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El Asno Con Piel de León

Este cuento cuenta la historia de un comerciante tacaño que usa a su asno para transportar aceitunas al mercado. El comerciante se queja de lo mucho que come el asno, por lo que decide dejarlo entrar furtivamente en un campo ajeno para que se alimente allí, disfrazándolo con una piel de león para que el capataz del campo crea que es una fiera y huya asustado. El plan funciona varios días pero finalmente el engaño se descubre y el asno huye para siempre, dejando al comerc

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El Asno Con Piel de León

Este cuento cuenta la historia de un comerciante tacaño que usa a su asno para transportar aceitunas al mercado. El comerciante se queja de lo mucho que come el asno, por lo que decide dejarlo entrar furtivamente en un campo ajeno para que se alimente allí, disfrazándolo con una piel de león para que el capataz del campo crea que es una fiera y huya asustado. El plan funciona varios días pero finalmente el engaño se descubre y el asno huye para siempre, dejando al comerc

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Actividad obligatoria Lengua castellana  

(​día máximo de entrega viernes 8 de mayo​) 

Leed  este  cuento  y  escribir  una  opinión  personal.  Aquí  está  únicamente  la 
lectura del cuento.  

Adjuntar  vuestra  opinión  personal  en  otro  documento.  (entre  media 


pàgina y una pàgina) al correo de vuestra clase. 

Esta  opinión  personal  puede  ser  sobre  los  valores  que  os  transmite  el  cuento, 
qué os ha parecido, qué haríais vosotros y vosotras en la misma situación… 

 
 
 
El asno con piel de león 

Adaptación del cuento popular de la India 


Érase  una  vez  un  comerciante  de  la  India  que se ganaba 
la  vida  vendiendo  aceitunas  en  la  gran  ciudad.  El 
trayecto  desde  su pueblo hasta el mercado era largo, así 
que  todas  las  mañanas  colocaba  la  mercancía  sobre  el 
lomo  de  su  inseparable  asno  de  pelo  gris,  y  cuando 
estaba listo partían juntos hacia su destino. 
Gracias  a  que  el burro era fuerte, veloz y gozaba de muy 
buena  salud,  los  sacos  llegaban  siempre  en  perfecto 
estado  al  puesto  de  venta.  El  mercader  apreciaba  el 
esfuerzo  diario  del  animal  y  estaba  orgulloso  de  lo  bien 
que  trabajaba,   pero  a  decir  verdad  había  una  cosa  de él 
que  le  fastidiaba  un  montón:  ¡comía  mucho  más  que 
cualquier  otro  de  su  misma  especie!  La  razón  era  que 
como  cargaba  tanto  peso  gastaba  mucha  energía,  y  al 
gastar  mucha  energía  necesitaba  reponer  fuerzas 
continuamente.   El  hombre,  buena  persona  pero  muy 
tacaño,  solía  lamentarse  ante  el  resto  de  los 
comerciantes  de  lo  caro  que  resultaba alimentarlo ocho 
veces al día. 
–  Yo  no  sé  cuánto  zampan  vuestros  asnos,  pero  desde 
luego  este  come  más  que  un  elefante…  ¡Está 
engordando  muchísimo  y  cada  vez  me  cuesta  más 
mantenerlo! 
Una  noche  se  puso  a  repasar  los  beneficios  del  mes  y 
comprobó  que  no  le  salían  las  cuentas.  Enfadado,  se 
echó las manos a la cabeza y empezó a maldecir. 
–  ¡Este  burro  tragón  es  mi  ruina!  Engulle  tanto  que  la 
mitad  de  lo  que  gano  se  va  en  comprar  sacos  de  alfalfa 
para saciar su apetito. ¡Esto no puede seguir así! 
Absolutamente  decidido  a  encontrar  una  solución, 
cerró los ojos y se puso a meditar.
–  Ahora  que  lo  pienso   todos  los  días  paso  por  delante 
de  una  finca  donde  crece  la  alfalfa  a  porrillo  y…   ¡Claro, 
cómo  no  se  me  ha  ocurrido  antes!…  ¡Puedo  llevar  allí  a 
mi   borrico  glotón  y  dejar  que  se  atiborre  sin  gastarme 
ni una sola moneda!
El plan era bastante bueno, pero… 
–  El  único  inconveniente  es  que  el  terreno  tiene  dueño. 
Si  cuelo  al  burro  y  el  capataz   encargado  de  vigilar  las 
tierras  lo  ve  llamará  a  los  guardias  y…  ¡Oh,  no,  me 
acusarán  de  invadir  una  propiedad  privada  y  acabaré 
encerrado en la cárcel como un vulgar ladronzuelo! 
Para  lograr  su  propósito  sin  correr  riesgos  debía 
perfeccionar la maniobra. 
–  ¡Ya  sé  qué  hacer!  Compraré  una  piel  de  león,  se  la 
pondré  al  burro  por  encima,  y  después lo soltaré dentro 
de  la  finca.  El  capataz  pensará  que  se  trata  de  una  fiera 
salvaje y no se atreverá a hacerle nada. ¡Ju, ju, ju! 
Creyendo  que  había  diseñado  un  plan  magistral se puso 
manos  a  la  obra,  y  en pocas horas consiguió un hermoso 
y  anaranjado  pelaje  de  león  que  colocó  sobre  el  animal 
como si fuera un enorme manto. 
– A ver, déjame que te vea bien… 
Se  alejó  de  él  para  observarlo  desde  distintos  ángulos. 
¡Quería asegurarse que daba el pego! 
–  Visto  de  cerca  se  nota  que  es  un  borrico  disfrazado, 
pero  a  distancia  parece  tal  cual  el  rey  de  la  selva.  ¡Es 
genial, genial, genial! 
Cuando  se  convenció  de  que  el  éxito  estaba  asegurado 
lo  llevó  a  la  finca  y  lo  metió  dentro  del  cercado,  bien 
lejos  de  la  entrada  para  que  comiera  tranquilo  y  a  su 
antojo.  Él,  mientras  tanto,  se  ocultó  tras  un  árbol  para 
no ser descubierto. 
Cinco  minutos   más  tarde  apareció  el  capataz  y  todo 
salió  según  lo  previsto:  en  cuanto  el  hombre  descubrió 
que  un  peligroso  león  se  paseaba  por  sus  dominios  se 
puso  a  chillar  como  un  loco  y  escapó  huyendo  muerto 
de miedo. Al comerciante se le escapó una risita. 
–  ¡Je  je  je!  ¡Se  ha  tragado  la  patraña!…  ¡Sí señor, soy un 
tipo listo! 
En  vista  del  triunfo  al  día  siguiente  repitió la operación.  
El  burro,  ataviado  con  la  piel  de  león,  volvió  a infiltrarse 
en  la  finca  para  ponerse  morado  de  alfalfa  y  también de 
nuevo,  en  plena  degustación,  apareció  el  capataz. Sobra 
decir  que  al  ver  al  temible  león  campando  a  sus  anchas 
en  sus  tierras  puso  pies  en  polvorosa,  completamente 
aterrorizado.  El  comerciante,  oculto  entre  la  maleza,  se 
partía de la risa. 
–  ¡Ja,  ja,  ja!…  ¡Ay,  qué  divertido!…  ¡El  muy  torpe  no  se 
ha  dado  cuenta  de  que  esa  fiera  es  más  falsa  que  una 
moneda  de  cuero!  Si  supiera  que  tan  solo  es  un  pobre 
asno incapaz de hacerle daño a una mosca… ¡Ja, ja, ja! 
La  escena  se  repitió  una  y otra vez durante una semana, 
pero  el  octavo  día  la  cosa  cambió:  sí,  el  capataz  volvió  a 
correr  como  si  no  hubiera  un  mañana,  pero  en  vez  de  ir 
a  esconderse  a  su  casa  decidió  actuar  con  valentía  y 
pedir  ayuda  a  sus  vecinos.  En  menos  que  canta  un  gallo 
reunió  a  más  de  treinta  hombres  y  mujeres   que, 
armados  con  palos  de  escoba,  estuvieron de acuerdo en 
ir  a  dar  un  escarmiento  a  la  pavorosa  fiera.  Él,  por 
supuesto, se puso al frente de la comitiva. 
–  ¡Ese  león  tiene  los  días  contados!…  ¡Le  obligaremos  a 
irse! ¡Vamos, amigos! 
Atravesaron  el  campo  en  fila  india  y  enseguida  llegaron 
a la finca. Al detenerse junto a la valla  comprobaron con 
sus  propios  ojos  que  se  trataba  de  un  león  de  patas 
larguísimas  y  altura  descomunal.   Para  qué  mentir: 
¡todos  sintieron  auténtico  pavor  y  deseos  de  tirar  la 
toalla! 
–  Os  advertí  que  se  trataba  de  una  bestia  gigantesca, 
pero  tenemos  que  echarla  de  aquí  como  sea.  Estos  días 
ha  estado  en  las  tierras  a  mi  cargo,  pero mañana podría 
invadir  las  vuestras  para  comerse  el  pasto,  o  lo  que  es 
peor,  atacar  al  ganado.  Aparquemos  el  miedo  y 
acabemos con este peligroso ser. ¡Unidos venceremos! 
Los  vecinos,  entendiendo  que  tenía   toda  la  razón, 
levantaron  los  palos  a  modo  de  espadas  y,  como  si 
fueran  parte  de  un  pequeño  ejército,  se  prepararon 
para  el  asalto.  En  ese  mismo   momento  el  asno  escuchó 
voces,   levantó  la  cabeza,  y  vio  que  una  tropa  armada 
hasta  las  cejas  le  miraba  amenazante.  Ante  semejante 
visión,  tuvo  tres  reacciones  en  cadena:  la  primera, 
quedarse  petrificado;  la  segunda,  poner  cara  de  pánico; 
la tercera, empezar  a gritar como loco. 
¡Hiaaaa! ¡Hiaaaa! ¡Hiaaaa! 
Los  vecinos  se  callaron  de  golpe  y  se  miraron 
desconcertados. 
¡Hiaaaa! ¡Hiaaaa! ¡Hiaaaa! 
Sí,  habían  escuchado  bien:  no  eran  rugidos…  ¡eran 
rebuznos!  Como  te  puedes  imaginar  se  quedaron 
atónitos,  pero  la  gran  sorpresa  se  produjo  cuando  de 
repente,  el  animal echó a correr en dirección contraria y 
la  piel  de  león  cayó  sobre  la  hierba  seca.  El  capataz, 
alucinado, gritó: 
–  ¡El  león  era  un  borrico!…  ¡Un  simple  e  inofensivo 
borrico! 
¡¿Un  borrico?!  Los  miembros  del  grupo  lanzaron  los 
palos  de  escoba  al  aire  y  se  tiraron  al  suelo  muertos  de 
risa.  De  todos,  el  que  más  carcajadas  soltaba  era  el 
capataz. 
– ¡Un borrico!… ¡Ja, ja, ja! Esto sí que es un final feliz… ¡y 
divertido! 
Sí,  ciertamente  fue  un  final   feliz  y  divertido  para  los 
vecinos,  pero  no  para  el  comerciante  que,  desde  su 
escondite,  vio  impotente  cómo  el  burro  corría 
despavorido,  saltaba la valla y desaparecía para siempre 
por culpa de su avaricia. 
El asno con piel de león​(c)​ ​CRISTINA RODRÍGUEZ LOMBA 
 

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