R. BLÁZQUEZ, La Iglesia. Misterio, comunión, misión, Sígueme, Salamanca 2017, 142 pp.
El tiempo no pasa en vano. Me cuento entre los miembros de esas generaciones de creyentes y
estudiantes de teología que, nacidos a partir de los años setenta del pasado siglo, conciben el
Concilio Vaticano II como un acontecimiento propio una Iglesia que aún vivía y se expresaba en
blanco y negro. En el mejor de los casos, el Concilio se nos cruza en el camino de la vida intelectual
como un tema de estudio en el seno de una materia muy cambiante, como es la eclesiología; en el
peor, nos parece un acontecimiento atrapado en una maraña de intereses ideológico-pastorales
bastante obsoletos, que dilatan la controversia acerca de la necesidad de reforma o contrarreforma
en la Iglesia del presente. Lo cierto es que el más de medio siglo transcurrido ya desde la
celebración del Concilio Vaticano II nos brinda la oportunidad de un acercamiento más informado a
sus raíces evangélicas y patrísticas, así como a su apuesta decidida por asumir esa vitalidad de la
herencia cristiana en la misión eclesial en el mundo moderno.
El Cardenal Ricardo Blázquez –profesor de eclesiología en la Universidad Pontificia de
Salamanca entre 1974 y 1988– permite recrear en este libro el alma teológica que alienta en los
textos del Concilio, rescatando el sentido básico de tres categorías esenciales para pensar, sentir y
vivir la Iglesia en su vínculo divino: la Iglesia es misterio arraigado en el Dios que es y actúa como
trascendencia encarnada; la Iglesia es comunión porque asume como forma de existencia vinculante
la diversidad en la unidad que define la automanifestación de Dios por Jesucristo en el Espíritu; y,
finalmente, la Iglesia es misión porque ha sido marcada por la voluntad de donación al mundo del
Padre en su Hijo y el Espíritu. Mons. Blázquez sintetiza con acierto el interés de la Iglesia
contemporánea por alumbrar, entender y actuar su propia existencia desde Cristo para la
humanidad. Todas esas dimensiones constitutivas favorecen un modo de presencia y acción de la
Iglesia en el mundo que el Concilio califica como sacramental. No en vano, «el cristianismo está
marcado por una estructura encarnatoria. Hay una analogía clarificadora entre el misterio de la
encarnación del Hijo de Dios y el misterio de la Iglesia como órgano social del Espíritu Santo» (p.
100). El hondo cariz sacramental de la Iglesia permite, ad extra, conjurar toda dialéctica entre el
mantenimiento de la propia identidad eclesial y el diálogo evangélico con el mundo y sus
trayectorias; ad intra, «evitar el vértigo de las separaciones y redescubrir la unidad densa que
integra perspectivas parciales» (p. 24). Cada una de esas categorías eclesiológicas básicas consiente
–como desgrana con acierto el ritmo del libro–, recuperar el equilibrio entre realidades de la vida de
la Iglesia que desde hacía siglos estaban descompensadas: la interacción recíproca entre papado y
colegialidad, entre fraternidad cristiana y autoridad ministerial, entre Iglesia universal e Iglesias
particulares, entre lo propio irrenunciable y la apertura sincera a la circunstancia del mundo.
Ciertamente y aunque en tan pocas páginas no sea posible un estudio exhaustivo de la
Constitución Lumen gentium (ya existen muchos estudios amplios y documentados), el libro
sintetiza con claridad los rasgos bíblicos, teológicos y pastorales de la identidad teándrica, fraterna y
misionera de la Iglesia. Se revela, por tanto, un ensayo muy apropiado para estudiantes de teología
que se inician en el conocimiento de la Iglesia; también, sin duda, para todas aquellas personas que
deseen actualizar la pretensión más genuina de la última gran asamblea conciliar.
Juan Manuel Cabiedas Tejero