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Lo Negro Del Negro Durazo - Jose Glz. GLZ PDF

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I

Yo, Pepe González, nací el año en que mataron al general Álvaro Obregón; vi la primera luz el día 26 de julio de 1928, en
el seno de un hogar católico; mis padres fueron oriundo de las montañas de Santander, España, donde nació mi
hermano Antonio, quien fue el único de mis hermanos nacido allá. Debido a mi origen hispánico creo haber heredado el
gusto por la lectura y la escritura.

Mis progenitores, Ignacio y Ángeles, ambos apellidados González., por lazos familiares establecidos en México quisieron
venir a radicar a esta buena tierra; y sin saber en las que iban a molerse, decidieron llevar a cabo ese proyecto. Sin
embargo, primero tuvieron que irse a Francia y radicar allá un tiempo. Mi padre Trabajo de minero para reunir de nuevo
suficiente; mientras tanto, nacieron mis hermanas Mercedes e Ivette en Los Pirineos, es decir, las áreas mineras de
Francia... Estoy hablando del primer tercio do los años veintes, o sea, cuando Europa se rehacía de la gran masacre que
fue la Primera Guerra Mundial, donde murieron tantos seres humanos. Ya con dinero suficiente, mis padres hicieron el
viaje y se trasladaron a Torreón, Coahuila, pues era el tiempo de la “Jauja” del algodón y había mucho español en dicha
ciudad. Ahí precisamente se estableció mi familia, y con ayuda de nuestros parientes, mi padre abrió una cantina.

Conocí la Muerte Desde muy Niño.

Yo creo que mi destino ha sido el enfrentarme con la muerte desde muy pequeño, pues cierto desgraciado día, cuando
mi padre salía de su taberna, le llegaron por atrás y a mansalva lo asesinaron de una puñalada, sin darle tiempo a
defenderse. Yo creo que ahí se sembró en mi alma el desprecio por la vida de los demás y mi afán de desquite. Ese
drama ocurrió precisamente cuando tenía un año de nacido, o sea que puede decirse que ni siquiera conocí a mi padre.
En ese ambiente de privaciones, de carencia absoluta de lo más elemental, se desenvolvieron los primeros años de mi
vida. Mi madre, gran conocedora de la cocina española, tuvo que emplearse como cocinera en algunas casas de
asistencia o en pensiones públicos, especialmente para españoles, donde se les daba como abonados casa y los tres
alimentos. Al no ver mi madre futuro en la provincia para mis hermanos y yo, tomó la decisión de radicar con nosotros
en la capital de la República, donde también consiguió trabajo de cocinera.

Me Rompieron Ia Quijada

Cuando yo tenía ocho años de edad llegamos a México y al principio mi madre sufrió bastante para colocarse; incapaz
también de mantenernos unidos. Carecíamos de lo más indispensable y mis hermanos y yo debimos repartirnos entre
varias amistades. O sea que crecí sin un afecto paterno. Mis hermanas se emplearon como sirvientas y mi hermano y yo
trabajamos en la panadería “La Única de Guerrero” y luego en la llamada “Campo Florido”, ubicada en la colonia de Los
Doctores. Teníamos que madrugar, lo cual es un gran sacrificio cuando no se tiene la costumbre; tener que sufrir el frío
de invierno y la escarcha... Pero ni modo, había que vivir. En las panaderías trabajábamos de dependientes, o sea que
recibíamos el pan de los tahoneros, lo acomodábamos, repartíamos los canastos para los distribuidores, que se los
llevaban en bicicleta y después atendíamos al público. El trabajo nos ocupaba de las cuatro de la mañana á las diez de la
noche, en que se cerraba la panadería, con una hora para cada alimento. 0 sea que aquello era tremendo. Por ser el más
chamaco de la familia se me tenía la consideración de permitirme asistir a clases en el centro escolar “Benito Juárez”,
donde también estudiaron José López Portillo, Luis Echeverría Álvarez, Arturo el Negro Durazo (desde esos años ya le
aplicaban el apodo del “Negro” por razones Obvias) y otras personas de mucho nombre. Dicho plantel estaba donde hoy
se encuentra el Multifamiliar Juárez y con anterioridad el Estadio Nacional. Donde concluí mis estudios elementales fue
en la escuela primaria “Manuel López Cotilla”, situada en la Plaza Mira valle de la colonia roma. Para poder asistir a mis
clases, el dueño de la panadería, el vasco don Pedro Irigaray, me vendió una bicicleta que me descontaba de mi sueldo;
así llegaba rápido a la escuela y de allí al trabajo. Cierta vez este señor, que era un abusivo con toda la barba, me quebró
la quijada por una distensión sin importancia, relacionada con mis labores. Desde ese momento, rompí con las
panaderías de por vida.

Fui Revendedor

Como primero es ser y luego la manera de ser, me dediqué a la labor de revendedor de boletos, en la ya derruida plaza
de toros “El Toreo”, de la Condesa; pero en esa actividad no todo es coser y cantar, sino que había que formarnos desde
la noche anterior, comprar los boletos y revenderlos al día siguiente. La cosa era arriesgada pues había que huirle a la
policía, porque si te agarraban, te quitaban boletos y dinero; así que a veces era de balde la malpasada. Abordé la
reventa para completar mis gastos de estudiante fui bachillerato, cosa que pude hacer debido a que nos cayó, como
llovido del cielo, un buen mexicano, el ingeniero José Favela Ramírez, quien se casó con mi hermana mayor Mercedes,
que contaba con 15 años de edad; nos llevó a vivir a todos a su casa, excepto a mi hermano, que siguió trabajando en las
panaderías. Así pude concluir la secundaria y la preparatoria, habiéndome ayudado con lo que ganaba cuidando carros y
trabajando en la plaza de toros. Luego de terminar mi prepa, entré a la Facultad de Comercio y Administración de la
Universidad Nacional Autónoma de México, carrera que trunqué porque contrale matrimonio en primeras nupcias.
Apenas tenía 18 años cuando nació mi primer hijo “llamado Pepe, igual que yo—, lo que me obligó a buscar un trabajo
formal.

También fui Chofer Materialista


En la época en que más desprestigiados estaban los choferes materialistas por atropelladores, busca líos y broncudos,
tuve que dedicarme a ese trabajo, pues fue lo primero que encontré y había que vivir. Así duré ocho años y me percaté
que mientras más grande el camión, más se pagaba; por eso me especialicé un el manejo de tráileres en la carretera; es
ahí donde se endurece el carácter y donde se la tiene uno que rifar con el más valiente a punta de puñetazos. En ese
desempeño ocupé diversos puestos, principalmente en la CEIMSA (ahora CONASUPO), a donde llegué incluso a ser jefe
de choferes. Con el propósito de mejorar mis ingresos tome cursos de capacitación en la Goodrich Euskadi, donde
Aprendí fabricación de llantas y sistemas de vulcanización, y en la Walter Kide, donde me impartieron un curso sobre
equipos contra incendios. Después de eso, alguien me propuso hacer rutas para la venta de leche a domicilio, a lo cual la
gente no estaba acostumbrada y le tenía desconfianza; prefería ir por ella al expendio o al [Link] cumplir con este
nuevo trabajo conseguí un carro Hudson modelo 1942 que estaba hecho una auténtica carcacha; era una dizque
convertible y cuando llovía se le colaba el agua por todos lados; así que llenaba la cajuela con las botellas de leche, pero
como el caño estaba dado a la tristeza, en la casa de mi hermana, que vivía en Ciudad Jardín, Tlalpan, diariamente tenía
que “hacer talacha”. Cierta vez cambié yo solo el diferencial.

Me Vigilaban insistentemente

En la esquina donde yo reparaba mi vehículo se detenía un ostentosísimo carro Packard. Aunque me sentía observado,
no me importaba y seguía dándole a la “talacha”, Una de tantas veces, precisamente cuando yo cambiaba el diferencial
de mi carcacha, se baló del Packard el chofer del señorón al que transportaba y me dijo:—Oiga, ahí le hablan. Yo pensé
que me querían para algún mandado, y al llegar ante ese personaje, me dijo: —Oye güero, ¿eres mecánico? Le conteste
que no, que lo hacía por necesidad. Reviró con: — ¿Cuánto ganas, en qué trabajas? Le respondí, y entonces me preguntó
si quería ganar tres veces más, sin tener que ensuciarme ni hacer ese tipo de trabajo. Le dije que sí. De vil papel de
estraza, el señorón aquel tenía confeccionado un block que colgaba del asiento delantero; también había un lápiz que
colgaba de un hilo. Anotó algo, firmó, me extendió el papel y me dijo que lo fuera a ver al Departamento Central.
Firmaba como Ernesto P. Uruchurtu. Hastíese momento, yo ignoraba quién era señor que me había estado observando
durante tantas tardes.

Un Cañonazo de 25 000 Pesos

Al otro día, limpiecito, pero de chamarra y pantalón vaquero, fui a verlo a esa dirección, que era nada menos la Regencia
de la Ciudad. Yo dudaba que ahí fuera la cita, pero al ver ese papel de estraza, el empleado de la receptoría supo de qué
se trataba. Entré al “despachón” del licenciado Uruchurtu, y al verme le dio bastante gusto. Me saludó afectuosamente y
luego oprimió un timbre pura llamar al contralor Eduardo Viese, a quien le dijo que iba a hacerme cargo del puesto de
supervisor mecánico de la Contraloría General del Departamento Central, para la fiscalización de los Talleres Generales
del mismo Departamento. Tan amolado me vio el contralor, que en principio dudó que yo fuera ocupar ese
cargo.—Pinche güero, te ves muy jodido. A ver, que te den 25 000 pesos —de ese tiempo, hagan cuentas—. Quiero que
te compres trajes, corbatas, camisas, zapatos y lo que necesites, pues quiero que mañana vengas “de pura línea”. Listo
me dijo Uruchurtu, ante su secretario particular, quien me dio, por orden suya, In cantidad mencionada, y agrego: —De
todo lo que llagas me vas a tener que dar un informe diario, pues de lo que se trata es que se evite el robo de las
refacciones, que las reparaciones estén bien hechas y se agilicen los trabajos, ya que hay muchos vehículos del
Departamento inactivos.
De Amolado a funcionario

Puso a mi servicio una camioneta Guayín último modelo(1957), que era con la que me desplazaba a todos huía;. Así
sorprendí a todos aquéllos que antes no me bajaban de “mediocre”; fue mi turno de bajar muchos humos y puse a
mucha gente en su sitio, abandonándolos en el fango de la envidia. En mi nuevo cargo apliqué todos mis conocimientos
de trailero, mismo que los cursos que había tomado sobre vulcanización y fabricación de llantas. Con base en ello,
reestructure todos los talleres del Departamento, incluyendo la instalación de una planta de renovación de llantas, en la
que pudieron atenderse hasta trolebuses. Asimismo, obtuve en la Contraloría otros conocimientos y gracias a ello, fui
nombrado delegado, contador fiscal, jefe de supervisores, jefe de servicios de la Contraloría y, por último, jefe de la
Oficina de Vehículos y Combustibles del propio [Link] por causas conocidas el licenciado Uruchurtu
dejó el Departamento Central en 1967, y dados los conocimientos generales que yo tenía sobre la Contraloría, por
recomendación del general de división don Antonio Nava Castillo se me nombró ayudante personal del general brigadier
Renato Víctor Amador, quien fuera director general de Tránsito y, posteriormente, jefe de Policía y Tránsito del Distrito
Federal, Además de ocupar el cargo de su ayudante personal —pistolero— fui jefe de un grupo especial... muy especial.

Era un pistolero nato

Para ese trabajito de despachar cristianos al otro mundo, descubrí que había aprendido el manejo de las armas cuando
dentro de la controlaría tuve que hacer delicadas Investigaciones, debido a las cuales Uruchurtu incluso tuvo que dar de
bala a varios de sus amigos, como por ejemplo a don Pancho López Palafox y a J. Carpió Mendivil, quienes controlaban a
todos los pepenadores de la ciudad, con el propósito de vender la basura, uno vez seleccionada, a las industrias, labor
que realizaban los propios pepenadores, a los que se les compensaba con cantidades ínfimas. Opinen ustedes: por una
tonelada de basura —ya fuera de vidrio, hueso, papel, etcétera— con la que llenaban un camión, les pagaban como 100
pesos de los actuales (1983). Era un verdadero abuso contra esa pobre gente que vive en el lodo y la inmundicia. El
precio que pagué por defender al débil fue alto: me propinaron una golpiza en toda forma, tumbándome casi todos los
dientes de enfrente. Ese fue el precio de la primera diligencia escabrosa que efectuó contra funcionarios; los de este
caso ordenaron a sus pistoleros eliminarme. Los siniestros sujetos me interceptaron cuando crucé en mi auto la calzada
de la Viga; a la altura de la colonia 201, se me cerraron e inmediatamente se balaron y me dieron una golpiza
despiadada. Me hicieron heridas contundentes con sus armas, me patearon y si no pudieron matarme, fue porque se
percataron a tiempo de que una patrulla se aproximaba; así que se dieron a la fuga. Sin embargo, creo que pensaron
que ya me habían eliminado. Pero esta humilde persona, todavía tenía que dar mucha lata. Estando todo golpeado y
más muerto que vivo, fui reconocido por los patrulleros, pues para esos días ya era yo un funcionario muy popular.
Trataron de conducirme al hospital para recuperarme; les agradecí el detalle, pero me opuse, profiriendo que me
llevaran a mi casa pensando que los gatilleros que ya me habían dado por difunto se percatarían de que estaba
encamado, y quizás presten dieran rematarme. Uruchurtu se enteró de la golpiza que me propinaron, e indignándose
por el atentado dispuso que se me dieran las seguridades del caso. Así pues, sobrevino el cese fulminante de ese par de
funcionarios que buscaron mi “liquidación” a pesar de la amistad que los había unido al regente. A fin de evitar otra
golpiza y para que no me agarraran distraído, con varios compañeros de trabajo, entro ellos el doctor Carlos Ruiz.
Salazar, puse un stand de tiro en la calle de Chimalpopoca número 100, donde en ese entonces se encontraba el
Batallón Motorizado de la Policía (las patrullas); de esa forma, me inicié en el conocimiento de las armas y las prácticas
de tiro. Desgraciadamente, como los pianistas natos que desde el primer contacto con el piano saben para qué nacieron,
así yo me percaté que tenía una puntería natural, pues acertaba casi en el momento de desenfundar, casi sin necesidad
de apuntar. Mi destreza con el gatillo, o sea mi formación como hombre de armas, no paso desapercibida para muchos
políticos; por eso se me nombró ayudante personal (pistolero) del general Renato Vega Amador, con quien además
formé un grupo de Investigaciones Especiales de la Jefatura de Policía, encauzado a “resolver” los problemas suscitados
por el movimiento estudiantil de 1968. Por supuesto, “actuamos” en la plaza de Tlatelolco, donde la represión del
gobierno fue brutalmente violenta y cobró cientos de víctimas.

Formé los “Halcones”

Debido a mi trayectoria como gatillero, se me comisionó para organizar ese grupo de camorristas profesionales
conocido como los “Halcones”, Primero fueron 100, pero después se le heredaron al Departamento del Distrito Federal
y llegaron a ser 1 000, aunque para ese entonces ya estaban fuera de nuestro control. Los comandaba el coronel Díaz
Escobar, quien en esos días era director de los Servicios Generales del DDF, ya que todos los “Halcones” cobraban su
sueldo en las nóminas de Limpia, Parques y Jardines. Así pues, llamando a las cosas por su nombre, participé en la
matanza de Tlatelolco y con “mi negra” mando a varios sujetos al otro mundo. Participé asimismo en otros
enfrentamientos de la época, donde había que tener los pantalones bien fajados porque los problemas eran muy
fuertes. Posteriormente, dada mi preparación de gatillero, al ingresar a la Jefatura de Policía el general Renato Vega
Amador, se me nombró jefe de Ayudantes del presidente de la Gran Comisión de la H. Cámara de Diputados y
responsable de la seguridad de la XLVIII Legislatura de la misma Cámara. Luego fui responsable de la seguridad en la
campaña política pura gobernador de Guanajuato, del licenciado Luis H. Ducoing. Al concluir dicha misión, en tanto
tomaba posesión de la gubernatura dicho personaje, me nombraron secretario auxiliar del oficial mayor del DDF, el
ingeniero Renato Vega Alvarado, hijo del general Vega; y a los cuatro meses, jefe de Ayudantes del gobernador electo
del estado de Guanajuato, o sea el licenciado Luis H. Ducoing. El cuatrerismo (abigeato) dejaba muchos billetes a los
grupos que lo practicaban, y como dicho delito estaba en todo su apogeo por esos días, me nombraron jefe de la Policía
Fiscal Ganadera del estado de Guanajuato. Luego de varios enfrentamientos logré terminar con el problema, habiendo
tenido en mi corporación tres difuntos, aunque a las bandas de delincuentes les matamos nueve hombres, logrando
también muchos detenidos. Por cierto que en Guanajuato se castiga el abigeato como si fuera homicidio calificado, es
decir con 40 años de cárcel; por eso es que se defienden tan bien los “batos”. Igualmente logré interceptar
contrabandos de armas en campos de aviación ilegales ubicados en la entidad así como muchos contrabandos de drogas
heroicas y alambiques clandestinos. Entre otros delitos también detectamos la falsificación de vinos de la Casa Domecq,
con mezcal de panela fabricado en la sierra; esto lo hacía el representante de dicha firma en el estado, asociado con el
capitán Vega y otros de menor importancia pero de igual peligro.

II
Reencuentro con el Negro

Al tristemente célebre Arturo “Negro” Durazo Moreno lo volví a encontrar precisamente cuando yo ocupaba el puesto
de jefe de Ayudantes del gobernador Luis H. Ducoing, es decir, cuando iniciaba su campaña política por Guanajuato el
entonces candidato a la Presidencia de la República, José López Portillo. En las escalinatas de la Universidad de
Guanajuato, Ducoing y López Portillo sostuvieron una charla amistosa con los estudiantes El Negro acompañaba al
candidato, y éste a su vez se hacía acompañar de un gran amigo y estupendo militar hoy general brigadier por su
trayectoria (en ese momento era coronel), Rodolfo Robles Dibella.

Al verme, Durazo me dijo: —Quihubas pinche flaco, qué estás haciendo por este pinche rancho. A lo que le conteste, en
el mismo tono: —Y tú, comandante de cagada, qué chingados “andas haciendo por acá”. Y me respondió que por ser
muy buen amigo de José López Portillo desde la infancia, el candidato le había encargado su seguridad personal durante
la campaña. El Negro añadió que al terminar ese trabajo ocuparía un “hueso” muy importante dentro del próximo
gobierno. Al oír esto de inmediato pensé: “Pobre de México, por eso andamos como andamos Me indicó que
posiblemente sería director general de Aduanas pero fuera lo que fuera, en cuanto yo supiera su destino por la prensa,
sin mayores aclaraciones me presentara con él para trabajar juntos.

Ya mencioné que al Negro Durazo lo conocí desde mis años adolescentes, pero quisiera dar una versión más precisa de
cómo era en esos lejanos ayeres.

Retrato de Arturo Durazo

El Negro Durazo era un verdadero gandalla siempre de muy bajo nivel económico y nula formación intelectual. Tenía
fama de golpeador, pero ni siquiera a pistolero llegaba. Cuando lo conocí le servía de guardaespaldas a uno de los más
grandes hampones que se han dado en México, a quien por diversos delitos se le encarceló junto con Hugo vera en el
“Palacio Negro” de Lecumberri. ¿Su nombre? Manolo Prieto. Durazo siempre quiso esconder su incierto origen, por lo
que jamás mencionaba el lugar de su nacimiento ni su ascendencia familiar; nunca vivió con su familia ni se le
conocieron parientes cercanos. Siempre estaba solo y vivía en una modestísimo vecindad destartalada, encajonada en la
cerrada de Antonio Maceo número 43, en Tacubaya, Distrito Federal. Vivía prácticamente en la miseria, corriendo la
suerte de los perdonavidas arrabaleros en sitios de “rompe y rasga”. Su ambiente siempre fueron los cabaretuchos y los
salones de baile populacheros, donde se preciaba de ser el mejor “descontonero” (el que golpea a traición) del país. Y es
cierto, porque no era honesto para pelear; siempre fue lo que popularmente se conoce como “gandalla” es decir, un
barbaján. Con él había que estar siempre “a las vivas”, pues aunque aparentemente fuera uno su amigo, en cualquier
momento podía agredir en forma cobarde y ventajosa.

De “Saca maloras “a Matasellos

En virtud de esos “atributos”, el señor Manolo Prieto lo tuvo a su servicio durante mucho tiempo y le cobró afecto.
Frecuenté al Negro porque antes de que Manolo fuera detenido y procesado por los delitos que había cometido, éste
iba al domicilio de su mamá de Manolo Fábregas (Manuel Sánchez Navarro Schiller), o sea de la extinta actriz de origen
judío Fanny Schiller. Su hija Virginia y otra joven de nombre Irene (que fue mi cuñada) eran amigas de Manolo Prieto. Yo
andaba por ahí, así que me relacioné con el señor y su guardaespaldas. En ese trabajo, el Negro Durazo funcionaba nada
más para trabajos sencillos: chofer, mensajero, “saca maloras”, etcétera; o sea que al servicio de Manolo Prieto ejercía
labores muy modestas. Posteriormente, ya con Manolo Prieto en la cárcel, me enteré que el Negro había conseguido un
trabajo de matasellos en una administración de Correos, colocándose después como empleado modesto en un banco; si
mal no recuerdo, fue en el de Comercio. Quizás por esa proximidad que tuvo con el dinero en su juventud, le agarró
tanto cariño. Cuando trabajaba en esos menesteres vivía con un gran amigo, Enrique Rúelas Leal, con quien incluso
intercambiaba los únicos trajes que ambos poseían; así no iban al trabajo siempre con la misma ropa. Compartían
también los sueldos que devengaban por partes iguales. Pero cuando el Negro Durazo se encumbró, con su
característico despotismo lo único que le concedió a su “amigo del alma” fue el grado de mayor habilitado,
degradándolo al poco tiempo como teniente de la Dirección General de Policía y Tránsito; hasta la fecha el buen amigo
Rúelas Leal desempeña ese puesto en la Oficina de Inspección General de Policía. Con el tiempo, el Negro logró ingresar
en el engranaje del gobierno como inspector de Tránsito durante la gestión del general Antonio Gómez Velasco, siendo
su pareja en dicha función el agente Miguel Armentia, actualmente mayor y segundo comandante de la Brigada de
Motociclistas. Más tarde, encontré al Negro en la recién fundada Dirección Federal do Seguridad, dependiente de la
Secretaría de Gobernación; ahí fue aceptado por sus “dotes” personajes. Después pasó a servir a muchos funcionarios
de la época, hasta llegar a ser agente de la Policía Judicial Federal.

También le hizo al Galán

Ya para entonces tenía ciertas dificultades con los hermanos Arturo y Hugo Izquierdo Ebrard, los famosos asesinos del
senador Angulo y reconocidos gatilleros en el mundo del hampa. El Negro se había casado precisamente con la hermana
de estos pistoleros y luego la había abandonado. En muchas ocasiones me tocó estar presente cuando varios amigos
mutuos lo alertaban: “Ponte buzo caperuzo porque ahí andan los Izquierdo, no te vayan a poner en la madre” Ya para
entonces, Durazo andaba con una chica de Chihuahua llamada Silvia Garza. Por cierto que mientras el Negro y varios
cuates nos la pasábamos “bebiendo como cosacos” en varios cabarets como Los Globos, El Terrazza Cassino, La Fuente,
La Concha y otros más, Silvia Garza lo esperaba afuera en el carro. Durante la parranda alguno a veces le decía; “Oye,
por qué no subes a la vieja, no la dejes en el coche de a perro”. A lo cual, el Negro contestaba con su peculiar estilo: “No
que, pinche puta, que se chingue la cabrona. Si le conviene que espere, y si no que se vaya a chinear a su perra madre”.
Esa señora con el correr del tiempo y para mi total sorpresa resultó ser la respetabilísima Silvia Garza de Durazo, quien
de hecho se convirtió en la mandamás dentro de la DGPT del Distrito Federal. Para muestra un botón: durante su
“gestión” la señora colocó en puestos muy especiales donde se “recaudaban ilegalmente” grandes cantidades a un
sujeto de nombre Isidro Valdés Norato. Hasta antes de trabajar en la policía, las únicas actividades de este señor habían
sido regentear cabarets y la trata de blancas en la frontera. Otro dato: su esposa era amiga íntima de Silvia Garza. Pues
bien, entre otras cosas, la esposa de Durazo le consiguió a Valdés Norato el puesto de director general de Servicios al
Público de la DGPT; esa dependencia abarca las oficinas de Antecedentes Penales, Licencias, Control de Vehículos,
Peritos de Revista de Taxis y Camiones, etcétera. De esta enumeración puede deducirse lo que sacaba de dinero ese
individuo, a quien por cierto el Negro odiaba. A pesar de todo, Durazo nunca lo pudo perjudicar, aunque ganas no le
faltaron. Y esto fue así porque lo protegía la que, ya para entonces, era la patrona de todo.

Sirvió a los Trouyet

Ya como agente de la Policía Judicial Federal, dependiente de la Procuraduría Federal de la República, debido a los
contactos que siempre tuvo el Negro con los traficantes de drogas del país, rápidamente ocupó la comandancia de dicha
corporación en el aeropuerto internacional de la ciudad de México. En dicho cargo se dedicó a servirle a políticos y
connotadas personalidades para introducir grandes contrabandos al país; entre esas personalidades se encontraban los
miembros de la familia Trouyet. Así, el afamado magnate don Carlos siempre lo protegió, usando para ello sus
influencias y su dinero; le pagaba espléndidamente por sus aptitudes tan “especiales”

Humilló a Fidel y al Che

Antes de cambiarse a la Dirección Federal de Seguridad, Durazo intervino en la detención y “calentada” de Fidel Castro
Ruz y Ernesto “Che”; Guevara, a quienes golpeó brutalmente. Este trabajo lo realizó con mucho agrado, pues abusar de
los detenidos indefensos era una de sus “especialidades”. Les propinó una felpa a manos llenas en forma salvaje,
inhumana y despiadada. En medio de risotadas y como si hubiera hecho una gracia, siempre se jactó de haber vejado a
los dos personajes. Decía que les había metido un palo de escoba por el ano. Un día me comentó: “Pinche flaco,
hubieras visto, hasta los ojitos se les botaban a los cabrones y la cerilla se les salía por las orejas”. Entre tragos de alcohol
y “pericazos” de coca, lo contaba como si hubiera hecho algo digno de aplauso. En una ocasión, cuando ya era titular de
Policía y Tránsito e íbamos en pleno vuelo, me dijo que si alguien secuestraba el avión y lo desviaba a Cuba, mejor se
cortaba las venas en el trayecto, pues sabía lo que allá le esperaba. Estaba convencido de que tenía una cuenta
pendiente con Castro. Me contó que entre las torturas que les hizo al “Che” y a Castro en la cárcel de Sadi Camot de la
DFS, estuvieron los toques eléctricos en los testículos con macana electrónica para arriar ganado, así como las famosas
“pozoleadas”, que consisten en desvestir por completo al detenido, vendarle los ojos y amarrarlo con firmeza a una
tabla, la cual queda en la orilla de una pileta de agua. En dicho recipiente se va introduciendo al individúo, hasta el grado
de que está a punto de quedar ahogado o asfixiado por no respirar. De la pileta sacan a la persona, la reviven dándole
bebidas fuertes como tequila, mezcal o alcohol de caña, y si al recobrar el conocimiento no se declara culpable, se
vuelve a reanudar el procedimiento. Hay casos en que basta que apliquen los toques una vez para causar esterilidad de
por vida.

Danzón Dedicado a la “Escritora”

¿Se imaginan al Negro echándose unos quiebres al ritmo de un danzón nada menos que con la “escritora” Margarita
López Portillo, cuando ésta era una muchacha? Pues así fue. Sucede que Durazo frecuentó mucho a la familia López
Portillo que entonces no era tan connotada como ahora”, al grado que llevaba a bailar a las muchachas Margarita y
Alicia a los tugurios que el acostumbraba frecuentar, como El Chamberí, El Pigalle, El Mar y Cell, etcétera. A mí nadie me
lo contó, lo vi personalmente, pues también me encantaba bailar. Y por ello asistí a esos lugares. Recuerdo
especialmente los clásicos concursos de baile; a los ganadores los premiaban con un cartón de cervezas frías (para el
caballero) y unas medias de nylon (para la dama), que eran el último alarido de la moda. El Negro se la “sacaba” en la
danza, y ambos, él y doña Margarita, reventando el talonazo llegaron a ganar varias veces los envidiados premios. Alicia
también se defendía en la pista y llegaron a dominar los ritmos tropicales de la época, principalmente el danzón
“Nereidas”, pues esa melodía nadie se la ganaba al Negro. A Margarita la “escritora”, le fascinaba también la música
caliente. Después vino el swing y demás ritmos americanos, pero siempre destacaban con la música tropical de la época:
guaracha, rumba, conga, y son; el mambo no, porque llegó muy tarde para nosotros, aunque realmente este ritmo no
nos convenció porque no era baile de inspiración. Lo que brillaba era el danzón, en el cual uno ni se movía, la chica era la
que debía bailar alrededor del varón; pero eso sí, respetando el ritmo que uno le marcaba. El hermano de estas chicas
Margarita y Alicia, o sea José López Portillo, nunca le reclamaba al Negro, ya que éste siempre lo protegía de los
problemas en que aquél se metía; el Negro defendía de sus broncas a José y a otro amigo de ambos, Luis Echeverría
Alvares, a cambio de que lo dejaran copiar en los exámenes, porque siempre fue muy malo para los estudios. Cómo ya lo
hemos dicho, el Negro Durazo fue muy bueno para los mamporros al estilo “descontón” y un pésimo estudiante.

“La Casita” de Durazo

Por esos lejanos años, el Negro comenzó a construir su “modesta casita” del kilómetro 23.5 de la carretera México
Cuernavaca, en donde adquirió, por conducto de sus amistades influyentes, 10 000 metros cuadrados en el predio de un
cerro, retirado a más de 1 000 metros de la carretera, donde había que entrar por una brecha. De esto me enteré
porque el Negro, sabiendo que yo era amigo de Tony Nava, hijo del general Nava Castillo, quien era jefe de la oficina que
concedía las autorizaciones para las tomas de agua en el Distrito Federal (era la regencia del general Alfonso Corona del
Rosal), aprovechando esta situación me dijo: Oye pinche flaco, tráete a ese Tony porque quiero construir unos cuartitos,
y aquí el agua está de la chingada para conseguirla. Voy a traer buen vino, “coquita” de la buena, putitas, y a ver si lo
convencemos para que me autorice mi tomita de agua. Luego de una pequeña orgía a campo abierto, con todo lo
prometido y teniendo a nuestros pies la hermosa ciudad de México, el Negro logró su propósito. En mi vida me imaginé
que esa “pequeña propiedad” pudiera, el día de mañana, estar ocupada por instalaciones que costarían más de diez
millones de pesos. Para el Negro, ese momento fue clave, pues se le fijó el capricho de construir ahí un castillo, cosa que
logró, como es público y notorio, pero sin medir las bajezas ni las miserias humanas de las que tuvo que valerse para
llevar a cabo “sus planes”. Logró lo que se propuso ¿pero a qué costo? Al precio de la ignominia y la degradación de
cientos de hombres que estuvieron a su mando.

III

Acudí a la Cita con el Negro

Recordando la promesa que el negro me hizo en Guanajuato ante un testigo de calidad como el general Rodolfo Robles
Dibella, en cuanto me enteré de su designación como director de Policía y Tránsito del Distrito Federal, inmediatamente
renuncié a mí cargo de jefe de la Policía Fiscal Ganadera del estado de Guanajuato y me trasladé a la ciudad de México
para presentarme ante él. Pero, con gran sorpresa de mi parte, al llegar a la ayudantía de su despacho me topé con más
de 50 sujetos que no conocía y quienes impedían hasta el paso del aire. Así que no pude entrevistarme con el Negro ese
día ni los 15 siguientes. Posteriormente logre ver a uno de sus ayudantes principales, de apellido Sicaldi, al que conocía
por haber sido agente de la Policía Judicial Federal; él me dijo:—Mira pinche Pepe, mi general Durazo me comunicó que
te vayas a ver al arquitecto Rossell de la Lama que fue nombrado secretario de Turismo, para que le formes su equipo de
seguridad. Como tenía la imperiosa urgencia de trabajar, y además ya había colocado a varios de mis compañeros con
ese funcionario, no me quedó más remedio que ir a verlo. Dada mi fama de buen gatillero, el arquitecto Rossell me
aceptó de inmediato como jefe de ayudantes, cargo que ocupé de diciembre de 1976 hasta noviembre de 1977; fue
entonces cuando un gran amigo que en ese momento influía bastante en las decisiones del Negro, el teniente coronel
Francisco Sánchez Torres, me habló de la conveniencia de integrarme al equipo de Durazo Moreno, a lo que accedí con
buena disposición, sobre todo porque consideraba que el Negro era mi “cuate”, y creía poderme identificar con él
plenamente. Sin embargo, me esperaba otra sorpresa. El día que fui a verlo con el propósito de reingresar a la Policía del
Distrito Federal, el Negro se me quedó mirando despectivamente, y dirigiéndose a su secretario particular, el coronel
Cabrera, le comentó:

Oye, pues creo que a este pinche flaco sí lo conozco. Es cabrón. Mándalo a la Oficina de Inspección General. Y así fui
integrado a esa dependencia con mi antiguo grado de capitán, Pero esto sólo duró hasta el 29 de agosto de 1978,
cuando Durazo tuvo grandes dificultades internas, principalmente con un coronel de la Policía apellidado Corona
Morales; resulta que por “puntada” el Negro ascendió a este hombre al grado de general, junto con el también coronel
Mena Hurtado, sólo que esas plazas no existían en la nómina presupuestal de la Dirección de Policía y Tránsito; por ese
motivo se vio obligado a degradarlo nuevamente a coronel.

El Miedo no Anda en Burro

El problema consistía en que Corona Morales, policía de carrera, hombre íntegro y con mucha vergüenza profesional
cosa de la que no me cabe duda—, se negó a aceptar la degradación por considerarla una auténtica burla. Entonces el
Negro, con su acostumbrada y arbitraria Forma de ser, trató de mandar con cajas destempladas al coronel, sin pensar
que éste, dadas sus atributos de hombre con suficiente dignidad y valentía, le respondería debidamente, llegando
incluso a sacar la pistola y amagarlo en su propio despacho, sin que nadie de los que rodeaba al Negro hubiera tenido, el
valor de impedírselo. El asunto le produjo un tremendo pavor al Negro y recuerde que alguien comentó: “El miedo no
anda en burro”. Este fue motivo más que suficiente para que, al enterarse rancho Sahagún Baca del amague con tamaño
pistolón, le comentara a Durazo: —Patrón —porque así le decía—, pa” qué se expone usted. Aquí hay un cabrón
huevudo que usted conoce muy bien, y que nunca permitirá que ningún hijo de su chingada madre se atreva a
amenazarlo, por muy chingón que se crea. Me refiero a Pepe González, al que usted mandó a la Oficina de Inspección
General. En ese momento, fui llamado al despacho del Negro, quien me dijo: —A partir de esta fecha te quedas aquí
conmigo, cabrón, como mi ayudante personal, jefe de mí seguridad y la de mi familia, porque esta bola de putos no
sirven más que para chingadas madres. De ahí en adelante no me volví a separar del Negro ni un solo minuto. Desde las
seis de la mañana, en que yo llegaba a esperarlo a su domicilio del kilómetro 23.5, hasta que se acostaba nuevamente,
cuidaba con verdadero celo sus espaldas. Fue así como me enteré de todo y viví el extremo grado de corrupción,
prepotencia, despilfarro y podredumbre humana que imperaba en su medio, y que a continuación tratare de dar a
conocer. Haciendo cálculos muy conservadores y por primeras providencias, pude apreciar que su despacho, privado y
cometer de la DGPT, tenían un costo muy superior a los 20 millones de pesos, entre muebles, alfombras, adernos
superfluos y demás. Todo lo cual no estaba de acuerdo con el vetusto y deteriorado edificio, a punto de derribarse, con
que cuenta dicha dependencia gubernamental.

Cuestión de Grados

Otro de los aspectos que me permitió conocer un cambio radical que se había operado en el Negro fue el trato que daba
a sus inferiores; hacía tal ostentación de su cargo que denotaba una total falta de proporción con la realidad, pues ya se
consideraba una especie de semidiós o “príncipe heredero”. Esto de momento me sorprendió, pues yo lo conocí cuando
andaba “amoladón” o sea que tenía una imagen del Negro totalmente distinta y errónea, como pude comprobar al
tratarlo de nuevo. Algo parecido me sucedió con el señor Presidente López Portillo, a quien yo consideraba una persona
vertical y honesta; pero cuál no sería mi sorpresa cuando en los primeros días de mi función, me tocó acompañar al
Negro a Los Pinos sin previa cita, nomás porque tuvo la ocurrencia de irle a pasar un chisme a López Portillo; comprobé
entonces con cuánta facilidad llegaba hasta el Primer Mandatario sin ningún protocolo ni nada que se le pareciera; esa
vez le dijo:—Señor, discúlpeme que le caiga así de golpe (en público le hablaba de usted, y en privado de Pepe).López
Portillo le contestó:—Pinche Negro, no seas payaso hijo de tu pinche madre. Ya te dije, y te lo reitero, que ésta es tu
casa a la hora en que se te pegue tu rechingada gana. Claro que mientras dure este sexenio; no vayas a venir después,
porque te andarán rompiendo la madre. Festejaron ambos la “puntada” con grandes risotadas, y como yo apenas estaba
enchanchándome, no me enteré bien de qué se trataba el “chisme” que le llevaba el Negro.

Ese poder que inexplicablemente y en mal momento López Portillo le dio al Negro Durazo, llegó a grados tales como lo
que narro a continuación: Estaban un día en el monumento a la Independencia con motivo de un acto oficial, y a fin de
quedar bien con el Negro, Francisco Sahagún Baca, en un gesto muy de su estilo, le dio al Negro la siguiente
noticia:—Patrón, el señor Presidente le nombró a usted general de división. Así que le quitó las insignias de general de la
policía, que consisten en dos estrellas rodeadas de laureles doradas, y le colocó las del Ejército Nacional, que son tres
estrellas y un águila de plata y oro, respectivamente; éstas sólo pueden ser usadas por los generales de carrera del
Ejército. Prepotente, engreído y presuntuoso, Arturo Durazo las aceptó con mucho agrado y con ello dio motivo para
que en dicho acto, el general de división diplomado del Estado Mayor, Félix Galván López, se le arrimara discretamente y
le dijera: —Señor director, a mí se me hace que el señor Presidente se equivocó con usted.

En ese preciso momento llegaba López Portillo descendiendo de su vehículo, y el Negro, ni tardo ni perezoso, tomando
fuertemente del brazo al general Galván López y jalándolo en forma enérgica, le dijo: —Pues fíjese mi general, que yo
pienso exactamente lo mismo, pero a mí se me hace que con quien se equivocó el señor Presidente fue con usted. Pero
para salir de dudas, ahorita mismo se lo preguntamos. Ante esa situación, entre bochornosa y absurda, el general Galván
López se desprendió ridículamente del Negro y evitó aproximarse a López Portillo. Entonces Durazo tomó del brazo al
Presidente, se subió al presídium y se sentó atrás de él. A pesar de la importancia que revestía el acto, ahí mismo le
comunicó a López Portillo el incidente. Al concluir la ceremonia, el Primer Mandatario ya no se despidió del secretario de
la Defensa Nacional, Félix Galván López.

Pleito de Comadres

Yo, Pepe González, cuánto hubiera deseado que ese “detalle” el Negro se lo hubiera hecho a un señor general con toda
la barba, como lo fue don Marcelino García Barragán, quien sin más trámites ni formación de causa en ese preciso
momento le hubiera pegado un balazo, para que se dejara de bromitas humillantes; y en un descuido, chance y hasta al
propio López Portillo le hubiera soltado otro plomazo. Sin embargo, siendo el general Galván López un militar de espada
virgen (o sea al que nunca ha estado en combates), pusilánime y falto de carácter, lo único que se le ocurrió para opacar
las tres estrellas y el águila del Negro fue inventar que el señor secretario de la Defensa Nacional debía tener cuatro
estrellas y un águila. Así, suponía el, iba a diferenciarse claramente del “general Durazo Moreno. Asimismo, Galván
López recurrió a un hijo del general García Barragán para que “limara asperezas” con Durazo, ya que, según trascendió
en el mundillo de la política nacional, Galván comentó así el incidente: —Se siente de la chingada que el señor
Presidente le quite a uno el saludo. El licenciado García Paniagua logró que el Negro fuera a desayunar a la residencia
oficial de la Secretaría de la Defensa Nacional, con el fin de dar por terminadas las fricciones, ya que según
comentó:—Todos vamos en el mismo tren y servimos al mismo hombre. Para cimentar esa reconciliación, el general
Galván López invitó al Negro a la boda de su hija en Chihuahua. Durazo, por supuesto, accedió. Para asistir a dicho
acontecimiento, nos trasladamos, como era su costumbre, en uno de los aviones Presidenciales.

Un Trago Negado

Ahí en la ciudad de Chihuahua fungía como comandante del Resguarde Aduanal un viejo amigo del Negro y también
mío, apellidado Torres Pita, quien nos recibió en el aeropuerto local. De inmediato nos proporcionó seguridad,
vehículos, alojamiento, coca, obviamente “carne para el hambriento” (prostitutas) y todo lo necesario. Con el
comandante Torres Pita, el Negro se pasó horas enteras recordando sus tiempos de gandalla. A la hora del banquete en
la residencia del general Félix Galván López, nos presentamos Durazo y yo, quedándose afuera Torres Pita con sus
gentes para esperar. Hasta ese momento había poca gente en los jardines, donde iba a celebrarse el banquete. El Negro
escogió una mesa y se sentó, e inmediatamente me dijo:—Oye cabrón, ya me está haciendo esta chingada cruda.
Tráeme un vodka con quina. Fui a la barra, que obviamente estaba atendida por elementos del Ejército, y pedí lo que
necesitaba el Negro; pero el encargado me dijo: —Discúlpeme, pero aquí no se sirve nada hasta que llegue el señor
secretario de la Defensa. Pero yo insistí:—Hombre no la chingue. El que está solicitando la bebida es el señor director de
Policía y Tránsito del Distrito Federal, Invitado especial del señor secretario de la Defensa. A lo que el uniformado me
respondió: —Discúlpeme, yo sólo soy tropa y nada más cumplo órdenes. Vea usted al mayor que está en aquel rincón y
pídasela a él. En ese momento, el Negro me llamó: Óyeme cabronsísimo, ¿pues qué changados pasa aquí con el cabrón
alcohol?

Le expliqué lo que había ocurrido, y me contestó: —Mándalos a chingar a su reputísima madre y dile a Torres Pita que
me mando rápido una botella de Wyborowa, unas quinas, unos hielos y unos limones, pero en chinga, que es para
ahorita. De inmediato llegó la botella y el servicio solicitado, y procedí a servirle su trago. En ese momento llegaba el
general Galván López. Mostrando gran sorpresa al ver que yo, ayudante personal del Negro, le estaba sirviendo a éste su
bebida con abastecimiento del exterior, el general Galván le preguntó: “¿Qué pasa, señor director no lo atienden? A lo
que respondió Durazo: —No se preocupe, general, que ya mandé a traer mi pomo. El secretario de la Defensa se sentó
en la mesa principal y de inmediato mandó llamar al Negro para que lo acompañara en el sitio de honor; Durazo accedió,
no sin antes ordenarme: Tráete mi botella, mi quina, mis hielos y mis limones, y sírveme tú exclusivamente de lo que
trajimos. Así lo hice hasta que terminó el festejo. El general Galván López estaba bastante molesto; pero así se las
gastaba el Negro y así acabó aquella fiesta en Chihuahua.

Otra Trastada del Negro

Otra de las jugarretas que Durazo le hizo al general Galván López con el afán de demostrar su poder, fue el hecho de
cambiar al general Montelongo, subdirector de Policía y Tránsito, quien siendo un verdadero militar de carrera, con
trayectoria honesta y vida sin tacha, no se podía ajustar a los procedimientos que ya comenzaba a implantar el Negro en
la dependencia. Necesitaba sacarlo de la jugada. Por tal motivo inventó ante López Portillo que Montelongo era un
traidor que pasaba información a la Secretaría de la Defensa y que se dedicaba exclusivamente a “fiscalizarlo”, por lo
que consideraba que no era conveniente mantenerlo en el puesto, López Portillo le dijo: —Mira pinche Negro, vamos a
quitarlo, pero para no tener dificultades con el Ejército, escógete otro general de carrera militar. El Negro pensó
entonces en el general Navarro, jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea Mexicana, hombre muy adicto al vino, de poco
carácter y fácilmente manejable. Durazo lo conocía de tiempo atrás, por lo que, pasando por encima de todos los
conductos y barreras oficiales, mandó un oficio al secretario de la Defensa en el que le informaba sobre la bala del
general Montelongo y solicitaba en su lugar al general Navarro. Pasándose de gentil o de ingenuo —según quiera verse
este caso— ya que no estaba obligado a contestarle a un funcionario de menor nivel, Galván López le comunicó que no
era posible acceder a sus deseos, pues la comisión que desempeñaba en esos momentos el general Navarro no podía
suspenderse de un día para otro. Esta contestación, que le llegó un sábado, según recuerdo, indignó totalmente al Negro
Durazo, por lo que me dijo:—Pinche flaco, te preparas mañana domingo temprano a las siete de la mañana en mi casa,
para irnos a ver a López Portillo.

Y precisamente eso fue lo que hicimos. Encontramos al Presidente en los jardines de Los Pinos, vestido de pants y
haciendo ejercicio. Y el Negro, abordándolo sin más trámites, le mostró la contestación de Galván López:—Mira mano,
estos cabrones se pasan tus órdenes por los güevos. La reacción de López Portillo fue instantánea; muy molesto, llamó a
uno de los oficiales del Estado Mayor Presidencial, ordenándole que se volteara. Le pidió al militar su pluma y,
apoyándose en su espalda, atravesó todo el oficio con su puño y letra, escribiendo: ¡Esto es una orden! Después puso su
firma con tanto coraje que incluso desgarró el papel. Entregándoselo al Negro, le dijo: —A ver si con esto no te hacen
caso esos hijos de su chingada madre.

Obviamente, el general Navarro tomó posesión del cargo de subdirector general de Policía y Tránsito, con la
consecuencia de que el general de cuatro estrellas, Félix Galván López, tuvo que tragarse su coraje.

Las “Corrientadas” de un Presidente

A propósito de la anécdota anterior, creo que debo añadir algo más sobre lo que yo llamo las “Corrientadas” de López
Portillo; se manifestaban sobre todo en relación con el personal de motociclistas que le servía de escolta junto con su
chofer personal, Pancho Ramírez, así como con el mayor Efraín de la Concha Gómez, el teniente Abel Romero Avilés y
otros de menor jerarquía, a los que permitía todo género de indisciplinas. Por ejemplo, recuerde un acto oficial en el
Palacio de Bellas Artes, al que asistí en mi carácter de “protector” del Negro Durazo. Esa vez, al iniciarse la función, los
aludidos me dijeron: —Vente, pinche Pepe, vámonos a desayunar, al fin que este acto va a tardar de horas y media;
además, estos ojotes del Estado Mayor nos tienen que localizar con oportunidad cuando termine. Hay que aclarar que el
Negro Durazo iba a estos actos sólo a dormirse, haciendo el ridículo a lo grande, pues siempre asistía crudo. Yo acepté la
invitación y Pancho Ramírez, con la prepotencia que siempre denotaba en su trato con gente del Estado Mayor, le
ordenó a los oficiales que cuando el acto estuviera a punto de terminar, lo buscaran en el Sanborn’s de Madero; había
dejado el automóvil de López Portillo cerrado con llave y con las motocicletas atravesadas delante de él. Cuando íbamos
en camino, alguien le dijo al chofer: —Oye Pancho, el Sanborn’s está repinche, todo sabe a comida gringa; mejor
vámonos aquí al mercado y nos echamos unos tacos de buche y de nana, porque yo ahí tengo un cuate que nos atiende
a toda madre. Me pasa la onda vamos a los tacos respondió el chofer Presidencial. Por ese motivo, el Estado Mayor
Presidencial perdió nuestra pista. Además, por razones imprevistas, el acto en Bellas Artes se acortó casi 45 minutos; así,
al salir López Portillo encontró su coche cerrado, las motos atravesadas y todo el Estado Mayor Presidencial haciendo
maroma y teatro; estaban tratando de acercarle al “patrón” el vehículo auxiliar con que siempre se cuenta para las
contingencias imprevistas. De ese problema salí bien, porque el Negro, siempre solícito, se fue con el Presidente a Los
Pinos por su lado; nosotros regresábamos del desayuno y nos dimos cuenta de lo que se había armado; por mi parte
reaccioné de inmediato haciéndeme cargo de la escolta de Durazo y nos fuimos a Los Pinos, llevándonos a Pancho
Ramírez, que iba con mucho miedo. A pesar de tal contingencia, López Portillo tomó a broma lo que había pasado, hasta
que el general Godínez, el jefe del Estado Mayor Presidencial, le dijo muy enojado: Señor Presidente, me va usted a
disculpar pero a los señores hay que darlos de bala, porque no le fallaron a José López Portillo, sino al señor Presidente
Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos. Esta aclaración hizo recapacitar a López Portillo, quien conservando
hasta el final su detalle de amigo, ordenó: Que Pancho quede suspendido tres meses. Luego se volvió hacia el Negro y le
dijo:—A los motociclistas ahí te los concentro, pero trátamelos bien. Ese era nuestro Presidente de la República del
pasado [Link] de las cosas que observé sobre la forma “campechana” y “deportista” en que actuaba López
Portillo, era su costumbre de brincar de los camiones descubiertos; en lugar de balarse por la escalera que se colocaba
con tal fin, brincaba desde las redilas. Incluso a veces caía sobre mí, apoyándose en mis hombros. También brincaba de
los templetes en los actos públicos, aunque algunos tuvieran hasta dos metros y medio de alto, saltando como
“karateca” por donde no había escalera; con ello obligaba a los demás dado el servilismo de nuestros políticos— a que lo
imitaran, y como no todos tenían la condición física de López Portillo, algunos se causaban roturas de huesos y de
costillas, todo esto, con tal de no quedarse atrás de su Presidente.

La Cabaña de la Ignominia

Por este tiempo, Durazo y su esposa, quienes ya habían perdido toda proporción de la realidad debido al poder que
tenían y las cantidades tan fabulosas de dinero que ilegalmente estaba recibiendo el Negro, tuvieron como un detalle
chusco la ocurrencia de comprar unos terrenos ejidales en la parte más alta del Ajusco. Su propósito era hacer una
Cabaña tipo los Alpes suizos, complemento perfecto de su “casita” del kilómetro 23.5 de la carretera federal a
Cuernavaca. Lo que sea de cada quien, para tal efecto el Negro les pagó a los ejidatarios más de lo que valían sus
terrenos, y para evitarse problemas posteriores y cuidarse las espaldas, los involucró en sus “tranzas” Les decía: —Mire
don Chón mire don Juan, ya le pagué su terrenito muy bien; pero además, ¿tiene usted un hijo o una hija? Qué bueno,
porque se lo voy a dar de alta en la policía, nomás para que vaya a cobrar.

Por razones naturales, todos aceptaban, pero a la cuarta o quinta quincena el Negro llamaba a los ejidatarios y Ies decía
con su característica “gandallez”:—Mire den Fulano, o mire den Zutano, no me vaya a armar pedo con sus terrenitos,
porque sus hijos están cometiendo un delito al haber cobrado un sueldo del gobierno sin trabajar, y en cualquier
momento yo se los mando al Reclusorio. Y esto se lo digo nomás por si algún día quiere usted dejar de ser mi cuate.
Lógicamente, esa pobre gente impreparada, sin apoyo ni auxilio, tenía que aceptar tal situación sin quejarse. Una vez
adquiridos los terrenos, recuerde que el Negro Durazo, su esposa Silvia, el arquitecto Vázquez —en ese tiempo jefe de la
Oficina de Seguridad Urbana de la DGPT—, sus asesores y yo, fuimos a caballo para reconocer el terreno donde se iba a
iniciar la construcción de la mentada Cabaña. La señora, con esos complejos de arquitecta que para entonces ya tenía
muy arraigados, puesto que la “casita” del kilómetro 23.5 tenía obras en construcción por miles de millones de pesos
—casino, hipódromo, discoteca, lagos artificiales, cortijo, etcétera—, se puso a indicar cuál sería la distribución de su
Cabaña. Durazo le dijo al arquitecto Vázquez: —A ver cabrón, ¿cuánta gente necesitas?

—Señor, pues para el tiempo en que quiere la señora que se termine (unos ocho meses), necesito mínimo 150
trabajadores.

—Para mañana, tienes aquí 650 policías. —Perfecto, mi general —le dijo el arquitecto, y agregó:—Entonces, ¿dónde
quiere usted la carretera, para iniciar la brecha y poder subir el material? Debo aclarar que la carretera más próxima a
los terrenos de la Cabaña está a casi un kilómetro de distancia. Pero la señora Durazo intervino:¡No, no, no arquitecto!
Yo aquí no quiero carretera porque donde hay carretera todo se llena de “humanos”. Entonces el arquitecto aclaró:
—Señora, ¿es que no sabe usted la cantidad de material que tenemos que subir aquí para hacer lo construcción? Al no
haber carretera, se tendrá que subir a lomo de humano.

—Eso a mí me importa una chingada, para eso le pusieron 650 cabrones, ¡ese es su problema! El inicio de la obra me
hizo evocar las pirámides de Egipto; había que ver las largas filas de policías cargando los diferentes y pesadísimos
materiales para la construcción de la Cabaña. Era una hilera interminable de policías pagados por el gobierno mexicano
—con nuestros impuestos—, descuidando la seguridad de la ciudadanía; ellos hacían las veces de los esclavos que
trabajaron hasta desfallecer para sus amos egipcios. Sólo que ahora los policías debían llevar su propia comida, y la única
atención que se les daba, consistía en que eran llevados y traídos por los transportes del Departamento; con esto se
ocasionaba otro gran problema, ya que la gendarmería necesitaba de transportes para servicios oficiales en
manifestaciones, desfiles, actos cívicos, etcétera. Por oso, tenían que requisarse camiones de pasajeros de las líneas
urbanas, con los consiguientes perjuicios para la ciudadanía. Y lógicamente, el Negro no les pagaba ni un centavo de su
bolsillo, ya que las requisas a base de igualas las tenía que pagar el DDF. Esos trabajadores policías albañiles, a pesar de
sentirse degradados, molestos y minimizados por su situación, no podían reclamar, porque al que se quejaba, el
omnipotente Negro lo perjudicaba; a unos los mandaba a cuidar lumbreras a los cerros o a los llanos, y a otros les
inventaba delitos, para consignarlos o darlos de bala. Para cumplir estas órdenes contaba con la servil colaboración de
Pancho Sahagún Baca. Otra cosa que molestaba a ese personal, era que la señora de Durazo no les festejaba el Día del
Policía (22 de diciembre) sino el Día de los Albañiles (3 de mayo). Muchos de ellos me comentaron:—Mi jefe, no somos
albañiles, nosotros somos policías. Pero eso sí, les tocaba su barbacoa, sus camitas y una cerveza por cabeza. Lo que
además era pagado por algún jefe de área de la Policía, pues el Negro no pagaba de su bolsa ni un sólo centavo. Ya para
terminarse la Cabaña, y al no ser necesario un número tan elevado de trabajadores, mandaron aproximadamente a 150
a Zihuatanejo, para la construcción del ya famosísimo 1”Partenón”. Los demás continuaron con las fastuosas obras de la
casa del kilómetro 23.5, que como acabo de decir se encuentra a un kilómetro de la carretera federal. Se nota muy
claramente la entrada porque la carretera que construyó el Negro para Llegar a su mansión es casi del doble de ancho
que la federal, y Además tiene un gran letrero, que dice “Kilómetro 23 y medio”, puesto ahí para que se orientaran sus
invitados. La construcción de la Cabaña, duró poco más de ocho meses. Para decorarla, se “importaron” todos los
motivos interiores de una auténtica cabaña de los Alpes suizos, los que conservadoramente considero costaron más de
100 millones de pesos —de los anteriores a las dos devaluaciones López portillístas.

El Primer Invitado a la Cabaña

Una vez terminada la Cabaña, y antes de que los “humanos” osaran poner sus vulgares pies en ese lugar, el primer
Invitado fue López Portillo, al que obviamente hubo que trasladar en helicóptero único medio de transporte por
carecerse de carretera; Cuando el Presidente vio la construcción, se quedó perplejo y le dijo a Durazo: —Pinche Negro,
te volaste la barda. Hazme una igual, no seas hijo de tu chingada madre. Casi inmediatamente, el Negro dio principio a la
construcción de la tristemente célebre “Colina del Perro Negro”, que ya terminada dejó muy atrás al fastuoso
“Partenón” de Zihuatanejo. Cabe mencionar que cuando al Negro Durazo se le pegaba su real gana llevaba a José López
Portillo y a su hijo José Ramón a practicar tiro en su casa del kilómetro 23.5; en ese entonces, aún no construían las
bardas que limitan la propiedad. Mientras tiraba, el Negro le decía:—Ya verás, Pepe, cómo voy a dejar este pinche
terreno, porque tengo pensado que cuando nadie te recoja por ahí, tú puedas vivir en el lugar más lujoso de México. El
Presidente siempre lo animaba. ¡Y Durazo cumplió! Porque con el procedimiento usual adquirió una mayor extensión de
terreno, y a base de sus malas artes con los ejidatarios, construyó inmediatamente después de lo que era su casa un
casino con sala de juegos, alberca interior y discotheque; por cierto que como a su hijo Yoyo, en un viaje que hizo a
Nueva York le gustó el famoso “Studio 54”, el Negro ordenó a su personal que fuera a comprar réplicas exactas de todos
los aparatos electrónicos y luces de la discotheque para instalarlos en su casino. El costo, según recuerde, fue de 58
millones de pesos, al tipo de cambio de ese tiempo. Aparte de lo anterior, la casa del kilómetro 23.5 comprende las
caballerizas, el cortijo, canchas deportivas, galgódromo ,hipódromo, y otras lujosas instalaciones, tal y como
acertadamente las describió la revista Proceso que dirige el señor Julio Scherer García (según reportajes descritos por
Andrés Campuzano, Ignacio Ramírez, y Miguel Cabildo en el número 351, del 25 de julio de 1983).Como complemento a
esa información, me permito añadir algunos otros detalles: Por mediación de López Portillo y no obstante su carácter de
simple director dependiente del Departamento del Distrito Federal —jerárquicamente estaba por debajo del oficial
mayor, del contralor general, de los secretarios de gobierno, del tesorero y, por razón natural, del regente—, Durazo
Moreno manejaba el presupuesto íntegro de la Policía para usarlo de la manera que él consideraba pertinente. Con esa
cantidad de miles de millones de pesos, además de sus “extras”, el Negro Durazo logró estas “proezas”:Nunca volvió a
proporcionar refacciones, lian ipst aceites, combustibles (reducidos), aditivos y demás a las” unidades de servicio como
patrullas, camionetas, motos, grúas, etcétera; la orden para el personal que utilizaba todo esto era:—Si quieres patrulla,
para “trabajar” en la calle (léase extorsionar), tu tendrás que pagar todos tus gastos. Tampoco se entregaron dos
uniformes por año, como era costumbre; además un uniforme constaba de zapatos, corbata, calcetines y fornituras. Por
ese motivo, siempre fue público y notorio que en la calle, los uniformados parecían vestidos de “chile, de dulce y de
manteca”, pues cada quien se compraba lo que podía. Debían comprar también sus placas y herrajes, lo mismo que sus
credenciales, y todo esto lo cobraba Durazo del presupuesto para la Policía. Así mismo, le tenían que devolver el dinero
de aproximadamente 1 000 vacantes de sueldos, para que él los aplicara donde se le ocurriera; además dejaba un
promedio de 2 000 vacantes pendientes de bala, cuyo trámite no llegaba a la oficina de personal del DDF y obviamente
los sobres con esos emolumentos seguían llegando a la DGPT, como si el personal estuviera activo. En este caso, la
Dirección Administrativa de la propia Dirección destacaba personal exclusivo con el fin de seleccionar el dinero y
clasificarlo. Era una cantidad que conservadoramente, calculando a 10 000 pesos por sobre de 2 000 elementos, arroja
una cifra de 20 millones de pesos mensuales; y eso el director del DGPT lo utilizaba nada más para sus “chuchulucos”, o
sea, para sus gastos menores. También tenía un medio muy eficaz para disponer de dinero destinado a “gastos
imprevistos”; cuando de momento no había efectivo, ordenaba que por los vales de gasolina para las unidades, que
podían ser de 20 o 30 litros por turno, las gasolineras no despacharan más de 15 o 20, según el caso. Y que los cinco o
diez litros restantes, se los entregaran en efectivo. Si usted multiplica por 3,800 vehículos aproximadamente, en tres
turnos diarios, averiguar; la fabulosa cantidad que se embolsaba el Negro ladrón para atender sus “imprevistos”. Es decir
a razón de siete litros promedio por vehículo tenemos un humilde ingreso diario de 332 00 pesos; y por mes, de 15
millones 960 mil pesos. ¿Cuánto le dejaba al año?

Por otra parte, y hablando de los centenarios que recibía cada quincena, había órdenes ya establecidas de que tanto la
Policía Auxiliar como la Sanearía, jefes de áreas y directores, le llevaran su “entre” quincenal en oro o dólares; nunca
aceptaba billetes mexicanos ni cheques. ¿Las cantidades? Mentiría si diera cifras pretendidamente exactas, pero puede
asegurar que quincenalmente y en forma muy discreta, acompañado sólo por su chofer y yo, balábamos tres maletas de
viaje —de las grandes a la cajuela de su automóvil, y nos trasladábamos a la casa matriz del Banco de Comercio, en cuyo
sótano nos estaba esperando el hijo de don Manuel Espinosa Iglesias; acompaña de de este personaje y de varios
policías bancarios el Negro subía con sus maletas por el elevador privado. El chofer y yo nos quedábamos esperándolo
en el sótano. En esas ocasiones, y porque lo presumido nunca se le ha quitado, el Negro, al subirse al auto con las
maletas, me decía:—Mira pinche flaco, aprende hijo de tu chingada madre. ¿Cuántos años te has jodido y no tienes ni en
dónde caerte muerto? Yo en cambio, ya soy accionista principal de este pinche changarlo y no se los compro completo
porque sería mucha pinche ostentación. Por otra parte, volviendo a la información de la citada revista Proceso, y con
todo el respeto que el escultor Ponzanelli me merece, yo fui testigo cuando personalmente él le iba a ofrecer sus obras,
e incluso le hizo un busto para ponerlo en el centro de un museo que llevaba su nombre en Cumpas, Sonora; Durazo se
las compraba por decenas, y ordenaba que se las pagara, en mi presencia, el entonces director de Servicios
Administrativos de la DGPT, Carlos Castañeda Mayoral. Tocante al calificativo de “ignorante” que aplica a Durazo el
afamado Ponzanelli, le dey todo mi crédito y respaldo.

Las Fiestas de la Cabaña

Las fiestas en la Cabaña se iniciaban normalmente los fines de semana y duraban hasta el domingo en la noche; con el
fin de transportar invitados de la casa del kilómetro [Link] a la réplica de chalet suizo, se usaban des helicópteros de la
policía pues, tomo ya dije, no había camino alguno para llegar a dicho lugar. El número de invitados oscilaba entre 200 a
300 [Link] Cabaña no cuenta con cocina, porque la señora Durazo opinaba que donde hay cocina todo huele a
grasa; por tal motivo, se colocaron en el exterior grandes parrillas, asaderos de carne y mesas campestres, a fin de
preparar ahí todo lo necesario; por otra parte, las viandas, incluyendo las bebidas (todas de importación), eran
adquiridas y pagadas por algún jefe de Arca mediante desembolsos que se “rolaban” entre todos sus subordinados. El
personal para atender a los invitados —cocineros, meseros, garroteros y demás gente de servicio— estaba enteramente
formada por elementos de la policía que trabajan en el Servicio de Alimentación de la Brigada de Granaderos, a cuyo
frente se encontraba la mayor Guillermina Martínez de Ijar. Como detalle chusco, citaré lo que algunos de estos
elementos me llegaron a comentar: Jefe, si hay fiesta en la Cabaña, prefiero cortarme las venas. Y es que ellos no tenían
la suerte de subir en helicóptero para llevar todos los implementos indispensables para dar servicio (platos, peroles,
manteles, cuchillería, etcétera), sino que cubrían a pie el kilómetro de cerro para llegar a su objetivo. Posteriormente,
una vez terminado el festejo, a eso de las tres o cuatro de la mañana, sólo quedaban en la Cabaña personas de mucha
confianza. Entonces me llamaba el Negro y me ordenaba:—Oye pinche flaco, ya retira al personal y mañana nos vemos a
las siete. Arregla lo de la seguridad. Esto último consistía en rodear materialmente el cerro con elementos del
Regimiento Montado de la Policía, armado con metralletas. Así las cosas, se iniciaba el regreso del personal
completamente a oscuras y lógicamente había lastimados por caídas, ya que en los alrededores se carece de luz
eléctrico, no así en la Cabaña. A este respecto, cabo aclarar que so instaló una línea de más de 100 postes para conducir
la corriente eléctrica; todo esto obviamente se pagó del presupuesto de la DGPT. Al día siguiente, y previas órdenes que
por radio me daba Durazo, se volvía a iniciar la heroica peregrinación de los muchachos cargando a lomo pancita,
chilaquiles y todo lo necesario para “curar” una “cruda”. A mediodía se repetía la carne asada, barbacoa, carnitas y
tamales, el platillo favorito de la señora Durazo, así como un tipo especial de pasteles de “El Globo”; porque hay que
agregar que cada fin de semana llegaban a la casa del señor 40 charolas de pasteles y entre ellas había una clase especial
que le fascinaba a la señora; de ésos no llegaban más de cinco o seis. Esto me recuerda que en una de tantas fiestas los
invitados se comieron precisamente esos pasteles destinados al consumo exclusivo de la señora; quienes lo hicieron
ignoraban el tremendo problema en que estaban metiendo al personal de servicio, pues cuando ella se dio cuenta de
que sus pasteles se habían “esfumado”, me llamó y me dijo:—Mire Pepe, en cuanto termine la fiesta, se lleva usted a los
meseros a los separos, porque estos cabrones nomás por chingarme se tragaron mis pasteles. A mí no me quedó más
remedio que cumplir las órdenes, ratificadas por el Negro, y siete inocentes policías del Servicio de Alimentación se
echaron quince días en los separos, a pesar de que ellos me confiaron:—Mire jefe, cómo cree que nosotros nos íbamos a
comer los pasteles que sabemos que le gustan a la señora. Lo que pasó fue que los invitados se los comieron, y ya ve
usted la clase de cabrones invitados que tiene el jefe Durazo; y si según la señora, nos manda 15 días a los separos por
comemos los pasteles, si algún Invitado le dice que se los negamos, nos cuelga de los gü[Link] mencionar que a la
casa de Durazo todo lo comestible llegaba en cantidades industriales: piernas de jamón serrano español, quesos
holandeses y de todos tipos, caviar, conservas, mazapanes, ultramarinos y demás, a tal grado que se echaban a perder al
no consumirse; pero ni Durazo ni su esposa permitían que se tirara nada, hasta que efectivamente estuvieran las cosas
en perfecto Estado de descomposición. ¿Cómo no se les ocurrió, con esas grandes cantidades de alimentos, socorrer a
toda la pobre gente que vivía a sus alrededores? Se acumulaba tanta comida que había cuatro congeladoras gigantescas;
y cuando llegaban los pavos de Navidad nos encontrábamos con el problema de que los refrigeradores todavía estaban
repletos de los pavos de la Navidad anterior. Hasta que los alimentos estaban totalmente agusanados era cuando los
señores se decidían a tirarlos, sin socorrer a hospicios, asilos o casas de asistencia que tanto los necesitaban. Los Durazo
eran tan miserables que al personal la estaba prohibido pedir una taza de café, y todos teníamos que llevar a su casa
nuestros propios alimentos. ¡Cuidado con que un mesero llevara comida al personal de vigilancia! El responsable era
sancionado severamente y confinado en los separos por tiempo largo. Las fiestas se realizaban cada fin de semana, y a
ellas asistían personalidades como el licenciado Salvador Martínez Rojas, en ese tiempo presidente del Tribunal Superior
de Justicia del Distrito Federal; Antonio Lukini Mercado, jefe de la Oficina de Licencias y administrador de algunos
negocios del Negro; Arturo Marbán, director operativo; Pancho Sahagún Baca, director de la División de Investigaciones
para la Prevención de la Delincuencia; Carlos Castañeda Mayoral, director administrativo; también llego a asistir el
presidente de la Yamaha, de Japón, de la que el Negro es uno de los accionistas mayoritarios; Andrés Ramírez
Maldonado, al que nombró coronel y director de los Servicios al Público, pero que en su vida privada fue hotelero, lenón
y traficante de drogas (incluso, estando en funciones fue ejecutado por la mafia en San Antonio, Texas, y Durazo lo hizo
enterrar en la ciudad de México, rindiéndole honores como a los policías que mueren en el cumplimiento de su deber);
Isidro Valdés Norato, quien antecedió en el cargo a Ramírez Maldonado y al que ya entonces Durazo había degradado
como jefe de peritos de vehículos; Gastón Alegre López, abogado establecido en Montreal, Canadá, y especializado en
negociar ciertas situaciones jurídicas de país a país, y además dueño ancestral de casi todos los terrenos del Ajusco;
Alejo Peralta, a cuyo hijo, el Negro, por atención al padre, nombró capitán y piloto para que atendiera exclusivamente
los teléfonos de sus coches; Pablo Fontanet, con quien hizo la gran “tranza” del panteón Mausoleos del Ángel, y de
cuyas ganancias iniciaron el proyecto de Reino Aventura; además de otras personas de menor importancia. Como ya
dije, la decoración de la Cabaña se realizó de acuerdo con los gustos de la señora, y por conducto del arquitecto Carreño,
que era su decorador personal, se trajeron en avión desde Suiza los materiales, cuyo costo considero superior a los 100
millones de pesos; era importante para los Durazo que el sitio tuviera toda la ambientación alpina que tanto les
fascinaba; y recuérdese que la Cabaña estaba en el sitio más alto del Ajusco.

IV

“Los Manejos de Durazo“

Para tener control absoluto del presupuesto que ya el Negro Durazo manejaba íntegramente, pues el profesor Hank
González se lo había entregado por órdenes de López Portillo, el profesor Molina, su secretario particular, hombre muy
audaz, le sugirió: Señor, para que usted pueda manejar el presupuesto a su antojo, necesitamos legalmente al aval de la
Contraloría General del DDF. Y lo primero que debe usted hacer es remover al actual contralor general, Salvador
Mondragón Rodríguez, porque esto no se va a ajustar a nuestras situaciones, y tratar de que en su lugar quede el sub
contralor, Jaime Porter Samanillo; creo que si usted le avienta a Porter un “disparo” de cuatro o cinco millones de pesos
para empezar, va agarrar la pichada y se va a prestar para lo que usted mande. —Primero voy a calar a Porter Samanillo
—dijo Durazo. Y lo citó discretamente para desayunar en la DGPT. Le pidió que le diera de bala cosas que no se habían
comprado, pero que se habían pagado, según facturas; y efectivamente, le dio un “disparo” de adelanto en mi
presencia, diciéndole: Toma, autorízame esto otro, porque me cae en los güevos que gentes como tú, tan serviciales,
andan tan jodidas. Por lo pronto, voy pagándote este favor; toma estos centavos —y le dio en dólares el equivalente a
cinco millones de pesos, ya que, como aclaré, no le gustaba manejar moneda nacional—. Porque además —agregó—,
para demostrarte mi estimación, quiero que usando tu puesto me consigas documentación en la que esté involucrado tu
jefe, Salvador Mondragón Rodríguez y el profesor Hank González; y el día que la tengas, sin importarte la hora, me lo
comunicas para que de inmediato te lleve yo con el señor Presidente. Y si tú cumples lo que te estoy pidiendo, te puede
asegurar que en ese preciso momento vas a ser el contralor general del DDF. ¿Cumpliría el Negro con la promesa? La
tarde del día siguiente, mientras Durazo descansaba en su privado, recibí una llamada. Era Porter
Samanillo:—Despiértelo “Güero”, porque esto es muy urgente.

—Discúlpeme señor Porter, pero ya sabe usted que cuando el jefe se acuesta sólo se le molesta si lo llama el señor
Presidente de la República.—Alabo su apego a las órdenes del jefe, pero le garantizo que hasta lo va a felicitar si usted lo
despierta ahorita porque yo tengo órdenes de él muy especiales al respecto. En vista de lo anterior, entré al privado de
Durazo y lo desperté:—Disculpe señor, pero el señor Porter insiste en hablar con usted para una cosa muy
urgente.—Pásame la llamada— dijo el Negro.

Y esto fue lo que alcancé a escuchar: —Muy bien Jaime te felicito; mañana te espero en mi casa del 23.5 a las siete de la
mañana. Vas a conocer al señor Presidente de la República y te garantizo además que de Los Pinos sales nombrado
contralor general del Departamento. Tal como el Negro se lo prometió, Porter estuvo en dicho puesto los últimos cuatro
años del sexenio. Cuando Porter tomó posesión, le asignó a la DGPT dos “valiosos” elementos: Abraham González
Castañeda y Francisco Cuevas Días, ambos contadores; el primero estaba ahí para avalar los desmedidos gastos del
Negro y el segundo para dar de baja lo que a su juicio ya no funcionara en la DGPT. Con esto el señor director Durazo
lograba, por ejemplo, lo siguiente: Factura: ocho millones de pesos. Concepto: platos y cubiertos para el servicio de
alimentación de la DGPT. Avala el gasto: Abraham González Castañeda. Á los cinco días los trastos se daban “de baja”
por inservibles. Avalaba la baja: Francisco Cuevas Díaz. Por supuesto, lo comprado físicamente nunca existía, o sea que
sólo se manejaba el papeleo y los policías seguían comiendo sin platos ni cubiertos. Igualmente se negociaba con
peroles, estufas y otros utensilios, y lo mismo pasaba con las llantas de las patrullas, aceites, aditivos, acumuladores,
uniformes, zapatos, gorras, camisas, corbatas, insignias, etcétera. Por eso, el Negro se daba el lujo de alardear;
recuérdese aquel mencionado reportaje de la revista Proceso, donde llegó a decir con cinismo: “Que me hagan las
auditorías que quieran”. Sabía a la que se atenía, pues estaba seguro que con ese procedimiento tendría que salir bien
librado.

Ladrón que Roba a Ladrón

Para controlar las entradas ilícitas del dinero proveniente del presupuesto, Durazo lógicamente debía tener gente de
confianza; así que al primer director administrativo que designó para organizar sus maniobras ilícitas fue a su cuñado
Federico Garza Sáenz. Durazo lo coloco respondiendo a las “sugerencias” de su esposa, pues ella quería estar siempre
enterada de las entradas ilícitas de dinero. En principio, Garza Sáenz le funcionó al Negro; pero al enterarse el cuñadito
de las cantidades exorbitantes que se manejaban, inició por su cuenta robos contra el “patrimonio” de Durazo; así pude
comprarse una Isla en Zihuatanejo, Guerrero, y se convirtió en vecino del general Durazo, por aquello del “Partenón”. En
el centro de la isla, que tuvo un costo superior a los 500 millones de pesos, construyó un restaurante a todo lujo. Sin
embargo, el restaurante nunca entró en funciones, porque el Negro se dio cuenta de que “le estaban dando machetazo
a caballo de espadas”, y de inmediato suspendió a su cuñado, con el consiguiente escándalo familiar. Durazo lo sustituyó
con su íntimo amigo, Carlos Castañeda Mayoral, sedicente licenciado, quien durante muchos años fungió en la
Procuraduría General de la República como jefe de personal, y con quien lo ligaban nexos ilícitos, incluso a nivel de
mafia: drogas, trata de blancas, contrabando, etcétera. Con este individuo aumentaron las entradas de dinero, porque
era capaz para su negocio y sabía manejar muchos recursos ilícitos disfrazándolos de legales; pero además, sabía lo que
al Negro le gustaba: lo halagaba a tal grado que caía en las situaciones más absurdas y grotescas. Por ejemplo, le pagaba
a un tal teniente Nieto para que fuera a Estados Unidos a traerle al Negro cigarrillos de marcas extrañas o clamatos (jugo
de tomate con concentrado de ostión y almeja) para Bloody Maries que yo irremediablemente tenía que prepararle; a
propósito de este detalle, yo quedé muy bien con José Ramón López Portillo al prepararle sus tragos, sólo que éste se los
tomaba sin vodka. Por cierto que pata no molestar al Negro, Castañeda Mayoral le llenaba todos los sillones de su
despacho con “altas” de elementos que ingresaban constantemente a la policía para que las firmara; eran auténticos
regalos que en un momento dado podían sumar hasta 1 000 policías en funciones, quienes en tanto no tuvieran
firmados sus papeles, no podían cobrar su sueldo. Y como a veces la firma se tardaba hasta tres o cuatro meses, no
había forma de que pudieran cobrar sus salarios. Castañeda sólo se concretaba a preguntarle: —Patroncito, ¿no me
firma? El Negro, invariablemente le contestaba;—No estés chingando, hijo de tu chingada madre. Durazo no
acostumbraba delegar la firma (ocho por cada expediente), porque pensaba que si les dejaba a otros el trámite no le
iban a dar participación de la tranza de dichas “altas”, pues partía de la base de que todo ahí tenía un precio, Para
halagar a Durazo cuando supo Castañeda Mayoral que una señora llamada Lidia Murrieta Encinos se le había “metido”
bien al Negro, aprovechó que éste tenía grandes dificultades con su esposa Silvia (duraron separados como año y medio)
y le propuso:—Vamos a hacerle una casa a la muchacha para que llegue usted a gusto. El Negro accedió, y compró
inmediatamente y al contado —30 millones de pesos— la casa que está enclavada en la calle de Fuente bella número
54, en la colonia Fuentes del Pedregal, frente al Pedregal de San Ángel.

Al principio, la señora Murrieta era una persona dócil qué por todos los medios trataba de congraciarse con el Negro;
pero al sentir que olla podría ser la número uno, perdió la proporción de las cosas, y como sabía que existía la orden de
que se le atendiera en todo lo que quisiera, usó una clave para hacer todas los peticiones de sus gastos a la DGPT; así
que llamaba por teléfono y decía:

—Habla el ingeniero Murrieta. Castañeda Mayoral le había asignado dos arquitectos para verificar la remodelación de su
casa. Se trataba de Juan José Díaz Infante y Alfredo Hernández, quienes hicieron gastos por 28 millones de pesos sólo en
adaptaciones; y todos los muebles, a petición de la Murrieta, fueron adquiridos en Francia e introducidos a México por
vía marítima y a través del Puerto de Coatzacoalcos, donde era administrador aduanal Sigfredo Durazo Moreno,
hermano mayor del Negro. Distrayendo a su jefe con este “pasatiempo”, Castañeda Mayoral también se fue sobre los
bienes, y en tan sólo ocho meses se construyó dos casas con valor muy superior a los 40 millones de pesos, sin contar los
muebles. En esas casas albergaba a sus dos “frentes”; una de ellas estaba en Tecamachalco y la otra en Fuente luna, de
la misma colonia Fuentes del Pedregal. Fue entonces cuando el Negro se percató de que este sujeto lo estaba
traicionando, por lo que le ordeno hacer la investigación correspondiente y pudo comprobar también otros hechos.
Efectivamente, las dos casas tenían el costo que mencioné, pero ya amuebladas superaban los 50 millones de pesos
cada una. Además logré comprobar que independientemente de sus casas “uno” y “dos”, Castañeda Mayoral tenía la
“tres”, pues había “adoptado” a la artista brasileña Gina Montes, a quien le puso inmediatamente un departamento con
renta mensual de 50 000 pesos en las calles de Eugenia 701, interior 502, de la colonia del Valle. Aparte, se le pagaban
otros 50000 pesos por el uso del teléfono, ya que ella acostumbraba hablar a Brasil a su mamita para saludarla; también
le compraba un fastuoso vestuario para sus actuaciones (cada vestido sobrepasaba los 100 000 pesos) y le firmaba sus
cuentas en el centro nocturno donde trabajaba, “El Marraquesh”, para que ella quedara bien con los periodistas de la
fuente o con sus amistades. Todas las noches, invariablemente, Castañeda Mayoral iba por ella, llevando a dos o tres
invitados y con todos ellos se gastaba diariamente un promedio de 100 000 pesos, según las notas. Este dinero lo robaba
directamente de las entradas de Durazo, por lo cual, una vez verificado todo lo anterior, fue cesado. También se le
comprobó a Castañeda Mayoral que en la nómina de honorarios, con sueldos mínimos de 40 000 a 50 000 pesos
mensuales, había incluido a sus dos esposas y a sus hijos (tres y uno, cuatro por todos), permitiendo también que su
segundo de a bordo, José Luis Echeverría, agregara en la misma nómina a su esposa, hermano, papá, y tío; además, con
lo que le tocaba de las tranzas, en cinco meses ya se había edificado una casa de tres niveles en el kilómetro 23 de la
Carretera México Cuernavaca, (a medio kilómetro de la que tenía el Negro) cuyo costo en un cálculo conservador era de
15 millones de pesos, sin contar el mobiliario. Asimismo, Castañeda Mayoral había permitido al teniente coronel Alberto
Paz Martínez, jefe de la oficina de vehículos oficiales, cometer irregularidades con la gasolina: hacía efectivos los vales
de vehículos pendientes de baja, lo cual representaba más de 300 millones de pesos anuales. También le permitía a
Echeverría y Paz, atrasar hasta un mes los pagos a las gasolineras, permitiéndoles “jinetear” cantidades fabulosas que
depositaban en el banco a plazo fijo. Para saber a cuánto ascendían hay que multiplicar 60 litros diarios por
aproximadamente 3 800 unidades, lo que dará un total cercano a los 82 millones de pesos mensuales, tomando en
cuenta que la gasolina en ese tiempo costaba 12 pesos por litro. ¿Qué cantidades tan estratosféricas robaría Durazo,
que todas esas fugas las detectó hasta después de un año, cuando hice la investigación? En cuanto quedaron
debidamente comprobados estos hechos. Lo único que ordeno Durazo fue la baja inmediata de Carlos Castañeda
Mayoral, José Luis Echeverría, Alberto Paz Martínez y el personal menor allegado a los tres. El asunto había trascendido
a los alias esfera; políticas, y concretamente a la Secretaría de Programación y Presupuesto Sin embargo, el Negro
delegó el ofrecimiento del nefasto Pancho Sahagún Baca, quien de inmediato le había propuesto servilmente:—Patrón,
usted nomás me ordena y mañana los quiebro. Durazo tuvo que recurrir nuevamente a la gente que ya estaba
identificada con el sistema que él usaba para robarse el presupuesto, y a instancias de la señora Garza de Durazo, hizo
reaparecer a su cuñado al que ya había corrido por rata. Así fue como Federico Garza Sáenz volvió a hacer de las suyas
en los pocos meses que faltaban para entregar la administración los del nuevo sexenio; concretamente, vendió las
últimas plazas de jefes, cuyos costos eran, de capitán a mayor, de 500 000 pesos; de mayor a teniente coronel, de 100
000 pesos; y de teniente coronel a coronel, de 1 500 000 pesos. Cabe señalar que Castañeda Mayoral participó en un
estudio que hizo Durazo con el fin de que le aprobaran 600 millones de pesos para la reconstrucción del edificio de la
DGPT; pero dicha cantidad únicamente se usó para construir unas barracas junto al primer templo que edificaron los
españoles en México: la iglesia de Tlaxcoaque. Y con el remanente, Durazo construyó a su nombre un edificio en
Insurgentes sur esquina con la avenida Río San Ángel, que pretendió alquilar al DDF para que fuera ocupado por la DCPT,
a cambio de una renta mensual de diez millones de pesos y un contrato mínimo de diez años. Sin embargo, Hank
González no aceptó el trato, pues ese “negocio” era tan oscuro como el propio Durazo.

El Negro y los Joyeros

En su desmedida ambición, el Negro trataba constantemente de adquirir joyas, a cuenta de exorbitantes erogaciones,
para regalárselas a su esposa, a la mencionada Murrieta y a todas las señoras de mala nota que llegaban a convivir con
él; para tal efecto, Carlos Castañeda Mayoral, Federico Garza Sáenz y Pancho Sahagún Baca, ya tenían ubicados a los
joyeros Federico G. Astorga, en Motolinía 25-302 y Miguel Vargas V., en Hamburgo 98-F; pero los principales surtidores
eran los Cassab, Alfonso y su padre, quienes cuentan con dos joyería, una en Polanco y otra en Isabel La Católica, ambas
llamadas. El Aderezo. Todos ellos se prestaban para diseñar alhajas, cada una con valor superior al millón y medio de
pesos; pero como casi siempre se trataba de joyas sugeridas por el pésimo gusto de Pancho Sahagún Baca, quien
buscaba quedar bien con su patrón, los trabajos perdían validez por ridículos, excéntricos y ostentosos. Concretamente
recuerde un collar de perlas naturales que estaba engarzado en oro de 24 kilates y que le regaló a la “escritora”
Margarita López Portillo, pero cuyo broche de platino era realmente estrafalario y de mal gusto; tenía las siglas MLP en
brillantes, pero bastante desproporcionadas en relación al resto del trabajo. Sahagún Baca se defendió diciéndole a
Durazo:—Patrón, para que vean que aquí hay muuucha lana. Posiblemente la “escritora” aprovechó los materiales, pero
cambió el diseño por otro menos “ranchero”. Todos estos trabajos eran cobrados por los mencionados joyeros en la
Dirección Administrativa de la DGPT con facturas que amparaban compras de tela para uniformes, gorras, zapatos,
etcétera, para el uso de la policía; por eso cabe aclarar que durante todo el sexenio a la gendarmería nunca se le dotó
del equipo necesario para desempeñar sus funciones.
Los Regalos Perdurables

El Negro Durazo siempre quiso que sus obsequios o sus “regalos perdurables”, como él los llamaba, se recordaran toda
la vida y dada su gran debilidad por los centenarios, sugirió a los joyeros mencionados que borraran una de las caras de
dos centenarios y los unieran con una bisagra para poder escribir en las partes lisas del interior algo así como: “Para el
licenciado equis, con motivo de su cumpleaños”. Y completaba el texto agregando: “De parte del general Arturo Durazo
Moreno”. Añadía fecha y lugar. Encabezaban la larga lista de beneficiados por dicho regalo: López Portillo, Hank
González, el alcalde de Montreal, Canadá; el entonces presidente del PHI, Gustavo Carbajal Moreno; los jefes de la
policía de Los Ángeles, Houston, Nueva York, Montreal, París; la banda de música de la policía de Inglaterra, el jefe de la
policía montada de Canadá, el presidente del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal, Salvador Martínez Hojas;
y muchísimas personas más. Desde luego, al costo de los centenarios debe añadirse el de la mano de obra, siempre tan
cara, y el de los estuches, que debían estar acordes con la importancia del obsequio. Quizá por eso, el Negro siempre me
comentaba: —Te juro, pinche Pepe, que no hay en el mundo quien tire centenarios acoplados; se acordarán de mi
mientras vivan y todavía se los dejarán de herencia a sus pinches nietos.

Policías que nunca fueron policías

Para integrar su equipo, una auténtica banda de delincuentes como los que voy a mencionar, Durazo dio
nombramientos a gente que nunca estuvo ligada a la policía (o que lo estuvo sólo cuando cometía algún delito):

Arturo Marbán Kurczyn, a quien conocí en el año 67 68, cuando nos servía de mandadero al Negro, otros amigos y a mí,
durante las parrandas que nos corríamos en cabarets como La Fuente, El Terrazza Cassino, Los Globos, La Concha y
otros. Durazo nombró primero a Marbán Kurczyn jefe de la Oficina de Antecedentes Penales; después, jefe de la Oficina
de Licencias para Manejar y, por último, director operativo de la DGPT. Todo esto lo logró porque en ese entonces ya se
había casado con una hija del “segundo frente” del coronel Carlos I. Serrano 11 amada, Candy. El Coronel colocó en una
envidiable situación económica a su yerno, entre otras cosas, porque tenía mucho peso político y mucho dinero. El
coronel Serrano decía que él era coronel, pero hacía generales; los candidatos a gobernadores iban a verlo para que los
ayudara en sus campañas.

Antonio Lukini Mercado, lotero de coches usados, “chuecos” (robadas), “chocolates” (ilegales) y demás, a quien Durazo
designó jefe de la Oficina de Licencias, y administrador de muchos de sus bienes.

Emilio García Lobato, de quien sólo recuerde que era un auténtico vividor y explotador de mujeres, y a quien el Negro
nombró jefe de la Oficina de Seguridad Urbana.

Isidro Valdez Norato, hotelero y lenón en la frontera norte, a quien primero le dio plaza de director de Servicios al
Público y, posteriormente, cuando cayó de su gracia (por haberle robado), jefe de Inspección de Vehículos (taxis,
camiones de carga, etcétera). Este último cargo lo obtuvo gracias a la intervención de la señora Durazo, íntima amiga de
él y de su mujer.

Andrés Ramírez Maldonado, hotelero, lenón y traficante de drogas al que, como hemos dicho, la mafia mató por una
vendetta en San Antonio, Texas; fue inhumado por Durazo con todos los honores, como si hubiera muerto en actos de
servicio.

Carlos Humberto Toledo Moreno, nombrado director de Servicios al Público después de la muerte de Andrés Ramírez, y
quien además era sobrino del Negro.

Jesús María Lerma Durazo, esposo de su hermana mayor, Teresa, a quien designó jefe de Corralones.

Gerardo Durazo, también sobrino suyo, se convirtió en jefe de Almacenes de la DGPT.

Gustavo Ortiz de la Peña, al que hizo coronel y jefe del Area Venustiano Carranza, donde está incluida la zona de La
Merced, lo que le dejaba a Durazo un millón de pesos diarios; tal ganancia la obtuvo durante toda su gestión. Respecto a
la “honestidad” del “coronel” Ortiz de la Peña pude averiguar que era propietario de joyerías en Tépito y comprador de
“chueco”; además, para cerrar con broche de oro sus negocios, se auto robó con el fin de hacer efectivos seguros por
cantidades superiores las que él realmente había manifestado.

Orlando Calderón Guerrero a quien le dio una de las unidades policíacas que más dinero ilegal dejaba: la Unidad de
Grúas y Mini grúas, de tan nefastos antecedentes.

Federico Garza Sáenz, su cuñado, a quien Durazo impuso contra viento y marea por sugerencia de su señora, Silvia
Garza; el único mérito de su carrera en el gobierno consistió en haber desempeñado el cargo de inspector de pulques de
la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. El Negro, como ya dijimos, lo nombró director administrativo de la DGPT,
para de esa manera poder mover el presupuesto a su antojo.
Carlos Castañeda Mayoral, sustituto del anterior, quien fue tinterillo en la oficina de personal de la Procuraduría General
de la República, y con quien Durazo siguió controlando el presupuesto de la Dirección.

José Luis Echeverría Nota, segundo de Castañeda Mayoral en la Dirección Administrativa, y de quien nunca encontré el
menor antecedente de una trayectoria policiaca.

Rubén Durazo, su primo, a! que nombró jefe de Vehículos Oficiales, o sea, que era él quien controlaba, la dotación de
gasolina, llantas, refacciones y demás mantenimientos y servicios que necesitaban las unidades de la DGPT.

Vicente Alarcón Heras, cuyo único mérito consistía en haber sido chofer de Durazo, y al que primero designó jefe de una
Oficina Auxiliar de Licencias y después ascendió al grado de coronel y jefe de área; a la fecha, y no obstante lo anterior,
Alarcón Heras ha dado la espalda a Durazo “agachándose” ante las nuevas autoridades de Policía y Tránsito y
comunicándoles los trafiques, enjuagues y demás delitos cometidos por el Negro durante su pasada gestión
administrativa.

Antero Cabrera, quien fue su “cachanchán” en la Policía Judicial Federal, y al cual premió inicialmente nombrándolo su
secretario particular; pero como demostrara incapacidad para el cargo, lo designó después coronel y subdirector de
Servicios al Público; a la fecha, al igual que Alarcón Heras, se mantiene en la DGPT a cambio de proporcionar información
sobre todo lo que hacía el Negro Durazo.

Armando López Santibáñez, a quien el Negro conoció como el ministerio público federal en la PGR, pero quien sacrifico
ese nombramiento por uno de los puestos más productivos de la DGPT: el de director de Autotransportes y
estacionamientos, de Un deplorable memoria. López Santibáñez controlaba a todos los taxis tolerados, los colectivos, los
camiones de carga, los autobuses escolares, etcétera, y además era juez y parte, pues levantaba infracciones, calificaba y
cobraba, incluso haciendo a un lado a la Tesorería del Distrito Federal.

Mario González, cuñado del mencionado José Luis Echeverría, a quien Durazo designó como jefe de la Selección de
Personal para el Colegio de Policía; él establecía las tarifas, de acuerdo a la “petición del cliente”, ya que a los reclutas les
aclaraba:

—Si quieres ser policía de crucero, te va a costar 5 000 pesos, si quieres ser patrullero o “gruyero”, 15 000; si quieres ser
motociclista, 25 000; si quieres ser inspector de autotransportes o de estacionamientos, 40 000; y si quieres ser agente
de la DIPD, 50 000 [Link] capitán Juan Germán Anaya, a quien el negro conoció como oficial del Estado Mayor
Presidencial durante la campaña de López Portillo, Anaya supo ganarse a Durazo con actitudes serviles y logro que lo
designara primeramente jefe de ayudantes, antes de mi, pero el Negro de dio cuenta de sus raterías y lo relego a la
segunda sección del Estado Mayor, de la misma DGPT. El capitán Anaya quiso traicionar los principios elementales de la
milicia y convenció a Durazo, mediante un proyecto escrito, de que se convirtiera en un efectivo general de división; y al
Negro le resultó tan importante este estudio, que se lo presentó al Presidente López Portillo, para que éste a su vez lo
turnara a las Cámaras de Diputados y Senadores, buscando su aprobación. Sin embargo, con el tiempo el Presidente
“denegó” el aberrante proyecto a pesar de la gran estimación que le tenía al Negro. De cualquier manera, Durazo
premió al capitán Anaya, nombrándolo coronel de la Policía y director del Colegio de la misma, otorgándole todas los
prerrogativas a efecto de que se robara el presupuesto. Obviamente Anaya, debía guardarle al Negro su parte
respectiva; por ejemplo, de 1 750 000 pesos destinados a gastos mensuales del plantel, Anaya sólo recibía los 750 000 o
sea que a su jefe le correspondía para su uso y abuso, el millón restante. Más adelante, el inefable capitán Anaya
convenció a López Portillo de que lo recomendara con el actual gobernador del Estado de México, Alfredo del Mazo
González, para el puesto de director de Policía y Tránsito en la entidad; hoy, inexplicablemente, todavía desempeña ese
cargo.
El profesor Daniel Molina Miranda, a quien Durazo saco del Reclusorio, donde purgaba una pena por homicidio. Antes
de cometer ese delito, había sido secretario particular del profesor Enrique Olivares Santana, cuando este era presidente
de la Gran Comisión de la Cámara de Senadores. Además de Sacarlo de la cárcel, Durazo nombró a Molina Miranda
secretario auxiliar, pero dada su “capacidad para interpretar los malos manejos de su jefe, fue ascendido a secretario
particular; el Negro incluso llegó a proponérselo al propio López Portillo para ocupar la gubernatura de su Estado natal,
Guerrero. El Primer Mandatario aceptó que Molina Miranda participara en las temas de finalistas para dicho cargo; sin
embargo, el dedazo fue para Cervantes Delgado.

Este nefasto sujetó logró, a base de recursos maquiavélicos, ganarse la confianza del Negro para “alinear” a todos los
altos jefes de la DGPT; llegó a ser tan temido que todos procuraban halagarlo con grandes sumas de dinero o regalos
ostentosos; se trataba de no caer de su gracia, pues eso significaba caer automáticamente de la gracia de Durazo.Y como
Molina Miranda tenía una gran influencia sobre el Negro, pudo amasar una inmensa fortuna. Aparte de eso, era un
hombre ventajoso, de mirada torva y mentalidad homicida (según lo demuestra el hecho de que siempre ordenaba a sus
ayudantes que nadie absolutamente entrara armado a su oficina); era de los que a la primera desavenencia con
cualquiera de sus interlocutores, sacaba la pistola y se las poma en la cara. Sobre esto último, recuerde a dos personas
que sufrieron la agresividad de Molina, como Octavio Menduet Félix, jefe de Eventos Especiales, y mi entrañable amigo y
gran periodista Víctor Payan, a quien por azares del destino le tocó ser jefe de Prensa y Relaciones Públicas de la
[Link] otras de sus grandes “cualidades”, Molina tenía una muy especial: cualquier empleada de la Dirección que le
gustara se tenía que acostar con él. La que aceptaba se convertía en su “ahijada”, y bajo ese título inmediatamente era
transferida a oficinas donde hubiera “entradas” de dinero extraoficiales. Por el contrario, la que se negaba, era relegada
de inmediato a puestos ínfimos o acusada de faltas inexistentes, para luego causar bala; y si por desgracia estaba casada
con alguno de los elementos de la corporación, hasta a su marido llegaban las represalias.

Manuel Cervantes Cisneros, dado de alta como mayor por ordenes de la señora Durazo, fue el verdugo de todo el
personal que tuvo la desgracia de trabajar en las fastuosas obras del kilómetro 23.5, el Partenón de Zihuatanejo y la
Cabaña del Ajusco; aparte de supervisar el avance de las obras, controló a cocineros, meseros, jardineros, electricistas,
plomeros, mecánicos, perreros, caballerangos y demás, a los que por la mínima falta mandaba recluir a los soparos de la
nefasta DIPD, por términos que podían variar de 72 horas hasta 15 días. Asimismo, traicionando a sus antiguos patrones,
sigue aferrado en conservar el puesto que inexplicablemente le han sostenido las actuales autoridades de la DGPT.
¿Hasta cuándo lo tendrán ahí, en la Brigada de Granaderos? ¡exacto! Hasta que ya no les sea útil, y empiece a “quemar”
a sus actuales patrones.

Coronel Joel Marín Lara, a quien por recomendaciones de Pancho Sahagún Baca, el Negro Durazo nombró jefe de
Inspección General; su misión consistía en presionar al personal realizando sanciones, detenciones y hasta
consignaciones de los policías que “no le entraban con su cuerno”; de esa manera, el Negro se “adornaba” con la
prensa:

—Miren a cuántos malos elementos he consignado y arrestado.

La vileza de las actuaciones de este sujeto puede comprobarse preguntando a cualquier policía que usted se encuentre
en la calle.

Alberto Soberanos Azar, dueño del “mirador” de la Torre Latinoamericana, y de otros muchos restaurantes, a quien le
concedió Durazo la oficina de Medición y Diagnóstico (Contaminación Ambiental); usó a una buena parte del personal
femenino con que contaba, para poner salones de belleza y atender sus negocios personajes, a otras les impuso
“cuotas” para ponerse a detener vehículos bajo el pretexto de la contaminación. Las que salieran a la vía pública, tenían
que regresar mínimamente con diez citas o requerimientos de vehículos para presentarse a los centros de diagnóstico
—donde los manejadores eran extorsionadas por los peritos respectivos—, más su cuota de 1 000 pesos diarios en
efectivo, provenientes de sus “buscas”.

Germán López Vié, de quien desconozco antecedentes, fue nombrado jefe de la Oficina de Antecedentes Penales, cuya
recaudación diaria siempre fue incalculable.

Juan Felipe Astorga Maycotté, dado de alta como teniente coronel y jefe de! Grupo Bilingüe; fue recomendado por la
entonces secretaria de Turismo, Rosa Luz Alegría; Astorga Maycotté mane jaba a los guías ilegales de turistas que
estafaban a los viajeros extranjeros y a los comercios relacionados con el turismo.

También había mucho personal de inferior jerarquía, como fue el caso de muchas mujeres de la vida galante, que al
quedar bien con los jefes, principalmente con Durazo, automáticamente eran dadas de alta como peritos de las oficinas
de licencias o de vehículos, “para que se ayudaran”, y siempre con grados de oficiales (de tenientes para arriba). Con
esta actitud se ofendía gravemente a los elementos de auténtica carrera policiaca que entregaron muchos años de
esfuerzo sin haber alcanzado siquiera el grado de cabos. Había quienes tenían hasta 25 o más años de antigüedad.

Este “equipo de trabajo” tan selecto facilitó al Negro Durazo la obtención de incalculables ganancias ilícitas, verdaderas
agresiones a la ciudadanía que ocurrieron durante la tenebrosa administración de López Portillo, y en particular durante
la gestión de! titular de la DGPT.

El Negro y el Moro de Cumpas

Fue tal el apoyo del presidente para el Negro Durazo, que este se dejó convencer por sus secuaces —Pancho Sahagún, el
profesor Molina y Castañeda Mayoral principalmente— de que debía ser gobernador de “su” Estado, Sonora. Y desde la
campaña Presidencial, el candidato López Portillo so aventó la puntada de ordenar que se hiciera un alto en Cumpas,
exclusivamente para que el Negro pronunciara un discurso en su pueblo natal; por razones obvian, dada la
“preparación” de Durazo, todo quedó en perorata; y lo más chusco fue que para terminar sólo se le ocurrió decir:- Voten
por mi amigo Pepe López Portillo, porque es tan bueno que en la escuela hasta a mí me hacía las [Link] por esos
recuerdos, se lanzó a ver a su amigo Pepe a Los Pinos, no sin antes haber festejado entre todos sus allegados y
conocidos la decisión que había tomado: ser gobernador de “su” Estado.

Por lo pronto, se había mandado hacer un busto con Octavio Ponzanelli, por supuesto— para colocarlo en una vieja
casona del centro de Cumpas, Sonora. Además, ya que él todo lo hacía a muy alto costo, dispuso el montaje de todo un
museo dedicado a rendir culto a su personalidad; con este fin se imprimieron grandes posters con pasajes de su vida, y
se adquirieron aparatos parlantes de procedencia norteamericana para que con sólo apretar un botón se narraran
dichos pasajes; también ordeno la inmediata adquisición de dos patrullas, una ambulancia y otros vehículos para ser
donados a la que según él es su tierra [Link] hace suponer que “adoptó” al pueblo de Cumpas, porque se le cita en
un corrido de caballos que le gustaba mucho; y como en su letra original se habla de una competencia que pierde el
“Negro” de Cumpas, obligó a los grupos artísticos dependientes de la DGPT, como son las Tenientes del Anáhuac (a los
cuales ascendió a capitanes), la Guardia Nacional, y otros, que cambiaran la letra del corrido e hicieran ganador al
“Moro” de Cumpas. Para él, la palabra derrota no podía estar en su diccionario.

Una Gubernatura Fallida

Fue en los jardines de Los Pinos donde le comunicó a López Portillo su deseo de ser gobernador; pero éste le
replicó:—No la chingues, pinche Negro, me metas en una bronca. ¿No ves que ese Estado es muy conflictivo? Tengo
grandes compromisos ahí que debo balancear. — ¡Qué chinga me pones con mis amigos y mis conocidos, pues a todos
les había yo asegurado que iba a ser gobernador de mi Estado! ¿Ora qué changados les digo?—No te preocupes por eso,
te vas a adornar con todo mundo, porque vas a ver lo que te voy a dar. Lo vas a colgar en tu despacho y todos lo podrán
ver. Entonces, le hizo un oficio con papel membretado de la Presidencia de la República, donde letras más, letras menos,
se leía: “C. Gral. De División, Arturo Durazo Moreno, director de Policía y Tránsito del Distrito Federal. Presente. Te hago
patente mi agradecimiento, mi estimado amigo Arturo, él haber denegado el ser gobernador del Estado de Sonora, en tu
afán de seguirme sirviendo tan cercanamente. Estos son hechos, mi hermano, que no se olvidan. Con el afecto de
siempre. El Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, licenciado José López Portillo”. Pero el Negro
todavía pidió más, y también le fue concedido: que el doctor Samuel Ocaña, candidato oficial del PRI al gobierno de
Sonora, fuera a agradecerle hasta su despacho, el haberse retirado de la contienda electoral, reconociendo que, de lo
contrario, hubiera “perdido” estruendosamente. Esa visita la hizo efectiva el candidato oficial, en compañía de su señora
esposa, a la oficina de Durazo, en la DGPT. De este modo, el monumental ego del Negro quedó satisfecho una vez más.

El Renegado

A esas alturas, ya se sentía merecedor de grandes puestos políticos, y como se apenaba de su origen humilde, el Negro
negó a sus padres y “adoptó” a uno de sus tíos, el general revolucionario Francisco Durazo, quien solamente había
tenido dos hijas: Tota y Elena. Asimismo, el Negro “desconoció” a todos sus hermanos: Edelmira, Teresa, Raúl, Sigfredo y
Oscar, todos ellos hermanos carnales e hijos de don Jesús Durazo y Doña Josefa Moreno, quien aún vive; por cierto que
en su afán de negarla (ella es invidente), la confinó en una casa del Estado de Morelos. El Negro, incluso, “echó
maromas” para poder conseguir la fotografía de su tío, haciéndelo pasar como su padre. Doña Josefa Moreno vivía
soterrada en una modesta casa de una sola planta, atendida por enfermeras particulares; la acompañaba su hijo Raúl,
quien estaba perturbado de sus facultades mentales debido a que se cayó de un caballo; después murió, en 1978. Pero a
ella, en las contadas ocasiones en que la visitó el Negro y en las que yo estuve presente, siempre se le notó triste y
decepcionada, porque sentía el abandono de su hijo, sabiendo que él vivía en una situación de privilegio. Durazo creía
que llegaba a “cubrir el expediente”, no porque le naciera visitar a su progenitora sino porque hacía que le llevaran
regalos, manjares, música y todo lo necesario para un banquete formal, aunque durante esas visitas nunca se hacía
acompañar ni de amigos ni de colaboradores.
Doctor Honoris Causa que Aspira a Senador y... Presidente

Faltaba poco para que terminara el sexenio López-portillista, cuando el negro fue nuevamente azuzado por sus serviles
corifeos, Sahagún Baca, el profesor Molina, Castañeda Mayoral y compañía. Una mañana, al salir de su casa del
kilómetro 23.5 rumbo a la DGPT, le dijo a Sahagún Baca:— ¿Sabes qué, Pancho? Con el poder que tengo y la estimación
que me tiene Pepe López Portillo, a mí realmente no me hace falta más que algún título para que me herede la
Presidencia de la República. Yo estuve a punto del infarto, al oír la seriedad con que dijo esto; pero Sahagún Baca, como
era su costumbre, le siguió la corriente;—Fíjese patrón que esa sería la mejor medida que podría tomarse en este
momento en el país, porque usted con sus güevotes pondría en orden a toda esta bola de cabrones. Después,
encarrilado Durazo con esta “brillante” idea, la consultó con el profesor Molina, su “cerebrito”, quien ni tarde ni
perezoso se entusiasmó: Magnífica idea, mi general; por lo pronto, y para que vaya aumentado su currículum, háblele a
este viejito pendejo de Martínez Rojas, para que lo haga “doctor honoris causa “ de algo. Inmediatamente, el Negro se
puso en contacto con Salvador Martínez Rojas, presidente del Tribunal Superior de Justicia, quien dado su poco carácter
y los intereses que lo ligaban al jefe de la Policía, accedió de muy buena gana. El acto se llevó a cabo el cuatro de febrero
de 1982 en los salones del Tribunal; Durazo recibió, acompañado por todos los fotógrafos y reporteros de la fuente,
habidos y por haber, la toga, el birrete y su título respectivo. Nadie lo “aguantaba”, después de que salió. Otra vez había
satisfecho su ego, aparte de burlarse de todos. Al canto, no tardó en llegar la primera felicitación por parte de... ¡José
López Portillo! Sin embargo, parece que siempre se cuidó de hacerle creer al Negro que podía ser presidenciable.
Posteriormente, el Negro pensó que sería bueno cubrirse las espaldas, y le solicitó a López Portillo que por lo menos lo
hiciera senador: —Mira Pepe, si me haces senador, me dejas con fuero seis años pá cubrirme las espaldas. No se me
vaya a voltear el pendejo que dejes en tu lugar. Pero como eso era imposible, el Presidente le expuso la serie de
problemas políticos con los que se tendría que enfrentar y el proyecto quedó en el olvide. Finalmente, frustradas todas
sus pretensiones de obtener poder político, siguiendo las maquiavélicas instrucciones de Molina Miranda y ya enterado
oportunamente por López Portillo de que estaba en puerta la nacionalización de la banca, Durazo retiró a tiempo sus
riquezas y envió gran parte de ollas a Japón, Canadá y San Diego, California, donde sus hermanas y sus hijos del primer
matrimonio tienen grandes [Link] tanto, el Negro, Pancho Sahagún, el profesor Molina y Federico Garza
Sáenz debidamente asesorados elaboraron cada quien su respectivo curriculum falso, a efecto de que el Presidente los
nombrara directores de los bancos que iban a ser expropiados; pero ese capricho ya no tuvo la menor trascendencia,
porque la sucesión Presidencial estaba a la vuelta de la esquina. Imagínense lo que hubiera pasado con la banca
nacionalizada, de haber caído en manos de esos hampones...

Compra Fraudulenta de Grúas

En el articulo “Durazo, el pobre de la palomilla, huye de la Ley, forrado de millones de pesos”, escrito por el reportero
Juan Hernández Jiménez y publicado en el número 102 del semanario Quehacer Político, que dirige don Miguel Cantón
Zetina, se lee textualmente:“Mas no era todo, el teniente coronel Paz Martínez, a las ordenes de Castañeda Mayoral,
jefe administrativo, obtenía millonarias ganancias en cada una de las adquisiciones de equipo para la policía (1982),
como las que seguramente obtuvo en el “Año de Hidalgo de la Policía, con la importación de 300 motocicletas, 84 grúas,
250 patrullas y 17 500 armas de largo alcance y equipo de radiocomunicación, 685 radios y dos torres telescópicas para
bomberos, que estaban en la lista de compras de la Dirección de Policía y Tránsito, el año pasado”. Con todo respeto, me
permito aclararles, distinguidos señores Cantón Zetina y Hernández Jiménez, que sí bien su trabajo es producto de una
estupenda investigación periodística, digna de todo encomio, adolece de algunos datos, como los que a continuación
expongo: El día nueve de agosto de 1983, cuando estaban en proceso estas páginas, me vino a ver el coronel Orlando
Calderón Guerrero, solicitando mi consejo, pues intentaba presentarse con el general Ramón Mota Sánchez a efecto de
aclarar las irregularidades que existieron en la compra de equipo (concretamente las grúas, cuya brigada en ese tiempo
estaba bajo su responsabilidad), operación en la que intervinieron Carlos Castañeda Mayoral, el coronel Mario Mena
Hurtado y el mayor Carlos Ayala Espinosa (la participación de este último fue exclusivamente en su carácter de técnico
calificado, y a quien por cierto las actuales autoridades no le han hecho justicia). Con el propósito señalado, Castañeda
Mayoral ya había hecho contacto en San Antonio, Texas, con un intermediario que iba a arreglar la facturación e
introducción del equipo al país, pero, desde luego, abultando enormemente los costos; este intermediario, Hugo
Pimentel Mercado, hombre de gran influencia ante altas autoridades del DDF, nos trasladó a Tennessee para cerrar el
trato y después entregar el equipo en Laredo, Texas. El temor de Orlando Calderón obedecía a que el ocho de agosto de
1983, el Negro Durazo le había llamado desde Francia, donde se encontraba en compañía de López Portillo, para decirle
que hasta allá le habían llegado las noticias de que éstos hechos ya se estaban investigando en la ciudad de México; y
por haber sido Calderón Guerrero el encargado del área, lo hacía responsable para arreglar esa situación a nivel
personal, costara lo que costara. Calderón me confesó que él no estaba dispuesto a pagar lo que no había hecho, y que
quería declarar en contra de su ex jefe Durazo, ya que en la transacción la ganancia quedó entre Castañeda Mayoral y el
Negro Durazo. Le recordé que él también tenía responsabilidad, pues 80 de esas unidades se compraron exclusivamente
con caseta y Chasis, y él había seleccionado a 160 policías, a los que había exigido 100 000 pesos por pareja a fin de
instalar en las unidades la plataforma y el winch o polea para levantar los vehículos. Al hacer su desembolso, todas las
parejas de policías adquirían, por “razón natural”, el “derecho” de extorsionar sin limitaciones a la ciudadanía; tanto así,
que sobraron voluntarios para regentear aquellas grúas. También le dije a Calderón que eso fue otro auténtico fraude,
pues yo recuerde que Pancho Sahagún Baca consiguió facturas apócrifas de esas adaptaciones, y 20 millones de pesos
más se cargaron al presupuesto de la DGPT. Además, e! pago íntegro se había hecho con anterioridad, en la compra
original, cuando las grúas aparecían como si hubieran llegado completas. Este es un hecho que se le puede comprobar
con mucha facilidad tanto al Negro como a sus cómplices. De todos modos. Orlando Calderón me dijo:—Por lo que a mí
me corresponde, no hay problemas, pues los que lo “entraron” con su dinero y recibieron su grita para “trabajar”, nunca
pegarán de gritos. Con ellas robaron mucho dinero y recuperaron con creces “su inversión”. Los que pagaron por todo
esto, obviamente, resultaron ser los ciudadanos que fueron atracados materialmente por los elementos de la Brigada de
Grúas del DF, con la cínica complacencia del Negro. ¿O no lo cree usted así, mi estimado don Miguel Cantón Zetina?
Además, con esto se demuestra que en esta “chulada” de país existen mejores inversiones que Cetes, Petrobonos,
Bonos del Ahorro Nacional o inversiones a plazo fijo, pues como dice nuestro amigo el “coronel” Orlando Calderón
Guerrero: —Además de recuperarse la inversión, se obtienen pingües ganancias.

Quizá esto sea el sistema ideal para pagar nuestra abultada e inflacionaria deuda exterior.

Contactos de Durazo con la Mafia

En el citado artículo del número 102 de Quehacer Político, con el subtítulo de “Dirigentes del narcotráfico mundial”, el
reportero Juan Hernández hace alusión a un tema sobre el que me gustaría abundar. En uno de sus párrafos, el
reportero dice:“En 1982 los Estados Unidos y Europa se conmovieron al conocer, a través de sus principales diarios, la
noticia de que el entonces jefe de la policía de México, Arturo Durazo Moreno, era el principal introductor de
estupefacientes en Norteamérica, y contaba para esto con grandes relaciones con la mafia internacional. Algunas
publicaciones como The New York Times, se preguntaban preocupadas sobre cómo era posible que el jefe de la policía
mexicana tuviera relaciones comprometedoras con el narcotráfico mundial. La justicia mexicana, comandada por Oscar
Flores Sánchez, nada investigó al respecto de esta denuncia en contra de Durazo”. A propósito, me permito recordarle al
director de Quehacer Político, don Miguel Cantón Zetina, que antes de iniciarse la campaña política de López Portillo,
Francisco Sahagún Baca era comandante de la Policía Judicial Federal en Guadalajara, Jalisco, y personalmente salvó a
traficantes muy conocidos en el hampa internacional de un cerco que les había preparado el comandante Florentino
Ventura; este magnífico policía, de una limpia e intachable trayectoria en contra del narcotráfico, nunca hubiera
pensado que uno de sus más estrechos colaboradores lo traicionaría tan vilmente. Una vez que Sahagún Baca llevó a los
traficantes a una pista clandestina de aterrizaje para que huyeran en una avioneta previamente preparada, se dio a la
fuga y abandonó el país, refugiándose en España; esto ocurrió durante el tiempo que duró la campaña de López Portillo.
En ese entonces, Durazo convenció a López Portillo de que se le perdonaran a Pancho Sahagún esas “pequeñas fallas”,
ya que “un error cualquiera lo tiene”; pero la realidad era que Sahagún le significaba al Negro un con lacto de oro con la
mafia internacional. Hasta la toma de posesión de López Portillo, no fue posible la extradición de Sahagún Baca pues
como todos sabemos todavía no existían relaciones diplomáticas con España; cuando se reanudaron Pancho Sahagún ya
había sido amnistía de José López Portillo así que no tuvo ninguna dificultad en volver al país e integrarse en seguida al
equipo del Negro. Ya en funciones con el Negro Durazo, Pancho Sahagún se pitorreaba y hacía mofa del comandante
Florentino Ventura. Por otra parte, se aventaba la puntada —”esto lo sé bien, porque incluso a mí me tocó— de que
cuando le sobraba cocaína en su despacho, por conducto de su secretario particular, el mayor Miguel Ángel Fernández
Serratos, llamaba a los jefes de brigada de la DIPD y les comunicaba: —Sobró mucho “perico” cabrones, y el jefe
Sahagún ordena que hay que hacer una vaquita entre todos. La onza de coca pura en ese tiempo costaba entre 80 y 90
000 pesos. Estando en esas condiciones de pureza puede tolerar hasta cuatro cortes o sea que cuadruplica su cantidad,
bajando obviamente su calidad. De acuerdo con la cantidad, a cada jefe de brigada de la DIPD nos tocaba pagar de 50 a
60 000 pesos, y entonces nos entregaban nuestro “tamal” (así se le dice porque parece un tamal oaxaqueño). Por cierto
que jamás me imaginé que la venta de enervantes se llevara a cabo entre los mismos elementos de la policía. Cabe
mencionar que durante más de 20 años que conocí el Servicio Secreto de la Policía (que se convertiría posteriormente
en la DIPD), era contado el elemento que manejaba cocaína, pues el tráfico de este tipo de enervantes es un delito que
sólo la policía federal debe perseguir. En el servicio secreto era común hablar de marihuana o pastillas psicotrópicas,
pero jamás de cocaína. Sin embargo, con Sahagún Baca se llegó a tales extremos de cinismo que en los mismos pasillos
del edificio de la DGPT, algunos agentes perdían las proporciones y me llegaban a decir:— ¿Cómo anda, mi jefe, no gusta
un “pericazo”? Posteriormente, en los viajes que como jefe de seguridad de Durazo llegué a efectuar a Estados Unidos,
me percaté de que Sahagún Baca seguía manteniendo contactos con la mafia; en cuanto llegábamos a las principales
ciudades de ese país, los primeros en reportarse eran los mañosos: en Las Vegas, Luis Krasnic, Alex Colombo y Germán
Fernóla; en Nueva Orleans, Merci Manjarrez; en San Antonio, Armando Rivera y Alberto Zepeda; en Houston, Juan
Walezok; y en Los Ángeles, Baltasar Yáñez y Sergio y Kiko Villagrán; por cierto que estos últimos disfrazan sus negocios
ilícitos como salones de belleza un box y agencias de alquiler de limosinas de lujo.

¿Cómo la ve desde ahí, mi estimado don Miguel Cantón Zetina?

Entra Barrios Gómez en la Jugada

En la portada de) mismo número de la muí tiritada revista Quehacer Político, se lee: “El Negro huye de la ley y busca otra
nacionalidad”. Sobre ese asunto, también escribió José Luis Mejías una nota en su columna “Los Intocables”, publicada
en Excélsior el 27 de julio de [Link] reportero Juan Hernández escribe al respecto: “Ahora que Díaz Serrano está en la
cárcel, en espera de lo que resulte responsable y que es bastante, otro de los miembros de la palomilla gruesa de la
colonia del Valle, el pobre de la banda, remoja sus barbas, mientras espera burlar la justicia mexicana, cambiando de
ciudadanía o nacionalidad”.

Por su parte, José Luis Mejías hace la siguiente referencia: . .después de haber comprobado la excelente labor que
desarrolló al frente de la embalada de México en Canadá, nos parece sin embargo que Barrios Gómez encontró al fin su
vocación y que siguiéndola, se desempeñara con acierto, demostrando así, por una parte, que el hombre es proclive al
error y que a menudo interpreta equívocamente las lecciones que le dispensa el mundo, pero que tiene en sí, con que
conocer y en ocasiones con qué rectificar sus propios errores. Y demostrando por la otra, que el mejor actor fracasa,
cuando no le ofrecen un papel adecuado. De todos modos, nos dicen que el embajador recibió, acomodo y le gestionó la
nacionalidad canadiense al general Durazo, los cual nos permite comentar, que Dios los cría y ellos se juntan”. Días
después, en la sección de cartas titulada “Foro de Excélsior” del mismo diario aparece una aclaración de Agustín Barrios
Gómez, que a la letra dice:“Señor director; Leí con interés la nota de José Luis Mejías, aparecida en Excélsior, el
miércoles 27 de julio del presente año, en la que hace alusión a mi persona. Respeto su criterio, tanto en lo favorable
cómo en lo que significa crítica, pero me apresuro a desmentir la información de que contribuí a que el general Arturo
Durazo cambiara de nacionalidad y sea ahora ciudadano canadiense. Nunca gestionó Durazo tal acción conmigo (cabe
mencionar con qué familiaridad se refiere al Negro), y durante los seis años que fui embajador en Ottawa, jamás
propuse, actué en favor y siquiera sugerí, el que algún compatriota mío cambiase a la nacionalidad canadiense. Mucho
le agradeceré, señor director, la publicación de esta aclaración. Atentamente. Agustín Barrios Gómez. Berna, Suiza”. En
apoyo a lo publicado en Quehacer Político y en la acreditada columna del señor José Luis Mejías, que me perdone el
señor Agustín Barrios Gómez con su “aclaración”, pero a continuación relataré lo que yo viví: El 20 de julio de 1979,
luego de previa preparación con grandes aspavientos para un viajo a Montreal, Canadá, a fin de visitar al jefe de la
policía y al director de tránsito de esa ciudad (los cuales ni enterados estaban de esa visita), llegamos a dicha ciudad. Por
supuesto, el director de tránsito canadiense se negó a recibirnos, a pesar de los grandes regalos que llevaba Durazo; por
su parte el jefe de la policía, acicateado quizás porque se enteró de que le llevábamos regalos de oro y plata de
artesanías mexicanas, nos recibió después de dos días y sólo durante breves minutos.

Pero ya desde antes de la salida, había escuchado que el Negro le comentaba a Sahagún Baca:—Pancho, júntame dos
onzas de cocaína de la buena, porque en este viaje mi meta principal es entrevistarme con Barrios Gómez, a quien se la
voy a regalar porque quiero ir tramitando mi cambio de nacionalidad, no sea que al terminar el sexenio nos andan
rompiendo la madre. También estoy en tratos con Gastón Alegre, para comprar algunas propiedades en ese país. Esa
cocaína, yo mismo la trasladé desde México hasta Montreal; tenía instrucciones de Pancho Sahagún de ponerla en la
maleta de artículos personajes del Negro. Con ese cargamento nos trasladamos hasta Ottawa, donde tuvo lugar la
entrevista con Barrios Gómez. Únicamente asistieron el Negro Durazo, su esposa y Gastón Alegre. Mi asistencia a ese
viaje se puede comprobar con el registro que aparece en mi pasaporte, y cuya fecha es la misma que debe tenor el de mi
buen amigo Víctor Payan, reportero de Excélsior, quien entre otras personalidades nos acompañó a Canadá. No sé si el
Negro logró o no su propósito, poro lo que sí obtuvo para justificarse ante la prensa mexicana, fue que Barrios Gómez le
consiguiera una entrevista con el gobernador de Montreal, al cual, como era su costumbre, le llevó los famosos
centenarios, o sea, sus “regalos perdurables”. Sólo para complementar la información diré que en dicho viaje nos
acompañaron personas como Octavio Menduet Félix, el coronel Mario Mena Hurtado, el ingeniero Batuel, Arturo
Marbán Kurczyn, el licenciado Armando López Santibáñez y otros de menor categoría. Huelga decir que el tremendo
gasto de dicho viaje, los regalos, el hospedaje, el alquiler de limousinas lujosísimas con choferes canadienses bilingües y
demás, le costó al erario varios millones de pesos; dinero que pagó el sufrido pueblo mexicano. Por lo anterior, creo que
estamos de acuerdo, mi estimado señor Cantón Zetina y mi admirado José Luis Mejías, en que cuando el río suena, agua
lleva.
El Bote de Sahagún Para Durazo

Este tipo de viajes, que frecuentemente organizaba el Negro con el pretexto de relacionarse con las policías extranjeras,
eran aprovechadas por Sahagún Baca (quien nunca lo acompañaba, porque se quedaba al frente de la “miscelánea”,
según decía el Negro), para ponerse en movimiento con su característico servilismo. Entonces procedía a cambiar
totalmente la decoración, alfombras, mobiliario, cortinas, etcétera, del despacho de su “patronato” el Negro, así como
del privado y del comedor, todo ello en el vetusto edificio de la DGPT. Con tal propósito, contrataba a un nutrido grupo
de personal calificado, e incluso decoradores profesionales, como un arquitecto de apellide Carreño; el costo total de
dichos gastos corría por cuenta de los jefes de brigada de la DLPD, quienes a su vez recolectaban el dinero entre sus
agentes, los que por obvias razones lo sacaban de la propia ciudadanía, cometiendo para ello auténticas arbitrariedades.
El costo de estas “modificaciones” nunca sumaba menos de ocho o diez millones de pesos, y eran efectuadas
invariablemente en cada viaje que Durazo hiciera fuera del país, sin importar el lapso de tiempo entre salida y salida. En
relación al servilismo de Sahagún Baca, cabe mencionar que frecuentemente, antes de que su amo saliera en público se
hincaba para limpiarle los zapatos con su pañuelo inmaculado, “gesto” que al Negro lo dejaba muy satisfecho. También
se preocupaba Sahagún Baca, porque a la hora del desayuno de su jefe, que casi siempre se realizaba en el comedor de
la DGPT, hubiera quesos de Sahuayo Ha tierra de Sahagún—, tamales y todo tipo de antojitos que él mismo le servía,
partía y preparaba en su plato, sin importarle las personas que estuvieran invitadas a su mesa.

La Seguridad del Negro Durazo

Los problemas de circulación que ocasionaba el gran despliegue de fuerza, destinado a cubrir la seguridad del Negro
Durazo, creo que todos los ciudadanos llegaron obviamente a resentirlo. Muy contados automovilistas y peatones, de
los millones que hay en el DF, lograron salvarse de tal caos vial. Pero para ilustrarlos mejor voy a hacer una pequeña
descripción de este tremendo aparato modelo de presunción y prepotencia. Desde las siete de la mañana, diariamente,
se instalaba la seguridad de la siguiente manera: Dos patrullas en el kilómetro 23.5 de la carretera federal México
Cuernavaca, para detener la circulación en ambos sentidos cuando el convoy que trasladaba al Negro entrara a la cinta
asfáltica; y desde ahí, hasta la Plaza de Tlaxcoaque (donde se inicia la avenida 20 de Noviembre), se colocaban dos
policías en cada crucero para impedir el tránsito de vehículos hasta que pasara la comitiva. Había dos policías más en
cada paso a desnivel de peatones, desde la calzada de Tlalpan y a lo largo de todo el viaducto del mismo nombre, hasta
el edificio de la DGPT; también se cubrían todas las azoteas de los edificios que se encuentran frente a la entrada del
sótano de dicha Dirección; se mandaba con un margen de tres a cuatro minutos, una patrulla con cuatro elementos
armados con metralletas alemanas, pero se utilizaba también como avanzada una patrulla disfrazada de taxi, para que
en caso de que notara alguna irregularidad, lo comunicara por radio de inmediato. Tres motociclistas iban de punteros,
abriendo la circulación al vehículo del Negro; dos patrullas más cada una con cuatro elementos también armados con
ametralladoras, aparecían como escoltas inmediatamente atrás del automóvil de Durazo; y más atrás, a una distancia
razonable (la correspondiente a seis o siete carros), iba otra patrulla también disfrazada de taxi con cuatro elementos,
invariable y perfectamente armados con ametralladoras; por último cerraban el despliegue otras cuatro motocicletas
con personal también muy bien armado, cuya misión era impedir que algún coche rebasara al convoy. En el carro
principal, siempre junto al chofer, se sentaba el Negro Durazo. Yo iba en la parte de atrás, con una metralleta alemana
de alto poder, calibre 2.23, con silenciador integrado de fábrica y con adaptación de rayos láser. Aquí podemos recordar
aquella frase de Obregón: “El arma está de acuerdo al tamaño del miedo”.

Tal despliegue de fuerza, acorde a su prepotencia, desgraciadamente lo teníamos que realizar in el uso cuando íbamos a
tos más lujosos restaurantes de la ciudad, a los que el Negro asistía casi a diario. En esos casos, yo tenía que estar
ubicado en el lugar más próximo a él, pero de manera que no le diera la espalda a ninguno de los asistentes, para que al
mismo tiempo tuviera oportunidad de observar a la gente que entraba. Además, Durazo contaba con otros dos
ayudantes, que se cambiaban muy seguido por motivos de seguridad, pero que siempre eran escogidos entre el
personal más selecto, es decir, de la mejor brigada con que cuenta la DGPT, y a cuyos sufridos elementos nunca se les ha
hecho justicia: la Brigada de Granaderos. Un elemento más debía permanecer en la puerta de los sanitarios, en espera
de mi señal; esta la daba yo cuando el Negro me indicaba que iba a requerir ese servicio. Entonces, este elemento se
metía en el baño para asegurarse de que no hubiera nadie; luego entraba Durazo acompañado por mí y en ese instante,
dos elementos de la seguridad se paraban en la puerta e impedían el acceso a cualquier otra persona. Nadie podía
entrar hasta que el Negro, después de darse su pase de cocaína, lavarse la cara o hacer sus necesidades, salía; este
hecho, lógicamente, entrañaba una gran arbitrariedad, y quienes contribuíamos a llevarlo a cabo lo hacíamos con
disgusto. No se trata de justificar a los que servimos en este tipo de trabajos, pero lamentablemente, ordenes son
ordenes y el que paga manda. En otras ocasiones, también en esos restaurantes lujosísimos a los que él acostumbraba
ir, llegó a presentarse el caso de que cuando lo acompañaba su esposa se imaginaba que los hombres de otras mesas le
dirigían a ella miradas procaces ( o simplemente no le gustaban los tipos); inmediatamente, me llamaba y me
decía:—Saca a esos hijos de su chingada madre de aquí, rápido. Yo llamaba al gerente del negocio y le comunicaba la
decisión del Negro, solicitándole que los señores que estaban en tal mesa se retiraran y que su cuenta la cargaran a la de
Durazo: —Pero adviértales que en caso de que se nieguen a salir, mando traer a varios elementos de vigilancia, de los
que están en la calle, para que les busquen una bronca y los golpeen. Afortunadamente, en todos los casos que se dio
esta absurda situación, los interpelados accedieron a retirarse, aun contra su voluntad; pero cuando menos, se fueron
sin pagar la cuenta, hubieran o no terminado de consumir sus alimentos.
Gastos del Alarde de Seguridad

Con el propósito de desglosar en sueldos el costo aproximado de los elementos que utilizaba Durazo para su exclusiva
seguridad personal, expongo lo siguiente: Tomando en cuenta que el interior de su suntuosa residencia estaba seguro
con la presencia de la policía montada, que vigilaba absolutamente todos los alrededores, en cuanto el Negro salía a su
carretera privada que entronca con la carretera federal México Cuernavaca, se repartían 20 policías Montados armados
con fusiles R15, dando la espalda al camino y apuntando hacia los cerros (diez elementos de cada lado); mientras tanto,
en la federal se encontraban dos patrullas que impedían la circulación de los vehículos en ambos sentidos, hasta que no
pasara el convoy. El próximo entronque era el de San Andrés Totoltepec y luego el de San Pedro Mártir, que era cubierto
por dos elementos de a pie de la policía, debidamente armados; su misión era detener el paso de todo vehículo. Luego,
en el empalme de la carretera federal con la autopista había tres patrullas convenientemente distribuidas, con un total
de ocho elementos equipados con armas de largo y corto alcance. En seguida, a lo largo de todo el viaducto Tlalpan,
como ya dije, se cubrían todos los puentes de peatones, con siete policías de a pie y cuatro motocicletas; su objetivo:
tapar todos los accesos a los transeúntes, pues se trataba de que nadie caminara por un puente mientras el convoy de
Durazo circulaba por esa vía rápida. En el entronque con la colonia El Reloj (sobre la calzada de Tlalpan), se colocaban
dos motociclistas y tres policías; en Tlalpan y División del Norte, una patrulla con seis elementos y tres motociclistas;
frente a los Estudios América esperaban un motociclista y tres policías de a pie. En el crucero de Xotepingo, cuatro
motociclistas y cinco elementos más; en Taxqueña y Tlalpan, tres motociclistas; en Río Churubusco, dos motociclistas; en
Ermita Ixtapalapa, cinco policías de a pie; y de allí hasta el paso a desnivel de Tlaxcoaque, siempre sobre la calzada de
Tlalpan, 20 policías de a pie, evitando que cruzaran los vehículos mientras pasaba el convoy; en el paso a desnivel que
conduce al sótano de la DGPT había cinco elementos más; y en los edificios que están frente a la jefatura de policía,
había repartidos diez hombres más con armas de largo alcance. A todo lo anterior hay que agregar la escolta directa de
Durazo, que constaba de dos patrullas disfrazadas de taxis, que transportaban a ocho hombres; dos patrullas del servicio
secreto de escolta, con ocho elementos más; tres motociclistas de punteros, abriendo el paso del convoy, y cinco a la
retaguardia; más el auto principal, donde íbamos el chofer particular del Negro, un teniente del ejército y yo. Todo este
aparato de seguridad requería diariamente un número aproximado de 140 elementos; partiendo de un promedio de 8
000 pesos quincenales de sueldo por cada elemento, leñemos un total de un millón 200 mil pesos quincenales. Y aquí no
contamos el desgaste y depreciación de 15 patrullas y 28 motocicletas, así como su mantenimiento: gasolina,
refacciones, aceite, líquido de frenos, etcétera. Por otra parte, todo ese aparato funcionaba en forma regular dos y hasta
tres veces a la semana, no obstante que el Negro, sin previo aviso, a veces me ordenaba: Mira pinche flaco, para
destantear al enemigo ordena que venga el helicóptero por nosotros. Y entonces, en cinco minutos íbamos del
kilómetro 23.5 a su oficina de la Plaza Tlaxcoaque. Por cuenta de Durazo, la ya desquiciada ciudad de México sufría
graves perjuicios en horas hombre, pues este aparato de seguridad que funcionaba por lo menos tres horas diarias,
alteraba !a rutina de miles y miles de personas que se dirigían a sus trabajos. Pero como el Negro se las gastaba, llegó a
informarle al reportero Sergio Mora Flores del periódico la Prensa (10 de agosto de 1979) lo siguiente: “Durazo
reconoció que el equipo humano y material de la DGPT es insuficiente”. Asimismo, Excélsior del 17 de agosto de 1979, el
reportero Luis Segura informaba a sus lectores: “Durazo declara no contar con presupuesto para pagar a la policía. Y
además, reconoció que el equipo material y humano es insuficiente. Esto declaraba Durazo en 1979, cuando en la calle
hacía tal alarde de seguridad; y eso que en nuestras cuentas anteriores no consideramos a los 50 policías que prestaban
servicio en la casa del kilómetro 23.5 como cocineros, meseros, jardineros, plomeros, carpinteros, caballerangos,
etcétera, representando un total de sueldos en tomo a los 800 000 pesos mensuales. También habría que añadir a las
cuentas la seguridad de su familia: dos patrullas y ocho hombres de la DIPD como escoltas de sus hijos mayores, Jesús y
Arturo; para su hijo Paco había dos patrullas con nueve elementos también de la DIPD; para su hija Yoya, una patrulla
con cuatro policías; para su esposa Silvia Garza, una patrulla con cuatro miembros de la DIPD; para sus hermanas
Edelmira y Teresa, entre cocineros, meseros, choferes y ayudantes, dos patrullas con 18 policías; para su mamá,
cocinero, mesero y jardinero, dos elementos de seguridad, y una patrulla; para su amante Lidia Murrieta Encinas, chofer,
tres elementos de escolta, cocinero y tres elementos de servidumbre, con una patrulla permanente en la casa de Fuente
bella número 54, colonia Fuentes del Pedregal. Además, “de calón” había tres patrullas azules y dos de la DIPD en su
casa del kilómetro 23.5, que estaban ahí exclusivamente para atender los “mandados”, mensajerías y cosas parecidas;
sumaban diez elementos en total. Considerando el sueldo oficial de todo este otro personal de servicio y seguridad del
Negro, tenemos una cantidad aproximada a los 960 000 pesos consume, sin contar, como en el caso anterior, los gastos
de 15 patrullas. Aparte, hay que tomar en cuenta los 650 elementos repartidos en sus obras de la Cabaña, el Partenón, y
el kilómetro 23.5, los cuales suman 10 millones cuatrocientos mil pesos en sueldos, más el gasto de cuatro camiones.
Por otra parte, todas las pipas de la Central de Bomberos del Distrito Federal eran ocupadas ex elusivamente para
acarrear agua a las cisternas de la casa de Durazo, causando con ello, como ya lo ha declarado el jefe de H. Cuerpo de
Bomberos, graves problemas a la ciudadanía en muchos casos de siniestros; ocurrió varias veces que no se contó con
agua para apagar incendios, pues “la estaba usando el jefe”.

La Señora También Cooperó a los Ingresos

El jueves 23 de agosto de 1979, la señora Silvia Garza de Durazo hizo al diario La Prensa la siguiente declaración: “Se
construirá un asilo para policía jubilados, con Inversión superior a los 10 millones de pesos provenientes de actos
sociales y ayuda del sector privado, así como 16 estancias infantiles para la policía, con terrenos donados por el DDF”. En
la Prensa del siete de septiembre de 1979, su columnista Mora Flores, mencionó: “Asilo para ancianos policías y
estancias para los hijos de los policías”. Y ahí se informó que las instalaciones costarían 96 millones de pesos, aunque en
el mismo artículo la señora Durazo y el propio Negro declaran: “Nos allegaremos fondos en actos sociales, espectáculos
y donativos, ya que no tenemos subsidios”. Entre otras cosas, la señora Garza de Durazo anualmente exigía que entre
los jefes de área, directores y jefes de oficina, se vendieran 10 000 boletos anuales, a 1000 pesos cada uno, para el Baile
Anual de la Policía, que no costaba nada a la DGPT, ya que la alimentación, los vinos, los meseros y los “shows” eran
conseguidos o pagados por los jefes ya mencionados. Si se multiplican 10 000 por 1000, resultan 10 millones de pesos,
cantidad que la señora Durazo reunía cada año; y esto sin contar los donativos de la iniciativa privada, que
probablemente igualarían esa suma, más las cantidades que se reunían de diferentes actos que organizaba la señora
durante todo el año: festivales, premieres cinematográficas y eventos sociales. La venta de boletos para todas estas
celebraciones estaba garantizada de antemano, ya que Silvia Garza de Durazo tenía la costumbre de vendérselos
íntegramente a los jefes de área, directores y jefes de oficina; éstos lo consideraban una obligación, pero tenían el
recurso de exigirles lo mismo a sus subordinados. En base a lo anterior puede calcularse las “modestas” entradas
anuales que lograba la señora Durazo. Colaboraban con ella, en la recaudación de estos fondos, tres señoras
“respetabilísimas”, conocidas en los medios policiacos como Emma Vieyra Huacuja, Ernestina Martínez. Valencia y
Candy Serrano de Marbán, la hija del “segundo frente” del coronel Carlos Serrano (el que hacía generales); esta última
también acompañaba a Silvia Garza en todas sus correrías (léase orgías).Si usted o las actuales autoridades se toman la
molestia de cotejar mis datos, comprobarán que la obra benéfica de la señora Durazo fue prácticamente nula. Hallarán
la misma guardería infantil con que siempre ha contado la DGPT, junto a la Brigada de Motociclistas en los cuarteles de
Balbuena; y mucho les agradeceré que me informen si encuentran en alguna parte del Distrito Federal el asilo para
policías ancianos, o cualquier otra de las instalaciones que tanto anunció la señora Durazo que edificaría.

El dinero, por obvias razones, creo que ya está invertido en Canadá o cualquier otro lugar, no mexicano.
Otra “Entrada” de “mi General”

En un artículo publicado en IM Prensa del cuatro de octubre de 1979, el reportero Augusto Cabrera M. informaba:“La
DGPT acordó ayer adquirir un edificio de dos pisos de altura con capacidad para varios miles de urnas de la empresa
Mausoleos del Ángel, con la que se pretende resolver el problema durante 40 años para los deudas de la corporación
que tallecieran en ese periodo.

“El monto de la operación no fue revelado, pero se sabe que asciende a varios millones de pesos, por lo que Mausoleos
del Ángel se comprometió a construir, gratuitamente por esa concesión, una escuela, una estancia infantil o un asilo,
según la decisión del general Durazo al respecto.“Asimismo, absorberá los gastos de mantenimiento del edificio, y
levantará dos salas vejatorias exclusivas para la DGPT, con lo que los servicios de esta naturaleza serán gratis para los
deudas, quienes así evitarán desembolsos fuertes”.!Qué preciosidad de planes! Yo lo único que sé, y lo que sabe toda la
Policía, es que de noviembre de 1979 hasta marzo de 1983, sin pedirnos ninguna autorización, se nos descontaron a
cada uno de los 27000 elementos de la corporación, aproximadamente 57 pesos quincenales, lo que daba un total de 36
millones 936 mil pesos anuales. Y los beneficios reales que recibimos como consecuencia de esos bellísimos planes
fueron los siguientes: sólo podía ser enterrado el policía que falleciera en actos de servicio; su familia no tenía ningún
derecho a utilizar esa prestación; si el elemento causaba bala, no tenía ninguna posibilidad de recuperar su inversión,
pues como todo lo que hacía el Negro Durazo no tenía regreso, había una cláusula donde, se mencionaba que el policía
dado de baja cedía su fondo para los que seguían “prestando sus servicios en la DGPT”. Pero aun habiendo caída en el
cumplimiento de su deber, hubo muchos y lamentables casos en que no se logró la inhumación de dichos compañeros
bajo estas condiciones, ya que cuanto más humilde era el policía ultima de un servicio, más trabas se le ponían; incluso
recuerde que una viuda prefirió recurrir a la caridad de los compañeros policías para poder enterrar a su esposo,
diciendo nos con los ojos llorosos: Mi marido y se me está apestando en la casa y no tengo con qué
enterrarlo. No creo, y a las pruebas me remito, que en todo ese tiempo se haya inhumado a más de 50 policías, rasos o
de tropa; eso sí, cuando se trataba de jefes o allegados a Durazo, el junto era muy diferente, como fue el caso del hijo de
Castañeda o el de Andrés Ramírez Maldonado, enterrados con grandes honores, cuando que este último, como ya
dijimos, murió por traidor a manos de la mafia de San Antonio, Texas, y no precisamente en el cumplimiento de su
deber. Yo me enteré de todo este fraude desde el principio, porque en el privado de Durazo conocí a Pablo Fontanet,
propietario de Mausoleos del Ángel; entre trago y trago, y “pericazo” y “pericazo”, este señor a carcajada abierta le
decía al Negro: Te traigo un estudio para ganarnos, de la manera más rápida del mundo, 100 millones de pesos. Y
Durazo, ni tarde ni perezoso, aceptó con agrado una idea tan burda; el plan era tan desesperado que cuando me tocó
acompañarlo con el regente Hank González para su aprobación, éste le dijo: —No el chingue Arturo, yo esto no lo firmo.
A lo que Durazo le contestó:—Para mañana te lo voy a traer autorizado aquí a tu despacho, por don Pepe López Portillo.
Y así fue. En realidad, con esta “recaudación” de fondos se pretendía iniciar, sólo iniciar, el famoso centro de diversiones
Reino Aventura, cuyo costo total fue de miles de millones de pesos. Además, fue Durazo quien logró la autorización de
López Portillo para usufructuar durante 99 años los terrenos que ocupa dicho centro recreativo. Vencido este plazo,
deberán pasar a ser propiedad de la Nación, junto con todas sus instalaciones. Entre los socios que integraron este supe
negocio, además del Negro Durazo y el propio Fontanet, recuerde a Carlos Hank González y a Gastón Alegre. Respecto al
fraude de los “mausoleos” para los policías, debo reconocer que la administración actual atendió el gran número de
quejas por parte de los compañeros; así, los descuentos quincenales fueron suspendidos, aunque hasta la fecha nadie
sabe qué medidas se tomarán para la recuperación de osa fortuna que corresponde a nuestro peculio como policías en
funciones.

Se Quedó con el Stand de Tiro Electrónico

El 17 de diciembre de 1979, nuestro amigo Sergio Mora Flores, del diario La Prensa, citó unas declaraciones del Negro
Durazo relacionadas con la adquisición de un stand de tiro electrónico, similar al que tiene el FBI en los Estados Unidos;
estaba equipado con los últimos adelantos en la materia, y el costo, desde luego, fue elevadísimo. Efectivamente, dicho
stand se adquirió y se instaló... pero en la casa del Negro Durazo, donde ningún miembro de la DGPT osaba poner los
pies, ya que eso privilegio estaba reservado exclusivamente a José López Portillo, su hijo Ramoncito y otros invitados
especiales. El modesto stand de tiro para los miembros de la DGPT, puede verse en las instalaciones de Balbuena: es
exactamente el mismo con que contamos desde hace 35 o 40 años. También señalaba Mora Flores, en La Prensa del día
18 de diciembre de 1979, que por conducto del coronel Mena Hurtado, el Negro Durazo anunciaba la adquisición de 7
000 semáforos electrónicos, cuyo costo era de grandes proporciones.

¿Ha visto usted en esta ciudad algún semáforo electrónico? Todos son los mismos de antes, ¿o no?

VI

El Nepotismo de Durazo

haciéndole eco a López portillo, quien colocó en puestos envidiables a todos sus parientes (Margarita de RTC; Alicia, de
secretaria particular, su cuñado Martínez Vara, oficial mayor de la CFE; su hijo Ramoncito, subsecretario de
Programación y Presupuesto; su primo Guillermo, en el INDE; su yerno De Teresa es actualmente cónsul de México en
Nueva York, con un sueldo de dos millones de pesos mensuales; y su otro yerno, Pascual Ortiz Rubio, en la Secretaría del
Deporte, entre otros), Durazo no se quiso quedar atrás c incluyó en la nómina de honorarios de la DGPT a sus hijos:
Jesús, Arturo y Paco; a sus hermanos: Sigfredo, Gilberto (que ya murió) y Oscar; a sus hermanas: Edelmira y Teresa; a sus
sobrinos y sobrinas; pero también en un afán de ayudar a sus “incondicionales”, incluyó en la nómina a la esposa e hijos
de Car los Castañeda Mayoral, así como a la amante de éste con sus respectivos hijos; pero Castañeda Mayoral no
quería ser menos y logró la autorización de Durazo a fin de agredir a los parientes cercanos y lejanos de José Luis
Echeverría, su segundo. Cabe aclarar que los que acabamos de mencionar prestaban servicios en la casa de Castañeda
Mayoral, como cocineros, meseros, choferes, ayudantes, jardineros, etcétera; por otra parte, su amante contaba con
ocho o diez mujeres policías de la Oficina de Contaminación para atender un salón de belleza.

¡Qué chulada de país!

Un Fontanero Titulado Para el Negro

El afamado otorrinolaringólogo Manuel Rosete —cuyo consultorio se encuentra en las calles de Tuxpan No. 16,
despacho cuatro, en la colonia Roma— es quien atiende a los cocainómanos de todo el medio artístico (él mismo es
adicto); y por cierto también se ocupaba del Negro Durazo por recomendaciones de su amigo íntimo Pancho Sahagún
Baca. Este se alarmaba al ver los graves padecimientos de su “patrón”, quien por el abuso de esa droga Llego a ponerse
bastante mal y a tener fuerte resequedad y hemorragias. Tantos problemas sufría el Negro por abusar de la coca, que
debíamos llevarlo por lo menos cada quincena para que el doctor le aplicara varias sondas y le lavara todos los
conductos; de ahí que todos los otorrinolaringólogos conozcan a Rosete como el “Fontanero”, pues sólo se dedica a
“destapar caños”. Por cierto que, con su característico buen humor, el doctor Rosete le comentaba a Sahagún Baca, sin
que lo oyera Durazo: —Ay, cabrón Pancho. Todo lo que le saqué a Durazo lo voy a secar ahorita y te garantizo que,
cuando menos, junto una onza de cocaína pa’l “recalentado”. El doctor, obviamente, no le cobraba a Durazo por sus
servicios, pero Sahagún Baca lo retribuía las atenciones “en especie”, o sea, dándole la coca que necesitaba para su
consumo personal. Rosete atendía a Durazo con la mayor reserva del mundo, pues el Negro entraba por una puerta
privada, directamente al cubículo donde estaba el instrumental médico, y al que sólo tenían acceso el paciente, el
médico y una enfermera. Nosotros nos quedábamos afuera vigilando, y el aparato de seguridad cubría todos los puntos
de posible entrada al consultorio, pues la consulta se pedía previamente y toda la guardia se retiraba del lugar hasta que
el Negro lo abandonaba.

La Infraestructura de Protección

El Negro ha tratado, por todos los medios, de permanecer cerca de López Portillo, lo mismo que el ya solicitado por la
justicia mexicana, Roberto Martínez Vara, sobrino preferido del ex presidente; de este modo, Durazo supone que no
será reclamado por la justicia de la Nación. Por otra parte, Pancho Sahagún Baca, sigue órdenes expresas de Durazo y
continúa residiendo en varios Jugares de la República Mexicana: Sonora, Guadalajara (donde viven su esposa e hijos),
Sahuayo (donde tiene una granja) y la ciudad de México, donde tiene una “casa de seguridad” (así les llaman a los
refugios de los guerrilleros) ubicada en la avenida Alborada No. 43, en la colonia Parques del Pedregal, frente al centro
comercial Peri sur. AHÍ es donde se oculta Durazo, cuando en forma subrepticia llega a venir al país. Sahagún Baca ha
mantenido hasta la fecha a elementos de su confianza incrustados en las diferentes dependencias oficiales, sobre todo
en la PGR; lo que pretende con ello es recabar información que en algún momento le pueda servir a él o su jefe. Se
reúne periódicamente con estos individuos en el restaurant “Anderson’s”, de Paseo de la Reforma. Además, cuenta con
un grupo de más de 50 ex elementos de la DIPD y de la Brigada Blanca, a los que se dotó desde un principio con
modernas armas adquiridas por la DGPT de Durazo en Alemania. Con ellas, estos ex policías delincuentes cometen
asaltos a bancos y a otras instituciones, con el fin de poner en predicamento la seguridad pública y justificar así la
ausencia de Durazo al frente de la policía. Esta terrible banda, aparte de contar con la protección de otros que están
incrustados en los diferentes cuerpos policiacos del país, tiene refugios proporcionados por el propio Sahagún Baca,
quien también la usa como medio de persuasión contra los posibles denunciantes de su “patrón” Durazo Moreno. Y por
si fuera poco, Sahagún y sus secuaces tienen a su servicio los más modernos medios de comunicación, para pasar
información a López Portillo y a Durazo, en cualquier lugar del mundo en que ellos se encuentren.

Sus Incondicionales y sus Victimas

Dentro de la actual administración de justicia, Durazo también cuenta con incondicionales, como el ministro de la
Suprema Corte de Justicia, Salvador Martínez Hojas, cuyo puesto le consiguió el Negro con López Portillo, en
agradecimiento a los “servicios” que le prestó en su carácter de presidente del Tribunal Superior de Justicia del Distrito
Federal. Como ya dijimos, Martínez Rojos fue quien se prestó a la farsa de nombrar “doctor honoris causa” al Negro
Durazo, y a mandar al Reclusorio a dos coroneles de la Policía que no se “alinearon” a la medida de sus pretensiones; se
trata de Fernando Medina y Faustino Delgado Valle, a quienes no pude dar de bala recurriendo a los procedimientos
legales de la policía (como, por ejemplo, la Junta de Honor), y tras de haberlos tenido durante más de un año, al lado de
otros jefes “irreverentes”, en el Regimiento Montado de Policía, por sugerencias de Sahagún Baca les “fabricó” un
supuesto fraude y fueron confinados al Reclusorio. A pesar de su inocencia, Delgado Valle pude conseguir su libertad
bajo fianza, no así Fernando Medina, quien todavía permaneció recluido otro año, pues por órdenes de Martínez Rojas,
el juez correspondiente “congeló” su expediente. Uno de los que abogaron por Fernando Medina fue su cuñado Gabriel
Álvarez Suárez, al/as el “Polio”, quien se presentó ante Durazo y le suplicó: —Mi general, perdone a Fernando, ya casi
tiene un año en la cárcel. —Yo de ese cabrón lo único que quiero es su renuncia. Que te la hagan ahorita, se la llevas al
Reclusorio para que la firme, y en cuanto tú me la traigas, delante de ti, le ordeno Martínez Rojas que lo ponga
inmediatamente en [Link] cuñado de Medina trató de cumplir con lo que ordenaba el Negro, pero Fernando,
haciendo gala de la valentía que siempre lo ha caracterizado, le dijo a su cuñado: —Dile que vaya y chingue a su puta
madre; prefiero quedarme en el Reclusorio hasta que termine el sexenio, que darle gusto a ese pinche vicioso de
cagada. Afortunadamente para él, cuando Durazo logró que Martínez Rojas pasara a la Suprema Corte de Justicia, el
nuevo ministro del Tribunal no aceptó esta irregularidad e inmediatamente Fernando Medina logró su libertad; y
además, el amparo de la justicia para reincorporarse con su grado de coronel, a la DGPT, donde hasta la fechase
encuentra. Otra de las “proezas” del Negro Durazo, consistió en ordenarle a Martínez Rojas que reuniera a todos sus
“pinches ministros” (sic) para una comida en el “Restaurante Del Lago”, en el Bosque de Chapultepec, manifestándole
con sus características y corrientes carcajadas: —Para que me vayan conociendo toda esa bola de pendejos. La reunión
se llevó a cabo según lo planeado; pero la única persona que no se ajustó a la pretendida manipulación de Durazo,
tratando incluso de hacerlo potente, fue nuestra actual Procuradora General de Justicia del DF.
¡Levántate, Negro!

Por otra parte, cuando al entonces Procurador de Justicia del DF, Agustín Alanís Fuentes, le dio por convertirse en
coordinador de todos los Procuradores del país, al Negro también le dio por conseguir ante López Portillo el
nombramiento de coordinador general de todas las Policías del país; de ese modo, en los viajes que Alanís Fuentes hacía
con frecuencia a los diferentes Estados de la República, se veía obligado a hacerse acompañar por Durazo. Cuando
ocurría esto, el Negro inmediatamente hacía notar su presencia, con detalles como éste: en el hotel donde nos
hospedábamos, según el programa, debía concentrarse el contingente de Procuradores de la 2ona, además de los
invitados, para que el traslado a los lugares donde se llevarían a cabo los diversos eventos (desayunos, conferencias,
concordatos, etcétera), se efectuara en los camiones preparados para tal fin. Y las citas, normalmente, eran a las ocho
de la mañana en el lobby del hotel. Pero, como a eso de las siete de la mañana, el jefe de ayudantes de Alanís Fuentes
me buscaba y me decía: —Oye mano, ¿ya se estará arreglando el general? Porque el señor Procurador ya está casi listo.
Entonces yo entraba a la habitación de Durazo y Je comunicaba lo que me habían preguntado.

—Manda a chingar a su madre a ese pinche borracho. Si tiene mucha pinché prisa que se largue solo el cabrón. Tráeme
café, ponle coñac y a ver si consigues periódicos de este pinche rancho. Esas dos cosas, periódico y coñac, las tenía yo
preparadas desde que salíamos del Distrito Federal; y sobre todo, el coñac, ya que so pena de ser seriamente
amonestado, antes que acomodar las maletas de su ropa, tenía yo que subir otra “maleta” o “cantina ambulante”, que
contenía invariablemente vodka, whisky y coñac. Todo importado, lógicamente. Y por supuesto, nunca faltaba en su
maleta de efectos personajes, una buena datación de cocaína, qué Sahagún Baca previamente le había suministrado a su
“patrón”. Así pues, yo salía y trataba de justificarlo:—Ya se está preparando “el general”, ya no tarda. Pero esto nunca
ocurría; y así, fallando diez minutos para la iniciación de los actos, ol propio Alanís Fuentes me insistía: —Güero, ¿no me
hace el favor de avisar a mi general que ya estoy listo? Pero el Negro, “desparramado” en la cama, seguía en su
rutina:—Ya te dije que le digas a ese pinche borracho de cagada, que se vaya a su acto y que yo ahí lo alcanzo. Y yo le
decía al Procurador:—Señor, mi “general” todavía no se acaba de arreglar, que por favor se adelante y que ahí lo
alcanza. Pero Alanís Fuentes, con cara de sufrimiento, ahí, en pleno pasillo del hotel, me decía todo compungido:
—Dígale que de ninguna manera, que aquí lo espero hasta que él salga. Yo volvía con el Negro, y lo encontraba en las
mismas, estirándose de placer.—Bueno, pues allá él —decía; e iniciaba su “aseo personal”, terminando normalmente
una hora después, mientras en el pasillo esperaba el procurador, y abajo, la comitiva en pleno. Al fin, el Negro salía. ¿Y
qué creen que le decía? “Apúrese, porque ya se nos hizo tarde. Cuando empezaba la jornada, nos encontrábamos,
lógicamente, con que el desayuno estaba frío o recalentado. Para entonces, ya Durazo me tenía bien aleccionado, pues
como desde muy temprano comenzaba a beber, me decía:—Oye pinche flaco, cuando lleguemos a desayunar, no
importa donde estemos, si te digo: “Da me café con azúcar, quiere decir que me lo des con coñac”. Pero como era
polifacético para la tomada, lo mismo me podía decir: “Mi jugo de toronja o de naranja, me lo das con azúcar”. Y eso
significaba que debía ponerle vodka. Después de la primera junta de procuradores, normalmente llegaba la hora de la
comida, y entonces el Negro me ordenaba:—Mira pinche flaco, mándate alguien para que en el restaurante donde
vayamos haya el suficiente alcohol, porque estoy que me lleva la chingada por echarme un trago y éstos no hablan más
que puras pendejadas. Todo se cumplía al pie de la letra. Y después de la comida no había otra junta sino hasta la hora
de la cena, sólo para reiniciar la parranda. Así eran los actos oficiales a que asistía el Negro. Durazo también hizo gala de
prepotencia ante el propio Alanís; cuando éste por decreto Presidencial logró que se quitaran las rejas para los
detenidos en las agencias del Ministerio Público y los separos en la Procuraduría, Durazo reaccionó inmediatamente
ordenándole a Sahagún:—Mira Pancho, el pinche briago del procurador, creo que ahora ya tiene delirium tremens. Ya
convenció a López Portillo de que quiten las rejas en las delegaciones. Tú, por lo pronto, refuerza bien las rejas que
tenemos en los separos. Voy a invitar a ese pendejo para que vea que yo no me ajusto a sus tarugadas. Y lo invitaba de
veras. Y lo que es peor, Alanís asistía. Otro detalle ilustrativo ocurrió cuando también el procurador logró con López
Portillo que desaparecieran las famosas “charolas” con placa; el Negro reacciono incluso haciendo declaraciones a la
prensa: —Un policía sin “charola” no es policía. Y posteriormente le ordeno a Sahagún Baca: —Mira pinche Pancho, las
próximas credenciales las mandas hacer más grandes y con la placa al doble del tamaño que tienen actualmente, porque
este pendejo ya está viendo elefantes de colores volando de flor en flor. Como es fácil adivinar, ni desaparecieron las
rejas ni las charolas, y de ello se jactaba incluso en presencia del propio López Portillo, quien lo festejaba como si se
tratara de una gracia.

Las Cuentas Claras,..

En relación al botín que el “general”. Durazo repartió entre su familia, merece comentario aparte la concesión de los
“corralones”. El beneficiario fue el “coronel” Lerma Durazo, esposo de su hermana Teresa Durazo de Lerma (los
apellidos coinciden porque eran primos). Pero, una vez obtenido ese “obsequio” jamás se preocupó por “despachar” en
las oficinas de los “corralones”. ¿Entonces dónde “despachaba” el “coronel” Lerma Durazo? Lo hacía en su domicilio
particular y siempre a través del “mayor” Silva Tonchi, su representante, quien desde ese momento se comprometió a
entregarle 200 000. Pesos semanales. Además, por órdenes expresas de Durazo, Silva Tonchi también se comprometió
—y cumplió— a entregar un promedio de 160000 pesos diarios por cada uno de los siete “corralones”, cantidad que su
ayudante Joaquín Zen dejas recababa entre los responsables de cada uno de esas sitios donde se concentraban todos los
vehículos detenidos en el DF. Para que el ingreso de vehículos a los “corralones” fluyera debidamente y en gran
cantidad, se recurrió al coronel Fulvio Jiménez Turengano, comandante de la Brigada Vial; éste tenía a su cargo casi la
totalidad de las grúas, todos los motociclistas y casi la mitad de las patrullas con que contaba la DGPT. A quienes estaban
bajo sus órdenes, Jiménez Turengano los obligaba a conducir a los “corralones” un mínimo de mil 200 vehículos. Esta
exigencia la había establecido el propio Durazo, y el coronel era muy cumplido en sus funciones. Tanto así, que como
premio Silva Tonchi le daba, por disposición del Negro, 100 pesos por cada uno de los vehículos que su personal metiera
a los “corralones”; y como la tarifa era de mil 200 vehículos, su gratificación no balaba de 120 000 pesos diarios. Fulvio
sólo se embolsaba el 50 por ciento de esa cantidad, porque debía entregarle el 50 por ciento restante a Panchito
Ramírez, el chofer de López Portillo; de este modo tenía garantizada la conservación de su “envidiable” posición, de que
Ramírez tenía una gran influencia sobre Durazo. Sobre este manejo de los “corralones” es oportuno llamar la atención
del actual Procurador de la República, Sergio García Ramírez y del contralor General de la federación, Francisco Rojas. Sí
al Negro Durazo le entregaban 150 000 pesos diarios por cada uno de los “corralones” existentes en ese tiempo, lo que
da un total de un millón cincuenta mil pesos diarios, ¿acaso no será posible averiguar qué cantidad exacta ingresaba a la
Tesorería del DF por concepto de pago de infracciones a vehículos detenidos? Siguiendo con este planteamiento
propuesto a quienes actualmente combaten la corrupción, cabe preguntarse: ¿acaso no hay manera de averiguar por
qué en la Dirección de Informática (control de computación) de la DGPT, donde se supone que debe encontrarse
archivada toda la información relativa a vehículos dados de alta en el Distrito Federal, licencias de manejo concedidas,
etcétera, las computadoras están prácticamente fuera de servicio? Hasta donde yo sé, estas computadoras tienen más
de un año de retraso en la información sobre vehículos y licencias, ya que a la compañía que le corresponde el
mantenimiento de ese equipo, el Negro Durazo le quedó a deber 28 millones de pesos, y al parecer la actual
administración no tiene fondos para cubrir esa cantidad. Otro pequeño detalle, que podrían investigar los funcionarios
responsables de detectar corruptelas pasadas y presentes, es el famoso canje de placas. No creo que ningún ciudadano
propietario de un vehículo se haya salvado de la extorsión al tratar de cumplir con este trámite, A continuación, me
permito explicar el procedimiento: Platicando con un ex compañero de la policía, el licenciado Germán López Vié, a
quien el Negro nombró jefe de la “productiva” Oficina de Antecedentes Penales, supe que dado su “alto rendimiento”,
Durazo lo había nombrado simultáneamente jefe del Canje de Placas para el bienio 82-83. Según sus propias palabras,
esto fu lo que ocurrió: “Mira mi Pepe, con este canje me hice de 300 millones de pesos. Ya los tengo en Hawái, donde
hice mis inversiones, y no tarde en irme a vivir allá con mi mamá, (pues soy soltero). Eso me lo gané porque Durazo dijo:
“El que quiera el canje de placas, a mí me va a entregar 1000 pesos porcada vehículo que haga ese trámite,
independientemente de los pagos a la Tesorería. Para tal efecto, ustedes podrán presionar a los causantes con los
argumentos que se les pegue su chingada gana inventar: les falta el sello, no coincide su domicilio, no trae los
documentos originales, la placa que está entregando tiene un agujerito de más, su placa trae un rayón; lo que sea”. Con
base en eso, acepté ser el jefe del canje, durante el cual se tramitan más de un millón 600 mil vehículos; esto hace un
total muy conservador del 600 millones de pesos para Durazo, independientemente de lo que se haya ganado el
personal encargado del canje; y que a su vez tuvo que comprar el puesto en cantidades que fluctuaban, según el cargo,
entre 50 y 100000 pesos por cada uno. Como dato complementario señalaremos que una de las presiones de que se
valieron para extorsionar con el canje tenía su base en el Reglamento de Tránsito, pues según éste la placa extraviada o
destruida tiene que ser pagada. Durazo, por supuesto, estableció arbitrariamente la cantidad: 2500 pesos. Bajo esas
condiciones, el personal comisionado se excedió en el afán de cubrir las cuotas y abundaron los casos en que al
entregarse las placas vencidas, se exigía el pago de 2500 pesos porque llevaban un agujero de más (para los tornillos) o
porque las perforaciones originales no coincidían con el porta placas del vehículo, o porque estaban golpeadas, o porque
mostraban raspones o abolladuras sin que todo esto, claro está, afectara su identificación. Pero qué magníficos
pretextos para obtener los 2500 pesos exigidos por los jefes. De este dinero, vuelvo a preguntar: ¿cuánto ingresó a la
Tesorería del Distrito Federal? Existieron muchas quejas al respecto, pero ninguna trascendió, porque todo lo que
ocurría en el canje de placas era consigna del Negro Durazo, el hombre más prepotente del sexenio pasado, con la
consabida complacencia del señor López Portillo.
VII

Mientras sus Esbirros Tranzan, el Negro se Divierte

Como ya estaba organizada y en funciones su equipo de “sinvergüenzas con placa”, de “asaltantes oficializados”, el
Negro se divertía. Una de sus “distracciones” preferidas consistía en introducir a su privado a gran número de mujeres
de dudosa calidad; y todo para hacer gala de su virilidad. Sin embargo, yo era quien tenía que sufrir las consecuencias
cuando el Negro se divertía de esta manera. Como la señora Durazo podía llegar en cualquier momento al despacho de
su marido, y no admitía que a su paso hubiera alguna puerta cerrada, tenía uno que estar muy pendiente para abrir
todas las que se encontraban desde el elevador privado del Negro hasta la cocina, donde se le hacía de comer. Así pues,
y en virtud de que tres o cuatro veces al día entraban al privado del Negro las mujeres de bala categoría que tanto le
gustaban, yo tenía que cerrar la puerta del pasillo y quedarme exactamente frente a la puerta de su privado, vigilando
por la ventana la posible llegada de su esposa; pero para tener mayor seguridad, ordené la instalación de un timbre en
La caseta de vigilancia del sótano, con el fin de que los policías de guardia lo tocaran en cuanto vieran entrar a la señora.
timbre sonaba en el interior del privado del Negro y, para no despertar sospechas cuando ahí se encontraban otro tipo
de personas, el sonido se transformaba en una especie de “canto de pajaritos”, pasando inadvertida a los visitantes,
aunque no para el Negro; él siempre sabía que se trataba de una señal de emergencia. Para redondear la seguridad en
este aspecto, se instaló una puerta secreta en el privado, que bien podría compararse con la de una cala de caudales;
dicha puerta daba a la peluquería privada de Dura20. Había también otra puerta que desembocaba a la cocina y, de ahí,
a la escalera de servicio del edificio. No se imaginan cuántas veces me tocó sufrir con el famoso sonido de los pajaritos, a
cuyo influjo, según las ordenes del Negro, tenía que entrar a su privado, tomar a la dama en turno, normalmente sin
ropa, sacarla por el pasadizo referido junto con sus prendas personajes y esperar a que se vistiera en la peluquería, para
luego ponerla en la escalera de escape; pero, antes de todo, mandaba a alguno de mis ayudantes para que le franqueara
todas las puertas a la señora Durazo. En realidad, la esposa del Negro lo presionaba constantemente, tratando de
encontrarlo en una situación embarazosa con alguna damisela, y así tener pretexto para irse de inmediato (a
Zihuatanejo o a Canadá) y hacer su vida aparte junto con su amiga Candy, esposa del “coronel” Arturo Marbán. Por
fortuna, dentro de esta farsa, nunca tuve el infortunio de que la señora Durazo sorprendiera a su marido con “malas
compañías”, aunque el directamente afectado fui yo, porque debía hacer circo, maroma y teatro para salvar al Negro de
tan críticas situaciones. De todos modos, no me explico por qué Durazo adaptaba esas actitudes al grado de introducir
diariamente a tres o cuatro mujeres a su despacho, pues según me llegaron a comentar, difícilmente les cumplía. Incluso
una de sus amantes a quien le puso casa, lidia Murrieta, me llegó a decir:—Pinche pendejo impotente. Yo no sé pata qué
quiere tanta vieja, si ya como hombre no funciona. Era tal su complejo por afirmar su machismo que me obligó a
instalarle un circuito cerrado de televisión; las cámaras daban a la sala de espera de su secretaria particular y de su
ayudantía, y tenía dos pantallas receptoras con controles instalados en su escritorio. El equipo estaba tan oculto que
quienes se encontraban en audiencia con él no se imaginaban siquiera que el Negro estaba “monitoreando” los
despachos vecinos en busca de mujeres. Si el Negro notaba, por cualquiera de las pantallas, la presencia de alguna mujer
más o menos atractiva para sus gustos, me llamaba de inmediato y discretamente, en una tarjeta para que no se dieran
cuenta sus interlocutores, me indicaba: “En la audiencia de la ayudantía hay una dama, pásala a mi privado, atiéndela y
en seguida voy para allá”; yo debía cumplir estas órdenes al pie de la letra. Era difícil que alguna de las “damas” se
negara a pasar a su privado, ya que todas sabían que la que entrara con el Negro iba a salir con una buena cantidad de
dinero en efectivo o su televisión a colores y de control remoto, su equipo modular americano, etcétera. Y a la que
llegaba a “despuntar” hasta coche le mandaba comprar con Pancho Sahagún Baca, de la marca y del color que ella
quisiera. Cabe mencionar que, adjunto al privado de Durazo, había una bodega repleta con todo tipo de aparatos
americanos, cuya existencia era surtida diariamente por Sahagún Baca de los artículos de contrabando que decomisaba
todo el tiempo en Tépito. Allí en la bodega, que tenía aproximadamente 15 metros cuadrados, aparte de una gran
variedad de aparatos electrónicos había toda clase de vinos importados con que se surtía el bar privado de Durazo.
Había otro tipo de mujeres que entraba para abogar por sus propios maridos, pertenecientes a la corporación; los
motivos eran de lo más variado: para que los ascendiera, para obtener un mejor horario, para que les quitaran castigos,
etcétera; otras iban porque conocían a Durazo desde sus años mozos; otras más iban a verlo porque supuestamente
eran sus sobrinas o parientes en segundo y tercer grado y le solicitaban puestos para sus hijos o esposos. Pero entre
todas, destacaban las que le llevaba una tal señora Manuela Lorenzo de Fernández, directora de tos Bastoneras de
Veracruz, quien por obvias razones contaba con un espléndido elenco de mu chachitas de 16 a 20 años, todas en
plenitud de belleza; a esta señora Lorenzo de Fernández, el Negro la premiaba constantemente con contratos para venir
al Distrito Federal junto con su grupo y cubrir los actos del Colegio de Policía, los desfiles del 20 de noviembre y demás.
A ella y a su personal les pagaba el hospedaje, generalmente en el Hotel de México, lo mismo que un vestuario nuevo en
cada visita. Además, Doña Manuela y su compañía le cobraba a Durazo un mínimo de 500 000 pesos por
presentació[Link] necesite bastoneras con las características ya anotadas, puede solicitarlas a los siguientes teléfonos:
514-54-64 y [Link] añadir que de esas guapas chicas, Doña Manuela no respetaba ni a su propia hija,
Alba Lorenzo, quien además de ser la capitana del grupo y de tener la medida del Negro, se había convertido en su
mejor “conseguidora”, tanto así que Durazo usó su influencia para que se presentara en “Siempre en domingo”, “Hoy
mismo” y otros programas.

El Negro Repartía Impunidad

Otra de las “gracias” del Negro consistía en obsequiar credenciales de la policía y pistolas a cuanto amigo le iba a visitar.
Entre los afortunados se puede contar, de hecho, a todos los artistas de nuestra farándula: Flavio, Pepe Jara, Chucho
Salinas, Héctor lechuga, el “Loco” Valdés, “Chabelo”, Luis Demetrio, Carlos Lico, Nelson Ned y su hermano, Enrique
Guzmán, Manolo Muñoz, Antonio Aguilar y muchos más. Pero sus mayores “atenciones las reservaba para los jefes de
policía y miembros de la comitiva, provenientes de diferentes partes del mundo, a los que invitaba para sentir a su
alrededor una aureola de hombre importante; pero la verdad es que venían al país acicateados por el hecho de que en
las invitaciones que se les mandaban, se les garantizaba que tanto los pasajes de avión como la estancia y todos los
gastos adicionales serían pagados por la DGPT. Y para que su estancia fuera inmejorable se contaba con los mejores
hoteles de la ciudad: el María Isabel Sheraton, el Camino Real, el Presidente Chapultepec, el Fiesta Palace y otros. Así
vinieron policías de Francia, los Ángeles, Houston, Canadá, Inglaterra, Alemania Federal, y en todos los casos, Durazo
cometió el contrasentido de darles credenciales mexicanas a policías extranjeros. Por cierto que al haberlos obsequiado
a Nelson Ned y a su hermano sendas pistolas de alto calibre y credenciales, les provocó un grave problema en el
aeropuerto de Brasil, por lo que se vio obligado a elaborar un oficio justificando su extraña actitud ante las autoridades
brasileñas. No obstante ello, las armas les fueron incautadas, ya que su influencia en aquel país era nula. Para las
autoridades brasileñas resultaban más importantes sus leyes que las poses del señor feudal de la policía mexicana. Otro
ejemplo de la impunidad que el Negro repartió en forma irresponsable, regalando armas y charolas a diestra y siniestra,
es el caso del conocido baladista Enrique Guzmán, quien siendo normalmente persona pacífica, al sentirse armado y
protegido por Durazo agredió con lujo de violencia al encargado de unos departamentos amueblados. Hecho por el que
fue consignado penalmente. Este y muchos otros delitos que pusieron en jaque a la ciudadanía se deben cargar también
a la cuenta del Negro Durazo. Es importante mencionar, para conocimiento de mi general Juan Arévalo Gardoqui (actual
secretario de la Defensa Nacional, del que siempre guardaré gratos recuerdos por su gran calidad de hombre y amigo),
que todas las armas que requisó en el sexenio anterior, con intervención del capitán Juan Germán Anaya (actual director
general de Policía y Tránsito del Estado de México, y entonces colaborador del Negro), fueron usadas en beneficio
exclusivo de Durazo y de él mismo; ¿de este modo violaron los preceptos constitucionales que señalan que en este tipo
de requisas debe intervenir, invariablemente, la Secretaría de la Defensa Nacional. En un artículo publicado en La Prensa
del cinco de noviembre de 1980, Julián Fajardo López coméntalo siguiente:“Defiende a mafiosos un jefe policiaco; el
licenciado Eduardo Ferrer Mc Gregor fue presentado ante las autoridades federales por intento de soborno a un juez de
distrito, exigiendo la libertad de peligroso narcotraficante, mediante la cantidad de 500 000 pesos. Mc Gregor fue
aprehendido por un grupo de la Policía Judicial Federal, al mando del comandante Florentino Ventura.“El magistrado del
tribunal unitario del Noveno Circuito, con residencia en Mazatlán, Sinaloa, licenciado Darío Maldonado Zambrano, lo
acusa por tratar de sobornarlo, para lograr la libertad del traficante de heroína de apellide Echagoyan, consignado según
acta número... (Ilegible)”.Dos días después, en el mismo diario, Fajardo López escribe:“Investigan a altos funcionarios,
encubridores de narcotráfico; el jefe de la Oficina Jurídica de la DGPT, Eduardo Ferrer Mc Gregor, acusó ante el
Ministerio a altos funcionarios de esa dependencia policiaca”. Antes de entrar en materia, debo recordar que al
licenciado Ferrer Mc Gregor se le llegó a conocer en el país como “el incorruptible”, dada su probada honestidad en el
desempeño de sus funciones como administrador de justicia. Yo, en lo personal, tengo el honor de conocerlo desde hace
muchos años y en mi modesta opinión es un hombre íntegro, que además ha llevado una vida con su familia sin lujos
superfluos ni presiones económicas. Su única desgracia fue el haberse hecho amigo del Negro Durazo desde hace mucho
tiempo, motivo por el cual llegó a la jefatura de la Oficina Jurídica de la DGPT. Un día Durazo se enteró que Echagoyan,
uno de sus amigos de la “maña”, iba a ser sentenciado en Sinaloa por delitos contra la salud, y le ordeno a Mc Gregor
que interviniera en el asunto, entregándole 500 000 pesos para que sobornara a ese “pinche juececito provinciano” que.
era Darío Maldonado; Mc Gregor se negó rotundamente a acatar dicha orden, pero por las presiones acostumbradas del
Negro, no tuvo más remedio que cumplirla; además Sahagún Baca ya le tenía prepa rada una escolta de tres agentes de
confianza de la DIPD para que lo trasladaran a Mazatlán. Lo que siguió después, todo el mundo lo conoce: Durazo quedó
“limpio de culpa”, amparado en la hombría y la imagen respetada de Mc Gregor, ya que éste bajo ningún tipo de presión
aceptó haber cumplido tan deshonestas ordenes; hago constar lo anterior para satisfacción del propio don Eduardo y de
su distinguida familia. Y para que comprueben que todavía hay personas, como un servidor, que reconocen sus altas
prendas morales. Así como Durazo arruinó a la familia Mc Gregor, entre otras, también desgració las vidas de dos
humildes y honestos trabajadores: León Sandoval Tableros y Javier Pérez Mancera, nombres que tal vez no representen
nada, pero que designan a das víctimas inocentes de Durazo. El ocho de julio de 1980, la Prensa informaba por medio de
su reportero Augusto Cabrera M.:

“El vigilante que estuvo de guardia la noche del seis de octubre de 1978 en la residencia de los Flores Muñoz,
desapareció desde hace ocho días cuan de varios sujetos desconocidos a borde de dos vehículos grandes sin placas, lo
sacaron de su casa y lo llevaron con rumbo desconocido.“La señora Virginia Yáñez de Pérez, esposa del secuestrado
Javier Pérez Mancera, policía bancario comisionado en la casa de don Gilberto Flores Muñoz el día de su asesinato,
levantó el acta número 26/240/80 por el delito de secuestro”. En el mismo diario, y en primera plana, se leía:“Sucia
maniobra a favor del nieto; desaparecen al velador, testigo de cargo, que estuvo de guardia la noche del crimen, a casa
su afligida esposa”. Igualmente, el reportero Tomás Aranda L. informaba el 11 de julio de 1980 en FM Prensa:“Dejan al
nieto sin acosadores. Cinco sujetos Armados secuestraron el día primero del actual al segundo testigo de cargo del
homicidio de la familia Flores Muñoz Izquierdo”. Y esto decía La Prensa, el 19 de julio de 1980:“Dan millones por liberar
al nieto. No pudieron sobornar a los testigos de cargo y entonces los torturaron para que aceptaran que ellos asesinaron
a Gilberto Flores Muñoz. “Aparecen los testigos y dicen que el nieto es el asesino. “Narran sus ocho días de tortura y
presiones para que se declarasen culpables; fueron abandonados en la sierra de Puebla”. Entrevistados por los
representantes de todos los periódicos los aludidos informaban que todas sus torturas para declararse culpables fueron
dirigidas por un “abogado”. Lo anterior, lamentablemente no causó impacto en los habitantes de nuestra gran ciudad,
cuya mayoría lucha desde el amanecer para conseguir el sustento de los suyos; pero esos jefes de familia agredidos,
humillados y amenazados, que además perdieron sus honorables fuentes de trabajo, deben haber sufrido (a gran
impotencia del que nada puede hacer contra un “sistema” que sólo le da la razón al que está dentro de él. Con la
honradez con que he tratado de informar a lo largo de estas páginas, acerca de las injusticias y prepotencias de nuestras
autoridades, haré historia de mi participación en estos hechos, tratando de aclarar la realidad de los mismos. Era la
noche del cinco de julio de 1980, cuando fui llamado a la oficina del “coronel” Sahagún Baca; lo encontré acompañado
del licenciado Adelfo Aguilar y Quevedo, connotado penalista y, para desgracia del pueblo mexicano y vergüenza de la
profesión, presidente de la Barra de Abogados según me lo presentó Sahagún Baca:“Mire don Pepe, el señor licenciado,
como usted sabrá, es amigo personal del señor Presidente de la República y de mi general Durazo, por lo cual tenemos
que servirlo ampliamente.—Pues mi “coronel”, usted nada más ordene.—Mire don Pepe, tenemos dos detenidos a los
cuales el señor licenciado Aguilar y Quevedo considera responsables de la muerte de don Gilberto Flores Muñoz y su
señora esposa; ya los “interrogó” el mayor Carlos Bosque Zarazúa y no logró sacarles nada. En su lugar mandé a mi jefe
de ayudantes, Eugenio Barraza Islas, que es muy cabrón y sabe dar la “fórmula” (tortura) a toda ley, pero tampoco logró
nada positivo; entonces mi general Durazo ordeno que usted se hiciera cargo del asunto porque para “calentar” nadie le
[Link] ese momento el licenciado Aguilar y Quevedo trató de indicarme cómo podría yo obtener las respuestas que a
él le interesaban; pero fue tal mi enojo, que le dije: —Mire licenciado, usted ya los interrogó en compañía del mayor
Bosque y del capitán Barraza, cosa que en mi opinión no debe hacerse porque en estos casos el policía interroga para
encontrar a los verdaderos responsables y nunca en presencia de un acosador o de alguien que trata de desvirtuar los
hechos. En este aspecto, y para su conocimiento, yo estuve presente en el momento en que fue detenido Gilberto Flores
Álavez, y este, en presencia de varios compañeros, aceptó haber matado a sus abuelos, indicando además el lugar
donde había escondido los machetes que ocupó para cometer los homicidios (se encontraron atrás del refrigerador).
También confesó que esos instrumentos las había comprado en compañía de su amigo Anarcos Peralta Torres, tipo de
costumbres raras igual que Gilberto, al que le dijo que los usaría en la construcción de una cabaña, arriba de un árbol.
También le recordé al licenciado Aguilar y Quevedo, que al ser detenido, Gilberto impidió con sus influencias que se
siguiera interrogando a todos los implicados, incluyendo a narcos, solicitando a Durazo que de inmediato se le pusiera a
disposición de la Procuraduría de Distrito Federal.(Aguilar y Quevedo pensaba que lograría la libertad de Gilberto en la
Procuraduría, pero no contó con que, tras brillante investigación, el director de la Policía Judicial del DF, capitán Jesús
Miyazahua .Álvaro acumularía tal cantidad de pruebas en contra de su defenso que fueron suficiente para su
consignación ante un juez penal).No obstante mi alégalo, Sahagún Baca me dijo muy molesto:—Le suplico don Pepe que
cumpla usted con las ordenes de mi patrón, el general Durazo, y no discuta tonterías con el señor licenciado Aguilar y
Quevedo. Entonces me trasladé con mi personal a una granja deshabitada, ubicada en avenida Morolas No. 15, en el
perímetro de la Delegación de Cuajimalpa donde el capitán Eugenio Barraza me entregó a los detenidos y se retiró del
lugar, no sin antes decirme:—Estos pobres cabrones no son responsables de nada; les dimos una soberana chinga nada
más “de barbas”, pero en fin, a ver si usted les saca algo. Pasé al cuarto donde tenían a los detenidos, y los hallé
esposados, con los ojos vendados; estaban tirados sobre unos trapos sucios en el suelo y su Estado era deplorable: por
debajo de las vendas de los ojos, les escurría pus, porque desde que los detuvieron, y a pesar de haberlos sumergido en
una pileta de agua sucia para que confesaran, no les habían cambiado las vendas en cinco días. Convencido desde el
principio de que estos inocentes trabajadores no tenían nada que ver con el homicidio de don Gilberto Flores Muñoz y
su esposa, ordené a mis hombres que fueran a comprar medicamentos, vendas y comida buena y abundante, ya que
presentaban señales inequívocas de inanición. Una vez curados y alimentados (las curaciones, por razones obvias, se las
hicimos deslumbrándolos con una lámpara eléctrica, para que al quitarles las vendas de los ojos no nos reconocieran),
esperé al día siguiente para entrevistarme con Sahagún Baca y explicarle que los “detenidos” no eran responsables del
asunto. Lleno de furia, me gritó:—Mire don Pepe, a mí me importa una pura chingada si son o no son responsables, lo
que quiero es que me traiga ¡ya! una confesión firmada por esos cabrones. De regreso a la granja, seguí atendiendo a los
“detenidos” junto con mí personal. Al otro día le llamé a Sahagún Baca para decirle que lo quería ver, junto con el
licenciado Aguilar y Quevedo; aceptó, pensando quizá en que ya le tenía las confesiones. En el despacho de Sahagún
Baca encontré al licenciado Aguijar y Quevedo apoltronado en un lujoso, cómodo y mullido sillón; tenía en la diestra una
gran copa generosamente servida de coñac, y en su cara la expresión de superioridad y prepotencia de quien está
apoyado por grandes influencias. Me lanzó una mirada despectiva y me preguntó:—A ver, amiguito, ¿cómo quedamos
con esos homicidas? Yo le conteste:—Mire licenciado, esos infelices no son responsables de ningún homicidio y creo
infantil obligarlos a firmar confesiones falsas que no tendrán ninguna validez cuando ellos estén ante las autoridades
judiciales; yo sólo quiero pedir ordenes para dejarlos en libertad y terminar con esta injusticia. Sahagún Baca me
escuchaba con una expresión demente, acentuada por el alcohol y las drogas que hasta ese momento había consumido;
pero me dijo: —No la chingue don Pepe, que fácil la ve; si los soltamos, imagínese la bronca que van o armar y eso
perjudicará al señor licenciado Aguilar y a su caso. Fue cuando Aguilar y Quevedo lo interrumpió, para dirigirse a mí:—En
mi vida había yo visto tal ineptitud. Ya desgració usted el asunto, y ahora ya no queda más remedio que matar a esos
cabrones para evitar mayores problemas. Entonces, fuera de control ante sus alardes, le conteste: —Está usted pendejo
licenciado; ya se siente usted Dios Padre para resolver sobre la vida y la muerte de la gente, y piensa que yo voy a
cumplir órdenes de esa magnitud, provenientes de un pinche loco como usted. Aguilar y Quevedo, en actitud
amenazante y Lleno de indignación, se dirigió a Sahagún Baca y le indicó:—Quiero ver a Durazo de inmediato para que
quede resuelto este asunto y si él lo puede resolver, que me lo haga saber para ver a López Portillo. Antes de que
salieran, me dijo Sahagún Baca: —espere órdenes aquí, don Pepe. Regresaron como a la media hora. Aguilar y Quevedo
esbozaba una gran sonrisa de triunfo, pero Sahagún Baca se veía serio, aunque sus facciones seguían revelando los
efectos de la droga y el alcohol:—Por orden de mi general Durazo, llévese a esos dos cabrones a la sierra donde colindan
Puebla y Veracruz y truénelos; no les deje ninguna identificación y tírelos en algún lugar despoblado para que cuando los
encuentren ya estén irreconocibles. Sí, las aves de rapiña harían el resto. Iba a negarme, pero inmediatamente me
acordé que de todos modos esos infelices iban a morir; si yo no iba, mandarían a otro. Así que no dije nada. Trasladé
durante la noche a León Sandoval y a Javier Pérez hasta la sierra de Puebla, evitando pasar por casetas de peaje o por
lugares con retenes del ejército, ya que si me hubieran sorprendido con dos individuos atados y vendados de los ojos,
cualquier justificación saldría sobrando. Ya en plena sierra, deje a esos dos infelices separados como 50 kilómetros uno
del otro, pero vivos y próximos a la carretera, con el propósito de que rápidamente fueran encontradas y auxiliadas. Así
ocurrió. De regreso a la capital, le ordenen mí segundo en el mando:—Pancho, tú llegas aparte a la oficina y estás muy
pendiente si Durazo ordena que nos detengan; si esto sucede, vas inmediatamente con los amigos periodistas de la
“fuente” y les platicas los hechos para que se arme la “gran bronca”, Pero antes de que Durazo le diga a Sahagún que
nos mate. Ya en la oficina de Sahagún Baca, al enterarse éste de cómo había resuelto el “caso”, obviamente estuvo a
punto de infartarse. Máxime, cuando le revelé las medidas que había tomado para garantizar la integridad de mis
muchachos y la mía.

A partir de esa fecha me vi sujeto a constantes represalias y presiones; incluso, ya próximos a dejar el poder, Durazo y
sus cómplices me transfirieron a la Brigada de Granaderos, donde debía permanecer todo el día permanentemente
vigilado y sin cumplir ninguna función, no obstante mi grado de teniente coronel en la policía. Espero sinceramente que
tanto León Sandoval Tableros como Javier Pérez Mancera, en compañía de sus apreciables familias, hayan logrado
rehacer sus vidas olvidando las tremendas experiencias que vivieron en ese tiempo; sé bien que sus quejas siempre
encontraron los oídos sordos de las autoridades.
¡Hijo de Tigre, Pintito¡

Me supongo que a estas alturas usted se preguntará quién es el consentido en la familia Durazo; es un troglodita que
cuando yo lo conocí tenía escasos 17 años; se llama Francisco Durazo Garza, pero el Negro y su esposa le dicen
cariñosamente yoyo Voy a relatar algunas de sus “proezas”. Siempre con ojos vidriosos y dilatados por él uso de
enervantes, el Yoyo es un tipo que se la pasa odiando a todo el mundo y haciendo gala de sus grandes influencias, ya
que su mamita Silvia Garza de Durazo se desvivía constantemente por fomentarle su absoluta superioridad sobre los
demás seres humanos —léase nosotros—, es decir, cualquiera que no se apellidara Durazo Garza. Con base en esta
“educación”, el Yoyo se recreaba a costa de los demás, sin que hubiera poder que lo apaciguara. Por lo pronto, se
acompañaba mínimamente de dos patrullas de la DIPD con ocho agentes “escogidos”, o sea, de los más agresivos e
impreparados de la corporación. Su coche debía estar supe reforzado por todas partes, ya que no admitía que nadie se
interpusiera a su paso, pues el que osaba hacerlo se veía necesariamente embestido por ese “tanque de guerra”
disfrazado de automóvil; además, el muchachito se sentía muy bien apoyado por ocho pistoleros armados con metra
lletas de fabricación alemana y con patrullas reforzadas con defensas “tumba burros”, las que en un Momento dado
arlaban el “golpe de gracia” a quien se atreviera a protestar contra las arremetidas de su patroncito, ¿A usted no le tocó
enfrentarse con el energúmeno júnior, por ejemplo en el Anillo Periférico, la vía que usaba diariamente para llegar al
Colegio Irlandés, allá por el rumbo de Tecamachalco? A propósito de! Colegio irlandés, de gran renombre sobre todo
entre nuestros políticos encumbrados, recuerde una anécdota sobre el Yoyo que revela la animalidad de este sujeto, y al
mismo tiempo la sumisión y el oportunismo de quienes, por una u otra razón, se relacionaban con el Negro. Un día de
junio o julio de 1978, me habló el Yoyo a la oficina de Durazo:

—Oye pinche teniente coronel, acabo de desmadrarle el coche a uno de los profesores de mi escuela, Porque el cabrón
reprobó a uno de mis amigos, así es que si se van a quejar con mi papá, no los dejes pasar. ¿Qué había hecho en realidad
el simpático Yoyo? Pues nada, que cuando el profesor aludido abordó su coche particular para salir del colegio, el Yoyo
lo interceptó con sus ayudantes, y tomando una de las metralletas se dedicó a romperle vidrios, cofre, carrocería y
llantas, mientras el profesor permanecía preso de angustia en el interior del vehículo, con los seguros puestos;
terminada su gracia, el Yoyo se fue con sus ayudantes y amigos, jactándose de su proeza. Al día siguiente de los hechos
se presentó en la oficina del Negro Durazo el director del Colegio Irlandés, un cura (precisamente irlandés) acompañado
por el profesor agredido y otros tres curas también irlandeses, con el objeto de presentar su queja. Le comuniqué al
Negro los motivos de la visita, y me dijo:—Mira pinche flaco, llama a Sahagún y trae de la caja verde que tengo en el
armario de mi privado, 500 000 pesos, y luego pásame a esos pendejos. Yo esperaba una auténtica reclamación por la
gravedad de los hechos, pero el director del Colegio Irlandés salió con otra cosa:—Mi general, no sabe la pena que me
da molestarlo con estas “naderías” pero tenemos que preocuparnos por la educación de su hijo “Paquito”, que es tan
brillante.—Mire padre, no hay nada en la vida que no tenga remedio, por lo pronto ya te ordené al coronel Sahagún,
aquí presente, lo compra un automóvil del año, de la marca y del color que escoja el profesor; y para usted, aquí le
tengo un pequeño óbolo de 500 000 pesos para su colegio, a fin de que nos siga favoreciendo al impartir educación a
nuestros hijos, ya que como usted sabe nuestras escuelas mexicanas están muy atrasadas y no hay ni señas de que se
pueda componer. El cura irlandés, el profesor agredido y acompañantes se retiraron del lugar totalmente satisfechos,
máxime que Sahagún Baca, interpretando el sentir de su patrón, ya les había comunicado que en el sótano les estaban
esperando con una televisión a colores de control remoto y unos aparatos de sonido para cada uno de ellos, como
prueba de su afecto. Otra de las proezas del Yoyo ocurrió cuando se encontraba en su casa del kilómetro 23.5 de la
carretera a Cuernavaca, acompañado por sus amigos. Aburrido, sin nada qué hacer, les ordeno a sus “ayudantes” que
detuvieran a los meseros y los Cocineros para inyectarles coca cola en las regiones glúteas, mientras él y sus amigos
esperaban a ver cómo reaccionaba esa pobre gente. De todo esto podría informar más ampliamente un mesero
apodado el “Grande”, quien actualmente es jefe del servicio del comedor del general Ramón Mota Sánchez, actual
director de la DGPT. Para otra de sus diversiones favoritas, el Yoyo y sus amigos mandaban comprar gran cantidad de
huevo, y junto con sus amigos ponía un letrero que decía: péguele al policía. Y después de compartir mariguana, cocaína
y pastillas sicotrópicas rebajadas con Amareto todos se dedicaban a acribillar con huevos al personal uniformado que se
encontraba de guardia en la casa; obviamente, los policías tenían que soportar esta degradación, so pena de ser
sancionados por la señora Durazo si dejaban de complacer a su “bebé”, como ella lo llamaba. Sólo en 1979, el intrépido
Yoyo mató a un ciclista que se “atravesó” en su camino, a una viejecita en un tianguis, a la cual embistió a pesar del gran
número de gente que ahí se encontraba, y a un compañero de escuela cuando se volcó en el Periférico con un automóvil
deportivo en el que corría a más de 250 KPH; por supuesto, estos hechos de sangre no tuvieron mayor trascendencia,
gracias a la intervención de papá Durazo. Cuando regresaba de su escuela, acompañado como siempre de amigos de su
misma calaña, otra de sus “gracias” consistía en ordenar a sus ayudantes que bloquearan con las patrullas a su servicio
la circulación del Anillo Periférico, a la altura del canal 8 de televisión; su único fin al hacer esto era tener completa
libertad para realizar acrobacias en su motocicleta sport y así quedar bien con una modelo que trabajaba en ese canal.
Obviamente, no le importaba la desesperación e impotencia de las personas que a esa hora de intenso tráfico quedaban
varadas hasta que el Yoyo terminaba su espectáculo. Pero nadie se atrevía a proferir ninguna queja, ante la presencia de
ocho gorilas vigilantes armados hasta los dientes. Cierta ocasión en que salía para el puerto de Acapulco, acompañado
de sus amigos, el Yoyo logró suspender un vuelo de Mexicana de Aviación con todos los pasajeros a bordo, porque con
su acostumbrada prepotencia ofendió gravemente a una dama que iba a abordar el mismo avión; sin embargo, resultó
ser la esposa del capitán del vuelo, quien al enterarse de la “gracia” trató de llamar la atención al causante, sin saber de
quién se trataba. Lo único que logró fue una salvaje golpiza que le propinaron los ayudantes del Yoyo, teniendo que ser
atendido en un hospital. Ante tal escándalo, los agentes de la Policía Judicial Federal de Servicios en el Aeropuerto
Internacional detuvieron al agresor y a sus ayudantes, a los que tuvieron que dejar en libertad cuando Durazo tuvo
conocimiento de los hechos. La única reacción de la señora Durazo, al llegar su “bebé” a Casa después del desaguisado,
fue llamarme para decirme:—Mire Pepe, a mi hijo ningún pistolero barbaján e impreparado de los que usted le pone
para cuidarlo va a causarle un trauma ni a frustrarle su viaje; ordénele a ese pendejo de Sahagún Baca que mande por el
Yoyo y alquile un jet ejecutivo para que lo lleven al puerto de Acapulco con sus amiguitos. Por supuesto, así se hizo. Y el
Negro por su parte, para justificarse con los dirigentes del Sindicato de Pilotos de Mexicana de Aviación, los invitó a un
desayuno en el comedor de su despacho y les regaló a todos credenciales de policía y otros presentes. Así quedó
arreglado aquel “pequeño incidente”.

VIII

La Nefasta DIPD de Sahagún

Quiero manifestarles que dentro de mi carrera policiaca varias veces serví en c) entonces Servicio Secreto (transformado
posteriormente en División de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia, DIPD), y siempre me sentí orgulloso
de ello, pues a este cuerpo se le reconocía, incluso a nivel mundial, por su capacidad en la lucha contra la delincuencia
[Link], desde luego, de cuando esta unidad estaba integrada por grandes investigadores como don Rafael
Rocha Cordero, quien a base de méritos propios obtuvo el grado de coronel y actualmente es subdirector de la Policía
Judicial Federal. El, precisamente cuando Durazo llegó a la DGPT, fue presionado en tal forma que hubo de renunciar a la
dirección de la DIPD, pues dada su reconocida integridad optó por no prestarse a los malos manejos que le propuso el
Negro Durazo; ante tal oportunidad, éste lo sustituyó por su “colaborador” y cómplice preferido, el “coronel” Francisco
Sahagún Baca. Volviendo a los grandes investigadores con que en otros tiempos estuvo integrada la recientemente
desaparecida DIPD, podría enumerar a los mayores Roberto Cuevas Aatolín, Rosendo Páramo Aguilar, —uno de los
mejores investigadores de homicidios—; los hermanos Islas Rueda, Facundo Godínez; Fidel Malpica Urite —uno de los
más capaces investigadores para la localización de vehículos robadas, reconocido en toda la República, aunque
lamentablemente continúa desaprovechado hasta la fecha, y quien también prefirió solicitar su bala de la DGPT antes de
aceptar ser “protector de robacoches, según se lo propuso Sahagún Baca—; Silvio Brusolo —viejo conocedor del
hampa—; el mayor Jorge Udave —todo un caballero y magnífico detective—; y tantos más que de momento no vienen a
mi memoria, pero todos ellos verdaderos policías de carrera que tendrán siempre mi reconocimiento y respeto. Sé que
fueron marginados por Durazo a pesar de su gran trayectoria policiaca, porque él estaba consciente de que con ellos no
lograría sus nefastos propósitos: seguir controlando el tráfico de drogas en el país, el contrabando a gran escala de
productos extranjeros y la realización de todo tipo de actividades delictivas. Una vez que Durazo y Sahagún lograron
nulificar a este personal, colocaron en sus puestos a los siguientes hampones, todos ellos amplia y tristemente
reconocidos a lo largo de nuestro territorio:

Carlos Bosque Zarazúa, nombrado “mayor” y jefe de la Brigada Especial que se componía de 16 grupos de 25 agentes, es
decir, un grupo por cada delegación del DF; su consigna principal consistía en controlar el tráfico de todo tipo de
estupefacientes en la metrópoli.

Carlos Arturo Cisneros Schafer, especialista en efectuar secuestros y extorsionar a personas pudientes, principalmente
de origen árabe y judío; también lo utilizaron para fabricar supuestos fraudes en contra de connotados industriales y
comerciantes, con lo que generaba enormes ganancias para sus patrones.

Adrián Carrera Sánchez, uno de los más funestos colaboradores de Sahagún, quien, entre otras concesiones, tenía la de
controlar aproximadamente a 3 000 doctores y parteras dedicados a practicar legrados (muchos de los cuales causaron
la muerte a sus clientas, quedando impunes estos homicidios); ellos debían entregar 150 000 pesos mensuales para
poder “trabajar” con toda impunidad. Como dato curioso, sólo por este concepto el dúo Durazo Sahagún recibía 450
millones de pesos cada mes.

Cabe hacer notar que el personal comisionado al “Plan Tépito” sólo permanecía un máximo de tres o cuatro meses en su
cargo pues en ese corto tiempo amasaba una gran fortuna y había que seguir “premiando” otros de los que hubiesen
hecho suficientes “méritos” con Durazo o con Sahagún.

Roberto Reta Ochoa; jefe de una Brigada Blanca “particular” de Durazo y que “trabajaba” con toda impunidad a lo largo
de todo nuestro territorio, cometiendo un sinfín de extorsiones y arbitrariedades bajo el pretexto de perseguir a
guerrilleros, aunque la verdad es que para tal fecha éstos ya no existían en el país; para su operaciones contaba con la
complacencia de las autoridades federales, las que nada podían hacer ante el poder omnipotente que López Portillo
había otorgado al Negro Durazo. Reta Ochoa fue muerto junto con los agentes Valentín Rigoberto Martínez Cuevas y
Gregorio Galván Dorantes, al cometer una de sus tantas fechorías en la ciudad de Abaxolo, Guanajuato; en ese mismo
enfrentamiento, Francisco Candiam) Zamora resultó gravemente herido (no recuerde si posteriormente murió). A todos
ellos los enterró Durazo con todos los honores en la ciudad de México, como si hubieran caído en actos heroicos de
servicio.

Manuel Cavazos Juárez; era el jefe del grupo “Zona Rosa”, cuya misión principal era controlar la prostitución y la venta
de todo tipo de estupefacientes en esa área desde luego, extorsionar a propietarios de restaurantes, bares y cabarets
del lugar.

Hubo muchos más, miles de hampones con negros antecedentes, quienes únicamente se dedicaron a atracar a la
ciudadanía vejándola y extorsionándola con mayor crueldad cuando no tenía posibilidad alguna de defenderse (pienso
en obreros y trabajadores modestos, así como en gente del campo que tenía la desgracia de llegar a la capital).

“Eres Buen Ratero, Pero.”

Todos los jefes de Brigada de la DIPD tenían que ceder la mitad de sus ganancias a Sahagún Baca; pero además, para
“gastos del patrón” debían entregar 100 000 pesos quincenales. En un principio eran nueve brigadas normales con
cuatro grupos cada una, sin contar la “especial” de las Delegaciones, que debía entregar 400 000 pesos diarios, más
“Plan Tépito” y “Zona Rosa”; asimismo, la Brigada de Guardia debía entregar para gastos de cocina, bar y “varios” de la
parejita Durazo Sahagún, la cantidad de 50 000 pesos diarios; todo lo cual hacía. Un total de cuatro millones 500 mil
pesos mensuales, independientemente de lo recaudado en los “grandes golpes”, que pertenecía íntegramente al Negro.
Si algo hay que reconocerle a Durazo es su talento especial para hacerse de dinero, a costa de lo, que fuera; un ejemplo
de ello lo constituye este cambio de impresiones que tuvo con Sahagún Baca a propósito de las Brigadas: —Pinche
Pancho, eres buen ratero pero no buen administrador, ¿No se te ha ocurrido que si con nueve brigadas y otra de
Delegaciones recaudan cuatro millones quinientos mil pesos mensuales, por qué no hacer 18 Brigadas y una más de
Delegaciones? Las formas con sólo dos grupos cada una, en lugar de cuatro, y la de Delegaciones con dos Brigadas de
ocho grupos; así, además de doblar las entradas, recaudarás una cantidad extra por ascender a 10 elementos a jefes de
Brigada. Este ascenso, por cierto, costaba un millón de pesos. Por eso, ni tardo ni perezoso, Sahagún Baca reconoció su
falta de tacto: —Patrón, de veras que soy pendejo. ¿Qué haría yo sin sus consejos? Por eso lo respeto y lo quiero más
que a mi propio padre. Sería bueno añadir que esta confesión, en la que hasta su padre salía involucrado, se la hacía
Sahagún Baca a todo el que lo quisiera oír. Y bien, al día siguiente de este ilustrativo diálogo se aumentó el número de
las Brigadas de la DIPD y se “ascendió” a los elementos más capaces$$$, con lo que se duplicaron las ganancias. Sin
embargo, la desmedida ambición del Negro y Sahagún Baca fue la causa de que murieran varios agentes y jefes de la
DIPD; ya cité el caso de Reta, y ahora describiré otros que viví de cerca.
Una emboscada en Guerrero

El tres de octubre de 1979, los diarios informaban de la muerte de cuatro agentes de la DIPD a manos de traficantes de
drogas en la sierra de Guerrero; se trataba de Juan Ayala Ángeles, Miguel Rodríguez Rodríguez, Carlos Órnelas Rivas y
José Luis Rodríguez Ángeles. Con el fin de localizar y rescatar los cuerpos de dichos elementos, fui enviado a la sierra
junto con el teniente coronel Reynaldo López Malváez, entonces subdirector de la DIPD, más un grupo de
aproximadamente 30 agentes, todos voluntarios, dado el riesgo que implicaba una misión de este tipo. Según los
antecedentes del caso, resulta que los agentes habían conocido en la ciudad de México a dos mujeres de la vida galante
que “adoptaron” como amantes. Ellas eran oriundas del Estado de Guerrero y conocían a la querida de un tal Zenón “N”,
quien junto con su gavilla traficaba con drogas en la sierra del Estado. Las mujeres les propusieron a los agentes
trasladarse hasta Chilpancingo para detener a la amiga de Zenón, pues sabían que por ser también intermediaria en el
tráfico de enervantes, siempre tenía en su domicilio grandes cantidades de dinero y “mercancía”. Con estos datos, los
agentes pidieron a su jefe inmediato, el “mayor” Adrián Carrera Sánchez, autorización para actuar, y éste a su vez
consiguió el permiso de Sahagún Baca, quien ordeno que en los informes oficiales se mencionara que el personal iba a
Chilpancingo para recuperar automóviles robados. De ese modo se disfrazaba la verdadera finalidad (de la misión:
descubrir traficantes que no tenían localizados y apoderarse de su “mercancía”. Una vez en Chilpancingo los agentes
decidieron proteger a las mujeres que los acompañaban haciéndolas aparecer como detenidas, y sin pedir apoyo a la
Policía Judicial del Estado arrestaron inmediatamente a la amante de Zenón “N” en su propio domicilio: la mujer les
propuso la entrega de un millón de pesos y un kilogramo de heroína que era todo lo que tenía, para que la soltaran. Ellos
aceptaron. Se comunicaron con Adrián Carrera para saber si Sahagún Baca estaba de acuerdo con su regreso; pero éste
con su insaciable sed de “ganancia”, ordeno que los agentes y las detenidas fueran a la sierra por Zenón “N”, ya que ahí,
seguramente, el botín sería mucho más sustancioso.

Así, en un acto de absoluta irresponsabilidad, los cuatro agentes y las mujeres se internaron en lo más abrupto de la
sierra guerrerense, a donde sólo se llega después de 12 horas de camino: siete de ellas atravesando brechas en vehículo,
y cinco más a pie o a caballo. Iban prácticamente inermes, pues sólo llevaban sus pistolas con una carga de cartuchos
(armas inútiles en esos lugares) y una carabina 30M-1 con sólo 15 proyectiles. En ese tiempo, ni siquiera el Ejército
disponía de vigilancia en aquella zona, pues se concretaba a poner retenes en algunos accesos al área ir hasta eso, muy
retirados del lugar de los hechos. Obviamente, cuando los agentes llegaron a la parte controlada por el tal Zenón “N” (su
gavilla, según nos informamos, rebasaba los 30 individuos), fueron salvajemente masacrados. Nosotros al rescatar sus
cuerpos, apreciamos que el menos sacrificado tenía alrededor de 30 balazos de varios calibres. Además, antes de
asesinarlos los habían obligado a cavar su propia tumba: poro logramos encontrar los cadáveres gracias a que los
traficantes dejaron con vida a las mujeres pensando que los agentes las llevaban detenidas. De no ser por ellas, nunca se
hubiera sabido el fin de esos pobres infelices. Pero estos crímenes, como tantos otros, sólo pueden deberse a la
enfermiza ambición de Durazo y Sahagún Baca.

A la Caza de un “arsenal”

Un caso similar ocurrió en 1979, en un edificio de la avenida Chapultepec 596, esquina con Agustín Melgar, frente al
Bosque de Chapultepec. Ahí, según informes “fidedignos”, el “mayor” Bosque Zarazúa había localizado un arsenal
perteneciente a algún grupo subversivo. Sahagún Baca ordeno entonces, sin previa investigación, que se allanara el
domicilio. Para ello, se comisionó al comandante José de Jesús Cruz Mares y a tres de sus agentes, quienes al tratar de
entrar por la fuerza fueron recibidos a tiros, muriendo instantáneamente los cuatro. La triste realidad de los hechos la
conocí porque esa misma madrugada Sahagún Baca me Llamo de urgencia, pues me encontraba de guardia:—Don Pepe,
nos acaban de matar a Mares y a tres de sus agentes; acompáñeme al lugar porque creo que nos metimos en un
broncón de la rechingada. Al llegar al edificio encontramos en las escaleras, casi frente a la puerta de uno de los
departamentos, a los compañeros muertos. De pronto, me di cuenta que en el interior había un individuo y le disparé de
inmediato, hiriéndolo en un brazo; cayó desmayado sobre una mesa de vidrio, momento que aprovechó Bosque Zarazúa
para entrar al departamento y dispararle, al hombre caído y desarmado, hasta en dos ocasiones, sin que por fortuna
lograra matarlo (qué valiente y buen tirador el “mayor” Bosque, ¿verdad?); fue entonces cuando escuché los lamentos y
los gritos de una mujer y dos jóvenes que decían:— ¡Asesinos!, ¿por qué quieren matar a mi papa? Me volví
inmediatamente al herido, quien continuaba desmayado, y me Lleve una terrible sorpresa: era un conocido amigo mío,
Gustavo Olguín, gran deportista y en ese entonces colaborador de Alicia y Margarita López Portillo. Me di cuenta,
además, que no existía tal acopio de armas y explosivos como había informado Bosque Zarazúa, sino una caja con dos o
tres pistolas deportivas, todo lo cual contaba con la respectiva promoción de la Secretaria de la Defensa, ya que Olguín
practicaba el tiro y, para desgracia del comandante Mares y sus hombres, había demostrado ser buen tirador. La triste
verdad fue que Gustavo Olguín, al sentir con toda razón que su hogar era arbitrariamente allanado, trató de defender la
integridad de su familia, usando sus armas contra los sujetos que ya habían logrado destrozar la puerta, sin identificarse
en ningún momento como policías, Le di un informe de lo ocurrido a Sahagún Baca, quien había permanecido mientras
tanto a prudente distancia, dentro de su vehículo.— ¿Está usted seguro de lo que me está diciendo, don Pepe? Porque si
es así, mejor de una vez lo rematamos y nos quitamos de pendejadas, pues esto va a traer graves consecuencias.— ¡No
la chingue, mi coronel! Le respondí molesto—, Tendríamos que matar a toda la familia. ¿Y qué justificación podría haber
para tal masacre? Sin más remedio, le llamó a su “patrón” Durazo para comunicarle lo sucedido, y el Negro ordeno que
nos lleváramos a Gustavo Olguín y a toda su familia al “corralón” de Tlaxcoaque, donde hay un puesto de socorro.
Mientras tanto, él se comunicaba a Los Pinos con Margarita López Portillo. Cuando Gustavo Olguín era atendido, Durazo
se presentó nada menos que con Doña Margarita. Luego de una breve conferencia entre ellos, Sahagún Baca me llamó:
—Mire don Pepe, esto hay que tratarlo con discreción. No lleve a ningún agente; sólo el “coronel” .Mantecón, usted y yo
vamos a llevar a este cabrón al hospital “Santa Elena” para quesea atendido. Pasadas las cinco de la madrugada, Olguín
fue intervenido y colocado en un cubículo de terapia intensiva, Sahagún Baca decidió retirarse:—Ahí” lo dejo, don Pepe;
lo hago responsable de que este pincho homicida permanezca aquí, hasta que el señor Presidente ordene lo que
debemos hacer. Al rato le mando refuerzos. Sí, llegaron los refuerzos, pero hasta el otro día. Mientras tanto, pasé
verdaderos momentos de angustia, porque la esposa y los hijos de Gustavo me estuvieron insultando todo el tiempo;
además, con toda razón. Pero él nunca me reconoció, afortunadamente, por el Estado tan penoso en que se encontraba.
Incluso, en un momento dado se presentaron miembros del Estado Mayor Presidencial diciendo que por ordenes de
Alicia López Portillo se llevarían al lesionado; pero yo lo impedí, excediéndome en el cumplimiento de las órdenes
recibidas, pues como vi que eran demasiados, le apunté al herido con mi pistola y le dije a quien estaba al mando:—Mire
oficial, usted como militar está acostumbrado a cumplir órdenes; por eso, usted comprenderá que yo también como
policía sé cumplirlas. En este caso hay cuatro muertos, y se me ordeno que el herido permanezca aquí hasta que mis
superiores no decidan lo contrario. Pero si usted quiere hacerlo de otro modo, aquí nos lleva la chingada a todos, y el
primero que se va a morir es este cabrón (perdón, Gustavo Olguín).No es difícil imaginar los improperios que recibí en
ese momento por parte de la esposa y los hijos de Olguín, quienes además suplicaban a los elementos del Estado Mayor
Presidencial: — ¡Rescátenlo de manos de ese asesino, por favor! Afortunadamente, hizo su aparición el secretario
particular de Alicia López Portillo, Carlos García Sancho, quien me reconoció al instante y ordeno: —Señores, el teniente
coronel José González sólo está cumpliendo órdenes, aquí no va a pasar nada hasta que no recibamos instrucciones
superiores; luego se volvió a mí y me dijo: —No te preocupes mi Pepe, aquí no va a pasar nada, cumple con tu deber. Le
agradecí su intervención y esperé hasta que fui relevado, cosa que sucedió mucho tiempo después, cuando llegó Bosque
Zarazúa con 20 agentes; vi que tomaba por asalto el hospital, como era su costumbre, y sólo me concreté a mentarle la
madre, y me retiré del lugar. ¿Qué pasó después? Yo me pregunto lo mismo, pues me enteré que Gustavo Olguín había
quedado libre, con toda justicia. Los muertos fueron debidamente enterrados y todos contentos, con Sahagún Baca y
Bosque Zarazúa “trabajando” en bien de la ciudadanía. Sólo espero que sí Gustavo Olguín llega a leer estas líneas, me
disculpe y trate de comprender, aunque seguramente le será muy difícil, mi participación en este vergonzoso caso.

El Caso Sulaimán

Seguramente usted recordará que el mes de agosto de 1982 los medios de comunicación conmovieron a la opinión
pública, porque el Negro Durazo y Francisco Sahagún Baca dieron a conocer la captura de un gran “saqueador” de
nuestras riquezas arqueológicas, al que presentaron con lujo de prepotencia y heroísmo; se trataba del licenciado José
Sulaimán, presidente del Consejo Mundial de Boxeo (CMB). A propósito de éste tan sonado caso, me voy a permitir
exponer la triste realidad de lo ocurrido, haciendo la observación de que todo se debió a la inestabilidad mental del
Negro Durazo y Sahagún Baca, acrecentada por los excesos en la combinación de droga y alcohol, misma que les hizo
arruinar al licenciado Ferrer Mac Gregor y casi acabar con deshonestos trabajadores León Sandoval Tableros y Javier
Pérez Mancera. Sahagún Baca estaba, por esas fechas, en una de sus clásicas y continuas reuniones en su privado,
acompañado por gente del medio artístico y señoras de la vida galante, ingiriendo grandes cantidades de alcohol
acompañadas con inhalaciones de cocaína y cigarros de viceroy; de pronto me mandó llamar y me dijo: —Mire don
Pepe, por unanimidad mis invitados y yo pensamos que ese tal Sulaimán es un pinche payaso, así que lo vamos a poner
en orden organizándole un gran pedo. Ahorita me están informando que en su domicilio particular tiene una gran
colección de piezas arqueológicas, y con ese pretexto hay que detenerlo, para acusarlo de robo a la Nación y lo que
resulte. Quiero bajarle los humos. Traté de explicarle que en esas condiciones nosotros no podíamos intervenir
legalmente, ya que era un asunto de carácter federal; además, le dije que según mi opinión no existía delito; si el señor
Sulaimán tenía las piezas como coleccionista, y no había antecedentes de que intentara sacarlas del país o venderlas, en
caso de que no las tuviera registradas ante las autoridades correspondientes, sólo incurría a lo máximo en una omisión.
No en un delito. En ese momento se presentó a la “fiesta” el Negro Durazo quien al oír parte de mi perorata, preguntó:
— ¿Qué tanto niega este pendejo, Pancho? Sahagún Baca le explicó a grandes rasgos en qué consistía el asunto, y el
Negro se volvió furioso hacia mí:-Sácate de aquí, pendejo, las leyes las hago yo; y para mañana tengo en los separos a
ese cabrón. Efectivamente así ocurrió, para satisfacción de las amistades de Sahagún Baca. Por fortuna, y no obstante el
giro sensacionalista que Durazo quiso darle al asunto, el señor José Sulaimán logró demostrar su inocencia ante las
autoridades competentes, reivindicándose ante una acusación inventada. Pero cabe preguntar, ¿cuántos otros no
pudieron ponerse a salvo de las “ocurrencias” del Negro y sus secuaces? ¿Cuántos siguen todavía encerrados, pagando
condenas por no haberse ajustado a las pretensiones de Durazo y compañía?

El Caso de los Muertos del rio Tula

A principios de julio de 1982, el reportero Ignacio Ramírez del semanario Proceso tuvo una entrevista con Durazo en el
despacho de éste; le preguntó sobre la muerte violenta de 14 individuos, al parecer sudamericanos ilegales en el país,
cuya actividad era la de “asaltabancos”, asunto en el que la opinión pública lo involucraba. Estas fueron las respuestas
de Durazo: —Es un “boleto” que no me competía ni me compete a mí. Todas las policías estamos trabajando en eso.
—Dice usted que sigue la investigación del caso Tula. —Eso sigue y tiene que salir. No puede quedar pendiente.
Sabemos cómo anda la cosa más o menos. — ¿Cómo anda la cosa?—La conclusión es ésta: fue un broncón entre gente
subversiva, como un reto entre sí, además por la manera asquerosa como los aventaron al río. A este respecto, me
permito exponer la realidad de los lechos según yo la viví: Era conocido de todas las corporaciones policiacas el lecho de
que Sahagún Baca, con autorización de Durazo, protegía junto con sus hombres de confianza (Carlos Bosque, Carlos
Arturo Cisneros, Adrian Carrera y otros) a delincuentes sudamericanos que ingresaban al país en forma ilegal; éstos
carecían de antecedentes en los cuerpos policiacos y eso les permitía operar con mayor seguridad. Contando con la
protección de Sahagún Baca, dichos maleantes formaron bandas para efectuar robos a gran escala en la industria, casas
habitación, y principalmente en instituciones bancarias, siendo la banda de los “muertos del río Tula” la más activa de
esos grupos; se calcula que sólo de los asaltos bancarios que llevaron a cabo durante los últimos meses de su actividad
delictiva lograron un botín superior a los 180 millones de pesos. Como ya estaba próximo el cambio de administración
en el gobierno, Durazo y Sahagún Baca, acostumbrados ya a su prepotencia con impunidad absolutas, gracias al
inexplicable apoyo que les daba López Portillo, acordaron primero “calentar” a los delincuentes y quitarles el botín; esto
último obviamente deben haberlo logrado, sólo que también decidieron eliminarlos. Sabían que ninguno de ellos tenía
antecedentes en el país y nadie los reclamaría. Además, al “borrarlos del mapa” no correrían el riesgo de que
posteriormente fueran detenidos por otras policías y confesaran sus nexos con la DIPD. Al principio todo les salió bien,
pero no contaron con el detalle de que entre los 14 “muertitos” estaba incluido un taxista mexicano, Armando Magallón
Pérez, quien participaba en los lechos delictuosos de los sudamericanos, dado que conocía perfectamente la ciudad;
este hombre fue identificado por su señora madre y un hermano, quienes manifestaron que la última vez lo habían visto
acompañado de un “grupo de turistas colombianos”. Pero la mamá y el hermano también dijeron que varias veces
Armando Magallón había sido detenido por agentes que decían pertenecer a la DIPD, aunque siempre lo dejaban en
libertad sin mayores problemas. Pero al correrse el rumor en la prensa de que el crimen había sido cometido por
policías, la madre de Armando Magallón se presentó en la Oficina de Inspección General de la DIPD, de la cual yo era
subjefe en ese momento, solicitando acceso a los ficheros de los agentes para ver si reconocía a los que con frecuencia
detenían a su hijo. Durante la revisión de las fotografías noté que la señora se ponía muy nerviosa, y al rato me
dijo:—Aquí hay tres que se parecen mucho a los que iban por Armando. Como en ese momento había en la oficina
personal incondicional de Sahagún Baca, pensando un el riesgo que corría la señora le dije que se fuera de allí
rápidamente y levantara un acta:—De preferencia recurra a la policía federal de seguridad para que la proteja, pues se
encuentra usted en peligro de que la maten si éstos se dan cuenta de que ha identificado a personal de la corporación.

Y no la volví a ver.

En este caso no me quedó duda, porque vi los cadáveres de los delincuentes y tenían señales inequívocas de haber sido
torturados con procedimientos policiacos; asimismo, tenían las marcas de las vendas que les habían colocado en los ojos
y en las manos para amarrarlos, así como los certeros disparos que les hicieron para matarlos. Sin embargo, y de seguro
por consignas autorizadas, ninguna corporación policiaca investigó el asunto.

Nerón Tocaba su Guitarra

Mientras en las calles de la ciudad de México, y en algunos casos en el interior de la República, morían agentes
policiacos y civiles inocentes en actos fuera de la ley; mientras la ciudadanía sufría constantes y arteras agresiones
personajes y a sus bienes, sin que hubiera término a extorsiones y vejaciones constantes por parte del personal de la
DGPT, Sahagún Baca se preocupaba por debutar como “compositor” en el festival OTI, versión [Link] lira, pero sí con
guitarra, se dio cuenta de que su privado era insuficiente para recibir a la pléyade de cantantes y compositores que se
afanaba en asesorarlo; así que mandó construir un lujoso restaurante bar al que denominó “El Perro Negro” (en honor
de la colina que ustedes saben), ubicado en la colonia Postal. El chistecito le costó más de 25 millones de pesos, y el día
de la inauguración pasó ahí revista casi la totalidad de los artistas y luminarias del cine nacional, entre los que estaban
Mario Moreno “Cantinflas” y Marta Félix. Obviamente, todos estos aparatosos preparativos contaban con el aplauso del
Negro Durazo, quien no vacilaba en decirle a López Portillo y a otras amistades:

—Vieran qué inspirado es este cabrón Pancho; va a ser el primer policía que triunfe en el festival OTI. Lo que pasaba en
realidad, es que los cantantes y compositores que lo “asesoraban” capitalizaban esta faceta de Sahagún Baca porque así
tenían garantizado el abasto de cocaína y marihuana, sin contar las grandes sumas de dinero que les podían caer y la
impunidad; pues eran generosamente dotados de credenciales de la policía, con grados de capitán para arriba. Pero a
fuerza de ser sinceros, las reuniones causaban tristeza, ya que tanto Sahagún Baca como sus invitados participaban en
ellas completamente drogados y alcoholizados. Así permanecían hasta 48 y 72 horas continuas, garabateando ridículas
letras para canciones que todos festejaban jubilosamente, creyendo verlas convertidas en grandes éxitos; pero como
después de estas orgías ninguno de los asistentes se volvía a acordar de las grandes “composiciones”, había que repetir
la fiesta para nuevamente conseguir “inspiración”. No obstante, Sahagún Baca vio coronados sus esfuerzos, pues entre
varios cantantes, entre ellos Pepe Jara, le hicieron creer en sus grandes dotes de “compositor”. Fue el propio Pepe Jara
quien, apoyado por una gran publicidad, defendió la “canción” en el Festival OTI de 1982; para desgracia de Sahagún
Baca y seguidores, y a pesar de los gastos e influencias puestos en juego, la “canción cita” no logró calificar. ¡Cuánta
podredumbre y prepotencia! ¡Y todo, con el beneplácito de José López, Portillo!
“Contacto” en la DIPD

Ya hice referencia a la forma en que Durazo y Sahagún Baca implantaron como obligación de los agentes de la DIPD el
consumo de cocaína que, por supuesto, ellos les vendían. El medio que usaron para establecer este otro sistema de
explotación fueron los jefes de Brigada, quienes “voluntariamente” tenían que adquirir la droga para poner el ejemplo
entre sus subordinados.

Recordemos que en ese tiempo la cocaína pura costaba, a precio de distribuidor, 80 y 90 000 pesos la onza. Así que,
como ya dijimos, cada uno de los 11 o 12 jefes “elegidos” teníamos que entregar una “cooperación” personal de 50 o 60
000 pesos semanales. Como dato curioso, sería bueno aclarar que esta pequeña venta dejaba ganancias por más de tres
millones de pesos; es decir, sólo a nivel de jefes. Así pues, para recuperar desahogadamente la inversión, Sahagún Baca
ordenaba que la droga se distribuyera entre el personal de agentes, obviamente “rebajada” (recuérdese que la coca
pura soporta hasta cuatro “cortes” sin perder totalmente su efectividad), a fin de permitir que los jefes de Brigada y
comandantes obtuvieran sus ganancias. De esa manera la inversión se cuadruplicaba. Por todo esto, había pequeños
laboratorios en casi todas las oficinas de jefes y comandantes; así podían comprobar la pureza de la droga y adulterarla
sin que perdiera su “poder”. Una vez adulterada, la cocaína era vendida entre todo el personal, lo que ocasionó que en
poco tiempo la mayoría de los agentes se hicieran adictos; tanto así, que le rogaban a sus jefes les proporcionaran más
droga cuando se les terminaba, sin importarles lo que hubiera que pagar Atento a esto, Sahagún Baca creaba en
determinados momentos, una escasez ficticia. Y cuando la “mercancía” llegaba nuevamente al “Mercado”, se vendía en
mayor cantidad y a mayor precio.

La ley de la oferta y la demanda, ¿o no?

Un excelente complemento de la cocaína, lo constituyen las bebidas alcohólicas (coñac o brandy, de preferencia), pues si
se inhala sola provoca tremendas resequedades en la garganta, la lengua y la boca, sin que el agua o ningún otro líquido
semejante las pueda aliviar. Está acostumbrada combinación les dará la respuesta cuando ustedes se pregunten el por
qué de tantos abusos y desmanes por parte de los elementos de la DIPD en el “cumplimiento de su deber”.

Lo que saque la mano

Otra de las cosas que no se le puede negar a Durazo es su sentido (involuntario) del humor ni sus afortunados y
oportunos —aunque crueles— “puntachos”. Un día, allá por 1978, el Negro llegaba a la DGPT, cuando se dio cuenta que
Sahagún Baca lo estaba esperando, como siempre, en el estacionamiento del sótano; le abrió solícito la portezuela y le
comentó, con cara de niño contento:—Patrón, le tengo una gran sorpresa. Evitamos el robo de una camioneta de
“Cometra”, pero aunque los presuntos responsables se nos dieron a la fuga, logramos recuperar dentro de uno de los
automóviles que se usaron para el atraco, sobres con sueldos de los empleados del DDF. —Eres cabrón, pinche Pancho
—le contestó el Negro.

Y luego de “felicitarlo” de este modo, me ordeno que llevara las tres bolsas de sobres a su privado. Después de
desayunar, en su comedor de la DGPT, fue a ver las bolsas y empezó a revisar el contenido; entonces, esbozando una
maquiavélica sonrisa, me preguntó: — ¿Cómo andas de “lana”, pinche flaco? Porque te veo medio jodido; tírale un
manotazo a las bolsas y lo que saque la mano, nada más, eso es para ti. Únicamente que cuando saques el dinero de los
sobres, rompe los recibos, no vayan a aparecer luego por ahí y nos metan al bote. Con una de sus grandes risotadas
festejó la última frase. Desde entonces, hasta que se agotó el contenido de los sacos, lo cual sumaba varios millones de
pesos, el Negro encontró la diversión ideal para recrearse con todas las “damas” que pasaban a su privado, pues al grito
de “órale vieja, lo que saque la manita es para ti”, gozaba ampliamente al verlas abalanzarse sobre el dinero. Eso sí,
estaba pendiente de lo que pudiera venir: —Oye flaco, que no se vayan a llevar ningún recibo estas pinches viejas.
¿Cómo la ven desde ahí, mis queridos y nunca bien ponderados burócratas?
IX

Así dan Ganas de ser Financiero

al ponerme a analizar y calcular las “entradas” que logró Durazo, con la complacencia de José López Portillo, no pude
más que dar cauce a mis complejos de financiero, por lo que me permití reunir las siguientes cifras, para cuyo total no
encontró espacio en mi pequeña sumadora:

Área Venustiano Carranza Mensual

Aquí se incluye la zona de “La Merced”, obviamente antes de ser trasladadas sus bodegas a la Central de Abastos;
redituaban un millón de pesos diarios, ti decir, una cantidad mensual de: $ 30 000 000

los Siete “corralones”, llenos a su máxima capacidad por decreto del Negro: 150 000 pesos por cada uno; por todos, un
millón 50 mil pesos. Y mensuales: $ 31 500 000

Dirección de Autotransportes y estacionamientos

Ahí Infraccionaba, calificaba y cobraba, sin dar la participación correspondiente a la Tesorería del Distrito Federal;
además se concedían permisos a taxis tolerados y placas para taxi y permisos especiales de carga. Hay que contar
ademas, los 1000 pesos que cada uno de los 100 000 inspectores “aportaba” diariamente para salir a “trabajar”, todo lo
cual daba ganancias mensuales por: $ 30 000 000

Policía Bancaria e Industrial

Entregaba 100 centenarios mensuales (cuyo valor es de 50 000 pesos cada uno) que hacen un total de: $ 5 000 000

Policía auxiliar

Entregaba 200 centenarios mensuales; Total en 30 días: $ 10 000 000

Dirección de Servicios al Público

Estas oficinas realizaban, entre otras operaciones: control de vehículos, licencias para manejar, inspección de
vehículos, antecedentes penales y otras, que dejaban ganancias mensuales por: $ 50 000 000

Policía uniformada

Quince áreas, una por cada Delegación Política de la policía uniformada, cada una de las cuales generaba un promedio
mensual de: $ 15 000 000

Placas

Dos temporadas de cambio de placas le redituaban mil 600 millones de pesos cada una: $ 3 200 000 000

Colegio de Policía

Esta Institución educativa tenía que Entregarle: $ 1 000 000

Oficina Técnica de Seguridad Urbana

Un total de: $ 6 000 000

Brigada de Grúas y Mini grúas


Algo así como: $ 10 000 000

Brigada Mixta Vial

Aproximadamente: $4 000 000

Control de Contaminación Ambiental y Centros de medición y Diagnóstico

Un total de: $ 8 000 000

Oficina de Personal, Altas y Ascensos

Un total de: $ 1 000 000

Sueldos

Dos mil sobres de sueldos pendientes Baja: $40 000 000

Vales de gasolina

Rebajas de cinco litros por vales de gasolina u cada una de las unidades al servicio de In DGPT, Contando a 12 pesos el
litro: $6 840 000

TOTAL MENSUAL $ 726 340 000

Si este total mensual lo traducimos en letras, quiere decir: setecientos veintiséis millones, tres cientos cuarenta mi!
pesos; mismos que al año se convertían en; $ 8 716 080 000. Leyó usted bien: ocho mil setecientos dieciséis millones,
ochenta mil pesos. Y si a esta cantidad la multiplicamos por cinco años, considerando que el primero fue de ajustes y
control en la DGPT, sabremos que el Ne gro se embolsó algo así como: 46 mil 780 millones 400 mil pesos. Bonita
cantidad que me permito poner con letra, una vez más, para que no se le olvide: cuarenta y seis mil setecientos ochenta
millones, cuatrocientos mil (ahora muy devaluados) pesos, Aún falta agregar los “ganancias” de la DIPD, para cuyo
cálculo me declaro incompetente, pues como ustedes recordarán, sólo por el control de médicos clandestinos se
recogían 450 000 000 (cuatrocientos cincuenta millones) de pesos mensuales; por “colaboraciones” de los jefes de
Brigada para gastos de los “patrones”, 9 000 000 (nueve millones) de pesos mensuales; imagínese las cantidades que
dejaba el control de tráfico de drogas, el contrabando, la “protección” de asaltabancos, etcétera. Pero hay más todavía:
falta calcular el monto de casi la totalidad del presupuesto asignado a la DGPT, y que manejó Durazo a su antojo sin
adquirir más que una mínima parte de los artículos necesarios para el servicio, como son llantas, refacciones, uniformes,
zapatos, placas, credenciales, pintura, etcétera; pues como quedó establecido, estos gastos siempre corrieron por
cuenta del personal. Y como mencionaba antes, con una frase que le robé a un hombre de toda mi estimación y respeto:
¡qué chulada de país tenemos! ¿O no, mis queridos conciudadanos? Sigo sin entender cómo con estos grandes
financieros en el gobierno, tenemos una deuda externa tan grande, pues en última instancia uno solo de ellos casi
podría cubrirla sin quedarse pobre.

Como Dice el Cuento: “Aquí la va a Pagar el más Pendejo”

“¿Y yo por qué?”, pregunta la mayor parte de los policías que tiene de 15 a 25 o más años de servicio, ya que al cambio
de gobierno, el objetivo principal fue: “¡Chinguen a los cuerpos de seguridad!” ¿Por qué no a Durazo y su gavilla o a
López Portillo y su camarilla? o los que la deban, en última instancia. Pero no: hay que perjudicar a todos los policías,
cuya inmensa mayoría siempre ha tenido que “bailar al son que le tocan”, so pena de ser agredida. Con esa consigna
llegaron los militares nuevamente a la policía, buscando rescatar el baluarte que perdieron con Durazo y tratando de
desquitarse de las ofensas que les hizo durante su gestión (las cuales, por cierto no reclamaron en su momento); ahora
buscan desquite con los policías de carrera que no teníamos ninguna culpa en el asunto. Bajo esta tónica, el personal de
policía con antigüedad y capacidad, sin calificar o evaluar su experiencia o méritos acumulados durante su carrera, fue
inmediatamente retirado del servicio en la vía pública y recluido en las distintas oficinas de la DGPT. Incluso, a todo el
personal le cambiaron los grados (para diferenciarlos con los del Ejército), pues los militares siguen ofendidos por el uso
que les dio Durazo con la complacencia de López Portillo; pero cuando al Negro lo convirtieron en “general de división”,
tampoco reclamaron. Estas diferencias han ocasionado, como es obvio, que de un día para otro la ciudad haya quedado
a merced del hampa. Además, con todo el respeto que me merecen los miembros de nuestro glorioso Ejército, les están
pagando por aprender a ser policías, a costa del erario (ya que también cobran en la Secretaría de la Defensa Nacional) y
del sufrimiento de la ciudadanía. Y para muestra basta un botón: en un lapso que va del 13 de diciembre de 1982 al 27
de julio de 1983, fueron asaltados sólo en el DF 35 bancos, que dejaron un botín de 158 573 700 (ciento cincuentaiocho
millones, quinientos setentaitrés mil setecientos) pesos. Eso, sin contar los asaltos a la industria y comercio organizados;
o lo que es peor, a casas habitación, donde los hampones se ensañan matando y robando impunemente a la ciudadanía.
Mientras tanto, en las oficinas de la Policía permanecen haciendo “estudios” —que además nunca son aceptados por el
general de división Ramón Mota Sánchez— un promedio de 18 coroneles, 25 tenientes coroneles y otros tantos
mayores, más un sinfín de oficiales conocedores de los problemas urbanos; pero también están causando una doble
erogación: la de los policías “en la banca” y la de los militares en funciones de policías.

Una Gota más....

Me he permitido agregar, para que ustedes puedan comparar cifras y sacar sus conclusiones personales sobre las
actividades del Negro y su gavilla, una lista de los presupuestos que durante el sexenio de López Portillo fueron
destinados, año con año, al DDF y a la DGPT; aparte de las cantidades, también estoy mencionando cuáles fueron las
metas que se perseguían al aprobarse dichos presupuestos. Año 1977 Presupuesto para el DDF…………….23 452 320 000
pesos. Presupuesto para la DGPT……………. 1 504 405 215 pesos. Entre las metas por alcanzar, estaban: Optimización de
la vigilancia en las zonas críticas de la ciudad, brindando protección a 10 millones de habitantes en su persona, en sus
bienes y en sus derechos; todo esto, en un área de 1 500 kilómetros cuadrados. Control del tránsito de vehículos y
peatones en los 14 000 cruceros existentes. Expedición de 750 000 licencias de conducir. Control y registro de un millón
665 mil vehículos. Y expedición de 250 000 cartas de antecedentes penales. De la manera en que se manejó todo esto y
de las extorsiones que hubo, únicamente los sufridos ciudadanos podrán hablar y contar. Año 1978 Presupuesto para el
DDF……………..29 461 093 000 pesos. Presupuesto para la DGPT…………….1 910 209 538 pesos. Las metas que se
perseguían eran las siguientes: Procurar mayor vigilancia en los 14 000 cruceros de la ciudad, para que sea más fluido el
tránsito. Registrar un millón 800 mil nuevos vehículos automotores, tanto de la ciudad como de los Estados vecinos.
Vigilar las nuevas zonas comerciales y las concentraciones de gente en los centros urbanos de transportación. Lograr que
los 1 099 elementos de la policía estén asignados en los puntos críticos, para dar el máximo de seguridad a la población.
Localizar personas u objetos robadas o extraviadas, y complementar las órdenes de presentación solicitadas o
requeridas por las autoridades competentes. Prestar auxilio a la población en casos de desastre y en bancos, centros
comerciales, cines, teatros, parques y jardines, para lo cual se disponía de 2 276 agentes. Dar a conocer al ciudadano el
reglamento de tránsito, mediante campañas de educación vial. Optimizar los procedimientos administrativos de los
servicios públicos, reduciendo tiempo para su obtención: Trámite de registro y Control de vehículos…………………..… 600
000 [Link]ón de licencias……………….… 750 000 solicitudes. Permisos para cuestiones menores……….40 000
solicitudes. Además, coordinar la desconcentración de los servicios públicos en las Delegaciones políticas, para una
mayor atención al público. En éste, como en el caso anterior, toca a los lectores hacer los mejore comentarios. Año 1979
Presupuesto para el DDF……………..38 594 179 000 pesos. Presupuesto para la DGPT…………….2 173 577 754 pesos. Metas
perseguidas: Mantener la seguridad y el orden público, prevenir In realización de delitos y hacer respetar la moral y las
buenas costumbres, así como auxiliar al Ministerio Público. Procurar mayor vigilancia en 15 680 cruceros de la ciudad,
para que sea más fluido el tránsito. Registrar dos millones 16 mil nuevos vehículos automotores, tanto de la ciudad
como de las entidades vecinas. Vigilar las nuevas zonas comerciales y las concentraciones de gente en los centros
urbanos de transportación. Lograr que un total de 1 099 elementos (los mismos que el año anterior), estén asignados en
los puntos críticos, para dar el máximo de seguridad a la ciudadanía. Localizar personas u objetos robados o extraviados.
Y complementar las órdenes de presentación solicitadas por las autoridades competentes. Prestar auxilio a la población
civil mediante 2 550 agentes, en casos de desastre y en bancos, centros comerciales, cines y teatros, parques, y jardines.
Dar a conocer a la ciudadanía el reglamento de tránsito, a través de campañas de educación vial. Optimizar los
procedimientos administrativos, reduciendo tiempo para su obtención. En este punto, sólo me gustaría preguntar: ¿el
Negro Durazo, Sahagún Baca y demás secuaces, estaban realmente capacitados para mantener la seguridad y el orden
público, prevenir la realización de delitos y hacer respetar la moral y las buenas costumbres?

Ustedes tienen la respuesta Año 1980 Presupuesto para el DDF……………………65 363 000 000 pesos. Presupuesto para
la DGPT……………………3 244 196 000 pesos. En cuanto a las nietas trazadas, podemos hablar de: Prevenir y conservar el
orden público. Reforzar el servicio contra incendios. Proporcionar imagen urbana, saneamiento ambiental y limpieza.
Atender la semaforización y la señalización. Fijar una estación de medición y diagnóstico. Adquirir infraestructura y
equipamiento para la vialidad. Sin comentarios. Año 1981 Presupuesto para el DDF………….…105 180 600 000 pesos.
Presupuesto para la DGPT………………3843 495 000 pesos. Metas: Preservar la seguridad y el orden público. Aplicar y
hacer cumplir las leyes. Optimizar la vigilancia policiaca, haciendo de ésta una verdadera muestra de honestidad, que
oriente y entienda al ciudadano prestándole toda su colaboración y entusiasmo. Ya ni la burla perdonaba el Negro
Durazo; pero a estas alturas del sexenio había llegado ni colmo de la desfachatez. Obviamente, porque se sentía
respaldado. Año 1982 Presupuesto para el DDF……………. 1144 552 107 000 pesos. Presupuesto para la
DGPT…………………5713 113 000 pesos. Las metas a lograr eran las mismas del año anterior. Y así, en medio de
constantes llamadas de alarma por lo que pasaba en la dirección de la DGPI terminó el sexenio para ventura y alivio de
los ciudadanos. Y el Negro Durazo (al igual que su compinche Sahagún Baca) huía junto con su gran amigo y protector
José López Portillo más allá de nuestras fronteras, dejando un lastre de podredumbre y corrupción, du prepotencia y de
escándalo. Obviamente, no le importa el juicio de la historia; y menos el de los mexicanos: usted, yo, nosotros, los de “la
solución somos todos”...

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