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Virtudes en el Tomismo de Pieper

El documento resume las ideas principales de Josef Pieper sobre la virtud y la prudencia según Santo Tomás de Aquino. Pieper define la virtud como la elevación del ser humano tanto en lo natural como en lo sobrenatural. Sostiene que vivir las siete virtudes principales (fe, esperanza, caridad, prudencia, justicia, fortaleza y templanza) es la forma de alcanzar la perfección humana. Según Pieper, la prudencia es la madre de las demás virtudes y requiere tres componentes: la memoria, la docilidad y la
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Virtudes en el Tomismo de Pieper

El documento resume las ideas principales de Josef Pieper sobre la virtud y la prudencia según Santo Tomás de Aquino. Pieper define la virtud como la elevación del ser humano tanto en lo natural como en lo sobrenatural. Sostiene que vivir las siete virtudes principales (fe, esperanza, caridad, prudencia, justicia, fortaleza y templanza) es la forma de alcanzar la perfección humana. Según Pieper, la prudencia es la madre de las demás virtudes y requiere tres componentes: la memoria, la docilidad y la
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GROSSI 1

VER MAL, VIVIR MAL. ALGUNAS IDEAS A PARTIR DEL TOMISMO


DE JOSEF PIEPER
15
El concepto de virtud se encuentra en el corazón de la ética. Mejor dicho: es el
corazón mismo de la ética. Así, al menos, lo entendió —creemos— Santo Tomás. Esta
afirmación no se circunscribe a una discusión escolástica, sino que interpela a todo hombre
por su condición de tal. Así, los grandes problemas del siglo XXI se encuentran
intrínsecamente asociados al abandono gradual de la vida virtuosa por parte de los
individuos que conforman las sociedades. A su vez, no hay virtud posible sin una correcta
captación y aceptación de lo real. El autor alemán Josef Pieper supo recoger estas ideas de
la tradición griega y cristiana, y presentárselas a su tiempo, del cual somos hijos. Sobre ello
hablaremos en el presente trabajo.

Josef Pieper: su persona y su tomismo

Josef Pieper es un autor multifacético, que ha hablado de una gran variedad de


temas: la muerte, el amor, el cristianismo, el activismo del siglo XX, la historia, las bellas
artes —en general, y también algunas en particular, como la música, la escultura o la
poesía—, la inmortalidad, el lenguaje, el binomio sacralidad-mundanidad, y el pecado,
entre muchos otros. Si bien no se limita a la filosofía, él es ante todo un filósofo. Por ende,
a todos los temas “no filosóficos” de los que ha hablado los ha encarado de manera
eminentemente filosófica1. Se sabe heredero de una tradición clásica —occidental y
cristiana—. Pero su realismo no se encuentra anclado en el siglo XIII ni en sus
problemáticas. Rescata, sí, el método escolástico de la disputatio, así como los grandes
lineamientos del realismo griego y medieval, pero los aplica a los problemas de su tiempo.
Dialoga con las ideas de Goethe, de Jaspers, de Heidegger. Confronta con las de Kant y
con las de Sartre. En definitiva, lo que hace es filosofar.
La genialidad de este autor ha sido reconocida por numerosas autoridades. Así por
ejemplo, el Papa Benedicto XVI no tenía reparos al citar a su compatriota filósofo, incluso

1
En el comienzo de Muerte e inmortalidad, nuestro autor asegura: “No hay absolutamente nada entre el cielo
y la tierra que no pueda hacer de chispa que encienda la consideración filosófica. Bastaría una insignificante
molécula de materia o un movimiento apenas perceptible que el hombre hace con su mano, para dar motivo a
la filosofía”, (Pieper, J. Muerte e inmortalidad. Barcelona, Herder, 1977, p. 11 )
GROSSI 2

en sus encíclicas. Por otro lado, al cumplir noventa años, Pieper recibió una carta 2 de otro
sucesor de Pedro, el por entonces papa Juan Pablo II. Allí, el pontífice polaco le expresa
que “se siente gratamente ligado a su estimada persona y a su inmensa obra científica”, ya
que supo “inspirar un sello a toda una generación de estudiantes de filosofía y de teología”.
Asimismo, lo reconoce como discípulo fiel y gran intérprete de Santo Tomás de Aquino. El
mismo Pieper lo asume así, remitiéndose permanentemente al Aquinate a lo largo de su
voluminosa obra. En sintonía con esto, Pieper escribió una brillante introducción a Santo
Tomás, en la que da cuenta, por un lado, del profundo conocimiento que tenía sobre el
Doctor Angélico, y por otro, de su férrea adhesión al pensamiento de Santo Tomás. En
efecto, la filosofía de Josef Pieper se muestra bien imbuida de la metafísica, la antropología
y la ética tomistas.
No obstante, no disimula sus diferencias con “ciertas interpretaciones escolares de
Santo Tomás”. Esto se evidencia, por ejemplo, cuando Pieper, no menos de una decena de
veces a lo largo de su obra, enfatiza el carácter inagotable de la realidad 3, y a continuación
menciona —en casi todos los casos— que esto es algo olvidado por algunos seguidores del
Doctor Angélico. Por otro lado, al hablar del tema de las virtudes, Josef Pieper critica a
aquellos manuales que se dicen escritos en el espíritu de Santo Tomás, pero que se desvían
de dicho espíritu al centrar el objeto de la ética en los actos humanos, más que en la causa
ejemplar que inspira esos actos. Para Pieper, ciertamente, los actos humanos no son ajenos
a la ética, pero el centro de esta son las virtudes, ya que estas encarnan el ideal de ser
humano perfecto.

La virtud

Dentro de la obra de Josef Pieper se destaca un Tratado sobre las virtudes, donde
desarrolla tanto las cardinales como las teologales. En la introducción, define a la virtud
de la siguiente manera:

La virtud es, hablando con la máxima generalidad, la


elevación del ser de la persona humana. La virtud es, como dice
Santo Tomás, lo ultimum potentiae: lo máximo que un hombre

2
La carta entera refleja el afecto y la ponderación de San Juan Pablo II por Josef Pieper. Puede leerse
completa en: [Link]
3
Así, por ejemplo, lo encontramos en Creaturidad y tradición (1983: 37-38), La fe ante el reto de la cultura
contemporánea (1980: 269), Filosofía medieval y mundo moderno (1979: 390-391), El ocio, fundamento de
la cultura (2010: 128-130), La realidad y el bien. La verdad de las cosas (2009: 161-162), Antología (1981:
108-112) y Defensa de la filosofía (1970: 81-93).
GROSSI 3

puede llegar a ser tanto en el ámbito de lo natural como de lo


sobrenatural4.
Según nuestro autor, el centro de la teología moral pasa por este concepto; vivir a
fondo las siete virtudes principales es la manera de ser otro Cristo. En esto consiste la
perfección humana a la que estamos llamados:

Tomás de Aquino, el gran maestro de la Cristiandad


occidental, ha querido expresar la imagen cristiana del hombre en
siete tesis, que cabe formular de la siguiente manera:
Primero: el cristiano es un hombre que participa por la fe
de la realidad del Dios Trino.
Segundo: el cristiano se dirige por la esperanza hacia la
plenitud definitiva de su ser en la vida eterna.
Tercero: el cristiano se orienta por la virtud divina de la
caridad, a Dios y a su prójimo con una afirmación que supera toda
capacidad natural de amar.
Cuarto: el cristiano es prudente, es decir, no deja que el sí o
el no de su voluntad ofusquen su visión de la realidad, sino que
hace que el sí y el no de su voluntad dependan de la verdad de las
cosas reales.
Quinto: el cristiano es justo, es decir, es capaz de vivir
«con el otro» en la verdad; se sabe miembro entre otros en la
Iglesia, en el pueblo y en toda la comunidad.
Sexto: el cristiano es fuerte, es decir, está dispuesto a ser
herido por la verdad y por la realización de la justicia, e incluso a
recibir la muerte, si así debe ser
Séptimo: el cristiano es moderado, es decir, no permite que
el deseo de poseer y gozar se vuelva destructivo y antinatural5.

La prudencia

Siguiendo a Santo Tomás, Pieper sostiene que la prudencia es la madre de las


demás virtudes cardinales. En efecto, la prudencia establece la medida de las demás
virtudes. Sin prudencia no habría fortaleza, justicia ni templanza. Parafraseando al
Aquinate, Pieper dice: “toda virtud moral consiste en sellar e impregnar el querer y el obrar
por medio de la prudencia”6. Asimismo, destaca una doble dimensión de la prudencia: la
teórica y la práctica.

4
Pieper, J. Virtudes cardinales. Buenos Aires, Librería Córdoba, 2008. p. 17.
5
Ídem.
6
Ibídem, p. 42.
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La primacía de la prudencia refleja el orden de lo real: el ejercicio del bien supone


el conocimiento de la realidad. De esto se sigue la primacía de lo teórico por encima de lo
práctico en la prudencia. Así lo expresa nuestro autor:

Quien no sabe cómo son las cosas tampoco puede obrar


el bien, porque el bien es lo conforme con la realidad [...] saber [...]
se refiere al contacto real con la realidad objetiva7.

En contra de las éticas formalistas, la ética del intelectualismo realista pone como
fundamento de la acción moral a la realidad misma, la cual debe ser conocida. Destacamos
entonces, en primer lugar, una dimensión cognitiva de la prudencia, pero que, a su vez,
requiere tres componentes fundamentales. Estos son la memoria, la docilidad y la solercia.

Al hablar de la memoria, Pieper insiste en aclarar que no se hace referencia a la


habilidad mnemotécnica. Memoria aquí significa “fidelidad al ser”, esto es, “guardar en sí
las cosas y los acontecimientos tal y como han ocurrido”. Falsificar recuerdos es, por
medio de la voluntad, corromper la memoria. Según nuestro autor, “el peligro de que la
verdad de las cosas reales sea falseada mediante el sí o el no de la voluntad en ningún otro
lugar es tan grande como aquí”. Y luego agrega: “de ninguna otra manera se logran
imponer «intereses» subjetivos [...] como en la falsificación de la memoria, mediante
suaves retoques, desviaciones de la atención, cambios de matiz, omisiones, cambios de
énfasis”8. Vemos, pues, que el primer paso de la primera parte de la prudencia está en
registrar la realidad tal y como se nos presenta.

La segunda parte de la dimensión teórica de la prudencia es la docilidad, la cual,


Según Pieper, consiste en “saber dejarse decir algo”. Si la memoria es el guardado fiel de
la realidad, la docilidad es la simple captación de la realidad. Así nos la describe:

Se trata de la capacidad de dejarse instruir, que frente a la


variedad real de cosas y situaciones que experimenta, renuncia a
huir tercamente en la absurda autarquía de un saber ficticio [...]
nace de la voluntad de alcanzar un conocimiento real (que implica
necesariamente auténtica humildad)9.

7
Ibídem, p. 19.
8
Ibídem, p. 51.
9
Ibídem, p. 52.
GROSSI 5

Vemos, entonces, que la voluntad obra a partir de lo que capta la inteligencia. Pero,
a su vez, la voluntad debe sosegarse a sí misma, para no interferir en el conocimiento de la
realidad objetiva. Ser dócil —en este sentido— significa aceptar la realidad que se me
presenta. A veces el mundo real no coincide con las expectativas o con las intuiciones
preestablecidas. Lo cierto es que el recto obrar supone un conocimiento verdadero sobre el
estado de cosas.

Por último, el tercer componente del aspecto cognitivo de la prudencia es la


solercia. Pieper la describe como “la objetividad en las situaciones inesperadas”. Es la
capacidad de no desviar la atención de lo real frente a las situaciones inesperadas. Sin ella,
se nos dice, no hay prudencia perfecta. El prudente, gracias a la solercia, no desvía su
mirada del mundo real, y actúa correctamente frente a los imprevistos.

En los tres componentes descriptos interviene la voluntad. El sujeto sale de su


inmanencia, para enfocarse en la realidad tal y como es. En Defensa de la filosofía, Pieper
lo expresa de la siguiente manera:

Percibir quiere decir callar. [...] Sólo lo que es en sí


invisible es transparente, y solo el que calla oye. Y, además,
cuanto más radicalmente se dirige al todo la voluntad de oír, tanto
más profundo y perfecto debe ser el silencio10.

En La fe ante el reto de la cultura contemporánea, Pieper llama “sencillez del alma” o


“sencillez de ojo” a esta disposición para captar la realidad objetiva (1980: 17). Sin ella, no
es posible la prudencia, y, por tanto, el despliegue de la riqueza humana se ve limitado.
Dicho de manera simple: quien ve mal, vive mal.

Elementos que nublan la visión

Existe un grado de intelección al que podríamos llamar innato, y que varía de una
persona a otra. Hay quienes ven más y quienes ven menos. Ahora bien, los dones
recibidos, tales como la agudeza del intelecto, son algo que puede —que debe— cultivarse,
pero son, al fin y al cabo, dones: nadie es merecedor de aquello que recibe. Por tanto, nadie
es responsable de poseer un intelecto poco penetrante. De lo que sí somos todos
responsables es de cuidar la claridad de nuestra visión, manejando la voluntad para que no

10
Pieper, J. Defensa de la filosofía. Barcelona, Herder, 1976, p. 53.
GROSSI 6

interfiera con la intelección. Una persona podría tener escasa capacidad de comprensión
debido a su naturaleza. De ello nadie sería culpable. Pero si a su capacidad limitada se le
agregan distorsiones en la percepción que brotan de un mal uso del libre arbitrio, allí sí
habría un grado de responsabilidad. ¿Cuáles son los elementos, voluntarios o no, que
podrían dificultar la captación de lo real? Podríamos enumerar muchísimos11. A los efectos
de este trabajo, vamos a nombrar tres, muy característicos de nuestro tiempo: el mundo
totalitario del trabajo, el desorden de las pasiones y las ideologías.

Pieper se refiere al trabajo en varias obras12. Con el término “mundo totalitario del
trabajo” denomina la hegemonía que la jornada laboral ejerce en nuestra época sobre la
vida de la mayoría de las personas. Esta hegemonía, nos dice, achata nuestra existencia,
puesto que consume nuestras energías y nos condiciona en la búsqueda de aquello que nos
diferencia del animal y nos coloca en un plano superior. Asimismo, en el Estado totalitario
del trabajo no tienen lugar las actividades theoreticas, es decir, aquellas que son fines en sí
mismas. Por tanto, la filosofía, la religión y el arte son instrumentalizados y puestos en
servicio, lo cual mata su carácter libre. Síntoma de esto es, por ejemplo, que se haya
acuñado en nuestros días el vocablo workaholic, utilizado para designar a aquellos que
padecen adicción al trabajo. Se hace referencia a quienes, por su propia voluntad, trabajan
más allá de lo debido y establecen con su actividad laboral un vínculo patológico. Distinto
es el caso de quienes trabajan lo necesario, o lo posible.

El mundo totalitario del trabajo es, en definitiva, algo antinatural, porque dificulta
al ser humano el acceso hacia aquello a lo que naturalmente tiende. Semejante
abominación no puede sino alterar la percepción de lo real.

Otro elemento que altera la percepción de lo real es el desorden de las pasiones.


Nuestro autor habla, por ejemplo, de la “concupiscencia de los ojos”:

Lo destructivo de este desorden nacido de la avidez es que


ahoga la capacidad natural del hombre de percibir la realidad, y
hace incapaz del hombre no solo de acceder a sí mismo, sino
también a la realidad y la verdad13.

11
Otro factor que nubla la percepción de lo real son llamadas psicopatologías. Un gran divulgador de la obra
de Josef Pieper, el doctor Emilio Komar, en un opúsculo titulado “La verdad como vigencia y dinamismo”,
desarrolla el nexo que existe entre la salud psíquica, la psicoterapia y el realismo filosófico.
12
Lo desarrolla de manera más específica en cuatro obras: El ocio, fundamento de la cultura (2010), Defensa
de la filosofía (1976), Una teoría de la fiesta (1974) y Sólo quien ama canta (2015).
13
Pieper, J. Virtudes..., op. cit., p. 64.
GROSSI 7

Ordenar las pasiones significa someterlas bajo el imperio de la razón para que estas
se encaucen hacia la plenitud del sujeto y no hacia su autodestrucción. Pieper cuenta entre
sus obras con un comentario al Fedro platónico, Entusiasmo y delirio divino14. Uno de los
temas centrales de este diálogo es la caída originaria del ser humano, la cual atribuye a un
desorden de las pasiones, ilustrada en la conocida alegoría del carro alado.

Por último, mencionamos otro factor que nubla la visión: la adhesión a una
ideología. Nuestro autor pone a las ideologías como uno de aquellos elementos que muchas
veces son elegidos para reemplazar a la percepción de lo real15. En efecto, una ideología es
un esquema racionalista sobre el ser y el deber ser de la sociedad. Se presenta de manera
avasalladora y con pretensiones soteriológicas. Si la percepción de lo real no coincide con
lo que la ideología dictamina, la errada es la realidad: la ideología es infalible. Bajo esta
premisa se cierra la puerta a la virtud de la prudencia y, consecuentemente, a llevar a cabo
una buena vida en sentido pleno.

Conclusión

Los tres elementos mencionados que entorpecen la visión de lo real


impregnan la atmósfera de nuestros días: un mercado laboral que cada vez demanda más
de los individuos y les imposibilita ejercer el ocio contemplativo, tan necesario para la
captación de lo real; personas que comparten cada vez más tiempo con sus compañeros de
trabajo, y cada vez menos con sus familias; el culto a la pasión por la pasión misma, a la
pasión totalmente sacada de su cauce y desligada de la razón y del fin último del sujeto; el
hedonismo devenido en máxima universal, ilustrado el año pasado por quienes clamaban
por el supuesto derecho al aborto —o sea, al filicidio prenatal— como plenitud del
“derecho al gozo”16. En el marco del mismo debate, se vio una renombrada psicóloga que
sostuvo con firmeza que un feto deviene en hijo solo cuando la madre lo desea como tal 17.
Es decir, el deseo de un ser humano es el que otorga —o no— entidad humana a algo —
alguien— que objetivamente, científicamente, ya es un ser humano. Detrás de esto se
esconde el tercer factor que recién mencionábamos: la ideología. Específicamente en este
caso, la ideología de género, que toma irreflexivamente como punto de partida —matices

14
Pieper, J. Entusiasmo y delirio divino. Madrid, Rialp, 1965.
15
Pieper, J. Defensa..., op. cit. p. 17.
16
[Link]
monumental_0_SJdFMl9Bm.html
17
[Link]
GROSSI 8

aparte, en todas sus variantes— la disparatada premisa a priori de que “todo es


construcción cultural”.

La realidad ya no es lo otro en cuanto tal, sino lo que el capricho humano dictamine


a cada momento. Disfrazada con un ropaje aparentemente novedoso, se recicla, una vez
más, la vieja sentencia del sofista Protágoras: “el hombre es la medida de todas las cosas”.
La negación de la realidad no es otra cosa que la evasión de la rectitud de vida que la
realidad nos demanda. Tanto es así que Pieper asegura que lo radicalmente opuesto a la fe
no es la incredulidad, sino la falta de atención a lo real, pues esta nos conduce naturalmente
a creer.

Avanzar es volver al origen. Retomamos, pues, la carta de Juan Pablo II a Josef


Pieper. Cerca del final, el Santo Padre le dice al filósofo “Con su vida personal Ud. ha
dado un testimonio elocuente de cómo los conocimientos metafísicos adquiridos pueden
marcar un camino de vida y también dar la fuerza para llevarlo adelante”. Pieper supo ver
bien la realidad, y por eso llevó una vida plena. Al leer estas palabras y pensar en la vida
de Pieper, resulta inevitable recordar aquel pasaje veterotestamentario que dice:

La Sabiduría es luminosa y nunca pierde su brillo: se deja


contemplar fácilmente por los que la aman y encontrar por los que
la buscan. Ella se anticipa a darse a conocer a los que la desean. El
que madruga para buscarla no se fatigará, porque la encontrará
sentada a su puerta. Meditar en ella es la perfección de la
prudencia, y el que se desvela por su causa pronto quedará libre de
inquietudes. La Sabiduría busca por todas partes a los que son
dignos de ella, se les aparece con benevolencia en los caminos y
les sale al encuentro en todos sus pensamientos. El comienzo de la
Sabiduría es el verdadero deseo de instruirse, querer instruirse, es
amarla; amarla, es cumplir sus leyes, observar sus leyes, es
garantía de incorruptibilidad, y la incorruptibilidad hace estar cerca
de Dios: así, el deseo de la Sabiduría conduce a la realeza18.

Pablo Grossi (UCA)

18
Sab 6, 12-20.

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