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Biografías Breves de Compositores Famosos

Este documento presenta resúmenes breves y humorísticos de biografías de compositores y personajes de cuentos musicales. Los resúmenes destacan detalles curiosos e inesperados sobre la vida y obra de compositores como Bach, Beethoven y Bartók. También analizan los cuentos de la Bella Durmiente, Bella y la Bestia y Blancanieves desde una perspectiva irónica.

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Biografías Breves de Compositores Famosos

Este documento presenta resúmenes breves y humorísticos de biografías de compositores y personajes de cuentos musicales. Los resúmenes destacan detalles curiosos e inesperados sobre la vida y obra de compositores como Bach, Beethoven y Bartók. También analizan los cuentos de la Bella Durmiente, Bella y la Bestia y Blancanieves desde una perspectiva irónica.

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B

Bacarisse, Salvador (1898-1963): Autor, entre otras obras de marcado sabor español,
del Concertino para guitarra, secuela no oficial del Concierto de Aranjuez de Joaquín
Rodrigo.

Bach, Anna Magdalena (1701-1760): Famosa copista que transcribió a mano toda la
obra de su esposo. J.S. Bach se casó con ella porque le salía más barato que pagarle las
fotocopias.

Bach, Carl Philipp Emanuel (1714-1788): Como esos cantantes de ópera cuyos hijos
cantan pop, J.S., gran maestro del contrapunto barroco, tuvo un hijo que prefirió
adscribirse al más simplón estilo galante. Y, como esos cantantes de pop cuyos padres
son leyendas de la ópera, C.P.E. conoció más éxito que su padre.

Bach, Johann Christian (1735-1782): Compositor de mérito caído en el olvido. Sus obras
más conocidas son la ópera La calamita de’ cuori, concretamente el fragmento que cita
Mozart en el Concierto para piano nº 12; y el Concierto para viola en do menor, que en
realidad es un apócrifo escrito por Henri Casadesus.

Bach, Johann Sebastian (1685-1750): Tuvo tantos hijos que debió pluriemplearse en
todas las iglesias de Leipzig, que entonces eran como discotecas y necesitaban música
nueva cada semana para entretener a los fieles en misa. He ahí el secreto de su inmensa
producción. Por lo demás, al encabezar una familia supernumerosa, tuvo grandes
facilidades para matricular a sus hijos en el conservatorio. La mayoría de ellos fueron
músicos notables.

Badura-Skoda, Paul (n. 1927): Pionero de la interpretación historicista de Mozart,


Beethoven y Schubert con instrumentos de época. Solo le falta tocar con peluca.

Baker, Chet (1929-1988): El caso de este músico de jazz es insólito: podía tocar la
trompeta sin dientes, pero no sin drogas.

Balákirev, Mili (1836-1910): Principal ideólogo del grupo de Los Cinco, la gran escuela
rusa brota de él. Como todas las semillas, la música de Balákirev parece poca cosa, pero
de ella surgen ramas majestuosas como Rimski-Kórsakov, Chaikovski o Rajmáninov.

Barber, Samuel (1910-1981): Compositor que, en plenas vanguardias del siglo XX, optó
por un estilo melódico cantable. Sus detractores lo insultan llamándolo reaccionario. Sus
partidarios lo insultan aún más llamándolo neorromántico.

Barenboim, Daniel (n. 1942): Sus cuatro nacionalidades (argentina, israelí, española y
palestina) lo convierten en el músico que ha hecho más horas de cola para renovar el
pasaporte.

Barrios, Agustín (1885-1944): Su obra La catedral, para guitarra, es una de las tres
grandes catedrales de la música clásica. Las otras dos son La cathédrale engloutie, de
Debussy y cierta discoteca valenciana conocida entre el público como «la catedral del
bakalao».

Bartók, Béla (1881-1945): Hasta hace poco, los musicólogos dividían su producción en
dos grupos: las obras originales y las obras basadas en el folklore húngaro. Recientes
estudios han determinado que las obras originales no lo son, sino que están basadas en
el folklore del inframundo.

Bax, Arnold (1883-1953): Pese a ser afín a la causa irlandesa, fue nombrado Maestro de
Música del Rey de Inglaterra, cargo que desempeñó con suma honestidad artística:
apenas compuso música para fiestas nacionales.

Beach, Amy (1867-1944): Por favor, pronuncien bien su apellido.

Beecham, Thomas (1879-1961): Este notable director demostró que un autodidacta


también puede triunfar en el academicista mundo de la música (siempre que posea una
abultada fortuna).

Beethoven, Ludwig van (1770-1827): Un inquilino molesto que se hacía el sordo para
no oír las quejas de sus vecinos.

Behr, Franz (1837-1898): Para una pieza buena que compuso (La tórtola, polka
humorística), van y se la atribuyen al padre de Rajmáninov. Cuando finalmente se
resolvió el equívoco, a finales del siglo XX, la polka ya había pasado de moda.

Bella durmiente del bosque (s. XVI): Un hada algo molesta, que no fue invitada al
bautizo de la princesa (probablemente fuese una prima chalada), se presentó allí sin
previo aviso (justo como haría una prima chalada) y maldijo de muerte a la recién nacida,
que se pincharía con una rueca al cumplir dieciséis años. Otra hada (tal vez hermana de
la anterior, con quien no se hablaba desde aquel feo asunto de las lindes) intentó revertir
la maldición, pero llevaba tantos años jubilada que apenas pudo conmutar la pena por
un largo sueño de cien años. Y al cumplir los dieciséis la princesa se pinchó con una rueca
y cayó dormida. Es evidente que la historia de la maldición pertenece al folklore popular.
En aquella época remota las mujeres solo podían ser instruidas en música y costura.
Ambas labores iban de la mano, como demuestran numerosos ejemplos de la literatura
universal en los que una doncella teje en una rueca mientras canta (lo vemos en
canciones como Gretchen am Spinnrade, de Schubert o Mädchenlied, de Brahms). El día
de su cumpleaños, la princesa se presentó a unas oposiciones para la administración
pública del reino y, tras superar un duro examen después de años de estudio, se fue a
dormir durante cien años. No hay aquí más misterio que el que envuelve a miles de
opositores de hoy que, si no duermen cien años tras finalizar las pruebas, poco les falta.
La leyenda dice que los empleados del castillo durmieron junto a la princesa para
despertar con ella, lo cual es evidentemente una hipérbole. Los empleados representan
aquí a los funcionarios, que al despertar la princesa seguían ocupando sus puestos. No
se trataba de los mismos individuos, pero sí del mismo colectivo: la rueda imparable de
la burocracia. En cuanto al príncipe, parece claro que no era ningún elegido, ni mucho
menos. Solo tuvo la suerte de llegar al castillo en el mismo momento en el que la
princesa despertó. Se cuenta que dicho príncipe halló entre las ruinas los restos de otros
príncipes que, como él, habían pasado por allí con anterioridad. De lo cual se deduce
que el castillo se había convertido en una especie de botellódromo. Sea como sea, el
príncipe y la princesa fueron felices. Sobre todo ella, porque a lo largo de los cien años
de sueño se benefició de los correspondientes ascensos y sexenios. De ahí proviene un
famoso dicho: Cría fama y échate a dormir.

Bella y Bestia (s. XVII): Dueto cómico-musical que basa sus espectáculos en las
discusiones conyugales. Como satisfacción por el robo de una rosa, Bestia exigió al padre
de Bella que le cediese a su hija más hermosa. Entonces no era extraño semejante
trueque: piénsese en la famosa tulipomanía que afectó a los Países Bajos en el siglo XVII,
cuando los tulipanes llegaron a valer más que el oro y las perlas. Una vez en el castillo,
Bella desarrolló el consabido síndrome de Estocolmo. Dicen que, tras nacer en ella el
amor verdadero, Bestia se vio liberado de su maldición y volvió a ser un príncipe azul
maravilloso. Puro cuento que no es más que una metáfora de lo que sucedió en realidad:
Bestia siguió teniendo un amplio margen de mejora, pero la belleza está en los ojos del
que mira, y los ojos de Bella lo miraban con amor.

Bellini, Vincenzo (1801-1835): Su música es de mármol. Es decir: sus óperas destilan


elegancia y buen gusto, pero se ensucian con facilidad.

Berg, Alban (1885-1935): Compositor, entre Pinto y Valdemoro, de la Segunda Escuela


de Viena [véase Schoenberg, Arnold] que, para agradar a las distintas corrientes
artísticas de la época, compuso música atonal con reminiscencias tonales, decisión que
terminó por disgustar a ambas partes.

Berio, Luciano (1925-2003): Compositor famoso por su Sinfonía. Aunque ni la Sinfonía


es una sinfonía, ni Berio es famoso.

Berlioz, Hector (1803-1869): En su Sinfonía fantástica, cuyo programa (por lo demás,


prescindible) cuenta su vida amorosa y lo mucho que se droga, Berlioz anticipó la peste
de la autoficción que asolaría el panorama literario en el siglo XXI.

Bernstein, Leonard (1918-1990): Tras años estudiando danza clásica, iba para maestro
del cuerpo de baile, pero un error de papeleo lo convirtió en director de la Filarmónica
de Nueva York. Allí se mantuvo toda su carrera bailando sobre el podio. Los resultados,
sorprendentemente, fueron muy positivos para la música.

Bertini, Henri (1798-1876): Schumann dijo de él que su música era suave como la seda.
Esto, por supuesto, no es ni bueno ni malo (ya se sabe lo diplomático que era
Schumann). Incluso la seda puede usarse para construir una soga.

Biber, Heinrich Ignaz Franz von (1644-1704): Famoso por las Sonatas del Rosario, en
cada una de las cuales el violín emplea una afinación diferente. Semejante artificio
volvería locos a los violinistas si estos no viniesen locos de fábrica.
Bingen, Hildegard von (1098-1179): Componía música (entre otras muchas cosas) muy
avanzada para su época y sufría alucinaciones, lo que convierte a esta monja medieval
y doctora de la Iglesia en precursora del moderno rock psicodélico.

Bizet, Georges (1838-1875): Los melómanos italianos jamás le perdonarán haber escrito
la mejor ópera de la historia: Carmen.

Blancanieves (s. XVIII): Cantante virtuosa, solista de Blancanieves y los siete enanitos,
cuya voz rivalizaba con los mismos pájaros. El espejo mágico de la malvada madrastra
proclamó a Blancanieves la mujer más hermosa del reino. No hay por qué dudarlo, pues
de lo contrario la madrastra no habría mandado asesinar a la joven, y esta no se habría
visto obligada a refugiarse en casa de siete enanitos mineros (gracias, es de justicia
decirlo, a un cazador honrado que la deja escapar y entrega a la madrastra el corazón
de un animal). Pero conviene señalar que ser la más hermosa de un reino no implica en
absoluto ser hermosa. Incluso si no hubiese mujeres hermosas en aquel reino, la lógica
impepinable nombraría a una de ellas como la más hermosa. Así que conviene
preguntarse: ¿era hermosa Blancanieves o era el tuerto en el país de los ciegos? En la
versión de los hermanos Grimm, la más extendida y aceptada, la madrastra descubre
gracias al espejo mágico que Blancanieves sigue viva e intenta asesinarla en tres
ocasiones. Primero le regala una cinta para el cuello y, mientras se la ata, la estrangula.
Por suerte, cuando los enanitos vuelven de la mina, aflojan la cinta y Blancanieves
despierta. ¿Qué clase de persona resistiría el estrangulamiento sufriendo no más que
un ligero desmayo? Sin duda, alguien con un cuello rico en tejido graso, de lo que se
deduce que Blancanieves tenía un serio problema de sobrepeso. El segundo intento de
asesinato tiene como arma un peine envenenado que Blancanieves desea con verdadera
angustia, lo cual sugiere que el pelo de la muchacha era problemático. No nos cuesta
imaginar a la princesa con el pelo sucio, enredado, lleno de pulgas y piojos y, en
definitiva, hecho un desastre. Tras fracasar también este intento (el peine solo le causa
a Blancanieves unos rasguños sin importancia), la madrastra le ofrece a su hijastra una
manzana envenenada (ella no sabe que lo está, lógicamente). La muchacha, en un
principio, se niega. Y la madrastra parte la manzana en dos, se come la mitad sana y
ofrece la mitad envenenada a Blancanieves que, como es tonta del cogote, le da un
mordisco y cae muerta en apariencia. Una lectura superficial nos hace pensar que
Blancanieves acepta la media manzana porque ha visto a la bruja comer la otra mitad y,
en consecuencia, piensa que no está envenenada. Pero la verdad es que Blancanieves
rechaza la manzana entera porque sus dientes desfigurados le impiden morderla con
comodidad. En cambio, acepta la media manzana por ser mucho más fácil de acometer.
Hoy día existen modernas y dolorosas ortodoncias que resuelven cualquier problema de
oclusión dental. Pero en aquella época no había nada que hacer, y Blancanieves,
posiblemente, poseía una dentadura más que imperfecta, si no incompleta. De modo
que, pese a ser la mujer más hermosa del reino, Blancanieves no era, como se ve,
demasiado hermosa. Y, pese a todo, el príncipe, al verla en su ataúd de oro y cristal,
quiso llevarse su cuerpo a palacio (con la suerte de que, en un tropiezo, Blancanieves
expulsó de su garganta el trozo de manzana envenenado y despertó) lo que parece
indicar que tampoco él era gran cosa.
Bliss, Arthur (1891-1975): Su Sinfonía del color evoca en sus cuatro movimientos el
púrpura, el rojo, el azul y el verde, respectivamente. En el resto de su obra, menos
significativa, parece que su genialidad se quedó en blanco.

Boccherini, Luigi (1743-1805): Su Música nocturna de las calles de Madrid, con su aire
sereno y encantador, demuestra que Boccherini no pisó nunca las calles de Madrid. De
lo contrario, lo habrían atracado más de una vez y su obra maestra destilaría un espíritu
muy diferente.

Böhm, Theobald (1794-1881): Fabricante de armas que, en lugar de obuses o tanques,


inventó la flauta moderna (con más potencia de fuego que la antigua).

Böhm, Karl (1894-1981): Doctor en Derecho por deseo de sus padres, fue uno de los
directores de orquesta más populares de la segunda mitad del siglo XX, rivalizando
incluso con Karajan. Puede decirse que fue el abogado más querido de su tiempo (no
tanto por sus discos como por no ejercer la abogacía).

Boito, Arrigo (1842-1918): En su juventud compuso Mefistófeles, ópera en la que


trataba de introducir el estilo wagneriano en la apolillada lírica italiana. Años más tarde,
decidió boicotear al enemigo desde dentro convirtiéndose en libretista de los
tradicionales maestros italianos (Verdi, Ponchielli, Catalani). Pero fue tan torpe que solo
consiguió dar más lustre a sus óperas con libretos excelentes.

Bologna, Jacopo da (1340-1386): Madrigalista del ars nova italiano en cuya pieza Fenice
fu’ nos habla de una mujer que antaño fue fénix y ahora es tórtola. Los críticos de hoy
han querido ver en ello una metáfora de la belleza pasajera y de la importancia de la
honradez por encima de todo, pero se equivocan. En realidad, se trataba de un anuncio
de colonia.

Bononcini, Giovanni (1670-1747): Exitoso operista que debió abandonar Londres tras
plagiar el madrigal In una siepe ombrosa de Antonio Lotti. Fue el único músico
condenado públicamente por plagio en una época en la que todos plagiaban y no pasaba
nada [véase Vivaldi, Antonio]. Así que su delito no fue plagiar, sino plagiar mal.

Borge, Victor (1909-2000): Humorista musical, se trata del pianista que más ha hecho
reír al público (voluntariamente).

Borodín, Aleksandr (1833-1887): Químico prestigioso y miembro de Los Cinco, sus obras
(en especial las Danzas polovtsianas) han sido versionadas por músicos de todo tipo. Y
también por raperos.

Boulanger, Lili (1893-1918): Su obra De una mañana de primavera es muy interesante,


pero su título parece incompleto. Sería más adecuado llamarla De una mañana de
primavera en el dentista.

Boulanger, Nadia (1887-1979): Docente más importante de la historia de la música. Las


grandes figuras del siglo XX pasaron por su clase. ¿Su secreto? Era una bestia parda
interceptando chuletas y sus alumnos se veían obligados a estudiar para aprobar los
exámenes.

Boulez, Pierre (1925-2016): Cabeza (o cabezón) de la vanguardia más radical. De entre


los grandes compositores que nunca escribieron una ópera, Boulez es el único caso que
nadie lamenta.

Bozza, Eugène (1905-1991): Muchos se sorprenden al conocer que este maestro de la


música de cámara con instrumentos de viento no tocaba ninguno de ellos, sino el violín.
Pero no hay ningún misterio: ¿acaso un clarinetista podría escribir algo tan delicado
como el Aria para clarinete y piano?

Brahms, Johannes (1833-1897): Chaikovski dijo de él que su música tenía barba.


Curiosamente, si afeitamos una obra de Brahms, el resultado es una obra de Schumann.

Bream, Julian (n. 1933): Fue un niño solitario (estudió piano). Y después fue un hombre
aún más solitario (toca la guitarra).

Brendel, Alfred (n. 1931): Gran pianista, maestro de los repertorios clásico y romántico,
debió de perder alguna apuesta en su juventud, porque ha interpretado también el
Concierto para piano de Schoenberg en 68 ocasiones.

Bretón, Tomás (1850-1923): Amante de la ópera, la poca predilección por el género en


España lo obligó a componer zarzuelas con la nariz tapada.

Brian, Havergal (1876-1972): La vida es demasiado corta para pasarla escuchando sus
32 sinfonías mastodónticas, entre las cuales destaca la primera, Sinfonía Gótica, la más
larga del repertorio.

Britten, Benjamin (1913-1976): Este pianista virtuoso e importantísimo compositor


afirmaba que el piano era sobre todo un instrumento acompañante. Y, desde luego, su
piano debía de serlo, porque no compuso nada de interés para él.

Bruch, Max (1838-1920): Gran compositor pese a que provenía de una familia sin
tradición musical: su padre era policía y su madre, soprano.

Bruckner, Anton (1824-1896): De sus sinfonías, Brahms dijo que eran como boas
constrictor: largas y sin forma. Yo iría más allá y las compararía con las comidas en casa
de los suegros: no tan largas como parecen y con algún momento bueno.

Bull, John (1562-1628): Otro golfo con patatas [véase Stradella, Alessandro] cuyos
escándalos sexuales lo obligaron a exiliarse en los Países Bajos. El arzobispo de
Canterbury afirmó en una carta que Bull era más célebre por desvirgar vírgenes que por
su talento con los instrumentos de teclado. Y sabemos que este último era
imponderable, de lo cual se infiere que no cambió de país para huir de la justicia, sino
porque Inglaterra se quedó sin vírgenes.
Bülow, Hans von (1830-1894): Acuñó la expresión «Las tres B» para referirse a los tres
compositores más grandes: Bach, Beethoven y Brahms. Aunque sería más apropiado
decir: Bach, Beethoven y [la pataleta de Bülow cuando su esposa Cosima lo dejó por
Wagner, cuya antítesis musical era] Brahms.

Burgmüller, Friedrich (1806-1874): Cooperador necesario de los pequeños pianistas que


torturan a sus vecinos con los 25 estudios fáciles y progresivos (e insufribles, añadiría
yo).

Burgmüller, Norbert (1810-1836): El Burgmüller bueno. Para ser un clásico, le faltaron


los años que le sobraron a su hermano Friedrich.

Busoni, Ferruccio (1866-1924): Su Concierto para piano, que incluye un coro masculino,
es uno de los más difíciles y largos del repertorio. O lo sería, si estuviese en el repertorio.

Buxtehude, Dieterich (1637-1707): Las mejores catedrales del siglo XVII no pueden
tocarse: son las obras para órgano de Buxtehude, auténticas catedrales de sonido.

Byrd, William (1543-1623): Cometió el error de ser más papista que el papa en un país
más isabelista que la reina Isabel.
C

Caballé, Montserrat (n. 1938): Notable soprano famosa por cantar Norma, Salomé, La
Traviata y, sobre todo, el gordo de la lotería en el año 2013.

Cabezón, Antonio de (1510-1566): Acompañó a Felipe II de España en su periplo inglés


como esposo de la reina María. A diferencia de su patrón, Cabezón sí aprovechó el viaje,
dejando honda huella en los tecladistas de aquel país.

Caccini, Francesca (1587-1640): La mayor parte de su música se ha perdido, excepto una


ópera (La liberación de Ruggiero), que triunfó en su época. Por suerte fue mujer y eso
implica (entre otras cosas) que a ningún musicólogo petulante le importa tanto su figura
como para reconstruir (es decir: inventar por completo) sus obras perdidas.

Caccini, Giulio (1550-1618): Cuando Peri ensayaba las primeras representaciones de su


Eurídice, la primera ópera que se conserva, Caccini, maestro del coro, obligó a sus
cantantes a cantar su música en lugar de la partitura original. Pese a esta y otras
triquiñuelas, Caccini pasó a la historia sin una sola obra maestra. Para solucionar tal
problema, el ruso Vladímir Vavílov compuso, a mediados del siglo XX, el Ave Maria de
Caccini, pieza habitual del repertorio lírico.

Cage, John (1912-1992): Compositor de vanguardia famoso por 4:33, en la que solo
suena el silencio. Sabemos que Beethoven dijo: «Nunca rompas el silencio si no es para
mejorarlo». Por lo tanto, 4:33 es la mejor obra de Cage, porque no mejora el silencio
pero lo iguala.

Caldara, Antonio (1671-1736): Ostentó importantes cargos y su música sonó en los


principales teatros de Milán, Roma, Viena y Mantua. Hoy, sin embargo, solo suena en la
sala de audiciones de los conservatorios. Y de aquella manera.

Callas, Maria (1923-1977): La diva más famosa del siglo XX. Sus fans la adoran. Los que
la han escuchado alguna vez, también.

Camilo, Michel (n. 1954): Percusionista frustrado que se consuela aporreando un piano.
Pero qué bien lo hace. Los afinadores hacen su agosto tras sus conciertos.

Cardus, Neville (1888-1975): Era tan buen crítico que nada le gustaba.

Carissimi, Giacomo (1605-1674): Sacerdote y compositor, fue el primero en introducir


la música instrumental en las iglesias. No confundir con aquel cura que toca la guitarrita
durante la misa.

Carlos, Wendy (n. 1939): Sus grabaciones de Bach con sintetizadores están
contraindicadas para historicistas, que pueden sufrir ataques de bilis a causa de su
escucha.
Carreño, Teresa (1853-1917): Fue la mejor pianista de Venezuela, precisamente porque
salió de Venezuela.

Carrillo, Julián (1875-1965): Pionero de la microtonalidad. Sus instrumentos especiales,


que podían tocar tercios, cuartos, octavos y dieciseisavos de tono, fueron una lata para
sus herederos, que no sabían dónde guardar tanto mamotreto.

Carter, Elliott (1908-2012): Compositor que vivió más años que un bosque. Aunque no
dio frutos tan verdes.

Caruso, Enrico (1873-1921): El mejor tenor de su época, murió antes de poder


convertirse en el mejor barítono [véase Orff, Carl].

Casadesus, Henri (1879-1947): Como los grandes compositores de la historia han


ignorado sistemáticamente la viola, Casadesus, virtuoso de dicho instrumento, resolvió
el problema componiendo el Concierto para viola de Händel y el ídem de Johann
Christian Bach, entre otros apócrifos.

Casadesus, Robert (1899-1972): Sobrino de Henri Casadesus, compuso obras tan


interesantes como las de su tío. Solo que, a diferencia de este [véase Casadesus, Henri],
Robert las publicó bajo su propio nombre, que a nadie le importa.

Casals, Pau (1876-1973): Gigante del violonchelo, redescubrió las Suites para
violonchelo solo de Bach, hasta entonces consideradas obras de estudio. Casals resultó
ser el primero que no solo las estudió, sino que también las tocó bien.

Casella, Alfredo (1883-1947): Un italiano que componía como si fuese francés, de forma
que su música no gusta ni en Italia ni en Francia.

Casimiro, cazador de vampiros: Casimiro recorría Europa cazando vampiros. Una noche
llegó a la apartada aldea de N., en la oscura Transilvania, y se encontró con una gran
fiesta, incoherente con el habitual temor que suele reinar en aquella zona. Los aldeanos
le contaron el motivo de tanta alegría: Ramirescu, el vampiro de la región, se había
jubilado después de seiscientos años sembrando el terror. Como cazar a un vampiro
siempre es prestigioso, aunque sea un vampiro jubilado, Casimiro decidió darle muerte.
En la iglesia de la aldea, el cura le ofreció el kit básico del cazador de vampiros (cabeza
de ajo, crucifijo, estaca y agua bendita), pero el profesor compró, por la mitad de precio,
una caja con rayos de sol que le vendió un buhonero. Ya en el castillo, Ramirescu lo
recibió en persona y le sirvió la cena (la pensión no le daba para pagar un mayordomo).
Tras el ágape, Casimiro se fue a dormir al cuarto de invitados. Mientras pensaba cómo
cazar a Ramirescu, este salió de debajo de la cama y lo secuestró. Casimiro despertó
después en las mazmorras. Frente a él, Ramirescu se disponía a convertir a una doncella
dormida. El vampiro cargó a hombros al profesor para usar su sangre en el ritual, pero
estaba tan mayor que le dio un tirón en la espalda. Casimiro pudo escapar con la mujer
en brazos. Pero, arriba, la puerta principal estaba cerrada. Ramirescu subió de las
mazmorras con un taca-taca. Se ajustó el fijador de la prótesis dental y se dispuso a
morder a Casimiro. Este abrió la caja de rayos de sol, pero no ocurrió nada. Pensando
que algo habría hecho mal, descorrió las cortinas para examinar el artefacto. Y la luz del
primer alba abrasó al vampiro, que quedó reducido a cenizas. Entonces despertó la
mujer dormida, y en lugar de agradecer a su salvador lo llenó de improperios. Y es que
Ramirescu, para complementar su escasa pensión, había abierto un parque temático
para vivir la experiencia vampírica sin riesgo alguno. Los aldeanos no se lo tomaron
mejor: la atracción habría atraído el turismo a la empobrecida región. Así que corrieron
a gorrazos a Casimiro quien, desde entonces, dejó la caza de vampiros y se dedicó a
recorrer el país recogiendo sus músicas folklóricas.

Cassadó, Gaspar (1897-1966): Virtuoso del violonchelo a la sombra de su maestro, Pau


Casals. Como debería decir el refrán: quien a gran árbol se arrima, mucha sombra lo
oscurece.

Castelnuovo-Tedesco, Mario (1895-1968): Acusado de componer música bonita, la


vanguardia entonces predominante lo condenó al ostracismo. Es decir: a la música para
guitarra.

Casulana, Maddalena (1540-1590): Quiso demostrar que la composición no estaba


reservada solo para los hombres. Y vaya si lo demostró. Pero no sirvió de nada.

Catalani, Alfredo (1854-1893): El legendario director Arturo Toscanini nombró a dos de


sus hijos, Walter y Wally, en honor a los protagonistas de sendas óperas de Catalani
(Loreley y La Wally). Por suerte, la muerte prematura impidió a Catalani seguir creando
óperas. De lo contrario, Toscanini se habría pasado la vida teniendo hijos y no habría
tenido tiempo para lo realmente importante: la música.

Cavalieri, Emilio de’ (1550-1602): Con su oratorio Rappresentazione di anima e di corpo


anticipó el nacimiento de la ópera [véase Peri, Jacopo]. Y, como suele ocurrir con los
personajes que anticipan algo, ya nadie lo recuerda en absoluto.

Cavalli, Francesco (1602-1676): Comenzó su carrera siendo un humilde organista en


varias iglesias de Venecia. Tras dar el pelotazo casándose con una rica heredera, dejó
todos sus cargos y se dedicó a la ópera, por entonces un negocio germinal. Por lo demás,
Cavalli fue un hombre piadoso que contrató como libretista a su abogado, sacándolo de
aquel oficio tan indigno.

Celibidache, Sergiu (1912-1996): Este excéntrico director de culto se negó siempre a


realizar grabaciones en estudio. Para él, la verdad de la música solo podía descubrirse
en un concierto en directo. O en una grabación pirata.

Cererols, Juan (1618-1680): Hoy es famoso porque uno de sus villancicos, Ay, qué dolor,
se parece mucho al inicio de la Pasión según San Mateo, de Bach. O viceversa, mejor
dicho. Hay que tener en cuenta que es muy improbable que Bach conociese la obra de
un cura español desconocido. En todo caso, cualquier excusa es buena para difundir la
obra de Cererols, que no tiene desperdicio.
Certon, Pierre (1520-1572): Su canción La, la, la, je ne l’ose dire, en la que evoca con
cierto humor los tormentos de un marido cornudo, así como otras canciones profanas
escritas para entretener a sus feligreses en las fiestas populares, deja bien claro que los
curas de antes eran más divertidos. Salvo por eso de quemar a la gente y tal.

Cesti, Antonio (1623-1669): Monje y cantante de ópera, sus superiores de la Orden


Franciscana lo reprendieron por su aparición en los escenarios. Como puede verse, la
Iglesia cuidaba mucho de que sus miembros no cometiesen actos malignos o indecentes
[véase Certon, Pierre].

Chabrier, Emmanuel (1841-1894): Una de sus obras más conocidas es España, poema
sinfónico basado en su viaje a España. O, más probablemente, basado en un folleto
turístico de su viaje a España.

Chaikovski, Piotr Ílich (1840-1893): Dicen que no aportó nada a la historia de la música.
Y eso estaría muy bien si la música fuese una ciencia o una filosofía. Pero la música es
un arte, un arte al que Chaikovski aportó un buen puñado de grandes obras.

Chaliapin, Fiódor (1873-1938): Es sabido que un barítono es un tenor malo y un bajo,


un barítono viejo. Pero Chaliapin era un bajo y fue viejo. Y no tiene nada que ver con lo
dicho.

Chaminade, Cécile (1857-1944): Su Concertino para flauta es caballo de batalla para los
estudiantes de flauta de todo el mundo. A pesar de ello, esta y otras obras de su autora
siguen siendo muy apreciadas por el público.

Charpentier, Marc-Antoine (1643-1704): Cada año, el preludio de su Te Deum,


adoptado como himno por la Unión Europea de Radiodifusión, es la mejor música que
suena en el festival de Eurovisión. Si el concurso fuese justo, Charpentier ganaría todos
los años.

Chausson, Ernest (1855-1899): Peregrinó varias veces a Bayreuth para honrar el nombre
de Wagner, su ídolo. Con su música, en cambio, honró más a Cesar Franck y a Jules
Massenet, sus maestros.

Chávez, Carlos (1899-1978): Padre del nacionalismo musical mexicano. Pero un padre
despótico y muy severo.

Cherubini, Luigi (1760-1842): Famoso por su Réquiem, como todo el mundo.

Chopin, Frédéric (1810-1849): Autor de valses que no se pueden bailar, polonesas que
parecen francesas, preludios que no preludian nada y estudios que no pueden tocar los
estudiantes. El buen melómano debe referirse a él como «poeta del piano» y ponerlo,
sin que venga a cuento, por encima de Mendelssohn y, muy especialmente, de Liszt.

Cicero, Eugene (1940-1997): Jazzman reputado. Versionó los grandes clásicos con pocos
escrúpulos pero mucho swing.
Cilea, Francesco (1866-1950): Último representante del verismo italiano, tras el éxito de
L’arlesiana y Adriana Lecouvreur, su música pasó de moda y sus nuevas obras perdieron
la frescura de antaño. Cilea hizo gala de una notable honradez artística al retirarse de la
composición y dedicarse a la docencia, en lugar de seguir componiendo pestiños
infumables [véase Leoncavallo, Ruggero].

Cimarosa, Domenico (1749-1801): Maestro indiscutible de la ópera cómica, cometió el


error de meterse en política (en el bando perdedor). Tras apoyar la efímera República
Partenopea, los Borbones de Nápoles lo condenaron a muerte, conmutándole la pena
por el exilio. En Venecia, camino de Rusia, Cimarosa murió de una inflamación intestinal.
Se pensó que había sido envenenado por sus enemigos, aunque una investigación
posterior lo desmintió rotundamente. Lo cual significa que fue envenenado con toda
seguridad.

Clarke, Rebecca (1886-1979): Compositora y violista que, a diferencia de otras mujeres


de su época, no sufrió discriminación de género. Porque los violistas, sean hombres o
mujeres, son despreciados por igual.

Clayderman, Richard (n. 1953): Pianista pirotécnico. Un petardo de feria,


concretamente.

Clemens non Papa, Jacob (1510-1556): Su nombre real era Jacob Clemens. Non Papa
era un apodo humorístico que debía de resaltar su honestidad.

Clementi, Muzio (1752-1832): Los virtuosos del piano han sido muy desagradecidos con
Clementi. Todos han iniciado sus estudios con la Sonatina en do mayor, pero luego no la
graban ni por todo el oro del mundo. En su lugar, solo la graban los pianistas más
rudimentarios. Así que la mejor forma de oír una buena versión de dicha sonatina es
tocándola uno mismo.

Coates, Gloria (n. 1938): Su Sinfonía Chiaroscuro, en la que mezcla con maestría un aria
de Purcell (El lamento de Dido) y una masa sonora de técnica vanguardista, es una obra
parcialmente perfecta. Para ser más precisos, la parte perfecta es el aria de Purcell.

Codax, Martín (s. XIII-XIV): No sabemos nada sobre su vida. Solo se han encontrado
siete de sus cantigas. Y de pura casualidad, siglos después de su muerte. Puede decirse
que ha entrado en la historia de la música en el tiempo de descuento. Y de penalti.

Copland, Aaron (1900-1990): Compuso la Fanfarria para el hombre común, que en


realidad es una fanfarria común para un hombre cualquiera.

Coprario, Giovanni (1575-1626): Mientras la mayoría de compositores de la época


cambiaban su estilo para parecerse a los maestros italianos, el inglés John Cooper
cambió solo su nombre. Y coló perfectamente.
Corelli, Arcangelo (1653-1713): Mucho se ha conjeturado sobre cuál fue la inspiración
de Corelli para crear (junto a Alessandro Stradella) el género del concerto grosso. La
teoría más probable es la siguiente: en su orquesta había unos pocos músicos muy
dotados y el resto eran unos mantas. Así que Corelli compuso para ellos obras en las que
los virtuosos tocaban las partes solistas más delicadas mientras el grueso tocaba un
sencillo acompañamiento.

Corigliano, John (n. 1938): Ganó el Oscar a la mejor banda sonora en 1998 por El violín
rojo. Una película que nadie vio pero que, al parecer, todos escucharon mientras
dormitaban a la hora de la siesta.

Couperin, François (1668-1733): Se ha dicho de él que apenas sabía escribir


correctamente. Pero no lo necesitaba, porque con sus miniaturas para clavecín podía
expresar cualquier estado de ánimo.

Cristofori, Bartolomeo (1655-1731): Inventor del piano, el instrumento más popular en


nuestros hogares porque, además de hacer música, es un mueble.

Crumb, George (n. 1929): Dicen que una vez escribió una melodía por casualidad. Se
enfadó tanto que, como castigo autoimpuesto, compuso el cuarteto de cuerdas
amplificadas Ángeles negros para escucharlo después todas las noches.

Cui, César (1835-1918): Fue el miembro de Los Cinco menos dotado para la música.
También fue el que vivió más años. Menudo desperdicio.

Curry, Jessica (n. 1973): Compositora de ciertos videojuegos en los que no pasa nada,
salvo su música.

Czerny, Carl (1791-1857): Perpetró cientos de estudios y ejercicios sin gracia alguna con
los que ha torturado a pequeños pianistas de los últimos dos siglos. Save the Children
investiga su caso.
D

Danzi, Franz (1763-1826): Compositor especialmente reconocido por sus quintetos de


vientos (cada uno hace lo que puede con los talentos que le otorga la naturaleza).

Davies, Peter Maxwell (1934-2016): En 1969 estrenó sus Ocho canciones para un rey
loco. El ciclo, para barítono y conjunto de cámara, se basa en la demencia de Jorge III de
Inglaterra (1738-1820). Muchos años después de dicho estreno, la Corona Británica
castigó tamaña ofensa nombrando a Davies Maestro de Música de la Reina.

Davis, Colin (1927-2013): Gran director de orquesta que fue rechazado en el


conservatorio por no dominar el piano. Como cuando un buen músico suspende unas
oposiciones a banda municipal por no saberse la Constitución.

Debussy, Claude (1862-1918): Mantuvo durante toda su vida agrias discusiones con los
musicólogos, que etiquetaban su música como impresionista, cuando él estaba
convencido de escribir piezas simbolistas. Parece ser que entonces aún no se discutía
sobre fútbol.

Delibes, Léo (1836-1891): El Dúo de las flores, de su ópera Lakmé, es una verdadera obra
maestra. Solo así se explica que resista con entereza las versiones catastróficas que
ofrecen tantas sopranos aficionadas con voz de papagayo.

Devienne, François (1859-1803): Conocido como «el Mozart francés». Igual que el
Mozart español [véase Arriaga, Juan Crisóstomo de] o el Mozart sueco [véase Kraus,
Joseph Martin], Devienne tampoco se ha comido una rosca, porque Mozart ya hay uno
y es insuperable. Lo que lleva a pensar que quien le asignó el sobrenombre debía de
odiarlo con verdadera inquina.

Diabelli, Anton (1781-1858): Escribió un vals simplón y dejó que Beethoven hiciese el
trabajo sucio componiendo sobre él las Variaciones Diabelli, una de las cumbres del
repertorio pianístico que debe entre poco y nada al tema original en el que se basa.

Dietsch, Louis (1808-1865): Director musical de la Ópera de París. Tanto Wagner como
Verdi lo detestaban, así que algo haría bien.

Ditters von Dittersdorf, Carl (1739-1799): Entre su abundante obra llama la atención la
Sinfonía concertante para viola y contrabajo que, como aquellas películas cuyos papeles
principales están en manos de actores segundones, resulta más curiosa que
verdaderamente interesante.

Dohnányi, Ernő (1877-1960): Sus primeras obras fueron alabadas por Brahms, lo que
significa que cayeron pronto en el olvido. Es sabido que los grandes compositores tienen
muy mal gusto para la música ajena.

Domingo, Plácido (n. 1941): Tenor (ahora barítono) incombustible que lo ha cantado
todo menos el gordo de la lotería [véase Caballé, Montserrat].
Donizetti, Gaetano (1797-1848): Oír sus óperas puede provocar dolor de garganta,
especialmente a los tenores.

Doppler, Franz (1821-1883): Flautista virtuoso. Con la ayuda de su hermano Karl,


compuso numerosas piezas de salón. Dichas piezas son las peores de su género porque,
a diferencia de otros compositores [véase Andersen, Joachim], que componían para
flauta y piano, Doppler y su hermano componían para dos flautas y piano.

Doppler, Karl (1825-1900): Cómplice en muchos de los crímenes musicales cometidos


por su hermano [véase Doppler, Franz].

Dowland, John (1563-1626): En vida fue conocido como un virtuoso del laúd. Cuando,
siglos después, el laúd dejó de gustar al público, Dowland pasó a ser recordado como un
excelente compositor.

Dragonetti, Domenico (1763-1846): En el escalafón musical, un virtuoso del contrabajo


como Dragonetti se encuentra entre el peor percusionista de la orquesta y el mejor
bedel del teatro.

Drigo, Riccardo (1846-1930): Maestro de la música de ballet. Fue también el arreglista


de la versión más difundida de El lago de los cisnes [véase Chaikovski, Piotr Ílich], labor
por la que, como buen arreglista, nunca ha sido reconocido.

Dufay, Guillaume (1397-1747): Una de sus obras más conocidas, Adieu ces bons vins de
Lannoys (Adiós a esos buenos vinos de Lannoys), ilustra a la perfección la tristeza que
envuelve a un hombre enfermo cuando el médico le prohíbe la bebida.

Dukas, Paul (1865-1935): Mientras otros compositores publicaron cientos de obras de


pacotilla [véase Pachelbel, Johann], Dukas quemó cientos de obras geniales para
compensar tan lamentable tendencia.

Durón, Sebastián (1660-1716): Gran maestro de la zarzuela buena (la zarzuela barroca).

Duruflé, Maurice (1902-1986): Su obra más conocida es el Réquiem, también conocido


como Réquiem de Fauré 2: Ahora con más órgano.

Dussek, Jan Ladislav (1760-1812): Le comió la oreja a John Broadwood, constructor de


pianos, para que ampliase la extensión del instrumento a seis octavas. Una vez tuvo su
juguete, Dussek se cansó pronto y no compuso nada de valor con él. En su lugar, escribió
una serie de excelentes sonatas para arpa, instrumento que, por otro lado, a nadie le
importa.

Durante, Francesco (1684-1755): Su Magnificat, atribuido a Pergolesi, fue respetado


durante siglos. Cuando se descubrió que era de Durante, dejó de gustar a los críticos.
Durey, Louis (1888-1979): Modelo a seguir para los jóvenes compositores. El que trate
de imitar a un grande, como Ravel o Debussy, solo conseguirá una versión desmejorada
de los mismos. En cambio, imitando a una medianía como Durey, el margen de mejora
es amplio y el resultado puede ser sorprendente.

Dutilleux, Henri (1916-2013): Cuando los padres franceses dicen a sus hijos traviesos
aquello de «Duérmete, que viene el lobo», no se refieren al animal sino al ballet El lobo,
de Dutilleux.

Dvořák, Antonín (1841-1904): No es que su Sinfonía del Nuevo Mundo se base en el


folklore americano, es que el folklore americano se basa en su Sinfonía del Nuevo
Mundo.

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