El Padre Gofer
El Padre Gofer
Ricardo Vargas López de Mesa
Editorial Autós
No puedo decir que soy de aquellos que
funcionan por impresiones. Soy más bien
impasible. No se me da eso de desencajar la
mandíbula de gozo o de estupor. Pero de lo
que me propongo relatar aquí me veo
obligado a ser lo contrario: guardo una serie
de impactos visuales, y algunos auditivos,
-todos indelebles.
La primera impresión que conservo de aquel
pueblo no es total; es particular, un mero
pormenor: la pequeña iglesia de piedra; el
campanario chaparro; en él, el reloj
iluminado señalando (equivocadamente) las
siete y diez. La luz del día se extinguía y en el
transfondo se oscurecía por segundo el azul
del cielo. Algún perfil de una montaña le
impedía a la vista la lejanía. Las campanas
sonaron: llamaban a misa. No di crédito a lo
que mis oídos captaron después:
-¿Vamos a misa?
Su expresión era franca, expectante .Así que
no me importó lo intempestivo, lo
desacostumbrado de su invitación. Hice
caso omiso de lo que quiera que pudieran
ser sus motivos. Acepté, a ciegas, ir a misa
con ella.
Dejamos la plaza, cruzamos la carretera,
subimos los escalones que culminaban en el
portal de la iglesia. La puerta se abrió y los
últimos rayos de claridad que aún quedaban
materializaron un sacerdote. Olvidé que era
extranjero aquí. Olvidé que hablaba su lenga
sólo con la máxima dificultad y le hablé en la
mía.
-¿Es hora de la misa, padre?}
-Sí, ahora. Pero no la celebramos aquí, en la
iglesia.
Amable, el sacerdote también habló en
castellano, tiñendo notoriamente del color
fonético y los hábitos del catalán. Nos
especificó que mi misa empezaba en diez
minutos en una pequeña capilla adosada a
la casa de las monjas. Señaló una cuesta y,
en la cuesta, una puerta. No parecía ni una
iglesia ni una capilla, sino una casa como
cualquiera de las restantes del pueblo.
La capilla era diminuta, modesta. Reparé en
un retablo -de factura reciente- en el que
estaban grabadas al fuego las catorce
estaciones de un vía crucis plasmado en un
estilo conspicuamente estilizado, casi
ofensivo. La sala la llenaban tres bancos. En
el primero había cuatro ancianas sentadas, y
cuatro más en el segundo. Nosotros dos nos
sentamos en el tercero. Luego entró una
novena mujer, bastante más joven que las
otras, que se colocó con el segundo cuarteto
de ancianas. De reojo vi en las manos de la
que estaba en el segundo banco sentada al
extremo opuesto al nuestro lo que creí que
era un rosario con cuentas de oro.
El techo era bajo, muy bajo. En la pared del
fondo, el altar no desdecía de la pequeñez,
de la estrechez de todo. Esta conclusión me
sugirió un ataúd. Para defenderme de las
connotaciones tétricas, supongo, recordé
algo que me disparó un irreprimible deseo
de reír. Por la tarde, mientras tomaba un
café en el único bar del pueblo, había oído
en la mesa de al lado a un hombre muy
animado contar un chiste blasfemo al resto
de sus contertulios: el de la iglesia tan
estrechita, tan estrechita que no pudieron
crucificar al Cristo; lo tuvieron que ahorcar.
Quise evitar la más inoportuna de las
carcajadas. ("qué fa aquest estranger, rient-
se així, aqui a la nostra capella" podía oírles
decir). Acentué las implicaciones blasfemas
del apunte. Funcionó. Pude detener el
primer estallido. Discipliné mi diafragma.
Respiré hondo. Contuve definitivamente la
risa. Descubrí la cerámica del sagrario. Me
fijé en la cruz grabada, en el alfa a la
izquierda, la omega a la derecha, que se me
antojó más chata de lo corriente: el
comienzo y el fin abarcando la vida o cruz.
El sacerdote entró y la escasa feligresía que,
dadas las circunstancias, literalmente
abarrotaba la sala, se puso de pie. El idioma
no supuso ninguna barrera. Reconocí la
liturgia de siempre en los susurros de las
ancianas. Llegó el momento de entonar un
himno. Con exquisita cortesía, una de las
mujeres anunció, no en catalán sino en
castellano, el número del himno
correspondiente en el misal a este Día de los
Tres Santos Arcángeles. "hoy cantaremos el
número 54, por favor", nos solicitó.
Miré las palabras. Cercanas, a la vez que
lejanas, mis ojos se prendaron de la grafía
de [Link]. Me empeñé en distinguir el
sonido de esta palabra de entre todas
cuando la cantaran. La sospeche hermosa.
No me equivoqué. Los extenuados
pulmones de las ancianas hacían más
meritorio el esfuerzo por no desafinar. La
cavernosa voz del Padre Gofer sobresalía sin
ninguna dificultad.
La primera lectura, del séptimo capítulo del
libro de Daniel, fue leída también por la
mujer que condujo el himno:
Seguí mirando y vi
que fueron colocados unos tronos
y uhn anciano de días se sento.
Su vestido era blanco como la nieve;
los cabellos se su cabeza, puros como la lana;
su trono eran llamas de fuego;
sus ruedas eran ascua encendida.
Un río de fuego corría, salía de delante de él.
Miles de millares le servían,
miriadas de miriadas estaban de pie ante él.
Se sentó al tribunal
y fueron abiertos los libros
La mujer hizo una pausa. Envié la mirada
hacia el Padre Gofer, cuya cara me recordó
un animal que no supe precisar. La mujer
cobró aliento para la recta final.
Continué observando la visión nocturna,
y de pronto vi que, con las nubes del cielo,
venía como un hijo del hombre;
avanzó hacia el anciano del días;
a cuya presencia fue llevado.
A él se le dieron
dominio, gloria e imperio;
y todos los pueblos, naciones y lenguas le
sirvieron.
Su dominio es un dominio eterno
que no pasará,
y su reino es un reino
que no perecerá.
En un rincón remoto de mi memoria que,
según rastré, iba algo acelerado. El
sacerdote parecía llevar prisa por algún
motivo. La segunda lectura, del Evangelio
según San Juan, no hizo ninguna mella en
mí. Cuando llegó a la homilía el Padre Gofer
aceleró un poco más. Habló de los tres
arcángeles, Gabriel Rafael y Miguel.
Concentro su mensaje en el nombre y en
una pequeña viñeta del hacer de cada uno.
Indicó que el nombre contenía, cifrados, el
servicio que presta a la Creación. Miguel,
"quien como Dios", se enfrentó al ángel
caído, Luzbel. Rafael, "medicina de Dios",
sanó los ojos de Tobías a partir del hígado
de un pez. Gabriel, "mensajero de Dios",
anunció al Hijo del Hombre.
El Padre Gofer definitivamente llevaba prisa.
Quizás fue por ello que la vaga sensación
que tuve al oírle pronunciar Anyell de Déu
con la que empezaba a rezar el Agnus Dei,
se me escapó del foco de consciencia y no
reparé en que éste era precisamente el
animal al que se parecía. Mejor aún, a un
carnero ya viejo. Atropelladamente
desembocamos en la cumbre y cima del rito
misal. Con solemne pulcritud, vertió tres
partes de agua y una de vino en el cáliz.
Bebió. Colocó el cáliz de nuevo al lado de la
patena. Puso sus dedos sobre la Sagrada
Hostia. La comenzó a elevar, mientras nos
recordaba el misterio de la resurrección.
Cuando la tenía ya al nivel del mentón, hizo
un gesto de dolos, de agudo y fulminante
dolor. Se desplomó. Vi a la Sagrada Hostia
caer dentro del cáliz. Acaso el Arcángel
Gabriel la salvó de la profanación del suelo.
En el reducido recinto reinó la
incertidumbre, una total estupefacción,
durante un segundo o dos. Esperé una
consternación entre las ancianas, que no
sucedió. No cabía duda de que me
correspondía ser el primero en dirigirme al
altar. Di siete, ocho, quizá diez pasos. Me
agaché más. Coloqué la oreja sobre su
pecho. Confirmé lo que ya resultaba por
entero obvio. Al retirar la cabeza me
santigüé. (¿por antiguo reflejo; por
insospechada convicción? Aún no lo sé)
Una anciana sollozó. La mujer que había
entonado el himno y leído a Daniel la cogió
por el brazo y la acompañó a salir. Luego
volvió. Ella y yo decidimos retirarle a la
también diminuta sacristía contigua.
Levanté su cadáver. Con suma dificultad
conseguí ponerme de pie. Las ancianas
abrieron el paso. En la sacristía no había
dónde colocarle extendido; sólo un sillón.
Habían pasado cuatro o cinco minutos a lo
sumo y la gente empezó a llegar. Al cuarto
de hora, afuera ya estaban congregadas
todas las cien o ciento cincuenta personas
que vivían en aquel pueblo. Entró el alcalde,
lleno de una innecesaria resolución a
mantener un orden que nadie había roto y,
por los visos que se intuían en los ánimos,
tampoco nadie iba a romper. La gente no
tenía más intención que tributar su
definitivo adiós al hombre que, domingo
tras domingo, fiesta de guardar tras otra,
durante tantos años había estado con ellos,
entre ellos. Pero el alcalde no era de la
escuela del sentimiento espontáneo; lo suyo
era lo solemne, lo formal, lo oficial. Advirtió
a la población que más tarde podrían velar
al Padre Gofer toda la noche en su propia
casa. De nadie provino ningún gesto de
insubordinación. Sólo alguien que ofreció
una camilla (que le quedaba de algún
pariente recientemente fallecido tras una
larga enfermedad, creí entender). Las
restantes siete ancianas que habían asistido
a la malograda misa aún estaban dentro de
la capilla. El alcalde las conminó a salir, de la
sacristía y de la capilla, "y a prepararse para
velarle" esa misma noche. En el breve
corredor que comunicaba la cavernosa
capilla con la calle las aguardaba algún hijo,
alguna hermana, acaso un sobrino, una
nieta.
El entierro tuvo lugar el 1 de octubre. Las
exequias fueron celebradas en
mancomunidad por el párroco de un pueblo
vecino, con quien el Padre Gofer a veces
compartía alguna tarde de poesía mística
cristiana; por el arzobispo titular de toda la
arquidiócesis, quien al parecer le apreciaba
sinceramente; y por un sacerdote joven que
llevaba una granja de desintoxicación para
drogodependientes, a quien el Padre Gofer
ayudaba en algunas tareas los lunes y los
miércoles.
Fue justamente este último quien me sugirió
colaborar en la distribución de los pocos
bienes terrenales del Padre Gofer, "para
encontrarles buen destino", me dijo. En
concreto, mi encargo recaía en unos
cuantos libros, algunos números de dos
publicaciones católicas, una vieja edición del
Diccionario de la Real Academia Española de
la Lengua y dos etimologías latinas y griegas.
Entre los libros destacaba una modesta
aunque cuidada edición de la poesía de San
Juan de la Cruz y las obras completas de
Jaume Balmes. Era evidente que este joven
sacerdote estaba más en sintonía con el
mundo de hoy y entendía que en su
universo de rehabilitaciones caso todos
habrían pensado que eran simples
antiguallas. Yo mismo no sabía qué hacer
con todo ello, si bien no podía negarme.
Aún no comprendía por qué se me asignaba
esta tarea; tampoco, por qué se nos
concedió a mi amiga y a mí el privilegio de
permanecer tan cerca de los últimos
trámites relacionados con el Padre Gofer.
Quizás la única explicación estuviera en una
combinación de recelo ante el forastero y de
reconocimiento a nuestra condición de
testigos preferenciales de su fallecimiento.
Pero lo que menos comprendo es que nadie
se hubiera percatado de lo que se escondía
en el Padre Gofer. Lo quiero decir sólo exige
que transcriba aquí las tres cuartillas que
exhumé del Diccionario de la Real
Academia.
Contenían una composición breve, en verso
libre castellano, fechada el 16 de noviembre
de 1990, a las 5:40 de la tarde. Una letra
irregular (aunque firme), algo aplastada y,
para sorpresa mía, ampulosa cubría la
primera de tres cuartillas. En la segunda se
repetía la misma composición, con la misma
letra, las mismas pausas y una única
variación: debajo de cada línea se
intercalaba, en versalitas diminutas, otra
composición, infinitamente más célebre, a la
que la suya equivalía. En la tercera hoja
había, simplemente, una palabra aramea
transladada a un griego sin diacríticas, luego
al latín y completada por su etimología
esencial, que no siempre es la acordada, en
castellano. Estas páginas hablan por sí solas.
Las reproduzco aquí en su integridad.
La primera:
A ti hablo, a ti, lo mejor de mí,
A ti que estas dentro de mí,
pues sólo tú tienes significado.
Es allí donde, de verdad, vivo.
Y es allí donde, hago lo que
hago:
Para que coincidan lo de afuera
y lo de adentro.
Tú me has llevado por la
variación de los días.
Y me ayudas a perfeccionarme,
Para poder, a la vez
perfeccionar.
No quiero vivir ya en
dimensiones desgastadas,
Ni sucumbir a mi desorden
Nunca jamás
16 noviembre 1990
5.40 tarde
La segunda:
A ti hablo, a ti, lo mejor de
mí,
PADRE NUESTRO
A ti que estas dentro de mí,
QUE ESTAS EN LOS CIELOS
pues sólo tú tienes
significado.
SANTIFICADO SEA TU NOMBRE
Es allí donde, de verdad,
vivo.
VENGANOS TU REINO
Y es allí donde, hago lo que
hago:
Y HAGASE TU VOLUNTAD
Para que coincidan lo de
afuera y lo de adentro.
TANTO EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO
Tú me has llevado por la
variación de los días.
EL PAN NUESTRO DE CADA DIA, DASNOLSLO HOY
Y me ayudas a
perfeccionarme,
Y PERDONANOS NUESTRAS DEUDAS
Para poder, a la vez
perfeccionar.
ASI COMO NOSOTROS PERDONAMOS A NUESTROS DEUDORES
No quiero vivir ya en
dimensiones desgastadas,
Y NONOS DEJES CAER EN LA TENTACION
Ni sucumbir a mi
desorden
MAS LIBRANOS DEL MAL
Nunca jamás
AMEN.
La tercera:
aaaaaaa
abbas ssss
padre amado