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Tema 11, 12 y 13 UCSE 4-9

Este documento trata sobre la justificación, la gracia y el mérito desde una perspectiva católica. Explica que la justificación es obra de la gracia de Dios y nos libera del pecado mediante la fe en Jesucristo. La gracia es un don de Dios que nos permite participar en la vida divina y ser santificados. Aunque no hay mérito estricto ante Dios, la tradición católica enseña que podemos merecer gracias adicionales a través de la colaboración con la gracia de Dios.

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Tema 11, 12 y 13 UCSE 4-9

Este documento trata sobre la justificación, la gracia y el mérito desde una perspectiva católica. Explica que la justificación es obra de la gracia de Dios y nos libera del pecado mediante la fe en Jesucristo. La gracia es un don de Dios que nos permite participar en la vida divina y ser santificados. Aunque no hay mérito estricto ante Dios, la tradición católica enseña que podemos merecer gracias adicionales a través de la colaboración con la gracia de Dios.

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Tema 11: EL HOMBRE y LA GRACIA (Cat. 1987-2029).

I.  La justificación

La gracia del Espíritu Santo tiene el poder de santificarnos, es decir, de lavarnos de


nuestros pecados y comunicarnos “la justicia de Dios por la fe en Jesucristo” (Rm 3, 22) y
por el Bautismo (cf Rm 6, 3-4): «Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también
viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no
muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir al
pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros,
consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6, 8-11).

Por el poder del Espíritu Santo participamos en la Pasión de Cristo, muriendo al


pecado, y en su Resurrección, naciendo a una vida nueva; somos miembros de su Cuerpo
que es la Iglesia (cf 1 Co 12), sarmientos unidos a la Vid que es Él mismo (cf Jn 15, 1-4)

La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión, que obra la


justificación según el anuncio de Jesús al comienzo del Evangelio: “Convertíos porque el
Reino de los cielos está cerca” (Mt 4, 17). Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios
y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto. “La justificación no
es solo remisión de los pecados, sino también santificación y renovación del interior
del hombre” (Concilio de Trento: DS 1528).

La justificación libera al hombre del pecado que contradice al amor de Dios, y


purifica su corazón. La justificación es prolongación de la iniciativa misericordiosa de Dios
que otorga el perdón. Reconcilia al hombre con Dios, libera de la servidumbre del pecado y
sana.

La justificación es, al mismo tiempo, acogida de la justicia de Dios por la fe en


Jesucristo. La justicia designa aquí la rectitud del amor divino. Con la justificación son
difundidas en nuestros corazones la fe, la esperanza y la caridad, y nos es concedida la
obediencia a la voluntad divina.

La justificación nos fue merecida por la pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz


como hostia viva, santa y agradable a Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de
propiciación por los pecados de todos los hombres. La justificación es concedida por el
Bautismo, sacramento de la fe. Nos asemeja a la justicia de Dios que nos hace
interiormente justos por el poder de su misericordia. Tiene por fin la gloria de Dios y de
Cristo, y el don de la vida eterna (cf Concilio de Trento: DS 1529)

La justificación establece la colaboración entre la gracia de Dios y la libertad del


hombre. Por parte del hombre se expresa en el asentimiento de la fe a la Palabra de Dios
que lo invita a la conversión, y en la cooperación de la caridad al impulso del Espíritu
Santo que lo previene y lo custodia.
La justificación es la obra más excelente del amor de Dios, manifestado en Cristo
Jesús y concedido por el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es el maestro interior. Haciendo nacer al “hombre interior” (Rm 7,


22 ; Ef 3, 16), la justificación implica la santificación de todo el ser: «Si en otros tiempos
ofrecisteis vuestros miembros como esclavos a la impureza y al desorden hasta
desordenaros, ofrecedlos igualmente ahora a la justicia para la santidad [...] al presente,
libres del pecado y esclavos de Dios, fructificáis para la santidad; y el fin, la vida eterna»
(Rm 6, 19. 22).

II. La gracia

 Nuestra justificación es obra de la gracia de Dios. La gracia es el favor, el auxilio


gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios (cf Jn 1,
12-18), hijos adoptivos (cf Rm 8, 14-17), partícipes de la naturaleza divina (cf 2 P 1, 3-4), de
la vida eterna (cf Jn 17, 3).

La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de


la vida trinitaria: por el Bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo, Cabeza de su
Cuerpo. Como “hijo adoptivo” puede ahora llamar “Padre” a Dios, en unión con el Hijo
único. Recibe la vida del Espíritu que le infunde la caridad y que forma la Iglesia.

Esta vocación a la vida eterna es sobrenatural. Depende enteramente de la


iniciativa gratuita de Dios, porque sólo Él puede revelarse y darse a sí mismo. Sobrepasa
las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana, como las de toda
creatura (cf 1 Co 2, 7-9)

La gracia de Cristo es el don gratuito que Dios nos hace de su vida infundida por el
Espíritu Santo en nuestra alma para sanarla del pecado y santificarla: es la gracia
santificante o divinizadora, recibida en el Bautismo. Es en nosotros la fuente de la obra de
santificación (cf Jn 4, 14; 7, 38-39):

«Por tanto, el que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y
todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo» (2 Co 5, 17-18).

La gracia santificante es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural


que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. Se
debe distinguir entre la gracia habitual, disposición permanente para vivir y obrar según la
vocación divina, y las gracias actuales, que designan las intervenciones divinas que están
en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación.

La preparación del hombre para acoger la gracia es ya una obra de la gracia. Esta es


necesaria para suscitar y sostener nuestra colaboración a la justificación mediante la fe y a
la santificación mediante la caridad. Dios completa en nosotros lo que Él mismo comenzó,
“porque él, por su acción, comienza haciendo que nosotros queramos; y termina
cooperando con nuestra voluntad ya convertida” (San Agustín, De gratia et libero
arbitrio, 17, 33).

La libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre, porque Dios creó al
hombre a su imagen concediéndole, con la libertad, el poder de conocerle y amarle. El
alma sólo libremente entra en la comunión del amor. Dios toca inmediatamente y mueve
directamente el corazón del hombre. Puso en el hombre una aspiración a la verdad y al
bien que sólo Él puede colmar.

La gracia es, ante todo y principalmente, el don del Espíritu que nos justifica y nos
santifica. Pero la gracia comprende también los dones que el Espíritu Santo nos concede
para asociarnos a su obra, para hacernos capaces de colaborar en la salvación de los otros
y en el crecimiento del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Estas son las gracias
sacramentales, dones propios de los distintos sacramentos. Son además las gracias
especiales, llamadas también carismas, según el término griego empleado por san Pablo, y
que significa favor, don gratuito, beneficio (cf LG 12). Cualquiera que sea su carácter, a
veces extraordinario, como el don de milagros o de lenguas, los carismas están ordenados
a la gracia santificante y tienen por fin el bien común de la Iglesia. Están al servicio de la
caridad, que edifica la Iglesia (cf 1 Co 12).

Entre las gracias especiales conviene mencionar las gracias de estado, que


acompañan el ejercicio de las responsabilidades de la vida cristiana y de los ministerios en
el seno de la Iglesia: «Teniendo dones diferentes, según la gracia que nos ha sido dada, si
es el don de profecía, ejerzámoslo en la medida de nuestra fe; si es el ministerio, en el
ministerio, la enseñanza, enseñando; la exhortación, exhortando. El que da, con sencillez;
el que preside, con solicitud; el que ejerce la misericordia, con jovialidad» (Rm 12, 6-8).

La gracia, siendo de orden sobrenatural, escapa a nuestra experiencia y sólo puede


ser conocida por la fe. Por tanto, no podemos fundarnos en nuestros sentimientos o
nuestras obras para deducir de ellos que estamos justificados y salvados (Concilio de
Trento: DS 1533-34). Sin embargo, según las palabras del Señor: “Por sus frutos los
conoceréis” (Mt 7, 20), la consideración de los beneficios de Dios en nuestra vida y en la
vida de los santos nos ofrece una garantía de que la gracia está actuando en nosotros y
nos incita a una fe cada vez mayor y a una actitud de pobreza llena de confianza.

III. El mérito

El término “mérito” designa en general la retribución debida por parte de una


comunidad o una sociedad a la acción de uno de sus miembros, considerada como obra
buena u obra mala, digna de recompensa o de sanción. El mérito corresponde a la virtud
de la justicia conforme al principio de igualdad que la rige.
Frente a Dios no hay, en el sentido de un derecho estricto, mérito por parte del
hombre. Entre Él y nosotros, la desigualdad no tiene medida, porque nosotros lo hemos
recibido todo de Él, nuestro Creador.

El mérito del hombre ante Dios en la vida cristiana proviene de que Dios ha


dispuesto libremente asociar al hombre a la obra de su gracia. La acción paternal de Dios
es lo primero, en cuanto que Él impulsa, y el libre obrar del hombre es lo segundo, en
cuanto que éste colabora, de suerte que los méritos de las obras buenas deben atribuirse
a la gracia de Dios en primer lugar, y al fiel, seguidamente. Por otra parte, el mérito del
hombre recae también en Dios, pues sus buenas acciones proceden, en Cristo, de las
gracias prevenientes y de los auxilios del Espíritu Santo.

La adopción filial, haciéndonos partícipes por la gracia de la naturaleza divina,


puede conferirnos, según la justicia gratuita de Dios, un verdadero mérito.

“Puesto que la iniciativa en el orden de la gracia pertenece a Dios, nadie puede


merecer la gracia primera, en el inicio de la conversión, del perdón y de la justificación.
Bajo la moción del Espíritu Santo y de la caridad, podemos después merecer en favor
nuestro y de los demás gracias útiles para nuestra santificación, para el crecimiento de la
gracia y de la caridad, y para la obtención de la vida eterna. Los mismos bienes
temporales, como la salud, la amistad, pueden ser merecidos según la sabiduría de Dios.
Estas gracias y bienes son objeto de la oración cristiana, la cual provee a nuestra
necesidad de la gracia para las acciones meritorias.

La caridad de Cristo es en nosotros la fuente de todos nuestros méritos ante Dios.


La gracia, uniéndonos a Cristo con un amor activo, asegura el carácter sobrenatural de
nuestros actos y, por consiguiente, su mérito tanto ante Dios como ante los hombres. Los
santos han tenido siempre una conciencia viva de que sus méritos eran pura gracia.

IV. La santidad cristiana

“Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman [...]
a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo,
para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos
también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos
también los glorificó” (Rm 8, 28-30).

“Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud
de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (LG 40). Todos son llamados a la
santidad: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48):

«Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida
del don de Cristo [...] para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del
prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y
siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo
de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la
Iglesia la vida de los santos» (LG 40).

El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión
se llama “mística”, porque participa del misterio de Cristo mediante los sacramentos
—“los santos misterios”— y, en Él, del misterio de la Santísima Trinidad. Dios nos llama a
todos a esta unión íntima con Él, aunque las gracias especiales o los signos extraordinarios
de esta vida mística sean concedidos solamente a algunos para manifestar así el don
gratuito hecho a todos.

“El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin
combate espiritual (cf 2 Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación
que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas: «El que
asciende no termina nunca de subir; y va paso a paso; no se alcanza nunca el final de lo
que es siempre susceptible de perfección. El deseo de quien asciende no se detiene nunca
en lo que ya le es conocido» (San Gregorio de Nisa, In Canticum homilia 8).

  Los hijos de la Santa Madre Iglesia esperan justamente la gracia de la


perseverancia final y de la recompensa de Dios, su Padre, por las obras buenas realizadas
con su gracia en comunión con Jesús (cf Concilio de Trento: DS 1576). Siguiendo la misma
norma de vida, los creyentes comparten la “bienaventurada esperanza” de aquellos a los
que la misericordia divina congrega en la “Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, [...] que baja
del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo” (Ap 21, 2).
Tema 12: LA VIDA EN EL ESPIRITU.

La dignidad de la persona humana. (Cat.1700-1715).

1701 “Cristo, [...] en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (GS 22,
1). En Cristo, “imagen del Dios invisible” (Col 1,15; cf 2 Co 4, 4), el hombre ha sido creado
“a imagen y semejanza” del Creador. En Cristo, redentor y salvador, la imagen divina
alterada en el hombre por el primer pecado ha sido restaurada en su belleza original y
ennoblecida con la gracia de Dios (GS 22).

1702 La imagen divina está presente en todo hombre. Resplandece en la comunión de las
personas a semejanza de la unidad de las personas divinas entre sí (cf. Capítulo segundo).

1703. Dotada de un alma “espiritual e inmortal” (GS 14), la persona humana es la “única


criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma”(GS 24, 3). Desde su concepción
está destinada a la bienaventuranza eterna.”

1704 La persona humana participa de la luz y la fuerza del Espíritu divino. Por la razón es
capaz de comprender el orden de las cosas establecido por el Creador. Por su voluntad es
capaz de dirigirse por sí misma a su bien verdadero. Encuentra su perfección en la
búsqueda y el amor de la verdad y del bien (cf GS 15, 2).

1705 En virtud de su alma y de sus potencias espirituales de entendimiento y de voluntad,


el hombre está dotado de libertad, “signo eminente de la imagen divina” (GS 17).

1706 Mediante su razón, el hombre conoce la voz de Dios que le impulsa “a hacer [...] el
bien y a evitar el mal”(GS 16). Todo hombre debe seguir esta ley que resuena en la
conciencia y que se realiza en el amor de Dios y del prójimo. El ejercicio de la vida moral
proclama la dignidad de la persona humana.

1707 “El hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de


la historia”(GS 13, 1). Sucumbió a la tentación y cometió el mal. Conserva el deseo del
bien, pero su naturaleza lleva la herida del pecado original. Ha quedado inclinado al mal y
sujeto al error.

«De ahí que el hombre esté dividido en su interior. Por esto, toda vida humana, singular o
colectiva, aparece como una lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la
luz y las tinieblas». (GS 13, 2)

1708 Por su pasión, Cristo nos libró de Satán y del pecado. Nos mereció la vida nueva en el
Espíritu Santo. Su gracia restaura en nosotros lo que el pecado había deteriorado.
1709 “El que cree en Cristo es hecho hijo de Dios. Esta adopción filial lo transforma
dándole la posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo. Le hace capaz de obrar rectamente y
de practicar el bien. En la unión con su Salvador, el discípulo alcanza la perfección de la
caridad, la santidad. La vida moral, madurada en la gracia, culmina en vida eterna, en la
gloria del cielo.

La libertad del hombre. (Cat. 1730-1748)

1- Sentido y definición de la libertad


Frente a los demás seres, el hombre se distingue por la racionalidad y la capacidad
de obrar libremente. Aquí se origina una diferencia radical entre el hombre y el resto de
las realidades creadas, En efecto, los seres inorgánicos se rigen matemáticamente por las
leyes que guían la materia. En concreto, la ley de la gravedad se cumple inexorablemente
siempre que lanzamos una piedad al espacio. También, conforme a sus propias leyes
biológicas, actúan los seres vivos: los vegetales proceden (nacen, crecen y mueren)
siguiendo unas leyes que configuran su propia especie. De modo semejante, los animales
se comportan de acuerdo con los instintos de sus respectivas especies, y es sabido que
esos instintos están grabados en sus propios genes. Por consiguiente, el animal actúa
automáticamente, siempre del mismo modo, siguiendo su impulso instintivo, El hombre,
por el contrario, puede intervenir de inmediato en el proceso de su actuar: se decide o se
abstiene, interrumpe lo que había determinado o elige entre las múltiples opciones que se
le ofrecen, delibera si continúa su acción o la suspende, incluso puede optar por su
contrario, etc.

Pues bien, esa capacidad de decidirse a actuar o de abstenerse, de determinarse


por algo o resolver por lo opuesto, incluso de crear situaciones nuevas, es lo que cabe
entender como «libertad». No es fácil definir con rigor qué es realmente la libertad. El
filósofo Schopenhauer afirmó que era un «misterio», pues se trata de un concepto
«límite», por lo que su riqueza se resiste a ser encerrada en un concepto. Por su parte,
Nicolai Hartmann escribió: «El problema de la libertad es el más difícil de los problemas
de la Ética, es ciertamente su exemplum crucis». Pero, si tratásemos de definirla
brevemente, cabría hacerlo en los siguientes términos: «Libertad es la capacidad que tiene
el hombre de autodeterminarse».
De esta definición, se puede concluir que la esencia de la libertad no está,
propiamente, en la posibilidad de elegir, pues la «elección» como tal sigue a la
«autodeterminación», por lo que, una vez que el sujeto haya elegido, no podría volver a
ejercerla. Sí puede determinarse a hacer otra elección, incluso a corregirla, pero eso
equivale a «autodeterminarse» de nuevo.
Una definición descriptiva y más cercana a la ciencia moral, cabría formularla en
los siguientes términos: Libertad es la capacidad interior de la persona, mediante la cual la
voluntad puede optar entre querer o no querer, determinarse por distintas posibilidades o
decidirse por su contrario.
Conforme a esta definición, los autores clásicos distinguen tres clases de libertad:
Libertad de necesidad: Es la posibilidad de actuar o no actuar.
Libertad de especificidad: Es la capacidad de decidirse entre diversas opciones.
Libertad de contradicción: Es la que decide entre dos cosas opuestas.
Estos elementos se incluyen en la siguiente descripción del Catecismo de la Iglesia
Católica:
«La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de
hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre
arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de
crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección
cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza» (CEC, 1731).
En este sentido, se debe subrayar la amplitud de poder de la libertad que abarca
tantos niveles, pues precede al obrar humano, le acompaña a lo largo de la acción e
incluso cabe que el hombre se decida por realidades opuestas entre sí. A esta altura en
que se sitúa la libertad, destaca la importancia que juega en el ser humano, hasta el punto
que cabría definirlo por ella: el hombre es «el ser libre», En efecto, en la libertad
confluyen la razón, la voluntad y la vida afectiva sentimental, estas tres dimensiones
constitutivas del ser humano.

2- La libertad humana en la Economía de la salvación

1739 Libertad y pecado. La libertad del hombre es finita y falible. De hecho el hombre


erró. Libremente pecó. Al rechazar el proyecto del amor de Dios, se engañó a sí mismo y
se hizo esclavo del pecado. Esta primera alienación engendró una multitud de
alienaciones. La historia de la humanidad, desde sus orígenes, atestigua desgracias y
opresiones nacidas del corazón del hombre a consecuencia de un mal uso de la libertad.

1740 Amenazas para la libertad. El ejercicio de la libertad no implica el derecho a decir y


hacer cualquier cosa. Es falso concebir al hombre “sujeto de esa libertad como un
individuo autosuficiente que busca la satisfacción de su interés propio en el goce de los
bienes terrenales” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis conscientia,
13). Por otra parte, las condiciones de orden económico y social, político y cultural
requeridas para un justo ejercicio de la libertad son, con demasiada frecuencia,
desconocidas y violadas. Estas situaciones de ceguera y de injusticia gravan la vida moral y
colocan tanto a los fuertes como a los débiles en la tentación de pecar contra la caridad.
Al apartarse de la ley moral, el hombre atenta contra su propia libertad, se encadena a sí
mismo, rompe la fraternidad con sus semejantes y se rebela contra la verdad divina

1741 Liberación y salvación. Por su Cruz gloriosa, Cristo obtuvo la salvación para todos los
hombres. Los rescató del pecado que los tenía sometidos a esclavitud. “Para ser libres nos
libertó Cristo” (Ga 5,1). En Él participamos de “la verdad que nos hace libres” (Jn 8,32). El
Espíritu Santo nos ha sido dado, y, como enseña el apóstol, “donde está el Espíritu, allí
está la libertad” (2 Co 3,17). Ya desde ahora nos gloriamos de la “libertad de los hijos de
Dios” (Rm 8,21).

1742 Libertad y gracia. La gracia de Cristo no se opone de ninguna manera a nuestra


libertad cuando ésta corresponde al sentido de la verdad y del bien que Dios ha puesto en
el corazón del hombre. Al contrario, como lo atestigua la experiencia cristiana,
especialmente en la oración, a  medida que somos más dóciles a los impulsos de la gracia,
se acrecientan nuestra íntima verdad y nuestra seguridad en las pruebas, como también
ante las presiones y coacciones del mundo exterior. Por el trabajo de la gracia, el Espíritu
Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su
obra en la Iglesia y en el mundo.

«Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien
dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad»
(Domingo XXXII del Tiempo ordinario, Colecta: Misal Romano)

La moralidad de los actos humanos. (Cat. 1749-1761).

1- Los actos libres del Hombre.


Naturaleza de la vida moral.
La persona humana se implica toda ella en su acción. De modo especial cuando se
siente responsable de sus actos porque juzga que actúa bien o mal, de acuerdo con sus
criterios morales que le aportan sus convicciones personales o profesión religiosa que
practica. Ese empeño de hacer el bien y evitar el mal queda aún más patente en el
cristiano, quien vive de acuerdo con su vocación cristiana se esmera a que todas sus
acciones están de acuerdo con su vocación, quien no vive lo anterior experimenta un
remordimiento por ello.
En la actividad moral confluyen:
1- Los datos genéticos que aporta la herencia.
2- La psicología que define su propio carácter.
3- La sensibilidad y las pasiones.
4- Los hábitos que juegan un papel considerable en la determinación de la voluntad.
5- Las circunstancias en las que se desarrolla.
6- Las ideas de la época.
7- La educación recibida.
8- La formación religiosa.
9- La lucidez de conocimiento de lo que hace y la capacidad de la decisión con la que
lo lleva a término.

Todo este conjunto de factores ha de tenerse en vista a la hora de juzgar la moralidad


de una conducta.
Más en concreto, la vida moral ha de partir de 4 notas que definen al ser humano
como tal:
a- La unidad radical de la persona: (Alma y cuerpo) VS 48. Es el hombre concreto y en
su totalidad el responsable de sus actos.
b- La condición histórica: edad, condición del individuo, formación, pasado, etc.
c- La sociedad: influjo de la sociedad, el pecado social, etc.
d- La trascendencia: lo cual exige una conducta moral derivada del querer de Dios.

La vida moral es importante para el hombre y es difícil y comprometida vivirla, juzgarla


e interpretarla.

2- Los actos humanos


El hecho de que el hombre sea un ser inteligente y libre, es lo que permite que sus
acciones sean verdaderamente humanas, y ese actuar de acuerdo a su ser, da como
resultado que la persona sea buena o mala en orden a lo ético.

VS 71: “La relación entre la libertad del hombre y la ley de Dios, que encuentra su ámbito
vital y profundo en la conciencia moral, se manifiesta y realiza en los actos humanos. Es
precisamente mediante sus actos como el hombre se perfecciona en cuanto tal, como
persona llamada a buscar espontáneamente a su Creador y a alcanzar libremente,
mediante su adhesión a él, la perfección feliz y plena.
Los actos humanos son actos morales, porque expresan y deciden la bondad o malicia del
hombre mismo que realiza esos actos. Éstos no producen sólo un cambio en el estado de
cosas externas al hombre, sino que, en cuanto decisiones deliberadas, califican
moralmente a la persona misma que los realiza y determinan su profunda fisonomía
espiritual, como pone de relieve, de modo sugestivo, san Gregorio Niseno: «Todos los
seres sujetos al devenir no permanecen idénticos a sí mismos, sino que pasan
continuamente de un estado a otro mediante un cambio que se traduce siempre en bien o
en mal... Así pues, ser sujeto sometido a cambio es nacer continuamente... Pero aquí el
nacimiento no se produce por una intervención ajena, como es el caso de los seres
corpóreos... sino que es el resultado de una decisión libre y, así, nosotros somos en cierto
modo nuestros mismos progenitores, creándonos como queremos y, con nuestra elección,
dándonos la forma que queremos»”.
En consecuencia, para que una acción pueda calificarse de Moral, antes debe ser
humana.
La moralidad de una acción requiere que la persona la lleve a cabo con
conocimiento y libertad que son dos características del ser humano.
Si carecen de conocimiento o se llevan a término sin que intervenga la libertad,
esos actos se denominan, actos del hombre. Los actos del hombre son aquellos que se
realizan en el marco de la espontaneidad, sin que medie el entendimiento, ni la voluntad.
Por ejemplo: los vitales (la digestión, respirar) etc.
Esta distinción entre actos humanos y actos del hombre se encuentra en Santo
Tomás de Aquino: “Solo se considera específicamente humanas las acciones que proceden
de una decisión deliberada; las demás es preferible llamarlas actos del hombre, más que
humanos, pues no proceden del hombre en cuanto hombre”.
Pensar que el hombre y la mujer casi nunca pueden actuar como personas porque
no poseen un conocimiento perfecto y voluntad plena, constituye un riesgo.
Hay que saber discernir la posibilidad de decidir de forma consiente y deliberada
que tiene el hombre y las circunstancias que pueden condicionar esa decisión, porque aún
contando con limitaciones, existe la posibilidad que el individuo actúe como persona
consiente y responsable.
En Veritatis Splendor Juan pablo II sale en defensa de la razón y de la libertad en el
ámbito de la vida moral:
1- La razón: el hombre tiene capacidad de poseer la verdad, incluso conoce la
existencia de verdades universales, por lo cual la inteligencia puede discernir lo
que es bueno y lo que es malo (VS 32)
2- La libertad: El papa ensalza la existencia de la libertad del ser humano y destaca
su lugar en el comportamiento ético (VS 34) frente a los que la absolutizan y los
que la niegan.

3- Criterios que permiten juzgar que un acto no es humano


Un acto deja de ser humano cuando cesa de ser consciente y voluntario. Partiendo
de esto hay que distinguir entre consentimiento y advertencia (Por la advertencia, el
hombre percibe la acción que va a realizar, o que ya está realizando. Esta advertencia
puede ser plena o semiplena, según se advierta la acción con toda perfección o sólo
imperfectamente (por ejemplo, estando semi-dormido). Obviamente, todo acto humano
requiere necesariamente de esa advertencia, de tal modo que un hombre que actúa a tal
punto distraído que no advierte de ninguna manera lo que hace, no realizaría un acto
humano).
El consentimiento añade a la advertencia un acto positivo de la libertad que hace
suya una acción que motiva al pecado.
Entonces nos damos cuenta que el pecado reside en el consentimiento y no en la
simple sensación. Este principio tiene validez para la conscupiscencia y para todo tipo de
pasiones:

+ Defectos de conocimientos:

1- La ignorancia:
Por ignorancia, se entiende falta de conocimiento de una obligación. Esta se puede
clasificar:
a- De hecho: se ignora si un acto concreto está o no prohibido.
b- De derecho: se desconoce la existencia de una ley moral. Ejemplo que no matar es
un mandamiento.
c- Vencible: cuando es posible salir de la ignorancia.
d- Invencible: si es imposible salir de esa ignorancia.
e- Crasa o supina: cuando no se pone esfuerzo alguno por vencerla.
f- Afectada: si se rehúsa poner los medios para salir de ella.

En estos casos la acción moral se mide por los siguientes principios morales:
La ignorancia vencible puede disminuir la moralidad de un acto, pero quien la
padece debe poner los medios necesarios para salir de ella.
La ignorancia invencible quita toda culpabilidad.
La ignorancia crasa y afectada no quitan culpabilidad, por tanto a quienes actúan
con ese tipo de ignorancia se les imputa como pecado las acciones en sí malas.

2- la duda:
Puede afectar al conocimiento y a la voluntad.
Diferentes tipos de duda:
a- Positiva: si hay motivos positivos para dudar
b- Negativa: si no hay razones o solo muy tenues, sin fundamento serio para dudar.
c- De derecho: si se duda acerca de la existencia u obligación de la ley
d- De hecho: cuando se duda si un acto se incluye en la ley.
Los estados de duda se juzgan conforme a los siguientes principios morales:
+ No es lícito actuar con conciencia dudosa positiva acerca de la licitud de una acción
concreta, sin antes poner los medios razonables para salir de la duda.
+ La duda negativa no debe tenerse en cuenta al momento de actuar, aunque se tengan
razones tenues para dudar.
+ En la duda positiva y cuando no es posible salir de ella, es lícito actuar cuando se llega a
cierto convencimiento de rectitud, deducido de principios o razones extrínsecas.

+ Deficiencias en la libertad

Las pasiones
Las pasiones designan las emociones o impulsos de la sensibilidad que inclinan a obrar o
no obrar. Son componentes naturales del psiquismo humano, constituyen el lugar de paso
entre la vida sensible y la vida del espíritu.

Ejemplos de pasiones son el amor y el odio, el deseo y el temor, la alegría, la tristeza y la


ira.

Las pasiones son en sí mismas indiferentes, pero se convierten en buenas o malas según el
objeto al que tiendan. Por eso, deben ser dirigidas por la razón y regidas por la voluntad,
para que no conduzcan al mal.

Por ejemplo, la ira es santa si lleva a defender los bienes de Dios (es la ira de Jesucristo
cuando expulsa a los vendedores del templo: cfr. Mc. 11, 15-19); el odio agrada a Dios si
es odio al pecado; el placer es bueno si está regido por la recta razón. Si los objetos a que
tienden las pasiones son malos, nos apartan del fin último: odio al prójimo, ira por motivos
egoístas, placer desordenado, etc.

Si las pasiones se producen antes (antecedente) de que se realice la acción e influyen en


ella, disminuyen la libertad por el ofuscamiento que suponen para la razón; incluso en
arrebatos muy violentos, pueden llegar a destruir esa libertad (por ejemplo, el padre que
llevado por la ira golpea mortalmente a su hijo pequeño).

Si se producen como consecuencia (consecuentes)de la acción y son directamente


provocadas, aumentan la voluntariedad (por ejemplo, el que recuerda las ofensas
recibidas para aumentar la ira y el deseo de venganza).

También pueden ser concomitante si acompañan a la acción

Cuando surge un movimiento pasional que nos inclina al mal, la voluntad puede actuar de
dos formas:

- Negativamente, no aceptándolo ni rechazándolo.

- Positivamente, aceptándolo o rechazándolo con un acto formal.

Para luchar eficazmente contra las pasiones desordenadas no basta una resistencia
negativa, puesto que supone quedar expuesto al peligro de consentir en ellas. Es
necesario rechazarlas formalmente llevando el ánimo a otra cosa: es el medio más fácil y
seguro, sobre

Violencia
Es el impulso de un factor exterior que nos lleva a actuar en contra de nuestra voluntad.
Ese factor exterior puede ser físico (golpes, etc.) o moral (promesas, halagos, ruegos
insistentes e inoportunos, etc.), que da lugar a la violencia física o moral.

La violencia física absoluta -que se da cuando la persona violentada ha opuesto toda la


resistencia posible, sin poder vencerla- destruye la voluntariedad, con tal de que se resista
interiormente para no consentir el mal.

La violencia moral nunca destruye la voluntariedad pues bajo ella el hombre permanece
en todo momento dueño de su libertad. La violencia física relativa disminuye la
voluntariedad, en proporción a la resistencia que se opuso.

Miedo
Es una vacilación del ánimo ante un mal presente o futuro que nos amenaza, y que influye
en la voluntad del que actúa.

En general, el miedo -aunque sea grande- no destruye el acto voluntario, a menos que su
intensidad haga perder el uso de razón.

El miedo no es razón suficiente para cometer un acto malo, aunque el motivo sea
considerable: salvar la propia vida, o la fama, etc. Sería ilícito, por ejemplo, renegar de la
fe por miedo al castigo o a la muerte, o emplear medios anticonceptivos por temor a
consecuencias graves en la salud ante un nuevo embarazo, etc.
Por el contrario, si a pesar del miedo el sujeto realiza la acción buena, es mayor el valor
moral de esa acción.

A lo largo de la historia de la Iglesia se han dado incontables casos de personas con un


natural más bien tímido y poco audaz que han superado el miedo para cumplir la voluntad
de Dios. Es el caso, por ejemplo, de José de Arimatea que, siendo discípulo oculto de
Cristo “por temor a los judíos” (Jn. 19, 38), sabe vencerse y dar la cara cuando otros
huyen: reclama “audacter”, audazmente (Mc. 15, 43) de Pilato el cuerpo muerto del
Señor.

A veces, sin embargo, el miedo puede excusar del cumplimiento de leyes positivas (es
decir, de leyes puramente eclesiásticas) que mandan practicar un acto bueno, si causan
gran incomodidad, porque en estos casos se sobreentiende que el legislador no tiene
intención de obligar. Sería el caso, por ejemplo, de la esposa que para evitar un grave
conflicto familiar deja de ayunar o de ir a Misa. Es una aplicación del principio que dice
que las leyes positivas no obligan con grave incomodidad.

Las fuentes de la moralidad, el objeto, el fin, las circunstancias.

Del catecismo de la Iglesia católica:


1749 La libertad hace del hombre un sujeto moral. Cuando actúa de manera deliberada, el
hombre es, por así decirlo, el padre de sus actos. Los actos humanos, es decir, libremente
realizados tras un juicio de conciencia, son calificables moralmente: son buenos o malos.

I. Fuentes de la moralidad

1750 La moralidad de los actos humanos depende:

— del objeto elegido;


— del fin que se busca o la intención;
— de las circunstancias de la acción.

El objeto, la intención y las circunstancias forman las “fuentes” o elementos constitutivos


de la moralidad de los actos humanos.

1751 El objeto elegido es un bien hacia el cual tiende deliberadamente la voluntad. Es la


materia de un acto humano. El objeto elegido especifica moralmente el acto del querer,
según que la razón lo reconozca y lo juzgue conforme o no conforme al bien verdadero.
Las reglas objetivas de la moralidad enuncian el orden racional del bien y del mal,
atestiguado por la conciencia.

1752 Frente al objeto, la intención se sitúa del lado del sujeto que actúa. La intención, por
estar ligada a la fuente voluntaria de la acción y por determinarla en razón del fin, es un
elemento esencial en la calificación moral de la acción. El fin es el término primero de la
intención y designa el objetivo buscado en la acción. La intención es un movimiento de la
voluntad hacia un fin; mira al término del obrar. Apunta al bien esperado de la acción
emprendida. No se limita a la dirección de cada una de nuestras acciones tomadas
aisladamente, sino que puede también ordenar varias acciones hacia un mismo objetivo;
puede orientar toda la vida hacia el fin último. Por ejemplo, un servicio que se hace a
alguien tiene por fin ayudar al prójimo, pero puede estar inspirado al mismo tiempo por el
amor de Dios como fin último de todas nuestras acciones. Una misma acción puede, pues,
estar inspirada por varias intenciones como hacer un servicio para obtener un favor o para
satisfacer la vanidad.

1753 Una intención buena (por ejemplo: ayudar al prójimo) no hace ni bueno ni justo un
comportamiento en sí mismo desordenado (como la mentira y la maledicencia). El fin no
justifica los medios. Así, no se puede justificar la condena de un inocente como un medio
legítimo para salvar al pueblo. Por el contrario, una intención mala sobreañadida (como la
vanagloria) convierte en malo un acto que, de suyo, puede ser bueno (como la limosna) (cf
Mt 6, 2-4).

1754 Las circunstancias, comprendidas en ellas las consecuencias, son los elementos
secundarios de un acto moral. Contribuyen a agravar o a disminuir la bondad o la malicia
moral de los actos humanos (por ejemplo, la cantidad de dinero robado). Pueden también
atenuar o aumentar la responsabilidad del que obra (como actuar por miedo a la muerte).
Las circunstancias no pueden de suyo modificar la calidad moral de los actos; no pueden
hacer ni buena ni justa una acción que de suyo es mala.

II. Los actos buenos y los actos malos

1755 El acto moralmente bueno supone a la vez la bondad del objeto, del fin y de las
circunstancias. Una finalidad mala corrompe la acción, aunque su objeto sea de suyo
bueno (como orar y ayunar para ser visto por los hombres).

El objeto de la elección puede por sí solo viciar el conjunto de todo el acto. Hay
comportamientos concretos —como la fornicación— que siempre es un error elegirlos,
porque su elección comporta un desorden de la voluntad, es decir, un mal moral.

1756 Es, por tanto, erróneo juzgar de la moralidad de los actos humanos considerando
sólo la intención que los inspira o las circunstancias (ambiente, presión social, coacción o
necesidad de obrar, etc.) que son su marco. Hay actos que, por sí y en sí mismos,
independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente
ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el
adulterio. No está permitido hacer el mal para obtener un bien.

La conciencia moral. (Cat. 1776-1802)


El pensamiento el magisterio1. CIC. 1776 – 1794.
Definición
“En lo más profundo de su conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a
sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los
oídos de su corazón, llamándole siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal [...]. El
hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón [...]. La conciencia es el núcleo más
secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más
íntimo de ella” (GS 16).

I. El dictamen de la conciencia
Presente en el corazón de la persona, la conciencia moral (cf Rm 2, 14-16) le
ordena, en el momento oportuno, practicar el bien y evitar el mal. Juzga también las
opciones concretas aprobando las que son buenas y denunciando las que son malas
(cf Rm 1, 32). Atestigua la autoridad de la verdad con referencia al Bien supremo por el
cual la persona humana se siente atraída y cuyos mandamientos acoge. El hombre
prudente, cuando escucha la conciencia moral, puede oír a Dios que le habla.
La conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce
la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho. En
todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es
justo y recto. Mediante el dictamen de su conciencia el hombre percibe y reconoce las
prescripciones de la ley divina:
La conciencia «es una ley de nuestro espíritu, pero que va más allá de él, nos da
órdenes, significa responsabilidad y deber, temor y esperanza [...] La conciencia es la
mensajera del que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, a través de
un velo nos habla, nos instruye y nos gobierna. La conciencia es el primero de todos los
vicarios de Cristo» (Juan Enrique Newman, Carta al duque de Norfolk, 5).
Es preciso que cada uno preste mucha atención a sí mismo para oír y seguir la voz
de su conciencia. Esta exigencia de interioridad es tanto más necesaria cuanto que la vida
nos impulsa con frecuencia a prescindir de toda reflexión, examen o interiorización:
«Retorna a tu conciencia, interrógala. [...] Retornad, hermanos, al interior, y en todo lo
que hagáis mirad al testigo, Dios» (San Agustín, In epistulam Ioannis ad Parthos
tractatus 8, 9).
La dignidad de la persona humana implica y exige la rectitud de la conciencia
moral. La conciencia moral comprende la percepción de los principios de la moralidad
(«sindéresis»), su aplicación a las circunstancias concretas mediante un discernimiento
práctico de las razones y de los bienes, y en definitiva el juicio formado sobre los actos
concretos que se van a realizar o se han realizado. La verdad sobre el bien moral,
declarada en la ley de la razón, es reconocida práctica y concretamente por el dictamen
prudente de la conciencia. Se llama prudente al hombre que elige conforme a este
dictamen o juicio.
La conciencia hace posible asumir la responsabilidad de los actos realizados. Si el
hombre comete el mal, el justo juicio de la conciencia puede ser en él el testigo de la
1
Mifsud, Tony. Moral Fundamental. El discernimiento cristiano. Consejo Episcopal Latinoamericano.
Segunda Edición. Pag. 257-280
verdad universal del bien, al mismo tiempo que de la malicia de su elección concreta. El
veredicto del dictamen de conciencia constituye una garantía de esperanza y de
misericordia. Al hacer patente la falta cometida recuerda el perdón que se ha de pedir, el
bien que se ha de practicar todavía y la virtud que se ha de cultivar sin cesar con la gracia
de Dios:
«Tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra
conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo» (1 Jn 3, 19-20).
El hombre tiene el derecho de actuar en conciencia y en libertad a fin de tomar
personalmente las decisiones morales. “No debe ser obligado a actuar contra su
conciencia. Ni se le debe impedir que actúe según su conciencia, sobre todo en materia
religiosa” (DH 3)

II. La formación de la conciencia


 Hay que formar la conciencia, y esclarecer el juicio moral. Una conciencia bien
formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero
querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a
seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su
propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas.
La educación de la conciencia es una tarea de toda la vida. Desde los primeros años
despierta al niño al conocimiento y la práctica de la ley interior reconocida por la
conciencia moral. Una educación prudente enseña la virtud; preserva o sana del miedo,
del egoísmo y del orgullo, de los insanos sentimientos de culpabilidad y de los
movimientos de complacencia, nacidos de la debilidad y de las faltas humanas. La
educación de la conciencia garantiza la libertad y engendra la paz del corazón.
En la formación de la conciencia, la Palabra de Dios es la luz de nuestro caminar; es
preciso que la asimilemos en la fe y la oración, y la pongamos en práctica. Es preciso
también que examinemos nuestra conciencia atendiendo a la cruz del Señor. Estamos
asistidos por los dones del Espíritu Santo, ayudados por el testimonio o los consejos de
otros y guiados por la enseñanza autorizada de la Iglesia (cf DH 14).
III. Decidir en conciencia
Ante la necesidad de decidir moralmente, la conciencia puede formular un juicio
recto de acuerdo con la razón y con la ley divina, o al contrario un juicio erróneo que se
aleja de ellas.
El hombre se ve a veces enfrentado con situaciones que hacen el juicio moral
menos seguro, y la decisión difícil. Pero debe buscar siempre lo que es justo y bueno y
discernir la voluntad de Dios expresada en la ley divina.
Para esto, el hombre se esfuerza por interpretar los datos de la experiencia y los
signos de los tiempos gracias a la virtud de la prudencia, los consejos de las personas
entendidas y la ayuda del Espíritu Santo y de sus dones.
 En todos los casos son aplicables algunas reglas:
— Nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien. 
— La “regla de oro”: “Todo [...] cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo
también vosotros” (Mt 7,12; cf  Lc 6, 31; Tb 4, 15).
— La caridad debe actuar siempre con respeto hacia el prójimo y hacia su conciencia:
“Pecando así contra vuestros hermanos, hiriendo su conciencia..., pecáis contra Cristo” (1
Co 8,12). “Lo bueno es [...] no hacer cosa que sea para tu hermano ocasión de caída,
tropiezo o debilidad” (Rm 14, 21).

IV. El juicio erróneo


 La persona humana debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia. Si
obrase deliberadamente contra este último, se condenaría a sí mismo. Pero sucede que la
conciencia moral puede estar afectada por la ignorancia y puede formar juicios erróneos
sobre actos proyectados o ya cometidos.
Esta ignorancia puede con frecuencia ser imputada a la responsabilidad personal.
Así sucede “cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a
poco, por el hábito del pecado, la conciencia se queda casi ciega” (GS 16). En estos casos,
la persona es culpable del mal que comete.
El desconocimiento de Cristo y de su Evangelio, los malos ejemplos recibidos de
otros, la servidumbre de las pasiones, la pretensión de una mal entendida autonomía de la
conciencia, el rechazo de la autoridad de la Iglesia y de su enseñanza, la falta de
conversión y de caridad pueden conducir a desviaciones del juicio en la conducta moral.
Si por el contrario, la ignorancia es invencible, o el juicio erróneo sin
responsabilidad del sujeto moral, el mal cometido por la persona no puede serle
imputado. Pero no deja de ser un mal, una privación, un desorden. Por tanto, es preciso
trabajar por corregir la conciencia moral de sus errores.
La conciencia buena y pura es iluminada por la fe verdadera. Porque la caridad
procede al mismo tiempo “de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe
sincera” (1 Tm 1,5; 3, 9; 2 Tm 1, 3; 1 P 3, 21; Hch 24, 16).
«Cuanto mayor es el predominio de la conciencia recta, tanto más las personas y los
grupos se apartan del arbitrio ciego y se esfuerzan por adaptarse a las normas objetivas de
moralidad» (GS 16). 

Principios morales:
La conciencia goza de ciertas propiedades al emitir los juicios prácticos. En síntesis, esos
principios morales que dictamina el recto actuar podrían concentrarse en los siguientes:
1. Es preciso actuar siempre con conciencia verdadera.
2. Nunca es lícito actuar con conciencia dudosa a cerca de la licitud de una acción, si
hay fundado temor de errar. Rn ese caso, es preciso tomar las medidas oportunas
para salir de la duda.
3. La duda puramente negativa no debe tenerse en cuenta al momento de actuar,
aunque tenga alguna razón de poco peso.
4. La conciencia invenciblemente errónea, cuando permite algo que esta prohibido y
lo hace, no comete pecado.
5. La conciencia que padece un error invencible debe ser obedecida en lo que manda
o prohíbe, de lo contrario obra contra su conciencia y peca.
6. Es pecado actuar con conciencia venciblemente errónea.
7. La conciencia es libre, por lo que no debe ser violentada por nadie: Dios mismo
respeta la libertad de la persona. Pero el hombre no es libre para no formar su
conciencia, sino que esta obligado a asumir los medios necesarios para formar una
conciencia éticamente recta.

También estos principios se fundamentan en la relación que existe entre la norma moral y
la conciencia, tal como se ha dicho, o sea, que la conciencia, cuando emite su juicio, no
determina lo que es malo o bueno, sino que lo deduce según lo que prohíbe o preceptúa
la ley.

Crisis de la conciencia
Es preciso constatar que algunos contemporáneos niegan la existencia de la
conciencia. Nos encontramos con una incoherencia histórica: ¿Cómo es posible que en
una época cultural que valora hasta los límites insospechados la conciencia, algunos se
empeñen en negarla?
El argumento más convincente de la existencia de la conciencia es la propia
experiencia personal la que testifica la existencia de la conciencia en cada persona: todos
experimentamos esa capacidad de reflexión sobre nosotros mismos que nos hace caer en
la cuenta de lo que hacemos, juzgando la bondad o la malicia. Y, si es claro que la reflexión
intelectual es la causa del conocimiento tórico, menos aún cabe negar que la reflexión
sobre el propio actuar nos advierte la veracidad de los juicios a cerca del bien del mal de
las acciones que hemos realizado o que nos disponemos a llevar a término.
Desde la Biblia, la existencia de la conciencia es un dato incuestionable, como lo
vimos en los primeros puntos
Tema 13: “ESPERAMOS SU VENIDA GLORIOSA”.

La resurrección de Cristo y la nuestra (Cat. 988-1004).

¿Qué significa la expresión «resurrección de la carne»? 976-980.984-985.990

El término «carne» designa al hombre en su condición de debilidad y mortalidad. «La


carne es soporte de la salvación» (Tertuliano). En efecto, creemos en Dios que es el
Creador de la carne; creemos en el Verbo hecho carne para rescatar la carne; creemos en
la resurrección de la carne, perfección de la Creación y de la redención de la carne.

La expresión «resurrección de la carne» significa que el estado definitivo del hombre no


será solamente el alma espiritual separada del cuerpo, sino que también nuestros cuerpos
mortales un día volverán a tener vida.

¿Qué relación existe entre la resurrección de Cristo y la nuestra? 988-991


1002-1003

Así como Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos y vive para siempre,
así también Él resucitará a todos en el último día, con un cuerpo incorruptible: «los que
hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la
condenación» (Jn 5, 29).

¿Qué sucede con la muerte a nuestro cuerpo y a nuestra alma?

Con la muerte, que es separación del alma y del cuerpo, éste cae en la corrupción,
mientras el alma, que es inmortal, va al encuentro del juicio de Dios y espera volverse a
unir al cuerpo, cuando éste resurja transformado en la segunda venida del Señor.
Comprender cómo tendrá lugar la resurrección sobrepasa la posibilidad de nuestra
imaginación y entendimiento.

Morir en Cristo Jesús (Cat. 1005- 1019).


Morir en Cristo Jesús significa morir en gracia de Dios, sin pecado mortal. Así el creyente
en Cristo, siguiendo su ejemplo, puede transformar la propia muerte en un acto de
obediencia y de amor al Padre. «Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con Él,
también viviremos con Él» (2 Tm 2, 11).

Creo en la Vida eterna. (Cat. 1020-1060)

¿Qué es la vida eterna? 1020.1051

La vida eterna es la que comienza inmediatamente después de la muerte. Esta vida no


tendrá fin; será precedida para cada uno por un juicio particular por parte de Cristo, juez
de vivos y muertos, y será ratificada en el juicio final.

¿Qué es el juicio particular? 1021-1022.1051

Es el juicio de retribución inmediata, que, en el momento de la muerte, cada uno recibe


de Dios en su alma inmortal, en relación con su fe y sus obras. Esta retribución consiste en
el acceso a la felicidad del cielo, inmediatamente o después de una adecuada purificación,
o bien de la condenación eterna al infierno.

¿Qué se entiende por cielo? 1023-1026.1053

Por cielo se entiende el estado de felicidad suprema y definitiva. Todos aquellos que
mueren en gracia de Dios y no tienen necesidad de posterior purificación, son reunidos en
torno a Jesús, a María, a los ángeles y a los santos, formando así la Iglesia del cielo, donde
ven a Dios «cara a cara» (1 Co 13, 12), viven en comunión de amor con la Santísima
Trinidad e interceden por nosotros.

«La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo,
derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia,
nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna»
(San Cirilo de Jerusalén).

¿Qué es el purgatorio? 1030-1031.1054

El purgatorio es el estado de los que mueren en amistad con Dios pero, aunque están
seguros de su salvación eterna, necesitan aún de purificación para entrar en la eterna
bienaventuranza.

¿Cómo podemos ayudar en la purificación de las almas del purgatorio? 1032


En virtud de la comunión de los santos, los fieles que peregrinan aún en la tierra pueden
ayudar a las almas del purgatorio ofreciendo por ellas oraciones de sufragio, en particular
el sacrificio de la Eucaristía, pero también limosnas, indulgencias y obras de penitencia.

¿En qué consiste el infierno? 1033-1035.1056-1057

Consiste en la condenación eterna de todos aquellos que mueren, por libre elección, en
pecado mortal. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios, en
quien únicamente encuentra el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y
a las que aspira. Cristo mismo expresa esta realidad con las palabras «Alejaos de mí,
malditos al fuego eterno» (Mt 25, 41).

¿Cómo se concilia la existencia del infierno con la infinita bondad de Dios? 1036-1037

Dios quiere que «todos lleguen a la conversión» (2 P 3, 9), pero, habiendo creado al
hombre libre y responsable, respeta sus decisiones. Por tanto, es el hombre mismo quien,
con plena autonomía, se excluye voluntariamente de la comunión con Dios si, en el
momento de la propia muerte, persiste en el pecado mortal, rechazando el amor
misericordioso de Dios.

¿En qué consistirá el juicio final? 1038-1041.1058-1059

El juicio final (universal) consistirá en la sentencia de vida bienaventurada o de condena


eterna que el Señor Jesús, retornando como juez de vivos y muertos, emitirá respecto «de
los justos y de los pecadores» (Hch 24, 15), reunidos todos juntos delante de sí. Tras del
juicio final, el cuerpo resucitado participará de la retribución que el alma ha recibido en el
juicio particular.

¿Cuándo tendrá lugar este juicio? 1040

El juicio final sucederá al fin del mundo, del que sólo Dios conoce el día y la hora.

¿Qué es la esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva? 1042-1050


1060

Después del juicio final, el universo entero, liberado de la esclavitud de la corrupción,


participará de la gloria de Cristo, inaugurando «los nuevos cielos y la tierra nueva» (2 P 3,
13). Así se alcanzará la plenitud del Reino de Dios, es decir, la realización definitiva del
designio salvífico de Dios de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los
cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1, 10). Dios será entonces «todo en todos» (1 Co 15,
28), en la vida eterna.

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