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Fábulas de Esopo: Lecciones de Vida

Estas fábulas presentan lecciones de vida a través de historias breves con animales. La primera historia trata de un mono que miente y se ahoga, la segunda de una zorra lastimada por los mosquitos, y la tercera de un cuervo que intenta imitar al águila. Otras historias incluyen una lámpara presumida, una paloma engañada y ratones que se enfrentan a los gatos con vanidad. Todas las historias terminan con una moraleja sobre las consecuencias de mentir, presumir o intentar más de lo
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Fábulas de Esopo: Lecciones de Vida

Estas fábulas presentan lecciones de vida a través de historias breves con animales. La primera historia trata de un mono que miente y se ahoga, la segunda de una zorra lastimada por los mosquitos, y la tercera de un cuervo que intenta imitar al águila. Otras historias incluyen una lámpara presumida, una paloma engañada y ratones que se enfrentan a los gatos con vanidad. Todas las historias terminan con una moraleja sobre las consecuencias de mentir, presumir o intentar más de lo
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EL MONO Y EL DELFÍN

Un hombre que se hizo a la mar,


siguiendo una costumbre,
adquirió un mono para distraerse
mientras viajaba.
Cuando llegaba el barco al
puerto se desencadenó una
violenta tempestad que hizo
naufragar a la frágil nave, y la
tripulación, con grandes
esfuerzos, se salvó a nado.
Entretanto el mono, que luchaba con las olas, fue visto por un delfín, el cual,
tomándolo por un hombre, se deslizó debajo de él y lo transportó a la costa.
Cuando ya llegaba al litoral, el delfín preguntó al mono si era ateniense, y éste, por
darse tono, le dijo que sí y que tenía muchos parientes ilustres allí.
Luego el delfín le preguntó si conocía el puerto. El mono, creyendo que se trataba de
una persona, le contestó que no sólo lo conocía, sino que era un buen amigo.
Entonces el delfín, dándose cuenta que el mono mentía, se zambulló en el agua y el
farsante se ahogó.
MORALEJA: Para mentir y comer pescado, hay que tener mucho cuidado

LA ZORRA Y EL ERIZO
Una zorra, que atravesaba un río, fue
arrastrada por la impetuosa corriente,
golpeándose, sin compasión, contra
toda suerte de obstáculos.
Por suerte fue llevaba hacia un
remanso, cerca de la orilla, salvándose
de milagro; pero no sin antes haber
sufrido magulladuras y
quebrantamiento de huesos.
Cuando se rehacía del susto fue atacada por una cantidad de mosquitos, que la
dejaron inmovilizada.
Un erizo que la vio le dijo:
—Veo, hermana, que te acosan los mosquitos. Si me permites los espantaré para
evitarte más sufrimiento.
—No lo intentes, amigo —respondió la zorra—, estos ya se hartaron con mi sangre;
pues si los ahuyentas vendrán otros más hambrientos aún que me dejarán sin sangre.
MORALEJA: Quien no ha tenido suerte, procure evitar la muerte.
EL ÁGUILA, EL CUERVO Y EL PASTOR
Lanzándose desde una cima, un águila
arrebató a un corderito.
La vio un cuervo y tratando de imitar al
águila, se lanzó sobre un carnero, pero
con tan mal conocimiento en el arte que
sus garras se enredaron en la lana, y
batiendo al máximo sus alas no logró
soltarse.
Viendo el pastor lo que sucedía, cogió
al cuervo, y cortando las puntas de sus alas, se lo llevó a sus niños.
Le preguntaron sus hijos acerca de qué clase de ave era aquella, y les dijo:
– Para mí, sólo es un cuervo; pero él, se cree águila.
Moraleja: Pon tu esfuerzo y dedicación en lo que realmente estás preparado, no en
lo que no te corresponde.

LA LÁMPARA Y EL ESTUDIANTE
Érase una noche, que se
anunciaba tenebrosa,
cuando un estudiante se
preparaba a realizar sus
tareas.
—Llenaré de aceite mi
lámpara y la encenderé
para iniciar el trabajo —
decía el estudiante
mientras sus manos
encendían la lumbre.
La lámpara brilló en la
oscuridad con clarísima luz y dijo al muchacho:
—Observa cómo irradia mi luz. Es más resplandeciente que el
Sol.
En tanto que se vanagloriaba, vino una ráfaga de viento y la luz se apagó al instante.
El estudiante volvió a encenderla, y le dijo:
—Déjate de hablar sandeces y dedícate a alumbrarme como antes. Recuerda que el
fulgor de las estrellas jamás se apaga.

MORALEJA Presumir y no valer, es mascar sin comer.


LA PALOMA
Una sedienta paloma vio
sobre una pared un vaso
pintado, al parecer
conteniendo agua.
Creyéndolo verdadero, el ave
se lanzó sobre el muro.
La pobre quedó con la cabeza
golpeada y cayó al suelo.
Unos muchachos, que se
hallaban por el lugar, gritaron:
—¡Una paloma! ¡Una paloma! Atrapémosla para criarla.
Ya en cautiverio la paloma, malherida, se quejaba:
—Esto me pasa por no reflexionar.
Así suele ocurrir a las personas que inician una empresa sin meditar lo suficiente.
MORALEJA: Donde reina la ilusión, es ciega la pasión.

LA SOMBRA DEL ASNO


Un hábil comerciante contrató los
servicios de un arriero y de
su asno para transportar su
mercadería por el desierto.
—es muy ardiente este sol y no
se vislumbra ningún oasis para
aplacar la sed —pensó el
comerciante, dando muestras de
agotamiento.
entonces el mercader, falto de
fuerzas, se sentó en el suelo para tomar un respiro a la sombra del jumento.
el dueño del asno, no menos achicharrado, lo empujó con violencia para hacerse sitio,
diciéndole:
—yo te alquilé el asno para llevar tu carga, pero si quieres disfrutar también de su
sombra, necesitamos hacer nuevo contrato.
MORALEJA: Para el ambicioso y loco, todo cuanto recibe es poco.

GUERRA ENTRE GATOS Y RATONES


—¡Corran, corran!, ¡por aquí! —
gritaban los ratones al suscitarse una
feroz batalla con los gatos, que
después del enfrentamiento, ninguno
reconocía la razón de su derrota.
—¡Creo que no somos débiles,
demostremos al enemigo que no le
tenemos miedo y que unidos podemos
vencerlo! —fueron palabras del jefe de
los ratones.
Decidieron, entonces, enfrentarse nuevamente ante los gatos, con el nombramiento
de muchos generales.
Pero esta segunda vez, los gatos lograron arrollar fácilmente a los pobres ratones,
quedando satisfechos con el banquete.

Los débiles ratones pagaron con la vida su vanidad.


MORALEJA: Quien mucho se quiere hinchar, por fuerza ha de reventar.

ESOPO Y LOS ESCLAVOS


Íbamos de viaje con mi amo
cuenta Esopo— en compañía de
muchos esclavos.
Como había buen número de bultos
para transportar, motivó discusiones
entre los acompañantes.
Esopo, que era el jefe, para dar el
ejemplo, dijo:
—Yo me encargo del cesto de provisiones que es el más pesado.
Esa actitud alentó a los otros esclavos que cargaron los bultos restantes, sin chistar.
Luego de buen trecho de travesía, se hizo un alto para desayunar y la carga
de Esopo se aligeró.
Al medio día se hizo otro descanso para almorzar, y siguió disminuyendo la carga.
Igual parada se hizo al atardecer.
Cuando, al anochecer, los esclavos cansados llevaban la misma carga, Esopo, en
cambio, portaba el cesto vacío.
MORALEJA: El hombre inteligente y astuto, hasta de los males saca fruto.

FÁBULA FABULA EL VIEJO Y EL ASNO


Un viejo y su hijo llevaban al mercado
un asno para venderlo. Iban a pie para no
fatigar al animal, pues pensaban que, al
llegar descansado, se recomendaría solo
en las ventas de la feria.
A poco se encontraron con unas mujeres,
que comentaban la torpeza de caminar a
pie teniendo tan buena cabalgadura.
El viejo, al oír el comentario, mandó a su hijo que montara en el burro. Después de
andar algún trecho, pasaron cerca de un grupo de ancianos, quienes también
criticaron la acción del mozo que iba montado, mientras que su anciano padre iba a
pie.
Entonces, el viejo hizo desmontar al hijo y subiese él sobre el jumento. Más adelante,
hallaron un grupo de muchachos que, al verlos pasar, trataron al viejo de inhumano,
ya que iba muy cómodo sobre el pollino, mientras que el zagal apenas podía caminar
por el cansando.
Al buen viejo le pareció haber encontrado el secreto de complacer a todo el mundo,
haciendo que el mozo montase en el anca; cuando un hombre, dirigiéndose a ellos,
les gritó:
—¿Cuál de los tres es el asno?
Sintiese el viejo muy contrariado con esta pregunta burlo- na. También un vecino
manifestó su parecer diciendo que era una barbaridad cargar de aquella manera a un
animal tan pequeño y débil.
El viejo encontró razonable la observación y, para evitar que el jumento muriera en el
camino, decidió llevarlo cargado hasta la feria.
Entre él y su hijo ataron al animal con una cuerda y, tomando en hombros una
extremidad cada uno, fueron trabajosamente llevando a la bestia en dirección al
pueblo.
Entonces sucedió que una procesión de curiosos les seguía haciendo bromas, al ver
que dos personas llevaban un asno a cuestas.
Finalmente, al pasar un puente, el burro hizo un esfuerzo para recobrar su libertad y,
asustado de tanto alboroto, cayó al agua y se ahogó.
El pobre viejo, por pretender complacer a todos, perdió su asno. Por ello conviene no
ser demasiado complaciente cuando se tiene La razón.
MORALEJA: Si a todos has de agradar, a nadie podrás contentar.

LA RANA QUE QUISO SER BUEY

Había una vez una rana que no se


gustaba nada de nada. Todos los
días del año se acercaba al
estanque más cercano para ver su
reflejo en las aguas y se deprimía
contando todos sus defectos ¡Qué
fea y vulgar se sentía!
Detestaba su gigantesca boca de
buzón que, por si fuera poco,
emitía sonidos carrasposos que
nada tenían que ver con los dulces
trinos de los pajaritos. También pensaba que el color verde lechuga de su cuerpo era
feísimo, y estaba obsesionada con las manchas oscuras que cubrían su piel porque,
según ella, parecían verrugas. Pero sin duda lo que más le repateaba era su tamaño
porque el hecho de ser tan pequeña le hacía sentirse inferior a la mayoría de los
animales.
Cada mañana, después de contemplarse en el estanque, regresaba a su casa
lamentándose de su mala suerte. La ruta de vuelta era siempre la misma: sorteaba
unas cuantas piedras, recorría el camino de setas rojas con lunares blancos, y
atravesaba la pradera donde vivía un viejo buey. En cuanto lo veía, la rana no podía
evitar hacer un alto en el camino y quedarse pasmada mirando su imponente figura.
– ¡Ay, qué suerte tiene ese buey! ¡Me encantaría ser grande, tan grande como él!
Harta de sentirse insignificante, una tarde de primavera reunió a su pandilla de
amigas ranas y mandó que se sentaran todas a su alrededor.
– Escuchadme, chicas: ¡Se acabó esto de ser pequeña! Voy a intentar agrandarme lo
más que pueda y quiero que me digáis si lo consigo ¡No me quitéis ojo! ¿De acuerdo?
Las amigas se miraron sobrecogidas y empezaron a negar con la cabeza para que no
lo hiciera, pero no sirvió de nada pues nuestra protagonista estaba completamente
decidida.
Sin esperar ni un minuto más, se concentró, cerró los ojos, y aspiró por la boca todo
el aire que pudo. Poniendo boquita de piñón para no desinflarse, preguntó a las otras
ranas.
– ¿Ya? ¿Ya soy tan grande como el buey?
Una de ellas contestó:
– ¡Para nada! Te has hinchado un poco, pero ni de lejos eres tan enorme.
La rana seguía encabezonada y se estiró como una gimnasta rítmica para tratar de
retener una cantidad de aire mayor. Su pequeño y resbaladizo cuerpo se hinchó por lo
menos el doble y adquirió forma redondeada ¡Parecía más pelota que batracio!
– ¿Y ahora? ¿Lo he conseguido, chicas?
¡Las ranas del corrillo se miraron atónitas! Pensaban con franqueza que su amiga
estaba loca de remate, pero ante todo debían respetar su decisión y ser sinceras con
ella. La más pequeña le dijo:
– ¡Qué va! Has crecido bastante pero el buey sigue siendo infinitamente más grande
que tú.
La rana no estaba dispuesta a rendirse tan pronto.  Dejó la mente en blanco y respiró
muy, muy profundamente. Entró tanto aire en su tripa que se oyó un ¡PUM! y la
pobre reventó como un globo al que pinchan con un alfiler.
– ¡Ay, ay, qué dolor! ¡Socorro! ¡Ayudadme!
Las amigas corrieron a su lado ¡Se asustaron mucho cuando la vieron tendida boca
arriba en el suelo y con un agujero en la barriga!
– Esto duele mucho ¡Haced algo o me desangraré!
Por suerte, una de las ranas era doctora y conocía bien los recursos que ofrecía la
madre naturaleza. Buscó a su alrededor y encontró una tela de araña sin dueña para
usarla como hilo de coser, y con ayuda de unos palitos, la operó de urgencia. Gracias
a su habilidad como cirujana, consiguió salvarle la vida.
La rana herida se recuperó en unas semanas y desde entonces cambió completamente
de actitud. Jamás volvió a sentirse mal consigo misma y se dio cuenta de que ser una
pequeña rana tenía sus ventajas: podía nadar en el estaque, dar brincos
espectaculares, jugar al escondite tras las hojas de nenúfar, y otras muchas cosas que
el buey jamás podría hacer ni en sus mejores sueños. En definitiva, descubrió que uno
es mucho más feliz cuando se acepta tal y como es.
Moraleja: Es absurdo intentar cambiar para convertirnos en algo que jamás
seremos. Cada persona nace con unas cualidades diferentes y lo bueno es saber
cómo aprovecharlas. Siéntete orgulloso de cómo eres y disfruta de las
capacidades que tienes ¡Seguro que son muchas más que tus defectos!

EL ÁGUILA Y LA TORTUGA

Érase una vez una


tortuga que vivía muy
cerca de donde un
águila tenía su nido.
Cada mañana observaba
a la reina de las aves y
se moría de envidia al
verla volar.
– ¡Qué suerte tiene el
águila! Mientras yo me
desplazo por tierra y
tardo horas en llegar a cualquier lugar, ella puede ir de un sitio a otro en cuestión de
segundos ¡Cuánto me gustaría tener sus magníficas alas!
El águila, desde arriba, se daba cuenta de que una tortuga siempre la seguía con la
mirada, así que un día se posó a su lado.
– ¡Hola, amiga tortuga! Todos los días te quedas pasmada contemplando lo que hago
¿Puedes explicarme a qué se debe tanto interés?
– Perdona, espero no haberte parecido indiscreta… Es tan sólo que me encanta verte
volar ¡Ay, ojalá yo fuera como tú!
El águila la miró con dulzura e intentó animarla.
– Bueno, es cierto que yo puedo volar, pero tú tienes otras ventajas; ese caparazón,
por ejemplo, te protege de los enemigos mientras que yo voy a cuerpo descubierto.
La tortuga respondió con poco convencimiento.
– Si tú lo dices… Verás, no es que me queje de mi caparazón, pero no se puede
comparar con volar ¡Tiene que ser alucinante contemplar el paisaje desde el cielo,
subir hasta las nubes, sentir el aire fresco en la cara y escuchar de cerca el sonido del
viento justo antes de las tormentas!
La tortuga tenía los ojos cerrados mientras imaginaba todos esos placeres, pero de
repente los abrió y en su cara se dibujó una enorme sonrisa ¡Ya sabía cómo cumplir
su gran sueño!
– Escucha, amiga águila ¡se me ocurre una idea!  ¿Qué te parece si me enseñas a
volar?
El águila no daba crédito a lo que estaba escuchando.
– ¿Estás de broma?
– ¡Claro que no! ¡Estoy hablando completamente en serio! Eres el ave más respetada
del cielo y no hay vuelo más estiloso y elegante que el tuyo ¡Sin duda eres la
profesora perfecta para mí!
El águila no hacía más que negar con la cabeza mientras escuchaba los desvaríos de
la tortuga ¡Pensaba que estaba completamente loca!
– A ver, amiga, déjate de tonterías…  ¿Cómo voy a enseñarte a volar? ¡Tú nunca
podrás conseguirlo! ¿Acaso no lo entiendes?… ¡La naturaleza no te ha regalado dos
alas y tienes que aceptarlo!
La testaruda tortuga se puso tan triste que de sus ojos redondos como lentejitas
brotaron unas lágrimas que daban fe de que su sufrimiento era verdadero.
Con la voz rota de pena continuó suplicando al águila que la ayudara.
– ¡Por favor, hazlo por mí! No quiero dejar este mundo sin haberlo intentado. No
tengo alas, pero estoy segura de que al menos podré planear como un avión de papel
¡Por favor, por favor!
El águila ya no podía hacer nada más por convencerla. Sabía que la tortuga era una
insensata, pero se lo pedía con tantas ganas que al final, cedió.
– ¡Está bien, no insistas más que me vas a desquiciar! Te ayudaré a subir, pero tú
serás la única responsable de lo que te pase ¿Te queda claro?
– ¡Muy claro! ¡Gracias, gracias, amiga mía!
El águila abrió sus grandes y potentes garras y la enganchó por el caparazón. Nada
más remontar el vuelo, la tortuga se volvió loca de felicidad.
– ¡Sube!… ¡Sube más que esto es muy divertido!
El águila ascendió más alto, muy por encima de las copas de los árboles y dejando
tras de sí los picos de las montañas.
¡La tortuga estaba disfrutando como nunca! Cuando se vio lo suficientemente arriba,
le gritó:
– ¡Ya puedes soltarme!  ¡Quiero planear surcando la brisa!
El águila no quiso saber nada, pero obedeció.
– ¡Allá tú! ¡Que la suerte te acompañe!
Abrió las garras y, como era de esperar, la tortuga cayó imparable a toda velocidad
contra el suelo ¡El tortazo fue mayúsculo!
– ¡Ay, qué dolor! ¡Ay, qué dolor! No puedo ni moverme…
El águila bajó en picado y comprobó el estado lamentable en que su amiga había
quedado. El caparazón estaba lleno de grietas, tenía las cuatro patitas rotas y su cara
ya no era verde, sino morada. Había sobrevivido de milagro, pero tardaría meses en
recuperarse de las heridas.
El águila la incorporó y se puso muy seria con ella.
– ¡Traté de avisarte del peligro y no me hiciste caso, así que aquí tienes el resultado
de tu estúpida idea!
La tortuga, muy dolorida, admitió su error.
– ¡Ay, ay, tienes razón, amiga mía!  Me dejé llevar por la absurda ilusión de que las
tortugas también podíamos volar y me equivoqué. Lamento no haberte escuchado.
Así fue cómo la tortuga comprendió que era tortuga y no ave, y que, como todos los
seres vivos, tenía sus propias limitaciones. Al menos el porrazo le sirvió de
escarmiento y, a partir de ese día, aprendió a escuchar los buenos consejos de sus
amigos cada vez que se le pasaba por la cabeza cometer alguna nueva locura.

Moraleja: La tortuga despreció la advertencia de su prudente amiga y las


consecuencias fueron desastrosas. Esta fábula nos enseña que, en la vida, antes
de actuar, debemos valorar los consejos de la gente buena y sensata que nos
quiere.

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