LA OBRA SALVADORA DE JESUCRISTO
Dios vino en carne como Jesucristo para proveer salvació n para Su
creació n caída. La Encarnació n era para el propó sito de la Propiciació n. El
evangelio, literalmente las “buenas nuevas,” es que Jesú s murió , fue
sepultado, y resucitó para nuestra salvació n.
Disímil a toda otra religió n, el Cristianismo depende de la muerte y
resurrecció n de su fundador.
La santidad de Dios demanda que El se separe de la humanidad
pecaminosa. La separació n de Dios, la fuente de toda vida, significa
muerte—físicamente, espiritualmente y eternamente—y entonces la
santa ley de Dios requiere la muerte como la pena para los pecadores.
Dios escogió obligarse por el principio de muerte por el pecado. Sin el
derramamiento de sangre (el dar de una vida) no puede haber remisió n o
libertad de esta pena y no puede haber restauració n ni la comunió n con el
Dios santo (Hebreos 9:22). La muerte de animales no es suficiente para
remitir nuestros pecados (Hebreos 10:4), porque somos mucho mayor
que ellos en que nosotros fuimos creados a la imagen espiritual de Dios.
Tampoco puede una persona ordinaria sufrir la pena en nuestro lugar,
pues cada uno merece la muerte eterna por sus propios pecados.
Para poder proveer un sustituto aceptable, Dios vino a la tierra como un
hombre sin pecado—Jesucristo. Jesú s era el ú nico hombre sin pecado que
jamá s ha vivido, y entonces El era el ú nico que no merecía morir y que
podría ser un sustituto perfecto.
Su muerte llegó a ser la propiciació n permanente por nuestros pecados.
Dios no excusa a nuestros pecados sino que ha infligido la pena por esos
pecados en el inocente hombre Cristo. Entonces la muerte de Cristo fue
hecha necesaria por
(1) La pecaminosidad de toda la humanidad,
(2) la santidad de Dios,
(3) la ley de Dios que requiere muerte como la pena por el pecado, y
(4) el deseo de Dios de proveer salvació n para los pecadores.
No hay salvació n fuera del Señ or Jesucristo. Jesú s afirmó ,
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”
(Juan 14:6). (Véase Juan 8:24; Romanos 10:9-17.)
El Antiguo Testamento tipificó la muerte de Cristo por sacrificios de
animales. El pueblo de Dios ofrecía sacrificios de sangre para hacer
propiciació n por—cubrir, perdonar, remitir, o expiar— sus pecados.
Estos sacrificios no quitaban actualmente el pecado, pero demostraban fe
en y obediencia a el plan de salvació n de Dios. En la cruz, Jesú s pagó la
pena por los pecados de todo el tiempo, y su sacrificio está al alcance de
todos en toda época que creen y obedecen a Dios (Romanos 3:25).
La Biblia describe la muerte de Cristo de varias maneras:
1. Redención o rescate (Mateo 20:28; Gá latas 3:13; I Timoteo
2:6). Redimir significa librar por pagar un precio; el rescate es el precio
pagado. La sangre (vida) de Cristo era el rescate que la santa ley de Dios
demandaba para redimirnos del cautiverio y la pena del pecado (I Pedro
1:18-20; Apocalipsis 5:8-10).
2. Propiciación (Romanos 3:25; I Juan 2:2). Esto significa satisfacció n o
aplacamiento—algo que le permite a Dios perdonar el pecado sin
comprometer Su santidad y justicia. La muerte de Cristo cumplió con los
requisitos justos de Dios, comprando así la remisió n de pecados (Mateo
26:28; Juan 1:29).
3. Reconciliación (Romanos 5:6-11; II Corintios 5:14-21).
Cristo el hombre hace mediació n entre Dios y los hombres (I Timoteo
2:5). Como un hombre sin pecado El quitó la barrera entre el Dios santo y
los hombres pecaminosos, restaurá ndonos a la comunió n con Dios.
4. Sustitución (Isaías 53:5-6; II Corintios 5:21; I Pedro 2:24).
Jesucristo tomó nuestro lugar y sufrió la pena que nosotros merecíamos
por nuestros pecados. En este sentido El llego a cargar el pecado, a ser el
sacrificio por nuestros pecados (I Corintios 5:7; Hebreos 9:28; 10:10-17).
Después de que Cristo murió , Su cuerpo fue sepultado en la tumba y su
alma descendió al Hades (el lugar de las almas que han partido) (Hechos
2:25-32). Después de tres días El resucitó con un cuerpo físico glorificado,
victorioso sobre la muerte y el Hades. Su resurrecció n es esencial para
nuestra salvació n porque hizo efectivo a Su muerte; obtuvo Su victoria
sobre la muerte (Romanos 4:25; I Corintios 15:14). Por causa de Su
resurrecció n nosotros tenemos poder para vencer y vida nueva en Cristo
ademá s de la seguridad de la inmortalidad futura (Romanos 5:10;6:4; I
Corintios 15:20-23).
Cuarenta días después de la resurrecció n, Jesú s ascendió al cielo, donde
es exaltado para siempre (Efesios 1:20,21; Filipenses 2:9). Durante Su
vida terrenal, El dejó las prerrogativas divinas de gloria, honra, y
reconocimiento y se sometió a limitaciones humanas, pero ahora no. En el
cielo, Jesucristo como Dios está abiertamente investido de todo poder,
autoridad, y gloria. La Cruz era el ú nico, final sacrificio para todo tiempo
(Hebreos 10:12), y aquel sacrificio supremo provee intercesió n presente
por nuestros pecados y libre acceso al trono de Dios (Romanos 8:34;
Hebreos 4:14-16; I Juan 2:1).
La Cruz invierte todas las consecuencias del pecado. La iglesia má s que
recuperará en Cristo todo lo que la raza humana perdió a causa del
pecado. Los creyentes se gozan de muchas bendiciones como resultado en
esta vida y recibirá n la plenitud en la eternidad. Los beneficios de la obra
de Cristo incluyen el perdó n de pecados, vida nueva espiritual, poder
sobre el diablo, sanidad para el cuerpo, y ú ltimamente liberació n de la
creació n de la maldició n del pecado y vida eterna para los creyentes
(Isaías 53:5; Romanos 8:19-23; Colosenses 1:14,20; Hebreos 2:14).
La obra presente de la salvació n tiene varios aspectos, que una persona
recibe por fe al arrepentirse, ser bautizado en el nombre de Jesú s, y
recibir el Espíritu Santo (I Corintios 6:11).
1. Justificación (Romanos 3:24,26). Justificar significa declarar, contar, o
considerar como justo. Esto incluye el perdó n de pecados, incluso la
remoció n de toda culpabilidad y castigo, y la imputació n de la justicia de
Cristo.
2. Regeneración, o nuevo nacimiento (Juan 3:5; Tito 3:5).
Esto es má s que una reformació n; es el impartimiento de una nueva
naturaleza—la naturaleza de Dios—con un cambio de deseos y poder
para vivir una vida nueva.
3. Adopción (Romanos 8:14-17; Gá latas 4:1-7). El creyente es colocado en
la familia espiritual de Dios y escogido como Su heredero.
4. Santificación, o separació n (Hebreos 10:10). Al ser convertida, la
persona es puesta aparte del pecado. El Espíritu Santa sigue entonces a
transformarle, perfeccionarle, y hacerle santa (II Corintios 3:18; I
Tesalonicenses 3:13; 5:23).
La obra propiciatoria de Cristo es la base para la salvació n en toda época.
La salvació n siempre tiene su origen en la gracia de Dios y es apropiada
por la fe obediente. Cristo murió por toda la raza humana (Juan 1:29; I
Timoteo 2:6; I Juan 2:2). Los beneficios de Su propiciació n llegan a todos
los que creen en É l y aplican Su obra a sus vidas (Juan 3:16; Hebreos 5:9).