Lectura continuada del evangelio de Marcos abp Diócesis de Vitoria
Adaptación del comentario de Joel Marcus
ORACIÓN
Señor Jesús resucitado, envíanos tu Espíritu que nos lleve a la verdad completa acerca de Ti y acerca de
nosotros mismos. Porque queremos:
- amar Contigo como Tú supiste amar,
- gozar Contigo cuando toque gozar,
- sufrir Contigo cuando nos toque sufrir. AMEN.
TEXTO
MARCOS 14,12-31
«12Y el primer día de los Ácimos, cuando sacrificaban la Pascua, le dicen sus discípulos: “¿Dónde quieres que
vayamos y preparemos para que comas la Pascua?”.
13
Y envía a dos de sus discípulos y les dice: “Id a la ciudad y os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de
agua. Seguidlo. 14Y donde entre, decid al dueño que el maestro dice: ‘¿Dónde está mi aposento, donde coma la
Pascua con mis discípulos?’. 15Y él os indicará una sala grande en el piso superior, amueblada y preparada; y
preparádnosla allí”.
16
Y salieron los discípulos y fueron a la ciudad y encontraron [todo] como les había dicho y prepararon la Pascua.
17
Y llegada la tarde, viene con los Doce.
18
Y estando comiendo recostados a la mesa, dijo Jesús: “En verdad os digo que uno de vosotros me entregará, el que
come conmigo”.
19
Y comenzaron a entristecerse y a decirle uno tras otro: “¿Acaso soy yo?”.
20
Pero él les dijo: “Uno de los Doce, el que moja conmigo en el plato. 21Porque el Hijo del Hombre se va tal como
está escrito de él, pero ¡ay de ese hombre por medio del cual el Hijo del Hombre es entregado! Mejor sería para ese
hombre no haber nacido”.
22
Y, estando cenando, tomando pan, bendiciéndolo, lo partió y les dio y dijo: “Tomad, esto es mi cuerpo”.
23
Y tomando una copa, dando gracias y les dio, y todos bebieron de ella. 24Y les dijo: “Esta es mi sangre de la Alianza,
derramada por muchos.
25
En verdad os digo que no beberé más del fruto de la vid hasta aquel día, cuando lo beba de nuevo en el reino de
Dios”.
26
Y, tras entonar un himno, salieron hacia el monte de los Olivos.
27
Y les dice Jesús: “Todos seréis escandalizados, porque está escrito: ‘Heriré al pastor, y serán dispersadas las ovejas’.
28
Pero después de haber sido resucitado, iré delante de vosotros a Galilea”.
29
Pero Pedro le dijo: “Aunque todos sean escandalizados, yo no”.
30
Y le dice Jesús: “En verdad te digo: Tú hoy, esta noche, antes de que cante el gallo dos veces, me negarás tres
veces”.
31
Pero él [Pedro] decía con vehemencia: “Aunque tuviese que morir contigo, nunca te negaré”.
Pero también todos decían lo mismo».
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Adaptación del comentario de Joel Marcus
COMENTARIO
PRIMERA UNIDAD (14,12-16)
Después del tríptico de 14,1-11, en el que hay una escena que destaca a Jesús y sus discípulos, enmarcada por
otras dos que ponen de relieve a sus enemigos, el centro de la atención se mueve por última vez en el evangelio
hacia la familiaridad de Jesús con sus seguidores. El foco permanecerá orientado hacia allí 31 versículos (14,12-
16.17-21.22-25.26-31.32-42), como si el evangelista se recreara en los últimos momentos de los discípulos con
su Maestro. La primera parte de esta sección de despedida describe los preparativos de los discípulos de lo que
resultará ser la última cena de Jesús (14,12-16). Esta escena está enmarcada por dos casos de la combinación
«discípulos... preparación... Pascua» (14,12.16), repetición que acentúa que las cosas se desarrollan como Jesús
había predicho, tal como se declara explícitamente en 14,16. En medio se hallan las instrucciones detalladas
sobre cómo encontrar un sitio para la cena (14,13-15), que implica un movimiento cada vez más hacia el interior:
a la ciudad (14,13), a la casa (14,14), y al aposento superior (14,15). La atmósfera de misterio, que este
movimiento provoca, se intensifica por la aparición de dos personajes enigmáticos, anónimos, el hombre que
lleva un jarro de agua (14,13) y el dueño de la casa (14,14). Así, el pasaje está compuesto de tres partes
desiguales: la pregunta de los discípulos (14,12), la respuesta de Jesús (14,13-15) y el cumplimiento por parte de
los discípulos de sus directrices (14,16). Las secciones primera y tercera son sumamente breves. Lo importante
son las instrucciones cuidadosamente detalladas de Jesús.
14,12-16: La historia de dos días ha pasado a toda velocidad en el espacio de once versículos (cf. 14,1-2), pero
Marcos echa ahora el freno al relato y dedica ciento ocho versículos a describir las veinticuatro horas siguientes,
que serán el escenario de la Última Cena, el prendimiento, los juicios, la crucifixión, muerte y sepultura de Jesús
(14,12-15,47). Hemos llegado al corazón del evangelio marcano.
Esta sección crucial comienza con la escena de la preparación para la Última Cena, sorprendentemente paralela
a la escena de la preparación de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén (11,1-6). Una y otra acentúan tanto la
omnisciencia sobrenatural como la soberanía de Jesús. No es accidental que estas brillantes demostraciones de
clarividencia aparezcan precisamente en relación con los acontecimientos de la Semana Santa. Estos hechos
eran los que ponían más seriamente en duda la soberanía de Jesús; si él era el mesías omnisciente de Dios, ¿por
qué terminó clavado en una cruz romana? La respuesta de Marcos es que la necesidad divina estaba detrás de
este ultraje evidente (cf. 8,31; 9,12.31; 10,33-34); la intriga de Judas y los dirigentes judíos contra Jesús (14,10-
11) tuvo éxito solo porque Dios había planeado las cosas así desde el principio (cf. 14,21, que entreteje la
responsabilidad de Judas y la providencia divina). El paralelo con 11,1-6 subraya también el argumento marcano
de que Jesús, aunque sea el mesías davídico como demostró ya la entrada triunfal (cf. 11,9-10), manifestará
precisamente este mesianismo por los sufrimientos de su muerte, a los que aluden sus palabras en la Última
Cena (14,21-25). Así pues, sufrimiento y autoridad real coinciden en la persona de Cristo.
Los discípulos preguntan a Jesús dónde quiere que se hagan los preparativos de modo que «puedas comer la
Pascua» (14,12b). El empleo de la segunda persona de singular («puedas comer»), cuando lo que se podría
esperar era la primera persona de plural («podamos comer»), acentúa la posición central de Jesús y la reverencia
de los discípulos para con él.
En una demostración de su soberanía, Jesús envía por delante a dos de los discípulos para que le preparen el
camino. En la ciudad se les acercará un hombre que lleva un cántaro de agua. Deben seguirlo, entrar en la casa
en la que él entra y saludar a su amo informándole de que el «Maestro» dice: «¿Dónde está mi aposento, donde
pueda comer la Pascua con mis discípulos?» (14,13c-14). Esta pregunta incrementa el énfasis sobre la soberanía
de Jesús y constituye un notable paralelo con 11,2-6, donde Jesús requisa para su servicio el asno de un
desconocido. Esta soberanía queda subrayada por el empleo de la primera persona de singular («donde pueda
comer») así como por el título de «Maestro».
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Sin embargo, sus palabras al propietario así como las órdenes finales a sus discípulos, implican también una
identificación con sus seguidores, ya que habla de comer la Pascua «con mis discípulos» y les dice que la «preparen
para nosotros» (14,14b-15). En la progresión de nuestro pasaje, nos movemos de la subordinación de los discípulos a
Jesús («para que puedas comer la Pascua») a la relación de Jesús con ellos.
Las instrucciones de Jesús concluyen con la profecía de que el propietario les mostrará un aposento en el piso
superior, amueblado para la comida pascual (14,15ab). Allí deben terminar ellos los preparativos. El pasaje termina
con la observación del evangelista de que los dos discípulos salieron e hicieron como Jesús les había ordenado,
encontrando todo tal como les había dicho (14,16).
El evangelista, sin embargo, no registra asombro alguno por parte de los discípulos; pero en este punto del relato
ellos y el lector se han acostumbrado a que ocurran milagros cuando Jesús está presente. Hay algo hermoso en la
economía de nuestro relato; en vez de proferir exclamaciones acerca de la extraordinaria clarividencia de Jesús, sus
fieles discípulos se van sencillamente a trabajar y a prepararle la cena (14,16b). No hay tiempo alguno para
exclamaciones superfluas; el momento de la crisis se acerca, y Marcos quiere dar a entender probablemente que la
respuesta sencilla y fiel de los discípulos debe ser un paradigma para los cristianos de su comunidad.
Pero es esta la última respuesta loable a Jesús por parte de los miembros de su círculo íntimo; de aquí en adelante su
camino se tornará bruscamente en un descenso pronunciado. De hecho, el siguiente pasaje se centrará en la
profecía de Jesús de que uno de ellos lo traicionará.
SEGUNDA UNIDAD (14,17-21)
Después del relato que describe los preparativos, sobrenaturalmente dirigidos, de la Última Cena de Jesús con
sus discípulos (14,12-16), la cena en sí se divide en dos secciones: la presente, en la que Jesús predice su traición;
y 14,22-25, en la cual dramatiza muerte en pro de «muchos» por la fracción del pan y por la copa que todos
comparten. Así, el tema que domina todo el relato de la cena es la «marcha» de Jesús (cf. 14,21). La repetición
de términos domina el pasaje: «los Doce», «el Hijo del Hombre», «el hombre» y especialmente «entregar». El
relato se divide en tres partes: primera profecía de la traición + la reacción de los discípulos (14,17-19); segunda
profecía de la traición (14,20), y profecía de su muerte + lamento sobre el traidor (14,21).
14,17-21: La historia de la Última Cena comienza con la llegada de Jesús y los Doce a la sala en el piso superior
«llegada la tarde» (14,17). Es esta una designación de tiempo típicamente marcana, pero aquí tiene una
importancia adicional ya que la hora de la tarde significa que comienza la festividad de la Pascua. La llegada de la
noche puede tener no solo importancia cronológica, sino también simbólica: está surgiendo la oscuridad cósmica
del tiempo de prueba escatológico, como quedará inmediatamente claro por la profecía de Jesús sobre la
traición.
Sigue inmediatamente otro detalle de especial importancia: tras su llegada, Jesús y los Doce se recuestan y
comienzan a comer (14,18a). La postura recostada tiene una especial importancia aquí, porque en el contexto
pascual es un deber ritual reclinarse como conviene a una persona libre. En 14,18, Marcos yuxtapone una
imagen de libertad pascual (estar reclinados) en discordancia con la solemne declaración de Jesús que uno de los
Doce lo entregará (14,18b). El empleo de «entregar» puede ser irónico aquí, puesto que la biblia griega de los
LXX utiliza con frecuencia este verbo para indicar cómo el Dios de la Alianza entrega en manos de su pueblo
escogido a sus enemigos. Hay además una fuente bíblica adicional para este último pensamiento: «entregar» se
utiliza también con frecuencia en los salmos del justo sufriente, donde el hablante se queja de que, a pesar de su
inocencia, ha sido entregado en manos de sus enemigos. Jesús se hace eco de uno de esos salmos cuando
especifica que el traidor es uno «que come conmigo»: una alusión evidente a Sal 41,9.
Sin embargo, la profecía de Jesús de este acto traicionero no especifica un agente preciso, sino solo que el autor
será uno de los que comparten la comida. Como respuesta, por tanto, cada uno de los discípulos comienza a
preguntar si resultará él ser el culpable (14,19). La palabra griega que Marcos emplea para introducir la
pregunta, meti, sugiere que cada uno se considera a sí mismo un candidato improbable, o al menos desea que
los demás lo piensen.
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En su respuesta, Jesús reitera su profecía, hablando esta vez del culpable como «el que moja conmigo en un
plato» (14,20). Esta expresión no es realmente más concreta que la anterior, sino simplemente una referencia
más a la Pascua que Jesús comparte con sus discípulos; el que los participantes mojaran su pan en la salsa, así
como el estar recostados, era una parte usual del oficio de Pascua, que funcionaba como signo de un lujo
prohibido a los esclavos, pero disfrutado por la gente libre, con lo que era así uno de los privilegios otorgados a
los miembros de la Alianza.
Tras profetizar dos veces su traición, Jesús concluye bosquejando sus consecuencias. Primero, lacónicamente,
para sí mismo; luego, más ampliamente, para su traidor (14,21). El resultado para él es que tendrá que «irse»: un
eufemismo de la muerte. La metáfora es paradójica, ya que atribuye volición a un acto involuntario, y
movimiento a un estado que ocurre solo cuando el sujeto se ha convertido claramente en un ser inmóvil. Desde
la Edad Media, los exegetas han defendido que su uso aquí acentúa la naturaleza voluntaria del sacrificio de
Cristo. En 14,21bc, Jesús se refiere al castigo que merecerán las acciones del que le entregue. Nuestro texto es
una expresión clásica de la misteriosa compenetración entre la soberanía divina y la responsabilidad humana.
La tendencia marcana a acentuar el aspecto positivo del mesianismo de Jesús continuará en el siguiente pasaje,
donde Jesús hablará no de matar a sus enemigos, sino de sufrir una muerte redentora en pro de «muchos»
(14,24).
TERCERA UNIDAD (14,22-25)
Inmediatamente después de la profecía sobre la traición que causará su muerte, en 14,17-21, Jesús ejecuta una
impactante acción ritual que presenta este fallecimiento inminente como un sacrificio expiatorio. Somos
afortunados al tener un testimonio independiente de esta tradición, el relato de Pablo en 1Cor 11,23-25, similar
a la mayor parte de los manuscritos de Lc 22,15-20. La reconstrucción y la interpretación de la Última Cena
«histórica» han sido un núcleo tormentoso de la investigación moderna. Esta controversia ha surgido en parte
porque Jesús utiliza aquí acciones litúrgicas para profetizar su muerte, y los que se muestran escépticos respecto
a que previera su muerte más los que sospechan que la iglesia ha retroproyectado su propia práctica eucarística
al período pre-pascual consideran esta tradición no histórica en gran parte. Se ha discutido también el escenario
pascual de la tradición, ya que solo se menciona en el contexto general (14,12.16), no en el relato mismo de la
institución eucarística, y porque Pablo solo dice que Jesús realizó este rito «en la noche en la que fue entregado»
(1Cor 11,23), no «en la Pascua». Además, la cronología joánica y ciertos detalles del relato marcano parecen
contradecir la tesis de que la comida era un séder (= cena pascual) en sentido estricto. Por ello, los estudiosos
han relacionado las acciones de la Última Cena con una gran variedad de trasfondos de la historia de las
religiones, desde las comidas de los cultos mistéricos paganos, hasta las comidas judías de acción de gracias
(tôdah), las cenas de la comunidad de Qumrán y las celebraciones cristianas (agape: comunión amorosa).
La forma marcana del pasaje se divide en tres partes: bendición, distribución e interpretación del pan (14,22);
bendición, distribución e interpretación del vino (14,23-24); y el voto de no beber vino de nuevo basta la llegada
del reino de Dios (14,25).
14,22: El pasaje comienza con la bendición de Jesús, la división y la distribución del pan (14,22a). La atmósfera de
redención va unida totalmente al simbolismo del pan: Jesús relaciona su cuerpo con el pan, que no solo es
consumido y «destruido» (alusión a su muerte próxima), sino que también alimenta a los que lo ingieren. Jesús
bendice el pan a mitad de la cena («cuando estaban cenando»), que es un emplazamiento insólito, pero que
puede explicarse por el orden del séder (la cena) de Pascua. Si esto es histórico, la bendición habría sido
probablemente la que los judíos todavía pronuncian sobre el pan: «Bendito seas, oh Señor, Dios nuestro, rey del
universo, que produce el pan de la tierra». El cuerpo de Jesús, identificado por él con el pan, también será
«producido» por la tierra gracias un acto creativo de Dios.
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El pan consumido en la Pascua (y en la última cena de Jesús, aunque no fuera un séder) no era el normal -pan
con levadura pero plano-, sino el pan ácimo. Este pan estaba relacionado en la haggadah (= narración popular de
la historia del éxodo) tanto con la aflicción como con la redención, nexos muy apropiados en el contexto de la
última cena de Jesús. El vínculo con la aflicción proviene del hecho de que el pan ácimo no era un artículo de
lujo, sino el alimento vulgar y preparado de antemano comido por esclavos y pobres. El pan de Jesús es también
«un pan de aflicción», ya que simboliza la muerte que está a punto de sufrir.
Al mismo tiempo, sin embargo, el pan ácimo, como el cuerpo de Jesús, está relacionado con la redención, ya que
sirve como recordatorio del día de la liberación de la esclavitud egipcia, cuando los israelitas tuvieron que
moverse tan rápido que su pan no tenía tiempo para solidificarse. Así pues, el dicho sobre el pan sugiere no solo
la muerte de Jesús, sino también sus resultados redentores, apuntando su naturaleza escatológica.
14,23-24: La atmósfera de rememoración impregna también las acciones de Jesús sobre la copa, que recuerdan
la actividad de Moisés en la inauguración de la alianza del Sinaí. Jesús trata la copa de modo similar al pan,
tomándola (14,23a), bendiciéndola (14,23b) y luego interpretándola (14,24). Esta estudiada repetición refuerza
la impresión de que estas acciones rituales se propusieron también para ser recordadas y repetidas.
Si esta narración es histórica, la bendición que utilizó Jesús pudo ser muy bien la sencilla bendición que todavía
se sigue empleando en las casas judías: «Bendito seas, oh Señor, Dios nuestro, rey del universo, que creó el fruto
de la vid». Este «fruto de la vid», es decir, el vino, era una parte natural del séder pascual, ya que esa ceremonia
conmemoraba un acontecimiento grande y alegre de liberación en el pasado y anticipaba uno aún mayor y más
alegre en el futuro. Pero la interpretación de Jesús de este vino compartido como «mi sangre de la Alianza»
suena a cambio típicamente marcano de esta expectativa escatológica que identifica el vino de la nueva edad
con la sangre de Jesús, y de ahí con su muerte.
Este vínculo se apoya en una red de alusiones veterotestamentarias. Las palabras sobre la copa comienzan
haciéndose eco de la escena en la que Moisés asperjaba la sangre expiatoria sobre los israelitas en el Sinaí y les
declaraba: «Esta es la sangre de la alianza que el Señor hace ahora con nosotros» (Ex 24,8). Además, la inserción
de la palabra «mi» ayuda a cambiar este recuerdo de la expiación pasada en tiempos de Moisés en una
expectativa de redención futura, ya que se hace eco de la profecía escatológica de Zac 9,11. Y «derramada por
muchos» especifica el medio de liberación escatológica evocando a Is 53,12: el siervo sufriente del Señor salvará
a su pueblo «vertiendo» su alma hasta la muerte por ellos.
Otro pasaje del Antiguo Testamento puede estar en el trasfondo de la interpretación de Jesús del vino: la
referencia en Gn 49,8-12 a un descendiente de Judá que atará su pollino a una vid y lavará sus vestiduras con el
vino. Los Padres de la iglesia lo vieron como una profecía del estatus mesiánico de Jesús y de su muerte
sangrienta.
14,25: En un duro contraste con las palabras sobre la copa, en las que Jesús habla de los beneficios de su acto
redentor para muchas personas, la declaración que concluye el pasaje comienza con una referencia al coste de
ese acto que recae sobre una persona, a saber, Jesús mismo: «En verdad os digo que no beberé más del fruto de
la vid...» (14,25a). Esta renuncia tiene un horizonte escatológico nuevo: Jesús jura no beber vino hasta que Dios
instaure su reinado en la tierra (14,25b), en parte quizás para inducir a Dios a actuar de la manera deseada. En
cualquier caso, el voto conclusivo de Jesús dirige la atención al futuro escatológico; por consiguiente, forma una
unidad con la afirmación de Pablo de que cuando los cristianos coman el pan eucarístico y beban la copa,
proclamarán la muerte del Señor «hasta que venga» (1Cor 11,26). Esta idea se halla también de acuerdo con el
espíritu de la Pascua, que no solo conmemora la redención ocurrida en tiempos de Moisés en el pasado, sino
que mira también hacia delante, hacia la redención mesiánica en el futuro, uniendo de esta manera el recuerdo
del éxodo con la anticipación esperanzadora de la fiesta escatológica.
Contra toda esperanza, pues, y según una necesidad divina, el mesías debe sufrir y morir; pero contra toda
expectativa también, este fallecimiento señalará no la derrota, sino la victoria. Sin embargo, para que esta
cadena misteriosa de acontecimientos se ponga en movimiento, Jesús tendrá que ser abandonado por sus
seguidores más cercanos, una deserción que él profetizará en la siguiente perícopa.
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CUARTA UNIDAD (14,26-31)
La institución por parte de Jesús del sacramento escatológico del pan y del vino va seguida de una advertencia
sobre pruebas escatológicas: los Doce serán pesados en la balanza y resultará que son deficientes (cf. Dn 5,27).
El pasaje es «como un bosquejo del resto del evangelio», ya que profetiza el abandono de Jesús por parte de los
discípulos, la negación de Pedro y la muerte y resurrección de Jesús. Es particularmente importante que Jesús
pronuncie esta detallada profecía directamente antes de la escena de Getsemaní.
La perícopa consiste en una transición que habla de un traslado (14,26); la profecía de Jesús del abandono por
parte de los discípulos (14,27-28); la exención de Pedro de esa profecía hecha por sí mismo (14,29); la predicción
de Jesús de la negación de Pedro (14,30); y la renovada protesta de este de que permanecerá fiel, repetida por
los Once (14,31). El foco, pues, cambia de los discípulos en general a Pedro en particular y vuelve atrás de nuevo,
haciendo de Pedro, aquí como en otros lugares, una figura paradigmática (cf. 8,29; 9,5-6; 14,37-38), unida con el
resto de los discípulos por la palabra que se repite regularmente: «todos»: 14,27.29.3 1.
14,26-28: En 14,22-25, Jesús usó el pan ácimo y el vino del séder de Pascua como punto de partida para una
profecía de su muerte expiatoria. Él y sus discípulos entonan ahora un himno cuando salen de la sala superior
hacia el monte de los Olivos (14,26). Esta práctica era conforme también con las costumbres de Pascua, puesto
que el séder finaliza con la recitación del Hallel (Salmos 113-118). Estos salmos son especialmente apropiados en
el contexto presente, ya que hablan del justo que siente cómo va a arrastrarlo el mundo subterráneo, que cae en
la angustia y el dolor, y apela a Dios para que salve su vida. También aseguran que la muerte de los fieles al
Señor es preciosa a sus ojos, que son los vivos y no los muertos los que lo alabarán, que Dios levantará del polvo
al humilde y lo librará de la muerte. Cerca de su conclusión, el salmo final del Hallel proclama: «No moriré, sino
que viviré y declararé las obras del Señor», porque «el Señor... no me ha entregado a la muerte» y «la piedra que
rechazaron los constructores se ha convertido en piedra angular» (118,17-18.22-23). Estas palabras finales
fueron las que Jesús había citado ya dos capítulos antes refiriéndose a su resurrección (Mc 12,10-11).
Así pues, los salmos que concluyen el séder de Pascua prefiguran la historia de sufrimiento y triunfo que está a
punto de revelarse; pero las Escrituras citadas o aludidas en estos momentos presagian o profetizan también el
abandono del justo por sus seguidores más cercanos. En nuestro pasaje Jesús abandona (lit. «salen») Jerusalén
con sus seguidores hacia el monte de los Olivos (14,26b), donde sufrirá dolores de muerte, pedirá a Dios que lo
libere, pero finalmente será traicionado por uno de su círculo íntimo (14,32-45). Otra referencia del AT al monte
de los Olivos, Zac 14,4, proporciona también un trasfondo relevante para nuestro pasaje. Jesús cita otro de estos
pasajes en el siguiente versículo, donde profetiza que los Doce «serán escandalizados / caerán en una trampa»
(¿por culpa de ellos mismos?, ¿por Dios?, ¿por Satanás?). Jesús apoya esta profecía añadiendo otra cita bíblica -
«Heriré al pastor y serán dispersadas las ovejas»- de Zac 13,7. El original, sin embargo, no lee «Heriré al pastor»;
por el contrario, presenta a Dios que da una orden en imperativo a su propia espada. El sentido, tanto en la
Biblia griega de los LXX como Marcos, es que Dios es el responsable de la herida del pastor.
Pero aunque las ovejas tropiecen y se dispersen posteriormente, pueden ser también reunidas de nuevo, como
aclara igualmente Zacarías. Por tanto, la dispersión de Zac 13,7 será seguida por una restauración,
sorprendentemente comparable a la profecía de Mc 14,28, en la que Jesús pastorea de nuevo a su grey de
discípulos. Este pasaje implica una nueva reunión de los discípulos en Galilea después de la resurrección, un
nuevo principio en el que Jesús volverá al lugar donde comenzó su vida pública, y mostrará la misma compasión
por las ovejas perdidas que marcó allí su ministerio (cf. 6,34).
14,29-31: La «herida» del pastor, sin embargo, no será el final; Jesús concluye su profecía aludiendo en 14,28 no
solo a su propia resurrección, sino también a la revivificación de su relación con los Doce. Pedro no parece
prestar atención a esta profecía de resurrección y restauración (cf. 8,32, donde tampoco hace caso de una
profecía de resurrección); en cambio, con un aire de inocencia herida, recoge la profecía de Jesús sobre la
deserción de los apóstoles, fijada en el vocablo «todos». La respuesta de Pedro es que, aunque todos
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desaparezcan, él ciertamente no (14,29). Es peligroso hacer este tipo de profecías, en especial si uno utiliza la
palabra «nunca», como hace Pedro a continuación (14,31).
La respuesta de Jesús a la afirmación de Pedro es una profecía detallada de su negación. Debido quizás a la
importancia del vaticinio, este rompe el modelo habitual de la doble designación; en este caso se alude a ella con
tres precisiones, y el número de palabras aumenta cada vez, elevando así ingeniosamente la tensión:
hoy 1 palabra en griego
esta noche 3 palabras en griego
antes de que el gallo cante dos veces 5 palabras en el griego
Luego viene el apabullante desenlace en tres palabras, que profetiza una negación triple y que deja para el
último lugar lo que interesa enfatizar: «Tres veces me negarás». La palabra «negarás» hiere el corazón de Pedro;
este responde indignado que jamás negará a Jesús, incluso aunque tenga que morir con él (14,31a). Pedro, sin
embargo, no es el único de los Doce implicado en el autoengaño de creerse seguidor absolutamente fiel de
Jesús, sino que está unido a los Once por la palabra «todos», que aparece en otra progresión significativa cerca
del principio, en el medio y al final del pasaje (vv. 27.29.31). La progresión es irónica: Pedro se opone a su
inclusión en la profecía de Jesús sobre «todos», pero el final mina su protesta por la inclusión de los Once junto
con él en una afirmación testaruda de inocencia.
El pasaje concluye así con una nota sombría e irónica, con Pedro y los otros discípulos compitiendo por el título
de «soy más fiel que tú», ciegos a la precariedad de su posición espiritual. Al parecer, nada puede detener el
poder arrollador de la Oscuridad, que atrapará incluso a los que desean permanecer leales a Jesús. De hecho, en
el siguiente pasaje las sombras comenzarán a cernirse sobre Jesús mismo.
Paso 1 Lectio: ¿Qué dice el texto? Atiende todos los detalles posibles. Imagina la escena. Destaca todos los elementos que llaman la
atención o te son muy significativos. Disfruta de la lectura atenta. Toma nota de todo lo que adviertas.
Paso 2 Meditatio: ¿Qué me dice Dios a través del texto? Atiende a tu interior. A las mociones (movimientos) y emociones que sientes.
¿Algún aspecto te parece dirigido por Dios a tu persona, a tu situación, a alguna de tus dimensiones?
Paso 3 Oratio: ¿Qué le dices a Dios gracias a este texto? ¿Qué te mueve a decirle? ¿Peticiones, alabanza, acción de gracias, perdón,
ayuda, entusiasmo, compromiso? Habla con Dios…
Paso 4 Actio: ¿A qué te compromete el texto? ¿Qué ha movido la oración en tu interior? ¿Qué enseñanza encuentras? ¿Cómo hacer
efectiva esa enseñanza