Historia del árbol de Navidad
El árbol de Navidad tradicional se realiza con un abeto. Muy relacionado con las
costumbres paganas del norte de Europa (sobre todo en Alemania), hace siglos el abeto
debió su prestigio a su hipotética capacidad para atraer los rayos.
En la Antigüedad se pensaba que el rayo era de procedencia divina: recuérdese la figura del
dios de la mitología griega Zeus, que portaba un rayo en su mano. Por tanto, todo aquello
que lo atrajera debía ser sagrado. La tradición precristiana alemana del Lichtenbaum se
vincula a los ritos de la luz del rayo.
Otra circunstancia adicional convirtió al abeto en árbol mágico: las tradiciones germanas
y sus leyendas cuentan que este árbol es hábitat de los elfos, que moran en su tronco. Tal
vez también te interese: el naranjo, el árbol de las naranjas.
Los elfos, como espíritus del bosque que eran, podían interferir en la vida de la gente. Por
ese motivo, los leñadores ponían sumo cuidado al aprovisionarse de leña para no desgajar
sus ramas ni hacerles daño: molestar a un elfo se pagaba con la vida, leyenda que no sólo
ponía a salvo a este árbol, sino que le concedía una dimensión particular.
Es sabido que su uso como árbol navideño es una continuación del que tuvo
originariamente entre los germanos el roble, árbol que para ellos también era sagrado y en
torno al cual se celebraban ritos.
Una coincidencia extraordinaria unió los destinos y significados de ambos árboles: cuando en
el siglo VIII san Bonifacio, que predicó el cristianismo a aquellos pueblos taló un roble, éste
al caer aplastó muchos arbustos, y al haberse salvado un pequeño abeto el santo dijo: “He
ahí el árbol del Señor; llamadlo desde ahora árbol del Niño Jesús” (Ecce arbor Domini;
vocate illum abies Yhesu). También de podría interesar: cómo es el árbol limonero.
La costumbre del abeto se hizo muy popular, y ya en la Edad Media europea era una
práctica frecuente el caracterizar con él la Navidad. En el siglo XVI estaba tan extendida
la costumbre que un edicto alsaciano de 1560 mandó que nadie tuviera más de un árbol y
que éste no excediera los ocho pies de altura.
Al principio de la existencia del árbol de Navidad, se colgaban de sus ramas rosas de
papel, dulces, pan de oro, manzanas y golosinas de azúcar. Puedes ver la historia del
caramelo.
Parece que el religioso agustino Martín Lutero, promotor de la Reforma protestante en
Alemania añadió las velas, costumbre por otra parte de procedencia supersticiosa antigua:
las luces encendidas representan las almas de los antepasados muertos.
En un texto del XVII que aún hoy se conserva, escrito por un clérigo alemán llamado
Dannhauer, se puede leer: “Por estos días se dispone en las casas de familias cristianas unos
árboles donde se fijan objetos que lucen y juguetillos que atraen y gustan a los niños, que
sabiéndolo se avalanzan sobre ellos el día de Navidad”. Puedes ver también la historia del
muérdago y el acebo.
Se desconoce de dónde vino esta costumbre, pero es posible que fuese por la intención de
encaminar a los más pequeños hacia el árbol de Nuestro Señor. Aquella práctica gozó pronto
del favor general, y en el XVIII el árbol de Cristo, el Christbaum de los germanos, había
arraigado en casi toda Europa.
Este árbol peregrino, como se le llamaba en la España cervantina, gozaba de buena
reputación; pero a pesar de su utilización cristiana nunca se olvidó su dimensión mágica:
hábitat de los espíritus encantados más que encantadores, pues a menudo se divertían
gastando a los hombres bromas pesadas. Un abeto al anochecer, lejos del pueblo, podía ser
una caja de molestas sorpresas.