La aldea visual
El auge de redes sociales, smartphones y aplicaciones fotográficas está
transformando el mundo de la fotografía.
Por James Estrin, noviembre de 2013
Velocidad de obturación, relación focal, sensibilidad fotográfica, ISO…Hasta hace
relativamente poco tiempo un aspirante a fotógrafo tenía que dominar la mecánica de
la cámara antes de soñar siquiera con crear una imagen impactante. Hoy, con la
explosión de aplicaciones fotográficas para smartphones, todos nos hemos convertido
en fotógrafos –y bastante buenos, de hecho–, pues las imágenes tomadas con los
teléfonos móviles actuales rivalizan en calidad con las de las cámaras digitales.
Esta nueva facilidad ha dado pie a un afán aparentemente insaciable por captar lo
mágico y lo cotidiano. Documentamos momentos del día a día con una intensidad
obsesiva, y en vez de compilar las fotos en álbumes, nos dedicamos a compartirlas,
hacer clic en «me gusta» y comentarlas con amigos y desconocidos del mundo entero.
Hasta los fotoperiodistas están experimentando con teléfonos móviles, porque, al ser
prácticamente invisibles, facilitan la plasmación de momentos que escapan al control.
Además, Internet les permite esquivar los medios tradicionales y difundir su obra por su
cuenta, llegando a un numeroso público gracias a redes sociales como Instagram. Es
posible colgar en la red una foto tomada en Nueva York y en cuestión de segundos
recibir respuesta desde Lagos.
Con tantos fotógrafos en la red todos los días del año, el gancho de una imagen dura
poco. Décadas después de la guerra de Vietnam, la foto que Nick Ut tomó de Kim Phuc,
la niña de nueve años quemada por napalm y corriendo desnuda por una carretera,
sigue muy viva en nuestra imaginación. La imagen firmada por Eddie Adams de un
general survietnamita ejecutando a un infiltrado del Vietcong cambió la percepción
pública de la guerra y puede decirse que el curso de la historia. Pero si hoy hay menos
imágenes memorables, no es porque haya menos fotografías buenas, sino porque las
hay en cantidad.
La omnipresencia de las cámaras está transformando nuestra experiencia de lo que es
noticia. Hay cámaras de vigilancia por doquier, como las que proporcionaron a la policía
pistas sobre el atentado del maratón de Boston. Cuando la población se manifiesta en la
plaza Tahrir o un tornado arrasa una ciudad de Oklahoma, a menudo es el ciudadano de
la calle y no el fotoperiodista quien, móvil en mano, recoge las primeras imágenes. La
calidad sigue importando, pero no tanto como la actualidad y su difusión instantánea.
Conforme las masas abrazan la fotografía y los medios de comunicación reclutan
«periodistas ciudadanos», los estándares profesionales parecen revisarse. En la era
predigital la mayoría de la gente definía la fotografía como una plasmación precisa de la
realidad. Hoy hay maneras de alterar las imágenes sin que se note a simple vista.
Cualquier fotografía puede manipularse para crear una imagen «mejorada» de la
realidad. El espectador medio ya no es capaz de evaluar la veracidad de una imagen,
como no sea dando crédito a un fotógrafo o a un medio concreto.
El asunto se complica cuando incluso los fotoperiodistas empiezan a experimentar con
aplicaciones fotográficas tales como Hipstamatic o Instagram, que fomentan el uso de
filtros. Se puede aumentar la saturación o el brillo de las fotos e introducir efectos de
rayas o desvaídos para darles un toque artístico, hiperreal o de falsa antigüedad. Los
fotógrafos que han cubierto guerras y conflictos valiéndose de aplicaciones fotográficas
han creado imágenes potentes, pero también polémicas. Hay quien teme que las
imágenes falsamente retro den a la guerra una pátina romántica. Con su alusión
nostálgica a conflictos pretéritos, corremos el riesgo de distanciarnos de quienes libran
las guerras de la actualidad. Quizás esas imágenes sean más útiles para expresar el
sentir de quien estaba detrás de la lente que para documentar lo que realmente había
delante de ella.
Sin embargo, la fotografía siempre ha sido más subjetiva de lo que suponemos, pues
una imagen no deja de ser el resultado de una serie de decisiones: dónde situarse, qué
lente usar, qué encuadrar y qué excluir del plano. ¿Manipular fotografías con los filtros
de las aplicaciones les resta veracidad? Google Street View, cuyas cámaras toman
imágenes por todo el mundo, se ha convertido en una herramienta para aquellos
fotógrafos artísticos que, sentados frente a su ordenador, seleccionan escenas llamativas
y las reivindican como propias. Ahora que nuestros núcleos urbanos están sembrados
de cámaras de seguridad, ¿hemos llegado al punto en que las cámaras no necesitan
fotógrafos y los fotógrafos ni siquiera necesitan cámaras?
Hay algo poderoso y fascinante en el experimento pansocial que nos ha impuesto la era
digital. Estas nuevas herramientas nos ayudan a contar nuestras historias. Muchos
profesionales de los medios se fosilizan en el mismo discurso –especializados en
elecciones, guerras, catástrofes–, y en el camino dejan de percibir que las imágenes
menos espectaculares de la vida cotidiana pueden ser tanto o más reveladoras.
La democratización de la fotografía podría incluso redundar en beneficio de la
democracia. Cientos de millones de «periodistas ciudadanos» en potencia
empequeñecen el mundo y facilitan la petición de cuentas a los políticos. De Teherán a
la plaza Taksim, hoy la gente puede mostrar al mundo a qué se enfrenta, haciendo que
los regímenes tengan más dificultades para ocultar sus acciones. Cuando todo el mundo
tiene una cámara, el Gran Hermano no es el único que vigila.
Quizás estemos asistiendo al desarrollo de un lenguaje visual universal que podría
cambiar nuestra forma de relacionarnos con los demás y con el mundo. Y como ocurre
con cualquier lenguaje, habrá quien lo use para crear poesía y quien lo use para escribir
la lista de la compra.
No está claro si el florecimiento de esta nueva concepción de la imagen mejorará nuestra
comprensión del lenguaje visual o si nos volverá insensibles a los profundos efectos que
puede ejercer una fotografía bien hecha. Pero el cambio es irreversible. Esperemos que
los millones de fotografías que se han tomado hoy nos ayuden a percibir lo que nos une
y no lo que nos separa.
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