FILOSOFÍA CLÁSICA
De acuerdo con la lectura anexa, explique con sus propias palabras qué es la ética y el
diálogo para Sócrates.
1. Sócrates
Sócrates ha pasado a la historia de la filosofía como el primer ético. Es este uno de los puntos en
los que con más fuerza se insiste para poner de relieve la novedad de su pensamiento en el
panorama filosófico de la Grecia del s. V a. C. Pero es un punto que la historiografía, ya desde
Platón, ha entendido insuficiente para configurar su peculiar posición. Sócrates es ético porque se
ocupaba de cuestiones éticas, de la vida humana, y los testimonios sobre este punto no dejan
lugar a dudas. Sócrates se distancia de sus predecesores y de parte de sus contemporáneos físicos
y cosmólogos. Pero también se distancia, y en medida todavía mayor, con más rabia, de los
sofistas. Ambos rechazan ocuparse de la physis; a uno y a los otros les interesaban los problemas
humanos, la vida cotidiana. Si Sócrates aparece de continuo en los primeros diálogos de Platón
oponiéndose a los sofistas, no a los físicos, es por su afinidad temática. Sin embargo, si hay algo
que Sócrates no quiere, y Platón comparte, es que pueda ser tachado de sofista. Y lo que le
distancia de ellos, al menos a primera vista, es precisamente el modo distinto en que se ocupan de
las mismas cosas; los sofistas con retórica, Sócrates con diálogo. Sócrates hace del diálogo el
horizonte de su saber. «Sócrates es un buen heleno: piensa hablando y habla pensando. De hecho,
de él ha salido el diálogo como modo de pensamiento».
Sócrates no es ético porque rechace ocuparse de la realidad natural, física, haciendo de la ética un
saber autónomo y de sí mismo un Kant ante litteram; Sócrates es ético en la medida en que
dialoga y dialoga en la medida en que es metafísico, es decir, porque intuye un fundamento radical
y objetivo que permite responder a la cuestión sobre el bien. El diálogo no es solamente un
aspecto instrumental, ni un expediente para marcar su distancia con los sofistas y evitar
confusiones; es más bien la expresión de unos presupuestos diametralmente opuestos a los de los
sofistas. La identidad propia de los sofistas, la que Platón y la historia de la filosofía les ha otorgado
con mayor o menor justicia, procede de la escisión que ellos actúan entre los distintos planos de la
realidad: las cosas mismas, también las humanas; el conocimiento que de ellas puede tener el
hombre y la expresión de su pensamiento sobre las cosas. Porque la realidad es inconsistente,
carente de cualquier lógica, se hace necesario refugiarse en la lógica subjetiva propia de cada
hombre y en su capacidad técnica de hacerla prevalecer sobre otras. Es el hombre la medida de la
realidad y su capacidad de imponer la propia opinión lo que da valor a su pensamiento. Lo que
cuenta es la opinión, pero no por su contenido de verdad, por su fidelidad a la realidad a la que se
refiere, sino por el peso que los demás puedan concederle en virtud de su defensa retórica. Si la
realidad se desvanece, si toda opinión puede ser válida, no hay posibilidad de refutación ni de
diálogo y el saber se desliza en techne, técnica de la contraposición de opiniones, antilogías,
dejando a la retórica la capacidad de decidir sobre su valor.
Desde esta perspectiva a la ética no le queda otro espacio que el privado o el espacio público que
la retórica puede conquistar para ella. El bien y el mal se hacen arbitrarios y las normas capaces de
regularlo podrán ser sólo fruto de la imposición o del consenso. La ética queda desprovista de
fundamento y si necesitara alguno deberá buscarlo fuera de sí, fuera de las cosas de las que trata,
en una técnica que pueda sostenerla: «La retórica no necesita conocer los objetos en sí mismos
(…) no sabe la naturaleza de las cosas». Sócrates no es ético sólo por los temas de los que se
ocupa, sino porque se ocupa dialogando de las cosas de las que se ocupa. La identidad de Sócrates
como ético procede de su modo de hacer y entender la ética, que coincide con su modo de
oponerse al modo sofista de entender el saber de las cosas humanas. Por eso Sócrates ha sido
considerado desde el inicio un ético, mientras los sofistas no. Ambos preguntan por el bien, la
justicia, la felicidad y la virtud, pero responden de modo diametralmente opuesto. Los sofistas
creen tener respuesta respondiendo que no hay una respuesta a tales cuestiones, que la única
respuesta válida es la que cada uno da desde su propia subjetividad y es capaz de defender con la
técnica. Sócrates, al contrario, sabe no tener respuesta, pero piensa que es posible hallarla a
través del diálogo; es más, está convencido de que, aunque él no la sepa, existe una respuesta a
las cuestiones éticas. La justicia, las virtudes, el bien, la felicidad, son realidades objetivas que
encierran una racionalidad propia que el hombre puede lograr reconocer con la fuerza del lógos,
dià-lógos.
Si el presupuesto de la ética sofista es la inconsistencia de las cosas y el consiguiente replegarse en
la subjetividad propia como su medida, Sócrates presupone, al contrario, su consistencia, la
presencia en ellas de una inteligibilidad, de una lógica propia. Sólo porque la realidad es
consistente se hace posible el diálogo. El diálogo, la dialéctica, la refutación es posible porque las
cosas son de un determinado modo y no de otro, porque la realidad es regida por el principio de
no-contradicción y el hombre, precisamente a través del diálogo consigo mismo y con los demás,
puede desvelarla. Frente a los sofistas, Sócrates sabe que el ser, como el bien, no es arbitrario,
convencional; frente a los eléatas sabe que el ser, como el bien, no puede tener un único sentido.
Cuando todo es inconsistente o, al menos, impenetrable al pensamiento, la verdad decae y el
diálogo deja paso a la retórica; cuando el ser es uno y la verdad es unívoca, no es posible más que
el silencio, la parálisis del pensamiento. «Si los nombres no significan nada, es imposible dialogar
unos con otros y, en verdad, también consigo mismo». Sin verdad, la praxis queda librada a sí
misma y la ética provista solamente de la racionalidad que pueda otorgarle la técnica, desde
instancias ajenas a aquélla. Sócrates no sabe, pero quiere saber y el único saber que le importa, el
que se sabe llamado a transmitir, es el saber del vivir. Pero entiende que saber vivir y convivir
exige el conocimiento del bien, y a tal conocimiento se encamina su reflexión: «Oh desgraciado,
hace un rato que me estás tomando el pelo, escondiéndome que no es el vivir según la ciencia lo
que permite obrar bien y ser felices ni el vivir según todas las demás ciencias, sino sólo según una,
aquélla del bien y del mal». Su tesis más significativa suena así: la felicidad y la virtud son
conocimiento del bien. Conocimiento, claro está, no técnico, como el que esgrimía la sofística,
pero conocimiento. Si el saber del bien y del mal fuera una cuestión técnica, sería mejor quien a
sabiendas cometiera el mal, cosa a todas luces absurda.
Precisamente la peculiaridad de este saber hace problemática la cuestión de su enseñanza.
Sócrates dialoga porque no sabe y quiere saber: «Tampoco yo hablo con la certeza de que es
verdad lo que digo, sino que investigo juntamente con vosotros». Rechazado el saber teórico,
reducido todo saber al de las cosas humanas, da al saber práctico las características del saber
científico, del saber sin especificaciones. Si la única racionalidad que admite, más allá de la técnica,
es la racionalidad científica, acaba por identificar el solo saber que le interesa, el saber del bien,
con la ciencia. Sólo quien sabe obra el bien: «Si no supiéramos en absoluto qué es la virtud, ¿de
qué manera podríamos ser consejeros para cualquiera en esto: sobre el mejor modo de adquirirla?
».
Ése es el saber que Sócrates busca, la episteme del bien, la ciencia capaz de reconducir a la unidad
la multiplicidad de los bienes. Saber buscado, no poseído. Sócrates es consciente de su ignorancia.
Sócrates se encuentra en un punto intermedio entre la ignorancia, la imposibilidad de expresar
con palabras lo que es el bien, y la experiencia directa de él. No sabe, porque su saber es intuitivo,
capaz de decidir bien sobre lo que debe hacer, de comportarse justamente, pero incapaz de
determinar en una definición qué es el bien al que con su obrar tiende. «A falta de las palabras, yo
hago ver lo que es la justicia con mis actos». No sabe determinar qué es el bien, la virtud, la
justicia,… pero quiere lograrlo, porque el saber debe tener el rigor de la ciencia. Y si este hubiera
sido realmente su intento, fracasa, aunque su aparente fracaso hará posible la posterior reflexión
de Platón y Aristóteles. Lo paradójico de Sócrates es que buscando la episteme del bien,
manifiesta la radical dimensión práctica de su conocimiento. Su determinabilidad última se hace
posible sólo en la vida, en la conducta. Incapaz de reconducirlo a una definición, su vida y su
muerte se muestran a los ojos de sus discípulos como la determinación verdadera de la justicia y
del justo. Y el diálogo se convierte desde entonces en la vía de acceso al bien. De todos modos, lo
más significativo de la tesis socrática no es tanto la insuficiente especificación del conocimiento al
que Sócrates liga la felicidad y la virtud, sino el hecho —que no sólo Platón, sino también
Aristóteles comparte— de que el bien quede vinculado a la razón.
Si así no fuera, el camino de la ética habría quedado interrumpido; la ética como saber filosófico
no habría sido posible. El conocimiento del bien sería una cuestión estrictamente personal, pero
imposibilitado de cualquier justificación racional intrínseca al mismo bien. Su justificación habría
que buscarla en otro ámbito. No pretende Sócrates desde la razón fundar o deducir el bien, sino
desentrañar con ella la racionalidad que el bien humano encierra. Siendo el hombre un ser
racional, el bien que le corresponde deberá serlo también. Es más, no es posible para Sócrates que
algún valor sea propiamente humano si no encierra en sí alguna racionalidad; lo irracional no
puede ser adecuado como bien del hombre, no puede servir para que este logre una vida
propiamente humana, feliz. Y si es así, si este es el criterio del bien, quedará al alcance del saber
mostrar su verdad o falsedad, dar razón de él. De esto se ocupa Sócrates. Y lo hace precisamente a
través del diálogo. Mostrar la incoherencia de un bien, refutarlo, significa de algún modo mostrar
su irracionalidad, dar prueba de su falsedad. Quien hace el mal es porque no conoce el bien,
porque no sabe y cree saber que es bueno para él lo que en realidad es para él un mal, y tal
persuasión le impide someter a la discusión sus propias convicciones, «ya que es precisamente en
el dialegesthai donde se realiza y se conoce aquel megiston agathon, que, una vez conocido, atrae
irresistiblemente nuestro deseo y nuestra voluntad y no puede no ser actuado». Al contrario,
mostrar la racionalidad de un bien es, por lo menos, iniciar el camino de su plausibilidad como
bien verdadero —«pues la verdad jamás es refutada»—, adecuado no sólo para mí, sino adecuado
al hombre como tal. Pero la dimensión ética de su diálogo trasciende los temas de que se ocupa.
Su filosofar es ético no sólo porque pretende conocer el bien, porque a través de la refutación
rechace las falsas opiniones sobre él, sino porque transforma efectivamente a sus interlocutores:
«Entrégate valientemente a la razón como a un médico».
Su pretensión de conocer el bien desde el diálogo, aunque termine en su ignorancia conceptual,
acerca efectivamente a él, enseña sobre todo la exigencia de reconocer su formalidad racional, a
tomárselo en serio para hacer seria la propia vida. La consistencia del bien, su racionalidad, decide
de la consistencia del propio vivir, lo mide. Y se trata de una consistencia que sabe respetar la
complejidad de la propia situación vital. La reflexión ética de Sócrates pretende que el saber del
bien sea universal y objetivo, pero sin anular la múltiple variedad de sus manifestaciones. Es decir,
la universalidad del bien, de los valores humanos, no procede del consenso que se le preste, sino
de su racionalidad implícita que el diálogo debe hacer emerger. En el diálogo Sócrates enseña a
vivir sin disponer de una teoría del bien que exponer; enseña dando respuestas precisas a
cuestiones concretas y limitadas, tomándose en serio no sólo los problemas que se discuten, sino
sobre todo a la persona con la que discute. El problema nunca es sólo teórico, el bien, sino la vida
buena de quien con él habla.
A la ética no le corresponde, y Sócrates no se lo propone, construir o inventar un nuevo modo de
vida racional, sino asumir aquellos valores existentes, aquellos modos de vida que a través del
diálogo se demuestran racionales, apropiados para el hombre en cuanto tal. Sócrates pretende
que sean los verdaderos bienes los que gobiernen la vida humana, porque de la verdad del bien
perseguido depende la verdadera bondad del hombre. Sólo el bien verdadero es capaz de hacer
bueno al hombre; la condición del bien es su verdad. Sócrates entiende al hombre desde su alma;
el hombre es su alma y los valores propios del hombre son los propios de su alma. Pero más allá
de esto, Sócrates entiende su vida desde los valores humanos que la tradición transmite y su razón
reconoce. Desde la verdad del bien al que el hombre aspira, el hombre comprende la verdad de su
ser. Tal verdad está ligada a la virtud y la virtud al conocimiento. Sócrates comprende su ser desde
el bien que ve y vive guiado por él. Sócrates interpreta su vida, percibe su ser, desde el bien
conocido no sólo teórica, sino también y sobre todo prácticamente. Pero todo ello significa que el
dialogar socrático, su ética, más allá del interés especulativo por el conocimiento del bien es una
seria reflexión sobre el obrar y el vivir. Dialogar con Sócrates, exponerse a sus preguntas, es
reflexionar sobre las condiciones de posibilidad del propio actuar. No sólo conocer qué es el bien y
el mal, sino examinar cómo vivo, cómo elijo cuando elijo, reconstruir reflexivamente con él los
diversos elementos que intervienen en mi conducta y reconocer con su ayuda la exigencia de
poder dar razón de todos ellos: examinarse a sí y a los otros, porque «una vida sin examen no
tiene objeto vivirla para el hombre».
Sócrates es ético porque comprende el vivir inseparablemente unido al saber, porque su vivir —y
sobre todo su morir— es medido por el pensar, por el saber del bien, por la verdad.