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Juan Antonio Reig - Claves para Educar en El Amor

El documento presenta un diálogo posterior a una ponencia sobre la pastoral familiar y el matrimonio. En respuesta a una pregunta sobre cómo acercar a la gente a la iglesia, Mons. Reig-Pérez Soba recomienda aprovechar oportunidades como la preparación para el matrimonio y los sacramentos. El Prof. Pérez-Soba destaca algunos elementos positivos recientes como una mayor valoración de la familia y su papel ante problemas como el paro y la droga, pero señala la debilidad para construir familias estables.

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Juan Antonio Reig - Claves para Educar en El Amor

El documento presenta un diálogo posterior a una ponencia sobre la pastoral familiar y el matrimonio. En respuesta a una pregunta sobre cómo acercar a la gente a la iglesia, Mons. Reig-Pérez Soba recomienda aprovechar oportunidades como la preparación para el matrimonio y los sacramentos. El Prof. Pérez-Soba destaca algunos elementos positivos recientes como una mayor valoración de la familia y su papel ante problemas como el paro y la droga, pero señala la debilidad para construir familias estables.

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Claves para educar en el Amor. Mons.

Reig-Pérez Soba
(Almudí 2004)
Diálogo posterior a la ponencia de Mons. Juan Antonio Reig y Juan Pérez-
Soba

sobre el Directorio de Pastoral Familiar de la CEE

En la Biblioteca sacerdotal Almudí

Valencia, enero de 2004

1ª Pregunta:

- Nos han hablado de la doctrina sobre la familia, de la pastoral familiar y del


matrimonio... Pero quienes trabajamos cercanos a la gente la mayor dificultad que
encontramos es precisamente que las familias acudan a nosotros, para darles aquello
que tan adecuadamente ha sido expuesto. ¿Qué medios tenemos para que la gente se
acerque a la Iglesia, acuda a las catequesis, al sacerdote, y éste pueda transmitirles esa
hermosa doctrina?

Mons. Reig Pla:

- Es una pregunta estrictamente pastoral, que hemos de responder entre todos. Hay que
empezar por aprovechar los cauces habituales. Hoy por hoy, el principal lo constituyen las
personas que acuden a pedir el sacramento del Matrimonio. Hay que disponer de tiempo
para atenderlas bien. En el Directorio está descrito lo que supone acoger a los novios, cómo
desarrollar su proceso de preparación -incluidas las entrevistas con el párroco-, el desarrollo
del expediente, con las preguntas y lo que ellas significan, etc. Se trata de una ocasión de
oro. En la medida en que consigamos que vengan con más tiempo, será más fácil conseguir
resultados positivos. En parte depende de las instrucciones de cada diócesis para
preparación matrimonial.

Hoy, ésta es una cuestión de evangelización elemental. El matrimonio suele pedirse en edad
adelantada -muchos se casan a los treinta años o quizá más-, y tienen ya un largo recorrido
de increencia y de dudas, que nadie ha aclarado. Al final llegan a la preparación al
matrimonio, pero sin base sólida en su fe. Aún así, insisto en que debemos aprovechar todas
las ocasiones.

Otras oportunidades se presentan con los demás sacramentos: Bautismo; primera


Comunión, unida al sacramento de la Reconciliación y una introducción a la conversión y
al perdón de los pecados; Confirmación... Todo ello son las invitaciones ordinarias y
resultan un reclamo fácil para el trato con esposos, padres, etc. Ciertamente, ahí nos
encontramos de frente con los dramas que citaba el Prof. Pérez Soba. Son frecuentes, pero
no nos deben asustar. Recordad las últimas palabras de éste: paciencia, acogida,

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misericordia, propuesta de reforma...; es lo que hace una madre con sus hijos, y lo que debe
hacer la Iglesia en todo momento.

Esos dramas nos evidencian la realidad del mundo. En el año 2002, en la ciudad de
Castellón, hubo 800 separaciones y divorcios. Y se casaron 750 parejas. Sacad las cuentas...
y veréis que la realidad es muy cruda. Al analizar lo sucedido en esos casos -muchas
ocasiones son de matrimonios recientes (unos meses o muy pocos años)-, lo sucedido nos
hace ser más realistas respecto a la falta formación previa al matrimonio, tal como
citábamos en el texto de la conferencia.

Se trata de aprovechar al máximo cualquier ocasión. Hay numerosas iniciativas que pueden
aplicarse en las parroquias, o en las distintas realidades eclesiales. Cada sacerdote debe
buscar una ventana para asomarse al mundo y enlazar con las personas que le rodean.
Personalmente, pienso que el mayor interés de cualquiera es el que se presenta unido a su
paternidad o maternidad. Resulta un banderín de enganche, que hay que aprovechar
siempre, para evangelizar tanto a los hijos como a los padres. Más tarde vendrá la pastoral
juvenil, con la catequesis sobre la vocación al amor. Por último, reclamar que el proceso
catequético que culminan con la Confirmación sea una auténtica "iniciación cristiana".

En estas sesiones podemos reflexionar sobre la doctrina de la Iglesia, pero luego hemos de
ser realistas, y afrontar las cosas como son; sin miedo. La parte buena de la realidad es que
algunos muchachos, de familias cristianas, reciben la fe de sus padres; o bien tienen un
ámbito de referencia creyente en una comunidad concreta y gracias a ello continúan
adelante con su fe. También hay personas que encuentran una orientación individualizada
en la dirección espiritual, y constituyen familias cristianas, donde los hijos continúan siendo
cristianos.

Una gran mayoría, sin embargo, no entran los casos anteriores y lastimosamente no van
adelante en su maduración cristiana; a pesar del proceso de iniciación cristiana que culmina
con la Confirmación. Después de ésta es todavía más difícil que un joven continúe y,
especialmente, que vuelva si ha abandonado la fe.

Debemos, por tanto, replantearnos el proceso de la iniciación cristiana. E igualmente la


catequesis de adultos y su evangelización. El secreto -ya lo dijimos antes- está en que la
familia esté bien constituida y transmita la fe. Ella es la gran protagonista de la
evangelización. En este sentido, hay que aprovechar al máximo las posibilidades:
convivencias de familias, retiros, cualquier cosa que podamos imaginar. Por ejemplo,
tenemos muy abandonados a los matrimonios recién constituidos. Nos preocupan poco, o
quizá esperamos que pase un tiempo para que maduren... La realidad debería ser que, en la
parroquia donde asienten su vida, se sintieran acogidos y acompañados; hay que poner
imaginación y saber que se trata de un momento crucial en la vida de una persona.

2ª Pregunta:

- Planteo dos preguntas: una para cada ponente.

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Hoy tenemos muchos estudios sobre la familia: su valoración; la realidad pluricultural
-inmigración, por ejemplo- y los modelos que aporta; etc. Nuestra visión de la historia es
la de una historia de salvación.... ¿qué elementos positivos pueden destacarse de estos
últimos años?, ¿hay algo que suscite en los jóvenes el aprecio y el amor a la familia?

La segunda pregunta se centra en el proyecto de nuestra vida personal: como sacerdotes,


¿cuáles serían las deficiencias afectivas, que pueden impedirnos desarrollar
gozosamente tal proyecto?

Prof. Pérez Soba:

- Yo respondería a la primera pregunta. En primer lugar, hay que evitar un cierto optimismo
determinista. Aunque la nuestra es una "historia de salvación", no es cierto que siempre
vaya a mejor; a veces va a peor. En estos casos, no hay que asustarse o empeñarse en
buscar los elementos "positivos". Sólo hay que platearse qué implica tal situación para un
creyente: a qué nos invita y cómo respondemos. Todo lo que he referido en mi anterior
ponencia podemos presentarlo como un desafío: el desafío de tres siglos de historia a los
cristianos de hoy.

Dicho lo cual, debo añadir que me parece cierto que existe una valoración positiva de la
familia. En bastantes ámbitos sociales se ve como algo claramente positivo; muchos están
empezando a darse cuenta. Esta valoración hay que saber aprovecharla.

Nos enfrentamos, por ejemplo, a la cuestión de las políticas familiares. La confección de


esas políticas familiares no debe dejarse en manos de los políticos, porque no saben. Hay
que dárselas hechas. Para ello precisamente se constituyó, hace dos años, el Foro de las
Familias; se trata de crear un interlocutor social válido frente a los políticos, que a su vez
posea una identidad eclesial clara; ellos deben plantear las auténticas políticas familiares.
En la Instrucción pastoral objeto de este debate está bien resumido: dejar a las familias que
sean lo que deben ser, protagonistas de las políticas familiares.

Concretando la respuesta a lo preguntado, una buena parte de la valoración positiva de la


familia se ha dado a través de dos contingencias fundamentales -dos grandes problemas de
nuestra sociedad-: el paro y la droga. Sólo la familia ha dado una respuesta eficaz y de
conjunto; nadie más. La familia tiene un inmenso valor para las personas individuales, en
especial si tienen problemas. Si la familia está bien constituida, la persona se siente segura.
Es la única referencia que le proporciona la deseada seguridad que, de otra manera, carece.
Este es un aspecto básico a tener en cuenta.

Pero, al mismo tiempo, hoy se da una enorme debilidad para construir una familia así de
estable y segura. No hay más que mirar las estadísticas de rupturas matrimoniales. Ahí, por
tanto, es donde hay que insistir más: que todos entiendan bien qué significa "construir" una
familia. Que conozcan las causas y raíces de las crisis familiares, pues siempre hay ciertos
sucesos que se repiten. El año pasado, el Prof. Livio Melina dio una conferencia sobre "El
futuro de la familia", y puso el ejemplo de una reciente película italiana.

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En ella, el director, Alexandro Dalatri, antes de hacerla estudió cien casos de divorcio; y la
película es su conclusión. Es la historia de dos personas "modernas": cómo se casan y de
qué modo extraordinariamente simple llegan a destruir su familia. La narración es
delicadísima pero el fondo es muy fuerte: la desesperación de ver cómo su proyecto de
vida, que en el fondo siguen pretendiendo, se destruye progresivamente. En la mayor parte
de esos cien casos que estudió, la ruptura no se debía a ninguna causa grave. Simplemente,
fueron incapaces de construir una convivencia con posibilidad real de ir adelante.

Lo que debemos, pues, enseñar a todos es que la vida se "construye" día a día, poco a poco;
y no simplemente "se vive", o incluso, en muchos casos, "me vive" (en el sentido de que
soy llevado por las circunstancias y los acontecimientos). Hay que enseñar a los esposos a
ser auténticos "protagonistas" de su matrimonio. Es lo que todos deben aprender; y
"aprender" nunca es fácil.

Un caso espacial, entre paréntesis, es de los emigrantes. El famoso pluriculturalismo


esconde una falsedad. Los emigrantes traen, normalmente, familias muy deshechas. Por
tanto, de pluriculturalismo, poco. Y lo más inmediato que aprenden aquí son los ejemplos
negativos de nuestras familias. Conviene entenderlo para saber qué hacer.

En primer lugar, pues, reconstruir a las personas. En esto hay un punto que sólo citaré, pero
me parece importante. ¿Qué pasa en nuestra Iglesia, en la que cualquier pobre con
necesidades sabe dónde acudir y en la que una familia con problemas no lo sabe?. Me
parece, claramente, que es debido a que no damos la imagen de ser capaces de resolver los
problemas familiares. Se trata de una fuerte llamada de atención para nosotros, los pastores,
sobre lo que realmente sabemos hacer y qué soluciones podemos dar. ¡Que un matrimonio
católico con dificultades no acuda antes al psicólogo que al sacerdote!

Y entrando en la segunda pregunta sobre los sacerdotes, dejo la palabra al Sr. Obispo, pues
la cuestión de la afectividad sacerdotal es un tema apasionante.

Mons. Reig Pla:

- Agradezco la pregunta y la palabra que se me cede. Hay pocas ocasiones en que podamos
hablar de estas cosas. Me remito exclusivamente al tema de las deficiencias afectivas en los
presbíteros.

La virtud de la castidad nos conduce -entre otros estados- a una vocación especialísima
conocida sólo en el Nuevo Testamento, que es la vida virginal o en celibato apostólico.

La castidad, ya lo dijimos antes, es una virtud que integra en el acto humano libre todos los
dinamismos de la persona. Ésta conoce la verdad, capta el bien, y la voluntad tiene
suficiente potencia del Espíritu para integrar los instintos, los afectos y los sentimientos, de
tal manera que la persona puede autogobernarse y dar, como respuesta, el don de sí misma
a otro. Eso consigue la castidad, no tiene otro objetivo: custodiar el amor, ya lo hemos
dicho.

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Ante el impulso que quizá es reclamado o estimulado por una persona, por un ambiente,
por la vida hedonista que nos rodea, la persona debe ser capaz de detener ese impulso para
discernir su bondad o maldad, su integración en fin al que está llamada; y responder a él
con la continencia o, si está casada, con el trato amoroso expresado en el acto conyugal: la
donación de la propia persona. El cuerpo, en este caso, se hace lenguaje del amor.

Para nosotros, presbíteros, la castidad significa continencia perfecta. Perfecta quiere decir
que hay una conversión interior, por don del Espíritu Santo, tal que nuestro corazón es
capaz de detener a la sensibilidad -para que no moleste-, a los instintos -para que no
estorben-, a los afectos y a los sentimientos. No simplemente con una autoridad negativa,
sino colaborando positivamente para que las dos finalidades de la sexualidad humana -es
decir, la comunión entre las personas y la procreación- se den, ambas, en el estado virginal.

El celibato nuestro supone un amor que no conjuga la realidad de la carne con nadie; pero
da al espíritu nuestro (con la ayuda del Espíritu Santo) la capacidad de atravesar nuestra
carne y -más allá de ella- llevarla a la comunión entre las personas. Es un acto donde el
impulso sexual es detenido por la continencia perfecta y perpetua; llegándose al amor de
comunión entre personas sin necesidad de la colaboración carnal. La vocación al celibato, a
la virginidad, es pues una clarísima y elevada vocación al Amor.

¿Por qué, entonces, aparecen a veces deficiencias afectivas entre nosotros? Puede haber
variadas razones, pero probablemente porque no hemos orado lo suficiente, pidiendo la
gracia para vivir el estado virginal; con la consiguiente alegría, unida al hecho de amar con
esa disponibilidad radical -que implica la plena donación de la persona- aun sin conjugar su
sexualidad. Nuestra masculinidad, en este caso, hablando a presbíteros.

En el celibato, el amor descansa más en el espíritu que en el cuerpo. Y esto quiere decir que
es un Amor mucho más fuerte, pues siempre el espíritu está sobre la materia. En este caso,
el cuerpo no "expresa", sino que se hace "trasparencia" del amor; al contrario de lo que
sucede en el lenguaje del amor esponsal o matrimonial. Pero, repito, es también vocación al
amor.

Estas verdades, siendo racionales, las entiende más el corazón que la cabeza. Por eso lo
hemos de orar. Es necesario prepararlo en el seminario -durante años- de modo que se
eduque el corazón para un amor así.

Podemos añadir un paso más. El estado virginal supone la universalización del amor. No
conjugar la carne con nadie no significa no amar, o amar en abstracto. El amor nunca es
abstracto, siempre se dirige a personas concretas. Pero el amor expresado en el leguaje de la
carne, necesariamente debe estar reducido a una persona. Sólo el amor espiritual, el que
"traspasa" la carne para detenerse en el espíritu ajeno, es capaz de abarcar en sí mismo a
todos. De este modo hacemos de nuestra persona lo mismo que Jesucristo en la Cruz, una
donación plena y radical, a la vez que una universalización nuestro amor. Como dice el
Apóstol: "me hice todo para todos".

En la medida en que la educación afectivo-sexual que se recibe en el seminario -la virtud de


la castidad- va anunciando la belleza de tal amor virginal, con la oración y el

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discernimiento de los superiores, un joven puede entender que el Espíritu Santo le ha
regalado ese carisma sin el cual no se puede vivir el sacerdocio de Cristo... Pensad que esto
no existía en el Antiguo Testamento, y es una gracia exclusiva en razón del Reino de los
Cielos. Algunos quizá escuchan esa palabra especial, pero no llegan a alcanzarla. Otros sí,
pero nunca simplemente por el esfuerzo de su voluntad, sino en respuesta a la gracia que les
es infundida por el Espíritu Santo.

Como es sabido, celibato y sacerdocio no están intrínsecamente unidos. Es la Iglesia latina


quien ha querido condicionar éste a aquél. Fue un esfuerzo que costó siglos y que, desde
hace más de mil años, la Iglesia no ha cesado de repetir; incluido el último Concilio
Ecuménico. En el fondo, es un acto de fe en el Espíritu Santo y en sus dones; a la vez que
una experiencia multisecular de la eficacia sacerdotal de aquel amor universal a que me
refería.

En resumen: para nosotros amar es, igual que para el resto de los cristianos, hacer donación
íntegra de nuestra persona y de nuestro tiempo, de cuanto supone el amor; gastándonos,
consumiéndonos, por amor a los otros, en el servicio del Evangelio. Pero discerniendo el
amor espiritual del impulso sexual por la continencia perfecta; logrando así, desde el
Espíritu, universalizar ese amor.

Cuando el celibato se vive así no hay carencia afectiva, todo lo contrario; aparece una
palabra nueva que significa "lleno de Dios", entusiasmo en castellano. Entusiasmo por
Dios, porque el estado virginal anuncia ya lo que está por venir: una situación en la que la
gracia del Espíritu Santo -infundida como carisma- nos da el amor más propio de Dios, la
caridad. Con ella se nos concede más visión, porque el Espíritu tiene ojos agudos para
descubrir la realidad del otro: sus carencias y sus necesidades; y por tanto resulta más fácil
ponerse en el lugar de los demás. Esto se nota a través del don de Sabiduría, propio del
Espíritu de Dios.

El célibe se hace, así, más agudo para ver la realidad de quienes le rodean y, con la ayuda
del Espíritu, situarse allí donde es reclamada su atención. Tal capacidad de amor es de
totalidad universal; y esta universalización del amor conduce al entusiasmo. No hay fuente
de mayor alegría que la castidad vivida en estado virginal. Una situación que nos asemeja a
lo que está por venir. Cuando a Jesús le hacen la pregunta: "en la resurrección ¿de quién
será esposa?", les contesta que allí no habrá nupcias, todos serán como los ángeles de Dios.

Ser como ángeles supone acompañar a las personas, para que descubran la vocación a la
que Dios les llama, es decir la peculiar vocación al Amor de cada uno. Esta es la fuente de
nuestra fecundidad apostólica. Somos fecundos. Cada uno, como sacerdote, está
engendrando muchos más hijos que los matrimonios en la carne. La Iglesia, en su
maternidad, engendra continuamente cristianos; y lo hace a través de la figura del
sacerdote, que sacramentalmente es Cristo. Esa paternidad, ese engendrar hijos, es la
fecundidad propia de nuestro apostolado. La fecundidad de aquellos que han dado cuerpo y
espíritu al Señor, y Dios les hace fecundos con la omnipotencia del mismo Espíritu Santo.
Así se aprecia cómo el amor, que pasa por la condición sexuada del hombre, en el célibe
tiene también las dos dimensiones que le caracterizan: la comunión entre las personas y la
procreación.

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De todo ello se desprende que no deben existir carencias afectivas en nuestro caso. Puede
haberlas, lógicamente, por una deficiente formación; por falta quizá de una auténtica
educación de la voluntad para el amor, que conduzca a no ver la profundidad de cuanto
significa el estado virginal. Pero si lo entendemos bien, será la fuente que nos hará estar
permanentemente entusiasmados, llenos de Dios; viendo con nuestros ojos lo que no son
capaces de ver por sí mismos: una mirada de fe al corazón del otro; situándonos en su
realidad humana y divina, para anunciarles el Evangelio, para predicarles, para asistirles,
para visitarles cuando están enfermos, etc... y esto nos hace verdaderamente fecundos. Es la
fuente y el manantial de la alegría más grande que tiene un presbítero.

Quizá habremos de intensificar un poco la educación del corazón, para llegar a amar así.
Pero si lo hacemos, nuestro amor será tan esponsal como el amor de los matrimonios. Sólo
que no conjugará la carne con nadie. Y nuestra fecundidad no será fecundidad en la carne,
pero sí en nuestro ministerio, que nos hará engendrar hijos -engendrar cristianos- con la
maternidad propia de la Iglesia.

Pregunta:

- También yo querría hacer dos preguntas. La primera, uniendo las dos temáticas
escuchadas esta mañana con tanto gusto, es si el Directorio alude a la tarea de
formación y estudio de los sacerdotes y, por tanto, si junto a los quehaceres pastorales se
prevé un afán de reflexión que me parece urgente. Pienso que todos hemos percibido
esta necesidad, pero no sé si el Directorio aporta algo concreto.

Y después, ante el tema desarrollado por el Prof. Pérez Soba, uno se queda apabullado
por las enormes raíces casi milenarias que tiene el pansexualismo, y se pregunta ¿qué
puedo hacer yo frente a esto? -aparte de rezar y confiar en la providencia,
naturalmente-.

Nosotros vamos a proponer nuestra forma de vivir la familia; no podemos imponerla, tan
sólo mostrarla. Pero para que esto llegue de verdad a la gente hace falta una reflexión
general, un proyecto cultural global. Los italianos me parece que tenían un proyecto
cultural así, asumido por la Conferencia Episcopal. Aquí tenemos ahora la Universidad
Católica... La Iglesia en España aún tiene fuerza en este sentido, pero, quizá, se echa en
falta ideas claras para que tal trabajo sea realmente fecundo.

Prof. Pérez Soba:

- Yo contestaré a la segunda parte. El Directorio habla, en efecto, de la formación de los


sacerdotes y específica, en lo relativo al primer tema, lo que significa aprender a amar.
Personalmente, como una solución concreta os ofrezco un pequeño proyecto. He estado
hablando con algunos sacerdotes de la diócesis de Segorbe-Castellón; vamos a crear una
pequeña comisión de sacerdotes y de laicos, ellos y ellas, donde, en primer lugar,
intentaremos resolver la cuestión teórica de la educación afectivo-sexual y, después, crear
los instrumentos pedagógicos de enseñanza y catequesis para los adolescentes, tanto en la
escuela como en la parroquia; más tarde, habrá que entrar en el acompañamiento durante la

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pastoral juvenil, en la preparación de los novios para el matrimonio y en las escuelas de
padres para los ya casados.

Concretando estas aspiraciones: son necesarias personas que se dediquen a pensar y a


instrumentalizar pedagógicamente la educación para el amor. Después -quizá antes- es
necesario que contemos, en cada diócesis, con fieles que estudien en centros superiores el
tema del matrimonio y la familia; cuantos más, mejor. Y, desde luego, esta pastoral familiar
debe ocupar permanentemente un lugar destacado, junto a los otros temas de
evangelización.

Acabo. En el Directorio hay varias llamadas a los aspectos que estamos considerando. En
concreto, al hablar de quiénes llevan adelante la pastoral familiar: el Obispo y los
presbíteros. Y como esta mañana he dicho algo que me gusta repetir, y que tiene que ver
con la segunda pregunta, dejo el campo para que responda el Sr. Obispo.

Mons. Reig Pla:

- Ante todo, queridos hermanos, una aclaración previa que considero de interés para lo
referente a nuestra formación teológica.

Lo que estudiasteis vosotros, como yo, en el campo de la Moral, venía precedido de ciertas
desviaciones que hoy son más evidentes. Estoy pensando, concretamente, en un libro fruto
de una comisión creada en Estados Unidos para el estudio de la sexualidad. Su título, en
castellano, es La sexualidad humana; y su esquema se repite ante cada cuestión: se plantea,
por ejemplo, vamos a hablar de la masturbación, o vamos a hablar de la homosexualidad; o
de cualquier tema del ámbito de la moral sexual. En primer lugar y, ante todo, se pregunta
¿qué dice la ciencia?. Y lo que quieren expresar, con tal enfoque, es ¿qué dice el informe
Kinsey?, que ya hemos citado esta mañana. Kinsey fue un investigador que, hace ya años,
hizo un informe estadístico que hoy se sabe basado en muestras sesgadas, y cuyos
resultados fueron manipulados; y lo paseó por todas las universidades americanas. Aquel
fue el inicio de lo que, más tarde, sería el gran boom de la sexualidad: es decir, el hombre
es libre para decidir sobre sí mismo y sobre su sexualidad -lo mismo homosexualidad que
heterosexualidad, que bisexualidad o lo que se quiera-; porque la sexualidad no pertenece al
campo de la identidad de la persona, sino de su libertad.

La Teología Moral, que empezaba así, pasaba luego a estudiar la Sagrada Escritura. Pero,
naturalmente, ésta debía acomodarse a la ciencia. Y así los americanos forzaron la Escritura
para que expresase también lo que decía el informe Kinsey. ¿Y qué decían, entonces, de la
doctrina moral tradicional? Sencillamente, que la Iglesia está atrasada y debe adaptarse a
los tiempos y a lo que dice la ciencia de hoy.

Con este mal resumen no deseo yo hacer una crítica, que requeriría mucha mayor
profundización. Sino únicamente haceros ver que, a la hora de afrontar los capítulos
morales que hoy estamos tratando, nos encontramos con bastante precariedad y deficiencia
teológica de base.

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En buena parte, tal deficiencia viene resuelta, desde el Magisterio, con el Catecismo de la
Iglesia Católica, con la Veritatis Splendor, con la Familiaris Consortio y, antes, con los
contenidos de la Gaudium et Spes; por citar sólo los documentos principales.

Pero es imprescindible saber exactamente de dónde viene nuestra formación y qué


prejuicios encontraremos en la mente de los sacerdotes, incluso en los de mejor buena
voluntad. Por eso, al afrontar las cuestiones de estas conferencias, resulta muy necesario un
examen como el que ha hecho D. Juan Pérez Soba esta mañana. Tal síntesis es de una
novedad absoluta; y hace poco tiempo, por primera vez, lo han escuchado los Obispos, y
hoy lo están escuchando ustedes aquí. Y luego debería ser transmitido, como en círculos
concéntricos, hasta ser reflexionado por todos los sacerdotes y teólogos. Sin esto, nos
encontramos en un impass, en el que apenas tendrán cabida las ideas aquí expuestas.

Todos hemos comprobado la brutal respuesta que se da a la Iglesia ante cualquier


declaración que haga en esta dirección. Apenas dice algo -da igual que sea el Cardenal
Rouco en la Conferencia Episcopal, o en una homilía el día de la Sagrada Familia-, la
cuestión salta a la sociedad mediática con titulares destacados. Lo mismo si se refiere a las
uniones de hecho, a la adopción por parejas homosexuales, o cien cosas más. Y es porque
la materia ha superado los límites de la discusión ética para convertirse es un argumento
cultural. Cualquier palabra en torno a la homosexualidad, a la masturbación, a las
relaciones prematrimoniales, arrebata las pasiones y produce una insólita y universal
invasión de críticas, en los medios de comunicación.

¿Qué supone esto? La necesidad ineludible de una muy buena y seria formación. De
repensar toda la moral y la ética, desde la perspectiva que se nos indicaba esta mañana bajo
el nombre de pansexualismo. Siento decirlo con crudeza pero, sin esto, no podemos llevar
adelante la evangelización. Cualquier tarea pastoral que ignore estas cuestiones, queda coja
y, en definitiva, estéril. Porque se trata de un tema neurálgico para la persona humana,
porque toca el corazón de la criatura racional y su vocación al amor.

Prof. Pérez Soba:

- Continuando mi respuesta a cómo responder a un desafío de semejante calibre, diré que


hay dos puntos vitales relacionados con la crisis que llamábamos del puritanismo; y que es
necesario saber responder a ellos. Por eso la respuesta no puede ser simplemente repetitiva;
tiene que ser profundamente original. Puede parecer muy difícil tanta originalidad, pero no
hay que preocuparse demasiado; toda respuesta histórica de la Iglesia a una situación
cultural de crisis ha sido siempre original, impensable antes de ser sugerida por el Espíritu.
Porque cualquier respuesta de este tipo es, ante todo, una renovación eclesial. Toda nueva
teología ha ido siempre unida a una auténtica renovación eclesial.

El primer elemento renovador es entender el amor como una revelación. Cualquier amor,
para el hombre, siempre es una revelación: un descubrimiento; trátese del amor a una
persona, a una situación (una vocación, por ejemplo), o incluso a una cosa material.
Solamente un artista "enamorado" de un paisaje, puede pintarlo o describirlo con la fuerza
suficiente para hacer de ello una obra de arte.

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En la vida de toda persona hay un momento en que se le revela el amor -hablo del amor
humano-, y "descubre" un insospechado horizonte de relación interpersonal. De la misma
manera, en la vida de un creyente hay también un momento en que se le revela el Amor -y
aquí lo escribo con mayúscula, porque es el Amor de un Dios Creador y Redentor-,
"descubriéndole" que su fe encierra algo que no habría podido siquiera ni imaginar hasta
ese momento. Esto es tremendamente importante para ayudar a las personas a entender qué
es la revelación de Dios. Y también, consiguientemente, la respuesta libre y personal ante
tal descubrimiento. En ella se encierra igualmente la pregunta central que muchos se hacen,
y que aquí estamos plateando: ¿qué tiene que ver mi sexualidad con Dios?

La revelación del Amor de Dios descubre al hombre la infinitud divina, pero también le
descubre la personal quasi-infinitud: un ser capaz de ser objeto de amor por parte de Dios.
Y esta grandeza personal incluye el campo sexual, al igual que abarca las restantes facetas
humanas. Resulta, pues, un enfoque impresionante: como un intensísimo punto de luz a la
hora de plantear y de hablar del amor humano, del matrimonio, de la sexualidad...

Perdonadme una quizá inapropiada comparación: nuestras homilías sobre el matrimonio.


Por lo general, pretenden hablar del amor y -también por lo general- acaban en meros
lugares comunes; porque no se ha pensado con profundidad qué significa el amor y qué
supone su realización en el matrimonio. Simplemente, hemos despachado un tema. Pero
¿ayudamos en serio a entender a los fieles la verdad del Evangelio sobre el amor?.

El problema estriba en que comunicamos lo que pensamos sobre el matrimonio: algo


natural, al cual se le ha añadido una especie de bendición, y con ella queda santificado. Y
debo decir, con humildad y firmeza: ¡no es así, no es así!. En el amor humano se nos revela
el mismo Dios, porque Él también ama, como nosotros (bien entendida, naturalmente, la
espiritualidad de Dios y la infinita distancia que nos separa de Él). Y es necesario enseñar a
los esposos que, en su amor, se les va a revelar Dios mismo; lo hará de variadas e
impensables maneras, pero deben estar preparados para entender esa revelación del Amor,
con mayúscula. Esto implica que nosotros hemos de pensarlo y repensarlo con profundidad:
es absolutamente importante para nuestra vida y para la de los matrimonios a los que
asistimos.

El segundo punto de la renovación necesaria, para un planteamiento adecuado del amor, es


unir lo que acabamos de decir con la construcción de una vida: con la "construcción"
práctica, real, diaria, de la vida matrimonial. Ya no son dos, sino "una sola carne"; y por
tanto, una sola vida; pero que debe llegar a realizarse conjuntando dos libertades, y esto no
es fácil. Hoy resulta especialmente difícil. ¿Por qué?, porque se ha perdido la noción
auténtica de amor y la de libertad. Recuperar ambas supone, ante todo, la superación de la
interpretación romántica que tienen de ellas prácticamente la totalidad de las personas.

Por no alargarme doy, simplemente, unas breves claves sobre el asunto. Un amor se define
como romántico cuando pone la verdad del amor en su intensidad: será un verdadero amor
porque es muy intenso. Tal interpretación muestra, por sí misma, su falsedad. El primer
amor que sentimos todos es a nuestros padres, que resulta un amor por sí mismo -en un
infante- muy poco intenso; y su intensidad deviene, en todo caso, del egoísmo: en la niñez
todos necesitamos esos padres y ese amor. Y, al contrario, el amor de los padres a los hijos

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es muy poco romántico (muy sacrificado, en ocasiones incluso a regañadientes...), pero es
tremendamente verdadero. Esto indica que quien vive en una clave de amor puramente
romántica, posee una clave falsa.

La interpretación romántica del amor tiene un enemigo implacable, que acabará


demostrando su falsedad: el tiempo. Tal amor romántico puede presentarse en el noviazgo y
conducir al matrimonio; o puede presentarse más tarde y al margen de quien es el propio
cónyuge, y llevar a la ruptura matrimonial o al engaño. Se puede conceder un cheque en
blanco a ese amor, en la medida en que me satisface, o que digo: "me ama mucho"; e ir
adelante con él. Así se casa mucha gente y ciertamente el resultado es terrible; basta ver las
cifras de separaciones y divorcios, o las estadísticas de malos tratos conyugales.

¿Cuál es, en cambio, la interpretación auténticamente cristiana del amor? Empezaré por
decir que la experiencia del amor debe ser interpretada, ante todo, como una promesa. El
amor es revelación -decíamos-, y lo que me revela el amor es, primariamente, la promesa
de un amor mucho más grande. La verdad del amor, por tanto, no está en el sentimiento de
un momento, aunque sea intenso, sino en la capacidad de ese amor para "construir una
historia"; una historia de amor, de un amor creciente y totalizante. Esa es la verdad del
amor cristiano: su capacidad para construir una larga historia. ¡Qué importante es entender
esto!

Cuántas homilías hemos comenzado, los sacerdotes, con esta frase: "Dios es Amor". ¿Y
qué entiende la gente? Probablemente: "mi amor es Dios". Cuando ambas frases son
absolutamente distintas; es más, contrapuestas. "Dios es Amor" significa,
fundamentalmente, es que Dios no es mi amor todavía; que necesito una revelación
adecuada para comprender quién es Dios: su infinitud y su trascendencia. Después deberé
trascender toda experiencia personal sobre mi amor, para comprender algo de cómo Dios es
un amor diferente. Y eso sólo lo podré hacer poco a poco, viviendo la "historia de amor"
que Dios quiere realizar en mí y conmigo.

Mientras que la primera interpretación -"Dios es mi amor"- es completamente justificativa:


no tengo que cambiar nada. La segunda es tremendamente implicativa, he de entrar en la
"historia de amor" que Dios me ha preparado, para llegar conocer de verdad quién es Dios.

Voy a citar otras dos frases que también se interpretan inadecuadamente. "En la tarde nos
juzgarán en el amor". San Juan de la Cruz no dice "de la vida", dice "en la tarde". Quizá
para subrayar que cada tarde nos examinan del amor, no sólo al final de la vida. Y luego
añade algo que suele olvidarse: "por lo tanto, ama como Dios quiere ser amado y cambia tu
vida". Es decir, lo contrario a lo que mucha gente desea escuchar: "Dios nos examina del
amor, y yo amo mucho... luego me quedo tranquilo". Y se trata, precisamente, de lo
contrario: Dios te examina cada día; por lo tanto, aprende a amar hoy a Dios como Él
quiere ser amado, y cambia en tu vida todo lo necesario para conseguirlo. Porque nada hay
más exigente que el amor; ni en el amor humano ni en el divino.

La segunda frase es agustiniana: "ama y lo que quieres, hazlo". Para los que sabéis latín, es
la traducción correcta del "ama et quod vis fac". Muchos traducen: "ama y haz lo que
quieras"; pero no dice eso. Dice "Lo que quieres" y no "lo que quieras". El amor no

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justifica nada: "esto lo hago por amor"; con ello podríamos aprobar las mayores
atrocidades. No se trata de hacer las cosas por un sentimiento amoroso, sino de amar de
verdad al hacer las cosas. "Ama, y eso que amas, hazlo", dice San Agustín; lo cual supone
un amor efectivo, no afectivo. Un amor que nos lleva a dar de nosotros mismos lo mejor
que tenemos. Como antes: el amor conduce a la generosidad diaria, nunca al egoísmo.

El Amor como "revelación". El Amor como "construcción de una historia" de hechos


generosos. Estas son las claves adecuadas para educar en el amor. Y son claves que
-aunque algunos lo nieguen- todo el mundo entiende. Lo que pasa es que, ciertamente,
tomarse en serio tal amor supone replantearse muchas cosas en la vida; a veces, la vida
entera.

En resumen: la Teología Moral ha salido, en los últimos años, de un revuelo bastante


considerable. Ahora se están construyendo otros fundamentos, que pueden realmente
ayudar a encontrar unos cauces adecuados, que estén unidos a esa nueva evangelización
que necesita la Iglesia.

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