Fac.
Humanidades y Ciencias – UNL
Esc. de Filosofía
Seminario I - 2014
LA IDEA DEL HOMBRE
Dr. Rubén L. Vasconi
Introducción
Partiremos en esta exposición del siguiente hecho: el hombre no sólo existe, como el vegetal
o la piedra, sino que sabe que existe y, al mismo tiempo, se comprende siempre a sí mismo de algún
modo. Todo hombre puede, con más o menos claridad, responder a la pregunta: ¿Qué es ser
hombre?
Es decir, posee más o menos conscientemente una idea de su ser hombre y esta idea
constituye el paradigma sobre el cual va configurando su vida. Así, cada hombre -o cada grupo
humano, porque esta idea es regularmente compartida por la comunidad- llega a ser lo que es a
partir de la idea de hombre que orienta su existencia.
Mostraremos sintéticamente las ideas fundamentales que el hombre se ha forjado acerca de sí
mismo y sobre cuya base ha ido tomando diferentes figuras. Veremos cómo en cada una de estas
ideas se define por una cierta relación con el mundo natural y humano.
Observemos, ante todo, que cuando nos preguntamos por nuestro ser surgen dos evidencias
igualmente fuertes pero contrapuestas. Todo hombre siente:
a) Ser un yo, es decir, un individuo, sujeto con nombre propio, distinto de los demás hombres
y del mundo. Como distinto, separado, distante.
Este ser distante de toda realidad hace del yo un ser solitario, pero esta soledad es la condición
de mi libertad. Sólo si logro cortar todos los lazos que me atan a los demás y al mundo, puedo
disponer de mi vida a mi antojo.
b) Pero, por otro lado, siente pertenecer, ser parte de su familia, grupo de amigos, de su
comunidad nacional y, en última instancia, parte del mundo. Esta pertenencia, sobre todo a una
comunidad humana, amortigua mi soledad, me protege y brinda seguridad. Pero esta seguridad la
pago al precio de una disminución de mi libertad. Atado por lazos de lealtad al grupo al que
pertenezco, ya no puedo disponer caprichosamente de mi vida.
Veremos cómo en la historia del pensamiento el hombre ha comenzado por afirmar su
pertenencia para después, progresivamente, acentuar la distancia y la libertad.
Las figuras del hombre
1. El hombre se piensa a sí mismo como parte del mundo
Esta es, históricamente, la primera figura. Pero que sea la primera no significa que haya
perdido su validez y haya sido relegada al pasado. Las grandes concepciones filosóficas, como las
grandes creaciones estéticas, permanecen como modelos válidos. Esta idea ha sido restaurada en
algunos de sus aspectos por movimientos contemporáneos, como los ecologistas, por ejemplo.
Según esta visión, el hombre está constituido por la misma sustancia de que está formado
todo lo real.
Rubén L. Vasconi – La idea del hombre
Hecha esta aclaración, pasemos a detallar, sobre la base de algunos ejemplos, esta
concepción del hombre.
a) En el pensamiento arcaico:
Antes de que los hombres tuviesen conocimiento acerca de cómo se realizaba la concepción,
suponían que los seres humanos, como todos los vivientes, se formaban en las grutas, en las
hendiduras de las piedras, fuentes o matorrales. De allí, se insertaban en un estado larval en el
vientre de una mujer para terminar de madurar, pero, en el fondo, todos los vivientes eran hermanos
en cuanto hijos de la fecunda Madre Tierra. Esto implica una solidaridad profunda de la vida, que se
extiende a través de sus diferentes formas y hace comprensibles las más extrañas metamorfosis, ya
que ninguna barrera infranqueable separa las distintas especies de vivientes.
A esta concepción del hombre como brotado de la Madre Tierra corresponden ciertos
rituales mortuorios. Aquí, es fundamental la inhumación del cadáver, devolverlo a la Madre Tierra
para que lo revivifique y lo retorne a la vida.
La tierra puede ser el suelo que pisamos, pero puede tomar una forma más abstracta e
identificarse con el cosmos. El ritual mortuorio es entonces la incineración, como forma de devolver
el hombre al cosmos para que éste lo devuelva a la vida. Es ésta una concepción frecuente en el
pensamiento hindú. La incineración va acompañada de una plegaria: "Tu aliento va hacia el viento,
tu oído hacia los cuatro puntos cardinales, tus huesos vuelven a la tierra..." (Aitareya Brahamana, II,
6, 13).
b) En el pensamiento filosófico clásico:
Cuando en el siglo VII a.C. se inicia en Grecia el pensamiento racional, la idea arcaica es
reelaborada, pero no se la transforma radicalmente.
Tomemos el ejemplo de Empédocles de Agrigento: todas las cosas están formadas por una
mezcla de tierra, agua, aire y fuego. Desde luego, también el hombre está formado de este modo. Y
esta identidad de naturaleza con el cosmos fundamenta la posibilidad de que el hombre tenga
familiaridad con todas las cosas y pueda conocerlas. Así, dice el frag. 109: "Pues con la tierra vemos
la tierra, con el agua, el agua, por el aire vemos el aire brillante y por el fuego, el fuego que devora".
Aun avanzada la antigüedad, encontramos en el siglo II de nuestra era, este hermoso texto
de Marco Aurelio Antonino, el emperador estoico romano: "Yo recorro las etapas fijadas por la
naturaleza (Physis) hasta que caiga y repose, cuando devuelva mi soplo a este aire que respiro todos
los días, cuando caiga sobre la tierra de donde mi padre ha tomado mi germen, mi madre mi sangre,
mi nodriza su leche, que me da diariamente, después de tantos años mi alimento y mi bebida, que
me soporta cuando camino y de la cual recibo tantos beneficios" (A sí mismo, V-4).
Si de la tierra mi padre tomó mi germen, mi madre mi sangre, mi nodriza su leche... ¿qué soy
yo, en última instancia, sino tierra que se levanta? Marco Aurelio tiene de sí mismo una imagen casi
vegetal, como el árbol que brota de la tierra, cae, se disuelve y se hace tierra y de su disolución brota
un nuevo árbol. "Tú has sido formado como una parte - se dice a sí mismo - ; te desvanecerás en lo
que te ha dado nacimiento o, más bien, serás retomado en su razón generadora (logos spermatikós) por
transformación" (Ibid, IV-14)
Observemos de paso cómo la fecunda Madre Tierra, fuente de la que brota toda realidad, ha
sido reelaborada intelectualmente, se ha transformado en Physis, logos spermatikós, pero su sentido
profundo sigue siendo el mismo.
Esta idea según la cual el hombre, formado de la misma sustancia del mundo, goza de una
familiaridad con todo lo real, encuentra su elaboración más completa en los dos grandes pensadores
clásicos: Platón (427-347 a.C.) y Aristóteles (384-322 a.C.). Para ambos, el hombre es un microcosmos,
un pequeño universo que contiene en sí todas las instancias de lo real y al mismo tiempo un puesto
fijo y definido en el seno de lo real.
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Rubén L. Vasconi – La idea del hombre
Empecemos por Platón que sostiene un rígido dualismo. Para él, lo real está constituido por
dos instancias contrapuestas, dos mundos que se superponen: el mundo material que nos es
accesible por los sentidos (mundo sensible) y un mundo de naturaleza inmaterial al que sólo nos
permite penetrar nuestra inteligencia (mundo inteligible).
El hombre se encuentra a mitad de camino entre ambos mundos. Por el alma se vincula al
mundo espiritual, divino y eterno. Por el cuerpo se inserta en lo material, caduco e imperfecto. Hay
así en el hombre una tensión constitutiva porque cada dimensión de su ser -cuerpo y alma- busca
aquello que le es afín. Toda la psicología y la ética platónica se apoyan en esta antropología dualista.
Aristóteles sustituye el dualismo por la idea de jerarquía. Encontramos en el mundo
diferentes niveles de realidad (minerales, vegetales, animales y así subiendo hasta lo Divino que está
más allá del mundo visible).
Estos mismos niveles se dan en el hombre que tiene los elementos minerales y la vida
sensitiva y vegetativa, propias de los animales y las plantas, pero además, la vida racional, que lo
vincula a lo divino. Así de nuevo, con Aristóteles, el hombre tiene una profunda consustancialidad,
unidad de naturaleza, con el mundo.
Esta misma pertenencia al mundo se reitera cuando el hombre piensa su relación con el
mundo social. Antes que un sujeto autónomo se considera como parte de una comunidad (en el
planteo griego: como ciudadano). Sólo en el seno de esta comunidad es posible llevar a cabo una
vida plenamente humana.
Consideremos como ejemplo los análisis realizados por Platón en La República.
La polis tiene su origen en que ningún hombre se basta a sí mismo para satisfacer todas sus
necesidades. Conforme a su naturaleza, que como conjunto de aptitudes lo predispone a ejercer una
cierta función o actividad, se vinculará con los demás hombres intercambiando los productos de su
trabajo, lo que, dicho sea de paso, supondrá el mercado como lugar de intercambio y centro de la
vida de la polis.
Pero la polis no se agota en la actividad económica. Habrá que pensar también en la guerra y
en el ejercicio del gobierno, funciones que deberán ser cumplidas por aquellos que tengan una
naturaleza adecuada para realizarlas eficazmente.
Ajustándose al orden natural, la polis se habrá de dividir en tres grandes grupos que,
conforme a su naturaleza, ejercerán la función que les sea propia. Aquellos que estén dotados de una
naturaleza valerosa, tendrán como función la guerra y la defensa de sus conciudadanos; los que se
caractericen por una naturaleza sapiente y reflexiva, ejercerán el gobierno ya que, conocedores del
bien y la justicia, podrán conducir a la polis entera hacia su meta. Por último, la naturaleza laboriosa
que los distingue destinará a los labradores, artesanos y comerciantes, a proveer el sustento de los
miembros de la polis.
La justicia, virtud suprema, es una virtud arquitectónica, ya que, poniendo a cada uno en el
lugar que le corresponde y asignándole la función que le compete, establece la coordinación de las
tareas y el orden de la polis, convirtiéndola en un cosmos armonioso y completo. Esta justicia social
no es entonces distinta de la justicia cósmica: así como el universo es un cosmos porque en él cada
cosa tiene su función a cumplir conforme a su naturaleza, igualmente será un cosmos -no un caos- la
polis, si se ajusta al mismo principio. El orden social no difiere del orden cósmico, el de las cosas.
También Aristóteles considera que el hombre es por naturaleza un "animal político" (zoón
politikón) y que quien pudiese vivir fuera de la polis sería un dios autosuficiente o un animal cuyas
necesidades son tan pocas que puede bastarse a sí mismo. Pero siendo el hombre más que un animal
y menos que un dios, está destinado por naturaleza a vivir en la comunidad.
c) Implicaciones prácticas de esta idea del hombre:
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Rubén L. Vasconi – La idea del hombre
Cuando el hombre se piensa como parte del mundo acentúa su fraternidad con los seres del
mundo, su compromiso y su misión de servicio en el seno de lo real.
Una antropóloga expresa en estos términos la actitud ante lo real que encuentra en un
pueblo de Nueva Guinea: "Para los arapesh, el mundo es una huerta que debe ser cultivada, no para
uno mismo a fin de jactarse o enorgullecerse, guardar y luego practicar la usura sino para que los
ñames, perros, cerdos y casi todos los niños puedan crecer". (Mead, M., Sexo y temperamento, Paidós,
p. 118). La tierra no pertenece a los hombres sino los hombres a la tierra, para labrarla y cuidarla.
Un piel roja, jefe de la tribu Suwamish responde, en una carta muy difundida, al presidente
norteamericano Franklin Pierce, que le propone comprar sus tierras: "El gran Jefe de Washington
manda decir que desea comprar nuestras tierras... ¿Cómo podéis comprar o vender el cielo, el calor
de la tierra? La idea nos parece extraña. No somos dueños de la frescura del aire ni del centelleo del
agua. ¿Cómo podrías comprarlos a nosotros?... Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre
sino el hombre a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida, es sólo una hebra de ella... Todas
las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia".
Esta íntima unión del hombre con el mundo al que pertenece, engendra la convicción de que
los actos humanos repercuten en la totalidad del cosmos. Así, en el prólogo de Edipo Rey de
Sófocles, el sacerdote se lamenta: "La polis va muriendo en los gérmenes fructíferos de la tierra, en
los rebaños bovinos que pastan, en los partos de las mujeres: todos terminan sin nacimiento". El
parricidio y el incesto de Edipo repercuten sobre la realidad. Mientras la mancha no sea lavada, la
vida está detenida. El hombre carga así con una responsabilidad que no sólo es personal sino
cósmica.
Esta actitud de compromiso venerante con lo real puede llevar al extremo de rechazar el
trabajo de la tierra. Así, por ejemplo, un profeta hindú "aconsejaba a sus discípulos que no cavaran
la tierra porque es un pecado -decía- herir, cortar, o desgarrar a nuestra madre común con los
trabajos agrícolas... Me pedís que labre la tierra, ¿cogería yo un cuchillo para clavarlo en las entrañas
de mi madre? (Eliade, M., Manual de historia de las religiones, T. II, cap. VII).
En nuestra época de despiadada destrucción de la naturaleza, las palabras de este hombre
tienen el carácter de una sana advertencia.
Pero esta postura que inserta al hombre en la tierra, sumergido y formando parte de ella, no
vio el poder creador y transformador del hombre como dimensión esencial de la realidad humana.
Acentuó siempre la pasividad. El lema era "vivir conforme a la naturaleza" y la actitud en que esta
conformidad llega a su más alto grado es la quietud de la vida contemplativa.
Veremos ahora como en la historia del pensamiento occidental se va operando un
progresivo distanciamiento del hombre respecto del mundo. Este alejamiento ya se insinúa en la
siguiente figura.
2. El hombre como persona
Esta idea se configura en la filosofía cristiana medieval en medio de disputas teológicas
(Cristológicas y Trinitarias). Se discute, por ejemplo, si en Cristo hay dos naturalezas -divina y
humana-: cuando viene Cristo, ¿es uno o son dos los que vienen? O también, respecto de la
Trinidad: ¿cómo pueden ser tres -Padre, Hijo y Espíritu Santo- si los tres tienen una misma
naturaleza divina? La resolución de estos problemas fuerza a una sostenida meditación en torno al
concepto de persona como distinto del de naturaleza, concepto que, más allá del ámbito teológico,
servirá también para pensar al hombre.
¿Qué significa persona? Todo el medioevo utiliza la definición de Boecio: "persona es una
sustancia individual de naturaleza racional". Santo Tomás agrega: "Persona significa aquello que es
perfectísimo en toda la naturaleza". "La manera propia de existir de la persona es la más excelente de
todas".
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Rubén L. Vasconi – La idea del hombre
Esta perfección y excelencia residen en que la autonomía y unidad que caracterizan de modo
analógico a toda sustancia, se realizan en su forma más alta en la persona, porque es capaz de
reflexión total sobre sí misma. Así, no sólo existe como un individuo, sino que es para sí esta
sustancia individual. Más que algo, la persona es alguien. Cada hombre, como persona, ya no es
meramente un individuo más dentro de una especie, sino que, como alguien, es único, irrepetible,
dotado así de un valor absoluto y en relación personal con Dios, que también es Alguien que habla
en primera persona.
Esta especial dignidad del hombre se ve reforzada por un dogma tempranamente formulado
por el Concilio de Toledo (Año 400) y que permanece vigente como contenido de la doctrina
cristiana. Enunciado en el lenguaje de la teología clásica, dice lo siguiente: yo he recibido de mis
progenitores por generación las almas vegetativa y sensitiva, pero el alma intelectual (espiritual) por
la cual un hombre es un ser humano es una especial creación de Dios en cada caso.
Este dogma contiene una importantísima consecuencia: un día Dios decidió crear el universo
y si decidió crearlo es porque concibió al universo como algo bueno y que merecía existir. Pero, otro
día decidió crearme a mí -no a la especie humana, sino a cada individuo en particular-. Objeto de
una especial creación de Dios, cada uno de nosotros, cada yo, aparece revestido de un valor
absoluto, en tanto querido por Dios como algo bueno y que debía existir. Este dogma opera
subterráneamente en el pensamiento occidental y se revela con toda su fuerza y en todas sus
consecuencias en la valorización moderna del yo como sujeto libre. Constituye un importante
ingrediente de lo que hoy se llama el concepto cristiano-burgués del hombre.
El hombre adquiere en este pensamiento una dignidad especial. No es simplemente parte del
cosmos, sino que el cosmos fue hecho para él, que trasciende todo lo natural.
Pero si bien por aquí el hombre adquiere un status único que lo distingue de la naturaleza,
todavía no se contrapone a ella como veremos más adelante cuando asume frente al mundo una
actitud hostil y explotadora. La idea de Creación sustenta una solidaridad entre todos los seres, ya no
hijos de la Madre Tierra, pero aún hermanados en cuanto hijos del Padre que está en los cielos. Esta
fraternidad universal inspira el cántico de San Francisco de Asís:
"Loado sea, Señor mío, con todas tus creaturas, especialmente mi hermano Sol, que nos da la luz y el día.
Bello, esplendoroso y radiante, da testimonio de Tí".
"Loado seas, Señor mío, por la hermana Luna y las estrellas. Claras, bellas, preciosas, las formaste en los
cielos".
Y así continúa la alabanza por el viento, el agua, el fuego, pero cuando llega a la tierra:
"Loado seas, Señor mío, por nuestra hermana, la madre tierra, que nos nutre y sostiene y produce frutos
diversos, hierbas y pintadas flores".
En la emoción del santo, la tierra, aunque hermana, conserva todavía la dignidad materna
que tuvo en el pensamiento arcaico.
3. El hombre como sujeto
Es la figura del hombre que se constituye a partir del Renacimiento.
Empecemos por aclarar algunos términos. Hoy es habitual, en el lenguaje de la filosofía y la
psicología, llamar al hombre sujeto y a los entes del mundo, objetos. Ambos términos -subiectum,
obiectum- provienen del lenguaje técnico de la filosofía medieval. Retrocedamos entonces un poco en
el tiempo.
El término subiectum era la traducción del vocablo aristotélico hypokeimenon con el cual
Aristóteles designaba lo real en cuanto es algo que permanece como soporte de cualidades y
propiedades. El término subiectum era entonces sinónimo de sustancia o res, es decir, cosa. Subiectum es
entonces tanto el hombre como una piedra o una planta. Es decir, es cualquier cosa real. (Todavía
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Rubén L. Vasconi – La idea del hombre
usamos la palabra en este sentido en gramática: "El sujeto de la oración es la persona o cosa de la
cual se habla". Por eso el sujeto se expresa regularmente con un sustantivo).
El término obiectum, en cambio, designa lo real pero en tanto correlato de una potencia
humana: esta mesa, que en sí es un sujeto -algo real- puede ser objeto de mi conocimiento o de mi
deseo. Dicho de otro modo: cuando la pienso como sujeto quiero decir que es en sí algo real, con
total independencia de mí. Como objeto, en cambio, es algo que depende del hombre -del
conocimiento o del deseo humano-. El objeto no es en sí sino en relación, dependiendo del hombre.
Vamos ahora al pensamiento moderno. El hombre es sujeto quiere decir que en sí es algo
real. El mundo es objeto, quiere decir que sólo es lo que es en relación con el hombre, dependiendo
del hombre. Se opera al mismo tiempo, en el período que va de Descartes a Kant, la exaltación del
hombre y la degradación del mundo.
El hombre moderno se autoafirma entonces como sujeto seguro de sí y al mismo tiempo
establece una distancia respecto del mundo. La nueva actitud ante el mundo es de hostilidad y
explotación. Exponiendo Descartes sus intenciones profundas dice en la 6a Parte de su Discurso del
Método: "Queremos lograr una ciencia que gracias al conocimiento de los secretos de la tierra, el
agua, el aire y el fuego, nos convierta en amos y señores de la naturaleza".
Gracias a esta ciencia, que ya es tecnología, el hombre moderno hace la experiencia de su poder.
El mundo deja de ser el Hogar o la Madre Venerada para convertirse en materia prima sobre cuya
base, mediante la técnica, el hombre crea un nuevo mundo conforme a sus deseos. El principio de la
ética clásica fue el de “vivir conforme a la naturaleza”. Ahora el principio se invierte, “hacer la
naturaleza conforme a nuestros deseos”.
La luz eléctrica nos libera de los ciclos día-noche. El aire acondicionado, del ciclo invierno-
verano. La dinamita y las topadoras transforman el paisaje. El hombre moderno hace así la
experiencia de su libertad. Además, así como trata de dominar la naturaleza mediante la ciencia y la
tecnología, también tratará de dominar el poder político mediante las nuevas instituciones como el
parlamento y el sufragio universal. De ese modo convertimos al antiguo monarca, dotado de un
poder absoluto, en un simple mandatario destinado a realizar nuestros deseos.
En lugar de someterse al mundo somete el mundo a su voluntad. El sujeto moderno es, ante
todo, un yo quiero, es voluntad, no contemplación del mundo. La realidad, cada vez más, aparece como
su propia obra. Esto vale inclusive para su propio ser: se dota de alas y vuela, se fabrica escafandras
y vive bajo el agua.
Este proyecto de una libertad incondicionada aparece soñado, por primera vez, en un
curioso personaje del Renacimiento, el conde Giovanni Pico Della Mirandola (siglo XV). Para la
inauguración de un congreso de sabios, que nunca se llevó a cabo, había preparado un escrito que
tituló: "Discurso sobre la dignidad del hombre". Pico Della Mirandola parte de un supuesto, para él
indubitable: el hombre es la más extraordinaria de las creaturas. Sólo interesa aclarar por qué es así.
Después de descartar por insuficientes las opiniones de todos los que han alabado al hombre nos da
su respuesta en la forma de un mito literario acerca de la creación. Dios ha decidido crear el mundo.
Conforme a sus ideas arquetipos, va plasmando todos los seres, otorgándoles las cualidades de que
han menester y fijándoles con su naturaleza un lugar en el universo. Cuando llega el momento de
crear al hombre encuentra Dios que ya ha empleado todas las ideas que tenía y no encuentra ni
naturaleza que asignar al hombre ni lugar disponible en el mundo donde ubicarlo. Decide entonces
crearlo con una naturaleza indefinida, pero esto le obliga a explicar al hombre las ventajas de esta
deficiencia.
Le dice Dios, después de haberlo creado: "Oh Adán, no te he dado ni un lugar determinado,
ni un aspecto que te sea propio ni una prerrogativa peculiar con el fin de que poseas el lugar, el
aspecto y la prerrogativa que conscientemente elijas y de acuerdo con tu intención obtengas y
conserves"... "te determinarás según tu arbitrio a cuyo poder te he consignado". El hombre,
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Rubén L. Vasconi – La idea del hombre
entonces, no tiene naturaleza sino libertad. Su ser habrá de consistir en su propia obra. En función
del principio Pico Della Mirandola nos exhorta a desear lo más alto porque "... con quererlo, lo
obtendremos". La ambición sin límites, pecado para el pensamiento antiguo, se convierte ahora en la
virtud fundamental.
El hombre moderno hace así la experiencia del poder y la libertad. Pero también, la de la
distancia y la soledad. Ante todo, respecto del mundo pero también respecto del prójimo. El
hombre moderno crea el individualismo competitivo. La misma relación hostil y explotadora que ha
establecido con el mundo la traslada a su relación con los otros seres humanos. Así hace la
experiencia de la soledad radical.
Podríamos decir entonces que el hombre moderno es un sujeto libre, poderoso, distante y
solitario.
4. La reacción objetivista
En el siglo XIX se intenta una nueva reintegración del hombre a lo real, que se manifiesta de
dos modos:
a) La visión romántica:
El más alto representante es Hegel. Frente a la concepción liberal de los hombres según la
cual éstos son subjetividades autónomas y autosuficientes, Hegel ve siempre a los seres humanos
como parte de un pueblo histórico, compartiendo un destino común y un espíritu nacional. Este
espíritu que convoca a los hombres constituye el fundamento de todas las creaciones valiosas. El ser
profundo del hombre no es el ser individual sino el pueblo al que pertenece: ser hombre es ser
griego, alemán o francés. Marx continúa esta idea antiliberal del hombre, pero la comunidad a la
cual, según él, un hombre pertenece no es la comunidad nacional sino la clase internacional. Así el
ser profundo de un hombre será su ser burgués o proletario.
b) La visión naturalista:
Empecemos por ese conjunto de ideas que podemos colocar bajo el rótulo de darwinismo.
Éste insiste en recordar al hombre que es un primate, resultado de la evolución, que forma parte de
la naturaleza, inserto en el río de la vida.
Pero este reingreso del hombre a lo real no restaura la fraternidad fundada en la Madre
Tierra o el Padre de los Cielos. Se hace en nombre de la naturaleza tal como la concibe la ciencia
moderna: el conjunto de las cosas ligadas por relaciones mecánicas de causalidad.
Decir que el hombre forma parte de la naturaleza quiere significar que es una cosa, no ese
supuesto "espíritu pensante" que había exaltado Descartes.
En este sentido es interesante Lamettrie (siglo XVIII), quien escribió su libro El hombre
máquina contra Descartes. Éste había sostenido que, a diferencia del hombre, espíritu pensante, los
animales son meras máquinas cuyos movimientos resultan de las causas que operan sobre ellos. El
"hombre máquina" quiere decir ahora: el comportamiento del hombre está determinado
causalmente como el de cualquier otro animal. El sujeto libre y responsable es una ilusión.
Podemos mostrarlo también en un ejemplo de gran influencia hasta nuestros días: el
positivismo de Comte. Este autor propone una clasificación de las ciencias según su mayor o menor
complejidad. Así se suceden las matemáticas, la astronomía, la física, la química, la biología y la
sociología. ¿Por qué no aparece la Psicología que esperaríamos hallar entre la biología y la
sociología? Porque no hay ningún objeto real a estudiar que sea la subjetividad. Los fenómenos
psíquicos, o son biológicos, como los instintos y las emociones, o son sociales, como las formas de
pensamiento o los hábitos morales. De manera que la subjetividad se disuelve en esa "cosa" que es el
cuerpo o en esa "cosa" que es la sociedad. (Recordemos de paso que Comte considera a la sociología
como una física social).
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Rubén L. Vasconi – La idea del hombre
La reacción objetivista ha operado así, con la excusa de reintegrarlo a lo real, la cosificación del
hombre.
5. La problemática contemporánea
Los textos contemporáneos referentes a la condición humana son, casi sin excepción,
lúgubres y pesimistas. ¿Dónde encuentran la fuente del sufrimiento humano? Dos notas,
aparentemente excluyentes, parecen definir la condición humana actual: masificación y soledad. En estas
dos notas se concentran las figuras del hombre nacidas a partir del Renacimiento.
Empecemos por la masificación. Cuando el hombre se autoafirmó como sujeto libre, reveló
la naturaleza como materia prima al servicio de su "voluntad de poder". Las cosas valen y son en la
medida en que sirven para las empresas humanas. Y todo aquello que perturba estas empresas, sin
piedad, es suprimido, como se dinamita la montaña que impide el trazado del camino o se deseca el
lago considerado pernicioso. Las cosas no son más que útiles al servicio de la voluntad de poder
humano.
Pero, según la reacción objetivista, el hombre forma parte de la naturaleza. Luego, como las
cosas, su valor reside en la utilidad que preste; "ser" para el hombre es funcionar eficazmente como
engranaje de la gran maquinaria social.
Y así como hay recursos naturales que se calculan, preparan y emplean, también hay recursos
humanos calculables, empleables o desechables. El yo desaparece como realidad autónoma para
identificarse con la función que cumple. Las relaciones interhumanas dejan de ser relaciones
personales para convertirse en relaciones de función a función. Cada hombre es una pieza en la gran
maquinaria del mundo.
Pero si insatisfecho por la despersonalización y anonimato de esta reducción de mi ser a una
función quiero recuperar mi yo y mi libertad ¿qué camino me queda? El rechazo del mundo. Pero
entonces encuentro esa libertad que descubrió Pico Della Mirandola y que ahora comprendemos
plenamente: ser libre es no ser nada, estar a distancia de todo. La libertad es la soledad a distancia del
ser. Es la libertad que analiza Sartre en El ser y la nada. El hombre es absolutamente libre pero,
precisamente por eso, "está demás en el mundo".