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Tu Yo

El documento cuenta la historia de Antoine, un niño de 11 años que vive solo en una casa colorida. Un día se da cuenta de que podría ser un robot controlado por alguien más. Habla con su mente y se da cuenta de que él es su propia mente, y que no es un robot. Aunque se siente solo a veces, decide salir de su cuarto para enfrentar el día.
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Tu Yo

El documento cuenta la historia de Antoine, un niño de 11 años que vive solo en una casa colorida. Un día se da cuenta de que podría ser un robot controlado por alguien más. Habla con su mente y se da cuenta de que él es su propia mente, y que no es un robot. Aunque se siente solo a veces, decide salir de su cuarto para enfrentar el día.
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Tu|yo

Por Brian Rosete Dorantes

Un día como hoy pero de hace muchos, muchos años… como 6 o 7… no pasó nada
extraordinario

Todo iba a su ritmo y a su tiempo como siempre....

Pájaros que no cantaban por tener la boca llena de migajas le reclamaban a Don Anacleto
más pan, La Lic. Roberta se volvía a rascar la nalga antes de entrar al edificio donde
trabajaba, y los carros pasaban polvorientos en la calle sin pavimentar frente a las ventanas
empañadas de la colorida casa de Antoine.

En un pueblo tan poco cambiante, Antoine daba impresión de ser una personilla de 11 años
común y (no tan) corriente, excepto por el nombre tan raro... y los brazos tan largos... y la
casa tan divertida y sola... y por el simple hecho de que era robot.

¡Sí! Era robot, o bueno, eso parecía ser, aunque tratara de no parecerlo. Esa mañana en
particular era mucho más evidente. Contemplando, ahí en el extremo del comedor frente a
la ventana que da a un patio amplio y verde, sintió que no sentía nada.

“¡Oh, no!”, gritó de repente hacia una casa vacía. “¡Descubrí mi secreto!”

Se espantó y salió corriendo a su cuarto azul lleno de estampas y posters. Entró y dio un
portazo que alcanzó a cimbrarle los pies. Se aventó a la cama y con los ojos bien abiertos,
aún con emoción y espanto comenzó a hablar muy rápido al silencio de ese cuarto lleno de
triques.

“Soy un robot, soy un robot, soy un robot, soy un robot…” se repetía y se repetía. No hacía
mucho que había comenzado a pensar que no era más que un robot muy sofisticado que
tenía como base, no circuitos de silicón, sino cables de carbón (había estado viendo mucha
tele). Y este robot de brazos largos, pisadas fuertes y casa arreglada estaba siendo
controlado por un pequeño ser, muy muy adentro de su cabeza, así como estilo Power
Ranger, o Iron-man, pero más chiquito. El punto era que suponía que su control no era
propio, y que había alguién más al volante que sólo le veía, apuntándole qué hacer.

“Soy un robot, soy un robot, soy un robot... “ murmuró por algunos segundos más que le
parecieron varios segundos (como 6 o 7), y se detuvo, se quedó pensando: Los robots no
sienten… los robots no piensan… los robots no se comen media bolsa de cereal para luego
estar media noche en el baño con su mamá que aspira todos los pedos que el robot se
echa… no tenía tanto sentido… se sentó para respirar y relajarse un rato, y después de un
tiempo se dijo con convicción: “A ver, a ver, a ver… ¿Por qué era que creía que soy un
robot?”

Entonces, sucedió:
“Porque lo eres y no sientes nada, ¿no?.” Se contestó una voz en su cabeza.

“¿Quién dice?”, dijo con incredulidad

“Tú.”

“¿Yo?”

“Bueno, yo.”

“Osea, tú.”

“Sí, tú.”

“Que soy yo.”

“Yo diría.”

“Pues, yo digo que sí. Tú dime.”

“Te estoy diciendo…”

“Mejor di quién eres”

“¡Qué tú!”

“¡¿Ketu?!”

“... ¡YO SOY TÚ!, ¡Aló!, ¡Soy tu propia mente!”

“Ah… ¡Oh! ya, ya…” Y comenzó a gritar más fuerte aún. “¡Sal de mi mini-power ranger!”

“¡Espera, espera! ¡Respira!… ¡Respira hondo!…” Dijo la voz que sonaba con todavía más
preocupación. “Respira… inhala… exhala…”, seguía diciendo. A pesar de todo había sido
reconfortante y Antoine comenzaba a calmarse.

“Ahora sí.” Dijo la mente. “Ya podemos hablar. Hola, de nuevo. Soy tu mente.”

“... … … ¡AAAAAAAH!”

Pasó un rato y Antoine por fin se calmó totalmente. Le dolían el pecho y la panza, sin
mencionar que ya no tenía baba en la boca y se sentía como si hubiera comido un bote
entero de papas saladas. Aún con unas cuantas lágrimas se sentó al pie de su cama
tapando la cara de Steven Universe con sus pompas y pisándole las manos al Hipo de su
suave tapete. Respirando hondo, aún, pudo comenzar la conversación:
“Ok… entonces… tú eres mi mente… ¿Sí eres Power Ranger?”

“No, no lo soy, ni eres. De hecho no sé bien quién sería.”

“Seguro serías Iron-man, porque piloteas un robot.”

“mmm… tal vez, pero no podría decirlo a ciencia cierta. Creo que sólo soy tú… creo que
sólo te hablo así por medio de la mente.”

“¿Entonces soy yo y me hablo por la mente como si fuera un celular?”

“¡Sí! ¡Ándale! Aunque no sé cómo le hiciste para marcarme.”

“Ni yo… no es como que quisiera ponerme en contacto. Sólo me senté a ver la calle.”

“Y, ¿Luego?”

“Pues veía que siempre es lo mismo el rascado de nalga, la atragantada de los pájaros, de
lo sola de la casa… comenzaba a sentir como…”

“mmmm… ¿Como algo negro en el pecho?”

“¡Sí!”

“oh, ya, ¡Cierto! y, ¿Apachurado el aire?”

“Exacto…”

“... ¿Como si todo fuera estuviera vacío?...”

Antoine volvía a saborear las saladas lágrimas en su mejilla. Esa vocecilla acertaba. “Sí.”,
Contestó con voz baja, porque el volumen aún importaba. “La verdad es que así me siento,
y me pone triste sentir eso… esa…”

“Uh.” Sobresaltó. “esa soledad.”

No respondió. El tirón en la garganta le hizo bajar la cabeza y ver sus pies plantados en el
tapete. Movió un poco los dedos y murmuró:

“Estoy triste. Estoy triste aquí sin nadie.”

“Sí, estás triste. Me siento triste.”

“Pero la casa es tan bonita… pero tan vacía… Ya no quiero estar aquí sin nadie por tanto
tiempo… es pesado no tener a nadie y sentirme…”
“Nadando en soledad.”

“Nadando en un negro apachurrado y querer salir y querer que vengan a ayudarme.”

“Pero a veces estamos sin nadie.”

“A veces no hay nadie… Como mucha gente que está sola.”

“Y, se siente nadando en un charco de negro sin ayuda.”

“Sin alguien.”

Antoine permaneció quieto, pero no inmóvil. Sus brazos temblaban y parecían alzarse
sólos. Sus pies apenas y tocaban el piso, ahora. Su espalda se encorvaba por pesada y
para tratar de aliviar la incomodidad en medio de su pecho. Estaba llorando.

“Ya no quiero.”

“Yo ya no quiero.”

“Y, sólo necesitas querer para poder moverte”

“Para moverte sólo quiero escucharme.”

“Moviéndome creo que podría manejarme.”

“Moviéndome creo que me convencerías de no ser robot.”

“Pero, entonces, ya me confundí. ¿Quién es robot y piloto?”, Dijo Antoine secando un de


sus ojos con la cobija.

“No siento que haya robot o piloto. Creo que sólo somos tú y yo.”, contestó Antoine, un poco
confundido.

“Pero tú eres yo.”

“Y yo soy tu cuerpo.”

“Y también eres y soy mi mente.”

“¡Qué cosa tan rara!”

“Sí, ya me dio miedo… pero creo que me gusta… se siente lindo…”

Antoine se respondió aunque no dijo nada. El volumen ya no importaba. Lo que se escuchó


muy fuerte fueron los pasos que dio a la puerta.
Un hormigueo en su mano se desató al tocar el picaporte, y la vibración llegó hasta la mitad
de su panza.

“Qué cosquillas tan divertidas.” Se murmuró antes de salir por el umbral. Por ahora, no sería
robot; no iría con piloto, ni sería un montón de cables de carbón. Por esta ocasión en esa
calle habría un robot menos con cables desconectados (como 6 o 7).

Bibliografía:

Kepner J.I. (1987) ​El proceso corporal Gestalt.​ Editorial El Manual Moderno. México.

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