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Esta tesis analiza la trayectoria de Andrés A. Cáceres como personaje político peruano entre 1881 y 1886. Comienza con una revisión de la historiografía sobre Cáceres y la campaña de La Breña durante la guerra del Pacífico. Luego examina problemas relacionados a las fuentes de época para reconstruir la biografía de Cáceres. Finalmente analiza factores como familia, raza, honor, religión y nación que influyeron en su personalidad histórica.
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Esta tesis analiza la trayectoria de Andrés A. Cáceres como personaje político peruano entre 1881 y 1886. Comienza con una revisión de la historiografía sobre Cáceres y la campaña de La Breña durante la guerra del Pacífico. Luego examina problemas relacionados a las fuentes de época para reconstruir la biografía de Cáceres. Finalmente analiza factores como familia, raza, honor, religión y nación que influyeron en su personalidad histórica.
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UNIVERSIDAD NACIONAL MAYOR DE SAN MARCOS

FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES


UNIDAD DE POSGRADO

De guerrero a mandatario: la génesis de Andrés A.


Cáceres como personaje político peruano entre 1881 y
1886

TESIS

Para optar el Grado Académico de Doctor en Ciencias Sociales en


la Especialidad en Historia

AUTOR
Hugo Pereyra Plasencia

ASESOR
Cristóbal Roque Aljovín de Losada

Lima - Perú

2017
IV

A mis queridos profesores y


condiscípulos de la Universidad
Nacional Mayor de San Marcos
V

AGRADECIMIENTOS

Las raíces de este trabajo se remontan por lo menos a 2003, cuando comencé a
visitar archivos y bibliotecas, dentro y fuera del Perú, con el propósito de indagar
sobre Andrés A. Cáceres como personaje político. Esta tesis no hubiera sido posible
sin el valioso apoyo del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú, institución
donde trabajo como diplomático de carrera, que me concedió una licencia por
estudios entre 2014 y 2015. Dediqué este valioso tiempo a seguir los cursos de
doctorado en la Unidad de Posgrado de la Facultad de Ciencias Sociales de la
Universidad Nacional Mayor de San Marcos, a culminar la investigación, y a
redactar lo principal del texto que ahora presento. Expreso un agradecimiento muy
cálido a mis condiscípulos y profesores sanmarquinos (a quienes dedico este trabajo),
durante esta grata etapa de estudios y de valioso y fructífero intercambio de ideas que
emprendí en la Decana de América. Hago un agradecimiento especial a mi asesor, el
Dr. Cristóbal Aljovín de Losada, quien hizo el seguimiento de esta tesis desde el
primer semestre de estudios. También estoy en deuda con el Dr. Francisco Quiroz
Chueca, quien me animó a seguir el doctorado en esta prestigiosa universidad.
Agradezco asimismo a Ada Arrieta Álvarez, Directora del Archivo Histórico Riva-
Agüero de la Pontificia Universidad Católica del Perú, por la ayuda que me brindó
para completar los aspectos formales de esta tesis. De entre mis colegas diplomáticos
más cercanos, quisiera mencionar aquí a Hubert Wieland y Librado Orozco, con
quienes, además de una amistad de años, comparto muchos intereses intelectuales.

Quizá sea redundante decir que, acompañando este proceso tan interesante para
mí, estuvieron en todo momento, apoyándome, mi madre Carmen, mi hermano
Carlos, mi esposa Lucía y mis hijos Viviana, Diana y Hugo.

Lima, marzo de 2017


VI

ÍNDICE GENERAL

AGRADECIMIENTOS

CAPÍTULO 1
INTRODUCCIÓN 1

El Cáceres guerrero y el Cáceres político 5

Diversas lecturas sobre Cáceres y el “cacerismo” en la arena política 8

¿Tuvo Cáceres dotes políticas? 16

Complejidad de Andrés A. Cáceres como personaje histórico 18

Los grandes temas 22

Dos referencias intelectuales de gran utilidad 25

Un recurso clave para la aproximación biográfica: los documentos


suscritos por Cáceres entre 1881 y 1886 27

Importancia de una cronología 29

Ilustraciones 30

El nombre de la investigación 30

CAPÍTULO 2
HISTORIOGRAFÍA SOBRE ANDRÉS A. CÁCERES

Idea general del presente capítulo 31

I) Las fuentes biográficas 33

II) Las fuentes para el estudio de la campaña de La Breña (1881-1883) 43

1. Las primeras reconstrucciones de la campaña (desde 1883


hasta fines del siglo XIX) 43
VII

2. La campaña de La Breña como uno de los focos del


patriotismo peruano durante la lucha por las provincias
cautivas de Tacna y Arica y como evidencia de una
considerable resistencia peruana en la Sierra (de comienzos a
mediados del siglo XX) 51

3. La presentación de la campaña de La Breña como una proeza


estratégica que puso en serios aprietos al comando militar
chileno (de mediados del siglo XX hasta comienzos de la
década de 1970) 57

4. La campaña de la Breña vista como una anticipación de la


radicalización rural en tiempos del auge de la izquierda
peruana (de la década de 1970 a la década de 1990) 64

5. La campaña de La Breña vista como historia política y, en


particular, como un aspecto de la historia de las relaciones
internacionales (del año 2000 en adelante) 74

6. Una visión de conjunto 78

7. Las fuentes chilenas referidas a la campaña de La Breña 79

Gonzalo Bulnes 79

Estanislao del Canto 86

Otras fuentes 87

III) Las fuentes para el estudio de la fase de la guerra civil correspondiente


a los años 1884-1885 y del ascenso de Cáceres al poder (1886) 89

CAPÍTULO 3
ALGUNOS PROBLEMAS DE LAS FUENTES DE ÉPOCA PARA UNA
RECONSTRUCCIÓN DE LA TRAYECTORIA DE ANDRÉS A. CÁCERES
EN TIEMPOS DE LA CAMPAÑA DE LA BREÑA Y DE LA FASE DE LA
GUERRA CIVIL CORRESPONDIENTE A LOS AÑOS 1884 Y 1885

Idea general del presente capítulo 95

I) La inseguridad de las tradiciones orales vertidas en testimonios


periodísticos 96

1. La profecía de Ramón Castilla 97

2. ¿Soldados chilenos atemorizados o desertores? 99

II) ¿Son utilizables todas las fuentes oficiales? 100


VIII

1. Existencia de documentos apócrifos atribuidos a Cáceres,


en el ámbito oficial 101

2. Dudas sobre la fidelidad de algunos documentos, esencialmente


oficiales, firmados por Cáceres 104

III) Los vacíos documentales 113

IV) Textos originales suscritos por Andrés A. Cáceres durante


la campaña de la Breña y la fase de la guerra civil correspondiente
a los años 1884 y 1885 116

V) ¿Son, en general, utilizables los documentos en versión no


original, tanto oficiales como privados, suscritos por Andrés A.
Cáceres, que han sido recogidos en periódicos, libros o folletos? 120

1. Los impresos oficiales 120

2. Otra fuente: la prensa de la época 122

3. Copias reproducidas en la colección chilena Ahumada Moreno 124

4. Casos especiales en el siglo XIX 125

5. Copias en publicaciones del siglo XX 126

VI) Una fuente desconocida sobre la negociación del Tratado


de Ancón 129

CAPÍTULO 4
FAMILIA, RAZA, HONOR, RELIGIÓN, NACIÓN Y RASGOS
INDIVIDUALES EN LA PERSONALIDAD HISTÓRICA DE ANDRÉS A.
CÁCERES.

Idea general del presente capítulo 131

I) Una personalidad muy original 135

II) El peso ancestral de la tradición y de las estructuras 138

1. Familia y parentesco 138


IX

2. Ubicación social y cultural 140

3. Orgullo por los orígenes y (auto) percepción racial 142

4. Honor 146

5. Actitudes caballerescas 148

6. Religión 151

7. “Nación” y “Patria” 153

Algunas consideraciones semánticas y teóricas generales 154

Raíces de la idea de “Nación” y de “Patria” en el Virreinato peruano


y en la Independencia 155

Indigenismo y “Patria” 159

Influencia del romanticismo europeo 166

Incas y “Patria” 169

Fatalismo y “Patria” 170

Una visión personal de Cáceres sobre la ausencia de patriotismo


en las clases altas 171

III) Rasgos individuales de Andrés A. Cáceres 174

1. Aspectos centrales de su personalidad 174

2. Habilidades, valores y comportamiento en la arena política 191

¿Liberalismo, positivismo y social-darwinismo? 205

Un paralelo entre Andrés A. Cáceres y José Gervasio Artigas 209

3. Otros rasgos de su personalidad 210

IV)Una apreciación panorámica 213

CAPÍTULO 5
LA IMAGEN Y LA TRAYECTORIA: LA GESTACIÓN Y
CONSOLIDACIÓN DEL CÁCERES POLÍTICO HASTA 1886

Idea general del presente capítulo 217

I) El héroe militar de la guerra con Chile 221


XI

La Asamblea de Ayacucho 292

Operaciones militares 294

El espejismo del apoyo estadounidense 298

Cáceres y su ejército acampan en Chosica 307

7. La guerra de guerrillas en la quebrada de Huarochirí


(septiembre-inicios de noviembre de 1881) 312

Desmantelamiento del régimen de La Magdalena 312

Las tropas del Sur y del Norte desconocen a Piérola 315

Cambios en la política chilena 324

La guerra de guerrillas 326

Situación del Perú a fines de 1881 345

8. Reunificación del poder en el Perú (noviembre de 1881- enero


de 1882) 346

Exilio de García Calderón y caída de Piérola. Operaciones militares 346

“El monstruo de la anarquía que nos devora”: Cáceres renueva su


propuesta para el establecimiento de una Junta de Gobierno 363

Aspectos logísticos y administrativos 372

Masiva ofensiva chilena y retirada de Chosica. ¿Intrigas de Piérola? 376

Cáceres reconoce a Montero 382

Actitud de Bolivia ante la aparente anarquía peruana de fines de


1881: las conversaciones Lillo-Baptista en Tacna 384

9. Pucará y Acuchimay (febrero de 1882) 387

Arnaldo Panizo, o el fanatismo pierolista. 387

Combate de Pucará 388

Un enfrentamiento entre peruanos en Acuchimay 395

10. Meses de organización en Ayacucho (febrero-junio de 1882) 398

Montero establece su gobierno en Huaraz 398

Giro de los EEUU a favor de Chile. Relaciones con Bolivia 398

Otra proeza: la reconstrucción del ejército en Ayacucho 406


X

1. Antecedentes (1858-1878) 221

El joven soldado 221

Hombre de confianza del Presidente Manuel Pardo 223

Encargado de la prefectura del Cusco 225

2. De la campaña de Tarapacá a la de Lima (1879-1881) 226

Una brillante actuación en las campañas del Sur 226

Militar profesional sin aspiraciones políticas personales 228

Un coronel carismático es vitoreado por las calles de la capital. 229

3. Oculto en Lima bajo la ocupación chilena (enero-abril de 1881) 234

La formación del gobierno de La Magdalena 234

Cáceres se recupera de sus heridas en Lima 241

El nacimiento de la resistencia en la Sierra 243

4. La expedición Letelier (abril-julio de 1881) 246

Cáceres, Jefe Superior Político y Militar del Centro. Su visión


estratégica de la resistencia frente a los invasores. 246

Una incursión de rapiña 252

El combate de Sangrar 265

El final de la expedición Letelier 266

Impacto de la expedición Letelier en las poblaciones andinas


del Centro 267

5. Iniciativas y conflictos en el ámbito político (mayo-julio de 1881) 270

Cáceres propone una Junta de Gobierno 270

Un incidente con Manuel María del Valle 275

El gobierno de La Magdalena busca atraerse a Cáceres 277

6. Consolidación de la resistencia (junio-septiembre de 1881) 280

Viaje de Piérola a Bolivia. Entrevista con el presidente Campero 280

Entusiasmo en el Centro 282

Violencia en Cerro de Pasco 288


XII

Relaciones con la Iglesia. Los obispos Polo y del Valle 411

11. Galgas, hondas y rejones contra cañones, sables y fusiles:


el levantamiento general de las comunidades del Mantaro
(marzo-mayo de 1882) 415

La ocupación chilena del Centro 415

Un terreno poco parejo: la sociedad campesina del valle del Mantaro 421

La gran rebelión: Comas, Chupaca, Huaripampa 422

Un fuego cruzado contra Cáceres 440

12. Cáceres a la ofensiva en Junín (junio-julio de 1882) 442

Partida de Ayacucho 442

Cáceres en Izcuchaca, Acostambo y Pazos 444

Marcavalle, Pucará, Concepción 453

La división chilena del coronel del Canto huye a la Costa 469

La sorpresa de San Bartolomé 478

El combate de San Pablo en Cajamarca. 481

Cáceres y Montero se encuentran en Jauja 490

La consolidación de un frente nacional en el Centro 492

Antonia Moreno viaja al valle del Mantaro 493

13. El Grito de Montán y la formación del gobierno de Cajamarca agosto-


diciembre de 1882) 495

Endurecimiento de la ocupación 495

¿Una guerra mediática? 503

Actividad en el Sur 509

Una febril actividad organizativa en el Centro 511

Cáceres y los hacendados de Lima 520

Miguel Iglesias y el Grito de Montán 525

Relaciones del régimen de Montero con Bolivia 545

Cornelius Logan en Chile 547


XIII

14. Apogeo de la actividad militar de Cáceres en el


Centro. Las Conferencias de Chorrillos (enero-mayo de 1883) 549

Giro de Chile a favor de Iglesias 549

“Ese montonero es el verdadero Arequipa hoy” 570

Las Conferencias de Chorrillos 586

Montero inaugura el Congreso de Arequipa. Decisión de ceder


Tarapacá a Chile 607

15. Campaña de Huamachuco (mayo-julio de 1883) 610

Prolegómenos 610

Una “red de hierro”: masiva ofensiva chilena contra el Brujo. 618

El “Grau de tierra” 627

Batalla de Huamachuco 639

16. Surgimiento de Cáceres como líder nacional (julio-octubre de 1883) 653

Impacto del desastre militar en el Perú 653

Una situación crítica en la zona central del país 664

Cáceres reanuda la resistencia. Su ingreso triunfal en Ayacucho 668

Repliegue de Cáceres de Ayacucho a Andahuaylas 676

Montero en Arequipa 679

Afianzamiento del régimen de Iglesias y suscripción del


Tratado de Ancón 682

17. Caída de Arequipa y final del régimen de Montero (octubre-


noviembre de 1883) 684

Caída de Arequipa y huida de Montero a Bolivia 684

El cacerismo naciente: Miguel Lazón 686

Juicio de Cáceres sobre las causas de la derrota en la guerra.


Elogio de las poblaciones andinas 690

El final del principio: soledad y abatimiento del caudillo en


Ayacucho 694
XIV

II) La consolidación de Cáceres como líder político nacional 695

1. Un breve eclipse (noviembre de 1883-mayo de 1884) 695

Aislamiento de Cáceres 695

Ofertas de paz de Iglesias y respuesta de Cáceres 697

Una carta de Cáceres a José Mercedes Puga 702

Los peores días del Perú 705

¿Una guerra de castas en el interior? 706

Ambigüedad del iglesismo 707

Consolidación del cacerismo como movimiento multiclasista


y multiétnico 709

Lazón y Puga, prototipos caceristas 713

El fugaz diario cacerista de Lima: La Prensa Libre 716

2. El Cáceres político termina de perfilarse. Los dos grandes


caudillos de la época se enfrentan (junio-julio de 1884) 721

Retorno al valle del Mantaro 721

Cáceres reconoce el Tratado de Ancón 724

Entrevista de Cáceres con Diego Armstrong. Carta a


Patricio Lynch 726

Cáceres y su visión personal de la política peruana: una carta a


Ignacio de Osma 727

La ejecución del guerrillero Tomás Laymes 731

Iglesias convoca a elecciones 736

Cáceres se autoproclama Presidente Provisorio de la República 739

III) Recrudece y se extiende la guerra civil 747

1. Retroceso cacerista (agosto-octubre de 1884) 747

Derrota en Lima y repliegue a la Sierra 747

Cáceres en Arequipa 750

Atrocidades de la guerra civil: toma de Trujillo por las fuerzas


de Iglesias 752
XV

2. El bastión arequipeño (octubre de 1884-abril de 1885) 754

Funcionamiento del régimen en Arequipa. ¿Apoyo boliviano


a Cáceres? 754

Iglesias rechaza una propuesta de conversaciones de paz 756

Tenaz resistencia de los guerrilleros caceristas en el Centro 757

El levantamiento del varayoq Atusparia en Ancash. Muerte


de Puga 760

3. Al borde de la derrota militar y del desastre de la causa


cacerista (mayo-septiembre de 1885) 761

Cáceres a la ofensiva en la Sierra Central: combate


de Masma y conferencias de Ataura 761

Un grabado de la época: ¿un caudillo influido por fuerzas


demoníacas? 767

4. Contraofensiva iglesista. Las tornas se vuelven, sorpresivamente,


a favor de Cáceres (septiembre-noviembre de 1885) 771

Muerte de Lorenzo Iglesias. La “huaripampeada” 771

Una épica marcha por la Sierra de Lima. Las tropas de


Cáceres acampan en las nieves perpetuas 778

5. Caída del régimen Regenerador (fines de noviembre–


comienzos de diciembre de 1885) 782

El principio del final: las fuerzas de Cáceres del kepis rojo


atacan Lima 782

Iglesias se aviene a una solución de paz 783

IV) Cáceres llega a la presidencia de la República 786

1. Afirmación del Partido Constitucional (diciembre de 1885) 786

“Brindo por el soldado de la ley…” . 786

2. Cáceres y Piérola a inicios de 1886 794

Popularidad de Cáceres 794

Piérola, cauteloso y a la expectativa 795

3. Elecciones (abril-mayo de 1886) 799

Un claro triunfo 799


XVI

Cáceres se entrevista en Lima con el varayoq Atusparia 799

4. Ascenso a la Presidencia de la República (junio-julio de 1886) 803

“Sobre los escombros del pasado…” 803

Los grandes retos del Cáceres presidente 811

V) ¿Solo le faltó a Cáceres morir en Huamachuco? 817

1. Manuel González Prada: “Entonces concluye su vida luminosa…” 819

2. Jorge Basadre: “Ningún edificio sólido se construye sobre


bayonetas” 831

3. Entonces, ¿solo le faltó a Cáceres morir en Huamachuco? 839

CONCLUSIONES 842

CRONOLOGÍA 870

BIBLIOGRAFÍA 918

PERIÓDICOS Y REVISTAS 932

FUENTES DE ARCHIVOS 940

APÉNDICE DOCUMENTAL 943


XVII

RELACIÓN DE FIGURAS

Figura 1. El cortejo funerario de Cáceres pasa frente a la Catedral de Lima. Capítulo


1, p. 5.
Figura 2. Recorte de una revista de época (1919). Capítulo 1, p. 6.
Figura 3. Andrés A. Cáceres anciano, con bastón de Mariscal. Capítulo 1, p. 8.
Figura 4. Caída de Cáceres en 1895: Piérola y sus fuerzas coalicionistas entran por
Cocharcas (marzo de 1895). Capítulo 1, p. 11.
Figura 5. Banquete en honor a Cáceres (Lima, 1905). Capítulo 1, p. 12.
Figura 6. Andrés A. Cáceres en su ancianidad. Capítulo 1, p. 15
Figura 7. Andrés A. Cáceres. Capítulo 1, p. 18.
Figura 8. El presidente Augusto B. Leguía entrega el bastón de Mariscal a Andrés A.
Cáceres. Capítulo 1, p. 22.
Figura 9. Clorinda Matto de Turner. Capítulo 2, p. 33.
Figura 10. Andrés A. Cáceres en Europa. Capítulo 2, p. 36.
Figura 11. Julio C. Guerrero (a la izquierda) y Andrés A. Cáceres (a la derecha),
Cádiz, 1912. Capítulo 2, p. 37.
Figura 12. Antonia Moreno de Cáceres y sus hijas. Capítulo 2, p. 41.
Figura 13. Margarita Guerra Martinière. Capítulo 2, p. 42.
Figura 14. Ricardo Palma. Capítulo 2, p.45.
Figura 15. Abelardo Gamarra. Capítulo 2, p. 46.
Figura 16. Andrés A. Cáceres y su hija Zoila Aurora. Capítulo 2, p. 52.
Figura 17. Pedro Manuel Rodríguez. Capítulo 2, p. 55.
Figura 18. Jorge Inostrosa. Capítulo 2, p. 58.
Figura 19. Jorge Basadre. Capítulo 2, p. 60.
Figura 20. Patricio Lynch. Capítulo 2, p. 62.
Figura 21. Nelson Manrique. Capítulo 2, p. 65.
Figura 22. Heraclio Bonilla. Capítulo 2, p. 67.
Figura 23. Florencia Mallon. Capítulo 2, p. 69.
Figura 24. Gonzalo Bulnes. Capítulo 2, p. 80.
Figura 25. Estanislao del Canto Arteaga. Capítulo 2, p. 87.
XVIII

Figura 26. Ernst W. Middendorf. Capítulo 2, p. 92.


Figura 27. Carátula de la Memoria que el general Andrés A. Cáceres dirigió al
gobierno del presidente Lizardo Montero en Arequipa, en calidad de Jefe Superior
Político y Militar del Centro (enero de 1883). Capítulo 3, p. 121.
Figura 28. Ramón Castilla y Marquesado (Tarapacá 1797-Tiviliche 1867). Capítulo
4, p. 133.
Figura 29. Andrés A. Cáceres. Capítulo 4, p. 144.
Figura 30. Doña Justa Dorregaray, madre de Cáceres. Capítulo 4, p. 145.
Figura 31. Andrés A. Cáceres con su familia. Capítulo 4, p. 150.
Figura 32. Mapa oficial del Perú de 1864 diseñado por Mateo Paz Soldán. Capítulo
4, p. 157.
Figura 33. Carta de la Antigua Colombia. Capítulo 4, p. 159.
Figura 34. Dos civilistas caminan, relajados y orondos, por la Lima ocupada.
Capítulo 4, p. 173.
Figura 35. Imagen del general Andrés A. Cáceres acompañado por sus soldados y
guerrilleros. Capítulo 4, p. 215.
Figura 36. Toma de Arequipa (1858) en una pintura de época. Capítulo 5, p. 222
Figura 37. Toma de Guayaquil por las fuerzas peruanas (1860) en una pintura de
época. Capítulo 5, p. 223.
Figura 38. Manuel Pardo. Capítulo 5, p. 224.
Figura 39. Clorinda Matto de Turner. Capítulo 5, p. 226.
Figura 40. Batalla de Tarapacá, por el pintor Aguirre Jaramillo (1926). Capítulo 5, p.
228.
Figura 41. Andrés A. Cáceres. Capítulo 5, p. 229.
Figuras 42, 43 y 44. Escenas de las batallas de San Juan-Chorrillos y Miraflores por
el acuarelista inglés Rudolf De Lisle (13-15 de enero de 1881). Capítulo 5, p. 230-
231.
Figura 45. Escena reconstruida de la batalla de Miraflores, del 15 de enero de 1881,
por fuente peruana, probablemente del siglo XIX. Capítulo 5, p. 232.
Figura 46. Entrada del ejército chileno en Lima. Capítulo 5, p. 234.
Figura. 47. Nicolás de Piérola. Capítulo 5, p. 235.
Figura 48. Rufino Torrico. Capítulo 5, p. 236.
Figura 49. Francisco García Calderón. Capítulo 5, p. 239.
Figura 50. Pedro Lagos. Capítulo 5, p. 243.
Figura 51. Ricardo Bentín en sus años de madurez. Capítulo 5, p.244.
Figura 52. Coronel Luis Milón Duarte (1880). Capítulo 5, p. 250.
Figura 53. Ambrosio Letelier. Capítulo 5, p. 253.
Figura 54. Isaac P. Christiancy. Capítulo 5, p. 257.
XIX

Figura 55. Patricio Lynch. Capítulo 5, p. 262.


Figura 56. Combate de Sangrar. Capítulo 5, p. 266.
Figura 57. Manuel Yrigoyen. Capítulo 5, p. 271.
Figura 58. Isaac Recavarren. Capítulo 5, p. 274.
Figura 59. El presidente boliviano Narciso Campero. Capítulo 5, p. 281.
Figura 60. Aurelio García y García. Capítulo 5, p. 284.
Figura 61. Stephen A. Hurlbut. Capítulo 5, p. 299.
Figura 62. James G. Blaine. Capítulo 5, p. 301.
Figura 63. Manuel María Gálvez. Capítulo 5, p. 304.
Figura 64. Lizardo Montero. Capítulo 5, p. 319.
Figura 65. José Salvador Cavero. Capítulo 5, p. 321.
Figura 66. Domingo Santa María. Capítulo 5, p. 326.
Figura 67. Carlos Elías. Capítulo 5, p. 350.
Figura 68. Manuel Candamo. Capítulo 5, p. 350.
Figura 69. Atentado contra el Presidente Garfield (julio de 1881). Capítulo 5, p. 368.
Figura 70. José Francisco Gana. Capítulo 5, p. 378.
Figura 71. Mariano Baptista. Capítulo 5, p. 385.
Figura 72. Puente de Izcuchaca, Huancavelica. Capítulo 5, p. 392.
Figura 73. Coronel Arnaldo Panizo. Capítulo 5, p. 397.
Figura 74. Frederick Frelinghuysen. Capítulo 5, p. 399.
Figura 75. William Henry Trescot. Capítulo 5, p. 401.
Figura 76. José Manuel Balmaceda. Capítulo 5, p. 402.
Figura 77. El obispo Manuel Teodoro del Valle. Capítulo 5, p. 414.
Figura 78. El coronel Estanislao del Canto Arteaga, en una foto de 1881, en tiempos
de la campaña de Lima. Capítulo 5, p. 416.
Figura 79. Soldado chileno enfermo de verrugas. Capítulo 5, p. 419.
Figura 80. Dibujo al carboncillo de Manuel Ruilova sobre un típico ataque con
galgas en la Sierra contra las tropas invasoras chilenas. Capítulo 5, p. 426.
Figura 81. Juan Gastó. Capítulo 5, p. 447.
Figura 82. Francisco de Paula Secada. Capítulo 5, p. 455.
Figura 83. Mapa de la contraofensiva peruana de julio de 1882. Capítulo 5, p. 459.
Figura 84. Ambrosio Salazar, protagonista de los sucesos de Concepción. Capítulo 5,
p. 463.
Figura 85. Combate de Concepción (pintura evocadora de 1904). Capítulo 5, p. 466.
Figura 86. Ignacio Carrera Pinto. Capítulo 5, p. 467.
XX

Figura 87. Puente de Verrugas del ferrocarril del Centro, cerca de San Bartolomé.
Capítulo 5, p. 479.
Figura 88. José Miguel Alcérreca. Capítulo 5, p. 481.
Figura 89. Manifiesto del General Cáceres a los pueblos y ejército de su mando
(Tarma, 27 de julio de 1882). Capítulo 5, p. 489
Figura 90. El obispo Pedro José Tordoya. Capítulo 5, p. 501
Figura 91. Foto de una calle de Lima en tiempos de la ocupación chilena, tomada
desde la esquina de la iglesia de Santo Domingo. Capítulo 5, p. 504.
Figura 92. Luis Carranza. Capítulo 5, p. 509.
Figura 93. Mariano Castro Zaldívar. Capítulo 5, p. 530.
Figura 94. Miguel Iglesias. Capítulo 5, p. 532.
Figura 95. José Antonio de Lavalle, con uniforme diplomático. Capítulo 5, p. 561.
Figura 96. Jovino Novoa. Capítulo 5, p. 592.
Figura 97. Juan Federico Elmore. Capítulo 5, p. 609.
Figura 98. Marco Aurelio Arriagada. Capítulo 5, p. 623.
Figura 99. Mapa de la Campaña de Huamachuco, entre mayo y julio de 1883.
Capítulo 5, p. 631.
Figura 100. Clements Robert Markham. Capítulo 5, p. 639.
Figura 101. Miguel Emilio Luna. Capítulo 5, p. 641.
Figura 102. Alejandro Gorostiaga. Capítulo 5, p. 643.
Figura 103. Isaac Recavarren. Capítulo 5, p. 648.
Figura 104. Pedro Silva. Capítulo 5, p. p. 652.
Figura 105. Justiniano Borgoño. Capítulo 5, p. 653.
Figura 106. Francisco Rosas. Capítulo 5, p. 657.
Figura 107. Leoncio Prado, por el fotógrafo Eugenio Courret. Capítulo 5, p. 661.
Figura 108. Martiniano Urriola. Capítulo 5, p. 665.
Figura 109. José Mercedes Puga. Capítulo 5, p. 703.
Figura 110. Copia facsimilar del oficio circular de Andrés A. Cáceres a Tomás
Bastidas, comandante de la guerrilla de Chupaca (Huancayo, 26 de junio de 1884).
Capítulo 5, p. 735.
Figura 111. César Canevaro. Capítulo 5, p. 744.
Figura 112. Miguel Iglesias en el apogeo de su régimen (1884). Capítulo 5, p. 753.
Figura 113. Seth Ledyard Phelps, Ministro de los EEUU en el Perú en 1885. Capítulo
5, p. 756.
Figura 114. Grabado de propaganda de tiempos de la guerra civil (1885). Capítulo 5,
p. 768.
Figura 115. José Gálvez Moreno. Capítulo 5, p. 780.
Figura 116. Michael Grace. Capítulo 5, p. 781.
XXI

Figura 117. Emilio de Ojeda, ministro de España. Capítulo 5, p. 784.


Figura 118. Manuel J. Cuadros. Capítulo 5, p. 790.
Figura 119. Ramón Ribeyro. Capítulo 5, p. 791.
Figura 120. Ricardo Rossel. Capítulo 5, p. 793.
Figura 121. Cáceres y Piérola compiten de manera imaginaria por la banda
presidencial (febrero de 1886). Capítulo 5, p. 797.
Figura 122. Detalle de los tipos populares. Capítulo 5, p. 798.
Figura 123. Otro detalle: ¿es un “breñero” quien aparece a la derecha, como mudo
testigo de la escena? Capítulo 5, p. 798.
Figura 124. Andrés A. Cáceres con la banda presidencial Capítulo 5, p. 806.
Figura 125. Propaganda periodística de los cigarrillos “El General Cáceres”. Capítulo
5, p. 809.
Figura 126. Caricatura publicada en La Luz Eléctrica que muestra una angustiada
Patria Peruana. Capítulo 5, p. 814.
Figura 127. Cáceres con su primer gabinete (1886). Capítulo 5, p. 817.
Figura 128. Manuel González Prada. Capítulo 5, p. 831.
Figura 129. Andrés A. Cáceres con la banda presidencial. Capítulo 5, p. 835.
Figura 130. Fanatismo anticacerista: el héroe de la Breña decapita a la Patria.
Capítulo 5, p. 836.
Figura 131. Jorge Basadre. Capítulo 5, p. 838.
Figura 132. Sección de contabilidad del Ejército del Centro (Tarma, 31 de diciembre
de 1882), tomada de la Memoria al gobierno de Arequipa de enero de 1883.
Apéndice documental, pp. 1260-1262.
Figura 133. Oficio de Andrés A. Cáceres del 2 de mayo de 1883. Apéndice
documental, p. 1307.
Figura 134. Grabado de Andrés A. Cáceres con su firma y rúbrica. Apéndice
documental, p. 1434.
XXII

RESUMEN

Esta tesis es un estudio biográfico sobre Andrés Avelino Cáceres, en su tránsito


desde militar profesional (antes y durante la guerra con Chile) hasta presidente de la
República. En un plano cronológico, considera en profundidad los años 1881 a 1886.
Intenta fundamentar la siguiente hipótesis, o afirmación adelantada: la actividad
militar y política de Cáceres fue crucial para perfilar el desenlace de la guerra con
Chile con la suscripción del Tratado de Ancón, y para definir la línea política (interna
e internacional) que iba a seguir el país en la llamada reconstrucción, luego de la
derrota del iglesismo por el movimiento conocido como cacerismo en la guerra civil
de 1884 a 1885. Entre las hipótesis secundarias cabe mencionar cuatro: 1) El perfil
político liberal e indigenista de Cáceres tuvo una proyección práctica y de enorme
utilidad para los intereses del país, entre otras cosas, para modelar esa suerte de
frente multiclasista y multirracial que tuvo tanta importancia durante las campañas de
la Sierra contra los invasores chilenos y frente a las fuerzas “achilenadas” de Miguel
Iglesias en la guerra civil; 2) Desde 1884, Cáceres buscó conscientemente la
presidencia de la República no para desempeñarse como un caudillo autoritario típico
(y mucho menos para desconocer el Tratado de Ancón), sino para conseguir un
gobierno peruano soberano frente al país vencedor en la guerra internacional; 3)
Como ya lo sugirió el historiador Jorge Basadre, las necesidades y claroscuros de la
política (en particular en su versión peruana) fueron hacia él, “buscándolo en su
tienda de campaña”, y definitivamente no al revés; 4) El cacerismo fue una poderosa
corriente nacional que elevó a Cáceres al primer rango en la escena peruana, pero
fue también una fuerza política que debió ser canalizada y liberada de sus aristas más
violentas, de manera análoga a la que un jinete controla a un caballo. En cuanto a la
organización de la tesis, los tres capítulos que siguen a la Introducción se refieren,
respectivamente, a materias historiográficas, heurísticas y socioculturales que son
tratadas bajo un enfoque temático. El último capítulo, el más largo, es una narración
de la trayectoria de Cáceres entre 1881 y 1886 que destaca el contrapunto entre el
militar y el político, y que hace uso esencial, aunque no exclusivo, de fuentes
primarias. En general, esta tesis se caracteriza por hacer un uso intensivo y
privilegiado de este tipo de fuentes, en particular de la mayor parte de los oficios,
cartas personales, telegramas, proclamas, declaraciones y discursos que Cáceres
suscribió entre marzo de 1881 (cuando se recuperaba de sus heridas en la batalla de
Miraflores) y junio de 1886 (cuando ascendió a la presidencia de la República). De
manera deliberada, esta tesis deja de lado la consulta prioritaria de las llamadas
Memorias de Cáceres, publicadas inicialmente en 1924, debido a su escasa calidad
historiográfica.
Palabras clave: Andrés Avelino Cáceres, Guerra del Pacífico, Civilismo, Francisco
García Calderón, Lizardo Montero, Pierolismo, Nicolás de Piérola, relaciones Perú-
XXIII

Chile, Domingo Santa María, relaciones Perú-Bolivia, Narciso Campero, Mariano


Baptista, relaciones Perú-EEUU, James G. Blaine, Frederick Frelinghuysen, Stephen
Hurlbut, William Trescot, Cornelius Logan, campaña de la Sierra, Iglesia peruana,
Patricio Lynch, Estanislao del Canto, campesinado, Sierra Central,
guerrilleros/montoneros, Nación, Patria, Indigenismo, lengua quechua, Liberalismo,
Socialdarwinismo, guerra civil, Cacerismo, Iglesismo, Miguel Iglesias, Tratado de
Ancón y guerra de castas.
XXIV

SUMMARY

This thesis is a biographical study of Andrés Avelino Cáceres’ transit from


professional soldier (before and after the war against Chile) to President of Peru
(1881-1886). It attempts to demonstrate that Cáceres’ military and political activity
was crucial for shaping the termination of the war through the Ancón Treaty, and for
defining the country’s domestic and international stance during the reconstruction
period after the civil war (1884-1885) that resulted in the defeat of iglesismo by
cacerismo. Four complementary hypotheses are also tested. First, Cáceres’ political,
liberal, and indigenista profile had practical and useful implications for the country’s
interests, namely modeling a multi-class and multi-racial front of sorts against
Chile’s invasion of the Peruvian highlands; and later against Miguel Iglesias’
“Chileanized” forces during the civil war. Second, from 1884, Cáceres sought the
Presidency not to become a typical authoritarian caudillo (and much less to reject the
Ancón Treaty), but to build a sovereign Peruvian government after the defeat in an
international war. Third, as suggested by Peruvian historian Jorge Basadre, it was the
machinations of Peruvian politics that “sought him in his military tent” and most
definitely not the opposite. Fourth, Cacerismo became a powerful national
movement that took Cáceres to the highest rank of Peruvian society, but also had to
be channeled and purged of its most radical tendencies —much as an equestrian
masters a horse. The thesis is organized as follows. The three chapters following the
Introduction discuss, respectively, historiographical, heuristic, and socio-cultural
matters. The last —and longest— chapter is a narrative of Cáceres career between
1881 and 1886, which emphasizes the counterpoint between the soldier and the
politician, and uses mostly —though not exclusively— primary sources. In general,
this thesis makes intensive use of the latter, in particular most of the official and
personal letters, telegrams, announcements, declarations, and speeches authored by
Cáceres between March 1881 (while recovering from the wounds sustained in the
battle of Miraflores) and June 1886 (when he became President of Peru). This thesis
deliberately does not resort primarily to the so-called Memoirs, first published in
1924, due to its low historiographical value.
Keywords: Andrés Avelino Cáceres, War of the Pacific, Civilismo, Francisco García
Calderón, Lizardo Montero, Pierolismo, Nicolás de Piérola, Peru-Chile relations,
Domingo Santa María, Peru-Bolivia relations, Narciso Campero, Mariano Baptista,
Peru-U.S. relations, James G. Blaine, Frederick Frelinghuysen, Stephen Hurlbut,
William Trescot, Cornelius Logan, Campaña de la Sierra, Peruvian Church, Patricio
Lynch, Estanislao del Canto, Peasants, Central Sierra, guerrillas/montoneros, Nation,
Homeland, Indigenismo, Quechua Language, Liberalism, Social-Darwinism, Civil
War, Cacerismo, Iglesismo, Miguel Iglesias, Ancón Treaty, War of Castes.
1

CAPÍTULO 1

INTRODUCCIÓN

“Los individuos existen, están ahí […]. Cuando Balzac ha intentado


comprender a las personas a través del análisis de su rostro, de su
comportamiento, de su manera de presentarse, de los muebles con que se
rodean, de su entorno, en fin, hace algo que es evidentemente complejo.
Cuando Stendhal muestra la importancia de pequeños detalles, en
apariencia insignificantes, pero que juegan un papel tan importante en la
vida, hace una obra de complejidad. Cuando Tolstoi muestra la
imbricación del destino de los individuos y de la gran historia, como en
el príncipe Andrés en La guerra y la paz, enlaza el alma individual y el
destino histórico global. Y Dostoievski, cuando descubre las
intermitencias, los bruscos cambios que hacemos de una parte de
nosotros mismos a otra parte de nosotros, muestra que es imposible
racionalizar en una fórmula a un ser humano”

Edgar Morin. Epistemología de la complejidad.1

¿Por qué Andrés Avelino Cáceres, el soldado de la batalla de Tarapacá y de la


campaña de La Breña durante la guerra con Chile, ascendió a la presidencia
constitucional de la República en 1886? ¿Debemos acaso hablar de dos etapas
definidas en la vida de Andrés A. Cáceres como militar y como mandatario o, más
bien, de una dimensión como personaje político público que se fue añadiendo a su
trayectoria militar desde el tiempo de la guerra internacional? ¿Cómo y bajo qué
circunstancias y ritmos se produjo el paso del Cáceres guerrero al Cáceres
presidente? ¿Tuvo o no tuvo Cáceres dotes políticas y una visión de estadista?
¿Deshizo Cáceres lo bueno que hizo como militar con sus acciones como político?
¿Qué lugar y qué peso tuvo la figura individual de Cáceres con relación a las

1
Dora Fried Schnitman, Nuevos paradigmas, cultura y subjetividad. Buenos Aires /Barcelona/
México: Paidós, 2002, p. 435.
2

estructuras socioeconómicas y de mentalidad de su tiempo, como ingrediente causal


del devenir político en la fase final de la Guerra del Pacífico y de los inicios de la
reconstrucción? Y, por último, como dijo alguna vez el historiador Jorge Basadre,
¿acaso sólo le faltó a Cáceres morir en la batalla de Huamachuco para que su
consagración hubiese sido apoteósica?

Este trabajo se concentra en profundidad en el estudio del tránsito entre el


Cáceres militar y el Cáceres presidente, entre 1881 y 1886. Se trata de una transición
que, en los casos en los que ha sido tratada o mencionada, ha estado llena de gruesas
generalizaciones, de lugares comunes y de imprecisiones históricas. Además, el
estudio de esta transición ha sido influido por las pasiones políticas.

Así demarcada en términos cronológicos, esta época puede así ser estudiada en
profundidad, tanto en un plano heurístico y desde una perspectiva de historia de la
historiografía, como en lo que se refiere a los aspectos políticos y sociales. En cuanto
a los linderos cronológicos del lapso escogido, tenemos, en un extremo, el
nacimiento de la campaña de la Sierra, en abril de 1881, cuando, escapado de la
Lima ocupada, Cáceres comenzó a organizar su célebre ejército “breñero”. En el otro
extremo, nos detenemos en el ascenso de Cáceres a la presidencia de la República y
en la inauguración de la primera Legislatura Ordinaria de su tiempo, entre junio y
julio de 1886. Son, en esencia, y apelando a una metáfora, dos pináculos que forman
un valle que debe ser explorado con cuidado.

Podemos sostener, a manera de hipótesis general, que Cáceres fue en su


momento una figura y un poder cruciales, quizás insustituibles, que contribuyeron de
manera decisiva no sólo a perfilar el desenlace de la guerra internacional, sino
también a encarrilar de la mejor manera posible al Perú en el inicio de la
reconstrucción. O, puesto en otras palabras —y ya aludiendo a procesos posteriores
al marco cronológico escogido—, de haber muerto Cáceres en la batalla de
Huamachuco es muy poco probable que el primer régimen peruano estable, posterior
al conflicto, hubiese tenido un perfil soberano tan definido frente a temas tales como
la defensa del plebiscito contemplado en el Tratado de Ancón para Tacna y Arica
ante posibles presiones chilenas para modificar lo pactado, el tratamiento de la
(pesada) deuda externa, y la pacificación interna del Perú. Cáceres encarnó un perfil
3

gubernamental enérgico durante la posguerra, que resultó ser fundamental para


compensar la debilidad militar y económica del Perú en esos años de pobreza y de
inseguridad del Segundo Militarismo.

Sin olvidar los factores estructurales que afectan e influyen a todo proceso
histórico, este trabajo defiende el papel crucial que, bajo ciertas condiciones, tienen
algunas personalidades individuales con relación al destino de toda una colectividad.
El rol de Cáceres en la historia peruana entre 1881 y 1886 corresponde a no dudarlo
a uno de estos casos. Tarea difícil resulta, por cierto, la de desentrañar esta materia
específica, porque no sólo hay que hacer la reconstrucción procurando ensamblar de
manera adecuada al personaje con su tiempo, sino que —como ha señalado el
filósofo Edgar Morin— es preciso adentrarse en la complejidad del individuo, que
casi siempre resulta difícil racionalizar en la simplicidad de una sola fórmula.

Esta investigación defiende también que existió una continuidad esencial entre
el Cáceres de la campaña de la Sierra y el de los años 1884-1886. Desde el punto de
vista de la evidencia empírica, es muy cuestionable la imagen, acuñada por la
historiografía de las décadas de 1970 y 1980, tanto extranjera como peruana, que
mostró a Cáceres como un líder que pasó del heroísmo y de la amistad con los
campesinos movilizados en la guerra internacional, a un distanciamiento radical con
estos mismos guerrilleros, en un giro motivado, supuestamente, por razones egoístas
y de ambición de poder.

El presente trabajo confirma con claridad que fue la política la que “buscó a
Cáceres en su tienda de campaña” (en colorida expresión de Jorge Basadre), y de
ninguna manera al revés. Desde la segunda mitad de 1883 y, de manera más clara, en
1884, Cáceres se puso al frente de una poderosa corriente de opinión nacional que
vio en el caudillo ayacuchano al líder adecuado para dirigir la reconstrucción
nacional. Este último año, Cáceres reconoció el Tratado de Ancón como “hecho
consumado”, decisión que mantendrá de allí en adelante, incluso cuando venció en la
guerra civil en 1885 y llegó al poder en 1886. Como muchos peruanos de la época,
Cáceres vivía esperanzado en la realización del plebiscito que iba a decidir, según lo
estipulado en el tratado de paz, la suerte de los territorios de Tacna y Arica. El
Tratado de Ancón no fue el origen profundo de las diferencias entre Cáceres e
4

Iglesias. Es cierto que la aprobación de este instrumento en la primera mitad de 1884


fue explotada políticamente, en un plano propagandístico y de prensa, sobre todo por
haber representado la pérdida definitiva de la rica provincia salitrera de Tarapacá, y
por haber entrañado el abandono a su suerte de los peruanos ancestrales de ese
territorio. Pero se trató de un recurso temporal, que fue utilizado por los partidarios
de Cáceres para defenderse de la propaganda de Iglesias, que presentaba al líder
ayacuchano como un personaje peligroso e intransigente (Pereyra Plasencia 2010:
185 y s.). La leyenda de que Cáceres se enfrentó a Iglesias por haber pactado la paz
en los términos en que lo hizo se asentó después en los medios “caceristas” y en el
propio Cáceres anciano. Es significativo que el propio Cáceres no haya declarado
nunca, durante 1884 y 1885, que su propósito al enfrentarse a las fuerzas de Iglesias,
era desconocer el Tratado de Ancón. No lo hizo tampoco cuando asumió la
presidencia de la República en 1886. El problema principal que originó el
recrudecimiento de la guerra civil en 1884 fue la negativa de Iglesias a dejar el
poder. Cáceres y sus seguidores tenían la firme convicción de que el régimen de
Montán era “achilenado” y que tenía demasiadas ataduras con el país vencedor como
para representar un gobierno peruano soberano.

Por otro lado, el hecho de que Cáceres se haya visto obligado, en julio de 1884,
a reprimir a un grupo específico de guerrilleros que habían cruzado la línea de la
delincuencia común y de la guerra de castas, no quiere decir en lo absoluto que
hubiese roto con la mayor parte de los campesinos de allí en adelante. Por el
contrario, su asociación con los guerrilleros durante la cruenta fase de la guerra civil
que corrió entre los años 1884 y 1885, no sólo se mantuvo, sino que se profundizó,
como queda claro en muchos testimonios. Puede incluso sostenerse que, de no haber
contado con el persistente, leal y dinámico apoyo guerrillero que tuvo, le habría sido
muy difícil a Cáceres ganar en la contienda civil que terminó abriéndole las puertas
de la presidencia de la República en 1886 (Pereyra Plasencia 2004: 163-168; 2013:
58 y s.).

Para la historiografía peruana de las décadas de 1970 y 1980 la figura de


Cáceres tenía que caber dentro del molde del militar opresor con raíces terratenientes
en la Sierra, no importara cuáles hubieran sido sus méritos en ese tiempo, y no
importara lo que dijeran (o gritaran) sobre él las fuentes primarias.
5

El Cáceres guerrero y el Cáceres político

En su edición del jueves 11 de octubre de 1923, el periódico La Crónica


recogió una foto del paso del concurrido cortejo fúnebre del Mariscal Andrés A.
Cáceres por la calle de Mercaderes en Lima. El reportaje donde se incluía esta
fotografía señalaba que el gobierno del presidente Augusto B. Leguía había
declarado ese día de duelo nacional, en mérito, sin duda, a la destacada trayectoria
del anciano militar fallecido y al sentimiento de hondo respeto que esta noticia había
generado en todo el país, en un tiempo marcado por la incertidumbre que entonces
generaba el irresuelto problema de las “provincias cautivas” de Tacna y Arica.
Cáceres había muerto en Ancón hacia el mediodía del miércoles 10 de octubre, un
mes antes de cumplir los 87 años de edad.2

Figura 1. El cortejo funerario de Cáceres pasa frente a la Catedral de Lima.


Fuente: CPHEP 1984: 273

2
La Crónica, Lima, jueves 11 de octubre de 1923, p.4. El autor del reportaje, Ricardo Vegas García,
mencionaba en su reportaje que Cáceres estaba cercano a cumplir los 89 años de edad, lo que hace
deducir que manejaba la fecha de nacimiento 1834. Nosotros utilizamos la fecha de nacimiento 10 de
noviembre de 1836 precisada por Alberto Tauro del Pino (Tauro 1981-1982: 48; Tauro 2001 t. 3:
432).
6

En la época de su deceso, Cáceres era todavía la cabeza reconocida del Partido


Constitucional, agrupación política que había tenido un importante peso en la vida
nacional por lo menos desde fines de 1885, a inicios de la época de la reconstrucción
luego de la Guerra del Pacífico. La influencia de este partido se había dejado sentir a
lo largo de todo el tiempo de la República Aristocrática, e incluso después, hasta la
era de Leguía, cuando Cáceres recibió la dignidad de Mariscal del Perú el 10 de
noviembre de 1919 (Cáceres 1973 [1924]: 286).

Figura 2. Recorte de una revista de época (1919)


Cortesía de la Sra. Beatriz Sumar Puppo.
7

Así pues, al iniciarse la década de 1920, Cáceres se reafirmó como una especie
de símbolo de carne y hueso no sólo frente al recuerdo de la trágica guerra de 1879-
1883, sino también como personaje cohesionador (en un medio que seguía dividido
de forma brutal en banderías) en el marco de la difícil negociación que se avecinaba
frente a Chile para recuperar los territorios en disputa de Tacna y Arica. De hecho,
no era tanto al político al que los peruanos rendían un agradecimiento silencioso y
conmovido durante sus exequias, sino al héroe de la guerra con Chile y, de manera
específica, al vencedor de Tarapacá y al caudillo de la campaña de La Breña.

El Partido Constitucional y, en general, la obra política de Cáceres no han


dejado una huella permanente en la conciencia nacional. Por el contrario, su
trayectoria militar, asociada al recuerdo de una de las etapas más difíciles de la
historia peruana, continúa siendo evocada hasta la actualidad en todos los rincones
del país, y ha llegado incluso a ser objeto de estudio académico fuera de las fronteras
peruanas. La estatua del militar Cáceres con casaca y kepis de breñero, y no la del
político con tarro y traje de civil, se encuentra en el mismo patio del Palacio de
Gobierno de Lima, sin contar los muchos casos en que esta imagen marcial adorna
plazas y lugares situados en otras partes de la ciudad y también en provincias. Este
olvido del Cáceres político, que es injustificado desde el punto de vista de la
gravitación real y objetiva que tuvo este personaje en los asuntos públicos posteriores
a la Guerra del Pacífico, ha buscado ser subsanado, con un criterio de justicia, por
varios autores (Guerra Martinière 1988: 11 y s.; Tudela Chopitea 1987; Mendoza
Meléndez 1993, t. II: 122).
8

Figura 3. Andrés A. Cáceres anciano, con bastón de Mariscal


Cortesía de la Sra. Beatriz Sumar Puppo

Diversas lecturas sobre Cáceres y el “cacerismo” en la arena política

Con intensidades variables de acuerdo a los diferentes momentos y


circunstancias históricas que sean considerados, la acción y el legado político de
Cáceres sufrieron, en vida del protagonista, los embates de las tradiciones pierolista,
civilista y radical.
9

La guerra política más constante se dio, sin lugar a dudas, entre el cacerismo y
el pierolismo. Las raíces de este enconado enfrentamiento se ubican en noviembre de
1881. Pese a la lealtad que había manifestado a Piérola luego de la caída de Lima, y a
su negativa inicial a plegarse al régimen de La Magdalena dominado por los
civilistas en torno a Francisco García Calderón, Cáceres optó por sumarse a los
pronunciamientos de las fuerzas nacionales que desconocieron la autoridad del
dictador en diferentes partes del Perú, incluso de las que estaban acantonadas en
Chosica bajo sus órdenes. En enero de 1882, luego de una inicial vacilación, y
animado por la posibilidad del apoyo de los EE.UU., cuyo representante en el Perú
de entonces respaldaba al gobierno de La Magdalena, Cáceres dio el paso final de
reconocer al presidente Lizardo Montero, sucesor de García Calderón. Se trató de
una decisión sensata a la luz de las circunstancias y de las propias explicaciones
públicas que dio sobre su proceder. Piérola, en cambio, no lo vio así. Para éste, el
hecho de reconocer al régimen de La Magdalena equivalía a sumar fuerzas con los
civilistas, sus enemigos, en un tiempo en que las diferencias políticas tenían una
virulencia que incluso hoy parecería chocante.3 Hay fuertes indicios de que Piérola
no perdonó jamás a Cáceres este paso. Otro punto de vista, más favorable a Piérola,
encuentra el origen de la amargura del ex dictador en la frustración de un plan que ya
tenía preparado para la puesta en práctica de una ofensiva peruano—boliviana “que
las defecciones casi simultáneas de sus supuestos partidarios malograron” (Basadre
1971 t. II: 498 y s.). Desde una perspectiva de análisis político, resulta relevante
destacar este episodio, porque fue el punto de partida de una pugna que llegó a
revestir el ropaje de una sangrienta guerra civil entre 1894 y 1895 y que también se
hizo sentir, ya a comienzos del siglo XX, cuando el partido Constitucional, dominado
por Cáceres, apoyó a los civilistas en 1903 por el interés compartido de “dejar fuera a
los pierolistas” (Millones 1998: 32).

Un curso distinto siguieron las relaciones entre el civilismo y el cacerismo.


Ellas se caracterizaron por los altibajos, con un balance que, a la postre, no dejó de

3
Dice el historiador chileno Gonzalo Bulnes sobre la situación política del Perú en el año 1882:
“Civilistas y pierolistas se acechaban y combatían con tanto encono como el que sentían por el
invasor, y quizás más” (Bulnes 1955 [1911-1919] v. III: 130 y s.). El 14 de enero de 1881, en vísperas
de la batalla de Miraflores, el joven oficial peruano José Gabino Esponda vio en Lima al general La
Cotera y a otros señores de “tarro y leva” proclamando la Constitución y el lema “primero los chilenos
que el zambo Piérola” (Esponda 1936: 8). En base a otras fuentes, Basadre dio una versión parecida,
aunque situándola el 13 y no el 14 de enero, y sin la alusión a los chilenos (Basadre 1983 t. VI: 249).
10

ser negativo en lo que se refiere a la imagen del primero con relación al segundo. En
los orígenes de la relación, Cáceres se contó entre los militares de confianza del
presidente Manuel Pardo, miembro principal de la corriente fundadora del Civilismo.
En 1874, Cáceres tuvo una distinguida participación en la lucha contra el
movimiento revolucionario pierolista que fue desbaratado en el Alto de los Ángeles
(Tauro 2001 t. 3: 433). En la Guerra del Pacífico, durante los años 1882 y 1883,
actuó en estrecha coordinación con el comité civilista que operaba de forma secreta
en la Lima ocupada por los chilenos (Bulnes 1955 [1911-1919] v. III: 232). En el
tránsito entre los años 1885 y 1886, ya concluida la guerra civil contra Miguel
Iglesias, Cáceres y el poder militar que representaba contaron con el respaldo general
de los antiguos civilistas, en una alianza que se materializó en el primigenio Partido
Constitucional. Esta agrupación impulsó su ascenso a la presidencia en junio de 1886
y “resultó siendo la alternativa política más viable para el restablecimiento del orden
social, la cohesión política y la reconstrucción económica del país” (Mc. Evoy 1997:
251). Pese a esta fructífera unión, y por diversas razones que no viene al caso detallar
aquí, y salvo unas pocas excepciones, la mayor parte de los civilistas históricos
fueron antagónicos al Partido Constitucional cacerista durante el gobierno de
Remigio Morales Bermúdez (1890-1894), del fugaz segundo gobierno de Cáceres
que terminó desencadenando una guerra civil (1894-1895), y del régimen de Nicolás
de Piérola (1895-1899). Recordemos que los civilistas se unieron a los pierolistas en
1894 en la forma de un frente “coalicionista” contra el militarismo dominado por
Cáceres (Basadre 1983 t. VII: 299). Fue una alianza en apariencia contradictoria
(teniendo en cuenta el anterior encono entre civilistas y pierolistas), pero quizá fue
también necesaria, si consideramos el crecimiento económico que tuvo el país a
partir de 1895, desde los inicios de la llamada República Aristocrática.
11

Figura 4. Caída de Cáceres en 1895: Piérola y sus fuerzas coalicionistas entran


por Cocharcas (marzo de 1895)
Óleo del pintor Juan B. Lepiani.

Los viejos civilistas y los caceristas se aproximaron de nuevo en las etapas


electorales de 1903 y 1915, para romper de modo definitivo en 1919, el año en que el
Partido Constitucional respaldó la candidatura presidencial de Augusto B. Leguía,
personaje surgido años antes de las mismas canteras del Civilismo contra el llamado
Civilismo “pardista”, en alusión a su cabeza, José Pardo y Barreda (Millones 1998:
33 y s.). Un indicio importante de la intensidad de este distanciamiento lo
encontramos en las Memorias de Cáceres, publicadas en 1924, donde la estrecha
alianza que existió entre los civilistas y Cáceres desde la guerra hasta el inicio de su
primer gobierno, entre 1882 y 1886, aparece bastante desdibujada. Aún más
significativa es la escasez de citas sobre Cáceres en la obra de José de la Riva-
Agüero, personalidad de tan estrechos vínculos con el Civilismo. Riva-Agüero optó
incluso por el auto exilio en tiempos de Leguía. En la visión de Riva-Agüero, como
también en la de Víctor Andrés Belaúnde, pesaba mucho la idealización de Piérola
como el prototipo del demócrata estadista de 1895, en contraposición a Cáceres y al
12

militarismo que éste representaba. Dichas consideraciones explican por qué, en


contraste con la figura de Cáceres, Riva-Agüero haya dedicado un bello ensayo a
Miguel Grau, a quien llamó “excelso marino civilista” (Riva Agüero 1971 [1934]:
358).

Figura 5. Banquete en honor a Cáceres (Lima, 1905). Es probable que sea el joven
Augusto B. Leguía quien aparece junto a un Cáceres casi septuagenario.
Fotografía de Luis Ugarte Ronceros.

Por último, aunque de fugaz y escasa vigencia en la política peruana desde el


tiempo posterior a la Guerra del Pacífico hasta comienzos del siglo XX, es en el
radicalismo, y en sus publicaciones propias y afines, donde encontramos muchos de
los más furibundos ataques que se hayan hecho contra Cáceres y su partido,
excepción hecha, por cierto, de los comentarios de ínfimo nivel panfletario que
aparecieron en pasquines sin filiación política clara de tiempos del Segundo
Militarismo como La Pampa de Tebes y La Tunda.4 De alguna resonancia en su

4
Hay que decir con toda claridad que estos dos periódicos basaron su arraigo en los sectores anti
caceristas de tiempos del Segundo Militarismo apelando por lo general a la mentira. Por ejemplo, en
su ejemplar Nro. 8 del 18 de marzo de 1893 La Tunda habló, en su primera página, de una proclama
de Cáceres de 1882 en la que éste se proclamó supuestamente como jefe de la nación. Cáceres jamás
hizo una proclama de este tipo en 1882. Por el contrario, en Jauja, el 24 de enero de 1882, emitió un
Decreto en su calidad de Jefe Superior, Político y Militar de los Departamentos del Centro, rehusando
13

época debe haber sido, por ejemplo, el artículo El Contrato, publicado por Manuel
González Prada en El Radical en enero de 1889, que terminaba con las siguientes
palabras: “Cualquier ciudadano se habría cambiado por el Coronel [sic] Cáceres
vencido en Huamachuco; pero ni el más humilde hijo del Perú, ni el autor de estas
líneas se cambiaría por el General Cáceres, firmante del Contrato Grace”.5

La evocación de Cáceres y de su obra militar y política fue realizada, hasta


comienzos de la década de 1930, por la tradición leguiísta que, como sabemos, no ha
dejado trazas en nuestros días. Desde entonces, el recuerdo de la acción de Cáceres
ha sido cultivado por personalidades aisladas, como ha sido el caso de Luis Alayza
Paz Soldán en la década de 1950, y de Nelson Manrique, Eduardo Mendoza
Meléndez y Luis Guzmán Palomino en las últimas décadas del siglo XX. Desde la
década de 1940, Jorge Basadre no dejó de dar un lugar de importancia al personaje
que estudiamos en su Historia de la República, retratándolo casi como un paladín del
Perú en tiempos de la guerra. Pero, salvo raras excepciones, sus enfoques sobre el
otro Cáceres, el político activo a partir de 1886, tienen una fría objetividad que linda,
por momentos, con el desencanto. Es casi como comparar dos excelentes fotografías,
sólo que una es en color y otra en blanco y negro. En un nivel institucional, la únicas
entidades que se han ocupado de la figura de Cáceres en forma constante han sido el
Ejército Peruano y la llamada Legión Cáceres. De forma previsible, estas últimas han
enfatizado sobre todo su faceta militar. Este enfoque acentuó aún más la brecha que
ya existía entre el heroico soldado de la guerra y el político de la reconstrucción y de
la “Patria Nueva” leguiísta.

Fue el propio Cáceres quien añadió, en vida, oscuridad a su trayectoria política.


El 27 de octubre de 1892, gozando todavía de una popularidad nacional muy
considerable a cierta distancia de su primer gobierno, y durante un banquete que sus

“la investidura de Jefe Supremo de la República” que le había sido ofrecida por sus tropas en Chosica,
en noviembre del año anterior. Además, reconocía al “régimen constitucional [...] representado en la
actualidad por el Primer Vicepresidente de la República, Contra-Almirante D. Lizardo Montero”. En
esa misma fecha y lugar emitió una Proclama a su ejército donde anunciaba que había resuelto
reconocer “el régimen constitucional y sellar con este acto la obra de la unificación del país”.
Manifestaba también que no aceptaba “la magistratura suprema con que me habéis investido, honra
que la estimo como la ofrenda más valiosa de vuestro afecto, y como un timbre de gloria, cuyo eterno
recuerdo será un estímulo más para perseverar en el cumplimiento de los austeros deberes del
patriotismo”. Estas piezas se encuentran transcritas en el apéndice documental.
5
El Radical. Órgano del Círculo Literario de Lima. Año I, Nro. 2. Lima, 15 de enero de 1889, p. 20.
14

partidarios le ofrecieron en Chosica pocos meses después de su retorno de Europa


donde se había desempeñado como Ministro Plenipotenciario en Francia e Inglaterra,
Cáceres brindó “sobre todo por la Patria, a la que quiero ser útil con mi espada más
que con mis trabajos políticos...”6 Ya en el siglo XX, durante sus conversaciones
con Julio C. Guerrero que fueron la base para la redacción de sus célebres Memorias,
un Cáceres anciano hablaba, al parecer, de “abstenerse intencionalmente” de
ocuparse con detalle de su gestión como presidente, aguardando, no obstante, que la
historia de su país la juzgara “sine ira et studio”. Y añadía orgulloso: “pero sí, tengo
para mí, y lo expreso muy en alto, la satisfacción íntegra de no haber tenido en mi
vida política y militar otro norte ni otro derrotero que el bien y la grandeza de mi
Patria” (Cáceres 1973 [1924]: 286). No hay que dejar de observar que el nombre de
“Patria” revestía una connotación especial cuando brotaba de los labios de Cáceres.
En noviembre de 1921, apenas dos años antes de su muerte, durante una entrevista
que concedió al periodista Ricardo Vegas García, Cáceres fue aún más rotundo:

“-¿Qué impresión dejó en su espíritu, señor, su paso por el poder?


-¡No quisiera acordarme de mi vida política! Llegué al poder
animado por un ideal: reconstruir la Patria deshecha. La revolución
estaba justificada por mi oposición resuelta a la paz en las condiciones
que se pactó. Una vez en el gobierno, procuré rodearme de los hombres
mejor preparados del país. Distinguidas personalidades me acompañaron
en el gobierno y los actos buenos que se pudo realizar entonces, hay que
atribuírselos, en gran parte, a la inteligencia, al patriotismo, a la
capacidad de ellos [...] [Pero] durante mi administración, adquirí una
triste desilusión: ¡cuántas ingratitudes, cuántas deslealtades y cuántas
injusticias vi de cerca y recibí! Pero, dejemos estas cosas tristes”7

6
El Diario. Lima, jueves 27 de octubre de 1892, p. 2.
7
La Crónica. Lima, domingo 27 de noviembre de 1921, p. 6. Durante la guerra civil peruana, que
recrudeció entre 1884 y 1885, Cáceres nunca afirmó que la “revolución” contra Iglesias se había
justificado en su “oposición resuelta a la paz en las condiciones que se pactó”, en alusión al Tratado
de Ancón, como aparece en esta entrevista al Cáceres anciano de 1921. Como puede comprobarse en
el apéndice documental de esta tesis, ningún juicio de esta naturaleza aparece en su correspondencia
oficial o privada de ese tiempo, ni tampoco en sus textos de 1886, el año en que Cáceres ascendió a la
Presidencia del país. Aparece muy claro en las fuentes primarias contemporáneas que la causa de la
guerra civil fue el deseo de Cáceres de instaurar un gobierno independiente en el país, libre de
influencias del gobierno de Chile, y no la intención de desconocer el Tratado de Ancón una vez que
llegara al poder. La afirmación de Cáceres de 1921 se explica en términos políticos. Como ya hemos
mencionado, desde 1919, en los albores del Oncenio, Cáceres y su Partido Constitucional se volvieron
aliados de Augusto B. Leguía e hicieron fuerza común contra los civilistas. Recordemos que, en la
campaña electoral de 1919, una de las líneas de política exterior propuestas por Leguía que más
entusiasmaron a la población peruana fue la intención de desconocer el Tratado de Ancón con el
objeto de recuperar Tacna, Arica, e incluso Tarapacá, basándose en el incumplimiento por parte de
Chile de la realización del plebiscito pactado en 1883 con relación a los dos primeros territorios, para
que ariqueños y tacneños decidieran a cuál de los países deseaban pertenecer. (Porras Barrenechea y
Wagner de Reyna 1981: 177-184; St. John 1999: 154). En 1921, Cáceres simplemente buscaba
15

Figura 6. Andrés A. Cáceres en su ancianidad

El origen de este problema, que el propio Cáceres sintió en carne propia, se


encuentra en la ostensible diferencia que se aprecia cuando se compara, por un lado,
su extraordinaria trayectoria militar y, por otro, su desempeño político influido (o,
casi diríamos, atrapado) en su decurso y resultados, por una antigua tradición
peruana caracterizada por la intolerancia, la ausencia de prácticas de consenso, y por
un fuerte componente antidemocrático, cuyo “lodo” (para utilizar una expresión de
Jorge Basadre) terminó salpicando a nuestro personaje. Además de haber sido de
importancia real y no un simple fruto de manipulación propagandística (como ha

sintonizar con la posición de Leguía, su aliado político, poniendo al margen, no se sabe si consciente o
inconscientemente, lo que él mismo había pensado en realidad entre 1884 y 1886. Es más: desde este
último año, ante las presiones chilenas para conseguir Tacna y Arica a cambio de tentadores recursos
económicos para un país empobrecido y endeudado, Cáceres, y los demás presidentes peruanos, se
aferraron a la letra y al espíritu del Tratado de Ancón en una suerte de política de Estado, en particular
con relación a la esperanza puesta en la realización del plebiscito en las provincias cautivas (Pereyra
Plasencia 2015: 166).
16

ocurrido en casos análogos no sólo en el Perú sino en otras partes del mundo), la
trayectoria militar de Cáceres tocó fibras muy profundas del ser nacional, sobre todo
en su vertiente andina, y marcó en forma natural y explicable la imaginación y el
sentimiento colectivos hasta el punto en que, todavía hoy, los campesinos del Centro
del país evocan con orgullo, en sus bailes y fiestas, en una especie de eterno retorno,
el recuerdo del taita Cáceres y de las mareas humanas movilizadas con hondas y
rejones contra la invasión chilena. En cambio, desde el comienzo, la trayectoria
política se desarrolló en el terreno cenagoso de la pobreza que siguió a la guerra y
también en medio de la atávica tendencia a la intolerancia política y a la formación
de banderías irreductibles.

¿Tuvo Cáceres dotes políticas?

Como lo ponen en evidencia sus escritos y muchas de sus acciones, Cáceres


fue un político muy hábil. Los fracasos que Cáceres tuvo en el ámbito público no
deben atribuirse a la ausencia de dotes políticas. Aunque sin duda éstas no llegaron
nunca a alcanzar el extraordinario rango de sus habilidades innatas como militar, sus
condiciones políticas tuvieron un nivel por encima del promedio, sobre todo cuando
se las compara con las que exhibían gran parte de sus contemporáneos que se
dedicaban a la cosa pública, tanto civiles como militares. En los contados casos en
que se habla de su vida como presidente y líder de un partido, hay una tendencia a
recordar sólo los fracasos políticos de Cáceres pero no sus éxitos. Entre éstos, cabe
citar la pacificación del interior del país y la estabilización de la economía peruana
luego de la guerra, que fueron nada menos que la base sobre la cual se apoyó el
crecimiento y la relativa prosperidad del tiempo de la República Aristocrática (1895-
1919).
El Cáceres presentado como desvalido y dubitativo al momento de tomar
grandes decisiones, o el héroe que deja de un lado su patriotismo seducido por las
conveniencias personales y el espíritu de lucro, no son sino clichés o mitos históricos
acuñados de manera injusta por sus enemigos de diferentes épocas. Para desmentir lo
primero, bastaría recordar la energía, el coraje y la decisión desplegados por Cáceres
cuando impulsó la aprobación del Contrato Grace durante su primer gobierno, en
1889, por encima de un mar de opiniones contrarias manifestadas en la prensa y en el
Congreso. Con la perspectiva y la serenidad que dan los años, hoy vemos a estas
17

opiniones, que llegaron a ser agresivas y hasta injuriosas, como originadas no tanto
en consideraciones racionales y realistas ajustadas al interés del país, sino, más bien,
enraizadas en impulsos nacionalistas emotivos o, en otros casos (y en un plano más
ajustado al estilo de la política peruana de entonces), en la simple voluntad de poner
obstáculos y zancadillas. Para desmentir lo segundo, habla de sobra la pobreza que
alguna vez acompañó al Cáceres anciano ya en el siglo XX (Alayza Paz Soldán, La
Breña 1883 1954: 233).

Desde su primer gobierno (1886-1890), y en un proceso de deterioro de su


imagen como mandatario, que fue gradual, Cáceres se vio afectado y limitado por la
reglas de la política criolla. El caso de Cáceres no fue sin duda único. En dolidas
palabras, Manuel Vicente Villarán habló alguna vez de la rudeza y de la insinceridad
de los métodos de la política local, así como de su carácter sinuoso y acomodaticio,
que impidieron a su padre, el ilustre abogado Luis Felipe Villarán, desplegar todo su
talento y su sincero patriotismo (Villarán 1945: 52). Decía también la destacada
cacerista Clorinda Matto de Turner que, al momento de subir el caudillo ayacuchano
al poder, ya se habían hecho a un lado “sus modestos consejeros de la hora triste para
dar paso a la turba oportunista, logrera de las situaciones...” (Matto de Turner 1889:
190). Pero, en honor a la verdad, también es objetivo señalar que los fracasos de
Cáceres en el terreno público deben atribuirse no sólo a la densa, y por momentos
maloliente, atmósfera de la política peruana del pasado, sino también a varios rasgos
de su personalidad que fueron muy útiles en las circunstancias extremas de la guerra
exterior, pero que lo hicieron proclive, ya como gobernante, a considerarse un
personaje indispensable y a rodearse con un círculo partidario que lo aisló de la
realidad y que lo condujo a decisiones políticas cuyo efecto desastroso marcó su
imagen hasta nuestros días. Ello fue muy claro durante su turbulento segundo
gobierno, entre 1894 y 1895. Pero, como se verá, este tema constituye materia de
otra investigación que escapa a los linderos cronológicos marcados para el presente
trabajo.
18

Figura 7. Andrés A. Cáceres


Pintura de Nicolás Palas (1894)

Complejidad de Andrés A. Cáceres como personaje histórico

Por otro lado, los biógrafos de Cáceres han tenido a destacar que su vida tiene
más de un rasgo de originalidad en la historia peruana que complica mucho el
ensamblaje de su figura individual con la época que le tocó vivir. Estos rasgos han
influido en el recuerdo que se ha tenido de Cáceres muchos años después de su
muerte. Por ejemplo, Iván Millones sostiene que Cáceres es un personaje
multidimensional:
19

“Por su trayectoria política, el caudillo de La Breña posee una


compleja imagen multifacética. Esto lo diferencia de otros personajes de
la Guerra del Pacífico menos multidimensionales que fácilmente
ingresaron al panteón oficial de héroes, como el almirante Miguel Grau
(1834-1879) y el coronel Francisco Bolognesi (1816-1880). Ambas
figuras “dieron su vida por la patria”, y tuvieron una consagración en
grandes monumentos, levantados varias décadas antes que aquel
correspondiente a Cáceres: el de Grau, en el puerto del Callao, data de
1897; el de Bolognesi, en la ciudad de Lima, es de 1905; el del mariscal,
en la capital, apareció recién en 1951. Una explicación de esa
postergación puede radicar en que Cáceres tiene más significados que los
otros héroes mencionados. No es difícil vincular su imagen a tres
aspectos claves en la historia del Perú: “raza” y cuestión indígena,
desarrollo económico y militarismo” (Millones 2006: 50)

Veamos con cuidado diferentes niveles que hablan de la complejidad de su


personalidad y de su trayectoria, antes y durante el período estudiado. Para empezar,
en un plano cronológico, Cáceres fue protagonista, menor o mayor, según el
momento, de distintos episodios significativos de la vida republicana durante la
segunda mitad del siglo XIX. Participó en la batalla de La Palma, en tiempos de
Ramón Castilla, así como en el combate del Callao del 2 de mayo de 1866. Fue
también, como ya se mencionó, uno de los militares más cercanos al presidente
Manuel Pardo, bajo cuyas órdenes combatió a las fuerzas revolucionarias del
levantisco Nicolás de Piérola. Es muy claro que su participación en la Guerra del
Pacífico, mucho más popular, no fue sino la culminación de una muy destacada
trayectoria previa.

En un plano social, Cáceres está ubicado casi al centro del espectro de clases y
de grupos regionales y profesionales. Nació en Ayacucho, una ciudad señorial cuyos
pergaminos de fundación se remontan al tiempo de la Conquista. Su padre, Domingo
Cáceres y Oré, era terrateniente. Para los años iniciales de la guerra, como ocurría en
el caso de las otras ciudades de la Sierra, Ayacucho languidecía y se encogía en lo
económico frente las poblaciones costeñas, vinculadas por mar con Europa, mejor
sintonizadas con los cambios de la época y más beneficiadas con el pasajero auge del
guano.
Como aparece en sus formas y maneras, Cáceres era un hombre de la elite, un
oficial del ejército. No obstante, en otro ámbito, fuera de sus numerosos vínculos de
20

amistad o de parentesco con el grupo terrateniente del Centro, Cáceres tuvo desde la
infancia una vinculación vital con el campesinado en su natal Ayacucho. Alberto
Tauro, su gran biógrafo, lo imagina compartiendo juegos infantiles con los niños
indios y asimilando el quechua, por esta vía, en forma natural (Tauro 1981-1982:
49). Muchos años después, en medio de los avatares infernales de la guerra entre las
breñas, Cáceres pudo establecer una relación directa con los guerrilleros, que tan
espectaculares resultados tuvo en los planos táctico y estratégico, como no se ha
visto en ningún otro momento de la historia peruana. Fue como un abrazo fugaz,
aunque muy significativo, entre el Estado peruano —encarnado en Cáceres y en el
Ejército del Centro— y el viejo trasfondo rural del país. Además de su posición
social, su situación de militar profesional de prestigio le permitió tomar contacto,
desde antes de la guerra del Pacífico, con la crema de las clases dirigentes del Perú
costeño.

En un plano político, no es extraño que Cáceres haya establecido, ya durante el


conflicto, pese a dudas iniciales, relaciones tan estrechas con los civilistas, sobre todo
con el grupo que terminó exiliado en Chile durante las hostilidades, en la
desesperada lucha nacional contra la invasión y contra la amenaza de una
desmembración territorial. Fue este mismo grupo el que lo vio como aliado (primero
contra Piérola y luego frente a Iglesias) y el que se le unió a las puertas de su ascenso
a la presidencia en 1886, usando como instrumento político esa curiosa fusión de
militares profesionales, breñeros y de civiles de alta posición económica y de
prestigio social que fue el primigenio Partido Constitucional (Pereyra Plasencia
2006: 18 y s.)

Considerando su vida en conjunto, hay, en verdad, varios Cáceres sucesivos: el


soldado profesional leal a Ramón Castilla, a Manuel Pardo y a Nicolás de Piérola
(1854-1880); el carismático y popular coronel vencedor de Tarapacá que desplegó
gran audacia en San Juan y Miraflores y en el inicio de la resistencia en la Sierra
(1881); el paladín del Perú y pesadilla de la fuerzas chilenas que estuvo a punto de
morir en la batalla de Huamachuco y que comenzó a convertirse en un líder político
nacional (1882-1883); el presidente provisorio declarado en rebeldía ante el gobierno
“regenerador” de Miguel Iglesias que, en forma pragmática, aceptó el Tratado de
Ancón como “hecho consumado” (1884); el líder popular que triunfó en la guerra
21

civil con el apoyo campesino y que encabezó el Partido Constitucional que agrupaba
a civilistas y militares (1885); el presidente de la República y factor de unificación
del Perú ante la gigantesca tarea de la reconstrucción (1886); el gobernante que
sacrificó su popularidad para el logro de objetivos dolorosos pero necesarios para el
país, tales como la búsqueda de una solución viable y realista para el problema de la
deuda externa (1887-1890); el militar que hacia el final de su primer gobierno
constitucional rompió con sus antiguos aliados civilistas y comenzó a animar, entre
bambalinas, gobiernos autoritarios y represores cuyas víctimas fueron civilistas,
pierolistas y radicales (1890-1893); el presidente elegido en forma fraudulenta que
fue derrocado por la alianza “coalicionista” de civilistas y partidarios del caudillo
Nicolás de Piérola (1894-1895); el político desterrado en Buenos Aires (1895-1899);
el antiguo mandatario rehabilitado en parte, que se aproxima a los civilistas contra
los pierolistas y que trabaja como Ministro Plenipotenciario en Italia y el Imperio
Alemán (1903-1914); el jefe del Partido Constitucional que rompe con José Pardo y
sus civilistas y da el paso de aliarse a Augusto B. Leguía (1918-1919); y, por último,
el Mariscal del Perú y símbolo hasta su muerte de la lucha por la recuperación de las
“provincias cautivas” de Tacna y Arica (1919-1923).
22

Figura 8. El presidente Augusto B. Leguía entrega el bastón de Mariscal a


Andrés A. Cáceres
Pintura de Luis Ugarte Ronceros

Los grandes temas

Los capítulos dos, tres y cuatro se refieren, respectivamente, a materias


historiográficas, heurísticas y socioculturales que son tratadas bajo un enfoque
temático. El capítulo dos es un ensayo que pretende precisar las distintas visiones
que los historiadores han tenido sobre Cáceres. En efecto, ¿cómo ha evolucionado en
la historiografía el tratamiento de la vida y obra de Cáceres desde sus días hasta el
presente? Luego su fallecimiento, y ante la ausencia de un partido que ensalzara su
figura, Andrés A. Cáceres fue un ícono del Ejército del Perú (hasta mediados del
siglo XX); el héroe redescubierto por la historiografía peruana y extranjera como
autor de esa proeza militar que fue la campaña de la Sierra (décadas de 1950 y 1960);
el (supuestamente) turbio político ambicioso del poder que, luego de la Guerra del
23

Pacífico, traicionó a sus guerrilleros (décadas de 1970 y 1990); y, otra vez, el gran
héroe redescubierto como líder estratega, político de amplia visión trinacional e
indigenista, y héroe cultural de las poblaciones andinas del Centro hasta la
actualidad, que tiene un eclipse autoritario que marcó de manera indeleble (para mal)
su trayectoria política en la fase final del Segundo Militarismo, y que falleció como
un indudable símbolo nacional (desde el año 2,000 hasta la actualidad).

El capítulo tres tiene como objeto hacer una crítica documental, lo más
rigurosa posible con relación a las principales fuentes primarias que han sido
utilizadas. ¿Se cuenta, en efecto, con un conjunto de fuentes de época de calidad,
sobre todo manuscritas y periodísticas, que permitan un estudio sólido? Hablamos de
documentos en gran parte poco conocidos y que son el sustento más original de esta
investigación.

El capítulo cuatro es un ensayo que pretende comprender a nuestro personaje


como personaje histórico. ¿Quién fue Cáceres como persona individual y social?
Este retrato busca distinguir entre los elementos políticos, sociales y culturales que
Cáceres compartió con los personajes de su tiempo y aquéllos otros rasgos propios e
intransferibles, que lo convirtieron, hasta hoy, en un personaje tan singular. En
términos militares, debido esa rara combinación entre valentía, intuición y aguda
percepción táctica, Cáceres fue un personaje adelantado a su tiempo. Es recordado
hasta hoy en el Perú como en Alemania lo es Erwin Rommel, el Zorro del Desierto,
o en Israel el célebre Moshé Dayan. En términos más amplios, considerando la gran
complejidad política, social, económica y cultural del Perú, Cáceres fue un personaje
multifacético y multidimensional, que conocía por igual los complejos códigos de
conducta campesinos así como los de las clases altas urbanas. Como es de sobra
conocido, poseía una extraordinaria maestría en el manejo del idioma quechua.
También era carismático y, a juzgar por los escritos que firmó, tenía una penetrante
visión y pensamiento políticos, enraizados en convicciones de raíz liberal. En
muchos aspectos de su pensamiento, sobre todo en su visión indigenista y en su
concepción del Estado, Cáceres se nos aparece como un liberal consecuente, muy
distinto de los caciques y señores que dominaban la escena política de su tiempo,
inmersos en visiones racistas y partidistas.
24

El capítulo cinco, el más largo, es una narración política de la trayectoria de


Cáceres entre 1881 y 1886, que hace uso esencial, aunque no exclusivo, de fuentes
primarias. Hacemos nuestra la importancia que, con las matizaciones del caso, se ha
asignado, y se seguirá asignando en el futuro, a la historia narrativa (Aróstegui 2001:
110; 79; Basadre 1978 [1973]: 348 y s.), todavía de muy escaso desarrollo en nuestro
país, pese al enorme acervo de fuentes adecuadas existentes, como pueden ser los
periódicos o las cartas personales. Es preciso destacar que las cambiantes relaciones
de poder se entienden mejor desde un enfoque narrativo que desde uno de naturaleza
temática.

La esencia de la narración se centra, en primer lugar, en la relación que existió


entre la actividad de Cáceres dentro del escenario de la guerra internacional, primero,
con relación al enfrentamiento entre el régimen de Nicolás de Piérola y el gobierno
de La Magdalena hasta fines de 1881 y, luego, desde agosto de 1882, frente a la
pugna entre el gobierno de Lizardo Montero (partidario de continuar la presión
militar) y el régimen proclamado por Miguel Iglesias en Cajamarca (que buscaba una
paz inmediata con Chile). Dentro de este gran panorama, se prestará atención a las
relaciones con Bolivia y, de manera muy especial, a la gestación del Tratado de
Ancón entre febrero y mayo de 1883, en tiempos del apogeo militar de Cáceres y de
sus fuerzas en la Sierra. En otras palabras, es un estudio de la célebre campaña de La
Breña, o de la Sierra, sólo que con una amplia visión política nacional e
internacional. En segundo lugar, además de los antecedentes de la primera mitad de
1884, y ya en el escenario posterior a la desocupación del Perú por las fuerzas
chilenas, la narración se ocupa de la fase más cruda de la guerra civil entre los
partidarios de Iglesias y de Cáceres, que tuvo lugar entre agosto de 1884 y diciembre
de 1885. Concluye con el ascenso de Cáceres a la presidencia de la República en
junio de 1886. En pocas palabras, la narración permitirá entender por qué Cáceres
terminó convertido, sin abandonar su faceta militar, en un caudillo multitudinario
destinado a encarrilar la reconstrucción del país.

En conjunto, la colección de documentos firmados por Cáceres que ha sido


hecha de forma especial para este trabajo, y que se incluye en su apéndice
documental, coloca a este personaje como observador, en su atalaya personal, de
todo este proceso crucial de la vida peruana, marcado por el desenlace de la guerra
25

con Chile, y el origen de la reconstrucción y del Segundo Militarismo. No obstante,


debe quedar muy claro que, si bien domina la narración, la perspectiva personal de
Cáceres es presentada a cada paso en contraste con las numerosas visiones de otros
grandes protagonistas de la época, sean o no peruanos, sean o no partidarios o
enemigos suyos. Por ejemplo, se ha puesto mucho énfasis en la visión que los
protagonistas chilenos tuvieron sobre Cáceres durante la guerra internacional.
Asimismo, se ha tenido cuidado en presentar el punto de vista del bando de Miguel
Iglesias y de sus colaboradores, en particular durante la fase más dura de la guerra
civil. Hay también elocuentes apreciaciones de autores extranjeros, contemporáneos
de los acontecimientos, como fue el caso de Clements Robert Markham, Ernst W.
Middendorf, y de Reginald Carey Brenton.

Dos referencias intelectuales de gran utilidad

La obra de Friedrich Katz, Pancho Villa (2000), puede dar una idea de lo que
se pretende hacer aquí. Se busca tomar como Norte la narración de la trayectoria y la
imagen concretas de un personaje individual como medio para entender un proceso
más grande y más complejo. En el caso de Katz se trata, por supuesto, del intrincado
marco de la Revolución Mexicana. El proceso contemplado a través de los ojos de un
personaje clave, y de las circunstancias específicas que vivió, puede contribuir a
iluminarlo. Es cierto que Villa y Cáceres fueron personajes con diferencias
esenciales. Villa comenzó como un forajido en Chihuahua y terminó como un líder
mítico de la Revolución Mexicana. Cáceres fue un respetado coronel peruano que
terminó convertido, luego de los años convulsos que corrieron entre 1879 y 1885, en
presidente de la República. No obstante, el libro de Katz es muy útil como enfoque
historiográfico, que es muy aplicable al caso de este trabajo. Dice, por ejemplo:

“La dificultad más grave que enfrenté fue la de extraer la verdad


histórica de las multifacéticas capas de leyenda y mito que rodean a Villa
debido, por una parte, a que él estaba enamorado de sus propios mitos e
hizo cuanto pudo para bordar sobre ellos. Por otra parte, no existe uno
solo, sino toda una serie de mitos en torno a Villa y su movimiento: los
que se expresan en las canciones populares, el que urdieron los
vencedores, que durante muchos años presentaron una historiografía
oficial hostil sobre él, y el de Hollywood, a su vez muy contradictorio,
para nombrar sólo unos cuantos. Estos mitos contaminan muchos de los
miles de artículos y memorias escritas en torno a Villa. Por esta razón, he
26

intentado en la medida de lo posible apoyarme en documentos


contemporáneos, mucho menos teñidos y afectados por la leyenda”.
(Katz 2000, v. 1: 12)

Queda claro que todo personaje histórico tiene una dimensión social, cultural y
política común o análoga a la de sus contemporáneos, con quienes comparte una
Weltanschauung, o visión del mundo. No obstante, algunos de ellos— como Villa y
Cáceres— poseen también excepcionalidades muy saltantes, que incluso contribuyen
a modificar (o por lo menos influyen) un panorama histórico más grande en cuanto al
decurso político mismo, pero también en lo que se refiere a la construcción de mitos
de carácter fundacional y permanente. En esta investigación se afirma con claridad
que Andrés A. Cáceres fue un personaje histórico que manifestó ambas
características. No en vano los campesinos de la Sierra Central lo evocan todos los
años, hasta hoy, a tantas décadas de su muerte, en la forma de marchas y
representaciones populares, como es el caso de los Avelinos.

Otra referencia clave de esta investigación, y en particular para su parte


narrativa, es el libro Caudillos y Constituciones. Perú: 1821-1845, de Cristóbal
Aljovín de Losada, asesor de la presente tesis. Aljovín es muy explícito al señalar a
la historia política como el eje del análisis histórico dentro del objetivo de
“comprender la gama de discursos y prácticas simbólicas con los cuales las
personalidades o los distintos sectores sociales negociaron sus intereses”, durante el
periodo histórico que corre entre el inicio de la vida del Perú como estado-nación y la
llamada era del guano, a mediados de la década de 1840. Como lo indica su mismo
título, una línea clave de trabajo es la relación que existió entre legalidad
constitucional y la práctica política concreta. O, en palabras del autor, la búsqueda de
comprender la “cultura política que surgió en el Perú después de la guerra de
independencia”, marcada por un contrapunto entre continuidades del tiempo virreinal
y el nuevo lenguaje republicano liberal (Aljovín de Losada 2000: 17). Consideramos
muy importante el capítulo 5 de este trabajo, titulado Nacionalismo, xenofobia y
guerra (2000: 217-259), donde, entre otras cosas, estudia la posición que tuvo Simón
Bolívar frente al Perú naciente y a la creación de Bolivia, tema que ha sido tratado de
manera escasa por los historiadores, en particular en lo que se refiere a la compleja
temática de la formación de las fronteras, a la rivalidad y búsqueda de equilibrio
27

entre el Perú y la Gran Colombia, y al papel del nacionalismo. En pocas palabras,


este capítulo es una muy completa historia política que incluye un adecuado y amplio
enfoque internacional, modelo que lo hace muy atractivo para la preparación de este
trabajo.

Un recurso clave para la aproximación biográfica: los documentos


suscritos por Cáceres entre 1881 y 1886

Hemos dicho que este trabajo se ha nutrido, en particular, aunque no de manera


exclusiva, de fuentes primarias del tiempo en que Cáceres era un personaje activo en
la escena peruana entre 1881 y 1886. Dentro de este conjunto de materiales
primarios, se ha privilegiado la ubicación y utilización de oficios, notas, cartas
personales, proclamas, discursos y otros documentos suscritos por el general Andrés
A. Cáceres, o atribuidos a él, entre el 19 de marzo de 1881 (cuando nuestro personaje
todavía estaba recuperándose de su herida en la pierna de la batalla de Miraflores) y
el 28 de julio de 1886 (cuando Cáceres se dirigió como presidente al Congreso para
inaugurar el período legislativo de ese año).

Aunque no es una recopilación exhaustiva, debido a la extraordinaria


dispersión de los documentos, sí reúne, a nuestro entender, las piezas más
importantes del período, sobre todo para ilustrar el tránsito de Cáceres entre un
personaje puramente militar, a otro que añadía un perfil de tipo político.

La recopilación de documentos suscritos por Cáceres que se presenta al final


busca mostrarlos en la forma de una edición crítica. No sólo se transcribe cada
documento, sino que se incluye después una referencia sobre su fuente o fuentes. En
la mayor parte de los casos, la ortografía corresponde ya sea a la versión manuscrita,
o a las versiones impresas más antiguas. Para algunos materiales se han hecho
también reflexiones sobre crítica documental. Ello ha ocurrido, por ejemplo, a
propósito de la identificación de documentos apócrifos.

Creemos que esta recopilación documental representa un pequeño aporte a la


historiografía peruana, sobre todo por estar referida a un personaje que no sólo fue el
alma de la campaña de La Breña sino que fue hasta tres veces cabeza del ejecutivo, si
28

añadimos al tiempo de sus presidencias constitucionales (1886-1890 y 1894-1895) el


lapso que corre desde su asunción a la presidencia provisoria de la República en julio
de 1884, a inicios de la fase más dura de la guerra civil contra Miguel Iglesias, hasta
su elegante dimisión ante el Consejo de Ministros en diciembre de 1885, en el marco
de la transición hacia las elecciones del año siguiente.

La recopilación reúne documentos muy variados en cuanto a su estilo, a su


temática y a las circunstancias en que fueron suscritos. Ello hace posible iluminar el
pensamiento y las distintas facetas de la vida pública y privada de nuestro personaje.
Aunque en su mayor parte ya publicados en forma dispersa, su origen también es
diverso: la recopilación chilena hecha por Pascual Ahumada Moreno (1889,1890,
1891); los impresos originales oficiales con los discursos presidenciales y
manifiestos de la época (citados todos en la bibliografía); los periódicos de ese
tiempo (en particular El Comercio de Lima); investigaciones contemporáneas; y
originales manuscritos en archivos modernos.

Se trata, pues, de una recopilación hecha para iluminar, desde la perspectiva


del personaje que estudiamos, el período 1881-1886, marco cronológico de la
presente investigación.

En primer lugar, tomando como analogía el cine, esta recopilación permite


hacer una especie de tomas subjetivas, ya sea de detalle o panorámicas. Una vez
reconstruidos los episodios, la consulta de los materiales de esta recopilación hace
posible conocer el punto de vista especial que Cáceres tuvo sobre cada uno de ellos.
En segundo lugar, la recopilación, realizada con un criterio cronológico,
permite, en cierta medida, restituir al proceso que estudiamos la natural
incertidumbre que los protagonistas tenían sobre el encadenamiento futuro de los
acontecimientos. Cáceres aparece así, a cada paso, como un hombre y un funcionario
público con opciones y dudas.

En tercer lugar, hace posible precisar con exactitud cuáles fueron las decisiones
conscientes tomadas por el protagonista en distintos momentos, tanto en el ámbito
militar como en el político. Ello permite aquilatar, a la luz de lo que en verdad
29

ocurrió, tanto sus errores como sus aciertos así como su capacidad de previsión
política.

En cuarto lugar, su consulta resulta muy ilustrativa para detectar, con criterio
panorámico, las constantes y las rupturas en su pensamiento político. Por ejemplo, en
todo el cuerpo documental correspondiente a los años 1881 y 1886 que aquí se ha
incluido, no se encuentra ni una sola expresión o frase que revele o sugiera desprecio
o doblez, por parte de Cáceres, frente a sus leales guerrilleros campesinos. Por el
contrario, la constate es la actitud admirativa hacia ellos. Por otro lado, no existe ni
un solo documento firmado por Cáceres en todo el tiempo que siguió a la firma del
Tratado de Ancón, donde éste aparezca declarando, de manera pública o confidencial
que, al oponerse a Miguel Iglesias, su objetivo era el de desconocer, en algún
momento, el tratado internacional suscrito en octubre de 1883. (Esta afirmación es
válida incluso para el tiempo posterior a la partida de los chilenos del Perú, en agosto
de 1884, y del ascenso de Cáceres a la presidencia de la República en 1886).

En quinto lugar, facilita acercarse con mayor detalle a su mentalidad y a sus


valores. Por ejemplo, el sentido tradicional de honor (que caracterizó a muchos
personajes de esa época) aparece con bastante claridad en diversos pasajes de su
correspondencia (Pereyra Plasencia 2006: 32)

Para concluir estos comentarios sobre la recopilación documental, habría que


destacar las facilidades que brinda el hecho de verter esta considerable masa de
información en un formato de computadora. La principal ventaja, que ha sido muy
importante para los fines de la investigación, consiste en poder ubicar con rapidez
nombres de personas o lugares, citas, y hasta simples adjetivos, mediante el uso de
buscadores, con una rapidez que no podría alcanzarse utilizando un procedimiento
manual.

Importancia de una cronología

Una buena cronología es como el pilar de la narración. Resulta imprescindible


para orientarse, dada la complejidad del proceso que se estudia y a la simultaneidad
de muchos acontecimientos. En el caso de este trabajo, es muy importante observar
30

que buena parte de los datos cronológicos han sido tomados de fuentes chilenas y de
periódicos de la época.

Ilustraciones

Existe un importante acervo fotográfico, pictórico y de grabados relativos a


Andrés A. Cáceres. Lamentablemente, la mayor parte de las fotografías (originales
de colecciones particulares, y que circulan también en libros, revistas, folletos, etc.)
no fueron casi nunca fechadas con precisión, por lo que es necesario hacer (muchas
veces sin mayor éxito) ubicaciones de contexto. En todo caso, la iconografía sobre
Cáceres es una tarea pendiente que ameritaría, ella sola, todo un estudio académico
de cierta envergadura. En este trabajo, las fuentes y ubicación cronológica de las
fotos, e ilustraciones en general, han sido colocadas cuando ello ha sido posible.

El nombre de la investigación

Para terminar estas consideraciones generales, hay que señalar que el título de
este trabajo se originó en un pasaje de las palabras que Francisco García Calderón,
entonces presidente del Congreso peruano, dirigió como respuesta al presidente
Cáceres en la ceremonia de inauguración de la Legislatura Ordinaria del 28 de julio
de 1886: “...si como guerrero la nación jamás os negó su concurso, ni disminuyó su
afecto a vuestra persona, como mandatario estará siempre a vuestro lado...”.8

8
El Comercio. Lima, miércoles 28 de julio de 1886, p. 1.
31

CAPÍTULO 2

HISTORIOGRAFÍA SOBRE ANDRÉS A. CÁCERES

“Ante todo, los hechos de la historia nunca nos llegan en estado


«puro», ya que ni existen ni pueden existir en forma pura: siempre hay
una refracción al pasar por la mente de quien los recoge. De ahí que,
cuando llega a nuestras manos un libro de historia, nuestro primer
interés debe ir al historiador que lo escribió, y no a los datos que
contiene [...]

Me propongo sólo mostrar lo fielmente que la obra del historiador


refleja la sociedad en que trabaja. No sólo fluyen los acontecimientos;
fluye el propio historiador. Cuando se toma una obra histórica en las
manos, no basta mirar el nombre del autor en la cubierta: hay que ver
también la fecha de publicación en que fue escrita, porque ello puede
resultar aún más revelador”

Edward Hallett Carr 1

Idea general del presente capítulo

Este capítulo contiene un repaso cronológico de los trabajos con pie de


imprenta que se han referido tanto a la figura de Andrés A. Cáceres como a la
campaña de La Breña, la guerra civil y el ascenso de esta personalidad a la
presidencia de la República.

1 Edward Hallet Carr, ¿Qué es la Historia? Barcelona: Editorial Seix Barral, S.A., 1972, p. 30 y 56.
32

Toda reflexión historiográfica persigue un objetivo muy claro: procura


comprender cuánto de la personalidad del autor de un libro ha sido incorporado en la
reconstrucción de un determinado tema histórico. No se trata sólo de entender la
época del autor, sino sobre todo su formación académica y, en general, su visión del
mundo. La comprensión2 del tiempo y las circunstancias en que una obra
determinada fue escrita, así como de las características personales del autor y sus
motivaciones políticas, constituyen el punto de partida para valorar cada fuente, antes
de compararla con otra u otras de naturaleza análoga. Este es el sentido esencial de
los comentarios que serán presentados en el estudio bibliográfico-historiográfico que
aquí se presenta.

Hecha esta afirmación general, podemos plantear también algunas preguntas


que consideramos cruciales para aproximarnos al material bajo estudio. En primer
lugar, habiendo sido el ejército y el pueblo “caceristas” un producto único, cuyo
origen se explica por las circunstancias de la situación en el Perú entre los años 1883
y 1885, ¿recibieron también este pueblo y este ejército una huella de la personalidad
de Cáceres? En otras palabras, ¿habría tenido el pueblo organizado que se alzó contra
el régimen del presidente Miguel Iglesias en 1884 características similares en lo que
se refiere a su organización y objetivos políticos, de no haber tenido a Cáceres como
líder? Recurriendo a una metáfora, ¿es el caballo (la fuerza socioeconómica y la
política de masas) el que conduce al jinete (el líder u operador político individual), o
es el jinete el que maneja al caballo, conduciéndolo por una senda específica? ¿Fue
grande la influencia que tuvo la voluntad política consciente de Cáceres en el decurso
de los acontecimientos históricos entre 1881 y 1886? ¿O hay que prestar más
atención a los elementos “estructurales”, que al papel personal desempeñado por
Cáceres? ¿Era Cáceres un “agente libre”? ¿O su desempeño estaba limitado y sujeto
a las presiones de significativos grupos de presión (como pudieron ser sus aliados
civilistas, los militares, o los mismos campesinos organizados como guerrilleros que
lo seguían por las serranías)?3

2
“…la comprensión, como método característico de las humanidades, es una forma de empatía (en
alemán Einfühlung) o recreación en la mente del estudioso de la atmósfera espiritual, pensamientos,
sentimientos y motivos, de sus objetos de estudio” (von Wright 1979: 24).
3
Aunque adaptadas a la realidad del Perú de fines del siglo XIX, estas preguntas se han inspirado en
interrogantes análogas contenidas en el libro La dictadura nazi. Problemas y perspectivas de
interpretación, del prestigioso historiador inglés Ian Kershaw (2004: 72, 106 y 186).
33

I) Las fuentes biográficas

Salvo el texto clásico de Alberto Tauro del Pino, quien fue quizás el historiador
que mejor comprendió al caudillo de La Breña (Tauro 1981-1982), no existe una
biografía sobre Andrés A. Cáceres que haya sido realizada con criterios modernos y
de análisis exhaustivo. Las biografías primigenias de que disponemos son, en su
mayor parte, reseñas, las primeras de las cuales, debidas a la pluma de Clorinda
Matto de Turner, se remontan a junio de 1884 y a 1889 (Matto de Turner 1889). La
reseña escrita por Clorinda Matto en junio de 1884 tiene mucho valor por haber sido
escrita al inicio de la fase más dura de la guerra civil contra los partidarios de Miguel
Iglesias, que se prolongó hasta 1885.

Figura 9. Clorinda Matto de Turner


Colección Eduardo Dargent Chamot
34

Si bien no son textos biográficos, tanto la Memoria sobre la retirada del


Ejército del Centro al Norte de la República y combate de Huamachuco de Pedro
Manuel Rodríguez y Daniel De los Heros (1886), como el relato de Abelardo
Gamarra titulado La batalla de Huamachuco y sus desastres (1886), que serán
comentados a la hora de repasar las fuentes de la campaña de La Breña, se inscriben
dentro del espíritu de exaltación nacional del nuevo presidente en los inicios de su
primer gobierno.4

Para el año 1917, en las postrimerías de la República Aristocrática, tenemos la


reseña que publicó Juan Pedro Paz Soldán, en su Diccionario biográfico de peruanos
contemporáneos (Paz Soldán 1917). Se trata de un texto más bien elogioso, aunque
no exento de información importante de Cáceres como gobernante. Este autor define
a Cáceres como “político, militar, defensor de la integridad nacional”. Asimismo,
hace la siguiente interesante apreciación sobre la necesidad de una biografía de este
personaje: “La vida legendaria del jefe del Partido Constitucional está enlazada con
trascendentales acontecimientos de la historia patria y reclama un libro entero, libro
escrito con toda la calma, el cuidado y la consagración exigidas por los trabajos
históricos de aliento” (Paz Soldán 1917: 95).

Entre los aportes biográficos escritos en la primera mitad del siglo XX,
podemos también incluir el homenaje Al ilustre y benemérito señor general D.
Andrés A. Cáceres en el aniversario de la batalla de Tarapacá con escritos de
Emilio Gutiérrez de Quintanilla, Zoila Aurora Cáceres, Ricardo Rossel y Carlos
Germán Amézaga (Varios 1916); el Homenaje al glorioso soldado de La Breña... al
conmemorarse el XXXIX aniversario de la batalla de Tarapacá de A. Lizares

4
Existen dos fuentes biográficas que, si bien no se incluyen dentro del conjunto de obras con pie de
imprenta, ameritan ser consideradas por haber sido de las primeras en su género. No debemos omitir
comentar su carácter en exceso laudatorio, por corresponder, respectivamente, a los preliminares y al
primer año del gobierno de Cáceres. Una de ellas fue una extensa reseña biográfica hecha por el diario
El Comercio del 6 de enero de 1886. La otra apareció en el primer número de la revista El Perú
Ilustrado, editada en Lima, el sábado 14 de mayo de 1887 (p. 2), con un grabado de Evaristo San
Cristóval. Para un tiempo posterior, podemos también mencionar el reportaje “El Mariscal del Perú.
Don Andrés A. Cáceres” (La Crónica, Lima, año X, jueves 28 de Julio de 1921, edición extraordinaria
del Centenario). Véase también de Ricardo Vegas García, “Entrevista al Mariscal Cáceres”. (La
Crónica. Lima, domingo 27 de noviembre de 1921). Esta última fue publicada otra vez al día
siguiente del fallecimiento del Mariscal Cáceres, en el mismo periódico, el jueves 11 de octubre de
1923.
35

Quiñónez (1918); el libro de Zoila Aurora Cáceres sobre los inicios de la campaña
de La Breña en 1881 que iba a formar parte de una serie lamentablemente inconclusa
(Cáceres 1921); y la semblanza biográfica titulada El Centenario del Mariscal
Andrés A. Cáceres de Jorge Guillermo Leguía (1939).

Por otro lado, si consideramos que las Memorias de Cáceres publicadas en


1924 (y reeditadas en Lima en 1973) fueron redactadas por su amigo y colaborador,
el militar cajamarquino Julio C. Guerrero, a partir de las evocaciones verbales5 del
personaje en su ancianidad, no sería forzado que las considerásemos como una obra
biográfica, más que autobiográfica. Esta fue la percepción que aparece en el propio
prólogo firmado por José R. García Díaz, en Berlín, en octubre de 1924, que
corresponde a la edición primigenia. Según el mismo García, el proceso de
preparación de las Memorias, desde la fase de las entrevistas hasta la redacción final
por mano de Guerrero fue bastante largo. Se inició en Alemania, en 1911, cuando
Cáceres era plenipotenciario peruano en dicho país y Guerrero agregado militar a su
legación. (Cáceres 1973 [1924]: IX-XI; Cáceres 1924; Gutiérrez Muñoz 1988: 17).

5
Este método de dictado de recuerdos parece haber sido empleado también en la preparación de la
obra La Campaña de La Breña (1921) de Zoila Aurora Cáceres, que quedó inconclusa. En un
comentario suyo dado a luz en la década de 1930, la hija de Cáceres, cuyo nombre artístico era
Evangelina, manifestó sentirse conforme con el trabajo de Guerrero, que había retomado su propia
labor trunca. Ella consideraba que Guerrero estaba acreditado para hacer juicios profesionales en el
ámbito militar. Sobre el trabajo de recuperación de evocaciones, la hija de Cáceres dejó también la
siguiente impresión: “Recuerdo que estando mi hermana presente al leer a mi padre la descripción del
combate de Huamachuco [...] el llanto corría por su rostro al punto que no quise continuar la lectura,
pero él insistió y me dijo: «Me haces revivir esa jornada, no hay ningún equívoco, está perfecta,
parece que la hubiese presenciado»” (Leguía 1939: 54). No se conoce el texto de esta evocación de la
batalla de Huamachuco debida a la pluma de Evangelina, aunque sea con gran probabilidad la que
Guerrero utilizó para la redacción de las Memorias.
36

Figura 10. Andrés A. Cáceres en Europa

También es importante comentar que la edición de 1924 fue, aparentemente, sacada a la


luz pública de manera simultánea en Madrid, Berlín, Buenos Aires y México.6 Por el año en
que se difundieron, es probable que las Memorias hayan sido una aclaración y respuesta a la
monumental Guerra del Pacífico del chileno Gonzalo Bulnes (1911-1919), así como a otros
trabajos anteriores de este historiador.7 Por otra parte, la edición de las Memorias debe haber

6
En 1972, Guerrero escribió que el libro fue publicado sólo en Berlín (1924) y que había sido “muy
poco conocido en nuestro país” (Cáceres 1973 [1924]: XIII). En todo caso, Guerrero no explica por
qué las Memorias tuvieron, en forma primigenia, el aspecto de una edición internacional. Otras
fuentes también aseveran que la Memorias sólo salieron publicadas en Berlín (Romero de Valle 1966:
147).
7
A propósito de los vacíos de información peruana con relación al enfrentamiento entre Cáceres y el
coronel peruano Arnaldo Panizo en febrero de 1882, el historiador chileno Gonzalo Bulnes dijo lo
37

formado parte de los esfuerzos nacionales (no se sabe si en forma privada o impulsados por el
régimen de Leguía) para dar a conocer la posición del Perú sobre la orígenes y la fisonomía de
la Guerra del Pacífico, en un tiempo de obstrucción de las gestiones internacionales para
recuperar las “provincias cautivas” de Tacna y Arica. Debe recordarse que la campaña
plebiscitaria se inició en agosto de 1925, apenas al año siguiente de la publicación de las
Memorias (Basadre—Macera 1974: 38 y s.) (Pereyra Plasencia 2010: 242).

Figura 11. Julio C. Guerrero (a la izquierda) y Andrés A. Cáceres (a la derecha),


Cádiz, 1912.

siguiente: “En este caso, como en todo el curso de esta larga obra, tengo que echar de menos la
ausencia de un trabajo histórico serio de fuente peruana, que podría aclarar muchas dudas y tal vez
modificar la fisonomía de algunos hechos. El ser una época desgraciada para él no exime al Perú de
esa obligación, sobre todo si puede oponer a sus infortunios el recuerdo de su valerosa resistencia, y
decir con verdad, que es una página honrosa haber improvisado ejércitos después de la destrucción
total de sus efectivos veteranos” (Bulnes 1955 [1911-1919] v. III: 148).
38

A estas alturas, creemos pertinente hacer algunos comentarios sobre Memorias


de Cáceres como fuente histórica. En general, el presente trabajo ha dejado en
segundo plano, de manera consciente, la utilización de las citadas Memorias. Se ha
seguido así una dirección distinta a la empleada por la mayor parte de los autores que
han abordado los aspectos biográficos de Cáceres. Como se dijo antes, las
evocaciones registradas en las Memorias fueron dictadas por un Cáceres anciano a su
fiel ayudante, el comandante Julio C. Guerrero, quien les dio forma escrita. En 1972,
en su retiro cajamarquino, Guerrero recordó que había “construido” el texto sobre los
“relatos y manuscritos” de Cáceres (Cáceres 1973 [1924]: XIII). Basta contrastar las
Memorias con la carta de Cáceres a Montero del 20 de septiembre de 1882 (donde
reconoce que había un “sentimiento de la paz” que dominaba toda la República antes
de saberse del Grito de Montán), y la que dirigió a Patricio Lynch con fecha 19 de
junio de 1884 (donde aceptaba de modo implícito la mediación chilena entre él e
Iglesias) para observar que, por lo menos en algunos casos, el texto preparado por
Guerrero peca de omisión o de deliberado desenfoque.8 No obstante, el Cáceres que
aflora de estas compulsas gana sin duda en fidelidad, riqueza y vitalidad frente a los
clichés y a las idealizaciones que suelen caracterizar a las grandes personalidades.
Las Memorias muestran también muchas fallas en lo que se refiere a las
concordancias cronológicas.9 A juzgar por la lectura de ciertos pasajes, puede llegar
a sospecharse que algunas partes no alcanzaron a ser revisadas por Cáceres. Por
ejemplo, las Memorias citan la proclama que el caudillo supuestamente suscribió en
Mollepata el 12 de julio de 1883, a los dos días de la batalla de Huamachuco
(Cáceres 1973 [1924]: 232). No obstante, el diario La Bolsa de Arequipa del 6 de
octubre de 1883 publicó una esquela firmada por su secretario, Florentino Portugal,
donde éste afirmaba, en nombre de Cáceres, el carácter apócrifo de dicha proclama.10
Resulta difícil imaginar que, aun considerando la ancianidad de nuestro personaje al
momento de proporcionar a Guerrero la materia prima oral de sus Memorias, Cáceres
haya podido olvidar una aclaración tan contundente que mencionó, además, en su
correspondencia con Montero.

8
Tanto la carta a Montero, como la que fue dirigida a Lynch, se encuentran reproducidas en el
apéndice documental de esta tesis.
9
Véanse, por ejemplo, las minuciosas observaciones que sobre el particular ha hecho Nelson
Manrique (1981: 327-330).
10
Véanse el texto de esta proclama apócrifa y la aclaración del secretario Portugal en el apéndice
documental de la tesis.
39

Aunque señala que no es la única fuente para reconstruir la campaña de la


Sierra, Jorge Basadre hace quizá, como veremos, una valoración un tanto exagerada
de la importancia de las Memorias como venero de información, sobre todo en el
plano del detalle. Basadre calificó a las Memorias como “un completo tratado sobre
la actuación del gran militar peruano” (Basadre 1971 t. II: 498; t. I: 96). De hecho, la
Historia de la República del Perú revela una utilización constante de este texto por
parte del gran historiador tacneño.

Por otro lado, hechas estas observaciones, resulta también muy claro que las
Memorias (y, por extensión, los Recuerdos11 de Antonia Moreno de Cáceres)
constituyen una poderosa fuente para retratar ciertos cuadros de la época (en forma

11
Los Recuerdos de la campaña de La Breña de Antonia Moreno de Cáceres reclaman un estudio que
incluya dos aspectos: 1) ¿en cuál de las estancias en Europa, y bajo qué circunstancias específicas,
fueron dictados estos Recuerdos por doña Antonia?; 2) en cuanto a su nítida relación con la Memorias
de Cáceres: ¿se inspiró el texto dictado por doña Antonia a su hija Hortensia en una lectura previa de
las Memorias o al menos de un borrador de ellas?, ¿o las coincidencias entre los Recuerdos y las
Memorias se deben a que sus redactores respectivos, Hortensia Cáceres y Julio C. Guerrero, utilizaron
los mismos testimonios verbales (esencialmente de Cáceres) y de otros protagonistas, o idénticos
documentos? En forma independiente de las respuestas que se puedan dar a estar preguntas, y
también del -por momentos endeble- rigor narrativo y cronológico de su texto, es evidente que los
Recuerdos tienen un valor intrínseco. Para comenzar, como en el caso de las Memorias, son una
poderosa fuente de imágenes de la campaña de La Breña. Por otro lado, su valor para contribuir a la
explicación del proceso de la campaña no debe ser menospreciado. Es sabido que los ancianos
rememoran, muchas veces, con extraordinaria fidelidad, acontecimientos muy alejados en el tiempo.
Gran parte de los detalles que conocemos sobre la vida que Atahualpa llevaba en Cajamarca, cuando
era prisionero de Francisco Pizarro entre 1532 y 1533, nos han llegado por la vía de las remembranzas
que un conquistador anciano, Pedro Pizarro, vertió en una crónica durante sus últimos días en
Arequipa, cuarenta años después de los sucesos. Pedro Pizarro había sido un adolescente cuando tuvo
la ocasión de asomarse a los aposentos donde se encontraba preso el Inca, dominado por un asombro
que podemos imaginar con facilidad (Porras 1986: 134). Volviendo a nuestro tema, hay episodios de
estos Recuerdos que son de tal frescura y verosimilitud que serían muy adecuados para su
ambientación en un texto literario o en el cine. Tal es el caso, por ejemplo, del encuentro que tuvieron
doña Antonia y su marido con un grupo de campesinos que los agasajaban danzando en el pueblo de
Pucará, en el contexto del primer encuentro bélico de este nombre sostenido por las tropas de Cáceres
contra las fuerzas chilenas, a comienzos de febrero de 1882. Ella recordó a los campesinos que “se
habían colocado sobre las cabezas y hombros, pieles de fieras, águilas, etc., que inspiraban algún
temor” [...] en medio de una “visión de plateada luz y de color fresco, lleno de matices” (Moreno de
Cáceres 1976: 46 y s.). En general, los Recuerdos son muy útiles cuando se colocan en contexto y,
sobre todo, cuando son confrontados con otros documentos. De un texto de Abelardo Gamarra de
1886 podemos deducir, por ejemplo, que doña Antonia y sus tres pequeñas hijas sí estuvieron,
efectivamente, cerca de Cáceres poco antes del primer encuentro de Pucará. No obstante, hay que
notar que ambas versiones difieren en cuanto al riesgo que corrieron en esa ocasión: Gamarra habla de
la virtual exposición de ellas a las bombas chilenas, mientras que doña Antonia refiere que salieron a
tiempo del sector donde la acción se realizó (Pereyra Plasencia 2010: 243-245). Veamos el texto de
Gamarra: “Allí corrió un inminente peligro la familia del General Cáceres, compuesta de su señora y
3 niñitas, que salvaron estando ya rotos los fuegos viendo estallar cerca de ellas las bombas
segmentadas del enemigo. La señora del General, dotada de un espíritu animoso y enérgico y con
exaltado patriotismo acompañaba a su esposo desde Tarma, a donde hubo de llegar, procedente de
Lima, perseguida por las autoridades chilenas, a causa de la activa y solícita participación que había
tomado en la remisión de los cañones y otras armas y avisos que recibía el General durante su
permanencia en La Chosica” (Gamarra 1886: 7).
40

independiente de su precisa ubicación cronológica o toponímica) y, sobre todo, para


transmitir el espíritu tenso, vital, dramático y patriótico de la campaña de La Breña
como pocos textos aislados lo pueden hacer, salvo quizá la Memoria de Cáceres de
enero de 1883 al gobierno de Arequipa12, o el oficio del 30 de julio de ese mismo año
que contiene el parte de la batalla de Huamachuco.13 Cuando un peruano lee este
texto suele aparecer una explicable emoción patriótica, no sólo por el hecho de
evocar una heroica resistencia nacional en una situación límite, sino también por
sugerir una idea de integración del país. Es un sentimiento muy legítimo porque, al
margen de los detalles y de los desenfoques que contienen, las Memorias describen,
en conjunto, un esfuerzo real, original y notable del patriotismo peruano en la hora
más oscura de la vida nacional. En un país más integrado y menos hipercrítico y
pesimista con relación a su pasado, este texto podría cumplir el papel de una especie
de saga nacional sólo que, en este caso, con un fondo esencial de verdad. Las
Memorias incluyen, sin duda, pasajes (e imágenes) notables que pueden muy bien ser
aprovechados, como los referidos a los guerrilleros, a los desertores en el ejército
chileno y a muchas situaciones extremas que fueron vividas por Cáceres y sus
compañeros durante la campaña de la Sierra, que sin duda dejaron una impresión
indeleble hasta la ancianidad de nuestro biografiado en que fueron recogidas por
Guerrero.14 No obstante, creemos importante procurar reconstruir lo esencial de la
campaña de La Breña, teniendo como soporte principal, por encima de las Memorias,
las fuentes de época, tanto las pocas bibliográficas que entran dentro de esta
categoría como, principalmente, las de carácter primario (oficiales, periodísticas y
manuscritas).15

12
Memoria del general Andrés A. Cáceres al gobierno de Arequipa, en su calidad de Jefe Superior,
Político y Militar de los departamentos del Centro (Tarma, 20 de enero de 1883). Véase el apéndice
documental de esta tesis.
13
Oficio con el parte oficial de la batalla de Huamachuco dirigido al Ministro de Estado en el
Despacho de Guerra (Huancayo, 30 de julio de 1883). Véase el apéndice documental de esta tesis.
14
Para una amplia discusión sobre esta materia, véase el artículo “Una apreciación crítica sobre las
Memorias de Andrés A. Cáceres”, contenido en el libro del autor de esta tesis, titulado Trabajos sobre
la Guerra del Pacífico (y otros estudios de Historia e Historiografía peruanas). Lima: Instituto
Riva—Agüero, Fundación Manuel Bustamante de la Fuente, Asociación de Funcionarios del Servicio
Diplomático del Perú, 2010, pp. 229-268.
15
El concepto de fuentes de época será discutido en el capítulo 3.
41

Figura 12. Antonia Moreno de Cáceres y sus hijas. De pie, detrás de


su madre, se encuentra Zoila Aurora Cáceres.

En lo que se refiere a los textos de la segunda mitad del siglo XX, y pese a su
intencional estilo lindante entre la novela y la historia, hay que mencionar en primer
lugar los tomos de La Breña de Luis Alayza Paz Soldán (1954), cuya obra orientó el
rumbo hacia la comprensión moderna de los notables alcances estratégicos que tuvo
la campaña (hasta ese momento concebida como una resistencia heroica, pero
simbólica).

Aunque no es un texto biográfico, podemos mencionar el libro Las guerrillas


indígenas en la guerra con Chile, de Nelson Manrique, que incluye un análisis
42

detallado de la correspondencia personal de Cáceres con Lizardo Montero y mucha


información sobre su derrotero personal durante el conflicto (Manrique 1981).

De Raúl Zamalloa tenemos un resumen de la vida de Cáceres que hizo para la


Biblioteca Hombres del Perú (1966).

Dirigidos a la formación del magisterio, cabe destacar los trabajos contenidos


en el ejemplar Nro. 13 de la revista Enseñanza de la Historia, publicada por el
Instituto Riva Agüero en 1988, entre los que destaca el texto “Cáceres político” de
Margarita Guerra Martinière. Como se comentará en el último capítulo, este artículo
es la inspiración intelectual más antigua de esta tesis.

Figura 13. Margarita Guerra Martinière


43

Uno de los raros aportes documentales sobre la adolescencia de Cáceres ha


sido proporcionado por Vidal Galindo Vera en su artículo “El Mariscal Cáceres y la
Universidad de Ayacucho”, publicado en el ejemplar de la revista Documenta
correspondiente a los años 1951-1955.

Para concluir este comentario sobre las fuentes biográficas, y pese a tratarse de
obras de carácter general, tanto la Historia de la República del Perú como la
Introducción a las bases documentales... de Jorge Basadre son imprescindibles
fuentes de información en este ámbito y proporcionan, asimismo, enfoques que son
de mucha utilidad.

II) Las fuentes para el estudio de la campaña de La Breña (1881-1883)

La campaña de La Breña ha tenido una evolución en su tratamiento


historiográfico que puede condensarse en cinco etapas.

1. Las primeras reconstrucciones de la campaña (desde 1883 hasta fines del


siglo XIX)

La primera etapa va desde el tramo final de la Guerra del Pacífico hasta las
postrimerías del siglo XIX. El primer texto publicado sobre la campaña de La Breña,
con pie de imprenta, se debe al mismo Andrés A. Cáceres. Se trata de la Memoria
que el Jefe Superior, Político y Militar de los departamentos del centro, general de
brigada D. Andrés Avelino Cáceres, presenta al Supremo Gobierno, por el período
de tiempo que desempeña ese cargo, que le fue conferido en 25 de abril de 1881,
publicada en Ayacucho en enero de 1883.16 Es un raro impreso del cual casi ya no
existen copias. La Memoria fue escrita en tiempos del apogeo del prestigio militar de
Cáceres, cuando el gobierno de Montero tenía todavía esperanzas de cambiar el curso
de la guerra en unión con Bolivia, lo que sin duda explica su tono optimista. Ningún
texto de la época grafica mejor este momento crucial de la campaña militar.

16
El texto de la Memoria y todos sus anexos que fueron suscritos por Cáceres han sido incluidos en el
apéndice documental de esta tesis doctoral.
44

Entonces, en palabras de Basadre, no relucía en el Perú “oro de más quilates que la


espada de Cáceres” (Basadre 1983 t. VI: 345). La Memoria tiene una importancia
enorme como fuente para el estudio de la campaña de La Breña hasta 1882, tanto
desde el punto de vista de la historia político—militar, como de los aspectos sociales
y de mentalidades. Está suscrita en Tarma, el 20 de enero de 1883, y tiene el sentido
de una especie de “alto en el camino” reflexivo para repasar, con un sentido
panorámico, lo realizado durante 1881 y 1882, en especial las acciones de la
resistencia contra la invasión chilena. La Memoria también podría haber sido
incluida, sin forzar mucho las cosas, dentro de las fuentes biográficas reseñadas
antes. Proporciona un acercamiento notable a temas polémicos de la época, como
pueden ser el distanciamiento de Cáceres frente a Piérola entre noviembre de 1881 y
enero de 1882, o la insubordinación del coronel Arnaldo Panizo en febrero de este
último año. Es también un texto de pretensiones globales bajo una óptica de Estado
(como corresponde a su naturaleza de memoria) e incluye un apéndice con
correspondencia oficial, algunas de cuyas piezas son, al parecer, únicas. Es extraño
que Jorge Basadre no le haya dedicado ningún comentario en la ficha Nro. 6726 de
su monumental Introducción a las bases documentales para la Historia de la
República del Perú con algunas reflexiones de 1971 (t. II: 523) (Pereyra Plasencia
2010: 235-237).

Fuera de la excepción que representa la Memoria antes citada, abundan en esta


primera etapa los relatos verbales de protagonistas del proceso, vertidos sobre todo
en fuentes periodísticas o en folletos. La etapa se caracteriza por la extrema escasez
de libros sobre la materia. En rigor, aparece uno que otro escrito, casi nunca
académico, sino de carácter más bien artístico, periodístico, o simplemente evocador,
como el libro La Batalla de Huamachuco y sus desastres de Abelardo Gamarra
(1886), la tradición “Un montonero” (sobre la muerte de Leoncio Prado) de Ricardo
Palma (Palma 1968 [1883]), y los poemas y relatos novelados aparecidos en revistas
de la época como El Perú Ilustrado. Su sello característico es el rencor y el
abatimiento frente a la derrota inmediata.
45

Figura 14. Ricardo Palma


Colección Eduardo Dargent Chamot

El libro La Batalla de Huamachuco… de Gamarra, natural de esa población,


está fechado el 10 de julio de 1886, muy poco después de la aplaudida ascensión de
Cáceres a la presidencia de la República en su primer período. Aunque relata en
forma panorámica toda la campaña de La Breña, su propósito central es el de referir
“aquello que hasta hoy permanece más ignorado: el saqueo de Huamachuco por las
fuerzas chilenas” (Gamarra 1886).
46

Figura 15. Abelardo Gamarra

Otro libro localizado en el tiempo de esta especie de cima política y de máxima


popularidad de Cáceres en el país, es la Memoria sobre la retirada del Ejército del
Centro al Norte de la República y combate de Huamachuco, publicado en 1886 por
Pedro Manuel Rodríguez y Daniel De los Heros.17 Es el primer trabajo de historia
militar de la campaña de Huamachuco, escrito en un estilo que hoy llamaríamos
cinematográfico, pleno de imágenes de los paisajes de las cordilleras, y cuyo
principal mérito radica en el hecho de haber sido concebido por dos de los

17
Se ha utilizado aquí, para la parte narrativa de la tesis, la siguiente edición incluida en: Andrés A.
Cáceres, Memorias de la guerra del 79 […] con otros documentos sobre la Campaña de La Breña
(segundo volumen). Lima: Editorial Milla Batres, 1980, pp. 149-195.
47

protagonistas de esta famosa empresa. El libro comenzó a ser difundido en


noviembre de 1886, a escasos cinco meses de la toma de posesión de Cáceres en su
primer gobierno, quizá coincidiendo a propósito con la celebración del cumpleaños
de Cáceres de ese año y, de seguro, como parte de los esfuerzos de exaltación
política del antiguo caudillo militar que acababa de convertirse en presidente
constitucional. Esta circunstancia le resta un poco de valor como fuente histórica,
pero no por ello deja de ser un documento extraordinario. El texto trasunta cierto
rencor contra el coronel Isaac Recavarren, cuya enfermedad en los prolegómenos de
la batalla de Huamachuco parece haber generado confusión.18 Con o sin conexión
con lo anterior, recordemos que Recavarren optó por mantenerse alejando del bando
cacerista y, en general, de toda participación activa durante la fase de la guerra civil
que corrió entre 1884 y 1885, por considerarla un enfrentamiento fratricida (Tauro
2001 t. 14: 2223; Rodríguez y De los Heros 1886: 28).

De 1886 es también el folleto anónimo titulado Rasgos militares del ilustre y


benemérito General Andrés Avelino Cáceres, Presidente de la República. Homenaje
a sus relevantes méritos en el día de su cumpleaños, noviembre de 1886. Da la
impresión de ser el texto de un discurso para un banquete o ceremonia. Hace mucho
hincapié en la valerosa y esencial participación de los guerrilleros durante la
campaña de La Breña, lo que desmiente la aseveración de una historiadora extranjera
sobre la existencia de una supuesta conspiración de oficiales en 1886 “para
desacreditar a las guerrillas y borrarlas del recuerdo oficial de los héroes de la
guerra...” (Larson 2002: 131). Con relación a una pista sobre la autoría de Rasgos...,
su párrafo más impactante es el que se refiere a un encuentro que Cáceres tuvo a
mediados de 1882 en Acostambo con campesinos que lo recibieron con las cabezas

18
En su relato sobre la batalla de Huamachuco, el comandante E. de la Combe, segundo jefe de
ingenieros del ejército peruano, mencionó que Cáceres proyectó un ataque nocturno contra las fuerzas
de Gorostiaga el 9 de julio de 1883: “Todas las órdenes habían sido comunicadas, los batallones se
preparaban, cuando llegó un oficial de la divi[si]ón del Norte a comunicar que el coronel
Reca[va]rren, jefe de la división, había sido atacado por fiebres muy fuertes que le impedían operar el
movimiento convenido. El general Cáceres, desesperado, contramandó la marcha y esperó los
acontecimientos. El ejército se acostó en las mismas posiciones de la víspera, sufriendo un frío de
varios grados bajo cero” (La Prensa Libre. Lima, jueves 10 de enero de 1884, p. 3). En su parte del 12
de julio de 1883, dos días después de la batalla de Huamachuco, el victorioso coronel Alejandro
Gorostiaga, mencionó que “durante la noche [del 9], el enemigo intentó un movimiento envolvente
por nuestros flancos; pero sea [por] temor al asalto a nuestras posiciones o [por] mala dirección, el
hecho es que, al amanecer, tuvo que replegar sus fuerzas bajo los fuegos de nuestros cañones, que les
hicieron certeros disparos” (La Bolsa. Arequipa, martes 7 de agosto de 1883, p. 2.). Cabe destacar que
ambas versiones son compatibles.
48

decapitadas de soldados chilenos. Este texto ha sido copiado en forma literal de la


carta que M. F. Horta publicó en la edición del 26 de agosto de 1882 de El Eco de
Junín, donde relata, en términos generales, el ingreso triunfal de Cáceres en Tarma el
19 de julio de dicho año (Anónimo, Rasgos...1886: 12; Ahumada Moreno 1890:
192).19 Se trató de un episodio real, que fue recogido por Cáceres en un oficio que
dirigió desde Acostambo al coronel Tomás Patiño, Prefecto y Comandante General
del departamento de Huancavelica, el 29 de junio de 1882, aunque no está claro si
Horta tuvo acceso a este documento.20 No omitimos mencionar que el propio
Basadre, impactado sin duda por el sentido dramático de la cita, utilizó también parte
de este párrafo de Horta (o de Rasgos...) en su Historia de la República (Basadre
1983 t. VI: 293). Una fuente señala que Horta era ecuatoriano de nacimiento, que su
primer nombre de pila era Manuel, y que había llegado al Perú como deportado
político antes de la guerra. También comenta que había trabajado como corresponsal
de la marina peruana y que después se puso a órdenes de Cáceres en Ayacucho, junto
con un grupo de marinos, aunque sin precisarse cuándo (Mendoza Meléndez 1993, t.
II: 130). Es muy probable que haya formado parte de los cuadros del Ejército del
Centro en el tiempo que escribió su artículo antes citado en El Eco de Junín en
agosto de 1882. A juzgar por una concordancia estilística, es probable también que
Horta haya sido uno de los redactores (o tal vez el único redactor) de la Memoria que
Cáceres dirigió en enero de 1883 al gobierno de Arequipa.21 En general, ¿fue acaso

19
El texto que apareció primero en el citado testimonio de Horta, y luego en Rasgos...(con año
equivocado 1883 en vez de 1882) es el siguiente: “Al entrar el General Cáceres en Acostambo fue
recibido por los indios, con un gran entusiasmo. La mayor parte ostentaban, en las puntas de sus
lanzas, las cabezas y miembros mutilados de los chilenos muertos en el combate. En las paredes de las
casas y en los muros de las chacras se divisaban los mismos trofeos sangrientos, recordando los
horrores de las guerras de la Edad Media”. El texto de Horta cita de manera equivocada el lugar como
“Ascotambo”, en vez del nombre correcto, Acostambo (Stiglich 1922: 49). Basadre repite este error
toponímico en su Historia de la República del Perú (1983 t. VI: 293).
20
Puede especularse que Horta haya leído este oficio en algún ejemplar del Registro Oficial de
Huancavelica. De hecho, La Bolsa de Arequipa lo tomó de esa fuente el lunes 31 de julio de 1882 (p.
2). ¿O tal vez lo redactó en calidad de secretario de Cáceres? Otra posibilidad es que Horta haya
recogido información oral del propio Cáceres o de sus colaboradores. Sobre el texto del oficio de
Cáceres a Patiño, véase el apéndice documental.
21
Comparemos dos textos. El primero forma parte de la Memoria de Cáceres de 1883: “Declarados
fuera de la ley, anatema que los excluye hasta del seno de la humanidad, no se creían [los guerrilleros]
obligados a reconocer en sus opresores derechos que se les negaba. La inexorable ley de las
represalias, no arguye responsabilidad contra los que la ejecutan, cediendo al irresistible impulso de la
venganza, que se saborea gota a gota, cuando se pueden cobrar los ultrajes de la barbarie, diente por
diente, ojo por ojo, como trofeos de guerra...” (véase el apéndice documental). El segundo texto está
tomado del ya mencionado artículo de El Eco de Junín de agosto del año anterior: “Los guerrilleros
han estado fuera de la ley; se les ha desconocido su carácter de beligerantes como ciudadanos que
defienden su patria. Todo el que era capturado se le pasaba inmediatamente por las armas. Le[s] tocó
su turno, y entonces exigieron ojo por ojo, diente por diente, devolviendo mal por mal (Ahumada
49

Horta el redactor de Cáceres desde la campaña de julio de 1882 hasta comienzos de


1883? Horta reaparece en Lima en mayo de 1884 como uno de los periodistas
destacados del diario cacerista La Prensa Libre, que terminó clausurado por la
represión del régimen de Miguel Iglesias. Algunos de sus escritos en dicho medio
evidencian una impronta liberal y crítica del Catolicismo.22 (Pereyra Plasencia 2010:
237). Por otro lado, Rasgos... y La Batalla de Huamachuco… de Gamarra,
reproducen el mismo texto de las palabras que supuestamente pronunció Cáceres
ante Borgoño, luego de la última gran batalla de la guerra: “Todos han cumplido con
su deber, contestó lacónicamente el General, sólo que aún no se cansa nuestra
fatalidad” (Anónimo. Rasgos... 1886: 8; Gamarra 1886: 24). La identificación de
estas coincidencias podría dar algunas pistas para identificar al autor de Rasgos...
Pudo, en efecto, ser Gamarra, Horta o alguien distinto que tomó material de alguno
de ellos.

Es notable observar que Manuel González Prada (cegado por su pasión política
“radical”23 y anticacerista por lo menos desde 1889) haya omitido comentarios
detallados sobre la importancia de la campaña de La Breña en sus escritos de ese
tiempo, aunque sabemos que fue consciente de ella. En su célebre evocación de la
figura de Grau, publicada en El Comercio de Lima el 30 de julio de 1885, en plena
censura del régimen de Iglesias durante la guerra civil, González Prada, que por
entonces simpatizaba con la lucha de Cáceres contra el régimen “regenerador” (De
González Prada 1947: 113), ya había ubicado a la batalla de Huamachuco dentro de
las grandes acciones heroicas llevadas a cabo durante la guerra.24 Esta tácita
admiración frente al esfuerzo de los breñeros en la guerra internacional no se
modificó ni siquiera en el tiempo en que González Prada se distanció ferozmente de
Cáceres, cuando hizo una elogiosa mención de su esfuerzo en la batalla de
Huamachuco, casi cuatro años después de la primera publicación de su texto sobre
Grau. Ello ocurrió en un polémico artículo sobre el Contrato Grace, donde

Moreno 1890: 193). No obstante, otra posibilidad es que el redactor haya sido José Salvador Cavero,
citado por el propio Cáceres, en tiempo presente, en esta Memoria suscrita el 20 de enero de 1883
como “Secretario de la Jefatura Superior” (aunque en el contexto de una gestión correspondiente a
mediados de 1882).
22
La Prensa Libre. Lima, sábado 10 de mayo de 1884. En el ejemplar del viernes 18 de abril de 1884
(p. 2) apareció un texto suyo titulado “Intransigencia católica”.
23
Sobre el “radicalismo” de González Prada durante el Segundo Militarismo, véase Pereyra Plasencia
2009.
24
El Comercio. Lima, jueves 30 de julio de 1885, p. 3
50

contrapuso el heroísmo que Cáceres había exhibido en Huamachuco, con el supuesto


entreguismo, claudicación y corrupción que, a su entender, representaba el acuerdo
con los tenedores de bonos ingleses para solucionar el tema de la deuda externa
peruana, que entonces estaba cerca de ser aprobado en el Congreso.25

Por lo menos dos “radicales”, Carlos Germán Amézaga y José Gálvez Moreno,
debieron ser fuentes de información muy cercana para González Prada. Ambos
habían tenido destacadas trayectorias, de manera respectiva, en la campaña de La
Breña y durante los años 1884 a 1885, que correspondieron a la fase más crítica de la
guerra civil (Tauro 2001 t. 1: 140).26

En general, el ambiente de euforia que caracterizó el ascenso de Cáceres al


poder en 1886, y que motivó la aparición de libros alusivos a sus hazañas en la
Sierra, no duró mucho. De hecho, su justificada (aunque controvertida) actuación
durante la aprobación del Contrato Grace (1889), así como las maniobras políticas
más bien autoritarias que hizo en tiempos del presidente Morales Bermúdez (1890-
1894), y en el marco de su propio (e irregular) ascenso al poder por segunda vez en
1894 y de su estrepitosa caída en 1895, tuvieron como efecto una virtual
desaparición de evocaciones intelectuales, en forma de libros, sobre la campaña de
La Breña como tema del patriotismo peruano, por lo menos hasta fines del siglo
XIX. Aparte de las pasiones políticas, no poca influencia tuvo el efecto, todavía
visible, de la destrucción de la guerra y el trauma de la derrota, como causa de este
silencio historiográfico temporal. Aunque hoy nos parezca difícil de creer, también
llegó a existir en ese tiempo, sobre todo en los círculos pierolistas, una actitud de
desprecio y hasta de injuria y de mentira con relación a la campaña de la Sierra, que
fue observable en publicaciones periódicas de diferente nivel como pueden ser La
Caricatura, La Tunda y la Pampa de Tebes.

25
El Radical. Órgano del Círculo Literario de Lima. Año I, Nro. 2. Lima, 15 de enero de 1889, p.
20.Véase la parte final del capítulo 5 de esta tesis doctoral. Indicio de que el episodio de Huamachuco
no era entonces muy conocido en sus detalles por muchos peruanos, es que González Prada llame al
Cáceres de 1883 “coronel” y no general de brigada, como efectivamente lo era en ese año tan
dramático de la historia peruana.
26
Véase una semblanza de la vida de José Gálvez, hijo del héroe del 2 de mayo de 1866, y famoso
“radical”, en La Integridad. Año V. Nro. 257. Lima, 23 de junio de 1894, p.2.
51

2. La campaña de La Breña como uno de los focos del patriotismo peruano


durante la lucha por las provincias cautivas de Tacna y Arica y como evidencia de
una considerable resistencia peruana en la Sierra (de comienzos a mediados del
siglo XX)

La segunda etapa en la percepción de la campaña de La Breña tiene lugar desde


los albores del siglo XX, cuando Cáceres comenzó a pesar de nuevo en la escena
nacional luego de su retorno del exilio. Se trató de un auténtico renacimiento
político, que se inició con una reaproximación hacia los civilistas. En ese tiempo,
Cáceres vivió en Europa entre 1903 y 1914 en calidad de ministro plenipotenciario
del Perú en Italia y en el Imperio Alemán. Después, se distanció de la corriente
civilista liderada por José Pardo y dio su apoyo a Augusto B. Leguía en los albores
del famoso “Oncenio”. En 1919, Leguía le otorgó a Cáceres la dignidad de Mariscal
del Perú. Hoy se recuerda este episodio solo como un reconocimiento al gran héroe
superviviente de la guerra con Chile. No obstante, en ese entonces, sin desconocer su
fondo histórico, este gesto se leyó como la incorporación de Cáceres dentro del
círculo de políticos cercanos a Leguía y opuestos al Civilismo dentro de una nueva
era de la historia peruana.

Si bien, para esta segunda etapa, influyeron factores de prestigio político tales
como el relativo peso que entonces tenía el Partido Constitucional cacerista, también
fue esencial el espíritu de relativa cohesión nacional alrededor del tema de la
recuperación de Tacna y Arica, y el reconocimiento, cada vez más general, de la
singularidad de la figura de Cáceres como militar. Hasta el furibundo Manuel
González Prada, quien había llegado a referirse a Cáceres en una polémica
conferencia ante su partido Unión Nacional en 1898 como “un Melgarejo abortado
en su camino”, aumentó sus elogios al Cáceres militar en un artículo de 1914 donde
decía, con claridad e indudable justicia, que el guerrero de los tiempos de La Breña
parecía “un hombre antiguo, vaciado en el molde de Aníbal” (González Prada, Horas
de Lucha... 1946 [1908]: 15; 1978 [1914]: 84).

Dentro de este espíritu de renacimiento del prestigio de Cáceres fueron


publicados, por ejemplo, el estudio de la génesis de La Breña en 1881 por su hija
Zoila Aurora (1921), y las conocidas Memorias, en su primera edición (1924).
52

Figura 16. Andrés A. Cáceres y su hija Zoila Aurora


53

En 1924, Pedro Zulen difundió en las páginas del Boletín Bibliográfico de San
Marcos el “Diario” (hasta ese año inédito) de Pedro Manuel Rodríguez sobre la
campaña de La Breña.27 El 5 abril de 1883, Rodríguez había sido nombrado por
Cáceres como secretario de la Jefatura Superior, “encargado del despacho del ramo
de Gobierno”, lo que equivalía a ser una especie de ministro en campaña (Zulen
1924: 152).28 Su “Diario” es una fuente de mucho valor, escrita a lápiz en medio de
las incomodidades de la vida militar, desde abril hasta septiembre de 1883, en el
contexto de la agónica campaña de Huamachuco. Es un testimonio directo,
desprovisto de los retoques literarios tan usuales en esa época, que sirvió de base
para la ya citada Memoria sobre la retirada del Ejército del Centro... que el mismo
Rodríguez y Daniel De los Heros publicaron en 1886. Refleja el aspecto crudo de la
campaña y los horrores de la guerra: los pueblos incendiados y abandonados, la
escasez de alimentos, los fusilamientos de los desertores, las enfermedades de los
oficiales y los rigores del clima durante la dura marcha del Ejército del Centro desde
Tarma hasta Huamachuco en esos cruciales meses de 1883.

En el “Diario” se percibe la amarga sensación de estar llevándose a cabo una


campaña que era vista por muchos como la última esperanza del país. En su mismo
estilo descarnado, muestra la inaudita voluntad y valor de Cáceres, quien aparece en
una ocasión guiando a sus tropas de noche por los peñascos y desfiladeros “con
haces de paja encendidos”, y a quien las mujeres echaban flores a su paso por
algunas poblaciones (Zulen 1924: 157). En medio de sus penurias, Rodríguez se daba
tiempo para admirar la belleza de los nevados de la cordillera y para mencionar —
como típico hombre culto de su época— sus lecturas de Cicerón.

Pese a todo, en muchos sentidos, se trata de un texto anti romántico, por


momentos de gélida rotundidad positivista, que quizá por eso mismo permaneció
oculto hasta 1924. En una escena que bien habría podido ser incluida en una de las
novelas de Gabriel García Márquez del siglo XX, apenas tres días después de la
catástrofe de Huamachuco, Rodríguez y otros dos sobrevivientes de la batalla

27
Se ha utilizado aquí, para la parte narrativa de la tesis, la siguiente edición de este “Diario”, incluida
en: Andrés A. Cáceres, Memorias de la guerra del 79 […] con otros documentos sobre la Campaña
de La Breña (segundo volumen). Lima: Editorial Milla Batres, 1980, pp. 123-148.
28
Oficio del general Andrés A. Cáceres a Pedro M. Rodríguez (Matucana, 5 de abril de 1883). Véase
el apéndice documental
54

llegaron a la localidad de Unigambal donde encontraron un auténtico estado de


guerra, sólo que a nivel local, totalmente al margen del conflicto internacional que
enfrentaba por esos días el país: “Allí supimos que los de Unigambal estaban en
lucha perpetua con los de la vecina hacienda Sangual y tenían armados cada una
como 80 hombres con rifles de precisión que no pasaba semana que no tuviese[n]
dos o tres combates, teniendo muertos y heridos. Cosa horrorosa, por cierto” (Zulen
1924: 158) (Pereyra Plasencia 2010: 231).

El “Diario” también descubre a Rodríguez como uno de los autores de textos


que Cáceres solo revisó, corrigió y firmó.29 En ese tiempo, Rodríguez cumplió el
papel de redactor de textos de Cáceres que parece haber tenido Manuel F. Horta en
una etapa anterior, entre julio de 1882 y comienzos del año siguiente.30

29
Véase en el apéndice documental la Proclama al Ejército (Pasco, 26 de mayo de 1883).
30
Además de Rodríguez y Horta, es muy probable que J. Salvador Cavero, Florentino Portugal y
Arturo Morales Toledo hayan cumplido también esta función de redactores de muchos textos que no
fueron redactados, sino solo corregidos y firmados, por Cáceres en diferentes momentos desde fines
de 1881 hasta la primera mitad de 1884. El primero aparece citado como “El Secretario” al pie de los
oficios firmados por Cáceres en la Memoria al Gobierno de Arequipa de enero de 1883. Portugal
firma una “esquela” como secretario de Cáceres el 16 de septiembre de 1883 (La Bolsa. Arequipa,
sábado 6 de octubre de 1883). Morales Toledo aparece haciendo lo propio el 10 de junio de 1884 (El
Comercio. Lima, miércoles 18 de junio de 1884).
55

Figura 17. Pedro Manuel Rodríguez

La segunda etapa del tratamiento historiográfico de la campaña de La Breña


rebasa el tiempo de la vida de Cáceres y se prolonga hasta mediados del siglo XX.
En 1936 aparecieron en Lima las Memorias del Comandante Esponda, cuyo texto
trasunta la misma sencillez, no exenta de frescura, de las crónicas de la Conquista
como la de Pedro Pizarro, donde un anciano relata escenas de su juventud con
colorido muchas veces impactante. Al revés de lo que puede suponerse, el relato
tiene a veces la frialdad de una fotografía, lo que resulta evidente en los ocasionales
elogios que hace del ejército chileno, pese a las terribles circunstancias que le tocó
vivir a su autor (Esponda 1936: 10). Se trataba del militar sicaíno José Gabino
Esponda, quien fue uno de los oficiales que Cáceres destinó a organizar guerrillas en
56

los pueblos situados en el eje Jauja—Huancayo, en los días de la ocupación del


Centro por las tropas chilenas del coronel Estanislao del Canto, entre febrero y julio
de 1882. Fue ascendido a teniente por el propio Cáceres el 11 de agosto de 1881, en
tiempos de la organización primigenia del Ejército del Centro (Esponda 1936: 17).
La foto que adorna la carátula de la edición de 1936 muestra a Esponda como un
típico mestizo de pueblo (equivalente a lo que hoy llamaríamos de clase media),
vestido con uniforme de tipo francés. Había sido, en efecto, militar profesional desde
el 16 de mayo de 1876, cuando ingresó a la Escuela de Clases (Esponda 1936: 1).

En el momento en que se puso bajo órdenes de Cáceres en el Centro, Esponda


ya tenía una impresionante trayectoria como veterano de las batallas de Tarapacá, el
Alto de la Alianza, San Juan y Miraflores (Esponda 1936: 3-12). Por haber formado
parte de ese equipo de soldados de Cáceres que fomentaban de manera subrepticia el
espíritu de rebelión entre las comunidades de Junín, las Memorias de Esponda son
una fuente espléndida para reconstruir la historia del alzamiento de los “pueblos
aliados” del Mantaro en abril de 1882. Debido a su juventud, se salvó de ser fusilado,
días después de su captura, junto con los patriotas Samaniego, Rosado y Gutarra, por
intervención del propio coronel invasor del Canto (Esponda 1936: 22-25).

Desde el punto de vista de su estructura, el texto se detiene de manera brusca


en el combate de Concepción (9-10 de julio de 1882) y es retomado (sin la suficiente
aclaración cronológica) para explicar las circunstancias que condujeron a la
ejecución del guerrillero Tomás Laymes en Huancayo (julio de 1884). Las Memorias
de Esponda no dejan de ser, como casi toda evocación personal de esta naturaleza, un
texto por momentos muy subjetivo. Por ejemplo, Esponda (que era entonces apenas
un teniente) se describe a sí mismo como una persona clave que incitó a Cáceres a
realizar su exitosa ofensiva de 1882 (Esponda 1936: 26).

Posterior al Tratado de Lima de 1929, que zanjó la disputa internacional sobre


los territorios de Tacna y Arica, podemos incluir en esta etapa la obra El Centenario
del Mariscal Andrés A. Cáceres, homenaje que Jorge Guillermo Leguía hizo a
Cáceres en 1939, varios años después del fallecimiento del Mariscal y que también
forma parte de los materiales biográficos de la sección anterior. Es una obra breve
pero magistral. Da la impresión de ser un intento de respuesta a la historiografía
57

chilena de la guerra. Leguía destaca mucho la actuación de los pueblos andinos en la


campaña de La Breña. En un pasaje célebre, habla de las muchedumbres indias que
acosaban a los chilenos en 1882 como un renacimiento de las escenas de la
Conquista (Leguía 1939: 33).

De la década de 1930 (con una influencia constante en los medios castrenses


que llega a nuestros días), es también la Historia Militar del Perú del general Carlos
Dellepiane, con un obvio énfasis en los temas técnico—militares.

Un ejemplo de literatura histórica militar de tiempos del odriato es Cáceres «El


Brujo de los Andes», Patrono de la Infantería, de Rómulo Zanabria Zamudio (1953).

3. La presentación de la campaña de La Breña como una proeza estratégica


que puso en serios aprietos al comando militar chileno (de mediados del siglo XX
hasta comienzos de la década de 1970)

La tercera etapa, situada desde mediados del siglo XX hasta comienzos de la


década de 1970, tiene como hito principal la novela histórica La Breña (1954) de
Luis Alayza Paz Soldán, y el redescubrimiento de los reales apuros que la acción
militar de Cáceres causó a los invasores entre 1882 y 1883. El año anterior a La
Breña, el Mercurio Peruano había publicado un interesante artículo suyo de corte
panorámico titulado “Angamos y La Breña”, que es una suerte de enfoque de vidas
paralelas de Miguel Grau y de Andrés A. Cáceres donde (por lo menos para el caso
del segundo) no parece haber mucha precisión en las referencias.

Es interesante observar que esta convicción sobre los verdaderos alcances y


dimensiones que tuvo la Campaña de La Breña, que rompía con la visión anterior de
haber representado una resistencia considerable, aunque simbólica, parece haber
trascendido al medio chileno. Aunque se refieren al ambiente literario más que al
historiográfico, los comentarios que el iquiqueño Jorge Inostrosa incluyó en su
novela El regreso de los inmortales, que formaba parte de la serie Adiós al Séptimo
de Línea, son bastante reveladores al respecto. Allí se dice con claridad que el
esfuerzo de Cáceres y de sus breñeros había “puesto en jaque”, durante dos años, a
las fuerzas que Chile desplegó en la Sierra en la fase final de la Guerra del Pacífico
(Inostrosa 1955: 463).
58

Figura 18. Jorge Inostrosa


Archivo de la editorial Chilena Zig Zag

En esta tercera etapa se inscribe la reconstrucción que Basadre hizo de la


campaña de La Breña en su Historia de la República del Perú, sobre todo a partir de
la quinta edición salida a la luz pública a comienzos de la década de 1960, que tiene
una vocación de historia total. En esta edición, Basadre incluyó una hermosa
“Efigie” (o semblanza) de Cáceres, donde afirmaba que sólo le había faltado al gran
ayacuchano “morir en Huamachuco”, para elevarse como un héroe de primera línea y
para evitar el inicio de una vida como caudillo político. Discutiremos este asunto en
el capítulo 5 de esta tesis doctoral.

En esta edición, Basadre también hizo una importante aunque, por momentos,
polémica, utilización de las Memorias de Cáceres. Podríamos comenzar con un
59

ejemplo para ilustrar esta afirmación. En un episodio localizado a comienzos de


1882, en el contexto de la retirada de las fuerzas de Cáceres desde Chosica hacia el
interior ante el avance de las fuerzas chilenas, Basadre cita el episodio de la traición
y ejecución del jefe de los guerrilleros de Sisicaya, Lara, quien había dejado “el paso
franco” al enemigo (Basadre 1983 t. VI: 287). Evidentemente, se trata de un dato
tomado de las Memorias de Cáceres preparadas en el siglo XX, donde se añade que
Lara era de rango capitán, que había dejado el paso franco al enemigo por Sisicaya, y
que su cadáver fue arrojado por los guerrilleros “desde un barranco al abismo”
(Cáceres 1973 [1924]: 135).

Lo interesante es que cuando revisamos las fuentes de la época nos


encontramos con una versión parecida, pero situada en el año siguiente. En una carta
personal que Cáceres dirigió a José Arístides Arriz, fechada poco después del ataque
que el primero realizó contra las fuerzas del colaboracionista Manuel de la
Encarnación Vento acantonadas en Canta (4-5 de febrero de 1883), el caudillo
ayacuchano mencionó a un “mayor Lara”, de quien sospechaba tener contactos
oscuros con el colaboracionista Luis Milón Duarte, que trabajaba con los chilenos:
“Como Duarte se ha dirigido a Lara [...] y éste ha guardado silencio, no dudo que por
lo menos es sospechoso; y para el caso de que acepten [sic] tan infames
proposiciones, conviene que u[ste]d organice su fuerza a la mayor brevedad para
contrariar los planes de ese jefe y quitarle sus fuerzas”.31 En la antes comentada
Memoria sobre la retirada del Ejército del Centro... de Rodríguez y De los Heros
(1886), estos autores hablan de la traición de un “sargento mayor Lara” acusado de
haber facilitado el paso de los chilenos por Sisicaya en coordinación con el
colaboracionista Duarte. La captura y ejecución de Lara por parte de los guerrilleros
supuestamente se realizó en la localidad de Olleros, en la segunda mitad de abril de
1883. Según este testimonio de dos protagonistas directos de la campaña de La
Breña, el cadáver de Lara fue considerado indigno “hasta de sepultura en el panteón”
y fue por ello arrojado “a un precipicio” (Rodríguez y De los Heros 1886: 12-13).
¿Recordó el Cáceres anciano un episodio de 1883 como si hubiera ocurrido en 1882?
¿O fueron dos Laras distintos? El episodio tan especial del cadáver despeñado por los
guerrilleros, común tanto a la versión que ubica los acontecimientos en 1882 como a

31
Carta de Andrés A. Cáceres a José Arístides Arriz (¿Canta?, primeros días de febrero de 1883).
Véase el apéndice documental.
60

la que lo hace en 1883, parecería sugerir que la primera posibilidad es la correcta.


¿Repitió Basadre el error de Cáceres (o de Guerrero) en este caso puntual? (Pereyra
Plasencia 2010: 252-254).

Figura 19. Jorge Basadre

Podemos citar otro ejemplo. Las Memorias contienen una cita en la que
Cáceres “recuerda con pena” la muerte heroica, por fusilamiento, del coronel José
Mariano Villegas en el combate de Huamantanga del 27 de abril de 1883, que se
realizó, por el lado peruano, bajo las órdenes del Prefecto de Lima Elías Mujica
(Cáceres 1973 [1924]: 191). Villegas acompañaba a Cáceres desde los días de la
61

resistencia en Chosica, en noviembre de 1881 (Cáceres 1883: 94 y s.). Siguiendo las


Memorias, Basadre cita también el martirio de Villegas (Basadre 1983 t. VI: 330).
Sin embargo, no hay menciones a Villegas en los escritos personales y oficiales de
Cáceres desde abril de 1883, aunque la referencia al combate sí aparece en una de
sus cartas particulares a Recavarren:

“El coronel Mujica en un momento de atolondramiento o por falta


de experiencia, se vio envuelto en un choque con el enemigo en
Huamantanga en que ha perdido parte su fuerza y ha corrido el riesgo de
perecer con todos los suyos”.32

De manera reveladora, una concordancia de información más estrecha se


aprecia entre las Memorias de Cáceres y el oficio de Patricio Lynch al Ministro de
Guerra de Chile fechado en Lima, el 2 de mayo de 1883, que fue reproducido en el
tomo VIII de la colección Ahumada Moreno (1891: 170 y s.). Tanto el oficio de
Lynch como las Memorias contienen una lista de los prisioneros peruanos que fueron
fusilados, entre los que se encontraba el coronel Villegas. ¿Utilizó Julio C. Guerrero,
el “constructor” de las Memorias, la citada colección documental chilena en vez de
los recuerdos de Cáceres o de información escrita de origen peruano? (Pereyra
Plasencia 2010: 254).

32
Carta de Andrés A. Cáceres a Isaac Recavarren (Tarma, 8 de mayo de 1883). Véase el apéndice
documental.
62

Figura 20. Patricio Lynch

Para concluir el tratamiento que Basadre hizo de la campaña de La Breña,


podemos referir que en su Introducción a las bases documentales... de 1971 el
historiador tacneño habló del problema que se planteaba a los que creían que el Perú
era un Estado, “y nada más que un Estado” cuando se comprobaba la aparición,
luego del desastre de las batallas de San Juan y Miraflores, “no ya de las milicias
urbanas sino milicias aldeanas y rurales”. Y añadía también que “Cáceres hablaba el
idioma de los indios, convivía con ellos, los conocía y supo hacer una campaña que
rompió con la ortodoxia militar de la época” (Basadre 1971, t. II: 497). Huelga decir
que la armazón cronológica y la reconstrucción panorámica que Basadre hizo de la
campaña de La Breña en su Historia de la República del Perú (hechas las salvedades
antes precisadas) es, en líneas generales, magistral.
63

Con relación a los enfoques adversos a Cáceres, hay que mencionar de manera
muy especial la obra Nicolás de Piérola de Jorge Dulanto Pinillos, publicada en
Lima en 1947, donde asoma la “ambición de Cáceres” ya desde los albores de la
campaña de La Breña en 1881 (Dulanto 1947: 312). Se trata de un libro que, en
muchos sentidos, es un fuerte eco de la tradición pierolista decimonónica. Dulanto
manifiesta aquí una obvia simpatía por la figura del “Califa” que se llega a expresar
en el ocultamiento de información que pudiera dañar a su personaje. Es el caso, por
ejemplo, de la entrevista que Piérola sostuvo con su viejo conocido Patricio Lynch en
Lima, el 6 de diciembre de 1881, en casa de Juan Aliaga, a poco de haber dejado el
poder luego del desconocimiento general de la dictadura que las tropas peruanas
hicieron en diferentes partes del país. Piérola conocía a Lynch desde el tiempo de sus
destierros en Chile (Bulnes 1955 [1911-1919] v. III: 75). Pese a todo, hay que decir
con toda claridad que la obra de Dulanto no es, como podría sospecharse, un simple
texto laudatorio. Por el contrario, tiene un seguimiento bastante sobrio de la
trayectoria de Piérola sobre todo con relación a ese tiempo oscuro de su biografía,
situado entre los años 1882 y 1886, que interesan a este trabajo. Por otro lado, tiene
el mérito adicional de exhibir muchas fuentes, en especial correspondencia y
documentos partidarios tomados de archivos pierolistas. No omite la transcripción,
en algunos casos, de documentos adversos a Piérola, como la carta que firmaron en
Cajamarca Maximiliano Frías y Julio S. Hernández el 9 de marzo de 1882, en
tiempos de la creación del Partido Nacional, donde estos antiguos pierolistas
comenzaban a marcar distancias con su antiguo caudillo (Dulanto 1947: 321 y s.).33

A la tercera etapa corresponde también la obra Historia Abreviada de


Huancayo (1944) de Ricardo Tello Devotto, dentro de la típica óptica de la tradición
de historia regional, ya inaugurada desde fines del siglo XIX, para esta parte del
Perú, por la Monografía de la Provincia de Huancayo (1899) de Nemesio Ráez.
Estos trabajos suelen ser bastante caóticos en cuanto a su ensamblaje cronológico,
pero tienen la virtud de incluir transcripciones de documentos y valiosas referencias
de la tradición oral provincial. Tello Devoto publicó otro trabajo similar en 1971.

33
Con todo, se trata de una versión que fue copiada con muchas inexactitudes, lo que aparece muy
claro cuando se la compara con el texto de esta misma carta del 9 de marzo de 1882 que aparece en la
colección Ahumada Moreno (1889: 463-465)
64

Para el caso del departamento de Ayacucho, debemos citar el trabajo de Luis E.


Cavero Monografía de la Provincia de Huanta (1953) y la obra de Juan José Del
Pino Las sublevaciones indígenas de Huanta (1955).

No sería extraño que en ese tiempo inmediatamente posterior a la Segunda


Guerra Mundial, en el marco de la enorme difusión fílmica, libresca y mediática de
este conflicto, la gesta de Cáceres haya sido vista por los historiadores de ese tiempo,
de manera consciente o inconsciente, a través del prisma de ciertos íconos militares
muy populares de entonces, y de la evolución de las tácticas. Podemos mencionar a
Erwin Rommel con su visión moderna de la guerra y también, tanto para la Segunda
Guerra Mundial como para la Guerra Fría, a la enorme difusión del modelo de guerra
de guerrillas en diferentes partes del mundo.

4. La campaña de La Breña vista como una anticipación de la radicalización


rural en tiempos del auge de la izquierda peruana (de la década de 1970 a la
década de 1990)

La cuarta etapa, situada entre comienzos de la década de 1970 y fines de la


década de 1990, tiene lugar, por lo menos en sus dos terceras partes, en un contexto
de intensa politización y de radicalismo universitario. Fue también, como todos
sabemos, uno de los tiempos más violentos de la historia del Perú. Este ambiente,
originado esencialmente en la acción de dos movimientos terroristas que afectó en
sus inicios a los medios rurales y que terminó extendiéndose a todo el país, no dejó
de reflejarse en el estudio de la campaña de La Breña, en la forma de un cierto
desplazamiento de la atención sobre los temas militares y estratégicos (que habían
dominado la etapa precedente), hacia la dinámica social de la violencia en las zonas
rurales y los movimientos campesinos. De este contexto de radicalización
universitaria brotó la que sin duda fue la obra más interesante, aunque polémica,
sobre el tema para esos años: Las guerrillas indígenas en la guerra del Pacífico, de
Nelson Manrique, publicada en 1981. Manrique descollaba entonces como uno de los
más importantes historiadores marxistas de su generación. Ya hemos comentado esta
obra en términos de su valor como fuente biográfica.
65

Figura 21. Nelson Manrique

Desde una perspectiva más internacional, si bien la fuerza de la renovación


historiográfica europea encarnada sobre todo en la Escuela de los Annales se había
sentido en el Perú desde la etapa precedente por medio de los aportes de
historiadores como Jorge Basadre y Pablo Macera, es objetivo señalar que durante
las décadas de 1970 y 1980 comenzaron a aparecer planteamientos novedosos para
los estudios sobre la Guerra del Pacífico en los ámbitos específicos de la historia
social y económica. La primera aplicación de estos nuevos enfoques parece haber
sido hecha fuera del Perú por el historiador Henri Favre quien, en 1973, presentó en
Grenoble una ponencia titulada Remarques sur la lutte des clases au Pérou pendant
la Guerre du Pacifique. En el Perú, este proceso comenzó a ser visible desde la
época de los centenarios del inicio de la Guerra del Pacífico (conmemorado en abril
de 1979) y de las acciones militares de Marcavalle, Pucará y Concepción durante la
campaña de La Breña (conmemorado en julio de 1982).

Entre los historiadores que comenzaron a plantear enfoques desde un punto de


vista marxista, podría mencionarse a Heraclio Bonilla quien, en julio y diciembre de
1979, publicó la nota “A propósito de la guerra con Chile” y el artículo “El problema
nacional y colonial en el contexto de la Guerra del Pacífico” en la revista Histórica
66

de la Pontificia Universidad Católica del Perú.34 Como puede apreciarse de la lectura


de ambos textos, que ya son analizables con cierta perspectiva, se trataba de trabajos
que sin duda enriquecieron un panorama en el que, al lado de obras tradicionales de
calidad, había abundado en forma negativa la literatura histórica dedicada a exaltar
efemérides. Entre los aspectos de la vida social de la época que comenzaron a ser
tratados podrían citarse, como ejemplos, las actitudes y comportamientos de la
población china que trabajaba en las haciendas de la Costa, y la compleja
participación de los campesinos en el conflicto. La nueva historiografía amplió el
campo de visión de los temas de la guerra y de los tiempos precedentes y posteriores,
y mostró, con mayor o menor fundamento, muchas divergencias con los llamados
enfoques tradicionales del conflicto. Fue una época de ásperos debates en el seno
mismo de esta nueva historiografía, debido al carácter apasionado, demasiado
generalizador, e incluso prejuicioso, de muchas de las afirmaciones que se hacían.
Algunos puntos especiales de discrepancia, como el que giró en torno a la naturaleza
ya sea expoliadora o positiva del Contrato Grace —esta vez en el ámbito específico
de la historia económica— parecen hoy día haber sido ya resueltos.35

En cuanto a la campaña de La Breña, la discrepancia esencial sobre esta


materia había surgido en torno a la pregunta de si hubo o no conciencia nacional en
las clases populares peruanas durante la Guerra del Pacífico. Bonilla había
respondido de manera negativa a esta pregunta en su ya citado artículo de 1979 sobre

34
La nota apareció en el volumen III Nro.1 de julio de 1979, y el artículo fue publicado en el Nro. 2
de diciembre de dicho año (véase la bibliografía).
35
Compárense, por ejemplo, las siguientes afirmaciones sobre el Contrato Grace, aprobado en 1889:
“...por una de esas crueles ironías [frente a las] que sólo la historia conserva el secreto [...] Cáceres se
vio [...] obligado [...] a pactar con la clase dirigente, es decir, con aquella que había sido también
blanco de sus ataques durante la guerra con Chile. Y por si esto fuera poco, él, quien había sido
precisamente el terco defensor de la integridad del territorio, tuvo que firmar el célebre contrato Grace
que consolidaba la colonización económica del Perú...”. “Cabe reconocer que el controvertido arreglo
finalmente resultó beneficioso para el Perú. Aunque sobre ello las interpretaciones de los historiadores
han sido diversas. Los ferrocarriles fueron reparados y concluidos por la Peruvian Corporation, la
empresa que organizaron los acreedores, y pudieron prestar un servicio útil a la economía”. La
primera cita está tomada del ya citado artículo de Bonilla El problema nacional y colonial… (1979:
30). La segunda ha sido tomada de la más bien reciente Historia del Perú contemporáneo de Marcos
Cueto y Carlos Contreras (Cueto—Contreras 2010: 180). En los más de treinta años que median entre
ambas citas tuvo lugar una ampliación del horizonte documental sobre el tema, y también un
tratamiento menos sesgado de las fuentes expresado, por ejemplo, en una superación de la visión
totalmente negativa de las clases dirigentes peruanas del siglo XIX, así como de los vínculos del país
con los agentes financieros extranjeros. De muchas maneras, la visión de Bonilla de 1979 era
tributaria del “dependentismo”, tan en boga en América Latina entre las décadas de 1960 y 1970, que
veía a las inversiones extranjeras (y, en general, a las vinculaciones económicas “centro—periferia”)
como un “candado” para el desarrollo económico local, que era preciso romper. Lo que cabe destacar
aquí es el impacto que esta visión del mundo tuvo sobre su reconstrucción del pasado.
67

“El problema nacional y colonial…”, así como en otros trabajos posteriores, y


consideró esta carencia de sentimiento nacional como una de las causas importantes
de la derrota peruana en la guerra. Lo esencial de la polémica se desarrolló dentro de
un marco teórico marxista, y tuvo lugar a fines de la década de 1980. Quedó reflejada
en el libro Resistencia, rebelión y conciencia campesina en los Andes, siglos XVIII al
XX (con edición castellana de 1990), compilado por Steve J. Stern.

Figura 22. Heraclio Bonilla

La polémica en torno a la campaña de La Breña fue protagonizada, de un lado,


por Heraclio Bonilla y, de otro, por Florencia Mallon y Nelson Manrique. En
esencia, estos últimos habían encontrado evidencias contundentes que hablaban de la
existencia de una conciencia nacional entre los campesinos de Junín. Emblemático
de sus respectivas argumentaciones es el análisis de una célebre carta, hallada por
ellos a comienzos de la década de 1980 en el Archivo Prefectural de Junín, que
68

estaba fechada en Acobamba, el 16 de abril de 1882, cuando la parte central del país
padecía una dura ocupación militar chilena. Se trataba, en efecto, de un
extraordinario documento que mostraba cómo, en tono condenatorio, guerrilleros de
Acobamba que obedecían al “Comandante Gonzáles Dilgado” y con “orden espreso
del Sr. General don Andrés Abilino Cáseres” increpaban a un hacendado “civilista”
por preferir tratar (“como trayedores de su Patria”) con los “aleves bandidos chilenos
invasores”. La carta también decía “U. no nos pongas en el número de los
bárbaros...” (Mallon 1995: 1, 197, 412 [nota 40]).36 A partir de su bagaje teórico
marxista, Mallon vio en este texto, de manera muy parecida a Manrique en su libro
sobre las guerrillas indígenas de 1981, el desarrollo “tanto de una conciencia de clase como de
una conciencia nacional en el contexto de una invasión extranjera” (Mallon 1990: 231). Un
aporte muy interesante de Florencia Mallon fue la identificación de fracturas sociales previas a la
guerra, que tuvieron lugar sobre todo en la banda occidental del Mantaro y que envenenaron las
relaciones existentes entre las comunidades de pueblos “anexos” de altura dedicados al pastoreo
y los pueblos principales localizados en la ribera del río (caso de Chupaca) (Mallon 1995: 182).
Pero, sin duda, su mayor contribución es haber precisado por qué fue posible un masivo apoyo
campesino a la lucha patriótica que llevó a cabo Cáceres en Junín, a diferencia lo que ocurrió en
el Norte del país. Mallon explica esta situación en la mayor fortaleza relativa de las comunidades
frente a los terratenientes, sobre todo a lo largo del eje que corre desde Jauja hasta Huancayo. En
general, en los valles del Mantaro y Yanamarca, “las comunidades campesinas habían logrado
mantener un control consistente sobre recursos estratégicos”. Por otro lado, las aldeas “habían
participado históricamente en la economía comercial en sus propios términos”. En el Norte del
Perú, en cambio, y específicamente en la Cajamarca de Miguel Iglesias, la tradición comunal era
mucho más débil y más bien sometida a la influencia de los terratenientes (Mallon 1990: 224 y
s.; 237 y s.).

36
La carta completa se encuentra como apéndice en el libro Las guerrillas... de Nelson Manrique
(1981: 393 y s.)
69

Figura 23. Florencia Mallon

Con relación a los aspectos criticables, Mallon es muy acuciosa para identificar
los intereses de los protagonistas de distintos grupos sociales, y tiene la tendencia a
ver las manifestaciones del Estado en su conjunto como absolutamente incompatibles
con el desarrollo normal de las comunidades. Esta propensión a ver intereses donde
muchas veces sólo hay ideales hace decir a Mallon, por ejemplo, que en 1884
Cáceres transformó “de golpe [...] una guerra nacional contra un invasor extranjero
en una guerra civil por el control del palacio presidencial”, con un toque de cinismo
adjudicado al caudillo ayacuchano, que muy bien podría aplicarse a Porfirio Díaz en
sus circunstancias mexicanas, pero que resulta injusto dar al personaje que
estudiamos (Mallon 1990: 234). Como procuraremos mostrar en esta tesis, Cáceres
se enfrentó a Miguel Iglesias montado sobre el encabritado caballo de una enorme
popularidad y de una repulsión generalizada contra el régimen “achilenado” de
Montán. Como veremos en el desarrollo de esta tesis, al comienzo, Cáceres casi fue
arrastrado por las circunstancias, aunque con el tiempo logró un liderazgo claro y
70

efectivo. Por otro lado, en su trabajo de 1995, Mallon no hace ninguna alusión
importante a la ofensiva de julio de 1882 que fue un esfuerzo mancomunado y
entusiasta entre los guerrilleros y el Estado peruano (encarnado en el Ejército del
Centro) para empujar a las fuerzas chilenas fuera de esa parte de la Sierra.

En lo que se refiere a Manrique, la evidente exageración de querer ver en todas


partes un proceso de movilización indígena antiterrateniente, impulsado por un
“potencial revolucionario aún confuso y larvario”, hace que este autor termine dando
un ropaje principista al guerrillero Tomás Laymes, fusilado con aprobación de
Cáceres en julio de 1884 debido a su comportamiento criminal (Manrique 1981: 350,
361, 363; 1995: 180 y s.). Como veremos, y en estricto apego a las fuentes, Laymes
pudo haber sido, en el peor de los casos, un delincuente y, en la mejor de las
situaciones, un líder a quien el poder se le subió a la cabeza. En todo caso, lo que
cabe destacar aquí es que el episodio del fusilamiento de Laymes no afectó el apoyo
masivo que los guerrilleros y campesinos dieron a Cáceres, con unas pocas
excepciones, durante toda la fase más cruenta de la guerra civil entre 1884 y 1885,
desde Junín hasta Ayacucho, como destaca Mallon con evidencias empíricas
irrefutables. No obstante, esta historiadora no deja de condenar el fusilamiento de
Laymes como supuesta expresión de un simple giro egoísta de Cáceres basado en sus
nuevos intereses (1995: 208).37

Es importante subrayar que no todos los documentos donde los campesinos


manifestaron su patriotismo están acompañados de un tono de animadversión de
clase, como aparece muy claro en la obra La Campaña de La Breña de Zoila Aurora
Cáceres.38 Ni tampoco todos los casos de muertes de terratenientes a manos de los

37
Para una discusión amplia sobre el particular, en un contexto de cuestionamiento de los
planteamientos marxistas y estructuralistas, y en particular sobre los prejuicios sobre los que muchas
veces se fundamentaban estas visiones, véase un artículo que el autor de esta tesis publicó hace más de
una década (Pereyra Plasencia 2004; 2010: 269-311).
38
Véase, por ejemplo, la nota que los vecinos del pueblo de San Juan de Jarpa (distrito de Huancayo)
dirigieron al Benemérito General o Jefatura del Ejército del Centro, a comienzos de mayo de 1881:
“Su Señoría don Andrés A. Cáceres.- De sus hijos compatriotas del distrito de San Juan de Jarpa.
Decimos nos, los que hemos quedado en este Distrito de San Juan de Jarpa y ponemos en
conocimiento de Usía, los que somos Contribuyentes. Que nos hallamos prontos a marchar donde ese
Superior Gobierno nos ordene a defender a nuestra patria como buenos patriotas; esperamos que Usía,
nos ordene, desde qué edad podemos salir y darnos órdenes, para los que no quieran presentarse para
infiscar [sic] con sus bienes. Y se dignase Usía mandarnos dónde será la guerra y cuándo, para ir
donde Usía nos mande y pedimos y suplicamos que como Padre, que después de Dios es Usía [...] No
firmamos todos los que suplicamos, por hallarnos, en estas punas nuestras, en casas retiradas como
71

guerrilleros en la etapa de desorden de 1884 tuvieron la explicación de ser castigos a


colaboracionistas. También existieron ciegos odios de castas (que no distinguían a
chilenos de peruanos de aspecto occidental), sobre todo en el ámbito de la más
atrasada Huancavelica, e innumerables casos de bandolerismo y criminalidad.
Existen, finalmente, algunos errores de términos, como el de aplicar el adjetivo
“cacerista”, típico del recrudecimiento de la guerra civil, a etapas tempranas de la
campaña de La Breña (Mallon 1990: 185).

Un enfoque parecido al que Mallon y Manrique tienen sobre Laymes se


encuentra en el libro Livelihood and Resistance; Peasants and the Politics of Land in
Peru, de Gavin Smith (1989).

En cuanto a Cáceres, es evidente que su figura individual quedó bastante


mellada como consecuencia de estas aproximaciones. Resulta notable, por ejemplo,
que Buscando un Inca de Alberto Flores Galindo, sin duda la obra más importante y
sofisticada de la historiografía marxista de la década de 1980, no haya casi
mencionado a Cáceres, ni siquiera en un sentido indirecto, pese a las evidentes
asociaciones andinas y rurales de la campaña de La Breña.39

Una visión más apegada a la complejidad que tuvo la campaña de La Breña es


la que proporciona Patrick Husson en su libro De la Guerra a la rebelión (Huanta,
siglo XIX) (1992). Husson señala que “la participación de la sociedad india
campesina […] fue sin duda tan variada como las situaciones concretas locales en la
cuales se encontraban los indios campesinos en esas épocas. Por este hecho nos
parece pues imposible generalizar tal o cual comportamiento a toda la sociedad india
campesina…” (Husson 1992: 192).

La cuarta etapa también fue una época de ampliación de horizonte documental


sobre la campaña de La Breña. Ya hemos citado el caso del Archivo Prefectural de

Usía no ignora de conocer este distrito pero por los apuros que nos hallamos, sólo firman los señores
Gobernadores y principales de este Distrito”. (Cáceres 1921:176).
39
El desprestigio historiográfico de Cáceres, esta vez explícito, se observa con claridad en el tomo II
de la obra de difusión internacional Memoria del Fuego, titulada Las caras y las máscaras (1988), del
escritor uruguayo Eduardo Galeano, fallecido hace poco (p. 273). En forma absurda, la viñeta
histórica correspondiente al Perú de 1884, titulada La patria paga, presenta la ejecución de Laymes
como una especie de traición de Cáceres a uno de sus guerrilleros más leales y obedientes. Galeano
cita como fuente única de su texto la obra de Las guerrillas... de Nelson Manrique publicada en 1981.
72

Junín, cuyos materiales fueron utilizados por Manrique y Mallon. Esta última utilizó
también de manera exhaustiva las Memorias sobre la resistencia de La Breña del
Tte. Crel. Ambrosio Salazar y Márquez (escrita por su hermano Juan P. Salazar),
fechadas en Huancayo en 1918. Este manuscrito se conserva en el Archivo Histórico
Militar del Perú. Es una fuente de gran importancia para el estudio de la acción de
Sierra Lumi de marzo de 1882, durante la cual un destacamento chileno fue casi
exterminado con armas y galgas por los pobladores de la comunidad de Comas. La
polémica, también planteada por Mallon, gira en torno a determinar cuál fue el motor
principal de esta acción: si Salazar y Márquez en su calidad de asesor militar externo
a la comunidad, o ésta última en forma autónoma. Cabe señalar que una copia de las
Memorias sobre la resistencia... se alcanzó a difundir por Internet en la página web
de la Legión Cáceres. No debemos dejar de notar que, en todo el conjunto de cartas y
oficios firmados por Cáceres entre 1881 y 1886, el nombre de Ambrosio Salazar no
aparece asociado al episodio de Sierra Lumi. Solo es mencionado en un documento
que lo vincula con el asalto de Concepción de los días 9 y 10 de julio de 1882 como
“teniente coronel provisional” al mando de los “guerrilleros de Comas”.40

Otro texto muy utilizado por Mallon es la Exposición que dirige el Coronel
Duarte a los hombres de bien (con revelaciones importantísimas sobre la ocupación
enemiga de 1879 a 1884). Este raro y valioso manuscrito redactado de puño y letra
por el colaboracionista Luis Milón Duarte en 1884, poco antes de su oscuro asesinato
aparentemente por mano de un soldado rencoroso que servía, o había servido, en las
fuerzas de Cáceres,41 fue publicado en Cajamarca en 1983, en una versión a
mimeógrafo patrocinada por el obispo José Dammert Bellido. En su “Presentación”,
este prelado reveló que su publicación había sido recomendada por el propio Jorge
Basadre. La razón de esta indicación aparece con claridad ni bien se tiene ocasión de
hojear este texto. De su lectura emerge un peruano convencido con sinceridad de la
necesidad de firmar cuanto antes la paz con Chile y no siempre el terrateniente
egoísta y miope caracterizado por el cliché. Esto último es especialmente claro para
el tiempo de la Campaña de Lima, cuando dio una contribución importante en dinero

40
Oficio del general Andrés A. Cáceres “a los señores delegados del Supremo Gobierno de Lima”
(Tarma, 22 de julio de 1882). Véase el apéndice documental.
41
“El Dr. Duarte, coronel del ejército peruano, quien persiguió a Cáceres luego de la batalla de
Huamachuco, fue asesinado por un soldado de este último en Concepción, en la Sierra” (“Peru’s wars
and charities”. New York Times, martes 14 de octubre de 1884, p. 2.)
73

y tropas para la defensa de la capital. Se aprecia también, al revés de lo que podría


suponerse por la fecha en que fue escrito, un claro antichilenismo (Duarte 1983
[1884]: 8, 46). Pero lo más sorprendente es que aparece, en varios pasajes, una
imagen respetuosa y admirativa frente a Cáceres y a sus partidarios, sobre todo en el
caso del combate de Marcavalle (9 de julio de 1882), cuyo desarrollo describe con
mucha objetividad (1983 [1884]: 53). En estos casos, se trata de testimonios de
enorme valor porque provenían de un hombre que, cuando los escribía, en 1884, era
un enemigo declarado de Cáceres. De éste Duarte dice que “el destino lo reservaba
para batallador, haciendo sus proezas sin ver las dificultades” (1983 [1884]: 15). Del
cura Pablo Mendoza, defensor de Huaripampa en ese terrible mes de abril de 1882,
dirá que murió “batiéndose como un león”, durante el levantamiento general de las
comunidades del valle del Mantaro (1983 [1884]: 36). Hablará, en fin, del “heroico
sacrificio de Huamachuco y [...] de la vergonzosa página de Arequipa”, al referirse a
la caída de esta ciudad en manos de los chilenos, en octubre de 1883, sin que mediara
resistencia (1983 [1884]: 10). Duarte proporciona información valiosa para aclarar el
sentido de la violencia campesina que sufrieron los terratenientes en 1884. Sobre el
particular, dice con rotundidad que las ejecuciones y saqueos afectaron no sólo a los
partidarios de la paz, llamados en la literatura de la época “chilenistas”, sino también
a personalidades de la elite que simpatizaban con la causa de Cáceres y con los
guerrilleros (1983 [1884]: 52). En síntesis, como ocurre tantas veces, el texto de
Duarte nos recuerda la importancia de revisar con minuciosidad las fuentes de la
época para no caer en la repetición de estereotipos. Ello, incluso, considerando lo que
Duarte no menciona, vale decir, su condición de (en ese momento abyecto)
colaborador activo de las fuerzas chilenas contra Cáceres durante la campaña de
Huamachuco (Pereyra Plasencia 2010: 216). Hay que tener en cuenta que este
documento es un intento de expresar con claridad un punto de vista ante la
posteridad.

Similar disposición a ampliar el corpus documental relativo a Cáceres con


nuevos materiales se percibe en la última edición de la obra La Campaña de La
Breña, de Eduardo Mendoza Meléndez, aparecida en 1993; y en la obra Huancayo:
Historia, Familia y Región de José Benigno Peñaloza Jarrín, aparecida en 1995.
74

No hay que omitir que en esta cuarta etapa y en el contexto de las


celebraciones del centenario de la campaña de La Breña (1981-1983), la Comisión
Permanente de Historia del Ejército del Perú editó dos valiosos libros de recopilación
documental titulados La Resistencia de La Breña, tomo II: La Contraofensiva (23
Feb. 1882—5 May. 1883) (1982), y Cáceres: conductor nacional (1984). El último
de los mencionados incluye en su página 321, entre otros valiosos documentos, la
reproducción facsimilar de un oficio circular firmado por Cáceres en Huancayo el 26
de junio de 1884, en donde se explican las causas del proceso seguido al guerrillero
Laymes y a sus cómplices, autores de “asesinatos alevosos, incendiando y saqueando
poblaciones enteras y ejercitando bárbaras venganzas personales”.42

En el ámbito de la historia llamada (a veces de manera injusta) “tradicional”,


hay que mencionar, entre otros, el libro Guerra con Chile. Episodios y personajes,
1879-1885 de Héctor López Martínez, que tiene la virtud de presentar y comentar
materiales poco difundidos de fuentes de época (López Martínez 1989: 133-135).

5. La campaña de La Breña vista como historia política y, en particular, como


un aspecto de la historia de las relaciones internacionales (del año 2000 en
adelante)

Una quinta y última etapa en el tratamiento de la campaña de La Breña, se


inicia con la introducción de nuevos paradigmas en las Ciencias Sociales, que ponen
énfasis en los aspectos políticos y culturales, así como en la narración como recurso
expresivo e incluso explicativo. Estos enfoques tienen una tendencia a valorar e
identificar a las personalidades individuales que actúan en el marco de estructuras
sociales y económicas concretas, y cuya actividad, que se realiza en el espinoso y
complejo ámbito del poder, es también afectada por el azar (la fortuna
maquiavélica). De estos nuevos enfoques surgió, asimismo, una novedosa percepción
internacional (que pone particular atención en los operadores políticos) y una visión
de la historia nacional conectada con el entorno mundial. No debemos olvidar que la
dimensión internacional (producto de la interacción entre los estados nacionales)
tiene una existencia propia, con una complejidad distinta de la que observamos en la

42
Oficio del general Andrés A. Cáceres a Tomás Bastidas, comandante de la guerrilla de Chupaca
(Huancayo, 26 de junio de 1884) (circular en formato impreso). Véase el apéndice documental.
75

vida interna de las naciones. De allí la necesidad enfocar muchos temas desde la
perspectiva de una historia de las relaciones internacionales.

Ejemplo de esta orientación es el trabajo de Daniel Parodi Revoredo La laguna


de los villanos. Bolivia, Arequipa y Lizardo Montero en la Guerra del Pacífico
(1881-1883) (2001), sobre el papel que cupo a la resistencia militar de Cáceres
dentro del amplio esfuerzo realizado en la fase diplomática del conflicto, luego de la
caída de Lima en 1881. Es un notable trabajo de historia política y diplomática de
amplia visión trinacional, que sin duda tiene la impronta de la nueva era mundial de
la información y de la Globalización.

Un gran aporte reciente para el estudio de la campaña de La Breña es el trabajo


del marino peruano Francisco Yábar Acuña, titulado La Campaña de la Resistencia
en los Andes, 1881-1883. Se trata de una obra notable en lo que se refiere a su amplio
enfoque y la cantidad de fuentes primarias que maneja, muchas de ellas olvidadas. Es
una obra por ahora incompleta porque los tres volúmenes publicados en 2009 llegan,
en un plano cronológico, hasta mediados de 1882. En cuanto a sus muchos aportes
es, de lejos, la mejor obra que tenemos para estudiar las complejas relaciones que
existieron en 1881 entre los regímenes paralelos de La Magdalena y la dictadura de
Nicolás de Piérola. Desde la perspectiva de esta tesis doctoral, es uno de los libros
que permite comprender el tránsito personal de Andrés A. Cáceres desde su posición
como alto funcionario de la dictadura de Piérola, hasta su situación como mano
derecha del régimen civilista de Montero en el Centro que era, como se sabe,
antagónico del pierolismo. Por otro lado, las páginas más interesantes del trabajo de
Yábar son las referidas al funcionamiento de la Alianza peruano—boliviana que se
mantuvo vigente hasta el fin de la dictadura de Piérola en noviembre de 1881 (y que
se afianzó aún más durante el régimen de Montero hasta el fin de la guerra). En
general, la obra de Yábar trasunta simpatía y, casi se diría, un espíritu de
reivindicación frente a la figura de Piérola. Desde este punto de vista puede afirmarse
que ella no es sino el último eslabón de una cadena historiográfica afín al ambiguo e
inasible caudillo del Contrato Dreyfus, de la Defensa de Lima, de la inicial
resistencia contra la invasión chilena en la Sierra, y de la presidencia constitucional
entre 1895 y 1899. Esta cadena se remonta a Jorge Dulanto Pinillos (1947), Alberto
Ulloa (1949), a Héctor López Martínez (1989) y, en cierta manera, al propio Jorge
76

Basadre, quien no ahorra constantes elogios y explicaciones en varias de sus obras


sobre el complejo comportamiento político de Piérola.

Yábar aporta muchas evidencias documentales para sostener que, de hecho,


existió un plan de ataque peruano-boliviano en 1881, que no pudo llevarse a la
práctica por el desconocimiento de Piérola en el Sur, Norte y Centro del Perú, que
condujo a su caída. Aún más: siguiendo a José de la Riva-Agüero, sostiene que el
desconocimiento de la autoridad de Piérola fue “un grave error”, pues desde entonces
“no hubo unidad política en el Perú y, sin ella, la conducción de la guerra se llevó en
forma aislada –heroica, por cierto- pero inconexa”. A su entender, se habría perdido
así “la última oportunidad de realizar una ofensiva con proyecciones estratégicas”
(Yábar 2009 t. II: 435-469).

A estas observaciones podemos oponer dos argumentos. En primer lugar, de


haber existido en las proporciones que se mencionan, el plan y el aparato logístico de
la ofensiva peruano-boliviana de 1881 pudieron haber sido reactivados en tiempos de
Montero, el sucesor de Piérola. La verdad es que esto no sólo no ocurrió sino que las
conversaciones que el representante boliviano Carrillo tuvo con las autoridades
peruanas en junio y julio de 1882, pusieron en evidencia la poca disposición y
voluntad políticas de Bolivia a hacer una ofensiva conjunta. Está muy claro que, por
lo menos para esos meses, el gobierno boliviano prefería una “tregua” que incluyera
la ocupación de facto chilena hasta la línea de Sama, en Moquegua (Basadre 1983 t.
VI: 299 y s.) Tanto estas conversaciones, como el encuentro Lillo-Baptista de
comienzos de ese año 1882, permiten vislumbrar que la política exterior de Bolivia
se aferraba a la posibilidad de obtener, de mano del Chile conquistador, las
provincias peruanas de Tacna y Arica, a cambio de su litoral perdido (Bulnes 1955
[1911-1919] v. III: 108).

En segundo lugar, cuando se coordinaba con los bolivianos en 1881, ya había


tenido lugar un precedente de febril actividad organizativa por parte de Piérola en el
caso de la defensa de Lima, cuyo mérito niegan pocos. No obstante, las grandes
cantidades de hombres y de material bélico quedaron sub utilizadas debido,
principalmente, a la falta de liderazgo y de iniciativa táctica, en el terreno mismo,
como fluye con tanta claridad del testimonio secreto del observador británico
77

asignado a las fuerzas peruanas, Reginald Carey Brenton (Wu Brading 1986: 100,
115). En otras palabras, el gran esfuerzo organizativo ante las puertas de la capital
terminó en absoluto desastre. ¿No habría podido haber sido éste también el destino
de la ofensiva peruano-boliviana de 1881? Está muy claro que la infinita y mezquina
egolatría de Piérola le hacía creer que tenía dotes militares, pero la realidad se
encargó de demostrarle lo contrario.

Otras obras que pueden ser ubicadas dentro de una orientación general hacia la
historia política y los temas internacionales son los libros del autor de esta tesis,
titulados Andrés A. Cáceres y la Campaña de La Breña (1882-1883) y Trabajos
sobre la Guerra del Pacífico (y otros estudios de Historia e Historiografía peruanas)
publicados, respectivamente, en 2006 y 2010. Por ejemplo, ambos incluyen
reflexiones sobre la relación que existió entre la campaña de La Breña, la
negociación del Tratado de Ancón y las relaciones bilaterales peruano—bolivianas.

Por último, hay que mencionar también aquí la tesis de licenciatura de Rodolfo
Castro Lizarbe titulada Las organizaciones patrióticas durante la ocupación de Lima
(1881-1883), defendida en la Pontificia Universidad Católica en noviembre de 2009.
Pocos trabajos han hecho un estudio tan exhaustivo sobre las fuentes de la campaña
de La Breña, tanto de naturaleza libresca como documental. Es un aporte de gran
solidez cronológica e informativa sobre las organizaciones patrióticas peruanas que
operaron en ese tiempo. Este tema había sido mencionado antes por los historiadores
solo de manera marginal y dispersa. El trabajo de Castro Lizarbe es, para comenzar,
una importante cantera de información fáctica. El autor ha conseguido sacar a la luz
el enorme trabajo que el Comité Pierolista, la Junta Patriótica y la Delegación del
Supremo Gobierno realizaron de manera valerosa y abnegada, entre 1881 y 1883,
para apoyar a las fuerzas de Cáceres. Esta tesis tiene también páginas muy
importantes sobre el funcionamiento de la Agencia Confidencial que obedecía al
gobierno de Lizardo Montero, que coordinaba el trabajo de los representantes del
Perú en el exterior y que se ocupaba de las gestiones diplomáticas ante los
representantes extranjeros en el país. De no haber tenido este apoyo logístico y en el
ámbito de las comunicaciones (que se expresaba por ejemplo en la remisión
clandestina a la Sierra de fusiles y cañones), es probable que el Ejército del Centro
78

no hubiera podido estar nunca en posición de presionar sobre Lima, como ocurrió en
la segunda mitad de 1881 y a comienzos de 1883.

En esta etapa se produjo también una importante ampliación del horizonte


documental para el estudio de la campaña de la Sierra, sobre todo en el ámbito de las
fuentes primarias publicadas. Se puede mencionar, en primer lugar, el libro de Luis
Guzmán Palomino Cáceres y La Breña. Compendio Histórico y Colección
Documental, publicado en el año 2000, que añade muchos documentos firmados por
Cáceres que no habían sido incluidos en la colección Ahumada Moreno del siglo
XIX, ni por Zoila Aurora Cáceres en su obra de 1921. Otro notable aporte es el libro
El Perú desde la intimidad. Epistolario de Manuel Candamo (1873-1904), editado
por José A. de la Puente Candamo y su hijo José de la Puente Brunke en 2008. Se
trata de la visión personal que Manuel Candamo, destacado miembro de la
resistencia peruana contra la invasión chilena (y quien llegó a ser presidente del Perú
a comienzos del siglo XX), tuvo sobre los años de la guerra internacional, tanto en el
ámbito político y militar, como en un terreno más familiar y cotidiano. En julio de
2016, estos mismos dos historiadores editaron el libro El Estado en la sombra. El
Perú durante la ocupación chilena. Documentos administrativos (diciembre de
1881-julio de 1882), que incluye no sólo una pulcra transcripción de los documentos
de la Delegación y de la Agencia Confidencial en el período aludido, sino también un
magnífico estudio preliminar. Finalmente, los ya citados trabajos de Yábar Acuña y
de Castro Lizarbe, ambos de 2009, son asimismo importantísimas canteras para
consultar excelentes transcripciones de documentos poco conocidos, muchos de los
cuales han sido utilizados en esta tesis.

6. Una visión de conjunto

En síntesis, a lo largo de cinco etapas que van desde el fin de la guerra hasta el
presente, la campaña de la Sierra ha sido vista, en forma sucesiva, como un episodio
patriótico mal conocido y del cual incluso se hablaba poco; como uno de los focos
del patriotismo peruano en la cuestión de Tacna y Arica y emblema de una
resistencia valiente aunque simbólica; como una proeza estratégica que puso en
serios aprietos al comando militar chileno; como una especie de anticipación
embrionaria de revueltas campesinas y de radicalización rural proyectada hacia una
79

imaginaria revolución socialista del futuro; y, por último, como una pieza esencial de
los esfuerzos diplomáticos de paz hechos por la Alianza peruano—boliviana en el
gran marco geopolítico de la Guerra del Pacífico. Dentro de estas variaciones de
enfoque historiográfico, la constante ha sido casi siempre el patriotismo y el valor de
Cáceres y de sus “breñeros”. Salvo, por cierto, los tiempos de las fiebres
antimilitaristas pierolistas y civilistas en los siglos XIX y XX; y de la especulación
sobre el supuesto giro anti campesino de Cáceres en 1884 forjada en la década de
1980 del siglo XX en medios académicos marxistas peruanos y extranjeros.

7. Las fuentes chilenas referidas a la campaña de La Breña

Gonzalo Bulnes. En cuanto a las fuentes originadas en Chile, esta tesis tiene
muchas referencias y apreciaciones tomadas de la clásica Guerra del Pacífico de
Gonzalo Bulnes, sin lugar a dudas una obra maestra de la tradición historiográfica
metódico—documental de ese país. En la parte inicial de su obra, Bulnes dice que es
“preciso establecer los hechos con verdad, porque aun no lo están” (Bulnes 1955
[1911-1919] v. I: 30). Con ello no hace sino proporcionar una visión personal de la
famosa frase de Leopold von Ranke, quien decía que la tarea del historiador era sólo
mostrar lo que en verdad aconteció (wie es eigentlich gewesen) (Carr 1972: 11). En
más de una ocasión, de acuerdo con un criterio propio, Bulnes menciona hechos que
no eran “dignos de ser consignados en la historia”. Lo curioso es que esta disposición
selectiva parecía aguzarse justo cuando los acontecimientos no mostraban una
tendencia favorable hacia el bando chileno y cuando aparecían, además, con un
carácter “más social que militar” (Bulnes 1955 [1911-1919] v. III: 166).
80

Figura 24. Gonzalo Bulnes

La columna vertebral de esta obra, la fuerza interna que la sostiene es, sin
duda, nacionalista y hasta propagandística: su propósito esencial consiste en
presentar la intervención de Chile en la guerra como una legítima acción defensiva
de ese país ante una especie de complot internacional del Perú y de Bolivia, al que se
había querido incorporar a la Argentina. La obra de Bulnes fue escrita entre 1911 y
1919, vale decir, en el contexto de las agrias polémicas que tuvieron en Chile sobre
la posibilidad de devolver las provincias cautivas de Tacna y Arica al Perú. El
sentido patriótico de la obra de Bulnes se orienta a sostener el punto de vista
mayoritario de los chilenos de esa época que consideraban una posible devolución de
Tacna y Arica como una “traición” a la “generación de 1879”, que había traído tantas
81

glorias al país, además de una enorme riqueza salitrera. No está de más comentar que
se trataba del tiempo anterior a la invención del fertilizante sintético en Alemania
durante la Primera Guerra Mundial, que iba a terminar por arruinar el negocio del
salitre chileno en la década de 1920. Cuando Bulnes escribió su obra, antes del
desastre salitrero, Chile era un país rico, poderoso y con una diplomacia más bien
agresiva, casi social—darwinista, según el molde europeo y estadounidense de la
época. La obra Guerra del Pacífico refleja a cabalidad este ambiente de aplomo y de
seguridad en el ámbito internacional por el que Chile atravesaba en ese tiempo.

Bulnes afirma con absoluta convicción en su obra que, antes de la guerra, el


Perú “había querido destruir a Chile” (Bulnes 1955 [1911-1919] v. III: 217). De su
enfoque se deduce que la guerra no tuvo sus raíces en la tentación de la dirigencia
chilena, o de una fracción agresiva de ella, de apoderarse de territorios ricos en
salitre, sino que la exigencia de la entrega incondicional de Tarapacá apareció recién
durante y a fines del conflicto, con el argumento de la supuesta imposibilidad del
Perú de pagar una compensación de guerra. Bulnes habla con claridad de la
necesidad geopolítica de no facilitar al Perú los medios para un intento de
recuperación de su territorio que hubiese desequilibrado “la paz de América”, que
Chile tenía la posibilidad de “garantir [sic] con su propia seguridad” (Bulnes 1955
[1911-1919] v. III: 329). Bulnes también sostiene (de manera harto extraña) que
Tarapacá, la tierra de Ramón Castilla y de Alfonso Ugarte, no era un territorio
nacional y de significativa población peruana antes de la guerra (Bulnes 1955 [1911-
1919] v. III: 330). Sobrino carnal del presidente Aníbal Pinto y amigo de Santa
María y de muchos de los grandes protagonistas chilenos del conflicto, Bulnes era en
muchos sentidos un representante o, casi diríamos, un vocero del sector “social
darwiniano” de clase dirigente de Chile del siglo XIX que, como parte de su proyecto
histórico, promovió la expansión territorial de ese país (de Ramón 2001: 97).

El 26 de febrero de 1884 (cuando todavía las tropas chilenas ocupaban los


alrededores de Lima) Bulnes aceptó el cargo de Jefe Político de Tarapacá. El
historiador chileno Francisco Encina ha señalado que, en esos momentos, este puesto
era “uno de los de más responsabilidad de la República” (Encina 1955: 8). Sin duda
lo era, no sólo por ser Tarapacá una extraordinaria fuente de recursos para el erario
chileno, sino también porque había la necesidad de manejarse con mucho tacto frente
82

a los miles de peruanos que se sentían allí atrapados luego de la conquista chilena.
Lo que hay que destacar aquí es lo mucho que esta experiencia política debe haber
marcado su enfoque historiográfico cuando reconstruyó la guerra. Se explica
entonces por qué Bulnes busca con tanta tenacidad (aunque sin mucha fortuna) no
sólo una justificación geopolítica de alcance americano para la retención de los
territorios peruanos y bolivianos (quitándoles así el calificativo de botín de guerra),
sino también, lo que era tal vez más importante, una explicación convincente de las
causas del conflicto que pusiera a su país (y al sector de “halcones” del grupo
dirigente del cual él era miembro) a salvo de la acusación de haber llevado a cabo
una guerra de conquista basada en la fuerza y en la debilidad naval peruana. Dentro
de esta línea de pensamiento sobre el origen social de Bulnes, no está demás destacar
que este historiador chileno era hijo de don Manuel Bulnes, el militar que digirió la
segunda expedición “Restauradora” que acabó con la Confederación Perú—boliviana
en 1836, bajo la inspiración de un pensamiento grupal que fue mejor condensado en
los escritos de Diego Portales. Manuel Bulnes también llegó a ser presidente de su
país.43 Volviendo a su hijo Gonzalo, también es evidente el racismo que destilan sus
páginas, producto sin duda del ambiente intelectual social darwiniano de la época.

Bulnes aparece obnubilado por su pasión patriótica en muchos pasajes de su


obra. En vez de decir que los acorazados Blanco Encalada y Cochrane doblaban y
hasta triplicaban en poderío al Huáscar y a la Independencia a comienzos de la
guerra, prefiere hablar de “dos embarcaciones de buena construcción, sólidas,
poderosas, y una flota de madera en malas condiciones, verdadero cuerpo de
inválidos del mar...” (Bulnes 1955 [1911-1919] t. I: 127). Irritado por la tenacidad de
Cáceres, lo llama “montonero”: no en vano Bulnes era contemporáneo de Domingo

43
Del tiempo del presidente Manuel Bulnes es el origen remoto de la guerra del Pacífico, en la forma
de una disputa territorial chileno-boliviana, según se desprende de esta cita del historiador peruano
Félix Denegri Luna: “...el Congreso de Chile dictó el 13 de octubre de 1842 una ley que declaraba de
propiedad estatal las guaneras al Sur de la bahía de Mejillones. Con esta disposición Chile situaba su
frontera Norte muy cerca del paralelo 23º de latitud Sur. El litigio estaba planteado”. En el contexto
del inicio del auge del guano en el Perú, el presidente chileno Manuel Bulnes buscó al Norte de su
país este ansiado producto. Esta motivación lo condujo a proponer a su legislativo la fijación de una
frontera con Bolivia en el paralelo 23, dos grados más arriba del Chile histórico, localizado en el área
de Paposo. El problema es que Bolivia protestó porque consideró que el gobierno de Chile estaba
invadiendo su territorio litoral (Denegri 1979: xiii). En una etapa histórica anterior, incluso en tiempos
en que Chile tuvo un cierto poder militar durante la Confederación Perú-boliviana (1836-1839),
ningún pensador, político o gobernante chileno puso en duda (como hizo poco después el presidente
Manuel Bulnes) de que el límite chileno-boliviano estaba en el paralelo 25 hasta donde llegaba la
población chilena, en el Paposo. Fue, pues, la nueva situación económica, basada en el potencial
guano, la que cambió la perspectiva territorial chilena, y el inicio de su expansionismo.
83

Santa María y de Patricio Lynch, quienes llamaba así a Cáceres en sus


comunicaciones oficiales. Aunque, en honor a la verdad, es preciso señalar que,
además de destacar sus “cualidades notables de organización” que hacían “surgir de
la nada” ejércitos enteros, alcanza a darle el calificativo de “gran montonero”
(Bulnes 1955 [1911-1919] v. III: 85, 233).

Pocos historiadores chilenos han buscado desprestigiar con más negros tonos, y
con un tono de superioridad, la lucha campesina en la Sierra, como aparece en la
siguiente cita referida a los prolegómenos de la ofensiva de Cáceres de julio de 1882:

“La indiada guiada por sus curas, y alcoholizada, se entregaba a la


ferocidad de sus instintos. No diré que no tuviera muchos ultrajes que
vengar, pero sí que la naturaleza de las cosas imprimía ese sello
repugnante a la contienda. Desde que el indio interviene en la lucha de
hombres civilizados, la guerra se despoja de todo carácter elevado y
caballeresco, porque el salvaje martiriza y asesina al herido y al
prisionero. Esto sucedió en la Sierra. Todo lo que se pueda imaginar de
más atroz se realizó en esos grandes festines de sangre y alcohol a que las
indiadas concurrían en segundo término, detrás de los soldados regulares
de Cáceres, para repasar a los caídos, después que los rifles habían hecho
su obra” (Bulnes 1955 [1911-1919] v. III: 153 y s.).

Pero, con la voluntad de ser objetivo, que un historiador no debe procurar


abandonar nunca, ¿habían sido acaso “elevados”, “caballerescos” y, sobre todo,
“civilizados”, los saqueos de las descontroladas, y también alcoholizadas, fuerzas
chilenas en Chorrillos el 13 de enero de 1881? ¿Lo habían sido las exacciones
delincuenciales de Letelier en el Centro entre abril y junio de ese mismo año
realizadas al margen del Derecho y, asimismo, las matanzas de mujeres y ancianos
en Chupaca y Huaripampa durante el levantamiento de los “pueblos aliados” de
marzo y abril de 1882?

Por otro lado, cuando menciona la aproximación de Cáceres a Huamachuco, en


los preliminares de la batalla del mismo nombre, y a contrapelo de evidencias
contundentes, niega la alarma lindante con el pánico (muy humana, por lo demás),
que se apoderó de las tropas chilenas del coronel Gorostiaga que subieron al cerro
Sazón con gran presteza, abandonando el pueblo y dejando a atrás caballos, asnos de
84

carga y hasta sus pailas de cocina (Basadre 1983 t. VI: 335; Bulnes 1955 [1911-
1919] t. III: 253 y s.).
La pasión de Bulnes se trasluce con claridad cuando insiste en el argumento de
que el artículo tercero del Tratado de Ancón, que introducía la figura del plebiscito
luego de un plazo de diez años, no fue sino una “cesión disimulada” de los territorios
de Tacna y Arica, presentada así con el único objeto de favorecer la aceptación de
este instrumento por el público peruano, en un momento en que las simpatías
nacionales por Iglesias no eran claras. Si bien Bulnes aporta alguna evidencia
documental para sostener su posición al reproducir una comunicación del presidente
Santa María al negociador chileno Jovino Novoa del 13 de abril de 1883 (Bulnes
1955 [1911-1919] v. III: 225), la figura de una supuesta “cesión disimulada” no
aparece en la correspondencia entre José Antonio de Lavalle y Miguel Iglesias
cursada en tiempos de las Conferencias de Chorrillos, entre marzo y mayo de 1883,
que generaron el documento básico del Tratado de Ancón (Miró Quesada 1981-
1982). La “cesión disimulada” no fue vertida en ningún acuerdo formal y vinculante
que hubiese podido ser esgrimido por Chile en años posteriores. Tampoco es citada
en la Memoria de 1883 del entonces Ministro de Relaciones de Chile, Luis Aldunate.
Sobre la base de estos testimonios, el historiador Eusebio Quiroz Paz-Soldán ha
sostenido que, además de haberse creado una franja de amortiguación que permitiera
a Chile consolidar su dominio sobre Tarapacá, el Perú había aceptado el plebiscito de
buena fe

“…bajo la seguridad de que los habitantes peruanos de esas provincias se


ratificarían en su nacionalidad y en el entendimiento de que el motivo por
el cual Chile poseería esos territorios por diez años, era sólo por
seguridad para garantizarse el pago de la indemnización de guerra. El
Perú manifestó pública y reiteradamente su resolución de no ceder más
territorio que el de Tarapacá y de no desprenderse de Tacna ni de Arica”
(Quiroz Paz-Soldán 1980: 227).

¿Por qué, entonces, insistió tanto Bulnes en la figura de la cesión disimulada?


Además de la pasión patriótica que nubló, de manera consciente o inconsciente, su
visión de ciertas partes del proceso, debe llamarse la atención sobre la fecha en que
aparece publicada por primera vez su monumental Guerra del Pacífico, en un
período anterior al Tratado de Lima de 1929 que zanjó el problema con la devolución
de Tacna al Perú y la retención de Arica bajo soberanía chilena. Los años 1912 a
85

1919, cuando salieron a la luz pública los tres volúmenes de la obra, coinciden no
sólo con los peores días de la “chilenización” violenta de esos territorios, sino
también, como ya se ha referido, con la polémica nacional, al interior de Chile, sobre
el destino que iban a tener lo que para el Perú eran sus provincias cautivas. En este
contexto, la obra parecería ser, pues, un recordatorio a los chilenos de comienzos del
siglo XX de los sacrificios realizados por la “generación de 1879” (Bulnes 1955
[1911-1019] v. I: 31) para que no cedieran terreno en las tensas negociaciones
relativas a la situación de Tacna y Arica. Francisco Encina ha recordado que, en
1919, el mismo año de la difusión del último volumen de su magna obra, Bulnes
publicó un folleto titulado “Soberanía definitiva de Tacna y Arica a la luz de la
historia de la Guerra del Pacífico” (Encina 1955: 12, 29). Todas estas observaciones
son muy pertinentes para calibrar la importancia y la utilidad objetiva que pueda
tener la obra de Bulnes y para apreciar el punto de vista chileno. De hecho, el trabajo
de Bulnes ha sido compulsado, en las partes correspondientes, no sólo con las fuentes
peruanas, sino también con fuentes periodísticas chilenas originadas en la Lima
ocupada.

Pese a todas estas consideraciones relativas al contexto en que la obra de


Bulnes fue escrita, así como al notorio antiperuanismo (más que antibolivianismo) de
su enfoque, y a las precauciones que debemos tener cuando lo leamos, es evidente
que, por su solidez cronológica y por la precisión de su información, muchos de los
pasajes de este trabajo han sido incorporados a la presente monografía para iluminar
procesos que son importantes para una biografía de Cáceres, como en el caso de las
deserciones en el ejército invasor a fines de la guerra y la causalidad política de la
ofensiva hacia la Sierra puesta en práctica por Patricio Lynch entre abril y mayo de
1883, bajo los lineamientos de acción impuestos por el ejecutivo chileno. Se trata de
un libro bien documentado. Resalta, por ejemplo, el conocimiento que Bulnes tenía
de la correspondencia entre Lavalle e Iglesias. Se percibe también el acceso que tuvo
a fuentes reservadas, merced a sus conexiones familiares y sociales, como ocurrió en
el caso de las memorias de Estanislao del Canto. Consideración aparte merecen sus
interesantes y penetrantes comentarios sobre las características psicológicas de sus
personajes.44 Para concluir, habría que decir que la Guerra del Pacífico de Bulnes es

44
Comparando a Patricio Lynch con Jovino Novoa, los dos hombres más influyentes de la ocupación
chilena del Perú, Bulnes ha dicho con prosa afilada: “Novoa carecía de las condiciones externas de
86

exactamente lo contrario que las sinceras, aunque poco precisas, Memorias de


Cáceres: un monumento extraordinario a la acuciosidad y a la exactitud, pero con
alma y motivaciones de fondo no tan cristalinas.

Estanislao del Canto. En 2004, el Centro de Estudios Bicentenario de Santiago


de Chile publicó una segunda edición de las Memorias Militares de Estanislao del
Canto Arteaga, quien fue el rival de Cáceres en la campaña del Centro entre junio y
julio de 1882. Antes de que este texto fuera editado por primera vez en 1927, ya el
historiador Gonzalo Bulnes lo había consulado en su versión manuscrita, tal como ya
se ha referido líneas arriba. Incluye algunas comunicaciones de Cáceres que fueron
interceptadas por las fuerzas chilenas, que han sido transcritas en el apéndice
documental de este trabajo. Además de los comentarios evocadores, el auténtico
valor de este libro consiste en la recopilación de los más importantes documentos
oficiales suscritos por del Canto durante las campañas en las que participó en el Perú.
Esta circunstancia le da un importante margen de precisión. De hecho, más que
memorias, las Memorias Militares están constituidas en realidad por comentarios a
documentos, tanto chilenos como peruanos, que este militar chileno conservó con
minuciosidad hasta su ancianidad. Un caso extraño (y en verdad extremo) fue el de
los papeles capturados al cura peruano José G. Herrera, caído, arma en mano, en
abril de 1882, durante uno de los episodios del levantamiento general de los “pueblos
aliados” de la Sierra Central contra los invasores chilenos. Refiere del Canto:

“En uno de los combates que sostuvo la tropa de mi mando, murió


peleando y dirigiendo las turbas enemigas el cura don José G. Herrera, de
quien se tomaron algunos papeles que conservo en mi poder y que están
manchados con su sangre” (del Canto 2004: 190).

Lynch. No tenía la soltura de maneras que da la práctica de la vida de los salones, ni sabía otro idioma
que el español. Dedicada toda su existencia al ejercicio de la profesión de abogado, que crea hábitos y
tendencias intelectuales que aguzan el ingenio, pero estrechan el espíritu, Novoa era la expresión de
esas características de su carrera profesional. Era un abogado poco expansivo, sin exterioridades
seductoras y hacía contraste ante la sociedad peruana con aquel jefe elegante y amanerado, su
compañero y rival” (Bulnes 1955 [1911-1919] v. III: 89).
87

Figura 25. Estanislao del Canto Arteaga

Otras fuentes. En cuanto a otras publicaciones realizadas por chilenos


protagonistas o contemporáneos de la campaña de la Sierra en el Perú, Jorge Basadre
cita, entre otras, las siguientes, en su conocida Introducción a las bases
documentales…: La Concepción, 9 y 10 de julio de 1882, de Eduardo Flores Bazán
(Concepción, 1923); Historia de la batalla de Huamachuco, de Nicanor Molinare
(Santiago, 1913); y Sangra. La jornada heroica. Su héroe, capitán don Luis
Araneda, de Benjamín Vicuña Mackenna (Santiago, 1908) (Basadre 1971 II: 534 y
s.). La citada obra de Molinare tiene testimonios directos sobre la muerte de Leoncio
Prado luego de la batalla de Huamachuco. En su ya mencionada tradición “Un
montonero”, Ricardo Palma cita como fuente un “precioso librito” sobre la campaña
de Huamachuco, publicado en Santiago en 1885 por Raimundo Valenzuela (Palma
1968 [1883]: 1158). Valenzuela también es citado por Héctor López Martínez en su
artículo “Héroes navales en La Breña”. López Martínez atribuye a Valenzuela la
88

siguiente afirmación: “En Huamachuco [los peruanos] pelearon como fieras, a la


sombra de su bicolor desgraciado” (López Martínez 1989: 135)

Para concluir el tratamiento de las principales fuentes chilenas sobre la


campaña de La Breña, hay que mencionar los comentarios que transmite el
historiador Sergio Villalobos en su libro Chile y Perú: la historia que nos une y nos
separa, 1535-1883 (2002). En esencia, Villalobos ahonda en la imagen negra e
“incivilizada” que tuvieron las fuerzas chilenas sobre esta campaña, en una línea
semejante a la que había expresado Gonzalo Bulnes en 1919. Destaca, no sin razón,
que las “formas de la guerra fueron las peores que pueden concebirse” (Villalobos
2002: 210). Sin embargo, Villalobos no aclara que fueron las fuerzas chilenas
invasoras las que iniciaron primero las matanzas de campesinos, al estilo de las que
se realizaban por esos años contra las poblaciones mapuches, sin entender, por
prejuicio superficial y racista, que se estaban moviendo en un medio diferente. En su
libro, Villalobos menciona publicaciones que recogen interesantes testimonios de
época sobre la penosa vida que tuvieron los soldados chilenos en la Sierra peruana.
Destaca que estos soldados estaban en permanente lucha contra las fuerzas de
Cáceres y también eran víctimas de malos tratos, de escasa alimentación y de
enfermedades (Quiroz 1966; Ibarra Díaz 1985). Por ejemplo, transcribe el testimonio
del soldado Marcos Ibarra Díaz, tal como fue expresado en su lenguaje de raso de la
época (Villalobos 2002: 210).45

Villalobos comenta también el artículo de Hugo Rodolfo Ramírez, titulado


“Nuevas informaciones sobre la batalla de Concepción” (Ramírez 1979-1980), donde
se recoge un poco conocido testimonio chileno de época que sugiere la existencia de
por lo menos un caso de canibalismo por parte de las fuerzas guerrilleras peruanas
que exterminaron a la guarnición chilena de Concepción en julio de 1882.46 Aunque
no lo destaca Villalobos, este tipo de testimonios podrían explicar el terror que tenían
los soldados chilenos frente a la posibilidad de caer en manos de las fuerzas

45
Véase el capítulo 5.
46
En el testimonio de Francisco Vergara, del servicio de ambulancia chileno, quien vio a los muertos
chilenos de Concepción luego del ataque de las fuerzas del coronel Gastó, aparecen las siguientes
líneas: “Dentro del cuartel, que daba a la plaza, vi dos pedazos de carne humana, ya algo quemada,
ensartados en un asador de fierro en un lugar donde había demostraciones de que habían encendido
fuego” (Villalobos 2002: 213)
89

irregulares peruanas. De hecho, cuando desertaban, los soldados invasores tenían


mucho cuidado en entregarse a los oficiales peruanos, o incluso al propio Cáceres.47

III) Las fuentes para el estudio de la fase de la guerra civil


correspondiente a los años 1884-1885 y del ascenso de Cáceres al poder
(1886)

No es propósito de esta tesis abordar, en toda su complejidad, el vasto tema de


la guerra civil que asoló el Perú entre mediados de 1884 y fines de 1885. De hecho,
su estudio completo daría materia para para la preparación de varios volúmenes.
Salvo la síntesis que Jorge Basadre proporciona en su Historia de la República, la
que Margarita Guerra facilita en su República Aristocrática, y el trabajo de Carmen
Mc Evoy titulado La Utopía Republicana, no hay sólidas apreciaciones de conjunto
sobre la guerra civil en la historiografía contemporánea. Tampoco hay estudios de
detalle. Carecemos, por ejemplo, de algún trabajo sobre la administración de Iglesias
que pueda iluminar el curso (y sobre todo el trasfondo) del régimen de Montán.
Excepción notable dentro de esta escasez de trabajos monográficos sobre la guerra
civil es el espléndido trabajo de Steve Stein sobre El levantamiento de Atusparia. Por
otro lado, en caso de buscarse un abordaje directo a las fuentes de archivos, la
cantidad de materiales primarios que pueden ser consultados, en especial los
periódicos de la época, resulta verdaderamente abrumadora. Por ello, teniendo en
cuenta estas consideraciones, y salvo algunas excepciones, concentraremos nuestra
atención en la materia focal de la tesis: la percepción y la voluntad de Andrés A.
Cáceres como elemento clave para marcar el derrotero del proceso político en
tiempos de la guerra civil.

En cuanto a las fuentes primarias, restringiremos nuestro interés a los años


1884 a 1886 del Segundo Militarismo, período rico en documentos y en
publicaciones, aunque bastante inexplorado.

47
Decía Cáceres en un oficio fechado en Matucana, el 28 de octubre de 1881: “…el Ejército enemigo,
según datos que he recibido de Lima, se halla en la mayor desmoralización y [...] sus deserciones
aumentan diariamente. Hasta el día he recibido más de treinta soldados chilenos pertenecientes a casi
todos los cuerpos. Estos manifiestan su descontento por el mal trato que se les da. A todos los que se
me presentan los remito a las montañas de Chanchamayo para que allí se les emplee como peones en
las haciendas. No dejaré de manifestar a U.S. que estas deserciones obedecen a los trabajos que se
tienen emprendidos sobre ellos por algunos hacendados y agentes que hay en Lima con tal objeto”.
Véase oficio completo en el apéndice documental.
90

Entre los trabajos con pie de imprenta de esta etapa, podemos citar las
publicaciones oficiales de políticos del tiempo de la guerra civil, en particular del
presidente “regenerador” Miguel Iglesias, adversario de Cáceres durante el conflicto.
Tres de ellas se detallan bibliografía de este trabajo.

La percepción de los partidarios de Cáceres en una fase temprana de la guerra


civil puede encontrarse en la Memoria que presenta a S.E. el Presidente Provisorio
de la República el general de brigada de los ejércitos del Perú y Bolivia César
Canevaro, Jefe Superior político y militar de la primera zona del sur dando cuenta
de su administración, publicada en Arequipa en 1884.

Existen también recopilaciones oficiales de legislación, tales como la


publicación titulada Decretos y resoluciones expedidos en la ciudad de Arequipa por
el gobierno del excelentísimo general Andrés A. Cáceres, salida a la luz en Cerro de
Pasco en 1885.

La obra de José G. Clavero Revelaciones históricas (1893) tiene datos


importantes sobre la ayuda que el empresario Miguel P. Grace supuestamente prestó
a Cáceres durante la guerra civil.

Para ilustrar el contexto del ascenso de Cáceres al poder tenemos, en primer


lugar, El Perú a vuelo de pájaro (1886) publicado por Juan Solari en Buenos Aires.
Este texto da la impresión de ser una conferencia pronunciada por un argentino
enterado de la “actualidad del Perú”. Tiene comentarios interesantes sobre la
popularidad de Cáceres y es bastante crítico con Nicolás de Piérola, entonces recién
arribado del destierro sufrido en tiempos de Iglesias, además de bastante disminuido
frente al aura de prestigio que entonces tenía el caudillo de La Breña.

Las piezas oratorias pronunciadas por Cáceres en junio y en julio de 1886 con
ocasión, respectivamente, de su toma de mando y de la inauguración de la Primera
Legislatura Ordinaria, fueron publicadas ese mismo año con carácter oficial. Las dos
se encuentran identificadas en la bibliografía de este trabajo y también han sido
incluidas en el apéndice documental de esta tesis doctoral.
91

Una obra bastante rara que sirve para reconstruir los sentimientos, las
esperanzas y las aspiraciones que tenían las clases dirigentes peruanas ante el
ascenso de Cáceres al poder es Sermón de acción de gracias predicado el domingo
13 de junio [de 1886] en la Iglesia Catedral por el presbítero Dr. D Agustín Obín y
Charún por la exaltación al mando supremo del Excmo. Señor Andrés A. Cáceres,
publicado en Lima en ese año 1886.

En otro orden de cosas, tanto la génesis del Contrato Grace como los primeros
meses del gobierno de Cáceres aparecen retratados de manera cruda en las obras Las
propuestas de los tenedores de bonos (1886) y Ocho meses de gobierno.
Apreciaciones e indicaciones políticas (1887) del brillante y polémico político José
María Químper. Este personaje había sido estrecho aliado de Cáceres en Lima en
tiempos de la campaña de La Breña y ahora marcaba distancias políticas con él.

Entre los muchos aportes bibliográficos para estudiar a Cáceres en el tiempo


que hemos escogido, en particular para la cruenta fase de la guerra civil que corre
entre los años 1884 y 1885, hay que mencionar de manera muy especial la obra del
científico alemán Ernst Wilhelm Middendorf. Nos referimos a su célebre obra Peru.
Beobachtungen und Studien über das Land und seine Bewohner während eines 25
Jährigen Aufenthalts, publicada en Berlín a fines del siglo XIX, y cuya primera
edición española apareció recién en 1973 bajo el título Perú: observaciones y
estudios del país y sus habitantes durante una permanencia de 25 años (Midderndorf
1973 [1893]). La obra incluye valiosas impresiones y análisis sobre la vida política
de la época, hechas desde la perspectiva de un estudioso que contempla, describe y
explica los acontecimientos con el rigor que un naturalista emplea para entender el
ciclo de una planta o la calidad de un mineral. Middendorf vivió en el Perú, en la
tercera de sus estancias, entre 1876 y 1888. Este científico alemán fue testigo de la
guerra con Chile, de la guerra civil y de los tres primeros años del gobierno de
Cáceres (Ibid: XVI). Relata y analiza la guerra civil con un prosa seca, muy
asimilable a los informes politológicos de nuestros días, dirigida a un público de
habla alemana. Middendorf subrayó no sólo el “coraje” y la “perseverancia” de
Cáceres, sino también la circunstancia crucial de la legitimidad de su lucha contra
Iglesias, sustentada en el fervor de un pueblo que llegó a detestar el sabor
92

“achilenado” del régimen encabezado por el caudillo cajamarquino. Sin dejar un tono
que por momentos llega a ser crítico contra Cáceres, Middendorf expresó, en el
escenario de la guerra civil, que “había que alegrarse de encontrar por fin, junto a
tantos indignos, cuya conducta trajo miseria y deshonra para el Perú, a un hombre
cuyos hechos reivindicaron a la nación” (Ibid: 277). Middendorf destaca el rol que
tuvo el carisma de Cáceres como uno de los elementos decisivos que condujeron a su
victoria en la guerra civil.

Figura 26. Ernst W. Middendorf

Aunque no apareció en la época que estudiamos, la obra Leguía (1928) de


Pedro Dávalos y Lisson incluye, dentro de su capítulo IV, una entrada titulada El
Perú en 1886, que tiene el mérito de apreciar este momento de la historia peruana
93

con una cierta distancia temporal: “Por primera vez en el Perú vivióse en la realidad,
se desecharon las quimeras y se comenzó a edificar sobre roca y no sobre arena”
(Dávalos y Lisson 1928: 138). La obra de Dávalos es una biografía laudatoria de
Augusto B. Leguía, aunque interesante y muy bien escrita. Se vivía entonces el
apogeo del “Siglo de Leguía”. No hay que dejar pasar que, pese a su base objetiva, el
tono elogioso de Lisson con relación a la coyuntura política de 1886 puede haber
estado influido por la gran proximidad política que Cáceres tuvo con Leguía desde
1919.
La fuente bibliográfica contemporánea más importante para el estudio del
Segundo Militarismo es, sin lugar a dudas, la Historia de la República del Perú de
Basadre (t. VII 1983). También es una casi imprescindible entrada a este tema la
Introducción a las bases documentales (1971) del mismo, que incluye una
recopilación abrumadora de fuentes primarias.

Sirven también para este propósito de ubicación de materiales las Fuentes


Históricas Peruanas (1968) de Raúl Porras Barrenechea, cuyos comentarios sobre la
prensa son ilustrativos.

En el caso específico de la guerra civil en los primeros años del Segundo


Militarismo, Héctor López Martínez tiene información muy valiosa en su libro
Guerra con Chile. Episodios y personajes (1879-1885). En este libro, destacan de
manera muy especial las reseñas sobre las trayectorias vitales de Gregorio Miró
Quesada, Lorenzo Iglesias y de José Mercedes Puga, protagonistas claves de la
contienda civil de aquellos años.

Otros trabajos del siglo XX para el estudio de esta época, sobre todo en el
ámbito de la historia política y de las ideas, son Autopsia de los Partidos Políticos de
Carlos Miró Quesada (1961), La República Aristocrática de Margarita Guerra
(1984), Cáceres Gobernante de Alejandro Ignacio Tudela Chopitea (1987) y La
Utopía Republicana de Carmen Mc Evoy (1997).

Un texto reciente muy valioso para reconstruir la gestación y los primeros


pasos del Partido Constitucional es la tesis de licenciatura en Historia de Iván
94

Ernesto Millones Maríñez, presentada en la Pontificia Universidad Católica del Perú


en 1998.
Para la perspectiva internacional, es importante la consulta de la Historia de los
Límites del Perú (1981) donde se juntan textos de Raúl Porras y de Alberto Wagner,
y de La Política Exterior del Perú (1999) de Ronald Bruce St. John.

Sobre la situación en el interior del país y, específicamente, en lo relativo al


levantamiento de Atusparia, que coincidió con la guerra civil, la fuente más
importante es el todavía insuperado libro de Stein de 1988. Dicho autor sostiene que
este levantamiento fue sólo parcialmente de carácter campesino y antifiscal. En
verdad, fue un movimiento popular, formado en una sociedad clientelista, que
incluyó como agentes dinámicos a elementos esenciales del sector urbano. En otras
palabras, los patrones citadinos se unieron a sus clientes rurales en el planeamiento,
organización y acción de la insurrección (Stein 1988: 73). Stein también hacer notar
que los principales líderes no campesinos del levantamiento, entre los que se contaba
el enigmático periodista limeño Luis Felipe Montestruque fueron, con gran
probabilidad, agentes caceristas (Stein 1988: 79 y s.). Desde este punto de vista, el
levantamiento sólo puede ser entendido dentro del contexto de la guerra civil que
entonces azotaba al país. Stein había publicado el año anterior un artículo en la
revista Histórica de la PUCP un trabajo que reproducía las versiones de la cordial
entrevista que Cáceres tuvo con Atusparia en Lima en 1886, muy poco tiempo antes
de tomar el poder. Estas versiones han sido transcritas en el apéndice documental de
la tesis.

En cuanto a las fuentes chilenas, obra de consulta esencial para el estudio del
inicio de la fase más cruenta de la guerra civil entre Cáceres e Iglesias (1884) es el ya
citado volumen III de la Guerra del Pacífico de Bulnes. Este trabajo da muchas
luces, entre otras cosas, sobre el pensamiento del presidente chileno Domingo Santa
María, la actividad de Cáceres y las relaciones entre Iglesias y los invasores. Sobre
trabajos historiográficos chilenos más recientes, resulta muy útil la consulta de la
Historia Diplomática de Chile de Mario Barros Van Buren. En esta obra se
encuentran interesantes apreciaciones sobre el proyecto chileno (a la postre
frustrado) de entregar los territorios de Tacna y Arica a Bolivia con el propósito de
forjar una alianza entre éste último estado y Chile, luego de la guerra.
95

CAPÍTULO 3

ALGUNOS PROBLEMAS DE LAS FUENTES DE ÉPOCA PARA


UNA RECONSTRUCCIÓN DE LA TRAYECTORIA DE ANDRÉS
A. CÁCERES EN TIEMPOS DE LA CAMPAÑA DE LA BREÑA Y
DE LA FASE DE LA GUERRA CIVIL CORRESPONDIENTE A
LOS AÑOS 1884 Y 1885

“La proclama que se me atribuye fechada en Mollepata es apócrifa, por


lo que he hecho que así lo declare en mi nombre mi secretario en una
esquela dirigida al Director de «La Bolsa» que supongo que ya se haya
publicado. Todos los conceptos de esa proclama están en contradicción
con la verdad de los hechos y es obra de las pasiones de partido. La
única auténtica es la expedida en Ayacucho en 12 de agosto [de 1883]”

De una carta de Andrés A. Cáceres al presidente Lizardo Montero.


Andahuaylas, 4 de octubre de 1883.1

Idea general del presente capítulo

Un estudio documentado, objetivo y contextualizado de la participación de


Andrés A. Cáceres en la campaña de La Breña y en la fase de la contienda civil de
1884 a 1885 solo podrá ser escrito haciendo uso de las que llamaremos fuentes de
época como su principal sustento documental, por encima de las semblanzas,
testimonios, reportajes, o trabajos de investigación que sean muy posteriores al
período bajo estudio. Hemos restringido el concepto de la expresión fuentes de época
al conjunto documental que reúne materiales que fueron producidos al calor de los
acontecimientos de la guerra internacional y de la guerra civil, hasta el año de la

1
Véase el apéndice documental
96

ascensión de Cáceres al poder supremo en 1886. La expresión también alcanza a las


fuentes decimonónicas posteriores pero referidas al período que se estudia. Usando el
lenguaje y el espíritu del historiador Friedrich Katz, se trata, por lo menos en parte,
de “documentos contemporáneos, mucho menos teñidos y afectados por la leyenda”
(Katz 2000, v. 1: 12). O al menos —añadimos nosotros— donde sea posible rastrear
los orígenes de esa leyenda.

Estas fuentes época abarcan en lo esencial materiales básicos (como pueden ser
oficios, informaciones de prensa y cartas personales) y también unas cuantas
publicaciones del siglo XIX con pie de imprenta, consideradas como casos especiales
por su muy escasa difusión.

Hasta la fecha, salvo algunas excepciones, los trabajos contemporáneos sobre


la trayectoria de Andrés A. Cáceres han sido muy dependientes de las llamadas
Memorias de Cáceres, publicadas en 1924. Se trata de un texto que no fue escrito por
Andrés A. Cáceres, que fue preparado veinte o treinta años después de los sucesos, y
que muestra, a cada paso (como ya se ha aclarado en el capítulo anterior),
inexactitudes, vacíos y desenfoques. Las Memorias no resisten una comparación con
las fuentes de época en términos de precisión y de calidad en la información. De allí
la importancia de realizar una reflexión heurística general sobre estas últimas.

I) La inseguridad de las tradiciones orales vertidas en testimonios


periodísticos

“La profecía del viejo Castilla, va cumpliéndose: Cáceres es la


figura más simpática del Perú; Cáceres ha defendido el honor de nuestra
bandera desde Molle hasta Huamachuco, por espacio de cinco años, sin
interrupción”

De un artículo de Manuel Bedoya en La Prensa Libre. Lima, 26 de


abril de 1884.

Gran parte de la imagen que tenemos de Cáceres hasta el día de hoy proviene
de tradiciones orales fijadas por escrito en diferentes momentos y circunstancias.
Esta vertiente pesa quizá tanto, o más, que las fuentes de tipo oficial. Pero, ¿cuán
97

confiable es ella? Las ya citadas Memorias de Cáceres fueron realizadas sobre la


base de los recuerdos del anciano militar. Estos recuerdos no fueron, muchas veces,
compulsados con fuentes de otro tipo con el objeto de garantizar la precisión de la
información o la calidad del enfoque. En cuanto al conjunto documental del período
que aquí estudiamos, encontramos también textos periodísticos alimentados con
testimonios orales. Es preciso aclarar que no nos referimos aquí al caso en que el
periodista recoge un diálogo de Cáceres sobre temas de actualidad o de un pasado
muy reciente con otro personaje de la época, como ocurrió en la entrevista que tuvo
en Lima con el varayoq Atusparia, reseñada en los diarios El Nacional y El Perú de
comienzos de junio de 1886 (Stein 1987: 112-116). Hablamos más bien de aquellos
reportajes en las que fueron utilizadas evocaciones orales y personales de episodios
del pasado lejano o no tan reciente, originadas ya sea en Cáceres o en personalidades
de su círculo. Es aquí donde encontramos las mayores dificultades.

1. La profecía de Ramón Castilla

Uno de los pocos aspectos cuestionables en materia de precisión informativa


que podemos encontrar en la biografía de Cáceres que Alberto Tauro del Pino
publicó en la Revista Histórica a comienzos de la década de 1980, es la presentación
como auténtica, sin mayor crítica, de una frase que el presidente Ramón Castilla
supuestamente pronunció en Arequipa, en marzo de 1858. Se decía que Castilla
visitaba a un herido capitán Cáceres en el hospital, luego de la destacada
participación de este joven oficial en la toma de esa ciudad, por asalto, contra las
fuerzas vivanquistas: “Herida grave, muy grave, que no es mortal. Dios lo reserva,
sin duda, si, lo reserva para grandes cosas” (Tauro 1981-1982: 52). ¿De dónde tomó
Tauro esta versión? Es muy probable, aunque no del todo seguro, que su fuente haya
sido la edición de El Comercio de Lima del 6 de enero de 1886.2 En esta fecha, dicho
medio periodístico publicó un gran reportaje, más bien laudatorio, realizado en el
contexto de la enorme popularidad que rodeó a Cáceres en los meses que siguieron a
la caída del desprestigiado régimen de Iglesias en diciembre de 1885. En esos días de

2
En su página 3, la citada edición de El Comercio del 6 de enero de 1886, comentaba que Castilla
había pronunciado “con el modo entrecortado y sentencioso que había llegado a ser en él una especie
de manía”, la siguiente expresión: “[¡] Herida grave...muy grave... que no ha sido mortal...! ¡Dios lo
reserva, sin duda, para grandes hechos!”. Como se observa, esta versión es parecida, pero no idéntica,
a la que recoge Tauro, lo que sugiere que este último pudo haber utilizado otra fuente. Otra
posibilidad es que haya hecho retoques menores a la de El Comercio.
98

enero de 1886, Cáceres era candidato a la presidencia de la República y, salvo los


medios y los círculos pierolistas, todo el stablishment le tributaba loas y halagos. El
Comercio citaba como fuente de éste y de otros episodios del reportaje a La Historia
militar del Perú, desde 1834 hasta la fecha, mencionada como “trabajo inédito” de
un militar peruano.3 Se trataba, con gran probabilidad, de un texto fantasma, que no
ha podido ser ubicado en ninguna biblioteca ni archivo, lo que sugiere que este diario
estaba simplemente dando un ropaje intelectual a lo que no eran sino simples
versiones orales que circulaban en Lima por lo menos desde hacía dos años.

En abril de 1884, antes del recrudecimiento de la guerra civil, el diario


cacerista limeño La Prensa Libre había publicado la siguiente nota de su periodista
Manuel Bedoya, titulada “Un episodio de la vida del General Cáceres”:

“El General Cáceres ha sido predestinado para desempeñar un gran


papel en su Patria, levantándose como una figura arrogante.
Lo prueba el siguiente episodio de su vida: cuando fue herido en la
cara por una bala, al penetrar a la ciudad de Arequipa, lo hizo llamar el
General Castilla, y le dijo:
-Usted ha recibido un balazo en un ojo, le ha traspasado la cara y
una oreja y no ha muerto. La Providencia lo reserva a u[sted] para algo
bueno: U[sted] será mucho en su Patria. Vaya u[sted] a Europa a curarse
y a estudiar: oficiales como u[sted] es necesario concervarlos [sic]
Y diciendo esto, lo mandó a Europa de donde regresó
perfectamente curado de su herida.
El hoy General de los Ejército del Perú y Bolivia, Andrés Avelino
Cáceres, era entonces capitán”.4

Los puntos de coincidencia y de divergencia entre las versiones de 1884 y 1886


apuntalan la idea de una versión oral libre. Lo que sin duda es de carácter histórico
fue la participación de Cáceres como capitán durante la toma de Arequipa. Hay
testimonios independientes de la época que la corroboran. Por ejemplo, el camanejo
José María Químper evocó el origen de su amistad juvenil con Cáceres (que fue tan
importante en los años de la guerra con Chile) justo en los días de la toma de
Arequipa por Castilla, destacando el “comportamiento heroico” del joven capitán en
esa jornada. Químper hizo esta aseveración en un tiempo en el que ya comenzaba a
estar distanciado de Cáceres, lo que abona a favor de su exactitud (Químper 1887: 6).

3
Ibid, p. 3.
4
La Prensa Libre. Lima, sábado, 26 de abril de 1884, p. 2.
99

En la entrevista que concedió a Ricardo Vegas García, publicada en La Crónica de


Lima de noviembre de 1921, siendo un anciano de 85 años, Cáceres habló bastante
del episodio de la toma de Arequipa, pero no dijo nada de la profecía de Castilla.5

2. ¿Soldados chilenos atemorizados o desertores?

La misma sensación de fondo de verdad y de inexactitud (o de imaginación)


en los detalles la encontramos en el episodio de un encuentro de Cáceres con jinetes
chilenos que supuestamente tuvo lugar en las inmediaciones de Oyón cuando el
caudillo realizaba su azaroso viaje de retorno al Centro del país, luego de la
sangrienta batalla de Huamachuco, hacia la última semana de julio de 1883. El
episodio fue recogido también en la citada edición de El Comercio del 6 de enero de
1886:

“...apareció un piquete de caballería enemiga que iba en pos suya.


Por el uniforme y gruesos capotes que vestían, los grandes caballos que
montaban y las carabinas atravesadas a la espalda en bandolera que se les
veían, no había lugar a equivocaciones: eran chilenos.
Cáceres y su comitiva componían el número de solo cinco personas
y no era posible esperar resultado favorable alguno en la lucha contra
once veteranos, excelentemente montados y armados con sables y
carabinas «Winchester» perfeccionadas.
[...] adelantándose [Cáceres] hacia los cazadores a caballo chilenos
[...] les gritó con arrogancia: ¿Quiénes son ustedes? [¡] Yo soy el General
Cáceres...! Estoy aquí con mis fieles y numerosos guerrilleros que por
todas partes los rodean.
[...] impulsados por no sabemos qué poder secreto y misterioso
obedecieron al instante, desmontando y entregando las armas, hecho lo
cual pidieron al General que les permitiera dirigirse a la costa.
Éste les dio algún dinero y un salvoconducto en toda forma, para
que los guerrilleros imaginarios, —pues en aquellas regiones no existía,
por entonces, ni uno solo— no les hicieran daño alguno y más bien los
auxiliaran en el tránsito.
Lo más curioso del caso es que el General Cáceres al ver la
docilidad de los chilenos que componían ese piquete y su empeño por
dirigirse a la costa, ha creído siempre que tal vez componían un grupo de
soldados que desertaban, cuando no era así, pues eran parte de las fuerzas
destacadas expresamente en contra suya, con motivo de haber sido
denunciada, durante la noche, por el mayordomo de la estancia en que
pernoctó, la presencia del General en ella”.6

5
La Crónica. Lima, domingo 27 de noviembre de 1921.
6
El Comercio. Lima, miércoles, 6 de enero de 1886, p.3.
100

Comparemos esta versión con la que apareció en las Memorias de Cáceres 38


años después, en 1924:

“Atravesamos la cordillera soportando un inclemente frío, y


descendimos sin novedad. A poco, por el llano, distinguimos un grupo de
jinetes que claramente se veían que eran soldados. Mandé al coronel
Alcázar para que averiguase el objeto de la presencia de tales hombres
[...] Alcázar los detuvo: eran soldados chilenos. A las preguntas que se
les hizo respondieron que iban en comisión a preparar rancho para su
batallón [...] Al comprender los soldados que no creía lo que decían,
desmontó uno de ellos y se me acercó diciéndome: «Señor: usted es el
general Cáceres, que tanto trabajo nos viene dando; en verdad, hemos
desertado, porque ya estamos cansados de tantas marchas y
contramarchas; todos los soldados lo admiramos por su bravura;
recomiéndenos, señor general, por favor, a las autoridades del pueblo al
cual vamos a llegar, para que no nos maltraten». Compadecido de estos
individuos, aunque eran enemigos, extraje de mi cartera una tarjeta y
escribí unas cuantas líneas al gobernador de Cajatambo, recomendándole
que los amparase contra las iras de la muchedumbre embriagada.
Alejáronse agradecidos, y me enteré luego que el gobernador les había
atendido, y ellos seguido su camino sin novedad” (Cáceres 1973 [1924]:
233).

Las Memorias sitúan el episodio en los alrededores de Cajatambo, también


durante la arriesgada marcha luego de la batalla de Huamachuco. Debido a la relativa
proximidad de los puntos geográficos de referencia (Oyón y Cajatambo), así como a
otros detalles de los relatos, ello hace sospechar que se trata del mismo episodio
contado en dos versiones orales distintas.

II) ¿Son utilizables todas las fuentes oficiales?

Al contrario de lo que podría suponerse, no todas las fuentes oficiales del


período correspondiente a la campaña de La Breña y a la guerra civil son utilizables.
Es el caso, por ejemplo, de un documento aparecido en El Registro Oficial de Junín.
Con fecha 19 de mayo de 1884, apareció allí una proclama apócrifa de Cáceres,
supuestamente suscrita en Ayacucho el 13 de febrero de ese año. El 22 ó 23 de mayo
de 1884, el redactor de El Comercio de Lima encargado de la sección Noticias del
Interior parece haber utilizado una copia de esta edición obtenida de manos de
101

pasajeros que arribaron por esos días a la capital desde la Sierra. Pero resultaba que
El Registro Oficial contenía información falsa. La aclaración correspondiente fue
suscrita por el coronel Arturo Morales Toledo, secretario del general Cáceres, en un
documento fechado en Huancayo el 10 de junio de 1884, publicado en el diario El
Comercio ocho días después en los siguientes términos: “...cúmpleme decir a
u[stedes] que dicha proclama es apócrifa, como son igualmente apócrifos todos los
documentos que aparecen suscritos por dicho General en el mencionado periódico
oficial”.7 Debe señalarse que si bien esta situación no se repetía de manera constante,
no debe darse por sentada la autenticidad de un documento por su simple aspecto
externo de fuente oficial.

1. Existencia de documentos apócrifos atribuidos a Cáceres, en el ámbito


oficial

En general, existen por lo menos dos documentos apócrifos identificados con


absoluta precisión dentro del cuerpo de los documentos firmados por Cáceres en el
período estudiado. Se trata de dos proclamas que fueron supuestamente firmadas por
Cáceres en Mollepata el 12 de julio de 1883, y (la ya citada) en Ayacucho el 13 de
febrero de 1884, respectivamente. Ambas son transcritas en el apéndice documental
de esta tesis. Si bien no son proclamas auténticas, sus textos pueden ser considerados
también como fuentes históricas que nos pueden permitir vislumbrar las maniobras
de propaganda de la época. Este ha sido un recurso que ha sido utilizado no pocas
veces por los historiadores más renombrados.8

Con relación al documento de Mollepata, supuestamente firmado dos días


después de la batalla de Huamachuco, Cáceres dijo en una carta a Montero, escrita
meses después, que “todos los conceptos de esa proclama están en contradicción con

7
El Comercio. Lima, miércoles 18 de junio de 1884, p. 2. Véase también El Comercio del viernes 23
de mayo de 1884, p.2
8
“Pero no basta darse cuenta del engaño, hay que descubrir sus motivos, aunque sólo fuera, ante todo,
para mejor dar con él; mientras subsista la menor duda acerca de sus orígenes sigue habiendo en él
algo rebelde al análisis, y, por ende, algo sólo probado a medias. Ante todo, tengamos en cuenta que
una mentira, como tal, es a su manera un testimonio. Probar, sin más, que el célebre diploma de
Carlomagno en favor de la iglesia de Aquisgrán no es auténtico es simplemente ahorrarse un error,
pero no adquirir un conocimiento. Pero si, al contrario, logramos determinar que el fraude fue
compuesto entre los que rodeaban a Federico Barbarroja, y que tuvo por motivo servir sus grandes
sueños imperialistas, se abre un amplio panorama sobre vastas perspectivas históricas. He aquí a la
crítica llevada a buscar, detrás de la impostura, al impostor; es decir, conforme con la divisa misma de
la historia, al hombre” (Bloch 1992: 75).
102

la verdad de los hechos y es obra de las pasiones de partido”.9 En la proclama,


Cáceres aparece mostrando un tono muy extraño, más opuesto a Iglesias que a los
chilenos, característica que fue notada en su momento por el historiador Gonzalo
Bulnes. Tanto éste, como el recopilador de la misma nacionalidad Ahumada Moreno,
habían considerado a esta proclama, en forma equivocada, como auténtica (Bulnes
1955 [1911-1919] v. III: 258; Ahumada Moreno 1891: 227). El diario La Bolsa de
Arequipa publicó una aclaración formal sobre el particular, suscrita en Ayacucho por
Florentino Portugal, secretario de Cáceres, el 16 de septiembre de 1883, donde se
decía lo siguiente:

“No es la primera vez que se hace uso de la suplantación e


impostura, tomando el nombre del General Cáceres, para despertar
sentimientos e inclinar la balanza de la opinión, en el sentido que se
desea; también en diciembre del 81 apareció otra proclama en Lima, que
se suponía expedida en Chicla, a consecuencia de la abdicación que del
poder hizo el señor Piérola: documentos son éstos llenos de conceptos
calculados, para producir determinadas sensaciones, y fraguados
insidiosamente por las pasiones de partido, que nada respetan, para el
logro de sus ambiciones. El señor General juzga que su deber es rechazar
semejantes documentos; no sólo porque no están conformes con la
verdad de los hechos, sino porque en ningún caso acepta la
responsabilidad de obras que no son suyas”.10

Esta aclaración fue motivada por la publicación que La Bolsa hizo de esta
proclama en su edición del 16 de agosto de 1883.11 De allí la tomó El Deber del
Cusco, cuya edición, realizada poco después, parece que fue la que llegó a las manos
de Cáceres y de su secretario Portugal.12 Lo extraño es que el efecto inicial que tuvo
la publicación de la proclama en Arequipa, más de un mes después de la batalla de
Huamachuco, antes de saberse que era falsa, fue más bien optimista. De hecho, fue
interpretada como una evidencia de que Cáceres no había perdido todo su ejército.13
Vista desde este punto de vista, la proclama pudo haber sido fraguada por peruanos
partidarios de Cáceres que buscaban bajarle el tono a la victoria de las fuerzas
chilenas en Huamachuco. Más probable, sin embargo, nos parece la posibilidad de
que esta proclama haya sido redactada por chilenos y partidarios de Miguel Iglesias,

9
Carta de Andrés A. Cáceres a Lizardo Montero (Andahuaylas, 4 de octubre de 1883). Véase el
apéndice documental.
10
La Bolsa. Arequipa, sábado 6 de octubre de 1883.
11
La Bolsa. Arequipa, jueves 16 de agosto de 1883.
12
La Bolsa. Arequipa, sábado 6 de octubre de 1883.
13
La Bolsa. Arequipa, jueves 16 de agosto de 1883.
103

entonces aliados, con el propósito de presentar a un Cáceres intransigente y


fanatizado contra el caudillo de Montán. Se sabe que la noticia de Huamachuco fue
conocida en Cajamarca, el 12 de julio de 1883, apenas dos días después de la batalla,
por medio de impresos que reproducían el (más bien escueto) primer parte militar
que el victorioso coronel Alejandro Gorostiaga dirigió a su general en jefe, Patricio
Lynch, fechado el mismo día del encuentro en las “alturas de Huamachuco”.14
¿Disponían, entonces, los chilenos y los partidarios de Iglesias del recurso de la
imprenta para preparar hojas informativas o de propaganda en circunstancias tan
extremas? De haber sido así, no resultaría sorprendente constatar que la proclama
apócrifa de Cáceres del 12 de julio haya sido una maniobra de propaganda que
buscaba desprestigiar al general vencido.

Con relación a la proclama apócrifa supuestamente suscrita por Cáceres en


Ayacucho, el 13 de febrero de 1884, las referencias a las motivaciones de la
impostura son asimismo oscuras. No obstante, como creemos que ocurre en el caso
de la proclama de Mollepata, aquí también parecería adivinarse la intención de
presentar a Cáceres como un fanático irracional frente a Iglesias. No hay que olvidar
que estamos en las semanas previas a la aprobación del Tratado de Ancón por parte
de un nervioso Congreso reunido por Iglesias en Lima. Había entonces la
desesperada necesidad, por parte del régimen de Montán, de conseguir el máximo
apoyo de la ciudadanía en torno a esta decisión, objetivo que a la postre no fue
alcanzado. En la proclama apócrifa que comentamos, llama la atención el uso de
palabras que no calzan con el estilo más bien sobrio de Cáceres, como es el caso de
“miserables”, usada para dirigirse a los iglesistas.

Es probable, sólo probable, que la proclama que el general Cáceres publicó


desde Casapalca, el 6 de enero de 1882, sea, en verdad, a la que el secretario
Florentino Portugal se refiere (al parecer de manera equivocada) en su aclaración de
septiembre de 1883. Como vimos, Portugal señaló que no era la primera vez que se
hacía uso “de la suplantación y la impostura”, en alusión a una proclama publicada
en Lima “que se suponía expedida en Chicla” por el general Cáceres en diciembre de
1881, en el contexto “de la abdicación que del poder hizo el señor Piérola” Dado que

14
Diario Oficial. Lima, miércoles 18 de julio de 1883, p.2.
104

la proclama de Chicla no se encuentra en ningún archivo ni publicación, es probable


que Portugal la haya confundido con la de Casapalca de enero de 1882, de la cual sí
hay huellas documentales (Ahumada Moreno 1889: 443 y s). Como se puede
apreciar de su transcripción en el apéndice documental de esta tesis, el tono agrio de
la proclama de Casapalca, donde Cáceres denuncia maniobras pierolistas, no
corresponde con el estilo usual de los textos del caudillo, aunque no hay argumentos
definitivos para calificarla como apócrifa.

2. Dudas sobre la fidelidad de algunos documentos, esencialmente oficiales,


firmados por Cáceres

Quizás la etapa más espectacular de la trayectoria militar de Cáceres haya sido


la que correspondió en el tiempo a la llamada ofensiva de julio de 1882 en la Sierra
Central. En ella tuvieron participación destacada el Ejército del Centro y también
miles de guerrilleros campesinos de Junín y de Huancavelica movilizados para
hostigar la retirada de las fuerzas chilenas del coronel Estanislao del Canto. De forma
paradójica, la reconstrucción historiográfica de esta ofensiva y sus antecedentes
inmediatos, corresponde a un cuerpo documental que inspira algunas dudas sobre su
fidelidad como fuente histórica, que buscaremos aquí disipar. Se trata de un conjunto
de documentos redactados, dictados, o simplemente suscritos, por Cáceres al calor de
los acontecimientos en plena campaña, y durante la fase previa de junio de 1882. La
mayor parte de ellos tienen carácter oficial. Todos han sido transcritos en el apéndice
documental. Son los siguientes:

1) Proclama del general Andrés A. Cáceres anunciando la próxima partida del


Ejército del Centro hacia Junín (Ayacucho, 1º de junio de 1882).15

2) Oficio del general Andrés A. Cáceres al coronel Remigio Morales Bermúdez,


prefecto y comandante general del departamento de Ayacucho (Izcuchaca, 24 de
junio de 1882).16

15
La Bolsa de Arequipa del martes 27 de junio de 1882 (p. 1). De aquí la tomó el Diario Oficial de
Lima del 18 de julio de 1882 (p. 2). La Bolsa precisaba que su fuente primigenia había sido el
periódico La Unificación Nacional de Ayacucho. Posteriormente, fue incluida en la colección
documental chilena de Ahumada Moreno (1889: 510 y s.).
16
La Bolsa de Arequipa del lunes 31 de julio de 1882 (p. 2); Diario Oficial de Lima del viernes 11 de
agosto de 1882 (p. 3). La citada edición de La Bolsa menciona haberlo copiado del Rejistro [sic]
105

3) Oficio del general Andrés A. Cáceres al coronel Remigio Morales Bermúdez,


prefecto y comandante general del departamento de Ayacucho (Izcuchaca, 28 de
junio de 1882).17

4) Oficio del general Andrés A. Cáceres al coronel Tomás Patiño, prefecto y


comandante general del departamento de Huancavelica (Izcuchaca, 28 de junio de
1882).18

5) Oficio del general Andrés A. Cáceres al coronel Tomás Patiño, prefecto y


comandante general del departamento de Huancavelica (Acostambo, 29 de junio de
1882).19

6) Oficio del general Andrés A. Cáceres al coronel Juan Gastó, comandante general
de la División Vanguardia (Pozos [(¿Pazos?], 3 de julio de 1882)20

7) Carta de Andrés A. Cáceres al coronel Juan Gastó (Pozos [¿Pazos?], 8 de julio de


1882).21

Oficial, en su edición del 30 de junio de 1882, boletín que era editado por la Prefectura y
Comandancia General del Departamento de Huancavelica. Posteriormente, fue incluido en la
colección documental chilena de Ahumada Moreno (1890: 186).
17
La Bolsa de Arequipa del lunes 31 de julio de 1882 (p. 2); Diario Oficial de Lima del viernes 11 de
agosto de 1882, p. 3. La citada edición de La Bolsa menciona haberlo copiado del Rejistro [sic]
Oficial, en su edición del 30 de junio de 1882, boletín que era editado por la Prefectura y
Comandancia General del Departamento de Huancavelica. Posteriormente, fue incluido en la
colección documental chilena de Ahumada Moreno (1890: 186).
18
Manuscrito original conservado en la Sala de Investigaciones de la Biblioteca Nacional del Perú
(Correspondencia Particular, Onomástico).
19
Contenido dentro de un oficio de Tomás Patiño a Remigio Morales Bermúdez (Huancavelica, 30 de
junio de 1882). Publicado en La Bolsa de Arequipa del lunes 31 de julio de 1882 (p. 2). Fue
reproducido en el Diario Oficial de Lima del viernes 11 de agosto de 1882 (p. 3). La citada edición de
La Bolsa menciona haberlo copiado del Rejistro [sic] Oficial, en su edición del 30 de junio de 1882,
boletín que era editado por la Prefectura y Comandancia General del Departamento de Huancavelica.
Fue publicado también en la colección Ahumada Moreno (1890: 186).
20
Estanislao del Canto. Memorias militares. Santiago: Ediciones Centro de Estudios Bicentenario,
2004, p. 218. Se trata del primero de tres oficios, dos decretos y una carta de Cáceres que, según
señala Estanislao del Canto en sus memorias, cayeron en su poder y que conservó entre sus papeles
después de la guerra.
21
Estanislao del Canto. Memorias militares. Santiago: Ediciones Centro de Estudios Bicentenario,
2004, pp. 219. El historiador chileno Gonzalo Bulnes revisó estas Memorias, en versión manuscrita
todavía inédita para la preparación del tercer volumen de su Guerra del Pacífico y, de hecho,
transcribió fragmentos de esta carta de Cáceres al coronel Juan Gastó del día 8 de julio que habría sido
“interceptada” por fuerzas chilenas (como otros tres oficios y dos decretos) presuntamente a algún
correo militar peruano (Santiago de Chile: Editorial del Pacífico S.A., 1955 [1919], volumen III, pp.
158,160.)
106

8) Oficio del general Andrés A. Cáceres al coronel Tomás Patiño, prefecto y


comandante general del departamento de Huancavelica (Pucará, 10 de julio de
1882).22

9) Oficio del general Andrés A. Cáceres al coronel Juan Gastó, comandante general
de la División Vanguardia (Pucará, 10 de julio de 1882) 23

10) Oficio del general Andrés A. Cáceres al coronel Tomás Patiño, prefecto y
comandante general del departamento de Huancavelica (Huancayo, 11 de julio de
1882).24

11) Oficio del general Andrés A. Cáceres al coronel Juan Gastó, comandante general
de la División Vanguardia (San Jerónimo, 11 de julio de 1882).25

12) Carta de Andrés A. Cáceres al coronel Remigio Morales Bermúdez (Huancayo,


11 de julio de 1882).26

13) Oficio del general Andrés A. Cáceres al coronel Remigio Morales Bermúdez,
prefecto y comandante general del departamento de Ayacucho (Apata, 13 de julio de
1882).27

22
Contenido dentro de un oficio de Tomás Patiño a Remigio Morales Bermúdez (Huancavelica, 11 de
julio de 1882). Publicado en La Bolsa de Arequipa del jueves 3 de agosto de 1882. En su edición del
lunes 7 de agosto de 1882, La Bolsa precisó que este documento había sido tomado, para la edición
del jueves 3, “del último correo de Ayacucho y Huancavelica”. Este “correo” incluía,
presumiblemente, alguna edición del Registro Oficial de cualquiera de las dos prefecturas. El oficio
de Cáceres a Patiño fue posteriormente incluido en la colección Ahumada Moreno (1890: 187).
23
Estanislao del Canto. Memorias militares. Santiago: Ediciones Centro de Estudios Bicentenario,
2004, p. 219. Gonzalo. Bulnes sólo resume esta comunicación (Guerra del Pacífico, vol. III, p. 158 y
s.)
24
Contenido dentro de un oficio de Tomás Patiño a Remigio Morales Bermúdez (Huancavelica, 13 de
julio de 1882). Publicado en La Bolsa de Arequipa del miércoles 16 de agosto de 1882 (p.1). Dicho
medio arequipeño precisó que la fuente de este documento había sido un ejemplar del Registro Oficial
de Ayacucho, remitido desde esa ciudad por el prefecto Remigio Morales Bermúdez a Camilo
Carrillo, Jefe Superior Político y Militar de los departamentos del Sur. Fue reproducido también en la
colección de Ahumada Moreno (1890: 191).
25
Estanislao del Canto. Memorias militares. Santiago: Ediciones Centro de Estudios Bicentenario,
2004, p. 220; Gonzalo Bulnes, Guerra del Pacífico, vol III, p. 159. Bulnes cita solo un fragmento de
esta comunicación.
26
Publicada en La Bolsa de Arequipa del jueves 3 de agosto de 1882 (p.1). De esta fuente la tomó el
Diario Oficial de Lima del 10 de agosto de 1882 (p. 3). En su edición del lunes 7 de agosto de 1882,
La Bolsa precisó que el documento había sido tomado, para la edición del jueves 3, “del último correo
de Ayacucho y Huancavelica”. Este “correo” incluía, presumiblemente, alguna edición del Registro
Oficial de cualquiera de las dos prefecturas. Fue posteriormente incluida en la colección de Ahumada
Moreno (1890: 187).
107

14) Oficio del general Andrés A. Cáceres al coronel Tomás Patiño, prefecto y
comandante general del departamento de Huancavelica (Tarma, 19 de julio de
1882).28

15) Decreto del general Andrés A. Cáceres (Tarma, 20 de julio de 1882)29

16) Decreto del general Andrés A. Cáceres (Tarma, 23 de julio de 1882)30

A la lista anterior habría que añadir tres documentos que pueden ser también de
utilidad para aclarar ciertos contextos del momento. El más importante de ellos es un
oficio que Cáceres dirigió “a los señores delegados del Supremo Gobierno de Lima”,
fechado en Tarma, el 22 de julio de 1882, donde presenta un panorama de la
campaña de julio de 1882. Es un documento donde se observa un tono más reposado
y reflexivo ya superadas, en lo esencial, las presiones de la lucha.31 El segundo es
otro oficio dirigido al prefecto y comandante general del departamento de Ayacucho,
coronel Morales Bermúdez, suscrito en Tarma el 27 de julio de 1882, donde Cáceres
reseña la desocupación de La Oroya por las fuerzas chilenas.32 El tercer documento
es la proclama “A los pueblos y ejército de su mando”, firmada por el caudillo en
Tarma, el 27 de julio de 1882, que fue difundida por esos días en forma de volante,
incluso en la Lima ocupada, en un contexto de euforia nacional, luego de la ya
mencionada retirada de las fuerzas invasoras chilenas de la Sierra Central.33

27
La Bolsa de Arequipa del miércoles 16 de agosto de 1882 (pp. 1 y s). Dicho medio arequipeño
precisó que la fuente del documento había sido un ejemplar del Registro Oficial de Ayacucho,
remitido desde esa ciudad por el prefecto Remigio Morales Bermúdez a Camilo Carrillo, Jefe Superior
Político y Militar de los departamentos del Sur. El oficio de Cáceres a Morales Bermúdez fue
reproducido también, posteriormente, en la colección documental de Ahumada Moreno (1890: 192).
28
Contenido dentro de un oficio de Tomás Patiño a Remigio Morales Bermúdez (Huancavelica, 24 de
julio de 1882). Publicado por La Bolsa de Arequipa del miércoles 16 de agosto de 1882 (p. 2). Dicho
medio arequipeño precisó que la fuente de este documento había sido un ejemplar del Registro Oficial
de Ayacucho, remitido desde esa ciudad por el prefecto Remigio Morales Bermúdez a Camilo
Carrillo, Jefe Superior Político y Militar de los departamentos del Sur. Fue publicado también en la
colección Ahumada Moreno 1890: 206 y s.).
29
Estanislao del Canto. Memorias militares, p. 220.
30
Estanislao del Canto. Memorias militares, p. 220.
31
Véase el apéndice documental
32
Véase el apéndice documental
33
“El enemigo que ayer nomás pretendía haber consolidado su triunfo y su conquista en el
Departamento de Junín, acaba de sellar su derrota y de ejecutoriar su ignominia, huyendo de vosotros
en precipitada confusión y rompiendo el puente de la Oroya para evitar su completo y absoluto
hundimiento. Desde el asalto de Marca-valle en que lo desordenásteis y confundísteis, el ejército
chileno no ha hecho más de huir a vuestra sola aproximación [...] Junín ha quedado libre; el ejército ha
satisfecho mis aspiraciones; el pueblo en masa ha cumplido su oferta; y el enemigo, derrotado en
108

La duda sobre la autenticidad de estos documentos reside en que ninguno de


ellos es citado, o siquiera comentado con un nivel de claridad que permita su
identificación, en la Memoria de Cáceres al gobierno de Arequipa de enero de 1883;
en las Memorias de Cáceres, publicadas en 1924; ni tampoco (salvo el oficio de
Cáceres suscrito en Tarma el 22 de julio para los “señores delegados” en Lima) en el
panorama de la campaña de La Breña que Basadre hizo en su Historia de la
República del Perú. Casi no hay documento importante sobre esta etapa de la vida
peruana que no haya quedado por lo menos trascrito en parte, comentado, o al menos
reflejado en alguna de estas tres fuentes nacionales, correspondientes a tres
momentos históricos diferentes. Llama mucho la atención, en forma particular, el
hecho de que Cáceres haya ignorado estas comunicaciones de su propia mano en la
Memoria que dirigió en enero de 1883 al gobierno de Arequipa, redactada a escaso
medio año de los sucesos. De hecho, para la campaña de julio de 1882, la Memoria
utiliza como referencia documental, incluida en su apéndice, solo el parte oficial
suscrito por el Comandante en Jefe del Ejército del Centro, coronel Francisco de
Paula Secada, fechado en Tarma el 19 de julio de 1882 (Cáceres 1883: 53-61).34 La
ausencia de referencias al conjunto del cuerpo documental antes enumerado en las
Memorias de Cáceres y en la Historia de la República del Perú de Basadre es muy
extraña si consideramos que la mayor parte de los oficios y cartas que lo componen
fueron transcritos en la colección documental chilena realizada por Pascual Ahumada
Moreno en las últimas décadas del siglo XIX. ¿Por qué se produjo esta situación?

Quizás la marginación que se ha hecho de estos documentos como fuentes para


reconstruir la campaña de julio de 1882 resida en su contenido y en su sentido, más
que en razones de crítica externa. Hay que partir diciendo que los documentos
enumerados en la lista presentada líneas arriba no parecen haber sido fraguados por
razones de propaganda o de exaltación nacionalista. Según puede deducirse, la mayor
parte de sus originales (hoy perdidos, salvo el oficio de Cáceres a Patiño del 28 de
junio de 1882) fueron copiados en los Registros Oficiales de Huancavelica y de

diferentes combates, ha ido a ocultar en la costa su baldón y su vergüenza [...] Si los pueblos todos de
la República imitaran con el mismo entusiasmo vuestro valeroso ejemplo, la Nación quedaría bien
pronto libre de la opresión e ignominia chilenas”. Proclama titulada “El General Cáceres. A los
Pueblos y Ejército de su mando” (Tarma, 27 de julio de 1882). En: Archivo Histórico Riva-Agüero
(AHRA), Colección de Volantes e Impresos, VOL-0103. Véase la versión completa en el apéndice
documental.
34
El parte de Secada fue también publicado en El Comercio del jueves 10 de julio de 1884 (p.3).
109

Ayacucho, donde Cáceres tenía como lugartenientes, respectivamente, a los prefectos


Tomás Patiño y Remigio Morales Bermúdez, quienes se encargaron con diligencia
de su edición oficial. Llegados a Arequipa como parte de los materiales de esos
boletines que eran los Registros Oficiales, los oficios y cartas de Cáceres fueron
trascritos y difundidos en el diario La Bolsa de esa ciudad. Varios aparecieron
después, copiados de esta fuente peruana, en el Diario Oficial chileno que se
publicaba en Lima. Este itinerario documental explica, entre otras cosas, por qué las
noticias oficiales sobre los sucesos del Centro llegaban a Arequipa con un mes de
retraso.

Las razones de su publicación inicial tanto en el caso peruano como en el


chileno son bastante claras. Dichos documentos reflejan, en conceptos e imágenes,
los altos niveles de crueldad que alcanzó entonces la guerra en el Centro del país.
Poseen, además, la fuerza dramática derivada del hecho de referirse a experiencias
inmediatas. Pero lo más notable es que muestran a un Cáceres pasional, incluso por
momentos algo exagerado en sus juicios, y dominado por la euforia de descubrir que
la fortuna volvía, por fin, sus favores a la causa de su Patria. También se percibe el
entusiasmo de Cáceres ante el contundente éxito que había significado la aplicación,
en el terreno, de su tan original concepción de apoyar la acción de su ejército regular
con el despliegue coordinado de masas de guerrilleros.

Desde Acostambo, el 29 de junio de 1882, antes de la ofensiva, y luego de


comentar “el denuedo de nuestros guerrilleros”, Cáceres escribió al coronel Tomás
Patiño, prefecto de Huancavelica: “...sólo he visto con impresión algunas cabezas
[...] en las puntas de las lanzas que los indígenas traían como trofeos de guerra y
algunos rifles Comblain, y por los jefes de los guerrilleros, sé que el camino que han
retrocedido es un reguero de sangre, lo que prueba que han tenido muchas pérdidas y
han pretendido ocultarlas”.35 En la carta que dirigió desde Huancayo a Remigio
Morales Bermúdez, prefecto de Ayacucho, el 11 de julio de 1882, e influido todavía
por el justificado orgullo de haber ingresado entre aclamaciones en una ciudad que
pocas horas antes había estado ocupada por los chilenos, le comentaba que era de
esperarse que “ni uno solo” de ellos pudiera regresar a Lima.36 La euforia que

35
Véase el apéndice documental
36
Véase el apéndice documental
110

entonces lo dominaba aparece también muy clara en el oficio que dirigió a Patiño en
ese febril día 11 de julio de 1882, donde le decía: “Tan fausto acontecimiento
alcanzado por el Ejército del Centro y la decisión y entusiasmo con que todos los
ciudadanos se han prestado a defender la Patria, organizándose en columnas de
guerrilleros, hará indudablemente eco en la República toda y hasta me permitiría
afirmar que ha comenzado para el Perú la época de la reparación y ha sonado la hora
tremenda de la venganza”.37

Con relación al exterminio de la dotación chilena de Concepción (9-10 de julio


de 1882), Cáceres no hizo ninguna alusión directa o indirecta a su valentía y a su
negativa a rendirse. Ello puede apreciarse en la escueta referencia que aparece en su
oficio a Morales Bermúdez, suscrito en Apata el 13 de julio de 1882, donde señalaba
que sus fuerzas no habían dejado escapar a “ni uno solo de la guarnición”.38 También
es muy parca la referencia que había hecho sobre el particular al mismo jefe, dos días
antes, desde Huancayo.39 En cambio, sí iba a hablar sobre este episodio en otros
términos muchos años después, en las Memorias que dictó durante su ancianidad,
cuando se refirió a la “inaudita fiereza” que mostraron los chilenos en Concepción
(Cáceres 1973 [1924]: 179).

Lo interesante es que este mismo conjunto de ideas, impresiones y juicios


contenidos en los documentos firmados por Cáceres entre junio y julio de 1882, que
aquí comentamos, fue presentado de manera opuesta en los medios periodísticos de
ambos bandos. La Bolsa de Arequipa los publicó, con franca alegría y tono
justiciero, como una evidencia del giro que estaba tomando la guerra en el interior
del país en favor del Perú. En cambio, el Diario Oficial chileno de Lima aprovechó
la ocasión para afianzar la imagen de Cáceres y de su ejército como “montoneros”
salvajes que combatían al margen de las reglas de la guerra. Se tenía aquí, sin duda,
una intención propagandística que buscaba justificar el ahogamiento de la resistencia
de Cáceres, así como impresionar a la misma población peruana sobre los supuestos
peligros de un desborde social. De hecho, los medios chilenos se hacían de la vista
gorda frente a las atrocidades que las tropas de su país venían cometiendo en el

37
Véase el apéndice documental
38
Véase el apéndice documental
39
Carta de Andrés A. Cáceres al coronel Remigio Morales Bermúdez (Huancayo, 11 de julio de
1882). Véase el apéndice documental
111

Centro desde febrero de 1882, cuyo efecto acumulado fue uno de los factores del
apoyo popular masivo que tuvo Cáceres en ese tiempo (Bulnes 1955 [1911-1919] v.
III: 164). Refiriéndose a la impresionante imagen de las cabezas chilenas clavadas
en las puntas de las lanzas de los guerrilleros, que aparece en el oficio a Patiño
suscrito el 29 de junio de 1882 en Acostambo, y afectado sin duda por las noticias
que circulaban en Lima sobre los detalles del terrible exterminio posterior del
destacamento chileno en Concepción a manos de fuerzas peruanas mandadas por el
coronel Juan Gastó (9-10 de julio de 1882), el Diario Oficial decía, no sin confundir
bastante ambos eventos: “¿qué general es ese que refiere como un hecho natural un
acto infame y de barbarie? De seguro las cabezas de Cáceres y de Gastón [sic] no las
conducirán de esa manera los nuestros; sólo los cobardes son capaces de una
atrocidad semejante; pero los entregaremos al verdugo, único que puede acercárseles
sin repugnancia”.40 Es evidente que este comentario combinaba (no se sabe si de
manera intencional) dos acontecimientos distintos, ocultaba los odios acumulados en
la población campesina debido a los crímenes cometidos por las fuerzas invasoras
durante la ocupación del Centro, pasaba por alto el hecho de que Cáceres no había
asistido en persona al episodio de Concepción, y no señalaba que Gastó había
iniciado esta última acción ofreciendo una rendición honrosa a la guarnición del
Chacabuco mandada por el valiente capitán Ignacio Carrera Pinto, como lo señalan
algunas referencias confiables.

En cuanto a la consideración posterior que la historiografía peruana dio a estos


documentos, sus autores los juzgaron quizás en exceso apasionados, o incluso
extraños en cuanto a su contenido, por lo que casi podría hablarse de un consenso
tácito para olvidarlos. Otras causas para su exclusión puede haber sido las alusiones
que aparecen a veces sobre las divisiones sociales y raciales en la Sierra Central, que
sin duda existían en el seno de las fuerzas militares y guerrilleras que dirigía Cáceres.
Recordemos, una vez más, que esta actitud de seleccionar la documentación ya la
había tenido el propio Cáceres cuando preparó su Memoria al gobierno de Arequipa
en enero de 1883. Con estos documentos de la ofensiva de julio de 1882 debe haber
pasado lo mismo que con el Diario de Pedro Manuel Rodríguez (Zulen 1924), escrito
durante la campaña de Huamachuco y que sólo fue conocido cuarenta años después

40
Diario Oficial. Lima, viernes 11 de agosto de 1882, p. 3
112

de los sucesos que describe: ofrecían una imagen demasiado cruel y verídica de los
horrores de la guerra, que no calzaba con los moldes del heroísmo romántico, que
era, por lo demás, tan visible y ubicuo en la abundante poesía y prosa patriótica de la
época que estudiamos.

Por otro lado, esta serie de documentos casi no aparece en el volumen III de la
Guerra del Pacífico del historiador chileno Gonzalo Bulnes, editado en 1919 (Encina
1955: 12). En el caso de Bulnes, pese a tenerlos a su alcance en su mayor parte en la
colección Ahumada Moreno, esta exclusión también se produjo en líneas generales.
No obstante, el historiador no dejó de utilizar, en forma muy excepcional, el antes
citado oficio de Cáceres a Patiño, fechado en Acostambo el 29 de junio de 1882,
como una supuesta evidencia de que la guerra, en su fase serrana, se había despojado
“de todo carácter elevado y caballeresco” (Bulnes 1955 [1911-1919] v. III: 154).
Caso muy especial son también la carta y tres oficios que Cáceres dirigió al coronel
Juan Gastó el 8, 10 y 11 de julio de 1882, en el contexto del ataque a Concepción,41
el primero de los cuales fue supuestamente “interceptado” por las fuerzas chilenas,
como da la impresión de haber ocurrido también con los otros dos. Bulnes cita con
mayor detalle el primero documento con el objetivo de poner en duda que Cáceres
haya enviado a Gastó a atacar Concepción (Bulnes 1955 [1911-1919] v. III: 158 y
s.). No obstante, como señala Basadre, Cáceres mencionó en su oficio suscrito en
Tarma el 22 de julio de 1882 a los delegados de Lima que el ataque a Concepción
había sido planificado de antemano para tener lugar en forma simultánea con el
asalto a Marcavalle y Pucará. Según esta información, la destrucción de la guarnición
chilena de Concepción no fue una iniciativa de pasada de Gastó, como la quiso
presentar Bulnes (Basadre 1983 t. VI: 293; Ahumada Moreno 1890: 209). Se percibe
aquí un intento de Bulnes de restar méritos militares a Cáceres.

En todo caso, para efectos de la marginación de la mayor parte de estos


documentos en el caso específico de Bulnes, pudo haber influido la (desconcertante)
imagen que ellos transmitían con tanta crudeza y realismo, para el caso de las
acciones de Marcavalle y Pucará: la de unas fuerzas chilenas que retrocedían en
confusión y en pánico, rodeadas de masas de guerrilleros hostiles. En la mentalidad y

41
Véanse estos tres documentos en el apéndice documental
113

en las circunstancias de la época, que tenían un sello racista y social-darwinista, era


algo así como presentar a primitivos guerreros zulúes persiguiendo a “civilizados”
(pero aterrorizados) soldados británicos. Vale decir, un mundo al revés.

III) Los vacíos documentales

Quizás el más extraño de los vacíos documentales que se refieren a la vida de


Cáceres sea la ausencia de una fuente peruana original de la época para el célebre
parte de la batalla de Huamachuco que tuvo lugar el 10 de julio de 1883. Como se
sabe, este parte fue remitido por Cáceres al gobierno de Arequipa en la forma de
oficio dirigido al ministro de Guerra, fechado en Huancayo el 30 de julio de 1883.42
Ignoramos la localización del original firmado por Cáceres, que sin duda tuvo que
existir. No hay tampoco, al parecer, copias simples o autenticadas de ese original.
Parece improbable, de otro lado, que este oficio haya sido reproducido en la prensa
peruana de esos años. Por lo menos estamos seguros de que no lo fue en el diario El
Comercio, entre su reaparición en octubre de 1883 y los primeros días de 1886.
Tampoco hay ningún libro o folleto de esos años donde aparezca reproducido de
manera total o parcial. La gran paradoja reside en el hecho de que, al parecer, la
única transcripción decimonónica que se conserva de este documento es la que hizo
Pascual Ahumada Moreno en su colección documental Guerra del Pacífico (1891:
218-220). Como sabemos, las fuentes de los documentos copiados por Ahumada
Moreno rara vez tienen indicación de su procedencia. El parte de Cáceres no es,
desafortunadamente, una excepción.

Dentro del conjunto de documentos firmados por Cáceres que no quedaron


registrados en la prensa de la época, sobresalen también los originales del epistolario
del señor José Arístides Arriz, dueño de la hacienda Manchay durante la guerra y
destacado miembro de la resistencia peruana. Sus originales fueron entregados, o
simplemente mostrados para ser transcritos, a Luis Alayza Paz Soldán en la década
de 1950 por la señorita Rosa Arriz y Collazos, hija del ilustre colaborador de
Cáceres. La ubicación de estos originales es muy recomendable, puesto que a juzgar

42
Oficio con el parte oficial de la batalla de Huamachuco dirigido al Ministro de Estado en el
Despacho de Guerra (Huancayo, 30 de julio de 1883) Véase el apéndice documental
114

por el caso de otras transcripciones realizadas por Alayza en su trabajo La Breña


1883, deben presentar, casi con seguridad, deficiencias (Alayza 1954: 304-309).

Existen también vacíos más graves, de otra naturaleza. Nos referimos a la


desaparición absoluta de textos, ya sea en versión original, en copia autenticada o
simple, o en versión periodística. Por ejemplo, una lectura de las 21 cartas
manuscritas de Cáceres al presidente Lizardo Montero (que van de agosto de 1882 a
octubre de 1883), que se conservan hoy en la Sala de Investigaciones de la Biblioteca
Nacional permite detectar, a primera vista, al menos, dos ausencias muy graves. Se
trata justamente de dos piezas que estuvieron entre las más importantes de todo ese
cuerpo documental. La primera desaparición se refiere a una carta personal que
Cáceres debió dirigir a Montero entre el 4 y el 15 de febrero de 1883, donde relataba
el choque de sus fuerzas con las tropas colaboracionistas al mando de Manuel de la
Encarnación Vento y Tadeo Simón Antay, que tuvo lugar en Canta el 4 de febrero de
1883. La carta que le dirigió a Montero días después con fecha 15 de febrero, desde
Canta, comenzaba así: “A mi anterior, en que te participo todos los detalles de mi
ingreso a esta Provincia...”.43 La segunda desaparición es la de una carta en la que
Cáceres relata a Montero pormenores de la campaña de Huamachuco. Ello se deduce
también de las primeras líneas de la misiva de Cáceres a Montero fechada en
Ayacucho, el 19 de agosto de 1883: “En la que tuve el agrado de dirigirte hace pocos
días, narrándote rápidamente lo ocurrido en mi fatal expedición al Norte...”.44 No es
aventurado imaginar que ambas cartas hayan contenido graves denuncias sobre casos
de colaboracionismo peruano, con eventual mención de nombres específicos, razón
por la que pueden haber sido escondidas o destruidas. No obstante lo anterior, existe
una posibilidad, aunque remota, de que Cáceres se haya estado refiriendo, en
realidad, en el segundo de los casos, al breve oficio que dirigió al Ministro de Guerra
fechado también en Ayacucho el 12 de agosto de dicho año, asumiendo que se lo
estaba dirigiendo a Montero y a su régimen en conjunto.45 Otra posibilidad, también
remota, es que Cáceres se haya confundido con la carta que dirigió con fecha 15 de
agosto a un conocido suyo en Arequipa, cuyo nombre desconocemos por haberlo

43
Carta de Andrés A. Cáceres a Lizardo Montero (Canta, 15 de febrero de 1883). Véase el apéndice
documental
44
Carta personal de Andrés A. Cáceres a Lizardo Montero (Ayacucho, 19 de agosto de 1883). Véase
el apéndice documental
45
Oficio del general Andrés A. Cáceres al Ministro de Estado en el Despacho de Guerra (Ayacucho,
12 de agosto de 1883). Véase el apéndice documental
115

omitido el medio periodístico que la transcribió en 1884. Esta carta contiene, en


efecto, un relato bastante pormenorizado de la campaña de Huamachuco.46

Con fecha 11 de diciembre de 1881, el representante de los EEUU en el Perú,


Stephen Hurlbut, respondió una carta que le había dirigido poco antes, en fecha
desconocida, Andrés A. Cáceres (Ahumada Moreno 1889: 346). Sólo se conoce una
segunda carta de Cáceres a Hurlbut, que es posterior, y que está fechada en Jauja, el
25 de enero de 1882.47

No hay que dejar de mencionar que existen, al parecer, archivos enteros


referidos a Cáceres que no han salido todavía a la luz pública. A juzgar por
referencias muy indirectas, estos archivos se refieren sobre todo a la actividad
política de Cáceres entre 1886 y el tiempo de su muerte, aunque no se descarta que
incluyan materiales referidos a la época que estudiamos aquí. Por ejemplo, Alberto
Tauro del Pino habla de manera muy imprecisa de las “memorias” que Hildebrando
Fuentes, secretario personal de Cáceres, “recogió de labios del general [...] a través
de los largos años durante los cuales actuó a su lado”. Tauro no especifica si se trata
de un texto unificado o de papeles y anotaciones sueltas, ni tampoco dónde podrían
encontrarse estos materiales (Tauro 2001 t. 7: 1016). Por otro lado, en su Autopsia de
los partidos políticos, Carlos Miró Quesada se refirió a la existencia del Archivo
Rosa Porras Cáceres de Sisson, del cual glosa piezas documentales muy valiosas,
aunque referidas al Cáceres político (1961: 262-268). Por último, la Biblioteca
Nacional dispone, entre su acervo documental, de un conjunto muy grande de
documentación referida a Cáceres. Es probable que la mayor parte de estos papeles
correspondan a la donación que Zoila Aurora Cáceres hizo a la Biblioteca Nacional
en 1950 (Losada y Puga 1950: 14-16).

46
Carta personal de Andrés A. Cáceres a un destinatario desconocido en Arequipa (Ayacucho, 15 de
agosto de 1883). Véase el apéndice documental
47
Véase el apéndice documental
116

IV) Textos originales suscritos por Andrés A. Cáceres durante la


campaña de la Breña y la fase de la guerra civil correspondiente a los
años 1884 y 1885

En cuanto a la ubicación de originales, los que se conservan del período


escogido corresponden esencialmente a cartas personales y oficios. No se han
encontrado otro tipo de materiales, tales como cuadernos de notas, diarios, y
borradores personales.48

La ubicación de originales firmados por Cáceres no es un proceso fácil. El


principal problema es la dispersión de estos materiales en archivos privados y
públicos. Un segundo problema es la existencia de archivos privados que no han sido
abiertos para su consulta por los investigadores.

La Sala de Investigaciones de la Biblioteca Nacional conserva un conjunto


bastante completo de cartas que Cáceres dirigió a Lizardo Montero entre agosto de
1882 y octubre de 1883. Todas ellas han sido transcritas y comentadas de manera
crítica en el apéndice documental de esta tesis doctoral. No se conservan, al menos
en este repositorio de la Biblioteca Nacional, las cartas dirigidas por Montero a
Cáceres, la mayor parte de las cuales fueron mencionadas, por sus fechas, en las
misivas de este último. No se ha podido obtener todavía una explicación sobre la
existencia de las cartas de Cáceres a Montero en este repositorio. Dado que son
originales dirigidos a Montero, es poco probable que correspondan al donativo que
Zoila Aurora Cáceres hizo a la Biblioteca Nacional en 1950 (Losada y Puga 1950),
donde en todo caso podrían encontrarse los originales (hoy perdidos) de las cartas de
Montero a Cáceres. Lo más probable es que estas misivas de Cáceres de la BNP
hayan formado parte de la donación de un conjunto de materiales que pertenecieron a
Lizardo Montero.

48
Este tipo de notas existen, de hecho, para otras etapas de la vida de Cáceres. Véanse, por ejemplo,
los interesantes párrafos con reflexiones personales sobre la política peruana en 1895 que fueron
transcritos por Carlos Miró Quesada en su libro Autopsia de los Partidos Políticos (Miró Quesada
1961: 262-265). Estos párrafos corresponden al manuscrito de una Exposición que habría sido hecha
por Cáceres a fines de 1895 en los primeros meses de su exilio en Buenos Aires luego del
derrocamiento de su régimen en marzo de ese año. Carlos Miró Quesada leyó este manuscrito en el
Archivo Rosa Porras Cáceres de Sison entre fines de la década de 1950 y comienzos de la década de
1960 del siglo pasado. Nada parecido hay para el período que aquí se estudia, donde sólo cartas
recogen este tipo de apreciaciones.
117

El Archivo Histórico Militar del Perú alberga la colección completa de las


cartas personales y oficios, en versión original, que Cáceres dirigió a Isaac
Recavarren entre agosto de 1882 y junio de 1883. Todos estos documentos han sido
transcritos en el apéndice documental. Estos materiales son parte del llamado
Archivo Recavarren, formado por cuadernos armados por el propio Isaac
Recavarren, y que fueron donados al citado archivo por su familia en las últimas
décadas del siglo XX. Además de las cartas de Cáceres, los cuadernos incluyen
documentación de otro tipo, como comunicaciones dirigidas por Recavarren a
Cáceres y a otros destinatarios, partes de batalla, notas personales y hasta un original
firmado de puño y letra por el coronel chileno Alejandro Gorostiaga.

El Archivo Histórico Riva-Agüero de la Pontificia Universidad Católica del


Perú preserva originales de cartas personales que Cáceres dirigió a Carlos de la Riva-
Agüero, y a otros hacendados de Lima, entre octubre de 1882 y febrero del año
siguiente. Todas estas cartas fueron publicadas por Rafael Sánchez Concha Barrios
(1993: 265-294) y han sido transcritas en el apéndice documental de esta tesis
doctoral. En la Colección Althaus, de este mismo repositorio universitario, se
encuentra un oficio original que Cáceres dirigió con fecha 11 de septiembre de 1883
al coronel Guillermo Ferreyros, Comandante General de la División del Centro. Este
documento también ha sido transcrito en el apéndice documental.

El Archivo General de la Nación (AGN) resguarda varios originales de


Cáceres. La mayor parte de ellos fueron exhibidos al público en la muestra El Tayta,
organizada por dicho repositorio oficial entre noviembre y diciembre de 2003. En
esta muestra fueron recopilados sobre todo documentos referidos a Cáceres, dentro
de los cuales había un conjunto de papeles firmados por él (Archivo General de la
Nación 2003). En cuanto a estos últimos, existen tan solo dos que corresponden a los
años 1884 y 188649. El conjunto más completo y de mayor interés de los documentos
que conserva el Archivo General de la Nación es de una época anterior. Es un

49
El primero es un “Decreto Supremo del General de Brigada de los Ejércitos del Perú y Bolivia y
Presidente Provisorio Andrés Avelino Cáceres, disponiendo que los empleados de la Administración
pública perciban durante la guerra interna la mitad de sus haberes” (Arequipa, 15 de octubre de 1884),
que se encuentra transcrito en el apéndice documental. El segundo es un “Despacho del Presidente
Constitucional Andrés Avelino Cáceres sobre nombramiento de Manuel Eduardo Lecca como Capitán
efectivo de caballería del Ejército” (AGN, Hacienda, O.L. 566-226, Lima, 29 de diciembre de 1886).
Este segundo documento escapa a los linderos cronológicos de esta tesis doctoral.
118

paquete de cartas originales que Cáceres dirigió al presidente Manuel Pardo cuando
se encontraba a cargo del batallón Zepita, pocos años antes del estallido de la guerra
con Chile.50 Para finalizar los comentarios referidos a este archivo hay que señalar
que Luis Guzmán Palomino incluyó en su obra Cáceres y La Breña: Compendio
Histórico y Colección Documental, un oficio de Cáceres fechado en Huancayo el 28
de mayo de 1884 dirigido a Emilio Dancuart, que se conserva en el AGN y que se
transcribe, asimismo, en el apéndice documental de esta tesis.

El Archivo Central del Ministerio de Relaciones Exteriores tiene una


interesante colección de documentos sobre diversas etapas de la vida de Cáceres, que
se remontan a sus años como agregado militar en la Legación del Perú en Francia en
1862, en tiempos de la gestión de Pedro Gálvez como ministro plenipotenciario del
Perú. De la etapa que nos interesa, este archivo guarda un oficio original de Cáceres
dirigido al Ministro de Relaciones Exteriores del Perú, avisando recibo de los
despachos como general de brigada del ejército de Bolivia, que el gobierno de ese
país había expedido en su favor, “en cumplimiento de una resolución legislativa”.
Pese a que el oficio en cuestión contiene una firma y rúbrica originales de Cáceres,
incluye una fecha con año, al parecer, equivocado. De hecho, en forma literal,
encontramos la fecha “Tarma, mayo 2, 1882”. Ese día, Cáceres no pudo encontrarse
en Tarma, porque esta localidad se encontraba entonces ocupada por las fuerzas
chilenas del coronal Estanislao del Canto. El día correcto debió ser, entonces, 2 de
mayo de 1883, cuando Cáceres ocupaba Tarma con sus fuerzas y solía despachar
documentos desde allí. Dicho documento se encuentra en el apéndice documental de
esta tesis doctoral, en una versión fotográfica.

En 1984, la Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú tuvo el


acierto de incluir en su libro Cáceres: conductor nacional varios facsímiles de
documentos originales firmados por Cáceres al lado de sus correspondientes
trascripciones. Hay que destacar la existencia de un conjunto muy importante de
oficios que Cáceres dirigió al “comandante de la guerrilla de Chupaca”, Tomás
Bastidas, entre enero y julio de 1884. Son piezas de gran valor porque corresponden

50
Archivo General de la Nación del Perú. Colección de cartas del presidente Manuel Pardo, D 2-9-
578.
119

al que fue quizás el período menos documentado de la vida de Cáceres y uno de los
más oscuros de toda la historia peruana. Nos referimos al tiempo de la aprobación del
Tratado de Ancón, de los últimos meses de la presencia de fuerzas chilenas en el
Perú y del recrudecimiento de la guerra civil entre los partidarios de Cáceres y los de
Iglesias. Resalta de manera muy especial el oficio que Cáceres dirigió a Bastidas,
comandante militar de la zona occidental de Huancayo desde Ayacucho, el 28 de
febrero de 1884. Le decía allí que el jefe de los guerrilleros de Chongos Altos le
había informado, en tono de reproche, que Bastidas amenazaba con desarmar y
ejercer hostilidad contra ellos. Cáceres ordenaba a Bastidas que se abstuviera de
“fomentar cualquier rencilla entre los guerrilleros” y que, en su calidad de
comandante militar, les hiciera “comprender los verdaderos e importantes fines de la
institución guerrillera”. Otro de los documentos presentados en el libro Cáceres:
conductor nacional es un oficio circular suscrito por Cáceres el 5 de junio de 1884,
en Huancayo, dirigido a Bastidas, donde lo instaba a rebelarse contra Iglesias junto
con los guerrilleros de su área. Asimismo, encontramos aquí el oficio circular
fechado en Huancayo el 26 de junio de 1884, donde Cáceres explica a Bastidas las
razones que lo llevaron a disponer el apresamiento de Tomás Laymes y de sus
subordinados Faustino Vilches y Gaspar Santistevan por crímenes y sedición.
Finalmente, encontramos aquí un oficio dirigido por Cáceres a Bastidas suscrito
también en Huancayo, el 14 de julio de 1884. Los cuatro oficios se encuentran
transcritos en el apéndice documental de esta tesis.

Queda por hacer una búsqueda de originales suscritos por Cáceres en los
archivos de Junín, Huancavelica y Ayacucho. En este empeño pueden ser de gran
utilidad las referencias consignadas por historiadores regionales, tales como Peñaloza
Jarrín (1995), Del Pino (1955), Cavero (1953) y Tello Devotto (1944 y 1971). Todos
ellos dejaron referencias valiosas que han sido vertidas en el apéndice documental de
esta tesis doctoral.
En su edición del 8 de abril de 2008, el periodista Giomar Silva, de la revista
limeña Caretas, fotografió y publicó parcialmente en este medio una carta original de
Cáceres al teniente coronel Mariano A. Medina, suscrita en Matucana, el 6 de abril
120

de 1883.51 Esta carta y otra que sólo fue mencionada en el reportaje, son propiedad
de la familia Vargas Machuca Zúñiga.

V) ¿Son, en general, utilizables los documentos en versión no original,


tanto oficiales como privados, suscritos por Andrés A. Cáceres, que han
sido recogidos en periódicos, libros o folletos?

Existe un conjunto muy importante de cartas, notas, oficios, proclamas,


discursos y decretos del período escogido cuyos originales se han destruido o están
perdidos, y que han llegado hasta nosotros solo en la forma de copias impresas. Es
importante hacer una reflexión sobre los tipos documentales donde fueron recogidas
estas copias de distintos papeles que fueron firmados por Cáceres durante el período
bajo estudio.

1. Los impresos oficiales

En primer lugar, tenemos los impresos oficiales de la época. Muchas cartas y


oficios de Cáceres, sobre todo del tiempo de la guerra internacional, sobrevivieron en
copias incluidas dentro de los llamados Registros Oficiales, que eran publicados por
las prefecturas. No obstante, el documento específico más importante dentro de esta
categoría oficial es la Memoria que Cáceres dirigió al gobierno de Arequipa. Este
valioso documento fue impreso en Ayacucho en 1883. Contiene un texto suscrito por
Cáceres en Tarma el 20 de enero de dicho año y varios documentos anexos que
fueron tomados ya sea de originales manuscritos o de otros impresos oficiales de
difusión más temprana. Esto último parece haber ocurrido en el caso de los
documentos oficiales del tiempo de la dimisión de Piérola en noviembre de 1881, y
también en lo que se refiere a los interesantes materiales relativos al enfrentamiento
entre Cáceres y el coronel pierolista Arnaldo Panizo en Acuchimay el 22 de febrero
de 1882. La Memoria contiene también comunicaciones de Cáceres del tiempo de la
organización del Ejército del Centro entre febrero y junio de 1882.

51
Véase el apéndice documental
121

Figura 27. Carátula de la Memoria que el general Andrés A. Cáceres


dirigió al gobierno del presidente Lizardo Montero en Arequipa, en
calidad de Jefe Superior Político y Militar del Centro (enero de 1883)

Otros ejemplos de impresos oficiales corresponden a los discursos


pronunciados por Cáceres en 1886 en el contexto de su toma de posesión (3 de junio)
y de la inauguración de la Primera Legislatura Ordinaria de su régimen (28 de julio).
Es evidente que la comparación de las fuentes oficiales de ambos discursos (tanto
122

folletos sueltos como el diario El Peruano) con una fuente no oficial que también
recogió las piezas oratorias (el diario El Comercio de Lima) refleja algunas
diferencias. En el caso del discurso del 3 de junio de 1886, todo parece apuntar a que
la versión de El Comercio fue taquigráfica y que, por tanto, incluyó por lo menos un
comentario fuera del texto previamente redactado, mientras que las versiones
oficiales se atenían al texto tal como fue preparado por los asesores y aprobado por
Cáceres antes de las ceremonias. Otra posibilidad, más remota, pero que no debe
descartarse, es que las versiones oficiales impresas hayan suprimido un párrafo que,
cuando fue pronunciado, sonó incómodo o impopular. En cualquier caso, la
discrepancia que brota de la compulsa proporciona un dato interesante a ser tomado
en cuenta.52 Siendo la prioridad de acudir a fuentes oficiales una regla a seguir en
principio, hay que tener siempre presente que la utilización de este tipo de materiales
no es garantía de fidelidad. De hecho, recordemos que no fue infrecuente la
impresión de documentos “oficiales” falsos, con fines partidistas o propagandísticos.
Todo documento oficial debe ser, en lo posible, compulsado de manera adecuada.

2. Otra fuente: la prensa de la época

Veamos ahora los casos de documentos firmados por Cáceres, o atribuidos con
bastante certeza a él, que fueron recogidos y reproducidos en la prensa de la época.
Viene aquí al caso recordar unas palabras de Raúl Porras Barrenechea que todavía
conservan bastante actualidad pese a haber sido pensadas y pronunciadas a mediados
del siglo XX:

“La fuente más inmediata a la investigación histórica sobre la etapa


republicana son los periódicos. Toda información sobre la vida política y
social del Perú en este período tiene que comenzar por ellos. En lo que
respecta a la historia política, el testimonio de los periódicos
generalmente apasionado o banderizado, tiene que ser sometido a una
rigurosa crítica histórica y ser comparado con otros testimonios
contemporáneos. La dificultad estriba, por ahora, en la escasez de las

52
Con relación al discurso de toma de posesión de Cáceres pronunciado en Lima el 3 de junio de
1886, el párrafo que no aparece en las versiones oficiales, pero sí en El Comercio, dice así: “Con fe en
Dios y en los destinos del Perú y manteniéndonos en paz con todas la Naciones, acometamos la
grande obra de la reconstitución patria”. Este párrafo pudo ser añadido por Cáceres como un
comentario adicional al texto ya preparado que estaba leyendo (como suele ocurrir en este tipo de
eventos), y recogido en versión taquigráfica por El Comercio. O bien pudo haber sido suprimido en
las versiones oficiales publicadas después por haber caído mal al público cuando fue leído.
123

fuentes históricas manuscritas, de las memorias, de las cartas, de la


documentación privada. Hasta ahora la mayor parte de los ensayos
históricos hechos —y aun de las grandes historias—, ha tenido casi como
fuente exclusiva los relatos de los periódicos. Si juzgamos por las
versiones periodísticas actuales, con sus métodos deformados de
información, sus exageraciones o sus silencios, podremos apreciar la
problemática verdad que se contiene en las fuentes periodísticas, sobre
todo desde el punto de vista político (Porras Barrenechea 1968: 306 y s.)

Las observaciones de Porras son aplicables a los enfoques de la prensa del


siglo XIX. Sin duda, la pasión política ha marcado a estas fuentes. Por ejemplo, es
muy difícil encontrar un editorial favorable a Cáceres en la prensa limeña de
comienzos de 1885, dominada por el régimen de Iglesias; o, al revés, algún ataque
furibundo, en esta misma prensa, en las horas de gloria popular que tuvo el héroe de
La Breña de enero a junio de 1886, antes de subir al poder. No obstante esta
limitación, y luego de apreciar un conjunto considerable de casos, salta a la vista una
característica de la literatura periodística de las últimas décadas del siglo XIX que
contrasta con la poca seguridad que pueda darnos la prensa del siglo XX, o inclusive
la de nuestros días: nos referimos a la costumbre de reproducir, con la mayor
fidelidad posible, documentos políticos de difusión, sean tomados de originales,
copias legalizadas, o de copias manuscritas o impresas; o de textos tomados de otros
periódicos. Quizás, según un código de ética periodística no escrito que en nuestros
días ha pasado al olvido, los redactores de la época se abstenían de suprimir o añadir
palabras o párrafos a textos firmados y procedentes de otras fuentes. La fidelidad de
los textos era incluso mantenida en tiempos de guerra internacional o civil. Por
ejemplo, el conjunto de textos firmados por Cáceres durante la campaña de julio de
1882 apareció publicado, recién a un mes de su redacción, en La Bolsa de Arequipa
y, escasas semanas después, a partir de la citada fuente peruana, en el Diario Oficial
chileno que se publicaba en la capital. No hay discrepancias entre las versiones de
Arequipa y de la Lima ocupada. Por otro lado, las duras cartas que Cáceres dirigió a
Iglesias desde Ayacucho, el 29 de diciembre de 1883, y desde Matucana, el 15 de
agosto de 1884, sólo han llegado a nuestros días en periódicos del tiempo de Iglesias
y también en impresos oficiales realizados por el propio régimen de Montán. Cáceres
jamás puso en duda la fidelidad y exactitud de ambos textos. La pasión puede haber
inspirado, en un caso extremo, la inclusión de signos de interrogación al lado de los
124

textos transcritos, pero en ningún caso su mutilación o alteración. Ello ocurrió, por
ejemplo, en la edición del 18 de julio de 1882 del Diario Oficial chileno de Lima al
momento de copiar el texto de La Bolsa de Arequipa sobre la optimista proclama que
Cáceres difundió el 1 de junio de 1882 a la salida de su ejército de Ayacucho rumbo
a Junín.53

Otra regla no escrita que parece haber tenido mucha importancia en las últimas
décadas del siglo XIX fue la obligación, por parte del periódico, de publicar cartas de
rectificación fundamentadas. Ello ocurrió en los dos casos detectados de documentos
apócrifos de Cáceres: las seudo proclamas de Mollepata del 12 de julio de 1883 y de
Ayacucho del 13 de febrero de 1884. Tanto La Bolsa de Arequipa, en el primer caso,
como El Comercio de Lima, en el segundo, llegaron, incluso, a aceptar por escrito su
error involuntario de haber presentado un documento falso como verdadero.

Es evidente que estas dos reglas del periodismo de la época otorgan bastante
confiabilidad a las fuentes que sean ubicadas y transcritas mediante la consulta de
diarios, revistas y periódicos del último trecho del siglo XIX, en general. Ello no
implica, como se verá más adelante, que no hayan tenido lugar enconadas guerras
mediáticas, aunque sin duda dentro de límites mucho más estrechos que los actuales,
al menos en lo que se refiere a la trascripción de documentos.

3. Copias reproducidas en la colección chilena Ahumada Moreno

Consideremos ahora los documentos firmados por Cáceres que fueron copiados
en obras de carácter historiográfico en el mismo siglo XIX. El caso más claro es el de
la colección chilena dirigida por Pascual Ahumada Moreno, titulada Guerra del
Pacífico, y cuyos tomos VI, VII y VIII contienen muchos de estos documentos
específicos. La colección chilena es la única fuente confiable del siglo XIX donde
podemos leer el oficio que Cáceres firmó en Huancayo, el 30 de julio de 1883, que
incluye nada menos que el parte oficial de la batalla de Huamachuco. El gran defecto
de esta colección es que no suelen aparecer registradas las fuentes de donde fueron
tomados los documentos. En el caso del parte de Cáceres antes citado, esta

53
El transcriptor chileno añadió un signo de interrogación en la parte que decía “...para eterno
escarmiento de Chile (¿)”. Diario Oficial. Lima, martes 18 de julio de 1882, p. 2.
125

característica elimina la posibilidad de ubicar el texto de donde fue trascrito el oficio.


Hay indicios que hacen sospechar que Ahumada Moreno utilizó muchas fuentes
periodísticas. De hecho, para el caso de los documentos de Cáceres, cita como
fuentes, en dos casos excepcionales, tanto el Diario Oficial chileno de Lima (1890:
389 y s.), como el periódico también limeño La Prensa Libre (1891: 464 y s.). El
primero (citado en forma indirecta) circuló entre 1882 y 1883, mientras que el
segundo (citado en forma explícita) lo hizo entre enero y mayo de 1884, antes de su
clausura por la censura del régimen de Iglesias. Colecciones de estas publicaciones
debieron estar a disposición de Ahumada Moreno en Chile a comienzos de la década
de 1890.

Por otro lado, como bien señaló Basadre, se trata de una recopilación muy
completa, pero no exhaustiva (1971, II: 500). Ni siquiera lo es para el caso de las
fuentes periodísticas de la época. Por último, Ahumada Moreno reprodujo con
bastante fidelidad los materiales que tuvo a la vista. Ello se deduce con claridad de
los casos en que ha sido posible la compulsa de los textos de la colección con las
fuentes periodísticas matrices, probables o seguras, que han podido ser ubicadas.54
Sin duda, en este caso, Ahumada Moreno no hizo sino seguir las normas éticas no
escritas de la prensa de la época.

4. Casos especiales en el siglo XIX

Algunos documentos firmados por Cáceres se encuentran reproducidos dentro


de publicaciones adversas a su persona y posición política. Para el tiempo de la
campaña de La Breña, tenemos por ejemplo las comunicaciones firmadas por
Cáceres que incluye Mariano Vargas, en su Vindicación de Honor de 1886. Antes de
la guerra y por lo menos hasta mediados de 1882, Vargas fue un activo pierolista del
área de Canta. Junto con su cuñado Manuel de la Encarnación Vento y con Luis
Milón Duarte, se contó entre los colaboracionistas más activos del bando de Miguel
Iglesias (formado en una importante proporción por ex pierolistas) que ayudaron a la
fuerzas chilenas contra las el Ejército del Centro en el angustioso tiempo de la

54
Véase, por ejemplo, la celebérrima Nota del general Cáceres al Honorable Cabildo de Ayacucho
(Ayacucho, 29 de noviembre de 1883) o la carta de respuesta de Cáceres a un ciudadano peruano no
identificado residente en Lima (Ayacucho, 31 de diciembre de 1883). El diario La Prensa Libre de
Lima es, con alta probabilidad, la fuente de la primera. Con toda seguridad, lo es de la segunda.
126

campaña de Huamacucho, entre mayo y julio de 1883. Asimismo, siempre junto con
Vento, Vargas participó en la guerra civil contra las fuerzas caceristas entre 1884 y
1885. La mencionada Vindicación de Honor es un intento –no muy exitoso- de
explicar su conducta política y de restablecer su buena reputación en tiempos en que
Cáceres subió al poder y cuando llegó a ser apresado por “delitos comunes”, sin duda
como una venganza política del nuevo régimen. Pese a estas circunstancias, no hay
motivos serios para creer que Vento haya optado por mutilar o deformar los textos de
Cáceres pues, como hemos dicho en otra parte, no era una práctica usual de la época,
ni siquiera entre enemigos políticos.

Es posible encontrar transcripciones de documentos firmados por Cáceres del


tiempo de la guerra civil en la prensa anticacerista del Segundo Militarismo (1884-
1895), como fue el caso de La Pampa de Tebes.55

Sólo en un caso especial, nos hemos remontado a la ubicación, en impresos del


siglo XIX, de documentos firmados por Andrés A. Cáceres antes de la guerra con
Chile. El propósito específico, en este caso, ha sido el de rastrear las raíces del
indigenismo de Cáceres. En este propósito, ha sido muy útil la serie de oficios
incluida en el Registro Oficial del Departamento del Cusco de los años 1877-1878
que el historiador Rodolfo Castro Lizarbe transcribió en su libro Cáceres, prefecto
del Cuzco: Documentos inéditos (1877-1878), publicado en 2014.

5. Copias en publicaciones del siglo XX

También hay que considerar el caso de los documentos firmados por Cáceres
que fueron publicados durante todo el siglo XX, hasta la fecha, en periódicos,
colecciones documentales y trabajos de investigación. A diferencia de los textos
aparecidos en la prensa del siglo XIX no hay en este caso ningún “paraguas ético”
que otorgue, en principio, alguna seguridad sobre la solidez de las fuentes. Se trata de
un conjunto muy heterogéneo. Podemos realizar algunos comentarios sobre ciertos
aspectos específicos.

55
Por ejemplo, véase en el apéndice documental la carta que Cáceres escribió a Manuel Armando
Zamudio, fechada en Jauja, el 16 de julio de 1885. Esta carta apareció transcrita en un ejemplar de La
Pampa de Tebes de diciembre de 1893
127

En 1919, el volumen III de la Guerra del Pacífico del historiador chileno


Gonzalo Bulnes incluyó la trascripción de una carta que Cáceres dirigió a Patricio
Lynch desde Huancayo, el 19 de junio de 1884. Aunque rompe con algunos
estereotipos manejados por algunos historiadores peruanos, y a juzgar por su
contenido, la carta tiene todas las trazas de ser auténtica. Es de lamentar que Bulnes
no haya incluido la carta de Lynch que motivó esta respuesta tan cortés de Cáceres.

El libro La Campaña de La Breña de Zoila Aurora Cáceres, de 1921, contiene


probablemente la mayor parte de los documentos suscritos por Cáceres en el año
1881, en los momentos formativos de la lucha en la Sierra contra la invasión chilena.

En 1954, Luis Alayza Paz Soldán publicó la tercera entrega de su novela


histórica La Breña que incluyó, como apéndice, la transcripción de la mayor parte de
las cartas y oficios que Cáceres dirigió a Isaac Recavarren entre 1882 y 1883, además
de importantes piezas y fragmentos relativos a la correspondencia que el caudillo de
La Breña mantuvo con Elías Mujica y José Arístides Arriz. La totalidad de los
documentos transcritos por Alayza, correspondientes al epistolario Cáceres-
Recavarren, han sido compulsados con los originales que se conservan hoy en el
Archivo Histórico Militar del Perú. El autor de La Breña conoció estos originales a
mediados del siglo XX –como él dice— “gracias a la gentileza de don Alejandro
Recavarren” (Alayza Paz Soldán, La Breña 1883, 1954: 229). Este penoso trabajo de
compulsa, realizado especialmente para esta tesis, arrojó algunas conclusiones
interesantes, todas ellas desfavorables a la solidez documental de las trascripciones
realizadas por Alayza. Existe, por ejemplo, el caso de un documento que muestra
puntos suspensivos, que indican la eliminación de una parte del texto, aunque sin
precisarse las razones que motivaron esta acción.56 Asimismo, en otros documentos,
sin utilizar el recurso de los puntos suspensivos, Alayza eliminó adjetivos, frases y
hasta párrafos enteros, sin hacer una indicación de por qué lo estaba haciendo, como
había ocurrido en el caso anterior.57 Por último, hay documentos completos de gran

56
Carta personal de Andrés A. Cáceres a Isaac Recavarren, firmada en Tarma, el 31 de agosto de
1882 (Véase el apéndice documental). Otro ejemplo de este tipo es el oficio que Cáceres dirigió a
Recavarren desde Tarma, el 18 de mayo de 1883 (Véase el apéndice documental)
57
Es el caso del oficio que Cáceres dirigió a Recavarren, suscrito en Tarma el 27 de abril de 1883,
donde tiene duras apreciaciones sobre la conducta militar del coronel peruano Manuel R. Santa María.
128

importancia que, por alguna razón, simplemente no fueron trascritos a pesar de haber
formado parte de los cuadernos del Archivo Recavarren. Este último fue el caso del
oficio firmado por Cáceres en Canta, el 1 de marzo de 1883, que contenía las
instrucciones que Revacarren debía seguir para debelar el movimiento de Miguel
Iglesias en su marcha al Norte.58

El libro de Luis Guzmán Palomino, Cáceres y La Breña: Compendio Histórico


y Colección Documental, publicado en el año 2000, contiene gran parte de los
documentos suscritos por Cáceres entre 1881 y 1884. Este trabajo refleja, entre otras
cosas, una esforzada investigación en el Archivo Piérola de la Biblioteca Nacional
del Perú y entre los papeles que pertenecieron al coronel pierolista Arnaldo Panizo.
Sin embargo, no siempre aparecen claros los criterios que fueron empleados por este
historiador para incluir o desechar ciertos materiales documentales firmados por
Cáceres en diferentes épocas.

Quizás la razón de estas inconsistencias se encuentre en su excesivo


nacionalismo. Por ejemplo, en su Cáceres y La Breña, no incluye la carta que
Cáceres dirigió a Montero desde Huancayo, fechada el 20 de septiembre de 1882,
donde el primero le dice al segundo: “…abrigo el convencimiento, que también lo
tienes tú, de que el sentimiento de la paz domina toda la República y facilitará el
camino de negociaciones con el enemigo con las pérdidas que en nuestra situación
son ineludibles”.59 Cáceres hacía este comentario confidencial en un tiempo en que
todavía no había circulado en el Centro del país la notica del Grito de Montán de
Iglesias. La alusión a las “pérdidas” “ineludibles”, se refería con gran probabilidad,
al territorio salitrero de Tarapacá. Esta carta revela, pues, que el entonces todavía
latente movimiento de Iglesias contaba, en esos meses, y no sólo en el Norte del país,
con un considerable respaldo potencial de muchos peruanos que deseaban una paz
inmediata, aun haciéndose concesiones territoriales. Desde esta perspectiva, el
llamado a la paz de Iglesias fue como una semilla que cayó en terreno por lo menos
en parte abonado. Asimismo, la cita de Cáceres deja traslucir un aspecto crucial del

(Véase el apéndice documental). Un caso de supresión de párrafos enteros, sin explicación alguna, es
la carta personal que Cáceres dirigió Recavarren desde Quipán, el 23 de marzo de 1883 (Véase el
apéndice documental)
58
Véase el apéndice documental
59
Carta de Andrés A. Cáceres a Lizardo Montero, suscrita en Huancayo, el 20 de septiembre de 1882
(véase el apéndice documental)
129

pensamiento de parte de los partidarios más lúcidos de Montero, en un momento tan


temprano como septiembre de 1882, a sólo dos meses de la exitosa (y hasta optimista
y eufórica) campaña del Centro liderada por Cáceres, que había conseguido expulsar
a las fuerzas chilenas del coronel del Canto hacia la Costa. Nos referimos al
convencimiento de que, tarde o temprano, incluso manteniendo la resistencia con
cierto éxito, las circunstancias obligaban al Perú a pensar en el traumático escenario
de la cesión a Chile del rico territorio salitrero de Tarapacá. Asumiendo este
convencimiento, y considerando también que la Alianza de Bolivia con el régimen de
Montero se hubiese mantenido, ello apuntaba, con lógica, a aceptar la pretensión de
este último país a poseer los territorios de Tacna y Arica, habiéndose ya, de modo
tácito, perdido la esperanza de recuperar el antiguo litoral boliviano, situado al Sur de
Tarapacá. Esa parece haber sido la perspectiva del presidente peruano Lizardo
Montero.

Por otro lado, es extraño que la compilación de Guzmán Palomino no incluya


el ya mencionado oficio circular que Cáceres dirigió al guerrillero Tomás Bastidas
desde Huancayo, el 26 de junio de 1884, donde le explica las razones que condujeron
al apresamiento del turbulento Tomás Laymes.60

Finalmente, Guzmán Palomino presenta como auténtica la seudo proclama de


Cáceres, supuestamente suscrita en Ayacucho el 13 de febrero de 1884 (Guzmán
Palomino 2000: 262 y s.). Como ya se ha dicho, hay pruebas contundentes sobre el
carácter apócrifo de este documento.

VI) Una fuente desconocida sobre la negociación del Tratado de Ancón

Aunque no se refieren de manera directa a la trayectoria de Cáceres, sino al


contexto en el que vivía y sobre el cual influía, el Archivo Nacional de Tratados del
Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú conserva una copia de las instrucciones
que fueron dadas por Lorenzo Iglesias, en nombre del régimen de Montán, a José
Antonio de Lavalle, principal negociador peruano de las Conferencias de Chorrillos

60
Véase el apéndice documental
130

de marzo-mayo de 1883, que prepararon el borrador del Tratado de Ancón. Este


material será usado en la narración sobre la trayectoria de Cáceres entre 1881 y 1886.
131

CAPÍTULO 4

FAMILIA, RAZA, HONOR, RELIGIÓN, NACIÓN Y RASGOS


INDIVIDUALES EN LA PERSONALIDAD HISTÓRICA DE
ANDRÉS A. CÁCERES

“...la dificultad no radica en conciliar, en el plano de los


principios, la necesidad de la historia individual y de la historia social;
la dificultad reside en ser capaz de tener sensibilidad para ambas al
mismo tiempo y en conseguir apasionarse por una de ellas sin por ello
olvidar a la otra”.

Fernand Braudel, Las responsabilidades de la Historia.1

Idea general del presente capítulo

Este trabajo busca estudiar los rasgos más característicos de la personalidad


social y cultural de Andrés A. Cáceres, en particular, alrededor de su participación
como militar en la guerra con Chile. Un interés específico consiste en indagar cuál
era la noción de “Nación” y de “Patria” que manejaba este personaje en el contexto
cultural de la segunda mitad del siglo XIX en el Perú. También buscará precisar las
formas en que la personalidad histórica de Cáceres se movió entre la tradición y una
visión política liberal.

Además de su bastante conocida trayectoria como héroe peruano en la


campaña de La Breña (1881-1883), Cáceres fue, como persona social, un militar
tradicional de raíz terrateniente. Aunque su apellido tenía prestigio en Ayacucho,
Cáceres no pertenecía a las familias más encumbradas del país. Estas características

1
Fernand Braudel. La Historia y las Ciencias Sociales. Madrid: Alianza Editorial, 1974, p. 43.
132

anuncian al menos parte de los rasgos de su estructura valorativa: respeto por sus
ancestros, apego por la familia ampliada, amor por su ciudad natal, culto por el honor
y por la imagen personal, respeto sagrado por el principio de propiedad, y profundo
sentimiento patriótico y de identidad “nacional” peruana. Como veremos, Cáceres
expresa en sus escritos, en forma indirecta, la idea que tenía de la “Nación” peruana,
que sin duda compartió con muchos de sus contemporáneos.

Con relación a esto último, y dado que no hay muchos estudios sobre el
particular, es posible plantear su origen, como hipótesis de trabajo, en: (a) un
viejo sentimiento de identificación con lo peruano que databa de la época
virreinal y de las luchas por la Independencia; y (b) en una idea que vino
después, a mediados del siglo XIX, en pleno tiempo romántico, que
correspondió a la generación de “constructores” de la “Nación”, integrada por
personalidades como el tradicionista Ricardo Palma, el dramaturgo Felipe Pardo
y Aliaga, el pintor Francisco Laso y el historiador Mariano Felipe Paz Soldán
(Contreras y Cueto 2010: 122). Si bien estos pensadores y artistas construían la
idea de la “Nación” peruana basándose en visiones selectivas del pasado
(expresadas por ejemplo en un cerrado anti españolismo que negaba de modo
radical los aportes del tiempo virreinal), este esfuerzo respondía también a
perentorios y prácticos requerimientos de ese presente, tales como la necesidad
de modernizar el Estado, de vincular a un Perú enriquecido por el guano con su
entorno internacional, y de fijar sus inmensas fronteras, incluso en el distante
ámbito amazónico,2 tal como lo había vislumbrado el Mariscal Ramón Castilla.

2
Es muy importante la actitud de defensa de los límites amazónicos frente a las amenazas del
Ecuador, manifestada de manera tan clara por Castilla a mediados del siglo XIX (Porras Barrenechea
y Wagner de Reyna 1981: 61-63). Cáceres tuvo una experiencia directa en la selva de Chanchamayo
cuando fue enviado allí por el presidente Manuel Pardo en 1874 con el batallón Zepita. En una de las
comunicaciones que dirigió al presidente Pardo, fechada en ese lugar de la selva central el 26 de
octubre de 1874, Cáceres se refirió a la “espesura del monte” y al ataque a flechazos que sufrieron sus
soldados y oficiales “por una fuerza de salvajes” (Archivo General de la Nación del Perú. Colección
de cartas del presidente Manuel Pardo, D 2-9-578.)
133

Figura 28. Ramón Castilla y Marquesado


(Tarapacá 1797-Tiviliche 1867)

Según todos los indicios, Cáceres tuvo ocasión de interactuar desde niño con
las poblaciones campesinas de Ayacucho (Tauro del Pino 1981-1982:49),
circunstancia que originó su conocimiento maestro de las poblaciones rurales, sobre
todo en lo que se refiere a sus tradiciones lingüísticas quechuas y a sus jerarquías
internas. No cabe duda de que esta experiencia le dio un sentido más amplio a su idea
de “Nación”, lo que quedó reflejado, por ejemplo, en el indigenismo que puede
apreciarse en textos suyos como la Nota al Honorable Cabildo de Ayacucho de fines
de 1883. También tuvo, como veremos, una interesante exposición a la ideología
liberal, que entonces irradiaba desde Europa. En pocas palabras, Cáceres se movía
con soltura, y con pleno manejo de los códigos sociales y culturales, entre los
134

campesinos y la elite serrana o costeña. Dadas las grandes divisiones raciales y


sociales que han caracterizado siempre al Perú, ese sólo rasgo le da a su personalidad
histórica una particularidad especial.

“Nación” y “Patria” son dos términos muy asociados, aunque no


necesariamente idénticos, que se repiten a cada paso en los documentos firmados por
Cáceres. De hecho, en el uso actual, la noción de “Patria” equivale a la de “Nación”,
sólo que añadiéndole un timbre de tipo afectivo.3 Cáceres hace un uso muy
semejante de ambos términos, con una tendencia a identificarlos. No obstante, una
gran parte de veces menciona la palabra “Nación” en el sentido de comunidad
peruana, aunque también se refirió alguna vez a la “integridad de la Nación”, en clara
alusión a la preservación del territorio.4

Aunque no fue un sentimiento unánime en el Perú del siglo XIX, Cáceres es un


buen ejemplo de lo arraigada que estuvo la idea de “Patria” (identificada como la
“Nación”, con una carga afectiva) en importantes sectores del Perú, casi al nivel de
un sentimiento religioso. Esta idea no existió solo en el sector letrado, sino que
también llegó a extenderse a una parte de la población analfabeta (Manrique 1981:
394; Pereyra Plasencia 2004: 149, 167)5.

Por último, hay que mencionar el apego que tuvo Cáceres por su “Patria” chica
ayacuchana. Esta noción entroncaba, en un plano social, con el concepto que Cáceres
tenía de una familia ampliada de origen provinciano, cuyo uso le dio tan importante
margen de maniobra durante la guerra en toda la Sierra Central donde ella estaba
dispersa.

3
En su Diccionario de uso del español, María Moliner aporta dos definiciones principales de la
palabra “Nación”: 1) “Comunidad de personas que viven en un territorio regido todo él por el mismo
gobierno y unidas por lazos étnicos o de historia”; 2) “Esa comunidad, junto con el territorio y todo lo
que pertenece a él” (Moliner 1992: 486). Con relación a la palabra “Patria”, Moliner aporta la
siguiente definición: “Con relación a los naturales de una nación, esta nación con todas las relaciones
afectivas que implica” (Moliner 1992: 669). Pese a la estrecha asociación (por no decir identidad) de
los conceptos de “Patria” y de “Nación”, debemos recordar que la expresión “morir por la Patria” es
mucho más recurrente que la de “morir por la Nación”. Sin duda, este contraste ayuda a comprender la
mayor carga afectiva que trae la palabra “Patria” en el lenguaje coloquial.
4
Oficio del general Andrés A. Cáceres al coronel Máximo Tafur, prefecto de Junín (Jauja, 27 de abril
de 1881). Véase el apéndice documental.
5
Véase el acápite II) 4 del capítulo 1 de esta tesis doctoral y también la entrada del 16 de abril de
1882 de la Cronología.
135

I) Una personalidad muy original

Más allá de los afectos y odios que suscitó durante toda su vida, es evidente
que Cáceres tuvo una personalidad muy original que llamó la atención tanto a
peruanos como a extranjeros. Esta característica brota del primer testimonio no
peruano que habla de Cáceres con algún detalle. Nos referimos al Informe reservado
que el teniente británico Reginald Carey Brenton hizo como observador militar de las
batallas de San Juan y Miraflores destacado en el Cuartel General del Ejército
Peruano, fechado en el Callao el 19 de enero de 1881. Al joven oficial naval le llamó
mucho la atención el espíritu organizador, la valentía y, sobre todo, el carisma de
Cáceres. En vísperas de las batallas campales que decidieron el destino de la capital
durante la guerra, el grito de ¡Viva el coronel Cáceres! era escuchado entonces en la
forma de una expresión popular admirativa —y llena de esperanza— dirigida a un
militar prestigioso. Brenton parece haber tratado con alguna cercanía a Cáceres más
de una vez. Estaba a su lado en la cima del cerro situado al frente de San Juan cuando
los fogonazos que anunciaron el ataque chileno se encendieron en la madrugada del
13 de enero de 1881, al inicio de la batalla, y a lo largo de una extensísima línea de
defensa. En palabras de Brenton, Cáceres cabalgó “por los cerros de la derecha,
animando a sus hombres y diciéndoles que el momento supremo había llegado” (Wu
Brading 1986: 90; 98; 110 y s.). El observador extranjero estaba a la vista de un
típico gesto de Cáceres que buscaba transmitir energía, entusiasmo y coraje en
momentos difíciles, y que se iba a repetir, más de una vez, a lo largo de su larga
carrera militar y política. Un polémico Manifiesto, bastante crítico con el comando
peruano de la batalla de Huamachuco, suscrito por el coronel Francisco de Paula
Secada en Huaraz, diecisiete días después de la sangrienta derrota, no deja de
manifestar asombro, rompiendo por un momento con su tónica amarga, cuando se
refiere a la actitud que Cáceres desplegó en esos desesperados momentos:

“Al General se le creía muerto, porque después de darme la orden


de contramarchar se lanzó en medio de los fuegos enemigos y no se le
volvió a ver, y como en ese momento ya la caballería enemiga interceptó
el camino descendiendo por un flanco, el General quedó cortado sin
poderse unir a nosotros” (Ahumada Moreno 1891: 239).6
6
Cáceres parece haber querido repetir este gesto, que lo había hecho tan famoso, en el momento más
negro de su vida política, entre el 17 y el 18 de marzo de 1895, estando en el Palacio de Gobierno de
Lima, cuando intentó salir a caballo para encabezar la lucha contra los montoneros de Piérola que
136

Otros testimonios de época lo retratan en una faceta que también llamó mucho
la atención en ese tiempo: su disposición natural a convertirse en adalid de la
resistencia patria en las circunstancias más extremas. La siguiente cita anónima,
debida esta vez a la pluma de un escritor boliviano, fue recogida por la intelectual
cacerista Clorinda Matto de Turner en junio de 1884:

“Lo vemos grande entre los escombros de su patria: todos lo


admiran; y si Sucre, La Mar, Gamarra y tantos próceres de la campaña
magna volvieran a la vida, al contemplarlo, en los mismos campos de
Ayacucho, sosteniendo con denuedo y con robusto brazo el bicolor
peruano: —Soldado, le dirían, eres digno descendiente de nosotros”
(Matto de Turner 1889: 187).

Cuando es estudiada con detenimiento en un plano académico, la personalidad


de Cáceres sigue motivando una curiosidad que llega a ser admirativa, incluso hoy
día, tanto en autores nacionales como extranjeros. Ello ocurre aún en el caso de
autores que han sido sus críticos y hasta sus detractores. Aunque se trata de una
novela histórica, sorprende el tono tan elogioso sobre Cáceres que aparece en
muchos pasajes de Adiós al Séptimo de Línea, de Jorge Inostrosa, publicada en Chile
en la década de 1950 (Inostrosa 1955). Esta característica ya había sido notada por el
propio Jorge Basadre, quien señaló que Inostrosa exalta a Cáceres “como pocos
autores nacionales lo han hecho” (1971, t. II: 551, ficha 7211).

En su sólido trabajo sobre el levantamiento de Atusparia, William W. Stein


manifiesta con mucha lucidez que Cáceres “fue un hombre complejo [...] [que]
desempeñó más de un papel”. Este autor destaca la existencia de “muchos
partidarios” de Cáceres en los sectores urbanos y rurales del Callejón de Huaylas en
tiempos de la guerra civil contra el bando de Miguel Iglesias (Stein 1988: 25). Pese a
estar muy influido por la corriente historiográfica de las décadas de 1970 y 1980 que
presentó a Cáceres como un traidor a los guerrilleros al concluir la guerra
internacional, y con gran probabilidad abrumado por la evidencia histórica, Stein
llega al extremo de sostener que

habían ingresado a Lima por la puerta de Cocharcas. Fue disuadido de hacerlo ante la posibilidad de
que los francotiradores hostiles de Lima le disparasen desde techos y ventanas. Así lo presenta un
recuerdo de Luis Felipe Villarán, transmitido por la ponderada pluma de su hijo, Manuel Vicente:
“Testigo presencial refiere que Cáceres, irritado, hizo el gesto de montar a caballo y salir él mismo, y
trabajo costó a sus fieles ayudantes disuadirlo” (Villarán 1945: 51). La anécdota sirve para retratar la
continuidad de un rasgo típico de su personalidad.
137

“... a pesar de los compromisos y las decisiones antipopulares que


tomó más tarde con el objeto de llegar al poder, Cáceres fue un auténtico
héroe cuya visión nacionalista y populista y su retórica lo ayudaron a
ganar un apoyo profundamente arraigado tanto entre las masas urbanas
como entre las rurales” (Stein 1988: 26).

Una dualidad de opinión muy parecida se encuentra en la obra de Florencia


Mallon Peasant and Nation. Tanto esta autora extranjera, como el historiador
peruano Nelson Manrique (1981), difundieron la imagen de un giro oportunista que
Cáceres supuestamente mostró en vísperas de la partida de las tropas chilenas del
país para iniciar una carrera por la presidencia, al más puro estilo de un caudillismo
latinoamericano extraído de libros de texto de muchas universidades del Hemisferio
Norte. No obstante, esta misma investigadora tiene la siguiente cita referida al talento
de Cáceres para reposicionarse en la Sierra Central ante el escenario de una guerra
civil, como ella misma dice, desde el punto de vista válido de la búsqueda de la
unificación nacional, luego de la destrucción y del desorden que habían seguido a la
invasión extranjera:

“In the two years between the Chilean departure and his ascent to
the presidency, Cáceres showed himself to be an extremely clever
politician in his dealings with the central highland montoneras. In June
1884 he accepted the Ancón Treaty, marking the end of the national
resistance and the beginning of the civil war. The following months, as
he began his confrontation with Miguel Iglesias, he also began repressing
the independent montoneras in Comas and the puna communities of the
western bank. At the same time, he gave greater importance to the
alliance of merchants, small landowners, and peasants represented by the
montoneras near Jauja and in the lowland communities along the
Mantaro. This well-planned change in the balance of forces among de
region´s guerrilla forces would serve him well in 1885 when the
montoneros along the river western side, suitably reorganized under the
Chupaca notable Bartolomé Guerra, formed the first line of resistance
against Iglesias´s «Pacifying Army»” (Mallon 1995: 200 y s.).7

7
“En los dos años ubicados entre la partida de los chilenos y su ascenso a la Presidencia, Cáceres se
mostró como un político muy inteligente en su tratamiento de las montoneras de la Sierra Central. En
junio de 1884 reconoció el Tratado de Ancón, lo que marcó el final de la resistencia nacional y el
nacimiento de la guerra civil. En los meses siguientes, mientras iniciaba su confrontación con Miguel
Iglesias, Cáceres comenzó también a reprimir a las montoneras independientes en Comas y en las
comunidades de puna de la ribera occidental [del río Mantaro]. Al mismo tiempo, dio mayor
importancia a la alianza con los comerciantes, pequeños terratenientes y los campesinos representados
por las montoneras localizadas cerca de Jauja y en las comunidades situadas en tierras bajas a lo largo
del Mantaro. Este bien planificado cambio en el balance de las fuerzas guerrilleras de la región le iba a
138

Al momento de abordar el estudio de la personalidad de Cáceres, complica aún


más las cosas la notable amplitud de su espectro psicológico, que solía colocarlo en
contextos y situaciones inusuales. Cáceres podía pasar con gran facilidad desde la
choza de un guerrillero indio donde comía cancha y mote, a la mesa aristocrática de
su tía doña Bernarda Piélago, una rica hacendada del Centro (Moreno de Cáceres
1976: 78). Esta capacidad de hacer saltos de un ambiente social a otro,
compenetrándose en cada caso con los respectivos códigos sociales, no era un rasgo
común del Perú republicano, pues al abismo económico se sumaban consideraciones
culturales y de mentalidad que tenían el efecto de paredes divisorias entre grupos
sociales.
Siendo un personaje de facetas tan especiales, un enfoque adecuado debería
comenzar preguntándose qué es lo que no fue peculiar, sino estándar, en su ser
histórico. Hablamos del hacendado serrano y provinciano, y también del militar
profesional, que compartió diversos rasgos sociales y de mentalidad con sus
contemporáneos.

II) El peso ancestral de la tradición y de las estructuras

1. Familia y parentesco

Refiriéndose al caso de Huancayo, y al momento de comentar los orígenes del


Ejército del Centro durante la Guerra del Pacífico, el historiador regional José
Benigno Peñaloza Jarrín ha destacado la ayuda que Cáceres recibió de “sus parientes
los Arauco, Basurto, Cuevas, Dorregaray, de los Ríos, Quintana y los dos hermanos
Peñaloza” (Peñaloza Jarrín 1995: 221).8 A esta lista, y siempre para el caso de
Huancayo, habría que añadir a la ya mencionada Bernarda Piélago, tía de Cáceres e
importante hacendada de la región (Moreno de Cáceres 1976: 78). Cualquier lector
que tenga orígenes provincianos y, en especial, serranos, comprenderá la importancia
y los alcances del comentario de Peñaloza. Cáceres manejaba sin duda una noción

servir muy bien en 1885, cuando los montoneros de la ribera occidental, adecuadamente
reorganizados por el notable de Chupaca Bartolomé Guerra, constituyeron la primera línea de
resistencia contra el «Ejército Pacificador» de Iglesias” (traducción del autor de esta tesis doctoral).
8
Pese al valor general de esta cita, cabe señalar que, inmediatamente después, Peñaloza llama a la
madre de Cáceres con un segundo apellido “Arauco”, que discrepa con el nombre Justa Dorregaray
Cueva, que es aceptado por lo general (Tauro 1980-1981:48).
139

muy amplia de parentesco que, en algunos casos y con una fuerza que no debe
desmerecerse, abarcaba a los amigos íntimos sin vínculo sanguíneo ni político,
aunque sí, por lo general, con la misma ubicación social.

El respeto que inspiraba a Cáceres la noción de parentesco aparece muy claro


en el siguiente pasaje de una carta dirigida al presidente Lizardo Montero, en abril de
1883, donde utiliza, sin dudarlo, todo su prestigio para defender a dos primos
hermanos acusados de haberse pasado al bando de Miguel Iglesias:

“Por el Prefecto de Apurímac sé que existen unas cartas en que


aparecen como complicados con Iglesias mis primos hermanos Juan
Benigno y Rosendo Samanez y Gregorio Martinelli, que también es de la
familia. He tratado de averiguar lo que hay en el caso y resulta que es
todo una calumnia, pues estos señores aparte de ser gente de orden no
serían capaces de afiliarse a un bando que yo combato. Yo los garantizo,
y espero que des orden al Prefecto Méndez que no se los moleste por este
motivo”.9

Entre los conocidos cercanos de Cáceres, puede citarse el caso de los hermanos
Juan Enrique, Manuel Fernando y Beatriz Valladares, que se contaron entre los más
poderosos hacendados del departamento de Junín (Basadre 1983 t. VI: 325). Es a
ellos a quienes se refiere en sus Recuerdos, con tanta naturalidad y afecto, doña
Antonia Moreno, la esposa de Cáceres. En febrero de 1882, cuando Cáceres se
replegaba desesperadamente con sus fuerzas desde Jauja hacia el Sur, presionado por
el avance de la división del coronel chileno Estanislao del Canto, doña Antonia, que
entonces seguía a su marido en campaña, fue recibida con las mayores atenciones
“en la hacienda de los Valladares en Concepción”, famosa por la producción de
mantequilla (Moreno de Cáceres 1976: 45).

Beatriz Valladares se había casado con Luis Milón Duarte, quien fue “jefe
efectivo del clan” (Basadre 1983 t. VI: 325). La trayectoria colaboracionista de
Duarte, anunciada con nitidez en 1882 y muy agresiva en 1883, es bastante conocida
por distintas fuentes, entre ellas, la Exposición que él mismo preparó en 1884. Menos
conocida es una dramática carta que la madre de Cáceres, doña Justa Dorregaray

9
Carta de Andrés A. Cáceres a Lizardo Montero (Tarma, 26 de abril de 1883). Véase el apéndice
documental. En sus Recuerdos, Antonia Moreno menciona a un tal Leoncio Samanez Ocampo, “primo
de mi marido” (Moreno de Cáceres 1976: 51).
140

dirigió a Duarte, entonces alta autoridad colaboracionista, desde Huasahuasi, con


fecha 11 de agosto de 1883. En dicha misiva, doña Justa solicitaba a Duarte
protección frente a Manuel de la Encarnación Vento y a doña Margarita Cárdenas,
que intentaban, al parecer, vengar en ella su rencor contra Cáceres, entonces
derrotado hacía muy poco en Huamachuco, cuando era acechado por chilenos y
colaboracionistas. Entre estos últimos destacaba en forma muy especial Vento, quien
había sido su más persistente antagonista militar entre los partidarios de Iglesias,
quizá aún más que Duarte. Aparte de una célebre cita que retrata a doña Justa casi
como una mujer espartana (“...si se me persigue y castiga sólo por el hecho de ser
madre de Andrés Avelino Cáceres, acepto todo sacrificio...”), lo notable es que, pese
a las terribles diferencias que separaban entonces a su hijo de Duarte, y también sin
duda debido a su angustia y a su necesidad de protección, ella no dejó de recordarle a
éste último que era “hijo del benefactor de mi casa y familia desde tierna edad...”. En
otras palabras, habló de un vínculo de amistad familiar bastante antiguo, que afloraba
y era invocado, por su indudable fuerza, en el contexto aparentemente menos
propicio. Del texto de esta carta se deduce también que Duarte ya había tenido con
la madre de Cáceres por lo menos un gesto que revelaba a las claras su intención de
protegerla.10

Aunque pesaban más consideraciones de orden político orientadas a atraerse a


los terratenientes de Junín en el tiempo del recrudecimiento de la guerra civil contra
el bando de Miguel Iglesias, la importancia de estos vínculos de proximidad casi
familiar puede sentirse también en el decreto que Cáceres emitió apenas dos días
después de proclamarse Presidente Provisorio de la República, el 18 de julio de 1884,
donde apoyaba a Manuel Fernando Valladares en la causa criminal que este
terrateniente seguía contra la comunidad de Comas sobre restitución de ganados que
le habían sido tomados durante las convulsiones de la guerra (Manrique 1981:365)

2. Ubicación social y cultural

Por su ubicación social dentro del mundo de la Sierra Central, y de Ayacucho


en particular, Cáceres pertenecía a un estamento que se encontraba por encima de los

10
La Bolsa. Arequipa, martes 25 de septiembre de 1883, p. 2. Cabe recordar, en apoyo de la fidelidad
de la fuente reseñada, que este medio arequipeño era muy partidario de Cáceres.
141

sectores mestizos e indios en términos de oportunidades educativas, de posesión de


riqueza y, sobre todo, de status y de poder. Era una sociedad de fuertes rasgos
paternalistas, típicos de un ambiente señorial serrano, cuya influencia en la vida de
Cáceres y en la historia de la Guerra del Pacífico iba a ser descomunal.

Tampoco hay que dejar de tener presente su raíz terrateniente. Ya hemos visto
la naturalidad con la que apoyó a uno de los hacendados Valladares a recuperar sus
ganados tomados por los campesinos durante la guerra. De esta manera, no es
extraño que, en un oficio fechado en Huancayo por esos mismos días, el 26 de junio
de 1884, Cáceres haya puesto el principio de propiedad en el mismo nivel de
importancia que el honor de la Patria y que la vida del hombre, como “lo más santo y
más noble que puede existir en una sociedad civilizada”.11 Cáceres no sólo tuvo un
origen familiar terrateniente sino que él mismo trabajó alguna vez como agricultor.
Recordemos que, hacia 1868, siendo teniente coronel, y en el contexto de una tensa
coyuntura política nacional de la post guerra contra España, Cáceres solicitó su pase
al retiro del ejército. Su biógrafo Alberto Tauro ha reconstruido esta etapa de su vida
con expresivas palabras:

“Como algunos generales antiguos, de cuyos hechos habla la


leyenda, apartóse del hierro y del estrépito de los cañones, para impulsar
la reja del arado y abrir surcos fecundos en la tierra. Volvió para ello a
sus lares nativos. Y, reviviendo las jornadas campestres de sus años
mozos, consagróse a la agricultura en las haciendas que sus mayores
poseían en el valle del Pampas. La naturaleza áspera y la rústica sencillez
de las gentes de campo, crearon el estímulo y el marco requeridos por sus
recuerdos y sus ensueños. Quizá vio proyectarse su imagen o su
pensamiento, sobre el febril caleidoscopio de hechos y personajes, que
sólo entonces adquirían ubicación y significación precisas en el
desarrollo de la vida coetánea; y a solas consigo mismo, bajo el dombo
del cielo estrellado, confirió cierta nitidez a virtudes y vicios,
posibilidades y urgencias, que en la vida nacional obligaban a efectuar
correcciones y afirmaciones constructivas. Sin apremios, y morosamente
volcado a la reflexión, corrieron los años en su agreste retiro andino e
insensiblemente afianzó su lúcida madurez” (Tauro 1981-1982: 58).

11
Oficio del general Andrés A. Cáceres a Tomás Bastidas, comandante de la guerrilla de Chupaca
(Huancayo, 26 de junio de 1884). Véase el apéndice documental.
142

Animado por el propio presidente Manuel Pardo, Cáceres se reincorporó al


ejército en 1872. La huella de su matriz cultural de hacendado se notó en muchos
aspectos de su comportamiento como líder nacional durante la Guerra del Pacífico y
en la guerra civil. De allí provino la familiaridad con el mundo campesino que le
permitió escoger a los líderes guerrilleros (Husson 1992: 193). También fue muy
evidente su conocimiento de los ciclos agrícolas y del clima de la Sierra, muy por
encima del promedio de los demás jefes militares peruanos. En Tarma, el 29 de
septiembre de 1882, en un momento de triunfo a poco más de dos meses de la
apurada partida de la división chilena del coronel del Canto del escenario de la Sierra
Central, Cáceres dispuso la suspensión del reclutamiento militar en el departamento
de Junín, por ser “necesario dejar en libertad a los agricultores de estas provincias
para que puedan entregarse a sus labores, en provecho aún del mismo ejército...”.12

3. Orgullo por los orígenes y (auto) percepción racial

Cáceres no era de las personas que invocaban a cada paso a sus ancestros,
pero hay evidencias indirectas de que no dejó de tener una aguda conciencia y
orgullo por sus orígenes. Este era un rasgo común a las familias blancas y
terratenientes de Ayacucho, su ciudad natal, que había sido una de las más señoriales
de la época colonial. Sin duda, existe en esta parte del Perú una poderosa herencia
colonial proveniente de los años de esplendor de Huamanga, entre los siglos XVI y
XVII, tal como lo ha señalado Steve J. Stern (1986: 293-306). Esto brota también de
la importante evocación hecha por Miriam Salas de la Huamanga de los tiempos del
Virreinato, vista a través de la evolución de la propiedad obrajera (Salas 1998). Estos
rasgos todavía se sentían en Ayacucho a fines del siglo XIX, pese a la acelerada
decadencia económica de su región y de la Sierra, en general, desde el siglo XVIII y,
en forma mucho más clara, a partir de los años de la Independencia hasta la misma
era del guano. Era muy evidente esta desaceleración de las principales ciudades
serranas frente a las de la Costa, mucho más conectadas con el exterior y que
experimentaban, por contraste, un crecimiento y un cambio de mentalidad más
claros.

12
Resolución del general Andrés A. Cáceres, Jefe de los Departamentos del Centro del Perú,
suspendiendo el reclutamiento militar en Junín (Tarma, 29 de septiembre de 1882). Véase el apéndice
documental.
143

Cáceres no pertenecía a las más encumbradas familias ayacuchanas con


pergaminos, pero sin duda alguna era un hombre de la elite, con ancestros
virreinales.13 En la nomenclatura usual que manejaban las partidas de bautizo de la
época, Cáceres debe haber sido mencionado, con gran probabilidad, como “español”,
lo que era sinónimo de blanco, por lo menos en lo que se refiere a sus rasgos
fenotípicos.14 Veamos el siguiente pasaje de los Recuerdos de Antonia Moreno de
Cáceres:

“Aceptando la tradición de la familia de Cáceres, él pertenecía por


su abuela materna, apellidada De la Cueva, al linaje de Catalina
[Huanca]. Un día [su hija] Hortensia le preguntó si era verdad esta
referencia, y él respondió que sí, porque siempre lo había oído decir en su
casa.
Cáceres, por su abuelo paterno, era de origen español; descendía de
don Diego Cáceres y Mendoza, grande de España, conde de la Unión,
marqués de Villa Señor. El abuelo de mi marido [Tadeo Cáceres], que
vino de España, era adelantado y capitán general; se radicó en Ayacucho,
donde se casó con la señora Josefa de Oré, también de origen español.
Era hermano del mayorazgo, don José Manuel Cáceres Mendoza, quien
se instaló en Santiago de Chile, y se casó allí con doña Francisca de
Paula, hija mayor del marqués de casa Larraín. Don Tadeo era
propietario de la Quebrada de Pampas con varias haciendas” (Moreno de
Cáceres 1976: 45).

El párrafo anterior es una combinación de verdades con claras exageraciones


(por no decir, en algunos casos, abiertas fantasías). Es también una expresión muy
típica de la mentalidad criolla, lo que se nota en particular en los esfuerzos por
entroncar con los Grandes de España. El pasaje habla, con toda claridad, del ya
mencionado sentido señorial de la sociedad ayacuchana, del cual participaba la
familia de Cáceres. Esto se notaba, por ejemplo, en el extremo cuidado que Cáceres
ponía en su aspecto físico, así como en su misma postura, lo que es visible en
muchas de sus fotografías. También sus modales eran los de un hombre refinado. Un

13
“Tuvo por padre a don Domingo Cáceres y Oré, de familia antigua y nobiliaria de Huamanga, por
madre a Justa Dorregaray, dama de gran carácter e ingenio” (Alayza Paz Soldán 1953: 195). Quedaría
pendiente, en todo caso, una investigación a fondo sobre los orígenes virreinales del apellido Cáceres
en Ayacucho y también sobre la condición de hijo legítimo o natural del personaje que estudiamos.
14
Alberto Tauro señala que, en este caso, la expresión “español” no debe tomarse en sentido literal,
sino como sinónimo de blanco, tal como lo establecían los criterios estamentales de la administración
virreinal, que se prolongaron durante gran parte del tiempo republicano (Tauro 1981-1982: 48).
144

observador argentino que escribía en 1886 proporcionó la siguiente imagen


correspondiente al año 1874 o 1875:

“No conocemos a Cáceres. Apenas si recordamos que le vimos en


Torata, después del triunfo reportado por el gobierno del malogrado don
Manuel Pardo sobre las fuerzas de la revolución pierolista. Tiene una
cicatriz a raíz del ojo, es afable y conversador, resuelto y de maneras
cultas [...] gozaba de buena reputación personal y militar” (Solari 1886:
20).

Figura 29. Andrés A. Cáceres


145

Aunque siempre fue muy consciente de su ubicación en el mundo blanco, es


casi seguro que por sus venas corría sangre india. Por otro lado, en cuanto a su
comportamiento social, y como dice su gran biógrafo Tauro del Pino, es muy
probable que Cáceres haya interactuado en términos lúdicos y lingüísticos con niños
indios durante su infancia. Esta circunstancia habría brindado a Cáceres un
conocimiento único sobre la tradición indígena, que tuvo extraordinarias resonancias
muchos años después (Tauro 1981-1982: 49). El caso no era infrecuente. Algo
parecido había ocurrido con un contemporáneo suyo, El Tunante Abelardo Gamarra,
sólo que en la muy distante región rural de Huamachuco (Basadre 1983 t. VII: 268 y
s.). En el terreno lingüístico, y según el testimonio de su hija Zoila Aurora, Cáceres
parece haber distinguido algunas variantes del quechua, lo que podría explicar la
facilidad con la que se adaptaba a los escenarios dominados por los guerrilleros en
Ayacucho, Huancavelica y Junín, que son hasta ahora áreas con disparidades
idiomáticas (Cáceres 1921: 157). Cabe destacar que esta maestría en el quechua por
parte de un blanco no era entonces un rasgo excepcional en Ayacucho y en el Sur
Andino.

Figura 30. Doña Justa Dorregaray, madre de


Cáceres.
Grabado de Evaristo San Cristóval, publicado en
El Perú Ilustrado (21 de mayo de 1887)
146

En cuanto a su aspecto físico, Cáceres tenía rasgos característicos de un


europeo de piel blanca y de elevada estatura, con un tipo más asimilable a los del
Norte de Europa que a los del mundo mediterráneo. Sus contemporáneos parecen
haberlo destacado así de modo especial. Según las Memorias de Cáceres, en 1881, el
maquinista extranjero a cargo de la locomotora del ferrocarril del Centro, Mr. Wall,
era conocido como “Cáceres chico” (Cáceres 1973 [1924]: 120).

De manera paradójica, la elocuencia de las fuentes históricas se pone a veces


en evidencia por lo que ellas no dicen o ignoran con relación a algún fenómeno o
proceso bajo estudio. Si revisamos los cientos de piezas del epistolario de Cáceres
entre 1881 y 1886, observaremos que no hay ni una sola alusión directa a los
inmigrantes chinos y a los afroperuanos. Ello no ocurre ni siquiera en los casos en
que Cáceres se refiere ocasionalmente a la situación de las poblaciones de la Costa,
como Huacho o Cañete, donde estos sectores tenían una presencia indudable. Si bien
no hay expresiones de ataque o de desprecio frente a los chinos y a los afroperuanos,
daría la impresión de que, para Cáceres, la nación (o la “familia”) peruana estaba
integrada solamente por los campesinos indígenas, por los mestizos y por los
blancos. En este último caso, Cáceres incluía no sólo a los blancos de antigua
implantación en el Perú, sino también a los de muy reciente origen europeo, como
ocurrió en el caso del cacerista César Canevaro, uno de cuyos hermanos continuaba
siendo italiano en tiempos de la guerra.

4. Honor

“...honor es el premio de responder, puntualmente, a lo que se está


obligado por lo que socialmente se es, en la compleja ordenación
estamental; será reconocido y necesariamente tendrá que ser reconocido
entonces por sus iguales, en ese alto nivel de estimación”

José Antonio Maravall, Poder, honor y élites en el siglo XVII.15

El honor, como concepto asociado al prestigio de un “señor” de la época,


aparece de manera repetida en la correspondencia personal y oficial de Cáceres. El

15
José Antonio Maravall. Poder, honor y élites en el siglo XVII. Madrid: Siglo XXI, 1979, p. 33
147

18 de noviembre de 1883, Cáceres dirigió desde Andahuaylas un oficio de


felicitación al terrateniente Miguel Lazón, subprefecto de la provincia de Huanta, por
su valiente liderazgo de la resistencia que los guerrilleros oponían a la expedición
chilena del coronel Martiniano Urriola, entonces en tránsito entre Ayacucho y Junín:

“El pueblo de Huanta, cuyo arrojo es tradicional, ha dado en esta


ocasión la medida de su pujanza y también de su buen sentido. Es el
único pueblo que no ha permitido impunemente al invasor pisar su suelo
sino después de grandes esfuerzos a favor de sus grandes elementos
bélicos, y sobre montones de cadáveres.
Mañana que la historia consagre los esfuerzos y sacrificios de cada
pueblo, Huanta tendrá una página especial y muy gloriosa. Los
sacrificios de hoy son la gloria de mañana.
En la situación en que está u[ste]d y en cualquiera otra a que lo
obligue[n] las circunstancias, debe u[ste]d sostenerse cuanto se lo
permitan los elementos de defensa con que cuenta y cuando ya sea
imposible toda resistencia, retírese u[ste]d con todas sus fuerzas en el
mayor orden, a las alturas más convenientes, y allí dispóngase a volver
de nuevo al campo del honor y del deber, tan luego como tenga noticia de
mi aproximación...”.16

Lo que se puede leer entre líneas es que Cáceres trata a Lazón como a su par,
más que como a un simple subordinado. Es interesante observar que, durante los
primeros años del Segundo Militarismo, quizás sobre la base de este tipo de
estimación y vínculos, Lazón llegó a ser el primer cacerista de todo el departamento
de Ayacucho hasta su asesinato en 1890 (Basadre 1983 t. VII: 140 y s.).

El concepto de honor también aparece como columna vertebral del ejército y


de la organización guerrillera, como complemento imprescindible del orden y de la
disciplina que debía regir en toda organización militar. Cáceres acudió, en parte, a
criterios de honorabilidad cuando dio el paso de procesar al guerrillero Tomás
Laymes, el 26 de junio de 1884, a quien acusaba de cometer crímenes comunes y de
tener propósitos de sedición, según expresa con elocuencia en un oficio circular de
esa fecha dirigido a otros jefes guerrilleros y suscrito en Huancayo:

“Desde hace mucho tiempo ha venido recibiendo este Despacho


repetidos partes de crímenes y escándalos de todo género perpetrados por
el referido Laymes y sus Tenientes.
16
Oficio del general Andrés A. Cáceres a Miguel Lazón, subprefecto de la provincia de Huanta
(Andahuaylas, 18 de noviembre de 1883). Véase el apéndice documental.
148

Estos individuos, olvidando la noble misión que debían


desempeñar en los pueblos y lejos de servir de garantía a la vida y a la
propiedad de los vecinos, lo han atropellado todo, cometiendo asesinatos
alevosos, incendiando y saqueando poblaciones enteras y ejercitando
bárbaras venganzas personales [...]
Es tiempo ya de que la justicia ejerza su imperio sobre todos; lo
mismo para el rico como para el pobre; para el Jefe como para el
subalterno.
Los guerrilleros no son una horda de bandoleros sin ley y sin
respeto a la autoridad. Ellos son los ciudadanos armados en defensa de lo
más santo y más noble que puede existir en una sociedad civilizada: el
honor de la Patria, el derecho de propiedad y la vida del hombre.
Manifestar propósitos contrarios como lo han hecho Laymes y sus
tenientes, es presentarse como una turba sin Dios, sin Patria y sin
conciencia, entregada al torrente devastador de todas las malas pasiones.
Los que combatieron en Marcavalle y Concepción contra las
fuerzas de Chile, en nombre y para prestigio del Perú, no pueden
manchar tan inmensa gloria ni anular sus valiosos servicios prestados a la
República, no digo perpetrando los delitos de que se acusa a Laymes;
pero ni siquiera mirándolos con indiferencia.
En guarda, pues, del honor de los nobles y patriotas y
guerrilleros de Junín y Huancavelica, he puesto a los referidos
malhechores bajo la jurisdicción de un Tribunal militar, para que pueda
ver el mundo entero que en Perú, así como se sabe enaltecer la virtud, se
tiene la energía para castigar el crimen”.17

Además de ser un valor integrador en las fuerzas armadas, el concepto de


honor estaba asociado, en la mentalidad de Cáceres, como se ve, a la defensa de la
“Patria”, al derecho de propiedad y a la misma vida del hombre.

5. Actitudes caballerescas

Un testimonio tardío, pero elocuente, nos habla de la presencia de rasgos


caballerescos en el comportamiento habitual de Cáceres para la época estudiada. Sin
duda, el caso paradigmático del heroico marino Miguel Grau nos dice que estos
elementos, enraizados en el movimiento romántico (y que quizá disonaban con el frío
espíritu positivista y hasta brutalmente social-darwinista de esos últimos lustros del
siglo XIX), formaron parte de la mentalidad de la época. Siendo ya un anciano, en
las primeras décadas del siglo XX, Cáceres evocó así un episodio que tuvo lugar en

17
Oficio del general Andrés A. Cáceres a Tomás Bastidas, comandante de la guerrilla de Chupaca
(Huancayo, 26 de junio de 1884). Véase el apéndice documental.
149

junio de 1884, poco antes de la entrevista que sostuvo en Huancayo con Diego
Armstrong, secretario de Patricio Lynch:

“Había llegado escoltado por un fuerte destacamento, cuyo jefe, el


coronel José Antonio Gutiérrez, apodado «El Araucano», me escribió una
carta, diciéndome que tenía orden de atacarme, en caso de no aceptar la
propuesta del doctor Armstrong; pero que no lo haría sin participarme
antes su resolución, pues no atacaría de sorpresa a un jefe que
honradamente defendía su patria. Le contesté que me agradaba tener
como adversario a un jefe caballeroso y que, si llegaba el caso,
podríamos batirnos con fuerzas iguales en campo abierto.
Antes de marcharse me escribió nuevamente, y como prueba de su
simpatía y recuerdo me envió su retrato con la sencilla y significativa
dedicatoria: «A mi estimado enemigo». Le respondí agradeciéndole su
gentileza y, como recíproco testimonio de mi simpatía, le remití también
el mío” (Cáceres 1975 [1924]: 260).18

18
En sus Recuerdos, Antonia Moreno de Cáceres evoca este mismo episodio proporcionando una
versión un tanto diferente, dando un cierto tono “de broma” al mensaje de agradecimiento que Cáceres
habría remitido a Gutiérrez: “No será necesario sacrificar tantas vidas, enfrentándonos con fuerzas
iguales; podemos batirnos los dos, en combate singular; así ambos probaremos nuestro coraje”
(Moreno de Cáceres 1976: 123).
150

Figura 31. Andrés A. Cáceres con su familia. Se había casado con Antonia Moreno
Leiva en la parroquia de Santa Anta de Lima el 22 de julio de 1876 (Tauro 1981-
1982: 60). Obsérvese que la foto de su mujer parece haber sido compuesta.
151

6. Religión

El Cáceres observable por lo menos hasta 1886 no era un hombre


particularmente religioso, aunque sí parece haber sido un católico practicante.19 Pese
a ello, muy rara vez (por no decir nunca) se lo aprecia utilizando expresiones o
metáforas católicas, o cristianas en general, en sus textos públicos o privados. Sus
gestos políticos tampoco tienen una huella de esta naturaleza. Debe notarse que
muchos hombres públicos solían expresar gestos de afinidad muy estrechos con la
Iglesia, como ocurrió, por ejemplo, con Nicolás de Piérola y Carlos Elías, dos
contemporáneos de Cáceres.

No obstante, hay muchas referencias directas e indirectas que nos llevan a


afirmar que Cáceres no era tampoco enemigo de la religión católica o anticlerical.
Para comenzar, hay abundantes testimonios sobre el respeto y la familiaridad que
Cáceres manifestó siempre frente a los integrantes de las altas jerarquías religiosas de
su tierra. Esto fue claro en sus relaciones con los obispos Manuel Teodoro del Valle
y Juan José Polo (este último, de Ayacucho). A Cáceres y a los dos prelados los unía,
además, un profundo sentimiento patriótico y la conciencia de estar luchando por una
“causa nacional” contra las “huestes chilenas”. Estos términos aparecen en una
comunicación formal que el obispo Polo dirigió a Cáceres desde Huanta, el 26 de
septiembre de 1882 donde acepta, a propuesta del líder militar, exonerar del pago de
las primicias, en forma temporal, a ciertos pueblos indígenas que habían tenido un
comportamiento heroico durante la ofensiva de julio de 1882 (Cáceres 1883: 112).

Es un hecho que, salvo algunas excepciones, 20 la Iglesia peruana de la


Sierra Central fue muy patriota, al extremo de haber proporcionado

19
En una evocación periodística hecha en noviembre de 1979, el general José del Carmen Marín,
quien fue de adolescente un cabo ordenanza del Mariscal Cáceres en Ancón, poco tiempo antes de su
muerte, evocó así su faceta religiosa: “Era nuestro caudillo un católico practicante. Cerca del comedor
de su casa tenía una reliquia de Santa Rosa de Lima, en una especie de hornacina. Asistía los
domingos a misa, en la única iglesita del pueblo, vestido de civil o uniformado” (Comisión
Permanente de Historia del Ejército del Perú 1984: 29).
20
Dice Cáceres en un oficio que dirigió desde Tarma, el 31 de julio de 1881, al Obispo administrador
apostólico de la diócesis de Huánuco (Tarma, 31 de julio de 1881): “…encontré en Palcamayo, con
ocasión de una fiesta religiosa, que el Cura de Acobamba, Luis Blamcheri, había engalanado
profusamente la iglesia con banderas chilenas, y hoy sé que éste no es un hecho aislado, sino que
cuando estuvieron los chilenos en esta ciudad, les dio un banquete, en el cual brindó por el triunfo y
engrandecimiento de Chile”. Véase el apéndice documental.
152

combatientes que se batían con armas de fuego o lanza en mano (Pereyra


Plasencia 2006:202-206). Sobre los curas y frailes del área, Antonia Moreno
recuerda que los religiosos franciscanos del convento de Ocopa eran “muy
amigos de Cáceres” (Moreno de Cáceres 1976: 45). Por otro lado, el
historiador chileno Gonzalo Bulnes comenta, con evidente irritación, que en el
tiempo anterior y posterior a la batalla de Huamachuco (10 de julio de 1883),
Cáceres había dejado como cabeza de los guerrilleros en la Sierra Central y sin
dar mayores detalles, a “uno con cogulla y con insignias de coronel [que]
dirigía ahora la indiada”. Añadía que “los curas mantenían el espíritu de
rebeldía y eran los mejores aliados de Cáceres a la hora de los reclutamientos”
(Bulnes 1955 [1911-1919] v. III: 300).

En síntesis, con relación a la religión, Cáceres tuvo un nivel de comprensión


intuitivo de su fuerza (en su versión católica andina), respetó la autoridad espiritual
de los prelados, y compartió valores patrióticos con estos últimos y con los
integrantes de los rangos menores de la Iglesia. Pero no parece haber sido, él mismo,
al menos en ese tiempo, muy religioso, en lo que se refiere a la expresión de los
rasgos externos de la fe católica. Cáceres convivía con la Iglesia de la Sierra Central,
y aceptaba los cultos y las tradiciones religiosas de su área con la misma naturalidad
con la que hablaba en quechua con los campesinos.
153

7. “Nación” y “Patria”

“...y tener que afrontar el peligro contra los ejércitos chilenos que
hoy invaden el santo suelo de mi Patria y a cuya defensa voy dispuesto a
perder la vida con la fuerza de mi mando”

Alfonso Ugarte, testamento (Iquique, noviembre de 1879)21

“Today, most scholars emphasize the imagined or constructed


nature of ´the nation´ and present it as a discourse grounded in a
mythical past propagated by statemakers and their ideologues, rather
than as some type of enduring, primordial legacy. In this view,
nationalism followed the nation-state. Nonetheless, these ´imagined
communities´ did not develop out of a vacuum, but rather from the
reworking of various notions of identity and community”

Charles Walker, Smoldering Ashes.22

“Nación” y “Patria” son dos palabras que aparecen registradas con mucha
frecuencia en las publicaciones periodísticas, literarias o académicas de tiempos de
Cáceres. En muchos casos, la sola invocación a la “Patria” podía llevar a un hombre
o a una mujer al sacrificio personal. Los casos de Alfonso Ugarte o de Miguel Grau
no fueron sino dos entre cientos, o quizá miles, de inmolaciones conscientes por
razones patrióticas. Esta afirmación se mantiene incólume, luego de interminables
debates en el país, aun considerando que el Perú era (es todavía hoy) una sociedad
muy dividida “en el plano geográfico, en el racial, en el social y en el económico”
(Basadre 1971 t. II: 497). De hecho, los efectos negativos de esta fragmentación
durante la Guerra del Pacífico, expresados en las dificultades para organizar la
defensa nacional y en la aparición de casos de colaboracionismo, coexistieron con
innumerables ejemplos de patriotismo en todos los niveles sociales. Como en el caso
de la mayoría de sus contemporáneos letrados, la palabra “Patria” afloraba en los

21
La guerra con Chile en sus documentos (selección y notas de Fernando Lecaros). Lima: Rikchay
Perú Nro. 6, 1979, p. 83.
22
Charles Walker. Smoldering Ashes. Cuzco and the Creation of Republican Peru, 1780-1840. Duke
University Press, 1999, p. 18. Traducción de la cita: “Hoy día, la mayor parte de los académicos
enfatizan la naturaleza imaginada o construida de ´la nación´ y la presentan como un discurso
enraizado en un pasado mítico difundido por constructores de estados y por sus ideólogos, en vez de
asociarla a algún tipo de legado perdurable y primodial. Según este punto de vista, el nacionalismo no
fue sino el producto del estado-nación. Sin embargo, cabe destacar que estas ´comunidades
imaginadas´ no se desarrollaron en el vacío, sino que provinieron de la reformulación de varias
nociones de identidad y de comunidad”.
154

escritos de Cáceres, casi siempre con un tono de reverencia que uno siente muy
sincera y que hace recordar a las actitudes religiosas. Un contemporáneo de Cáceres,
el editor liberal radical Mariano Torres, habló alguna vez, pocos años después de la
guerra con Chile, de la “religión del patriotismo”.23

Algunas consideraciones semánticas y teóricas generales. Hemos visto antes


que, en su uso contemporáneo, las palabras “Nación” y “Patria” se refieren tanto a la
comunidad “nacional” como al territorio del Estado donde habita dicha comunidad.
“Patria” añade un sentido de afecto (Moliner 1992: 486, 669). También hemos
precisado que, en términos generales, Cáceres hizo en los textos que firmó entre
1881 y 1886 una utilización similar de estas dos palabras. Pero, ¿cuáles son sus
antecedentes históricos?

Según Bobbio, Matteucci y Pasquino, los europeos utilizaban, antes de la


Revolución Francesa, el término “Nación” con varios sentidos, ya sea para referirse a
la Europa entera, a los estados (como Francia y España), a los estados regionales, o a
las ciudades-estado. Según estos autores:

“Para encontrar una teorización consciente de la Nación como


fundamento natural de la organización del poder político, es decir de la
fusión necesaria de Nación y Estado, es necesario llegar a la mitad del
siglo XIX con la obra de Guiseppe Mazzini.
Así es como el término nación ha dejado de ser un término
genérico, que se podía referir tanto a la idea pura y simple de grupo como
a la de cualquier forma de comunidad política” (Bobbio, Matteucci y
Pasquino 2008: 1022)

En cuanto a la palabra “Patria”, y refiriéndose al contexto del Imperio Español,


Velásquez Silva comenta que esta expresión fue, durante la mayor parte de la era
virreinal, un concepto que se refirió a la comunidad inmediata o “ideal”.24 Desde
fines del siglo XVIII, el concepto se va haciendo más abstracto y pasó a referirse a
“comunidades políticas amplias por encima de la experiencia concreta de los

23
La Luz Eléctrica. Nro. 133. Lima, 11 de agosto de 1888, p. 2.
24
Por ejemplo, personajes como Pedro de Peralta, que vivieron la transición entre los siglos XVII y
XVIII, debieron tener algo así como un “patriotismo limeño”, limitado a la capital del Virreinato. El
concepto ha sido utilizado por Coello de la Rosa para la Lima del siglo XVII (Coello 2012).
155

individuos”, como la Monarquía trasatlántica.25 Desde el tiempo de la crisis de la


Monarquía, ya en la segunda y tercera décadas del siglo XIX, el concepto también se
politizó de manera creciente. Según Velásquez Silva, durante las guerras de la
independencia, los bandos enfrentados, monárquico y separatista, buscaron
apropiarse y fijar lo que se entendía por “Patria” y “patriotismo”, en una suerte de
lucha por las palabras. Para los separatistas, la palabra “Patria” terminó
identificándose, en la fase final del proceso, con el concepto abstracto de Estado
republicano (Velásquez Silva 2010: 165 y s.) Añade este autor:

“Respecto al uso social del concepto, nuestra investigación muestra


una tendencia de democratización del empleo del concepto. Patria pasa
de ser un concepto patrimonio de intelectuales y profesionales en el siglo
XVIII, a convertirse en una herramienta política empleada por diversos
actores sociales en el siglo XIX. Los hitos de esta democratización los
encontramos en el período de crisis de la Monarquía, la revolución de
Cuzco, pero sobre todo durante la campaña de la independencia. En este
último período se produce una fuerte campaña política favor de la Patria
con un genuino propósito de los independentistas por difundir el
concepto” (Velásquez Silva 2010:166)

Raíces de la idea de “Nación” y de “Patria” en el Virreinato peruano y en la


Independencia. Por lo menos dentro del conjunto de sus escritos de 1881 a 1886,
hay pocas referencias explícitas que permitan aproximarnos a lo que Cáceres
entendía por “Nación” y “Patria”, así como a las ideas asociadas a estas palabras. Por
ejemplo, cabe preguntarse qué relación estableció entre su “Patria” chica ayacuchana
(versión republicana de la Huamanga virreinal) y la “Patria” grande, vestida esta
última con el ropaje del Estado-Nación, que defendió con el ardor propio de un
paladín. De su amor por Ayacucho hablan, más que sus palabras, su tendencia a
apoyarse en su tradición y en sus poderosos vínculos familiares. Y, aún más, su
actitud de retornar a su vieja ciudad señorial que parece haber sido para él una
especie de refugio balsámico en medio de las peores convulsiones políticas y de las
más amargas decepciones.

25
Otro uso abstracto debió referirse al mismo espacio virreinal, que después heredó la República. Este
debe ser el sentido empleado en el célebre texto “Idea general del Perú”, contenido en el Mercurio
Peruano, Nro. 1. Lima, 2 de enero de 1791.
156

Por ahora, cabe señalar que ambas nociones, la de “Patria” chica y “Patria”
grande, reflejaban, como ya se mencionó al comienzo de este capítulo, una poderosa
tradición política que hundía sus raíces en el tiempo virreinal. Aunque no fue una
situación general, recordemos que, en el contexto del levantamiento anti virreinal de
los hermanos Angulo y del brigadier Mateo Pumacahua, entre 1814 y 1815, el poeta
y mártir arequipeño Mariano Melgar ya expresaba entonces sentimientos nacionales
muy genuinos en el nivel de la simbología, que combinaban la peruanidad más
auténtica con la radicalización política. En la poesía de Melgar encontramos
expresiones tales como el “triunfo de nuestra Nación” y el “Perú siempre oprimido”,
que hacen ver con claridad, en este caso concreto, una visión integral peruana, y no
limitada al Sur peruano (Basadre 1973: 129-134). Para Melgar, la palabra “Nación”,
pronunciada en un contexto probablemente separatista, anunciaba al Estado
independiente.

Andrés A. Cáceres, Miguel Grau y Ramón Castilla provenían de sendas


provincias del Centro, Norte y Sur que, pese a su relativa lejanía del núcleo de las
decisiones políticas, habían estado bajo la órbita de poder de Lima desde antes de la
Independencia. Huamanga, Piura y Tarapacá debieron ser una suerte de “patrias”
provinciales del tiempo virreinal que reconocían una sujeción ancestral frente a
Lima, capital de la “Patria” virreinal más grande. Puede sostenerse que las unidades
administrativas de la era española (por ejemplo la que se nucleaba en torno a Lima,
sede de un Virrey y de una Audiencia) fueron una de las raíces de la “Nación” o
“Patria” del tiempo republicano, porque nada da más fuerza al nacionalismo que un
destino común expresado bajo una sola administración pública (Pereyra Plasencia
junio de 2013: 139). Quizás éste fue el origen de esa “tendencia histórica a la
unidad” de la que habló alguna vez Jorge Basadre (1971 t. II: 497). Tanto en la
devastadora guerra de la Independencia, durante el caos político que se vivió en
tiempos de la Confederación Perú-boliviana, y también en el marco de la Guerra del
Pacífico, esta tendencia estructural, enraizada en la larga duración, parece haber sido
una de las fuerzas que permitió la supervivencia del país, pese a sus hondas
divisiones sociales y a su escaso desarrollo político.

En la mente algo rústica, aunque inteligente e intuitiva, del tarapaqueño Ramón


Castilla, el más famoso presidente de la era del guano, se fundía la noción antigua del
157

Perú, asociada a su vieja grandeza virreinal, con una visión vinculada al orden del
Estado republicano, a la búsqueda de su modernización, así como a la fijación de las
fronteras con los (casi siempre hostiles) países vecinos, sobre todo en el distante
ámbito de la selva amazónica. Con sus imperfecciones, es evidente que el célebre
mapa oficial del Perú de 1864 preparado por Mateo Paz Soldán era una expresión
gráfica, casi diríamos una instantánea, de esta visión de las cosas que compartían
muchos peruanos de la segunda mitad del siglo XIX (Contreras y Cueto 2010: 122 y
s.) Como un reflejo del proceso europeo ya referido, en el Perú, el concepto de
“Nación” terminó fundiéndose con el de “Estado”.

Figura 32. Mapa oficial del Perú de 1864 diseñado por


Mateo Paz Soldán
158

Se unía así lo antiguo con lo moderno, el Perú grande y ubérrimo del tiempo
virreinal con la necesidad perentoria, y no siempre satisfecha, de la preservación del
patrimonio y de una administración eficiente. Muy asociado desde sus años juveniles
a Castilla, quien fue casi su mentor, Cáceres parece haber heredado esta peculiar y
amplia visión de la “Patria” o Estado-Nación peruanos. Ella aflora, por ejemplo, en
el discurso que pronunció durante la instalación de la Primera Legislatura Ordinaria
de su primer gobierno, el 28 de julio de 1886, donde habló de abrir “nuevos campos
de trabajo y de porvenir” al Ejército “en las regiones amazónicas y en otras vírgenes
montañas” del país.26

El mapa de Paz Soldán muestra a cabalidad que, al hablar de “Nación”, no sólo


nos referimos a una “comunidad imaginada”, sino también a espacios o fronteras
imaginados o, en todo caso, flexibles. De hecho, los mapas del siglo XIX de
Colombia y del Ecuador muestran realidades que se superponen a la aspiración
máxima del Perú hacia el Norte. En el imaginario de los países que formaron [la
Gran] Colombia, el Ecuador republicano aparece como heredero del viejo territorio
del “Departamento de Quito”. En otras palabras, en términos de los “imaginarios”,
hubo sin lugar a dudas, durante mucho tiempo, una especie de superposición
territorial entre el Perú y sus dos estados vecinos del Norte.

26
Mensaje del presidente Andrés A. Cáceres ante el Congreso Ordinario de 1886 (Lima, 28 de julio
de 1886). Véase el apéndice documental.
159

Figura 33. Carta de la antigua Colombia

Indigenismo y “Patria”. ¿Tuvo el nacionalismo de Cáceres una vinculación clara


con las poblaciones andinas? En otras palabras, ¿las consideró parte de su visión de
la “Nación” y “Patria” peruanas? De lo que no cabe duda alguna es que Cáceres llegó
a encarnar, en sus escritos públicos, lo más puro y persistente de la resistencia
nacional contra la invasión chilena en la actividad de los guerrilleros indígenas que lo
acompañaron en su lucha. Esta exaltación del valor y de la generosidad de sus
guerrilleros aparece muy clara en su célebre Nota al Honorable Cabildo de Ayacucho
del 29 de noviembre de 1883.27 En otro de sus escritos, la Nota al señor alcalde del
Honorable Concejo Provincial de Tayacaja del 3 de diciembre de 1883, Cáceres se
refiere en los siguientes términos a un violento levantamiento campesino que había
tenido lugar por esos días:

“No entra en el propósito de este despacho analizar las causas


eficientes de la tremenda conmoción de los indígenas, pero sin pretender
justificarla no es posible desconocer que ha dado margen a ella, en
27
Nota del general Andrés A. Cáceres al Honorable Cabildo de Ayacucho (Ayacucho, 29 de
noviembre de 1883). Véase el apéndice documental
160

mucha parte, el carácter dócil y acomodaticio de las clases superiores por


su fortuna y posición, carácter que les ha permitido transigir
constantemente con los enemigos del país y con los traidores hasta
prestarse a firmar actas contra la causa de la defensa nacional. Aunque
esta conducta tiene honrosísimas excepciones, que en todo tiempo
merecen un aplauso, hay que convenir en que la raza indígena no es tan
culpable como se la pinta, careciendo como se carece del ilustrado
criterio que es necesario para establecer distinciones; habiendo sido antes
de la guerra, como es notorio, por parte de los mestizos y los blancos,
objeto de especulaciones clamorosas y despotismo sin nombre [...] Con
todo, y resuelto a poner un dique a este desborde peligroso, he dictado ya
las más eficaces medidas para evitar en lo sucesivo la repetición de
hechos tan lamentables y que vienen, por decirlo así, a recargar de
sombras el ya bastante siniestro cuadro de nuestras miserias y
desastres”.28

Salta a la vista la visión social e histórica del problema, pero también el sentido
pragmático de búsqueda de orden por parte de Cáceres. No obstante, lo que aquí
interesa es saber cuál es el origen de este indigenismo. Reconociéndola como
auténtica, ¿tuvo su origen esta visión en la extraordinaria experiencia que Cáceres
comenzó a establecer con los guerrilleros desde los años 1881 y 1882 en la guerra
internacional? ¿Es un indigenismo originado en Cáceres o en las ideas liberales y
radicales de sus secretarios y asesores?

Las respuestas a estas preguntas se encuentran en los documentos oficiales


firmados por Cáceres como encargado de la Prefectura del Cusco antes de la guerra.
Veamos, por ejemplo, la parte central del oficio que el entonces coronel Cáceres
dirigió al Subprefecto de la provincia de Quispicanchi, con fecha 30 de enero de
1878, contenido en el Registro Oficial del Cusco del 31 de enero de dicho año, donde
se alude a una queja colectiva de varios campesinos del área con relación al “atroz
delito de incendio de las chozas de los recurrentes, perpetrado por don Fructuoso
Saldívar, hacendado de Lauramarca, y otros delitos no menos graves”:

“Resuelto como estoy a hacer que impere la ley ante el abuso y


sean castigados con la severidad necesaria aquellos individuos que
prevalidos de su fortuna, hostilizan con bárbara crueldad a los infelices
indígenas, debo re-encargarle se muestre escrupuloso en la indagatoria a

28
Nota del general Andrés A. Cáceres al señor alcalde del Honorable Concejo Provincial de Tayacaja
(Ayacucho, 3 de diciembre de 1883). Véase el apéndice documental
161

que me refiero [...] En atención a lo que dejo expuesto, y a que estoy


convencido de la ninguna protección que U. prodiga a los infelices
indígenas de la provincia de su mando, vuelvo a extrañar como en otra
ocasión ya he extrañado su indolencia, digna de una justa censura; pues
no debe U. olvidar que la primordial y más sagrada obligación de una
autoridad política, es velar por la conservación de las personas y sus
intereses; y que los indígenas no forman una fracción distinta de la
familia peruana: raza que por lo mismo de encontrarse en el estado de
abyección a que inhumanamente se le sujeta, reclama una preferente
protección de parte de esas autoridades que han recibido la misión de
prestarle todo el auxilio para que salga del estado de ignorancia y miseria
a que se halla reducida”.29

Es evidente que hay una clara línea de pensamiento entre el encargado de la


prefectura del Cusco de 1878 y el Jefe Superior Político y Militar de los
Departamentos del Centro de 1883. La concordancia estilística y hasta de palabras es
muy clara. Además de haber podido ser estas expresiones reflejo de una naturaleza
compasiva y justiciera, y de la actividad y celo de un empleado público probo,
¿podríamos hablar también de una impronta del liberalismo del tiempo de Ramón
Castilla que tanto deslumbró a Cáceres en Ayacucho en 1854, cuando el caudillo
tarapaqueño proclamó la abolición del tributo indígena en esa ciudad? ¿Es acaso un
eco lejano, pero persistente, de la revolución liberal europea de 1848? En todo caso,
estamos hablando de un caso de visión política renovadora, en un tiempo en que
había todavía, de manera increíble, en los últimos lustros del siglo XIX, una fuerte
huella de la vieja división virreinal de indios y blancos en “repúblicas” (Pereyra
Plasencia 2013: 55) En este sentido, son exageradas las críticas de Mark Thurner con
relación a lo que él denomina la “revolución liberal” de Castilla, a la que califica de
puramente retórica (Thurner 1997: 44). Por el contrario, como hemos visto, este
liberalismo parece haber tenido una inesperada y original proyección, muchos años
después, durante la Campaña de la Sierra en tiempos de la Guerra del Pacífico, bajo
el liderazgo y la inspiración política de Cáceres. Por otro lado, llama la atención que
Cáceres utilice la noción de familia como metáfora de la Nación peruana.30

29
Registro Oficial del Cusco, 31 de enero de1878. En 2014, Rodolfo Castro transcribió estos oficios
de Cáceres en su libro Cáceres, prefecto del Cuzco. Documentos Inéditos (1877-1878).
30
No fue la única vez que lo hizo. La misma metáfora aparece utilizada en otros documentos firmados
por Cáceres, como puede apreciarse en el apéndice documental de esta tesis. Véase, por ejemplo, la
carta que Cáceres dirigió al coronel Arnaldo Panizo fechada en Chosica, el 15 de diciembre de 1881.
162

También son injustos los comentarios que las historiadoras estadounidenses


Florencia Mallon y Brooke Larson hicieron alguna vez sobre un supuesto olvido del
heroísmo de los guerrilleros por parte del stablishment cacerista de la postguerra.31
Ello puede haber ocurrido en varias ocasiones, pero no fue una reacción del todo
generalizada. De hecho, las apreciaciones de Mallon y de Larson no son en lo
absoluto compatibles con las palabras que Cáceres expresó el 28 de julio de 1888,
siendo presidente constitucional, en la inauguración del Congreso Ordinario de ese