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Dos Ciudades: Carne y Espíritu

El documento habla sobre las Confesiones de San Agustín y la Ciudad de Dios. Describe que las Confesiones son una oración dirigida a Dios sobre sus pecados y pequeñez comparada con la grandeza de Dios. La Ciudad de Dios describe la lucha entre la ciudad terrena dominada por la carne y la ciudad celestial dominada por el espíritu.
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Dos Ciudades: Carne y Espíritu

El documento habla sobre las Confesiones de San Agustín y la Ciudad de Dios. Describe que las Confesiones son una oración dirigida a Dios sobre sus pecados y pequeñez comparada con la grandeza de Dios. La Ciudad de Dios describe la lucha entre la ciudad terrena dominada por la carne y la ciudad celestial dominada por el espíritu.
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Las confesiones, a pesar de narrar sus extravíos, sus errores y sus pecados, la intención es mostrar

su pequeñez comparada con la grandeza y la misericordia de Dios. Son más una oración dirigida a
Dios que un discurso a los hombres. Con sus propias palabras:

“Permíteme, sin embargo, hablar ante tu Misericordia, a mí, que soy polvo y ceniza; déjame
hablar, pues hablo a tu Misericordia, y no a un hombre burlón que pueda reírse de mí. Quizás
aparezco risible ante tus ojos, pero Tú te volverás hacia mí lleno de misericordia” (conf. I, 6 - 7).

Ciudad de Dios – Agustín

La vida del hombre individual está dominada por una alternativa fundamental: vivir según la carne
o vivir según el espíritu. La misma alternativa domina la historia de la humanidad. Esta está
constituida por la lucha de dos ciudades o reinos: el reino de la carne y el reino del espíritu, la
ciudad terrena, o ciudad del diablo, que es la sociedad de los impíos, y la ciudad celestial o ciudad
de Dios, que es la comunidad de los justos.

Estas dos ciudades no se distribuyen nunca netamente su campo de acción en la historia. Ningún
período de la historia, ninguna institución es dominada exclusivamente por una u otra de las dos
ciudades. No se identifican nunca con los elementos particulares con que la historia de los
hombres se construye, ya que dependen solamente de lo que cada individuo decide ser: “El amor
de sí mismo llevado hasta el desprecio de Dios engendra la ciudad terrena; el amor de Dios llevado
hasta el desprecio de sí, engendra la ciudad celestial. Aquélla aspira a la gloria de los hombres;
ésta, por encima de todo, a la gloria de Dios, testimoniado por la conciencia... Los ciudadanos de la
ciudad terrena están dominados por una necia ambición de dominio que los induce a subyugar a
los demás; los ciudadanos de la ciudad celestial se ofrecen uno a otro con espíritu de caridad y
respetan dócilmente los deberes de la disciplina social” (De civ. Dei, XIV, 28).

Ninguna contraseña exterior distingue las dos ciudades, que están mezcladas desde el comienzo
de la historia humana y lo estarán hasta el fin de los tiempos. Sólo preguntándose a sí mismo
podrá cada uno averiguar a cuál de las dos ciudades pertenece. Toda la historia de los hombres en
el tiempo es el desarrollo de estas dos ciudades: se divide en tres períodos fundamentales. En el
primero los hombres viven sin leyes y no hay todavía lucha contra los bienes del mundo; en el
segundo los hombres viven bajo la ley y por esto combaten contra el mundo, pero son vencidos. El
tercero es el tiempo de la gracia, en el cual los hombres luchan y vencen.

Agustín distingue estos períodos en la historia del pueblo de Israel. Atenas y Roma son juzgadas
por San Agustín, sobre todo a través del politeísmo de su religión. Roma es la Babilonia de
Occidente. En su origen hay un fratricidio, el de Rómulo, que reproduce el fratricidio de Caín, del
cual nació la ciudad terrena. Las mismas virtudes de los ciudadanos de Roma son virtudes
aparentes, pero en realidad son vicios, porque la virtud no es posible sin Cristo (Ibid., XIX, 25). El
libro VIII del De civitate Dei está dedicado al examen de la filosofía pagana. Agustín se detiene
sobre todo en Platón, a quien llama “el más merecidamente famoso entre los discípulos de
Sócrates”.

Platón ha admitido la espiritualidad y unidad de Dios, pero ni siquiera él ha glorificado y adorado a


Dios como tal, sino que, como los demás filósofos paganos, ha admitido el culto politeísta (Ibid.,
VIII, 11). Las coincidencias de la doctrina platónica con la cristiana son explicadas por Agustín
aduciendo los viajes de Platón a Oriente, durante los cuales pudo conocer el contenido de los
libros sagrados (Ibid., VIII, 12). En cuanto a los neoplatónicos, se ha visto cómo Agustín mismo ha
sido dirigido hacia el cristianismo por los escritos de Plotino: han enseñado la doctrina del Verbo;
pero no que el Verbo se haya encarnado y sacrificado por los hombres (Confes., VII, 9). Estos
filósofos han vislumbrado, sin duda, aunque de una manera oscura, el fin del hombre, su patria
celestial; pero no han podido enseñarle el camino, que es el señalado por el apóstol San Juan: la
encarnación del Verbo (De civ. Dei, X, 29).

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