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Atrapada en Una Mentira - Beverly Bird

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Atrapada en una mentira

Beverley Bird

Atrapada en una mentira (1988)


Título Original: To love a stranger (1988)
Editorial: Harlequin Ibérica
Sello / Colección: Tentación 190
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Tyler Cort y Samantha Gate

Argumento:

Ty Cort no comprendía la actitud evasiva de Samantha Gate cada vez que


se le acercaba, y estaba dispuesto a descubrir su secreto.

Lo que Sam no podía revelarle era que intentaba investigar a la hija de él


para que dijera la verdad en un juicio por secuestro. Lo malo fue que pronto
se encariñó con la niña y se sintió atraída por el hombre tierno que se
escondía detrás de la cínica fachada que ostentaba Ty. No podía esperar que
él se enamorara de la Samantha que no conocía, pero por otra parte,
contarle la verdad signficiaría perderlo para siempre.
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Capítulo 1
Samantha Gate le vio entrar en el bar lleno de humo y sintió algo indescriptible,
una especie de satisfacción intensa, casi alegría. Por fin le había encontrado. Lo había
conseguido. Mejor dicho, casi lo había conseguido.
En aquel momento preciso estaba empezando a levantarse de la silla, pero al
verle tomó aire y se obligó a sí misma a volver al asiento. Para ello tuvo que
recordarse que a quien deseaba conocer era a su hija. Además, pensándolo un poco
mejor, lo más prudente era evitar al padre. En la pantalla él siempre hacía los papeles
de vaqueros y policías; siempre hombres que luchaban y mataban por defender una
causa. Hombres fríos y despiadados, tipos duros, que siempre conseguían atrapar al
hombre que buscaban y al final se quedaban con la chica. Hacían el amor
apasionadamente, casi con furia, y después desaparecían rápidamente. Ahora que le
veía de cerca intuía que no debía ser muy diferente a los personajes que
representaba.
¿Qué por qué pensaba aquello? Muy sencillo; aquel hombre se movía entre la
gente con un aire arrogante que siempre le distinguía. Su presencia resultaba
intimidante, por lo dura, y la gente se apartaba a su lado, como si en vez de verle, le
estuvieran intuyendo. Sam se sentía un poco avergonzada por mirarle con tanto
descaro, pero era algo que no podía evitar.
Tyler Cort se dirigió a una mesa del fondo, donde le esperaba un hombre. Éste
le recibió efusivamente, y él se sentó lo más rápidamente posible en el extremo más
escondido de la mesa, pero ya era demasiado tarde. La gente le había reconocido y
empezaban a señalarle y a murmurar.
Lo malo era que si la cosa seguía así, Sam no iba a disponer de tiempo
suficiente, porque él, en cuanto se sentía molestado por la curiosidad de la gente, se
marchaba a otra ciudad. Entonces se llevaría a su hija consigo y ella tendría que
empezar a buscarlos otra vez. Sam esbozó una mueca de fastidio, pero en aquel
momento salió de sus reflexiones al sentir que alguien se había acercado a su mesa.
Phil y Leah Trumball se sentaron frente a ella. Los conocía desde la semana
anterior, pero aún no tenía la suficiente confianza con ellos como para hacerles
comprender su comportamiento. Tenía que buscar una explicación y dijo la primera
que le vino a la cabeza.
—Estaba mirando a ese hombre porque su cara me resulta conocida —comentó
cogiendo su café irlandés y señalando en dirección a Cort.
Leah la miró como si acabara de decir un disparate.
—¿Qué te resulta conocido? —repitió con incredulidad—. Oye, Sam, ¿dónde
decías que vivías?, ¿en una cueva?
Sam tuvo que hacer un esfuerzo para reír. La verdad era que le resultaba muy
desagradable decir mentiras, pero por el momento no podía hacer otra cosa, ya que
no sabía si Leah era merecedora de confianza. Si se lo contara a ella, corría el riesgo
de que la voz se corriera hasta Cort, así que lo más seguro era que los Trumball

Escaneado por Dolors-Mariquiña y corregido por chc Nº Paginas 2-95


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siguieran creyendo de ella que era un alma cándida que acababa de llegar a la
ciudad.
—Sería más exacto preguntarme que de qué planeta vengo, a juzgar por la cara
que has puesto, hija. Está bien, está bien. Ese hombre debe ser actor o algo así, ¿no?
Leah sonrió.
—Efectivamente, hace películas.
Phil soltó una carcajada.
—Yo mejor diría que se pasa la vida haciendo películas. Está en todas partes.
—Y trabaja estupendamente.
—Eso ya es cuestión de opiniones, querida, y lo que le estamos explicando a
Sam son los hechos. Digamos que lo que mejor se le da es contonearse delante de la
cámara —agregó volviéndose a Sam—. De hecho yo diría que eso se le da mucho
mejor que actuar.
Sam rió con ganas esta vez, pero en seguida su sentido común le obligó a volver
a lo que la interesaba.
—¿Y sabéis que ha venido a hacer a este pequeño pueblo, Endless Cape, nada
menos que en Massachusetts? ¿Ha venido solo?
Leah se encogió de hombros.
—No ha traído un cortejo de aspirantes a estrellas, si es eso a lo que te refieres.
No, no era eso lo que Sam quería saber, pero de todas formas tenía que
conformarse con aquella respuesta. Asintió, animando a Leah a continuar.
—Debió llegar a la ciudad hará unas tres semanas, o por lo menos desde
entonces circulan los rumores. Yo no me había creído nada al principio, y un buen
día que le vi aparecer por aquí estuve a punto de caerme de la silla por la impresión.
«Yo misma he estado a punto de saltar de mi asiento nada más verle entrar aquí
esta noche», se dijo Sam, poniéndose nerviosa de nuevo. Aunque deseaba con todas
sus fuerzas poder contárselo a alguien, no podía hacerlo, porque era demasiado
pronto como para andarse con confidencias. Además, sólo había conseguido verle, y
todavía estaba muy lejos de alcanzar su propósito. Sin querer, volvió a fijar la mirada
en la mesa de Cort.
Aquel sería su último gesto razonable de la noche.
Cort miró en su dirección al mismo tiempo. Su expresión era inescrutable; era el
hombre enigmático y solitario de la leyenda que trataba a toda costa de evitar a su
público una vez fuera de la pantalla. Lo cierto era que ni siquiera la miraba; casi se
podía decir que miraba a través de ella. Pero al cabo de un momento, su mirada se
fijó en Sam. Fueron unos segundos, y después de pensarlo mucho, inclinó la cabeza
en su dirección, a modo de saludo.
Sam sintió que su corazón se desbocaba. Conocía muy bien aquella mirada
depredadora, como la del gato cuando localiza al ratón. Tenía la extraña propiedad

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de reducir el mundo a dos componentes únicos: él y ella. Sam había dejado de ser el
cazador, y ahora se convertía en la presa.
Sintió la boca seca. Lo único que pudo hacer fue devolverle aquel gesto con una
mirada incendiaria.
Cort se levantó muy despacio, con aire majestuoso, tal y como le había visto
hacer tantas veces en la pantalla. Avanzaba como un gato… hacia ella. Sam se quedó
inmóvil, con el vaso en el aire, pero al final logró controlarse y se lo llevó a los labios.
¿Qué la ocurría? Ella estaba acostumbrada a que los papeles se invirtieran con
aquella facilidad, y además era una profesional que sabía conservar la entereza. Sin
embargo, en aquel momento no pensaba en su trabajo, no. En aquel momento era
una mujer de pies a cabeza, una mujer que se encontraba frente al hombre más
sensual del mundo.
Sam dejó su copa bruscamente sobre la mesa, sin advertir las miradas de
estupor de los Trumball y se levantó precipitadamente, huyendo de allí antes de que
él consiguiera alcanzarla. En cuestión de segundos, se convenció a sí misma de que
aquello lo hacía para poner a salvo su investigación. No era verdad; lo que la
intimidaba era aquella mirada escrutadora. Como un rayo, se refugió dentro de los
lavabos.

Precisamente en unos lavabos del Juzgado de San Francisco había comenzado


toda la historia.
—Te conozco.
Sorprendida, Sam se había vuelto. En el umbral de la puerta, de pie, una mujer
morena y bajita la contemplaba.
—¿Sí? —preguntó con recelo.
—Sí. Tú eres Samantha Gates. El juicio fue en 1984, el Estado contra Podenski.
Me estropeaste el caso cuando la defensa te llamó para interrogar al testigo más
importante. Yo soy María Hastings, la ayudante del fiscal. ¿Todavía sigues
trabajando para los abogados? —añadió mirándola con repentino interés, como si de
pronto hubiera tenido una idea.
Sam se encogió de hombros y siguió lavándose las manos.
—Más o menos. He dejado de ejercer, pero de todas formas sigo siendo
psicóloga y tengo el carnet de investigadora privada, o detective, como más te guste.
Ahora trabajo en asuntos de menores, localizando a los que se escapan para
ayudarles, o convenciendo a los que son testigos de algún crimen para que
testifiquen. Cosas de ese tipo. Así que podría decirse que soy una psicóloga metida a
detective, y que desempeño un trabajo bastante emocionante, si se compara con
tirarse todo el día sentada detrás de un escritorio.
Mientras decía aquello, recogió su maletín, y ya se dirigía a la puerta dispuesta
a marcharse cuando María la detuvo.

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—¡Espera! ¡Espera un momento! Yo ya no trabajo para el fiscal. Ahora tengo mi


propio despacho de abogados, y nos dedicamos sobre todo a asuntos criminales.
—Pues me parece muy bien…
—Espera, por favor. Precisamente estoy trabajando ahora en un caso que entra
dentro de tu especialidad —añadió apresuradamente la otra mujer—. Se trata de un
caso de secuestro. Yo represento al presunto secuestrador, que no es tal. Mi cliente es
inocente, pero por desgracia la policía cree lo contrario, y tiene pruebas contra él. La
niña jura y perjura que fue él quien se la llevó. La única solución está en demostrar
que la pequeña miente.
—¿Estás segura de que la versión que me das es verdadera? —preguntó Sam,
sintiéndose súbitamente interesada.
—Sí, estoy completamente segura. El tipo en cuestión ha pasado
satisfactoriamente la prueba del detector de mentiras, pero a parte de eso yo,
personalmente, le creo. Su versión del caso es demasiado simple y llana como para
ser una mentira. ¿Me permites que te invite a un refresco en el bar de enfrente? Así
podré contarte los detalles con más tranquilidad. Las revistas del corazón se
volverían locas por conseguir esta información, porque el tipo en cuestión es un
personaje famoso —en aquel punto, María se interrumpió, y esbozando una sonrisa
tímida, añadió—: Por favor, permíteme que te ponga al corriente de todo, y si
después estás interesada, te contrataré.
Sam solamente tardó veinte minutos en darse cuenta de que estaba muy
interesada en trabajar en aquel caso. Y no era porque el padre de la niña en cuestión
fuera una estrella del mundo del cine, porque a ella nunca le habían impresionado
aquellas cosas de la fama. Sam tenía muy claro que las personas eran eso, personas, y
nada más. Lo que sí la atraía con fuerza irresistible era cualquier cosa que tuviera el
menor viso de desafío, y aquello, en efecto, parecía tenerlo.
Aparte de la prueba del detector de mentiras, Frank Kemp no contaba con una
buena coartada ni con testigos que pudieran declarar que él había permanecido en su
casa aquejado de un resfriado la tarde en que la pequeña Amy Cort fue secuestrada.
Por otro lado, ni siquiera conocía de nombre el colegio privado donde la niña
realizaba sus cursos de verano. No sabía que había sido arrebatada de allí a la fuerza
una tarde de últimos de julio. Su único error había sido recoger una bolsa de papel
arrugada del suelo cuando pasaba por el cementerio de camino hacia el
supermercado. Frank tenía una manía persecutoria, y era que no soportaba ver las
calles sucias. Lo que él no sabía era que en ese paquete disimulado estaba la
cuantiosa suma del rescate. La versión era verosímil. Pero en caso de que fuera cierto
que Kemp no era el culpable, en ese caso, la pequeña Amy tenía alguna razón para
querer que lo fuese. Y eso era ya menos creíble.
En teoría el caso no presentaba ninguna dificultad especial. Lo único que tenía
que hacer Sam era hablar con Amy y averiguar qué ocurría. Pero en la práctica se
encontraba con un problema: antes tenía que encontrarla. Un mes después de que la
niña apareciera, su padre había dado la sorprendente noticia de que se retiraba. Todo
su afán, al parecer, era evitar que su hija fuera acosada por los periodistas. Al cabo de
un par de semanas, su casa de Sausalito estaba vacía. La producción de su última

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película se interrumpió bruscamente. Cort desapareció sin dejar rastro, y con él su


hija, la única esperanza de salvación de Kemp. En caso de que el fiscal del distrito
conociera el paradero del actor, no lo revelaría en ningún caso; eso Sam lo sabía muy
bien, por experiencia.
Como se encontraba sin ningún punto de referencia para empezar, Sam no tuvo
más remedio que servirse de las investigaciones de otros, así que se lanzó
afanosamente a la lectura de todas las revistas de cotilleo que estaban a su alcance.
Después de mucho buscar, por fin consiguió un dato interesante: en una de ellas se
mencionaba una ciudad perdida en la costa de Massachusetts donde él pasaba los
veraneos en su infancia. Aunque no era mucho para empezar, Sam decidió seguir su
corazonada y correr el riesgo. Inmediatamente se trasladó en avión a Massachusetts.
Sam topó con el primer filón de información provechosa en los juzgados del
condado de Barnstable: algunas semanas atrás, según le dijeron, un tal Tyrone
Cortecelli había adquirido una casa en el cabo Endless. Acto seguido, Sam alquiló
una casa en el lugar más cercano que encontró. Si Ty y Amy Cort estaban viviendo
allí, más tarde o más temprano tendría que verlos. Lo malo era que Sam no se
distinguía precisamente por su paciencia. Con el tiempo, comenzó a merodear el pub
Widow's Walk, ya que según lo que había leído en las revistas acerca de la
desmesurada afición de Tyler Cort por las mujeres y el whisky, aquél era el único sitio
en el cabo Endless donde podía divertirse. Si los cotilleos no mentían, andaría
pasándose por allí un día u otro, seguro.

Según había tenido ocasión de comprobar, las noticias sobre sus vicios no
andaban muy lejos de la realidad. Y también lo de su gancho para con las mujeres.
Desafortunadamente, aquello último ella nunca se lo había tomado en serio y mucho
menos esperaba que fuera a tener la ocasión de experimentarlo en su propia piel.
Como todas las mujeres, nada más mirarle había sentido una atracción irresistible
que casi se tradujo en deseo. Hizo un esfuerzo para tomárselo a risa, pero no pudo,
porque estaba demasiado afectada.
Como siempre, Sam recurrió a su sentido común, y empezó por preguntarse
cómo era posible que aquel hombre la hubiera mirado de esa manera. Se contempló
en el espejo del cuarto de baño, convencida de que su presencia física no tenía
ningún atractivo especial que pudiera llamar la atención. Tenía el pelo largo, de un
rubio claro, trigueño. Sus ojos, de mirada penetrante que tenía algo de felina, eran
completamente normales; verdes, como tantos otros, aunque en aquel momento
preciso parecían echar chispas. Era alta, de complexión atlética pero engañosa, ya
que no se cuidaba en absoluto ni practicaba ningún deporte. Además, para ella las
hamburguesas eran uno de los placeres más deliciosos de la vida cotidiana. Si tenía
ocasión de tomarse una, era incapaz de resistirse a la tentación. Quemaba las calorías
por casualidad; quizás porque se movía mucho en su actividad diaria.
Con un suspiro de impaciencia, se apartó del espejo. Seguía sin poder explicarse
la ardiente mirada de aquel personaje, y eso la molestaba.

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Cuando salió del cuarto de baño, la esperaba una desagradable sorpresa: Cort
había desaparecido. Sam se quedó parada en la puerta. No estaba en su mesa, ni en la
suya. Tampoco en la barra. Se sintió aliviada, y al mismo tiempo disgustada. ¡Había
sido una tonta! Ella, que siempre se enorgullecía de su profesionalidad, acababa de
reaccionar como una estúpida. No volvería a caer en eso, sin embargo. A partir de
ese momento se grabaría en la cabeza que su trabajo era encontrar a Amy Cort, y en
cuanto a su padre, que no era más que eso; el padre del objeto de su investigación. El
hecho de que fuera increíblemente atractivo no hacía al caso.
Sam se dirigió con paso resuelto a la mesa donde la esperaban Leah y Phil.
Cuando llegaba, alguien la empujó suavemente desde atrás, pero no hizo caso, pues
estaba pensando en la mejor manera de disculparse con sus amigos por su
intempestiva desaparición.
—Perdonadme por haberme levantado de pronto, sin decir nada, pero es que
me he sentido mal. Seguramente habrá sido algo que me ha hecho daño. Creo que lo
mejor será que me marche a casa.
—Qué lástima, porque yo quería hablar contigo a solas para que me explicaras
por qué has salido huyendo de mí como si hubieras visto a Jack el Destripador.
Aquello lo dijo la persona que estaba detrás, con una voz profunda de bajo,
inconfundible. Sam había visto demasiadas películas suyas como para no
reconocerla. Dando un respingo, se volvió, y allí estaba él, en efecto.
Sus ojos eran muy oscuros sin llegar a ser negros, y su mirada era tan sensual
que en un momento podía despertar en ella sensaciones que tenía largamente
olvidadas. En cuestión de segundos, Sam comprendió lo que distinguía a un sex-
symbol de los demás.
—Es que tu cara le resultaba familiar y estaba intentando recordar quién eras —
aclaró Phil, viendo que ella no decía palabra.
Los ojos de Cort se iluminaron de interés.
—¿Y al final me has reconocido?
Hubo un silencio, mientras Sam buscaba desesperadamente una respuesta que
le diera a entender que ella no era ninguna periodista a la caza de información. Una
cosa estaba clara, y era que si le hablaba de sus verdaderas intenciones, él, en su afán
por proteger a su hija, jamás la permitiría llegar a ella. No. La verdad estaba
descartada. Por fin se aclaró la garganta y contestó en tono indiferente:
—No, no te reconocí yo. Me lo dijeron mis amigos.
—¿Qué te dijeron? ¿Que era Jack el Destripador?
—No. Me han dicho que te crees muy guapo.
—Lo dices como si fuera un crimen.
—Supongo que para algunas mujeres sí que lo será.
—¿Eres tú una de ellas?
Aquel ataque frontal la pilló desprevenida.

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—Supongo que… sí. Mejor dicho, estoy segura. A mí los tipos que van por ahí
dándoselas de machos no me gustan nada. Prefiero a los hombres sensibles con los
que se cena a la luz de una vela.
A Sam le temblaba la voz por los nervios. Resultaba increíble que en cuestión de
un momento la conversación hubiera tomado un cariz tan personal, pero de hecho
así había ocurrido.
—A mí también me gusta cenar a la luz de las velas, y para demostrártelo, te
invito a cenar en mi casa. Supongo que tendré alguna vela guardada por ahí —
agregó con una sonrisa cargada de malicia.
Después de aquello, lo primero que oyó Sam fue una exclamación ahogada a
sus espaldas, que procedía, sin ninguna duda, de Leah. Sonrió, pero la sonrisa no iba
a durar mucho en sus labios, pues pronto dejó paso al pánico. Enseguida se dio
cuenta de que la noticia de aquella pequeña escena no tardaría en extenderse como la
pólvora por la ciudad, y eso significaba que Ty Cort se marcharía en menos de un
abrir y cerrar de ojos, y ella se quedaría sola, como la protagonista del cotilleo más
interesante que se recordaría en el cabo Endless desde hacía años. ¡No, no podía
permitirlo! Antes tendrían que pasar sobre su cadáver. Con gesto inexorable, negó
con la cabeza.
—No, gracias —y apartándole un poco, se dirigió hacia la puerta.
Él la sujetó por el brazo, y Sam intentó desasirse, tratando de ignorar el hecho
de que su solo contacto había conseguido acelerar el ritmo de su corazón.
—¿Y si te prometo que no voy a pavonearme contigo?
—¿Te sientes capaz de cumplir esa promesa?
—Ahora mismo no te lo puedo asegurar. Yo creo que lo mejor sería ponerlo en
práctica a ver qué pasa.
—Eso sería posible si los dos estuviéramos interesados.
—¿Pero es que te has vuelto loca? —exclamó Leah a sus espaldas, en el colmo
de la consternación.
Sam le dirigió una mirada distraída. Cort dejó escapar una pequeña carcajada, y
al mirarle, sintió más deseos que nunca de cellar a correr.
—¿Es que me tienes miedo? —le preguntó él mirándola a los ojos con
atrevimiento.
—No, no me das miedo ni tampoco me interesas, porque da la casualidad de
que a mí los tipos duros no me impresionan en absoluto. Y ahora, si me excusáis, me
marcho.
Sam hizo lo único sensato en aquellas circunstancias, que era dar media vuelta
y echar a andar hacia la puerta. Si quería cumplir con su trabajo y sacar del atolladero
a Frank Kemp, no le quedaba más remedio que mantenerse alejada de Ty Cort. Pero
lo malo era que en el fondo sabía que, más que mantenerse alejada, lo que había
hecho había sido salir huyendo de él. Y él lo sabía, si sus carcajadas no la engañaban.

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Capítulo 2
Mientras seguía a Leah en el interior del patio del lujoso chalet, Sam trataba de
convencerse a sí misma por enésima vez de que todo lo ocurrido la noche anterior
había sido fruto de su imaginación. Y no se refería al encuentro desafortunado con
Ty Cort, que constituía un hecho innegable, sino a su desmesurada reacción cuando
él había clavado sus ojos en ella y la había tocado. Si, se había sentido tan afectada
como las mujeres que en la pantalla parecían derretirse en sus brazos.
Se detuvieron en el patio, y Sam hizo un esfuerzo para tranquilizarse.
—Esto parece sacado de un anuncio de cerveza —comentó con una sonrisa,
contemplando el ambiente de la fiesta en la que acababan de entrar.
Leah asintió.
—Trevor tiene un talento especial para este tipo de cosas.
Aquel reconocimiento se quedaba corto para la importancia que solía darse a sí
mismo el citado Trevor, que se consideraba el máximo representante de la jet-set en el
cabo Endless. La fiesta de aquella noche era su despedida, puesto que se disponía a
cerrar su casa de la playa por aquella temporada para volver a Nueva York. Por lo
que allí se veía, toda la ciudad en pleno había sido invitada y toda, sin excepción,
había acudido. Probablemente, Trevor Tate buscaba con ello que todos siguieran
hablando de él cuando se hubiera marchado.
Los camareros trajeados se movían ágilmente entre la multitud, con sus
bandejas en el aire. En el jardín habían sido instalados multitud de farolillos, que
trazaban un camino hacia la playa, resplandeciente de hogueras. Incluso el tiempo
había cooperado, sumándose a la fiesta, y obsequiaba a todos con una maravillosa
puesta de sol. Si Sam se hubiera sentido tranquila, habría disfrutado mucho, pero los
nervios no la dejaban tranquila. Y es que temía y esperaba al mismo tiempo ver
aparecer la figura de un hombre alto y moreno, inconfundible. Sin embargo, había
tenido tiempo para pensar y ya tenía un plan preparado.
En un principio había pensado que la mejor táctica era ganarse la amistad de
Amy. Teniendo en cuenta que vivía a su lado, no le había parecido difícil hacerse
algún día la encontradiza y a partir de ahí ganarse su confianza poco a poco. Más
tarde o más temprano, de aquella forma, habría conseguido hacerla hablar. Pero
aquel plan, que dependía de que Ty Cort ignorase su existencia, se había echado a
perder la noche anterior. Conseguir la confianza de Amy le iba a resultar imposible si
su padre ponía en marcha su sistema defensivo habitual y prohibía a su hija
acercarse a ella.
Sam estaba dispuesta a que lo de la noche anterior no volviera a repetirse. A
partir de entonces, cuando se encontrara con él, controlaría la situación. Pensaba
recibirle con la cabeza muy alta; contarle todo lo que ocurría con Kemp y convencerle
de que por alguna razón su hija no estaba diciendo la verdad. Y al final conseguiría
que Ty Cort colaborara con ella.
—Bueno —dijo dirigiéndose a Leah, que seguía a su lado—. Habrá que ir a
saludar al anfitrión.

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—Será un placer —dijo Trevor Tate en persona desde detrás—. Siendo amable,
uno consigue lo que quiere.
Sam forzó una sonrisa.
—¿Por el hecho de saludarte me ganaré una copa?
—Cómo no, una copa y todo lo que tu corazón desee.
Con una sonrisa, Trevor se acercó más a ella. Sam sólo le había visto una vez, en
el Widow's Walk, y al parecer las cosas no habían cambiado desde entonces; él seguía
con su misma actitud de conquistador, lo que quedó del todo demostrado cuando le
puso la mano en la cintura y la dejó allí, como si nada. Sam suspiró, desesperada. Lo
que menos falta le hacía en esos momentos era una complicación más.
—Mira, ahí está tu mujer, en la playa. Creo que voy a ir a saludarla. ¿Te vienes?
—añadió dirigiéndose a Leah.
—Vamos.
Leah se dirigió hacia las escaleras, seguida de cerca por Sam, pero no había
dado ni dos pasos cuando Tate la detuvo cogiéndola por el codo.
—Pero, ¿dónde vas? No hay prisa —dijo con una sonrisa insinuante. Sam
suspiró, y él añadió—: ¿No habías dicho algo de una copa? ¿Estás segura de que no
quieres algo más? Relájate, mujer, estás en una fiesta. ¿Qué quieres tomar?
—Un refresco.
—¿Un refresco? ¿No te apetece algo más… potente?
—Como café irlandés, por ejemplo.
Sam sintió un escalofrío en la espalda y cuando se volvió, se encontró frente a
frente con los ojos oscuros de Ty Cort. Casi de inmediato pudo comprobar por sí
misma que lo que había sentido la noche anterior al verle no tenía nada que ver con
su imaginación: eran sentimientos reales, y aquel hombre era el culpable.
—Por lo menos eso es lo que te dejaste en la mesa ayer cuando saliste
huyendo… café irlandés —agregó mientras ella le miraba, incapaz de pensar.
—¿Cómo es que…?
Mientras ella se daba cuenta de que tenía que haberse quedado en su mesa
después de que se marchara, Tate se introdujo en la conversación con una sonrisa un
tanto forzada y un tono que tenía algo de falsete.
—Así que por fin te has decidido a pasarte por mi fiesta —dijo dándole unos
golpecitos en la espalda—. Me alegro de tenerte con nosotros.
Cort apenas le hizo caso porque seguía con los ojos clavados en Sam. Su mirada
tenía algo diferente, algo que no estaba allí la noche anterior. Quizás era su brillo casi
salvaje, que revelaba una determinación irrevocable. Sam se echó a temblar al darse
cuenta de que había acudido a la fiesta por una sola razón.
—No podía quedarme sin venir a esta fiesta —respondió a Tate sin mirarle.
Tate mantuvo su falsa sonrisa.

Escaneado por Dolors-Mariquiña y corregido por chc Nº Paginas 10-95


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—Estupendo, estupendo. Abajo, en la playa, tienes langosta y almejas, si


quieres comer algo. Y en el porche está el bar, por si prefieres respirar el aire
nocturno desde allí. Nosotros íbamos para la casa —agregó, volviendo a coger a Sam
por el brazo.
—Pues voy con vosotros. Hoy no me apetece estar a la intemperie, y además, el
aire nocturno no me sienta nada bien.
Tate fue a decir algo, probablemente a discutir, pero al final se quedó callado.
Sin que Sam pudiera explicarse exactamente cómo, el anfitrión había sido derrotado
en aquella batalla de dominio masculino. De cualquier forma, no se sentía
sorprendida.
—¿Sabéis dónde está el otro bar? Atravesando el salón, en la cocina. Poneos lo
que queráis, porque yo voy a tener que quedarme aquí, haciendo de anfitrión. Si me
disculpáis…
—No —empezó a decir Sam—. Yo…
—Vas a tomarte un café irlandés —le interrumpió Cort tranquilamente—.
Vamos. Seguro que encontramos los ingredientes. Según me han dicho, la
hospitalidad de Tate no tiene límites.
Sam vaciló un momento, pero no tuvo oportunidad de negarse, porque él la
cogió enseguida del brazo. Estaba muy claro que no iba a soltarla; aquel hombre no
estaba acostumbrado a que las mujeres se le escaparan y seguramente no iba a
permitir que volviera a ocurrirle con ella.
Pero Sam, consciente de los progresos de las mujeres en pro de su liberación
desde los tiempos de las cavernas, tampoco estaba dispuesta a dejarse avasallar por
nadie, así que dio un brusco tirón y se soltó de su brazo.
—No quiero café irlandés, gracias. Prefiero empezar con unos canapés.
—Muy bien.
Sorprendida al no encontrar resistencia, Sam preguntó:
—¿Cómo has dicho?
—Que muy bien. También hay canapés dentro —respondió él señalándole una
ventana iluminada de la casa, donde se veía una mesa llena de bandejas con comida.
—Ah, ya veo.
Sam se negó a resignarse, y se dijo a sí misma que si le seguía hacia la casa era
porque todavía controlaba la situación.
En la mesa había de todo; desde langosta fría a canapés de caviar. Cort le tendió
un plato con un poquito de cada cosa y ella lo aceptó un tanto envarada.
—¿Quieres que reanudemos la conversación en el punto en el que la dejamos
ayer? —le preguntó Cort de improviso. Sam no respondió, pero eso no le detuvo
para continuar—. Si no recuerdo mal, estaba intentando averiguar por qué me tenías
miedo.

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—Yo no tengo miedo a nada —respondió Sam—. Y además, no he cambiado de


opinión desde anoche. No me gustan los tipos duros, señor Cort, y tú eres uno de
ellos, así que no me interesas.
Él sonrió como si tuviera la seguridad de que estaba mintiendo.
—Llámame Ty, por favor. Y con respecto a lo último que has dicho, yo creo que
sí te intereso.
Sam, viendo que la situación se había disparado y que no podía hacer nada
para devolverla a sus cauces, dejó el plato encima de la mesa e hizo todo lo contrario
de lo que había planeado: dio media vuelta y se marchó.
Pero en aquel preciso momento ocurrió lo único que podía detenerla.
—¡Amy! —exclamó Cort—. Hija, yo creo que esta fiesta no es para niños.
—Pero si siempre me dices que ya voy camino de los veinte —respondió una
voz infantil.
Sam volvió sobre sus pasos y se encontró con la niña de trenzas castañas que
había estado buscando durante días.
—Sí, pero en el estado de Massachusetts no se permite servir bebidas
alcohólicas a menores de veintiún años —respondió Ty.
—Eso lo dirás tú.
—Puede ser. Pero, ¿cómo vas a demostrarme que no digo la verdad?
Sam salió de la cocina inmediatamente. En cuanto vio al camarero, se olvidó de
su propósito de no probar el alcohol aquella noche y cogió una copa de ponche de la
bandeja. La vació de un trago, pensando que si aquello no era apropiado para una
niña de nueve años sí era lo mejor para una mujer de treinta que de pronto se
encontraba con grandes dificultades para reconocerse a sí misma. Aquello no entraba
en sus planes; un hombre duro, inflexible, pero al mismo tiempo suave,
increíblemente suave. Un hombre que siempre conseguía lo que se proponía y que,
por alguna extraña razón, ahora la quería a ella. Cerró los ojos y se frotó la nuca. Sí,
estaba nerviosa. Y es que aquel hombre, con su manera de acosarla había conseguido
asustarla. Tenía razón al afirmar que estaba muerta de miedo, pero no podía decirle
por qué, sencillamente porque ni siquiera ella misma lo sabía.
De todas formas, no podía dejarse llevar por el miedo. Tenía un trabajo entre
manos y eso era lo más importante. Dejó su copa encima de una mesa y, sacando
fuerzas de flaqueza se dirigió de nuevo a la cocina dispuesta a afrontar lo que fuera.
Le encontró en el comedor, y para su asombro, en aquel momento le tendía una
copa de ponche a su hija. Al parecer, su voluntad de hierro no funcionaba con ella.
Amy sorbió un poco, y después rompió a toser escandalosamente.
—Está muy bueno —dijo cuando pudo hablar, disimulando una mueca de asco.
—Pues a mí me parece que está malísimo —terció Sam, satisfecha al ver la cara
de sorpresa de Ty.

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—Empiezo a pensar que estoy criando a una futura alcohólica —respondió


dirigiéndose a Amy, pero con los ojos clavados en ella.
—No —exclamó entonces su hija alegremente—. Yo soy una niña perfectamente
normal. Lo que pasa es que… ¿cómo se dice cuando te apetece algo por que no
puedes tomarlo?
Tomó otro sorbo, y en aquella ocasión se las arregló para no toser.
—Es el fruto prohibido. Creo que lo mejor será que a partir de ahora te prohíba
tomar gaseosa.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Amy.
Y con una sonrisa traviesa, dejó la copa y se marchó de allí.
—Es una niña encantadora —comentó Sam haciendo un esfuerzo por parecer
natural.
—Sí —respondió él sonriendo para sus adentros con ternura.
Sam le miró pensando que era un buen padre, pero reaccionó con horror en
cuanto se dio cuenta de que empezaba a encontrar algo positivo que le gustaba en
aquel hombre.
—¿Qué pasa? —dijo él cambiando de expresión—. ¿Hacía demasiado frío ahí
fuera?
Sam se encogió de hombros.
—Un poco, la verdad. Ya empieza a anunciarse el otoño —en aquel momento,
Amy pasó por el porche, al otro lado de la ventana—. Pobrecita —comentó—, ha
debido tener un verano un poco desagradable.
—¿Quién?
—Me refiero a tu hija.
—Ah. Creía que estabas hablando de lo de anoche.
Sam se encogió de hombros y cogió otra copa de ponche.
—Eso pensarías, pero yo no hablaba de ello. ¿Sabes? Estoy empezando a cogerle
gusto al ponche.
—Ya veo que estás dispuesta a hablar de lo que sea con tal de no mencionar
nuestro encuentro de anoche.
Sam saboreó un nuevo sorbo de ponche. Seguía necesitándolo. En aquel
momento, Ty la cogió del brazo y la atrajo hacia él. Sam sintió un escalofrío cuando
empezó a hablarle al oído.
—¿Cuál es el problema? ¿Es que yo soy demasiado duro, o tú demasiado
remilgada?
Ella intentó hacerse la ofendida, pero la distrajo el roce de su mano en sus
cabellos. Se estremeció.
—Yo…

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Ty la soltó entonces y alargó la mano hacia los canapés con total indiferencia,
como si nunca la hubiera tocado. Sam se sintió desorientada.
—No —continuó él—, tú no eres una mujer remilgada, Sam. Lo que pasa es que
tienes miedo.
Se dio cuenta de que la noche anterior, además de averiguar lo que había estado
bebiendo, debió sentarse un momento con Phil y Leah a charlar. ¿Qué podían haberle
contado de ella? Se sentía aterrorizada de pronto. La verdad era que no le había
contado nada a los Trumball acerca del verdadero propósito de su viaje. Lo único
que ellos sabían era que su profesión era psicóloga infantil y que se encontraba allí de
vacaciones. No podían haberle contado nada más, así que su investigación estaba a
salvo.
Pero por mucho que la investigación estuviera a salvo, ella no se sentía segura
en absoluto.
Cuando se disponía a responderle cualquier cosa, Amy pasó junto a ellos como
una exhalación. Ty dejó inmediatamente su copa.
—Discúlpame —dijo secamente, y se marchó en pos de la niña.
La alcanzó a la salida del vestíbulo. Sam se encontraba demasiado lejos para oír
lo que decían, pero sin embargo, pudo ver perfectamente cómo la niña levantaba la
cabeza con un gesto lleno de terquedad y apretaba los puños mientras su padre le
hablaba. Ella sabía decir perfectamente cuándo un niño se negaba a hablar, y aquél le
parecía el caso. También se dio cuenta de que Ty se estaba enfadando por momentos.
Siguiendo un impulso casi profesional, se levantó y se dirigió hacia ellos.
—Perdonad —dijo cuando llegó junto a ellos. Amy la miró con alivio, como
agradeciéndole la interrupción. Sin embargo, la mirada de Ty le estaba diciendo que
por mucho que la deseara, seguía siendo una desconocida y que acababa de meterse
en lo que no le importaba.
—Vengo a… decir adiós. Ya me marcho.
—Yo tengo que ir al cuarto de baño —dijo entonces Amy. Ty miró
alternativamente a una y a otra, y al final, exhalando un suspiro, se dirigió a su hija.
—Ya hablaremos después, Amy. Quiero saber qué es lo que te han dicho y
quién te lo ha dicho. A Amy le temblaba la barbilla.
—Nadie me ha dicho nada de… de… eso. Ya te lo he contado. Es que he
tropezado, me he caído y la gente se ha echado a reír. Nada más.
Dicho aquello, echó a correr hacia el cuarto de baño.
—Bueno —empezó a decir Sam de nuevo—, perdóname si os he interrumpido.
Yo…
—Necesitas que te lleve a casa.
Ty había abandonado su actitud fría y ahora la miraba con su habitual aire
arrogante y cargado de insinuaciones.
—¿Cómo dices? —preguntó Sam, volviendo a sentirse acorralada.

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—Me has dicho que te marchas, y dado que tus amigos se lo están pasando
estupendamente, no podrás volverte con ellos. Porque has venido en su coche,
¿verdad?
—Ah… sí.
—Y ahora tienes prisa por volver a casa.
—Bueno —respondió Sam mirando hacia el jardín—. La verdad es que esa
langosta tiene un aspecto estupendo. Ya casi ni me acuerdo de la última vez que
comí langosta.
Ty la observaba divertido, como si leyera sus pensamientos.
—Conozco un restaurante en el puerto donde sirven una langosta deliciosa a la
luz de las velas…
—Pero, ¿para qué esperar si Tate nos la ofrece aquí?
—Vamos a ver, ¿tú no querías marcharte a casa?
—He cambiado de opinión —respondió Sam un tanto malhumorada.
—Pues yo no —dijo la vocecita de Amy, que acababa de llegar por detrás sin ser
oída—. Yo tengo hambre, y no me gusta comer las cosas sólo con los ojos.
—En ese caso, lo mejor será que te lleve a la hamburguesería más cercana. Pero
si no te importa, antes dejaremos a Sam en su casa —luego, mirándola con aire
divertido, añadió—: Al fin y al cabo nos queda de camino.
Aquello significaba que ya sabía que su casa estaba al lado de la suya, pensó
Sam con una mezcla de pánico y enfado.
—¿Por qué no me echas ya de paso una jauría de perros? Así la cacería sería
mucho más emocionante.
—Está bien, está bien. Para mí ya ha habido demasiada emoción. Ahora a ti te
quedan dos alternativas: o salir airosa de la situación marchándote conmigo o volver
a escabullirte. Aunque la verdad, sin coche, no creo que fueras a llegar demasiado
lejos. Pero te advierto una cosa —añadió haciendo una pausa dramática que revelaba
sus buenas cualidades como actor—, en el caso de que salgas huyendo, yo voy a
seguir intrigado por averiguar lo que te hace actuar así.
—Bueno, ¿nos vamos o no? —interrumpió Amy.
Si todavía era posible escapar de Ty, no iba a resultar tan fácil esquivar a Amy.
—Está bien, vámonos —dijo por fin.
—Has tomado la decisión más prudente.
Sam, por su parte, no sabía si aquello era prudente o no. Nunca se había sentido
tan desconcertada. Sus instintos estaban saturados, y ¡o único que podía hacer era
confiar en su sentido común.
Veinte minutos después, Ty detenía su flamante coche frente a la puerta de su
casa.

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—Gracias —le dijo a él un poco tensa. Luego, dirigiéndose a la niña, su sonrisa


se dulcificó—. Encantada de conocerte. Espero que nos volvamos a ver algún día de
éstos.
—Sí, seguro, porque nosotros vivimos en la casa de al lado —contestó la niña
como si aquella situación fuera lo más natural del mundo.
—Vaya por Dios —dijo entonces Ty —acabo de acordarme de que no he
llamado a la señora McCabe desde la casa de Tate.
—Podemos llamar desde aquí, ¿no? —intervino Amy.
—¿Sam? —dijo él entonces.
Sam miró a uno y a otro alternativamente. Aquel parecía el incidente más
inocente del mundo, y sin embargo ella se sentía como si estuviera hundiéndose en
arenas movedizas.
—La señora McCabe es nuestra criada —le explicó Ty—. Antes de salir le dije
que cerrara bien las verjas, y se me ha olvidado la llave.
Sam estuvo a punto de contestarle que aquél era su problema, pero le faltó
tiempo material, porque Amy ya estaba casi fuera del coche.
Cerró los ojos y dejó que todo rastro de sentido común la abandonara.
—Podéis pasar. El teléfono está en la cocina.
En cuanto estuvieron dentro, Ty agarró a su hija de una trenza y la mandó a
llamar por teléfono. La niña salió corriendo hacia la cocina.
Se quedaron solos. Sam dejó el bolso sobre la mesa del vestíbulo y, como no se
le ocurrió nada mejor, hizo intención de seguirla.
—Voy a enseñarle el camino —murmuró.
No le oyó moverse, pero tampoco se sorprendió, en absoluto, cuando la sujetó
desde atrás y la obligó a detenerse. La cogió por el pelo, sin demasiada violencia,
pero tampoco con suavidad. Fue un gesto primitivo.
El deseo convertido en amor.
—Esta vez no te vas a escapar.
Así, como estaba, deslizó la mano por su nuca, causándole a Sam un
estremecimiento de placer.
Aquello no podía estar ocurriendo. Era su imaginación.
—¿Por qué? ¿Por qué yo?
Intentó decirlo con impaciencia, pero su voz sonó entrecortada.
—No estoy del todo seguro.
Aquella no era una respuesta halagadora, precisamente. Sin embargo, su
sinceridad tenía algo de seductor.
—¿Tendrá algo que ver con el fruto prohibido?

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—Podría tratarse de algo tan simple como eso, pero la verdad es que lo dudo.
—Quizás es porque quise huir de ti.
—Ésa es una de las razones.
—¿Y las demás?
—La mirada que me dirigiste la primera vez.
Sam se esforzó por recordar. ¿Cómo le había mirado entonces? ¿Con deseo o
con pánico? Quizás una mezcla de ambas cosas además de con una necesidad
irresistible de rendirse a él.
Todo eso lo sentía en aquel momento, y de pronto se dio cuenta, por fin, de que
eran sus propios sentimientos los que le daban miedo. Y conseguía llenarla de deseo,
de necesidad por él… le necesitaba. Era una sensación arrolladora. Ty la hizo girar
sobre sus talones hasta que Sam se encontró mirándole a los ojos y sintió que el suelo
cedía bajo sus pies, y que ella se hundía irremediablemente. Con un suspiro, acortó el
espacio que los separaba.
Antes de besarla, él la miró fijamente, de una manera que la hizo sentir sus
labios antes de que la tocaran. Se estremeció anticipando su calor, la explosión que
estaba a punto de producirse. No iba a ser un beso cualquiera.
No era suave, ni cuidadoso, ni juguetón. Eran unos desconocidos, pero el
contacto de sus labios no podía ser más íntimo. Fue tal y como su mirada prometía,
un beso salvaje, desgarrado.
Cuando trazó el contorno de sus labios con la lengua, Sam temblaba ya de
deseo.
Ty era fuerte, y no la trataba con delicadeza, ni ella había esperado nada
diferente. Lo que le daba era puramente físico, una caricia que colmaba sus sueños
más eróticos.
Sam sintió una punzada escalofriante cuando mordió suavemente sus labios, y
después una impaciencia incontenible cuando la apretó por las caderas contra él. Las
sensaciones se sucedieron rápidamente hasta que por fin sus bocas se unieron de una
manera completa. Sam gimió y le abrazó con mayor fuerza.
Ty estaba sorprendido tanto de su propia reacción como de la de ella. Nunca se
había comportado de una manera tan primitiva con una mujer. Pero ella le había
atraído, después le había rehuido y él había reaccionado. La actitud evasiva de ella le
había obligado a perseguirla, a acosarla. Y ahora, cuando esperaba una lucha o la
resistencia lógica de una mujer que era tratada así, veía como el cuerpo de Sam se
entregaba entre sus brazos.
Empezó a preguntarse si aquella mujer sería única, tal y como le parecía. Pero
después perdió la razón, por primera vez en su vida.
Sam no le estaba abrazando… le atrapaba. Con un gemido, recorrió su espalda
con ambas manos. Sin pensar en lo que hacía, dejó de jugar con sus labios y penetró
ávidamente en su boca. La rodeó con ambos brazos y la estrechó contra él con todas
sus fuerzas. Lo único que él pretendía al principio era atrapar a la mujer que se le

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había escapado la noche anterior. Y ahora se encontraba con que había perdido el
control y que el deseo no le dejaba pensar.
Casi no pudo oír el ruido del teléfono en la habitación vecina. O mejor, sintió el
ruido, pero no quiso hacerle caso. Poco a poco, el padre que había en él consiguió
ganar terreno al hombre, y por fin, asiéndola por las caderas, separó a Sam de él.
Sam le miró, confundida.
—Ya está todo abierto —gritó Amy desde la cocina.
Sam le miró a los ojos pensando que era verdad. Todo estaba abierto. Como si
fuera la caja de Pandora.

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Capítulo 3
Sam estaba todavía en la cama cuando oyó un débil toque en la puerta, casi un
arañazo. Su reacción fue arrebujarse entre las sábanas y tratar de ignorarlo, porque
los domingos eran sagrados para ella, y no acostumbraba a levantarse antes del
mediodía.
Pero los golpéenos continuaban, y pudo darse cuenta de que no provenían de la
puerta, sino de la ventana. Finalmente no tuvo más remedio que darse por vencida.
Después de gruñir un poco contra la gente que madrugaba de aquella manera
escandalosa, salió de la cama y se dirigió a la ventana. Ante sus ojos se extendió una
extensión infinita de bosques, y nada más. Quizá estaba confundida y el ruido lo
había hecho alguna ardilla encaramada en el tejado. Cuando se disponía a volver a la
cama, un movimiento atrajo su atención; justo debajo del marco vio un hondear de
trenzas castañas.
Era Amy Cort. El corazón le dio un vuelco. No podía ser… todavía no se sentía
preparada para afrontar a Amy, necesitaba más tiempo, sobre todo después de lo de
la noche anterior. Cerró los ojos con espanto. De lo de la noche anterior prefería no
acordarse.
—¿Sam? —dijo la pequeña.
Con un gemido, Sam se echó por encima la bata y bajó corriendo. Nada más
abrir se encontró con Amy, que sonreía.
—Hola.
Incapaz de resistirse a su sonrisa tímida, le respondió con otra.
—Hola —dijo haciéndola entrar—. ¿Qué haces despierta tan temprano?
—No es temprano.
—Pues para mí sí —dijo mientras la observaba ir de un lado a otro de la cocina,
como si llevase algo pensado y no se atreviera a decirlo—. Dime, ¿qué pasa?
Amy se sentó en una de las sillas.
—No es nada que tenga que ver con papá.
Sam volvió a cerrar los ojos. No, no quería pararse a pensarlo hasta que no
encontrara una explicación lógica a lo sucedido la noche anterior.
—Entonces… ¿es que estás aburrida?
—No. Más bien es que tengo hambre.
—¿Y la señora McCabe?
Amy arrugó la nariz con desagrado.
—La señora McCabe cocina fatal. Yo creo que mi padre la contrató sólo
porque… porque… —como si hubiera entrado en un terreno peligroso, Amy cambió
bruscamente de tema—. ¿Vas a prepararte el desayuno?
Sam contuvo una sonrisa.

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—En eso estaba pensando, precisamente. Si tengo algún problema, ¿podrías


ayudarme a comérmelo?
Los ojos de la niña se iluminaron.
—Y si mi comida está tan mala como la de la señora McCabe, te pido por favor
que no me lo digas. Prefiero no saberlo.
Amy consideró largamente su pregunta, y después de darle muchas vueltas, le
dijo:
—Pero, ¿tendré que terminármela aunque esté mala?
—Sí, claro, no podrás dejar nada en el plato, porque si no yo me enteraré.
La niña se encogió de hombros.
—Está bien. De todas formas, no creo que pueda ser peor que la de la señora
McCabe.
—Por si acaso voy a hacer algo fácil con posibilidades de que salga bien. ¿Qué
te parece huevos revueltos con tostadas?
—Fenomenal.
Mientras Sam se ponía a prepararlo todo, Amy se quedó callada y sentadita
donde estaba durante un momento, que duró poco, pues enseguida se levantó y
empezó a dar vueltas por la cocina pasando la mano por los armarios y por la mesa.
—Gracias —dijo de pronto sin mirar a Sam.
—Pero si no es ninguna molestia.
—No lo digo por el desayuno, sino por aparecer ayer justo cuando me acababa
de caer en la fiesta.
Sam, que acababa de echar los huevos en la sartén, sonrió y decidió poner en
práctica todo su tacto profesional.
—Si yo me hubiera caído, tampoco me habría gustado que todo el mundo se
echara a reír. Lo mejor que podrían haber hecho, habría sido fingir que no lo habían
visto. Con la vergüenza que se pasa…
Amy la miró sinceramente sorprendida.
—Sí —dijo después de un momento.
—Y también pasa que a los padres de vez en cuando les da por ser demasiado
protectores con sus hijos.
—Sí —repitió Amy, mirándola con los ojos como platos.
—Bueno, ya está la comida. ¿Te parece que empecemos a desayunar?
—Sí, estoy muerta de hambre —exclamó Amy cogiéndole el plato de la mano.
Empezaron a comer en silencio, y Amy parecía absorta en su plato. Sin
embargo, Sam se dio cuenta enseguida de que no los había probado. No cabía duda
de que le daba vueltas a algo en su cabeza, así que se preparó para lo siguiente que le
pudiera decir.

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Pero de nada le sirvió prepararse, pues en cuanto lo oyó se atragantó


estrepitosamente.
—¿Sabes que le gustas a mi padre?
Después de beber un trago un poco de café y recuperarse del primer impacto,
Sam intentó seguir masticando como si nada hubiera ocurrido.
—Eso te parece a ti, ¿no?
—No es que me parezca, es que lo sé —respondió la niña enfáticamente—. No
es normal que mi padre me deje ver cómo besa a una mujer.
Sam se ruborizó hasta las orejas, diciéndose a sí misma con ironía que no tenía
nada de mujer fatal. Quizás ahí estaba el problema, en que ella no era tal cosa ni lo
había sido nunca.
—Tú… ¿lo viste?
—Sí —respondió la niña tranquilamente, como si no viera los apuros que ella
estaba pasando para mantener la compostura.
—Bueno, yo no creo… Quiero decir, que no me parece posible que tu padre te
dejara verlo a propósito. Seguramente, sería un accidente.
—No. Si hubiera sido como tú dices, me habría echado inmediatamente para
seguir tranquilamente.
Sam hizo su plato a un lado y cogió la taza de café con ambas manos,
concentrando toda su atención en la niña.
—¿Hace eso contigo normalmente?
Resultaba inútil aquella pregunta, ya que conocía la respuesta de antemano,
pero es que la situación era tan confusa, que no se le ocurrió nada mejor que decir.
Amy terminó de comer y apoyó la mejilla en la palma de la mano.
—No, lo más normal es que quede con quien sea cuando yo no estoy. Yo no
llego a conocer a la mayoría de sus novias, pero sí que existen —añadió con un toque
de indignación—. Yo ya no soy un bebé, y sé lo que quieren los hombres y las
personas mayores.
—Te entiendo —le interrumpió Sam con rapidez.
—Bueno, pues lo sé —reiteró Amy.
Sam se puso de pie y cogió su plato.
—Desde luego, parece que las cosas han cambiado mucho desde que yo tenía
nueve años.
Amy la miró, curiosa y un poco recelosa.
—¿Cómo sabes que yo tengo nueve años?
Podría haberle contestado que lo sabía todo de ella salvo un detalle: quién la
había secuestrado. Naturalmente, no dijo aquello, pero sí se reafirmó en su propósito
de averiguarlo en cuanto pudiera. De cualquier modo, aun sabiendo que estaba

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desempeñando su trabajo, le desagradaba andarse con mentiras y verdades a medias


con aquella niña.
—Bueno, ¿qué contestas? —insistió Amy, que no se había olvidado de lo que
estaban hablando.
—Bueno, tu padre me dijo tu edad —respondió Sam, odiándose a sí misma por
aquella nueva mentira.
—¿Sí? ¿Lo ves? Ya te decía yo que le gustabas.
—No entiendo qué tiene que ver una cosa con la otra.
—Mi padre nunca habla de mí con nadie… Excepto con mamá, quizás.
—Eso es normal, ¿no? —respondió Sam sintiéndose de pronto incómoda, sin
saber por qué.
Amy la miró como si estuviera ante un tonto.
—Estoy hablando después del divorcio.
—Ah.
—Hubo unos días que mamá venía mucho a casa, y hablaban mucho. Yo pensé
que era que iban a volver. Pero yo era entonces muy pequeña. Lo que pasaba era que
estaban diciendo lo que iban a hacer conmigo.
—Ya.
—Nunca volvieron a estar juntos.
—¿No?
—Lo que pasa es que mamá no comprende.
—¿Eso es lo que tú crees?
—No. Papá me lo explicó.
Sam la escuchaba sin sorprenderse. ¿Qué mujer podía soportar que su marido
se pasara la vida yéndose con otras? Ella, como casi todo el mundo, conocía a la
perfección la historia de su mujer, Monica Cort, ya que había salido en todas las
revistas. Por lo que se contaba, Ty se había marchado de vacaciones con una actriz de
diecinueve años cuando Monica tenía veintiocho. Era una mujer que sólo había
llegado a secretaria de dirección en los rodajes, y que había abandonado su profesión
nada más empezar para casarse. Resultaba doloroso para Sam conocer una historia
tan triste, sobre todo después de lo de la noche anterior.
—Entonces… ¿tú estás convencida de que no van a volver? Otra pregunta
inútil, pero que podía darle tiempo para poner los pies en la tierra, olvidarse de
tonterías y centrarse en la conversación.
Amy reaccionó de una manera extraña; no contestó inmediatamente, luego se
levantó, llevó su plato a la pila, y cuando estaba de espaldas a ella, dijo:
—No pueden. Ahora papá me tiene a mí. Es que mamá no está… no está bien.
Está en un hospital.

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—¿Tiene alguna enfermedad?


—Su cabeza no funciona. Cuando yo tenía siete años —empezó a decir después
de una pausa—, se marchó de casa y a mí me dejó con papá. ¡Él intentó arreglar las
cosas! Pero cada vez que venía a hablar con él, mamá se enfadaba y se volvía a
marchar. Fue entonces cuando papá me contó que ella no comprendía.
Sam la escuchaba con ansiedad, mordiéndose los labios. Si quería obtener la
verdad de Amy, le interesaba muchísimo conocer tantos detalles de su vida como le
resultara posible.
—¿Cuándo ingresó en el hospital?
Amy se encogió de hombros, como si no recordara. Por un momento, Sam
pensó que la niña no iba a decir nada más, pero al final dejó escapar un suspiro y
siguió hablando.
—La primavera pasada, cuando por fin se divorciaron. Entonces el juez decidió
que yo me quedara con papá.
Sam la escuchaba atentamente, preguntándose qué tendría que ver toda aquella
historia con el secuestro, o mejor, con la reacción de la niña ante el secuestro. Pero de
pronto, se fijó en Amy, que de pronto había adoptado una actitud extraña. Estaba a
punto de llorar.
—¡Sam! —exclamó volviéndose a ella con desesperación—. ¡No puedo
soportarlo! ¡Nunca me había pasado esto!
Sam se quedó mirándola, desconcertada, pero en aquel mismo momento, la
puerta exterior de la cocina comenzó a agitarse bruscamente. Entonces oyó su voz.
—¡Sam! ¿Estás despierta?
Ella se levantó de un salto, con el corazón palpitante. No podía verle tan pronto,
después de lo de la noche anterior, cuando todavía no se sentía preparada.
—¿Sam?
Estaba claro que no iba a tener más remedio que verle quisiera o no, pues
acababa de abrir la puerta.
—¿Se puede saber qué pas…? —empezó a decir, interrumpiéndose
bruscamente al ver a su hija—. Bueno, esto contesta a una de mis preguntas. Amy, la
señora McCabe no te ha visto esta mañana.
Amy, medrosa, se encogió de hombros.
—Me escapé para que no me obligara a desayunar.
Ty apretó los dientes, en el colmo de la exasperación.
—Eres una exagerada. La pobre mujer no cocina tan…
—¡Cocina fatal! Siempre deja los huevos medio crudos, con una cosa blanda,
que me da asco. No me extraña que le salgan así, porque yo creo que ni siquiera ve lo
que está haciendo. Papá, esa señora debe tener por lo menos cien años.

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Sam, que miraba alternativamente a uno y a otro, tuvo la oportunidad de


descubrir los esfuerzos de Ty por no echarse a reír.
—Puede ser, pero hay que tener en cuenta que durante esos cien años ha estado
trabajando para tu abuela y que es una mujer de confianza. Hazme un favor, Amy.
La próxima vez que te escapes para no tener que comer su comida, dímelo antes de
desaparecer, ¿vale? No sabía dónde estabas —añadió al final, dejando traslucir su
preocupación.
—Perdóname, papá, pero es que no me gusta estar ahí encerrada todo el día.
—No tienes por qué pasarte todo el día en casa. Si quieres salir, lo único que
debes hacer es pedirle a alguien que te acompañe. Ahora vete a casa en seguida y
dile a la señora McCabe que te prepare unos huevos. Si no te gusta, cómetelo todo
menos la parte blanda, ¿vale? Se pondrá muy contenta de que vayas.
Mucho más tranquila, Amy le contestó:
—Ya he desayunado con Sam.
Ty se volvió a mirarla como si hasta aquel momento se hubiera olvidado de que
estaba allí. Sam se aclaró la garganta.
—Verás… es que no podía permitir que la niña se muriera de hambre.
En aquel momento la cuestión del desayuno y de la niña pareció esfumarse en
la intensidad de la mirada de Ty, que la recorrió de arriba abajo, pasando de los ojos
a los senos. Sam tuvo que contener el impulso absurdo de abrocharse la bata hasta
arriba. Aunque sólo se trataba de una mirada, y nada más, no podía evitar sentirse
como si acabaran de hacer el amor.
Ty miró a su hija por encima del hombro.
—¿Por qué no te vas a jugar fuera, a ver si encuentras alguna ardilla? Pero no te
vayas muy lejos, quédate donde yo te pueda ver desde la ventana.
Amy hizo un gesto de comprensión sorprendente para una niña de nueve años.
—Muy bien. Os dejaré solos —contestó.
Y desapareció por la puerta trasera.
—Bien —dijo Ty cuando se quedaron solos—, si hoy te sientes generosa para
ayudar a las víctimas de una cocinera de cien años, te agradecería un café.
—Sí, ahora mismo te lo pongo —respondió Sam, tratando de dominar sus
nervios.
Cuando se sentó a la mesa con la cafetera, Ty la esperaba con el aire de un
padre preocupado.
—Te pido disculpas por la intempestiva visita de mi hija… O mejor, te doy las
gracias por haberla hecho caso.
—Yo creo que lo que le pasa a tu hija es que necesita la compañía de una mujer,
y, por lo visto, la señora McCabe no le sirve.

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—Bueno, pero por lo menos sirve para preparar esos huevos de los que mi hija
te hablaba y para hacer otras cosas de la casa.
—No creo que eso sea suficiente para una niña como Amy.
—¿Por qué lo dices? ¿Es que crees que esa mujer no es de confianza? —
preguntó Ty un tanto molesto.
—No la conozco, pero por lo que has dicho, doy por hecho que debe tratarse de
una persona de absoluta confianza. El fallo está en que a Amy no le gusta, y yo creo
que habría sido más sensato por tu parte contratar a una persona que fuera de su
agrado. Tu hija no tiene a nadie con quien hablar.
—Ahora te tiene a ti.
Intercambiaron una mirada cargada de escepticismo.
—Me da la impresión de que tú y tu hija os lleváis de maravilla, mucho mejor
que otros padres e hijas que he conocido.
—No lo suficientemente bien, creo yo. Dime, Sam, ¿te ha contado algo ella esta
mañana?
—¿Algo del secuestro?
Ty frunció el ceño con una mueca de impaciencia.
—¿De qué va a ser si no?
—Del incidente de ayer no me ha dicho más de lo que te dijo a ti. Lo que si debo
decirte es que tengo la impresión de que a tu hija no le gusta estar encerrada.
Ty esbozó un gesto de contrariedad.
—Lo malo es que no puedo hacer nada por evitarlo.
—¿Estás seguro? ¿No te has parado a pensar que mantener a tu hija encerrada y
superprotegida día y noche puede ser contraproducente a la larga? Incluso podrías
estar prologándole la pesadilla.
—Como se ve que no tienes ni idea de la situación —replicó Ty, lanzándole la
mirada inquisitiva y penetrante que le había hecho famoso en las pantallas.
Sam se levantó rápidamente con el pretexto de rellenar las tazas.
—Perdona. Ya sé que no es asunto mío, pero es que estoy tan acostumbrada a
aconsejar a la gente cuando veo que algo no marcha bien, que no puedo remediarlo.
—Está bien, en ese caso quizás lo más prudente sea que me des tu opinión de
profesional. ¿Es normal que después de lo ocurrido la niña no haya hablado para
nada de ello?
Sam le miró atónita.
—¿Que nunca ha hablado de ello?
—Nada. Ni una palabra.
—¿Pero ni siquiera a la policía?

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—Sobre todo a la policía. Cada vez que intentaban interrogarla, no despegaba


los labios.
—Pero si identificó al secuestrador algo tiene que haber dicho.
—Lo único que dijo fue «Sí» cuando le preguntaron si Kemp era el tipo. Desde
entonces ya no ha vuelto a hablar del asunto. Aquello era muy significativo; ante
Kemp, Amy había tomado una actitud pasiva.
—Su actitud me parece normal. Incluso los adultos, cuando sufren una
experiencia traumática, tienden a borrarla de su mente, ya sea negándola o con una
pérdida de memoria, lo que llamamos amnesia. Si una persona adulta y razonable
intenta escabullirse de ese modo, no debe sorprendernos una reacción parecida en un
niño.
—Sí, yo también me di cuenta de que intentaba olvidarlo, y por eso la traje aquí.
La tensión a la que se veía sometida en casa no le hacía ningún bien. Pero… —de
pronto su expresión se ensombreció, mientras la miraba fijamente —déjame que te
haga una pregunta: ¿cómo es posible que el primer día que nos vimos en aquel bar
no supieses siquiera quién era yo y que sin embargo estés tan informada con respecto
al secuestro de mi hija? ¿Sabes también que me he retirado?
Sam se mordió los labios, furiosa consigo misma. ¿Cómo podía haber cometido
un fallo tan garrafal? No obstante, intentó salir del paso de la manera mejor posible.
—De eso último no me había enterado.
La respuesta pareció satisfacerle, o por lo menos, estaba tan envuelto en sus
pensamientos que no se paró a considerarlo más.
—Yo creo que ahora conseguirá olvidarlo de una vez por todas. Y dentro de un
tiempo, si consigo mantenerme alejado de los periódicos, la gente también se
olvidará. Connolly, el fiscal, va a intentar por todos los medios que Amy no tenga
que declarar en el juicio. Es la única manera de que la cosa cicatrice de una vez para
siempre, porque habrá menos publicidad.
Sam empezaba a verlo todo tan complicado que la cabeza le daba vueltas.
—¿Debo entender que prefieres que no le hable de ello a la niña?
—Por supuesto. Como si no lo supieras. La niña te ha cogido cariño y no está
bien que te aproveches de ello.
Sam exhaló un suspiro. Resultaba muy duro admitirlo, pero aprovecharse de
ella era precisamente lo único que podía hacer.
—No debes olvidar que yo soy psicóloga —dijo tratando de aparentar
indiferencia.
—Por eso te insisto tanto, porque tú podrías sentirte tentada a hacerla hablar
más que cualquier otra persona. De todas formas, si ella te dice algo…
—Te lo comunicaré inmediatamente —le atajó Sam, intentando suprimir un
descorazonador sentimiento de culpabilidad.
—Bien.

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Ty se puso de pie, mientras ella le miraba muda, desesperada porque aquel era
el momento indicado para ofrecerle su ayuda como psicóloga. Pero no se lo dijo; algo
se lo impidió. Por el contrario, guardó silencio mientras le acompañaba a la puerta.
De pronto se dio cuenta de que estaba mucho más cerca de él de lo que hubiera
sido aconsejable. En primer lugar sintió su olor, un aroma masculino que era la
mezcla de un montón de olores. Después la tocó, ligeramente, muy ligeramente, sólo
para apartarle un mechón de la mejilla. Pero Sam, atrapada como siempre entre el
miedo y el deseo salvaje, se estremeció como si la hubieran pinchado.
—¿Sabes, doctora Gates? Tengo la sensación de que no has sabido entenderme.
Mejor aún, creo que no te entiendes bien a ti misma.
—¿Lo has consultado con un psiquiatra? —preguntó ella con voz temblorosa.
—No me hace falta. Soy muy observador.
Su sentido común le decía que debía alejarse de él en aquel mismo momento,
cuanto antes mejor, pero Sam, en lugar de hacerlo, echó la cabeza hacia atrás con
expresión desafiante y le miró a los ojos.
—¿Y qué es lo que has observado, si se puede saber?
Ty esbozó una sonrisa irónica.
—He observado que no eres una persona tan aburrida y tan civilizada como tú
te crees.
¿Aburrida y civilizada? Sam nunca había pensado en sí misma en aquellos
términos. Podía considerarse una persona con sentido práctico, con fuerza de
voluntad. También era capaz de canalizar sus energías. ¿Sería lo mismo?
En cualquier caso, viniendo de él, le resultaba poco halagador.
Ty la observaba en aquel momento, viendo como sus ojos normalmente fríos
adquirían un matiz cálido y apasionado. Así le había mirado cuando defendía el
comportamiento de Amy, y por eso mismo le había advertido que se mantuviera al
margen. Así le había mirado la noche anterior justo antes de que la besara. Era como
si le estuviera desafiando sin saberlo.
Ty decidió besarla, pero sólo por diversión, para ver cómo su fiereza se
esfumaba y su cuerpo se volvía suave y manejable entre sus brazos. Ya no era un
chiquillo, y sabía controlar sus emociones. Sin embargo, nada más empezar, perdió el
control con tal rapidez que él mismo se quedó asombrado.
El beso dejó de ser insinuante y se hizo ávido y apasionado. Sam sintió que su
deseo por él crecía en su interior como una explosión imparable. Le necesitaba con
una urgencia tan manifiesta que no podía ignorarlo. Su cuerpo la estaba pidiendo
que se rindiera. Pero cuando sus lenguas se pusieron en contacto, tuvo que ceder al
impulso de dar, tomar y pedirle todavía más. Ty, con manos fuertes y seguras, la
atrajo hacia sí por las caderas, aunque ella, de todas formas, se habría apretado
contra él. Sentía los contornos de su cuerpo, su turbadora dureza y su calor, y quería
más, más aún. Echó la cabeza hacia atrás, y él buscó ansiosamente su cuello con los

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labios. Sam hundió las manos entre sus cabellos al sentir su boca caliente y húmeda
en la piel. Después volvió a buscar su boca con pasión.
En un momento demasiado rápido, Ty se retiró. Sam, falta de apoyo, se
tambaleó, y tuvo que agarrarse a una silla, pero pronto recuperó el equilibrio,
disgustada consigo misma por aquella muestra de debilidad, y le miró directamente
a los ojos. Él sonreía, y aquello hizo crecer su enfado.
—¿Luz de vela? —dijo él sacudiendo la cabeza—. No, Samantha Gates, yo creo
que a ti te iría mejor un incendio forestal.
Dicho aquello, se marchó, antes de que ella pudiera contestar.

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Capítulo 4
Para estar en un pueblo tan pequeño, la casa resultaba relativamente grande.
Tenía diez habitaciones en total, además de las dependencias del servicio. Cinco
dormitorios, cada uno con su cuarto de baño individual. Los techos eran altos, y los
espacios amplios. Pero lo que en realidad le había decidido a cerrar el trato era el
hecho de que no se encontrara en la playa, lo cual era una garantía de seguridad,
pues nadie podría acceder allí fácilmente. Los tres acres de terreno que la rodeaban
podían ser vallados, y de hecho, así lo hizo inmediatamente. Se sentía seguro allí.
Pero también se sentía como en la cárcel.
Con un suspiro, dejó a un lado la sección deportiva del dominical y se levantó.
Pensó en la posibilidad de tomar una taza más de café, pero en lugar de ello se
dirigió a la ventana y contempló los bosques con cierta inquietud.
Si él se había retirado, había sido por Amy. Sólo así podía marcharse de la
ciudad y mantenerse lejos de los periodistas. Antes de que lo hiciera, sin embargo,
Jack Murphy se lo advirtió. El viejo había sido un famoso director cinematográfico en
los años treinta, y a partir de los cincuenta se había dedicado a retratar a personajes
de primera fila de la política en sus películas. El año anterior, a sus ochenta y un
años, había realizado una comedia en la que él mismo representaba el papel del
diablo. Como era de prever, la película había sido todo un éxito, y al preguntarle Ty
cómo se había metido en semejante trabajo con su edad, el anciano le había
contestado sin vacilar que para él abandonar el cine significaría la locura.
Ty llegó a pensar que aquél podía ser su problema. Quizás se estaba volviendo
loco. Eso explicaría su repentina obsesión por aquella rubia de ojos verdes. Llevaba
más de una semana pensando constantemente en ella.
¿Y qué tenía de especial? ¿Quizás el hecho de que le hubiera huido al principio?
Tampoco era la primera vez que le ocurría algo parecido, aunque, dada su condición
de estrella, las mujeres no se le resistían normalmente. La excepción más notable era
Monica, que le había abandonado por otras razones, después de varios años de un
matrimonio tormentoso y lleno de problemas. Samantha Gates, por el contrario, no
tenía ninguna razón aparente para huirle así. Quizás le atraía precisamente por ser
inexplicable.
También contaba el hecho de que no supiera quién era él. En principio, eso le
había atraído, pero tampoco era razón suficiente para seguir obsesionado con ella. Lo
cierto era que él había intuido que aquella mujer escondía un fuego interior que era
un reto, y él quería estar presente cuando lo liberase. Pero no, no era una obsesión; lo
que le impulsaba con fuerza irresistible a volver a verla era el aburrimiento.
Decidió que aquél era el momento.
Ty miró a Amy y a la señora McCabe, que seguían jugando al Monopoly, y cogió
su chaqueta.
—¿Os importa quedaros solas esta tarde? —les dijo.
Amy levantó la cabeza.

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—¿Dónde vas?
—¿Te he dicho que últimamente estás muy preguntona?
Amy levantó las cejas con suficiencia, gesto aquel que repetía muy a menudo en
aquellos últimos tiempos.
—Voy a dar un paseo —dijo él al fin.
—Salúdala de mi parte —le dijo Amy con una sonrisa maliciosa.
La señora McCabe miró a la niña con desaprobación, pero Ty no se inmutó.
—Lo veo un poco difícil, porque las ardillas no hablan, cierra bien la puerta
cuando salga, hija. Volveré tarde.
Los cielos parecieron conjurarse para desaprobar su marcha, porque en cuanto
puso un pie fuera de casa comenzó a llover con verdadera furia. Al principio echó a
correr entre los árboles, pero cuando estuvo empapado, se decidió a ir directamente
hacia su puerta principal. De la casa salía humo, lo que le hizo pensar que Sam
estaría sentada frente a la chimenea. Si llamaba desde la puerta principal, no podía
ponerle la excusa de que no le hubiera oído.
Efectivamente, Sam se encontraba sentada frente a la chimenea leyendo un libro
sobre filosofía Zen, cuando miró casualmente por la ventana y le vio salir,
dirigiéndose directamente a su casa. Como si un resorte se hubiera disparado en su
interior, sintió una ansiedad que ya le resultaba familiar, mezclada con una especie
de tensión y sentimientos de culpabilidad. Al oír los golpes en la puerta, se puso de
pie con el libro en la mano sin saber qué hacer.
Se le pasó por la imaginación hacer como que no estaba en casa. Retrocedió un
paso, pero por fin fue hacia la puerta. Al fin y al cabo, ella no era una cobarde.
Al abrir la puerta y verle, no pudo sofocar un sentimiento de alegría y
nerviosismo.
—Los domingos tormentosos —empezó a decir él sin más preámbulo—, nos
hacen pensar en tres cosas.
—Y ahora vas a contarme qué tres cosas son ésas, si no me equivoco.
Aunque trataba de aparentar indiferencia, Sam no pudo contener una sonrisa al
ver cómo trataba de apoyarse con aire arrogante en la puerta a pesar de que la lluvia
le chorreaba por todas partes.
—Tú eres una cobarde. Y los cobardes son muy intuitivos.
—No tanto como para adivinar las tres cosas que estás buscando.
—Ahora mismo te lo digo, entonces. Una chimenea encendida, una botella de
whisky y una mujer —respondió él, mirando significativamente por encima de Sam
las llamas que crepitaban en el hogar y después a ella—. ¿No tendrás una botella de
whisky?
Haciendo caso omiso de su tono insinuante, Sam contestó secamente:
—No.

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—¿Y alguna otra cosa?


—Un poco de Oporto.
—Que civilizada eres siempre.
—Ya sabes. Es una característica de los cobardes —respondió ella, cansada de la
conversación.
Intentó cerrarle la puerta, pero Ty introdujo un pie por la ranura y se lo
impidió. Aunque podía haberla cerrado perfectamente con hacer un poco más de
fuerza, Sam volvió a abrirla.
—Podríamos compartirlo.
—¿El qué? —preguntó ella—. ¿El Oporto?
—Para empezar… sí.
—No.
Se miraron a los ojos. Los de él negros y ardientes, y los de ella verdes y fríos,
como dos esmeraldas. Ty se preguntó qué tendría aquella mujer que le impulsaba a
estar a la altura de su fama de conquistador y echar la puerta abajo. Mientras, ella
pensaba a su vez cómo podía conciliar los impulsos, igualmente poderosos de salir
corriendo o seguir allí sin moverse, sonriéndole.
No, no podía dejarle pasar porque ello significaría convertirse en un juguete
más de su seducción. Y además, no quería seguir mintiendo a medias, ni exponerse a
un incendio forestal.
—Vete a tu casa, Ty.
Él se encogió de hombros y retrocedió, obediente, aunque sin abandonar su aire
amenazador.
—Está bien. Me marcharé… por ahora.
—Dime, ¿eres siempre tan tenaz en todo lo que te propones?
—No lo sé. Normalmente no tengo que molestarme en ser tenaz.
—Entonces no hay motivo para que ejercites tanto tu tenacidad.
—¿Crees que es eso lo que estoy haciendo?
—Sí, eso parece.
—No me extraña que una persona cobarde y civilizada como tú vea las cosas de
ese modo. Para ti todo es razonable, pero es que hay algunas cosas que desafían toda
razón, doctora Gates. Y son cosas imposibles de catalogar, por mucho que lo intentes.
Sam frunció el ceño, disgustada.
—Adiós —dijo, cerrando la puerta definitivamente.
Después, temblando, cerró con llave. No, no tenía razón para temblar, porque
había hecho lo que debía, ni más ni menos. Y él se había marchado. Pero, ¿qué era lo
que había dicho? Había dicho que se marchaba por el momento.

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Ty se mantuvo alejado de la casa vecina durante tres días.


Y si lo hizo fue porque se convenció a sí mismo de que podía hacerlo. Tuvo que
planteárselo como un reto. Pasaba todo el tiempo con Amy. El lunes estuvieron
viendo un pequeño colegio privado cercano. Le pareció descubrir en la insistencia de
su hija para que la matriculara reminiscencias de la opinión de Sam relativa a que era
contraproducente encerrarla. Sin embargo, él mantuvo sus cautelas. A cambio de una
importante donación para el centro, el director se comprometió a que allí la niña
fuera conocida por todos como Amy Corticelli. Sólo en la administración se sabría
quién era en realidad su padre.
El día siguiente lo pasaron entero en la playa, despidiéndose del verano. La
tercera noche, telefoneó a Jack Murphy.
—Por favor, ¿podrías definirme la locura? —le preguntó sin más preámbulos.
Murphy se echó a reír a carcajadas.
—¿Se puede saber dónde demonios estás?
—Prefiero no decírtelo.
Murphy gruñó algo entre dientes, pero Ty estaba tranquilo porque sabía que su
viejo amigo respetaría sus deseos.
—A veces sabes ser endemoniadamente cabezota, ¿eh? —comentó Murphy
alegremente.
—Sólo cuando no tengo más remedio, ya sabes.
Hubo un corto silencio, y después Murphy cambió de tema.
—¿Sabes que Beaderman por fin se ha decidido? Dice que va a poner una
demanda.
—Beaderman siempre está demandando a diestro y siniestro.
Ty no se sentía alarmado, porque ya esperaba una reacción de ese tipo de su
productor cuando de buenas a primeras le dijo que abandonaba su película. Estaba
dispuesto a pasar por lo que fuera con tal de velar por la seguridad de Amy.
—También has dejado una corte de corazones destrozados. En estos días se
nota lastimosamente tu ausencia en las fiestas.
—No estaba saliendo con nadie cuando me marché.
—Pues hay algunas que piensan lo contrario —dijo Murphy con una
carcajada—. A propósito, el retiro debe tener una cosa buena, por lo menos, y es que
te deja tiempo libre para perseguir al bello sexo.
Ty pensó en su rubia de ojos verdes.
—Sí, a uno le fascinan más las mujeres cuando no tiene que trabajar dieciséis
horas diarias.
—Ah, ¿sí? Entonces, yo que tú no me preocuparía. Si te pasa algo de eso, es que
todavía no te has vuelto loco.

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Ty, que no estaba tan seguro de su cordura, hizo una mueca.


—Pero creo que no ando muy lejos de la locura, de todos modos —dijo mirando
por la ventana, y pensando sin querer que ya hacía bastante tiempo que no se pasaba
por casa de Sam—. Tú continúa trabajando, Jack. Tenías razón en lo que me decías.
—¿Me has llamado solamente para decirme eso? No te preocupes, porque no
voy a dejarlo. Necesito demasiado el dinero.
Ty sonrió, sintiéndose de buen humor por primera vez en todo el día.
—¿Que necesitas el dinero? No digas tonterías. ¿Podrías hacerme un favor?
Llama a Beaderman y pregúntale qué es lo que quiere para que nos deje en paz. Me
volveré a poner en contacto contigo dentro de unos días.
—¿Piensas dejar que te tome el pelo como si fueras un imbécil?
—Quizá. Aunque quién sabe, a lo mejor no.
Colgó y volvió a descolgar, con la mirada puesta en la casa que se entreveía
entre los árboles.

Sam no cogió el teléfono hasta el quinto timbrazo. Aunque podía parecer


imposible que supiera que era él, en efecto, lo sabía.
—Sam.
El corazón le dio un vuelco, pero consiguió que su voz sonara indiferente.
—Me imagino que no te habrás confundido de número, ¿verdad?
—Los malos modales no te van, Sam. Se nota que tienes que hacer un esfuerzo
demasiado grande para ser grosera.
Hubo un silencio.
—Es la falta de práctica —respondió Sam finalmente—. Normalmente no me
veo obligada a decir no tantas veces para que la otra persona lo comprenda.
—Lo que a mí me interesa es saber por qué estás tan convencida de que es
necesario decir que no.
Sam miró nerviosa el cuchillo que tenía entre las manos. Acababa de prepararse
un sandwich y estaba jugueteando inconscientemente con él. Por fin lo soltó con
estrépito, e hizo a un lado el plato, furiosa consigo misma.
—Yo creía que ya habíamos hablado bastante de eso.
—¿Vuelves a tu táctica de la luz de velas? Ya me he ofrecido a arreglarlo todo si
es eso lo que quieres… o mejor dicho, si insistes en que ése es tu estilo.
Sam se sentó encima de un armario y alargó la mano distraídamente hasta el
cuchillo.
—Efectivamente, ése es mi estilo.

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—Pues a mí me has demostrado que no es así.


En aquella ocasión, Sam arrojó el cuchillo a la pila con todas sus fuerzas.
—¡Maldita sea, Ty! ¿Se puede saber qué es lo que quieres?
—Quiero razones. Creo que de eso hablábamos precisamente antes de que
tiraras lo que tuvieras en la mano. ¿Qué te ocurre, doctora Gates? ¿Es que a los
cobardes les resulta imposible confraternizar con los vecinos?
—Vamos a ver —dijo Sam perdiendo la paciencia—. A ver si te he entendido
bien. ¿Es que me has llamado para averiguar por qué no quiero que me llames?
—No exactamente. Pero ya que has sacado a relucir la cuestión, tampoco me
importaría averiguarlo. Aunque de todos modos, como veo que no tienes intención
de colaborar, creo que lo mejor será pasar directamente al verdadero propósito de mi
llamada.
Hubo un silencio. La tensión aumentaba por momentos.
—¿Tienes algo que hacer esta noche? —preguntó por fin Ty.
—Contigo, nada —respondió Sam con demasiada rapidez.
—Yo no te preguntaba eso.
Sam dejó escapar un largo suspiro.
—De acuerdo. No, no tengo nada especial que hacer. Ahora mismo voy a colgar
el teléfono, me comeré un sandwich, y después tengo intención de sentarme a ver la
televisión hasta que me canse.
—¿Hay alguna posibilidad para convencerte de que hagas lo mismo en mi casa?
—¡Maldita sea, Ty! ¡No! —ella quería haberlo dicho en tono aburrido, pero sin
querer aquello fue una auténtica explosión de pánico contenido.
Ya se disponía a colgar, cuando la detuvo la voz suave de Ty.
—Bueno, en ese caso, ¿podrías recomendarme a alguien de confianza para que
se quedara cuidando a Amy?
—Lo que te he dicho, alguien que se encargue de Amy durante unas horas.
Los miércoles la señora McCabe libra y a mí me apetece salir a dar una vuelta.
—¿Qué pasa? ¿Es que empiezas ya a cansarte de la vida doméstica?
—Por favor, no empieces a hablarme ahora como la señora McCabe.
—Puede que ella tenga razón.
—Bueno, eso no tiene importancia ahora. Ella piensa así y ya está. ¿Te
importaría colaborar conmigo para que pueda salir?
Sam vaciló un momento. En realidad la cosa era muy fácil. Lo único que tenía
que hacer era pasar a la casa de al lado y quedarse un par de horas con Amy. Y como
él se marchaba, no había ningún peligro. En realidad era una oportunidad única para
charlar con la niña y no podía desaprovecharla. Negarse equivaldría a reconocer que
su estancia allí no le estaba sirviendo de nada para realizar su trabajo.

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Con el corazón palpitante, preguntó:


—¿A qué hora?
Ty esbozó una sonrisa de satisfacción.
—¿Cuánto vas a tardar en terminarte ese sandwich?
—Veinte minutos.
—Entonces nos vemos después.
Se quedó mirando el teléfono, después de colgar, sin poder evitar preguntarse
por qué se sentía como si acabara de perder una importante batalla. En vez de
comerse el sandwich, se quedó mirándolo durante largo rato y finalmente lo envolvió
y lo guardó en la nevera. Ya no tenía hambre, sino una desconcertante sensación en
el estómago. Después se puso su chándal verde, pensando que era lo más adecuado
para pasarse una noche viendo la televisión.
Veinte minutos después, Ty acudió a abrirle la puerta de su casa con una copa
de café irlandés en la mano.
—Pensé que estarías a punto de marcharte.
—Y así es, efectivamente. Esto es para ti —dijo tendiéndole el café.
En vez de aceptarlo, Sam retrocedió sacudiendo la cabeza.
—¿Es la bebida que normalmente le ofreces a las canguros?
Ty se llevó la copa a los labios y dio un sorbo.
—No. Generalmente las canguros que yo suelo contratar tienen más de cien
años.
Era asombrosa la capacidad de Ty para hacer sonar sus respuestas cortantes
como si fueran cumplidos. Sam, en vista de la situación peligrosa, dio media vuelta
antes de que empezara a asaltarla el deseo con demasiada intensidad. Para
distraerse, se dedicó a contemplar lo que se veía de la casa.
Al cabo de un rato se dio cuenta de que Ty la estaba mirando con una sonrisa
de lo más turbadora.
—¿Qué te parece mi casa?
—Es preciosa.
—Y tú estás demasiado nerviosa. ¿Seguro que no quieres beber algo, doctora
Gates? Hay quien dice que eso ayuda a relajarse.
Ella negó con la cabeza y entró en la sala.
—No, no, gracias. Estoy bien así. Además, de todas formas, yo no suelo beber
café irlandés. Aquella noche lo pedí… no sé por qué.
—Supongo que aquella noche el ambiente lo requería. Un romántico pub en un
lugar perdido de Nueva Inglaterra desde donde se ve el atlántico tormentoso en una
noche fría que presagia ya el otoño. La mejor bebida para un momento así es algo
caliente y fuerte, algo aromático con un poco de nata cremosa.

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Sam le miró con cierto asombro. ¿Cómo era posible que hubiera adivinado sus
pensamientos si se supone que los tipos duros no son nada intuitivos?
De pronto decidió que tenía razón; necesitaba beber algo.
—En esta ocasión preferiría una bebida fría y fuerte.
—Ahora mismo.
—No, yo misma me lo serviré… dime dónde está el bar. No quiero entretenerte.
Ty esbozó una sonrisa irónica.
—No te preocupes, mujer. ¿Qué quieres tomar?
—Un poco de vino con un cubito de hielo.
Sam se sentó en el sofá, pero tuvo que levantarse inmediatamente, al darse
cuenta de que no podía permanecer quieta.
Un momento después, Ty se le acercó por detrás. Cuando sintió su mano en el
hombro, Sam se puso de pie de un salto.
—Ya verás cómo te sienta bien —le dijo con una arrogante sonrisa, alargándole
la copa.
A ella se le pasó por un momento la idea de vaciarle el contenido en la pechera
de la camisa.
—¿No decías que ya te marchabas?
Ty la miró con irritación. Aquella noche no había rastro de la mujer apasionada
y desafiante que había visto otras veces. Por el contrario, no podía estar más fría y
recelosa. Algo había ocurrido que la hacía echar marcha atrás. Se dirigió rápidamente
al ropero, pensando que lo mejor sería llevar a cabo su plan original. Se marcharía un
rato y así ella tendría tiempo para tranquilizarse. Entonces él volvería.
—No estaré fuera demasiado tiempo —le dijo volviéndose a ella mientras se
ponía la chaqueta—. Gracias por hacerme este favor.
—No hay de qué —respondió Sam con cierta desconfianza—. ¿Dónde está
Amy?
—Arriba.
Los dos miraron hacia arriba. La niña, sentada en el rellano del piso superior,
los contemplaba muy interesada, con una amplia sonrisa y la carita apoyada entre las
manos.
Ty se dirigió a la puerta.
—Amy, no la dejes jugar con los candelabros.
—Pero si no tenemos candelabros.
—En ese caso, no la permitas que te ate a una silla. Hasta luego.
Una vez segura de que se había marchado, Sam fue a sentarse en el sofá. Como
siempre, tenía la sensación de haber perdido una batalla, y también como siempre,
tenía la extraña sensación de no saber contra quién o contra qué estaba luchando.

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Capítulo 5
—Bueno, ya que los candelabros están descartados, ¿qué te apetece hacer? —
preguntó Amy en cuanto se quedaron solas.
Sam miró distraídamente a la niña, haciendo un esfuerzo por dejar de pensar en
Ty.
—Si te parece, podemos confiscar los libros de cocina de la señora McCabe.
—¿Confi qué?
—Robarlos, para ser más claros.
Amy bajó las escaleras riendo.
—¡Qué simpática eres!
—Tú tampoco estás mal —dijo Sam con una sonrisa—. Dime, ¿por dónde se va
a la cocina?
Amy la guió por el pasillo.
—Es por aquí. ¿Qué vas a hacer?
—Tirar el vino. Pero no se lo digas a tu padre. Puede que no le guste
despilfarrar.
—A él eso le da igual —respondió Amy mirando como el líquido rojo se perdía
por el sumidero—. Pero a la señora McCabe no.
—¡Y me lo dices ahora! —exclamó Sam con una fingida mueca de horror.
—No te preocupes. Si se enterara, lo único que haría sería gritar un poco.
Además, yo no pienso chivarme.
—Gracias, Amy. Desde luego, por lo que me cuentas, la señora McCabe no debe
ser muy divertida.
Amy se apoyó en uno de los armarios y arrugó la nariz.
—¡Es horrible! Cuando papá me dijo que nos íbamos a venir a vivir aquí yo
pensé que seríamos nosotros dos solos. Si hubiera sabido que ella iba a venir
también, no habría querido.
Sam intentó suavizar un poco la situación.
—Bueno, Amy. Sólo por el hecho de que ella no sea demasiado simpática no
hay que pensar que sea mala persona. Tú me dijiste que si cocina tan mal es porque
la pobre no ve bien.
Amy esbozó una sonrisa que se esfumó rápidamente.
—Se pasa todo el día vigilándome. Me sigue a todas partes, como si pensara
que de pronto voy a desaparecer delante de sus narices o algo así.
Sam tardó un momento en hablar. Debía pensar mucho lo que decía porque
empezaban a adentrarse en terreno peligroso.
—Es normal que piense eso, ¿no?

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—Es una tontería. Aquello no va a volver a… Bueno, no quiero hablar más de


eso. ¿Quieres jugar a algo? A mí me apetece todo menos el Monopoly.
Sam decidió no presionar más. Sin embargo, empezaba a darse cuenta de que la
niña no era tan reacia a hablar como Ty pensaba. Lo único que necesitaba era la
persona adecuada para contárselo todo.
—¿Qué tiene de malo el Monopoly? A mí me gusta mucho, y además soy una
auténtica campeona.
—Yo le he ganado a la señora McCabe seis veces sólo en esta semana.
—Sí, pero es que la señora McCabe no puede ver bien el tablero.
Amy se echó a reír.
—Yo creo —prosiguió Sam— que lo que tú necesitas es un buen contrincante.
—Bueno. Cogeré el juego.
—¿Dónde quieres que juguemos?
—En el cuarto de estar. Está al final del pasillo.
Al cabo de un rato, se disponían a empezar sentadas a la mesa de juego.
—Vamos —dijo Sam—. Ya va siendo hora de que se te acabe la racha de ganar
siempre. Dime, Amy, ¿os habéis venido a vivir aquí para siempre? —preguntó
mientras colocaba las fichas.
Amy la miró con cierto recelo, pero en seguida adoptó su actitud abierta de
siempre.
—No lo sé. Yo preferiría que no.
—¿Qué es lo que no te gusta, vivir aquí o tener que estar todo el día con la
señora McCabe?
Amy suspiró y apoyó las mejillas en las manos.
—Yo no sé si me gusta este sitio, porque tengo que estar todo el día metida en
casa o en el jardín. Hecho de menos a mis amigos.
—¿Y qué pasa con el colegio? Ya estamos a mediados de septiembre. ¿No
deberías estar en clase ya?
Los ojos de la niña se iluminaron.
—El lunes estuvimos viendo un colegio. Empiezo dentro de cinco días. Bueno,
en realidad ya sólo quedan cuatro. Dentro de cinco mañanas, cuando me despierte,
podré ir.
Sam se sintió conmovida.
—En el colegio podrás hacer amigos nuevos.
—Eso espero —exclamó Amy a punto de llorar—. ¡Ojalá no me hubiera pasado
aquello! ¡Ojalá no hubiera vuelto a verla nunca más! Ya sé que es horrible decir eso,
pero por su culpa todo ha cambiado y yo… —muy pálida, hizo un tremendo

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esfuerzo para contener las lágrimas, aunque lo que no podía ocultar era el terror de
su mirada. Cogió el dado con las manitas temblorosas—. Me toca a mí.
Sam se quedó callada, abrumada por un insoportable sentimiento de
culpabilidad. Ella había estudiado siempre pensando que los niños se merecían el
mismo respeto que los adultos. Y ahora, por un trabajo absurdo, se veía obligada a
manipular a aquella niña, a llevarla a situaciones extremas que sólo le producían
miedo. Y ni siquiera podía ser sincera y decirle que le estaba haciendo las preguntas
intencionadamente.
Se puso de pie bruscamente. Amy no pareció asombrarse, porque tenía los ojos
tercamente clavados en el tablero de juego.
—Ahora mismo vuelvo.
Sam corrió hacia la cocina, y una vez allí, dejó escapar un prolongado suspiro.
Tenía que haber una mejor manera de hacer aquello, una manera más honrosa, por lo
menos. Un procedimiento que ella misma pudiera tolerar y que le hiciera menos
daño a Amy.
—¡Maldita sea! —exclamó en voz alta.
—Lo siento.
Aquella vocecita la asustó. Levantó la vista y allí estaba Amy, que la había
seguido.
—Pero… ¿por qué?
—Por haberte gritado.
Sam encontraba imposible mantener una distancia profesional viendo aquellos
ojos grandes, dulces, llenos de lágrimas. Instintivamente, abrió los brazos y Amy
corrió a refugiarse contra su pecho.
—No, pequeña. Eres tú quien me debe perdonar a mí. No debería haberte hecho
preguntas que tú no quieres contestar.
—No pasa nada —contestó Amy, ya completamente tranquila—. Ya no me
apetece jugar al Monopoly, ¿por qué no vemos un rato la televisión?
Sam se extrañó de que la niña se recuperara tan pronto de las lágrimas, aunque
cabía la posibilidad de que estuviera acostumbrada a hacerlo.
—De acuerdo. ¿Ponen algo bueno?
La niña sonrió.
—Cualquier cosa es buena si no está la señora McCabe para decirme lo que no
puedo ver.
—Bueno, si vamos a ver la televisión, tendremos que hacerlo todo completo. Me
imagino que la señora McCabe no tendrá palomitas en la despensa, ¿verdad?
Amy la miró con expresión misteriosa y por fin dijo:
—La verdad es que yo tengo una bolsa de patatas fritas escondidas en mi
habitación. Pero no se lo contarás, ¿verdad?

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—No diré nada si tú me prometes que no le contarás a nadie que nos hemos
escapado un momento a mi casa para coger una botella de gaseosa.
Entre risas se marcharon por la puerta de atrás. Volvieron al cabo de unos
minutos cargadas de golosinas y dulces.
—¿Sabes? —murmuró Sam cuando por fin se sentaron en el cuarto de estar—.
Me parece que nos va a resultar muy difícil ocultar luego las pruebas de que hemos
estado comiendo aquí.
Amy, que acababa de meterse un puñado de patatas fritas en la boca, contestó
mientras masticaba a dos carrillos.
—No creas. Lo esconderé todo en el mismo sitio donde tenía las patatas. Vamos
a ver el canal de cable —agregó cogiendo el mando a distancia—. La señora
McCabe…
—Se llevaría un susto de muerte si te viera ahora —dijo Ty desde la puerta.
—¡Papá!
Sam sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Has vuelto muy pronto —fue lo único que consiguió articular.
Ty avanzó por la habitación oscura y se dejó caer en una silla frente a ellas.
—La verdad es que no —dijo, sacando un cigarrillo—. Me marché hace algo
más de una hora, y generalmente con ese tiempo tengo suficiente para recobrar mi
cordura.
Su rostro quedó momentáneamente iluminado por la cerilla mientras se
encendía el cigarro. Sam intentó convencerse de que el peligroso brillo de sus ojos era
debido a la luz de la llama, pero no lo consiguió.
—A propósito —añadió volviéndose a Amy— ya deberías llevar más de media
hora en la cama.
La niña esbozó una sonrisa.
—Se me ha olvidado porque estaba demasiado ocupada en mantenernos lejos
de los candelabros.
—Claro —dijo él cogiendo la bolsa llena de chucherías—. Date prisa, Amy. El
lunes empiezas el colegio y mañana tenemos que hacer muchas cosas. Pero antes
coloca estas cosas en la despensa.
Amy le miró vacilando.
—Esas cosas son de Sam.
—No te preocupes, Amy. Yo tengo mucho más y no me hace falta. Puedes
guardarlo todo en tu escondrijo de las patatas fritas. Pero si la señora McCabe lo
encuentra, yo pienso decir que no lo he visto nunca.
—Gracias, Sam.
—De nada.

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—Vete a la cama —le ordenó Ty sonriendo.


Amy asintió y subió corriendo las escaleras.
A Sam no le sorprendió que Ty se sentara inmediatamente a su lado en el sofá.
De todas formas, sabía que si se levantaba él iba a seguirla, así que ni siquiera lo
intentó.
—Sabes tratar muy bien a Amy —comentó él apagando su cigarrillo.
—No sólo a ella, sino a todos los niños.
—A mí me da lo mismo. Por cierto, ¿qué tal te ha ido?
Sam sabía perfectamente a qué se refería. Unos días atrás le había prometido
que se lo contaría todo si la niña mencionaba algo del secuestro. Y, por supuesto, iba
a hacerlo, porque eso no perjudicaría en nada a Frank Kemp. De hecho, los
beneficiaría a todos. Sin embargo, cuando se disponía a empezar, algo se lo impidió.
Fue como una especie de aviso de su mente. Le miró a los ojos, pero tuvo que apartar
la mirada enseguida porque no podía soportar la confianza que veía en ellos.
—Mmm… Muy bien. Tu hija es muy simpática.
—¿Qué quiere decir muy bien? ¿Que no se ha portado como un monstruo o que
te ha contado algo?
Sam sintió que no podía permanecer ni un momento más sentada sin hacer
nada y se levantó.
—Amy no es ningún monstruo. Por el contrario, es una niña encantadora.
—Sí, pero tiene problemas.
—Eso es cierto —respondió Sam pensativa, dirigiéndose a la ventana—. Me da
la impresión de que no se lleva nada bien con la señora McCabe. Quizás deberías
hablar con ella y comentárselo. Por lo que me ha contado, está encima de ella todo el
tiempo y no se encuentra a gusto.
Ty se puso serio.
—Eso es inevitable.
Ty se acercó lentamente hacia ella. Inconscientemente, dio un paso atrás al
sentirle, y dijo con voz atropellada:
—Tengo que irme a casa.
Ty sonrió ocultando a duras penas su frustración.
—¿Ahora mismo?
Sam dejó su vaso sobre el mueble bar.
—Sí, tengo que… Me dejé unas cosas sin terminar cuando vine corriendo para
acá.
—¿Tu sandwich?
—¿Cómo? Ah, sí, eso también.

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Se miraron a los ojos y Ty soltó una maldición para sí al ver en los de ella una
expresión asustada. ¿Qué diablos estaba pasando? Aquella noche la sentía más
distante que nunca. Se había pasado aquella última hora sentado en el Widow's Walk
dejando que los minutos trascurrieran para volver, y pensando en ella había llegado
a la conclusión de que sus nervios eran el producto del choque entre las vertientes
apasionada y cobarde de su carácter.
Pero ella le deseaba. Lo sabía perfectamente. Y sin embargo, por alguna
misteriosa razón, estaba a punto de escapársele de nuevo.
—En ese caso, vete y termina lo que estuvieras haciendo —le dijo en voz baja,
tensa.
—Sí, me voy ahora mismo.
Sin embargo, Sam vaciló. Aunque no lo estaba mirando, Ty supo que no se
había movido de donde estaba.
—Pero antes, doctora Gates, te agradecería que nos hicieras a los dos un favor.
Sam le escuchó, cada vez más tensa. Se llevó las manos a las sienes en un
intento de aliviar la jaqueca que se hacía ya insoportable.
—No me impresionas como jugadora, Sam. A no ser que de una vez por todas
reconozcas que estás jugando conmigo.
Ella frunció el entrecejo, sin comprender.
—Yo no juego a nada.
—Entonces, ¿por qué te dedicas a tentar al destino?
Notándole enfadado, Sam no sabía que decir. Finalmente, miró el fondo de su
vaso y dijo casi en un murmullo:
—¿Qué estoy tentando al destino? No sabía que la Coca-Cola tuviera
propiedades metafísicas.
Se lo llevó a los labios, pero Ty la detuvo cogiéndola por la muñeca con una
violencia que era fruto de la pasión contenida. Sam se sintió asustada al principio,
después furiosa, y por último…
—No juegues conmigo, Sam —dijo él en un tono que, aunque suave, tenía
mucho de advertencia.
Entonces Sam alzó la cabeza, y Ty tuvo ocasión de verla desafiante una vez
más.
—¿Por qué te molesta tanto? ¿Por que me las estoy jugando con un experto? —
preguntó ella haciendo ondear su larga melena rubia sobre la espalda con un
movimiento airoso.
Ty apretó más los dedos con que la tenía sujeta, y después sonrió.
—No. Porque hemos llegado al límite. Ya no me puedes presionar más. Llega
un momento en que los juegos ya no son suficientes. En este punto yo voy a tener
que echar abajo tus malditos principios y cambiarlos por otros más humanos, y eso

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podría resultar peligroso, Sam —mientras hablaba, empezó a acariciar la cara interna
de su muñeca con los dedos—. Muy, muy peligroso. Y no creo que ninguno de los
dos se sintiera cómodo o… civilizado, si lo prefieres, con lo que descubriría debajo.
Ty se dio cuenta de que había conseguido asustarla. Lo sentía en su pulso
acelerado, en el miedo que se mezclaba con el orgullo de su mirada cuando retiró la
mano. Bebió un trago sin dejar de mirarle. Y siguió mirándole mientras se humedecía
los labios con la lengua, sin responderle por una vez.
Él le quitó el vaso de la mano. Sam captó perfectamente el significado de aquel
gesto, y su sentido común le gritó que debía huir, marcharse antes de que fuera
demasiado tarde. Pero no lo hizo. Se rindió.
Ty la atrajo hacia sí con brusquedad, envolviéndola entre sus brazos. Encontró
su boca ávida y sus labios trémulos, tal y como lo había esperado. A medida que
pasaban los segundos, Sam le pedía más y más, cada vez con más ardor, mientras
que él trataba de mantener la cordura a toda costa. Finalmente, con un gemido, se
dejó vencer por la locura.
Sam percibió el cambio inmediato, pues por mucho que Ty no se hubiera
caracterizado nunca por su dulzura, siempre le había provocado, había encendido en
su interior el fuego de la pasión y se había aprovechado después de él. Sin embargo,
en aquel momento, la estaba tomando sin más. Con un gemido de impaciencia, la
hizo tumbarse en el sofá. Sam no se resistió porque no quiso.
Sus cuerpos se mezclaron. Ty era todo calor y dureza… su contacto le resultaba
a Sam insoportablemente lejano y al mismo tiempo insufriblemente íntimo. Quería
más, mucho más. Deslizó ambas manos por su espalda, sintiendo su cuerpo
musculoso, fuerte, masculino. En aquel momento supo que la tensión y el
nerviosismo que había sentido aquella tarde nada más verle, no eran tales, sino pura
necesidad, puro deseo.
Sam se apretó contra su cuerpo cálido con una desesperación que ni ella misma
entendía, pero que tampoco quería descifrar. Lo único que sabía era que lo deseaba
con una urgencia tal que no admitía más desplazamientos ni esperas. El deseo era tan
fuerte que se parecía demasiado al dolor. Cuando sintió que Ty deslizaba una mano
por debajo de su camiseta se estremeció. Cuando tocó su seno, se sintió arder.
Mientras, Ty deslizaba su boca caliente y húmeda por su piel, deteniéndose en
el lugar del cuello donde podía sentir su pulso atropellado. La acarició con la lengua
hasta hacerla gritar. Entonces, enloquecido él también, le subió la camiseta de un
tirón. Al sentir su boca en los pezones, Sam se arqueó gimiendo como si de pronto le
faltara el aire. Le cogió la cabeza con ambas manos, por el pelo, y volvió a besarle en
la boca. Fue entonces cuando él empezó a hablarle. En ese momento empezó a
recuperar el sentido común.
—Es fuego, ¿no te das cuenta? —le susurraba Ty—. Déjate llevar.
Le quitó la camiseta, y en cuanto la tuvo desnuda entre sus brazos empezó a
acariciarle los pechos. Sam se dejaba hacer, apretándole contra sí, disfrutando de
aquel tormento enloquecedor. Pero su mente estaba ya alerta para entonces.
Comenzó a preguntarse seriamente hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Sabía que

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estaba a punto de traspasar la línea que la separaba de un abismo de dolor y


culpabilidad. Debía ser consecuente. Gimió, desesperada.
Ty interpretó su quejido como un grito de placer, y redobló sus caricias. Sam
misma, sin darse cuenta, empezó a quitarle la camisa, ansiosa por sentir la piel de él
contra la suya.
Por fin, después de una dura lucha consigo misma, Sam consiguió reunir las
fuerzas suficientes para apartarse de él. Sin embargo, Ty tardó en darse cuenta de
que le estaba oponiendo resistencia. Cuando se movió, volvió a atraerla hacia sí. Ella
gimió, y él ahogó su protesta con un beso. Pero finalmente, el fuego se apagó. Ty se
incorporó y la miró sin poder disimular su disgusto.
—¿Qué te pasa?
Sam retrocedió en el sofá y no se detuvo hasta que estuvo sentada en el extremo
opuesto. Respiraba agitadamente. No podía salir corriendo una vez más, porque ya
estaba cansada de representar el papel de cobarde, y además ella no lo era.
—Amy —dijo al fin con voz jadeante.
—Amy está en la cama —respondió él, mirando sin embargo en dirección a las
escaleras.
—No, no es eso. Es que acabo de acordarme de algo que se me olvidó decirte
antes. Es una cosa que ella me dijo. Es importante.
—¿De qué se trata? —preguntó Ty mirándola inquisitivamente.
—De tu mujer —respondió ella, dejando escapar al mismo tiempo un suspiro
largo y trémulo.
Ty la miró con furia.
—Yo no estoy casado.
—Sí, pero lo estuviste.
—¿Y eso qué diablos tiene que ver con Amy?
—Yo creo que… está bastante claro que fue ella quien secuestró a Amy.
Ty la miró con incredulidad, después con sorpresa y finalmente con
desconfianza.
—Ésa es una deducción gratuita, en mi opinión.
—Bien, en caso de que no me creas, pregúntale a la señora McCabe.
Cuanto más pensaba en las medias palabras de Amy, más segura estaba Sam de
no equivocarse. Sin embargo, también sabía que la tarea de convencer a Ty iba a
resultar ardua.
Ty se levantó y fue hacia el bar. Mientras se servía un vaso de whisky, dijo:
—Eso es ridículo. ¿Es que resulta que ahora eres una especie de detective
amateur?

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Sam se sobresaltó enormemente, y en su confusión estuvo a punto de decirle


que era detective, pero no amateur, sino con licencia.
—No, no soy detective —dijo con firmeza, haciendo de tripas corazón—. Pero
soy psicóloga especializada en niños, y además muy buena.
Por toda respuesta, Ty esbozó una lenta sonrisa. Sam se apresuró a coger su
camiseta, dándose cuenta de que era imposible hablar en serio si seguía desnuda de
cintura para arriba.
—¿Y qué es lo que te dijo para hacerte llegar a esa conclusión? —preguntó él,
mirándola con una sonrisa guasona mientras se volvía a vestir apresuradamente.
—Me dijo exactamente: «Ojalá no me hubiera pasado aquello. Ojalá no hubiera
vuelto a verla nunca más. Ya sé que es horrible decir eso, pero por su culpa todo ha
cambiado» —Sam hizo una pausa—. Está claro que ni hubo tal secuestrador, sino
secuestradora. Era una mujer, y no Fr… No el hombre que tienen encerrado en la
cárcel de California. Era alguien conocido para Amy. Además, se siente culpable
porque no desea volver a ver a su madre, y se arrepiente de haber estado con ella.
Sam esperó pacientemente la reacción de Ty mientras él, sin pronunciar
palabra, terminaba su vaso y se servía otro. Después, por fin, se volvió a mirarla.
Su rostro parecía una máscara inexpresiva. Imposible adivinar lo que estaba
pensando.
—Bien, por lo menos al fin ha dicho algo.
—Sí, pero…
—Lo malo es que tú la has interpretado mal. Si no fuera por eso, sabríamos algo
más.
Sam le miró furiosa.
—¡Yo no la he interpretado mal!
—Sí, Sam, no la has entendido.
—¡No! No puedes estar tan seguro, porque tú sí que no sabes nada. Imagínate
que tengo razón en lo que digo de que se trata de una mujer. En ese caso se estaría
cometiendo un error muy grave con ese hombre que está en la cárcel acusado de un
crimen que seguramente no ha cometido. ¡Sí es inocente, no puedes permitir que siga
en la cárcel!
Ty la miró pensativo pero no dijo nada. Sam no cabía en sí de furia. ¿Sería
posible que no la creyera? ¿Es que le traía sin cuidado? Si así era, le estaba
demostrando ser un hombre frío y sin corazón, exactamente como los personajes que
solía representar en la pantalla.
Una idea luminosa acudió entonces a su mente. A ella sí que no le importaba su
reacción. Ella había cumplido con su trabajo y ahora podía volver a California y decir
la verdad. Quien debía creerla era el jurado, no Ty Cort.
—Ty —empezó a decir de nuevo, impulsada por una inexplicable necesidad de
convencerle.

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Pero él la interrumpió, diciendo:


—Sam, es absurdo. No tiene ningún sentido. ¿Estás segura de que se refería al
secuestro y no a alguna otra cosa?
Sam suspiró. De pronto se le habían quitado las ganas de luchar.
—Sí, estoy segura.
—Entonces será que no entendiste bien lo que te dijo.
—No.
Sam le miró con tristeza. En sus brazos se había sentido como en un paraíso, y
sin embargo ahora su mirada le decía que seguían siendo extraños. Se mordió los
labios y, como pudo, forzó una sonrisa.
—Pensaba que te interesaría saberlo de todas formas. Ahora, si me disculpas,
me marcho a terminar mi sandwich.
De camino a su casa, en la oscuridad del bosque, se dio cuenta que desde hacía
algún tiempo se estaba acostumbrando a marcharse cuando más deseaba quedarse.

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Capítulo 6
Había llegado a estar tan cerca, tan cerca…
Sam dejó caer la cortina porque no podía soportar la visión de Ty metiendo en
el coche a la pequeña Amy. Sin embargo, no le hacía falta verle para torturarse a sí
misma. Habían pasado cinco días y todavía podía sentir sus caricias en la piel y el
gusto de sus besos en la boca.
Lo peor era que no podía hacer nada por remediarlo.
Se frotó las sienes, atormentada por un dolor que ya se había hecho crónico, y
volvió a las notas que tenía esparcidas en la mesa de la cocina. Se sirvió una taza de
café y las miró con expresión sombría. Aunque apenas eran las ocho de la mañana las
había leído y releído ya infinidad de veces. Allí estaba la fotocopia del artículo que la
había llevado a deducir que podían encontrarse en el cabo Endless, las copias de los
documentos de compra de la casa en la que vivían y sus propias anotaciones
manuscritas basadas en la conversación con Amy. Aquella era su investigación, todo,
en apariencia. Lo que nadie sabía era que detrás de aquello se escondía un mundo de
complicaciones imprevistas.
Sin embargo, el hecho era que ahora ella estaba en posesión de la verdad. Sabía,
con una certeza que nadie podía arrebatarle, que Amy había sido secuestrada por su
madre. No sabía cómo ni por qué, pero estaba segura de ello.
Si llamaba a María con la noticia, y ella investigaba las actividades de Monica
Cort durante el verano, no tardaría en sacarlo todo a la luz. La abogada pondría
todos los medios a su alcance para defender a su cliente. En cuestión de horas Kemp
quedaría libre y la noticia saldría en los periódicos de la tarde.
Entonces, Ty se enteraría del nombre de la autora de la investigación. Lo que no
sabía era cuánto tiempo le llevaría averiguarlo. Podía enterarse indirectamente, por
la prensa, o bien cabía la posibilidad de que le llamara el propio fiscal del distrito. Lo
que más la atormentaba era pensar cómo iba a sentirse la pequeña Amy cuando viera
que su secreto, tan celosamente guardado, saltaba a las primeras páginas de
periódicos y revistas. ¿Cómo reaccionaría al enterarse de que la culpable era una
mujer en la que había puesto su confianza?
Con aquellas perspectivas le resultaba del todo imposible llamar a María. No
podía hacer nada. Desgraciadamente, sólo le quedaba una alternativa: hablar con Ty
y decirle la verdad.

El coche volvió a detenerse frente a la puerta de la casa de enfrente alrededor de


las nueve. Ty regresaba solo. Sam contempló pensativa cómo aparcaba el vehículo en
el garaje, y después se puso en pie con actitud resuelta.
Se repitió por enésima vez que aquélla era la única solución. No podía permitir
que se enterara del engaño por los periodistas. Además, con un poco de suerte, él la
comprendería y se dejaría ayudar. Pero, ¿y si no era así? En ese caso, podía estar

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segura de que no volvería a ver en su vida a Ty Cort. Un consuelo le quedaba, y era


que aunque su relación no se hubiera visto interrumpida tan precipitadamente, más
tarde o más temprano él habría terminado por cansarse de ella.
Sam solamente consiguió llegar hasta el último escalón del porche. Una vez allí,
se sentó y se echó a llorar.

Cuando por fin tuvo el valor de acercarse a la casa vecina, eran ya las seis, y Ty
acababa de volver con su hija del colegio.
En otras circunstancias, la cara de sorpresa de Ty cuando abrió la puerta, le
hubiera parecido cómica. Sujetando con una mano la puerta, y con la otra un
periódico como si fuera una pistola, miró ceñudo a las verjas, que se suponían
cerradas para cualquier extraño. Después, sus ojos se llenaron de estupor cuando
reparó en ella.
—¿Cómo has conseguido entrar?
—Yo también me alegro de verte —dijo Sam, sinceramente molesta.
En realidad, con aquella actitud, él no hacía más que demostrarla que entre
ellos todo había terminado.
—El árbol grande de la parte norte es el responsable de que yo esté aquí.
Aunque está en mi propiedad, una de sus ramas se descuelga hasta tu jardín. Quizás
te convenga hablar con el dueño, a ver si le convences para que lo quite. Es un
hombre razonable. Si tú le explicas…
—Le llamaré mañana por la mañana en cuanto me despierte —le interrumpió
Ty.
—De todas formas, quiero que sepas que no pretendía asustarte. Estuve
llamando en la verja principal, pero nadie ha venido a abrirme.
Ty la miró despacio y por fin esbozó su famosa media sonrisa.
—Entonces, ¿has tenido que trepar por el árbol?
—Ha sido como evocar la niñez. De pequeña me encantaba subir a los árboles.
Te confieso que ha sido divertido descubrir que todavía sigo teniendo esa habilidad.
—La reacción más normal de una mujer en esa situación habría sido volver a su
casa y llamar por teléfono.
—Oye, ¿no te parece que podrías invitarme a entrar? Nadie diría que eres el
mismo hombre que se pasó tres semanas persiguiéndome y tratando de convencerme
de que él era la respuesta a todos mis problemas.
Ty se echó a reír y Sam se sintió vibrar. Con mucho mejor humor, se hizo a un
lado y la dejó pasar.
—Pasa, pasa. Veremos que puedo hacer para seguir convenciéndote.
Sam vaciló un instante.

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—¿No habré interrumpido nada?


Ty parecía divertido con la situación.
—Solamente la Quinta de Beethoven. La señora McCabe se ha llevado a Amy de
compras al centro comercial de Bainbridge. Según parece, necesita un montón de
material para el colegio. Seguramente no te oí llamar porque estaba escuchando la
música con los cascos puestos. Es una manera estupenda de relajarse.
Lo que no le dijo, por supuesto, fue que también con ello intentaba alejarla a ella
de su pensamiento aunque sólo fuera durante unos minutos. Desde que ella se
marchó de su casa la última vez, no había hecho nada por verla, pues había decidido
que el siguiente movimiento tendría que hacerlo ella.
—¿Qué te pasa ahora? ¿Es que has cambiado de opinión? ¿No te gusta
Beethoven?
Sam le miró confusa.
—¿Cómo dices?
—Lo digo porque sigues en el porche sin moverte. Por lo que me habías dicho,
he interpretado que querías entrar. Además, sería una pena que no lo hicieras
después de haberte molestado en saltar mis tapias.
Sam se sonrojó y entró en la casa.
—Oh, sí, gracias.
Una vez dentro, Ty se volvió hacia la ventana y le preguntó:
—¿Quieres beber algo? Es una tarde preciosa, y se merece que lo celebremos
con vino. ¿Te lo pongo con un cubito de hielo?
Lo peor de todo era que no le estaba tomando el pelo.
Hablaba de todo corazón; estaba contento de verla.
Sam se sentó muy estirada en una esquina del sofá y aceptó con una fugaz
sonrisa la copa que Ty le ofrecía. Después carraspeó ligeramente y se lanzó a hablar,
aunque sin ninguna seguridad.
—¿Qué tal le va a Amy en su nuevo colegio?
Ty se sentó a su lado en el sofá, puso los pies encima de la mesa y le dirigió una
sonrisa encantadora.
—Muy bien. Mi hija tiene una facilidad asombrosa para adaptarse a los nuevos
ambientes. Lleva solamente unos días y ya parece un año. Ya dice que Mary Elise es
su mejor amiga y que ha perdido la cabeza por Brian.
Sam sintió un nudo en la garganta.
—Amy es una niña muy especial.
Ty se puso momentáneamente serio.
—Por desgracia, no le ha quedado más remedio que serlo.

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—¿Por qué lo dices? ¿Por que ha tenido que enfrentarse a cosas muy serias
demasiado pronto?
—Sí, supongo que ese es uno de los factores. De hecho, si tú lo has dicho, será
—añadió un tanto irritado.
—No te comprendo.
—Ahora tú sabes un montón de cosas que no sabías la noche en que nos
conocimos.
Sam se encogió de hombros, tratando de mantener la calma.
—Amy ha hablado un poco conmigo, si es eso a lo que te refieres.
—Y te ha hablado de Monica.
—Sí, claro. Por cierto, ¿has vuelto a pensar en lo que te dije la última noche?
Sam se atrevió a hacer aquella pregunta porque había sentido una dulzura
desacostumbrada en la actitud de Ty. Si él transigía y se ocupaba personalmente de
interrogar a su hija, el problema quedaría resuelto sin daño para nadie, y ella
quedaría fuera…
—No —respondió él tajantemente, interrumpiendo sus pensamientos.
Sam se sintió como si acabara de recibir una bofetada.
—De todas formas, creo que debo decirte porque yo sé que le posibilidad que
sugieres es imposible. Verás —comenzó—, Hollywood en la realidad es muy
parecido a la imagen que la gente se ha forjado de él. Quizás, en todo caso, no sea tan
glamoroso. Es un mundo de cartón piedra. En los quince años que he vivido allí no
he hecho más que un solo amigo. Imagínate —se detuvo un momento, pensando en
Jack Murphy—. Comparado con las quinientas personas con las que tuve ocasión de
alternar en fiestas y demás eventos sociales, la proporción es escalofriante.
Hollywood está lleno de conocidos. Gente que te saluda en las fiestas y te pregunta
qué tal estás cuando sabe tan bien como tú que no le vas a contestar sinceramente.
Sólo hay que poner una sonrisa y decirles que te va estupendamente. Es un sacrilegio
hablar de problemas en el paraíso. Nadie quiere escuchar tus problemas, ni tú
tampoco tienes deseos de airear tus trapos sucios.
Sam le miró pensando que se estaba apartando del asunto del que necesitaba
hablar con él.
—Perdona, pero no veo qué tiene esto que ver con Amy.
—No es con Amy, sino contigo con quien tiene que ver.
—No comprendo.
—Te dije que Monica no podía haber secuestrado a Amy, pero no te dije por
qué estaba tan seguro. Para mí estos asuntos son trapos sucios que es mejor ocultar a
la vista de todos. Normalmente no cuento mis cosas a nadie. Sin embargo, a ti, no sé
por qué, quiero hacerte comprender. Monica no pudo secuestrar a nadie el verano
pasado por una simple razón: estaba, y todavía está, recluida en un sanatorio.

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Sam le miró sorprendida y recordó al mismo tiempo que la misma Amy se lo


había contado el día que estuvo desayunando en su casa. ¿Cómo había podido pasar
por alto un detalle tan importante? Aquello significaba que ya no tenía que hablarle,
que podía esperar a una mejor ocasión, o que quizás no se vería obligada a tener que
contárselo nunca.
—¿En un hospital psiquiátrico?
En ese caso, a no ser que hubiera sido internada por orden de un tribunal, ella
podría haber salido cuando hubiera querido. Pero Ty negó con la cabeza.
—Monica es una persona incapaz. La internó su madre. Para que la dejaran
salir, haría falta que se pusieran de acuerdo un consejo de psiquiatras. Monica era…
es una persona frágil. Delicada. Para una actriz, esas cualidades son excepcionales,
pero desgraciadamente, en ella no era una manera de actuar. Ella era así de verdad.
Tuvo una infancia de cuento de hadas, después una boda de cuento de hadas… Pero
por desgracia yo no fui tan bueno como sus padres para protegerla de las cosas feas
de la vida. ¿Te horroriza lo que te estoy diciendo? —agregó mirándola a los ojos.
Sam se sintió atrapada en aquel par de ojos negros.
—Todavía no tengo datos suficientes. ¿Debo basarme en lo que me has dicho
para contestar?
—Ya salió la psicóloga —dijo él con una sonrisa.
—Ya sabes, es mi segunda naturaleza —contestó ella.
Ty pensó que era precisamente aquello lo que más le atraía de ella. Su seriedad
y su reserva hacían mucho más emocionantes sus momentos de locura y descontrol.
—Sí, puedo contarte más cosas. Ella habría soportado la vida, y nuestra relación
habría sido mejor, si yo hubiera sido diferente, si mi mundo no hubiera sido aquél.
Pero yo estaba viviendo en una pecera. Siempre tenía sobre mí un millón de miradas
curiosas. A mí no me gustaba, pero me parecía lo más natural. Cuanto más famoso se
es, más se convierte uno en carnaza para los curiosos.
—Pero Monica consiguió sobrevivir en ese ambiente.
—Durante algún tiempo, sí. Hubo una época en la que los medios de
comunicación no tenían donde hincar el diente. Durante una época especularon
sobre la abortada carrera profesional de Monica. Acababa de empezar cuando tuvo
que abandonarlo todo para tener a Amy. Y entonces ellos se fijaron en Amy. Yo
procuré por todos los medios evitar las entrevistas, y finalmente se dieron por
vencidos. Pero volvieron al ataque hará unos tres años. No sé, quizás yo hacía
demasiadas películas. Quizás les fastidiara el hecho de que yo no quisiera hablar
nunca. Bueno, no lo sé, pero el caso es que empecé a ser el tema favorito de todo el
mundo. Y cuanto más pendientes estaban de mí, más rumores surgían. En la película
Boundary Lines trabajaba una chica, Verina Cole. Aquella era su primera
interpretación. Para añadir ironía al asunto, hacía el papel de mi hija —se
interrumpió con una carcajada amarga—. Figúrate; sólo tenía diecinueve años, y
aparentaba doce… hasta que se quitaba la ropa. En la película se desnudaba mucho
porque su papel lo exigía; una buena chica que se pierde, ya sabes…

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—Y luego tú matabas al tipo que la había corrompido.


Ty arqueó las cejas.
—¿Es que la has visto?
—No, pero me lo imagino.
Se echó a reír.
—La verdad es que mis personajes siempre eran iguales.
Ante aquella sonrisa cálida y conmovedora, Sam no tuvo más remedio que
sonreír también.
—Como te iba contando —prosiguió Ty—, la prensa echó una ojeada a Verina,
y al cabo de una semana ya se habían sacado de la manga que tenía un romance
conmigo. Para ser sincero, a mí nunca se me pasó por la imaginación que Monica
pudiera tener problemas por culpa de ese bulo. Era todo tan ridículo… Las
fotografías con las que ilustraban sus artículos sensacionalistas eran fotogramas de la
película. Pero a medida que pasaban las semanas, Monica se iba encerrando cada vez
más en sí misma. Y de repente me di cuenta de lo que estaba pasando. Ella —agregó
Ty después de un momento de silencio —se creía a pies juntillas todo lo que decían
las revistas. No se daba cuenta de que aquello no era más que un montaje para
vender las revistas y venderme también a mí. Para arreglarlo, llevé a Verina a casa y
se la presenté a Monica. Hablamos todos juntos… pero no sirvió de nada —dijo
levantándose bruscamente—. Monica estaba obsesionada, no tanto por su creencia de
que la estuviera engañando, sino por el hecho de que ella fuera una jovencita diez
años menor que ella. Verina tenía una carrera prometedora por delante, un cuerpo
joven, firme, bronceado, sin estrías. Ya te lo he dicho —añadió con una sonrisa—, era
rara la escena de la película en la que aparecía con algo de ropa.
Después su sonrisa se esfumó y apuró de un trago su vaso.
—Sea como fuere, todo aquello resultaba demasiado desagradable para Monica.
Se marchó de casa, abandonándonos a Amy y a mí. Y luego intentó suicidarse.
Sam exhaló un suspiro.
—Eso no fue culpa tuya.
—¿Tienes ahora suficientes datos? —preguntó entonces él con cierta amargura.
Iba a decirle que no, pero pensó a tiempo que ya había bastantes mentiras en su
relación, y terminó por asentir.
Al parecer eso era lo que quería, porque pareció relajarse y volvió a sentarse a
su lado.
—Ésta es la versión abreviada, por supuesto. No he querido aburrirte con
demasiados detalles.
—¿Trapos sucios?
Él le dirigió una mirada rápida.

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—No. Cosas aburridas. Hubo un período de tiempo; desde que se marchó hasta
cuando se intentó suicidar. Por entonces venía mucho a casa. Yo sé que Amy creía
que íbamos a volver a juntarnos… incluso yo pensaba que podía ser lo mejor. Pero
Monica no era… no podía ser una esposa. Era como una niña, necesitaba sentirse
protegida. Y yo no podía ofrecerle eso. No soy ningún santo.
Sam pensó que era cierto, por mucho que sus películas y la prensa quisiera dar
otra imagen. En la vida real él era un hombre como otro cualquiera, un hombre de
carácter duro pero bueno. Un hombre a quien ella respetaba, que le gustaba y al cual
quería. Cerró los ojos. Era cierto, podía amarle.
—Yo no culpo a la prensa de la ruptura de mi matrimonio —dijo Ty después de
un momento de silencio—. Monica era una mujer insegura, y su mente no
funcionaba demasiado bien. En cualquier caso, no creo que hubiéramos durado
mucho tiempo juntos. Más tarde o más temprano, ella se habría venido abajo. Algo
tenía que provocar el final, y dio la casualidad de que fue la prensa. De lo que les
culpo es de la destrucción de la vida de una mujer inocente. Son unos bastardos
falsos y llenos de avaricia. Es sorprendente su capacidad para destruir vidas ajenas
sólo por vender más.
Sam comprendió de pronto un montón de cosas.
—Ahora tienes miedo de que le hagan lo mismo a Amy, ¿verdad? Crees que
pueden presionarla hasta el límite, y por eso la tienes escondida, lejos de ellos fuera
de su alcance.
—Ya lo han intentado con ella, Sam. Se dedicaron a especular acerca de cuánto
valía yo. Hubo especulaciones de todo tipo. Algunos llegaron a decir que mi precio
estaba en los dos billones. Sin embargo, los periódicos sensacionalistas nacionales
conocían mejor el mundo financiero, y se acercaron más a la verdad. Decían que mi
fortuna podía estar entre los cuatro y los cuarenta y seis millones. Y se extrañaban de
que a nadie se le hubiera ocurrido la idea de secuestrar a mi hija. ¡Dinero, maldita
sea! ¡Me devolvieron a Amy a cambio de trescientos mil dólares! En cualquier caso —
prosiguió después de un momento de silencio, más calmado—, el tipo que la
secuestró lo hizo por dinero. No fue Monica, porque por entonces ella estaba
internada en el hospital psiquiátrico de Los Ángeles. Sam… mira, podemos
intentarlo de nuevo. Haremos que pases algún tiempo a solas con Amy. A ella le
gustas, y tú eres muy buena con ella. Olvídate de lo que te dije de que la estabas
presionando. A ver si consigues averiguar lo que quería decir aquella noche.
Sam le miró sin verle. Se puso de pie, intranquila. En aquel momento, Ty le
estaba ofreciendo la carta blanca que necesitaba. En su vida se había sentido peor.
Ya no estaba segura de si Monica era culpable o no. Lo único que sabía era que
aquel asunto se estaba complicando por momentos, que cada vez se viciaba más. No
podía arriesgarse a someter a Monica a una investigación, pero tampoco podía
decirle a Ty la verdad. Aunque ahora parecía tranquilo, todavía se respiraba en el
aire la electricidad de su ira. Por culpa de los medios de comunicación había perdido
a su mujer y su hija le había sido arrebatada. ¿Qué haría entonces si supiera que ella
tenía el poder y la responsabilidad de volver a lanzar a la prensa sobre él? Cuando

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llegara al fondo de aquel asunto, Frank Kemp quedaría libre, y la prensa querría
averiguar por qué Amy había mentido.
No podía hacerles eso, ni a él ni a Amy. No podía hacerlo sabiendo lo que ahora
sabía. Se volvió a él y le dirigió una mirada de impotencia.
Ty captó al vuelo su expresión atormentada, y pensó una vez más que detrás de
aquella fachada fría se escondía una mujer tremendamente sensible y apasionada.
Fue hacia ella y, cogiéndole la barbilla entre las manos, la obligó a mirarle.
—Sam… yo creo que te preocupas demasiado. No tengas miedo. Todo se
arreglará. Amy me tiene a mí, y te tiene a ti. Algún día conseguirá volver a estar en
paz y superará todo esto.
Sam no podía soportar su ternura, y sacudió la cabeza.
—No. Yo…
—Sí —le interrumpió Ty—. Pero nunca cambies.
Un momento después la estrechaba entre sus brazos. Sam se dijo a sí misma que
no podía permitir que aquello ocurriera. Ya había estado demasiado cerca la última
vez y sabía que no iba a volver a tener la fuerza necesaria para resistirse, pero tenía
que ser fuerte. Tenía que mantener las distancias hasta que aquel embrollo estuviera
del todo aclarado.
Todo aquello lo tenía bien presente hasta que Ty la besó. Entonces ya no pudo
pensar en nada que no fuera su irresistible necesidad por él.
Sólo pudo volver la cabeza, pero aquello sólo fue un pretexto para que la besara
en el cuello. Gimió, un gemido de placer y desesperación mezclados. Luego
volvieron a besarse en la boca. Sam saboreó el contacto de su lengua con avidez,
deleitándose en sus caricias, su proximidad, como si hubiera estado hambrienta de él
toda su vida. Por fin se dio por vencida.
La culpabilidad y el miedo se convirtieron en pasión, y la pasión en un
sentimiento furioso. Su risa tenía algo de salvaje cuando él la hizo tumbarse en el
sofá.
—Podríamos hacerlo mejor —murmuró él con los labios pegados a su cuello—.
Podríamos subir a mi dormitorio.
Sam supo que temía que volviera a salir huyendo.
—No hay tiempo —susurró con voz entrecortada—. Aquí y ahora.
Ty no necesitaba que le apremiaran. En aquel mismo momento empezó a
quitarle el jersey. Sam apenas reconoció su propio gemido cuando sintió las manos
de él en su piel. Quería incitarle, pero no podía. Deprisa, más, ahora. Desesperada, se
encaramó sobre él para tomar lo que no podía pedir.
Pero Ty no era un hombre que pudiera ser tomado fácilmente. Cuando Sam
empezó a debatirse con los botones de su camisa, le sujetó las manos. La hizo rodar y
volvió a colocarse sobre ella, con sus manos cautivas aún. Con la mano que le
quedaba libre empezó a desnudarla.

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¿Cómo podía temer que fuera a escapar de nuevo? Se le escapó un gemido


cuando se sintió despojada de su ropa interior. ¿Es que no se daba cuenta? ¿No
comprendía? Ty despertaba en ella algo tan íntimo y tan primitivo que no había
defensa posible contra el sentimiento. Desarticulaba su razón. Podía negárselo a sí
misma, pero sólo una vez. Podía escapar, pero no siempre. Siempre tendría miedo,
eso sí. Por muy latente que fuera, el sentimiento tenía vida en su interior. Y en cuanto
la tocó, aquello, fuera lo que fuera, se liberó. Olvidó todas las normas, todas las
etiquetas. Era terrorífico… y maravilloso.
Sam dejó escapar un gemido de protesta y él le soltó las manos. Pero no se
detuvo cuando ella empezó a desnudarle. Mientras le desabrochaba la camisa,
continuaba besándola. Y cuando hacía lo mismo con los pantalones, le tocó los
pechos, cubriéndola con su cuerpo, provocándola. Sam perdió la noción del tiempo
en medio de aquel torbellino. Por primera vez en su vida, se abandonó a un grito
salvaje.
El grito le encendió todavía más, y sus caricias se volvieron más violentas.
Abrió los ojos justo a tiempo para ver el desafío que brillaba en los de ella. Le
desafiaba a tomar más; a tomarlo todo.
Sus miradas se encontraron durante un segundo fugaz que duró toda una
eternidad. Entonces él hizo descender la boca hacia sus pechos.
Su lengua caliente recorría su piel, insaciable, anunciando las caricias siguientes
de sus manos. Una vez, y otra, y otra, pero Sam seguía deseando más. Creía que le
conocía ya como amante, pero se dio cuenta de que estaba equivocada cuando sintió
su lengua en el centro de su ser. No la estaba seduciendo, no. Compartía totalmente
su locura, excitándose tanto como ella. Sam lanzó un grito y se preguntó si podría
sobrevivir. Y en ese momento, vio el cuerpo brillante de sudor de Ty que se elevaba
sobre ella, con cada músculo en tensión, en sus ojos una mirada fiera. Sus bocas se
unieron y entonces la penetró.
Fue una explosión de calor. Era todo al mismo tiempo: plenitud, fuego, paz.
Sam gimió y le envolvió con todo su ser. La necesidad llegó a su límite, el deseo
explotó… y la emoción la rompió por dentro. Se movió junto con él y supo que
estaba perdida.
Le amaba y sabía que iba a perderle.

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Capítulo 7
Casi se podía palpar cómo la ciudad iba hundiéndose en sí misma. Las mañanas
seguían siendo cálidas, pero las noches ya venían con frío. El invierno se acercaba, y
el cabo Endless se preparaba para hibernar.
Sam descendía por la calle principal con el aire de quien busca algo sin saber
exactamente de qué se trata. Continuó así un rato hasta que de pronto se detuvo
frente a una especie de tienda o taberna. Después sacudió la cabeza y siguió adelante.
Buscaba algo, sí, pero sabía que no iba a encontrarlo en el pueblo. Mirar las tiendas
era una manera de matar el tiempo.
Como se acercaba el momento de cerrar para todo el invierno, las tiendas
ofrecían sus mercancías a unos precios considerablemente bajos. Compró para Amy
una camiseta enorme de las que a ella le gustaban… y se preguntó por enésima vez si
habría interpretado mal su explosión de sinceridad de la famosa noche. Encontró un
jarrón de cerámica que era perfecto para el patio de la casa de Ty… y se preguntó si
estaría fascinada por el actor o enamorada del hombre. Se compró para ella una
antigua rueca de hilar y se dijo que le vendría bien para hilar sus mentiras.
Finalmente se pasó por el Widow's Walk para cenar y se preguntó por enésima
vez qué podía hacer en su situación.
El aroma sutil y dulzón del tabaco de pica la indicó que no estaba sola. Le miró,
sorprendida ella misma de lo feliz que le hacía encontrarle allí. Era Phil Trumball.
—Ya veo que has descubierto nuestras rebajas de fin de temporada —dijo
señalando sus bolsas con una sonrisa.
Aquella sonrisa franca y amistosa era lo más inocente y menos complicado que
Sam veía desde hacía varias semanas.
—He encontrado un montón de tesoros, pero la verdad es que no son tan
valiosos que no pueda dejarlos en el suelo. ¿Dónde está Leah?
Phil la miró desde su nube de humo.
—Los martes da una clase de poesía en un colegio de Bainbridge. Hemos
quedado aquí mismo dentro de un rato, por si quieres verla.
Sam negó con la cabeza.
—No, solamente vengo un momento para comer algo. En casa me esperan unas
cuantas tareas sin terminar.
¿Tareas? Montones de papeles que seguiría leyendo incansablemente, buscando
una verdad que no estaba en ellos.
—Últimamente te veo muy ocupada.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Sam, sorprendida.
—Hace varias semanas que apenas se te ve el pelo.
La miraba de una manera tranquila, como si supiera. Sam se sintió intranquila.

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—Hace una semana os llamé —protestó sin mucha convicción—. Pero no


estabais en casa.
—Normalmente, si no estamos allí, estamos aquí.
Sam se encogió de hombros.
—Bueno, pues aquí me tienes ahora.
—Me pregunto por qué.
Sam intentó sentirse contrariada por su insistencia, pero no lo consiguió,
porque en realidad Phil y Leah eran sus únicos amigos en el cabo Endless.
—La verdad es que he venido a ver si la brisa del océano me aclaraba un poco
las ideas —confesó mirando al mar desde la ventana.
—¿Y lo has conseguido?
Sam hizo una mueca.
—Todavía no.
—Quizás una copa te ayude —dijo haciéndole una seña a la camarera—. Dos
cafés irlandeses, por favor. Es una medicina, claro está.
Cuando la camarera volvió con los cafés, Sam se dio cuenta de que no le servía
de nada. Bebió pensando si sería capaz alguna vez en su vida de volver a tomarse un
café irlandés sin acordarse en seguida de unos ojos negros y unas caricias de fuego.
—Qué bueno está —comentó Phil bebiendo el suyo—. Cada vez que tomo un
trago me doy cuenta de por qué es una especialidad de la casa. ¿Sabes, Samantha?
Cabo Endless es un pueblo muy extraño, sobre todo después del otoño. No creo que
nos quedemos aquí más de cien personas para afrontar el invierno.
Sam le conocía lo suficiente como para saber que no había cambiado de tema.
Phil era un profesor de filosofía retirado y se le notaba.
—Seguramente —prosiguió—, treinta y cinco de ellos estaban aquí sentados la
noche aquella en que tú te estabas tomando un café irlandés.
—¿Te refieres a la noche en que conocí a Ty Cort?
—Cuando quieren referirse a esa noche, todos dicen que es la noche en que
conociste a Ty Cort.
Sam le miró sin comprender demasiado bien.
—Pues los que estaban aquí aquella noche cuando se lo cuentan a los sesenta y
cinco restantes.
—Me imagino que tendrán algo más interesante de qué hablar que no sea una
escena tranquila en el pub del pueblo.
—Pero debes tener en cuenta que la escena tuvo lugar entre un actor de cine,
una estrella, y una joven forastera muy guapa. Ya sé que no es asunto mío,
Samantha, pero pensé que deberías saberlo. En esta época del año no suelen pasar
muchas cosas, y además, una cosa así nunca ocurre. Era la escena más emocionante

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que la mayoría de esa gente había visto en su vida —guardó silencio un momento—.
La gente se está dedicando a especular, y muchos dicen que estáis viviendo un
romance.
Sam empezó a llorar tan de repente, que los dos se quedaron sorprendidos. Sam
cogió su pañuelo y sus bolsas simultáneamente. Ya se ponía en pie, cuando Phil le
puso una mano sobre el hombro y la hizo detenerse.
—Si te vas a casa, allí no podrás hablar con nadie —le dijo con mucha calma.
—La verdad es que no sé si quiero hablar.
—Yo no sé si deberías callártelo.
Sam volvió a sentarse. Por un lado se hubiera marchado corriendo de allí, pero
por otro, le apetecía quedarse. Lo que sucedía era que se sentía terriblemente
avergonzada. Se enjugó las lágrimas con el pañuelo.
—Perdóname. Lo siento mucho. Normalmente, no suelo reaccionar de una
manera tan tonta. Debe ser que he sufrido demasiadas emociones últimamente. Me
imagino que esto se sabrá mañana en toda la ciudad.
—O quizás no. Date cuenta de que estás conmigo.
Sam esbozó una sonrisa llena de lágrimas.
—Es verdad. A lo mejor estoy echando a perder tu reputación.
Phil se encogió de hombros.
—No hay nada que temer, porque ya no tengo reputación. ¿Quieres contarme
algo de él?
Sam contuvo a duras penas otro golpe de lágrimas y bebió un gran trago.
—Aquella primera noche os conté una mentira. Yo sabía perfectamente quién
era Ty Cort.
Phil asintió sorprendido, sin sombra de reproche. Aquella era la señal que
necesitaba. Diez minutos más tarde, tomaba su último trago pasándose una mano
por la frente cansada.
—Y esa es la historia —terminó—. Ahora estoy atrapada. No tengo salida
posible. Todo se ha ido embrollando cada vez más.
Phil la miraba pensativo, pero sin reprobación ni compasión.
—¿No puedes renunciar al trabajo? —le preguntó después de un momento.
—¿Tú podrías en mi lugar? Mira, Phil. Yo creo en Frank Kemp. Sé que es
inocente. Y más después de lo que Amy me dijo, refiriéndose claramente a una
mujer. No. No puedo consentir que le condenen sabiendo que es inocente. Sería tan
horrible como lo es mentir a Ty.
—Sólo porque tú estás enamorada de Ty.
Sam le miró con los ojos muy abiertos, porque ese detalle, precisamente, no lo
había mencionado. Oírselo a otra persona era verdaderamente aterrador.

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—Siendo así —dijo Phil con una sonrisa bondadosa—, tú misma te darás cuenta
de que no puedes seguir indefinidamente sin decirle la verdad.
Sam suspiró.
—Es que no estoy segura. Yo creo que la palabra «indefinidamente» no tiene
demasiada cabida en su vocabulario… sobre todo cuando está referida a mujeres.
Phil sacudió la cabeza.
—¡Ay, Samantha! El amor tampoco es tan ciego. Dime, ¿responde a la imagen
que de él han dado los periódicos?
Sam se le quedó mirando fijamente.
—Bebe whisky.
—¿Y qué?
Sam se echó a reír.
—No sé.
Phil se recostó en su asiento con los brazos cruzados.
—Mmm… Yo puedo decir que desde que está aquí sólo le he visto por el
pueblo un par de veces. Y tú eres la única mujer a la que ha mirado dos veces,
aunque haya muchas que desearían que la cosa no fuera así. Samantha… dale una
oportunidad, mujer.
Sam cerró los ojos. Phil tenía razón. La verdad era que aquello lo había sabido
desde siempre. Él no era el hombre que las revistas decían. Eso se notaba después de
haberle visto con Amy.
—Tengo miedo. Si él es de verdad…
—Entonces te va a doler mucho más dejarle.
Sam abrió los ojos.
—Es verdad.
Phil vaciló un momento.
—Lo siento mucho, Samantha. Me gustas mucho; eres una mujer estupenda.
Ojalá pudiera darte la solución a tus problemas, pero no puedo. Lo único que puedo
hacer es decirte lo que tú ya sabes.
—Y pensar que la gente me paga para que les dé esos mismos consejos…
—Os veo muy tristes. ¿Qué os pasa?
Sam se volvió, sorprendida, pero Phil se limitó a reír. Leah cogió una silla de
una mesa vecina y se sentó con ellos.
—Me habría gustado teneros hoy en clase —prosiguió—. Nos habríais servido
de gran inspiración, porque estamos precisamente ahora con la tragedia.
—No creo que la cosa sea para tanto —murmuró Phil.
Sam le miró sin demasiada convicción, pensando que ojalá pudiera creerle.

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***
Poco después de aquella charla, una mañana, alguien llamó a la puerta de la
cocina. Sam, que estaba subiendo por la escalera, sintió que el corazón le daba un
vuelco y bajó corriendo.
Abajo la esperaba Ty, con una enorme sonrisa en los labios, apoyado
indolentemente en el marco de la puerta.
—Ty… —murmuró conteniendo la respiración.
—Hola. ¿Por qué vienes tan sofocada? ¿No te dedicarás a hacer los ejercicios de
aerobic de la tele?
Sam no tuvo más remedio que sonreír.
—No, no, Dios me libre. Es que estaba subiendo en este momento y he tenido
que correr. Además no poseo la disciplina necesaria como para hacer ejercicios
forzados.
—Vaya, vaya, ¿y qué es todo eso que tienes ahí?
—¿Te refieres a esa caja? El otro día bajé al pueblo y resultó que ahora todas las
tiendas están de rebajas por fin de temporada. Son un par de cosas que compré para
ti y para Amy.
—No, me refiero a esos papeles.
Ty se apartó de la puerta y Sam tuvo el tiempo justo para lanzarse sobre la mesa
y hacer una pila con todos ellos. Cogiéndolos entre las manos, contestó:
—¡Ah, éstos!
—Sí, ésos —dijo Ty con una sonrisa burlona.
—Es que… un paciente mío ha elegido el momento más apropiado para sufrir
una crisis, y estoy intentando ayudarle a distancia —mientras hablaba, los metió
rápidamente en un cajón del armario—. Éste es su historial.
—Yo creía que los psicólogos eran seres ordenados.
—Sólo cuando no están de vacaciones.
Hubo un corto silencio, tremendamente tenso para Sam. Finalmente, Ty pareció
olvidarse del asunto y se fijó en la caja.
—¿Dices que le has comprado algo a Amy?
—Y a ti también. No es nada; unas cosillas que vi en el puerto.
Ty se acercó a ella, cogiendo un mechón de su pelo entre los dedos.
—Siempre me estás sorprendiendo, Sam. La mayoría de las mujeres que
conozco prefieren recibir regalos en lugar de hacerlos. ¿Me enseñas lo que es?
—Sí, vamos al salón. Yo…
En aquel momento sonó el teléfono. Sam pegó un salto, asustada, y Ty la miró
con expresión ceñuda.

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—Pero, ¿qué diablos te pasa esta noche?


—No… nada. Es que el teléfono me ha sobresaltado.
El timbre del teléfono volvió a sonar.
—¿Te importa que me sirva una copa de oporto mientras hablas? ¿O todavía
sigues reacia a compartirlo?
—Sí, sí, coge lo que quieras —respondió Sam cogiendo el auricular—. ¿Dígame?
—Hola, Sam. Te llamo porque ya no puedo soportar más la intriga. ¿Cómo es
que no me has llamado todavía?
Sam sintió que la sangre se le retiraba del rostro y casi de las venas. Era María.
Precisamente en aquel momento.
—Bueno… He estado trabajando en ello.
Hubo un corto silencio, cargado de confusión.
—Eso espero. Pero dime, ¿te encuentras mal o algo? Te noto extraña.
—Es comprensible —dijo Sam, odiándose a sí misma al verse envuelta en una
mentira más—. Hoy he estado echando un vistazo al historial y creo que no hay
motivos para que os preocupéis demasiado. La niña no tiene tendencias suicidas.
Tiene ciertos problemas de personalidad, sí, pero no para tanto. Lo que quiere, sobre
todo, es llamar la atención. ¿Por qué no acudes a la consulta y confías en Roger hasta
que yo vuelva? Así la niña percibiría que estamos muy preocupados por ella. Eso la
hará bien. Luego yo me ocuparé del seguimiento del caso en profundidad cuando
vuelva.
—Pero, ¿qué dices?
—Confía en mí. Todo marchará bien.
—Pero, ¿qué diablos está pasando ahí? —preguntó María en el colmo de la
exasperación.
—Sí, aquí se está estupendamente. Es justo lo que necesitaba para descansar,
pero creo que ya va siendo hora de que vuelva a casa. ¿Sabes lo que te digo? Hablaré
contigo la semana próxima. ¿Podrás aguantar hasta entonces?
Hubo otro silencio al otro lado de la línea.
—¡Qué remedio! —dijo por fin María—. De todas maneras, ¿por qué no me
llamas mejor dentro de un par de días? No creo que pueda soportar esta
incertidumbre una semana entera.
—De acuerdo. Entonces, ya hablaremos.
Sam colgó rápidamente. Las manos le temblaban. Para disimular, se las metió
en los bolsillos y se volvió hacia Ty, que la miraba atentamente.
—Bueno, ¿qué estábamos diciendo?
—No sabía que estuvieras tan solicitada por tus pacientes.
Sam se encogió de hombros.

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—Era el paciente inoportuno de que te había hablado. ¿Qué pasa? ¿Es que has
cambiado de opinión?
—¿De opinión?
—¿No decías que querías una copa de oporto?
Ty guardó silencio, sin dejar de mirarla.
—Sí, además creo que ahora me vendrá muy bien.
Sam notó algo en su manera de decírselo que la puso todavía más nerviosa.
—Yo te lo pongo. Tú ve a sentarte.
Ty se marchó, pero olvidándose de coger la bolsa de las cosas. Sam maldijo a
María por llamar en un momento tan inoportuno, y de paso también al dichoso
Frank Kemp. Sin embargo, en el fondo sabía que la única persona con la que se
encontraba disgustada de verdad era consigo misma.
Cuando entró en el salón con las bebidas, Ty no se había sentado. Estaba de pie,
junto a la ventana, mirando hacia fuera con gesto pensativo.
—¿Dónde está Amy?
Ty contestó sin mirarla.
—Se ha quedado a dormir en casa de su amiga Mary Elise. A mí no me parecía
bien en un día de diario, pero debe ser que las cosas han cambiado desde la última
vez que a mí se me ocurrió pensar en la paternidad. La madre de Mary Elise me
aseguró que no es nada extraordinario porque lo hace todo el mundo y que las
meterá en la cama a las nueve.
Sam se sentó en el borde del sofá.
—Yo estoy de acuerdo con ella. Además, a Amy le hacía mucha falta pasar
tiempo con niños de su edad.
—¿Ya estás aludiendo a la señora McCabe?
Sam se encogió de hombros, pero él ni siquiera la miró.
—Supongo que debería hacer más caso de tus consejos, como al parecer hace el
resto de la gente.
—¿Qué te pasa? Te veo como sorprendido.
—Y lo estoy, un poco.
—Ya sabías que yo era psicóloga infantil. ¿No se te ocurrió pensar que podía
tener éxito en mi profesión?
Por fin, Ty se decidió a mirarla con una media sonrisa en los labios.
—No, conociéndote, es fácil adivinar que tienes que tener éxito. Pero es que yo
pensaba que ejercías aquí.
—¿Aquí?

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—Sí, en cabo Endless. O en Massachusetts, en todo caso. Pero estás aquí de


vacaciones.
—Así es. Yo creía que Phil y Leah Trumball te lo habrían contado. Como os
quedasteis hablando aquella noche después de que yo me marchara…
—Sí, es curioso que no se me ocurriera preguntarles de dónde eras.
—¿Y eso qué más da? —preguntó Sam un tanto inquieta.
—No da lo mismo, porque las vacaciones suelen ser muy limitadas y yo ya me
había acostumbrado a tenerte cerca.
—Yo no tengo prisa por marcharme.
—Pues eso no es lo que dijiste por teléfono. En todo caso, de pronto me he dado
cuenta de que debes tener un montón de Amys por ahí perdidas a las que atender.
Pero, ¿dónde?
—¿Dónde qué?
—¿De dónde eres?
—De San Francisco.
Ty arqueó las cejas, asombrado.
—¡No lo dirás en serio!
—Lo dices como si fuera la luna, o algo así.
—No, no es porque sea la luna. Me sorprende que hayas venido desde tan lejos,
nada más. ¿Y cómo es que te dio por venir aquí? Esto no es Acapulco, desde luego.
«¡Ahora es el momento!», pensó Sam. «¡Ahora o nunca!» Pero la verdad se
resistía a salir de sus labios.
—¿Qué diferencias hay?
—Mucha. Acabo de darme cuenta de lo poco que te conozco. Pero no te quedes
callada, mujer, cuéntame algo.
—¿Qué quieres saber? —preguntó Sam, cada vez más desesperada.
—Cualquier cosa. Todo.
—Mi nombre completo es Samantha Gates. Tengo treinta años. Mi número de la
seguridad social…
Ty la asió por los hombros y durante un momento de pánico, Sam pensó que
iba a zarandearla hasta obtener de ella toda la verdad, hasta hacerla confesar la
última mentira. Pero se limitó a sujetarla así, suavemente, mirándola a los ojos.
—Quiero que me cuentes cosas que importen. Que me digas, por ejemplo, por
qué te comportas como una gata sobre un tejado de cinc caliente casi todo el tiempo.
Por qué estás a la defensiva. Por qué has venido de vacaciones a un pueblecito
aislado tan lejano de San Francisco. Por qué… por qué tengo la impresión de que sólo
eres auténtica conmigo cuando te toco.
Como era de suponer, Sam se sintió inflamada de deseo cuando la besó.

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—Porque —susurró Sam después de un momento—, te deseo.


Por lo menos aquello sí era verdad.
Ty cerró los ojos y tomó una gran bocanada de aire.
—¿Por qué siempre consigues ponerme así? ¿Por qué siempre consigues decir
las palabras adecuadas en el momento oportuno? —se detuvo un momento,
mirándola—. Sam, me estoy enamorando de ti… y apenas te conozco.
—¿Qué? —Sam sintió que no podía soportarlo más, que se ponía a temblar—.
Por favor, no digas eso.
Ty la miró con recelo.
—¿Es que vas a salir corriendo otra vez?
Sam se separó de sus brazos, furiosa al sentirse atrapada, deseando con todas
sus fuerzas decirle que ella también le amaba. Pero lo único que acudía a su mente
era el eco de sus mentiras.
—No puedes decirme eso. Creo… que lo mejor será que te marches.
Necesitaba tiempo. Sabía que estaba siendo cobarde, que le daba demasiado
miedo decirle la verdad. Le deseaba, le amaba. Pero iba a perderle.
Ty la miró con los ojos brillantes de furia.
—No, esta vez no. Si sólo existe una manera de mantenerte conmigo, tendré que
ponerla en práctica.
Antes de que Sam pudiera darse cuenta de lo que estaba pasando, la cogió de
nuevo entre sus brazos. En cuanto la besó, el hambre que dormía latente en su
interior se manifestó con una fuerza salvaje. Sam gritó, desesperada, pero él la hizo
callar con sus labios. Intentó soltarse con todas sus fuerzas, pero Ty la levantó en sus
brazos para que no pudiera moverse. Se dirigió con ella a la escalera. Sam sabía que
aquello iba a ocurrir, y tampoco quería impedírselo.
Llegaron al dormitorio, y Ty la dejó sobre la cama sin ninguna suavidad. Se
desvistió rápidamente y después se tumbó en la cama sobre ella. Su expresión tenía
una fiereza extraña que a Sam le hizo hervir la sangre.
—Te lo había advertido, Samantha —murmuró—. Te advertí que no podías
jugar conmigo.
—Pero yo…
Ty no la dejó terminar, se inclinó sobre ella y apretó la boca a la suya. No era un
beso, sino una posesión salvaje. Sam se estremeció.
—Llámalo como quieras, pero el hecho es que tú huyes y yo tengo que ir detrás
de ti. Ya no me queda otra elección, ¿no te das cuenta, doctora? Te deseo, y quiero
quitarte para siempre esa mirada recelosa de los ojos y volverlos cálidos y
apasionados. Quiero despojarte de tu frialdad y ser testigo de como te desgarras. Y
ahora que he empezado a descubrir lo que escondes, no pienso parar hasta que lo
sepa todo, todo…

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—Y luego, ¿qué? —susurró Sam con voz jadeante.


Lo dijo sin darse cuenta de que ni ella misma lo quería saber.
—Eso lo tendrás que decidir tú.
Aquélla no era una respuesta, o por lo menos no era la respuesta que Sam
necesitaba para sentirse con ánimos. Pero no podía seguir preguntando, porque Ty le
había desgarrado la camisa y sus botones rodaban por el suelo, perdiéndose en todos
los rincones. Cuando la despojó también de los pantalones, ella ya no tenía fuerzas
para seguir hablando.
Como siempre, se olvidó de todas las mentiras, se olvidó de Amy y de Frank
Kemp. Solamente podía pensar en Ty. Recorría su piel con ambas manos, rozaba sus
pezones, que se convertían en dos botones duros con el más ligero contacto. Con un
prolongado gemido, Sam se colocó encima de él. Buscó su piel con la lengua, le
acarició todo como si quisiera memorizar cada centímetro de su piel. Se enroscó
alrededor de su cuerpo, mordiéndole, acariciándole. Le tomaba así porque nada le
podía dar, y porque le aterrorizaba pedir más.
Sintió que le clavaba las uñas en los hombros, pero el dolor fue soportable. No
se daba cuenta de que era una manera de decirle que le estaba enloqueciendo, que le
empujaba al borde del placer. Ty estaba a punto de perder el control. De pronto, Ty
se incorporó y volvió a encaramarse sobre ella. Instintivamente, ella abrió las piernas,
pero no sabía que en aquella ocasión Ty buscaba algo más. Aunque ella estuviera
para recibirle en su interior, no le bastaba. Quería verla retorcerse de placer entre sus
brazos. Buscó a ciegas, con la mano trémula, el lugar indicado. Comenzó a
acariciarla, contemplando con placer cómo su mirada se nublaba y su voluntad cedía
a sus estímulos. Siguió acariciándola, sintiendo su calor, y ella gritó. Después la besó
allí y vio como se estremecía en el escalofrío de la liberación del placer. Y después se
dejó llevar por un deseo incontenible. Se unieron, estremecidos ambos por la
explosión de sus cuerpos en contacto. Él susurró su nombre mientras ella trataba
desesperadamente de respirar. Después Ty se desplomó sobre ella, y Sam, arqueando
la espalda, sintió claramente cómo el mundo se desvanecía a su alrededor.
Con la primera oleada de placer saciado, casi creyó de verdad que el mundo
nunca volvería a aparecer.

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Capítulo 8
Pero la realidad volvió a hacerse patente en la forma de sonido del teléfono.
Sam lo ignoró. Quizás porque tenía los miembros inmovilizados, o porque se
sentía colmada. O quizás porque quería mantener el mundo real lo más lejos posible.
Empezó a moverse, pero enseguida volvió a caer sobre Ty.
—Que suene —decidió en voz alta.
Ty la miró con incredulidad. Sus largos cabellos se extendían por la almohada y
sobre su pecho, adquiriendo un hermoso tono plateado con la luz nocturna. Tenía los
ojos cerrados… sus secretos estaban bien escondidos debajo de sus párpados. Por el
momento, y quizás por primera vez desde que la conocía, tenía ocasión de verla
completamente tranquila y relajada.
Y por primera vez, también, fue capaz de aceptar que aquello no duraría. Más
tarde o más temprano despertaría de aquel letargo y volvería a escurrírsele entre los
dedos.
Se movió suavemente, de manera que la cabeza de Sam descansara sobre la
almohada y no sobre su hombro, y después se separó despacio de su cuerpo.
Sam abrió los ojos de par en par e intentó sentarse sobre la almohada.
—¿Ty?
—Ya volverán a llamar —murmuró él cuando el teléfono dejó de sonar.
—¿Por qué?
—Lo digo porque más tarde o más temprano tendrás que levantarte a cogerlo.
—Seguramente será algún vendedor de revistas.
—Y tendrás que decidir a qué dirección quieres que te las manden —dijo él
levantándose y cogiendo sus pantalones—. Me marcho, porque quiero estar en casa
en caso de que la madre de Mary Elise me llame si tiene algún problema con Amy.
—¿Problemas con Amy?
Ty pensó que era lógico que le hiciera aquella pregunta, asombrada, porque era
una excusa bastante traída por los pelos. Si lo había dicho era porque no se le ocurría
nada mejor.
—Es la primera noche que pasa fuera desde que volvió a casa.
Sam le miró, vacilante.
—Entonces, ¿te marchas así, por las buenas?
Ty, que estaba abrochándose la camisa, se dio cuenta de que la estaba haciendo
daño. Sin embargo, no podía reaccionar de otro modo; empezaba a enamorarse de
ella, y Sam seguía teniendo demasiados secretos.
Necesitaba respirar.
—Sí, me voy.

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—¿No… no te terminas tu copa antes?


Ty se inclinó y la besó fugazmente en los labios.
—Termínala tú por mí. Ya llevo demasiado tiempo fuera de casa.
—Sí, claro —respondió Sam arrebujándose entre las sábanas, sintiéndose
completamente desolada—. ¿Ty?
Ty se volvió.
—¿Sí?
—Dime, ¿por qué? ¿Qué querías?
—No te comprendo.
—¿A qué venías a mi casa? ¿Querías algo?
Ty sonrió, pensativo.
—Supongo que era mi turno de jugar.
Hubo algo terrible en su manera de salir por la puerta, sin mirar hacia atrás, y
también en el sonido de sus pasos por la escalera. Pero mucho peor fue el sonido seco
y definitivo de la puerta al cerrarse. Sam sintió frío; un frío que le nacía de dentro.
Una hora después había decidido que la solución más práctica y lógica sería
comunicarle a María sus sospechas sobre la presunta culpabilidad de Monica Cort y
guardar aquel corto romance como un hermosísimo recuerdo.

No eran mucho más de las ocho cuando sintió los golpes. Sam se sacudió un
sueño triste y pensó: Amy. Dos meses después se repetía la escena, y como aquella
vez, sentía unos deseos incontenibles de escapar corriendo.
La diferencia fue que en vez de encontrarse con la sonrisa radiante de aquella
mañana, tuvo la ocasión de contemplar una mirada sombría en sus grandes ojos
castaños.
—Pero, ¿qué te pasa?
La niña retrocedió instintivamente, como si de pronto se hubiera arrepentido de
aparecer por allí, y luego se encogió de hombros. Sam se dio cuenta de que su afán
de protegerla le había jugado una mala pasada, pues no era ésa la manera de
acercarse a un niño triste. Decidió cambiar de táctica sobre la marcha.
—No, no. Ésa no es una respuesta. Hoy es miércoles por la mañana y tú
apareces por las buenas en mi cocina. Aquí hay algo que no marcha bien. O te pasa
algo, o es que me estás gastando una broma. ¿No tienes colegio hoy?
Amy le lanzó una mirada inocente.
—Ah, lo dices por eso. No, las tuberías de mi colegio se han roto y no podemos
ir hoy. A lo mejor, si no terminan de arreglarlo, tampoco tendremos que ir mañana.
—Vaya —comentó Sam—, eso merece la pena celebrarlo, ¿no?

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Amy volvió a encogerse de hombros.


—Sí.
—Estupendo. Entonces, ¿qué te parece si en lugar de desayunar huevos nos
tomamos un trozo de pastel de queso? Todavía me queda un poco de uno que
compré en la panadería.
Ni siquiera aquella perspectiva halagüeña de desayuno consiguió alegrar la
carita de Amy.
—Sí.
Una vez dentro, Sam, que empezaba a imaginarse lo que estaba pasando, la
miró preocupada.
—¿Quieres leche?
—Sí.
—¿Qué tal día hace? ¿Quieres que desayunemos en el porche?
—No… hace frío. De todas formas, no tengo hambre. ¿Por qué no vamos a dar
un paseo por el bosque?
Sam estuvo a punto de contestarle simple y llanamente que no, pero se contuvo
a tiempo.
—Verás, cariño, es que hoy no tengo demasiado tiempo. Debo hacer muchas
llamada telefónicas.
—Sólo un ratito, por favor —le pidió Amy con una mirada conmovedora.
—De acuerdo. Espérame un momento, que voy a ponerme unos pantalones.
Luego nos tomamos un café rápido, ¿vale? Ya sabes cómo estoy yo por las mañanas
si no me tomo un café.
Amy asintió sin sonreír.
—De acuerdo. Te espero en el porche.
Sam se quedó sola en la cocina, a solas con sus borrascosos pensamientos. ¿Por
qué habría tenido que elegir Amy aquel momento preciso para contárselo? Justo
cuando ella había tomado una decisión, escogiendo la única salida honrada que le
quedaba. Sin embargo, si ahora Amy le confiaba la verdad, todo cambiaría… a peor.
Unos minutos más tarde, Sam salía al porche cargada con la bolsa de sus
compras, con la esperanza de distraer un poco a la niña con aquello.
—¿Qué es eso? —preguntó Amy nada más verla.
—Regalos. El otro día estuve de compras por el pueblo. Tu padre se olvidó de
llevárselo a casa anoche cuando estuvo conmigo.
Diciendo aquello, la abrió y sacó la camiseta.
—Esto es para ti.
—Es muy bonita.

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—Me había parecido que te gustaban que las camisetas te lleguen por las
rodillas.
—Ahora se lleva así —respondió Amy con cierta animación.
—Pues en ese caso, con ésta tú vas a ir a la última.
—Gracias Sam —dijo la niña volviendo a dejarla en la bolsa sin más
comentarios—. ¿Nos vamos ya?
—Sí. Pero antes voy a por mi café.
Cuando por fin se pusieron en camino hacia el bosque, lo único que se oyó
durante un buen rato fue el crujido de las hojas muertas bajo sus pies. Finalmente,
habló Amy en voz muy baja.
—Si te cuento un secreto, ¿no se lo dirás a nadie?
Aquella era la peor de las preguntas.
—Depende —acertó a contestar después de un momento de lucha interna—. A
lo mejor sí o a lo mejor no.
—Esa no es una respuesta —dijo Amy contrariada.
—Es la única que puedo darte antes de saber de qué se trata. Amy… yo no te
voy a mentir. Sería incapaz de mentirte.
—¿Sí?
—Claro. Puedes estar segura. Si tú ahora me cuentas que piensas robar un
banco la semana que viene, puedes estar segura de que se lo contaré a alguien.
Intentaría impedir que hicieras algo malo que pudiera llevarte a la cárcel. Pero si me
cuentas que te gusta tu amigo Brian, entonces la cosa quedará entre tú y yo.
Amy se quedó pensativa un momento, y luego dijo:
—¿Y si el secreto no fuera una cosa que voy a hacer, sino algo que ha pasado
ya?
Sam cerró los ojos, dejó de hablar, y luego se volvió a mirarla con un suspiro.
—No lo sé, Amy. No lo sé.
Amy, muy seria, bajó la cabeza.
—Creo que no vas a tener más remedio que confiar en mí y en mi criterio. ¿Y
bien? —insistió apoyándose en el árbol.
Amy cogió una hoja de una ramita cercana y comenzó a despedazarla.
—Tú… ¿tú sabes lo que me pasó el verano pasado?
—Sé lo que leí en los periódicos y lo que tu padre me ha contado.
—¿Que un hombre me cogió?
—Sí.
—Pues no es verdad.

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Sam contuvo la respiración. Tal y como ella había creído. ¿Qué pasaría a
continuación?
—¿Quién fue entonces?
—Mi madre.
—¿Y cómo es que nunca se lo has contado a nadie?
Amy la miró con verdadera desesperación.
—¡Porque entonces ella iría a la cárcel! ¿O no? —preguntó con un brillo de
esperanza en los ojos.
—No estoy segura. Eso no se puede saber con certeza. Yo te diría que no es muy
probable, porque hay dos atenuantes importantes: padece una enfermedad mental, y
además es tu madre. Como todavía no se ha celebrado el juicio contra el acusado no
pueden acusarla a ella de perjurio. Pero Amy… tampoco puedo prometerte nada.
La niña asintió con tristeza.
—¿Qué es pre… per…?
—Perjurio. Significa mentir al juez.
—Ella no ha mentido —afirmó Amy muy segura.
—No —dijo Sam lentamente—. Todavía no, porque nadie debe haberle
preguntado al respecto, por lo que yo sé. Tú has mantenido el secreto, ¿verdad?
Amy asintió.
—Pero he cometido perjurio. Entonces podría ir a la cárcel, ¿verdad?
Sam suspiró. En sus manos estaba en aquel momento la posibilidad de ayudar a
Kemp y de ayudar a Amy.
—Todavía no.
Amy la miró con los ojos desmesuradamente abiertos.
—¿Y más tarde sí? ¿De verdad?
Sam se agachó, y puesta a su altura, la miró a los ojos.
—Más tarde o más temprano, el hombre que todo el mundo piensa que te ha
secuestrado tendrá que tener un juicio. Y quizás tendrás que testificar.
Amy negó con la cabeza vehemente.
—No. Mi padre está arreglando las cosas para que yo no tenga que ir al juicio.
—Pero, cariño, eso no lo podemos saber con seguridad. Tanto él como el fiscal
van a intentarlo. Pero de todas formas, el mal está hecho. Si tú no declaras en el
juicio, un hombre que nunca ha hecho nada malo irá a la cárcel. Y eso está muy mal,
no sé si te das cuenta.
Amy tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Entonces, ¿qué voy a hacer?

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—No lo sé, Amy. De momento siéntate aquí, a mi lado, e intentaremos pensar


en algo.
Así lo hizo Amy, que se acurrucó junto a ella.
—Muy bien. Lo primero de todo, cuéntame qué pasó aquel día.
—Nada. Mamá fue a buscarme a la escuela de verano.
—¿Y?
—Me dijo que el chófer que solía ir a buscarme estaba enfermo, y que papá no
podía venir porque estaba en un rodaje.
—Y tú la creíste.
Amy la miró, asombrada por la pregunta.
—Claro.
—¿Y dónde te llevó?
—A nuestra casa del lago Tahoe. Bueno, que ahora es su casa —Amy se mordió
los labios—. A mí no me parecía bien ir sin llamar antes a papá, pero ella me dijo que
no pasaba nada. Me dijo que entre los dos habían decidido que me quedara a vivir
con ella una temporada.
—¿Y entonces te diste cuenta de que estaba pasando algo raro?
—Sí. Mamá no me dejaba salir a jugar fuera ni ver la televisión. Era peor que
vivir con la señora McCabe. Pero una tarde que salí de mi cuarto y entré en el de
mamá, vi que estaba viendo la televisión. Estaban enseñando una fotografía mía.
También salió papá, pidiendo que le llamaran por teléfono si me veían. Yo le dije a
mamá que quería volver a casa. Y ella… ella…
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Ella… ¿qué?
—Ella se puso a llorar —susurró Amy—, y me dijo que estaba muy triste
porque yo ya no la quería.
Sam se sintió furiosa, no sabía si contra aquella mujer inconsciente o contra los
desalmados que habían destruido su vida. Extendió los brazos y Amy se refugió en
su pecho.
—No fue culpa tuya, cariño. Tú hiciste lo que debías. ¿Qué pasó después?
—Nos quedamos allí otra semana. Y entonces cogieron a ese hombre. Mamá
dijo que era perfecto, y que podíamos arreglarlo todo para que nadie supiera que
había estado con ella. Me llevó al mismo cementerio y me dejó. Por eso todo el
mundo pensó que él me había cogido de verdad. Antes me dijo que si… que si… —
las lágrimas no la dejaban continuar. Sam la abrazó fuerte y la obligó a seguir con
una sonrisa tranquilizadora—. Me dijo que si alguna vez le contaba a alguien que
había estado con ella, ella iría a la cárcel. Me dijo que si me preguntaban cómo había
llegado al cementerio, contestara que me había escapado cuando el hombre fue a
buscar el dinero. Yo… pensé que no pasaba nada. Tenía que volver a casa porque

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había pasado una temporada con mamá. Yo pensé que todo el mundo se olvidaría en
seguida. Pero ahora todo ha cambiado: tengo que vivir aquí con la señora McCabe, y
papá y ella me vigilan todo el tiempo, porque tienen miedo de que me vuelva a
pasar. Y si yo no digo la verdad, ese hombre va a ir a la cárcel. Si miento, tendré que
pre… perj…
—Perjurar.
—Tendré que hacer un perjurio, y entonces yo iré a la cárcel. Pero si les cuento
lo que pasó de verdad, entonces mamá va a ir a la cárcel.
Sam se dio cuenta mejor que nunca de lo mucho que quería a aquella niña y a
su padre. La abrazó con todas sus fuerzas.
—Todavía queda otra posibilidad.
—¿Cuál?
—Pues que el juez no se entere de nada de esto —al ver la sonrisa de Amy, se
sintió obligada a desanimarla—. Pero no puedo prometértelo, Amy. Es sólo una
posibilidad.
—¿Sí?
—Sí. Si no permitimos que las cosas vayan más lejos, podemos conseguir que la
verdad no salga de la familia. Y que nadie tenga que ir a la cárcel.
—¿Cómo?
—Cuéntaselo a tu padre. Deja que él hable con el fiscal y con tu madre. Quizás
entonces no habrá que llevar el asunto a los tribunales.
Amy se desasió de sus brazos como un animalito asustado.
—¡No! ¡No puedo hacer eso! Él…
—Mira, Amy, si de algo estoy segura es de que tu padre tampoco quiere que tu
mamá vaya a la cárcel. Si resulta humanamente posible detener el proceso legal, él lo
detendrá.
Amy la miró con desconfianza.
—No. No puedo.
—Amy…
—Si lo supiera, me odiaría.
—Él te quiere. Además, ¿qué otra cosa puedes hacer? ¿Quieres ir a la cárcel?
Amy la miró horrorizada.
—¡Tú les vas a contar que he mentido! Como decías antes que harías si robara
un banco. Tú…
Sam tomó la decisión en aquel mismo momento.
—No. Lo único que estoy haciendo es convencerte para que pienses en ello y
hagas lo que es mejor. Ahora vámonos.

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Amy no se levantó.
—¿Vas a contárselo a papá?
—¿Tú quieres que se lo cuente?
—¡No!
La respuesta fue instantánea, explosiva. Sam supo que su relación con Ty no
había acabado la noche anterior. En realidad, acababa de terminar en ese momento.
—Entonces no se lo diré.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo. Pero, Amy… Yo también quiero que me prometas una cosa.
—¿El qué?
—A cambio de que yo no se lo diga a tu padre ni a la policía, tú tendrás que
decírselo a una persona.
—¿A quién? —preguntó la niña con recelo.
—Eso lo tendrás que decidir tú.
—No lo entiendo.
—Puedes decírselo a tu padre, o a otra persona. Pero tienes que decírselo a
alguien. Ese será el trato. Puedes elegir a la persona que quieras.
—¿Una cualquiera?
—Sí.
—Por ejemplo, un chico de la gasolinera de ahí abajo…
—Eso no sería muy inteligente.
—¿Por qué? ¿Por que se chivaría?
—No. Porque él no te quiere. Y como no te quiere, no pensaría si te hacía daño o
no. En cambio, si se lo contaras a tu padre o a un profesor, la cosa sería diferente.
Amy no contestó.
—¿Y bien? —preguntó Sam al cabo de un rato.
—¿Y si yo no quiero hacer el trato contigo? ¿Lo contarás entonces?
—Si tú no quieres aceptar el trato, entonces yo no tengo por qué hacerte
ninguna promesa.
Amy se quedó ensimismada un rato. Finalmente, asintió con la cabeza. Abrió la
manita y dejó caer los fragmentos de la hoja. Se limpió en los pantalones mirándola
con una sonrisa trémula.
—Eres muy lista.
—Muchas gracias.
—No, lo que quiero decir es que tú no eres como todos los mayores.

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—¿Quieres decir con eso que todavía seguimos siendo amigas?


—Sí —concluyó Amy estrechando la mano que Sam le tendía.
—¿Y qué me dices del trato?
—Que estoy de acuerdo.
En cuanto dejó a Amy en su casa, Sam fue directamente al teléfono.

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Capítulo 9
Durante la hora siguiente, en un frenesí de actividad, Sam preparó sus maletas
y llamó al aeropuerto para reservar plaza en el primer avión que saliera para San
Francisco. Le dijeron que tenía que ser al día siguiente.
Tenía que marcharse de allí lo antes posible si no quería enloquecer pensando
en Ty. Desesperada, cogió las llaves de su coche de alquiler con la intención de
marcharse a dar un paseo por el pueblo. Pero cuando abrió la puerta de la cocina, se
encontró frente a frente con la sonrisa de Ty.
Sam lanzó un gritito que habría resultado cómico si al mismo tiempo no se le
hubieran llenado los ojos de lágrimas. Bajó la cabeza rápidamente y, con un soberano
esfuerzo, consiguió recobrar la compostura. Cuando volvió a mirar de frente a Ty, él
seguía sonriendo.
—¿Vas a alguna parte? —le preguntó.
—Fuera de aquí. Pero… ¿qué haces tú en mi casa? ¿A qué has venido?
—Vengo por el mismo motivo que vine ayer y antes de ayer.
—¿A jugar?
De pronto su sonrisa se esfumó.
—No. Ya no quiero jugar más —y acto seguido, antes de que Sam pudiera darse
cuenta de lo que hacía, se inclinó sobre ella le quitó las llaves de la mano—. ¿Hay
alguna posibilidad de que yo siga siendo la respuesta a tus problemas?
—Creo que no debería darte muchas esperanzas.
—Ya sabes que yo no necesito muchas esperanzas. Soy muy tenaz.
—Sí, ya lo había notado.
—Vente a cenar conmigo, Sam. Tenemos que hablar.

Aquella noche el Widow's Walk estaba muy tranquilo. Algunas parejas


sentadas en las mesas y un par de hombres que charlaban en la barra constituían
toda la clientela. Aquello no tenía nada que ver con el ambiente que había el día que
Sam acudió allí en busca del hombre que ahora la conducía, cogiéndola de la mano,
hacia una mesa apartada.
Sam se sentó en la silla que Ty le ofrecía y comentó:
—Como se nota el invierno. Phil dice que en invierno solamente se quedan cien
personas en el pueblo.
—Ciento tres —le corrigió él—. Estoy pensando en mandar fuera a la señora
McCabe.
Como siempre, Ty acababa de decir un montón de cosas significativas en una
sola frase. Ella se sintió insegura y un poco confundida.

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—¿Por qué? ¿Es que ya no puedes soportar más sus huevos a medio hacer?
—En parte es por eso. Pero además, teniéndote a ti, Amy ya no la necesitará.
Sam sintió que su pulso se aceleraba al máximo.
—Me parece que estás olvidando que yo tengo una consulta en San Francisco.
No voy a quedarme aquí para siempre.
—Pero las consultas pueden trasladarse, ¿no?
—Sí, si a uno no le importa empezar de nuevo.
Ty asintió con expresión ausente e hizo una seña a la camarera.
—¿Café irlandés, verdad? Es lo más apropiado en este ambiente.
—Sí —contestó Sam confundida.
Guardaron silencio hasta que les trajeron las bebidas. Luego Sam se calentó las
manos con su taza.
Durante el corto trayecto en coche hasta allí, se había repetido un montón de
veces que iba con él porque iba a ser la última vez. Porque era una manera de
despedirse de lo mejor que nunca había vivido: su relación con Ty Cort. Porque sería
un recuerdo más que llevar consigo al aeropuerto y después a casa.
Pensar de esa manera resultaba más fácil que reconocer que todavía tenía fe en
los finales felices.
—Perdóname por lo de anoche —dijo entonces Ty.
—No tienes que disculparte. Querías marcharte y te marchaste. No pasa nada.
—Pero me marché muy deprisa.
Sam se encogió de hombros.
—La mejor parte ya había pasado.
—No. Estaba empezando. Por eso me marché. ¿Sabes, Sam? La frontera es muy
sutil.
—¿Qué frontera?
—La frontera que existe entre el sexo y hacer el amor. El sexo no implica
ninguna responsabilidad. Pero el amor sí —Ty se detuvo un momento y le cogió
ambas manos, como si temiera que fuera a escaparse—. Anoche, cuando me marché,
eludí unas cuantas responsabilidades. Pero es que tenía miedo de la alternativa.
Sam se las arregló de alguna manera para liberar una de sus manos y poder
coger su copa. Después de beber un buen trago, le preguntó:
—¿Cuál era la alternativa?
—Quedarme y amarte. Poner de mí mismo lo suficiente como para preguntarte
qué es lo que intentas esconder con tanto ahínco. Si tú me dieras igual, Sam, yo no
necesitaría saber nada. Es mucho más fácil ignorar las cosas. Sobre todo si tu secreto
es algo que puede alejarte de mí.

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—¿Mi secreto? —repitió Sam aterrada, creyendo por un momento que lo sabía
todo.
—Dime, Sam. ¿Qué es lo que has dejado en California? ¿Un marido?
—Ah… —exclamó ella con incredulidad—. No, por Dios.
—¿Un amante?
Sam negó enérgicamente con la cabeza. Ty la miró con expresión suplicante,
frustrada.
—Entonces, ¿qué? —preguntó—. Maldita sea, Sam, ¿por qué echas a correr cada
vez que me acerco? ¿Qué tengo yo que sea una amenaza para ti?
—Las mentiras —susurró con voz apenas perceptible. Ty se limitó a sacudir la
cabeza frunciendo el ceño.
El desconocido avanzaba hacia ellos desde detrás de Ty. Sam le vio
distraídamente al principio, porque toda su mente y sus sentidos estaban fijos en el
hombre que tenía delante. Entonces Ty se acercó mucho a ella.
—¿Cómo has dicho? No te he oído.
Sam se olvidó del desconocido que se aproximaba; se olvidó de todo, como
siempre que el aliento de Ty le rozaba la piel.
—Estoy enamorada de ti, y no quiero perderte. Lo dijo rápidamente, con la
sensación de que el desconocido se estaba acercando demasiado.
—Eso me gusta más —susurró Ty. E inclinándose sobre ella la besó en los
labios. Sam vio la cámara y sintió la luz del flash al mismo tiempo. Durante unos
segundos se quedó desconcertada, pues el resplandor la había cegado. Veía un
montón de círculos de colores en medio de la oscuridad. Alguien le había hecho una
foto, pero no tenía ni idea de por qué. Entonces vio como Ty se levantaba de la mesa
con un movimiento tan violento, que su silla cayó rodando. Fue entonces cuando
comprendió.
Se puso en pie de un salto, tambaleándose mientras sus ojos se acostumbraban
a la luz. A su alrededor estalló la confusión más absoluta; oía voces que gritaban
llenas de alarma. Vio como Ty agarraba al otro hombre por la pechera de la camisa y
preparaba el puño para golpear. La cámara cayó chocando contra el suelo. El
camarero echó a correr hacia ellos. Sin pensarlo, Sam se acercó al centro de la escena.
Pensó que el camarero, un desconocido, no conseguiría detenerle. Ellos no
sabían nada de sus viejas heridas, su resentimiento, su furia. Saltó por encima de la
silla caída y se colocó frente a él justo antes de golpearla.
—¡Ty no! ¡No lo hagas! ¡Déjalo!
Ty la miró de una manera extraña, como si la ira le hubiera nublado la vista.
—Así no vas a arreglar nada.
Soltó al fotógrafo, pero no dijo nada.
—Vámonos —dijo entonces Sam. Y esta vez él asintió.

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Sam no vio cómo el fotógrafo volvía a agarrar su cámara y salía corriendo.


Tampoco era consciente de las voces de quienes les rodeaban, que iban apagándose,
ni de las miradas especulativas que les siguieron hasta la puerta.
En el coche apenas intercambiaron una palabra, y la tensión casi se podía palpar
en el ambiente. Cuando llegaron a casa de Sam, Ty le preguntó:
—Dime, Sam, ¿por qué no has querido que le pegara?
Ella dejó su bolso en la mesa del vestíbulo y suspiró.
—Probablemente era precisamente eso lo que el tipo estaba buscando. Va a
publicar esa fotografía. Los dos lo sabemos. Pero sus métodos no tienen nada de
honorables, y lo más seguro es que trabaje para uno de esos periódicos
sensacionalistas que nadie lee. Esa fotografía, así, sola, puede pasar perfectamente sin
pena ni gloria. Pero si le hubieras llegado a pegar…
—Entonces habría sido portada de todos los periódicos —terminó Ty con una
sonrisa.
—Exactamente.
—¿Y te dio tiempo a pensar todo eso antes de saltar delante de mi puño?
—No del todo.
—Entonces, ¿por qué reaccionaste con tanta rapidez?
—Porque no quería que te hicieras daño en la mano.
Ty se quedó mirándola un momento, muy serio, y después se echó a reír con
todas sus ganas. Sam, por su parte, empezó por sonreír, pero terminó por reír
también.
Cuando pudo hablar, Ty comentó:
—La verdad es que en ese momento podría haberle matado. Necesito beber
algo. Si no me falla la memoria, tienes que tener media botella de oporto en algún
sitio.
La botella de oporto estaba, efectivamente, pero metida en una maleta. Sam se
puso tensa. Tenía que ocultarle que pensaba marcharse al día siguiente. Era
demasiado pronto para que lo supiera. Para salir del atolladero, recurrió, cómo no, a
una mentira.
—Yo necesitaría algo más fuerte.
—Pues yo prefiero que me maten antes de volver al Widow's a terminar ese
café irlandés.
—No. Yo estaba pensando en ir a tu casa. Tu bar está mucho mejor surtido que
el mío.
Ty la miró intensamente, y luego, antes de que ella pudiera escabullirse, la
estrechó entre sus brazos. Su beso fue demasiado cálido y demasiado tierno como
para que a Sam no le doliera.

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—Nuestra conversación se estaba poniendo muy interesante cuando ese tipo


nos ha interrumpido, ¿verdad?
—¿Interesante? —susurró Sam.
—Tú acababas de decirme algo de que me querías —se calló entonces y la miró
a los ojos, como si buscara una respuesta en ellos—. No, Samantha, por favor, no te
cierres a mí. Tú no vas a salir huyendo esta vez, ni yo tampoco. Bueno, vámonos.
Tienes razón. Yo también necesito algo más fuerte que el vino —agregó después de
besarla otra vez.
Cuando entraron, el silencio y la oscuridad en la casa eran absolutos, salvo por
la rendija de luz que salía del cuarto de la señora McCabe, cercano a la cocina.
Sam se quedó en la puerta del cuarto de estar mirándole servir las bebidas. No
sabía si había esperado o temido que fueran a estar solos.
—¿Qué estabas diciendo? —le preguntó Ty al pasarle el vaso.
Sam se dejó caer en el sofá.
—No estaba diciendo nada.
—Algo habías empezado a decir cuando estábamos en el pub.
Diciendo aquello, Ty fue a sentarse a su lado en el sofá. Sam, que estuvo a
punto de resistirse en un principio, al final optó por relajarse contra él.
—Quizás deberíamos empezar otra vez con nuestra conversación —murmuró
Ty—. Las cosas han cambiado bastante desde que yo te perseguía intentando
conquistarte con un café irlandés para sacarte todos tus secretos. Pero en fin, lo que
ahora me interesa preguntarte es cuándo termina tu alquiler.
—Pago a final de mes. Es decir, que este mes termina el domingo. ¿Por qué me
lo preguntas? —preguntó asustada, temiendo que hubiera visto el equipaje
preparado en su casa.
—Pues porque preferiría no tener que marcharme sin ti.
—¿De qué estás hablando?
—Me voy a marchar de cabo Endless.
—No puedes hacer eso.
—Te equivocas, Sam. Es lo único que puedo hacer.
—¡Pero es una locura!
Los ojos de él empezaron a llamear.
—Cabo Endless se ha convertido en una pecera y yo no pienso quedarme en
una pecera.
Sam se puso en pie de un salto, sin saber ella misma por qué se enfurecía tanto.
—En ese caso, la solución sería hacerte la cirugía estética. Mira, Ty, vayas donde
vayas, eres demasiado llamativo. Todo el mundo te conoce. En este pueblo hay cien
habitantes. Dime, ¿dónde vas a encontrar un sitio más pequeño? Es inevitable que la

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gente haya ido al cine durante estos últimos quince años y conozcan tu cara. Luego lo
comentan, hablan unos con otros, y al final todo el mundo lo sabe. ¡En todas partes te
va a pasar lo mismo!
—No necesariamente.
—¿Dónde piensas ir? ¡Para Amy va a ser muy duro si los habitantes no hablan
inglés!
—Acabas de decir la palabra clave, Sam, habitantes.
—¿Qué estás pensando? ¿En marcharte a la luna? —preguntó sin poder evitar
un tono lleno de dulzura.
—No tan lejos, con que no se trate de una ciudad me conformo. Necesito
espacios abiertos, y el oeste está lleno de ellos. Arizona. Montana.
Sam le miró inmóvil.
—¿Lo dices en serio?
—Por supuesto que sí —dijo Ty poniéndose de pie y acercándose a ella—. No es
ningún disparate, Sam. Compraremos unos cuantos miles de acres de terreno y
construiremos un rancho. Podremos dedicarnos a la cría de caballos y ganado —
guardó silencio un momento y luego, mirándola a los ojos, dijo—: Vente con
nosotros.
Sam se sintió sacudida de la cabeza a los pies tanto por sus palabras como por
su tono de voz.
—En las noches claras —susurró—, podremos hacer el amor bajo las estrellas.
La cogió entonces por la barbilla, obligándola a sostener su mirada.
—Montana —siguió diciendo—. Pondremos una chimenea en cada habitación.
Y cuando las noches oscurezcan el cielo y las ventanas se llenen de escarcha, tú
vendrás a mí y yo te calentaré.
La besó en la boca y comenzó a tocarla los pechos. Sam sintió un incendio en
sus entrañas.
—Te acariciaré como ahora cuando la nieve esté cayendo fuera, aislando
nuestra casa. Beberemos juntos a la luz del fuego, que iluminará tu cuerpo por aquí…
y por aquí.
La camisa de Sam cayó al suelo. Luego el agachó su cabeza morena y rozó con
la lengua uno de sus pezones. Lentamente, le bajó la cremallera de los pantalones y
ella se dejó hacer, perdida en su mirada, perdida en un sueño que la envolvía por
momentos en sus dulces redes. Entonces alcanzó con los dedos su sexo, y las piernas
dejaron de sujetarla.
Ty la hizo tumbarse en el suelo. Mientras seguía susurrándole promesas de
felicidad eterna al oído, Sam se sentía transportada por una alfombra mágica, lejos de
allí, lejos de todos los problemas. Sólo ella y Ty… Cuando la besó en la boca se
estremeció violentamente. Ty movió la lengua lentamente dentro de su boca, y ella le
abrazó con furia, pidiéndole más. Al cabo de un momento, sus cuerpos desnudos se

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revolcaban por el suelo. Ty era fuerte, masculino, todo músculos, pero por alguna
extraña razón parecía derretirse cuando le tocaba. Empezó a moverse de manera
rítmica cuando su mano temblorosa encontró su sexo.
—¿Y tú? —le susurró—. ¿Sentirás algo así?
—Mmmm…
—¿Y así?
—Así, exactamente así.
—Hazme el amor, Ty. Tómame aquí mismo.
Así lo hizo, de inmediato. Con un único movimiento se adentró en su cuerpo.
Con un abandono que sólo era posible en un sueño, Sam se entregó, exigiéndoselo
todo. Él continuó moviéndose entre sus brazos hasta que el placer la desgarró por
dentro, llegándole hasta el alma.
En aquel momento, por primera vez, Sam le creyó de verdad.

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Capítulo 10
Casi de inmediato, Sam volvió a sentarse en el suelo.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Amy!
—¿Qué pasa con ella?
—Pues que estará arriba, y nosotros aquí…
Ty se echó a reír.
—No, no está aquí. Al parecer tienen una avería de fontanería en el colegio y las
clases han sido suspendidas durante un par de días. Amy ha aprovechado para
marcharse a casa de Mary Elise. Iré a recogerlas mañana por la noche si no tienen
clase el viernes. ¿Te gustaría venir conmigo para echarme una mano? La verdad es
que debo reconocer que me aterra un tanto la experiencia de tener que vérmelas con
dos niñas de nueve años juntas.
Mañana por la noche. Aquellas palabras fueron el terrible despertar de un
sueño maravilloso. Al día siguiente por la tarde ella ya se habría marchado, porque
quedándose sólo conseguiría destruirse a sí misma. ¿De qué le servía ya la verdad si
significaría una separación segura? Mejor marcharse calladamente y apurar hasta el
último minuto de felicidad ficticia.
—Esto no tiene por qué ser un sueño, ¿sabes? —murmuró Ty—. Podríamos
marcharnos y tenerlo todo. Ven conmigo, Sam. Ven con nosotros.
—Y luego, ¿qué? —preguntó Sam.
—¿Qué pasa? ¿Tu mentalidad te impide creer en los finales felices?
—Digamos mejor que soy demasiado razonable como para creer en las huidas.
La mirada de Ty se tornó dura.
—Si huyo es porque no me queda otro remedio.
—Pero deberías darte cuenta de que estás perjudicando a Amy.
—¿Qué estás diciendo?
—Te estoy diciendo que si nosotros… tú, la llevas a Montana o a Arizona y la
encierras en un rancho sin nadie en kilómetros a la redonda… acabarás perdiéndola.
—¿Debo tomarlo como la opinión de un profesional?
Sam asintió como si no hubiera notado su tono sarcástico.
—No puedes destrozar su niñez llevándola primero de un sitio a otro y después
recluyéndola en el desierto. ¡Piénsalo, Ty! No es más que una niña. ¡No puedes
aislarla en la compañía de la señora McCabe para siempre! Ella se merece una casa
estable. Necesita ser una niña normal, como otra cualquiera.
—La seguridad implica estabilidad. Sobrevivirá.
Pero Sam movió la cabeza tristemente.
—No, no sobrevivirá.

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Ty se puso en pie rápidamente y terminó su bebida.


—Lo mejor será que lo consultemos con la almohada. Tenemos ese tiempo de
plazo, porque seguramente la fotografía aparecerá mañana por la mañana. O con un
poco de suerte, el gusano aquel trabajaba para alguna publicación semanal.
—¿Cómo es eso de consultarlo con la almohada?
—Dormiremos juntos.
A Sam se le agolparon los inconvenientes y las negativas, en la mente, pero fue
incapaz de decir que no.

Era maravilloso despertar a su lado. Sintió el calor de su cuerpo en la espalda,


su brazo que le rodeaba la cintura, y su cálido aliento en la nuca. Sus piernas estaban
entrelazadas. Sam suspiró y se apretó más contra él.
—Podría ser así ya para siempre —susurró él.
—¿Es que nunca te das por vencido? —murmuró ella.
—Es una de mis cualidades más conocidas —respondió él, sentándose en la
cama y obligándola a hacer lo mismo—. Escucha, podríamos hacer un compromiso.
A ti, con lo seria que eres, te parecerá bien. Incluso podemos ponerlo por escrito, si
quieres.
Sam le miró con ojos inquisidores.
—Tú has estado pensando en lugar de dormir —dijo con un bostezo.
—Y tú también, si no me equivoco. Te sentía moverte a mi lado, y mirarme.
Sí, Sam había pensado mucho, y finalmente había llegado a la conclusión de
que era el momento de decirle la verdad, de revelarle quién era ella. Sin embargo,
tenía que esperar el momento oportuno, así que apoyó la mejilla en su pecho y se
dispuso a escuchar.
—De acuerdo. Dime lo que me quieras decir.
—¿Mi parte del compromiso?
—Sí.
—De acuerdo. Cásate conmigo —dijo tranquilamente después de un momento
de silencio.
Sam se quedó sin respiración. Sus ojos, un momento antes semicerrados por la
falta de sueño, se abrieron de par en par.
—¿Eso… eso es un compromiso?
—Quizás sea más bien una proposición.
—¡Oh, Dios mío!
—Eso no es una respuesta, Sam.

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—No. Quiero decir…


Pero, ¿qué iba a querer decir? Que necesitaba tiempo. Sólo un poco más de
tiempo. No podía decidirse en aquel momento y allí precisamente. Ella seguía siendo
tan cobarde como siempre.
Sam vio como la sonrisa y el entusiasmo de Ty se enfriaban por momentos, al
mirarla.
—¿Es una pregunta demasiado complicada para ti antes del café de por la
mañana?
Sam tragó saliva.
—Me imagino que una taza de café me ayudará.
Ty se salió de la cama.
—De todos modos, será mejor que lo hablemos en la cocina.
—¿Por qué?
—Por Amy. Puede aparecer por aquí en cualquier momento, y no quiero que
empiece a pensar que su padre es tal y como lo pintan en las revistas. Te espero
abajo.
Cuando Sam se quedó sola, se encontraba tan mal que ni siquiera podía llorar.
Por fin consiguió reunir las tuerzas suficientes al cabo de un rato para buscar el
cuarto de baño y darse una ducha. Luego, una vez decentemente vestida, se aventuró
escaleras abajo.
Ty no estaba por ninguna parle, ni tampoco la señora McCabe, que debía
haberse escondido prudentemente. Como no tenía nada mejor que hacer mientras
esperaba. Sam se puso a preparar una cafetera, pensando mientras que en el
desayuno, por fin, y de una vez por todas, se lo contaría todo. Conseguiría hacerle
comprender las mentiras, las evasiones, la espera… Todo.
Pasaban los minutos y Ty no aparecía. Sam tuvo un mal presentimiento.
Comenzó a buscarle como una loca por toda la casa. En el cuarto de estar no había
nadie, y tampoco contestó cuando le llamó por la escalera. Subió los peldaños de dos
en dos y asomó la cabeza por la puerta del dormitorio; allí estaba la cama revuelta
después de su noche de amor, pero ni rastro de él. Cada vez más intranquila, volvió a
bajar. En aquella ocasión le encontró en la cocina.
Tenía la espalda vuelta hacia ella. Parecía leer algo, apoyado con ambas manos
en la mesa. Su tensión era evidente y nada tranquilizadora.
—¿Ty? —susurró.
La voz de él sonó lenta y tranquila.
—Para ser un periódico provinciano, hacen muy bien su trabajo, lo cual me
sorprende, porque suelen ser precisamente los pequeños los que más mentiras
cuentan.
—No te comprendo.

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Ty se volvió de pronto. Tenía un periódico en la mano.


—Dime, Sam, ¿han acertado en todo?
Ty lo tiró sobre la mesa, derribando con él la taza de café que Sam acababa de
servir.
—Vamos. Échale un vistazo. Supongo que tendrás curiosidad por enterarte de
lo que dicen de ti.
—¿De mí?
—Por lo que parece, tu vida es mucho más interesante que la de un actor
retirado. A mí sólo me nombran por mi contribución a la escena.
Sam no quería mirar aquello, pero tuvo que hacerlo. Y allí estaba, en primera
página. En cabo Endless un beso era un acontecimiento extraordinario. De pronto le
volvieron a la mente, con nitidez perfecta, las palabras de advertencia de Phil. La
bomba había estallado.
—Doctora Samantha Gates —murmuró Ty volviendo a coger el periódico. En
su voz había tanto desprecio, que ella se estremeció—. Psicóloga infantil y detective
diplomada que investiga el caso del secuestro de Amy Cort. ¿Es eso verdad? Parece
que se han buscado unas fuentes de información muy eficaces. El dueño de la casa en
donde estás les proporcionó tu nombre y tu dirección. Y tu secretaria fue tan amable
que les puso al corriente, con todo detalle, del caso en el que estás trabajando
actualmente. Yo en tu lugar la despediría o la enseñaría a ser algo más discreta.
Sam estaba desorientada. No sabía qué decir.
—Iba a contártelo ahora.
—¿Ah, sí? ¿Cuándo? ¿Antes o después de haberte casado conmigo?
Entonces ella se sintió también enfadada.
—¡Yo no te he dicho que fuera a casarme contigo!
—Claro, tienes razón, no me habías dicho nada, por Dios. Sólo te has limitado a
dormir conmigo. ¿Es ésa tu manera habitual de perfeccionar tus investigaciones,
doctora?
Sam se sintió palidecer.
—¿Tú crees…?
—¡Tú te has acostado conmigo para tener acceso a Amy!
Ella retrocedió como si hubiera recibido una bofetada.
—¡Eso no es verdad!
—¿Ah, no? Pues me encantaría escuchar tu versión sobre el tema.
—Ya te lo dije anoche.
Fuera de sí, Ty fue a la mesa y de un manotazo echó al suelo el periódico y
todos los platos.
—¡No me cuentes más mentiras, maldita sea!

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—¡En eso no te mentí! Por eso no te lo dije, porque estaba segura de que te
perdería en cuanto lo supieras. Y yo… ya estaba enamorada de ti. ¿Cómo podía
decírtelo? Al principio era sólo un trabajo más y ni siquiera te conocía. Pero luego, en
cuanto me tocaste la primera vez, todo se vino abajo. ¡Ocurrió tan deprisa! No
puedes creer que yo haya dormido contigo por ninguna otra razón —susurró con
incredulidad—. A estas alturas me conoces demasiado bien como para poder pensar
eso, ¿verdad? Sabes que yo sería incapaz…
Ty se echó a reír a carcajadas.
—¿Que yo te conozco a ti? Pero si eres una desconocida. ¡Qué voy a saber yo de
lo que eres capaz!
Sam sintió que la sangre se le helaba en las venas.
—Me conocías lo suficiente como para enamorarte de mí.
Ty volvió a reír.
—Conocía de ti lo que tú me habías querido dar a entender. Amaba la mentira
que me habías ofrecido, pero no a ti. No —repitió fijando la mirada en el periódico
deshecho a sus pies—. A ti no te amaba. ¿Quién va a enamorarse de una
desconocida?
Se agachó, cogió el periódico, y con un gesto violento lo hundió en el cubo de la
basura. Sam sintió como si acabara de tirar a la basura sus sueños. Hasta entonces no
se había dado cuenta de lo grande que era su necesidad de él.
—Ty…
—Sal de aquí ahora mismo, Sam. Te lo digo por tu bien, porque ya no respondo
de mis actos.
Sam se dispuso a salir, pero cuando estaba cruzando el umbral, volvió a
detenerla su voz.
—Una última cosa. Necesito saberlo. ¿Qué has averiguado?
Ella le miró rápidamente, sin decir nada.
—Ya veo que has realizado tu trabajo. ¿Insistes en decirme que Amy no te ha
contado nada?
—Yo…
Aquello sería una mentira más; una nueva mentira.
—¡Maldita sea, Sam, contéstame!
—No. Tu hija no me ha dicho nada.
Hubo un largo silencio antes de la última pregunta.
—Entonces, cuando yo te preguntaba por tu secreto, ¿por qué no me decías
nada?
—Sí que te lo dije.
—¡Me dijiste que me amabas!

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—¡Y te dije la verdad!


Sam se volvió a él y le encontró mirándola, apretando entre las manos el
respaldo de una silla como si quisiera retorcerlo. Sus ojos parecían incendiados de
furia.
—Te dije que te amaba y que tenía miedo de perderte. Esas fueron exactamente
mis palabras.
—¿Y por qué diablos no las pronunciaste antes? Dios mío, y pensar que yo sabía
que estabas mintiendo, que me ocultabas algo. Ni siquiera te inmutaste en la fiesta de
Tate cuando te dije que vivíamos en la casa de al lado de la tuya. ¿Por qué? Porque
ya lo sabías. Te pregunté que qué era lo que te daba miedo, y tú no me contestaste,
después de haberte tocado, de haberte amado, de haberte dado tantas
oportunidades… ¡Y yo era tan tonto que creía que al final terminarías por decirme la
verdad!
Aquellas palabras tenían sonido de final. Parecían un sonido vacío. Ahora a
Sam sólo le quedaba preguntarse si las cosas hubieran sido diferentes de haber dicho
ella antes la verdad. Le miró fijamente, y de pronto descubrió en él las facciones de
un desconocido; el mismo que había conocido una noche en un pub perdido. Unas
facciones cerradas. Supo entonces que su relación había estado condenada desde el
principio.
—Lo mejor será terminar cuanto antes —susurró.
Ella no esperaba una respuesta. Ty no dijo nada. Cuando salió por la puerta, la
tristeza no la dejaba ver.

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Capítulo 11
Una semana después, en los lavabos del juzgado, Sam, mirándose al espejo,
intentaba enjugarse las lágrimas lo mejor posible. Había pasado aquellos últimos días
encerrada en su apartamento, compadeciéndose a sí misma, pero ahora el momento
del juicio había llegado, y ya no había lugar para vacilaciones.
En aquel momento entró María, con aire agobiado.
—Son como buitres —exclamó apoyándose en la pared.
—¿A quién te refieres? ¿A los chicos de la prensa? No te preocupes, porque en
cualquier caso beneficiarán tu carrera —dijo Sam tratando por todos los medios de
sonreír.
—Eso en caso de que gane —contestó María comenzando a retocarse el peinado
frente al espejo.
—Ganarás.
—Sólo si tú tienes razón con respecto a Amy Cort.
—De esto estoy segura.
María la miró pensativa.
—Desde el primer momento has estado completamente segura de ello.
—No te olvides de que soy psicóloga. Quizás poseo una intuición especial.
—Bueno, dentro de un par de horas lo habremos averiguado —comentó la
abogada defensora—. ¿Sabes? Lo que no termino de explicarme por más que lo
pienso es por qué no quieres que te pague.
Sam suspiró.
—Te lo he dicho un montón de veces, María. En realidad no he cumplido con el
trabajo que me habías encargado.
—Yo te contraté para que me ayudaras a sacar a Frank Kemp del apuro. Y si
todo sale como esperamos, lo habrás logrado, efectivamente.
—No, María. Tú me contrataste para que averiguara quién era el verdadero
secuestrador, y eso no lo he podido averiguar. Lo único que te he dicho es que debías
hacer comparecer a la niña ante el tribunal porque es la única manera de hacerle
decir la verdad.
Y Amy no cometerá perjurio, se dijo para sus adentros. En seguida tuvo que
volver la cara para que María no pudiera ver su tristeza. Cuatro semanas habían
pasado desde que cogiera el vuelo nocturno que la llevó lejos de cabo Endless. La
primera semana casi ni la recordaba; no había visto las noticias, ni leído los
periódicos. Ni siquiera había censurado a su secretaria del error que en el fondo era
también culpa suya. Durante aquella semana se había limitado a dar rienda suelta a
su tristeza y a llorar. Ni siquiera había querido llamar a María.
Y después vino otra semana, y otra, y otra. Y ninguna de las promesas se vio
cumplida. Amy no se había decidido. La oficina del fiscal del distrito no daba señales

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que pudieran hacer pensar que sabían que el hombre era inocente. Y no era que Sam
esperara fuegos artificiales, ni grandes letreros en primera página, porque lo más
lógico era que Ty intentara ocultar en lo posible que la secuestradora de su hija era su
ex-mujer.
Pero las cosas estaban demasiado tranquilas. Quizás Amy se creía traicionada
por ella, si su padre le había hablado en su contra.
Durante aquellos días, Sam no pudo soportar la incertidumbre y llamó al
hospital psiquiátrico donde había estado internada Mónica. Allí le confirmaron que
había salido durante el mes de junio, bajo la custodia de su madre. Pero su madre,
después del primer día, no la había vuelto a ver.
En cuanto a Amy y a Ty, también habían desaparecido. Ni en la casa de cabo
Endless ni en la de Sausalito contestaba nadie al teléfono.
Sam se volvió a mirar a María.
—Perdona que te insista al respecto, pero, ¿estás segura de que Ty Cort ha
recibido una copia del sumario?
María se mordió los labios.
—Por lo menos lo firmó, y la firma coincide con la de otros documentos. Una de
dos, o la acusación la ha falsificado cuando tuvo que entregárselo, o él aparecerá con
su hija en el juicio. De todas formas, la primera suposición es bastante descabellada,
porque no creo que el fiscal del distrito vaya a jugarse su carrera por eso.
—Tienes razón.
—Sam, no te tortures más, por favor. Ahora lo único que podemos hacer es
esperar a ver qué pasa. Si Amy Cort comparece en el juicio y tú no te equivocas en
tus predicciones, Frank Kemp se habrá librado de la cárcel.
—¿Y si la niña no comparece?
—Entonces habré perdido este caso.
Y Sam habría perdido la poca dignidad que le quedaba. Ty tenía razón; ella no
era ninguna jugadora, porque le faltaba estómago y sangre fría para ello. Asintió con
tristeza y se encaminó hacia la puerta.
Entonces oyó los gritos de la multitud que se agolpaba en la puerta.
Corrió hacia la ventana, y vio que un gran coche negro acababa de detenerse
frente a la puerta del juzgado. Un policía acudió a abrir la puerta de atrás, y Ty
descendió primero. Sintió un nudo en el estómago.
Se le veía bronceado. ¿Habría estado en Arizona? Un momento después, él
mismo ayudaba a Amy a salir del vehículo. Amy echó a andar hacia la escalinata del
edificio, seguida por él. De pronto, Ty se detuvo.
Miró hacia la ventana y sus miradas se encontraron. Era imposible, y Sam lo
sabía, porque estaba seis pisos por encima de él y además el sol se reflejaba en los
cristales. Pero presintió en su mirada la acusación y la ira. Rápidamente se apartó de
la ventana.

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Oyó la voz de María, que le pareció lejana.


—Sam, ¿te encuentras mal?
—No, no me pasa nada. Vamos.
Cuando entraron en la sala de justicia se dejó caer en el primer asiento que vio
vacío. María la miró con sorpresa.
—Pero, ¿qué haces? Te he reservado un asiento delante, a mi lado. Tú formas
parte de mi equipo.
—No, gracias, María. Prefiero verlo desde aquí detrás.
No se atrevía a afrontar directamente la mirada de Amy. Además, desde allí,
protegida por el anonimato, podría verle a él por última vez, y amarle en silencio.
—¿Estás segura? —preguntó María con escepticismo.
—Estoy segura. Vete. Ha llegado tu momento de actuar.
—Está bien. Pero a la salida espérame. Si ganamos, quiero celebrarlo también
contigo.
Sam asintió.
—Ya veremos.
Cuando María se marchó, Sam se quedó quieta y tensa, esperando. Los minutos
se hicieron eternos. Poco a poco, la sala fue llenándose de gente, hasta que llegó un
momento en que no cabía ni un alfiler. Sam se levantó con el corazón palpitante, y de
puntillas trató de ver a través de la multitud de cabezas. Tardó unos cuantos
segundos en darse cuenta de que Ty no estaba allí. No solamente faltaba él, sino
también Amy, María, el juez y el fiscal. Cuando miró su reloj se dio cuenta con
asombro de que habían trascurrido veinticinco minutos desde que se sentara a
esperar. Aquello no era normal. Algo tenía que haber ocurrido.
Amy. Tenía que ser Amy.
El hombre sentado a su lado levantó la cabeza con asombro cuando la vio
levantarse. Con las prisas por salir, tropezó con sus pies. Poco a poco, la gente se fue
apartando para dejarla paso. Un momento después corría por el pasillo en dirección
a la puerta de salida.
En la puerta, la detuvo un guardia.
—¿Se va tan pronto?
—Perdone, ¿podría decirme dónde está el despacho del juez?
El hombre la miró asombrado ante semejante atrevimiento.
—¿Cómo dice?
—¿Cómo puedo llegar hasta el despacho del juez? ¿Hay alguna otra puerta que
no sea la que accede a la sala de justicia? Maldita sea, es la primera vez que entro en
una sala de justicia.

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—Cálmese, señora. Hay otra puerta en la esquina suroeste de la planta, pero no


puedo permitirla entrar allí. ¡Eh, oiga, espere!
Pero Sam había echado a correr por el pasillo exterior. Oyó los pasos del guarda
seguirla un trecho, pero después ya no los sintió. Probablemente estaría utilizando su
walkie-talkie para alertar a algún compañero, pero afortunadamente tenía tiempo para
actuar antes de que pudieran detenerla… si no era ya demasiado tarde. Estaba claro
que Ty no iba a hacer pasar a su hija por medio de aquella multitud, y tampoco se iba
a quedar después de que la niña hubiera declarado ante el juez. En cuanto hubiera
terminado, se la llevaría por alguna puerta trasera.
La puerta de atrás.
La encontró en una esquina del corredor, donde éste doblaba hacia la derecha.
Por un momento, su mirada pasó alternativamente de allí a la puerta que conducía a
las escaleras, situada a unos pocos metros. Dio un paso y se detuvo. Volvió a mirar
su reloj con verdadero pánico.
Veintiocho minutos, y llevaban allí todo ese tiempo. María seguramente tendría
que quedarse un rato más. Pero Amy permanecería sólo el tiempo estrictamente
necesario. Sam volvió a mirar el reloj.
Podía tardar unos veinte minutos en hacer la declaración. En ese caso, habría
llegado demasiado tarde; había esperado demasiado. Sam se alejó de la puerta del
despacho y se dirigió a la escalera. Quizás todavía estaba a tiempo de cogerlos. Pero,
¿y si la prensa se la había adelantado? ¿Y si les habían retenido?
Abrió la puerta y justo entonces sintió un rumor de pasos a sus espaldas. Dio
media vuelta, encontrándose frente a frente con la mirada de Ty. La miró con
sorpresa.
—¿Qué diablos haces tú aquí?
Sam tuvo que hacer un gran esfuerzo para no dejarse llevar por la emoción. Con
él todo había terminado; no tenía nada más que decirle. Pero en cambio, con Amy
tenía que hablar, al precio que fuese. Allí estaba la niña, junto a él. Tenía la mirada
baja y estaba encogida sobre sí misma. Ni siquiera miró a su padre cuando le tendió
la mano.
—Vamos, cariño. Vámonos de aquí.
Amy se dirigió hacia ella.
—Amy —susurró Sam—. Mírame, por favor.
—¡Eh, usted! ¡Deténgase! —gritó una voz desde el otro lado del pasillo.
—¡No he cometido perjuro! —gritó Amy lanzándose en brazos de Sam.
—¡Maldita sea! —exclamó Sam, olvidándose de todo, salvo de la niña que
temblaba entre sus brazos—. No, cariño, el guardia no te busca a ti. Es a mí a quien
persigue.
Amy la miró con los ojos desmesuradamente abiertos.
—¿A ti?

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—¿A ti? —gritó Ty, elevando su voz sobre la del guarda—. ¿Qué diablos…?
—¡Ella cometió perjuro! —exclamó Amy—. ¡No lo contó! ¡Papá, ayúdala! ¡No
dejes que la cojan!
—Pero, ¿qué es esto? —exclamó Ty, pero en aquel momento el guarda echó a
correr hacia ellos.
Entonces Ty cogió a Sam de una mano, y a Amy y las empujó por las escaleras.
Llegaron al piso superior justo en el momento en que la puerta de arriba volvía a
abrirse. Amy miró hacia allí aterrorizada. Sam la cogió de la mano.
—No te preocupes. Lo conseguiremos.
Mientras caminaban a toda velocidad, Ty dijo:
—Quiero que me des una explicación.
Sam la miró a los ojos, sin darse cuenta de que había pisado en falso uno de los
escalones. Lanzó un grito e intentó agarrarse al pasamanos, pero ya había perdido el
equilibrio. Cerró los ojos y se preparó para la caída.
Pero entonces unos brazos fuertes la sujetaron. Volvió a abrir los ojos y se
encontró con los suyos. Por un momento la miraron con pánico. Pero no la dejó caer.
Su boca estaba tan cerca… tan cerca de la suya. Todavía podía recordar
perfectamente su sabor. En aquel momento todo el mundo exterior pareció
esfumarse, como si solamente estuvieran allí ellos dos.
Entonces Amy gritó desde el escalón inferior.
—¡Daos prisa, que viene!
Ty la soltó inmediatamente, y empezó a bajar por delante de ella. Unos
segundos más tarde, llegaban a la puerta de salida y finalmente a la calle inundada
de sol.
—Por aquí —murmuró Ty.
Doblaron la esquina de la calle. La multitud seguía congregada en la puerta, y
el gran coche negro también estaba allí. Sam se detuvo.
Hasta que no hubo metido a Amy en el coche, Ty no miró hacia atrás. Sus
miradas se encontraron, hasta que Sam la apartó.
—Creo que ya estoy a salvo. Mi coche está…
—Pero el mío está más cerca. La primera regla del juego de policías y ladrones
es esconderte en cuanto tengas la oportunidad. Ven, Sam. Yo te llevo.
Sin pensar en lo que hacía, Sam entró en el coche.
Tardó en darse cuenta de que se dirigían hacia el puente Golden Gate. Ella iba
apretada entre el padre y la hija. Miró por la ventana para no verle a él y entonces
divisó el agua.
—¿Dónde… dónde me lleváis? Yo vivo en el centro…

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—Antes tienes que explicarme algunas cosas —le dijo Ty con una mirada que
no era tan cálida como su cuerpo—. Empieza por contarme lo del perjuro.
Ella se puso tensa.
—Es una historia muy corta.
Amy la miró confundida.
—No te entiendo.
—Tú no tienes por qué entenderlo —terció Ty. Sam le dirigió una mirada
airada.
—Claro que tiene que entenderlo.
—¿Lo hiciste, Sam? —preguntó Amy angustiada—. ¿Cometiste perjuro?
—No.
Amy sacudió la cabeza.
—Pero…
—Mira, querida, yo no tenía que declarar. ¿No te das cuenta? —le dijo Sam
cogiéndole la cara entre las manos—. Tú mantuviste tu parte del trato, y yo la mía.
Yo no he tenido que mentirle al juez acerca de lo que sabía porque sabía que tú
misma se lo dirías a él.
Amy frunció el ceño, y se enjugó las lágrimas.
—Pero papá dijo…
Sam le dirigió una mirada de reojo. Él siguió mirando hacia delante sin
inmutarse.
—¿Qué es lo que dijo?
—Que tú trabajabas para el hombre a quien yo acusé.
Sam lanzó un suspiro.
—Era verdad. Al principio fue así.
—¿Al principio?
—Yo ni siquiera he cobrado por ese trabajo, porque al final no lo hice. Se
suponía que yo tenía que volver aquí y contarle al juez quién te había secuestrado en
realidad. Pero como tú y yo habíamos hecho un trato, no podía contárselo. Lo único
que podía hacer era no aceptar mi paga y esperar que tú cumplieras tu parte. Yo
confiaba en ti y sabía que cumplirías.
—¿De verdad?
Sam consiguió esbozar una débil sonrisa.
—Claro. Porque yo te quiero, tonta. Y sabía que harías lo que debías.
Amy sonrió a su vez.
—Tenía que encontrar a la persona más adecuada para contárselo.

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—Exactamente.
—¿Sabes que eres muy lista?
—Eso me han dicho —respondió Sam sonriendo.
—Ahora que parece que os habéis aclarado —intervino Ty con impaciencia—,
¿os importaría contarme qué es lo que está pasando aquí?
Sam sintió que el corazón le daba un vuelco, y no pudo contener las lágrimas.
—Yo…
Pero Amy asumió el trabajo de explicarlo, con la exasperación de un niño a
quien le cuesta hacerse entender.
—Es como lo que le dije al juez. A veces si quieres hacer el bien a una persona,
no te queda más remedio que hacer mal a otra. Y tienes que ponerte de parte de una
de las dos aunque no quieres, y eso te hace mucho daño a ti mismo.
—Y luego dicen que los niños no saben lo que dicen —murmuró Ty.
Sam le miró de reojo, pero en aquel momento, el coche se detuvo a la sombra de
unos árboles, de manera que no podía verle bien los ojos, y aunque intuía su calor, se
sentía perdida. Carraspeó.
—¿Existe alguna posibilidad de que el chófer dé la vuelta y me lleve a mi casa?
Hubo un silencio, y después la voz firme de Ty.
—No. Ninguna.
Sam se ponía más nerviosa por momentos.
—Ty…
—No me lo digas. Quieres resolver esto de una manera práctica.
—Yo…
Pero Sam no podía hablar porque le tenía demasiado cerca.
Y al mismo tiempo tan lejos.
—Se me ocurrió qué… —pero aquella nueva tentativa no tuvo ningún éxito,
porque la voz le falló.
Ty suspiró.
—Mira, Sam, tienes que aceptar de una vez que yo no soy nada práctico. Me
enfadé y me sentía herido, y cuando uno está así puede ser de todo menos práctico.
Uno no atiende a razones. Tú me habías mentido.
—No me quedaba otro remedio.
Ty permaneció callado largamente, y después dijo:
—Supongo que tienes razón.
—Al principio…
—¿Qué quieres decir?

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—Cuando te conocí, tú no estabas dispuesto a dejarme entrar tan fácilmente. Si


la primera noche te hubiera dicho quién era yo en realidad y lo que quería, te habrías
marchado de allí sin dejar rastro. Pero yo, al mismo tiempo que huía de ti, no te
hubiera dejado marchar por nada del mundo. Y no era por Kemp. Era por mí.
Ty le acarició la cabeza y la obligó a mirarle de frente.
—¿Y después?
—Después me enamoré de ti, y entonces sí que no podía dejarte marchar.
Ty la besó dulcemente, demasiado dulcemente para ser un tipo duro con fama
reconocida.
—Así que no, ¿eh?
—Ty…
—Estoy cansado de tu sentido práctico. Quiero ver como te liberas de una vez
—volvió a besarla, esta vez de una manera más fuerte—. Quiero verlo durante todos
los días de mi vida. Quédate conmigo, Sam. Cásate conmigo.
—Sí —susurró Sam, ignorando un montón de inconvenientes y miedos—. Es lo
que más deseo.
—¿No tendrás más secretos conmigo?
—No.
Ty sonrió.
—Entonces dime, ¿por qué te perseguía ese guardia?
—Porque de pronto dejé de ser razonable y me dejé llevar.
—Qué lástima habérmelo perdido.
Sam le echó los brazos al cuello.
—Tendrás una demostración muy pronto, no te preocupes.

Fin

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