Rainer Maria Rilke
Sonetos a Orfeo
selección
MMXX
Rainer Maria Rilke
Sonetos a Órfeo
selección
MMXX
I
Un árbol se irguió entonces. iOh elevación pura!
¡Orfeo canta! iÁrbol esbelto en el oido!
Todo enmudece. Mas del total silencio
surge un principio, la señal, el cambio.
Bestias de silencio. Se arrancaron a la clara
selva liberada de nidos y guaridas;
fue manifiesto entonces que ni la astucia
ni el miedo las amasaban de ese modo,
sino el oido. Rugidos, bramidos, gritos
empequeñecieron en sus corazones. Y donde no habia
sino una cabaña apenas en donde acoger el sonido,
un refugio de deseo oscurisimo
con un umbral de temblorosas jambas,
tú les creaste un templo en el oído.
II
Posible es para un dios. Mas, dime, ¿como
podrá seguirle un hombre con la angosta lira?
Su ánimo es discorde. Y en la cruz de dos sendas de corazón
no puede el templo de Apolo ser levantado.
Cantar como tú enseñas no es anhelo
ni deseo de algo que pueda ser conseguido.
Canto es existencia. Para un dios es fácil.
Pero nosotros ¿cuándo existimos? Y él ¿cuando declina
hasta nuestro ser la tierra y las estrellas?
No tan solo porque amas eres adolescente,
ni aun siquiera cuando la voz irrumpe en su boca. Sabe
olvidar que cantas. El canto fluye.
Cantar es en verdad otro aliento,
un soplo en torno de nada. Un vuelo en Dios. Un viento.
III
Limitamos con la flor, el pámpano y el fruto,
que nos hablan un lenguaje distinto del de las estaciones.
Una revelación múltiple de lo oscuro se pronuncia
envuelta en fulgor de envidia, tal vez
de los muertos que vigorizan la tierra.
¿Y qué sabemos de su parte en ella?
Porque desde antiguo nutren a su modo
con su tuétano libre del tuétano de la arcilla.
Tan solo nos preguntamos ¿de grado lo hacen?
¿O ese fruto, obra de lentos esclavos, se abalanza
como impelido hacia nosotros, a sus dueños?
¿O ellos son los dueños, los que duermen junto a las raíces
y de su turbia sustancia nos deparan
ese hibrido de fuerza silenciosa y besos?
IV
Cambie el mundo tan rápidamente
como las nubes de figura,
que cuanto fue terminado precipita
en el seno de las edades.
Por encima del cambio y del movimiento,
más abierto y más libre,
tu preludio prosigue,
dios de la lira.
Ni las penalidades se identifican,
ni se aprende el amor,
ni aquello que en la muerte nos separa
nos es revelado.
Tan sólo el poema sobre la tierra
consagra y glorifica.
V
Siente, amigo silencioso de múltiples afueras,
cómo tu aliento aún los espacios ensancha.
En el yugo de torres tenebrosas
consiente en ser tañido. Lo que en ti languidece
será fortalecido por ese tu alimento.
En la transformación penetra y surte.
¿Cual es tu experiencia más penosa?
Si amargo te es beber, tórnate vino.
En esta noche de desmesura, hazte
conjuro en la cruz de tus sentidos,
sentido de su extraña convergencia.
Y si de lo terrestre fueras descuidado.
a la callada tierra exclama: fluyo.
A las rápidas aguas diles: soy.
VI
En lo profundo, el Padre, inextricable
de todos los linajes,
raíz, origen escondido,
que no vieron jamás.
Yelmo de combate y cuerno de montero,
sentencia de los encanecidos,
hombres en fraterna discordia,
mujeres como el laúd.
La rama oprime a la rama,
ni una sola se libera:
Oh si, una Sube... sube...
Sc quiebran todavía.
Mas ésta, descollante,
se curva en lira.
VII
A vosotros, nunca hurtados a ml tacto,
a vosotros saludo, sarcófagos antiguos,
por quienes el agua gozosa de los días romanos
como una errática canción transcurre.
o a aquellos otros, abiertos como ojos
de pastor al despertar, alegre,
llenos de silencio y zumbido por dentro
de los que un bando de grises mariposas se exhala.
A todos los que son arrancados a la duda
saludo, bocas abiertas de nuevo
que saben lo que callar significa.
¿Lo sabemos, oh amigos, o lo ignoramos acaso?
Ambas cosas configura la hora perpleja
en el rostro de los hombres.
VIII
¿Acaso es de este mundo? No, de ambos reinos
se nutre su más vasta naturaleza.
Más sabiamente plegará las ramas de los sauces
quien de los sauces supo las raíces.
Cuando busquéis el lecho no dejéis sobre la mesa
pan o leche, porque convocan a los muertos.
Él, en cambio, conjurador, confunde
bajo la suavidad de los párpados
su aparición en todo lo visible,
y el sortilegio del humus o del rombo
es en él congruente y sencillo.
Nada puede alterar su verdadera imagen;
entre las tumbas como en las alcobas,
celebre el anillo, la cántara y la ajorca.
IX
Cantar, sí. Con la misión de cantar
surge, como el mineral, del silencio de la piedra.
Su corazón, oh transitorio lagar,
destila un vino que los hombres no podrán agotar nunca.
Jamás, entre el polvo, la voz le flaquea
cuando es tocado del divino ejemplo.
Todo se hace viña, racimo todo,
maduro en su Austro sensible.
Ni la podre de los reyes en las sepulturas
desmentirá su canto,
ni la sombra que los dioses ciernen.
Él es uno de los eternos mensajeros
que más allá del umbral de los muertos
levantan la copa de gloriosos frutos.
X
Tan sólo quien hubiere levantado la lira
también en las tinieblas,
intuirá y cantará
la infinita alabanza.
Sólo quien con los muertos haya comido
la amapola de los muertos,
no perderá jamás
el más sutil sonido.
En el estanque el reflejo
a menudo se sumerge:
Aprende la imagen.
En ese doble reino
se tornarán las voces
eternas y suaves.
XI
Canta, oh corazón, los jardines que ignoras, los jardines
como en cristal vertidos, inaccesibles, claros.
Aguas y rosas de Ispahan, de Esquita
canta felices, ensálzalas, a nada comparables.
Muestra, corazón, que nunca de ellos careciste,
porque te evocan, ellos y sus frutos sazonantes.
Porque con ellos, entre sus ramas florecidas,
asomas a los aires como de rostros transidos.
Estima error que existan privaciones
para los que llegaron a la conclusión de ser.
Hilo de seda, en el tejido intervienes.
Sea cual sea la imagen a la que por dentro te sujetas
(aunque fuese un momento de vida atormentada),
siente que el entero, el glorioso tapiz es concebido.
XII
Pero a ti, Señor, ¿qué puedo ofrecerte, dime,
a ti que descubriste el oído a las criaturas?
Mi recuerdo de un día de primavera,
al anochecer, en Rusia, un caballo…
Venía de la aldea, blanco, solitario,
con la estaca pendiente de las maniotas,
a errar solo en la noche de las praderas.
Cómo golpeaban las crenchas de su crin
el cuello al compás de su arrogancia,
en el rudo galope entorpecido.
Sus arteriales fuentes de corcel, cómo manaban.
Sentía la pradera. Y de qué modo.
Cantaba y escuchaba. Tu saga entera
se encerraba en él.
Te ofrezco su imagen.
XIII
Pero a ti, Señor, ¿qué puedo ofrecerte, dime,
a ti que descubriste el oído a las criaturas?
Mi recuerdo de un día de primavera,
al anochecer, en Rusia, un caballo…
Venía de la aldea, blanco, solitario,
con la estaca pendiente de las maniotas,
a errar solo en la noche de las praderas.
Cómo golpeaban las crenchas de su crin
el cuello al compás de su arrogancia,
en el rudo galope entorpecido.
Sus arteriales fuentes de corcel, cómo manaban.
Sentía la pradera. Y de qué modo.
Cantaba y escuchaba. Tu saga entera
se encerraba en él.
Te ofrezco su imagen.
La Alegría, Ungaretti.
Muerte sin Fin, Gorostiza.
Dieciocho Poemas, Li Po.
La Guerra y el Universo, Maiakovsky.
Cementerio Marino, Valéry.
Altazor, Segundo Canto, Huidobro.
Los Cantos Tristes de la Conquista, Anónimo.
Sonetos a Orfeo, Rilke.