Análisis de "Los ojos de la culebra"
Análisis de "Los ojos de la culebra"
LITERATURA REGIONAL
“Análisis literario del Cuento Los ojos de la culebra”
(Christian Reynoso)
PRESENTADO POR:
José Flores Valdivia
DOCENTE:
SEMESTRE: X
2020
ÍNDICE
2.5. Tiempo............................................................................................................................... 7
I. NIVEL EXTRATEXTUAL
de octubre de 1978. Cursó sus estudios de educación Inicial en Sandia de la Villa Militar
Educación.
Varios cuentos suyos han sido publicados en libros, revistas y webs literarios. Ha
colaborado con las columnas periodísticas La tertulia del fantasma y La chuspa del diablo
en los diarios Los Andes y Correo de Puno y en el boletín de Noticias SER con artículos
1.7. Obras :
2.1. Estructura
III. Narra las acciones y la importancia del rol actancial del personaje llamado
“comandante”
IV. Narra y explica el rol actancial de los contrabandistas del altiplano puneño en la
historia.
VI. Presenta los hechos de post operativo, resultando con varios detenidos en la
comisaria.
VII. Presenta de forma retrospectiva los hechos y la importancia en la historia del rol
VIII. Presenta los hechos y su rol actancial del personaje llamado “Policía Chambi”.
2.2. Argumento
La historia comienza con el regalo de un libro que hace Sebastián a una prostituta
con el fin de que se convierta en Puta de Clase A1. La ambición de amasar dinero de la
prostituta era grande, en ello, escucha rumores de que el altiplano puneño podía ganar
bastante dinero y es así decide trasladarse, llegando a la Ciudad de Juliaca, en unos días
después de su llegada empieza a trabajar en el prostíbulo llamado “El Fogón Chino”. Para
entonces había cambiado de nombre, como dice el cuento, nombre de batalla, Azucena,
quien como ve en el cuento se convierte en personaje principal que narra todo el conflicto
Es así, Azucena cuenta que entre sus clientes más concurridos y los que pagan
bien son los contrabandistas y los mineros informales de la Rinconada, este ultimo de vez
policía. Así, al pasar el tiempo Azucena escucha entre sus clientes hablar de la Culebra y
ella no sabía ni de que trataba, pero era tanto con la frecuencia que escuchaba ese término
entre sus clientes y ya se le era normal, al pasar el tiempo, Azucena, también oye el
curiosidad de saber de trataba el término “Culebra” y es ahí que entre sus clientes el
clientes más frecuentes y hasta ya tenían confianza era con el oficial de la policía llamado
organizados que movían millones, además, eran dueños del comercio altiplano puneño
que ni la policía se atrevía con ellos era mejor recibir la coima de ellos para evitar
enfrentamientos.
En seguida, Azucena cuenta los conflictos entre los contrabandistas y los policías,
Culebra. Pero todo ello, el personaje se enteró de la propia boca de los contrabandistas y
los policías. Se hace mas evidente, cuando sale la noticia del atentado al Mercado
Internacional “Tupac Amaru de Juliaca” y que en la historia del cuento se revela que el
atentado fue provocado por los miembros de la Culebra traicionando a su líder del grupo
Mami Felícita, bajo direcciones esta señora la Culebra siempre salía victorioso, porque,
quien se había convertido en uno de sus clientes preferidos y a la vez amigo de Azucena,
violencia.
2.3. Tema
✓ Contrabando.
✓ Violencia.
✓ Prostitución.
✓ Corrupción.
2.4. Personajes
dama.
enamorando se de azucena.
2.5. Tiempo
2.7. Narrador
acciones.
desorden que vive esta ciudad, hace bien el autor escribir este cuento mediante la cual
ilícitas que a la larga siempre termina, en conflicto, peleas y muertes. Por ello, exhorto a
la población y especialmente a la juventud del Altiplano puneño a leer este cuento, para
reflexionar sobre estos temas que aquejan la formación de los jóvenes y no ser parte del
problema.
I
Dicen que hay libros dedicados a las putas, ¿será cierto?, no lo sé. Pero lo que sí
sé es que en el mundo hay un montón de libros dedicados a todas las cosas, ¿por
qué no, entonces, a las putas? Yo leí uno que me regaló Sebastián como parte del
pago de una deuda que me tenía. Si no lo hubiera hecho, nunca habría sabido de
la existencia de ese libro. Era grueso, de unas quinientas páginas y letra chiquita.
Cuando lo recibí sentí mucha pereza de leerlo todito, pero Sebastián insistió en que
lo haga.
—Si vos querés ser una puta de clase A1, tenés que leerlo —me dijo con su forma
esa de hablar, toda argentina.
Convencida por la curiosidad de saber qué era una puta de clase A1, me decidí a
leerlo, de principio a fin, yo, que solo me había interesado en catálogos de belleza
y chismes de la farándula. Pero en honor a la verdad, quedé atrapada con la historia
desde las primeras páginas. ¡Qué loco aquel autor que había escrito todo eso!
¿Cómo lo habría hecho?
Cuando terminé de leer el libro decidí convertirme en una puta de clase A1 o, para
entenderlo mejor, en una puta profesional, si es que así se puede decir. Dejé el
burdelito de media caña donde trabajaba, abandoné a Sebastián, fui a ver por última
vez el mar y partí para esta ciudad del altiplano. Los rumores decían que aquí se
podía ganar hasta el triple por los servicios que una brindaba. Al final, me di cuenta
que la ventaja de ser una puta profesional era que por cada servicio podía recibir
mayor cantidad de dinero. Así, lo que ganaba con un hombre en un solo servicio,
significaba para las que no eran profesionales, tres o cuatro servicios. Solo había
que saber comportarse como una profesional. No podía quejarme. Muy pronto
empecé a amasar fortuna. Cambié mi nombre de batalla, aquí sería Azucena. Mi
cara bonita y mi colita respingada, blanca, de la costa, como decían los de aquí, me
permitía hacer y deshacer con los clientes. Claro que aquí el trabajo no se parecía
en nada a la forma como se contaba en el libro aquel sobre la puta clase A1. Allí, la
puta se llamaba Violeta y captaba a sus clientes en los salones de recepción de los
grandes hoteles de Nueva York. Prestaba sus servicios a altos ejecutivos y
empresarios. Para mí, en cambio, mi reinado fue el pequeño Taiwán del Perú, como
llaman a esta sucia ciudad de Juliaca, llena de tierra, desordenada y repleta de
comerciantes. En vez de grandes hoteles eran habitaciones de burdel y en vez de
altos ejecutivos eran los contrabandistas de La Culebra, que eran los que tenían
más dinero y poder en esta ciudad. Ellos podían dar el mundo entero por una
movidita de colita con pasión y amor.
Cuando escuché eso de La Culebra me dio mucha risa porque pensé que hacían
una comparación entre sus miembros viriles y las culebras: largas, pequeñas,
gruesas o delgadas, ¿hay de todas formas, no? Pero, poco a poco, me fui dando
cuenta de que La Culebra era la forma cómo estos hombres y sus mujeres y
amantes, conseguían tener cerros de dinero y poder económico. En ello no había
nada de los rituales con culebras, boas, llamas, cuyes, huevos y hasta seres
humanos, que por aquí, dicen, se hacen para pagar a la tierra.
II
Empecé a trabajar en El Fogón Chino, donde nos llamaban “conejitas”. Pero qué
conejas ni conejas si ni siquiera podíamos ponernos colitas atrayentes y orejas
sexys para atraer a los clientes, porque el frío nos mataba. A comparación de la
costa, aquí, en la altura, el frío era insoportable y había que combatirlo. Sobre todo
nosotras, las nuevas, que no éramos de aquí y que estábamos recién subiditas.
Teníamos que usar abrigos gruesos que tapaban nuestra ropa interior de encajes y
que apenas podíamos abrir para enseñar nuestras cositas. Por eso, en cada una de
nuestras habitaciones había un pequeño fogón que nos calentaba durante la noche,
a ello respondía el nombre del burdel y a mí me hacía mucha gracia.
El sol no calentaba nada, era un sol chuncho y cuando llovía, el tiempo se ponía
insoportable. Horas de horas de lluvia, con fuertes truenos y rayos, como si el cielo
estuviera cayéndose. Eso perjudicaba nuestro trabajo porque los clientes
detestaban venir. Nadie quería tirar en tormenta y con tanto frío.
Había un montón de burdelitos en otras zonas de la ciudad, pero pertenecían a los
de baja categoría. En cambio, El Fogón Chino era el más respetado y visitado, y
estar en su lista de oferta significaba ser una puta clase A1, y esto, sin contar que
dentro de todo el personal, había también diferencias y precios distintos. Con mucha
suerte, desde el comienzo formé parte de las escogidas. ¿Acaso por mi colita
respingada?
Las primeras semanas de cada mes el trabajo se multiplicaba por mil. Muchas veces
tuve que utilizar cremas protectoras porque mi “chullito”, como así llamaban aquí a
la “cosita”, se irritaba e inflamaba por su uso sin descanso. Pero business eran
business, decía Violeta en aquel libro. Entonces, mi “chullito” recibía a mil por hora
a innumerables clientes. Venían de esta ciudad y de otras cercanas. Ingenieros,
funcionarios, policías, universitarios, gente de paso, turistas, gringos y extranjeros
que se habían enterado del Fogón. Otras veces, venían chiquillos, estudiantes en
viaje de promoción, guapos y varios de ellos sin descartucharse. Era un chiste
cuando te tocaba uno de esos. Temblaban los pobres de tener al frente a una mujer
desnuda y para colmo, cuando probaban la mermelada, no querían irse. Pero
nuestros clientes en su mayoría eran los comerciantes y contrabandistas que, la
primera semana de cada mes, festejaban el éxito del negocio, después de haberse
entregado en vida y alma a organizar el paso de La Culebra.
Eso significaba para nosotras trabajo seguro durante una semana y mucho dinero
por ganar. Pero otras veces, La Culebra no pasaba y teníamos que contentarnos
con los mineros de Ananea, La Rinconada y San Rafael que venían la segunda
semana de cada mes a la ciudad para vender y negociar el oro obtenido en las
minas y, de paso, aprovechar y cambiar de “minitas”, es decir, cambiar de putitas,
porque se aburrían con las que habían en la mina. Para nadie era un secreto que
en las minas del altiplano había cientos de putas, sin carné de sanidad y con muchas
limitaciones en la calidad del servicio, a comparación de nosotras, eso sí.
Los mineros generalmente pagaban con pepitas de oro y a nosotras, que no éramos
entendidas en ese negocio, nos resultaba complicado. No era, pues, dinero sonante
y contante, y no podíamos descartar que nos engañasen con el peso y con el
producto. Además, después había que cambiar las pepitas y ello acarreaba un
peligro. Había bandas que asaltaban a los mineros y a las tiendas donde cambiaban
el oro. Por lo demás, cuando se juntaban contrabandistas y mineros, no había
descanso para nada. Trabajábamos desde el almuerzo hasta las cuatro o cinco de
la madrugada, sin parar, polvo tras polvo.
Al comienzo no entendía a qué se referían cuando hablaban del paso de La Culebra,
de si pasó o no pasó; luego entendí que eso era importante ya que de ese éxito
también dependía el nuestro. Había tres pases al mes. Cada pase exitoso de La
Culebra significaba que toda la mercadería ilegal traída desde La Paz y Chile,
contenida en treinta o cuarenta camiones, había pasado sin problemas los controles
de la policía y los de aduanas, hasta llegar a Juliaca para de aquí ser enviada a
Lima, Arequipa y Cusco. Cuando el pase no salía exitoso significaba que habían
ocurrido problemas, enfrentamientos con la policía, disparos, muertos, decomisos,
pérdida de mercadería; en otras palabras, todo el trabajo y la plata invertida al agua.
Y toda la ciudad pagaba las consecuencias de ello.
Así continuaba la rutina hasta que un día hubo una explosión en el mercado Túpac
Amaru, el más grande e importante de Juliaca, donde se celebraba una gran fiesta.
Fue terrible. Sangre, mutilados, vidrios rotos, alaridos, todo se vio por televisión
horas más tarde. Murieron varias personas y los heridos se contaron por decenas.
En las radios dijeron que se trataba de un atentado.
III
A mí no me gustaba la cumbia para nada, menos esa cumbia chichera y cursi que
inundaba todas las radios y locales de esta ciudad.
—Bailemos esta canción, preciosura —me
dijo el Comandante de la policía, con su
aliento a ron con Coca Cola.
—Solo tu billetera puede averiguar eso, hijo de puta —le dije, desafiante, retadora,
haciéndole saber quién mandaba a quién.
—Ja, ja —rió—. Así me gusta. Si así eres bailando, ¿cómo serás en la cama?
Se dijo que la explosión en el mercado la había provocado un fanático de Néctar;
un loco, llevado por el trauma de no aceptar la muerte de sus estrellas musicales. Y
que, ahora, quería enterrar a todos aquellos que los imitaran. Explicaron que era
algo así como el muchacho que disparó a un rockero famoso a pesar de ser un
fanático suyo. Después eso se descartó y empezaron a hablar de mil cosas, pero a
mí me quedó la duda y entonces empecé a interesarme en la música de Néctar. En
mis ratos libres me dedicaba a copiar la letra de sus canciones y a tratar de descubrir
algún mensaje. Con todo eso, su ritmo se me fue pegando y más aún cuando en El
Fogón Chino empezaron a poner solamente sus canciones, todas las noches, para
conmover y alegrar a los clientes y hacer que se emborracharan más rápido y
gastaran más. Estaba bien ser puta, pero ser una puta que le gustara la cumbia ya
era lo peor, que iba en contra de las putas clase A1. ¿Dónde estaba Candy, la puta
que era yo en la costa? ¿Acaso, Azucena, la puta que era yo en el altiplano, había
cambiado? ¿Eran las ciudades las que te cambiaban? ¿Qué poder tenían? ¿O era
su gente la que te hacía cambiar? Esa gente que tenía dinero y poder. ¿Lo era todo
el dinero?
—Sí, mi hijita.
—Vamos, de una vez —le dije, poniéndome delante de él, cogiéndole la mano para
llevarlo a mi habitación. Sabía que el ofenderme lo excitaba porque le hacía nacer
un sentimiento de posesión, así como un león que cuando caza a su presa puede
hacer con ella lo que quiere—. Sé que miras mi colita y te pones como un león, ¿no,
papito?
IV
Con tantas horas de placer que le di al Comandante, haciéndole todo lo que quería,
me fue agarrando confianza. Cada vez que le
daba un servicio se quedaba un rato más para
conversar. Pedía una cerveza para mí y él
tomaba ron con Coca-Cola y me pagaba el
tiempo extra. Me contaba que era soltero y sin
hijos, y que estaba interesado en ascender en
su carrera policial para llegar a ocupar el
máximo cargo; por eso no se había
preocupado en formar una familia.
No era mala persona ni cualquier cosa. Tenía su pinta, su porte, como dicen, y era
atlético y hacía el amor bien. Alguna vez hasta pensé que me estaba enamorando
de él, pero no, no podía permitirme esas cosas. Además, así como un día estaba
conmigo, otro día estaba con la chilena o con la selvática de Puerto Maldonado que
también eran putas A1 como yo.
Pensé que porque me contaba algunas cosas suyas yo podía significar algo más
para él. Confundí las cosas, pero no llegó a más. Tan fácil como podía enamorarme
podía desenamorarme. Además, mi corazón y mi cabeza tenían siempre presente
a Sebastián.
—Mejor olvídate de eso —no quiso hablar del tema—. Tú sigue con tu trabajo.
No le insistí, pero me pareció extraño. ¿Por qué no quería hablar de eso y me decía
que lo olvide? Está bien, yo era una puta y él no tenía por qué contarme esas cosas
pero tampoco era para tanto. Solo era mi curiosidad llevada por lo que se hablaba
en la ciudad: que el atentado había sido una venganza. La venganza de un grupo
de comerciantes de “alto vuelo” en contra de los contrabandistas de La Culebra,
porque estos los habían desplazado del control que tenían sobre el contrabando de
la zona sur, haciéndoles perder dinero y mercadería.
En El Fogón Chino este fue el chisme más comentado durante un tiempo. Con el
correr de los días todo lo que se decía se iba confirmando por boca de los propios
comerciantes y contrabandistas que venían al Fogón, claro, en semanas distintas,
porque si no, ¿qué hubiera sido? Quizá ni el Fogón ni nosotros seguiríamos aquí
para contarla.
Los de La Culebra como tenían dinero, a veces alquilaban El Fogón Chino solo para
ellos. Traían su propio whisky importado y aquí compraban la cerveza. Mezclaban
ambos para marearse más rápido y desinhibirse. Cuando llegaban a ese estado
nosotras entrábamos a escena. Nos pedían de todo: que les bailemos calatitas, que
les hagamos posiciones atrevidas, que nos toquemos entre nosotras; así se iban
emborrachando más y más hasta que empezaban a manosearnos para finalmente
hacernos eso que tanto querían, turnándose unos a otros. A veces ya ni siquiera
querían usar protección y teníamos que engañarlos para que lo hagan. A mayor
borrachera los billetes salían de sus bolsillos más rápido, a punto de quedar tirados
en el piso como si no valieran nada y fueran papeles para barrer. Nunca antes había
visto eso en mi vida. Una vez que se servían de nosotras se ponían como locos y
se emborrachaban más para en seguida discutir, gritar y llorar. Parecía que les
venía la sensación de la culpa y empezaban a decir una serie de cosas relacionadas
con padrinazgos, compromisos, juramentos de venganza y lamentos a causa de
problemas y deudas.
Nosotras nos ganábamos con todo lo que escuchábamos. El dueño del Fogón Chino
nos advertía que no debíamos hablar ni comentar lo que oíamos. Pero ya para
entonces el chisme corría por todas las habitaciones y de cualquier forma salía a la
ciudad. Los de La Culebra no pagaban nuestro silencio. Eso también costaba, pues.
— ¡O sea estoy fichada por los putas policías! —le respondía, en broma.
—No, no, al contrario, a ti, a la chilena y a la selvática, se les tiene respeto por el
Comandante.
— ¡Felizmente! Sino imagínate lo que sería estar cuidándose de ustedes.
—Lo mismo dicen los contrabandistas, nadie quiere tener líos con la policía. Esa es
la verdad. Por eso nadie se hace problemas con las coimas y el pase de La Culebra,
policías y contrabandistas, todos quedan felices. — ¿Y qué pasa cuando hay
decomisos? ¿Quiere decir que la coima no funciona? —le preguntaba, curiosa.
—Lo que pasa es que de vez en cuando hay que hacer operativos para que no se
diga que no hacemos nada. El contrabando será ilegal pero hay miles de personas
en el altiplano que viven y sobreviven gracias a él, sino se morirían de hambre.
Siempre será así, nunca se podrá controlar. —Bueno, basta de charla —le cortaba
la conversación—. Terminemos de una vez que tengo más clientes y tú no pagas
tiempo extra.
VI
Pero un día de fin de semana, viernes, lo recuerdo muy bien, a punto de que El
Fogón Chino abriera sus puertas, las radios de la ciudad dieron la noticia de que
horas antes se había llevado a cabo un operativo contra La Culebra; que no había
sido como cualquier otro de rutina, sino que este había permitido dar con los autores
de la explosión en el mercado Túpac Amaru, según dijeron.
La noticia cayó como una bomba en la ciudad. Ahí mismo, gran parte de la población
y los comerciantes del Túpac se dirigieron a la comisaría para ver las caras de esos
malditos desgraciados que habían causado muerte y destrucción aquel día.
Fue tal el interés que provocó la noticia que a pesar de ser viernes, no tuvimos nada
de clientela, más que unos cuantos borrachos que se quedaron sin plata apenas
con tres rondas de tragos.
Lo encontré nervioso y cansado, eso que llaman estrés, entonces antes que todo le
di unos masajitos, luego me hizo y le hice todo lo que quería. No duró ni dos minutos,
se vino como un loco, necesitaba mujer. Yo como estaba fuera del Fogón Chino
tuve la sensación de que no estaba haciendo mi trabajo. Sentí que me acostaba con
un hombre de verdad y no con un cliente.
Me quedé callada. Esperé a que continuara, a que sacara todo lo que quería decir.
—Claro, pero también podía estar diciendo la verdad. Había duda pero también
certeza. Entonces esperamos a La Culebra en la zona de Checaya donde la
carretera es más ancha y se tiene mayores facilidades de movimiento. Tuvimos
suerte, logramos detener a por lo menos la mitad de los camiones. Los demás
huyeron. Hubo un tiroteo sorpresa de nuestra parte que los dejó aturdidos, lo cual
nos permitió actuar con rapidez. Otro contingente de nuestro comando vestido de
civil esperó en otro tramo de la carretera adivinando que huirían por ahí. Fue así
como diversas patrullas siguieron a los camiones. Una de ellas lo hizo hasta la
Pampa, en las afueras de la ciudad, donde cinco camiones ingresaron a un garaje
que resultó ser un almacén. Mis hombres dejaron que entraran sin alarmarlos, pero
una vez adentro, armados y con más refuerzos irrumpieron en su interior,
inmovilizando a todos quienes se encontraban allí. Fue cuestión de segundos.
Cuando llegué yo avisado por la patrulla, hicimos una requisa a los camiones y al
almacén. No encontramos nada de la cocaína pero sí decenas de decenas de
televisores, refrigeradoras, hornos microondas, equipos de sonido, todos bien
embalados. También había máquinas tragamonedas, bicicletas, motos, cajas de
licores, cigarrillos, cerveza y balones de gas. Parecía el almacén de una fábrica.
Pero más grande fue nuestra sorpresa cuando, atraídos por un olor pestilente que
inundaba el corredor, encontramos en un cuarto que hacía de baño, un cuerpo en
estado de descomposición, tapado con frazadas y plásticos, como si con ello
intentaran neutralizar el olor. Daba ganas de vomitar. Ordené quitar las frazadas y
los plásticos y encontramos un cuerpo, un cadáver. A la vista se notaba que varias
partes del cuerpo habían sufrido quemaduras y excoriaciones. Dedujimos que se
trataba de una mujer por las polleras y por el cabello largo. Por supuesto, las cosas
cambiaron, ya no se trataba solamente de una requisa a La Culebra sino que se
abría una investigación por homicidio. Encontrar un cuerpo en ese estado no podía
significar otra cosa.
El Comandante dejó de hablar y dirigió la vista hacia la puerta, casi adivinando que
a los tres segundos tocarían.
Le respondí con una sonrisa. Al mismo tiempo alargué mi mano para decirle que no
se olvidara de cancelar mi servicio. Precio especial, además, porque había tenido
que salir con pretextos del Fogón Chino.
VII
No volví a ver al Comandante nunca
más. Parece que al poco tiempo lo
ascendieron o lo cambiaron. Mi
amiguito Chambi en una de sus visitas
me lo confirmó. También me contó que
los contrabandistas detenidos en aquel
almacén habían confesado ser los
autores del atentado en el Túpac
Amaru. El cuerpo de la mujer que
encontraron en el almacén fue la seña
que destapó todo. Resultó muy
sospechoso que ese cuerpo se hallara justamente ahí. Luego de las investigaciones
descubrieron que se trataba de la Mami Felícita, una contrabandista que desde
hacía años dirigía La Culebra y que era la jerarca de dicha mafia. Decían que sus
ojos eran como de una culebra, escurridizos, que lo veían y sabían todo. La
explosión en la fiesta del mercado había tenido como objetivo eliminarla.
—Claro que sí —me respondió—. Lo que pasa es que hubo traición dentro de la
misma Culebra.
¿Entiendes?
Me quedé lela y asombrada. En esta ciudad podía pasar cualquier cosa si se trataba
de dinero y poder económico. La misma gente de La Culebra había planificado el
atentado para borrar del mapa a la Mami Felícita. ¡Pobre!
—No lo sé, por algo sería —Chambi respondió con cierta expresión de temor en los
ojos—. La Culebra nunca pierde, siempre gana, eso lo sabe todo el mundo.
Con mis compañeras de puterío después nos enteramos que la Mami Felícita era la
dueña del Fogón Chino, es decir, la verdadera dueña. ¡Para no creer! Nunca la
vimos ni la conocimos pero dicen que tenía hasta cuatro maridos. « ¿Tan puta ha
sido?», pregunté. «No, no, no era nada puta», me dijeron, «sino mandona… le
gustaba que le sirvan, por eso tenía tantos hombres a sus pies».
Igual, no creo que Mami Felícita haya sido de joven una santa. Una cree que todas
son de su misma condición, pues. Quizá había llegado de algún lugar, así como yo,
para hacer fortuna. ¿Acaso yo misma no quería eso llevando esta vida?, aunque,
claro, yo no quería nada de contrabandos ni culebras; a mí me gustaba putear,
dinero y vida fácil, así no todo fuese felicidad.
Con lo que se descubrió, en El Fogón Chino nos declaramos en duelo por Mami
Felícita. No atendimos tres noches. Cerramos las puertas y pusimos una cinta negra
en la entrada. Esos días me la pase escuchando Néctar y leyendo algunas partes
del libro de putas A1 que Sebastián me había regalado. Era mi biblia. Pensé que
quizá había llegado el momento de partir y buscar ciudades más grandes y menos
complicadas que esta, «pues vives equivocada», decía Néctar en una de sus
canciones.
VIII
Empecé a planear mi viaje. Días antes de irme,
Chambi, mi amiguito el policía, vino a buscarme,
no para que le diera un servicio como era la
costumbre, sino porque quería invitarme a salir
el día domingo, mi día de descanso; quería
llevarme a un sitio, dijo.
—No, no puedo —le dije, haciéndome la interesante, para ver cómo reaccionaba.
— ¿Por qué? —preguntó. —Tú sabes muy bien, no soy mujer de esas que se
engalanan con paseítos de enamoraditos. Tú mejor que nadie sabes cómo es mi
trabajo.
— ¿Acaso serás puta toda la vida? —dijo, mirándome a los ojos, como recuperando
la valentía—. Si te vienes conmigo puedes dejar esto y hacer otra cosa, llevar una
vida decente. Me reí en su cara. — ¡Por favor, Chambi! Estás hablando sonseras,
cosas que no se van a dar. Además ya me he cansado de esta ciudad, pienso irme.
Me miró con odio y se quedó callado. Luego de un momento me dijo que ya lo sabía,
que algo de eso había escuchado en la comisaría, que todos hablaban de que me
iría. — ¿Y cómo saben los putas policías que me iré?
—Por eso he venido a buscarte. No quiero que te vayas, quiero que dejes de ser
puta y que te cases conmigo. No me importa nada más. — ¿Hablas en serio? ¡No
lo puedo creer! —Sí, es en serio. —Ay, Chambicito, no sabes lo que dices. Yo no
puedo pertenecer a nadie, yo soy mujer de la vida, del mundo. Mejor olvídate todo
lo que me has dicho. Y, si quieres, igual podemos salir, te acepto que me lleves al
cine y a comer este domingo, pero no puedo comprometerme a nada más.
—Ya —se puso contento—. Vas a ver que al final ya no querrás irte. Otra vez me
reí para mis adentros. Estaba loco. ¿Cómo podía creer eso? —Y una pregunta más
—me dijo.
— ¿Sí?
IX
Aplacé mi viaje un par de semanas para
sacar provecho a los paseítos con
Chambi. Hice que me comprara ropa cara
y cosméticos de marca. El problema
surgía nomás cuando se ponía a hablar
de que me retire del Fogón Chino; yo
tenía que hacerle entender que era mi
trabajo y que él no tenía por qué tomarse
atribuciones que no le correspondían.
Luego, con un buen polvito lo convencía
y lo dejaba callado, claro, sin dejar de
cobrarle. El trabajo era el trabajo. Con eso
no había que jugar.
— ¿Qué?
Pero eso era lo que menos me importaba. Le dije a Chambi que claro que lo
acompañaba porque ni tonta que iba a ser para perderme esa fiesta. Pedí permiso
en El Fogón Chino para esa noche, con cargo a recuperar.
— ¿Y no pondrán una bomba los mismos de La Culebra como la vez pasada? —le
pregunté a Chambi.
—No. Habrá vigilancia. Han tomado sus precauciones, hasta han contratado a la
policía para que brinde seguridad. Por eso tengo invitación, estaremos de civiles.
Siendo así las cosas se me quitó el miedo, porque de verdad, ¿qué tal si pasaba lo
mismo del mercado Túpac Amaru?
La fiesta estuvo a todo dar. Se trajeron al Grupo 5, ¡no lo podía creer!, y a otros
cumbiamberos que tocaron con exclusividad para nosotros. Hubo variedad de
tragos y asado de chancho con pastel de papa y ensalada. Los regalos llegaron en
camiones. Cada uno más repleto que otro, de acuerdo a la familia que lo enviaba.
Con todo eso, fácil los casados ya tenían para poner una tienda de artefactos
eléctricos, pensé.
Lo gracioso es que entre los invitados reconocí a un montón de clientes que iban al
Fogón Chino y que habían solicitado mis servicios. Casi todos me reconocieron,
claro, ¡cómo se iban a olvidar de mí!, de mi carita, de mi colita y de todo el placer
que les había dado. Yo era inolvidable para cualquier hombre. Algunos se hicieron
los locos y otros me sonrieron, conchudos, a pesar de que sus mujeres estaban ahí.
Y ellas se dieron cuenta y empezaron a mirarme con odio. Todas viejas, feas,
rolludas, chatas, grasosas, gastadas y pollerudas, ¡cuánta envidia me tendrían!, yo
que estaba toda apretadita con mi minifalda y blusa de escote grande, ja.
— ¡Gran puta y mierda, no te irás a ningún lado, carajo! — Gritó con violencia, como
un loco—. ¡Te quedarás conmigo!
Entonces me detuve. ¿Quién se creía que era para gritarme y darme órdenes de
esa manera como si fuera mi marido? Quise darle un cachetadón y ponerlo en su
sitio pero él retrocedió un poco y sacó su pistola de reglamento.
X
Desde la ventana del bus, ahora que por
fin me voy de esta ciudad, veo las últimas
calles y casas, antes de entrar a la
carretera que va al Cusco. Sebastián
está allá, trabajando en un bar cerca de
la plaza de Armas, y me dará
alojamiento. Llegaré para la hora del
almuerzo. El chofer dice que el viaje dura
máximo siete horas, que la carretera está
pavimentada y que así se llega más
rápido. Pienso quedarme en el Cusco
una o dos semanas y disfrutar al máximo
de todo lo que se pueda.
Desde que el bus salió del terminal me he fijado en las casas de esta ciudad; casi
todas están sin tarrajear y siempre tienen tiendas o grandes puertas de almacén.
¡Qué feo! No hay ni una sola casa, así normal, que solamente sirva para vivir.
Toditas tienen negocios o están acondicionadas para vender algo, lo que sea;
parece que la gente de aquí no está contenta si no vende algo.
¿Y cómo será el Cusco? Me han dicho que es bonito. Es la primera vez que voy.
Sebastián dice que toda la ciudad es de piedra y que hay muchas cosas para
conocer, pero no le creo tanto; lo que sí me gustaría es ir a Machupicchu, por todo
lo que hablan y se ve en la televisión. Lo convenceré para ir juntos.
Del Cusco me iré a Puerto Maldonado. Mi excompañera del Fogón, la selvática, me
ha contado que allí hay oferta de trabajo y que se gana buena plata. Dice que hace
calorcito rico y no el frío chuncho de aquí; que hay mucho movimiento, que se puede
pasar al Brasil como si nada, que muchos brasileros van y vienen, además de los
turistas interesados en la selva, los madereros, los comerciantes y los mineros
informales que tienen mucha plata.
—Anímate —me dijo—. Hay buenas perspectivas, solo tienes que cuidarte de los
mosquitos y hacerte vacunar contra la fiebre amarilla.
Ella piensa volver, pero más adelante porque todavía quiere hacer plata por aquí,
pero yo, con todo lo que he pasado, ya ni loca me quedo. Así es la vida, perra vida.
Pero peor es morirse sin haber hecho nada o haberse quedado de brazos cruzados,
y yo todavía tengo mucho por vivir, gracias a estas cositas ricas que Dios me ha
dado. He estado pensando que allá mi nombre de batalla será Kiara.
Ojalá pueda dormir durante el viaje, aunque sea un par de horas, porque siempre
que viajo no duermo. De todas formas me distraeré escuchando música por mis
audífonos, para no pensar en nada, porque ya no quiero acordarme de lo que pasó
ese día del matrimonio. ¡Pobre Chambi!, que en paz descanse, pero él nomás tuvo
la culpa, por borracho y por querer hacerse el vivo conmigo; claro que, en el fondo,
él tampoco tuvo la culpa, pobrecito. Creo que la culpa la tiene esta ciudad que a
todos vuelve así, desconfiados, unos de otros, donde solo importa el dinero y donde
los que tienen más, controlan la vida de los demás. ¿Quién no piensa en dinero,
pues? Si no, ¿cómo vivir?
Chambi murió por sonso. Los matones de La Culebra lo balearon sin asco cuando
se dieron cuenta que me apuntaba con su pistola. Creyeron que era un infiltrado
que iba a atentar contra los jefes del contrabando que estaban en la fiesta. Ni
siquiera se les ocurrió preguntar ni decir algo, nada, de frente dispararon. Y, claro,
todo quedó ahí. Ahí mismo arreglaron las cosas como si no hubiera pasado nada.
A mí me dijeron que me vaya de la ciudad lo más antes posible, que nunca hable
de lo ocurrido, que haga como si nunca hubiera estado aquí y hasta me dieron un
buen regalito de muchos billetes que ahí mismo puse en el banco junto con mis
ahorros.
No le diré nada a Sebastián de mis planes de irme a Puerto Maldonado, y tampoco
le contaré todo lo que pasó aquí. Mejor que piense que me quedaré en el Cusco.
Igual no podría decirme nada y menos prohibirme. Él tampoco tiene derechos sobre
mí. Eso sí, lo animaré a que se venga a Puerto y quizá un día podamos irnos al
Brasil a visitar esas playas tan grandes y llenas de gente que siempre aparecían en
las telenovelas brasileras que veía por televisión cuando era más chica.
Fin.