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Cuatro Abuelos

El documento describe las vidas de los cuatro abuelos de la persona. Habla sobre cómo sus abuelos paternos eran maestros rurales y tuvieron una tienda pequeña que con el tiempo se convirtió en un negocio grande. También describe las vidas de los abuelos maternos y sus orígenes en familias acomodadas, aunque uno de ellos terminó siendo agricultor.
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Cuatro Abuelos

El documento describe las vidas de los cuatro abuelos de la persona. Habla sobre cómo sus abuelos paternos eran maestros rurales y tuvieron una tienda pequeña que con el tiempo se convirtió en un negocio grande. También describe las vidas de los abuelos maternos y sus orígenes en familias acomodadas, aunque uno de ellos terminó siendo agricultor.
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Cuatro abuelos

Elizabeth Zamudio Olivares

Soy una persona afortunada por haber conocido a mis cuatro abuelos y dos bisabuelos. Unos
vivían en la ciudad y otros en el campo, así que durante mi infancia, realice actividades de ambos
espacios; todo ello marcó mi vida, hizo posible el “sueñ o” de llegar a ser una adulta satisfecha, en
plenitud, responsable, trabajadora, orgullosa de mis antepasados, llena de recuerdos hermosos, 
de no sentir que “algo” falto en mi niñ ez o adolescencia.
Mi abuelo paterno fue J. Sacramento Zamudio Bucio. Nació el 24 de marzo de 1906 en Taximaroa,
hoy Ciudad Hidalgo, Mich., fue el segundo de siete hermanos, del matrimonio formado por
Teodomiro Zamudio Rodríguez  comerciante y Á ngela  Bucio Merlos, quedo huérfano de padre a
la edad de doce añ os, aprendió a leer y escribir, requisitos indispensables para formar parte de
las misiones culturales y fue así como se inició de maestro rural, dando clases en la escuela de la
”Fá brica la Virgen” actualmente está dentro de la ciudad. En  1935 trabajaba en la comunidad de
Epungio (cerca de Irimbo) estaba casado y tenía a su primer hijo de un añ o, ahí padeció los
efectos del conflicto Cristero, en má s de una ocasió n tuvo que ser protegido por la població n.
Para 1945  se encuentra  laborando en Angangueo y pasa penurias econó micas con su familia, se
retrasaba mucho el pago a los maestros, mi papá nos contaba que tenía diez añ os y el fin de
semana encontraba trabajo como chicharito en las barberías, todos los mineros solicitaban el
servicio, decía que tenía que exprimir y enrollar unas toallas que estaban en agua muy caliente,
para ponérselas en el rostro y se aflojara la barba, cuando terminaba la jornada, mi abuela  ya lo
estaba esperando para ir a comprar comida. Entre 1946-47 retornó a su lugar de origen, en la 
escuela rural “Vicente Guerrero” que estaba a una cuadra de su casa, entre 1955 y 1965 tuvo el
cargo de Habilitador de la Zona Escolar 22 (el iba a Zitá cuaro por el dinero para pagar a los
maestros), en 1961 ocupó la direcció n de la Escuela Constitució n de 1917  y para 1969 es
Secretario General del Sindicato de dicha zona. Paralelamente a su profesió n, se dedicó al
comercio en ciudad hidalgo, lo observe negociar aunque no entendía mucho de ello, pero conocí
las facetas del comercio antiguo: el regateo, el piló n y el trueque.
Era alto, peso normal, y su pelo completamente blanco y abundante, bien vestido, se sentaba en
una silla enfrente del mostrador  con su bastó n, que muchas veces le servía para apoyar sus
manos y echarse una siestecita. Su temperamento era tranquilo, no viajaba por placer, en ese
sentido era muy sedentario, no iba a fiestas, reuniones familiares, tampoco las organizaba, no
bebía, no fumaba, nunca conocí a ninguno de sus hermanos, dicen que eran iguales, no se
visitaban, no convivían. La  Navidad o Añ o Nuevo la celebraban haciendo buñ uelos, no había cena.
Sufrió un infarto en 1965 y en 1970 una embolia, se recuperó , era muy fuerte. Finalmente muerió
el 10 de enero de 1984.
La abuela paterna fue Elisa Zamudio Ló pez. Originaria de Tlalpujahua y decía que era
descendiente de los Hermanos Ló pez Rayó n. Nació en 1913, en el seno del matrimonio formado
por la maestra María Ló pez y Nabor Zamudio, quien hizo un dibujo a lá piz del presidente Adolfo
Ló pez Mateos y se lo entrego en sus manos, tuvo seis hermanos. Había un parentesco con mi
abuelo, pero eso no fue obstá culo para que se casaran en 1933, tuvieron seis hijos, mi padre Raú l
fue el mayor.
Fue una mujer de cará cter fuerte y tomó de decisiones que la llevaron a concretar objetivos
particulares. Su suegra les dio un terreno en las afueras del lado poniente de la població n,
levantaron unos cuartitos en toda la parte norte, había una que otra casa y la situació n econó mica
no era buena. Ella siempre siguió a mi abuelo en su peregrinar como docente, había temporadas
en las que estaba en Ciudad Hidalgo y fue en una de ellas, en 1939 cuando por iniciativa propia
pone una mesita de dulces y semillas afuera de su vivienda, la cual fue prosperando, por su
dedicació n y visió n. Físicamente era bajita, peso normal, muy activa, usaba rebozo delgado,
vestido completo, su peinado eran dos trenza delgadas y tejía a toda hora con gancho e hilo
omega. Padecía de los nervios.
Se fue a Angangueo (1945) dejando la tienda encargada y no le fue muy bien. A su regreso dos
añ os después, tomó el control de la misma y ya no lo vuelve a soltar. Quizá s el haber pasado
tantas aflicciones econó micas le permitieron dirigir con éxito el negocio, pues era redituable, no
había otro establecimiento en el barrio. Pasaba  la mayor parte  del tiempo al frente del mismo  y
era conocida como “Tía Licha”,  era buena administradora  y sociable, así que poco a poco, la
tienda fue creciendo; mi abuelito ya ganaba má s y era constante su ingreso, entonces llego el
momento de construir la casa. Esta se levantó en dos etapas, antes de que yo naciera, pero sí
conocí a los albañ iles que la hicieron,  se edificó todo el lado poniente; la planta baja en 1960,
había un corredor amplio, con unos pilares y muchos macetones grandes y tupidos de helechos.
Dejaron un patio central en donde hasta en bici podíamos andar, al fondo estaba una pila con
doble lavadero y siempre llena de agua de buena calidad. Un añ o después se hizo el segundo
piso; a la altura de la pila estaban las escaleras con barandal incluido de cemento en el cual nos
deslizá bamos. En 1970 se construye un bañ o completo.
La Tía Licha llevaba las riendas de la casa, la tienda y la familia, era muy basta al preparar los
alimentos, siempre había comida por si “alguien” llegaba; en su vida personal era muy
reservada; en su vida social fue muy parecida a la de mi abuelito, con algunas diferencias, a ella si
le gustaba viajar por placer y también visitaba a su familia  y viceversa, yo la acompañ e a algunos
de esos viajes. El Día de Reyes siempre estuvo presente en su casa.
En mis primeros añ os de contacto con la tienda 1972-73, no existían los plá sticos, se usaba papel
estraza y perió dico; conocí la azú car en forma de cubo só lido y  con un hacha la cortá bamos; los
dulces y las galletas se vendía sueltos; había muy poca latería; el aceite se comercializaba suelto;
había metates, molcajetes, navajas, cuchillos, piedras para afilarlos, clavos de metal, martillos,
lazos, timbres postales, refrescos, hilos de madeja, etc. Me encantaba cuando llegaba el pan, ese
aroma de recién horneado,  es de mis preferidas y no por nada, pero el pan de mi pueblo está
entre los mejores del país. Se vendían mucho las tortas de bolillo, con queso y chiles jalapeñ os. La
telera no se elaboraba, el primero que llego a la ciudad y puso una panificadora para ese pan fue
el Sr Esteban Casillas procedente de D.F. allá por el añ o 1975. Dicho  sea de paso, este negocio,
llamado desde hace 40 añ os “Casa Zamudio”, cumple en este mes ochenta y dos añ os y es un
referente en la ciudad.
El abuelo materno fue Enrique Olivares Aritzmendi. Nació el 22 de julio de 1908 en Taximaroa, en
el seno de una familia aristocrá tica y porfirista; su padre Neftalí Olivares Cambró n (que fue
presidente municipal en dos ocasiones) y su madre María de Jesú s Aritzmendi Patiñ o. Mi abuelo
fue el primero de seis hermanos y fue educado de acuerdo a la época, vivió en la Hacienda de San
Geró nimo, como a cinco km de ciudad hidalgo rumbo a Morelia, en una casa grande de adobe que
está en una lomita como a un km de la carretera. Y era en este lugar, donde papá Quiqui me
contaba muchas historias de la revolució n, unas eran sus recuerdos de infancia y otras las había
escuchado. Se casó a los treinta añ os y tuvo nueve hijos, la tercera mi mamá , que a petició n de los
abuelos paternos le pusieron Corona, ¿por qué ese nombre?  La respuesta que encontré fue qué
porque decían que había una Corona Españ ola.
Las condiciones políticas, sociales y econó micas de la época postrevolucionaria, dieron un giro al 
estilo de vida de los terratenientes, ante tal situació n, mi abuelo  se fue a la Ciudad de México en
1945 con su familia a buscar un mejor futuro para todos, trabajó como administrador de una
maderería que se llamaba “La Viga” y ante la enfermedad de sus papas regresó a Ciudad Hidalgo,
muerieron los dos con diferencia de pocos meses y mi abuelo se conviertió en agricultor en 1959. 
Físicamente era delgado, alto, tez blanca, poco pelo y sombrero, de temperamento tranquilo,
agradable, noble, paciente y buen contador de historias. Era muy ingenioso, tenía repuestas
rá pidas y chistosas a todo y también hacía travesuras y bromas.  Era muy alegre, le gustaban las
reuniones familiares y las fiestas duraban ochos días. Su peor palabra era “fregado muchacho,
ahorita vas a ver” y sacaba su pañ uelo rojo, lo extendía y agarrá ndolo de una puntita simulaba
golpear al travesuriento. Esto mismo hacía mi abuelo paterno.
El hombre combinó  el trabajo del campo con la atenció n a una “tiendita de rancho” a bordo de
carretera sobre la entrada a San Lucas Huarirapeo, muy cerca de donde vivía. Estaba construida
de madera rustica y tejamaniles,  por el añ o de 1978 la bautizo con el nombre  “Tapakay” y
cuando se le pregunto qué quería decir eso contesto ¡esta pa caerse! Una de las anécdotas que
han trascendido con los añ os es la de un niñ o que mando su mamá a comprar manteca de puerco,
llego y la pidió y mi abuelo le dijo: “¡No tengo de puerco, solo de puerca!”,  así que regreso rá pido
a decirle a la mamá “que solo había de puerca”,  y ella dijo “¡hay don Enrique y sus bromas!”. En
otra ocasió n, un conocido  llego con su costal y mientras  platicaban, mi abuelo aprovecho un
descuido y le puso una piedra grande, se despide y se va a su casa cargando la piedra pesada.
Eran muy famosas las tortas que preparaba, pues eran un poco diferente a las normales, el
pan era de dulce conocido como de rancho o de pulque y no se surtía diario, así que se guardaba
en una caja de madera  a la que se le ponían ramas frescas de un á rbol y luego el mantel y así se
conservaba bien; entonces la torta se hacía con este pan, le ponía queso y chiles jalapeñ os y se
acompañ aba con una coca cola.
Su casa era amplia, fresca tenia techo de dos aguas, había un á rea comú n donde se celebraban las
fiestas, con una vista hermosa hacía el oriente, remataba en unos pretiles tapizados de malvas, a
la  mitad había una escalinata de cemento  que nos llevaba a un jardín donde había algunos
á rboles frutales, rosales  y una pila donde se acaparaba el agua en tiempo de lluvias. Desde ese
lugar se veía la milpa, el canal de riego y en ú ltimo plano el curso del río a través de sus á rboles.
Tenía un gran tapanco  que  guardaba muchos perió dicos de tiempos de la revolució n.
Mi abuela materna fue Mamá Chonita. Su nombre era Encarnació n Arreaga Aguilar, pero no era de
su agrado, así que decidió llamarse y festejarse siempre como Concepció n. Nació el 9 de febrero
de 1923 en una comunidad de Tuxpan Mich., llamada Manzana de Jacuarillo. Hija de Eutimio
Arreaga Contreras y Julia Aguilar Miranda, muy chica queda huérfana de mamá y anduvo rodando
con familiares que la maltrataron mucho, eran de origen muy humilde. Esas adversidades le
dieron cará cter, fuerza, rudeza para el trabajo físico, poder, aunque no fue a la escuela, aprendió a
leer y escribir y tuvo la visió n de darles profesió n a sus hijos.
Fue una mujer muy guapa, con mucha personalidad, de pelo corto bien arreglado y siempre
castañ o oscuro hasta sus noventa y dos añ os de vida, no le debíamos decir abuelita, qué porque
decía que no estaba viejita; en realidad no lo era, mi mamá la hizo abuela a los 38 añ os. Si iba a
cualquier fiesta, tenía que pasar por el saló n de belleza, le gustaban los accesorios, en especial los
fistoles grandes  y de muy buen gusto. 
Se propuso mantener unida a su familia aunque ya sus nueve hijos estuvieran casados,
organizaba festejos, reuniones, convivencias a las que estaban invitada toda la familia con su
respectiva descendencia. No importaba que nos reuniéramos hasta cien personas, ella se
encargaba de preparar los alimentos, con mucho amor lo hacía,  sabía lo que le gustaba a cada
uno y tenía el detalle de ofrecer ese bocado; no reparaba en gastos, lo que má s preparaba era el
mole, tenía muy buen sazó n. A partir de sus ochenta añ os, se empezó a festejar en grande, decía
que como nunca tuvo un cumpleañ os de niñ a, pues ahora que podía lo hacía; ella con ayuda de
alguno de sus hijos preparaba el banquete.
Quedo viuda a los sesenta y un añ os, en ese tiempo, estaba al frente de la cocina de un restaurante
familiar “El Tapakay”. Se fue por diez añ os  a Chicago a trabajar en la preparació n de tamales para
una tienda de comida mexicana que se llama  ”La Guadalupana”;  generó un ahorro y regresó  a los
setenta y uno para volver abrir el “Tapakay” por otros ocho añ os; la especialidad, el mole de
guajolote. 
Siempre mostró gran fortaleza, que pocas veces he visto: sepultó a cinco hijos, dos nietos, dos
yernos y nunca desfalleció ; era el pilar, el sostén de toda la gran familia que logró moldear y que
le reconoció y le agradeció por la convivencia y la unió n que siempre ha habido todos los primos,
sobrinos, sobrinos nietos.
Con la experiencia que le dio la vida, ella intuyó su muerte, celebró su ú ltimo cumpleañ os en
febrero y murió el 1 de mayo del  2014. Dejó instrucciones y dinero para su novenario. También
pidió que se siguiera celebrando su cumpleañ os sin ella, para que la familia se siguiera reuniendo
como mínimo una vez al añ o.
En conclusió n, fui educada, con el ejemplo de seis personas maravillosas, mis padres y cuatro
abuelos. Los cuatro dedicados a oficios diferentes y con antecedentes familiares diversos. Sin
embargo, eso no fue obstá culo para el desarrollo pleno de cada uno, lo cual pudieron trasmitir a
sus descendientes y continuar con esa magia de trascender, de continuar, de sobrevivir al tiempo,
pues esa es la filosofía de nuestra  vida: lo que má s importa es dejar huella, conocimiento,
experiencias que puedan facilitar la toma de decisiones asertivas. Haber conocido a los cuatro
abuelos ¡fue un placer!, guardar en mi memoria su imagen física ¡no tiene precio! Y mucho menos,
los recuerdos, la convivencia.  Al conocerlos a ellos, me conozco yo y puedo identificar lo que mis
padres heredaron de cada uno de ellos y darme cuenta de la mezcla de temperamento, cará cter,
gustos, pasatiempos.
Me queda claro que fui educada con rigor, disciplina y respeto por mis padres. ¡Tengo la fortuna
de tener a mi madre todavía! Mi padre falleció pocos días antes de que yo alcanzara el medio siglo
de vida. Soy la tercera de siete hijos “seguiditos”. La primera mujer nieta de los cuatro abuelos.
Por diferencia de días tengo una prima de mi edad, que ha sido como una hermana má s. Mi
familia es muy grande, mamá tuvo ocho hermanos y papá cinco, y con todos convivimos y somos
muy unidos.
Previó a mi cumpleañ os nú mero veinte, fallece de manera repentina mi abuela paterna, cuatro
meses después, la sigue mi abuelo materno,  quién padecía una enfermedad terminal. Diez meses
má s tarde, mi abuelo paterno se va a reunir con su esposa. Pero no nos quedamos solos, Mamá
Chonita permaneció otros treinta añ os en nuestra vida.
Todos en la familia se esmeran en progresar, en ser mejores, porque si a cada descendiente de los
cuatro abuelos le va bien, si tiene éxito, entonces ellos siempre será n recordados con amor,
alegría y admiració n.

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