The Best Man PDF
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Nayelii
VanillaSoft Kath
Kachii Andree Kane
Lola' Walezuca_Segundo
Cjuli2516zc Grisy Taty 3
Guadalupe_hyuga JandraNda
Lvic15
Lola’
Sinopsis 18 37
Prefacio 19 38
1 20 39
2 21 40
3 22 41
4 23 42
5 24 43
6 25 44 4
7 26 45
8 27 46
9 28 47
10 29 48
11 30 49
12 31 50
13 32 51
14 33 Epílogo
15 34 Sobre la autora
16 35
17 36
N
o sabía su nombre, pero escuché su risa, probé sus labios, sentí
su cálida piel cuando la sostuve en mis brazos. Juntos veíamos
a nuestros niños jugando en la arena, con el océano caliente
lamiendo la orilla detrás de ellos mientras el sol poniente pintaba el cielo.
Ella era mi alma gemela y esta era nuestra vida, nuestro hermoso para
siempre…
Entonces desperté… solo en una habitación de hospital, conectado a
cables y máquinas.
No había esposa. Ni niños. Ni una sola alma esperándome.
Esa vida que soñé… nunca existió.
Había estado en un accidente devastador, me dijo una enfermera
cuando entró. En coma por semanas. Tendría un largo camino de
recuperación, pero iba a lograrlo. 5
Desde ese momento, el sueño me perseguía. Veía la cara de esa mujer
cada vez que cerraba los ojos, la busqué en cada multitud, dolido por estar
con una extraña que sentía he conocido toda mi vida… y juré que, si alguna
vez la encontraba, haría cualquier cosa para hacerla mía.
Cualquier cosa.
Entonces la encontré.
Y fue el mejor y peor día de mi vida, porque la mujer de mis sueños…
estaba a punto de casarse con mi mejor amigo.
Para los soñadores.
Y para Mary Brannian.
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“Maktub1 —dijo ella—. Si de verdad soy parte de tus sueños, volverás algún
día”.
—Paolo Coelho, El Alquimista.
1 Maktub: En la cultura islámica significa “destino”. Es la palabra árabe para “está escrito”
y significa que algo está destinado a suceder.
L
os antiguos egipcios creían que los sueños existían en un lugar
entre los vivos y el otro lado. Los primeros romanos, griegos y
mesopotámicos consideraban la interpretación de los sueños
como una forma de arte que requería un intelecto avanzado e inspiración
divina. Sigmund Freud es famoso por teorizar que los sueños son el
resultado de deseos suprimidos o incompletos… particularmente aquellos
de naturaleza sexual o romántica. La ciencia moderna sugiere que los
sueños no son nada más que impulsos eléctricos en nuestros cerebros,
tirando pensamientos al azar e imágenes de nuestros recuerdos.
Y, al final del día, todos sabemos en realidad que los sueños son una
forma de alucinaciones inconscientes. Y, aunque el contenido puede ser
ilusorio, las emociones que sentimos en respuesta a ese contenido pueden,
a veces, ser demasiado reales.
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L
os números no mienten.
¿Pero los hombres como el que está a mi lado? ¿Con ojos
cobrizos iridiscentes, una mandíbula tan afilada que podría
cortar diamantes y hombros cubiertos de músculos en los que
enterrar las uñas mientras se mueve en las partes más profundas de ti?
Ellos mienten.
Mienten todo el tiempo.
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Especialmente en bares de paso en Hoboken como este.
Me dijo su nombre, pero ya lo he olvidado. Los hombres como él no
tienden a dar sus nombres reales, así que no tiene sentido recordarlos.
También me dijo que era de Manhattan, y que una vez al mes renta un auto
un fin de semana para poder salir de la ciudad, respirar algo de aire fresco
y escucharse pensar.
Suena inventado.
Una historia que le dices a cualquiera para impresionarlos, para
hacerlos pensar que eres profundo.
Diferente.
Especial.
Si tuviera que imaginármelo, tiene una esposa y un bebé en los
suburbios. Ridgewood o Franklin Lakes. Quizás su vida sexual no sea lo que
solía ser. Quizás la vida en familia no era lo que esperaba. En mi mente lo
he imaginado empacando una pequeña maleta, dándole un beso de
despedida a su familia, subiendo a su lujoso auto y transportando su trasero
a un pequeño bar donde nadie los conozca a él ni a su estatus marital.
Echo un vistazo a su mano izquierda.
Está demasiado oscuro para ver una marca de anillo de bodas.
—¿Cuánto tiempo estás en el pueblo? —Se inclina hacia adelante
cuando me habla, con su voz suave como terciopelo y enviando un rocío de
escalofríos a lo largo de mi cuello. El más débil indicio de loción para
después de afeitar emana de su cálida piel. Con un toque de vetiver y
mística, lo disfruto. Pero no le digo eso. Si lo halago pensará que consiguió
un “bocado” e intentará aprovecharse.
No quiero ser atrapada. No quiero ser aprovechada.
Quiero disfrutar de mi copa de vino, quizás dar un paseo por la cuadra,
y luego volver a mi habitación de hotel, ponerme una mascarilla de carbón
y caer dormida con Seinfeld en la pantalla de mi televisión.
—No mucho —le digo, evitando el contacto visual por un mundo de
razones, la mayoría siendo el hecho de que él es el extraño más hermoso
(físicamente hablando) que me ha invitado a una bebida y, cada vez que me
permito disfrutar de eso, pierdo el tren de mis pensamientos—. Un par de
días más.
—Lo mismo. —Toma un sorbo de su bebida, algo ámbar en un vaso de
cristal. El tipo de licor que saboreas gota por costosa gota, del tipo que no
te apresuras a terminar—. ¿Dónde dijiste que trabajabas?
—Phoenix. —Me aclaro la garganta. Nada peor que un hombre que hace
preguntas pero no se toma el tiempo de escuchar.
—No, recuerdo esa parte. —Me demuestra que me equivoco—. Me
refiero a ¿dónde? ¿Qué compañía?
—La Firma Fletcher —miento por razones de seguridad. 10
No conozco a este hombre de Adam… no necesito darle armas para
Google.
—¿Algo joven para ser actuaria, no?
Su siguiente pregunta me toma con la guardia baja, y casi me ahogo
con mi vino. La mayoría de los hombres… los centrados en asegurarse de
tener un coño para la noche… raramente recuerdan lo que hago una vez
que me han preguntado. Y los que lo hacen no tienen ni idea de lo que es
un actuario, o la educación y pruebas que se necesitan para convertirse en
uno.
—Sí soy joven para ser actuaria —digo. Giro mi atención hacia él sin
pensarlo dos veces. Gran error. Sus ojos ámbar brillan, centrados en mí. Mi
estómago se aprieta en respuesta—. Soy rápida. —Tomando un sorbo,
añado—: No lo recomiendo al menos que estés dispuesto a sacrificar tu vida
social… o cualquier tipo de vida que puedas tener… durante la mayor parte
de tus veintes.
Mucha vida se me pasó por encima. Semestres que confundía con
otros. Invitaciones de fines de semana abandonadas en favor de estudiar
para el próximo examen. Al final, estaba corriendo hacia una línea de fin sin
otra razón más que la sentía como la opción segura en un mundo lleno de
mucha incertidumbre.
Ve a la universidad. Consigue una carrera. Todo lo demás caerá en su
lugar…
—Pero te encanta, ¿cierto? —pregunta—. ¿Valió la pena?
Asiento.
—Me encanta.
Si valía la pena apresurarse es otra cosa. Si pudiera volver atrás y
hacerlo diferente, si pudiera bajar el ritmo y pasar más tiempo con mi
hermana antes de que muriera inesperadamente, lo haría en un santiamén.
Él cubre mi mano con su palma medio segundo antes de hacer señas
al cantinero.
—Tu vaso está casi vacío.
—No, no. Estoy bien —digo, negando al cantinero para cancelar la
orden—. Voy a irme pronto.
El hombre revisa su reloj, una pieza plateada reflectante con un bisel
de gran tamaño y una simple y clásica cara antes de arrugar su nariz.
—Son solo las nueve y media…
Durante un segundo imagino a su esposa regalándole ese reloj en su
primer aniversario. O el día de su primer gran promoción. O el día en que le
dijo que estaba embarazada.
En el fondo sé que esta es una historia que me estoy contando para
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hacerme sentir mejor por no tomar un riesgo. Al final del día siempre
estamos justificándolo todo, todo el tiempo, de manera individual.
Me alejo de él y miro los restos morados en el fondo de mi copa.
Un sorbo y se terminará.
Un sorbo y estaré lejos de aquí.
Un sorbo y nunca veré a este hombre con los iris manchados de dorado
otra vez.
Debo admitir que estoy bastante halagada por el hecho de que, de todas
las mujeres hermosas y encantadoras en este bar esta noche, este Adonis
apresurado se me acercara a mí.
—Me di cuenta de que estoy en un bar de solteros en una noche de
viernes —digo—. Pero puedo asegurarte que tendrás mejor suerte si diriges
tus cumplidos en otra dirección.
Él se río a medias.
—¿Qué?
—Estás pescando. Quieres sexo. —Parpadeo—. No te juzgo. Solo estoy
diciendo que desperdicias valioso tiempo y energía conmigo.
Sus cejas se encuentran. Su mirada va a mi mano izquierda.
—¿Estás con alguien?
Mordiéndome el labio, niego.
—No.
—¿Entonces, qué? ¿No te interesan los hombres?
—Me interesan los hombres. Solo que no me acuesto con personas que
no conozco. —Me enderezo—. No tengo aventuras de una noche. Nada
personal.
—Es justo. ¿Puedo preguntar por qué? —Entrecierra los ojos y, durante
un segundo, creo que podría estar genuinamente interesado en mi respuesta
porque no aparta su atención de mí ni un momento. También estoy
impresionada de que no se esté alejando del dolor del rechazo o negando
que realmente estuviera solo detrás de una cosa.
El mundo necesita más personas como él… al menos, asumiendo que
sea cada gramo del hombre soltero y pescador que clama ser.
—Las probabilidades de que una mujer tenga un orgasmo durante una
aventura con un extraño es un miserable veintidós por ciento y el promedio
de duración de dicho encuentro es de siete minutos. Puedo hacer algo mejor
por mi cuenta.
Sin mencionar que más del cuarenta por ciento de los hombres han
tenido docenas de compañeras… y un tercio de esos hombres han tenido
más de cien.
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Una vez más… los números no mienten.
—¿Por qué has venido aquí, entonces? —pregunta.
—Porque beber sola en mi habitación de hotel en mi cumpleaños habría
sido algo deprimente nuevo para mí. —Esta vez no le miento a este extraño.
No tengo razones para hacerlo. Además, declarar algo más que esto sería
mentirme a mí misma.
Tomo toda la responsabilidad por no hacer mi investigación sobre este
bar. También tomo toda la responsabilidad por no salir por la puerta en el
instante que puse un pie aquí e inmediatamente escuché a un par de chicos
hablando sobre como éste era “el bar más popular para aventuras en la calle
Washington”.
Este lugar está cerca de mi hotel… y por cerca me refiero a
prácticamente conectados. Sus paredes están juntas en una ajetreada parte
de la calle del centro. El horizonte de la ciudad de Nueva York en la distancia
y el tenue hedor del Río Hudson están infundidos en cada respiración.
Me quedo en este vecindario cada vez que viajo aquí por trabajo.
Es familiar. Sé que esperar.
Tomo los últimos mililitros de mi vino y coloco la copa sobre mi
posavasos de cartón antes de alejarla.
—Feliz cumpleaños —dice.
Me encuentro con su mirada. Mi aliento se atrapa en mi pecho con el
gusto de una tonta chica estudiante con un enamoramiento de dos
segundos. El calor cubre mi cuerpo.
Si fuera una mujer aventurera, su boca estaría en la mía para ahora.
Con mis dedos enterrados profundamente en su cabello arenoso.
Estaríamos haciéndolo en el baño, con su espalda contra la puerta para
evitar que unos clientes desprevenidos entraran. O quizás entrarían, pero
estaríamos haciéndolo tan duro que no lo notaríamos o no nos importaría.
Quizás cuando terminara nos iríamos a mi habitación de hotel para la ronda
dos, seguida por el desayuno en la cama y la ronda tres por la mañana.
Seguiríamos caminos distintos, doloridos y satisfechos, y archivaría todo el
encuentro en mi memoria.
Pero no soy esa chica.
Y nunca lo seré.
Me levanto del taburete del bar y recojo mis cosas.
—Gracias por la bebida. Y por tu honestidad. Es refrescante.
Él muerde el interior de su labio inferior, estudiándome.
—¿Así que solo vas a volver a tu habitación de hotel ahora? ¿Pasar el
resto de tu cumpleaños sola?
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Ofrezco un encogimiento de hombros rendido y levanté mis cejas.
—Síp.
—¿Dónde consigues esos números? ¿Esas estadísticas? —pregunta.
—¿Las estadísticas de aventuras de una noche?
Asiente.
—No lo sé… algún artículo que leí hace unos años. ¿Por qué?
—Porque son tonterías. —Sus ojos brillan—. No estoy en el cuarenta
por ciento, puedo decirte eso. Y puedo prometerte que duro mucho más que
siete minutos. Y no hay nada que me encante más que hacer venir a una
mujer… ya sea con mi polla, mis dedos o mi lengua.
Mi garganta se constriñe alrededor de las palabras que intentan salir,
y casi me ahogo con ellas. El calor cubre mi piel antes de establecerse entre
mis muslos, y nada me encantaría más que un estallido de frío aire de
febrero justo ahora.
Sus palabras son un agudo e inesperado contraste contra su reservado,
caballeroso exterior.
—Qué mal. —Se muerde el labio, mirándome de arriba abajo, y se
inclina hacia mí—. Realmente estaba esperando probar esa boca con forma
de corazón tuya esta noche. Junto con otras cosas…
Durante unos segundos interminables considero llevarlo a mi
habitación. Contemplo lanzar la precaución al viento como confeti. Debato
si me odiaría o no por eso en la mañana.
Por último, calculo los factores de riesgo.
Aprieto la mano alrededor de la tira de mi bolso y respiro
profundamente.
—Buena suerte con… esta noche. Y gracias otra vez por el vino.
No espero a que responda y, tan pronto como mis tacones golpean el
cemento de la acera afuera, libero el aliento que había estado conteniendo.
Estoy varios metros más cerca de la entrada de mi hotel cuando un
hombre detrás de mí grita:
—¡Oye!
Hay docenas de personas en la acera. Podría ser cualquiera llamando
a cualquiera.
—¡Oye! —La voz está más cerca ahora, junto con el suave golpe de
zapatos de vestir golpeando concreto.
Lanzo una mirada desde mi periferia, y me paro de golpe cuando me
doy cuenta de que es el chico del bar, y está persiguiéndome a mí. Pero,
antes de que tenga la oportunidad de reaccionar o inventar alguna situación
sobre el peor escenario posible en mi mente… me da mi teléfono. 14
—Olvidaste esto —dice. Nuestros dedos se rozan en el intercambio.
Nuestras miradas iluminadas por la luna se sostienen durante lo que se
siente como por siempre.
Aclarándome la garganta, fuerzo un rápido:
—Gracias.
Él asiente, y ambos seguimos plantados donde estamos, como si yo
esperara a que hable o él esperara a que yo tenga un cambio de opinión.
—Lo siento… —Señalo mi hotel, un movimiento de novato dado el
hecho de que sigue siendo solo un extraño sin nombre buscando conseguir
un polvo—. Voy a entrar… sola.
—Lo sé. Dejaste abundantemente claro que no te acuestas con extraños
—Se ríe a través de su perfecta nariz de dios griego—. La próxima vez que
nos encontremos no seremos extraños.
Sonrío, divertida.
Y luego me dirijo al interior, optando por no compartir con él las
extrañas estadísticas de que nos volvamos a encontrar otra vez.
Un mes después...
B
ip... bip... bip... bip... bip...
Me despierto con un sonido constante, chocando con un
cuerpo desconocido que resulta ser el mío. Una neblina onírica
me envuelve y, cuando mis alrededores se centran, me
encuentro con paredes blancas, mantas blancas, máquinas blancas
conectadas a cables blancos que conducen a una tira de cinta blanca sobre
mi muñeca que sostiene una intravenosa en su lugar. 15
Estoy en un hospital.
Intento recordar cómo llegué aquí, pero es como intentar recordar el
sueño de otra persona, una tarea imposible. Y solo hace que el palpitar
dentro de mi cabeza se intensifique.
—Mi esposa... —Mis palabras son más aire que sonido, y es doloroso
hablar con la boca seca y la garganta ardiendo.
—¿Señor James? —Una mujer con el cabello del color de la nieve se
inclina sobre mí. Qué blanco es todo, joder—. No te muevas. Por favor.
Está un poco acelerada, apresurada pero no frenética, mientras se
mueve por la habitación presionando botones, pidiendo ayuda y ajustando
la configuración de la máquina.
La habitación se desenfoca con un ir y venir, de gris oscuro a negro, y
luego claro como el cristal antes de desaparecer por completo. La siguiente
vez que abro los ojos estoy rodeado por tres mujeres más y un hombre de
bata blanca, todos mirándome con expresiones entornadas y escépticas,
como si fueran testigos de un milagro en curso.
Estoy seguro de que esto no es más que un mal sueño, hasta que mi
cabeza vuelve a palpitar con un latido férreo, acentuado por un ardiente
dolor demasiado real para ser una ilusión.
—Señor James, soy el doctor Shapiro. Hace cuatro semanas se vio
envuelto en un accidente de coche. —El médico a los pies de la cama me
estudia—. Está en el Centro Médico de la Universidad de Hoboken, y está
en excelentes manos.
Todos me estudian.
Intento sentarme solo para que una enfermera ponga su mano en mi
hombro.
—Tómeselo con calma, señor James.
Otra enfermera me da agua. Doy un sorbo. El líquido claro y frío que
se desliza por mi garganta me calma y pica. Me trago la sensación cortante
e intento volver a sentarme, pero mis brazos tiemblan en protesta, con los
músculos amenazando con ceder.
—¿Dónde está mi esposa? —Cada palabra es insoportable, físicamente
y de otra manera.
Debería estar aquí.
¿Por qué no está aquí?
—¿Su esposa? —La enfermera con el vaso de agua repite mi pregunta
mientras intercambia miradas con la enfermera de cabello oscuro del lado
opuesto de mi cama—. Señor James... usted no tiene esposa.
Intento responder, lo que solo me hace toser. Me dan agua una vez más 16
y, cuando tengo la tos bajo control, pregunto por mi esposa una vez más.
—¿Alguien la ha llamado? —Devuelvo el vaso. Si he estado alejado de
ella durante semanas, imagino que está fuera de sí. Y nuestros hijos. No
puedo empezar a imaginar por lo que han estado pasando—. ¿Sabe que
estoy despierto? ¿Me han visto así mis hijos?
—Señor... —La enfermera con el cabello oscuro frunce el ceño.
—Mi esposa —digo, más fuerte esta vez.
—Señor James. —El doctor Shapiro se acerca, y una enfermera se
aparta del camino—. Sufrió amplias heridas en su accidente...
El hombre divaga, pero solo capto fragmentos de lo que está diciendo.
La pelvis destrozada. Extirpación del bazo. Hemorragia interna. Hinchazón
del cerebro. Coma inducido médicamente.
—No es raro que esté confundido o desorientado al despertar —dice.
Pero ella estaba justo aquí…
Estaba justo conmigo…
Solo que no estábamos en esta habitación, estábamos en la playa, la
pequeña franja de arena más allá de nuestra casa de verano. Estaba en mis
brazos, recostados bajo un sol caliente, viendo a nuestros hijos correr de las
olas que llegaban a la costa, dejando pequeñas huellas por la orilla.
Un niño y una niña.
Mi esposa olía a protector solar y llevaba un sombrero de paja de gran
tamaño con una cinta negra y gafas de sol de marco grueso con forma
gatuna y bordes rojos que hacían juego con su pareo rojo. Puedo
imaginármelo más claro que nada en esta maldita habitación.
Puedo escuchar su risa, burbujeante y contagiosa.
Si cierro los ojos puedo ver su sonrisa en forma de corazón, la que
ocupa la mitad de su rostro y puede cambiar por completo el peor de los
días.
—Vamos a dejarle descansar, señor James, y luego pediremos unas
pruebas. —El doctor busca algo en un bolsillo profundo de su chaqueta, y
luego echa un vistazo a su teléfono—. Estaré aquí durante las próximas ocho
horas, si tiene alguna pregunta adicional. Las enfermeras se asegurarán de
que esté cómodo mientras tanto. Discutiremos su plan de tratamiento tan
pronto como se sienta capaz de hacerlo.
Le dice a la enfermera de cabello oscuro que ordene una tomografía,
murmura algo que no puedo distinguir, y luego se va. Un momento después
la habitación se despeja, excepto por mí y la tercera enfermera, la que no ha
hecho nada más que mirarme con ojos abatidos todo este tiempo.
—Debe haber un error. Alguien tiene que llamar a mi esposa
inmediatamente. —Intento sentarme, pero una intensidad eléctrica como
ninguna otra que haya experimentado sube por mi brazo y se instala a lo
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largo de mi espalda y hombros.
La idea de que no sepa dónde estoy hace que se me apriete el pecho.
¿Y si piensa que la dejé? ¿Y si piensa que desaparecí? ¿Y si no tiene ni idea
de lo que ha pasado? ¿Y qué estaba haciendo en Hoboken cuando nuestra
vida está en Manhattan?
—¿Cómo se llama? —Su pregunta es suave y en voz baja, casi como si
estuviera tratando de asegurarse de que nadie la escuche—. ¿Su esposa?
Abro la boca para hablar... solo que no sale nada.
Puedo imaginarla tan vívida como las aguas azules en un día sin viento,
pero es lo más extraño porque su nombre se me escapa.
Nada más que un espacio en blanco después de otro espacio en blanco
exasperante.
—Yo... no puedo recordarlo. —Me recuesto, mirando fijamente el vacío
reflectante de una pantalla de TV negra en la pared opuesta.
La mirada de la enfermera se vuelve más triste, si es posible.
—Está bien. Ha pasado una dura prueba.
No me cree.
—¿Quiere que llame a su hermana? —pregunta.
Mi hermana... Claire.
Si puedo recordar el nombre de mi hermana, ¿por qué no puedo
recordar el de mi propia esposa?
—Sí —digo—. Llama a Claire. Inmediatamente.
Ella será capaz de resolver esto, estoy seguro de ello.
—¿Quiere que le ajuste la cama? —La enfermera acomoda las sabanas
sobre mis piernas—. Soy Miranda, por cierto. Me asignaron a usted desde
que llegó. Puedo contarle todo lo que necesite saber.
—Solo... llama a mi hermana.
—Por supuesto, señor James. ¿Puedo traerle algo mientras hago esa
llamada?
Levanto la mano, la que no tiene la intravenosa, hacia mi frente.
—La cabeza me está latiendo como un maldito martillo neumático.
¿Tienes algo para eso?
—Absolutamente. Vuelvo enseguida...
Miranda sale corriendo por la puerta, y me quedo solo.
Si cierro los ojos la habitación da vueltas, pero puedo imaginar a mi
esposa con una lucidez impecable: la línea cuadrada de su mandíbula, sus
labios en forma de corazón que se levantan en las comisuras, el verde
caramelo de sus ojos.
18
Me duele el corazón, aunque no es un dolor físico, es más profundo.
Más profundo.
Como el ahogamiento de un alma humana.
Me recuerdo que el doctor dijo que es normal estar desorientado, y me
prometo que todo volverá a mí una vez que me oriente.
El reloj de la pared dice que son las siete y ocho minutos. El cielo más
allá de las ventanas está medio iluminado. No tengo la menor idea de si es
por la mañana o por la tarde. Tampoco podría decirte qué día es o qué mes
es.
—Señor James, su hermana está en camino —dice la enfermera cuando
regresa.
Me da un vaso de papel blanco con dos píldoras blancas.
Demasiado blanco, joder.
Si nunca vuelvo a ver blanco después de esto, moriré feliz.
—Oh, Dios mío... —Claire está de pie en la puerta de mi habitación del
hospital, con sus manos formando un pico sobre su nariz y boca. Desde
aquí, no es nada más que un lío de olas oscuras y ojos brillantes y llenos de
lágrimas.
Tiene un aspecto de mierda, pero no estoy en posición de juzgarla. Ni
tampoco le diría eso. Me patearía el trasero, esté en una cama del hospital
o no. Claire puede tener el tamaño de un duende, pero es peleona.
Sus zapatillas de color verde neón rozan el suelo de baldosas con un
movimiento silencioso mientras se apresura a mi lado, y no pierde tiempo
en meter su fría mano en la mía. Sus manos siempre están frías, pero en
este momento están heladas, un recordatorio incondicional de que estoy
lejos del calor de la playa y del lugar donde existía hace unos momentos.
—Por supuesto que te despertarías la única vez en que me fui. —Fuerza
una sonrisa, pero me mira como alguien miraría a un fantasma, sin saber
si lo que está viendo es real.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí? 19
Sus cejas se encuentran mientras se quita la chaqueta y deja caer su
bolso al suelo.
—Treinta y tres días. Treinta y tres aterradores días...
—¿Qué demonios pasó?
Toma una silla de invitados y la pone a mi lado, solo que, típico de
Claire, opta por sentarse en el lado de la cama.
—Estabas en uno de tus raros viajes de fin de semana en auto de
alquiler donde vas Dios sabe dónde... y creemos que tal vez estuvieras
conduciendo de vuelta al Enterprise en Newark un domingo por la noche.
—Respira lenta y profundamente—. Alguien cruzó la línea media en la
carretera y te golpeó de frente, un conductor borracho.
—Jesús.
—No vivió... en caso de que te lo estés preguntando. —Su voz es suave
como una almohada—. Luke está trabajando en conseguir un acuerdo de
su compañía de seguros, pero estas cosas llevan tiempo.
Le damos vueltas al asunto en silencio, y dejo que la gravedad de la
situación se haga cargo. La aceptación es la menor de mis preocupaciones
en este momento.
—Es un milagro que sobrevivieras después de todas tus heridas. —Su
labio inferior tiembla, y empieza a enredar con un padrastro—. Perdiste
mucha sangre... tu cerebro estaba tan hinchado... que tuvieron que ponerte
en coma... llamé a mamá y papá... pero no he recibido respuesta...
Pongo mi mano sobre la de ella, con el dolor disparándose hacia mi
hombro.
Sus ojos oscuros están empañados por la tristeza y el alivio, pero fuerza
una media sonrisa tensa.
—¿Ya has hablado con mi esposa? —pregunto.
La sonrisa de Claire se desvanece, y su expresión se transforma en la
misma que se formó antes en el rostro de las enfermeras.
—No me mires así. —Resoplo—. ¿Está bien? ¿Qué... estaba conmigo en
el auto cuando eso sucedió?
Mi estómago se hunde mientras sus ojos buscan los míos.
Dios mío.
Eso es todo.
Estaba conmigo y no sobrevivió...
—Cainan, no tienes esposa. —Sus palabras son cuidadosas y
deliberadas, su cabeza se ladea y su mirada se estrecha mientras me
observa. 20
—Por supuesto que sí. —Mis manos se convierten en puños, aunque el
agarre es débil, patético.
—Estás confundido. —Lleva una mano a mi frente, quitando un
mechón como una madre que consuela a su hijo.
La aparto.
Se levanta y da un paso atrás.
—Tuviste una lesión en la cabeza...
—La vi, Claire. Estaba con ella. —Tengo la mandíbula apretada, y hablo
a través de dientes apretados. Cuanto más recuerdo estar con ella, más se
me empieza a escapar como un sueño escurridizo que se desvanece con cada
minuto que pasa.
—¿La viste dónde?
—En nuestra casa de verano en Calypso Harbor.
Mi hermana reprime una risa.
—Cain, es marzo. Tu accidente fue en febrero. Y no tienes una casa de
verano en el puerto de Calypso, te burlas de la gente con casas de verano.
Como todos esos imbéciles de tu bufete. Siempre dices que nunca vas a ser
como ellos. Además, ¿dónde está Calypso Harbor? Nunca he oído hablar de
eso... ¿tú sí? Lo que sea que estés recordando... probablemente fue un
sueño.
No.
Era demasiado tangible, demasiado sensorial para ser un sueño. Tan
real como este momento, aquí, en el hospital, tan real como el ardiente dolor
que me quema la espalda y como las gotas saladas que dejan huellas del
color del rímel en las mejillas rojas de mi hermana.
—¿Qué hay de mis hijos? ¿El niño y la niña? —Tampoco puedo recordar
sus nombres.
—No tienes esposa y definitivamente no tienes hijos, al menos ninguno
que yo conozca... —Se sienta a mi lado en la cama una vez más—. Una vez
me dijiste... y cito... “Prefiero meter mi hombría en una tenaza que quedarme
atrapado con una esposa e hijos”. Te lo concedo, estabas borracho cuando
dijiste eso, pero lo dijiste. Y, diablos, Cain, eres un maldito abogado de
divorcios. Ganas dinero con el hecho de que la mayoría de las veces los
matrimonios son una broma. El mío excluido, por supuesto.
Me giña el ojo a pesar de su tono serio.
—¿Señor James? —La enfermera Miranda se aclara la garganta en la
puerta—. Lamento interrumpir, pero necesito llevarlo a la sala de
tomografías. Claire, puedes esperar aquí. No debería tardar mucho.
—Sí. Revisemos su cabeza. —Claire me aprieta la mano antes de que 21
me lleven—. Aparentemente mi hermano se escapó y se casó mientras
estaba fuera de sí...
Mi hermana nunca me mentiría, y sin embargo una parte de mí se niega
a creerle.
Me quedo tumbado de espaldas mientras las apagadas luces
fluorescentes de la sala pasan sobre mí, una tras otra, alternándose con las
baldosas del techo blanco.
Más blanco.
En el instante en que cierro los ojos, su rostro es lo primero que veo,
con todo detalle, desde el brillo estrellado de la aurora boreal de sus ojos
verdes hasta la única peca al lado de su nariz.
La plenitud invade mi pecho y la calidez corre por mis venas cuando
imagino su sonrisa.
Tal vez esté soñando ahora. Tal vez, si cierro los ojos una vez más, me
despierte en nuestra cama, con su suave piel caliente contra la mía mientras
aleja las mantas y se ríe en su sueño.
Si nada de eso era real, ¿cómo sé que se pone llorosa durante las
películas felices? ¿Cómo sé que patrocina a huérfanos en países del Tercer
Mundo y que hace donaciones a refugios de animales? ¿Cómo sé que su
autora favorita es Toni Morrison, con Stephen King en un inesperado
segundo puesto? Su lugar favorito para ir de vacaciones es un lugar con un
agujero en la pared que encontramos en Grecia en nuestra luna de miel.
Brilla cuando está embarazada. Puro resplandor. Y es una cantante
fenomenal, aunque insistirá en que no. Su cabello grueso y marrón
chocolate se encrespa en verano y se alisa en invierno, pero estaría igual de
hermosa si se lo cortara todo. Se astilló el diente frontal cuando tenía doce
años, aunque apenas se nota a menos que ella lo señale. Le encanta la
Navidad más de lo que debería gustarle a nadie. También le encantan esos
asquerosos perritos calientes de los puestos callejeros. Ha visto Chicago en
Broadway más que nadie que yo conozca. Pero, más que nada, sé que soy
todo su mundo. Los niños también. Solo funcionamos cuando estamos
todos juntos. Y, ahora mismo, haría cualquier cosa por volver con ellos.
Y lo haré.
Haré cualquier cosa.
—Muy bien, señor James. —La enfermera detiene mi camilla fuera de
un juego de puertas dobles—. Estamos aquí.
Todo esto es un sueño.
No, una pesadilla.
Tiene que serlo.
22
—E
spero que no hayas esperado mucho tiempo. Había un
semirremolque parado en la carretera. —Su nombre es
Grant Forsythe y lo conocí en la sala de espera de un
hospital en Hoboken hace un mes. Se fijó en mi sudadera de ASU y, después
de un par de minutos de charla, descubrimos que ambos vivimos en la
sección de Roosevelt Row de Phoenix, nunca nos perdemos el partido
inaugural de los Cardinals, pertenecemos a clubes de senderismo y
disfrutamos de muchos de los mismos tugurios y músicos locales.
También es el mejor amigo del hombre cuya vida ayudé a salvar.
Como contable y estadística aficionada, debería ser capaz de calcular
23
las probabilidades de un encuentro tan fortuito, pero estoy tratando de no
pensar demasiado en esto. Aunque nunca he sido una chica con espíritu
aventurero y actitud de ir a cualquier parte a cualquier hora, algo por ver a
un hombre aferrarse a su vida durante el último mes ha despertado algo en
mí.
La vida es corta.
Y puede desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.
Iba de camino a tomar un vuelo nocturno desde Newark cuando fui
testigo del accidente en tiempo real: una camioneta Ford roja que cruzaba
la mediana interestatal solo para chocar de frente con un sedán negro. La
camioneta patinó en la zanja y procedió a estallar en llamas, pero el sedán
quedo volcado debajo de un paso elevado. El chirrido de los neumáticos, el
olor a caucho quemado, el crujido metálico que siguió, nunca los olvidaré
mientras viva.
Todo sucedió muy rápido. Tan rápido que te lo podrías perder si
parpadeabas. Tan rápido que te preguntabas si pasó de verdad.
Pero pisé el freno de mi Prius alquilado y estacioné a un lado, marcando
el número de emergencias mientras miraba al conductor, un hombre,
ensangrentado e incoherente, consciente e inconsciente por momentos.
Me quedé con él hasta que llegó la ayuda.
Sostuve su mano cubierta de sangre.
Le rogué que aguantara un poco más...
Y, cuando vi que empezaba a perder el conocimiento, que empezaba a
dejarse ir, le apreté la mano más fuerte y divagué sobre cualquier cosa, sobre
todo sobre mí misma. Una ridícula presentación unilateral. Pero quería que
se concentrara en mi voz.
Que se aferrara al presente.
Que no sucumbiera.
Después de todo eso me pareció mal ir al aeropuerto, seguir con mi vida
como si nada hubiera pasado, así que seguí a la ambulancia hasta el
hospital y esperé en la sala de espera, con la escena del accidente
repitiéndose en mi cabeza una y otra vez como una película traumática que
mi cabeza se negaba a olvidar.
No podía visitar al hombre, por supuesto, ya que no era familia. Pero
me quedé en el hospital, esperando hasta que las enfermeras me aseguraran
que su familia estaba allí.
No quería que estuviera solo.
Y, si moría, tampoco quería que muriera solo... como mi hermana
gemela, Kari, hace cinco años. Si alguien hubiera estado allí cuando su Jeep
volcó por un terraplén empinado a la una de la mañana, tal vez seguiría
aquí.
24
Hasta el día de hoy, no sabemos si estaba distraída o si se había
quedado dormida al volante. Tampoco sabemos qué habría pasado si la
ayuda hubiera llegado antes. Las autoridades dijeron que había muerto al
menos cuatro horas antes de que saliera el sol y un conductor que pasaba
se dio cuenta de que el rojo chillón de su coche contrastaba con los tonos
apagados del paisaje del desierto.
He estado pensando mucho estas últimas semanas, sobre el destino y
la probabilidad, sobre la probabilidad de estar en ese tramo de la interestatal
de Nueva Jersey en ese momento exacto, de quedarme en la sala de espera
y de encontrarme con un atractivo desconocido que casualmente venía de
visita desde mi ciudad natal, un desconocido que casualmente era el mejor
amigo de la víctima.
—No pasó tanto tiempo en absoluto. —Levanto mi copa de Martini y le
doy una sonrisa cortés. No le digo que, si fuera cualquier otra noche, estaría
pasando unas horas más en la oficina. Me parece que a veces los hombres
se desaniman por una mujer motivada. Si le gusto lo suficiente como para
quedarse después de la primera cita se dará cuenta por sí mismo, de todos
modos—. Siento mucho que nos haya tomado tanto tiempo reunirnos. Mi
agenda de viajes ha sido una locura.
—¿Vuelas mucho por trabajo? —Detiene a una camarera y pide una
cerveza.
—Al menos una vez al mes, últimamente más a menudo que eso. Me
han estado enviando a nuestra oficina central en Hoboken y a veces a una
de nuestras sucursales en Manhattan, lo cual no me importa.
—Crecí en Jersey City —dice Grant—. No muy lejos de allí.
Es guapo.
Más guapo de lo que recordaba.
De hombros anchos. Alto. Ojos oscuros. Cabello oscuro. Ojos
profundos. Hoyuelos aún más profundos.
El destello de una sonrisa juega en sus labios cuando nuestros ojos se
encuentran.
No soy experta en ropa de hombre, pero apuesto a que su traje cuesta
su buen dinero.
También lo vi llegar al aparcacoches en un Maserati plateado recién
lavado.
No es que ninguna de esas cosas importe.
No importan.
Me va bien por mi cuenta, y las cosas materiales nunca me han
impresionado.
25
Pero si una chica va a ser abordada por un extraño que le pide una
cita, no es lo peor del mundo si es elegante, seguro de sí mismo y claramente
no teme trabajar duro para conseguir las cosas que quiere.
El último chico con el que salí era respetablemente mediocre en todas
las áreas, y estaba empezando a pensar en presentarlo a mi familia... pero
en ocho citas dejó caer una bomba que me envió de vuelta a casa. No solo
estaba en medio de un divorcio complicado, sino que vivía con su madre y
pagaba nuestras citas con los fondos de sus cheques de desempleo
semanales, que estaban a punto de agotarse (de ahí la confesión).
Lo suficientemente loco era estaba un paso por encima del tipo que le
precedió, un hombre que decía ser médico cuando en realidad era un
“quiropráctico integral de animales” y se molestaba cuando me refería a él
como “Liam” y no como “doctor Jeppesen” en conversaciones.
Me había resignado a un muy necesario año sabático de citas en los
meses previos a mi encuentro casual con Grant.
—¿Qué te trajo hasta aquí? —pregunto. Parece que Phoenix contiene
más extranjeros que locales, y todo el mundo tiene una historia. La mayoría
están de acuerdo en querer cambiar los inviernos grises del noroeste por el
sol y las palmeras o “solo quieren un cambio”, pero de vez en cuando alguien
me cuenta una historia increíble.
—Un trabajo.
No me gusta la vaguedad, pero le doy la oportunidad de profundizar
antes de lanzarle preguntas como dardos. Le hago eso a la gente. Recopilo
los hechos. No puedo evitarlo. Siempre he sido curiosa, siempre he querido
tener toda la información posible antes de hacer mi evaluación.
Continúa:
—Me gradué de Montclair State con un título en Finanzas. Mi tío
conocía a un hombre que quería contratar a alguien recién salido de la
universidad, alguien a quien pudiera dar forma para que encajara en su
empresa. Aproveché la oportunidad, y no he vuelto a mirar atrás desde
entonces. La mejor decisión de mi vida. Sin excepción.
—¿No extrañas el ajetreo de la Costa Este? ¿O las estaciones?
Grant sacude la cabeza y hace una mueca.
—¿Crees que regresaras en algún momento? —Revuelvo mi bebida con
una pajita de metal delgada.
—Ni pensarlo. —Agarra su cerveza y toma un sorbo, con los ojos fijos
en mí—. Las vistas aquí son... impresionantes.
No creo que su comentario fuera un doble sentido dirigido a mí, pero
por alguna razón insensata mis mejillas se calientan y los latidos de mi
corazón resuenan en mi oído. Tal vez sea la manera en que me está mirando,
como si estuviera a dos segundos de devorarme. Como si fuera la única
26
mujer que ve en esta habitación llena de molestos extraños parloteando.
No es algo a lo que esté acostumbrada.
Tiendo a intimidar a los hombres, creo. O atraigo a la clase de hombres
que se intimidan fácilmente, hombres que esperan que dé el primer paso o
me lance a ellos como una damisela en apuros hambrienta de sexo.
Algo me dice que Grant sabe lo suyo en el departamento de proezas
sexuales. Pero no soy del tipo de chica que se acuesta con un chico en su
primera cita, así que mi suposición no será probada.
Por ahora.
—Nunca tuve la oportunidad de preguntarte sobre tu amigo —digo—.
El que tuvo el accidente... ¿está bien?
—Es gracioso que preguntes —dice Grant—. Su hermana me llamó hoy
temprano. Lo sacaron del coma.
Levanto una ceja.
—¿Estaba en coma?
—Inducido médicamente. Estaban tratando de bajar la hinchazón de
su cerebro o algo así. No pedí detalles. Las cosas médicas me causan... sí.
—Se ríe humildemente y bebe su cerveza antes de mirar el restaurante lleno
de gente—. De todos modos, Claire dijo que estaba hablando, haciendo
preguntas, orientándose. Estaba un poco confundido, pero dijo que su
pronóstico hasta ahora es bueno.
Pongo una mano sobre mi pecho y exhalo.
—Oh, es increíble. Me siento muy aliviada de escuchar eso.
—Sí, yo igual.
—Mi hermana tuvo un accidente hace varios años... —digo—.
Desafortunadamente no sobrevivió, pero me alegro por tu amigo.
Resumir la vida de Kari en una sola frase duele. Duele físicamente. Pero
lo oculto con una sonrisa rara.
—Jesús, Brie. Siento mucho lo de tu hermana. No tenía ni idea. —
Extiende la mano sobre la mesa y coloca su mano sobre la mía, pero no por
una cantidad de tiempo inoportuna o incómoda—. Debe haber sido horrible.
—Éramos gemelas —digo. No puedo hablar de ella muy a menudo, así
que disfruto de la oportunidad—. Idénticas. Demasiado cercanas, aunque
fuéramos como el día y la noche. Ella era la salvaje. Yo.… no.
Me ofrece una sonrisa agridulce mientras sus ojos oscuros sostienen
los míos con toda su atención.
Divago sobre Kari más de lo que debería, contándole historias tontas y
pintando su personalidad con todo detalle, desde su neurótica obsesión por
el esmalte de uñas que pudiera pelar hasta su afinidad por señalar qué 27
bandas de rock indie iban a triunfar antes que nadie. Ni una sola vez su
expresión se llena de aburrimiento. Ni una sola vez interrumpe o cambia de
tema. Me presta toda su atención.
—¿Estamos listos para pedir? —Nuestro camarero interrumpe nuestro
momento.
—Oh... creo que solo pediremos bebidas —le digo, porque ese era el
plan. Nos íbamos a encontrar para tomar unos tragos y conversar, nada
más y nada menos.
Los ojos oscuros de Grant se suavizan cuando mira a través de la mesa
en mi dirección.
—¿Tienes hambre? Yo me muero de hambre.
Trato de aplacar mi emoción.
—Quiero decir... una chica tiene que comer, ¿verdad?
Su brillante sonrisa llena el oscuro espacio iluminado por velas que nos
rodea.
—Danos otro minuto para mirar el menú, por favor —le dice—. Y,
mientras tanto, tomaremos otra ronda. —El camarero se va corriendo,
desapareciendo detrás de la barra. Grant apoya sus codos sobre la mesa y
se acerca más—. ¿Qué decías?
No me quita los ojos de encima. Ni un segundo.
Mi estómago da volteretas.
¿Quién es este chico?
Cuando llega nuestra segunda ronda, levanta su vaso hacia el mío. No
sé por qué está brindando, pero por primera vez en mi vida brindo por el
destino, por las extrañas coincidencias y por el futuro, por lo que pueda
traer.
28
Seis meses después…
—S
i no te importa, voy a irme temprano. Mi compañero está
en una obra de teatro esta noche con Daniel Radcliffe, y
tenemos entradas... espero llegar temprano. —Mi
asistente, Paloma, se queda en mi puerta, con una mano delgada como un
riel en su estrecha cadera—. ¿A menos que necesites que haga algo más?
Cubro el Post-It, en el que había estado garabateando toda la tarde,
una y otra vez, hasta que el papel era más tinta negra que amarilla. 29
30
Cuando traté de brindarle esa experiencia surrealista a mi médico, él
se rio cortésmente y me dijo que los medicamentos que usan para inducir
comas médicas pueden producir "sueños vívidos y/o perturbadores".
Pero lo que sucedió fue mucho más que un sueño, más que una serie
de palabras intercambiadas y visiones cristalinas.
Conozco a esta mujer
Sé todo sobre ella... todo menos su nombre.
Es como si el hombre que era antes que ella ya no existiera.
Todo lo que soy, todo lo que seré... es de ella.
Arrojo el cuadrado pegajoso a la basura debajo de mi escritorio, y luego
reviso mi reloj. Se supone que tengo que encontrarme con Claire y su esposo
para tomar algo esta noche. También consideró apropiado celebrar la
terminación de mi recuperación y mi posterior regreso al trabajo.
Apago mi computadora, cierro con llave mi escritorio y me pongo la
chaqueta del traje antes de salir.
La oficina está tranquila, la mitad no tiene ninguna luz encendida. La
mayoría del personal se ha ido a casa... hogar de sus esposos y esposas,
hogar de sus hijos, hogar de sus vidas.
Solía llevar mi adicción al trabajo como una insignia de honor. Mi ética
de trabajo era inigualable, algo que temer, algo que atesorar, algo que
llenaba mi vida con el único significado que necesitaba.
Pero seis meses de intensa fisioterapia y amigos que te miran como si
fueras una sombra del hombre que una vez fuiste te fuerzan a tener
humildad en las venas antes de que puedas decir sesenta horas semanales
de trabajo.
¿Y el sexo casual? Es cosa del pasado. Y no por falta de intentos.
He tenido una buena cantidad de aventuras rápidas en los últimos
meses, mujeres tan hermosas como sexys, inteligentes como hábiles entre
las sábanas, pero no es como antes.
Me encontré en piloto automático.
¿La gratificación? ¿El nirvana de un orgasmo sin ataduras? Se fue. Y,
en el instante en que me corro, me odio por ello. Sentía que había
traicionado a la única mujer que amaba, incluso si ella no era jodidamente
real.
Salgo a la acera, la puesta de sol de la tarde y el aire giraba sin
disculpas con cada paso. Más adelante, una mujer llama a un taxi. Cuando
se da vuelta para subir, su cabello oscuro le cubre el costado de la cara,
pero me las arreglo para ver su afilada mandíbula y su boca en forma de
corazón.
Mi pulso se acelera cuando la puerta de la cabina se cierra y el auto
sale corriendo, fusionándose con el tráfico de la hora punta y una cacofonía
de bocinas, motores en marcha y humos de autobuses. 31
Mira por la ventana cuando pasan, pero no es ella.
Nunca lo es.
S
ucede muy rápido: Grant se apoya en una rodilla, con una caja
de anillo apoyada en su mano con un diamante tan grande que
arroja destellos en la pared a nuestro lado.
Hace seis meses nos encontramos en la sala de espera de un hospital.
Hace cinco meses tuvimos nuestra primera cita.
Hace cinco segundos me pidió que pasara el resto de mi vida con él.
Ahora lleva la sonrisa de un hombre seguro de sí mismo que sabe que
32
voy a decir que sí.
Quiero decir... ¿cómo podría no hacerlo? Literalmente. ¿Cómo podría
no decir que sí frente a todas estas personas vigilantes, con lágrimas de
felicidad corriendo por sus sonrientes caras?
Toda mi familia está aquí, así como un restaurante lleno de docenas de
clientes, con sus miradas vigilantes dirigidas en nuestra dirección mientras
nuestro momento se desenvuelve para su entretenimiento.
Mi madre está detrás de Grant, secándose lágrimas de felicidad con su
servilleta de tela. Mis hermanas nos rodean, todas esperando con
respiraciones contenidas. Y mi padre, mi padre, al quien no le cae bien
nadie, está preparando la cámara de su teléfono y sonriendo como si fuera
un momento que atesorar.
A ninguno parece importarle que nuestra primera cita fuera hace solo
ciento cincuenta días. De acuerdo, hemos sido inseparables desde entonces,
siguiendo adelante a toda velocidad. Y a todos les encanta este lado
"aventurero recién descubierto". Trabajo menos. Me río más. De hecho, a
veces viajo por diversión, no solo por trabajo. Grant y yo pasamos nuestros
fines de semana caminando, persiguiendo a nuestras bandas favoritas de
gira, visitando los restaurantes y pubs más nuevos, deambulando
perezosamente por los mercados de agricultores y lugares de arte, con las
manos entrelazadas como esa pareja molesta, y locos el uno por el otro...
pero ni una vez hemos hablado de matrimonio.
Matrimonio...
El cuarenta y cinco por ciento de los primeros matrimonios en los
Estados Unidos terminan en divorcio. La edad promedio de divorcio es de
treinta, dentro de tres años para mí. También se han realizado estudios que
correlacionan el tamaño y el costo de un anillo de compromiso con las tasas
de supervivencia del matrimonio, lo que sugiere que, cuanto mayor sea el
anillo, mayor será la probabilidad de que el matrimonio termine en divorcio.
Si esa última estadística es válida para nosotros, no tenemos ninguna
posibilidad.
—Brie... —Mi madre se aclara la garganta.
La orgullosa sonrisa de Grant se tambalea. Sus ojos resplandecen un
poco menos brillantes.
—Lo siento. —Me fuerzo a volver al presente—. Me tomaste
desprevenida. Solo estoy... vaya.
Hacemos cenas familiares todo el tiempo. Una vez a la semana, al
menos. No tenía ninguna razón para creer que esto fuera otra cosa que otra
reserva habitual en uno de los restaurantes favoritos de mi madre en
Scottsdale.
—¡Di que sí! —susurra mi hermana, Carly, al fondo.
Otra hermana se hace eco de sus sentimientos.
33
Asiento antes de hablar.
—Sí...
Pero la palabra que pronuncié cientos de miles de veces en mi vida de
repente parece aguda y extraña.
Y algo en lo profundo de mí lamenta acceder en el instante en que sale
de mis labios.
—¿F
eliz primer día de vuelta al trabajo! —Claire me abraza
cuando llego a la mesa el viernes por la noche. Un
trago helado en un vaso pilsner me espera, y mi
cuñado, Luke, lo desliza en mi dirección.
Me quito la chaqueta y la pongo en el respaldo de mi silla mientras
Claire se sienta, saltando de alegría con la más ridícula sonrisa en su rostro.
La mujer encontrará cualquier razón para celebrar cualquier cosa. Culpo al
hecho de que nunca tuvimos fiestas de cumpleaños mientras crecíamos. Y
fiestas como Navidad y San Valentín estaban prohibidas en la casa de
James. Ahora Claire convertirá cualquier cosa en una fiesta si se lo
permites.
34
—¿Qué tal el primer día? —pregunta Luke.
—Aburrido como la mierda. —Alcanzo mi cerveza—. Habría sido
agradable si me hubieran guardado algo de trabajo para hacer...
He sido socio de Trey Renato y Graeme Dumont desde que éramos
inocentes tiburones, recién salidos de la escuela de leyes. Fundamos
nuestro despacho junto con la mentalidad de que todo se dividiría por igual.
Pero cuando fui dado de baja por el accidente, los otros chicos felizmente
aprovecharon la oportunidad. Mis casos eran cebo y esos dos no perdieron
tiempo en ayudarse para tener un festín fácil, sin dejar nada para mí cuando
regresara. Ni siquiera una migaja.
Sin embargo, no les guardo rencor. Mis clientes necesitaban sus
servicios. Las parejas que se divorcian no les gusta que les hagan esperar.
Dios sabe que los tribunales de Nueva York los hacen esperar mucho tiempo
de todos modos.
—Te ves bien —dice Claire. Una vela parpadea entre nosotros. Está
oscuro aquí, como la extraña y acogedora pesadilla en la que se ha
convertido en mi vida.
—Me viste hace una semana —digo.
—Sí, pero es la primera vez que te veo con traje desde antes de... —
Entrecierra los ojos—. Y te cortaste el cabello.
—Me corto el cabello cada tres semanas. —Tomo un sorbo más grande,
escaneando la habitación. Si esto fuera antes, estaría buscando una belleza
de piernas largas para follármela con los ojos, pero la mera idea de hacerlo
no tiene ningún atractivo.
—Nena, prueba esto. —Luke desliza su vaso hacia mi hermana, que
toma un sorbo.
—Me encanta. —Lo devuelve antes de lanzarle una sonrisa de tener
suerte en el amor—. ¿Quieres probar el mío?
Aparto la mirada.
Esos dos han estado imposiblemente enamorados, obsesionados el uno
con el otro desde el momento en que él solicitó su experiencia en
planificación de eventos para organizar una gala para una de sus
organizaciones benéficas.
Luke es uno de esos.
Los que nacen en una familia adinerada.
Los que solían tratar de patearme el culo en el instituto, solo para que
se lo devolviera con la idea de nunca volver a acercarse a mí.
Los que tienen más dinero que Dios, que nunca han sabido lo que es ir 35
a la cama con un estómago gruñendo o usar la misma mochila cinco años
seguidos en la escuela. Él nunca conocerá la satisfacción de la consistente
ambición, de querer resurgir de las cenizas y convertirse en un hombre que
se hizo solo.
No lo culpo por ello, no podemos evitar las familias en las que nacemos
o a las cartas que nos reparten.
Somos lo que somos.
Y al menos está haciendo algo con su vida, aunque implique viajar a
lugares exóticos para tirar su dinero a los menos afortunados. Me imagino
que le hace sentir mejor. Espero que eso ponga las cosas en perspectiva.
Pero me alegro por mi hermana. Me siento aliviado de que nunca tenga
que querer nada en su vida y de que tenga un chico que se vea enamorado
cada vez que ella entra en la habitación.
No nacimos con dinero. Nacimos con clavos oxidados e infectados por
el tétanos de padres que evitaban la palabra “amor” y se gritaban el uno al
otro tan a menudo que los vecinos llamaban a la policía solo para asegurarse
de que nadie fuera asesinado.
Supongo que, en cierto modo, Luke es la antítesis de todo lo que Claire
aprendió sobre el amor. Es amable con ella. Nunca le he escuchado levantar
la voz... ni con ella ni con nadie. Cada vez que la mira, tiene estrellas por
ojos. Y el hombre no puede quitarle las manos de encima durante más de
dos segundos, siempre apartándole el cabello de los ojos o deslizando el
brazo por sus hombros cuando caminan.
Me asfixiaría con alguien así.
Pero no Claire.
Él la hace feliz. Y es bueno con ella.
Todos deberíamos ser tan afortunados.
—¡Oh, no hemos brindado! —Claire levanta su cóctel medio vacío en mi
dirección. Luke hace lo mismo. Juro que esos dos están en plena sincronía
el noventa y cinco por ciento el tiempo.
Levanto mi copa contra la de ellos. Bebemos al unísono.
Al revisar la habitación, veo una pareja manoseándose a mi izquierda.
Una pareja peleando a mi derecha. Y una mesa llena de parejas casadas de
mediana edad en una especie de cita cuádruple.
Nunca he creído en el amor, nunca he amado a nadie, nunca he querido
o necesitado, o mucho menos considerado perseguir nada remotamente en
ese sentido, pero últimamente me pregunto si hay algo que todos los demás
saben y que yo no sé.
El único tipo de amor que consideraría sería el que me pone de rodillas
y me llena de esa plenitud indescriptible que obtengo cada vez que pienso 36
en la mujer del sueño. No sé cómo se siente el amor real, pero solo puedo
imaginar que se siente algo así.
—Quiero presentarte a esta chica nueva que se ha mudado a mi
edificio. —Claire lleva un brillo en los ojos, y cuadra los hombros mientras
junta las palmas de las manos.
—Paso. —Exhalo, los oídos sintonizados con la pareja que aún se está
peleando. Parece que están discutiendo por las finanzas. Si fuera algo
apropiado, les daría una tarjeta de visita, ya que, claramente, necesitarán
mis servicios en un futuro cercano. El sexo y el dinero son las principales
razones por las que la gente se separa. Hablando desde la experiencia
profesional, si los dos no se apresuran a irse a casa después de esto y tienen
un fogoso sexo de reconciliación, su matrimonio está jodido.
—Su nombre es Hannah —continúa Claire—. Es una contable. Se
acaba de mudar aquí desde Idaho. Y es súper, súper agradable.
—También afirmaste que Lexie era súper, súper agradable. —Le lanzo
una mirada, dejando caer el nombre de la mujer con la que trató de
emparejarme hace varios años, la mujer que trató de atraparme con un
embarazo falso cuando sintió que me estaba alejando. Y me estaba
alejando... porque ella estaba jodidamente loca. Las cosas estaban bien al
principio... pero empezaron a ir cuesta abajo el día que la atrapé revisando
mi teléfono cuando salí de la habitación. Al día siguiente, la sorprendí
rociando mi colonia en su ropa antes de que se fuera una mañana. Más
tarde descubrí que se encargó de hacer una copia de la llave de mi
apartamento sin permiso para poder pasar el rato en mi casa mientras
estaba en el trabajo porque me “extrañaba”. Seis meses después de que
terminé con ella, intentó hackear una de mis cuentas de redes sociales. Y
cuando eso no funcionó, envió mensajes a todas las mujeres atractivas de
las listas de mis amigos y difundió mentiras maliciosas sobre mí. Después
de darle una bofetada con una carta de cese y desista y una amenaza de
orden de restricción, cerré todas mis cuentas y no he vuelto a mirar hacia
atrás desde entonces.
—En mi defensa, Lexie era muy buena actuando normal. —Claire pone
los ojos en blanco—. Pero Hannah realmente es muy dulce. Lo prometo.
—No. —Tomo otro trago. La pareja peleándose está tratando de pagar
su cuenta con su camarero, solo que ahora los dos se niegan a hacer
contacto visual. Voy a arriesgarme y decir que el sexo de reconciliación no
está en los planes de esta noche.
Claire se muerde el labio.
—No te enojes...
—¿Qué? —Entrecierro los ojos—. ¿Por qué dices eso?
—Yo como que... como que... ya la invité a reunirse con nosotros aquí.
—Se encoge de hombros, hace una mueca y se ríe—. Y acaba de entrar, así
que actúa tranquilo.
37
Antes de que pueda responder, Claire se levanta y saluda a la invitada
de honor de nuestra mesa.
—¡Hannah! —Claire sale de detrás de la mesa y abraza a una chica de
cabello castaño claro y ojos rasgados parcialmente oscurecidos por unas
gafas de montura gruesa. Es alta, delgada, plana como una tabla por todos
lados. En el instante en que nuestras miradas se encuentran, su tez pálida
se vuelve rojiza, y su mirada se dirige a las velas del centro de mesa.
No he dicho una palabra, y ya la pongo nerviosa.
No importa cuán “dulce” sea alguien, una severa falta de confianza es
un ultimátum.
—Hannah, este es mi hermano, Cainan —Claire nos presenta cuando
Hannah se sienta a mi lado. Huele a talco para bebés y a perfume de
farmacia comercializado para adolescentes, una combinación peculiar—.
Cainan, esta es Hannah. Se acaba de mudar a nuestro edificio el mes
pasado.
—¿Cuál es tu bebida? —pregunto, pero solo porque la chica está
temblando y claramente necesita algo para calmar sus nervios. Demonios,
yo necesito algo adicional para calmar mis nervios con toda esta energía
temblorosa que ella está posponiendo.
—Oh. Am. Agua está bien. No bebo alcohol. —Su voz es apenas audible
en el bar lleno de gente.
—¿No quieres animarlo un poco? ¿Tal vez pedir agua con gas? ¿Añadir
un limón o algo así? —Claire se burla.
Luke llama a un camarero y levanta cuatro dedos.
—¿Puedes traernos una ronda de aguas?
Está tratando de que ella se sienta cómoda, pero todo esto se está
volviendo más doloroso cada segundo.
Hannah agarra una servilleta de la mesa y empieza a romperla en
pequeños trozos.
Luke, Claire y yo intercambiamos miradas.
—Hannah es de Boise —anuncia Claire de la nada—. Vino aquí porque
quería un cambio de ritmo, ¿no es así?
Hannah asiente.
—Fuiste al estado de Idaho —le dice Claire, aunque esta información
está dirigida a mí—. Estudió finanzas y contabilidad.
Hannah asiente con la cabeza. Otra vez.
—Puedes hablar, Han. Él no muerde —Luke muestra una amplia
sonrisa. 38
¿Han? ¿Ya le tienen un apodo?
La mirada de Hannah se dirige a él, y luego vuelve a la pila de trozos
de servilletas sobre la mesa. No sé en qué estaba pensando mi hermana al
invitarla aquí esta noche, pero tengo que admitir que es divertido ver a Claire
intentar salvar este espectáculo de mierda.
—El primo de Hannah es el director de ese musical... El Canario
Esmeralda —dice Claire—. En el que es imposible conseguir entradas para
ir. Creo que lo van a convertir en una película, ¿verdad?
—S-sí —finalmente habla Hannah.
—Son compañeros de cuarto —añade Claire—. Me muero por
conocerlo, pero su horario de trabajo es una locura. Hannah dice que ni
siquiera lo ve la mitad del tiempo.
Dios mío, esto es agonizante.
Tengo que salir de aquí.
—¿Podrían... disculparme un momento? —Hannah barre el montón de
papel triturado hacia su mano, agarra su bolso, y se escabulle al baño como
el tembloroso ratón que es.
En el instante en que desaparece, agarro mi abrigo.
—Oye, oye, oye. —Claire se estira sobre la mesa, un débil intento de
detenerme—. No puedes simplemente irte. ¿Qué se supone que le vamos a
decir a Hannah cuando vuelva?
Me encojo de hombros.
—Estoy seguro de que se te ocurrirá algo. Este es tu desastre para
arreglar, no el mío. Y por favor, por el amor de Dios, deja de intentar
emparejarme. Nunca termina bien para nadie involucrado.
Sacando un billete de veinte de mi cartera, lo coloco en el centro de la
mesa.
Claire suspira, volviéndose hacia su marido, e intercambian una
mirada sin palabras, como si yo fuera el imbécil aquí.
Haría cualquier cosa por mi hermana, ella es la única familia que me
importa. Y aunque ella puede ser una espina en mi costado, es mi espina.
Pero no voy a sufrir otro minuto de esto.
Si hay algo que he aprendido en los últimos seis meses, es que la vida
es demasiado corta. No debería ser desperdiciada. Y si vas a desperdiciarla,
por lo menos hazlo con la persona adecuada.
Lo siento, Hannah...
No eres ella.
Diez minutos después, estoy a dos manzanas de mi apartamento 39
cuando veo a Serena McQuiston esperando en un paso de peatones.
—Serena —grito. Ella se gira hacia mi voz, y le hago señas—. ¿Qué
estás haciendo por aquí?
He conocido a Serena desde mi primer año en Montclair, cuando vio a
mi mejor amigo, Grant, y decidió que debía tenerlo. Grant, siempre tan
oportunista, decidió hacerla su amiga oficial para follar.
—Acabo de encontrarme con unos amigos para cenar. ¿Cómo has
estado? No te he visto desde...—Su voz se desvanece y su mirada se desvía—
. ¿Estás bien?
—Mejor que nunca —miento. Hay gente que merece escuchar la verdad
y hay gente como Serena que finge que se preocupa pero que solo le
importan una mierda las cosas que les involucran—. ¿Veras a Grant cuando
venga esta semana?
Sus labios llenos se curvan en una sonrisa maliciosa.
—Siempre lo hago.
La señal de cruce de peatones se pone blanca y ella se va con un saludo
y un guiño.
—N
o puedo esperar para darle a Cain la gran noticia. —
Grant cierra su maleta y la levanta de la cama,
riéndose para sí como si estuviera al tanto de alguna
broma interna. Fuera, el ardiente sol de septiembre quema a través de una
ventana abierta, calentando esta habitación diez grados por encima de lo
habitual—. La mirada en su rostro no tendrá precio.
—¿Aún no se lo has dicho?
Ha pasado una semana desde que nos comprometimos. El hecho de
que no haya compartido la noticia con su supuesto mejor amigo me parece
extraño, considerando el hecho de que va a Nueva York a trabajar una vez 40
al mes.
Se ríe en voz baja.
—En realidad ni siquiera sabe que existes.
—Espera, ¿qué?
—Se va a sorprender, te lo aseguro.
—Estoy confundida. —Me poso en el borde de su cama bien hecha con
sus esquinas remetidas y su cobertor sin arrugas. Grant no es nada sino
prístino en cada faceta de su vida. Es un hombre detallista, lo que es genial,
porque yo soy una mujer detallista—. ¿Por qué no le hablaste de nosotros?
—Brie, amor... ha pasado por un verdadero infierno los últimos seis
meses. Lo último que necesitaba escuchar era que había conocido al amor
de mi vida y era más feliz que nunca. No quería que las visitas fueran sobre
mí.
—Está bien, pero dado el hecho de que nos conocimos a causa de su
accidente... no creo que compartir esa noticia con él perjudicara su
recuperación...
—Está pensando demasiado en esto, señorita White. —Está tratando
de ser juguetón, tratando de aligerar el tono de este intercambio—. ¿O
debería decir futura señora Forsythe?
Se acerca y se inclina para besar la parte superior de mi frente,
sujetando mi rostro con su cálida mano.
—Lo conocerás el mes que viene en la fiesta. Entonces le contaremos
toda la historia.
Ah, sí. La fiesta que celebra el hecho de que Cainan no muriera. Grant
dijo que la hermana de Cainan es planificadora de eventos y quería reunir a
todos sus amigos y familiares en una habitación, algo así como un anti
funeral. Él puso los ojos en blanco ante el concepto, pero yo lo encontré
brillante.
—Está bien —le digo mientras me tumbo de espaldas y pongo las
manos detrás del cuello. El ventilador del techo gira lentamente, con sus
aspas brillantes y pulidas. El diamante en mi dedo izquierdo se clava en mi
nuca, así que reajusto mi posición—. Ojalá pudiera ir contigo.
Con la frecuencia con la que los dos viajamos a Nueva York por trabajo,
ni una sola vez tenemos nuestros horarios de trabajo emparejados.
Grant está de pie a los pies de la cama.
—Lo sé, cariño. Pero no puedes perderte la fiesta del bebé de tu
hermana.
—Sí, puedo. Es su quinto hijo en ocho años. No debería hacer fiestas a
41
estas alturas. —Pongo los ojos en blanco y me siento—. Envíame fotos,
¿quieres?
Hace una mueca, una que nunca he visto antes.
—¿Qué? ¿Como selfis? ¿De los dos?
—Sí, ¿por qué no?
Se ríe.
—Los chicos no hacen eso, nena.
Cuando descubrí que Grant era amigo del hombre cuya vida ayudé a
salvar, tuve muchas ganas de poder ponerle rostro a su nombre. Un rostro
sin sangre. Después de aprender su nombre, realicé una serie de
infructuosas búsquedas en redes sociales. Más tarde, cuando le saqué el
tema a Grant, mencionó que Cainan tuvo una extraña situación con una
acosadora hace varios años y cerró todas sus cuentas. Además, apenas las
miraba. Estaba demasiado ocupado trabajando duro y, cuando no
trabajaba, jugaba más duro.
No presioné el tema de la foto después de eso.
No quería parecer rara o agresiva u obsesionada cuando no era más
que un inocente ataque de curiosidad.
—¿Me acompañas a la salida? —Desliza su mano por mi brazo antes
de entrelazar sus dedos con los míos, y luego me ayuda a levantarme.
Con su maleta a cuestas salimos, cerramos la puerta y tomamos el
ascensor hasta la planta principal de su edificio de apartamentos, que es
tan nuevo que todavía puedo oler el embriagador aroma de la pintura fresca
en la pared y el picante olor de la boquilla entre las baldosas de mármol.
De pequeña, mi padre comenzó como constructor de casas local,
construyendo media docena de casas al año hasta que se financió proyectos
más grandes y mucho mejores. Le llevó menos de veinte años convertirse en
uno de los magnates inmobiliarios más ricos de la zona de Phoenix. Parecía
que, cada par de años, mi madre hacía que mi padre nos construyera otra
casa, siempre más grande, siempre mejor. Le encantaban los cambios. Mi
padre la amaba.
El olor de la nueva construcción, de una manera extraña, me recuerda
a mi hogar.
—Te enviaré un mensaje cuando aterrice. —Me besa y luego abre el
maletero de su auto—. Te amo.
Repito el sentimiento como siempre, esperando secretamente que una
de estas veces pueda sentirlo cuando lo diga. Hasta ahora, cuando digo esas
dos pequeñas palabras, todo lo que siento es un pequeño silbido
esperanzador... que rápidamente se transforma en culpa.
Si pudiera enamorarme perdidamente de él, todo lo demás podría
encajar en su lugar. En cambio estoy atrapada en un punto muerto. Los
neumáticos giran. Esperando un empujón que puede o no puede llegar
42
nunca...
Creo que Grant es increíble. Lo creo. Es un buen hombre. Trabaja duro.
Es inteligente y enérgico, y su mente está constantemente en movimiento.
Es una persona muy sociable. Es tremendamente agradable a la vista. Más
allá de generoso en la cama. Culto. Consciente de su posición. Considerado.
El hombre empuña la imagen de una persona imponente que entra en la
habitación mucho antes que él. Impresionante, de verdad.
Y mi familia lo ama. No, tacha eso, lo adoran. Y todos han estado muy
orgullosos de mí por salir de mi zona de confort, por “vivir por fin”. Mi
hermana mayor incluso se burló de mí una vez diciendo que tenían una
apuesta sobre cuál de nosotras sería más probable que terminara siendo
solterona y el dinero estaba todo a mi favor... hasta ahora.
Incluso mi padre, que no se preocupa mucho por nadie, está casi
obsesionado con él.
Juegan al golf juntos.
Toman algo los viernes por la tarde.
Hablan de negocios (el dinero es lo que más importa).
Incluso los he visto enviándose mensajes, como si fueran buenos
amigos. Es lindo y es extraño y es divertido y también complica las cosas...
porque, si cambio de opinión sobre casarme con Grant, va a devastar a mi
padre.
Me subo a mi auto mientras Grant se va y enciendo el aire
acondicionado. Mi radio suena bajo, alguna melancólica canción de Bon
Iver, aunque si soy justa eso podría describir el noventa por ciento de sus
canciones.
He estado extrañando a Kari últimamente, pensando en ella más de lo
normal. Preguntándome si le gustaría Grant o qué tipo de consejo tendría
para mí. Siempre fue a la que mejor se le daba decírmelo directamente, no
proyectar sus metas y expectativas de vida en mí (a diferencia del resto de
mis bien intencionadas hermanas).
Mi anillo brilla agresivamente bajo el sol cegador de mediodía mientras
agarro el volante. Grant dijo que era de tres quilates. Le dije que no
necesitaba exagerar. Pero dijo que le gustaba el número tres porque
representaba el pasado, el presente y el futuro. Eso y que el día que tuvimos
nuestra primera cita fue el tres de marzo... 3/3.
Todavía no puedo evitar pensar en ese estudio que relaciona el tamaño
del anillo con las tasas de divorcio.
Pero, como en cualquier estudio, siempre, siempre hay valores atípicos.
Me meto en el tráfico y me detengo en un semáforo en rojo. Un mensaje
de mi hermana mayor, Carly, suena en mi teléfono. No tengo que leerlo para
saber que probablemente me está preguntando si ya recogí el pastel para la
43
fiesta de Alana.
Llega otro mensaje, este de mi madre. Imagino que, si este no es sobre
la fiesta, es sobre la cita que pidió en el Bridal Atelier del centro para mañana
a las diez de la mañana.
Mi madre va a toda velocidad con la planificación de la boda, y está
encantada con el hecho de que mi padre duplicara el presupuesto. Aunque
no puedo evitar preguntarme si me está dando lo que habría sido el
presupuesto para el matrimonio de Kari...
La luz cambia a verde, y conduzco los cinco kilómetros hasta mi casa,
la que la compañía de mi padre construyó para mí a precio de costo cuando
aprobé mi décimo y último examen del actuario.
Llego al garaje siete minutos después y apago el motor.
Cuando Grant vuelva de su viaje, debemos fijar una fecha. Anoche en
la cena mencionó una boda de Año Nuevo.
Me reí al principio porque pensé que estaba bromeando.
Ahora es agosto...
Le dije que debíamos esperar un año, como mínimo.
Pero él seguía citando el accidente de Cainan, delirando sobre lo corta
que es la vida y que, cuando sabes lo que quieres, ¿por qué esperar? Y luego
siguió hablando de bebés y vacaciones familiares y todos los recuerdos que
crearíamos juntos. Pintó la más hermosa de las imágenes que calmó mis
nervios durante el resto de la noche.
Pero, a la mañana siguiente, el pensamiento siguió dando vueltas en
mi cabeza.
Grant Forsythe es perfecto para mí en todo el sentido de la palabra.
No podría haber soñado con un hombre más ideal en mi vida aunque
lo hubiera intentado... y, por primera vez, estoy viviendo, viviendo de verdad,
y es gracias a él.
Así que, entonces, ¿por qué todo esto me hace sentir tan mal?
44
—N
o tienes ni idea de lo bueno que es verte... caminando
por ahí, con un aspecto saludable de nuevo. —Grant
me da una especie de apretón de manos, el saludo que
hemos estado usando desde que éramos inseparables niños de seis años
viviendo en la calle Copper en uno de los peores barrios de la ciudad de
Jersey—. Has vuelto, cariño.
—Me viste el mes pasado, imbécil. Pasa. ¿Quieres una cerveza? —
Cambio de tema.
Cuando éramos niños soñábamos con hacer algo grande en la ciudad,
dirigir esta ciudad y dominarlo todo. Entonces el bastardo traidor se mudó 45
a la maldita Arizona hace varios años, tomando un lucrativo trabajo con una
conexión de su tío. Ahora afirma que nunca quiere irse y, cada vez que
vuelve de visita, lleva un bronceado de golfista y pantorrillas de
excursionista. Cada vez que intenta convencerme de cambiar mi selva de
hormigón por palmeras, sol y desierto, le doy dos palabras: escorpiones
translúcidos.
Ni. De. Coña. Gracias.
Agarro una botella marrón con un esqueleto en la etiqueta, abro la tapa
y se la doy, robando una para mí antes de que nos instalemos en mi bar.
Antes le había preguntado por mensaje si quería salir esta noche a algunos
de nuestros viejos lugares, viendo que era sábado por la noche y hace mucho
tiempo que no vamos a la ciudad juntos, pero se negó, sorprendentemente.
Dijo que tenía algo de lo que quería hablarme.
—¿Cuánto tiempo estás en la ciudad? —Tomo otro trago.
—Solo hasta el martes. —Se fija en la etiqueta de su cerveza, un viejo
hábito suyo cuando tiene algo en mente.
—¿Vienes a trabajar?
—Psh. —Su mirada oscura se eleva—. No. Estoy aquí para ver a mi
mejor amigo.
—Mentira.
Se ríe.
—Y podría haber una conferencia en el Times Square Hilton...
—No me mientas, Grant. Sabes que te atrapo cada vez. —Inclino mi
botella y tomo un trago.
—Sin embargo, ¿te sientes bien? —pregunta.
Pongo los ojos en blanco ante la pregunta que he tenido que responder
al menos cincuenta y nueve veces en las últimas treinta y seis horas.
—Como si valiera un millón de dólares —miento. Está de buen humor.
Yo estoy de buen humor. Me gustaría que siguiera siendo así.
—Nos diste un buen susto. —Me estudia de la manera extraña en la
que la mayoría de la gente lo hace hoy en día, como si estuvieran perdidos
en sus pensamientos o tuvieran un profundo momento interno. Y luego
toma un largo aliento, lo deja ir, y toma un trago aún más largo.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
Arrastra su mano por el largo de la parte superior del muslo.
Unas palmas sudorosas en el señor Confianza nunca son una buena
señal.
—Me estás asustando. ¿Qué pasa? —pregunto.
—En realidad, hay algo que tengo que decirte. —Entrecierra los ojos,
mordiéndose el labio inferior.
46
—¿Qué? Escúpelo.
El silencio pesa entre nosotros durante demasiado tiempo.
—Me voy a casar. —Una cuidadosa sonrisa se extiende por su boca.
—Jesús. —Exhalo, y luego exhalo una risa—. Me has dado un susto de
muerte, imbécil. Muy buena. Ahora, ¿de qué querías hablar esta noche, de
todos modos?
Su sonrisa se desvanece.
—Estoy hablando en serio, Cain. Me voy a casar.
—¿Con quién? —No tengo dudas de que mi cara está retorcida,
confundida por la incredulidad—. El mes pasado estuviste aquí una semana
y no mencionaste que salieras con nadie. Y estabas enviando mensajes a
Serena... Serena... me encontré con ella hace un par de días. Dijo que te
veía cada vez que estabas en la ciudad. Dijo que también iba a verte esta
vez...
—Amigo. —Levanta las manos como si fuera demasiado duro con él.
Grant es muchas cosas, pero un hombre que rechaza un coño fácil
unido a una mujer hermosa... no es una de ellas.
Solo espero que la versión casada de él se sienta de otra manera.
Se encoge de hombros.
—Sí, bueno, estabas pasando por mucho con tu recuperación y todo
eso. No quería hablar de mí. Y la última vez que me acosté con Serena fue
la última vez. Ahora que estoy oficialmente comprometido he terminado con
eso. Planeo decírselo este fin de semana, en realidad.
—Grant, te amo, pero no eres del tipo que se casa. Vas a odiar cada
maldito segundo. Confía en mí. Veo esto a diario. Y nunca has sido fiel a
una sola novia en toda tu vida, comenzando con Stacy Westrick en sexto.
—Gracias por el voto de confianza. —Sacude la cabeza, llevando el
borde de su cerveza a sus labios—. ¿Por qué tengo la sensación de que estás
molesto por esto? Pensé que te alegrarías por mí.
—Solo estoy tratando de entenderlo —digo—. Creo que ambos estamos
de acuerdo en que esto está un poco fuera de lugar, especialmente para ti.
—La gente cambia... ¿no crees que sea capaz de cambiar? —Levanta
una mano y deja que le dé una palmada en el muslo.
—Siempre solías decir que el matrimonio era una trampa. Ahora me
dirás que quieres una casa en los suburbios con cinco niños y un perro.
Grant se encoge de hombros, luchando contra una sonrisa de
sabelotodo.
—Eso no sería lo peor...
47
—¿Quién... eres ahora mismo? —Me paso los dedos por el cabello—. ¿Y
cuánto tiempo hace que conoces a esta chica, de todos modos?
—Lo suficiente para saber que es la elegida. —Apoya su barbilla sobre
su mano, y su boca se dobla con una de esas sonrisas amorosas que Luke
siempre tiene cuando Claire entra en la habitación. Esto marca la primera
vez que la he visto en Grant—. Y, si no funciona... para eso están los
acuerdos prenupciales.
Todo esto es un error de cincuenta tonos, pero es culpa de él, no mía.
Nunca me ha dicho cómo vivir mi vida, no voy a empezar a decirle cómo vivir
la suya.
—¿Vino contigo en el viaje? —pregunto.
Sacude la cabeza.
—No, tenía una cosa familiar este fin de semana en Scottsdale. Pero va
a venir a tu fiesta el mes que viene. La conocerás entonces.
Agarro otra cerveza, y le consigo una a él también.
—¿Alguna otra pregunta, abogado? —pregunta.
—Sí. ¿Qué provocó esto? —pregunto cuando vuelvo.
—Casi te mueres, eso es lo que pasó —dice—. Me hizo darme cuenta
de que la vida es frágil. Que el dinero, los autos, el estatus... nada de eso
importa. No puedes llevártelo contigo. La gente es lo que importa. El amor
es lo que importa. Nada más.
Señalo el Rolex de diamantes en su muñeca.
Lo cubre con la palma de la mano.
—Lo compré hace dos años.
—Bien.
—¿Quieres oír la cosa más loca del mundo? —pregunta.
—¿Hay algo aún más loco que el hecho de que te cases?
—La conocí en el hospital, el día después de tu accidente. En cuanto
me enteré de lo que te pasó, reservé un vuelo de regreso a Newark. Llegué
allí tan pronto como pude. Entrabas y salías de las cirugías, así que había
un montón de nosotros en la sala de espera. De todos modos, entra esta
sexy mujer con los ojos más bonitos que he visto y una sudadera de ASU.
Se sienta frente a mí. Toma una revista de Better Homes and Gardens.
Claramente estaba muy aburrida. Así que entablé una conversación con
ella. Resulta que era de Phoenix, estaba en la ciudad por trabajo... y,
escucha esto... es la que vio tu accidente y llamó a emergencias. Una locura,
¿eh? De todos modos, intercambiamos números. Nos reunimos el mes
siguiente. Te lo digo, la conexión fue...
—Espera, espera, espera. —Levanto una mano—. Nadie me dijo que la
persona que llamó a emergencias fue al hospital conmigo.
48
Él entrecierra los ojos, como si no me siguiera.
—La mayoría de la gente habría hecho su debida diligencia y seguido
con su vida —digo yo.
—Sí, bueno, esta mujer no es la mayoría de la gente. Por eso tengo que
cerrar esto antes de que alguien más lo haga.
—Si mi experiencia cercana a la muerte te llevó a tu alma gemela, habrá
valido la pena.
—Sabelotodo.
—Aunque, en serio, si te hace feliz, felicidades. —Exhalo, mordiéndome
la lengua en lugar de señalar el hecho de que solo ha salido con ella cinco
meses—. Y estoy deseando conocerla para poder agradecerle personalmente
que me haya salvado la vida.
Levanta una mano hasta su pecho, bajando la tela de su botón prístino
y mordiéndose el labio inferior.
—Dios, no tienes ni idea de lo feliz que me hace. Nunca he conocido a
nadie como ella, Caín. Es como si hubiera salido de mis sueños y entrado
en mi vida. Un increíble sentido del humor. Muy franco. Honesta.
Inteligente. Ridículamente sexy, y ni siquiera lo sabe. Es como si
estuviéramos destinados a encontrarnos ese día en el hospital.
—¿Te estás escuchando?
—Sí, lo sé. Y sé cómo sueno, pero no me importa. Estoy jodidamente
enamorado de esta mujer, y voy a hacerla mi esposa. Solo pensar en la vida
que vamos a tener juntos... —Sus ojos se ponen en blanco y finge salivar.
Si le contara mi sueño, que no he dejado de pensar en una esposa de
fantasía durante los últimos seis meses, sonaría igual de loco, así que
mantengo la boca cerrada. No hablamos de mierdas sentimentales como
esa. No hablamos de nuestras vidas amorosas, imaginarias o de otro tipo,
en ningún nivel más allá de la superficie.
Además, este momento es todo suyo, por muy loco que sea.
—Bromas aparte, me alegro por ti. —Extiendo la mano sobre la parte
superior de la barra y le doy un apretón en el hombro—. Y no puedo esperar
a conocerla.
—Gracias, hombre. Eso significa mucho —dice—. Pero había otra cosa
que quería decirte. O pedirte, más bien.
—Dispara.
—¿Serías mi padrino? —Sus cejas oscuras se levantan mientras
espera—. No puedo imaginar a nadie más a mi lado en el día más importante
de mi vida. Además, si no fuera por ti, nunca la habría conocido.
—No tienes que convencerme de ello... sería un honor.
49
—¿Q ué piensas de una boda en septiembre? —Me seco la
cara con una toalla de mano. ¿O la estoy
escondiendo? Grant ha vuelto de Nueva York hace
tres días y aún no hemos discutido la fecha de la boda.
—¿Septiembre... como el año que viene? —Pasa un poco de pasta de
dientes por su cepillo de dientes ultrasónico y se encuentra con mi mirada
en el espejo.
—O incluso el siguiente. —Estoy bromeando.
Más o menos... 50
Tomo mi bolsa de viaje de artículos de tocador del cajón que me dio
poco después de que empezáramos a salir, y luego destapo un tubo de crema
hidratante. Pasamos una rara noche tranquila en casa: pijamas, vino, pizza
y una película de pago. Pero el tema de la fecha de la boda ha estado en la
punta de mi lengua desde que entré por la puerta esta noche.
Descansa su cepillo de dientes a un lado.
—¿Qué está pasando?
Me encojo de hombros.
—Me... me encanta lo emocionado que estás por casarte conmigo. Me
encanta que estés tan seguro de lo que quieres... Solo... siento que estamos
apresurando las cosas.
—Nena. —Exhala, sonríe y pone una mano sobre mi hombro—. Dime
qué te preocupa y luego déjame aplacar esas preocupaciones por ti. Te amo,
Brie. Te amo más de lo que jamás he amado a nadie.
—¿Cuál es mi película favorita?
—¿Qué? —Se ríe a medias.
—¿Cuál es mi película favorita?
Las cejas de Grant se fruncen.
—No veo cómo eso es relevante para esta discusión en particular, pero
está bien. Um... tu película favorita es Die Hard.
—Grant.
Él sonríe.
—Estoy bromeando. Es Splendor in the Grass.
—Bien. ¿Cuál es mi libro favorito?
—The Bluest Eye —responde sin dudarlo—. Tu color favorito es el
índigo. Tu día favorito de la semana es el domingo. Tu lápiz labial favorito
se llama Crimson Crush. Eres una Géminis. Muy apropiado. Y tus
vacaciones favoritas de la infancia fueron cuando tus abuelos las llevaron a
ti y a Kari a la isla de Mackinac una semana, solo ustedes cuatro. Siguiente
pregunta...
—Ya vale —digo—. Soolo... ¿no quieres que nos conozcamos al menos
un poco más antes de hacerlo oficial? Solo he conocido a tus padres una
vez.
—¿Y no fue suficiente una vez? —Me guiña el ojo.
—Para. —Lo golpeo—. Tus padres son maravillosos.
Y lo son. Su padre cuenta los chistes más trillados del mundo y se queja
de lo caro que es todo, y su madre lleva una bolsa de punto a todas partes,
trabajando en las mantas que vende en Etsy y que dona a las recaudaciones 51
de la iglesia local.
Son amables, perfectamente imperfectos.
Y aman a su hijo más que a todas las estrellas del cielo.
—Mira —dice—. Entiendo que estés asustada. Eres una mujer
inteligente, has llegado a donde estás por tu cuenta. Eres independiente. No
me necesitas, y me encanta eso de ti. Brie... por primera vez en mi vida,
siento que he encontrado a mi igual. Si hiciera una lista de todas las cosas
que quiero en una pareja ideal, te describiría hasta la forma en que te ríes
mientras duermes y las tortillas que haces los domingos por la mañana. ¿Tu
familia? Son increíbles. Sé que tus hermanas pueden ser un poco demasiado
a veces, pero tu madre es como... una hippie glamorosa. Y tu padre es un
empresario malvado que abarca todas las cosas que quiero ser como padre
algún día. Si Dios quiere. Tu familia es la familia ruidosa, loca y dura que
yo nunca tuve. Y, si no puedo tenerte, no puedo tener esto... no lo quiero en
absoluto.
—Grant...
—Ahora, sé que he divagado sobre todas las cosas que voy a sacar de
esto. —Me toma las manos en las suyas y me gira para que lo mire—. Así
que déjame decirte todas las razones por las que voy a hacer que esta sea la
mejor decisión que tomes en tu vida...
Mi teléfono suena desde la cocina, donde ha estado descansando en el
cargador durante la mayor parte de la noche.
—Lo siento mucho —lo interrumpo—. Probablemente sea el trabajo.
Volveré enseguida...
Normalmente no aceptaría una llamada de trabajo en medio de un
discurso sincero dado por mi futuro esposo, pero mi compañía está en
proceso de contratar a un director general temporal después de que la junta
despidiera al último inesperadamente a principios de esta semana, y se me
ha encomendado la tarea de dirigir el comité de contratación.
Corro por el pasillo y tomo mi teléfono del cargador justo a tiempo para
recibir la llamada antes de que vaya al buzón de voz.
—¿Hola?
—¿Señorita White? Soy Barb, de Reclutamientos Fairway. ¿Tiene un
momento? —pregunta la mujer.
—Por supuesto.
—Les encontré dos contendientes altamente competitivos. Ambos
interesados. Ambos altamente calificados. Ninguno de los cuales puede
volar a Phoenix en la próxima semana. Convenientemente, ambos están
ubicados en Nueva York. Sé que tienen una oficina satélite allí. Podría hacer
52
que vinieran y se entrevistaran con alguien de allí o podría hacer una
entrevista por Skype... hazme saber lo que prefiera.
—En realidad, me dirijo al este la próxima semana. Podría encajar un
par de entrevistas mientras estoy allí. —Tomo un bolígrafo del mostrador y
un sobre de un montón de correo cercano y le doy vuelta—. ¿Cómo se
llaman?
Así puedo buscarlos en Google...
—Lucinda Meyers y Robert Goldberg. Le enviaré todo en un correo
electrónico —dice.
—Genial. Gracias, Barb. —Pongo el bolígrafo a un lado y devuelvo el
sobre a la pila de correo, solo que algo me llama la atención: un contrato
desplegado en papel con membrete de PC de DuVall, James y Renato.
Grant:
Este es nuestro acuerdo prenupcial. Me tomé libertades y añadí unas
cuantas cláusulas adecuadas basadas en lo que habíamos hablado. Si todo
está bien, llámame y terminaremos el resto. Necesitaré la información de
identificación de tu futura esposa en ese momento también.
Nos vemos el mes que viene.
Cainan
¿Un acuerdo prenupcial?
¿Y de qué habían hablado exactamente...?
—¿Brie? —La voz aterciopelada de Grant por detrás envía una descarga
a mi corazón y me agarro el pecho, tomando un aliento de sorpresa antes
de volverme hacia él—. ¿Todo bien?
Una vez que me recompongo, levanto los papeles del mostrador y los
entrego.
—¿Qué es esto?
Los acepta, doblándolos por la mitad.
—Solo intenta protegernos a ambos. Todo el mundo lo hace.
Especialmente la gente como nosotros.
—¿Gente como nosotros?
—Ya sabes, profesionales que están establecidos en sus carreras y
tienen mucho que perder si las cosas van mal. —Coloca la pila a un lado y
me acerca a sí—. Sé que no es la cosa más romántica del mundo de la que
hablar, pero es lo mejor para los dos. Nadie se casa pensando que las cosas
van a explotar.
Me alejo.
No estoy molesta por el acuerdo prenupcial.
Y estoy de acuerdo en que es inteligente y necesario.
¿Pero no debería discutir las cláusulas y los detalles conmigo primero?
—¿Qué quiso decir con añadir algunas cláusulas basadas en lo que
53
ustedes dos habían hablado? —pregunto.
La boca llena de Grant se mueve con una media sonrisa.
—Cosas estándar. Cuentas de jubilación. Activos. Ese tipo de cosas.
Verás el contrato cuando esté terminado y podrás llevárselo a tu abogado.
Que lo revise con un peine de dientes finos.
—No quiero hablar más de esto. —Llevo mi mano a mi sien, que está
empezando a palpitar. No he tenido un dolor de cabeza por tensión en
meses, pero últimamente lo tengo cada dos días—. Probablemente debería
irme a la cama... tenemos esa caminata por la mañana y luego el almuerzo
con mi hermana y su marido.
—Nena, por favor no te preocupes. Podemos hablar más de ello mañana
si quieres.
Grant pulsa el interruptor de la luz y me sigue hasta su habitación,
donde nos metemos bajo las mantas en una habitación oscura, bajo un
ventilador de techo.
—El próximo septiembre, ¿de acuerdo? —pregunto antes de
interrumpirme.
—¿Qué?
—Quiero esperar un año. Por lo menos. —Tal vez más tiempo...
—Me fugaría contigo mañana si me dieras la palabra —dice—. Y
también te esperaría para siempre si tuviera que hacerlo. Lo que quieras,
¿de acuerdo? Quiero que disfrutes de esto.
Le acaricio el brazo y presiono mi mejilla contra su musculoso hombro,
preguntándome si extrañaría esto, a él, si todo desapareciera mañana. En
minutos, su respiración se hace más lenta y estable. Está dormido, sin
ninguna preocupación en el mundo, supongo. ¿Pero yo? Yo estoy bien
despierta. Sola con mis pensamientos.
Con la verdad.
¿Estoy retrasando la boda?
¿O estoy retrasando la cancelación de la boda?
54
—¿T
erminaste esos controles de conflicto? —le
pregunto a Paloma el miércoles por la mañana.
Sostiene el auricular de su teléfono con la
mano izquierda, mostrando un humilde anillo de
compromiso de diamantes en su cuarto dedo.
—¿Cuándo ocurrió eso? —señalo.
—Sí —dice—, y hace tres meses. Oh, y Claire viene hacia aquí.
Paloma vuelve a su llamada y yo me dirijo a mi oficina, sacando las
llaves de mi bolsillo. Antes de tener la oportunidad de abrir la puerta, el 55
sonido de un bebé resuena desde el pasillo. Abandono mi puesto e investigo,
en parte por aburrimiento pero sobre todo por curiosidad.
Cuatro puertas más abajo, uno de nuestros socios menores sostiene a
un bebé vestido de rosa sobre su rodilla. Su esposa, cuyo nombre se me
escapa, se vuelve para hacerme un delicado gesto con el dedo.
No tenía la menor idea de que estaban esperando un niño y, a juzgar
por la edad del bebé, claramente nació mientras yo no estaba.
—Cain, ¿quieres conocer a la futura socia de DuVall, James y Renato
PC? —La gira para que me mire a la cara, y me encuentro con dos ojos
azules parpadeantes con un abanico de pestañas oscuras, seguidas
rápidamente por un impresionante chorro de proyectil blanco que no me
llega por unos pocos centímetros.
Su esposa agarra una bolsa de pañales cubierta de flores, toma toallitas
húmedas a mano y limpia vómito de marfil de la alfombra azul marino, y el
joven socio parece horrorizado, sosteniendo a su hija como si fuera
contagiosa.
—Dejaré que ustedes dos se ocupen de esto... nos pondremos al día
más tarde. Felicidades por la nueva incorporación. —Salgo y voy de camino
a mi oficina, recordando por qué nunca he querido tener hijos en primer
lugar.
Es irónico cuando pienso en ese sueño con la esposa y los niños, lo
protector que me sentía con ellos, lo orgulloso que estaba de verlos. Lo
natural que parecía todo.
Tal vez le di demasiada credibilidad a ese sueño estos últimos meses.
O tal vez algo en mí realmente cambió cuando me golpeé la cabeza en ese
accidente. Siempre he sido pragmático, un hombre que sabe exactamente lo
que quiere y no se disculpa por ello. Pero ahora me encuentro soñando
despierto más de lo que un hombre debería, buscando entre la multitud a
una mujer que probablemente ni siquiera exista.
Tengo que dejarlo pasar.
Necesito recuperar mi vida.
A los cinco minutos de instalarme, Paloma llama a mi teléfono.
—Tu hermana está aquí —dice.
—Envíala aquí. Gracias. —Borro un par de correos basura mientras
espero y escaneo los controles de conflictos que Paloma me envió esta
mañana. Seis citas con nuevos clientes esta tarde. El doble que ayer. Y
gracias a Dios. A este paso volveré a mi antiguo ritmo a finales de la semana
que viene.
—Toc, toc... —canta Claire desde la puerta, con una carpeta de tres
56
anillos cubierta de lona bajo su brazo y dos cafés en la mano—. ¿Listo para
repasar los detalles de tu gran noche?
—Solo si estás de acuerdo en dejar de llamarla mi gran noche ...
Cierra la puerta y se sienta frente a mí, pasa la carpeta por mi escritorio
y pasa a una sección con mi nombre en la pestaña.
—Bien, podemos llamarlo tu pequeña fiesta. ¿Así está mejor? —Claire
se endereza, con las piernas cruzadas y las manos delicadamente apoyadas
en la parte superior de su rodilla.
—Sabelotodo. —Arrugo la nariz—. Oye, ¿sabías que había una mujer
en el hospital después de mi accidente?
—Vas a tener que ser más específico que eso.
—Grant dijo que la mujer que llamó a emergencias también vino al
hospital y esperó en la sala de espera.
—Sí. Ahora que lo mencionas. Creo que había alguien allí, pero no tuve
la oportunidad de hablar con ella. Fue todo muy loco. ¿Pero cómo la conoce
Grant? —Claire arruga su nariz.
—Porque consiguió su número y ahora se va a casar con ella...
Ella estalla en risas.
—¿Qué? ¿Repítelo? Creo que no te entendí.
—Es raro, ¿verdad?
—¿Qué parte? —pregunta—. ¿Que Grant se case o que una
desconocida te esperara en el hospital?
—Todo. —Me desplomo de nuevo en mi silla—. Todo es raro, joder.
No es muy diferente de lo que mi vida se ha convertido desde esa fatídica
noche...
—Grant va a ser el peor marido de la historia. ¿Se da cuenta de eso? —
pregunta ella.
—Intenté decírselo. Luego me acusó de no estar feliz por él. —Me encojo
de hombros—. La va a traer a la fiesta.
—Sí, vi que confirmó su asistencia para dos, pero asumí que traería a
Serena...
Lo sopesamos en silencio, aunque estoy seguro de que tenemos
pensamientos coincidentes.
—De todos modos, basta de hablar de tu mejor amigo loco. Tengo otra
reunión justo después de esto, así que vayamos al grano. —Se aclara la
garganta y pasa a la siguiente página—. Bueno, el lugar que reservé está en
el East Village. Se llama The LaGrange Experience. Un nuevo restaurante
híbrido casual de lujo con espacio al aire libre y un comedor privado con
capacidad para cien personas. Abrió hace dos meses. Celebré una recepción
57
de boda allí el mes pasado y fue impresionante. No vas a encontrar nada
más bonito que esto en un mes, así que el hecho de que nos hayan aceptado
es increíble.
—¿A cuántas personas has invitado?
Levanta un dedo antes de pasar a la siguiente página.
—Lo que me lleva al siguiente punto: la lista de invitados. Hasta ahora
estamos a ciento cinco confirmaciones.
—Claire. —Exhalo y entierro la cara en mis manos—. ¿Ciento cinco?
Dijiste que iban a ser unos cuantos amigos...
—Estoy segura de que no todos aparecerán. Siempre tienes que contar
con los que desaparecen. De todos modos, no es mi culpa que tengas tantos
amigos.
—Tengo muchos conocidos. Tengo un puñado de gente a la que
consideraría verdaderos amigos.
—Bueno, aparentemente docenas de personas sienten diferente
respecto a ti, así que tal vez deberías reexaminar algunas de esas relaciones
antes de ir a descartarlas...
Me reclino en mi silla.
—Lo que sea. Continúa.
—El bar va a elaborar un menú especial de bebidas en honor a la
ocasión. Les di una lista de tus favoritos. Creo que es apropiado que
celebremos tu vida bebiendo tus cócteles de bienvenida.
—Claire... esto suena más como una fiesta de funeral después de la
fiesta que...
—Cainan. —Ladea la cabeza—. Escúchame. Hace seis meses casi
estábamos planeando tu funeral. Tus amigos, tu familia... podríamos
haberte perdido. ¿Por qué no podemos celebrar el hecho de que estés vivo?
Hay gente que va a venir desde San José, Seattle, Houston, Ontario,
Liverpool... quieren mostrar que significas algo para ellos, que se alegran de
que estés vivo. No les robes esa oportunidad.
—Estás jodidamente loca. Y lo digo con amor.
—Gracias.—Me guiña el ojo y luego saca la lengua. Es una James y eso
significa que no le importa una mierda lo que nadie piense de ella. Somos
todos iguales—. Para que conste, cuando estuviste en el hospital mi teléfono
estaba constantemente zumbando y sonando. Mensajes, llamadas, correos
electrónicos. Todos estaban muy preocupados. Rezando, animando, lo que
sea. Lo creas o no, por alguna razón loca, a la gente le importas, Cain.
Levanto las cejas.
—Lo sé. Yo también me sorprendí. —Se ríe—. Pero, en serio, gracias
por dejarme armar esta pequeña cosa para ti. 58
Conozco a mi hermana desde hace veintiséis años, lo que significa que
cuando se acercó a mí para hacer esto debería haber sabido muy bien que
"cosita" era el código para "gran fiesta" y "puñado de gente" era el lenguaje
de Claire para "tú, yo y todos los que conocemos".
—Eres literalmente un milagro andante. —Se inclina hacia adelante,
poniendo su mano sobre la mía—. Podrías haber muerto. Y, honestamente,
excepto por el hecho de que tienes una pequeña cicatriz sobre tu ceja
derecha, es como si nada hubiera pasado.
Se olvida de mencionar la pequeña cojera en mi paso, la que todavía
trabajo cinco días a la semana para eliminar con la ayuda de un
fisioterapeuta y un entrenador personal. Un mes más y prácticamente se
habrá ido, me dicen. Como si nunca hubiera existido. Dos meses más y
estaré levantando más peso de lo que podía antes del accidente.
Pero me quedaré con la cicatriz.
—Lo siento, necesito responder a esto. —Claire mete la mano en su
bolso y saca su iPhone, vibrando—. Hola, sí, me voy de aquí en breve y me
dirigiré hacia allí. Quería decirte que no he sido capaz de encontrar...
Me levanto de mi silla y me dirijo a la ventana, viendo a la gente de
abajo caminar por la acera como las hormigas en una granja. Pienso en
Paloma y su anillo de compromiso. El joven del pasillo y su nuevo bebé. El
maldito Grant, que se comprometió completamente de la nada.
Es como si todo el mundo sentara cabeza, avanzara en la vida, y yo
pisara las mismas aguas que hace seis meses, solo que en vez de ser
tropicales y del color del lapislázuli son turbias, marrones y vacías de vida
humana.
Nunca he querido "sentar la cabeza" ni vivir ningún tipo de vida que
consista en cortar el césped los sábados o despertarme en medio de la noche
para cambiar pañales.
Pero tampoco sé si todavía quiero esta vida...
—Tierra a Cainan... —El tono agudo de Claire me saca de mi ensueño—
. ¿Qué haces ahí? ¿Algo interesante?
He vuelto a mi antigua rutina en menos de una semana, y ya me estoy
muriendo por dentro un poco más cada día que pasa porque me falta algo.
Pensé que era la mujer de mi sueño.
Ahora no estoy tan seguro de que exista.
Por lo que sé, me aferré a esa esperanza como un loco, creyendo que
estaba ahí fuera en algún lugar porque estar con ella fue la primera vez que
me sentí realmente vivo.
O amado, ya que estamos. 59
Algo tiene que cambiar.
No puedo vadear estas aguas rancias para siempre.
No lo haré.
—¿Qué es esto? —Busca una nota junto al ratón de mi ordenador antes
de que tenga la oportunidad de quitárselo de las manos—. ¿Este es el tatuaje
de tu sueño?
Cometí el error de contarle el sueño con todo detalle poco después de
despertarme en el hospital, cuando no estaba cien por cien lúcido y seguía
negándome a creer que fuera un sueño. Describí a mi esposa y a mis hijos
con todo detalle y luego garabateé el tatuaje en una servilleta con un
bolígrafo de gelatina de color verde azulado que Claire sacó de su bolso.
Claire me aseguró que no estaba casado, juró por su vida que no tenía
hijos (de los que ella estuviera al tanto, de todos modos), y luego confirmó
con mi médico que este tipo de sueños de alta definición son completamente
normales y comunes con los pacientes en mis circunstancias.
En las semanas siguientes, cada vez que intentaba sacar a relucir el
sueño, se reía y me decía que lo dejara pasar.
Y tenía razón, supongo.
No me ha servido de nada rumiarlo, obsesionarme, llorar la pérdida de
alguien cuyo nombre no puedo ni siquiera evocar a pesar de conocer cada
detalle de ella.
—¿Por qué dibujaste esto? —pregunta.
Lo tomo de nuevo, lo arrugo y lo tiro a la papelera debajo de mi
escritorio.
—Cainan... respóndeme —dice.
—¿Qué importa?
—No has mencionado ese sueño desde que estuviste en el hospital.
¿Todavía piensas en él?
Cada segundo de cada maldito día.
—No —miento—. Rara vez —miento otra vez.
Me examina a través de ojos medio bizcos, y parece que está a pocos
segundos de decirme que deje de mentir cuando su teléfono vibra.
—Aj. Tengo que responder. Te llamaré más tarde. —Claire contesta el
teléfono, recoge sus cosas y se va a la puerta.
Y es lo mejor. No sé cómo podría explicarle algo que ni siquiera puedo
explicarme a mí mismo.
Abro mi calendario y meto el lugar de la fiesta mientras esté fresco en
mi mente. No soy nada sino organizado. Aunque no es el tipo de cosas a las
60
que normalmente me sometería, me recuerdo que soy un afortunado hijo de
puta por tener tanta gente que quiera celebrar el hecho de que no he muerto.
Dicen que todo pasa por una razón.
Antes del accidente, una vez al mes alquilaba un auto con el único
propósito de salir de la ciudad. Respirar aire fresco. Conducir por carreteras
sinuosas y atravesar valles pintorescos. Perderme en caminos desconocidos.
Escuchar música a todo volumen, o a veces no escuchar nada en absoluto.
Nunca tenía un destino. Simplemente conducía hasta que me cansaba y
luego reservaba un hotel cercano, dormía un poco y volvía a empezar a
primera hora de la mañana siguiente. Ocasionalmente elegía un lugar y me
quedaba allí el fin de semana.
¿Qué probabilidades había de que, de todas las carreteras, puentes y
autopistas, de todos los millones de autos, fuera el mío el que fuera arrasado
en ese momento exacto en esa misma carretera en esa misma ciudad?
Me salté un semáforo en amarillo esa noche.
¿Y si hubiera frenado de golpe?
¿Y si hubiera esperado otros dos minutos?
Es más fácil soportar todo lo que he pasado si me digo que sucedió por
una razón. Pero, hasta que no sepa esa razón, nada tiene sentido.
—¿P uedo decirte algo? —le pregunto a mi hermana
mayor un cómodamente cálido lunes por la tarde.
Sus hijos están en la escuela, y me tomé la tarde
libre para empacar para mi vuelo mañana. Me rogó
que viniera a tomar margaritas de pera junto a la piscina, que generalmente
es el código de Carly-Necesita-Desahogarse-Por-Su-Marido.
—Brie, no preguntes si puedes decirle algo a alguien... solo díselo. —
Sorbe su bebida a medio terminar—. Pero sigue.
—Quiero cancelar el compromiso. —Me aclaro la garganta—. Voy a
cancelar el compromiso. 61
Baja las piernas de la tumbona estilo Newport y se da vuelta para
mirarme.
—No.
—¿Qué?
—No lo hagas. No puedes. Papá estará devastado. Yo estaré devastada.
El imbécil de mi marido que no puede meter una carga de toallas sin romper
la lavadora estará devastado. —Baja sus gafas de sol de gran tamaño—.
Grant es per-fec-to. No creo que te des cuenta de la suerte que tienes. Tienes
eso con lo que la mayoría de las mujeres solo sueñan. Pospón la maldita
cosa, pero no la canceles. Será el mayor error de tu vida.
Carly se levanta, endereza su pareo negro y se dirige hacia el minibar
para agarrar la jarra de margaritas. Regresa y nos vuelve a llenar la copa.
—Brie, desde que tengo memoria, has sido... ¿cómo lo digo bien? —
Exhala—. Un gato asustado con aversión al riesgo. Dejas que todo y
cualquier cosa te asuste. ¿Montañas rusas? De ninguna manera.
¿Campamento al aire libre? Te aterrorizaba. ¿Novios? Dios mío, si
empezaban a quererte demasiado huías al país de al lado. —Carly se sienta
y toma un sorbo.
—Está bien, pero era una niña entonces. Ya no tengo miedo de todo...
—Lees los mismos libros una y otra vez. Ves las mismas películas cien
veces. Cuando viajas por trabajo, reservas el mismo hotel y tipo de auto de
alquiler y comes en los mismos restaurantes. Gravitas hacia lo que es seguro
y familiar. Pero, desde que conociste a Grant, saliste de tu pequeña caja
protegida. Estás intentando cosas nuevas, abandonando tus viejas rutinas.
Sonríes más de lo que lo has hecho desde... —Su voz vaciló—. Desde que
perdimos a Kari.
—No digo que Grant no sea genial.
—Entonces, ¿estás diciendo que no es… lo suficientemente genial?
El perro de al lado ladra, y las exuberantes palmeras que llenan el oasis
de su patio se balancean con una suave brisa.
—Estoy diciendo que es genial. —Me encojo de hombros—. Es genial y
no quiero casarme con él y eso es todo lo que digo.
Carly está callada un momento, lo que no es tarea fácil para una mujer
que no puede callarse la mitad del tiempo.
—¿Lo amas? —pregunta finalmente.
—Esa es la cosa. No creo que lo haga. Pero me gusta mucho. —Agarro
mi vaso con forma de cactus—. Parte de mí está como... ¿cuál es el truco?
—¿Qué quieres decir?
—Es casi demasiado bueno para ser verdad —digo—. Me resulta difícil 62
creer que alguien sea tan perfecto y quiera casarse la víspera de Año Nuevo.
—¿Qué? Nunca dijeron que habían fijado una fecha.
—No lo hemos hecho. Pero hemos hablado de eso, y él mencionó una
boda de Nochevieja.
—Eso es en unos cuatro meses. —Coloca sus gafas de sol en la parte
superior de su cabeza, empujando su cabello rubio hacia atrás—. ¿Cuál es
la prisa? Quiero decir, sí, fue un compromiso rápido, y seré honesta, durante
un tiempo todos nos preguntamos si te había dejado embarazada, pero
claramente estás bebiendo tequila, por lo que nuestra madre y hermanas
estarán interesadas en escuchar que ese no es el caso.
Miro la bebida que tengo en la mano y la dejo a un lado ahora que sé
que fue más una prueba que la oferta de una anfitriona adecuada. Debería
haberlo sabido... Carly siempre ha sido así de engañosa. Aún más ahora que
sus tres angelitos se convirtieron en adolescentes espinosos, furtivos y
hormonales con teléfonos y autos. Pero, en su defensa, si Carly fuera mi
madre yo sería igual de molesta. Les da un miedo de muerte y solo empeora
a medida que se vuelven más independientes. Cuanto más empujan, más
tira ella. Y todos son miserables por eso.
—Diré que es extraño cuánto quiere cerrar el trato. No tenía idea de
que estuviera hablando de dentro de cuatro meses. —Carly mordisquea la
patilla acrílica de sus gafas de sol antes de colocárselas y pasea por los
azulejos de terracota bajo el techo de la cabaña. Su mirada está clavada en
el suelo, con las ruedas en su cabeza probablemente girando más rápido de
lo que puedo seguir.
—¿Ves? Es una bandera roja.
—Por supuesto que sí.
—Dijo que esperaría —agrego—. Dijo que esperaría tanto como fuera
necesario. Pero eso no cambia el hecho de que no estoy enamorada de él.
—De acuerdo.
—Y no puedes forzar el amor.
Ella deja de pasearse.
—Tiene que haber algo para él. Algo más que... tú.
—¿Como qué?
—Ha pasado mucho tiempo con papá, ¿verdad? —pregunta.
—Juegan golf y toman bebidas...
—¿Quizás esté tratando de preparar algún tipo de trato comercial? —
Está caminando de nuevo.
—Papá trata en bienes raíces. Grant no sabe nada de eso. De hecho,
estoy bastante segura de que yo sé más sobre eso que él.
—¿Quizás quiere aprender de los mejores? ¿Quizás quiere que papá lo 63
tome bajo su protección?
Agito mi mano.
—Está bien, detengámonos. No me gusta todo esto de especular. No es
justo para él, especialmente cuando no tenemos pruebas de nada.
Carly vuelve a sentarse en la tumbona, juntando la tela de su pareo en
sus manos y amasándolo entre sus dedos bronceados mientras mira
fijamente a la exuberante distancia de su jardín prístinamente ajardinado.
—Bien —dice—. Déjame investigar un poco. Mientras tanto... ¿qué vas
a hacer?
—Me voy a Nueva York mañana y estaré ahí una semana. Cuando
regrese tendremos una semana juntos, y luego debemos volar de regreso a
Nueva York el siguiente fin de semana para la fiesta de su amigo... —
Suspiro—. Realmente quiero conocer a este amigo suyo. Es el hombre del
accidente.
Ella se golpea los muslos, derrotada.
—Tal vez una semana de distancia te dará algo de claridad, algo de
tiempo real para pensarlo y no decidir tu futuro desde un lugar tan ansioso.
Cuando regreses, ve si todavía te sientes igual. Y, demonios, ve a la fiesta.
Conoce al chico. ¿Quién sabe si alguna vez tendrás la oportunidad de verlo
de nuevo? Es bastante sorprendente lo que hiciste, quedarte con él en el
lugar y todo. No creo que la mayoría de la gente haga eso.
—Está bien, así que voy a Nueva York con Grant, conozco a su amigo
y luego, qué... ¿rompo con él después?
—Si así es como todavía te sientes, entonces sí —dice—. Pero diré...
muchos matrimonios largos y exitosos se han construido sobre una base sin
amor. A veces saber que alguien va a ser un padre increíble y que puedes
confiar en que provea es suficiente. Además, míranos a Rob y a mí.
Estábamos locos por el otro al principio. Ahora rara vez dormimos en la
misma cama a menos que haya tomado demasiado whisky y piense que le
voy a chupar la polla. A veces desearía tener más comprensión. En cambio,
solo somos dos imbéciles frustrados que lamentan la química que solíamos
tener.
Por cierto, recuérdame que nunca me case y definitivamente descarte
tener hijos fuera de mi lista de tareas...
Me levanto.
—Probablemente debería irme. Tengo que salir para el aeropuerto a las
cinco de la mañana y no he empezado a empacar.
Carly pone mala cara.
64
—Está bien. Mis terroristas adolescentes llegarán a casa en unos
treinta minutos. Probablemente debería comenzar a pensar en lo que voy a
preparar para la cena o algo así...
Amo a mi hermana y todas sus peculiaridades e imperfecciones, pero
tiene que ser la esposa y madre más miserable que he conocido en mi vida.
De pequeñas, nuestra madre hizo que pareciera fácil. Pasaba sus días llena
de alegría y nos saludaba con una sonrisa en la cara y limonada recién
exprimida a las tres en punto todas las tardes, con su pareo Pucci de color
cítrico detrás de ella.
Carly definitivamente no estaba hecha del mismo material que mi
madre.
Pero, para ser justos, el hombre con el que se casó no se parece en
nada a mi padre.
Ni siquiera de cerca.
Y solo se casaron porque la dejó embarazada en su último año de
secundaria y sus padres, de la vieja escuela, se asustaron y la culpa los hizo
convertirse en adultos instantáneos.
Me pregunto si alguna vez le molesta el camino que tomó su vida.
Siempre dice que sus hijos son su tierra, su luna y sus estrellas, y le creo.
Pero también sé que no tiene nada más. El día que el más joven abandone
el nido será un día de ajuste de cuentas para ella, un día en que se verá
obligada a mirarse al espejo y verse bajo una nueva luz. No será una madre
voluntaria de la asociación de la escuela o el club de las porristas. No pasará
sus días haciendo montones de ropa interminable o comprando alimentos
para una familia de cinco. No necesitará la enorme camioneta extralarga
que apenas cabe en su enorme garaje.
Cuando salgo de la casa de mi hermana y me dirijo a casa, trato de
imaginar mi futuro con Grant. No el que describe con los niños y el perro y
la casa en los suburbios y las comidas al aire libre del cuatro de julio y las
vacaciones familiares a Disney con todos los abuelos y primos.
Solo que mi mente se niega a conjurar ni una maldita cosa.
Está todo... en blanco.
65
H
ace seis meses le enviaría una bebida a la rubia con los tacones
que dicen “fóllame” al final de la barra, la que no me ha quitado
la mirada de encima desde que entré esta noche.
Pero soy un hombre diferente, lo que sea que signifique eso.
Pido una malta doble Laphroaig Lore con hielo y reviso mi correo
electrónico en mi teléfono. Este lugar está más ocupado de lo que esperaba
para un martes por la noche. Por otra parte, hay un hotel al lado con
limusinas estacionadas delante, por lo que debe haber algún evento. Las
limusinas en Midtown siempre traen tráfico peatonal, principalmente
turistas. Todos atraídos como imanes con los ojos abiertos en caso de que 66
puedan ver a una celebridad de la que pueden hablarle a alguien en casa.
Puntos de bonificación si pueden tomar una foto borrosa y ampliada con su
teléfono. Puntos de bonificación adicionales si es un presentador de The
Today Show.
Alguien toma el lugar a mi derecha.
No me molesto en apartar la vista de mi teléfono.
—Pinot noir, por favor —le dice al camarero—. Gracias.
Su voz es suave como el terciopelo y dulce como la miel, con un toque
de familiaridad, también. Un perfume suave pero picante irradia de su
chaqueta mientras la baja por sus brazos y la cuelga del respaldo del
taburete.
El camarero coloca un vaso delante de ella y luego vierte el vino tinto
hasta la mitad del borde, y luego le da un vertido extra. Tres centímetros,
tal vez.
—¿Cuál es la cosa más loca que has hecho? —El sonido de la voz de
una mujer en mi oído y el peso de la mirada de un extraño capta mi atención.
—¿Perdón? —No levanto la vista de mi teléfono.
—¿Cuál es la cosa más loca que has hecho? —repite su pregunta, como
si fuera perfectamente normal hacerle una pregunta al azar a un completo
desconocido.
Levanto un hombro, con la mirada aún fija en la pantalla de mi teléfono.
—No hago locuras.
—Claro que no. —Ella exhala, levantando su vaso.
—Lo siento, pero... —Estoy a dos segundos de pedirle que me deje solo
cuando finalmente la miro y todo el oxígeno es absorbido por mis pulmones.
No puedo respirar.
No puedo hablar.
No puedo pensar.
Es ella.
Es la mujer de mi sueño.
Levanta sus cejas oscuras, mirándome a través de una franja de
pestañas aún más oscuras. El verde manzana agria de sus iris brilla incluso
a la tenue luz de este bar trampa para turistas del Midtown.
—Lo sientes, pero ¿qué? —pregunta, parpadeando.
—Lo siento, pero... ¿te conozco?
Ella me estudia, inclinando la cabeza de lado a lado.
—Hay algo familiar en ti... ¿estás en una valla publicitaria en Times
Square?
Su expresión seria se convierte en una sonrisa burlona.
67
—Estoy bromeando. Pero solo un poco. Pareces un modelo. O como si
pudieras ser modelo. —Esconde su rostro con un sorbo de su bebida—. Lo
siento. Estoy haciendo esto raro. Dejaré de hablar.
Por favor, no lo hagas.
Por favor, nunca dejes de hablar.
Mi corazón está a dos segundos de explotar en mi pecho mientras busco
las palabras correctas para este momento fortuito, pero me quedo sin
palabras, deseando poder presionar pausa en esta realidad surrealista el
tiempo suficiente para entenderlo.
—Vengo aquí para trabajar una vez al mes —dice—. Aquí y Jersey. Y
siempre me quedo en ese hotel. —Señala a su lado—. ¿Quizás me has visto
de pasada?
—Esta es mi primera vez aquí.
Y solo me detuve porque estaba en camino a la casa de mi hermana en
la calle 72 y necesitaba matar un poco de tiempo extra ya que llegaba tarde.
Ella sorbe su vino, que ya está a medio terminar. Tal vez tenga que ir a
algún sitio.
Examino cada centímetro de ella, desde la peca de su nariz hasta la
línea cuadrada de su mandíbula y su tobillo nervioso y rebotando. Mi mirada
se desplaza hacia su muñeca izquierda en busca del tatuaje de mi sueño,
pero está cubierta por la manga de su blusa.
—¿Eres de por aquí? —pregunta. Cada palabra que sale de sus labios
acolchados envía un hormigueo que reverbera en cada parte de mí.
—Sí.
—¿Y qué haces? —Parpadea dos veces. Podría perderme en esos verdes
brillantes durante días.
—Abogado de divorcios. ¿Tú? —pregunto.
—Soy actuaria.
No me parece alguien que se siente detrás de un escritorio y juega con
números todo el día. Supongo que me imaginé a alguien un poco más pálida.
Alguien con un aburrido traje de tres piezas. Alguien alérgico a sonreír. Cero
personalidad.
—¿Qué te hizo querer convertirte en abogado de divorcios? —Toma otro
sorbo.
—Es una historia larga y aburrida —miento. No voy a hablarle del
matrimonio de mis padres. A nadie le importa eso. Además, estoy más
interesado en conocerla—. Eres mucho más joven que la mayoría de los
actuarios que conozco.
—Fui rápido. —Agita el vino restante en su copa antes de congelarlo y 68
colocarlo rápidamente. Girándose hacia mí, extiende una mano sobre la
barra—. Espera. Oh Dios mío. Sé por qué me suenas.
—¿Qué? ¿Cómo? —Me arden los oídos mientras espero. Nunca en mi
vida había estado tan estupefacto, tan incapaz de pronunciar más que unas
pocas malditas palabras, pero aquí estoy, paralizado, completamente
asombrado con un poco de incredulidad—. ¿Cómo nos conocemos?
Su boca en forma de corazón se levanta.
—Nos conocimos a principios de este año. En un bar. Intentaste ligar
conmigo.
Sus palabras no computan. No al principio.
—Lo siento, creo que recordaría haber intentado ligar con alguien como
tú.
—Vaya. —Levanta las cejas y toma un sorbo—. Qué tonta por pensar
que recordarías después de todo lo que me dijiste.
—¿Lo que te dije? ¿De qué estás hablando?
—Me dijiste que podías durar más de siete minutos... que podrías
darme un orgasmo... que querías saber a qué sabía mi boca... —Se sonroja,
ocultando una media sonrisa avergonzada.
Parecen exactamente el tipo de cosas que habría dicho antes.
—Lo siento —digo.
—¿Lo siento? ¿Por qué?
—Siento haber sido así de directo
Su cabeza se inclina y su cabello oscuro cubre un hombro.
—No lo sientas. No es como si consiguieras algo, de todos modos. No
me acuesto con extraños, ¿recuerdas? Espera. No recuerdas haber
intentado ligar conmigo, así que definitivamente no recordarías mi postura
esa noche...
Tomo un trago de whisky y me acomodo.
—¿Cuándo nos conocimos? —pregunto.
Levanta la ceja y estudia la pared detrás de mí.
—Febrero. Aunque parece como hace toda una vida en este momento.
Su mirada cae al cuarto dedo en su mano izquierda, que está desnudo,
pero muestra las marcas de un anillo. Mi corazón se hunde y siento que el
color huye de mi rostro en segundos, pero mantengo la compostura.
—¿Estás casada? —Me trago el nudo duro y me aclaro la garganta.
Ella termina el resto de su bebida.
Mi corazón es pesado y arrítmico, y mi pecho se contrae. Parece una
eternidad antes de que reaccione a mi pregunta. 69
Asiente, con los párpados pesados y la mirada apuntando a la copa de
vino delante de ella.
—Estoy técnicamente comprometida, pero planeo terminarlo.
Libero un fuerte aliento. Obvio. Ruidoso.
—¿A qué estás esperando?
Se vuelve hacia mí con ojos vidriosos y verdes.
—¿Alguna vez le has roto el corazón a alguien?
—Más veces de las que puedo contar.
—Bueno, yo no. No así —dice—. Está loco por mí. Se casaría conmigo
mañana si le dejara. Y es muy bueno conmigo. Dulce. Tengo que hacerlo
lentamente. Tengo que manejar esto con dignidad. Es lo menos que puedo
hacer.
—Arranca la maldita tirita. Confía en mí, ambos estarán mejor al final.
No tiene sentido arrastrar lo inevitable.
Sus labios vacilan y ofrece una sonrisa agridulce.
—Lo haces sonar simple.
—¿No es así? Si no quieres casarte con él, díselo. —Entonces puedes
casarte conmigo...
—Es una persona. Tiene un corazón. Lo estoy tratando de la forma en
que me gustaría que me trataran a mí.
—¿Como si fuera un niño? —resoplo
—Con compasión y respeto por sus sentimientos.
Su teléfono se ilumina a su lado con una llamada, aunque no veo el
nombre en el identificador de llamadas antes de que lo ignore.
—Ves. De hecho, ese es él. Tengo que irme.
Excavando en su bolso, busca un billete de veinte y lo coloca en la parte
superior de la barra antes de salir de su silla y arrojar su chaqueta sobre su
brazo y su bolso sobre su hombro.
—Espera. —Me levanto.
—Lo siento, fue un placer conocerte, otra vez. —Se despide con una
mano distraída antes de desaparecer por la puerta. Tan pronto como sale,
se lleva el teléfono a la oreja y desaparece entre la multitud de turistas
reunidos alrededor de una limusina negra.
Me paso la mano por el cabello y me siento de nuevo, desanimado.
Nunca supe su nombre.
Pero es real.
Existe.
70
Pago mi cuenta y voy al centro de la ciudad, casi golpeando la puerta
de Claire cuando llego.
Responde con una mano en la cadera.
—Cálmate, amigo. ¿Qué está pasando? ¿Por qué estás…?
Entro.
—Es real, Claire. Ella es real. La acabo de conocer.
Cierra la puerta detrás de mí.
—¿Quién es real?
—La mujer. La chica de ese sueño.
—¿La que tiene el tatuaje? —pregunta.
Mierda. Nunca tuve la oportunidad de comprobarlo, pero sé que era
ella.
Sé que lo era.
Lo sé con cada fibra de mi alma jodida.
—Sí —digo—. Ella.
Las cejas de Claire se estrechan mientras me estudia, y luego pone una
palma sobre mi frente.
—¿Te sientes bien?
—Por favor, no seas condescendiente conmigo ahora.
—¿Conseguiste su nombre? —Se sienta en el sofá, ajustando la
montaña de cojines detrás de ella.
—No.
—¿Al menos hablaste con ella?
Me pellizco el puente de la nariz.
—Si. Hablamos durante cinco, tal vez diez minutos. No lo sé. Mi mente
iba un millón de jodidos kilómetros por hora. Sucedió muy rápido. Y luego
atendió una llamada y tuvo que irse.
—¿Dónde la encontraste?
—En el bar adjunto al Hotel Mondauer en Midtown. Dijo que estaba en
la ciudad por trabajo y que siempre se queda allí. Pero, escucha esto... nos
conocimos antes. Justo antes del accidente. No lo recuerdo, pero ella dice
que sí.
Claire se queda callada un momento y, sin decir una palabra, sigue el
pasillo hasta la oficina de Luke. El clic del cierre de la puerta la sigue.
Están hablando de mí, estoy seguro.
Apuesto a que piensa que he perdido la cabeza. Y tal vez lo haya hecho.
71
Un momento después, los dos emergen, tomados de la mano, un frente
unido.
—Creo que deberíamos llamar al doctor Shapiro —dice Claire.
—¿Qué? No, absolutamente no.
—¿Podría llamar a mi primo? Es psiquiatra en Seattle —ofrece Luke.
Claire levanta su teléfono.
—El otro día encontré este artículo realmente interesante sobre los déjà
vu. Déjame ver si puedo encontrarlo. Decía algo así como cuando pensamos
que estamos repitiendo un evento, en realidad solo se disparan los bucles
de memoria en nuestro cerebro. O algo así. Dos segundos.
—Esto no es un déjà vu, Claire. Esto es la vida real, joder. —Paseo por
el suelo de parqué de preguerra de su sala de estar—. Sabes qué... olvídalo.
Olvida que dije nada.
Los dos intercambios se refieren a expresiones.
Quieren ayudar. Y tienen buenas intenciones. Pero no, gracias, joder.
Puedo hacerlo solo si tengo que hacerlo. La puedo encontrar. Puedo
darle sentido a todo esto. Y no necesito al doctor Shapiro en marcación
rápida para hacerlo.
—Probablemente deberíamos ponernos en marcha si vamos a llegar a
tiempo para nuestra reserva para cenar —dice Claire—. Podemos hablar
más sobre esto con las bebidas si quieres...
—No. Tengo que volver al Mondauer.
Claire se ríe.
—¿Y hacer qué? ¿Pasar el rato en el vestíbulo como un acosador?
—No. Estaré en el bar.
—Entonces iremos contigo. Simplemente cancelaremos nuestras
reservas —dice, volviéndose hacia Luke—. ¿Verdad, cariño?
—Por supuesto —dice Luke—. Me encantaría conocer a esta misteriosa
mujer.
—Porque no me creen... —Pongo los ojos en blanco cuando no están
mirando.
—Cainan. —Claire viene a mi lado, tomando mi mano—. Ponte en
nuestra posición. Si me golpeo la cabeza, me despierto y te digo que me casé
con el rey de Jamaica y luego, seis meses después, te digo que lo encontré
en un bar en Manhattan... me dirías que estoy loca de remate y me harías
recapacitar.
No se equivoca.
—Es mejor que se vayan —digo—, o pasarán tres meses antes de que 72
puedan obtener otra mesa en el Centro Pietro.
Con eso, me voy.
Vuelvo en taxi al bar.
Y la espero hasta la hora de cerrar.
Pero nunca aparece.
—D
eberá informarme si alguna vez hay posiciones libres
en la sucursal de Phoenix —dice mi contraparte de
Manhattan, Maya Delgado, con su espeso acento el
miércoles por la mañana durante el almuerzo.
Carly estaría orgullosa: estoy comiendo en un restaurante que nunca
había probado y me cambié a un nuevo hotel solo para probar algo diferente
para variar.
—¿Estás buscando mudarte? —le pregunto. Mi mirada se mueve hacia
mi dedo anular desnudo. Dejé el anillo en casa antes de volar aquí. Fue un
movimiento involuntario. Me estaba lavando la cara y lo dejé junto al lavabo. 73
Ya había pasado la seguridad del aeropuerto el martes por la mañana
cuando me di cuenta de que había olvidado volver a ponerlo.
Gira un montón de linguini con pesto en una cuchara.
—Mis abuelos viven en Mesa. Están en sus ochenta y abue no se mueve
muy bien. Ya perdí un grupo de abuelos, y mi mayor arrepentimiento fue no
pasar más tiempo con ellos. Sería bueno si pudiera estar más cerca, ¿sabes?
Por lo menos temporalmente. Neoyorquina de por vida, cariño.
Coloca un puño sobre su corazón y luego hace un signo de paz.
—Sí. —Me toco la boca con una servilleta de tela—. No sé si habrá
vacantes pronto... pero ¿tal vez podríamos intercambiar ubicaciones? ¿Tal
vez unos meses o algo así?
—¿En serio? —Los ojos de Maya sonríen antes que su boca—. ¿Harías
eso por mí?
Asiento.
—¿Sí, por qué no?
¿Quién soy ahora mismo?
Me reí entre dientes.
—Soy una mujer loca, eso es todo.
—Tendríamos que aclararlo con Recursos Humanos y un par de los
superiores, pero no creo que sea un problema. —Hacemos los mismos
trabajos. Y podemos mantener nuestros casos—. Esencialmente solo
seremos oficinas comerciales —le digo—. ¿Quizás podríamos comenzar a fin
de mes? ¿Ir hasta fin de año?
Reviso mi reloj. La entrevista del primer candidato es en dos horas. La
segunda es mañana. Brenda de Fairway Recruiting logró encontrar a un
tercero para este viernes por la mañana, cinco horas antes de que vaya a
volar de regreso a casa.
—Te das cuenta de que estarías intercambiando los mejores meses de
clima en Phoenix por algunos de los peores en Nueva York, ¿verdad?
Me encojo de hombros y digo:
—Siempre he querido ver Nueva York durante las vacaciones. También
sería bueno experimentar una blanca Navidad.
—Muy bien. —Maya toma un sorbo de agua y levanta las cejas
oscuras—. Hagámoslo.
En nuestro camino de regreso a la oficina, pasamos por el pequeño bar
conectado a mi hotel original, y pienso en el tipo de ayer, el que intentó ligar
conmigo en un bar de Hoboken a principios de este año. Había algo diferente
en él. ¿Una quietud, una falta de agresión sexual, quizás? No paraba de
estudiarme. Y afirmó que no recordaba haberme visto antes, ni haber
intentado ligar conmigo.
74
Mis mejillas se calientan durante la siguiente cuadra cuando me doy
cuenta de que tal vez me equivoqué de chico.
¿Quizás no era el mismo del bar?
Cuando volvemos a la oficina, aparto el pensamiento. Definitivamente
era el mismo tipo.
Nunca podría olvidar esa mandíbula cincelada o esa mirada iridiscente
de cobre.
Pero es solo cuando estoy sentada que recuerdo las palabras que me
dijo cuando me alejé de él la primera noche que nos encontramos: La
próxima vez que nos veamos, no seremos extraños.
Nunca pensé que habría una próxima vez.
Estoy dispuesta a apostar que él sintió lo mismo.
—Era solo una línea para ligar —susurro para mí mientras me preparo
para nuestra primera entrevista—. Y no significaba absolutamente nada.
—¿S
eñor James? —dice mi asistente por el auricular la
mañana del viernes—. Tengo a Grant Forsythe para
usted en la línea tres.
—Gracias. —Presiono el receptor y gruño un
saludo en el teléfono.
—Suenas como un jodido idiota. ¿Cuál es tu problema? —pregunta.
Estoy perdiendo la maldita cabeza. Ese es el problema.
Martes, miércoles y jueves me quedé en el bar del hotel hasta cerrar,
esperando, rezando, anhelando y deseando que esa mujer volviera… pero
nunca lo hizo.
75
Y en una ciudad de casi dos millones de personas, no había manera de
encontrarla. Además, por todo lo que sé, voló de regreso a donde quiera que
viviera.
—¿Recibiste mi correo electrónico? —pregunta Grant.
Me giro hacia la pantalla de mi computadora, con el brillo lastimando
mis ojos cansados.
—Sí.
—¿Y?
—No he tenido tiempo de revisarlo todavía —digo.
—¿Semana difícil? —Se ríe en el receptor.
—Algo así.
—Está bien, genial. Lo entiendo. No todos los días pueden ser arcoíris
y puestas de sol… al menos, ya sabes, que vivas en algún lugar donde en
realidad haya puestas de sol la mayoría de los días del año —dice—. Como
sea, miré por encima el acuerdo prenupcial que enviaste e hice unas notas.
No estaba seguro de si había una forma de abordar los activos post maritales
de una forma más… ¿sutil? ¿Como agresivo pero no agresivo?
Hago doble clic en el adjunto en su correo. Su escritura sobre mi
contrato mecanografiado es casi imposible de descifrar, así que lo agrando.
—Así que su papá es ridículamente rico, el pez gordo de los bienes
raíces residenciales —dice—. Las estimaciones lo ubican en un patrimonio
neto de poco menos de medio billón de dólares.
—¿Y quieres asegurarte de que consigues un poco de eso si el
matrimonio fracasa?
—Quiero decir, vamos a decir que estamos casados veinte años, sus
padres mueren, y ella consigue un cuarto de eso, ya que tiene tres hermanos
—dice—. Quiero asegurarme de no irme con las manos vacías.
—¿Y por qué tendrías tú derecho a la fortuna de sus padres?
—Porque estoy a punto de doblarla para ellos —responde sin vacilar—
. He estado hablando con su padre sobre cambiar cuentas de finanzas y
ganancias de capital a largo plazo a mi compañía. Una vez que firme
conmigo, las tarifas de gestión anuales por sí solas podrían tener siete ceros.
Podría ser mi única cuenta y estaría tranquilo. Prácticamente retirado.
—Ya veo.
—Voy a hacer a ese rico bastardo un bastardo incluso más rico, y quiero
asegurarme de que todo esté distribuido en una forma segura… sin
76
parecer…
—¿Sin parecer un idiota egoísta?
—Cain, para… —Exhala contra el teléfono, dramático y cansado—.
Sabes cómo es no tener nada. Venir de la nada. No es como si estuviera
tratando de robar algo. Y, para que conste, trato a esta mujer como la jodida
reina que es.
—Excepto por la parte donde has estado volando a Nueva York una vez
a la semana y acostándote con Serena McQuiston…
—No soy perfecto —bufa—. Y te lo dije la última vez, he terminado con
Serena. Me estoy tomando esto del compromiso en serio.
Qué buenas últimas palabras…
—Te das cuenta de que hay una cláusula de infidelidad en este acuerdo
prenupcial —le recuerdo. Es estándar. La dejé sabiendo malditamente bien
que lo pasaría por alto, esperando poder sacarla a colación personalmente.
De mejor amigo a mejor amigo, sigo sin creer esté tomando la decisión
correcta, pero desafortunadamente no es mi decisión.
—¿Podemos sacar eso?
—Lo notará si no está ahí. Las esposas siempre lo notan. Si lleva esto
a su propio abogado, ellos también lo notarán. Y, con toda la palabrería que
quieres que agregue, cualquier abogado con media neurona puede ver que
esto está generosamente inclinado a favor del esposo.
—Maldición. Está bien. Ponte creativo entonces.
—Quieres que escriba un acuerdo prenupcial que luzca bastante justo
a primera vista, pero que en secreto te dé una salida para que puedas
engañarla y todavía irte siendo un bastardo rico al final. —Me pincho el
puente de la nariz. Hago este tipo de mierda todo el tiempo para otros
clientes. No debería ser tan difícil hacerlo para mi mejor amigo, joder. Pero
hay un peso en la boca de mi estómago. Una vacilación.
—Exactamente.
Mi teléfono vibra justo al ratón de mi computadora.
—Grant, mi hermana está llamando. Déjame devolverte la llamada
sobre esto después. —Regreso el teléfono fijo a su base y tomo la llamada de
Claire—. ¿Qué pasa?
—¡Hola! Bueno, tu fiesta es el próximo fin de semana…
—¿Sí?
—Pero hemos tenido un puñado de huéspedes que originalmente
respondieron que sí, pero que desde entonces han tenido que cancelar…
Me reclino.
—Está bien. ¿Y me estás diciendo esto por qué?
—Bueno, la invitación a la fiesta está en Facebook —dice—. Y tú ya no
tienes cuenta en Facebook. Pero un puñado de gente está subiendo fotos 77
viejas de ti en este grupo, escribiendo buenos deseos y haciendo preguntas
sobre ti. Solo pensé que deberías reactivar tu cuenta para poder
responderles a algunos de ellos.
—No.
—Una semana —dice—. Reactívala una semana, y luego puedes volver
a la oscuridad otra vez.
—No.
Se ríe.
—Entonces dame tu contraseña y la reactivaré y postearé como tú.
—Un gran no.
—En serio. Algunas de esas fotos son jodidamente hilarantes. Olvidé
que solías tener mechas. Parecías salido de una banda de chicos. ¿Y
recuerdas cuando solías están bronceado todo el tiempo?
Santo Dios.
—¿Quién diablos posteó eso?
—Si te conectaras, lo verías…
Gimo.
—Oh, ¿y has visto a la nueva prometida de Grant? Es jodidamente
hermosa. Estarán haciendo hermosos bebés algún día. Lucen realmente
felices juntos.
Me muerdo la lengua, incapaz de hablarle del intento de Grant de
joderla con este acuerdo.
—¡Oh! Me tengo que ir. Luke está llamando. —Mi hermana termina la
llamada y me desplomo, tomando una respiración entrecortada mientras
toco el icono de la App Store y recargo la aplicación de Facebook que borré
hace una vida.
Tres minutos después, estoy conectado y de vuelta.
Paso por las cien notificaciones hasta que encuentro la invitación a la
fiesta, y la acepto.
Una avalancha de imágenes, la mayoría más viejas que el mismísimo
tiempo y jodidamente vergonzosas, como si fuera el tipo de chico al que le
importa una mierda lo que las personas piensan de mí.
A mitad de la página, doy clic en una imagen que Grant posteó hace
once horas… una de los dos en Londres en nuestro último año de
universidad, cuando tuvimos una competencia para ver a cuántas chicas
inglesas podíamos conseguir. Para que conste, él ganó porque sus
estándares eran discutiblemente más flexibles que los míos. Pero hasta este
día me pongo duro cuando escucho a una mujer hermosa hablar con la
pronunciación adecuada.
78
Sonrío ante lo jóvenes, estúpidos y pobres que éramos en ese momento.
Nunca creería lo lejos que hemos llegado en tan poco tiempo, pero aquí
estamos…
Doy clic en el perfil de Grant para revisar sus fotos, ya que Claire dijo
que su prometida era hermosa y me gustaría ver la cara de la mujer a la que
estamos a punto de joder… si accediera a deshacerme de mis valores.
Espero encontrar una extraña hermosa de una manera genérica,
bronceada, con desesperación emanando de su cuerpo en forma de pechos
falsos y una adicción al ejercicio… porque históricamente ese ha sido el tipo
de Grant.
Solo que la mujer sonriendo de oreja a oreja en su foto de perfil, con
sus brazos envolviendo los hombros de Grant, identificada como “Brie
White”… es la mujer del bar de la semana pasada… quien también es la
mujer de mi sueño.
Y ahora se va a casar con mi mejor amigo.
Me hundo. Estoy destripado. Vacío.
Me dijo en el bar que estaba planeando dejar a su prometido… pero
ahora que sé que es Grant y lo sediento que está por un trago de la fuente
de fortuna de su familia… él nunca dejará que eso pase.
E, incluso si lo hiciera… no cambiaría el hecho de que nunca podría
tenerla.
Nunca le haría eso a él.
Ninguna cantidad de justificación cambiaría el hecho de que ella está
fuera de los límites.
79
R
egreso a mi apartamento la noche del viernes con toda intención
de meter mi maleta en mi armario y tratar con ella más tarde,
descorchar una botella de dulce vino rojo y meterme en el más
caliente y burbujeante baño de la historia de la humanidad mientras me
limpio la mugre de aeropuerto. Cuando terminara con todo eso, tenía toda
la intención de arrastrarme a la cama y perderme en el libro que comencé
en el avión, pero no tuve tiempo de terminar gracias al hombre hablando al
otro lado del pasillo.
80
Solo que soy saludada por Grant con un traje azul marino, cargando
un ramo de dos docenas de rosas rosas envueltas en papel de oro rosado y
atadas con un lazo de encaje.
—Sorpresa, nena. —Se inclina a darme un beso, con sus manos en mis
caderas mientras me inhala y prueba mis labios—. Te extrañé.
—No tenías que hacer todo esto… —Tomo el costoso ramo y dejo mi
maleta en la puerta—. Pensé que no estaríamos juntos hasta mañana.
—No podía esperar otro día. —Me lleva a la sala de estar, donde hay
dos mesas de masaje alineadas y dos masajistas mujeres nos saludan con
sonrisas. Dándome una bata, dice—: Ve a cambiarte, nena. Después de esto,
he pedido que entreguen tu cena favorita del Hollow Tree, y luego pensé que
podíamos ver esa película indie que has estado queriendo ver.
Tengo que aceptarlo… Grant iba a ser para alguien un increíble esposo
algún día. Había una cantidad impresionante de pensamiento y previsión
en cada gesto suyo.
Entro en el baño, me lavó y me pongo una bata.
Pero en la hora que sigue estoy en silencio, agradecida de no tener que
mirar a los ojos al hombre cuyo corazón estoy a punto de destruir.
S
u nombre es Brie White.
Todo el día he estado repitiendo esas dos palabras en mi
cabeza en bucle. Como un mantra.
Cuánto blanco, joder…
Cuando desperté en el hospital, todo alrededor de mí era blanco.
Es una coincidencia, estoy seguro. White es un apellido común. Es
incluso más común como color, particularmente en lo que a hospitales
concierne.
Cierro mi oficina la tarde del viernes y paso al lado de Paloma en mi 81
camino hacia la salida.
—Me voy a tomar el resto del día libre.
Estoy demasiado nervioso como para hacer algo.
Necesito aire. Necesito caminar. Necesito un trago. Diablos, incluso tal
vez un jodido cigarrillo con morfina de guarnición… algo para calmarme y
poder darle sentido a esto.
Grant dijo que la conoció en el hospital, que fue quien vio mi accidente
y llamó a emergencias. No solo eso, sino que siguió la ambulancia y se quedó
en la sala de espera… que es donde lo conoció a él.
Pero, de acuerdo con Brie, nosotros nos conocimos antes de esa fatídica
noche.
Yo la vi primero. La deseé primero. Puse mis ojos en ella primero…
incluso si no recuerdo nada de eso. Y ahora nada de eso importa.
Nadie dijo nunca que la vida sería justa.
Pero nadie dijo que iba a ser jodida de cincuenta maneras distintas.
E
l lado de la cama de Grant está vacío el sábado por la mañana.
El aroma del café sale de la cocina hasta mi habitación a través
de la puerta entreabierta. Pero la casa está en silencio. No está
haciendo el desayuno. No está viendo las noticias en la sala de estar. No
está haciendo clic en su computadora portátil.
Salgo de la cama, me refresco y lo encuentro sentado a la mesa de la
cocina, frente a la puerta corrediza de vidrio que da al patio trasero.
Sigue inmóvil, salvo por el lento ascenso y caída de sus hombros.
Quería hacer el amor anoche, pero lo rechacé. Le dije que estaba
cansada. Me besó y se dio la vuelta, profundamente dormido en cuestión de
82
minutos mientras las ruedas en mi cabeza giraban con miles de
pensamientos cargados de culpa.
¿Quizás él siente que me alejo? Quizás sepa lo que hay en el futuro
para nosotros.
Tengo que terminarlo.
No es correcto alargarlo, retrasar lo inevitable. Originalmente había
planeado ir con él a la fiesta de Cainan a finales de esta semana, ya que los
billetes de avión ya estaban comprados, pero no quiero sentirme un fraude,
interpretando el papel de la prometida cuando realmente estoy a dos
segundos de cancelar todo en el instante en que volvamos a tierra desértica.
—Oye. —Me arrastro hasta la cafetera y me sirvo una taza—. ¿Estás
bien?
No es típico de él estar tan sombrío, tan paralizado.
Finalmente, se mueve, girando la cabeza a un lado.
—Oye.
Me siento junto a él y me aclaro la garganta.
—Quería hablar contigo sobre algo.
Envuelvo con mis dedos temblorosos la cálida cerámica. Siempre he
odiado la confrontación, lastimar a la gente.
Respirando profundamente, se aleja de la puerta de cristal y se enfrenta
a mí. Es entonces cuando percibo la humedad en sus ojos oscuros y la
gruesa lágrima deslizándose por su mejilla.
—Mi papá murió esta mañana —dice.
Grant entierra la cabeza en sus manos, y sus hombros se sacuden con
cada sollozo silencioso.
—Oh, Dios mío. —Voy hacia él.
Lo envuelvo con mis brazos.
Puede que no sea el hombre con el que me quiero casar, pero todavía
significa algo para mí.
Y no soy ajena a la pérdida.
—Lo siento mucho —susurro mientras lo sostengo.
—Tuvo un ataque al corazón mientras dormía... yo... acababa de hablar
con él hace dos días... él y mamá se preparaban para un crucero en las
Bahamas... sonaba genial... él... —Las palabras de Grant no llegan a nada.
Lo envuelvo con más fuerza.
No le hablo sobre mi decisión de mudarme a Nueva York. Ahora no es
el momento.
83
En cambio, me trago el discurso de ruptura que me había pasado una
docena de veces en la cabeza mientras él dormía toda la noche.
No puedo patear al hombre cuando ya está destruido.
—M
uchas gracias por venir. —La madre de Grant me
envuelve con un abrazo perfumado de lilas que me
lleva a mi juventud. Un vestido negro abraza su
figura agradablemente regordeta, y se complementa con un collar en forma
de cruz dorada y ojos llorosos.
El lugar está repleto, multitudes de visitantes se dirigen hacia el cuerpo
sin vida del padre de Grant en la parte delantera de la iglesia, con su ataúd
rodeado de cien arreglos florales y lirios de paz en maceta.
Si tengo la mitad de la concurrencia a mi funeral moriré como un
hombre afortunado. 84
—Oh, quería que tuvieras uno de estos. —Se acerca a una mesa detrás
de ella y recoge una flor blanca y azul, poniéndola en la solapa de mi
chaqueta con manos temblorosas—. Ahí lo tienes. Eras como un segundo
hijo para él. Mereces ser reconocido como tal.
—Gracias, Georgette.
Michael "Big Mike" Forsythe era un hijo de puta duro de pelar que
habría hecho cualquier cosa por cualquiera. Había sobrevivido a dos
lesiones en la espalda de su carrera como capataz de construcción. Un
accidente de barco cuando era adolescente. Un encuentro con un cáncer de
pulmón en etapa temprana. Y una embolia pulmonar hace diez años. Pero,
al final, un ataque al corazón que creó una viuda lo llevó a dormir a los
sesenta y tres años, dos meses después de jubilarse.
—Siento mucho su pérdida —le digo—. Realmente lo voy a extrañar.
La culpa me roe las entrañas. Debería haber pasado más tiempo con
ellos. De pequeño pensaba en ellos como mis segundos padres mientras
deseaba en secreto que fueran mis primeros y únicos.
Se limpia una lágrima antes de pasar su mano por mi brazo.
—Yo también.
—¿Cómo está Grant? —Solo llevo aquí unos minutos, pero aún no me
he encontrado con él. Cuando me llamó hace dos días y me dio la noticia,
sonaba entumecido y toda la llamada duró menos de sesenta segundos
antes de que dijera que tenía que irse.
Sus delgados labios se presionan.
—Está tratando de mantenerse firme. Ya sabes cómo es.
—Sí, lo sé.
—La última vez que lo vi estaba en la biblioteca de la iglesia hablando
con nuestro pastor. —Señala un pasillo a la izquierda—. Brie está con él.
¿Ya la conociste?
No sé cómo responder a esa pregunta de manera concisa y sin
complicaciones, así que sacudo la cabeza.
—Oh, Cainan, es la persona más amable del mundo. —Georgette se
agarra el corazón, con un pañuelo arrugado en su mano—. La vas a amar.
La ironía de sus palabras no se me escapa.
—Veré si puedo encontrarlos —digo—. Avísame si necesitas algo, ¿de
acuerdo? Estoy a menos de una hora de aquí.
Dejo a Georgette mientras saluda a una pareja mayor, y me dirijo al
pasillo para localizar a mi mejor amigo y a su prometida. Mi corazón se agita
en mi garganta con cada paso. La inconfundible voz de mi hermana viene
de la otra habitación. Más adelante, un grupo de chicos con los que solíamos
correr en el instituto se encuentra de pie en círculo, la mitad ellos es casi 85
irreconocible gracias a su escaso cabello y sus abultadas barrigas
cerveceras.
Más adelante veo a Grant a través de una puerta abierta. Hay una
mujer colgada de su brazo. Brie, obviamente, aunque no puedo verle la cara
desde aquí.
Mi estómago se anuda con cada paso que me acerca.
El pastor se aleja.
Me quedo en la puerta, los dos ignorantes mientras ella le toma la cara
en sus manos y le susurra algo. Dulce, tierna. Compasiva.
Es un momento especial, uno que me hace pasar por un sinfín de
razones complicadas y contradictorias.
—Hola… —Interrumpo su momento porque quedarme aquí más tiempo
sería espeluznante.
Se vuelven hacia mí al unísono, un equipo.
Los ojos de Grant se iluminan cuando me ve.
Brie deja salir un jadeo tranquilo, pero su preocupado prometido no
parece darse cuenta.
—Hola, hombre. Gracias por venir. —Mi mejor amigo no me da su
famoso apretón de manos y sus ojos son de un tono marrón apagado, con
el blanco inyectado en sangre como si hubiera estado llorando.
Conozco al tipo desde hace casi veinticinco años y ni una sola vez le he
visto derramar una sola lágrima, excepto cuando los Ravens derrotaron a
los 49ers en el Super Bowl XLVII y perdió cinco mil dólares con un tipo del
trabajo.
—Brie, este es Cainan. —Coloca su mano alrededor de su cintura y la
acerca a este círculo improvisado. ¿O es un triángulo?
—Me alegro de verte de nuevo, Cainan. —Sus brillantes rizos color
chocolate rebotan con cada paso relajado. Y extiende una mano—. Estás
muy diferente a la última vez ...
Entrecierro los ojos, confundido, hasta que me doy cuenta de que se
refiere a la noche de mi accidente, lo que significa que se salta por completo
nuestro breve intercambio en el bar hace dos martes. No coqueteamos. No
hicimos nada malo. Demonios, ni siquiera intercambiamos nombres. No
puedo imaginar ninguna razón para que se sienta culpable, a menos que se
sienta atraída por mí y haya decidido no cancelar el compromiso.
—Gracias. —Muevo mi mano contra la suya, preparándome para la
sacudida eléctrica que se produce cuando alcanzo a ver su boca en forma
de corazón, la que nunca puede ser mía—. Grant me dijo lo que hiciste, y
estoy extremadamente agradecido.
86
—Me alegro de que estés bien. —Sus brillantes ojos verdes sostienen
los míos y su voz es tan suave como la de una bibliotecaria—. Dejaré que
ustedes dos se pongan al día. Voy a ver si Georgette necesita algo.
—Gracias, nena. Te amo, mucho. —Grant le aprieta la mano mientras
se aleja.
Te amo, mucho...
Mi mandíbula se tensa cuando se forma la tensión de un dolor de
cabeza por la tensión.
—Es increíble, ¿verdad? —pregunta Grant, su mirada cae mientras la
ve irse y se muerde el labio, aunque no creo que se dé cuenta de que lo está
haciendo.
Los viejos hábitos no mueren fácilmente.
—Sí. Ustedes dos parecen realmente... en sincronía.
Sus cejas se levantan y se rasca la sien.
—No sé cómo tuve tanta suerte.
Nuestra reciente conversación sobre el acuerdo prenupcial flota en mi
mente. Me resisto a preguntar si se refiere a ella... o al dinero de su padre.
—¿Estás bien? —Cambio de tema—. Siento mucho lo de tu padre. Era
uno de los mejores.
—Gracias, hombre. —Asiente—. Es difícil, pero lo estoy tomando poco
a poco. Es todo lo que puedes hacer. Al menos pudo conocer a Brie. Es el
pequeño consuelo que encontré en todo esto.
—¿Sí? ¿Le gustaba?
—Psh. No. La amaba. Él fue quien me dijo que me la quedara —dice
con una risa lacrimógena—. Me dijo que una mujer como esa solo viene una
vez en la vida, si tienes suerte. —Grant se encoge de hombros—. Supongo
que después de ver lo que pasaste y hablar con mi padre me di cuenta de
que quería más para mí. Una esposa que me amara como mi madre amaba
a mi padre. Un par de niños. Vacaciones familiares. Todas esas cosas.
No puedo evitar preguntarme si estaba haciendo poesía sobre su vida
de ensueño metido hasta las pelotas en Serena McQuiston, pero me guardo
esa pregunta para mí.
El hombre acaba de perder a su padre.
Se siente nostálgico y melancólico.
Le dejaré tener su momento.
—Disculpen. Siento interrumpir. —Hay una mujer mayor con un traje
a rayas en la puerta—. Estamos a punto de comenzar el servicio.
87
Grant me da un asentimiento con los labios apretados.
—Debería encontrar a mi chica. Oh, y oye. Todavía vamos el viernes.
—¿Viernes?
—Sí. Tu fiesta...
—¿Siguen viniendo? —Entrecierro los ojos.
—Por supuesto que vamos. Eres mi mejor amigo. No me lo perdería por
nada del mundo.
U
nas risas estridentes estallan desde la cocina y llenan toda la
casa de la infancia de Grant. Él y sus tíos y primos juegan a las
cartas mientras su madre sirve a una línea de bufet de sobras
recalentadas que los vecinos y amigos han estado dejando a diestra y
siniestra toda la semana.
Estoy sentada en la habitación delantera en un sofá floral con
almohadas a cuadros. Una foto de Terry Redlin adorna la pared detrás de
mí y una lámpara de esquina de latón emite un brillo acogedor mientras
88
recorro uno de los álbumes de fotos que su madre dejó fuera.
Grant tuvo una infancia feliz, por lo que puedo ver. Muchos viajes a la
costa. Carnavales. Las reuniones sociales de helados del cuatro de julio.
Coloridas fiestas de cumpleaños con payasos contratados. Una abundancia
de familia y amigos. Al crecer con cuatro hermanas, no puedo entender la
vida como hijo único.
No he tenido la oportunidad de preguntarle si era hijo único por
elección y, dado el hecho de que acabamos de enterrar a su padre ayer, no
parece que sea una pregunta apropiada para hacer en un futuro próximo.
Cierro el álbum color borgoña y busco el más pequeño con la cubierta
azul. La primera foto del interior es del día de la boda de Mike y Georgette.
Están casi irreconocibles con sus rostros llenos de juventud, ojos anchos y
cabello abundante, pero sonrío, feliz por ellos mientras reviso sus recuerdos.
Si tengo la mitad de lo que estos dos tenían, me consideraré afortunada.
—Hola. Ahí estás. —Grant está de pie al otro lado de la sala—. Iba a
buscarte. Pensé que tal vez estarías arriba. Mamá quería saber si tenías
hambre.
Una explosión de risas fluye desde el pasillo.
Muchos de los eventos de esta semana me han llevado a la muerte de
Kari, hace cinco años.
La llamada telefónica que nunca quieres recibir.
Las hermosas flores que parecen no dejar de llegar.
El aroma de la comida que ha sido recalentada demasiadas veces.
El perfume. Pañuelos de papel. Lágrimas.
Las frases de la tarjeta copiada que todos se dan porque nunca
sabemos realmente qué decir en situaciones como esta.
Una oleada de emoción ha permanecido en mi pecho toda la semana.
Y tengo la intención de mantenerla ahí. Nada de esto es sobre mí.
—Tomaré un plato en un rato —digo.
—¿Qué estás haciendo aquí sola, de todos modos? —Su mirada cae en
el álbum de bodas en mi regazo. Antes de contestar, se sienta a mi lado, me
quita el álbum de fotos de las manos y empieza a hojear las páginas
cubiertas de plástico—. No he visto esto en años... vaya. Mira lo jóvenes que
eran.
Hay más risas desde el pasillo, lo que hace que este momento sea aún
más doloroso. Tiene una familia maravillosa. No han hecho más que apoyar
a Grant y Georgette, y me han recibido con los brazos abiertos mientras
lloraban a su amado patriarca al mismo tiempo.
Mañana nos vamos a pasar un par de días en la ciudad, empezando
con la fiesta del viernes por la noche con Cainan. Y resulta que Cainan es el
mismo hombre que se me insinuó en un bar de solteros en Hoboken el
pasado febrero. Por supuesto que no lo sabía cuando me crucé con su
89
accidente de auto dos días después de esa noche. Y, cuando lo vi de nuevo
en el bar de Midtown la otra semana, no sabía que era amigo de Grant.
Todo se cruza y entrecruza de la forma más extraña, y no sé muy bien
qué hacer con ello. Lo único de lo que estoy segura es que aún tengo la
intención de terminar el compromiso cuando el polvo de todo esto se asiente
y volvamos a casa en Phoenix.
Desearía sentirme diferente acerca de Grant. Lo hago.
Pero no puedes forzarte a amar a alguien más de lo que puedes
obligarte a desamorar a alguien.
O lo sientes, o no.
No hay tal cosa como un intermedio.
—Vamos a tener uno de estos algún día. —Grant cierra el álbum y lo
coloca en la mesa de café con los demás—. No puedo esperar a llenarlo con
recuerdos propios.
Su mirada oscura mantiene cautiva a la mía.
Grant me toma la mejilla con su mano y deposita un beso lento, que
debo forzarme a devolver aunque sus labios estén fríos como el hielo y su
aliento sepa a cerveza y marinara.
—Te amo, mucho, Brie —me susurra al oído mientras me toma la
mejilla.
Un arrepentimiento doloroso me quema en el pecho.
Y luego digo las palabras que necesita oír porque el hombre ha tenido
suficiente dolor y sufrimiento por una semana.
—Yo también te amo.
Regresa a la cocina, volviéndose una vez para darme una sonrisa de
sueño.
La amargura de mi mentira permanece en mi boca mucho tiempo
después de que él se haya ido y, en la cama más tarde esa noche, sin poder
dormir, mi mente está inexplicablemente fija en la cosa más extraña.
No, no en la cosa: persona.
El mejor amigo de Grant.
90
—¿C
uántos de esos has tomado? —Claire señala el
vaso vacío delante de mí.
—Es mi primero. —Lo empujo hacia el
camarero que pasa y asiento cuando me
pregunta si quiero otro.
—Jesús, Cain. La fiesta no empieza hasta dentro de veinte minutos.
Tranquilízate. No puedo tener a mi invitado de honor tropezando y dando
tumbos como un idiota borracho.
—¿Cuándo me he tropezado o he dado tumbos? —Le echo una mirada
y acepto mi vaso rellenado.
91
—Cierto. —Mira hacia la puerta—. Bien, la gente está llegando. Acabo
de ver a Mia Taylor y a su marido. Y DuVall está aquí con su esposa.
Probablemente deberías ir al comedor privado... oh, ahí está Serena. Yyyyy
Grant y Brie.
Los dos últimos siguen a una fila de invitados bien vestidos por un
pasillo poco iluminado. La mano de él descansa en la parte baja de su
espalda, con el cuerpo de ella envuelto en un pequeño vestido negro que me
hace querer comerme mi jodido puño.
Como el buen hermano que soy, me dirijo a la sala privada para recibir
a mis invitados, empezando con los Taylor, viejos amigos de la universidad
que volaron hasta aquí desde Seattle, y pasando a los DuVall antes de que
Grant interrumpa apretándose entre nosotros para pedir dos bebidas.
—Hola, hombre —dice, sacando inadvertidamente a DuVall de la
ecuación.
—Me alegra que hayan podido venir. —Aunque los vi hace dos días, en
cierto modo parece hacer toda una vida.
He estado haciendo lo que podía para distanciarme emocionalmente de
lo que sea que mi mente sienta sobre esa mujer.
Los invitados llegan con toda la fuerza. Solteros. Parejas. Grupos. Una
hora después del evento, Claire me dice que todos los que habían confirmado
su asistencia han llegado oficialmente y ordena a los camareros que
empiecen a repartir champán para el brindis.
Está oficialmente loca.
Pero como sea.
Cien personas levantan sus copas por mí.
Celebran el hecho de que esté vivo, y sonrío como si compartiera su
entusiasmo.
Pero la verdad es que nunca me he sentido tan muerto por dentro.
En cierto modo supongo que he cerrado el círculo.
La mujer que creía que estaba destinado a amar... pertenece a mi mejor
amigo.
Nunca podrá ser mía.
Así que, mientras él ha estado llorando a su padre, yo he estado
llorando por ella.
Y la vida que nunca tendremos.
92
M
eto un soplo de aire frío de la ciudad en mis pulmones y me
aprieto más la chaqueta de lino de Grant. La señalización del
restaurante brilla sobre mí. Los transeúntes conversan a lo
largo de la acera.
Dentro, la fiesta de Cainan sigue fuerte. Hemos estado aquí tres horas
interminables, y en algún lugar Grant tomó cuatro bebidas, bebió tres
cervezas y olvidó que estaba aquí con alguien.
Si esto fuera un compromiso viable estaría furiosa.
Pero, en cambio, salí a la acera, indiferente, para obtener algo de 93
espacio y tomar un descanso de ver El Espectáculo de Grant. También
necesitaba un respiro de la linda chica con el vestido Boho que no ha dejado
de dispararme dagas de ojos tristes desde que llegamos.
Si tuviera que adivinar, ella y Grant tienen una historia.
Me apoyo en la fachada de ladrillo y saco mi teléfono para responder a
media docena de mensajes de un par de amigos en casa, mi madre, un
compañero de trabajo y dos de mis hermanas.
—Nunca me hablaste de la cosa más loca que tú has hecho. —La voz
de un hombre detiene mi corazón y, cuando me tranquilizo, encuentro a
Cainan a mi izquierda.
La puerta detrás de él se está cerrando.
Se mete las manos en los bolsillos y se toma su tiempo para acercarse.
Me estudia, con sus rasgos cincelados sombreados en la oscuridad. Inhalo
su colonia, reconociéndola como la misma que llevaba la primera vez que
nos conocimos.
—¿Disculpa? —pregunto.
—En ese bar del Midtown la semana pasada. Me preguntaste sobre la
cosa más loca que había hecho —dice—. Pero no me dijiste la tuya.
Ahora está a mi lado, de espaldas contra el ladrillo, con los brazos
cruzados mientras mira hacia la calle. Su fascinante mirada marrón-dorada
se dirige a la mía un segundo, y pierdo el aliento.
—¿Entonces? —dice.
—¿No deberías estar dentro, con todos? —Cambio de tema y me obligo
a apartar la mirada para no tener que deleitarme con su mirada magnética
o la forma en que mi corazón late cuando dirige su atención hacia mí.
Está mal sentirse así por alguien que no puedes tener y que no debes
considerar querer.
Exhala por la nariz, observándome desde su periferia.
—Probablemente. ¿Qué haces aquí afuera?
—Lo mismo que estás haciendo tú: tomar un poco de aire. —Un
escalofrío me recorre, pero no estoy lista para entrar. Hay tanto ruido dentro
que es imposible escucharme pensar y, después de un tiempo, estar hombro
con hombro y codo a codo con extraños borrachos y descoordinados se
vuelve agotador.
Nos quedamos en silencio, pero no es incómodo ni raro, solo… es.
—Quería agradecerte —Cainan rompe nuestro momento sin palabras—
, por lo que hiciste durante el accidente. Por quedarte conmigo. Por pedir
ayuda. Por quedarte en el hospital.
94
Mi mente se dirige a mi hermana.
—Por supuesto.
—No, lo digo en serio. Gracias. —Desde mi periferia, observo mientras
se vuelve hacia mí—. Me salvaste la vida.
Si no fuera yo, habría sido otra persona, estoy segura.
Simplemente estaba en el lugar adecuado en el momento correcto.
—Me alegra que estés bien —le digo, volviéndome hacia él durante una
fracción de segundo, como si mirar su mirada hipnótica más tiempo de eso
me fuera a quitar el aliento una vez más.
—Desearía poder recordar conocerte antes del accidente —dice de la
nada—. El mes más o menos antes de eso… es como si no hubiera sucedido.
He oído que eso sucede con lesiones cerebrales y accidentes. Me inclino
a creer que dice la verdad.
Mi atención se centra en la cicatriz sobre su ceja derecha, un recuerdo
de la noche en que casi muere.
En cierto modo, es como una demarcación en una línea de tiempo.
—Espero no haber parecido un gran imbécil cuando intenté ligar
contigo. —Lucha contra una sonrisa.
Le devuelvo una.
—Definitivamente tienes un talento con las palabras. Eso es seguro.
Pero lo perdoné todo cuando me perseguiste para darme mi teléfono.
—¿De verdad? —Su cabeza se ladea—. ¿Lo hice?
—Lo hiciste. ¿No es algo que normalmente hagas?
Cainan levanta la barbilla.
—No en aquel entonces, no.
Nos quedamos en silencio un segundo, y contemplo una pregunta para
la que ninguno de nosotros tendrá una respuesta: ¿por qué hizo una
excepción por mí?
Supongo que ya no importa.
—Me dijiste lo más extraño del mundo antes que me fuera esa noche
—le digo. El viento levanta un mechón de mi cabello y me lo pasa por la
mejilla. Lo alejo—. Dijiste: “Tal vez la próxima vez que nos veamos, no
seremos extraños”.
Respira rápidamente a través de los labios fruncidos.
—¿Dije eso? ¿De verdad?
Asintiendo, agrego:
—Sí. Pero luego nos volvimos a encontrar, y de todos modos éramos
extraños. No te reconocí al principio. Dijiste que te parecía familiar pero que
no recordabas haberme conocido en ese bar… ahora tiene sentido. Con la
95
pérdida de memoria, quiero decir. Sin embargo, nada más tiene sentido.
Levanta las cejas, como si estuviera de acuerdo, pero solo con los ojos.
—Todo esto es una locura, ¿no? —pregunto—. La forma en que nos
hemos cruzado en todos estos caminos diferentes. Es un mundo pequeño,
supongo.
Cainan vuelve a mirar a la calle, de espaldas al ladrillo. Perdido en sus
pensamientos, tal vez. Hay algo profundo y silencioso en él: la forma en que
mira a las personas, el peso de su presencia.
Grant es efervescente, una persona de multitudes. Es encantador y
carismático y esboza una sonrisa brillante que puede iluminar una
habitación a un kilómetro de distancia.
Pero Cainan es reservado. Hay una corriente subterránea de
inteligencia en sus ojos, pero no es jactancioso. Tengo la impresión de que
es silenciosamente leal. Incuestionablemente confiable. Y estar cerca de él
me recuerda a este lago que mi familia visitó en un verano, rodeado de robles
antiguos, con el agua tan calmada que parecía cristal.
—Llamé a un psíquico —le digo, encogiéndome.
—¿Qué?
—La cosa más loca que he hecho. —Mis mejillas se calientan, pero
continúo con mi confesión, una que fluye como el agua de un grifo roto en
su presencia—. Hace cinco años, mi hermana falleció. Y… supongo… ya
sabes, las personas hacen cosas raras cuando están en duelo. ¿Yo? Llamé
a un psíquico. Y luego a otro. Y otro. Los tenemos en Arizona, especialmente
en Sedona. Debo haber gastado miles de dólares tratando de contactar con
ella. Todo lo que quería era una señal.
Exhalo, y una inesperada ligereza se apodera de mí.
—¿Conseguiste algo? —pregunta sin perder el ritmo.
Agradezco su juicio reservado.
El viento me levanta el cabello hasta la cara otra vez. Se estira para
apartarlo, y las suaves yemas de sus dedos trazan mi boca. Al instante
pienso en lo que dijo esa primera noche: sobre los orgasmos, sobre el uso
de la lengua y los dedos…
Me aclaro la garganta y redirijo mis pensamientos.
—Todos eran fraudes. No sabían que decirme. —Sacudo la cabeza y
luego agrego—: Bueno. Esa es la cosa más loca que he hecho. Y oficialmente
eres la única persona que lo sabe, así que…
Mi familia se reiría si lo supieran. Quizás no en aquel entonces, porque
96
ellos también estaban afligidos, pero ahora sí. En retrospectiva. Porque yo
soy la pragmática. Soy lógica. Soy una chica de números. Dame hechos.
Cosas reales arraigadas en la realidad. No médiums psíquicos que dicen que
pueden ver a través de un velo espiritual invisible y hablar con personas
muertas.
Todavía tengo que decírselo a Grant. No creo que valga la pena
mencionarlo en este punto, viendo a dónde se dirige nuestro compromiso.
¿Y quién sabe cómo respondería? No me parece alguien que crea en algo que
no puede ver, sentir, escuchar o tocar.
—¿Qué tipo de señal estabas buscando? —pregunta.
Me consuela el hecho que no se ría, no ponga los ojos en blanco ni
ofrezca un gesto de simpatía. Simplemente está allí, escuchando, interesado
en la locura que sale de mi boca en esta fría noche de otoño.
En una ciudad de millones, en este momento, parece que solo somos él
y yo.
—No lo sé. Algo que solo nosotras dos hubiéramos sabido. Éramos
gemelas. Teníamos todo tipo de bromas internas. Misterios. Apodos. Cosas
que nadie más podría saber. Solo quería saber que ella estaba ahí… en algún
lado. Supongo. Sé que esto suena loco.
No le cuento sobre todos los libros que devoré en secreto en mi lector
electrónico sobre personas aparentemente cotidianas que tienen roces con
los fantasmas de sus seres queridos. No le hablo de estar acostada en la
cama por la noche, revisando historias en internet de personas que afirman
que su abuela fallecida estaba dejando centavos por toda su casa, o que
olían la colonia de su difunto padre en todos lados, o que se despertaban
para encontrar una transparente aparición de su mejor amigo muerto al pie
de su cama.
Tenía muchas ganas de creer las historias, tan extrañas e inverosímiles
como eran.
Tenía muchas ganas de tropezar con una señal de que Kari estaba del
otro lado, donde sea que esté, pasándoselo como una niña de su vida y
extrañándome tanto como la extrañaba yo.
Suspira.
—No, lo entiendo. A veces solo queremos respuestas, y hacemos lo que
tenemos que hacer para obtenerlas. Siento que te estafaran. Tal vez recibas
tu señal algún día… tal vez cuando menos lo esperes.
—Eh. Todo está bien. Dejé de buscarla hace mucho tiempo.
La puerta se abre y, por un momento, me encuentro preparándome
para la interrupción inoportuna de Grant. Pero solo es una pareja borracha.
Tropezando, giran a la izquierda, desapareciendo en la oscuridad a mitad de
la calle.
97
—Bueno, tengo que preguntar… —dice—. Cuando te conocí en el bar
la otra semana… dijiste que ibas a terminar tu compromiso.
Mierda.
Giro el anillo brillante que descansa firmemente en mi dedo.
—Sí. Sí, dije eso.
—Te das cuenta de que está loco por ti. —Habla con un tono tenso,
como si simplemente estuviera afirmando un hecho.
—Lo sé.
—Nunca lo había visto así por ninguna otra mujer, y conozco al chico
desde que éramos un par de niños de jardín de infantes con bolsas para la
comida de Superman.
Una sonrisa agridulce reclama mis labios cuando me imagino a los dos
como niños pequeños de mejillas regordetas con vaqueros rotos y bigotes de
potitos de uva. Eran inseparables, me dijo Grant una vez. Más que
hermanos. La madre de Grant me dijo que siempre pensó en Cainan como
su segundo hijo, que cada año le horneaba un pastelito de chocolate por su
cumpleaños porque sus padres nunca lo celebraban. Un puñado de veces
se lo llevaron en vacaciones familiares. Y, en su último año de secundaria,
después de que sus padres lo echaran de su casa, se mudó con los
Forsythes, donde vivió hasta que se fue a la universidad el otoño siguiente.
—Eres su mejor amigo —le digo—. Y no creo que debamos tener esta
conversación. Te agradecería que guardaras lo que te dije. Acaba de perder
a su padre y…
Cainan levanta una mano.
—Tu secreto está a salvo conmigo.
Exhalo.
Planeo terminar las cosas una vez que regresemos a Phoenix y Grant
se sienta lo suficientemente bien como para volver a trabajar. Si bien odio
la idea de lastimarlo, también creo que es cruel alargarlo más tiempo del
necesario.
La puerta del bar se abre una vez más, esta vez casi golpeando el ladrillo
hasta que la bisagra la contiene.
Esta vez sí es Grant.
Se apoya contra la pared, con la mirada desenfocada mientras intenta
estudiarnos a los dos. La música resuena detrás de él, desvaneciéndose a
medida que la puerta se cierra.
—¿Dónde estaba mi invitación? —pregunta, arrastrando las palabras.
Tropezando hacia mí, me pasa un bíceps musculoso por los hombros,
tirando de mi cabello y casi tirándome en el proceso—. ¿Qué pasa, chicos?
—Deberías llevarlo a casa. —Cainan me mira, casi disculpándose, 98
mezclado con una pizca de tristeza, aunque no puedo entender por qué.
¿Quizás él también estuviera secretamente y culpablemente disfrutando
este tiempo a solas?—. Voy a conseguirte un taxi, hombre. Ya te dejamos
beber lo suficiente.
Dejamos. Él dijo dejamos. Como si nosotros fuéramos un equipo.
La novia y el mejor amigo.
Se dirige a la acera para tomar un taxi y, cuando paramos a uno, él y
yo agarramos a un hombre que apenas puede mantenerse en pie y lo
colocamos cuidadosamente en el asiento trasero. Sentándome a su lado,
cierro la puerta y bajo la ventana.
—Gracias —le digo a Cainan.
Se queda en la acera, con las manos metidas en los bolsillos delanteros
de los vaqueros, y nos deja con un movimiento de cabeza. Estamos a mitad
de camino por la calle cuando echo un vistazo detrás de nosotros y lo veo
mirando mientras nos alejamos, como si no se hubiera movido ni un
centímetro.
Dos minutos después nos dirigimos a nuestra suite en el Península, el
tráfico se detiene y avanza todo el camino. Grant se desploma contra mí,
con la cabeza sobre mi hombro, y abro la ventana trasera para tomar aire
por la cabina rancia y las esporas de alcohol que invaden mi entorno.
Nunca he visto a Grant beber tanto. Tampoco lo he visto siendo tan
descuidado o irresponsable. Pero, dado lo que sucedió esta semana, le doy
el beneficio de la duda.
Probablemente necesitara un escape.
Necesitaba pasar un buen rato con sus amigos.
Necesitaba sonreír.
Necesitaba olvidar que a veces la vida nos sorprende cuando menos lo
esperamos.
Quince minutos después, le pago al taxista y ayudo a Grant a salir del
asiento trasero. Un puñado de curiosos observadores nos miran mientras el
portero del hotel se acerca con una mano extendida y enguantada en blanco.
Nos las arreglamos para entrar y subir al ascensor hasta el séptimo piso
cuando Grant decide que es un buen momento para presionar su boca
contra mi cuello y subir su mano por mi falda.
No importa que no estemos solos.
No importa que nunca hayamos sido tan juguetones en público antes.
Lo aparto y él se ríe, cayendo contra el interior empapelado mientras el
carro del ascensor deposita la primera carga de pasajeros en el tercer nivel.
Las puertas se cierran.
Grant eructa. 99
Una mujer vestida de Chanel de pies a cabeza con las cejas dibujadas
a lápiz se da la vuelta y le da una mirada sucia.
La ignoro y cuento los segundos hasta que lleguemos a nuestra parada.
Uno… dos… tres… cuatro…
—Aquí vamos nosotros. —Doblo el brazo con el de él y lo arrastro a
través de las puertas abiertas, caminando por el pasillo y hacia nuestra
suite.
Paso la tarjeta y lo tiro, observando atentamente mientras se tambalea
hacia la cama gigante y se derrumba. Espero que se duerme, por eso me
sorprende con la guardia baja cuando se pone de espaldas y me dispara la
sonrisa torcida de un hombre con una cosa en mente.
—Bebé, estabas jodidamente sexy esta noche. —Su cumplido se
mezcla, como una palabra grande y larga. Y luego acaricia el edredón antes
de desabrocharse los pantalones.
—Estás borracho. —Le doy la espalda, desenterrando un pijama de mi
maleta—. Duerme un poco. Tenemos brunch con tus amigos por la mañana
y luego volamos.
—Vamos. No me dejes así…
Me quito el vestido y me desabrocho el sujetador y me cambio. Cuando
me doy la vuelta lo encuentro dormido, con la boca abierta y la polla
semidura en la mano.
Exhalando, le quito los zapatos, seguido de sus pantalones, y luego
devuelvo su virilidad a su calzoncillos de seda antes de cubrirlo con una
manta y trepar a su lado.
Tumbándome de lado, entierro una mano debajo de la almohada y
cierro los ojos.
El colchón se mueve un momento después, y el calor de su cuerpo
presiona contra el mío, seguido por su brazo que se ancla sobre mí mientras
su cuerpo se funde contra el mío. El fuerte sabor a licor perdura en su
aliento con cada fuerte exhalación.
El calentador junto a la ventana zumba.
Una puerta vecina se cierra.
La gente se ríe desde el pasillo.
La noche se reproduce como una película en mi cabeza: Grant me
presenta a sus amigos de la universidad. Ofrece tragos de tequila de primera
calidad como si fuera su trabajo. Grant haciendo un brindis. Grant sacando
fotos, hermosas mujeres colgando de su brazo, sonriendo a las cámaras de
100
su iPhone con los labios fruncidos y miradas sexys. Grant pasa a mi lado
para saludar a alguien y me ignora por completo el resto de la noche.
Pero hay otras escenas de la noche que se acercan: Cainan saluda a
sus invitados con la sonrisa reservada de alguien que no ansía la atención
como el oxígeno. Cainan cumpliendo a cada petición de su hermana. Cainan
sorbiendo su cóctel, mirando alrededor de la habitación hasta que nuestros
ojos se encuentran y mi estómago da un salto mortal.
Cainan uniéndose a mí en el exterior para tomar un poco de aire fresco.
Cainan sumergiéndose en mis secretos sin una pizca de juicio.
Aunque apenas conozco al hombre, no puedo evitar notar cómo me
siento cuando estoy en su presencia. Es una calma instantánea. Una
conexión inexplicable. Una sensación abrumadora e innegable de estar a
gusto… de estar en casa.
Pero no fue así la primera noche que nos conocimos, cuando éramos
verdaderos extraños.
Es curioso lo rápido que cambian las cosas sin ningún tipo de
explicación.
Me gusta cómo me siento cuando estoy cerca de él. Conectada a tierra.
Serena.
Es una guerra extraña que libramos contra nosotros mismos, tratando
de convencer a nuestros jefes de cosas que nuestro corazón sabe que son
ciertas. A nuestra cabeza le encanta la razón, la lógica. Nuestro corazón las
rechaza. Solo uno ganará.
Apretando los ojos con más fuerza, me obligo a dormir para poder dejar
de pensar en Cainan.
Al final, él es el mejor amigo de la infancia de Grant, prácticamente su
hermano, y la idea cualquier cosa entre nosotros sería un sueño
imprudente, una pérdida de tiempo frívola, y simplemente estaría mal.
101
—¿C
ómo te sientes? —Le doy una palmada en la
espalda a Grant antes de sentarme frente a él en
un lugar de brunch de Madison Avenue llamado
Tangerine, como sugerencia de Claire,
naturalmente.
Refunfuñando, se coloca un par de Ray Bans oscuras en la nariz y me
regala un ceño inyectado en sangre.
—Eso es lo que pensé —le digo—. Olvidas que eres viejo ahora.
—¿Desde cuándo treinta años se considera viejo? —bromea el
de Claire, Luke, desde el otro lado de la mesa antes de llamar
esposo
a una
102
camarera—. Vamos a darle al pobre un poco más de agua. Un par de
ibuprofenos, también, mientras estamos en eso. Creo que todos hemos
estado en su lugar antes...
Echo un vistazo a Brie, empapándome de la forma en que la luz del sol
pinta su cabello oscuro con calor y le da a su piel bronceada un brillo
exuberante.
En un instante, soy transportado a ese sueño.
Y luego lo aparto de mi mente como si no fuera más que un molesto
pensamiento intrusivo.
En toda la noche pasada ella tomó un cóctel. Quizás dos. Se quedó
junto a la barra, sola en su mayor parte, sonriendo a cualquiera que le
dedicara su contacto visual durante más de un segundo o dos. De vez en
cuando conversando con un puñado de tipos cualquiera. Sobre todo se
mantuvo reservada mientras Grant hacía sus rondas. Ni una sola vez
pareció aburrida o resentida.
Una muestra de clase.
Nuestros ojos se encuentran desde el otro lado de la mesa. Sonríe.
Sonrío. Una pieza central de peonías blancas descansa entre nosotros, una
que combina con su blusa de gasa.
Más blanco.
Como su apellido.
Como todo lo que me rodeó en el instante en que me desperté en el
hospital.
Un camarero con un delantal blanquecino distribuye el menú de
brunch, que está impreso en cartulina color marfil, y luego nos saluda con
una sonrisa antes de tomar pedidos de bebidas.
Cuatro aguas.
Un jugo de piña recién exprimido.
Cero mimosas para esta multitud.
—¿Entonces ustedes vuelan más tarde hoy? —les pregunta Claire a
Grant y Brie mientras despliega una servilleta de tela sobre su regazo.
Grant gruñe, su mano descansa sobre su frente, con sus ojos todavía
cubiertos por sus oscuras gafas de sol.
—Sí —responde Brie por ellos—. Ojalá pudiéramos quedarnos más
tiempo, pero los dos volvemos a trabajar mañana.
Claire pone mala cara.
—Tendrás que planear otro viaje aquí de nuevo. Me encantaría hablar
sobre la planificación de la boda con ustedes... ¿ya fijaron una fecha? 103
La mirada de Brie se dispara hacia la mía una fracción de segundo
antes de regresar con mi hermana, y recuerdo nuestra conversación de
anoche. No tiene que preocuparse. Su secreto está a salvo conmigo. No voy
a ser portador de malas noticias. Lo más probable es que yo sea el que recoja
los pedazos rotos cuando Grant quiera un viaje de todo-lo-que-puedas-follar
en Las Vegas en un intento por sacarla de su sistema.
—Oh. Um. Nada sólido. —Brie casi se come con sus palabras.
Nuestras aguas llegan en copas de cristal prístinas, y el silencio nos
consume unos segundos.
Grant toma la mitad de la suya antes de suspirar y recostarse en su
asiento.
—Está teniendo dudas.
Claire jadea.
Luke mira su regazo y respira hondo entre labios con forma de O.
La mandíbula de Brie se afloja mientras lo estudia.
—Grant...
No sé cómo va a salvar esto. A mi modo de ver, tiene un par de opciones.
Puede negar su declaración para salvarse frente a todos nosotros o puede
decirle que tiene razón y dejarlo, con resaca y todo, aquí y ahora.
Es demasiado educada para hacer lo último.
Demasiado amable para hacer lo primero.
—Creo que voy a pedir los huevos Benedictinos. —Luke examina su
menú sin hablar con nadie en particular.
El rubor más leve del mundo reside en las mejillas de Brie. Grant saca
su teléfono y se desconecta del resto de nosotros mientras le envía un
mensaje a Dios sabe quién.
—Si me disculpan, ya vuelvo. —Brie mete una pequeña bolsa debajo de
su brazo y desaparece a la vuelta de la esquina, hacia los baños.
Claire, Luke y yo casi suspiramos de alivio colectivo.
Grant no parece desconcertado en lo más mínimo.
—Hombre. —Extiendo la mano sobre la mesa y le quito el teléfono para
llamar su atención—. No es amable ponerla así frente a nosotros.
Intenta recuperarlo, y falla.
—No es amable quitarme el maldito teléfono de la mano. ¿Qué
tenemos? ¿Doce años?
No le recuerdo que ninguno de nosotros tenía teléfono a esa edad. No
le recuerdo nuestras humildes raíces, aunque tal vez alguien debería
hacerlo. Cuanto más envejecemos y más gorda es su cuenta bancaria más
parece olvidar de dónde vino. 104
Colocando el teléfono frente a mí, me inclino hacia adelante para decir
algo... solo me detengo cuando un mensaje distractor llena su pantalla.
Levantándolo, se lo quito.
—¿En serio? —Arrugo mi nariz hacia él. La imagen de las tetas au
naturel en forma de lágrima de Serena está ahora grabada para siempre en
mi memoria—. ¿Creía que habías terminado con ella?
Examina el mensaje, y sus labios se alzan en una media sonrisa.
—Está obsesionada conmigo. ¿Qué puedo decir?
—¿Qué tal si asumes la responsabilidad de tu parte en eso? —Le lanzo
una mirada—. Tal vez, no sé, ¿decirle que deje de enviarte mensajes porque
estás comprometido con el amor de tu vida?
Utilizo comillas aéreas sobre el amor de tu vida.
—¿Cuál demonios es tu problema? ¿Quién murió y te hizo el policía de
las relaciones? Nunca te ha importado una mierda este tipo de cosas... —Le
responde a Serena y, a juzgar por la sonrisa que envuelve su rostro, es justo
decir que no le está diciendo que deje de enviarle fotos desnuda.
Claire pone una mano sobre mi antebrazo.
—¿Estamos listos para ordenar? —Nuestro camarero regresa con una
sonrisa alegre que se desvanece en el instante en que se da cuenta de que
se fue unos minutos y regresó a una zona de guerra—. Parece que podrían
venirles bien unos minutos más... volveré en un momento.
—Grant, ¿tal vez deberías ir a buscar a Brie? ¿Asegurarte de que esté
bien? —Claire sorbe su agua.
No levanta la vista de su teléfono.
—Está bien.
Sin embargo, no lo sabe. Y obviamente no le importa.
Con resaca y de mal humor es una combinación que no he visto desde
la universidad. Solo puede ponerse más feo desde aquí.
Levantándome, arrojo mi servilleta sobre la mesa.
Mierda, lo voy a hacer.
Antes de que alguien tenga la oportunidad de protestar, camino hacia
los baños, un hombre con una misión. Me detengo en seco cuando la
encuentro apoyada contra la pared, con el teléfono pegado a la oreja. Tal vez
no rehuyó porque él la puso en evidencia. Tal vez tuvo que hacer una simple
llamada telefónica.
—Hola —dice cuando me ve, cubriendo el auricular de su teléfono.
Levantando un dedo, agrega—: Dame un segundo. Estoy a punto de
terminar una llamada de trabajo.
Unos segundos después, cuelga y se vuelve hacia mí. 105
—Solo quería asegurarme de que estás bien —le digo, asumiendo lo
extraño que es que sea yo el que lo compruebe mientras su prometido se
sienta en la mesa, dándose un festín con sus ojos con un buffet de fotos
desnuda de su antigua (y en curso) follamiga.
Sus cejas oscuras se juntan, pero luego su expresión se suaviza y agita
una mano.
—Oh. Sí. No, estoy bien. Todo está bien.
—¿Lo está? —Mantengo mi voz baja, íntimamente.
Ella ladea la cabeza y me estudia entrecerrando los ojos de color
esmeralda.
—Por ahora, sí.
Todas las cosas que quiero decir en este momento son todas las cosas
que no puedo decir.
Estás tomando la decisión correcta dejándolo...
Grant es notoriamente egocéntrico y no tiene filtro cuando está de mal
humor...
Si realmente te amara no estaría follándose a otra mujer a tus
espaldas...
No te merece...
Deberías ser mía…
Pero no digo ninguna de esas cosas porque, dejando de lado las
deficiencias de la relación de Grant, sigue siendo mi mejor amigo. Mi
hermano. El amigo más leal que he tenido. Y no somos el tipo de hombres
que han dejado que una mujer se interponga entre nosotros.
Nunca me daría la espalda.
No voy a hacerlo con él.
Además, Brie está decidida. Lo va a dejar. Mis opiniones y la segunda
vida secreta de Grant son irrelevantes. No marcarán la diferencia de ninguna
manera.
—Volveré a la mesa en un minuto. Solo tengo que hacer una llamada
de trabajo más —dice—. Continúen y ordenen sin mí si es necesario.
Regreso a la escena del crimen y tomo asiento. El teléfono de Grant está
enterrado y fuera de la vista, y él y Luke ahora están hablando de finanzas
y vehículos de inversión a largo plazo, como si nada de ese espectáculo de
mierda sucediera.
Miro el pasillo, buscando a Brie. Aunque apenas la conozco, la mesa se
siente incompleta en su ausencia. Casi diría que la extraño, pero sería
absurdo. Además, ni siquiera podía comenzar a explicar por qué tengo estos
sentimientos.
106
Es más fácil ignorarlos.
Así que lo hago.
Cuando Brie regresa, hacemos nuestro pedido. Los cinco pasamos la
hora que sigue hablando de eventos actuales, próximos viajes e
intercambiando viejos recuerdos. Cuando terminamos, dividimos la cuenta
y tomamos caminos separados: Grant y Brie toman un taxi para poder
recoger sus maletas del hotel y dirigirse directamente al aeropuerto JFK
para tomar su vuelo, y Claire y Luke debaten si deben visitar una feria de
arte en East Village o bajar su abundante desayuno en Central Park.
—¿Estás bien? —Claire me empuja el brazo con el codo—. Te quedaste
un poco callado después de ir a hablar con Brie... juro que tal vez dijiste
veinte palabras en la última hora. No es típico de ti.
—Estoy bien. —Hago lo que puedo para convencerla con mis palabras,
pero mi voz debe fallarme porque pone los ojos en blanco.
—Mentiroso —dice—. ¿Qué está pasando realmente?
Sin decir una palabra, Luke se excusa ante un puesto de periódicos a
media cuadra de distancia. A pesar de lo pegado que está a mi hermana,
siempre sabe cuándo necesita un momento lejos de él.
—¿Te molesta que Grant se case? —Cruza los brazos, con las caderas
ladeadas—. ¿De eso se trata? Sé que ustedes dos tenían este gran plan para
ser solteros de por vida o lo que sea, pero si...
—No.
—Está bien... entonces, ¿qué fue eso? Con el teléfono y el mensaje y las
malditas comillas al aire. No creo haberte visto usar comillas en mi vida. Y
tu tono con él. Síííí. —Claire exagera un estremecimiento.
—No importa.
Ella se burla.
—Por supuesto que importa. Así que dímelo. Sabes que no dejaré esto
hasta que lo hagas. ¿De qué iba eso realmente?
Debo debatir si darle una respuesta lo suficientemente satisfactoria que
la aleje por ahora... o simplemente decirle la verdad, que seguramente
sacará de mis labios sellados tarde o temprano.
—Ni siquiera sé cómo decir esto —empiezo.
Claire levanta un hombro.
—Solo dilo.
—Brie... —Trago una bocanada del aire fresco y tardío de la mañana,
solo que sabe a humo de autobús y hojas moribundas—. Es la mujer de mi
sueño. 107
Claire está callada por un ritmo raro.
—¿Esa Brie?
—Si. Esa Brie. Solo... esto es tan jodido, Claire. Todo esto. He pasado
todo este tiempo buscando a alguien que ni siquiera estaba seguro de que
existiera... y, cuando la encuentro, está comprometida con mi mejor amigo.
—Mi mandíbula se aprieta. Dejo de lado la parte de que Brie confesó que va
a terminar su compromiso porque es un secreto que me ha confiado a mí.
Pero no me detengo en la siguiente parte—. Y no solo eso, sino que él la ha
estado engañando con Serena todo el tiempo que han estado
comprometidos.
Sin mencionar las tonterías del acuerdo prenupcial: otro detalle que no
estoy en libertad de compartir, debido al privilegio de abogado-cliente.
—Él no la ama —continúo—. Y es seguro que no la merece.
Pasando su mano en el hueco de mi brazo, me lleva a un banco cercano
y me obliga a tomar asiento.
—Está bien, así como lo veo —dice Claire—, esto solo puede ser algo
bueno.
—¿Cómo es eso?
—Grant conoció a Brie porque ella fue la que descubrió tu accidente,
llamó a emergencias, se quedó contigo y te siguió al hospital. Todas esas
cosas ¿cierto?
Asiento.
—Entonces, cuando estabas consciente a ratos en tu auto destrozado,
ella fue probablemente la última cara que viste, la última voz que escuchaste
antes de desmayarte por completo. Además, dijiste que la conociste en un
bar la otra semana, ¿verdad? ¿Y que se habían visto antes pero no
recordabas haberla conocido? —Los ojos de Claire se iluminan y sus
palabras salen más rápido, como si estuviera en la cúspide de su propio
momento eureka personal—. Oh Dios mío. Todo tiene sentido. ¡Por eso
estaba en tu sueño!
Su teoría tiene sentido.
—El sueño en sí mismo no significaba nada —dice Claire con
insistencia convincente—. Y resultó que Brie estaba allí porque estaba fresca
en tu subconsciente. —Tomando asiento a mi lado, cubre mi mano con la
suya—. Cain... esto es algo bueno. Lo hemos resuelto. Hemos descifrado el
código. Puedes seguir con tu vida ahora. Tu vida real. Puedes olvidarte de
ese estúpido sueño porque ahora sabemos que no era más que un galimatías
mental.
Luke regresa, tomando pasos lentos y cautelosos hacia nosotros, con
el número de este mes del New Yorker escondido debajo de un brazo
108
mientras espera a que Claire le dé el visto bueno.
—Tengo que irme. Sin embargo, podemos terminar esta charla más
tarde, ¿de acuerdo? —Ella se levanta—. Pero, en serio. Piénsalo. Finalmente
eres libre.
No le digo que no estoy de acuerdo.
No soy libre.
Nunca seré libre hasta que pueda hacerla mía.
Y hacerla mía nunca será una opción.
—H
ola, nena. —Grant me saluda con un beso el miércoles
por la noche cuando cruzo el umbral de su puerta.
Me tenso ante su toque.
Ha llegado el momento.
Voy a terminar con esto.
Mi garganta se contrae, y tengo la boca seca. Las palabras están ahí,
en la punta de mi lengua, listas cuando yo lo esté.
Aterrizamos el sábado por la noche y tomamos caminos separados
desde Sky Harbor. Los últimos días nos hemos puesto al día con el trabajo,
109
demasiado ocupados para enviarnos más que un puñado de mensajes
dispersos durante el día.
Me siento en su sofá mientras abre una botella de vino en la cocina,
sirviendo dos copas casi hasta el borde.
Después de ese comentario que hizo en el brunch el fin de semana
pasado, sobre que yo tenía dudas, me excusé para hacer una llamada,
esperando que el tema de conversación se desviara para cuando volviera. Y
así fue. En el avión de regreso a casa, Grant se puso los auriculares y durmió
durante cuatro horas seguidas.
—Te he echado de menos. —Me da un vaso y toma el cojín a mi lado—
. El trabajo ha sido una locura esta semana, jugando a ponerme al día. Es
como si fueran incapaces de funcionar sin que les diga exactamente qué
hacer las veinticuatro horas del día.
Hay círculos bajo sus ojos que no estaban ahí hace diez días, antes de
que su padre muriera, antes de que faltara una semana al trabajo, antes de
que se emborrachara tanto en una fiesta que hizo el ridículo y mostró su
verdadero yo a la mañana siguiente.
—Estás callada. —Me frota el hombro—. Y tensa. Cielos, nena. ¿Qué
pasa?
Pongo mi copa de vino intacta en un posavasos y me aclaro la garganta.
—No hay una forma fácil de decir esto, así que voy a...
No puedo terminar mi frase antes de que Grant se levante, arrastrando
una mano por su cabello y paseándose por el lugar entre la mesa de café y
la chimenea.
—Lo sabía —dice en voz baja—. Sabía que ibas a hacer esto.
Deja de pasearse y se vuelve hacia mí.
—Brie... nena... por favor. No... —Sus ojos vidriosos son más oscuros
de lo que he visto antes.
—Lo siento. —Me levanto—. Creo que nos precipitamos, nos dejamos
llevar... pero no quiero casarme. Y no solo contigo, con nadie. No es algo que
quiera. Ni siquiera sé si quiero tener hijos.
—Estás asustada. —Se acerca a la mesa de café y me toma de la mano,
mirándome tan intensamente que parece que puede penetrar en mi alma—
. Es normal. Todo el mundo se asusta. Tiene dudas. Lo que sea. Podemos
hacer terapia. Podemos hablar de esto.
Está hablando tan rápido que es un milagro que su boca pueda
mantener el ritmo.
—No creo que la terapia pueda hacerme cambiar de opinión sobre el
deseo de casarme…
—Creí que estábamos enamorados... ¿No es eso lo que haces cuando 110
amas a alguien? ¿Lo llevas al siguiente nivel? ¿Te comprometes? —Sus ojos
buscan los míos—. Podemos posponerlo. ¿Cuánto tiempo quieres? ¿Un año?
¿Dos? Lo que sea que te haga sentir cómoda. Lo último que quiero es
asustarte para que te vayas porque estoy muy loco por ti.
—Grant...
—Nunca me he sentido así por nadie. —Traga, con la mirada vidriosa—
. Sé que... si sales de mi vida, nunca habrá otra como tú. Te juro que haré
lo que sea necesario para hacerte feliz. Dime lo que quieres y es tuyo.
—Me haces feliz. Eres un buen hombre. Y siempre has sido maravilloso
conmigo… —Excepto que me ignoró completamente en la fiesta de Cainan
el fin de semana pasado—. Esto no es por ti. Esto no es por nada que hayas
hecho. Es solo la forma en que me siento.
—¿En serio, Brie? ¿Vas a hacer esta mierda justo después de que mi
maldito padre muera? —Su tono cambia. Sus ojos vidriosos se secan. El
doloroso gesto de dolor en su cara es reemplazado por labios fruncidos y
mejillas rojizas.
Grant me suelta la mano. Hace una mueca y da un paso atrás.
De repente es como si estuviera discutiendo con un adolescente y no
con un hombre de treinta años que salió de la nada.
—No creo que sea justo que uses eso. —Por instinto, cruzo las manos
sobre mi pecho, pero mantengo los hombros hacia atrás mientras mantengo
la compostura—. ¿Habrías preferido que te diera largas?
Intenta hablar pero no sale nada.
—Nunca iba a haber un momento perfecto para hacer esto. Lo siento
—digo—. De verdad que lo siento. Odio estar haciéndote daño. Pero quiero
que sepas que te adoro como persona. Creo que eres un ser humano
increíble, y no tengo nada más que respeto por ti.
Sus manos van a sus caderas, y entrecierra los ojos mirando por la
ventana.
—¿Cuántas veces practicaste eso en el espejo?
—¿Perdón?
—Suena ensayado.
Mis brazos se doblan sobre mi pecho. Respiro profundamente y me
recuerdo que está profundamente herido, que a veces la gente se pone así
como mecanismo de defensa, que las personas heridas hieren a las
personas.
—He pensado mucho en esto, sí. Pero no he ensayado nada. Estoy
hablando desde mi corazón —digo—. De todos modos, espero que podamos
seguir siendo amigos después...
111
Grant se derrumba en el sofá, con la cabeza enterrada en las manos.
No sé si realmente está llorando o si está fingiendo, razón de más para
asegurarme que estoy haciendo lo correcto. He visto incontables lados de
este hombre en la última semana que no sabía que existían.
—La he cagado. —Su voz suena apagada contra las palmas de sus
manos—. Lo siento mucho, Brie. Lo siento mucho.
Vacilo antes de tomar el lugar junto a él, y luego pongo mi mano contra
su espalda para hacerle saber que sigo aquí.
—No has... cagado nada.
—¿Qué puedo hacer? —Cuando se vuelve hacia mí, tiene los ojos rojos
y brillantes. Pero las mejillas secas—. Dime qué hacer. Quiero arreglarlo. No
puedo perderte.
Las palabras están en la punta de mi lengua, pero me detengo.
Vamos en círculos.
—Lo siento. —Recojo mi bolso—. He tomado una decisión... desde hace
un par de semanas.
El color se le escapa de la cara mientras me ve caminar hacia la puerta.
La mitad de mí espera que corra a mi lado, que intente capturarme en sus
brazos, que caiga de rodillas en un acto de desesperación de último recurso.
Pero permanece plantado en el sofá, todavía como una estatua.
—Me mudo a Manhattan —digo, porque sé que mientras crea que estoy
en la ciudad me perseguirá sin descanso.
—¿Qué? ¿Cuándo?
—La próxima semana —digo.
—¿Cuánto tiempo has tenido esto planeado? ¿Y cuándo ibas a
decírmelo? ¿Es por esto por lo que estás terminando las cosas?
—Lo decidí la semana pasada. Y es un arreglo temporal. Me mudaré de
nuevo después de año nuevo. Le estoy haciendo un favor a una compañera
de trabajo.
Exhala, como si se sintiera aliviado de que vaya a regresar. Aunque, si
tengo suerte, ya habrá seguido adelante para entonces.
Grant es un hombre atractivo. Tiene éxito y es impulsivo. Es ambicioso
y trabajador. Es una persona extrovertida. Phoenix está lleno de mujeres
hermosas, inteligentes y emprendedoras que se alegrarán de acogerlo en un
abrir y cerrar de ojos.
—¿Por qué no nos tomamos un descanso, entonces? —Se pone de pie,
con los hombros hacia atrás. Hay una confianza en su tono que no debería
estar aquí—. Tres meses de distancia. Tres meses para pensar en las cosas.
Para pensar realmente en ellas.
112
—Ya he pensado en ellas...
—Piensa en ellas un poco más, entonces —dice—. Puede que te
sorprendas. Puede que me eches de menos. Podrías cambiar de opinión. Y,
cuando lo hagas, estaré aquí. Esperando.
—¿P
uedes creer esta mierda? —Grant resopla contra el
receptor el jueves por la mañana. Compruebo el
reloj... mi cita de las nueve de la mañana debería
llegar en cualquier momento.
Es la primera vez que hablamos desde el brunch del fin de semana
pasado, y debo admitir que me alivia que finja que nuestro momento nunca
ocurrió. Seguir adelante es lo mejor para todos.
—Lo siento mucho... sé que te gustaba mucho. —Tamborileo mis dedos
113
contra mi escritorio. Fingir que me sorprende esta noticia y mentirle a mi
mejor amigo no es mi mejor momento, pero la verdad pondría las cosas diez
veces peor.
—Solo... me sorprendió. —Habla lentamente, como si estuviera
aturdido por la incredulidad. Lo imagino desplomado sobre su escritorio,
con la cabeza en las manos, mirando la pared con los ojos abiertos.
—¿Realmente no lo viste venir? —Por mucho que quiera recordarle el
hecho de que literalmente dijo que ella tenía dudas hace unos días, opto por
no ir por ese camino.
—Quiero decir, ¿tal vez? Había estado algo callada las últimas dos
semanas; pensé que tal vez se estuviera alejando. Entonces pensé que era
mi imaginación. Supongo que no quería creer que estaba cambiando de
opinión.
—Todavía podría cambiar de opinión. —Digo el tipo de cosas que yo
querría oír si estuviera al otro lado de esto—. Nunca se sabe.
—Se va a mudar a Nueva York unos meses.
Casi me ahogo.
—¿Qué?
—Un intercambio de trabajo con una de sus compañeras de trabajo de
la sucursal de Manhattan. Es solo hasta año nuevo.
Mi corazón late tan rápido como mis pensamientos. He pasado los
últimos días dándole vueltas a la teoría de los sueños de Claire, ignorando
la persistente atracción que quedaba y convenciéndome de dejarlo todo
porque era tan irreal como imposible.
—Necesito que la vigiles por mí —dice Grant—. Asegúrate de que no
conozca a nadie más.
—¿Y cómo propones exactamente que haga eso? Te das cuenta de que
la he visto dos veces. —Otra pequeña mentira necesaria y casi inofensiva de
la que no me enorgullezco.
—Quiero que salgas con ella.
Sus palabras aterrizan como un yunque de plomo. Por un momento,
estoy seguro de que lo escuché mal.
—¿Qué?
—Quiero decir, no te la folles —dice con una risa casual—. Solo... llena
ese vacío para que no tenga tiempo de salir con nadie más.
—Absolutamente no.
Está fuera de sí.
—Te pagaré —dice con un tono que bordea entre broma y serio.
—¿Qué demonios te pasa? —Que le den a Grant si cree que puede
pagarme por ser un maldito estafador desgarrador en la vida de esta mujer 114
inocente.
—Lo harás. ¿Sabes por qué? Porque yo lo haría por ti. —Sus palabras
son la honesta verdad de Dios, y ambos lo sabemos.
—Mira... sabes que te quiero como a un hermano, y haría casi cualquier
cosa por ti, pero no voy a fingir una cita con tu exprometida.
Es un plan loco que nunca funcionará, por no mencionar que está mal
en una miríada de niveles.
—Bien —dice—. Entonces solo... hazte su amigo. Vigílala por mí.
Hazme saber lo que está tramando y todo eso.
—Estaré aquí si necesita algo. Pero todo esto es entre ustedes. Tienes
que dejarme fuera de esto.
El teléfono de mi escritorio suena, y la voz de Paloma se oye por el
intercomunicador.
—Me tengo que ir. Aguanta, ¿de acuerdo? Lo superarás —le digo.
—Bien. Pero mi oferta sigue en pie. Te pagaré...
—Vete a la mierda con tu oferta. —Resoplo, me levanto y me abrocho
el traje.
Aunque me dejara diez millones de dólares en el regazo no lo haría, y
por razones que nunca podría empezar a explicarle.
—Eres un buen hombre, Cainan. El mejor amigo que un hombre podría
pedí.
Ojalá yo me sintiera así.
115
—C
reo que eso es todo. —Maya está de pie en el centro de
su sala, con las manos metidas en los bolsillos traseros
de sus vaqueros holgados de quinientos dólares—. Si
se te ocurre alguna otra pregunta, solo envíame un mensaje.
Resulta que todo este tiempo había estado trabajando junto a la hija de
un famoso multimillonario.
Ella es una Delgado, de Park Avenue Delgados.
De los medios de comunicación Delgados.
La misma cuya madre fue una vez alcaldesa de la ciudad de Nueva York 116
y su padre juega al golf con Bezos, Gates y Zuckerberg todos los veranos en
una isla privada del Pacífico.
Trato de no mirar demasiado en el apartamento al que llamaré hogar
durante los próximos tres meses. También intenté no echar espuma por la
boca cuando me dijo que este era el apartamento que usaron en la película
Sexo en Nueva York, la unidad de preguerra con el armario personalizado
que Big compró para Carrie antes del fiasco de la boda.
Maya deja un juego de llaves unido a un llavero de Cartier de platino
sobre la mesa, así como una lista de números importantes, todos escritos
en un papel fino con hojas rosas y doradas en los bordes.
¿Así que supongo que es contable por diversión?
De cualquier manera, tengo un nuevo respeto por una mujer cuya ética
de trabajo ya rivalizaba con la mía.
—Gracias de nuevo por hacer esto. Mis abuelos no tienen ni idea de
que me voy a mudar a Phoenix durante el resto del año. No puedo esperar
a sorprenderlos. —Lleva dos enormes maletas de diseñador hacia la puerta.
Le doy mis llaves de la casa. Le ofrecí dejarla usar mi auto también, pero me
informó rápidamente de que nunca había conducido, que tenía la intención
de usar un conductor para desplazarse. Asentí y actué como si fuera algo
completamente normal en el lugar de donde vengo.
—Avísame si tienes alguna pregunta cuando llegues allí —le dije—.
Aunque creo que todo se explica por sí mismo...
Lo que le falta a mi casa de encanto del viejo mundo lo compensa con
comodidades eficientes de la nueva construcción. Mi calentador de agua
nunca se estropeará. Mis ventanas son herméticas con mosquiteras
prístinas. La lavandería está convenientemente ubicada fuera del dormitorio
principal. Y los electrodomésticos de la cocina brillan con un prístino
acabado de fábrica, raramente usados ya que paso la mayor parte del tiempo
en la oficina.
Maya se va con un saludo, y cierro la puerta tras ella antes de ir hacia
una de las ventanas de su sala para ver el mundo de abajo. Suenan las
bocinas. La gente grita al otro lado de la calle. Un pequeño perro ladra antes
de hacer lo suyo contra un cubo de basura.
No soy una extraña en esta ciudad, pero vivir aquí va a ser un cambio
de ritmo emocionante. Uno que recibiré con los brazos abiertos.
Abro la ventana y dejo entrar una brisa otoñal temprana, una que huele
a hojas crujientes y tierra fría desde aquí arriba.
Desde el mostrador, mi teléfono suena con un mensaje, sacándome de
mi ensueño. Aunque estoy noventa por ciento segura de que es mi madre o
mis hermanas asegurándose de que llegué bien, lo miro de todas formas.
Solo que no son mi madre ni mis hermanas. 117
GRANT: HOLA, SOLO ESTOY COMPROBANDO CÓMO TE ESTÁ
TRATANDO NYC. HOY ES EL DÍA, ¿VERDAD?
Ha pasado más de una semana desde que terminé todo. Aunque me ha
estado dando espacio, aún se aferra a un hilo de esperanza de que las cosas
vayan a funcionar. Me manda mensajes cada dos días más o menos, sobre
todo comentando cosas, preguntando cómo estuvo mi día, ese tipo de cosas.
Quiere que sepa que aún le interesa, como si pudiera olvidarlo.
YO: ACABO DE ATERRIZAR HACE UN PAR DE HORAS. ESTOY
ACOMODÁNDOME. ¡HASTA AHORA TODO BIEN!
Mantengo un tono neutral. Corto y conciso. No quiero darle falsas
esperanzas, pero tampoco quiero ignorarlo. Somos adultos. Podemos actuar
como tal. Las rupturas no tienen que ser desagradables o dramáticas. Y,
honestamente, no me importaría seguir siendo amiga de él. Nos divertimos
juntos. No hay razón por la que no podamos seguir haciendo senderismo
juntos, ver juegos y conciertos en vivo en nuestros lugares favoritos.
GRANT: VOY A ENVIARTE EL NÚMERO DE CAINAN. SI ALGUNA VEZ
NECESITAS ALGO, LLÁMALO.
Un segundo después, la tarjeta de contacto de Cainan llega.
Meto mi teléfono en el bolso y agarro las llaves de Maya antes de
ponerme las zapatillas y salir a explorar mi nuevo barrio. Nadie sonríe al
pasar, no es que espere que lo hagan. Todos están pegados a su teléfono,
mirando al frente, perdidos en su pequeño universo.
No me importa.
Solo estoy aquí para empaparme del paisaje, deleitándome con el hecho
de que no hay ni un cactus que ver. Ni un solo jabalí acabando con el
contenido de la basura de alguien. No hay un sol furioso sobre mí.
En muchos sentidos esto es como pasear por el plató de una película.
Cada toldo, cada luz de la calle, cada escalera en el lugar perfecto.
Casi como un sueño.
Estoy totalmente inmersa en este momento hasta que alguien me llama
por mi nombre.
—¿Brie? —Es la voz de un hombre. Vagamente familiar.
Me paro en seco, con la mirada fija en la hermosa figura que tengo
delante.
—¿Cainan?
Si no estuviera tan estupefacta podría calcular las probabilidades de
encontrarme con él en esta misma calle en una ciudad de millones de
personas.
—Esto es una locura... Grant literalmente me acaba de enviar tu
número. Y luego salgo y me encuentro contigo. 118
Si no lo supiera sospecharía que Grant orquestó todo esto como una
forma de vigilarme, solo que no es concebible. Nunca le dije el nombre de
Maya. Y, aunque lo averiguara, su dirección es privada y está registrada bajo
una de las muchas sociedades de su padre. Además, Grant no tendría forma
de saber que iba a salir a dar un paseo en este preciso momento.
No es más que una extraña coincidencia.
—Ah, ¿sí? Mencionó que te ibas a mudar aquí. ¿Te quedas cerca? —
pregunta.
Señalo detrás de mí.
—A un par de cuadras en esa dirección.
Su boca llena se curva hacia un lado y señala el edificio a nuestro lado.
—Supongo que eso nos convierte en vecinos.
Mi estómago se agita y mi corazón deja de latir un par de veces, no
como pasó en el almuerzo el otro fin de semana, cuando Cainan vino a
verme. Fue un gesto amable. Sorprendente también. Uno en el que tuve que
forzarme a no pensar mucho.
No es más que un chico agradable.
—¿Conoces alguna buena cafetería en el vecindario? —pregunto.
—En realidad estaba en camino a Atlantis por la calle 65. El mejor café
de este lado de Midtown y, puntos extra... también es una librería... si te
gustan ese tipo de cosas...
Levanto una mano hasta mi corazón.
—¿Estás bromeando? Los libros y el café son mi vida.
—Ah, ¿sí? ¿Autor favorito?
—Toni Morrison. No hay duda. The Blue Eye es una obra maestra —
digo sin hacer una pausa—. Además, no me juzgues, pero he leído casi todos
los libros de Stephen King que existen.
Espero que se ría como hacen algunas personas “de libros” cuando
hablo con entusiasmo de mi amor por la ficción comercial, pero su expresión
es extrañamente ilegible.
—¿Te importa si te acompaño? —Reviso mi reloj. Es demasiado
temprano para cenar y desempacar mi única maleta me tomará treinta
minutos, si eso menos. No tengo nada más que tiempo en mis manos—. A
menos que te dirijas a algún lugar...
Me estudia.
—No, en absoluto.
119
122
casado de los suburbios formando parte en su vida secreta doble. No era un
mentiroso. Era exactamente quien decía ser.
Una rareza.
No hay suficiente gente como él en este mundo.
El teléfono de Cainan suena sobre la mesa. Bajando la mirada, suspira.
—Lo siento. Tengo que contestar. Regresaré enseguida.
Cainan toma su teléfono y sale, paseándose por delante de los
escaparates mientras habla con la misteriosa persona que llama. Se pasa
una mano por su cabello rubio oscuro y arenoso, con la espalda hacia mí.
Aprovecho la oportunidad para observarlo. Desvergonzadamente...
Es alto, pero no demasiado. Tiene la complexión de un corredor.
Hombros anchos. Rasgos cincelados que deberían estar en vallas
publicitarias. Cainan James es sexy en todos los sentidos de la palabra, pero
su belleza es solo una ventaja, en segundo lugar, al resto de sus encantos.
Es su inteligencia, su alma, la tranquilidad inquebrantable que emana, lo
que hace todo el trabajo pesado.
Y luego está la forma en que me mira, como si fuera la única persona
en la habitación.
Grant hizo eso en nuestra primera cita, y aunque eso envió mariposas
a mi estómago en un frenesí, no fue nada comparado con la ráfaga caótica
que experimento cuando Cainan lo hace.
Observo cuando termina su llamada, meter su teléfono en un bolsillo
lateral y regresa al interior.
Vuelvo a poner mis pensamientos en neutro, me aclaro la garganta y
bebo mi café con leche.
Es indulgente, tal vez incluso masoquista, fantasear con un hombre
que no puedo tener.
—Brie, lo siento mucho, pero voy a tener que interrumpir esto. —Echa
un vistazo a su café medio vacío y hace una mueca—. Tengo que atender
una conciliación de emergencia de un cliente. De todos modos, fue genial
verte. De verdad. Ahora que somos vecinos, no actúes como una extraña.
Con eso, se va.
Termino mi bebida, obligándome a negar lo que sea que esté sintiendo
cada vez que trago.
Cuando termino, paso por la caja registradora para ver un libro. La
selección de este mes es El Alquimista de Paolo Coelho.
Por capricho, compro una copia. Luego vuelvo al apartamento de Maya,
perdiéndome entre las páginas de una novela sobre un hombre que tiene un
sueño recurrente y su búsqueda de significado. Pero cada pocos capítulos
mi mente regresa sigilosamente a Cainan, un hombre que parece
123
tranquilamente seguro de sí mismo, de lo que es y de lo que quiere.
Algún día pondrá sus ojos en alguien y nunca mirará atrás. Ella se
perderá en la profundidad de sus ojos, se encontrará intoxicada con el
terciopelo de su voz y la forma en que huele a pura masculinidad con un
toque de sándalo. La cortejará con su inteligencia y la encantará con su
pacífica confianza.
Ni siquiera conozco a esta mujer, pero daría cualquier cosa por ser ella.
—¿Q ué diablos pasó con Grant y Brie? Acabo de ver que
cambió su estatus de comprometido a soltero...
¿Sabías de esto? —Claire me saluda el sábado por la
mañana con un aluvión de preguntas.
—Hola a ti también. —Cierro la puerta de su apartamento detrás de mí.
—En serio, ¿cuándo pasó eso?
—Hace más de una semana.
—¿Cuándo ibas a decírmelo? —Se deja caer en su moderno sofá
seccional de mediados de siglo y abraza una almohada—. Eran lindos
juntos.
124
—Brie cambió de opinión. Sucede.
Muerde la uña pintada de su pulgar.
—Supongo que...
—Lo superará. De hecho, ya está planeando un fin de semana de chicos
en Las Vegas.
—Por supuesto que lo está. —Claire pone los ojos en blanco—. Parece
que su comentario en el almuerzo de ese fin de semana tenía algo de verdad
después de todo. Brie debía haber tenido dudas, y Grant debe haber sido
consciente de ello.
Mi teléfono suena en mi bolsillo con un mensaje. El número en la
pantalla no me es familiar.
602-555-9945: ¡HOLA! SOY BRIE. ESPERO QUE NO TE IMPORTE QUE
TE ENVÍE UN MENSAJE... GRANT ME DIO TU NÚMERO. DE TODAS
FORMAS, SOLO QUERÍA DECIRTE QUE FUE UN PLACER CHARLAR
CONTIGO EL OTRO DÍA. ME ENCANTÓ LA CAFETERÍA.
DEFINITIVAMENTE VOLVERÉ. ADEMÁS, TOMÉ ESTE LIBRO CUANDO
ESTUVE ALLÍ. ¡MUY BUENO! SI ALGUNA VEZ QUIERES PEDIRLO
PRESTADO, HÁZMELO SABER!
Aparece una foto de un libro con una cubierta naranja brillante.
El Alquimista.
Lo he visto, pero nunca lo he leído.
—¿Por qué sonríes por ahí? —Claire interrumpe mi momento.
Borro la expresión de mi cara.
—No estaba sonriendo.
—Y una mierda que no. ¿Quién te envió el mensaje?
—¿Alguna vez te resulta agotador? ¿Estar metida en los asuntos de los
demás?
Se inclina desde el sofá, pasando por mi teléfono.
—Dímelo o tendré que verlo por mí misma.
—Brie se mudó aquí esta semana. Me encontré con ella hace un par de
días y tomamos un café. Me estaba enviando un mensaje con una
recomendación para un libro.
Me encuentro con grillos.
—Es completamente inocente —añado antes de que tenga la
oportunidad de expresar su opinión.
—Brie como... ¿la Brie de Grant?
Asiento.
—Jesús, Cainan. ¿Qué diablos te pasa? —Se levanta del sofá y camina
125
a zancadas a lo largo de su sala de estar—. ¿Hay algo que no me estés
diciendo?
—Por supuesto que no.
Recoge su cabello desordenado en un moño aún más desordenado,
asegurándolo con la cinta de su muñeca.
—La supuesta chica de tus sueños te conoció, dejó a tu mejor amigo
una semana después, y se mudó a tu ciudad una semana después de eso...
—Sé cómo suena, pero no es así. En absoluto.
—Más vale que no lo sea. No puedes hacerle eso a Grant. Sé que es un
idiota a veces, pero es tu mejor amigo.
Pasar tiempo con Brie fue natural, como si debiéramos estar juntos. La
conversación nunca fue forzada o incómoda. Sus ojos nunca se apartaron
de los míos ni un momento, intensos y curiosos mientras me miraba a través
de un marco de pestañas oscuras y se aferraba a cada una de mis palabras
como si tuviera hambre de más.
Y luego estaba la decepción en su voz que trató de ocultar cuando le
dije que tenía que irme. No lo mostré, pero sentía lo mismo.
No quería irme.
Quería cancelar la reunión, decirle a uno de los socios junior que me
cubriera, y pasar el resto del día solo nosotros dos.
Opté por no compartir esos detalles con mi hermana.
—Nunca lo haría. —Por eso tampoco me molesté en compartir con
Claire el hecho de que conocía a los autores favoritos de Brie antes de que
me lo dijera. Y lo sabía por el sueño. El sueño que Claire insiste en que no
era más que un disparate mental—. Nunca le haría eso a él.
Y lo digo en serio.
No puedo. Y no lo haré.
126
—¡Q ue tengas un buen fin de semana, Brie! —me despide
Denise, nuestra gerente de recepción, el viernes por la
tarde. Un grupo de mujeres de contabilidad y recursos
humanos la siguen como un pequeño rebaño hacia el ascensor. Las escuché
hablar sobre tomar unas copas más tarde. Paulina, la otra contable, me
invitó al recital de ballet de su hija en una recaudación de fondos privada,
aunque creo que simplemente estaba siendo amable porque le dije que no
había planeado mucho para el fin de semana.
He estado aquí dos semanas, y no es más fácil hacer nuevos amigos
aquí que en casa. Todos tienen sus grupos. Todos deben estar cien por 127
ciento seguros de poder confiar en ti antes de dejarte entrar en su círculo
íntimo. Y lo entiendo. No estoy ofendida. Simplemente significa que pasaré
otro fin de semana tranquilo en los confines del hermoso piso de Maya.
Excepto por esta noche.
Esta noche voy a ver Chicago en Broadway. Es casi lo más turístico
que puede hacer un no neoyorquino, y no me da ni una pizca de vergüenza.
He visto la película como una docena de veces, y vi el espectáculo cuatro
veces cuando vino a Phoenix hace una década, pero nunca lo he visto aquí.
Reviso mi correo electrónico para ver el código de confirmación de mi
entrada antes de apagar mi computadora y cerrar la oficina de Maya. Estoy
a medio camino hacia el ascensor cuando Grant llama.
—Hola —contesto, pero solo porque ignoré sus últimas dos llamadas.
Desde que me mudé aquí, ha estado llamando y enviando mensajes todos
los días. Creo que lo pone ansioso que esté tan lejos. Es como si estuviera
convencido de que voy a conocer a alguien más y que caeré rendida a sus
pies. No importa que sea un miedo irrelevante. Independientemente de lo
que pueda o no suceder mientras esté aquí, no cambia nada en Phoenix con
él.
Somos amigos. Es todo lo que seremos.
Me paso por el Atlantis de camino a casa y tomo un café. El espectáculo
no empieza hasta dentro de un par de horas, y la semana arrolladora que
he tenido me está afectando.
Estar aquí es inesperadamente agridulce. Hace dos semanas, Cainan y
yo nos sentamos a la mesa en la parte de atrás y tomamos café. Dos días
después, le envié un mensaje sobre El alquimista.
Leyó el texto, pero nunca contestó.
Silencio total.
Tal vez sea una cosa de lealtad. ¿Quizás se sintió culpable después por
salir con la ex de su mejor amigo? ¿Tal vez piense que está haciendo lo
correcto?
—¿Que vas a hacer esta noche? —pregunta Grant mientras salgo de la
cafetería.
—Solo voy a ver un espectáculo más tarde. —Intento mantener
nuestras conversaciones vagas, cortas y neutrales en todo momento. No
quiero darle falsas esperanzas. No quiero fomentar ningún tipo de intimidad
conversacional.
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
—Chicago. ¿Tú qué haces este fin de semana?
—Lo de siempre... —Mantiene su respuesta vaga él también, aunque 128
supongo que sus intenciones son diferentes a las mías. Creo que quiere que
me pregunte, que asuma lo peor, que lo imagine paseándose por la ciudad
y saliendo con hermosas mujeres de Phoenix—. En realidad, estaba
pensando en estar tranquilo. Cainan está planeando un fin de semana loco
en Las Vegas el próximo mes.
—¿De verdad? —Hay una punzada en mi pecho, aunque no estoy
segura de lo que significa.
¿Celos, tal vez? Aunque no tengo derecho de estar celosa de que Grant
hable con su mejor amigo.
—Si. Dice que quiere animarme.
—Estoy segura de que los dos van a pasar un buen rato juntos.
Se ríe.
—Oh, seremos ocho en total. Voy a alquilar esta suite en el Waldorf
Astoria. Iremos a un montón de pubs. Haremos locuras.
Grant definitivamente está intentando ponerme celosa. Solo que, en
lugar de imaginar a Grant cubierto de mujeres impresionantes, hermosas y
semidesnudas... me imagino a Cainan.
Mi estómago se pone tenso y mi piel se cubre con un sofocante calor de
celos fuera de lugar.
—Suena como un plan divertido —digo, forzando un tono optimista.
—Oye, tengo un viaje de trabajo en unas pocas semanas. —Cambia de
tema—. Pensé que tal vez... si te parece bien... ¿podría quedarme contigo?
Mi mandíbula se afloja mientras busco las palabras correctas. Me
vienen a la mente las palabras de Cainan de la otra semana, sobre no utilizar
eufemismos más leves.
—Grant, no creo que sea una buena idea.
La vieja yo le habría dado muchas excusas, le habría dicho que no es
mi apartamento y no me siento cómoda permitiendo que alguien más se
quede allí conmigo. En cambio, cierro los labios y lo dejo tal cual.
Grant pronuncia algún tipo de protesta en el otro extremo, pero ya no
estoy escuchando... porque, más adelante, al doblar la esquina no está otro
que el mismísimo Cainan James.
—Oye, lo siento —le digo a Grant—. Tengo que colgar.
—¿Todo bien?
—Por supuesto —le digo, con el pulgar sobre el botón de colgar—.
¿Hablamos luego?
—Sí, claro. —No oculta la frustración en su voz antes de colgar.
Cainan me ve y mi estómago se encoje mientras espero su reacción.
Conteniendo la respiración, me recuerdo de respirar. 129
—Hola, extraña. —Su sonrisa casi me hace olvidar que me ha ignorado
durante las últimas dos semanas.
¿Habría enviado el mensaje al número equivocado por error? Existe la
posibilidad de que Cainan no haya recibido mi mensaje. Podría haber ido a
alguna persona al azar, y que hice una montaña de un grano de arena.
—Hola. —Me obligo a sonreír. Y luego la pregunta surge antes de que
tenga la oportunidad de detenerla—. ¿Recibiste mi mensaje la otra semana?
Respira hondo con los dientes apretados, llevando una máscara de
disculpa.
—Sí. Lo recibí.
Levanto las cejas
—¿Y?
Sus ojos buscan los míos. Está intentando encontrar una excusa,
puedo verlo. Solo que hacer algo así sería un acto de hipocresía, dada su
fuerte postura sobre no endulzar la verdad.
—Si se trata de Grant... —Mi voz se apaga, la mitad de mí queriendo
que él me asegure que no lo es.
Solo que eso no es lo que pasa. En absoluto.
—Voy a ser completamente honesto contigo —dice—. Se trata
absolutamente de Grant.
Sus palabras son un golpe rápido, un puñetazo para el ego. Pero no
dejo que se vea.
—No lo entiendo —le digo—. Grant me dio tu número. Me dijo que
contactara contigo si necesitaba algo. No creo que le moleste que tomemos
café o hablemos de libros.
El silencio pesa entre nosotros con mil palabras no dichas.
¿Él también lo sintió? Y, si lo hizo, ¿lo admitiría alguna vez?
¿No confía en sí mismo a mi alrededor?
—Sabes qué, no te preocupes por eso. —Me despido con la mano y miro
mi reloj—. Tengo que ponerme en marcha. Tengo planes esta noche, así
que...
No le rogaré que sea mi amigo.
Tampoco me quedaré parada y fingiré que no me quedé dormida anoche
imaginando la intensidad de su beso contra mi boca o la forma en que mi
cuerpo se derretiría contra el suyo sin una sola protesta, sin importar cuán
mal estuviera.
—¿Cuáles son tus planes? —pregunta.
—Voy a ver un musical en Broadway. 130
—Déjame adivinar... Chicago.
Sonrío.
—O eres psíquico o te estás burlando de mí por ser una turista
predecible...
—¿Qué hora?
—Las cinco et quince.
—No, ¿a qué hora es tu espectáculo?
—Siete y media. ¿Por qué?
Sus labios se aprietan y sus cejas se juntan. Parece un hombre en la
cúspide de una mala decisión.
—¿Quieres venir a tomar una copa antes? ¿Quizás contarme un poco
más sobre ese libro?
Asiento antes de tener la oportunidad de convencerme de no aceptar.
Su casa es tan tranquila e impresionante como él.
Suelos de mármol en la entrada. Techos altos. Chimenea de piedra
caliza de gran tamaño. Una inmaculada cocina de chef. Un leve aroma a
bergamota y sándalo adheridos a las paredes. Madera oscura acentuada con
metal bruñido. Cuero envolviéndolo todo. Cómodo, pero no gigantesco ni
provocativo.
Me lleva a lo que parece ser un dormitorio convertido en una biblioteca
y, por primera vez en mi vida adulta, las piernas me tiemblan, un término
que siempre pensé que era una expresión hasta ahora.
—Nunca he conocido a un hombre con una biblioteca antes —digo,
arrastrando las yemas de los dedos por un estante separado por poesía y
separalibros de cuarzo negro—. ¿Poeta favorito?
—No sé si podría elegir solo uno, pero Pablo Neruda definitivamente
está entre los cinco primeros. —Saca un pequeño libro de su colección, lo
abre en una página en el medio y se aclara la garganta—. No te amo como
si fueras rosa de sal, topacio/ O flecha de claveles… / Te amo como se
aman ciertas cosas oscuras, / Secretamente, entre la sombra y el alma.
Un escalofrío que me aprieta el cuerpo me recorre, seguido de una piel
de gallina que me debilita las rodillas.
—De todas formas. —Inserta el libro nuevamente en la posición que le
corresponde—. ¿Cuál es tu bebida?
—¿Qué tienes?
—Todo.
—Vodka con arándanos. Soy una chica simple. —Le guiño un ojo.
131
Su boca se levanta.
—Algo me dice que eres cualquier cosa menos eso.
Desapareciendo por el pasillo, me deja con mis propios asuntos en la
comodidad de su biblioteca perfumada de gamuza y nuez con sus estantes
del piso al techo llenos de poesía, tomos de filósofos y todos los clásicos.
Cainan es un hombre renacentista.
Grant nunca fue un hombre de libros. Una vez me dijo que había
pagado a estudiantes de primer año para que escribieran sus trabajos de
Literatura Universal en la universidad y que tal vez había terminado un libro
en toda su vida: una biografía sobre Michael Jordan. Dijo que nunca podría
quedarse quieto el tiempo suficiente para concentrarse.
La tranquilidad inherente de Cainan es aún más adecuada ahora que
he visto este lado de él.
—Aquí estás. —Regresa un minuto después con mi vodka con
arándanos y dos dedos de un licor de color ámbar para sí, y luego se pone
cómodo en una butaca de color coñac—. Sírvete. Puedes pedir prestado lo
que quieras.
Selecciono una copia antigua de El retrato de Dorian Gray y hojeo
cuidadosamente sus frágiles páginas, abriéndome paso por el capítulo
inicial mientras tomo de mi cóctel.
Cuando levanto la vista varios minutos después, Cainan está mirando
mis muñecas nuevamente. Justo como lo hizo ese día en el Atlantis.
—¿Por qué no paras de mirarme las muñecas? —Me río a medias.
Sus cejas se juntan. Duda.
—No hay razón.
¿Tal vez sea un tic nervioso? Aunque no parece ser un hombre nervioso
en lo más mínimo...
Compruebo la hora y recuerdo que todavía tengo un espectáculo que
ver.
—Probablemente debería irme. —Cierro el libro, lo dejo y tomo un
último sorbo de mi bebida. Por mucho que quiera llevármelo prestado, es
claramente una primera edición, firmada por el autor, y probablemente
valga miles—. Gracias por invitarme. La próxima vez no esperes dos
semanas...
—No olvides tu libro. —Me lo da—. Vence dentro de tres semanas a
partir de hoy. Si necesitas renovar el préstamo, avísame.
Nuestras manos se rozan en el intercambio. Mi corazón tiembla.
Si esto es todo lo que necesita para ponerme en marcha, solo puedo
imaginar la forma en que reaccionaría mi cuerpo si las cosas fueran...
diferentes... para nosotros. 132
Es un buen hombre.
Ojalá lo deseara menos...
—¿Alguna vez vas a leer El Alquimista? —le pregunto mientras me
acompaña a la puerta, con el libro presionado contra mi pecho sin aliento
como si pudiera ocultar mi estado actual.
—¿Qué te hace pensar que aún no lo he hecho? —Me guiña un ojo
antes de cerrar la puerta.
Estoy en éxtasis todo el camino hasta a Chicago.
Y, cuando termina, estoy en éxtasis todo el camino hasta casa.
Caminando por las aceras de Nueva York en una neblina de ensueño,
me siento halagada de que Cainan haya tomado el tiempo de su apretada
agenda para leer un libro que recomendé, pero ahora no puedo dejar de
preguntarme: mientras hojeaba las suaves páginas de Manila, ¿pensó en mí
alguna vez?
E
stoy volviéndome loco.
Me siento en la sala de estar tan pronto como Brie se va, y
tomo mi copia de El Alquimista de la mesa baja. No quería leer
el libro cuando ella me lo recomendó hace dos semanas. De
hecho, un puñado de veces a lo largo de los años, lo había intentado...
desesperado por saber de qué se trataba todo el alboroto, pero nunca superé
las primeras páginas, porque era como una fábula de Esopo mal traducida,
entrecortada y simplista en lugares.
133
Esta vez me abrí paso.
Terminé el primer capítulo.
Luego el siguiente.
Y él que seguía.
Para cuando lo hube terminado, lo había leído de una sentada, con
tortícolis y las manos rígidas por mantener la misma posición durante
horas.
Quizás en el pasado el mensaje del libro no me habría hecho pensar.
No podía verme reflejado. No quería tomarme el tiempo de leer los párrafos
erráticos para encontrar el corazón del mensaje.
Si la elección del tiempo lo es todo, este libro no podría haberme
golpeado en el alma en una etapa más perfecta de mi vida. De hecho, hay
muchas maneras en las que el viaje de Santiago refleja el mío. El sueño que
lo persigue. Su incesante búsqueda. Su obsesión con el destino.
En mi sueño, conocía los autores favoritos de Brie. Sabía que le
encantaba Chicago en Broadway.
No hay una explicación para eso. Dudo mucho que ella contara sin
pensar su autobiografía mientras me moría en mi auto destrozado esa
fatídica noche.
Pero tampoco hay una explicación para el tatuaje que falta.
Me sorprendió mirando sus muñecas antes, y por instinto las cubrió
con sus mangas y dijo que tenía que irse.
Eso tiene que significar algo.
Mi teléfono suena a mi lado. Un mensaje de Grant llena la pantalla.
GRANT: ACABO DE ENVIAR POR CORREO ELECTRÓNICO TU
BILLETE PARA LAS VEGAS. ME MUERO DE GANAS. NO TIENES IDEA DE
CUÁNTO NECESITO ESTO.
Reviso mi correo electrónico, confirmo que el billete electrónico está allí
y le envío un emoticono de aprobación.
GRANT: ¿YA LA HAS VISTO POR ALLÍ?
Me lo ha preguntado a diario, desde que cometí el error de mencionar
que habíamos tomado café juntos. También mencioné casualmente que
estaba viviendo en mi barrio. Ahora está empeñado en utilizarme como su
par de ojos extra personal, verificando diligentemente para ver si ha habido
nuevos avistamientos o desarrollos.
Me muerdo el interior del labio.
Hace dos semanas, Brie me envió un mensaje. Hace dos semanas Claire
me habló sobre los peligros de jugar con fuego, aunque no es que necesitara
el sermón. Y cada jodido día durante las últimas dos semanas Grant me
recuerda su corazón roto de una manera u otra.
134
Por esa razón ignoré el mensaje de Brie sobre el libro. He evitado el
Atlantis como la peste. Y he ahogado mis pensamientos sobre ella con
cualquier cosa, principalmente trabajo.
Me convencí de que estaba haciendo lo correcto, incluso si hacía que
mis entrañas se retorcieran y se anudaran, incluso si mis pensamientos se
erizaban a las tres de la mañana sin explicación.
YO: LA VI POR LA ACERA HACE POCO.
No iba a invitarla inicialmente hasta que mencionó que iba a ver
Chicago. Me hizo pensar en el sueño. En todas las cosas que sabía sobre
ella que quería confirmar. Tenía toda la intención de insertar algunos de
esos detalles en una conversación anodina, pero no esperaba que su visita
se acortara tanto.
GRANT: ¿CÓMO ESTÁ?
Resoplo. Me imagino que quiere que le diga que parece desesperada,
miserable y abatida, que es solo el caparazón de la mujer que era cuando
era suya. Pero la verdad era que estaba jodidamente hermosa. Cabello
oscuro brillante, ojos verdes vivos, suéter grueso sobre mallas de cuero
ceñidas, y una sonrisa cautelosa que lucía solo para mí.
YO: NO LO SÉ. ¿NORMAL?
GRANT: POR CIERTO, LE DIJE QUE PLANIFICASTE TÚ EL VIAJE DE
VEGAS.
YO: ¿POR QUÉ MENTISTE?
GRANT: PQ NO QUERÍA SONAR COMO UN DEBILUCHO. ADEMÁS DE
MI EX PADRINO Y MEJOR AMIGO DE TODA LA VIDA, DEBERÍAS HABER
SIDO TÚ EL QUE PLANEARA EL VIAJE, DE CUALQUIER MANERA.
GRANT: ¿DIJO ALGO SOBRE MÍ?
YO: NO. HABLAMOS DE LIBROS LUEGO TENÍA QUE IRSE. DIJO QUE
VA A VER UN ESPECTÁCULO ESTA NOCHE.
GRANT: ¿A QUÉ HORA HA SIDO ESTO?
YO: ¿QUIZÁS HACE VEINTE MINUTOS?
GRANT: INTERESANTE. CREO QUE COLGÓ CONMIGO, PARA PODER
HABLAR CONTIGO...
YO: ¿QUÉ QUIERES DECIR?
Mi pregunta es estúpida. Sé lo que quiere decir. Todavía está
convencido de que la tengo que "cortejar" para que pueda vigilarla y
asegurarme de que no salga con nadie mientras esté en la ciudad.
GRANT: MÁNDALE UN MENSAJE Y PÍDELE QUE PASE TIEMPO
CONTIGO ESTE FIN DE SEMANA.
Dejo mi teléfono a un lado, seguido de mi copia de El alquimista, y me
135
alejo. Grant puede ponerse realmente jodidamente persistente a veces, y no
estoy de humor esta noche.
Las Vegas es la antítesis de mi tipo de lugar, pero el pobre bastardo
está dolido y el deber me llama, incluso si tengo que ignorar el hecho de que
afirmó que Brie era el amor de su vida pero que aún tenía las manos en los
pantalones de Serena mientras planeaba joder a Brie simultáneamente con
el acuerdo prenupcial. Multitarea en su máxima expresión.
Retiro mi juicio.
No es mi lugar jugar a ser juez y jurado.
Pero estaría mintiendo si dijera que no estoy contento de que le haya
dejado.
Brie merece algo mejor.
Se merece a alguien más como... yo.
—D
isculpe. Pedí esto sin mayonesa y está empapado... —
Una rubia delgada con un guardapolvo de seda
bohemio y botas hasta la rodilla tira su sándwich en
el mostrador el martes por la mañana—. ¿Hola? ¿Alguien trabaja aquí?
Ella se burla y revisa su teléfono antes de ponerse de puntillas y señalar
a un pobre trabajador del delicatessen cortando un trozo de pechuga de
pavo.
—¡Oye! Tú —le llama. Él finge no escucharla. Girándose hacia mí, ella 136
pone los ojos en blanco—. Actúan como si su trabajo fuera muy difícil. Tal
vez un…
Deja de hablar en el instante en que nuestros ojos se encuentran.
—Eres Serena, ¿verdad —pregunto—. ¿De la fiesta de Cainan?
Sus ojos azules me miden de arriba abajo, pero antes de que pueda
decir algo un hombre de mediana edad con un delantal blanco se acerca a
ella desde detrás del mostrador. Retrocedo, desviando la mirada mientras le
regaña sobre su sándwich de pavo con centeno. Él lo retira sin decir una
palabra, mostrándolo antes de indicarle a uno de sus secuaces que le haga
uno nuevo.
—¿Entonces vives aquí, en la ciudad? —pregunto.
—Brooklyn. —Mira mientras una niña que no puede ser mayor de
dieciocho o diecinueve años le hace un sándwich de reemplazo de pavo seco.
Sin queso. Sin condimentos. Tan pronto como lo envuelve en papel marrón,
Serena despega su mirada de esa dirección y roba una mirada a mis manos.
Me imagino que está buscando mi anillo, como prueba de que el
compromiso ha terminado oficialmente.
—Aquí tienes. —La joven le da a Serena su bocadillo, y así como así se
marcha. Ni siquiera un nos vemos por ahí o un placer verte.
Qué raro…
Me niego a tomarlo personalmente, dado el hecho de que no sabe nada
sobre mí, aparte del hecho de que una vez estuve comprometida con un
hombre al que conoce.
Diez minutos después, me sumerjo en mi combinado de sopa y
ensalada en una mesa para dos.
Me pregunto qué hará Cainan hoy ...
YO: TERMINÉ DORIAN GREY DURANTE EL FIN DE SEMANA.
TAMBIÉN ACABO DE VER A SERENA EN EL HIGH MARKET DELI. NO
PUDO ALEJARSE DE MI SUFICIENTEMENTE RÁPIDO. ¿TENGO LA
SENSACIÓN DE QUE ELLA Y GRANT TIENEN HISTORIA? ;-)
CAINAN: QUÉDATE EN ESTA CIUDAD SUFICIENTEMENTE TIEMPO Y
TE DARÁS DE CUENTA DE QUE TODAS "TIENEN UNA HISTORIA" CON
GRANT FORSYTHE.
YO: MALDITA SEA. Y PENSÉ QUE ME HABÍA UNIDO A UN CLUB
EXCLUSIVO.
YO: ¿CUÁNDO PUEDO DEVOLVERTE EL LIBRO? ¿TIENES UNA CAJA
DE ENTREGA POR LAS NOCHES?
CAINAN: ESTARÉ POR AQUÍ EL SÁBADO POR LA MAÑANA SI
QUIERES PASAR.
YO: LO HARÉ...
137
Compruebo la hora y termino mi almuerzo para poder volver a la oficina
para mi reunión de Skype a la una en punto. No es hasta que estoy entrando
en el ascensor y subiendo al décimo piso que el dolor en mis mejillas me
hace subir los dedos.
Santo cielo. Estoy sonriendo como un idiota.
Me quito la expresión ridícula de la cara, me recompongo y me meto en
mi oficina para revisar algunos correos electrónicos antes de que comience
la reunión. Mientras lo hago, escribo una nota en mi calendario para
devolverle el libro a Cainan el sábado por la mañana.
No es como si lo fuera a olvidar...
Algo me dice que es todo en lo que voy a pensar durante los próximos
cuatro días.
Incluso si no debería.
B
rie aparece poco antes de las once de la mañana del sábado.
—¿Vamos a dar un paseo? Es un día hermoso.
También es hermoso mi apartamento, y el crédito es todo
suyo.
Las ondas de satén de color chocolate oscuro enmarcan su cara, y sus
ojos esmeralda iluminan desde dentro mientras contiene una sonrisa y me
entrega el libro que tomó prestado.
No se equivoca. Es un buen día de octubre. Un clima fresco. No hay
demasiada brisa. Los árboles son del color de las aceitunas y el óxido y oro 138
bruñido, pintando pintorescos retratos otoñales en todas las avenidas.
—Bien —bromeo con un guiño cuando tomo una chaqueta y me pongo
un par de zapatillas... como el señor Rogers, aunque soy un poco más sexy,
si puedo decirlo yo mismo.
Pongo el libro a un lado y cierro con llave al salir.
En el momento en que llegamos a la acera la brisa me trae su perfume,
dulce y oscuro a la vez.
—¿Qué piensas de la vida en la ciudad hasta ahora? —pregunto
mientras nos dirigimos al norte, con las manos en los bolsillos, avanzando
a pasos agigantados.
—Definitivamente es diferente a venir una vez al mes —dice—. Pero
también es todo lo que esperaba y más. A veces siento que soy un personaje
que vive una fantasía.
—Le estás dando más crédito del que merece a este lugar. No es tan
encantador.
—Díselo a mi adolescente interior, que no puede dejar de caminar por
el apartamento de Maya como si fuera Carrie Bradshaw. —Se ríe en voz baja
y coloca detrás de una oreja un mechón perdido, revelando un solo hoyuelo.
—¿Quién es esa?
Me echa un vistazo.
—Por favor, dime que estás bromeando.
Niego con la cabeza.
—Carrie Bradshaw —dice el nombre con más fuerza—. Sexo en Nueva
York...
Encogiéndome de hombros, niego con la cabeza una vez más.
—Vas a tener que ser más específica que eso.
—Era una serie de hace unos veinte años. Mis hermanas me dejaban
verlo cuando probablemente era demasiado joven —digo—. Era sobre estas
cuatro mejores amigas que vivían en Manhattan y tenían unas locas vidas
amorosas.
—Ah. —Recuerdo un puñado de vallas publicitarias por la ciudad y el
ocasional autobús turístico que mostraba cuatro mujeres de mediana edad
vestidas con ropa anticuada—. Creo que ahora sé de qué estás hablando.
—Te diría que te dieras un maratón, pero algo me dice que no es tu tipo
de serie.
—En realidad no veo la televisión.
—Oh. —Pone los ojos en blanco, aunque tengo la sensación de que está
bromeando—. Eres uno de esos.
—Mis padres no creían en la televisión cuando era pequeño, así que
139
nunca tuvimos una. Cuando fui a la universidad, estaba demasiado
ocupado para preocuparme por lo que había en la televisión, y no era algo
que me interesara. Me mudé a la ciudad justo después de terminar la
escuela de derecho, y he estado construyendo mi carrera desde entonces.
No puedo imaginarme sentado sin hacer nada más que mirar una pantalla
como un zombi. Preferiría estar viendo un libro.
—Me encanta eso de ti —dice mientras doblamos la esquina. Tan
pronto como se da cuenta de lo que dijo, sus mejillas se ponen rosadas y sin
dudarlo, añade—: Grant dijo que tampoco estás en redes sociales.
¿Tratando de cambiar de tema?
—Correcto. Lo intenté. Lo odié. —No me meto en todo el asunto del
hackeo psicópata porque no está ni aquí ni allá—. Nunca he entendido la
obsesión por la vida de otras personas. ¿A quién diablos le importa lo que
haga una persona cualquiera de tu secundaria hoy en día? Prefiero vivir mi
vida que ver a todos los demás vivir la suya.
—No estoy en desacuerdo contigo —dice—. Aunque, a veces, cuando
vienes de una familia numerosa, es más fácil mantenerse en contacto en un
sitio web. Si mis hermanas quieren publicar fotos de sus hijos, es más fácil
publicarlas que enviar dos docenas de mensajes.
—Supongo —digo—. Supongo que no sabría cómo es eso.
Está callada un rato.
—Tienes una hermana, ¿verdad? ¿Claire?
—Síp.
—¿Y dijiste que tus padres no creían en la televisión? Debe haber sido
una infancia interesante.
Me rio.
—Por decir algo.
—¿En qué más no creían?
—Nómbralo —digo—. Navidad, cumpleaños... llevarse bien con el otro
durante más de cinco segundos a la vez.
Se estremece.
—Lo siento.
—No lo sientas. Eran unos imbéciles. Y no los he visto o hablado con
ellos en más de una década —digo—. He seguido adelante. La vida es
demasiado corta como para aferrarse al pasado.
—¿Alguna vez los extrañas?
—No, difícilmente. —Ni siquiera estoy seguro de que sigan viviendo en
Jersey. No lo sé. No me importa.
—¿Qué pasa con tu hermana? ¿Todavía habla con ellos? —pregunta. 140
Niega con la cabeza.
—Los invitó a su boda hace unos años, solo porque parecía lo correcto.
Ellos confirmaron y luego no se presentaron. Terminé llevándola al altar yo.
—Vaya.
Terminamos la calle actual en silencio.
—¿Cómo es tu familia? —Cambio de tema.
—Grande —dice—. Ruidosa. Testaruda. Tradicional. Podrían hacer una
comedia de nosotros. Mis padres llevan casados casi cuarenta años y aún
se adoran como adolescentes enamorados. Tengo tres hermanas mayores...
Carly, Alana y Megan. Perdimos a Kari hace cinco años. Carly tiene tres
hijos. Todos adolescentes. Alana está embarazada con el bebé número cinco
y llegará en cualquier momento. Megan es el alma más indecisa que
conocerás en toda tu vida. Ha tenido cuatro prometidos y seis carreras en
tres estados en los últimos diez años. Mi familia puede ser intensa, y hemos
tenido nuestra justa parte de desarmonía, pero nunca ha habido escasez de
amor.
—Suena bien.
Respira lentamente.
—Sí. Lo es.
—¿Los extrañas?
Brie sonríe.
—Todavía no.
Damos la vuelta hacia la siguiente cuadra. Más adelante, un vendedor
de perritos calientes habla por teléfono y el olor de las salchichas de carne
llena el aire.
—Hora de confesar —dice Brie—. Me encantan los perritos calientes del
carrito, y ahora tengo mucha hambre porque me salté el desayuno, así que
voy por uno. Por favor, reserva cualquier y todo juicio. No sé lo que hay en
el agua, y no quiero saber lo que hay en el agua.
Mi sangre se enfría, se rompe como el hielo en mis venas. El sueño
vuelve a aparecer. Este pequeño detalle sobre ella no es noticia para mí en
lo más mínimo.
Antes de que tenga la oportunidad de responder, está pidiendo uno.
—¿Quieres uno? —Brie gira hacia mí—. Sabes que sí...
—Estoy bien. Gracias. —Le hago una señal y meto las manos en los
bolsillos, apenas puedo sentirlas.
Por un momento no estoy seguro de que nada de esto sea real.
¿Y si esto es un sueño?
Regresa con un perrito caliente humeante cubierto de kétchup y
141
mostaza y un puñado de servilletas. Nos sentamos en un banco cercano. Un
autobús de la ciudad pasa rugiendo junto a nosotros, así como grupos de
personas, muchos turistas tomando fotos mientras se acercan a Central
Park.
—¿Qué estás leyendo estos días? —pregunta entre bocados.
—Contratos. En su mayoría.
—No. Por diversión.
—Acabo de terminar El Alquimista por cuarta vez —digo.
Me da una palmada en el hombro.
—¡Ves! Te dije que es increíble.
—Y te amo porque el universo entero conspiró para ayudarme a
encontrarte. —La línea ha estado resonando en mi mente últimamente.
Brie casi se atraganta con su bocado.
—¿Qué?
—Es una línea del libro... —Ups. Tal vez debería haber pensado mejor
en mi elección.
El color vuelve a su cara.
—Oh. Solo lo he leído una vez. Supongo que, si fuera una superdotada
que lo hubiera leído cuatro veces, lo habría sabido...
—Difícilmente soy un superdotado. Intenso, tal vez... si algo capta mi
interés. Superdotado, no.
—Eso suena exactamente como el tipo de cosa que mi hermana, Kari,
se habría tatuado. —Brie da un pequeño mordisco—. Tenía ocho. Mis padres
solo sabían de tres.
—¿Tienes algún tatuaje? —Le doy un vistazo a su muñeca, medio
esperando que haya algo esta vez a pesar de saber que es imposible.
Se endereza.
—No. Demasiado permanente.
—¿Miedo al compromiso? —Me parece una apuesta segura, dado el
estado de su compromiso.
Brie me mira de reojo, mirándome a través de una franja de pestañas
oscuras.
—No hay necesidad de analizarlo. No es lo mío.
Una gota de kétchup descansa en el lado de su boca. La quito con la
parte posterior de mi pulgar antes de robar una de sus servilletas para
limpiarme.
Tenía que tocarla. Necesitaba tocarla. No pude resistirme. 142
Quería saber si era real.
Si este momento es real.
Nos quedamos en el banco del parque mucho después de que termine
su almuerzo, charlando de libros y arte, viajes e historia. Nunca me he
considerado hablador o “conversador”. No suelo hablar a menos que las
palabras que estén a punto de salir de mis labios sean profundas o valgan
la pena para el oyente. Pero, con Brie, la conversación fluye. Las palabras
no se detienen. Quiero contarle todo sobre mí. Y quiero saber todo sobre
ella.
Es como si mi alma hubiera estado esperando a que viniera toda mi
vida.
Ahora aquí está.
Lo que daría por hacerla mía...
S
algo de la ducha el sábado por la noche para encontrar un
mensaje esperándome.
GRANT: HOLA, HERMOSA. ¿CÓMO ESTUVO TU DÍA? ¿QUÉ
HICISTE?
Envuelvo con una toalla mi cuerpo goteante y contemplo mi respuesta.
¿Le digo que devolví un libro que me prestó su mejor amigo y lo invité a dar
un paseo? ¿Le digo que paseamos por la ciudad, vagando durante horas y
horas sin destino, con la conversación fluyendo como un delicioso vino? ¿Le
digo que hablamos de nuestras familias? ¿Que pasamos una hora mirando
a la gente en Central Park? ¿Le hablo de los músicos a lo que nos paramos
143
a escuchar en la calle Bleecker? ¿Le hablo del pequeño lugar tailandés al
que Cainan me llevó a cenar? ¿Que era del tamaño de una estampilla de
correos pero que tenía el mejor Som Tam que jamás había probado?
¿Le digo que estar con su mejor amigo inexplicablemente le da vida a
mi corazón y mi alma en formas que él nunca podría?
Limpio el espejo empañado, vuelvo a asegurar mi toalla e inhalo un
aliento de vapor antes de tomar mi decisión.
YO: TUVE UN GRAN DÍA… CAMINÉ POR LA CIUDAD, PROBÉ UN NUEVO
RESTAURANTE, CAMINÉ DURANTE HORAS.
Decidí dejar a Cainan fuera de esto. No quiero herir a Grant más de lo
que ya lo he hecho. No quiero que se preocupe por nada.
Pero, si lo dejo fuera, sé muy bien que no es nada.
M
e dirijo a encontrarme con unos amigos para tomar unas copas
el sábado por la noche cuando mi teléfono suena en mi bolsillo.
Mi corazón tiembla en los momentos antes de leerlo, con la
mitad de mí esperando que sea ella.
¿Tal vez olvidó algo en mi casa?
¿Tal vez tenga una pregunta?
¿Quizás esté aburrida y quiera saber qué hago esta noche, a pesar del
hecho de que pasamos todo el maldito día juntos, casi pegados por la cadera,
pero haciendo lo posible por mantener nuestras manos quietas y nuestra
conversación dolorosamente platónica?
144
Pero no es ella.
GRANT: ¿QUÉ TAL? ¿QUÉ HICISTE HOY?
No me apetece mentir. Ni a mí mismo. Ni a mi mejor amigo.
Tampoco estoy en el negocio de ser un imbécil ladrón de mujeres.
Pero decirle a Grant que pasé todo el día atravesando la ciudad sin
rumbo una cuadra tras otra porque cada paso fuera de mi vecindario
equivalía a más tiempo con Brie... lo aplastaría.
Si le dijera que hoy vi la ciudad a través de sus grandes ojos verdes,
que le limpié el kétchup de su boca llena porque quería saber cómo era
tocarla, si le dijera que no miré mi reloj durante horas, que ignoré un puñado
de llamadas telefónicas y mensajes y que le di toda mi atención porque, en
lo que a mí respecta, era la única mujer viva y respirando en todo Manhattan
lo destrozaría.
YO: LE MOSTRÉ UN POCO DE LA CIUDAD A BRIE. LA LLEVÉ A ESE
LUGAR TAILANDÉS EN LA CALLE SPRINGS.
Decidí ir con la versión más limpia, más real que la verdad.
Un segundo después, mi teléfono suena.
—Hola —le digo a Grant—. ¿Todo bien?
Me avergüenzo de la evidente paranoia en mi tono. Va a ver todo lo que
siento.
—Bueno —dice Grant—. Estaba enviándome mensajes con Brie hace
un rato. Me contó todo sobre su día... pero ni una sola vez mencionó que lo
pasó contigo.
Un pesado silencio pasa por los miles de kilómetros que nos separan,
y un bulto se asienta en el fondo de mi garganta.
—¿Por qué crees que dejaría fuera eso? —pregunta.
Me aclaro la garganta.
—Tu suposición es tan buena como la mía. ¿Estás listo para Las Vegas?
Cambio de tema. Es un movimiento barato. También desesperado.
—¿No crees que es raro? —pregunta—. ¿Por qué no te mencionaría?
—¿Quién diablos lo sabe? Estás pensándolo demasiado —digo.
Duda.
—¿Lo estoy haciendo?
No estoy seguro de que le esté haciendo una pregunta retórica al
universo...
O si está preguntando a mí.
—Ese viaje no puede llegar lo suficientemente pronto —le digo—. 145
Tenemos que sacártela de la mente.
En el momento en que hablo, sé que esas palabras no son para él.
—E
l doctor dice que está dilatada un centímetro. Ha tenido
contracciones todo el fin de semana, pero aún están
muy separadas. Pensamos que será en cualquier
momento —dice mi madre desde su teléfono el domingo por la tarde cuando
salgo de un adorable restaurante de la ciudad llamado Cielo.
Paulina, del trabajo, me invitó a almorzar hoy temprano, pero resultó
que todo lo que quería hacer era desahogarse con un par de mujeres del
departamento de marketing. Durante dos horas no fui más que una oyente,
pero al menos conseguí una comida gratis.
—Tal vez quieras hacer una maleta y empezar a buscar billetes de avión
146
por si acaso —añade.
—Lo haré... —Me tomo mi tiempo para ir a casa, con la barriga llena de
tostadas francesas azucaradas, bocados de huevo sous vide y café turco.
Diez minutos más tarde, estoy a menos de dos cuadras del apartamento
de Cainan.
No he sabido nada de él desde ayer, cuando pasamos la mayor parte
del día juntos antes de separarnos. No es que espere saber de él...
Mencionó que iba a salir con unos amigos anoche. Nunca entró en
detalles, y aplasté mi intriga mientras le decía que lo vería por ahí.
Debato si debo tomar una ruta alternativa, irracionalmente convencida
de que mis pensamientos irradian como una nube nuclear, cuando mi
teléfono me distrae con un aviso de mensaje y cruzo la intersección cerca de
su calle.
CAINAN: ¿ALGÚN PLAN PARA HOY?
Mi corazón hace un ruido en mis oídos, y una sonrisa se dibuja en la
comisura de mis labios.
YO: ACABO DE ALMORZAR CON UNA COMPAÑERA. ¿QUÉ PASA?
CAINAN: HAY UNA FERIA DE LIBROS ANTIGUOS EN SOHO. ESTABA
PENSANDO EN IR. ¿TE INTERESA?
Mis entrañas se enredan con mi estómago en un salto mortal.
Ni siquiera me sentí tan emocionada cuando Grant se me propuso...
Yo: ¿A QUÉ HORA?
Cainan: 2. PASARÉ POR TI. ¿CUÁL ES TU DIRECCIÓN?
Le envío la dirección del apartamento de Maya y floto a casa en una
nube, ignorando la voz en el fondo de mi mente advirtiéndome de que no
juegue con fuego, que no envuelva mi corazón alrededor de un hombre que
nunca puede ser mío.
Quiero esto... aunque solo sea por hoy.
Tal vez nunca podamos estar juntos, pero me gusta la forma en que me
siento cuando estamos juntos; un calor tranquilo me derrite desde dentro
hacia fuera.
Es como volver a casa.
O estar completamente en paz y en el momento.
No hay ruido cuando estoy con él. No hay confusión vacilante.
Nunca he tenido eso con nadie más.
Y quién sabe si alguna vez lo sentiré de nuevo.
147
—V
olaré a casa mañana —me dice mientras nos dirigimos
a un pequeño mercado de libros en Canal—. Mi
hermana, Alana, está a punto de tener a su bebé.
No tenía intención de invitarla. Normalmente voy a estas cosas solo,
optando por navegar en silencio, con un café en la mano y el resto del mundo
dejándome solo hasta que es hora de irme.
Pero entonces me encontré enviándole un mensaje.
Y, cuando me contestó enseguida, no me sentí apagado o molesto como
lo hubiera estado con cualquier otra persona. 148
—¿Cuánto tiempo estarás allí? —pregunto.
—Unos pocos días.
Mi pregunta es múltiple. Me gustaría saberlo para mi propia
información, pero también porque quiero saber cuánto tiempo va a pasar en
la misma ciudad que Grant. Ha dejado claro que no quiere casarse con él,
pero la gente cambia de opinión cada día.
No puedo contar cuántos clientes se han echado para atrás en los
divorcios en el último minuto, dándose cuenta de repente de que no pueden
vivir sin el otro por alguna razón estúpida e imprevista.
El miedo a estar solo es poderoso.
Dicho esto, Brie no me parece de las desesperadas y solitarias. Está
presente sin ser pegajosa. Escucha sin estar demasiado concentrada. No
trata de impresionarme. Tampoco trata de parecer perfecta, como hacen
algunas personas cuando tratan de parecer la pareja ideal para alguien que
les gusta.
No debería perder el tiempo preocupándome.
Fue primero de Grant.
Y nunca podrá ser mía.
Pero, en este pequeño momento, en estas tranquilas horas de la tarde
con la ciudad medio vacía y el sol pintando la parte superior de nuestras
cabezas mientras paseamos por las manzanas de la ciudad... es mía.
Si no puedo tocarla, si no puedo desearla, al menos tengo esto.
—¿Cuánto quieres apostar a que Grant aparecerá en el hospital con
flores? —pregunta entre risas.
Meto las manos en mis bolsillos delanteros, un movimiento débil para
calmar el dolor de no poder pasar mi brazo sobre sus flexibles hombros o
apoyar mi palma en la parte baja de su espalda.
—¿Sigue tratando de recuperar tu buena opinión? —pregunto.
—Esa es la cosa... nunca la perdió. No es que haya algo que pueda
hacer para que me enamore de él por arte de magia —dice—. Desearía que
lo entendiera en vez de... no sé... enviarme mensajes sobre cada pequeña
cosa diez veces al día. Y todavía me llama “nena”. Es casi como si tratara de
manipularme para volver a estar juntos de forma casual. —Se gira hacia mí,
poniendo su mano en mi antebrazo mientras camina hacia un lado—. Me
preguntó si podía quedarse conmigo cuando vuelva a la ciudad la próxima
semana para trabajar. ¿Puedes creerlo?
Sí. Sí puedo.
149
—¿Qué le dijiste? —Mi corazón late más rápido de lo que debería.
—Que no pensaba que fuera una buena idea... —Me enfrenta,
resoplando en alto—. Vamos. Tú y yo sabemos que, si le doy un dedo a este
hombre, va a esperar cinco brazos.
Exhalo, más aliviado de lo que merezco.
—Tal vez deberías dejar de aceptar sus llamadas —digo antes de
agregar “tanto”.
—Sí. He pensado en eso —digo—. Pero ignorar a la gente no es mi estilo.
Es muy juvenil.
—¿Y acosarlos para volver a estar juntos no lo es?
Brie me lanza una mirada, aunque no sé si se da cuenta. Solo puedo
suponer que se pregunta dónde están mis lealtades y por qué le digo que
ignore a mi mejor amigo, cuyo corazón ha aniquilado recientemente.
—Grant se obsesiona mucho con las cosas a veces. Como un perro con
un hueso —digo.
—Entonces... ¿debería sacárselo de la boca y tirarlo por encima de la
valla?
Resoplo.
—Algo así, sí.
Llegamos a nuestro destino, la Expo del Coleccionista de Libros del
SoHo, y nos detenemos frente a una mesa con capas de clásicos envueltos
en vinilo.
—Ni siquiera sé por qué le gusto —dice, metiéndose un mechón oscuro
detrás de una oreja mientras traza con la punta de sus dedos una copia de
Anna of Green Gables—. Siempre está diciendo que nunca ha conocido a
nadie como yo, que está loco por mí, que ama a mi familia, que ve un futuro
conmigo... pero nunca va más allá de eso, ¿sabes? Es superficial. Él también
tiene que sentirlo, ¿verdad? No puedo ser solo yo. Tiene que estar
proyectando alguna fantasía en mí o algo así. Esa es la única explicación.
Se pasa a la mesa de al lado, pero yo me quedo atrás.
Ahora que lo dice, me doy cuenta de que he sido testigo de lo mismo.
Me dice lo maravillosa que es y lo loco que está por ella, pero nunca dice por
qué. Y, aunque la miraba con estrellas en los ojos la primera vez que los vi
juntos, he visto parejas de divorciados más sincronizadas que ellos dos.
Pero, si soy justo... el amor es una de las cosas más difíciles de poner
en palabras.
A veces no es más que un sentimiento.
Tal vez solo la miró y lo supo.
150
—¿Tengo algo en mis dientes? —Brie se ríe y señala su boca. Ahora me
doy cuenta de que me ha estado hablando, aunque no he oído una palabra
desde que me perdí en el pensamiento. Cuando sonríe, me doy cuenta de
que su diente frontal tiene el más pequeño hundimiento.
Como en el sueño.
—No. Lo siento. ¿Qué estabas diciendo? —pregunto.
—Dije que creo que tienes razón. Tengo que arrancarle el hueso de la
boca —dice—. Cuando lo vea esta semana, le diré que deje de contactar
conmigo. Creo que será lo mejor.
Hay un brillo en sus ojos verdes brillantes. Esperanza o luz del sol, no
estoy seguro.
Pasando a la mesa de al lado, fija su atención en un pequeño libro
rústico antes de lanzármelo para mostrármelo.
—Mira, es nuestro libro —dice, con la cabeza inclinada y radiante de
oreja a oreja mientras muestra la primera edición de El Alquimista en toda
su gloria dorada y púrpura de los ochenta.
Nuestro libro.
Algo que es nuestro y solo nuestro.
Una cosa que nunca compartirá con Grant.
Con los ojos abiertos y en pie, dice:
—Quiero comprártelo.
—No tienes que hacer eso...
—Sí, bueno, quiero hacerlo. Y qué. —Brie me da un guiño antes de
meterlo bajo un brazo y moverse hacia la siguiente pila de libros. Unos
minutos más tarde, elige dos libros más: una biografía no autorizada de
Jackie O. y un tomo de Paula Fox, y me dice que los leerá en el avión esta
semana.
Alejo la atención de la pobre chica y tomo una primera edición de
Franny y Zooey antes de seguirla a la caja.
Apenas es media tarde cuando terminamos.
—¿Qué quieres hacer ahora? —me pregunta—. ¿No crees que podría
interesarte en un sesión matutina de Chicago?
—Espero que estés bromeando —bromeo, aunque la verdad es que
sufriría con All that Jazz cien veces si significara estar a su lado un poco
más.
—En realidad sí. —Suspira, y sus hombros se relajan mientras
balancea sutilmente su bolsa de lona de libros con cada paso—. Todavía
tengo que comprar mi billete de avión para Phoenix, y lo más probable es
que lo deje para último momento... lo que significa que tengo que hacer las
151
maletas lo antes posible...
Brie inclina su atención hacia mí, ofreciendo una mirada de disculpa.
—No te preocupes —digo, metiendo las manos en mis bolsillos; vivo con
la insatisfacción de no saber nunca cómo sería sentir su cabello entre mis
dedos.
La acompaño a su casa.
E intencionalmente nos llevo por el camino largo.
Cuando llegamos a su edificio, nos quedamos fuera cerca de la entrada
principal.
—¿Siempre estás tan callado? —pregunta.
—¿Preferirías que fuera un hablador odioso? —me burlo.
Brie se ríe en voz baja.
—Siento que soy yo quien habla cuando estamos juntos. Espero que
no pienses que es molesto o algo así...
Molesta es lo último que la llamaría.
Pero no le digo eso.
Tampoco le digo que la voy a extrañar.
No le deseo buena suerte con Grant, porque quiero dejarlo fuera de este
momento.
Y no le digo que, aunque nadie me ha acusado de hablar demasiado, la
razón por la que estoy particularmente callado con ella... es porque mi
cabeza está llena de todas las cosas que quiero decirle, pero no puedo.
—Es extraño, en realidad. Por lo general soy bastante callada alrededor
de la mayoría de la gente. Y luego, cuando estoy cerca de ti, no puedo
callarme ni dos segundos. —Pone los ojos en blanco y se quita un mechón
de la frente.
—Te preocupas demasiado —le digo.
Brie resopla.
—Claramente has hablado con mi hermana, Carly.
Mi mirada se estrecha.
—Siempre está pendiente de mí, de cómo me preocupo por todo y de
cómo siempre juego a lo seguro y gravito hacia lo familiar... —Las palabras
de Brie se dispersan en la brisa otoñal que nos rodea.
¿Ella también lo siente?
¿La familiaridad de otro mundo que nos une como un hilo invisible?
—Tuve un sueño. —La frase sale de mi boca antes de que pueda
detenerla—. Después de mi accidente, tuve un sueño. Había una mujer en
él. Se parecía a ti, y...
—Lo siento mucho. —Brie cava en el fondo de su bolso, y me doy cuenta 152
ahora de que su teléfono está sonando—. Es mi madre. Probablemente sea
sobre mi hermana. Siento mucho, mucho detenerte... dame un segundo.
Toma la llamada en un banco del parque a varios metros de distancia,
con un dedo presionado contra su oído libre mientras un camión de
bomberos hace ruido a unas pocas cuadras.
Mi corazón palpita y tengo la piel caliente.
La acera se inclina.
O tal vez solo sea el mundo, inclinándose sobre su eje.
¿Y si le cuento el sueño y cree que estoy loco? ¿Y si me mira como lo
hicieron Claire y Luke? ¿Y si lo atribuye al accidente y lo ignora como una
coincidencia sin sentido?
Sandeces mentales.
—Está bien, odio hacer esto, pero mi hermana está oficialmente de
parto, y realmente necesito reservar ese vuelo, así que me voy —dice Brie
cuando vuelve. Subiendo los escalones delanteros, se da la vuelta—. Quiero
escuchar todo sobre ese sueño cuando regrese.
Me deja para que me regodee con los restos de su suave voz, su sonrisa
exuberante y sus vivaces ojos esmeralda antes de desaparecer dentro de su
edificio.
Vuelvo a casa con un solo pensamiento en mi mente. Si le cuento el
sueño, no cambiará el hecho de que nunca podremos estar juntos.
Así que tal vez sea mejor que me lo guarde para mí.
¿Por qué complicar las cosas?
153
—O
h, Dios mío, Alana... ¡es adorable! —Acuno al hijo
recién nacido de mi hermana, Bodhi Cassius, en mis
brazos, empapándome de lo perfecto que es, desde su
piel rosada hasta los mechones de cabello rubio en la parte superior de su
cabeza, hasta su diminuta nariz—. No sé de dónde salió todo este cabello
rubio.
Alana y su exhausto marido, Tucker, intercambian sonrisas cansadas
pero orgullosas.
Sus primeros cuatro salieron con cabezas llenas de cabello oscuro y
grueso, narices puntiagudas y triple mentón.
154
Pero no este chico.
—A los últimos siempre les gusta sorprendernos, ¿verdad? —Mi madre
me guiña el ojo desde el otro lado de la habitación.
Mi madre no tenía ni idea de que estaba embarazada de gemelos hasta
que Kari salió y el médico le dijo que había una más detrás de ella...
Mi pecho se aprieta cuando pienso que Kari se ha perdido este
momento.
Estuvo allí para todos los nacimientos de Carly. Los tres primeros de
Alana. Pero nunca conoció el cuarto de Alana y nunca conocerá al pequeño
Bodhi.
Sin despertar al bebé, saco mi teléfono del bolsillo, tomo una foto y se
la envío a un grupo de amigas. Cuando termino, también se la envío a
Cainan, porque incluso ahora, en este momento a miles de kilómetros de
Nueva York, este momento que no tiene absolutamente nada que ver con
él... no puedo evitar desear que esté aquí.
—Bien, deja de quedártelo todo para ti. Mi turno. —Megan se frota las
manos antes de acercarse a nosotras.
—¿Dónde está papá? —pregunto, entregándoselo.
—Corrió a buscar la pizza —dice Tucker.
Ah, sí. La pizza. Es una tradición de la familia White. Cada vez que una
hermana tiene un bebé, su primera comida siempre es pizza del pequeño
lugar en Scottsdale donde mamá y papá tuvieron su primera cita hace
cuatro décadas. Una vez el gerente le mencionó a mi padre casualmente que
estaba pensando en cerrar las puertas para poder retirarse, y fue entonces
cuando mi padre hizo una llamada telefónica y encontró un comprador en
el acto.
—Toc, toc... —Hay un hombre de pie en la puerta, oscurecido por un
enorme arreglo floral lleno de todo tipo de flores azules existentes.
Hortensias. Jacinto. Nomeolvides. Glorias matutinas. Acianos...
En cuanto lo baja, mi humor se hunde.
—¡Grant! —Mamá se levanta de la silla y se lanza a sus brazos, como
si no lo hubiera visto en décadas—. ¡Me alegro de que hayas podido venir!
—El señor llamó hace un rato y me dio la noticia —dice—. Estaba en la
zona, así que pensé en pasar un rato.
El señor.
Así que fue mi padre quien lo contó...
Mi padre, que también sabía que yo estaba aquí.
—Brie, hola. —Se aleja de mi madre, y me mira fijamente como si me
viera por primera vez de nuevo—. No estaba seguro de si estarías aquí o no.
155
Cierto...
Me levanto y le doy un abrazo porque todo el mundo está mirando y no
voy a hacer el momento de Alana mío de ninguna manera, forma o
circunstancia.
—Me alegro de verte, nena. —Grant me aprieta con fuerza, y más
tiempo del necesario—. Estás increíble. Como siempre.
Sé que eso no es cierto.
Literalmente salté del avión, encontré un baño lleno de gente al otro
lado de la seguridad, me até el cabello grasiento y me refresqué antes de
pedir un Uber y hacer un viaje al hospital.
—Gracias por las flores, Grant —dice Alana desde la cama—. Qué
considerado de tu parte.
—Aquí, toma mi silla. —Megan se pone de pie, con Bodhi todavía
acunado en sus brazos, y ofrece a Grant su silla antes de entregarle a mi
sobrino a su madre.
Grant no pierde el tiempo reclamando el lugar junto a donde yo estaba
sentada, y levanta sus cejas mientras espera a que me vuelva a sentar.
—Sabes, en realidad voy a tomar algo de la cafetería. ¿Alguien quiere
algo? ¿Megan? ¿Alana? ¿Mamá? ¿Tuck? —Escaneo la habitación, esperando
órdenes que nunca llegan.
—Me vendría bien un café, en realidad —dice Grant—. ¿Te importa si
te acompaño?
Hago una cordial inclinación de cabeza y me obligo a sonreír, y él sale
por la puerta y vamos por el pasillo. Pasamos la guardería antes de llegar al
ascensor, y se detiene un momento para mirar en el interior.
—No puedo esperar a tener uno nuestro algún día —dice, aunque no
estoy segura de si está hablando consigo mismo o conmigo.
Uno nuestro...
Pienso en las palabras de Cainan, sobre que Grant es como un perro
con un hueso. Y pienso en mi promesa de arrancar ese hueso y tirarlo por
encima de la valla. No quería hacerlo aquí, en el piso de recuperación
maternal del Phoenix General, pero he dormido unas cuatro horas y mi
autocontrol está disminuyendo.
—Me vendría bien un poco de cafeína... —Señalo el ascensor.
Aleja la mirada de los bebés que duermen.
—Bien. Lo siento.
Abordamos al nivel principal junto a un par de abuelos que llevan
etiquetas de “visitante” que coinciden con las nuestras, y Grant está tan
cerca de mí que puedo oler su pasta de dientes de canela. Tan pronto como
bajamos, inhalo los pulmones llenos de aire esterilizado de hospital y camino
dos pasos delante de él.
156
—Nena. Espera. ¿Por qué tanta prisa? —Grant trota detrás de mí, sus
zapatos de vestir raspando el suelo a cada paso.
Me detengo en mi camino y giro para enfrentarlo.
—No puedo hacer esto.
Frunce el ceño.
—Me estás asfixiando —espeto.
Una mujer embarazada de treinta y tantos años con una bata de
hospital pasa arrastrando los pies, dando un codazo a su marido mientras
mira embobado nuestra miniescena.
—Me llamas todos los días. Me mandas mensajes varias veces al día.
Todavía me llamas nena —digo—. Y entonces apareciste en el hospital.
—Tu padre me invitó... —Sus palabras son lentas y cuidadosas.
—Tú y yo sabemos por qué te invitó. —Una mesa llena de enfermeras
con uniformes rosas, todas almorzando ensaladas coloridas, miran a
nuestro alrededor—. Rompí contigo el mes pasado. Terminamos. Y nada de
lo que puedas decir o hacer va a cambiar eso. Por favor, déjame en paz.
—¿Dejarte en paz? —se burla—. ¿Eso es lo que realmente quieres?
—Sí. —Necesito todo el autocontrol que tengo para no gritarlo muy
fuerte.
—Se trata de Cainan. —Se ríe. No es la reacción que esperaba—. Por
supuesto.
—No estoy segura de seguir...
—Te gusta —dice Grant, con confianza infundida en su tono.
—¿De qué estás hablando?
—El otro día, cuando te pregunté qué hacías, me contaste todo sobre
tu día... pero olvidaste mencionar que lo pasaste con mi mejor amigo —
dice—. Pero él no. Me dijo que pasó el día contigo. Me contó cada detalle. ¿Y
sabes por qué? Porque te está vigilando por mí, tal y como le pedí.
Intento responder, pero mi cerebro está atrapado tratando de
envolverse en esta información.
Todo este tiempo, mis interacciones con Cainan han parecido
naturales, genuinas y no forzadas. Pero también han sido... convenientes.
Siempre está ahí. Siempre está disponible. Y, cuando pasamos tiempo
juntos, los minutos se convierten en horas.
—Él no haría eso —digo finalmente, aunque ¿a quién estoy tratando de
convencer?
Él conoce a Cainan mejor que nadie. 157
—¿En serio? Es mi mejor amigo, Brie. ¿En serio crees que le gustarías
tú? —se burla Grant. Y, con eso, todo lo que me ha mantenido en el séptimo
cielo estas últimas semanas me envía en caída libre de vuelta a la tierra—.
Siento romperte el corazón, nena. Desafortunadamente sé exactamente
cómo es.
Con eso, se va.
Cuando desaparece de la vista, mi teléfono vibra en mi bolsillo con un
mensaje.
CAINAN: ¡FELICIDADES!
Aparto mi teléfono, tomo un café y vuelvo a la suite de mi hermana,
rezando para que Grant se haya ido para cuando llegue.
Y sí, gracias a Dios.
Pero las flores azules siguen.
Junto con las semillas de la duda recién plantadas.
—¿E
speras una llamada importante? —pregunta
Claire la noche del jueves en la cena.
—No. —Miro más allá de los molinillos de sal
y pimienta que nos separan—. ¿Por qué?
—No paras de mirar tu teléfono. Como, cada treinta segundos. En serio.
—Extiende la mano sobre la mesa en un débil intento de robármelo—. Es
como si ni siquiera estuvieras aquí. ¿Por qué me invitaste a salir a cenar si
solo me vas a hacer sentar aquí y verte esperar por alguna llamada que
obviamente no va a llegar? A menos que sea el secretario de estado o
Angelina Jolie, voy a tener que pedirle que enfunde su arma, señor. 158
Tiene razón, la llamada no va a llegar.
Es viernes y, por lo que sé, Brie ha estado de regreso desde el miércoles.
El lunes en la mañana me envió una foto de su sobrino bebé. Respondí casi
inmediatamente.
Y luego… nada.
Estoy intentando no pensar mucho en eso, intentando no asumir que
cambió de idea y se encontró de vuelta en los brazos del hombre al que
aseguró no poder amar aunque lo intentara. Pero no puedo ignorar las fotos
de los dos. Fotos que inundan mi visión cada vez que cierro los ojos por la
noche, cada vez que reviso mi teléfono en busca de un nuevo mensaje.
No estaría tan paranoico si no fuera por el hecho de que Grant también
ha estado calmado esta semana.
No es normal.
Nada de esto es malditamente normal.
Pero, de nuevo, tampoco lo es obsesionarse como un lunático con una
mujer que sabes malditamente bien que no puedes tener.
—Cainan… —gruñe Claire—. Guarda. Eso.
Meto mi teléfono en mi bolsillo, tomo una larga respiración, y hojeo el
menú de bebidas. Pero las opciones ante mí son solo un montón de letras
revueltas. Ninguna tiene sentido.
Nada tiene sentido.
—Oye. Deja de temblar. Estas sacudiendo la mesa. —Claire le hace
señas a nuestra camarera—. ¿Podemos tener un par de tragos
inmediatamente? ¿Vodka o algo? No me importa. Solo tráenos lo que sea.
No somos quisquillosos.
La camarera regresa en tiempo récord, con dos vasos llenos hasta el
borde con licor claro.
Claire empuja ambos hacia mí.
—No me voy a tomar los dos —digo, empujando uno hacia ella.
—Y una mierda que no. Yo no puedo. Estoy embarazada.
Me ahogo en mi saliva.
—¡¿Qué?!
—¡Sorpresa! —Sonríe ampliamente, con sus dedos extendidos en
perfecta posición de jazz.
—¿Entonces por qué ordenaste un trago?
—Lo siento… ¿Creo que dijiste felicidades, Claire?
159
—Jesús. —Dándome cuenta de mi error, me levanto de un salto y
envuelvo a mi hermanita en un fuerte abrazo a pesar del hecho de que nunca
hemos sido de los que se abrazan—. Felicidades, Claire. Estoy feliz por ti.
—Gracias… —dice cuando la suelto—. De hecho nos enteramos apenas
esta mañana. No estoy de mucho. Seis semanas o algo. Una sorpresa total.
Tomo asiento.
Parece una mujer aterrada con la máscara barata de exuberancia, pero
me reservo eso, escogiendo más bien decirle que ya luce radiante.
—Pero, en serio, ¿por qué ordenaste un segundo trago? —pregunto.
—Porque parecía que lo necesitabas. Hasta el fondo…
No se equivoca.
Me tomo el primero. Me tomo el segundo. En cuestión de minutos, mi
piel hormiguea con calor y la habitación se inclina.
—Entonces, ¿qué sucede? —pregunta, con los codos sobre la mesa
mientras se sienta más cerca—. ¿Qué pasa con toda esa energía nerviosa?
Me das una sensación…
Ruedo mis ojos.
—Suenas como Luke. ¿Dónde está, de todas maneras?
—Reuniéndose con unos voluntarios en la sede de su fundación. Y no
intentes cambiar el tema de nuevo. Yo soy la sobria aquí, y estoy
completamente preparada para interrogarte hasta que confieses si tengo que
hacerlo. —Sonríe y empuja el menú de bebidas en mi dirección—. Aunque
probablemente deberíamos pedir un aperitivo. Te quiero exponiendo tu
alma, no vomitando en el callejón.
Reúno mis pensamientos, dejo el Vodka corra a través de mis venas
unos cuantos minutos más, y entonces le doy exactamente lo que quiere: la
verdad sin filtros.
—¿Recuerdas cuando me dijiste que no me enamora de la chica de mi
mejor amigo? —pregunto.
La mandíbula de Claire cae.
—Sí, bueno. No escuché. —No es como que pudiera controlar nada de
eso.
—Oh, Dios mío. —Coloca la mano sobre su boca—. Esto es malo.
—Lo sé.
—¿Qué vas a hacer?
—No lo sé.
—¿Grant lo sabe? —pregunta.
—Nop. 160
—¿Se lo vas a decir? —Claire se inclina, cejas elevadas.
—Ni siquiera sé si merece la pena. Por todo lo que sé, ella solo me ve
como a un amigo. —Echo un vistazo alrededor del restaurante en busca de
nuestra camarera de cabello lila que entregó los tragos de vodka y
aparentemente desapareció para no volver a ser vista otra vez.
Mi hermana frunce el ceño.
—¿Realmente crees eso?
—No del todo.
—¿Entonces crees que hay algo allí? ¿Algo mutuo?
—Hemos estado pasando tiempo juntos. Y definitivamente hay una
conexión.
Se recuesta, descansando la barbilla sobre su mano mientras me
examina de la forma en la que yo examino a mis clientes cuando siento que
no estoy consiguiendo la historia completa.
Pero su escrutinio es para nada. Esto es todo.
Es tan simple como complicado.
Tan casual como jodido.
Por primera vez en nuestras vidas, Claire me deja sin un solo consejo.
Me dice que la situación está más allá de ser salvada, más allá de ser
arreglada. Me dice que estoy condenado si lo intento, y también si no. Me
dice que, sin importar la decisión que tome, alguien a quien aprecio
profundamente será destruido, y la trayectoria de sus vidas cambiará por
siempre.
—Desearía tener una varita mágica para poder arreglar esto por ti —
dice Claire, con la cabeza ladeada y ojos llenos de simpatía—. Solo diré
esto… eres mi hermano, te amo, y quiero que seas feliz. Y ya sea que eso
signifique sacrificar tu felicidad por la de tu mejor amigo o intentar algo con
la mujer que incendia tu alma, estoy contigo de cualquier manera.
Bostezando, se levanta de la silla y me da un abrazo.
—Me voy a casa —dice una hora después, después de tres platos
pequeños y un tiramisú compartido—. Estoy agotada. Tú me has agotado
con toda esta telenovela sin sentido.
—¿O tal vez, solo estás, no lo sé, embarazada? ¿Y es por eso por lo que
estás tan cansada?
—Nah. Es definitivamente tu vida amorosa la que me desgasta. —Le da
un apretón a mi hombro, poniéndose el bolso sobre el hombro, y se va.
Agarro la cuenta y voy a la barra para ordenar un último trago antes de
dirigirme a casa.
Sorbiendo mi último whisky de la noche, y en contra de mi mejor juicio,
161
le envió un mensaje a Brie una última vez.
YO: ¿YA REGRESASTE A LA CIUDAD? SOLO QUERÍA VER QUÉ IBAS
A HACER ESTE FIN DE SEMANA…
El mensaje aparece como leído casi inmediatamente.
Espero a los tres puntos de escribiendo que nunca llegan.
De camino a casa, me desvío hacia su apartamento como un maldito
acosador. Las luces están encendidas. Su silueta se mueve de habitación a
habitación, con todas las cortinas corridas.
Tan cerca, y aun así a un mundo de distancia…
Hasta que tomo una decisión de la puedo o no llegar a arrepentirme.
Esta noche le voy a decir a Brie lo que debí haber dicho hace mucho
tiempo.
E
l timbre de mi puerta suena cuando me estoy preparando una
taza de té para dormir. Después de pasar unos días en Phoenix,
me está tomando más tiempo de lo que esperaba asentarme de
regreso en mi rutina de Nueva York. El reloj en el microondas muestra que
son las once y cuarto.
Tiene que ser un error.
No estoy esperando a nadie.
Lanzo la bolsa de té a la basura, caminando de puntillas por el pasillo,
cuando el timbre suena de nuevo. 162
Y de nuevo.
Exhalando, activo el sistema del intercomunicador.
—¿Puedo ayudarlo?
—Brie. —Reconozco la voz de Cainan instantáneamente—. Tenemos
que hablar.
Hace media hora me envió un mensaje, que ignoré. Como lo hice con
los otros mensajes que envió esta semana…
A pesar del hecho de que ignorar a alguien no es mi estilo, me he
encontrado paralizada cada vez que pienso en una respuesta. Tal vez sea mi
orgullo metiéndose en medio. Toda la semana me he sentido tonta por
quedar atrapada en lo que fuera esto.
O lo que no fuera.
Me permití que me gustara un hombre al que sabía que nunca podía
tener y, mientras tanto, él estaba jugando conmigo. Al menos eso es en lo
que Grant insiste. Y, dado lo que sé de Cainan, no tengo ninguna razón para
creer que traicionaría a su mejor amigo acostándose con su ex.
Toca el timbre de nuevo.
—Si estás aquí para vigilarme, puedes decirle a Grant que llegué a casa
a salvo. —Estoy siendo sarcástica, lo sé. Pero no puedo evitarlo.
—Brie, déjame entrar. Por favor. Vamos a hablar. —Pronuncia mal un
par de sus palabras.
—No tengo nada que decirte.
—Es justo —dice—. Pero puede que quieras escuchar lo que tengo que
decir yo.
163
—¿P or qué has estado ignorándome? —Probablemente
no sea la mejor manera de saludar a una mujer a la
que le tuve que rogar que me dejara entrar. Pero las
palabras salieron. No las puedo guardar.
El suelo está inclinado, así que me apoyo en su entrada.
—Bueno Dios. ¿Cuánto has bebido? —Engancha su mano en mi brazo
y me hace entrar, cerrando la puerta sin dejarme ir—. Apenas puedes
permanecer de pie.
Y yo que quería tener la cabeza fría.
Al menos está adormecida.
164
—Siéntate. —Me arrastra hasta una silla de terciopelo en la sala de
estar de color frambuesa eléctrica. Y entonces vaga hacia la cocina,
regresando con una botella de agua—. Grant me lo dijo todo. —Brie se
pasea, con las manos sobre sus caderas—. Sé que me has vigilado todo este
tiempo. Me siento como una idiota por pensar que realmente teníamos una
conexión…
Mierda.
Ella también la sintió.
No fue una ilusión.
No fui solo yo.
—No he estado vigilándote —digo—. Nunca lo haría. Yo… Brie... me
estoy enamorando de ti. Es por eso por lo que no me puedo alejar. Es por
eso por lo que encuentro cada excusa para estar a tu alrededor, incluso si
estamos vagando alrededor de la ciudad sin hacer nada. Incluso si estoy
releyendo el mismo libro por millonésima vez porque es la única forma en la
que puedo sentirme más cerca de ti sin odiarme por ello.
Está sin palabras, entrecerrando los ojos y observándome, no lo sé.
—Te astillaste tu diente frontal cuando tenías doce. Tienes que
arreglarlo cada pocos años… La Navidad es tu fiesta favorita… Tu cabello se
pone rizado en el verano… Grecia está en la cima de tu lista de deseos…
Brie parpadea dos veces, con la cabeza ladeada, y entonces frunce el
ceño.
—De acuerdo, Casanova, tal vez deberías recostarte y dormir. —Me
lleva al sofá, me quita mis zapatos de cuero y me cubre con una manta tejida
que agarra de quién sabe dónde.
Un momento después las luces se apagan y todo se vuelve negro.
En medio de la noche me despierto, con los ojos apenas abiertos para
atrapar un vistazo de ella observándome desde la puerta de la habitación,
con su camiseta blanca bañada en la luz de la luna.
Por lo que sé, estoy soñando.
165
N
o dormí anoche. Si lo hice no lo recuerdo. Pasé la mayor parte
de esas horas de medianoche revolviéndome el cerebro sobre
todas esas cosas que él dijo sobre mí, cosas por las que divagué
mientras sostenía su mano y hacía todo lo posible para evitar que se
desmayara. Pensé que, si podía escuchar mi voz, tal vez se quedaría
conmigo. Así que hablé por hablar. Le conté todo lo que podía recordar sobre
mí.
El hecho de que lo recordara es una cosa.
El hecho de que supiera lo de mi diente astillado es algo completamente
distinto.
166
Nunca le hablé de eso.
Estoy cien por ciento segura.
Es un recuerdo de la escuela secundaria que no suelo mencionar, y que
no compartí con Grant durante el período de nuestra relación.
No hay forma verificable de que Cainan pudiera haberlo sabido.
Espero hasta las siete y media antes de dirigirme a la cocina,
desesperada por tomar café pero sin querer despertar a mi invitado de su
sueño inducido por el licor.
Solo que no está durmiendo.
Está sentado en el sofá, poniéndose los zapatos.
—Atrapado —le digo.
Cainan levanta la mirada.
—¿Disculpa?
—¿Ibas a escaparte de aquí y fingir que anoche nunca sucedió?
Su hermoso rostro está pintado en confusión, y se pasa una mano por
el cabello revuelto.
—No recuerdas nada de anoche, ¿verdad? —pregunto.
—Lo siento. —Hace una mueca—. No.
—Conveniente. —Me encojo de hombros—. ¿Quieres quedarte a tomar
un café? ¿Quizás repetir las cosas un minuto antes de salir corriendo?
—No sé si estás siendo sarcástica. Si quieres que me vaya, dilo y ya. —
Se levanta, con la camisa arrugada y su cabello desordenado, y aun así, de
alguna manera, todavía me deja sin aliento hasta que aparto la mirada.
—Quédate. —Mi espalda está hacia él mientras pongo café molido en
la máquina plateada brillante en el mostrador de Maya.
—Brie… —Se aclara la garganta—. Quiero disculparme sinceramente
por todo lo que dije o hice anoche que te hizo sentir incómoda. Nunca me
he emborrachado tanto…
—Primera vez para todo.
La máquina lo filtra todo, a diferencia de mis pensamientos o el cóctel
de emociones confusas que hierven bajo mi piel.
Después de casi una semana de ser ignorado, Cainan se emborrachó y
apareció en mi puerta.
Eso tiene que significar algo…
A menos que solo estuviera jugando el papel del mejor amigo de Grant
Forsythe.
Sirvo dos tazas, recordando que él toma el suyo negro. Y, cuando me 167
giro para darle su café, estoy de regreso a ese día en Atlantis, cuando nos
sentamos juntos por primera vez y el mundo que nos rodeaba se desvaneció
contra el ruido de fondo.
Al menos para mí.
—Grant me dijo que te pidió que me vigilaras mientras estoy aquí —le
digo.
—Lo hizo.
Vaya. Ya está, ni siquiera va a tratar de negarlo.
El aire sale de mis pulmones. Mi mano agarra la taza hasta que mi
palma arde.
—Todo tiene sentido ahora —le digo—. Por qué has sido tan útil. Tan
disponible. Tan dispuesto a sacrificar tus fines de semana manteniéndome
entretenida. Qué vergüenza que pensara que teníamos una conexión.
Tomo un sorbo y no pruebo nada más que amargura.
No bebo mi café negro, pero estoy demasiado derrotada en el momento
para revolver por la cocina agarrando azúcar y leche como una chica alegre
y fresca a la que no le importa nada un bledo, porque me importa un bledo.
Me gustaba.
Mucho.
Y ahora me siento como una tonta.
—Sí teníamos una conexión —dice—. La tenemos.
—¿Cómo esperas que te crea cuando acabas de admitir que Grant te
pidió que me vigilaras?
—Porque me lo pidió —dice Cainan—. Pero nunca accedí a hacerlo.
—Así que todo el tiempo que pasamos juntos, ¿lo hiciste porque
querías? —La mitad de mí quiere creerle. La otra mitad está siendo
obstinada al respecto.
Su lealtad está con su mejor amigo de toda la vida, no conmigo.
Por lo que sé, está haciendo todo lo posible para mantener todo esto en
funcionamiento por el bien de Grant.
Asiente.
—Sí.
—¿Cómo supiste lo de mi diente astillado? —pregunto mientras aún
sigue fresco en mi mente.
Casi dice algo. Y luego se detiene.
—Es… va a sonar loco.
Pongo una mano en mi cadera, tomando mi café.
—Pruébame… 168
—Voy a necesitar que tengas la mente abierta. —Él estrecha su mirada
hacia mí, con su tono lleno de renuencia.
—Bueno.
Respirando hondo, comienza:
—¿Recuerdas cuando me preguntaste sobre la cosa más loca que hice?
Estrecho la mirada, asintiendo.
—Después de mi accidente, soñé contigo. No sé si eso cuenta porque
no lo hice a propósito. Solo… sucedió. Pero lo hice. Técnicamente hablando.
Soñé contigo, Brie. —Me mira, tal vez buscando una reacción. Pero no le doy
nada. Necesito ver a dónde va con esto—. Estábamos juntos en esta playa.
Teníamos dos hijos. Estábamos casados. Y, cuando desperté, sabía cosas
sobre ti. Cosas pequeñas. Cosas que no pude explicar. Tus autores favoritos,
por ejemplo. Los sabía antes de que me lo dijeras ese día en la acera.
Tomo un sorbo lento de café antes de exhalar y envolver con ambas
manos la taza.
—Cuando tuviste el accidente… cuando estábamos esperando a los
paramédicos y estabas aferrado a tu vida… tomé tu mano y te hablé. Te dije
un montón de cosas pequeñas sobre mí… que probablemente sea la razón
por la que me viste en tu sueño y cómo supiste esas cosas sobre mí cuando
te despertaste. Pero eso no explica cómo sabías lo de mi diente astillado…
no te lo dije.
No parpadea.
—Te lo dije. Suena loco.
—Suena loco porque es una locura.
—Dame un bolígrafo y papel.
—¿Por qué?
Mueve la mano como si quisiera dibujar algo.
—Había algo más en mi sueño. Tal vez puedas darle sentido.
Abro el cajón de los cachivaches, tomando una pequeña libreta y un
bolígrafo de gel azul para él.
Sin perder un segundo hace un pequeño dibujo, arranca el papel del
cuaderno y me lo entrega.
—Oh, Dios mío. —Doy un paso atrás.
169
170
L
lego cansado a casa con un dolor de cabeza taladrante. En una
niebla mental. Paralizado. Reproduciendo la reacción de Brie al
tatuaje una y otra vez en mi mente y confundiéndome cada vez
más.
Las lágrimas en sus ojos.
El dolor en su voz.
—No puedo creer que hicieras algo así... —Sus palabras están frescas
en mis oídos y no tienen ningún sentido.
¿Cree que sabía lo del tatuaje de alguna manera? ¿Que estoy
intentando manipularla, como un estafador tratando de entrar en su
171
corazón?
Nunca debí haberle hablado del sueño. Nunca debí haberle creído
cuando dijo que tendría la mente abierta. Ni siquiera mi propia hermana
pudo tener una mente abierta cuando se lo conté.
Cuando llego a casa, me siento desanimado y vacío. Imagino que así es
cuando apuestas la casa y pierdes los ahorros de toda tu vida. Fue un riesgo
calculado, compartir el sueño con ella sabiendo muy bien que iba a sonar
como un loco, pero estaba tan seguro de que valdría la pena que lo hice.
Me quito los zapatos, corro las cortinas y me desplomo en el sofá.
Pellizcándome el puente de la nariz y respirando de manera desigual.
Sabía que no podía estar con ella antes, pero al menos podría haberla
mantenido en mi vida.
Ahora no puedo tenerla en absoluto.
Cierro los ojos e intento obligarme a volver a dormir. No soporto estar
despierto ni un minuto más con estos pensamientos.
O con mi nueva realidad.
—A
divina quién está jugando al golf con papá ahora mismo
—pregunta Megan el sábado por la mañana.
Momentos después de que echara a Cainan, ella
me llamó por teléfono y me dijo que vendría a la ciudad el próximo fin de
semana de visita.
Una intervención divina.
No le conté lo que había pasado. No le hablé del tatuaje o el diente
astillado. Todavía estoy tratando de entenderlo y darle sentido. Aún me
pregunto si exageré o si mis inclinaciones de que estaba intentando
estafarme eran acertadas.
172
—Suena como si necesitaras tener otra charla con ambos. —Doy un
sorbo a mi café, que ahora está frío. Lo meto en el microondas treinta
segundos. Cuando está listo, lo tiro por el desagüe. Ya no quiero esa taza.
—Honestamente, se está volviendo un poco exagerado. Es como si los
maridos de Carly y Alana fueran hígado picado y Grant fuera el hijo que
nunca tuvo. —Suspira—. Y mamá lo invita a cenar al menos una vez a la
semana...
Gimo.
—Por favor. Haz que pare —ruega.
—Tuve una charla con él la semana pasada en el hospital. —Para ser
justos, fue más un azote verbal que una charla. Pero, después de todo el
acoso, el hombre se lo merecía. Y pensé que había funcionado. Pensé que lo
había superado... porque no he sabido nada de él desde entonces—.
Supongo que puedo hablar con él de nuevo.
—Además, no quería decirte esto... y todavía estoy un poco extrañada
por ello... pero me encontré con él hace unas semanas en un club nocturno
del centro. Nos saludamos. Lo que sea. Luego me compró un trago. Y, el
resto de la noche, estuvo alrededor de mí.
—¿Alrededor de ti?
—Sí. Poniendo su mano en la parte baja de mi espalda. Acercándose
mucho. Tratando de coquetear. —Suena como si estuviera a punto de
vomitar—. Todo esto me dejó un sabor muy malo en la boca. Definitivamente
estaba tratando de llevar las cosas más allá... de lo necesario.
—Aj. Megs. Lo siento mucho. Hablaré con él de nuevo. Y hablaré con
mamá. Y con papá. —Me siento en el taburete del mostrador y descanso mi
mejilla contra mi mano.
—Hay más.
—¿Hay más? —Me enderezo.
—Escuché a mamá y papá hablando, y parece que papá está a punto
de transferir un montón de sus cuentas a la empresa de Grant.
Mi sangre se convierte en hielo, y casi dejo caer el teléfono.
¿Es todo lo que quería? ¿Todo este tiempo? ¿Las cuentas de mi padre?
¿Me investigó antes de nuestra primera cita y averiguó exactamente quién
era mi padre? Cualquiera con media célula cerebral en el área de Phoenix
ha oído hablar de él, ha visto sus carteles, ha vivido en una de sus casas o
apartamentos personalizados o ha alquilado un edificio de oficinas.
Mi padre se ha asegurado un lugar en la lista de los 500 más ricos de
Forbes cada año durante la última década, es de conocimiento público. Y,
173
para alguien como Grant, que trabaja en el sector financiero, también es de
conocimiento público.
—¿Brie? ¿Sigues ahí? —pregunta Meg.
—Sí. Sí, todavía estoy aquí. Solo pensando...
Todo tiene sentido ahora, lo perfecto que parecía Grant. La forma en
que me trataba como a una reina. Proponiéndome matrimonio tan
rápidamente, desesperado por atarme a él lo antes posible. El acuerdo
prenupcial.
Oh, Dios mío.
El acuerdo prenupcial que Cainan redactó para él.
La carta mencionaba cláusulas que habían discutido... ¿Cainan
también andaba liado con esto?
¿Todo esto no era más que una forma de acceder al dinero de mi
familia? ¿Para estafarme de cualquier manera que pudieran? ¿Hicieron
extensas comprobaciones de antecedentes? ¿Sacaron a la luz cada detalle
convincente que pudieran encontrar?
Mi garganta se contrae y tengo la boca seca. Una ola de emociones me
inunda, pero las alejo a la fuerza porque, si Meg escucha una traba en mi
voz, exigirá saber qué está pasando, y no quiero hablar de nada de esto
ahora mismo.
—Cariño, voy a darme una ducha —digo—. Envíame un mensaje con
los detalles de tu vuelo, ¿está bien? No puedo esperar a verte...
Terminamos la llamada y me siento en un silencio aturdidor, mirando
fijamente a un refrigerador zumbando hasta que la hora de las siete se
convierte en algo más cercano a las nueve.
Más tarde, cuando mi padre y Grant terminen de jugar al golf, me
recompondré. Haré la llamada. Y me aseguraré de que mi padre sepa
exactamente con qué clase de persona está tratando.
Después de esto, no quiero tener nada que ver con Grant.
Y nada que ver con Cainan.
174
—H
olaaaaa, imbécil. —Grant está borracho cuando llego
a nuestra suite en el ático el viernes por la noche.
Dejo caer mi bolso de cuero y dejo que la puerta se
cierre—. Ya era hora, joder.
Cada palabra suena arrastrada y exagerada. Si mal no recuerdo, su
vuelo aterrizó a la una de la tarde. Ahora son las cinco. Lleva horas
bebiendo. Intenta ponerse en pie para saludarme, solo para caer de nuevo
en el sofá tapizado. Riendo
Riendo...
Será un largo fin de semana.
175
Pero tal vez sea lo mejor.
No he visto ni oído nada de Brie desde el sábado pasado, cuando dibujé
el tatuaje y conocí un lado de ella que nunca supe que existía, ya que me
dijo que me fuera con lágrimas en los ojos. Le di unos días. Pensé que tal
vez necesitara algo de espacio. Algún tiempo para calmarse. Le envié un
mensaje el martes por la noche, preguntándole si podíamos hablar.
Ella respondió de inmediato con cuatro palabras en mayúscula: NO
CONTACTES CONMIGO OTRA VEZ.
—Toma una cerveza, imbécil. —Grant señala la nevera en la cocina.
Más allá de la ventana detrás de él, las luces de Las Vegas brillan y
centellean. La ciudad está viva.
Es una sensación que no conozco desde hace bastante tiempo, aparte
del tiempo que pasé con Brie, cuando todo parecía a tecnicolor y animado
de una manera que nunca había sentido.
Subí a mi vuelo más temprano hoy con la intención de salir de esto, de
convencerme de que lo que pensaba que estábamos destinados a tener era
un sueño irreal que nunca habría funcionado, de todos modos.
Pero, en el momento en que las ruedas tocaron en McCarran
International, me desperté de mi siesta a medias y descubrí que era el mismo
tonto patético que era cuando abordé el avión.
La puerta del hotel se abre cuando me sirvo una cerveza de la nevera
sobrecargada y entran un puñado de chicos. No reconozco a dos de ellos.
Supongo que son sus amigos de Phoenix.
—¿Qué pasa, hombre? —Uno de ellos le da a nuestro hombre un
descuidado choca esos cinco. Apesta a licor fuerte cuando pasa a mi lado.
—Por favor, dime que no he venido hasta aquí para una maldita fiesta
de salchichas —dice otro.
—Las chicas están en camino. —Collin Hilliard, un chico con el que nos
hemos mantenido en contacto desde nuestros días en Montclair, se coloca
detrás de mí y agarra una lata de Coors Light—. Me alegro de verte, hombre.
Escuché lo de tu accidente. Lo siento, no pude ir a tu fiesta, pero oye,
pareces estar bien. ¿Te sientes bien?
Abro mi cerveza y asiento.
—Sí. Todo bien.
Mentiras. En todos los sentidos de la palabra. Pero no importa.
—¿Qué has estado haciendo? —pregunta—. ¿Sigues ayudando a
parejas ricas y miserables a realizar sus sueños?
176
—Todos los días. ¿Y tú?
—Me hice cargo de la agencia de seguros de mi padre hace un par de
años. Becca y yo acabamos de tener nuestro primer hijo hace un año —
dice—. Te mostraría fotos, pero no quiero que lo último que veamos antes
de que un estriptis sea la cara de mi hija.
Asqueroso.
Y estoy de acuerdo.
—No te preocupes. —Le aprieto el hombro y me dirijo hacia la parte de
la sala de estar de la suite, encontrando una silla junto a la ventana. Por
costumbre, reviso mi teléfono. Dos mensajes de un par de amigos en la
ciudad. Cuatro nuevos correos electrónicos de trabajo. Nada de Brie.
Naturalmente.
El siguiente golpe en la puerta hace que Grant se ponga en pie, tirando
botellas de vidrio de vodka en miniatura sobre la alfombra de aspecto
costoso en el proceso.
—Son las chicas —anuncia Grant, como el chico de fraternidad que
solía ser.
Diez segundos después, la suite del hotel apesta a un cóctel de
perfumes y suena como a una fiesta de pijamas mixta.
—Pensamos que haríamos una pequeña fiesta antes de salir —dice
Grant a nadie en particular. Agarra a dos chicas por la muñeca y las lleva
al sofá, colocándose entre ellas y pasando sus brazos alrededor de los
hombros de ellas.
No sé dónde encontró a estas mujeres.
La rubia a su derecha se acurruca contra él, mordisqueándole la oreja
y pasando su mano por la parte exterior de sus pantalones. La pelirroja del
otro lado se muerde el labio, esperando ansiosamente su turno.
—Hola. —Otra rubia con el cabello hasta las tetas se deja caer a mi
lado, aunque difícilmente lo llamaría dejar caer ya que imagino que pesa
menos de cincuenta kilos empapada. Su mirada de zafiro está ligeramente
desenfocada, sus ojos profundos y huecos. Y me da una sonrisa sensual
como si estuviera a punto de prepararme una comida—. Soy Jazz. ¿Cuál es
tu nombre?
No quiero hacer esto.
No quiero estar aquí
—Su nombre es Cainan, y normalmente no es tan jodidamente grosero.
—Grant se aleja de las chicas para tomar el aire.
—Ese es un nombre genial. —Ella cruza las piernas, que parecen un
177
palillo de dientes, y deja que su minifalda se suba, anunciando el hecho de
que no lleva bragas—. ¿De dónde eres, Cainan?
Aparentemente de otro puto planeta.
La música de ritmo rápido comienza a sonar a través de los altavoces
Bluetooth en el techo, alta sin ser desagradable.
Ojalá hubiera ahogado mis pensamientos.
Grant susurra algo a sus juguetes, se levanta y las lleva a la habitación,
cerrando la puerta detrás de sí.
—¿Puedo leerte la palma? —Jazz alcanza mi mano, pero la alejo.
—No.
Ella pone mala cara.
—Soy una lectora de manos.
—Estoy seguro de que lo eres. —Tomo un trago, evitando su mirada
desesperada—. Pero no.
—Amigo. ¿Cuál es tu problema? Deja que te lea la maldita palma.
Estamos en Las Vegas, podemos hacer cosas raras aquí, y a nadie le importa
una mierda. —Collin toma el cojín del sofá al otro lado de la rubia y extiende
su mano—. Aquí. Léeme.
Sus ojos se iluminan y cambia su postura hacia él antes de aplanar su
palma derecha y concentrarse.
—Está bien, primero necesito que te relajes.
—Hecho —dice él sin dudarlo.
—¿Ves esta línea aquí? Es tu salvavidas. Es larga e ininterrumpida.
Eso me dice que eres una persona confiable. Y esto. Esta es tu línea de la
cabeza. Es corta. ¿Eres atleta? ¿Corres maratones? —pregunta.
—Uh, en realidad sí... —Collin mira a Jazz y luego a su palma.
Pongo los ojos en blanco. El tipo claramente tiene una sólida
constitución de corredor.
—Tienes un hijo —dice, sin preguntar.
Él asiente.
—Vas a tener dos más —dice Jazz—. Niños gemelos.
Termino mi cerveza y tomo otra mientras ella suelta sus cosas
generales de mierda. Cuando regreso, la expresión de Collin es eléctrica y se
pasa los dedos por el cabello como si ella le hubiera dicho que ganará la
lotería cuando cumpla cuarenta.
Y, demonios, probablemente dijo eso.
—¡Tu turno! —Jazz se gira de nuevo hacia mí, agarrándome la mano—
. Soy lectora de manos de cuarta generación. Tengo una lista de clientes de
kilómetros. Famosos. Dignatarios extranjeros. La gente vuela de todo el
mundo por veinte minutos de mi tiempo. 178
—¿Y por qué regalas tus servicios gratis? —Abro mi cerveza.
Me roba la mano derecha y aplana la palma sobre la parte superior de
su rodilla huesuda.
—Porque es viernes por la noche. Y quiero. Ahora, necesito que te
relajes.
Exhalo un fuerte aliento.
—Lo digo en serio. Relájate y abre la mente. —Ella cierra los ojos, se
sienta derecha e inhala—. Está bien, aquí vamos.
Collin se inclina, literalmente al borde de su asiento.
Jazz se aclara la garganta y pasa una larga uña por el centro de mi
mano.
—Está bien, esto es interesante... tu línea del destino... esta de aquí...
me dice cuán fuertemente tu destino controlará tu vida. Ahora, tu línea es
bastante profunda. Más profunda que la mayoría. Algunas personas no
tienen una. Pero la tuya tiene esta rama que conecta a tu línea de vida.
Tienes un destino predeterminado... pero aquí hay una encrucijada. Estás
luchando contra eso. Lo estás negando. Tienes que decidir qué quieres e ir
por ello. El universo te apoyará de cualquier manera. Pero, tal y como está
ahora, tu vida puede ir en una de dos direcciones extremadamente
diferentes.
Aparto la mano, he terminado.
Dime algo que no sepa, joder...
179
—¿P or qué no para de mirarnos esa chica? —Megan
asiente hacia la parte trasera del bar lleno de gente
el viernes por la noche. Hace cuatro horas se bajó del
avión y la llevé a mi casa, completamente vestida y
lista para visitar ciudad.
Después de la semana que he tenido, no estoy particularmente de
humor para "fiesta", pero es bueno pasar tiempo con una cara familiar, una
en la que puedo confiar.
Además, vino hasta aquí. 180
—¿Quién está mirando? —Escaneo el lugar.
Megan señala.
—Esa chica con los grandes ojos azules y el largo cabello ondulado y el
elegante vestido tono caléndula.
Mi mirada se posa en el amarillo intenso al otro lado de la habitación.
No sé cómo no la vi la primera vez. Pero, efectivamente, la chica está
disparando miradas en nuestra dirección.
Mi dirección.
Porque esa chica... es Serena.
—Creo que solía salir con Grant. —Me vuelvo hacia Megan—. Ignórala.
—¿Tal vez deberías decirle que está soltero?
—¿Para qué? —Me encojo de hombros y bebo mi Martini de limón.
—Simplemente no me gusta la forma en que te está mirando. Quiero
que pare. —Como la protectora hermana mayor que siempre es, Megan mira
en dirección a Serena.
—No merece la pena. —Acaricio el brazo de Megan para redirigir su
atención—. Para. Déjala.
—Oh, Dios mío. Sigue mirando hacia aquí. —Megan frunce el ceño—.
Voy a decirle algo.
—No...
Antes de que pueda pronunciar otra protesta, se dirige al otro lado del
bar. Me da la espalda y sus manos se mueven mientras habla, lo que nunca
es una buena señal. Alejo la mirada, no puedo ver esto. Bebiendo mi bebida,
examino el menú de la barra antes de desplazarme por mi teléfono uno o
dos minutos. Comprobando de nuevo, me parece que todavía están en ello.
Y luego Serena saca su teléfono. La pantalla ilumina el espacio oscuro
a su alrededor, pintando sus rostros con una luz azul-blanca. Megan se
inclina. Y luego, por alguna loca razón, Serena le da a mi hermana su
teléfono.
Estoy medio tentada de ir allí e investigar, pero algo me dice que me
quede.
Pasa un minuto interminable antes de que Meg regrese.
—Qué hijo de puta. —Sacude la cabeza y alcanza su bebida.
—¿Qué? ¿Qué acaba de suceder? Estoy confundida…
—Bien. —Cuadra los hombros—. Fui allí y me presenté como tu
hermana. Le dije que tenía que crecer y dejarte sola. Le dije que dejaste a
Grant. Que habías terminado con él. Y luego le dije que era todo suyo... a lo
que ella respondió: ¿qué te hizo pensar que nunca lo fue?
181
—Meg, ¿cuán borracha estás? No tiene sentido. No entiendo lo que me
estás diciendo.
—Básicamente... todo el tiempo que Grant estuvo comprometido
contigo, se la estaba follando a tus espaldas.
No tengo palabras.
De hecho, apenas puedo obligarme a mover un músculo.
Nunca lo amé, de ninguna manera profunda. Pero el aguijón de la
traición envía un calor abrasador a mis adentros y una quemadura a mis
ojos.
—Oye. —Meg extiende la mano sobre la mesa y cubre mi mano—. No
llores por ese imbécil.
—No lo haré. —Las lágrimas caen de todos modos—. Me siento
estúpida, eso es todo.
—Te engañó. Nos tenía a todos engañados. Simplemente agradece que
hayas seguido tu instinto y lo evitaste antes de que fuera demasiado tarde.
—Me da un apretón—. ¿Quieres salir de aquí? Vámonos. Podemos
holgazanear en el sofá. Poner algo de Sexo en Nueva York. ¿Tal vez tomar
palomitas de maíz y canela en el microondas de Mike e Ikes de camino a
casa desde la bodega de la esquina?
Está tratando de animarme, y la amo por eso, pero esta es una de esas
cosas que tendré que procesar durante un segundo.
Lo superaré.
No estoy preocupada por eso.
Solo necesito dejarme sentir esta ola fundida de emociones para saber
exactamente cómo no quiero volver a sentirme nunca más: como una tonta.
182
P
asan dos horas antes de que Grant salga de la habitación de la
suite del hotel, metiéndose la camisa en los pantalones y con una
sonrisa de satisfacción.
—Es bueno ver que te estás tomando esto con calma —le digo cuando
me encuentro con él junto a la nevera.
Toma una cerveza, y su sonrisa satisfecha se desvanece.
—¿Que significa eso?
—Parece que estás de mejor humor, eso es todo.
—Sí. Bien. Es una causa perdida. —Abre la botella de su cerveza Coors, 183
y decido no decirle que los botones de su camisa están torcidos.
Probablemente esté demasiado borracho como para preocuparse—.
Convenció a su papá de no invertir en mí. Él rompió los contratos. Me dijo
que me fuera a la mierda.
—Entonces... ¿eso es lo que lo convierte en una causa perdida?
—Obviamente. —Toma dos sorbos generosos.
—Pensé que la amabas. —Todas esas llamadas telefónicas, toda la
autocompasión, todas las divagaciones que hizo sobre lo perfecta que era—
. ¿O siempre fue por el dinero?
Apoyando la espalda contra el mostrador, me da una sonrisa de lado.
—No seas tan tonto, joder.
—Grant, me mentiste. —Mi visión se estrecha y mi mandíbula está
tensa—. Me dijiste que conociste a la mujer de tus sueños... que era todo lo
que siempre quisiste... que la amabas... dijiste que querías una casa en los
suburbios y niños y un perro...
Oculta su sonrisa arrogante con su cerveza.
—Sí. Dije esas cosas.
Serena...
El acuerdo prenupcial...
—Nunca la amaste. —No estoy preguntando.
Él levanta un hombro.
—Quiero decir... pensé que podría aprender a amarla. Era una buena
chica. Un poco vainilla en la habitación, pero el sexo era lo suficientemente
bueno. Podríamos haberlo hecho funcionar, joder, Cain. Si ella hubiera...
—Quieres decir que tú podrías haberlo hecho —lo corrijo—. Ella habría
estado encadenada a un imbécil infiel que solo se casó con ella porque
quería el dinero de su familia.
—¿Imbécil infiel? —Se burla—. Un poco duro, ¿no te parece? ¿Y por
qué estás actuando tan protector por ella? Era mi chica. No tuya. Oh,
espera. Así es. Lo recuerdo. Te pedí que la vigilaras por mí y dejaste que ella
se enamorara de ti.
—¿De qué estás hablando?
—Vi la forma en que la mirabas en el funeral de mi padre. Cada vez que
pensaba que no le estaba prestando atención, te miraba fijamente. Luego
los vi a los dos afuera, solos, en su fiesta. Y luego, mágicamente, tan pronto
como regresamos a Phoenix, me deja y me dice que se mudará a Nueva York.
No soy un maldito imbécil.
—Si no confiabas en mí, ¿por qué me pediste que la vigilara?
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—Quizás porque una parte de mí confiaba en ti. Eres mi mejor amigo,
Cainan. No quería pensar que te rebajarías tanto.
—¿Rebajaría tanto? —Le dijo la sartén al cazo...
—O tal vez solo querías vengarte.
Doblo los brazos.
—¿Vengarme de qué?
—Mallory —dice el nombre de mi ex de la universidad, una chica con
la que salí durante tres años antes de tener un susto de embarazo, que
admitió que el bebé no era mío y se encontró inmediatamente soltera. Al
final tuvo un aborto espontáneo, perdiendo al bebé y al chico que
supuestamente "amaba más que a su vida".
—¿Qué estás diciendo…?
—Oh, vamos. Sé que lo sabes. —Pone los ojos en blanco.
—¿Fuiste tú?
—Fue un error. Un error de una sola vez. Y me sentí como una mierda
después de... Creí que te lo había dicho.
Mi mandíbula se aprieta tan fuerte que envía un latido a mis sienes.
—¿De verdad crees que te perdonaría el follarte a mi novia de tres años?
—Bueno… sí. Eso es lo que hacen los hermanos. —Se ríe.
—No eres mi maldito hermano. —Las palabras son un ronco gruñido
en mi garganta—. Ya no.
Superé el incidente de Mallory hace una vida, pero nunca olvidé lo
ansioso que estaba Grant por ayudarme a recomponerme cuando lo superé.
Él se ocupó personalmente de que nunca me fuera con las manos vacías el
fin de semana y que nunca pasara demasiado tiempo sin un hermoso culo
para adormecer el dolor y olvidar la traición.
—Sabías que no lo sabía —le digo.
Sacude la cabeza, con la nariz arrugada, pareciendo un mentiroso por
cada centímetro de su piel.
Veo mentirosos todo el tiempo en mi oficina. Gente como él que piensa
que las reglas no se les aplican. Quienes olvidan cómo ser un maldito ser
humano decente. Quienes actúan como si sus deseos y necesidades
estuvieran por encima de los demás.
—Todo lo que haces es mentir —le digo—. Pero ni siquiera puedo estar
enojado contigo en este momento. Solo puedo estar enojado conmigo mismo
por hacer la vista gorda estos años. Por poner excusas para ti. Por pensar
que nuestra hermandad de mierda superaba el hecho de que solo eres un
imbécil de mierda con un traje caro.
Todo este tiempo podría haber estado con Brie. En cambio me 185
atormenté, convenciéndome de que la felicidad de Grant importaba más que
la mía.
Ahora sé que, si se hubieran invertido las mesas, el bastardo no habría
dudado ni un solo jodido segundo antes de intentarlo con ella.
—Has cambiado, Cainan. No eres quien solías ser. —Grant levanta la
nariz—. A veces siento que mi mejor amigo murió en ese accidente... porque
no sé quién demonios eres.
—Jódete. —Me doy la vuelta para irme, con la intención de agarrar mi
bolsa de cuero, encontrar otra habitación de hotel en un hotel diferente y
reservar el primer vuelo de regreso a Manhattan mañana.
Solo que, antes de dar un segundo paso, me lanzan un sorprendente
gancho izquierdo y todo se vuele negro, con nada más que una voz suave
susurrando en mi oído.
Elay-fay-por-twah...
Elay-fay-por-twah...
Elay-fay-por-twah...
Me despierto con dos paramédicos con uniformes azules que se ciernen
sobre mí.
—Hola —dice uno de ellos—. Nos diste el susto.
Pero las palabras juegan en un bucle en mi cabeza.
Elay-fay-por-twah ...
Elay-fay-por-twah...
Elay-fay-por-twah...
No hay música
No hay chicas.
Ni siquiera Grant.
Elay-fay-por-twah...
Elay-fay-por-twah...
Elay-fay-por-twah...
Mi cabeza palpita con la intensidad de un camión.
Elay-fay-por-twah...
Elay-fay-por-twah...
Elay-fay-por-twah...
No podría empezar a entenderlo si lo intentara, no es mi idioma.
Demonios, por lo que sé, es un lenguaje inventado.
Los paramédicos me sientan.
—Hazlo despacio —dice uno—. Vas a tener un bulto genial. Un bonito
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recuerdo para llevar contigo. No todo lo que sucede en Las Vegas se queda
en Las Vegas...
Alguien me da hielo envuelto en una toalla.
Elay-fay-por-twah...
Elay-fay-por-twah...
Elay-fay-por-twah...
M
egan viaja en avión a casa y estoy doblando la última toalla el
domingo por la noche cuando llega un mensaje de Cainan.
CAINÁN: TENEMOS QUE HABLAR.
YO: COMO TE DIJE LA ÚLTIMA VEZ... NO CONTACTES CONMIGO DE
NUEVO.
Estoy a dos segundos de bloquear su número y terminar con esto
cuando su nombre aparece en mi pantalla.
187
Me está llamando.
Mi pulgar se cierne sobre el botón rojo, todo mientras mi corazón se
tambalea en mi garganta. La mitad de mí no quiere tener nada que ver con
Grant o sus conexiones de ninguna manera o forma. La otra mitad de mí se
está ahogando en un cóctel conflictivo de escenarios "y si".
Toco el ícono verde y me acerco el teléfono al oído.
—¿Por qué me estas llamando?
—Acabo de llegar a casa de Las Vegas —dice—. Tenemos que hablar.
—No, gracias.
—Brie, por favor. Cinco minutos es todo lo que necesito.
—Es curioso, acabas de pasar un fin de semana con mi ex y lo primero
que haces cuando vuelves es contactarme... —Doblo la última toalla y la
coloco encima de la pila.
Cainan exhala con fuerza contra el receptor y nos quedamos en silencio
mutuo un momento.
—Escucha —dice finalmente—. No estoy intentando acosarte, y no
llamé para discutir.
Su tono es sincero. Creíble. Por otra parte, siempre lo ha sido.
—Necesito saber si esta frase significa algo para ti... elay-fay-por-twah...
Me desplomo contra los pies de la cama, con los ojos húmedos y
completamente sin palabras.
—¿Brie? —pregunta—. ¿Sigues ahí?
Una gruesa lágrima se desliza por mi mejilla. La limpio con el dorso de
mi mano.
—Sí. —Tengo la garganta tan apretada que me duele hablar—. Todavía
estoy aquí.
—¿Puedo ir?
Trago saliva e intento calmar el aliento.
—Sí.
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—D
ios mío —dice jadeante cuando abre la puerta, con la
sobre su hermosa boca. Y luego ve mi ojo—. ¿Qué te
sucedió?
—Grant. Grant sucedió.
Ella frunce el ceño.
—¿Por qué?
—Porque le llamé la atención por toda su mierda y no le gustó lo que
tenía que decir. —Le doy la versión corta por ahora—. ¿Puedo entrar?
Brie asiente y se aparta, cerrando la puerta detrás de mí. 189
—¿Sabías que me estaba engañando? —pregunta antes de que pueda
llegar a la sala—. Con esa chica Serena. Todo el tiempo mientras estuvimos
comprometidos. ¿Lo sabías?
—Sí. —Giro hacia ella, solo para encontrarme con los ojos verdes más
tristes que he visto.
Ella no se merecía lo que Grant le hizo. Ni un gramo.
—¿Ibas a decírmelo? —Se cruza de brazos sobre el pecho y su mirada
vidriosa me observa.
—Quería hacerlo, Brie. Pero nunca fue mi lugar.
—¿También sabías que estaba intentando convencer a mi padre de
firmar su enteró portafolio financiero a la firma de Grant? —pregunta.
—Tenía una idea, sí. Pero no sabía cuánto —dije—. Al menos no hasta
esta semana.
—Estabas preparando un acuerdo prenupcial —dice—. Vi la carta que
le enviaste donde le mencionabas algunas cláusulas…
—Desafortunadamente, no puedo compartir esa información contigo.
Privilegio abogado-cliente.
—Claro. —Suspira—. Tiene que ser estupendo elegir cuándo quieres
ser honrado.
—Tienes razón.
Sus ojos se dirigen a los míos.
—Podría haber hablado de ello de haberlo querido. Sobre la infidelidad.
Sobre los comentarios que hizo. No lo hice. Y me arrepiento profundamente
del daño que te provocó recibir la parte mala de las tonterías de Grant.
Si parece que lo he ensayado es porque pasé todo el vuelo de regreso a
casa practicando exactamente lo que quería decirle, como un abogado en
prueba dando sus discursos finales. No estaba seguro de que si me daría la
hora siquiera, pero definitivamente lo intentaría.
—Tonterías. —Suelta un soplido—. Lo haces sonar como si fuera un
delincuente juvenil y no un hombre adulto jugando con la vida de las
personas.
Me siento en la silla de terciopelo, descanso mis codos sobre mis
muslos y respiro contra mis manos.
—Tenía cerca de seis cuando la familia de Grant se mudó junto a
nosotros en Copper Street en la ciudad de Jersey —digo—. La primera vez
que nos conocimos nos metimos en una pelea sobre que bicicleta era más
rápida, o alguna tontería infantil. No me agradó. Había algo en él. Pero el
sentimiento era mutuo. Como sea, una semana más tarde mis padres se
metieron en una de sus famosas peleas a gritos que te sangran lo oídos.
Tomé a mi hermanita, fui a mi habitación, y cerré la puerta como siempre
hacia cuando eso sucedía. Pero, mientras estaba sentado ahí, intentando
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distraer a Claire con un montón de Cherrios, alguien estaba lanzando
piedras a mi ventana. Fui a investigar, solo que no había nadie abajo. Solo
un camino de suciedad y pasto. Pero, cuando miré delante, me di cuenta
era Grant. Su ventana estaba alineada a la perfección a la mía. Él me había
estado lanzando legos para llamar mi atención. Cuando finalmente abrí la
ventana y quité la mosquitera, me lanzó una radio de Star Wars. Me
preguntó si estaba bien. Ese fue el día en que se convirtió en mi mejor amigo.
Ella está en silencio, con la mirada fija en mí mientras muerde el lado
de su labio.
—Lo decía enserio cuando dije que era un hermano para mí —
continúe—. De pequeños siempre nos cuidamos las espaldas. Éramos
inseparables. Nada, y de verdad que nada, podía meterse entre nosotros.
Brie da una paso al frente. Silenciosa. Dudando. Atenta.
—Solía ser una buena persona —digo—. Pero, en el camino, se volvió
toxico. Preocupado solo por sus intereses. Un mentiroso a la cara.
Ella se sienta en el borde del sillón, con la cabeza en las manos.
—Te mintió, Brie. Te engañó de la peor manera posible —continúo—.
Pero también me mintió a mí. Estaba demasiado cegado por décadas de
lealtad para verlo. Nunca queremos pensar que las personas que nos
importan son capaces de usarnos.
Ella suelta un bufido, asintiendo.
—¿Qué mentira te dijo?
—Entre otras cosas… sus sentimientos por ti —dije sin detenerme.
Sus cejas se juntan.
—No entiendo cómo eso puede romper una amistad.
—Porque, desde el momento en que te conocí en mi sueño, supe que
eras real. Sabía que estabas destinada para mí. Te busqué por todas parte.
Pensaba en ti constantemente —digo—. Pero te encontré. Y eras de él. Y, por
mucho que me matara por dentro, tenía que respetarlo. —Presiono mis
labios en una fuerte línea, exhalando—. Él no paraba de decir lo mucho que
te amaba, lo increíble que eras. Y todo lo que hacía para mí era reforzar el
hecho que nunca te tendría. Cuando descubrí que te mudarías aquí, Grant
me pidió que te vigilara. También me pidió que pretendiera salir contigo para
que no pudieras salir con nadie más.
Su mandíbula se abre, al igual que sus ojos esmeralda.
—Supongo que no debería de sorprenderme, considerando todo lo que
sucedió recientemente.
—Me ofreció dinero, Brie. —No oculto la incredulidad en mi voz—. Le 191
dije que se fuera a la mierda, que nunca te haría eso. Nunca le haría eso a
nadie, punto. —Exhalando, continúo—: Como sea, comenzamos a pasar
tiempo juntos. Y, por mi lealtad hacia Grant, y a pesar del hecho que no
podía apartar los ojos de ti cuando te tenía cerca, mantuve mis manos para
mí a pesar de que todo lo que quería hacer era besarte… tomarte en mis
brazos mientras caminábamos en las calles… pasar las jodidas noches
contigo. Pero siempre me despedía al final del día. Incluso si me mataba.
Ella se muerde el labio inferior, mirando sin enfocarse al frente,
silenciosa como un ratón.
—¿Por qué me dejaste venir, de todos modos? —pregunto, dándome
cuenta de que ha estado callada estos minutos—. La semana pasada me
acusaste de ser secuaz de Grant y me dijiste que nunca te volviera hablar.
Ahora me estas escuchando. ¿Qué cambió?
Su mirada ácida descansa en la mía. No puedo decir si va a llorar o si
esta abrumada por el cansancio.
—Es lo que dijiste en el teléfono —dice finalmente.
—¿Elay-fay-por-twah? —probablemente lo esté diciendo fatal.
Ella parpadea para alejar las lágrimas.
—Sí. ¿Dónde escuchaste eso?
Tomo una larga respiración, orando a Dios que mantenga la mente
abierta esta vez.
—Cuando Grant me golpeó la otra noche, me desmayé. Cuando
comencé a regresar, escuché esta voz susurrando a mi oído. Elay-fay-por-
twah, elay-fay-por-twah, una y otra vez. Al menos así era como sonaba.
Quizás había escuchado mal. Estaba ebrio y perdí el conocimiento en
el segundo en que Grant me golpeó. Por mi accidente y mi herida en la
cabeza de la vez anterior, los paramédicos me llevaron al hospital para
revisarme. Si no hubiera sido por eso habría regresado a casa hace un día,
pero tuve que pasar horas en el departamento de tomografías, horas
esperando a que un doctor leyera los resultados, horas en observación antes
de que me dejaran ir.
Maldito Grant…
Sin decir una palabra, Brie mueve sus palmas sobre sus pantalones,
se levanta del sofá y va por una pequeña libreta y una pluma de la cocina.
Cuando regresa, escribe un enunciado en la libreta y me la da.
—Il est fait pour toi —me lee—. Significa él está hecho para ti en francés.
Miro las palabras. Y luego a ella. Mi corazón golpea con cada segundo
que pasa.
192
Los labios temblorosos de Brie no pueden decidir si quieren sonreír o
fruncir el ceño.
—Lo siento —dice—. Es solo… esto es la cosa más extraña del mundo.
Mi hermana. La que murió. Estudiamos en París en nuestro último año de
secundaria. Cuando regresamos, siempre que queríamos tener una
conversación secreta hablábamos en francés porque nadie más en nuestra
familia hablaba el idioma. Cuando fuimos a la universidad, lo usábamos
siempre que veíamos a un chico lindo o cuando queríamos señalar algo a la
otra. Era esta cosa tanta que hacíamos, supongo. Pero era nuestra cosa.
—Te lo juro, Brie. Por mi vida. No sé francés. No existe manera de que
supiera eso… —Observo su expresión, preocupado porque este momento
explote como el último—. Justo como el tatuaje. No sé qué significa, solo
que estaba en mi sueño. Mi hermana, Claire, puede corroborarlo. Solía
garabatearlo todo el tiempo antes de conocerte.
Ella levanta las manos, examinándolas antes de ofrecerme una sonrisa.
—Estoy temblando.
—¿Tienes frío? —Me levanto y tomo la manta del sillón.
Brie sacude al cabeza.
—No sé qué tengo. Estoy conmocionada, ¿quizás? Todos estos años
había estado esperando una señal de Kari. Algo. Lo que fuera. Y si… Y si...
No termina.
No creo que se permita terminarlo.
—Todo esto es tan loco para ti como para mí —digo—. Pero me niego a
creer que todo esto sucedió por nada, que no significa nada. Tiene que
significar algo. Lo ves tú también, ¿verdad? ¿También lo sientes?
Mordiéndose el labio, me regala un movimiento de cabeza dudoso, toda
la confirmación que necesitaba.
Me levanto hacia ella, oliendo su jabón de vainilla y menta y el
suavizante de tela de lavanda en su camisa, y finalmente… finalmente, tomo
su barbilla y fijo mi mirada en sus labios.
La boca que siempre debió de pertenecerme a mí.
—Cuando estoy contigo. —Mantengo la voz baja—. Siento que te he
conocido en miles de vidas pasadas. Y siento que he estado esperando toda
mi vida esto…
Meto mis manos en su cabello y tomo sus suaves labios con un beso
desesperado. Brie se derrite contra mí con un suspiro de derrota, y la acerco
a mí. Quiero sentir cada centímetro de ella contra mí. Necesito sentir la
manera en que encajamos como una pieza de rompecabezas en el que he
estado trabajando demasiado.
—Estoy loco por ti, Brielle White —susurro, con nuestras bocas
193
apartándose mientras tomamos aire—. Y, a riesgo de sonar más loco… Me
estoy enamorando de ti. Y lo he estado desde el momento en que te vi.
Pienso en una frase de El Alquimista: Ella es un tesoro más grande que
cualquier otra cosa que he ganado. Y, en ese momento, yo soy Santiago y ella
es mi Fátima.
Nuestro viaje no ha terminado, solo está comenzando.
Y, si hay algo que he aprendido hasta este momento, es que el amor es
sucio, pegajoso, y algunas veces doloroso.
Pero siempre, siempre lo vale.
H
e esperado durante años una señal de Kari.
Esta noche, finalmente me la dio.
Al menos creo que lo hizo. Quiero creer que lo hizo. Nunca
podemos estar cien por ciento seguros de esta clase de cosas. A veces todo
lo que podemos hacer es escuchar a nuestro corazón y confiar en que nada
saldrá mal.
No existen números o ecuaciones matemáticas que puedan explicar
esto.
No existen fórmulas que existan para iluminar el funcionamiento del 194
destino.
El concepto de almas gemelas es real solo para quienes creen en ellas.
No necesito complicados cálculos estadísticos para racionalizar cada
gramo de plenitud que se está expandiendo por mi cuerpo mientras los
dedos de Cainan se entrelazan en mi cabello… es real.
Está sucediendo…
Es tan delicioso y estremecedor como soñé que sería…
He querido esto desde la noche de su fiesta, cuando estábamos de pie
en la acera intercambiando secretos, con mis pulmones inundados del aire
de la noche y mi cuerpo consiente de su presencia. Aunque no me permití
sentirlo. No por completo. Pero estaba ahí. Ese tirón. Esa corriente de algo.
Su boca está caliente contra la mía, con nuestros cuerpos fusionándose
mientras nuestras lenguas se encuentran. Me dejo llevar por su intoxicante
aroma y coloco mis brazos alrededor de sus anchos hombros, hambrienta
por más.
Estoy en llamas por este hombre.
Hay deseo corriendo por mis venas.
Sus manos dejan mi cabello, deslizándose por mis brazos, y descansan
en mis caderas antes de que me levante. Coloco mis piernas alrededor de él,
aferrándome con codicia.
Mis labios buscan los suyos mientras me lleva hasta la habitación y me
recuesta suavemente en medio del colchón, con sus dedos tirando del botón
de mis pantalones mientras me quito la camisa por la cabeza. Su boca
quema contra mi estómago, que se hunde de deseo mientras sus labios
rozan provocadoramente más abajo… todavía más abajo…
Bajándome las bragas, coloca un camino de besos en mi muslo interior
antes de colocarse encima. Su lengua está caliente a lo largo de mi entrada
mientras me prueba. Cada centímetro de mí es fuego y hielo, derritiéndose
contra las sábanas, sin ser capaz de dejar de retorcerme por la impaciencia.
Pero Cainan se toma su tiempo. Me devora. Sus dedos me acarician con una
intención gentil, y en momentos se detiene para que sus manos exploren el
resto de mi cuerpo. Sus dedos trazan cada curva y valle, como si estuviera
haciendo un mapa de mi cuerpo, tratando de memorizarlo.
Aunque falta algo…
Esa ansiedad que normalmente siento cuando estoy a punto de
acostarme con alguien por primera vez no está. En su lugar, estoy llena de
agradable calidez, una segura familiaridad con algo de emoción ante la
195
novedad.
Sentándome, le desabrocho los pantalones y tomo su dureza en mis
manos, bombeando el largo entre mis manos antes de deslizar mi lengua
por la punta. Él gruñe, con la cabeza hacia atrás y los dedos enredados en
mi cabello.
Trago su circunferencia hasta que me toma del cabello y tira abajo,
obligando a que nuestros ojos se encuentren.
—No puedo soportarlo más —dice, jadeante. Antes de que tenga
oportunidad de responder, se coloca sobre mí, abriendo mis muslos,
inmovilizándome debajo de él—. Quiero más de ti, Brie… lo quiero todo de
ti.
El calor de su hinchada polla contra mi inflamado clítoris es una
tortura.
Pienso en la primera noche que nos conocimos, lo mucho que deseé ser
la chica que le permitiría al atractivo extraño tocarla y torturarla hasta que
tuviera un orgasmo con su lengua toda la noche, antes de iniciar una ronda
de sexo maratónico.
Pero me gusta esto. Me gusta lo lento y dulce y el tiempo que esperamos
para llegar aquí. No somos una pareja de extraños que va a tener sexo sin
emociones. Somos dos almas que finalmente encontraron el modo de estar
juntos, después de todo…
—Tómame. —Coloco mis manos detrás de su cuello y cierro la distancia
entre nuestras bocas. Mi excitación sabe dulce en sus labios, y sus caderas
empujan contra mí, aunque todavía no entra—. Tomo la píldora.
Sin una pizca de duda mueve su mano entre nosotros, tomando su
polla y guiándola a mi interior lentamente, generoso centímetro a generoso
centímetro.
Mi cuerpo se aprieta hasta que está dentro de mí por completo, y luego
me dejo llevar.
Me derrito debajo de él, hundiéndome con cada embestida, aunque mi
alma se encuentra en la nubes cada vez que nuestras miradas se
encuentran.
Nunca creí en las almas gemelas. Pero, ¿después de esto? ¿Después de
él? ¿Después de todo lo que el universo colocó delante de nosotros para estar
juntos?
¿Cómo no podría?
Fue hecho para mí.
196
—¿Q ué estás haciendo? —Brie está en su puerta el lunes
por la mañana, temprano, con su cuerpo envuelto en
una sábana y su cabello recordando anoche—.
Todavía está oscuro afuera. Dios. ¿Cuán temprano vas a la oficina?
—Un segundo. —Me inclino sobre el mostrador de la cocina, con el
teléfono contra mi oreja mientras espero a que el mensaje de voz de Paloma
termine. Después del tono, le digo que me deje el día libre, porque no voy a
ir.
—¿Todo está bien? —Se mueve hacia mí, con la sábana cayendo
alrededor de su senos, aunque está demasiado cansada para darse cuenta— 197
. ¿Te sientes bien?
Ninguno de los dos durmió anoche.
Demasiado ocupados en recuperar el tiempo perdido.
Estoy exuberantemente exhausto. Deliciosamente adolorido. Y un cien
por ciento positivo de que Brie siente lo mismo.
—¿Puedes excusarte del trabajo hoy? —pregunto.
Frunce el ceño.
—Sí. Puedo hacerlo. ¿Por qué?
—Vamos a salir de la ciudad.
Su hermoso rostro se ladea.
—¿A dónde vamos?
—A donde sea. Solo vamos a conducir…
No me he puesto detrás del volante desde mi accidente, pero hoy tiene
algo diferente, y estoy de humor para perderme un rato.
Rodeando la isla, me acerco a Brie, tomándola con mis brazos y
cargándola de regreso a la cama.
—Voy a alquilar un auto. Probablemente no llegará hasta dentro de un
par de horas —digo, besándole la frente y bajando a sus mejillas, hasta que
encuentro su boca en la oscuridad—. Descansa.
Casi estoy en la puerta cuando dice mi nombre.
—¿Sí? —respondo.
—Lo que dijiste anoche era verdad. —Sus palabras son lentas,
cansadas, y se frota los ojos—. Cuando dijiste que te estabas enamorando
de mí.
—¿Cuando dije que me estaba enamorando de ti?
Incluso en la oscuridad y del otro lado de la habitación, puedo ver su
sonrisa.
—Sí.
—Sí, lo dije de verdad —respondo—. ¿Por qué?
—Je t’aime aussi —susurra—. Yo también te amo.
198
L
levamos conduciendo horas. Estoy segura de que estamos en
algún lugar de Connecticut, viajando a través de carreteras
adormecidas, de una ciudad costera a otra, todas combinándose
con sus pintorescas calles principales, cambiantes hojas y océanos azul
profundo que se acentúan con la espuma blanca.
Podría hacer esto para siempre… solo conducir… con él.
Cainan toma mi mano con la suya. La radio toca algo suavemente,
algún artista del que nunca había oído hablar pero que crea el ambiente
perfecto para la clase de día que avanza y te permite perderte en tus
pensamientos un tiempo. 199
—Siempre me he preguntado cómo sería vivir en un lugar como este —
digo cuando pasamos una hermosa casa estilo Cape Cod con revestimiento
de cedro y cajas de flores blancas en cada ventana. Y luego me río por lo
bajo antes de agregar—: Me pregunto si alguien aquí se ha preguntado cómo
sería vivir en el desierto.
Lo dudo.
—Aunque, hablando en serio. ¿Puedes imaginarte estar aquí durante
el verano? ¿Despertarte y tomar el desayuno en el jardín o columpiarte en
el columpio de tu pórtico mientras lees un libro, con la playa de fondo?
Literalmente podrías abrir la ventana por la noche y dormirte con el sonido
del océano —digo.
—¿Es lo que quieres? —pregunta.
Levanto un hombro.
—Solo estoy pensando en voz alta.
Cainan levanta mi mano hacia su boca, depositando un beso como si
estuviera depositando una promesa silenciosa. Delante de nosotros una
señal verde anuncia el camino a una playa pública, y justo antes del desvío
se encuentra un acantilado sobre el mar con una barandilla de metal y
lugares de estacionamiento. Se aparta, apaga el motor, y sale del auto.
Un momento más tarde llega al asiento del copiloto y extiende la mano.
Guiándome hacia el maletero, me levanta antes de inclinarse contra el auto
y acomodarse entre mis piernas.
Tomando mi rostro con sus manos, acerca nuestros bocas para
besarnos.
—¿Qué es esto? —pregunto, sonriendo contra sus labios.
—He estado conduciendo horas —dice, suspirando—. Solo quería
besarte.
Lo beso una vez más. Más fuerte. Y meto mis dedos en su sedoso
cabello, encantada por la manera en que su aroma se mezcla con el agua
salada del aire.
—Vamos a tener una pequeña casa junto al mar algún día —me dice.
—Oh, ¿sí? —Levanto una ceja y me río—. Suenas bastante seguro al
respecto. ¿Cómo lo sabes?
—Créeme —dice—. Sé de esas cosas.
200
—H
ola. —Golpeo con mis nudillos el escritorio de Paloma
el martes en la tarde. Ha hecho un trabajo increíble
en fingir que no ha notado mi ojo morado. Desearía
poder decir lo mismo de Deb de contabilidad y de dos de los socios más
jóvenes en el pasillo este—. Me voy a tomar la tarde libre. Eres bienvenida a
hacerlo tú también.
—Espera… ¿Qué? —Su rostro está confundido, como si estuviera
tratando de entender algún lenguaje extranjero.
—Mi cita de las dos de la tarde canceló. Ve si puedes reprogramarla a
las tres. Si no, Renato la tomará. Tengo algunas cosas de las que encargarme 201
fuera de la oficina.
—Oh… Está bien. —Su expresión está llena de confusión pero su rostro
es normal, feliz de hacerlo.
Cierro mi oficina y salgo, deteniéndome en un puesto de flores para
tomar un ramo de margaritas color burdeos envueltas en papel de seda color
azafrán y, cuando termino, le envío un mensaje a Brie y le digo que venga a
cenar a las seis.
No puedo recordar la última vez que preparé una comida en mi cocina,
pero me estoy sintiendo… domestico.
Y me muero por carne au poivre y una noche tranquila con mi chica,
junto con otras cosas.
Estoy a punto de entrar al mercado y comprar algunas cosas cuando
mi teléfono vibra en mi bolsillo. Veo la pantalla en caso de que sea Brie, pero
no lo es.
Mi pulgar se mueve hacia el botón de ignorar… pero, ¿desde cuándo he
sido el que retrocede como un maldito cobarde? No sé qué es lo que quiere,
pero me alegra tomar esta oportunidad para decirle exactamente dónde
estamos.
—¿Sí? —respondo.
—Hola. —Su tono es alegre. Número equivocado. Si piensa que puede
actuar como si nada sucedió, está completamente equivocado—. Yo, uh, solo
quería disculparme por el fin de semana. Las cosas se calentaron un poco.
Se salieron un poco de las manos. Nosotros, uh, llevamos las cosas muy
lejos.
—¿Nosotros? —Resoplo.
—Voy a estar en la ciudad por cuestión de trabajo esta semana. ¿Quizás
podríamos ir por unos tragos? ¿Dejar el pasado detrás?
Idiota.
—Voy a tener que pasar, pero aprecio la disculpa.
—Oh, ¿sí? ¿Tienes planes o algo? —Su voz es casual, como si se
estuviera haciendo el idiota. Pero sé que está buscando información.
—Voy a estar con Brie.
El otro lado de la línea permanece en silencio. Mentiría si dijera que no
disfruto del silencio.
—Entonces, ¿así es como va a ser? —pregunta.
—Exactamente así es como va a ser.
Termino la llamada y me dirijo a la tienda. Para cuando estoy pagando,
Brie me envía un mensaje diciéndome que va a estar ahí y que no puede
esperar. 202
De regreso a casa, estoy seguro de que estoy sonriendo como un idiota
enamorado, pero no podría importarme menos. Brie pone esta sonrisa en mi
rostro y, si Dios lo permite, permanecerá ahí hasta que muera.
Un año más tarde…
—¿C
uándo crees que va a soltar la pregunta? —
pregunta Carly. Estamos pelando patatas para la
cena de Acción de Gracias, codo con codo sobre el
lavabo de la cocina de nuestra madre.
Tengo los muslos doloridos por bautizar nuestra habitación de hotel en
el segundo en que aterrizamos anoche, y cuando la volvimos a bautizar esta
mañana antes de irnos. La sola idea de tener que comportarnos y tener que
203
practicar el contenernos frente a toda mi familia ocho horas era lo suficiente
para volvernos locos a ambos. En casa no tenemos impedimentos y no
podemos mantener las manos apartadas del otro más de cinco segundos.
Hoy va a ser un desafío, pero podemos hacerlo.
—Cuando sea. —Me encojo de hombros—. No estamos apurados.
Sucederá cuando deba suceder.
Miramos hacia la otra habitación, donde mi padre y Cainan están en
una seria discusión sobre políticas de comercio exterior en lo que se refiere
a suministros de construcción. Cainan está haciendo lo que puede por fingir
interés, aunque estoy segura de que está aburridísimo. Es dulce ver que
complace a mi padre.
—¿Han hablado de ello? —Ella toma la última papa.
—No, en detalle no. Solo que ambos sabemos que sucederá algún día.
No estamos preocupados en ello. —Tomo las peladuras y las lanzo a la
basura.
Aunque solo llevamos saliendo por un año, Cainan y yo sentimos que
hemos estado juntos toda nuestra vida, y sabemos y estamos seguro de que
estaremos juntos el resto de nuestras vidas. Compromisos, bodas, eso son
formalidades.
Decidimos concentrarnos en lo que importa: la relación.
Además, el ultimo compromiso me dejó un sabor amargo en la boca.
Afortunadamente todavía no me he encontrado con Grant desde que todo
terminó. Cainan mencionó que habló brevemente con él por teléfono
después de su altercado en Las Vegas, pero que no volvió a escuchar de él
después de ello. Aunque todavía le envió una tarjeta a Geogette del día de
las madres, y el día que la recibió lo llamo para hablar con él una hora sobre
este y aquello, y todo lo que no estaba relacionado con Grant.
Creo que entiende por qué los chicos se alejaron.
Y creo que realmente ve a Cainan como su segundo hijo.
Todavía tengo que conocer a sus padres. No le gusta hablar de ellos.
Tengo que sacarles detalles con una pinza intentando sacar una astilla. Su
hermana habla un poco más, aunque está en la hermosa y nueva etapa de
la maternidad, así que evita sacar cosas del pasado.
Sonrió al pensar en Cainan con su sobrina, Hadleigh. La primera vez
que Claire la puso en sus brazos él dijo que no se le daban bien los bebés.
Pero se sentó y ella se acomodó y los dos se volvieron mejores amigos en ese
momento. Ahora, siempre que visitamos, no pierde el tiempo en tirarse en
el suelo con ella y hacer ridículos sonidos y caras tontas a juego.
Para ser honesta, nunca estuve cien por ciento segura de querer
niños…
Pero ver a Cainan con Hadleigh envía una punzada a mis ovarios como
nunca. Y luego está el sueño que tuvo después de su accidente. Dijo que
204
tenemos dos hijos: un niño y una niña. Intento no permitirle entrar en
detalle siempre que habla de ello.
No quiero saber qué viene después.
Existe belleza en no saberlo.
Magia también.
—Bueno, lo que ustedes decidan —dice Carly—, solo quiero que sepas
que realmente nos agrada.
—Lo aprecio. —Le doy un guiño, y no les recuerdo que también les
agradaba Grant.
Grant era mi pasado.
Cainan es mi futuro.
Él fue, es, y siempre será el mejor hombre para mí.
Diez años más tarde
—N
o estoy lista para irme. —Brie abraza sus muslos
contra su pecho con los dedos hundidos en la arena
mientras vemos a nuestra hija Elle, con su hermano
CJ, correr detrás del otro en la playa, riendo cada vez
que el océano golpea sus pies descalzos.
—Entonces no lo hagamos. —Envuelvo con mi brazo sus hombros y la
atraigo hacia mí. Su bronceada piel está tostada, con pecas y cálida, y el
205
aroma de su crema sola de coco me llega por la brisa salada que nos rodea—
. Renunciaré a mi trabajo y nos quedaremos aquí. Para siempre. Todos los
días serán como este.
He vivido esto antes, este exacto momento.
En mi sueño.
Ella se gira hacia mí, luchando contra la sonrisa que quiere llenar sus
labios, y luego se baja las gafas.
—No me tientes.
—No eres feliz en la ciudad.
Hemos estado aquí antes. Hemos tenido esta conversación antes, solo
que no lo sabe.
Aunque hemos hablado del sueño que tuve después de mi accidente
nunca ha sido en mucho detalle, porque ella lo pidió.
Desde el inicio me dijo que quería que nuestra vida juntos se
desenvolviera orgánicamente, que fuera una sorpresa.
Y, en su mayor parte, había sido.
Nunca habría anticipado el mudarnos a Phoenix por unos años
después de casarnos. Tampoco habría podido anticipar que quisiera
mudarse de nuevo a la ciudad, lo que hicimos al poco tiempo que CJ llegara.
Dijo que lo sentía como un hogar, que encajaba mejor para nosotros. Y que
sentía una mayor conexión con Manhattan porque ahí había sido donde nos
habíamos enamorado y habíamos tenido nuestros primeros.
Primeros besos.
Primera cama rota…
Primera pelea.
Primera (y única) boda.
Brie se sube las gafas y regresa su vista a los niños.
—Es claustrofóbico a veces. Los niños salen aquí y tienen mucho
espacio. No dejan de sonreír en meses. Luego regresamos a la ciudad, a
nuestra apretada casa de tres habitaciones, y vivimos en ese mundo de
concreto nueve meses más. Las cosas son más rápidas en la ciudad, ¿sabes?
La vida literalmente nos está pasando de largo. Aquí el tiempo se mueve más
lentamente. Al menos eso parece.
—Te dije el día en que nos casamos que tu felicidad es mi felicidad. Si
quieres mudarte, nos mudaremos.
Ella exhala.
—No puedo pedirte que te apartes de tu vida de trabajo. Intentamos eso
en Phoenix, ¿recuerdas? Eras miserable. 206
—Puedo ser abogado aquí.
—Ahora solo estás siendo optimista. —Su voz es suave, casi como una
excusa.
Pero tiene razón. Con una población que apenas sobre pasa los mil,
tendré suerte de tener un cliente nuevo cada dos semanas en Calypso
Harbor. Es una villa que parpadeas y te la pierdes, que la gran mayoría de
los locales olvidan que incluso existe. Dicho esto, si vendiéramos la casa,
tendríamos lo suficiente como para iniciar nuestra nueva aventura, quizás
algo de comercio en línea.
Las oportunidades son infinitas.
—Podemos resolverlo. —Aprieto mi abrazo.
—Haces parecerlo simple cuando no lo es. —Esa es Brie, la que se
preocupa. Siempre ha sido una chica de números, gravitando hacia lo
seguro de los hechos, aunque la he ayudado a soltarse un poco con el paso
de los años.
—Nada es tan simple —le recuerdo. Toda nuestra vida juntos es prueba
de ello—. Pero siempre hemos logrado resolverlo. Si esto es lo que quieres,
haremos que suceda. De un modo u otro.
Giro su muñeca y la llevo a mis labios, besando el pequeño tatuaje que
se encuentra ahí. El que se puso en honor a su gemela poco después de que
comenzáramos a salir. Se lo iba a poner hace años, pero se arrepintió, con
explicaciones a lo Brie. Tuve que usar mi entrenamiento de abogado solo
para razonar con ella y, al final, mi persuasión funcionó. Poco después de
eso programó la cita con uno de los mejores tatuadores de Brooklyn y yo le
sostuve la mano todo el tiempo.
Elle y CJ gritan de alegría en el fondo, huyendo de una suave ola a otra
mientras se persiguen por la playa, dejando un camino de pequeños pies
que se borran en segundos.
Girando mi atención hacia mi amada esposa, tomo su mejilla con mi
mano y tomo su boca sabor cereza con un beso en esa boca que podría besar
millones de veces y nunca me cansaría.
Pero ella no me besa.
En su lugar se aleja.
—Cainan… hay algo que he querido decirte…
—Por supuesto. Puedes decirme cualquier cosa. —Mi corazón se
acelera, cada segundo es más interminable que el anterior.
Ella se muerde el labio inferior, apartando la mirada, y sus hombros
suben y bajan mientras toma una respiración salada. Y luego se gira hacia
mí, con sus ojos verdes bailando.
—Estoy embarazada.
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A utora superventas del Wall
Street Journal y Amazon, Winter
Renshaw es una fiel creyente de
soñar despierta. Vive en algún lugar en
medio de los Estados Unidos y raramente
puede ser vista sin sus confiables libretas y
computadora portátil. Cuando no está
escribiendo está viviendo el sueño
americano con su esposo, tres hijos, el
perro pug más flojo de ese lado de
Mississippi y un pug ocupado que
oficialmente le debe tres pares de zapatos,
una lámpara y una silla de oficina. 208
Winter también escribe suspenso psicológico bajo el seudónimo de
Minka Kent. Su novela debut, THE MEMORY WATCHER, fue optada por NBC
Universal en enero de 2018 y su libro THE THINNEST AIR estuvo en el
número 1 de superventas de Amazon Kindle y del Washington Post cinco
semanas seguidas.
Winter es representada por Jill Marsal de la Agencia Literaria Marsal
Lyon.
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