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Epidemia de Autismo: Causas y Signos

El documento describe el autismo como un trastorno cerebral que se caracteriza por deficiencias en la interacción social, comunicación y comportamientos repetitivos. Explica que parece consistir en una falta de coordinación entre regiones cerebrales clave y que los estudios han encontrado menos neuronas en la amígdala de personas con autismo. Además, la frecuencia de diagnósticos de autismo y trastornos relacionados ha aumentado notablemente desde la década de 1970, afectando a alrededor de 1 de cada 110 niños. El autismo tiene una fuerte base gené
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Epidemia de Autismo: Causas y Signos

El documento describe el autismo como un trastorno cerebral que se caracteriza por deficiencias en la interacción social, comunicación y comportamientos repetitivos. Explica que parece consistir en una falta de coordinación entre regiones cerebrales clave y que los estudios han encontrado menos neuronas en la amígdala de personas con autismo. Además, la frecuencia de diagnósticos de autismo y trastornos relacionados ha aumentado notablemente desde la década de 1970, afectando a alrededor de 1 de cada 110 niños. El autismo tiene una fuerte base gené
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LA “EPIDEMIA” DEL AUTISMO

El autismo es un trastorno grave del funcionamiento cerebral que se


caracteriza por falta de interacción social normal, deterioro de la
comunicación, movimientos repetitivos y muy escasa variedad de actividades
e intereses

El autismo parece consistir en la falta de coordinación entre las regiones del


cerebro que se necesitan para realizar tareas complicadas (Just, Cherkassky,
Keller, Kana y Minshew, 2007; Williams, Goldstein y Minshew, 2006).
Mediante estudios posmortem se ha comprobado que hay menos neuronas en
la amígdala de personas que padecieron autismo (Schuman y Amaral, 2006).
Los autistas también manifiestan deficiencias de la función ejecu- tiva y la
teoría de la mente, como veremos en el capítulo 7 (Zelazo y Müller, 2002).

El síndrome de Asperger es un trastorno relacionado, pero menos grave. Los


niños que lo sufren tienen un mejor desempeño que los autistas. Es común que
cultiven un interés obsesivo en un único tema, con exclusión de los demás, y
hablan de él con quien quiera oírlos. Tienen un caudal de palabras cuantioso y
esquemas de habla disparejos, extraños y mal coordinados. Su comporta-
miento raro y excéntrico dificulta sus contactos sociales (National Institute of
Neurological Disorders and Stroke, 2007).

Quizá porque aumentó la conciencia y por el perfecciona- miento del


diagnóstico, la frecuencia indicada de estas condiciones se ha incrementado de
manera notable desde mediados de la década de 1970. Cada año, alrededor de
1 de 110 niños es diagnosticado con autismo y trastornos afines y cuatro de
cinco son hombres (Centers for Disease Control and Prevention, 2009b;
Markel, 2007; Myers, Johnson y Council on Children with Disabilities, 2007;
Newschaffer, Falb y Gurney, 2005; Schieve et al., 2006). La mayor frecuencia
de autismo en hombres se ha atribuido a diversos factores, como 1) que el
cerebro de los hombres es mayor en tamaño y que el cerebro de los autistas es
más grande que el promedio (Gilmore et al., 2007), y 2) la fuerza natural de
los niños para sistematizar y la propensión de los autistas a sistematizar
(Baron-Cohen, 2005). Estos resultados justifican la idea de que el autismo es
una versión extrema de un cerebro masculino normal.
El autismo y los trastornos relacionados se presentan en fami- lias y tienen una
base genética sólida (Constantino, 2003; Ramoz et al., 2004; Rodier, 2000).
Un equipo internacional de investiga- dores detectó por lo menos un gen y
apuntó a la ubicación de otro que contribuirían a generar el autismo (Szamari
et al., 2007). La supresión y duplicación de copias de genes en el cromosoma
16 podría explicar un número pequeño de casos (Eichler y Zim- merman,
2008; Weiss et al., 2008). En otras investigaciones se han relacionado niveles
elevados de testosterona fetal y líquido am- niótico con malas relaciones
sociales y pocos intereses a los cua- tro años, lo que podría indicar que
concentraciones altas de testosterona fetal estarían relacionadas con la
vulnerabilidad masculina al autismo (Knickmeyer, Baron-Cohen, Raggatt y
Taylor, 2005).

Factores medioambientales, como la exposición a ciertos vi- rus o compuestos


químicos, podría desencadenar una tendencia heredada al autismo (Rodier,
2000). Muchos padres culpan al timerosal, un conservador que se incluye en
las vacunas, de que se hayan incrementado los casos de autismo. En efecto, la
frecuencia del trastorno menguó cuando el Sistema de Salud Pública de
Estados Unidos recomendó el uso de vacunas sin timerosal (Geier y Geier,
2006), pero los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades
(2004), con base en numerosos estudios de time- rosal y sus efectos, no halló
un vínculo concluyente entre el con- servador y el autismo. Investigaciones
posteriores tampoco han encontrado una relación entre la vacunación infantil y
el autismo (Baird et al., 2008; Thompson et al., 2007). Otros factores, como
ciertas complicaciones del embarazo, edad avanzada de los pa- dres, madre
primeriza, amenaza de aborto, anestesia epidural, parto inducido y cesárea se
han relacionado con el incremento del autismo (Glasson et al., 2004; Juul-
Dam, Townsend y Cour- chesne, 2001; Reichenberg et al., 2006).

En estudios de hermanos menores de niños afectados se des- cubrió que


quienes no respondían a su nombre a los 12 meses o que mostraban
deficiencias en las habilidades de comunicación y cognoscitivas a los 16
meses, era probable que sufrieran un trastorno relacionado con el autismo o
retraso del desarrollo (Nadig et al., 2007; Stone, McMahon, Yoder y Walden,
2007). Estos estudios parecen señalar que el trastorno puede detectarse y
tratarse a tiempo, cuando el cerebro es más plástico y los sistemas
relacionados con la comunicación empiezan a desarrollarse (Dawson, 2007).
Entre los signos precoces de posible autismo o trastornos afines se encuentran
los siguientes (Johnson, Myers y el Council on Children with Disabilities,
2007):

• No mira con alegría a sus padres o cuidadores

• No hay intercambio de vocalizaciones con los padres (a partir de los cinco


meses)

• No reconoce la voz de sus padres

• No hace contacto ocular

• Retrasa el inicio del balbuceo (después de nueve meses)

• Pocos gestos o ninguno, como agitar la mano o apuntar

• Movimientos repetitivos de objetos

Más adelante, cuando surge el habla, hay otros signos importantes:

• No pronuncia palabras sueltas a los 16 meses

• No balbucea, apunta ni tiene otros gestos comunicativos al año

• A los dos años no concatena frases de dos palabras • Pérdida de habilidades


lingüísticas a cualquier edad

Aunque no se conoce ninguna cura, hay mejoras sustanciales si se somete al


niño a intervenciones educativas muy estructura- das que le ayudan a ganar
independencia y asumir responsabilidades personales; además, se le debe
proporcionar terapia del habla y el lenguaje y educación de las habilidades
sociales, junto con manejo médico, cuando sea necesario (Myers, Johnson y el
Council on Children with Disabilities, 2007).

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