Pegaojos
Pegaojos
Cuentos clásicos
Autor:
Hans Christian Andersen
Valores:
creatividad
Nadie sabe tantos cuentos como
Pegaojos.
Ahora veremos cómo Pegaojos visitó, todas las noches de una semana, a un muchachito
que se llamaba Federico, para contarle sus cuentos. Son siete, pues siete son los días de la
semana.
Lunes
Y todas las flores de las macetas se convirtieron en altos árboles. L ramas estaban llenas de
flores, y cada flor era más bella que una rosa y exhalaba un aroma delicioso, y sabía más
dulce que mermelada.
Pero al mismo tiempo salían unas lamentaciones terribles del cajón de la mesa, que
guardaba los libros escolares de Federico.
-¿Qué pasa ahí? -inquirió Pegaojos, y abrió el cajón. Algo se agitaba en la pizarra: era una
cifra equivocada que se había deslizado de una cuenta, y todo andaba revuelto. El pizarrín
salta, como si fuese un perrillo ansioso. Pero lo peor era el cuaderno de escritura. Todo
lamentos y quejas que partían el alma.
-Miren, tienen que poner así -decía la muestra-. ¿Ven? Así, inclinadas, con un trazo
vigoroso.
-¡Ay! ¡qué más quisiéramos nosotras! -gimoteaban las letras de Federico-. Pero no
podemos; ¡somos tan raquíticas!
- Entonces les voy a dar un poco de aceite de hígado de bacalao -dijo Pegaojos.
-Pues ahora no hay cuento -dijo el duende-. Ejercicio es lo que conviene. ¡Un, dos, un, dos!
Y siguió ejercitando a las letras, hasta que estuvieron esbeltas y perfectas como la propia
muestra. Mas por la mañana, cuando Pegaojos se hubo marchado, Federico las miró y vio
que seguían tan raquíticas como la víspera.
Martes
Entonces Pegaojos levantó a Federico y lo puso de pie sobre el cuadro, entre la alta hierba.
Echó a correr hacia el río y subió a una barquita. Peces magníficos nadaban junto al bote.
Había vastos palacios de cristal y mármol con princesas en sus terrazas, y todas eran niñas a
quienes Federico conocía y con las cuales había jugado. Todas le alargaban la mano y le
ofrecían pastelillos. Federico agarraba el dulce por un extremo, pero la princesa no lo
soltaba del otro, y así, al avanzar la barquita se quedaban cada uno con una parte: ella, la
más pequeña; Federico, la mayor. Y en cada palacio había príncipes de centinela que,
sables al hombro, repartían pasas y soldaditos de plomo.
El barquito pasó también por la ciudad de su nodriza y la buena mujer le cantó la bonita
canción que había compuesto de pequeño.
Y todas las avecillas le hacían coro, y las flores bailaban sobre sus peciolos, y los viejos
árboles inclinaban, complacidos, las copas, como si también a ellos les contase historias
Pegaojos.
Miércoles
Federico oía la lluvia en sueños, y como a Pegaojos le dio por abrir una ventana, el pequeño
vio cómo el agua llegaba hasta el antepecho. Y junto a la casa flotaba un barco soberbio.
-Si quieres embarcar, Federico -dijo Pegaojos-, esta noche podrías irte por tierras extrañas y
mañana estar de vuelta.
Y Federico se embarcó. En un tris se despejó el cielo y el barco avanzó por las calles y fue
a salir a un mar inmenso. Y siguieron navegando hasta que desapareció toda tierra, y vieron
una bandada de cigüeñas que se marchaban de su país en busca de otro más cálido. Una de
ellas se sentía tan cansada, que sus alas casi no podían ya sostenerla. Finalmente, la vio
perder altura, con las alas extendidas, y aunque pegó unos aletazos, todo fue inútil. Tocó
con las patas el aparejo del barco, se deslizó vela abajo y, ¡bum!, fue a caer sobre la
cubierta.
La cogió el grumete y la metió en el gallinero, con los pollos, los gansos y los pavos; pero
la pobre cigüeña se sentía cohibida entre aquella compañía.
El pavo se hinchó tanto como pudo y le preguntó quién era. Los patos todo era andar a
reculones, empujándose mutuamente y gritando: ¡Cuidado, cuidado!.
La cigüeña se puso a hablarles de África, de las pirámides y las avestruces, que corren por
el desierto más veloces que un camello salvaje. Pero los patos no comprendían sus palabras,
y reanudaron los empujones:
-¡Qué patas tan delgadas tiene usted! -dijo la pava-. ¿A cuánto la vara?
-¡Cuac, cuac, cuac!-, graznaron todos los gansos; pero la cigüeña hizo como si no los oyera.
-¡Por qué no te ríes con nosotros? -le dijo la pava-. ¿No te parece graciosa mi pregunta? ¿O
es que está por encima de tu inteligencia? ¡Bah! ¡Qué espíritu tan obtuso! Mejor será
dejarla.
Y soltó otro graznido, mientras los patos coreaban: ¡Cuac, cuac! ¡cuac, cuac!.
Pero Federico fue al gallinero, abrió la puerta y llamó a la cigüeña, que muy contenta lo
siguió a la cubierta dando saltos.
E staba ya
descansada, y con sus inclinaciones de cabeza parecía dar las gracias a Federico. Desplegó
luego las alas y emprendió nuevamente el vuelo mientras las gallinas cloqueaban, los patos
graznaban, y al pavo se le ponía toda la cabeza encendida.
-¡Mañana haremos una buena sopa contigo! -le dijo Federico, y en esto se despertó, y se
encontró en su camita.
Jueves
-¿Sabes qué? -dijo el duende-. Voy a hacer salir un ratoncillo, pero no tengas miedo.
-Ha venido a invitarte a una boda. Esta noche se casan dos ratoncillos. Viven abajo, en la
despensa de tu madre; ¡es una vivienda muy hermosa!
-¿Verdad que huele bien? -dijo el ratón. Han untado todo el pasillo con corteza de tocino.
Así llegaron al salón de la fiesta. A la derecha se hallaban reunidas todas las ratitas y a la
izquierda quedaban los caballeros. Y en el centro de la sala los novios, besándose sin
remilgos delante de toda la concurrencia.
Seguían llegando forasteros y más forasteros. Toda la habitación estaba untada de tocino
como el pasillo, y en este olor consistía el banquete; para postre presentaron un guisante, en
el que un ratón de la familia había marcado con los dientes el nombre de los novios, quiero
decir las iniciales. Jamás se vio cosa igual.
Todos los ratones afirmaron que había sido una boda hermosísima, y el banquete,
magnífico.
Federico regresó entonces a su casa; estaba muy contento de haber conocido una sociedad
tan distinguida; lástima que hubiera tenido que reducirse tanto de tamaño y vestirse de
soldadito de plomo.