirse de enfriamientos. Los resfriados y catarros
son frecuentes por las causas dichas, y las pulmonías se han
llevado a la tumba a más de un vigoroso extranjero. El sobre-
todo es en Bogotá imprescindible. Una estricta higiene es cosa
siempre conveniente, pues el cuerpo, de modo especial en los que
realizan trabajos intelectuales, se ve fácilmente atacado de una
ligera anemia, perdiendo parte de sus resistencias normales.
Pero hay un mal que nunca sobreviene en Bogotá: las fiebres;
ni la fiebre amarilla ni la intermitente. Cuando se da algún
caso, es que el germen se ha contraído en alguna región más
cálida.
Por lo común, uno se adapta pronto a las condiciones de
vida de Bogotá, como, por ejemplo, a la uniforme duración del
día y de la noche, duración sujeta tan solo a imperceptibles va-
riaciones. A las seis de la mañana amanece, a las seis de la
tarde cae la oscuridad. En ambos crepúsculos la penumbra no
pasa de un cuarto de hora, gran beneficio para el miope, que
solo por la distribución de luz y sombra puede distinguir una
serie de objetos y que en nuestros largos crepúsculos de las
zonas templadas cree caminar entre borrosos espectros homé-
ricos.

La figura externa de Cowmbia no ha dejado tampoco de


modificarse en lo que va del siglo XX, pero los cambios fueron,
no obstante, de escasa significación si se los compara con las

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transformaciones acontecidas en Europa como consecuencia de
la guerra mundial. Mas la pérdida del Departamento de Panar
má, incluida la Zona del Canal con las ciudades de Panamá y
Cristóbal Colón, constituye para el país uno de sus más duros
reveses. Todo el desarrollo de estaJ. separación, determinada po'r
los norteamericanos (y expuesta aquí en un capítulo posterior),
infligió al sentimiento nacional colombiano una herida que se-
guramente no ha de cicatrizar jamás. Más tarde, sin embargo,
fueron dadas satisfacciones al Estado cuando el Presidente Wil-
son en 1917, poco antes de la proclamación del derecho de auto-
determinación de los pueblos, hubo de reconocer sin rodeos, en
sesión pública del Congreso, la injusticia cometida por Roose-
velt contra Colombia. Pero incluso el pago de 25 millones de
dólares, efectuado en expiación de aquella injusticia, dio lugar
a falsas interpretaciones, pues venía a apoyar la suposición de
que en los Estados de Suramérica podían repararse con oro
las ofensas injeridas al honor nacional. Hoy día, en lugar del
dolor por la pérdida del istmo de Panamá, ha surgido l~ serena
y objetiva consideración de los hechos. En 1927 se restablecie-
ron las 'relaciones diplomáticas con la vecina nueva república,
creada bajo el influjo norteamericano. Si los colombianos cor~r
templan la enorme obra de la construcción del Canal, cuya rea-
lización hubiera estado por encima de sus propias fuerzas, y si
miran cuál fue la conducta de los rwrteamricanos al imponerse
desconsidaradamente en la Zona del Canal y sin reparar para
nada en los derechos de los. otros, podrán experimentar incluso
una. sensación de alivio al haberse substraído a la acción directa
de los nuevos conquistadores.

Otras modificaciones se produjeron también en la frontera


oriental y meridional de Colombia. Controversias con Venezuela,
de va1~os años de duración, con motivo de las fronteras entre
ambos países en la región de los Llanos y en la del Golfo de
Maracaibo, habían sido solucionadas transitoriamente el año 1891

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en virtud de un laudo de arbitramento del Rey de España.
Cuando mAis tarde Colombia y Venezuela fueron poseidas por
la fiebre del petróleo, pareciendo que precisamente los territo-
rios fronterizos encerraban riquezas petrolíferas, los conflictos
amenazaron surgir de nuevo y en forma más exacerbada. En tal
sazón los gobiernos de los dos países dieron prueba de gran ma-
durez política, volviendo oportunamente a la idea del arbitraje
y sometiendo al fallo de Suiza los problemas todavía en litigio.
Después de intercambiar los escritos jurídicos donde cada una
de las partes, apoyándose en antiguos títulos y otorgamientos,
fundaba sus respectivas aspiraciones, una Comisión suiza se
personó en los lugares objeto del conflicto y fijó con carácter
irrevocable las fronteras entre ambas naciones. Estos trabajos
obtuvieron fuerza legal por fallo del Consejo Federal de Suiza
del24 de marzo de 1922, allanando así unas diferencias que con
el tiempo hubieran podido enturbiar seriamente las relacio-
nes entre Colombia y Venezuela. Parecidas delimitaciones de
fronteras tuvieron lugar después al Sur, con e~ Ecuador; ambos
Estados pudieron llegar a un acuerdo sin que fuera necesaria
la mediación de tercero o la substanciación de un procedimiento.
Los buenos resultados de la experiencia en estas delimitaciones
fronterizas hicieron prosperar en Colombia el deseo de regular
también mediante un tratado las cuestiones todavía pendientes
con el Perú. Estas se referían a la frontera del Putumayo, una
región de selva virgen perteneciente a las tierras del Amazonas,
y que en el tiempo de la expoliación de los caucheros se hizo
tristemente célebre por las crueldades allí registradas. Colom-
bia, sin duda, poseía la más antigua opción a aquella zona, solo
que la ocupación se había iniciado desde el Sur, de suerte que el
Perú podía invocar con cierto derecho su trabajo de colonización.
Recientemente pudo verse lo difícil que 'resulta 'reivindicar de-
rechos de soberanía allí donde se han pasado por alto las CÍ't -
cunstancias reales. Cuando, en consecuencia, Colombia renunció

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a una parte del Puturnayo, dio, pues, una nueva prueba de
prudencia política. Perú, por su parte, le cedió un acceso sufi-
cientemente amplio al Amazonas, con lo que, sin duda, quedaron
aseguradas posibilidades de desarrollo para un ulterior tráfico
comercial de Colombia hacia el Brasil. El tratado internacional
concluído con el Perú no fue dado a conocer, después de largas
negociaciones secretas, hasta el año 1928, pues los dos países
procuraban no herir la susceptibilidad nacional de sus ciudada-
nos. Gracias a una ciudadosa preparación de la opinión pública,
no se produjeron incidentes en Colombia al revelarse la entrega
de aquellos territorios del Putumayo. Esa rectificación de fron-
teras suscitó, en cambio, la oposición de la República del Ecua-
dor, que se sintió coartada y amenazada por el avance econó-
mico del Perú. Cuando se conocieron las negociaciones antes
mencionadas, Ecuador rompió sus relaciones con Colombia, y
todavía no ha consentido en reanudarlas, pese a la buena dis-
posición de la otra parte.
En la actual·idad, Colontbia tiene delimitadas todas sus fron-
teras (excepto con el Brasil) por medio de tratados o en virtud
de laudo arbitral. Esas fronteras son: al Norte, en lugar de
Costa Rica, la República de Panamá con la zona norteamericana
del Canal, al Este Venezuela, al Sureste Brasil, y al Sur Perú
11 Ecuador. Con todos estos vecinos desea Colombia vivir como
hasta aquí, en duradera paz y amistad.

En cuanto a la estructura del país, con sus montañas, ríos


y llanuras, así como con sus riquezas naturales, o en cuanto al
clima, con las diversas regiones y la vegetación por eUas condi-
cionada, las nuevas observaciones no han revelado nada que
difiera señaladamente de las circunstancias antes descritas. Uni-
camente la cuestión del petróleo mantiene a los colombianos en
creciente tensión, si bien hasta ahora, como vimos en el viaje
por el valle del Magdalena, solo en Barrancabermeja se ha encon-

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trado petróleo en grandes cantidades. Ahora bien, se da por
geológicamw,te demostrado que en territorio colombiano agwzr-
dan todavía la explotación cuantiosas riquezas petrolíferas.

En la consideración general sobre la población de Colombia,


El Dorado sostuvo, con muy conveniente franqueza, el criterio
de que el número de los habitantes de pura raza blanca era mu-
cho menor de lo que la estadística oficial y el prurito de los
colombianos querían reconocer. Este sincero juicio es confirmado
de continuo por los observadores imparciales. Tal aseveración,
y esto hay que destacarlo especialmente, se halla muy lejos de
todo menosprecio, pues la laboriosidad y la buena voluntad de
la raza india no es lot bastante apreciada -incluso por los pro-
pios colombianos-. El indio, si bien se halla embotado por una
opresión de siglos, sería merecedor, sin duda, de que el Estado
le otorgara una muy otra asistencia y atención y le ofreciera,
al menos, una buena formación escolar. Entonces, de esta masa
ignorante, oscura y apática podrían hacerse con el tiempo ciu-
dadanos útiles. y conscientes de sus deberes. Y de esta clase de
hombres nunca tiene bastante una jovem república, un país en
vías de pleno desarrollo.

La capital, Bogotá, no solo es la sede del Gobierno de Co-


lombia y de las misiones extranjeras, sino que aspira a conver-
tirse en un verdadero punto central de todo el país. Nos produce
continuo asombro considerar la tenaz fuerza de voluntad de los
conquistadores que sobre la lejana altiplanicie, a la que todavía
hoy no conduce una buena carretera, hicieron surgir una pobla-
ción merecedora verdaderamente del nombre de capital. Es cier-
to que muchas ciudades europeas de segundo orden superan a
Bogotá, en el fondo bastante monótona, por lo que se refiere a
la generosidad y amplitud de su tra,zado y en cuanto a las cons-
trucciones. Y, sin embargo, allí se nota algo del carácter de una
verdade'ra capital. No es en los monumentos y otras cosas dignas

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de verse, ni tampoco en los progresos de los medios de comuni-
cación, donde realmente se irradia ese espíritu de gran ciudad.
Lo ma1·avilloso es, en conjunto, la presencia de Bogotá soberbia-
mente asentada en estas alturas, cerca del cielo, en la claridad
de las montañas, por encim~ de los cálidos vapores del trópico.
No en vano los fundadores la llamaron Santa Fe de Bogotá. En
la "santa fe" de esta ciudad, tan rica en iglesias y tan fiel a la
1glesia, reside sin duda la explicación más entrañada del noble
ensalzamiento de su ser.

Sin embargo, puede ser que sonría ante estas palabras el


que, solo por corto tiempo, va a Bogotá para hacer algunas visi-
tas o resolver algunos negocios, abandonando la ciudad con la
misma prisa con que llegó a ella. Acaso en el aire polvoriento
y neblinoso no se reconozca ya nada que esté en afinidad con el
viejo espíritu de la disciplina eclesiástica. Pero allí templos y
conventos se alzan en no disminuída multitud, y hoy día pre-
pondera aun la Iglesia Católica con firme poder. Precisamente
a causa de este rasgo esencial de Bogotá, que se substrae a una
clara interpretación, resulta cosa secundaria la información so-
bre el número' exacto de habitantes (221,.000 en 1929) , sobre la
longitud de la red ferroviaria, la cifra de los automóviles, la de
los grandes hoteles o la de los comercios. Los datos a este respec-
to se alteran de un día para otro; bastará saber que Bogotá se
desarrolla incesantemente como ciudad moderna, si bien en el
terreno de la asistencia queda todavía mucho por hacer. Las
iglesias antiguas, plazas y parques que antes se han descrito
siguen constituyendo los puntos más notables y dignos de admi-
ración· lo nuevo carece de carácter propio y puede pasarse por
alto. En comparación con el pasado, ha experimentado particu-
lar alteración el centro de la capital. Las casas de una o dos
plantas se han ido reduciendo a los barrios extremos o han des-
aparecido, y en su lugar se alzan hoy muchos soberbios edifi-
cios comerciales y bancos. Los adelantos técnicos del cemento

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armado ayudaron en este aspecto a superar el miedo a los tem-
blores de tierra,· hace poco se ha terminado el primer edificio
de siete pisos. Por desgracia, los inconvenientes de las calles
estrechas se hacen ahora todavía más notorios, y así ningún
edificio luce como fuera de desea?~.

El tráfico ha aumentado enormemente. Las bellas estam-


pas de los jinetes, como también el acarreo a lomo, se han des-
plazado del casco de la ciudad. Y a no¡ se ve jamás una silla de
manos. El automóvil se ha adueñado sin miramientos de las an-
gostas vías de la ciudad y constituye la amenaza del peatón. De
que los pueblos jóvenes siguen siendo amigos de la bulla, da fe
el incesante resonar de las bocinas. EL cochero que antes recla-
maba paso de continuo con su campanilla de dos tonos, va cedien-
do paulatinamente ante los medios de transporte más rápidos.
Una mina de ganancias son los tranvías urbanos, que marchan
atestados desde primera hora hasta muy tarde, pues el colom-
biano no es amigo de ir a pie. Los últimos vehículos tirados por
mulas, hace ya cinco años que caducaron en su servicio ante la
tracción eléctrica. Las cuatro estaciones de la ciudad, no muy
grandes pero bastante bonitas, dan a Bogotá un aire de superi01 4

importancia en comparación con las capitales de los Departa-


mentos.

Quien llega por primera vez a Bogotá se interesa, como es


natural, por las posibilidades de alojamiento. Si bien los hospe-
dajes son caros, lo mismo que en toda Suramérica y en Norte-
américa, puede afirmarse en justicia que tanto la alimentación
como el servicio son muy buenos en los mejores hoteles de Bo-
gotá, muchos de los cuales están dirigidos por extranjeros. Las
comidas suelen ser excelentes y nutritivas. Solo el abastecimiento
de agua··de la ciudad deja bastante que desear, por lo cual son
pocas las habitaciones que disponen de baño.

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También en interés de los viajeros, es necesario hablar aquí
de la asistencia sanitaria en general. Toda vez que la población
india no tiene noción de la limpieza y aseo, ciertas enfermedades
son en Bogotá, por desgracia, epidémicas. Pero las autoridades
hacen todo lo posible por lograr su desaparición, y rarísima-
mente el extranje1·o se ve atacado de viruela, escarlatina o dif-
teria. Otra cosa, lamentablemente, acontece con el tifus, que se
extiende con tanta facilidad. Mientras los colombianos tienen
una cierta inmunidad, siendo raros los casos de muerte por esa
dolencia, los de fuera la sufren más frecuentemente y año por
año se producen víctimas de la misma, pues, luego de superados
los primeros peligros, el corazón no suele disponer de la resis-
tencia necesaria. A menos que a todo extranjero establecido en
Bogotá se le recomendara encarecidamente hacerse vacunar con-
tra el tif'US.

Bogotá haría, seguramente, otra im'P'resión si se pudiera


remediar la inaudita escasez de agua de que, desde años, sufre
la ciudad. Durante los secos meses de verano, la vida resulta
aquí muy dura, pues cada golpe de viento levanta por las calles
grandes nubes de polvo.
Ahora se ha abierto camino, por fin, la con"Vicci6n de que a
toda costa debe de proveerse de agua a la ciudad, y se están
ensayando varios proyectos de gran envergadura. Pero su rea-
lización habrá de durar todavía años y supondrá la inver.~ión
de fuertes sumas. Por esta razón vuelve a surgir continuamente
el plan de convertir a Bogotá en un distrito nacional según el
modelo de Washington. De ese modo la ciudad dispondría en
adelante de superiores medios económicos para su embelleci-
miento y mejoras sanitarias. Por desgracia, los representantes
parlamentarios del resto del país muestran poca comprensión
para ese proyecto, el cual, pese a sus ventajas, ya probadas en
otras repúblicas americanas, habrá de ver pasar aún mucho

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tiempo hasta su verificación. Pero entretanto, y a pesar de todo,
en Bogotá se puede vivir agradablemente. Muchos extranjeros
se identifican pronto con la ciudad, su vida y sus avances, y
terminan por entregarle su afecto más cordial.

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4.- VIDA Y TRAJINES EN BOGOTA

La vida social está determinada en Bogotá por las castas


dominantes, que se fundan en parte en diferencias raciales, y
en parte también en el disfrute de poderíos y patrimonios. Los
blancos y los que quisieran serlo, así como los mestizos, ocupan
las altas posiciones sociales y todos los altos cargos. Solo excep-
cionalmente han conseguido llegar algunos indios hasta las supe-
riores dignidades de la política, y ello por medio de una extrema-
da astucia, gobernando asi el territorio que se les confiara.
Ejemplo de ello fue el antiguo Presidente de Cundinamarca, co-
nocido de todos por "el indio Aldana", y un Vicepresidente de la
República, el General Payán, a quien, también con menguado
respeto, se llamaba uel indio Payán". Por otra parte, el patri-
monio sirve para dar prestigio a cualquiera. Aunque la respec-
tiva fortuna no haya sido allegada de manera enteramente ho-
nesta, el feliz potentado no es evitado por la sociedad, sino que
adquiere la fama de hombre hábil de hombre vivo.
La clase superior se compone de la aristocracia del dinero
y de los latifundistas, que viven en la ciudad de sus rentas, diri-
giendo el cultivo de sus campos por medio de administradores
(mayordomos). Solo actualmente se ha remediado en parte esta
deficiencia. A la mencionada clase pertenecen también los altos
funcionarios, los muchos advenedizos de la política, y también
algunos funcionarios de menor categoría que prefieren comer

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mal a perder algo de su posición. Viene luego la nobleza consti-
tuida por quienes viven de las llamadas profesiones liberales,
como médicos, abogados, profesores, etc. Y por último, los mu-
chos que llegaron a adquirir un capital de importancia en los
distintos Estados de la República y han ido a establecerse a la
capital por dar a sus hijos una mejor educación o con el fin de
pasar allí el resto de sus días tranquila y felizmente. Bogotá es
realmente para la mayor parte de los colombianos, a quienes
faltan puntos de comparación, el verdadero El Dorado, la más
atractiva de todas las ciudades de la tierra.
El tono predominante en la repetida clase es el lujo. Por
insignificantes que muchas casas parezcan exteriormente, su in-
terior se distingue por la comodidad y hasta por la pompa de la
instalación. Construidas según el modelo de las villas romanas,
las estancias principale de la mansión se agrupan en torno a
un gran patio. En éste se ha dispuesto, casi sin excepción, un
magnífico jardín donde brotan flores durante todo el año y en
el que se alzan estatuas y cantan por doquier plácidas y seduc-
toras fontanas. A la derecha del amplio corredor por el que se
llega al patio, está, por lo común, la sala de recibir, o el salón,
que da a la caile. A dicha pieza siguen las demás habitaciones;
éstas tienen de ordinario puertas, en lugar de ventanas, hacia
el patio, pero no dan directamente al mismo, sino que desembo-
can primero en una especie de vestíbulo para pasearse. Al fondo
del patio cuadrangular está el comedor, lindamente decorado.
Como detrá hay todavía un segundo patio, el comedor suele
recibir luz por ambos lados. En torno de este otro patio se
agrupan las cocinas y construcciones anejas. En casas de pro-
fundidad aun mayor, existe un tercer patio con establos, corra-
les, o huerta, o bien un pedazo de terreno con yerba como lugar
de juego para los niños.
En el salón se ven los ya conocidos y pesados muebles tapi-
zados de damasco, y lo adornan altos espejos, no faltando nunca

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el piano. Quien calcule los gastos de traslado de esos enormes
espejos subidos a cuestas desde Honda, considerando además la
fragilidad de la carga, se asombrará necesariamente ante tal
despliegue de suntuosidad. Preciosos cortinajes atenúan la luz
de la estancia, y ricas alfombras amortiguan los pasos, una
grandísima lámpara de vidrios pende del techo. N o nos equi-
vocamos, sin duda, al afirmar que la mayoría de estos salones
bogotanos superan en riqueza a los nuestros. Solo una cosa ates-
tigua aquí el estado de retraso en rela_ción con nuestra cultura:
es raro ver en las paredes de estos salones cuadros o grabados
realmente buenos, los que dan casi siempre la medida de la altura
espiritual del dueño de casa. Con frecuencia las paredes apare-
cen desnudas, o adornadas con esas cromolitografías de tan esca-
so valor artístico. Mayor es también la abundancia de figurilla
sin valor que la de verdaderos objetos de arte.

En ocasiones festivas o solemne se ostenta un lujo y mag-


nificencia que en nada tiene que envidiar a las casas principales
de París. Me acuerdo a este propósito de un baile de bodas en
la mansión de la familia Santa María de Mier, donde hicieron
acto de pr esencia, con toda la aristocracia de la ciudad, las en-
cantadoras bogotanas, ataviadas con los más selectos y modernos
trajes de baile, y lo . caballeros, todos de frac. El arreglo de la
casa, embellecida por un sin fin de las más aromáticas flores,
P.ra verdaderamente magnífico, pese a las prot>orciones relativa-
mente reducidas de las salas, si se tiene en cuenta que asistían
más de doscientas personas; entre ellas se encontraba el Presi-
dente de la República. El valor de los regalos de boda que se
hallaban expuestos en tal ocasión era muy grande, pues ascendía,
según cálculos de los expertos a unos 12.000 dólares (en espe-
eial brillantes y otras joyas). Por lo común, también son muy
suntuosas las reuniones en el Palacio Presidencial. En contraste
con la parte exterior de este edificio, de traza poco monumental,
los interiores pueden calificarse de preciosos, con su Salón Azul

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y su Salón Amarillo, así como la galería de retratos de los
héroes de la Independencia, si bien el conjunto aparece españo-
lamente recargado.
Tales fiestas son, en todo caso, pequeños acontecimientos
y se comentan vivazmente en la prensa. El bogotano, tan amigo
de fiestas y diversiones, no es de los que gustan de la ocultación,
y prefiere para sus cosas todo el posible boato.
En los círculos sociales de Bogotá hay dos tipos que atraen
nuestra atención: el cachaco y el pepito. El primero de ellos, ya
casi extinguido, representaba el elemento juvenil y soltero, libre,
alegre y despreocupado, y lleno de gracia chispeante, pues el
bogotano se caracteriza por sus buenas salidas y su pronto humor
de verdadero esprit francés, emparejado a la sal andaluza. El
cachaco encarnaba el risueño y espontáneo gozo de vivir, la cons-
tante disposición a la broma y a la chanza, pero todo ello unido
a una fina discreción y lleno de dignidad. En cambio, el pepito
es el pisaverde de capital, aburrido de todas las cosas, sentimen-
tal e infatuado, que solo en la moda y en el lujo refinado es capaz
de hallar alguna diversión, y que huele de continuo a perfumes.
El pobre, triste ~~joven viejo".
A causa de la falta de recreos públicos, la vida social e
desarolla tanto más en los salones particulares, y así tienen lugar
muchas veladas y tertulias. Estas fiestas, en las que surgen de
continuo nuevas estrellas sobre el poético cielo de la hermosura
juvenil, señalan toda la extensa gama hasta la sencilla diversión
a base de baile, donde enamoradizos estudiantes y amables mu-
chachas se hacen la corte y donde, en lugar de rico vino, se beben
innumerables copas de brandy o coñac a la salud y felicidad de
todas las personas y por todos los acontecimientos imaginables.
N o hay que olvidar las amenas reuniones que se celebran en
honor de los diputados -o sea, para granjearse a los diputados-,
y en las que la comida y el vino desempeñan ya un papel de

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importancia, o las primeras recepciones que ofrece una familia
de procedencia campesina, deseosa de lanzarse a la vida social.
Por desgracia, en estas fiestas suelen bailarse casi exclusivamen-
te danzas foráneas, relegándose cada vez más el tan gentil pa-
sillo. Si las parejas supieran lo graciosamente que se mecen al
compás de esa danza nacional. ..

Otras reuniones sociales son escasas, y constituyó un acon-


tecimiento cuando yo di mis conferencias públicas, sobre temas
históricos y filosóficos, en el Aula de la Universidad, un enorme
salón con tribunas, cuya decoración se distinguía por su buen
gusto. A las conferencias asistían también damas, que de ese
modo distraían algo su monótona existencia y que, también, al
tiempo de retornar a casa y liberadas ya de la impresión de mis
exposicione científicas, podían permitirse algunos minutos de
conversación con sus admiradores. Esto duró hasta que un ecle-
siástico del templo de San Carlos se sintió inclinado a prevenir
desde el púlpito, de la asistencia a tales disertaciones.

Son también raros los conciertos públicos, excepción hecha


de los que dan las dos bandas militares, pues se ha carecido de
una buena orquesta. Cierto que no faltaban algunas pianistas
notables, pero era cosa fuera de regla escuchar música clásica
verdaderamente buena en alguna casa particular, y yo agradecí
inceramente cada vez que e me ofreció un placer de tal género
por parte de cierta familia . Mucho más frecuente era, en cam-
bio, el martirio de escuchar el desconsiderado aporreo de piezas
de ejecución realmente difícil. Hasta las interpretaciones que
alían del abominable organillo de un italiano que vino a dar en
las alturas de Bogotá, merecían allí arriba el honor de ser pre-
entadas como música, y cuando un día apareció por Bogotá uno
de esos tipos célebres que tocan a la vez diversos instrumentos,
se veía siempre rodeado de un apretado auditorio, no solo cons-
tituido por la propicia juventud, sino por toda clase de gentes,

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con lo que hacía pingüe negocio. Precisamente por esta causa,
el pobre tuvo un funesto fin, pues su acompañante lo asesinó y
se dio a la fuga con todo el dinero reunido.

Por aquel entonces, no obstante, Bogotá contaba ya con un


teatro. Por ciertÜ) que el interior del mismo parecía horrible-
mente peligroso en caso de un incendio, por lo dificil de sus
salidas. Hay que anotar que a aquellas alturas andinas contadas
veces llegaban buenos conjuntos, y lo más frecuentes era encon-
trarse con voces de ópera ya cascadas y con desechos de naufra-
gio. Por tal motivo, y dadas las exigencias, verdaderamente
elevadas, del público, la afluencia de éste era siempre escasa,
más aun cuando, en época de lluvia, los rebosantes arroyos de
las calles hacían difícil e incómodo el retorno a casa por la noche.
Pero cuando el teatro estaba bastante lleno, uno podía sentirse
transportado a una gran ciudad. Los caballeros, de negro, vigilan
desde el patio de butacas los palcos y galerías donde resplancede
la hermosura de las damas, con sus mejores atavíos, realzados
por la gracia que les es natural. En el aspecto teatral se ha
mejorado ahora gracias al nuevo coliseo recientemente cons-
truido.

Cada año por el mes dediciembre, se recreaba todo el mun-


dQ con la contemplación de un original espectáculo. En alguna
gran sala de la ciudad se exponía el llamado pesebre. Este repre-
enta propiamente el lugar del nacimiento de Cristo como podría
mostrarse en un teatrillo de feria. En primer término aparecían
en la escena toda clase defiguras automáticas, o bien se ofrecía
al fondo una pequeña embocadura de teatro de títeres. Los co-
mediantes que allí intervenían eran en su mayor parte gentes
del pueblo. Todo cuanto de chiste y humor palpita en las exten-
sas capas populares de Bogotá se hacía patente en las represen-
taciones. Todos los acaecimientos cotidianos salían allí a relucir
en forma cómico-satírica, lo mismo el congreso que las altas

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personalidades, y también tipos extranjeros; el inglés, como es
natural. Era como un gran espejo que ponían ante el rostro del
pueblo sus propios y sencillos Aristófanes.
Otro entretenimiento se ofrecía al público durante la revo-
lución de 1885: la lidia de toros bravos en la plaza de San Vic-
torino, convenientemente cerradas sus bocacalles. De treinta a
cuarenta colombianos a caballo caracoleaban y corrían por aque-
lla arena. Objeto de la corrida era un torete que los jinetes acosa-
ban de un lado para otro. De lidia no podía hablarse. Cuando el
animal estaba fatigado, se le sacaba de allí. Pero era divertido
verle saltar, y a veces algún lidiador demasiado "valiente" recibía
unas cuantas acometidas. En tal ocasión se veían, por cierto,
caballos muy hermosos. La equitación es un deporte de las clases
elevadas. Con motivo de una cabalgata que e hizo en el año
1883, tuve ocasión de admirar unos cientos de ejemplares mag-
níficos, bien montados y bien presentado .
En general el extranjero goza n Bogotá de una excelente
acogida, y se le trata del modo más servicial si es que él sab
timar la confianza otorgada y corre ponder amablemente a las
rsonas. Ello hay que atribuirlo en parte a la circunstancia de
{1ue lo extranjeros no son numerosos en Bogotá. Por la mitad de
lo~ años ochenta, su cifra no pasaba, sin duda, de los doscientos.
Alemania estaba representada por comerciantes e investigado-
res; Francia, por una muy unida y den a colonia de gente dedi-
cada al comercio por mayor o menor, peluqueros, confiteros, hote-
leros. . . y también algunos aventureros auténticos; Italia, por
arquitectos, modelistas, comerciantes, estañadores y zapatero
remendones; Suiza tenía solo dos o tres súbditos en el país.
A su llegada, el extranjero recibe la visita de las personas
que desean tener trato con él. La mayor o menor rapidez con que
devuelve la visita, da la medida de la confianza concedida a la
relación que se acaba de establecer. El forastero comienza por

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hacer sus visitas, y ello solo los domingos por la tarde, entre la
una y las tres. Esto constituye un tormento para la persona ne-
cesitada de descanso, y yo me substraje lo antes posible a tal
compromiso, aun a riesgo de que se me atribuyeran tendencias
de misántropo. Estas visitas, por otro lado, no aprovechan en
nada al espíritu y son demasiado formulistas y rígida~ .3e habla
del tiempo y siempre hay que responder a las mismas preguntas :
"¿Se encuentra a gusto en Bogotá?" "¿Tiene usted noticias de
su familia?", etc. Si se ha establecido algo más de conifanza, se
inquiere: "¿Cuántos son ustedes en la familia?" Cuando se tiene
In impresión de que las visitas no resultan desagradables en una
casa, se las repite con mayor frecuencia, y entonces, como testi-
monio de confianza, se recibe la invitación para tomar por la
tarde el refresco, al que sigue una horita de charla.

La conversación no tiene desde el primer instante nada del


carácter que corresponde a una gran ciudad, y se evidencia en
seguida el descuido en la instrucción de la mujer cuando la hija
de la casa se decide a intervenir en vez de dejar que lo haga su
omnisciente mamá. Bogotá, por ello, resulta pronto aburrida a
más de un extranjero, en particular si es que no quiere some-
terse a la tiranía de las ceremonias sociales o si no le divierte
introducirse más de lleno en la vida de las clases elevadas.

El capítulo más importante de las conversaciones lo consti-


tuyen, como en tantos otros sitios del mundo, las peticiones de
mano y las bodas, y a menudo también los escándalos, intrigas
y chismes, en lo que no se suele rendir excesivo tributo a la
verdad. Por descontado, la afición a los escándalos tiene mucho
donde cebarse en medio de una gran ciudad en la que, como en
Bogotá, lo más culminante de la sociedad tiene frecuentemente
algo de cínico. Tanto más supe yo apreciar la fortuna de ser
introducido en algunas familias principales donde todo se halla-
ba rodeado de una noble atmósfera espiritual, familias que hon-

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rarían altamente a cualquier pueblo y a cualquier nación y que
a mí personalmente me place tomar como dechado. Aparte de
esto, me resultó ameno y aleccionador el trato de los diferentes
representantes diplomáticos, pues casi todos los grandes Estados
europeos, al igual que las repúblicas hispanoamericanas, tienen
sus respectivas misiones en Bogotá. Si bien esos señores, al igual
que los profesores universitarios, se critican "amistosamente"
unos a otros o se dedican improperios, con ellos puede hablarse
con libertad del país y de la gente, y completar y elaborar las
impresiones propias.

Estos intercambios de opiniones tienen un valor tanto más


benéfico por cuanto el colombiano, con razón, no tolera que el
extraño se inmiscuya en sus asuntos internos, de modo especial
en los políticos, y en ese particular precisamente encuentra uno
un peligroso escollo. Toda reunión de hombres se mueve siempre,
en más de sus tres cuartas partes, en el terreno de la política
actual. El extranjero que día a día escucha el comentario con-
tinuo de este tema, se siente fácilmente atraído por la "conver-
sación" y empujado a participar apasionadamente en ella. Todas
las precauciones son pocas a este respecto, y uno debería abs-
tenerse de meter baza en el enjuiciamiento de los negocios del
país.

El hecho de que una parte principal de la vida pública se


va aquí en política y polémica está ya atestiguado por la gran
cantidad de carteles que tapizan todas las esquinas. Su lectura
no era muy agradable, que digamos, para el extranjero, pues,
con la absoluta libertad de prensa por entonces reinante, se
insertaban en aquello afiches hartas calumnias anónimas, y
hasta se presentaban en gruesos caracteres cosas tocantes a de-
terminados dictámenes médicos y cuyo secreto hubiera corres-
pondido a la más elemental discreción. Un ciudadano propicio
al enfado o un extranjero de malas pulgas tenía motivo suficiente

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para llenarse de indignación a la vista de semejantes carteles.
Alguien que simplemente se había limitado a cumplir con su
deber, era felicitado allí en medio de los más excesivos vocablos.
Igualmente se presentaban telegramas exagerados de, por ejem-
plo, una empresa de ferrocarriles. "Antes de acabar el presente
año, estará listo el ferrocarril de la Sabana", se escribía el 1Q de
octubre de 1882, promesa que solo un decenio más tarde llegaría
a cumplirse. Los curiosos no faltaban nunca, por cierto, ante
dichos carteles en los tiempos de agitación. Después de cierta
práctica, una sola ojeada nos bastaba para enterarnos de la tras-
cendencia del caso.
El sexo fuerte, atento siempre a la política y a todo lo nue-
vo, se congrega a la tarde, entre las cinco y las seis, después de
la comida. El lugar de cita es alguna tienda o comercio, o bien
el Altozano, la gran terraza que se extiende delante de la cate-
dral. Y se comentan todas las novedades del día de la manera
más exaltada, pero también má despierta e ingeniosa. Cuando
hay revolución, allí es donde se ponen a circular los más pere-
grinos rumores y bulos, y donde cualquier hecho de importancia
mínima se configura como una verdadera acción de Estado. El
político y el intrigante se encuentran allí en su elemento; en
democrática libertad, pero sin re peto alguno para las más pres-
tigiosas personalidades, se le endosa algo a cada cual. Aquello es
una auténtica ágora. Por tal razón, el hombre de Bogotá no rinde
precisamente mucho como ciudadano en medio de tan demoledora
crítica, y las fuerzas dominantes, las fuerzas impulsoras proce-
den harto frecuentemente de las provincias. En tales negocios
no consiguen alterar cosa alguna su susceptibilidad en cuestiones
de honor, ni su acusado individualismo ni siquiera su vanidad.
Sería mejor, acaso, que tomara algo más en serio, de cuando en
cuando, sus propias incumbencias y deberes. Aquí es textualmen-
te cierto que la política corrompe el carácter. Ella es quien im-
planta aquella vacuidad y aquel vicio de la fraseología que sientan

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tan desagradablemente al que llega de fuera. Asi, por ejemplo,
me decía una vez un partidario de la incineración de los cadá-
veres que ésta era "su sueño dorado". Pero, en general, el bogo-
tano de la buena sociedad es leal y altruista y, sobre todo, buen
amigo.

Una clase merecedora de toda simpatía constituyen en Bo-


gotá los artesanos. Liberales en su mayoría y accesibles a las
ideas nuevas, deseosos de ilustración y buscándola en todas par-
tes, hasta en las cosas que les son muy lejanas, y creyentes como
en un evangelio en principios aceptados resueltamente y de una
vez, los artesanos se dan cuenta de su fuerza. Son inteligentes y
diestros y están poseídos de un gran espíritu de emulación. Por
desgracia, se ha empezado a querer levantar varias industrias
mediante exagerados aranceles proteccionistas, pero de ese modo
solo se ha conseguido entorpecerlas, arrebatándoles su concien-
cia de clase, muy elevada en virtud de la competencia. Además,
los artesanos fueron también muy mimados y estropeados, y ello
con intención precisa, por los desalmados políticos de los años
últimos, de modo que se aplicaron mucho más a la política que
al estricto y concienzudo trabajo.

En el punto más bajo de la escala social se halla la gente del


pueblo, utilizada la palabra pueblo por los bogotanos en el sen-
tido de plebe, o sea los indios "civilizados". Ellos son los que con
1 trabajo de sus manos cultivan la tierra; ellos son los mediado-
res del tráfico económico, pero también las bestias de carga de
las clases superiores; ellos son quienes han de apechar con los
desempeños más bajos. Las mujeres tienen igual parte en sus
esfuerzos, y hasta en algunos lugares trabajan más duramente
que los hombres. Estos, en cambio, sirven de carne de cañón en
las guerras civiles. Es una masa obtusa y amodorrada, no falta
de dotes naturales, pero que, mantenida por los españoles bajo
total opresión, ha dormitado durante siglos enteros, y que, a

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causa de los modernos exploradores, de los latifundistas y los
políticos, no ha llegado todavía, en modo alguno, al disfrute de
un destino mejor. Pese al carácter relativamente bondadoso de
estas gentes, que no conocen funcionario alguno del estado civil,
las peleas son en Bogotá, si no frecuentes, por lo menos no raras,
en particular si la chicha, ingerida en demasía, ha llegado a
embrutecer las cabezas. A esta clase le dedicaremos todavía un
estudio más detenido, después de describir nuestras correrías
por el país y luego de haber analizado su historia.
Especialmente simpático es entre los tipos de la clase baja
el gamín o chino de Bogotá, que se alimenta y se hace grande lo
mismo que los lirios del campo. El gamín bogotano trabaja pri-
mero de limpiabotas; luego, de vendedor de periódicos, de man-
dadero, y finalmente es soldado. Sumamente vivo y desenvuelto,
de gran astucia e inteligencia, constituiría un magnífico material
pedagógico si se cuidaran de educarlo, pues él conoce bien el
valor de la instrucción. Es raro el muchacho de esos que no sepa
leer y al que no se vea hacerlo cuando le queda un rato libre.
Si así no fuera, los otros se reirían de él, y tiene que aprender
por' sí solo ese arte. Ordinariamente e "liberal", sin compren-
der, como es lógico, lo que esa denominación de partido encierra
en sí, pero sintiendo que tal grupo ideológico cuide con mejor
voluntad de su suerte y su educación. En las revoluciones el
gamín pasa casi siempre a formar parte de la tropa. Yo vi una
vez un batallón entero de estos pobres chicos y chicuelos, entre
los once y los diecisiete años, desfilando bajo la carga de su
pesado armamento. En el ataque despliegan la más extraordi-
naria bravura, y con un batallón semejante no es raro que se
tomen al asalto importantes posiciones, en las que más de uno
es alcanzado por el plomo en su aguerrido avance despreciador
de la muerte.
Como ejemplo de la prontitud y gracia del ingenio de los
gamines, van aquí algunas pequeñas muestras:

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Un señor de enorme estatura, con no menos enormes pies,
se hace limpiar los zapatos y, después de servido, va a entregar
el acostumbrado óbolo de un medio, o sea 25 rappen. El gamín
contempla largamente la moneda, y el señor pregunta impacien-
te: -¿"No está bien?, ¿no cuesta un cuartillo (12 ylfi. rappen)
por pie?" El gamín responde: -"Sí, por pie, pero el suyo hace
un metro".

Los voceadores de los diarios llenan las calles, al salir una


edición, con fuerte griterío: ¡"La Reforma! ¡Acaba de salir este
periódico noticioso! ¡No vale sino cinco centavos el ejemplar!
¡Contiene! ... " Y sigue la enumeración de los artículos y noti-
cias principales. Como mis conferencias públicas aparecían rese-
ñadas en algunas de esas hojas, su título era gritado también
por los pequeños vendedores. Pero mi nombre les creaba dificul-
tades, que ellos, con rápida resolución, sabían salvar. Imitando
con una mano el girar de una reueda, pregonaban: "¡ Conferen-
cias del Profesor Rrrr ... !"

Durante una revolución, se dio en Bogotá la orden, que


los militares hacían cumplir estrictamente, de disolver en la
calle todo grupo de tres o más personas. Al aparecer de pronto
el extraordinariamente obeso don Salomón X, gritaban los ga-
mines : -"¡Disuélvase el grupo!"

A pe ar de lo revuelto de la situación social, la policía estaba


muy exiguamente representada en Bogotá; la guarnición era la
que cubría el servicio de seguridad y vigilancia. En 1884 con
motivo de unas elecciones, se formó un gran cuerpo de policía
que se presentaba, de la manera más curiosa, con unos unifor-
mes de dril en blanco y negro, cuerpo que dejó de existir muy
pronto. Hoy día existe en Bogotá una gendarmería conveniente-
mente organizada. Para el servicio de investigación se utilizaba,
no obstante, a la policía. Los agentes de seguridad, en traje de

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paisano, iban armados de fusiles de avancarga, especie de tra-
bucos, que ellos llevaban con el cañón hacia abajo. En las deten-
ciones de importancia intervenían, con toda pompa, los miem-
bros del ejército, que colocaban en medio a la persona arrestada.
Los penados o presidiarios, vestidos de gris, se empleaban en
trabajos en las calles, arrancando malas yerbas en las plazas
o como obreros de la construcción. Su custodia estaba encomen-
dada a los soldados, pobres indios, que de buena gana confrater-
nizaban con ellos. Y ¿cómo iba a ser de otra forma? ; todos los
presos, casi sin excepción, pertenecían a la más baja plebe, en
tanto que la "mejor" sociedad apenas si llegaba alguna vez al
contacto inmediato con la justicia penal. Solo en las épocas más
revueltas se han utilizado presos políticos para barrer las calles.

De cuando en cuando, los presos ofrecían a los transeúntes


pequeños objetos, como tallas en madera, trabajados por ellos
mismos. A veces se les permitía entrar en una taberna y tomar
a toda prisa un trago de chicha. Después de oscurecido, se les
llevaba entre dos filas de soldados con bayoneta calada, y así
pasaban lentamente, en desfile ruidosísimo y regocijado, camino
del Panóptico a través de la ciudad. ¡Qué modo de charlar, de
fumar, qué de gritos y denuestos! Si no fuera por la presencia
de los soldados, apenas si habría podido saberse que se trataba
de un grupo de presos. Posteriormente se controlaron ya más
aquellos excesos. Pero entonces se hallaba todavía en sus co-
mienzos la reforma penitenciaria. La prisión era más bien un
lugar donde los indios pasaban la vida sin trabajar demasiado.
Muchas gentes compasivas, fuera de esto, mejoraban la suerte
de aquellos pobres diablos, que de ordinario recibían duros cas-
tigos mientras algún pícaro redomado se escapaba sin escar-
miento. Ni enmendados, ni tampoco empeorados, eran puestos
en libertad. Las evasiones se producían de cuando en cuando.
Los delincuentes peligrosos eran vigilados severamente.

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¿Cuál era, en líneas generales, el estado de la delincuencia?
El homicidio es cosa bastante frecuente entre las clases infe-
riores, pues la vida no tiene el mismo valor que entre nosotros;
solo que, es necesario anotarlo, el homicidio se comete sobre todo
en situaciones de exaltación afectiva o en estado de ebriedad. Los
delitos con propósito de lucro, los asesinatos por robo, eran raros
por los años ochenta, tan raros que el caso de una señora joven
residente en las afueras de la ciudad en Los Alisos, y que fue
muerta por su sobrino el año 1879, resultó algo verdaderamente
sensacional y seguido por todos como un hecho de excepcional
maldad, constituyendo por mucho tiempo objeto obligado de las
conversaciones. La penalidad máxima que entonces podía imponer
un tribunal de justicia eran diez años de presidio. La pena de
muerte se hallaba abolida. De este extremo vino a darse en el
contrario después de la revolución de 1885, al aumentar el nú-
mero de delitos como consecuencia del estado de desmoralización.
Entonces, como concesión al partido clerical, volvió a introdu-
cirse la pena máxima; el verdugo volvió a ejercer su cometido
en Colombia. Pronto vino a demostrarse nuevamente en este
país, y ae modo muy marcado, la falta de sentido de la teoría
del escarmiento. Pese a la horca y al fusilamiento, la cifra de
lo delitos graves creció en notable proporción, lo que prueba
que en la criminalidad deciden otras circunstancias, ante todo la
pobreza y la miseria. Mucho más adecuada que la implantación
de la pena capital sería una reforma radical de la justicia, pues
la situación deja mucho que desear a este respecto. Los procedi-
mientos son lentísimos y costosos, y la imparcialidad, sobre todo
en las instancias inferiores, presenta notables deficiencias.

La descripción de la vida social en Bogotá hemos de cerrar-


la, ¿como no?, con una referencia a los cementerios, donde todo
lo terrenal halla su fin. Bogotá posee tres necrópolis : una protes-
tante, en la cual los muertos reciben sepultura en tierra, y dos
católicas. El cementerio principal está constituido por un edificio

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circular, de 340 metros de periferia y un diámetro de 113 me-
tros, en cuya parte sur se alza una capilla. A ésta va a parar
una ancha calle bordeada de árboles, flores y magníficos monu-
mentos funerarios. En el muro del edificio citado hay mil tres-
cientos cincuenta nichos para adultos y cuatrocientos para niños,
distribuídos por lo general en hileras de cuatro o cinco nichos
uno sobre el otro. Estos tienen una forma parecida a la boca de
un horno, pero son tan estrechos que corresponden solo al tama-
ño del ataúd. A unos cincuenta pasos de ese edificio principal
se eleva una curiosísima construcción de ladrillo, a la que lleva
una ancha y alta escalinata, y donde hay trescientos cincuenta
nichos más, destinados a los pobres. Los bogotanos de las clases
educadas practican un culto, verdaderamente noble, a los muer-
tos. Los nichos aparecen casi siempre adornados con flores y
coronas. El Día de Todos los Santos, Bogotá entero acude a los
cementerios a rogar por los difuntos y a oír las misas que se
dicen en sus tumbas. Ocurría también a veces ver por la calle
a un grupo de gente pobre que llevaba en hombros a su difunto,
atado simplemente a una tabla, así que cualquier transeunte
podía ver el cadáver, envuelto en un vestido lo posiblemente
bueno o a veces en una sencilla mortaja blanca. Los indios forman
un cortejo que desfila generalmente con mucha rapidez y sin
tristeza visible pues consideran la muerte como una redención
que abre las puertas del Paraíso. Sobre todo cuando el muerto
es un niño ya bautizado, más bien reina la alegría que el duelo,
pues el dulce angelito goza ya de felicidad en la gloria sin haber
gustado las penalidades de la tierra.

Los entierros de los ricos son muy pomposos. Después de


la misa de difuntos en la iglesia, el magnífico féretro es trans-
portarlo en el rico coche mortuorio, encristalado y tirado por un
tronco de caballos. El costo de tales entierros se eleva hasta
varios miles de francos, y el lamentable lujo que rodea la cere-
monia es cosa aquí tan obligada, que las familias de pocos

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recursos pero que aspiran a conservar el llamado rango de clase,
han de mirar con espanto los gastos del sepelio. En verdad, ¡qué
fea deformación del verdadero dolor! Las solemnidades fúnebres
de carácter público devoran sumas aun más grandes. Así, por
ejemplo, las honras fúnebres de mi antecesor en el cargo, el
librepensador Rojas Garrido, gran tribuno del pueblo, muerto
un año después de mi nombramiento para la Universidad, cos-
taron al Estado la cantidad de 6.600 pesos, o sea 33.000 francos.
Los restos mortales de esos hombres públicos inhumables por
cuenta del erario se exponen primero en el salón de la cámara
de representantes o en el paraninfo de la Universidad, donde se
les vela y rinde honores durante uno o dos días. El público aflu-
ye en masa como para ver el cadáver de un soberano. En el en-
tierro de hombres célebres, el cortejo hace alto ante la entrada
del camposanto, y allí, desde una elevada tribuna, los amigos y
oradores van declamando uno tras otro sus discursos en honra
del finado. En tal sentido se ha creado aquí un tipo propio de
elocuencia en el que los europeos quedamos muy a la zaga. Pero
como algunos hablan allí no con otro fin que el de presumir a
costa del muerto o para arrastrar a los fascinados oyentes a la
per onal admiración por el orador, resulta que no siempre pue-
den evitarse los testimonios entusiásticos en forma de ruidoso
aplauso cuando así lo piden las retóricas finezas de la oración
fúnebre. Las notas necrológicas que en todo periódico local apare-
cen para celebrar hasta a los más insignificantes difuntos, están
también llenas de frases de mal gusto y de imágenes impropias
y sin contenido, de suerte que producen una impresión entera-
mente opuesta a la deseada. Ante la excelsa majestad de la
muerte conviene modestia y recogimiento, y no pompa y char-
latanería.

Sumamente desagradable era para mí el último acto del


entierro. Se levanta la tapa del ataúd, y un sucio y embadurnado
peón de albañil, ni siquiera vestido de negro, se acerca con una

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pequeña caja de cal, que vuelca sobre la faz del muerto. Gentes
piadosas, empero, la han cubierto antes con un paño. Entonces
vuelve a clavarse el féretro, y finalmente, en medio de toda clase
de gritos, nada edificantes, de los seudo-enterradores, se le em-
puja hacia lo profundo del nicho. Este es tapiado seguidamente,
mientras los deudos del finado aguardan a ver concluido el pe-
queño muro. Por lo común, en el hueco semicircular que forma
la embocadura del nicho suele colocarse más tarde una lápida
de mármol. En las defunciones no faltan nunca las damas pla-
ñideras, que revuelven toda la casa, ni tampoco amigos verda-
deramente condolidos, los que se encargan de dar consuelo al
que sufre directamente la pérdida y se quedan a acompañarle
si así lo desea, pues el bogotano es grandemente sen ible y com-
pasivo ante las desgracias del prójimo.

Los entierros civiles eran relativamente escasos en el tiem-


po de mi permanencia allí. Pero cuando el notable y por todos
venerado, doctor Manuel Ancízar, varias veces Ministro del Exte-
rior y de Gobierno, Profesor de Filosofía y Rector de la Uni-
versidad del Rosario, recibió en mayo de 1882 sepultura no ecle-
siástica (por disposición propia), y ello in que el clero pudiera
atribuirle nada malo, por la gran honestidad y virtudes que le
distinguieron en vida, su ejemplo empezó ya a ser imitado de
cuando en cuando por sencillos artesanos y gentes del pueblo.
Por lo demás, el acto del enterramiento, y hoy en particular, se
halla bajo el entero dominio de la Iglesia.

Es oportuno dediquemos a la vida eclesiástica un aparte


especial. La Iglesia Católica, dotada del más amplio poderío por
los españoles, es para las clases bajas la única representante de
la sanción moral y de un idealismo, si bien tosco, del anhelo
humano hacia algo más alto e inaprehensible. La Iglesia es al
propio tiempo la más importante guardadora del arte, y casi la
única guardadora, por habérsela dejado sola en su esfuerzos

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en tal sentido. Con su solemne ritual infunde veneración y santo
temor; con su música de órgano eleva el espíritu, y con sus cán-
ticos es casi la única que cultiva la forma coral y la armónica
unión del canto individual y el colectivo. Por último, en torno
a la Iglesia se concentran los principales acontecimientos de la
vida del hombre, como también los usos cotidianos. En ella se
dan cita no solo los espíritus anhelosos de religión, sino t ~ mbién
los de todas las comadres, de los aburridos y los de los enamo-
rados. Ante el templo se planta la "esperanza de la Patria", la
juventud masculina, con el fin de ver desfilar una a una a las
hermosas bogotana , observándolas de arriba abajo.

Exteriormente, la Iglesia Católica goza de gran poder. Jun-


to con el Ejército, ella es la única fuerza de Colombia organizada
con verdadero rigor, y por eso su importancia en el orden polí-
tico es también decisiva. Bajo su Arzobispo y el Nuncio Apos-
tólico, ha configurado totalmente el edificio jerárquico y se mue-
ve con asombrosa seguridad sobre terreno tan propicio.

Ya en los detalles externos, se aprecia el enorme influjo


de la Iglesia. Cuando por la mañana, algo después de las nueve
la Cat edral anuncia con tre campanadas sordas y solemnes el
santo acto de la transubstanciación, todos los hombres se descu-
bren, permanecen en pie y hacen una pausa en sus conversacio-
nes ; el jinete, por lo común, detiene su caballo. En los primeros
años de mi estancia en Bogotá, babia todavía una gran cantidad
de gente joven y de personas de edad que no ponían atención
a aquella solemne señal. Pero, por la constante disminución del
número de esas abstenciones, pude colegir que se preparaba una
gran transformación en el sentido del dominio clerical, transfor-
mación que ha terminado por imponerse. Por fin, ya no había
quien a las nueve de la mañana fuera capaz de permanecer en
plena calle con el sombrero puesto, a pesar del peligro de coger
un buen resfriado. Lógicamente, también durante la misa de

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cualquiera de las otras treinta iglesias de la ciudad habría que
descubrirse. Igual comportamiento se observaba con motivo de
la extremaunción. Bajo su palio avanzaba solemnemente el sacer-
dote, seguido de ordinario por un número no pequeño de gentes
con velas encendidas. Este acompañamiento era notablemente
más numeroso cuando algún moribundo de rango principal había
de recibir el viático. Todos debían descubrirse tan pronto como,
a cientos de metros de distancia, se veía avanzar el palio. La
mayor parte de las personas de las clases inferiores caían de
hinojos, y en los últimos tiempos hacían lo propio, en medio
de la calle, hasta los caballeros distinguidos, no sin antes exten-
der precavidamente su pañuelo. Solo cuando el sacerdote des-
aparecía por la próxima bocacalle podían ponerse en pie. Hasta
la guardia militar estaba obligada a rendir armas, arrodillán-
dose, juntamente con su oficial, a la correspondiente voz de
mando; al propio tiempo se interpretaba sin cesar la marcha
de banderas. Cuando los sacerdotes vieron que su poder crecía,
preferían cruzar por la Plaza de Bolívar, donde estaba la guar-
dia del Capitolio y donde había siempre mucha gente, al objeto
de recibir el público homenaje· años antes hubieran elegido más
bien calles recoletas y tranquilas. Las personas que no querían
sujetarse al uso general, tenían el recurso de meterse en alguna
tienda. Hubo estudiantes que al negarse a quitarse el sombrero
fueron apedreados por el populacho. Por lo demás, no era raro
que mujeres y hombres de la raza india se prosternaran en el
polvo de la ca1le al paso del Arzobispo solo por recibir un signo
de bendición de su mano.

Verdaderamente solemne era siempre la gran procesión del


Corpus Christi, así como las que salen en Semana Santa y por
Navidad. En la primeramente citada eran notables los arcos
triunfales y los monumentos, o sea altares de flores y plantas
profusamente iluminados, que se erigían en las esquinas donde
había de hacer alto la procesión. En los balcones colgaban los

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más hermosos tapices blancos. Ante los altos dignatarios ecle-
siásticos se extendían inmensas cantidades de rosas ; éstas eran
arrojadas, incluso, desde las ventanas, cayendo sobre ellos como
una verdadera lluvia. Toda la población, vestida de fiesta, se
arrodillaba en las calles o en los balcones cuando pasaba el Sa-
cramento. Iban luego los sacerdotes, con los más suntuosos orna-
mentos ; detrás, entonando una salmodia, los seminaristas ; a
continuación, formados en largas filas, de a dos, los más distin-
guidos señores de Bogotá, que desfilaban con perfecto orden
portando banderas y estandartes; seguidamente, todos los cole-
gios confesionales y finalmente, marchando a paso de parada,
un batallón de escolta. Así desfilaba la procesión. Las dos bandas
militares tocaban solemnes músicas, tañían las campanas, subían
cohetes por el aire, estallaban petardos como en nuestras fiestas
de tiradores. Era una estampa colorista que no podía dejar de
impresionar hasta a las personas no identificadas con aquel acto.
Algo más peculiar era, sin duda, la procesión de Semana
Santa, en la que las estatuas ordinariamente expuestas en la
iglesias eran llevadas en andas por encapuchados. Se veían con
frecuencia imágenes de María ornarlas con vestidura que co -
tarían varios miles de francos, aparte de las joyas de perlas y
piedras preciosas pertenecientes al tesoro de las iglesias y que
adornaban en tales ocasiones a los santos. Especialmente el
Jueves Santo, las iglesias se hallan maravillosamente deco-
radas con flores; merecía la pena recorrerlas, y tanto más porque
allí se reunía todo Bogotá lo mismo que en el teatro. Era en efec-
to, un espectáculo que uno casi se atrevería a calificar de profano,
o tal vez de ingenuo, pero que se gozaba también ingenuamente.
En la Catedral la máxima fiesta era la del Corazón de Jesús,
en cuya ocasión el altar mayor desaparecía prácticamente bajo
un artístico mar de flores. La más selecta música sonaba en
tales solemnidades ; los coros, lo mismo que en las grandes cere-
monias fúnebres, eran realmente soberbios y majestuosos.

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Este cuadro de la magnificencia religiosa tenia también sus
aspectos sombríos que enturbian el recuerdo de aquellas solem-
nidades. Téngase en cuenta que las campanas no se voltean sino
que se repican, y que están sonando día y noche, a cada minuto,
desde el Viernes Santo hasta Pascuas; téngase en cuenta que en
las pausas se celebran las llamadas cuarenta horas, o ejercicios
de oración y penitencia, durante las cuales a cada momento se
organizan con las campanas verdaderos conciertos de fragua ...
Así cabe formarse una idea de la conmoción del tímpano y del
aturdimiento que se experimentaba con tan despiadado ruido,
el cual bien poco tiene que ver con la práctica de un culto reli-
gioso. Con la aglomeración se produjeron en la Catedral algu-
nos desórdenes, que tuvieron por consecuencia el que hombres
y mujeres hubieran de estar separados en distintas naves del
templo.
Con la Iglesia enlazan los di versos centros de beneficencia.
Citamos en primer lugar la Sociedad de San Vicente de Paúl,
que aunque en un sentido estrictamente confesional, hace mucho
bien y organiza bazares o tómbolas en favor de los pobres. Luego,
las Hermanas de la Caridad, que dirigen el hospital principal,
así como un hospicio u orfelinato y otras varias instituciones,
colegios para niñas, escuelas primarias, etc. Por desgracia, estas
Hermanas de la Caridad son tan inclinadas al dinero -del que,
por lo demás, envían grandes sumas a Europa-, que sus pro-
piedades aumentan a una velocidad sorprendente y siempre están
comprando, al contado, nuevas casas. A pesar de sus lamenta-
ciones - yo casi diría limosneos- hay mucha gente, entre ellas
personas caritativas, que ya no les dan nada. Como instituto
independiente, auxiliado por particulares y en especial por per-
sonas sin confesión religiosa y por los masones, ahora prohibidos,
existía entonces el Asi1o de los niños desamparados. Este repre-
sentaba una verdadera necesidad para Bogotá, pues allí se edu-
caba, por lo menos, a los enteramente descuidados golfillo calle-

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jeros, instruyéndoseles para ganarse el pan como miembros
útiles de la sociedad por medio de un oficio manual o cualquier
otro género de trabajo. A la dirección, (religiosa pero, al mismo
tiempo, práctica) de ese instituto era justo otorgarle la más cali-
ficada aprobación. Triste resultaba analizar la fisonomía de mu-
chos de aquellos niños abandonados. Lo que no estaba bien, desde
el punto de vista educativo, eran las muchas exhibiciones y
desfiles públicos de aquellos muchachos, en formación y unifor-
me militar, si bien les venia bien como ejército físico.

No deben dejar de citarse aquí los mendigos, que aparecen


tendidos a las puertas de las iglesias y por las aceras de la ciu-
dad y que muestran inexorables al transeunte sus feas y puru-
lentas heridas en brazos y piernas, suplicándole con lastimero
quejido: "Mi amito, una limosnita por Dios". Es una vergüenza
que a estos seres indolentes y enfermos, víctimas a menudo de la
misma falta de limpieza, no se les ponga a trabajar en un oficio,
o se les de cobijo en algún lugar donde puedan dedicarse a una
tarea o recibir la debida asistencia los más necesitados. La be-
neficencia tendría bastante en que ocuparse con solo vendar tan-
tas heridas. Grande es la miseria en las clases bajas, pero espe-
cialmente entre las que tienen demasiadas aspiraciones sociales,
y los pobres vergonzantes son legión. A ello se suma el inconve-
niente de que en Bogotá hay varios miles más de mujeres que
de hombre . Las consecuencia son fácile de imaginar.

N o era cosa desusada presenciar en las calles d Bogotá


desagradables escenas protagonizadas por enfermos mentales y
que, desgraciadamente, no había policía que impidiera. En los
últimos años, ciertamente, se han allegado con gran paciencia
los medios necesarios para crear un asilo, insuficiente aún, pero
seguro, para esa clase de enfermos (mujeres y hombre ) , y fun-
ciona en Las Nieves.

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En general, el fanatismo de las clases inferiores se mani-
fiesta aún en gran medida contra los que sustentan otras creen-
cias, pero solo cuando se le incita de algún modo. Por otra parte,
el poder de un sacerdote fanático era entonces de tal magnitud
que podía prohibir a las muchachas, y ser obedecido en ello,
que asistieran los jueves y domingos a los conciertos de la ban-
da militar en el Parque de Santander, donde se reunía toda la
buena sociedad. Más tarde hubieron de ser suspendidos aque-
llos bonitos conciertos. Muy digno de estima era el hecho de que
el Arzobispo hiciese todo aquello para elevar la moralidad de
los clérigos. Que entre ellos hubiera algunas ovejas negras, que
hasta llegaban a entablar conocimiento con los órganos de jus-
ticia, es cosa que no admirará a nadie. De boca en boca iban
algunos pequeños escándalos. Todo Bogotá tuvo que reír con la
historia de un cura codicioso al que dos italianos dieron un per-
fecto timo vendiéndole, con toda clase de religiosos pretextos,
dos barras de cobre que él creía de oro.

Más adelante fue el Nuncio quien se esforzó mucho por


elevar la vida espiritual del clero, pues el pobre cura de aldea,
que tiene que trabajar para ganarse el pan de cada día, se
abandona y estropea con harta facilidad. El carácter bonachón
de este clero rural se evidencia en la siguiente anécdota que
católicos serios me relataran innumerables veces. El párraco
del pueblecito de Subachoque refería con vivos colores la Pa-
sión de Cristo. Y como los indios que le estaban escuchando co-
menzaran a sollozar ante todos los escarnios y dolores sufridos
por el Salvador, hubo de exclamar el buen cura: "Pero no llo-
réis; si de Bogotá a Subachoque se miente tanto, ¿qué será
desde Jerusalén a Bogotá?". Esto, por cierto, no quita para que a
los tontos se les embaucara con el cuento de la prisión del Papa
y que hasta se les vendiera paja de su celda a precios consi-
derables.

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Pese a la prepotencia de la Iglesia, muchos bogotanos se
hallaban apartados de ella -la mayoría íntimamente, solo unos
pocos de manera pública-. Esto tocaba en especial a la juven-
tud universitaria, a algunos cientos de artesanos y a unos pocos
hombres de ciencia. El número de los valerosos adversarios era
muy exiguo. La mayor parte siguen con sus prácticas religiosas,
aunque ya no crean en la eficacia de las mismas. Van a misa,
confiesan y reciben los sacramentos en el lecho de muerte, sin
que les inmute ese formalismo hipócrita. La Iglesia no pide más.
Cuando se trataba de pecadores recalcitrantes, pero importan-
tes por su cargo o posición, acudíase al experto y fino Nuncio,
quien ingeniaba alguna fórmula, y con ella se satisfacía al en-
fermo. Este, abjurando de sus errores, volvía al seno de la Igle-
sia. La tolerancia que realmente existe se debe menos a la re-
flexión que a una bonachona indolencia. Pero, al menos, y pese
a la reacción del clero católico el año 1885 y a la presión ejer-
cida sobre todas las conciencias, se logró tanto, que la nueva
Constitución de 1886 -la cual declara como religión de la Na-
ción la católica, apostólica, romana- garantiza la libre prác-
tica de los otros cultos y confirma solemnemente, por lo menos
en el papel, el principio de la libertad de credo y de conciencia.

De Bogotá se ha dicho con alguna razón, que es un conven-


to en armas, pues, junto a la Iglesia, mandan las fuerzas arma-
das, o más bien sus jefes. Colombia cuenta con un ejército re-
gular de algunos miles de hombres, con efectivo variable, hallán-
dose en la capital las mejores fuerzas. Estos soldados, la Guar-
dia Nacional, en su mayor parte indios y mestizos, reclutados
en cualquier parte y raramente en virtud de ley, constituyen
un núcleo militar en torno al cual pueden agruparse en las re-
voluciones las tropas urgentemente alistadas. Naturalmente, al
igual que en España, los oficiales, en especial los de alta gra-
duación, están en proporción enorme respecto de la tropa. De
generales hay también multitud, pese a que en cada revolución,

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y a cada cambio de gobierno, muchos de ellos quedan "amorti-
zados", como decía una vez un paisano nuestro. El conocimien-
to personal de varios militares me hizo sentir estima, en diver-
sas ocasiones, por el espíritu de la oficialidad colombiana.

Tales fuerzas son el apoyo formal del gobierno, sobre el que


éste puede laborar con confianza; a menos que algún soborno
o la perspectiva de una mejora de vida y sueldo más alto lleve
a los pícaros mestizos a echarse en brazos de otro que ofrezca
más. La instrucción es larga y penosa, y de cuando en cuando,
en la Plaza de Bolívar, las tropas exhiben su arte en grandes
paradas y desfiles. Solo el arma de Artilleria se hallaba enton-
ces estancada en la minoría de edad, pero sería muy convenien-
te disponer allí de algo por el estilo de nuestra Artillería de
montaña. Todas las mañanas, una numerosa unidad se dirige en
uniforme de gala a hacer el relevo de la guardia en el Palacio
Presidencial, desfilando con bandera y al compás de sus mú-
sicas.

El efectivo de la tropa constituye el barómetro para deter-


minar la situación política. Si se produce un incremento de va-
rios miles de hombres, hay peligro a la vista : el Presidente no
se siente seguro, o cree estar procediendo mal. Como París para
Francia, Bogotá es para Colombia el centro de la actividad po-
lítica. Aquí coinciden todos lo hilos de la organización de los
partidos, y, en particular durante épocas agitadas, es febril el
ajetreo de los comités. Los días de elecciones son, para las tro-
pas y para la población, fechas duras y difíciles, en las que
siempre se piensa con alguna preocupación. Mis observaciones
se refieren especialmente a aquella fase política en que se tra-
taba de mantener a toda costa en u supremacía al llamado par-
tido liberal. Lo partidos, por lo demás, no pueden echarse nada
en cara; lo que ahora e dice del partido adversario que acaba

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de llegar al poder es cosa que raya en lo increíble, y en la ac-
tualidad los liberales han tenido que anunciar varias veces la
abstención electoral.

Por los años ochenta, el cuadro que se ofrecía era el si-


guiente:

En düerentes puntos de la ciudad, y por entero al aire li-


bre, se instalan pequeñas mesas y tras ellas toma asiento el res-
pectivo jurado electoral. En torno, los soldados con bayoneta
calada. El jurado tiene ante sí una lista impresa de las perso-
nas capacitadas para votar. Estas van desfilando una tras otra,
sin hallarse provistas de papel de identificación alguno, y de-
positan su voto en la urna. Automáticamente se tacha en la lis-
ta el nombre del votante. Ahora bien, está al entero arbitrio del
público y del jurado si un determinado individuo puede votar o
no; pues muchos, estudiantes sobre todo, se atreven a dar su vo-
to en diferentes urnas, y en cada sitio se llaman con distinto
nombre. Si luego se presenta el verdadero votante, se encuentra
tachado en la lista y, a pesar de todas las protestas, tiene que
retirarse humillado y e carnecido. Estas escenas provocan siem-
pre gran alboroto. Si se acerca a la mesa uno que se llama, por
ejemplo, Suárez, y se sabe que ese Suárez e un anciano conser-
vador, en tanto que aquel que vota con su nombre es un joven
liberal, entonces estalla un espantoso griterío: '¡No, no, no, no
es él!", exclaman unos. "Sí, si, sí, él es!", chillan los otros. Se
reparten golpes, salen a relucir revólvere , hay empujones y
apreturas, se pita y se vocifera hasta dejarle a uno aturdido.
Según la composición del jurado correspondiente, puede votar
o no el pseudo-Suárez. Si se trata de elegir un candidato liberal
y el pseudo-Suárez va a votar por él, se le permite llegar hasta
la urna; de lo contrario, se ve obligado a retirarse. Es raro que
en días de elecciones no se juegue con el revólver. Por fortuna,
estos artefactos, la mayoría de las veces, no dan en el blanco,

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y las desgracias son de menor cuantía. Pero la inquietud de los
ánimos es tanto mayor cuanto que las tropas están dispuestas
a acudir a la primera señal de alarma y a hacer fuego sin con-
sideración sobre la inobediente multitud, como ha acontecido
en diversas ocasiones. Si hay que elegir un candidato liberal y
se encuentran más votos conservadores que liberales, entonces
se vuelca la urna y se disuelve el jurado, o este proclama des-
pués del recuento: "Quien escruta, elige!". Las elecciones son,
pues, desgraciadamente, en Bogotá como en toda Colombia, un
juego dirigido por la gente más gritadora, por aquellos que es-
peran alcanzar del nuevo presidente favores o cargos, por los
más insidiosos elementos y los más astutos fabricantes de cati-
linarias. Este juego electoral es convenido previamente por los
políticos profesionales de los clubes. Tal es la opinión arraiga-
da de más antiguo entre los colombianos, y como sus votos ca-
recen, pues, de valor, muchos hombres honorables, los mejores
ciudadanos precisamente, no acuden ya a las urnas. Fue tam-
bién significativo que nuestro Rector retuviera en esos días a
los internos, acuartelados como tropas en el edificio de la U ni-
versidad. Cuando las elecciones no e desarrollan libre y hones-
tamente, no hay democracia posible, y eso lo mismo en Colombia
que en cualquiera otra parte. Así acontece que los derrotados en
los comicios recurren, con aparente derecho, a la revolución co-
mo medio para derrotar al presidente en tal forma elegido.

De forma sombría se advierte siempre la perspectiva de la


cercana explosión de una guerra civil; al caer la tarde los sol-
dados marchan en formación por las calles de la ciudad y de-
tienen a todo pobre diablo que cae incautamente en sus manos,
respetando al que lleva sombrero de copa o va bien trajeado. La
persona así capturada es puesta entre dos filas de bayonetas;
la marcha continúa hasta haber reunido veinte, a menudo cua-
renta o cincuenta, de estos infelices. De ese modo, amarrados a
veces como reses destinadas al matadero, se les conduce al cuar-

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tel, donde quedan presos y donde se les obliga a enrolarse para
la guerra. Muy raramente logra librarse el individuo tan violen-
tamente reclutado, y muchas personas influyentes no consiguen
eximir del servicio militar a sus criados, a sus obreros, a sus
cocheros. . . Ocurre con harta frecuencia que los soldados se
introducen en las casitas de los pobres habitantes de las afueras
y sacan al hombre de la cama, dejando a la mujer y a los hijos
en total desamparo. El ciudadano de ideas nobles queda depri-
mido ante escenas semejantes y sufre en el alma con ellas. Pero
el indio que se ve ya con su gorra militar, con su fusil al brazo,
y acaso con su guerrera de colorines, termina por ceder ante el
destino que le ha tocado; hasta se siente orgulloso como defen-
sor de la Patria, y no es raro que ese recluta se quede definiti-
vamente en el cuartel aunque e le ofrezca la libertad. Contra-
sentidos de la vida humana . . .
A las seis cae la noche sobre Bogotá. Se cierran los comer-
cios y concluye la jornada. Las calles principales brillan ahora
con la luz eléctrica, que, después de varios intentos fallidos,
alumbra ya debidamente. Una gran central eléctrica, construí-
da por la fábrica de maquinaria "Oerlikon", provee de energía
y luz a la población e industrias de Bogotá. La energía se ob-
tiene del torrencial río Bogotá, algo más arriba del Salto de
Tequendama. La mayor parte de las calles se iluminaban antes
con luz de gas; pero de vez en cuando se hizo necesario acudir
a otros medios de alumbrado pues fallaba el servicio de gas o
resultaba deficiente.
Así que se regresa a casa después del habitual paseo ves-
pertino, hacia las siete de la tarde, las calles están ya bastante
vacías. A las ocho los tambores de la guardia redoblan el toque
de retreta, desfilando desde el Palacio Presidencial a su cuar-
tel, acompañados del agudo son de las trompetas. Después de
este musical deleite se sumerge todo en el silencio de una peque-
ña ciudad. Ese silencio se rompe los jueves y domingos por la

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noche, en que las dos bandas de regimiento, más de treinta mú-
sicos cada una, tocan la retreta bajo grandes faroles, especia-
les para este viejo uso. La retreta, en este caso, es un concierto
de selecto programa. Los músicos son expertos y con larga prác-
tica en su arte, y existe entre ellos gran espíritu de emulación.
A menudo se escuchan obras de los grandes maestros en exce-
lentes interpretaciones, especialmente oberturas, tocadas con
conocimiento y fidelidad. Como pieza final, cada banda ofrece
una composición nacional, un vals, un bambuco o un pasillo.

Esa música nacional me atrae muchísimo. Siempre me ha


emocionado profundamente con su espíritu unas veces suave,
otras ferozmente impetuoso, otras melancólico y triste. Me se-
ducía escuchar las serenatas que los músicos del país ofrecían a
una hermosa en alguna calle de la ciudad. La bandola, a la que,
si la tocan manos diestras, pueden arrancarse sonidos de la pu-
reza de campanillas y violines, el tiple, tan melodioso como
acompañamiento, y la seria y grave guitarra, formaban un
conjunto realmente artístico. En los últimos años, recuerdo,
algunos de aquellos músicos habían llegado a perfeccionarse de
tal modo, que eran capaces de interpretar de memoria y con
auténtica expresión clásica las más difíciles oberturas. Inolvi-
dable será para mí la última noche pasada en Bogotá y en la
que, pese a las críticas circunstancias, los mejores de aquellos
modestos músicos de la capital quisieron darme una prueba de
pleno reconocimiento a la simpatía que yo siempre les había de-
dicado. Unos diez de ellos se reunieron en un conjunto integrado
por dos bandolas, algunos tiples, dos guitarras, un violín y un
violoncelo. A eso de las once llegaron ante mi hotel y me dieron
.una serenata que resonaba maravillosamente en el silencio noc-
turno. La elección de las piezas respondía a la vez a un gusto
sentimental y clásico. Entre los músicos había uno ciego, que
tocaba la guitarra y cantaba, acompañado con voz de contralto
por un muchachito hijo suyo; un dúo en verdad emocionante,

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enternecedor. Cantaban cosas de amor, de fidelidad, de pasión,
de doncellas graciosas radiantes como joyas, puras como la azu-
cena; cantaban la ausencia, y el encuentro, y todas las tempes-
tades de la vida ...

La calma de la noche es interrumpida a cada cuarto de


hora por la aguda pitada de los serenos, que, envueltos en un
largo gabán, armados de sable y organizados militarmente, apa-
recen en todas las esquinas en cumplimiento de su servicio de
vigilancia y se controlan unos a otros mediante señales de sil-
bato. Los serenos desempeñan también oficio de bomberos, pero
en esa calidad apenas sí tienen quehacer alguno, pues en Bogo-
tá son muy raros los incendios. Esto se deberá tal vez a que el
fuego no se propaga rápidamente a tales alturas, o acaso al
hecho de no existir compañías de seguros. Por tal razón las
bombas de incendios de la capital se hallan en estado tan lamen-
table. En un pequeño incendio, largamente comentado por la
pren a, no fue posible, durante casi una hora, encontrar una
boca de riego. Otra vez se estuvo buscando en vano la bomba de
extinción, y resultó que el entonces ministro de guerra se la
había llevado a su finca para regar.

La policía está encargada de la custodia, especialmente la


de los comercios. Pero se puede afirmar que los hechos de vio-
lencia no son más frecuentes en Bogotá que en cualquier otro
sitio. Una sola vez, que fue la noche de una tempestuosa jorna-
da electoral, hube de salir armado a la calle. Por lo demás, aun-
que durante algún tiempo viví fuera de la ciudad (a una media
hora de camino, que era de lo más distante entonces), teniendo
que atravesar la calle caliente, o sea la calle de las pendencias
y la gente de cuidado, no fuí jamás objeto de la menor hostili-
dad. A pesar de que las noches son bastante frías, me encon-
traba con frecuencia pobres gentes acurrucadas o enroscadas
como erizos, que dormían profundamente a las puertas de las

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casas o sobre la misma acera. Desde las diez, como dice un es-
critor colombiano, Morfeo reina en casi todos los hogares. Ape-
nas sí se conoce la vida de restaurantes o casas de comidas,
usual entre nosotros. Tan solo un café, "La Rosa Blanca",
atraía entonces a la gente joven para jugar al billar, para la
charla o para el alegre comer y beber. Ahora se han establecido
ya varios restaurantes. Fuera de ello, había abiertas no más
que unas cuantas tabernas, donde se bebe de pie, y también al-
gunos lugares de juego, de los cuales, a falta de diversiones
más apropiadas, hay muchísimos, por desgracia, en Bogotá, par-
ticularmente después de una guerra, sazón en la que tantos aven-
tureros aspiran a mejorar su suerte. En dichos locales se juega
lotería o un juego nacional, el tresillo. Cuando por la mañana,
algo después de las cinco, me dirigía a dar mi primera lección
del día, la de las seis, a veces veía todavía luz en las casas de
juego de la Plaza de Bolívar, y reflexionaba sobre todas las pa-
siones y los dramas que en los corazones de los jugadores y ·de
sus familias estarían sucediéndose.

Maravillosas son las noches de Bogotá. Las estrellas según


cálculo de Humboldt, lucen con intensidad cuatro veces mayor
que en nuestros países. A mediados de octubre de 1882 pasó
durante varias noches sobre el cerro de Guadalupe un cometa
enorme y de magnífico brillo.

Un océano de luces surge en la noche. De un lado, se dibuja


en excelsa simplicidad la Cruz del Sur; del otro, fulge casi jun-
to al horizonte la Estrella Polar. La Vía Láctea se desenrolla
como una ancha cinta encendida, y destaca minuciosa sobre el
cielo, un cielo, pese a la oscuridad, todavía espléndidamente
azul. Un especial encanto tiene el blanco y delicado resplandor
de la luna llena; tan clara y nítidamente ilumina la ciudad,
que, sin otra luz, resulta posible leer cómodamente y reconocer
todos los objetos. De vez en cuando rompe la quietud de la no-

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che un cohete que sube silbando hacia el firmamento y que, con
la escasa resistencia del aire, se remonta a mucha mayor altura
que en nuestros países. Bogotá es un lugar a propósito para
grandes quemas de fuegos artificiales. Pero ¿qué es aquí cual-
quier arte humana frente a la majestad de la misma naturale-
za? Con profunda nostalgia pienso hoy en el excelso espectáculo
de aquellas noches de luna, en aquel magnífico cielo estrellado.

Satisfechos, y después de una animada sucesión de suge-


rencias y datos, acabamos la lectura del precedente capítulo so-
bre la vida de Bogotá por los años ochenta del pasado siglo.
Ahora nos preguntamos cómo serán las cosas hoy día en esta
capital, una de las más peculiares y más apartadas del resto del
mundo. Por descontado, algún aspecto se allanó y adaptó ya a
la gris homogeneidad de las ciudades populosas. El ferrocarril,
desde el Magdalena, ha alcanzado ya las alturas bogotanas, y
él trae a la altiplanicie andina las muchas mercancías de uso
diverso que se precisan en el cotidiano vivir. La nueva genera-
ción ha podido instalarse con mayor comodidad y contar con
más modernos acondicionamientos de vivienda. En las casas de
las viejas familias tradicionalistas encontramos todavía los pe-
numbrosos salones de recibimiento con espejos franceses y ve-
necianos, el lujo de las antiguas vajillas de plata españolas y la
generosidad de las posibilidades domésticas que permite a ·la
señora de casa improvisar una comida para media docena, para
una docena incluso, de huéspedes inesperados, y ello con las más
finas atenciones.

Pero si el recién llegado consigue superar la primera im-


presión de que Bogotá hubiera perdido el carácter propio y el
ornato de los pasados tiempos sin poseer todavía las ventaias
de la nueva época, podrá ser que, al penetrar con ecuánime ob-

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se1·vación en el ambiente actual, advierta sorprendido que mu-
chas cosas permanecen inalterables en su antiguo estado. Hoy
día sigue llamando en primer lugar la atención del extranjero
la hegemonía de los ublancos y los que quisieran serlo" sobre la
gro.n masa de la población, y toda una serie de hechos confirma
que u el patrimonio sirve para dar prestigio a cualquiera". El
orden social se ha mantenido idéntico. En ocasiones festivas, en
las reuniones siguen sonando exclusivamente los antiguos nom-
bres de las buenas familias. En comparación con tiempos ante-
riores se nota, afortunadamente, una mayor elasticidad y cor-
dialidad en las relaciones entre familias conservadoras y libe-
rales. Los ricos van dejando, en creciente proporción, las casas
de dos plantas, estructuradas por lo común en torno a varios
patios interiores, para trasladarse a edificios de varios pisos y
dotados de instalación moderna. En compensación, se hacen
construír en las cercanías de Bogotá pequeñas casas de campo,
donde grandes y chicos pueden disfrutar los domingos la delicia
del sano y fresco aire de la sabana. Los actos públicos son ahora
más numerosos. En el teatro del gobierno se suceden continua-
mente las compañías visitantes y empieza a elevarse poco a poco
el valo1· de las representaciones. La musa ligera, pese a la ini-
cial oposición de la 1glesia, ha hecho su entrada en las tablas.
Pero toda pieza debe ser sometida a una censura bastante rigu-
rosa. Con extraordinario esfuerzo, el Director del Conservato-
rio ha impuesto la celebración de conciertos sinfónicos, llenando
así un muy sensible vacío en la vida cultural. Pero, a pesar de
todo, el bogotano auténtico no ha perdido la afición por las audi-
ciones en familia, y con motivo de las festividades religiosas o
en otras ocasiones tienen lugar algunas celebraciones 11 veladas
íntimas, vedadas a los más de los forasteros.
En cuanto a la descripción de los personajes típicos de la
vida urbana, notaremos que el simpático cachaco, representante
de la libre y desenfadada soltería, ha pasado a formar 1narcada

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minoría frente al pepito, el haragán de oficio. Por desgracia, la
cifra de los que llenan todo el santo día de conversaciones inge-
niosas o vanas, matando realmente el tiempo, es todavía muy
grande en Bogotá. Por tal razón, el extranjero que fue testigo
de la miseria reinante tras la guerra mundial, y que se lanzó
por el mundo a ganarse duramente la vida y a cooperar en la
forja de una nueva edad, podrá ser que se sienta separado por
un profundo abismo de los muchos charlatanes que en Bogotá
se encargan de esfumar la imp'resión de una seria voluntad de
trabajo. Esos caballeros se encuentran a toda hora por las es-
quinas de la ciudad cumplimentando a los transeuntes, y en
especial a las damas, con sus continuas atenciones. Sus afortu-
nadas ocurrencias vuelan a menudo con la rapidez del viento,
pues el bogotano tiene verdadera vena satírica, sin llegar por
ello a la ofensa. Junto a la dorada superabundancia de tales chis-
tosos de esquina, el gran número de hombres serios a quienes se
encuentra, en bancos, casas comerciales y fábricas, dedicados a
fatigosa tarea, producen una impresión tanto más marcada y
de tanta mayor sorpresa. A pesar de ello, parece que, frecuen-
temente, el extranjero se abre camino con más rapidez que el
natural, gracias a una actividad consciente e incansable. Entre
los emigrantes de todos los países ha11 propietarios de florecien-
tes empresas, que harto fácilmente despiertan luego envidias y
rivalidades. Si bien estos sentimientos no se hallan en la buena
sociedad, el extranjero no deberá hacerse sin más a la idea de
que le van a recibir con los brazos abiertos. Las nobles tradi-
ciones de la vieja hospitalidad española, que tienen continua y
entusiasta cita en El Dorado, han sufrido ya en las ciudades al-
guna que otra merma. Hay que admitir, no obstante, y del modo
más abierto, que de ello se debe culpar a más de un vagabundo
indeseable que ha perjudicado ya mucho el buen nombre de los
extranjeros afincados en el país. En el campo, por el contrario,
sigue bastando una pequeña recomendación para que cualquier
recién venido sea objeto de conmovedoras atenciones entre las

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viejas familias hacendadas. El pueblo inculto de la ciudad y del
campo, que por instinto se coloca frente a los ricos y que ve en
todo extraño, sin más juicio crítico, un señor de buena posición,
cree a menudo estar cumpliendo una misión patriótica al tomar
en estos casos una posición adversa al forastero. Pero el trato
personal con la gente de la calle, con limpiabotas, vendedores de
periódicos, policías y todos los que se dedican a servir, da lugar
a cambios en la mayoría de las ocasiones. En efecto, el extran-
jero libre de prejuicios y criado en contacto diario con gentes
de todos los estratos sociales, suele estar en mejor situación
que los aristocráticos colombianos para comprender la suerte de
los pobres indios y de la multitud de los niños sin padre.
En una obra sobre Colombia, la referencia a la vida reli-
giosa merece, sin duda, amplio espacio. Lo que observó el autor
de El Dorado corresponde todavía hoy a la realidad, y de modo
invariable. Es exacta en particular la afirmación de que al final
de las últimas revoluciones -que terminaron todas, sin excep-
ción, con la derrota de los liberales- pudo comprobarse siem-
pre un robustecimiento del influjo eclesiástico. Por eso los mis-
mos colombianos designan a su país como el bastión de la 1glesia
Católica en Suramérica, y parece que no yerran a este respecto.
Pero las relaciones entre la Iglesia y el Estado constituyen un
asunto interno 11 requieren, a lo sumo, una exposición en el sen-
tido de la acogida que puede esperar el extranjero de otra con-
fesión. En este aspecto, el forastero puede estar seguro de una
gran tolerancia por parte de la pob laci6n culta y también de la
Iglesia y sus ministros. La gran masa del país se muestra indi-
ferente frente a los que no participan de su fe, por lo mismo
que casi nunca llega a tener conciencia de que en el país pueda
haber también alguien no católtco. Pero si de forma ostensible
se practican ritos propios de otras confesiones, ello podría tener
consecuencias poco gratas, sobre todo en regiones muy aparta-

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das de los núcleos urbanos. En todo caso, los ejemplos de into-
le?·ancia son sumamente raros, y el gobierno los condena seve-
ramente.

En un determinado aspecto, sin embargo, deberían guar-


darse muy bien, en interés propio, las personas adscritas a otros
credos. Las bodas se realizan en Colombia exclusivamente por
la Iglesia Católica. El matrimonio civil, en verdad, es teórica-
mente posible, pe1·o una excepción tal representaría, por tradi-
ción, que determinadas clases sociales no considerarían válido
el enlace. El que quiera prescindir, pues, del matrimonio cató-
lico, hará mejor en trasladarse provisionalmente para la boda
a Panamá, a Curazao o a Europa. Por supuesto, el matrimonio
celebrado en el extranjero por contrayentes de otra -religión es
reconocido en Colombia como válido, pues la legislación en este
punto es tan avanzada como la de cualquier otro país. Deberá
también meditarse el casamiento con una persona de nacionali-
dad colombiana. A veces, entre gentes aventureras, juvenilmen-
te audaces, existe la errada creencia de que el matrimonio cató-
lico con una colombiana excluye los efectos legales del ·matrimonio
civil por faltar la confirmación de la autoridad respectiva. Pero
no ocurre así. Como el matrimonio canónico tiene en Colombia
plena validez, es reconocido también como tal en el Estado de
origen. En cambio, dicho Estado podrá también considerar co-
mo anulable ese matrimonio, conforme a su derecho, si bien el
matrimonio religioso excluye en Colombia el divorcio. Nunca se
condenará suficientemente la desaprensiva actitud de ciertos
extranjeros al entender que la promesa otorgada ante otra Igle-
sia no reclama respeto y seriedad.
La inmigración a Colombia es factible para cualquier per-
sona honorable y sana. Se rechaza tan solo a los perturbadores
del orden, a los enfermos, y a veces también a los de raza ama-
rilla o negra. Un más severo control de policía, hace poco im-

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plantado, exige del extranjero su inmediata presentación ante
la autoridad. Esta disposición, que al principio se aplicaba con
dureza algo excesiva, se hace cumplir ahora de modo entera-
mente razonable y proporciona al que a ella se somete las 'IJen-
tajas de la más plena libertad de residencia.

En principio, a todo extranjero se le considera bien venido


a Colombia y, en tanto que respete las leyes y no se inmiscuya
en los asuntos internos del país, es objeto de excelente acogida
y de toda clase de consideraciones.

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5. -LA VIDA CULTURAL

Solitario y como aislado del mundo se siente uno al princi-


pio sobre la Sabana de Bogotá. El lector de estas páginas, a
quien el cartero trae varias veces al día noticias, periódicos,
revistas, libros, apenas si considerará el acontecimiento que su-
pone en aquella capital la llegada del correo. Dos o tres veces
por mes llegan a Bogotá los envíos postales europeos, estable-
ciendo el enlace con la patria. Dichos envíos no se reparten a
domicilio, sino que cada uno va a recogerlos a la única oficina
d correos existente. El que desea más rápido servicio, alquila
un apartado. La llegada del correo se anuncia mediante banderas
d colores que se izan en el gran mástil de la esquina del edifi-
cio donde está la oficina, siendo distintos los colores según le
dirección de los correo arribados. Cuando, después de inquieta
pera, se mira subir la bandera roja, blanca y roja con nuev
strella negras signo del correo de ultramar, lo presunto~·
destinatario se apresuran a retirar sus mensajerías, y dejo a
la imaginación de cada cual la expectativa, el afán con que, por
lo común en el mismo patio de correos, ·e devoran la primera ~
nueva y luego, ya en casa, vuelven a degustarse.

Este sistema tenía también su grandes ventajas. Uno s


preparaba para la recepción y el despacho de la correspondencia
y podía señalarse horas y días para la lectura. En tal sentido,
lo años que allí pasamos no fueron años perdidos; por el con-

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trario, la materia de lectura se disfrutaba con más activa aten-
ción que en nuestro país, donde estamos saturados de ella. Los
nuevos libros y revistas se recibían allí con ánimo muy diferente;
eran los mejores amigos, y, toda vez que en Bogotá, no solo los
extranjeros, sino también muchos colombianos, siguen exacta-
mente las novedades literarias, resultaba siempre, si se sabía
dar con las personas apropiadas, un vivo intercambio de ideas
sobre lo leído.

Esta vida cultural es tanto más notable por cuanto que


hasta 1738 no se estableció en Bogotá la primera imprenta, lle-
vada allí por los Jesuitas, y hasta 1789 no apareció el primer
periódico colombiano. La actual cultura puede explicarse solo
por la coincidencia de varias circunstancias felices, como buena
disposición, lengua, prensa y educación.
Es cosa no discutida que los criollos poseen una gran inte-
ligencia natural y afición a los estudios y a las artes. N o obs-
tante, se ejercitan preferentemente en las ciencias especulativas,
donde hallan la posibilidad de desenvolver teorías y disentir
sobre toda clase de temas filosóficos y religiosos. Los terrenos
que reclaman gran esfuerzo, paciencia y benedictina asiduidad,
como las matemáticas, las ciencias experimentales o la historia
trabajada en sus fuentes, se ven demasiado preteridos. Lo que
realmente place al bogotano, siempre deseoso de novedades, es
el aprendizaje de idiomas y la lectura de novelas, poesía y pe-
riódicos, como también componer epigramas y muy lindamente
torneadas estrofas ; en fin, dedicarse como aficionado a los asun-
tos más diversos. Así ocurre que la lectura y traducción de los
productos espirituales de pensadores europeos son harto más
frecuentes que -aparte las bellas letras- la creación de cosas
originales. En esta recepción de la producción europea, los bogo-
tanos tienen el buen auxilio de excelentes librerías, como la
Librería Colombiana, que tiene existencias, con gran cantidad de

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títulos, de las principales obras del mundo, y cuenta, sin duda,
con todas las novedades bibliográficas. Las librerías constituyen
el punto de cita de la gente culta; por vanidad o por afición, se
compran muchos libros, y la mayoría de ellos, a no dudarlo, se
leen. Por mucha superficialidad que aun exista, por mucho que
se de la formación a medias, aunque solo unos pocos hombres
selectos posean un riguroso sentido científico, y aunque no se
halle todavía introducida la llamada "exactitud germánica", es,
sin embargo, muy cierto que entre una minoría, relativamente
pequeña pero muy inquieta y vivaz, se advierte la capacidad de
conocimiento y el interés por todas las novedades y creaciones
del espíritu; del espíritu francés en primer término, luego del
español y del inglés. Y ello, como apenas en lugar alguno de
Suramérica. Hay que agregar que en este apartamiento, en la
naturaleza montañosa y primaveral, el pensamiento saca a veces
consecuencias de más inexorable lógica que en Europa, donde
la inteligencia es mantenida a raya por tan fuertes ligaduras de
toda índole.

El trabajo intelectual es ayudado por la vigorosa, colo-


rista, armónica lengua española, el mejor legado de los con-
quistadores. Cierto que el trato con otras culturas, especialmente
la francesa, ha introducido poco a poco en el lenguaje toda clase
de vocablos y giros extraños, como ocurre en Argentina. A esta
adulteración del idioma opone el bogotano un dique al tener a
gala hablar el español con pureza y lo más académicamente po-
sible, escribiéndolo, si cabe, aun con mayor fineza y corrección.
Como guardián de esta limpieza literaria actúa la Academia
Colombiana, fundada el 10 de mayo de 1871, y correspondiente
de la Real Academia de Madrid. Constituye una sociedad de doce
literatos, la mayoría de los cuales gozan de fama, pero no todos
de talento. En efecto, varioSJ de los mejores escritores liberales
se hallan excluídos de este rancio gremio.

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En la literatura se manifiestan dos distintas tendencias.
La una es rigurosamente clásica y vive, no solo en la lengua sino
también en las ideas y criterios, casi como en los tiempos de
un Felipe II. El estilo enfático y rebuscado, el prurito de alam-
bicar imágenes lo más "ingeniosas" posibles, el modo de expre-
sar en forma abstracta y retorcida hasta las cosas más comunes,
y el comenzar toda disertación, todo estudio o artículo por
lo menos, los griegos y los romanos, si es que no les toca pagar
el pato a los babilonios y a los egipcios, ... todo ello ha ganado
a tal especie de escritos el sarcástico nombre de literatura fósil.
La otra tendencia se debe a literatos jóvenes, fogosos y de talen-
to, que aspiran sobre todo a dar expresión al pensamiento de su
época, y que, por tanto, se fijan más en la agudeza del conte-
nido intelectual que en las exterioridades verbales. Quien se
cuenta entre los adscritos a esa última corriente es hostilizado,
claro está, por los académicos, o, al menos, mal mirado por ellos,
gente que cree tener en arriendo toda la gloria literaria.
La prensa diaria es un medí formativo de primer orden en
todo país nuevo. Por entonces aparecían en Bogotá nada meno
que de veinte a treinta publicacione periódicas, tanto políticas
como de contenido científico, pero solo una salía diariamente.
Muchos de los periódicos políticos tenían una brevísima exi -
tencia, desapareciendo ya al segundo o tercer número. Como lo
periódicos no podían vivir del mismo modo que los nuestros, o
sea. a base de noticia del día y telegramas, concentraban su
energía en los artículos de fondo, en e tudios literario , traduc-
ciones, desahogos líricos y crónicas locales. Especial mención
merece el "Papel Periódico Ilustrado" (tres años de publicación),
editado con gran constancia y sacrificios por el pintor Alberto
Urdaneta, ya fallecido; pese a la cierta tosquedad de la parte
gráfica, el periódico estaba lleno de valiosas aportaciones a la
historia de la cultura y era entonces la única revista quincenal
de Colombia. La prensa política experimentó una total trans-

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formación después de la revolución de 1885. Antes, había goza-
do de la más absoluta libertad, y de ella hizo uso en forma tan
descomedida, que sus excesos resultaban desvergüenzas hasta
para cualquier europeo amplio y comprensivo. Más tarde, en
lugar de hacer legalmente responsables de sus contravenciones
a los redactores, el cambio ocurrido en dicho año determinó que
las cosas fueran a dar en el extremo opuesto, obstaculizando la
libertad de las actividades periodísticas. La prensa pasó a de-
pender enteramente del arbitrio del gobierno, que suspendía pe-
riódicos y metía a los periodistas en la cárcel o los deportaba,
de manera que hasta los conservadores moderados solicitaron la
promulgación de una ley menos rígida. En un país que se halla
toda vía en su menor edad, la libertad de prensa es de lo más
necesario, e imprescindible corno válvula de seguridad del meca-
nismo estatal.

El cumplimiento de la m1s1on de la piensa depende del


grado de cultura de los ciudadanos, y a su vez esa cultura es la
que restituye a sus proporciones justas las exageraciones y la
inexactitudes de la prensa. Pero en Colombia, donde muchos
admiten todavía como verdad definitiva todo lo que va en letra
de molde, falta mucho por hacer en materia de educación, en 1
que atañe a la gran masa del pueblo. Solo los presidentes libe-
rales, en particular los que gobernaron durante los años 1870
a 1875, dedicaron a la escuela primaria toda su atención, alcan-
zando notables resultados. Desde que el partido independiente
empezó a regir los destinos del país, disminuyó la preocupación
por ese problema y vino a decaer, de manera extraordinaria, la
enseñanza toda. Sáquense conclusiones de los siguientes datos:
el año 1873, en el apogeo de la administración liberal, había,
solo en el Estado de Cundinamarca, 218 escuelas, con 10.789
alumnos. El año 1883 había 163 escuelas, con 10.624 alumnos,
y es necesario anotar que ese número de escolares se refería
únicamente a los in critos y no a los que realmente asistían a

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las clases. En dicho Estado de Cundinamarca se adeudaba a los
maestros en 1884 casi año y medio de sueldo, de manera que la
mayor parte de ellos, aunque por sentido del deber siguieron tra-
bajando en sus escuelas, se veían obligados a buscarse otras ocu-
paciones. Las letras de cambio con que se les pagaron algunos
meses, solo podían hacerse efectivas acudiendo a los usureros.
No puede sorprender, pues, que resultara difícil sostener los
centros de formación de maestros y maestras, cuanto más que
la mala administración del Estado hacía imposible cubrir con
regularidad todas las obligaciones al respecto. Pero, precisamente
en cuanto a esos centros de formación, hubiera sido muy de
lamentar la suspensión de actividades. En particular la escuela
de maestras se distinguía por los magníficos logros alcanzados,
y a ella ingresaban muchachas del pueblo y de la clase media,
que así podían dar satisfacción a su anhelo de saber, pasando
además a ocupar una mejor posición social. Los exámenes que
presencié demostraban en casi todas las alumnas un grado ver-
daderamente admirable de seguridad, de claridad mental y do-
minio de la materia; sin embargo, su aplicación servía para la
obtención de un diploma poco menos que, en la práctica, falto de
todo valor. Esto me probó una vez más que, concretamente la
juventud femenina de Colombia, posee espléndidas dotes y que
sería un verdadero pecado regatearle el sustento espiritual que
reclama. Las escuelas especiales para señoritas no rebasan el
nivel medio de nuestra instrucción primaria ni facilitan un
verdadero y sólido saber.

En virtud de la libre competencia y de la posibilidad de


abrir, sin más, un centro docente todo aquel que contara con la
confianza de los padres, era también muy considerable el nú-
mero de los colegios privados -diríamos mejor "pensiones pri-
vadas"-, donde los alumnos viven en régimen de internado y
la materia de enseñanza viene a corresponder a la de nuestras
"escuelas medias". El año 1883 existían en Bogotá, aparte de los

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establecimientos públicos y el seminario sacerdotal, doce colegios
para muchachos y nueve para muchachas. Algunos de esos cen-
tros, como el antiguo Colegio de don Santiago Pérez, quien desde
su cátedra fue ensalzado al sillón de Presidente de la República,
eran como pequeñas academias. Según las ideas del respectivo
propietario, estas escuelas se hallaban tajantemente diferencia-
das en el aspecto político. Las más aristocráticas y "pías" esta-
ban dirigidas, en su mayoría, por eclesiásticos.

La formación universitaria propiamente dicha se adquiría


en el Colegio de Nuestra Señora del Rosario, en la Universidad
Nacional y en la Universidad Católica. La concesión de diplo-
mas era enteramente libre; alguna escuela privada; podía expe-
dir, por ejemplo, el título de doctor en jurisprudencia. Pero los
tres centros universitarios citados, por razón de su efectiva com-
petencia y por su posición, tenían facultad para otorgar los gra-
dos generalmente reconocidos. La Universidad Católica era re-
ciente creación del Nuncio P apal Agnozzi, expulsado de Suiza
en tiempos del Kulturkampf. Esta mantenía la rivalidad frente
a las otras dos universidades, cosa de la que los profesores nos
alegrábamo , pues de ahí surgía la emuleción. El Colegio del
Rosario, fundado en 1651 por el monje y arzobispo Cristóbal
de Torres, se componía de una especie de liceo o gimnasio y de
una Academia de Derecho, donde se estudiaba más rápidamente
que en la Univer idad. El Rosario tenía entonces una dirección
sumamente progresista.

La Universidad Nacional era, indiscutiblemente, la prime-


ra de Colombia. Nuestra Universidad había corrido ya suerte
muy diversa. En 1610 fundó el Arzobispo Bartolomé Lobo Gue-
rrero una academia a la que llamó Colegio de San Bartolomé y
que encomendó a los jesuitas. Estos comenzaron la enseñanza
con diez becarios. Su actividad abarcaba principalmente el estu-
dio del latín, la filosofía (en lengua latina), el derecho civil

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romano, el canonlCo, la moral y la teología dogmática. Estos
eran los estudios clásicos de entonces. La enseñanza del derecho
público y político había sido prohibida por el gobierno. Solo tras
las borrascas de las luchas de independencia se llegó a producir
un nuevo incremento de los estudios. La academia pasó al Estado
de Cundinamarca, que en 1867 la entregó a la N ación con el
propósito de fundar una universidad nacional de los Estados
Unidos de Colombia. Esta se estableció, en efecto, y a fines de
1884 se fusionaron con ella la Escuela de Agronomía, la Escuela
Militar, en la cual se formaban unos doscientos cadetes y que
hacía a la vez de Escuela de Ingenieros, y finalmente la Escuela
de Bellas Artes, donde, bajo experta dirección, se enseñaba dibu-
jo, pintura y grabado. La Universidad adquirió consistencia por
la Ley de 23 de marzo de 1880, que creó ya un ministerio nacio-
nal de instrucción.
En el año 1882, cuando yo comencé allí mis actividades do-
centes, la Universidad constaba de cuatro facultades: la Escuela
de Literatura y Filosofía, la Escuela de Derecho o de Jurispru-
dencia, la Escuela de Ciencias Naturales y la Escuela de Medicina.
(No exi tía facultad teológica, pues los acerdotes se formaban
en Seminarios). Rector era el Ministro de Instrucción. Bajo su
autoridad había dos rectores propiamente dichos, de los cuales
uno dirigía las facultades filosófica y jurídica (instalada en el
viejo edificio del Colegio de San Bartolomé) y otro las facultades
de Ciencias Naturales y Medicina. El control de toda la admi-
nistración y funcionamiento interno correspondía al Consejo
Académico, que se elegía por el Presidente de la República entre
ciudadanos de mérito y constaba de nueve miembros. De la Es-
cuela de Derecho diré solo que los poco numerosos estudiantes
trabajaban con notable aprovechamiento y que luego, como abo-
gados y políticos, hacían honra a su profesión. La Escuela de
Ciencias Naturales era utilizada, principalmente por médicos,
para estudios preparatorios, pero faltaban en ella buenos labo-

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ratorios y colecciones. La facultad de Medicina propiamente
dicha, o sea la Escuela de Medicina, era sin duda la mejor ins-
talada y al frente de ella trabajaban excelentes profesores; casi
todos ellos habían hecho en Europa su examen de estado, en
París principalmente. Los estudiantes se destacaban por la apli-
cación, la buena conducta y el aprovechamiento en su trabajo.
Desde 1882 contaban con una sala de disección, que se construyó
en esa fecha en el patio del Hospital Municipal, y allí tenían
material de sobra para sus estudios.

Por último, la Escuela de Literatura y Filosofía, obliga-


toria para todos los estudiantes, se componía, como su nombre
da a entender, de una facultad filosófica y de la parte literaria,
equivalente ésta a un gimnasio, liceo o, tal vez, pro-gimnasio.
Esto explica la gran cifra total de alumnos matriculados en
algunos cursos de la Universidad, nada menos que seiscientos
quince el año 1884. Para toda la Universidad existía la dispo-
sición de que el estudiante no pudiera seguir más de cuatro
materias anuales; cada una de éstas comprendía seis horas a la
semana. A los más jóvene el Rector . olo les permitía matricu-
larse, comúnmente, en dos o tres materias anuale . Después de
haber acabado con éxito los cursos correspondientes, podían to-
mar otra tres o cuatro asignaturas (dieciocho o veinticuatro
horas semanales), cuyo orden sucesivo se hallaba fijado exacta-
mente. Así, de manera metódica, se iba avanzando a materias
cada vez más difíciles. En estos curso (español, francés, inglés
-cada lengua dividida en tres años-, aritmética, álgebra, geo-
metría, geografía general y de Colombia, cosmografía, física,
retórica, historia patria) se trabajaban a fondo los respectivos
objetos del estudio. En el mejor de los casos, esto es, si el alumno
aprobaba cuatro materias por curso, los estudios duraban seis
años; pero lo usual era que se extendieran por mucho más tiem-
po, dado que se solía empezar con menos de cuatro asignaturas
anuales, y debido también a que no siempre se llegaba a hacer

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el grado y a que se tomaban con carácter complementario diver-
sas materias facultativas (latín, griego, alemán, taquigrafía,
cálculo mercantil, religión), a las cuales había que asistir y
eran asimismo tomadas en cuenta a efectos del tiempo obliga-
torio. Hay que agregar que esos cursos de carácter voluntario
tenían escasa asistencia de alumnado, lo que era de lamentar,
sobre todo en el caso del latín, pues esta lengua facilita mucho,
naturalmente, la penetración en el español, siendo además im-
prescindible para el estudio del derecho romano. El curso de
religión no llegó a darse nunca, pues no hubo eclesiástico que
quisiera venir a nuestra Universidad.

Como culminación de la escala de materias, había un curso


de biología, o sea principios generales de la historia natural,
un curso de sociología, un curso de filosofía y dos cursos de
historia universal. N o existía, como se ha visto, una facultad de
filosofía enteramente separada de la escuela de literatura, si
bien esa facultad se hallaba representada por tres profesores
(el de biología, el de sociología y yo). Todos los futuros juris-
tas y médicos debían pasar por nuestras clases. Habida cuenta
que la mayor parte de los alumnos ingresaban a la escuela de
literatura a la edad de diez años, aproximadamente, mis esco-
lares estaban entre los dieciseis y los veinte años, y los había de
veintiseis, o sea más viejos que yo. A veces asistian a las lecciones
señores ya de alguna edad. También en cuanto al color de la tez
había gran variedad dentro del alumnado. Los más diferentes
matices se ofrecian a mi vista, desde el blanco rosado de los
tiernos jovencitos de Bogotá, hasta el negro más intenso; los
negros mostraban, dicho sea de paso, un ardiente afán de apren-
der. Los ojos más distintos me miraban, y las dentaduras eran
también de gran diversidad.

Cuando un profesor franqueaba la puerta de la Universidad


o penetraba en los claustros del antiguo edificio conventual, el

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bedel hacía sonar los timbres. Los estudiantes debían colocarse
ordenadamente junto a la puerta del aula para entrar en ella
tras el profesor. Se trataba, en su mayoría, de grandes salas
con ventanas de escasa altura. Yo daba mis clases en el sitio que
ocupó antaño la gran capilla del convento.

Como imperaba el principio, conveniente para Bogotá, de


no dejar en demasiada libertad a los estudiantes, éstos se halla-
ban sometidos a una tutela bastante estricta. Regla general para
todos era que el alumno no fuese admitido a examen ni pudiese
pasar a las materias superiores, cuando pesara sobre su con-
ciencia uno de estos hechos : tener cien faltas de asistencia in-
justificadas o el mismo número de ceros por insuficiencia en los
estudios; o bien veinte malas notas de conducta; o bien cien
faltas de asistencia por motivo de enfermedad. Todo ello debía
tener constancia en el registro que llevaba el catedrático. De los
correctivos que podían imponerse cuando, como significativa-
mente se decía en los estatutos, "no bastare el estímulo del ho-
nor", citaremos dos tan solo: primero, el arresto en el calabozo,
donde los jóvenes holgazane y tunantes podían dedicarse a re-
fl exionar sobre sus in olencias entre la cuatro paredes del
desnudo y t enebroso encierro, castigo que hacía siempre una
fuerte impresión sobre todos; la otra pena era la expulsión.
E sta última estaba reservada a los alumnos que hubieran hecho
uso de arma para herir o amenazar a us compañeros, o que
intervinieran en alguna perturbación del orden público.

Para los alumnos menores de dieciséis años, existía en el


Colegio de San Bartolomé un internado bajo la inspección de
un Vicerrector. Entonces vivían allí unos ochenta alumnos, sobre
todo muchachos de lugares distantes, cuyos padres no se decidían
a dejarlos en entera libertad por las muchas tentaciones a que
habrían de hallarse expuestos. La disciplina era allí verdadera-
mente militar y en extremo rígida. De nueve a diez de la mañana

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y de dos a tres de la tarde estaba cerrada la Universidad, pues
a esas horas se servían las dos comidas principales. A partir de
las seis de la tarde ya nadie podía salir; los domingos, siempre
que se hubiera observado buena conducta. Se jugaba, se hacía
gimnasia y se tomaban baños frecuentemente y con gran frui-
ción, de manera que todos aquellos jóvenes tenían un aspecto
vigoroso y saludable. Los muchachos de talento que hubieran
cursado por lo menos tres años en una escuela primaria pública
y que se hubieran distinguido por las calificaciones logradas,
recibían también ayuda por medio de becas, para lo cual, según
el reglamento, nunca aplicado a ese propósito, se comprometían
a trabajar más tarde durante tres años al servicio del gobierno.
Pero como la vida, vestidos, etc., eran en Bogotá muy caros,
muchos estudiantes menesterosos recibían además auxilios de
sus respectivos Estados o Departamentos, que prometían bastar
para la educación gratuita, si bien no siempre lo lograban. Preci-
samente estos estudiantes pobres, eran nuestros mejores alum-
nos y nos daban gran satisfacción. Mas, a menudo, tenían que
limitarse a estudiar lo imprescindible para terminar rápidamen-
te y arribar pronto al buen puerto de una profesión segura.
También los profesores de la Universidad, que se contaban
entonces en número de cuarenta y tres, se hallaban sujetos a
severas normas, toda vez que los rectores disponían su nombra-
miento y podían recomendar su destitución; en caso de ausencia
injustificada, se les debía retirar el sueldo del día correspondien-
te. Pero en la realidad, las cosas eran menos~ minuciosas y
formalistas. El Rector procedía solamente contra los profesores
que habían incurrido en manifiesta desidia o abandono de sus
obligaciones, de lo cual se daban algunos casos; por lo demás,
la autoridad rectoral actuaba benignamente, pues la retribución
de los profesores era tal que, en la mayoría de los casos, había
que darse por satisfecho con que acudiera a explicar sus leccio-
nes. En efecto, solo tres profesores, en toda la Universidad, esta-

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ban consagrados exclusivamente a la docencia. Los demás tenían
que ganarse la vida mediante la acumulación de varios cargos y
desempeñaban las más variadas ocupaciones; eran funcionarios,
jueces, diputados, políticos, ingenieros, periodistas, escritores,
médicos atareadísimos, y dedicaban al profesorado no otra cosa
que sus ocios. Pero el poder dar clases en la Universidad era una
distinción muy solicitada.

Y ahora hablemos de las clases mismas. Si bien, según las


razas, eran diferentes las capacidades intelectuales, los estudian-
tes tenían por término medio, una gran inteligencia y daban
muestras de extraordinario y rápido poder de captación, si la
exposición del docente era clara y, a ser posible, infundida de
un cierto aliento poético. Era un verdadero placer darles clase.
Las contradicciones, verdaderas o aparentes, eran descubiertas
en seguida en las clases y utilizadas por ellos como consulta
en las horas dedicadas a repaso o discusión. Casi todos tenían
además una memoria fuera de lo común, ejercitada desde muy
pronto y continuamente, una memoria que lo retenía todo, pues,
al contrario que en Europa, no había recargo de tareas, ni, por
consiguiente, fatiga. Exceso de materias o de trabajo, cosa que
de cierta parte se reprochaba a la Universidad, no se notaba,
en todo caso, entre los estudiantes. A muchos les faltaban los
necesarios conocimientos básicos para la formación científica:
otros se debatían esforzadamente contra una cantidad de pre-
juicios religiosos y políticos que consigo traían ; otros, en fin,
aprendían demasiadas cosas de memoria y pensaban poco, falta
esta favorecida por el hecho de que la mayor parte de los profe-
sores tomaban como base de sus lecciones algún texto, expli-
cándolo durante una media hora y dando a aprender un determi-
nado trozo. Esta materia de enseñanza era luego, por muchos,
repetida de carrerilla en los exámenes, aunque, de cierto, no por
todos comprendida.

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Especialmente aplicados eran nuestros estudiantes de los
últimos cursos, en tanto que, según referencia de los maestros
de la Escuela de Literatura, los alumnos de las primeras clases
-muchachos todavía en edad de travesuras- dejaban muchí-
simo que desear. Cuanto mayor iba haciéndose el estudiante,
tanto más crecía su alto pundonor, y bastaba con apelar a él
para manejar adecuadamente a aquella juventud académica. Por
ello no me resultaba tampoco necesario registrar como un dómine
las faltas de asistencia de mis alumnos, ni mucho menos tenía
que consignar malas notas de atención o cunducta, pues de des-
obediencias, groserías, desórdenes no tuve jamás ocasión de que-
jarme. Alguna intervención abusiva, harto posible dada la con-
dición estudiantil, astuta y gustosa de bienquitarse, podía ser
rechazada con facilidad por medio de una respuesta mordaz-
mente satírica. Cuando, a partir del segundo año, pude ya dar
mis clases en español, el intercambio de ideas se hizo mucho
más vivo, lo mismo que el ascendiente e influjo sobre mis oyen-
tes. Si el profesor se tomaba trabajo en sus lecciones y no se
mostraba como un charlatán o un ignorante, esto es, si enseñaba
lo que realmente sabía, podía estar seguro del cariño y el respeto
de los alumnos. Pero, ¡ay de aquel que fuera pillado en un fallo
o una incongruencia! Nuestro estudiante, crítico hasta el exceso,
exigente, amigo de tener siempre la razón, aficionado a disputas
y orgulloso, sabía descubrir el punto flaco y explotarlo con sumo
rigor. Aparte de esto, casi todos los profesores tenían algún
apodo; yo no podía estar quejoso al respecto, pues me llama-
ban simplemente "el suizo". Nuestros defectos salían a relucir
especialmente en los llamados "epitafios'', coplas burlescas en
forma de inscripción sepulcral para cada uno.
En el trato con los compañeros, los estudiantes eran dema-
siado engreídos como para que entre ellos pudiera crearse una
auténtica y grata camaradería. Entre esos jóvenes no existen
las asociaciones estudiantiles, que de modo tan duradero influ-

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yen sobre el carácter de sus miembros y donde se crean amis-
tades indestructibles. Tampoco se distinguen por una indumen-
taria propia; únicamente en ocasiones solemnes, además del traje
negro y el sombrero de copa, lucían sobre el pecho un pequeño
escudo de colores con el emblema de la Universidad.
Los estudiantes, en general, y ya como habitantes del Tró-
pico, bebían menos que nosotros; pero en cambio el dios del Amor
les martirizaba más con sus traviesos dardos, y, dada la poética
disposición de aquellos jóvenes, se cometían infinidad de aten-
tados en forma de canciones líricas. Existía también el espíritu
de cuerpo, provocado precisamente por las diferencias de opinión
política. A nuestra Universidad asistían, casi sin excepción, jó-
venes liberales y de tendencia radical, y por ello era muy abo-
rrecida por la gente retrógrada. Librepensadores en su mayoría
en cuanto a las cuestiones religiosas, de extrema izquierda en
lo politico, nuestros estudiantes se daban abnegadamente a su
partido al estallar las guerras civiles. Constituían siempre uno
de los elementos más activos, fogosos y sacrificados durante las
revoluciones, y más de uno hubo que selló con temprana muerte
~ us convicciones, pasando a ser exaltado como héroe. Respeto y
admiración se tributaba a los que el año 1876 habían resultado
heridos por las balas de los conservadores.

El año escolar duraba desde febrero hasta principiOs de di-


ciembre, con una interrupción de algunos días en Semana Santa,
luego catorce días a continuación de la fecha de la Independencia
(20 de julio), y algunas festividades religiosas, además de la
onomástica de los respetables rectores. En noviembre tenían
lugar los exámenes, que durante tres semanas proporcionaban
a los profesores un agotador trabajo de varias horas al día.
Todo estudiante era examinado de cada materia separadamente;
la prueba, oral, duraba por lo menos veinte minutos y estaba
a cargo de un jurado de tres examinadores. Yo examinaba ordi-

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nariamente de francés (los tres cursos), así como de latín y
alemán, en la Escuela de Literatura; y de filosofía e historia en
la Escuela de Filosofía. Puedo decir que se exigía mucho y que
las continuas irregularidades del curso se vengaban luego en
lo~ mismos estudiantes.

A lo largo del curso tenían lugar de vez en vez "exámenes


de grado", pruebas orales que presidía personalmente el Minis-
tro de Instrucción, con un jurado de profesores mayor que de
ordinario y una duración de dos horas. Con especial solemnidad
se entregaba el diploma al que había salido bien de la prueba,
y con ello se le confería el título de doctor en Derecho, en Medi-
cina, en Ciencias Naturales. Obtiene el doctorado, pues, todo el
que aprueba un examen de esa índole, y como ello ocurría con
casi todos los catedráticos, a todos, de ordinario, se les daba el
tratamiento de "doctor".
Los exámenes de fin de curso culminaban en una sesión
solemne de la Universidad en el Aula Máxima. Hablaban en tal
ocasión el Presidente de la República, el Ministro de Instrucción
y algún profesor, y su discursos, además del buen contenido,
eran de la más fina perfección retórica. Se hallaba presente el
Cuerpo Diplomático y lo más selecto de la sociedad bogotana,
también señoras, pues merecía la pena oír a oradores tan distin-
guidos. A los mejores estudiantes se les entregaban recompensas
consistentes en obras de gran valor.
Digna de mención es también la Biblioteca, vinculada a la
Escuela de Literatura y Filosofía. Esta Biblioteca fue formada
en algunos años por el rector (más tarde con mi modesta ayuda),
a base de los créditos del gobierno -algunos miles de francos
al año- y de los ingresos habituales de la Universidad. Era una
biblioteca curiosa por su concentración y selecto contenido. En
unos mil quinientos volúmenes, reunían las mejores obras mo-
dernas en literatura, historia, filosofía, economía política, juris-

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prudencia, y ello en las lenguas principales, además de los diccio-
narios y enciclopedias de imprescindible utilización. Completaban
el contingente una docena de revistas europeas, principalmente
francesas e inglesas. Esta biblioteca donde yo pasaba las tardes,
servía excelentemente para nuestro trabajo.

Así funcionaba la Universidad. Víctimas, más tarde, de la


reacción que siguió a la revolución de 1885, fue "reorganizada"
dentro de un espíritu muy diferente.

*• •
Muy valiosa para el investigador de historia era la Biblio-
teca Nacional, con unos cincuenta a sesenta mil volúmenes; en
ella se encuentran las fuentes de la historia colombiana. Pero
los manuscritos se hallaban muy desordenados en el Archivo
Nacional, y sin duda harán falta todavía fatigoso es1nero y
trabajo hasta organizar ese fondo y publicar lo más importante
de él, pasando luego a la formación de una Historia de Colombia
rigurosamente científica. Por lo que atañe a los archivos y a
todas las colecciones, se advertía en Colombia un abandono ver-
daderamente notable. Muchos documentos fueron hurtados, o
simplemente algún aficionado se los llevó a su casa, malem-
pleando así muy importantes y valiosos materiales. De igual
modo, el Museo Nacional, que antes contaba con una serie bas-
tante rica de piezas antiguas, fue objeto de expolios durante
varias guerras civiles.

En Bogotá existían distintas sociedades científicas, como la


de Medicina y la de Ciencias Naturales, pero hubieron de sufrir
la inseguridad de la época. Para muchos hombres de saber --co-
mo Rafael Nieto París, sobresaliente matemático, mecánico y
astrónomo-- faltaba entonces el estímulo. Por eso no se llegó
a constituir una sociedad arqueológica, pese a la importancia

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que su fundación hubiera tenido para el estudio de las antiguas
culturas. Y, no obstante, había entre mis colegas personas de
notabilísimas dotes y de amplia ilustradón. Así, por ejemplo,
los dos rectores -el doctor Vargas Vega, conocido fisiólogo y
pedagogo, y el doctor Liborio Zerda, químico e investigador de la
antigüedad-; el doctor Camacho Roldán, sociólogo; el estadista
doctor Santiago Pérez y el doctor Roberto Ancízar, economistas;
los doctores Alvarez, Manuel Ancízar, Rojas Garrido y J. l.
Escobar, maestros de filosofía y filósofos; don Alberto Urdaneta,
n1aestro de arte, pintor, dibujante y promotor de la vida artís-
tica en Bogotá.

Este sería realmente el momento de hacer honor a toda la


literatura colombiana (científica y de creación) con unas anota-
ciones críticas. Pero, si bien debo declarar que he leido con apa-
sionado interés la mayoría de las obras principales, el comentario
correspondiente habría de ocupar demasiado espacio o, por su
brevedad, no dejaría satisfecho al lector. De todos modos, al
objeto de no dejar un vacío en estas notas, me limitaré a citar
algunos nombres.

Como erudito en el campo de la ciencias naturales desta-


can el botánico y geólogo Mutis (nacido el año 1732 en Cádiz,
muerto en 1808 en Bogotá) y su discípulo Caldas (nacido en
1770, fusilado en Bogotá por los españoles el año 1816), un
autodidacta instruído en sus viajes y que dejó asombrado a
Alexander von Humboldt por los conocimientos y observaciones
a que había llegado en materia de botánica, química, astronomía
y etnología, así como por la invención de algunos instrumentos,
como el hipsómetro. Entre los lingüistas y gramáticos, Cuervo
ha alcanzado gran celebridad con la publicación de un diccionario
etimológico de la lengua española. Como historiadores hay que
citar al Obispo Piedrahita, con su Historia de l a Conquista
(1688), a José Manuel Restrepo, autor de la mejor historia de

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la Guerra de la Independencia, a Gutiérrez (memorias), Verga-
ra y Vergara (historia de la literatura), Groot (historia de la
Iglesia), y Quijano Otero. La ciencia geográfica se halla repre-
sentada por los nombres que siguen: Zea, al que se ha llamado
"el Franklin de Suramérica", los coroneles Joaquín Acosta y
Codazzi, cuyos manuscritos puso en limpio Felipe Pérez, Ancízar
("Peregrinación de Alpha") y Mosquera.

En las bellas letras encontramos, ante todo, al impulsivo


José María Samper, que puso su infatigable pluma y elocuencia
al servicio de casi todos los géneros y también de sus diferentes
evoluciones políticas y religiosas. Citaremos también a su muy
culta esposa, doña Soledad Acosta de Samper, escritora de temas
populares y femeninos, de marcada tendencia religiosa. La poé-
tica novela "María" de Jorge Isaacs (de ascendencia israelita)
tiene justa fama y se ha traducido a otras lenguas. Una novela
costumbrista, "Bias Gil", llena de fuerza y que por su intención
recuerda al "Martín Salander", es obra del satírico Marroquín.

Muy numerosos son los autores de pequeños relatos y des-


cripciones, los llamados "artículos de costumbres", que, al estilo
de las narraciones breves de Jeremías Gotthelf o J oachim, pr ~­
sen tan tierras y gentes con notable ingenio y humor. Anotamos
tan solo los nombres de E miro Kas tos (Juan de Dios Res trepo) ,
David Guarín, Ricardo Silva y Ricardo Carrasquilla. La literatura
dramática es bastante extensa, pero Colombia no ha dado toda-
vía ningún gran autor teatral.

Los poetas hacen legión, como prueba ya la colección "Par-


naso colombiano". El pueblo de Colombia se distingue por sus
dotes poéticas. Cané expresó muy bien, como razón de este fenó-
meno, que Colombia está "cerca del cielo". Si bien es cierto que
se escriben muchas cosas medianas y banales, no puede ignorarse
que en Colombia han nacido magníficos poetas. Nombraremos

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Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
en primer lugar a Arrieta, del que copiamos las siguientes apa-
sionadas estrofas :

Dices que para olvidarme


te ha bastado un solo instante,
que mi recuerdo de amante
te es indiferente ya.

Pues olvidame, si puedes,


porque el dardo del pasado
en el corazón clavado
para siempre llevarás ( 1) .

La dicha del amor ha sido tratada de tal modo por Arrieta


en otro poema, que parece escucharse una purísima música:

Sentados sobre la yerba


a las orillas del río
con amante desvarío
me acariciabas ayer.

De tus labios el murmullo


al besar sobre mi frente
se confundió dulcemente
con el del agua al correr.

Tu mano estaba en las mias,


y mi cabeza en tu seno,
el cielo estaba sereno
cual la dicha de los dos.

(1) Estos versos, lo mismo que todos los que siguen, figuran en la
obra traducidos al alemán, a veces en forma muy pintoresca y curiosa.
(N. del T.).

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Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
Te inclinabas en mi oído
con amorosa dulzura
y palabras de ternura
me murmuraba tu voz.

Citaremos además al fogoso Arboleda, a J. E. Caro, Grego.


río Gutiérrez (comparable a Albrecht Haller) , Rafael Pombo,
Obeso (que, él mismo de raza negra, da a sus obras sobre ese
motivo una patética expresión). Pero especialmente hay que
mencionar a Rafael Núñez, cuya notable trayectoria política,
como veremos, solo resulta comprensible por haber vivido y
escrito entre un pueblo de soñadores e ideólogos.
El manantial lírico no se agota en Colombia en la letra de
molde, sino que brota sin cesar en las canciones populares, inédi-
tas en su mayoría. Son estas canciones estrofas de versos cor-
tos con los que el pueblo expresa, en palabras ingenuas y direc-
tamente encaminadas al corazón, sus pensamientos y su sentir
más íntimos, lo que nos permite mirar a través de ellas el fon-
do del alma popular. Con la reproducción de algunos de estos
cantares, obra de desconocidos poetas, creo proporcionaré sa-
tisfacción a más de uno de mis lectores.
En primer lugar, algunas reflexiones de carácter tragicó-
mico:
Ojos verdes son la mar,
ojos azules el cielo,
ojos garzos purgatorio
y ojos negros el infierno.

Por un tropezón que dí


todo el mundo murmuró;
todos tropiezan y caen,
¿cómo no murmuro yo?

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Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
Cuando alguno quiere a alguna
y esa alguna no lo quiere,
es lo mismo que encontrarse
un calvo en la calle un peine.

Dicen que el águila real


pasa volando los mares.
¡Ay, quién pudiera volar
como las águilas reales!

Si yo fuera pajarito,
a tus hombros diera el vuelo
picara de tu boquita ...
La lástima es que no puedo.

Lo que más se canta en Colombia es el amor, el siempre


loado y siempre injuriado. La expresión de los ojos es su direc-
ta revelación :

Tus o§os son dos luceros


tus labios son de coral,
tus dientes son perlas finas
sacadas del hondo mar.

Como hay abismos profundos


en el fondo de los mares,
los hay también en tus ojos
con calmas y tempestades.

Son tus ojos noche y día,


luz y sombra a un tiempo son,
negros como las tinieblas
y brillantes como el sol.

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Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
Anteanoche me soñé
que dos negros me mataban,
y eran tus hermosos ojos
que enojados me miraban.

Los desengaños y las infidelidades han inspirado a la poe-


sía popular las estrofas siguientes, ora juguetonamente satíri-
cas, ora trágicas, ora resignadas o transidas de dolor:

Esta calle está mojada


como que hubiera llovido;
son lágrimas de un amante
que anda por aquí perdido.

¡Qué alta que va la luna


y un lucero la acompaña!
¡Qué triste se pone un hombre
cuando una mu.fer lo engaña!

M e quisiste, me olvidaste
y me volviste a querer,
y me hallaste tan constante
como la primera vez.

El árbol de mis amores


era coposo y lozano;
la indiferencia lo heló,
los celos lo deshojaron.

Ayer pasé por tu puerta


y me tiraste un limón,
el agrio me dio en los oios
y el golpe en el corazón.

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Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
Pero hay también enamorados que se consuelan pronto y
no cesan en las aventuras; almas donjuanescas:
El amor que te tenía
era poco y se acabó,
lo puse en una lomita
y el aire se lo llevó.
Por esta calle vive
la huerfanita.
¡quien viviera con ella,
la probecita!

Un esposo ejemplar reacciona de este modo:


Mi mujer y mi mulita
se me murieron a un tiempo.
¡Qué mujer ni qué demonios!,
mi mulita es lo que siento.

Todo la psicología del amor se descubre en estas coplas :


eon todas me divierto,
me río y hablo.
Tan solo a la que quiero
la miro y callo.
Ya mis oios te han dicho
que yo te quiero.
Si ellos son atrevidos
yo no me atrevo.
Dame, niña bonita,
lo que te pido:
un abrazo y un beso,
con un suspiro.

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Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
Tu corazón partido
yo no lo quiero;
yo cuando doy el mío,
lo doy entero.
Si quieres que yo te quiera,
ha de ser con condición
que lo tuyo será mfo
y lo mfo tuyo no.

Un amante regocijado canta:


Tiene la que yo quiero
un diente menos,
por ese portillito
nos entendemos.

Profunda y noble pasión respiran las dos últimas coplas


que aquí anotamos :
Si la piedra, con ser piedra,
al toque del eslabón
brota lágrimas de fuego,
¿qué será mi corazón?
Desde que te ví, te amé,
y todo fue de improviso;
no se lo que fue primero,
si amarte o haberte visto.

Un pueblo que así canta y que sabe expresar su sentir y


sus pensamientos en imágenes de tal naturalidad y espontáneo
vigor, es sin duda un pueblo capaz de cultura.

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Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
Si nuestro padre comienza la descripción de la vida cultural
de Colombia con la llegada del correo del extranjero, desea pre-
sentar así, en una acertada estampa, los fuertes vínculos espi-
rituales que unen a Colombia con Europ·a. Queremos suponer
que los perfeccionados medios de comunicación de nuestro tiem-
po -que hacen que un telegrama llegue a Bogotá al día siguiente,
y una carta por avión en menos de tres semanas- han debido
de estrechar en gran medida las relaciones espirituales con el
Nuevo Mundo. Esta lógica consecuencia no es necesariamente
exacta, por cuanto la enorme influencia económica de los Esta-
dos Unidos se hace también perceptible en el orden cultural.
Cierto que Colombia está muy leios de permitir el desplazamien-
to de su clásico español ni aun siquiera dejar que se impregne
de expresiones inglesas; pero no puede negarse que la prensa
obtiene sus noticias por mediación norteamericana y que ello,
en cierto sentido, determina una influencia sobre la opinión pú-
blica. De este modo, por efemplo, la situación europea se des-
cribe en Colombia tal como la acostumbra a ver el ciudadano
común en los Estados Unidos, de lo que a veces resultan lamen-
tables prejuicios.

Prescindiendo de este carácter unilateral en la información


extraniera, la prensa colombiana posee un nivel muy aprecia-
ble. Es, en verdad, asombroso que hasta en periódicos de poca
importancia se advierta una impecable dirección. Como es na-
tural, junto a las breves noticias del servicio informativo nor-
teamericano, las referencias y comentarios de la actualidad po-
lítica colombiana ocupan un espacio muy superior. Pero las más
de las veces están escritos con ingenio y en forma atractiva y
acompañados por caricaturas, tan certeras como chistosas, de
los personajes conocidos. Sería demasiado larga la enumeración
de todos los periódicos de los distintos lugares del país, aunque
nos limitásemos a los más importantes. De los que salen en Bo-
gotá, citaremos, del lado conservador, el 11Nuevo Tiempo", y

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del lado liberal "El Tiempo" y "El Espectador". Tampoco de
revistas se escasea en Colombia. Las publicaciones de esta clase,
que antes eran señaladamente artístico-literarias, han seguido
la tendencia, también entre nosotros aceptada, del magazine; y,
como "Cromos" o "El Gráfico", conceden gran valor a los gra-
bados. Pero existe además una serie de buenas revistas científi-
cas, entre las que citaremos, en el dominio bancario y de las
finanzas, la "Revista del Banco de la República", como publica-
ción de economía la Revista ele Industrias" (publicada por el
11

Ministerio de Comercio), y como la meior revista técnica agríco-


la la uRevista Nacional de Agricultura", de la Sociedad de Agri-
cultores de Colombia.

La cuestión de la enseñanza es en Colombia, sin duda, ob-


ieto de gran atención y esfue1·zos por parte de todos los cí1·culos
dedicados al porvenir nacional, si bien; los éxitos no correspon--
den todavía a als enseñanzas. En verdad, mientras no se observe
estrictamente la enseñanza obligatoria, el número de los analfa-
betos no podrá ser reducido a un límite tolerable. La enseñanza
primaria necesita de grandes meioras. Las actividades en este
sentido han hallado en el cine un nuevo e inesperado colabora-
dor. El pueblo, que hasta hace poco no tenía, en general, la me-
nor idea del re to del mundo y que, pot· lo tanto, no podía com-
parar su propia situación con la de los otros pueblos, se ha
entregado ahora al cinematógrafo con entusiasmo casi conmo-
vedor. Trátase de imaginar el efecto que hará en el alma de un
indio el mirar por primera vez en la pantalla la inmensidad del
mar. Gigantescos buques le llevan a tierras leianas, su anhelo
e despierta ante la vista de trenes y aviones; se siente trans-
portado súbitamente a las grandes ciudades, con su tráfico ver-
tiginoso, su luio y su confort. Automáticamente compara su
ranchito con aquellos palacios, ve cómo la mujer blanca guisa
con gas y electricidad, en tanto ellos apenas sí pueden contar a
diario con un fuego de leña al aire libre. En fin, toda la civili,..

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zación se le aparece de pronto en medio de un esplendor fabu-
loso. ¿Será, pues, de admirar que estas gentes sencillas no pien-
sen en otra cosa que en el cine, placer barato, accesible a casi
todos, y que cada detalle sea tomado como pura verdad aunque
se trate de las peores películas norteamericanas de sensación?
Es verdad que el cine puede dar lugar a aberraciones y excesos,
pero en un país donde el pueblo se halla sediento de cultura las
ventajas son mucho mayores. El cine contribuye también a la
disminución del analfabetismo, pues es necesario saber leer par
ra disfrutarlo completamente. Esto es cosa que. han compren-
dido antes que nadie los muchachitos abandonados, los gamines;
aprenden a leer por sí mismos y sacan partido a sus conocimien-
tos haciéndose pagar el cine por personas mayores a cambio de
leerles los rótulos de la película. Es seguro que ya ningún poder
sería capaz hoy día de desterrar de Colombia el cine. Casi al
mismo tiempo que él, el gramófono ha hecho su entrada triun-
fal en el país. El influjo de su música en la educación del pue-
blo es, ciertamente, menos poderoso, pero la estimación de que
goza raya también en lo increíble. Hasta en los pueblecillos más
apartados se encuentra hoy algún gramófono con unos pocos
discos, lo que trae algo de amenidad a la vida cotidiana de la
gente. Sin embargo, existe un inconveniente y es que el fonó-
grafo ha llegado casi a desplazar los instrumentos vernáculos,
como el tiple, la bandola y la guitarra, que apenas ya sí se escu-
chan. La radio es todavía poco conocida en Colombia, por no
existir e-misoras en el país y no haberse logrado hasta ahora la
buena recepción de las estaciones extranjeras.

Las clases más acomodadas siguen obligadas a educar a


sus hijos en casa o llevarlos a los colegios particulares. Incluso
los centros de enseñanza secundaria son exclusivamente, en Bo-
gotá y en las demas ciudades grandes, escuelas de carácter pri-
vado, que, como por ejemplo el "Gimnasio Moderno", se sostie-
nen con la aportación de familias ricas. Existen además gim-

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nasios dirigidos por institutos religiosos, como son, especial-
mente en Bogotá, los grandes centros de enseñanza de los J esuí-
tas y de los u Hermanos Cristianos", comunidad francesa muy
activa en Colombia. En estos colegios pueden obtener el grado
de bachilleres los jóvenes de las clases pudientes. Las Universi-
dades, por el contrario, son establecimientos públicos de valor
reconocido, en los que a veces enseñan también profesores ex-
tranjeros llamados al país para ese fin. Como se comprenderá,
también numerosos estudiantes colombianos desean matricular-
se en las más famosas universidades europeas para, no en últi-
mo término, trabajar en los grandes laboratorios e institutos de
investigación. El Ministro de Instrucción colombiano ha dictado
recientemente unas disposiciones, de renovada severidad, en re-
lación con los certificados de estudios secundarios que se expi-
den en Colombia, y se ha hecho cargo de los exámenes, al objeto
de que los estudiantes colombianos puedan de ese modo, y con
base en los acuerdos de reciprocidad, matricularse sin dificultad
en nuestras universidades. La autorización del ejercicio profe-
sional en Colombia para los graduados de universidades extran-
jeras se halla sujeta, sin embargo, a determinados requisitos
según normas especiales. Así, por ejemplo, los extranjeros que
deseen ejercer en Colombia la profesión médica han de someter-
se a una estricta prueba a cargo de especialistas, y necesaria-
mente en lengua española.

En cuanto a los gastos dedicados a museos y bibliotecas y


en cuanto a la instalación de estos centros, no se ha hecho nin-
gún progreso de gran importancia. Los esfuerzos del país si-
guen dirigiéndose en primer lugar a la creación de nuevas vías
de tránsito y a la implantación de mejoras técnicas. Para la
conservación, ampliación y empleo de las colecciones de valor
científico faltan medios de todavía mayor monta que los que son
de necesidad vital para las obras ferroviarias y las de carre-
teras. Las colecciones más importantes pertenecen a institucio-

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nes privadas, por ejemplo a los uHermanos Cristianos", que, en-
tre otras cosas, han realizado y dirigido diversas excavaciones
en la Sabana de Bogotá. A las generaciones venideras les que-
dará aún mucho por hacer en el dominio de las antiguas cultu-
ras, y en ello han de encontrarse con un campo de actividad
todavía poco explotado en Colombia.

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6. - CORRERlAS

Es orgullo del colombiano saltar sobre un ligero corcel de


ondulante cola -hombre y cabalgadura finamente equipados-
Y salir galopando, o, bien pegado a la silla, dejarse mecer cómo-
da y gentilmente por el paso del bello animal. Los bogotanos
no son excepción en este punto, y eligen por lo común el domingo
para sus cabalgaduras. El sombrero de ancha ala y copa puntia-
guda (el jipijapa, que entre nosotros llaman equivocadamente "de
Panamá") está impecablemente blanco; los zamarros, de piel
de tigre o de oso, o bien de goma gris, son nuevos; limpia se
halla la ruana. Como defensa de los posibles aguaceros, llévase
un buen impermeable oscuro; para atravesar los fríos pasos de
montaña, un sobretodo de lana (bayetón). Tampoco deberá faltar
un pañuelo de seda al cuello. Completan el equipo espuelas con
ruedecillas del tamaño de una moneda de cinco francos, y estri-
bos de cobre, a veces dorados, de forma parecida a la de unas
babuchas y afilados en la punta.
Como mis compañeros de la colonia extranjera no solian
tener caballo a causa de lo caro que resultaba mantenerlo, nues-
tros esparcimientos dominicales eran de otra índole. Durante los
dos primeros meses dispusimos de un fusil "V etterli" y nos dedi-
cábamos a tirar al blanco ; el último año de mi permanencia en
el país, mis camaradas salían a menudo de caza, y traían, por
lo regular, buen botin de becadas y patos salvajes, que a la

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noche siguiente eran servidos en sencillo banquete de confra-
ternidad. En esas ocasiones reinaba siempre el mejor humor, y
de labios de algún jocoso comensal se escuchaban de vez en
cuando regocijadas historias de cazadores o bandidos. Había un
abate francés que se hallaba de paso a la sazón, y que, pese a
residir lejos de nuestro hotel, llegaba siempre a tiempo, condu-
cido por un finísimo olfato, siempre que se había cobrado pieza.
Su magnífico humor hacía nuestras delicias.

El domingo lo dedicaba, siempre que me era posible, a rea-


lizar excursiones por los alrededores. Para bañarme en agua
corriente había que ir hasta muy lejos, y el baño era además
incómodo y frío. En cambio los montes que coronan la ciudad,
y el Boquerón, que se abre paso entre ellos con su fresca natu-
raleza alpina y su tumultuoso torrente, constituían la meta de
mis paseos favoritos. A cualquier hora del día estaba dispuesto
a escalar aquellas alturas. Mi cima preferida era el Guadalupe
(3.255 m.e tros), a donde llegaba, por lo general, después de hora
y media de camino. La recompensa era siempre una magnífica
vista de la Sabana. N o me hartaba de mirar el panorama de
Bogotá entre las cinco y las seis de la tarde cuando el sol, desde
Occidente, derramaba su luz sobre la llanura y la ciudad inun-
dando todos los objetos y detalles. Como hormiguitas se veía a
los bogotanos en su ir y venir por calles y callejas. Las lagunas
reverberaban a lo lejos y las montañas se diluían en un azulado
vaho invernal. A estas horas no eran ya visibles las siguientes
cumbres nevadas de la Cordillera Central, que entre las seis
y las siete de la mañana se alzaban majestuosas por encima de
la planicie.

En esos domingos me encontraba a veces con una familia


bogotana comiendo al aire libre. En el cerro de La Peña, con
motivo de la fecha del santo de aquella ermita, se montaban
tiendas de campaña y resultaba una especie de fiesta de los

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tabernáculos. Toda la cortesía y amabilidad de los bogotanos
hacíase patente en aquella ocasión; el extranjero era siempre
invitado a participar del refrigerio, y pronto comenzaba a brotar
aquel humor chispeante, como solo lo he visto entre los buenos
parisinos en los domingos del Bosque de Bolonia. El pueblo, espe-
cialmente, se mostraba en toda su naturalidad, se entregaba
gozoso al festejo, bailaba y, a menudo, se embriagaba también,
desgraciadamente, produciéndose disputas y escenas de celos. Yo
asistía con frecuencia a fiestas semejantes, apropiadas en parti-
cular para observaciones psicológicas, y me deleitaba con le
bambuco y las demás tonadas populares. Tampoco dejaba de
subir a Monserrate el día de su fiesta, pues todo aquel movi-
miento resultaba de un gran pintoresquismo. Ya en la subida
se encontraban casetas y toldos, verdaderos campamentos de
gitanos, en los que se preparaban guisos con qué restaurar las
fuerzas de los romeros, pues el ascenso era para aquella gente
más duro que para nosotros, acostumbrados ya a la subida y
liberados del violento sacudir del corazón ante el rudo esfuerzo.
Las campanas de Monserrate resonaban sin cesar, los cohetes
surcaban la altura y por la noche había gran iluminación, que
desde la ciudad ofrecía un aspecto magnifico. Me agradaba espe-
cialmente en estas fiestas el comportamiento, afectuoso sin insis-
tencia, de los obreros, a cuyos brindis había que corresponder. (*).

En uno de esos días de festejo, un amigo mío y yo tuvimos


la fortuna de presenciar un fenómeno natural que no olvidare-
mos nunca. Eran las siete y cuarto de la mañana. N os encon-
trábamos un poco al costado de la cima del Monserrate. Bajo
nuestra vista ondulaba un mar de neblina que ocultaba toda
la ciudad; se hallaría de quince a veinte grados sobre el hori-

* Actualmente se está construyendo, en este monte, por una casa suiza,


el primer funicular de Colombia.

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zonte. De improviso, un majestuoso arco iris tendió su curva
en la niebla abarcando todo el Boquerón. A unos diez pasos
dE-lante de nosotros veíamos la comba de un segundo arco iris
de unos diez metros de diámetro. También sobre el mar de
neblina y dentro del arco menor, estaban nuestras dos sombras,
poco más o menos de tamaño natural, y tan nítidamente silue-
teadas, que podía pércibirse cualquier movimiento. El fenómeno,
al que los físicos llaman "anthelio", duró unos cinco minutos.
Luego se dispersó la niebla, fue elevándose lentamente y descu-
brió a Bogotá a nuestros pies en todo el esplendor de la mañana.

Durante mis años de Bogotá me corrí y recorrí la Sabana


en todas las direcciones. La cosa, sin embargo, no es fácil, pues
puede llegar a resultar monótona. Faltan los arroyos murmura-
dores, falta propiamente el adorno del arbolado, faltan, sobre
todo, los pájaros, de los que solo el gorrión se ve saltar de un
lado para otro. El polvo y el crudo viento hostigan al viajero
en sus andanzas, y las cabalgaduras se fatigan pronto por aquella
planicie. También el hombre, a lomos del cansino caballo o mula,
acaba por sentir agotamiento; deja de observar o se pone melan-
cólico. En cambio, no hay nada más sano que recorrer los largos
caminos de la Sabana, bien de mañanita y a lomos de un caballo
impaciente y vigoroso. El encuentro más frecuente es el callado
indio caminando bajo su carga o aguijoneando con largas pérti-
gas guarnecidas de hierro a los bueyes que, curvados bajo el
yugo, arrastran las altas carretas de dos ruedas. Se pasa por
muchos pastizales y cercados y junto a portones que dan entrada
hacia las casas de campo situadas fuera de la carretera.

A unas dos horas de Bogotá, caminando en dirección a


Honda, se encuentra Fontibón, la huerta que abastece a la capi-
tal. Luego, sobre un gran puente de piedra, se pasa el río Funza,
o Bogotá, que atraviesa toda la Sabana y que aquí tiene unos
3 metros de profundiad y 60 de anchura. Se llega a Tres Esquinas

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y a Cuatro Esquinas, que son, como su nombre indica, encruci-
jadas, y en ellas hay grandes ventas donde los naturales beben
su chicha, su mistela o su aguardiente. Gailardos mayordomos,
finqueros o pequeños terratenientes de la Sabana, gente curtida
por el sol y el viento y como fundidos en una pieza con sus
rápidos y fuertes caballos, se acercan y preguntan algo, tal vez
de las nuevas que hay por la ciudad, mientras el viajero aguarda
que le sirvan su desayuno, siempre frugal, casi siempre malo.
Cerca de Tres Esquinas está Funza, un pueblecillo de famosa
historia, que fue capital del Zipa, y modernamente, por algún
tiempo, lugar principal del Estado de Cundinamarca. En dos
horas de caballo se llega a Subachoque, situado al Noroeste, y
tres cuartos de hora más allá, en medio de un verde y fértil
valle, se encuentra la fundición llamada "La Pradera".
Esta fundición, que yo visitaba con frecuencia, utiliza las
inagotables riquezas de hierro y hulla existentes en aquella de-
presión. El hierro se extrae de la tierra mediante excavación y
sin gran esfuerzo ; la primera fundición da ya un 65 por ciento,
o más, de hierro puro. Pero yo he visto en la misma mina trozos
de mineral casi sin mezcla alguna, lo que indica que la naturaleza
debió de anticipar aquí el proceso de obtención. Algunos trozos
de hierro tenían la forma de una granada de artillería y en su
interior hallábase agua. Los primeros explotadores de esta em-
presa, la familia Arango, que fueron de una extraordinaria labo-
riosidad, tuvieron que invertir un capital relativamente grande,
pues su "sueño dorado'' era fabricar, aquí en lo alto de los Ande ,
rieles para vía férrea. Imagínese lo que costó el transporte de las
grandes calderas de vapor, cilindros y demás material desde
N orteamérica a la altiplanicie, hasta dejar listas las instalaciones
precisas para el laminado de los carriles. Estos, en efecto, se
llegaron a fabricar, y el día en que ello aconteció fue de gran
fiesta para los propietarios, los obreros, el ingeniero jefe (un
norteamericano) y los representantes en el Congreso, que por

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primera vez veían en marcha una empresa de primer orden
impulsada por la constancia y el esfuerzo de unos grandes capi-
talistas. Las alabanzas entusiastas no escasearon ; pero los com-
pradores. . . En 1885 estalló la revolución. Los empresarios ha-
bían hecho cuanto les fue posible; su fundición solo en tiempos
venideros llegaría a dar frutos. El trabajo del hombre ha de
enfrentarse siempre con tremendas dificultades, aunque las ri-
quezas naturales sean gigantescas y aunque el esfuerzo realizado
se distinga por su energía, su atrevimiento y hasta su audacia.
Algo al Norte de Bogotá se encuentra el lugar de Chapinero,
un pueblecito formado principalmente por pequeñas quintas o
villas, que los bogotanos ricos alquilan para pasar en ellas tem-
poradas de campo. Chapinero florece con rapidez, y hoy se halla
ya unido a Bogotá. Quien lo puso de moda fue el difunto Arzo-
bispo Arbeláez, que poseía allí una hermosa casa de campo y
que concibió el plan, realizándolo también en parte, de construir
un gran templo en honor de la Virgen de Lourdes, por lo que
a Chapinero se le llamaba por algunos "Chapilurdes". Hubo em-
baucadores que hablaron de apariciones de la Virgen María y
quisieron presentar a una mujer con señales de estigmatización,
que no tomaba alimento alguno ; pero, cosa que honró mucho al
entonces Arzobispo, parece que éste exigió un estricto examen
de los hechos y desbarató el engaño.
Desde Chapinero se rodaba entonces en horribles jaulas
cerradas -llamadas coches- por la mala carretera que iba ha-
cia el Norte, muy fangosa en tiempo de lluvias. Esta vía llevaba
a Zipaquirá, a unas siete horas, y a mitad de camino aproxima-
damente, se cruzaba el río Funza por el gran Puente del Común,
obra de los colonizadores españoles digna de especial mención.
El puente data de 1792 y se debe al Virrey Ezpeleta. Es una
gran obra de piedra de 31 metros de longitud, con cinco arcos.
En región tan virgen y tan escasa en construcciones de mampos-
tería, produce enorme impresión hallarse de pronto con algo de

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semejante envergadura. Es interesante también contemplar,
desde una pequeña eminencia cercana al río, el movido tránsito
que se desarrolla sobre el puente; resulta casi estremecedor ver
a aquellos indios, niños también entre ellos, llevando a cuestas
haces de leña de no menos de dos metros de diámetro. Esta leña,
varas de unos 20 pies, cubre casi por entero al que la transporta.
Como la carga es negra y húmeda, el aspecto de los indios es
aún más mugriento y sucio que de ordinario. Recuerdo que una
vez un bogotano hizo pesar el haz de leña que transportaba una
indiecita de catorce años. Eran 175 libras. Tales pesos soportan
sobre sus espaldas durante horas enteras, sin dar señal de can-
sancio.

Zipaquirá, adonde ahora se llega desde Bogotá en dos horas


de automóvil, merece particular mención por sus grandes sali-
nas, situadas en las verdes colinas que destacan sobre la ciudad.
En ellas se han abierto grandes galerías. La sal que allí se
obtiene es en algunos puntos de una claridad y transparencia
como jamás he visto. La importancia de las salinas de Zipaquirá
es notoria si se considera que la sal ha de ser transportada,
como producto indispensable, a otros departamentos lejanos, por
tratarse del único gran depósito de esta substancia que existe
en Colombia. Por ello sería muy fácil para el gobierno monopo-
lizar la venta de la sal. Zipaquirá, en otro orden distinto, cons-
tituye también una nueva y notable excepción, pues posee un
hospital limpísimo y oculto entre hermoso arbolado. El cemen-
terio, emplazado sobre la ciudad, es muy pintoresco. Toda la
región circundante, cuando luce el sol, resulta muy grata y
apacible; los pastos presentan una yerba alta y jugosa, y con
ellos contrastan los sembrados amarillos. Desde aquí pueden rea-
lizarse correrías a tierra caliente, a Pacho sobre todo, que se
halla en un profundo valle, ya de cara al Magdalena, y que es
famoso