La Competición
La Competición
Una cultura de paz se caracteriza por el predominio de las relaciones de cooperación, mutualismo
y trabajo mancomunado, en vez de competición, conflicto e individualismo. No obstante, aún
persiste la creencia en algunos círculos de que la competición no sólo es inevitable en vista de la
naturaleza del ser humano y su sociedad, sino que incluso es beneficioso, por considerarse que
aumenta en el rendimiento, intensifica el interés y disfrute, y que forma el carácter.
Estos supuestos se fundamentan en parte en ciertas propuestas de las ciencias sociales y analogías
prestadas de las ciencias naturales. Han llegado a plasmarse en la mayoría de las prácticas e
instituciones de la sociedad actual, incluidas las económicas, políticas, judiciales, educativas,
religiosas y deportivas, entre otras. Sin embargo, al observar los efectos corrosivos de la
competición en estos diversos ámbitos, numerosos pensadores e investigadores han llegado a
cuestionar estos conceptos y a ponerlos a prueba. Los resultados, recopilados y analizados por Alfie
Kohn en su libro “No Contest – The Case Against Competition” [1992], contradicen muchas de las
creencias populares respecto a la competición. El propósito del presente artículo es resumir
elementos del estudio de Kohn y otros autores al respecto.
A. Antecedentes
Bajo la influencia de la cultura predominante del agonismo, estos dos términos se han fundido en
un mismo concepto de competitividad, pues se suele suponer que el más competente es el mejor
competidor y viceversa. No obstante, como veremos a continuación, es posible llegar a ser igual de
competente – o incluso más – dentro de un contexto de cooperación. A fin de obviar la confusión
entre estos dos conceptos, por tanto, se ha optado aquí por evitar el uso del término competencia
para referirnos al hecho de competir. En su lugar emplearemos el vocablo más preciso competición
que, aunque podría parecer un anglicismo, en realidad ingresó al castellano desde el latín
competitĭo y competiōnis.
La competición consiste en una relación de oposición o rivalidad en la cual dos o más personas
intentan alcanzar un mismo objetivo de tal manera que cada acercamiento a dicho objetivo por
una de las partes implica necesariamente el alejamiento del mismo por las demás. Es decir, el éxito
o la ganancia de una parte supone siempre el fracaso o la pérdida de otra. Por ejemplo, cuando
varios atletas contienden por la medalla de oro, el éxito de uno de ellos supone el fracaso del resto,
e igual cosa se aplica a las de plata y bronce. Bajo el sistema de calificación competitiva, cada vez
que un estudiante gana un punto, el inmediato superior automáticamente pierde un punto. Según
la teoría de juegos, la competición por definición genera situaciones de “suma cero” o “ganar–
perder”, pues cuando mi ganancia (+1) se suma a tú pérdida (–1), los dos se anulan y el resultado
es cero. De hecho, varios autores proponen que la competición en realidad lleva hacia situaciones
destructivas de “suma negativa” o “perder–perder” para la sociedad en su conjunto, por motivos
que analizaremos más adelante.
Ahora bien, es posible que dos o más personas busquen un mismo objetivo sin necesidad de
competir, bajo uno de dos esquemas. El primero es el trabajo independiente o individual, en el cual
el éxito o fracaso de una de las partes no es causa del éxito o fracaso de ninguna otra, como cuando
varios estudiantes intentan aprender la misma lección, pero sin ayudarse entre sí. El segundo es la
cooperación, que supone de un trabajo en equipo, donde dos o más personas colaboran para
aumentar las probabilidades de éxito de todos en el logro un objetivo común. Un ejemplo sería
que el grupo de estudiantes se apoyaran entre sí en el dominio de la materia. En ambos casos el
resultado es una situación de “suma positiva” o “ganar–ganar”, pues cuando mi éxito (+1) se suma
a tú éxito (+1), el resultado es más que cero. Incluso algunos plantean que la colaboración genera
sinergias, cuyo producto es más que la suma de los aportes individuales, por lo que sus beneficios
para la sociedad en su conjunto podrían ser incalculables.
El primer argumento que analizaremos a favor de la competición, es que forma parte íntegra de la
naturaleza del ser humano y/o de su sociedad y que, por tanto, no se puede erradicar. En realidad
son pocos los autores que se han dado el trabajo de sustentar este supuesto en forma razonada,
limitándose la mayoría a afirmarlo como hecho evidente en sí y aceptado por todos. A continuación
conoceremos algunos de los principales argumentos que plantean los pocos pensadores que
ofrecen explicaciones en defensa de esta posición.
Quienes defienden la tesis de la supervivencia del mejor competidor concluyen que por este medio
la competición habría sido programado en nuestros genes. A la inversa, si se acepta el
planteamiento del valor adaptivo de la ayuda mutua, se podría postular lo contrario, que el ADN
humano favorecería a la cooperación. Sin embargo, tanto lo uno como lo otro resulta ser mera
especulación, pues no existe evidencia alguna de un código genético que determine tales actitudes,
pese a toda la investigación genética de las últimas décadas. Stephen Jay Gould [1978:349] lo dijo
muy bien:
“¿Por qué imaginar que tendrían importancia unos genes específicos para la agresión, la
dominación o el rencor, cuando se sabe que la enorme flexibilidad del cerebro nos permite ser
agresivos o pacíficos, dominantes o sumisos, avaros o generosos? La violencia, el sexismo y la
maldad en general sí son biológicos, ya que representan un subconjunto del abanico de posibles
comportamientos. No obstante, el fomento de la paz, igualdad y bondad son igualmente
biológicos; y se vería crecer su influencia en caso de crearse estructuras sociales que los
permitieran prosperar”.
Ante la noción de una herencia genética a favor de la competición, algunos han planteado la
existencia de un instinto o impulso competitivo, innato o inherente en el ser humano. El instinto
se define como una serie de comportamientos complejos y específicos que repiten de la misma
manera todos los miembros de una especie, sin que dependa del aprendizaje. El concepto de la
competición, sin embargo, es una abstracción humana, una categoría de análisis que reúne una
amplia gama de conductas alternativas que reflejan patrones culturalmente establecidos.
Un impulso, en cambio, nace de una condición fisiológica como hambre o sed, frío o calor,
aburrimiento o excitación, etc., que nos motiva a responder de alguna forma, pero no de una
manera específica o predeterminada. El competir no es sino una opción entre varias, una de
múltiples maneras posibles de actuar ante una situación determinada, siendo la cooperación otra,
y que a la larga satisface de mejor manera nuestras necesidades. Incluso, Gorney [1972:140]
observa que la mayoría de investigadores de la biología social y evolución humana, sostiene que
los seres humanos somos predispuestos a comportarnos, no de manera individualista y
competitiva, sino de modo sociable y cooperativo.
Otros argumentan que si todos los demás animales compiten entre sí por sobrevivir; ¿por qué
suponer que el ser humano sea distinto?, pues compartimos esa herencia de competición en
cuanto animales y productos de la misma naturaleza. Sin embargo, evolutivamente somos tan
distantes de esos ‘otros animales’ que su comportamiento poco o nada tiene que ver con el
nuestro. No somos descendientes de ninguna de las especies existentes. Según ciertas versiones
de la teoría evolutiva, podríamos haber compartido parientes comunes hace muchos millones de
años, pero desde ese entonces cada especie ha tomado su propio rumbo. De hecho, la capacidad
singular del ser humano para crear y cambiar culturas, mundos simbólicos y de significado,
formular y cuestionar abstracciones, construir y reformar instituciones, nos coloca en una categoría
muy aparte de las demás especies.
Además, aquellas especies de simios que se consideran más afines a los humanos evidencian una
notable cooperación y falta de agresividad. Incluso las demás especies tampoco son tan
sanguinarias como la TV popular nos haría creer. Particularmente entre varias de las especies más
parecidas al ser humano, existe poca pugna y más bien un notable nivel de organización social y
colaboración. Durante un siglo, desde que Peter Kropotkin publicara su libro “Mutual Aid: a Factor
of Evolution” en 1902, los zoólogos y etólogos han estado insistiendo que en el reino animal hay
mucha cooperación invisible e invisibilizada tras las imágenes populares de rivalidad y depredación.
Por ejemplo, el zoólogo Marvin Bates [en Montagu 1952:58] afirma:
“Esta competencia, esta ‘lucha’, es un aspecto superficial, sobrepuesto en una mutua dependencia
fundamental. El tema esencial de la naturaleza es la cooperación más bien que la competición –
una cooperación que se muestra tan generalizada, tan ampliamente integrada, que es difícil
desenmarañar las distintas hebras para poder seguir su curso”.
Por otra parte, algunos sostienen que aún entre los niños pequeños se observa ya un
comportamiento competitivo, sin que nadie les haya enseñado y que se mantiene incluso en contra
de las insistencias de sus mentores. Esto es cierto, pero no es indicio de una supuesta naturaleza
competitiva, pues también se observa en los infantes actos desinteresados de cooperación. Esto
sólo confirma el hecho de que el ser humano es capaz, desde su temprana niñez, de evidenciar
toda una gama de actitudes. Es la socialización, formación y educación la que aumenta las
probabilidades de consolidarse y normalizarse lo uno o lo otro. Según Yarrow y Waxler [1977:78–
79], “La capacidad para ser compasivos y extender la mano a otros de varias maneras para dar,
aparece en comportamientos viables y efectivos desde muy temprano en la vida…” Dicen además,
“A menudo niños, a muy temprana edad, se han mostrado supremamente hábiles en distinguir y
responder ante las necesidades de los demás”. Tras un amplio análisis de las investigaciones al
respecto, Kohn [1992:19] concluye:
“Esta tendencia a cooperar, a trabajar con otros y no contra ellos, ha sido observada entre
preescolares e incluso infantes. Los denominados ‘comportamientos prosociales’ – el cooperar,
ayudar, compartir, consolar, etc. – se presentan en casi todos los niños… Los repetidos casos de
niños menores a tres años que regalan sus juguetes a sus compañeros de juego, que toman turnos
espontáneamente en los juegos y otros por el estilo, deben ser motivo de reflexión para todo aquel
que supone a la competición como el estado natural del ser humano”.
Otro argumento común es que sin la competición no funcionaría la sociedad, pues constituye uno
de los principios fundacionales de todas nuestras instituciones. Es la práctica normativa entre
actores en el mercado, entre partidos en la política, entre contendientes en el deporte y entre
denominaciones religiosas en el sectarismo, por mencionar solamente algunos ejemplos. Sin
embargo, el mayor error que cometen los defensores de esta tesis es confundir aquello que ES o
ESTÁ con aquello que DEBE SER, confundir UNA sociedad con TODA sociedad. Es decir, el hecho de
que nuestra sociedad haya sido construida sobre cimientos agónicos, no significa que toda cultura
debe necesariamente seguir la misma pauta. Leemos en Kohn [1992:38]:
“…la competición es cuestión de estructuras sociales y no de naturaleza humana. Puede ser que
forme parte integral de determinadas instituciones en la sociedad occidental contemporánea,
como por ejemplo el capitalismo, pero claramente no es consecuencia ineludible de la vida como
tal”.
En este punto del análisis, suele plantearse el argumento de que no se puede encontrar sociedad
alguna en la que no exista la competición. Semejante universalidad – se aduce – seguramente se
debe a que forma parte integral de la naturaleza humana y/o del orden social. Sin embargo, si esta
tesis fuese válida, con la misma moneda se podría afirmar que la omnipresencia de la cooperación
es prueba de que su carácter esencial en el ser humano. Pues es igualmente cierto que en toda
sociedad existen numerosos elementos de cooperación, de hecho más que de pugna, aunque
nuestros filtros culturales nos hayan impedido verlos. En palabras de David y Roger Johnson
[1974:218], “La verdad es que la vasta mayoría de interacciones humanas, tanto en nuestra
sociedad como en las demás, no es competitiva sino cooperativa”. Esto encuentra eco en las
palabras del psiquiatra Roderic Gorney [1972:101-2], quien afirma: “Toda evaluación objetiva del
hombre moderno revela que en la abrumadora preponderancia de interacciones humanas, la
cooperación eclipsa por completo a la competición”. Por citarle nuevamente a Kohn [1992:18-19],
“Podría decirse que la omnipresencia de las interacciones cooperativas, incluso en una sociedad
relativamente competitiva, constituye una poderosa evidencia contra la generalización de que los
seres humanos sean naturalmente competitivos. Nuestras vidas son ‘promotivamente
interdependientes’… por el mero hecho de vivir y trabajar juntos. Esto se aplica a toda sociedad;
es inherente a la idea misma de sociedad. Por ende, la afirmación de que seamos inevitablemente
competitivos, si no totalmente falsa, es tan parcial que resulta completamente desorientadora”.
De hecho, donde los aspectos competitivos de una sociedad han predominado sobre los
cooperativos, esa sociedad ha entrado en un proceso paulatino de dispersión y autodestrucción
desde su interior. Pues como ya hemos visto en el apartado anterior, la cooperación es el sine qua
non de toda sociedad. Históricamente, han prosperado más y por más tiempo aquellas sociedades
en las que el apoyo mutuo ha sido la norma, que aquellas donde han predominado la atomización
y la pugna.
Algunos han intentado explicar esto recurriendo a la noción enrevesada de que inclusive los
comportamientos aparentemente mutualistas no son otra cosa que distintas maneras de competir,
es decir, que la cooperación no es más que una estrategia competitiva. Este es un caso clásico de
la costumbre positivista de forzar los hechos a que conformen con una teoría prefijada, en vez de
conformar nuestras teorías a los hechos. En el contexto de la cultura del agonismo que se oculta
tras semejantes ardides pseudo-científicos, es apta la observación de Raush [1965:489], de que la
tendencia a interpretar como hostiles los actos aparentemente amigables constituye uno de los
principales rasgos del trastorno psicológico.
Cuando los demás argumentos fallan, siempre habrá quien recurra a la acusación de que el
proponer una futura sociedad cooperativa es “utópico”, entendido como un sueño imposible. Este
argumento, aún si lo tomáramos en serio, es fallido en dos aspectos importantes. Por una parte,
ya se han identificado numerosas culturas – tanto históricas como actuales – en los cuales la
cooperación constituye la norma y la competición no sólo es la excepción sino que es tratada como
un problema a ser superado y erradicado.
Por otra parte, en las sociedades occidentales, donde la competición ha llegado a niveles
endémicos, la “utopía” de un futuro más mutualista podría resultar ser lo único que ofrezca la
inspiración necesaria para tornarla posible. El buen arquitecto diseña modelos de sus proyectos
antes de construirlos; y el empresario exitoso invierte mucho tiempo y dinero en elaborar una
visión que inspire y oriente el accionar de sus empleados. Los pueblos originarios de las Américas
decían que para alcanzar algo nuevo, primero es necesario soñarlo, y el Rey Salomón proclama en
sus Salmos que “Donde no hay visión, la gente perece”.
Como hemos visto, entonces, no sólo que no hay nada en la naturaleza del ser humano y de su vida
colectiva que nos obligue a la competición, sino que la cooperación ha sido responsable de la
supervivencia y el progreso de la especie humana a lo largo de su historia. Si el ser humano es tan
capaz de cooperar como de competir, ambas actitudes pueden ser reforzadas y refinadas mediante
la socialización y la educación. Desde muy temprana edad, aprendemos de quienes nos rodean
cómo competir, cómo cooperar y cuándo hacer lo uno y lo otro.
Gran parte de esta formación se da sin pensarlo, sin intención. Frases aparentemente inocentes
como “¿Quién es la niña más hermosa del mundo?” o “¿Cuál es tu tía favorita?" establecen la tónica
de una vida de competición por ser número uno. Los dibujos animados ‘para niños’ muestran a
caracteres en una constante lucha por destruirle al otro. En los juegos infantiles suelen haber
ganadores y perdedores, así como en los deportes. En la escuela los alumnos son premiados o
castigados según su rendimiento diferenciado. Cuando tienen problemas con sus compañeritos, se
les enseña a “no dejarse”, a “defenderse”, o por último a “no llevarse con esa chusma”. Incluso la
cooperación ha llegado a significar el obedecer sumisamente a la autoridad o el soplarle la
respuesta a un compañero de clase en el examen. Al crecer, los niños aprenden maneras más
sofisticadas de competir con sus congéneres – usar ropa de marca, ostentar símbolos de
prosperidad, y asumir actitudes como el más ‘cool’, ‘malo’, audaz, popular, etc.
Si la competición fuera natural en el ser humano, no sería necesario enseñar estas actitudes; no
obstante, padres, maestros y los medios masivos (publicistas, noticieros y la industria
cinematográfica) se coadyuvan en promoverlo como modo de vida normal. Tampoco sería posible
siquiera enseñar la cooperación, pues algo que no existe en potencia no puede cultivarse en la
práctica. Si una semilla es de zarza, ninguna cantidad de cuidados puede hacer que de ella broten
manzanas. “Estrictamente hablando, cualquier ejemplo de comportamiento humano no
competitivo, debería bastar para refutar el argumento de la naturaleza humana”. El hecho es que
donde ha sido intentado, se ha obtenido mucho éxito en enseñar a los niños a cooperar desde
temprana edad, como lo demuestra el creciente movimiento a favor de los juegos cooperativos y
el aprendizaje cooperativo, por ejemplo.
Otro hecho que comprueba el carácter adquirido de tanto la cooperación como la competición es
que diferentes culturas poseen distintos niveles de cooperación. La mayoría de sociedades liberales
de occidente han sido clasificadas como ‘sumamente competitivas’ mientras que, de las demás, la
mayoría oscila entre los rangos de ‘medianamente cooperativas’ a ‘muy cooperativas’. Karlberg
[2004:1-22] propone la desnaturalización tanto de la competición como de la cooperación, como
aspectos culturalmente contingentes que coexisten en distintas proporciones en toda sociedad
[Para mayores informes sobre ejemplos de culturas predominantemente cooperativas, véase la
sección en el presente estudio que trata sobre los Referentes de una Cultura de Paz.]
C. ¿La competición aumenta el rendimiento?
Una vez establecido el hecho de que la competición no es inevitable, volveremos nuestra atención
ahora hacia aquellos planteamientos según los cuales sería de alguna manera buena para nosotros
como individuos y como sociedad. Comenzaremos con el argumento bien conocido de que el
competir nos vuelve más productivos, es decir, que aumenta nuestro rendimiento. Un problema
inicial con esta fórmula es que no está claro en comparación con qué se supone que se daría esa
mejora. Si se trata de competir versus no hacer nada, resultan obvias sus ventajas, pero en el caso
de competir versus el trabajo independiente o la colaboración con otros, es necesario acudir a la
investigación científica para determinar su valor relativo. Numerosos estudiosos han intentado
determinar, en diversos campos del quehacer humano, si las personas rinden mejor cuando intenta
vencer a otros, cuando trabajan solos, o cuando colaboran con otros. En su meta-análisis de estos
estudios, Alfie Kohn [1992:27] concluye que “El rendimiento superior no sólo que no requiere de
la competición, sino que por lo general parecería requerir su ausencia". Veamos por qué.
1. En la educación y el empleo
También se ha observado que mientras más heterogéneo y diverso un grupo de trabajo, mejores
son sus resultados, mayor aun al rendimiento de los miembros más expertos cuando trabajan solos.
No sólo se benefician los miembros menos dotados del equipo, sino también los más aventajados,
dando fe a la máxima de que “más aprende el que enseña que su estudiante”.
En cuanto al ambiente laboral, una cultura de cooperación también fomenta el que se comparta
información, recursos y carga de trabajo, mientras que la competición lo reduce. La competición,
como orientación hacia el trabajo, resulta dañina según diversas maneras de medir el éxito, desde
la evaluación de desempeño del empleado hasta su categoría salarial, en todos los campos
laborales y a todo nivel de especialización. Incluso el performance en campos tan diversos como el
arte y el periodismo se ha visto perjudicado por la competición.
Se cree comúnmente que la competición económica regula al mercado y motiva a sus actores. Sin
embargo, se ha observado que se produce el contrario. Cuando la motivación consiste en obtener
beneficios a costo de otros, proliferan actitudes y comportamientos dañinos para las mayorías a
corto plazo y para todos a largo plazo. También impide la innovación, pues el competidor suele
sentirse obligado a limitarse a lo ya probado, a fin de garantizar al menos un éxito relativo.
¿A qué se deben estos resultados científicos? Primero, como dice Kohn [1992:55-56], “el esfuerzo
por desempeñarse bien no es lo mismo que tratar de vencerle a otro”, pues “la excelencia y la
victoria” no sólo que “son conceptos distintos”, sino que “se vivencian de manera diferente”. Sólo
se puede “prestar atención a la tarea en sí, o al empeño por triunfar sobre otra persona – este
último a menudo a expensas de aquella”, pues “el atender a la búsqueda del triunfo, a la victoria
como tal, a quien va ganando al momento, en realidad distrae a uno de concentrarse plenamente
en lo que hace”. Este cambio de enfoque contamina toda ocupación a la que toca, ya sea la
educación, los negocios, las artes, el periodismo, la investigación científica, la política, el deporte,
los debates, el sistema jurídico, y las demás.
En segundo lugar, es bien sabido que el máximo rendimiento se logra mejor mediante la motivación
intrínseca o de origen interno (como la vocación de servicio y el amor a la excelencia), la cual en
realidad es disminuida por los motivadores extrínsecos o de origen externo (como el dinero, los
galardones y el prestigio). La competición es un motivador extrínseco (el premio es ganar), por lo
que es de limitada eficacia y acaba disminuyendo la motivación interna o intrínseca. En cambio, la
cooperación genera varios motivadores intrínsecos, entre ellos el placer del éxito compartido, la
satisfacción de cultivar relaciones positivas con otros y el sentido de responsabilidad hacia los
demás miembros de un equipo interdependiente. Como concluye Eduard Deci, investigador
motivacional [1981:82-83]:
“El intento de superarle al otro es de índole extrínseca y suele reducir la motivación intrínseca de
las personas hacia una actividad determinada. Aparentemente, cuando se les pide competir,
comienzan a percibir la actividad como medio para vencerles a otros, ya no como una oportunidad
de autosuperación o una actividad satisfactoria de por sí. De este modo, la competición parece
funcionar como tantos otros premios extrínsecos por cuanto, bajo ciertas circunstancias, suele
percibirse como un acto de control externo que disminuye la motivación intrínseca”.
El tercer motivo de la superioridad de la cooperación es que ésta genera sinergias que aprovechan
y potencian tanto los talentos y esfuerzos de los participantes como los recursos disponibles. Es
mucho más eficiente que la competición, previene la duplicación de esfuerzos, permite reconocer
los errores y aprender de ellos, fomenta las buenas relaciones de trabajo y alienta el intercambio
de experiencias e ideas. Esto se explica por el concepto de las necesidades axiológicas de Manfred
Max Neef et al. [1993]. Existe un número limitado de necesidades universales: subsistencia,
protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, libertad, identidad y
trascendencia. Sin embargo, es ilimitado el número de posibles ‘satisfactores’ de estas
necesidades, los cuales varían de una cultura o sociedad a otra. Estos satisfactores pueden
clasificarse como positivos (singulares si llenan una sola necesidad y sinérgicos si satisfacen varias
a la vez), o negativos (seudo-satisfactores si su acción es sólo aparente; inhibidores si su sobre-
satisfacción impide cubrir otras necesidades; y violadores–destructores si deterioran la misma
necesidad que pretenden llenar).
La competición, en este esquema, no es una necesidad humana sino un posible satisfactor, pero
que resulta ser sumamente negativa, siendo bajo diferentes circunstancias pseudo-satisfactor,
inhibidor o violador–destructor. Por ejemplo, es promovida como medio para satisfacer de la
necesidad de libertad, pero en realidad aumenta la dependencia, como veremos a continuación, y
su uso inhibe la satisfacción de otras necesidades como subsistencia, protección, afecto,
participación y ocio [1993:62].
Max Neef plantea tres potenciales versiones del mundo, siendo las primeras dos la extinción de la
especie humana y la barbarización del mundo. Luego afirma que:
“La tercera versión presenta la posibilidad de una gran transición -el pasaje de una racionalidad
dominante de competición económica ciega y de codicia, a una racionalidad basada en los
principios de la solidaridad y el compartir. Podríamos llamarlo el pasaje de una Destrucción
Mutuamente Asegurada a una Solidaridad Mutuamente Asegurada. La pregunta es si podemos
hacerlo. ¿Tenemos las herramientas, la voluntad y el talento para construir una Solidaridad
Mutuamente Asegurada? ¿Podremos vencer la estupidez que hace que posibilidades como esa
queden fuera de nuestro alcance? Creo que sí podemos, y que tenemos la capacidad. Pero no nos
queda mucho tiempo” [1993:147].
En cuarto lugar, la competición es dañina por que su carácter desagradable afecta negativamente
el desempeño. Genera sentimientos de ansiedad, temor a perder (que se cumple en la mayoría),
anticipación del fracaso, agitación y nerviosismo, por que dirige la atención hacia las actitudes de
agresión inherentes en la relación entre contrincantes. El competidor suele concentrarse en evitar
el fracaso en vez de lograr el éxito, de modo semejante a la reacción de una rata de laboratorio
ante los choques eléctricos. Lo sorprendente es que estos resultados se han observado tanto entre
‘ganadores’ como entre los que pierden. En una investigación realizada por Benedict [1974:153-
154], por ejemplo, los sujetos
Aun en aquellas situaciones donde la competición parecería favorecerle al individuo a corto plazo,
resulta perjudicial para la colectividad a largo plazo, lo cual acaba por dañar a su vez al mismo
individuo. Por una parte, la pugna genera costos sociales corrosivos como “la pérdida de
comunidad y sociabilidad, un aumento del egocentrismo, y otras consecuencias como la ansiedad,
la hostilidad, la mentalidad obsesiva y la represión de la individualidad” [Kohn 1992:78), lo cual
anulan cualquier efecto beneficioso que podría haber.
En segundo lugar, el competir genera una dinámica sistémica perversa en la estructura social, que
a la larga resulta ‘irracional’, aun cuando cada individuo haga lo 'racional' según la lógica
individualista de la competición. En una intersección concurrida sin señalización, por ejemplo, si
cada motorista sigue la ‘lógica’ de adelantarse lo más pronto, el resultado es un atascamiento que
impide a todos avanzar. Por dar un ejemplo un poco más drástico, si se incendia un lugar público
atestado y cada individuo hace lo ‘correcto’ de intentar salir lo antes posible, se bloquea la salida y
muchos pueden quedar atrapados. En estos casos y otros similares, una lógica colectivista o
cooperativa eliminaría o, al menos, disminuiría el problema.
A mayor escala se pueden identificar varios ejemplos de la manera como la competición daña las
mismas estructuras que pretende sostener. La economía mundial desreglamentada y de libre
competencia genera extremos de riqueza y pobreza, lo cual produce colapsos periódicas que
afectan tanto a ricos como pobres, sin mencionar los estragos ecológicos planetarios. La pugna por
el poder internacional, basada en la lógica de la ‘seguridad nacional’ y la soberanía ilimitada de
cada estado, conlleva costos inmensos en materia de 'seguridad colectiva'.
Otro argumento que suele plantearse a favor de los supuestos beneficios de la competición, es que
aumenta el interés o valor recreativo de las diversas actividades humanas. Esto a pesar de que muy
pocas personas hallan divertida la competición que enfrentan a diario en su trabajo, sino que la
ven como fuente de tensiones, preocupaciones y dolores de cabeza. La mayoría añora que llegue
el feriado para poder escapar del estrés de la competición cotidiana del trabajo y dedicarse a
actividades lúdicas. Éstas, por definición, consisten en actividades realizadas por el puro deleite de
hacerlas, con un mínimo de reglas y competición. Su valor se halla más bien en el disfrute del
proceso que en la búsqueda de algún producto final.
No obstante lo anterior, tanto ha llegado la cultura del agonismo a penetrar en todos los aspectos
de nuestra sociedad, que a menudo se confunde el ‘juego’ con alguna forma de competición, ya
sea de cancha, de patio o de mesa. Las actividades puramente lúdicas se relegan a la infancia,
mientras que las competitivas se consideran más propias de la madurez. De este modo pasamos
de la competición del trabajo a la del deporte, donde seguimos bajo la presión de rendir y
mostrarnos no sólo tan competentes como los compañeros de nuestro equipo, sino más capaces
que nuestros contrincantes. Repetidas investigaciones han demostrado que esta competición no
resultan en el ‘desfogue’ de un supuesto ‘instinto’ competitivo, sino que al contrario, crea y
refuerza una orientación mental hacia la competición que puede contaminar a otros ámbitos de la
vida, desde el laboral hasta el familiar y la amistad.
Un argumento frecuente para justificar esta actitud es que los juegos competitivos son más
divertidos y satisfactorios que el mero ‘jugar por jugar’. Se aduce, por ejemplo, que el deporte es
fuente de ejercicio saludable –de por sí desestresante–, que el competir fomenta el trabajo en
equipo y la socialización, que la pugna desafía a los jugadores a esforzarse al máximo –física y/o
mentalmente–, que cultiva la disciplina de actuar dentro de los límites de unas reglas bien
definidas, que involucra y absorbe más completamente a la persona, que le permite olvidarse de
los problemas del trabajo cotidiano y, finalmente, que le permite saborear la dulzura de una
victoria bien merecida. Se suele objetar que el juego no competitivo no brinda estos beneficios. Sin
embargo, un análisis más detenido revela que no es necesario escoger entre los juegos
competitivos versus el juego como un fin en sí mismo, como veremos a continuación.
Otra alternativa es lo que se conoce como los juegos cooperativos. Consisten del trabajo en equipo
por superar un obstáculo común, inherente en la naturaleza de la actividad en sí, en vez vencer a
un contrincante. Incluyen por una parte los juegos de tipo fiesta infantil como ‘sillas musicales
cooperativas’, donde cada vez que se elimina una de las sillas tienen que arreglárselas los jugadores
para que quepan todos en los asientos que quedan. También abarcan un sinnúmero de juegos de
mesas populares, e incluso los deportes más formales, como el voleibol cooperativo, donde cada
jugador que logra pasar la bola sobre la red pasa al otro lado, con el propósito de cambiar todo el
equipo con un mínimo de servidas.
Los deportes y juegos cooperativos han sido descritos por la mayoría de participantes encuestados
como más divertidos y satisfactorios que los competitivos, pues ofrecen todas las ventajas de éstos
y más, sin ninguna de sus desventajas. Por ejemplo, ofrecen el mismo nivel de ejercicio sin el estrés
negativo, promueven el trabajo en equipo y la socialización con el doble de personas (ambos
equipos), exigen el mismo nivel de esfuerzo físico y mental, son igualmente absorbentes sin la
tensión por vencerle al otro, poseen reglas que exigen disciplina, y brindan a todos los participantes
el gusto de la victoria en vez de permitir que sólo algunos ganen. Además – lo que es quizás lo más
importante – los juegos cooperativos promueven una cultura de cooperación – elemento
importante en la construcción de una cultura de paz – que puede transferirse con el tiempo a otros
aspectos de la vida como el entorno laboral.
3. En otros ámbitos
Algunos dicen que la competición aumenta el deleite de otras actividades, aparte de los juegos.
Por ejemplo, hay quienes dicen que disfrutan de la inyección de adrenalina que supone el competir
en el campo laboral. Sin embargo, se han observado los mismos efectos en los equipos de trabajo
que se esfuerzan por cumplir un plazo apretado o por superar su propio récord. No es necesario
librar una pugna con un contrincante para sentir el placer de superar un reto difícil. Los desafíos se
encuentran en todos los ámbitos de la vida de quienes luchan por ser mejores cada día y servir con
excelencia en cualquier ámbito de trabajo.
Finalmente, hay quienes defienden la competición bajo el supuesto de que forma el ‘carácter’. Esto
por general se entiende como un estado psicológico saludable, la autoconfianza y autoestima, una
personalidad estable y madura, y el cultivo de ciertas virtudes humanas. Quedó claro en el análisis
anterior que el esfuerzo por desempeñarse bien en un empeño cooperativo tiene grandes ventajas
personales y sociales. Pero, ¿posee alguna ventaja formativa adicional el hecho de competir, es
decir, de alcanzar los objetivos propios de tal manera que se prive a otros de cumplir los suyos?
De entrada aclaremos que la única ventaja psicológica hallada para la competición corresponde a
los beneficios limitados que se obtienen por el hecho de acatar las normas predominantes de una
sociedad competitiva. Sin embargo, esto no es esencial sino contingente, pues los mismos efectos
se observan en el caso de la cooperación al seguir las pautas de una cultura mutualista. En cambio,
cuantiosos estudios científicos han revelado las numerosas desventajas de la competición, las
cuales redundan en un desmedro de la autoestima, la estabilidad e incluso la virtud. Y aunque sus
efectos negativos se presentan en todas las edades, se han mostrado particularmente susceptibles
los niños, quienes más requieren de influencias formadoras que son justamente quienes más.
No hay factor más importante en la buena formación del carácter que una buena autoestima. La
salud psicológica requiere de la convicción incondicional de valía propia, sin importar lo que
suceda. Un argumento a favor de la competición es que fomenta una buena autoestima. Sin
embargo, quienes han investigado este supuesto han concluido que el tratar de derrotarle a otro
no disminuye la falta de autoconfianza, sino que la refuerza, en un ciclo vicioso. Una tendencia a
competir puede nacer a raíz de una carencia de autoestima y mantenerse debido a la necesidad de
reafirmar o revalidar constantemente la valía propia ante sí mismo y los demás.
Otro argumento es que el perder no es malo, pues enseña la humildad y sencillez, a no creerse más
de lo que es, pues esto constituye otro elemento de una autoestima saludable. Sin embargo, este
efecto no ha sido reportado en las investigaciones. Más bien, quienes pierden suelen sentirse
humillados y avergonzados. Con frecuencia su fracaso es interiorizado a tal punto que se sienten
defectuosos e indignos de ganar. Equiparan el hecho de perder con el ser perdedor. Socava la
autoevaluación positiva y profundiza la autocrítica negativa. Predispone a las personas a esperar y
anticipar el fracaso. Además, suele fomentar la envidia y la sed de venganza o reivindicación, lo
cual carcome tanto a la personalidad como las relaciones sociales. Como resultado, los
competidores suelen volverse temporalmente amargados, malhumorados, desagradables y
antipáticos.
2. Independencia y autocontrol
Una de las peores formas de dependencia es la adicción. Entre los competidores no sólo se observa
un aumento en la drogadicción, sino también una adicción al mismo hecho de competir. Pues el
ganar no constituye un aliciente permanente sino temporal, pues ninguna victoria es definitiva.
Aunque una victoria puede producir una sensación de satisfacción o incluso de euforia, es sólo
temporal, pues siempre habrá alguien más a quien vencer. Cada triunfo ahonda un sentimiento de
vacío de significado en la vida de quien depende de la constante competición para validarse como
persona. Como un trago de agua salada, cada sorbo sólo incrementa la sed, en un ciclo vicioso. Sólo
el agua dulce de las relaciones de cooperación la puede saciar.
Algunos han propuesto que las dificultades inherentes en la competición preparan a los niños y
jóvenes para las durezas de la vida adulta, cosa que no han confirmado los estudios psicológicos.
Más bien la cooperación desarrolla aquellas destrezas sociales fundamentales – como el saber
compartir, la tolerancia y el aprecio por las diferencias – que preparan a la persona para colaborar
con otros en la vida familiar y laboral. Es verdad que el conocer algún fracaso puede ayudar a
fortalecer la personalidad, pero no se necesita la crudeza de la competición para lograr esto, sino
cualquier esfuerzo por alcanzar algún objetivo, especialmente dentro de un contexto de apoyo y
cooperación. Es la aceptación incondicional que se brinda al niño lo que le imparte la seguridad
necesaria para poder soportar sin desmedro los rechazos y fracasos que le depara la vida. Kohn
[1992:120] explica esto con la siguiente analogía:
“La idea de que seamos mejor preparados para enfrentar las experiencias desagradables mediante
el contacto con experiencias desagradables en la niñez, tiene tanto sentido como proponer que la
mejor forma de ayudarle a una persona a sobrevivir a la exposición de sustancias carcinogénicas,
sería exponerlo al mayor número posible de carcinógenos durante sus primeros años”.
“Lo que le detiene es el temor de que aquellos a quienes derrota se resientan y le tomen antipatía.
Puede dañarse la relación entre las personas, y el ganador se sentirá rechazado, desconectado,
despreciado. Posiblemente los demás lo admiren por su victoria, pero posiblemente le nieguen el
tipo sustancial de aprobación que más se asemeja al cariño y el afecto. Y es ésta clase de aceptación
la que más importa… Por tanto, posee fuertes incentivos para no ganar”.
Otros trastornos del carácter que surgen a causa de la competición han sido identificados por Kohn
en su meta-análisis titulado “No Contest” [1992:125-131]. La competición nos acostumbra a una
“orientación hacia el producto” en casi todos los aspectos de la vida, lo cual obra en detrimento de
la flexibilidad y espontaneidad necesarias para disfrutar plenamente de los procesos. Además, al
reducir toda relación al hecho de ganar o perder, se fomenta el desarrollo de un pensamiento
dicotómico que contamina los demás ámbitos con falsas antinomias incompatibles: bueno o malo,
blanco o negro, un extremo o el otro y, en suma, nosotros versus ellos. Finalmente, promueve el
individualismo alienante y solitario, la superficialidad inmediatista y egocéntrica, el
conservadorismo conformista y predecible. Kohn enfatiza que,
“…el punto que debe ser subrayado aquí es que la competición perturba la personalidad. Al
convertir la vida en una sucesión de concursos, nos hace personas circunspectas y dóciles. Al
participar en la carrera por ganar, no logramos brillar como individuos ni aceptar la acción colectiva.
Estamos menos dispuestos a aprovechar nuevas oportunidades al saber que éstas dividirán a sus
participantes en ganadores y perdedores. En realidad, mientras más uno aprecia los valores que se
contraponen a la conformidad, más escéptico se vuelve tocante a la competición”.
F. Consideraciones finales
Las raíces de la competición como normativa social, surgen de una serie males endémicos en la
cultura del agonismo. Hay quienes arguyen que esto sólo se aplica a casos extremos de
competidores neuróticos, por lo que prefieren hablar de un nivel ‘saludable’ de competición. Esto
es como decir que estar un poco enfermo es igual a estar sano. Las diferencias de grado no
connotan diferencias de estado. Lo saludable más bien sería dejar por completo las relaciones
competitivas de ganar–perder a favor de relaciones cooperativas de ganar–ganar. Pues es probable
que una cultura que prescribe la competición como norma, adolece del mal de una baja autoestima
endémica. Cada generación nace enfrentando la duda respecto a su valía hasta que demuestre lo
contrario mediante su capacidad para competir, o evite entrar en el ruedo por temor al fracaso. La
competición no es más que un síntoma de un malestar psicológico tornado colectivo. Explica Kohn
[1992:104–3]:
“Si se puede emplear el término malsano para describir un comportamiento motivado por
carencias o que surge de una baja autoestima, entonces la conclusión alarmante debe ser que la
‘competición saludable’ es una contradicción de términos. No es el exceso lo problemático en el
individuo implacable; es la necesidad misma de competir. El competidor incesante simplemente es
más notorio, por lo que nos permite el lujo de expiarnos a nosotros mismos al condenarle a él. En
realidad, sin embargo, él no es sino una versión exagerada o caricatura de nosotros mismos”.
La aceptación del hecho de vivir en una sociedad enferma y participar en sus dinámicas malsanas,
podría suponer profundas crisis existenciales en sus miembros. A fin de evitar el dolor que esto
conllevaría, se ha elaborado toda una red de falsos argumentos justificatorios, cuyo análisis crítico
ha constituido el propósito del presente artículo: que es inherente a la naturaleza humana, que
aumenta el rendimiento, que es más divertida, que forma el carácter, etc. Se nos ha convencido de
que sólo el extremo de la competición es enfermizo. En consecuencia, aconsejamos a nuestros
hijos a ser ‘buenos ganadores y perdedores’ (es decir, no dejar notar cuánto les afecta), que lo más
importante es disfrutar del juego (aunque sea como premio de consuelo), etc. El resultado es una
especie de esquizofrenia colectiva, pues se habla de boca para afuera de cooperación, mientras
que se sigue actuando según las normas de la competición.
Ante la bancarrota de la competición como eje social, han surgido propuestas alternativas basadas
en las relaciones de tipo “ganar–ganar”, en las que el logro de cada una de las partes no menoscaba
las posibilidades de los demás, sino que más bien aumenta sus oportunidades de éxito. Estos
sistemas incluyen innovadores enfoques económicos y políticos, formas de liderazgo más
horizontales, el trabajo en equipo, el ecumenismo religioso, el aprendizaje cooperativo, los juegos
cooperativos, y muchos más. Se urge al lector a tornar cada vez más cooperativas sus relaciones
interpersonales y buscar maneras de transformar en consecuencia las configuraciones
socioestructurales de las cuales forma parte.
Notas:
Fuente:
http://www.peternewton.biz/index.php?option=com_content&view=article&id=73:cultura-
natural-o-naturalizacion-cultural&catid=18:3-agonismo-cultural&Itemid=36