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Aira Cesar - El Bautismo

Novela profunda de carácter simbólico teológico

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Novela profunda de carácter simbólico teológico

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CESAR AIRA

EL BAUTISMO
(novela)

GRUPO EDITOR LATINOAMERICANO


Colección E scritura de h o y

Original from
Digitized by V o i O O g l C THE UNIVERSITY OF TEXAS
Colección E sc r itu r a de h o y
212.249
V edición
ISBN 950-694-140-8

© 1991 by César Aira.


© 1991 de la primera edición, by Grupo Editor Latinoamerica­
no S.R.L., Laprida 1183, l9, (1425) Buenos Aires, Argentina.
Teléfono 961-9135.
Queda hecho el depósito que dispone la ley 11.723.
Impreso y hecho en la Argentina. Printed and made in Argentina.
Colaboraron en la preparación de este libro:
Diseño de tapa: Pablo Barragán. Composición tipográfica: Lino­
tipia San Martín. Armado e impresión mterior: Del Carril Impre­
sores. Impresión de tapa: Imprenta de los Buenos Ayres S.A.
Películas de tapa: Fotocromos Rodel. Encuademación: Proa S.R.L.
Se utilizó para el interior papel Obra Editorial de 80 gs. y para la
tapa cartulina grano fino de 240 gs. provistos por Copagra S.A.

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THE UNIVERSITY OF TEXAS
De pronto , e n m edio de la noche de invierno más oscura
y borrascosa que pudiera imaginarse, con un viento que
además de traer fríos lamentables y sacudir el aire en
lodos los sentidos aullaba de un modo francamente in­
comprensible, entre nubes que pasaban rozando la super­
ficie estremecida de la pampa, un animalito subterráneo
levantó vuelo involuntariamente arrastrado por las ráfa­
gas. Su terror en ese momento, y en los que siguieron,
de más está decirlo, fue supremo. Era puro terror, en el
que se entrechocaban sus pobres sentimientos de cria­
tura mínima y desprotegida. Lo perdía todo al elevarse,
si es que eso era elevarse; su deseo de sobrevivir se teñía
de espanto al perder apoyo. Habría preferido estar aga­
zapado en su agujero de la tierra, la cabeza entre las
patitas, ovillado, inclusive dormido. ¿Por qué no estaba
allí? ¿Qué hacía fuera de su refugio? No podía explicár­
selo, ni tenía tiempo de hacerlo. Ahora no tenía tiempo
de nada. ¿Acaso había salido de paseo, a esta hora, sin
hacer el simple cálculo instintivo de su peso y la gran
fuerza ascensional de esta gran noche móvil de glaciares
negros? Imposible. Todo era imposible. No podía creer
que esto le pasara justamente a él. Probablemente había
habido un "toro" tectónico, y lo interior de la corteza
terrestre se había vuelto externo, pero eso era justamente
lo imposible, en su habitat plano; si dejaba de creer en la

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8 / César Aira

superficie, en esta urgencia, más le valía desaparecer, ce­


rrar los ojos para siempre —cosa que de todos modos
ocurriría muy pronto. Había sido arrancado de la tierra,
el viento lo había hecho, tirando de él con fuerza in­
mensa y malvada, tirando de una parte asible de su cuer-
pecito (en la liebre eran las orejas, en el ratón la cola).
Y aunque se hubiera aferrado a la tierra, como lo hacía
ahora, a posteriori, con la inútil persistencia de un gesto
ya fuera del tiempo para siempre, aunque se hubiera afe­
rrado a lo profundo en nombre de la profundidad misma,
la traición del mundo a su pequeñez indefensa igual ha­
bría vencido, la desgracia sorprendía a su bienaventu­
ranza natural, y no había modo de volver el tiempo atrás.
Pero a él, justamente a él, que le sucediera esto... ¿Acaso
le había pasado a todos? No, de eso estaba seguro. Era
a él nada más. Se escandalizaba de su mala suerte. Gi­
raba en el aire, quién sabe a qué altura, en brincos abrup­
tos, más arriba, o más abajo, quizás en una especie de
arco; si hubiera visto algo, un punto de referencia mínimo
en medio de lo negro, además se habría mareado. Tal
como estaban las cosas, sólo sentía el vértigo, como una
temible caricia a su cerebro minúsculo.
Fuera como fuera, en esos instantes espantosos, dis­
ponía de esos instantes. Y de nada más. Porque estaba
seguro de morir inevitablemente al estrellarse. Este salto
no podía dejar de tener las peores consecuencias. No se
hacía ninguna ilusión en ese sentido, por ejemplo de ser
atrapado en las ramas muelles de un árbol y depositado
sano y salvo en un hueco del tronco, en cuyo caso todo
su problema después de la tempestad (y de la noche)
sería orientarse de regreso a su territorio. ¡Había aban­
donado para siempre el territorio y la tierra! El mismo
aire asesino lo preservaba matándolo en breve lapso, pero
tocar algo significaba morir: no habría roce, habría im­

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El bautismo / 9

pacto. Pues bien, el animalito se dijo, en su balbuceo


mental, que ya que su suerte estaba echada, le convendría
obtener algo de placer de esta experiencia, que sería la
última suya. ¡Debería disfrutar del vuelo! Por lo pronto,
nunca había volado antes.
Pero, pese a esta falta de antecedentes, no podía
ocultarse a sí mismo que reconocía bien la diferencia.
Porque esta vez no se trataba de volar. Sería agradable
hacerlo, en efecto, imitar a los pájaros, más todavía sin
ser miembro del género alado, y ver todo desde arriba,
irreconocible por lo perpendicular, un mundo bellamente
inútil, sobre el que se viera pasar el tiempo. Sí, muy
lindo, pero no era el caso. El caso que se estaba dando
era más bien como el del bebé humano de pocos días de
vida, al que un padre borracho tomara por los pies,
hiciera girar un par de veces y lanzara con violencia hacia
la pared. ¿Habría podido decirse que ese desdichado niño
había tenido la experiencia de "volar" antes de fallecer?
La analogía era perfecta, aunque en su caso no hubiera
padre borracho ni pared en la que estamparse. ¿Pero no
los había? ¿Podía asegurarlo? ¡Ahí estaba el quid! ¡Podía
haberlos! Porque si sucedía lo malo, si le sucedía a uno,
entonces todos los personajes y elementos de lo peor
también podían suceder, ésa era la regla de las catás­
trofes.
Y había otra objeción, más grave si se quiere: volar
es más o menos equivalente a ver lo que se supone que se
ve cuando se vuela (lo que no ven los pájaros, para quie­
nes volar es lo natural). Y en esta ocasión no se daba ese
requisito, pues la oscuridad no podía ser más negra, y
el involuntario sujeto de la experiencia debía mantener
los ojos cerrados contra el viento congelante. Aunque los
hubiera abierto, aunque hubiera algo de luz, siquiera
difusa, una de esas fosforescencias que no se sabe de

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10 / César Aira

dónde han salido, aun así no habría visto nada porque


giraba en todos los sentidos; mejor que no se diera la
oportunidad de hacer la prueba, ya que los altos y bajos
súbitos debían de estar provocando en su frágil organis­
mo tales oscilaciones de presión que el "velo negro" tan
temido por los aviadores ya sería constante, una segunda
naturaleza.
Aunque pudiera parecer frívolo, lo dominante en esos
segundos horribles era la incomodidad. Sin apoyo, el frío
mismo lo amasaba. Es cierto que el animalito tenía una
piel, que alguien habría podido sentir cálida y conforta­
ble. Pero era tal el estado de erizamiento, que en este
momento él mismo se sentía recubierto de grotescos pin­
chos de frío alambre, lo menos indicado para abrigarlo.
Su estómago, otrora lleno de las cosas pequeñas que
comía, se había vaciado, por un extremo o por el otro, lo
mismo daba. La vejiga, pequeña de por sí como un grano
de anís, era un punto torturado. La carne se contraía
apretando las costillas, que cortaban como navajas los
pulmones ínfimos, de los que no salía ni entraba nada
como no podría hacerlo de unas piedritas azules. Era
tan horrible que parecía un estado pasajero; y lo era, pero
después no quedaba más que la muerte. Deprimente pers­
pectiva, más incómoda todavía que el presente.
De modo que no era cuestión de decir: “Por lo me­
nos, gocemos el momento." En absoluto. Aunque todo lo
anterior no tuviera importancia, el animalito, saltando a
veinte, treinta o cuarenta (o diez, cualquier medida)
metros del suelo, a un nivel donde nunca había estado
ni volvería a estar, no sentía otra cosa que terror. No
exaltación. Terror. No tenía tiempo de organizar una exal­
tación. El terror era instantáneo, y estropeaba la situa­
ción, como el viento ocupaba el aire. El éxtasis era lento:
podía llevar toda una vida prepararlo, y más que una

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El bautismo / 11

vida, todo el aparato populoso de la historia. ¿Qué podía


saber de eso el pobre animalito sorprendido en medio
de su vida, arrebatado del agujero en el que debía de
estar con esta tormenta, a punto de reventar como un
miserable globo, y con toda esa mala suerte junta, encima
pasar desapercibido? Para que alguien lo hubiera notado,
habría sido necesario que miles de animalitos de esa es­
pecie, o de otras, sufrieran esa noche el mismo destino.
Entonces, inclusive habría salido en los diarios, quizás. Eso
era un detalle más, que ni pensado adrede. ¡Tenía que
sufrir lo indecible, él, personalmente, saber con el más
intenso desagrado que precisamente a él, que no lo espe*
raba, le pasaba algo tan siniestro, para que sólo en térmi­
nos de su especie, de supuestas multitudes de congéneres
lloviendo como gotas de sangre peluda en la pampa os­
curecida, lo pudieran percibir! ¡Pero qué le importaba!
Toda su velocísima épica del fracaso se desarrollaba en
su aterido y contraído interior, empezaba y terminaba
en él. Eso era lo malo. No había vencido la ley de la
gravedad. Se había caído. Lo había atrapado un gran
zorro malvado.
Era increíble que una noche como ésa el viento no
se llevara casas enteras, como se había llevado a la bes-
tezuela. Montañas enteras. Es cierto que en la pampa no
había montañas, salvo la Sierra de la Ventana, y ésa tenía
un agujero. Pero un ombú. No es imposible que haya
hecho decolar uno; el ombú puede volver a crecer adonde
cae, se forma un ombú aberrante. Si en aquel entonces
(eran los albores de la aviación comercial en la Argen­
tina) los grandes ómnibus celestes hubieran atravesado
diutumamente los espacios aéreos pampeanos, esa noche
podría haberse producido, siempre y cuando un árbol en
realidad hubiera levantado vuelo, una colisión surrealista,
la primera con esa especie vegetal porque ninguna ca­
rreta embistió al ombú en el pasado. En cuanto a las

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12 / César Aira

casas, las que conformaban el villorrio de El Pensamiento


estaban incólumes. A la medianoche, el momento climá­
tico de la tempestad, todas las casitas, una veintena,
estaban cerradas y oscuras como si nadie hubiera vivido
en ellas nunca. Una mera apariencia, de más está decirlo,
porque estaban repletas de gente laboriosa, sólo que en
este momento dormida. No le temían al meteoro, hacían
caso omiso del viento y de sus silbidos. Al amanecer es­
tarían en pie, como todos los días, y harían lo que tuvie­
ran que hacer; algunas reparaciones menores, probable­
mente. El que hubiera cometido la imprudencia de dejar
alguna cosa suelta en el patio, tendría que caminar varias
leguas para volverla a ver. Por el momento, habían hecho
un alto y dormían; podían tener que reparar el techo del
gallinero, pero no una gallina, cosa que de todos modos
no habría resultado fácil. Desenganchados, los molinos
giraban con cierta monotonía vertiginosa: no se derrum­
barían. Los espantosos chirridos de las aspas rara vez o
nunca aceitadas quedaban tapados por el grito del viento.
La displicencia de los pensameños llegaba a tanto que ni
siquiera podía decirse que hubieran tomado todas las
precauciones del caso. Y eso que un viento así no era cosa
de todos los días, y que al caer la tarde había hecho bas­
tante más que anunciarse. Por ejemplo, una señora había
dejado un tendal de ropa colgada; los broches resistían;
otro había omitido meter a la vaca en el galpón: la vaca
dormía, revolviendo de vez en cuando una pastilla de
pasto en la boca; un niño había dejado la pelota afuera.
Y así muchos objetos más. En el fondo, no tenía impor­
tancia. Lo importante era dormir, recuperar fuerzas. Eran
casas bastante primitivas, como podía esperarse de la
época y la región, pero satisfacían a sus dueños, por
lo visto. Algunas eran directamente ranchos, y algunos de
éstos no tenían techo de chapas sino de equivalentes más
o menos apropiados. Fuera como fuera, no se veía nada,

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El bautismo / 13

se veía un negro sólido, y, como queda dicho, no había


nada para ver. O así parecía.
Golpes severos y urgentes en la puerta de la casa
parroquial despertaron en ese momento al cura Máximo.
“Esas no son piñas arrancadas por la fuerza del viento
de las lambertianas de la estación y volando una tras
otra con sorprendente puntería objetiva hasta la puerta;
ésa es una mano que golpea para que le abran", pensó
el cura. “Pero antes debe golpear para despertarme. Ya lo
ha hecho." Toda la urgencia y la severidad de los golpes se
habían disipado, porque no volvieron a hacerse oír. El es­
truendo de los elementos desencadenados tomaba el rele­
vo, junto a la inquietud consiguiente. El cura pasó su
mano regordeta por la cara externa del quillango que
cubría las sábanas y las frazadas. “El paso siguiente",
pensó, “es ir y abrir." Era la respuesta esperada, indu­
dablemente, pero dependía de él, y de nadie más, hacerla
realidad. Esos golpes, probablemente imaginarios, ¿por­
que quién iba a andar afuera en una noche así?, exigían
un movimiento homogéneo, que por ser tan soñado como
lo estaba pensando en este momento, se haría verdadero.
Levantarse e ir a la puerta no implicaba abandonar el
cálido abrigo de su quillango (podía envolverse en él, por
ejemplo), y caminar, había gente que caminaba dormida,
de modo que un cambio de estado no era de rigor. Si
tuviera un ama de llaves, ella se habría encargado de todo.
Pero si tuviera un ama de llaves, él tendría que tener un
batín para estar presentable en circunstancias como ésta;
¿y quién sabía cómo debía ser el batín de un cura? ¿Ne­
gro? Se puso el piloto. Y arriba el quillango.
¡No se iba a poner a prender el sol-de-noche! Eso
podía insumirle una eternidad. La vela, por su parte,
era muy sumisa al viento. Por cierto que no soplaba
viento adentro de la casa parroquial, pero se trataba de

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14 / César Aira

abrir la puerta. Optó por la lamparilla, y la dejó en la


mesa. Su morada tenía dos ambientes: la cocina y el dor­
mitorio, separados por un pasillo que por un lado comu­
nicaba con el exterior y por el otro con la sacristía de la
capilla. Así de simple era todo. Antes de pensar siquiera
en encender luz, el cura había ido, a tientas en lo negro
absoluto, a la puerta. “¿Quién es?", preguntó. “Mariez­
currena." “Murió la vieja Mariezcurrena", pensó el cura
de sólo oír la voz del marido. Qué inconveniente para el
pobre hombre. Ahora iba a ser viudo. Un vasco en buena
posición, chacarero. Seguro que se conseguiría otra más
joven. “Un momento", le dijo sin abrir, tratando de sonar
cortés. No quería recibirlo en esa tiniebla. Quién sabe si
con el dolor el vasco se había vuelto loco, y no bien tenía
el paso franco se arrojaba sobre él para estrangularlo.
Primero fue a ponerse los zapatos, y ya que estaba se
metió en la sotana, todo muy rápido y con la sola ayuda
del tacto. Dejó el quillango, el piloto y el camisón tirados
en la cama, confiado en que podría volver a poner todo en
orden con la luz del sol-de-noche que encendería a conti­
nuación. Se obligaba a ser ordenado, aunque no lo era
naturalmente, porque de otro modo viviría en un chique­
ro. No, el sol-de-noche no.
“Qué nochecita", le dijo al vasco cuando éste se coló
tímidamente por la puerta entreabierta. La observación
respondía a una formidable ráfaga que entró también.
Era formidable, pero pareció entrar con timidez, como
el visitante. Este era un pesado hombre toruno, muy bajo
de estatura, más que el cura, que ya era bastante bajo. “Un
verdadero ventarrón", comentó Mariezcurrena. Sonrió con
cierta cortesía al decirlo. No parecía muy afectado. “Pase
a la cocina", dijo el cura. Lo hicieron. “Ah, tiene prendida
la lamparita", dijo el vasco. “¿Vio?" “Qué se le va a
hacer. ¡Qué fresco!" “Una barbaridad." Así podrían ha­
ber seguido media hora. Por supuesto, el cura no le iba

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El bautismo / 15

a decir "¿Así que se murió su señora?" Y el vasco parecía


algo renuente a entrar en tema. El viento, afuera, les
daba la razón con grandes soplidos. Al dueño de casa
la demora no le molestaba, todo lo contrario: temía que
se interrumpiera demasiado pronto y él todavía no hu­
biera hecho un plan de acción. No era hombre que se
satisficiera con improvisaciones. La liturgia lo había
hecho proclive a un cierto orden en los gestos, y en este
caso presuponía que su vida podía depender de ellos.
Se puso a pensar velozmente, si tal cosa puede hacerse;
y con altavoces, para hacerse oír por su propio fuero in­
terior por encima de la tormenta y su nerviosidad. Podía
emplear el viejo atizador; lo buscó disimuladamente con
la vista. Estaba tirado en el piso al otro lado de la mesa.
Si lo tenía a mano, podría blandirlo en el momento indi­
cado, y clavárselo en el cuello al huésped enloquecido.
Es cierto que así lo mataría, pero nada estaría más justi­
ficado en la ocasión. Sería defensa propia, una figura
que contemplaba la justicia humana pero no la divina.
Sería mérito suyo hacerla contemplable por esa alta ins­
tancia. Cuando lo hiciera, si es que se veía obligado a
hacerlo, tendría que llevar adelante una segunda defensa,
sutil y trascendente. Ahora no tenía tiempo de planearlo
en todos sus detalles, pero su discurso al Altísimo se
desarrollaría más o menos en estos términos: "Te pido
perdón por esta muerte, a Ti que creaste al homicida y
a la víctima con el mismo barro. Uno de tus muñequitos
de barro le clavó un atizador de hierro en el cuello a
otro, y el resultado fue fatal. ¿Pero es acaso definitivo
lo que pueda hacer una de tus más imperfectas obras
sobre otra muchísimo más imperfecta? El minúsculo de­
terioro de Tu sublime legalidad quedará borrado con una
módica sanción de Piedad. Es la primera muerte que
comete mi mano, y será la última; no habrá más en lo
sucesivo, y no debería haber habido ésta, que se hizo

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16 / César Aira

imprescindible por una larga serie de circunstancias con


las que no demoraré Tu atención en este momento. Lo
haré después. Ahora me limitaré a un resumen: la tor­
menta, la hora, la muerte, la ruptura repentina del hábito
conyugal, la obsesión contra Tu ministro, el desequilibrio
mental, el ataque, etcétera. Es un ayudamemoria muy
grosero, pero efectivo. Era rotundamente necesario... ”
En este punto interrumpió su ensayo mental, atribulado
por una duda: ¿cómo sabría si era realmente necesario
aplicar el golpe? Porque podía bastar con una palabra
disuasiva dicha en el momento oportuno, en vez de la
estocada mortífera. No. Apartó la duda con un movi­
miento enérgico de la voluntad. La elección entre la Pala­
bra y el Atizador debía hacerse antes, ya mismo, y él
debía atenerse a la elección. Prefería el Atizador: no se
consideraba elocuente. Es cierto que no podía descar­
tarse una intervención divina que hiciera eficaz lo que
nunca lo había sido, pero esperar tal cosa, esperarla por­
que sí, como el jugador espera que salga su número,
era pecar de soberbia. Había que descartar todo azar.
Ahora bien, se decía el cura a toda velocidad (porque
este soliloquio, como suele suceder en casos de gran
urgencia, se acumulaba milagrosamente en el lapso de
unos escasos segundos, uno solo quizás), aun aceptado
y asumido el camino del golpe, ¿cómo saber en qué mo­
mento darlo, y no irse al infierno? Porque bien podía
darlo ahora mismo, con el vasco en las nubes, y después
explicarle todo al comisario. Pero se iba de cabeza al
averno. Tenía que ser en el momento desesperado, y en
ningún otro. ¿Y cómo saber cuándo había llegado? No
iba a sonar una campanilla. En realidad, el vasco también
tenía una alternativa: o bien podía estrangularlo en si­
lencio, o bien cubrirlo de insultos antes, y quizás con­
formarse con eso. Las Manos, o la Palabra. Sólo podía
confiar en que hubiera un punto en que la Palabra anun­

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El bautismo / 17

ciara infaliblemente a las Manos. Entonces sí: el Atiza­


dor. Su única guía sería la palabra, o menos, quizás el
giro de una frase, un acento, una ronquera profunda.
Debía oír bien, y no equivocarse. Clave engorrosa, porque
el cura no confiaba del todo en su oído. Más de una vez le
había jugado malas pasadas, y ahora la interferencia del
viento hacía casi inevitable la ocurrencia de una. La casa
actuaba como caja de resonancia del viento; seguro que
afuera apenas si se oía un susurro. En la capilla, por otro
lado, debía de ser insoportable. Pero no debía divagar.
Lo primero era aproximarse al atizador. Buscó una ex­
cusa plausible. El homo debía de retener cierto calor,
eso era verosímil; él mismo, a falta de ama de llaves o
cocinera, o mujer en general, se había hecho la comida
unas horas antes. Echándose a andar alrededor de la
mesa murmuró: “Lo único que calma mi reuma es un
poco de calor. El metal de la económica lo conserva
increíblemente, tanto que un pan puede hornearse a tres
metros de distancia una hora después de haberla apagado.
Y los residuos de calor son más benévolos que el calor
mismo." Ya estaba del lado adecuado. Se inclinó y apoyó
el atizador contra la pared, como si fuera un maniático
del orden que no soportaba nada en el suelo. Quedó
tenso. Como máximo, habían transcurrido tres segundos.
La lamparilla difundía una luz amarillo pálido en la co­
cina. La tapa de la mesa estaba forrada en hule azul
verdoso con flores blancas. Mariezcurrena estaba rojo
como un camarón, pero él era así: sanguíneo, candidato
al patatús.
"Dios nos ha bendecido, a mi querida señora y a mí,
con un retoño, pero a medias. Tememos por la integridad
de la bendición, señor padre, y a ese temor se debe esta
visita con la que temo molestarlo. Lamento mucho que
sufra de reuma. Debería hacerse ver por un especialista
en Bahía. Pero es un caso de urgencia, y si he venido ha

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18 / César Aira

sido nada más que por catolicismo, a pesar de la incle^


mencia.”
“Los dones del Señor no son abortos, aunque vengan
en la noche más oscura y destemplada. Y sería muy di­
fícil, hijo mío, encontrar una peor que ésta. Pero no he
entendido bien. ¿Quiere decir que su esposa y usted
han tomado al decisión de adoptar? Debo prevenirle en
contra, porque los frutos de esa determinación suelen
salir delincuentes/'
“Efectivamente, padre: no ha entendido bien mis
palabras, y no acierto a comprender por qué. Ha tomado
el sentido lejano en lugar del próximo. ¿Para qué nece­
sitaríamos adoptar un hijo, si ya hemos tenido unos
cuantos, y ellos a su vez ya tienen hijos, y son hombres
de bien como, modestamente, lo he sido yo mismo, que no
tengo nada de delincuente?"
“¿De qué se trata entonces? ¿La vaca tuvo un ter­
nero, la gata, la perra, la yegua, o el huevo de la urraca?"
Calló durante un segundo el vasco con los dientes
apretados por cierta indignación. Farfulló apenas: “Se
olvidó de la chiva."
“Le ruego que no lo tome a mal, don Amílcar. ¡Ya
caigo! Usted me ha hablado como el oráculo manual, y
tendrá que perdonarme lo poco rápido que soy, y que
estoy a una hora de éstas. Lo que ha sucedido es que uno
de sus hijos se halla en peligro de muerte, y usted empezó
por el principio: lo engendró, le dio educación y todo lo
demás."
“No". “¿Seguro?" “No le haga agüeros a un inde­
fenso." “Perdón."
Qué grandeza se necesitaba para pedir perdón, hasta
por haber espantado una mosca en la dirección inco­
rrecta.
“Mi señora ha dado a luz justamente en esta noche
inclemente. Ese es todo el enigma, cuando creí hablar

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El bautismo / 19

con claridad. Lo ha hecho con harto trabajo, y sin más


auxilio que el ignorante que pude prestarle, porque por
hache o por be nuestras nueras han tenido otras ocupa­
ciones que no dilataron para prestar la ayuda requerida,
pero para más adelante. El acontecimiento tuvo lugar
antes de tiempo."
"Perdone la asociación de ideas por opuestos (estoy
estupefacto, aturdido por la noticia), ¿pero su señora no
es de edad algo madura, o sea avanzada excesivamente
para la procreación?"
“Perdóneme: no será una muchacha, pero está lejos
de ser una vieja. Está en la flor de la vida, y tuvo
tiempo de ser bendecida todavía."
“Claro. Qué duda cabe. Yo decía: como ya son
abuelos..."
“Abuelos bastante jóvenes, y padres apenas mayores
de lo corriente."
“Pero entonces, es una ocasión de regocijo. ¡Felici­
taciones, mi amigo! No había visto a su señora desde
hacía tiempo, y no me había dado cuenta."
“No se le notaba mucho. Piense que apenas si llegó
a los siete meses. Tuvo un par de contracciones caídas
del cielo como quien dice, y chau picho. Nos llevamos
una regular sorpresa. En sí no habría sido nada preocu­
pante, pero... Siempre hay un pero. Ya por ser prema­
turo, ya por haber sido concebido, como usted manifestó,
a una edad relativamente avanzada, ya porque mi señora
no se ha estado sintiendo bien últimamente, la criatura ha
resultado bastante débil y poco vital. Tememos que no
perdure. Querríamos que nos lo bautice mientras hay
tiempo."
El cura lo miraba con la boca abierta. Su propia
función se iluminaba plenamente. Las oscuridades pre­
vias, en realidad enredos sin importancia de la conver­
sación, se desvanecían como el dibujo de una nube.

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20 / César Aira

Suspiró aliviado. Miró furtivamente el atizador, que se­


guía donde lo había puesto. Todo lo relativo a ese ins­
trumento, no lo había pensado él. Como cualquier apren­
diz de católico sabe, hay 3 personas, no una. Otra había
sido la responsable de esas novelerías. Se frotó las manos,
tratando de poner cara de circunstancias porque al fin de
cuentas la ocasión tenía algo de luctuoso en perspectiva.
Ese crío moriría con toda seguridad; sólo esperaba que
no lo hubiera hecho ya. Pero en comparación con otros
posibles accidentes que podrían haber sucedido en esta
fea noche, era una auténtica fruslería. Ensimismado, se
acercó al vasco chacarero y le palmeó el hombro como
diciéndole “bien bien bien". Había puesto la mano en
el fuego: este vasco no era un cristiano ejemplar, del tipo
chupacirios. Por ejemplo, no venía a misa, jamás se le
había pasado por la cabeza comulgar, ni mucho menos
confesarse. Pero estaba bien casado, y todos sus hijos
bautizados. Lo hacía por el “qué dirán". En cuanto a
venir a buscarlo esta noche... No convenía profundizar
los sentidos. No fuera a ser que resplandeciera como
verdad la mera intención de molestar. Algo de eso había
en la gente de campo; algo, pero no demasiado. No con­
venía ponerse en víctima porque sí nomás. Acarició por
un instante una imagen incongruente, en la que él atrave­
saba una plácida noche de luna a administrar un sacra­
mento, que siempre es preferible a dar pastillas. ¡Claro
que no era una noche plácida, ni de luna! Era un ven­
daval. Pero el bautismo era como aceite en un mar pi­
cado. Después de todo, sería un paseo de un punto a
otro, de una casa a otra.
“¿Qué estamos esperando, buen hombre? No me
dirá que la ha dejado sola a su señora." “No tuve más
remedio, padre. Pero se sentía bien, un poco mareada
nomás por el esfuerzo. Le hice un té y la dejé en la
cama." “¡Vamos, vamos! Espere que me pongo el piloto."

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El bautismo / 21

“No. No llueve.” “¿No? Qué raro.” “Es viento solamen­


te.” “Sí, pero ¿no lloverá a la vuelta?” “Yo digo que no.”
“Entonces no me pongo el piloto.” Apagó la lamparilla
de un soplido y fueron hasta la puerta tropezando. Fue
todo abrir, y el viento casi los tira. Cerrarla fue lo difícil.
Por suerte se cerró sola. “Ahora me caigo”, pensó el
cura al sentir el empujón de la ventolera. Pero se sos­
tuvo en pie, aunque ovillado por el silbo frío. No llovía,
era cierto, y sin embargo de vez en cuando una gota lo
alcanzaba con la fuerza de una bala, blanda por fortuna.
En los cachetes rosa del cura, y en los rosa-morado del
chacarero, esas inclemencias no hacían sino acentuar el
color. En la boca de lobo que era todo, se oyó la voz
de Mariezcurrena: “Aquí dejé el sulky.” “¿Eh?” “¡Que
aquí dejé el sulky!” “¿Adónde?” “¿Eh?” “¡Adónde!” “En
la puerta.” “¿Eh?” “¡En la puerta!” “Entonces debería
estar aquí”, pensó el cura, cansado de gritar, “y este
vasco bruto está pensando en otra cosa”. No se veía casi
nada, por no decir nada. Lo único, cierto movimiento que
obligaba a cerrar los ojos. Sin moverse, el cura tropezó
con un gran objeto que tomó por el caballo. Era como
si estuvieran en otro mundo, de lo más inhóspito. Su­
birse a un sulky (que era lo que estaban haciendo) resul­
taba grotesco. No llegarían ni a lo de Dimateo. Seguro
que lo hacían para probar. El vasco, impertérrito, atrapó
las riendas, que eran como dos cintas de verdeo en la
corriente del arroyo, y hasta las agitó, les dio un buen
tirón. El caballo, zahori, debió de entender que ya esta­
ban arriba, y arrancó a un paso algo vivo. ¿Pero hacia
dónde? ¿A darse de orejas contra una pared? Por lo pron­
to, se movían. Los animales ven mejor que los hombres,
en ese sentido. Y ellos ya estaban empezando a ver un
poco, muy poco. Estaban en la calle, de eso no había
duda. “Enseguida llegamos”, dijo el vasco. El cura se
lo hizo repetir. Ah, eso sí, estaban cerca. Pero quién

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22 / César Aira

sabe si con este viento lo cerca quedaba cerca, que sería


lo más deseable. El campo de Mariezcurrena lindaba con
el pueblo mismo (si a ese caserío se lo podía llamar
pueblo), y la casa se podía ver, de día, desde la casa
parroquial; de noche, se veía la lucecita. Y hoy, nada.
Había que ir hasta el extremo de la calle, cruzar la vía,
tomar por el camino a Lartigau, y a un quinto de legua
como mucho entrar por la tranquera, y de ahí el caballo
sabía. A pie parecía más seguro, pero si este vehículo iba,
ningún problema, mejor.
Se pusieron a conversar, con grandes exclamaciones
para hacerse oír. Mariezcurrena dijo que si había algo
por lo que no debían preocuparse, era por la resistencia
del caballo, al que llamaba “Sulky". El aparato del mismo
nombre, en el que iban sentados, dijo, tenía asimismo su
buena dosis de confiabilidad. La conjunción del uno con
el otro, en cambio, se veía sometida a ruda prueba, por­
que el caballo, en el aturdimiento tan comprensible al que
inducía la nochecita, podía salirse de la órbita de las
ruedas, y entonces se desarmaría todo. “Eso me temía",
respondió el cura, “cuando me habló del sulky. Es una
reunión inestable de elementos, que puede deshacerse
como se hizo. Otra cosa sería si fuéramos civilizados, co­
mo en Norteamérica. Dadas las condiciones en que vive
el ser humano aquí en la tierra, es increíble que nadie
haya tenido la fantasía de vehículos perfectamente com­
pactos, redondos por ejemplo, que puedan deslizarse, o
quedarse quietos en caso de que así lo prefieran, en
medio de las tempestades." “¿Y los coches a motor?",
preguntó el vasco, “¿no cumplen con esa condición? He
estado tentado últimamente de comprarme uno, un Ruby
por ejemplo, y dejarme de macanas." “¡Menos que me­
nos! Si es por eso, ni se le ocurra. Los coches a motor son
lo desconectado por excelencia. Tengo entendido que el
motor funciona separando irnos émbolos con gran fuerza.

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El bautismo / 23

y volviéndolos a unir por puro azar. Eso para empezar,


pero además el motor, el volante, las ruedas de caucho, y
la manija de dar cuerda, son partes inconexas, flotando
cada cual por su lado, y de no ser así la mecánica no
existiría; es como si estuvieran separadas por grandes
espacios vacíos. ¡Imagínese lo que podría pasar...!” Lo
interrumpió un golpe seco que le propinaron en la nuca,
muy violento pero muy inofensivo. Al punto, vio saltar
por encima de su cabeza un terrorífico objeto redondo
que se perdió en la tiniebla. "Una pelota", comentó filo­
sóficamente el vasco, "que algún chico dejó afuera."
¿Era el viento el que hacía tanto ruido? El viento
y el ruido se movían juntos, y hacían pensar que nunca
cesarían. Que nunca habría luz, tampoco. Los viajeros se
preguntaron si tenían el viento a favor o en contra; por
lo pronto, no avanzaban gran cosa, según lo que creían
poder deducir de las sombras móviles que los rodeaban.
Pero tampoco sentían la resistencia titánica que un ven­
tarrón de ese calibre debía oponer de frente.
"Según mi parecer", dijo el vasco, "el viento es como
el sulky o el coche a motor. Cada parte cumple su fun­
ción, pero para hacerlo debe separarse de las demás y
actuar, podría decirse, 'a distancia'. El ruido, el impulso
y la dirección deben observarse en noches separadas. No
estamos cruzando una sola noche oscura sino varias, lo
que hace más embarazoso el trayecto. Yo digo que viene
del sur, de otro modo no sería tan frío, en esta época.
Pero debería decir que 'vino' o que 'vendrá' del sur. Si
estuviera viniendo en este momento, no habría llegado:
o nos llevaría o nos traería, y nuestro propio movimiento
dejaría de existir."
"A mí me parece todo lo contrario, qué curioso", dijo
el cura. "Su modo de pensar es contradictorio. Si vamos a
separar las partes, digamos que la temperatura viene por
su lado. Pero no es así. Todo viene del cielo, y viene junto.

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24 / César Aira

Si hubiera una buena cantidad de noches, ¿por qué íba­


mos a estar juntos en ésta usted y yo? En el mundo hay
una sola coincidencia, y es Dios. La campana de la iglesia
no es una veleta. . . ”
Segunda vez que la pelota daba en la cabeza del cura:
“Bum”. Esta vez no hubo comentario. Era chocante. Ma­
riezcurrena trató de hacer obvio el momento diciendo que
estaban entre remolinos. Equivalían a verdaderas bofeta­
das largas. Todo lo que podía moverse se movía; era una
piscina de magnetizados. Los temblores podían indepen­
dizarse de su causa inicial, como un reloj eterno.
Habían tenido tiempo de dilatar las pupilas, pero la
oscuridad se acentuaba. Con todo, de pronto el caballo
se había hecho visible; el viejo Sulky estaba erizado, como
sucede con los tordillos, las crines se le partían en bandos
furiosos, la cola por momentos giraba como una hélice.
No es que fuera visible del todo, pero a un fantasma no
se lo ve más. Metía las patas en el viento como en un
charco. El vasco iba medio fijo, medio transportado, a
la izquierda del pescante, con las riendas en las manos.
Llevaba un levitón de cuero casi negro, y el pelo como
cerda no perdía la forma del peinado. La sotana del cura
tableteaba todo el tiempo, y en un par de ocasiones se le
fue a la cara. Sus piernas gordas y blancas, fosfores­
centes, quedaron a la vista del vasco, que no se dio por
enterado. Aunque no hiciera otra cosa, el viento aproxi­
maba vertiginosamente los límites de la cortesía. Real­
mente las nubes habían bajado, pero se habían deshecho
por la fuerza del viento, eran ruinas aéreas. ¿Era de veras
oscuridad, todo eso? Hay algo de mental en la ilumina­
ción, por la noche. Podrían haber creído que veían todo.
¿Elegían lo contrario? Pues bien, que tropezaran.
Tuvieron una inesperada ayuda para calcular dónde
estaban. Unas manazas alborotadas les tocaron las cabe­

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El bautismo / 25

zas brevemente. “¿Qué es eso?", exclamó el cura con in­


dignación. “El banano de la fonda, qué va a ser", gritó
Mariezcurrena. Qué espectáculo increíble habría sido, el
árbol más alto de la región inclinándose hasta casi tocar
el suelo. Nadie se habría imaginado nunca que el tronco
fuera flexible. Qué característico: que lo demostrara cuan­
do nadie podía verlo, al modo de una alucinación. Pero es
una regla general: las cosas increíbles suceden de modo
que no se las pueda creer, como si tuvieran, con la
timidez de un cervatillo, el escrúpulo de no perder su
condición. Que el banano le hiciera tan grandiosa reve­
rencia a un sulky no era más prodigioso que esto o
aquello (que cualquier cosa). Que sucediera, era lo raro.
Una vez en mil años podía pasar; el momento en que
pasaba, era como todos los demás. En eso paraban las
teologías del cura y el sentido común de su buen amigo
el vasco Mariezcurrena. “No hay dos sin tres", pensó el
primero: “voy a recibir otro pelotazo." Pero sus ideas se
arremolinaban tanto como los dúos del aire. Tenía aso­
ciaciones bruscas. Por ejemplo, ese recién nacido; no
podía haber asociación más intempestiva. Todo se le
había antojado natural hasta aquí: la urgencia, el impe­
rativo de hacer las cosas bien (ya que había nacido, que
muriera bautizado), el padre, la madre. Todo era natural,
en efecto, pero la suma de sus partes resultaba rara, se
resistía a ser pensada, sólo podía ser asociada. Lo habían
mantenido secreto, los vascos, seguramente avergonzados
como muchas parejas mayores en el mismo trance. Y el
secreto se revelaba, a último momento, para poder seguir
oculto por toda una eternidad. Pero, se decía el cura,
"'¿quién no salió de un secretito de ésos?" Decidió que
si el crío ya estaba muerto cuando llegaran, se iba a
hacer el distraído y lo iba a bautizar lo mismo. Tenía
que ser un cura distraído para atravesar esta tempestad,
tenía que llevarlo la mano del Señor, porque él solo no

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26 / César Aira

iba a poder hacerlo, de modo que entraba dentro de


su personaje bautizar un leño, confirmar una cuchara,
confesar un marlo. Debía ser ciego y torpe, en lo posible,
un atropellado, así tendría más a mano la Gracia. Ayú­
date, y Dios te ayudará, era su lema. Uno debía volverse
un imán para las grandes ayudas, y si siempre iba a
estar tan a oscuras y bamboleado como lo estaba ahora,
qué mejor que actuar en consecuencia. La oscuridad era
el estado natural de los pobres de espíritu. ¡Así debían
seguir! ¡Así el sulky, tirado por Sulky, se elevaría por
el camino de los astros, tan invisible desde aquí! Porque
pobres de espíritu, humildes violetas enterradas, eran él,
un cura imperceptible, y el vasco de quien su compañero
de viaje sabía a ciencia cierta que era uno de los "col­
gados del Arco-Iris". Este último era el nombre de un
poderoso almacén de ramos generales de Pringles, que
actuaba como acopiador de granos, y mantenía en estado
de perennes deudores a buena cantidad de chacareros de
la región, a quienes les daba crédito para semilla o
herramientas, crédito que se cobraba sólo, como es lógico,
con las cosechas que se daban; con las que se perdían, que
también lógicamente eran las más, la deuda crecía (siem­
pre generosamente, eso sí, sin usura), y el chacarero, por
bien que le fuera y por saneado que estuviera su estable­
cimiento, quedaba "colgado"; eran ricos pobres; vivían,
pero debían. Dios hacía algo semejante. ¡Y encima, hijos
de la vejez, los muy brutos! Ya estaban en el extremo de
la calle; subían el terraplén del ferrocarril, en un paro­
xismo de rugidos, silbidos escalofriantes y los tableteos
de la sotana, que no se quedaba quieta; el cura la tomó
con fuerza por los dos lados, la plegó toda sin contem­
placiones y se sentó encima; quedó bien ajustada, como
una falda-tubo, por lo menos así dejó de molestar. En eso
estaba cuando pasaron las vías. No se les ocurrió ni remo­
tamente fijarse si venía el tren, y cuál no sería su espanto

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El bautismo / 27

retrospectivo cuando un tren pasó justo a sus espaldas


rozándolos, una máquina de demolición lanzada a toda
velocidad. Miraron por encima del hombro la hilera de
ventanillas iluminadas reemplazándose una a otra tan
rápido que hacían una sola línea, muy alta; cuando las
reemplazó la pura noche tenían aún la sangre helada en
las venas del pavor. “Nos salvamos por poco", dijo el vas­
co, “¡qué imprudentes!" “Casi no contamos el cuento,
¿eh?" “Y la desgracia no habría venido sola, porque nos
habría matado a los dos." “A eso me refería. Sulky no
iba a contar el cuento." “A él también lo habría arras­
trado. O los tres o ninguno. Por suerte fue ninguno."
Ninguno, ninguno, ninguno, deberían haber repetido eso
toda la noche, como una plegaria. Pero, con esa frivolidad
tan típica de los que se salvan por milagro de un acci­
dente fatal, al minuto estaban pensando en otra cosa.
Era un recurso psicológico de defensa, para evitar las
obsesiones y a la vez para que los accidentes, la sal de la
vida, pudieran repetirse. En realidad, estar envueltos
en viento era como ser embestidos por una locomotora,
salvo que ésta inofensiva, repetible. La gente se salvaba
pensando, inventando cosas para recordar y olvidar, loco­
motoras en miniatura, vientos diminutos, noches dentro
de vina gota de agua.
Al cambiar de dirección ellos, las ráfagas los envol­
vían distinto. Ese callejón, a ambos lados del cual se
cernían altos los alambrados, corría directo hacia el sur.
Hacía horas que el viento había levantado todo el polvo
suelto, y Sulky golpeaba con los cascos la caliza desnuda.
Al fin habían empezado a ver mejor, y ya no temían
tanto abrir los ojos, aunque se les secaban las conjunti­
vas. El silbido, ahora sostenido durante largos minutos,
era espeluznante. El cura había llegado al punto de pre­
guntarse si valía la pena salir; a esta altura, era morboso
preguntárselo. Más le valía arremeter. No habían hecho

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28 / César Aira

ni la mitad del camino cuando de pronto el vasco tiró de


las riendas. "Qué pasa, por Dios", exclamó el acompa­
ñante. "¡Un piche!" El cura miró hacia adelante, trató
de atravesar la tiniebla compacta. Efectivamente, en el
medio de la calle, justo encima de la cabeza de Sulky,
se veía aplastado contra el suelo un medio huevo más
negro que los demás, visible sólo porque la cal del camino
tenía un opaco brillo blanquecino. De no haber calculado
la distancia, lo habría tomado por un cascarudo. Era un
tatú pequeñito, de los que se caían de los bordes del
campo a las colchonetas de polvo yermo de la calle, y
perdían días de ayuno hasta que conseguían volver a su­
bir; no lo conseguían nunca, porque los atrapaba algún
chacarero. Era un sarcasmo que ni siquiera una noche
como ésta estuvieran a salvo. No se les ocurría cavar
horizontal en los barrancones. "Pero déjelo en paz, hom­
bre", exclamó el sacerdote, exasperado, "no ve que es­
tamos apurados". "Yo me lo como." "Haga lo que le
parezca, pero rápido." "Es un momentito no más, padre."
Al punto se bajó y fue hacia la alimaña. Era petizo, reta­
cón, y obstinado. Pero el piche no era idiota. Lo dejó
acercar, y se le escurrió a toda velocidad, como una cu­
caracha en línea recta. El vasco fue tras él bajando la
cabeza contra el vendaval. El piche llegó al paredón natu­
ral y rebotó en ángulo cerrado; casi le pasa entre las
piernas al cazador. Fueron hasta el otro borde, y lo mis­
mo. En una de las vueltas el viento tomó de pleno al
vasco y directamente lo levantó en vilo. El cura espan­
tado desde el pescante lo vio dar una voltereta en el aire
y caer pesadamente. "Seguro que se rompió la columna",
pensó. Pero el hombre era duro. Se levantó sin más de­
mora que la que imponía el viento. ¿Y el piche? Había
quedado debajo de él, aturdido. Lo tomó por la colita y
volvió al sulky. Para irritación del cura, hubo todavía la
demora de meterlo en una bolsa de arpillera que un hom­

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El bautismo / 29

b re precavido como Mariezcurrena siempre llevaba bajo


el asiento. La bestia se había recuperado y se agitaba
con su ruido de piedra. “Después lo mato", dijo como
disculpándose. El cura limitó toda respuesta a un gesto
afirmativo, que quiso ser sobrio pero salió exagerado y
payasesco por las circunstancias. Estaba atónito por algo
que había creído ver, aunque no estaba cien por ciento
seguro: en el momento en que el chacarero impulsado
p o r Eolo realizaba su cabriola en el aire, la pelota había
surgido de la oscuridad a la velocidad de un bólido y
había hecho impacto justamente en la cabeza del invo­
luntario saltimbanqui, para salir impulsada en otra di­
rección: ni el más hábil jugador de foot-ball habría
logrado la maniobra. ¿Pero había visto bien? No podía
asegurarlo, y por supuesto el vasco no se había per­
catado de nada: cuando uno está cabeza abajo, la mitad
de las cosas le pasan desapercibidas. El cura dudaba; la
agitación de la noche se prestaba a las concepciones
irreales. Con todo, cosas más raras sucedían, a veces.
Los pensamientos del vasco iban por otro camino, como
quedó demostrado cuando abrió la boca para decir: “Es­
pero que la criatura no haya fallecido." “Si ése es el
caso, será tu culpa, y por partida doble, bestia ignoran­
te", pensó el invitado, que no dijo nada en voz alta. Por
el contrario, siguió pensando: “No me puedo creer en
estos trances, y sin embargo aquí estoy, con los corchetes
del viento negro, llamado como médico de urgencia para
salvar un alma inocente. Lo malo es el clima, pero de eso
siempre se puede hacer abstracción, si estamos de acuer­
do en que lo importante es el alma. Tan importante es,
que para esta gente sencilla será un mojón: el parto, la
nochecita, el fetongo, ¡y el cura! No podía faltar, el cu­
ñado de la calavera. El despertador del bien morir. La
muerte misma quedará calificada expresamente por mi
persona. No en vano estos campesinos dicen a modo

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30 / César Aira

-de refrán: cuando la muerte tose, escupe un cura. Y*


cuando el cielo esté azul y el aire en calma, un parche
de turbulenta oscuridad se hará presente con extraña asi­
duidad." Habían retomado la marcha, y en un abrir y
cerrar de ojos estuvieron frente a la tranquera, que
Mariezcurrena se encargó de abrir, y cuando hubieron
pasado, de cerrar (no fueran a metérsele los ladrones).
En el nivel alto del campo la tormenta se hacía sentir de
veras; se aterraron. En cualquier momento podían salir
volando con caballo y todo. Se entrechocaban uno con
otro como dos peleles plúmbeos. Al caballo Sulky se le
hizo difícil caminar: al recibir el viento de costado las
patas se le torcían, se le confundían izquierdas con dere­
chas. “¡Ya llegamos!", exclamó el vasco. El otro no veía
nada. Pero el muro de sombras resultó ser la pared de
la casa. Echó pie a tierra de un salto arriesgado y la so­
tana se hinchó como un paraguas; de cóncava se hizo
convexa y tuvo que bajársela con las manos. Mariezcu­
rrena lo arrastraba hacia la puerta, y cuando llegaron a
ella se detuvo de pronto, se volvió hacia el cura que por
efecto de la inercia quedó con la cara pegada a la de él
y estallando en una carcajada improcedente gritó para
hacerse oír entre una maraña de silbidos: “¿Cómo era
eso de que el pan se horneaba a tres metros del fuego
apagado, ja, ja?" Al cura se le heló la sangre del pavor
y la sorpresa. “Estaba loco, al fin de cuentas", se dijo,
“'¡todo fue una trampa!" El camino que habían hecho
desde su casa hasta aquí tomó sentido en un instante y
se le apareció en la memoria, agigantado como un gro­
tesco cartel oscuro indicándole algo que no había sabido
interpretar; el viento era el lector universal de esos men­
sajes peligrosos, a veces retrospectivos. Pero no, el vasco
lo tomó del brazo para que no siguiera tomando frió y
entraron tranquilamente.

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El bautismo / 31

Una casa de cam po típica de la llanura bonaerense hacia


1930 e ra ... No hay una necesidad en el arte de la arqui­
tectura. Es contingente. ¿Cómo reconstruir los pensa­
mientos, sin autómatas adecuados? Cada pensamiento
depende de un cuento de hadas, cada cuento de hadas
depende de un destino, cada destino depende de un Dios.
Se habla para no caer en el silencio, pero en el silencio
siempre hay un eco, una puntuación, un ritmo: en una
palabra, hay estilo; y si los hombres hablan es para esca­
par al estilo. Porque se puede escapar; el estilo tampoco
es una necesidad. La vida misma es contingente, de modo
que darle el formato de un cuento de hadas, aun cuando
asegure la presencia del pensamiento, no basta para in­
ventar un destino. Hablar es voluntario. Sólo la cortesía
nos obliga a responder a quienes nos dirigen la palabra; y
la cortesía, no el alma, es la que persiste más allá de la
muerte, como lo prueba el hecho de que los fantasmas
sólo hablan cuando se les habla. El autómata espiritual
podría hacer lo mismo, de lo que resultaría que todo el
esfuerzo del pensamiento desembocara en el alba de un
mundo de fantasmas. Los cuentos de hadas son, al fin
de cuentas, un teatro de aparecidos en el que todo lo
que hay que averiguar es quién habló primero. Las casas
son teatros donde está prohibido pensar. La arquitectura
es el beneficio de ciertas persistencias lingüísticas; siem­
pre se la debe tratar en pretérito imperfecto. Antes uno
nacía en su casa. Ese accidente primordial era velado por
ondulantes telones de oro; las perpendiculares translú­
cidas de una Dánae dormida eran construcciones fantás­
ticas, irreales, desmesuradas y a la vez íntimas. Nadie

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32 / César Aira

ha pensado nunca, en serio, en casas que disuelvan la


brisa: he ahí lo eólico de la arquitectura. El arte de hacer
fachadas diferentes. Que las fachadas se proyecten sobre
pantallas estelares, que se reflejen en estanques quietos,
que atraigan insectos: que podamos viajar, después de
nacer, a comarcas de montañas, en cuyas altas cimas
haya castillos, señores de la luz y el viento. Los fantasmas
recorren la superficie de la tierra, veloces e inestables,
grandes estudiosos de idiomas. Le enseñan a hablar a
los niños, se cuelan en las casas mejor cerradas. Cerradas
o abiertas, volumétricas o sólo fachadas puestas en las
perspectivas de un paisaje (y entonces las hincha el viento
e impulsan al mundo en sus giros) las casas son frases:
sujeto y predicado.
El propietario podía, en un rasgo (algo más que
improbable, como veremos) de orgullo o sentimentalis­
mo, mandar hacer por mano experta una serie de acua­
relas de su casa y vistas circundantes, como un recuerdo
para cuando no quedara nada, basándose en el supuesto
de que unos papeles embebidos en agua serían más per­
durables que el ladrillo y las vigas. Como poder, se podía.
Todo era posible, antes y después de la desaparición de
Dios. Que nadie lo haya hecho nunca en este rincón del
mundo se debía quizás a que la chatura insólita del terre­
no (las escasas lomas que adornaban El Pensamiento
recibían con justicia, o sin ella, lo mismo da, el epíteto
de "imperceptibles") disolvía las perspectivas, las volvía
más bien un cálculo numérico: tres leguas, treinta leguas,
tres mil leguas. Además, un artista ni siquiera habría
podido colocar el papel delante de los ojos, bajo las
manos: un viento maligno lo hubiera incomodado hasta
los límites de la paciencia. Es más: el viento habría mez­
clado las hojas en medio del proceso, hasta hacer de cada
momento de la serie la serie entera, con todas las famosas
distancias confundidas. Suele achacársele a la campiña

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El bautismo / 33

argentina un descuido injustificado, un magnetismo de


lo primitivo que brota de la tierra, sin vallas, una ene­
mistad con lo civilizado. Tiene, claro está, su pintores­
quismo propio; pero más que un motivo para el arte, esa
cualidad es un motivo para no practicarlo. Al arte le
repugna manifestarse donde no ha habido arte, y en estos
casos se ha operado una destrucción en detalle, una
pura estética de los cielos coloreados que hace pensar
en la consumación previa de la pintura, bajo la cual sólo
se encuentran las fascinaciones de la desprolijidad, de lo
provisorio. La luz misma, imagen del trabajo, es expul­
sada. El movimiento se precipita. Vistas nocturnas de
un viento qüe distrae. Catálogo de posiciones para esperar
la muerte.
Dos individuos bajitos, las narices y los cachetes en­
cendidos por el viento, irrumpieron en la gran cocina.
Al cerrar la puerta, el viento pasó a otra dimensión so­
nora. Varios perros vinieron mansamente a olerlos. Gran­
des, peludos, silenciosos, hicieron una ronda alrededor del
cura, olfateando con fruición el ruedo helado de la sota­
na, al que parecían haberse pegado todos los olores del
mundo. “Qué frío", dijo el cura advirtiéndolo a poste-
riori, en contraste con el interior templado. Los perros
alzaron los ojos inocentes hacia su dueño. “Diga que uno
está acostumbrado", comentó Mariezcurrena. “Qué reme­
dio nos queda." “Tendríamos que tomar algo bien ca­
liente para prevenir un enfriamiento. Por ejemplo un
café amargo: no hay nada tan caliente como eso." “Este
me va a dar café hervido", dijo el cura para su coleto;
solía renegar de la indiferencia de paladar de la gente
de campo. Estaban tan, pero tan, contraídos, que al con­
tacto con el calor de la cocina se les expandió el torso,
se les despegaron brazos y piernas y volvieron a respirar,
como si antes hubiera venido haciéndolo el viento por
ellos. Muy poco a poco, por supuesto, como lo hace todo

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34 / César Aira

el cuerpo, pero la realidad de ese movimiento los ponía en


dirección a lo gigantesco. En estas circunstancias se jus­
tificaba el dicho: "mi casa es mi castillo", siempre y
cuando se entendiera por “castillo" la morada de los
grandes guerreros de antaño. Lo único que se contraía
en ellos era la pupila, indicando el giro copernicano de la
percepción; unas cosas se agrandaban, otras se achicaban.
Por lo menos, veían. No había mucha luz en el interior,
pero bastaba para ese cometido. Una lamparilla encendi­
da, idéntica a la que había quedado en la casa del cura
(había quedado prendida, creía recordar éste, injustifica­
ble imprudencia que con un paso de chiflete podía pro­
vocar el primer y último incendio de la casa parroquial
y la capilla). Era como si hubieran vuelto al punto de
partida. Beneficios, podía decirse, del sistema industrial.
Se lo hizo observar el cura al dueño de casa y comentó:
“Llegará el día en que todos tendremos lo mismo, y una
casa será equivalente a otra, salvo por el punto del país
en el que se halle. Cualquiera podrá vivir en cualquier
parte, como si dijéramos que el país no tendrá puntos
distintos. Entonces no sólo en Rusia habrá comunismo,
y los que prefieran ese sistema de gobierno no tendrán
que viajar allá." El vasco, que ya había puesto la pava
al fuego y se atareaba con las tazas y el frasco de café, le
respondió: “La comparación no es justa, porque Rusia
es mucho más grande que la Argentina; si nosotros vivi­
mos en un país, como usted dice, ellos viven en un
mundo. Rusia es un mundo en sí. Es comprensible que
los puntos no sean, como usted dice, 'distintos'. Doble­
mente injusta, porque el comunismo es más bien manual
que industrial." “No importa", dijo el cura que se había
empecinado en la suya, “llegaremos al mismo resultado
por distinto camino." “A mí no me preocupa que venga
el comunismo: entre el campo que ya tengo, y el que me
van a dar, voy a estar muy bien. Eso sí, seremos todos

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El bautismo / 35

ateos y viviremos el momento, en nuestras casitas mu­


tuas, sin miedo ni esperanzas puestos en la muerte."
"Yo no seré ateo", dijo el cura ("Bueno sería", respondió
in pectore su anfitrión) y se quedó pensativo un instan­
te: "Me quedarán los recuerdos. Los recuerdos son la
mejor defensa contra la impiedad." No decía, pero lo de­
jaba implicado, que lo que sucedía esta noche sería uno
de esos recuerdos, posiblemente uno de los principales.
Con lo cual daba por concluido el tema, habilidad en
la que era excelso: interrumpir la materia política con
una sugerencia sutil de que el presente trivial estaba
conectado con el más allá.
Se había sentado, dando por obvia la invitación a
hacerlo, en uno de los bancos largos que flanqueaban
la mesa. Todo relucía de limpieza y orden. Había muy
pocos muebles y objetos en la cocina, y no parecía haber
más en la casa entera. Los perros se habían echado, con
ese aire de no prestar atención a lo que sucede. La luz
suave de la lamparilla no llegaba a los rincones, y mucho
menos al techo alto, sin cielo raso. El vasco dejó encen­
dida la hornalla de la cocina económica y vino a la mesa
con los dos jarros de café. Al café "amargo" le había
puesto azúcar a su gusto. Los oídos de ambos se habitua­
ban al silencio relativo, las orejas se les descongelaban,
y los labios recibieron la bendición tropical de la bebida
hirviente.
Cuando se da por terminado un tema de conversa­
ción como lo había hecho el cura, sobreviene un hueco
que sólo puede llenarse, hasta cierto punto, a la espera
del próximo tema, con alguna consideración sobre el cli­
ma. En esta ocasión, no parecía lo más apropiado. De un
modo u otro, ya habían hablado demasiado de eso. Así,
tácitamente, y por un motivo tan trivial, el tema universal
de la noche quedó relegado a un segundo plano, y con­
denado a no volver a aparecer sino mediante alusiones tan

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36 / César Aira

sutiles como lo dictara la cortesía de los interlocutores.


En ese momento, precisamente, cuando lo decidían sin
saberlo, apareció una tercera figura en la puerta. Era la
señora de Mariezcurrena, en batón de entrecasa, y en pie,
para sorpresa del visitante. Para el otro, no había modo
de saber si era una sorpresa o no. No la expresaba. Se
limitó a dar vuelta la cabeza y mirar a la compañera
de toda su vida. El cura por su parte se hizo el propósito
instantáneo de no demostrar sorpresa y se atuvo a él,
por motivos de cortesía; su ascendiente espiritual no iba
tan lejos como para inmiscuirse en la conveniencia de los
hábitos de la casa. A resultas de lo cual se limitó a girar
la cabeza exactamente como lo había hecho el vasco, y
quedarse mirando a la señora, con cara bovina. Y sucedió
el milagro de que todos los perros sin excepción, desde
sus cómodas posturas en el piso, volvieron la cabeza sin
mover el resto del cuerpo, a mirarla. Así quedaron, hasta
que ella dijo: "Buenas noches". Tenía una voz chillona
y vulgar. Se comió la última ese. Tras un instante de
vacilación el cura se puso de pie y fue a darle la mano,
cosa que jamás había hecho antes, pero que esta vez
parecía apropiada. Ella le tendió una mano cálida pero
muerta, según la costumbre de la gente de campo. Se
había introducido unos pasos en la cocina para hacerlo.
“No debería haberse levantado", dijo el cura. Ella res­
pondió con un gesto que le restaba importancia al asunto.
En realidad, estaba pálida como una sábana, lo que la
afeaba y envejecía. Aparentaba unos sesenta y cinco años,
pero debía de tener veinte menos. Debía de ser fuerte
como un caballo, pero parecía bastante frágil. El cura
esperó a que se sentara, pero ella no tenía intenciones
de hacerlo. Su único punto rojo eran las manos, amora­
tadas. Era de esas mujeres de nariz fina y labios finos,
ojos de inglesa y pelo canoso con rodete. Piernas cortas,
barriga y trasero descomunal. Parecía bastante inteligen­

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El bautismo / 37

te, eso sí, más que su marido, con el que se entendía a la


perfección. No se iba a sentar ni aunque la obligaran.
Tenía la vista fija en el vasco, que en el ínterin se había
levantado a llevar los jarros a la pileta. El cura se pre­
guntó si esa mirada sería un mero reflejo de distracción,
o querría decir algo. Un mero gesto, en un matrimonio
de muchos años, se carga de significados hasta un ex­
tremo increíble. Le echó una miradita rápida al vasco.
Lo único que descubrió fue que no se había sacado el
levitón de cuero. Eso podía ser una pista. Hay maridos
que no se sacan el abrigo cuando están en la casa, como
un modo de decirle a la mujer que sienten frío, o que se
sienten incomprendidos, o cualquier cosa por el estilo.
Esta mujer debía de ser proclive, pensaba el cura, a
captar esos mensajes, y a alimentar un fenomenal rencor
por ellos. Y ahora, en plena depresión de post-parto, no
sólo lo estaría notando sino que se lo haría saber a su
marido, en los términos más destemplados. Tendría que
ser testigo de una riña. ¿Para eso lo habían traído? Como
si no tuvieran otra cosa que hacer, otro ser del que
preocuparse (si es que todavía no había fallecido, lo
que no serviría más que para acentuar la histeria de esta
harpía). ¿Podría hacer algo para interponerse? ¿Decir,
por ejemplo, que el Señor perdonaba? No serviría de
nada; estaba en una posición de completa impotencia.
Salvo que lograra desviar la atención.
“Agarraste un piche", dijo la mujer con su voz chi­
llona y sin asomo de pasión, como quien constata un
hecho real e indudable, como era real e indudable éste
a despecho de haber tenido lugar en el circo de las som­
bras espesas y los ventarrones cruzados. Pero sucedía,
y esto el cura lo advirtió con estupor cercano al espanto,
que se habían olvidado el piche en el sulky, por lo que
el hecho en cuestión, con toda su realidad, quedaba
oculto en las tinieblas, más impenetrables todavía que

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38 / César Aira

las de la noche, de un par de recuerdos olvidados. Estaba


en presencia de una adivina: la vieja tenía percepción
extra-sensorial. El matrimonio había fructificado al fin
de cuentas, y ya no era cuestión de contabilizar los partos.
Adivina de las peores (casi bruja): de las que se espe­
cializaban en nimiedades caseras, y no fallaban nunca, ni
dormidas. Pero el cura, que en el fondo era escéptico
como todo paranoico, tuvo en cuenta fugazmente la otra
posibilidad: que le estuvieran tomando el pelo, que este
último bocadillo de la mujer estuviera pensado para ser
dicho ante el animalito, que el idiota de su marido se había
olvidado de bajar del sulky, y ella, más idiota todavía, re­
petía en falso, sin el animalito. Claro que para que las
cosas fueran así tendrían que haber puesto el piche
adrede en el camino, y eso les habría resultado más
difícil (pero no imposible).
"¡Me lo olvidé en el sulky!", exclamó el vasco, y
después, con toda inocencia, le preguntó: "¿Cómo te diste
cuenta?"
"A ver con qué sale ahora", pensó el cura. Estaba
de veras interesado, casi sin alarma.
"Por la marca." "Ah." ¡Eso lo explicaba todo! ¡Por
la marca! ¡Claro! La m arca... Pero ¿qué marca? El
vasco se miró la espalda por encima del hombro; la mi­
rada del cura, de más está decirlo, siguió la misma direc­
ción, pero sin torcerse como una culebra gorda. En el
cuero marrón oscuro del levitón, espolvoreado de caliza
por el revolcón (el viento, que todo lo arrastraba, no
había sido capaz de limpiar la prenda) estaba impreso
con alucinante nitidez el óvalo inconfundible del pequeño
acorazado. De modo que esta aguerrida parturienta era
una Sherlock Holmes. No se necesitaba mucho cacumen,
claro está, porque la marca saltaba a la vista. Pero había
que verla. Y sumar dos más dos. Lo más notable había sido

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El bautismo / 39

la naturalidad de la observación, como si fuera la esposa


de un consuetudinario cazador de piches con el método del
salto mortal y el aplastamiento. Una marca más, como
hacían los aviadores en la Gran Guerra. No había que
descartar la posibilidad, pero habría sido raro que suce­
diera dos veces en la vida.
“Voy a buscarlo y vengo", dijo el dueño de casa sa­
liendo de prisa. Aunque abrió y cerró la puerta lo más
rápido que pudo, un chorro de viento frío hizo su espiral
en la cocina. La mujer se estremeció, y dijo: “Qué noche".
El cura se sentó asintiendo. Ella se quedó de pie. Inició
sin más una explicación general; la demora se había de­
bido simplemente a que había estado abstraída con el
pensamiento del piche. El cura se reprochó, como hacía
con tanta frecuencia, su barroquismo. Debía recordarse
siempre que estaba entre gente simple, casi inocente, sin
repliegues. Se citó mentalmente una parábola, favorita de
él, de su autor favorito, Constancio C. Vigil: un viejo
hermitaño con fama de sabio era visitado por toda clase
de gente con problemas, y todos volvían satisfechos por­
que el consejo siempre era el adecuado, el iluminado.
Lo que nadie sabía (y aquí el cura creía oír las palabras
mismas del autor) era que el viejo estaba más sordo que
una tapia, y se limitaba, cuando el consultante dejaba de
mover los labios, a dar siempre el mismo consejo: “Sim­
plifica, hijo, simplifica". ¡Qué profundidad, lograda con
tanta economía! Más de una vez él mismo se había pro­
puesto, o mejor dicho había fantaseado, mejorar el cuen-
tito, hacerlo más agudo: por ejemplo haciendo que lo
que parecía un viejo fuera en realidad un montón de
basura (aquí plagiaba, con pleno conocimiento de causa,
pero qué le iba a hacer, a Max Jacob) y lo que parecían
sus palabras fuera el silbo del viento entre una lata de
sardinas y una cáscara de banana. Pero más le valía no
hacerse ilusiones: así la parábola perdía toda su gracia,

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40 / César Aira

se volvía una rotunda pavada. Lo que un escritor ha in­


ventado, no puede volver a inventarse. Puede, pero sale
mucho peor.
Pues bien, simplificado, precisamente, casi en sen­
tido algebraico, que hubo quedado el punto del piche, la
señora pasó a lo que tenían entre manos, que en su con­
cepción algo desplazada de la hospitalidad fue: “Voy a
traerle una silla, ¡no se va a sentar en ese banco!" Can­
sado, sin ánimo para iniciar una discusión sobre seme­
jante cuestión, el cura se limitó a decirle “No se moleste",
pero sin subrayar, como diciéndole “Hágalo", es decir:
moléstese. Si eso le daba placer, que lo hiciera y se de­
sangrara. No sería un acontecimiento del todo extraño a
la serie de la noche. La mujer desapareció y volvió en un
santiamén, cargando con dificultad una silla bastante
episcopal, probablemente la única que tenían en la casa;
a juzgar por lo breve del lapso, se diría que la había
tenido preparada ahí nomás, a la vuelta de la puerta,
lista para su aparición. El cura se la quitó de las manos
y la puso en un sitio cualquiera. Los perros, silenciosos,
se levantaron y fueron a olerle las patas. Quién sabe qué
olores tenían las patas de una silla; no, seguramente,
los que podían recogerse en prados y sotos, salvo los
de los sueños, y esta gran silla tallada parecía un buen
personaje de sueños.
El vasco, a todo esto, no volvía. Imitando tímida­
mente a la dueña de casa, el cura dedujo que había
aprovechado la salida para guardar el caballo a buen
recaudo.
“Mi señor padre", empezó la mujer ceremoniosa­
mente (siempre de pie), “ya mi esposo le habrá dicho
lo que ha pasado."
“Sí, me lo dijo." “Entonces podrá imaginarse el mo­
mento angustioso que estamos pasando." “Su marido
no me pareció especialmente angustiado. No más que

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El bautismo / 41

en otras ocasiones. Pero es cierto que se trata de un


hombre práctico." “Los hombres en esta materia no sien­
ten lo que las mujeres." “Eso es obvio, señora. Aunque he
leído que hay tribus salvajes... Pero dejemos eso. ¿Su­
frió mucho?" “¿Yo?" La pregunta descolocó totalmente
al cura. “¿No fue usted la que tuvo al chico? ¿O fue un
nieto, y yo entendí mal del principio al fin de la historia?"
“Fue un hijo, no un nieto. Fui yo la que parió, si eso es
lo que me preguntaba." “En realidad, lo daba por su­
puesto." “Sufrí un poco más que en mis partos anteriores.
Pero no excesivamente." “Enhorabuena, hija. A propósi­
to, ¿y el crío?" “Está dormidito, creo.” “¿Quién tuvo la
idea de hacerlo bautizar esta misma noche? Su marido,
o ...? ” “¡Yo, yo, todo salió de mí! Es que tengo miedo
de que se me muera. No sería la primera vez, y no quiero
tener el peso en la conciencia.” Parecía exaltada. “Muy
loable propósito”, dijo el cura tratando de calmarla. “Lo
malo es haberlo sacado a usted de la cama en una noche
tan horrible.” “Por eso no se preocupe. Lo han hecho
antes por motivos mil veces más fútiles.”
Entró el vasco, como una ilustración de la última
frase, con el piche pendiente, aferrado por la colita. Se­
guro que había doblado la bolsa de arpillera y la había
dejado en su lugar, abajo del asiento del sulky, para el
próximo. Se lo mostró a su cónyuge, y ya que estaba,
al cura; éste no había observado nunca la parte de abajo
de un piche: era un pellejo gris muy terso, interrumpido
por un pitín bastante largo, perfectamente conspicuo. El
vasco, quizás consciente de pronto de lo impropio de esa
visión, de un golpe de muñeca lo dio vuelta: la convexidad
córnea, de estrías peludas, era, como bien podía haberlo
supuesto, todo lo contrario. “Lo voy a carnear”, dijo.
Explicación necesaria, dentro de todo, porque también
podía haber hecho otra cosa. El animal no había muerto.
Otro detalle que convenía tener en cuenta. Las grandes

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42 / César Aira

asfixias de la noche cruel no habían funcionado, des­


pués de todo. Y eso significaba que lo mataría ahora,
así de simple, como un silogismo. Porque un animalito
silvestre, vivo, no servía para nada; muerto, se lo comían.
La asfixia no se aplicaba, sólo el cuchillo. Este último
elemento era el que sacaba Mariezcurrena de una vaina
de cuero rojo, sin soltar la cola del piche, lo que lo
obligaba a manipular el instrumento con una sola mano,
la derecha. No necesitaba la luz blanca de un quirófano
para la operación; le bastaba con el suave resplandor de
la lamparilla, que seguía en el centro de la mesa. La
señora apartó la vista de su marido. Buscó los ojos
del cura, y comenzó a relatarle tranquilamente el parto.
“Hoy cuando empezaba a levantarse el viento, una
oca se largó a gritar como nunca antes la había oído.
Y eso que son bastante escandalosas de por sí. Una vez
un perro se comió un ansarón, para nuestra gran sor­
presa, con plumón y todo; la madre lo buscó dos días
enteros, metódicamente, y después, recién después de
convencerse de que no lo encontraría, se puso a gritar
de un modo que me destrozaba el corazón. Esta vez era
distinto. Yo estaba haciendo la leche. Recuerdo haber
pensado: ‘la oca gallarda se enfrenta a un peligro que
sólo es peligroso para quien terminará comiéndosela
asada'. Cuando salí a ver, cuál no sería mi sorpresa ante
la escena. La oca, podía decirse, estaba cuidándose de
las embestidas de un fantasma perfectamente redondo.
La luz ya declinaba, pero el viento mismo parecía traer
unos reflejos de gris más brillante, fulguraciones de Dios
con toda seguridad, pero en el resultado general amena­
zantes y siniestras, si uno tomaba en cuenta los silbidos,
los gritos de la oca, y lo que estaba pasando. Una bola
nevada y fosforescente, del tamaño de una cacerola, sal­
taba livianísima de aquí para allá por todo el cuadrante,
desobediente al viento mismo que la movía, y atraída

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El bautismo / 43

por la cabeza de la oca, a la que erraba cada vez por


milímetros. La pobrecita estaba muy alarmada, y no era
para menos. Hasta yo me habría puesto a gritar, si hubiera
tenido pico. Pero la calma hace maravillas; y si la mara­
villa que estaba presenciando había nacido de la falta de
calma, la razón dependía de aminorar los nervios. Hice
un esfuerzo mayúsculo para sobreponerme al susto. Traté
de que mis ojos vieran sólo el esqueleto de la verdad,
y no ese brillar frenético del crepúsculo. ¿Era la luna
expulsada del cielo, entregada a cacerías bromistas en
la tierra? ¿O era el sol pálido del crepúsculo que al tocar
tierra había rodado hasta nuestro corral, para asfixiar
como un pompón fofo la cábecita de gran pico abierto de
la guardiana ruidosa? ¡Otro brinco! y la oca con las cla­
rinadas cada vez más desesperadas. ¡Otro más! desde el
otro lado, y casi rozaba la calva blanca, el cuello ya tieso
del terror. Entre tanto, mi esfuerzo por serenarme no
había sido en vano. Hasta que pude comprender lo que
pasaba. No era el sol ni la luna, ni una emanación si­
quiera de las alburas violentas de un partido de foot-ball.
Era la leghom clueca, que había sido desprendida de la
tierra por el viento al levantarse, y tenía replegadas las
patas, la cabeza, y hasta la volantita palmeta de la cola,
por prudencia. Podía decirse que ciega, y levitando, era
como bola sin manija, al azar de los hijos del aire. La
oca solamente estaba en el medio. Peores cosas podrían
haber pasado. En otras circunstancias, me habría reído
con ganas/'
Un horroroso chillido interrumpió la narración en
ese punto. El vasco, sosteniendo al piche cabeza abajo
por la cola, le había clavado en el cuello la punta de un
cuchillito fino y oscuro. Al sacarlo brotó un chorro del
rojo más brillante y espeso. Se diría que ese color absor­
bía a todos los otros, y daba la clave de los armónicos
flamencos de la penumbra. Era un solo grito, como la

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44 / César Aira

bestezuela nunca había proferido otro en su vida. Su


canto del cisne, con toda seguridad. Tardaría unos minu­
tos en desangrarse del todo, y no dejaría de chillar entre
tanto. La señora, con un suspiro, provocado más por sus
recuerdos que por este incidente, que la dejaba totalmente
fría, retomó el cuento que le estaba haciendo al cura.
“¿Adonde iba? Hoy no soy yo misma, y en parte se
justifica, señor."
“La oca era..." , balbuceó el cura.
“Ya me acuerdo. Y no era una oca, era una gallina
toda arrepollada. Quiero decir, la que hacía de proyectil.
Yo había salido a ver, atraída por los gritos, ahí sí, de
la oca, y recién repuesta del sobresalto, que mucho me
costó, comprendí lo que había pasado. En ese momento,
y tras una finta de parálisis ansiosa, el gran cuello de la
gansa dejó pasar esa bola plumosa, que esta vez brincó
las bardas y se fue lejos, sopiadísima. Por mi parte, la
habría dejado marchar con gusto y habría ido a ence­
rrarme, porque el viento crecía y estaba oscureciendo de
modo pavoroso, pero reaccioné en favor de las dos doce­
nas de huevos que la leghorn estaba empollando. La­
menté haber metido en una bolsa a la otra clueca que
tuve simultánea, y haber colgado la bolsa del cordel,
dos días, hasta que se le pasó. ¿Tirar veinticuatro huevos?
¿Por qué, no habiendo motivo? Salí tras la bola-gallina,
medio sostenida por el viento, pero con el delantal en
la cara. Tuve un pasmo de frío, y un calambre superla­
tivo en las ingles: una tijera, verdaderamente. Pero no
estaba para pensar en mí, y ahora me arrepiento, señor.
Pero vi ese copo de nieve indefenso, que se alejaba, y
como si yo también pudiera alzar vuelo salí corriendo
a recogerlo, para que no se perdiera. La oca se había
llamado a silencio. El viento me ayudaba: pero me ayu­
daba a alejarme. De pronto las ráfagas se hicieron fatales,
grotescas. La leghorn giró hasta hacerse pequeñita como

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El bautismo / 45

la luna en una gota de agua, como si la lejanía la desovi­


llara. Era, para irií, el punto de renunciar. Pero no fue
así. Porque como se la había llevado, el viento la trajo.
No exactamente a mis manos, pero cerca. Trajiné hasta
allí, y después un poco más, porque se me escapaba.
¿Valdría la pena? Cualquier otra habría creído que la
gallinita había perecido, pero yo no. Lo cierto es que
la cacé, y volver a casa me resultó bastante difícil. Direc­
tamente, ya tenía contracciones. La metí en el nido, y
cerré, sin esperar siquiera a que sacara la cabeza de
algún punto de la esfera. Antes toqué ligeramente los
huevos y los sentí helados. 'Todo en vano', me dije,
aunque siempre quedaba una esperanza. Me metí adentro
y seguí haciendo la leche, muy preocupada porque me
desgarraba toda. Lo peor era que recién estaba a seis
meses. ‘De ésta no me salvo’, pensé, con bastante pesimis­
mo. En fin, para no hacerle más larga la historia, a las
tres horas, en lugar de estar cocinando la cena, ya me
habían dado las ‘moscas', que eran más bien chimangos
y loros."
Con lo que terminaba el relato preliminar del parto.
El piche se había desangrado, y el vasco le dio unos
fuertes golpes en la caparazón, quién sabe con qué fin.
“Mi marido se sintió acobardado por el modo en que
sufrí, y para ser sincera, yo también. Para colmo, esta
noche. Cuatro horas de tironeo, y en esos momentos prefe­
ría estar sola. Y dos más entre presentimientos y fanta­
sías. Hoy oscureció temprano, y uno no se da cuenta.
Pero yo conté cada tranco de viento, debo de haber sido
la única en todo el Pensamiento. Es que se me había
roto la bolsa un rato antes, y perdí el agua sin darme
cuenta en realidad. Cada contracción era como si me in­
crustaran cadenas en la sangre. Me senté y miré. Una se
siente desesperada cuando..." Los sollozos la hicieron
callar.

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46 / César Aira

El cura, que en cada nuevo desarrollo del relato se


había sentido tentado de interrumpirla mentalmente di­
ciéndose "está loca", y se había contenido cada vez (por­
que siempre que una mujer habla durante cierto lapso, esa
tentación está presente, y siempre hay que combatirla), al
llegar a lo que parecía, y al fin fue, el punto final, pensó
demoradamente: “está loca", y después, con mucho can­
sancio: “reloca". Pero sobreponiéndose, quiso formulár­
selo con más precisión: “La locura", pensaba, “uno la
atribuye casi siempre a lo que esta buena señora llamaría
las fantasías pesimistas. Yo la atribuyo a mi paranoia,
otro podría hacerlo a un exceso de imaginación, a un
natural exigente, a la falta de experiencias más variadas.
Pero hay un momento en que debe reconocerse que la
locura existe, y que la tenemos frente a las narices. En
ese momento estoy, y no termino de admitirlo. Hay gente
que está loca, y eso es algo real y cotidiano. Solamente,
hay que convencerse. Y es difícil. Ni siquiera esto que veo
y oigo termina de convencerme; parece que me convence,
pero un soplo puede llevarse esa convicción y dejarme
como antes. Estoy frente a un muro que se ha disfrazado
de espejismo, y no atino a levantar la mano y tocarlo;
o lo hago, y al instante pienso que lo soñé. De acuerdo, no
puedo creer que esta mujer está loca, porque si lo creyera
me vería metido en un prolongado encadenamiento de
creencias que me llevaría muy lejos, demasiado. Y con
Mariezcurrena pasa lo mismo: se encierra en la preten­
sión de que todo es ficticio, y así puede pasar el resto de
su vida, cómodamente al lado de una demente, ¡y nin­
guno de los dos lo sabe! Todos los matrimonios pasan
por eso. Y a la vez no pasan."
El piche ya estaba carneado, salado y colgado en la
jaula, lo que constituía a su modo un prodigio de velo­
cidad, teniendo en cuenta que la mujer había hablado
muy rápido, y el cura a continuación había pensado mu­

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El bautismo / 47

cho más rápido todavía. Se lavó las manos y vino a la


mesa. Se había sacado el levitón, y tenía una tricota tejida
a mano. “¿El señor cura me acompañará cuando lo ase?"
“Soy más sencillo, o más convencional, en el paladar",
respondió el invitado con una transparente excusa. Esos
tatús eran lo más asqueroso que podía comerse. Preferible
ayunar. “¿Y perdices?", insistió el vasco. “Eso es otra
cosa. Aunque tiene mucho huesito quebradizo, y un día
se me ensarta la úvula y no cuento el cuento. ¿Tiene
muchas en sus cuadros?" De eso precisamente quería ha­
blar el buen vasco. Al parecer su existencia se había visto
modulada por las fluctuaciones de su pasión de cazador.
Ponía en el tema ese interés ya de segundo grado, interés
en su pasión, casi desinteresado del tema en sí, de lo real
del asunto. Lo que lo intrigaba actualmente era las alter­
nancias de la cantidad de perdices en su campo y en los
vecinos. Por épocas eran una rareza, o abundaban. Nadie
se lo había podido explicar a su satisfacción. “Y sin em­
bargo", dijo el cura, “nada más simple. Como todos los
seres vivientes, las perdices tienen un ciclo de reproduc­
ción que afecta, como es fácil suponerlo, su cantidad."
“Perdón", respondió el vasco mostrando una sonrisa so­
carrona, o así le pareció a su interlocutor, “no me refería
a las épocas del año, sino a años distintos." “Aun así es
comprensible: circunstancias climáticas, o accidentes, pue­
den afectar la cantidad de un año a otro." “¿Por ejemplo?"
Lo socarrón persistía. El cura estaba determinado a lle­
var el argumento a sus últimas consecuencias si fuera
necesario. “Por ejemplo, supongamos que un exceso de
lluvia, o una seca, hace disminuir la cantidad de ejempla­
res. Es lógico que los hijos de menos, sean menos." “Es
lógico, sí, ¿pero qué quiere decir 'disminuir la cantidad'?
¿Que se mueran? Yo nunca he visto perdices muertas en
el campo, ni con lluvia ni con seca. Y aun cuando se mue­
ran: no deberían morirse, todos los ejemplares que

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48 / César Aira

mueran, al mismo tiempo; pueden seguir reproduciéndo­


se entre tanto. Inclusive si mueren machos, pueden ha­
ber fecundado a las hembras, y tener hijos póstumos. La
cantidad de ejemplares vivos no depende de la supervi­
vencia de la generación anterior.” Esto último le pareció
al cura un tremendo sofisma, pero lo dejó pasar, para no
entrar en bizantinismos; prefirió atacar en un punto más
concreto: “Pero a los muertos, sean de la generación que
sean, hay que descontarlos de la cantidad general, que no
se agota en los recién nacidos.” Y el vasco, triunfante:
“Usted me está concediendo entonces que la abundancia
o escasez no depende de la reproducción.” Con furia he­
lada, subrayando pesadamente, el cura observó: “Creí
que hablábamos de perdices, no de números.”
Con fingida volubilidad, el vasco pasó al tema de la
balística. “Las balas”, decía, “son como los mamíferos,
no como las aves. Son proyectadas desde un interior en
cierto modo cóncavo. Entonces no entiendo por qué los
mamíferos no son redondos como las balas.” “No todas
las balas son redondas.” “¿Y cómo son entonces?”, pre­
guntó Mariezcurrena con la estúpida sonrisa sobradora
del que cree saberlo todo. “En punta”, respondió seca­
mente el cura. “Nunca he visto. Pero claro, yo he visto
poco, aquí perdido en mi rincón rústico. ¿Y hacia dónde
apuntaría esa punta?” “Hacia adelante, evidentemente.”
"De lo que puede deducirse, supongo, que la punta llega
antes que el resto.” “A la víctima le da lo mismo que
llegue antes o después.” Un largo silencio. Sobrador, más
sobrador que nunca, el vasco dijo cautelosamente, para
no ofender a su invitado: “O sea que es una esfera sin
punta ni no-punta lo que actúa como bala.” El cura no se
-dignó contestar.
“Soy un mal cazador, a pesar del placer que obtengo
del entretenimiento”, dijo el vasco: “no tengo la pacien­
cia adecuada.” “Tendrá la inadecuada entonces”, le res­

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El bautismo / 49

pondió el cura, "¿pero qué diferencia hay entre una y


otra?" “No debería haber ninguna, porque la paciencia
es lo adecuado en ciertas ocasiones. En otras, inevitable­
mente, falta. He ahí el modesto enigma que me planteo
acerca de mi actividad de cazador." “A ver", dijo el cura,
resignado. “Si uno se planta en medio del campo, con
la escopeta en las manos, y no hay una perdiz delante,
mal puede cazarla, ¿no? Ahora, si uno tiene enfrente una
perdiz, no hay más que apuntar y tirar." “¿Y dónde inter­
viene la paciencia?" “¡Eso justamente es lo que yo me
pregunto! Yo nunca salgo a buscar perdices: eso me abu­
rriría. No tengo paciencia para ser cazador." Se quedó
esperando la objeción, para la que ya debía de tener
pronta la respuesta, pero el cura no le dio el gusto. Pre­
firió darle un poco de su propia medicina: “Dependerá
de la cantidad que haya en el momento. Si esa cantidad es
suficiente, siempre aparecerá una en el momento adecua­
do." El vasco reflexionó un momento: “Todas las per­
dices son iguales, nadie podría distinguir una martineta
de otra, o una copetona de otra... Y cuando uno dispara
y la mata, no dice: maté a ésta, maté a aquélla; dice:
maté a la primera, a la segunda, a la tercera." “¿Y si mata
a una sola en todo el día?" “En ese caso, será la primera.”
“Supongamos", dijo el cura, “que un cazador que nunca
haya cazado una perdiz salga al campo con su escopeta
y antes haga la promesa de matar una sola perdiz, y
nunca en su vida volver a matar otra." Mariezcurrena
cayó en la trampa: “En ese caso, será la perdiz que estaba
en ese lugar en ese momento." “La dificultad subsiste",
tuvo que reconocer el cura: “las perdices constituyen una
colección virtualmente infinita, de modo que mal se podría
salir a buscarlas, con o sin paciencia." “Qué curioso", co­
mentó el vasco taimado, “porque sin paciencia los caza­
dores nunca habrían tenido éxito, y hoy los animales
reinarían en el mundo." “La paciencia no es la virtud

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50 / César Aira

del que busca, sino del que encontró. Cristo no habría


sido Dios sin ella. Y El no se precipitó sobre la cruz, ni
salió a buscarla por los caminos. La divinidad es la espe­
cie de las especies, la Gracia es la punta que nunca
resulta una esfera, y el Espíritu se manifiesta donde los
abismos son infranqueables, y los salta la virtud por
milagro.” Con su pericia habitual, había producido un
punto final cuando más comprometida era su situación.
Había advertido que podía generarse una querella acerca
de la propiedad de "buscar" y de "encontrar" referidas
a los individuos de una serie infinita: buscar era lo teo­
logal, encontrar lo agnóstico, y no estaba dispuesto a de­
jarse arrastrar a concesiones de las que luego se habría
arrepentido. Aun cuando la herejía quedara muy mitigada
por tratarse el vasco, en el fondo, de un ingenuo y simple
campesino que sólo trataba de pasar el rato. Los chacare­
ros, con fama de reservados, eran en realidad locuaces
hasta la exageración.
Mariezcurrena hizo el siguiente inocente comentario,
que a su modo implicaba también un resumen, más pro­
fano, del asunto: "Encontrar una perdiz, en mi caso,
equivale a matarla; y si mato una, disminuyo la cantidad
general. Si la colección fuera de veras infinita, el número
de presas muertas podría ser infinito también, lo mismo
que el número de las que nunca aparecieron frente al caño
de mi escopeta. Y esos tres infinitos, equivalentes y con­
tenidos unos en otros, son análogos a la Santísima Trini­
dad. A veces me pregunto si para la perdiz el tiro que
la mata será tan sorpresivo como para nosotros el table­
teo de una perdiz que levanta vuelo cuando vamos cami­
nando distraídos, perdidos en nuestros pensamientos."
El viento, afuera, insistía. Era una lección para la
gente que hablaba. No variaba sus argumentos, no mos­
traba interés en convencer a nadie de nada. Y no se
manifestaba en vano. Su presencia era su acción, y cuan­

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El bautismo / 51

do dejaba de actuar desaparecía. Los tres personajes sen­


tados en la cocina se habían quedado inmóviles: los tres
oían el ruido del viento, afuera. Había aumentado mucho
su violencia, tanto que la casa parecía subsistir sólo al
margen de sus corrientes, porque en medio de ellas nada
habría quedado en su lugar. Era como si el mundo se
alejara (y los últimos razonamientos, por fútiles que
hubieran sido, contribuían al efecto). Ese gran silbido
obtuso les llegaba como por la radio a galena; se habían
sintonizado con su onda, eso era todo. “Me pregunto",
dijo el cura, “qué efecto tendrá sobre el campo." “Nin­
guno", dijo simplemente Mariezcurrena, y como esa de­
claración exigía un desarrollo de algún tipo, se explicó:
“La intemperie está hecha para resistir a estas incle­
mencias, porque fueron ellas las que la modelaron. La
destrucción no existe en la naturaleza. Los hombres levan­
tamos refugios, y nos dedicamos a lo que necesita refugio.
Si somos eficaces, no necesitamos preocuparnos; si no lo
somos, es culpa nuestra. No vale la pena preocuparse.
Ni siquiera se pueden sacar enseñanzas provechosas: el
clima es demasiado imprevisible. Esta noche, el viento
bajó: podría ser que haya actuado sobre él la fuerza de
gravedad, por la cual, según dicen, las cosas caen hacia
la tierra. Claro que hay tantas cosas en el cielo que no
caen, que es como para ponerlo en duda. Mañana, puede
suceder lo contrario, y la altura se llevará lo que nos
incomoda." Esta apología de la indiferencia le pareció
descortés al cura, y lo indujo a hacer el siguiente comen­
tario intencionado: “Su señora, en las circunstancias que
debió enfrentar bajo este viento, quizás no se sienta in­
clinada a mostrar la misma tranquilidad. Su estoicismo
debería merecer algún reconocimiento." El gesto del vasco
pareció querer decir “no soy yo el indicado". La mujer,
que se había mantenido bastante atenta a la conversación,
aunque no sin dar alguna muestra de fatiga, tomó la pala­

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52 / César Aira

bra: "Es curioso, después de todo, que el viento haya


arrastrado a la gallina y no a los huevos." "¿Estaban
todos?", le preguntó severamente el marido. "No los
conté, pero al primer golpe de vista me pareció que no
faltaba ninguno. Como si hubieran estado clavados en el
suelo, es decir en el nido." "¡Clavar un huevo! ¡Qué idea!"
"¿Más café, padre?" "No, señora", respondió con una
sonrisa cansada, tratando de mostrarse afectuoso. De
pronto sentía sueño, le dolía la cabeza, le ardían los ojos.
La mujer se le aparecía bajo una luz distinta, más impre­
sionante que un rato antes, cuando se creía más lúcido.
Si antes la había tomado por loca, ahora había dado un
giro completo. "Un hombre sólo se puede considerar inte­
ligente", pensaba, "cuando ha aprendido a tomarse en
serio las intenciones de las mujeres. Es difícil atreverse
a tanto. Y sin embargo, son esos hombres, y sólo ellos,
los que hacen la historia. Cuando un inocente como yo,
un célibe, avizora el pasado, debe hacer un prodigioso
esfuerzo mental; en esos momentos, si alguien se ubicara
en su cerebro como espectador, vería titánicos movimien­
tos absurdos, y creería hallarse en la cabeza de un loco."
Se dormía. El silencio en el que había quedado el grupo
era propicio a la somnolencia. Afuera, el temporal llegaba
a su clímax. Los perros, como es costumbre de ellos,
estaban dormidos y despiertos a la vez. De uno, el
más grande y bello, emanaba un olor extraño, agradable.
Debía de ser una perra, en celo con toda seguridad. La
pelambre le crecía de modo mágico, y se rizaba infinita­
mente ... El cura cabeceó, en el sueño fugaz, y abrió
grandes los ojos. Los acontecimientos que se preparaban
ahuyentarían el sueño con terminante eficacia, por el
momento.

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El bautismo / 53

Co n m o v im ien to s de autóm ata , el cura sacó unos objetos


del bolsillo y los depositó sobre la mesa. No menos me­
cánicas, las miradas del señor y la señora Mariezcurrena
convergieron en el mismo punto del mueble. Uno de los
objetos había hecho un ruido al tocar la madera forrada
en hule, el otro no; un minúsculo cáliz de plata, con
tapa a rosca, y el cintón bordado. El recipiente metálico,
obviamente un dispositivo para transportar el agua ben­
dita (era más práctico que bendecir otras aguas in situ),
tenía la forma de una copita de pie, de no más de cinco
centímetros de alto. En la tapa superior, un círculo de
dos centímetros de diámetro, tenía en relieve una paloma
eucarística y la inscripción CAELOQUE BEBISTI AQUA
MUNDI. A los costados, también en relieve, un Juan Bau­
tista bautizando a Cristo; haciendo girar la copa se veía
otra vez la escena, pero invertida, lo que sugería al espec­
tador que la copa minúscula se trataba de un lejano des­
cendiente del reloj de arena. El pie, ligeramente cóncavo,
al extremo de un fuste de plata maciza sin tornear, tam­
bién tenía tapa a rosca abajo, sin relieve de ninguna clase
para no alterar el equilibrio, pues al fin de cuentas por
ahí se paraba. En ese segundo recipiente podía guardarse
sal. El cura, en sus expansiones, la llamaba "la cigarrera
de convidar cielos”, y al hisopo, que esta vez no había
traído, "el narguilé de los difuntos”. Una vez la copita se
le había perdido. Al volver no la encontró en el bolsillo.
Recordó que había pasado por un arroyo crecido, a caba­
llo, y que un tropiezo de su cabalgadura en la mitad del
lecho lo había sacudido con fuerza. Seguramente se le
había caído ahí. Pensó en hacer dragar de algún modo

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54 / César Aira

ese sector del arroyo (por su peso, la copita no podía ha­


berse ido muy lejos), pero era una locura, sobre todo en
esa estación, que era la de las lluvias. Al día siguiente las
lluvias se interrumpieron, y sobrevino una sequía tan
abrupta e intensa que al cabo de ocho días el arroyo
estaba seco, y, prodigio mediante, habría sido muy fácil
encontrar entre las piedras la copita, si ésta no hubiera
estado en un maletín donde por distracción la había
puesto el cura, y no en el bolsillo como lo hacía siempre,
y donde la encontró entre tanto, haciendo relativamente
(o del todo) inútil el milagro de la desecación del arroyo
(que conllevó, como no podía ser de otro modo, el de un
amplio sector de la provincia, causando graves inconve­
nientes a los chacareros). En cuanto al cintón, era blanco
y violeta, y sin nada que lo distinguiera especialmente; en
contraste con la plata, la tela se veía muy blanda. El
nombre litúrgico de ese implemento era “estola". Fue
sobre ella que se posaron las miradas entre ansiosas y
estúpidas del matrimonio. El cura estaba decidido a ha­
cer de una vez lo que había venido a hacer. No fuera
a ser que el crío se muriera mientras ellos estaban dor­
mitando ociosamente alrededor de la mesa; eso haría las
cosas bastante más difíciles después. De hecho, no enten­
día por qué no habían procedido de entrada. Lo entendió,
más o menos, cuando hubo por parte de los dueños de
casa una vacilación, un deseo todavía informe de diferir
un momento más lo que tenía a todas luces trazas de
urgente. Fue la mujer la que se decidió a decirle, tratando
de retenerlo un momento más: “El pobre niño que di
a luz no tiene muchas posibilidades de sobrevivir..."
"Más razón para no seguir con demoras", pensó el cura,
mientras la mujer proseguía: “Es bastante feo y enclen­
que. Le di algo de la poca leche de mi seno, justo antes
de que ustedes llegaran, pero mucho me temo que no sepa
tan siquiera mamar correctamente. Se lo ve demasiado

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El bautismo / 55

pequeño para hacer bien su papel de niño, todavía des­


proporcionado en sus miembros minúsculos, sin los ojos
adecuadamente abiertos... ¡ni siquiera tiene voz! Por eso
pienso que podría no durar en el mundo de los vivos.
Mis otros hijos fueron sanos, fuertes, bien formados en
el momento de nacer. Pero claro, yo era más joven, los
embarazos se llevaron a término, las cosas fueron distin­
tas." Lo estaban preparando para un pobre espectáculo.
Era comprensible, después de todo eran los responsables
de esa desdichada criatura. El padre dijo: “Lo impor­
tante en un recién nacido no es lo que se ve en ellos,
sino el futuro que los hará semejantes a sus progenito­
res." “Sólo en El niño fue aparente el destino completo
del hombre que sería, y que seríamos todos", dijo el cura;
“pero esa operación fue suficiente, para que cada niño en
adelante sea El, es decir una posibilidad infinita, que
abarca a toda la especie, y a todas las historias." “¿Aun
nuestro niño?" “Claro que sí. ¿Por qué iba a ser una ex­
cepción? ¿Porque es débil?" “Es algo... impresionante
además. Casi parece deforme." “Todos los recién nacidos
lo parecen", declaró el cura, terminante. “Este lo parece
un poco más que todos", insistió la mujer, casi llorosa.
“Más razón entonces", dijo el sacerdote, “para que su
inclusión de las posibilidades humanas sea más amplia,
más universal." Ellos parecían aliviados, como si les hu­
biera sacado un gran peso de encima. Pero todavía algo
escépticos, lo que no podía extrañar tratándose de gente
de campo, que son por definición los que no se convencen
nunca de que están dadas las condiciones para dejar de
preocuparse.
“¿Vamos?" El cura se puso de pie, y tendió el cintón,
o sea la estola. Se la colgó del cuello con habilidad, y su
aspecto cambió, se hizo más nítido. El mismo se sentía
más despierto. Aferró el frasquito con determinación. Ma-
riezcurrena y su esposa se pusieron de pie. Lo seguían

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56 / César Aira

en la determinación, ya que necesariamente debían pre­


cederlo en el camino: él no conocía la casa, y tanto podía
haber abierto, creyendo que era la que llevaba al dor­
mitorio (o dondequiera fuese que tuvieran al chico), la
puerta de la despensa, o, peor, la de la galería, y dejarse
arrebatar por el viento. Sin embargo, fueron tras él,
aunque abriéndole paso. A veces un gesto muy discreto
equivale a algo tan rotundo como ir adelante. Además,
habría sido difícil equivocarse: la cocina tenía nada más
que dos puertas, una cerrada y una abierta. Hacia ésta
fueron. “Usted primero", decía la actitud respetuosa de
los anfitriones. Era la entrada de un laberinto, un pequeño
velo de oscuridad tras el cual se extendía un misterio, y
todos los misterios son equivalentes: no los hay mayores
ni menores. El cura, por ejemplo, no sentía que el enigma
(para él) de la disposición de las habitaciones en la casa
de Mariezcurrena fuera trivial. Era momentáneo, y unos
pasos bastarían para disiparlo. Pero en ese momento era
misterioso. Y en ese misterio estaba el niño que esperaba
el sacramento, respirando con suavidad, como un corazón
del que por cierta virtud teológica emanaba toda una
extensa vida extraña, novelesca.
Lo enigmático se desvaneció enseguida, por obra de
la morfología simple de la casa. Habían cruzado un cuarto
vacío, que servía para pasar a otros cuartos, y de allí al
dormitorio, que tenía la puerta abierta y estaba más frío
que la cocina. Con la lamparilla en manos de la mujer, que
rengueaba un poco, y como iba atrás de los hombres
hacía proyectar delante de ellos dos grandes sombras de
rinoceronte. Una vez en el dormitorio se les adelantó,
para acercarse al moisés, colocado sobre dos sillas. La
cama estaba hecha, como si nada hubiera sucedido en
ella. Un ligerísimo olor a sangre era el único rastro del
parto. Hubo un instante de vacilación, que aprovechó
la mujer para decir: “No sabemos todavía qué nombre

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El bautismo / 57

ponerle." El cura se desconcertó. No había pensado en


ese necio inconveniente. Sintió ganas de encogerse de
hombros, y lo habría hecho de no haberle parecido ina­
propiado. Era cosa de ellos. "No tiene tanta importancia",
atinó a decir, "el nombre es secundario en el bautismo.
Pero necesario, dentro de todo." "¿Rosario?", propuso
tímidamente la madre, restregándose las manos con ner­
viosismo. El cura pensó de inmediato en los Cavallaro,
un matrimonio italiano de Lartigau que ostentaba la cu­
riosa propiedad de llamarse, marido y mujer, igual: Ro­
sario. La propuesta no tuvo la aprobación del chacarero,
que hizo un gesto de impaciencia, y preguntó: "¿Pero se
puede bautizar y dejar el nombre en suspenso?" El cura
lo pensó un momento; sentía que su respuesta era impor­
tante: "No", dijo al fin. No se dejaría tomar el pelo. En
segunda instancia, contemporizador, repitió: "El nombre
no tiene tanta importancia, sólo la tiene para hacer com­
pleto el bautismo. Los sacramentos no son requisitos le­
gales, ni equivalen a tales; son los momentos que estable­
cen la inocencia del cristiano respecto de la doctrina.
Pero si insisten", terminó, "puedo bautizarlo sin nombre,
como un desconocido." Eso los tranquilizó visiblemente,
efecto que fue enturbiado por sus próximas palabras,
que salieron como si se las dictara un demonio malévolo:
"O bien puedo poner mi propio nombre como garantía,
que como ustedes saben es Máximo, y admite el ardid de
declarar que era un ‘máximo' posible, sobre el que se
habría de particularizar más adelante." "No, no", balbu­
cearon los dos, incómodos: "no se moleste, padre." Podría
perfectamente haber dicho "no es ninguna molestia", pero
una voz interior le susurró que era mejor no hacerlo. Es­
taba intrigadísimo por la montaña de escrúpulos que le­
vantaban frente a él. Era como si se reservaran algo,
la clave sin la cual todo el intercambio se volvía cómico.
Pero eso no tenía importancia (igual que el nombre, al

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58 / César Aira

fin de cuentas) pues la situación, que se había mantenido


tan largamente en una impasse, de pronto había tomado
un ritmo vertiginoso. Aunque estaban quietos, era como
si cayeran en un abismo, como si se precipitarán, dotados
de alas, hacia un cielo negro. Y no podían albergar la
esperanza de hacer un alto, o frenar la carrera, porque
al estar la velocidad en el sentido, y sólo en él, cualquier
iniciativa, aun la de matar el movimiento, no haría más
que acelerarlo. De modo que había que seguir adelante,
a costa de cualquier explicación si fuera necesario, y ter­
minar de una vez con lo que habían empezado. Recordó
lo que él mismo había dicho un momento antes, sobre la
emanación del destino en un recién nacido; esa idea
misma contenía una inagotable reserva de comicidad.
Porque la equivocación era de rigor: prometerle un fu­
turo de riqueza y poder a quien resultó ser un abyecto
mendigo, o presuponer humildad y mansedumbre a un
Napoleón. Inclusive acertar sería cómico, sobre todo si
se acertaba hasta el último detalle. Lo cómico aquí estaba
en (y era inevitable por) un deslizamiento brusco del
tiempo. ¡Pero eso era lo que estaba sucediendo en este
dormitorio! Salvo que en él, el deslizamiento era brusco,
sí, pero sólo en una dirección, hacia adelante, era en rea­
lidad un empujón que se les daba a los actores no sólo
para que salieran al escenario sino para que salieran del
escenario, un empujón tan continuo como sólo el viento
podía darlo, un viento que soplara en el transcurso de
la noche igual que éste cuyo silbido oían silbaba en la
extensión de la pampa. No había una mirada furtiva
en el pasado; solamente se precipitaban hacia el futuro,
enceguecidos.
La señora había dejado la lamparilla sobre la tapa
de mármol de la cómoda. Se aproximó al moisés, y
antes de alzar a la criatura se hizo tiempo para seguir
disculpándose todavía más: no había llegado a hacerle

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El bautismo ¡ 59

ropa, dijo, el crío se había saltado los meses. "Está bien,


está bien", parecía decir el cura, “después hablará de eso
con sus vecinas, hasta que se le seque la lengua si quiere.
Ahora tráigamelo de una vez, así lo bendigo, y listo."
Pero no hubo tal cosa. La madre no lo alzó. Se limitó a
levantar por un borde el espesor de mantas dobladas y
dejar visible al niño en cuestión, envuelto cuidadosamente
en lo que parecía una funda de almohada, blanca y muy
limpia. Previo a todo, el cura percibió un contraste que
iluminaba la situación, la diferencia con los “bebés"
que le llevaban a bautizar a la iglesia. En aquel entonces,
para recibir el sacramento, a las criaturas se las disfra­
zaba de “bebés" franceses: vestido largo, a veces larguísi­
mo, metro y medio de tubo de tela blanca, escarpines con
perlitas, capotita, cintas, passepartout celeste o rosa, y
tan fajados que parecían tablones. En este caso, la ur­
gencia había impedido confeccionar el ajuar. Blando como
un molusco (eso se notaba inclusive a través del lienzo que
lo envolvía) asomaba la cabeza amoratada, gris, con una
desesperación muda e inanimada, tanto más impresio­
nante por ello. El cura no pudo impedir un movimiento
de horror. Parecía que lo habían preparado demasiado,
pero lo habían preparado demasiado poco (al menos,
para lo que resultó ser real): no le habían dicho que era
tan feo. Provocaba solamente asco, casi nada de piedad,
y menos ternura. Con un innato sentido estético, que en
este caso reemplazaba ventajosamente al amor en la gama
de los sentimientos maternos, la madre lo había envuelto
en prendas toscas, casi deliberadamente inapropiadas (no
era tan obvio que no hubiera preparado el ajuar), para
que chocara menos su animalidad informe. ¡Qué lásti­
ma que no hubiera nacido muerto! ¿Pero no era así?
No: su aparente inmovilidad estaba llena de pequeños
movimientos casi imperceptibles, como los de una trans­
formación, que indicaban que la vida era uno de sus

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*>0 / César Aira

atributos, quizás el único. El horror, razonó confusamente


el cura, consistía en esa visión de lo oculto, de lo que por
delicadeza se disimulaba de la vista un poco más, siempre
un poco más; nueve meses no eran suficientes, seis menos.
En el aturdimiento, pensó: "Nunca habría creído que éra­
mos tan horribles, antes." No era sólo que tuviera los
ojos cerrados todavía: eso estaba dentro de lo razonable.
Era que no tenía ojos, o en todo caso los tendría en unos
pliegues asimétricos de carne. Tampoco había nariz que
pudiera tomarse en cuenta; había un agujerito, eso sí (uno
nada más), en forma de ombligo, de un rojo pronunciado,
y, se lo adivinaba, porque no se veía, palpitante. El cráneo,
si de cráneo se trataba, estaba totalmente caído para
atrás, y con unos surcos de gruesa pulpa grisácea que for­
maban otras caras adivinables. No era imposible que
tuviera la nuca para arriba. ¿Qué diablos era eso? No
podía sacarle la vista de encima, atontado. Para comple­
tarla, la madre desdobló la funda de almohada, y le
mostró el cuerpo, quizás con la inocente esperanza de
convencer al sacerdote con formas algo más humanas,
o por lo menos no pasar tanta vergüenza. Esperanza con­
denada de antemano al peor fracaso. Brazos y piernas
eran cuatro patitas del espesor de líneas, dobladas de
cualquier forma y desmayadas. La única redención, y
modestísima, estaba en los pies, que eran dos grandes
patas de rana grises, con el dedo gordo (pero éstos eran
flaquísimos) más o menos formado; los otros no. El torso
era desmesurado, dentro de la escasez de todo, como
inflado y violentamente corrido para un costado.
Y todavía faltaba lo peor. El cura lo presintió de
pronto, y se explicó las vacilaciones por el nombre. Sabía,
porque se lo habían dicho, que lo más impresionante en
los recién nacidos era el sexo, por desmesurado y ruin
a la vez. El de este ser debía de ser una fatalidad. No
sabía qué esperar. "Apuremos de una vez este cáliz",

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El bautismo / 61

se dijo, y en voz alta, un poco trémula, le dijo a la señora:


"Saque la venda." "¿La qué?", preguntó ella con cara de
idiota. "La venda, mujer, la venda, ese... ombliguero."
Se la sacó. Le había dado dos vueltas nada más, y una
por entre las piernas, separándoselas horriblemente. Que­
daron así al retirar la venda. El cura tuvo la desalentadora
oportunidad de contemplar un sexo que tanto podía ser
masculino como femenino. Su primer impulso fue decir­
se, como es natural: "Era hembra." Sin embargo, también
era natural lo contrario. Eran suposiciones que no se im­
plicaban. Lo propio de ese ser que de repente, a sus ojos,
había perdido las propiedades necesarias para que se ha­
blara naturalmente de él, era indiscernible, un revoltijo
que más valía no mirar con atención (ya lo había hecho).
¿María? ¿Cristo? Ahí estaba el meollo. Sin decir media
palabra se dio vuelta y enfiló para la puerta. Creyó ver
que la madre arropaba de prisa al infante y lo dejaba en
su lugar, sin sacarle la vista de encima a él, al cura, que
se retiraba. El padre venía carraspeando, como si toda­
vía no se decidiera a decir algo. Pasó con facilidad mágica
la puerta, el cuarto-pasillo, y la puerta de la cocina, donde
el fuego de la hornalla producía una oscuridad ilumi­
nada, y en ella los perros, moviéndose. Pero ya venían
pisándole los talones los esposos Mariezcurrena, y les
debía una explicación. Optó por la más simple: "Vamos
a esperar a que se defina un poco más." Con eso pretendía
zanjar la cuestión, pero no iba a ser tan fácil. Por lo
pronto, la señora se había largado a llorar; no era nece­
sario oírla para darse cuenta.
La lamparilla sobre la mesa, la estola y el frasquito
en el bolsillo de la sotana, los perros echados: todo es­
taba como si ese paréntesis abominable no hubiera tenido
lugar. Inclusive se sentían a gusto, cómodos casi, salvo por
el aspecto moral, que había tenido motivo para fallar.
Pero, si se juzgaba por lo que se veía, por lo pictórico,.

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•62 / César Aira

o más bien lo enmarcado en la oscuridad y el viento,


en la esfera imprecisa de luz amarilla dentro del cua­
drado de la cocina, era como si se dispusieran a entablar
conversación sobre un tema grato a todos. Y tan inson­
dable es el enigma del corazón humano, tantas sorpresas
tiene en reserva, que así era en realidad. Abrió el fuego,
como correspondía, el padre de familia: “¿Debemos en­
tender que se niega a bautizar a nuestro hijo?" No era
exactamente una pregunta. Era un intento, bastante lo­
grado por lo demás, de plantear la cuestión con la mayor
claridad posible. Faltaba uno de los términos, sin em­
bargo, y se ocupó de proporcionarlo el cura, dando de
paso la respuesta: “Por el momento." “¿Podemos pre­
guntar el motivo?" El obvio ya lo había implicado, y
además estaba a la vista; ahora querían algo más. Decidió
retroceder un paso: “La indefinición." El vasco: “¿Cómo
define usted la indefinición?" El cura (retrocediendo otro
paso, ya que estaba, o varios millones de pasos, metafó­
ricamente, por supuesto, porque seguía sentado): “No se
puede hacer entrar a lo indefinido en el campo de lo defi­
nido, o de otro modo perderíamos el pensamiento. La
definición, y la indefinición también, es una pintura del
mundo. Tradicionalmente, el pintor debía pensar antes
de poner manos a la obra. Entonces la pintura se volvía
un ejemplo del pensamiento, siempre una pequeña fá­
bula al alcance de la mano. Uno creía poder vivir en esos
paisajes chinos, o en esos interiores flamencos: el único
requisito era pensar lo suficiente. Pero las bellezas inmó­
viles de la pintura se trasladaban dos por tres al mundo
real, y el hombre veía nacer frente a él, incluyéndolo, el
temblor melancólico de lo indefinido. Era el tiempo, del
que el movimiento era la fábula, miniaturizada y conmo­
vedora. Hoy tenemos la fotografía, que representa el
pensamiento instantáneo, la captación de toda la luz
del mundo en el momento de entender. Hay una luz, en­

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El bautismo / 63

tonces, que no nace, que directamente se introduce hasta


el fondo de la más profunda noche, en la cual, ahora lo
sabemos, ocurría el proceso de la pintura. Hoy, digo, tene­
mos la fotografía. Esta noche, tenemos el viento. El viento
lleva y trae las cosas ante la vista; y si no las lleva, podría
llevarlas. Por eso, no hay nada más pictórico que el viento.
Los artistas de todas las naciones y de todas las épocas
no han hecho más que pintar los fragmentos de ese gran
viento virtual que, en última instancia, trae la luz y la
oscuridad. El viento pliega lo que creíamos desplegado
y abierto para siempre. Esos dobleces inventan, para
beneficio del pensamiento, las perspectivas, y el tiempo
se difunde por el espacio. Si yo digo: 'en medio de la
noche de invierno más oscura y borrascosa', me refiero
a una gran definición fotográfica, y en ese 'en medio'
reside la indefinición por nacer, el miedo a la muerte, el
borrón.”
De acuerdo, de acuerdo, todo eso estaba muy bien
para la filosofía, ¿pero dónde estaba la relación, por fa­
vor? El matrimonio Mariezcurrena estaba como quien
corre peligro de perder el tren. ¿Qué tenía que ver el
discurso con su hijo? Si nada, no estaban para perder
el tiempo; si algo, querían saberlo. Saberlo, no que se los
dijeran. Haber viajado en tren toda la vida, y recordarlo
plácidamente. "¿Acaso tiene miedo de que resulte un
gato, un murciélago, un canguro?”, preguntó el vasco.
El cura aspiró hondo: “¿Y qué tendría de malo que lo
temiera? La función del bautismo es justamente la pre­
servación de lo humano como humano, por acción de los
símbolos. En ese campo, toda precaución es poca. Para
decirlo de otro modo: en algún momento debí optar entre
equivocarme siempre, o no equivocarme nunca. No sé cuál
de las dos opciones elegí, pero sé que fue una, y sólo
una de ellas, la que se volvió desde entonces mi único
camino posible.” "Pues debo decirle, señor padre”, dijo

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64 / César Aira

el chacarero conteniendo la indignación, “que esta vez no


ha dejado de equivocarse de plano, porque resulta que
nuestro hijo no es nada que no sea humano —no sé si
me explico/' El cura lo pensó. El hombre tenía razón;
¿pero cómo hacérselo entender? Prefirió un camino indi­
recto: “En unos pocos días lo demostrará palpablemente,
estoy persuadido de ello. Entonces recibirá el bautismo."
“¿Y si se muere antes?", dijo la mujer, que entre tanto
había dejado de llorar. “Confío en que no será así", dijo
el cura, que confiaba precisamente en lo contrario. “¿Pero
habrá un umbral para lo que usted encuentra humano?
¿No retrocederá más bien infinitamente, ya que el señor
ha preferido colocarse un paso más acá?" “Dios sabe",
respondió el cura, “que no lo he 'preferido'. Simplemente
me he tomado el trabajo de pensarlo, y resolver la pe­
queña adivinanza." Sonaba un poco frívolo, dicho así,
pero no le importaba. El vasco entrecerró los ojos con
insidia: “¿Qué adivinanza? ¿Acaso usted sabe... lo que
nosotros también ignoramos?" El rostro del cura se cerró
como si cayera sobre él una avalancha de piedras. De eso
prefería no hablar. Como Henry James, tendría que dar
los más interminables rodeos para evitar hablar del sexo.
Como lo había dicho antes, la primera prioridad era pre­
servar su pensamiento. El gesto, o la intención, tuvo la
mágica virtud de agotar el tema de conversación. Queda­
ron en silencio largos minutos.
La señora, de pronto, estaba hojeando una revista, sin
prestar mucha atención pero con firme deliberación,
como si quisiera cambiar de tema. Resignada a la nega­
tiva del cura, y dando el tono a la reunión. Su marido
la miró, y dijo de pronto: “Quizás el padre nos pueda
sacar de la duda con esa historia..." “En eso estaba
pensando", dijo ella levantando la vista. El cura se inte­
resó. Miró a uno y otro. Ella buscó rápidamente unas
páginas de la revista, cuya ubicación conocía perfecta­

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El bautismo / 65

mente. Era un ejemplar de hacía un año de Campo Ar­


gentino, una revista de aquel entonces, de interés general
pero destinada, pese a su nombre, a mujeres de los pue­
blos bonaerenses, en uno de los cuales se editaba. Era
raro el hogar de la zona que no tuviera la colección com­
pleta (era mensual, y hacía unos pocos años que aparecía);
el cura, que por supuesto no la compraba, había hojeado
aquí y allá algunos números, y se le habían ido las ganas
de profundizar en su conocimiento. Era una publica­
ción de tono popular, bastante grosera; las ilustraciones
eran pésimas, y los textos tenían la calidad de ejercicios
literarios de un niño insolente y mal alumno, con esa
soberbia chillona y estúpida que reviste la ignorancia
entre campesinos. Su asombro no tuvo límites cuando
Mariezcurrena le explicó de qué se trataba: había en ese
número una historia, un “cuento", de cuyo contenido
se habían hecho una idea, relativamente contradictoria,
por las ilustraciones que lo acompañaban... No le per­
mitió seguir: “¿Y por qué no la leyeron?" Se encogieron
de hombros con cierta timidez: “No leemos mucho,
sabe... en realidad, nada." El cura se quería morir.
¡Analfabetos! Jamás lo habría pensado. Mariezcurrena
era uno de los chacareros más cultos de la región, un
verdadero caballero en su conversación, temible contrin­
cante por su dialéctica, de opiniones políticas respetadas;
y su esposa, aunque menos notable en ese aspecto, prove­
nía de una buena familia, ricos inclusive, de quienes sería
inconcebible pensar que omitieran darle instrucción. No
supo bien qué decir. Lo sacó del embarazo el vasco:
“¡No es que seamos analfabetos, por supuesto!" “¡Ah!
Por un momento lo temí, pero en realidad se me hacía
difícil creerlo." “Claro que no. Pero sucede que no tene­
mos el hábito de leer. Me adelanto a sus reconvenciones,
diciéndole que admito que sea una pérdida sensible para
nosotros, en efecto, y que nos sería de gran utilidad fre­

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cuentar de vez en cuando algunos buenos libros. De acuer­


do. ¿Pero en dónde estaría esa utilidad, ese provecho? Le
confieso que no puedo concebirlo. Usted me dirá que
si leyera sí me sería fácil concebirlo, e inclusive encon­
traría más razones para practicar la lectura de las que
querría. ¿Pero es necesario?" "Evidentemente, no. ¿Pero
no serviría al menos para llenar con algo las horas de
tedio?" "No tenemos tantas", dijo la mujer con un dejo
de ironía. El cura, muy lejos de hallar los mejores argu­
mentos que podría haber utilizado, en realidad estaba
pensando en otra cosa. Se daba cuenta de que en todos
los años que llevaba ejerciendo su trabajo de cura rural en
la provincia, nunca había encontrado un analfabeto. En tal
caso, se habría ofrecido con gusto a sacarlo de su igno­
rancia. Pero quizás no era así; debía de haberse topado
con muchos, y no los había notado. La conversación tenía
que llegar a un punto muy preciso, y bastante remoto res­
pecto de los temas habituales, para que ese dato saliera
a la luz. Y sin embargo, no creía que fuera así: habría
podido jurar que nunca había tratado, siquiera superfi­
cialmente, con alguien que no supiera leer. Lo que no
significaba que tuviera en muy alta estima el nivel cul­
tural de estas campiñas, más bien todo lo contrario. Era
una paradoja de sus presuposiciones, que lo dejaba intri­
gado. Le preguntó a Mariezcurrena: "Si saben leer, po­
drían salir de la duda sin mi ayuda." "¿Nos la negará
también en este caso?" "Haré lo que me piden, si mi
conciencia no me lo impide. Les hacía una pregunta por
pura curiosidad." "Entonces le repito", dijo el vasco, "que
sabemos leer, pero no tenemos el hábito de hacerlo.
¿Qué motivos íbamos a tener para leer este cuento?"
"A ver", dijo el cura cansado de discusiones sin sen­
tido con esos analfabetos letrados. La señora le pasó la
revista abierta en una página. Era la novela-folletín del
Campo Argentino, de la que el cura nunca había leído

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El bautismo / 67

nada, pero de la que había oído hablar. La tipografía era


basta, los renglones compactos. Arriba, bajo el título,
una pequeña viñeta que mostraba un rancho típico, de­
masiado típico, y en su galería un gaucho anciano sentado
tomando mate, solo. Abajo (la diagramación era lamen­
table), abriendo sendos espacios entre las columnas de
texto, había dos ilustraciones algo más grandes, aunque
no mejores. En la primera aparecían siete doncellas, siete
agraciadas (al menos la intención del dibujante había
sido ésa) muchachas paisanas de trenzas y grandes ojos
negros, vestidos largos, supuestamente gauchescos; for­
maban un grupo que pretendía ser simpático y pintoresco,
pero resultaba hierático y forzado por la torpeza del
trazo. Eran siete, el cura las contó. Y tenían una parti­
cularidad llamativa: todas tenían pequeñas vendas o
diminutos cortes en las mejillas, el mentón, algunas alre­
dedor de la boca o en el cuello. El otro dibujo, más
truculento, mostraba a un oficial del ejército (del siglo
pasado) con la espada desenvainada y chorreando sangre,
y a sus pies el cadáver decapitado de un viejo gaucho; la
cabeza indicaba que se trataba del mismo anciano que
en la primera ilustración tomaba mate.
“Dé vuelta la hoja", le dijo el vasco. Al otro lado
concluía la historia. Había, repitiendo la disposición de
la página anterior, dos ilustraciones. Una de ellas, la más
alta, y con mucho la más sorprendente de las cinco, pre­
sentaba al mismo oficial del ejército, ahora con el sable
envainado, corriendo por entre follajes atrás de las bellas
muchachas, que huían espantadas; alguna que volvía la
cabeza mostraba un gesto que la impericia del artista
hacía incomprensible. La última ilustración era de exce­
siva simplicidad, como si el esfuerzo de la anterior la
compensara: era una luna llena en un cielo negro, en
toda su esquemática geometría. Eran dibujos a la pluma,
tan malos que ninguna publicación medianamente pro­

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fesional los habría aceptado; en este pasquín pueblerino,


cuadraban a la perfección. Pero no podía negarse que se
daban a entender; ¿o no lo hacían? Para eso, pensó el cura
echándoles una segunda mirada, había que leer el texto;
y en ese caso sería imposible decidir si se daban a en­
tender o no por sí solos. Eran dibujos a la vez claros y
confusos; se advertía que un hombre era un hombre, un
rancho un rancho, una espada una espada, siete mucha­
chas siete muchachas, la luna... Otra cosa era con las
acciones, las psicologías, los detalles. ¿Pero acaso lo im­
portante en estos casos no era la identificación primera
e inmediata, sin necesidad de sutilezas? Bastaba con que
no hubiera que poner abajo: “Esto es un gallo", “esto
es un fakir".
“Le diré", dijo el vasco interrumpiendo su contem­
plación de esos garabatos, “cómo me he figurado yo que
sucede la historia". Hizo un gesto hacia la revista y el
cura la puso en el centro de la mesa, entre los dos; la
mujer era toda atención; el vasco fue señalando, a medida
que contaba sus suposiciones: “En este primer cuadrito,
veo a Martín Fierro, ya viejo, tomando mate en la puerta
de su casita y recordando alguna cosa de sus años juve­
niles. Recuerda algo que no debe de saber bien si fue
real o lo está inventando, o inclusive si es un recuerdo
muy real de algo que soñó o inventó, o por el contrario
una invención a partir de una escena soñada o vivida que
tenía flotando dentro de la cabeza y no sabía a qué asig­
narla. Es más o menos esto: en un pueblo, una vez, un
hombre cometió una acción reprobable que más valía
no difundir, determinación que a los hombres les resulta
más fácil tomar que hacer cumplir por las mujeres que
tienen cerca. Estos no quisieron correr riesgos, y enton­
ces inventaron unos ingeniosos dispositivos de alambre
con los que ajustaron las mandíbulas de las mujeres que
se dejaron, que fueron las doncellas. En esta ocasión,

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El bautismo / 69

como se ve en la segunda figura, Martín Fierro las re­


cuerda después de sacarse el bozal, que les ha dejado
unas marcas pequeñas pero bastante crueles; es decir que
ahora sí se disponen a hablar, y dirán precisamente lo
que tenían prohibido. La prohibición no cuenta, o cuenta
mucho más, porque están en el futuro de un recuerdo.
En este punto, pasamos al dibujo siguiente: un oficial
de la partida que antaño perseguía al gaucho Fierro apa­
rece para interrumpir sus rememoraciones, y sin más
prolegómenos le corta la cabeza, órgano primordial de la
memoria, como es bien sabido.” Dio vuelta la página y
señaló la cuarta figura: "Acto seguido espanta a las don­
cellas, las dispersa con violencia por el mundo, no se
sabe bien si para que den testimonio de lo que han visto
o para que, separadas, su palabra no tenga valor. ¿Pero
cómo puede un hombre real, un oficial de la ley, actuar
sobre los seres fantásticos de una mente ajena? Se me
ha ocurrido una solución, y nada más que una. La muerte
de Martín Fierro a manos de la partida era el secreto que
antaño, en ese pasado mítico de la literatura, se trató de
ocultar, y se ocultó de hecho, con eficacia, amordazando
a las mujeres. Cuando ellas se disponían a hablar, en la
mente del asesinado, apareció el asesino, por la conocida
ley de la asociación. Eso explica que después dé lo mismo
que el episodio se difunda o se calle: porque el autor de
este cuento también consideró haber hecho obra literaria.
Y la última figura, creo yo, viene a poner la nota poé­
tica a todo lo anterior: por una parte la luna es el símbolo
del silencio de los cielos, el secreto por siempre bien
guardado a la vez que exhibido sin cesar, y por otra parte
la luna llena, como la han dibujado aquí, es la que im­
plica a todas las demás fases, en sus diferencias infinitas,
y es la simplicidad misma.”
El cura quedó regocijado por la invención, y felicitó
al vasco calurosamente. No podía pedirse nada mejor.

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70 / César Aira

“¿Pero será así?", preguntó Mariezcurrena. “¡Por supues­


to que no!", respondió el cura: “Pero usted no espera
realmente que lo sea, ¿no?" Aquí el vasco pesó la res­
puesta, con algo así como segundas intenciones, y al fin
dijo: “¿Qué esperamos, en general? ¿Que se confirme lo
que deseamos o tememos, o saber si en realidad lo desea­
mos o bien lo tememos? ¿Cuál es la función de lo real?"
Respuesta demasiado generalizadora, a la que el invitado
juzgó preferible no agregar más comentarios. Posó su
vista en el texto: evidentemente, no tenía nada que ver
con el cuento anterior. “¿Quieren que se los lea?", pre­
guntó. No esperaban otra cosa. Lo midió mentalmente:
no era demasiado largo, y venía a punto para encaminar el
espíritu por otros rumbos, así fueran tan chocarreros co­
mo los que podían esperarse de esta publicación infame.
Se sintió como en una velada santa, de catecismo, aunque
lo que leía no era el evangelio, ni tenía tan siquiera in­
tenciones edificantes. Mejor así.
“Título: Bajo el Fulgor de un Facón. Subtítulo: ¡Ah
gaucho sabandija, se coló por la rendija! Resumen de lo
publicado: Precedido por las perras que le indican el rum­
bo a seguir, el Menguante huye como siempre de la autori­
dad después de ultimar al Sargento Muceno, con cuyo
uniforme se ha disfrazado. Capítulo ciento once: Serían
las horas postreras de la tardecita cuando el gaucho de
goma, riéndose todavía de su sangrienta jugarreta, avistó
un ranchito solitario, y se encaminó hacia él al tranco del
pingo sustraído con apero y todo, seguro de que no le
faltarían ocasiones de mostrar su astucia sobre gente ino­
cente, e inclusive provocar un hecho de sangre, que a
eso se inclinaba más que a cosa alguna su propia natu­
raleza. Lo que no sospechaba era que ya lo habían visto
a él, y habían sacado conclusiones apresuradas y erróneas,
que una cosa rara vez va sin la otra. El dueño de aquel
rancho era un viudo viejo y enclenque, al que los años

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El bautismo / 71

habían puesto en situación de dependencia extremada con


sus hijos, que hacían todos los trabajos, lo cuidaban,
alimentaban y entretenían; no podía quejarse, porque
tenía siete, todos varones, lindos mozos de entre quince
y veinte años (había un par de mellizos, que eran los
de dieciocho), que reemplazaban bastante bien, para el
gaucho exigente, a la madre muerta. No había querido
oír hablar de noviazgos, matrimonios, ni de viajes de
estudio, ni nada: que eran demasiado jóvenes, decía;
en realidad él era demasiado viejo, o pusilánime, para
pasarse sin ellos. Ni siquiera servicio doméstico aceptaba
(aunque a duras penas se lo habría podido permitir, con
la miseria que sobrellevaban) por miedo a que una chinita
o dos crearan discordias entre sus muchachos, o peor
todavía, que uno huyera llevándose a la enamorada. Pero
nada lo atemorizaba tanto como la leva militar, que estaba
muy de moda en esos años. Bastaba que aportara por allí
el oficial reclutador, y podía perder de un saque no a uno
sino a todos sus hijos. ¡Eso jamás! Pero resistirse a la
ley era peligroso, así que el viejo había ideado una estra­
tagema para poner en práctica cuando llegara el momento.
Y creyó que el momento había llegado cuando vio a lo
lejos venir un oficial directo hacia su rancho. Puso a
los hijos en movimiento, acelerado de más está decirlo.
Se había comprado para llevar a cabo su plan, y tenía
guardados en un cajón, siete primorosos vestidos de pai­
sana, y otras tantas trenzas de pelo natural (de caballo
negro), y los mandó a ponérselos mientras él simulaba
matear tan tranquilo bajo el alero, sin quitarle la vista
de encima al que él creía miembro del ejército celoso en el
cumplimiento de su deber, que no era otro que llevarse
consigo a todos los hombres aptos para oponer pechos
y brazos viriles al indio desbocado de los malones. Ni
siquiera olvidó gritarles: 'y afeitesén, los que estean chi-
vudos', que eran todos. Con el apuro, y con el agua fría,

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72 / César Aira

porque ni soñando tenían tiempo de calentarla, se hicie­


ron unos tajos de lo lindo, pero lo cierto es que quedaron
aceptablemente disfrazados cuando el uniformado echaba
pie a tierra en el patio. Todo esto lo sabemos nosotros,
pero él lo ignoraba por completo. Cuando el Menguante
se apeó, el rancho le parecía demasiado silencioso; ¡siem­
pre temiendo una emboscada, el suspicaz! Pero no era
tapera, ni el viejo visible vivía solo, a juzgar por lo bien
acondicionado que estaba todo. Se notaba la mano fe­
menina. La vieja ha de estar haciendo la comida, pensó
para sus adentros. Dio el purísimas, y el viejo recién en­
tonces se comidió a dejar el mate, la pava, y lo vino a
saludar. El Menguante ya se había olvidado del disfraz
que llevaba, y con su don de mentiroso ya estaba por
presentarse como peón de enganche, pero por suerte el
otro, que estaba locuaz, no le dio tiempo. ‘Bienvenido
a mi pobre rancho, señor', le decía, 'venga que le pre­
sento a mis hijas'. ¡A mi juego me llamaron!, se dijo el
Menguante, y se atusó el bigote. Y un minuto después,
tenía enfrente a las siete chinitas más lindas que hubiera
visto nunca, y las que más le gustaban, y eso que había
visto muchas, y no eran menos las que le habían gustado.
Las pequeñas heridas en la cara a sus ojos no las afeaban,
todo lo contrario, las hacían mucho más apetitosas para
él. Se sentó con el viejo a tomar mate, y se empecinó en
que se lo cebaran las mozas. 'Y supongo que cocinarán
la cena para un invitado hambriento', les dijo guiñándoles
un ojo. Ellas parecían tímidas y asustadas (¡justo como
le gustaban a él!) y miraban al padre pidiéndole autoriza­
ción para cada cosa. La situación empeoró rápidamente
por causa de la bebida. El Menguante fue adonde había
dejado el matungo y volvió con tamaño frasco de ginebra,
del que no se separaba jamás en sus viajes por donde lo
conducían las perras. Convidó a beber al viejo, y no tar­
daron gran cosa en mamarse, mientras el sol se ponía,

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El bautismo / 73

y las muchachas iban de acá para allá como perdidas,


acarreando mates que los hombres ya no querían, ata­
reados como estaban con el alcohol. Cada vez que pasaban
frente al falso soldado, y pasaban a cada momento en
razón de la cantidad que eran, se encendía una luz más
ansiosa en sus ojos. A medida que la ginebra iba haciendo
efecto, más loco estaba por ellas. Lo malo era que el
viejo también trasegaba, y en cantidades a las que no es­
taba acostumbrado. De modo que reaccionó de modo
por demás intratable cuando el visitante le propuso que
hiciera la hospitalidad completa y le recomendara una de
sus niñas para ir a hacer fuerza a un zanjón de la quinta.
Hasta quiso pegarle, cosa que nuestro héroe no iba a
aceptar. De un solo chijetazo del sable que llevaba col­
gando del cinturón (y que reemplazaba a su famoso
facón, todavía en poder de la Gran Llorona), le rebanó
el cuello al viejo. Por suerte en ese momento no lo habían
visto esas mocitas que lo volvían loco, y tuvo tiempo de
esconder el cadáver bajo unas caronas, antes de que se
asomara una de ellas buscando al padre. ‘Tu papá fue a
ver si agarraba un peludo para la cena', le dijo, y ella, por
raro que parezca, pareció creérselo. Un poco alterado, el
Menguante sacó otro frasco y decidió beber unos tragos
hasta tranquilizarse lo suficiente como para echarles
mano a gusto a esas bellezas silvestres. Se mandó el litro
sin mucho respiro, y solo, sin compañía. Mientras tanto,
oscurecía. A medida que su ánimo se enloquecía de re­
concentrada lujuria malvada, el cielo se ponía gris y
proyectaba una sombra luctuosa sobre el campo. Las
estrellas numerosas que comenzaban a tiritar en el firma­
mento no agregaban nada a este panorama. La ginebra
sí, y tanto acentuó la natural inclinación del gaucho que
a partir de cierto momento no tuvo más objetivo que tum­
bar a una de las chinitas, o a dos, o de ser posible a las
siete, eso sí: de a una. Ellas no parecían tomarlo muy

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74 / César Aira

a mal en un comienzo (claro que no sabían que su


querido papá yacía decapitado bajo unos cueros), pero
cuando él las empujaba hacia un pajonal y les quería
levantar las polleras, ahí se negaban, y no sin habilidad
se defendían con esquives y manotazos... hasta que él se
ponía nervioso, por el alcohol más que nada, y las dejaba
ensartadas —con el sable. Las corría hasta bien campo
adentro, seguro de que ninguna se le escaparía, cosa que
no sucedía; pero lo que se le escapaba era la ocasión de
hacer sus picardías con alguna, ya que extrañamente pre­
ferían morir a entregarse. Las últimas le dieron trabajo
de localizar porque la noche se cerraba precipitadamente;
pero nadie se había escapado jamás de su persecución
empecinada, y ellas no fueron las primeras. Y así hasta
que creyó haber terminado con todas, ¡y ninguna se
había dejado siquiera tocar (como no fuera por el acero
mortal)! Se sentó a descansar, con el sable chorreando
sangre por el filo, y aprovechó para tomarse el tercer
frasco, mientras memoraba los fracasos sucesivos: a una
la atravesó a la altura del ombligo, a otra por la yugular,
a la tercera en el corazón, otra intercostal con repeticio­
nes, cabeza y plexo, de espaldas... ¡Un momento, cor-
namento! Muy bonita la carnicería de mozas desarmadas,
pero por más vueltas que le daba, no contaba más que
seis. ¡Entonces quedaba una viva! Y como siempre la
esperanza se guarda hasta el final, ésta iba a acceder
a lo que él quería. Se dio el lujo de libar sentado hasta la
última gota de ginebra, y recién entonces, algo tamba­
leante y brumoso, se dio a la busca, como un poseso; pero
las numerosas estrellas de la noche que ya había cerrado
mantenían a la tierra en la más negra tiniebla, y no le
fue fácil orientarse sin tropezar, por la oscuridad y la cur­
da sumadas. En algunos fogonazos de lucidez recordaba
mejor algún detalle: en efecto, era la menor y la más
linda la que le faltaba, la quinceañera de brazos regor­

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El bautismo / 75

detes y morenos, la que más le había gustado cuando


llegó... y hasta podría jurar que había sido ella la que
lo miró con más cariño... '¡Mocosita e'mi alma, vení,
vení que no te voy a hacer nada!’, exclamaba babeándose
el borracho mientras correteaba de aquí para allá, tro­
pezando con sombras (y con los cuerpos cortados de las
occisas), persiguiendo movimientos que creía ver entre
las negruras. '¡Vení conmigo, chiquilina traviesa, vení que
te va'gustar!' Hasta que de pronto, una luz que volvía
todo visible, como de día, aunque sin dejar las aparien­
cias de la noche, penetró en sus sentidos aturdidos por
la bebida y las ganas que lo dominaban. Miró a su alre­
dedor buscando los faroles, pero vio que allá lejos, en
el horizonte, asomaba la luna llena, enorme y limpia. Soltó
una carcajada de triunfo: 'Aura sí que no vas a poder es­
conderte', le gritó a su presa inocente, 'entregate que ya
sos mía, ja j a. . Pero la risa se le congeló en los labios
cuando vio, muy cerca de él, y bien claro porque ahí daba
de pleno el fulgor de la luna, un torbellino de movimiento,
y había tenido apenas tiempo de reconocer el vestido flo­
reado de la chinita que perseguía, cuando de sus amplios
ruedos salía, feroz y como mojado de un rocío fosfores­
cente, un gran lobo negro, con los ojos brillantes como
dos carbones, los dientes al aire, y saltaba hacia él con
un gruñido que helaba la sangre. La borrachera se le
disipó al Menguante en menos de lo que canta un gallo,
y haciendo enloquecidos molinetes con el sable, que por
casualidad tenía en la mano, corrió en línea recta a su
pingo y montó de un salto. El galope más largo y veloz no
le alcanzaba, y habría querido volar para alejarse lo antes
posible del lugar. Muy a lo lejos, adelante de él, creía oír
la risa sarcástica de las perras. ¡¡Cuando no!!"
Se produjo un silencio. El cura había terminado de
mal humor por la grandísima trivialidad y ramplonería

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76 / César Aira

de la historia que se había visto obligado a leer —y por


algo más, de lo que no tenía clara conciencia. Los otros
dos parecían pensativos. Al fin la señora hizo un comen­
tario tímido, algo así como “Qué lindo", mientras su
marido suspiraba: “Por lo visto", dijo él, “me equivoqué
de medio a medio en mis suposiciones." “Eso era de
cajón", lo consoló el cura, “piense que a partir de esas
mismas ilustraciones podrían haberse inventado miles de
historias." “A mí no me parecía que hubiera tantas."
“Además, creo saber cuál fue su error, y usted mismo
tendría que reconocerlo si ve el contraste entre su histo­
ria a posteriori, y la verdadera a priori de las imágenes.
Usted se equivocó porque leyó. Leyó las ilustraciones,
no las palabras, de acuerdo, quiero decir que las leyó
como si fueran frases, como si una se siguiera en la otra
inmediatamente, y ya ve que en la historia original que
ilustran, son momentos entresacados al azar, aquí y allá."
“Sí, ahí debió de estar mi error", dijo el vasco, pero se
notaba que estaba pensando en otra cosa: “Qué cuento
más raro, ¿no?" “Puede parecer más raro de lo que es
en realidad", dijo el cura, “si tenemos en cuenta que es un
fragmento de un folletín que viene de lejos..." “Aun así,
se diría mal construido." “¡Es que lo está! ¡Y cómo!
Recién con la transformación del séptimo hijo varón en
lobo, es decir en lobizón, el lector debería enterarse de
que eran en realidad siete varones, y no siete mujeres.
Es una gran torpeza adelantar esa información, que vuelve
mecánico el resto, y le quita efecto al final." “Quién sabe
si yo la habría entendido en ese caso", dijo la señora.
“Por el contrario", se acaloró el cura, como si el asunto
tuviera alguna importancia, “la habría entendido mucho
mejor, ya que el efecto emocional habría colaborado al
intelectivo." El vasco tenía sus dudas: “Me pregunto si
una historia puede contarse 'mejor' de como se la cuenta.
Si el esfuerzo por mejorarla no echará abajo el edificio,

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El bautismo / 77

frágil de por sí, de la ficción. Me inclino por la mayor


espontaneidad posible."
"Mi hijo es varón", dijo sorpresivamente la señora de
Mariezcurrena. Y como si eso fuera todo lo que tenía que
decir, y quisiera obstruir toda posibilidad de discusión
sobre el punto, se levantó y fue a la mesada, donde se
puso a manipular trastos.
"Yo pienso lo mismo", dijo el padre. Pero no estaba
tan decidido a cortar ahí la discusión, más bien todo lo
contrario. Miraba con insistencia al cura, como exigién­
dole una definición. Pero en ese sentido la suerte estaba
echada. Encaprichado como un niño malo, el cura se
negaba incluso a hablar del tema. Lo que sus anfitriones
no sospechaban era que además se negaba a sí mismo a
pensar en eso. Con un esfuerzo de deliberación, volvió
a sentir el zumbido y silbido del viento que envolvía la
casa; cada minuto que pasaba, la atención asumía más
y más ese sonido, y todo lo que significaba. Como si el
mundo se volviera tormenta, imperceptiblemente. En efec­
to, después de tanto rato (¿o no había pasado tanto
como creía?) de estar a mil leguas del viento, comprobaba
que seguía allí, y más furioso que nunca, más enardecido.
El vasco no insistió. Debió de comprender que la segunda
negativa era necesariamente la definitiva. Con eso debe­
rían haber quedado en paz, si no fuera porque tal cosa era
imposible. El resonar de una cacerola lo sobresaltó. “Pero
su señora... ¿no estará cocinando, supongo?" El otro
miró como si sólo entonces se diera cuenta de los mane­
jos de la mujer. En efecto, estaba cocinando. “Sabe, to­
davía no hemos cenado, con todo este trajín", dijo el
vasco. “¡Pero es tardísimo!" “¿Y qué quiere que haga­
mos?" No sabía si ir a ofrecerle ayuda. Pensó que queda­
ría mal. En realidad, “quedaría mal" ella, si se ponía a
trabajar a pocas horas de un parto tan trabajoso, y de
resultados tan desalentadores. Mal del cuerpo, y de la

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cabeza sobre todo. Además, era la madrugada, y deberían


estar durmiendo. Pero no era cosa suya, después de todo.
El había hecho lo que debía hacer, es decir nada, y bas­
tante difícil había sido. No tenía sueño, ya se le había,
pasado del todo. Quedaba el trámite del regreso, que a
juzgar por lo que podía oírse desde aquí adentro, sería
peor que la venida. ¿Por qué no se ofrecía a llevarlo de
una vez, el obtuso chacarero? ¿No lo dejaría a pie, no?
Tendría que provocar el ofrecimiento, y sin pensarlo
más se puso de pie: "Bueno... sea como sea, es hora
de ir volviendo...” El vasco y la mujer lo miraron,
con esos ojos límpidos y generosos que el cura había
visto mirarlo tantas veces en la gente de campo, cuando
se produce un cambio de dirección en el tema a considerar
y les sale del fondo del alma su buena disposición para
todo. ¡Por supuesto que lo llevaría, en el momento en
que él se lo pidiera, y adonde le dijera! Se avergonzó
de haberlo dudado. De hecho, habían pensado, natural­
mente, como algo que cae de su peso, en extender su
hospitalidad; habían pensado en invitarlo a cenar. "¿No
nos hará compañía?”, le preguntó él con delicadeza, y
ella, que había interrumpido sus quehaceres y se había
vuelto: "Voy a calentar nada más un guiso de risó, y
la sopa, pero si quiere le hago un churrasco.” ¡Qué in­
creíble! ¡Y él con sus teologías trasnochadas! Se disculpó
tan rápido como pudo: "Ni se le ocurra, señora. Me que­
daría con gusto, pero temo molestar en este momento.”
"Para nada, padre”, dijo el vasco: "nos hará compañía.”
"Además, ya está”, agregó ella. "Si es a sí.. . ” Nunca des­
preciaba una invitación a comer. En este caso, sería su
segunda cena, pero la primera, hecha por él mismo, había
sido una mortificación; sólo el hábito le había permitido
conciliar el sueño después de ingerir eso. Y la mujer pa­
recía en excelente estado. El vasco era el que parecía algo
más cansado, o abatido, y consiguientemente fue él quien

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El bautismo / 79

trasegó el vino de la damajuana a una bonita jarra de


vidrio tallado, y la trajo a la mesa. Después de tan labo­
riosos sucesos y conversaciones, ahora todo se hacía como
por arte de magia; el cura parpadeaba y ya estaban los
platos, los hondos arriba de los playos, los tenedores,
las cucharas, los vasos, las servilletas blanquísimas y plan­
chadas, la cestita con los grandes panes, la sopera de loza,
humeante, con el mango del cucharón asomando del bor­
d e . .. "La bendición, padre", le dijeron antes de desdo­
blar las servilletas. Eso al menos no les podía negar.
Se tomó las manos con unción, inclinó la cabeza, y ya
despegaba los labios para pronunciar una acción de gra­
cias, cuando del dormitorio vino un pequeño llanto, vi­
goroso y hasta alegre, un pedido muy firme, lleno de vida,
que se alzaba en la noche tempestuosa, que se hacía oír
entre las airadas zampoñas del viento. La madre se puso
de pie y disculpó al hijo por la interrupción, con una
sonrisa tímida: "Ya le toca".

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a ño s d e spu é s , una noche de invierno, se había
V e in t e
descargado sobre la tierra una lluvia realmente descomu­
nal. La noche era la lluvia, así de simple; ambos eventos
se confundían, formaban una sola oscuridad aterrorizante
y lacustre. El agua había decidido caer, y lo hacía en un
gran bloque, se entregaba a la caída con una fruición de
catástrofe. Nunca se había visto una precipitación tan
compacta; y ahora se veía menos que nunca, por supues­
to. Ni se había oído un ruido tan ensordecedor; tampoco
se oía nada; ensordecía. Con estrépito golpeaba el agua el
suelo, lo hacía retumbar de un modo insospechado; era
como si la llanura estuviera hueca al fin de cuentas. Pero
no lo estaba, todo lo contrario. La tierra se volvió un
mármol, una obsidiana, y cerró todas sus bocas. El líqui­
do proceloso la cubrió en cuestión de minutos. Fue la
muerte por inmersión de millones de animalitos. Las hor­
migas flotaban en racimos, aferradas a algunas briznas,
todo en negro sobre negro. Las aves en sus nidos recibían
los baldazos hasta perecer. Los túneles de vizcachas y
mulitas eran arterias de tumultuosa tinta china. El agua
subía en visibles centímetros. Algunas cortadas, despe­
ñaderos y cauces se borraban en el salpicón general. Los
truenos ya eran un discreto acompañamiento a las horrí­
sonas tubas del chapoteo. Entre densas cataratas se esca­
bullía aquí y allá un relámpago. El viento transportaba

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84 / César Aira

de un lado a otro cubos de magnas aguas atmosféricas,


pero sus manejos no producían huecos. Un viento supe­
rior y más siniestro corría laberintos enteros de vientos.
El giro congelado del planeta hacía temblar la turbulenta
humedad. Sonaba un metálico cañonazo constante. Los
cuadros del campo se desplazaban con ceguera de locos.
Las lomadas se deshicieron como crestas de azúcar. Casas
desarmadas y cadáveres erizados partieron al azar por
vértigos sombríos. Remolinos de turba untuosa, girósco­
pos encontradizos, vertientes sin inclinación, puro plano
hondo, cada vez más hondo, nada más que velocidad de
deriva, arriba y abajo palmoteando, claxon de escudos
líquidos. Era la lluvia más oscura del año. La noche más
abundante. Un paraguas habría optado por clavarse como
una espada en un globo terráqueo.
Un trencito, completamente enmudecido por el agua­
cero, corría en línea recta por el terraplén. Los bordes del
agua coincidían durante un momento con las vías, y
al siguiente las cubrían. Ahora era un paquebote-oruga,
pero por poco tiempo. Porque se produjo el inevitable
descarrilamiento. El tren se inclinó sobre el agua, pareció
que iba a flotar; nada de eso; habría sido absurdo. La
gente manoteó las valijas, lo primero, pero los techos,
que ya tenían bajo sus pies y no lo sabían, se abrieron
con automatismo de valvas. Un cortocircuito en cadena
electrificó por un instante toda el agua, como para des­
pertar a los que abreviaban el trayecto durmiendo. La
locomotora era una jarra. El resto se iba a pique con
más gárgaras. Con esa maldad que tienen las cosas en
las catástrofes, los vidrios sí flotaban, por llevar puestos
a modo de salvavidas los marcos de madera de las ven­
tanillas, y el gran vigor inercial del hundimiento los llevó
de prisa, y del lado del filo, adonde si no, a los cuellos
indefensos, y ahí fue el ver de cabezas cortadas, a las que

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El bautismo / 85

la electricidad del agua les hacía brillar los ojos y forzaba


rictus de conversación en los labios, que habrían sido
visibles, en el caso de que hubiera quedado allá abajo
un mínimo de luz, a través de un halo de sangre rosa,
diluida en el medio. En la confusión, los cuerpos decapi­
tados y los otros se rozaban con un susurro inquietante.
Reinó bastante silencio, por contraste con lo que sucedía
arriba, pero nadie lo apreció, porque tenían los oídos
llenos de agua. Y los que abrían la boca para gritar, tra­
gaban diez mil litros. Cuando terminó el proceso del
impacto, las cuatro caras de los vagones quedaron en una
línea, el exterior contra el fondo, y los ingenuos que habían
atinado a sacar medio cuerpo por los huecos de las ven­
tanillas se vieron patas arriba y mordieron el polvo del
légamo. Los otros, que no serían más del uno por ciento
del pasaje, subieron como ludiones y, o bien murieron de
un estallido de los pulmones, o perecieron al abrir la
boca en la superficie y recibir toda de golpe la gran co­
mida negra de la lluvia, o sobrevivieron un poco más,
inexplicablemente y contra todas las probabilidades, como
si se hubiera producido, dentro de la desgracia, un golpe
de suerte.
Era una pesadilla, la peor que las circunstancias hu­
bieran podido inducir, vuelta realidad. Es increíble la
cantidad de gente que, en aquella época, no sabía nadar.
Claro que la natación no constituía un recurso siquiera
medianamente eficaz esa noche. Emergían de las profun­
didades del trueno, a los ecos sordos, al chasquido furio­
so; de una tiniebla a otra, con los mismos efectos. ¿Adon­
de estamos, adonde estamos? querían decir, agitando las
extremidades, ¿quién hace pie, quién hace pie? ¡Yo no, yo
no! Una mano cerrada como una tenaza sobre la manija
de una modesta valija de cartón, que se hinchaba. Un pie
que había perdido el zapato. Las grandes butacas ver­

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86 / César Aira

des que saltaban como hipopótamos de goma y se lle­


naban de agua con un largo silbido para hundirse despa­
cio. El agua se enrollaba en los pies, pero ojalá eso
hubiera sido todo: también se enredaba en las manos.
¿Adonde están, adónde están? ¡Mi marido, mi mujer, mis
hijos! Estaban condenados a chocar con desconocidos, a
asir cabezas mojadas que subían y bajaban. ¡Estoy lleno
de agua, estoy lleno de agua! ¿Pero podía ser verdad
todo eso? ¿Esa confusión repentina? ¡Me ahogué al apear­
me del tren! ¡Estaba lloviendo! ¿Qué? ¡No puedo oír!
¡Y yo no veo nada! ¡Silencio, silencio! ¡Cállense todos!
¿Dónde está ese maldito relámpago? Los objetos se extra­
viaban con pasos oscilantes en la onda salvaje. Las per­
sonas habrían creído, en el caso de haber tenido tiempo
de creer en algo, que llevaban puestas túnicas. Submari­
nos, los pantalones se ampliaban con viscosidad de aletas,
los faldones de un perramus, grandes como las velas de
un galeón, envolvían un gigantesco huevo de tortuga.
Para colmo, sobre ellos cayó la locomotora y el vagón
de carbón; quién sabe de qué filo del terraplén habían
quedado colgados hasta entonces. La turbulencia, el pozo
en el líquido, fueron de no creer. La caldera al rojo hizo
una escalofriante fritura de agua, y la entibió por unos
instantes en cien metros a la redonda. Los que estaban
cerca murieron hervidos. El columpio negro y húmedo
se llenó de trozos de carbón, tempanitos ingrávidos que
en sí no significaban nada, no obstante lo cual contri­
buían al chicoteo de las guirnaldas funestas. ¡Encima,
llueve! ¡Encima, llueve! ¡Suéltenme, suéltenme! ¿Dónde
está ese relámpago? ¿Dónde, dónde, dónde, dónde, dónde,
dónde, dónde está? Iba de prisa.
Al fin, al resplandor blanquísimo, pero teñido de
todos los matices del negro, se vio huir del sitio como
flecha una especie de balsa cargada de despojos humanos,

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El bautismo / 87

balanceándose locamente y azotada por la lluvia más es­


pesa que nunca. No parecía que fueran hacia su salvación.
Simplemente se deslizaba por esa superficie atormentada,
a una fabulosa velocidad, eso sí. En realidad era una
zorra ferroviaria, a la que por un milagro el choque
había despojado de sus cuatro ruedines de hierro. De
todos los milagros que sucedieron esa noche, éste resultó
providencial (por el momento, por el momento, nada
más) porque el rectángulo de madera flotó, y a él se
treparon, nadie supo cómo, náufragos en cantidad de una
docena. Formaban una acumulación, un grupo irracional
de cuerpos. Uno más, probablemente, y se habrían caído.
Uno menos, y no se habrían sostenido de modo tan com­
pacto. Se abrazaban, en realidad, o más bien abrazaban
la ropa mojada de los otros. No era un viaje fácil. Las
inclinaciones siempre inesperadas de la zorra los bandea­
ban de un modo alarmante; los abrazos en esas ocasiones,
que eran todo el tiempo, se hacían frenéticos. La lluvia los
golpeaba, la oscuridad los asustaba, el viento los helaba.
Y el agua, en altísimos oleajes, los cubría por entero cada
dos por tres, subía por encima de sus cabezas, por sor­
presa, como en un juego. Cuando lograban abrir los ojos,
y coincidía con el pasaje veloz del relámpago, veían sólo
los picos tenebrosos del agua. Los relámpagos habían
multiplicado su frecuencia, o al menos así les parecía. Eso
llevó a sus conciencias anegadas al descubrimiento del
instante. Así funcionaba la aparición del zig-zag del mer­
curio, y así también sobrevivían. Era la puntuación lo
que les quedaba de vida, en contraste con el gran choque
volumétrico de las aguas. ¿Sobrevivirían? No se lo pre­
guntaban. ¿Quiénes eran? Los que habían quedado. Un
detalle que había pasado casi inadvertido: estaban gri­
tando. Como los payasos cuando hacen una prueba,
aullaban perentorias instrucciones sin parar, y nadie oía
a nadie, en el montón. La zorra-medusa se desplazaba

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88 / César Aira

en dos direcciones simultáneamente: la horizontal y la


vertical. La primera era impredecible, cambiante, velocí­
sima, en las espumas del ventarrón. La segunda era as-
censional, porque, al no cesar la lluvia (por el contrario,
arreciaba) el agua seguía subiendo, los alejaba del suelo,
del fondo. Instante y eternidad, extensión y altura; y
gritos en los gritos. Un elemento de cada pareja era fan­
tástico, el otro real. La muerte era lo inminente, y la
presentían interminable.
Pues bien, viajaban. Eso fue lo que los perdió. En
los viajes, sobre todo cuando son necesarios, ocurren
cosas. Y lo que tuvo que ocurrir entonces fue fatal. Iban
en plenas subidas y bajadas, semiasfixiados, tan ensorde­
cidos como enceguecidos, cuando de pronto asomó por
el borde de la balsa algo que parecía una cabeza inhu­
mana, con la calva negra en punta y ojitos de chino que
blanqueó un relámpago... Al momento siguiente estaban
bajo el agua, en un seno de anegamiento, y la cosa ho­
rrible se había introducido entre ellos. Era del tamaño
de una persona adulta, pero viscoso y frío, sin ropa.
También gritaba, pero sin palabras, más bien con un
silbido o una respiración chillona. El relámpago siguiente
pareció más grande, más ramificado entre cada gota que
se inmovilizaba en la caída. El horror fue inmenso, las
inclinaciones más pronunciadas, y uno de cada dos, sin
asir ya nada por miedo de besar a un monstruo, salieron
volando y las zambullidas, sin retomo, fueron, podría
decirse, un trino en el trueno. Era un manatí, animal
inofensivo por lo común, pero dadas las circunstancias,
esta noche bien podía haberse vuelto loco. Ellos no lo
sabían. Les parecía otra cosa, no sabían qué. Hubo otra
inmersión, otra salida, y cuando además hubo otro relám­
pago, el animal echado en diagonal sobre el espacio que
habían dejado los caídos, se irguió como una torre. La

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El bautismo / 89

figura de un hombre cayó sobre él, en un bailoteo de


corta duración. El manatí se lo sacó de encima con
un aletazo. El hombre cayó perpendicularmente, pero
hacia arriba. No. Ya estaban otra vez bajo el agua. No
era imposible que con tanta agitación la zorra hubiera
dado un giro completo. Emergían, con un borde apun­
tando directamente hacia arriba, y los que quedaban,
colgados de ese borde. Al manatí lo tenían sobre los
hombros, como una estola. ¿O había desaparecido? Se
hacía difícil distinguir un peso de otro. Un hombre, si
es que era tal cosa, había arrancado la gran manija de
hierro de la zorra, en forma de cruz, y la blandía, formi­
dable, recortado sobre las fosforescencias caprichosas del
cielo. Descargó el golpe sobre el leviatán, pero ya todos
los ángulos habían cambiado. Un hombre, o quizás una
mujer, fue partido en dos. Se produjo una gran efusión
de sangre. Bajo la superficie del agua de nuevo, alguien
tuvo en sus brazos la mitad de un ser humano, y en las
sienes el beso del inmundo manatí. Cuando la zorra volvió
a la superficie, estaba vacía.
Para ese entonces, ya muy lejos de su punto de par­
tida, se había introducido en un corredor de viento, y
de agua que seguía la dirección del viento; empezó a au­
mentar la velocidad, sobre una línea más o menos recta,
o quizás un arco muy abierto, con relativa estabilidad.
Seguía sumergiéndose cada tanto, por supuesto, y tam­
bién saltaba, hasta desprenderse por un momento de la
lámina del piélago; pero no podía decirse que volara
porque en esas emergencias el agua que caía la presionaba
hacia abajo con fuerza ciclópea. La lluvia había arreciado;
ya no se habría percibido diferencia entre el agua de
arriba y la de abajo. Los siempre renovados relámpagos
se veían apenas, como firuletes lóbregos. Y allí abajo,
veloz y veloz, la zorra corría: el fondo de un arcón ima­

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90 / César Aira

ginario, vacío... Pero no, no estaba vacío. Un pequeño


montón de tela negra estaba pegado en su justo centro,
y temblaba convulsivamente. Una respiración jadeante
partía de ahí adentro, y un suavísimo latido aterciope­
lado también. Era un hombre, créase o no. Su persistencia
se debía a una circunstancia tan fortuita como extraña.
En alguno de los altibajos de la travesía, una de las vali­
jas con las que habían subido los náufragos se escapó
entre dos tablones, desarmándose en el proceso. Los ta­
blones volvieron a imirse antes de que terminara de
pasar, y la manija quedó arriba, enganchada con suprema
fuerza. Era una manija grande, de buen cuero. En una
de las caídas, precisamente cuando los tablones se volvían
a unir, la cabeza de uno de los náufragos pasó por debajo
de la manija, que se ajustó entonces hasta el punto
justo de dejarlo bien agarrado, pero no ahorcarlo. Des­
pués, pudo pasar cualquier cosa, que no se soltó.
Un pequeño montón de ropa palpitante, en una in­
mensidad acuática, nada más que eso. Ropa negra, empa­
pada, que había hecho muchísimos pliegues. La lluvia
repicaba sobre ella con un ruido sordo; cuando caía sobre
el agua, en cambio, producía un sonido más bien metálico.
Pero además el agua acumulada soltaba su propio grito.
Y hasta la zorra, en su carrera desatinada, se diría que
hacía rugir un motor, que afilaba unos rieles de acero.
Los quedos sollozos del hombre colmaban la eternidad.
De pronto, uno de los pliegues de tela negra se movió, y
asomó una mano blanca, regordeta, que atinó después
de varios intentos a levantar el faldón detrás del cual
estaba la cabeza. El rostro, a ras de las tablas, se alzó
trabajosamente cuanto lo permitía la correa del cuello.
El agua y la oscuridad le llenaron la boca, la nariz, los
ojos. La tela volvió a caer, la mano se ocultó, y la zorra
seguía huyendo. El cuerpo del hombre se hizo más dimi-

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El bautismo / 91

ñuto, más contraído. La fuerza de las circunstancias ca­


suales lo habían fijado en una postura prosternada, las
rodillas casi junto a los hombros, las nalgas en los talo­
nes, el tórax muy estirado hacia abajo, el cuello, desde
los pectorales hasta el mentón, en una línea apretada al
piso. Lo único que podía hacer con la cabeza era recli­
narla sobre una sien. Era en general una postura elonga-
dísima, que ni el maestro de gimnasia más exigente habría
conseguido obligarlo a hacer; una de esas posturas muy
dolorosas, a las que se opone la naturalidad de toda una
vida, que con máximo esfuerzo se logran durante unos
segundos; y a él ya le parecía llevar horas en ella. La
clave, de más está decirlo, era la correa en el cuello.
La plasticidad estatuaria del cuerpo (dentro de su extra­
vagancia) quedaba oculta por la arremolinada ropa negra,
que era como una masa de barro informe arrojada sobre
el virtuoso modelado. Un leopardo bebiendo, cubierto por
las visceras más oscuras de un hipopótamo. Y no es que
fuera un individuo joven y bien formado; todo lo contra­
rio. Era un anciano, bajito y rollizo. Era un cura, con la
sotana encima.
La aceleración había proseguido. Ya derivaba a una
velocidad de vértigo. Y al rato parecía algo más estabili­
zada; por ejemplo, no se hundía por períodos tan prolon­
gados en la onda, ni daba esos saltos de pez volador. De
modo que la mano repitió su maniobra, la sien volvió a
despegarse de la tabla, y la cara, pálida y desencajada, se
asomó otra vez. Los párpados aflojaron su dúplice pliegue,
y las pupilas dilatadas al máximo (un poco más, y cubrían
el universo entero) trataron de enfocar la noche. El ser­
vicial relámpago se manifestó, y el cura pudo ver la oscu­
ridad, la lluvia, y la interminable llanura inundada. Hubo
más relámpagos, y siguió mirando, fascinado. No es que
hubiera mucho que ver, y además la lluvia le llenaba los

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92 / César Aira

ojos, pero había empezado a pensar, después de un largo


pasmo mental de tipo defensivo, y notó que, ya fuera por
el involuntario descanso del cerebro, ya por una lucidez
propia de la desesperación, podía pensar con claridad.
Era un importante alivio, después de todo. El poder con­
solatorio del pensamiento nunca será lo bastante alabado.
Rey del mundo, sirviente de las bonanzas, emperador de
las tempestades, ídolo de la luz y topo de la oscuridad,
el pensamiento es un recurso de primera.
Pensó antes que nada en la velocidad. Era lo más
evidente, pero, ¿era real, o era una ilusión? Aunque la
sentía en los huesos y la carne, no podía estar seguro
de su existencia, por falta de referentes. No veía pasar
árboles, ni postes, ni alambrados, hacia atrás. El agua
con la que chocaba su cabeza de tanto en tanto, y con
accesos de asfixia que ya no lo amedrentaban demasiado,
parecía correr en su mismo sentido. Se le ocurría que la
suya era una velocidad cambiada de dimensión. La de un
objeto muy grande, un transatlántico por ejemplo, que
parece quieto en medio del mar y sin embargo va más
rápido que los peces más corredores, llevada a un objeto
tan pequeño como su zorra, sin modificaciones, sin “tra­
ducción". Ese era el error de muchas traducciones, según
recordaba de sus estudios de filología sacra en el semi­
nario: no traducir. Las dimensiones formaban un con­
tinuo, y esta zorra, para alguien tan diminuto como un
microbio, sería grande como un transatlántico, y parece­
ría inmóvil en el agua. Por ese lado, el problema no
presentaba una solución. Lo pensó de otro modo: el vien­
to, ¿podía considerarse como pequeño o grande? ¿Era el
viento el que lo movía? A juzgar por el tipo de despla­
zamiento, parecía más bien que se trataba de una caída
por un plano inclinado de tipo resbaloso. El agua, que es
lo que por definición mantiene siempre el nivel, inhibía

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El bautismo / 93

esa posibilidad. ¿Pero por qué el agua mantenía el nivel?


Por estar dividida, y formar todas sus partes un promedio
de altura. Siendo así, si era una cuestión de probabili­
dades numéricas nada más, podía darse la contraria. Era
cuestión de tiempo, como lo era que esta falsa balsa se
diera vuelta y él no pudiera respirar más. Si de veras
estaba cayendo por un plano inclinado, el agua estaba
cayendo con él. En ese caso, debería poder verificarlo.
A la luz de los relámpagos, había notado una extática
igualdad en todo lo que se alcanzaba a ver: agua, lluvia
y oscuridad. Siempre un paisaje es monótono si el obser­
vador está quieto. La variedad viene del desplazamiento.
A él le daba la paradójica impresión de trasladarse en
gran forma, y encontrar monótono al extremo el paisaje.
La lluvia podía ser la clave del enigma, es decir, la repe­
tición. La lluvia consiste en un minúsculo suceso repetido
gran cantidad de veces. Una gota de agua, si se diera el
caso de que cayera del cielo aislada y única, no podía
considerarse una "lluvia''. Pero, y esto es lo más curioso:
dos tampoco. La cantidad debía ser enorme. Claro que
estaba la cuestión de si la lluvia consistía de gotas, o de
agua dividida casualmente en gotas. Se formó por un ins­
tante en su mente una imagen de la lluvia (iluminada,
miniaturizada) que no coincidía en absoluto con la que
estaba soportando.
Con esa imagen, que por algún motivo hizo una de­
manda excesiva a su cerebro agotado, dejó de pensar, y
los ojos se le cerraron. Fue presa de un mareo nauseante.
Le molestó de pronto la posición, a la que le debía la
vida. Hizo un esfuerzo cauteloso por liberar la cabeza
de la correa, y un estrangulamiento doloroso lo hizo de­
sistir de inmediato. Para colmo en ese momento lo cubría
el agua; tosió con desesperación, y con tanto dolor (sobre
todo porque trataba de hacerlo con la boca cerrada para
no tragar más agua) que sintió desgarrársele la nariz, ya

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94 / César Aira

muy visitada por helados fluidos. La sien cayó pesada­


mente contra el tablón, y perdió el conocimiento, por
poco o mucho tiempo.
La zorra encalló. Más que eso, se estrelló contra una
tierra emergente, con tanta violencia que se hizo pedazos.
Cada tablón o pedazo de tablón dio una voltereta y volvió
a nadar por su cuenta. El cuerpo exánime del cura, libre al
fin de la correa, rodó hasta quedar tendido boca abajo.
Si su Maestro había caminado sobre las aguas, él sin sa­
berlo lo había superado, pues dio dos vueltas carnero
sobre la onda. Por suerte, quedó en tierra firme, y mien­
tras duró su desmayo no se ahogó. Pero al despertar, ya
flotaba; precisamente por ese motivo se despertaba. El
suelo estaba a unos veinte centímetros de profundidad.
Se encontró en cuatro patas, atontado, escupiendo barro.
Estaba entumecido, idiota por completo, y no sabía qué
hacer. Las cosas le parecían demasiado negras, hasta
que atinó a sacudirse la sotana de la cara. En cambio no
se le ocurría ponerse de pie. Los relámpagos seguían su-
cediéndose. La lluvia había arreciado más todavía, con
su clamor vengativo lo amenazaba de muerte. ¿Adónde
estaba? En ninguna parte. El agua se movía con furor
bajo él, y no tardó en hacerlo caer. Manoteó desespera­
damente hasta volver a ponerse en cuatro patas. Debía
huir, huir del agua cuanto antes mejor. ¿Pero por dónde?
O los relámpagos estaban más oscuros, o la lluvia le
había anegado las córneas, o en su aturdimiento él ya
no sabía ver. No obstante lo cual, creyó ver algo que no
brillaba tanto, y para ese lado enfiló. ¿Iba a pie, o arras­
trándose? Quién sabe. Lo cierto fue que un poco más allá
dejó de palpar agua, y volvió a caer, dando un tremendo
cabezazo contra la tierra, por suerte bien embebida y
blanda. Si hubiera habido una piedra en ese lugar, no
contaba el cuento. Volvió a levantarse y siguió, a tientas.
La lógica habría sido que fuera subiendo, pero, quién

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El bautismo / 95

sabe. La lluvia lo envolvía. La sotana le pesaba una to­


nelada, pegada a las piernas. En cierto punto dejó de
hacer pie, y nadó: ahora la sotana era una gran corola
negra alrededor de sus gordas mejillas lívidas. Terminó
tomado de un tablón fijo, que resultó ser el umbral de
una garita, a la que trepó impulsado por un envión de la
marejada. Quedó tendido en un piso de baldosas, sin agua;
él, era un charco vivo. Se arrastró un poco. Tuvo la mala
suerte de apoyar la palma de la mano en una baldosa
floja, que dio una repentina media vuelta y le escupió un
chorro de agua en la cara. A esta altura, nada podía im­
portarle menos. Se quedó un buen rato recobrando el
aliento. Estaba bajo techo; la lluvia era un ruido nada
más. Respiraba pesadamente. Tuvo hipo, y despidió es­
pontáneamente por la boca unos litros de agua. Con
eso quedó bastante tranquilizado, casi bien.
Pasado un rato, se sentó en el suelo. Las tinieblas
allí adentro eran completas, pero el fulgor de los relám­
pagos marcaba el hueco de la puerta por donde había
entrado. Se dijo que por el momento estaba a salvo, y
se sintió tentado de rezar. Movió los brazos. No podía
seguir chorreando tanto. No había posibilidades de se­
carse decentemente (la casa estaba obviamente abando­
nada, y además no parecía una casa), pero por lo menos
podía escurrir la sotana. Se la sacó, con gran trabajo, y
estaba tan exhausto que al terminar la sostuvo unos mo­
mentos en las manos, como a una criatura, sin atinar a
nada. Después empezó a enrollarla y a apretar. Oía caer
los chorros en el piso. Era una sotana de grueso paño, lo
que volvía más engorrosa la operación. De pronto, sintió
entre las manos, a través de la tela, un ser alargado y
flexible, que parecía querer escabullirse. ¡Una víbora!
pensó con gran alarma. El susto casi le produce un paro
cardíaco. Apretó con toda la fuerza de que fue capaz,
para que no se le escapara. Tenía que matarla, pero ig­
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96 / César Aira

noraba cómo se puede matar a un ofidio en esas condi­


ciones. Doblarlo, parecía más bien inconducente, porque
esos animales se doblan solos. De todos modos lo hizo,
con energía. Le buscó al tacto la cabeza, y se quiso morir
al tocar unos durísimos colmillos en forma de círculo
(debían de ser colmillos, porque no creía que fuera una
aureola); ese extremo lo retorció para un lado y otro
con entusiasmo que rayaba en la manía. En eso estuvo
largo rato, y fue útil porque terminó arrancando hasta la
última gota de agua de la sotana. Aun así no quedó del
todo satisfecho, y se le ocurrió un arbitrio para desha­
cerse con seguridad de la alimaña. Fue a la puerta, sacó
los brazos al exterior y sacudió con fuerza la sotana, to­
mándola por el ruedo, y desvirtuando al mismo tiempo
el trabajo anterior, pues la lluvia volvió a empapar el
paño, y a él en el marco de la puerta. Sacudió un buen
rato, ansioso por asegurarse. Pensó, desanimado, que no
podría estar seguro de ningún modo. Siguió sacudiendo,
mecánicamente, y de pronto, a la luz de un relámpago vio
desprenderse de un pliegue de la sotana azotado por la
lluvia, a la serpiente recortada contra la luz celeste, en
el preciso sitio, diríase, donde circulaba el relámpago,
pero lejos de caer al agua como él se había propuesto,
por el impulso que él mismo le daba con el vigoroso
manteo la serpiente brincó hacia atrás, y le cayó adonde
si no, en la cara. Su terror fue tal que estuvo a punto de
soltar la sotana; eso habría sido grave, porque de caer
afuera, en el agua, no la habría vuelto a ver. En realidad,
la soltó, pero tanto peso había tomado al embeberse por
segunda vez que cayó ahí mismo, a sus pies, como una
piedra. De cualquier modo, en ese momento no pensaba
en la sotana, sino en el reptil que tenía en la cabeza. Se lo
arrancó con las dos manos, aferrando con repugnancia,
pero no sin vigor, el delgado cuerpo flexible y duro a
la vez, y ya estaba por arrojarlo lejos, a la inundación,

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El bautismo / 97

cuando sucedió que un relámpago le hizo ver que se


trataba de la correa de la valija, la que lo había sujetado
del cuello durante el viaje. Había tomado por colmillos
un anillo metálico en un extremo. Se quedó paralizado. Su
propia estupidez, su pusilanimidad, lo anonadaban. Dejó
caer la manija a sus pies, donde también estaba la sotana.
La excitación, y el ejercicio violento, habían mitigado
en términos de temperatura los efectos de la mojadura, en
paños menores, que había recibido en el marco de la
puerta. En el anticlímax, se sintió más aterido que nunca.
Tomó una resolución heroica: se sacó la camiseta y los
calzoncillos largos de frisa, y los escurrió arrollándolos
a fondo. Luego se frotó todo el cuerpo con la camiseta
hecha un bollo. No lo secó, por supuesto, pero lo dejó
colorado, reanimada la circulación. Se los volvió a poner,
recogió la sotana, la escurrió someramente y se la puso.
Todo seguía mojado, aunque ya más aceptable. Se sintió
casi bien, salvo por una molestia que le bajaba del hom­
bro hasta el omóplato, y que atribuyó a un desgarro.
Se puso a considerar la situación en la que se encon­
traba. Eso siempre lleva lejos. A él, en esta ocasión, no
tanto. Aparentemente, estaba en una construcción aban­
donada, pero en estado, todavía, de resistir a los elemen­
tos. Ahora bien, en cualquier momento podía trans­
formarse en una construcción sumergida, y dejaría de
servirle. Por el momento no podía hacer nada al res­
pecto. Aunque el techo, de chapas, se mostraba sólido, y
llegado el caso podía subirse a él. De la índole de la cons­
trucción, no podía decir cosa alguna. Lo intrigaba, por
ejemplo, la falta de ventanas. No creía que hubiera sido
una casa de familia, porque este primer ambiente era
demasiado pequeño. ¿Había otros? Eso debería de ser
fácil de verificar, pero la oscuridad era un impedimento.
La luz de los relámpagos alumbraba sólo la lluvia, afuera.

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98 / César Aira

Con todo, había un método, que consistía en seguir con


un dedo el perímetro de la pared. Como no tenía otra
cosa que hacer, lo puso en práctica. Empezó por donde
estaba, a la izquierda de la puerta, y llegó hasta el
primer rincón sin novedad. La segunda pared, más larga,
tampoco tenía accidente alguno. En el rincón del fondo
había algunas telarañas, que no lo detuvieron. En la
pared del fondo (y aquí se movía en la tiniebla más abso­
luta) sí encontró algo. Una puerta. Más bien un portón.
Le pasó la mano, pensativo. Era de esa chapa acanalada
horizontalmente, que se usaba en cortinas enrollables.
Algo rarísimo en un interior, si bien un portón podía
dar al exterior. En ese caso él había entrado por la
puerta trasera. No sonaba verosímil, pero bien podía ser.
Buscó al costado la típica cadena con la que se levantaban
esas cortinas, la desenganchó del clavo y dio un tirón
de prueba. Subía, con cierta dificultad. La izó toda. El
esfuerzo volvió muy agudo el dolor en el hombro, pero
la curiosidad hizo que no se detuviera en ese detalle. Se
asomó a mirar, con cautela. Un gran relámpago aislado
que sonó afuera le permitió ver un espectáculo inespe­
rado. Se trataba de un gran galpón estrecho, de unos
veinte metros de largo, con banderolas a la altura del
techo, que era muy alto. El piso estaba cubierto de agua,
en la que flotaba balanceándose un enorme árbol, pro­
bablemente un eucaliptus, todavía con todo su follaje.
Como no vio otras aberturas, era como para preguntarse
por dónde había entrado ese árbol. ¿Por abajo? La os­
curidad se hizo sólida. Dio un paso atrás, intrigado, y
después volvió a bajar la cortina; no olvidó enganchar
la cadena en el clavo, como la había encontrado. Volvió
a la puerta, a pasos lentos.
Se quedó un rato mirando la lluvia, que caía con
más fuerza que nunca. No se veía nada; los relámpagos
habían cesado por el momento. Por el sonido se calcu­

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El bautismo / 99

laba la distancia vacía. Era una resonancia interminable,


y a la vez bastante íntima. Se le ocurrió que esta cons­
trucción, fuera lo que fuera, no podía estar aislada del
todo. Quizás muy cerca los cuidadores o serenos, o tal vez
los estancieros de estas latitudes, escuchaban plácidamen­
te una audición de radio, sentados junto al fuego, con un
vaso de whisky en la mano. “¡¡Socorro!!'', gritó adelan­
tando la boca hacia el hueco de la puerta. Varias gotas
le cayeron en los labios. Volvió a hacerlo: "¡Socorro!
¡Socorro!" El fragor de la lluvia parecía ahogar sus pe­
didos de auxilio, pero nunca se sabía. Pensó en eso, justa­
mente: que las palabras que uno lanza al mundo suelen
dar las vueltas más caprichosas. ¿Quién oiría las suyas?
Exaltado, hinchó el pecho para lanzar un pedido de auxi­
lio más sonoro que los anteriores. Al hacerlo, el dolor del
hombro se hizo lancinante. El tórax se replegó en un
desfallecimiento, y el grito salió ahogado. Se llevó una
mano al sitio lastimado, y cuál no sería su aterrada sor­
presa al encontrar una protuberancia alargada que le
bajaba hacia la espalda. Pensó de inmediato en un hueso
salido de su lugar, quizás asomando. Se vio lisiado, o
por lo menos jorobado, que era peor. Le repugnaba com­
probarlo, pero no tenía más remedio que hacerlo si quería
salir de dudas. De modo que se llevó una mano a la nuca,
y la metió por debajo del cuello de la sotana, que por
suerte era holgado, exprofeso, pues nunca había sopor­
tado nada que le apretase esa parte del cuerpo. Estiró los
dedos con precaución por el hombro, bajo la camiseta
húmeda, hasta tocar algo duro. Lo palpó con infinitos cui­
dados, lo movió un poco, lo tomó con dos dedos, tiró
suavemente, lo sintió deslizarse, tiró con más decisión,
y terminó sacándolo por entero. Un relámpago oportuno
le permitió ver, en la mano, a la correa de la valija, la
que le había salvado la vida sujetándolo por el cuello,
y después lo había alarmado al pasar por una víbora, y

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100 / César Aira

ahora por una deformación. Era increíble que ese objeto


siguiera persiguiéndolo. Fue presa de una furia ilimitada.
Ese contratiempo era la gota que rebalsaba el vaso de su
paciencia, ya tan colmado por aguas menos metafóricas.
Dio un paso hasta el umbral de la puerta, y sin cuidarse
de la lluvia, con un enérgico movimiento la arrojó tan
lejos como pudo. Otro relámpago, que ni prendido adrede,
lo dejó ver la trayectoria de la malhadada manija; se
hundió a veinte o treinta metros de distancia, con un cha­
poteo, entre todos los demás, imaginario. "¡¡Socorro!!
¡¡Socorro!!", gritó el cura, con aullidos ahora sí lancinan­
tes, porque estaba fuera de sí. Más que de miedo o
soledad, de indignación.
Estos últimos gritos tuvieron un efecto, aunque no
exactamente el que había previsto, o como lo había pre­
visto. Despertaron a alguien que dormía en esa misma
habitación, alguien que había estado ahí todo el tiempo, y
con el que no había tropezado por milagro. Oyó el gruñido
del que se despertaba, sintió en carne propia ese sobre­
salto que no se sabe a qué obedece, y que no puede con­
siderarse en realidad un movimiento del cuerpo (ni del
alma, que para el caso es lo mismo), pues no se lo ve
comenzar. Hubo un aleteo de pálido miedo en la oscuri­
dad; más que miedo, una especie de desamparo o nos­
talgia. El sueño, presente e invisible hasta ese momento,
había sido un aliado, como en los cuentos de hadas o
en los desplazamientos de los sonámbulos; el hombre,
era otra cosa. El cura habría querido decir de inmediato:
"soy un ser humano", porque le parecía necesario, pero
con todo resultaba algo intempestivo; su larga perma­
nencia en la Capital lo había hecho a la vez demasiado
civilizado para eso, y a la vez no tan civilizado para lo
intempestivo (por ejemplo, no era un inglés). Hasta un
“hola" estaba fuera de lugar. Pensaba rápido. Sintió un
movimiento; con seguridad se estaba sentando. Algo tenía

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El bautismo / 101

que decirle, antes de que fuera ridículo hablar. Se de­


cidió por algo trémulo y como improvisado (lo fue, al
fin de cuentas): "Eh. No se asuste." La respuesta vino
inmediata y clara desde la oscuridad: “¿Y mi caballo?"
“¿Perdón?" "Mi caballo. ¿No lo vio?" "No vi ningún ca­
ballo", dijo el cura. El desconocido se había puesto de pie.
Debía de ser un hombre alto, pues la voz venía desde
arriba. "¿Usted recién llega?" El cura reflexionó. "Hace
un buen rato que estoy aquí", dijo, y agregó: "Como verá,
está lloviendo." No era el momento de contarle toda su
historia. Ni siquiera se sentía en condiciones de hacerlo.
"Ya sé que está lloviendo. ¿Qué hora es?" "Eso sí que no lo
sé." "Yo tampoco. No tengo reloj." "Yo ni siquiera uso
reloj." (Esto último para prevenirse de malentendidos; no
sabía cuáles.) "Me refugié aquí", dijo el desconocido, "al
caer la tarde, cuando se largó a llover. Dejé el caballo en la
puerta, me metí acá, y cuando oscureció me quedé dormi­
do. Ahora..." Esta última palabra, se le ocurrió al cura,
podía querer decir "ahora ya es de noche", por lo que se
apresuró a aclarar: "Hace mucho que es de noche." "No
creo", dijo lacónicamente el desconocido. "Al crepúsculo
yo pasaba por Olavarría", dijo el cura. Silencio. "Venía en
tren", dijo aún el cura, "y descarriló". El silencio se mantu­
vo. Era increíble lo pesado que algunos tenían el sueño. Vio
algo moverse contra el resplandor oscuro del hueco de la
puerta. "¿Eh?" "¡Que no veo al caballo!" "¿Y cómo va a
verlo? Se lo habrá llevado el agua." "No puede ser." "Si yo
le contara..." "Lo dejé bajo el alero, pero ahora me doy
cuenta de que no había alero. De haber sabido lo metía
conmigo." "¡Lo que nos faltaba!", pensó el cura. "Y ahora
quién sabe dónde se ha metido." Cada una de sus palabras
tendía, casi con malevolencia, a quitarle importancia a la
lluvia. Como si fuera una llovizna apenas molesta. Como
si acabara de caer la noche. Como si todo el problema
fuera encontrar el caballo para llegar a tiempo a un baile.
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102 / César Aira

De pronto, su figura se recortó en la puerta, entera y


decidida, contra el chispazo de un relámpago brevísimo.
"¡Voy a buscarlo!" Milagro que se molestara en darle la
información. "¡Pero cuidado, hombre! ¡Se va a hundir!"
Se atropellaban en su lengua mil relatos, indicaciones,
precisiones. Sobre todo, el tiempo, el tiempo que había
pasado y que este insensato desconocía. "No se preocu­
pe", oyó, y lo sintió salir corriendo.
El cura se precipitó a la puerta, y ya no pudo verlo.
Metió el cuerpo tras la pared, y asomó un poco la cabeza,
aunque se mojaba la cara, esperando el relámpago. Pero
cuando se encendió, la lluvia era demasiado espesa para
dejarle ver nada. ¿Se habría caído en un pozo, en una
hoya disimulada por tener los bordes tapados de agua, y
en este mismo instante se asfixiaba, moría, quizás pedía
auxilio, como él un poco antes? Contuvo la respiración.
Si el ruido de la lluvia era enorme, ahí adentro con el
retumbo del techo de chapas era mucho mayor. Y sin
embargo, le llegaron bien claros unos silbidos, con los
que el desconocido llamaba a su bestia. Unos sonidos
metálicos que cortaban la tormenta. Y, siempre dentro
de la tónica de ese sujeto, eran silbos desconsiderados
con la magnitud de la catástrofe que sobrellevaba la
tierra, eran más bien funcionales, inmediatos, destinados
a obtener un efecto tan prosaico como la localización de
su caballo. Sea como fuera, y en el grandísimo fragor,
no se oía nada de nada. Un tenebroso desierto. ¿Qué
diferencia había entre esto y la alta mar, una noche sin
luna? Había una, en realidad: el cristianismo. Una dife­
rencia a favor del mar. Porque un pez iluminado, un
pez de fósforo, podía volver claro lo oscuro. No necesa­
riamente un tubo de neón en forma de pez, sino esa pura
iluminación flotante, que sobrevuela lo nocturno; una
luciérnaga grande, pero oculta; la luz misma como un
pez voluble, ensimismado, fluido.
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El bautismo / 103

Estaba solo de nuevo. Los silbidos habían dejado


de oírse. “A ése no lo vuelvo a ver”, pensó. Qué extraña
era la vida. Un compañero de desgracia pasaba veloz
como un meteorito, un minuto era demasiado para él,
aun cuando la desgracia siempre volvía permanente las
compañías. Pero no. Este había surgido de lo más pro­
fundo de la tiniebla, sólo para ir a extraviarse en otras
tinieblas más peligrosas. Apenas si había señalado su
aparición. Debería haber aprovechado para preguntarle
un par de cosas; una sobre todo a la que volvía en sus
pensamientos: ¿dónde estaba? Después de la cena en el
vagón comedor, había venido durmiendo hasta el desca­
rrilamiento, y no tuvo tiempo de enterarse del sitio en
que éste se produjo. Podía hacer ciertos cálculos, pero
ahí terminaba su saber. Además, ese hombre debía de
saber si había casas cerca, si podía contar con un auxilio,
mil cosas útiles que él ignoraba y lo intranquilizaban.
Y lo más probable era que no lo volviera a ver. Todo
por esa obsesión del caballo. Si tanto le importaba, ¿por
qué lo dejó afuera, expuesto a la lluvia y a los rayos?
(porque estaba seguro de que encima tenía que ser un
caballo blanco, de los que atraen la electricidad). Ata­
vismos, atavismos. En la era del tractor, seguir fijado
en el caballo. Y lo peor, pensaba, era que ese bárbaro
podía encontrarlo, y traerlo aquí adentro a que les hiciera
compañía. La gente de campo, lo sabía por experiencia,
tenía una endiablada capacidad para lograr lo que se pro­
ponía. Eran eficaces. Pero hasta cierto punto nomás, por
eso eran pobres. Y no tan eficaces como para que saliera
airoso de esta prueba. La muerte sería la valla detrás de
la cual quedarían las respuestas a unas pocas preguntas.
Eso lo llevó a pensar en la muerte; era uno de sus temas
favoritos, pero también uno de los que menos tiempo ocu­
paban su mente. Era una interrupción. Eso mismo le
pasaba a su pensamiento. Las respuestas se manifestaban

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104 / César Aira

apenas en el suspenso previo a su presencia, y entre tanto


quedaba el fantasma, que no era poca cosa.
En esas ruminaciones estaba cuando se produjo un
aterrorizante incidente. El desconocido volvió, entró, me­
dio de sorpresa, medio según lo previsible, desde abajo,
como el cura mismo lo había hecho; seguramente vi­
niendo de ese lado, de la derecha, a la puerta se subía
por una escalera que faltaba. Lo vio izarse trabajosa­
mente, y llegó un momento en que tuvo la plena convic­
ción de que no era la de él, no era siquiera una cabeza
humana. Se le heló la sangre en las venas, no por primera
vez en la noche. Pero no tenía la seguridad de nada. "¿Es
usted?", dijo. “Sí", se limitó a responder, no de bilen
tono, la voz del otro. Pero no provenía exactamente del
sitio donde estaba, o el cura calculaba que debía estar,
el bulto. Un relámpago disipó la intriga. El desconocido,
totalmente mojado (se oía el agua que llevaba encima)
bajo el brazo traía la cabeza de un caballo, seccionada
por la mitad del cuello. ¡Qué grande era una cabeza de
caballo! Así cortada se apreciaba mejor su tamaño, mien­
tras que puesta en su sitio, la desmesura de una cabeza
de caballo se disimula. Oyó unos pasos húmedos, y un
roce húmedo. La testa debía de haber sido apoyada reve­
rencialmente en el piso. No se sentía con fuerzas para
preguntar nada, pero no fue necesario. El desconocido le
hizo un relato voluntario de lo que había pasado. "Mi po­
bre caballo, que ni siquiera es mío, ha muerto, por pura
mala suerte. Una correntada lo arrastró, aquí mismo, y
el molino que había caído un momento antes lo enganchó
por las cuatro patas y rodó con él, no sin antes cortarle
la cabeza, que sobraba del polígono. Por eso la pude en­
contrar. No vaya a creer que la traje de recuerdo. Tengo
que mostrársela al que me lo prestó, para convencerlo
de que no lo he vendido." Suspiró. "El pobre animal", se
atrevió a comentar el cura, "estuvo condenado desde que

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El bautismo / 105

cayó la primera gota." El desconocido no lo tomó a mal.


Se limitó a contestar: "Fue la mala suerte. Sucedió en un
instante. Me quedé dormido porque pasé el día ocupado,
haciendo cosas." ¡Volvía a lo mismo! "No fue un instante,
perdóneme. Fueron varias horas de lluvia intensa. Como
ahora." "No creo que haya sido tanto." "Créalo, porque
es verdad." "Si usted lo dice..." El cura recapitulaba
velozmente. No sabía qué podía ganar con hacerle reco­
nocer la verdad, pero prefería que prevaleciese. "Hace
largas horas, cuando yo pasaba en el tren por Olavarría,
se hizo de noche y empezó a llover. Después cené, me
dormí, y después hubo un descarrilamiento, y me salvé
a bordo de una zorra que flotaba, y después de mucha
deriva llegué aquí. Ya ve que no fue un instante." "¿No
lo habrá soñado?" En efecto, todo parecía un sueño. ¿Y
con eso qué? Este sujeto descontaba el tiempo que había
dormido, ateniéndose a una lógica irrefutable desde su
punto de vista, que era la falta de punto de vista. "¿No
habrá soñado?" "¡Pero si a esa hora yo pasaba por
Olavarría!", repitió por tercera vez, confiado en el énfasis
de lo real del nombre de la ciudad. El silencio del otro
le indicó que, directamente, no creía en "Olavarría". Era
de esa clase de gente primitiva que no veía más allá de
sus narices, o de su rincón oficial. Gente que decidía,
de entrada, no calcular las distancias que forman el mun­
do, y el tiempo que llevaba recorrerlas. ¿Para qué servía
nacionalizar los ferrocarriles, pensó el cura, con un pueblo
así? Prefirió cambiar de tema: "Una lluvia como ésta que
estamos padeciendo", dijo, "no ha de haberse visto nunca
antes por aquí, ¿no?" "No sé, señor, como duermo tanto,
quizás un día me perdí una más grande." Se burlaba de
él. No le siguió la corriente. Irritarse habría provocado
más sorna. "¿Usted es de aquí? ¿Adonde estamos, exacta­
mente?" "Este sitio en particular no tiene nombre." "¿Pe­
ro en qué partido está?" "Habría que consultar el catas­

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106 / César Aira

tro." Un silencio. “¿De qué pueblo está más cerca? Per­


done la insistencia, pero como ignoro adonde he venido
a parar..." “No tiene nada que hacerse perdonar, señor.
Estoy para servirle." “Le había preguntado de qué pue­
blo ..." “Ah, sí. Bueno, en este punto, no hay ningún
pueblo muy cerca." “Pero, relativamente, supongo que
alguno estará más cerca que los demás. Es para hacerme
una idea nomás." “En realidad, está más o menos a igual
distancia de dos pueblos. Hasta de tres, diría yo. No creo
que así pueda hacerse una idea correcta del lugar." “Yo
tampoco lo creo", dijo el cura, devolviéndole soma por
sorna, “pero adonde, adónde estamos, por favor." “Y yo
qué sé", dijo el desconocido con un encogimiento de hom­
bros casi audible, fastidiado por la insistencia. Se quedó
Callado, y el cura también.

U n a hora d e spu é s , seguían callados. Lejos de amainar,


la tormenta había conservado su tono desmesurado. Ya
no podía pensarse en términos de un alivio de las nubes,
o una mera caída del agua que estaba arriba; el razona­
miento mecanicista que suele acompañar a la lluvia que­
daba descartado por la continuidad espantosa del meteoro
de esta noche. La mecánica implica un medio y un fin;
y no se veía el fin, lejos de ello. Las limitaciones de la
mente, en un caso semejante, se aferraban a una idea de
lo sobrenatural. ¿Existía una lluvia eterna? La eternidad,
pensaba el cura, no debe medirse, como groseramente se
hace casi siempre, por la mera extensión en el tiempo.
U n instante basta. Por lo general, es un instante de más.

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El bautismo / 107

Asimismo, es un instante de realidad. Es como cuando la


gente se dice: “tenía que sucederme esto a mí.” Porque
la realidad, por definición, se sufre en carne propia, y
con un cierto asombro. No era sobrenatural. Era eterno.
Y el hilo blanco que recorría sinuosamente la trama,
era la esperanza. Como decía un surrealista: “mañana,
será de día."
Nada de día había en la noche. Los relámpagos, eran
un subrayado en la oscuridad. El ruido del agua precipi­
tándose en el agua era una gran ceguera que subía y subía.
La creciente vencía a la gravedad, y aun así la gravedad
insistía, se hacía terrorífica, empujaba al planeta hacia
inauditas profundidades. ¿Qué quedaría de esos campos,
hasta ayer fértiles (seguramente) y hoy trastornados por
las sombras? En trémulos palafitos, el hombre buscaría
su supervivencia entre dédalos de nubes que habrían
bajado a ocultar sus miserias.
Lo que sí, la lluvia ahora parecía más regular; salvo
que nunca había sido “irregular"; o lo había sido todo
el tiempo, y sólo ahora percibía un concierto monótono,
sin saltos. Casi podía decirse, y era un consuelo, que sim­
plemente llovía, como había llovido tantas veces sobre el
mundo. Con los relámpagos pasaba otro tanto. Ellos por
su parte simplemente iluminaban la escena, con su cor­
tejo de notorios momentos. El gran paisaje gris (agua,
agua y agua) simplemente se veía, extendido allí enfrente
como una visión.
Los dos hombres estaban sentados inmóviles en el
suelo, cerca de la puerta, pero donde no llegaban las
salpicaduras. Estaban quietos como piedras, estúpidos
y musgosos. Y la cabeza del caballo, erguida. Se diría
un caballo vivo emergiendo, con los ojos saltones por el
espanto y la crin pegoteada, de una charca de arenas
movedizas. Igual que el fragmento de bestia, ellos con­

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108 / César Aira

servaban con facilidad la posición quieta, como gente


atenta a algo. ¿Qué decía la lluvia? No había que des­
cartar su murmullo; porque era eso, un murmullo, multi­
plicado y resonante, no una aclamación, que era lo que
parecía. No eran secretos, por cierto, aunque su estruendo
ocultara una melodía de partículas. Era un secreto, a su
manera. No decía nada. Hay que hablar para decir algo.
El desconocido, sentado algo más adelante que el
cura, le mostraba a éste su perfil abstraído. Tuvo tiempo
de sobra para observarlo, y como suele suceder en esas
ocasiones, la observación culminaba su ciclo y, en una
permanencia aberrante, lo recomenzaba con extrañas re­
peticiones, con extrañeza (que era lo único que, al fin,
se repetía) siempre mayor. Contra lo que había creído
en un primer momento, resultó ser un hombre joven, muy
joven, casi un niño grande, de esos adolescentes dema­
siado crecidos que se dan en el campo. El cuerpo era
robusto, atlético. El rostro, muy bello, de rasgos perfec­
tamente regulares como los de un ángel de la pintura; la
barba de dos días no le quitaba su irradiación de her­
mosura, ni lo hacía hirsuto o cruel.
No se había quitado la ropa para escurrirla. El cura,
que lo había hecho, todavía la sentía irremediablemente
húmeda, con lo que podía imaginarse el estado en que
se encontraba la de su ocasional compañero de desven­
tura. No se había quitado la ropa para escurrirla... pero
podría haberlo hecho. En ese caso, habría entrevisto la
silueta de un cuerpo de rara perfección, un cristo des­
preocupado, tranquilo como un gato antes de irse a
dormir, y cuya mayor preocupación, podía jurarlo, era
que se le hubieran mojado los cigarrillos.
De lo que resultaba, al fin, que las visiones siempre
están disponibles. Las grandes y públicas, como la visión
sobrecogedora de la inundación, pero también las peque­

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El bautismo / 109

ñas y privadas, como la que había creído poder deducir


observando al desconocido. Era: el cine. El arte de las
visiones. El gran arte del cine, el más grande de todos
según el cura, había llegado a su culminación cuando el
movimiento se había puesto al servicio del éxtasis —cosa
que había sucedido muy temprano, y no era de extrañar,
pues las artes nacían perfectas, criaturas minervinas, ra­
diantes, hijas de la excentricidad del hombre, no de su
concentración. Y si las dos visiones que en este momento
se alzaban en la conciencia del náufrago eran sendos
efectos de la ceguera, la una por la inocultable sombra
en la que ocurría, la otra porque ni siquiera ocurría, el
cine como arte era el último y definitivo entretenimiento
de ciegos que hubiera producido la humanidad. Por eso le
faltaban los colores, que era lo que faltaba esta noche,
y todas las noches. El gris era la traducción universal del
mundo. Era curioso... Veinticuatro iluminaciones por
segundo producían la ilusión de ver. Mil relámpagos en
una noche de lluvia... Veinte palabras por minuto pro­
ducían la ilusión de conversar. Todos los días de un año o
de una vida producían la ilusión de un bello cuerpo vivo.
El amor también producía ilusiones. El cine estaba en la
base de todo. La vida nacía de la luz, pero la luz debía
traducirse a los términos del entendimiento, a los me­
canismos sutiles del gris, pasando por los grandes y ate­
rrorizantes estadios de la ceguera. Y de algo más, pensaba
el buen cura: estaba la muerte, por ejemplo la muerte
desesperada bajo el agua, la momia pesada que arrastra­
ban las mareas, el rebote mudo en los fondos, de donde
nada regresaba. Un predicador furioso y apocalíptico
parecía gritar en las pantallas blanquísimas de la noche.
Cristo era un esqueleto de gestos torpes, un Buster Kea-
ton en el fondo del mar, el rey de los peces. Encadenado
en su butacón de espantos estaba, mudo y cataléptico, el
espectador.

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110 / César Aira

El cura tenía motivos para saberlo, porque había


dedicado las décadas de su madurez intelectual (estos úl­
timos veinte años, entre los cuarenta y los sesenta de
edad) al estudio del cine. Y no es que hubiera pertenecido
originalmente a ese sector del clero que podía conside­
rarse intelectual o teólogo aplicado, sino que había hecho
una carrera sui generis, y la promoción al campo del
saber, que era por derecho uno de los campos privilegia­
dos de la divinidad, la había logrado por sus méritos.
Había comenzado como cura rural, de parroquia bár­
bara y semidesértica; fue cura de El Pensamiento durante
muchos años, antes de que comenzara la decadencia de
esa perdida localidad ovejera. De hecho, ése era el mo­
tivo de su curiosidad esta noche, ante el desconocido,
respecto del sitio en que se hallaban: un somero cálculo
le indicaba que, si había pasado durmiendo la estación de
Pringles, y los declives del agua habían movido la zorra,
como era lo más lógico dada la conformación de las cuen­
cas, en dirección al sur, este refugio misterioso no debía
de estar lejos de su antigua jurisdicción. Prefería no pen­
sar en aquellos tiempos, que de todos modos habían sido
fecundos en lecturas y estudios. Sus dotes sobresalientes
le valieron que el Obispo lo recomendara a la Curia, y
como una cosa trae otra, y el momento coincidiera con
una etapa de vigorosa expansión eclesiástica en el terreno
cultural, terminó instalado en Buenos Aires haciendo las
veces del principal asesor del arzobispado en materia cine­
matográfica.
El descubrimiento del cine, tan tardío en su vida,
había sido crucial para él. El arte del siglo lo había estado
esperando, y él descubría, en el descubrimiento, que era
un hombre del siglo, antes de cuyo comienzo había nacido.
Era, al fin, la posibilidad de pensar, de la que todo lo
anterior había sido una preparación. Se hizo asiduo de
los cine-clubs, de todas las salas del centro y de los ba­

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El bautismo / 111

rrios, no se perdía estreno, reposición o función especial;


llegó a ver hasta tres películas por día. Estaba en todas
las privadas para cronistas, desde que tuvo el carnet co­
rrespondiente cuando comenzó a escribir reseñas para un
semanario católico; sus críticas eran muy leídas y consi­
deradas, pues a un gusto muy seguro sumaban una in­
comparable erudición, tanto más notable por ser nueva.
Fue concienzudo lector de todo el material escrito sobre
el tema que cayera en sus manos, en varios idiomas. Re­
cientemente un editor le había ofrecido publicar en volu­
men una recopilación de sus artículos, pero prefería es­
perar, y organizar sus cuantiosas notas en un libro
orgánico.
Con el tiempo, su trabajo había tomado un cariz
más amplio. El estadio técnico y propiamente artístico
de sus estudios había sido un entrenamiento, inmejorable
como tal, para una consideración general del arte, la polí­
tica y la religión. Sus superiores habían sido los primeros
en notarlo, inclusive antes que él, y habían pensado en
sacarle provecho en una época que se anunciaba de prue­
ba para la Iglesia argentina. Los destinos inesperados de
su persona estaban en augustas manos. Las consecuen­
cias de su inteligencia ya escapaban de su percepción;
eso sucede cuando uno se pone a estudiar. Por lo pronto,
lo habían llamado a la Santa Sede, y tenía fecha para
embarcarse en un transatlántico. Qué se iba a imaginar
que se vería en este otro mar de improviso. El viaje en
tren que con tan malhadado fin había emprendido el día
anterior tenía por meta la ciudad bahiense de Punta Alta,
donde vivía su única hermana. Estaba enferma de cáncer
y quería despedirse de ella antes de zarpar; no sabía
cuándo estaría de regreso; no podía confiar en la supervi­
vencia de su hermana mayor, que a estas alturas ya tenía
un matiz de milagro. Ella misma le había pedido esa
visita; aunque librepensadora, como todas las mujeres de

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112 / César Aira

su familia, había conservado una cariñosa veneración


por su hermano cura. El horario de llegada del tren a
Punta Alta era las once de la noche; su cuñado, o alguno
de sus sobrinos, habría ido a buscarlo a la estación; ya
estarían enterados del descarrilamiento; con toda segu­
ridad lo daban por muerto.
Y no lo estaba, increíblemente. Quién sabe por cuán­
to tiempo, pero por el momento gozaba del irreversible
don de la vida, y hasta podía jactarse de una relativa
buena salud; que fuera a resfriarse era una contingencia
segura pero secundaria. También podía morir ahogado:
el agua lo vigilaba de cerca. Dadas las circunstancias, no
tenía nada que hacer. Estar sentado mirando un rectán­
gulo que se iluminaba con parpadeos blanquísimos. Estar
quieto, pensando, mientras los demás se preocupaban
por lo que no había pasado. O sea: el cine.
Toda ocasión, como suele decirse, era buena para
pensar. Adagio equivocado por completo. El cine era el
teorema que lo demostraba. En realidad, no había oca­
sión que no fuera buena para abstenerse de pensar. Pero
las ocasiones eran un epifenómeno del pensamiento; de
ahí podía provenir el error. El cine, cuando su estudio
se agotaba y todo estaba dicho sobre él, no era otra cosa
que la ciencia práctica de la producción de ocasiones.
Si la mentalidad ingenua tendía a creer que éstas eran
infinitas, el fluido y simplísimo mecanismo de los veinti­
cuatro cuadritos por segundo desmentía ese razonamien­
to, y todos los demás. Era una suprema paradoja la suya,
haber criado fama de hombre inteligente a partir del
cine. La “máquina de pensar", como la habían llamado
sus pioneros, no era un auxiliar para el pensamiento, todo
lo contrario. En la pantalla estaban los monstruos.
Le echó una mirada a la cabeza de caballo, lo más
visible de la escena (dentro de lo muy escasamente visible
que era todo) por el sitio donde había quedado, o quizás

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El bautismo / 113-

por una fosforescencia propia del cuero de caballo, o un


residuo de centella que le hubiera quedado adherido. Vio
algo, un movimiento que lo sobresaltó heladamente. La
cabeza tenía los ojos muy abiertos, pero la boca apenas
entreabierta, con el belfo cubriendo los dientes. Del centro
mismo de la boca salía algo, una especie de cinta, des­
lizándose. "La lengua cae", se dijo el cura con un aton­
tado tartamudeo mental. Habría sido una explicación
tranquilizadora, de no haber mostrado ese objeto una
delgadez excesiva para ser la lengua de un caballo. Salvo
que un caballo tuviera la lengua de un sapo. ¡Ovidio! Un
frenesí de terror lo aleló más todavía de lo que estaba.
La cosa seguía saliendo. Ya llevaba unos diez centímetros.
¿Y si caía al piso y se perdía en la oscuridad? En ese
caso, decidió que le llamaría la atención al desconocido.
¿O debía hacerlo ahora? Cuando eso estuviera reptando,
fuera de su vista, sería difícil hacerse creer. Simplemente,
no podría. De tanto pensar en el cine, se había parali­
zado. Quince centímetros. Dieciocho. Veintidós. Lo único
sensato era que fuese una culebra. Pero no. Era inerte, de
eso estaba seguro. Los seres vivos no caen así, lento y
fírme, de una cabeza cortada. Esto era una "ilusión de
movimiento". Cuando estuvo unos treinta centímetros
afuera se detuvo. Los relámpagos a esta altura mostraban
una insistencia casi chillona. No pudo sino reconocer
de qué se trataba: de su vieja amiga, la correa de la
valija, ¡otra vez! Se la había tragado el caballo, o sólo
la cabeza, en sus botes subacuáticos, y ahora había obede­
cido a la simple ley de la gravedad al endurecerse los
músculos, inclusive los músculos del cráneo, de las sienes
del bruto, y salía a la luz como un testimonio trivial de
que estaba ahí, nada más. Largo rato la observó gotear
con regularidad lúgubre.
Cuando al fin logró apartar la vista y volvió a mirar
el cuadrado de la puerta, le pareció que el agua había

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114 / César Aira

crecido. Ya estaba sobre ellos. Por un efecto de la pers­


pectiva, cubría toda la superficie visible, como un muro.
Hay una ilusión persistente, que podría llamarse “ilusión
del mapa", que vuelve vertical lo horizontal. Es lo cine­
matográfico de la inundación. Al pensarlo, el cura por
primera vez en estos acontecimientos llegó a decirse que
su fin podía estar próximo. Era algo así como la venganza
del cine; de su inveterada pasividad, el dispositivo pasaba
a una actividad amenazante, la dirigía contra él, contra su
persona, y lo preservaba un poco para hacérselo entender.
La desesperación lo relajó, hasta los bordes de la enso­
ñación impráctica. Todo coincidía. Que la cabeza del ca­
ballo hubiera vomitado esa manija de cuero, ¿no era algo
que pasaba sólo en el cine? Esa lentitud deliberada, la
mudez, los parpadeos... Estaba en las manos de su
propia creación. Hasta el desconocido cumplía esa fun­
ción; en el cine todos los hombres eran desconocidos,
que preparaban una sorpresa. Una película empezaba con
algo reconocible: gente en una casa, tomando el desayuno
por ejemplo. Pero la casa era un castillo, a la orilla de
un lago. Por las ventanas se veía un árbol desnudo,
y en una rama un pájaro. Los pájaros en el cine tienen
una cualidad peculiar: son irreconocibles, y se mueven
al azar. Sobre el lago soplaba una brisa helada, que no se
manifestaba de ningún modo visible. Un bote abandonado
entre las ruinas de un muellecito. La mesa sobre la que
la familia desayunaba. Colgado en una pared, el retrato
de una dama muerta. Era un retrato verdaderamente
descomunal (tres metros por dos). Una mano que, de no
mediar un truco de filmación sería titánica, lo tomaba
delicadamente con dos dedos y lo introducía en el espacio
entre dos tablones del bote. La madre le servía una taza
de té a su hijo adolescente; pero seguía echando té aun
cuando la taza, de porcelana, ya estaba llena; el té muy os­
curo llenaba el platito, y después se vería sobre el mantel,

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El bautismo / 115

formando una mancha oscura que crecía. El padre, per­


fectamente blanco *:on polvos de arroz, y peluca, cerraba
los ojos. Un cazador salía de una barraca y bajaba por
una barranca boscosa, la escopeta en la mano, la coleta
asomando bajo el sombrero de cuero. Llegaba al borde
del lago y lo miraba.
Una película, pensaba el cura, es buena o es mala.
El producto final del cine son los buenos críticos. La ver­
dadera astucia de un productor de cine es trabajar con
muertos, no con vivos. Hay que ponerse del lado de la
fatalidad. Los muertos en la realidad no se mueven ni con­
figuran argumentos interesantes, pero el cine puede crear
esa ilusión, y es la que mejor le sale. Por lo menos, es
la que pone al automatismo de la realidad en posición
de buen combate frente al gusto. Cualquier película, la
más trivial, mejora con el sencillo expediente de consi­
derarla una danza de cadáveres. Debajo del agua, en ese
mundo denso y silencioso donde no se respira, reina una
cortesía automática, algo más que intersubjetiva porque
es una propiedad del medio. Es el país de los viajes,
amables, sentimentales, instructivos. Todo se limita a
ver, en la pecera, en la lentitud, los verdaderos gags
post-mortem.
Comedias de teléfonos blancos. Música de Xavier
Cugat. Un mozo de smoking pasa veloz con una bandeja
en alto. La bella rubia aparece, mira, y le dirige un co­
mentario a su acompañante, que es Cristo. Treinta mil
etíopes disfrazados de salmones se deslizan a media agua
en el escenario. Una frívola inversión hace reír a un grupo
elegante: los pesados ceniceros de cristal flotan en el aire,
el humo de los cigarrillos se apoya en la mesa.
¡Náufragos, un esfuerzo más, si queréis asistir a la
fiesta del fondo!

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116 / César Aira

La conversación se reanudó , como no podía ser de otro


modo, con el asunto del clima. No hay que apresurarse
a juzgar mal esta costumbre, por muchos motivos, entre
ellos el hecho probable de que la humanidad se haya
puesto a conversar en razón de las variaciones meteoro­
lógicas. En este caso, no había variación alguna: seguía
lloviendo, y cómo. "Qué lluviecita, ¿eh?", dijo el cura.
"Qué aguacero", corrigió el otro. “No parece que vaya a
parar." "En efecto, no parece. Pero quizá pare." El joven
había dicho esto con acento cortés, con ánimo de colabo­
rar en la plática. Seguramente se había aburrido de estar
callado. Ya no se comportaba como un desconocido indi­
ferente. Y algo en sus palabras indicaba la presencia del
niño que había todavía en él. Debía de ser muy joven,
más de lo que el cura había supuesto al mirarlo. Le pa­
reció un poco prematuro preguntarle la edad, pero ya lo
haría; se lo prometió para dentro de un rato. Por el mo­
mento, se limitó a comentar: "La inundación, no importa
el alto que tenga el agua, sino la extensión que cubra.
Pero la gente se ahoga con la altura, no con la extensión."
"Quién sabe...", empezó el joven, y ahí se quedó. "¿Quién
sabe qué?", le preguntó el cura, tratando de darle a la
pregunta un acento exclusivo de curiosidad, no de repro­
bación. Prefería no discutir. "Quién sabe... si será una
inundación." "¿Y qué otra cosa iba a ser, por favor?"
"Por ahí a la mañana está todo seco." No pudo reprimir
un estremecimiento de irritación. ¡Qué increíble incon-
ciencia! Rozaba la ceguera, la negación. No obstante, el
joven, respetuoso, accedió a explicarse, claro que en sus

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El bautismo / 117

términos: “Yo digo, no, que para quedarse donde está,


el agua tendría que formar un arroyo. ¿Y dónde se ha
visto un arroyo que cubra toda la tierra?" Algo aliviado,
el cura reflexionó que esas palabras indicaban apenas
falta de experiencia. Había que emplear la mayéutica.
“¿Y una laguna?", dijo. “No conozco ninguna por este
lado", respondió el joven, “sacando la de Mosca, y está le­
jos". El cura iba a responder a la primera proposición,
pero la segunda despertó en él una evocación stendhalia-
na, y secundariamente un recuerdo vago y lejano, que lo
dejó descolocado.
“Además, hace frío, ¿eh?", dijo su interlocutor. “Ah,
eso sí", asintió, “estamos tiritando, ¿no?" “No tener unos
fósforos, y unas gotas de alcohol de quemar." “El de
tomar tampoco vendría mal, ja ja." “¿Se ha fijado las
figuras de los relámpagos?" “Increíbles. Larguísimas."
“Parecen piolines." “¿Cuántos años tenés, hijo?" “Veinte."
“¿Casado?" “No. Soltero." “¿Vivís con tus padres?" “No.
Fallecieron." “Lo siento." “He visto caer rayos en el agua."
“¿Ahora?" “No. En otras ocasiones." “¿Entonces has visto
otras inundaciones?" “Raras veces, cuando se desbordó el
Pillahuinco. Pero no fue entonces." El nombre volvió a
despertar en el cura una evocación cultural, un “valse"
que había compuesto un amigo suyo de otros tiempos,
Argentino Díaz González, “Pillán Huincul", la loma del
diablo en idioma indio. Lo confirmó en su creencia de que
estaba en la región que había habitado décadas atrás.
Pero no quiso volver a ese asunto todavía. Estaba per­
suadido de que le convenía ser prudente, como el que
pisa un suelo móvil. Esta noche, por cierto, nada en el
suelo daba la impresión de no moverse.
“Si no han levantado terraplenes en los pueblos de
por aquí", subrayó estas últimas palabras para recordar
que seguía sin saber cuáles eran esos pueblos, “ya ten­

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118 / César Aira

drán el agua bajo la cama." “Eso si las camas son altas",


replicó el joven con calma. “Dios es providente", dijo el
cura con sutil cautela: “hizo altas las patas de las garzas."
El joven bostezó enérgicamente antes de responder: “Yo
no me acostaría en el plumón de una garza." Al cabo de un
momento, agregó: “De hecho, duermo en el piso." “¿Sí?
¿Cómo es eso?", le preguntó el cura, muy interesado. Pen­
só que el muchacho, atlético como era, podía sufrir de un
problema en la columna. Como muchas personas mayo­
res, se apasionaba inconcientemente por cuestiones mé­
dicas. La explicación en cambio le cayó tan por sorpresa
como un rayo en aguas tranquilas: “Soy peón." Se hizo
un silencio impenetrable.
“Más de una vaca ha de haber perecido ahogada",
dijo, medio al azar. “Mucho más, señor, en efecto. Una
vaca puede atragantarse, con sol radiante. Esto llama na­
turalmente a las grandes cantidades." “Y ovejas", dijo
el cura gustoso del giro más civilizado que tomaba la
plática. “Ovejas, miles", dijo el otro, “tienen menos ins­
tinto de conservación". “¿Sí? Nunca lo hubiera dicho.
Parecen animales resistentes." “Lo son. Casi demasiado.
Es la causa de que hayan desarrollado menos ese instin­
to." Al cura el razonamiento le pareció irrebatible. Supuso
que el tema estaba muy pronto a agotarse: “Y caballos,
seguramente." El joven volvió la cabeza, pensativo, hacia
la cabeza del que había sido el suyo: “El pobre Turban­
te", dijo, “o lo que queda de él, precisamente su parte
más patética, es la prueba de la verdad de esa suposición
de exterminio, señor. Pero no hay que confiar demasiado
en una prueba de ese tipo. Todo lo contrario. No me
asombraría nada enterarme de que ha sido el único caballo
que el agua mató. Siempre pasan cosas así." También en
esto el cura le daba la razón. Estaba simpatizando con
el muchacho. “Turbante...", murmuró pensativo: “¿era
árabe?" “Para nada. Era un petiso criollo, que levantaba

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El bautismo / 119

los cascos para atrás al caminar. Viejísimo, por otra par­


te.” "¿Hacía mucho que lo tenías?" "Yo no tengo, ni tuve
nunca, un caballo, como ya creo habérselo dicho. Este me
lo habían prestado hoy para hacer una diligencia. Era
inservible para cualquier otra cosa de mayor compromiso.
El dueño lo conservaba por eso, y por el nombre." "El
nombre", dijo el cura, "fue lo que me llamó la atención.
¿Quién se lo puso?" "Isolina Mariani." "¿Hacés teatro?"
"Sí. Pero ahora abandoné." La última pregunta del cura,
a la que el joven había respondido con la mayor natura­
lidad, no era tan intempestiva como podría parecer. En
otros tiempos él había conocido a Isolina Mariani, una
dama cultísima de Pringles, cuya afición era el empre-
sariado de grupos filodramáticos rurales. Inclusive había
vuelto a verla en Buenos Aires, y se la había presentado
a Victoria Ocampo. "Qué pena", comentó, "¿por qué?"
"Porque era una pérdida de tiempo, y dos por tres tenía
que disfrazarme de mujer." El cura asintió con melan­
colía: "Es el peor defecto de los folletines camperos que
se dramatizan por aquí." "Es ridículo." "Estoy en un
todo de acuerdo. Es abyecto, pornográfico. No me explico
cómo una dama cultísima como es doña Isolina, puede
insistir con ese juego." "La vieja chota", pareció mur­
murar el joven, pero el ruido del agua era tal que bien
pudo haber dicho otra cosa. El cura no insistió. Además,
había recordado por casualidad un detalle curioso: cuan­
do él oficiaba en El Pensamiento, durante una de sus
visitas a Pringles donde tenía su sede la subprefectura
cural, había visto al entrar a la casa parroquial, colgado
de una percha en el vano de la puerta del economato, un
maravilloso vestido de fiesta firmado por Worth. Ante
su atónita sorpresa, el párroco, Pedro Grande, le había
explicado la visión. El vestido era de Isolina Mariani, y
una vez por año se los llevaba para que las monjitas auxi­
liares le acondicionaran los encajes con la máquina plan­

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120 / César Aira

chadora de hostias; trabajo que las religiosas hacían con


sumo gusto, y muy a conciencia. El ligero matiz sacrilego
se pasaba por alto, en virtud del entretenimiento y de la
calidad de sublime obra de arte (pieza de museo en reali­
dad, patrimonio de la humanidad) de la prenda, y de
otras del mismo modelista, o de Paquin o Schiapparelli
que seguían el mismo rumbo. Además, estaba el carácter
de benefactora de la Iglesia que tenía su dueña. Quién
sabe qué había sido de esos vestidos. ¿Seguirían planchán­
dolos en la casa parroquial? ¿Habrían colgado de los
hombros poderosos de jóvenes peones como éste, en
las representaciones periódicas del Teatro Español? El
estruendo amenazador de la lluvia no respondía a estas
dudas ambiguas.
Fue el joven, insólitamente, el que volvió al tema por
propia voluntad, mirando fijo el exterior, y con voz som­
bría: "El teatro", dijo, "es una pesadilla. No entiendo
cómo puede haber gente que persista en él toda su vida,
a no ser como una condena. Por suerte, me libré pronto,
pero ni siquiera puedo felicitarme plenamente, porque
sucedió. Me temo que impedirá siempre que mi pasado
quede atrás de mi vida." En estas palabras tan extrañas
el cura percibió el eco de ideas suyas, deformadas, y a la
vez puestas en relieve, por la ocasión. Antes de responder,
porque consideraba un deber íntimo presentar sus obje­
ciones, echó una mirada furtiva a la cabeza del caballo;
la torsión del cuerpo le hizo dolorosamente presente el
peso de su camiseta mojada; lo encontró más parecido
que nunca (en ese momento hubo un relámpago) a un
caballo de ajedrez; la correa que le colgaba de la boca,
era como si también tuviera algo que decir. Con todo,
antes de hablar se quedó callado un breve lapso. No es
que pensara lo que iba a decir (eso nunca se hace), pero
se dio espacio, por instinto, para el miedo. En esa noche
tan llena de miedo, la más cargada de motivos reales para

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El bautismo / 121

ese sentimiento clave de todas las que hubiera vivido, el


momento lógico del miedo se presentaba en la vacilación,
en la microscopía de lo trivial subjetivo. Era un momento
que ni siquiera estaba allí; medida con un reloj, la pausa
habría mostrado ser de una duración infinitesimal. Era in­
clusive la vacilación respecto del ser. En ese marco volátil,
el miedo era la ilusión necesaria. “La pesadilla, hijo, es
media realidad nada más. Eso es lo que la hace temible,
pero también lo que puede damos esperanza. Porque es
posible hacer un aprendizaje y reconocer esos porcentua­
les de irrealidad sobre los que vivimos. Una vez que ha
aprendido, el hombre se libera del miedo." “Yo nunca
en mi vida he tenido miedo", dijo el joven con firme
convicción. El cura sacudió la cabeza: “¿Y qué es la pe­
sadilla entonces?" “Dije pesadilla", aclaró su interlocutor,
“en sentido figurado. Me refería simplemente a lo horri­
ble y grotesco." “Pero vos, niño, creo reconocerlo por tus
palabras, a pesar de que no nos conocemos, sos de los
que hacen del gusto, seguro y firme, de la belleza de
las cosas, del mundo en general, un reaseguro de su ver­
dad." El joven no contestó; era improbable que enten­
diera; además, el cura había omitido por pudor el argu­
mento en el que se basaba su aserto: que, hermoso como
era, tan perfecto y altivo, el muchacho se hubiera desarro­
llado en las aguas majestuosas del narcisismo. No obs­
tante, y para estar seguro de que sería comprendido de
todos modos, siguió: “El teatro es voluntario, siempre
y cuando no hablemos en sentidos figurados. Es prefe­
rible comportarse de modo grotesco de vez en cuando,
para tener una perspectiva más completa de nuestras
posibilidades." El joven escupió hacia la puerta; la saliva
salió como una bolita de plata al exterior, montada en
la luz supervoltaica de un relámpago. A esto le siguió una
respuesta más articulada: “En efecto, como usted dice,
no es necesario hablar en sentido figurado: el teatro es la

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122 / César Aira

pesadilla hecha realidad, y ante él no queda más remedio


que huir. No por miedo: por repugnancia." El cura, ins­
pirado, arrebatado: '‘¿Pero no es la historia de nuestras
vidas? ¿No estamos sujetos a la repetición?" “No, señor,
no lo estamos. Yo me mantendré alejado de Isolina Ma-
riani. No quiero volver a probar el beso del sapo/’ "¡Sen­
tido figurado!" "¿Y qué?" "Quiero decir, hijo, que algo
se repite. Si la doncella besa al sapo, y el beso lo trans­
forma en un bello príncipe..." Subrayó el adjetivo, en
la angustia de querer decir algo indecible. El joven ya le
respondía: "Si usted se viera en el trance de hacer el pa­
pel de la doncella, no el del príncipe, no vería el asunto
con tanta filosofía, puedo asegurárselo." "Aun así, no
escupiría a los elementos. No es mi estilo." "Perdón, lo
hice mecánicamente, sin intención." "La creación es sa­
grada." Su interlocutor asintió con la cabeza, distraído,
y volvió a un punto sobre el que tenía algo que observar:
"No creo que yo pueda aprender mucho más de lo que he
aprendido. Cuando a la gente como yo, ignorante por
imperio de las circunstancias, vienen a pintarnos con los
colores más salvíficos las virtudes de la educación, se olvi­
dan de las limitaciones de la realidad, por un lado, y por
otro ignoran lo que sí hemos aprendido ya: a vivir sin
educación." "En eso", dijo el cura, haciendo in pectore
la salvedad de que él no tenía nada que ver, "no puedo
sino estar de acuerdo." "Pero no está convencido." Era
agudo, el garzón. Parecía un teólogo. Hasta mostraba esa
tendencia a la trivialidad típica de la teología, que a él lo
desalentaba. Miró la lluvia, y la oyó. Estaba seguro de
haber entendido al revés la mitad de las palabras de la
conversación, por el ruido. Pero no tenía importancia;
el sentido general había quedado claro, y si un malenten­
dido interfería en el discurso, sólo podía salir ganando.
"Llueve, llueve, llueve", murmuró. "¿Eh?", preguntó
el otro; "ah, sí. Está lloviendo." "Me parece estar viendo

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El bautismo / 123

un retablo con títeres de mercurio.” "¿Sí?” "Uno no se


convence de lo que ve en el teatro. Uno quiere ver otra
cosa. El secreto que oculta. Y el secreto es sagrado.”
"Hormiga Negra disfrazado de mujer para escapar de la
autoridad, no es sagrado.” "De acuerdo. Pero ¿adonde
huye? ¿No sale del teatro acaso, hacia el infinito oscuro
donde lo esperan graves peligros?” "El más grave sería
que alguien lo creyera de veras mujer.” "¿Pero no es­
tamos ahí muy lejos del teatro, en plena realidad incó­
moda y terrible? ¿No se hacen ciertas las mentiras?”
"No creo que a un hombre de verdad se lo pueda con­
fundir con una mujer.” "Yo tampoco lo creo. Pero un
hombre llamado Hormiga tiene motivos para esperar lo
peor cuando se hunde en las profundidades oscuras de
la tierra.” El joven se rió suavemente. El cura prosiguió:
"El secreto está infinitamente protegido. Los disfraces
siempre están superpuestos. No hay posibilidades de atra­
vesar esa muralla, sino con el salto arriesgado de la
creencia.” "Juan Moreira pretendió saltar la tapia del
burdel, en la creencia de que podía escaparse... pero
lo atravesaron por atrás.” "Ya lo sé, ya lo sé. Con esa
clase de ejemplos, no iremos lejos.” "¡Por eso es que digo,
señor, que el teatro vuelve!”, exclamó el joven señalán­
dolo con el dedo.
El dedo brilló durante el tiempo que un relámpago
se sostuvo inclinado en el cielo. Brilló, le pareció al cura,
algo más de lo que debería hacerlo naturalmente un dedo.
No le habría sorprendido que ese joven desconocido
fuera un robot de oro, pero debía de haber una causa
más verosímil. Por el momento no se le ocurría ninguna,
y le resultaba chocante, como es lógico, preguntarle a al­
guien, sin más: ¿por qué brilla tu dedo? Se le ocurrió
que quizás fuese porque estaba mojado. Eso sí podía ser.
Le dijo: "¿Tenés la mano mojada?” En el siguiente re­
lámpago, el joven estaba mirándose la mano derecha.

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124 / César Aira

“La mano, y todo lo demás/' “¡Increíble!" "¿Por qué?


¿Usted está seco?" El cura se frotó las manos, y sintió
correr el agua: “Es cierto. Estamos mojados como los
peces. Por suerte aquí adentro no corre el viento." “Lo
que más me molesta es el pelo." "¿Te lo escurriste?"
“Sí, pero lo siento como un peso húmedo en el cuello.
Debería atármelo." El cura buscó inútilmente un pañuelo
en el bolsillo de la sotana. El joven se había inclinado
y con un movimiento rápido arrancó de la boca del ca­
ballo la correa de la valija. El cura, que lo vio vagamente
entre dos relámpagos, se mostró pesimista: “No creo
que puedas hacer un nudo con eso." "¿Ah no?", dijo el
joven pronunciando sin querer una mala palabra. Con
dos movimientos decididos hizo el nudo; el pelo le quedó
tirante, con la “cola" muy alta en la nuca. “Así está me­
jor", comentó.
“¿De qué estábamos hablando?", dijo el cura. Por
increíble que fuera, no podía acordarse. “De lo que resulta
ser verdad, después de haber parecido otra cosa", lo
auxilió su acompañante. “¿Sí? ¿Hablábamos de eso? Qué
curioso. Tengo mala memoria. En general, podría decirse
que no me acuerdo de nada." El otro guardó silencio.
"Pero si teníamos ese tema, no podía ser más adecuado.
Ya me acuerdo. Hablábamos de tu lamentable experiencia
teatral. Y yo decía, en efecto, que nada es teatro por siem­
pre. ¿No tenía razón?" “¿En qué sentido?" “Las pesadi­
llas son como la música. Duran hasta que se terminan, y
uno nunca sabe qué pensar." “La lluvia es igual." “No,
porque cuando termina se pueden evaluar los resultados."
“Hay muchas clases de resultados." “No. Hay una sola
clase." “Me temo, señor, que los resultados de esta lluvia
serán de la peor clase." “Todavía no ha terminado",
murmuró el cura con acento sombrío, y sus palabras se
perdieron bajo el estruendo de la tormenta que se pro­
longaba sobre ellos.

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El bautismo / 125

“¿Habrán levantado terraplenes... ?”, empezó en voz


más alta, pero fue interrumpido por el joven: “¡Y dale
con los terraplenes! Ya le dije que no. Nunca se ha hecho
tal cosa por aquí, ni sabrían cómo hacerlos, ni han pen­
sado en hacerlos. ¿De qué habrían servido, por otro lado?
¿No ve que todo está cubierto de agua?" “Pero entonces,
los pueblos se habrán inundado.” “En buena hora. ¿A
quién le importan estos pueblos olvidados? Que se los
lleve el agua, y buenas noches/' “No digas eso, hijo.
Siempre hay algo que merece salvarse." “No por aquí, se
lo aseguro." El cura se quedó pensando. ¿Por qué tendría
este muchacho tanta animadversión contra la zona en la
que vivía? Le había dicho que era pobre, pero eso no
era razón suficiente. Todos eran más o menos pobres
en el campo. Podía ser un caso extremo, o un extremista.
Era raro, de todos modos. La gente de campo, por lo que
recordaba, era muy cuidadosa con las cosas que tenía a
su alrededor, y siempre estaba pensando en el bienestar
de la tierra y en sus mejoras. Los años que corrían habían
promovido el odio, pero no creía que hubiera llegado
hasta aquí. Para eso había terraplenes más inexpugnables
que los frágiles y provisorios que podían construirse
mientras se agrupaban las nubes en lo alto.
“Perdón, pero uno de esos pueblos a los que nos
estamos refiriendo así, de modo genérico, ¿no será El
Pensamiento?" "¿Por qué me lo pregunta, don?", dijo
el joven, con un repentino matiz de desconfianza en la
voz, una especie de malicia vulgar que había faltado en
su acento hasta entonces, y que el cura, por su largo hábi­
to de tratar gente culta, no había echado de menos. “Te lo
pregunto", replicó haciendo un leve esfuerzo por mante­
ner el tratamiento de tuteo que antes le había salido na­
turalmente, en parte por la diferencia de edades, en parte
por una inconciente recuperación de su investidura sacer­
dotal, que no había olvidado del todo durante su estadía
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126 / César Aira

en la civilización, “porque hace muchos años yo viví en


El Pensamiento, y me he estado preguntando todo el
tiempo si, por una increíble casualidad, el accidente
de esta noche no me habrá dejado en ese mismo lugar.
Algunos nombres que has mencionado me lo han hecho
pensar. Por eso lo pregunto, nada más." Había sido abun­
dante en la explicación para aventar cualquier duda, in­
cluso infundada, en su interlocutor. Después de todo,
pensaba, en circunstancias tan especiales cualquiera se
mostraría desconfiado. El joven respondió cautelosamen­
te: “El Pensamiento está bastante cerca de aquí." “¡Ya
lo sabía!", exclamó triunfante; “había creído que nunca
volvería, y después de todo, he vuelto." Sin intención,
atraído apenas por la razón mecánica de la comprobación
de una trivial suposición, por ese elemento de triunfo que
tienen las casualidades realizadas, aun las más oprobio­
sas, un acento de alegría se había elevado en su voz; el
joven no dejó de hacérselo notar de inmediato: “No veo
qué pueda tener de bueno.” “No tiene nada, es cierto."
"Yo no me alegraría de volver, si alguna vez me hubiera
alejado." “¿Acaso querés irte?" “Me estoy yendo todo el
tiempo, pero nunca lo bastante lejos." Una mirada tur­
bada a la cabeza del caballito. A la luz de un relámpago,
en el giro del rostro, el cura creyó ver en éste un gesto de
angustia. Por eso, prefirió no insistir, y pasó a un asunto
más neutro.
“¿Qué ha sido del Pensamiento en todos estos años?"
4t¿Cuáles años?" “Bueno, yo me fu i... a v er... ¿en el 31,
en el 32? Sí, hace justamente veinte años." “Son los que
tengo. No sabría hacer la comparación, señor." “Supongo
que no debe de haber crecido gran cosa.” “Yo nunca lo
vi crecer." “No, no. Seguro. Estos pueblitos fueron una
apuesta equivocada. Pero cuando yo me fui, florecía en
su estabilidad. Las familias tenían muchos hijos, casi
demasiados. Y la existencia misma del pueblo estaba
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El bautismo / 127

asegurada por el ferrocarril." Se quedó pensando, memo­


rioso: “Y estaban los pueblos vecinos, toda la línea: Pi-
llahuinco, Las Mostazas, Lartigau, Indio Rico, Peralta,
Saldungaray..." “Todos igual. Una desolación. Indio Rico
progresó, eso sí." “¿Sí? Quién lo diría. Era el pueblo más
triste de por aquí. Una sola vez fui. ¿Y La Paloma?" “Es
una casa." “Claro. Una casa al borde del camino. Pero
Saldungaray tenía un palacio, el de los Del Carril. Y los
campos de violetas, como en el Loire. ¡Qué industria per­
fumista podría haber prosperado! Recuerdo el cerro Bo­
nete, donde pacían las vacas: una montaña desaprove­
chada." El joven respondía a estas nostálgicas evocaciones
con un terso silencio. El cura estaba lanzado: “Al Pensa­
miento venían los tuberculosos, por las bondades del
aire. Curioso, porque es donde la llanura es más lisa.
Espero que no se descubra, en esta ocasión, que estaba
más abajo que el resto de la llanura; lo más liso suele
tener esa propiedad, que el agua corrige sin piedad. Me
pregunto qué habrá sido de los vecinos de entonces. Por
ejemplo de los primos González, Julio y Valeriano, que se
casaron con dos hermanas de San Jorge y tuvieron ocho
hijos cada uno. Don Valeriano era el dueño de la fonda y
la panadería del pueblo, y del campo al sur de las vías."
“Se fue a Pringles." “¿Y don Julio?" “También." “¿Y
Pensa, el que le dio el nombre al pueblo?" “Pensa se
volvió loco." “Pobre. Era medio raro, es cierto. Bueno,
el hijo de Vanoli se volvió loco, o lo simuló, eso lo sé
porque salió en todos los diarios, después del escándalo
en el Armenonville... ¿Los Vanoli siguen siendo dueños
del campo al norte del pueblo?" “Sí." “Qué notable. Se
diría que todo sigue igual. ¿A qué distancia estaremos?"
El joven suspiró: “A unas dos leguas." “¡Aquí nomás!
Pero entonces, seguro que se ha inundado. ¡Qué cerca,
qué extraordinariamente cerca!" Se quedó murmurando
algo ininteligible un rato, para sí mismo. Todo lo que

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128 / César Aira

habían dicho tenía cierta magia, por lo menos para él.


Cuando uno ha vivido en un pueblo, se dijo, le queda
algo especial, un club de sombras con el que se vive siem­
pre. Sobre todo lo asombraba la verdad que había detrás
de esos nombres. Eran algo absolutamente real, refrac­
tario a la imaginación. Y sin embargo, la fantasía de las
cosas reales se imponía... pero sin imponerse, como si
hubiera rocas debajo de las pinturas levísimas de un
crepúsculo. “No puedo creer", dijo, “que el agua haya
cubierto el Pensamiento, que la gente esté trepada a los
techos, que los cadáveres, ¡Dios no lo quiera!, estén flo­
tando, en este mismo instante, por el rumbo de las vías."
“No hay muchas otras posibilidades que imaginarse", dijo
el joven desconocido, sin apartar la vista de la puerta.
“Aun así, mañana el agua bajará, y todo volverá a ser
como antes." “Mañana está lejos, y quizás no llegue nun­
ca. Está lloviendo cada vez más fuerte." Era cierto. El
diluvio arreciaba, los truenos se habían hecho más sordos,
más apagados, el ruido del agua más agudo y rabioso.
El cura seguía reflexionando, con una fijeza involuntaria
de razonamiento, como el que no puede hacer otra cosa.
La vida pueblerina, se decía, parece un sueño, tiene esa
cualidad de tedio feérico de lo que no sucede; una gran
catástrofe, por ejemplo cuando los cielos se abren y la
tierra se vuelve un mar, atontan a fuerza de ser realísi-
mas. Y sin embargo, es al revés. Esa inversión, se diría,
es la que produce la vida mental de la gente; pero lo que
piensan entonces, es el puro asombro de que las cosas
sucedan al revés. No vale la pena maravillarse. “¿Vivís
en El Pensamiento?” “Ya le dije, señor, que no tengo
domicilio fijo." Ah, cierto, pensó el cura: era peón. Aun
así, podría ser algo más específico. Habría podido apostar
a que sí vivía en El Pensamiento, pero en este momento
no se le antojaba decirlo, y no podía culparlo. Cada cual
con sus pequeñas o grandes preocupaciones. Se sentía

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El bautismo / 129

separado de su acompañante por algo más que la hos­


quedad. Eran como dos figuras alegóricas aproximadas
apenas por la falta de salas en un museo. A él la tormenta
no le había decapitado el caballo, lo que no significaba
que pusiera observarla como un mero acontecimiento
estético: no podía olvidar que había estado a punto de
decapitarlo a él mismo.
Para su sorpresa, el joven varió la dirección del ritmo
de la conversación, haciéndole una pregunta a él. No se
las había hecho antes, y el cura había dado por sentada su
falta de curiosidad. Con todos sus defectos, era una per­
sonalidad de signo altruista. “¿Y usted qué hacía en El
Pensamiento?", le dijo, “¿tenía campo?" Atónito, tardó
un momento en reaccionar. “Era el párroco, por supues­
to." “¿Párroco?" “Claro. Soy cura. ¿No te habías dado
cuenta? No puedo creerlo." “¿Cura? ¿Usted es cura? No,
no me había dado cuenta." “¿Pero no viste la sotana?"
“No. Como está tan oscuro..." “Perdón, debí haberme
presentado. Está mojada, y se me pega al cuerpo como
un chiripá, pero aun así es negra, y en forma de camisón."
“Tenga en cuenta que está sentado." “¿Mi modo de ha­
blar no te llamó la atención?" “No. Habla como cualquier
persona." A pesar de la seca tranquilidad de sus respues­
tas, era visible que estaba atónito; ¿de su propia falta de
perspicacia? En realidad, parecía aterrorizado. La situa­
ción se había transformado completamente, por acción
del detalle que había parecido visible sin serlo. Pero ni la
distracción de antes ni el terror de ahora tenían sentido.
Ser cura, para quien lo había sido casi toda su vida, era
trivial. “Pero yo nunca había hablado con un padre",
dijo el muchacho, esperando la coordinación. “Sí. Fui el
párroco del Pensamiento. Después de mí no hubo otro,
creo." “No, no lo hay. ¿Por qué?" “La parroquia se tras­
ladó a Indio Rico." “Ah. Claro, ahí hay un cura, quiero
decir, un padre." “Se puede decir cura."

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130 / César Aira

Con esta aclaración el tema pareció quedar agotado.


Lo dejó digerir la información con tiempo. ¿Qué estaría
pensando? ¿Que había tenido suerte, o que había tenido
mala suerte? No podía decidirlo por sí solo. Cada cual
con sus ideas. El incidente lo había devuelto en bloque a
su personalidad de cura; ahora notaba que en el inter­
valo, sin saberlo, había gozado de una dispersión de su
persona, y eso lo había llevado a pensar muchas cosas,
casi como si fuera otro. De pronto, volvía a ser un bloque,
un proyectil compacto arrojado al mundo, en forma de
cura. Era un efecto del campo, y la inundación no impor­
taba en este caso. Se cargaba de una violencia que no
era suya, pero que él representaba de todos modos. Cons­
tituía la fatalidad de su vocación, que el mundo rural
devolvía a la superficie de modo automático. Era una
sorpresa para él, y a la vez no lo era. En ese sentido, la
calamidad furiosa que lo había recibido era una alegoría
apropiada. ¡Así es como se vuelve a ser cura!, pensaba,
¡entre truenos y relámpagos, entre la muerte y la desola­
ción, rodeado de peligros supremos!
“No lo tome a mal, padre, ¿pero qué funciones cum­
plía en El Pensamiento? Se lo pregunto porque nunca vi
un padre aquí, y no me figuro para qué podría servir."
El cura esperó un poco antes de contestar; dejaba que
toda su violencia se enrollase en la bobina de obsidiana
de su corazón. Habló con dulzura: “Te lo explicaré, y
verás qué fácil es de entender. ¿Me perdonas que te dé
una pequeña clase de teología práctica?" “Por supuesto,
para eso le pregunté, además no tenemos otra cosa que
hacer. Pero le advierto que de eso no sé nada." “No impor­
ta, sabés todo lo necesario, y más." “Entonces, soy todo
oídos." “Es preferible eso a ser todo boca." “Ya lo
creo."
“Toda teología, permitime que te lo diga, empieza
por un cuadrivio mecánico, por lo más visible entre lo

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El bautismo / 131

visible, que son esas ceremonias que sólo con nosotros


se hacen de verdad, y que se llaman los sacramentos. Hay
algo que se explica así: una cosa que todo el mundo nece­
sita, y que sólo una persona puede dar, termina por crear
una persona entre las personas, que simplemente está
ahí." “¿Como el carnicero o el panadero?" “Exacto. Pero
mucho más, porque se trata de necesidades espirituales,
para las que siempre hay otro tiempo." “¿Inclusive en el
campo?" “¡En el campo mucho más que en cualquier
otra parte! Porque en el campo se llaman sacramentos
'de urgencia', lo que los vuelve tanto más espirituales. La
dispersión necesita de la contigüidad con verdadera deses­
peración." “Pero, ¿qué son los sa .. .cramentos?" “Son lo
definitivo. La gente tiene hambre y sed de lo definitivo."
“No lo tome a mal, pero ¿para qué sirven?" “Para con­
firmar a la gente en su creatividad. Son la gran inven­
ción." “¿No me había dicho que eran algo mecánico?"
“Son las dos cosas, mecánicos por fuera, creativos por
dentro... o al revés. Mecánicos en un seno del tiempo,
creativos en el otro, que es el mismo visto de espaldas.
Así el cura no existiera, así fuera una ilusión hecha de
unos trapos negros, una escoba usada y unas cáscaras
de plátano, aun así su administración continua de sacra­
mentos, desde un punto cualquiera del espacio, bastaría
para aniquilar la dispersión y producir una contigüidad
absoluta." “Está bien, de acuerdo, pero, ¿para qué sirve
eso?" “Para hacer a las personas intercambiables, para
hacer el ejército cristiano. Y cuando la persona individual
pierde importancia, hijo, se abre esa suprema flor del
cuerpo, esa corona maravillosa, el alma. Grandes gimnas­
tas sacramentados, como reyes, cada uno con su aureola,
llenan las barricadas del cielo." “Aun así, y con todo su
respeto", dijo el joven, “lo encuentro más bien imagi­
nario."

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132 / César Aira

"En efecto", asintió el cura, “lo es. Todo este asunto


de los sacramentos, con ser primordial en el sentido del
trabajo, es secundario. Los curas servimos para algo infi­
nitamente más importante, para lo único que puede consi­
derarse importante." Dejó transcurrir una pausa, para
crear efecto; su interlocutor no parecía apurado por en­
terarse de lo importante, lo que no podía asombrarlo,
porque era típico. De modo que siguió, con acento razo­
nable: “La clave de la presencia de un cura, es sostener
la creencia. A eso dedica, aun sin saberlo, sus días y sus
noches, y cada momento de su vida. Tanto, que las causas
y los efectos se dan vuelta, y el lugar mismo en el que
vive, vive en él, ocupa su puesto en él, ¡el cura se vuelve
el campo, la dispersión! Por eso pienso que..." “Perdón,
creencia ¿en qué?" Seco, cortante: “En todo." “¿En Dios?"
Sintió ganas de decirle: “¡Perdiste! ¡Era la palabra que
no había que pronunciar!", pero dijo: “Por supuesto. Y a
partir de ese punto, en todo lo demás." “¿Por ejemplo?"
“En todo lo susceptible a la creencia." “Sí, pero qué." “En
Dios." (Qué placer devolverle su misma moneda.) “¿Y en
qué más?" “No se necesita nada más. Y aunque no se lo
necesite, está: las pesadillas, el teatro, el trabajo... ¡la
inundación!"
El joven respondió con el silencio. Hablar de silencio
(o pensar en él) era casi una convención, dado el ruido
horrendo que hacía la lluvia. Más razonable sería decir
que no hablaban. Pues bien, no lo hicieron durante unos
minutos, y el cura se dijo que el silencio, con todas las
salvedades hechas, era de una gran ambigüedad. Por
ejemplo en este caso podía querer decir que para el joven
sus palabras habían abierto un insospechado horizonte
intelectual, o bien que no había entendido nada y no le
había interesado nada. El silencio, como tantas cosas, no
tenía sentido alguno, como no fuera para Dios. Y ahí,

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El bautismo / 133

había que creer. El silencio era el plasma de la creencia


ajena. Y de la propia. Se sintió de repente, mojado y
a oscuras como estaba, a sus anchas. Por un tenebroso
laberinto, había dado al fin con el santuario de su ser,
de su realidad; modesto como era ese santuario, era lo
suyo. Podría decirse que se repantigaba.
Se le ocurrió la siguiente conclusión provisoria de
toda su aventura: esa noche, con su trastorno cósmico,
con sus peligros grandísimos, formaba parte de un movi­
miento general, un gran movimiento, que podía llamarse
el Mundo, o el Cristianismo, o cualquier otro nombre,
pero en última instancia no era sino la Traducción. Lo
que sucedía, era eso. Un mundo que se volvía otro, y
ya no quedaban restos siquiera, ni arqueológicos, del
primer mundo, y el segundo estaba más allá de la imagi­
nación (la imaginación misma había desaparecido sin
dejar rastros, por ser parte del mundo anterior). Al faltar
paisajes visibles y comprobables, todo se sometía a la
majestad inaudita de la creencia. La traducción era eso
y nada más: creer, creer y creer. Y, en el vacío, la creen­
cia era traducción, y nada más que traducción. De ese
vaivén celeste, de ese tic-tac de la tierra y los cielos,
nacía el hombre. ¡El parto de los montes! De ahí que
no valiera la pena escandalizarse, ni siquiera asombrarse,
de lo excesivamente grande que sucedía sobre las desam­
paradas cabezas de la grey humana, por ejemplo esta gran
lluvia, tan incómoda: todo era a la medida del hombre.
Suspiró, con esa fatiga feliz de quien cree haber re­
suelto un grave problema. Se imaginó por un instante
que la breve bocanada de aire del suspiro hacía retro­
ceder las densas murallas de la tormenta... unos centí­
metros, y no era menos sobrenatural por ello; por el
contrario, lo era más. Por alguna asociación de ideas que
no se molestó en descifrar, le vino a la mente en ese mo-

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134 / César Aira

mentó un nombre por el que se había olvidado de pregun­


tar unos minutos antes:
"¿Y Mariezcurrena?"
La respuesta que recibió tuvo por efecto paralizar
su aparato mental durante una fracción de segundo. No es
tan corriente como parece que el pensamiento se para­
lice. Sin embargo sucede, y sucedió en este caso, por
supuesto. Es momentáneo, y a la vez para siempre. El
tiempo se despega de sí mismo y parte, velocísimo, en dos
direcciones opuestas. Literalmente, es un momento en el
que no se puede pensar.
"Yo soy Mariezcurrena."
"Ah: no puede ser", pensó el cura en un balbuceo
desorientado: "lo creo porque es absurdo." Pero era como
otra voz la que repetía dentro de su cabeza, en un cacareo
mecánico: "Imposible, imposible."
"¿Pero cómo... ? ¿El vasco... ?"
"Ah, el vasco. Era mi padre."
"¡¡Ah!! ¿Sos el hijo de Mariezcurrena?"
Junto al alivio insignificante, pero profundo, de ha­
ber resuelto ese pequeño enigma, sentía una grave inquie­
tud inexplicable. Temía haber metido la pata, y no sabía
de qué manera iba a manifestarse la consecuencia fu­
nesta de su traspié. Quedaba en su cabeza una suerte de
perfume de la parálisis anterior, que lo confundía.
"Sí. ¿Usted lo conocía?"
Empezaba a darse cuenta de las consecuencias de su
pregunta, pero brumosamente, sin claridad. Creyó tener
algo entre los dedos: los Mariezcurrena, padre y madre,
habían muerto, y él no lo sabía. ¡Como para no sospechar
de una metida de pata! Era como cuando uno se en­
cuentra con su mejor amigo y le dice "¿Y tu mamá?" y
sabe, sin sombra de duda, que su amigo responderá: "Ma­

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El bautismo / 135

má falleció.” ¡Pero es que él lo sabía! Ahí estaba la clave.


¿Pero cómo lo sabía, cómo podía saberlo, si en realidad
no lo sabía? ¿Lo sabía o no lo sabía? En su aturdimiento
(estaba pensando con altavoz, se atontaba a sí mismo)
llegó a preguntarse si había conocido alguna vez a alguien
llamado Mariezcurrena; el nombre mismo parecía impo­
sible, un chiste, como “María Chucena”. Por primera vez
en esa difícil velada se sentía a la altura de la tormenta.
Lo negro, lo descabellado, lo inverosímil, lo tumultuoso,
entraban en él, en bloque. Debía calmarse. Debía tran­
quilizarse. El silencio ayudaría, y no quedaría mal en este
punto, como un homenaje a los difuntos. Pero una fatali­
dad, que lamentaba tanto como todo lo demás, lo impul­
saba a hablar.
“Claro que lo conocí. A tu padre y a tu madre. Y a
tus hermanos, que eran chacareros también... Sí, creo
haber bautizado a sus hijos... Pero entonces no me
explico... Vos.. . ” “Yo fui un hijo tardío. Tengo sobrinos
mayores que yo.” “Eso explica mi confusión. Habrás na­
cido después de mi época en El Pensamiento.” “Es posi­
ble.” “¿Cuántos años me dijiste que tenías?” “Cumplí
veinte hace un mes.” “Un mes. . . ” Parecía pensar, pero
no pensaba. Cuando uno intenta calcular, no piensa aun­
que quiera. Además, tampoco le sale el cálculo. “Entonces,
es curioso. Hace veinte años yo estaba todavía aquí, si no
me equivoco. A ver... en el treintaiuno... el treintai-
dós. . . ” “El treintaiuno viene antes que el treintaidós”,
dijo el joven, entretenido. “Sí, sí... En este momento
no puedo calcular.” Hizo un gesto en dirección a la puer­
ta: la lluvia, el ruido, el desastre. Podría haberse hecho
la pausa que había anhelado, pero el joven dijo: “Mis
padres murieron decapitados por un borracho.” “Sí, sí”,
se apresuró a decir el cura, “lo sabía, me llegó la noticia
por alguien que viajó, el año pasado, creo.. . ” “Pero us­
ted me preguntó por mi padre, como si no supiera nada.”

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136 / César Aira

“Supongo que me había olvidado, o mejor dicho, lo dije


mecánicamente, como estábamos hablando de antiguos
pobladores de la región."
Con todas estas últimas idas y venidas psicológicas se
había creado, sin querer, una atmósfera altamente sinies­
tra; no tenía causa real y tangible, pero el cura estaba
persuadido de que la causa era él mismo, y él era un
objeto real, y tangible: las manos invisibles de la lluvia
lo tocaban, aunque estaba bajo techo. De un atisbo de
felicidad y plenitud, saltaba a la depresión. Había un
umbral, y lo atravesaba; lo peor era saber que el umbral
permanecía, y que pronto volvería a cruzarlo. Ese solo
hecho lo deprimía: que fuera presa de un movimiento
constante, ser un cura rococó, y no el peñón desnudo e
inmóvil en el océano de los sentimientos. Era, como
tantas, tantísimas veces en su vida, ocasión de repetir
el lema que había elegido, y al que nunca lograba obede­
cer: “Simplifica, hijo, simplifica" (tomado de un apólogo
de su autor favorito, Constancio C. Vigil). Era inútil, total­
mente inútil, y no le servía más que para amargarse; y
ni siquiera se rendía a la evidencia de sus espiras y vo­
lutas, no se resignaba a no poder simplificar; ese renun­
ciamiento habría sido una importante simplificación, es
cierto, pero lo habría despojado de su barroca esperanza.
Y, después de todo, ¿quién podía desear la simplificación
sino un complicado como él? Se le ocurrió que quizás el
nombre fuera el responsable (otro motivo no se le ocu­
rría); un minuto antes ese joven no era nadie, era un
desconocido, un ángel. De pronto, resultaba ser el hijo
de Mariezcurrena. El nombre imponía las cosas, y el
mundo caía con espantosa regularidad. Los relámpagos
se habían acabado casi todos. Eso también podía contri­
buir. El ritmo irregular de los resplandores había venido
disimulando hasta entonces el peso opaco del tiempo. Era
como si dejaran de verse; no del todo, porque algún re­

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El bautismo / 137

lámpago había de vez en cuando, pero, en fin, daba esa


impresión. No tenía importancia: recordaba perfectamen­
te el perfil. Tener los ojos abiertos en la oscuridad es
igual a repetirse in pectore una tabla de multiplicar mien­
tras pasa algo terrible. Lo único terrible, en términos de
objetividad absoluta, es el clima, cuya variación el ser
humano presencia sentado en la nada. La muerte puede
ocurrir en una instancia semejante.
Trató de superar el bajón hablando, sin mucha re­
flexión: '‘Claro que lo conocí a tu padre, y bastante, por
cierto. No nos veíamos con frecuencia, porque él bajaba
al pueblo, si es que puede, o podía, llamarse pueblo al
caserío que rodeaba la estación, lo estrictamente necesa­
rio nada más, y el resto del día podía decirse que nos
vigilaba desde su loma. Nos vigilaba sin miramos, traba­
jando, que era su modo natural de existir. Pero de vez en
cuando conversábamos, y puedo decirte que fue uno de
los hombres más inteligentes que haya conocido en mi
vida. Con él podía mantenerse una verdadera conversa­
ción, cualidad tan rara, pero tan rara, que puede consi­
derarse afortunado el que encuentra dos o tres personas
así en toda su vida. Por eso no me he olvidado de él,
ni me olvidaré nunca. Era un privilegio tratarlo, tanto
más porque él no se daba con nadie. Lo que no quiere
decir que fuera un mal vecino; por el contrario, era de
los mejores. Mantenía la distancia, eso sí. Nunca tuvo
problemas con nadie. Era uno de los clásicos de El Pen­
samiento. Tengo bien presentes algunas anécdotas de él,
por ejemplo la primera vez que lo vi. Fue el primer día
que pisé El Pensamiento; venía en auto, que manejaba
Pedro Grande, de San Heraclio, donde habíamos ido
a buscar la llave de la capilla y de la casa donde yo viviría.
Nos habíamos demorado tomando el té, y volvíamos
a una hora del atardecer en que ya no había sol pero
estaba muy claro (era pleno verano). Al pasar frente a
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138 / César Aira

la loma donde estaba su chacra, lo vi, sin saber quién


era todavía. Estaba quieto, como pensativo, a unos treinta
metros del alambrado, vuelto hacia el camino pero sin
mirar ostensiblemente el auto. A unos cien metros, había
una vaca. Cerca de la vaca, una garceta parada en el suelo.
Del horizonte, sobrenaturalmente aproximado por la loma,
asomaba una rueda de molino, con las aspas grises. Nada
más. Era una especie de escenario vacío, con unos pocos
personajes. Por no haber sol ya, ni él ni la vaca ni la
garceta ni la rueda del molino proyectaban sombras;
pero mostraban sus formas y sus colores, muy nítidos.
He seguido viendo esa escena todos estos años. El cielo
estaba celeste, muy claro y limpio. El vasco era una perso­
na notable, físicamente, aun a primera vista: bajo, for­
nido, muy serio, intemporal. Y su alma se desprendía, en
el aire silencioso de la tarde, como un disco de oro, subía
al cielo con perfecta gracia. Muchas veces me he pregun­
tado qué es la inteligencia. Mejor dicho, me he pregunta­
do, ¿cómo ser inteligente? Los dones vienen del cielo,
pero el mejor y más práctico de los dones, que es la inte­
ligencia, me parece más bien que sube al cielo, cae al
revés, de los hombres. Cada vez que la aurora de esa
pregunta se ha manifestado en mi cabeza, he vuelto a
ver lo que vi aquella tarde, que parecía también un ama­
necer antes del sol, antes de la idea misma del sol...
Recuerdo otra anécdota, más curiosa, algo que sucedió
unos años después. Fue cuando se había puesto de moda
la laguna de Mosca, y todos los domingos se organizaban
excursiones de pesca. A las que iba tu padre. Fue la pri­
mera y única vez que me dejé convencer de acompañarlos;
tenía curiosidad por conocer el lugar, ya que no interés
en el deporte. Resultó ser una de las más atroces lagunas
que he visto en mi vida: ni un solo árbol en la orilla, ni
en ningún otro sitio que alcanzara la vista, ningún acci­
dente en el suelo, nada: la tierra, y el agua, y un sol
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El bautismo / 139

abrasador. Hicieron un asado, comimos, tomamos vino, y


los pescadores debieron conformarse con dientudos y ba­
gres mezquinos, aunque, eso sí, en gran cantidad. Salvo
tu padre. El sacó un pescado que en comparación con las
naderías de los otros parecía gigante. No quiero mentir,
pero podía medir medio metro. Una presa descomunal,
que valía el viaje. Todos lo admiraron, y el vasco lo dejó
a sus pies y se puso a encamar otra vez. Entonces pasó
una cosa por demás curiosa. El pescado resbaló, nadie
supo cómo, lentamente, muy despacio, con ese desplaza­
miento imperceptible que tienen las agujas del reloj (es
probable que el suelo tuviera allí un declive) y llegó hasta
el agua. Allí, recién, lo vimos todos, atónitos, y no hubo
tiempo para nada. La lentitud se había transformado en
una prodigiosa precipitación: el pez ya estaba en el agua,
y lo vimos nadar, con un par de coletazos elegantes se
perdió en la profundidad. Nos había dejado paralizados.
Era uno de esos escamoteos que suelen asociarse a la
medianoche, pero era pleno día. Y, por haberlo sopor­
tado como pocas veces he tenido que soportar un día,
un largo día de verano, puedo asegurarte que era el
día de la luz, de la claridad. Allí estaba tu padre, bur­
lado de la manera más increíble, con la boca abierta, y
un gesto que contradecía de modo definitivo su esencial
perspicacia. Debe ser por eso que la anécdota se me quedó
grabada en la memoria. Ahora que lo pienso, lo común a
todos los recuerdos que tengo del vasco como figura, es
la extrema claridad, la transparencia, la desnudez del
aire. Así era él. Nunca lo vi de noche, seguramente porque
se acostaba temprano. Tenía fama de gran trabajador,
además, pero eso no constituía una recomendación espe­
cial en aquella época, porque todos lo eran."
Habría seguido contando historietas toda la noche,
si en ese momento no hubiera sucedido algo bastante
espantoso. Oyeron algo así como un trueno, salvo que

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140 / César Aira

mucho más próximo y desorganizado en su sonido, y a


la vez más profundo, con resonancias acuáticas. Pero no
fue sólo el ruido, sino el sacudón, el temblor, que se coló
hasta lo más íntimo de sus carnes mojadas. Era un de­
rrumbe, y no les faltaban motivos para creer que era el
del refugio en el que se hallaban; al menos fue lo que
creyó el cura, que alzó la vista con pavor; el joven Ma­
riezcurrena en cambio pareció saber desde el primer
momento de qué se trataba, porque miró a su espalda;
siguiendo esa dirección el cura pudo ver cómo caía la
pared del fondo. Sólo la pared: la persiana metálica
quedó en su lugar, y a un costado de ella la cadena que
servía para izarla, agitándose locamente con un tintineo
que los demás ruidos volvían mudo. El vasto galpón ad­
yacente se había reducido a la nada, y ahora la lluvia
caía sobre el agua. Era increíble que el habitáculo de
ellos quedara en pie, aun sin la pared. Era un milagro.
Pero las paredes se habían resquebrajado, las chapas del
techo saltaron y volvieron a su lugar, la forma apenas
iluminada de la puerta había cambiado su rectángulo
por un vago trapezoide, y un aroma helado de intem­
perie atravesó el espacio. El siguiente relámpago, al dibu­
jarse en la gran pantalla de la pared ausente, los iluminó
mucho mejor que antes; habían quedado paralizados.
Además, pudieron apreciar la magnitud del anegamiento:
estaban enteramente rodeados de agua, el nivel de la cual
había subido hasta igualarse al del piso en el que estaban
sentados; de hecho, parecía estar más alta que el piso.
Llovía con más violencia.
Una vez que pasó la conmoción física, y en pleno
desarrollo de la moral, que sobrevino, volvieron a hablar.
Tuvieron que vencer el enmudecimiento algo parado jal
que produce el miedo, pero no les costó mucho trabajo.
No habían hecho, antes, otra cosa que prepararse para
esa superación. “¿Qué pasó?”, tartamudeó el cura, recu­

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El bautismo / 141

rriendo a lo obvio. "Pasó lo que pasó", dijo Mariezcurre-


na: "se vino abajo todo." "Bueno, todo no." "En efecto,
esto ha resistido por el momento." Era inquietante pen­
sarlo en esos términos. El cura se estremeció. "¿Tiene
frío?", le preguntó el joven. "Un poco más que antes.
¿Vos no?" "La verdad que sí." "Tendrías que haberte
sacado la ropa y haberla escurrido, como hice yo", dijo
el cura. No había nada que hacerle: seguía en la suya.
Sin saberlo él mismo, seguía en la suya, a despecho de las
urgencias desesperadas del momento. La gente es así.
"Con todo, sigo aterido", concedió. "¿No te parece que el
agua ha subido?" "No podría decirlo, pero no me extra­
ñaría. Sería raro que no subiera." "Sí, sería rarísimo. El
problema somos nosotros." "¿Por?" "¡Por! ¡Por!" "¿Cree
que podríamos perder pie?" "¿Adonde vamos a meternos,
si sube hasta aquí?" "Eso no me preocupa tanto. Nos
mojaríamos los pies pero no nos ahogaríamos. Lo grave
sería que se caiga esto." "Sí, eso sería grave", comentó
el cura subrayando con cruel ironía la última palabra.
Parecía culpar al joven Mariezcurrena por lo que le es­
taba pasando; ésa también es una reacción común, sobre
todo en personas de edad. El otro ni le prestaba atención,
pues a pesar de sus respuestas tranquilas también tenía
su preocupación. Es que, sin contemplar los devaneos
subjetivos de ninguno de los dos, deteniéndose sólo en
las condiciones objetivas de la situación (y esa objeti­
vidad era un devaneo al que ambos se entregaron con
frenesí), no se podían reconocer sino los rasgos deses­
perados, que se proyectaban fuera de la noche, como una
forma que, aplicada contra una tela negra y opaca, se
mostrara con claridad a quienes estuvieran del otro lado,
y sin verla, pudieran adivinarla. ¿Adonde terminarían?
Habían estado pensando en el techo todo el tiempo: los
protegía de la lluvia, y llegado el caso podía hacer de
azotea. Ahora esto último quedaba descartado, tanto se

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142 / César Aira

habían torcido las paredes y desapatarrado las chapas.


Y lo primero, se tornaba problemático, porque entraban
por las recientes aberturas torrentes de agua que, si
no les daban directamente a ellos, los salpicaban y en­
charcaban tanto el piso de baldosas que era sólo verlo,
a la luz de un relámpago, y temer que el campo, es decir el
océano, hubiera entrado. Afuera, las aguas bramaban, se
abrían con rugidos en ondulantes surcos para recibir las
arremolinadas rociaduras de la lluvia, y se cerraban sobre
los toneles llenos, para explotar acto seguido en carca­
jadas de rayos o en lloros de ventolinas. El nubarrón
espeso, por su parte, se rasgaba por todos lados, se desha­
cía en negro sobre negro, y malignamente, persistía en
su lugar.
Con ojos arquitectos el cura evaluaba lo que podían
durar esas cortinillas de adobe que ya eran lo único.
Entre el clamor de las chapas se oía el repicar de la
cadena; contra la persiana de chapa acanalada, daba
la lluvia con bastante estruendo. El viento que ahora
corría entre la pared disuelta y el hueco de la puerta
arrastraba innúmeras gotas que ellos recibían. Ya no
podía hablarse con propiedad de refugio. Estaban en el
medio de esos pasajes glaciales; quizás si se pusieran
en los dos rincones que quedaban... Decidió que era
más peligroso hacerlo, por la eventualidad de un derrum­
be. La luz de los relámpagos también entraba por el
techo, entre las chapas corridas. Al examinar estos daños,
el cura creyó notar algo raro, pero al principio no supo
explicarse qué era. El muchacho no lo miraba, quizás
molesto por el último intercambio de palabras. Pero se­
guía siendo el mismo, e inclusive seguía en el mismo sitio.
Tardó un instante todavía en caer en la cuenta: ¡la cabeza
del caballo había desaparecido! Soltó una exclamación,
y como miraba fijo el punto en el que había estado, el
otro no tuvo inconvenientes en hacer el mismo descu­

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El bautismo / 143

brimiento. Hubo entonces una serie de movimientos con­


fusos. El joven Mariezcurrena hizo el gesto de levantarse
para ir a buscar los despojos del pobre Turbante, el cura
hizo el gesto correspondiente de impedírselo, todo en el
intervalo entre dos relámpagos y en la prolongada reso­
nancia de un trueno. Al final, ni el joven se arrojó a las
aguas ni el cura tuvo que lamentarlo. Pero, por alguna
razón, habían quedado los dos de pie, a escasa distancia
uno de otro, y esto último, curiosamente, era lo único
posible. Después de las horas que habían pasado sentados,
dando por supuesto que se hallaban en un ambiente am­
plio, descubrían que los albergaba una casita de muñecas,
en la que ni siquiera habrían podido gesticular con am­
plitud, ni dar un paso. Sus cabezas rozaban el techo, y
de haber estirado los brazos habrían tocado una pared
con cada mano. Al cura esto le resultaba muy raro. Re­
cordaba haberse desplazado por esta habitación, cuando
todavía tenía sus cuatro paredes en pie, con pasos cau­
telosos en la oscuridad, y aun haber evitado sin saberlo
al joven durmiente. No, era un cambio en las dimensiones.
Era como si la cabeza del caballo, ya perdida, hubiera sido
un patrón. Por supuesto, había una explicación racional
también: el cambio de lugar de las chapas del techo,
consecuencia del derrumbe, había incluido un desliza*
miento hacia abajo. Y las paredes se habían inclinado.
Eso lo explicaba. De todos modos, el cura no dejaba de
sentirse un gigante, mágicamente aprisionado en un cas­
tillo estrecho. Y no lo deprimía, todo lo contrario, lo
sentía como una revancha de la que podía gozar, al me­
nos en el secreto de su historia; pues siempre había sido
muy bajo de estatura, muy bajo “para su edad” mientras
fue niño, y cuando dejó de crecer, muy bajo para su
especie. El joven Mariezcurrena a su lado, era mucho
más alto que él, pero debido a la pequeñez algo deforme
del cubo que los contenía, la diferencia se neutralizaba:

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144 / César Aira

eran dos cuerpos enormes envarados en la oscuridad, en


una torsión estatuaria, ocupando todo el espacio dispo­
nible. Aspiró con fuerza, llenó el pecho de aire. Sabía
que era un ensueño trivial, pero de todos modos se sentía
poderoso. El cambio de posición lo desentumecía. Sólo
ahora se le ocurría, después de haber pasado tantas cosas,
que al vigor de la tempestad se le podía oponer una es­
pecie de fuerza, de energía. Los relámpagos mismos eran
descargas sensuales corriendo por el tejido de músculos
titánicos. Por lo pronto, le dio los ánimos que le habían
faltado hasta entonces para plantear el tema de la super­
vivencia.
"¿Te parece que si aguantamos aquí hasta el ama­
necer, podríamos salir en alguna dirección?" “¿En cuál?"
“Bueno, sos vos el que conoce esta región. ¿No hay al­
guna altura cerca, una loma por ejemplo, o un sector
del terraplén del ferrocarril especialmente elevado? Creo
recordar que en la salida oeste del Pensamiento, el tren
corría por una altura verdaderamente de montaña." “Si
el terraplén del ferrocarril es alto, es porque el terreno
es bajo. Usted debe saber que las vías conservan su nivel.
Así que no veo qué ventaja podría tener encaminamos
hacia una depresión real." “¿Y una loma? Las lomas
pueden ser alturas absolutas, es decir, elevarse en un
terreno ya de por sí elevado." “He estado pensando
en lomas. Cada momento que no pasamos hablando, que
fueron pocos, estuve haciendo un esfuerzo por acordarme
del lugar donde se levantan lomas. Porque coincido en
que en lo alto de una de ellas estaríamos a salvo, por
lo menos mucho más que en esta demolición. Pero no
obtuve ningún resultado, y me preguntaba por qué, hasta
que lo que usted acaba de decir me ha dado una plau­
sible explicación." Pese a lo ocioso de tales disquisiciones,
el cura quiso conocer esa explicación. “Usted dijo que
una loma puede estar en terreno elevado tanto como en

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El bautismo / 145

terreno bajo, y es muy cierto. Puede estar en cualquier


parte. Y cuando uno anda de acá para allá, en la vida
corriente, no advierte dónde está ‘cualquier parte’. Apenas
si lo sabe en relación a otras partes igual de cualquiera:
por ejemplo, una loma está atrás de una vaca, o a la
derecha de donde pasamos, o en línea recta entre noso­
tros y un monte, al que justamente nos impide ver. Se
imaginará que, siendo así, es imposible que las encuentre
hoy." El cura se quedó pensativo. Pensaba: “Qué parecido
es al padre." No se le ocurría qué más preguntarle. Hizo
un comentario cauteloso: “Entonces, nuestra única es­
peranza es que deje de llover. Y de eso no hay ningún
atisbo." “Nunca se sabe." “No, nunca se sabe. Pero debe­
mos preparamos para lo peor." “Lo peor es la muerte,
padre." “A eso me refería." “Ah." Hubo un silencio.
“Decime una cosa: si nos quedamos sin este refugio, ¿qué
harás?" “Me agarro de algo que flote y trato de aguantar
lo más posible." “¿Y si no hay nada que flote?" “Trato
de hacer pie, y camino para donde el terreno suba." “¿Y
si no hacés pie?" “Nado." “Por lo menos, vos sabés."
“¿Usted no?" “No." “En realidad, yo tampoco sé, pero
por lo menos creo poder flotar, en la desesperación."
“Qué consuelo." “Y si hay que morirse", concluyó el
joven, “es porque nos llegó la hora."
El cura se sobresaltó: el gigante que era él com­
prendía de pronto que el gigante que tenía al lado no
creía en lo que estaba diciendo. Era un privilegio de la
juventud: no hacerse cargo de las posibilidades infinitas,
no creer. Tenía que tocarme a mí, se dijo, compartir este
momento supremo con un incrédulo. Y, en realidad, tenía
que tocarle. La idea de la muerte lo alcanzaba por pri­
mera vez en toda su inexorable exactitud. La gente dice
“me llegó la hora", y no se da cuenta de que es una hora
como las demás, una de esas horas a las que estamos
habituados. La hora no llega, ni la muerte se produce.
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146 / César Aira

Aunque la elasticidad, que la oscuridad de la noche no


permitía verificar, de los tamaños relativos, contaminaba
de cierta fantasía la situación, de todos modos seguían
estando en una casa, o en los restos de una casa, y no
era cuestión de pensar que se irían a pique. Y sin em­
bargo, se irían a pique. Todo pronosticaba un hundi­
miento. El tornasolado desfile de las ideas, de las ocu­
rrencias, de las felicidades innumerables del pensamiento,
tocaba a su fin y se resolvía en un gris suceder presi­
dido por el tormento intelectual. Esta cruel sinrazón se
prolongaría un buen rato, y lo peor es que no tenía un
término visible. El cura se sentía oprimido, y no sabía
bien por qué. No podía ser por la proximidad de su fin,
porque toda su vida había estado encaminada a esa proxi­
midad; ¿no debería sentir más bien una liberación? A su
lado, en la negra sombra estriada por los relámpagos,
el joven se agitaba imperceptiblemente, respiraba con
regularidad, estaba atento a lo que sucedía en el mundo,
como un hermoso animal dispuesto a algo, no se sabía
a qué. Era más o menos como si hubieran agotado los
temas de conversación. ¿Les quedaba algo por decirse?
Lo dudaba. En este momento, no se le ocurría. Y cuando
no hay nada que decir, pensaba, todo lo demás fluye
hacia lo indistinto. Atendía él también a lo que sucedía
afuera. El estruendo de la lluvia aumentaba; horas antes,
al llegar aquí, le había parecido un intolerable clímax de
fragor; ahora comprendía que había sido el primer paso
de un crescendo que no había cesado. Y aun así, en el
aturdimiento del ruido, le parecía inconcebible que algo,
un agente misterioso, no fuera a disponer para su uso
alguna especie de máquina que lo levantara por los aires
y lo dejara a salvo en algún lugar lejano y seco. El cura
no podía dejar de reconocer el hecho de que todo lo
que había sucedido desde el momento en que desca­
rrilara el tren, pertenecía a esa categoría de cosas que

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El bautismo / 147

“sólo suceden en la realidad." No estaba en condiciones


de levantar el acta, o hacer el relato detallado; pero desde
ya sabía que era imposible, la aventura del náufrago, la
escenografía pavorosa y sostenida en un máximo de inten­
sidad, los cuadros vertiginosos de horror, lo pintoresco
general que permeaba las sorpresas; sólo faltaba, eso sí,
la grandísima casualidad, y hasta a ella creía percibirla
en la coincidencia de que el drama hubiera sucedido en la
misma región donde él vivió décadas atrás, y en que
le hubiera tocado de compañero de infortunio el hijo de
un viejo conocido ya casi olvidado. Y, dadas todas las con­
diciones, el hecho sucedía, escandalosamente, en los bordes
exteriores de la conciencia, pero no del todo fuera de ésta,
suspendido del hilo tenue de la creencia. Y aquí estaba, o
volvía a estar, la clave del asunto. Del tema sobre el que
había creído poder enseñarle a su joven acompañante, él
mismo tenía mucho que aprender todavía. Recordaba la
famosa anécdota del chino que leía un libro en la fila
del patíbulo; ¿no estaba en el mismo caso? Salvo que aquí
no tenía un libro entre las manos, él, que había tenido
tantos; y sin embargo, sí lo tenía. Este joven a su lado
era su libro. Los jóvenes, aun cuando no sean todo credu­
lidad, que es lo habitual, son todo creencia. Eso es la
juventud: un impulso de la persona entera, en bloque,
que obedece a los simulacros de una inteligencia que
todavía no es tal. Después, ya maduro y desengañado, el
hombre se mueve en forma fragmentada. Pero él, preci­
samente él, en razón de su trabajo, era una especie de
joven profesional, una quimera hecha de inteligencia y
no-inteligencia, un monstruo tendido sobre la humanidad
para hacer reales las más locas ocurrencias mentales. En
varias ocasiones del diálogo había creído advertir notas
de ironía en las réplicas del joven Mariezcurrena. Se había
equivocado, cada vez. Había estado frente a la más sólida
sinceridad, y había tardado todo este tiempo en darse
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148 / César Aira

cuenta. No eran sutilezas: era la brutalidad de la vida


misma que se expresaba. Y lo hacía sin dividirse en
partes, sin parcelar sus significados. Considerando el con­
junto, estaba frente a un relato anterior a todos los re­
latos, a una razón previa a la razón, una ciencia de las
totalidades que constituía una memoria del mundo. Y lo
que a él le faltaba era justamente una buena memoria con
la que hacer funcionar los tesoros de su inteligencia; lo
había observado, y deplorado, tanto en los hechos impor­
tantes de su propia biografía, como en los argumentos de
las películas, aun las que más le habían gustado, que se
evaporaban de su recuerdo sin dejar el menor rastro.
Lo que sí percibía era la cualidad de dispositivo memo-
rialístico de lo que tenía cada vez frente a las narices,
esas colecciones casuales de elementos finitos, como ahora
la noche, la lluvia, el joven Mariezcurrena. En este último,
había algo más. Era una memoria personificada: el cuer­
po glorioso de un bello espécimen humano, el más bello
con el que se hubiera topado jamás, el desarrollo comple­
to, y, podía decirse, perfecto, de las posibilidades de un
cuerpo, el poder que encerraba, el vigor, par de las fuerzas
del cielo, ¿qué eran sino su propia memoria, puesta fuera
de él, recordatorio de la vida que se le aparecía en el mo­
mento en que sólo podía esperar razonablemente la muer­
te? Es que ni siquiera tenía la oportunidad de recordar
nada. No podía recordar él, con su persona, o con su
razón. Recordar también era creer, y él no creía en esta
fábula. Era un cura, lo había sido toda su vida de hombre,
y lo sería hasta el final. Y si el cristianismo era la creen­
cia, lo era por ser el más completo e indudable sistema
contra la creencia, contra el nacimiento casual, en la
realidad, de la creencia. Ahora sólo le quedaba esperar
la salvación, pero en eso habría una ambigüedad hasta el
final. Sabía que si le hacía la pregunta al joven, como
una adivinanza, le respondería: la salvación es: que pase
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El bautismo / 149

por aquí un paquebote. El mencionaría a Dios. El otro


diría: que pase por aquí Dios, nadando en estilo crawl.
Dios tenía estilo. La salvación no. La muerte tampoco.
Eran la clase de cosas que ocurren cuando no hay tiempo
para observarlas. Se acordó de la anécdota que había
contado él mismo un rato antes, la del pez que se le
había escurrido de la tierra firme al viejo Mariezcurrena.
Era una buena ilustración, pero casi todas las anécdotas
lo eran. Sólo había que recordarlas, y él en eso era malo.
Milagro que hubiera acudido a su ruin memoria. Tantos
cuentos prefiguraban a la muerte, tantísimos, y estaba
seguro de que aun cuando hubiera hecho el esfuerzo, se
habría olvidado de los más pertinentes. Alguna vez había
leído que en el momento de la muerte, en el peligro su­
premo, la memoria se abre mágicamente y en un instante
reviven todas las escenas del pasado. No creía en eso.
Sólo podía aceptarlo como una metáfora que, conve­
nientemente invertida, señalaba la cualidad mortal de
la memoria. "Si recuerdo, ya estoy muerto", pensó. Por
eso la gente sobrevivía, "para contar el cuento". Sus pen­
samientos se atropellaban, como una gran enumeración.
Los relámpagos se sucedían. La casilla parecía hacerse
más pequeña a cada minuto. Si estaba sucediendo un
verdadero proceso de miniaturización, y eso era imposi­
ble, se hallaban en otro compartimento de la memoria,
el de lo imaginario, la creación. La colección se irisaba
con los colores del arte. La fábula los sustraía de la cruel
necesidad de responder con sus pulmones a la creciente
de las aguas. Pero la miniatura tenía también su costado
terrible: por ejemplo, que en este momento apareciera el
barco que podía salvarlos, una lancha de la prefectura
completa con su tripulación, sus expertos en rescate, sus
salvavidas de corcho... pero todo en otra dimensión,
pequeño como un juguete, un barco al que pudieran
alzar en la mano y examinar, ya no con curiosidad esté­

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150 / César Aira

tica, sino con la pavorosa nostalgia de no poder usarlo;


gigantes y enanos, náufragos como torres y salvadores
como insectos, se comunicarían con gritos desesperados,
intercambiarían mensajes del todo fútiles: todo estaría
a punto para la salvación, salvo ese detalle de los tamaños.
Insensiblemente, mientras este prolongado soliloquio
del cura se hacía y deshacía en su mente, habían vuelto
a conversar, aunque más no fuera para darse ánimos,
sin intenciones serias de encontrar un tema. Cuando su
agitación interior se calmó un poco, el cura pudo atender
a algo de lo que se estaba diciendo. Dijo entonces: “Debo
lamentarlo más por vos que por mí. Yo he vivido toda mi
vida... Bueno, por lo menos casi toda." “No se preocupe
por mí, padre. Todavía no estoy muerto." “Debemos pe­
dirle ayuda al Todopoderoso." “Sí. Se diría que es nues­
tra última esperanza." “Siempre lo es, hijo, y afortuna­
damente seguirá siéndolo. Yo lo espero todo de su compa­
sión." “Yo también." El cura sintió un coletazo de irri­
tación por estos asentimientos fáciles. Le dieron ganas
de decirle: “Vos te vas a ir directo al cielo. Yo, no estoy
tan seguro." En cambio, le dijo: “Estás bautizado, por
supuesto." “Sí. De hecho, me bautizaron la misma noche
que nací. Porque era una criatura tan enclenque y de­
forme que mis padres temieron que no sobreviviera."
“¡No puedo creerlo!", exclamó el cura echando una mi­
rada, bajo el resplandor del último relámpago, al torso
poderoso del joven; “qué pronóstico tan equivocado."
“Al menos, es lo que me contaron. Quizás fue una broma."
“No es motivo para bromear." “Mi padre era librepen­
sador." “¡Qué esperanza! Mariaezcurrena era u n ..." Iba
a decir “chupacirios", pero se corrigió a último momento:
. .un santo." La frase le gustó, le pareció una auténtica
trouvaille, y al instante olvidó esa impresión, y la frase
misma. Pero, con esa especie de inercia que suelen tener
las personas intensamente preocupadas por otro asunto, la

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El bautismo / 151

repitió dos o tres veces: “era un santo, era un santo."


La distracción, precisamente, le daba un tono de convic­
ción que no habría tenido si hubiera pensado lo que decía.
Levemente conmovido, el joven dijo, con gran cortesía:
"Es probable que mucha gente diga lo mismo de usted."
"¡Qué va! Ya no hay verdaderos santos."
La lluvia aumentaba ferozmente sus clamores. Los
truenos, al fin, se habían acercado. Los relámpagos tam­
bién, pero eso sólo hacía más negra la oscuridad inter­
mitente. El agua caía en cortinados espesos, con mons­
truosos desflecamientos que se introducían en la tapera
por la puerta y la pared faltante, cubriéndolos con un ro­
cío violento. A cada fogonazo el agua mostraba trémulos
picos, en la amenazante inmovilidad de una fotografía.
Se agitaba a espaldas de sus ojos, durante los breves sue­
ños de la oscuridad.
“Los pobres tenemos uno", dijo el joven. “¿Un qué?",
preguntó el cura, desconcertado. “Un santo de verdad."
"¿Sí? ¿Quién? ¿San Francisco?" “No. Perón." La boca
del cura se abrió tanto como la de un hipopótamo boste­
zando. No podía creer que hubiera oído bien. Pero no
había dudas. Estupefacto, no acertaba con una respuesta
coherente: “¿Perón? ¿Perón? ¿San Perón?" “Sí." “Pero
vos... vos... sos p e ... p e ... pero... peronista?", tar­
tamudeó. “Sí, padre. Como todo argentino que no sea un
oligarca o un vendepatria." “¡No me vengas con esas con­
signas totalitarias!", gritó el cura, fuera de sí. Trató de
decir algo, pero no le salía nada. Recurrió a su propia
estupefacción: “¡Pero es algo monstruoso, es una abe­
rración! Lo que me estás diciendo es algo más que una
blasfemia... ¡Jamás me habría esperado una cosa así!
¡Qué diría tu padre si te oyera! ¡Cómo puede caer tan
bajo un joven sano, de buena familia, un creyente! ¡Es
abominable...!" “Me parece que está exagerando, padre.
Si quiere, retiro lo de santo. De todos modos, era una

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152 / César Aira

metáfora.” “¡No me refería a eso! Eso no tiene importan­


cia. Lo grave es que hayas renunciado a tu decencia.. . ”
"Lo siento, pero es al revés. Perón nos ha dado la dig­
nidad que no teníamos.” "¡¿Qué?! ¡¿Qué?! ¿Dignidad?
¿Ese demagogo... ?” "Es el único que ha hecho algo por
nosotros.” "¡Engañarlos! ¡Uncirlos miserablemente a sus
fines maquiavélicos, a su codicia! ¡Dividir a la Argentina
en ricos y pobres!” "Ya estaba dividida.” "¡No! ¡No!”
Seguía tartamudeando. Cuando quería pensar, su sor­
presa volvía a renovarse como una llamarada de indigna­
ción, y la lengua martillaba el paladar como un badajo
de hielo. Debía calmarse. Era imposible que le faltaran
argumentos. La sorpresa lo había desquiciado. Sin sa­
berlo, se había estado haciendo una idea equivocada del
joven Mariezcurrena. Siempre hay motivos para equivo­
carse, y más una noche de éstas. Y ahora le declaraba,
con suprema desvergüenza, que era peronista. Ah, no,
aquí debía ser firme, firme como la roca, el peñón contra
el que se quebraban todas las veleidades; era su oportu­
nidad, su revancha contra el agua.
"De modo que te considerás un pobre.” "Lo soy.”
"Pero de la pobreza se sale trabajando, no poniéndose en
manos de un mentiroso y un canalla.” "No sé de nadie
que haya salido de pobre trabajando.” "¡Típica respuesta
peronista! Pues yo sí conozco gente que se enriqueció tra­
bajando." "Robando, querrá decir.” "¡No! ¡Quiero decir
trabajando! ¿Y qué va a darte tu general payaso? ¿Acaso
él te va a hacer rico?” "Ya me ha dado algo más im­
portante: leyes sociales.” "¿Qué? ¿Pero cómo es posible
que te hayas tragado el anzuelo? ¡Qué lamentable estado
de barbarie, Dios santísimo!” "No es ningún anzuelo: son
hechos.” "¡Hechos, ja! ¿Y la ética?” "¿Qué ética?” "¿Pero
acaso no ves que ese hombre es un ladrón, un vulgar ra­
tero?” "Pueden ser rumores infundados.” "¿Es un rumor

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El bautismo / 153

que es un fascista, un nazi, un dictador?" “Sí, también


podría ser un rumor." “¡Pero no digas sandeces!"
Otra vez la exasperación lo había apartado de los
razonamientos más conducentes. Trató de serenarse: “Lo
que me indigna", dijo, “es que vos, un hijo de una familia
trabajadora, normal, sin antecedentes de delincuencia o
degeneración, termine arrojándose fuera de la sociedad,
a la infamia, a la abyección. Y sobre todo, que lo hagas
porque sí, por distracción, enajenándote de todos los
valores de la razón y la cordura. Eso es más de lo que
puedo consentir, como ciudadano y como sacerdote. Un
instante de reflexión te bastaría para apartarte de la se­
ducción de la masa." “Siempre seré peronista." “¡Eso
es un capricho, una manía!" “Como usted quiera, pero es
lo que yo pienso." “No, perdóname que te contradiga,
pero es todo lo contrario. Si pensaras..."
Pero era inútil. El que se revelaba como un peñón
era el otro. En política, la persuasión era imposible, era
una mera ilusión; la persuasión ya se había dado antes,
y era irreversible. El daño se había adelantado; el bien
caminaba, el mal volaba. Era inútil hablar.
El cura sintió una profunda depresión, la melancolía
plena del fracaso. Ya no podía siquiera mover los labios.
Ni siquiera pudo sacarlo de esta postración un aconteci­
miento que había tenido lugar entre tanto: había amane­
cido, y la lluvia había amainado hasta hacerse una tenue
llovizna. No moriría, después de todo, pero eso lo dejaba
indiferente; podía ser el cansancio, la falta de sueño, el
hastío.
Sin embargo, en el fondo de la depresión, y sin sa­
carlo de ella en absoluto, había algo a su modo conso­
latorio: los dos habían recuperado su humanidad, y eso
al menos era algo después de tantas extrañas fantasma­
gorías. El joven no era otra cosa que lo que era en reali­

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154 / César Aira

dad: un muchacho ignorante al que había sorprendido


la lluvia sobre un caballo prestado. Ni ángel ni demonio,
en la fría luz de la aurora: un joven alto, bien formado, de
rasgos lindos, con la belleza mística de una inocencia
presa de todos los engaños. Un Apolo, sí, pero como
tantos Apolos de veinte años que se encuentran en el
campo, con la tersura infantil todavía en las mejillas,
en la frente, en los brazos, un niño grande desarrollado
por la vida sana y los aires puros. Un alma limpia a
la que infectaba la mentira, pero qué otra cosa esperar.
Con la edad le crecería la barriga y se le arquearían las
piernas; la vida brutal y monótona le haría estúpida la
cara. Un hombre, en fin, un hombre, al que habría podido
darle su bendición en esa hora pálida, en el blanco de
la mañana.
4 de enero de 1987

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Este libro se terminó de imprimir
durante el mes de marzo de 1991 en
Del Carril Impresores,
Av. Salvador María del Carril 2639/41,
Buenos Aires

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